Valencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Encarnación Ortega quedó tan impresionada por “Camino” que asistió al curso de retiro que predicó Escrivá a finales de marzo de 1941 en Alacuás, cerca de su ciudad natal, Valencia. Después de la primera meditación fue a saludar al autor-predicador, que inmediatamente le explicó el Opus Dei y le dijo que necesitaba a unas cuantas mujeres valientes para llevarlo adelante. “Mi susto fue considerable”, recordó. “Perdí el apetito y el sueño y, aunque quería pensar que el retiro terminaría pronto y, tal vez, nunca volvería a encontrarme con nuestro Padre, me martilleaban esos planes divinos que me había dado a conocer”[1].

La meditación final del retiro trató sobre la Pasión de Cristo. “Todo esto, !todo!, lo ha sufrido por tí”, dijo Escrivá al final de la meditación. “Ten la valentía, al menos, de mirarle de frente y de decirle: eso que me estás pidiendo, !no quiero dártelo!”[2].

En cuanto terminó la meditación alguien dio a Ortega una palmadita en la espalda y le dijo: “Don Josemaría querría verte”. “En aquel momento”, cuenta Ortega, “tomé la decisión de decir que sí, que estaba dispuesta a ser una de aquellas mujeres que, muy cerca de nuestra Madre Dolorosa, pudieran ayudar al Padre a hacer el Opus Dei en la tierra”[3].

Cuando ella le habló a Escrivá de su decisión, le señaló los obstáculos que la aguardaban. Sus hijas todavía no tenían un centro donde pudieran vivir juntas, como familia. La gente podría no entender su camino. Debían vivir una pobreza real y dejar no sólo lo que tenían, sino también lo que habían soñado para el futuro. Ortega no se desanimó por este panorama, sino que, a la mañana siguiente, se sintió obligada a decirle a Escrivá que no sabía hacer nada. Escrivá respondió con una pregunta: “¿Sabes obedecer?”[4].

Durante la estancia de Escrivá en Valencia, Enrica Botella también pidió la admisión en el Opus Dei. Su vocación llevaba meses madurando. Su hermano Paco la había presentado, junto con una prima suya, a Escrivá. En su primer encuentro, Escrivá les había pedido que cosieran manteles y otros ornamentos para el oratorio del centro de Valencia, pero no les habló de la vocación al Opus Dei. “Nos ilusionó con ese encargo”, recuerda Enrica, “comentándonos la delicadeza de amor que suponía tener las cosas del Señor siempre bien cuidadas. Nosotras podíamos contribuir a esto, si cosíamos con cariño, en la presencia de Dios, esos lienzos que estarían tan cerca de Jesús Sacramentado”[5].

Pocas semanas después, durante un viaje a Valencia, Enrica habló con su hermano sobre el Opus Dei: “¿Por qué me hablas de esto?”, preguntó. Le explicó que las mujeres también podían pertenecer a la Obra y ella respondió que le encantaba ayudar cosiendo, pero que no tenía ningún interés en incorporarse al Opus Dei. Sin embargo, durante las semanas siguientes, siguió pensando en lo que su hermano le había dicho y, cuando Escrivá fue a Valencia para predicar un curso de retiro, ella acudió a verle. “Yo estoy pidiendo tu vocación, hija mia”, le dijo. “Desde aquel instante”, sigue relatando, “me consideré ya de la Obra”[6]. Escrivá le escribió un plan de vida y quedó en verla unos días después.

En su siguiente encuentro, Escrivá habló a Enrica y Ortega del inmenso panorama de actividades apostólicas que emprenderían. Las mujeres del Opus Dei, les dijo, se santificarían y practicarían un apostolado personal de amistad y confidencia con sus amigas y compañeras en todos los ambientes, desde el más prestigioso al más humilde. Algunas serían profesoras universitarias, médicos, periodistas, abogadas y farmacéuticas. Otras, dependientes, enfermeras o empleadas domésticas. Además de sus actividades personales, que son el principal apostolado de todos los miembros de la Obra, las mujeres del Opus Dei colaborarían con otra mucha gente para crear centros educativos y sociales, desde universidades y colegios de segunda enseñanza a dispensarios rurales, escuelas técnicas y residencias.

Aquellas aspiraciones contrastaban vivamente con la realidad del momento en Valencia: ni siquiera tenían un pequeño piso donde realizar ninguna actividad. De momento, además de su apostolado personal con familiares y amigas, Escrivá les pidió que bordaran ornamentos para el oratorio, que dieran clases al personal doméstico de la pequeña residencia de Samaniego y que ayudaran a organizar los menús. Estas humildes tareas -decía- les ayudarían a preparar sus alma para las grandes empresas que les aguardaban. Se explicó leyendo un punto de “Camino”: “No se veían las plantas cubiertas por la nieve. -Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: ‘ahora crecen para adentro’ -Pensé en ti: en tu forzosa inactividad… -Dime: ¿creces también para adentro?”[7].

Tan grande era la fe y la confianza con que Escrivá hablaba de su futuro, que Enrica Botella y Ortega apenas notaron el contraste entre aquellos grandes sueños y las pocas, y tradicionalmente femeninas, responsabilidades que les había pedido que asumieran. “Nos marchamos radiantes”, escribe Botella. “Valencia nos parecía pequeña para la carga de ilusiones que llevábamos dentro”[8]. No les importaba no ver todavía nada del apostolado con las mujeres: “Bastaba la seguridad de nuestro Fundador”[9].

A Ortega nunca se le había dado muy bien coser. En la cárcel de mujeres donde había estado retenida durante la Guerra Civil, prefirió cavar trincheras, cortar árboles y cargar camiones a trabajar en el taller textil. Claramente, sus gustos y ambiciones no casaban con los papeles que se asignaban a la mujer en la España de posguerra. Sin embargo, abrazó con entusiasmo no sólo los objetivos a largo plazo que Escrivá había descrito, sino también las realidades, mucho más prosaicas, de los principios. Escribió a las demás de la Obra: “Estoy dispuesta -si Dios me quiere cosiendo- a pasarme el día sentada en una silla y con la aguja en la mano; mejor que no me apetezca mucho, así tendré algo que poder ofrecer y desde luego, pienso hacerlo con alegría”[10].

[1] AGP P01 1980 p. 911

[2] Ibid. p. 912

[3] Ibid. p. 912

[4] Ibid. p. 913

[5] AGP P02 1981 p. 1214

[6] Ibid. p. 1215

[7] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 294

[8] AGP P02 1981 p. 1217

[9] Ibid. p. 1220

[10] AGP P16 III.1999 p. 79-80

Barcelona

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“La fundación del Ops Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Durante las semanas pasadas en Barcelona en 1937 antes de ir a Andorra, los miembros de la Obra habían rezado mucho por el futuro apostolado del Opus Dei en la ciudad. Dos años después, el 30 de diciembre de 1939, Escrivá y del Portillo pasaron un día en Barcelona. Visitaron a Alfonso Balcells, joven médico que había conocido a Jiménez Vargas durante la guerra y había asistido al curso de retiro predicado por Escrivá en Valencia en septiembre de 1939. También intentaron ver a Rafael Termes, compañero de del Portillo en la academia de oficiales, pero no se encontraba en la ciudad. Le dejaron una nota y, unos días más tarde, Casciaro, que debía resolver en Barcelona unos asuntos familiares, le fue a ver.

Estas breves visitas fueron el comienzo de las actividades del Opus Dei en Barcelona. Los jóvenes de la Obra escribían regularmente a su amigos y acompañaban sus cartas de abundantes oraciones. En una carta a los fieles de la Obra en Valencia Escrivá preguntaba: “¿Escribís a Ballcells? Creo que le he puesto un apellido algo enrevesado. Pero lo encomiendo a su Custodio, y algún día me dará las gracias”[1].

A mediados de febrero de 1940, Vallespín y Fuenmayor viajaron de Valencia a Barcelona. Unos días después, Múzquiz aprovechó un viaje profesional para pasar algún tiempo con Balcells y Termes. Regresó a Madrid con la noticia de que Termes estaba dispuesto a pertenecer al Opus Dei, aunque primero quería hablar con Escrivá.

Escrivá, del Portillo, Zorzano y Hernández de Gárnica fueron de Zaragoza a Barcelona el 31 de marzo de 1940. Termes no podía reunirse con ellos por la mañana, ya que tenía que desfilar con motivo del primer aniversario del final de la Guerra Civil. Por la tarde fue a ver a Escrivá, todavía vestido con su uniforme de oficial adornado con cintas de combate. “Recuerdo muy bien sus primeras palabras”, recuerda Termes. “De entrada, sin duda para facilitarme el diálogo, me dijo cariñosamente: “¡valiente oficial, que no se atreve a saltar el parapeto!”. Después todo fue fácil y, disipadas mis dudas por la seguridad y confianza que me inspiraban las palabras y la persona de nuestro Padre, pedí la admisión en la Obra”[2].Termes, que más tarde sería un prestigioso banquero, fue la primera persona que pidió la admisión en la Obra en Barcelona.

José María Casciaro, hermano menor de Pedro, vivía en Barcelona mientras terminaba sus estudios de secundaria. Vivía con un tío suyo, ya que sus padres tuvieron que exiliarse en Orán. Por Pedro, sabía ya bastante de la Obra y su espíritu y había conocido a Escrivá durante un viaje a Madrid en la primavera de 1939. Poco a poco, había pasado de la indiferencia hacia la religión a tener una vida espiritual relativamente fervorosa, y había empezado a pensar en la vocación al Opus Dei. En sus memorias describe su estado de ánimo: “La gracia de Dios me hacía ver, con bastante nitidez, que mi camino era el de elegirle a Él, en una aventura divina, por encima de todas las criaturas. Se me presentaba, sí, como una aventura, pero al mismo tiempo sentía una seguridad serena, una confianza interior, que no puede venir más que de Dios mismo, que llama. Pienso que no me costó mucho hacerme a la idea de una entrega total, y decidirme a ella libremente, sin traumas, aunque consciente de que aquella decisión implicaba algo muy serio. Y cada vez que consideraba esa elección –decir que sí a la llamada de Dios-, experimentaba un poco de miedo, pero mucha mayor alegría interna”[3].

Aprovechó la estancia de Escrivá en Barcelona en mayo de 1940 para decirle que quería pertenecer al Opus Dei. Después de interrogar al joven con bastante detalle para comprobar que entendía lo que suponía la llamada al Opus Dei, Escrivá le preguntó en un tono serio: “¿Te ha presionado tu hermano Pedro?”. Ante su respuesta negativa, Escrivá le volvió a preguntar lo mismo otras dos veces con diferentes palabras. Después de comprobar que José María actuaba con libertad y que sabía a qué se comprometía, Escrivá le recibió en el Opus Dei.

Como en otras ciudades, los miembros de la Obra en Barcelona pronto se pusieron a buscar un piso en el que tener sus actividades. Como ninguno era mayor de edad para firmar un contrato, le pidieron a Balcells que firmara el alquiler del apartamento que encontraron cerca de la Universidad. No era de la Obra -y no lo sería hasta varios años más tarde-, pero accedió. Con un toque de ironía, llamaron “El Palau” al diminuto nuevo centro.

Desde Ávila, donde predicaba un curso de retiro a sacerdotes diocesanos, el 1 de julio de 1940 Escrivá decía a sus hijos de Barcelona: “¡Ya tenemos casa en Barcelona!: no imagináis la alegría que me produjo esa noticia. Ha sido, sin duda, la bendición de ese Señor Obispo -¡os bendigo con toda mi alma, y bendigo la casa!, dijo nuestro D. Miguel Díaz Gómara, la última vez que estuve yo ahí-, ha sido esta bendición la causa de que vuestros trabajos para encontrar el Palau tuvieran éxito. Se va muy seguro, no apartándose jamás –es nuestro espíritu—de la autoridad eclesiástica ordinaria. Siento que el Palau, silenciosamente, ha de dar mucha gloria a Dios”[4]. Terminaba la carta con una urgente petición de oraciones, unidos a sus intenciones: “!Orar, orar, y orar!: ésta es mi consigna. Así saldrá todo muy bien”[5].

El crecimiento del Opus Dei en Barcelona fue paralelo al de otras ciudades, pero la campaña de calumnias contra la Obra, que tuvo lugar por toda España durante los siguientes años, fue particularmente virulenta en esa ciudad. La situación era muy difícil, ya que los miembros de la Obra de allí eran pocos, muy jóvenes y se encontraban a bastantes kilómetros de Escrivá y los demás. Hasta mayo de 1943 ni siquiera tuvieron un oratorio con el Santísimo Sacramento reservado en el sagrario. Uno de ellos resumiría la situación más tarde: “Éramos un puñado de estudiantes de primeros años de carrera, a quienes la gracia de Dios había hecho entender la Obra. No disponíamos de material escrito a excepción de “Camino”, ni de sacerdotes que conocieran nuestro espíritu, ni de experiencia espiritual y apostólica, ni de posibilidades de viajar a menudo a Madrid para hablar con nuestro Padre y con nuestros hermanos mayores. Sin embargo, ¡qué claro estaba el camino!: la entrega sin reservas, la santificación del trabajo ordinario, el apostolado entre los amigos, la humildad colectiva, la vida de oración… Aunque ignorábamos todavía muchos otros detalles de nuestro espíritu, teníamos una fe absoluta en nuestro Fundador”[6].

En medio de la más amarga fase de la persecución, en mayo de 1941, Escrivá envió una breve nota a sus hijos de Barcelona. Resume en pocas palabras la primera historia del Opus Dei en la ciudad: “!Que Jesus bendiga a mis hijos del Palau! Spe gaudentes, in tribulatines patientes, orationi instantes. Os abraza, Mariano”[7].

[1] Ibid. p. 555

[2] Ibid. p. 561-562

[3] José María Casciaro. Ob. cit. p. 83

[4] AGP P03 1990 p. 21-22

[5] Ibid. p. 23

[6] AGP P01 1981 p. 898

[7] Ibid. p. 902. “Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración”. Durante la Guerra Civil, Escrivá usó su cuarto nombre –Mariano- para evitar sospechas con la censura postal. Por devoción a la Virgen, continuó utilizándolo frecuentemente en sus cartas hasta el final de su vida.

Barcelona

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Durante las semanas pasadas en Barcelona en 1937 antes de ir a Andorra, los miembros de la Obra habían rezado mucho por el futuro apostolado del Opus Dei en la ciudad. Dos años después, el 30 de diciembre de 1939, Escrivá y del Portillo pasaron un día en Barcelona. Visitaron a Alfonso Balcells, joven médico que había conocido a Jiménez Vargas durante la guerra y había asistido al curso de retiro predicado por Escrivá en Valencia en septiembre de 1939. También intentaron ver a Rafael Termes, compañero de del Portillo en la academia de oficiales, pero no se encontraba en la ciudad. Le dejaron una nota y, unos días más tarde, Casciaro, que debía resolver en Barcelona unos asuntos familiares, le fue a ver.

Estas breves visitas fueron el comienzo de las actividades del Opus Dei en Barcelona. Los jóvenes de la Obra escribían regularmente a su amigos y acompañaban sus cartas de abundantes oraciones. En una carta a los fieles de la Obra en Valencia Escrivá preguntaba: “¿Escribís a Ballcells? Creo que le he puesto un apellido algo enrevesado. Pero lo encomiendo a su Custodio, y algún día me dará las gracias”[1].

A mediados de febrero de 1940, Vallespín y Fuenmayor viajaron de Valencia a Barcelona. Unos días después, Múzquiz aprovechó un viaje profesional para pasar algún tiempo con Balcells y Termes. Regresó a Madrid con la noticia de que Termes estaba dispuesto a pertenecer al Opus Dei, aunque primero quería hablar con Escrivá.

Escrivá, del Portillo, Zorzano y Hernández de Gárnica fueron de Zaragoza a Barcelona el 31 de marzo de 1940. Termes no podía reunirse con ellos por la mañana, ya que tenía que desfilar con motivo del primer aniversario del final de la Guerra Civil. Por la tarde fue a ver a Escrivá, todavía vestido con su uniforme de oficial adornado con cintas de combate. “Recuerdo muy bien sus primeras palabras”, recuerda Termes. “De entrada, sin duda para facilitarme el diálogo, me dijo cariñosamente: “¡valiente oficial, que no se atreve a saltar el parapeto!”. Después todo fue fácil y, disipadas mis dudas por la seguridad y confianza que me inspiraban las palabras y la persona de nuestro Padre, pedí la admisión en la Obra”[2].Termes, que más tarde sería un prestigioso banquero, fue la primera persona que pidió la admisión en la Obra en Barcelona.

José María Casciaro, hermano menor de Pedro, vivía en Barcelona mientras terminaba sus estudios de secundaria. Vivía con un tío suyo, ya que sus padres tuvieron que exiliarse en Orán. Por Pedro, sabía ya bastante de la Obra y su espíritu y había conocido a Escrivá durante un viaje a Madrid en la primavera de 1939. Poco a poco, había pasado de la indiferencia hacia la religión a tener una vida espiritual relativamente fervorosa, y había empezado a pensar en la vocación al Opus Dei. En sus memorias describe su estado de ánimo: “La gracia de Dios me hacía ver, con bastante nitidez, que mi camino era el de elegirle a Él, en una aventura divina, por encima de todas las criaturas. Se me presentaba, sí, como una aventura, pero al mismo tiempo sentía una seguridad serena, una confianza interior, que no puede venir más que de Dios mismo, que llama. Pienso que no me costó mucho hacerme a la idea de una entrega total, y decidirme a ella libremente, sin traumas, aunque consciente de que aquella decisión implicaba algo muy serio. Y cada vez que consideraba esa elección –decir que sí a la llamada de Dios-, experimentaba un poco de miedo, pero mucha mayor alegría interna”[3].

Aprovechó la estancia de Escrivá en Barcelona en mayo de 1940 para decirle que quería pertenecer al Opus Dei. Después de interrogar al joven con bastante detalle para comprobar que entendía lo que suponía la llamada al Opus Dei, Escrivá le preguntó en un tono serio: “¿Te ha presionado tu hermano Pedro?”. Ante su respuesta negativa, Escrivá le volvió a preguntar lo mismo otras dos veces con diferentes palabras. Después de comprobar que José María actuaba con libertad y que sabía a qué se comprometía, Escrivá le recibió en el Opus Dei.

Como en otras ciudades, los miembros de la Obra en Barcelona pronto se pusieron a buscar un piso en el que tener sus actividades. Como ninguno era mayor de edad para firmar un contrato, le pidieron a Balcells que firmara el alquiler del apartamento que encontraron cerca de la Universidad. No era de la Obra -y no lo sería hasta varios años más tarde-, pero accedió. Con un toque de ironía, llamaron “El Palau” al diminuto nuevo centro.

Desde Ávila, donde predicaba un curso de retiro a sacerdotes diocesanos, el 1 de julio de 1940 Escrivá decía a sus hijos de Barcelona: “¡Ya tenemos casa en Barcelona!: no imagináis la alegría que me produjo esa noticia. Ha sido, sin duda, la bendición de ese Señor Obispo -¡os bendigo con toda mi alma, y bendigo la casa!, dijo nuestro D. Miguel Díaz Gómara, la última vez que estuve yo ahí-, ha sido esta bendición la causa de que vuestros trabajos para encontrar el Palau tuvieran éxito. Se va muy seguro, no apartándose jamás –es nuestro espíritu—de la autoridad eclesiástica ordinaria. Siento que el Palau, silenciosamente, ha de dar mucha gloria a Dios”[4]. Terminaba la carta con una urgente petición de oraciones, unidos a sus intenciones: “!Orar, orar, y orar!: ésta es mi consigna. Así saldrá todo muy bien”[5].

El crecimiento del Opus Dei en Barcelona fue paralelo al de otras ciudades, pero la campaña de calumnias contra la Obra, que tuvo lugar por toda España durante los siguientes años, fue particularmente virulenta en esa ciudad. La situación era muy difícil, ya que los miembros de la Obra de allí eran pocos, muy jóvenes y se encontraban a bastantes kilómetros de Escrivá y los demás. Hasta mayo de 1943 ni siquiera tuvieron un oratorio con el Santísimo Sacramento reservado en el sagrario. Uno de ellos resumiría la situación más tarde: “Éramos un puñado de estudiantes de primeros años de carrera, a quienes la gracia de Dios había hecho entender la Obra. No disponíamos de material escrito a excepción de “Camino”, ni de sacerdotes que conocieran nuestro espíritu, ni de experiencia espiritual y apostólica, ni de posibilidades de viajar a menudo a Madrid para hablar con nuestro Padre y con nuestros hermanos mayores. Sin embargo, ¡qué claro estaba el camino!: la entrega sin reservas, la santificación del trabajo ordinario, el apostolado entre los amigos, la humildad colectiva, la vida de oración… Aunque ignorábamos todavía muchos otros detalles de nuestro espíritu, teníamos una fe absoluta en nuestro Fundador”[6].

En medio de la más amarga fase de la persecución, en mayo de 1941, Escrivá envió una breve nota a sus hijos de Barcelona. Resume en pocas palabras la primera historia del Opus Dei en la ciudad: “!Que Jesus bendiga a mis hijos del Palau! Spe gaudentes, in tribulatines patientes, orationi instantes. Os abraza, Mariano”[7].

[1] Ibid. p. 555

[2] Ibid. p. 561-562

[3] José María Casciaro. Ob. cit. p. 83

[4] AGP P03 1990 p. 21-22

[5] Ibid. p. 23

[6] AGP P01 1981 p. 898

[7] Ibid. p. 902. “Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración”. Durante la Guerra Civil, Escrivá usó su cuarto nombre –Mariano- para evitar sospechas con la censura postal. Por devoción a la Virgen, continuó utilizándolo frecuentemente en sus cartas hasta el final de su vida.

“El Cubil”

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A comienzos del curso académico 1939-40, se proyectó abrir residencias en Valencia y Madrid. Como en Valencia no se encontró un lugar adecuado, en agosto se alquiló un pequeño apartamento. Sus reducidas dimensiones y pobreza sugirieron el apodo de “El Cubil”, nombre con el era llamado habitualmente. Tenía un comedor, un pasillo y dos habitaciones, una de las cuales servía de almacén para la reciente edición de “Camino”. La otra servía para múltiples funciones: sala de estudio, cuarto de estar y lugar de oración a falta de oratorio.

A pesar de tratarse de un piso diminuto, resultaba difícil pagar el alquiler y cubrir otros gastos. En un momento dado, la compañía telefónica cortó la línea por falta de pago. Había tan pocos muebles que, cuando Escrivá cayó enfermo, con fiebre alta, después de predicar un curso de retiro en septiembre de 1939, lo mejor que pudieron ofrecerle fue un camastro militar y una vieja cortina y unos cartones a modo de mantas.

A pesar de la pobreza reinante, el numero de jóvenes que acudía a El Cubil aumentaba. En enero de 1940, asistía ya al círculo de San Rafael que había comenzado en agosto de 1939 una docena de estudiantes. Siguiendo el consejo de Escrivá de que fuera reducido el número de participantes en cada grupo, el círculo se dividió en dos. Pronto llegaron nuevas vocaciones: Salvador Moret, Antonio Ivars Moreno e Ismael Sánchez Bella, y su hermano Florencio, estudiante de Derecho que trabajaba por la noche como linotipista de un periódico local.

Escrivá celebró Misa por primera vez en El Cubil el 1 de febrero de 1940. Un sacerdote amigo prestó los ornamentos y demás objetos litúrgicos. Antes de la Misa, predicó una meditación sobre la eficacia del sacrificio y la necesidad de morir a uno mismo, como el grano de trigo. Aunque no hablaba de sí mismo, su propia vida era un vivo ejemplo de sacrificio. En El Cubil no había un sitio adecuado para hablar con todos los estudiantes que querían dirigirse con él, así que se veía obligado a dar largos paseos con ellos a orillas del Turia. Uno de la Obra anotó en el diario de El Cubil: “El Padre dice que necesita distraerse y tomar el sol; lo cierto es que quiere reventarse a fuerza de andar, pues desde hace dos días tiene los pies hinchados, como siempre que viene a Valencia”[1].

[1] AGP P03 1988 p. 547

Nuevos miembros y traslado de Zorzano a Madrid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A pesar de este desfavorable ambiente, Escrivá aprovechó la ausencia de muchos residentes en abril, durante las vacaciones de Semana Santa, para predicar un curso de retiro en la academia DYA. Fue el primero que se haya predicado en un centro del Opus Dei. Durante el retiro, al igual que en los días de retiro mensual, Escrivá insistió en la necesidad de estudiar y de tener vida de piedad para llevar la sal y la luz de Cristo a la sociedad. Era dolorosamente consciente de los males que atormentaban a la sociedad española, pero animaba a los estudiantes a no dejarse absorber por las actividades políticas hasta el punto de fracasar en su preparación profesional y espiritual. Sin subestimar los problemas políticos y sociales, les urgía a centrarse en sus raíces espirituales: “Un secreto. Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. Dios quiere un puñado de hombres ‘suyos’ en cada actividad humana. Después… ‘pax Christi in regno Christi’ -la paz de Cristo en el reino de Cristo”[1].

En medio del torbellino político y social de la primavera de 1936, la oración, el sacrificio y los esfuerzos apostólicos de Escrivá y de los otros miembros de la Obra fueron recompensados. A mediados de abril, Vicente Rodríguez Casado, que estudiaba Derecho e Historia en la Universidad de Madrid, se incorporó al Opus Dei. Unos días después, durante el viaje a Valencia, Escrivá conoció a un joven estudiante de Filosofía, Rafael Calvo Serer, directivo de la Asociación de Estudiantes Universitarios Católicos en Valencia. En marzo, aprovechando sus viajes a Madrid por asuntos de la Asociación, Calvo Serer habló con Escrivá varias veces. El 19 de marzo, fiesta de san José, Escrivá le explicó el Opus Dei y le invitó a considerar su posible vocación. En aquella ocasión Calvo le había respondido, medio en broma, que ya había caído en sus redes… Ya en Valencia, tras una larga conversación con Escrivá paseando por las calles de la ciudad, también solicitó la admisión en la Obra.

A mediados de 1936, el Opus Dei tenía ya diecinueve miembros. Escrivá se sentía feliz con las nuevas vocaciones, pero necesitaba ayuda de los mayores para ampliar los apostolados de la Obra. En particular le urgía el deseo de apoyarse más firmemente en Zorzano, quien vivía en Málaga desde antes de pedir la admisión en el Opus Dei. En los últimos meses la situación de Zorzano se había vuelto muy difícil. La ciudad era un hervidero de actividad de la izquierda radical. En general, los hombres que trabajaban directamente para él le respetaban y apreciaban su honradez y su interés por ellos. Pero como ingeniero y como católico, Zorzano era detestado por los obreros que no le conocían personalmente. Un día un antiguo alumno suyo de la Escuela Técnica le informó de que un grupo de trabajadores anarquistas y comunistas planeaban asesinarlo. No habría sido prudente seguir mucho más tiempo en Málaga.

No era la primera vez que Zorzano había pensado trasladarse a Madrid. Durante años había buscado un trabajo en la capital porque sentía la necesidad de tener más contacto con Escrivá y con los demás de la Obra. Pero en plena crisis económica no había surgido ninguna oportunidad. La prevista expansión de DYA y la próxima apertura de una academia y residencia en Valencia le brindaron la posibilidad de trabajar en Madrid.

Vallespín se trasladaría a Valencia para comenzar la nueva residencia y Zorzano estaría al frente de DYA en Madrid, donde también pondría en marcha la nueva sección de estudios de ingeniería. Desde un punto de vista económico el puesto de director de DYA no era lucrativo, pero Zorzano tenía un familiar que se disponía a empezar negocios en Madrid: colaboraría con él y así obtendría más ingresos con los que llegar a fin de mes. A primeros de junio se trasladó a Madrid. En su nuevo cargo tendría la oportunidad de poner en práctica su formación técnica y su experiencia docente. También le permitiría contribuir de modo más directo al apostolado del Opus Dei en Madrid.

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 301

La Obra de los santos Rafael, Miguel y Gabriel

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Durante el retiro, Escrivá vio cómo estructurar los incipientes apostolados del Opus Dei que, aunque pequeños, ya alcanzaban a un amplio abanico de gente. A partir de entonces, hablaría de tres obras de apostolado, confiadas a cada uno de los tres arcángeles mencionados en las Escrituras. La formación espiritual de los estudiantes y demás gente joven sería confiada a san Rafael y al apóstol san Juan. La formación de los miembros del Opus Dei que habían acogido una vocación al celibato en medio del mundo, a san Miguel y al apóstol san Pedro. Finalmente, el apostolado con la gente casada y la formación de los miembros casados del Opus Dei, a san Gabriel y al apóstol san Pablo.

Todas las futuras actividades del Opus Dei entrarían en una de estas tres Obras, a las que Escrivá llamaría de San Rafael, de San Miguel y de San Gabriel. Había estado pensando en fundar una asociación para gente joven, con el nombre de Pía Unión de Santa María de la Esperanza, afín a la Sociedad del Santo Nombre o a la Legión de María. Antes de asistir al curso de retiro había hablado sobre este asunto con el Padre Postius, su director espiritual tras la disolución de la Compañía de Jesús. Habían convenido que sería mejor no formar ninguna asociación, sino simplemente dar formación a la gente joven –tal vez mediante una academia como la Cicuéndez, donde daba clase–. Durante el retiro se reafirmó en esa convicción.

Presentación del documental sobre Guadalupe Ortiz de Landázuri

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El  20 de octubre de 2005 se presentó en el edificio del CSIC de la calle Serrano el documental “Guadalupe Ortiz de Landázuri”. Incluimos algunas declaraciones de los ponentes del acto, el trailer del DVD y 2 fragmentos de la biografía de Mercedes Eguíbar.

La sede del CSIC fue el escenario elegido para la presentación del DVD Guadalupe Ortiz de Landázuri, un reportaje sobre la vida de esta química madrileña, en proceso de canonización, que fue una de las primeras mujeres del Opus Dei.

Al acto acudieron numerosas personas que habían conocido a Guadalupe, entre otras, Piedad de la Cierva que, además de ser la primera mujer que trabajó en el CSIC, dirigió la tesis doctoral de Ortiz de Landázuri.

El profesor de Investigación del CSIC, Víctor Manuel Fernández, destacó la faceta investigadora de esta química, que decidió estudiar una carrera científica en unos momentos difíciles, especialmente para las mujeres “Era una persona –señaló Fernández- de una gran claridad de ideas que eligió unos estudios poco frecuentes para una mujer en aquel momento. Después, a lo largo de su vida, siempre se preocupó por actualizar sus conocimientos. De hecho, sorprende que su línea de investigación –relacionada con el ahorro energético y el uso de materiales reciclables- enlace directamente con los campos de interés de la investigación actual”.

Uno de los momentos más emotivos del acto tuvo lugar cuando Víctor Manuel Fernández leyó algunos párrafos de la introducción de la tesis doctoral de Guadalupe Ortiz de Landázuri, donde se percibían las dificultades que tuvo que afrontar para llevar a cabo su investigación científica.

Andrés Barbé, productor ejecutivo del documental

El productor del DVD, Andrés Barbé, señaló que fue al leer una biografía de Guadalupe cuando descubrió que “en su vida había materia suficiente para hacer, no una, sino varias películas. Es una existencia llena de aventura, dedicada a los demás, y había que reflejarla audiovisualmente. De ahí surgió la idea de proponer a la Oficina de las Causas de los Santos de la Prelatura, hacer un relato que, como su persona, tiene una gran fuerza.”

Cerró el acto la periodista y escritora Mercedes Eguíbar, que además de conocer personalmente a Guadalupe, es autora de su biografía. Eguíbar la definió como “una mujer pionera en la promoción social del mundo rural mejicano”. Al señalar algunas de sus cualidades humanas, afirmó que Guadalupe fue “una persona comprometida con su tiempo e incluso adelantada a él en muchos aspectos.

Tenía una moderna mentalidad, que le llevaba a soñar despierta con un futuro mejor, poniendo, al mismo tiempo todos los medios para conseguirlo, a través de su trabajo y su gran espíritu de servicio”.

La biógrafa también abordó algunos aspectos de la honda vida cristiana de esta investigadora: “La vida de Guadalupe transcurrió en una permanente relación con Dios, gracias a esto supo transformar las dificultades, el dolor, en alegría aunque fuera, a veces, una alegría que tenía raíces en forma de cruz. En verdad su vida fue sal y luz”.

Incluimos a continuación 2 textos extraídos de la biografía de Guadalupe escrita por Mercedes Eguíbar y editada en Palabra (capítulos 3 y 11 respectivamente).

Encuentro con San Josemaría

El 25 de enero de enero de 1944, Guadalupe acudió a su cita con el Fundador del Opus Dei, en un pequeño chalé de la Colonia del Viso, en la calle Jorge Manrique, número 19.

Seguramente no lo sabía pero aquel era el primer centro de mujeres que había sido inaugurado hacía un año y medio, en el día de la Porciúncula –Nuestra Señora de los Ángeles- de 1942.

Es lógico pensar que Guadalupe acudiera un poco nerviosa y subiera los escalones de la entrada con cierta timidez. La pasaron a una salita amplia con la sillería tapizada de color rosa y le llamó especialmente la atención un cuadro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, de la que siempre había pensado que le gustaría tener una estampa o una buena fotografía. Hasta entonces se había tenido que contentar con una imagen recortada de un periódico.

Don Josemaría Escrivá de Balaguer era un sacerdote joven aún, de cuarenta y dos años, más bien grueso, con una sonrisa abierta que denotaba profunda alegría y una extraordinaria viveza de palabra y de movimiento que no ocultaba, sin embargo, su recogimiento interior.

Guadalupe se sintió impresionada y atraída de modo que enseguida se abrió en confidencia: ¿Qué tengo que hacer con mi vida?

Guadalupe siempre recordaría aquella conversación como esclarecedora, el encuentro con lo que andaba buscando. Supo que aquél iba a ser para ella el padre que había perdido unos pocos años antes porque –así lo repitió en muchas ocasiones-, en aquel momento, vio claramente su camino.

El sacerdote, sin embargo, le dejó abierto el horizonte de su libertad. Era ella la que debía tomar la decisión sin más motivo que el amor a Dios y sin más fuerza que su gracia. Al terminar, don Josemaría la invitó a asistir a un Curso de retiro que iba a comenzar unos días después.(…)

Guadalupe y México

La llegada a México no es para ser descrita. Parece que ha estado años fuera. Todas le preguntan y no paran. Y ella cuenta y tampoco para. Lo primero que ha hecho es buscar el lugar idóneo para la imagen de la Virgen que el Padre le ha dado.

Tiene la sensación de que ha crecido la labor apostólica y madurado las que han ido llegando en este año 1951, a punto de terminar. Se siente marcada por el fuerte deseo de poner en práctica todas las orientaciones que ha recibido durante su estancia en Madrid y en Roma. Tiene proyectos apostólicos nuevos.

Empieza el 1952, un año de rápida expansión para la Obra en México, que se extiende no sólo en el Distrito Federal, sino que señala el inicio en nuevas ciudades del país.

Hasta entonces el apostolado se había dirigido hacia las estudiantes universitarias principalmente. Llegaba la hora de tener en cuenta otros campos.

En primer lugar, se puso en marcha la atención a otras mujeres mayores que generalmente estaban casadas. Conocían y trataban ya a las que don Pedro les había presentado al llegar, normalmente esposas de conocidos suyos. Este grupo era numeroso y habían prestado ayuda generosa en la instalación de la residencia Copenhague. Ahora se trata de organizar los medios de formación necesarios para las futuras cooperadoras. La residencia se ensanchaba o encogía de acuerdo con las necesidades apostólicas.

El primer medio de formación que se les ofreció fueron los retiros mensuales. Así, además de la personal reflexión, se les facilitaba el apostolado, porque podían invitar a otras amigas. Hacia fines de marzo, tuvo lugar ya un primer curso de retiro. Pronto hubo muchas mujeres que comprendieron el impresionante panorama que se les abría, al comprobar que ellas podían también sentirse llamadas por Dios a la santidad con su fidelidad a las exigencias matrimoniales, como esposas y madres.

Ante ellas se iluminaba sobrenaturalmente su camino. Vieron, de forma práctica, que el seguimiento al Señor no era algo exclusivo de las que se habían comprometido a vivir en el celibato o la virginidad, sino que todas debían considerarse plenamente enroladas en la llamada que habían recibido en el bautismo. San Josemaría Escrivá de Balaguer había escrito hacía ya muchos años: Se creía que la perfección no fuese cosa asequible a las almas que se quedan en el mundo (…). Ahora ha vuelto a sonar la voz de Jesús que dice a todos: estote ergo vos perfecti, sicut et Pater vester caelestis perfectus est; sed pues vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto (Mat. V, 48) .

Estaban descubriendo, por lo tanto, lo que el Señor había mostrado al Fundador del Opus Dei: Yo veo esta gran selección actuante–así decía-: hombres y mujeres de empresa y obreros; mentes claras de la universidad, inteligencias cumbres de la investigación, mineros y campesinos; aristocracia –de la sangre, del ejército, de la banca, de las letras- y pueblo, con su mentalidad más rudimentaria: todos, cada uno sabiéndose escogido por Dios para lograr su santidad personal en medio del mundo, precisamente en el lugar que en el mundo ocupa, con una piedad sólida e ilustrada, de cara al cumplimiento gustoso –aunque cueste- del deber de cada momento .

Lo que había visto San Josemaría hacía tantos años, ahora lo contemplaban aquellas mexicanas como una gran novedad y se dispusieron a servir a toda la sociedad en sus diversos estratos y, sobre todo, a renovar con ilusión su vocación matrimonial y familiar.

Guadalupe pudo constatar muy pronto que la labor se multiplicaba y cómo podía ir contando con grupos de mujeres, supernumerarias o cooperadoras, en las que apoyarse. Eran personas que se responsabilizaban de abrir nuevos campos de apostolado y, con múltiples actividades, facilitar los medios económicos imprescindibles para el sostenimiento de las actividades.(…)

Mis primeros encuentros con Álvaro Domecq

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Álvaro Domecq fue un ganadero y rejoneador que procuró encontrar a Dios en su trabajo. Incluimos ahora un testimonio publicado en la prensa sobre la vida de este supernumerario del Opus Dei.

Le conocí en un Curso de retiro que dirigí en la primavera de 1954. Era un Curso de retiro que solía organizar anualmente la ACNDP en Cádiz. Aquel año tuvo lugar en un pequeño chalet que tenía José María Pemán, en las afueras de la ciudad por aquel entonces, casi lindando con el Hotel Playa.

El Curso de retiro era de cuatro días y recuerdo que Álvaro se tuvo que marchar antes de terminar, porque debía asistir a una tienta en una finca del Conde de la Corte -por Badajoz si mal no recuerdo– y a la que acudiría un gran número de invitados del mundo de los toros.

Antes de marcharse tuvimos una conversación muy larga y profunda, en la que me impresionó por la seriedad con que había tomado aquel retiro y la firmeza en sus propósitos de renovación de vida.

No tardó mucho en llegar un segundo encuentro. Esta vez fue en “El Paquete”, su casa de Jérez. Fui a verle y solicité su ayuda para algo muy importante en el desarrollo futuro del Opus Dei en todo el mundo: el Beato Josemaría Escriva había visto claramente, por querer de Dios, la necesidad de consolidar el establecimiento de la Obra en Roma y, desde allí, irradiar a todo el mundo, tal como así fue.

Casi no es necesario añadir que Álvaro respondió con una generosidad extraordinaria, y además nos facilitó nuevas relaciones con muchos de sus conocidos, que fueron el primer apoyo para comenzar allí la labor apostólica.

En aquella conversación también me sorprendió diciéndome que había pensado en mí – recién ordenado sacerdote tan sólo un año y medio antes – para cumplir un deseo que alimentaba desde hacía mucho tiempo: organizar otro Curso de retiro para toreros. Naturalmente acepté con mucho gusto.

Este Retiro tuvo lugar, efectivamente, unos meses después. Lo celebramos en Jandilla, una dehesa de toros bravos que tenían entonces los hermanos Domecq Díez en Vejer de la Frontera. Álvaro invitó a sus conocidos con una carta que aludía, en términos muy adecuados para los destinatarios, a la necesidad de recibir más formación y profundizar en la fe cristiana. La respuesta fue muy buena y, la noche en que nos reunimos a cenar en Jandilla debieron venir unos 25, entre los cuáles se contaban algunos destacados del momento como el “Chamaco”, el “Litri”, Mondeño, Curro Romero, Rafael Ortega…

Fue un Retiro con un plan adecuado a los asistentes, en el que varios laicos dirigieron algunas sesiones como, por ejemplo, Jesús Arellano, Salvador Hernández Conesa, un médico que se fue después a Murcia, y Florentino Rodríguez, que más tarde se ordenó sacerdote y está en Centroamérica desde entonces.

Jesús Arellano, con la seriedad que le daba ser Catedrático de Filosofía, demostró conocer muy bien aquel “mundo”, porque recuerdo que unos de los toreros –me parece que fue el Chamaco- vino a preguntarme si era cierto lo que había dicho Jesús en la charla: que se podía hacer oración cada vez que se brindaba un toro a Dios, y pude decirle que había entendido muy bien, porque era la mejor manera de santificarse con su trabajo. Aquellos días terminaron, ya fuera de programa, con una tienta de vaquillas.

Desde entonces se fue haciendo anualmente un retiro semejante, aunque yo sólo pude dirigir los dos o tres siguientes porque dejé Andalucía y me fui a vivir a otro extremos de España.

Seguimos la relación con Álvaro porque la Obra inició el trabajo apostólico en Jerez, donde más tarde, en diciembre de 1957, se adquirió la finca de Santa María del Pino, que hoy alberga la casa de retiro “Pozoalbero”. Entonces comenzamos a tener regularmente actividades de formación cristiana para los amigos de Jérez.

Creo poder decir que llegué entonces a entablar amistad con los suyos; y recuerdo con agradecimiento haber sido recibido en su casa –con Mari Pepa, inolvidable, Fabiola y Álvaro- como si fuera de la familia. De aquella amistad fue conociendo Álvaro el Opus Dei, donde más tardó solicitó la admisión como Supernumerario. Fue el día de San José de 1959, día preciso que recuerdo muy bien.

Cierro ya estos recuerdos –lejanos y cercanos en estos momentos- con uno más: en 1960 viajé con Álvaro y Mari Pepa a Pamplona, donde se celebraban los actos de inicio del curso en la Universidad de Navarra. Allí tuve ocasión de presentarles al Fundador del Opus Dei, con quien llegaron también a tener una gran amistad personal.

De todo esto han pasado ya casi cincuenta años, y lo recuerdo como si fuera algo sucedido ayer.

Con los ojos de la fe

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A los diez años contrajo una enfermedad que le hizo perder la vista. José Enrique Fernández del Campo, agregado del Opus Dei, nos cuenta su historia.

En la puerta de mi casa.

Cuando tenía diez  años contraje un glaucoma, una enfermedad degenerativa de la vista que entonces tenía muy poco tratamiento. Mis padres pusieron todos los medios y los médicos me hicieron varias intervenciones quirúrgicas, pero dieron muy poco resultado. Aunque se prolongó algo más el proceso y durante un tiempo conservé la vista, acabé perdiéndola del todo.

Al principio me costaba aceptar mi realidad: me estaba quedando ciego. Gracias a Dios, mis padres me ayudaron mucho y se esforzaron para que tuviera una atención adecuada, llevándome a un colegio especial. Hoy esto no resulta necesario, pero entonces no existía la pedagogía adecuada en los centros ordinarios y fue una buena solución.

Aquel colegio fue una sorpresa para mí, porque era muy diferente de cómo me lo esperaba. Los chicos de mi edad, a pesar de sus limitaciones, hacían lo mismo que cualquier chaval de doce años: se subían a los árboles, jugaban al fútbol, etc. Aquello me pareció un paraíso, y el cambio de colegio me vino muy bien.

Allí aprendí a funcionar con autonomía, sin depender de nadie; y desde entonces voy en metro y viajo en tren o en avión cuando es necesario sin que me suponga ningún trastorno grave. Naturalmente algún pequeño accidente sí que tengo de vez en cuando, pero sin mayor importancia: una brecha al tropezarme con un andamio que han puesto en mitad de la acera y cosas así.

Ya sé que esto puede sorprender, pero tengo muchos amigos ciegos y la mayoría no vivimos esta limitación como una tragedia. Cuando una persona se queda ciega, los que la rodean lo consideran algo terrible; pero desde un punto de vista cristiano, sobrenatural, comprendes que el hecho de ver o no ver físicamente no es algo tan decisivo en la vida. Es algo que puedes superar, una situación a lo que te puedes adaptar. La ceguera verdaderamente terrible es la espiritual, que tantas veces nace del pecado. Y no es irremediable: basta con acudir con humildad a la misericordia de Dios, pidiéndole luz y perdón.

Gracias a mi ceguera

Gracias a mi ceguera, incluso he hecho muchos  amigos. A Pedro, uno de mis mejores amigos, lo conocí porque un día me ayudó a cruzar la calle. Pedro estudiaba Matemáticas, dos cursos por detrás. Varios días después nos encontramos de nuevo, empezamos a charlar y nos fuimos a tomar algo. Y así nació una amistad que se ha prolongado durante cuarenta años.

Dando clase en la ONCE.

La primera noticia que tuve del Opus Dei fue cuando estudiaba segundo de Matemáticas en la Universidad. Me acuerdo perfectamente del día y del momento. Luís, que era de mi mismo curso, me invitó a una conferencia en Montalbán, un Colegio Mayor de Madrid. Asistí  por simple interés profesional.

Fue la primera vez que estuve en un centro de la Obra. Le pregunté qué era aquello y me habló del Opus Dei, de su finalidad, de su misión, etc., pero yo tenía mis ideas preconcebidas y no estaba dispuesto a aceptar sus explicaciones, aunque a partir de entonces, empezamos a vernos con más frecuencia en la Facultad y acabamos haciéndonos amigos.

Un día me propuso hacer un curso de retiro y le dije que no podía; lo cierto era que no me interesaba ni mucho ni poco,  porque, aunque había recibido formación cristiana en mi casa, en aquel tiempo no era especialmente fervoroso, y estaba concentrado en la preparación de unas oposiciones para profesor del colegio de ciegos donde había estudiado.

Pasaron los meses. Unos días venía Luís a  estudiar a mi casa y otros días iba yo con él a estudiar a Montalbán. Allí tenían por costumbre, haciendo un alto en el estudio, reunirse  en el oratorio para hacer un rato de oración. Un día Luís me invitó, y acepté.

A veces leían algunos puntos de Camino, un libro que me interesó tanto que acabé consiguiéndome una edición en Braille. Y a partir de entonces empecé a leerlo y a meditarlo, a mi aire, todos los días. Así, casi sin darme cuenta, comencé a hacer oración y a tratar personalmente al Señor.

Iba con más frecuencia a Montalbán. El ambiente me atraía: gente muy alegre y al mismo tiempo muy seria en el estudio. Empezó a interesarme la formación cristiana y asistía  cada semana a un curso de formación cristiana para universitarios, y a las meditaciones espirituales que dirigía el sacerdote.

“¿Por qué no te animas a hacer un retiro?”, me preguntaba Luís de vez en cuando. Yo le daba siempre la misma excusa: “mira, es que tengo que estudiar esto, tengo que preparar lo otro…”. Acababa de iniciarme por aquel entonces profesionalmente en el mundo de la enseñanza; aunque la verdadera razón era que no quería comprometerme demasiado con Dios.

Durante ese tiempo san Josemaría estuvo de paso en  Madrid y  Luís le dijo que tenía un amigo ciego al que procuraba acercar a Dios. San Josemaría le comentó que rezaría por mí para “que viera” con visión sobrenatural.

Poco después, un día de 1967, después de estudiar con Luís, hicimos un rato de lectura, que más bien fue de  oración en mi casa con el libro Santo Rosario. Al terminar, estuvimos charlando del  curso de retiro y decidí acudir. Fue un paso decisivo para mi trato con Dios y para mi vocación al Opus Dei, donde pedí la admisión como agregado un mes después.

Cuando le contaron a San Josemaría que había pedido la admisión comentó que ahora lo que hacía falta es que supiera mirar todas las cosas siempre con los ojos de la fe.

Con San Josemaría

Ese mismo año le conocí, porque estuve en Pamplona,  en la Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra. San Josemaría celebró la Misa en el Campus y por la tarde tuvimos un encuentro con él. Yo iba con un amigo mío, ciego también, que no era de la Obra. Le dije a un chico catalán que se ocupaba de la organización de la Asamblea que me gustaría saludar al fundador cuando pasase, si había oportunidad.

Con un amigo, en tandem.

Yo pensaba como mucho, en darle la mano, en decirle unas palabras o algo así… pero cuando le dijo que estábamos allí san Josemaría se acercó hasta nosotros y nos dio un par de besos. Era realmente un Padre. Me emocioné.

Pocos meses después me dieron una carta con el remite de Roma. La abrí y era de San Josemaría. Me escribía para agradecerme personalmente las cartas que le había escrito, tan llenas de cariño –decía- y de visión sobrenatural. Le agradecí mucho aquello, aunque lo consideraba algo como… ¡exagerado!: en mis cartas yo sólo expresaba el cariño normal de un hijo con su padre, diciéndole que rezaba por él. Y no fue la única carta que me escribió; un par de años después recibí otra en la que me decía que me encomendaba todos los días durante la Santa Misa y me pedía que siguiera rezando por él y por sus intenciones. Lo hice, hasta su fallecimiento en 1975. Desde entonces, acudí a su intercesión.

Durante ese tiempo me licencié en Matemáticas y luego estuve un año en Bélgica, estudiando Didáctica. Hasta 1983 trabajé en el colegio de ciegos y en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid.

¿Te das cuenta…?

Desde 1982 a 1985 desempeñé varios cargos diversos representativos y ejecutivos en la O.N.C.E., la Organización Nacional de Ciegos Españoles (O.N.C.E.) con algunas incursiones en el campo del marketing y la publicidad.

Por entonces participé en la vida pública de Madrid, hasta 1987. Luego volví de nuevo a la enseñanza, hasta hace tres años, cuando decidí dedicarme a tareas de asesoramiento e investigación en cuestiones relacionadas con la Didáctica de la Matemática y la Educación de ciegos: mi verdadera vocación profesional, que fue el tema de mi tesis doctoral.

A veces, cuando estoy trabajando, me detengo y me pienso: ¿te das cuenta de que un santo ha estado rezando por ti? Es un don, una responsabilidad, que le agradezco a Dios. Una de las grandes gracias que he recibido en mi vida.

Otra de ellas es la de poder estar junto a Juan Pablo II cuando vino a España en 1982, en el estadio Santiago Bernabéu. Yo era profesor en el colegio de ciegos y les planteé a mis alumnos de bachillerato la posibilidad de acudir. A todos les pareció muy bien. Conseguí unas treinta entradas de segunda fila, en el césped. Les dije a mis alumnos que para prepararse para estar con el Papa, la mejor manera era confesarse y comulgar. Y muchos lo hicieron.

Cuando el Papa terminó su discurso, se acercó a saludar a los enfermos como de costumbre. Vino hasta nosotros y pudimos darle la mano y estar con él.

Estas cosas se te quedan grabadas para siempre. Piensas: he tocado a un santo. Es algo inolvidable, lo mismo que aquel par de besos que nos dio san Josemaría a mi amigo y a mí.

El objetivo más ambicioso

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Ekene Ogbechie es una joven farmacéutica inglesa, miembro de un grupo musical, que estudia un master MBA en la Manchester Business School. En este testimonio cuenta su experiencia como supernumeraria del Opus Dei.

En el año 2001 una amiga me propuso hacer un curso de retiro espiritual en Wickenden Manor. Fui, y durante aquellos días de oración me planteé a fondo el sentido de mi vida: ¿La estoy desperdiciando?, le preguntaba a Dios.  No todas las personas que hacen un curso de retiro se hacen unas preguntas tan esenciales, pero a mí me había impresionado   el mensaje de santidad que había escuchado durante aquellos días.

A partir de entonces comencé a acudir con algunas amigas mías a diversos medios de formación cristiana en Ashwell House, una residencia universitaria  de Londres dirigida por mujeres del Opus Dei.

Durante ese tiempo cantaba en un grupo de música, tenía una intensa vida social y disfrutaba de muchas cosas; pero me falta algo; sentía en mi alma una inquietud íntima, y un fuerte deseo de Dios dificil de explicar. No es fácil poner por escrito qué se siente cuando se está en esa situación. Yo me daba cuenta, en mi cabeza y en mi corazón,  que Dios me estaba pidiendo más y que debía darle más…

Mis amigos me veían mucho más contenta después de mi encuentro con el Opus Dei y me lo decían. Porque yo seguía haciendo la intensa vida social de siempre, pero al mismo tiempo, cuidaba mi vida de fe; y estaba descubriendo una perspectiva nueva de las cosas, que me daba más alegría y más esperanza. El espíritu del Opus Dei me ayuda a encontrar el equilibrio, la armonía, entre lo humano y lo sobrenatural.

Wickenden Manor

Comencé a descubrir numerosos aspectos de la Iglesia y de la fe que desconocía. Este es un punto en el que los miembros del Opus Dei tenemos una especial responsabilidad, porque nuestra sociedad necesita personas de todos los ambientes que sepan comunicar a los demás –sin juzgarlos, sin sentimientos de superioridad y aceptándolos tal como son- la necesidad de seguir a Cristo en medio del mundo, realizando las actividades habituales de cada día, proporcionándoles, si lo desean, una formación católica profunda.

Los jóvenes soñamos con muchas cosas; tenemos grandes aspiraciones y deseamos llevar a cabo grandes proyectos. Pero hay un proyecto que supera a todos los demás en ambición y grandiosidad: el proyecto de ser verdaderamente cristiano. Es el objetivo más alto que se puede proponer cualquier persona. Cada noche, cuando hago mi examen de conciencia, descubro cuánto me falta por recorrer… ¡Y sin embargo, lucho! Porque confío en la gracia de Dios, que no me ha de faltar.


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