Testimonios públicos de San Josemaría sobre el pueblo judío

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Tertulia con San Josemaría Escrivá en Altoclaro (Caracas, Venezuela). 14 de febrero de 1975. Asisten 5.000 personas.

-“Gracias Padre. Padre yo soy hebreo…”

- “Yo amo mucho a los hebreos, porque amo a Jesucristo con locura, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus heri et hodie, ipse et insaecula. Jesucristo sigue viviendo, y es hebreo como tú. Y el segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo, de modo que te miro con cariño. Sigue.”

-“Yo creo que ya la pregunta está respondida, Padre.”

Tertulia con San Josemaría Escrivá en Tabancura (Chile). 5 de Julio de 1974

-“Padre, yo soy judía”

-“Mira, yo te voy a decir una cosa que te va a dar mucha alegría. Yo…, y lo he aprendido de este hijo mío, (señala a Don Álvaro), tengo que decirte que el primer amor de mi vida es un hebreo: Jesús, Jesús de Nazaret. ¡De tu raza! Y el segundo, María Santísima, Virgen y Madre, Madre de ese hebreo y madre mía y madre tuya. ¿Va bien así?

-“Sí Padre.”

Palabras de San Josemaría durante una tertulia en Villa Tevere, el 28 de febrero de 1971. Se conserva grabación magnetofónica.
((Los puntos suspensivos señalan palabras que no se entienden))

Yo quiero mucho a los hebreos; y tenéis bastantes hermanos hebreos —y hermanas— que son maravillosos y generosos. Y hay otros hebreos que son Cooperadores, y son muy generosos… Me acuerdo en este momento de uno muy viejo, que cogió… de otra nación americana y se plantó en México… para que le conociera, que ha regalado un colegio que tienen ahora vuestras hermanas. Ha regalado, pero después se han metido padres de familia, porque no nos interesa tener nada nuestro.

Día de África

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El 25 de mayo se celebra en todo el mundo el día de África. Con ese motivo hemos seleccionado quince noticias de personas del Opus Dei, cooperadores y amigos, que viven y trabajan en ese continente, y de algunos empeños apostólicos en suelo africano

Opus Dei -

Costa de Marfil: Christian Kadjo, de Abidjan

Me llamo Christian y soy de Abidjan, Costa de Marfil, un país francófono situado al oeste de África

República Democrática del Congo: Louise Lalu: mi vida es también ¡Harambee!

La historia de Louise es la historia de la tenacidad y de la lucha por un ideal en medio de la dureza de la vida africana

Opus Dei -

Harambee: proyectos por África.

La mirada de los otros: homenaje a Kapuscinski. La hija de Rischard Kapuscinski ha recibido recientemente el Premio Especial Harambee, por la contribución del periodista polaco a la difusión de una imagen verdadera de Africa. En la página web de Harambee se recogen las palabras de René Maisner, hija de Kapuscinski y un breve reportaje en video del acto

Opus Dei -

Nigeria. La ética es el mejor negocio para África”

“Tengo 65 años estupendos para Nigeria –dice Albert Alós- donde las canas son la autoridad. Nací en el Eixample de Barcelona. Soy numerario del Opus Dei. Llevo 35 años en Lagos donde fundamos la Panafrican U. y la primera escuela de negocios del país. Enseñamos economía y valores, porque la ética es hoy el mejor negocio posible para África”. Artículo publicado en La Vanguardia.

Opus Dei -

Uganda. Tres semanas en el corazón de África

¿Es un viaje de placer? No. Es un destino solidario: el que han emprendido una quincena de universitarias de Pamplona. Tres semanas intensas de julio en Uganda. Durante este tiempo han participado en un campo de trabajo en colaboración con otras estudiantes de Kampala (Makerere University). Lo ha organizado el Colegio Mayor Goimendi, obra corporativa del Opus Dei.

El Congo. Monkole, en los alrededores de Kinshasa

Opus Dei -

Celine Tendobi, médico, , cuenta su experiencia

Kenia y Uganda: dos maneras de vivir África

María Jesús Otero recuerda en un artículo publicado en “La Razón” los veinte años que pasó como enfermera en Kenia y Uganda

Gambia. La sonrisa de África

Dos investigadoras del CIMA de la Universidad de Navarra reparten medicinas y material escolar en Gambia

Nigeria. Haz lo que quieras

D. Jesús Muñoz Chápuli falleció el pasado 24 de septiembre en Nigeria. Recogemos la transcripción del testimonio que hizo durante su última estancia en España

Opus Dei -

Iroto, un centro de desarrollo para la mujer en Nigeria

El desarrollo humano y social depende en gran parte de la educación. Compaginar el trabajo, que muchas mujeres africanas deben realizar para mantener la familia, y la formación es el sistema elegido por Iroto para fomentar el desarrollo y la esperanza

Kenia. Profesor de profesores

Luis Borrallo, del Departamento de Desarrollo de Strathmore, Kenia

Me hice congoleña

Nuria Mata ha vivido dos guerras, dos saqueos, se ha enfrentado al fusil de un niño soldado y ahora, tras veinte años en el Congo, preside la fundación navarra Profesionales Solidarios

Kibondeni, en Kenia

En 1977 nació Kibondeni College of Institutional Management, primer instituto del sector servicios en Kenia. Una iniciativa para la promoción de la mujer en África

Opus Dei -

Kenia: mujeres que se ayudan entre sí

Alquilan burros para el transporte, gestionan peluquerías o tiendas de alimentos, cosen, maquillan… Son ya más de 500 las mujeres de Kenia que han puesto en marcha un micronegocio, ayudadas por un grupo de universitarias. Así es el TOT, un proyecto de la Fundación Kianda

Costa de Marfil. Una historia de “negocios”

Un joven empresario catalán, Martín Frígola, afincado desde hace veinte años en Costa de Marfil, habla de los diversos negocios que ha emprendido en su vida

Madrid: donde nació la Obra

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Algunas de las reuniones que el Padre va a convocar en Madrid tendrán lugar en el salón de actos de Tajamar, centro docente promovido por el Opus Dei en el barrio de Vallecas. Más de dos mil personas llenarán diariamente esta gran aula, que se convierte en cuarto de estar por la confianza familiar del ambiente. Tajamar tiene nombre de proa, de oleaje cortado por navegaciones firmes. Y así ha sido, en efecto, la travesía temporal de este Instituto. El Fundador recuerda sus correrías apostólicas por Vallecas desde 1927. Con sacrificio alegre acudía a las llamadas de los enfermos, los pobres, los más abandonados.

«Cuando tenía veinticinco años, venía mucho por todos estos descampados, a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los viejos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto, y alguna que otra pedrada… Hoy para mí esto es un sueño, un sueño bendito, que vivo en tantos barrios extremos de ciudades grandes, donde contribuimos con cariño, mirando a los ojos de frente, porque todos somos iguales» (14)

Tajamar empezó en 1957, con muy pocos medios. Un grupo de profesionales, miembros del Opus Dei, que alquilaron tres pequeñas viviendas y un garaje, en una calle estrecha y húmeda. En 1959 los alumnos aumentaron y Tajamar se trasladó a una antigua vaquería del barrio. Mientras tanto, con la ayuda de muchas gentes, se empezaron las obras del Tajamar definitivo. Hoy, cerca de 1.900 alumnos cursan en el Instituto los ocho años de Enseñanza General Básica, el Bachillerato Unificado y Polivalente, el Curso de Orientación para ingreso en la Universidad y Escuelas Técnicas Superiores. Hay, además, estudios profesionales de forja, soldadura, artes gráficas y electrónica. Estas actividades ocupan los locales desde las nueve de la mañana a las 5,30 de la tarde. Media hora después, las aulas vuelven a llenarse para la enseñanza nocturna de aquéllos que compaginan su trabajo con un noble deseo de aprender y mejorar su nivel profesional. En este aledaño de Madrid que ha costado tanto esfuerzo y trabajo, habla el Padre como en su casa.

La llegada al Cerro del Tío Pío, donde se asienta Tajamar, es hoy una fiesta. Hay saludos y sonrisas. Alegría demostrada en mil detalles y deseos de que todo el mundo lo pase bien junto al Padre. Ante esta riada de personas que acuden al salón de actos, el Fundador va a repetir la misma doctrina, el mismo cariño; un espíritu idéntico al que impartía a los estudiantes y obreros que trataba en los años veinte y treinta: que todos están llamados a la santidad, y que pueden alcanzarla santificando su trabajo y sus obligaciones familiares y sociales.

Recibirá, desde el 30 de octubre, a las familias de alumnos de Tajamar, matrimonios de Madrid, gentes de diversas provincias españolas; varios centenares de sacerdotes de Madrid y de las diócesis vecinas; campesinos, empleados, miembros y Cooperadores del Opus Dei.

Una de sus primeras visitas es a la Residencia Los Tilos, para empleadas del hogar. Este Centro de Formación Profesional se ha inaugurado en 1967. A esta tarea han dedicado su esfuerzo un grupo de mujeres del Opus Dei. Es preciso llenar un vacío de capacitación destinada a estos puestos que requieren, ya, unos conocimientos más adecuados. Dotar de dignidad profesional el trabajo realizado dentro del ambiente familiar y el oficio desempeñado en grandes colectividades.

Unos años después, en un viaje por América, repetirá:

«Es una profesión extraordinariamente grande (…). No hay ninguna profesión humilde: todos los trabajos son grandes, santos, nobles. Yo no sé si es más importante el trabajo del Gobernador del Estado, que el de una chica empleada del hogar. Dependerá del amor que ponga. Puede suceder que aquella que está en la cocina lo hace con tanto amor, que vale más que esté allí que no en el Parlamento» (15).

Les recuerda, de nuevo, la categoría del trabajo, de toda dedicación en servicio a los demás; de la necesidad de una formación certera para huir de la rutina, del desorden. Y el coraje de tener un sano orgullo del oficio bien hecho, santificado por el amor a Dios.

En el Colegio Mayor Moncloa, contesta a un muchacho que quiere «volver el mundo al revés»:

-«Siendo un buen cristiano. Ser un buen cristiano quiere decir ser buen estudiante, alegre, con las cualidades de la gente joven, que son muchas. Cuando oigo hablar contra la juventud de ahora, me enfado: porque vosotros hacéis lo mismo que hemos hecho todos nosotros, los que ya no somos tan jóvenes, cuando lo éramos. De manera que no os preocupéis. Las virtudes de la gente joven son muchas y, además, tenéis impulso, ilusión. Estudiad, no perdáis el buen humor, y emplead también vuestra simpatía, para llevar por todas partes la doctrina de Cristo.

Pero sin emplear nunca la violencia, que eso no sirve para nada(16)

En la casa de Diego de León se reunirá con un grupo de hijos suyos que ya cuentan muchos años de trabajo dentro de la Obra. Atardece en este octubre madrileño, y la memoria se remonta a cuarenta y cuatro años antes… El mismo tiempo sereno, idéntico cielo, aquel mismo viento que esparció el repique de las campanas de «Nuestra Señora de los Ángeles» en una mañana de gracia de 1928. Le rodean hoy sus hijos en un cuarto de estar, y el Padre pregunta:

-«¿Habéis visto cómo se cumple lo de “soñad y os quedaréis cortos”?» (17).

Las dimensiones de este sueño sobrenatural del Fundador se han materializado estos días en la multitud de gentes que se han acercado a oírle y saludarle.

-«Se os ve a todos contentos. Os quiero con toda el alma. Me marcharé con la pena de no haber estado un rato con cada uno, pero no tengo posibilidad humana de hacerlo».

Les hace reflexionar sobre los tiempos que la Iglesia atraviesa:

-«En estos momentos de deslealtad, hemos de ser muy leales. Para eso sólo hay un sistema: tener vida interior. El que no haga oración, nos estorba. El que se aburguese y no piense en los demás, nos estorba (…). El que no tenga una vida de piedad intensa, con un amor muy grande a Jesús Sacramentado, a la Trinidad Beatísima, a Nuestra Madre del Cielo, nos estorba. El que no sienta, con corazón de carne, limpio y puro, la fraternidad con sus hermanos, nos estorba».

Y concluye:

«En la Santa Misa, nos podemos encontrar cada día. Uníos a la intención de mi Misa, que desde hace muchos años es la Iglesia universal, el Papa, y la Obra… »(18).

Hay temas que ocupan su pensamiento y su palabra casi constantemente. Uno de ellos es la confesión sacramental. Dios, que ha concedido a los hombres uno de los más altos dones de la tierra: la capacidad de desatar las cadenas del pecado. De otorgar esa dimensión tan hablada y tan poco reconocida de la verdadera libertad interior:

«He visto acercarse a la Iglesia a muchos paganos, admirados de esta maravilla que es el Sacramento de la Penitencia. Han considerado a Dios Creador, que nos ha sacado de la nada, y se han pasmado; han pensado en Dios Redentor, que después de la caída de nuestros primeros padres nos ha buscado con tanto amor:

¡qué entrega la suya! Pero, un Dios que perdona continuamente, un Dios con corazón de padre y de madre, que no nos guarda rencor por haberle ofendido… ¡esto ya es el colmo! Y esas personas, al descubrir esta maravilla divina, desean acercarse a Dios, y piden que se les explique la doctrina de la Iglesia, porque quieren recibir el bautismo, y participar luego -una y otra vez- de ese perdón» (19).

En un piso alto de la calle de Zurbano se reúne con un grupo de mujeres profesionales de los medios de comunicación social. El, que ha iniciado un maratón sobrenatural para dar la verdad de Jesucristo a tantas gentes, habla ahora con personas que tienen la palabra como trabajo y dedicación.

«Las mujeres tenéis mucha fuerza. Podéis mover el mundo. Pero con un gran espíritu de oración; si no, no me sirve. Y con prestigio profesional, porque si no, tampoco me sirve (20).

A lo largo de estos días ha hablado de la mujer convertida en objeto por una sociedad embarcada en intereses inadmisibles. Ahora las impulsa a que sean sujeto activo del cambio social, del retorno a valores que están más allá del tiempo histórico y de la moda.

Una mujer de nacionalidad británica que trabaja en televisión, le dice su preocupación por el ambiente que rodea su quehacer habitual:

«Puedes llegar, hasta donde Dios llegue contigo. Hasta donde no pierdas el contacto y la intimidad con El. Si vas siempre con El, no es el ambiente quien influirá, sino tú en el ambiente»(21).

Desde que salió de Roma, muchos miles de personas le han escuchado. Mientras le quede un aliento de energía, seguirá lanzando a voleo su catequesis: este decir y repetir, a cada uno, las maravillas de Dios entre los hombres.

El día 30 de octubre toma el avión en el aeropuerto de Barajas. Va camino de Portugal.

Sin libertad no se puede amar a Dios

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

“Una de las cosas que más me ha emocionado al conversar con Monseñor Escrivá de Balaguer, aparte de su calor humano, de su entusiasmo y su sentido sobrenatural, es su amor a la libertad”, afirmó en La Libre Belgique, Mons. Onclin, pocos días después del fallecimiento del Fundador del Opus Dei. El Decano de la Facultad de Derecho canónico de Lovaina glosaba su espíritu de libertad, “palabra que nunca pronunciaba sin añadir otra: responsabilidad”. Y añadía una idea central, tantas veces reiterada por Mons. Escrivá de Balaguer: sin libertad, no se puede amar a Dios.

En la historia de España, Aragón ha sido siempre tierra de libertades. Antes de la Carta Magna inglesa, ya conocía la tradición del habeas corpus. Su Justicia Mayor escribió páginas gloriosas y trágicas en la historia española. Pero no parece telúrico el sentido de la libertad que tuvo Mons. Escrivá de Balaguer ni el amor que le profesó y que comenzó a vivir en el hogar de sus padres. Sus raíces son más profundas, más cris­tianas. Proceden de su honda meditación sobre la Cruz, quizá de la mano de San Pablo: la criatura ha sido libertada “de :a servidumbre de la corrupción, para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom., VIII, 21). Dios es nuestro Padre, que es Espíritu, y “donde está el Espíritu del Señor está la libertad” (2 Cor., III, 17). Sin libertad, no puede amarse a Dios. precisamente porque los cristianos han sido “llamados a la libertad” (Gal., V, 13).

Un periodista colombiano, Javier Abad Gómez, manifestó t_ I 30 de junio de 1975 en El Tiempo, de Bogotá: “Me impresionó, sobre todo, su amor a la libertad. No conoció jamás el fanatismo. Con un respeto enorme a la conciencia personal de cada uno, hallaron cabida en su corazón magnánimo no sólo los que pensaban como él, sino también los que opinaban y actuaban de: manera muy diferente a la suya. Lo recordarán ahora hombres de letras y obreros, intelectuales y campesinos, de las más diversa religiones y de las más contradictorias opciones ideológicas”

No era efímero el fundamento de su amor por la libertad Sentía dentro de sí, con toda su fuerza, el profundo y única; carácter liberador de la Cruz redentora. Lo sintetizaba en una frase muy clara, muy gráfica, y muy verdadera: cada alma vale toda la sangre de Cristo. El 22 de octubre de 1972, en el salón de actos de Tajamar (Madrid), una mujer le presentaba el problema de la angustia de algunos padres cuando tienen que enfrentarse con hijos que les reclaman de un modo violento e insolente libertad e independencia de la vida de familia. Mons. Escrivá de Balaguer le dio un criterio general, pero le recomendó consultar el caso concreto:

Para darte un consejo apropiado necesitaría más datos. Yo querría hacer un traje a la medida. Amo mucho a las almas. Cada alma vale toda la sangre de Cristo. Empti enim estis pretio magno, dice San Pablo (I Cor., VI, 20). Estáis comprados ‑cada uno de nosotros‑ a un gran precio, el precio de toda la sangre de Jesucristo. Por eso, yo no te puedo dar un específico: quiero hacer una receta especial, para cada uno de tus hijos; ni siquiera para todos juntos. Consulta el caso, y verás que, rezando, las madres podéis tanto en la presencia de Dios. Rezando, sacarás a los hilos adelante y pasará esta pequeña tormenta.

Como antes en España y en Portugal, desde que se trasladó a Roma en 1946 continuó haciendo un apostolado personal intensí­simo. Aunque su lema era ocultarse y desaparecer, empezó en­seguida a recibir en la Ciudad Eterna a gentes que acudían, desde todas las partes del mundo, a pedirle un consejo, a contarle sus penas o sus alegrías. Para todos tenía el bálsamo de su caridad, la luz de la doctrina y el empuje de su palabra sacerdotal.

En 1948 comenzaron sus correteos apostólicos por casi toda Europa y fueron surgiendo nuevos apostolados, que planeaba e impulsaba, a veces personalmente. Además, al mismo tiempo que el Opus Dei se desarrollaba por otros continentes bajo su mirada vigilante, desde el fin de los años cuarenta empezó a recibir en Roma a grupos, cada vez más nutridos, integrados por hombres o mujeres que llegaban de las más diversas naciones.

En los últimos años de su vida, Mons. Escrivá de Balaguer sintió la necesidad de hacer una catequesis con grupos más numerosos. Para llevarla a cabo, antes había cruzado Europa; ahora seguirá con esta labor, recorriendo, además, muchas naciones de América. Gentes de muy distintas profesiones, ambientes, razas y lenguas, le escucharon. Fue necesario habili­tar lugares amplios ‑gimnasios, explanadas, hasta teatros- acoger a todos. Cuando las reuniones eran más numerosas, no se perdía por eso el ambiente acogedor: había espontaneidad en preguntas y respuestas, tono de familia, casi de confidencia, un respeto extremado a la intimidad de cada persona. Lo resumió una conocida figura de la vida intelectual y universitaria española, Enrique Gutiérrez Ríos, en el ABC de Madrid: “Aunque hablara a una gran concurrencia, siempre la persona estaba en primer plano ‑cada persona, concreta, única, insusti­tuible‑. Decía que, en lo espiritual, cada criatura requiere una asistencia concreta, personal; que ¡no pueden tratarse las almas en masa!”.

Al Fundador del Opus Dei le dolía cualquier intento de masificar al ser humano. Saboreaba las palabras de la Escritura: Redemi te, et voeavi te nomine tuo; meus es tu. El Señor nos ha elegido a cada uno llamándonos por nuestro nombre. Nfeus es tu: eres mía. La respuesta tiene que ser también personal: Ecce ego quia vocasti me, aquí estoy respondiendo a tu llamada. Por eso rechazaba la tendencia al anonimato, especialmente en las relaciones del hombre con Dios. Como recogió en L’Osservatore Romano Giuseppe Molteni, todo su apostolado era un poner al cristiano cara a cara con Cristo: ¡Siempre, Cristo, que pasa! Cristo, que sigue pasando por las calles y por las plazas del mundo, a través de sus discípulos, los cristianos. La predicación de Mons. Escrivá de Balaguer podría resumirse en esa perma­nente invitación al encuentro personal con Dios: en los sacra­mentos, en la oración, en la vida ordinaria ‑que debía ser vida de fe, vida de oración‑, en la lectura amorosa del Evangelio, sintiéndose un personaje más, que participa por entero de cada escena, lejos de todo anonimato.

Más de una vez propuso el ejemplo del valiente que, metido entre la muchedumbre, es capaz de tirar una piedra contra l a vidriera maravillosa de una catedral ‑una joya espléndida, que pertenece a todos, solía añadir‑, y no reconoce: ‑¡He sido yo! Se refugia en el anonimato, es un cobarde… El ejemplo se aplica­ba a la cobardía del alma que no se atreve a ir sola a encontrar a Dios a lo largo de la jornada, sin hacer cosas raras, sin menear los labios, sin ruido de palabras, buscando a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en el centro de nuestra alma, en medio de nuestro corazón, porque allí está si no le echamos (Tajamar, 1 de octubre de 1967).

Múltiples consecuencias prácticas tuvo esta viva conciencia dL la dignidad y la libertad de la persona humana.

Para ayudar a una sola alma estaba dispuesto a los mayores sacrificios: a levantarse de la cama ‑con 39° de fiebre‑ para ir a confesar; a recorrer cientos de kilómetros, como al final de lo, años treinta, para ir desde Burgos a Andalucía, en los trenes de entonces, sin dinero para acabar el recorrido, ni para comer; predicar, aunque sólo hubiera una persona. (Así se ha hecho siempre en el Opus Dei. Pero el Fundador fue por delante. lo, ejemplo, en julio de 1935 empezó una clase semanal de formación para una sola persona: Álvaro del Portillo. Luego fueron dos, cuando, a finales de ese mes, se incorporó a la clase José María Hernández de Garnica. De este modo práctico quedaba patente el valor de cada alma).

Este afán apostólico iba unido inseparablemente al fomente: de la libertad. Precisamente porque abominaba del anonimato, promovía la lucha personal, los caminos personales de cada uno hacia Dios. No era amigo de encorsetamientos, ni de recetas generales. No cuadriculaba la vida interior. Dejaba que el Espíritu Santo hiciera su labor dentro de cada alma. Insistía, con ocasión y sin ella, en que el único modelo es Cristo, perfecto Dios, perfecto Hombre. Evitaba cuidadosamente cualquier otro mimetismo, sobre todo si era a él a quien querían imitar. Ni siquiera los socios del Opus Dei tenían que imitarle. Lo subrayaba una vez más el día de San José de 1975. El texto ha sido ya citado, pero vale la pena releerlo, con este prisma de libertad. El Fundador del Opus Dei recordaba las dificultades de los comienzos:

¿Qué buscaba yo? Cor Mariae Dulcissimum, ¡ter para tutum! Buscaba el poder de la Madre de Dios, como un hijo pequeño, yendo por caminos de infancia. Acudí a San José, mi Padre y mi Señor. Me interesaba verlo poderoso, poderosísimo, jefe de aquel gran clan divino, y a quien Dios mismo obedecía: erat subditus illis! Acudí a la intercesión de los santos con simplicidad, en un latín morrocotudo pero piadoso: Sanete Nicoláe, ¡curam domus age! ; y a la devoción a los Santos Ángeles Custodios, porque fue un 2 de octubre cuando sonaban aquellas campanas de Santa María de los Ángeles, una parroquia madrileña junto a Cuatro Caminos… Acudí a los Santos Ángeles con confianza, con puerilidad, sin darme cuenta de que Dios me metía ‑vosotros no tenéis por qué imitarme, ¡viva la libertad!‑ por caminos de infancia espiritual.

Difundió entre los hombres de nuestro tiempo virtudes y devociones cristianas de siempre: Cristo, María y José ‑la trinidad de la tierra llamaba a la Sagrada Familia, como medio para llegar antes a la Santísima Trinidad‑, el Papa… Santa Misa, oración, mortificación, trabajo… Confesión y Eucaristía… Le emocionaba rezar con las oraciones de los primeros cristianos, las mismas que utilizarán también los cristianos en los próximos siglos. Pero no imponía nunca nada: tenía una extremada delicadeza para distinguir entre lo establecido por la Iglesia, y lo recomendado o simplemente alabado por Ella. Cuando daba un consejo ‑siempre personal‑, ponía buen cuidado para que quedase claro que era eso, un consejo, que podía seguirse o no, pero de ningún modo obligaba en conciencia. La claridad jurídica y el rigor teológico se daban la mano en defensa de la libertad de las conciencias.

Le encantaba la naturalidad, la espontaneidad del alma en su trato con Dios. Quería que los hombres se dirigieran a Él con el mismo corazón, con las mismas palabras, con que se habla a las personas queridas de la tierra. Alguien le preguntó en mayo de 1974 cómo ofrecer las cosas a Dios cuando uno se siente cansado. Y le contestó:

‑Pues díselo al Señor, así, con naturalidad, como se lo dirías a tu madre, como me lo dices a mí personalmente…

Dentro de una familia nadie tiene por qué sentirse tímido:

‑Pues si no tendrías vergüenza de decírselo a tu madre de la tierra, díselo a la Madre del Cielo: ;Madre mía!, que me está costando mucho levantar el corazón a tu Hijo, para ofrecerle las obras del día… ;Eso es oración! Díselo como te dé la gana. Puedes rezar las oraciones vocales acostumbradas, que tenemos todos los cristianos, que son maravillosas. Pero además tú haces oración: eres alma contemplativa, como las del Opus Dei; y hablas sin ruido de palabras, mientras estás en la calle, en la comida, sonriendo a una persona, estudiando… Pues esto que me has preguntado a mí, cuéntaselo a la Madre de Dios; y ya estás haciendo el ofrecimiento.

Unas semanas después, volvería sobre la necesidad de dejar que el corazón se muestre con libertad en la vida interior de cada alma. Le preguntaron:

‑¿Qué podemos hacer, Padre, cuando ‑a veces‑ el cora­zón se pone un poco duro y no se enciende con las cosas de Dios`?

‑Es la situación normal de una persona; tanto que, muchas veces, no somos comprensivos con las gentes que son demasiado sensibles. Nos parecen histéricas, y muchos no lo son. Cuando yo era sacerdote joven, me fastidiaba ver esas viejas suspirando en un rincón de la iglesia, y ‑lo digo para vergüenza mía‑pensaba: estos devocionarios hay que quemarlos, están llenos de lágrimas… Ahora, de aquellos no quemaría ninguno; quemaría todas estas cosas que no tienen un suspiro, que no tienen un afecto. ¿Está claro Pues, hijo mío, yo estoy trabajando desde hace cuarenta y siete años en el Opus Dei; y bastantes años antes sentí los barruntos del amor de Dios. Él quería algo, y yo no sabía qué era. No voy a descender a detalles que muchos aquí conocen perfectamente. Pero habitualmente voy a contrapelo. Ahora estoy muy a gusto con vosotros. Agradezco al Señor que me da esta alegría, que no es sensiblera; es amor, es cariño. Hijo mío, el corazón lo tengo más duro que una piedra. Pero los corazones de los hombres, cuando son duros, son de bronce, y el bronce en el fuego se derrite en lágrimas. Algún día llorarás, no te preocupes; llorarás, y aquel día serás más hombre aún: no creas que los hombres no lloramos.

El espíritu de libertad es uno de los motivos, con la humildad, de la alegría que daba a Mons. Escrivá de Balaguer el sacrificio escondido y silencioso, hecho cara a Dios, no cara a los hombres. Los demás no tienen por qué advertir la mortificación personal, ni en cosas grandes ni en cosas aparentemente pequeñas.

Don Jesús Urteaga relata una anécdota mínima ‑pero significativa‑ de cómo el Fundador del Opus Dei quería que se sirviera a Dios con libertad. Debía ser el año 1957. Urteaga estaba en el Colegio Romano de la Santa Cruz. Por aquella época fumaba demasiado. Un día el Padre se lo advirtió: ‑¡Jesús!, fumas mucho. Pero, al mismo tiempo que se lo decía, le daba un paquete de tabaco, de la marca que Jesús Urteaga solía fumar…

También tiene que ver con el tabaco otra anécdota. La refirió don Álvaro del Portillo, recién elegido Presidente General del Opus Dei: “Cuando los tres primeros sacerdotes de la Obra recibimos la ordenación, ninguno de nosotros fumaba; tampoco el Padre, pues al entrar en el seminario regaló todas sus pipas y el tabaco al portero. Entonces el Padre me dijo: yo no fumo; vosotros tres, tampoco; Álvaro, tienes que fumar tú porque, si no, los demás podrían pensar que no está bien el tabaco; y deseo que no se sientan coaccionados en esto, y fumen si les da la gana”.

Este sentido de la libertad destaca notablemente cuando se trata de la vocación, de la entrega de los socios y asociadas del Opus Dei. Don José María Casciaro, actual Decano de la Facultad de Teología en la Universidad de Navarra, refleja con detalle y precisión el clima en que nació su decisión de dedicarse a Dios en el Opus Dei. Es paradigma de una conducta habitual en tantos casos semejantes.

José María Casciaro estudiaba sexto curso de Bachillerato en Barcelona. Volvió a casa (Torrevieja, Alicante), para pasar las Navidades de 1939. Allí apareció también su hermano Pedro, que ya era de la Obra, y le habló de su posible vocación, para que se lo fuera pensando con calma, en la presencia de Dios. Quedaron en charlar más adelante, cuando Pedro fuese a Barcelona. José María estaba decidido, y así se lo dijo en abril de 1940 a su hermano. Pero tuvo que seguir esperando, porque el Fundador del Opus Dei debía ir a Barcelona y “había indicado que, como mi hermano Pedro me llevaba bastante edad (ocho años y medio), era conveniente que yo obrara con toda libertad para dar aquel paso, evitando cualquier posible influencia del hermano mayor”.

El 12 de mayo, por la tarde, en el hotel Urbis, José María Casciaro fue a ver ‑por fin‑ al Fundador del Opus Dei. A lo largo de la entrevista, le repitió varias veces ‑en un tono que a José María pareció tajante, severo, serio‑ si no estaría influido por su hermano, en vez de obrar libremente y después de haber considerado su decisión en la presencia de Dios. Como sus respuestas eran siempre afirmativas, don Josemaría acabó dicién­dole que, desde aquel momento, podía considerarse de la Obra. “Posteriormente ‑sostiene al recordar esta conversación‑ cuando en varias ocasiones le he oído decir que en la Obra tenemos una puerta estrecha para entrar y otra ancha para salir, me he acordado de aquel episodio del 12 de mayo de 1940, comprendiendo la exacta y profunda verdad de aquella afir­mación”.

Este amor a la libertad es muy conforme con el carácter sobrenatural del Opus Dei, y también con las características externas de la entrega de los socios: ciudadanos normales, exactamente igual a los demás, que viven en su casa y con su familia, trabajan en medio del mundo, entran y salen y van de aquí para allá, moviéndose siempre de un modo natural y espontáneo: o viven su vocación en libertad, por amor de Dios, o no la viven. Cualquier tipo de control externo, la desnaturali­zaría. Como sucede en el amor humano, sólo cabe el libre condicionamiento del cariño.

Todos los que piden la admisión en el Opus Dei lo hacen libres de coacción. Además tienen que trabajar, para mantenerse económicamente y ayudar al sostenimiento de los apostolados. Esta realidad, que evita el señoritismo, es también garantía de libertad: si alguno quiere abandonar la Asociación, puede hacerlo con facilidad; si persevera, es por razones sobrenaturales, no humanas.

No obstante, sería un error confundir libertad con indiferencia. El Fundador del Opus Dei quería que todos perseverasen en su vocación, y ponía los medios: formarlos, rezar por ellos, tratarlos con más cariño si atravesaban momentos difíciles. Más de una vez, supo hacerse el encontradizo con el que flojeaba, como el Señor ante el desaliento de los discípulos de Emaús. Cuando fue necesario, abandonó todo, para salir en busca de la oveja perdida…

Antonio Ivars recapitula la doble faceta ‑comprensión y exigencia‑ que hunde sus raíces en idéntico espíritu de amor: “Pienso que, de algún modo, reflejaba como nadie la persona de Cristo: cariñoso y dulce con los niños, los pecadores públicos, y exigente y hasta aparentemente airado con los fariseos e incluso con sus propios apóstoles. La ternura maternal de don Josemaría se compaginaba armónicamente con su reciedumbre. Podía com­prender las mayores miserias, acoger con el mayor cariño al más grande pecador, y reprender seriamente a uno de sus hijos por la omisión del más pequeño detalle”.

Por último, para completar este rápido panorama, es preciso referirse a su actitud hacia los no católicos.

No hacía una frase cuando declaraba que estaba dispuesto a dar cien veces su vida para defender la libertad de una conciencia. De hecho, tuvo que luchar mucho, con un filial forcejeo, para que la Santa Sede aprobase algo inédito en la historia de las asociaciones de la Iglesia: que pudieran ser Cooperadores del Opus Dei personas sin fe católica.

En 1966 contó a un periodista, Jacques Guillémé‑Brúlon, de Le Figaro, lo que una vez había comentado al Santo Padre Juan XXIII, movido por el encanto afable y paterno de su trato: “Padre Santo, en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad”. El se rió emocionado, porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados Cooperadores a los no católicos y aun a los no cristianos.

Poco antes, el periodista le había preguntado sobre la “posición de la Obra” ante la Declaración del Concilio Vatica­no II acerca de la libertad religiosa. La respuesta surgió bien clara:

En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las concien­cias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad. Comprenderá que siendo ése el espíritu que desde el primer momento hemos vivido, sólo alegría pueden producirme las enseñanzas que sobre este tema ha promulgado el Concilio.

Mons. Escrivá de Balaguer trató con lealtad a las almas. Defendió la libertad de sus conciencias, pero sin ocultarles la propia y plena adhesión a la fe católica (que incluye, claro, aquella defensa de la libertad). Vale la pena resumir el diálogo que mantuvo con él en 1974 un matrimonio brasileño, delante de muchas personas:

‑Somos una familia ecuménica: mi esposa es metodista…

‑¡Dios la bendiga! ¿Está aquí?

Estaba sentada en la última fila, delante de su marido.

Sin libertad no se puede amar a Dios l 297

‑Dile que la quiero mucho.

‑Estamos muy unidos en la educación religiosa de nuestros

¡Muy bien!

‑Dos ya hicieron la Primera Comunión…

‑ ¡Bien!

‑Comienzan a hacer un poquito de lectura espiritual antes de dormir, y el mayor va a Misa todos los días con su padre.

‑ ¡Bien!

‑Me gustaría que dijese algunas palabras a mi esposa.

¡Hija mía!, te digo lo siguiente: que tienes un marido estupendo, y que te quiero mucho en el Señor. Quiero a todas las almas. Pero a una madre que da libertad a los hi3os, que además se ocupa de que se eduquen en esta fe maravillosa, que ve con alegría que se acerquen al Santo Sacramento de la Eucaristía, a una madre así, yo ya la admiro. ;Te admiro! ;Te quiero mucho! Reza por mí. Y basta, de momento. Pero mañana, en la Misa, me voy a acordar mucho de ti. Allí no soy yo. Tú no tienes por qué creerlo, por ahora; pediré al Señor que te conceda mi fe, porque ‑no te enfades‑ la tuya no es la verdadera. Yo daría mi vida cien veces por defender la libertad de tu conciencia; de modo que seríamos muy amigos, si yo viviera aquí. Pero, claro, yo creo plenamente que tengo la verdadera fe; si no, no vestiría esta funda de paraguas (se refería a su sotana).

¡Reza por mi! Nadie como tu marido, para defender la fe tuya. Y nadie como tu marido y como yo, para pedirle al Señor que te envíe muchas luces y mucha claridad de ideas. Y gracias, porque eres muy generosa y muy buena.

A lo largo de los años, se han multiplicado anécdotas parecidas. En los comienzos del trabajo apostólico del Opus Dei en Ginebra, conocieron al hijo de un pastor calvinista, que se fue entusiasmando con la Obra, especialmente con Camino, que difundió entre sus amigos en diferentes idiomas: francés, inglés, alemán, italiano. Tiempo después, escribiría a un socio del Opus Dei que había tratado en Suiza, felicitándole por la Navidad. Le hablaba entusiasmado de su visita a Mons. Escrivá de Balaguer en Roma. Lo había recibido ‑como siempre, como a todos afecto, y no había dejado de decirle que son los católicos los que están en la verdad… No necesitaba disimular su fe ‑todo lo contrario‑ para conseguir que los no católicos respondieran con cariño y gratitud a su cariño y lealtad.

Cerca de Caracas, al aire libre, en la casa de retiros de Altoclaro, unas cinco mil personas seguían su enseñanza el 14 de febrero de 1975. Se levantó un hombre joven, de barba poblada y amplia, que realzaba su jovialidad.

‑Padre, yo soy hebreo…

El Fundador del Opus Dei le interrumpió:

Yo amo mucho a los hebreos porque amo mucho a Jesucristo ‑¡con locura!‑, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus, heri et hodie, ipse et in saecula. Jesucristo sigue vivien­do, y es hebreo como tú. El segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño. Sigue…

Aquel hombre de sonrisa abierta de par en par, se ganó una ovación cerrada cuando dijo:

‑Yo creo que la pregunta está respondida.

Único heroísmo: comenzar y recomenzar

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El panorama apostólico de los miembros del Opus Dei es, efectivamente, como tantas veces recordaba Mons. Escrivá de Balaguer, «un mar sin orillas». Cristianos corrientes y responsables, emplean su vida, en el lugar y el tiempo en que ésta se desarrolla, en esforzarse por ser instrumentos dóciles en las manos de Dios para que el mundo sea más cristiano y los hombres se encuentren a sí mismos más dignos y más felices. Su sentido de la filiación divina, mantenido con la oración constante y por la alegría que produce la lucha por desatarse de las cosas y del propio egoísmo, les da una confianza que no admite imposibles, porque «para quienes aman a Dios, todo es para bien». En sus hermosas batallas de paz los fracasos y las victorias se apuntan siempre en el «haber». Procuran vivir de cara a Dios, por eso no pueden perder la alegría, ni sentir desánimo –sino todo lo contrario– por el hecho de que su labor pase muchas veces inadvertida. Ellos, cada uno a su modo, trabajan para Dios, enamorados de un solo ideal –Jesucristo– y empujados por la formidable fuerza de los medios sobrenaturales que la Iglesia pone, desde siempre, a disposición de los hombres.

Cada persona del Opus Dei escribe diariamente en esta tierra una historia sencilla, nutrida de cosas pequeñas, de amor a Dios y a las almas, de virtudes y de defectos, de gracia y de barro, de esfuerzo. Ninguna de esas personas se siente héroe, aunque de hecho resulte heroico ese «comenzar y recomenzar» de cada jornada, volcándose con los miembros de la familia, con los compañeros de trabajo, con los conocidos y con los desconocidos…, buscando en la entrega a los demás –nunca fríamente y en general, sino «con particular cariño»– la propia santificación, de la cual serán ellos los últimos en enterarse, ya que en el Opus Dei no hay «grados de perfección», ni finales de etapa, sino continuas «ganas de dar», buena voluntad en una palabra, porque la razón más sobrenatural de esta vida cristiana de nuestros días es la «realísima gana» y porque la más reciente vocación al Opus Dei –el hombre o la mujer que, en cualquier lugar del mundo, acaba de solicitar la admisión– se siente tan responsable como quien lleva cuarenta años en el Opus Dei.

He dicho ya en alguna parte que la única verdadera historia del Opus Dei es la suma de biografías completas y personales de sus miembros, de todos, porque ninguna es igual, aunque todas lleven esa impronta del mismo espíritu evangélico, siempre viejo y siempre nuevo. Biografías de oración y de acción, de vida contemplativa en las más inverosímiles circunstancias de este mundo, de vida oculta en el actual torbellino de los medios de comunicación. Porque es la médula del mundo la que Dios observa y es sobre esa médula sobre la que Dios actúa, sirviéndose de los cristianos que se empeñan en realizar con decisión su Voluntad sin olvidar nunca que son de arcilla.

Calcular la eficacia del apostolado personal de las personas del Opus Dei sería tanto como descubrir de pronto el fondo de los hombres y de las cosas. A lo largo de mi vida profesional me he encontrado en distintos países con hombres y mujeres del Opus Dei y, aunque he podido apreciar el mismo espíritu en todos ellos, me he convencido también, por la riquísima variedad individual, de que la única explicación del Opus Dei es la sobrenatural, pues no se puede entender de otro modo el hecho de que hombres de tan distintas razas y de tan variada condición puedan entregarse a un ideal con la fuerza, la alegría y la decisión con que lo hacen; ni se podría entender tampoco su rapidísima difusión por el mundo desde una fecha tan cercana a nosotros como 1928.

Y viene bien recordar, por último, por su especial limpidez, en este panorama apostólico el capítulo, sin puertas como el campo, de los Cooperadores del Opus Dei que se acercan a Dios en todo el mundo –no con teorías, sino arrimando el hombro y dando una mano para hacerlo más habitable–, algunos sin disfrutar siquiera de la fe católica al comienzo de su colaboración. ¿Quién conoce a estos millares de personas corrientes que descubren lo inesperado –y del modo más inesperado– en cualquier lugar de los cinco continentes y que, con frecuencia, dan lecciones de generosidad a los mismos católicos?… Joseph, publicitario nigeriano, y su amigo Gabriel, profesor universitario en Lagos; Cees, catedrático de Utrecllt; Paco, conductor de autobús en Sevilla; Carolina, escritora anglicana, convertida en 1971 al catolicismo, en Londres; Maite, ama de casa española; Pascale, investigadora del Departamento de Genética de la Facultad de Medicina de la Universidad de Paris; George, comerciante egipcio de Sidney, de religión copta ortodoxa; Nicoletta, campesina de Brescia (Italia); Marcela, enfermera que trabaja en el Departamento de Pediatría de la Universidad de Ibadán; Herminio, mecánico portugués; Ana María, catedrático de Historia en un Instituto de enseñanza media de Madrid; Eberle, industrial alemán; Anne, madre de familia, casada con un minero de Glasgow; Kawada, matemático de la Universidad de Kioto; etc.

Éste es el apostolado de los miembros del Opus Dei. Hombres y mujeres que viven el compromiso del bautismo y que «pasan la bola» del Evangelio a lo largo y a lo ancho del mundo, con conciencia de que no es sólo para ellos, porque Jesucristo vino a redimir a todos, y a cada uno en particular, y quiere indudablemente que el fuego se propague sin acepción de personas.

La forma de este apostolado, si no lo hemos comprendido ya, es la de una gran catequesis, a escala mundial pero siempre de un modo personal Y directo, que lleve a los hombres y a las mujeres «a hablar con Dios y a hablar de Dios», lo más importante indudablemente de esta vida y de la otra. Es lo que hizo, con una entrega admirable, Mons. Escrivá de Balaguer. Y es lo que tratan de hacer, cada uno en su sitio, con su profesión y con su trabajo, los miembros del Opus Dei, para que el «depósito de la fe», que los cristianos hemos recibido sin ningún mérito por nuestra parte, llegue a más gente y se transmita, limpio, íntegro v vivido, con la misma lealtad con que lo hicieron los cristianos de la primera hora que conocieron físicamente a Jesucristo, el Dios hecho hombre para quedarse con nosotros hasta el final de los siglos. Se trata de la aventura –profunda y siempre poco conocida– de Dios en la Tierra. De la aventura del cristianismo vivido.

Un matrimonio de Lagos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Son ahora un profesional africano de Lagos (Nigeria), Mr. Biodun Sanwo, y su esposa, ambos del Opus Dei, quienes responden:

–Mr. Sanwo, ¿qué efecto ha tenido el Opus Dei en su vida?

–El Opus Dei ha cambiado completamente mi vida. Cuando conocí el Opus Dei y empecé a pensar que Dios podía decirme que me hiciera de la Obra pensé que era completamente incompatible con mi vida normal de trabajo… y pensé que era imposible. Ahora estoy muy contento al ver que estoy en el Opus Dei y que soy perfectamente feliz en mi quehacer profesional y en mi vida normal.

–¿Cómo ha reaccionado la gente a su alrededor ante su nueva vida, como usted la llama?

–Al principio, cuando me hice de la Obra la gente estaba muy sorprendida. Ahora, algunas de esas personas son ya Cooperadores del Opus Dei.

–¿En qué forma ha participado usted en la expansión del Opus Dei en Lagos?

–He tenido la suerte de haber sido una de las personas del Opus Dei en sus primerísimos momentos aquí en Lagos. Me vienen ahora a la cabeza los primeros momentos. Estábamos tratando de empezar un Club juvenil, y necesitábamos aulas pero no teníamos espacio. El único sitio disponible era un garaje. Tuvimos que reunir dinero para convertirlo en una clase decente. No sólo lo usamos como aula para los chicos sino también para reuniones con profesionales. Realmente era bueno trabajar en estas cosas. Estoy muy contento de ver que ahora usamos ya un edificio llamado Helmbridge Study Centre, y, aunque todavía tenemos que acabar de pagarlo…

–Señora Sanwo, ¿qué es lo que le ha impresionado más entre las enseñanzas del Fundador del Opus Dei?

–Una enseñanza del Padre que siempre me ha impresionado mucho es que el trabajo es un medio de santificación. Antes yo acostumbraba a ponerme nerviosa y empezaba a refunfuñar cuando trabajaba demasiado y me sentía cansada, pero ahora ofrezco mi trabajo a Dios y lo hago más contenta y más diligentemente tanto en casa como en la oficina.

–¿Ha afectado el espíritu del Opus Dei a su vida familiar?

–El espíritu de la Obra ha afectado grandemente a mi vida familiar. Antes yo me enojaba fácilmente con los niños, que siempre están causando problemas y gritando por toda la casa. Ahora tengo mucho mejor humor. Los comprendo más y no me enojo fácilmente. Como mi marido también es de la Obra, nuestro hogar es ahora más feliz y alegre de lo que acostumbraba.

–¿En qué manera piensa usted que el Opus Dei puede ayudar a la gente en Lagos y en Nigeria en general?

V. LA GENTE DEL OPUS DEI

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Los miembros del Opus Dei son, como se puede ver, personas corrientes que desean llevar una vida plenamente cristiana, buscando la santidad y ejerciendo el apostolado, en su propio estado y en su propio trabajo en medio de la sociedad civil.

En el fondo la cosa no puede ser más sencilla. Cada persona del Opus Dei se compromete en concreto a practicar las virtudes cristianas propias de su condición en el mundo, y a ejercer el apostolado en la medida de sus posibilidades y según su situación personal. Como es lógico, esa diversidad de situaciones personales trae consigo una variedad de participación en las labores apostólicas según que puedan dedicar más o menos tiempo, según que puedan desarrollar una u otra actividad, etc. La mayoría de los miembros de la Obra son personas casadas, que procuran vivir seriamente el cristianismo en el seno de su hogar. Otros, en cambio, deciden permanecer célibes, con el fin de dedicar más tiempo a las tareas de formación de los demás miembros y a las diversas actividades apostólicas. Y en correspondencia a esa dedicación de sus miembros, la Obra se compromete a su vez a darles ayuda espiritual y orientación para sostener e incrementar su vida interior, al mismo tiempo que les estimula para que en su acción apostólica puedan servir a todas las almas. Por tratarse de cristianos corrientes, en el Opus Dei se da la misma variedad de personas que en cualquier sociedad: hombres y mujeres, ,jóvenes y viejos, solteros y casados, sanos y enfermos; y hay en, la Obra personas de cualquier condición social y de cualquier profesión. «Para formar parte del Opus Dei –ha escrito Mons. Escrivá de Balaguer– se necesita sólo la buena voluntad de corresponder a la vocación divina, que invita a buscar la perfección cristiana en el propio estado y en el ejercicio de la propia profesión u oficio en el mundo, según el espíritu del Opus Dei. Precisamente por eso pertenecen a la Obra hombres y mujeres de las más diversas condiciones: porque la vocación la da Dios y… porque para Dios no hay acepción de personas».

A esa multiplicidad de situaciones personales corresponde precisamente una forma personalísima de actuar la misma vocación que cada uno ha recibido, porque, como me decía uno de ellos, «en el Opus Dei cada uno se organiza como le da la gana». Unos pocos residen en centros de la Obra con el fin de estar más disponibles para trabajar en la dirección espiritual y doctrinal de las tareas de formación, pero la mayoría viven con su familia o en aquellos lugares donde los lleva a permanecer el desempeño de su labor profesional.

Del Opus Dei forman parte además sacerdotes, que se ordenan cuando ya pertenecen a la Prelatura y se dedican principalmente –aunque no de manera exclusiva– a la atención espiritual de los demás miembros de la Obra y son, por vocación, sacerdotes seculares en cualquier diócesis donde se encuentren.

Otros, después de haber recibido las sagradas órdenes, se asocian, para mejorar su vida espiritual, en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, Asociación inseparablemente unida a la Prelatura, sin que esto disminuya –lógicamente– en modo alguno su condición de sacerdotes diocesanos ni su plena dependencia del propio Ordinario, como ya hemos visto.

En resumen, pues, se puede decir que en el Opus Dei hay laicos y sacerdotes seculares; que entre los laicos, hay personas casadas y otras que permanecen célibes; y que, tanto entre los casados como entre los célibes, hay personas de todas las profesiones y ambientes sociales.

Y existen también Cooperadores –muchos de ellos no católicos– que, sin ser propiamente miembros de la Obra, colaboran en las actividades apostólicas con su oración,  sus limosnas o su trabajo.

V. LA GENTE DEL OPUS DEI .

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“La herencia de Mons. Escivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Los miembros del Opus Dei son, como se puede ver, personas corrientes que desean llevar una vida plenamente cristiana, buscando la santidad y ejerciendo el apostolado, en su propio estado y en su propio trabajo en medio de la sociedad civil.

En el fondo la cosa no puede ser más sencilla. Cada persona del Opus Dei se compromete en concreto a practicar las virtudes cristianas propias de su condición en el mundo, y a ejercer el apostolado en la medida de sus posibilidades y según su situación personal. Como es lógico, esa diversidad de situaciones personales trae consigo una variedad de participación en las labores apostólicas según que puedan dedicar más o menos tiempo, según que puedan desarrollar una u otra actividad, etc. La mayoría de los miembros de la Obra son personas casadas, que procuran vivir seriamente el cristianismo en el seno de su hogar. Otros, en cambio, deciden permanecer célibes, con el fin de dedicar más tiempo a las tareas de formación de los demás miembros y a las diversas actividades apostólicas. Y en correspondencia a esa dedicación de sus miembros, la Obra se compromete a su vez a darles ayuda espiritual y orientación para sostener e incrementar su vida interior, al mismo tiempo que les estimula para que en su acción apostólica puedan servir a todas las almas. Por tratarse de cristianos corrientes, en el Opus Dei se da la misma variedad de personas que en cualquier sociedad: hombres y mujeres, ,jóvenes y viejos, solteros y casados, sanos y enfermos; y hay en, la Obra personas de cualquier condición social y de cualquier profesión. «Para formar parte del Opus Dei –ha escrito Mons. Escrivá de Balaguer– se necesita sólo la buena voluntad de corresponder a la vocación divina, que invita a buscar la perfección cristiana en el propio estado y en el ejercicio de la propia profesión u oficio en el mundo, según el espíritu del Opus Dei. Precisamente por eso pertenecen a la Obra hombres y mujeres de las más diversas condiciones: porque la vocación la da Dios y… porque para Dios no hay acepción de personas».

A esa multiplicidad de situaciones personales corresponde precisamente una forma personalísima de actuar la misma vocación que cada uno ha recibido, porque, como me decía uno de ellos, «en el Opus Dei cada uno se organiza como le da la gana». Unos pocos residen en centros de la Obra con el fin de estar más disponibles para trabajar en la dirección espiritual y doctrinal de las tareas de formación, pero la mayoría viven con su familia o en aquellos lugares donde los lleva a permanecer el desempeño de su labor profesional.

Del Opus Dei forman parte además sacerdotes, que se ordenan cuando ya pertenecen a la Prelatura y se dedican principalmente –aunque no de manera exclusiva– a la atención espiritual de los demás miembros de la Obra y son, por vocación, sacerdotes seculares en cualquier diócesis donde se encuentren.

Otros, después de haber recibido las sagradas órdenes, se asocian, para mejorar su vida espiritual, en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, Asociación inseparablemente unida a la Prelatura, sin que esto disminuya –lógicamente– en modo alguno su condición de sacerdotes diocesanos ni su plena dependencia del propio Ordinario, como ya hemos visto.

En resumen, pues, se puede decir que en el Opus Dei hay laicos y sacerdotes seculares; que entre los laicos, hay personas casadas y otras que permanecen célibes; y que, tanto entre los casados como entre los célibes, hay personas de todas las profesiones y ambientes sociales.

Y existen también Cooperadores –muchos de ellos no católicos– que, sin ser propiamente miembros de la Obra, colaboran en las actividades apostólicas con su oración, sus limosnas o su trabajo.

Caben hasta los no católicos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me contaban hace poco el caso de un ingeniero de Boston que, al comienzo de los años 50, leyó un artículo sobre el Opus Dei en un periódico americano, se quedó un par de días reflexionando sobre el asunto en los ratos libres, recordó después que en el artículo en cuestión se decía que había sido fundado en nuestro país y escribió una carta pidiendo detalles a esta dirección: «Opus Dei–Iglesia Católica–Madrid–España». A las dos semanas y gracias al buen funcionamiento de los carteros, recibía la información solicitada y la invitación a dirigirse, para más detalles, a una residencia universitaria que estaba… a unos quinientos metros de su oficina. Yo no sé si este ingeniero era católico, protestante o ateo. Sé, en cambio, que ahora es ciertamente católico y del Opus Dei, y sé también que son muy numerosos los protestantes (entre ellos pastores y aun obispos de sus respectivas confesiones), ortodoxos, musulmanes, judíos e incluso no creyentes (es de esperar que por el momento) que colaboran activamente en todas las latitudes con la gente del Opus Dei y que son capaces de explicarlo, como el anglicano del avión, de corrido y sin que se les trabe la lengua.

La realidad supera siempre a la fantasía, del mismo modo que la naturaleza supera al arte. La gente del Opus Dei no vive en la luna, sino en el mundo y ve en cada persona alguien a quien hay que ayudar, alguien a quien hay que comprender y alguien con quien hay que convivir. Pero siempre desde el mismo plano, ni desde arriba ni desde abajo, y pensando que el mejor favor que se le puede hacer a cualquiera es sacarlo de sí mismo para que haga algo por los demás.

–¿Cuál es la posición del Opus Dei –le preguntaron al Fundador el 30 de noviembre de 1964 en el transcurso de un coloquio– en relación con los no católicos?

–«De amor, de apertura. Basta decir que, desde 1947, con permiso de la Santa Sede, tenemos junto a nosotros –no había precedentes en la Iglesia Romana– como Cooperadores a los no católicos y a los no cristianos. Merecen el respeto de su libertad, la libertad de las conciencias. Y merecen el calor de nuestro corazón. Entre ellos hay personas admirables: ¡Ya querría yo para mí las virtudes humanas que tienen muchos de ellos! ».

Fue este espíritu de universal comprensión el que hizo decir a un Cooperador anglicano del Opus Dei, en presencia de la reina madre de Inglaterra con motivo de la inauguración oficial de hIetherhall House, residencia internacional de universitarios, que «las obras bien hechas no tienen por qué ser confesionales ». Ese espíritu cristiano es el que había empujado desde mucho antes a Monseñor Escrivá de Balaguer a solicitar, durante el pontificado de Pío XII, la autorización para acoger en el Opus Dei, en calidad de Cooperadores, incluso a personas no católicas y no cristianas o carentes en absoluto de fe religiosa. La petición llevaba consigo un problema completamente nuevo y de nada fácil solución, porque venía a constituir el precedente de vincular a una institución católica –y de hacerlas también participar en lo posible de sus bienes espirituales– a personas no pertenecientes a la Iglesia Católica. Esto explica por qué fue necesario un estudio atento por parte de la Santa Sede, y un «filial forcejeo», por parte del Fundador del Opus Dei, como él mismo decía, a quien evidentemente correspondía un papel de pionero en este terrena. Se llegó así a 1950, año en que la petición fue definitivamente acogida por Pío XII.

Cuando en 1958 iniciaba su pontificado Juan XXIII, había ya entre los Cooperadores del Opus Dei en todo el mundo –de Italia a Inglaterra, de los Estados Unidos al Japón, a Kenya y a Australia– varios centenares de ortodoxos, protestantes, hebreos y musulmanes; por eso no es extraño que Mons. Escrivá de Balaguer le dijese sonriendo al Pontífice, en una de las frecuentes y cordiales audiencias, «que él no había aprendido el ecumenismo de Su Santidad», y que también el «Papa Giovanni» se riese emocionado en esa ocasión.

La raza de los hijos de Dios

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Tajamar, Instituto de Enseñanza que dirigen miembros del Opus Dei en Madrid, está lleno hasta los bordes una tarde de octubre de 1967. El Padre se dirige a una variada multitud de oyentes y les habla, en un momento de este encuentro, de la vocación al Opus Dei:

«Esta vocación, que no es para todos, la entienden perfectamente las almas que tienen el corazón noble, aunque no sean católicas. Y yo logré del Santo Padre Pío XII, en 1950, después de darme dos negativas, que al fin me concedieran traer junto a nosotros como Cooperadores los no católicos, los católicos que no practican y los anticatólicos, siempre que fueran nobles y tuvieran virtudes humanas»(42).

La Obra era así la primera asociación de la Iglesia que abría fraternalmente sus brazos a todos los hombres, sin distinción de credo o confesión.

Este respeto a la libertad de las conciencias es algo que Monseñor Escrivá de Balaguer ha gritado en todos los idiomas del mundo. Ha dicho, repetidamente, que daría la vida por defender la libertad de la conciencia de una sola persona. ¡Libérrimos!… repite constantemente a sus hijos. En la certeza de aquella afirmación de Juan Apóstol: «La verdad os hará libres »(43)

Creer firmemente en las verdades de la Iglesia Católica es situarse en las antípodas de un fanatismo despiadado e inútil. La Obra pregona a los cuatro vientos que, por encima de toda ideología y creencia, mantiene el profundo respeto a la persona y a su libertad. Porque la primera y última vocación del cristiano es la comprensión, la caridad. El Apóstol de Tarso definía así esta virtud y, con ella, todo el talante existencial de los discípulos de Cristo: «paciente, es servicial; no es envidiosa, no se pavonea, no se engríe; la caridad no se ofende, no busca el propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal; la caridad no se alegra de la injusticia, pero se alegra de la verdad. Todo lo excusa, lo cree todo, todo lo espera, todo lo tolera»(44)

Si el Opus Dei practica esta abierta acogida con todos los credos de la tierra, pide en cambio que se reconozca la libertad de su espíritu. No es más que reclamar la libertad de las conciencias para seguir a Jesucristo de acuerdo con aquella vocación a la que han sido llamados sus miembros.

Y, por otro lado, reclama igualmente, el derecho de cada uno a servir y a ejercer sus oficios individuales con la independencia y responsabilidad de cualquier ciudadano. Es la autonomía del orden temporal respecto a cualquier injerencia de índole eclesiástica.

De ahí que, junto a una flexibilidad en las cuestiones temporales, en las que no existen dogmas, Monseñor Escrivá de Balaguer tenga una seguridad inconmovible en las verdades de fe. Una imposibilidad de manejar asertos que no le pertenecen, que son un tesoro que la Iglesia custodia. Creer en la veracidad de unos dogmas trascendentes no permite concesiones ni recortes, por la sencilla razón de que el hombre no puede crear la verdad: sólo descubrirla y aceptarla.

«La transigencia es señal cierta de no tener la verdad. Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un… hombre sin ideal, sin honra y sin Fe» (45)

Los Cooperadores no católicos de la Obra ayudan en las empresas sociales, educativas, culturales, del Opus Dei, y al calor y al ejemplo de esta firme y humana actitud, algunos han llegado a la verdad de la Iglesia Católica por el camino de la amistad, del respeto, de la libertad.

Por esta doble postura de apertura y firmeza, podía escribir el Cardenal Primado de España, unos días después de la muerte del Fundador del Opus Dei:

«Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó Monseñor Escrivá de Balaguer, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del posconcilio; y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moderno, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven alocadamente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin convertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también -como no puede ser menos- un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de María, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siempre para ser feles»(46)

Son múltiples los ejemplos prácticos de esta actitud del Padre. Escenas que se han repetido continuamente en público y en privado. Una vez es un matrimonio peruano que visita al Padre en Roma en 1958. Les acompaña un hijo que no practica ningún género de creencia religiosa. Cuando los padres se arrodillan ante la bendición de Monseñor Escrivá de Balaguer, el muchacho se retira y permanece de pie. A la hora de marcharse, el Padre se acerca, con un afecto natural y sencillo para decirle que aunque no ha querido recibir su bendición de sacerdote, seguramente no tendrá inconveniente en recibir un abrazo de amigo.

Y en una tertulia muy numerosa, aquella voz que surge del fondo de la sala:

-«Padre, nosotros somos una familia ecuménica: mi esposa es metodista…

-¡Dios la bendiga! ¿Está aquí? -Está aquí, conmigo.

-Dile que la quiero mucho.

-Estamos muy unidos en la educación religiosa de nuestros hijos…

-¡Muy bien!

-Dos ya hicieron la Primera Comunión… -¡Bien!

-Me gustaría que dijese algunas palabras a mi esposa.

-¡Hija mía!, te digo lo siguiente: que tienes un marido estupendo y que te quiero mucho en el Señor. Quiero a todas las almas. Pero a una madre que da libertad a los hijos, y que además se ocupa de que se eduquen en esta fe maravillosa, que ve con alegría que se acerquen al Santo Sacramento de la Eucaristía, a una madre así yo ya la admiro. ¡Te admiro! (…). Reza por mí (…). Mañana, en la Misa, me voy a acordar mucho de ti. Allí no soy yo. Tú no tienes por qué creerlo, por ahora; pero pediré al Señor que te dé mi fe, porque -no te enfades- la tuya no es la verdadera. Yo daría mi vida cien veces por defender la libertad de tu conciencia; de modo que seríamos muy amigos, si yo viviera aquí. Pero, claro, yo creo que tengo la verdadera fe; si no, no vestiría esta funda de paraguas».

Y señala su sotana, mientras la gente ríe…

-«¡Reza por mí! Nadie como tu marido para defender la fe tuya. Y nadie como tu marido y como yo, para pedirle al Señor que te dé (…) mucha claridad de ideas. Y gracias, porque eres muy generosa y muy buena»(47).

Y en octubre de 1967, con el salón de actos de Tajamar abarrotado:

«Si me permitís, os voy a dar la bendeción (…). El que no tenga fe, que sepa que la bendición de un sacerdote es como la bendición de un padre y de una madre, porque es la bendición de Dios. Y los que tenéis la dicha de tener fe, recibidla como lo que es, como algo santo, grande, bueno:

Que el Señor esté en vuestros labios, en vuestros corazones, en vuestros hogares, en vuestros amores, en vuestro trabajo, y os dé siempre la alegría y la paz. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»(48).

Y Peter Forbarth, periodista, que acompañado por Javier Ayesta acude a visitar al Fundador de la Obra. Javier describe así sus impresiones:

«En 1967 acompañé a Roma al periodista americano Peter Forbarth que iba a efectuar una entrevista a Mons. Escrivá de Balaguer para “Time Magazine”. El Fundador del Opus Dei le invitó a comer, y le trató con su cariño y delicadeza proverbiales.

Yo había hablado con el Padre antes del almuerzo y le informé que mi colega era judío, y que no daba muestras de practicar su religión. Me contestó que la fe era un don que no se podía transmitir con simples razonamientos: había que contar con Dios. Me animó a ser un buen amigo suyo y a no importunarle en materia religiosa para que no se le hiciese odiosa la verdadera fe.

Peter salió muy impresionado de la entrevista y sólo decía: ¡Increíble! ¡Increíble! Estaba lleno de admiración y, horas más tarde, me decía que en el Fundador del Opus Dei se palpaba algo superior… »(49)

Otras veces, la historia es larga y la búsqueda tenaz. Como en el caso de Hilary Schlesinger, inglesa de nacionalidad pero de origen judío, y educada en un ambiente agnóstico. Hilary vive en la capital inglesa todo el horror de la última Guerra Mundial. Siente pasión hacia la música y maneja perfectamente el violín, pero abandona sus estudios instrumentales para dedicarse a la terapia ocupacional de las víctimas de los bombardeos. Un día una mujer joven, paralizada por un ataque de poliomielitis, le pregunta desde el pulmón de acero por el sentido del dolor y de la vida. Hilary no tiene respuesta. Pero se promete a sí misma buscar una finalidad al sufrimiento. Lee apasionadamente el Evangelio y pide fe. Siente profunda admiración por la figura de Jesús de Nazaret.

Siguiendo las líneas de su trabajo tiene que desplazarse a Argentina. Unos meses después, la ONU la envía a Chile. Un amigo le proporciona «Camino», un libro que le ayuda a rezar. Se interesa por la Obra y frecuenta uno de sus Centros en Santiago. El 19 de marzo de 1968 se bautiza en la religión católica. Cuando llega a Colombia, siguiendo su periplo profesional, pide allí, al Padre, su admisión en el Opus Dei.

Si algo ha impresionado su ánimo ha sido la libertad, la universalidad de la Obra a través de los países latinoamericanos que ha visitado. Su origen judío la hace doblemente querida por el Padre que, en más de una ocasión, ha respondido a un hebreo que le quiere porque sus dos grandes amores de la tierra son Jesucristo, que es judío, y su Madre, María, también hebrea.

Confirmando esta actitud, cabe anotar la respuesta de una mujer perteneciente a la Asociación de amistad judeo-cristiana de Madrid. En una reunión celebrada en 1964, en una sinagoga, un participante de origen sefardí, se levantó para preguntar «por qué el Opus Dei perseguía a los judíos». «Yo no era moderadora pero me levanté y dije: Sólo quiero atestiguar un hecho y es que el Opus Dei, lejos de perseguir a los judíos, tiene Cooperadores judíos en Estados Unidos desde 1948. Un aplauso cerrado acogió las palabras (…). Luego hice constar que no pertenecía al Opus Dei, pero que lo defendía por justicia» (50).

Y la simpática historia de aquella señora inglesa, mayor, quien, de pronto, ve cómo se instala un Centro de la Obra en el piso inmediato, al que acudían muchos chicos jóvenes. El Padre lo cuenta, divertido, en una tertulia:

«Había un Centro en una parte de Londres. Y, claro, como los chicos son chicos, y además jóvenes, armaban mucho jaleo con las guitarras y las canciones. En el apartamento contiguo vivía una señora anciana, escritora, periodista, amiga de la tranquilidad y de la serenidad material también, para poder cumplir con su oficio (…). Decía que aquellos vecinos eran unos impertinentes. Los chicos lo supieron y un día fueron a visitarla. La trataron con mucho cariño, sacaron las guitarras y le cantaron unas cuantas cosas. Desde entonces se sintió obligada. Y a la hora del té llegaba siempre un regalito de tía Carolina, como comenzaron a llamarla enseguida los chicos. Y tía Carolina, con la alegría de aquellos hijos míos, y con el empeño que pusieron en la oración, en importunar al Señor, ha tenido la gracia de Dios para convertirse a la fe católica. Yo recibo algunas veces sus cartas, y las contesto. Me decía hace poco que debía ir a Inglaterra, y estoy con el corazón en Inglaterra, porque allí también me encuentro muy a gusto. Cuando vayáis, haced una visita a tía Carolina»(51)

Más tarde, en 1972, esta mujer inglesa viaja desde Londres en avión para saludar al Padre en una gran reunión celebrada en Barcelona. Y como el Fundador acaba de explicar que él se siente joven, como si tuviera sólo siete años, ella le interpela desde el público:

-«Por una parte soy mayor que usted, puesto que yo tengo ocho años y usted siete. Por otra, soy bastante más joven, porque tengo quince meses: los que llevo desde mi conversión, en agosto del año pasado. Soy su hija más pequeña. Por eso quiero pedirle un favor: sentarme a su lado el resto de esta maravillosa tertulia»(52).

Así, con cariño, con seguridad y amor, ha abierto el Padre la amistad de todos los hombres y mujeres del mundo. Cuando Peter Forbarth le interroga en su entrevista del 15 de abril de 1967, la respuesta será afirmación pública de esta alegre realidad de la Obra:

-«¿Cómo se sostiene económicamente el Opus Dei?».

-«Trabajando mucho sus miembros, yo también. Y el que trabaja, gana. Así podemos promover obras corporativas de enseñanza, de asistencia social, etc., que rara vez se sostienen solas. Para mantenerlas, además de los miembros del Opus Dei, hay otras personas que ayudan; algunos no son católicos, y muchos, muchísimos, que no son cristianos. Pero ven la labor, la palpan, y se entusiasman de verdad. Por eso aprovecho para decir ahora que soy deudor a muchas personas, incluso no católicas y no

cristianas »(53).

Llevaba el amor a la libertad en la más honda raíz de su ser humano y cristiano. A millones de años luz de todo fanatismo temporal o religioso. Afincado en la verdad revelada por la Iglesia que se proclama heredera de los Apóstoles de Jesucristo.


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