Yo los pasearía un poco…

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Conocía los fuertes desequilibrios económicos y sociales de algunos países que recorría en su siembra de doctrina, y ante determinados panoramas de pobreza y marginación, recordaba a los que le escuchaban las exigencias del compromiso cristiano con toda su radicalidad, previniéndoles ante una falsa espiritualidad, individualista e indiferente a la suerte de los demás.

Se comprende muy bien —escribió en su libro de homilías Es Cristo que pasala impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes con un alma naturalmente cristiana, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar.

Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como número de una estadística. Comprendo y comparto esa impaciencia, que me impulsa a mirar a Cristo, que continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor.

En Brasil —comentó, durante un encuentro de catequesis— hay mucho que hacer, porque hay gente necesitada de lo más elemental. No sólo de instrucción religiosa —hay tantos sin bautizar—, sino también de elementos de cultura corriente. Los hemos de promover de tal manera que no haya nadie sin trabajo, que no haya un anciano que se preocupe porque está mal asistido, que no haya un enfermo que se encuentre abandonado, que no haya nadie con hambre de sed y de justicia, y que no sepa el valor del sufrimiento.

A los que podían ayudar especialmente a los menos favorecidas desde el punto de vista económico, les insistía: Hay que intensificar las labores con obreros y campesinos. Hemos de ayudarles, con calor humano y afecto sobrenatural, a que adquieran la cultura necesaria para que puedan sacar de su trabajo más fruto material, y lleguen a mantener la familia con mayor desahogo y dignidad. Para eso no hay que hundir a los que están arriba; pero no es justo que haya familias que estén siempre abajo.

Yo los pasearía un poco… —le dijo a un venezolano, que le pidió un consejo para educar a sus hijos— por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas (…) para que vieran las chabolas, unas encima de otras. (…) Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.

Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido y sin un cobijo… No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?

Mirad, hemos de procurar que no le pase a nadie; hay que habilitar a la gente para que, con su trabajo, pueda asegurarse un bienestar mínimo, estar tranquilos en la vejez y en la enfermedad, cuidar de la educación de los hijos, y tantas otras cosas necesarias. Nada de los demás puede resultarnos indiferente y, desde nuestro sitio, hemos de procurar que se fomente la caridad y la justicia.

Juan Pablo II en el Centro ELIS

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Enero de 1984.

Lo habían escrito los periódicos en los días precedentes. Juan Pablo II va a realizar una visita pastoral noticiable, tanto porque el Tiburtino, en Roma, tiene fama de barrio difícil, cuanto porque allí se encuentra un Centro del Opus Dei, el ELIS, y una parroquia confiada a sacerdotes de la Prelatura.

Poblado en pocos años por más de treinta mil personas llegadas en aluvión de otras regiones más pobres, el Tiburtino es un barrio de edificios baratos. Sus habitantes son, en un 80%, familias de obreros, de mayoría comunista, donde el paro, la droga y la delincuencia constituyen un grave problema.

Pero la parroquia y los Centros de la Obra han sido en estos años un aglutinante de la buena voluntad, una realidad del barrio y para el barrio, querida y respetada por todos. Y el barrio entero se volcó con el Papa en aquella tarde de enero.

«Deseo dirigir un particular saludo –dijo Juan Pablo II en la homilía de la Misa que celebró ante miles de personas–, a los directores y alumnos del Centro ELIS, los cuales, con su obra de promoción humana y social, hacen fecundo el terreno de todo el barrio, de modo que allanan el camino a la acción pastoral de la parroquia. Este Centro es un claro testimonio del interés de la Iglesia por las clases trabajadoras. Como dijo Pablo VI el día de la inauguración, ésta “es una obra del Evangelio, es decir, enteramente encaminada al beneficio de quienes la frecuentan. No es un simple albergue, ni un simple taller, ni una simple escuela, ni un campo deportivo cualquiera: es un Centro donde la amistad, la confianza, la alegría forman la atmósfera; donde la vida tiene una dignidad, un sentido, una esperanza; es la vida cristiana, que aquí se afianza y desarrolla (…)” ».

TEMA 29. La persona y la sociedad

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Para la persona humana la vida social no es algo accesorio, sino que deriva de la sociabilidad: la persona crece y realiza su vocación sólo en unión con los demás.

1. La sociabilidad humana

Dios no ha creado al hombre como un «ser solitario», sino que lo ha querido como un «ser social» (cfr. Gn 1,27; 2,18.20.23). Para la persona humana la vida social no es algo accesorio, sino que deriva de una importante dimensión inherente a su naturaleza: la sociabilidad. El ser humano puede crecer y realizar su vocación sólo en unión con los otros.

Esta natural sociabilidad se hace más patente a la luz de la fe, ya que existe una cierta semejanza entre la vida íntima de la Santísima Trinidad y la comunión (común unión, participación) que se debe instaurar entre los hombres; y todos han sido igualmente redimidos por Cristo y están llamados al único y mismo fin.  La Revelación muestra que la relacionalidad humana debe estar abierta a toda la humanidad, sin excluir a nadie; y debe caracterizarse por una plena gratuidad, ya que en el prójimo, más que un igual, se ve la imagen viva de Dios, por quien es necesario estar dispuesto a darse hasta el extremo.

El hombre, por tanto, «está llamado a existir “para” los demás, a convertirse en un don aunque no se limite a esto; está llamado a existir no sólo “con” los demás o “junto” a los demás, sino “para” los demás, lo que implica servir, amar. La libertad humana «se envilece cuando el hombre, cediendo a una vida demasiado fácil, se encierra como en una dorada soledad».

La dimensión natural y el reforzamiento sobrenatural de la sociabilidad no significan, sin embargo, que las relaciones sociales se puedan dejar a la pura espontaneidad: muchas cualidades naturales del ser humano (p. ej., el lenguaje) requieren formación y práctica para su correcta ejecución. Así sucede con la sociabilidad: es necesario un esfuerzo personal y colectivo para desarrollarla.

La sociabilidad no se limita a los aspectos políticos y mercantiles, son más importantes aún las relaciones basadas en los aspectos profundamente humanos: también por lo que atañe al ámbito social se debe poner en primer plano el elemento espiritual. De ahí deriva que la real posibilidad de edificar una sociedad digna de las personas se encuentra en el crecimiento interior del hombre. La historia de la humanidad no se mueve por un determinismo impersonal, sino por la interacción de distintas generaciones de personas, cuyos actos libres construyen el orden social.  Todo ello evidencia la necesidad de conferir un relieve particular a los valores espirituales y a las relaciones desinteresadas, que nacen de la disposición a la autodonación, etc. Y eso tanto como regla de conducta personal cuanto como esquema organizativo de la sociedad.

La sociabilidad engarza con otra característica humana: la radical igualdad y las diferencias accidentales de las personas. Todos los hombres poseen una misma naturaleza y un mismo origen, han sido redimidos por Cristo y llamados a participar en la misma bienaventuranza divina: «Todos gozan por tanto de una misma dignidad» (Catecismo, 1934). Junto a esta igualdad existen también diferencias, que deben valorarse positivamente si no son inicuas: «Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de “talentos” particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten» (Catecismo, 1937).

2. La sociedad

La sociabilidad humana se ejerce mediante el establecimiento de diversas asociaciones dirigidas a alcanzar distintas finalidades: «Una sociedad es un conjunto de personas ligadas de manera orgánica por un principio de unidad que supera a cada una de ellas» (Catecismo, 1880).

Los objetivos humanos son múltiples, lo mismo que los tipos de nexos: amor, etnia, idioma, territorio, cultura, etc. Por eso existe un amplio mosaico de instituciones o asociaciones, que pueden estar constituidas por pocas personas como la familia, o por un número siempre mayor, a medida que se pasa de las diversas asociaciones, a las ciudades, los Estados y la Comunidad internacional.

Algunas sociedades, como la familia y la sociedad civil, corresponden más inmediatamente a la naturaleza del hombre y le son necesarias; aunque también poseen elementos culturales que desarrollan la naturaleza humana. Otras son de libre iniciativa y responden a lo que se podría calificar de “culturización” de la tendencia natural de la persona que, como tal, se ha de favorecer (cfr. Catecismo, 1882; Compendio, 151).

El estrecho nexo que existe entre la persona y la vida social explica el enorme influjo de la sociedad en el desarrollo personal, y el deterioro humano que conlleva una sociedad defectuosamente organizada: el comportamiento de las personas depende, en algún modo, de la organización social, que es un producto cultural sobre la persona Sin reducir el ser humano a un elemento anónimo de la sociedad,  conviene recordar que el desarrollo pleno de la persona y el progreso social se influencian mutuamente:  entre la dimensión personal y la dimensión social del hombre no existe oposición sino complementariedad, más aún son dos dimensiones en íntima conexión que se refuerzan recíprocamente.

En este sentido, a causa de los pecados de los hombres, se llegan a generar en la sociedad estructuras injustas o estructuras de pecado. Estas estructuras se oponen al recto orden de la sociedad, hacen más difícil la práctica de la virtud y más fáciles los pecados personales contra la justicia, la caridad, la castidad, etc. Pueden ser costumbres inmorales generalizadas (como la corrupción política y económica), o leyes injustas (como las que permiten el aborto), etc.  Las estructuras de pecado deben ser eliminadas y sustituidas por estructuras justas.

Un medio de capital importancia para desmontar las estructuras injustas y cristianizar las relaciones profesionales y la entera sociedad, es el empeño por vivir con coherencia las normas de moral profesional; tal empeño es además condición necesaria para santificar el trabajo profesional.

3. La autoridad

«Toda comunidad humana necesita de una autoridad que la gobierne. Ésta tiene su fundamento en la naturaleza humana. Es necesaria para la unidad de la sociedad. Su misión consiste en asegurar en cuanto sea posible el bien común de la sociedad» (Catecismo, 1898).

Como la sociabilidad es una cualidad propia de la naturaleza humana, se debe concluir que toda autoridad legítima emana de Dios, como Autor de la naturaleza (cfr. Rm 13,1; Catecismo, 1899). Pero «la determinación del régimen y la designación de los gobernantes han de dejarse a la libre voluntad de los ciudadanos».

La legitimidad moral de la autoridad no procede de sí misma: es ministra de Dios (cfr. Rm 13,4) en orden al bien común . Quienes están constituidos en autoridad deben ejercerla como servicio, practicar la justicia distributiva, evitar el favoritismo y todo interés personal, no comportarse de manera despótica (cfr. Catecismo, 1902, 2235 y 2236).

«Si la autoridad pública puede, a veces, renunciar a reprimir aquello que provocaría, en caso de estar prohibido, un daño más grave (cfr. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, q.96, a.2), sin embargo nunca puede legitimar, como derecho de los individuos —aunque éstos fueran la mayoría de los miembros de la sociedad—, la ofensa infligida a otras personas mediante la negación de un derecho suyo tan fundamental como el de la vida».

En cuanto a los sistemas políticos, «la Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes».  La ordenación democrática del Estado es parte del bien común. Pero «el valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve: fundamentales e imprescindibles son ciertamente la dignidad de cada persona humana, el respeto de sus derechos inviolables».  «Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo».

4. El bien común

Por bien común se entiende «el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección».  El bien común, por tanto, no es sólo de orden material sino también espiritual (ambos interconectados), y comporta «tres elementos esenciales» (Catecismo, 1906):

— respetar la persona y su libertad;

— procurar el bienestar social y el desarrollo humano integral;

— promover «la paz, es decir, la estabilidad y la seguridad de un orden justo» (Catecismo, 1909).

Teniendo en cuenta la naturaleza social del hombre, el bien de cada uno está necesariamente relacionado con el bien común y éste, a su vez, debe estar orientado al progreso de las personas (cfr. Catecismo, 1905 y 1912).

El ámbito del bien común no es sólo la ciudad o el país. Existe también «un bien común universal. Éste requiere una organización de la comunidad de naciones» (Catecismo, 1911).

5. Sociedad y dimensión trascendente de la persona

La sociabilidad concierne todas las características de la persona y, por tanto, su dimensión trascendente. La profunda verdad sobre el hombre, de donde deriva su dignidad, consiste en ser imagen y semejanza de Dios y estar llamado a la comunión con Él ; por eso «la dimensión teológica se hace necesaria para interpretar y resolver los actuales problemas de la convivencia humana».

Esto explica la fatuidad de las propuestas sociales que olvidan la dimensión trascendente. De hecho, el ateísmo –en sus distintas manifestaciones– es uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo y sus consecuencias son deletéreas para la vida social . Esto es particularmente evidente en el momento actual: a medida que se pierden las raíces religiosas de una comunidad, las relaciones entre sus componentes se hacen más tensas y violentas, porque se debilita e incluso se pierde la fuerza moral para actuar bien.

Si se quiere que el orden social tenga una base estable es necesario un fundamento absoluto, que no esté a merced de las opiniones versátiles o de los juegos de poder; y sólo Dios es fundamento absoluto.  Se debe, por tanto, evitar la separación y, aún más, la contraposición entre las dimensiones religiosa y social de la persona humana ; es necesario armonizar estos dos ámbitos de la verdad del hombre, que se implican y se promueven mutuamente: la búsqueda incondicional de Dios (Cfr. Catecismo, 358 y 1721; Compendio, 109) y la solicitud por el prójimo y por el mundo, que resulta reforzada por la dimensión teocéntrica.

Como consecuencia, es indispensable el crecimiento espiritual para favorecer el desarrollo de la sociedad: la renovación social se nutre en la contemplación. Efectivamente, el encuentro con Dios en la oración introduce en la historia una fuerza misteriosa que cambia los corazones, les mueve a la conversión y, por lo mismo, es la energía necesaria para transformar las estructuras sociales.

Empeñarse en el cambio social, sin un empeño serio en el cambio personal, es un espejismo para la humanidad, que acaba en desilusión y, muchas veces, en un fuerte degrado vital. Un «nuevo orden social» realista y, por tanto, siempre mejorable requiere, contemporáneamente, acrecentar las competencias técnicas y científicas necesarias,  la formación moral y la vida espiritual; de ahí derivará la renovación de las instituciones y de las estructuras . Sin olvidar, además, que el empeño por edificar un orden social justo ennoblece a la persona que lo realiza.

6. Participación de los católicos en la vida pública

Participar en la promoción del bien común, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, es un deber «inherente a la dignidad de la persona humana» (Catecismo, 1913). «Nadie se debe conformar con una ética meramente individualista».  Por eso «los ciudadanos deben cuanto sea posible tomar parte activa en la vida pública» (Catecismo, 1915).

El derecho y el deber de participar en la vida social deriva del principio de subsidiariedad: «Una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe sostenerle en caso de necesidad y ayudarle a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común».

Esta participación se realiza, ante todo, por medio del cumplimiento responsable de los propios deberes familiares y profesionales (cfr. Catecismo, 1914) y de las obligaciones de justicia legal (como, p. ej., el pago de impuestos).  También se realiza mediante la práctica de las virtudes, especialmente de la solidaridad.

Teniendo en cuenta la interdependencia de las personas y de los grupos humanos, la participación en la vida pública debe hacerse con un espíritu de solidaridad, entendido como empeño en pro de los demás.  La solidaridad debe ser el fin y el criterio para organizar la sociedad, no como simple deseo moralizante, sino como explícita y legítima exigencia del ser humano; en buena medida, la paz del mundo depende de ella (cfr. Catecismo, 1939 y 1941).  Aunque la solidaridad comprende a todos los hombres, una razón de urgencia hace que la solidaridad sea más necesaria cuanto más difíciles sean las situaciones de las personas: se trata del amor preferencial por los necesitados (cfr. Catecismo, 1932, 2443-2449; Compendio, 183-184).

En cuanto ciudadanos, los fieles tienen los mismos deberes y derechos de quienes se encuentran en idéntica situación; en cuanto católicos, tienen un plus de responsabilidad (cfr. Tt 3,1-2; 1 P 2,13-15).  Por eso, «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”». Esta participación es particularmente necesaria para lograr «que las exigencias de la doctrina y de la vida cristianas impregnen las realidades sociales, políticas y económicas» (Catecismo, 899).

Puesto que en no pocas ocasiones las leyes civiles no se ajustan a la enseñanza de la Iglesia, los católicos deben hacer lo posible, colaborando con otros ciudadanos de buena voluntad, para rectificar esas leyes, siempre dentro de los cauces legítimos y con caridad.  En cualquier caso, deben ajustar su conducta a la doctrina católica, aunque ello les pueda acarrear inconvenientes, teniendo en cuenta que se debe obedecer a Dios antes que a los hombres (cfr. Hch 5,29).

En definitiva, los católicos deben ejercer sus derechos civiles y cumplir sus deberes; esto atañe especialmente a los fieles laicos, que están llamados a santificar el mundo desde dentro, con iniciativa y responsabilidad, sin esperar que la Jerarquía resuelva los problemas con las autoridades civiles o les proponga las soluciones que deben adoptar.

Enrique Colom

El mundo necesita del genio femenino

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Con motivo del día internacional de la mujer el Prelado del Opus Dei ha escrito un artículo publicado en el diario “ABC”.

08 de marzo de 2006

Opus Dei -

El 8 de marzo es una fecha con referencia al pasado, porque recuerda la historia, no corta ya, de los esfuerzos para superar la discriminación de la mujer: una tarea que afecta también al presente. Conviene además mirar al futuro, imaginar qué sucederá y cuántos beneficios se lograrán cuando la mujer esté plenamente incorporada a todos los ámbitos de la sociedad.

Pero, ante todo, es preciso partir del reconocimiento de la igual dignidad entre varón y mujer. Desde el principio mismo de la Sagrada Escritura, en los relatos del Génesis, se nos revela que Dios ha creado al hombre y a la mujer como dos formas de ser persona, dos expresiones de una común humanidad. La mujer es imagen de Dios, ni más ni menos que el varón, y los dos están llamados a la identificación con Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre.

Con estas esenciales premisas de fe cristiana, se entiende con especial profundidad la perversión que supone maltratar a cualquier persona humana, varón o mujer. Los malos tratos toman a veces forma violenta y, en otras ocasiones, modos muy sutiles: se comercia brutalmente con el cuerpo de la mujer, considerándola como cosa, no como persona; o bien se le hace saber, amable pero insidiosamente, que un embarazo es incompatible con su contrato de trabajo. Siguen existiendo muchos motivos para recordar la necesidad de oponerse a esas discriminaciones.

También en el Génesis encontramos un segundo elemento fundamental y evidente: la diversidad. Pensemos por ejemplo en la familia: padre y madre desempeñan papeles distintos, igualmente necesarios, pero no intercambiables. La responsabilidad es la misma, pero difiere la modalidad de participación.

Suele decirse que uno de los problemas más agudos de la familia en nuestros días consiste precisamente en la crisis de la paternidad. El varón no puede considerarse “una segunda madre”, ni tampoco debe descuidar las responsabilidades del hogar, sino que necesita aprender a ser padre. Algo similar cabe decir de la sociedad en su conjunto, donde cada uno ha de encontrar su posición. El varón posee el derecho a desarrollarse como varón; la mujer, como mujer. Siempre sin dar cabida a mimetismos que producen crisis de identidad, complejos sicológicos y problemas sociales de gran trascendencia.

El principio de igualdad puede exasperarse y perder el equilibrio, cuando se confunden igualdad (de dignidad, de derechos y de oportunidades) con disolución de la diversidad. Si la mujer se homologa con el varón, o el varón con la mujer, los dos se desorientan y no saben cómo relacionarse. Pero también el principio de la diferencia se puede exasperar —y, de hecho, tantas veces se ha exasperado—, cuando se entiende la distinción como base que justifique la discriminación.

En este contexto, resulta oportuno y necesario considerar la virtud cristiana de la caridad, que Benedicto XVI ha querido situar en el comienzo y en el centro de su pontificado. La caridad ayuda a armonizar la igualdad y la diferencia e invita a la colaboración, pues ordena la relación con Dios y también las relaciones de cada uno con los demás hombres. Desde la caridad, la Iglesia promueve la comunión, el respeto, la comprensión, la apertura a la diversidad, la ayuda mutua, el servicio.

En las primeras palabras del Génesis leemos también que Dios, en su bondad, confía el mundo al hombre y a la mujer. Hemos recibido la misión de cuidar juntos del mundo y de hacerlo progresar. Este apasionante proyecto compartido ayuda a colocar en su sitio la cuestión de la relación entre ambos sexos. No estamos ante un asunto cerrado sobre sí mismo, angosto y problemático, sino ante una cuestión positiva y abierta: con igual responsabilidad, con aportaciones adecuadas al propio genio, hemos de trabajar juntos por una sociedad mejor. Las cualidades masculinas y las femeninas se necesitan mutuamente, para realizar esta tarea colectiva. En definitiva, sólo se alcanza el bien común —común a todos, hombres y mujeres— mediante un trabajo conjunto. Este cuadro muestra que la discriminación de la mujer no representa sólo una ofensa para ella: constituye una vergüenza también para el varón y un problema muy serio para el mundo.

El verdadero afán por desarrollar juntos la tarea de cuidar del mundo y hacerlo progresar, requiere abandonar esquemas maniqueos y tendencias al conflicto. Hacen falta actitudes de diálogo, cooperación, delicadeza, sensibilidad. El hombre tiene que exigirse más: escuchar, comprender, tener paciencia, pensar en la persona. La mujer también necesita comprender, ser paciente, volcarse en un diálogo constructivo, aprovechar su rica intuición.

Probablemente los dos deben rechazar los modelos que proponen algunos estereotipos dominantes: esas imágenes que empujan al hombre a competir con dureza, o que invitan a la mujer a comportarse con frivolidad, o incluso con un desgraciado exhibicionismo. Necesitamos una nueva forma de pensar, una nueva forma de mirar a los demás, que supere el dominio y la seducción. Así puede surgir un nuevo escenario social, sin vencedores ni vencidos.

En la Carta a las mujeres, Juan Pablo II señala que la aportación de la mujer resulta indispensable para “la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento”, así como para “la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad”. El genio femenino, con esa aptitud innata de conocer, comprender y cuidar del prójimo, ha de extender su influjo a la familia y a la sociedad entera.

San Josemaría solía recordar que “ante Dios, ninguna ocupación es por sí misma grande ni pequeña. Todo adquiere el valor del Amor con que se realiza”. Cuando descubrimos que lo importante es la persona, las discriminaciones de todo género tienen sus días contados. La fe cristiana posee la capacidad de ser verdadero fermento de un cambio cultural en este terreno, si las mujeres y los hombres de fe sabemos encarnarla en nuestra vida ordinaria.

Javier Echevarria
Prelado del Opus Dei


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