Junto al Papa

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En la nave derecha de la Basílica de San Pedro, en Roma, se yergue desde 1964 la estatua de Pío XII, obra de Francesco de Messina. Revestida con capa pluvial de bronce sobredorado, y tiara pontificia. Su mano bendice y subraya al mismo tiempo; puntualiza con gesto firme y digno. La figura tiene cierto hieratismo; sus proporciones la convierten casi exclusivamente en estatura.

Seis años antes, el Papa Eugenio Pacelli, la noche del ocho al nueve de octubre, había fallecido. Una muchedumbre silenciosa asistía al traslado de su cuerpo por las calles de Roma, al responso en San Juan de Letrán, y a la llegada de los restos ante la Basílica de San Pedro. Doblaban las campanas de la Ciudad Eterna.

Para el Opus Dei, la figura de Pío XII es definitivamente entrañable porque durante su Pontificado la Obra recibirá diversas aprobaciones en su largo camino jurídico -abriendo cauces nuevos en el Derecho Canónico-, que culminará muchos años después, en 1982, cuando el Opus Dei sea erigido Prelatura Personal.

Durante los días de luto que siguen a la muerte de Pío XII, el Fundador del Opus Dei habla especialmente del cariño por el Sumo Pontífice que es parte integrante del espíritu del Opus Dei.

«Sabéis, hijos míos, el amor que tenemos al Papa (…), quienquiera que sea. A éste que va a venir ya le queremos. Estamos decididos a servirle con toda el alma ex foto corde tuo, ex tota anima tua… Y a este Pontífice le vamos a amar así».

En otro momento, repetirá:

«Rezad, ofreced al Señor hasta vuestros momentos de diversión. Hasta eso lo ofrecemos por el Papa que viene, para dar a conocer la eternidad de la Iglesia, como hemos ofrecido la misa todos estos días, como hemos ofrecido… hasta la respiración»(22).

Y seguirá insistiendo:

«Cuando vosotros seáis viejos, y yo haya rendido cuenta a Dios, vosotros diréis a vuestros hermanos cómo el Padre quería al Papa con toda su alma, con todas sus fuerzas… »(23).

El 28 de octubre de 1958, una «fumata bianca» a última hora de la tarde, pone fin a la espera de todo el mundo católico: aquel que va a ser representante de Cristo en la tierra ya tiene nombre. El Cardenal Canali anuncia a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro la elección del Patriarca de Venecia, que ha escogido el nombre de Juan XXIII. Se llama Ángel José Roncalli y es uno de los trece hermanos de una familia campesina de Sotto il Monte, cerca de Bérgamo. Tiene setenta y siete años.

Durante un viaje que hubo de hacer en 1954 a España, el entonces Cardenal Roncalli se alojará en dos Residencias Universitarias promovidas por miembros del Opus Dei: La Estila en Santiago de Compostela y Miraflores en Zaragoza. Años más tarde le comentará al Padre que le llamaron la atención la alegría y el buen espíritu que reinaban en las dos casas. Pensó que se trataba de una peculiaridad del carácter español, pero luego vio que era una característica de la Obra (24).

En 1960, el Padre solicita audiencia en el Vaticano para saludar al nuevo Papa. Pocos días después, es recibido por Juan XXIII. La entrevista transcurre en un tono entrañable y patriarcal. Como solía hacer el Papa Juan.

«La primera vez que oí hablar del Opus Dei -le dijo el Papa- me dijeron que era una institución “imponente e che faceva molto bene”, una institución imponente y que hacía mucho bien. La segunda (…), que era una institución “imponentissima e che faceva moltissimo bene”»(25). Y comentaba que estas palabras le entraron por los oídos, pero su cariño por el Opus Dei le quedó en el corazón.

El Padre habló mucho con el Papa; de la Obra, de sus apostolados, de la actitud de servicio a la Iglesia que llevan sus hijos a través del mundo.

Un momento antes de terminar la audiencia, el Santo Padre hace llamar a un fotógrafo para que la entrevista quede grabada de modo perenne. Al día siguiente llega la fotografía a Villa Tevere, junto con una bendición llena de cariño.

El Fundador comentará algún tiempo después: «Pío XII llegó a conocer la Obra y la quiso (…). Juan XXIII la quiso muchísimo y me decía que fuera a verle más a menudo (…). Diez días antes de su muerte (…) mandó un último pequeño regalo. Un día, hablando con él, me dijo en italiano: “Monseñor, la Obra pone ante mis ojos horizontes infinitos que no había descubierto”»(26).

Cuenta el Fundador la confianza con que habló a Juan XXIII del apostolado del Opus Dei con los no cristianos. Y de lo que le había costado conseguir la aprobación por parte de la Santa Sede, para nombrar Cooperadores del Opus Dei también a personas no católicas:

«Cuando solicitamos oficialmente, hace veinte años, de la Santa Sede la autorización para recibir a los no católicos e incluso a los no cristianos como Cooperadores de nuestra Obra, la primera contestación fue que era imposible. Volví a insistir y la respuesta fue un dilata, que era ya reconocer la legitimidad de nuestra petición, aunque aconsejándonos esperar. Por fin, en 1950, la contestación afirmativa: la Obra era así la primera asociación de la Iglesia católica que abría fraternalmente sus brazos a todos los hombres, sin distinción de credo o confesión»(27).

Ante la hilaridad de Juan XXIII, le dijo el Padre: «como ve Vuestra Santidad, en este punto no he aprendido nada del Santo Padre: lo he aprendido del Evangelio»(28).

El Santo Padre asintió. Porque la raíz del trabajo de la Obra con los no católicos que lleva incluso a admitirlos como Cooperadores de la Obra, es efectivamente evangélica.

El sentido de la libertad de las conciencias en la Obra lleva a compartir trabajo y proyectos incluso con personas que no tienen confesionalidad católica. Los Cooperadores no forman parte de la Obra, pero, por razones de utilidad social, cultural, etc., aportan su ayuda y colaboración para sacar adelante tareas que tienen gran envergadura humana. En algunos países, son un apoyo insustituible.

El 25 de enero de 1959, Juan XXIII anuncia a los Cardenales en la Basílica de San Pablo Extramuros su propósito de convocar un Concilio que habría de llevar el nombre de Vaticano II; también la reunión de un Sínodo romano y la revisión del Código de Derecho Canónico. El Papa abría un enorme panorama de trabajo, oración y diálogo, a los tres meses de su elevación al Pontificado. Habría de ser el XXI Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica.

El 11 de octubre de 1962, festividad de la Maternidad de Nuestra Señora, en la nave central de la Basílica de San Pedro se declara abierto el Vaticano II. Dos mil quinientos padres conciliares se alinean bajo las estatuas, mausoleos y bóvedas del gran templo de la cristiandad. Cerca de ellos, el Papa: un hombre de casi ochenta y un años pero lleno de energía, de amor y resolución que, unos días antes, el cuatro de octubre, ha ido como peregrino a los Santuarios de Loreto y Asís implorando la ayuda del Cielo. Diez Sesiones públicas presididas por Su Santidad y más de ciento sesenta Congregaciones Generales tendrán lugar para estudiar y aprobar los diversos documentos conciliares. Un número considerable de observadores no católicos podrán asistir a las reuniones abiertas. Durante el primer período conciliar, el Papa se abstendrá de participar en los trabajos de las Congregaciones Generales. Pero seguirá su desarrollo completo a través de un circuito cerrado de televisión. Su salud empieza a resentirse: sin embargo, no renuncia a rezar y sufrir por esta barca que gobierna en nombre de Cristo y ha de soportar los embates de toda clase de tempestades. Insiste en el empeño por explicar con mayor precisión a los fieles y al mundo entero la naturaleza y misión universal de la Iglesia.

Ya en 1961, el Papa Juan había publicado la Encíclica Mater et Magístra conmemorando el setenta aniversario de la Rerum Novarum de León XIII. Quería animar el empeño autónomo y responsable de los católicos en la vida social y económica de la humanidad contemporánea. Dos años más tarde, el 11 de abril de 1963, dará a conocer la Pacem in Terrís: la paz entre todos los pueblos fundada sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad…

En junio de 1962, Monseñor Escrivá de Balaguer será recibido, una vez más, por Su Santidad el Papa. Recordando esta inolvidable audiencia, el Padre escribe con emoción y alegría:

«Os diré, sin embargo, que de este encuentro del hijo con el Padre han quedado guardados en mi mente y en mi corazón todos los pormenores. Más aún: así como el Apóstol Juan conservó un nítido y vivo recuerdo, fruto de un gran amor, de todos lo pormenores de sus encuentros con el Maestro (y este recuerdo llega incluso a precisar la hora de la divina llamada: hora erat quasi decima); del mismo modo yo, en mi modestia, vuelvo con mi recuerdo a esta Audiencia, y guardo de ella hasta el más mínimo detalle: no solamente el día y la hora, sino también la mirada atenta y llena de paterna benevolencia, el gesto suave de la mano, el calor afectuoso de su voz, la alegría grave y serena reflejada en su semblante… Quisiera de verdad, queridísimos hijos, que todos vosotros sintiérais la misma alegría que yo y quedáseis inmensamente agradecidos al Papa Juan XXIII por su bondad y benevolencia (…).

El Santo Padre Juan XXIII, Pastor común (…), que además ha sido el Pontífice de la Encíclica Mater et Magistra y será el gran Papa del Concilio Ecuménico Vaticano II, nos tiene a todos en su corazón. Nos conoce y nos comprende perfectamente» (29).

El Fundador del Opus Dei desborda, en páginas que le salen del alma, el resumen de su admiración y cariño agradecido al Pontífice.

Juan XXIII no verá finalizar las sesiones del Concilio Vaticano II. El 3 de junio de 1963 será anunciado su fallecimiento.

Dos semanas antes había recibido en audiencia a un matrimonio -los dos miembros del Opus Dei- acompañado por sus hijos. El Santo Padre les habló de la grata impresión recibida durante su estancia en España, donde había tomado contacto por primera vez con la Obra. Y les dijo también que en Roma había podido tener un conocimiento más directo y más profundo; había visto los inmensos horizontes de la labor del Opus Dei, comprendiendo bien su trascendencia y universalidad. Les subrayó que recordaba con muchísimo cariño las veces que había podido hablar directamente con el Fundador.

Este fue el último detalle de afecto de Su Santidad Juan XXIII por el Opus Dei. El Padre, durante toda la enfermedad del Papa, ofrecerá su Misa diaria por él. Muchos de los miembros de la Obra que viven en Roma acompañarán las horas finales de su vida rezando en la calle junto a los fieles de todo el mundo. El día 3 de junio de 1963, una inmensa muchedumbre asiste a la Misa que el Cardenal Traglia, Pro-Vicario de Roma, celebra en la Plaza de San Pedro. Anochece. A las 19,49 las campanas de la Basílica Vaticana empiezan a doblar: ha muerto el Papa. La gente que abarrota este templo al aire libre se pone de rodillas.

En Villa delle Rose, Castelgandolfo, el Fundador mandará poner una lápida como testimonio de agradecimiento a la generosidad de este sucesor de Pedro que, entre otras cosas, donó definitivamente los terrenos en que se alza el Colegio Romano de Santa María.

En las grutas vaticanas, un sencillo mausoleo guarda los restos de Juan XXIII. Un relieve del siglo XV con la Virgen, el Niño y los ángeles, vela la bondad y recio corazón de este Papa de la Iglesia.

Desde 1957, Monseñor Escrivá de Balaguer es Consultor de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades; también es Académico de la Pontificia Academia Romana de Teología; a partir de 1961 será, además, Consultor de la Comisión Pontificia para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico.

Pero, sin duda, la mejor y más insustituible ayuda del Padre al Romano Pontífice, y en él a toda la Iglesia de Cristo, es la oración, el amor, la obediencia incondicional a lo que el primero de los Apóstoles pueda necesitar del Opus Dei. Este es un testimonio de fidelidad que no olvidarán nunca los hijos de Dios en la Obra.

« “Ubi Petrus, íbi Ecclesia, ibi Deus. Queremos estar con Pedro, porque con él está la Iglesia, con él está Dios; y sin él no está Dios. Por eso yo he querido romanizar la Obra. Amad mucho al Padre Santo. Rezad mucho por el Papa. Queredlo mucho, ¡queredlo mucho! Porque necesita de todo el cariño de sus hijos. Y esto lo entiendo muy bien: lo sé por experiencia, porque no soy como una pared, soy un hombre de carne. Por eso me gusta que el Papa sepa que le queremos, que le querremos siempre, y eso por una única razón: que es el dulce Cristo en la tierra»(30).

Sacerdotes para la eternidad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Antes de la ordenación de los tres primeros sacerdotes, entre el 13 y el 20 de mayo de 1944, el Padre les dirige un curso de retiro en el Monasterio de El Escorial. Se instalan en una zona de invitados. El apartamento que le asignan tiene un despacho y un oratorio en el que el Fundador les dirige las pláticas y meditaciones. Este sector del Monasterio tiene una grata tradición: fue utilizado, a mediados del siglo XIX, por San Antonio María Claret, confesor de la Reina Isabel II.

En los atardeceres de la Sierra, el Padre habla a sus tres primeros hijos, que van a recibir el sacerdocio, de sacrificio, amor y fortaleza.

«Alegres, doctos, sacrificados, santos, olvidados de vosotros mismos… »(14).

Los sacerdotes de la Obra son necesarios «por la variedad inmensa de nuestras obras de apostolado, para atender a nuestros Cooperadores, que son tantos y tan eficaces; para trabajar con los sacerdotes diocesanos, a los que amamos con todo el corazón; para ayudar a los miembros laicos de una y otra Sección, en sus labores apostólicas; para atender debidamente a los no católicos y a los no cristianos, que piden amistad y comprensión; para ejercer su ministerio con tantas almas que, movidas por la gracia divina, se acercan al Opus Dei (…), de tal modo que puedan descansar bajo su sombra; finalmente, para el multiforme servicio de la Iglesia Santa de Dios y de todas las almas»(15)

Antes de recibir la tonsura, que tiene lugar el 20 de mayo, el Padre quiere que se hagan unas fotografías. Desde un punto de vista meramente humano resulta incomprensible que estos hombres, con brillantes carreras y en pleno rendimiento, se preparen al sacerdocio. Sólo puede entenderse a través de un prisma cristiano.

Como escribirá, años más tarde, Monseñor Alvaro del Portillo en un libro sobre la vocación sacerdotal:

«A partir de su ordenación, toda “recuperación” de aquellas realidades o funciones a las que (el sacerdote), elegido y movido por Dios, renunció para entregarse a su misión, sería ya una pérdida: para la Iglesia, en donde el sacerdote es punto focal de irradiación salifica, y para el mismo sacerdote que, hecho vaso de elección, configurado ontológica y definitivamente “(in aeternum)” por el carácter sacerdotal, se encuentra ante la alternativa de llenar su existencia de vida sacerdotal o tenerla vacía»(16)

Hasta el momento de la ordenación, continúan atendiendo sus obligaciones profesionales como ingenieros: incluso, después de haber recibido las órdenes menores, recuerda José Luis Múzquiz que tuvo que ir a inspeccionar un edificio en construcción.

El arquitecto ha hecho saber al capataz la ordenación sacerdotal de don José Luis. Y así se lo comunica a los obreros:

-«¡El ingeniero se ha hecho cura!»

Sin embargo, cuando visita las obras, la noticia no ha llegado hasta un obrero que trabaja en lo alto de un andamio. Y por poco pierde el equilibrio cuando ve al ingeniero vestido, al uso de la época, con sotana, manteo y sombrero de teja”(17).

El Padre les recomienda:

«El sacerdote tiene que llevar alguna manifestación externa (…) para servir a sus hermanos. Nosotros nos santificamos con nuestro ministerio sacerdotal, que es como nuestra profesión, nuestro trabajo (…). Pero nuestro ministerio sacerdotal es un servicio público. Por tanto, no podemos escondernos: tenemos que estar a disposición de todos. Aconsejad, pues, a vuestros hermanos que vistan como se hace en el país, para que todos sepan que son sacerdotes católicos (…). ¡Edifica tanto! Los fieles se sienten confirmados en la fe, asegurados en la fe, miran con un cariño loco al sacerdote que no se esconde»(18).

Recibirán la primera de las Ordenes Mayores de entonces, el Subdiaconado, el domingo 28 de mayo de 1944, a las ocho de la mañana, en el oratorio de “Diego de León”. Oficia la Ceremonia don Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona. Tienen que ampliarse espacios abriendo las puertas del anteoratorio y la sacristía; las rosas rojas ponen un contrapunto de alegría y holocausto junto al Tabernáculo. Asisten todos los miembros de la Obra en Madrid y algunos amigos.

El Padre ha de acostarse al acabar la ceremonia porque tiene fiebre alta. Pero se siente feliz, y esa noche sus hijos invaden su cuarto. Sentados en el suelo, en las sillas o en cualquier parte, alrededor de la cama, comentan las incidencias de la jornada.

Unos días después, el 3 de junio, sábado de témporas, recibirán el Diaconado en la capilla del Seminario de Madrid. Oficia la ceremonia don Casimiro Morcillo, Obispo Auxiliar de la diócesis.

La Ordenación de presbíteros, les será conferida por don Leopoldo Eijo y Garay en la Capilla Episcopal de Madrid, el 25 de junio del 44.

Unas semanas antes, el 17 de mayo de 1944, el Padre ha ido al cementerio del Este para rezar ante la tumba donde reposan los restos de sus padres y de Isidoro. Hace esfuerzos para contener su emoción, en este diálogo solitario que mantiene con quienes han sabido secundar sus mejores sueños de amor a Dios y a los hombres.

El 25 de junio la Capilla del Palacio Episcopal está repleta: miembros del Opus Dei que han venido de diversas ciudades de España, parientes, profesores, amigos, compañeros… También asisten muchos sacerdotes y religiosos, así como el Secretario de la Nunciatura. La Misa comienza a las diez de la mañana. Con profunda emoción siguen todos la ceremonia: llamada a los futuros sacerdotes, imposición de las manos, concelebración con el Obispo. Don Leopoldo va revestido con los ornamentos y báculo reservados a las fiestas mayores: quiere expresar, hasta en este detalle, la alegría por el momento que está viviendo.

Están todos presentes menos el Fundador. Teme que le desborde la emoción y, además, hay una razón más profunda que justifica su ausencia: será una jornada llena de alegrías y enhorabuenas. No quiere estar presente para recibirlas. La Obra es de Dios y sus hitos le pertenecen por entero. Esta decisión de hoy quedará subrayada treinta y un años más tarde, cuando el Padre celebre sus propias bodas de oro sacerdotales: «Ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca»(19).

Eso sí, espera impaciente a sus hijos, en “Diego de León”, para tener la inmensa alegría de besar sus manos recién consagradas y fundirse con ellos en un abrazo.

Más tarde, el Obispo de Madrid se les une también para almorzar. En un momento de la sobremesa, don Leopoldo Eijo y Garay recuerda a don Álvaro del Portillo una conversación sostenida por los dos hace algunos años. En ella, don Álvaro le informó de las incomprensiones que sufría la Obra.

«Me expuso el caso sin pasión, objetivamente, sin rencor. Tanto es así que me llamó la atención y se lo hice notar».

Entonces don Alvaro respondió que era natural que no se enfadaran con el bisturí que el Señor elige para preparar instrumentos adecuados; y que para probar a la Obra, había elegido un bisturí de platino. Si El permitía que viniera la Cruz a través de los buenos, bienvenida sea, pues presagiaba bienes futuros.

-«He de reconocer -termina diciendo don Leopoldo- que me impresionó esta respuesta: de forma que el que debía dar ánimos y consejo, fue el que recibió una lección y quedó confortado».

Inmediatamente don Alvaro interviene en la conversación: -«Si le dije eso, es porque unos días antes se lo había oído al Padre»(20).

En efecto, más de una vez el Fundador había hablado en este sentido:

«Cuando un cirujano debe realizar una intervención quirúrgica, el paciente no puede enfadarse ni con el médico, ni con el bisturí, aunque la operación sea dolorosa. El Señor está empleando ahora con su Obra un bisturí de platino» (21).

El Obispo termina diciendo:

-«La persecución santifica, pero no queráis nunca perseguir ni atormentar a nadie con el pretexto de santificarle… »(22) .

Hoy es un día de confirmación alegre, de realidades que subrayan la autenticidad sobrenatural de la Obra de Dios. Durante el resto de la jornada, el Padre no oculta su felicidad. A media tarde, habla a sus hijos en el oratorio.

«No quiero hacer historia en este día, pero cuando pasen los años y los más jóvenes que hay aquí peinen canas o luzcan espléndidas calvas, como algunas que se ven, y yo, por ley natural, haya desaparecido hace ya mucho tiempo, vuestros hermanos os preguntarán: ¿qué decía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Respondedles sencillamente: el Padre nos repitió lo de siempre: oración, oración, oración; mortificación, mortificación, mortificación; trabajo, trabajo, trabajo»(23).

El día va ya de retirada después de haber abierto un capítulo importante en la historia de la Obra. Son los primeros sacerdotes eslabones de una cadena -fuertes, unidos al Fundador- a los que se sumarán, con el paso del tiempo, centenares y millares dispuestos a ser «luz que se consume y sal que se gasta».

La jornada siguiente, 26 de junio, el Padre se encamina hacia el Centro de la calle Villanueva donde vive don Alvaro del Portillo. Le pregunta si ya ha recibido alguna confesión sacramental.

Y ante la respuesta negativa, le dice:

-«Pues la primera confesión será la mía: quiero hacer confesión general contigo» (24).

Treinta y un años más tarde, el 26 de junio de 1975, también don Alvaro elevará sus manos consagradas, en una última y emocionada fórmula de absolución, sobre el Fundador del Opus Dei, que acaba de morir en su cuarto de trabajo.

Don José María Hernández de Garnica celebrará su primera Misa en el Colegio de la Asunción. Don Alvaro y don José Luis, en el Colegio del Pilar y en la iglesia del Monasterio de la Encarnación. No consiguen que el Padre asista. Pero, a última hora, Ricardo Fernández Vallespín logra llevarle hasta la capilla donde acaba de oficiar don José Luis Múzquiz, para besar las manos del nuevo sacerdote, pasando inadvertido entre los fieles que llenan el templo.

Veinticinco años después, con el mismo cariño, el Padre preparará en Roma las bodas de plata de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Una carta se lo anuncia a don José Luis Múzquiz:

«Con Alvaro, te tengo en todo momento muy presente, y ya empezamos a pensar en la celebración de vuestras bodas de plata sacerdotales (…). Deseo festejar y agradecer a Dios ese aniversario junto a mis tres “curicas” mayores, sin que me falte ninguno»(25).

Así lo lleva a cabo. El 25 de junio de 1969 celebra cada uno su Misa conmemorativa. Tres palias idénticas cubren los cálices: las palabras “tu es sacerdos in aeternum” sirven de base al sello de la Obra bordado en oro.

Durante el ofertorio, don José Luis se da cuenta de que en la base del Cáliz está labrado el escudo de la Escuela de Ingenieros de Caminos, en esmalte verde brillante, y una inscripción: «A José Luis Múzquiz, sus compañeros… »(26). Es el de su primera Misa. Lo mismo les ha ocurrido a don Alvaro y a don José María.

El Padre ha elegido los vasos sagrados en este día para rememorar, de modo más real y entrañable, la fidelidad de veinticinco años de sacerdocio.

Camino de Burgos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En diciembre de 1937, nieva fuerte sobre Pamplona. Acaban de llegar Pedro y Paco, que han salido temprano, en tren, desde San Sebastián. El Padre viene en coche, unas horas más tarde. Le ha invitado el Obispo de la diócesis, don Marcelino Olaechea, y va a hospedarse en el palacio episcopal. Son amigos desde hace varios años.

Muy próxima a las habitaciones que ocupa el Padre hay una capilla. En la sacristía, se puede ver un gran armario-cajonera con ornamentos sagrados. Allí se prepara, diariamente, todo lo necesario para celebrar las Misas. De esta cercanía brotará la inspiración de aquel punto de «Camino»: «¡Loco! -Ya te vi -te creías solo en la capilla episcopal- poner en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre El, cuando por primera vez “baje” a esos vasos eucarísticos»(1).

El Fundador está haciendo unos días de retiro. Su oración se eleva desde un rincón silencioso, en penumbra, dentro de la capilla. Entra el Vicario General, sin advertir la presencia de don Josemaría y, después de ponerse el roquete y la estola, consagra varias patenas y cálices. Sobre ellos, el pan se convertirá en Cuerpo de Cristo, el vino se transubstanciará en la Sangre del Dios Hombre. Apenas sale el Vicario General cuando el Padre se acerca a besar los vasos sagrados. Para que el Señor encuentre su gesto la primera vez que se utilicen en la Santa Misa. Es la locura de los enamorados que no vacilan ante cualquier encuentro.

Durante estos días de retiro espiritual don Josemaría llega a unas conclusiones, unos propósitos ascéticos. Entre ellos, el de dormir sólo cinco horas diarias, a excepción de la noche del jueves al viernes, que pasará en vela, rezando y trabajando. Decide este plan en un estado físico deplorable. Después del paso de los Pirineos, su salud se ha quebrantado notablemente. La delgadez es impresionante. Pero ninguna situación le impedirá adoptar un género de vida muy duro y sacrificado.

Don Marcelino Olaechea siente gran afecto por el Fundador del Opus Dei. Aunque tiene más edad que el Padre le trata con toda deferencia. En 1935, cuando fue consagrado Obispo de Pamplona, el Fundador le había enviado como regalo un cáliz muy sencillo. Sin embargo, es tanto el aprecio de don Marcelino hacia este sacerdote, que, en el futuro, decidirá celebrar habitualmente la Santa Misa con ese cáliz. Y cumplirá su propósito, aunque pueda disponer de otros vasos sagrados mucho más valiosos. Porque éste tiene la riqueza de la amistad de un hombre que considera santo.

El 24 de diciembre de 1937, Pedro y Paco están de guardia en su acuartelamiento. En este día de Navidad, y tras cumplir su servicio, pasarán unas horas formidables con el Padre y con José María Albareda, que ha venido de Zaragoza. Pasean, intercambian toda clase de proyectos y recuerdos. Hablan de otros miembros de la Obra y amigos repartidos por España. Comen en un pequeño restaurante de la Plaza del Castillo. El Padre les comunica que fijará temporalmente su residencia en Burgos. La ciudad es como la capital de la zona nacional y desde allí se puede atender mejor a todos los que se hallan dispersos por la geografía del país.

Mientras caminan, sin sentir apenas el frío de la nieve, por Pozoblanco, Zapatería, Mercaderes, Santa María la Real…, pesan la posibilidad de que Pedro y Paco puedan ser destinados también a la misma ciudad castellana. Así podrían convivir con el Padre en esta nueva etapa que se abre con el año.

En la fiesta de Reyes, el Padre se marcha de Pamplona. Poco tiempo más tarde, el 20 de enero, Paco recibe la noticia de su destino militar a Burgos. Pedro, de momento, se queda solo; pero el Padre viajará mucho y tiene ocasión de verle con cierta frecuencia. La patrona de la pensión situada en la calle de Pozoblanco adivina, con la intuición de las gentes sencillas, la categoría sacerdotal de don Josemaría. Y esta simpatía acaba redundando en beneficio de Pedro, que pasa a ser un soldado importante en la escala de valores de la dueña de la casa. Tiene el Fundador esta capacidad de acercamiento a gentes de toda condición.

Por ejemplo, nada más concluir la caminata de los Pirineos para cruzar la frontera francesa, hubieron de parar en Les Escaldes de Andorra. Allí entran un momento en el Bar Burgos. Junto al mostrador, una mujer sostiene en brazos a un niño de dos años. A pesar del agotamiento, el Padre sabe tener una palabra afectuosa, coge al niño un momento, le dice un piropo y le regala un azucarillo que le han servido con el café. Mucho tiempo después, un miembro del Opus Dei en una numerosa tertulia, celebrada en Castelldaura, llama la atención del Fundador:

-«Quiero contarle una anécdota. El próximo día 2 de diciembre hará treinta y cinco años que usted estuvo en Andorra con los primeros, en Les Escaldes y concretamente en el Bar Burgos, bar que fundaron mi padre y otro señor. La anécdota consiste en que usted dio un azucarillo a mi hermano (…). Mi hermano, es ahora de la Obra»(2).

El Padre se acuerda perfectamente. Y se alegra por ese hijo suyo al que, sin duda, dedicó una oración en aquel día, ya lejano, lleno de cansancio.

Mientras pasea y habla con el Padre durante las breves horas que pasa en Pamplona, Pedro Casciaro comprueba, una vez más, que Dios es el gran tema de la vida del Fundador. Jamás, ni en la zona dominada por los comunistas ni en la que le acoge ahora, se desliza al fácil comentario partidista sobre la contienda política. Siempre, el dique de su respeto por las personas. Este soldado es testigo de excepción para esa calidad humana y sobrenatural, puesto que en su familia existe el más abigarrado espectro político: radicales socialistas, republicanos moderados, monárquicos, voluntarios en las Brigadas Internacionales y hasta un pariente preso con José Antonio Primo de Rivera en la cárcel de Alicante. Don Josemaría Escrivá de Balaguer reza por la paz y la libertad, por la Iglesia y el retorno de los hombres a Dios. Y, para ello, actúa según la norma entera de su vida: reza, trabaja, calla.

Con razón podrá responder a un periodista, muchos años más tarde, al interrogarle acerca de un pretendido «integrismo» por parte del Opus Dei:

«El Opus Dei no está ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la Cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y los brazos acogedores, para toda la humanidad; y cada uno de los miembros es libérrimo para escoger la opción que quiera, dentro de los términos de la fe cristiana.

En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad»(3).

Archivos que vuelan

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6 millones de vídeos vistos, 1 millón de descargas del documento “Jesucristo y la Iglesia”, 50.000 descargas de la “Novena del trabajo”, son algunos datos de los últimos meses en el website.

04 de septiembre de 2009

“Para que la Iglesia continúe estando presente con su mensaje en el gran areópago de la comunicación social como lo definía Juan Pablo II y no se sienta extraña en los espacios en los que innumerables jóvenes navegan en búsqueda de respuestas y sentido de sus vidas, debéis buscar los caminos para difundir, con nuevas formas, voces e imágenes de esperanza a través de la red telemática que envuelve nuestro planeta con redes cada vez más tupidas”. De esta manera, el Papa Benedicto XVI alentaba a los católicos a trabajar por difundir en Internet la verdadera figura de Jesucristo y de la Iglesia.

Opus Dei -

En mayo de 2006 un grupo de teólogos e historiadores de la Universidad de Navarra respondió a las 54 preguntas más frecuentes sobre Jesucristo y la Iglesia.

El trabajo de resumir y sintetizar de manera sencilla las cuestiones más candentes se plasmó en un documento organizado en preguntas y respuestas breves, que se podía descargar tanto por preguntas como el trabajo completo. Hoy ha alcanzado ya el millón de descargas, y muchas más si sumamos las traducciones que se hicieron para las distintas versiones lingüísticas del website del Opus Dei.

Opus Dei -

La ayuda de San Josemaría
Muchos lectores nos escriben contando sus preocupaciones. Uno de las más habituales desde hace varios meses es la falta de expectativas laborales ante la crisis económica. Por eso, hace unas pocas semanas publicamos la “Novena del trabajo”, escrita por Francisco Faus, y que ha sido descargada hasta el momento por más de 50.000 personas.

A finales de 2006, ante la petición de muchos usuarios del website comenzamos a editar vídeos con cierta regularidad. Comenzamos en primer lugar con vídeos relacionados con la historia del Opus Dei; después realizamos una serie de 52 vídeos breves de San Josemaría. En los últimos meses hemos producido varios  vídeotestimonios de algunas personas del Opus Dei y Cooperadores, para que fueran ellas quienes contaran en primera persona cómo les ayuda en su vida diaria la formación cristiana que reciben en la Obra.

Opus Dei -

En estos tres años los visitantes de este website han visionado más de seis millones de vídeos: ha tenido especial repercusión la serie de 52 vídeos breves de San Josemaría, los vídeos de las visitas pastorales o entrevistas del Prelado y los vídeotestimonios de personas del Opus Dei y Cooperadores.

Nuevo “Datos informativos”

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Se trata de una publicación de la Oficina de Información del Opus Dei en España, dirigida a los medios de comunicación, que periódicamente se actualiza con las novedades propias de cada uno de sus apartados.

Opus Dei - Time Square

Time Square

“Datos informativos” pretende ofrecer una síntesis esquemática de la naturaleza, historia y organización del Opus Dei.

Tiene un formato manejable y no llega a las cincuenta páginas. Está dividido en seis epígrafes más un apartado con bibliografía sobre la Prelatura y San Josemaría.

En un primer capítulo se describe el Opus Dei de modo general: su identidad y misión; los rasgos principales de su espíritu, y una biografía breve de San Josemaría y sus dos sucesores, don Álvaro del Portillo y el actual Prelado.

El siguiente apartado describe la incorporación y pertenencia a la Prelatura, los medios de formación cristiana que reciben sus fieles, el modo en que el mensaje del Opus Dei cala en sus vidas y les impulsa a procurar servir a todos, comenzando por los más próximos.

En tercer lugar, un capítulo dedicado a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, una asociación de sacerdotes intrínsecamente unida al Opus Dei. El cuarto capítulo explica de qué maneras se puede colaborar con el Opus Dei y el papel de los cooperadores, que son hombres y mujeres que, sin estar incorporados a la prelatura del Opus Dei, ayudan en la realización de actividades educativas, asistenciales, de promoción cultural y social, etc.

Las iniciativas apostólicas están descritas en el quinto apartado. Se trata de algunas labores educativas, asistenciales, culturales, que tienen carácter civil y una marcada finalidad de servicio: escuelas, hospitales, universidades, centros de formación profesional, etc. El dossier finaliza con la explicación de detalles organizativos de la Prelatura, algunos datos y la relación de países en los que hay una labor estable del Opus Dei.

Una enfermera en el corazón herido de África

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Candelas Varela es una joven española del Opus Dei que está viviendo en primera persona el conflicto del Congo, país centroafricano sumido en una cruenta guerra civil desde hace 7 años.

Candela ante las obras del nuevo hospital de Monkole.

Cuando Candelas decidió ejercer su profesión de enfermera en la República democrática del Congo, sabía que tendría que afrontar situaciones difíciles, vivir de cerca la miseria, la falta de medios básicos para curar, pero lo que seguramente no podía sospechar es que, de los 11 años que lleva allí, 7 de ellos los viviría en un país en guerra…

“Soñaba con ir a África, aportar mi grano de arena para el desarrollo…”. Quería ayudar y le propusieron entonces ir al Congo, donde desde 1980 el Opus Dei desarrollaba su labor apostólica. “Y aquí vine, y no me arrepiento. En realidad son once años ya, pero pasaron como si hubieran sido uno o dos y, a pesar de la guerra que parece interminable, volvería a tomar la misma decisión…”.

Candelas admira al pueblo congoleño, que en realidad es un pueblo tranquilo, que se adapta facilmente y sabe vivir con muy poco. Les gusta más bailar que trabajar, aunque tienen habilidades manuales y son decididos. “De nada siempre sacan algo, es un pueblo que sabe acoger, ser alegre y sobrevivir donde otros murieron…”.

Conoce de cerca algunos problemas actuales graves: las altas cifras de niños-soldado, los problemas políticos y militares con otros países por la defensa del territorio o el control de sus ricos recursos naturales (especialmente el coltán), a la falta de medios sanitarios…

Con una alumna de la Escuela de enfermería. (C. Varela / Efe)

Para ayudar a la población, decidió hace años ir a este país, donde trabaja con entusiasmo como directora de la Escuela de Enfermería del Hospital Monkole, iniciativa de ayuda al desarrollo promovida por personas del Opus Dei, junto con cooperadores y amigos de diversos países, para intentar ayudar al Congo en el aspecto sanitario.

Formar profesionales nativos que puedan atender a la población es su objetivo desde hace años… Y también necesitan luchar diariamente por atender a los desplazados, a los heridos, etc.

“Fue preciso además abrir camino y hacer ver que las mujeres podían ser también enfermeras, y no sólo los hombres y que no es un trabajo de segunda clase, sino una gran ayuda social, un servicio importante y necesario”.

“Nuestra asociación CECFOR cree en el desarrollo a través de la formación, del intercambio de experiencias. Es un trabajo a muy largo plazo para el que es esencial tener paciencia. Pero claro, cuando hay inestabilidad política es muy difícil trabajar”.

Aún así, no faltan los proyectos: “Entre los que estamos desarrollando -refiere- hay uno financiado por la cooperación española para la formación de 2.300 enfermeros en salud infantil, higiene hospitalaria y educación para la salud”.

“También tenemos otro que quizá sea financiado por la Unión Europea, e incluso contemplamos la construcción de un nuevo Hospital, pues el actual quedó pequeñísimo, y si hay algo que verdaderamente hace falta aquí son los hospitales”.

Candelas Varela y otras enfermeras, rodeadas de niños. (C. Varela / Efe)

Los días pasan para Candelas trabajando… “La verdad es que no hago nada especial, trabajo, trabajo, trabajo… Por supuesto, rezo, y, en mi escaso tiempo de ocio, voy de excursión, escucho música, veo cine por TV, y procuro no perderme un partido de Rafa Nadal, si lo emiten…”.

Candelas aprendió mucho de los congoleños y está decidida a seguir promoviendo su capacitación profesional, para que puedan desarrollar su país, con su propia cultura y sus abundantes recursos humanos y naturales.


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