Su amor a la virtud de la pobreza

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Testimonio de Cardenal Jaime Sin, Arzobispo de Manila
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Filipinas experimenta, actualmente, una grave crisis económica. Con la gracia de Dios y los esfuerzos incansables de hombres y muje­res de buena voluntad, confiamos en que la situación mejorará. En cuanto cristianos, nos servirán, al menos, de consuelo estas palabras de San Pablo: Diligentibus Deum, omnia cooperantur in bonum (Rom VIII, 28). «Todo concurre al bien de los que aman a Dios».

En estas breves consideraciones me gustaría compartir con vosotros algunas ideas que he recogido de la espiritualidad conte­nida en los escritos del fundador del Opus Dei, Monseñor Jose­maría Escrivá de Balaguer. Son ideas de gran utilidad para todos, y muy especialmente para muchos filipinos en estos tiempos difíciles. Monseñor Escrivá de Balaguer solía condensar el mismo pen­samiento de San Pablo en una frase más breve: Omnia in bonum. «Todo es para bien». Al final, todo resultará bien.

Esa frase no se reduce a una expresión de simple resignación ante una situación difícil y, en apariencia, desesperada. Por el con­trario, es una expresión de genuina esperanza cristiana ante difi­cultades reales, objetivas.

Al considerar la virtud de la pobreza, si meditamos la infancia de Cristo tal como nos la narran los Evangelios de San Mateo y San Lucas, destaca una impresionante verdad: que nuestro Señor Jesucristo quiso nacer pobre y vivir en una familia pobre. María y José, la Sagrada Familia, no poseían prácticamente nada. Así, Jesucristo nació en un ambiente muy pobre. Dios hecho Hombre nació en un establo, en un cobijo para animales. Fue recostado en un pesebre, que es donde se echa de comer a los animales.

En una hermosa homilía sobre la pobreza, titulada «Despren­dimiento», el fundador del Opus Dei nos invita a reflexionar con estas consideraciones: «Ese desprendimiento que el Maestro pre­dicó, el que espera de todos ]os cristianos, comporta necesariamente también manifestaciones externas. Jesucristo coepit facere et docere (Atc. I, 1 ): antes que con la palabra, anunció su doctrina con las obras. Lo habéis visto nacer en un establo, en la carencia más abso­luta, y dormir recostado sobre las pajas de un pesebre sus primeros sueños en la tierra» (Amigos de Dios, núm. 115).

Hace unos veinte años que conozco el Opus Dei, y a lo largo de todo este tiempo siempre me ha impresionado su énfasis en el apostolado de la doctrina. La labor del Opus Dei es, en verdad, una continua catequesis. En esta tarea de difundir la sana doctrina, Monseñor Escrivá de Balaguer siguió siempre el ejemplo dado por el Señor de «hacer y enseñar». Los miembros del Opus Dei, cier­tamente, pueden imitar muy bien a su fundador, quien -antes de enseñar con la palabra- proclamó con obras la doctrina. Especial­mente, durante los años que siguieron a la fundación del Opus Dei en 1928, Monseñor Escrivá de Balaguer sufrió algunas de las formas más extremas de indigencia material. Hubo temporadas en que sólo podía hacer una comida al día; y, algunas veces se vio obligado a dormir en el suelo de la cocina porque faltaba espacio en los apre­tados hogares en que vivían los primeros miembros de la Obra.

Frecuentemente he mencionado una divertida frase de Santa Teresa de Jesús: «El dinero es el estiércol del diablo, pero hace un muy buen abono». De una manera verdaderamente providencial, el espíritu del Opus Dei ha influido en todas las tareas humanas nobles mediante eso que su fundador llamaba «materialismo cris­tiano». Siento admiración por las personas de todas clases que viven el espíritu del Opus Dei, sin temor alguno a emplear instrumentos materiales – que requieren, a su vez, recursos económicos- para ejercer un generoso apostolado de formación de numerosos hom­bres y mujeres a través de casas de retiros espirituales, centros uni­versitarios, institutos técnicos o de formación profesional, clubs juveniles y otros centros en los que se proporciona formación doc­trinal y espiritual. El «materialismo cristiano», tal como lo explicaba Monseñor Escrivá de Balaguer, es el modo más eficaz de aprove­char para la gloria de Dios ese buen «abono».

La pobreza es una virtud cristiana porque Cristo nuestro Sal­vador, que es la misma riqueza, quiso nacer pobre y vivir como los pobres su vida terrena. Hemos de darnos cuenta de que la pobre­za cristiana es una virtud que debe practicar todo aquel que quiera ser fiel seguidor de Cristo.

A menudo, he podido oír de los miembros del Opus Dei de mi archidiócesis que Monseñor Escrivá de Balaguer les enseñó siempre que la santidad es para todos, y que se alcanza mediante un sincero esfuerzo por vivir todas las virtudes cristianas -en grado heroico, si fuera preciso-. En nuestra actual situación económica, se nos presentan muchas oportunidades de practicar con heroísmo la virtud cristiana de la pobreza.

El Vaticano II nos ha recordado que la santidad no es sólo para aquellos que hacen profesión pública de su dedicación a Dios como religiosos o sacerdotes, sino para todos los cristianos, también para los cristianos corrientes que desean alcanzar la plenitud de la san­tidad. Por tanto, los cristianos corrientes que desean alcanzar la plenitud de la vida cristiana deben, inevitablemente, practicar esta virtud de la pobreza.

Claro que la manera en que se practique variará según los dife­rentes tipos de llamada o vocación en la Iglesia. Y Monseñor Escri­vá de Balaguer, en su bestseller de espiritualidad titulado Camino, nos ofrece un criterio cristiano, práctico:

«Procura vivir de tal manera que sepas, voluntariamente, pri­varte de la comodidad y bienestar que venas mal en los hábitos de otro hombre de Dios.

Mira que eres el grano de trigo del que habla el Evangelio. Si no te entierras y mueres, no habrá fruto» (Camino, 938).

Para la mayoría de los hombres y mujeres cristianos, ciudadanos corrientes de este mundo, la práctica de la virtud de la pobreza se desarrolla en la esfera familiar. Es en medio de su familia donde tienen que vivir la pobreza cristiana. Lo cual implica, entre otras cosas, el tratar de ajustarse al presupuesto familiar, economizando lo más posible. Requiere, por parte de todos los miembros de la familia, un serio esfuerzo para no caer en lo que los sociólogos de hoy llaman «consumismo», o en cualquier otra forma de mate­rialismo.

La pobreza, para una familia cristiana, significa no ir en busca de los bienes materiales como si fueran la fuente primordial de feli­cidad en esta vi da. La pobreza cristiana para el hombre y la mujer corrientes consiste no tanto en renunciar a las cosas de este mundo, sino simplemente en no poner el corazón en ellas: Ubi en¡m est the­saurus tuus, ibi est cor tuum (Lc XII, 34), dijo el Señor a los primeros cristianos: «Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón».

Es preciso que entendamos correctamente esta virtud. A veces, tendemos a considerar la pobreza como un mal en sí mismo, un mal absoluto. Por el contrario, la pobreza es una virtud. Quizá sea más fácil de entender si la llamamos por su otro nombre: despren­dimiento. La pobreza es un cierto despego de los bienes materiales, un desasimiento que estamos dispuestos a vivir por amor a Dios. La virtud de la pobreza consiste en saber con exactitud cómo usar los bienes de esta tierra -dones de Dios- en cuanto medios para alcanzar cosas más altas, y no como fines en sí mismos.

En relación con esto, me gustaría referirme a otro servicio que el Opus Dei presta a la Iglesia y a toda la sociedad. El Opus Dei enseña de modo práctico lo que significa el verdadero espíritu de pobreza, sin disuadir a los pobres de poner en práctica todos los esfuerzos posibles para mejorar las condiciones de vida. El Opus Dei muestra por medio de sus centros y en los hogares de sus miem­bros que la pobreza no significa suciedad, mal gusto o un estilo de vida caótico. La pobreza exige un empeño heroico por mantener las cosas siempre como una tacita de plata, y en buenas condiciones de uso. Significa cuidar todo lo que uno utiliza. Significa que las cosas duren mucho, mucho tiempo. Como se puede imaginar, todo esto requiere el cultivo de otras virtudes complementarias como el orden, la pulcritud y la laboriosidad. Puedo, en verdad, asegu­raros que todos los centros del Opus Dei que he visitado son ejemplos vivos del auténtico espíritu de pobreza. Están inmaculadamen­te limpios, puestos con muy buen gusto y son, a todas luces, fruto del esfuerzo de las personas que allí viven por vencer esas debi­lidades humanas que son la chabacanería y la dejadez. Consideran­do la urgente necesidad de enseñar a todas las personas, incluido el pueblo de Filipinas, la virtud del cuidado de los más pequeños detalles en el trabajo ordinario, este aspecto de la espiritualidad del Opus Dei es una respuesta eficaz a la exigencia -que cada uno de nosotros tiene planteada– de alcanzar la perfección en las ocupa­ciones ordinarias de cada día.

¡Cúmplase!…

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el mes de abril de 1941 doña Dolores Albás enferma, repentinamente, de neumonía. Tiene 64 años. Ya en su juventud los médicos le recomendaron que no fatigase su corazón. Este corazón que ha tenido que avezarse a tanto dolor, tanto desprendimiento llevado adelante con valor y alegría.

El Padre tiene concertados, desde hace tiempo, unos ejercicios espirituales para sacerdotes diocesanos en Lérida. Conoce el estado de gravedad de su madre, pero los médicos no pronostican una evolución desfavorable. Este día 20 de abril entra a despedirse de ella. Le lleva lejos, como otras veces, la dedicación, el amor que ha profesado siempre a los sacerdotes… En el vestíbulo que comunica con la puerta del dormitorio de la Abuela, se encuentra un grupo de miembros de la Obra que espera la salida del Padre. Está muy conmovido.

Un momento antes de partir, pide a su madre que ofrezca todas las molestias por la tarea que va a realizar. Ella asiente, aunque no puede evitar decir en voz baja:

-¡Este hijo!…

Una vez en el Seminario de Lérida, acude al sagrario de la capilla:

-Señor, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes(66).

Hacia el mediodía del 22 les dirige una plática en la que habla de la labor sobrenatural, inigualable, que compete a la madre junto a un hijo sacerdote. Cuando termina se queda un rato de oración, arrodillado cerca del sagrario. Y, en ese momento, llega el Obispo Administrador Apostólico y le dice:

-Don Alvaro le llama por teléfono.

El Padre oye la voz de Alvaro a través de la distancia:

-Padre, la Abuela ha muerto (67).

Vuelve a la capilla sin una lágrima. Entiende que Dios ha hecho lo que más convenía. Y después llora, rezando en voz alta -está a solas con Dios- aquella larga jaculatoria que tantas veces recordará a sus hijos en situaciones semejantes:

Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.(68).hagase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios sobre todas las cosas.

Desde entonces, siempre pensará que el Señor quiso de él este sacrificio como muestra de su cariño a los sacerdotes; y que su madre, especialmente, sigue rezando en el Cielo por ellos. Es el último encargo que pudo hacerle sobre la tierra.

En Madrid esperan su llegada. El desenlace ha sido imprevisto y rapidísimo. Un fallo cardio-respiratorio ha terminado con esta vida quemada en la elegancia de quien da todo y jamás pasa factura. Ha compartido la exigencia, la fe, el sacrificio de Josemaría por la Obra de Dios. Su vocación fue ésta: ser la madre de un hombre elegido para llevar un alto mensaje ante las gentes. En la pared, sigue presidiendo el cuadro de la Virgen con el Niño: los dos parecen mirar la escena de este holocausto silencioso que acaba de concluir.

El cuerpo de doña Dolores se traslada al oratorio de Diego de León. Allí queda instalada la capilla ardiente, en la que se turnarán todos para velar y rezar por ella. Desde Lérida, el Padre viaja en coche hasta Madrid y llega muy tarde. Nada más entrar en la casa abre la puerta del oratorio; se arrodilla ante el sagrario y luego junto al cuerpo de su madre. Llora como un hijo que ha perdido algo insustituible. Después llama a Alvaro y le pide ayuda para rezar el Te Deum. Quiere agradecer a Dios la paz y la alegría en(69) que descansa su madre (69).

Dos días más tarde, el Fundador dirige una meditación en el oratorio de este Centro. Les habla de la Abuela, de lo mucho que ha hecho por la Obra. Descubre la Voluntad de Dios también en las circunstancias de su muerte, estando ausente. Y comenta:

«Aunque se procure que mis hijos estén junto a sus padres cuando mueran, no siempre será posible por necesidades de apostolado. Y has querido, Señor, que en esto vaya también delante»(70).

Creyó que su madre permanecería más años cerca de las mujeres del Opus Dei. Parecía que Dios se lo iba quitando todo. Todo aquello en que cifraba su apoyo y esperanza humanos.

Al fallecer doña Dolores, Carmen Escrivá de Balaguer queda sola para organizar y dirigir el servicio en Diego de León. Sobre ella va recaer la responsabilidad de transmitir una valiosísima experiencia a cuantas van a llegar hasta la Obra en estos primeros Centros de Madrid y de España. Tía Carmen, como la llamarán siempre con afecto, va a seguir poniendo todo el calor que aprendiera en su ambiente familiar. Mantendrá, con dignidad y escasos recursos, a un número elevado de personas que viven ya en la casa. Hará colas interminables, que comienzan de madrugada, para conseguir alimentos indispensables. El combustible es de baja calidad, escaso, y el humo inunda los servicios. Hay que ahorrar y no se enciende la calefacción. Por si fuera poco, siguen frecuentando la casa Obispos, sacerdotes, profesores y personalidades que se interesan por conocer el espíritu de la Obra y es preciso atenderles con esmero.

A base de una entrega ejemplar, logrará llevar adelante, con cariño y reciedumbre -y también con humor aragonés- las dificultades de la empresa. Su hermano tendrá en ella la ayuda inestimable para dar el tono de sobriedad y buen gusto que habrán de tener los Centros del Opus Dei.

Veintiocho años más tarde, cuando Carmen tampoco esté ya sobre la tierra, los restos de don José Escrivá -que habían sido trasladados desde Logroño al cementerio del Este, en Madrid- y los de doña Dolores, que reposaba junto a su marido, serán llevados a la cripta construida en Diego de León. Es todo un símbolo. En los cimientos de la Obra estuvo siempre la familia del Fundador.

Con razón podía decir Monseñor Escrivá de Balaguer, poco después de haber tenido lugar este traslado:

-«Mi madre ha vuelto a su casa»(71).

Ahí, en la paz y el silencio, los miembros del Opus Dei rezan por las familias de todos, cada día.

Pobre de solemnidad

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El Fundador Dei Opus Dei vio siempre en la falta de medios materiales una muestra de predilección divina. En una ocasión dirigía en voz alta la meditación de un grupo de socios de la Obra, y les hacía considerar el pasaje evangélico del joven rico:

Vende cuanto tienes, dalo a los pobres… Hijos míos, el desprendimiento ‑¿veis?‑ es capital. Vosotros y yo no hemos hecho como aquel pobre muchacho: his ille auditis contristatus est, quia dives erat valde (Mc., X, 22); él, oyendo esto, se entristeció, porque era muy rico. Todos hemos dejado lo que teníamos, y a gusto, para seguir libremente al Señor. Lo mismo da que fuera mucho o que fuera poco, porque lo hemos dejado todo con igual intensidad: lo que teníamos y lo que puede llegar a tener una juventud maravillosa como la vuestra. Y con alegría, hijos; no queremos nada propio. Decídselo cada uno al Señor: Dios mío, por tu amor te doy todo, nada quiero mío, todo es tuyo.

Se refería luego, en aquella meditación, a la respuesta de Jesucristo a los discípulos de Juan el Bautista: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resu­citan, se anuncia el Evangelio a los pobres” (Mt., XI, 4‑S):

Hijos míos, habéis escuchado lo que nos dice el Señor; sus palabras a mí me remueven por dentro: luego amaremos e1 desasimiento, lo amaremos con predilección; porque cuando el espíritu de pobreza se resquebraja, es que va mal toda la vida interior.

El desprendimiento del Fundador del Opus De¡ fue real, efectivo, hasta las últimas consecuencias. Eso sí, siempre con naturalidad, ocultándolo, porque ‑como enseñaba‑ la nuestra es una pobreza que no tiene voz para gritar “soy pobre”; se paladea con alegría. Da e1 Señor un gozo en aquel no tener, en aquel no alargar el brazo más que la manga. Se trata de vivir pobres y de sonreír, de que pase inadvertida nuestra condición, tanto en la salud como en la enfermedad.

Pero era tan real la falta de medios, que no dejó de ser advertida, a pesar de todo, por quienes le trataron más de cerca: siempre envuelta en un modo externo amable, propio de quien realiza su labor apostólica entre sus iguales los hombres, y entiende que el desprendimiento de lo material no es ni miseria, ni suciedad, ni pobretonería.

Así lo aprendió, en buena medida, como vimos, en el hogar de sus padres. Aún no había nacido el Opus Dei, pero Dios iba sembrando en el que había de ser su Fundador rasgos de su espíritu, entre ellos, la mentalidad laical como modo específico de enfocar la práctica de todas las virtudes cristianas.

El Fundador del Opus Dei pasó toda su vida careciendo hasta de lo más necesario y desprendido de todo, con naturalidad y ‑no es paradoja‑ sin ostentaciones. Vicente Hernando Bocos fue un día a visitarle a la residencia de la calle Larra en Madrid, porque don Josemaría estaba con un fuerte resfriado. Su habita­ción era elemental, y tenía “una mesa pobre con unos libros de rezos”. Sin embargo, “el porte de don Josemaría en el vestir era elegante, limpio, correcto, de grata presencia”. Se acompasaba con el modo de ser: “Me dio la impresión de ser un sacerdote que gozaba de la vida, siempre de muy buen humor y muy sencillo. Recuerdo que ya entonces se levantó alguna calumnia contra él, que nosotros cortamos enérgicamente”.

En aquella época, en que tantas horas dedicó al Patronato de Enfermos, el Fundador del Opus Dei sufrió mucho al compro­bar, un día tras otro, las condiciones miserables en que vivía ‑y moría‑ la gente humilde de Madrid. No por eso perdió de vista que el sentido cristiano del desprendimiento va más allá de la pura carencia de medios. Lo resaltaría en 1972, al responder a una pregunta que le hicieron en el Instituto de Estudios Supe­riores de la Empresa, de Barcelona:

‑El hecho de manejar dinero, o de tenerlo, no quiere decir que se esté apegado a la riqueza. Te voy a poner un ejemplo. Conocí a un pobrecito que iba a un comedor de caridad, y no tenía siquiera la tarjeta que daban a los necesitados; acudía a recibir un poquito de lo que sobraba. Era un tiempo duro para el corazón de un cristiano: ver aquella gente con verdadera hambre. Para comer, todos llevaban sus cacharros. Él traía su puchero roto. Pero sacaba su cuchara de peltre, de la hondura de un bolsillo, y la miraba con satisfacción. Los otros no tenían cuchara. Se ve que pensaba: esto es mío, esto es mío. Y con su cuchara comía los garbanzos y el caldo que le daban. Después la volvía a mirar apasionadamente, como un avaro contempla las piedras preciosas. Le daba dos chupetones, y la guardaba de nuevo. ¡Era rico!

Pues también he tenido cerca de mí a una persona, a la que he querido mucho, y que indudablemente está en el cielo. Era Grande de España. Aun después de muerta, no diré más que su nombre propio, y porque es muy corriente: se llamaba María. En su casa tenía muebles estupendos, un gran servicio y mucha plata…, todo lo que es normal en una casa bien puesta y de abolengo. Y aquella pobrina gastaba en su persona menos que la última de sus sirvientas. Lo daba todo; soy testigo de su generosidad.

Sin la generosidad de muchas almas, no hubiera salido ade­lante el Opus Dei. Por supuesto, nunca su Fundador confundió la confianza en Dios con un providencialismo irresponsable. En los difíciles años de la Academia DYA, cuando proyectaba abrir la Residencia de estudiantes, no dejaba de hacer calcular minu­ciosamente todos los posibles gastos y los ingresos. Isidoro Zor­zano quizá ayudaría algo en estas previsiones económicas, durante sus viajes de Málaga a Madrid. Pero era don Josemaría ‑ro­deado como estaba de pobres y de enfermos‑ quien tenía que ir consiguiendo ayudas entre las personas que conocía en Madrid. Desde luego, no estaba dispuesto a retrasar la labor apostólica por no disponer de dinero: ya saldría.

Las dificultades económicas no le arredraban. Apenas podía con el piso de Luchana, y se decidió a poner en marcha la Resi­dencia de Ferraz, que comenzó después del verano de 1934. Con el dinero de la venta del patrimonio familiar ‑en Fonz, Hues­ca‑, se pudo amueblar lo imprescindible, y comprar el menaje de cocina. La ropa de cama se consiguió a crédito en los Almacenes Simeón, de Madrid. El director de la Residencia recuerda que durante aquel primer curso 1934‑35 el dinero no llegaba, al fin de mes, para pagar los alquileres, ni las cuentas de la carni­cería o de los ultramarinos. Afortunadamente, el propietario de la casa, don Javier Bordiu, tuvo siempre paciencia. Era el propio don Josemaría quien iba a verle cada mes.

En aquel curso, lleno de apuros, la labor apostólica creció mucho. El Fundador del Opus Dei utilizaba para formar a los jóvenes estudiantes que iban por Ferraz las visitas a los pobres. Se hacían colectas entre los chicos, después de asistir a las clases de formación cristiana. Con ese dinero se organizaban luego, en pequeños grupos, visitas a gente desamparada, a la que se lleva­ba algún dinero, alguna golosina, el regalo de la compañía y el consuelo de un buen rato de conversación. Era un modo de con­tribuir a la maduración espiritual de aquellos estudiantes, algu­nos de los cuales ignoraban por completo la miseria en que vivían entonces en Madrid tantas personas.

Esas visitas a necesitados y enfermos forman parte insepara­ble del apostolado del Opus Dei en todo el mundo. Tienen un sentido profundamente humano y de caridad: llevan un poco de alegría y de cariño a personas que muchas veces apenas han oído nunca una palabra amable, ni han recibido la mirada de unos ojos amigos, ni el gesto fraternal de una asistencia cristiana.

Se ha desfigurado tanto ‑lamentaba el Fundador del Opus Dei en 1942‑ y se ha hecho tanta sátira de ciertas manifestaciones exteriores de la caridad benéfica, que a algunos les pare­cen arcaísmos determinadas obras propias del espíritu cristiano. Por eso quiero que entendáis bien ‑y que hagáis entender‑ el hondo significado sobrenatural y humano de estos medios, tal como los hemos vivido desde e1 principio.

Con estas visitas no se trataba, ni se trata, de resolver un problema social; sino de acercar a la gente joven al prójimo necesitado, para que vieran a Jesucristo en el pobre, en el enfer­mo, en el desvalido, en el que padece la soledad, en el que sufre, en el niño. Así aprenderían que hay que hacer una gran batalla contra la mis aria, contra la ignorancia, contra la enfermedad, contra el sufrimiento. El Fundador del Opus Dei veía claro que este contacto con la miseria o con la humana debilidad es una ocasión de la que suele valerse el Señor, para encender en un alma quién sabe qué deseos de generosidad y divinas aventuras. A la vez, sensibiliza a los más jóvenes, para que tengan siempre entrañas de justicia y de caridad.

A1 mismo tiempo, se rebelaba contra las deformaciones: No es justo que manifestaciones del auténtico espíritu cristiano que­den arrinconadas, porque algunos las han convertido en gesto ostentoso y frívolo, o en sedante para sus remordimientos de conciencia.

En fin, habría que hacer esa labor, incluso en los países más avanzados, pues siempre existirán estratos de población que su­fren el abandono de los demás:

Me atrevo a decir ‑añadía con fuerza, también en 1942­- que, cuando las circunstancias sociales parecen haber despejado de un ambiente 1a miseria, la pobreza o el dolor, precisamente entonces se hace más urgente esta agudeza de la caridad cristia­na, que sabe adivinar dónde hay necesidad de consuelo, en medio del aparente bienestar general.

En la actualidad, los Estados se preocupan, mediante institu­ciones de beneficencia, o de previsión, de aliviar las necesidades más primarias y de promover el progreso social. Sin embargo ‑prevenía Mons. Escrivá de Balaguer‑, la generalización de los remedios sociales contra las plagas del sufrimiento o de la indi­gencia ‑que hacen posible hoy alcanzar resultados humanita­rios, que en otros tiempos ni se soñaban‑, no podrá suplantar nunca, porque esos remedios sociales están en otro plano, la ternura eficaz ‑humana y sobrenatural‑ de este contacto inme­diato, personal, con el prójimo: con aquel pobre de un barrio cercano, con aquel otro enfermo que vive su dolor en un hospital inmenso; o con aquella otra persona ‑rica, quizá‑, que necesita un rato de afectuosa conversación, una amistad cristiana para su soledad, un amparo espiritual que remedie sus dudas y sus es­cepticismos.

Pero volvamos a 1934 y a la Residencia de Ferraz. La casa iba consiguiendo cierta prestancia, a base de suplir la falta de dinero con buen gusto, ingenio y muchas horas de trabajos manuales. Pronto fue realmente un hogar acogedor, como quería el Fun­dador de la Obra: Los hogares del Opus Dei son acogedores y limpios, nunca lujosos, aunque procuramos que tengan aquel mínimo de bienestar que se necesita para servir a Dios, para practicar las virtudes cristianas, para estar en condiciones de trabajar y para que se desarrolle, con dignidad y sin estridencias, la personalidad humana. Nuestras casas tienen la sencillez del hogar de Nazaret, que fue testigo de la vida oculta de Jesús, y el calor ‑humano y divino‑ del hogar de Betania, que el Señor santificó, buscando allí la amistad verdadera, la intimidad y la comprensión.

Cuando Pedro Casciaro fue por vez primera a Ferraz, 50, recibió ya en el vestíbulo una impresión grata: “No era un frío y destartalado `local’, sino el vestíbulo de una casa de familia de clase media, más bien modesta, pero de buen gusto y, sobre todo, muy limpia”.

El cuarto de trabajo de don Josemaría, de escasos metros cuadrados, no tenía más luz que la de una ventana abierta a un estrecho patio interior.  Su desprendimiento personal le llevaba a usar los zapatos ‑bien lustrados para que no parecieran viejos‑ que desechaban los residentes. De su so­tana decía en broma que tenía más bordados que un mantón de Manila. Sin embargo, llamaba la atención, porque la llevaba bien planchada, sin arrugas, limpia.

Luego vino la guerra de España. No es preciso insistir en que ‑como para tantos otros ciudadanos del país‑ aquel tiempo estuvo lleno de privaciones, de hambre auténtica.

La Hermana Ascensión Quiroga, Terciaria Capuchina, había conocido a don Josemaría en Madrid, durante la guerra. Con­siguió escapar, y en 1938, con otras monjas, formaba parte de la comunidad que, por iniciativa de Mons. Lauzurica, obispo de Vitoria, atendía a los sacerdotes. El obispo rogó al Fundador del Opus Dei que dirigiera unos ejercicios espirituales a aquella comunidad. Las pláticas les impresionaron: “los mejores ejerci­cios espirituales que he hecho en toda mi vida ‑ya larga‑ fue­ron aquellos que nos dirigió don Josemaría, en agosto de 1938″.

A la vez testimonia que vivía con el más absoluto desprendi­miento de los bienes materiales: “Solo tenía una sotana, y en cierta ocasión, nos la dio para que se la cosiéramos; estaba hecha jirones; intentamos arreglársela lo mejor posible y con prisa, porque él se quedó en su habitación esperando a que terminá­semos. La ropa interior la tenia tan rota que no había modo de meter la aguja en un trozo de tela que no estuviese `pasado’, hasta tal punto que la Madre Juana decidió comprarle dos mudas”.

“Todas estas privaciones ‑añade‑ las llevaba con alegría; debía tener muy buen humor, aunque con nosotras, por la gra­vedad con que se comportaba, no lo manifestase, pero oíamos cómo se reían Monseñor Lauzurica y él cuando estaban juntos”. Más adelante cuenta que a aquellos ejercicios asistió una herma­na mayor suya, Juana Quiroga, también Hermana en Religión: “Ella tiene especialmente grabada la actitud de don Josemaría, que nunca se preocupaba de sí mismo; de él no. Nada más de su santidad y de la santidad de los demás”. La Hermana Ascensión se ocupaba, junto con la Hermana Elvira, de arreglar la habita­ción de don Josemaría, y manifiesta que nunca ha visto tanto orden, tanto cuidado en las cosas: “No se puede decir que fuese ordenado; era or‑de‑na‑di‑si‑mo”.

“Estoy segura ‑continúa‑ de que muchas noches no dormía o ‑al menos a nuestro parecer‑ no dormía en la cama. En efecto: las sábanas estaban sin arrugas y, aunque él dejaba la cama destapada, como si la hubiera usado, nosotras nos dába­mos cuenta de que, si había dormido, no había sido en la cama. Creemos que se servía del duro suelo para descansar. Por otra parte, muchas noches le encontrábamos de rodillas, al pie del Sagrario, haciendo oración, hora tras hora. La Hermana Elvira recuerda que tomaba un simple dedo de café con leche diaria­mente como desayuno”. Y la Hermana Regina afirma que el Fundador del Opus Dei “nunca tenía nada. Viajaba con un tin­tero lleno de agua bendita y con la cuchilla de afeitar”.

El mismo espíritu, compatible con la dignidad externa, aparecerá también cuando se ponga en marcha la Residencia de la calle de Jenner, en 1939. Marciano Fernández López, que vivió allí, lo expresa con estas palabras: “El porte humano del Padre, del mismo modo que la instalación y ambiente de la Residencia ‑que era su reflejo‑, eran sin lujos, pero con gran decoro, lim­pieza, mucho gusto en las cosas materiales, que producían una impresión muy grata”.

El espacio estaba realmente bien aprovechado. Muchos cono­cieron la habitación junto al vestíbulo, que servía de ampliación del oratorio, de botiquín, y de Secretaría de la residencia. Ade­más, tenía una cama, en la que dormía Isidoro Zorzano.

En enero de 1975, Mons. Escrivá de Balaguer pasó unos días en La Lloma, muy cerca de Valencia. Allí, rodeado de algunos socios de la Obra, recordó la primera casa que tuvo en Valencia:

Eran dos habitaciones y un pasillo. Una de las habitaciones estaba llena hasta los topes con la primera edición de Camino.

¡Quién iba a decir que se venderían, con los años, millares de ejemplares en más de treinta idiomas!

De todas formas, allí no se podía vivir; no había sitio.

Les habló de la única vez en su vida que se había puesto enfermo durante la Misa. A don Antonio Rodilla le habían rega­lado un cáliz y unos ornamentos, y quiso que los usara por vez primera. Al empezar el Evangelio, no pudo seguir. Asistía a esa Misa, comenzada en el altar de la Trinidad de la catedral de Valencia, Álvaro del Portillo, que, ayudado por otros, consiguió hacerle llegar hasta la sacristía:

Luego me llevaron a casa. Dormíamos sobre unos hierros y unas maderas, como en los cuarteles de antes, y no había más ropa que unas cortinas de balcón, todas estropeadas. De modo que también aquí hemos vivido en la pobreza, y la hemos com­partido en todo el mundo. En el Opus Dei nunca falta alguno que padezca verdadera miseria… No importa; está en el Opus Dei, y es feliz.

En la tertulia estaba don Álvaro del Portillo y se dirigió a él con una sonrisa:

‑Álvaro, estamos en la tierra del arrós. ¡Qué arroz nos ha­cíamos tú y yo, y alguno más! No comíamos otra cosa: en una chimenea poníamos unas jícaras de arroz y unas jícaras de agua. Y nos salía muy bien, ¿verdad?

‑Muy bien, sobre todo teniendo hambre, que es el mejor condimento.

‑Y no decíamos nada a nadie…

Aún se conserva el grueso capote, de tela áspera y color par­do, que llevó a aquel piso de la calle de Samaniego José Manuel Casas Torres. Lo había utilizado durante los años de campaña. El capote pasó después a la nueva Residencia, también en la calle de Samaniego, número 16. Era un caserón muy frío durante el invierno. En sus viajes a Valencia, el Fundador del Opus Dei solía utilizarlo para defenderse del frío, mientras daba un círcu­lo, o atendía la labor. Lo mismo hicieron luego, cuando tenían que permanecer muchas horas sentados frente a la mesa de tra­bajo de dirección, don Amadeo de Fuenmayor, don Justo Martí, don Pedro Casciaro o don Federico Suárez.

Un criterio que siempre ha enseñado Mons. Escrivá de Ba­laguer es elegir lo peor para uno mismo. Así lo practicó, por ejemplo, cuando se trasladó a Diego de León, 14, al comienzo de los años cuarenta.

El edificio era un viejo palacete de estilo francés, en el que se vivía con gran estrechez. Desde fuera podía dar una impresión contraria, sobre todo, si se miraba con mentalidad de vida reli­giosa, pues su aspecto nada tenía que ver con un convento. Además, con no poco esfuerzo, pudieron instalarse poco a poco, y dignamente, las habitaciones de las dos primeras plantas del chalet. Era ésta la zona de representación. El Fundador del Opus Dei recibía a las visitas en un despacho de la primera planta, decorado con prestancia: zócalo empanelado de madera, tresillo de cuero, mesa recia de líneas clásicas, cortinas amplias. Pero en el resto de la casa se sufría mucha penuria material, y la peor habitación era la suya. Había elegido un dormitorio, muy frío en el invierno, sofocante en el verano. Estaba en la tercera planta.

Al final, se impuso el cariño de los socios de la Obra, y aprovechando que estaba fuera de Madrid ‑dirigiendo un curso de retiro espiritual‑ trasladaron sus cosas a un cuarto mejor, en la segunda planta, que habían dejado libre.

Esta habitación era más amplia. Prácticamente se conserva ahora como entonces. Sigue ahí la pobre cama de metal en que dormía. Alguna vez le propusieron buscar otra mejor, y un poco más grande, pero siempre dijo que no. La usó por última vez en mayo de 1975, un mes antes de su muerte. A un lado hay un viejo escritorio, que llamaba siempre la pianola, porque tiene, en efec­to, todo el aire de las antiguas pianolas familiares. Entre otros motivos de decoración aparece un borriquillo, una fotografía hecha en la ordenación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, un globo terráqueo, y un cuadro de San Pedro, de un pintor anónimo. El pintor había querido ilustrar la figura del Apóstol con un gallo, pero le había salido un pajarraco raro. Desde Roma, en febrero de 1948, Mons. Escrivá de Balaguer encargaría en la posdata de una carta: ¡Cómo me gustaría en­contrar convertido en gallo la perdiz de San Pedro que hay en mi cuarto! Al Apóstol tampoco le vendría mal un retoque…

Don Manuel Martínez Martínez le visitó un día en Diego de León, acompañando al P. Ballester, entonces Obispo de León: “Yo me quedé admirado de la austeridad con que vivían aquellos hombres; uno me parece que era secretario de ayuntamiento, otro era ingeniero; en fin, que eran personas de cierta categoría y por eso aquello me admiró más. Cuando salí me decía a mí mismo: ni un capuchino vive con la austeridad con que viven éstos”. Cuando se iban, el Fundador de la Obra le pidió que no dijera nada de lo que había visto. “No quería ‑dedujo don Manuel Martínez‑ que se supiera la vida de austeridad que aquí llevaban, y por consiguiente que nadie pudiera comentarlo”.

Don Vicente Pazos, hoy Consiliario del Opus Dei en Perú, vio, con motivo del traslado de la habitación, que su ropa y sus cosas de uso diario eran lo mínimo imprescindible. No le gustaba al Fundador del Opus Dei que estos detalles trascendieran. Pero sabía enseñar a los socios de la Obra todas las consecuencias prácticas que el desprendimiento de los bienes materiales debía tener en sus vidas: en circunstancias ordinarias, o en momentos extraordinarios, como, por ejemplo, en aquellos primeros años de Roma, en que muchos ‑les decía‑ han pasado hambre conmi­go: no un día, ni dos, sino temporadas largas. No encendíamos la calefacción porque no teníamos ni un céntimo.

Carecían hasta de camas para dormir: Yo, muchas veces, me echaba junto a la puerta de la calle. Era uno de los sitios más distinguidos, pero entraba un frío y una humedad por las rendi­jas que había en las paredes…

Quienes han vivido allí le oyeron muchas veces subrayar el valor positivo de esta falta de medios: La tengo metida en lo más hondo de mi alma. Redunda en la vida de entrega y en la eficacia o ineficacia de nuestro apostolado. ¡Bendita pobreza! ¡Amadla!

Exigía a los socios del Opus Dei una disposición interior llena de visión sobrenatural, para vivir en este mundo con sentido realista, pero como peregrinos, que van de camino hacia la mo­rada eterna, y, por tanto, han de llenarse de un afán grande por vivir totalmente desprendidos de las cosas que usan; trabajando con rectitud de intención, sin un desordenado afán de lucro; amando, como venidas de las manos de Dios, las incomodidades, estrecheces y privaciones con que pueden encontrarse; preocu­pándose de contribuir personalmente, con su trabajo, a remediar la indigencia material y espiritual de tantas almas, abandonando en el Señor sus preocupaciones.

El desprendimiento del Fundador del Opus Dei llegaba a detalles aparentemente nimios, pero que denotaban una gran delicadeza. En un momento dado de su vida, durante los años treinta, notó que se apegaba a las estampas ‑ni una cosa de tan escaso valor quería tener como propia‑ que ponía en el breviario para señalar las páginas; años después contaría su reacción:

Me desprendí de las estampas y puse en su lugar unos trozos de cuartillas. Y al ver aquellos papeles en blanco, comencé a escribir: Ure igne Sancti Spiritus!… Los he usado durante mu­chos años, y cada vez que los leía, era como decirle al Santo Espíritu: ;Enciéndeme! ;Hazme una brasa!

En la vitrina de una de las habitaciones de la sede central de la Asociación, entre viejos regalos decorativos y recuerdos de familia, aparece una vulgar taza de loza, desportillada, con un roto grande y triangular en su borde. Fue Mons. Escrivá de Balaguer quien quiso que estuviera en aquella vitrina. La vio por primera vez en París, después de celebrar la Santa Misa, en uno de los Centros del Opus Dei, una mañana de 1955. Un grupo de socios de la Obra llevaban adelante los primeros años de labor. No tuvieron problemas para preparar el desayuno, pues el Padre tomaba siempre un poco de café sin azúcar, unas cuantas cucha­radas de leche y un trozo de pan. Las dificultades aparecieron con la vajilla, que no llegaba para todos, aunque estaban en aquella casa muy pocos. Tuvieron que poner en servicio una taza desportillada, rota, que trataron de encubrir disponiendo hábil­mente las servilletas. Fue a sentarse justamente en el lugar que correspondía a aquella taza. Y le dio alegría beber su café con leche en esa taza. Le hizo feliz la riqueza de estos socios de la Obra ‑profesores, médicos, ingenieros‑, y después de comer se puso un delantal de plástico, y les ayudó a lavar los cubiertos y vajilla, como en los tiempos de la Residencia de Ferraz:

A lo largo de estos veintiséis años ‑había dicho en la prima­vera de aquel 1955‑ en muchas ocasiones me he encontrado sin nada, en la carencia más absoluta y en la cerrazón más completa en el horizonte para encontrar nada, nada. Nos faltaba hasta lo más necesario. Pero ;qué alegría!, porque buscando el reino de Dios y su justicia, sabíamos que lo demás se nos daría por añadi­dura. Poniendo los medios para que no falte, ;que estén alegres mis hijos si alguna vez les falta algo!

Sin embargo, para el cristiano normal, el espíritu de pobreza no es sólo desprendimiento. Tiene también que saber usar los bienes humanos con rectitud, en servicio de los demás. No se limita a evitar crearse necesidades ni a llevar con alegría la falta de lo necesario: ha de practicar también la solidaridad con los hombres. Aprovechar al máximo su tiempo, empleándolo en beneficio de todos, es manifestación de desprendimiento: el tiem­po es un don de Dios, que tampoco le pertenece, que con fre­cuencia le falta, y debe por tanto hacer que rinda de veras, sin angustias ni ritmos vertiginosos, sin estériles precipitaciones, con auténtica eficacia humana y sobrenatural.

Este espíritu lleva también a cuidar las cosas que se usan, para que duren en servicio de Dios y de las almas. El Fundador del Opus Dei señalaba muchos detalles concretos, que materia­lizaban ese espíritu: arreglar lo que se estropea; poner un tope detrás de una puerta o ventana, para que no roce la pared; en­cender las luces necesarias, ni una más; colgar un cuadro con dos escarpias, para que esté bien fijo y no estropee la pintura…

Yo sufro ‑confiaba en una ocasión a un grupo de socios de la Obra‑ cuando veo que pasan muchos delante de un cuadro torcido, y que ninguno es capaz de ponerlo horizontal; y sufro cuando veo que salen todos de una habitación, y al marcharse no saben dejar cada cosa en su sitio. Las cosas están para usarlas; y si así se gastan o se rompen, bien. Pero que no sea por no cuidar­las. Hay que cuidarlas con un cariño viril. Se trata de hacer las cosas como una persona que tiene amor.

Este modo ‑humano y divino‑ de vivir el desprendimiento de los bienes materiales, hasta en los más mínimos detalles, tenía un modelo inequívoco: el padre, la madre de familia numerosa y pobre. Muchos socios de la Obra le han oído que cuando tú, en cualquier circunstancia, vaciles y no tengas con quién consultar, no olvides el criterio claro que os he dado: nosotros somos padres de familia numerosa y pobre. Verás como aciertas.

Así concebido, el amor a la sobriedad se fundamenta y deriva de la vibración interior. No es regla, ni economía, ni espíritu cicatero. Por eso no cabe separarla ‑como estamos viendo en la vida de Mons. Escrivá de Balaguer‑ de la magnanimidad para afrontar sin recursos humanos las empresas apostólicas que Dios pide. La atención a lo pequeño no es empequeñecimiento de miras. Todo lo contrario: manifiesta grandeza de corazón que, en su mucho querer, se fija en lo que al desamorado pasa inadver­tido.

Además, a la razón de amor se une un motivo de mentalidad laical. Una persona corriente ‑eso son los socios y asociadas del Opus Dei‑, que vive como los demás y usa los mismos medios que los demás, tiene que excederse, y mucho, para hacer rendir su trabajo, en servicio de todos. Igual en lo grande ‑contribuir, con los frutos de su trabajo, a remediar la indigencia, poniendo en marcha iniciativas de relieve‑, que en lo menudo ‑saber apro­vechar unos restos de comida, o escribir en papel ya impreso por la otra cara‑. En este sentido, advertía con humor Mons. Escri­vá de Balaguer que, cuando muriera, los socios de la Obra com­probarían que sus papeles únicamente no estaban escritos por el canto. Sin embargo, no enviaba una carta que no estuviera per­fectamente presentada, sin un error, sin una errata.

Enseñaba así con el ejemplo a practicar de veras el despren­dimiento, tal como Dios lo quería para el Opus Dei. En 1968 declaró a la directora de la revista Telva:

Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para e1 cristiano corrien­te que vive en medio de la sociedad humana, usando de los recursos de este mundo o careciendo de muchos de ellos.

Pero ‑añadía más adelante‑ pobreza no es miseria, y mu­cho menos suciedad; además, la pobreza no se define por la simple renuncia, especialmente cuando se trata de cristianos que viven en medio del mundo y tienen que dar testimonio explícito de amor al mundo, de solidaridad con los hombres. Se impone, pues, aprender a vivir la pobreza, para que no quede reducida a un ideal sobre el que se puede escribir mucho, pero que nadie realiza seriamente. En concreto:

Todo cristiano corriente tiene que hacer compatible, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradic­torios. Pobreza real, que se note y se toque ‑hecha de cosas concretas‑, que sea una profesión de fe en Dios, una manifesta­ción de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que había en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades.

El Fundador del Opus Dei seguía explicando que no quería dar reglas fijas ‑sólo unas orientaciones‑, porque lograr la síntesis entre esos dos aspectos es ‑en buena parte‑ cuestión personal, cuestión de vida interior, para juzgar en cada momen­to, para encontrar en cada caso lo que Dios nos pide.

Esas líneas generales están recogidas en los nn. 110 y 111 del conocido libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, y contienen enfoques en verdad sugerentes, que evocan ‑una vez más‑ lo que ha sido previamente vivido, y apuntan interesantes consecuencias prácticas, algunas especialmente significativas en estos tiempos en que tantos se dejan arrastrar por la fiebre del consumo.

El Fundador del Opus Dei quería que los socios de la Obra vistieran con corrección, incluso con elegancia, cada uno dentro de su condición y de sus circunstancias personales, bien arregla­dos, los zapatos limpios, la ropa sin arrugas:

Recuerdo haber conocido a determinada persona, que le gustaba vestir bien: gastaba una enormidad en trajes; pero cuan­do llegaba a su casa, tiraba las prendas por cualquier lado, y explicaba así la razón: no soy yo para la ropa, sino que la ropa es para mí (…) Las cosas se deben gastar, sí, pero sabiendo que no hemos de maltratarlas, que es preciso hacerlas durar, porque no son nuestras: son un medio para nuestra santidad y para el apos­tolado.

Procuró siempre tener y usar la ropa que era necesaria. Hubo una época en que llevó solideo para compensar la edad que no tenía: ¡Dame, Señor, ochenta años de gravedad!, pidió con fre­cuencia. Después, para subrayar la secularidad propia del espí­ritu del Opus Dei, se puso algunas veces la sotana ribeteada de rojo y los demás distintivos propios de su condición de Prelado Doméstico. Años más tarde confesó que eso le resultaba mucho más duro que varios cilicios.

La sotana que vestía habitualmente en 1963 tenía entonces 18 años. Era francamente vieja, pero limpísima, digna. Con todos los botones: él mismo se los cosía, en cuanto amenazaban desprenderse. Toda una lección práctica para los socios de la Obra.

Se encontraba muy feliz dentro de su recosida sotana, pero, cuando era necesario ‑muy pocas veces‑, usaba los distintivos propios de su condición de Prelado, o los arreos ‑así decía‑ de Gran Canciller de una Universidad.

Con idéntico espíritu, en el que el desprendimiento de los bienes humanos o de los símbolos de honor nunca puede ser excusa para incumplir el propio deber, ejercitó en 1968 el dere­cho a rehabilitar, con la mira puesta en su familia, el Marquesa­do de Peralta, concedido en 1718 a un antepasado directo suyo, don Tomás de Peralta, Secretario de Estado de Guerra y Justicia en el reino de Nápoles.

Esta heroica decisión, que más de uno ha valorado muy su­perficialmente, encierra también lecciones de honda riqueza humana y cristiana, que algún día será necesario exponer en toda su extensión. Me parece que, para el propósito de estas páginas, basta apuntar que Mons. Escrivá de Balaguer era muy consciente de las críticas que su petición iba a suscitar, pero tenía certeza moral de que era el único miembro de la familia que podía promover el expediente jurídico de rehabilitación, para que efec­tivamente ese título nobiliario volviera a formar parte del patri­monio familiar.

Como siempre, el Fundador del Opus Dei hizo lo que en conciencia debía, después de haber pedido consejo a algunos de los Cardenales que en la Curia Romana gozaban de mayor fama de prudencia, y a la Secretaría de Estado del Santo Padre. Se trató, como digo, de un acto verdaderamente heroico, porque no se le ocultaban las habladurías y las susurraciones a las que se prestaba, y de las que prescindió por completo. Cuatro años des­pués, cedió a su único hermano vivo, Santiago, ese título, que él nunca llegó a usar.

Al “limpio resplandor de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todos, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas”, se refirió el Cardenal Primado de Toledo en el artículo que publicó en el ABC de Madrid: “Ésta es la pobreza evangélica auténtica, aunque el que así la vive se dedique a movilizar todos los recursos imaginables para servir a Dios y a los hombres. Acaso esté aquí el secreto que explica algo de su vida”.

Mons. Escrivá de Balaguer vivió y murió en el más estricto desprendimiento de los bienes materiales. Poco tiempo antes de que Dios le llamase, contaba un día a los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz que esa mañana había dicho a los miembros del Consejo General de la Asociación:

Hoy me he dado cuenta de que continúo siendo pobre de solemnidad. No sólo porque llevo esta sotana vieja, pues podría ponerme otra mejor que tengo, sino porque no puedo hacer lo que hace una persona de mi edad, en cualquier país más o menos civilizado. Hay obreros de mi edad, ya retirados, que disfrutan tranquilamente de su pensión; y si una noche no duermen ‑que es lo que me ha pasado hoy a mí: por eso he tenido ocasión de rezar más‑, se quedan en la cama un poquito más por la maña­na. En cambio, yo estoy aquí, con vosotros, y mucho mejor que en la cama. Pero me he dado cuenta, de que efectivamente, soy todavía ‑a la vuelta de medio siglo de sacerdocio‑ pobre de solemnidad.

En el hogar de Escrivá y en los hospitales y chabolas de Madrid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Además de llevar la dirección espiritual de los miembros de la Obra y de otras personas, Escrivá organizó clases y tertulias informales. Tenían lugar en el piso de la calle Martínez Campos que había alquilado para su familia en diciembre de 1932. Al celebrar dichas reuniones en su casa, donde solían estar su madre, su hermana y su hermano, le resultaba fácil fomentar el espíritu de familia entre aquellos jóvenes. El Opus Dei se convertía, realmente, en una prolongación de su propia familia.

Esto constituía una pesada carga para su propia familia. La llegada de la pequeña tropa de estudiantes no sólo alteraba la paz y tranquilidad del hogar, sino que sus pobres provisiones solían desaparecer al convertirse en merienda de los invitados. “Los chicos de Josemaría se lo comen todo” se quejaba Santiago, de 14 años. Sin embargo la madre de Escrivá, doña Dolores, y su hermana, Carmen, recibían con alegría a los huéspedes y los trataban con tal cariño y afecto que los jóvenes miembros de la Obra, que se referían a Escrivá llamándole Padre, pronto empezaron a llamarlas Abuela y Tía Carmen.

Escrivá invitaba a los jóvenes de la Obra y a otros chicos que se reunían a su alrededor a visitar enfermos en los hospitales y a enseñar el catecismo en barriadas pobres de Madrid. El ambiente cada vez más violentamente anticlerical de los hospitales y chabolas donde daban la catequesis hacía que la tarea fuese dura, peligrosa en ocasiones: en mayo de 1933 un grupo de hombres atacó el colegio de religiosas donde Escrivá y los estudiantes daban catequesis los domingos, en el barrio de Los Pinos. Mientras los hombres echaban gasolina sobre las puertas, un grupo de mujeres les animaba gritando: “Que no quede una viva, son ocho; matadlas a todas”[1]. La policía llegó y dispersó a la muchedumbre antes de que causaran daños, pero sólo los estudiantes más valientes y generosos estuvieron dispuestos a continuar con la catequesis. En los hospitales los incidentes eran menos dramáticos, pero la suciedad y los olores nauseabundos ponían a prueba a los jóvenes, y los pusilánimes y poco generosos dejaban de acudir. El contacto con la miseria, la ignorancia y el sufrimiento enseñaba a los que perseveraban a vivir la caridad, a olvidar sus propias necesidades y a dedicarse a los demás.

Además de acompañar a los estudiantes a los hospitales, Escrivá dedicaba muchas horas a visitar enfermos y a administrarles los sacramentos. Su fe ardiente, su optimismo y buen humor llevaban alegría a aquellos que no tenían otras razones para ser felices. Una de las monjas que trabajaba en el Hospital del Rey recordaba que los pacientes le esperaban con alegría. Cuenta que “cuando venía a confesar y ayudar, con su palabra y su orientación, a nuestros enfermos les he visto esperarle con alegría y esperanza. Les he visto aceptar el dolor y la muerte con un fervor y una entrega, que daban devoción a quienes les rodeábamos”[2]. Otra monja recuerda que, gracias a la ayuda de Escrivá, “los enfermos que morían en el Hospital no tenían miedo a la muerte. La miraban cara a cara y hasta la recibían con alegría”[3]. Su alegría contagiosa hizo que algunas mujeres volvieran a preocuparse por su aspecto, como detalle de atención hacia las demás mujeres del pabellón, peinándose y volviendo a utilizar el maquillaje que habían abandonado en un momento de depresión y desánimo.

Escrivá era consciente de la hostilidad de parte del personal del hospital y del peligro de sufrir el mismo final que don José María Somoano. También corría el riesgo de contraer alguna enfermedad infecciosa al confesar a tantos pacientes tuberculosos. Sin embargo, se lanzó con buen ánimo a su tarea sacerdotal de cuidar a los enfermos y continuamente les urgía a rezar y ofrecer sus sufrimientos por sus intenciones.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 482-483

[2] Ibid. p. 437

[3] Ibid. p. 437

GOBIERNO DEL OPUS DEI

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Cuenta François Gondrand en su biografía de Mons. Escrivá de Balaguer, titulada Al paso de Dios, que ya en 1936, y posteriormente en 1940, el Fundador del Opus Dei preguntaba a los primeros miembros que estaban junto a él:

«Si yo me muero, ¿continuarás con la Obra?.

–Sí, Padre, continuaré haciendo la Obra, le respondían».

Años más tarde, continuaba pensando que en el Opus Dei no hay nadie indispensable: «Ni siquiera yo, que soy el Fundador», agregaba a veces.

Estas anécdotas, que revelan el profundo desprendimiento de sí mismo y la humildad de Mons. Escrivá de Balaguer, tuvieron siempre un fiel reflejo en su tarea de gobierno en el Opus Dei, desarrollada durante cuarenta y sietc años:

«La labor de dirección en el Opus Dei es siempre colegial, no personal –decía en 1966 a Tad Szulc–. Detcstamos la tiranía, que es contraria a la dignidad humana».

De acuerdo con este espíritu, no puede parecer extraño que la organización del Opus Dei resulte sencilla y mínima.

2. Pobre de solemnidad

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El Fundador Dei Opus Dei vio siempre en la falta de medios materiales una muestra de predilección divina. En una ocasión dirigía en voz alta la meditación de un grupo de socios de la Obra, y les hacía considerar el pasaje evangélico del joven rico:

Vende cuanto tienes, dalo a los pobres… Hijos míos, el desprendimiento ‑¿veis?‑ es capital. Vosotros y yo no hemos hecho como aquel pobre muchacho: his ille auditis contristatus est, quia dives erat valde (Mc., X, 22); él, oyendo esto, se entristeció, porque era muy rico. Todos hemos dejado lo que teníamos, y a gusto, para seguir libremente al Señor. Lo mismo da que fuera mucho o que fuera poco, porque lo hemos dejado todo con igual intensidad: lo que teníamos y lo que puede llegar a tener una juventud maravillosa como la vuestra. Y con alegría, hijos; no queremos nada propio. Decídselo cada uno al Señor: Dios mío, por tu amor te doy todo, nada quiero mío, todo es tuyo.

Se refería luego, en aquella meditación, a la respuesta de Jesucristo a los discípulos de Juan el Bautista: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resu­citan, se anuncia el Evangelio a los pobres” (Mt., XI, 4‑S):

Hijos míos, habéis escuchado lo que nos dice el Señor; sus palabras a mí me remueven por dentro: luego amaremos e1 desasimiento, lo amaremos con predilección; porque cuando el espíritu de pobreza se resquebraja, es que va mal toda la vida interior.

El desprendimiento del Fundador del Opus De¡ fue real, efectivo, hasta las últimas consecuencias. Eso sí, siempre con naturalidad, ocultándolo, porque ‑como enseñaba‑ la nuestra es una pobreza que no tiene voz para gritar “soy pobre”; se paladea con alegría. Da e1 Señor un gozo en aquel no tener, en aquel no alargar el brazo más que la manga. Se trata de vivir pobres y de sonreír, de que pase inadvertida nuestra condición, tanto en la salud como en la enfermedad.

Pero era tan real la falta de medios, que no dejó de ser advertida, a pesar de todo, por quienes le trataron más de cerca: siempre envuelta en un modo externo amable, propio de quien realiza su labor apostólica entre sus iguales los hombres, y entiende que el desprendimiento de lo material no es ni miseria, ni suciedad, ni pobretonería.

Así lo aprendió, en buena medida, como vimos, en el hogar de sus padres. Aún no había nacido el Opus Dei, pero Dios iba sembrando en el que había de ser su Fundador rasgos de su espíritu, entre ellos, la mentalidad laical como modo específico de enfocar la práctica de todas las virtudes cristianas.

El Fundador del Opus Dei pasó toda su vida careciendo hasta de lo más necesario y desprendido de todo, con naturalidad y ‑no es paradoja‑ sin ostentaciones. Vicente Hernando Bocos fue un día a visitarle a la residencia de la calle Larra en Madrid, porque don Josemaría estaba con un fuerte resfriado. Su habita­ción era elemental, y tenía “una mesa pobre con unos libros de rezos”. Sin embargo, “el porte de don Josemaría en el vestir era elegante, limpio, correcto, de grata presencia”. Se acompasaba con el modo de ser: “Me dio la impresión de ser un sacerdote que gozaba de la vida, siempre de muy buen humor y muy sencillo. Recuerdo que ya entonces se levantó alguna calumnia contra él, que nosotros cortamos enérgicamente”.

En aquella época, en que tantas horas dedicó al Patronato de Enfermos, el Fundador del Opus Dei sufrió mucho al compro­bar, un día tras otro, las condiciones miserables en que vivía ‑y moría‑ la gente humilde de Madrid. No por eso perdió de vista que el sentido cristiano del desprendimiento va más allá de la pura carencia de medios. Lo resaltaría en 1972, al responder a una pregunta que le hicieron en el Instituto de Estudios Supe­riores de la Empresa, de Barcelona:

‑El hecho de manejar dinero, o de tenerlo, no quiere decir que se esté apegado a la riqueza. Te voy a poner un ejemplo. Conocí a un pobrecito que iba a un comedor de caridad, y no tenía siquiera la tarjeta que daban a los necesitados; acudía a recibir un poquito de lo que sobraba. Era un tiempo duro para el corazón de un cristiano: ver aquella gente con verdadera hambre. Para comer, todos llevaban sus cacharros. Él traía su puchero roto. Pero sacaba su cuchara de peltre, de la hondura de un bolsillo, y la miraba con satisfacción. Los otros no tenían cuchara. Se ve que pensaba: esto es mío, esto es mío. Y con su cuchara comía los garbanzos y el caldo que le daban. Después la volvía a mirar apasionadamente, como un avaro contempla las piedras preciosas. Le daba dos chupetones, y la guardaba de nuevo. ¡Era rico!

Pues también he tenido cerca de mí a una persona, a la que he querido mucho, y que indudablemente está en el cielo. Era Grande de España. Aun después de muerta, no diré más que su nombre propio, y porque es muy corriente: se llamaba María. En su casa tenía muebles estupendos, un gran servicio y mucha plata…, todo lo que es normal en una casa bien puesta y de abolengo. Y aquella pobrina gastaba en su persona menos que la última de sus sirvientas. Lo daba todo; soy testigo de su generosidad.

Sin la generosidad de muchas almas, no hubiera salido ade­lante el Opus Dei. Por supuesto, nunca su Fundador confundió la confianza en Dios con un providencialismo irresponsable. En los difíciles años de la Academia DYA, cuando proyectaba abrir la Residencia de estudiantes, no dejaba de hacer calcular minu­ciosamente todos los posibles gastos y los ingresos. Isidoro Zor­zano quizá ayudaría algo en estas previsiones económicas, durante sus viajes de Málaga a Madrid. Pero era don Josemaría ‑ro­deado como estaba de pobres y de enfermos‑ quien tenía que ir consiguiendo ayudas entre las personas que conocía en Madrid. Desde luego, no estaba dispuesto a retrasar la labor apostólica por no disponer de dinero: ya saldría.

Las dificultades económicas no le arredraban. Apenas podía con el piso de Luchana, y se decidió a poner en marcha la Resi­dencia de Ferraz, que comenzó después del verano de 1934. Con

el dinero de la venta del patrimonio familiar ‑en Fonz, Hues­ca‑, se pudo amueblar lo imprescindible, y comprar el menaje de cocina. La ropa de cama se consiguió a crédito en los Almacenes Simeón, de Madrid. El director de la Residencia recuerda que durante aquel primer curso 1934‑35 el dinero no llegaba, al fin de mes, para pagar los alquileres, ni las cuentas de la carni­cería o de los ultramarinos. Afortunadamente, el propietario de la casa, don Javier Bordiu, tuvo siempre paciencia. Era el propio don Josemaría quien iba a verle cada mes.

En aquel curso, lleno de apuros, la labor apostólica creció mucho. El Fundador del Opus Dei utilizaba para formar a los jóvenes estudiantes que iban por Ferraz las visitas a los pobres. Se hacían colectas entre los chicos, después de asistir a las clases de formación cristiana. Con ese dinero se organizaban luego, en pequeños grupos, visitas a gente desamparada, a la que se lleva­ba algún dinero, alguna golosina, el regalo de la compañía y el consuelo de un buen rato de conversación. Era un modo de con­tribuir a la maduración espiritual de aquellos estudiantes, algu­nos de los cuales ignoraban por completo la miseria en que vivían entonces en Madrid tantas personas.

Esas visitas a necesitados y enfermos forman parte insepara­ble del apostolado del Opus Dei en todo el mundo. Tienen un sentido profundamente humano y de caridad: llevan un poco de alegría y de cariño a personas que muchas veces apenas han oído nunca una palabra amable, ni han recibido la mirada de unos ojos amigos, ni el gesto fraternal de una asistencia cristiana.

Se ha desfigurado tanto ‑lamentaba el Fundador del Opus Dei en 1942‑ y se ha hecho tanta sátira de ciertas manifestaciones exteriores de la caridad benéfica, que a algunos les pare­cen arcaísmos determinadas obras propias del espíritu cristiano. Por eso quiero que entendáis bien ‑y que hagáis entender‑ el hondo significado sobrenatural y humano de estos medios, tal como los hemos vivido desde e1 principio.

Con estas visitas no se trataba, ni se trata, de resolver un problema social; sino de acercar a la gente joven al prójimo necesitado, para que vieran a Jesucristo en el pobre, en el enfer­mo, en el desvalido, en el que padece la soledad, en el que sufre, en el niño. Así aprenderían que hay que hacer una gran batalla contra la mis aria, contra la ignorancia, contra la enfermedad, contra el sufrimiento. El Fundador del Opus Dei veía claro que este contacto con la miseria o con la humana debilidad es una ocasión de la que suele valerse el Señor, para encender en un alma quién sabe qué deseos de generosidad y divinas aventuras. A la vez, sensibiliza a los más jóvenes, para que tengan siempre entrañas de justicia y de caridad.

A1 mismo tiempo, se rebelaba contra las deformaciones: No es justo que manifestaciones del auténtico espíritu cristiano que­den arrinconadas, porque algunos las han convertido en gesto ostentoso y frívolo, o en sedante para sus remordimientos de conciencia.

En fin, habría que hacer esa labor, incluso en los países más avanzados, pues siempre existirán estratos de población que su­fren el abandono de los demás:

Me atrevo a decir ‑añadía con fuerza, también en 1942­- que, cuando las circunstancias sociales parecen haber despejado de un ambiente 1a miseria, la pobreza o el dolor, precisamente entonces se hace más urgente esta agudeza de la caridad cristia­na, que sabe adivinar dónde hay necesidad de consuelo, en medio del aparente bienestar general.

En la actualidad, los Estados se preocupan, mediante institu­ciones de beneficencia, o de previsión, de aliviar las necesidades más primarias y de promover el progreso social. Sin embargo ‑prevenía Mons. Escrivá de Balaguer‑, la generalización de los remedios sociales contra las plagas del sufrimiento o de la indi­gencia ‑que hacen posible hoy alcanzar resultados humanita­rios, que en otros tiempos ni se soñaban‑, no podrá suplantar nunca, porque esos remedios sociales están en otro plano, la ternura eficaz ‑humana y sobrenatural‑ de este contacto inme­diato, personal, con el prójimo: con aquel pobre de un barrio cercano, con aquel otro enfermo que vive su dolor en un hospital inmenso; o con aquella otra persona ‑rica, quizá‑, que necesita un rato de afectuosa conversación, una amistad cristiana para su soledad, un amparo espiritual que remedie sus dudas y sus es­cepticismos.

Pero volvamos a 1934 y a la Residencia de Ferraz. La casa iba consiguiendo cierta prestancia, a base de suplir la falta de dinero con buen gusto, ingenio y muchas horas de trabajos manuales. Pronto fue realmente un hogar acogedor, como quería el Fun­dador de la Obra: Los hogares del Opus Dei son acogedores y limpios, nunca lujosos, aunque procuramos que tengan aquel mínimo de bienestar que se necesita para servir a Dios, para practicar las virtudes cristianas, para estar en condiciones de trabajar y para que se desarrolle, con dignidad y sin estridencias, la personalidad humana. Nuestras casas tienen la sencillez del hogar de Nazaret, que fue testigo de la vida oculta de Jesús, y el calor ‑humano y divino‑ del hogar de Betania, que el Señor santificó, buscando allí la amistad verdadera, la intimidad y la comprensión.

Cuando Pedro Casciaro fue por vez primera a Ferraz, 50, recibió ya en el vestíbulo una impresión grata: “No era un frío y destartalado `local’, sino el vestíbulo de una casa de familia de clase media, más bien modesta, pero de buen gusto y, sobre todo, muy limpia”.

El cuarto de trabajo de don Josemaría, de escasos metros cuadrados, no tenía más luz que la de una ventana abierta a un estrecho patio interior, y sólo dos muebles: una “cama turca” ‑que utilizaba muy de vez

da del Rector de Santa Isabel‑ en cuando, pues dormía en la vivien­da y un armario donde se guarda­ban los ornamentos litúrgicos. Además, su desprendimiento personal le llevaba a usar los zapatos ‑bien lustrados para que no parecieran viejos‑ que desechaban los residentes. De su so­tana decía en broma que tenía más bordados que un mantón de Manila. Sin embargo, llamaba la atención, porque la llevaba bien planchada, sin arrugas, limpia.

Luego vino la guerra de España. No es preciso insistir en que ‑como para tantos otros ciudadanos del país‑ aquel tiempo estuvo lleno de privaciones, de hambre auténtica.

La Hermana Ascensión Quiroga, Terciaria Capuchina, había conocido a don Josemaría en Madrid, durante la guerra. Con­siguió escapar, y en 1938, con otras monjas, formaba parte de la comunidad que, por iniciativa de Mons. Lauzurica, obispo de Vitoria, atendía a los sacerdotes. El obispo rogó al Fundador del

Opus Dei que dirigiera unos ejercicios espirituales a aquella comunidad. Las pláticas les impresionaron: “los mejores ejerci­cios espirituales que he hecho en toda mi vida ‑ya larga‑ fue­ron aquellos que nos dirigió don Josemaría, en agosto de 1938″.

A la vez testimonia que vivía con el más absoluto desprendi­miento de los bienes materiales: “Solo tenía una sotana, y en cierta ocasión, nos la dio para que se la cosiéramos; estaba hecha jirones; intentamos arreglársela lo mejor posible y con prisa, porque él se quedó en su habitación esperando a que terminá­semos. La ropa interior la tenia tan rota que no había modo de meter la aguja en un trozo de tela que no estuviese `pasado’, hasta tal punto que la Madre Juana decidió comprarle dos mudas”.

“Todas estas privaciones ‑añade‑ las llevaba con alegría; debía tener muy buen humor, aunque con nosotras, por la gra­vedad con que se comportaba, no lo manifestase, pero oíamos cómo se reían Monseñor Lauzurica y él cuando estaban juntos”. Más adelante cuenta que a aquellos ejercicios asistió una herma­na mayor suya, Juana Quiroga, también Hermana en Religión: “Ella tiene especialmente grabada la actitud de don Josemaría, que nunca se preocupaba de sí mismo; de él no. Nada más de su santidad y de la santidad de los demás”. La Hermana Ascensión se ocupaba, junto con la Hermana Elvira, de arreglar la habita­ción de don Josemaría, y manifiesta que nunca ha visto tanto orden, tanto cuidado en las cosas: “No se puede decir que fuese ordenado; era or‑de‑na‑di‑si‑mo”.

“Estoy segura ‑continúa‑ de que muchas noches no dormía o ‑al menos a nuestro parecer‑ no dormía en la cama. En efecto: las sábanas estaban sin arrugas y, aunque él dejaba la cama destapada, como si la hubiera usado, nosotras nos dába­mos cuenta de que, si había dormido, no había sido en la cama. Creemos que se servía del duro suelo para descansar. Por otra parte, muchas noches le encontrábamos de rodillas, al pie del Sagrario, haciendo oración, hora tras hora. La Hermana Elvira recuerda que tomaba un simple dedo de café con leche diaria­mente como desayuno”. Y la Hermana Regina afirma que el Fundador del Opus Dei “nunca tenía nada. Viajaba con un tin­tero lleno de agua bendita y con la cuchilla de afeitar”.

El mismo espíritu, compatible con la dignidad externa, aparecerá también cuando se ponga en marcha la Residencia de la calle de Jenner, en 1939. Marciano Fernández López, que vivió allí, lo expresa con estas palabras: “El porte humano del Padre, del mismo modo que la instalación y ambiente de la Residencia ‑que era su reflejo‑, eran sin lujos, pero con gran decoro, lim­pieza, mucho gusto en las cosas materiales, que producían una impresión muy grata”.

El espacio estaba realmente bien aprovechado. Muchos cono­cieron la habitación junto al vestíbulo, que servía de ampliación del oratorio, de botiquín, y de Secretaría de la residencia. Ade­más, tenía una cama, en la que dormía Isidoro Zorzano.

En enero de 1975, Mons. Escrivá de Balaguer pasó unos días en La Lloma, muy cerca de Valencia. Allí, rodeado de algunos socios de la Obra, recordó la primera casa que tuvo en Valencia:

Eran dos habitaciones y un pasillo. Una de las habitaciones estaba llena hasta los topes con la primera edición de Camino.

¡Quién iba a decir que se venderían, con los años, millares de ejemplares en más de treinta idiomas!

De todas formas, allí no se podía vivir; no había sitio.

Les habló de la única vez en su vida que se había puesto enfermo durante la Misa. A don Antonio Rodilla le habían rega­lado un cáliz y unos ornamentos, y quiso que los usara por vez primera. Al empezar el Evangelio, no pudo seguir. Asistía a esa Misa, comenzada en el altar de la Trinidad de la catedral de Valencia, Álvaro del Portillo, que, ayudado por otros, consiguió hacerle llegar hasta la sacristía:

Luego me llevaron a casa. Dormíamos sobre unos hierros y unas maderas, como en los cuarteles de antes, y no había más ropa que unas cortinas de balcón, todas estropeadas. De modo que también aquí hemos vivido en la pobreza, y la hemos com­partido en todo el mundo. En el Opus Dei nunca falta alguno que padezca verdadera miseria… No importa; está en el Opus Dei, y es feliz.

En la tertulia estaba don Álvaro del Portillo y se dirigió a él con una sonrisa:

‑Álvaro, estamos en la tierra del arrós. ¡Qué arroz nos ha­cíamos tú y yo, y alguno más! No comíamos otra cosa: en una chimenea poníamos unas jícaras de arroz y unas jícaras de agua. Y nos salía muy bien, ¿verdad?

‑Muy bien, sobre todo teniendo hambre, que es el mejor condimento.

‑Y no decíamos nada a nadie…

Aún se conserva el grueso capote, de tela áspera y color par­do, que llevó a aquel piso de la calle de Samaniego José Manuel Casas Torres. Lo había utilizado durante los años de campaña. El capote pasó después a la nueva Residencia, también en la calle de Samaniego, número 16. Era un caserón muy frío durante el invierno. En sus viajes a Valencia, el Fundador del Opus Dei solía utilizarlo para defenderse del frío, mientras daba un círcu­lo, o atendía la labor. Lo mismo hicieron luego, cuando tenían que permanecer muchas horas sentados frente a la mesa de tra­bajo de dirección, don Amadeo de Fuenmayor, don Justo Martí, don Pedro Casciaro o don Federico Suárez.

Un criterio que siempre ha enseñado Mons. Escrivá de Ba­laguer es elegir lo peor para uno mismo. Así lo practicó, por ejemplo, cuando se trasladó a Diego de León, 14, al comienzo de los años cuarenta.

El edificio era un viejo palacete de estilo francés, en el que se vivía con gran estrechez. Desde fuera podía dar una impresión contraria, sobre todo, si se miraba con mentalidad de vida reli­giosa, pues su aspecto nada tenía que ver con un convento. Además, con no poco esfuerzo, pudieron instalarse poco a poco, y

dignamente, las habitaciones de las dos primeras plantas del chalet. Era ésta la zona de representación. El Fundador del Opus Dei recibía a las visitas en un despacho de la primera planta, decorado con prestancia: zócalo empanelado de madera, tresillo de cuero, mesa recia de líneas clásicas, cortinas amplias. Pero en el resto de la casa se sufría mucha penuria material, y la peor habitación era la suya. Había elegido un dormitorio, muy frío en el invierno, sofocante en el verano. Estaba en la tercera planta.

Al final, se impuso el cariño de los socios de la Obra, y aprovechando que estaba fuera de Madrid ‑dirigiendo un curso de retiro espiritual‑ trasladaron sus cosas a un cuarto mejor, en la segunda planta, que habían dejado libre.

Esta habitación era más amplia. Prácticamente se conserva ahora como entonces. Sigue ahí la pobre cama de metal en que dormía. Alguna vez le propusieron buscar otra mejor, y un poco más grande, pero siempre dijo que no. La usó por última vez en mayo de 1975, un mes antes de su muerte. A un lado hay un viejo escritorio, que llamaba siempre la pianola, porque tiene, en efec­to, todo el aire de las antiguas pianolas familiares. Entre otros motivos de decoración aparece un borriquillo, una fotografía hecha en la ordenación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, un globo terráqueo, y un cuadro de San Pedro, de un pintor anónimo. El pintor había querido ilustrar la figura del Apóstol con un gallo, pero le había salido un pajarraco raro. Desde Roma, en febrero de 1948, Mons. Escrivá de Balaguer encargaría en la posdata de una carta: ¡Cómo me gustaría en­contrar convertido en gallo la perdiz de San Pedro que hay en mi cuarto! Al Apóstol tampoco le vendría mal un retoque…

Don Manuel Martínez Martínez le visitó un día en Diego de León, acompañando al P. Ballester, entonces Obispo de León: “Yo me quedé admirado de la austeridad con que vivían aquellos hombres; uno me parece que era secretario de ayuntamiento, otro era ingeniero; en fin, que eran personas de cierta categoría y por eso aquello me admiró más. Cuando salí me decía a mí mismo: ni un capuchino vive con la austeridad con que viven éstos”. Cuando se iban, el Fundador de la Obra le pidió que no dijera nada de lo que había visto. “No quería ‑dedujo don Manuel Martínez‑ que se supiera la vida de austeridad que aquí llevaban, y por consiguiente que nadie pudiera comentarlo”.

Don Vicente Pazos, hoy Consiliario del Opus Dei en Perú, vio, con motivo del traslado de la habitación, que su ropa y sus cosas de uso diario eran lo mínimo imprescindible. No le gustaba al Fundador del Opus Dei que estos detalles trascendieran. Pero sabía enseñar a los socios de la Obra todas las consecuencias prácticas que el desprendimiento de los bienes materiales debía tener en sus vidas: en circunstancias ordinarias, o en momentos extraordinarios, como, por ejemplo, en aquellos primeros años de

Roma, en que muchos ‑les decía‑ han pasado hambre conmi­go: no un día, ni dos, sino temporadas largas. No encendíamos la calefacción porque no teníamos ni un céntimo.

Carecían hasta de camas para dormir: Yo, muchas veces, me echaba junto a la puerta de la calle. Era uno de los sitios más distinguidos, pero entraba un frío y una humedad por las rendi­jas que había en las paredes…

Quienes han vivido allí le oyeron muchas veces subrayar el valor positivo de esta falta de medios: La tengo metida en lo más hondo de mi alma. Redunda en la vida de entrega y en la eficacia o ineficacia de nuestro apostolado. ¡Bendita pobreza! ¡Amadla!

Exigía a los socios del Opus Dei una disposición interior llena de visión sobrenatural, para vivir en este mundo con sentido realista, pero como peregrinos, que van de camino hacia la mo­rada eterna, y, por tanto, han de llenarse de un afán grande por vivir totalmente desprendidos de las cosas que usan; trabajando con rectitud de intención, sin un desordenado afán de lucro; amando, como venidas de las manos de Dios, las incomodidades, estrecheces y privaciones con que pueden encontrarse; preocu­pándose de contribuir personalmente, con su trabajo, a remediar la indigencia material y espiritual de tantas almas, abandonando en el Señor sus preocupaciones.

El desprendimiento del Fundador del Opus Dei llegaba a detalles aparentemente nimios, pero que denotaban una gran delicadeza. En un momento dado de su vida, durante los años treinta, notó que se apegaba a las estampas ‑ni una cosa de tan escaso valor quería tener como propia‑ que ponía en el breviario para señalar las páginas; años después contaría su reacción:

Me desprendí de las estampas y puse en su lugar unos trozos de cuartillas. Y al ver aquellos papeles en blanco, comencé a escribir: Ure igne Sancti Spiritus!… Los he usado durante mu­chos años, y cada vez que los leía, era como decirle al Santo Espíritu: ;Enciéndeme! ;Hazme una brasa!

En la vitrina de una de las habitaciones de la sede central de la Asociación, entre viejos regalos decorativos y recuerdos de familia, aparece una vulgar taza de loza, desportillada, con un roto grande y triangular en su borde. Fue Mons. Escrivá de Balaguer quien quiso que estuviera en aquella vitrina. La vio por primera vez en París, después de celebrar la Santa Misa, en uno de los Centros del Opus Dei, una mañana de 1955. Un grupo de socios de la Obra llevaban adelante los primeros años de labor. No tuvieron problemas para preparar el desayuno, pues el Padre tomaba siempre un poco de café sin azúcar, unas cuantas cucha­radas de leche y un trozo de pan. Las dificultades aparecieron con la vajilla, que no llegaba para todos, aunque estaban en aquella casa muy pocos. Tuvieron que poner en servicio una taza desportillada, rota, que trataron de encubrir disponiendo hábil­mente las servilletas. Fue a sentarse justamente en el lugar que correspondía a aquella taza. Y le dio alegría beber su café con leche en esa taza. Le hizo feliz la riqueza de estos socios de la Obra ‑profesores, médicos, ingenieros‑, y después de comer se puso un delantal de plástico, y les ayudó a lavar los cubiertos y vajilla, como en los tiempos de la Residencia de Ferraz:

A lo largo de estos veintiséis años ‑había dicho en la prima­vera de aquel 1955‑ en muchas ocasiones me he encontrado sin nada, en la carencia más absoluta y en la cerrazón más completa en el horizonte para encontrar nada, nada. Nos faltaba hasta lo más necesario. Pero ;qué alegría!, porque buscando el reino de Dios y su justicia, sabíamos que lo demás se nos daría por añadi­dura. Poniendo los medios para que no falte, ;que estén alegres mis hijos si alguna vez les falta algo!

Sin embargo, para el cristiano normal, el espíritu de pobreza no es sólo desprendimiento. Tiene también que saber usar los bienes humanos con rectitud, en servicio de los demás. No se limita a evitar crearse necesidades ni a llevar con alegría la falta de lo necesario: ha de practicar también la solidaridad con los hombres. Aprovechar al máximo su tiempo, empleándolo en beneficio de todos, es manifestación de desprendimiento: el tiem­po es un don de Dios, que tampoco le pertenece, que con fre­cuencia le falta, y debe por tanto hacer que rinda de veras, sin angustias ni ritmos vertiginosos, sin estériles precipitaciones, con auténtica eficacia humana y sobrenatural.

Este espíritu lleva también a cuidar las cosas que se usan, para que duren en servicio de Dios y de las almas. El Fundador del Opus Dei señalaba muchos detalles concretos, que materia­lizaban ese espíritu: arreglar lo que se estropea; poner un tope detrás de una puerta o ventana, para que no roce la pared; en­cender las luces necesarias, ni una más; colgar un cuadro con dos escarpias, para que esté bien fijo y no estropee la pintura…

Yo sufro ‑confiaba en una ocasión a un grupo de socios de la Obra‑ cuando veo que pasan muchos delante de un cuadro torcido, y que ninguno es capaz de ponerlo horizontal; y sufro cuando veo que salen todos de una habitación, y al marcharse no saben dejar cada cosa en su sitio. Las cosas están para usarlas; y si así se gastan o se rompen, bien. Pero que no sea por no cuidar­las. Hay que cuidarlas con un cariño viril. Se trata de hacer las cosas como una persona que tiene amor.

Este modo ‑humano y divino‑ de vivir el desprendimiento de los bienes materiales, hasta en los más mínimos detalles, tenía un modelo inequívoco: el padre, la madre de familia numerosa y pobre. Muchos socios de la Obra le han oído que cuando tú, en cualquier circunstancia, vaciles y no tengas con quién consultar, no olvides el criterio claro que os he dado: nosotros somos padres de familia numerosa y pobre. Verás como aciertas.

Así concebido, el amor a la sobriedad se fundamenta y deriva de la vibración interior. No es regla, ni economía, ni espíritu cicatero. Por eso no cabe separarla ‑como estamos viendo en la vida de Mons. Escrivá de Balaguer‑ de la magnanimidad para afrontar sin recursos humanos las empresas apostólicas que Dios pide. La atención a lo pequeño no es empequeñecimiento de miras. Todo lo contrario: manifiesta grandeza de corazón que, en su mucho querer, se fija en lo que al desamorado pasa inadver­tido.

Además, a la razón de amor se une un motivo de mentalidad laical. Una persona corriente ‑eso son los socios y asociadas del Opus Dei‑, que vive como los demás y usa los mismos medios que los demás, tiene que excederse, y mucho, para hacer rendir su trabajo, en servicio de todos. Igual en lo grande ‑contribuir, con los frutos de su trabajo, a remediar la indigencia, poniendo en marcha iniciativas de relieve‑, que en lo menudo ‑saber apro­vechar unos restos de comida, o escribir en papel ya impreso por la otra cara‑. En este sentido, advertía con humor Mons. Escri­vá de Balaguer que, cuando muriera, los socios de la Obra com­probarían que sus papeles únicamente no estaban escritos por el canto. Sin embargo, no enviaba una carta que no estuviera per­fectamente presentada, sin un error, sin una errata.

Enseñaba así con el ejemplo a practicar de veras el despren­dimiento, tal como Dios lo quería para el Opus Dei. En 1968 declaró a la directora de la revista Telva:

Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para e1 cristiano corrien­te que vive en medio de la sociedad humana, usando de los recursos de este mundo o careciendo de muchos de ellos.

Pero ‑añadía más adelante‑ pobreza no es miseria, y mu­cho menos suciedad; además, la pobreza no se define por la simple renuncia, especialmente cuando se trata de cristianos que viven en medio del mundo y tienen que dar testimonio explícito de amor al mundo, de solidaridad con los hombres. Se impone, pues, aprender a vivir la pobreza, para que no quede reducida a un ideal sobre el que se puede escribir mucho, pero que nadie realiza seriamente. En concreto:

Todo cristiano corriente tiene que hacer compatible, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradic­torios. Pobreza real, que se note y se toque ‑hecha de cosas concretas‑, que sea una profesión de fe en Dios, una manifesta­ción de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que había en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades.

El Fundador del Opus Dei seguía explicando que no quería dar reglas fijas ‑sólo unas orientaciones‑, porque lograr la síntesis entre esos dos aspectos es ‑en buena parte‑ cuestión personal, cuestión de vida interior, para juzgar en cada momen­to, para encontrar en cada caso lo que Dios nos pide.

Esas líneas generales están recogidas en los nn. 110 y 111 del conocido libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, y contienen enfoques en verdad sugerentes, que evocan ‑una vez más‑ lo que ha sido previamente vivido, y apuntan interesantes consecuencias prácticas, algunas especialmente significativas en estos tiempos en que tantos se dejan arrastrar por la fiebre del consumo.

El Fundador del Opus Dei quería que los socios de la Obra vistieran con corrección, incluso con elegancia, cada uno dentro de su condición y de sus circunstancias personales, bien arregla­dos, los zapatos limpios, la ropa sin arrugas:

Recuerdo haber conocido a determinada persona, que le gustaba vestir bien: gastaba una enormidad en trajes; pero cuan­do llegaba a su casa, tiraba las prendas por cualquier lado, y explicaba así la razón: no soy yo para la ropa, sino que la ropa es para mí (…) Las cosas se deben gastar, sí, pero sabiendo que no hemos de maltratarlas, que es preciso hacerlas durar, porque no son nuestras: son un medio para nuestra santidad y para el apos­tolado.

Procuró siempre tener y usar la ropa que era necesaria. Hubo una época en que llevó solideo para compensar la edad que no tenía: ¡Dame, Señor, ochenta años de gravedad!, pidió con fre­cuencia. Después, para subrayar la secularidad propia del espí­ritu del Opus Dei, se puso algunas veces la sotana ribeteada de rojo y los demás distintivos propios de su condición de Prelado Doméstico. Años más tarde confesó que eso le resultaba mucho más duro que varios cilicios.

La sotana que vestía habitualmente en 1963 tenía entonces 18 años. Era francamente vieja, pero limpísima, digna. Con todos los botones: él mismo se los cosía, en cuanto amenazaban desprenderse. Toda una lección práctica para los socios de la Obra.

Se encontraba muy feliz dentro de su recosida sotana, pero, cuando era necesario ‑muy pocas veces‑, usaba los distintivos propios de su condición de Prelado, o los arreos ‑así decía‑ de Gran Canciller de una Universidad.

Con idéntico espíritu, en el que el desprendimiento de los bienes humanos o de los símbolos de honor nunca puede ser excusa para incumplir el propio deber, ejercitó en 1968 el dere­cho a rehabilitar, con la mira puesta en su familia, el Marquesa­do de Peralta, concedido en 1718 a un antepasado directo suyo, don Tomás de Peralta, Secretario de Estado de Guerra y Justicia en el reino de Nápoles.

Esta heroica decisión, que más de uno ha valorado muy su­perficialmente, encierra también lecciones de honda riqueza humana y cristiana, que algún día será necesario exponer en toda su extensión. Me parece que, para el propósito de estas páginas, basta apuntar que Mons. Escrivá de Balaguer era muy consciente de las críticas que su petición iba a suscitar, pero tenía certeza moral de que era el único miembro de la familia que podía promover el expediente jurídico de rehabilitación, para que efec­tivamente ese título nobiliario volviera a formar parte del patri­monio familiar.

Como siempre, el Fundador del Opus Dei hizo lo que en conciencia debía, después de haber pedido consejo a algunos de los Cardenales que en la Curia Romana gozaban de mayor fama de prudencia, y a la Secretaría de Estado del Santo Padre. Se trató, como digo, de un acto verdaderamente heroico, porque no se le ocultaban las habladurías y las susurraciones a las que se prestaba, y de las que prescindió por completo. Cuatro años des­pués, cedió a su único hermano vivo, Santiago, ese título, que él nunca llegó a usar.

Al “limpio resplandor de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todos, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas”, se refirió el Cardenal Primado de Toledo en el artículo que publicó en el ABC de Madrid: “Ésta es la pobreza evangélica auténtica, aunque el que así la vive se

dedique a movilizar todos los recursos imaginables para servir a Dios y a los hombres. Acaso esté aquí el secreto que explica algo de su vida”.

Mons. Escrivá de Balaguer vivió y murió en el más estricto desprendimiento de los bienes materiales. Poco tiempo antes de que Dios le llamase, contaba un día a los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz que esa mañana había dicho a los miembros del Consejo General de la Asociación:

Hoy me he dado cuenta de que continúo siendo pobre de solemnidad. No sólo porque llevo esta sotana vieja, pues podría ponerme otra mejor que tengo, sino porque no puedo hacer lo que hace una persona de mi edad, en cualquier país más o menos civilizado. Hay obreros de mi edad, ya retirados, que disfrutan tranquilamente de su pensión; y si una noche no duermen ‑que es lo que me ha pasado hoy a mí: por eso he tenido ocasión de rezar más‑, se quedan en la cama un poquito más por la maña­na. En cambio, yo estoy aquí, con vosotros, y mucho mejor que en la cama. Pero me he dado cuenta, de que efectivamente, soy todavía ‑a la vuelta de medio siglo de sacerdocio‑ pobre de solemnidad.

IV. GOBIERNO DEL OPUS DEI

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Cuenta François Gondrand en su biografía de Mons. Escrivá de Balaguer, titulada Al paso de Dios, que ya en 1936, y posteriormente en 1940, el Fundador del Opus Dei preguntaba a los primeros miembros que estaban junto a él:

«Si yo me muero, ¿continuarás con la Obra?.

–Sí, Padre, continuaré haciendo la Obra, le respondían».

Años más tarde, continuaba pensando que en el Opus Dei no hay nadie indispensable: «Ni siquiera yo, que soy el Fundador», agregaba a veces.

Estas anécdotas, que revelan el profundo desprendimiento de sí mismo y la humildad de Mons. Escrivá de Balaguer, tuvieron siempre un fiel reflejo en su tarea de gobierno en el Opus Dei, desarrollada durante cuarenta y sietc años:

«La labor de dirección en el Opus Dei es siempre colegial, no personal –decía en 1966 a Tad Szulc–. Detestamos la tiranía, que es contraria a la dignidad humana».

De acuerdo con este espíritu, no puede parecer extraño que la organización del Opus Dei resulte sencilla y mínima.

TEMA 38. El noveno y el décimo mandamientos del Decálogo

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Estos dos mandamientos ayudan a vivir la santa pureza (el noveno) y el desprendimiento de los bienes materiales (el décimo) en los pensamientos y deseos.

«No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni ninguna cosa que sea de tu prójimo» (Dt 5, 21).

«El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 28).

1. Los pecados internos

Estos dos mandamientos se refieren a los actos internos correspondientes a los pecados contra el sexto y el séptimo mandamientos, que la tradición moral clasifica dentro de los llamados pecados internos. De modo positivo ordenan vivir la pureza (el noveno) y el desprendimiento de los bienes materiales (el décimo) en los pensamientos y deseos, según las palabras del Señor: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» y «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5, 3.8).

La primera cuestión a la que habría que dar respuesta es si tiene sentido hablar de pecados internos; o dicho de otro modo, ¿por qué se califica negativamente un ejercicio de la inteligencia y de la voluntad que no se concreta en una acción externa reprobable?

La pregunta no es evidente, pues en las listas de pecados que nos ofrece el Nuevo Testamento aparecen sobre todo actos externos (adulterio, fornicación, homicidios, idolatría, hechicerías, pleitos, iras, etc.). Sin embargo en esos mismos elencos vemos citados también, como pecados, ciertos actos internos (envidias, mala concupiscencia, avaricia).

Jesús mismo explica que es del corazón del hombre de donde proceden «los malos pensamientos, muertes, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias» (Mt 15, 19). Y en el ámbito específico de la castidad, enseña «que cualquiera que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5, 28). De estos textos procede una importante anotación para la moral, pues hacen entender cómo la fuente de las acciones humanas, y por tanto de la bondad o maldad de la persona se encuentra en los deseos del corazón, en lo que la persona “quiere” y elige. La maldad del homicidio, del adulterio, del robo no está principalmente en la fisicidad de la acción, o en sus consecuencias (que tienen un papel importante), sino en la voluntad (en el corazón) del homicida, del adúltero, del ladrón, que al elegir esa determinada acción, la está queriendo: se está determinando en una dirección contraria al amor del prójimo, y por tanto, también al amor a Dios.

La voluntad se dirige siempre a un bien, pero en ocasiones se trata de un bien aparente, algo que aquí y ahora no es ordenable racionalmente al bien de la persona en su conjunto. El ladrón quiere algo que considera un bien, pero el hecho de que ese objeto pertenezca a otra persona hace imposible que la elección de quedárselo se pueda ordenar a su bien como persona, o lo que es lo mismo, al fin de su vida. En este sentido, no es necesario el acto exterior para determinar la voluntad en un sentido positivo o negativo. El que decide robar un objeto, aunque después no pueda hacerlo por un imprevisto, ha obrado mal. Ha realizado un acto interno voluntario contra la virtud de la justicia.

La bondad y maldad de la persona se dan en la voluntad, y por tanto, extrictamente hablando habría que utilizar esas categorías para referirse a los deseos (queridos, aceptados), no a los pensamientos. Al hablar de la inteligencia utilizamos otras categorías, como verdadero y falso. Cuando el noveno mandamiento prohibe los “pensamientos impuros” no se está refiriendo a las imágenes, o al pensamiento en sí, sino al movimiento de la voluntad que acepta la delectación desordenada que una cierta imagen (interna o externa) le provoca.

Los pecados internos se pueden dividir en:

— “malos pensamientos” (complacencia morosa): son la representación imaginaria de un acto pecaminoso sin ánimo de realizarlo. Es pecado mortal si se trata de materia grave y se busca o se consiente deleitarse en ella;

— mal deseo (desiderium): deseo interior y genérico de una acción pecaminosa con el cual la persona se complace. No coincide con la intención de realizarlo (que implica siempre un querer eficaz), aunque en no pocos casos se haría si no existieran algunos motivos que frenan a la persona (como las consecuencias de la acción, la dificultad para realizarlo, etc.);

gozo pecaminoso: es la complacencia deliberada en una acción mala ya realizada por sí o por otros. Renueva el pecado en el alma.

Los pecados internos, en sí mismos, suelen tener menor gravedad que los correspondientes pecados externos, pues el acto externo generalmente manifiesta una voluntariedad más intensa. Sin embargo, de hecho, son muy peligrosos, sobre todo para las personas que buscan el trato y la amistad con Dios, ya que:

se cometen con más facilidad, pues basta el consentimiento de la voluntad; y las tentaciones pueden ser más frecuentes;

se les presta menos atención, pues a veces por ignorancia y a veces por cierta complicidad con las pasiones, no se quieren reconocer como pecados, al menos veniales, si el consentimiento fue imperfecto.

Los pecados internos pueden deformar la conciencia, por ejemplo, cuando se admite el pecado venial interno de manera habitual o con cierta frecuencia, aunque se quiera evitar el pecado mortal. Esta deformación puede dar lugar a manifestaciones de irritabilidad, a faltas de caridad, a espíritu crítico, a resignarse con tener frecuentes tentaciones sin luchar tenazmente contra ellas, etc.; en algunos casos puede llevar incluso a no querer reconocer los pecados internos, cubriéndolos con razonadas sinrazones, que acaban confundiendo cada vez más la conciencia; como consecuencia, fácilmente crece el amor propio, nacen inquietudes, se hace más costosa la humildad y la sincera contrición y se puede terminar en un estado de tibieza. En la lucha contra los pecados internos, es muy importante no dar lugar a los escrúpulos.

Para luchar contra los pecados internos, nos ayudan:

— la frecuencia de sacramentos, que nos dan o aumentan la gracia, y nos sanan de nuestras miserias cotidianas;

— la oración, la mortificación y el trabajo, buscando sinceramente a Dios;

— la humildad —que nos permite reconocer nuestras miserias sin desesperar por nuestros errores—, y la confianza en Dios, sabiendo que está siempre dispuesto a perdonarnos;

— el ejercitarnos en la sinceridad con Dios, con nosotros mismos y en la dirección espiritual, cuidando con esmero el examen de conciencia.

2. La purificación del corazón

El noveno y décimo mandamientos consideran los mecanismos íntimos que están a la raíz de los pecados contra la castidad y la justicia; y, en sentido amplio, de cualquier pecado. En sentido positivo, estos mandamientos invitan a actuar con intención recta, con un corazón puro. Por esto tienen una gran importancia, ya que no se quedan en la consideración externa de las acciones, sino que consideran la fuente de la que proceden dichas acciones.

Estos dinamismos internos son fundamentales en la vida moral cristiana, donde los dones del Espíritu Santo, y las virtudes infusas son moduladas por las disposiciones de la persona. En este sentido, tienen una importancia particular las virtudes morales, que son propiamente disposiciones de la voluntad y de los demás apetitos para obrar el bien. Teniendo presente estos elementos es posible desterrar una cierta caricatura de la vida moral como lucha por evitar los pecados, descubriendo el inmenso panorama positivo de esfuerzo por crecer en la virtud (por purificar el corazón) que tiene la existencia humana, y en particular la del cristiano.

Estos mandamientos se refieren más específicamente a los pecados internos contra las virtudes de la castidad y de la justicia, que están bien reflejados en el texto de la Sagrada Escritura que habla de «tres especies de deseo inmoderado o concupiscencia: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (1 Jn 2,16)» (Catecismo, 2514). El noveno mandamiento trata sobre el dominio de la concupiscencia de la carne; y el décimo sobre la concupiscencia del bien ajeno. Es decir, prohíben dejarse arrastrar por esas concupiscencias, de modo consciente y voluntario.

Estas tendencias desordenadas o concupiscencia consisten en «la lucha que la “carne” sostiene contra el “espíritu”. Proceden de la desobediencia del primer pecado» (Catecismo, 2515). Después del pecado original nadie está exento de la concupiscencia, a excepción de Nuestro Señor Jesucristo y de la Santísima Virgen.

Aunque la concupiscencia en sí misma no es pecado, inclina al pecado, y lo engendra cuando no se somete a la razón iluminada por la fe, con la ayuda de la gracia. Si se olvida que existe la concupiscencia, es fácil pensar que todas las tendencias que se experimentan “son naturales” y que no hay mal en dejarse llevar por ellas. Muchos se dan cuenta de que esto es falso al considerar lo que sucede con el impulso a la violencia: reconocen que no hay que dejarse llevar por este impulso, sino dominarlo, porque no es natural. Sin embargo, cuando se trata de la pureza, ya no quieren reconocer lo mismo, y dicen que nada malo hay en dejarse llevar por el estímulo “natural”. El noveno mandamiento nos ayuda a comprender que esto no es así, porque la concupiscencia ha torcido la naturaleza, y lo que se experimenta como natural es, frecuentemente, consecuencia del pecado, y es preciso dominarlo. Lo mismo se podría decir del afán inmoderado de riquezas, o codicia, al que se refiere el décimo mandamiento.

Es importante conocer este desorden causado en nosotros por el pecado original y por nuestros pecados personales, puesto que tal conocimiento:

nos espolea a rezar: sólo Dios nos perdona el pecado original, que dio origen a la concupiscencia; y, de igual modo, sólo con su ayuda lograremos vencer esta tendencia desordenada; la gracia de Dios sana nuestra naturaleza de las heridas del pecado (además de elevarla al orden sobrenatural);

nos enseña a amar todo lo creado, pues ha salido bueno de las manos de Dios; son nuestros deseos desordenados los que hacen que se pueda hacer mal uso de los bienes creados.

3. El combate por la pureza

La pureza de corazón significa tener un modo santo de sentir. Con la ayuda de Dios y el esfuerzo personal se llega a ser cada vez más “limpios de corazón”: limpieza en “los pensamientos” y en los deseos.

Por lo que se refiere al noveno mandamiento, el cristiano consigue esta pureza con la gracia de Dios y a través de la virtud y el don de la castidad, de la pureza de intención, de la pureza de la mirada y de la oración.

La pureza de la mirada no se queda en rechazar la contemplación de imágenes claramente inconvenientes, sino que exige una purificación del uso de nuestros sentidos externos, que nos lleve a mirar el mundo y las demás personas con visión sobrenatural. Se trata de una lucha positiva que permite al hombre descubrir la verdadera belleza de todo lo creado, y en modo particular, la belleza los que han sido plasmados a imagen y semejanza de Dios.

«La pureza exige el pudor. Éste es parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas» (Catecismo, 2521).

4. La pobreza del corazón

«El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo, y tendrá su plenitud en la visión y en la bienaventuranza de Dios» (Catecismo, 2548). «La promesa de ver a Dios supera toda felicidad. En la Escritura, ver es poseer. El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden desear.

Los bienes materiales son buenos como medios, pero no son fines. No pueden llenar el corazón del hombre, que está hecho para Dios y no se sacia con el bienestar material.

«El décimo mandamiento prohíbe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales» (Catecismo, 2536).

El pecado es aversión a Dios y conversión a las criaturas; el apegamiento a los bienes materiales alimenta radicalmente esta conversión, y lleva a la ceguera de la mente, y al endurecimiento del corazón: «si alguno posee bienes y viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17). El afán desordenado de los bienes materiales es contrario a la vida cristiana: no se puede servir a Dios y a las riquezas (cfr. Mt 6, 24; Lc 16,13).

La exagerada importancia que se concede hoy al bienestar material por encima de muchos otros valores, no es señal de progreso humano; supone un empequeñecimiento y envilecimiento del hombre, cuya dignidad reside en ser criatura espiritual llamada a la vida eterna como hijo de Dios (cfr. Lc 12,19-20).

«El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia» (Catecismo, 2538). La envidia es un pecado capital. «Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo» (Catecismo, 2539). De la envidia pueden derivarse muchos otros pecados: odio, murmuración, detracción, desobediencia, etc.

La envidia supone un rechazo de la caridad. Para luchar contra ella debemos vivir la virtud de la benevolencia, que nos lleva a desear el bien a los demás como manifestación del amor que les tenemos. También nos ayuda en esta lucha la virtud de la humildad, pues no hay que olvidar que la envidia procede con frecuencia del orgullo (cfr. Catecismo, 2540).

Pablo Requena

IV. GOBIERNO DEL OPUS DEI

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

Cuenta François Gondrand en su biografía de Mons. Escrivá de Balaguer, titulada Al paso de Dios, que ya en 1936, y posteriormente en 1940, el Fundador del Opus Dei preguntaba a los primeros miembros que estaban junto a él:

«Si yo me muero, ¿continuarás con la Obra?.

–Sí, Padre, continuaré haciendo la Obra, le respondían».

Años más tarde, continuaba pensando que en el Opus Dei no hay nadie indispensable: «Ni siquiera yo, que soy el Fundador», agregaba a veces.

Estas anécdotas, que revelan el profundo desprendimiento de sí mismo y la humildad de Mons. Escrivá de Balaguer, tuvieron siempre un fiel reflejo en su tarea de gobierno en el Opus Dei, desarrollada durante cuarenta y sietc años:

«La labor de dirección en el Opus Dei es siempre colegial, no personal –decía en 1966 a Tad Szulc–. Destacamos la tiranía, que es contraria a la dignidad humana».

De acuerdo con este espíritu, no puede parecer extraño que la organización del Opus Dei resulte sencilla y mínima.

Su amor a la virtud de la pobreza

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Testimonio de Cardenal Jaime Sin, Arzobispo de Manila

Filipinas experimenta, actualmente, una grave crisis económica. Con la gracia de Dios y los esfuerzos incansables de hombres y muje res de buena voluntad, confiamos en que la situación mejorará. En cuanto cristianos, nos servirán, al menos, de consuelo estas palabras de San Pablo: Diligentibus Deum, omnia cooperantur in bonum (Rom VIII, 28). «Todo concurre al bien de los que aman a Dios».

En estas breves consideraciones me gustaría compartir con vosotros algunas ideas que he recogido de la espiritualidad conte nida en los escritos del fundador del Opus Dei, Monseñor Jose maría Escrivá de Balaguer. Son ideas de gran utilidad para todos, y muy especialmente para muchos filipinos en estos tiempos difíciles. Monseñor Escrivá de Balaguer solía condensar el mismo pen samiento de San Pablo en una frase más breve: Omnia in bonum. «Todo es para bien». Al final, todo resultará bien.

Esa frase no se reduce a una expresión de simple resignación ante una situación difícil y, en apariencia, desesperada. Por el con trario, es una expresión de genuina esperanza cristiana ante difi cultades reales, objetivas.

Al considerar la virtud de la pobreza, si meditamos la infancia de Cristo tal como nos la narran los Evangelios de San Mateo y San Lucas, destaca una impresionante verdad: que nuestro Señor Jesucristo quiso nacer pobre y vivir en una familia pobre. María y José, la Sagrada Familia, no poseían prácticamente nada. Así, Jesucristo nació en un ambiente muy pobre. Dios hecho Hombre nació en un establo, en un cobijo para animales. Fue recostado en un pesebre, que es donde se echa de comer a los animales.

En una hermosa homilía sobre la pobreza, titulada «Desprendimiento», el fundador del Opus Dei nos invita a reflexionar con estas consideraciones: «Ese desprendimiento que el Maestro pre dicó, el que espera de todos ]os cristianos, comporta necesariamente también manifestaciones externas.Jesucristo coepit facere et docere (Atc. I, 1 ): antes que con la palabra, anunció su doctrina con las obras. Lo habéis visto nacer en un establo, en la carencia más abso luta, y dormir recostado sobre las pajas de un pesebre sus primeros sueños en la tierra» (Amigos de Dios, núm. 115).

Hace unos veinte años que conozco el Opus Dei, y a lo largo de todo este tiempo siempre me ha impresionado su énfasis en el apostolado de la doctrina. La labor del Opus Dei es, en verdad, una continua catequesis. En esta tarea de difundir la sana doctrina, Monseñor Escrivá de Balaguer siguió siempre el ejemplo dado por el Señor de «hacer y enseñar». Los miembros del Opus Dei, ciertamente, pueden imitar muy bien a su fundador, quien -antes de enseñar con la palabra- proclamó con obras la doctrina. Especialmente, durante los años que siguieron a la fundación del Opus Dei en 1928, Monseñor Escrivá de Balaguer sufrió algunas de las formas más extremas de indigencia material. Hubo temporadas en que sólo podía hacer una comida al día; y, algunas veces se vio obligado a dormir en el suelo de la cocina porque faltaba espacio en los apretados hogares en que vivían los primeros miembros de la Obra.

Frecuentemente he mencionado una divertida frase de Santa Teresa de Jesús: «El dinero es el estiércol del diablo, pero hace un muy buen abono». De una manera verdaderamente providencial, el espíritu del Opus Dei ha influido en todas las tareas humanas nobles mediante eso que su fundador llamaba «materialismo cris tiano». Siento admiración por las personas de todas clases que viven el espíritu del Opus Dei, sin temor alguno a emplear instrumentos materiales – que requieren, a su vez, recursos económicos- para ejercer un generoso apostolado de formación de numerosos hombres y mujeres a través de casas de retiros espirituales, centros uni versitarios, institutos técnicos o de formación profesional, clubs juveniles y otros centros en los que se proporciona formación doctrinal y espiritual. El «materialismo cristiano», tal como lo explicaba Monseñor Escrivá de Balaguer, es el modo más eficaz de aprove­char para la gloria de Dios ese buen «abono».

La pobreza es una virtud cristiana porque Cristo nuestro Sal vador, que es la misma riqueza, quiso nacer pobre y vivir como los pobres su vida terrena. Hemos de darnos cuenta de que la pobre za cristiana es una virtud que debe practicar todo aquel que quiera ser fiel seguidor de Cristo.

A menudo, he podido oír de los miembros del Opus Dei de mi archidiócesis que Monseñor Escrivá de Balaguer les enseñó siempre que la santidad es para todos, y que se alcanza mediante un sincero esfuerzo por vivir todas las virtudes cristianas -en grado heroico, si fuera preciso-. En nuestra actual situación económica, se nos presentan muchas oportunidades de practicar con heroísmo la virtud cristiana de la pobreza.

El Vaticano II nos ha recordado que la santidad no es sólo para aquellos que hacen profesión pública de su dedicación a Dios como religiosos sacerdotes, sino para todos los cristianos, también para los cristianos corrientes que desean alcanzar la plenitud de la santidad. Por tanto, los cristianos corrientes que desean alcanzar la plenitud de la vida cristiana deben, inevitablemente, practicar esta virtud de la pobreza.

Claro que la manera en que se practique variará según los dife rentes tipos de llamada o vocación en la Iglesia. Y Monseñor Escri vá de Balaguer, en subestseller de espiritualidad titulado Camino, nos ofrece un criterio cristiano, práctico:

«Procura vivir de tal manera que sepas, voluntariamente, pri varte de la comodidad y bienestar que venas mal en los hábitos de otro hombre de Dios.

Mira que eres el grano de trigo del que habla el Evangelio. Si no te entierras y mueres, no habrá fruto» (Camino, 938).

Para la mayoría de los hombres y mujeres cristianos, ciudadanos corrientes de este mundo, la práctica de la virtud de la pobreza se desarrolla en la esfera familiar. Es en medio de su familia donde tienen que vivir la pobreza cristiana. Lo cual implica, entre otras cosas, el tratar de ajustarse al presupuesto familiar, economizando lo más posible. Requiere, por parte de todos los miembros de la familia, un serio esfuerzo para no caer en lo que los sociólogos de hoy llaman «consumismo», o en cualquier otra forma de mate rialismo.

La pobreza, para una familia cristiana, significa no ir en busca de los bienes materiales como si fueran la fuente primordial de feli cidad en esta vi da. La pobreza cristiana para el hombre y la mujer corrientes consiste no tanto en renunciar a las cosas de este mundo, sino simplemente en no poner el corazón en ellas: Ubi en¡m est the saurus tuus, ibi est cor tuum (Lc XII, 34), dijo el Señor a los primeros cristianos: «Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón».

Es preciso que entendamos correctamente esta virtud. A veces, tendemos a considerar la pobreza como un mal en sí mismo, un mal absoluto. Por el contrario, la pobreza es una virtud. Quizá sea más fácil de entender si la llamamos por su otro nombre: despren dimiento. La pobreza es un cierto despego de los bienes materiales, un desasimiento que estamos dispuestos a vivir por amor a Dios. La virtud de la pobreza consiste en saber con exactitud cómo usar los bienes de esta tierra -dones de Dios- en cuanto medios para alcanzar cosas más altas, y no como fines en sí mismos.

En relación con esto, me gustaría referirme a otro servicio que el Opus Dei presta a la Iglesia y a toda la sociedad. El Opus Dei enseña de modo práctico lo que significa el verdadero espíritu de pobreza, sin disuadir a los pobres de poner en práctica todos los esfuerzos posibles para mejorar las condiciones de vida. El Opus Dei muestra por medio de sus centros y en los hogares de sus miem bros que la pobreza no significa suciedad, mal gusto o un estilo de vida caótico. La pobreza exige un empeño heroico por mantener las cosas siempre como una tacita de plata, y en buenas condiciones de uso. Significa cuidar todo lo que uno utiliza. Significa que las cosas duren mucho, mucho tiempo. Como se puede imaginar, todo esto requiere el cultivo de otras virtudes complementarias como el orden, la pulcritud y la laboriosidad. Puedo, en verdad, asegu raros que todos los centros del Opus Dei que he visitado son ejemplos vivos del auténtico espíritu de pobreza. Están inmaculadamen te limpios, puestos con muy buen gusto y son, a todas luces, fruto del esfuerzo de las personas que allí viven por vencer esas debi lidades humanas que son la chabacanería y la dejadez. Consideran do la urgente necesidad de enseñar a todas las personas, incluido el pueblo de Filipinas, la virtud del cuidado de los más pequeños detalles en el trabajo ordinario, este aspecto de la espiritualidad del Opus Dei es una respuesta eficaz a la exigencia -que cada uno de nosotros tiene planteada– de alcanzar la perfección en las ocupa ciones ordinarias de cada día.


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