150 años de las apariciones de la Virgen en Lourdes

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150 años han transcurrido desde que la Virgen María se le apareciera a una joven pastorcita en la localidad francesa de Lourdes, acontecimiento ocurrido el 11 de febrero de 1858.

Opus Dei - La  talla de la Virgen que recuerda las apariciones en Lourdes.

La talla de la Virgen que recuerda las apariciones en Lourdes.

Aquel día, Bernardette Soubirous, una niña de tan sólo 14 años, iba en búsqueda de leña a una gruta cercana al pueblo, situado junto al río Gave y cercana de la frontera con España.

Al llegar al lugar se encontró con un riachuelo. Se detuvo para sacarse las medias y cruzarlo, cuando un ruido muy fuerte la obligó a alzar la vista. En aquél momento vio dentro de la gruta a una Señora vestida de blanco, con una cinta azul en su cintura. Ésta se encontraba descalza y de pié sobre una nube; sus pies estaban adornados por dos rosas del mismo color de la nube y tenía entre sus manos un rosario.

En los días posteriores hubo nuevas apariciones. En una de ellas pidió a la niña que se acercara a la gruta y que bebiera y lavase su cara con ella. En adelante, esa gruta sería el lugar de peregrinaje para miles de fieles que acuden a encontrarse con la Virgen en la Gruta de Lourdes.

Entre ellos, San Josemaría Escrivá, que fue en numerosas ocasiones. Casi siempre, para darle gracias; en algunas ocasiones, a solicitarle algún favor –como la salud de su hermana Carmen o el buen marchar de la Obra-; y siempre para manifestarle su amor de hijo.

El santo escribió en Forja: “Busca a Dios en el fondo de tu corazón limpio, puro; en el fondo de tu alma cuando le eres fiel, ¡y no pierdas nunca esa intimidad!

Opus Dei - San  Josemaría besa la gruta donde se apareció la Virgen a santa  Bernardette.

San Josemaría besa la gruta donde se apareció la Virgen a santa Bernardette.

14 febrero: un camino abierto a todos

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El 14 de febrero de 1930 San Josemaría comprendió que también Dios llamaba a pertenecer al Opus Dei a mujeres de todo el mundo, para santificarse en la vida ordinaria

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Selección del artículo publicado por Francisca Quiroga, profesora de Filosofía en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en “Studia et Documenta” (2007).

¿En qué consistió el hecho fundacional del 14 de febrero de 1930? Se podría contestar a esta pregunta de una manera escueta diciendo: San Josemaría entendió que Dios llamaba a las mujeres a ser y hacer el Opus Dei.

Por tanto, lo que sucedió en la fecha que nos ocupa hay que situarlo en la perspectiva de la realización de este proyecto que tuvo su inicio el 2 de octubre de 1928[1].

El fundador detallaba siempre la fecha en que percibió que Dios quería la sección femenina del Opus Dei; algunas veces añadía también las circunstancias de lugar y de situación. El lugar fue el oratorio de la casa de la Marquesa de Onteiro[2], en Madrid. La situación: mientras celebraba la Misa; el momento preciso: inmediatamente después de la Comunión.

Él mismo anotaría más tarde lo que había sucedido en su alma: “el 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero que sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei” [3].

Y en una meditación dirigida en Villa Tevere[4], en el oratorio de Pentecostés: “Yo iba a casa de una anciana señora de ochenta años que se confesaba conmigo, para celebrar Misa en aquel oratorio pequeño que tenía. Y fue allí, después de la Comunión, en la Misa, cuando vino al mundo la Sección femenina. Luego, a su tiempo, me fui corriendo a mi confesor, que me dijo: esto es tan de Dios como lo demás [5].

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Aparece ese día algo nuevo, pero que no es una institución diversa, sino un ensanchamiento de lo que había comenzado el 2 de octubre de 1928[6]. De formas diferentes, siempre que se refería a lo que empezó el 14 de febrero de 1930, quedaba patente que había una plena continuidad con lo que vio el 2 de octubre de 1928.

Lo expresaba de una manera muy clara en una reunión en Buenos Aires en 1974: “Fue el 2 de octubre del veintiocho, fiesta de los Santos Angeles Custodios, cuando el Señor quiso que comenzáramos a trabajar. El 14 de febrero del treinta completó la Sección femenina esta gran movilización universal de cristianos para la paz, para el bienestar, para la comprensión, para la fraternidad”[7].

Veamos también un texto más antiguo, de 1959. Reunido con algunas mujeres del Opus Dei que vivían en Roma, les decía: “Quería estar hoy con vosotras, mis hijas, porque celebramos el aniversario de aquel día en que Nuestro Señor se dignó abrir a las mujeres este camino divino en la tierra”[8].

En un apunte de una conversación con el fundador, en febrero de 1955, se refleja cómo entendía que la integridad del Opus Dei incluía a hombres y mujeres. Les decía: “La Obra, verdaderamente, sin esa voluntad expresa del Señor y sin vuestras hermanas, hubiera quedado manca”[9].

Hombres y mujeres en el Opus Dei forman parte de una sola institución; tienen una misma llamada, una misma misión, idéntico espíritu y modos apostólicos[10]; constituyen una sola familia que tiene como cabeza al “Padre” que, desde que el Opus Dei alcanzó su forma jurídica definitiva en 1982, es su Prelado propio[11].

Así lo transmitió el fundador de formas variadísimas, con palabras y con hechos. Y así lo entendieron los miembros del Opus Dei desde el principio. Parece significativa una anotación del diario del primer centro de mujeres, fechada el 14 de febrero de 1943, en la que se percibe el eco de las palabras de san Josemaría: “Nuestra primera mirada en este día tan grande para nosotras ha sido para el Jesús (sic) que desde el Sagrario nos preside, en ella ha habido una acción de gracias muy honda por haber inspirado la colaboración femenina en su Obra”[12]. La expresión “colaboración femenina”, aunque es inexacta, refleja bien dos aspectos que san Josemaría les transmitía: el Opus Dei es una institución única, con dos secciones; la iniciativa es divina, por tanto, todos –las mujeres y los hombres– “colaboran” con Dios.

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[1] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, pp. 251-324.

[2] Doña Leónides García San Miguel, Marquesa de Onteiro: cfr. ibid., p. 258, nota 17. Su casa era un hotelito situado en la calle Alcalá Galiano; fue demolida años más tarde para construir un edificio de apartamentos. Cfr. Ana Sastre, op. cit., pp. 101-102.

[3] Josemaría Escrivá, Apuntes íntimos, n. 1871, anotación hecha en 1948, en Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, p. 323. Sobre la relevancia histórica y teológica de este texto, cfr. Antonio Aranda, “El Beato Josemaría…”, pp. 131-136.

[4] Villa Tevere es el nombre del conjunto de edificios que albergan la sede central del Opus Dei en Roma: cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. III, p. 105.

[5] Apuntes tomados en una meditación, 14-II-1964, AGP, Sec. P09, p. 74. Cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, pp. 315-324.

[6] “En los meses que siguen al 2 de octubre de 1928, Don Josemaría Escrivá de Balaguer, aunque percibió claramente el alcance universal de la luz recibida, pensó que el Opus Dei estaba destinado solamente a varones. El 14 de febrero de 1930, mientras decía la Santa Misa, vio que debía promover esa vocación también entre mujeres, dando así origen a una nueva rama o sección del Opus Dei. La Prelatura del Opus Dei –que constituye una unidad pastoral orgánica e indivisible– realiza sus apostolados por medio de la Sección de varones y de la Sección de mujeres, bajo el gobierno y dirección del Prelado, que da y asegura la unidad fundamental de espíritu y de jurisdicción entre las dos Secciones”: José Luis Illanes, op. cit., p. 130, nota 74.

[7] Apuntes tomados en una reunión en Buenos Aires, el 26-VI-1974, AGP, Sec. P05, I, p. 595.

[8] Apuntes tomados en una charla el 14-II-1959, AGP, Sec. P02, 1992, p. 600.

[9] Apuntes de una conversación, febrero 1955, AGP, Sec. P01, II, p. 6.

[10] Cfr. Pedro Rodríguez — Fernando Ocáriz — José Luis Illanes, op. cit., pp. 69-86 y 162-198.

[11] Cfr. Statuta, nn. 1 y 130, en Amadeo de Fuenmayor — Valentín Gómez-Iglesias — José Luis Illanes, op. cit., pp. 628 y 647.

[12] Diario del centro de la calle de Jorge Manrique, 14-II-1943, AGP (Subfondo Asesoría Central), D-1004.

“Dejemos que nos acaricie la mirada de María”

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En sus visitas a París y Lourdes, el Papa ha invitado a compartir con María la vida de Cristo, también la Cruz. Lea una selección de textos.

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Homilía del Papa en la misa con motivo de los 150 años de las apariciones de Lourdes

Es significativo que, en la primera aparición a Bernadette, María comience su encuentro con la señal de la Cruz. Más que un simple signo, Bernadette recibe de María una iniciación a los misterios de la fe. La señal de la Cruz es de alguna forma el compendio de nuestra fe, porque nos dice cuánto nos ha amado Dios; nos dice que, en el mundo, hay un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras debilidades y pecados. El poder del amor es más fuerte que el mal que nos amenaza. Este misterio de la universalidad del amor de Dios por los hombres, es el que María reveló aquí, en Lourdes. Ella invita a todos los hombres de buena voluntad, a todos los que sufren en su corazón o en su cuerpo, a levantar los ojos hacia la Cruz de Jesús para encontrar en ella la fuente de la vida, la fuente de la salvación (…).

María sale a nuestro encuentro como la Madre, siempre disponible a las necesidades de sus hijos. Mediante la luz que brota de su rostro, se trasparenta la misericordia de Dios. Dejemos que su mirada nos acaricie y nos diga que Dios nos ama y nunca nos abandona. María nos recuerda aquí que la oración, intensa y humilde, confiada y perseverante debe tener un puesto central en nuestra vida cristiana. La oración es indispensable para acoger la fuerza de Cristo. “Quien reza no desperdicia su tiempo, aunque todo haga pensar en una situación de emergencia y parezca impulsar sólo a la acción” (Deus caritas est, n. 36). Dejarse absorber por las actividades entraña el riesgo de quitar de la plegaria su especificad cristiana y su verdadera eficacia. En el Rosario, tan querido para Bernadette y los peregrinos en Lourdes, se concentra la profundidad del mensaje evangélico. Nos introduce en la contemplación del rostro de Cristo. De esta oración de los humildes podemos sacar copiosas gracias (…).

Discurso de Benedicto XVI a los obispos de Francia

“Hay sin duda un problema particularmente urgente que aparece en todas partes: la situación de la familia. Sabemos que el matrimonio y la familia se enfrentan ahora a verdaderas borrascas. Las palabras del evangelista sobre la barca en la tempestad en medio del lago se pueden aplicar a la familia: “Las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua” (Mc 4,37).

Los factores que han llevado a esta crisis son bien conocidos y, por tanto, no me demoraré en enumerarlos. Desde hace algunas décadas, las leyes han relativizado en diferentes países su naturaleza de célula primordial de la sociedad. A menudo, las leyes buscan acomodarse más a las costumbres y a las reivindicaciones de personas o de grupos particulares que a promover el bien común de la sociedad. La unión estable entre un hombre y una mujer, ordenada a construir una felicidad terrenal, con el nacimiento de los hijos dados por Dios, ya no es, en la mente de algunos, el modelo al que se refiere el compromiso conyugal.

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Sin embargo, la experiencia enseña que la familia es el pedestal sobre el que descansa toda la sociedad. Además, el cristiano sabe que la familia es también la célula viva de la Iglesia. Cuanto más impregnada esté la familia del espíritu y de los valores del Evangelio, tanto más la Iglesia misma se enriquecerá y responderá mejor a su vocación.

Por otra parte, conozco y aliento ardientemente los esfuerzos que hacéis para dar vuestro apoyo a las diferentes asociaciones dedicadas a ayudar a las familias. Tenéis razón en mantener, incluso a costa de ir contracorriente, los principios que son la fuerza y la grandeza del Sacramento del Matrimonio. La Iglesia quiere seguir siendo indefectiblemente fiel al mandato que le confió su Fundador, nuestro Maestro y Señor Jesucristo. Nunca deja de repetir con Él: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt 19,6). La Iglesia no se ha inventado esta misión, sino que la ha recibido.

Ciertamente, nadie puede negar que ciertos hogares atraviesan pruebas, a veces muy dolorosas. Habrá que acompañar a los hogares en dificultad, ayudarles a comprender la grandeza del matrimonio y animarlos a no relativizar la voluntad de Dios y las leyes de vida que Él nos ha dado.

Una cuestión particularmente dolorosa es la de los divorciados y vueltos a casar. La Iglesia, que no puede oponerse a la voluntad de Cristo, mantiene con firmeza el principio de la indisolubilidad del matrimonio, rodeando siempre del mayor afecto a quienes, por los más variados motivos, no llegan a respetarla. No se pueden aceptar, pues, las iniciativas que tienden a bendecir las uniones ilegítimas. La Exhortación Apostólica Familiaris consortio ha indicado el camino abierto por una concepción respetuosa de la verdad y de la caridad.

Procesión eucarística en Lourdes

La Hostia Santa expuesta ante nuestros ojos proclama este poder infinito del Amor manifestado en la Cruz gloriosa. La Hostia Santa proclama el increíble anonadamiento de Quien se hizo pobre para darnos su riqueza, de Quien aceptó perder todo para ganarnos para su Padre. La Hostia Santa es el Sacramento vivo y eficaz de la presencia eterna del Salvador de los hombres en su Iglesia.

Hermanos, hermanas, amigos míos, aceptemos, aceptad, ofreceros a Quien nos lo ha dado todo, que vino no para juzgar al mundo, sino para salvarlo (cf. Jn 3,17), aceptad reconocer en vuestras vidas la presencia activa de Quien está aquí presente, ante nuestras miradas. Aceptad ofrecerle vuestras propias vidas (…).

Virgen Santa, ayúdanos a contemplar, ayúdanos a adorar, ayúdanos a amar, a amar más todavía a Quien nos amó tanto, para vivir eternamente con Él.

Palabras tras la procesión con las antorchas

Durante las apariciones, Bernadette reza el Rosario bajo la mirada de María, que se une a ella en el momento de la doxología. Este hecho confirma en realidad el carácter profundamente teocéntrico de la oración del Rosario. Cuando rezamos el Rosario, María nos ofrece su corazón y su mirada para contemplar la vida de su Hijo, Jesucristo (…).

María nos enseña a orar, a hacer de nuestra plegaria un acto de amor a Dios y de caridad fraterna. Al orar con María, nuestro corazón acoge a los que sufren. ¿Cómo es posible que nuestra vida no se transforme de inmediato? ¿Cómo nuestro ser y nuestra vida entera pueden dejar de convertirse en lugar de hospitalidad para nuestro prójimo? (…)

Necesitamos la luz y, a la vez, estamos llamados a ser luz. El pecado nos hace ciegos, nos impide proponernos como guía para nuestros hermanos, y nos lleva a desconfiar de ellos para dejarnos guiar. Necesitamos ser iluminados y repetimos la súplica del ciego Bartimeo: “Maestro, que pueda ver” (Mc 10, 51). Haz que vea el pecado que me encadena, pero sobre todo, Señor, que vea tu gloria (…).

Homilía del Papa en la misa presidida en la Explanada de Les Invalides (París)

“[El] llamamiento a huir de los ídolos sigue siendo válido también hoy. ¿Acaso nuestro mundo contemporáneo no crea sus propios ídolos? ¿No imita, quizás sin saberlo, a los paganos de la antigüedad, desviando al hombre de su verdadero fin de vivir por siempre con Dios? Ésta es una cuestión que todo hombre honesto consigo mismo se plantea un día u otro. ¿Qué es lo que importa en mi vida? ¿Qué debo poner en primer lugar?

La palabra “ídolo” viene del griego y significa “imagen”, “figura”, “representación”, pero también “espectro”, “fantasma”, “vana apariencia”. El ídolo es un señuelo, pues desvía a quien le sirve de la realidad para encadenarlo al reino de la apariencia. Ahora bien, ¿no es ésta una tentación propia de nuestra época, la única sobre la que podemos actuar de forma eficaz? Es la tentación de idolatrar un pasado que ya no existe, olvidando sus carencias, o un futuro que aún no existe, creyendo que el ser humano hará llegar con sus propias fuerzas el reino de la felicidad eterna sobre la tierra (…).

¿Cómo llegar a Dios? ¿Cómo lograr encontrar o reencontrar a Aquel que el hombre busca en lo más profundo de sí mismo, hasta olvidarse frecuentemente de sí? San Pablo nos invita a usar no solamente nuestra razón, sino sobre todo nuestra fe para descubrirlo. Ahora bien, ¿qué nos dice la fe? El pan que partimos es comunión con el Cuerpo de Cristo; el cáliz de acción de gracias que bendecimos es comunión con la Sangre de Cristo. Extraordinaria revelación que proviene de Cristo y que se nos ha transmitido por los Apóstoles y toda la Iglesia desde hace casi dos mil años: Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía en la noche del Jueves Santo. Quiso que su sacrificio fuera renovado de forma incruenta cada vez que un sacerdote repite las palabras de la consagración del pan y del vino.

Desde hace veinte siglos, millones de veces, tanto en la capilla más humilde como en las más grandiosas basílicas y catedrales, el Señor resucitado se ha entregado a su pueblo, llegando a ser, según la famosa expresión de San Agustín, “más íntimo en nosotros que nuestra propia intimidad” (cf. Confesiones, III, 6.11).

Hermanos y hermanas, veneremos fervientemente el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor, el Santísimo Sacramento de la presencia real del Señor en su Iglesia y en toda la humanidad. Hagamos todo lo posible por mostrarle nuestro respeto y amor. Démosle nuestra mayor honra. Nunca permitamos que con nuestras palabras, silencios o gestos, quede desvaída en nosotros y en nuestro entorno la fe en Cristo resucitado presente en la Eucaristía (…).

Permitidme hacer un llamamiento, esperanzado en la fe y en la generosidad de los jóvenes que se plantean la cuestión de la vocación religiosa o sacerdotal: ¡No tengáis miedo! ¡No tengáis miedo de dar la vida a Cristo! Nada sustituirá jamás el ministerio de los sacerdotes en el corazón de la Iglesia.  Queridos jóvenes o no tan jóvenes que me escucháis, no dejéis sin respuesta la llamada de Cristo (…).

[Cristo] mismo nos ha enseñado a huir de la idolatría y nos invita a construir nuestra casa “sobre roca” (Lc 6,48). ¿Quién es esta roca sino Él mismo? Nuestros pensamientos, palabras y obras sólo adquieren su verdadera dimensión si las referimos al mensaje del Evangelio. “Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca” (Lc 6, 45). Cuando hablamos, ¿buscamos el bien de nuestro interlocutor? Cuando pensamos, ¿tratamos de poner nuestro pensamiento en sintonía con el pensamiento de Dios? Cuando actuamos, ¿intentamos difundir el Amor que nos hace vivir? Él mismo nos ha enseñado a huir de la idolatría y nos invita a construir nuestra casa “sobre roca” (Lc 6,48). ¿Quién es esta roca sino Él mismo?

Nuestros pensamientos, palabras y obras sólo adquieren su verdadera dimensión si las referimos al mensaje del Evangelio. “Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca” (Lc 6, 45). Cuando hablamos, ¿buscamos el bien de nuestro interlocutor? Cuando pensamos, ¿tratamos de poner nuestro pensamiento en sintonía con el pensamiento de Dios? Cuando actuamos, ¿intentamos difundir el Amor que nos hace vivir?

Palabras del Papa a los jóvenes en París

Todos buscáis amar y ser amados. Tenéis que volver a Dios para aprender a amar y para tener la fuerza de amar. El Espíritu, que es Amor, puede abrir vuestros corazones para recibir el don del amor auténtico. ¡Todos buscáis la verdad y queréis vivirla, vivir realmente!. Cristo es esta verdad (…).

Es urgente hablar de Cristo a vuestro alrededor, a vuestras familias y amigos, en vuestros lugares de estudio, de trabajo o de ocio. No tengáis miedo. Tened “la valentía de vivir el Evangelio y la audacia de proclamarlo” (Mensaje a los jóvenes del mundo, 20 de julio de 2007). Os aliento, pues, a tener las palabras justas para anunciar a Dios a vuestro alrededor, respaldando vuestro testimonio con la fuerza del Espíritu suplicada en la plegaria.

Llevad la Buena Noticia a los jóvenes de vuestra edad y también a los otros. Ellos conocen las turbulencias de la afectividad, la preocupación y la incertidumbre con respecto al trabajo y a los estudios. Afrontan sufrimientos y tienen experiencia de alegrías únicas. Dad testimonio de Dios, porque, en cuanto jóvenes, formáis parte plenamente de la comunidad católica en virtud de vuestro Bautismo y por la común profesión de fe (cf. Ef 4,5). Quiero deciros que la Iglesia confía en vosotros (…).

Muchos de vosotros lleváis colgada del cuello una cadena con una cruz. También yo llevo una, como por otra parte todos los Obispos. No es un adorno ni una joya. Es el precioso símbolo de nuestra fe, el signo visible y material de la vinculación a Cristo (…).

Queridos jóvenes, sé que venerar la Cruz a veces también lleva consigo el escarnio e incluso la persecución. La Cruz pone en peligro en cierta medida la seguridad humana, pero manifiesta, también y sobre todo, la gracia de Dios y confirma la salvación. Esta tarde os confío la Cruz de Cristo.

El Espíritu Santo os hará comprender su misterio de amor y podréis exclamar con San Pablo: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo” (Gál 6,14). Pablo había entendido la palabra de Jesús -aparentemente paradójica- según la cual sólo entregando (“perdiendo”) la propia vida se puede encontrarla (cf. Mc 8,35; Jn 12,24) y de ello había sacado la conclusión de que la Cruz manifiesta la ley fundamental del amor, la fórmula perfecta de la vida verdadera. Que a algunos la profundización en el misterio de la Cruz os permita descubrir la llamada a servir a Cristo de manera más total.

Madrid, mayo de 1939

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

La Academia DYA, en el 16 de la calle de Ferraz, había quedado destruida en mucha mayor medida de lo que el Padre pensaba. En cuanto había podido, había ido a verlo con sus propios ojos, en compañía de Juan Jiménez Vargas. El Padre, sin más dilaciones, decide buscar enseguida otra casa donde instalar la Residencia, para que pudiera funcionar en octubre. Mientras la encuentran, el Padre, que sigue siendo Rector de Santa Isabel, se instala en la casa rectoral.

El convento de Santa Isabel, convertido en cuartel, ha permanecido ocupado también, durante toda la guerra, por un Comité revolucionario, y la iglesia ha sido incendiada. Sólo son habitables, de momento, las habitaciones del Rector y las de los capellanes, una vez limpiadas, por supuesto…

Con emoción, don Josemaría ha abrazado a su madre y a sus hermanos, tras largos meses de angustiosa separación, sólo mitigada por noticias intermitentes, en medio de tantos peligros. Ahora, se dispone a reanudar enseguida la labor apostólica en Madrid y en otras ciudades españolas.

En el mes de junio, el Padre escribe a uno de los que, antes de la guerra, participaban en las actividades de formación: Pronto tendremos casa…, si empujáis con vuestra oración y vuestro sacrificio y vuestro deseo de coger los libros. Mientras, no me perdáis vuestra bendita fraternidad, vivida cada día más, y manifestadla con vuestra colaboración en el afán común de rehacer nuestro hogar. Que pronto nos veamos reunidos junto al Jesús de nuestro Sagrario.

El Padre reanuda sus viajes

En Valencia, un sacerdote amigo suyo, don Antonio Rodilla, Rector del Colegio Mayor Beato Juan de Ribera, de Burjasot, le invita a dar, a partir del 5 de junio, unos ejercicios espirituales a un grupo de estudiantes universitarios. Don Josemaría llega a la ciudad ese mismo día.

Los ejercitantes quedan impresionados por la manera que tiene el Padre de situarles frente a sus responsabilidades. En la pared de una de las piezas, hay un cartel de grandes dimensiones, colocado allí por las tropas republicanas, que reza así: “Cada caminante siga su camino”.

El Padre pide que no lo quiten, porque el lema le ha gustado y, además, le permite aludir a él: Si ves claramente tu camino, síguelo. -¿Cómo no desechas la cobardía que te detiene?.

Tu perfección está en vivir perfectamente en aquel lugar, oficio y grado en que Dios, por medio de la autoridad, te coloque.

¡Hay muchos caminos! (…) Escoge de una vez para siempre: y la confusión se convertirá en seguridad.

Dos jóvenes universitarios que, con este motivo, han conocido al Fundador del Opus Dei, se comprometen enseguida a seguir el camino que el Padre les presenta: Amadeo de Fuenmayor, estudiante de Derecho, y José Manuel Casas Torres, que hace la carrera de Letras.

Restablecer un ambiente de familia

La busca de una casa en Madrid prosigue hasta que, por fin, se encuentra una adecuada en el número 6 de la calle Jenner, cerca de la Castellana. Alquilan tres pisos, dos en la cuarta planta y otro en la segunda.

En agosto, comienzan a instalar en la planta cuarta la mayor parte de la residencia y en la segunda el comedor, la cocina, los servicios y también una habitación para el Padre, otra para su madre y su hermana y una tercera para su hermano Santiago.

¿Cómo lograr que esta primera residencia tenga ese ambiente de hogar que don Josemaría desea?

Más adelante, serán ya las mujeres del Opus Dei las que podrán encargarse de esto, pero, de momento, son todavía muy pocas. El Padre resuelve el problema pidiendo a su madre y a su hermana Carmen que ayuden. Recuerda que ha sido precisamente en el hogar de sus padres donde ha aprendido a cuidar esos detalles materiales que hacen grata y amable una casa.

Da a leer a su madre una vida de San Juan Bosco, pero parecía que doña Dolores no se daba por enterada. Sin embargo, pasado algún tiempo, le dijo:

-¿Qué quieres? ¿Que haga como la madre de don Bosco? ¡Ni hablar!

-¡Pero si lo estás haciendo ya!, le respondió el Padre.

Efectivamente, sin decir nada, se encargaba ya de la administración de la casa, ayudada por su hija Carmen.

Dirigir el trabajo de las empleadas de hogar, velar por el buen orden de una residencia con cuarenta camas, no es tarea pequeña, pero a esa labor se entregan con una generosidad que saben disimular con discreción y buen humor.

La residencia es una nueva “locura”. Una vez más, es preciso pedir dinero a unos y otros. Los esfuerzos se centran sobre todo en el oratorio, instalado en la mejor habitación de la casa. Cada cual hace lo que puede: pintar, tapizar con una arpillera, decorar, clavar…

A comienzos de octubre, para el comienzo del curso escolar, todo está dispuesto, pero las arcas se hallan tan vacías que, cuando llega un nuevo residente, se le pide que pague por adelantado la pensión, sin decirle, por supuesto, que es para comprar la cama en que ha de dormir…

La Sección de mujeres comienza de nuevo

Don Josemaría reanuda también el apostolado entre las mujeres, interrumpido a causa de la guerra. Tiene que partir prácticamente de cero, pues, si bien ha permanecido en contacto con algunas de las jóvenes que dirigía, duda que puedan constituir el primer núcleo de la Sección de mujeres del Opus Dei. Las conversaciones que ha mantenido con las que ha encontrado y unas discretas indicaciones de su madre acaban de convencerle.

Poco después de su regreso a Madrid, luego de haber considerado las cosas a fondo en la oración, les comunica su decisión. No es cuestión de falta de piedad ni de poca profundidad en su vida cristiana, sino de que no han sido capaces de asimilar la secularidad, esencial en el espíritu de la Obra. Tras hacérselo comprender con delicadeza, les asegura que siguen gozando de su cariño, que rezará por ellas y que, si así lo desean, les recomendará a la institución religiosa que escojan libremente.

Enseguida, el Fundador se esfuerza en suscitar otras vocaciones femeninas. Una joven ha respondido ya afirmativamente a la llamada. Es la hermana de Miguel, el estudiante de arquitectura que le había acompañado en el paso de los Pirineos. Cuando este, durante la guerra civil, había estado oculto en Daimiel, donde vivían sus padres, el Padre dirigía las cartas que le escribía a su hermana Dolores (Lola), para que se las hiciera llegar. Miguel, por su parte, le había hablado del ambiente de la Academia DYA, de cómo se vivía allí y, sobre todo, del Padre, de su atractivo, de la espiritualidad que le había enseñado a vivir a él. Poco a poco, Lola empieza a pensar en la posibilidad de hacerse de la Obra, y se lo dice a Miguel, quien, a su vez, se lo comunica a don Josemaría. En mayo de 1937, el Padre dedica a Lola unas líneas en una carta que escribe a Miguel. Enseguida, ella le responde que está dispuesta a seguir el camino del que le habla.

Poco después de su regreso a Madrid, el 19 de abril de 1939, el Padre viaja a Daimiel y Lola le confirma su decisión. Don Josemaría cree que, en efecto, puede tener vocación al Opus Dei y, para facilitar la acción de la gracia en su alma, le pone por escrito útiles consejos que son, en realidad, todo un programa de vida interior adaptado a sus circunstancias: media hora de oración mental (a hora fija de la mañana), empeño por mantener la presencia de Dios a lo largo de la jornada (insistiendo, por ejemplo, en una devoción concreta cada día de la semana), un rato de lectura espiritual, rezo del Santo Rosario, exámenes de conciencia… Nada le dice de la Misa ni de la Confesión que no ha podido tener en aquellos tres años pasados sin sacerdotes ni culto en las iglesias y, encontrándose aún en unas circunstancias en que, recién terminada la guerra, la vida no se había podido normalizar…

Lola empieza a desplazarse a Madrid con frecuencia para completar su formación. En septiembre y en diciembre vuelve a ver al Padre, así como a su madre, doña Dolores, y a su hermana, Carmen, en el piso de la calle Jenner.

La ayuda espiritual a los sacerdotes

Mientras don Josemaría termina su tesis doctoral, que espera defender en diciembre, la residencia de Jenner empieza a animarse: círculos de estudios, meditaciones, retiros, actividades culturales a cargo de los primeros miembros de la Obra…

Respondiendo a las peticiones, cada vez más numerosas, de diversos obispos, el Padre viaja a varias ciudades españolas para dar ejercicios espirituales a grupos de sacerdotes. Los sufrimientos, a menudo heroicos, que han tenido que soportar en la guerra, pueden ser para ellos motivo de un nuevo impulso.

No olvida que tiene que dirigirse a hombres acostumbrados a enseñar y a predicar; por eso, antes de nada, les dice, para ganárselos, que tiene la impresión, al hablarles, de que trata de vender miel al colmenero. No por eso deja de exhortarles, con todas sus fuerzas, a no contentarse con ejercer bien su ministerio; deben aspirar a ser santos, a vivir heroicamente su vida cotidiana, porque la extensión del reino de Dios en el mundo depende de su grado de disponibilidad.

El sacerdote es jefe. Tiene que ir el primero, como Jesús. Este jefe siempre es victorioso, pero tiene que ponerlo todo: cuanto exijan las almas (su conversión), toda la salud, todo su dinero, todo su tiempo… ¿Un cura de carrera? No. Un apóstol… Jesús es mi hermano. Tenemos que hacer lo mismo. Sufrir lo mismo. Tenemos que parecernos: los mismos intereses, el mismo Padre… ser iguales. Él es el hermano mayor. La misma Madre, el mismo negocio, la misma hacienda, la misma vida, el mismo fin, el mismo premio… Identificados los dos en todo… ¿Un sacerdote sin santidad heroica? El bicho más raro, más desproporcionado, el más dañino, el más perjudicial…

Predicación exigente, pero eminentemente positiva, que reconforta a los oyentes y les incita a rezar más y a hacer apostolado.

Don Josemaría acepta predicar siempre que se lo piden los obispos de las diversas diócesis. Fiel a lo que ha resuelto, sólo pone una condición: no aceptar retribución alguna y pagarse hasta el viaje.

Centrarlo todo en Cristo

Los temas de su predicación a los estudiantes que viven en Jenner y a otros jóvenes, no difieren mucho de los que predica a los sacerdotes. A los seglares, el Padre les pide que, sin perder en absoluto su mentalidad secular, tengan alma sacerdotal, abierta a las necesidades más hondas de los que les rodean, a los cuales deben acercar a Cristo.

El Fundador del Opus Dei anima a quienes le escuchan a proseguir sus estudios, interrumpidos por la guerra, recordándoles que deben santificarse en su trabajo y asumir sus responsabilidades sociales.

Tras la guerra, muchos estudiantes experimentan ansias de acción, teñida, casi siempre, de las ideas dominantes. Como reacción ante la pasada persecución religiosa, la ideología política que prevalece entonces adopta un catolicismo oficial, proclive a las grandes manifestaciones públicas de fe, a las inauguraciones solemnes de iglesias y centros religiosos, a los discursos inflamados, a veces revanchistas…

Don Josemaría pone en guardia, a quienes quieren escucharle, frente a una concepción demasiado humana de la acción, que puede ser, sí, noble y patriótica. Pero no olvidéis -les dice- que existe una realidad más alta: el reino de Cristo, que no tiene fin. Y para que Cristo reine en el mundo, primero ha de reinar en tu corazón. ¿Reina de verdad? ¿Es tu corazón para Jesucristo?

Así les habla un último domingo de octubre, fiesta de Cristo Rey.

Como en los tiempos turbulentos de la República, algunos se alejan, más atraídos por una formación directamente orientada a la política. Otros, por el contrario, se sienten conmovidos al oírle hablar de una forma que hace resonar en ellos las palabras del Señor en el Evangelio, las cuales constituyen también una llamada a la acción, pero de otra manera.

Varias decenas de nuevos miembros llegan así a lo largo del curso universitario 1939-40 y del siguiente. El Padre les previene contra posibles interpretaciones erróneas de su apostolado, asegurándoles lo mismo que ya había escrito en 1932:

No vamos al apostolado a recibir aplausos, sino a dar la cara por la Iglesia, cuando ser católico es difícil; y a pasar ocultos, cuando llamarse católicos es una moda. Y añade: Habéis de vivir, habéis de hacer vuestra tarea, con la rectitud y con la nobleza de quienes, en su actuación, hacen valer su ciudadanía y su preparación profesional, no su catolicismo (…); con la alegría sobrenatural y el optimismo humano de quienes están profundamente convencidos de que el cristianismo no es una religión negativa y arrinconada, sino una afirmación gozosa en todos los ambientes del mundo.

En las ciudades de España

El mundo, mientras tanto, vive una de las etapas más dramáticas de su historia. El 3 de septiembre de 1939, Francia e Inglaterra entran en guerra contra la Alemania de Hitler. Todo hace pensar que esta conflagración afectará a más países que la precedente y que los medios de destrucción serán mucho mayores. Numerosos observadores opinan que la guerra de España ha sido como el banco de pruebas.

En el vestíbulo de la residencia de Jenner, el Padre ha hecho colocar un mapamundi para recordar las dimensiones universales de los apostolados del Opus Dei, cuya expansión va a verse obstaculizada, una vez más, por el curso de la historia. A veces, el Fundador hace girar con la mano un globo terráqueo que hay en su despacho para contemplar esos continentes donde, en cuanto sea posible, habrá que llevar la semilla divina de la Obra. Y como no será posible, de momento, ir a París, habrá que comenzar la expansión sólo dentro de la geografía española.

Los viajes se suceden a ritmo acelerado. Tanto, que el Padre cae agotado. En Valencia, después de predicar unos ejercicios en septiembre de 1939, se ve obligado a interrumpir la Misa que ha comenzado a celebrar en la Catedral, atacado por un súbito acceso de fiebre. Tienen que ayudarle a ganar la sacristía, de donde le conducen a un piso de la calle de Samaniego, que sus hijos acaban de instalar. El mobiliario es de lo más rudimentario. Como no tienen mantas, cubren al Padre -recostado sobre un somier- con unas cortinas, en espera de que la crisis pase.

Otros muchos viajes de “exploración” se suceden, en trenes destartalados y fríos o por carreteras en pésimo estado: Zaragoza, Valladolid, Barcelona, Salamanca…

Los viajes en automóvil resultan más animados. El Padre suele entonar canciones populares, cuyas letras de amor, que aplica al amor divino, le acercan a Dios.

Al llegar al punto de destino, el Padre y quienes le acompañan se instalan en algún hotel modesto y se lanzan a buscar amigos o conocidos.

El Padre recibe sin cesar a todos, unas veces en el mismo hotel, otras en un rincón tranquilo de algún café o de un parque público. Incansablemente, habla, a quienes son capaces de comprenderlo, del ideal de santidad en medio de las ocupaciones ordinarias que constituye la razón de ser de su vida desde el 2 de octubre de 1928.

Van surgiendo vocaciones en distintas ciudades, fruto de la oración, de la mortificación y del celo apostólico del Padre y de sus hijos. Desprovistos de todo, experimentan sentimientos parecidos a los de los apóstoles cuando el Señor los envió sin “bolsa ni alforjas” (Lc. X, 4), llevando como único viático su fe en la eficacia de la palabra del Maestro: “No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que Yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (loh. XV, 16).

En marzo de 1940, los miembros de la Sección de varones del Opus Dei son ya unos cuarenta. Se hace necesario prever para ellos un período de formación intensa. Así pues, vienen a Madrid, procedentes de distintos lugares de España, y se reúnen en torno al Fundador. Son unas jornadas inolvidables, impregnadas de alegría y buen humor.

El 19 de marzo, festividad de San José, celebran el santo del Padre. El Vicario general de la diócesis, don Casimiro Morcillo, le visita para transmitirle el saludo afectuoso del obispo, Mons. Eijo y Garay.

Por todos los rincones del mundo

El Padre les habla de fidelidad, de la necesidad de perseverar, pase lo que pase. Para remachar el clavo, evoca el heroísmo de los cuarenta mártires de la ciudad armenia de Sebaste, que, en el siglo IV, fueron arrojados a un estanque helado por negarse a sacrificar a los ídolos. “Cuarenta hemos entrado en este combate y cuarenta coronas, Señor, te pedimos: haz que no falte ni siquiera una de este número”. Pero, en plena noche, uno de ellos, vencido por el frío, pide que lo saquen. Entonces, uno de los guardianes, conmovido por el temple de aquellos hombres, al ver bajar cuarenta Ángeles con cuarenta coronas, se declara cristiano y se arroja al estanque para reemplazar al que ha desertado…

Vuestra eficacia, hijos míos, será consecuencia de vuestra santidad personal, que cuajará en obras responsables, que no se esconden en el anonimato. Cristo Jesús, Buen Sembrador, nos aprieta -como el trigo- en su mano llagada, nos inunda con su Sangre, nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha! Y luego, generosamente, nos echa por el mundo uno a uno, como deben ir mis hijos del Opus Dei, esparcidos: que el trigo no se siembra a sacos, sino grano a grano.

Un libro de gran formato y tapas blancas ha aparecido el año antes. Contiene los puntos de meditación de Consideraciones Espirituales, ligeramente modificados, y enriquecidos con 566 puntos más que hacen un total de 999 (en simbólico homenaje a la Santísima Trinidad). El título, Camino, recuerda a Cristo, que se llamó a Si mismo Camino, Verdad y Vida…

En ese libro, ha escrito: No tengas espíritu pueblerino. -Agranda tu corazón, hasta que sea universal, “católico”.

Cuanto más cerca está de Dios el apóstol, se siente más universal: se agranda el corazón para que quepan todos y todo en los deseos de poner el universo a los pies de Jesús.

Y también: Ser católico es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países. ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses…, de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo. -¡Católico!: corazón grande, espíritu abierto.

Los pensamientos se vuelven hacia el mapamundi del vestíbulo de la Residencia de Jenner.

¿Cuándo se hará realidad ese sueño divino?

Madrid, 14 de febrero de 1943

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Este año, el decimotercero aniversario de la fundación de la Sección femenina del Opus Dei cae en domingo y don Josemaría Escrivá de Balaguer celebra la Santa Misa para sus hijas en un Centro situado en la calle de Jorge Manrique.

En las palabras que acaba de dirigirles, les ha recordado aquella otra Misa del 14 de febrero de 1930, cuando, después de la comunión, había experimentado en su alma el mismo sentimiento que debe tener un padre a quien Dios le envía un hijo que no esperaba:

Y desde entonces, me parece que estoy obligado a teneros más afecto: os veo como una madre ve al hijo pequeño… Yo os aseguro que ha sido voluntad expresa del Señor -señalada en este día del año treinta- la razón por la cual existe la Sección femenina del Opus Dei: El lo ha querido.

La afluencia de vocaciones ha hecho posible, en julio de 1942, que se abra ese Centro, situado en un hotelito pequeño, de tres plantas y sótano, que permite ciertos arreglos. Dolores Fisac, Nisa González Guzmán y Encarnación Ortega -la cual ha conocido al Padre durante aquel curso de retiro de 1941- viven ya allí. El Padre ha dado indicaciones precisas para la instalación del oratorio, en el que celebra Misa con frecuencia y dirige la palabra a las presentes.

Una luz nueva

En esos meses y también en ese día, a don Josemaría le ronda una preocupación, un problema que se esfuerza en vano por resolver, a pesar de que, desde hace tiempo, reza mucho por esa cuestión y ofrece, como siempre, duras mortificaciones. Se trata de la incardinación de sacerdotes a la Obra, algo que ha visto desde el principio y resulta necesario para completar la fisonomía del Opus Dei, que es eminentemente secular, sí, pero que no podrá realizar su fin si no cuenta, para reforzar la formación de sus miembros y administrarles los sacramentos, con algunos sacerdotes empapados de su espíritu y capaces de ayudar a la expansión de sus apostolados.

Los que, antes de la guerra, le habían ayudado, no habían acabado de comprender el espíritu de la Obra, a pesar de que él se había esforzado en transmitírselo; además, tampoco habían captado la necesidad de estar muy unidos al Fundador, única forma de garantizar la coherencia y la expansión apostólica.

Hacía ya mucho tiempo que había llegado a la conclusión de que, para conseguir esos fines, la única solución sería ordenar sacerdotes a algunos miembros laicos del Opus Dei, previamente formados en el espíritu de la Obra. Sólo así podría garantizarse la necesaria unidad.

Lo ha comentado con aquellos hijos suyos que, a su juicio, podrían responder a esa llamada al sacerdocio; Álvaro del Portillo y José María Hernández de Garnica, los cuales habían dado una respuesta afirmativa.

Ahora que el trabajo apostólico se extiende, el Padre vuelve a pensar insistentemente en ello, aunque llevarlo a cabo plantea problemas prácticos y jurídicos muy serios. Porque el sacerdote tiene que ser llamado al sacerdocio y ordenado por un obispo (esta condición puede solventarse, pues no faltan obispos que comprenden la Obra y la alientan) y tiene también que recibir una formación previa -filosófica, teológica y jurídica-, impartida de ordinario en los seminarios diocesanos. Tiene, finalmente, que estar vinculado a un obispo o, al menos, estar incardinado, es decir, vinculado canónicamente a la Iglesia.

El Obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay, está dispuesto a llamar al sacerdocio y ordenar a aquellos miembros de la Obra que don Josemaría le proponga. De hecho, Álvaro y José María han comenzado ya, fuera del seminario, sus estudios de filosofía y teología, y a ellos se les ha unido José Luis Múzquiz, ingeniero de caminos, que había conocido la Obra antes de la guerra, en 1935.

Los tres se han examinado ya de numerosas asignaturas en el seminario diocesano, con gran éxito. Porque don Josemaría ha puesto especial empeño en que tengan los mejores profesores, dando las razones a quienes se lo han preguntado…: La segunda, por agradar a Dios; la tercera, porque había muchos ojos llenos de cariño puestos en nosotros, y no se podía defraudar a esas almas; la cuarta, porque había gente que no nos quería, y buscaba una ocasión para atacar, después, porque en la vida profesional he exigido siempre a mis hijos la mejor formación, y no iba a ser menos en la formación religiosa. Pero, además de todas esas razones, hay otra, la más importante a juicio del Fundador, que suele enunciar como resumen de todas: La primera razón -puesto que yo me puedo morir de un momento a otro-, porque tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho y deseo ardientemente salvar mi alma.

La condición para poder ordenar sacerdotes -el “título de ordenación”- es la que plantea problemas más graves, prácticamente insolubles. El Padre ha pedido consejo a diversas personalidades eclesiásticas, entre ellas a Mons. Eijo y Garay, pero ninguna de las soluciones que le han sugerido le parece razonable.

Desde hace días, tiene la sensación de estar frente a una muralla, aunque mantiene la convicción de que debe existir una respuesta, ya que los sacerdotes estaban presentes cuando el Señor le hizo ver el Opus Dei aquel 2 de octubre de 1928.

Una vez más, se hace la luz durante la Santa Misa. Cuando acaba de decirla este 14 de febrero de 1943, tiene la solución: una sociedad sacerdotal orientada al apostolado. Sin perder tiempo dibuja en su agenda una cruz latina inscrita en una circunferencia, que será en adelante el sello del Opus Dei.

Queda, ahora, someter a las autoridades competentes el proyecto que acaba de concebir, un proyecto que, con la ayuda de Dios, saldrá adelante. No será fácil encontrar la solución jurídica precisa, pero el objetivo es claro y tiene la ventaja de que no hay que recurrir, como le habían propuesto sus amigos, a fórmulas incompatibles con el espíritu del Opus Dei o de hecho impracticables.

Estudio y gestiones jurídicas

A1 día siguiente, el Padre se traslada a El Escorial, donde sus tres hijos están preparándose intensamente para ser ordenados. Nada más llegar, habla con Álvaro del Portillo. Paseando junto al monasterio construido por Felipe II, le explica brevemente lo que ha visto la víspera y las gestiones jurídicas que este nuevo desarrollo de la Obra exigen. Luego, le pide que regrese con él a Madrid. Quiere el Padre elaborar una propuesta concreta y bien estructurada que el Obispo de Madrid pueda hacer llegar a la Santa Sede.

Dos miembros de la Obra estaban ya en Roma desde el mes de noviembre de 1942, especializándose en derecho canónico en una universidad pontificia. El Padre les había recomendado que aprovechasen su estancia para dar a conocer la Obra a algunas personalidades de la Curia romana. Sin embargo, ahora, lo que ha sucedido en su alma le inclina a pensar que hace falta algo más y estima que Álvaro del Portillo, como secretario general del Opus Dei, debe desplazarse cuanto antes a la Ciudad Eterna para presentar ante la Santa Sede un proyecto preciso de aprobación.

El 25 de mayo de 1943, el avión en que viajaba Álvaro aterriza en el aeropuerto de Roma tras un viaje bastante accidentado, a causa de la guerra. El 4 de junio le recibe el Papa Pío XII, a quien presenta los documentos elaborados por el Fundador del Opus Dei, acompañados de una carta de Mons. Eijo y Garay. Álvaro responde a las preguntas que, en relación con la Obra, le hace el Papa. Luego, visita a varias personalidades eclesiásticas, entre ellas al Cardenal Maglione, secretario de Estado, y Mons. Juan Bautista Montini, sustituto de la Secretaría de Estado.

Primera aprobación pontificia

Cuando regresa, el 21 de junio, Álvaro anuncia al Padre que se puede esperar una primera aprobación pontificia, conocida con el nombre de appositio manuum.

Don Josemaría siente una inmensa alegría. Hacia meses que venía rezando por esa intención, y, antes de partir Álvaro, había intensificado sus oraciones y había pedido a los que le rodeaban que rezasen también.

Su primer hijo espiritual, Isidoro, ha ofrecido por esa misma intención sus dolores físicos. Hace dos años que padece una dolencia incurable -cáncer de ganglios, la enfermedad de Hodgkin- y el médico dice que le quedan pocos meses de vida. En enero, ha tenido que dejar su trabajo para ingresar en una clínica, donde siempre le acompaña alguno de sus hermanos.

Nuevo proceso a las intenciones

Esta primera aprobación llega muy a punto, porque la campaña de calumnias no cesa. Al contrario, crece.

Para el Opus Dei, el período de gestación ha quedado atrás. La casa de la calle de Diego de León está llena de jóvenes miembros de la Obra, todos estudiantes, que en ella reciben una intensa formación ascética y doctrinal. En cuanto a los mayores, han entrado ya en la vida profesional, siguiendo las huellas de Álvaro del Portillo, Isidoro Zorzano, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz, todos ingenieros, y de Ricardo Fernández Vallespín, que acaba de abrir un estudio de arquitecto. Algunos otros se presentan, en cuanto el Ministerio de Educación las convoca, a concursos u oposiciones que abren camino a la enseñanza superior. Algo que, inexplicablemente, provoca enseguida comentarios absurdos. Porque, antes incluso de que algún miembro de la Obra haya ganado unas oposiciones, corre un rumor que parece proceder de la misma fuente de siempre: “¡El Opus Dei quiere apoderarse de la Universidad!”.

El rumor hace reír -y sufrir- a los hijos de don Josemaría: son muy pocos los que se presentan a oposiciones a cátedra y, entre 1940 y 1943, de un total de ciento cuarenta y cinco plazas convocadas, sólo siete obtienen una… Es más: algunos de los que se han presentado tienen la impresión, bien fundada, de que no la han obtenido precisamente por ser del Opus Dei.

Durante un curso de retiro que el Padre dirige en Diego de León entre el 4 y el 9 de septiembre de 1942, vuelve a afirmar una vez más ante sus hijos, con energía, el principio intangible de la absoluta autonomía de los miembros de la Obra en sus tareas profesionales. Nuestro fin -viene a decirles- consiste en santificarnos para santificar a los demás. Para ello, los únicos medios son la oración, los sacramentos, el sacrificio y un trabajo perseverante y bien hecho. Nuestro fin no es ocupar puestos más o menos relevantes, sean los que sean. Si sois buenos cristianos, si cumplís vuestros deberes con la sociedad y con la patria, si estudiáis y trabajáis con orden y perseverancia, si ejercéis como es debido vuestros derechos y deberes ciudadanos, no será extraño que algunos ocupéis un día puestos importantes. Pero eso será asunto vuestro, no de la Obra. Porque la Obra no facilita empleo a nadie, no ofrece puestos a nadie. En el Opus Dei, no encontraréis más que ayuda espiritual y formación cristiana, el ejemplo de vuestros hermanos mayores -que os estimulará para trabajar de firme- y una predicación que os animará a huir de lo fácil y a complicaros la vida. Pero procurar puestos de trabajo o empujar a algunos a lograrlos, eso nunca, ¡nunca!

El Padre ha pronunciado estas palabras con el vigor que le caracteriza, sobre todo cuando se trata de un punto fundamental de su doctrina. Algo, por otra parte, que sus hijos saben bien y han practicado siempre.

A quienes, ajenos a esta realidad, insinúan que los miembros de la Obra podrían ayudarse mutuamente para lograr puestos relevantes, don Josemaría les responde, con la misma energía, que no es así, que les está prohibido hacerlo y que, además, sería paradójico y estúpido que quien ha renunciado a tantas cosas para seguir a Cristo arriesgase su destino eterno practicando el favoritismo, y, por tanto, faltando a la justicia.

Por otra parte, nada más alejado del espíritu de la Obra que la idea de ghetto, es decir, la tendencia a formar grupitos dentro de la universidad, de un centro de investigación, de una facultad o donde sea. Tal forma de actuar va contra la forma de ser de sus miembros. Jamás hemos constituido -afirma el Fundador- ni constituiremos grupos, del tipo que sean. Lo que nos caracteriza es el abrirnos en abanico, siguiendo cada cual su propio camino, trabajando donde esté y llevando consigo la simiente de Cristo.

El Padre, personalmente, ha empezado por dar ejemplo al aceptar dar clases de deontología en la Escuela de Periodismo de Madrid, inaugurada en 1940. Allí ha encontrado -más que en el Consejo Nacional de Educación, del cual ha sido nombrado miembro ese mismo año, pero que es un cargo más bien honorífico- una oportunidad de impregnar de espíritu cristiano y de una ética profesional rigurosa y dinámica a futuros o actuales periodistas.

Tal tarea ha venido a unirse a las numerosas actividades que tiene entre manos, a pesar de su agotamiento -del cual no se ha recuperado desde los avatares de la guerra- y de sus muchos sufrimientos, nacidos de tanta incomprensión.

La muerte de una madre

Todo ello, sin contar que había experimentado una dura prueba en la primavera de 1941.

A mediados del mes de abril, su madre había enfermado. A1 principio, el médico diagnosticó una pulmonía y don Josemaría estaba preocupado: el Administrador apostólico de la diócesis de Lérida le había pedido que diese unos ejercicios espirituales a sus sacerdotes, y estaría ausente unos días. Sin embargo, el pronóstico relativamente optimista del médico le animó a partir.

Antes de emprender viaje, fue a despedirse de su madre:

-Ofrece tus molestias por esa labor que voy a hacer -le dijo.

Ya salía de la habitación, cuando oyó que su madre exclamaba, en voz baja:

-¡Este hijo!

Nada más llegar al Seminario de Lérida, se había arrodillado ante el Sagrario:

-Señor, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes.

Dos días más tarde, el 22 de abril, pensando también en su madre enferma en Madrid, había dedicado una de sus pláticas a la figura de la madre del sacerdote, diciéndoles que su papel era tan importante que pedía al Señor que concediese a todos sus sacerdotes el que no muriese hasta el día siguiente al que ellos abandonasen este mundo…

Al terminar, se había arrodillado ante el Santísimo Sacramento. De pronto, se había abierto la puerta y el administrador apostólico de la diócesis, Mons. Moll, que participaba en los ejercicios, se había acercado a él.

-Álvaro del Portillo le llama por teléfono.

Doña Dolores había fallecido.

Profundamente impresionado, había vuelto enseguida al oratorio:

-Señor, ¿esto me haces? ¿Mientras yo estaba cuidando de tus curas, Tú me haces esto?

Pronto, sin embargo, había comprendido que el Señor se había llevado a su madre porque estaba madura para el cielo. Y habían venido las lágrimas, abundantes como las de un niño, mientras rezaba una oración que había recomendado muchas veces a quienes tenían que aceptar un querer divino especialmente doloroso:

Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. -Amén. -Amén.

No sin razón, el Señor le había pedido esta renuncia precisamente cuando estaba predicando a los sacerdotes. La paz que había seguido a su lenta y dolorosa invocación le proporcionó la certeza de que su madre, desde el Cielo, intercedería por esos sacerdotes diocesanos a los que él tanto se había dado.

El gobernador civil de Lérida, Juan Antonio Cremades, amigo suyo desde su época de estudiante en la Universidad de Zaragoza, le facilitó un automóvil para que regresara a Madrid.

Cuando el Padre entró en el oratorio de la casa de Diego de León, su madre reposaba ya allí, velada por miembros de la Obra. Arrodillado ante el cadáver, las lágrimas brotaron de nuevo. Y cuando los presentes vieron que se levantaba y pedía una estola, pensaron que quería rezar un responso, pero él entonó el Te Deum…

Con todo, el Padre siguió quejándose, como un hijo:

Dios mío, Dios mío, ¿qué has hecho? Me has quitado todo: todo me lo quitas. Yo pensaba que mi madre les hacia mucha falta a estas hijas mías, y me dejas sin nada… ¡sin nada!

Dos días más tarde, su reacción había sido distinta al dirigirse al Señor en presencia de sus hijos:

Señor, estoy contento porque sé que Tú la quieres y porque has tenido un detalle de confianza conmigo… Hay que procurar que todos mis hijos estén junto a sus padres cuando éstos mueran, pero a veces no será posible. Y has dispuesto, Señor, que en esto haya ido yo delante.

Todo para Dios

La campaña de calumnias contra el Opus Dei arrecia y el abatimiento físico de don Josemaría es tal que sus hijos logran convencerle, no sin esfuerzo, para que descanse al menos una semana.

En septiembre de 1941, pasa unos días en La Granja de San Ildefonso, cerca de Segovia. Celebra la Santa Misa en la Colegiata del Palacio que Felipe V había mandado construir al pie de la Sierra de Guadarrama, imitando el estilo versallesco. El Fundador no deja de rezar en reparación por las acusaciones de que es objeto. Hace un acto de abandono en las manos de Dios, y pide al Señor con insistencia que le ilumine y le ayude. De repente, vuelve a ocurrirle lo mismo que le sobrevino en Madrid, en los años treinta: que el Señor le dejó casi totalmente a oscuras y el demonio aprovechó para soplarle al oído, sin palabras:

“Todo lo que estás haciendo no es cosa de Dios; todo esto -remover almas, hacer que la gente deje a su familia y se vaya contigo- es para dedicarse a una cosa tuya nada más… Los estás engañando…”

Su reacción es exactamente la misma que la que tuvo entonces: Señor, si la Obra no es para servirte, para servir a tu Iglesia, haz que se destruya inmediatamente.

Al punto, le invade una paz total, que disipa toda duda y amargura. Respuesta sin palabras equivalente a la frase tranquilizadora de Jesús a los incrédulos Apóstoles cuando creían que la barca se iba a pique entre las olas encrespadas del lago de Tiberiades: “Soy Yo, no temáis” (Mat. XIV, 27).

TRABAJO PARA TODO EL AÑO

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Durante mi veraneo en el balneario de El Pinar, en Uruguay, una señora vino la primera semana a ayudarme en la limpieza de la casa. Conversando con ella, me dijo que era católica. Aproveché la oportunidad para darle la Hoja Informativa y una estampa con la oración para la devoción privada a Mons. Escrivá de Balaguer, diciéndole que rezase la oración siempre que pudiera, pues le ayudaría mucho. Ella me respondió:

–Dios quiera que me ayude a conseguir un trabajo estable para todo el año, ya que lo necesito mucho. Mi marido no gana lo suficiente y queremos terminar la casa donde vivimos, pues la estamos construyendo nosotros.

Antes del fin de semana regresó para decirme:

–Señora, el Padre de su estampa es milagroso; me han llamado de una confitería para hacerme cargo de la cocina durante todo el año. Vengo a despedirme porque no la podré ayudar, pero le mando una señora que también necesita trabajo. Ella se hará cargo de la limpieza de la casa, durante las horas que usted desee.

También me dijo que antes le había sido imposible encontrar trabajo, y que desde que el Fundador del Opus Dei le concedió este favor, ha comenzado a rezar diariamente la oración de la estampa.

Único heroísmo: comenzar y recomenzar

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El panorama apostólico de los miembros del Opus Dei es, efectivamente, como tantas veces recordaba Mons. Escrivá de Balaguer, «un mar sin orillas». Cristianos corrientes y responsables, emplean su vida, en el lugar y el tiempo en que ésta se desarrolla, en esforzarse por ser instrumentos dóciles en las manos de Dios para que el mundo sea más cristiano y los hombres se encuentren a sí mismos más dignos y más felices. Su sentido de la filiación divina, mantenido con la oración constante y por la alegría que produce la lucha por desatarse de las cosas y del propio egoísmo, les da una confianza que no admite imposibles, porque «para quienes aman a Dios, todo es para bien». En sus hermosas batallas de paz los fracasos y las victorias se apuntan siempre en el «haber». Procuran vivir de cara a Dios, por eso no pueden perder la alegría, ni sentir desánimo –sino todo lo contrario– por el hecho de que su labor pase muchas veces inadvertida. Ellos, cada uno a su modo, trabajan para Dios, enamorados de un solo ideal –Jesucristo– y empujados por la formidable fuerza de los medios sobrenaturales que la Iglesia pone, desde siempre, a disposición de los hombres.

Cada persona del Opus Dei escribe diariamente en esta tierra una historia sencilla, nutrida de cosas pequeñas, de amor a Dios y a las almas, de virtudes y de defectos, de gracia y de barro, de esfuerzo. Ninguna de esas personas se siente héroe, aunque de hecho resulte heroico ese «comenzar y recomenzar» de cada jornada, volcándose con los miembros de la familia, con los compañeros de trabajo, con los conocidos y con los desconocidos…, buscando en la entrega a los demás –nunca fríamente y en general, sino «con particular cariño»– la propia santificación, de la cual serán ellos los últimos en enterarse, ya que en el Opus Dei no hay «grados de perfección», ni finales de etapa, sino continuas «ganas de dar», buena voluntad en una palabra, porque la razón más sobrenatural de esta vida cristiana de nuestros días es la «realísima gana» y porque la más reciente vocación al Opus Dei –el hombre o la mujer que, en cualquier lugar del mundo, acaba de solicitar la admisión– se siente tan responsable como quien lleva cuarenta años en el Opus Dei.

He dicho ya en alguna parte que la única verdadera historia del Opus Dei es la suma de biografías completas y personales de sus miembros, de todos, porque ninguna es igual, aunque todas lleven esa impronta del mismo espíritu evangélico, siempre viejo y siempre nuevo. Biografías de oración y de acción, de vida contemplativa en las más inverosímiles circunstancias de este mundo, de vida oculta en el actual torbellino de los medios de comunicación. Porque es la médula del mundo la que Dios observa y es sobre esa médula sobre la que Dios actúa, sirviéndose de los cristianos que se empeñan en realizar con decisión su Voluntad sin olvidar nunca que son de arcilla.

Calcular la eficacia del apostolado personal de las personas del Opus Dei sería tanto como descubrir de pronto el fondo de los hombres y de las cosas. A lo largo de mi vida profesional me he encontrado en distintos países con hombres y mujeres del Opus Dei y, aunque he podido apreciar el mismo espíritu en todos ellos, me he convencido también, por la riquísima variedad individual, de que la única explicación del Opus Dei es la sobrenatural, pues no se puede entender de otro modo el hecho de que hombres de tan distintas razas y de tan variada condición puedan entregarse a un ideal con la fuerza, la alegría y la decisión con que lo hacen; ni se podría entender tampoco su rapidísima difusión por el mundo desde una fecha tan cercana a nosotros como 1928.

Y viene bien recordar, por último, por su especial limpidez, en este panorama apostólico el capítulo, sin puertas como el campo, de los Cooperadores del Opus Dei que se acercan a Dios en todo el mundo –no con teorías, sino arrimando el hombro y dando una mano para hacerlo más habitable–, algunos sin disfrutar siquiera de la fe católica al comienzo de su colaboración. ¿Quién conoce a estos millares de personas corrientes que descubren lo inesperado –y del modo más inesperado– en cualquier lugar de los cinco continentes y que, con frecuencia, dan lecciones de generosidad a los mismos católicos?… Joseph, publicitario nigeriano, y su amigo Gabriel, profesor universitario en Lagos; Cees, catedrático de Utrecllt; Paco, conductor de autobús en Sevilla; Carolina, escritora anglicana, convertida en 1971 al catolicismo, en Londres; Maite, ama de casa española; Pascale, investigadora del Departamento de Genética de la Facultad de Medicina de la Universidad de Paris; George, comerciante egipcio de Sidney, de religión copta ortodoxa; Nicoletta, campesina de Brescia (Italia); Marcela, enfermera que trabaja en el Departamento de Pediatría de la Universidad de Ibadán; Herminio, mecánico portugués; Ana María, catedrático de Historia en un Instituto de enseñanza media de Madrid; Eberle, industrial alemán; Anne, madre de familia, casada con un minero de Glasgow; Kawada, matemático de la Universidad de Kioto; etc.

Éste es el apostolado de los miembros del Opus Dei. Hombres y mujeres que viven el compromiso del bautismo y que «pasan la bola» del Evangelio a lo largo y a lo ancho del mundo, con conciencia de que no es sólo para ellos, porque Jesucristo vino a redimir a todos, y a cada uno en particular, y quiere indudablemente que el fuego se propague sin acepción de personas.

La forma de este apostolado, si no lo hemos comprendido ya, es la de una gran catequesis, a escala mundial pero siempre de un modo personal Y directo, que lleve a los hombres y a las mujeres «a hablar con Dios y a hablar de Dios», lo más importante indudablemente de esta vida y de la otra. Es lo que hizo, con una entrega admirable, Mons. Escrivá de Balaguer. Y es lo que tratan de hacer, cada uno en su sitio, con su profesión y con su trabajo, los miembros del Opus Dei, para que el «depósito de la fe», que los cristianos hemos recibido sin ningún mérito por nuestra parte, llegue a más gente y se transmita, limpio, íntegro v vivido, con la misma lealtad con que lo hicieron los cristianos de la primera hora que conocieron físicamente a Jesucristo, el Dios hecho hombre para quedarse con nosotros hasta el final de los siglos. Se trata de la aventura –profunda y siempre poco conocida– de Dios en la Tierra. De la aventura del cristianismo vivido.

Logroño. La llamada de Dios

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Las desgracias se sucedieron. En 1914 quebró el negocio familiar —un comercio de tejidos— y los Escrivá tuvieron que trasladarse de ciudad. Se asentaron en la capital de la Rioja, donde Josemaría siguió estudiando el Bachillerato. La actuación de su padre en aquellos momentos difíciles le dejó un caudal de recuerdos inolvidables; recuerdos —comentaba— que me enorgullecen y que no se han borrado de mi memoria (…): anécdotas de caridad generosa y oculta, fe recia sin ostentaciones, abundante fortaleza a la hora de la prueba bien unido a mi madre y a sus hijos.

Era un adolescente estudioso que soñaba con ser arquitecto y construir grandes edificios. Pero Dios tenía otros planes para él. Un día, durante las Navidades de 1917-18, tras una intensa nevada, vio en la Costanilla de la calle Mayor de Logroño algo que le llamó poderosamente la atención: las huellas heladas de unos pies descalzos sobre la nieve. Eran las pisadas de un joven carmelita, José Miguel de la Virgen del Carmen.

Si otros hacen tantos sacrificios por Dios —pensó—, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?; y entendió en su alma que Dios le llamaba a su servicio. Comencé a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor.

¿Para hacer qué? ¿Dónde? Lo ignoraba. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera… De este modo, tan sobrenatural como sencillo, Dios le indicó la dirección —la entrega plena—, pero sin señalarle el camino con claridad. Tuvo que rezar, pedir luces, aconsejarse… como todos los que quieren seguir al Señor. Habló con el Padre José Miguel, que le ayudó en aquellos momentos decisivos, y desde entonces guardó un profundo afecto por la Virgen del Carmen y el Carmelo. No sabía qué hacer: sólo tenía presagios, presentimientos, barruntos en el habla aragonesa. Barrunté el Amor, la llamada de Dios, que quería algo. Yo no sabía lo que era.

Tomó una decisión trascendental en su vida con la ayuda de la Virgen, sin esperar la llegada de unas luces meridianas, de unas gracias tumbativas, como las que recibió San Pablo, que Dios no tenía por qué darle. Dios le llamó en la normalidad de lo cotidiano, con un signo en medio de la calle y Josemaría respondió con generosidad plena, demostrando la madurez espiritual de su corazón de adolescente. Mi Madre del Carmen me empujó al sacerdocio. Yo, Señora, hasta cumplidos los dieciséis años, me hubiera reído de quien dijera que iba a vestir sotana. Decidió hacerse sacerdote, algo en lo que no había pensado, para llevar a cabo ese querer de Dios aún desconocido.

Sus padres, como buenos cristianos, respetaron su decisión, y poco tiempo después ingresó en el Seminario de Logroño. Por medio del sacerdocio —intuyó— podría ser fiel a ese algo grande que Dios le pedía; algo, comentaría años después, que todavía estoy paladeando y que me ha endulzado la vida.

Y oraba, de modo incesante: ¡Señor que vea! ¡Señor que sea!

AL FINAL DEL CAMINO

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Desde hace más de veinticinco años encomendaba a Dios la conversión de mi padre, originario de China, que vino a estas tierras a principios de siglo. En su hogar nacimos once hijos, y todos fuimos bautizados y educados cristianamente sin que nunca nos pusieran ningún obstáculo. Pero tanto papá como mamá seguían sin bautizarse.

Cuando pedí la admisión en el Opus Dei, tenía ya la preocupación de su conversión: había conseguido catecismos en chino, Santos Evangelios y algunos libros de religión, pero la barrera del idioma, que yo no dominaba, hizo difícil descender a mayores precisiones.

Mis padres practicaban una mezcla de religión natural, con influencia de ideas morales de Confucio. Normas sobre la práctica del bien, la verdad, la honradez, el respeto y veneración por los antepasados y, sobre todo, la piedad filial. Todo esto era práctica ordinaria en su casa, que luego se vio reforzada por la enseñanza cristiana que recibimos.

Mi madre fue la primera en hacer el recorrido hacia la fe. Poco a poco incorporó a su vida diversas prácticas de piedad cristiana, comenzó a rezar, aprendió el padrenuestro y el avemaría, iba a Misa, mandaba celebrar otras por diversas intenciones suyas… Así, hace diecinueve años, ella recibió el Bautismo.

Mi padre era más difícil de abordar, pues decía que le bastaban las prácticas de su religión natural. Sugerí a mi madre que le plantease la posibilidad de convertirse, pero los resultados fueron negativos. Entretanto, me fui muchos años del país, aunque con frecuencia recomendaba a mi madre o a alguno de mis hermanos la posibilidad de un bautismo de última hora; incluso les había instruido para tal emergencia.

Así pasó el tiempo, rezando constantemente por la conversión de mi padre. Con la marcha de nuestro Fundador, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, al Cielo, le pedí este gran favor desde el primer momento. Mi madre también se lo pedía, aunque me escribía que papá no quería hablar nada sobre este punto.

Retorné al país, después de mi ordenación sacerdotal. Insistí más en la oración, sobre todo a nuestro Fundador, y recordaba con frecuencia a mi madre que rezase mucho, dada la avanzada edad de mi padre. Yo insistía a Mons. Escrivá de Balaguer.

–No puedes permitir que muera sin el bautismo. Formó una familia cristiana, te ha dado un hijo sacerdote, no se ha opuesto a mi vocación…

En mayo de 1980,–me pidieron que acudiese a una reunión con todos mis hermanos para sacarnos la última fotografía familiar. En esa reunión, una de mis hermanas me dijo:

–Es la última, efectivamente, pues papá tiene proyectado viajar a China y morir allí. Ese es su último deseo.

Redoblé mi oración. Pedía un verdadero milagro, pues cuando mi padre se marchara a China, sería mucho más difícil su conversión. Por esos mismos días, de manera inesperada, empeoró su condición física, hasta el punto de que se hacía imposible el proyectado viaje, ya inminente. Le internamos en un hospital para practicarle una intervención quirúrgica. Según la opinión de los médicos, la decisión era de mucho riesgo por su avanzada edad.

Dejé todo en manos de nuestro Fundador, mientras le pedía la conversión de mi padre con mayor vehemencia. Tres días después, me avisaron que había accedido a ser bautizado antes de la operación. No daba crédito a lo que oía.

Después de pedir la autorización necesaria a la autoridad eclesiástica, administré a mi padre los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.

La intervención quirúrgica no tuvo mayor contratiempo; ahora mi padre se ha repuesto de esos achaques providenciales, que han sido la ocasión de que se ha servido Dios –por intercesión de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer– para moverle a recibir el Bautismo.

Un periodista norteamericano

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

En un artículo aparecido en el semanario norteamericano OurSunday Visitor, el periodista Dennis H. Helming cuenta también á su modo su experiencia personal:

«Cuando yo conocí el Opus Dei en Harvard, en 1956, me sentí liberado en muchos sentidos: libre de lo que consideraba como un ambiente aplastante, de la idea de que, para vivir a fondo el cristianismo, tendría que abandonar el mundo; libre para encontrar a Dios en mis ocupaciones habituales y ayudando a otros a hacer igual descubrimiento, dentro de mis limitaciones y circunstancias.

»Yo antes me había enfrentado con estas palabras de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Ahora estoy seguro de que no las había comprendido, a no ser como tapadera para buscarme a mí mismo. Mi creciente contacto con el Opus Dei me ayudó a descubrir su sentido. Empecé a ver que lo más importante no es “lo que” uno hace, sino “por qué” lo hace. O mejor aún: no “por qué” –una abstracción, un ideal, una idea–, sino “por Quién”, una Persona, Dios. Gradualmente entendí que el amor a Dios y su servicio no se limitaban a las cosas “sagradas”, a un detcrminado estado o actividad. En la medida en que yo busque a Dios sobre todas las cosas y personas, no es tan importante que yo sea historiador, jurista, médico o periodista; que me case o que permanezca soltero; que vote a los demócratas o a los republicanos; que adopte entre lo que es teológicamente opinable unas opiniones u otras… Y así fue cómo se convirtió en una liberación, para mí, comprobar que Dios es compatible con todo lo auténticamente humano.

»Ahora bien, ese descubrimiento no me incitaba a devaluar las cosas humanas, ni a cultivar sólo las “buenas intenciones”. Precisamente por el hecho de esforzarme en lograr la perfección humana a través de cualquier carrera o profesión, serviría a Dios y a los demás. Y me di cuenta de que tal actitud entraña una lucha decidida por evitar la pereza, el egoísmo, la frivolidad, cualquier forma, en definitiva, de buscarse a uno mismo (…).

»El Opus Dei no quiere –ni puede– sacarte las castañas del fuego. Eres un ser libre, un animal racional: has de pensar y elegir por ti mismo. La tarea del Opus Dei es recordarte constantemente tu decisión de hacer bien todas las cosas y poner a Dios como fin. Tendrás que administrar tus propios talentos y oportunidades. Dios te hizo libre; no dejes que nadie te arrebate esa libertad.

»A los hombres nos resulta difícil tomarnos en serio el Primer Mandamiento, en el hogar, en la oficina, en la misma calle. Nos parece, en cierto modo, la plenitud de la vida cristiana demasiado alta y exigente, asequible únicamente a los selectos, unos pocos escogidos; es decir, sólo para superhombres. Pensamos así porque somos pesimistas; estamos demasiado familiarizados con nuestra tendencia a darnos por vencidos, a tomar el camino más fácil.

»El Opus Dei me ayuda a superar ese pesimismo de la siguiente manera: Hablándome de Dios como El es, mi Padre amoroso, todopoderoso, infinitamente paciente; animándome a ser fiel y sincero, para corresponder a su llamada de amor y de servicio; mostrándome las consecuencias de esa vocación en todo cuanto hago; señalándome los medios humanos y sobrenaturales para asegurar la fidelidad a esos fines; proporcionándome el buen ejemplo, lleno de vigor y alegría, de quienes aspiran a la santidad; mostrándome dónde y cómo deberé luchar para dominar y vencer mis debilidades, etc.

»El Opus Dei es un medio y un camino para gente que quiere alcanzar su fin sobrenatural. Es un camino concreto –uno entre otros muchos posibles– para que los cristianos corrientes vivan su fe. En el caso de los miembros de la Obra, su decisión de vivir la plenitud de la vida cristiana en el Opus Dei comporta el compromiso personal de difundir ese espíritu propio, ese camino».


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