Capítulo 2. Los primeros años (1902–1925)

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Juventud

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.
ra hijo de José Escrivá, un joven comerciante de 33 años y Dolores Albás, de 23. Los Escrivá se casaron en 1898 y un año después nació la primogénita, María del Carmen. Al segundo hijo le pusieron cuatro nombres: José por su padre, María, por devoción a la Virgen María, Julián, por ser el santo del día en que fue bautizado, y Mariano, en honor a su padrino. Alrededor de 1935 y en consonancia con esa devoción a la Virgen que le inculcaron de pequeño, Escrivá unió los dos primeros nombres en uno solo –Josemaría–, pero de joven y durante sus primeros años de sacerdocio firmaba como José María Escrivá[1].

La familia Escrivá provenía de Barbastro (Huesca), población de unos 7.500 habitantes situada en las estribaciones de los Pirineos, a unos 70 kilómetros de la frontera francesa. Era el centro comercial de una zona eminentemente agrícola. Barbastro no tenía grandes industrias y los distintos negocios familiares prosperaban o caían, dependiendo de lo que ocurriera con las explotaciones agrícolas de la comarca. La ciudad no contaba, por tanto, con una clase alta y los miembros más destacados de la sociedad eran comerciantes y pequeños industriales de clase media.

Don José era socio de un comercio de tejidos y de una pequeña fábrica de chocolates. La familia vivía en un piso cuyos balcones daban a la calle principal del pueblo. Como era habitual en las familias acomodadas de esa época, los Escrivá contaban con cocinera, doncella, niñera y un mozo que iba algunas horas a ayudar en las tareas domésticas.

El único suceso de cierta importancia en la infancia de Escrivá fue la grave enfermedad padecida cuando tenía dos años. Por aquel entonces no había antibióticos y las infecciones eran con frecuencia fatales, de suerte que una tarde el médico de familia que atendía al pequeño predijo que no sobreviviría a esa noche. Su madre encomendó su curación a la Virgen, prometiendo que si sanaba iría con él en peregrinación a la cercana ermita de Torreciudad. A la mañana siguiente, cuando el médico se acercó a la casa de los Escrivá a preguntar la hora del fallecimiento, se encontró a la criatura totalmente recuperada dando brincos en la cuna.

Tal y como se desprende de la reacción de su madre ante la enfermedad del pequeño, los Escrivá eran fervientes católicos, y la devoción a la Virgen María tuvo siempre un papel importante en sus vidas. Aparte de asistir a Misa los domingos, la familia rezaba con frecuencia el Rosario en casa y los sábados por la tarde se acercaban a una iglesia próxima a recitar la Salve en honor de la Madre de Dios. Sus vidas estaban profundamente marcadas por la fe cristiana, plasmada con naturalidad en los quehaceres cotidianos. Por ejemplo, cuando el joven Escrivá mostraba alguna vez su timidez, la madre le decía: “Josémaría, vergüenza sólo para pecar”[2]. De todas formas, no sería ni mucho menos acertado concluir que los Escrivá pertenecieran a ese tipo de gente que mataba inútilmente las horas comentando los últimos chismorreos eclesiásticos como si fueran beatos. Se trataba más bien de una familia que, pasados los años, el propio Escrivá describiría como “gente que practicaba y vivía su fe”[3].

En el hogar de sus padres, el joven Josemaría aprendió las primeras oraciones que luego repetiría y enseñaría a otros a lo largo de su vida, como por ejemplo: “Tuyo soy, para Ti nací. Jesús ¿qué quieres de mí?” o “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Si me desamparas, ¿que será de mí? Ángel de la Guarda, ruega a Dios por mí”.

Cuando cumplió seis años, su madre le llevó a su confesor para que recibiera el sacramento de la penitencia por primera vez. Escrivá siempre mostró un gran amor y veneración a este sacramento y le gustaba recordar su primera confesión. Al terminar, el sacerdote le impuso como penitencia pedir a sus padres que le hicieran un huevo frito. Al volver a casa, doña Dolores supuso que el sacerdote le habría mandado recitar unos cuantos padrenuestros y avemarías y le preguntó si necesitaba ayuda para cumplir la penitencia. El pequeño le contó a su madre cuál había sido la penitencia impuesta y le aseguró que era capaz de cumplirla él solo… A partir de esa fecha, Escrivá se confesó de forma regular durante toda su vida y siempre afirmó que el sacramento de la penitencia, lejos de ser una experiencia traumática, como algunos sostienen, fue para él una fuente de paz y serenidad.

La infancia de Escrivá fue la de un niño feliz. La familia iba creciendo poco a poco: María Asunción nació en 1905 y María Dolores en 1907; dos años más tarde vino al mundo su hermana María del Rosario. Los negocios de don José prosperaban y la familia disfrutaba de una vida tranquila. El joven Escrivá sentía una gran admiración por su padre y disfrutaba yendo a pasear por los alrededores de Barbastro. Su padre se interesaba vivamente por todo lo relacionado con su hijo, los éxitos y fracasos de un niño, sus alegrías y tristezas. Sus padres siempre le dieron mucha libertad al tiempo que, lógicamente, estaban pendientes de lo que hacía, pues nunca descuidaron la educación de la prole. En el colegio, Escrivá destacó en dibujo y literatura, y pronto comenzó a disfrutar de los clásicos de la literatura española, un gusto que conservó toda su vida. Siendo apenas un muchacho, leyó el Quijote por primera vez en unos tomos llenos de ilustraciones que su padre guardaba en la biblioteca familiar.

Pero la alegría de los primeros años duraría bien poco. Su hermana más pequeña, Rosario, murió en 1910 con apenas nueve meses. Dos años después le seguiría a la tumba María de los Dolores a la edad de cinco años. Esas muertes entristecieron enormemente a Josemaría que no podía entender cómo un Dios bondadoso permitía que sus hermanas murieran tan niñas. Un buen día, cuando sus dos hermanas y unos amigos estaban construyendo un castillo de naipes, Escrivá entró en la habitación y de un manotazo echó abajo las cartas. Al preguntarle enfadadas el porqué de su actuación contestó que eso mismo era lo que hacía Dios con las personas: se construye un castillo y, cuando está casi terminado, Dios lo tira.

El dolor de Escrivá aumentó aún más –si cabe– en 1913 al ponerse gravemente enferma su hermana Asunción. Una tarde al regresar a casa preguntó a su madre cómo estaba evolucionando la enfermedad de su hermana; doña Dolores le contestó: “Ya está bien, ya está en el cielo”[4]. Pese a la fe y confianza en Dios con que sus padres aceptaron este nuevo y terrible golpe, la serie de muertes, una tras otra, dejó una huella tan profunda en la mente del pequeño Josemaría que llegó a comentar a su madre que el próximo año le tocaría a él. Dejó de decirlo al darse cuenta de que ella se entristecía mucho al oírlo. “No te preocupes –le decía doña Dolores– que tú estás ofrecido a la Virgen y ella te cuidará”.

Por si esto no fuera poco, al año siguiente, los Escrivá sufrieron un nuevo y serio contratiempo: la quiebra del negocio familiar. Los años previos a la Primera Guerra Mundial fueron especialmente difíciles para Aragón y en concreto para Barbastro. El comercio de la ciudad dependía en gran medida de la agricultura, y, cuando las cosechas no eran buenas, surgían dificultades y problemas de todo tipo, pues en la zona no había bancos importantes que concedieran a las pequeñas empresas los créditos necesarios para salir de apuros durante los años de depresión. Entre 1907 y 1914, el número de tiendas de tejidos en Barbastro pasó de once a cinco. Aparte de los problemas causados por la recesión generalizada, el negocio de don José tuvo algunas dificultadas añadidas por los pagos que debía abonar a sus antiguos socios. La situación se vio agravada todavía más porque el antiguo socio no quiso saldar las deudas pendientes y porque hubo de pagar las minutas del juicio celebrado para que se cumpliera el acuerdo. Durante casi todo el año 1914, don José trató de mantener a flote el negocio recortando los gastos del hogar, pero a finales del otoño no aguantó más y entró en bancarrota.

Además del negocio antes mencionado, la familia Escrivá era propietaria de la casa solariega y otros bienes sobre los cuales los acreedores no tenían derecho legal alguno. La venta de esos bienes habría permitido a la familia seguir disfrutando de una relativa comodidad a pesar de la quiebra, pero tras considerar el asunto detenidamente, don José decidió que lo más honroso sería liquidar todos los bienes y pagar a los acreedores, pese a que mucha gente le aseguraba que no tenía ninguna obligación de hacerlo. Esta medida hizo que la familia se encontrara de buenas a primeras en una situación extremadamente difícil.

En una localidad como Barbastro donde las familias acomodadas no eran muy numerosas, la noticia de la ruina económica de los Escrivá corrió como la pólvora, sobre todo entre los amigos y compañeros de clase del joven Josemaría. Se extendió el rumor de que su estado de pobreza era tal que, literalmente, “se morían de hambre”. Un amigo, con la lógica ingenuidad de un niño, recuerda haberse sorprendido en una ocasión al ver a Josemaría merendar un bocadillo de jamón, y le preguntó a su madre por qué la gente decía que los Escrivá no tenían dinero para comer cuando él le había visto tomar tan suculento manjar. No resulta difícil imaginar las pullas y mofas que el pequeño Josemaría habría de sufrir de boca de sus compañeros. Con los años llegó a decir que esos comentarios le enseñaron que los niños, en ocasiones, no tienen corazón, o cabeza, o las dos cosas.

A los escarnios de los compañeros de colegio, había que sumar los que venían de algunos parientes de doña Dolores, quienes no aplaudían la decisión de don José de pagar a los acreedores, cuando la ley no se lo exigía. Los que estaban en buena posición económica se negaron a ayudar y un tío suyo sacerdote, Carlos Albás, fue muy duro en sus críticas a su cuñado y le acusó de haber hundido a su familia en la miseria, pudiendo haber mantenido una buena posición económica.

La palabra miseria era, sin duda, una exageración, pero es cierto que la familia estaba atravesando momentos muy delicados y Barbastro era un sitio demasiado pequeño como para ofrecer perspectivas de recuperación. Don José, por tanto, comenzó a buscar trabajo en otros lugares y al final encontró un puesto de dependiente en una tienda de paños en Logroño. Y ahí se fue a primeros de 1915, dejando atrás a la familia hasta que acabara el curso académico. Después de pasar el verano en el pueblo de Fonz donde tenían parientes, los Escrivá se mudaron a Logroño en otoño de ese mismo año, cuando el joven Josemaría contaba 13 años.

Logroño era por aquel entonces una pequeña capital de provincia de unos 25.000 habitantes. Pese a que la ciudad y su comercio estaban en auge, los Escrivá pasaron años muy duros, sobre todo los primeros. Consiguieron un piso que carecía de ascensor y calefacción. Debido a que estaba en la última planta del edificio, era muy caluroso en verano y helador en invierno. La situación se hacía más dolorosa al no tener apenas parientes ni conocidos en la ciudad.

En un ambiente en el que las clases sociales estaban por aquel entonces claramente definidas, la posición que tuvieron en Logroño era muy distinta de la que gozaron en Barbastro. Allí los Escrivá pertenecían a la próspera clase media, y en su nueva ciudad de adopción don José dejó de ser propietario de un negocio, para convertirse en un empleado a las órdenes de un superior. La familia ya no pudo disfrutar de los habituales entretenimientos propios de la clase media, ni recibir visitas al estilo acostumbrado, ni tampoco tomar parte en los acontecimientos sociales de la ciudad. En una época en la que todas las familias de su clase tenían servicio, doña Dolores y su hija Carmen se encargaron de las tareas del hogar sin ayuda de nadie. Como tantas familias de entonces, atravesaron tiempos difíciles, pero, en la medida de lo posible, procuraron llevar una vida digna aunque no les fue fácil. Trataron de mantener el interés que siempre habían tenido por la literatura y la cultura en general, pero no podían compartir sus gustos con los nuevos amigos y conocidos de procedencia menos cultivada. Don José y doña Dolores no se quejaban y se esforzaron para que el ambiente en el hogar fuera digno, agradable y tranquilo. No obstante, al echar la vista atrás y recordar los años de Logroño, Escrivá los definió como “tiempos muy duros”[5].

Con el tiempo, supo ver las dificultades familiares como algo inherente al plan que Dios le tenía reservado como fundador del Opus Dei. En Logroño aprendió a vivir la pobreza cristiana con buen humor y dignidad. Siempre se acordó del consejo que su padre daba a toda la familia: “Tenemos que actuar con responsabilidad en todo, porque no podemos permitirnos el lujo de gastar lo que no tenemos, pero hemos de sobrellevar la pobreza con dignidad, aunque sea humillante para nosotros, sin que lo noten los que no son de la familia y sin darla a conocer”. En los últimos años de su vida Escrivá recordaba: “A mi padre no le fue nada bien en los negocios. Y doy gracias a Dios porque así sé yo lo que es la pobreza; si no, no lo hubiera sabido”[6].

De la paciencia y buen humor de su padre en la adversidad, Escrivá aprendió a vivir muchas virtudes como la fortaleza y la alegría que tanto le ayudarían en su vida. “No le recuerdo jamás con un gesto severo: le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con sólo cincuenta y siete años. Le debo mi vocación”[7]. “Vi a mi padre como la personificación de Job. Le vi sufrir con alegría, sin manifestar el sufrimiento. Y vi una valentía que era una escuela para mí, porque despues he sentido tantas veces que me faltaba la tierra y que se me venía el cielo encima, como si fuera a quedar aplastado entre dos planchas de hierro”[8].

El joven Escrivá ingresó en el instituto de Logroño donde se impartían las clases desde primeras horas de la mañana hasta el mediodía. A principios del siglo XX no eran muchos los que cursaban todo el bachillerato, dado que el nivel académico era alto. Los exámenes resultaban duros y, por ese motivo, muchos alumnos iban también a escuelas privadas donde recibían clases complementarias para poder así dominar las asignaturas que se impartían en el instituto. Por las tardes, Josemaría Escrivá asistía a clases en el colegio de San Antonio. Era un alumno aplicado y sacaba buenas notas, sobre todo en literatura. Leía mucho; libros que le mandaban en la escuela y otros por interés propio, como los clásicos españoles del Siglo de Oro. Seguía también muy de cerca los acontecimientos internacionales, como la evolución de la Primera Guerra Mundial o la lucha irlandesa por alcanzar la tan ansiada libertad religiosa.

Cuando tuvo que decidir la rama del bachillerato que seguiría, Escrivá –que había mostrado durante años gran habilidad en dibujo y matemáticas– resolvió estudiar Arquitectura. Aunque huelga decir que se tomaba en serio lo referente a la religión y rezaba con sincera piedad las oraciones aprendidas de niño, no mostró nunca una predisposición especial hacia el sacerdocio o la vida religiosa y eran frecuentes sus protestas por tener que estudiar latín, idioma que consideraba como algo exclusivo de curas y frailes.

[1] En 1940 la familia Escrivá cambió el apellido por Escrivá de Balaguer para indicar la rama de la familia a la que pertenecían. De ahí que su nombre completo fuera Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás.

[2] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 33

[3] ibid. p. 13

[4] ibid. p. 56

[5] ibid. p. 72

[6] Manuel Garrido. EL BEATO JOSEMARÍA ESCRIVÁ Y BARBASTRO. Ayuntamiento de Barbastro 1995. p. 56

[7] ibid. p. 57

[8] José Luis Illanes. ob. cit. p. 62-63

El escapulario del Carmen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Difundía la devoción a la Virgen en sus múltiples manifestaciones; y recomendaba vivamente las costumbres seculares de piedad mariana, que han vivido los cristianos a lo largo de los siglos, como el rezo del Santo Rosario o el uso del escapulario del Carmen. Se lee en el número 500 de Camino: Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas— tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. —Además ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!

Era terciario carmelita desde hacía muchos años —desde el 2 de octubre de 1932, en concreto—, y poco antes de esa fecha, había escrito: “Dos cosas (además del Amor) me mueven a hacerme terciario carmelita: ‘obligar’ más a mi Madre Inmaculada, ahora que me veo más débil que nunca; y proporcionar sufragios a ‘mis buenas amigas las Animas benditas del Purgatorio’”

A través del Pirineo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Se les hacen largos los días de espera, porque siguen las dificultades para conectar con quienes se dedican a pasar refugiados por entre los bosques. El peligro multiplica su cerco cada jornada que pasa. Empiezan a caducar los salvoconductos de los más jóvenes. Han agotado las posibilidades económicas en concertar la huida, y no queda reserva alguna para prolongar la estancia en Barcelona.

El Padre aprovecha esta forzosa permanencia en la ciudad: celebra Misa diariamente en distintas casas, lleva la Comunión de uno a otro lado. Administra el Sacramento de la Penitencia. Habla y anima con su inalterable esperanza a todos cuantos Dios pone en su camino.

Además de esta dedicación continua y peligrosa, debe someterse al entrenamiento previsto para cuando llegue el momento de emprender la marcha hacia el Pirineo: se trata de largas caminatas por la ciudad para acostumbrarse a jornadas de brega y de cansancio. A todo ello se une la desnutrición inevitable: es un momento en el que escasean los alimentos más indispensables y el contrabando especula con precios prohibitivos. A pesar de estas circunstancias, el Padre no olvida sus mortificaciones habituales. Sabe privarse de cosas, con el mayor disimulo, para que el resto pueda cuidarse un poco más. Su estado de delgadez es alarmante.

Unos días antes han comprado seis impermeables baratos y fáciles de plegar. Logran -¡al fin!- establecer los enlaces. Parece que están en buenas manos y ya sólo queda esperar la señal de partida para la fecha que juzguen adecuada. El 16 de noviembre reciben instrucciones concretas: la marcha dará comienzo el 19(3). Ese día subirán al autobús que cubre el recorrido Barcelona-Seo de Urgel. El Padre lleva pantalones de pana ceñidos en los tobillos, camisa y jersey de algodón azul marino y una boina negra. Le han conseguido unas botas de badana color castaño que son de mala calidad, pero que tal vez faciliten la larga andadura por el bosque. El resto va calzado con alpargatas. Sólo el profesor Albareda tiene botas con suela de crepé, que adquirió en Alemania para sus excursiones científicas por la montaña. Unas cuantas bolsas y mochilas encierran el escasísimo equipaje. Una lleva el cargamento más preciado: una copa y un pequeño plato de cristal, una botella con vino para celebrar la Santa Misa, dos corporales y purificadores, así como un cuaderno manuscrito con las oraciones litúrgicas del Misal.

Ninguno está en condiciones físicas de emprender esta penosa e incierta marcha, y el Padre menos que nadie. Aún no se ha recuperado totalmente del último ataque de reúma que ha sufrido. En previsión de su posible falta de fuerzas, Juan se ha provisto de una bota de vino al que añade una gran cantidad de azúcar. Así espera poder combatir, momentáneamente, el agotamiento muscular, si es que llega a presentarse.

Los mayores pueden viajar hasta Oliana, más seguros por su documentación y por la edad, que les hace aparecer menos sospechosos; pero los que están en edad militar han de bajarse del autobús antes del control de Basella, que es muy riguroso. Por eso, Pedro, Paco y Miguel dejarán este medio de locomoción en Sanahuja y llegarán andando hasta la primera casa de refugio, que es un pajar junto a Peramola. Todo se lleva a cabo según el plan previsto. El primer grupo ha llegado ya al pajar de Peramola y espera impaciente a los más jóvenes. Este segundo grupo debe llegar hacia la medianoche. Pero pasan las horas y no aparecen. La quietud en el pajar es total, pero en vigilia. Los ratones corren a placer por entre los visitantes. No tienen más remedio que partir al amanecer. Don Josemaría deja una carta para los muchachos: está impaciente por reunirse con ellos. Un par de horas después llegarán a la masía de Vilaró. Veinticuatro horas más tarde les da alcance ¡al fin! el segundo grupo. Y así conocen su aventura. Al bajarse del autobús en Sanahuja llevan una consigna: buscar a un hombre que tiene un paraguas en la mano; decir la palabra «Pallarés», y seguir andando. Pero al llegar, el tiempo es lluvioso… ¡todo el mundo lleva paraguas!… Al fin, el propio guía les localiza. Pero luego se pierden todos en el bosque, y darán vueltas hasta encontrar el buen camino. Felizmente, el 21 de noviembre les reúne a todos en la Masía Vilaró.

Pere Sala, el dueño de esta Masía, habla poco y pasea, con vista de lince y la escopeta al hombro, en busca de ardillas que puedan servir como alimento. La noche del 21 de noviembre, les parece que el Padre está menos alegre que de ordinario: le notan preocupado y, en medio de su cansancio, no saben qué hacer para indagar lo que le perturba. Cuando llega la oscuridad, Pere les lleva hasta la antigua iglesia de Pallerols, muy cercana a Vilaró, que ha sido desvalijada. Aquí, «en Pere» les da instrucciones:

-«No abran la puerta a nadie».

Y les introduce en una estancia que parece un horno de pan con paja en el suelo, en el que caben apenas los seis. Deben encerrarse allí y mantenerse en riguroso silencio. Solamente les deja una candela por si precisan algo de luz dentro de aquel recinto.

A la llama de esta vela, cenarán un poco de embutido y pan que llevan en las mochilas. Luego, se acomodan don Josemaría, Juan, Pedro, Paco, José María Albareda y Miguel. Las horas de la noche empiezan a resbalar sobre el pequeño refugio sumido en el silencio. Hay un olor seco a arcilla, paja y humo. Por un ventanuco del techo apenas se vislumbra el cielo. Atravesando la densidad de las sombras, Pedro observa el rostro abatido del Padre. Jamás le ha visto así. También advierte que habla en tono apasionado y en voz baja con Juan.

Paco, que está cerca del Padre, le explica los motivos: el Padre quiere regresar a Madrid. Siente la obligación de volver con los que han quedado expuestos a un mayor peligro. Juan está intentando convencerle. Y de pronto, se oye una frase autoritaria y tajante:

«¡Usted va adelante, vivo o muerto!»(4).

Jamás ha hablado así al Padre. Todos respetan profundamente al Fundador, y se han apoyado siempre en su entereza, en su energía humana y sobrenatural. Pero esta vez, Juan ha tenido que echar mano de todas sus reservas para impedir que exponga la vida de modo irremediable. Tiene la certeza de que, en este viaje, lo que han de lograr entre todos es llevarle a una tierra donde pueda seguir cumpliendo su vocación.

Pedro se pone a rezar. Agotado y nervioso, aún alcanza a ver el llanto contenido del Padre antes de que le venza un sueño irresistible.

Más tarde sabrán que, esa noche, don Josemaría no durmió. Se acogió, con todo el amor y la disponibilidad de su corazón, a la Reina del Cielo. Y le pidió -nunca lo había hecho- una señal clara de la decisión que había de tomar al día siguiente.

En la mañana del 22 de noviembre se levantan todos al amanecer, como habían convenido, con la intención de preparar y asistir a la Santa Misa. El Padre sigue profundamente afectado. Abatido. Nadie sabe qué decirle. En medio del silencio sale del horno en que han pasado la noche y camina hacia la desvalijada iglesia. Seguramente va a rezar, a empezar su oración de cada día.

Rialp amanece por entre los pinos, con el frío húmedo de esta mañana otoñal. En la antigua iglesia, que tuvo fervor de pastores y campesinos, el Fundador espera una luz que reafirme su decisión de cruzar la frontera en busca de la libertad que necesita para continuar realizando el Opus Dei. Desde sus tiempos de seminarista de Zaragoza, le gusta invocar a la Virgen con un piropo que recoge la Letanía Lauretana: “Rosa Mystica”. Una rosa, la flor reina. Y mientras reza ve una rosa de madera estofada, tal vez desprendida de un altar antiguo. Intacta. A salvo de la inclemencia que ha destrozado cuanto le rodea. La toma en sus manos, y una paz infinita invade su corazón. Se deslíen las dudas amargas que le han asaltado desde hace muchos meses, y el sol, como un presagio de certeza, rompe la mañana y asoma por entre los bosques del Pirineo.

Le ven volver. Es un hombre distinto al que ha salido. Su rostro está radiante. Tiene una mirada que infunde, de nuevo, alegría y seguridad. Trae la rosa de madera apretada en las manos. Como un símbolo de amor. La rosa aparecerá muchas veces junto al sello de la Obra. Para perdurar el gesto con que la Reina del Cielo hizo saber al Fundador cuál era, en un momento arduo, su auténtico camino.

Inmediatamente después celebrará la Santa Misa. Luego, emprenderán con nuevo vigor la ruta que les ha de llevar cada vez más cerca de su destino.

Pere les conduce a través de la maleza para abordar una cabaña, en medio del bosque, al norte de Vilaró. Habrán de arreglarse con los víveres que este hombre les trae diariamente. El día 22 de noviembre, Manolo y Tomás, los últimos que faltaban por llegar, se incorporan a la expedición. Una vez todos reunidos, ponen un nombre al refugio: Cabaña de San Rafael, en memoria del Arcángel viajero. Y organizan allí la convivencia. No sobra un minuto. Diariamente el Padre les dirige la meditación, celebra Misa en un altar al aire libre levantado con piedras y troncos de pino. Mantienen en orden perfecto la cabaña, se parte leña, se preparan charlas culturales, se dibuja.

Todo contribuye a crear el clima de tranquilidad necesario para esperar cinco largos días hasta que puedan seguir adelante. Y lo harán sin apatías, impaciencias ni cansancios. Es más, el silencio del bosque va a influir en su ánimo con una paz ancha y honda que necesitan después de las zozobras de los últimos meses; que necesitarán en las próximas jornadas para superar las durísimas pruebas que se avecinan.

Al Padre se le presenta la oportunidad de llevar la esperanza a otros que están aislados y escondidos. El arcipreste de Pons está refugiado en el feudo de Vilaró y se acerca un día a la cabaña a ver al Padre. Desde ese momento no pierde ocasión de hablar con él. Para este hombre, el encuentro ha sido media vida. En otro escondrijo, a media hora de camino, hay dos sacerdotes más, emboscados desde el principio de la guerra: se trata del párroco de Peramola y un hermano. El Padre acude a verlos, pasa horas con ellos. Pero no solamente departe con los que están refugiados en los montes: desde el primer día establece contacto amistoso con quienes les ayudan en la travesía. Son hombres poco comunicativos. Acostumbrados a la dureza de su condición. Sin embargo, rompen su mutismo para simpatizar con este sacerdote.

El 27 de noviembre, a media tarde, llega «en Pere», anunciando que el tramo más duro del largo camino -más de 50 kilómetros de montaña, caminando siempre de noche y permaneciendo escondidos durante el día- va a dar comienzo inmediatamente. Hay que subir hacia el norte. Les presenta al guía, Antonio, un hombre fuerte, joven y capaz de trepar como un gamo por escarpaduras increíbles. Con un hermetismo silencioso que supera a todos los anteriores personajes.

Las dificultades en este momento se agigantan. El frío, la montaña, la carencia de ropa y alimentos. El sufrimiento fisico de largos meses de hambre y privaciones. Y la presencia de una vigilancia seria que cruza constantemente el valle y los pasos practicables. Sin embargo, ninguno tiene miedo; están llenos de confianza.

A lo largo de los recorridos nocturnos se irán añadiendo más fugitivos a la expedición: la mayoría son campesinos catalanes y algún estudiante. Después de una caminata durísima que concluye tras la primera noche, cruzando vegetación de pinar, llegarán a la base del monte Aubens. Cuando está cerca la Espluga de las Vacas el sol empieza a salir, marcando el amanecer del día 28. El Padre prepara lo necesario para celebrar la Misa. Al ver toda esta nueva gente que se les ha ido incorporando en el camino, no sabe qué actitud tomar. Teme alguna irreverencia. Pero como es domingo, se anuncia que un sacerdote oficiará el Santo Sacrificio. Y se acercan, poco a poco, cuantos componen esta heterogénea expedición de caminantes. El Padre recita con pausa y devoción las oraciones. Consagra el Pan y el Vino. Ante aquella manera de dirigirse a Dios, la emoción se apodera de este grupo que no ha vuelto a pisar una iglesia ni asistido a un acto religioso desde hace muchos meses.

Antonio Dalmases, un estudiante catalán que forma parte de la expedición, anotará en su diario: «nunca he oído Misa como hoy. No sé si por las circunstancias, o porque el sacerdote es un santo»(5). En la Consagración, cercados por el peligro que acecha entre los bosques y protegidos por la cúpula del cielo, se inclinan y doblan las rodillas en gesto de adoración.

La subida del Aubens resulta muy escarpada y es preciso hacerla antes de que cierre la noche. La pendiente es dura y hay que agarrarse fuerte a piedras y matorrales. En esta jornada, Tomás está a punto de desfallecer. El guía no ofrece opción y ordena abandonarle. No pueden arriesgarse a retrasar la marcha. El momento es tenso y grave. El Padre habrá de salvar la situación convenciendo al guía Antonio, y entre todos ayudan a Tomás. Al fin logran superar la escalada completa del Aubens, la carretera de Isona a Coll Nargó y el río Sepent. Es de noche y el guía está visiblemente nervioso porque la marcha se retrasa más de lo previsto. El Padre permanece a su lado y le tranquiliza en voz baja. Por último, llegan a la casa de Fenollet, donde pasarán el día. Es allí, tras aquella abrumadora marcha, jadeantes, en silencio, con el esfuerzo martilleándoles en las sienes, con la sombra del agotamiento detrás de cada paso, cuando algunos de la expedición calibran la talla moral del Padre. Antonio Dalmases deja escrita una frase que se refiere al modo de actuar de este sacerdote que va en aquella fila de emigrantes: «Da ánimos a todos. Su compañía inspira confianza a todos nosotros, pues parece como si Dios le hubiese mandado. Me ha impresionado profundísimamente»(6).

El lunes 29, ya de noche, salen de Fenollet. Han de dominar la montaña de Santa Fe, cruzar el río Cabó y subir el Ares con 1.500 metros de altura. En esta nueva caminata el que está a punto de acabar, rota su resistencia entera, es Albareda. Este hombre estudioso y aún joven, aparece extenuado por el hambre y el cansancio, y se convierte en un autómata incapaz de dar un paso. Nuevamente el Padre ha de convencer al guía para que no le abandone. Al fin, entre varios, consiguen ayudar a José María para que pueda incorporarse al grupo y seguir caminando.

El día se emplea en descansar en el Cortal de Baridá, a unos 1.200 metros de altura. También la noche del 30 será dura, con descensos por una barrancada en dirección al Segre hasta cruzar el río Pallerols. Después de atravesar la carretera de Seo de Urgel a Sort seguirán la marcha junto al río Arabell. Durante dos horas entrarán y saldrán del río, en inmersión constante. El frío es atroz. Absolutamente empapados, temen todos por el Padre, que, sin embargo, aguanta la nueva situación de prueba. Este día apenas podrán descansar escondidos entre piedras y matorrales. Por la tarde, el tiempo se pone gris y frío. Caen copos de nieve. Cuando la luz decrece, empieza la última jornada. Es miércoles, 1 de diciembre. Suben la sierra de Burbre y bajan la ladera opuesta, tropezando con piedras rodadas hasta llegar al barranco de Civis. Una pequeña luz brilla en una hondonada, a poca distancia. Es un control de carabineros que ha encendido hogueras para resguardarse del frío a unos metros de distancia de la casa. Hay perros que acompañan a los soldados y ladran insistentemente.

Casi arrastrándose, los fugitivos pasan cerca. Avanzan lentamente, en silencio total. Se cruza, al final, la zona batida por la guardia y, tras una subida corta y casi impracticable, pasan el arroyo de Argolell y llegan a Mas d’Alins. Es la primera casa de Andorra. El guía se detiene y anuncia que han cruzado la frontera. Por increíble que parezca, aquella pesadilla ha terminado. Se quedarán el resto de la noche alrededor de una hoguera de troncos y, al amanecer del día 2 de diciembre de 1937, llegarán a Sant Juliá de Loira. Parados en medio del camino, maltrechos pero alegres, los refugiados rezan la Salve para agradecer a la Madre de Dios este nuevo día sin miedos ni peligros. Ha empezado a nevar intensamente.

En el Hotel Palacín de Les Escaldes, toman conciencia del lastimoso estado en que se encuentran. El Padre tiene las manos hinchadas y doloridas. Parece una reactivación del reúma, pero un examen de Juan demuestra la existencia de incontables espinas incrustadas debajo de la piel. Hay que sacarlas con ayuda de una pinza, y desinfectar las múltiples heridas. Al día siguiente, su primera Misa con ornamentos litúrgicos, en Andorra, tendrá largos mementos en los que están presentes, uno por uno, cuantos ocupan su corazón y su pensamiento. A pesar de la nieve tiene impaciencia por llegar a Francia y acercarse a Lourdes: terminar esta aventura con el signo con que ha empezado. Con la mirada protectora de la Virgen, con la seguridad total de su luz y su acogida.

Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer escribirá en una de sus homilías:

«La devoción a la Virgen no es algo blando o poco recio: es consuelo y júbilo que llena el alma, precisamente en la medida en que supone un ejercicio hondo y entero de la fe, que nos hace salir de nosotros mismos y colocar nuestra esperanza en el Señor. Es Yavé mi pastor -canta uno de los salmos-, de nada careceré. Me hace descansar en frondosas praderas, junto a aguas sabrosas me conduce; me devuelve la vida, y me guía por caminos derechos, en virtud de su nombre. Aunque yo ande por valles tenebrosos, ningún mal temeré, porque tú estás conmigo (Ps XXII, 1-4)»(7).

Después de varios días en el Hotel y de gestiones con la policía francesa para entrar de nuevo en España por San Juan de Luz, esperan un coche que la familia Albareda -residente en Francia- envía para recogerlos. Pero el frío intenso cierra el puerto de Envalira. Algunos no pueden contener la impaciencia, a pesar de que el Padre acepta las dificultades con gran presencia de ánimo.

La nieve sigue cayendo sin descanso, y deben continuar su ruta. Al fin, deciden ir hasta San Juan en cualquier medio de locomoción. El 10 de diciembre montan en un camión provisto de cadenas que no llega a pasar de Soldeu: patina sin avanzar un metro más. Desde allí siguen a pie, calzados con alpargatas, por entre nieve de más de medio metro de altura. Catorce kilómetros hasta Hospitalet. Aquí, una vez terminados los trámites de frontera, pueden utilizar el coche que debía haber llegado hasta Escaldes para recogerles si la nieve no lo hubiera impedido. Es un viejo Citroén de alquiler, en el que se apiña todo el grupo. Están empapados y ateridos de frío. Van en silencio mientras el vehículo rueda por las carreteras de Francia: perseguidos por toda inclemente dificultad, elevan al Cielo su oración, afincados en la seguridad y la esperanza. Muy de noche ya, llegan a Saint Gaudens. Sólo conseguirán dejar de tiritar al abrigo de las mantas de una modesta pensión que les acoge.

El Padre traza el horario para el día siguiente: se levantarán muy temprano para salir en dirección a Lourdes y a la frontera. Hay unas dos horas y media de camino entre Saint Gaudens y el Santuario.

Llevan el mismo equipo de ropa y calzado con el que han cruzado el Pirineo. El Padre va con su jersey y pantalón de pana. Las botas están destrozadas, pero no han podido adquirir nada nuevo por falta de dinero. Ya en la sacristía, les cuesta trabajo convencer a los sacerdotes de Lourdes para que permitan celebrar al Padre la Santa Misa. Es preciso explicar la odisea para conseguir su asentimiento. Al fin, se reviste los ornamentos -alba y casulla blanca de corte francés- y ocupa el segundo altar lateral, a la derecha de la nave, cerca de la entrada a la Cripta. Pedro Casciaro se dispone a ayudarle mientras los demás se sitúan en bancos cercanos. Al iniciar don Josemaría la liturgia, cuando ya levanta la mano para hacer la señal de la Cruz, se vuelve ligeramente hacia Pedro y le dice en voz baja:

-«Supongo que ofrecerás la Misa por tu padre,… para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana». -«Lo haré, Padre».

-«Hazlo, hijo mío; pídelo a la Virgen, y verás qué maravillas te concederá»(8).

Algunos, como José María Albareda, han reencontrado a su familia al huir de la zona dominada por el Gobierno de la República. Otros, como Pedro Casciaro, han dejado a la suya en una posición política antagónica.

Jamás el Fundador ha intervenido en este asunto. El respeto por personas y opciones temporales es algo que lleva enraizado en su íntima condición de cristiano. Pero, por la misma razón, exige libertad para las verdades que lleva en el alma. Por ellas -para ejercer con inmensa amplitud su ministerio sacerdotal- ha cruzado el Pirineo. Sólo por la llamada de Dios a una dedicación irrenunciable.

Años más tarde, en 1960, el padre de Pedro Casciaro morirá precisamente el 10 de febrero, víspera de la festividad de la Virgen de Lourdes, después de haber sufrido años de exilio, de regresar a su patria, de conocer y querer profundamente al Fundador del Opus Dei y, especialmente, de haber retomado al encuentro con Cristo.

Hacia las siete de la tarde, llegan en coche a San Juan de Luz, donde les espera, impaciente, Manolo Albareda. Momentos después, cruzarán a pie el puente internacional de Hendaya camino de San Sebastián. Ahora sí, han huido de la España comunista y llegan a la llamada zona nacional. No hay gritos de júbilo. Hay una gran fuerza que grita por dentro el agradecimiento a la Señora por una libertad que han puesto, entera, en sus manos. La mayor riqueza del hombre, comprada hoy con el amor, la pobreza, el hambre y el frío más desoladores.

Ahora comenzará la dispersión del grupo que ha vivido estas inolvidables jornadas junto al Padre. José María Albareda y Tomás Alvira salen para Zaragoza; Juan Jiménez Vargas se incorpora a un destino en Sanidad; Pedro y Paco son enrolados en Servicios Auxiliares en Pamplona.

Después de la partida, el Padre se queda físicamente solo. Tiene que empezar desde cero, sin apoyo alguno. Cuando despide a Pedro y a Paco en la estación de San Sebastián, les asegura que esta Navidad estará junto a ellos. Sólo quien tiene tal capacidad de afecto y ha experimentado y superado tanto aislamiento, es capaz de escribir estas palabras en «Camino»:

«No estás solo. -Lleva con alegría la tribulación. -No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. -Pero… ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? -No estás solo: María está junto a ti»(9).

Calle Atocha; Azulejo de la Inmaculada Concepción

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei.

Opus Dei -

Al llegar a la calle de Atocha se puede contemplar, desde la acera, un azulejo de la Inmaculada Concepción que está en el ático de la casa nº 109 de la calle de Atocha. Allí estaba la Congregación de San Felipe, que atendía a enfermos del cercano Hospital.

El Fundador tenía gran piedad por esta representación de Nuestra Señora, a la que invocaba habitualmente desde esta calle de Atocha desde 1931.

Está muy arraigada en Madrid la devoción a la Virgen, y en concreto a la Inmaculada Concepción. A mediados del siglo XVI, según Jerónimo de la Quintana, la ciudad contaba con setenta y tres templos, de los cuales treinta y cuatro estaban dedicados a la Virgen y nueve a la Purísima Concepción.

Biografía de Monserrat Grases

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Monserrat Grases nació en Barcelona el 10 de julio de 1941. En 1957 solicitó pertenecer a la Obra. Murió el 26 de marzo de 1959.

Después de obtener el bachillerato elemental, prosiguió sus estudios en la Escuela Profesional para la Mujer, de la Diputación de Barcelona.

En 1957 sintió en su alma que el Señor la llamaba a seguir en el Opus Dei un camino de santificación en la vida cristiana ordinaria; después de oír los oportunos consejos, solicitó la admisión en la Obra.

En su lucha para alcanzar la santidad, destacó siempre el amor a la Humanidad Santísima de Cristo, la piedad eucarística, la devoción a la Virgen, una honda humildad y el esfuerzo por servir a los demás. Supo encontrar a Dios en el cumplimiento, por amor, de sus deberes de estudio y de trabajo, en las cosas pequeñas de cada día.

En junio de 1958 se le diagnosticó un cáncer de hueso en una pierna, que fue causa de intensos dolores llevados con serenidad y con heroica fortaleza.

Durante su enfermedad, mediante una contagiosa alegría, que jamás perdió, y una capacidad de amistad que brotaba de un verdadero celo por las almas, continuó acercando a Dios a muchas amigas y compañeras de estudio. Murió el día de Jueves Santo, 26 de marzo de 1959.

Monseñor Escrivá, peregrino de Fátima

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Testimonio de Mons. Alberto Cosme do Amaral, Obispo de Leiria

Con ocasión del primer aniversario de la muerte de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, es para mí motivo de gran alegría destacar una de las muchas facetas de su espiritualidad: la devoción a Nuestra Señora. Vivió su amor a la Virgen, amor de enamorado, con la profundidad de un teólogo y la sencillez de un niño.

Ya antes de su ordenación percibió que el Señor le pedía algo, que él no sabía concretar ni definir. Pero tenía el deseo ardiente de hacer la voluntad de Dios y, por eso, como el ciego del Evangelio, suplicaba constantemente: «Señor, que vea», y añadía « ¡Que sea! ».

Desde muy pronto confió a Nuestra Señora la fidelidad total a su vocación. En la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, en 1924, (todavía no era sacerdote), grabó en la peana de una imagen de la Virgen del Pilar esta pe4ueña jaculatoria: Domina ut sit –«¡Se ñora, que sea!».

Los cimientos de la Obra, que hoy se llama Opus Dei y cuenta con más de 60.000 asociados de ochenta nacionalidades, se apoyan en la roca viva de la entrañable devoción a Nuestra Señora que tenía su fundador. Más tarde escribiría con un saber, fruto de una experiencia intensamente vivida: «El amor a la Señora es prueba de buen espíritu, en las obras y en las personas singulares. Desconfía de la empresa que no tenga esa señal»(Camino, núm. 505).

El Opus Dei está marcado con esta señal desde sus inicios. Y siempre su fundador recorrió los difíciles caminos de la fidelidad mecido en los brazos amorosos de la Madre de Dios y Madre de los hombres.

Para Monseñor Escrivá, las peregrinaciones a los santuarios marianos eran una de las expresiones más bellas de su devoción tierna y fuerte a Nuestra Señora. Le gustaba hacerlas solo o en pequeños grupos, en un clima de recogimiento e intimidad. ¡Con qué encanto nos habla de aquella peregrinación a la que asistieron tan sólo tres personas al santuario de Sonsoles, en los alrededores de Ávila! ¡Y las de Loreto o Lourdes repetidas tantas veces!

En la década de los cuarenta hizo las primeras visitas a Portugal para poner los cimientos del Opus Dei en nuestra patria, que él amaba entrañablemente y a la que le gustaba llamar «Tierra de San ta María». Para él, venir a Portugal era lo mismo que ir a Fátima. Y fue allí, en la Cova de Iria, donde entregó las primicias de la Obra, destinada a producir frutos maravillosos entre las gentes portugue sas de todas las condiciones. En Tuy visitó a la hermana Lucía, entonces religiosa dorotea, que comprendió admirablemente el espíritu del Opus Dei: santificación en la vida corriente y ordinaria, contemplación en medio del mundo. Para un socio del Opus Dei su celda es la calle. Una anécdota curiosa: fue Lucía la que intervino en la solución de las dificultades burocráticas para que Monseñor Escrivá pudiese entrar en Portugal en aquel momento. Siendo car melita en Coimbra, recibió en diversas ocasiones al fundador del Opus Dei, que amaba ardientemente la vida religiosa y en especial a las órdenes contemplativas. El Carmelo de Santa Teresa en Coim bra y la Cova de Iria en Fátima eran escalas obligatorias para Monseñor Escrivá, profundamente contemplativo y mariano.

El fundador del Opus Dei amaba con locura al Romano Pontífice y a los obispos de la Santa Iglesia. Por eso no hacia nada sin su aprobación.

Habló varias veces con el obispo de Coimbra, don Antonio Antunes, que apoyó con brazos y corazón abiertos, el arranque en aquella ciudad de la Obra, que entonces daba los primeros pasos.

Trató muy de cerca al obispo de Nuestra Señora, don José Alves Correia da Silva, a quien visitaba cuando hacia sus peregrinaciones a la Cova de Iría. Vivía y enseñaba a vivir aquella norma tan antigua:

Nihil sine Episcopo -nada sin el obispo-. Tenía un particular afecto hacia don José, manifestado en muestras evidentes de cariño, como el regalo de unas preciosas sacras para la capilla de la Casa Epis copal y un expresivo telegrama que encontré en el archivo.

En mayo de 1967, días antes de la peregrinación del Santo Padre, Monseñor Escrivá se hizo también peregrino del Santuario de Fátima, con aquella devoción filial, afectuosa y tierna de la que era capaz su alma de sacerdote, que siempre quiso ser sacerdote, y sólo sacerdote; sacerdote que amaba apasionadamente a Jesús y a su Madre. Al cruzarse en las carreteras de Portugal con los milla res de peregrinos, que a pie se dirigían rumbo a Fátima, exclamaba emocionado: « ¡Que Dios os bendiga por el amor que tenéis a su Madre!».

En otra peregrinación, en el año 1970, el fundador del Opus Dei vino a implorar la protección de la Virgen para la Iglesia Santa, herida por el desamor y por los ataques de sus propios hijos. Yo pude verle emocionado recorrer descalzo la última etapa de su pere grinación, rezando con recogimiento el Santo Rosario acompañado por un pequeño grupo de sus hijos espirituales. ¡Monseñor Escrivá, gran teólogo y canonista, confundido con la gente sencilla de nues tra tierra, con viejecitas piadosas y buenas desgranando las cuentas de su rosario cargado de medallas! Así era el rosario de Monseñor Escrivá, adornado con muchas medallas que él besaba devotamente con la ternura y emoción con que besamos el retrato de nuestras madres. Comprendí entonces cómo la ciencia de un teólogo se pue de aliar perfectamente a la piedad de un niño. Pensé en los pas­torcitos de Aljustrel que vieron a Nuestra Señora y recibieron de ella el gran mensaje de salvación para el mundo de hoy, y pensé también en los pequeños y sencillos del Evangelio a los cuales el Señor prometió el Reino de los Cielos.

La última peregrinación de Monseñor Escrivá al santuario de Fátima fue en otoño de 1972. Centenares de personas de las más variadas procedencias se unieron a él para rezar devotamente el rosario y para recibir el saludable influjo de su fuerte personalidad humana y sobrenatural. Lo que más destacaba en este hombre de Dios era el ansia incontenida del mismo Jesucristo de salvar a todos.

En aquella ocasión llevó a cabo en Portugal una gran catequesis, sencilla y profunda al mismo tiempo. Millares de personas, en Lisboa y en Oporto, principalmente jóvenes y sacerdotes, pudieron oír encantadas la palabra evangélica que él sembraba a manos lle nas, en diálogo familiar y comunicativo. Las palabras le brotaban de un corazón ardiente; por eso convencía y arrastraba.

En el amor a la Virgen Santa, Madre de la Iglesia y Madre de la Humanidad entera; en el amor a la Sagrada Familia, a la que le gustaba llamar la Trinidad de la Tierra; en el amor a la Trinidad del Cielo, aprendió él a amar a todos los hombres de todas las razas y condiciones, culturas y religiones. Con el buen humor que le carac terizaba dijo un día al Papa Juan XXIII que no había aprendido de él el ecumenismo, ya que hacía mucho tiempo que lo vivía.

El siervo de Dios se dio enteramente a los hombres; amó apa­sionadamente el mundo que salió maravilloso de las manos de Dios Creador. Llegó incluso a hablar de «materialismo cristiano» para dar a entender que las realidades terrenas y temporales, todas las tareas honestas de los hombres, son el lugar y el camino de santidad para los hijos de Dios. Esta es su misión: «hacer divinos todos los caminos de la tierra», bajo la protección de la Virgen Santa María, que encarnó la mayor santidad de cualquier criatura a través de la vida ordinaria de cada día.

Que por la intercesión del fundador del Opus Dei sea finalmente vencida esta gran crisis mundial que es una crisis de santos.


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