Dios y audacia

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cae sobre Madrid el invierno de 1933. La casa de Martínez Campos se ha quedado pequeña para las reuniones del Padre, y urge buscar un local más amplio. Y en el mes de diciembre, cuando se acerca la Navidad, alquilan un departamento en el número 33 de la calle de Luchana. Es el entresuelo de un edificio situado en la confluencia de las calles Luchana y Juan de Austria. Aquí se va a instalar la Academia “DYA”, con clases programadas para estudiantes universitarios. El título sugiere la dedicación a Derecho y Arquitectura. Sin embargo, todos traducen el nombre, en privado, como «Dios y Audacia».

Falta hace esa confianza, porque los medios materiales con que cuentan para el montaje y sostenimiento del piso son prácticamente nulos. Pero la fe que comunica el Padre es absoluta. Se alquila el inmueble a nombre de Isidoro Zorzano, y unos días más tarde campea sobre la puerta una placa de bronce con el nombre de la Academia. Los chicos que acuden a ella aportarán, además de su entusiasmo y trabajo, todo objeto material que pueda resultar de utilidad. Don Josemaría se lleva algunos muebles de la casa de su madre y unas cuantas cosas más que le ha dado una buena amiga de la familia.

Cada día, cuando el Padre sale camino de Luchana, su hermano Santiago mete las manos en los bolsillos de la sotana y le pregunta: -«¿Qué te llevas a tu nido?»(4). Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer comentaría: «Eso mismo hemos hecho después todos: traer a nuestro “nido” lo que podíamos, para servicio de Dios, para construir nuestro pequeño hogar en cada sitio. ¡Tantos hogares que son uno solo!, como somos muchos corazones y tenemos un solo corazón, una sola mente, un solo querer, una sola voluntad».

Esos muebles y objetos que proceden de la generosidad de muchas familias, «contribuyen a dar reposo a nuestros ojos cansados y a hacer más entero el calor de nuestro hogar cristiano»(5).

A pesar de todo, las dificultades económicas son continuas. Y también los favores y oportunidades que Dios brinda a este puñado de gente joven, decidida a confiar plenamente en el apoyo sobrenatural que deshace los obstáculos.

Un día no hay dinero para el teléfono y otro, cualquiera, para el alquiler. En una de estas situaciones, es la factura de la luz la que llama, reiteradamente, a la puerta de la casa; pero no hay el menor recurso para solventarla. El Padre lo toma con la serenidad habitual. A la mañana siguiente está sentado en su despacho de Santa Isabel, revisando papeles. Hay, entre ellos, un sobre deteriorado y vacío, que rompe y tira a la papelera. Pero, en el momento de arrojarlo, parece ver que algo asoma en su interior. Recoge los dos trozos y se cerciora de que, efectivamente, hay un billete de veinticinco pesetas. Inútil explicar cómo ha podido ir a parar allí. La factura que abruma el pequeño piso de Luchana acaba solucionándose.

Esta confianza en lo sobrenatural y sus consecuencias permanentes, prende con fuerza en los que han entendido la honda raíz de fe que tiene el Padre. Y contagia el ambiente de un tesón difícil de quebrantar.

Ricardo Fernández Vallespín relata que el 5 de enero de 1934 el Fundador se reunió con dos sacerdotes y tres profesionales de la Academia “DYA”, que encontraba, una vez más, fuertes dificultades económicas. Presentó a los asistentes a la reunión posibles planes para el futuro. Los dos sacerdotes opinaron que lo mejor era cerrar el piso, ya que era una locura mantenerlo abierto sin recursos. Era como « tirarse de un aeroplano sin paracaídas». En cambio, el Padre concluyó que para el comienzo del curso 1934-35, además de la Academia, debía instalarse una Residencia de estudiantes, en una casa más grande. Por eso escribió luego en «Camino», aludiendo sin duda a ocasiones como ésta: «No hagas caso. -Siempre los “prudentes” han llamado locuras a las obras de Dios. ¡Adelante, audacia!»(6)

Para hacer frente a este desembolso cuenta con algunas personas capaces d

Calle de Luchana

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei.

Opus Dei -

Desde esta Plaza de Chamberí sale la calle de Luchana.

En el 1º piso del nº 33 de la calle Luchana que hace esquina con la calle Juan de Austria, estuvo la primera sede de la Academia DYA, impulsada por san Josemaría, desde diciembre de 1933 a junio de 1934, en el entresuelo.

Esta Academia fue la primera labor corporativa del Opus Dei.

Recordaba el Fundador el 19 de marzo de 1975, en Roma:

La primer labor corporativa fue la Academia que llamábamos DYA —Derecho y Arquitectura— porque se daban clases de esas dos materias; pero significaba Dios y Audacia, para nosotros.

Hemos pasado por delante del edificio, hace poco tiempo, y el corazón me latía fuerte… ¡Cuántos sufrimientos! ¡Cuánta contradicción! ¡Cuánta charlatanería! ¡Cuántas mentirotas!… Allí me llevé unos muebles de mi madre y otras cosas que me dio una amiga de la familia, a la que llamaba Conchita la gorda.

Bajando por la calle de Luchana por la acera de la derecha, dejando a la derecha la calle Juan de Austria se llega a la calle Garcilaso.

Si el caminante recorre esta calle llega hasta la Plaza de Olavide. La Plaza de Olavide le lleva, por la calle del Jordán a la calle Cardenal Cisneros.

En esta calle Cardenal Cisneros, como en tantas otras de Madrid, ejerció el Fundador su tarea sacerdotal de atención a los enfermos y afligidos, sin importarle credos, razas o posturas ideológicas. Por la calle Cardenal Cisneros se llega hasta la calle de Eloy Gonzalo. Aquí atendió el Fundador a varios enfermos que residían en esta calle.

Tiempo después, un día de 1929 el Fundador se encontró en esta calle de Eloy Gonzalo, a las seis de la mañana, con un sacerdote desconocido, al que pidió que rezara por una intención suya. El sacerdote era Casimiro Morcillo, futuro Arzobispo de Madrid-Alcalá.

Vázquez de Prada recoge un apunte que revela que acostumbraba pedir oraciones: a religiosas y sacerdotes, a seglares piadosos, a mis enfermos, a todos ruego una limosna de oración, por mis intenciones, que son, naturalmente, la Obra de Dios y vocaciones para ella (Apuntes, n. 302); y en 1932: Sigo pidiendo oraciones hasta a personas desconocidas, religiosas p.e., a quienes abordo en la calle, solicitando de su bondad la limosna espiritual de un “padre nuestro”.

Por esta calle de Eloy Gonzalo, torciendo a la izquierda, se llega hasta la Glorieta de Quevedo. En 1930 estaba en plena remodelación y no contaba con la actual estatua de Quevedo, que fue trasladada en 1960 desde la Plaza de Alonso Martínez.

Si el paseante desea conocer el primer domicilio de Josemaría Escrivá con su familia en Madrid, puede acercarse, por la calle Arapiles, y la calle Magallanes, que la corta, hasta el arranque de la calle de Fernando el Católico. En el n. 56 de esta calle, en el ático que da al nº 58, estuvo desde finales de noviembre de 1927 hasta septiembre de 1929.

Corazón universal

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Testimonio de Juan Hervás, Obispo dimisionario de Ciudad Real

Sería por el año 1934 cuando conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. El Opus Dei estaba aún en sus comienzos, y su fundador, rodeado de gente de toda edad y condición. buscaba la fortaleza en los barrios más pobres de Madrid.

Fui a visitarle a la academia–residencia DYA, que acababa de abrir en la calle de Ferraz. La acogida cordial que me dispensó estableció de inmediato una corriente sincera de amistad humana y sacerdotal. Fui varias veces después por la academia para conversar con ese sacerdote que tanta paz me transmitió.

Al entrar en aquella casa desaparecía la sensación de insegu ridad que se respiraba entonces en la calle. Allí se trabajaba con seriedad, con serenidad, con intensidad; en la certeza de que la ancha y fecunda labor de servicio a la Iglesia que el Opus Dei habría de realizar, se llevaría a efecto porque Dios estaba empe ñado en que se realizara. No había que detenerse por las cosas que entonces pasaban y que llegaban a paralizar tantos ánimos:

Dios y audacia –DYA– había sido ya el lema de la primera obra apostólica del Opus Dei, y había que seguir adelante sin miedo, con los ojos puestos en Dios. Allí conocí de qué modo Monseñor Escrivá de Balaguer trataba con los estudiantes, los medios apos tólicos que empleaba, el aire que imprimía a aquel centro: orden y profundidad en el trabajo y alegría en la convivencia. En fin que ya por entonces me hice una idea cabal de la naturaleza del Opus Dei.

Durante la Guerra Civil Española estuve en Friburgo, como alumno de la Universidad Católica. Volví a Valencia en 1939. Allí tuve mucho trabajo, y uno de los ministerios pastorales que me asig naron me permitió seguir en contacto con el fundador del Opus Dei: como director del Colegio Mayor Burjasot, pude seguirla labor que don Josemaría impulsaba en el ambiente universitario de Valencia. En este centro residían – o de él procedían - algunos de los estudiantes que pronto solicitaron la admisión en la Obra.

No todo les fue fácil. Ya en aquellos años fueron objeto de muchas contradicciones. Se difundieron sin fundamento alguno toda clase de sospechas, acusaciones y falsedades. El sentido común me decía –y así lo hacía yo constar a los detractores– que las acu saciones de aquella campaña no cuadraban con los socios de la obra que yo trataba, ni con mi conocimiento personal de su fundador. ni con el Opus Dei. No podía olvidar el criterio evangélico de dis cernimiento de la bondad o maldad de una obra de apostolado. conocer el árbol por sus frutos; y éstos eran manifiestamente sanos.

Hacia 1945,durante uno de mis viajes a Madrid, fui a visitar a don Josemaría a su casa, en la calle de Diego de León. Me acogió con el afecto de siempre y quiso que me hospedar a allí. Estuve algu nas semanas y siempre recordaré aquella temporada como unos días gratísimos. Todos – en primer lugar don Josemaría– me tra taron con plena confianza, en familia. Yo trabajaba durante el día en mis cosas, con total independencia. y al regresar a la casa me encontraba en un verdadero hogar. Allí pude conocer la persona lidad del fundador del Opus Dei bajo una luz nueva para mí.

Daba toda clase de facilidades para que se vieran las cosas direc tamente, de forma que cada uno pudiera hacerse cargo por sí mismo de la realidad santa de lo que era y hacía el Opus Dei. Así lo hizo conmigo y con otros muchos obispos. Este modo de proceder era lógico en Monseñor Escrivá de Balaguer. En primer lugar, porque él mismo era siempre objetivo: tenía una repugnancia natural hacia el misterio y lo que tuviera apariencia de secreto. Le gustaban por su carácter las puertas abiertas y que los hechos cantasen; en ello no cabía ni engaño, ni vanidad, ni jactancia.

También estuve en varias ocasiones en el Colegio Mayor Mon cloa. La estancia en estos centros universitarios del Opus Dei pro dujo en mi otros beneficios conocí el espíritu de la Obra hecho realidad en Monseñor Escrivá de Balaguer, y pude ver cómo iba forjando el temple apostólico de muchos estudiantes. Ese contacto rejuveneció mi propio espíritu y al mismo tiempo, fue una aproxi mación al campo del apostolado laical, que me permitió conocer muchas de las soluciones que el Opus Dei ha dado –no sin una especial providencia de Dios– a muchos problemas que lleva con sigo este apostolado. Monseñor Escrivá de Balaguer, al invitarme en centros de la obra, me hizo participar de los tesoros que Dios mismo había puesto en sus manos, para que con entera libertad tomara aquello que me interesara para orientar mi labor en el campo del apostolado de los laicos Sin pretender que sus soluciones eran las únicas posibles, nunca dejó de darlas a conocer a todos los que estuvieran sinceramente interesados en ellas. Desde el momento en que pude conocer a fondo su espíritu, su modo de formar a los laicos y de dirigir la asociación por él fundada, he tenido a Monseñor Escrivá de Balaguer por un hombre elegido por Dios para ser maestro de los nuevos caminos del laicado católico.

El nervio central de todo su apostolado con laicos y con sacer dotes– ha sido hacer llegar al corazón de cada persona la llamada divina a la santidad; promover la santidad en medio del mundo entre personas de todas las condiciones. Una doctrina que seria proclamada solemnemente por el Concilio Vaticano II, muchos años más tarde.

En las conversaciones que pude mantener con don Josemaría por aquel entonces, pude comprobar su visión universal, amplia, católica, del Opus Dei. La ilusión por extender su labor a los cinco continentes estaba presente desde el principio, porque la Obra la había querido Dios universal. No había nacido para solucionar, los problemas de un determinado país. Me habló entonces de como se estaban preparando los que habrían de llevar a cabo la expansión a otros países. Comprendí ––por lo que decía y, sobre todo, por cómo lo decía– que era algo que le quemaba por dentro desde hacia tiempo: para don Josemaría sacar adelante el Opus Dei, extenderlo por todo cl mundo, era como un fuego de celo que le abrasaba. Era cumplir la voluntad de Dios.

Había una decidida determinación y mucha audacia en sus planes; pero, a la vez, prudencia y dedicación paciente para hacerlos posibles, preparando los instrumentos y rezando; sobre todo rezan do y haciendo rezar por esa intención. Luego todo saldría: como solía decirme, cuando Dios quiera, al paso de Dios.

Después de mi designación como obispo de Mallorca en octubre de 1946–primero como coadjutor y después como residencial–, mi trato con el fundador del Opus Dei tuvo otro carácter debido a las circunstancias. Mis deberes pastorales no me permitieron, como hasta entonces, los frecuentes desplazamientos a Madrid, y, por otra parte, Monseñor Escrivá de Balaguer había fijado su residencia en Roma desde ese mismo año. Sin embargo, a partir de entonces, cada vez que be viajado a Roma no dejé de visitarle y a menudo me invitaba a comer en la sede central del Opus Dei.

El desarrollo de las actividades del Opus Dei en las diócesis de las que he sido obispo me ha permitido un contacto habitual con la Obra durante muchos años.

Hacia 1950 comenzaron a darse en Mallorca retiros espirituales para hombres, para mujeres y para sacerdotes, dirigidos por sacer dotes del Opus Dei. De ahí surgió una labor muy extensa de apos tolado personal, pues muy pronto hubo en la isla socios de la Obra. Estaba al corriente de esas tareas, por lo que comentaban sus direc tores de la labor y los sacerdotes que colaboraban en ellas: por mi parte, procuré dar todas las facilidades, como ha sido mi costumbre en todo tipo de labor apostólica hecha con rectitud; y comprendía perfectamente el gran bien que el Opus Dei hacía en mi diócesis.

Desde 1955 a 1977 residí en Ciudad Real como obispo prior de las órdenes militares. La presencia del Opus Dei en esta diócesis fue para mí una fuente de alegría y de consuelos. Por referirme, en concreto, a la labor realizada entre mis sacerdotes, ya pertene cían a la Obra muchos de ellos cuando llegué allí, y después se han ido multiplicando las vocaciones. Los he considerado siempre como fermento de unidad, por su obediencia pronta y alegre a su ordi nario; por su fidelidad a la doctrina de la Iglesia; por su vibración apostólica contagiosa, esperanzada y optimista; por su espíritu de comprensión, pasando por alto, con buen humor, aquellas peque ñeces que surgen en la convivencia; por su ilusionada dedicación a los ministerios que sus obispos les encomiendan. Ponen un empe ño constante por santificarse en y desde su ministerio. Son sacer dotes que quieren y procuran ser sólo sacerdotes: su ejemplo firme y humilde –con las flaquezas personales, como tenemos todos, que no empañan la rectitud de intención– hace mucho bien dondequie ra que son destinados.

Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó a todos sus hijos –se glares y sacerdotes– a tener un gran amor a la Iglesia, un amor personalizado en la jerarquía de todos los lugares, y materializado en atenciones delicadas hacia los obispos, sin gravarlos nunca con problemas y cargas innecesarias. Recuerdo que las visitas que los socios del Opus Dei me han hecho como ordinario del lugar donde trabajaban, siempre se han caracterizado por el respeto, la alegría y el optimismo: me hacían pasar un buen rato, tanto que, cuando mis ocupaciones lo permitían, alargaba gustosamente la con versación.

Quiero terminar con un recuerdo muy personal, quizá el más entrañable de los que guardo de mi amistad con Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo había «cometido» la «grave» audacia de levantar una bandera de renovación de espiritualidad y de apostolado seglar; me refiero a los cursillos de cristiandad. Este empeño surgió durante mi estancia en Mallorca y, después de trasladarme a Ciudad Real, tuvo un gran arraigo entre los fieles, incluso saltando las fronteras de España. Desde sus comienzos fui bendecido y alentado por el Santo Padre, y ha sido la fuente de donde han brotado las más ínti mas alegrías pastorales de mi vida. Pero el Señor quiso probarme y probar también a este movimiento, desde sus comienzos, con la contradicción. Se desató en torno a mi persona una dolorosa tempestad.

En aquel mar revuelto de insidias tuve que ir a Roma, ya que había sido denunciado ante el Santo Oficio. Quise visitar a Mon señor Escrivá de Balaguer: el recuerdo de la imperturbable alegría con la que había llevado las contradicciones que arreciaron contra cl Opus Dei, me impulsaron a buscar su consejo, persuadido de que de esa charla me vendría la paz para mi ánimo atribulado. Y no me engañé.

Me escuchó atentamente y llegó al fondo de la cuestión ense guida: no perdió el tiempo en estériles lamentaciones. En sus pala bras, breves y certeras, volcaba en mí su propia alma: «No te preocupes. Son bienhechores, porque nos ayudan a purificarnos. Hay que quererles y pedir por ellos». Me insistió en la necesidad de querer a los que no nos comprenden, de rezar por los que juzgan sin conocimiento suficiente de causa, y en el deber de prestar atención tan sólo a la voz de la Iglesia–no a los rumores de la calle– y de mantener el corazón limpio de resentimientos y amarguras. Aque llos consejos, que tanto bien hicieron a mi alma, tenían la enorme autenticidad de quien los había vivido y seguía viviendo entonces.

Monseñor Escrivá de Balaguer me alentó constantemente en una empresa que no era la suya, y volcó la caridad y comprensión sobre un apostolado que iba por caminos distintos al suyo. Sólo Dios sabe en qué medida pudo contribuir a despejar los caminos de la Providencia

Una amistad de 43 años

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Testimonio de Mons. Pedro Altabella Canónigo de San Pedro de Roma, Doctor en Teología y Derecho Canónico

El día 26 de junio de 1975, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer pasaba a mejor vida. En aquellos momentos nos fue dado estar junto a su cadáver –parecía que estaba dormido más que muerto, celebrar la Santa Misa de corpore insepulto y dar rienda suelta a nuestro afecto de amigo.

Hoy quisiera evocar siquiera algún rasgo de su rica personalidad sacerdotal. Creo que un trato frecuente que tuve con el a lo largo de 43 años me autoriza a intentarlo.

Conocí a Josemaría Escrivá de Balaguer apenas llegué al Seminario Conciliar de la Plaza de la Seo, el año 1925, en Zaragoza. Josemaría, que residía en el Seminario de San Carlos, venía como Superior del Seminario de San Francisco de Paula a acompañar a los seminaristas que venían a clase al Conciliar. Le veíamos vestido con man teo –no llevaba beca porque era Superior- y con porte distinguido. Creo que en aquellas fechas había recibido sólo las Ordenes Menores.

Luego, circulaba por el Seminario nuestro la noticia de que Jose

maría estaba en Madrid. Allí terminaba sus estudios de Derecho Civil, y trabajaba en el apostolado entre universitarios. No sabía yo entonces más de él.

El año 1934, en enero, fui llamado por don Angel Herrera que pidió el permiso al señor arzobispo Domenech– a la casa del Con siliario, en Madrid. Morábamos en la calle Villanueva, 15.

Fue precisamente en esa casa y en ese tiempo donde me saludó por primera vez don Josemaría Escrivá. Me lo presentó don Emilio Bellón, nuestro director, diciéndome: «Ven acá; vas a conocer a un paisano tuyo, gran sacerdote y apóstol». Bromeó don Emilio sobre mi persona al presentarme a don Josemaría y, en un fuerte abrazo que nos dimos, quedó fundida una amistad que nunca ya vino a menos.

Hablamos de nuestros ideales sacerdotales y apostólicos. Me invitó a visitar su academia DYA, que tenía en la calle Ferraz. Me impresionó en aquel momento el garbo y la alegría con que trataba a aquellos chicos y el gran afecto que le tenían. Pero, sobre todo, quedó grabado en mi alma el gran aprecio que ponía Josemaría Escrivá en la oración, y que supo transfundir en los espíritus de aquellos universitarios. La capilla estaba llena de jóvenes recogidos en oración. Eso, entonces, no era corriente.

Es ésta de la oración una nota fundamental de la personalidad de Escrivá de Balaguer. Diría yo que era para él la oración su fuerza, su refugio, su mejor quehacer, su hora de luz y de amor. Allí supo escuchar a su Dios y Señor, y prometió y cumplió seguirle fielmente hasta morir. ¡Cuántas veces le he oído que todo lo hablaba en la oración! Recuerdo que en los momentos más graves de su vida, que yo conocí o que le oí contarme, sea en las horas brillantes, sea en las amargas y oscuras, con fe intrépida, con gran decisión, con enorme poder de convicción, me decía: «Verás que todo lo resolverá el Señor de la mejor manera. Recemos sin desmayo».

Sugiero destacar, asimismo, otra nota para mi característica de su persona y de su acción. Se ha escrito y dicho reiteradamente que la idea central de su espiritualidad era y es que el cristiano común puede y debe santificar el trabajo y santificarse en el trabajo. Sea así. Pero creo que los diálogos de amistad que tuve con Jose maría Escrivá me han dado a ver otra idea fuerte que quizá nos haga ver claro, y bajo la luz especial, el alcance de su vida y de su acción. En nuestras conversaciones, siempre destacaba con fuer za la acción de Dios, de su gracia divina. La acción preponderante de Dios en nuestra santificación –sine me nihil–, pero, a su vez, la acción del hombre con toda su alma, con su entrega total, sin términos medios, con audacia moral. ¿No puso a su academia como lema Dios y Audacia? Pues bien, para mi quedó clara esta su postura espiritual un día en el que con entusiasmo inaudito me decía: «Me saca de quicio, Pedro, ese Cristo verus Deus et verus homo Cristo verdadero Dios y verdadero hombre–. La fuerza omnipotente de Dios, amasándose con el hombre al cual ha destinado a su Gloria».

Ahí está toda la luz de la teología aplicada a la vida nuestra: Cristo es el modelo. Las acciones de Cristo son tan divinas como humanas, tan humanas como divinas, theandricas dicen los teólogos. Nos parece que para comprender la ascética, la vida y los idea les apostólicos de Josemaría Escrivá, se debe partir de aquí. Sobre todo para conocer su Obra, el Opus Dei. Por eso Escrivá de Bala guer quería a sus hijos muy santos y muy hombres. ¿No arranca de ahí la luz que ha transformado tantas conciencias en el mundo por medio del Opus Dei?

La claridad de esa idea le llevó a potenciar todo lo humano como don de Dios en un momento en que predominaba en los rasgos cristianos un «angelismo» deshumanizado. Pero esa misma luz nos puede aclarar hoy por qué no ha caído el Opus Dei en ese huma nismo híbrido que ahora se predica desde tantos púlpitos y en el que Cristo –y, como consecuencia, el cristiano ya no tiene o no debe tener nada de divino. Hemos mutilado a Cristo: antes, por negar o no afirmar su humanidad benditísima; hoy, por reducirlo a un hombre, quizá un «superman», que nada hace ni dice de Dios.

Creo que aquí radicaba el arrastre de Josemaría Escrivá sobre las gentes. Su fuerza era de Dios, pero su humanidad se derramaba envuelta en lo divino.

Quizá a Josemaría Escrivá se le ha conocido en algunos ambien tes a través de quienes lo presentaban como desencarnado, como «beatificado». Nada más contrario a la verdad. Era humano como pocos. Con un corazón que no se cansaba de amar: a su Dios y a sus hermanos. Para nosotros, el perfil sacerdotal y humano de Escrivá de Balaguer lo podríamos encontrar en aquellas palabras de San Pablo que Josemaría meditaba tantas veces: «Omnis pontifex ex hominibus assumptus, pro hominibus constituitur in iis quae sunt ad Deum»: Todo pontífice escogido de entre los hombres es cons tituido para los hombres en las cosas que miran a Dios. No es apología fácil y gloriosa la nuestra. Josemaría Escrivá era todo un hom bre, pero de Dios. Cuarenta y tres años de amistad nos autentizan a afirmar en conciencia que, como hombre, era un superdotado, pero que su fuerza la traía de Dios. Tenía para él y para sus hijos como gran exigencia el ser muy humanos. Pero enraizados en Dios. ¡Cuánto se podría hablar de este tema!

Pero, a su vez, para los hombres –pro hominibus constiluitur–. ¡Cómo le brillaban los ojos ante los hijos de Dios!– ¡Cómo era su verbo cálido, incisivo, directo, sacerdotal! Había yo sostenido muchas veces el bien que hacía al ponerse en contacto con aquellas muchedumbres que le escuchaban. Le oí más de una vez sus impre siones sacerdotales después de un extenuante viaje apostólico. No se saciaba nunca. Y eso, a pesar de que nunca, en la historia de la Iglesia, Dios concedió a un Fundador, durante su estancia terre na, ver tantas y tales multitudes de cristianos que le seguían en su aspiración a la santidad.

En las cosas que miran a Dios - in iis quae sunt ad Deum–. No quería saber otra cosa. El día que se escriba su vida, se verá cuán errados andaban quienes vieron en él aspiraciones terrenas, contar con poderes del mundo… Cada día se interiorizaba más y gemía por su amor al cielo. Escribimos de lo que hemos visto y oído, no por impresiones. Y decimos en conciencia lo que creemos era vida de su vida. La salvación de las almas. ¡De todas las almas! Ese era su ideal.

Hemos querido, a vuela pluma, evocar algunos de los recuerdos de nuestro trato con Josemaría Escrivá de Balaguer. Séame per mitido terminar recordando dos cosas. La primera, que en el terre no de la amistad conmigo fue siempre él el primero y más fiel. Quizá más de una vez hubiera tenido motivos para dejarme u olvidarse de mí. Todo lo contrario. Tengo mil testimonios profundamente indicativos de su lealtad de amigo. Y era quien era; y yo… ¿qué contaba ni cuento?

Quiero añadir una segunda cosa. Nunca vino de él una palabra directa o indirecta en que me invitara o siquiera me sugiriera per tenecer a su Obra. No ya de sus íntimos, pero ni siquiera de entre los sacerdotes diocesanos. Y sabe muy bien el Señor que este tema de la santidad sacerdotal nos llevó muchos ratos de conversación. Quiero que se sepa porque ha habido quienes me han colocado en los rangos del Opus Dei. Era Josemaría Escrivá muy comprensivo. Sabía muy bien que la amistad es una cosa y que la llamada de Dios a una vida específicamente dedicada a Dios dentro de unas coor denadas como las de su Obra es otra cosa muy distinta. Por eso, entre otras cosas, nos quisimos. Creo que su amistad fue un don de Dios para mí. Y seguimos cada uno el camino que nos trazó el Señor.


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