Dios y audacia

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cae sobre Madrid el invierno de 1933. La casa de Martínez Campos se ha quedado pequeña para las reuniones del Padre, y urge buscar un local más amplio. Y en el mes de diciembre, cuando se acerca la Navidad, alquilan un departamento en el número 33 de la calle de Luchana. Es el entresuelo de un edificio situado en la confluencia de las calles Luchana y Juan de Austria. Aquí se va a instalar la Academia “DYA”, con clases programadas para estudiantes universitarios. El título sugiere la dedicación a Derecho y Arquitectura. Sin embargo, todos traducen el nombre, en privado, como «Dios y Audacia».

Falta hace esa confianza, porque los medios materiales con que cuentan para el montaje y sostenimiento del piso son prácticamente nulos. Pero la fe que comunica el Padre es absoluta. Se alquila el inmueble a nombre de Isidoro Zorzano, y unos días más tarde campea sobre la puerta una placa de bronce con el nombre de la Academia. Los chicos que acuden a ella aportarán, además de su entusiasmo y trabajo, todo objeto material que pueda resultar de utilidad. Don Josemaría se lleva algunos muebles de la casa de su madre y unas cuantas cosas más que le ha dado una buena amiga de la familia.

Cada día, cuando el Padre sale camino de Luchana, su hermano Santiago mete las manos en los bolsillos de la sotana y le pregunta: -«¿Qué te llevas a tu nido?»(4). Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer comentaría: «Eso mismo hemos hecho después todos: traer a nuestro “nido” lo que podíamos, para servicio de Dios, para construir nuestro pequeño hogar en cada sitio. ¡Tantos hogares que son uno solo!, como somos muchos corazones y tenemos un solo corazón, una sola mente, un solo querer, una sola voluntad».

Esos muebles y objetos que proceden de la generosidad de muchas familias, «contribuyen a dar reposo a nuestros ojos cansados y a hacer más entero el calor de nuestro hogar cristiano»(5).

A pesar de todo, las dificultades económicas son continuas. Y también los favores y oportunidades que Dios brinda a este puñado de gente joven, decidida a confiar plenamente en el apoyo sobrenatural que deshace los obstáculos.

Un día no hay dinero para el teléfono y otro, cualquiera, para el alquiler. En una de estas situaciones, es la factura de la luz la que llama, reiteradamente, a la puerta de la casa; pero no hay el menor recurso para solventarla. El Padre lo toma con la serenidad habitual. A la mañana siguiente está sentado en su despacho de Santa Isabel, revisando papeles. Hay, entre ellos, un sobre deteriorado y vacío, que rompe y tira a la papelera. Pero, en el momento de arrojarlo, parece ver que algo asoma en su interior. Recoge los dos trozos y se cerciora de que, efectivamente, hay un billete de veinticinco pesetas. Inútil explicar cómo ha podido ir a parar allí. La factura que abruma el pequeño piso de Luchana acaba solucionándose.

Esta confianza en lo sobrenatural y sus consecuencias permanentes, prende con fuerza en los que han entendido la honda raíz de fe que tiene el Padre. Y contagia el ambiente de un tesón difícil de quebrantar.

Ricardo Fernández Vallespín relata que el 5 de enero de 1934 el Fundador se reunió con dos sacerdotes y tres profesionales de la Academia “DYA”, que encontraba, una vez más, fuertes dificultades económicas. Presentó a los asistentes a la reunión posibles planes para el futuro. Los dos sacerdotes opinaron que lo mejor era cerrar el piso, ya que era una locura mantenerlo abierto sin recursos. Era como « tirarse de un aeroplano sin paracaídas». En cambio, el Padre concluyó que para el comienzo del curso 1934-35, además de la Academia, debía instalarse una Residencia de estudiantes, en una casa más grande. Por eso escribió luego en «Camino», aludiendo sin duda a ocasiones como ésta: «No hagas caso. -Siempre los “prudentes” han llamado locuras a las obras de Dios. ¡Adelante, audacia!»(6)

Para hacer frente a este desembolso cuenta con algunas personas capaces de entender su tarea. En diversas ocasiones el Fundador se referirá a una mujer generosa, que regaló varios objetos para la Academia “DYA”. «Me envió un reloj para la primera labor apostólica que comenzamos, diciéndome: Padre, que no se lo coman… E hizo bien; si no, nos lo hubiéramos comido, como ha sucedido en ocasiones con otras cosas.

Teníamos una gran lucha para conseguir un reloj (…). Cuando habíamos reunido el dinero necesario para comprarlo, surgían necesidades más perentorias y debíamos gastarlo para poder comer»(7).

De la generosidad de ésta y otras personas que tuvo la oportunidad de conocer a lo largo de su actividad sacerdotal, hablará el Fundador, mucho tiempo más tarde, durante un viaje por los países de América:

«Ese sacerdote, hace muchos años, tenía que trabajar y carecía de medios; y fue a una persona muy rica, después de rezar mucho. Aquella persona lo recibió con una amabilidad extraordinaria, porque además era muy atenta y educada. Pero cuando el sacerdote sacó el “sable” -no era militar, pero tenía que dar un “sablazo” pensó: ésta se va a asustar. ¡No se asustó! Aquella santa mujer le dijo: Padre, venga. Le llevó a un salón, movió un cuadro; detrás había una caja de caudales. Abrió, sacó lo que había, se lo dio al sacerdote. Y el sacerdote -muy convencido; está tan convencido ahora de que hizo muy bien, de que salió ganando ella- le dijo: tú me has dado todo lo que tienes, en este momento. Yo te doy, ¡todo lo que tiene Dios! De rodillas. Se arrodilló: la bendición de Dios Omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ti y permanezca para siempre. ¡Se quedó más contenta aquella criatura… ! Y se ha encontrado su dinero en el Cielo, multiplicado por cien… y la vida eterna»(8).

No les sorprende, por tanto, que el Fundador otorgue mucha importancia a los temas que se refieren al espíritu, y escasa, en cambio, a las dificultades materiales por insolubles que parezcan. Les pide, desde el primer día, que estén unidos en el amor de Jesucristo; que pongan esa bendita fraternidad por encima de todo interés personal, de toda cuestión opinable; se comparte cuanto afecta a la vida y opción de cada uno, pero con el infinito respeto y libertad que han aprendido del Fundador. Para recordarles siempre este precepto, en el piso de Luchana se cuelga un cartel de pergamino donde el Padre ha hecho escribir la frase evangélica: “Mandatum novum do vobis: Ut diligatis invicem, sicut dilexi vos, ut et vos diligatis invicem. In hoc cognoscent omnes quia discipuli me¡ estis, si dílectionem habueritis ad invicem”: Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros(9).

Después de la destrucción de la Residencia de Ferraz durante la guerra civil española, el Padre visitará las ruinas. Entre los escombros, junto a muy pocas cosas más, encuentra un pergamino igual que el de Luchana, que se había hecho para la nueva Residencia. Como si el Señor quisiera reafirmar así en el Opus Dei esta característica primordial del cristianismo: la fraternidad.

El piso de Luchana funciona como Centro cultural y de enseñanza. Además de las clases de temas profesionales, se organizan algunos ciclos de formación religiosa y apologética que imparte un sacerdote amigo de Monseñor Escrivá de Balaguer: don Vicente Blanco. Pronto se prestigian y atraen a un buen número de estudiantes universitarios hacia el ambiente de cordialidad, alegría y convivencia que existe en la Academia, aun en medio de la inestabilidad que sacude a todo el país.

Pero lo más importante de Luchana para los miembros del Opus Dei es la posibilidad de aumentar el trato con el Padre, ya que, a pesar de la intensa labor sacerdotal que sigue desarrollando en Madrid, pasa muchos ratos con sus hijos. Su ejemplo es ya formación. A su lado sienten ganas de ser mejores, más fieles a su vocación, más apasionados de la Obra de Dios.

El despacho del Fundador tiene una mesa-buró pequeña, una lámpara y dos o tres asientos. Sobre una pared hay una cruz de palo, sin crucifijo. Cerca, un reclinatorio. En la sala de estudio, presidiendo la habitación, el Padre ha puesto un cuadro de la Virgen confeccionado con una hoja de catecismo sucia y pisada que encontró por la calle. La misma que presidió aquella reunión con estudiantes en el asilo de Porta Coeli.

En medio de la escasez, la casa tiene el buen gusto y el aspecto acogedor que el Fundador sabe imprimir a los lugares por donde pasa. No es fácil conseguir ayuda económica en estos momentos para una Academia porque las huelgas merman la economía y hay crisis a todos los niveles. La mayoría de los que acuden al piso de Luchana son estudiantes que disponen de muy pocos medios.

El peso de la responsabilidad cae sobre el Padre, que sigue buscando ayuda entre personas conocidas, unas veces con mejor fortuna que otras. Pero, sobre todo, sostiene este pequeño comienzo del Opus Dei con oración y mortificación intensas. Llega por la tarde muy cansado pero, con afecto y paciencia, escucha a cada uno. Reparte ánimo, amor de Dios, servicio, alegría.

Todavía recuerdan aquellos hombres el apasionamiento con que les impulsa a soñar con el mundo rodeado por una red, tejida con vínculos de fraternidad, de amor, para ponerlo a los pies de Cristo. De arder en afán apostólico para pegar este fuego a todas las almas, con el ejemplo y la palabra; sin respetos humanos. Hablar de Dios a los hombres, uno a uno, preparando el camino hacia su corazón con la complicidad del Cielo, en la oración y la penitencia.

Este sacerdote que, desde antes de cumplir los veintiséis años, ha repetido la frase: «Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué quiero sino que arda?»…, ha encontrado a los que ayudarán a propagar el incendio. Y acompaña sus palabras con noches enteras de oración, y con penitencia durísima que, a pesar de la naturalidad con que se oculta, no pasa inadvertida a quienes le rodean.

Estudios de Derecho

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En junio de 1923, Escrivá terminó su cuarto año de Teología cumpliendo así los requisitos para lograr el grado de licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Zaragoza. Se propuso también hacer el doctorado ya que el quinto año tenía menos clases y era más fácil obtener permiso del cardenal Soldevilla para comenzar los estudios de Derecho al tiempo que continuaba con los eclesiásticos.

Los seminaristas y sacerdotes que estudiaban en universidades civiles eran muy pocos, pues las autoridades eclesiásticas no se fiaban del todo de aquellas universidades que no podían controlar. En 1918 el Vaticano alertó de que una “dilatada y triste experiencia” venía demostrando que dichas universidades representaban un serio peligro para los sacerdotes. El cardenal Soldevilla, sin embargo, concedió a Escrivá el permiso solicitado para asistir a la Facultad de Derecho.

En aquellos años, las universidades españolas ofrecían a los estudiantes dos formas de seguir sus estudios. Por una parte, estaban los “alumnos oficiales” que debían acudir a todas las clases y, por otra, existía la figura del llamado “alumno no oficial”, cuya asistencia no era obligatoria y podía, por tanto, hacer el examen sin haber tenido que acudir a un número determinado de clases. Escrivá se apuntó como alumno no oficial. Los cursos no se dividían en semestres, sino que las asignaturas comenzaban en octubre y acababan en junio, con los consabidos períodos de vacaciones en Navidad y Semana Santa. Había exámenes finales –orales– antes del verano y en otoño, justo antes de que comenzara el curso académico. Los alumnos podían elegir cuándo hacer los exámenes y no era infrecuente que muchos repartieran los exámenes entre el verano y septiembre.

En el verano de 1923, Escrivá hizo por libre dos cursos introductorios de Derecho, examinándose en otoño de ese año. El curso académico siguiente se apuntó a siete asignaturas en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza, además de las tres asignaturas del quinto curso de Teología. Aprobó algunos exámenes en junio y otros en septiembre.

Derecho Canónico era una materia que se estudiaba tanto en la Universidad Pontificia como en la Facultad de Derecho. Escrivá tuvo la suerte de haber contado con prestigiosos canonistas en sus años de universidad que le formaron muy bien, como el ya mencionado Elías Ger, de la Universidad Pontificia, y Juan Moneva, de la Facultad de Derecho. Escrivá se hizo gran amigo de éste último, brillante catedrático a la sazón, si bien un tanto excéntrico, con quien mantuvo una afectuosa relación hasta su muerte. También forjó una sólida amistad con el profesor de Derecho Romano, José Pou de Foxá, a quien acudiría en sus primeros años de estancia en Madrid para pedir consejo.

Zaragoza

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Su padre le animó a compaginar los estudios sacerdotales con una licenciatura en Derecho, aunque no sabemos exactamente el porqué de ese consejo. Quizás previó la posibilidad de que su hijo mayor tuviera que contribuir en el futuro al sostenimiento de la economía familiar. Sea como fuere, Josemaría convino en que la idea era buena, pero no era posible estudiar esa carrera ni en Logroño ni en Calahorra, donde los seminaristas completaban el último ciclo de estudios eclesiásticos. La Facultad de Derecho más próxima se encontraba en Zaragoza. Tenía también la ventaja de que allí podría obtener el doctorado en Teología, algo prácticamente imposible si permanecía en Logroño. Escrivá, por tanto, solicitó y obtuvo el permiso oportuno para trasladarse a Zaragoza y recibir las órdenes sagradas en aquella diócesis.

Zaragoza era una de las más importantes y populosas ciudades del país. Tenía una universidad estatal con Facultad de Derecho, otra Universidad Pontificia y dos seminarios. Tras la Primera Guerra Mundial, la ciudad atravesaba un período difícil y turbulento. Se habían producido recientemente hechos sangrientos: asesinatos e insurrecciones anarquistas y diversos brotes de pistolerismo que provocaron la declaración del estado de guerra y la supresión de las libertades cívicas. Entre 1917 y 1923 la violencia política se cobró veintitrés vidas en aquella ciudad.

En el otoño de 1920, Escrivá ingresó en el Seminario de San Carlos, donde los alumnos vivían y recibían su formación espiritual; para las clases de teología tenían que trasladarse a la cercana Universidad Pontificia. Ésta es por tanto la primera vez que Escrivá vive –de hecho– en un seminario. Como el resto de sus compañeros, dispone de una pequeña habitación parcamente amueblada, sin cuarto de baño ni luz eléctrica. En todo el edificio no había ni una sola ducha o bañera; cada seminarista tenía una jofaina que podía llenar de agua fría en una pila ubicada al final del pasillo. La mayoría se contentaba con lavarse la manos y la cara puesto que el seminario no tenía calefacción, ni siquiera en los más crudos días del invierno. Los estudiantes se sorprendían de que Escrivá hiciera tantos viajes a la pila para conseguir el agua necesaria para lavarse de los pies a la cabeza. Algunos incluso llegaron a tildarle de melindroso y comentaban que tanta atención a la higiene personal no era lo más adecuado para un sacerdote. En una ocasión, un seminarista especialmente ordinario y que olía muy mal llegó a frotarle la cara con la manga empapada de sudor diciendo: “¡Hay que oler a hombre!”[1]. El joven Escrivá, que de naturaleza era bastante impulsivo, a duras penas pudo controlarse y se limitó a contestar: “No se es más hombre por ser más sucio”[2]

Pero no era sólo la pulcritud lo que motivaba que sus propios compañeros le tacharan de “señorito”[3]. Uno de los seminaristas que compartió sus años de alumno en el San Carlos recordaba más tarde: “Era Josemaría un señor de pies a cabeza, en todo su comportamiento: en la manera de saludar, en la forma de tratar a las personas, en cómo vestía, en la educación con que comía; sin proponérselo, representaba un fuerte contraste con lo que parecía costumbre entonces”[4].

La piedad de Escrivá también llamaba la atención. El régimen de vida del seminario incluía Misa, meditación, Rosario, lectura de un libro espiritual, visita al Santísimo Sacramento y examen de conciencia por la noche. Lo normal era que hasta los más piadosos se contentaran con cumplir estas observancias y demás actos de piedad establecidos; sin embargo, Josemaría hacía frecuentes visitas a la capilla del seminario durante el tiempo libre. Ahí, delante del Santísimo Sacramento, abría su corazón al Señor, a veces durante horas enteras y en ocasiones toda la noche, llenando el tiempo con actos de adoración a Cristo en la Eucaristía e implorando luces para ver la voluntad de Dios y obtener la gracia para llevarla a cabo. También adquirió la costumbre de acudir todos los días a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar. En cierta ocasión, Escrivá consiguió el permiso necesario para permanecer en el interior del templo una vez cerrado al público y besar la imagen de la Virgen que ahí se venera, privilegio reservado sólo a los niños que se acercan a honrar a la Madre de Dios durante el tiempo en que la basílica mantiene sus puertas abiertas. En su habitación del seminario guardaba una pequeña reproducción en yeso de la Virgen del Pilar y en la base escribió con un clavo la jaculatoria, que tantas veces había formado parte de su oración habitual, “Domina, ut sit!” (Señora, ¡que sea!).

En esa ciudad aragonesa, la devoción a la Virgen que Escrivá aprendió de sus padres creció aún más en profundidad y fervor. Una y otra vez acudía a Ella suplicando su ayuda maternal y pidiéndole estar siempre cerca de su Hijo. “A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María”[5], escribió en 1934 como fruto de su propia experiencia.

Trató de ser discreto en lo referente a su piedad personal pero en vano. Era de esperar que Escrivá encontrara piedad en el lugar más lógico para eso: el seminario. Pero sus compañeros no tardaron mucho en hacer mofa de su devoción adjudicándole los motes de “Rosa Mística” y “Soñador”.

Motivado en parte por la postura recelosa de sus compañeros, el rector del seminario no miraba con buenos ojos a Escrivá. En la hoja de evaluación al final del primer curso le puso un “bien” en el apartado de piedad, pero sólo “aceptable” en diligencia y disciplina, a pesar de que Josemaría había alcanzado unas notas excelentes y resultó ser uno de los pocos alumnos que no fue castigado en todo el año. Describía el carácter de Escrivá como “inconstante y altivo, pero educado y atento”[6]. Y lo más curioso es que debajo del apartado “vocación” escribió como de mala gana “parece tenerla”[7]. De algunos comentarios de Escrivá se desprende que, muy al principio de su estancia en el seminario, el rector trató incluso de disuadirle de su deseo de ser sacerdote. En el segundo año, el rector solicitó a su homólogo del Seminario de Logroño un informe sobre las cualidades personales de Escrivá y su posible vocación. El informe favorable que recibió y un trato más personal y asiduo con el joven seminarista le hicieron cambiar de opinión y llegó a ser uno de los más fieles defensores de Escrivá.

En algún momento en el transcurso de su estancia en Zaragoza, parece que Escrivá sufrió una dura prueba o crisis. En sus apuntes de principios de los años 30 y dirigiéndose a Cristo dice: “Si no hubieras estorbado mi salida del Seminario de Zaragoza, cuando creí haberme equivocado de camino— estaría alborotando en las Cortes españolas, como otros compañeros míos de Universidad lo están…, y no a tu lado, precisamente, porque [...] hubo momento en que me sentí profundamente anticlerical, ¡yo que amo tanto a mis hermanos en el sacerdocio!”[8]

Aunque la crisis puede haberse exacerbado por la dificultad de Escrivá en adaptarse al seminario y al trato un tanto difícil con alguno de los seminaristas, la nota nos sugiere que la raíz del asunto no está en eso, sino en lo que él describe como su “anticlericalismo”. Aquí hay que aclarar que en la España de los años 20, los políticos anticlericales pretendían eliminar la influencia de la Iglesia en la vida civil. Querían reducir la práctica de la religión al ámbito de lo privado como algo meramente personal, y borrar de la vida pública cualquier vestigio de religiosidad. El anticlericalismo de Escrivá era algo diametralmente distinto; se asentaba en el convencimiento de que el sacerdote está llamado a amar apasionadamente a Dios y a vivir una vida de servicio desinteresado como si fuera “otro Cristo, el mismo Cristo”. En este contexto, no hay, por consiguiente, hueco para que el sacerdote se involucre en el mundo de la política, o trate de manipular o controlar a los fieles con vistas a alcanzar sus propios objetivos. Con el paso del tiempo, Escrivá no tuvo sino palabras de elogio para los compañeros de seminario, la inmensa mayoría de los cuales trabajaron como buenos ministros de Cristo en sus parroquias y no pocos murieron mártires durante la Guerra Civil española. En los primeros años del seminario, sin embargo, le dolía la postura de algunos que pensaban que ser sacerdote era una forma de ganarse el sustento y prosperar en la vida. La idea de forjarse una carrera eclesiástica y la postura de sus compañeros que defendían el hecho de ordenarse sacerdotes porque no tenían otra forma mejor de ganarse la vida hicieron que llegara a preguntarse si no se habría equivocado, al pensar que el sacerdocio iba a satisfacer el deseo de amor que había llenado su corazón el mismo día en que vio aquellas pisadas sobre la nieve.

Las anotaciones de Escrivá no arrojan mucha luz ni sobre la duración de esa crisis ni el modo en que la superó. Lo más probable es que la respuesta a sus dudas y anhelos la encontrara en la oración, meditando en la presencia de Dios distintos pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento y dialogando con Jesús, María y José sobre la vida y acontecimientos de la “Trinidad de la Tierra” y su propia vida. Un punto de “Camino” describe el estilo personal de su oración: “Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” -¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”[9].

Su oración era una conversación íntima, personal, incluso apasionada. Le decía a Jesús: “Me hubiese gustado ser tuyo desde el primer momento: desde el primer latido de mi corazón, desde el primer instante en el que la razón mía comenzó a ejercitarse. No soy digno de ser –y sin tu ayuda no llegaré a serlo nunca- tu hermano, tu hijo y tu amor. Tú sí que eres mi hermano y mi amor, y también soy tu hijo”[10].

En ocasiones la oración no fluía tan fácilmente y entonces se aplicaba a sí mismo el consejo que luego daría a otros en “Camino”: “-Y, en mi meditación, se enciende el fuego. -A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz. Por eso cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, si no puedes echar en el fuego troncos olorosos, echa las ramas y la hojarasca de pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la hoguera”[11].

En otros momentos era Dios quien tomaba la iniciativa y le llenaba de instantes de auténtica oración mística. Apenas sabemos nada de esas experiencias porque Escrivá quemó la libreta en que apuntaba todos esos detalles que el Señor había tenido con él, por temor, sobre todo, a que cualquiera que leyese la historia de las gracias extraordinarias recibidas en la oración pensara que era un santo cuando él se consideraba a sí mismo “un pecador que ama con locura a Jesucristo”[12]. Álvaro del Portillo, uno de los primeros miembros del Opus Dei que siempre estuvo a su lado y llegaría a ser su primer sucesor al frente de la Obra, comentaba al referirse a los años de Escrivá en Zaragoza: “Dios le ayudaba con muchas mociones, con muchas locuciones (…); el Señor habla, sin ruido de palabras, y sus frases quedan grabadas en el alma como si fuese a fuego”[13]. El propio Josemaría habló en alguna ocasión de las gracias especiales recibidas durante su estancia en la ciudad del Ebro: “Yo, no sabiendo cómo llamarlas, las llamaba gracias operativas, porque me ayudaban a trabajar, aunque fuese a contrapelo, sin que me costase esfuerzo alguno”[14]. Tras estudiar todas las pruebas existentes, el religioso dominico encargado por la Santa Sede para dirigir la causa de beatificación de Escrivá, resume sus conclusiones con las siguientes palabras: “El Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían ‘sentir’, en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético”[15].

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 133

[2] ibid. p. 133

[3] ibid. p. 133

[4] ibid. p. 132

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 495

[6] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 137

[7] ibid. p. 137

[8] ibid. p. 136

[9] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 91

[10] AGP, P09 p. 117

[11] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 92

[12] José Orlandis. AÑOS DE JUVENTUD EN EL OPUS DEI. Ediciones Rialp. Madrid 1994. p. 178

[13] AGP, P01 1978 p. 1064

[14] ibid. p. 1064

[15] José Miguel Cejas. VIDA DEL BEATO JOSEMARÍA. Ediciones Rialp. Madrid 1993. p. 37-38

Llegada a Madrid

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1927 Madrid es ya una gran ciudad. En ella se dan cita las innovaciones técnicas, ideológicas y culturales de estos años de la historia española. Tres acontecimientos previos canalizan su expansión local: el ferrocarril de Aranjuez inaugurado en 1850, la traída y aprovechamiento urbano del agua del Lozoya en 1858, y la puesta en marcha del Metropolitano en octubre de 1919. Es una ciudad de carácter abigarrado, al que contribuye la llegada constante de gentes que proceden de España entera; y conjuga la difícil armonía de lo monumental con lo popular, de lo castizo con lo moderno. Acogedor y extenso, es el punto geográfico en que confluyen las más variadas posibilidades del país.

Cuando don Josemaría llega a la capital, España se encuentra gobernada por la Dictadura de don Miguel Primo de Rivera; se dan en Madrid sucesos tan heterogéneos como la inauguración del teléfono automático, los comentarios acerca del Plus Ultra y de su increíble salto sobre el Atlántico, la celebración de las bodas de plata del reinado de Alfonso XIII, el comienzo de la futura Ciudad Universitaria, que será exponente arquitectónico y cultural de la nueva época.

Sin embargo, ningún hecho social ha sido el motor capaz de desplazar hasta la capital de España a este joven sacerdote. Solicita permiso del Arzobispo de Zaragoza para trasladarse a Madrid y obtener el doctorado en Derecho, grado que en esta época solamente se cursa en la Universidad Central (1). Es una ciudad grande en la que tiene pocos amigos; en un ambiente inquieto en el que viene a ser sacerdote de Dios sin otro apelativo. La transición con Zaragoza es evidente; pero, lejos de distraerle el movimiento continuo de las calles o la prisa de los peatones, va cada vez más absorto en su propósito y en su petición: «¡Señor, que vea!…». Lo pide, lo grita por dentro, lo canta alegremente mientras empieza a caminar los trayectos madrileños, aún desconocidos, pero que se le harán muy pronto familiares en su constante actividad.

Es, por tanto, un sacerdote de veinticinco años, alejado temporalmente de su diócesis y que frecuenta las aulas de la Facultad de Derecho para asistir a las clases del doctorado (2). En el mes de septiembre de 1928 habrá seguido cursos monográficos de Historia del Derecho Internacional y Filosofía del Derecho. Para subvenir a los gastos que ocasiona su estancia en la capital ha de entregarse a tareas docentes durante varias horas semanales. Forma parte del cuadro de profesores de la Academia Cicuéndez. Se trata de un Centro situado en la calle de San Bernardo, esquina a Pez. frente al Palacio de justicia (3). Ha sido creada por un sacerdote, don José Cicuéndez, y se dedica exclusivamente a la preparación de asignaturas de la licenciatura de Derecho. También hay en la Academia posibilidad de residencia en régimen de internado para unos ocho estudiantes. En el año 1927 la dirige el mismo José Cicuéndez, quien anuncia a los alumnos que un sacerdote joven, don Josemaría, se encargará de las clases de Derecho Romano y Derecho Canónico.

Algunos de sus alumnos, entre los que se encuentran Julián Cortés Cavanillas, Manuel Gómez Alonso, Jesús Manuel Sanchiz Granero…, tienen un gran recuerdo de este profesor ameno, riguroso y concreto en la exposición, siempre de buen humor. Humano y simpático, que prolonga su amistad con los universitarios más allá de los límites de una clase obligatoria. Le acompañan muchas veces, por las tardes, y pasean por Recoletos charlando de las mil inquietudes y proyectos de su juventud. Algunos días hacen escala en El Sotanillo, una chocolatería situada en Alcalá, y meriendan en perfecta cordialidad. Cuando les llega la noticia de que don Josemaría dedica gran parte de su tiempo a recorrer las chabolas de los suburbios madrileños, para llevar atención humana y espiritual a pobres y enfermos, alguno llega a ponerlo en duda. Unos cuantos deciden seguirle a la salida de clase. Y durante varias jornadas comprueban su agotadora dedicación a los pobres de Vallecas y Tetuán.

El primer domicilio que tiene en la capital está en la calle de Farmacia, número 2. Se trata de una pensión familiar, bien situada, en un lugar céntrico, a caballo entre Fuencarral y Hortaleza, muy cerca del convento de San Antón.

En esta casa permanece pocas semanas, hasta que se traslada a la Residencia Sacerdotal que las Damas Apostólicas han edificado en el número 3 de la calle de Larra. Arranca esta vía de la de Beneficencia, para terminar en el bulevar de Sagasta. No es un lugar importante, pero sí muy céntrico. La Residencia Sacerdotal es una de las obras apostólicas que patrocina la Fundación de doña Luz Rodríguez Casanova, Fundadora de las Damas Apostólicas.

Por un precio módico, los sacerdotes pueden encontrar un ambiente digno y una atención adecuada de la que carecerían en una pensión corriente, de las múltiples que se reparten por la capital.

A través de la Residencia de la calle de Larra, don Josemaría establece su primer contacto con la Fundadora de las Damas Apostólicas, que acierta a ver en este sacerdote joven, piadoso y abnegado, el capellán que necesita para atender la iglesia del Patronato de Enfermos. En 1927 es nombrado para ese cargo (4).

Este título lleva consigo, solamente, la atención del culto en la capilla: celebrar la Santa Misa cada día, exponer el Santísimo Sacramento y dirigir el rezo del Rosario por las tardes. Pero acercará a don Josemaría a un ambiente en el que podrá desplegar una enorme y generosa actividad sacerdotal con los niños, los pobres y los enfermos. Su dedicación exhaustiva a los más abandonados de los barrios extremos se prolongará durante largo tiempo. Desde marzo de 1927 tiene cartas comendaticias y permiso de residencia en Madrid para dos años. Pero este plazo irá ampliándose hasta llegar a la incardinación definitiva en la diócesis de la capital de España.


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