Madre de seis hijos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me suelo levantar a las siete –dice Ketty, mujer de un ingeniero naval y madre de seis hijos–, generalmente muy cansada. Es el momento de organizar a la familia para que lleguen a tiempo a los autobuses y al colegio. Después suelo ir a Misa de diez. Y a continuación me dedico a organizar la casa… Es un trabajo maravilloso, porque supone entregarte continuamente a los demás. Pero esto tampoco te exige estar siempre encerrada, sin abrirte a un horizonte más amplio. Cuando nos casamos, mi marido y yo estábamos muy enamorados, como es normal… No necesitábamos de nada ni de nadie para ser felices, pero esto no quiere decir que nos encerráramos el uno en el otro y nada más… Y aunque todavía procuramos reservar momentos de serenidad para tratar los asuntos más personales y delicados, esto a veces resulta difícil. Cuando los niños se van haciendo mayores, toman parte en todas las conversaciones con los padres. Durante año y medio no hemos tenido apenas tiempo de hablar… Entonces lo que hacíamos era comer rápidamente y yo le acompañaba al trabajo: tomábamos café en una cafetería y así podíamos estar unos minutos a solas. Todo es cuestión de buena voluntad, de ordenarte. Mi trabajo profesional es la casa. A mis hijos y a mi marido les hace una ilusión enorme que sea yo la que arregle la casa y cuide de todo. Además es la única forma de poder ir educando y enseñando a los niños… De nada sirve predicarles si se dan cuenta de que tú no vives eso que mandas. Me preocupa que ahora a los niños se les educa con un excesivo bienestar material. ¡Pero qué cariño es ése! Pienso que a mí me ha venido tan bien pasar una infancia con privaciones… el mayor manjar que ha existido para mí durante años era el pan con tocino. Por eso creo que el educar a los niños con un exceso de comodidades y de caprichos es uno de los mayores daños que se les puede hacer…

Trabajo también –sigue Ketty– en el Departamento de Orientación Familiar de un colegio. Nos preocupa la formación, tanto humana como espiritual de los niños. Pero esta formación debe continuar en la familia. El mayor problema es la falta de confianza. Tiene que haber un diálogo entre los hijos y los padres.

Madre de seis hijos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me suelo levantar a las siete –dice Ketty, mujer de un ingeniero naval y madre de seis hijos–, generalmente muy cansada. Es el momento de organizar a la familia para que lleguen a tiempo a los autobuses y al colegio. Después suelo ir a Misa de diez. Y a continuación me dedico a organizar la casa… Es un trabajo maravilloso, porque supone entregarte continuamente a los demás. Pero esto tampoco te exige estar siempre encerrada, sin abrirte a un horizonte más amplio. Cuando nos casamos, mi marido y yo estábamos muy enamorados, como es normal… No necesitábamos de nada ni de nadie para ser felices, pero esto no quiere decir que nos encerráramos el uno en el otro y nada más… Y aunque todavía procuramos reservar momentos de serenidad para tratar los asuntos más personales y delicados, esto a veces resulta difícil. Cuando los niños se van haciendo mayores, toman parte en todas las conversaciones con los padres. Durante año y medio no hemos tenido apenas tiempo de hablar… Entonces lo que hacíamos era comer rápidamente y yo le acompañaba al trabajo: tomábamos café en una cafetería y así podíamos estar unos minutos a solas. Todo es cuestión de buena voluntad, de ordenarte. Mi trabajo profesional es la casa. A mis hijos y a mi marido les hace una ilusión enorme quesea yo la que arregle la casa y cuide de todo. Además es la única forma de poder ir educando y enseñando a los niños… De nada sirve predicarles si se dan cuenta de que tú no vives eso que mandas. Me preocupa que ahora a los niños se les educa con un excesivo bienestar material. ¡Pero qué cariño es ése! Pienso que a mí me ha venido tan bien pasar una infancia con privaciones… el mayor manjar que ha existido para mí durante años era el pan con tocino. Por eso creo que el educar a los niños con un exceso de comodidades y de caprichos es uno de los mayores daños que se les puede hacer…

Trabajo también –sigue Ketty– en el Departamento de Orientación Familiar de un colegio. Nos preocupa la formación, tanto humana como espiritual de los niños. Pero esta formación debe continuar en la familia. El mayor problema es la falta de confianza. Tiene que haber un diálogo entre los hijos y los padres.


Más allá del Río Bravo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante su viaje a México, en 1970, Monseñor Escrivá de Balaguer visitará Jaltepec, Casa de Retiros junto a la laguna de Chapala. Allí permanece una semana. Un día caluroso, de los que abundan en aquella altura, tiene una tertulia con un numeroso grupo de sacerdotes. Si todos los auditorios repican en su corazón para arrancarle palabras que hablan del amor de Dios a los hombres, cuando le rodean sacerdotes se desbordan su fe y entusiasmo. Quiere transmitirles en cada gesto el santo orgullo de su consagración como ministros de Dios, otros Cristos en la tierra. Este día de Jaltepec el Padre se encuentra fatigado por el clima y el esfuerzo. Al cabo de un rato, se retira a una habitación; le acompaña uno de sus hijos mexicanos.

Sube la escalera, trabajosamente, y al llegar a su habitación le invita a pasar:

-«Siéntate aquí»; y le señaló una butaca (11)

Su mirada cae sobre un cuadro de la Virgen de Guadalupe situado frente a la cabecera de la cama. Por la ventana opuesta entran los rayos de un sol ardiente -corre el mes de junio- que iluminan la escena pintada: es una reproducción de la que se venera en la Basílica de la Villa, pero en ésta la Virgen tiene las manos separadas y ofrece una rosa a Juan Diego, que recibe las flores, arrodillado, en el regazo de su tilma; los ángeles permanecen en tomo, sin estorbar el diálogo.

El Padre paladea en silencio los orígenes de este amor apasionado de las tierras calientes por su Virgen morena, Emperatriz de América. Fuera de la casa, muy cerca, la laguna de Chapala acuna las barcas; están hechas con un árbol vaciado que lleva flores a navegar aguas adentro. En cada proa puede leerse escrito un nombre. Y sigue dominando el de Guadalupe. México entero repite esta palabra. Y la acompaña de orquídeas, rosas y mariachis.

Monseñor Escrivá de Balaguer contempla, callado, sonriente, el rostro suave de esta imagen de la Virgen Reina de México. Y dice, en voz alta: «Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor… » (12).

Esta frase del Fundador, como una premonición, será recordada el 26 de junio de 1975, cuando su última mirada en la tierra, antes de caer herido por la muerte, vaya dirigida a una imagen de la Virgen de Guadalupe colocada sobre una de las paredes del despacho donde solía trabajar habitualmente.

La historia de la Obra en México se inicia en 1948, cuando don Pedro Casciaro se desplaza durante dos meses a México. Antes de regresar a Europa, sube a la Basílica de Guadalupe para despedirse de la Señora. Pero tiene la certeza de que no es un adiós definitivo. Por eso deja en la Villa dos palabras que sugieren reencuentros: «Hasta luego».

También el Padre ha seguido sobre el mapa con su oración, desde hace muchos años, las cordilleras de la Sierra Madre y el territorio que se extiende bajo la frontera del Río Bravo.

Por eso, ahora, se reúne con los miembros de la Obra que forman su Consejo General para decidir el comienzo del Opus Dei en este nuevo país.

Aunque sea el Fundador, jamás tomará una decisión en solitario, sin pasar por el estudio y la opinión del Consejo General, para la Sección de hombres, y de la Asesoría Central para la de mujeres. Ellos constituyen los órganos de gobierno de la Obra.

Una vez decidido, y durante una de las etapas en las que el Padre viaja a Madrid, llama a los tres que han de iniciar la siembra en México. Les recibe en su despacho de Diego de León. Sobre la mesa de trabajo hay una imagen de cerámica de tonos vivos y alegres; es una Virgen que sabe de amores, saetas y caminos marineros: la del Rocío.

Después de besarla, se la entrega y les dice que comenzarán «en México con esta imagen de la Virgen, tan pobrecita pero tan alegre, y con mi bendición. Ya veis, es de barro, como nosotros » (13)

A mediados de diciembre de 1948 salen de Bilbao en el Marqués de Comillas, en ruta naviera hacia México. La imagen de la Virgen va, convenientemente embalada, como inseparable compañera de viaje durante treinta y un días, hasta Veracruz. Y luego compartirá por igual la trashumancia de los comienzos: en el cuarto de estar del pequeño departamento de la calle Londres; en el piso de la calle Nápoles, donde pedirá al Padre la admisión César García Sarabia, el primero que lo hace en tierra mexicana.

Desde el primer momento, se multiplican las noticias que llegan de México a Roma.

El 1 de febrero de 1949, cuentan que han visto al Arzobispo y que está encantado de que muy pronto tengan una casa para poder dejar el Señor en el oratorio. Han conseguido un regalo espléndido: el frontal y los laterales de la mesa del altar, del siglo XVIII, tallado en cedro. Y un pequeño retablo, como un relicario, que rodea a la Virgen de Guadalupe. La casa podrá lograrse pronto: quizás a últimos de mes …(14).

Y el 9 de marzo de 1949:

«Desde esta mañana tenemos a Nuestro Señor en casa. Y ahora sí que nos encontramos a gusto y con una confianza absoluta. Nos celebró el Sr. Arzobispo la Misa y vinieron algunos chicos. Un amigo nuestro ha comenzado a rodar una película en color (…) que, cuando esté completa y tengamos ocasión, la enviaremos » (15).

Un año más tarde se decide la llegada de la Sección de mujeres de la Obra a este gran país americano. Guadalupe Ortiz de Landázuri es la persona encargada para llevar adelante esta tarea. El 5 de marzo de 1950 salen del aeropuerto de Madrid-Barajas en un avión mexicano. Se trata de un grupo pequeño: solamente tres. Guadalupe es la mayor, aunque es muy joven.

A las cuatro de la madrugada del 6 de marzo aterrizan en México. Oyen Misa en la iglesia del Espíritu Santo, en la calle de Madero. Por la tarde acuden a la Villa, en un primer saludo de cariño a la Virgen.

El 1 de abril de 1950 tendrán el inmueble para la Residencia femenina universitaria: está situada en el número 32 de la calle Copenhague. Guadalupe recorre la casa con optimismo, llenando los espacios vacíos con una mezcla de imaginación y esperanza: «aquí habrá una biblioteca, aquí un piano, ahí será la sala de estar …»(16). Esta seguridad del futuro es contagiosa y creadora.

Pronto se harán realidad estos sueños.

Desde su llegada a México se matriculan en la Universidad. Y cuando apenas hace tres meses que viven en la capital Federal, piden la admisión al Fundador, Amparo Arteaga, Cristina Ponce, Gabriela Duclaud… En junio de 1950 reciben una larga carta del Padre:

«Veo que nuestra Madre de Guadalupe os bendice y la labor va prendiendo en esas tierras “Laus Deo”! No olvidéis que vuestra misión-¡las primeras de México!- es capital (…): no aflojéis en vuestra vida interior, trabajad con alegría y muy unidas. Veréis cómo arraiga y se multiplica vuestra siembra (…). Sed siempre almas de oración: no me dejéis la presencia de Dios: es el medio eficaz, para no perder nunca el punto de mira sobrenatural. Escribidme con frecuencia (…). Ya sabéis que, desde lejos, os acompaño siempre»(17).

Y en septiembre, vuelve a enviarles unas cuartillas:

«Pienso que nuestra Madre de Guadalupe tiene los ojos puestos en vosotras, de modo particular en esas primeras hijas mexicanas, que deben ser especialmente alegres, fuertes, constantes y sobrenaturales. Tengo muchas ganas de conocerlas (…). Sentid la responsabilidad que os alcanza como primeros instrumentos de nuestra Obra en esa gran nación mexicana. Leo vuestras cartas despacio, y siempre me dan un alegrón. Contadme detallicos de vuestra vida»(18).

Se necesita ya algún lugar amplio para cursos de retiro espiritual, reuniones y convivencias de verano. Don Pedro se pone en contacto con distintas familias y pronto consigue ayuda. Un conocido, Luis Bernal, le habla de Montefalco.

Se trata de una «hacienda» abandonada, situada en el estado de Morelos. Hay muy mala carretera de México D.F. a Cuautla; peor todavía hasta Jonacatepec. Y el desvío a Montefalco es un camino vecinal cortado por un río. Ni siquiera hay puentecillo. La casa no tiene agua ni luz eléctrica.

Sin embargo, el lugar es espléndido: el valle de Amilpas, sembrado de pueblecitos, con gentes que viven de las pocas propiedades que recibieron después de la revolución. Gentes rudas y fuertes, ásperas como los tres peñones que dominan el valle, y delicadas de alma, templada en el trabajo diario. Tienen los ojos negros y rasgados, la tez morena del indio quemado por el sol. Las mujeres caminan, durante los días festivos, con su vestido de colores y su rebozo de «bolita». Los hombres, con camisa blanca y sombrero de ala ancha.

Santa Clara de Montefalco fue una rica hacienda azucarera con hectáreas suficientes para sembrar la caña. Varias construcciones presidían la explanada: la antigua casa de los dueños, la iglesia con sus dos torres altas en el centro y, al otro lado, las viviendas de los peones; un hospital, varias tiendas y almacenes. Casi constituía un pueblo.

Durante la revolución quemaron Montefalco varias veces. Sólo la iglesia permanece, deteriorada, pero erguida e intacta. El resto es una ruina calcinada que mantiene en pie sus muros y arcos maestros gracias a la firmeza de su construcción. Es un montón de sólidas ruinas. La maleza, a causa del abandono, lo cubre todo. Incluso han crecido árboles dentro de los muros. Pero don Pedro acude a verlo. Tiene que abrirse paso con machete hasta la puerta de la iglesia. Saca unos papeles y empieza a dibujar: aquello, reconstruido, puede quedar así. Magnífico. Y sus trazos de lápiz son una oración confiada: una petición al Cielo que está poniendo ya los cimientos de la gran obra social y apostólica del futuro Montefalco.

En unos años de trabajo sin pausa, de fe, se logrará montar un pabellón como Casa de Retiros. Sobre las grandes losas del suelo colocan los catres; la rusticidad de los muebles no quita grandeza a aquellas paredes que saben de pólvora, dolor y fuego. Ahora le ha llegado el turno al amor como apoyo perdurable. Los sondeos pacientes acaban descubriendo las vetas de agua. Y con el riego vuelven los pájaros, porque Montefalco ofrece el amarillo del maíz y la explosión de bugambilias en las tapias. Es otra vez el corazón de la zona, como tarea de todos. El Centro de Formación Agropecuaria El Peñón unirá en un esfuerzo colosal a campesinos y profesores, a ingenieros y sociólogos. Cuando el Padre vaya a verles en 1970 no podrá menos de decir entusiasmado:

«Montefalco es una locura de amor de Dios. Suelo decir que la pedagogía del Opus Dei se resume en dos afirmaciones: obrar con sentido común y obrar con sentido sobrenatural. En esta casa, don Pedro y mis hijas e hijos mexicanos, no han obrado más que con sentido sobrenatural. Recibir con alegría un montón de ruinas (…), humanamente es absurdo… Pero habéis pensado en las almas, y habéis hecho realidad una maravilla de amor. Dios os bendiga.

Estoy dispuesto a ir con la mano extendida, pidiendo dinero para terminar Montefalco. Lo terminaremos, con vuestro sacrificio, y con la ayuda, como siempre, de tantas personas que están dispuestas a colaborar en una tarea que será un gran bien para todo México» (19)

En 1970, Monseñor Escrivá de Balaguer, después de veintidós años, volverá a encontrarse con la imagen de la Virgen Rociera en un pequeño despacho de Montefalco. En su humildad de barro, ha hecho crecer ya una inmensa cosecha de espíritu.

Así lo subrayará el Eminentísimo señor Cardenal Miguel Darío Miranda, Arzobispo Primado de México, después de la muerte del Fundador del Opus Dei: «Agradecemos muy especialmente al Señor que haya sido nuestra querida Archidiócesis de México la primera en la que se comenzó en América esta verdadera Obra de Dios(20).

Un mar sin orillas

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Donde el Opus Dei se sigue realizando fundamentalmente, aunque no se vea, es en el tráfico humano de la vida corriente, con personas comunes: en la familia, en la calle, en la fábrica, en el taller, en el avión, en el autobús, en el hospital…, abajo, en medio y arriba…, en todas partes…, en esa estrella polar de infinitas direcciones, y de otras tantas opciones, que es la existencia de los hombres, ninguno excluido, desde el nacimiento hasta la muerte.

Tengo presentes todavía las palabras pronunciadas por el Fundador del Opus Dei el 9 de mayo de 1974 en un acto académico celebrado en la Universidad de Navarra en el que se palpaba toda la ciencia del mundo, todo el esfuerzo de los hombres por alcanzar con su talento la verdad escondida:

–«Salvarán este mundo nuestro –permitid que lo recuerde–, no los que pretenden narcotizar la vida del espíritu, reduciendo todo a cuestiones económicas o de bienestar material, sino los que tienen fe en Dios y en el destino del hombre, y saben recibir la verdad de Cristo como luz orientadora para la acción y la conducta. Porque el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres. Es un Padre que ama ardientemente a sus hijos, un Dios Creador que se desborda en cariño por sus criaturas. Y concede al hombre el privilegio de poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio».

En este punto y antes de terminar el capítulo debo reconocer honradamente las dificultades de mi empeño por encerrar en unas cuantas páginas una realidad viva, multicolor y flexible, que rompe todo esquema para expresarse en la normalidad del heroísmo en las cosas pequeñas. La empresa me parece tan compleja como la de un novelista que quisiera reflejar con realismo en un solo libro todo lo que ocurre en este mundo a nivel personal en todas partes y al mismo tiempo. Y se hace más compleja todavía –de puro sencillas¡ se tiene en cuenta mi propósito de no olvidar en ningún momento de estas líneas el aspecto sobrenatural del Opus Dei, sin el cual ni el lector, ni yo, ni nadie puede hablar del tema en serio y con la mano en el corazón. No es otro el motivo de que haya acudido con tanta frecuencia en lo que venimos diciendo al diálogo directo con Monseñor Escrivá de Balaguer.

Por lo demás y en buena ley no podría ser de otro modo. Conozco a un periodista andaluz, miembro del Opus Dei, que se apostó una cena con un colega anglosajón, desafiándole a que le hiciese una pregunta –la que fuese– sobre la Obra cuya respuesta no la hubiese publicado antes ya, directamente y con claridad, el propio Fundador del Opus Dei. Quien pagó la cena fue, por supuesto, el colega anglosajón.

La situación actual del ecumenismo

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Entrevista al profesor Pedro Rodríguez

Opus Dei - El entonces cardenal Ratzinger y D. Pedro Rodríguez

El entonces cardenal Ratzinger y D. Pedro Rodríguez

¿Es cierto, como sostienen algunos, que el diálogo ecuménico se ha ralentizado?

Hace unos meses tuve la fortuna de participar en la III Asamblea Ecuménica Europea, tal vez la más numerosa macro-asamblea en la historia del Movimiento ecuménico: una gigantesca carpa acogía las sesiones plenarias de 2500 delegados en Sibiu, la hermosa ciudad de Transilvania. Yo regresé a España con una gran alegría. ¿Por qué? Porque el Movimiento ecuménico estaba vivo. Cierto, con graves cuestiones y problemas que dificultan el camino hacia la unidad plena —y, por tanto, visible— de todos los cristianos. No voy yo ahora a enumerarlos: algunas de esas graves cuestiones salen en primera página de los periódicos…

Pero en Sibiu se rezó mucho: los delegados llenaban a tope las iglesias y había un fuerte sentido de la adoración en los actos litúrgicos de las distintas confesiones: inolvidables las Vísperas en la Catedral ortodoxa de Sibiu. En mi opinión, junto a las conferencias de los católicos Kasper y González Montes, destacó en Sibiu la del ortodoxo Kyril de Smolensko —el segundo después del Patriarca Alexis, para entendernos— que planteó con toda su fuerza la necesidad de una antropología que brote de las raíces cristianas de Europa: persona humana, matrimonio, familia, dignidad de la vida humana, ecología y amor a la Creación, etc. Es una dimensión esencial del mensaje de los cristianos al mundo y ahí urge que estén —y aparezcan— unidos…

Pero ese es ya otro aspecto del tema…

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Cierto, pero lo digo precisamente para responder a su pregunta. No está “ralentizado” el diálogo. A mi entender, el Movimiento ecuménico, ante la fuerte y creciente presión del laicismo militante, está tomando viva conciencia de temas que han ocupado poco lugar en el diálogo ecuménico después del Concilio: concretamente, los temas de ética y antropología.

Hoy urge que los cristianos, católicos y no católicos, podamos dar un testimonio común en esos temas de los que habla de continuo Benedicto XVI y que, como vemos, subrayaba Kyril de Smolensko en Sibiu. Para darse cuenta de la importancia del diálogo ecuménico en este campo basta considerar que una propuesta sobre el reconocimiento del carácter sagrado de la vida desde “el momento de la concepción hasta la muerte natural” no pudo ir adelante en esta III Asamblea. Es un tema vital hoy para el testimonio común de los cristianos, y sin embargo no hay acuerdo sobre ese testimonio común… Pero el nuevo diálogo ha comenzado.

¿Cuál es entonces la situación actual, a grandes rasgos, del diálogo ecuménico?

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Se han dado y se dan pasos de gran importancia también en la que podríamos llamar temática “clásica” de ese diálogo. Todavía es reciente la adhesión de la Conferencia Mundial Metodista al ya célebre Acuerdo católico-luterano sobre la doctrina de la justificación, en el que tuvo una tan personal intervención el entonces Cardenal Ratzinger.

Pero el evento más significativo en este ámbito es el relanzamiento de los trabajos de la Comisión mixta internacional católico-ortodoxa, que en la sesión de Ravenna de octubre último aprobó un importante documento —tras el que se iba desde hace diez años— sobre “Comunión eclesial, conciliaridad y autoridad”: un documento que abre el camino para un serio debate teológico sobre la naturaleza del Primado del Papa en la Iglesia. El horizonte de la plena comunión de la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas se abre con estos planteamientos.

Pero, sobre todo, se abrirá en la medida en que los cristianos de ambas confesiones —católicos y ortodoxos— aprendamos a querernos y estimarnos en el día tras día de la vida. Pueden ser providenciales en este sentido las migraciones Este-Oeste que se están dando en Europa.

¿En este contexto qué supone el mensaje del Opus Dei para el ecumenismo?

Opus Dei - III Asamblea Ecuménica Europea en Sibiu (Transilvania)

III Asamblea Ecuménica Europea en Sibiu (Transilvania)

Debo decir ante todo que el Opus Dei asume en su vida la dimensión “ecuménica” de la misión de la Iglesia tal como la Iglesia misma la propone. Comprenderá que sea así, pues el Opus Dei es, sencillamente, Iglesia: como decía su Fundador, una “partecica” de la Iglesia. Dicho esto, me parece claro que el espíritu del Opus Dei y el modo de su propuesta cristiana subrayan aspectos peculiares, pero muy importantes, de la actividad ecuménica de la Iglesia.

Concretamente, en el Opus Dei es fundamental la convicción de que el ecumenismo no es sólo cosa de especialistas y de los Pastores, sino incumbencia de todo el Pueblo de Dios: de todos, digo, por tanto también de las mujeres y de los hombres que siguen a Jesucristo en su Iglesia tratando de “vivir santamente la vida ordinaria”, como decía san Josemaría. Y esto en todos los países, no sólo en los de grandes divisiones confesionales. El ecumenismo hay que vivirlo, aunque no haya cristianos no católicos en el contexto social en el que me muevo…

¿Y esto qué significa en la vida práctica de los fieles del Opus Dei?

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Significa que a la gente del Opus Dei, a esos hombres y mujeres que se esfuerzan por vivir en Cristo la vida familiar y profesional, lo que les va —lo que les sale de dentro, podríamos decir— es la amistad y el trato con las personas de su contorno social humano: y allí se encuentran y conviven con sus colegas y amigos cristianos no católicos, con los que participan del tesoro común recibido en el Bautismo y buscan trabajar juntos en favor de los demás. A la vez, la experiencia de la falta de unidad plena en la fe, que ese trato les ofrece, les empuja a la oración “ut omnes unum sint”, y a promover entre sus amigos cristianos —católicos y no católicos— una más intensa vida de fe, que lleve a todos, al paso de Dios, a esa unidad plena y visible en la Iglesia de Cristo.

Como ves, entiendo que el espíritu del Opus Dei subraya sobre todo la base misma del ecumenismo, es decir, la oración, la santidad de vida y la amistad cristiana entre hombres y mujeres de diversas confesiones; un modo de acción ecuménica que puso en primera línea el Decreto sobre el Ecumenismo del Concilio Vaticano II y que subraya de continuo Benedicto XVI.

¿A modo de síntesis final?

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Que para la misión de la Iglesia, para la evangelización, es de la máxima importancia lo que apuntaba al responder a la pregunta anterior: cultivar, desde la oración y la conversión personal, una actitud de fraternidad que lleve a la amistad, a las múltiples formas de encuentro entre cristianos de distintas confesiones para dialogar sobre los problemas de la vida humana y cristiana y lograr formas comunes —existenciales— de caridad, de testimonio y de unidad en la acción social de inspiración cristiana. “La misión evangelizadora de la Iglesia —decía Benedicto XVI en el Ángelus del último domingo— pasa a través del camino ecuménico, que es el camino de la unidad de la fe, del testimonio evangélico y de la fraternidad auténtica”.


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