Tiempo de trashumancia

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Don Josemaría permanece como capellán en las Damas Apostólicas hasta el año 1931. El 11 de mayo, Madrid vive una jornada de agitación política durante la que arden iglesias y conventos religiosos. Ante el temor de que la iglesia del convento sea asaltada por las turbas, pone a salvo las Hostias consagradas. Así lo relata el periodista Julián Cortés Cavanillas: «acompañado por mí, llevó en su pecho al Santísimo, desde la capilla en donde era capellán (…) hasta las casas militares, próximas a la glorieta de Cuatro Caminos, donde depositó el divino tesoro eucarístico en casa de unos amigos aragoneses»(1).

También la vivienda junto al Patronato de Enfermos se hace peligrosa. Abandona la calle José Marañón, y se traslada, con su familia, a un pequeño piso situado en la calle de Viriato; allí residirán hasta finales del año 1932.

Su familia ha aprendido a respetar los desplazamientos que impone la vida de Josemaría, su constante actividad apostólica y la fidelidad a una vocación divina de la que todavía no les ha dado explicaciones, pero que intuyen como una exigencia de Dios a la que él responde incondicionalmente. Una cosa es indudable: el gran cariño que les profesa desde siempre; la preocupación por su bienestar, por los estudios de Santiago, por las tareas de Carmen y de su madre. Pero ninguno de estos sentimientos es un obstáculo para su ministerio sacerdotal ni para sacar adelante la Obra que Dios le ha hecho ver el 2 de octubre de 1928.

Doña Dolores, con la serenidad y dedicación que la caracterizan, se ocupa de todo, trabaja constantemente, sigue a su hijo y le ayuda siempre, de lejos y de cerca, con la solicitud que solamente saben componer juntos la discreción y el amor. Cuando concluyan los avatares de la guerra civil, su domicilio se verá invadido por «los chicos de Josemaría», como dirá su hermano Santiago. La madre y los hermanos del Fundador apenas gozarán de espacio ni de propiedad exclusiva. Dios agrandará su corazón para que brinden a estos muchachos, que acuden a la amistad del sacerdote, la acogida, el afecto y la atención de un auténtico hogar.

Los sucesos políticos del momento español llevan un ritmo vertiginoso. Preside la República Niceto Alcalá Zamora, cuando se publica la nueva Constitución en la que se proclama el laicismo del Estado. Se determina la expulsión de la Compañía de Jesús. Al mismo tiempo, se suprime todo signo religioso público y se decide la exclusión de la Iglesia de los planes de enseñanza. Solamente algunas órdenes de clausura, por la escasa importancia que les concede el Gobierno, y algunas comunidades religiosas dedicadas a labores asistenciales, podrán continuar ejerciendo sus actividades en el país. Se suprimirá, también, el presupuesto para el clero.

Anticipando estos acontecimientos -en mayo de 1931-, sobre los tejados de Madrid se han visto las columnas de humo que despiden los incendios del Colegio de Maravillas en Cuatro Caminos, del Instituto Católico en la calle de Alberto Aguilera, de los Carmelitas en la Plaza de España y de la Residencia de los jesuitas en la calle de la Flor. Muchas monjas se verán obligadas a desalojar los conventos y a salir a la calle para buscar refugio.

Pío XI, en su Encíclica «Dilectissima Nobis», proclama que la Iglesia Católica, no estando bajo ningún aspecto ligada a una forma de gobierno más que a otra, con tal que queden a salvo los derechos de Dios y de la conciencia cristiana, no encuentra dificultad en avenirse con las diversas instituciones civiles, sean monárquicas o republicanas.

Pero es la República de España la que evoluciona hacia posturas incompatibles con la Iglesia Católica. La Constitución, las leyes fundamentales y la actuación del gobierno están inspirados cada vez más en un anticatolicismo casi frenético.

En esta situación, las Agustinas Recoletas del convento de Santa Isabel, cerca de Atocha, monjas de clausura, se han quedado sin capellán porque se ha suprimido el presupuesto para su manutención. La Priora, Madre Sagrario, busca un sacerdote que acepte celebrarles diariamente la Santa Misa y ocuparse de la Comunidad. Y este sacerdote, capaz de seguir trabajando con serenidad, de aparecer vestido con su traje talar y pasar por entre los ánimos exacerbados, será don Josemaría Escrivá de  Balaguer(2).

Dificultades en el apostolado con sacerdotes y mujeres

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Los planes de expansión de DYA y los próximos comienzos de las actividades en Valencia y París daban cuenta del lento, pero constante crecimiento del apostolado del Opus Dei con universitarios y recién graduados. Sin embargo, la labor con sacerdotes y con mujeres no iba tan bien.

En 1934 unos cuantos sacerdotes se habían comprometido a obedecer a Escrivá en asuntos relacionados con la Obra. Aunque se trataba de un paso importante para su gradual incorporación al Opus Dei, no se daban cuenta del todo del origen sobrenatural de la Obra ni del papel de Escrivá como fundador. A alguno de ellos la decisión de seguir adelante con DYA a pesar de las dificultades financieras le pareció una locura. Peor aún, solían ir a su aire, y no prestaban atención a lo que Escrivá les decía sobre el espíritu de la Obra.

El problema fundamental, concluyó pronto, era que, con algunas pocas excepciones, “tienen poca visión sobrenatural, y un amor pobre a la Obra, que para ellos es un hijo postizo, mientras para mí es alma de mi alma”. Escrivá decidió: “Procuraré sacarles el partido posible, hasta ver si se maduran en el espíritu de la Obra”[1].

En lugar de mejorar, las cosas empeoraron. En marzo de 1935 ya no se pudieron seguir teniendo las reuniones de los lunes con sacerdotes, que se celebraban semanalmente desde 1931. Tanto el director espiritual de Escrivá, el padre Sánchez, como su gran amigo don Pedro Poveda aconsejaron a Escrivá romper las relaciones con los demás sacerdotes, pero no fue capaz de hacerlo. A la vista de sus virtudes y de su “innegable buena fe”, optó “por el término medio de conllevarles, pero al margen de las actividades propias de la O., aprovechándolos siempre que sea necesario su ministerio sacerdotal”[2].

Pero incluso con esta limitación fueron una fuente de confusión para los miembros laicos de la Obra, hasta el punto de que Escrivá a veces se refirió a ellos como su “corona de espinas”. Al final, prescindió de su ayuda por completo y acudió a otros sacerdotes, que no tenían ninguna relación con la Obra, cuando hacía falta alguien para celebrar Misa o confesar. Escrivá concluyó que los sacerdotes del Opus Dei deberían salir de sus miembros laicos y estar formados en su espíritu desde el inicio de su vocación. Todavía no tenía idea de cómo se podría realizar eso dentro de los límites que el Derecho Canónico imponía a las organizaciones capaces de incardinar sacerdotes. Estaba tan convencido de que se encontraría el modo de hacerlo, que en mayo de 1936 preguntó a algunos miembros de la Obra si estarían dispuestos a ordenarse si les llamara al sacerdocio.

El apostolado con las mujeres no corría mejor suerte. Con el tiempo, un grupo de mujeres pidió la admisión al Opus Dei, pero les resultaba muy difícil entender plenamente su espíritu. Buena parte del problema se debía al poco trato que tenían con Escrivá. Él las veía de vez en cuando en el convento de Santa Isabel y, en ocasiones, les predicaba una meditación en el oratorio de la residencia DYA, aprovechando la ausencia de los residentes. En general, las veía pocas veces fuera del confesionario donde las dirigía espiritualmente.

Había varias razones para este limitado contacto: las otras actividades de Escrivá eran tan exigentes que le dejaban muy poco tiempo; además, no había otro lugar en el que pudiera atenderlas convenientemente; por otra parte, aunque hubiera encontrado una solución a los problemas mencionados, como joven sacerdote decidido a evitar cualquier ocasión que pudiera poner en peligro su vocación, Escrivá no quería mantener ningún trato personal cercano con mujeres jóvenes.

En conclusión, Escrivá confió a la mayoría de las mujeres de la Obra a don Lino Vea-Murguía, sacerdote de la diócesis de Madrid. Había sido uno de los capellanes del Patronato de Enfermos de 1927 a 1932; desde entonces hasta su asesinato a comienzos de la Guerra Civil lo fue de las Siervas del Sagrado Corazón. Vea-Murguía tampoco había entendido completamente el espíritu del Opus Dei y, lógicamente, no pudo transmitirlo claramente a otros. Las pocas mujeres que pertenecían a la Obra al estallar la Guerra Civil quedaron separadas por completo de Escrivá, y aún no habían captado la esencia del Opus Dei. Una de ellas, Felisa Alcolea, comentaba con sencillez años después: “La verdad es que buena voluntad sí teníamos. Pero nada más”[3].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 541

[2] Ibid. p. 542

[3] Ibid. p. 563

Nuevas pruebas

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La posibilidad de que Escrivá permaneciera en Madrid dependía del estatuto particular del convento de Santa Isabel, Fundación Real. En marzo de 1933 todas las fundaciones reales de Madrid pasaron a la jurisdicción ordinaria de la diócesis de Madrid. Parecía que Escrivá tendría que abandonar la capital, precisamente cuando el Opus Dei empezaba a crecer. Pero en junio de 1933, gracias a su amistad con don Francisco Morán, vicario general de la diócesis, y al apoyo de don Pedro Poveda, pudo renovar sus licencias para ejercer el sacerdocio en Madrid. A pesar de todo, seguía siendo una solución temporal y su situación permanecía inestable.

Desde el momento de su fundación Escrivá nunca dudó del origen divino del Opus Dei. A comienzos de 1932 el padre Postius, su director espiritual, le había advertido de que en algún momento sufriría la prueba de las dudas. Ésta se produjo en junio de 1933, durante unos ejercicios espirituales. Escrivá recordó el suceso: “A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna —no las hay—, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: “¿y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo…, y —lo que es peor— lo haces perder a tantos?””[1].

Escrivá respondió inmediatamente con un completo desprendimiento, ofreciendo a Dios aquello que más amaba: “Si no es tuya, destrúyela”, rezó; “si es, confírmame”. La prueba, relató Escrivá, “fue cosa de segundos —dice—, pero ¡cómo se padece!”. Dios respondió a su generoso ofrecimiento con una renovada confianza. “Inmediatamente me sentí confirmado en la verdad de su Voluntad sobre su Obra”[2].

Escrivá también sufría por la desmejorada situación de María Ignacia García Escobar, la paciente de tuberculosis que se había incorporado al Ous Dei en la primavera de 1932. La enfermedad se había extendido a los huesos y otros órganos. Escrivá habló con ella de la muerte y le aseguró que desde el cielo podría trabajar por el Opus Dei con mayor eficacia que desde la tierra. Le llegó a hacer una serie de encargos que pedir a Jesús y a María cuando llegara al cielo, especialmente vocaciones.

Escobar no sólo mantuvo la paz a pesar de los terribles dolores que sufría, sino que, como relataba Escrivá, “contemplaba la muerte con la alegría de quien sabe que, al morir, se va con su Padre”[3]. “Sé”, relató en una carta, “que sufro por Jesús y para Jesús. ¿Habrá palabras en la tierra comparadas con éstas? ¡Dichosa el alma a quien Nuestro Señor concede tal beneficio y sabe aprovecharle. Ayúdeme V. con sus oraciones a alcanzar la más íntima unión con Jesús. Amarle con locura, es mi única ambición en esta vida. Si Él dispone que yo no lo sepa mientras viva en la tierra, ¡no importa! con que lo sepa Él me basta….”[4].

El 13 de septiembre de 1933 Escrivá redactó la siguiente nota para comunicar la muerte de Escobar a los otros de la Obra: “La oración y el sufrimiento han sido las ruedas del carro de triunfo de esta h. nuestra. —No la hemos perdido: la hemos ganado. —Al conocer su muerte, queremos que la pena natural se trueque pronto en la sobrenatural alegría de saber ciertamente que ya tenemos más poder en el cielo”[5].

Escobar era el tercer miembro de la Obra que moría en un año y medio. Además, durante esos mismos meses otras personas, con quienes Escrivá contaba para sacar la Obra adelante, le abandonaron. Sintió su pérdida tan dolorosamente como las muertes de Somoano, Gordon y Escobar.

Visto desde fuera, en otoño de 1933 el Opus Dei parecía no haber encontrado su lugar. A los cinco años de su fundación apenas había frutos visibles que respondieran a tanto trabajo, oración y sacrificio. Sin embargo, se estaba empezando a formar un pequeño núcleo de jóvenes que perseverarían y le ayudarían a desarrollar la Obra. Entre estos primeros se encontraban Zorzano, Jiménez Vargas, González Barredo y Fernández Vallespín. Con su ayuda pronto se abriría el primer centro del Opus Dei.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 499

[2] Ibid. p. 499-500

[3] José Miguel Cejas. Ob. cit. p. 189

[4] Ibid. p. 189

[5] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 627

La reacción de Escrivá ante el creciente anticlericalismo

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Como a cualquier fervoroso católico, a Escrivá le entristecía la postura claramente anticatólica de muchos políticos de la Segunda República y el daño que pudieran causar a la Iglesia. El 20 de abril de 1931 escribió en sus notas personales: “¡La Virgen Inmaculada defienda a esta pobre España! ¡Dios confunda a los enemigos de nuestra Madre la Iglesia! República española: Madrid, durante veinticuatro horas, fue un inmenso burdel… Parece que hay calma. Pero la masonería no duerme… ¡También el Corazón de Jesús vela! Esa es mi esperanza. ¡Cuántas veces, estos días, he comprendido, he oído las voces poderosas del Señor, que quiere su Obra!”[1].

No había consenso entre los católicos españoles sobre los mejores medios de defender a la Iglesia. Los monárquicos creían que el único modo era derribar la Segunda República y volver a poner la monarquía. Otros católicos afirmaban que la forma de gobierno no era un asunto esencial. Los católicos, decían, pueden y deben trabajar dentro de la estructura republicana para defender los derechos de la Iglesia. Las pasiones se encendían en los dos polos del debate. En el mejor de los casos los puntos de vista divergentes, a menudo, fueron considerados como señal de falta de dirección. Y en el peor, como falta de celo en el servicio a la Iglesia.

Escrivá no participaba en estos debates. Desde los días del seminario, le repelía el clericalismo que caracterizaba a muchos en la Iglesia española y se convenció de que los sacerdotes debían respetar el derecho de los laicos a formar su propia opinión política y a pertenecer al partido que desearan. Aunque sentía un vivo interés por los acontecimientos del momento, tomó como inflexible norma de conducta personal, que mantuvo toda su vida, no expresar nunca sus opiniones políticas.

Poco después de que se proclamara la república, Escrivá aconsejó a Zorzano: “No te dé frío ni calor el cambio político: que sólo te importe que no ofendan a Dios”[2]. En agosto de 1931 le escribía: “Supongo que toda esta guerra a nuestro Cristo habrá servido para enardecerte en su servicio, procurando ser cada día más suyo…, con la oración, y ofreciéndole, también cada día, como expiación —gratísima a sus divinos ojos— las mil molestias que de continuo trae la vida”[3].

A las monjas del convento de Santa Isabel, que estaban muy preocupadas por la legislación anticlerical y aterrorizadas por los nuevos estallidos de violencia, les dio un consejo similar. Un día o dos después de la aprobación del artículo 26, Escrivá habló a las religiosas “de Amor, de Cruz y de Alegría… y de victoria”. “¡Fuera congojas! Estamos en los principios del fin” les dijo. En cuanto a él mismo, recordó que “Santa Teresa me ha proporcionado, de nuestro Jesús, la Alegría —con mayúscula— que hoy tengo…, cuando, al parecer, humanamente hablando, debiera estar triste, por la Iglesia y por lo mío que anda mal: la verdad: Mucha fe, expiación, y, por encima de la fe y de la expiación, mucho Amor”[4].

Por sí solo, el consejo de Escrivá a Zorzano, “no te dé frío ni calor el cambio político”, podría sugerir una indiferencia hacia la política y una preocupación exclusiva por los asuntos religiosos. No era eso. Él animaba a tener un interés activo por la política y a esmerarse en el cumplimiento de las responsabilidades cívicas. Pero, en fuerte contraste con la mentalidad clerical de partido único, que era mayoritaria entre los católicos de aquella época, consideraba que era cosa de cada uno hacer sus propias elecciones sobre cómo poner en práctica las normas de la Iglesia.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 357

[2] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. p. 126

[3] Ibid. p. 128

[4] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 405-406


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