En Andorra y Lourdes

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Al salir el sol, Escrivá y sus compañeros partieron hacia el cercano pueblo de Sant Juliá de Loria, donde tomaron una taza de café. Buscaron una iglesia donde pudieran dar gracias. Era la primera vez en el último año y medio que entraban en una iglesia que no hubiera sido masacrada. Rezaron la Salve de nuevo y se dirigieron a Andorra la Vella, capital del principado.

Desde allí enviaron un telegrama al hermano de Albareda que estaba viviendo en San Juan de Luz. Se encargaría de conseguir un taxi que les recogiera en Andorra. Mientras esperaban sus papeles de refugiados políticos y un visado de tránsito para Francia, se alojaron en un hotel de Les Escaldes, a pocos kilómetros de Andorra la Vella.

Durante su primer día en Andorra, a Escrivá se le inflamaron las manos y le produjeron mucho dolor. Jiménez Vargas temió que se tratara de otro ataque reumático, pero pronto descubrió que la hinchazón era debida a las múltiples pequeñas espinas que se le habían clavado al agarrarse a los arbustos en su esfuerzo por permanecer de pie.

La nieve que había amenazado el último trecho de su camino comenzó a caer abundantemente el 3 de diciembre de 1937. Después de Misa –la primera que Escrivá pudo celebrar en un altar real y con ornamentos desde el comienzo de la guerra–, volvieron a Andorra la Vella para tomar unas fotografías. Las necesitarían en la frontera, pero también las querían como documento para la historia del Opus Dei.

La nieve bloqueó la frontera con Francia y ser vieron obligados a permanecer en Andorra hasta el 10 de diciembre de 1937. Pronto, en la mañana del día 10, el grupo de Escrivá y otras veinte personas que habían cruzado los Pirineos con ellos se acomodaron como pudieron en un pequeño camión equipado con asientos y cadenas para la ocasión. En ciertos momentos tuvieron que bajar y caminar al lado del vehículo. Al llegar a Soldeu ya no pudo continuar, así que siguieron a pie. Para protegerse del frío se envolvieron en papel de periódico. La nieve en algunos tramos les cubría hasta las rodillas y convertía el papel de periódico en pasta. Aun así, lograron continuar durante otros doce kilómetros hasta el Pas de la Casa, a 2.400 metros de altura. Se acurrucaron en un autobús que les llevó a la frontera francesa de L´Hospitalet, donde les esperaba el taxi que el hermano de Albareda había enviado.

Los ocho, empapados por su larga marcha en la nieve, se apretujaron en el taxi. Salieron hacia las cinco de la tarde con dirección a la frontera española de Irún. Pasaron la noche del 10 de diciembre de 1937 en la ciudad francesa de Saint Gaudens, donde se alojaron en un hotel modestísimo. A las seis y media del día siguiente, partieron hacia Lourdes. Escrivá aun vestía unos pantalones desgarrados y manchados de barro, un jersey de cuello alto y las botas de suela de goma. En el Santuario de Lourdes, no le fue fácil convencer al sacerdote encargado de la sacristía de que le permitiera decir Misa.

En el momento de hacer la señal de la cruz al comienzo de la Misa, se inclinó hacia Casciaro, que le ayudaba, y dijo en un susurro: “Supongo que ofrecerás la Misa por la conversión de tu padre y para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana.

Me quedé profundamente sorprendido: realmente yo no había ofrecido la Misa por esa intención; es más, estaba poco concentrado y con la atonía natural de quien se ha levantado muy temprano y aún se encuentra en ayunas. Me impresionó además que el Padre, precisamente en esos momentos en que con tanto fervor se disponía a dar gracias a Nuestra Señora, y que tantas cosas iba a encomendarle, tuviera el corazón tan grande como para acordarse de mis problemas familiares. Conmovido, le contesté en el mismo tono:

-Lo haré, Padre.

Entonces, en voz baja, añadió: Hazlo, hijo mío; pídelo a la Virgen, y verás qué maravillas te concederá”[1].

El grupo llegó a San Juan de Luz al caer el sol el 11 de diciembre de 1937. Escrivá no consiguió ponerse en contacto con el obispo de Madrid, pero sí pudo hablar con dos obispos que conocía, uno de los cuales dio fe de él y de sus compañeros en la frontera. Aquella noche entraron en la zona nacional.

Haber conseguido cruzar los Pirineos y llegar a la España nacional significaba para Escrivá y los demás poder llevar a cabo el Opus Dei sin temor a persecuciones religiosas. La guerra, sin embargo, les depararía aún grandes dificultades, especialmente porque se encontraban en una situación de extrema pobreza. Del Portillo y los otros continuaban atrapados en Madrid.

[1] Pedro Casciaro. Ob. cit. p. 129

UN CAMBIO REPENTINO

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Mi familia paterna era de carácter laicista e iluminista, y desde niño consideraba la religión y sus planteamientos como ridículas supervivencias de una civilización ya superada. A los veinte años conocí el Opus Dei e inicié una larga marcha de aproximación al Señor, que duró años en medio de crisis y de dudas, determinadas siempre por mi antigua convicción de que la cultura es la medida de todas las cosas, y el hombre de cultura, lo único que tiene algún valor. Con los años, estas dudas crecieron y abandoné casi completamente toda práctica religiosa y mis relaciones con la Obra.

Pasado el tiempo, reanudé repentinamente algunas prácticas de piedad que la Obra me había hecho conocer. Sin embargo, me dominaban aún las más extrañas contradicciones; por ejemplo, iba a Misa todos los días, menos los domingos, pues rechazaba toda imposición; y era muy crítico con respecto al Magisterio.

La muerte de Mons. Escrivá me removió hasta el punto de comprender lo insensata y ridícula que era mi actitud. Mis desviaciones doctrinales desaparecieron de repente: todo cuanto había sido sembrado veinte años antes sobre un terreno particularmente árido por un orgulloso intelectualismo, floreció milagrosamente.

AL FINAL DEL CAMINO

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Desde hace más de veinticinco años encomendaba a Dios la conversión de mi padre, originario de China, que vino a estas tierras a principios de siglo. En su hogar nacimos once hijos, y todos fuimos bautizados y educados cristianamente sin que nunca nos pusieran ningún obstáculo. Pero tanto papá como mamá seguían sin bautizarse.

Cuando pedí la admisión en el Opus Dei, tenía ya la preocupación de su conversión: había conseguido catecismos en chino, Santos Evangelios y algunos libros de religión, pero la barrera del idioma, que yo no dominaba, hizo difícil descender a mayores precisiones.

Mis padres practicaban una mezcla de religión natural, con influencia de ideas morales de Confucio. Normas sobre la práctica del bien, la verdad, la honradez, el respeto y veneración por los antepasados y, sobre todo, la piedad filial. Todo esto era práctica ordinaria en su casa, que luego se vio reforzada por la enseñanza cristiana que recibimos.

Mi madre fue la primera en hacer el recorrido hacia la fe. Poco a poco incorporó a su vida diversas prácticas de piedad cristiana, comenzó a rezar, aprendió el padrenuestro y el avemaría, iba a Misa, mandaba celebrar otras por diversas intenciones suyas… Así, hace diecinueve años, ella recibió el Bautismo.

Mi padre era más difícil de abordar, pues decía que le bastaban las prácticas de su religión natural. Sugerí a mi madre que le plantease la posibilidad de convertirse, pero los resultados fueron negativos. Entretanto, me fui muchos años del país, aunque con frecuencia recomendaba a mi madre o a alguno de mis hermanos la posibilidad de un bautismo de última hora; incluso les había instruido para tal emergencia.

Así pasó el tiempo, rezando constantemente por la conversión de mi padre. Con la marcha de nuestro Fundador, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, al Cielo, le pedí este gran favor desde el primer momento. Mi madre también se lo pedía, aunque me escribía que papá no quería hablar nada sobre este punto.

Retorné al país, después de mi ordenación sacerdotal. Insistí más en la oración, sobre todo a nuestro Fundador, y recordaba con frecuencia a mi madre que rezase mucho, dada la avanzada edad de mi padre. Yo insistía a Mons. Escrivá de Balaguer.

–No puedes permitir que muera sin el bautismo. Formó una familia cristiana, te ha dado un hijo sacerdote, no se ha opuesto a mi vocación…

En mayo de 1980,–me pidieron que acudiese a una reunión con todos mis hermanos para sacarnos la última fotografía familiar. En esa reunión, una de mis hermanas me dijo:

–Es la última, efectivamente, pues papá tiene proyectado viajar a China y morir allí. Ese es su último deseo.

Redoblé mi oración. Pedía un verdadero milagro, pues cuando mi padre se marchara a China, sería mucho más difícil su conversión. Por esos mismos días, de manera inesperada, empeoró su condición física, hasta el punto de que se hacía imposible el proyectado viaje, ya inminente. Le internamos en un hospital para practicarle una intervención quirúrgica. Según la opinión de los médicos, la decisión era de mucho riesgo por su avanzada edad.

Dejé todo en manos de nuestro Fundador, mientras le pedía la conversión de mi padre con mayor vehemencia. Tres días después, me avisaron que había accedido a ser bautizado antes de la operación. No daba crédito a lo que oía.

Después de pedir la autorización necesaria a la autoridad eclesiástica, administré a mi padre los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.

La intervención quirúrgica no tuvo mayor contratiempo; ahora mi padre se ha repuesto de esos achaques providenciales, que han sido la ocasión de que se ha servido Dios –por intercesión de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer– para moverle a recibir el Bautismo.

Para rezar con el Papa ante el Belén

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Selección de fragmentos de las homilías navideñas de Benedicto XVI desde que ocupó la cátedra de san Pedro en 2005 hasta hoy.

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Preparación

· «El Niño, a quien hace unos dos mil años adoraron los pastores en una gruta en la noche de Belén, no se cansa de visitarnos en la vida cotidiana, mientras como peregrinos nos encaminamos hacia el Reino. Invocar el don del nacimiento del Salvador prometido significa también comprometerse para preparar el camino, para predisponer una digna morada no sólo en el ambiente en torno a nosotros, sino sobre todo en nuestro espíritu» (19 dic 2007).

· «Llegó el momento anunciado por el Ángel en Nazaret: “Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo”. Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo. Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora.

El breve inciso, “lo envolvió en pañales”, nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él.

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¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto? ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda? ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?» (19 dic 2007).

Fe

· «El mundo se hace cada vez más caótico e incluso violento: lo vemos cada día. Y la luz de Dios, la luz de la Verdad, se apaga. La vida se hace oscura y sin brújula. ¡Qué importante es, por tanto, ser realmente creyentes y como creyentes reafirmamos con fuerza, con nuestra vida, el misterio de salvación que trae consigo la celebración de la Navidad de Cristo!» (19 dic 2007).

· «Hombre moderno, adulto y, sin embargo, a veces débil en el pensamiento y en la voluntad, ¡déjate llevar de la mano por el Niño de Belén, no temas, fíate de Él!» (25 dic 2005).

Testimonio

· «Si no se reconoce que Dios se hizo hombre, ¿qué sentido tiene celebrar la Navidad? La celebración se vacía. Ante todo, nosotros, los cristianos, tenemos que reafirmar con convicción profunda y sentida la verdad de la Navidad de Cristo para testimoniar ante todo la conciencia de un don gratuito que es riqueza no sólo para nosotros, sino para todos. De aquí se deriva el deber de la evangelización» (19 dic 2007).

Esperanza

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· «El hombre de la era tecnológica, si se encamina hacia una atrofia espiritual y a un vacío del corazón, corre el riesgo de ser víctima de los mismos éxitos de su inteligencia y de los resultados de sus capacidades operativas. Por eso es importante que abra la propia mente y el propio corazón a la Navidad de Cristo, acontecimiento de salvación capaz de imprimir renovada esperanza a la existencia de todo ser humano.

En Navidad nuestro espíritu se abre a la esperanza contemplando la gloria divina escondida en la pobreza de un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre: es el Creador del universo reducido a la impotencia de un recién nacido. Aceptar esta paradoja, la paradoja de la Navidad, es descubrir la Verdad que nos hace libres y el amor que transforma la existencia. En la noche de Belén, el Redentor se hace uno de nosotros, para ser compañero nuestro en los caminos insidiosos de la historia. Tomemos la mano que Él nos tiende: es una mano que nada nos quiere quitar, sino sólo dar» (25 dic 2005).

Amor

· «Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Dios es tan potente que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso, a fin de que podamos amarlo. Es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, nos sea comunicada y continúe actuando a través de nosotros. Esto es la Navidad» (25 dic 2005).

· «”Tu eres mi hijo, hoy yo te he engendrado”. Dios se ha hecho uno de nosotros, para que podamos estar con Él, llegar a ser semejantes a Él. Ha elegido como signo suyo al Niño en el pesebre: Él es así» (25 dic 2005).

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«En aquel Niño acostado en el pesebre, Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da como don a sí mismo y que se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor. La luz de Belén nunca se ha apagado. Ha iluminado hombre y mujeres a lo largo de los siglos, “los ha envuelto en su luz”. Donde ha aparecido la fe en aquel Niño, ha florecido también la caridad: la bondad hacia los demás, la atención solícita a los débiles y los que sufren, la gracia del perdón» (25 dic 2005).

Apostolado

· «No hay nada más hermoso, urgente e importante que volver a dar gratuitamente a los hombres lo que hemos recibido gratuitamente de Dios. No hay nada que nos pueda eximir o dispensar de este exigente y fascinante compromiso. La alegría de la Navidad que ya experimentamos, al llenarnos de esperanza, nos empuja al mismo tiempo a anunciar a todos la presencia de Dios en medio de nosotros» (23 dic 2007).

· «Sólo redescubriendo el don recibido, la Iglesia puede testimoniar a todos a Cristo Salvador; hay que hacerlo con entusiasmo y pasión, en el pleno respeto de cada tradición cultural y religiosa; y hacerlo con alegría, sabiendo que Aquél a quien anuncia nada quita de lo que es auténticamente humano, sino que lo lleva a su cumplimiento. En verdad, Cristo viene a destruir solamente el mal, sólo el pecado; lo demás, todo lo demás, lo eleva y perfecciona» (25 dic 2006).

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· «El verdadero misterio de la Navidad es el resplandor interior que viene de este Niño. Dejemos que este resplandor interior llegue a nosotros, que prenda en nuestro corazón la lumbrecita de la bondad de Dios; llevemos todos, con nuestro amor, la luz al mundo. No permitamos que esta llama luminosa se apague por las corrientes frías de nuestro tiempo. Que la custodiemos fielmente y la ofrezcamos a los demás» (25 dic 2005).

Conversión

· «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama», hombres que ponen su voluntad en la suya, transformándose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo» (25 dic 2007).

· «[Éste es] el gran misterio del amor que nunca termina de sorprendernos. Dios se hizo hijo del hombre para que nos convirtiéramos en hijos de Dios» (23 dic 2007).

· «Dios ama a todos porque todos son criaturas suyas. Pero algunas personas han cerrado su alma; su amor no encuentra en ellas resquicio alguno por donde entrar. Creen no necesitar a Dios; no lo quieren. Otros, quizás moralmente igual de pobres y pecadores, al menos sufren por ello. Esperan en Dios. Saben que necesitan su bondad, aunque no tengan una idea precisa de ella. En su espíritu abierto a la esperanza, puede entrar la luz de Dios y, con ella, su paz» (25 dic 2005).

Humildad

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· «En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra (…). El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra. Con la humildad de los pastores, pongámonos en camino, en esta Noche santa, hacia el Niño en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el corazón de Dios. Entonces su alegría nos alcanzará y hará más luminoso el mundo» (25 dic 2007).

· «La Navidad es el día santo en el que brilla la “gran luz” de Cristo portadora de paz. Ciertamente, para reconocerla, para acogerla, se necesita fe, se necesita humildad. La humildad de María, que ha creído en la palabra del Señor, y que fue la primera que, inclinada ante el pesebre, adoró el Fruto de su vientre; la humildad de José, hombre justo, que tuvo la valentía de la fe y prefirió obedecer a Dios antes que proteger su propia reputación; la humildad de los pastores, de los pobres y anónimos pastores, que acogieron el anuncio del mensajero celestial y se apresuraron a ir a la gruta, donde encontraron al niño recién nacido y, llenos de asombro, lo adoraron alabando a Dios» (25 dic 2007).

Tiempo

· «¿Quién está listo para abrirle las puertas del corazón? Hombres y mujeres de hoy, Cristo viene a traernos la luz también a nosotros, también a nosotros viene a darnos la paz. Pero ¿quién vela en la noche de la duda y la incertidumbre con el corazón despierto y orante? ¿Quién espera la aurora del nuevo día teniendo encendida la llama de la fe? ¿Quién tiene tiempo para escuchar su palabra y dejarse envolver por su amor fascinante?» (25 dic 2007).

Felicidad

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· «A la sed de sentido y de valores que hoy se percibe en el mundo; a la búsqueda de bienestar y paz que marca la vida de toda la humanidad; a las expectativas de los pobres, responde Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, con su Natividad. Que las personas y las naciones no teman reconocerlo y acogerlo».

«¿Tiene todavía valor y sentido un “Salvador” para el hombre del tercer milenio? ¿Cómo no darse cuenta de que, precisamente desde el fondo de esta humanidad placentera y desesperada, surge una desgarradora petición de ayuda? (…) Es precisamente en su intimidad, en lo que la Biblia llama el “corazón”, donde siempre necesita ser salvado. Y en la época actual postmoderna necesita quizás aún más un Salvador, porque la sociedad en la que vive se ha vuelto más compleja y se han hecho más insidiosas las amenazas para su integridad personal y moral. ¿Quién puede defenderlo sino Aquél que lo ama hasta sacrificar en la cruz a su Hijo unigénito como Salvador del mundo?» (25 dic 2006).

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«”Despiértate, hombre: por ti, Dios se ha hecho hombre” (S. Agustín). ¡Despierta, hombre del tercer milenio! En Navidad, el Omnipotente se hace niño y pide ayuda y protección; su modo de ser Dios pone en crisis nuestro modo de ser hombres; su llamar a nuestras puertas nos interpela, interpela nuestra libertad y nos pide que revisemos nuestra relación con la vida y nuestro modo de concebirla» (25 dic 2005).

El prelado del Opus Dei en Canarias

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Del 5 al 9 de febrero, mons. Javier Echevarría ha realizado un viaje pastoral de tres días a las islas Canarias en el que ha mantenido numerosos encuentros con familias, fieles de la Prelatura y cooperadores.

Opus Dei - En la Basílica de Candelaria.

En la Basílica de Candelaria.

En la isla de Tenerife, primera etapa de su viaje, mons. Javier Echevarría visitó a la Virgen de la Candelaria. Durante su estancia en la basílica, recibió explicaciones del Rector, el padre dominico Jesús Mendoza, sobre la imagen y la historia de esta advocación mariana. Después el prelado firmó en el libro de honor, en el que quiso dejar constancia de su agradecimiento a nuestra Madre de la Candelaria y de su confianza en su intercesión: “Que ella nos impulse a todos a hacer un apostolado sin tregua”, escribió. Por su parte, el rector le obsequió con un libro y un medallón de la Virgen que reproduce la imagen que Hernán Cortés llevó a América. “Me alegra mucho que el primer sitio que ha visitado haya sido la basílica de la Virgen”, le dijo al despedirse.

Más tarde se reunió, en diferentes encuentros, con familias, fieles del Opus Dei y cooperadores y amigos, que le preguntaron por cuestiones relacionadas con la vida cristiana. En una de las tertulias con las familias, mons. Echeverría animó a los presentes recibir con frecuencia los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía y a ser “cristianos comprometidos, maestros de servicio, que no son indiferentes con los problemas sociales”Opus Dei - Nacaray.

La segunda etapa del viaje tuvo como escenario Las Palmas de Gran Canaria. En el colegio Guaydil el prelado del Opus Dei se dirigió a unas dos mil personas: entre otros temas, hizo mención a la responsabilidad personal para a ejercer los derechos y cumplir con los deberes del propio estado; a la necesidad de ser buenos ciudadanos y buenos cristianos; y al requisito, vital en las actuales circunstancias históricas, de contribuir cada uno individualmente en la creación de un clima social de comprensión. Monseñor Echevarría pidió también coherencia para manifestar la fe con la propia conducta, y concretamente exhortó a los padres a preocuparse de la educación de los jóvenes: “poned la semilla para las generaciones futuras”, dijo. Por otra parte, animó también a “vivir y defender el pudor, contribuyendo a crear y difundir una moda que respete la dignidad, protestando ante imposiciones que no respeten los valores de una auténtica belleza”.

“Hasta lo más pequeño rebosa de trascendencia”


Opus Dei - Mons. Javier Echeverría.

Mons. Javier Echeverría.
Desde numerosos lugares de la isla de Gran Canaria, llegaron hombres y mujeres de todas las edades para escuchar al segundo sucesor de san Josemaría Escrivá al frente del Opus Dei, que habló en un estrado adornado con plantas típicas de lasIslas Afortunadas (buganvillas, calanchoes, proteas, gerveras y azucenas) y un repostero con una antigua representación de Las Palmas. Antes el prelado recibió como obsequio las becas de los colegios Garoé y Guaydil, un cuchillo canario como los que usan los hombres del campo para cortar los racimos de plátano y una canción interpretada por las alumnas de 1º y 2º de Primaria de Guaydil, ‘Un barquito de cáscara de nuez’.

Monseñor Echevarría escuchó, entre otras muchas, las historias de Nacaray, una niña de 11 años, enferma de epifisiolisis, y de Rosa ‘la rusa’, que se convirtió al catolicismo recientemente. “No olvides que hasta lo aparentemente más pequeño rebosa trascendencia, si lo ofrecemos a Dios, que está siempre a nuestro lado”, le dijo a Nacaray.

Carta del Prelado (Marzo 2007)

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Carta de Mons. Javier Echevarría a los fieles del Opus Dei. Con motivo de la Cuaresma, el Prelado invita a realizar en la vida personal “los reajustes oportunos, con optimismo, como el avión o el barco para llegar a su destino”.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hemos comenzado la Cuaresma, tiempo litúrgico fuerte, en el que la Iglesia nos invita a una nueva conversión. Todos necesitamos este cambio, es decir, rectificar con constancia el rumbo de la vida para alcanzar nuestro fin último: la posesión y goce de Dios por toda la eternidad.

Sin embargo, conocemos que, mientras caminamos en la tierra, se puede perder la dirección o, al menos, desviarse de la ruta. Por eso hemos de realizar los reajustes oportunos, con optimismo, como el avión o el barco para llegar a su destino.

Afirmaba el queridísimo Juan Pablo II que todos los seres humanos, por encontrarnos in statu viatoris, en la condición de caminantes que se dirigen a la patria celestial, nos hallamos también in statu conversionis, en estado de conversión. De ahí concluía que hemos de vivir en conversión permanente; y que este hecho caracteriza profundamente nuestra peregrinación terrena (cfr. Dives in misericordia, 30-XI-1980, n. 13); pero, insisto, llenos de alegría y esperanza porque el Señor nos aguarda.

A esta fidelidad nos anima la Cuaresma, época especialmente adecuada para esforzarse con mayor determinación en el propio cambio personal, porque contamos con una gracia específica en este tiempo litúrgico. Meditemos unas palabras de San Josemaría. Hemos entrado en el tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años. En la vida nuestra, en la vida de los cristianos, la conversión primera —ese momento único, que cada uno recuerda, en el que se advierte claramente todo lo que el Señor nos pide— es importante; pero más importantes aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones. Y para facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas, hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber descubierto lo que va mal, pedir perdón(Es Cristo que pasa, n. 57).

La Pasión y Muerte del Señor constituyen el mayor acto de amor, de completa entrega de sí, que se ha realizado y se realizará en la historia: el Hijo de Dios se hace hombre y muere para librarnos de nuestros pecados. Por eso, en estas semanas, el Santo Padre nos invita a dirigir nuestra mirada con una atención más viva (…) a Cristo crucificado, que, muriendo en el Calvario, nos ha revelado plenamente el amor de Dios (Mensaje para la Cuaresma de 2007, 21-XI-2006).

La misma recomendación salía frecuentemente de los labios de San Josemaría. ¡Cuántas veces nos animaba a tomar el crucifijo en nuestras manos y a ponernos valientemente ante el Señor, para escuchar lo que quiera decirnos desde la Cruz! Meditemos, por ejemplo, aquellas palabras suyas: amo tanto a Cristo en la Cruz, que cada crucifijo es como un reproche cariñoso de mi Dios: … Yo sufriendo, y tú… cobarde. Yo amándote, y tú olvidándome. Yo pidiéndote, y tú… negándome. Yo, aquí, con gesto de Sacerdote Eterno, padeciendo todo lo que cabe por amor tuyo… y tú te quejas ante la menor incomprensión, ante la humillación más pequeña… (Vía Crucis, XI estación, punto 2). Le he visto besar al Señor crucificado con verdadero amor y con hambres de reparación.

Si, durante estos días, nos situamos con sinceridad total ante Jesucristo crucificado, no tardaremos en descubrir los detalles concretos en los que Él espera que mejoremos. Porque los afanes de santidad no deben quedarse en veleidades, en deseos inoperantes, sino que han de traducirse en propósitos concretos, en una lucha interior bien determinada.

En ocasiones quizá descubriremos que necesitamos dar un quiebro radical a nuestra conducta, porque las vías que seguimos no nos acercan a Dios. Otras veces —y será lo más frecuente— se tratará de mejorar en puntos que nunca son pequeños, si nos mueve el amor.

En cualquier caso, no olvidemos que —como afirma el Papa Benedicto XVI— esta conversión del corazón es ante todo un don gratuito de Dios (…). Por este motivo, Él mismo previene con su gracia nuestro deseo y acompaña nuestros esfuerzos de conversión. Y añade el Papa: ¿Qué es en realidad convertirse? Convertirse quiere decir buscar a Dios, caminar con Dios, seguir dócilmente las enseñanzas de su Hijo, de Jesucristo. Convertirse no es un esfuerzo para autorrealizarse, porque el ser humano no es el arquitecto de su destino eterno (…). La conversión consiste en aceptar libremente y con amor que dependemos totalmente de Dios, nuestro verdadero Creador; que dependemos del Amor. En realidad, no se trata de dependencia, sino de libertad (Discurso en la audiencia general, 21-II-2007, Miércoles de Ceniza).

En cada una de estas mudanzas entran en juego la llamada de Dios y la libertad humana. Dios —el Amor por esencia— se nos ha entregado libérrimamente en Jesucristo, y espera que nosotros nos abramos a su Amor. En la Cruz, Dios mismo mendiga el amor de su criatura: Él tiene sed del amor de cada uno de nosotros (Mensaje para la Cuaresma de 2007, 21-XI-2006), ha escrito el Santo Padre, poniendo de manifiesto cómo en la figura de Cristo clavado en la Cruz se funden los dos aspectos de la caritas: el amor de donación y el de posesión.

Más aún: la revelación del eros de Dios hacia el hombre (su gran deseo de ser amado por nosotros) es, en realidad, la suprema expresión de suagapé (su donación absoluta e incondicionada). En verdad, sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros (Ibid.).

En estas palabras de su mensaje cuaresmal, Benedicto XVI ofrece a los cristianos una luz que nos puede ayudar mucho durante estas semanas que desembocan en la Pascua. Procuremos aprovecharla. Preguntémonos cómo estamos correspondiendo personalmente, a diario, al amor inmenso e infinito de Dios por cada una, por cada uno, de modo concreto y eficaz.

Las prácticas propias de este tiempo litúrgico —oración, penitencia, obras de caridad— pueden servir de cauce a nuestro afán de conversión. ¿Cómo nos vamos preparando para el Triduo Pascual, con ansias santas de estar con Cristo, de padecer con Cristo, de darnos con Cristo? Él lo quiere, y también en su Pasión nos pide que le acompañemos.

Quizá podemos cuidar con más cariño alguna norma de piedad (la oración, la Santa Misa, el rezo del Rosario). Tal vez podemos aumentar el ofrecimiento de pequeñas mortificaciones, en las que se manifiesta el espíritu de penitencia; por ejemplo, cumplir con la mayor perfección posible un aspecto especialmente costoso de la tarea que nos ocupa; acoger de buena gana a quien acude a nosotros en demanda de un consejo o de una ayuda; esmerarnos en servir a las personas con quienes nos relacionamos más de cerca; poner en la comida y en la bebida elingrediente de una pequeña mortificación, que nos facilite vivir esos momentos en presencia de Dios. San Josemaría solía recomendar una que está al alcance de todos: comer un poquito más de lo que nos gusta menos, y un poquito menos de lo que nos gusta más. Hijas e hijos míos, ¿tenemos muy presente que no hay cristianismo, vida personal cristiana, sin Cruz? ¿Preside tus jornadas el amor a la Cruz?

Como la oración y la mortificación son columnas sobre las que se levanta la conducta del cristiano, al encauzar por esta senda el deseo de una nueva conversión, encontraremos maneras muy diversas de mejorar en la práctica de la caridad fraterna: desde la atención material a quienes lo necesitan, hasta el consejo capaz de abrir a otras personas horizontes nuevos en la lucha por ser buenos cristianos. En este sentido, no olvidemos la importancia del apostolado de la Confesión; intensifiquémoslo en esta Cuaresma, de modo que muchas personas lleguen a las fiestas pascuales después de haber acudido, bien preparadas, al sacramento de la misericordia divina.

Un consejo más os transmito, siguiendo lo que el Santo Padre manifestaba el Miércoles de Ceniza: esmerémonos en cultivar un intenso espíritu de recogimiento y de reflexión (Discurso en la audiencia general, 21-II-2007, Miércoles de Ceniza). En efecto, éste es el clima en el que maduran las verdaderas conversiones. Por eso, tratemos de aumentar la presencia de Dios a lo largo de la jornada, quizá sirviéndonos de alguna jaculatoria especialmente adecuada a nuestras circunstancias individuales; la liturgia nos ofrece muchas durante estos días. Y esforcémonos en el cotidiano examen de conciencia. Esos minutos de reflexión, cada uno a solas con Dios, constituyen un excelente punto de arranque, como un muelle que nos debe impulsar —con las luces y las fuerzas que nos conceda el Señor— a la mudanza seria del día siguiente.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Carta del Prelado (febrero 2008)

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El Prelado del Opus Dei anima a vivir la Cuaresma con optimismo y deseos de conversión, para gozar con Dios de la felicidad. Publicamos su carta pastoral de febrero.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Estamos a las puertas de la Cuaresma: tiempo en el que la Iglesia, como Madre buena, recuerda insistentemente a sus hijos la necesidad de convertirse una y otra vez a Dios, rectificando lo que haya que cambiar en nuestra existencia personal. Ciertamente, como recordaba el Papa en una circunstancia análoga, este itinerario de conversión evangélica no puede limitarse a un período particular del año: es un camino de cada día, que debe abrazar toda la existencia, todos los días de nuestra vida[1].

Durante el rito litúrgico del Miércoles de Ceniza, el sacerdote, al imponernos las cenizas, pronuncia unas palabras que constituyen una llamada urgente a examinarnos: acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver[2]. Así reza una de las fórmulas previstas. Es un recuerdo muy expresivo de nuestra condición de criaturas mortales: llegará el momento en el que el Señor nos llamará a su presencia, juzgará nuestros pensamientos, palabras y acciones, y nos dará la recompensa —de gloria, de purificación o de condena— que haya merecido nuestra existencia.

La consideración de esta realidad no ha de asustarnos, sino movernos a dolor por nuestras faltas, a propósitos de mejora y a la alegría del encuentro definitivo con la Trinidad. Lo recuerda el Santo Padre en su última carta encíclica: ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios[3].

Es lo que pone de manifiesto la otra fórmula que puede emplearse en ese rito: convertíos y creed en el Evangelio[4]. Somos pecadores, necesitados del perdón de Dios; por eso, se nos invita a un cambio profundo, a enderezar el rumbo de nuestra peregrinación terrena hacia la meta definitiva: la felicidad eterna con Dios. Deseo que, con un sentido de optimismo, veamos en estas palabras la exigencia de mejorar día tras día: si mantenemos esa pelea, para nosotros el Juez divino no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús[5], “nuestro” Jesús: un Dios que perdona.

Meditemos, por tanto, lo que escribió San Josemaría: considerad esta maravilla del cuidado de Dios con nosotros, dispuesto siempre a oírnos, pendiente en cada momento de la palabra del hombre. En todo tiempo —pero de un modo especial ahora, porque nuestro corazón está bien dispuesto, decidido a purificarse—, Él nos oye, y no desatenderá lo que pide un corazón contrito y humillado (Sal 50, 19)[6].

La Iglesia Santa nos pone delante, una y otra vez, con una pedagogía muy acertada, las ideas fundamentales, para que se nos queden bien grabadas y no las olvidemos. Al comenzar la Cuaresma, mientras el sacerdote actúa en esa ceremonia del Miércoles de Ceniza, nos invita a entonar un cántico lleno de esperanza: renovemos nuestra vida con un espíritu de humildad y penitencia; ayunemos y lloremos delante del Señor, porque la misericordia de nuestro Dios está siempre dispuesta a perdonar nuestros pecados[7].

Cada año consideramos que el espíritu de la Cuaresma se resume en tres prácticas tradicionales de este período: la oración, la penitencia, las obras de misericordia. Os he invitado a deteneros en estos puntos, precisamente con ocasión de este tiempo litúrgico. Ahora querría fijarme especialmente en el espíritu de penitencia, que nos ha de mover —con dolor y refugiándonos en la misericordia divina— a reparar por nuestros pecados y por los de todas las criaturas.

Glosando la llamada del profeta Joel al arrepentimiento —convertíos a mí de todo corazón—, que la liturgia propone al comienzo de la Cuaresma[8], San Jerónimo se expresaba de la siguiente manera: «Que vuestra penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas. Así, ayunando ahora, seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados (…). No dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la magnitud de su misericordia remitirá, sin duda, la abundancia de vuestros muchos pecados»[9].

En primer lugar, reparemos por nuestras faltas personales. Todos nosotros hemos recibido el Bautismo, que nos ha convertido en hijos de Dios y miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. ¿No es lógico que correspondamos a tanto amor con toda nuestra alma? Sin embargo, debemos reconocer que con frecuencia, por nuestra debilidad, no cumplimos la Voluntad de Dios o, por lo menos, no correspondemos a su Amor con la prontitud y la generosidad que tiene derecho a esperar de nosotros.

¡Cómo le dolía a nuestro Padre que tantos cristianos olvidasen la grandeza y dignidad de su filiación divina! Podemos aplicarnos sus palabras.Reacciona. —Oye lo que te dice el Espíritu Santo: “Si inimicus meus maledixisset mihi, sustinuissem utique” —si mi enemigo me ofende, no es extraño, y es más tolerable. Pero, tú… “tu vero homo unanimis, dux meus, et notus meus, qui simul mecum dulces capiebas cibos” —¡tú, mi amigo, mi apóstol, que te asientas a mi mesa y comes conmigo dulces manjares![10].

Hijas e hijos míos, sin perder nunca la paz, reconozcamos sin ambages nuestros pecados y nuestras faltas: Padre y muy Padre nuestro es el Señor, siempre dispuesto a acogernos en sus brazos. Cuidemos diariamente los minutos de examen —sin escrúpulos pero con delicadeza de conciencia—, para descubrir con la luz del Espíritu Santo lo que ha salido bien, lo que ha ido mal, lo que podríamos cumplir mejor. Ante lo bueno, reaccionemos con sincera gratitud; ante las faltas, imploremos filialmente el perdón; y acabemos siempre con un acto de contrición —dolor de amor— y con algún propósito bien concreto de lucha; pequeño quizá, pero con serio afán de crecimiento interior.

De este modo, cuando acudamos al sacramento de la Penitencia, lo haremos bien preparados y obtendremos más provecho espiritual. ¿Somos conscientes de que, al practicar el examen de conciencia, de antigua raigambre cristiana, ponemos nuestra alma al descubierto delante del Señor? ¿Nos damos cuenta de que Dios está dispuesto a concedernos su gracia para que le amemos más?

La Iglesia ha recomendado y sigue recomendando la práctica de la confesión frecuente. Sin este medio de santificación personal, resulta muy difícil —por no decir imposible— mantener un alto nivel de vida cristiana; más aún cuando, en el ambiente que nos rodea, abundan las ocasiones de apartarse del Señor. No me canso, por eso, de animaros a seguir realizando un intenso y extenso apostolado de la Confesión No nos dejemos llevar por los respetos humanos, y alimentemos en nuestros amigos, parientes, colegas, este afán de ayudar a las personas con las que coinciden.

Decid a todos —también porque nos vean convencidos de lo que manifestamos— que aprovechen la abundante gracia de la Cuaresma, para purificar a fondo sus almas y descubrir o intensificar un trato de intimidad con el Señor. Se llenarán de paz y serán más felices, pues no hay gozo más grande que saberse hijos de Dios. Orientémosles a que acudan periódicamente a este sacramento de la alegría, como lo calificaba nuestro Padre.

Os mencionaba también la necesidad de pedir perdón por los pecados de los demás. Para esto no es preciso llevar a cabo tareas grandes. Eso ya lo ha hecho Nuestro Señor, muriendo en la Cruz por nosotros. Pero Él desea que unamos a su Sacrificio redentor las pequeñas mortificaciones y penitencias que la misma existencia trae consigo: las molestias de una enfermedad, las incomprensiones por parte de otros, las dificultades del trabajo, el fracaso de un plan que nos habíamos trazado con gran ilusión… Para aceptar con buen humor las contrariedades de este tipo, que constituyen materia de nuestra santificación personal, conviene que —especialmente durante estas semanas— añadamos con generosidad pequeñas mortificaciones en la comida, en la bebida, en la comodidad, en los momentos de descanso o distracción, que nos unan más a la Cruz de Jesucristo y nos vayan preparando para obtener mucho fruto de la Pascua.

Recientemente, Benedicto XVI ha recordado a todos la perenne validez de este modo de comportarse. Escribe en su encíclica sobre la esperanza: la idea de poder “ofrecer” las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada[11]. Y añade el Papa, lamentándose del olvido en que parecen haber caído esas muestras de amor a Dios, que las almas piadosas, mediante el ofrecimiento de las contrariedades de la jornada, estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de com-pasión que necesita el género humano[12]. Y concluye: quizá debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros[13]. Es una pregunta que os traslado, para que la consideréis cada uno de vosotros, redescubriendo el valor del sacrificio escondido y silencioso[14], y para que la hagáis resonar al oído de las personas con las que coincidís.

Como todos los meses, os pido que estéis muy unidos a mis intenciones. Encomendad ahora de modo especial los comienzos de la labor apostólica estable en Rumanía y en Indonesia; se están dando pasos concretos para ponerla en marcha, si Dios quiere, dentro de este año. Y seguid rezando por el Papa y por sus intenciones, entre las que ocupa un lugar importante la deseada unión de todos los cristianos, comenzando por una unidad más honda y sobrenatural entre los católicos.

También deseo que encomendemos diariamente a las personas enfermas: el Señor nos concede con abundancia el tesoro de poder atender a tantas y a tantos que sufren. Me interesa que, así como el Señor iba tras los dolientes para sanarlos y consolarlos, así vayamos todas y todos a enriquecernos con esta caridad, auténtico cariño, atendiendo a quienes lo necesiten.

No quiero alargarme, pero os pido que acudáis al queridísimo don Álvaro, que celebraba su santo el 19 de febrero. Pidámosle que nos obtenga del Señor una superabundancia de caridad fraterna, de modo que todos en la Obra —en cualquier momento, y más aún si algunas o algunos pasan por un período de enfermedad—, experimentemos vivamente que el Opus Dei es familia, familia de verdad, en la que gustosamente nos desvivimos los unos por los otros.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de febrero de 2008.

[1] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 21-II-2007.

[2] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Imposición de las cenizas (cfr. Gn3, 19).

[3] Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n. 41.

[4] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Imposición de las cenizas (cfr. Mc1, 15).

[5] San Josemaría, Camino, n. 168.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 57.

[7] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Antífona en la imposición de las cenizas (cfr. Jl 2, 13).

[8] Cfr. Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Primera lectura (Jl 2, 12).

[9] San Jerónimo, Comentario sobre el libro del profeta Joel II, 12-13.

[10] San Josemaría, Camino, n. 244.

[11] Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n, 40.

[12] Ibid.

[13] Ibid.

[14] Cfr. San Josemaría, Camino, nn. 185 y 509.

“La Eucaristía tuvo un papel decisivo en mi conversión”

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Rianne Spoon, holandesa de 22 años y estudiante de medicina, fué recibida en la Iglesia Católica el  12 de diciembre de 2004, en el trascurso de una Misa solemne que tuvo lugar en la catedral de Sta. Catalina de Utrecht.

Fui a Utrecht para comenzar la universidad. Quería estudiar medicina. Necesitaba una residencia donde vivir y fui a parar a Hogeland, conocida por su clara inspiración católica. Yo había sido educada con la idea de que la fe católica era una doctrina errónea, por eso me pregunté si era razonable que fuera a vivir a Hogeland. Cosas de la juventud, elegí la ventaja de la duda y descubrí muy pronto que las cosas no eran como me las había imaginado. Encontré un ambiente de gran libertad y respeto.

Hace año y medio una compañera universitaria se convirtió y eso me hizo pensar mucho. Me daba cuenta de que creíamos en el mismo Dios. A pesar de tener una fuerte sensación de unidad con la fe católica, había dos puntos de desunión: la Eucaristía y la manera de ver a María, la Madre de Dios. Después de un período de estudio sobre estos y otros temas, decidí hacer la profesión de fe en la comunidad protestante a la que pertenece mi familia, aunque tuviese dificultades con algunos puntos, entre otros por el modo como veían a la Iglesia Católica.

Esta decisión de no seguir buscando y dejarlo todo en manos de Dios no me dio la paz. Las dudas no se me iban de la cabeza y estaba intranquila. En la residencia Hogeland hay un oratorio, donde muchas estudiantes van a rezar o asisten a la Misa que un sacerdote del Opus Dei celebra todos los días.

Recuerdo que no podía pasar junto al oratorio sin sentir la necesidad de entrar. Es difícil explicar los sentimientos. En la situación en la que me encontraba, me daba cuenta de que si me decidía a entrar en el oratorio y me arrodillaba ante Su Presencia en el sagrario, no podría continuar siendo protestante. Por el momento no quería comprometerme a hacerlo: no tenía la motivación ni la seguridad de poder tomar esa decisión. No quería desobedecer ni a mi comunidad cristiana ni a mi familia, así que decidí dejar pasar el tiempo con la esperanza de que todos mis “problemas” desaparecieran.

Hogeland.

“Dios no se cansa de esperar”
Después vino la Navidad y la claridad que esperaba encontrar en este tiempo de felicidad y descanso no se produjo . La lectura de un pasaje del libro “Por fin en casa”, de Henri Nouwen, me volvió a dar esperanza. Me hizo mucho bien leer que Dios nos quiere infinitamente, tanto que no desea de nosotros un amor obligado, sino libre. Él sabe esperar. No se cansa de esperar.

Pero lo que jugó un papel decisivo en mi conversión fue la Eucaristía. Tenía envidia de la gente que iba todos los días a Misa. No podía imaginarme mi vida como católica sin ir diariamente a Misa. También fue importante, sin duda, encontrar en el Papa la figura de un padre, y ver brillar el rostro de Cristo en los sacerdotes y en los católicos que he conocido.

Echando la vista atrás, no deja de sorprenderme cómo Dios ha actuado conmigo. Por un lado, porque la mayor parte de la fe católica la he aprendido tomándome un vaso de chocolate caliente con mi amiga Agnes. Por otro lado, y reflexionando en serio, porque he comprobado en mi propia piel que Cristo vive. Si escribo estas cosas es sólo para compartir mi agradecimiento. Como dice un sacerdote que me ha ayudado en este camino hacia la fe plena, “no sólo debo estar agradecida por lo que yo he recibido, sino por lo que a partir de ahora puedo significar para otros, si soy fiel”.

Volver a Dios con la ayuda de san Josemaría

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San Josemaría es el instrumento del que se sigue sirviendo Dios para atraer a mucha gente. Algunos reciben la fe, otros comienzan a practicar una fe abandonada, y hay quienes dan un generoso vuelco a su relación con Dios. Tres favores ejemplifican los muchos que se reciben en www.josemariaescriva.info

Teníamos en la cabeza una misma idea

Este verano estuve unos días en la sierra, con mi familia. Fuimos a comer a un paraje en la montaña bastante poco conocido y que me pareció precioso, la grandiosidad del paisaje hacía que a uno se le ensanchase el corazón. Mientras comíamos estaba pensando en qué podría guardar como recuerdo de aquella excursión, entonces en ese mismo sitio vi una cosa que me llamó la atención: la imagen de un sacerdote con un texto ilegible. Parece que este lugar no era tan desconocido como yo pensaba. Aquello me impactó bastante, esa imagen irradiaba una paz que solo podría compararla con la del maravilloso paisaje de ese día.

Movido por la curiosidad fui al día siguiente a la iglesia del pueblo en el que nos alojábamos, me dirigí a un religioso y le enseñé lo que había encontrado. Él lo miró y se le escapó una sonrisa, empezó a buscar en sus ropas y sacó otra con la misma imagen en la que se leía “San Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei”. Entonces, en el pórtico de esa iglesia, habló conmigo largo rato, me habló de ese santo, de todo el bien que había visto hacer a través de su doctrina e intercesión. Lo que yo había encontrado era una estampa de san Josemaría, en japonés. Ese día asistí a Misa, por primera vez en muchos años. Después me quedé un rato pensativo, mirando la imagen de san Josemaría.

Al volver a mi casa fui a la peluquería y charlando con el peluquero salió a relucir mi hallazgo en la montaña, él me dijo que desde muchos años tenía el libro Camino en su casa y que recurría a él siempre que se encontraba algo alicaído. Pues bien, ese mismo día apareció mi mujer muy contenta con la misma estampa pero en castellano. Ella había indagado por su cuenta y le contó la misma historia a un sacerdote que se encontró en una parada de autobús, él le dio la estampa.

Una semana más tarde fuimos -con otros amigos- a Madrid a hacer turismo. Yo no soy muy aficionado al arte y al llegar a la Catedral de la Almudena me senté donde me pareció y dejé que los demás continuasen con el turismo. De frente tenía a varias personas que, en pie, permanecían en silencio ante una capilla. Me acerqué y vi que estaba dedicada a san Josemaría y que lo que esas personas hacían era recitar la oración de la estampa, cogí varias y ese mismo día adquirí Camino. Ahora tengo todos los escritos de san Josemaría en casa y mi mujer se ha comprado una medalla de san Josemaría que lleva siempre.

Lo más bonito es que ambos teníamos en la cabeza una misma idea, pero que no acabábamos de pronunciar: había llegado el momento de casarnos por la Iglesia, de bautizar a nuestros dos niños y de volver a practicar la fe.

Raul F. A., España
5 de septiembre de 2004

* * *

Finalmente ha encontrado su camino

Escribo para agradecer a san Josemaría su intercesión y también para compartir con todo el mundo los favores que ha recibido de él una de mis mejores amigas de la universidad. Llevo tiempo rezando por su conversión a la fe católica. Hace seis años comenzó a recibir clases de catecismo pero después de unos meses dejó de venir porque, aunque tenía cariño por la fe, no estaba muy segura de querer ser católica.

Este año, como siempre, la invité a la misa en honor de san Josemaría. Durante la celebración yo encomendaba que la curara de una enfermedad muy dolorosa que padece. También le pedía que le hiciera ver que vale la pena formar parte de la Iglesia Católica. Después de la misa hablamos un poco y le di un folleto para que leyera.

Una semana después me llamó para decirme que realmente quería saber más sobre la fe católica y que, para empezar, quería leer biografías de católicos famosos. Me puse a pensar en los libros clásicos de Santa Teresa o de otros santos conocidos. Entonces, sin perder un segundo, me preguntó si le podía dejar un libro sobre san Josemaría Escrivá, porque después de ver su imagen sobre el folleto pensó que tenía algo especial. Accedí con alegría y le di la biografía breve editada con ocasión de la canonización.

Quince días después me llamó para decirme que había pasado una semana muy difícil debido al trabajo, y casi había caído en una depresión. Una noche empezó a llorar sin poder controlarse y se puso a rezar. Vió el libro que le había dejado, empezó a leerlo y, de repente, le invadió una gran paz y se sintió mucho mejor. Por casualidad, la página que abrió contaba un período en que san Josemaría pasó por unos momentos muy difíciles en su vida. Mi amiga sintió que él la había ayudado a sobrellevar sus problemas. Además, me contó que los dolores que sufre frecuentemente eran mucho más ligeros y los analgésicos, que antes no eran muy eficaces, ahora sí lo eran. Entonces le conté el favor que yo había pedido a san Josemaría.

Lo mejor de su historia es que finalmente ha encontrado su camino: la Iglesia Católica. Ahora sólo espera el momento oportuno para comenzar las clases de catecismo. Como ella misma dice: “desde que asistí a la misa de san Josemaría y vi su imagen, se han obrado muchos milagros.” Agradezco a Dios y a san Josemaría el favor y las maravillosas disposiciones de mi amiga.

Dayenne Sipaco, Macao, China
7 de agosto de 2004

* * *

Descubrió su vocación religiosa

Tengo 23 años y soy estudiante universitario. Empecé a ir a un Centro del Opus Dei hace aproximadamente tres años. Allí me han facilitado medios de formación cristiana: charlas de doctrina católica, dirección espiritual, etc. En el Centro conocí a otro estudiante de mi edad que asistía a los mismos medios de formación que yo y nos hicimos muy amigos. Ambos retomamos (o mejor dicho, iniciamos) una vida de trato con Dios y descubrimos la importancia de los sacramentos, del trabajo ofrecido a Dios con rectitud de intención, de servir a todos por amor a Jesucristo.

El 6 de octubre de 2002 estuvimos en la Canonización de san Josemaría. A raíz de esta ceremonia (que fue muy emocionante), mi amigo comenzó a preguntarse qué querría Dios de él. Me contó que estaba dispuesto a corresponder a la llamada del Señor, tal y como le habían aconsejado en la dirección espiritual. Quedamos en que a partir de esa fecha rezaríamos a san Josemaría todos los días para que entendiese lo que Dios le estaba pidiendo.

Hace una semana este amigo mío ha ingresado en la Compañía de Jesús. Está muy agradecido a la Obra y a san Josemaría por haberle ayudado a descubrir su vocación al estado religioso.

¡Vale la pena… dejar hacer al “Pintor”!

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Tenía la carrera de ingeniero de Caminos, un buen sueldo… según los cánones vigentes de la sociedad actual, había triunfado. Sin embargo yo no estaba satisfecho. Buscaba algo más, pero no sabía lo que era; y estas inquietudes no podía hablarlas con nadie que me entendiera”. Así cuenta Alfonso Sánchez, joven ingeniero de Granada, su encuentro con Dios en el trabajo y el matrimonio.

Alfonso e Inma, en Granada.

(Testimonio extraído del libro ‘Un amor siempre joven’, de Ed. Palabra, sobre las enseñanzas de San Josemaría Escrivá acerca de la familia)

I.- “La gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. – Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y con ella, el relieve, el peso y el volumen” (Camino, nº 279)

En otoño de 1998 terminé la carrera de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y llevaba trabajando varios meses. Tenía 26 años. Disponía de medios económicos, y mis amigos y familiares me felicitaban. Según los cánones vigentes en la sociedad actual, había triunfado

Al poco tiempo me ofrecieron un puesto de mayor envergadura, responsabilidad y sueldo. Sin embargo yo no estaba satisfecho: me costaba el mismo trabajo levantarme por la mañana y no tenía ilusión en el trabajo. Terminaba una obra y venía otra; y la empresa me exigía un resultado exclusivamente económico. Buscaba algo más, pero no sabía lo que era; y estas inquietudes no podía hablarlas con nadie que me entendiera.

En el plano personal, contaba con el cariño de mi familia y el apoyo de mi novia, Inmaculada, que tuvo mucha paciencia conmigo por mi inseguridad al plantearnos un compromiso definitivo. Mi concepto de la familia no estaba claro; y de hecho, cada vez que se mencionaba, intentaba posponer la boda con cualquier excusa, como consecuencia de la inseguridad que proporciona no tener unos sólidos cimientos espirituales.

Poco antes de estos sucesos, Inma empezó a sentir molestias en la garganta. La operaron pensando que era amigdalitis. El diagnóstico no fue acertado y las úlceras que tenía no cicatrizaron. Empezaron a hacerle innumerables pruebas y estudios: ahora diagnostican una cosa, ahora otra; ensayaron muchos tratamientos, pero ninguno resolvió su enfermedad.

II. “También tiene su historia lo del lucero… son esas grandes estrellas que parpadean por la noche, allá arriba, en la altura, en el cielo azulado y oscuro, como grandes diamantes de una claridad fabulosa. Así es de clara vuestra vocación: la de cada uno y la mía” (Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Eunsa, Pamplona, 1982, p. 26).

A finales de 1999 pasé un fin de semana con un tío mío sacerdote y unos amigos. Tras una animada comida familiar, empezaron a hablar de Jesucristo, y de cómo el trato con Él había cambiado sus vidas. Les noté una paz interior y una alegría desconocidas hasta entonces. Esa misma noche, de temperatura agradable, paseábamos Inmaculada y yo mientras comentábamos las impresiones de aquel encuentro. De pronto, vimos en el cielo un destello impresionante, provocado por una estrella fugaz que dividió el firmamento en dos. Me quedé sobrecogido, y esa conmoción interior me indicó, sin dudas, el camino a seguir.

Cuando pude leer los textos de San Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, y leí ese pasaje en que dice que la vocación es un lucero, a mí me pareció ver reflejado el instante en que Dios se hizo presente en mi vida para pedírmelo todo.

III.- “Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo.” (Camino, nº 82).

Alfonso y su mujer, Inma

No podía desoír esta llamada. Fui a hablar con mi tío, el sacerdote; éste me regaló un par de libros sobre doctrina cristiana, y me los leí de corrido. Pero con esto sólo, no resultaba suficiente. Seguía buscando. Mi entorno tampoco me alentaba, pues el bagaje formativo de mis amistades era muy escaso.

Inmaculada continuaba con sus problemas de salud: las úlceras en la garganta aparecían y desaparecían con desasosegante intermitencia. Los médicos probaban todo tipo de tratamientos, con poco éxito; y seguían sin tener un diagnóstico claro.

Continuaba con mi formación cristiana de modo autodidacta. Leí un libro tras otro, y empecé a asistir a la Santa Misa. Al poco tiempo, confesé y empecé a recibir la Sagrada Comunión. Hablaba muy de tarde en tarde con algún sacerdote, y empezaba a sentirme interiormente más realizado. Pensaba aún que la vida cristiana se reducía a ir a Misa los domingos, pero yo veía con claridad que aquello no me bastaba.

Unos meses después, abrí un libro que tenía en casa con una encuadernación muy cuidada. Se titulaba Hablar con Dios, y estaba escrito por D. Francisco Fernández Carvajal. Me apropié del ejemplar y empecé a leerlo. Se convirtió en mi libro de cabecera y me acompañaba en todos los viajes de trabajo. Por entonces, oí hablar sobre el Opus Dei y sobre su Fundador, y me di cuenta de que su mensaje no dejaba a nadie indiferente: su afirmación de que Dios nos llama a todos por caminos de santidad (que no es posible vivir un cristianismo “de segunda categoría”) a unos les entusiasmaba y a otros les resultaba inquietante.

De nuevo acudí a mi tío, que me dio una explicación y me regaló Camino, Surco y Es Cristo que pasa: tres libros del Fundador de la Obra. Además, me orientó acerca de cómo leerlos y me comentó la difusión que había alcanzado Camino: más de 4 millones de ejemplares en casi todas las lenguas del mundo.

Portada del libro que ofrece éste y otros testimonios.

“Que tu vida no sea una vida estéril. – Sé útil.- Deja poso.” Así comenzaba aquel libro. Descubrí una gran fuerza espiritual en aquellos consejos. Una aplicación integral y profunda del cristianismo, para la vida actual. Trabajo, lucha interior, vida sobrenatural, llamamiento… Poco a poco fui captando un espíritu, un estilo de vida con el que me sentía identificado. Y caí en la cuenta de que aquel libro que tanto me ayudaba, Hablar con Dios, de cuyo autor no conocía nada, reflejaba esa misma espiritualidad.

Fui ampliando conocimientos acerca del mensaje de San Josemaría y de su aplicación práctica, que constituye el Opus Dei. Decidí contactar con la Obra. No conocía a ningún miembro ni sabía de la existencia de las múltiples labores que realizaba. El sentido práctico de la profesión me llevó a recurrir a la guía telefónica. El contacto fue eficaz y encontré la ayuda que necesitaba.

Vislumbré con claridad mi matrimonio con Inmaculada. Pronto nos casamos, abandonados en las manos del Señor, y sin dejar de poner los medios. La visión de la enfermedad se transformó, y dejó de ser un problema para pasar a ser una dificultad, e incluso un acicate en el que se transparenta el Amor de Dios.

IV.- “Y ¿en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi vida, no parecerá postiza mi naturalidad?, me preguntas. –Y te contesto: Chocará sin duda, la vida tuya con la de ellos: y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido” (Camino, 380).

Con la práctica de las enseñanzas de San Josemaría experimento el ciento por uno prometido por Nuestro Señor a sus discípulos. Voy descubriendo la unidad de vida, que me lleva a dar relieve a las jornadas aparentemente iguales; la fuerza de la oración, siempre fecunda; el valor de la entrega y los pequeños sacrificios, siempre presentes; el valor corredentor del trabajo; la filiación divina, etc. En definitiva, sentirse instrumento de Dios, dejar hacer al Pintor… “Ya puedes desechar esos pensamientos de orgullo: eres lo que el pincel en manos del artista. Y nada más. Dime para qué sirve un pincel, si no deja hacer al pintor” (Camino, 612).

Pero donde se manifiesta de un modo más vivo mi vinculación al Opus Dei, es en el apostolado. Poco a poco mis amigos se acercan a preguntarme qué me pasa, y cuando se lo explico, empiezan a dar los primeros pasos. No son tan rápidos como yo desearía. También ellos tienen su proceso de acercamiento y, por más que quiero quemar etapas, tengo que conformarme con ver cómo avanzan lentamente. Se van preocupando por su alma, se acercan a los sacramentos, a la Obra. Otros acuden a nosotros para solicitar un consejo o una pequeña ayuda. Aquella situación familiar complicada se va resolviendo…

La alegría más grande me la proporciona Inmaculada, que me acompaña y aventaja en este viaje interior. Aunque sigue con sus afecciones físicas, confiamos en la ayuda de nuestro Padre para superarlas; y así se lo encomendamos.

Voy a terminar. Y lo haré con dos párrafos.

El primero es para recordar un encuentro largamente esperado ¡Qué buen rato pasé, hace unas semanas, cuando tuve la oportunidad de saludar personalmente a D. Francisco Fernández Carvajal: un sacerdote joven, simpático y en extremo atento, a quién no acertaba a imaginar así, cuando me levantaba interiormente apoyado en las páginas de su libro!

El segundo es para manifestar un deseo. Querría que estas líneas sirvieran de agradecimiento a Dios por todo lo que hemos recibido en mi familia: algo tan ordinario y tan extraordinario. También le pido a San Josemaría, en el año de su centenario y de su canonización, que estas experiencias sirvan para que otras personas que estén empezando no duden y correspondan desde el principio a la gracias que Dios nos concede inmerecidamente. Vale la pena, también humanamente. ¡Vale la pena!


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