Y el fundador del Opus Dei siguió trabajando

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Para realizar el Opus Dei no es preciso cambiar de ocupa­ción, ni hay que hacer cosas raras. Por eso, después del 2 de octubre de 1928, don Josemaría siguió trabajando, dedicado a las tareas que desempeñaba antes de esa fecha.

El Director espiritual de las religiosas era el P. Rubio, S.J., sustituido al fallecer, en 1929, por el P. Valentín Sánchez Ruiz, también jesuita. El Fundador del Opus Dei era sólo Capellán de la Iglesia del Patronato, pero se imponía el trabajo de buscar ‑entusiasmándolos con su celo‑ a sacerdotes diocesanos que colaborasen en la atención espiritual de los enfermos ‑por los barrios más pobres de Madrid‑ y de los niños que iban a las escuelas. Su esfuerzo fue muy notable, como señala Asunción Muñoz, hoy en Daimiel, entonces en aquella Casa de Santa En­gracia. Don Josemaría desarrollaba una tarea sacerdotal desbor­dante, pero sin interferir para nada en el gobierno de aquellas actividades apostólicas. Allí le conoció en 1927 Emilia Zabaleta, que se confesaba con el P. Rubio. Su hermana María Luisa acu­dió alguna vez a don Josemaría, cuando el P. Rubio no estaba. Les impresionó siempre su humildad, porque cuando le consul­taban algún asunto que pudiera relacionarse con el Patronato como Congregación religiosa, contestaba siempre que sobre eso quien les podía orientar era el Director y no él.

Por los años veinte, los hospitales de Madrid estaban abarro­tados, y muchos enfermos pobres morían en sus casas sin apenas asistencia de ningún tipo. A su atención se dedicaban las Damas Apostólicas, con la ayuda de señoras y chicas jóvenes de Madrid que tenían inquietudes cristianas. La labor era difícil, sobre todo a partir de 1930, pues se exponían a ser insultadas, a ser expul­sadas de las casas o de las calles, a sufrir el impacto de las blas­femias más retorcidas. Una de ellas no ha olvidado el susto que pasó, en el barrio de Ventas, cuando las acorralaron, para tratar de atemorizarlas y de que dejaran de ir por allí. Otra vez, en el barrio de Tetuán las arrastraron por la calle, mientras les cla­vaban una lanceta de zapatero en la cabeza; a una Dama Apos­tólica que intentó defender a las demás, le arrancaron el cabello y la maltrataron hasta dejarla desfigurada.

En este ambiente ‑testimonia Asunción Muñoz‑ “se nos hizo imprescindible nuestro Capellán (…). Yo era la más joven de la Fundación y tenía más resistencia para actuar de día o de noche (…). Nos acercábamos a las casas humildes de estos en­fermos. Había, muchas veces, que legalizar su situación, ca­sarlos, solucionar problemas sociales y morales urgentes. Ayu­darles en muchos aspectos. Don Josemaría se ocupaba de todo, a cualquier hora, con constancia, con dedicación, sin la menor prisa, como quien está cumpliendo su vocación, su sagrado mi­nisterio de amor.

“Así, con nuestro Capellán, teníamos asegurada la asistencia en todo momento. Les administraba los Sacramentos y no tenía­mos que molestar a la Parroquia a horas intempestivas. Nosotras nos encargábamos de todo”.

Iban a los barrios extremos, hoy incorporados a Madrid, como Ventas, Pueblo Nuevo, Ciudad Lineal, Tetuán, Almenara o Cuatro Caminos. Se podía llegar en tranvía a comienzos de 1931. Pero, con frecuencia, desde donde terminaban las líneas, había luego que hacer varios kilómetros por caminos de barro, o campo a través, hasta llegar a las chabolas miserables en que vivían los enfermos.

Los jueves les llevaba la Comunión en un coche prestado. Pero los demás días ‑atestigua una de aquellas mujeres‑ “iba en tranvía, o andando, como pudiera. A veces con mal tiempo, porque lo mismo se atendía a los enfermos en invierno que en verano”. María Luisa Zabaleta recalca que iban a todos los barrios extremos, lo mismo Vallecas que el barrio del Lucero o Magín Calvo. Y siempre, a todas partes, acudía don Josemaría: “era muy abnegado”. Josefina Santos añade otros nombres de Madrid: Paseo de Extremadura, Vallecas, Lavapiés, San Millán, Ribera del Manzanares.

En esos barrios extremos solían funcionar también las escue­las de las Damas Apostólicas. Algunos colegios tenían capilla, que era a veces la única en barriadas inmensas sin parroquia, como Usera. Las Damas Apostólicas se encontraban con la difi­cultad de conseguir sacerdotes que estuvieran dispuestos a cola­borar con ellas: para decir Misa los días de fiesta, para predicar a los niños, para hablar con ellos y confesarlos. El celo apostólico de don Josemaría le llevaba a todos estos colegios. Lo corrobora Mons. Avelino Gómez Ledo: confesaba incansablemente a los niños y les enseñaba el catecismo, en aquella época de especial efervescencia anticlerical, que hacía que en algunos barrios “reci­bieran a los sacerdotes no solamente con frialdad, sino con hosti­lidad: en alguna ocasión le llegaron a apedrear”.

Más de una vez lo recordaría en los últimos años de su vida el Fundador del Opus Dei. El 14 de febrero de 1975, en Altoclaro (Venezuela), le hicieron una pregunta sobre la confesión de los niños… Entre otras cosas, se apoyó en su experiencia sacerdotal:

Yo tengo sobre mi conciencia ‑y con orgullo lo digo‑ el haber dedicado muchos, muchos millares de horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Hubiera querido irles a confesar en todas las grandes barriadas más tristes y desampa­radas del mundo. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que comenzar limpiándoles la nariz, antes de limpiarles un poco aquellas pobres almas. Llevad los niños a Dios, antes de que se meta en ellos el demonio. Creedme, les haréis un gran bien. Yo lo digo por experiencia, por experiencia de miles y miles de almas, y por experiencia mía personal.

En un solo curso, 1929‑30, hicieron la Primera Comunión, en la capilla del Patronato, unos 4.000 niños. Como eran tantos, recibían la Comunión en días sucesivos. Todos los alumnos de las escuelas de las Damas Apostólicas eran preparados ‑y confesa­dos‑ por el Capellán del Patronato, que se hacía ayudar, cuando podía, por sacerdotes diocesanos. No exageraba al cifrar en muchos millares las horas dedicadas a confesar a esos chava­lines.

Don Josemaría, además de preparar el doctorado en Derecho, dar clases en la Academia Cicuéndez, visitar a los enfermos y dedicarse a los alumnos de las escuelas de las Damas Apostó­licas, atendía el culto de la iglesia de Santa Engracia, y se ocupaba de los pobres que iban al Comedor de Caridad de aquella casa. Celebraba la Santa Misa por las mañanas, dirigía el Santo Rosario y oficiaba la Bendición con el Santísimo Sacra­mento. Se dedicaba también personalmente a los pobres del comedor: “era un amigo y un santo sacerdote”, confirma Asun­ción Muñoz, que, cuando fue nombrada Maestra de Novicias, agradeció al Fundador del Opus Dei sus visitas, muchos domin­gos, a la casa‑noviciado que tenían en el Paseo de la Habana, en Chamartín: “Dentro de su enorme actividad diaria, don Jose­maría no parecía tener prisa. Lo hacía todo con sencillez y con paz”.

Sin embargo, llegó un momento en 1931 en que le resultó ya imposible llegar a todo, desempeñando tan diversas actividades con el mínimo de sosiego indispensable para que no se resintiera su vida interior. De otra parte, como es lógico, cada vez le lle­vaban más tiempo las tareas relacionadas con la fundación de la Obra. Por estas razones, en julio de 1931 dejó de ser capellán de las Damas Apostólicas.

Poco tiempo después comenzó a celebrar la Misa en la iglesia del Patronato de Santa Isabel. Había allí un colegio, que lle­vaban las monjas de la Asunción, y un convento de clausura de Agustinas Recoletas, fundado por Felipe II y por el Beato Orozco.

Don Josemaría fue de hecho capellán de las Agustinas Reco­letas del Monasterio de Santa Isabel (antiguo Patronato Real), desde el 20 de septiembre de 1931, sin recibir retribución oficial alguna, según exponía tiempo después ‑el 26 de enero de 1934‑ al solicitar de la Dirección General de Beneficencia la posibilidad de ocupar la casa destinada en el Convento a quien ejercía el cargo de capellán. El expediente fue fallado en sentido positivo, con fecha 31 de enero. Y, al final de año, además, La Gaceta de Madrid de 13 de diciembre de 1934 publicó un De­creto por el que se le nombraba Rector del Patronato de Santa Isabel. Lo firmaban Niceto Alcalá‑Zamora, y el Ministro de Tra­bajo, Sanidad y Previsión, Oriol Anguera de Sojo, pues, a tenor de otro Decreto de 17 de febrero de aquel mismo año, una parte de los Patronatos de la extinguida Casa Real, habían pasado a depender de ese Ministerio. Oficialmente, don Josemaría recibió posesión de ese cargo rectoral el 19 de diciembre de 1934. Pre­viamente, había obtenido la venia para aceptar el cargo, del Or­dinario Palatino, Arzobispo de Sión, que seguía teniendo la juris­dicción eclesiástica sobre los antiguos Patronatos Reales, y del Arzobispo de Zaragoza, que era la diócesis de don Josemaría.

Sor María del Buen Consejo Fernández, Agustina recoleta del Monasterio de Santa Isabel, que conoció en 1931 al Fundador del Opus Dei, explica que “los PP. Agustinos Recoletos celebraban la Santa Misa a la Comunidad, pero tenían lejos el Convento y a medida que se ponían las cosas mal en el país ‑sobre todo al proclamarse la República‑ era peligroso venir a pie por la calle hasta nuestro Convento”. Hasta que un día la Madre Priora ‑Sor Bisnieta María del Sagrario‑ reunió a la Comunidad y les comunicó que un sacerdote de Zaragoza vendría a diario a celebrar la Santa Misa. Se había presentado voluntario, para hacerles de capellán, al tener noticia de la situación angustiosa en que se encontraban las Recoletas, monjas de clausura y sin sacerdote.

La Misa era alas ocho en punto. Antes y después, don Jose­maría escuchaba confesiones. Cuando era necesario, distribuía la Comunión a las monjas enfermas. Sor María del Buen Consejo informa de que durante dos meses seguidos tuvo que llevarla a una de ellas, que no podía moverse.

A Santa Isabel acudía a confesarse un grupo de chicas que tenían dirección espiritual con el Fundador del Opus Dei. Su labor de apostolado con hombres la hacía donde podía: en la calle, en una chocolatería de la calle Alcalá llamada “El Sota­nillo”, paseando por el Retiro, en la propia casa de Martínez Campos, 4, pral., donde vivía con su madre y sus dos hermano desde finales de 1932, o en sus visitas a los hospitales.

El Señor había llevado al Opus Dei, desde 1928, sus primeros socios. Y todo el trabajo de su formación recaía también lógica­mente sobre el Fundador, pues era el único que podía enseñarles el espíritu de la Obra.

Pero tenía tiempo ‑era parte de la formación que aquello primeros socios de la Obra debían recibir‑ para emplearlo generosamente visitando a los enfermos más desamparados de lo,, hospitales públicos madrileños.

En la propia calle de Santa Isabel estaba el Hospital General de la Diputación Provincial de Madrid, un enorme caserón que aún se conserva, aunque destinado, sólo en parte, a actividades muy distintas. Iba allí los domingos por la tarde. Al menos, desde el curso 1931‑1932. Le acompañaba un buen grupo de gente joven, que prestaba todo tipo de servicios en el Hospital, repleto de enfermos, paupérrimos a más no poder, hasta el punto de que ‑como faltaban camas‑ muchos estaban arrumbados por las crujías del edificio. Fue intensísimo allí el ministerio sacerdotal de don Josemaría, confesando, llevando la Comunión a los enfermos, dándoles consuelo espiritual y ayudas materiales.

También desplegó su celo infatigable en el Hospital del Rey un hospital de epidemias, en el que se atendían afecciones contagiosas graves, para impedir su propagación, cosa que hasta s inauguración en 1925 solía suceder en los demás hospitales públicos de Madrid, por el hacinamiento y promiscuidad de las aba­rrotadas instalaciones. Tifus exantemático, viruela y tuberculosis eran las tres enfermedades infecciosas más comunes entre los pacientes. En su primer año de funcionamiento ‑1925‑ tuvo 637 enfermos; 1.971, en el año 1928; 2.666, en 1936. Hasta la aparición de antibióticos y quimioterápicos, la tasa de mortalidad en aquel centro fue del orden del 20 por 100. No se tienen datos estadísticos por enfermedades, pero es previsible que la mortali­dad fuese casi absoluta, por aquellos años, en enfermedades como la tuberculosis. De hecho, el pueblo madrileño conocía el lugar como “hospital de incurables”.

Cuando se inauguró en 1925, fue atendido por una Comuni­dad de Hijas de la Caridad, cuya Superiora era sor Engracia Echeverría. Al proclamarse la República en España, y desapare­cer poco después el Presupuesto de Culto y Clero, el Hospital del Rey se quedó sin capellán. Por esa época se presentó a sor En­gracia don Josemaría Escrivá de Balaguer, que “por entonces era un joven sacerdote que apenas contaría treinta años de edad, y me dijo que no me apurase por no tener ya Capellán oficial. Que de noche y de día, y a cualquier hora que fuese, y bajo mi res­ponsabilidad, debía llamarle según fuera la gravedad del enfermo que pedía los Santos Sacramentos”.

Le ayudaba mucho don José María Somoano Berdasco, sacer­dote asturiano, de Arriondas, que vino pronto a ser, de hecho, capellán del hospital. Todos destacan su piedad acrisolada, su afán de almas, su valentía, su delicada lealtad al Fundador del Opus Dei. Pero falleció repentinamente, al poco tiempo, en plena juventud, por una causa inesperada. Colaboraba además otro sacerdote, don Lino Bea‑Murguía, que también había pedido la admisión en la Obra y murió luego asesinado en Madrid, en los años de la guerra. Lo cierto es que, como declara sor Engracia, “don Josemaría Escrivá era el alma del grupo de sacerdotes de aquella época”: era muy trabajador y aunque ella piensa que entonces estaba trabajando can algún alto dignatario de la Igle­sia, realmente no paraba, y estaba siempre disponible para aten­der a los enfermos del Hospital del Rey, a pesar de que éste se encontraba muy lejos del centro de la ciudad.

Otra hermana de esa comunidad, sor Isabel Martín, atestigua que les oficiaba la Santa Misa los domingos o días festivos.

Cuando hacía buen tiempo, preparaban un altar portátil en el jardín, en la explanada en que está ahora una estatua grande de piedra representando el Corazón de Jesús. Y visitaba todos los Pabellones, ya que el sacerdote podía entrar a atender a cualquier enfermo aunque estuviese aislado rigurosamente por la infección: “se tomaban todas las precauciones, pero entraba”.

También visitaba asiduamente el Hospital de la Princesa, un centro de la Beneficencia Sanitaria. Estaba situado en la Plaza de San Bernardo (hoy Glorieta de Ruiz‑Giménez). Tenía capacidad para unos 2.000 enfermos, que se alojaban en salas muy grandes de 200 y 300 camas, aprovechadas al máximo, ya que entre cama y cama había espacio sólo para una mesilla de noche o una silla, según describe un médico, don Tomás Canales Maeso, que tra­bajó allí desde diciembre de 1932 a julio de 1936. Los enfermos eran verdaderamente pobres, y los atendía gratuitamente la Beneficencia. El doctor Maeso trabajaba a las órdenes del doctor Blanc y Fortacín, profesor de la Facultad de San Carlos. Un día, a principios de 1933, le presentó a un sacerdote joven, como “un gran sacerdote, familiar y paisano mío (de Barbastro), que no es un trabucaire”. (Solían llamar “trabucaires”, en esos años, a los sacerdotes que se metían en política.)

Desde aquel día lo encontró con mucha frecuencia en el hos­pital, casi a diario, por la mañana, recorriendo sala por sala, hablando con los enfermos, confesándolos y llevándoles la Comu­nión: “Algún día lo vi varias veces, por lo que calculo que perma­necería allí tres o cuatro horas”. Y continúa: “A pesar de que en aquellos tiempos se hacían, con facilidad, comentarios poco favo­rables sobre el clero, para el Padre todo eran elogios por parte tanto del personal sanitario como de los enfermos. A todos les gustaba hablar con él porque atraía. Tenía algo especial difícil de definir”.

Por estas fechas, la labor del Opus Dei iba tomando cuerpo, bien enraizada en la Cruz, con el dolor y la oración de los pobres y enfermos desatendidos de Madrid. El Fundador vio la nece­sidad de disponer de un local apropiado para formar a las nuevas vocaciones y, al mismo tiempo, continuar la tarea apostólica que venía haciendo.

En diciembre de 1933 consiguió en alquiler un departamento en la calle Luchana, número 33, donde acudirían muchas personas que participaban ya en las tareas apostólicas del Opus Dei. Allí pasaba bastantes horas, especialmente al caer el día. Y de nuevo aparece aquí un rasgo definitivo de su personalidad, que le acompañará el resto de su vida: trabajar hasta el agotamiento, y disimular el cansancio para seguir trabajando, atendiendo las necesidades de los demás.

Lo pudo apreciar en 1934 don Ricardo Fernández Vallespín, en aquel piso de la calle Luchana: “Algunas veces, a la tarde, llegaba el Padre. A mi ‑que le quería‑ me dolía verlo con su aspecto cansado, pero el Padre cambiaba rápidamente y con inmensa paciencia estaba siempre dispuesto a charlar con el que quisiera, ¡y éramos bastantes! ¡Todo lo tenía que hacer el Pa­dre!”.

Años después Mons. Escrivá de Balaguer confiaría a los socios de la Obra, con sentido del humor, una anécdota de aquel período: ¿Sabéis lo que hacía yo durante una época ‑hace años, apenas cumplidos los treinta‑ en la que me encontraba tan fati­gado que apenas conciliaba el sueño? Pues, al levantarme, me decía: antes de comer dormirás un poco. Y cuando salía a la calle, añadía contemplando el panorama de trabajo que se me echaba encima aquel día: Josemaría, te he engañado otra vez.

Con la conciencia clara de que sólo tiene valor el tiempo que gastamos en el servicio de Dios, desplegó una tremenda activi­dad que, ni por asomo, se parecía al activismo, tampoco desde un punto de vista puramente externo: porque conseguía hacer un trabajo intensísimo sin dar sensación de prisas. Don Jesús Ur­teaga resume ‑referida a los años cuarenta‑ esta impresión:

“No fueron muchas, pero cuantas veces he entrado en su despacho de Diego de León, en Madrid, para hacerle alguna consulta o preguntarle algo, siempre tuve la sensación de que me recibía como si me estuviera esperando y no tuviera otra cosa que hacer. Cuando al despedirme, si antes de cerrar la puerta le miraba, podía cerciorarme de que ya estaba en su trabajo, como si nada le hubiera interrumpido”.

Muchos años después, don Jesús Becerra García, un mexica­no que le conoció en diciembre de 1966, observa, en esta misma línea, que era “rápido de movimientos y gestos sin perder tiempo en el tránsito de una actividad a otra, pero sin precipitación ni falta de delicadeza en el trato; más aún, cuando estaba con alguien, nunca daba la sensación de tener prisa: como si tuviera todo el tiempo del mundo para atenderlo o escucharlo”.

El propio don Jesús Urteaga publicó en la revista Mundo Cristiano el párrafo de una carta manuscrita que Mons. Escrivá de Balaguer le había dirigido años antes desde Roma: Cuando el quehacer excesivo te apabulle un poco, piensa que el trabajo es una enfermedad incurable ‑el trabajo excesivo‑ para los que somos hijos de Dios en su Opus Dei. Y sonríe, y da a otros ese buen espíritu.

Trabajar con una sonrisa. Quitar importancia a la fatiga con un poco de humor. El Fundador del Opus Dei bromeaba por los años setenta, diciendo que no llevaba reloj, porque no lo nece­sito; cuando termino una cosa, comienzo otra, y en paz.

Era como un vendaval pausado. Le urgían las almas y por eso trabajaba de prisa, aprovechando el tiempo. Pero sin “sensación de prisa”: menos aún con las almas, que era lo que realmente le urgía. Por eso les dedicaba mucho tiempo. Porque sabía ‑tantas veces lo reiteró‑ que las almas, como el buen vino, mejoran con el tiempo.

Si en algo especialmente puede decirse que no tenía impacien­cia, era en la dirección espiritual, en el Sacramento de la Peni­tencia, allí donde el alma sale del anonimato para enfrentarse con sus responsabilidades ante Dios. Nunca le faltaba tiempo para confesar, y menos para confesar a enfermos o niños. Desde 1931 fue también habitualmente al Asilo de Porta Coeli, en la calle García de Paredes, a administrar el Sacramento de la Confesión a los chicos ‑auténticos golfillos‑ allí recogidos. Y siguió haciéndolo cuando su apostolado personal con estudiantes universitarios le llevaba también mucho tiempo.

Llegaba a ir varias veces el mismo día a confortar a un enfer­mo moribundo en cualquier barriada de Madrid. Cuando se trataba de la confesión, no escatimaba las horas: don Ramón Cermeño reseña que, cuando dio ejercicios espirituales para sacerdotes jóvenes en el Seminario de Ávila ‑en 1940‑ la mayoría quería confesarse con él, y los atendió con gran paciencia y con gran afabilidad. Por su parte, a Encarnación Ortega le impresionó que se levantara de la cama con mucha fiebre, para sentarse en el confesionario y dar la absolución a una sola persona: ella le llamó por teléfono a la casa de la calle Diego de León, y poco después llegaba al Centro que la Sección de mujeres del Opus Dei tenía en la calle Jorge Manrique.

Al profesor García Hoz, en los comienzos de 1940, le causó verdadero asombro la absoluta disponibilidad del Fundador del Opus Dei para quienes se habían confiado a su dirección espiritual. Él iba corrientemente a la residencia de la calle Jenner. Pero cuando se trataba de su mujer, el propio don Josemaría se tomaba la molestia de buscar una iglesia y un confesionario a una hora adecuada: “Y esto no una vez o dos, todas cuantas mi mujer acudía a él, que era normalmente una vez a la semana. Recuerdo que varias veces utilizó el confesionario de la iglesia de San José y de la iglesia de Santa Bárbara”.

Mons. Escrivá de Balaguer fue capaz de trabajar mucho ‑y duro‑ sin perder el sosiego, porque sabía dar importancia a lo verdaderamente importante, porque era extraordinariamente ordenado.

El 11 de junio de 1976, en el Colegio Mayor Aralar, de la Universidad de Navarra, el actual Presidente General del Opus Dei expuso a un numeroso grupo de estudiantes una anécdota expresiva. Cumpliendo un deber filial, procuró cuidar mucho al Fundador y, en concreto, siempre que pasaban por Pamplona, disponía las cosas para que le vieran los médicos. Una vez, dentro de una de esas revisiones generales, le hicieron un electroencefalograma y comentaron: “Es el trazado habitual de un hombre de empresa”.

“Y el Padre ‑agregaba don Álvaro del Portillo‑ perfeccionó su constitución física, somática, con una batalla larga e intensísima, para llegar al culmen en la virtud del orden. En un cuaderno que escribió hacia 1932, sobre su lucha y su vida interior, el Padre habla de la necesidad de ser más ordenado todavía… Por aquellos años, su trabajo estaba lleno de impre­vistos: atención de moribundos en las barriadas extremas de Madrid, labor de catequesis por toda la ciudad, preparación de miles de niños para la Confesión y para la primera Comunión. Además, dedicaba muchas horas a hacer oración delante del Santísimo, rezaba las tres partes del Santo Rosario, leía el Breviario con pausa y atención. El Padre, que ‑insisto‑ era; ordenado por naturaleza, y hasta por constitución cerebral, se obligó a una lucha titánica para mejorar su orden y poder llegar a más almas, sin perder un minuto de oración, de trato directa con su Padre Dios, imprescindible para vivir vida contemplativa a lo largo de todo su día de labor infatigable”.

De esta lucha se valdría el Espíritu Santo para imprimir en su alma dos consecuencias prácticas. Una la redactó entonces, en 1932, la recogió luego en Consideraciones Espirituales, y pasó a` punto 79 de Camino: ¿Virtud sin orden? ‑;Rara virtud! La segunda ayudaría mucho, con el tiempo, a hombres y mujeres que desempeñan profesiones desordenadas ‑como la de médico o periodista‑, en las que es difícil programar, porque cada día surgen nuevos imprevistos. Sobre ese aparente desorden ‑les enseñó siempre el Fundador del Opus Dei‑, cada uno tiene que aprender a construir su propio orden. Este consejo resumía una parte de su lucha ‑mientras fue Capellán en Santa Engracia­para ser cada día más ordenado por amor a Dios y a las almas, para llevar el orden natural a un plano sobrenatural y para mostrar con hechos que no se podía estar en lo grande sin estar en lo pequeño.

Como expresaba en septiembre de 1975 don Álvaro del Portillo, uno de los rasgos capitales del espíritu del Fundador del Opus Dei “era precisamente ese maravilloso engarce, en un corazón tan grande, en un alma que voló tan alto, con el amor a lo pequeño: a lo que se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor”.

Su sentido del orden, su laboriosidad y su entrega llegaron a extremos heroicos, en la primera residencia de la calle de Ferraz, antes de la guerra de España: fregar y hacer camas ‑cuando los estudiantes se habían ido a la Universidad, y no podían darse cuenta‑ fue una tarea habitual de sus mañanas. En julio de 1975, el diario ABC de Sevilla publicó la carta de una empleada del hogar, que quería dar gracias públicamente al recientemente fallecido Fundador del Opus Dei, por haberle podido escuchar palabras maravillosas sobre su trabajo, que le habían ayudado a convertirlo en un trabajo de Dios: “Usted ha sabido enseñarme que mi trabajo es santo si lo hago con perfección; que todas las profesiones son de la misma categoría si se hacen cara a Dios (…)

Padre, yo me pregunto: ¿Cómo sabía tanto de nuestro trabajo siendo una persona con tantos títulos?”.

Para que el trabajo fuera de Dios ‑Opus Dei‑ antes que nada tenía que ser trabajo. Mons. Escrivá de Balaguer supo efectivamente hacer trabajo de Dios de todos los trabajos, aun los aparentemente más humildes. Dios quiso que tuviera que desem­peñarlos, grabando así en su alma el carácter universal de la llamada a santificar el trabajo.

Cuando luego, después de la guerra, la Sección de mujeres del Opus Dei fue haciéndose cargo, poco a poco, de las tareas de administración doméstica de los Centros de la Obra, el Fundador podía garantizarles que había realizado personalmente antes que ellas algunas de esas labores ‑hacer camas, guisar, limpiar los suelos‑, con la seguridad de que era algo tan importante como dar una clase en la Universidad o preparar un artículo para una revista de investigación científica.

Parece como si Dios hubiera querido que en el Opus Dei no hubiera nada teórico: todo lo que su Fundador enseñaría a lo largo de casi cincuenta años, lo había vivido antes, de un modo o de otro. Una razón más para poder exigir a los socios y asociadas de la Obra que aprovechasen el tiempo al máximo, cara a Dios, no cara a los hombres; que evitaran cualquier manifestación de “señoritismo”; que supieran también descansar, es decir, cam­biar de actividad, ocupar el tiempo en quehaceres que exigen menos esfuerzo o un esfuerzo distinto al habitual; que apren­dieran, en fin, a dar la vida, a darse, entregándose a Dios y a los demás ‑sin espectáculo‑ en el trabajo ordinario, convertido en servicio amoroso de Dios para el bien de todas las almas.

En Mons. Escrivá de Balaguer se dieron las condiciones para que Dios pudiera utilizarlo, como instrumento, con el fin de recordar a los cristianos que, según está escrito en el Génesis, Dios creó al hombre para trabajar. Pues, ante todo, y desde joven, trabajó. Siempre tuvo tiempo para rezar, para celebrar con calma la Santa Misa, para predicar, para confesar, para la labor de su ministerio; para atender el trabajo de dirección del Opus Dei; para escribir ‑son muchos sus escritos‑; para repasar periódicamente los tratados de Teología y Ciencias eclesiásticas; para leer obras de Literatura; para seguir habitual­mente la prensa y las imágenes de los telediarios.

No desperdició sus horas ni en momentos en que hubiera parecido excusable, como, por ejemplo, durante los meses de su andar escondido por el Madrid en guerra. Por supuesto, su gran preocupación era entonces ‑como siempre‑ la vida de la Iglesia y las dificultades y sufrimientos de tantos hombres.

Durante una temporada estuvo refugiado con otras personas en un piso de la calle Sagasta, n.° 29, propiedad de la familia Sainz de los Terreros. Fueron días interminables, en los que no salieron a la calle para nada. En esas circunstancias, aparte de que se exigía más en su vida de piedad, no dejaba de leer temas que pudiera tener interés cultural, porque aun en aquella situa­ción mantenía un criterio claro de lo que es aprovechar, el tiempo.

Las condiciones externas cambiaron cuando pudo ingresar en: la Legación de Honduras, donde el ambiente se caracterizaba por un clima de ansiedad, que ‑según testigos presenciales‑ daba pie para buscar la relajación, de manera que cualquier man­festaci6n de comodidad podía tener disculpa y aun justificación pues en unos pocos metros cuadrados se alojaban muchísimas personas, de edades y caracteres muy distintos, generosamente acogidas por la familia que llevaba el Consulado.

Algunos aspectos de la vida en aquella Legación, y el espíritu que inculcaba a los demás, han quedado descritos en el número 697 de Camino:

Los acontecimientos públicos te han metido en un encierre, voluntario, peor quizá, por sus circunstancias, que el encierro di una prisión. ‑Has sufrido un eclipse de tu personalidad.

No encuentras campo: egoísmos, curiosidades, incompren­siones y susurración. ‑Bueno; ¿y qué? ¿Olvidas tu voluntad libérrima y tu poder de “niño”? =La falta de hojas y de flores (de acción externa) no excluye la multiplicación y la actividad de las raíces (vida interior).

Trabaja: ya cambiará el rumbo de las cosas, y darás más frutos que antes, y más sabrosos.

El Fundador y los socios del Opus Dei que allí estaban, para tener bien ocupadas las horas en ese encierro ineludible, se ajustaron a un horario, con sus ratos de oración, sus momentos de tertulia, y sus horas de estudio, de auténtico trabajo intelec­tual. Entre otras cosas estudiaron idiomas, lo cual, más adelante, facilitaría la multiplicación de actividades, la eficacia apostólica por Europa y por América.

Este espíritu ‑no saber estar sin hacer nada, pues el trabajo es enfermedad incurable para los hijos de Dios en el Opus Dei ­o observarían luego en Burgos, los que convivieron allí con él hasta que acabó la guerra, o los que se acercaban desde los frentes para estar unas horas.

En uno de estos viajes, José Luis Múzquiz se fijó en una cama cubierta con montoncitos de fichas. Dos personas las estaban clasificando. De montones de fichas como aquellos había surgido en 1934 la primera versión de Camino, que se publicó en Cuenca con el título de Consideraciones Espirituales. Don Josemaría tenía la costumbre de anotar, de vez en cuando, una o dos palabras en la pequeña agenda o libreta que llevaba en el bolsillo de la sotana. Era un movimiento rapidísimo, que no interrumpía las conversaciones. Esa palabra le serviría luego para recordar la idea que acababa de ocurrírsele, o la frase feliz que se había deslizado en la conversación. En sus horas de trabajo a solas redactaba aquellas ideas.

En los momentos de más sosiego en Burgos, fue pasando a máquina y seleccionando muchas de esas ideas, pues quería darlas a la imprenta cuanto antes, para facilitar la meditación de quienes estaban aún en los frentes o en la Armada. No se publicó hasta después de la guerra, por falta de medios económicos. Don Pedro Casciaro, que estuvo mucho tiempo con el Fundador dei Opus Dei en Burgos, confirma que “no pasó ni una hora ocioso”.

Se comprende la respuesta de don Fidel Gómez Colomo, cuando casualmente se lo encontró un día en Roma, por los primeros años cincuenta. Don Fidel había coincidido con él, en 1927, en la residencia sacerdotal de la calle Larra. Vivían allí varios sacerdotes “viejos”, y tres jóvenes: don Fidel, don Jose­maría y don Avelino, que se ocupaban de hacer los arreglos necesarios en la residencia, de gestionar instalaciones pendientes, etcétera. Ya en Roma, caminaba don Fidel hacia la Dataría Apostólica, para llevar un paquete al Cardenal Tedeschini. Se paró un coche, y oyó que don Josemaría le llamaba:

‑Dónde vas, Fidel, despistado? Te llevo en coche.

Cuando le invitó a la casa donde vivía, don Fidel se negó a ir, bromeando:

‑He oído que la estás construyendo y como tú haces trabajar a todos, no voy, porque me harás poner ladrillos.

Vicente Ballester Domingo, religioso salesiano, fue secretario particular de don Marcelino Olaechea entre 1937 y 1939. Don Marcelino, que quería entrañablemente al Fundador del Opus Dei, lo alojó en el palacio episcopal de Pamplona, al poco de regresar a España después de cruzar la frontera de Andorra. Don Vicente Ballester sintetiza en dos palabras aquella época: “no paraba‑: “don Josemaría iba de un sitio a otro, en un continuo e incansable ajetreo para atender a los socios de la Obra, a multitud de otras personas objeto de su celo pastoral en diferen­tes puntos de España, y a los sacerdotes, a los que dedicaba una atención y cariño especiales”.

Mons. Escrivá de Balaguer no paró hasta el momento mismo de su muerte, el 26 de junio de 1975. Murió en el cuarto donde solía trabajar.

Capítulo 7. Intentos de abrir camino (1931-32)

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Del Patronato de Enfermos a Santa Isabel

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Durante la primavera y comienzos del verano de 1931, Escrivá siguió buscando un modo de liberarse de las obligaciones del Patronato de Enfermos para dedicar más tiempo al Opus Dei. A partir del 13 de junio de 1931 rezó a diario en la Misa para encontrar una solución. Sus oraciones fueron escuchadas de una manera sorprendente el 18 de junio. “Creo que fue el quinto día de hacer esta petición cuando el Señor me oyó: fue Él: no cabe duda, porque accedió a mi súplica con creces… La concesión fue acompañada de humillación, injusticia y desprecio. !Bendito sea!”[1]. Escrivá no explica qué sucedió exactamente pero, al parecer, hubo una desagradable discusión.

La respuesta a sus oraciones fue sólo parcial. Dejó de ser el capellán titular del Patronato de Enfermos, pero no se designó a ningún otro, así que él siguió trabajando, como interino, hasta el mes de octubre. Necesitaba urgentemente un nombramiento para poder seguir en Madrid y mantener a su familia. Durante el verano, trabajó en la iglesia de Santa Bárbara, con un nombramiento temporal. Mientras tanto, se enteró de que las Agustinas Recoletas del convento de Santa Isabel, una de las multiples fundaciones reales de Madrid, necesitaban urgentemente alguien que les celebrara la Santa Misa y las confesara. Hacía meses que su capellán había caído enfermo y los Padres Agustinos le habían estado supliendo; pero la violencia anticlerical que arreciaba tras la proclamación de la Segunda República les impedía cruzar barrios peligrosos para llegar al convento, de modo que las religiosas a menudo no eran atendidas. Escrivá se ofreció voluntario hasta que encontraran a alguien.

Contentas como estaban con sus servicios, las monjas decidieron buscar su nombramiento de capellán. El convento tenía el estatuto de antigua Fundación Real, así que el nombramiento debía ser firmado tanto por las autoridades eclesiásticas como por las civiles. La aprobación eclesiástica fue concedida en noviembre de 1931, la del gobierno –con un estipendio regular—no llegó hasta mucho después.

El traslado del Patronato de Enfermos a Santa Isabel resultó providencial. En noviembre de 1931, la diócesis de Madrid inició una nueva campaña para expulsar a sacerdotes de otras dioceses y el puesto de capellán del Patronato de Enfermos no habría bastado para que las autoridades diocesanas le permitieran seguir en la capital, ni siquiera con el apoyo e influencia de la fundadora de las Damas Apostólicas. Pero su nuevo cargo estaba en una Fundación Real y no era sujeto de expulsion.

Por otra parte, la situación económica de Escrivá, era desesperada. Ahora no podía contar con su estipendio de capellán, y sus ingresos de profesor y tutor de la Academia Cicuéndez no cubrían ni siquiera sus gastos mínimos. “No sé cómo podremos vivir”[2] exclamó. A comienzos de septiembre comentaba: “Estoy con una tribulación y desamparo grandes. ¿Motivos? Realmente, los de siempre. Pero, es algo personalísimo que, sin quitarme la confianza en mi Dios, me hace sufrir, porque no veo salida humana posible a mi situación. Se presentan tentaciones de rebeldía: y digo serviam!”[3].

A finales de mes la situación no había mejorado: “Me encuentro en una situación económica tan apurada como cuando más. No pierdo la paz. Tengo absoluta confianza, verdadera seguridad de que Dios, mi Padre, resolverá pronto este asunto de una vez. ¡Si yo estuviera solo!… la pobreza, entonces, me doy cuenta, sería una delicia. Sacerdote y pobre: con falta hasta de lo necesario. ¡Admirable!”[4].

Escrivá comparaba su pobreza con los golpes con que Dios preparaba su alma para realizar el Opus Dei. Sufría porque la mayoría de estos golpes caían sobre su familia. Pensó pedirle a Dios que en lugar de ello le enviara una seria enfermedad, pero su director espiritual se lo prohibió. En el tercer aniversario de la fundación del Opus Dei resumió parte de su oración de aquel día: “Y me encaré con Él y le dije: Que el padre Sánchez me tiene prohbido pedirle aquello; que, por eso, no se lo pido, pero que (así, en baturro) que arregle a los míos y me fastidie a mí solico”[5]. En otra ocasión rezaba: “Señor, lo pesado de mi Cruz es que de ella participan otros. Dame, Jesús, Cruz sin Cirineos. Digo mal: tu gracia, tu ayuda me hará falta, como para todo. —Contigo, mi Dios, no hay prueba que me espante: pienso en una enfermedad dura, unida, p.e., a una total ceguera —Cruz mía, personal— y audazmente, tendría, Jesús, el gozo de gritar con fe y con paz de corazón, desde mi oscuridad y sufrimiento: Dominus illuminatio mea et salus mea!… —Pero, ¿y si la Cruz fuera el tedio, la tristeza? Yo te digo, Señor, que, contigo, estaría alegremente triste”[6].

A pesar de su intenso deseo de remediar la situación familiar, en febrero de 1932 Escrivá rechazó lo que habría sido una solución prometedora. El obispo de Cuenca, pariente lejano de su madre, se ofreció a nombrarle canónigo de su catedral. El puesto estaba relativamente bien pagado, y podría haberle abierto la puerta de una ulterior carrera eclesiástica. Pero Escrivá estaba convencido de que el Opus Dei debía crecer en Madrid. Su director espiritual también convino en ello. Si el Opus Dei había nacido en la capital, le dijo, era señal de que Dios quería que se desarrollara en ella. La decision de Escrivá de rechazar la oferta resultó más difícil porque todavía no había dicho nada a su familia sobre el Opus Dei, y por consiguiente no podía dar ninguna razón convincente de su postura.

No se sabe por qué Escrivá todavía no había revelado a su familia lo que había sucedido el 2 de octubre de 1928 ni le había explicado el significado de todo lo que había estado haciendo desde entonces. La razón puede estar en que, a pesar de su intenso trabajo, no tenía nada externo que mostrar: sólo podía relatarles la visión del 2 de octubre y, como ya se ha dicho, siempre fue reacio a hablar sobre aquella experiencia o sobre cualquier otro acontecimiento sobrenatural de su vida, ni siquiera a los miembros del Opus Dei.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 373

[2] Ibid. p. 399

[3] Ibid. p. 396

[4] Ibid. p. 396

[5] Ibid. p. 397

[6] Ibid. p. 398

Entre los pobres y enfermos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Las obligaciones de Escrivá en la iglesia de San Miguel –limitadas a decir Misa diariamente– satisfacían muy poco su celo sacerdotal. Un mes después de trasladarse a la residencia de sacerdotes, la fundadora de las Damas Apostólicas, Luz Rodríguez Casanova, le pidió que fuera el capellán del Patronato de Enfermos, abierto por esta comunidad. Escrivá aceptó feliz el ofrecimiento. Sin embargo necesitaba el permiso del obispo de Madrid para poder decir Misa, predicar u oir confesiones fuera de la iglesia de San Miguel. Gracias a la fundadora, que disfrutaba de excelentes relaciones con el obispo Eijo y Garay, Escrivá pudo obtener el permiso requerido. No obstante, el obispo estaba tan decidido a reducir el número de sacerdotes de otras diócesis en Madrid, que sólo lo concedió durante un año. Escrivá tendría que pedir cada cierto tiempo renovar sus licencias eclesiásticas para administrar los sacramentos y predicar en Madrid, además de solicitar la renovación de licencias en su diócesis de Zaragoza.

Los deberes oficiales de Escrivá como capellán del Patronato de Enfermos se limitaban a decir Misa y oficiar los demás actos que se celebraban en la iglesia, pero pronto empezó a ayudar a las Damas Apostólicas de otros modos. El Patronato de Enfermos intentaba remediar alguna de las deficiencias de la sanidad de entonces. Prácticamente no existía la sanidad pública. Había algunos hospitales del Estado, pero no estaban a la altura de los más modernos, equipados con material técnico y personal áltamente cualificado. Eran casi barracones para los indigentes moribundos, que no tenían otro sitio a donde ir. Nadie que pudiera pagar una clínica privada acudía a un hospital público. Y sólo los muy afortunados de entre los pobres eran admitidos en ellos. El escaso número de camas hacía que a menudo los pobres simplemente se quedaran sufriendo en sus chabolas. El Patronato tenía una enfermería con veinte camas y una clínica móvil.

Las Damas Apostólicas también atendían unas 60 escuelas para niños pobres en los suburbios y otras zonas de clase obrera de Madrid. Allí, 14.000 estudiantes recibían educación primaria y aprendían los rudimentos de la religión. Las Damas Apostólicas también habían levantado seis capillas en las afueras de Madrid, en barrios donde los inmigrantes de las provincias vivían sin nada, casi siempre en chabolas hechas por ellos mismos. Sin embargo, ninguna de estas capillas tenía un capellán fijo.

Escrivá pronto se involucró en muchas de estas actividades. Oía confesiones, enseñaba el catecismo, administraba los sacramentos a los enfermos en sus casas y cada año preparaba a cerca de 4.000 niños para su primera comunión.

Escrivá obtuvo lecciones para su vida interior de su contacto con los niños. Considerando las tareas que Dios le estaba encomendando, pero que todavía no veía con claridad, concluyó que su fuerza debía proceder de su indigencia. Él tenía “nada y menos que nada”[1], decía, pero, con la oración, todo saldría como Dios quería. La vida de infancia espiritual, dijo en una ocasión, “se me metió en el corazón tratando a los niños. Aprendí de ellos, de su sencillez, de su inocencia, de su candor, de contemplar que pedían la luna y había que dársela. Y yo tenía que pedirle a Dios la luna: ¡Dios mío, la luna!”[2]

La parte más exigente y agotadora del trabajo de Escrivá para el Patronato eran las visitas a los enfermos en sus casas, para oír confesiones, llevarles la comunión y administrarles el sacramento de la extremaunción. Las Damas Apostólicas estaban en contacto con miles de personas de condición humilde y recibían numerosas peticiones – a veces de la propia persona, y a veces de un pariente – para que un sacerdote llevara los sacramentos al enfermo. En aquellos tiempos sólo se llevaba la comunión a los moribundos. Las Damas Apostólicas obtuvieron permiso del obispo para llevarla a cualquier enfermo que lo pidiera, si el párroco del lugar estaba de acuerdo.

Gran parte de esta carga recayó en Escrivá. Viajaba de un extremo a otro de la ciudad, normalmente a pie o en tranvía, para ejercer su ministerio entre los enfermos de los barrios más pobres. Gracias a sus modales educados, pero sobre todo a su intensa oración y sacrificio, el joven sacerdote tenía un don especial para hacer que gente largo tiempo separada de la Iglesia se reconciliara con Dios en el lecho de muerte. En sus notas personales, por ejemplo, describía el siguiente caso: “Llegué a casa del enfermo. Con mi santa y apostólica desvergüenza, envié fuera a la mujer y me quedé a solas con el pobre hombre. ‘Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas’… (lo decía por Pilar, ¡que es canonizable!). Tiene Vd. razón, le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. ‘Me ha dicho que me confiese…, porque me muero: ¡me moriré, pero no me confieso!’. Entonces yo: hasta ahora no le he hablado de confesión, pero, dígame: ¿por qué no quiere confesarse? ‘A los diecisiete años hice juramento de no confesarme y lo he cumplido’. Así dijo. Y me dijo también que ni al casarse —tenía unos cincuenta años el hombre— se había confesado… Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose”.[3]

Una de las religiosas que trabajaban en el Patronato en aquel tiempo recordaba más tarde: “Cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a don Josemaría en la seguridad de que estaría atendido y que, en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del Cielo. No recuerdo un solo caso en el que fracasáramos en nuestro intento”[4].

Algunos años antes de su muerte, Escrivá rezaba en voz alta, trayendo a la memoria esta etapa de su vida: “Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios… Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más”[5]

El celo apostólico de Escrivá no se limitaba a los pobres y enfermos. Estaba ansioso de extender el fuego de Cristo a todo el mundo, incluyendo los miembros de algunas familias aristocráticas que conoció. Las palabras de Cristo “Fuego he venido a traer a la tierra, y qué quiero sino que arda” (Lc 12:49) se desbordaban a menudo de su corazón en forma de canción.

Extender el fuego del amor de Cristo en el mundo. Ciertamente, esto era una parte de lo que Dios le estaba pidiendo desde su adolescencia, y Escrivá continuaba respondiendo a esa llamada divina con las palabras del profeta Samuel, “Aquí estoy, porque me has llamado” (1Sm 3:5). Uno de sus apuntes resume mucha de su oración mientras estuvo en Madrid en 1927 y 1928: “Fac, ut sit” (“Hazlo, haz que sea”)[6]. En respuesta a estas ardientes peticiones, recibía de Dios inspiraciones en forma de palabras oídas en su oración. Escrivá procuró meditar sobre ellas, y ponerlas en práctica. No obstante, seguían siendo oscuras y fragmentarias, acercamientos a ese “algo” todavía indefinido que Dios quería de él.

[1] José Luis Illanes. ob. cit. p. 75

[2] Ana Sastre. TIEMPO DE CAMINAR. Ediciones Rialp. Madrid 1989. p. 84

[3] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 283

[4] Testimonio de Asunción Muñoz González. UN HOMBRE DE DIOS. TESTIMONIOS SOBRE EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Ediciones Palabra. Madrid 1994. p. 373

[5] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 280

[6] ibid. p. 286

1. Los primeros socios del Opus Dei

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

La historia de los comienzos del Opus Dei puede compendiar­se como historia de los amigos de su Fundador. Después del 2 de octubre de 1928, don Josemaría siguió con una nueva luz haciendo su vida normal. Esa luz sobrenatural nueva, que iluminaba su sacerdocio, le empujaba a buscar personas dispues­tas a sumarse a la locura que Dios le pedía.

Cuando llegó a Madrid, en 1927, la mayor parte de sus amigos quedaba en Aragón y en la Rioja. Algunas familias, conocidas de la suya, estaban en Madrid. Después del 2 de octubre de 1928 esas relaciones de amistad ‑junto a las que surgían con ocasión de su propio trabajo sacerdotal, de sus tareas de enseñanza en la Academia Cicuéndez y de las clases particula­res que se veía obligado a dar‑ serían el campo en que fructificaría la semilla de la vocación al Opus Dei.

Así sucedió, por ejemplo, con Luis Gordon, uno de los primeros socios del Opus Dei. Luis era pariente de la Marquesa de Onteiro, madre de doña Luz Rodríguez‑ Casanova, Fundadora de las Damas Apostólicas, en cuyo Patronato de Enfermos don Josemaría era Capellán desde 1927. A través de esta familia lo conoció, y en 1931 Luis Gordon era una de las personas en las que el Fundador del Opus Dei podía confiar especialmente, por ser un hombre maduro. Luis Gordon ‑ingeniero industrial, promotor de una maltería en Ciempozuelos‑ aparece con los Romeo, y con otros amigos, en el grupo que, a partir de 1931, acude todos los domingos por la tarde al Hospital General de Madrid, para atender a los enfermos. Es el protagonista del punto n.° 626 de Camino:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella “sutile­za” del hombrón‑niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: Jesús, que haga buena cara!?

La anécdota sucedió en aquel hospital de la calle de Santa Isabel, donde iban a prestar servicios diversos a los enfermos: cortarles las uñas, peinarles, decirles palabras de cariño. A Luis Gordon y a esta misma anécdota, se refería Mons. Escrivá de Balaguer un día de 1972, en España:

Recuerdo ‑de éste puedo hablar, porque ya está en el Cielo hace muchos años‑ que una persona de una familia conocida, uno de los primeros de aquella época, de los primerísimos años del Opus Dei, pues cogió un vaso de noche ‑era de un tuberculoso y ¡estaba…!‑. Le dije: ;hala, a limpiarlo! Y después me dio un poco de pena, por aquella cara de asco que había hecho. Fui detrás de él y había en el mismo piso ‑era en un hospital general‑ un cuartito donde se limpiaban esas cosas, y le vi con una cara maravillosa de cielo, limpiando con toda la mano.

Pero como había sucedido con otras almas de idéntica talla sobrenatural ‑María Ignacia García Escobar, don José María Somoano Berdasco‑, el Fundador del Opus Dei no pudo contar con Luis Gordon para seguir haciendo la Obra: falleció en noviembre de 1932.

Con motivo de aquellas visitas al Hospital General, don Josemaría conoció a otras personas. Algunas llegaron a ser de la Obra; otras, no. Pero todas participaron de su celo apostólico Allí, por ejemplo, hizo amistad con el escultor Jenaro Lázaro Cuando terminaban los domingos las visitas, Jenaro se quedaba hablando un rato con don Josemaría. Aquellas conversaciones le han dejado una impresión imborrable: “Era un hombre de Dios, que arrastraba hacia Él a las personas que trataba. He pensado muchas veces, más tarde, que el Padre hacía un verdadero apostolado de amistad, ya que en cuanto uno le trataba se hacía amigo de él para toda la vida”.

José Manuel Doménech, que hoy vive en Lérida, charlaba también con don Josemaría después de sus visitas al Hospital de Santa Isabel. Y destaca “cómo empleaba su tiempo generosa­mente con nosotros ‑el grupo de estudiantes que atendíamos a los enfermos‑ y también con esos mismos enfermos”.

Día a día, infatigablemente, dedicando su mejor tiempo a la oración, acompañado por la plegaria y el dolor de los enfermos de los hospitales de Madrid, el Fundador del Opus Dei fue llevando adelante su misión: con los amigos, con los amigos de los amigos.

Isidoro Zorzano había sido compañero suyo de estudios en el Instituto de Logroño. Apenas habían vuelto a verse desde aquellos años, aunque mantenían contacto epistolar. Pensó en­seguida en él. Deseaba hablarle del Opus Dei recién nacido. Y un 24 de agosto de 1930 se lo encontró en Madrid. Isidoro, que trabajaba en Málaga como ingeniero de ferrocarriles, había venido dispuesto a hablar con él de sus inquietudes espirituales. Sentía unos deseos de entrega a Dios que no sabía cómo resolver, porque, al mismo tiempo, veía muy clara su vocación profesional. Isidoro consideró siempre ‑hasta su muerte en 1943‑ que ese reencuentro con el Fundador del Opus Dei había sido providen­cial, cosa de Dios, que hizo se viesen inesperadamente, en una calle de Madrid ‑la de Nicasio Gallego‑, que no era camino habitual de don Josemaría. Hablaron, y ya desde aquel día supo que podía dedicarse plenamente al servicio de Dios dentro de su vida ordinaria, en su profesión de ingeniero.

Juan Jiménez Vargas conoció al Fundador de la Obra a principios de 1932, en una visita puramente casual de pocos minutos: simplemente acompañaba a un amigo suyo, Adolfo Gómez, que iba a confesarse. Don Juan experimentó luego personalmente que don Josemaría no dejaba de pedir a los chicos que se confesaban con él nombres de amigos que pudieran participar en su apostolado.

Los socios de la Obra de aquellos años, cuando hablan de su vocación, cuentan de ordinario que un amigo les llevó al Padre. Don Ricardo Fernández Vailespín era en 1933 estudiante de ¡a Escuela Superior de Arquitectura de Madrid y le faltaba poco más de un año para terminar la carrera. La situación económica de su familia no era buena y, para ayudar, daba clases particulares a José Romeo. Desde los tiempos de Zaragoza, el Fundador del Opus Dei era amigo de esta familia. Y en esa casa conoció a Ricardo un día que éste había ido a dar la clase particular. Él no se había planteado, en absoluto, ningún problema de vocación; deseaba terminar cuanto antes la carrera y ganarse la vida; al mismo tiempo le preocupaba la situación de España y pensaba que algo habría que hacer. Lo cierto es que se sintió atraído por “aquel sacerdote que en sus palabras, corrien­tes y sencillas, traslucía un alma plenamente dada a Dios”. Y concertó una entrevista con él, que tuvo lugar quince días después, el 29 de mayo, en Martínez Campos, n.° 4. Poco tiempo más tarde Ricardo pidió ser admitido en la Obra.

Mons. Escrivá de Balaguer sabía esperar, sabía no forzar las cosas. En concreto, nunca abusó de la amistad, transformán­dola en mero instrumento de apostolado. Ante todo, era amigo de sus amigos. Dios se sirvió de esa sincera amistad para que llegaran los primeros socios a su Obra. Pero a muchos de aquellos amigos ‑incluso, a personas a las que dirigía espiritual­mente‑ el Fundador no les habló del Opus Dei, o se limitó ú: pedirles que rezaran por él y por su tarea apostólica.

Don Manuel Aznar señalaba, en La Vanguardia Española de Barcelona, que jamás “me pidió, ni siquiera me indicó, ni aun me sugirió con alguna alusión lejana, que me incorporase a la Obra. Hablábamos de todo, menos de eso y de política”. Aznar comenzaba su artículo contando con detalle cómo le había conocido. Es una trayectoria de amistades, tantas veces repetida en el tiempo: “Mi amistad con el Fundador vino a través de la familia del Portillo, emparentada con la de un amigo burgalés de mucha distinción ‑Luis García Lozano, ¡larga vida le dé Dios!­ y con la del inolvidable doctor José María Pardo Urdapilleta. Los Portillo que yo conocí fueron tres: un médico, un capitán de la Legión y un Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Este último se llama Álvaro. Es, desde hace muchos años, sacerdote, doctor en Derecho Canónico, doctor en Filosofía y Letras, agudo y penetrante en sabidurías eclesiásticas, Secretario general del Opus Dei, colaborador esencial de Mons. Escrivá de Balaguer, desde el primer día”.

Don Josemaría vivió ese respeto a la libertad más delicada­mente, si cabe, en la dirección espiritual. Dejaba que cada uno siguiera su camino. Hubo chicos que se dirigieron con él durante años, a los que nunca planteó la posibilidad de ser de la Obra. A otros los encauzó al sacerdocio o a la vida religiosa. A muchos los formaba para el matrimonio, haciéndoles ver su vocación matri­monial, y les hablaba de que, con el tiempo, podrían formar parte del Opus Dei. Entretanto, los atendía, como era usual en él, con absoluta disponibilidad, sin prisas, como si no tuviera otra cosa que hacer.

Practicó, pues, con toda normalidad, eso tan específico del Opus Dei, que describió en Camino como apostolado de amistad y confidencia. Un socio de la Obra, persona igual a las demás, no hace cosas raras ni para encontrar a Dios ni para llevar a otros hasta Dios. Se limita a trabajar, a cumplir sus obligaciones profesionales, a ser amigo de sus amigos, a vivir ejemplaridad posible en la vida de dedica ‑sin cambiar de sitio ni actividades humanas y tareas civiles socio del Opus Dei. Es lo que hacía la máxima familia; en una palabra, se de estado‑ a las mismas que desempeñaría de no ser su Fundador antes del 2 de octubre de 1928 y lo que siguió haciendo después, a la luz de su nueva vocación.

El Patronato de Enfermos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Doña Luz Rodríguez Casanova, hija de la Marquesa de Onteiros(5), había iniciado sus actividades apostólicas en Madrid, entre los sectores más humildes de la sociedad, desde su juventud. El momento social de los comienzos del siglo XX en España es muy grave. El hambre y la incuria hacen presa en los menos privilegiados. Mientras se gestan posibilidades a nivel administrativo, político y social, hay personas que no permanecen indiferentes a la extensión de desgracias que se ceban en una parte de la población. Una de ellas será esta mujer, que va a ofrecer su vida y la de sus compañeras al servicio de los más necesitados. En plena Segunda República española, las Damas Apostólicas, Fundación de doña Luz, tienen en marcha sesenta y seis escuelas, en las que se instruyen unos doce mil niños; el Patronato de Enfermos, enclavado en la calle de Santa Engracia, atiende a más de cuatro mil pacientes por año con la ayuda de un cuadro de médicos, farmacéuticos y enfermeras.

Esta labor de caridad es muy amplia. Tanto, que alguna de las colaboradoras de estas Damas Apostólicas llega a comentar jocosamente: «En el Patronato, todo lo que se organiza es por toneladas». Y tiene razón. Muchos días se reparten hasta setecientas raciones de comidas. Las visitas a pobres y enfermos, dispersos por los más alejados barrios, así como por todos lo hospitales de la ciudad, son una tarea constante.

Don Josemaría está pendiente de traer a su madre y hermanos a Madrid cuando haya encontrado un mínimo de estabilidad. Y, sobre todo, siente en su alma la necesidad de canalizar todo el ímpetu de su entrega, todo el poder sacramental que Dios ha puesto en sus manos consagradas. Mientras tanto, Dios forja su espíritu para llevar a cabo la misión a que le tiene destinado. En medio de esta tarea, en contacto con los pobres y los más necesitados de ayuda, su alma se llena de fortaleza.

Por eso, no sólo acepta los cometidos que le competen como capellán del Patronato, sino que despliega un inmenso apostolado en este ambiente, sin abandonar nunca la amistad y formación de sus amigos universitarios y de un grupo de personas de alta posición que ha reclamado, también, su consejo y dirección espiritual. Toma los deberes de su ministerio sacerdotal con la misma apasionada generosidad con que emprendió, un día, la ruta del Seminario. Con la misma determinación con que decidió seguir la llamada de Dios barruntada desde la adolescencia en el interior de su alma.

Años más tarde, repetirá que el Opus Dei nació entre los pobres de los barrios y de los hospitales de Madrid; en medio de la actividad apostólica de aquellos primeros años de trabajo sin tregua.

El Patronato de Enfermos está abierto a la asistencia durante el día y la noche. Hay muchas jornadas de trabajo ininterrumpido en busca de una chabola de la que ha partido una llamada de auxilio, repartiendo comidas a enfermos en ambulatorios, descubriendo a los más graves por entre los ingresos de un hospital de beneficiencia. Y atendiendo espiritualmente a este enorme número de almas que encuentran a Dios, como única esperanza, en medio de su drama. La tarea es ingente y don Josemaría, por decisión personal, vuelca en ella su gran capacidad de trabajo, su energía física y sobrenatural. Resulta difícil calcular las distancias que puede cubrir al cabo del día, teniendo en cuenta que los barrios extremos de la gran ciudad le obligan a cruzarla en todas las direcciones. De Tetuán de las Victorias al Paseo de Extremadura; de Magín Calvo a  Vallecas, Lavapiés, San Millán, el Barrio del Lucero o la Ribera del Manzanares. Solamente desde la Residencia Sacerdotal de la calle de Larra hasta Vallecas hay un recorrido que se acerca a los cinco kilómetros. Se trata de zonas mal comunicadas que es preciso andar a pie, con frío, con lluvia y barro que cubre los zapatos. O con la canícula de verano cayendo sobre Madrid, en un sol de mediodía que obliga a sudar copiosamente. A veces, hay que correr del metro a un tranvía desvencijado que tarda más de una hora en cubrir su trayecto. Pero don Josemaría consigue llegar a todos. Tanto, que doña Luz sabe que, una vez dado el nombre y dirección de un enfermo a este sacerdote, puede tranquilizarse por completo. En unas octavillas apunta lo más urgente para la atención de un necesitado. Y se ocupa de resolver los múltiples problemas que pueden presentarse(6).

La actividad desplegada durante estos años resulta asombrosa. Don Josemaría pasa horas en el confesonario de la iglesia del Patronato de Enfermos, y escucha, alienta y otorga a raudales la gracia de Dios a las gentes que se acercan hasta la calle de Santa Engracia. Confiesa también a centenares de niños de varias escuelas de las Damas Apostólicas.

En las catequesis multitudinarias que Monseñor Escrivá de Balaguer prodigó durante los últimos años de su vida, no olvidó citar esta etapa de sus primeras actividades sacerdotales en Madrid:

«Cuando trabajaba con niños, aprendí de ellos lo que he llamado vida de infancia. ¡Allá cada uno! El que no se sienta movido por Dios para seguir por ahí, que no vaya. A mí se me metió en el corazón tratando a los niños. Aprendí de ellos, de su sencillez, de su inocencia, de su candor, de contemplar que pedían la luna y había que dársela. Yo tenía que pedirle a Dios la luna: ¡Dios mío, la luna! (7) ».

Después de la Santa Misa, don Josemaría reúne a los pobres en el comedor de Santa Engracia, adultos y niños, y les habla, serenamente. Les da lo mejor que tiene: su palabra, su atención, su alegría y toda la actividad y el amor de su corazón sacerdotal.

Se inclina ante los catres en que algún ser humano sufre, generalmente en soledad, y le escucha, sin prisa, a veces toda la noche, hasta que el alivio o la muerte vienen a relevarle en su tarea.

Haciendo memoria de esta etapa -que se prolongaría durante varios años- podrá decir más adelante: «Recuerdo que una vez se estaba muriendo un chico joven, de veinte o veintiún años, en un auténtico cuchitril miserable. Le administré los sacramentos, y cuando acabé, el chico no quería que me marchara. Me quedé a su lado hasta que murió, y se me escapó decirle, y él lo entendió: “¡te tengo envidia!” Envidiaba su dolor, su desamparo, y la alegría que Dios le daba»(8).

Cada día, a las ocho de la mañana, celebra la Santa Misa en la iglesia del Patronato de Enfermos. Es patente el amor con que paladea las oraciones que Cristo y su Iglesia se intercambian en la renovación de ese misterio de la Misericordia de Dios que es la Cruz. Pero su intensa vida contemplativa no le vuelve reconcentrado o distante. Su sencillez y jovialidad son tan proverbiales como la humanidad que rezuman su conversación y su talante.

Este sacerdote llama la atención por su piedad y fe en la forma de tratar a la Sagrada Eucaristía. Por el modo correctísimo y reverente de dar la Bendición y de rezar. De tal manera que personas muy jóvenes que tienen la costumbre de pasar por la iglesia del Patronato a primeras horas de la tarde para hacer una visita, se ,quedan sorprendidas de la devoción con que don Josemaría reza los misterios del Santo Rosario.

Años más tarde, esta fe en la oración vocal, que compartía con Teresa de Jesús y con tantos santos de la Iglesia, quedará sencillamente fijada en el punto 85 de «Camino»:

«Despacio. -Mira qué dices, quién lo dice y a quién. -Porque ese hablar de prisa, sin lugar para la consideración, es ruido, golpeteo de latas. Y te diré con Santa Teresa, que no lo llamo oración, aunque mucho menees los labios».

Doña Luz Rodríguez Casanova, curtida ya en los azares de su apostolado, tiene un gran aprecio por este sacerdote que Dios ha llevado temporalmente hasta su Fundación. Y cuando su madre solicita poder oír la Santa Misa en su capilla privada, no duda en rogar a don Josemaría que sea el confesor de la anciana Marquesa de Onteiro y celebre algunas veces en su casa el Santo Sacrificio(9). Don Josemaría acepta gustoso, y así, en días festivos, oficiará en la residencia de los Onteiro. Asiste ala Santa Misa toda la familia, que preside doña Leónides García San Miguel y Zaldúa, viuda de Rodríguez Casanova. Este oratorio -situado en la calle de Alcalá Galiano número 1- tiene un retablo con el Corazón de Jesús; se venera también una imagen de la Virgen de Lourdes, sobre un pedestal, en el lado del Evangelio.

Después de celebrar la Santa Misa, el sacerdote se queda a desayunar en la casa. Parte de la familia le acompaña. La jovialidad de don Josemaría predispone a la confianza y al buen humor; pero también a la piedad y al respeto que impone su carácter. Cuando la Marquesa enferma de gravedad, varios años más tarde, la atenderá espiritualmente hasta el último momento.

Algunas Damas Apostólicas recuerdan todavía la personalidad de aquel capellán joven que permaneció ayudando al Patronato durante un período importante. Tienen presente el amor con que se dedicó a las tareas de su apostolado.

Cuando se inaugura el Noviciado de las Damas Apostólicas en Chamartín, son muchas las veces que don Josemaría se llega hasta la casa y habla con la Maestra de Novicias sobre la formación de aquellas primeras vocaciones, aunque nunca ha sido su Director espiritual:

«Esto es lo que dura y lo que ha de ser perdurable, que los cimientos estén bien»(10)

Muchas de ellas reviven hoy la insistencia sonriente con que sabía decirles:

-«Pide mucho por mí, pide mucho por mí».

Tanto, que alguna llega a preguntarse:

-«¿Qué irá a hacer don Josemaría que pide tanta oración?»(11).

Durante estos años, la tarea apostólica en los barrios madrileños resulta cada vez más difícil. El ambiente anticlerical se extiende, y en algunos sectores se fomenta el odio a todo lo que se relaciona con la Iglesia. En más de una ocasión, las Damas Apostólicas han sido apaleadas y, en algún caso, heridas de gravedad. Y también don Josemaría tiene que sufrir pedradas al caminar por zonas extremas de la capital.

Cuando en enero de 1929 agoniza Mercedes Reyna, una Dama Apostólica muerta con fama de santidad, don Josemaría permanece junto a ella en las horas de agonía, y está atento -con la seguridad de asistir a la partida de una santa- a todo cuanto pueda necesitar, a cuanto pueda servirle de ayuda en ese momento de dar el salto a la Vida.

En otoño de 1927, doña Dolores Albás y sus hijos -Carmen y Santiago- se trasladan a Madrid. Don Josemaría vivirá con ellos hasta mediados de 1929 en un piso alquilado en la calle Fernando el Católico número 46. Pero, desde estas fechas, la familia entera ocupará la vivienda que, para el capellán, tienen destinadas las Damas Apostólicas en el edificio de Santa Engracia. La entrada es independiente, por la calle de José Marañón número 4. Hay en ella el espacio y la autonomía imprescindibles para que se instale su familia. El piso comunica con el Patronato y, aprovechando esta circunstancia, pasa horas de la noche velando tras el sagrario, pidiendo una vez más la luz y la fortaleza para encontrar y llevar adelante aquello a que Dios le ha destinado desde hace tantos años.

Aunque la atención sacerdotal de don Josemaría está polarizada por las actividades del Patronato de Enfermos, aún encuentra tiempo -un tiempo problemático, dada la increíble donación de su persona a las necesidades que se le plantean de continuo- para tratar a un grupo de familias de la aristocracia madrileña relacionadas con Mercedes Guzmán, Marquesa de Miravalles y Condesa de Aguilar de Inestrillas, y con su hermana María Luisa, primas de Mercedes Reyna, Dama Apostólica.

Más tarde conocerá también a la Condesa de Humanes, Grande de España, anciana señora soltera y ciega. Vive en un piso muy amplio, cerca de la plaza de Santa Bárbara. La atienden un ama de llaves y un reducido servicio. Su casa conserva aún los signos del esplendor de la familia; había sido muy amiga de la Infanta Isabel.

El contacto con estos dos extremos de la sociedad permite a don Josemaría conocer el dolor de unos y de otros, su generosidad o su egoísmo, la capacidad de donación o la más desconcertante cicatería. Años más tarde sabrá sacar de aquella extensísima labor pastoral ejemplos gráficos para mostrar de modo concreto a vivir las virtudes cristianas.

«Había un comedor -no lo puedo llamar público, porque necesitaban una tarjeta para ir a comer allí- que dirigía una persona muy santa, que ya ha muerto. Y aquella pobre persona quería ayudar a muchos y no llegaba. Y les daba una especie de cocido. Venían con tarjeta y se hacía una gran labor, porque mataban el hambre. Era gente que no tenía nada.

Pero siempre sobraba algo, y había otros que esperaban en una habitación para que les dieran las sobras; traía cada uno un cacharro -una lata, un plato desportillado, lo que podían- y sólo uno llevaba cuchara. Y sacaba de un chaquetón sucísimo, de lo profundo de uno de los bolsillos, una cuchara de peltre toda abollada, la miraba -como diciendo: esto es mío, y los demás, que no tenéis cuchara, os fastidiáis- y comía sus garbancitos saboreándolos; miraba, al final, su cuchara, le daba dos lengüetazos y volvía a guardar el tesoro. Este, en su miseria, era rico, apegado como estaba a esa cuchara de peltre. Era un pobre de pedir limosna, pero ante los demás era rico.

Y conocí a una Grande de España -puedo hablar de ella porque ya ha muerto y está en el Cielo desde hace muchos añosque tenía una generosidad inmensa: vivía entre muebles ricos y tapices; en ella gastaba menos que en la última persona de su servicio, y era manirrota. Todo lo daba para los que no tenían. Esta era pobre»(12).

Durante su futura actividad sacerdotal, don Josemaría propondrá a sus hijos en el Opus Dei la pobreza de una disponibilidad completa, de un desprendimiento exhaustivo de los bienes de la tierra. De una donación generosa de todo cuanto son y pueden lograr mediante un trabajo profesional desarrollado en medio del mundo. Les hará partícipes de un espíritu que encubre, bajo el señorío de la normalidad en que se desenvuelven, la renuncia fisica y espiritual a cualquier atadura egoísta. No tendrán otras metas que las de servir a Dios, a las almas y a la Iglesia.

Desde el principio, don josemaría anima -con su ejemplo y consejo- a los chicos jóvenes que trata, a tener contacto con las necesidades materiales y morales de todos los hombres, visitando hospitales y chabolas, enfermos y pobres. Años después, comentará este modo de formar a los que se acercaban a él atraídos por su inmenso corazón sacerdotal. Les enseñará a andar ese camino tan corto, y a veces tan distante, que media entre los propios intereses y las necesidades del prójimo. A ser capaces de renunciar al tiempo, al dinero, a los planes establecidos para acercarse a confortar a un pobre, a un enfermo; para ser apoyo en la soledad de algunos. Les da ejemplo de cómo aliviar el dolor y convertir el abandono en un rato de amistad. En una palabra: pone en sus manos la clave para hacer grandes los pequeños servicios en esa realidad formidable de la Comunión de los Santos.

«No tratamos tampoco con estas visitas de despertar superficiales inquietudes sociales. Se trata (…) de acercar esta gente joven al prójimo necesitado. Nuestros chicos (…) ven -de una manera práctica- a Jesucristo en el pobre, en el enfermo, en el desvalido, en el que padece la soledad, en el que sufre, en el niño (…).

No es justo que manifestaciones del auténtico espíritu cristiano queden arrinconadas, porque algunos las han convertido en gesto ostentoso y frívolo, o en sedante para sus remordimientos de conciencia (…).

Este contacto con la miseria o con la humana debilidad es una ocasión de la que suele valerse el Señor, para encender en un alma quién sabe qué deseos de generosas y divinas aventuras. A la vez, sensibiliza a los más jóvenes, para que tengan siempre entrañas de justicia y de caridad (…).

La generalización de los remedios sociales contra las plagas del sufrimiento o de la indigencia -que hacen posible hoy alcanzar resultados humanitarios, que en otros tiempos ni se soñaban-, no podrá suplantar nunca, porque esos remedios sociales están en otro plano, la ternura eficaz -humana y sobrenaturalde este con tacto inmediato, personal, con el prójimo: con aquel pobre de un barrio cercano, con aquel otro enfermo que vive su dolor en un hospital inmenso; o con aquella otra persona -rica, quizá-, que necesita un rato de afectuosa conversación, una amistad cristiana para su soledad, un amparo espiritual que remedie sus dudas y sus escepticismos» (13)

Todos estos años no sembrarán en el alma de don Josemaría ni un rastro de desesperanza, de amargura, de agresividad social engendrada en el inhóspito medio en el que se mueve a diario. Ha dado a Dios y a los hombres su vida entera, y ofrece a todos la única posesión que le desborda: la dedicación, el amor, el servicio, tanto más necesarios cuanto más desvalido y abandonado pueda encontrar al prójimo.

Y, para siempre, dejará escritas -como resumen entrañable- aquellas brevísimas líneas del punto 419 de «Camino»: -«Niño. -Enfermo. -Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son El».

Llegada a Madrid

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1927 Madrid es ya una gran ciudad. En ella se dan cita las innovaciones técnicas, ideológicas y culturales de estos años de la historia española. Tres acontecimientos previos canalizan su expansión local: el ferrocarril de Aranjuez inaugurado en 1850, la traída y aprovechamiento urbano del agua del Lozoya en 1858, y la puesta en marcha del Metropolitano en octubre de 1919. Es una ciudad de carácter abigarrado, al que contribuye la llegada constante de gentes que proceden de España entera; y conjuga la difícil armonía de lo monumental con lo popular, de lo castizo con lo moderno. Acogedor y extenso, es el punto geográfico en que confluyen las más variadas posibilidades del país.

Cuando don Josemaría llega a la capital, España se encuentra gobernada por la Dictadura de don Miguel Primo de Rivera; se dan en Madrid sucesos tan heterogéneos como la inauguración del teléfono automático, los comentarios acerca del Plus Ultra y de su increíble salto sobre el Atlántico, la celebración de las bodas de plata del reinado de Alfonso XIII, el comienzo de la futura Ciudad Universitaria, que será exponente arquitectónico y cultural de la nueva época.

Sin embargo, ningún hecho social ha sido el motor capaz de desplazar hasta la capital de España a este joven sacerdote. Solicita permiso del Arzobispo de Zaragoza para trasladarse a Madrid y obtener el doctorado en Derecho, grado que en esta época solamente se cursa en la Universidad Central (1). Es una ciudad grande en la que tiene pocos amigos; en un ambiente inquieto en el que viene a ser sacerdote de Dios sin otro apelativo. La transición con Zaragoza es evidente; pero, lejos de distraerle el movimiento continuo de las calles o la prisa de los peatones, va cada vez más absorto en su propósito y en su petición: «¡Señor, que vea!…». Lo pide, lo grita por dentro, lo canta alegremente mientras empieza a caminar los trayectos madrileños, aún desconocidos, pero que se le harán muy pronto familiares en su constante actividad.

Es, por tanto, un sacerdote de veinticinco años, alejado temporalmente de su diócesis y que frecuenta las aulas de la Facultad de Derecho para asistir a las clases del doctorado (2). En el mes de septiembre de 1928 habrá seguido cursos monográficos de Historia del Derecho Internacional y Filosofía del Derecho. Para subvenir a los gastos que ocasiona su estancia en la capital ha de entregarse a tareas docentes durante varias horas semanales. Forma parte del cuadro de profesores de la Academia Cicuéndez. Se trata de un Centro situado en la calle de San Bernardo, esquina a Pez. frente al Palacio de justicia (3). Ha sido creada por un sacerdote, don José Cicuéndez, y se dedica exclusivamente a la preparación de asignaturas de la licenciatura de Derecho. También hay en la Academia posibilidad de residencia en régimen de internado para unos ocho estudiantes. En el año 1927 la dirige el mismo José Cicuéndez, quien anuncia a los alumnos que un sacerdote joven, don Josemaría, se encargará de las clases de Derecho Romano y Derecho Canónico.

Algunos de sus alumnos, entre los que se encuentran Julián Cortés Cavanillas, Manuel Gómez Alonso, Jesús Manuel Sanchiz Granero…, tienen un gran recuerdo de este profesor ameno, riguroso y concreto en la exposición, siempre de buen humor. Humano y simpático, que prolonga su amistad con los universitarios más allá de los límites de una clase obligatoria. Le acompañan muchas veces, por las tardes, y pasean por Recoletos charlando de las mil inquietudes y proyectos de su juventud. Algunos días hacen escala en El Sotanillo, una chocolatería situada en Alcalá, y meriendan en perfecta cordialidad. Cuando les llega la noticia de que don Josemaría dedica gran parte de su tiempo a recorrer las chabolas de los suburbios madrileños, para llevar atención humana y espiritual a pobres y enfermos, alguno llega a ponerlo en duda. Unos cuantos deciden seguirle a la salida de clase. Y durante varias jornadas comprueban su agotadora dedicación a los pobres de Vallecas y Tetuán.

El primer domicilio que tiene en la capital está en la calle de Farmacia, número 2. Se trata de una pensión familiar, bien situada, en un lugar céntrico, a caballo entre Fuencarral y Hortaleza, muy cerca del convento de San Antón.

En esta casa permanece pocas semanas, hasta que se traslada a la Residencia Sacerdotal que las Damas Apostólicas han edificado en el número 3 de la calle de Larra. Arranca esta vía de la de Beneficencia, para terminar en el bulevar de Sagasta. No es un lugar importante, pero sí muy céntrico. La Residencia Sacerdotal es una de las obras apostólicas que patrocina la Fundación de doña Luz Rodríguez Casanova, Fundadora de las Damas Apostólicas.

Por un precio módico, los sacerdotes pueden encontrar un ambiente digno y una atención adecuada de la que carecerían en una pensión corriente, de las múltiples que se reparten por la capital.

A través de la Residencia de la calle de Larra, don Josemaría establece su primer contacto con la Fundadora de las Damas Apostólicas, que acierta a ver en este sacerdote joven, piadoso y abnegado, el capellán que necesita para atender la iglesia del Patronato de Enfermos. En 1927 es nombrado para ese cargo (4).

Este título lleva consigo, solamente, la atención del culto en la capilla: celebrar la Santa Misa cada día, exponer el Santísimo Sacramento y dirigir el rezo del Rosario por las tardes. Pero acercará a don Josemaría a un ambiente en el que podrá desplegar una enorme y generosa actividad sacerdotal con los niños, los pobres y los enfermos. Su dedicación exhaustiva a los más abandonados de los barrios extremos se prolongará durante largo tiempo. Desde marzo de 1927 tiene cartas comendaticias y permiso de residencia en Madrid para dos años. Pero este plazo irá ampliándose hasta llegar a la incardinación definitiva en la diócesis de la capital de España.

Esquina de Santa Engracia con Nicasio Gallego

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei.

Opus Dei -

Patronato de Enfermos

Si el paseante sube calle arriba, por la acera de la izquierda, tras pasar la calle Longoria, se encontrará con la calle José Marañón.

Aquí se encuentra el Patronato de Enfermos, fundado por doña Luz Rodríguez Casanova.

El Patronato de Enfermos y la fundadora Luz Rodríguez Casanova

Opus Dei -

Mientras tanto, durante sus primeros años en Madrid don Josemaría desarrollaba una incansable actividad sacerdotal en su trabajo como capellán de una institución benéfica, el Patronato de Enfermos, que había fundado doña Luz Rodríguez Casanova, cuya Causa de Canonización se encuentra abierta.

Esta mujer asturiana, de origen aristocrático -era la cuarta hija de los marqueses de Onteiro-, había decidido, durante una estancia en Lourdes, cuando tenía 24 años, dedicarse por entero a la labor apostólica con los pobres, enfermos y niños de la periferia de Madrid.

El Patronato de Enfermos era una de las múltiples iniciativas asistenciales que había impulsado. Había fundado tres años antes, en 1924, una Congregación religiosa: las Damas Apostólicas.

Una Dama Apostólica, Asunción Muñoz, que era entonces una de las más jóvenes, evocaba su primer encuentro con don Josemaría en el año 1927. “Recuerdo perfectamente -escribe- que se trataba de un sacerdote muy joven, con la carrera eclesiástica recién terminada, pero con una personalidad muy definida y muy grata. Si tuviera que definir alguna cualidad que me impresionara más que otras, me pronunciaría por la franqueza, la sencillez, el agrado, la simpatía. Todo eso tenía. Llano, sencillo, fervoroso.

Opus Dei -

Desde el primer momento se compenetró admirablemente con doña Luz Rodríguez Casanova, nuestra Fundadora, porque ella también poseía una gran sencillez y porque le preocupaban las mismas cosas.

Comprendió muy bien nuestro espíritu aun cuando luego él fundara el Opus Dei, con un modo de buscar la santidad muy diverso. Habiéndole conocido, esto se explica con facilidad ya que él acataba todo lo bueno, todo lo grande, todo lo santo…

Tenía un espíritu muy universal. Quería todo cuanto fuera para la Gloria de Dios. Y por eso nos conoció muy bien y nos ayudó muchísimo y nos tuvo un gran afecto”.

“El Capellán del Patronato de Enfermos -prosigue- era el que cuidaba los actos de culto de la casa: decía Misa diariamente, hacía la Exposición y dirigía el rezo del Rosario. No tenía que ocuparse, por razón de su cargo, de atender la extraordinaria labor que se hacía desde el Patronato entre los pobres y enfermos -en general, con los necesitados- del Madrid de entonces.

Sin embargo D. Josemaría aprovechó la circunstancia de su nombramiento como capellán para darse generosamente, sacrificada y desinteresadamente a un ingente número de pobres y enfermos que se ponían al alcance de su corazón sacerdotal”.

Durante ese periodo, don Josemaría instruyó a miles de niños para que pudieran recibir la Confesión y la Primera Comunión; y atendió a millares de enfermos y desvalidos en sus propias casas o en los hospitales. Recorría Madrid de un extremo a otro, día tras día, para administrar los últimos sacramentos a los moribundos y a los desahuciados de los barrios más pobres y miserables de la ciudad.

“Nuestra madre Fundadora -comenta Asunción Muñoz- le tenía gran cariño. Se le notaba y nos lo decía abiertamente: porque el fervor de don Josemaría era admirable y tenía un atractivo especial. Contagiaba su piedad y era de una llaneza y una claridad abiertas a toda confianza”.

Mercedes Reyna

“En la época en que don Josemaría era capellán del Patronato -recuerda Margarita Alvarado, una mujer que ayudaba a aquellas religiosas y que luego se hizo carmelita descalza- murió en olor de santidad Mercedes Reyna, una Dama Apostólica que había llevado una vida de sacrificio ejemplar: tenía los pies totalmente deformados y así iba a visitar a los pobres, por los distintos barrios”.

Opus Dei -

San Josemaría ayudó a esta mujer hasta el último momento. “Le dio los últimos Sacramentos”, recuerda Asunción Muñoz, “a pesar de que él, por su cargo de capellán del Patronato, no tenía que ver con la atención espiritual de la comunidad de Damas Apostólicas. Posiblemente D. Josemaría haría una excepción con Mercedes Reyna atendiendo a sus circunstancias personales.

Me contaron que no se apartó, prácticamente, del pasillo al que se abría la puerta de su habitación durante todo el tiempo que duró la agonía. Paseaba, rezando, dispuesto a entrar en cuanto lo necesitara; escuchaba, con la piedad de quien asiste a la muerte de un santo, las palabras entrecortadas de Mercedes. Asistió, con absoluta devoción, a los últimos momentos de aquella mujer cuya entrega total al sufrimiento y al amor de Dios no dudó ni un instante”.

Cuando administraron los últimos sacramentos a Mercedes Reyna, descubrieron que tenía los dedos de los pies absolutamente deformes. Comprendieron entonces cuál era la causa de su frecuentes caídas por las calles y barrizales cuando iba a visitar a los enfermos. Aquellos pies eran la confirmación del heroísmo silencioso de esta mujer que quiso siempre -como escribió en sus Apuntes Espirituales- “vivir una vida recogida, callada, ingeniándome en ocultarme y desaparecer”.

D. Josemaría, relata Asunción Muñoz, “tuvo siempre conciencia de la santidad de esta mujer y la ayudó intensamente en su búsqueda de Dios. La entendió en el profundo silencio de su entrega, en la mortificación constante, en la humildad, en la unión con su amor crucificado. La entendió a pesar de lo original de su forma; a pesar de que el ánimo de don Josemaría barruntaba una entrega a Dios por caminos diferentes. La entendió con la apertura de los que saben distinguir la Presencia de Dios en un alma por encima de todos los matices”.

Calle José Marañón: Vivienda del capellán

El Fundador estuvo residiendo con su madre y hermanos en la calle José Marañón, en la vivienda del Capellán del Patronato de Enfermos, desde el 4 de septiembre de 1929 al 13 de mayo de 1931 y trabajó como capellán de este patronato desde junio de 1927 hasta el 28 de octubre de 1931.

Las ventanas de la casa del capellán son las del medio, de forma cuadrada, sin arcos.

La entrada desde la calle a la casa del capellán está presidida con un hermoso azulejo que representa a la Virgen Inmaculada.

El capellán tenía acceso directo a la capilla del Patronato. En la actualidad se conserva sólo de esa capilla, tras la guerra civil, la imagen de Jesucristo con los brazos abiertos que está en lo alto, sobre el retablo.

Las Damas Apostólicas recuerdan a san Josemaría haciendo largos ratos de oración junto a la Eucarístía. Ellas acudían a la Misa que celebraba todas las mañanas, a la que asistían también algunos enfermos del Patronato y vecinos del barrio.

Calle de Nicasio Gallego

Subiendo por la calle de Santa Engracia, el paseante se encuentra, en la esquina con la calle de Nicasio Gallego, con el edificio del Patronato de Enfermos que ocupa casi toda la manzana.

Carlos de San Antonio recoge en su estudio El Madrid del 27, unos párrafos de la Memoria del proyecto arquitectónico: “Se procurará que sea una composición sencilla, pero bien hecha, sin lujos decorativos, pero verdadera y permanente, como debe ser la caridad, que es la idea principal que mueve este edificio”.

Sobre la puerta principal, con azulejos de Talavera pintados en azul y amarillo, de J. Navarro y F. Vidal, se lee: Patronato de Enfermos. Fue inaugurado por Alfonso XIII en 1924. Destaca, entre otros elementos constructivos y ornamentales, el trabajo del ladrillo en las arquerías corrida.

San Josemaría trabajó como capellán en este Patronato desde junio de 1927 hasta octubre de 1931.

En la fotografía, algunas de las numerosas notas en las que las Damas Apostólicas le pedían que fuese a atender sacerdotalmente a enfermos, moribundos y personas necesitadas en los barrios más pobres y extremos de Madrid.

Si se tuerce a la izquierda, por la calle Nicasio Gallego, por la acera contigua al Patronato, el paseante se encuentra con la antigua puerta de la iglesia del Patronato. Esta puerta, presidida por una imagen del Sagrado Corazón, está habitualmente cerrada.

Solamente se puede acceder a la iglesia los domingos a la hora de Misa. San Josemaría solía celebrar la Santa Misa, a una hora bastante temprana, en esta iglesia pública del Patronato de Enfermos, desde junio de 1927 hasta el 28 de octubre de 1931.

Iglesia del Patronato de Enfermos

Los que asistían a esas Misas han testimoniado que san Josemaría celebraba la Eucaristía de modo devoto y pausado, llegando a emplear a veces hasta tres cuartos de hora. Años después emplearía sólo media hora, en atención a los fieles. Al terminar la Misa explicaba el catecismo a los niños y pasaba por los comedores del Patronato hablando con las personas necesitadas que acudían allí, e interesándose por sus problemas.

Opus Dei - Iglesia del  Patronato de Enfermos, antes del conflicto bélico (1936-39)

Iglesia del Patronato de Enfermos, antes del conflicto bélico (1936-39)

El 7 de agosto de 1931, fiesta de la Transfiguración del Señor, cuando celebraba la Santa Misa en un altar lateral de esta iglesia, san Josemaría escuchó sin ruido de palabras, en latín: Yo, cuando fuera levantado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia Mí.

Escribió el 21 de noviembre de 1931 en sus Apuntes, el ofrecimiento al Señor de su salud:

El día once de Agosto de 1929, según nota que tomé aquel día en una estampa que llevo en el breviario, mientras daba la bendición con el Santísimo Sacramento en la iglesia del Patronato de Enfermos, sin haberlo pensado de antemano, pedí a Jesús una enfermedad fuerte, dura, para expiación…

En esta iglesia el Fundador pasó muchos ratos de oración que se le quedaron íntimamente grabados en su alma. Contaba el 8 de septiembre de 1931:

Ayer, por la tarde, a las tres, salí al presbiterio de la Iglesia del Patronato a hacer un poco de oración delante del Ssmo. Sacramento. No tenía gana. Pero, me estuve allí hecho un fantoche.

A veces, volviendo en mí, pensaba: Tú ya ves, buen Jesús, que, si estoy aquí, es por Ti, por darte gusto. Nada. Mi imaginación andaba suelta, lejos del cuerpo y de la voluntad, lo mismo que el perro fiel, echado a los pies de su amo, dormita soñando con carreras y caza y amigotes (perros como él) y se agita y ladra bajito… pero sin apartarse de su dueño.

Así yo, perro completamente estaba, cuando me di cuenta de que, sin querer, repetía unas palabras latinas, en las que nunca me fijé y que no tenía por qué guardar en la memoria: Aún ahora, para recordarlas, necesitaré leerlas en la cuartilla, que siempre llevo en mi bolsillo para apuntar lo que Dios quiere (En esta cuartilla, de que hablo, instintivamente, llevado de la costumbre, anoté, allí mismo en el presbiterio, la frase, sin darle importancia): + dicen así las palabras de la Escritura, que encontré en mis labios: “et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti, firmans regnum tuum in aeternum”: apliqué mi inteligencia al sentido de la frase, repitiéndola despacio.

Y después, ayer tarde, hoy mismo, cuando he vuelto a leer estas palabras (pues, -repito- como si Dios tuviera empeño en ratificarme que fueron suyas, no las recuerdo de una vez a otra) he comprendido bien que Cristo-Jesús me dio a entender, para consuelo nuestro, que la Obra de Dios estará con El en todas las partes, afirmando el reinado de Jesucristo para siempre.

En esa iglesia conoció el Fundador a un joven que comulgaba a diario, y que se convertiría con el tiempo en uno de los primeros miembros del Opus Dei: José María González Barredo.

Desde este Patronato de Enfermos desarrolló una intensa labor sacerdotal con pobres y enfermos de todo Madrid, fundamentalmente con los que vivían en barrios más humildes y necesitados.

Escribió con este motivo: “En el Patronato de Enfermos quiso el Señor que yo encontrara mi corazón de sacerdote”.

El 11 de mayo de 1931, durante la llamada “quema de conventos”, en la que ardieron numerosos conventos e iglesias de Madrid, el Fundador trasladó el Santísimo Sacramento, para evitar profanaciones, desde el Patronato de Enfermos hasta el domicilio de Manuel Romeo Aparicio padre de dos conocidos del Fundador: Colo y José –al que llamaba afectuosamente Pepito—.

Los Romeo residían en el nº 143 de la calle de Santa Engracia, esquina a la calle Maudes.

Anotó el 20 de mayo de 1931:

Comenzó la persecución. El día 11, lunes, acompañado de D. Manuel Romeo , después de vestirme de seglar con un traje de Colo, comulgué la Forma del viril y, con un Copón lleno de Hostias consagradas envuelto en una sotana y papeles, salimos del Patronato, por una puerta excusada, como ladrones…

Encuentro de san Josemaría con el Siervo de Dios Isidoro Zorzano

En esta misma calle de Nicasio Gallego, en la esquina con la calle Covarrubias, san Josemaría se encontró providencialmente el Siervo de Dios Isidoro Zorzano, uno de los primeros miembros del Opus Dei, el 24 de agosto de 1930.

Cuenta Vázquez de Prada que escribía el Fundador en sus Apuntes el 25 de agosto de 1930:

Así las cosas, ayer día de S. Bartolomé, estaba yo en casa de Romeo y me sentí desasosegado -sin motivo- y me fui antes de la hora natural de marcharme, puesto que era muy razonable que hubiera esperado a que vinieran a su casa D. Manuel y Colo.

Poco antes de llegar al Patronato, en la calle de Nicasio Gallego, encontré a Zorzano. Al decirle que yo no estaba, salió de la Casa Apostólica, con intención de ir a Sol, pero una seguridad de encontrarme -me dijo- le hizo volver por Nicasio Gallego. Antes de que yo le dijera nada, me manifestó sus deseos…”.

La calle de Nicasio Gallego cruza primero la calle de Covarrubias y luego. la de Manuel Silvela. Torciendo a la derecha, muy cerca, en el nº14 de esta calle se encuentra la iglesia del Perpetuo Socorro.

Calle Viriato

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei.

Opus Dei -

De nuevo en la Glorieta de Quevedo, el paseante sube por la calle de Bravo Murillo y cruza a la acera de la derecha. Tras pasar la primera calle –Feijoo- llega hasta la calle Viriato.

En el actual n. 24, 2º de esta calle Viriato está la casa en la que residió san Josemaría con su madre y hermanos desde el 13 de mayo de 1931 hasta diciembre de 1932.

Los Escrivá vivían en habitaciones que no daban a la fachada, sino a un pequeño patio interior.

En la planta baja había una escuela de las Damas Apostólicas.

En esta casa de la calle Viriato escribió el Fundador muchos de sus Apuntes, en una habitación muy pequeña que daba al patio. Fue una época, escribió, de “oración de afectos, copiosa y ardiente” y de gracias espirituales.

La Virgen de los Besos

El joven Fundador tenía en esta casa una imagen por la que sentía especial devoción: la Virgen de los besos, que fue ocasión de gracias extraordinarias. Escribía en sus Apuntes íntimos el 20 de abril de 1932:

“entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, como el rostro de mi Virgen de los Besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fijé bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios”.

La estancia de los Escrivá en esta casa fue dura y difícil por los graves problemas económicos que atravesaban y la carencia de medios materiales. “En este Madrid —decía cristianamente la madre del Fundador —pasamos nosotros el purgatorio”. El 29 de diciembre de 1931 comentaba doña Dolores: “Nunca lo hemos pasado tan mal como ahora”.

La Virgen del Catecismo
Junto a la puerta de entrada del edificio, en la planta baja, funcionaba una pequeña escuela dirigida por las Delante de esta escuela el Fundador encontró el 26 de noviembre de 1932 una estampa de la Virgen tirada en el suelo, arrancada probablemente de las tapas de un catecismo. La guardó, con el presentimiento de que había sido hecho con desprecio.

Por eso, no quemaré la pobre imagen -un mal grabado, en un mal papel y roto-: la guardaré, la pondré en un buen marco, cuando tenga dinero… y ¡quién me dice que no se dará culto de amor y desagravio, con el tiempo, a la “Virgen del Catecismo”!Esta imagen, que presidió las primeras clases de formación cristiana que dio san Josemaría, desapareció durante la guerra civil, cuando se encontraba en la Academia DYA, destruida por los bombardeos.

El 24 de noviembre de 1932 el Fundador se retrató a sí mismo en esos Apuntes como:

“un instrumento pobrísimo y pecador, planeando, con tu inspiración, la conquista del mundo entero para su Dios, desde el maravilloso observatorio de un cuarto interior de una casa modesta, donde toda incomodidad tiene su asiento”.

Un poco más adelante, caminando por esta calle Viriato, el paseante se encuentra con la calle de la Santisima Trinidad.

Si el paseante recorre esta calle Santísima Trinidad, subiendo, se encontrará pronto con la calle García de Paredes. Ya desde la esquina de esta calle se ve un edificio moderno, de ladrillo visto, con una entrada amplia, en la que se lee Porta Coeli. En este lugar estaba el Asilo Porta Coeli, en el actual nº 21.


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