Mensaje del Papa para la Cuaresma 2008

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El Santo Padre invita a redescubrir en este tiempo “el valor de ser cristianos” y reflexiona sobre la limosna.

Opus Dei -

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Cada año, la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos compromisos específicos que acompañen concretamente a los fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el ayuno y la limosna. Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo detenerme a reflexionar sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas, lo afirma Jesús de manera perentoria: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13).

La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la purificación interior se añade un gesto de comunión eclesial, al igual que sucedía en la Iglesia primitiva. San Pablo habla de ello en sus cartas acerca de la colecta en favor de la comunidad de Jerusalén (cf. 2Cor 8,9; Rm 15,25-27 ).

2. Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un medio de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (cf. nº 2404).

En el Evangelio es clara la amonestación de Jesús hacia los que poseen las riquezas terrenas y las utilizan solo para sí mismos. Frente a la muchedumbre que, carente de todo, sufre el hambre, adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia en los países en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

“La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos”.

3. El Evangelio indica una característica típica de la limosna cristiana: tiene que ser en secreto. “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, dice Jesús, “así tu limosna quedará en secreto” (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa de los cielos (cf. Mt 6,1-2). La preocupación del discípulo es que todo vaya a mayor gloria de Dios. Jesús nos enseña: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra.

Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos situamos fuera de la óptica evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. ¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de sostén al prójimo necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que “Dios ve en el secreto” y en el secreto recompensará no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza.

4. Invitándonos a considerar la limosna con una mirada más profunda, que trascienda la dimensión puramente material, la Escritura nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. Y hay más: San Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. “La caridad –escribe– cubre multitud de pecados” (1P 4,8). Como a menudo repite la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece, a los pecadores, la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos.

5. La limosna educa a la generosidad del amor. San José Benito Cottolengo solía recomendar: “Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo” (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201). Al respecto es significativo el episodio evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el tesoro del templo “todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le sobra, no da lo que posee sino lo que es. Toda su persona.

Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días inmediatamente precedentes a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se ha hecho pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos empuja a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándole conseguimos estar dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. ¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.

6. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma nos invita a “entrenarnos” espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que el Apóstol San Pedro dijo al hombre tullido que le pidió una limosna en la entrada del templo: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar” (Hch 3,6). Con la limosna regalamos algo material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, que este tiempo esté caracterizado por un esfuerzo personal y comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor. María, Madre y Sierva fiel del Señor, ayude a los creyentes a llevar adelante la “batalla espiritual” de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna, para llegar a las celebraciones de las fiestas de Pascua renovados en el espíritu. Con este deseo, os imparto a todos una especial Bendición Apostólica.

Vaticano, 30 de octubre de 2007

BENEDICTUS PP. XVI

EPILOGO: LA PRELATURA PERSONAL OPUS DEI

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

EL 19 de marzo de 1983, día en que la Iglesia celebra la festividad de San José, tiene lugar un solemne acto litúrgico en la Basílica Romana de San Eugenio a Valle Giulia: se inaugura oficialmente la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei.

Los lugares de honor están ocupados por altos dignatarios de la Curia Romana. El Nuncio de Su Santidad en Italia y delegado del Papa Juan Pablo II, Monseñor Romolo Carboni, hace entrega al primer Prelado del Opus Dei, Monseñor Álvaro del Portillo, de la Bula Ut Sit, por la que se erige la Prelatura del Opus Dei, y el correspondiente Decreto de Ejecución. Esta Constitución Apostólica de Juan Pablo II, está suscrita por el Cardenal Casaroli, Secretario de Estado, y por el Cardenal Baggio, Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos, y fechada en Roma el día 28 de noviembre de 1982.

El gozoso significado de esta fecha, que ya ha quedado grabada para siempre en la historia de la Obra de Dios, será glosado por Monseñor Álvaro del Portillo en este diecinueve de marzo romano de 1983. Explica que la Constitución Apostólica relativa a la erección del Opus Dei en Prelatura Personal comienza con las palabras latinas” ut sit”: que sea. Y tienen para toda la Obra una «resonancia muy particular, íntima, de familia», porque traen a la memoria los aledaños pirenaicos donde se fraguó la vocación adolescente del Fundador y donde se encendió, como una llamarada, su amor a Dios. Durante años presintió que la Providencia le destinaba a una tarea cuyos perfiles concretos desconocía. Y rezó y repitió incansablemente, como un ruego de urgencia al Señor y a la Virgen María, estas palabras: Domine, ut sit!… Domina, ut sit!… ¡Señor, que se cumpla! ¡Que se cumpla tu Voluntad!; ¡Señora, que sea! ¡Que se realice la Voluntad de tu Hijo!…

Esta misión se desveló el 2 de octubre de 1928, cuando Dios le hizo ver, con una panorámica sin orillas, el Opus Dei. También dio comienzo el itinerario jurídico de la nueva Fundación que concluye el 28 de noviembre de 1982. En este día, la primera página de «L’Osservatore Romano» daba la noticia de que el Santo Padre erigía la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei en Prelatura Personal. Y comunicaba, también, el nombramiento de Monseñor Álvaro del Portillo como su primer Prelado. Complementando estas noticias se acompañaba la publicación de tres documentos. Todos hacían relación a la declaración oficial de la Sagrada Congregación para los Obispos suscrita por el Prefecto, Cardenal Sebastiano Baggio, y por el Secretario, Monseñor Lucas Noreira Neves, con fecha 23 de agosto de 1982, aprobada por el Papa. Esta Dedaratio es una interpretación del Derecho propio de la nueva Prelatura conferido por la Santa Sede.

Tras indicar los motivos que han determinado la decisión del Romano Pontífice, expone las principales notas características de la Prelatura.

Su vida y actividad se regirán por las normas del Derecho General de la Iglesia y por las que le atañen de modo concreto y quedan especificadas en la Constitución Ut Sit, así como por los Estatutos de régimen interno, que reciben el nombre de «Código de derecho particular del Opus Dei».

La jurisdicción de la Prelatura abarca a los sacerdotes del Opus Dei y -sólo en lo referente al cumplimiento de las obligaciones peculiares asumidas mediante el vínculo jurídico convenido con la Prelatura- a los laicos. Unos y otros dependen de la autoridad del Prelado para la realización de las tareas apostólicas de la Prelatura.

S. S. Juan Pablo II con el Prelado del Opus Dei, Monseñor Álvaro del Portillo. Roma, 1983.

El Ordinario propio de la Prelatura Opus Dei es su Prelado. Ha de ser elegido de acuerdo con el derecho general y particular, y confirmada su elección por el Romano Pontífice.

Su dependencia de la Santa Sede se gestiona a través de la Sagrada Congregación para los Obispos y, según la materia de los asuntos a tratar, podrá interconsultar con los demás Dicasterios de la Curia Romana.

El Gobierno Central de la Prelatura tiene su sede en Roma. Cada cinco años, el Prelado presentará al Romano Pontífice, a través de la Sagrada Congregación para los Obispos, un informe acerca de la situación de la Prelatura y del desarrollo de su trabajo apostólico.

También se establecen las relaciones con los Obispos locales, inserción de la Obra en las respectivas diócesis y la adscripción del clero diocesano de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, Asociación unida inseparablemente a la Prelatura.

Concluye así, en este día, un largo estudio que ocupó tres años y medio de trabajo. En él intervinieron dos Comisiones Cardenalicias y una Comisión técnica especial. Además, se recabó el parecer de más de dos mil Obispos de todo el mundo.

¿Por qué todo este esfuerzo, y qué significaba en realidad la definición jurídica del Opus Dei como Prelatura Personal?

Peter Berglar escribe:

«A los ojos de Dios y a los de los fieles cristianos que seguían a su Fundador el Opus Dei era, ya desde el 2 de octubre de 1928, lo que seguiría siendo siempre: la familia espiritual de quienes, por vocación divina, querían formar parte del Opus Dei tal como lo había visto Monseñor Escrivá de Balaguer»(1).

Pero una cosa es el carisma fundacional, el descubrimiento de una llamada específica a un encuentro con Dios, y otra la situación jurídica, la inclusión dentro de la normativa y el Derecho de la Iglesia.

El Decreto del Obispo de Madrid en 1941, aprobando la Obra como Pía Unión, fue el primer paso de un largo caminar hacia su definitiva estructura, adecuada a su realidad.

Este paso inicial certificaba desde el punto de vista de la autoridad eclesiástica la ortodoxia y la lealtad del Opus Dei hacia la jerarquía. Pero se trataba de una cobertura transitoria, como defensa inmediata ante las controversias que su innovación en el campo de la espiritualidad laical estaba produciendo. No fue una solución menguada, ni la negación de otro lugar más extenso. Era la única posibilidad inicial, ya que no existía una definición jurídica adecuada, ni vigente ni prevista, para dar cabida a este movimiento fundacional.

Desde el principio, el trabajo de Monseñor Escrivá de Balaguer, la oración, los sacrificios, las energías todas de su vida, se centraron en lograr un espacio, una veste jurídica, que acogiera dentro del Derecho universal de la Iglesia a la Obra de Dios sin alterar, reducir o desnaturalizar ninguna de las luces del carisma fundacional.

Los pasos siguientes se dieron junto al Papa Pío XII, en los años 1943 y 1947.

Para resolver la cuestión de incardinar sacerdotes en el Opus Dei y tener una organización de ámbito universal, el Fundador aceptó temporalmente incluir a la Obra en el régimen jurídico de los Institutos Seculares. La Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia daba entrada a estos Institutos, integrados por personas que vivían en medio del mundo, y que afirmaban su compromiso mediante votos de carácter religioso, de pobreza, castidad y obediencia. Su dependencia en la Curia Romana se establecía, además, a través de la Sagrada Congregación para los Religiosos.

El vacío de la legislación para acoger el verdadero espíritu del Opus Dei, que se refería a cristianos corrientes, obligó al Fundador a acogerse provisionalmente a fórmulas jurídicas inadecuadas, pero nunca la Obra estuvo dentro de un marco idóneo ya que había aspectos que contravenían principios esenciales de su carácter secular.

Monseñor Alvaro del Portillo declaraba en 1983:

«El Fundador (…) al aceptar esas soluciones -en 1943 y en 1947- hizo ya constar a la autoridad eclesiástica competente, que esperaba se abrieran otros cauces jurídicos que pudieran resolver satisfactoriamente -de acuerdo con su genuina naturaleza- el problema institucional del Opus Dei»(2).

La última etapa se inicia con el Concilio Vaticano II, que abrirá el horizonte jurídico necesario.

En el número 10 del Decreto Presbyterorum Ordinis, el Concilio deliberó sobre la utilidad apostólica de las Prelaturas Personales, que han de ser erigidas por la Santa Sede para llevar a cabo peculiares iniciativas dentro de la Iglesia, tanto a nivel regional como nacional e, incluso, universal.

El Colegio Episcopal, reunido con el Sucesor de Pedro y bajo su Autoridad en la Suma Asamblea Conciliar, introdujo en el Derecho de la Iglesia esta nueva estructura jurisdiccional de carácter personal y secular. También se puntualizó que estas Prelaturas se erigirían según normas adecuadas para cada una de ellas, dada la gran variedad de fines y estructuras que podían adoptar. Siempre la autoridad de los Obispos locales seguiría intacta, reservando al Prelado la autonomía necesaria para poder llevar a cabo unos fines estrictos, establecidos para las diversas Prelaturas que en el futuro se pudieran erigir.

De este modo, la Iglesia se abría a sí misma multitud de posibilidades pastorales que actuarían armónicamente, en cada lugar, con la Jerarquía ordinaria de la Iglesia, pero con los estímulos y la vida de su propio espíritu y finalidad fundacional.

Siguiendo las indicaciones del Papa Pablo VI en orden a estas nuevas posibilidades, el Fundador convoca un Congreso General del Opus Dei en 1969 para trabajar sobre esta solución jurídica definitiva. Este empeño continuó sin interrumpirse ni con la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer en 1975 ni con la del Papa Pablo VI en 1978.

El Fundador falleció contemplando en el horizonte este cauce jurídico definitivo, que se adecuaba plenamente a lo que Dios le hizo ver el día 2 de octubre de 1928. Con genial intuición, se lo comunicó, en 1936 y de la única manera que entonces cabía hacerlo, a un miembro del Opus Dei, Pedro Casciaro. En una de sus visitas a la Iglesia de Santa Isabel, en Madrid, fijó su atención sobre dos epitafios en sendas lápidas mortuorias que existen en el presbiterio, bajo el crucero. En latín, están dedicadas a Antonio Sentmanat, Patriarca de las Indias, Capellán y Limosnero Mayor del Rey de España Carlos IV, Vicario General de los Ejércitos Reales de Mar y Tierra (1743-1806), y a Jacobo Cardona y Tur, Patriarca de las Indias Occidentales, Obispo titular de Sión, Procapellán Mayor de la Casa Real, Vicario General Castrense (1838-1923). Y en voz alta comentó: «Ahí está la futura solución jurídica de la Obra». Ante el asombro de Pedro Casciaro, que no entendió el contenido de esta afirmación, el Padre definió, cuarenta y siete años antes de su aprobación, por dónde cabía encontrar una configuración canónica del Opus Dei: a través de alguna modalidad de las estructuras jerárquicas de la Iglesia, que fuera secular y no territorial, sino personal, no circunscrita a un territorio determinado sino a unas actividades pastorales que podían tener por ámbito los confines del ancho mundo.

Juan Pablo 1 murió cuando ya había indicado a Monseñor Álvaro del Portillo, sucesor del Fundador, que presentara los datos necesarios para resolver el problema institucional de la Obra y darle su configuración jurídica definitiva.

En noviembre de 1978, ocupando Juan Pablo 11 la Silla de Pedro, considera improrrogable la solución y recibe los oportunos documentos, que confía al estudio de la Sagrada Congregación para los Obispos, que es el Dicasterio de la Curia Romana competente en las prelaturas personales.

Esta Congregación estudia y valora los elementos de carácter histórico, jurídico, doctrinal y apostólico que confluyen en el Opus Dei, durante más de tres años. El Santo Padre, oídos los resultados, someterá las conclusiones al parecer de la Comisión Cardenalicia presidida por el Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos y, además, informará de su decisión a los Obispos de las naciones en las que el Opus Dei ha erigido Centros, para que hagan llegar a la Santa Sede -si lo consideran oportuno- sus observaciones. La inmensa mayoría manifestará su satisfacción por esta medida. Todos cuantos pidan alguna aclaración serán escuchados y respondidos.

¿Cuál es, pues, el módulo jurídico definitivo que encuadra la realidad del Opus Dei?

Por definición, es una estructura eclesiástica gobernada por un Prelado con potestad de jurisdicción que, sin lesionar ninguno de los derechos de los Obispos diocesanos, tiene facultad de incardinar en la Prelatura sacerdotes seculares, y a la que pueden también incorporarse miembros seglares mediante un vínculo contractual. Todos, sacerdotes y seglares, se dedican a conseguir, de acuerdo con los Estatutos propios aprobados por la Santa Sede y bajo la autoridad del Prelado, el concreto fin pastoral de la Prelatura.

La Prelatura Opus Dei es de ámbito internacional. Está constituida por un Prelado; los sacerdotes de la Prelatura, que provienen exclusivamente de los laicos del Opus Dei y que reciben las Sagradas Ordenes después de haber cursado los estudios correspondientes; y los laicos, que son hombres y mujeres, solteros y casados, de toda raza y condición social, que se han incorporado libremente a la Prelatura después de recibir la llamada de Dios para entregar su vida a los fines propios del Opus Dei.

Estos fines han sido agrupados por un documento de la Santa Sede en dos vertientes. El Prelado y los sacerdotes de la Obra sirven a los laicos de la Prelatura; les ayudan a cumplir los compromisos ascéticos, formativos y apostólicos que han asumido. Además, todos -sacerdotes y laicos- extienden su apostolado en servicio de la Iglesia; difunden en la sociedad entera la llamada a la santidad mediante el valor trascendente de las ocupaciones cotidianas, del trabajo profesional ordinario.

En palabras de Monseñor Álvaro del Portillo: «Se pidió esta transformación jurídica del Opus Dei para resolver una grave cuestión institucional, que estaba aún pendiente de solución: que la configuración de la Obra correspondiera a lo que podríamos llamar “el carisma fundacional”; es decir, a lo que desde el principio Monseñor Escrivá de Balaguer vio que debía ser el Opus Dei (…).

La anterior situación jurídica nos mantenía dentro de unos moldes que no se ajustaban a nuestro camino, y obligaba a nuestro Fundador a hacer constantes aclaraciones ante las autoridades eclesiásticas y civiles, y ante la opinión pública, con el fin de defender continuamente nuestra vocación y de puntualizar las características de nuestra específica secularidad»(3).

A lo largo de cuarenta años, el Opus Dei ha trabajado para encontrar su lugar adecuado dentro de la estructura de la Iglesia y del Derecho Canónico. Ha tenido que abrir los caminos, como ya anunció desde el principio el Fundador a sus hijos, «al golpe de sus pisadas».

Hoy, en cualquier parcela de las actividades del mundo, una persona corriente puede establecer un vínculo con el Opus Dei mediante el que se compromete a un esfuerzo ascético y apostólico en medio de sus ocupaciones habituales. Con toda la ancha libertad en las opciones humanas lícitas. Es un miembro del pueblo de Dios, que se sabe llamado a una más estrecha unión de amor con Jesucristo. Pero que no ha cambiado en absoluto el papel humano de su condición.

Unida inseparablemente a la Prelatura del Opus Dei está la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Es una Asociación a la que se adscriben, con vínculo meramente asociativo, los sacerdotes seculares de cualquier diócesis del mundo.

También ellos acuden buscando ayuda espiritual para santificarse en el desempeño de su trabajo ministerial. Esta decisión no debilita, sino todo lo contrario, la unión que deben a su Obispo y a su diócesis. La Obra les facilita atención espiritual y ascética. Pero solamente tienen un superior: su propio Obispo.

Los actuales Estatutos de la Obra son prácticamnete los mismos que Pío XII aprobó en 1947. En 1969 se hicieron las modificaciones necesarias para cuando llegara el momento de solicitar a la Santa Sede la transformación de la Obra en Prelatura Personal. El cambio más importante, deseado por el Fundador desde hace muchísimos años, consiste en que la incorporación a la Obra se hace ahora mediante el ya mencionado vínculo contractual.

simultáneo, se suprimen aquellos elementos relacionados con la profesión de los consejos evangélicos, que están al margen del camino que vio el Fundador, pero que tuvo que aceptar en alguna medida en aquel momento de su historia por exigencias de la normativa jurídica entonces vigente.

En cuanto a su posición con los Obispos y diócesis o iglesias locales, el Opus Dei nunca ha intentado conseguir una autonomía con respecto a la autoridad establecida por la Iglesia. Desde 1947 es una Institución de derecho pontificio, de ámbito internacional y gobierno centralizado en Roma, que goza de la necesaria autonomía interna.

Los Estatutos no han cambiado en este punto. El Opus Dei ha querido que sea preceptiva la autorización del Obispo de cada lugar para erigir un Centro de la Prelatura; los sacerdotes del Opus Dei deben obtener las licencias del Obispo para atender a las personas de una diócesis. Y los laicos cumplen las normas establecidas territorialmente por la jerarquía ordinaria de la Iglesia.

Pero erigir el Opus Dei como Prelatura Personal no ha sido resolver un problema institucional ni conceder un privilegio que la Obra no ha pedido: se trata de la aplicación de las normas generales sobre las Prelaturas Personales establecidas por el Concilio Vaticano II, a la realidad apostólica y eclesial del Opus Dei. Como especifica Monseñor Sebastiano Baggio: «Convertir en realidad viva y operativa una nueva estructura eclesiástica predispuesta por el Concilio, pero que había permanecido hasta ahora como una mera posibilidad teórica (…). Se proporciona el adecuado marco eclesial a una Institución de segura doctrina y de laudable impulso apostólico»4.

Y, como puntualizaba también Monseñor Marcello Costalunga, refiriéndose a la consulta realizada a más de dos mil Obispos sobre esta decisión de la Santa Sede:

«Esta consulta (…) ha sido de gran utilidad, porque, como consecuencia de esta muestra de afecto colegial, se ha realizado un nuevo y profundo examen de los Estatutos redactados por Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, en el que ha quedado confirmada su validez y la sabiduría con que fueron confeccionados, pudiéndose apreciar en ellos el testimonio claro del carisma fundacional y del amor grande del Siervo de Dios a la Iglesia»(5).

El Fundador murió sin ver la confirmación jurídica de la Obra de Dios en el mundo. Pero tuvo siempre la seguridad de que el Derecho de la Iglesia se abriría de par en par para acoger el camino que la Providencia le había inspirado y al que entregó todas las energías de su vida.

Con ello se adelantó cincuenta años a una de las más amplias e importantes decisiones del Concilio Vaticano II: impulsar hacia la santidad a la inmensa parcela de los cristianos en medio del mundo, con una decisión libre de poner a Cristo en las actividades todas de la tierra.

Por ello, subrayaba este hecho Juan Pablo II en su Alocución del 19 de agosto de 1979 a un grupo de profesionales miembros del Opus Dei: «Es ciertamente grande vuestro ideal, que desde sus comienzos ha anticipado la teología del laicado que caracterizó luego a la Iglesia del Concilio y del postconcilio… »(6).

Los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer han visto así gozosamente confirmado el espíritu de su Fundador y, con ellos, en palabras del Cardenal Baggio:

«Las razones de su alegría son también motivo de alegría para todos los hombres de buena voluntad en la Iglesia entera»(7).

Único heroísmo: comenzar y recomenzar

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El panorama apostólico de los miembros del Opus Dei es, efectivamente, como tantas veces recordaba Mons. Escrivá de Balaguer, «un mar sin orillas». Cristianos corrientes y responsables, emplean su vida, en el lugar y el tiempo en que ésta se desarrolla, en esforzarse por ser instrumentos dóciles en las manos de Dios para que el mundo sea más cristiano y los hombres se encuentren a sí mismos más dignos y más felices. Su sentido de la filiación divina, mantenido con la oración constante y por la alegría que produce la lucha por desatarse de las cosas y del propio egoísmo, les da una confianza que no admite imposibles, porque «para quienes aman a Dios, todo es para bien». En sus hermosas batallas de paz los fracasos y las victorias se apuntan siempre en el «haber». Procuran vivir de cara a Dios, por eso no pueden perder la alegría, ni sentir desánimo –sino todo lo contrario– por el hecho de que su labor pase muchas veces inadvertida. Ellos, cada uno a su modo, trabajan para Dios, enamorados de un solo ideal –Jesucristo– y empujados por la formidable fuerza de los medios sobrenaturales que la Iglesia pone, desde siempre, a disposición de los hombres.

Cada persona del Opus Dei escribe diariamente en esta tierra una historia sencilla, nutrida de cosas pequeñas, de amor a Dios y a las almas, de virtudes y de defectos, de gracia y de barro, de esfuerzo. Ninguna de esas personas se siente héroe, aunque de hecho resulte heroico ese «comenzar y recomenzar» de cada jornada, volcándose con los miembros de la familia, con los compañeros de trabajo, con los conocidos y con los desconocidos…, buscando en la entrega a los demás –nunca fríamente y en general, sino «con particular cariño»– la propia santificación, de la cual serán ellos los últimos en enterarse, ya que en el Opus Dei no hay «grados de perfección», ni finales de etapa, sino continuas «ganas de dar», buena voluntad en una palabra, porque la razón más sobrenatural de esta vida cristiana de nuestros días es la «realísima gana» y porque la más reciente vocación al Opus Dei –el hombre o la mujer que, en cualquier lugar del mundo, acaba de solicitar la admisión– se siente tan responsable como quien lleva cuarenta años en el Opus Dei.

He dicho ya en alguna parte que la única verdadera historia del Opus Dei es la suma de biografías completas y personales de sus miembros, de todos, porque ninguna es igual, aunque todas lleven esa impronta del mismo espíritu evangélico, siempre viejo y siempre nuevo. Biografías de oración y de acción, de vida contemplativa en las más inverosímiles circunstancias de este mundo, de vida oculta en el actual torbellino de los medios de comunicación. Porque es la médula del mundo la que Dios observa y es sobre esa médula sobre la que Dios actúa, sirviéndose de los cristianos que se empeñan en realizar con decisión su Voluntad sin olvidar nunca que son de arcilla.

Calcular la eficacia del apostolado personal de las personas del Opus Dei sería tanto como descubrir de pronto el fondo de los hombres y de las cosas. A lo largo de mi vida profesional me he encontrado en distintos países con hombres y mujeres del Opus Dei y, aunque he podido apreciar el mismo espíritu en todos ellos, me he convencido también, por la riquísima variedad individual, de que la única explicación del Opus Dei es la sobrenatural, pues no se puede entender de otro modo el hecho de que hombres de tan distintas razas y de tan variada condición puedan entregarse a un ideal con la fuerza, la alegría y la decisión con que lo hacen; ni se podría entender tampoco su rapidísima difusión por el mundo desde una fecha tan cercana a nosotros como 1928.

Y viene bien recordar, por último, por su especial limpidez, en este panorama apostólico el capítulo, sin puertas como el campo, de los Cooperadores del Opus Dei que se acercan a Dios en todo el mundo –no con teorías, sino arrimando el hombro y dando una mano para hacerlo más habitable–, algunos sin disfrutar siquiera de la fe católica al comienzo de su colaboración. ¿Quién conoce a estos millares de personas corrientes que descubren lo inesperado –y del modo más inesperado– en cualquier lugar de los cinco continentes y que, con frecuencia, dan lecciones de generosidad a los mismos católicos?… Joseph, publicitario nigeriano, y su amigo Gabriel, profesor universitario en Lagos; Cees, catedrático de Utrecllt; Paco, conductor de autobús en Sevilla; Carolina, escritora anglicana, convertida en 1971 al catolicismo, en Londres; Maite, ama de casa española; Pascale, investigadora del Departamento de Genética de la Facultad de Medicina de la Universidad de Paris; George, comerciante egipcio de Sidney, de religión copta ortodoxa; Nicoletta, campesina de Brescia (Italia); Marcela, enfermera que trabaja en el Departamento de Pediatría de la Universidad de Ibadán; Herminio, mecánico portugués; Ana María, catedrático de Historia en un Instituto de enseñanza media de Madrid; Eberle, industrial alemán; Anne, madre de familia, casada con un minero de Glasgow; Kawada, matemático de la Universidad de Kioto; etc.

Éste es el apostolado de los miembros del Opus Dei. Hombres y mujeres que viven el compromiso del bautismo y que «pasan la bola» del Evangelio a lo largo y a lo ancho del mundo, con conciencia de que no es sólo para ellos, porque Jesucristo vino a redimir a todos, y a cada uno en particular, y quiere indudablemente que el fuego se propague sin acepción de personas.

La forma de este apostolado, si no lo hemos comprendido ya, es la de una gran catequesis, a escala mundial pero siempre de un modo personal Y directo, que lleve a los hombres y a las mujeres «a hablar con Dios y a hablar de Dios», lo más importante indudablemente de esta vida y de la otra. Es lo que hizo, con una entrega admirable, Mons. Escrivá de Balaguer. Y es lo que tratan de hacer, cada uno en su sitio, con su profesión y con su trabajo, los miembros del Opus Dei, para que el «depósito de la fe», que los cristianos hemos recibido sin ningún mérito por nuestra parte, llegue a más gente y se transmita, limpio, íntegro v vivido, con la misma lealtad con que lo hicieron los cristianos de la primera hora que conocieron físicamente a Jesucristo, el Dios hecho hombre para quedarse con nosotros hasta el final de los siglos. Se trata de la aventura –profunda y siempre poco conocida– de Dios en la Tierra. De la aventura del cristianismo vivido.

Como una inyección intravenosa

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Sólo Dios puede observar con relieve de verdad lo que sucede en este planeta. Somos los hombres quienes no solemos dar importancia a lo corriente de la vida y, sin embargo, es por ahí por donde actúa cl Opus Dei, «como una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad», en expresión de su Fundador. No hace falta reflexionar demasiado, en efecto, para comprender que se trata de una novedad tan vieja como la de los primeros cristianos, quienes, renovados por dentro y entusiasmados por la fe, propagaban con la palabra y con el ejemplo la buena nueva, recibida por gracia de Dios, con la misma naturalidad con que respiraban. Fue su misma vida ordinaria el lugar de encuentro con Jesucristo resucitado y la órbita en que se desarrolló acto seguido la acción profunda del Espíritu que habían recibido. Ni se segregaron, ni pensaron que eran distintos de los demás. Siguieron viviendo honradamente, cada uno en su sitio, y haciendo mejor lo que debían, para no tardar en darse cuenta de que, siendo de ayer, «lo llenaban todo», como pudo afirmar Tertuliano menos de dos siglos después de la muerte de Cristo en la Cruz.

Monseñor Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, explicó en una entrevista publicada en La Vanguardia (Barcelona, 1–X–78) esta característica del apostolado del Opus Dei:

–«Monseñor Escrivá no fue detrás del seglar para halagarle, sino que lo situó ante una fuerte responsabilidad: la de llevar en su vida ordinaria la cruz de Jesucristo, con la alegría de los hijos de Dios. De esta manera, el mensaje de Monseñor Escrivá arrastra con la fuerza ideal de la cruz de Cristo y, por esta razón, trasciende los tiempos a la vez que se enraíza en todos. Su labor se entronca con la vitalidad fuerte y fresca de los primeros fieles cristianos. Aunque el Opus Dei durará mientras haya hombres sobre la tierra, no deja de ser elocuente que, en una época de laxismo y de cansancio moral, una llamada tan exigente arrastre a millares de personas de toda condición y cultura ».

Los hombres y las mujeres del Opus Dei son los primeros en reconocer que están hechos de la misma pasta que todo el mundo –como no podía ser menos– y que han de luchar animosamente cada día, comenzando y recomenzando, sin tirar nunca la toalla, para corresponder a la gracia de Dios. Y es esta lucha precisamente la que amplía el horizonte de sus defectos –la humildad es la verdad– y les hace descubrir en su propia vida la desproporción de los medios al comprobar que en el centro de la vocación cristiana está la Omnipotencia de Dios.

Sin uniforme, sin etiquetas ni distintivos, y sin espectáculo, los cristianos del Opus Dei tratan de responder ahora –y aquí está su verdadera novedadcon el mismo natural sentido de lo auténtico que aquellos primeros cristianos, al compromiso radical contraído en el bautismo. Hablan en nombre propio, con responsabilidad personal, sin utilizar el «nosotros», y se les puede encontrar en cualquier lugar, en toda profesión decente, en el mundo vivo de todos los días. ¿Cómo puede sorprender entonces que la gente del Opus Dei conviva desde el principio de su existencia con gentes que actúan como si Dios no existiese o que le buscan donde no está, y que traten de trabajar con todos, sin sentirse ajenos a nada, en los nobles afanes de la humanidad?… Lo asombroso es que esta realidad esencial de la vocación cristiana siga asombrando todavía, como el hecho de que cada caminante siga su camino.

–«Al pensar en estos años transcurridos –decía el Fundador del Opus Dei al semanario vaticano L ‘Osservatore della Domenica a mediados de 1968–, vienen a mi memoria muchos sucesos que me llenan de alegría: porque, entremezclándose con las dificultades y las penas que son en cierto modo la sal de la vida, me recuerdan la eficacia de la gracia de Dios y la entrega –sacrificada y alegre– de tantos hombres y mujeres que han sabido ser fieles. Porque quiero dejar bien claro que el apostolado esencial del Opus Dei es el que desarrolla individualmente cada miembro en el propio lugar de trabajo, con su familia, entre sus amigos. Una labor que no llama la atención, que no es fácil traducir en estadísticas, pero que produce frutos de santidad en millares de almas, que van siguiendo a Cristo, callada y eficazmente, en medio de la tarea profesional de todos los días.

Sobre este tema –añadía Mons. Escrivá de Balaguer– no cabe decir mucho más. Podría contarle la vida ejemplar de tantas personas, pero esto desnaturalizaría la hermosura humana y divina de esa labor, al quitarle intimidad. Reducirlo a números o estadísticas sería peor aún, porque equivaldría a querer catalogar en vano los frutos de la gracia en las almas».

Es la misma lógica utilizada en la vida corriente de todas las latitudes: la del sentido común. «No son un secreto los pájaros que surcan el cielo, y a nadie se le ocurre contarlos», solía decir Mons. Escrivá de Balaguer. A los cristianos del Opus Dei se les conoce donde están. Basta con abrir los ojos para comprobar que cada uno trata de vivir, a su modo la vocación cristiana en la sucesión de realidades concretas que es su jornada humana habitual. Las personas de la Obra tienen un solo denominador común: la formación cristiana permanente que recibe del Opus Dei y todo lo que esta formación trae consigo al convertirse, sobre la marcha, en vida. Y lo mismo en cualquier país, bajo todas las banderas, sin rarezas de ningún género.

–«Puedo hablarle –seguía diciendo Mons. Escrivá de Balaguer a ese mismo semanario– de las labores apostólicas que los miembros de la Obra dirigen en muchos países. Actividades con fines espirituales y apostólicos, en las que se procura trabajar con esmero y con perfección también humana, y en las que colaboran otras muchas personas que no son del Opus Dei, pero que comprenden el valor sobrenatural de ese trabajo, o que aprecian su valor humano, como es el caso de tantos no cristianos que nos ayudan eficazmente. Se trata siempre de labores laicales y seculares, promovidas por ciudadanos corrientes en el ejercicio de sus normales derechos cívicos, de acuerdo con las leyes de cada país, y llevada siempre adelante con criterio profesional. Es decir, son tareas que no aspiran a ningún tipo de privilegio o trato de favor».

No puede quedar más claro el sentido de estas labores apostólicas, que atraen la colaboración espontánea de millares de personas de toda ideología en los lugares más insospechados del mundo.

Mons. Alvaro del Portillo expresaba en 1978 la función social que cumplen estas iniciativas, al escribir que «el espíritu cristiano exige no limitarse a dar a cada uno lo suyo, sino que lleva además a hacerlo con respeto, con cariño, y a dar más de lo estrictamente debido: a entregarse uno mismo a los demás. En fin, la caridad es motor poderoso, que mueve a ejercitar la misma justicia, especialmente cuando esto supone heroísmo. Sólo así se obra en conformidad con la dignidad del hombre».

«Hemos de sostener el derecho de todos los hombres a vivir –subrayó Mons. Escrivá de Balaguer en Amigos de Dios–, a poseer lo necesario para llevar una existencia digna, a trabajar y a descansar, a elegir estado, a formar un hogar, a traer hijos al mundo dentro del matrimonio y poder educarlos, a pasar serenamente el tiempo de la enfermedad o de la vejez, a acceder a la cultura, a asociarse con los demás ciudadanos para alcanzar fines lícitos, y, en primer término, a conocer y amar a Dios con plena libertad, porque la conciencia –si es recta– descubrirá las huellas del Creador en todas las cosas».

“Que nuestra mano sea instrumento de la mano unificadora de Dios”

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Audiencia general del Santo Padre en la Semana de oración por la unidad de los cristianos

Opus Dei - San Pablo Extramuros

San Pablo Extramuros

Queridos hermanos y hermanas:

El domingo pasado comenzó la “Semana de oración por la unidad de los cristianos”, que concluirá el domingo próximo, fiesta de la Conversión del apóstol san Pablo. Se trata de una iniciativa espiritual preciosa, que se está difundiendo cada vez más entre los cristianos, en sintonía y, podríamos decir, en respuesta a la apremiante invocación que Jesús dirigió al Padre en el Cenáculo, antes de su Pasión: “Que sean una sola cosa, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).

Durante esta oración sacerdotal, el Señor, en cuatro ocasiones, pide a sus discípulos que sean “una sola cosa”, según la imagen de la unidad entre el Padre y el Hijo. Se trata de una unidad que sólo puede crecer siguiendo el ejemplo de la entrega del Hijo al Padre, es decir, saliendo de sí y uniéndose a Cristo. Además, por dos veces, en esta oración Jesús añade como fin de esta unidad: para que el mundo crea. Por tanto, la unidad plena está conectada con la vida y la misión misma de la Iglesia en el mundo. La Iglesia debe vivir una unidad que sólo puede derivar de su unidad con Cristo, con su trascendencia, como signo de que Cristo es la verdad. Esta es nuestra responsabilidad: que sea visible en el mundo el don de una unidad en virtud de la cual se haga creíble nuestra fe. Por esto es importante que cada comunidad cristiana tome conciencia de la urgencia de trabajar de todas las formas posibles para llegar a este gran objetivo. Al mismo tiempo, es importante implorarla con oración constante y confiada, sabiendo que la unidad es ante todo “don” del Señor. Sólo saliendo de nosotros mismos y yendo hacia Cristo, sólo en la relación con él podemos llegar a estar realmente unidos entre nosotros. Esta es la invitación que, con la presente “Semana”, se nos dirige a los creyentes en Cristo de toda Iglesia y Comunidad eclesial. Queridos hermanos y hermanas, respondamos a esta invitación con generosidad diligente.

Este año la “Semana de oración por la unidad” propone a nuestra meditación y oración estas palabras tomadas del libro del profeta Ezequiel: “Que formen una sola cosa en tu mano” (37, 17). El tema ha sido elegido por un grupo ecuménico de Corea, y revisado después para su divulgación internacional por el Comité mixto de oración, formado por representantes del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos y por el Consejo mundial de Iglesias de Ginebra. El mismo proceso de preparación ha sido un estimulante y fecundo ejercicio de auténtico ecumenismo.

En el pasaje del libro del profeta Ezequiel del que se ha sacado el tema, el Señor ordena al profeta que tome dos maderas, una como símbolo de Judá y sus tribus y la otra como símbolo de José y de toda la casa de Israel unida a él, y les pide que las “acerque”, de modo que formen una sola madera, “una sola cosa” en su mano. Es transparente la parábola de la unidad. A los “hijos del pueblo”, que pedirán explicación, Ezequiel, iluminado desde lo Alto, dirá que el Señor mismo toma las dos maderas y las acerca, de forma que los dos reinos con sus tribus respectivas, divididas entre sí, lleguen a ser “una sola cosa en su mano”. La mano del profeta, que acerca los dos leños, se considera como la mano misma de Dios que reúne y unifica a su pueblo y, finalmente, a la humanidad entera. Las palabras del profeta las podemos aplicar a los cristianos como una exhortación a rezar, a trabajar haciendo todo lo posible para que se realice la unidad de todos los discípulos de Cristo; a trabajar para que nuestra mano sea instrumento de la mano unificadora de Dios.

Esta exhortación resulta particularmente conmovedora y apremiante en las palabras de Jesús después de la última Cena. El Señor desea que todo su pueblo camine —y ve en él a la Iglesia del futuro, de los siglos futuros— con paciencia y perseverancia hacia la realización de la unidad plena. Este empeño que comporta la adhesión humilde y obediencia dócil al mandato del Señor, que lo bendice y lo hace fecundo. El profeta Ezequiel nos asegura que será precisamente él, nuestro único Señor, el único Dios, quien nos tome en “su mano”.

En la segunda parte de la lectura bíblica se profundizan el significado y las condiciones de la unidad de las distintas tribus en un solo reino. En la dispersión entre los gentiles, los israelitas habían conocido cultos erróneos, habían asimilado concepciones de vida equivocadas, habían asumido costumbres ajenas a la ley divina. Ahora el Señor declara que ya no se contaminarán más con los ídolos de los pueblos paganos, con sus abominaciones, con todas sus iniquidades (cf. Ez 37, 23). Reclama la necesidad de liberarlos del pecado, de purificar su corazón. “Los libraré de todas sus rebeldías —afirma—, los purificaré”. Y así “serán mi pueblo y yo seré su Dios” (Ez37, 23). En esta condición de renovación interior, ellos “seguirán mis mandamientos, observarán mis leyes y las pondrán en práctica”. Y el texto profético se concluye con la promesa definitiva y plenamente salvífica: “Haré con ellos una alianza de paz… pondré mi santuario, es decir, mi presencia, en medio de ellos” (Ez 37, 26).

La visión de Ezequiel es particularmente elocuente para todo el movimiento ecuménico, porque pone en claro la exigencia imprescindible de una renovación interior auténtica en todos los componentes del pueblo de Dios que sólo el Señor puede realizar. A esta renovación debemos estar abiertos también nosotros, porque también nosotros, desperdigados entre los pueblos del mundo, hemos aprendido costumbres muy alejadas de la Palabra de Dios. “Así como hoy la renovación de la Iglesia —se lee en el decreto sobre el ecumenismo del concilio Vaticano II— consiste esencialmente en el crecimiento de la fidelidad a su vocación, esta es sin duda la razón del movimiento hacia la unidad” (Unitatis redintegratio, 6), es decir, la mayor fidelidad a la vocación de Dios. El decreto subraya también la dimensión interior de la conversión del corazón. “El ecumenismo verdadero —añade— no existe sin la conversión interior, porque el deseo de la unidad nace y madura de la renovación de la mente, de la abnegación de sí mismo y del ejercicio pleno de la caridad (ib., 7). La “Semana de oración por la unidad” se convierte, de esta forma, para todos nosotros en estímulo a una conversión sincera y a una escucha cada vez más dócil a la Palabra de Dios, a una fe cada vez más profunda.

La “Semana” es también una ocasión propicia para agradecer al Señor por cuanto nos ha concedido hacer hasta ahora “para acercar” unos a otros, los cristianos divididos, y las propias Iglesias y Comunidades eclesiales. Este espíritu ha animado a la Iglesia católica, la cual, durante el año pasado, ha proseguido, con firme convicción y segura esperanza, manteniendo relaciones fraternas y respetuosas con todas las Iglesias y Comunidades eclesiales de Oriente y Occidente. En la variedad de las situaciones, a veces más positivas y a veces con más dificultades, se ha esforzado por no decaer nunca en el empeño de realizar todos los esfuerzos para la recomposición de la unidad plena.

Las relaciones entre las Iglesias y los diálogos teológicos han seguido dando signos de convergencias espirituales alentadoras. Yo mismo he tenido la alegría de encontrar, aquí en el Vaticano y en el curso de mis viajes apostólicos, a cristianos procedentes de todos los horizontes. Con gran alegría acogí en tres ocasiones al Patriarca ecuménico Su Santidad Bartolomé I y, como acontecimiento extraordinario, le oímos tomar la palabra, con calor eclesial fraterno y con confianza convencida en el porvenir, durante la reciente Asamblea del Sínodo de los obispos. Tuve el placer de recibir a los dos Catholicós de la Iglesia apostólica armenia: Su Santidad Karekin II de Etchmiadzin y Su Santidad Aram Ide Antelias. Y, finalmente, he compartido el dolor del Patriarcado de Moscú por la partida del amado hermano en Cristo, el Patriarca Su Santidad Alexis II, y continúo permaneciendo en comunión de oración con estos hermanos nuestros que se preparan para elegir al nuevo Patriarca de la venerada y gran Iglesia ortodoxa. Igualmente, tuve ocasión de encontrar a representantes de las diversas Comuniones cristianas de Occidente, con los que prosigue el diálogo sobre el importante testimonio que los cristianos deben dar hoy de forma concorde, en un mundo cada vez más dividido y que se encuentra ante numerosos desafíos de carácter cultural, social, económico y ético. De esto y de tantos otros encuentros, diálogos y gestos de fraternidad que el Señor nos ha permitido poder realizar, démosle gracias juntos con alegría.

Queridos hermanos y hermanas, aprovechemos la oportunidad que la “Semana de oración por la unidad de los cristianos” nos ofrece para pedir al Señor que prosigan y, si es posible, se intensifiquen el compromiso y el diálogo ecuménico. En el contexto del Año paulino, que conmemora el bimilenario del nacimiento de san Pablo, no podemos no referirnos también a cuanto el apóstol san Pablo nos dejó escrito a propósito de la unidad de la Iglesia. Cada miércoles voy dedicando mi reflexión a sus cartas y a su preciosa enseñanza. Retomo aquí sencillamente cuanto escribió dirigiéndose a la comunidad de Éfeso: “Un solo cuerpo y un solo espíritu, como una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados, la de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (Ef 4, 4-5). Hagamos nuestro el anhelo de san Pablo, que consumó enteramente su vida por el único Señor y por la unidad de su Cuerpo místico, la Iglesia, dando, con el martirio, un testimonio supremo de fidelidad y de amor a Cristo.

Que cada comunidad, siguiendo su ejemplo y contando con su intercesión, crezca en el empeño de la unidad, gracias a las diversas iniciativas espirituales y pastorales y a las asambleas de oración común, que suelen hacerse más numerosas e intensas en esta “Semana”, haciéndonos ya pregustar, en cierto modo, el día de la unidad plena. Oremos para que entre las Iglesias y las Comunidades eclesiales continúe el diálogo de la verdad, indispensable para dirimir las divergencias, y el de la caridad, que condiciona el diálogo teológico mismo y ayuda a vivir unidos para un testimonio común. El deseo que habita en nuestros corazones es que llegue pronto el día de la comunión plena, cuando todos los discípulos del único Señor nuestro podrán finalmente celebrar juntos la Eucaristía, el sacrificio divino para la vida y la salvación del mundo. Invocamos la intercesión maternal de María para que ayude a todos los cristianos a cultivar una escucha más atenta de la Palabra de Dios y una oración más intensa por la unidad.

Tel Aviv, Lunes 11 de mayo de 2009

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Benedicto XVI llegó a las 11,00 hora local (10,00 hora italiana) al aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv (Israel) donde fue recibido por el presidente del Estado de Israel, Shimon Peres y por el primer ministro, Benjamin Netanyahu, además de las autoridades civiles y políticas y los Ordinarios de Tierra Santa.

El Papa agradeció la bienvenida al Estado de Israel, “una tierra -dijo- que para muchos millones de creyentes en todo el mundo es santa; (…) una tierra santificada por los pasos de los patriarcas y los profetas, una tierra que los cristianos veneran especialmente porque fue el lugar de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. (…) Yo, como muchos otros antes, vengo a rezar en los santos lugares, a rezar en especial por la paz, paz aquí en Tierra Santa y en todo el mundo”.

Opus Dei -

La Santa Sede y el Estado de Israel “comparten muchos valores, sobre todo el de dar a la religión el lugar que le corresponde en la vida de la sociedad. La justa ordenación de las relaciones sociales presupone y requiere el respeto de la libertad y la dignidad de todo ser humano que cristianos, musulmanes y judíos creen que ha sido creado por un Dios amoroso y que está destinado a la vida eterna. Cuando la dimensión religiosa de la persona se niega o margina, se tambalean las bases de la justa comprensión de los derechos humanos inalienables”.

“Trágicamente, el pueblo judío ha sufrido las terribles consecuencias de las ideologías que niegan la dignidad fundamental de la persona. Es justo y adecuado que, durante mi estancia en Israel, tenga la oportunidad de rendir homenaje a la memoria de los seis millones de judíos víctimas de la Shoah y de rezar para que la humanidad no vuelva a ser testigo de un crimen de magnitud semejante. Tristemente, el antisemitismo sigue levantando su repugnante cabeza en muchas partes del mundo. Es absolutamente inaceptable. Hay que hacer todos los esfuerzos posibles para combatir el antisemitismo en cualquier lugar y para promover el respeto y la estima por los miembros de todo pueblo, tribu, lengua y nación del mundo”.

“Durante mi estancia en Jerusalén -prosiguió el pontífice- tendré el placer de encontrar a muchos de sus líderes religiosos. Las tres religiones monoteístas comparten una veneración especial por esa ciudad santa. Espero fervientemente que todos los que peregrinan a los santos lugares accedan a ellos libremente y sin restricciones para tomar parte en las ceremonias religiosas y fomentar la digna conservación de los edificios de culto en los espacios sacros”.

Benedicto XVI recordó que aunque el nombre Jerusalén signifique ciudad de paz, “es evidente que durante décadas la paz ha escapado trágicamente de los habitantes de esta tierra santa. Los ojos del mundo están fijos en los pueblos de esta región en su lucha por alcanzar una solución justa y duradera a los conflictos que han causado tantos sufrimientos. Las esperanzas de innumerables hombres, mujeres y niños en un futuro más seguro y estable dependen del resultado de las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos”.

“Unido a todas las personas de buena voluntad suplico a sus responsables que exploren todos los caminos posibles para resolver con justicia las dificultades pendientes de modo que ambos pueblos vivan en paz en su propia patria con fronteras seguras y reconocidas internacionalmente. A este respecto, espero y rezo para que se cree pronto un clima de mayor confianza que haga posible que las partes progresen realmente en el camino de la paz y la estabilidad”.

El Santo Padre finalizó su discurso dirigiéndose a los católicos y recordó que presenciará en Nazaret la conclusión del Año de la Familia. “La familia -dijo- es la primera e indispensable maestra de paz y por lo tanto tiene un papel esencial para sanar las divisiones de la sociedad humana en todos los niveles”.

“Hablo ahora a las comunidades cristianas de Tierra Santa: mediante vuestro testimonio fiel de aquel que predicó el perdón y la reconciliación, con vuestro compromiso de defender el carácter sacro de toda vida humana, podéis dar una contribución particular al fin de las hostilidades que han afligido durante tanto tiempo esta tierra. Rezo para que vuestra presencia continua en Israel y en los Territorios Palestinos sea fructuosa para promover la paz y el respeto mutuo entre los pueblos que viven en las tierras de la Biblia”.

Finalizada la ceremonia el Papa se desplazó en helicóptero al helipuerto del Monte Scopus en Jerusalén, donde fue recibido por el alcalde Nir Barkat y desde allí se trasladó en automóvil a la delegación apostólica de Jerusalén para el almuerzo.

El Santo Padre realizará esta tarde una visita de cortesía al presidente del Estado de Israel, Shimon Peres, visitará el Memorial de “Yad Vashem” y se encontrará con los miembros de organizaciones para el diálogo interreligioso en el “Notre Dame of Jerusalem Centre”.

Creo que conocí a un santo

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Testimonio de Mons. William Gordon Wheeler, Obispo de Leeds

Donde conocí por primera vez a un miembro del Opus Dei fue aquí, en Inglaterra, hace ya más de treinta años. Se llamaba Juan Galarraga, por entonces un seglar que estudiaba en la Universidad de Londres. Coincidimos en varias ocasiones en el Newman Center, de Portland Square. Cuando me hicieron capellán de la Universidad de Londres le veía con asiduidad y aprendí mucho de él sobre cl Opus Dei.

De modo que cuando la Netherhall, una residencia para estudiantes, entró en funcionamiento, yo se la recomendaba a los alumnos. Este fue mi primer contacto con el Opus Dei, y desde entonces he visitado residencias del Opus Dei en todo el mundo.

Creo que estoy en una posición única para hablar sobre lo que se podría llamar la universalidad del espíritu del Opus Dei, ya que he podido comprobar su labor en todo el mundo. Hace algunos años, estando yo en Perú, visité la residencia de la Obra en Lima. Tenía mucho interés en conocer cómo había logrado penetrar en lugares tan remotos y echar raíces en pueblos de orígenes tan dife rentes. Creo que todo ello fue posible gracias a la genialidad de su fundador Monseñor Escrivá de Balaguer.

Lo que siempre me ha maravillado de las residencias del Opus Dei es su espíritu de civilización; una civilización correcta. No había en ellas gran lujo, sino una modestia con buen gusto; el auténtico cristianismo dentro de la civilización de nuestra era. Todas las residencias son muestra de algo a lo que el Cristianismo, y el Catolicismo en particular, debe aspirar.

Lo que se percibía era un espíritu de familia. Algo que también me maravillaba. Es un espíritu de gran disciplina e integridad per sonal. El fundador del Opus Dei alcanzó un equilibrio que, a mi modo de ver, es la clase de ejemplo que todos deberían de seguir.

Aún guardo como un tesoro la copia de su libro Camino, que el propio Monseñor Escrivá de Balaguer me dedicó. Me lo regaló a finales de los años 50, aunque, por supuesto, yo ya conocía Camino con anterioridad. Siempre he admirado su sencillez.

Una de las cosas que irradiaba Monseñor Escrivá de Balaguer era una enorme estima por la vida espiritual. Su gran deseo era guiar a las personas de una forma recta y sencilla –de manera bíbli ca–. En eso se había anticipado a su época.

También se adelantó a su tiempo en cuanto al Concilio Vaticano II; él postulaba un laicado que participara plenamente en la vida de la Iglesia, siendo contemplativo en la vida privada.

Tenía el espíritu del Vaticano II, y en el difícil período post–conciliar, cuando muchos en la Iglesia atravesaron una etapa de incertidumbre, el Opus Dei reaccionó de una manera que debería servirnos a todos de ejemplo.

Creo que ello se debió a que encontró el equilibrio adecuado entre «aggiornamento» y tradición, siempre con la vista puesta en la trayectoria del mundo actual, con lo que su contribución a la vida de la Iglesia fue enorme. Cuando se escriba la historia de ese período, este hecho deberá ser mencionado, sin duda alguna.

Lo que más recuerdo de Monseñor Escrivá de Balaguer es su alegría. Era un compañero maravilloso. Recuerdo cuando, con oca sión de una comida, algunos obispos trataron de discutirle algunos puntos y él desarmó todos los argumentos simplemente con la bon dad que emanaba de su persona. Daba la sensación de querer a todo el mundo y uno no podía evitar corresponder.

Tengo la impresión de haber conocido a una persona muy santa y muy humana. Después de todo, la auténtica santidad se elabora desde la naturaleza que nos ha sido dada por Dios. Dios le engran deció en todos los aspectos.

Un día, en Roma, me regaló un pequeño y sonriente borriquito, diciéndome: «Ponlo en una repisa de tu estudio. y cada vez que lo mires acuérdate de rezar por mí». Aun lo tengo. Allí está, per manentemente, en la repisa, y cuando las cosas se complican lo miro y me reconforta.

El burro tenía un significado muy especial para Monseñor Escrivá de Balaguer; solía llamarse a si mismo «una bestia de carga de Nuestro Señor».

El apostolado que el Opus Dei efectuaba entre los estudiantes universitarios es algo que yo, personalmente, conocí bastante bien. Aunque también he podido comprobar su obra en otras esferas. Por ejemplo Peter Scott y su familia, viejos conocidos de Oxford. Es extraordinario comprobar cómo, en la época actual, cuando la mayoría de las familias padecen el impacto de una sociedad dema siado permisiva en toda Europa, personas como éstas hayan encon trado estimulo y fuerza en la Obra del Opus Dei.

Según mi propia experiencia, existe un gran paralelismo entre los miembros de la Obra y los primeros cristianos –personas de diferentes esferas sociales imbuidos por un mismo espíritu y tra tando de santificar sus distintas actividades–. Era en esto en donde más hincapié hacia Monseñor Escrivá de Balaguer. La noción de apostolado del laicado fue recogida, siguiendo este modelo, en uno de los Decretos del Concilio Vaticano.

Cuando en el futuro alguien reflexione sobre Monseñor Escrivá de Balaguer y su obra, será capaz de valorarlo mucho mejor de lo que podamos hacerlo ahora nosotros. Creo que a través de sus escritos y memorias emergerá la figura de un hombre que tuvo un gran impacto entre todos los cristianos.

Después de su muerte escribí al Santo Padre sobre todo ello. Me gusta pensar que conocí a un santo


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