Una vieja sopera

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

La historia de la Iglesia es rica en perfiles de santos, de carismas muy variados. Josemaría Escrivá era un santo alegre, espontáneo y sencillo; y como todos los santos, profundamente humilde. Durante su catequesis en Portugal le regalaron una vieja sopera, usada y con lañas. Es una cosa vulgar —comentaba, poco después, abriendo su alma—, pero a mí me encantó, porque se veía que la habían usado mucho y se había roto —debía ser de una familia numerosa— y le habían puesto bastantes lañas para seguir empleándola. Además, como adorno habían escrito, y se había quedado allí después de sacarla del horno: amo-te, amo-te, amo-te

Me pareció que aquella sopera era yo. Hice oración con aquel cacharro viejo, porque también yo me veo así: como la sopera de barro, rota y con lañas, y me gusta repetirle al Señor: con mis lañas, ¡te quiero tanto! Podemos amar al Señor también estando rotos, hijos míos.

Otras veces se comparaba con un borrico. O con un simple sobre. Al cabo de los años, a pesar del extraordinario florecimiento apostólico que veía a su alrededor, se sentía sólo un pobre instrumento en las manos de Dios: una sopera, un animal de carga, un simple sobre, portador de un mensaje divino. En una ocasión una periodista rodhesiana se le agradeció su conversión: “Gracias a usted, Padre, me he convertido al catolicismo y ahora soy del Opus Dei” —le dijo. D. Josemaría le insistió que debía dar gracias sólo al Señor:

A mí no. Dios escribe una carta, la mete dentro de un sobre. La carta se saca del sobre y el sobre se tira a la basura.

Por eso, rehuía cualquier personalismo: ¡Pues no faltaba más! —decía a los fieles del Opus Dei y todos los que le rodeaban— ¡Bonito negocio habríais hecho si, en vez de seguir al Señor, hubierais venido a seguir a este pobre hombre!

Bodas de Plata

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Al entrar en Molinoviejo, a pocos metros de la casa y en el camino de la ermita, se puede ver una lápida que descansa sobre dos leones de granito. La inscripción tallada en la piedra conmemora las Bodas de Plata del Opus Dei.

«Aquí, en Molinoviejo y en esta ermita de Santa María Madre del Amor Hermoso, después de pasar con paz y alegría días de oración, de silencio y de trabajo el Fundador del Opus Dei con su Consejo General y representantes de las diversas regiones que vinieron de lejanas tierras de Europa, África y América para celebrar las Bodas de Plata de la Obra el día 2 de octubre de 1953 renovó la Consagración del Opus Dei al Corazón Dulcísimo de María que ya había sido hecha en la Santa Casa de Loreto el 15 de agosto de 1951 »(38).

Es un modo antiguo, milenario, de recordar hechos importantes. Dicen los textos sagrados que al entrar el pueblo hebreo en la tierra prometida, el Señor mandó a Josué que levantara un monumento de piedra junto a las riberas del Jordán: «Cuando un día os pregunten vuestros hijos: ¿Qué significan esas piedras?, instruid a vuestros hijos diciendo: “Israel pasó este Jordán a pie enjuto; porque Yavé, vuestro Dios, secó delante de vosotros las aguas del Jordán, como lo había hecho Yavé, vuestro Dios, con las aguas del mar Rojo, que secó delante de nosotros hasta que hubimos pasado, para que todos los pueblos de la tierra sepan que es poderosa la mano de Yavé y vosotros conservéis siempre el temor de Yavé, vuestro Dios”» (39).

En veinticinco años, la Obra de Dios se ha extendido por muchos países. Este 2 de octubre de 1953, tiene ya sabor universal, porque se levantan voces para dar gracias en diversas lenguas. Están aquí los de la primera hora. Y también muchos de los que han llegado después, atraídos por Dios al calor humano y sobrenatural de esta familia.

En el silencio del oratorio, mientras el aire vibra entre las agujas de los pinos, el Padre hace en voz alta su oración ante el Sagrario.

Don Amadeo de Fuenmayor conserva en la memoria palabras que ha meditado muchas veces a lo largo de su quehacer sacerdotal. El Fundador les habla de serenidad, porque las manos de Dios sostienen sus vidas. Les invita a pedir que se cumpla siempre, ardientemente deseada, la Voluntad de Dios. Porque Dios es Padre, lo sabe todo, lo puede todo, nos ama y lleva nuestra impotencia y nuestra duda a buen puerto. Es nuestra roca firme. Serenidad.

El eco repite también palabras de servicio, de amor a los demás, de humildad para aceptar las propias limitaciones. Ahora que están junto a él algunos de los que trabajan en un cargo de gobierno dentro del Opus Dei, les recuerda que tienen la obligación, ante Dios y ante todos, de ser humildes, de buscar la santidad.

Por lo demás, de acuerdo con el propio modo de ser de la Obra, el Padre no desea ninguna solemnidad para celebrar el veinticinco aniversario. Sabe que todos los días, aun en medio de dificultades, son fiesta en el corazón de sus hijos. Les pide, una vez más, la única condición de esta felicidad: ser fieles.

«Cumplid con mayor empeño en ese dos de octubre los deberes de vuestro trabajo, intensificad -sois almas contemplativas en medio del mundo- vuestra oración constante, sed -en esta tierra tan llena de rencores- sembradores de alegría y de paz: porque este heroísmo sin ruido de vuestra vida ordinaria será la manera más normal, según nuestro espíritu, de solemnizar las Bodas de Plata… »(40).

Muchas veces, al hablar del espíritu de la Obra, el Padre insiste en mantener un diálogo de amor con Dios a lo largo de los acontecimientos del día: ofreciendo el trabajo, hecho con la mayor perfección posible; las contrariedades de la jornada; el dolor, la alegría y la dificultad. Con la presencia de Dios en el alma y la convicción de la filiación divina, una persona puede estar dedicada en profundidad a cualquier trabajo -manual o intelectual-, con el espíritu de un «alma contemplativa, pero en medio del mundo».

El día 2 de octubre llegan a “Molinoviejo”, para estar unas horas junto al Padre, casi todos los que se han ordenado sacerdotes durante estos años. Se reúnen en un claro del pinar, al aire del otoño segoviano. El Padre se emociona cuando ve juntos, por primera vez, a sus sacerdotes, hijos de Dios en el Opus Dei.

La Secretaría de Estado de Su Santidad envía un telegrama firmado por el Monseñor Montini:

«Augusto Pontífice complacido escogidos frutos (…) Sociedad Sacerdotal Santa Cruz y Opus Dei invoca ocasión sus Bodas Plata Fundación, abundancia celestes dones mientras de todo corazón imparte vuestra Señoría y miembros de la Obra paternal bendición apostólica».

Porque el Papa sí que entiende la solemnidad oculta y silenciosa de esta fecha. Sí que aprecia la fidelidad y el servicio constantes del Fundador y de toda la Obra. Y quiere dejar constancia de ello en un documento que reviste la misma solidez conmemorativa que una lápida de piedra. Es una carta de la Dataría Apostólica que escribe el Cardenal Tedeschini, que fue Nuncio en España cuando nació la Obra:

«Y me place recordar (…) que brotó el Opus Dei en el silencio; se reveló sin ruido; se extendió sin fatiga (…), arrastrando cuantos había de generosos, de abnegados, de entusiastas.

Somos de ayer y lo hemos llenado todo; decían los primeros cristianos, y lo repiten hoy los hijos del P. Escrivá. Lo que para los extraños es asombro, para ellos es naturalidad; y para la Iglesia es orgullo y consuelo (…).

La Iglesia ha mirado complacida, pero también sorprendida, el avanzar y el estrecharse a su maternal regazo, de tantos y tan inesperados soldados, y ha creído en la caridad que los animaba y los ha reconocido por los frutos (…).

Con la Santa Iglesia y con el Augusto Pontífice, sólo Usted, querido Padre, tiene hoy el honroso derecho de elevar la mirada al Cielo, con la más fervorosa y más debida acción de gracias (…). He amado y amo lo que es digno de amor; protejo lo que veo conducir más almas a Dios; leo en los corazones, valientes y nobles, del Fundador, de esta magnífica juventud (…), el más puro amor a la Iglesia; y por lo tanto, doy todo lo que está en mi pecho para que esta armada, la verdaderamente invencible, sea mina inagotable de Apóstoles, seculares, como los primeros de Cristo, y Romanos, como los eternos del Papa» (41).

Hoy recuerda el Padre aquel día, en Madrid, cuando iba pensando que lo que había nacido el 2 de octubre de 1928, por inspiración de Dios, no debería tener nombre propio. Porque era tan íntimo, tan enraizado en el trabajo habitual, que no requería distinción nominal. Hasta que alguien le preguntó:

-«¿Cómo va esa Obra de Dios? “Fue una llamarada de claridad: puesto que debería llevar uno, ése era el nombre: Obra de Dios, Opus Dei, “Operatio Dei”, trabajo de Dios; trabajo profesional, ordinario, hecho por personas que se saben instrumentos de Dios; trabajo realizado sin abandonar los afanes del mundo, pero convertido en oración y en alabanza del Señor -Opus Dei- en todas las encrucijadas de los caminos de los hombres”»(42).

En 1953, veinticinco años más tarde, el Opus Dei ha dejado su nombre esculpido en la amistad y en la luz de muchas gentes; personas que han descubierto, en el andar de su camino cotidiano, la presencia de Dios sobre la tierra.

Sacerdote para la eternidad (epílogo)

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Un sacerdote que vive de este modo la Santa Misa –adorando, expiando, impetrando, dando gracias, identificándose con Cristo–, y que enseña a los demás a hacer del Sacrificio del Altar el centro y la raíz de la vida del cristiano, demostrará realmente la grandeza incomparable de su vocación, ese carácter con el que está sellado, que no perderá por toda la eternidad.

Sé que me comprendéis cuando os afirmo que, al lado de un sacerdote así, se haya de considerar un fracaso –humano y cristiano– la conducta de algunos que se comportan como si tuviesen que pedir excusas por ser ministros de Dios. Es una desgracia, porque les lleva a abandonar el ministerio, a mimetizarse de seglar, a buscar una segunda ocupación que poco a poco suplanta la que es propia por vocación y por misión. Con frecuencia, al huir del trabajo de cuidar espiritualmente las almas, tienden a sustituirlo por una intervención en campos propios de los seglares –en las iniciativas sociales, en la política–, apareciendo entonces ese fenómeno del clericalismo que es la patología de la verdadera misión sacerdotal.

No quiero terminar con esta nota oscura, que puede parecer pesimismo. No ha desaparecido, en la Iglesia de Dios, el auténtico sacerdocio cristiano; la doctrina es inmutable, enseñada por los labios divinos de Jesús. Hay muchos miles de sacerdotes en todo el mundo que responden cumplidamente, sin espectáculo, sin caer en la tentación de echar por la borda un tesoro de santidad y de gracia, que ha existido en la Iglesia desde el principio.

Saboreo la dignidad de la finura humana y sobrenatural de estos hermanos míos, esparcidos por toda la tierra. Ya ahora es de justicia que se vean rodeados por la amistad, la ayuda y el cariño de muchos cristianos. Y cuando llegue el momento de presentarse ante Dios, Jesucristo irá a su encuentro para glorificar eternamente a quienes, en el tiempo, actuaron en su nombre y en su Persona, derramando con generosidad la gracia de la que eran administradores.

Volvamos de nuevo, con el pensamiento, a los miembros del Opus Dei que serán sacerdotes el próximo verano. No dejéis de pedir por ellos, para que sean siempre sacerdotes fieles, piadosos, doctos, entregados, ¡alegres! Encomendadlos especialmente a Santa María, que extrema su solicitud de Madre con los que se empeñan para toda la vida en servir de cerca a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote Eterno.


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