Mensaje del Papa para la Cuaresma 2008

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El Santo Padre invita a redescubrir en este tiempo “el valor de ser cristianos” y reflexiona sobre la limosna.

Opus Dei -

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Cada año, la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos compromisos específicos que acompañen concretamente a los fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el ayuno y la limosna. Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo detenerme a reflexionar sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas, lo afirma Jesús de manera perentoria: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13).

La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la purificación interior se añade un gesto de comunión eclesial, al igual que sucedía en la Iglesia primitiva. San Pablo habla de ello en sus cartas acerca de la colecta en favor de la comunidad de Jerusalén (cf. 2Cor 8,9; Rm 15,25-27 ).

2. Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un medio de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (cf. nº 2404).

En el Evangelio es clara la amonestación de Jesús hacia los que poseen las riquezas terrenas y las utilizan solo para sí mismos. Frente a la muchedumbre que, carente de todo, sufre el hambre, adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia en los países en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

“La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos”.

3. El Evangelio indica una característica típica de la limosna cristiana: tiene que ser en secreto. “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, dice Jesús, “así tu limosna quedará en secreto” (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa de los cielos (cf. Mt 6,1-2). La preocupación del discípulo es que todo vaya a mayor gloria de Dios. Jesús nos enseña: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra.

Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos situamos fuera de la óptica evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. ¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de sostén al prójimo necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que “Dios ve en el secreto” y en el secreto recompensará no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza.

4. Invitándonos a considerar la limosna con una mirada más profunda, que trascienda la dimensión puramente material, la Escritura nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. Y hay más: San Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. “La caridad –escribe– cubre multitud de pecados” (1P 4,8). Como a menudo repite la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece, a los pecadores, la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos.

5. La limosna educa a la generosidad del amor. San José Benito Cottolengo solía recomendar: “Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo” (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201). Al respecto es significativo el episodio evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el tesoro del templo “todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le sobra, no da lo que posee sino lo que es. Toda su persona.

Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días inmediatamente precedentes a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se ha hecho pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos empuja a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándole conseguimos estar dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. ¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.

6. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma nos invita a “entrenarnos” espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que el Apóstol San Pedro dijo al hombre tullido que le pidió una limosna en la entrada del templo: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar” (Hch 3,6). Con la limosna regalamos algo material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, que este tiempo esté caracterizado por un esfuerzo personal y comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor. María, Madre y Sierva fiel del Señor, ayude a los creyentes a llevar adelante la “batalla espiritual” de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna, para llegar a las celebraciones de las fiestas de Pascua renovados en el espíritu. Con este deseo, os imparto a todos una especial Bendición Apostólica.

Vaticano, 30 de octubre de 2007

BENEDICTUS PP. XVI

Carta del Prelado (febrero 2008)

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El Prelado del Opus Dei anima a vivir la Cuaresma con optimismo y deseos de conversión, para gozar con Dios de la felicidad. Publicamos su carta pastoral de febrero.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Estamos a las puertas de la Cuaresma: tiempo en el que la Iglesia, como Madre buena, recuerda insistentemente a sus hijos la necesidad de convertirse una y otra vez a Dios, rectificando lo que haya que cambiar en nuestra existencia personal. Ciertamente, como recordaba el Papa en una circunstancia análoga, este itinerario de conversión evangélica no puede limitarse a un período particular del año: es un camino de cada día, que debe abrazar toda la existencia, todos los días de nuestra vida[1].

Durante el rito litúrgico del Miércoles de Ceniza, el sacerdote, al imponernos las cenizas, pronuncia unas palabras que constituyen una llamada urgente a examinarnos: acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver[2]. Así reza una de las fórmulas previstas. Es un recuerdo muy expresivo de nuestra condición de criaturas mortales: llegará el momento en el que el Señor nos llamará a su presencia, juzgará nuestros pensamientos, palabras y acciones, y nos dará la recompensa —de gloria, de purificación o de condena— que haya merecido nuestra existencia.

La consideración de esta realidad no ha de asustarnos, sino movernos a dolor por nuestras faltas, a propósitos de mejora y a la alegría del encuentro definitivo con la Trinidad. Lo recuerda el Santo Padre en su última carta encíclica: ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios[3].

Es lo que pone de manifiesto la otra fórmula que puede emplearse en ese rito: convertíos y creed en el Evangelio[4]. Somos pecadores, necesitados del perdón de Dios; por eso, se nos invita a un cambio profundo, a enderezar el rumbo de nuestra peregrinación terrena hacia la meta definitiva: la felicidad eterna con Dios. Deseo que, con un sentido de optimismo, veamos en estas palabras la exigencia de mejorar día tras día: si mantenemos esa pelea, para nosotros el Juez divino no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús[5], “nuestro” Jesús: un Dios que perdona.

Meditemos, por tanto, lo que escribió San Josemaría: considerad esta maravilla del cuidado de Dios con nosotros, dispuesto siempre a oírnos, pendiente en cada momento de la palabra del hombre. En todo tiempo —pero de un modo especial ahora, porque nuestro corazón está bien dispuesto, decidido a purificarse—, Él nos oye, y no desatenderá lo que pide un corazón contrito y humillado (Sal 50, 19)[6].

La Iglesia Santa nos pone delante, una y otra vez, con una pedagogía muy acertada, las ideas fundamentales, para que se nos queden bien grabadas y no las olvidemos. Al comenzar la Cuaresma, mientras el sacerdote actúa en esa ceremonia del Miércoles de Ceniza, nos invita a entonar un cántico lleno de esperanza: renovemos nuestra vida con un espíritu de humildad y penitencia; ayunemos y lloremos delante del Señor, porque la misericordia de nuestro Dios está siempre dispuesta a perdonar nuestros pecados[7].

Cada año consideramos que el espíritu de la Cuaresma se resume en tres prácticas tradicionales de este período: la oración, la penitencia, las obras de misericordia. Os he invitado a deteneros en estos puntos, precisamente con ocasión de este tiempo litúrgico. Ahora querría fijarme especialmente en el espíritu de penitencia, que nos ha de mover —con dolor y refugiándonos en la misericordia divina— a reparar por nuestros pecados y por los de todas las criaturas.

Glosando la llamada del profeta Joel al arrepentimiento —convertíos a mí de todo corazón—, que la liturgia propone al comienzo de la Cuaresma[8], San Jerónimo se expresaba de la siguiente manera: «Que vuestra penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas. Así, ayunando ahora, seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados (…). No dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la magnitud de su misericordia remitirá, sin duda, la abundancia de vuestros muchos pecados»[9].

En primer lugar, reparemos por nuestras faltas personales. Todos nosotros hemos recibido el Bautismo, que nos ha convertido en hijos de Dios y miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. ¿No es lógico que correspondamos a tanto amor con toda nuestra alma? Sin embargo, debemos reconocer que con frecuencia, por nuestra debilidad, no cumplimos la Voluntad de Dios o, por lo menos, no correspondemos a su Amor con la prontitud y la generosidad que tiene derecho a esperar de nosotros.

¡Cómo le dolía a nuestro Padre que tantos cristianos olvidasen la grandeza y dignidad de su filiación divina! Podemos aplicarnos sus palabras. Reacciona. —Oye lo que te dice el Espíritu Santo: “Si inimicus meus maledixisset mihi, sustinuissem utique” —si mi enemigo me ofende, no es extraño, y es más tolerable. Pero, tú… “tu vero homo unanimis, dux meus, et notus meus, qui simul mecum dulces capiebas cibos” —¡tú, mi amigo, mi apóstol, que te asientas a mi mesa y comes conmigo dulces manjares![10].

Hijas e hijos míos, sin perder nunca la paz, reconozcamos sin ambages nuestros pecados y nuestras faltas: Padre y muy Padre nuestro es el Señor, siempre dispuesto a acogernos en sus brazos. Cuidemos diariamente los minutos de examen —sin escrúpulos pero con delicadeza de conciencia—, para descubrir con la luz del Espíritu Santo lo que ha salido bien, lo que ha ido mal, lo que podríamos cumplir mejor. Ante lo bueno, reaccionemos con sincera gratitud; ante las faltas, imploremos filialmente el perdón; y acabemos siempre con un acto de contrición —dolor de amor— y con algún propósito bien concreto de lucha; pequeño quizá, pero con serio afán de crecimiento interior.

De este modo, cuando acudamos al sacramento de la Penitencia, lo haremos bien preparados y obtendremos más provecho espiritual. ¿Somos conscientes de que, al practicar el examen de conciencia, de antigua raigambre cristiana, ponemos nuestra alma al descubierto delante del Señor? ¿Nos damos cuenta de que Dios está dispuesto a concedernos su gracia para que le amemos más?

La Iglesia ha recomendado y sigue recomendando la práctica de la confesión frecuente. Sin este medio de santificación personal, resulta muy difícil —por no decir imposible— mantener un alto nivel de vida cristiana; más aún cuando, en el ambiente que nos rodea, abundan las ocasiones de apartarse del Señor. No me canso, por eso, de animaros a seguir realizando un intenso y extenso apostolado de la Confesión No nos dejemos llevar por los respetos humanos, y alimentemos en nuestros amigos, parientes, colegas, este afán de ayudar a las personas con las que coinciden.

Decid a todos —también porque nos vean convencidos de lo que manifestamos— que aprovechen la abundante gracia de la Cuaresma, para purificar a fondo sus almas y descubrir o intensificar un trato de intimidad con el Señor. Se llenarán de paz y serán más felices, pues no hay gozo más grande que saberse hijos de Dios. Orientémosles a que acudan periódicamente a este sacramento de la alegría, como lo calificaba nuestro Padre.

Os mencionaba también la necesidad de pedir perdón por los pecados de los demás. Para esto no es preciso llevar a cabo tareas grandes. Eso ya lo ha hecho Nuestro Señor, muriendo en la Cruz por nosotros. Pero Él desea que unamos a su Sacrificio redentor las pequeñas mortificaciones y penitencias que la misma existencia trae consigo: las molestias de una enfermedad, las incomprensiones por parte de otros, las dificultades del trabajo, el fracaso de un plan que nos habíamos trazado con gran ilusión… Para aceptar con buen humor las contrariedades de este tipo, que constituyen materia de nuestra santificación personal, conviene que —especialmente durante estas semanas— añadamos con generosidad pequeñas mortificaciones en la comida, en la bebida, en la comodidad, en los momentos de descanso o distracción, que nos unan más a la Cruz de Jesucristo y nos vayan preparando para obtener mucho fruto de la Pascua.

Recientemente, Benedicto XVI ha recordado a todos la perenne validez de este modo de comportarse. Escribe en su encíclica sobre la esperanza: la idea de poder “ofrecer” las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada[11]. Y añade el Papa, lamentándose del olvido en que parecen haber caído esas muestras de amor a Dios, que las almas piadosas, mediante el ofrecimiento de las contrariedades de la jornada, estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de com-pasión que necesita el género humano[12]. Y concluye: quizá debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros[13]. Es una pregunta que os traslado, para que la consideréis cada uno de vosotros, redescubriendo el valor del sacrificio escondido y silencioso[14], y para que la hagáis resonar al oído de las personas con las que coincidís.

Como todos los meses, os pido que estéis muy unidos a mis intenciones. Encomendad ahora de modo especial los comienzos de la labor apostólica estable en Rumanía y en Indonesia; se están dando pasos concretos para ponerla en marcha, si Dios quiere, dentro de este año. Y seguid rezando por el Papa y por sus intenciones, entre las que ocupa un lugar importante la deseada unión de todos los cristianos, comenzando por una unidad más honda y sobrenatural entre los católicos.

También deseo que encomendemos diariamente a las personas enfermas: el Señor nos concede con abundancia el tesoro de poder atender a tantas y a tantos que sufren. Me interesa que, así como el Señor iba tras los dolientes para sanarlos y consolarlos, así vayamos todas y todos a enriquecernos con esta caridad, auténtico cariño, atendiendo a quienes lo necesiten.

No quiero alargarme, pero os pido que acudáis al queridísimo don Álvaro, que celebraba su santo el 19 de febrero. Pidámosle que nos obtenga del Señor una superabundancia de caridad fraterna, de modo que todos en la Obra —en cualquier momento, y más aún si algunas o algunos pasan por un período de enfermedad—, experimentemos vivamente que el Opus Dei es familia, familia de verdad, en la que gustosamente nos desvivimos los unos por los otros.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de febrero de 2008.

[1] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 21-II-2007.

[2] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Imposición de las cenizas (cfr. Gn 3, 19).

[3] Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n. 41.

[4] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Imposición de las cenizas (cfr. Mc 1, 15).

[5] San Josemaría, Camino, n. 168.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 57.

[7] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Antífona en la imposición de las cenizas (cfr. Jl 2, 13).

[8] Cfr. Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Primera lectura (Jl 2, 12).

[9] San Jerónimo, Comentario sobre el libro del profeta Joel II, 12-13.

[10] San Josemaría, Camino, n. 244.

[11] Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n, 40.

[12] Ibid.

[13] Ibid.

[14] Cfr. San Josemaría, Camino, nn. 185 y 509.

Carta del Prelado (febrero 2008)

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El Prelado del Opus Dei anima a vivir la Cuaresma con optimismo y deseos de conversión, para gozar con Dios de la felicidad. Publicamos su carta pastoral de febrero.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Estamos a las puertas de la Cuaresma: tiempo en el que la Iglesia, como Madre buena, recuerda insistentemente a sus hijos la necesidad de convertirse una y otra vez a Dios, rectificando lo que haya que cambiar en nuestra existencia personal. Ciertamente, como recordaba el Papa en una circunstancia análoga, este itinerario de conversión evangélica no puede limitarse a un período particular del año: es un camino de cada día, que debe abrazar toda la existencia, todos los días de nuestra vida.

Durante el rito litúrgico del Miércoles de Ceniza, el sacerdote, al imponernos las cenizas, pronuncia unas palabras que constituyen una llamada urgente a examinarnos: acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver[2]. Así reza una de las fórmulas previstas. Es un recuerdo muy expresivo de nuestra condición de criaturas mortales: llegará el momento en el que el Señor nos llamará a su presencia, juzgará nuestros pensamientos, palabras y acciones, y nos dará la recompensa —de gloria, de purificación o de condena— que haya merecido nuestra existencia.

La consideración de esta realidad no ha de asustarnos, sino movernos a dolor por nuestras faltas, a propósitos de mejora y a la alegría del encuentro definitivo con la Trinidad. Lo recuerda el Santo Padre en su última carta encíclica: ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios.

Es lo que pone de manifiesto la otra fórmula que puede emplearse en ese rito: convertíos y creed en el Evangelio. Somos pecadores, necesitados del perdón de Dios; por eso, se nos invita a un cambio profundo, a enderezar el rumbo de nuestra peregrinación terrena hacia la meta definitiva: la felicidad eterna con Dios. Deseo que, con un sentido de optimismo, veamos en estas palabras la exigencia de mejorar día tras día: si mantenemos esa pelea, para nosotros el Juez divino no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús, “nuestro” Jesús: un Dios que perdona.

Meditemos, por tanto, lo que escribió San Josemaría: considerad esta maravilla del cuidado de Dios con nosotros, dispuesto siempre a oírnos, pendiente en cada momento de la palabra del hombre. En todo tiempo —pero de un modo especial ahora, porque nuestro corazón está bien dispuesto, decidido a purificarse—, Él nos oye, y no desatenderá lo que pide un corazón contrito y humillado (Sal 50, 19).

La Iglesia Santa nos pone delante, una y otra vez, con una pedagogía muy acertada, las ideas fundamentales, para que se nos queden bien grabadas y no las olvidemos. Al comenzar la Cuaresma, mientras el sacerdote actúa en esa ceremonia del Miércoles de Ceniza, nos invita a entonar un cántico lleno de esperanza: renovemos nuestra vida con un espíritu de humildad y penitencia; ayunemos y lloremos delante del Señor, porque la misericordia de nuestro Dios está siempre dispuesta a perdonar nuestros pecados.

Cada año consideramos que el espíritu de la Cuaresma se resume en tres prácticas tradicionales de este período: la oración, la penitencia, las obras de misericordia. Os he invitado a deteneros en estos puntos, precisamente con ocasión de este tiempo litúrgico. Ahora querría fijarme especialmente en el espíritu de penitencia, que nos ha de mover —con dolor y refugiándonos en la misericordia divina— a reparar por nuestros pecados y por los de todas las criaturas.

Glosando la llamada del profeta Joel al arrepentimiento —convertíos a mí de todo corazón—, que la liturgia propone al comienzo de la Cuaresma, San Jerónimo se expresaba de la siguiente manera: «Que vuestra penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas. Así, ayunando ahora, seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados (…). No dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la magnitud de su misericordia remitirá, sin duda, la abundancia de vuestros muchos pecados».

En primer lugar, reparemos por nuestras faltas personales. Todos nosotros hemos recibido el Bautismo, que nos ha convertido en hijos de Dios y miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. ¿No es lógico que correspondamos a tanto amor con toda nuestra alma? Sin embargo, debemos reconocer que con frecuencia, por nuestra debilidad, no cumplimos la Voluntad de Dios o, por lo menos, no correspondemos a su Amor con la prontitud y la generosidad que tiene derecho a esperar de nosotros.

¡Cómo le dolía a nuestro Padre que tantos cristianos olvidasen la grandeza y dignidad de su filiación divina! Podemos aplicarnos sus palabras. Reacciona. —Oye lo que te dice el Espíritu Santo: “Si inimicus meus maledixisset mihi, sustinuissem utique” —si mi enemigo me ofende, no es extraño, y es más tolerable. Pero, tú… “tu vero homo unanimis, dux meus, et notus meus, qui simul mecum dulces capiebas cibos” —¡tú, mi amigo, mi apóstol, que te asientas a mi mesa y comes conmigo dulces manjares!.

Hijas e hijos míos, sin perder nunca la paz, reconozcamos sin ambages nuestros pecados y nuestras faltas: Padre y muy Padre nuestro es el Señor, siempre dispuesto a acogernos en sus brazos. Cuidemos diariamente los minutos de examen —sin escrúpulos pero con delicadeza de conciencia—, para descubrir con la luz del Espíritu Santo lo que ha salido bien, lo que ha ido mal, lo que podríamos cumplir mejor. Ante lo bueno, reaccionemos con sincera gratitud; ante las faltas, imploremos filialmente el perdón; y acabemos siempre con un acto de contrición —dolor de amor— y con algún propósito bien concreto de lucha; pequeño quizá, pero con serio afán de crecimiento interior.

De este modo, cuando acudamos al sacramento de la Penitencia, lo haremos bien preparados y obtendremos más provecho espiritual. ¿Somos conscientes de que, al practicar el examen de conciencia, de antigua raigambre cristiana, ponemos nuestra alma al descubierto delante del Señor? ¿Nos damos cuenta de que Dios está dispuesto a concedernos su gracia para que le amemos más?

La Iglesia ha recomendado y sigue recomendando la práctica de la confesión frecuente. Sin este medio de santificación personal, resulta muy difícil —por no decir imposible— mantener un alto nivel de vida cristiana; más aún cuando, en el ambiente que nos rodea, abundan las ocasiones de apartarse del Señor. No me canso, por eso, de animaros a seguir realizando un intenso y extenso apostolado de la Confesión No nos dejemos llevar por los respetos humanos, y alimentemos en nuestros amigos, parientes, colegas, este afán de ayudar a las personas con las que coinciden.

Decid a todos —también porque nos vean convencidos de lo que manifestamos— que aprovechen la abundante gracia de la Cuaresma, para purificar a fondo sus almas y descubrir o intensificar un trato de intimidad con el Señor. Se llenarán de paz y serán más felices, pues no hay gozo más grande que saberse hijos de Dios. Orientémosles a que acudan periódicamente a este sacramento de la alegría, como lo calificaba nuestro Padre.

Os mencionaba también la necesidad de pedir perdón por los pecados de los demás. Para esto no es preciso llevar a cabo tareas grandes. Eso ya lo ha hecho Nuestro Señor, muriendo en la Cruz por nosotros. Pero Él desea que unamos a su Sacrificio redentor las pequeñas mortificaciones y penitencias que la misma existencia trae consigo: las molestias de una enfermedad, las incomprensiones por parte de otros, las dificultades del trabajo, el fracaso de un plan que nos habíamos trazado con gran ilusión… Para aceptar con buen humor las contrariedades de este tipo, que constituyen materia de nuestra santificación personal, conviene que —especialmente durante estas semanas— añadamos con generosidad pequeñas mortificaciones en la comida, en la bebida, en la comodidad, en los momentos de descanso o distracción, que nos unan más a la Cruz de Jesucristo y nos vayan preparando para obtener mucho fruto de la Pascua.

Recientemente, Benedicto XVI ha recordado a todos la perenne validez de este modo de comportarse. Escribe en su encíclica sobre la esperanza: la idea de poder “ofrecer” las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada[11]. Y añade el Papa, lamentándose del olvido en que parecen haber caído esas muestras de amor a Dios, que las almas piadosas, mediante el ofrecimiento de las contrariedades de la jornada, estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de com-pasión que necesita el género humano[12]. Y concluye: quizá debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros[13]. Es una pregunta que os traslado, para que la consideréis cada uno de vosotros, redescubriendo el valor del sacrificio escondido y silencioso[14], y para que la hagáis resonar al oído de las personas con las que coincidís.

Como todos los meses, os pido que estéis muy unidos a mis intenciones. Encomendad ahora de modo especial los comienzos de la labor apostólica estable en Rumanía y en Indonesia; se están dando pasos concretos para ponerla en marcha, si Dios quiere, dentro de este año. Y seguid rezando por el Papa y por sus intenciones, entre las que ocupa un lugar importante la deseada unión de todos los cristianos, comenzando por una unidad más honda y sobrenatural entre los católicos.

También deseo que encomendemos diariamente a las personas enfermas: el Señor nos concede con abundancia el tesoro de poder atender a tantas y a tantos que sufren. Me interesa que, así como el Señor iba tras los dolientes para sanarlos y consolarlos, así vayamos todas y todos a enriquecernos con esta caridad, auténtico cariño, atendiendo a quienes lo necesiten.

No quiero alargarme, pero os pido que acudáis al queridísimo don Álvaro, que celebraba su santo el 19 de febrero. Pidámosle que nos obtenga del Señor una superabundancia de caridad fraterna, de modo que todos en la Obra —en cualquier momento, y más aún si algunas o algunos pasan por un período de enfermedad—, experimentemos vivamente que el Opus Dei es familia, familia de verdad, en la que gustosamente nos desvivimos los unos por los otros.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Cuaresma: 40 días, 40 ideas del Papa

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Proponemos 40 frases extraídas de los mensajes que Benedicto XVI ha dirigido a los cristianos con motivo de la Cuaresma desde que ocupa la sede de Pedro

23 de febrero de 2009

Opus Dei -

1. Que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación [la confesión] y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. (2009)

2. El ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. (2009)

3. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará” (2009)

4. Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”, con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia. (2009)

5. Ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. (2009)

6. Esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio. (2009)

7. La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. (2009)

8. Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios. (2009)

9. El ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos (…).Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. (2009)

10. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. (2009)

11. “Quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica” (San Pedro Crisólogo). (2009)

12. Que la Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. (2009)

13. La Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. (2008)

14. La limosna representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. (2008)

15. ¡Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas! (2008)

16. No somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un instrumento de su providencia hacia el prójimo. (2008)

17. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad. (2008)

18. No hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa en los cielos (2008)

19. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. (2008)

20. Quien sabe que “Dios ve en lo secreto” y en lo secreto recompensará, no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza. (2008)

21. Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (2008)

22. Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. (2008)

23. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos. (2008)

24. Podemos aprender [de Cristo] a hacer de nuestra vida un don total; imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. (2008)

25. Que María, Madre y Esclava fiel del Señor, ayude a los creyentes a proseguir la “batalla espiritual” de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna (2008)

26. La Cuaresma es un tiempo propicio para aprender a permanecer con María y Juan, el discípulo predilecto, junto a Aquel que en la cruz consuma el sacrificio de su vida por toda la humanidad (2007)

27. En el misterio de la cruz se revela plenamente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. (2007)

28. Miremos a Cristo traspasado en la cruz. Él es la revelación más impresionante del amor de Dios (…). En la cruz Dios mismo mendiga el amor de su criatura:  tiene sed del amor de cada uno de nosotros. (2007)

29. El Todopoderoso espera el «sí» de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa. (2007)

30. Sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros. (2007)

31. La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por él. (2007)

32. Vivamos, pues, la Cuaresma como un tiempo «eucarístico», en el que, aceptando el amor de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro alrededor con cada gesto y cada palabra. (2007)

33. El apóstol Tomás reconoció a Jesús como «Señor y Dios» cuando metió la mano en la herida de su costado. No es de extrañar que, entre los santos, muchos hayan encontrado en el Corazón de Jesús la expresión más conmovedora de este misterio de amor.

34. Cristo «me atrae hacia sí» para unirse a mí, a fin de que aprenda a amar a los hermanos con su mismo amor. (2007)

35. De ningún modo es posible dar respuesta a las necesidades materiales y sociales de los hombres sin colmar, sobre todo, las profundas necesidades de su corazón. (2006)

36. Quien no da a Dios, da demasiado poco. (2006)

37. Es preciso ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo (2006)

38. Mientras el tentador nos mueve a desesperarnos o a confiar de manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, Dios nos guarda y nos sostiene. (2006)

39. La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza (2006).

40. Aunque parezca que domine el odio, el Señor no permite que falte nunca el testimonio luminoso de su amor. A María, «fuente viva de esperanza», le encomiendo nuestro camino cuaresmal, para que nos lleve a su Hijo.

Cuaresma, tiempo de penitencia

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“La Cuaresma nos recuerda que la oración y la penitencia son elementos esenciales para la vida de un cristiano”, afirma Mons. Javier Echevarría. Publicamos un fragmento de la homilía que el prelado del Opus Dei dirigió a los fieles congregados en la parroquia de san Josemaría de Roma, con ocasión de la ordenación diaconal de fieles de la Prelatura del Opus Dei, el pasado 12 de febrero.

Opus Dei -

Queridos hermanos y hermanas. Queridísimos hijos.

En este primer domingo de Cuaresma, la liturgia nos muestra a Jesús rezando y ayunando durante cuarenta días en el desierto, preparándose para desarrollar públicamente su misión salvadora. Precisamente como recuerdo de este lapso de tiempo, y para imitar al Señor, la Iglesia ha establecido este período litúrgico de cuarenta días como preparación para la Pascua. No hay otro camino: si queremos seguir las huellas de Jesús, debemos mirar su ejemplo y tratar de identificarnos con Él.

La primera enseñanza, que se trasparenta con clara evidencia de su modo santo de actuar, es la necesidad absoluta de la oración y de la penitencia para llevar a término cualquier obra buena; con mayor motivo, la obra de nuestra santificación. “¿Un santo sin oración?… —No creo en esta santidad”, ha escrito San Josemaría (Camino, n. 107), bien consciente —también por propia experiencia— del primado de la oración en la vida cristiana.

Éste es el primer punto que podemos considerar hoy. ¿Cómo es nuestra oración? ¿Rezamos todos los días? ¿Rezamos de verdad, no sólo con los labios, sino sobre todo con el corazón? Para una mujer o un hombre conscientes de ser creaturas e hijos de Dios, la oración debería ser algo espontáneo; tendría que aflorar constantemente en la propia vida, no sólo en los momentos de dificultad o cuando se experimentan con mayor evidencia las propias limitaciones.

La Cuaresma ofrece a todos la posibilidad, con la ayuda de la gracia, de redescubrir la importancia de la oración personal, de comprometerse a rezar mejor y a rezar más. Pero Jesús no se limita a hacer oración. Practica el ayuno, ¡y durante cuarenta días! Es una luz viva para todos nosotros, personas de este tiempo, y para los que vendrán: la mortificación es otro modo de rezar; es —como puntualizaba San Josemaría— “la oración de los sentidos” (Es Cristo que pasa, n. 9).

Con la Cuaresma, la Iglesia nos recuerda que la oración, la penitencia y también las obras de misericordia son constitutivos esenciales de la existencia del cristiano. No puede haber verdadera vida cristiana allí donde estas prácticas no ocupan un puesto de primer plano, como les corresponde en el diseño salvífico de Dios.

No puedo dejar de recordar ahora el grato deber de rezar y ofrecer pequeños sacrificios por el Santo Padre, por los obispos y los sacerdotes, por las vocaciones sacerdotales en la Iglesia. En la pasada semana hemos sido testigos una vez más de la completa entrega de Juan Pablo II a su misión de Buen Pastor, de su serenidad para acoger los sufrimientos con los que la divina Providencia le bendice. Olvidándose completamente de sí mismo, no se ahorra nada para servir a las almas y al mundo entero. Es, pues, un deber de buenos hijos aumentar nuestra oración y nuestros sacrificios por el Romano Pontífice.

Para vencer en las batallas espirituales
El domingo de hoy nos ofrece además un mensaje particular. Después de que el Señor hubiera rezado y ayunado, “el tentador se le acercó y dijo: ‘Si eres el Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan’” (Mt 4, 2). Misterio impresionante: ¡no es tentado un hombre cualquiera, si bien perfectísimo, sino el Hijo Unigénito de Dios!

Opus Dei -

Esta escena evangélica debe llenarnos de consuelo y seguridad. También nosotros somos tentados a menudo, y lo seremos hasta el final de nuestra vida. Satanás y nuestra misma debilidad no dejan de poner obstáculos en nuestro camino hacia la vida eterna. Pero Cristo ha vencido el demonio por nosotros: unidos a Cristo podemos y debemos afrontar con éxito todas las posibles insidias, a condición de que no nos pongamos voluntariamente en tentación, que huyamos de toda ocasión próxima de pecado. Porque, como enseñan muchos autores espirituales, el demonio es como un perro atado: puede ladrar mucho, pero no puede morder, si nosotros no nos acercamos tontamente a él.

“Si [el demonio] te hace presente tu pobreza —exhorta un gran Padre de la Iglesia, San Gregorio Nacianceno— enséñale lo que no sabe; enfréntale esa palabra de vida que es el pan bajado del cielo y da vida al mundo” (Discurso40, 10). Acercarse con piedad, bien preparados, a la Confesión y a la Comunión es un arma formidable para vencer las batallas espirituales.

Estamos recorriendo un año especialmente dedicado a la Eucaristía, en el transcurso del cual tenemos la posibilidad de lucrar indulgencias con mayor frecuencia y facilidad. Constituyen una grande ayuda para nuestra vida cristiana; aplicándonos con abundancia los méritos de Cristo, de la Virgen y de todos los santos, las indulgencias nos purifican de las penas debidas por nuestras culpas y nos dan fuerza espiritual.

Para terminar os recuerdo una realidad que sabéis bien: con frecuencia se representa a la Virgen en ademán de pisar con su pie inmaculado la cabeza de la serpiente infernal. Ella es vencedora del demonio y del pecado por su íntima unión con Cristo, y es nuestra Madre. Pidamos, pues, a María, que esté siempre a nuestro lado y que nos ayude en todos los momentos de nuestra existencia. Así sea.

Carta del Prelado sobre la Cuaresma

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Carta pastoral del Prelado con motivo de la Cuaresma, tiempo de preparación para la Semana Santa y la Pascua. “Hemos de esforzarnos por mirar a los demás como los miraba Nuestro Señor y tratar de ayudarlos”, propone.

La Cuaresma es «tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino hacia la alegría intensa de la Pascua» (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2006, 29-IX-2005).

Con su insistente invitación a prepararnos para las fiestas pascuales, la liturgia de estos próximos días nos incita a rezar con mayor intensidad y constancia, a ser más generosos en el ofrecimiento de mortificaciones y en la realización de obras de misericordia. Este último es precisamente el aspecto que Benedicto XVI ha querido resaltar en su Mensaje, al elegir como lema aquella expresión del Evangelio: «Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas» (Mt 9, 36). Podemos y debemos aplicar estas palabras de San Mateo a nuestras jornadas, caracterizadas por el continuo trato con otras personas en campos muy diferentes: la familia, el trabajo, el descanso, las relaciones sociales…

En todos esos momentos —recuerda el Santo Padre—, hemos de esforzarnos por mirar a los demás como los miraba Nuestro Señor y tratar de ayudarlos: ver, en quienes nos rodean, sin excluir a nadie, almas redimidas por la Sangre preciosa de Jesucristo (cfr. 1 Cor 6, 20). Como hace veinte siglos, «la “mirada” conmovida de Cristo se detiene también hoy sobre los hombres y los pueblos, puesto que por el “proyecto” divino todos están llamados a la salvación. Jesús, ante las insidias que se oponen a este proyecto, se compadece de las multitudes: las defiende de los lobos, aun a costa de su vida. Con su mirada, Jesús abraza a las multitudes y a cada uno, y los entrega al Padre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de expiación» (Mensaje para la Cuaresma 2006, 29-IX-2005). En aquellos tiempos, morando físicamente entre sus hermanos los hombres, el Verbo encarnado ponía directamente sus ojos en los que le seguían; ahora, desde el Sagrario y desde el Cielo, se sirve de sus discípulos —de ti y de mí— para dirigir a cada hombre y a cada mujer su mirada misericordiosa.

Siempre hay que pensar en los demás, tratar de llevarlos a Dios. Pero en las próximas semanas —en las que, además, nos preparamos de modo inmediato para la solemnidad de San José— ha de aumentar aún más nuestro afán apostólico. Basta detenernos en lo que a diario contemplamos, en los círculos más próximos y en el mundo entero, para descubrir la urgente necesidad de la caridad de Cristo que existe en todas partes. Frente a los episodios de violencia que se registran en tantas naciones, los cristianos no hemos de pagar con otras ofensas ni maltratar a nadie. Para hacer frente a los problemas de la convivencia humana —grandes y pequeños—, la solución consiste en amar más, en amar mejor, de acuerdo con la exhortación de San Pablo:«No devolváis a nadie mal por mal: buscad hacer el bien delante de todos los hombres. Si es posible, en lo que está de vuestra parte, vivid en paz con todos los hombres. No os venguéis, queridísimos, sino dejad el castigo en manos de Dios (…). Por el contrario, si tu enemigo tuviese hambre, dale de comer; si tuviese sed, dale de beber; al hacer esto, amontonarás ascuas de fuego sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien» (Rm 12, 17-21).
San Josemaría, desde muy antiguo, sintetizó esta enseñanza del Apóstol con una frase incisiva: hay que «ahogar el mal en abundancia de bien» (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Surco, n. 864). Y concretaba: «No se trata de campañas negativas, ni de ser antinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen» (Ibid.)

Esta actitud no tiene ninguna relación con la pasividad o el derrotismo: «comprensión no significa abstencionismo, ni indiferencia, sino actividad» (Ibid.) Como miembros de la sociedad civil, los cristianos debemos defender nuestros derechos ciudadanos —también derechos de las demás personas— con todos los medios lícitos a nuestro alcance, sin agresividad pero sin cesiones o componendas en lo que se refiere al bien común de los individuos y de las naciones. Ahora, cuando en muchos sitios se hace gala de un laicismo militante, es especialmente importante que los que reconocen la ley moral natural, se unan en la defensa y promoción de esos valores, independientemente de las creencias de cada uno.

Gracias a Dios, en bastantes lugares se están despertando fuerzas que dormitaban y muchas gentes están saliendo de su individualismo para tomar parte activa en las grandes batallas culturales y sociales de nuestro tiempo. ¿Cómo te comportas tú, en uso de tu libertad personal? ¿Participas en esas iniciativas nobles según tus posibilidades? ¿Procuras movilizar a otros, advirtiéndoles que no pueden quedarse encerrados en su caparazón, sino que han de decidirse a dar la cara para defender los derechos de Dios y los derechos inalienables de la persona humana?

Todos hemos de sentir esa preocupación concreta por las personas que viven en nuestro entorno, signo claro del verdadero amor a Dios; porque «el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve»

Esa movilización se presenta como estrategia permanente. A la vez, como se trata de favorecer cambios incisivos y duraderos, el compromiso personal reviste una vital importancia. En el corazón de cada ser humano se libran las batallas decisivas para el mejoramiento de la sociedad, como enseña el Evangelio: «Del corazón proceden los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias» (Mt 15, 19). San Pablo propone un programa concreto, muy en sintonía con el espíritu de la Cuaresma: «Que la caridad esté libre de hipocresía —escribe—, abominando el mal, adhiriéndoos al bien; amándoos de corazón unos a otros con el amor fraterno, honrando cada uno a los otros más que a sí mismo; diligentes en el deber, fervorosos en el espíritu, servidores del Señor; alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos, procurando practicar la hospitalidad» (Rm 12, 9-13).

Se trata, en definitiva, de llevar a cabo una gran siembra de caridad en los corazones humanos y en las estructuras sociales. Como Benedicto XVI ha señalado en su primera encíclica, «el amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo» (Carta encíclica Deus caritas est, 25-XII-2005, n, 28). Todos hemos de sentir esa preocupación concreta por las personas que viven en nuestro entorno, signo claro del verdadero amor a Dios; porque «el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4, 20).

San Josemaría nos enseñó que, para que esta preocupación se manifieste con rectitud y eficacia, se requiere vaciarse del propio yo, acoger sinceramente y como propias las preocupaciones, las alegrías y las penas de nuestros semejantes, y concretamente de los que se hallan más cerca por motivos de común vocación, de parentesco, de profesión, etc. Quizá te venga a los labios la exclamación —«¡es muy difícil!»— que se recoge en Surco. Recuerda la respuesta de san Josemaría y empéñate en ponerla en práctica: «Oye, si luchas, con la gracia de Dios basta: prescindirás de los intereses personales, servirás a los demás por Dios, y ayudarás a la Iglesia en el campo donde se libra hoy la batalla: en la calle, en la fábrica, en el taller, en la universidad, en la oficina, en tu ambiente, en medio de los tuyos» (Surco, n. 14).

Benedicto XVI señala que —en un primer momento— las motivaciones del amor suelen incluir objetivos como la propia complacencia, la autorrealización, o incluso el provecho personal. Por eso se deben purificar, «seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación» (Carta encíclica Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 5). Sólo así el amor inicial, imperfecto, podrá llegar a fundirse con el amor de verdadera donación, que se olvida de sí mismo porque es un reflejo del amor de Cristo a la humanidad. «Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca la dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical» (Ibid., n. 12). San Josemaría nos enseñó a mirar piadosamente al Crucifijo, porque «Jesús en la Cruz, con el corazón traspasado de Amor por los hombres, es una respuesta elocuente —sobran las palabras— a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos» (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 165).

Al acercarnos a la solemnidad de San José, después de haber meditado sus dolores y gozos, pensemos en la lealtad completa que hemos de poner en cuanto nos ocupa. Suplicad a San Josemaría que se grabe en las almas de cada una, de cada uno, el “prejuicio psicológico” de pensar siempre en Dios y en los demás, pues jamás nos encontramos solos. Aprendamos del Santo Patriarca a servir gozosamente, amando la Voluntad del Señor y esmerándonos en la caridad con todas las almas.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de marzo de 2006

Carta del Prelado (Marzo 2007)

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Carta de Mons. Javier Echevarría a los fieles del Opus Dei. Con motivo de la Cuaresma, el Prelado invita a realizar en la vida personal “los reajustes oportunos, con optimismo, como el avión o el barco para llegar a su destino”.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hemos comenzado la Cuaresma, tiempo litúrgico fuerte, en el que la Iglesia nos invita a una nueva conversión. Todos necesitamos este cambio, es decir, rectificar con constancia el rumbo de la vida para alcanzar nuestro fin último: la posesión y goce de Dios por toda la eternidad.

Sin embargo, conocemos que, mientras caminamos en la tierra, se puede perder la dirección o, al menos, desviarse de la ruta. Por eso hemos de realizar los reajustes oportunos, con optimismo, como el avión o el barco para llegar a su destino.

Afirmaba el queridísimo Juan Pablo II que todos los seres humanos, por encontrarnos in statu viatoris, en la condición de caminantes que se dirigen a la patria celestial, nos hallamos también in statu conversionis, en estado de conversión. De ahí concluía que hemos de vivir en conversión permanente; y que este hecho caracteriza profundamente nuestra peregrinación terrena (cfr. Dives in misericordia, 30-XI-1980, n. 13); pero, insisto, llenos de alegría y esperanza porque el Señor nos aguarda.

A esta fidelidad nos anima la Cuaresma, época especialmente adecuada para esforzarse con mayor determinación en el propio cambio personal, porque contamos con una gracia específica en este tiempo litúrgico. Meditemos unas palabras de San Josemaría. Hemos entrado en el tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años. En la vida nuestra, en la vida de los cristianos, la conversión primera —ese momento único, que cada uno recuerda, en el que se advierte claramente todo lo que el Señor nos pide— es importante; pero más importantes aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones. Y para facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas, hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber descubierto lo que va mal, pedir perdón(Es Cristo que pasa, n. 57).

La Pasión y Muerte del Señor constituyen el mayor acto de amor, de completa entrega de sí, que se ha realizado y se realizará en la historia: el Hijo de Dios se hace hombre y muere para librarnos de nuestros pecados. Por eso, en estas semanas, el Santo Padre nos invita a dirigir nuestra mirada con una atención más viva (…) a Cristo crucificado, que, muriendo en el Calvario, nos ha revelado plenamente el amor de Dios (Mensaje para la Cuaresma de 2007, 21-XI-2006).

La misma recomendación salía frecuentemente de los labios de San Josemaría. ¡Cuántas veces nos animaba a tomar el crucifijo en nuestras manos y a ponernos valientemente ante el Señor, para escuchar lo que quiera decirnos desde la Cruz! Meditemos, por ejemplo, aquellas palabras suyas: amo tanto a Cristo en la Cruz, que cada crucifijo es como un reproche cariñoso de mi Dios: … Yo sufriendo, y tú… cobarde. Yo amándote, y tú olvidándome. Yo pidiéndote, y tú… negándome. Yo, aquí, con gesto de Sacerdote Eterno, padeciendo todo lo que cabe por amor tuyo… y tú te quejas ante la menor incomprensión, ante la humillación más pequeña… (Vía Crucis, XI estación, punto 2). Le he visto besar al Señor crucificado con verdadero amor y con hambres de reparación.

Si, durante estos días, nos situamos con sinceridad total ante Jesucristo crucificado, no tardaremos en descubrir los detalles concretos en los que Él espera que mejoremos. Porque los afanes de santidad no deben quedarse en veleidades, en deseos inoperantes, sino que han de traducirse en propósitos concretos, en una lucha interior bien determinada.

En ocasiones quizá descubriremos que necesitamos dar un quiebro radical a nuestra conducta, porque las vías que seguimos no nos acercan a Dios. Otras veces —y será lo más frecuente— se tratará de mejorar en puntos que nunca son pequeños, si nos mueve el amor.

En cualquier caso, no olvidemos que —como afirma el Papa Benedicto XVI— esta conversión del corazón es ante todo un don gratuito de Dios (…). Por este motivo, Él mismo previene con su gracia nuestro deseo y acompaña nuestros esfuerzos de conversión. Y añade el Papa: ¿Qué es en realidad convertirse? Convertirse quiere decir buscar a Dios, caminar con Dios, seguir dócilmente las enseñanzas de su Hijo, de Jesucristo. Convertirse no es un esfuerzo para autorrealizarse, porque el ser humano no es el arquitecto de su destino eterno (…). La conversión consiste en aceptar libremente y con amor que dependemos totalmente de Dios, nuestro verdadero Creador; que dependemos del Amor. En realidad, no se trata de dependencia, sino de libertad (Discurso en la audiencia general, 21-II-2007, Miércoles de Ceniza).

En cada una de estas mudanzas entran en juego la llamada de Dios y la libertad humana. Dios —el Amor por esencia— se nos ha entregado libérrimamente en Jesucristo, y espera que nosotros nos abramos a su Amor. En la Cruz, Dios mismo mendiga el amor de su criatura: Él tiene sed del amor de cada uno de nosotros (Mensaje para la Cuaresma de 2007, 21-XI-2006), ha escrito el Santo Padre, poniendo de manifiesto cómo en la figura de Cristo clavado en la Cruz se funden los dos aspectos de la caritas: el amor de donación y el de posesión.

Más aún: la revelación del eros de Dios hacia el hombre (su gran deseo de ser amado por nosotros) es, en realidad, la suprema expresión de suagapé (su donación absoluta e incondicionada). En verdad, sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros (Ibid.).

En estas palabras de su mensaje cuaresmal, Benedicto XVI ofrece a los cristianos una luz que nos puede ayudar mucho durante estas semanas que desembocan en la Pascua. Procuremos aprovecharla. Preguntémonos cómo estamos correspondiendo personalmente, a diario, al amor inmenso e infinito de Dios por cada una, por cada uno, de modo concreto y eficaz.

Las prácticas propias de este tiempo litúrgico —oración, penitencia, obras de caridad— pueden servir de cauce a nuestro afán de conversión. ¿Cómo nos vamos preparando para el Triduo Pascual, con ansias santas de estar con Cristo, de padecer con Cristo, de darnos con Cristo? Él lo quiere, y también en su Pasión nos pide que le acompañemos.

Quizá podemos cuidar con más cariño alguna norma de piedad (la oración, la Santa Misa, el rezo del Rosario). Tal vez podemos aumentar el ofrecimiento de pequeñas mortificaciones, en las que se manifiesta el espíritu de penitencia; por ejemplo, cumplir con la mayor perfección posible un aspecto especialmente costoso de la tarea que nos ocupa; acoger de buena gana a quien acude a nosotros en demanda de un consejo o de una ayuda; esmerarnos en servir a las personas con quienes nos relacionamos más de cerca; poner en la comida y en la bebida elingrediente de una pequeña mortificación, que nos facilite vivir esos momentos en presencia de Dios. San Josemaría solía recomendar una que está al alcance de todos: comer un poquito más de lo que nos gusta menos, y un poquito menos de lo que nos gusta más. Hijas e hijos míos, ¿tenemos muy presente que no hay cristianismo, vida personal cristiana, sin Cruz? ¿Preside tus jornadas el amor a la Cruz?

Como la oración y la mortificación son columnas sobre las que se levanta la conducta del cristiano, al encauzar por esta senda el deseo de una nueva conversión, encontraremos maneras muy diversas de mejorar en la práctica de la caridad fraterna: desde la atención material a quienes lo necesitan, hasta el consejo capaz de abrir a otras personas horizontes nuevos en la lucha por ser buenos cristianos. En este sentido, no olvidemos la importancia del apostolado de la Confesión; intensifiquémoslo en esta Cuaresma, de modo que muchas personas lleguen a las fiestas pascuales después de haber acudido, bien preparadas, al sacramento de la misericordia divina.

Un consejo más os transmito, siguiendo lo que el Santo Padre manifestaba el Miércoles de Ceniza: esmerémonos en cultivar un intenso espíritu de recogimiento y de reflexión (Discurso en la audiencia general, 21-II-2007, Miércoles de Ceniza). En efecto, éste es el clima en el que maduran las verdaderas conversiones. Por eso, tratemos de aumentar la presencia de Dios a lo largo de la jornada, quizá sirviéndonos de alguna jaculatoria especialmente adecuada a nuestras circunstancias individuales; la liturgia nos ofrece muchas durante estos días. Y esforcémonos en el cotidiano examen de conciencia. Esos minutos de reflexión, cada uno a solas con Dios, constituyen un excelente punto de arranque, como un muelle que nos debe impulsar —con las luces y las fuerzas que nos conceda el Señor— a la mudanza seria del día siguiente.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Carta del Prelado (febrero 2008)

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El Prelado del Opus Dei anima a vivir la Cuaresma con optimismo y deseos de conversión, para gozar con Dios de la felicidad. Publicamos su carta pastoral de febrero.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Estamos a las puertas de la Cuaresma: tiempo en el que la Iglesia, como Madre buena, recuerda insistentemente a sus hijos la necesidad de convertirse una y otra vez a Dios, rectificando lo que haya que cambiar en nuestra existencia personal. Ciertamente, como recordaba el Papa en una circunstancia análoga, este itinerario de conversión evangélica no puede limitarse a un período particular del año: es un camino de cada día, que debe abrazar toda la existencia, todos los días de nuestra vida[1].

Durante el rito litúrgico del Miércoles de Ceniza, el sacerdote, al imponernos las cenizas, pronuncia unas palabras que constituyen una llamada urgente a examinarnos: acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver[2]. Así reza una de las fórmulas previstas. Es un recuerdo muy expresivo de nuestra condición de criaturas mortales: llegará el momento en el que el Señor nos llamará a su presencia, juzgará nuestros pensamientos, palabras y acciones, y nos dará la recompensa —de gloria, de purificación o de condena— que haya merecido nuestra existencia.

La consideración de esta realidad no ha de asustarnos, sino movernos a dolor por nuestras faltas, a propósitos de mejora y a la alegría del encuentro definitivo con la Trinidad. Lo recuerda el Santo Padre en su última carta encíclica: ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios[3].

Es lo que pone de manifiesto la otra fórmula que puede emplearse en ese rito: convertíos y creed en el Evangelio[4]. Somos pecadores, necesitados del perdón de Dios; por eso, se nos invita a un cambio profundo, a enderezar el rumbo de nuestra peregrinación terrena hacia la meta definitiva: la felicidad eterna con Dios. Deseo que, con un sentido de optimismo, veamos en estas palabras la exigencia de mejorar día tras día: si mantenemos esa pelea, para nosotros el Juez divino no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús[5], “nuestro” Jesús: un Dios que perdona.

Meditemos, por tanto, lo que escribió San Josemaría: considerad esta maravilla del cuidado de Dios con nosotros, dispuesto siempre a oírnos, pendiente en cada momento de la palabra del hombre. En todo tiempo —pero de un modo especial ahora, porque nuestro corazón está bien dispuesto, decidido a purificarse—, Él nos oye, y no desatenderá lo que pide un corazón contrito y humillado (Sal 50, 19)[6].

La Iglesia Santa nos pone delante, una y otra vez, con una pedagogía muy acertada, las ideas fundamentales, para que se nos queden bien grabadas y no las olvidemos. Al comenzar la Cuaresma, mientras el sacerdote actúa en esa ceremonia del Miércoles de Ceniza, nos invita a entonar un cántico lleno de esperanza: renovemos nuestra vida con un espíritu de humildad y penitencia; ayunemos y lloremos delante del Señor, porque la misericordia de nuestro Dios está siempre dispuesta a perdonar nuestros pecados[7].

Cada año consideramos que el espíritu de la Cuaresma se resume en tres prácticas tradicionales de este período: la oración, la penitencia, las obras de misericordia. Os he invitado a deteneros en estos puntos, precisamente con ocasión de este tiempo litúrgico. Ahora querría fijarme especialmente en el espíritu de penitencia, que nos ha de mover —con dolor y refugiándonos en la misericordia divina— a reparar por nuestros pecados y por los de todas las criaturas.

Glosando la llamada del profeta Joel al arrepentimiento —convertíos a mí de todo corazón—, que la liturgia propone al comienzo de la Cuaresma[8], San Jerónimo se expresaba de la siguiente manera: «Que vuestra penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas. Así, ayunando ahora, seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados (…). No dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la magnitud de su misericordia remitirá, sin duda, la abundancia de vuestros muchos pecados»[9].

En primer lugar, reparemos por nuestras faltas personales. Todos nosotros hemos recibido el Bautismo, que nos ha convertido en hijos de Dios y miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. ¿No es lógico que correspondamos a tanto amor con toda nuestra alma? Sin embargo, debemos reconocer que con frecuencia, por nuestra debilidad, no cumplimos la Voluntad de Dios o, por lo menos, no correspondemos a su Amor con la prontitud y la generosidad que tiene derecho a esperar de nosotros.

¡Cómo le dolía a nuestro Padre que tantos cristianos olvidasen la grandeza y dignidad de su filiación divina! Podemos aplicarnos sus palabras.Reacciona. —Oye lo que te dice el Espíritu Santo: “Si inimicus meus maledixisset mihi, sustinuissem utique” —si mi enemigo me ofende, no es extraño, y es más tolerable. Pero, tú… “tu vero homo unanimis, dux meus, et notus meus, qui simul mecum dulces capiebas cibos” —¡tú, mi amigo, mi apóstol, que te asientas a mi mesa y comes conmigo dulces manjares![10].

Hijas e hijos míos, sin perder nunca la paz, reconozcamos sin ambages nuestros pecados y nuestras faltas: Padre y muy Padre nuestro es el Señor, siempre dispuesto a acogernos en sus brazos. Cuidemos diariamente los minutos de examen —sin escrúpulos pero con delicadeza de conciencia—, para descubrir con la luz del Espíritu Santo lo que ha salido bien, lo que ha ido mal, lo que podríamos cumplir mejor. Ante lo bueno, reaccionemos con sincera gratitud; ante las faltas, imploremos filialmente el perdón; y acabemos siempre con un acto de contrición —dolor de amor— y con algún propósito bien concreto de lucha; pequeño quizá, pero con serio afán de crecimiento interior.

De este modo, cuando acudamos al sacramento de la Penitencia, lo haremos bien preparados y obtendremos más provecho espiritual. ¿Somos conscientes de que, al practicar el examen de conciencia, de antigua raigambre cristiana, ponemos nuestra alma al descubierto delante del Señor? ¿Nos damos cuenta de que Dios está dispuesto a concedernos su gracia para que le amemos más?

La Iglesia ha recomendado y sigue recomendando la práctica de la confesión frecuente. Sin este medio de santificación personal, resulta muy difícil —por no decir imposible— mantener un alto nivel de vida cristiana; más aún cuando, en el ambiente que nos rodea, abundan las ocasiones de apartarse del Señor. No me canso, por eso, de animaros a seguir realizando un intenso y extenso apostolado de la Confesión No nos dejemos llevar por los respetos humanos, y alimentemos en nuestros amigos, parientes, colegas, este afán de ayudar a las personas con las que coinciden.

Decid a todos —también porque nos vean convencidos de lo que manifestamos— que aprovechen la abundante gracia de la Cuaresma, para purificar a fondo sus almas y descubrir o intensificar un trato de intimidad con el Señor. Se llenarán de paz y serán más felices, pues no hay gozo más grande que saberse hijos de Dios. Orientémosles a que acudan periódicamente a este sacramento de la alegría, como lo calificaba nuestro Padre.

Os mencionaba también la necesidad de pedir perdón por los pecados de los demás. Para esto no es preciso llevar a cabo tareas grandes. Eso ya lo ha hecho Nuestro Señor, muriendo en la Cruz por nosotros. Pero Él desea que unamos a su Sacrificio redentor las pequeñas mortificaciones y penitencias que la misma existencia trae consigo: las molestias de una enfermedad, las incomprensiones por parte de otros, las dificultades del trabajo, el fracaso de un plan que nos habíamos trazado con gran ilusión… Para aceptar con buen humor las contrariedades de este tipo, que constituyen materia de nuestra santificación personal, conviene que —especialmente durante estas semanas— añadamos con generosidad pequeñas mortificaciones en la comida, en la bebida, en la comodidad, en los momentos de descanso o distracción, que nos unan más a la Cruz de Jesucristo y nos vayan preparando para obtener mucho fruto de la Pascua.

Recientemente, Benedicto XVI ha recordado a todos la perenne validez de este modo de comportarse. Escribe en su encíclica sobre la esperanza: la idea de poder “ofrecer” las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada[11]. Y añade el Papa, lamentándose del olvido en que parecen haber caído esas muestras de amor a Dios, que las almas piadosas, mediante el ofrecimiento de las contrariedades de la jornada, estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de com-pasión que necesita el género humano[12]. Y concluye: quizá debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros[13]. Es una pregunta que os traslado, para que la consideréis cada uno de vosotros, redescubriendo el valor del sacrificio escondido y silencioso[14], y para que la hagáis resonar al oído de las personas con las que coincidís.

Como todos los meses, os pido que estéis muy unidos a mis intenciones. Encomendad ahora de modo especial los comienzos de la labor apostólica estable en Rumanía y en Indonesia; se están dando pasos concretos para ponerla en marcha, si Dios quiere, dentro de este año. Y seguid rezando por el Papa y por sus intenciones, entre las que ocupa un lugar importante la deseada unión de todos los cristianos, comenzando por una unidad más honda y sobrenatural entre los católicos.

También deseo que encomendemos diariamente a las personas enfermas: el Señor nos concede con abundancia el tesoro de poder atender a tantas y a tantos que sufren. Me interesa que, así como el Señor iba tras los dolientes para sanarlos y consolarlos, así vayamos todas y todos a enriquecernos con esta caridad, auténtico cariño, atendiendo a quienes lo necesiten.

No quiero alargarme, pero os pido que acudáis al queridísimo don Álvaro, que celebraba su santo el 19 de febrero. Pidámosle que nos obtenga del Señor una superabundancia de caridad fraterna, de modo que todos en la Obra —en cualquier momento, y más aún si algunas o algunos pasan por un período de enfermedad—, experimentemos vivamente que el Opus Dei es familia, familia de verdad, en la que gustosamente nos desvivimos los unos por los otros.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de febrero de 2008.

[1] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 21-II-2007.

[2] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Imposición de las cenizas (cfr. Gn3, 19).

[3] Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n. 41.

[4] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Imposición de las cenizas (cfr. Mc1, 15).

[5] San Josemaría, Camino, n. 168.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 57.

[7] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Antífona en la imposición de las cenizas (cfr. Jl 2, 13).

[8] Cfr. Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Primera lectura (Jl 2, 12).

[9] San Jerónimo, Comentario sobre el libro del profeta Joel II, 12-13.

[10] San Josemaría, Camino, n. 244.

[11] Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n, 40.

[12] Ibid.

[13] Ibid.

[14] Cfr. San Josemaría, Camino, nn. 185 y 509.

Carta del Prelado (marzo 2009)

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La oración de los cristianos es una “sinfonía de corazones”. Mons. Echevarría retoma esta expresión de Benedicto XVI en su carta mensual para expresar la fuerza y la belleza que tiene rezar unidos.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hemos comenzado la Cuaresma, y es necesario que recorramos este tiempo con verdaderas hambres de conversión. La Iglesia recomienda que cuidemos de modo especial la oración, el espíritu de penitencia y las obras de caridad, en preparación para la Pascua, con la determinación de que no sea una Cuaresma más. Por eso, tratemos de vivir a fondo estas semanas, correspondiendo con exigencia personal a las abundantes gracias del Espíritu Santo.

Como bien conocéis, el Santo Padre interrumpe sus actividades ordinarias durante unos días en estas fechas, para dedicarse más a la oración, con su curso de retiro espiritual. Esta costumbre de la Curia romana nos ayuda a aumentar nuestra oración por el Papa que, además, el 19 de marzo celebra su fiesta onomástica; y le acompañaremos espiritualmente también en su viaje a Camerún y a Angola, del 17 al 23 de este mes. Responderemos así a la petición expresa que dirigía a los católicos en los días pasados, con motivo de la fiesta de la Cátedra de San Pedro. Esta fiesta —decía— me ofrece la ocasión de pediros que me acompañéis con vuestras plegarias para que pueda cumplir fielmente el alto encargo que la Providencia divina me ha confiado como Sucesor del Apóstol Pedro. Invoquemos para esto a la Virgen María, que ayer aquí, en Roma, hemos celebrado con el hermoso título de “Virgen de la Confianza”. Le pedimos también que nos ayude a entrar con las debidas disposiciones del alma en el tiempo de Cuaresma (…). Que María abra nuestros corazones a la conversión y a la escucha dócil de la Palabra de Dios.

Me ha conmovido esta petición del Padre común a todos sus hijos e hijas, continuación de la que ya nos sugirió en los días de su elección a la cátedra de San Pedro, hace casi cuatro años. La solemnidad de San José, Patrono de la Iglesia universal,  constituye un motivo más para rezar por la Iglesia y por el Papa. En efecto, como señalaba Juan Pablo II hace unos años, «los Padres de la Iglesia, inspirándose en el Evangelio, han subrayado que San José, al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo (cfr. San Ireneo,Adversus haereses, IV, 23, 1), también custodia y protege su Cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo».

Recordemos la promesa del Señor: os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que está en los cielos se lo concederá. Permanezcamos, por tanto, bien unidos en la petición, cerrando filas como un ejército en orden de batalla, una batalla de paz y de alegría.

Comentando esas palabras del Evangelio, que acabo de transcribir,Benedicto XVI señala que el verbo que usa el evangelista para decir “se ponen de acuerdo” (…) encierra la referencia a una “sinfonía” de corazones. Esto es lo que influye en el corazón de Dios. El acuerdo en la oración resulta importante para que la acoja el Padre celestial. Sigamos muy pegados al Papa y a sus intenciones, pues de esta manera estaremos muy unidos a Cristo y, con Él, por el Espíritu Santo, nuestra plegaria arribará eficazmente a Dios Padre.

La unión con la Cabeza visible del Cuerpo místico es esencial en la Iglesia. Es muy ilustrativo leer, en los Hechos de los Apóstoles, que cuando el rey Herodes encarceló a San Pedro, con el propósito de matarle, la Iglesia rogaba incesantemente por él a Dios. El resultado fue la liberación del Apóstol por ministerio de un ángel.

También San Pablo nos ofrece un ejemplo estupendo de unión con la cabeza. Viene muy oportuno recordarlo en este año paulino, como comentaba el Santo Padre en la solemnidad litúrgica de los dos Santos Apóstoles. Refiriéndose a una imagen típica de la iconografía cristiana, que los muestra dándose un abrazo, quiso resaltar que en los escritos del Nuevo Testamento podemos seguir, por decirlo así, el desarrollo de su abrazo, de este formar unidad en el testimonio y en la misión. Todo comienza cuando San Pablo, tres años después de su conversión, va a Jerusalén “para conocer a Cefas” (Gal 1, 18). Catorce años después, sube de nuevo a Jerusalén para exponer “a las personas más notables” el Evangelio que proclama (…). Al final de este encuentro, Santiago, Cefas y Juan le tienden la mano, confirmando así la comunión que los une en el único Evangelio de Jesucristo (cfr. Gal 2, 9).

Un hermoso signo de este abrazo interior que se profundiza, que se desarrolla a pesar de la diferencia de temperamentos y tareas, es el hecho de que los colaboradores mencionados al final de la primera carta de San Pedro —Silvano y Marcos—, también son íntimos colaboradores de San Pablo. Al tener los mismos colaboradores, se manifiesta de modo muy concreto la comunión de la única Iglesia, el abrazo de los grandes Apóstoles.

Los dos Apóstoles ofrecieron en Roma el supremo testimonio de Cristo, con su martirio. El deseo de San Pablo de venir a Roma subraya sobre todo la palabra catholica. El camino de San Pedro hacia Roma, como representante de los pueblos del mundo, se rige sobre todo por la palabra una: su tarea consiste en crear la unidad de la catholica, de la Iglesia formada por judíos y paganos, de la Iglesia de todos los pueblos.

Esta es la misión permanente de San Pedro: hacer que la Iglesia no se identifique jamás con una sola nación, con una sola cultura o con un solo Estado. Que sea siempre la Iglesia de todos. Que reúna a la humanidad por encima de todas las fronteras y, en medio de las divisiones de este mundo, haga presente la paz de Dios, la fuerza reconciliadora de su amor.

En los últimos años de su vida terrena, San Josemaría insistía en que era tiempo de rezar y de reparar; y tiempo de dar gracias, porque la ayuda de Dios no falta. Así hemos de continuar comportándonos: llenos de optimismo y de confianza, porque —como aseguraba gráficamente nuestro Padre— non est abbreviata manus Domini, no se ha hecho más corta la mano de Dios (Is 59, 1): no es menos poderoso Dios hoy que en otras épocas, ni menos verdadero su amor por los hombres. Los cristianos debemos colaborar con nuestra oración y nuestra expiación, con nuestro trabajo realizado con perfección humana, en unión con el Sacrificio del altar. Si tratamos al Señor en la oración, caminaremos con la mirada despejada que nos permita distinguir, también en los acontecimientos que a veces no entendemos o que nos producen llanto o dolor, la acción del Espíritu Santo.

¡Qué buen día el 19 de marzo para que los cristianos reafirmemos nuestro empeño de caminar muy cerca de Jesucristo, de renovar nuestra entrega al Señor, de estar pendientes de Él como San José, que gastó sus años junto a Jesús en Nazaret! La meditación de otros consejos de San Josemaría, en este contexto de oración por la Iglesia y por el Romano Pontífice, nos ayudará a celebrar mejor esa gran fiesta.

Predicaba nuestro Padre en 1964: para defender a la Iglesia, para hacer bien a las almas, para corredimir con Cristo, para ser buenos hijos del Papa, no tengo otra receta que ésta: santidad. Vosotros me diréis que es difícil. Sí, pero —al mismo tiempo— es fácil: está al alcance de la mano. Todas las almas redimidas por Jesucristo tenemos, con la receta, la medicina: basta que queramos.

Al acabar el mes de marzo, comienza enseguida la Semana Santa: la conmemoración litúrgica del triunfo de Nuestro Señor sobre la muerte, el demonio y el pecado. No perdamos nunca de vista esta realidad, sobre todo cuando las dificultades externas o interiores, que Dios a veces permite, nos afecten más de cerca. Porque Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la Cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia (…).

Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos.

No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, Yo no me olvidaré de ti (Is 49, 14-15), había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres (cfr. Prv 8, 31).

Acudamos siempre a la intercesión de San Josemaría, también el día 28, aniversario de su ordenación sacerdotal. Pidámosle que nos haga partícipes de su optimismo sobrenatural, de su amor al mundo, para que sepamos llevar por todas partes, con la seguridad de los hijos de Dios, esta hermosísima batalla de amor y de paz a la que el Señor nos ha convocado. Recordemos que nuestro Padre, que hubo de padecer no pocas contradicciones, por su amor incondicionado al Señor y a su Iglesia santa, repetía que el gozo incomparable de la filiación divina le aseguraba —jornada tras jornada— en la idea clara, firme, de que Cristo es el vencedor, y que el mensaje cristiano se abrirá paso en todos los hombres de buena voluntad: llenémonos de confianza, quia Deus nobiscum est!,porque Dios está con nosotros. Y contamos con la intercesión del queridísimo don Álvaro, que se nos marchó al Cielo —con su paz característica— el 23 de marzo de 1994.

Ayer regresé de un rápido viaje a Budapest. Allí, como en tantos otros lugares, el espíritu de la Obra se va abriendo camino, llevando consigo el amor a la Iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas que le es característico. ¡Demos muchas gracias a Dios! Y esta noche comenzaré el curso de retiro: ayudadme, como procuro cada día ayudaros a todos vosotros.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de marzo de 2009.


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