¿Cómo fue la muerte de Jesús?

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Francisco Varo

Jesús murió clavado en una cruz el día 14 de Nisán, viernes 7 de abril del año 30. Así se puede deducir del análisis crítico de los relatos evangélicos, contrastados con las alusiones a su muerte trasmitidas en el Talmud (cfr. TB, Sanhedrin VI,1; fol. 43a).

La crucifixión era una pena de muerte que los romanos aplicaban a esclavos y sediciosos. Tenía un carácter infamante, por lo que de suyo no podía aplicarse a un ciudadano romano, sino sólo a los extranjeros. Desde que la autoridad romana se impuso en la tierra de Israel hay numerosos testimonios de que esta pena se aplicaba con relativa frecuencia. El procurador de Siria Quintilio Varo había crucificado en el año 4 a.C. a dos mil judíos como represalia por una sublevación.

Por lo que se refiere al modo en que pudo ser crucificado Jesús son de indudable interés los descubrimientos realizados en la necrópolis de Givat ha-Mivtar en las afueras del Jerusalén. Allí se encontró la sepultura de un hombre que fue crucificado en la primera mitad del siglo I d.C., es decir, contemporáneo de Jesús. La inscripción sepulcral permite conocer su nombre: Juan, hijo de Haggol. Mediría 1,70 de estatura y tendría unos veinticinco años cuando murió. No hay duda de que se trata de un crucificado ya que los enterradores no pudieron desprender el clavo que sujetaba sus pies, lo que obligó a sepultarlo con el clavo, que a su vez conservaba parte de la madera. Esto ha permitido saber que la cruz de ese joven era de madera de olivo. Parece que tenía un ligero saliente de madera entre las piernas que podría servir para apoyarse un poco, utilizándolo como asiento, de modo que el reo pudiera recuperar un poco las fuerzas y se prolongara la agonía evitando con ese respiro una muerte inmediata por asfixia que se produciría si todo el peso colgara de los brazos sin nada en que apoyarse. Las piernas estarían ligeramente abiertas y flexionadas. Los restos encontrados en su sepultura muestran que los huesos de las manos no estaban atravesados ni rotos. Por eso, lo más probable es que los brazos de ese hombre fueran simplemente atados con fuerza al travesaño de la cruz (a diferencia de Jesús, al que sí clavaron). Los pies, en cambio habían sido atravesados por los clavos. Uno de ellos seguía conservando fijado un clavo grande y bastante largo. Por la posición en que está podría pensarse que el mismo clavo hubiera atravesado los dos pies del siguiente modo: las piernas estarían un poco abiertas y el poste quedaría entre ambas, la parte izquierda del tobillo derecho y la parte derecha del izquierdo estarían apoyados en los lados del poste transversal, el largo clavo atravesaría primero un pie de tobillo a tobillo, después el poste de madera y después el otro pie. El suplicio era tal que Cicerón calificaba a la crucifixión como «el mayor suplicio», «el más cruel y terrible suplicio», «el peor y el último de los suplicios, el que se inflige a los esclavos» (In Verrem II, lib. V, 60-61).

Sin embargo, para acercarse a la realidad de lo que supuso la muerte de Jesús en la cruz no basta con quedarse en los dolorosos detalles trágicos que la historia es capaz de ilustrar, pues la realidad más profunda es la que confiesa «que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras» (1 Co 15,3). En su entrega generosa a la muerte de Cruz manifiesta la magnitud del amor de Dios hacia todo ser humano: «Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8).

Dios es un padre amoroso

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Los temas de su predicación se adecuaban a las circunstancias de los oyentes: padres y madres de familia, sacerdotes, profesores de diversas universidades sudamericanas, empleados, jóvenes estudiantes, empleadas del hogar, agricultores indígenas de las cordilleras andinas…

Les recordaba, con don de lenguas, la llamada universal a la santidad, con un profundo sentido de la filiación divina que lleva a saberse hijo de Dios, y a luchar por identificarse con Cristo. Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.

Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando. (…) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos.

¡Todos llamados a la santidad!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

En Brasil una persona le preguntó si alguna vez le habían llamado loco. ¿Te parece poca locura —le contestó don Josemaría— decir que en medio de la calle se puede y se debe ser santo? ¿Que puede y debe ser santo el que vende helados en un carrito y la empleada que pasa el día en la cocina, y el director de una empresa bancaria, y el profesor de universidad y el que trabaja en el campo, y el que carga sobre las espaldas las maletas…? ¡Todos llamados a la santidad! Ahora esto lo ha recogido el último Concilio, pero en aquella época —1928—, no le cabía en la cabeza a nadie. De modo que… era lógico que pensaran que estaba loco.

Muchas personas, incluso no creyentes, encuentran en las enseñanzas de Josemaría Escrivá un estímulo y un aliento para mejorar en su vida cotidiana. Con razón se le ha llamado, —además de “el santo del trabajo”—, “el santo de la vida cotidiana”. Su mensaje ha revitalizado la vida cristiana en muy diversos ambientes, y acuden a su intercesión todo tipo de personas, con los más diversos carismas. En la actualidad, por ejemplo, hay jóvenes religiosos que han elegido Josemaría como su nombre en religión

Josemaría Escrivá hizo en el mundo —y sigue haciendo— una gran siembra de santidad y paz. Se ofrecen a continuación los perfiles de varios hombres y mujeres, que lucharon por identificarse con Cristo siguiendo su carisma y sus enseñanzas. Algunas de estas personas se encuentran en camino de canonización.

Alvaro del Portillo, obispo. Prelado del Opus Dei (Madrid, 11.III.1914 — Roma, 23.III.1994). Fue el más estrecho y fiel colaborador de Josemaría Escrivá. Pertenecía al Opus Dei desde 1935, fue ordenado sacerdote el 25.VI.1944. El 15.IX.1975, el Congreso General electivo del Opus Dei lo escogió para llevar el gobierno de esta porción de la Iglesia, tras el fallecimiento de su Fundador. El 28.XI.1982 Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal y le nombró Prelado del Opus Dei. El 6.I.1991 fue ordenado obispo. Falleció santamente en Roma en 1994, a la vuelta de una peregrinación a Jerusalén. El Santo Padre acudió a rezar ante sus restos mortales en la Sede Central del Opus Dei.

Isidoro Zorzano, ingeniero de RENFE (Buenos Aires, 13.IX.1902 — Madrid, 15.VII.1943). Es uno de los primeros fieles del Opus Dei. Nacido en Argentina, en el seno de una familia de emigrantes, Isidoro Zorzano conoció a Josemaría Escrivá hacia 1915, cuando —tras el regreso a España— estudiaba el Bachillerato en Logroño. Durante la persecución religiosa en España dio pruebas de caridad y valentía heroica. Tuvo un gran afán por mejorar la situación laboral de los trabajadores de la empresa de Ferrocarriles en la que trabajaba. Sobrellevó cristianamente una enfermedad larga y dolorosa, y falleció santamente en la víspera de la fiesta de la Virgen del Carmen de 1943. Uno de los que le acompañaban escribió estas notas, que sintetizan su vida: “Pasó inadvertido. Cumplió con su deber. Amó mucho. Estuvo en los detalles. Y se sacrificó siempre”. Su Causa de Canonización se abrió en Madrid el 11 de octubre de 1948.

Luis Gordon Picardo, empresario cervecero (Cádiz, 20.VIII.1898 — Madrid, 5.XI.1932). Nació en Jerez de la Frontera, en el seno de una familia profundamente cristiana de dieciséis hijos, de los que muchos eligieron el camino del sacerdocio o de la vida religiosa. Estudió Ingeniería cervecera en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Nancy. Dirigió una empresa familiar —una pequeña fábrica de cerveza— en Ciempozuelos. Fue uno de los primeros del Opus Dei, al que se incorporó en 1932. Falleció santamente en Madrid el 5 de noviembre de aquel año, atendido por el Fundador, tras una vida de abnegación y sacrificio. Se preocupó hondamente por los obreros de su fábrica y los enfermos de los hospitales.

María Ignacia García Escobar. (Hornachuelos, Córdoba, 1896 — Madrid, 13.IX.1933). Fue una de las primeras mujeres del Opus Dei. Falleció con fama de santidad tras una larga y dolorosa enfermedad, en el Hospital del Rey de Madrid, atendida por el Fundador. Desarrolló un profundo apostolado, lleno de alegría y sentido de reparación y desagravio, con las personas que la rodeaban.

José María Somoano Berdasco, sacerdote diocesano (Arriondas, Asturias, 5.II.1902 — Madrid, 16.VI.1932). Fue el hijo mayor de una familia asturiana, muy cristiana, con doce hijos. Se ordenó sacerdote en Madrid en 1927. Fue capellán de la Enfermería del Hospital del Rey y estuvo junto a Josemaría Escrivá en los comienzos del Opus Dei, vinculándose estrechamente con los afanes del fundador. Dedicó sus mejores esfuerzos apostólicos a los niños abandonados de Madrid y a los enfermos de tuberculosis del Hospital del Rey. Falleció santamente, posiblemente envenenado por los enemigos de la Fe, en la fiesta de la Virgen del Carmen, a la que tenía gran devoción.

Montse Grases, estudiante de Escuela Profesional (Barcelona, 10.VII.1941 — 26.III.1959). Esta joven barcelonesa, nacida en el seno de una familia numerosa y profundamente cristiana, era alegre y emprendedora, muy deportista y con gran afán de almas. Estudió en la Escuela Profesional para la Mujer de la Diputación de Barcelona, y se incorporó al Opus Dei en plena juventud, el 24.XII.1957. Pocos meses después se le diagnosticó un cáncer de huesos, enfermedad que llevó con gran sentido sobrenatural, fortaleza, y abandono en Dios. Falleció en olor de santidad el 26 de Marzo de 1959, Jueves Santo. Está abierta su Causa de Canonización.

Eduardo Ortiz de Landázuri, médico (Segovia, 31.X.1910 — Pamplona, 20.V.1985).Nació en Segovia, en el seno de una familia cristiana, y estudió Medicina en Madrid. Tras el fusilamiento de su padre, el 8.IX.1936,durante la guerra, sufrió una crisis espiritual que le llevó del alejamiento práctico de la Iglesia a una vida intensamente cristiana. Casado, padre de siete hijos. El 1.VI.1952 pidió la admisión en el Opus Dei. Se incorporó en 1958 a la naciente Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, en cuya Facultad —y Clínica Universitaria— trabajó hasta su jubilación, desviviéndose por sus enfermos.Falleció santamente en la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra, en Pamplona, el 20.V.1985. Su Causa de Canonización se abrió en Pamplona el 11.XII.1998.

Ernesto Cofiño, pediatra (Ciudad de Guatemala, 5.VI.1899 — 17.X.1991). El “doctor Cofiño” —como le llamaban miles de indígenas guatemaltecos— nació en el seno de una familia numerosa de Guatemala. Casado, padre de cinco hijos. Pidió la admisión en el Opus Dei el 6.XII.1956. Es el pionero de la Pediatría en Guatemala y en Centroamérica, donde ejerció la docencia universitaria y promovió numerosas obras sociales en beneficio de la infancia. Se ocupó muy especialmente de las necesidades del mundo indígena. Impulsó la creación de escuelas para campesinos, para obreros, para universitarios, junto con numerosas iniciativas a favor de las personas más pobres de Centroamérica, siguiendo las enseñanzas sociales de la Iglesia. Falleció con fama de santidad el 17 de octubre de 1991 a causa de un cáncer, enfermedad que sobrellevó cristianamente. Su Causa de Canonización se abrió en la Ciudad de Guatemala en el año 2001.

Alexia González-Barros, estudiante de Bachillerato (Madrid 7.III.1971 — Pamplona, 5.XII.1985) Esta adolescente madrileña nació en el seno de una familia numerosa. Estudió los primeros cursos de Bachillerato en el Colegio Jesús Maestro, dirigido por las religiosas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús. Por deseo de sus padres, que tenían gran devoción al Fundador del Opus Dei, hizo la primera Comunión el 8 de mayo de 1979, en la Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz, donde estaba enterrado Josemaría Escrivá. “¿Te das cuenta, Alexia —le preguntó Monseñor Álvaro del Portillo—, de que vas a ser la primera niña que haga la Primera Comunión a los pies de nuestro Padre?” Alexia contestó ilusionada: “Sí”.

Al día siguiente, asistió vestida de Primera Comunión a la Audiencia General en la Plaza de San Pedro, y entregó una carta a Juan Pablo II. El Pontífice le hizo entonces el signo de la cruz sobre la frente. “La cruz sobre Alexia”, intuyó su madre. Esa intuición se hizo pronto realidad: en enero de 1985 comenzó a sentir fuertes dolores de cabeza y el 4.II.1985 se declaró su grave enfermedad. Comenzó a sufrir diversas intervenciones quirúrgicas, que llevó con gran fortaleza, afán de almas y sentido sobrenatural. Murió con la ilusión de poder entregarse en el Opus Dei, a cuyo fundador tenía gran devoción. Falleció santamente el 5.XII.1985. Pronto se expandió su fama de santidad en numerosos países. El 11.V.2000 el Postulador de su Causa, Flavio Capucci, entregó en Roma la Positiosobre la heroicidad de su vida y virtudes.

Toni Zweifel, directivo de una ONG de Ayuda al Desarrollo (Verona, Italia, 15.II.1938 — Zürich, Suiza, 24.XI.1989). Este suizo, nacido en Verona, estudió ingeniería industrial en Zürich. Trabajó como colaborador científico en un Instituto de Termodinámica. En 1962 pidió la admisión en el Opus Dei, y diez años después creó una Fundación para la Ayuda al Desarrollo, que llevó a cabo cientos de proyectos de promoción humana y solidaridad en más de treinta países de cuatro continentes. Miles de personas se beneficiaron de su amor de Dios y solicitud por todos, especialmente por los más necesitados. Vivió con heroísmo las virtudes cristianas en la normalidad de una vida corriente. Falleció con fama de santidad en Zürich el 24 de noviembre de 1989, donde se abrió su Causa de Canonización.

Guadalupe Ortiz de Landázuri, química (Madrid, 12.XII.1916 — 16.VII.1975). Nació en Madrid el día de la fiesta de la Virgen de Guadalupe. Estudió Ciencias Químicas en la Universidad Central y pidió la admisión en el Opus Dei en 1944. El 5 de marzo de 1950 se trasladó a México, donde comenzó la labor apostólica con mujeres del Opus Dei de diversos ambientes sociales. Permaneció en México hasta 1956. En los años siguientes, obtuvo el doctorado y se dedicó a la docencia, mientras realizaba un intenso apostolado. Tras una vida de intensa oración, mortificación y búsqueda de la identificación con Cristo mediante la santificación de su trabajo, falleció santamente el día de la Virgen del Carmen de 1975. Su Causa de Canonización se abrió en 2001 en Madrid

Un informe para los editores

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Aquí tienen lo que he conseguido averiguar. Ha pasado bastante más de un año desde que decidí investigar -como un cronista con aires de detective- tal y como lo habría hecho sobre la Mafia. No sobre la mafia siciliana, sino sobre una institución española: el Opus Dei, la Obra, como la llaman en castellano.

Pongo las cartas sobre la mesa. Para transmitir lo que he conseguido saber necesitaré todas las páginas del informe que ahora entrego, pero quiero anticipar (y no es una astucia para incitar a la lectura, sino simplemente «colocar la noticia al principio», como dice la primera regla del periodismo) que no lamento haber retrasado otros trabajos previstos en mi agenda para dedicarme a éste.

La realidad en la que me he sumergido, para intentar descifrarla, es mucho más consoladora o inquietante, mucho más prometedora o amenazante (todo depende del punto de vista; aquí, sin embargo, no son fáciles las medias tintas) de lo que la mayoría de los católicos ni siquiera sospecha. Pero, desde luego, mucho más de lo que yo pensaba.

No es sólo la realidad presente lo que me ha hecho pensar. Me impresiona imaginar lo que puede ser en el futuro. «Estamos sólo al comienzo de una grandísima aventura», he escuchado de labios de muchos de la Obra, con una seguridad tan desconcertante como desprovista (al menos, así me lo ha parecido) de pomposa arrogancia.

En 1928, esta institución de la Iglesia contaba con un único miembro, el fundador; hoy se acerca a los ochenta mil (mitad mujeres, mitad hombres), de más de noventa nacionalidades, con una presencia que crece continuamente en todos los continentes. En Europa, hay cuarenta y seis mil miembros del Opus Dei; en América, veintisiete mil, y siete mil en Asia y Oceanía. En Africa, el crecimiento es algo lento, aunque se está acelerando, (un millar de miembros).

Me han recordado con frecuencia los de «dentro», con certeza serena, las palabras del fundador: «el Opus Dei es un mar sin orillas».

Por decirlo con palabras de un observador que, sin formar parte del Opus Dei, lo conoce por dentro, realmente sorprendente se mire como se mire: «no es temerario afirmar que está ocurriendo, discretamente y a menudo en silencio, una especie de revolución. La importancia eclesial del Opus Dei y su proyección social están empezando a notarse ahora. Sólo el tiempo la dará a conocer en toda su amplitud».

Es indispensable añadir una precisión. Las personas que creen en el Evangelio y lo leen desde una perspectiva católica, saben cuánta verdad encierran las palabras que Jesús dirige a Simón, hijo de Jonás: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18).

Así está escrito. Para los creyentes, la Iglesia, edificada sobre los sucesores de Simón-llamado-Piedra, llegará hasta la consumación de los tiempos, hasta el gran final del regreso glorioso de Cristo. Pero lo que no está escrito es en qué condiciones perdurará hasta entonces.

Estos mismos creyentes deben rechazar cualquier actitud triunfalista ante el futuro, pues los Evangelios recogen también muchas referencias enigmáticas e inquietantes (en Lucas «Pero el Hijo del hombre, cuando vuelva, ¿encontrará fe sobre la tierra?», 18, 8; en Mateo: «se levantarán muchos falsos profetas y engañarán a muchos; por la abundancia de la iniquidad, el amor de muchos se enfriará…», 24, 11 y ss.); en Pablo («que nadie os engañe de ninguna manera, porque antes ha de venir la apostasía y se ha de manifestar el hombre de iniquidad, el hijo de la perdición», 2 Tes 2, 3), y en otros muchos textos del Nuevo Testamento.

Sin embargo, sea cual sea el imprevisible futuro de la Iglesia, me parece bastante previsible que, en su seno, el Opus Dei tendrá mucho que decir. Es más, pienso que constituirá una estructura bien cimentada, cualesquiera que sean las dimensiones (acrecentadas o reducidas) del rebaño eclesial -ya sea grande o pequeño- en los tiempos venideros.

No aspiro a suplantar a profetas y adivinos en su arriesgada profesión: mis conclusiones no son más que el balance razonado de los datos obtenidos a lo largo de mi investigación, y sobre los cuales reflexioné a la luz de los trends, de las constantes y de las desviaciones que han caracterizado a los veinte siglos de historia cristiana.

Parece verificarse de nuevo una paradoja nada infrecuente: las presuntas «vanguardias», es decir, esos sectores que se autoproclamaban (y así les consideraban muchos) «el futuro», resultan ser en realidad el pasado. Mientras el presente y -probablemente- el mañana van (e irán) hacia lo que parecía ser un legado del pasado, destinado a ser superado por lo «nuevo».

En efecto, desde hace algunos decenios, en el ambiente clerical lo nuevo estaba representado, en opinión de muchos, por el catolicismo autoproclamado «progresista», ese que con tanta frecuencia ambicionaba, más que el diálogo, la fusión (en la praxis e incluso en la teoría) con el marxismo y, en general, con las fuerzas llamadas «de izquierdas».

De golpe -con la caída y el descrédito irreparables de la superstición marxista, confundida también por creyentes como «ley científica de la historia»-, ese Catolicismo se ha topado no con los profetas del 2000, sino con los supervivientes de una ideología decimonónica y cubierta de polvo.

Basta recordar, por ejemplo, a las figuras católicas que, en la Italia de los años sesenta y setenta, aceptaron ser elegidos al Parlamento en las listas comunistas, como «avanzadillas» -así se proclamaban ellos- de las masas cristianas. Hoy han quedado, de golpe, reducidos a caricaturas anacrónicas. Y pensar que pontificaban -solemnes y venerados-, invitando a la Jerarquía (no pocas veces intimidada, o al menos paralizada) a que declarase que la Biblia no era sino el anuncio y la confirmación de El capital o de los Cuadernos desde la cárcel. Les dieux sen vont…

El Opus Dei ha atravesado los años de la contestación clerical en silencio, manteniéndose firme en la Tradición y el Magisterio: en el del Papa, claro, porque no han faltado algunos obispos que parecían vacilar ante un presunto «progresismo», que luego el paso del tiempo ha vuelto retrógrado. Por esta fidelidad a prueba de bomba, la Obra fue despreciada como algo anacrónico, se desconfió de ella como si fuera una especie de quiste preconciliar que agonizaría ante lo Nuevo-que-avanza.

Por el contrario, si aquella presunta «novedad» se ha vuelto anticuada de golpe y de modo irremediable, lo que parecía «viejo» goza de buena salud (por ejemplo: frente a la caída de las vocaciones, que continúa en casi toda la Iglesia, a pesar de débiles e insuficientes signos de recuperación, hay aquí una expansión metódica y continua), y además se confirman las previsiones de que tendrá cada vez más peso y prestigio en la Iglesia del futuro.

Realmente, ha merecido la pena -mucho más de lo que yo mismo podía sospechar- el tiempo y el esfuerzo dedicados a descubrir esta «cosa» todavía desconocida, este núcleo, cogollo de la Iglesia de hoy y del mañana. Es, por otra parte, una realidad que, por su vigor, no interesa sólo a los creyentes: lo que sucede en la Iglesia nunca ha dejado de tener consecuencias en toda la sociedad.

Sucesos recientes confirman que hoy, a pesar de las apariencias, este interés por la Iglesia es mayor que nunca. Mientras releo estas páginas, un resbalón, una banal caída, una fractura del Papa ha puesto en febril agitación al mediasystem mundial. Es decir, una «sacra escayola» es suficiente para ser noticia durante días en la aldea de la información internacional.

La propuesta para que indagara sobre el Opus Dei me colocó al principio en una situación algo embarazosa. Se me confió la tarea de satisfacer un amplio deseo de saber más acerca de una «Obra» que se define nada menos que «de Dios».

Este interés de los lectores por la investigación coincidía con mi propio interés profesional, pues como dice uno de esos españoles que ha difundido el Opus Dei por el mundo y que lo conoce a fondo, «la Obra es para los periodistas un tema sensacional: siempre “vende”»…

Que «vende bien» lo sabía también yo, que formo parte del gremio de los escribas. Pero hasta el momento nunca elegí el tema de un libro pensando en que fuera a gustar a la gente, o en que fuera rentable, al menos potencialmente, para los bolsillos del editor y para los míos.

Mi rechazo inicial a indagar sobre el Opus Dei no obedecía a una virtud especial. No quisiera enzarzarme ahora en una discusión con esos moralistas, tan numerosos entre los escritores: gente que falsifican quizá las facturas de los viajes, pero que siempre están dispuestos a indignarse por cualquier cosa; naturalmente por los vicios, las debilidades, las corruptelas de los demás, de todos los demás.

Mi rechazo procedía, en todo caso, de una necesidad. La vida es breve, las fuerzas limitadas: es mejor emplear una y otras en reflexionar e investigar sobre nuestras preguntas más auténticas, sobre nuestros interrogantes más profundos. La preparación de un libro -si se pretende trabajar como Dios manda- requiere años: ninguna contrapartida de dinero o de notoriedad podría recompensar el fastidio, el aburrimiento, el esfuerzo de un trabajo solitario como el escribir, si no respondiese a una necesidad. Si no fuera una elección nuestra, una urgencia que nace de dentro de uno.

Y -al menos en aquel momento- yo no experimentaba inquietud alguna por saber qué era el Opus Dei.

De todos modos, la honradez me obliga a poner todas las cartas sobre la mesa. Por respeto a quien lee, no por alimento de un ridículo protagonismo autobiográfico. Como ustedes saben -y no presumo de ello, pero tampoco lo escondo: así consta en mis libros-, las casualidades de la vida me han ido conduciendo, sin pretenderlo, al cristianismo. Soy feliz en él y no tengo, Dios mediante, intención alguna de abandonarlo.

Pero en esa Iglesia a cuyas puertas he llamado, y que se me han abierto generosamente, nunca he formado parte de grupos, asociaciones, movimientos, confraternidades, órdenes, organizaciones, «obras». Las aprecio y me parece muy bien que existan y que se multipliquen y prosperen. Descubro en ellas los brotes que nacen sorprendentemente, generación tras generación, del viejo tronco eclesial. Colaboro con ellas a gusto, en la medida de mis posibilidades. Pero, gracias a Dios, quien la conoce desde dentro sabe que esta Iglesia no peca de abuso cuando se llama a sí misma «católica», es decir «universal». Desde hace dos milenios, muestra verdaderamente que sabe hacer sitio a los temperamentos, a las vocaciones, a las historias más diversas. La Iglesia acepta incluso a los «perros vagabundos». Como me decía una vez el viejo Henri Fesquet, el colega que inventó en «Le Monde» la información religiosa moderna, «es el más vasto y variado jardín zoológico del mundo, donde hay un rincón para cada especie animal».

Como católico, por tanto, pero ajeno a militancias particulares, conocía del Opus Dei lo que debe conocer quien, como yo, intente vivir personalmente (por desgracia con resultados con frecuencia poco sustanciosos: vídeo bona proboque, con lo que de ahí se deduce) la dimensión religiosa. Más aún cuando se vive profesionalmente de esta dimensión: estudiándola y comunicándola a los lectores.

¿El Opus Dei? Un grupo como los demás en la Iglesia del siglo veinte, quizá más reservado, ciertamente poco amante de las relaciones públicas, no comprensible a primera vista en su realidad y en su espiritualidad. Así pensaba yo, como todos, o casi todos. Esta lejanía quizá se debía también a un exceso de seriedad (por su parte) de algún amigo, miembro del Opus Dei, que me hizo formar la idea de algo humanamente exquisito, religiosamente descolocado y un poco aburrido.

Reserva, austeridad, seriedad, preparación sólida (tanto profesional como teológica), prestigio, influjo socioeconómico; quizá también una pizca de culto a la personalidad en torno a su fundador, el (por el momento) beato Josemaría Escrivá de Balaguer y Albas, llamado invariablemente por sus seguidores «nuestro Padre».

Esta era la imagen del Opus Dei y de sus miembros, incluso para mí, un profesional que debería saber casi todo de lo que se cuece en el melting pot cristiano, y muy particularmente en el católico.

En un par de ocasiones acepté pasar algunas horas en encuentros «públicos» -aunque se precise invitación personal- en el castello de Urio, la residencia del siglo XVIII junto al lago de Como que hombres (y mujeres) del Opus Dei, principalmente jóvenes universitarios y profesionales, utilizan para sus actividades de formación. Y donde tienen también, me parece, una Escuela de hostelería.

Me encontré muy a gusto. Allí experimenté el «estilo Opus Dei»: buena educación, buen gusto en el vestir («Místicos, pero con la corbata adecuada», como ha dicho alguien), sin clericalismos, con una desenvoltura muy «laical», ajena a esa demagogia que confunde la pobreza (la evangélica, no la de los ideólogos populistas) con la cutrez, impuesta hasta a los huéspedes, que equipara el radicalismo cristiano al descuido y al mal gusto, que -entre otras cosas- no siempre son «baratos».

En esta Iglesia actual en la que tantos, por desgracia, parecen convencidos de que una iglesia (entendida como edificio) es tanto más cristiana cuanto más se asemeja a un garaje o -para los más «comprometidos»- a un establo, aprecié la sobria pero resplandeciente riqueza de la capilla (o mejor «oratorio», como me he enterado que prefieren decir), moderna y, sin embargo, proyectada «a la antigua», con la convicción de que sería un delito tacañear en los lugares de culto a Dios; que el plástico, el aluminio y el cemento a la vista son óptimos para las naves industriales, pero pésimos para una iglesia.

Admiré también los sólidos, tradicionales bancos con reclinatorio y dotados entre otras cosas (una pequeña novedad para mí) de pequeñas lámparas individuales para las lecturas espirituales. Los admiré porque no se había cedido ni siquiera a una de las modas más queridas para los clericales «abiertos»: obligar a los pobres fieles a que se sienten en el suelo, sobre almohadones desparramados por el pavimento. Dicen que hace muy «ecuménico», recordando (quizá) las costumbres de los cultos orientales; parece que expresa lo que llaman «un catolicismo adulto». Felices ellos; pero no ciertamente quien tiene más de veinte años.

Podría seguir: olores intensos de cocina que inundan pasillos y habitaciones; limpieza superficial; mobiliario cutre más que pobre; en las paredes, cuadros sin valor o, peor aún, pósters con imágenes políticas o ecológicas, donde antes había pinturas de maestros antiguos…

Por trabajo o por personal interés espiritual, he debido frecuentar tantos lugares por el estilo, y lo digo con una tristeza que no olvida la simpatía fraterna: este es, más o menos, el look de demasiados lugares religiosos de hoy, en el crepúsculo de órdenes y congregaciones religiosas que fueron gloriosas. No discuto (es evidente) la santidad que, ciertamente, se sigue viviendo en aquellos lugares. Pero las apariencias no atraen a quien está fuera de ese «ambiente» y no sabe descubrir lo que hay detrás.

No sucede esto en los Centros del Opus Dei. Al realizar esta investigación, he podido conocer la belleza singular de Urio, «lugar de representación», ciertamente; pero también el aspecto digno -aunque a distinto nivel- de todos los demás lugares de la Obra. Alguien me recordó lo que repetía con frecuencia el beato Escrivá: que se debía descubrir la «mano» de sus hijas e hijos en que el suelo brilla como un espejo; en las cortinas inmaculadas; en que, si se pasaba un dedo sobre cualquier mueble, no se encontraba ni siquiera una mota de polvo. «La limpieza y “el buen gusto”, recordaba, no cuestan nada (salvo el esfuerzo necesario para quien vive en ese lugar) y crean un ambiente adecuado para la espiritualidad».

Mis contactos con la Obra y mis conocimientos sobre ella habían sido de este tipo: superficiales y limitados al aspecto externo. Lo cual, por otra parte, no es irrelevante. Hoy menos que nunca, pero tampoco lo era ayer. La sabiduría de la vieja Iglesia -esa sabiduría que tantos parecen haber perdido en estos tiempos, convertidos al irrealismo, con frecuencia inhumano, de esquemas ideológicos- bien sabía que la belleza o al menos el decoro de los ambientes católicos, desde los edificios de culto a los monasterios, constituía un motivo para atraer a los hombres y hablarles de Dios.

Permítanme que -siempre a propósito de lo que sabía (o no sabía) de esta institución- narre una anécdota.

Sucedió hace algunos años, en la sala de embarque del aeropuerto Fiumicino de Roma. Entre la multitud de viajeros que iban a tomar el último vuelo para Milán, descubro el inconfundible y simpático perfil de párroco lombardo, bondadoso y avispado al mismo tiempo, de don Luigi Giussani, fundador y presidente de Comunión y Liberación. Nos habíamos conocido con ocasión de entrevistas y ruedas de prensa, por lo que nos saludamos, y comentamos los motivos del viaje a Roma. «Don Gius», como le llaman los suyos, me manifestó su satisfacción por la visita que había hecho esa misma mañana a monseñor Del Portillo, Prelado (es decir, jefe supremo) del Opus Dei y sucesor del beato Escrivá de Balaguer (1). «Sabe -me dice-, nosotros los de Comunión y Liberación somos los guerrilleros, los emboscados que tiramos piedras. Cumplimos con nuestra parte, provocando de vez en cuando alguna polémica. Pero ellos, los de la Obra, tienen los Panzei progresan como tanques blindados, con las orugas recubiertas de goma. El ruido no ‘se oye, pero están ahí, ¡y de qué modo! Y cada vez nos daremos más cuenta, ya lo verá».

Una compañía de carros de combate, por tanto, agregada a la heterogénea tripulación de aquella barca -o arca de Noé, según la comparación de Fresquet y su «zoo»- que ha sido y es la Iglesia. Una buena compañía, compuesta por gente con los uniformes en regla, con el equipo en orden y reluciente. Bien adiestrados, fieles a sus generales: intachables. Pero no son más que una compañía entre las demás, uno de tantos modos -atractivo para algunos, rechazable para otros, también dentro de la Iglesia- de intentar vivir hoy la llamada del Evangelio. Una «espiritualidad», la de Escrivá y los suyos, al mismo nivel que otras que se han desarrollado a lo largo de tantos siglos católicos: carmelita, dominica, franciscana, jesuita, salesiana, pasionista y un largo etcétera.

Así pensaba yo. Ahora no tanto, como les anticipé. Y esto porque he hecho todo lo posible para entender esta «Cosa» de la que desde fuera poco se distingue.

Aquí tienen mi informe. No soy un novato: me publican desde hace mucho tiempo. He visto, he oído -y he dicho- de todo. Por eso, preveo claramente algunas reacciones. Las más polémicas no vendrán, probablemente, de «malignos comecuras», sino más bien de ciertos «buenos católicos». He usado el adjetivo «buenos» sin ironía: a nadie le niego de entrada la buena fe. El mismo don Josemaría manifestaba que la persecución peor le vino -durante toda su vida, y como veremos también después de su muerte- de los buenos de dentro de la Iglesia.

Algunos encontrarán este informe demasiado benévolo, y los más generosos creerán que soy un ingenuo, que no he descubierto el truco que se esconde bajo ciertas apariencias edificantes del Opus Dei. Pensarán que soy un naif del que se han aprovechado, o bien un superficial que no ha sido capaz de descubrir lo que está «debajo» o «detrás».

Otros, menos amables, dirán que esto no es una investigación, como anuncia el título, sino una apología, y además pobremente disfrazada, e incluso «comprada». Y si no ha sido por dinero, lo que ha movido mis dedos sobre el teclado debe de haber sido un prejuicio positivo, quizá una tendenciosidad sectaria.

No me queda otra réplica que la única posible al cronista: hablo de hechos, no de impresiones. Mis afirmaciones se apoyan siempre y únicamente sobre lo que he visto y sobre lo que está en las fuentes escritas, sean o no oficiales. Los que quieran desmentirme, también deben aportar hechos, y remitirse a fuentes. Si alguno es capaz de hacerlo mejor, lo leeré con gratitud. Por mi parte, todo lo que he conseguido recoger (y entender, después de haberlo rumiado a fondo) está aquí.

He pretendido sobre todo comprender -yo en primer lugar- qué es, cómo «funciona» esta Obra, cuáles son los «mecanismos», tanto mentales como institucionales, que la mueven. Ha sido, por tanto, un trabajo de información: ¿y qué otra cosa debe hacer un periodista? Es un trabajo que puede traer beneficios -y no sólo aquí, sino en todas partes- para la convivencia entre los hombres.

No es casual la cita que he transcrito al comienzo del libro, tomada de la obra de un cristiano antiguo, es decir, de alguien a quien la caridad le era especialmente querida: «se deja de odiar en cuanto se deja de ignorar». Otro, en la misma línea, aseguraba que si quieres seguir desconfiando de algo o de alguien, hay que evitar por todos los medios llegar a conocerle. No creo que ni siquiera la Obra, ni siquiera la mítica «mafia» de don Josemaría, escape a esta regla. De todos modos, debe ser el lector quien juzgue.

Por lo que se refiere a mi punto de vista de creyente (que he manifestado con claridad desde las primeras líneas), pienso que puede ser más una ayuda que un obstáculo para entender qué es el Opus Dei. Del mismo modo que es una ayuda para comprender cualquier otra institución cristiana, comenzando por la misma Iglesia. Desarrollo esta idea en el capítulo séptimo, aunque será necesario consultar no sólo ese apartado, sino tantas otras páginas de este informe (lo cual no es más que una pequeña pero debida obra de justicia: la de ser leído íntegramente y no sólo picando de aquí y de allá, porque el libro es una realidad compacta donde tout se tient). Por anticipar lo fundamental a este respecto, diré que cualquier experiencia religiosa puede ser valorada legítimamente sólo con los instrumentos adecuados. Y, por consiguiente, con categorías también religiosas.

Parto de la profunda convicción de los casi ochenta mil miembros del Opus Dei, de todas las nacionalidades del mundo, que obran movidos por una exigencia espiritual y una experiencia de fe. Quien no tenga esto en cuenta, se arriesga a no entender nada. O peor: a entender las cosas equivocadamente, como veremos a continuación.

Dignidad del sacerdocio

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El sacerdocio lleva a servir a Dios en un estado que no es, en sí, ni mejor, ni peor que otros: es distinto. Pero la vocación de sacerdote aparece revestida de una dignidad y de una grandeza que nada en la tierra supera. Santa Catalina de Siena pone en boca de Jesucristo estas palabras: no quiero que mengüe la reverencia que se debe profesar a los sacerdotes, porque la reverencia y el respeto que se les manifiesta, no se dirige a ellos, sino a Mí, en virtud de la Sangre que yo les he dado para que la administren. Si no fuera por esto, deberíais dedicarles la misma reverencia que a los seglares, y no más… No se les ha de ofender: ofendiéndolos, se me ofende a Mí, y no a ellos. Por eso lo he prohibido, y he dispuesto que no admito que sean tocados mis Cristos (Santa Catalina de Siena, El Dialogo cap. 116; Cfr. Ps CIV, 15).

Algunos se afanan por buscar, como dicen, la identidad del sacerdote. ¡Qué claras resultan esas palabras de la Santa de Siena! ¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus sino ipse Christus otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental.

Para realizar una obra tan grande –la de la Redención–, Cristo está siempre presente en la Iglesia, principalmente en las acciones litúrgicas. Está presente en el Sacrificio de la Misa, tanto en la persona del Ministro –”ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que se ofreció a sí mismo en la Cruz”– como sobre todo bajo las especies eucarísticas (Concilio Vaticano II, Const. Sacrosantum Concilium 7; Cfr. Concilio de Trento, Doctrina acerca del Santísimo Sacrificio de la Misa cap. 2).

Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser; es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad.

En esto se fundamenta la incomparable dignidad del sacerdote. Una grandeza prestada, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor. Quienes celebramos los misterios de la Pasión del Señor, hemos de imitar lo que hacemos. Y entonces la hostia ocupará nuestro lugar ante Dios, si nos hacemos hostias de nosotros mismos (San Gregorio Magno, Dialog. 4, 59).

Si alguna vez os topáis con un sacerdote que, externamente, no parece vivir conforme al Evangelio –no le juzguéis, le juzga Dios–, sabed que si celebra válidamente la Santa Misa, con intención de consagrar, Nuestro Señor no deja de bajar a aquellas manos, aunque sean indignas. ¿Cabe más entrega, más anonadamiento? Más que en Belén y que en el Calvario. ¿Por qué? Porque Jesucristo tiene el corazón oprimido por sus ansias redentoras, porque no quiere que nadie pueda decir que no le ha llamado, porque se hace el encontradizo con los que no le buscan.

¡Es Amor! No hay otra explicación. ¡Qué cortas se quedan las palabras, para hablar del Amor de Cristo! El se abaja a todo, admite todo, se expone a todo –a sacrilegios, a blasfemias, a la frialdad de la indiferencia de tantos–, con tal de ofrecer, aunque sea a un hombre solo, la posibilidad de descubrir los latidos de un Corazón que salta en su pecho llagado.

Esta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas –más que Ella sólo Dios– trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura.

4. Tres amores: Cristo, María, el Papa

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo. Madrid, 29‑V‑33. Don Ricardo Fernández Vallespín con­serva un ejemplar de la Historia de la Sagrada Pasión del P. Luis de la Palma, con esta dedicatoria del Fundador del Opus Dei.

Desde su juventud, y hasta su muerte, podría decirse que Mons. Escrivá de Balaguer no hizo otra cosa que poner almas delante de Cristo, de ese Cristo que es herí et hodie, ipse et in saecula, “el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Heb. 13,8). Cristo, que es la única Víctima, el único Modelo. Cristo, que no es un personaje histórico, sino que vive, y espera a cada uno de los cristianos desde hace veinte siglos.

Probablemente un teólogo que analice con calma sus escritos se verá obligado a reconocer que su doctrina, ante todo, es ne­tamente cristológica. Pero, sin entrar en profundidades teológicas ‑otros lo harán‑ es claro que su sentido cristocéntrico va inse­parablemente unido a su devoción mariana y a su afecto incon­dicionado hacia el Papa, el Vicecristo, el dulce Cristo en la tierra, como gustaba repetir con Santa Catalina de Siena.

Bastaba un rato de conversación ‑por breve que fuera­para darse cuenta enseguida de que todo en su vida giraba alre­dedor de Cristo, de María y del Papa. Lo comprobó don Alfonso

Casas, chantre de la catedral de Túy, a quien el obispo de aquella diócesis presentó al Fundador del Opus Dei en 1945: “No sé si fue entonces (o posteriormente, a través de sus escritos) cuando pude apreciar su profundísima devoción a la Santísima Virgen, a San José, y su incesante e intenso amor al Papa”.

“Tres grandes fuerzas ‑ha bosquejado en el diario ABC don Marcelo González, Cardenal Primado de España‑ animaban su vida interior, presentes cada día y cada hora en su espíritu, de valor supremo e insustituible para vivir como hijo de la Iglesia en su doble dimensión mística (amor al misterio de la Esposa de Cristo) y apostólica (dinamismo de una fe que aspira a renovar el mundo). Eran la Eucaristía, particularmente el santo sacrificio de la Misa (sentido de redención); amor a la Humanidad de Cristo, niño, hombre, muerto y resucitado (sentido de encarna­ción de la fe en el mundo), y amor vivísimo a la Santísima Virgen María, de la cual no quería ver separado a San José (sentido de familia de los hijos de Dios que tienen junto a sí motivos de gozo, al encontrarse con la belleza espiritual y la ayuda materna de María)”.

Efectivamente, su devoción a Santa María era inseparable de San José. Lo llevaba hasta el extremo, si se quiere anecdótico, pero altamente significativo, de unir en una sola palabra su nom­bre de pila, Josemaría. Como relataba el canónigo don Mariano A. Taberna en el Diario de Ávila (28 de junio de 1975), a raíz de su muerte: “Escribo el nombre completo, porque no toleraba nunca que se le llamara sólo don José. Por favor, no me quite a la Virgen, decía inmediatamente”.

Otro sacerdote, don Ramón Cermeño, repasa unos ejercicios espirituales en el Seminario de Ávila, poco después de terminada la guerra de España: insistía en la importancia de fomentar durante el día la presencia de Dios, llamaba a la Virgen “la Señora” y “Santa María”, y recomendaba invocarla antes de comenzar el estudio con la jaculatoria Sancta María, Mater Dei et Sedes sapientiae, ora pro me, “costumbre que en cuanto a mi se refiere llegó a ser connatural”. Y concluye: “Inculcó también tener gran devoción al `Señor San José’, cosa que se notaba él vivía”.

El Fundador del Opus Dei vivía lo que decía, hablaba de lo que vivía. A propósito de aspectos diversos de la vida cristiana, todos los que le conocieron lo anotan. No hay excepción tam­poco, cuando se trata de San José y de Santa María. Afirma el P. Sancho, O.P.: “Era muy devoto de la Virgen, mucho, mucho. Conservo su libro sobre el Santo Rosario, que es todo él una prueba viva de su devoción mariana; si no la hubiera tenido, no hubiera escrito ese libro lleno de una gran ternura con nuestra Madre”.

Diversas manifestaciones de cariño a la Virgen, llenas de delicadeza hacia la que es Madre de Dios y Madre nuestra ‑así le gustaba reiterar‑, se han incorporado a la vida diaria de los socios del Opus Dei, por él recogidas del tesoro de las recias y seculares tradiciones cristianas: el Santo Rosario, el Ángelus, el Acordaos, las tres Avemarías de la noche, el escapulario del Carmen, las imágenes de Santa María que presiden tantos luga­res de trabajo y de oración.

Y junto a la devoción a Santa María ‑inseparable‑, recurrió siempre a San José, a quien muy pronto invocó como Padre y Señor. A él se encomendó siempre, como maestro de vida interior. Sobre San José ha dejado páginas espléndidas que glosan su vida de trabajo, su docilidad a los planes divinos, su humilde sentido de responsabilidad, su amor y delicadeza hacia María y Jesús. Del Santo Patriarca tenían que aprender los socios de la Obra a tratar ‑a contemplar‑ a Jesucristo y a la Virgen.

En los últimos años de su vida, la presencia de la trinidad de la tierra ‑Jesús, María y José‑ que desde que era sacerdote joven fue connatural al Fundador del Opus Dei, se hace de día en día más intensa, más entrañable. Y en esos años finales de su caminar terreno, proclama con ímpetu su amor a San José, al que reserva un trato especial que lo penetra todo. Cabe destacar dos ideas, que el Fundador del Opus Dei invocará con ocasión y sin ella y que, sin duda, están en el centro de su última predicación sobre el Santo Patriarca. Tienen enjundia teológica y, sobre todo, un inextinguible despliegue de consecuencias prácticas. Bien grabadas quedaron a un socio del Opus Dei brasileño, en mayo de 1974, que iba con el Padre en el avión que le llevaba de Río de Janeiro a Sáo Paulo. Durante aquel viaje, comenzó a hablar de San José y de su propósito, para aquel mes de mayo, de meter a San José en todo. Esas dos ideas, que enmarcaban todo un programa de vida contemplativa, y que esbozó brevemente durante el vuelo, eran:

‑Después de Santa María, es la criatura más perfecta que ha salido de las manos de Dios; yo estoy seguro.

‑Pensad que podría aplicarse a San José lo que dicen los teólogos de Santa María: que Dios Nuestro Señor podía llenarla con su gracia, y si pudo, lo hizo…

Con San José, su Esposa está presente en los momentos deci­sivos de la vida de Mons. Escrivá de Balaguer y de la historia del Opus Dei. Antes de su fundación, en la súplica confiada a la Virgen del Pilar. El 2 de octubre de 1928, en las campanas de la iglesia madrileña de Nuestra Señora de los Ángeles, que festeja­ban a su Patrona, y oyó mientras hacía oración. En la primera aprobación que el Opus Dei recibió de la Santa Sede, el 11 de octubre de 1943, día de la Maternidad de la Virgen. El 2 de fe­brero de 1947, Fiesta de la Purificación de Nuestra Señora, cuando Pío XII promulgó la Constitución Apostólica Provida Mater Ecc1esia, mediante cuya aplicación el Opus Dei obtendría la aprobación solemne de la Iglesia. El 15 de agosto de 1951, cuando en la Santa Casa de Loreto ‑en momentos muy difíci­les‑ hizo la Consagración de la Obra al Corazón Dulcísimo de María. Hasta la hora del Ángelus del 26 de junio de 1975, en que sintió el delicado beso de Santa María, camino de la presencia eterna ante su Hijo.

El recurso filial a Nuestra Señora fue constante: acudía a Ella para lo grande, y para lo aparentemente más pequeño. Y tenía afecto a todas las advocaciones de la Virgen.

Lorenzo Martín Nieto, arquitecto de Sevilla, coincidió con Mons. Escrivá de Balaguer, por los años cuarenta, un día de Jueves Santo. El Fundador del Opus Dei había llegado a Sevilla el día anterior. Se veía la necesidad de encontrar un sitio donde pudieran vivir algunos socios de la Obra, y desde allí desarrollar la labor en aquella ciudad:

Rezad para que pronto tengamos una casa, pues aquí estamos de prestado ‑les confió‑. Se lo he pedido a vuestra Patrona, la Virgen de los Reyes, y le he dicho que, si nos prepara pronto una residencia de estudiantes en esta tierra, su imagen presidirá el oratorio que allí se instale.

El 15 de noviembre de 1972 consagró el altar del oratorio del Colegio Mayor Guadaira, instalado pocos años antes en un edificio de nueva planta. El oratorio está presidido por una imagen de la Virgen de los Reyes, en una talla distinta, mejor acabada, que la que estuvo en la primera sede de Guadaira, desde los años cuarenta.

Aquel día, después de consagrar el altar, se quedó un buen rato con los residentes, en el salón de actos. Y resaltando cómo Cristo perdonaba desde la Cruz, vino a su mente la primera vez que había estado en Sevilla, durante una Semana Santa. Se puso a hacer oración delante de un paso, de una imagen de la Virgen:

Me fui a la luna. Viendo aquella imagen de la Virgen tan pre­ciosa, ni me daba cuenta de que estaba en Sevilla, ni en la calle. Y alguien me tocó así, en el hombro. Me volví y encontré un hombre del pueblo, que me dijo:

‑Padre cura, ésta no vale na; la nuestra es la que vale!

De primera intención casi me pareció una blasfemia. Después pensé:

‑Tiene razón; cuando yo enseño retratos de mi madre, aun­que me gustan todos, también digo: éste, éste es el bueno.

;Qué amor tenéis a la Virgen aquí, hijos míos! Que Ella os bendiga y os guarde.

Que os haga limpios, que os haga rectos,

que os haga alegres ‑lo sois‑, que os haga felices en la tierra; aunque tengáis algún pecadillo que otro… Jesucristo os perdona­rá, porque cuando volvéis a Ella, volvéis a su Hijo.

Además, somos tan débiles todos… Ya rezaréis para que

también yo vuelva siempre a mi Madre, con el amor que le tenéis vosotros. He venido a Sevilla, una vez más, para aprender a amar a la Virgen. No vengo a enseñar: vengo siempre a aprender. Y quiero a la Virgen en todas vuestras imágenes, que son tan ma­ravillosas. Precisamente me decían ayer:

‑¿No irá usted a ver…, tal imagen de la Virgen?

Y yo les contesté:

‑Mira, a mí me gustan todas las imágenes de Nuestra Se‑

ñora. Tendría que ir a verlas todas, y eso no es posible; así que no podré ver esa imagen que me dices.

En un rincón de Aragón estamos levantando un gran santua­rio a la Virgen. Amo tanto a Nuestra Señora, que no haré ninguna propaganda de la Virgen de Torreciudad, ninguna (…). Porque amo todos los retratos de mi Madre, todas las imágenes de la Virgen:

En los primeros años de su vida, ermitas y santuarios de toda España habían conocido los piropos ‑el Santo Rosario‑ del Fundador del Opus Dei. Luego serían del mundo entero: Lourdes, Fátima, Loreto, Einsiedeln, Guadalupe (México), Nues­tra Señora Aparecida (Brasil), Luján (Argentina), Lo Vázquez (Chile). O cualquier imagen de Santa María escondida en los rin­cones de una calle madrileña o romana, o en iglesias ‑católicas o no‑ de media Europa.

Pedro Casciaro, que había conocido a don Josemaría en los comienzos de 1935, quiso tenerlo como director espiritual. Bajo su guía fue aprendiendo a hacer oración, a estar en la presencia de Dios en todo momento, también por la calle. Para ayudarle de modo práctico, le preguntó un día cuál era el camino habitual desde su casa ‑en la calle de Castelló‑ hasta la Escuela de Ar­quitectura ‑tenía él clases en el edificio de Areneros que el gobierno había incautado a la Compañía de Jesús‑ o la Facultad de Ciencias, aún en San Bernardo. Y entonces le fue enumerando las imágenes de la Virgen que podía encontrar en su camino:

En la calle de Goya ‑más o menos fueron éstas sus pala­bras‑ hay una pastelería apenas volver la esquina de Castelló, que tiene una hornacina con la Purísima Concepción; al llegar a la estatua de Colón, en el cruce con el paseo de la Castellana, tienes en uno de los relieves del pedestal de la estatua una escena de los Reyes Católicos donde hay una imagen de la Virgen del Pilar; subiendo por los Bulevares…

Pedro Casciaro quedó sorprendido al comprobar su poca capacidad de observación, él ‑estudiante de Arquitectura‑ que tanto solía fijarse en los detalles ornamentales. En realidad ‑apostilla‑, “sólo un alma enamorada de la Virgen habría podido detectarlas. Desde entonces mis horas de trabajo fueron adquiriendo un nuevo sentido de santificación, y mis andanzas por las calles de Madrid, nuevas perspectivas contemplativas”.

Y, por fin, el Papa, el dulce Cristo en la tierra.

Encarnación Ortega ilustra con muchos detalles su llegada a Roma el 27 de diciembre de 1946, con otras tres asociadas de la Obra, las primeras que iban a quedarse en Italia. En el recorrido del aeropuerto romano al pequeño piso, instalado en Piazza Cittá Leonina, quiso el Fundador que pasaran por el Colosseo y que allí rezaran, despacio, un Credo, pidiendo a los mártires ‑que en aquel lugar dieron su vida‑ fe y fortaleza para ser buenos instrumentos en servicio de la Iglesia y del Romano Pontífice. A la mañana siguiente, ante el sepulcro del primer Papa, reno­varon su petición con amor filial, y rezaron intensamente por el Romano Pontífice que en aquel momento ocupaba la sede de Pedro.

No fue una excepción. Más bien al contrario: el Fundador del Opus Dei siempre enseñó a las almas a querer y a orar por el Santo Padre, viendo en él al representante ‑al Vicecristo‑ de Dios en la tierra. Por eso quería que toda persona del Opus Dei que llegase á Roma fuese inmediatamente a la Basílica de San Pedro para renovar su fe y rendir homenaje al Pontífice reinante.

Su amor, su veneración por el Papa ‑quienquiera que fuese­era patente. No hacía falta, ni mucho menos, ser socio del Opus Dei para advertirlo. El 27 de agosto de 1972 ‑y es un ejemplo entre muchos‑ el Cardenal Frings predicaba en Colonia con motivo de la primera Misa solemne de un nuevo sacerdote del Opus Dei: “Para ser sacerdote en la Iglesia Católica hay que estar firmemente convencido ‑convencido, diría yo, con una divina certeza‑ de que la Iglesia es dirigida en su cúspide por Pedro y por su sucesor, el Papa. Mons. Escrivá lo ha captado desde hace tiempo. Y él ha ido por delante de los suyos en su fiel lealtad al Papa, y ha permanecido siempre en fidelidad incon­movible al Papa”.

El Consiliario del Opus Dei en España, don Florencio Sánchez Bella, pronunció la homilía en el funeral por el alma de Mons. Escrivá de Balaguer que se celebró en los primeros días de julio de 1975 en la madrileña Basílica de San Miguel. En un momento dado, contempló su amor apasionado por la Iglesia:

“Sus últimas palabras ‑lo habéis leído en la prensa‑ fueron de amor a la Iglesia y al Papa.

“Permitidme una expansión de amigo. Quiero contaros una anécdota bien reciente, del sábado pasado. Estábamos haciendo oración por la mañana, temprano, en el oratorio del Consejo Ge­neral del Opus Dei en Roma. Hacía poemas horas que habíamos dado sepultura al cuerpo de Monseñor Escrivá de Balaguer. Am­biente de paz, de serenidad, mientras el sacerdote, sentado en una pequeña mesa, leía un libro de meditaciones compuesto hace bastantes años. Hasta que llegó a una cita del Padre, allí recogida. Os la leeré: Cuando vosotros seáis viejos, y yo haya rendido cuentas a Dios, vosotros diréis (…) cómo el Padre amaba al Papa con toda su alma, con todas sus fuerzas.

“Brotaron aquí sollozos que subrayaban cómo iba ya prepa­rándonos nuestro Padre en caminos de fe, de esperanza y de amor, unidos inseparablemente a la Iglesia y al Papa’”.

Este espíritu del Fundador del Opus Dei se compendiaba en un adjetivo: “romano”. El cardenal Poletti, Vicario de la diócesis de Roma, escribía a don Álvaro del Portillo, entonces Secretario general del Opus Dei, el día 27 de junio de 1975:

“La Diócesis de Roma debe mucho a tantos

Fundadores de Institutos Religiosos, Asociaciones, y actividades apostólicas que se han desarrollado en la Urbe. Mons. Escrivá de Balaguer, per­sonalidad

se suma a esta admirable serie de hombres de Dios.

“El ‑que vivía en Roma desde 1946‑ se preciaba de ser “muy romano” y ha inculcado a sus hijos e hijas, repartidas por el mundo, este amor suyo a Roma, la diócesis del Papa. (…) Como Vicario General del Santo Padre, al recordar la figura del Fun­dador del Opus Dei, deseo expresar mi agradecimiento por el celo suyo y el de sus hijos, que ha sido un fermento de vida apostólica en los más variados ambientes de la vida romana”.

El texto íntegro de esta carta apareció en el número de la Rívista Diocesana di Roma correspondiente a julio‑agosto de 1975. En ese mismo número Francesco Angelicchio publicaba un artículo con el expresivo título Un sacerdote español “muy romano”. En él se preguntaba: “¿Por qué quiso Mons. Escrivá de Balaguer ser “muy romano”? ¿Cuál ha sido la razón para que quisiera con todas sus fuerzas, como repetía a sus hijos, “romanizar” la obra que ha fundado? Sin duda, para tener él mismo y para dar a la nueva fundación idéntico aire con el que Cristo quiso dar a su Iglesia y a su Vicario estableciéndolo en Roma. Para el fundador del Opus Dei, romanidad es sinónimo a la vez de unidad y de universalidad, es manifestación de amor y obediencia al Papa, obispo de Roma, es expresión de docilidad y de servicio a la sede apostólica, es deseo de impregnarse en el espíritu de la primitiva cristiandad y de la Iglesia de los mártires que en Roma aportaron la mayor contribución a la salvación y al incremento de la fidelidad a la Esposa de Cristo y al Primado de Pedro”.

El Fundador del Opus Dei quería grabar en los socios de la Obra ‑en todos los fieles‑ el amor hacia el Vicario de Cristo que rebosaba dentro de su corazón de cristiano. Una vez más, decía y enseñaba lo que vivía. Su primer viaje a Rama fue en 1946. Tras una difícil travesía por mar de Barcelona a Génova ‑donde Mons. Escrivá de Balaguer celebró su primera Misa en tierra italiana, en una iglesia medio destruida por los bombar­deos de la guerra‑, hizo el camino de Génova a Roma en coche, junto con don Álvaro del Portillo y don Salvador Canals, que habían ido a recibirles a Génova. También viajaba don José Orlandis, que narra así la llegada a la Ciudad Eterna:

“Había todavía luz en el cielo, en el crepúsculo de uno de los días más largos del año, cuando por la Vía Aurelia llegamos a las cercanías de la Urbe. En cierto momento, y tras una revuelta del camino, apareció ante nuestros ojos la cúpula de San Pedro. El Padre se emocionó visiblemente y rezó en voz alta un Credo. Pocos minutos después, nos deteníamos en Piazza delta Cittá Leonina, donde estaba el piso recién alquilado, que fue el primer domicilio de Monseñor Escrivá de Balaguer en Roma. Una terra­za de esta casa se abría sobre la Plaza de San Pedro, y a la derecha se alzaba la mole del Palacio Vaticano, con la ventana ilumi­nada donde trabajaba el Romano Pontífice. Nuestro Padre estaba lógicamente fatigado tras aquel largo y duro viaje. Mas, a pesar de nuestros ruegos, no quiso retirarse a descansar y pasó la noche entera en oración en esa terraza, teniendo enfrente la casa del Vicario de Cristo en la tierra.

“Quiero, todavía, dejar constancia de un detalle que, sin duda, constituyó para nuestro Fundador una heroica y silenciosa mortificación. La gran ilusión de toda su vida había sido hacer su `romería’ y videre Petrum. Se dio la circunstancia de que la pri­mera residencia a donde fue a vivir a su llegada a Roma se hallaba a un paso de la Plaza de San Pedro. Pero nuestro Padre debió de resolver entonces ofrecer a Dios lo que para él repre­sentaba el más costoso sacrificio. Y dejó pasar un día, y otro, y otro, hasta seis, sin cruzar la Plaza y postrarse ante la tumba de San Pedro. Por fin ‑nosotros veníamos observando estas cosas con silencioso respeto‑ el día 29, Fiesta del Apóstol, dijo:

Vamos a San Pedro. Salimos tramos en la Basílica, y nuestro

a la calle, cruzamos la Plaza, en­ Fundador pasó largo rato orando de rodillas ante el Altar de la Confesión. Luego, regresamos al piso de Cittá Leonina”.

Algo semejante relata Francesco Angelicchio, en el artículo citado poco más arriba: “Le gustaba mucho ‑en algunas épocas durante muchos días seguidos‑ acercarse hasta la Plaza de San Pedro para rezar el Credo y la oración `pro Pontifice’. Al llegar a las palabras `creo en la Iglesia, una, santa, católica, apostólica’, hacía una pequeña variación, que rezaba con gran intensidad: creo en mi Madre la Iglesia Romana, repitiendo tres veces este acto de fe. A continuación, proseguía: `una, santa, católica, apostólica’. Veíamos cómo las meditaba y procuraba grabarlas a fuego en la cabeza y en el corazón incluso de las personas que le acompañaban”.

Mons. Escrivá de Balaguer rezó e hizo rezar, todos los días, en todos los Centros de la Obra, y a todos los socios, por la persona y las intenciones del Papa. Lo subrayó el Consiliario del Opus Dei en Italia, Mario Lantini, en los funerales celebrados el 28 de junio de 1975 en la Basílica romana de San Eugenio:

“Cristo. María. El Papa. ¿No acabamos de indicar, en tres palabras, los amores que compendian toda la fe católica? Mons. Escrivá de Balaguer, el Padre, había escrito estas palabras en 1934, cuando tenía treinta y dos años y el Opus Dei no contaba más que seis. Estas tres palabras componen un programa que ha guiado su vida entera, la de todos los socios del Opus Dei y la de cientos de miles de personas de todo el mundo”.

La Ascensión

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y, al verlo, le adoraron; pero otros dudaron. Y acercándose Jesús les habló: Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. (Mt 28, 16-20)

Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.

Y después de decir esto, mientras ellos miraban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos. (Hechos 1, 8-9)

“Cristo ha subido a los cielos, pero ha trasmitido a todo lo humano honesto la posibilidad concreta de ser redimido. (…) No me cansaré de repetir, por tanto, que el mundo es santificable; que a los cristianos nos toca especialmente esa tarea, purificándolo de las ocasiones de pecado con que los hombres lo afeamos, y ofreciéndolo al Señor como hostia espiritual, presentada y dignificada con la gracia de Dios y con nuestro esfuerzo. En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el Bautismo, es la corredención. Nos urge la caridad de Cristo[i], para tomar sobre nuestros hombros una parte de esa tarea divina de rescatar las almas. (…)

Tenemos una gran tarea por delante. No cabe la actitud de permanecer pasivos, porque el Señor nos declaró expresamente: negociad, mientras vengo[ii]. Mientras esperamos el retorno del Señor, que volverá a tomar posesión plena de su Reino, no podemos estar cruzados de brazos. La extensión del Reino de Dios no es sólo tarea oficial de los miembros de la Iglesia que representan a Cristo, porque han recibido de El los poderes sagrados. Vos autem estis corpus Christi [iii], vosotros también sois cuerpo de Cristo, nos señala el Apóstol, con el mandato concreto de negociar hasta el fin.

Queda tanto por hacer. ¿Es que, en veinte siglos, no se ha hecho nada? En veinte siglos se ha trabajado mucho; no me parece ni objetivo, ni honrado, el afán de algunos por menospreciar la tarea de los que nos precedieron. En veinte siglos se ha realizado una gran labor y, con frecuencia, se ha realizado muy bien. Otras veces ha habido desaciertos, regresiones, como también ahora hay retrocesos, miedo, timidez, al mismo tiempo que no falta valentía, generosidad. Pero la familia humana se renueva constantemente; en cada generación es preciso continuar con el empeño de ayudar a descubrir al hombre la grandeza de su vocación de hijo de Dios, es necesario inculcar el mandato del amor al Creador y a nuestro prójimo”.

Es Cristo que pasa, 120-121

“Nunca hablo de política. No pienso en el cometido de los cristianos en la tierra como en el brotar de una corriente político–religiosa –sería una locura–, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el espíritu de Cristo en todas las actividades de los hombres. Lo que hay que meter en Dios es el corazón de cada uno, sea quien sea. Procuremos hablar para cada cristiano, para que allí donde está –en circunstancias que no dependen sólo de su posición en la Iglesia o en la vida civil, sino del resultado de las cambiantes situaciones históricas–, sepa dar testimonio, con el ejemplo y con la palabra, de la fe que profesa.

El cristiano vive en el mundo con pleno derecho, por ser hombre. Si acepta que en su corazón habite Cristo, que reine Cristo, en todo su quehacer humano se encontrará –bien fuerte– la eficacia salvadora del Señor. No importa que esa ocupación sea, como suele decirse, alta o baja; porque una cumbre humana puede ser, a los ojos de Dios, una bajeza; y lo que llamamos bajo o modesto puede ser una cima cristiana, de santidad y de servicio”.

Es Cristo que pasa, 183

El Buen Pastor

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es un ladrón y un salteador. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero y las ovejas atienden a su voz, llama a sus propias ovejas por su nombre y las saca fuera. Cuando ha sacado fuera a todas sus ovejas, camina delante de ellas y las ovejas le siguen porque conocen su voz. Pero a un extraño no le seguirán, sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños. (…)

En verdad, en verdad os digo: Yo soy la puerta de las ovejas. (…)

Si alguno entra a través de mí, se salvará; y entrará y saldrá y encontrará pastos. (…) Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas (Ioh10, 1-11) .

“Ibamos hace tantos años por una carretera de Castilla y vimos, allá lejos, en el campo, una escena que me removió y que me ha servido en muchas ocasiones para mi oración: varios hombres clavaban con fuerza, en la tierra, las estacas que después utilizaron para tener sujeta verticalmente una red, y formar el redil. Más tarde, se acercaron a aquel lugar los pastores con las ovejas, con los corderos; los llamaban por su nombre, y uno a uno entraban en el aprisco, para estar todos juntos, seguros.

Y yo, mi Señor, hoy me acuerdo de modo particular de esos pastores y de ese redil, porque todos los que aquí nos encontramos reunidos —y otros muchos en el mundo entero— para conversar Contigo, nos sabemos metidos en tu majada. Tú mismo lo has dicho: Yo soy el Buen Pastor y conozco mis ovejas, y las ovejas mías me conocen a Mi [i]. Tú nos conoces bien; te consta que queremos oír, escuchar siempre atentamente tus silbidos de Pastor Bueno, y secundarlos, porque la vida eterna consiste en conocerte a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú enviaste[ii] .

Tanto me enamora la imagen de Cristo rodeado a derecha e izquierda por sus ovejas, que la mandé poner en el oratorio donde habitualmente celebro la Santa Misa; y en otros lugares he hecho grabar, como despertador de la presencia de Dios, las palabras de Jesús: cognosco oves meas et cognoscunt me meae [iii]para que consideremos en todo momento que El nos reprocha, o nos instruye y nos enseña como el pastor a su grey[iv] Muy a propósito viene, pues, este recuerdo de tierras de Castilla”.

Amigos de Dios, 1

“Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino. Disponemos de un tesoro infinito de ciencia: la Palabra de Dios, custodiada en la Iglesia; la gracia de Cristo, que se administra en los Sacramentos; el testimonio y el ejemplo de quienes viven rectamente junto a nosotros, y que han sabido construir con sus vidas un camino de fidelidad a Dios.

(…) La santidad de la Esposa de Cristo se ha demostrado siempre –como se demuestra también hoy– por la abundancia de buenos pastores. Pero la fe cristiana, que nos enseña a ser sencillos, no nos induce a ser ingenuos. Hay mercenarios que callan, y hay mercenarios que hablan palabras que no son de Cristo. Por eso, si el Señor permite que nos quedemos a oscuras, incluso en cosas pequeñas; si sentimos que nuestra fe no es firme, acudamos al buen pastor, al que entra por la puerta ejercitando su derecho, al que, dando su vida por los demás, quiere ser, en la palabra y en la conducta, un alma enamorada: un pecador quizá también, pero que confía siempre en el perdón y en la misericordia de Cristo”.

Es Cristo que pasa, 34

Amor al Sacerdocio

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Palabras en la vela de oración celebrada con motivo del Jubileo de los sacerdotes (Roma, 17-5-2000). Publicado en Por Cristo, con Él y en Él (Palabra 2007)

Queridos hermanos en el sacerdocio:

Nos preparamos para celebrar nuestro jubileo precisamente en el día en que nuestro amadísimo Papa Juan Pablo II cumplirá ochenta años y conmemoraremos su servicio a Dios y a las almas, especialmente desde que fue llamado a la sede de Pedro. Al alzar nuestro corazón a la Trinidad Santísima en acción de gracias, deseamos hacerlo con la renovación de nuestra fidelidad personal al don y misterio que hemos recibido: don de la vocación sacerdotal que ha enriquecido nuestra vida, misterio de predilección por parte de Jesús, que ha querido llamarnos amigos suyos (cfr. Jn 15, 15).

¿Qué nos dicen los santos sobre el sacerdocio? He sido invitado a recoger aquí algunas ideas de la predicación de un santo sacerdote de nuestro siglo, el Beato Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Me causa una alegría muy particular poder presentar este testimonio en el octavo aniversario de la beatificación de este sacerdote ejemplar, acaecida el 17 de mayo de 1992, porque —como afirma un documento pontificio— fue «luminoso ejemplo de celo para la formación sacerdotal» nota(’30′,’3.6′,’3′,’1′) 1.

Cuando en algunos sectores de la comunidad eclesial se planteaban interrogantes sobre la identidad del sacerdote, el Beato Josemaría no dudaba en escribir: «¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental (…). Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser (…). En esto se fundamenta la incomparable dignidad del sacerdote. Una grandeza prestada, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor» nota(’30′,’3.6′,’3′,’2′) 2.

Es necesario —escribió también el Beato Josemaría— que los «sacerdotes tengan, en su alma, una disposición fundamental: gastarse por entero al servicio de sus hermanos, convencidos de que el ministerio al que han sido llamados (…) es un gran honor, pero sobre todo una grave carga» nota(’30′,’3.6′,’3′,’3′) 3. Esto es lo que el pueblo cristiano espera de los sacerdotes, como consecuencia inmediata de la identificación sacramental con Cristo. «Los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote rece (…), que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios (…); que tenga consejo y caridad con los necesitados» nota(’30′,’3.6′,’3′,’4′) 4.

«La vocación sacerdotal lleva consigo la exigencia de la santidad», se lee en un apunte manuscrito del Beato Josemaría. «Esta santidad no es una santidad cualquiera, una santidad común, ni aun tan sólo eximia. Es una santidad heroica». En consecuencia, el gran enemigo para el cumplimiento de nuestra misión en la Iglesia no es la carencia de medios, ni la hostilidad del ambiente, ni aun las fragilidades personales —propias de toda criatura humana—, el enemigo sería quitar de nuestra vida la orientación sincera y decidida al ejercicio de la caridad perfecta.

Por eso, la primera ocupación del sacerdote ha de ser cultivar su trato diario con Dios, que se alimenta y desarrolla en el ejercicio del ministerio, apoyándose en la unidad de vida que hace que el presbítero sea —con expresión del Beato Josemaría— «sacerdote cien por cien». La seguridad de la identificación sacramental del ministro sagrado con Cristo llevaba al Beato Josemaría a afirmar también: «El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina, que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: per ipsum, et cum ipso, et in ipso… Por Él, con Él, en Él, para Él y para las almas vivo yo. De su amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizás por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva» nota(’30′,’3.6′,’3′,’5′) 5.

En una alocución, el Papa Juan Pablo II afirmaba: «Un sacerdote vale cuanto vale su vida eucarística, especialmente su Misa. Misa sin amor, sacerdote estéril; Misa fervorosa, sacerdote conquistador de almas» nota(’30′,’3.6′,’3′,’6′) 6. Ésta es la raíz de la fecundidad apostólica de la vida del sacerdote. En una ocasión, el Beato Josemaría nos confiaba: «Subo al altar con ansia, y más que poner las manos sobre el ara, lo abrazo con cariño y lo beso como un enamorado, que eso soy: ¡enamorado!» nota(’30′,’3.6′,’3′,’7′) 7.

Ese amor lleva al sacerdote a cultivar santas pasiones en su alma, precisamente en el ejercicio del ministerio. El Fundador del Opus Dei señalaba «dos pasiones dominantes, aparte de amar mucho la Sagrada Eucaristía y por lo tanto la Misa, de hacer una Misa que dure todo el día, de no tener prisa. Esas dos pasiones dominantes son: atender a las almas en el confesonario y predicar abundantemente la Palabra de Dios» nota(’30′,’3.6′,’3′,’8′) 8.

La predicación era para el Beato Josemaría transmisión de la Palabra de Dios contemplada y hecha vida propia: el sacerdote, cuando predica, debe hacer «su oración personal, cuajando en ruido de palabras (…) la oración de todos, ayudando a los demás a hablar con Dios (…), dando luz, moviendo los afectos, facilitando el diálogo divino» nota(’30′,’3.6′,’3′,’9′) 9. En cuanto a la administración del sacramento de la Penitencia, me limito a recordar estas palabras suyas: «sentaos en el confesonario todos los días (…), esperando allí a las almas como el pescador a los peces. Al principio quizá no venga nadie (…). Al cabo de dos meses no os dejarán vivir (…) porque vuestras manos ungidas estarán, como las de Cristo —confundidas con ellas, porque sois Cristo— diciendo: yo te absuelvo» nota(’30′,’3.6′,’3′,’10′) 10.

Tendría que hablar de muchos otros aspectos de la enseñanza del Beato Josemaría sobre los sacerdotes —desde la fraternidad sacerdotal a la unión con el propio Obispo, de la labor de catequesis al espíritu de reparación, etc.—, pero ahora es imposible. Sólo quiero referirme brevísimamente a dos puntos que me parecen fundamentales en la actualidad. Primero, la vida de oración. «La oración crea al sacerdote y el sacerdote se crea a través de la oración», ha escrito el Papa nota(’30′,’3.6′,’3′,’11′) 11. El Beato Josemaría aseguraba: «El tema de mi oración es el tema de mi vida». Su vida sacerdotal se hallaba plenamente inmersa en la Iglesia; las necesidades de las almas eran alimento cotidiano de su oración.

Por otra parte, como repetidamente insistía este santo sacerdote: «Conviene que al sacerdote se le reconozca: el pueblo cristiano necesita de signos visibles» nota(’30′,’3.6′,’3′,’12′) 12, escribía en 1956. Y explicaba: «Tenemos que mostrar que somos sacerdotes, de un modo que sea evidente para todos. Si no llevase una manifestación externa de mi sacerdocio, muchas personas que podrían acudir a mí en la calle, o en cualquier sitio, no vendrán porque no saben que soy ministro de Dios» nota(’30′,’3.6′,’3′,’13′) 13. El traje sacerdotal —concluía— «os ayudará a recordar y a hacer recordar a los demás, continuamente, que la ordenación sacerdotal, configurándoos de modo especial con Cristo Sacerdote, os ha constituido también de modo particular en alter Christus, en ipse Christus» nota(’30′,’3.6′,’3′,’14′) 14.

Si nos esforzamos por ser fieles a todas las consecuencias de nuestra vocación sacerdotal, hasta las más pequeñas, nuestra Madre la Virgen, Madre especialmente de los sacerdotes, nos hará gustar siempre, en cualquier circunstancia, el amor que nos ha sido otorgado con nuestro sacerdocio, y que nos identificará cada vez más íntimamente con Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

TEMA 23. La penitencia (2)

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Cristo confió el ministerio de la reconciliación a sus Apóstoles que lo transmitieron a sus colaboradores. Los sacerdotes pueden perdonar los pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

1. Los actos del ministro del sacramento

1.1. Quién es el ministro y cuál es su tarea

«Cristo confió el ministerio de la reconciliación a sus Apóstoles, a los obispos, sucesores de los Apóstoles, y a los presbíteros, colaboradores de los obispos, los cuales se convierten, por tanto, en instrumentos de la misericordia y de la justicia de Dios. Ellos ejercen el poder de perdonar los pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Compendio, 307).

El confesor realiza el ministerio de la reconciliación en virtud del poder sacerdotal recibido con el sacramento del Orden. El ejercicio de este poder está regulado por las leyes de la Iglesia de tal modo que es necesario al sacerdote tener la facultad de ejercerlo sobre determinados fieles o sobre todos.

«Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador» (Catecismo, 1465).

«Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, todo confesor está obligado, sin ninguna excepción y bajo penas muy severas, a mantener el sigilo sacramental, esto es, el absoluto secreto sobre los pecados conocidos en confesión» (Compendio, 309).

1.2. La absolución sacramental

Entre los actos del confesor, algunos son necesarios para que el penitente realice los que le corresponden, en concreto, escuchar su confesión e imponerle la penitencia. Además, con el poder sacerdotal del sacramento del Orden, le da la absolución recitando la fórmula prescrita en el Ritual, «cuya parte esencial son las palabras: “Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”» .

«Así, por medio del sacramento de la penitencia, el Padre acoge al hijo que retorna a él, Cristo toma sobre sus hombros a la oveja perdida y la conduce nuevamente al redil y el Espíritu Santo vuelve a santificar su templo o habita en él con mayor plenitud».

2. Los efectos del sacramento de la Penitencia

«Los efectos del sacramento de la Penitencia son: la reconciliación con Dios y, por tanto, el perdón de los pecados; la reconciliación con la Iglesia; la recuperación del estado de gracia, si se había perdido; la remisión de la pena eterna merecida a causa de los pecados mortales y, al menos en parte, de las penas temporales que son consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de conciencia y el consuelo del espíritu; el aumento de la fuerza espiritual para el combate cristiano» (Compendio, 310).

San Josemaría Escrivá de Balaguer resume sus efectos de modo vivo: «en este Sacramento maravilloso, el Señor limpia tu alma y te inunda de alegría y de fuerza para no desmayar en tu pelea, y para retornar sin cansancio a Dios, aun cuando todo te parezca oscuro».

«En este sacramento, el pecador, confiándose al juicio misericordioso de Dios, anticipa en cierta manera el juicio al que será sometido al fin de esta vida terrena» (Catecismo, 1470).

3. Necesidad y utilidad de la Penitencia

3.1. Necesidad para el perdón de los pecados graves

«Para los caídos después del bautismo, es este sacramento de la Penitencia tan necesario, como el mismo Bautismo para los aún no regenerados”.

«Según el mandamiento de la Iglesia “todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar al menos una vez la año, los pecados graves de que tiene conciencia” (CIC can. 989)» (Catecismo, 1457).

«“Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no […] comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental a no ser que concurra un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes” (CIC, can. 916)» (Catecismo, 1457).

3.2. Utilidad de la Confesión frecuente

«Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia. En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu» (Catecismo, 1458).

«El uso frecuente y cuidadoso de este sacramento es también muy útil en relación con los pecados veniales. En efecto, no se trata de una mera repetición ritual ni de un cierto ejercicio psicológico, sino de un constante empeño en perfeccionar la gracia del Bautismo, que hace que de tal forma nos vayamos conformando continuamente a la muerte de Cristo, que llegue a manifestarse también en nosotros la vida de Jesús».

4. La celebración del sacramento de la Penitencia

«La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión».

«El sacerdote acoge al penitente con caridad fraternal […] Después el penitente hace el signo de la cruz, diciendo: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. El sacerdote puede hacerlo al mismo tiempo. Después el sacerdote le invita con una breve fórmula a la confianza en Dios».

«Entonces el sacerdote, o el mismo penitente, lee, si parece oportuno, un texto de la Sagrada Escritura; esta lectura puede hacerse también en la preparación del sacramento. Por la palabra de Dios el cristiano es iluminado en el conocimiento de sus pecados y es llamado a la conversión y a la confianza en la misericordia de Dios».

«Después el penitente confiesa sus pecados». El sacerdote le exhorta al arrepentimiento, le ofrece los oportunos consejos para empezar una nueva vida y le impone la penitencia. «Después el penitente manifiesta su contrición y el propósito de una vida nueva por medio de alguna fórmula de oración, con la que implora el perdón de Dios Padre». Seguidamente el sacerdote le da la absolución.

Una vez recibida la absolución, el penitente puede proclamar la misericordia de Dios y darle gracias con una breve aclamación tomada de la Sagrada Escritura, o bien el sacerdote recita un fórmula de alabanza de Dios y de despedida del penitente.

«El sacramento de la penitencia puede también celebrarse en el marco de una celebración comunitaria, en la que los penitentes se preparan a la confesión y juntos dan gracias por el perdón recibido. Así la confesión personal de los pecados y la absolución individual están insertadas en una liturgia de la Palabra de Dios, con lecturas y homilía, examen de conciencia dirigido en común, petición comunitaria del perdón, rezo del Padrenuestro y acción de gracias en común» (Catecismo, 1482).

«Las normas sobre la sede para la confesión son dadas por las respectivas Conferencias Episcopales, las cuales han de garantizar que esté situada en “lugar patente” y esté “provista de rejillas” de modo que puedan utilizarlas los fieles y los confesores mismos que lo deseen». «No se deben oír confesiones fuera del confesionario, si no es por justa causa».

5. Las indulgencias

La persona que ha pecado necesita no sólo el perdón de la culpa por haber ofendido a Dios, sino también de las penas que ha merecido por tal desorden. Con el perdón de las culpas graves el pecador obtiene también la liberación de la pena de la separación eterna de Dios, pero normalmente permanece aún como merecedor de penas temporales, es decir, no eternas. También las culpas veniales merecen penas temporales. «Estas penas se imponen por justo y misericordioso juicio de Dios para purificar las almas y defender la santidad del orden moral, y restituir la gloria de Dios en su plena majestad. Pues todo pecado lleva consigo la perturbación del orden universal, que Dios ha dispuesto con inefable sabiduría e infinita caridad, y la destrucción de ingentes bienes tanto en relación con el pecador como de toda la comunidad humana».

«La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos» (Catecismo, 1471).

Los «bienes espirituales de la comunión de los santos, los llamamos también el tesoro de la Iglesia, “que no es suma de bienes, como lo son las riquezas materiales acumuladas en el transcurso de los siglos, sino que es el valor infinito e inagotable que tienen ante Dios las expiaciones y los méritos de Cristo nuestro Señor, ofrecidos para que la humanidad quedara libre del pecado y llegase a la comunión con el Padre. Sólo en Cristo, Redentor nuestro, se encuentran en abundancia las satisfacciones y los méritos de su redención. Pertenece igualmente a este tesoro el precio verdaderamente inmenso, inconmensurable y siempre nuevo que tienen ante Dios las oraciones y las buenas obras de la Bienaventurada Virgen María  y de todos los santos que se santificaron por la gracia de Cristo, siguiendo sus pasos, y realizaron una obra agradable al Padre, de manera que, trabajando en su propia salvación, cooperaron igualmente a la salvación de sus hermanos en la unidad del Cuerpo místico» (Catecismo, 1476-1477).

«La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o totalmente […] Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias» (Catecismo, 1471).

«Al fiel que, al menos con corazón contrito, lleva a cabo una obra enriquecida con indulgencia parcial, se le concede por obra de la Iglesia una remisión tal de la pena temporal cual la que ya recibe por su acción».

«Para ganar la indulgencia plenaria se requiere la ejecución de la obra enriquecida con la indulgencia y el cumplimiento de las tres condiciones siguientes: la confesión sacramental, la comunión eucarística y la oración por las intenciones del Romano Pontífice. Se requiere además, que se excluya todo afecto al pecado, incluso venial. Si falta esta completa disposición, y no se cumplen las condiciones arriba indicadas, […] la indulgencia será solamente parcial».

Antonio Miralles


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