Del Portillo, Hernández de Garnica, Jiménez Vargas y Casciaro.

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Después de dejar la casa de la calle Serrano y pasar por las de varios amigos, del Portillo encontró refugio en la Embajada de Finlandia. Sin embargo, a comienzos de diciembre los milicianos la asaltaron y arrestaron a todos los refugiados. Del Portillo, junto con Hernández de Garnica, fue a parar a la cárcel de San Antón, una prisión provisional instalada en lo que antes había sido una escuela.

La amenaza de muerte pesaba constantemente sobre los prisioneros de San Antón. Había unos cuatrocientos encerrados en lo que había sido la capilla del colegio. Un día, un miliciano se subió al altar y le puso una colilla en la boca a una imagen religiosa. Un amigo de del Portillo se apresuró a quitarla y el miliciano le mató de un tiro. En otra ocasión, un guardia se acercó a del Portillo, le puso una pistola en la cabeza y afirmó: “Llevas gafas”, dijo, “debes de ser un cura”. Después, bajó su pistola y se alejó.

Del Portillo fue juzgado como enemigo de la República al final de enero de 1937. En ese momento había ya una cierta garantía en los procesos y fue puesto en libertad por falta de pruebas. Estar libre, sin embargo, no significaba tener seguridad. En cualquier momento podía ser detenido por un grupo de milicianos y de nuevo ser encarcelado o asesinado en el mismo sitio. Como su madre era mexicana, pudo refugiarse en la Embajada de México desde el final de enero hasta el 13 de marzo de 1937.

Hernández de Garnica no corrió la misma suerte que del Portillo. A pesar de sufrir una seria enfermedad de riñón, continuó encarcelado. Durante aquel tiempo, con frecuencia sacaban grupos de prisioneros y los ejecutaban, sin razones aparentes. Un día pareció que había llegado su turno. Fue esposado y subido a un camión con otros prisioneros para ser fusilado. El camión estaba a punto de salir, cuando alguien gritó su nombre y le ordenó bajarse y volver a su celda.

Más tarde, en febrero de 1937, fue trasladado a una prisión de provincias y, desde allí, a la Cárcel Modelo de Valencia. Cuando Escrivá lo supo, escribió a Casciaro para que hiciese todo lo posible por ayudar a Hernández de Garnica. En julio de 1937, fue liberado de la cárcel, en parte debido a sus problemas de riñón, pero poco tiempo después fue reclutado por el ejército republicano, donde sirvió hasta el final de la contienda.

El estallido de la Guerra Civil sorprendió a Vallespín en Valencia. Su situación era muy precaria. Había viajado allí días antes para firmar el contrato de la nueva residencia y no conocía la ciudad. No tenía trabajo, ni contactos -aparte de los pocos jóvenes miembros de la Obra- ni un sitio donde quedarse. En agosto, cuando parecía que el golpe había fallado y que el país se enfrentaría a un conflicto prolongado, se alistó en una milicia socialista. Como era arquitecto, fue asignado para ayudar en el diseño de fortificaciones en el frente de Teruel.

Casciaro fue el miembro de la Obra al que menos afectó el comienzo de la Guerra Civil. Acababa de marcharse a Torrevieja (Alicante) para pasar el verano con su familia. Enseguida fue llamado a filas por el ejército republicano, pero le declararon inútil para el servicio por su mala vista. Volvió a la casa de su familia. Su abuelo, que tenía pasaporte británico, había colocado un cartel en la puerta que decía que aquella propiedad pertenecía a un súbdito del Reino Unido. Sobre la casa ondeaba una gran Union Jack. Además, su padre, miembro de la izquierda moderada, tenía un puesto importante en la política local, lo que proporcionó a Casciaro alguna seguridad y cierta libertad de movimientos.

Los rumores que corrían en las provincias sobre la violencia en Madrid hicieron temer a Casciaro por Escrivá y los demás miembros de la Obra. Experimentó un profundo alivio al recibir una postal de Escrivá dos meses después. En aquella tarjeta, y en las breves cartas que después le envió, le urgía a rezar con insistencia y a no perder la confianza en Dios. Para evitar la censura, Escrivá no nombraba a Dios directamente ni empleaba términos religiosos, pero Casciaro entendió bien que, cuando Escrivá le animaba a “hablar a menudo con don Manuel y su madre”, se estaba refiriendo a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen, y que, cuando le sugería que se dejase “guiar siempre por Manuel”, le estaba hablando de abandonarse en las manos de Dios.

Al final de 1936, cuando ya estaba claro que la guerra no terminaría pronto, Casciaro consiguió trabajo en un laboratorio cercano. Esto le permitió afiliarse a la Unión General de Trabajadores y al Partido Socialista. Con estas credenciales podía viajar por el este de España y visitar a Calvo Serer, uno de los mas recientes miembros de la Obra. Calvo Serer se había tenido que esconder, ya que era bien conocido en Valencia como dirigente de la Asociación de Estudiantes Católicos. En el verano de 1937 salió del escondite y fue alistado en el ejército republicano.

A pesar de las dificultades para recibir los sacramentos, Casciaro intentó mantener la vida de oración y sacrificio que había aprendido en la Obra. Consiguió asistir a Misa regularmente en un pueblo cercano, hasta que el comité revolucionario local prohibió al anciano párroco decir la Misa. Incluso después, pudo durante algún tiempo recibir la comunión y confesarse.

Casciaro entendió que, incluso en aquellas circunstancias extraordinarias, un miembro del Opus Dei no podía contentarse con cultivar únicamente su propia relación con Dios. Tenía que acercar a otros a Dios. Para Casciaro, era evidente que debía empezar por su hermano menor, José María. Le aconsejó que no dejase pasar los días y las semanas en vano. En concreto, le sugirió que estudiase francés mientras vigilaba el rebaño de ovejas de la familia. Además, animó a su hermano a vivir habitualmente algunas prácticas de piedad, como la oración personal y el Rosario.

Al fracasar los intentos de tomar Madrid, el conflicto se haría largo y se convertiría en una guerra de desgaste y ocupación. Este cambio de signo de la guerra no era fácil de percibir porque la información que circulaba era parcial y fuertemente manipulada por la censura. Aun así, los miembros de la Obra comprendieron que había llegado el momento de buscar refugio más estable y seguro. También, que debían pensar soluciones para sacar adelante el apostolado del Opus Dei en un país que podía quedar dividido indefinidamente. Para comprender cómo respondieron a esas nuevas circunstancias, puede ser útil hacer un breve resumen del curso de la guerra desde marzo de 1937 hasta su conclusión el 1 de abril de 1939.

Epílogo

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La inspiración que recibió Escrivá el 14 de febrero de 1943 le ayudó a encontrar una solución temporal a la necesidad de tener sacerdotes al servicio del Opus Dei. Una parte de la Obra, compuesta por sacerdotes y laicos que se preparaban para la ordenación, formaría una sociedad de vida común sin votos que sería conocida como la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El Opus Dei era algo bien distinto de lo que comúnmente se entendía por sociedades de vida común. Por un lado, una sociedad de vida común no tiene a la vez miembros varones y mujeres. En cualquier caso, el Código de Derecho Canónico establecía expresamente que los miembros de estas sociedades de vida común no eran religiosos. Por eso, el uso de esta vía para el objetivo concreto de ordenar sacerdotes no era incompatible con el carácter del Opus Dei ni con la llamada divina que recibían sus miembros.

En octubre de 1943, la Santa Sede concedió el nihil obstat a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, y el 8 de diciembre de ese mismo año la erigió el obispo de Madrid. Seis meses después, el 25 de junio de 1944, fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Los tres eran ingenieros. Del Portillo continuó siendo el colaborador más estrecho de Escrivá y sería después su primer sucesor al frente de la Obra. Hernández de Garnica contribuyó decisivamente al desarrollo del Opus Dei en Alemania y Europa Central. Múzquiz fue el primer sacerdote de la Obra que marchó a los Estados Unidos de América. En 1946, otros seis fieles del Opus Dei fueron ordenados sacerdotes, y desde entonces se han sucedido las ordenaciones ininterrumpidamente. Actualmente, pertenecen a la Obra más de 80.000 personas, de las que alrededor de 1800 son sacerdotes. La ventaja de tener presbíteros que conocieran bien el espíritu del Opus Dei y lo incorporaran a sus vidas fue determinante para el desarrollo de la Obra. En 1946, había unos 250 hombres y 30 mujeres.

La Segunda Guerra Mundial retrasó la expansión a otros países. Sólo unos pocos miembros de la Obra estudiaron en Italia en los primeros años de la década de 1940. El fin de las hostilidades en Europa permitió que comenzara la largamente deseada expansión internacional. Además de en España, a final de 1946 ya había gente del Opus Dei en Portugal, Italia y Gran Bretaña. En 1947 se empezó en Irlanda y Francia.

El crecimiento de la Obra en España y en otras partes puso de manifiesto la insuficiencia de la figura de la pía unión, aprobada por el obispo de Madrid. Si el Opus Dei seguía en su desarrollo, era precisa una aprobación de la Santa Sede. Además, la experiencia dejaba clara la necesidad de una situación canónica más acorde con el carácter laical y secular de la Obra.

En 1945, Escrivá envió a del Portillo a Roma para solicitar esa aprobación. En 1946 fue el mismo Escrivá quien se trasladó y ya permaneció allí hasta su muerte en 1975. En 1947, el Papa Pío XII aprobó el Opus Dei como instituto secular, una nueva figura canónica en la Iglesia. Y tres años más tarde le dio la aprobación definitiva. Se trataba de un nuevo traje jurídico que todavía no encajaba a la medida, pero que por el momento servía.

El 2 de octubre de 1928 Escrivá también vio a los casados dentro del Opus Dei. Como poco desde 1940, a algunos hombres y mujeres casados les habló de que tenían vocación a la Obra, pero que debían esperar. Esta espera acabó cuando el Opus Dei recibió la aprobación de Pío XII. También esta aprobación hizo posible que los sacerdotes diocesanos pudieran formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en la que reciben ayuda para su vida espiritual sin dejar de pertenecer plenamente a su propia diócesis.

El nuevo estatus jurídico de la Obra como institución de derecho pontificio facilitó una nueva expansión internacional. En 1949 marcharon los primeros a Estados Unidos y México. Durante la década de 1950, el Opus Dei se estableció en Canadá y otros once países americanos, Alemania, Suiza, Austria, Holanda, Japón y Kenia.

En 1948 se erigió el Colegio Romano de la Santa Cruz, centro internacional de formación para los varones del Opus Dei. Y en 1952, el Colegio Romano de Santa María, para las mujeres. Estas dos instituciones permitieron que un buen número de miembros de la Obra recibieran formación espiritual y pastoral directamente de Escrivá, a la vez que obtenían la licenciatura o el doctorado en Filosofía, Teología, Derecho Canónico o Sagrada Escritura en alguna de las universidades pontificias de Roma. Muchos de los hombres y mujeres que empezarían la labor de la Obra por todo el mundo pasarían antes varios años en Roma. Y no sólo adquirirían allí un grado académico y un conocimiento más profundo del espíritu del Opus Dei, sino también la visión universal y el amor a la Iglesia y al Papa, que Escrivá deseaba para todos los miembros.

Desde 1950, fieles del Opus Dei en colaboración con otras personas pusieron en marcha una amplia gama de labores de apostolado corporativo que respondían a diversas necesidades generales o del lugar donde vivían. Estas iniciativas tienen un carácter muy variado y van desde una universidad a un centro de capacitación profesional para trabajadores del campo, desde una escuela secundaria a un dispensario médico en zonas deprimidas. A pesar de su diversidad, todas comparten algunos rasgos comunes: están abiertas a personas de todas las razas y religiones; les mueve el espíritu cristiano de servicio y de amor a la libertad; procuran educar en el trabajo bien hecho; y ofrecen a quienes lo desean la oportunidad de profundizar en su formación religiosa y espiritual.

Durante la década de 1960 la Obra continuó su expansión y se abrieron nuevos centros en Australia, Filipinas, Nigeria, Puerto Rico, Paraguay y Bélgica. Este crecimiento vino de la mano del Concilio Vaticano II, que eliminó cualquier duda sobre la ortodoxia del mensaje del Opus Dei. En la Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen gentium”, el Concilio hizo oficial en la Iglesia la doctrina sobre la llamada universal a la santidad, que muchos habían considerado sospechosa cuando Escrivá comenzó a predicarla en 1928.

El Concilio Vaticano II también abrió el camino para la creación de prelaturas personales, una nueva figura jurídica que se acomodaba perfectamente a las características pastorales del Opus Dei. En 1969, se reunió en Roma un congreso general especial para estudiar el cambio de estructura jurídica.

Escrivá falleció en Roma el 26 de junio de 1975. El congreso general electivo designó a del Portillo como su sucesor al frente del Opus Dei. Del Portillo aseguró a las 60.000 personas que formaban parte de la Obra en aquel momento que su labor como cabeza del Opus Dei era mantener la fidelidad al carisma fundacional y al espíritu entregado por Escrivá.

Del Portillo continuó con los trabajos del fundador para transformar al Opus Dei en prelatura personal. Los esfuerzos culminaron el 28 de noviembre de 1982, fecha en que el Papa Juan Pablo II erigió la Prelatura Personal de la Santa Cruz y Opus Dei y nombró prelado a del Portillo. En 1991 le ordenó obispo.

Un año más tarde, el 17 de mayo de 1992, Juan Pablo II beatificó a Escrivá en la plaza de San Pedro ante más de 300.000 personas. En su homilía afirmó: “Con sobrenatural intuición, el beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación. En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para la gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. ‘Todas las cosas de la tierra –enseñaba-, también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios’ (…).

La actualidad y trascendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y la obra de Josemaría Escrivá (…)”[1].

[1] Beatificación de Josemaría Escrivá. Crónica y homilías. Ediciones Palabra. Madrid, 1992. pág. 19-20


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