La «batalla» de la formación

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde siempre han oído comentar al Padre que uno de los más importantes enemigos, en todos los campos, es la ignorancia. Y fundamentalmente en lo que podríamos llamar las ciencias sagradas. Incluso intelectuales que exhiben una magnífica cultura en multitud de campos han interrumpido su formación doctrinal religiosa en un eslabón casi elemental.

Por eso, la formación humana y sobrenatural ocupará un lugar primordial para esta batalla, hermosa batalla de amor y de paz, para la que Dios le ha convocado. Señala la necesidad de apoyar la vida interior en la doctrina -piedad doctrinal- y llegar al conocimiento y al amor de la fe con una sólida preparación científica.

Como esto solamente se consigue a través de un trabajo y estudio serios, es preciso hacer compatible esta dedicación con las actividades profesionales propias de cada uno de los miembros de la Obra. Y adaptar los diversos planes y programas a las posibilidades que ofrezca la formación intelectual previa.

Se delinearán ya las horas dedicadas durante los meses de invierno; la formación intensiva que se impartirá en los de verano, aprovechando las vacaciones de los diversos trabajos que ocupan las jornadas habituales. De un modo flexible, y durante varios años, los miembros Numerarios y Agregados del Opus Dei, en las dos Secciones, cursarán Filosofía y Teología. A esto se añade el resto de las asignaturas que integran los programas de las Universidades Pontificias. Todos reciben, igualmente, formación doctrinal-religiosa en clases, charlas y cursos de retiro espiritual que se desarrollan durante el año completo. Las Numerarias Auxiliares de la Obra cursarán programas de acuerdo con sus circunstancias, pero recibirán la misma formación en cuanto a la doctrina de la Iglesia y el espíritu de la Obra.

Los miembros Supernumerarios del Opus Dei, en ambas Secciones, compartirán sus obligaciones profesionales y su vida familiar -en su mayoría casados- con programas completos de formación en el orden doctrinal-religioso.

En un futuro próximo, tanto los clérigos como los laicos de la Obra estarán en condiciones de impartir, a sus hermanos y hermanas más jóvenes en el Opus Dei, las clases y medios de formación establecidos en programas sucesivos, independientes para cada Sección.

Al acabar esta reunión en la que se fijan las líneas de una tarea ingente, Su Santidad Pío XII enviará un telegrama cuyo texto cierra estas jornadas de trabajo. Desea de corazón la luz y la gracia del Cielo para este Congreso General y espera, siempre, un incondicional y eficaz servicio a la Iglesia. Imparte al Fundador y a todos los Congresistas Su Bendición Apostólica. Está firmado por Monseñor Montini, Sustituto de la Secretaría de Estado.

La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer

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I. El Opus Dei en el mundo

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

Al aterrizar la muchacha sintió vergüenza torera y, mientras el avión se acercaba lentamente a los edificios del aeropuerto, tomó en firme su decisión: buscaría en la guía telefónica la dirección del Opus Dei en Madrid y acudiría allí directamente, desde Barajas, para enterarse de una vez y para siempre del asunto. Porque otra como aquélla no le volvería a pasar en su vida.

Terminado el trabajo que sigue normalmente a todo vuelo, marchó al aparcamiento, se metió en su coche y, vestida todavía de azafata, se presentó en la dirección que encontró en la guía: la de la Oficina de Información del Opus Dei.

–Vengo aquí a saber con detalle lo que es el Opus Dei. Acabo de llegar de Londres y durante el vuelo me ha ocurrido algo que, la verdad, me ha llenado de vergüenza, porque soy católica y…

Lo ocurrido era sencillo. Un pasajero británico, anglicano, entabló conversación con su vecino, un cató] ico español, acerca del Opus Dei. Como éste no hablaba bien el inglés, había solicitado de la azafata que hiciese ella misma de intérpretc, «aunque mejor habría sido que no la hubiera llamado», porque, mientras el católico «navegaba» sobre el tema, el anglicano daba muestras cada vez más evidentes de conocerlo en profundidad, con lo cual el interrogatorio se convirtió al final, tanto para la azafata como para el pasajero, en una auténtica disertación sobre el Opus Dei a cargo de aquel señor alto y rubio que desapareció por la aduana con los demás viajeros procedentes de Londres.

Entre lo que había traducido en el avión y lo que le dijeron aquella tarde en la oficina, la azafata supo lo que era el Opus Dei y se llevó además unos cuantos títulos de libros y de folletos, que podía encontrar en cualquier librería. Sin embargo su mayor sorpresa fue la de descubrir por su propia cuenta, al darle vueltas a lo que acababa de conocer, que a lo mejor en el pasaje del avión había alguien del Opus Dei y que también en el aeropuerto podrían serlo la mujer de la limpieza, el empleado o el piloto de cualquier compañía, el mecánico, el técnico de la torre de control, el camarero, la telefonista, el mozo, la chica que vendía «souvenirs», la florista, el jefe del aeropuerto, el hombre del quiosco de periódicos, la compañera que pasaba de un avión a otro a los pasajeros en tránsito o acompañaba a aquellos niños que viajaban solos, o cualquiera de los que esperaban pacientemente su vuelo –hombres, mujeres, casados, solteros, viudos, enfermos, sanos–, de cualquier raza, de cualquier país, de cualquier cultura. «Bueno –seguía pensando la muchacha, dinamizada por el ritmo de su profesión–, y quien dice en un aeropuerto lo puede decir también en una estación de trenes o de autobuses, en el metro o en un barco, en Cabo Cañaveral o en una nave espacial… Pero, ¿entonces el Opus Dei…?».

Efectivamente. Cualquier hombre, cualquier cristiano lo puede comprender si se detiene un momento en la rabiosa carrera que le lleva a todo gas hacia cualquier parte y se para a reflexionar sobre las cosas sencillas, mira con ojos más humanos a la gente que se mueve a su alrededor (¡cuánta petulancia en este «alrededor», que decimos siempre y que nos convierte en centro del mundo!), y descubre esa formidable dignidad que está al alcance de todos sin más exigencia que la de la buena voluntad.

«Desgraciadamente –comenta Michael Kirke en The Word (mayo de 1972) de Dublín– muchas personas son capaces de tener muy buenas intenciones, pero rara vez de cumplirlas. Hay que enfrentarse a los hechos tal como son: los cristianos tenemos una triste tendencia –a veces escandalosa– a permanecer muy por debajo de nuestros ideales. ¿No es verdad que necesitamos a menudo medios más eficaces para acercarnos un poco más a esos ideales?… Eso es lo que e) Opus Dei se propone».

Corazón universal

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Testimonio de Juan Hervás, Obispo dimisionario de Ciudad Real

Sería por el año 1934 cuando conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. El Opus Dei estaba aún en sus comienzos, y su fundador, rodeado de gente de toda edad y condición. buscaba la fortaleza en los barrios más pobres de Madrid.

Fui a visitarle a la academia–residencia DYA, que acababa de abrir en la calle de Ferraz. La acogida cordial que me dispensó estableció de inmediato una corriente sincera de amistad humana y sacerdotal. Fui varias veces después por la academia para conversar con ese sacerdote que tanta paz me transmitió.

Al entrar en aquella casa desaparecía la sensación de insegu ridad que se respiraba entonces en la calle. Allí se trabajaba con seriedad, con serenidad, con intensidad; en la certeza de que la ancha y fecunda labor de servicio a la Iglesia que el Opus Dei habría de realizar, se llevaría a efecto porque Dios estaba empe ñado en que se realizara. No había que detenerse por las cosas que entonces pasaban y que llegaban a paralizar tantos ánimos:

Dios y audacia –DYA– había sido ya el lema de la primera obra apostólica del Opus Dei, y había que seguir adelante sin miedo, con los ojos puestos en Dios. Allí conocí de qué modo Monseñor Escrivá de Balaguer trataba con los estudiantes, los medios apos tólicos que empleaba, el aire que imprimía a aquel centro: orden y profundidad en el trabajo y alegría en la convivencia. En fin que ya por entonces me hice una idea cabal de la naturaleza del Opus Dei.

Durante la Guerra Civil Española estuve en Friburgo, como alumno de la Universidad Católica. Volví a Valencia en 1939. Allí tuve mucho trabajo, y uno de los ministerios pastorales que me asig naron me permitió seguir en contacto con el fundador del Opus Dei: como director del Colegio Mayor Burjasot, pude seguirla labor que don Josemaría impulsaba en el ambiente universitario de Valencia. En este centro residían – o de él procedían - algunos de los estudiantes que pronto solicitaron la admisión en la Obra.

No todo les fue fácil. Ya en aquellos años fueron objeto de muchas contradicciones. Se difundieron sin fundamento alguno toda clase de sospechas, acusaciones y falsedades. El sentido común me decía –y así lo hacía yo constar a los detractores– que las acu saciones de aquella campaña no cuadraban con los socios de la obra que yo trataba, ni con mi conocimiento personal de su fundador. ni con el Opus Dei. No podía olvidar el criterio evangélico de dis cernimiento de la bondad o maldad de una obra de apostolado. conocer el árbol por sus frutos; y éstos eran manifiestamente sanos.

Hacia 1945,durante uno de mis viajes a Madrid, fui a visitar a don Josemaría a su casa, en la calle de Diego de León. Me acogió con el afecto de siempre y quiso que me hospedar a allí. Estuve algu nas semanas y siempre recordaré aquella temporada como unos días gratísimos. Todos – en primer lugar don Josemaría– me tra taron con plena confianza, en familia. Yo trabajaba durante el día en mis cosas, con total independencia. y al regresar a la casa me encontraba en un verdadero hogar. Allí pude conocer la persona lidad del fundador del Opus Dei bajo una luz nueva para mí.

Daba toda clase de facilidades para que se vieran las cosas direc tamente, de forma que cada uno pudiera hacerse cargo por sí mismo de la realidad santa de lo que era y hacía el Opus Dei. Así lo hizo conmigo y con otros muchos obispos. Este modo de proceder era lógico en Monseñor Escrivá de Balaguer. En primer lugar, porque él mismo era siempre objetivo: tenía una repugnancia natural hacia el misterio y lo que tuviera apariencia de secreto. Le gustaban por su carácter las puertas abiertas y que los hechos cantasen; en ello no cabía ni engaño, ni vanidad, ni jactancia.

También estuve en varias ocasiones en el Colegio Mayor Mon cloa. La estancia en estos centros universitarios del Opus Dei pro dujo en mi otros beneficios conocí el espíritu de la Obra hecho realidad en Monseñor Escrivá de Balaguer, y pude ver cómo iba forjando el temple apostólico de muchos estudiantes. Ese contacto rejuveneció mi propio espíritu y al mismo tiempo, fue una aproxi mación al campo del apostolado laical, que me permitió conocer muchas de las soluciones que el Opus Dei ha dado –no sin una especial providencia de Dios– a muchos problemas que lleva con sigo este apostolado. Monseñor Escrivá de Balaguer, al invitarme en centros de la obra, me hizo participar de los tesoros que Dios mismo había puesto en sus manos, para que con entera libertad tomara aquello que me interesara para orientar mi labor en el campo del apostolado de los laicos Sin pretender que sus soluciones eran las únicas posibles, nunca dejó de darlas a conocer a todos los que estuvieran sinceramente interesados en ellas. Desde el momento en que pude conocer a fondo su espíritu, su modo de formar a los laicos y de dirigir la asociación por él fundada, he tenido a Monseñor Escrivá de Balaguer por un hombre elegido por Dios para ser maestro de los nuevos caminos del laicado católico.

El nervio central de todo su apostolado con laicos y con sacer dotes– ha sido hacer llegar al corazón de cada persona la llamada divina a la santidad; promover la santidad en medio del mundo entre personas de todas las condiciones. Una doctrina que seria proclamada solemnemente por el Concilio Vaticano II, muchos años más tarde.

En las conversaciones que pude mantener con don Josemaría por aquel entonces, pude comprobar su visión universal, amplia, católica, del Opus Dei. La ilusión por extender su labor a los cinco continentes estaba presente desde el principio, porque la Obra la había querido Dios universal. No había nacido para solucionar, los problemas de un determinado país. Me habló entonces de como se estaban preparando los que habrían de llevar a cabo la expansión a otros países. Comprendí ––por lo que decía y, sobre todo, por cómo lo decía– que era algo que le quemaba por dentro desde hacia tiempo: para don Josemaría sacar adelante el Opus Dei, extenderlo por todo cl mundo, era como un fuego de celo que le abrasaba. Era cumplir la voluntad de Dios.

Había una decidida determinación y mucha audacia en sus planes; pero, a la vez, prudencia y dedicación paciente para hacerlos posibles, preparando los instrumentos y rezando; sobre todo rezan do y haciendo rezar por esa intención. Luego todo saldría: como solía decirme, cuando Dios quiera, al paso de Dios.

Después de mi designación como obispo de Mallorca en octubre de 1946–primero como coadjutor y después como residencial–, mi trato con el fundador del Opus Dei tuvo otro carácter debido a las circunstancias. Mis deberes pastorales no me permitieron, como hasta entonces, los frecuentes desplazamientos a Madrid, y, por otra parte, Monseñor Escrivá de Balaguer había fijado su residencia en Roma desde ese mismo año. Sin embargo, a partir de entonces, cada vez que be viajado a Roma no dejé de visitarle y a menudo me invitaba a comer en la sede central del Opus Dei.

El desarrollo de las actividades del Opus Dei en las diócesis de las que he sido obispo me ha permitido un contacto habitual con la Obra durante muchos años.

Hacia 1950 comenzaron a darse en Mallorca retiros espirituales para hombres, para mujeres y para sacerdotes, dirigidos por sacer dotes del Opus Dei. De ahí surgió una labor muy extensa de apos tolado personal, pues muy pronto hubo en la isla socios de la Obra. Estaba al corriente de esas tareas, por lo que comentaban sus direc tores de la labor y los sacerdotes que colaboraban en ellas: por mi parte, procuré dar todas las facilidades, como ha sido mi costumbre en todo tipo de labor apostólica hecha con rectitud; y comprendía perfectamente el gran bien que el Opus Dei hacía en mi diócesis.

Desde 1955 a 1977 residí en Ciudad Real como obispo prior de las órdenes militares. La presencia del Opus Dei en esta diócesis fue para mí una fuente de alegría y de consuelos. Por referirme, en concreto, a la labor realizada entre mis sacerdotes, ya pertene cían a la Obra muchos de ellos cuando llegué allí, y después se han ido multiplicando las vocaciones. Los he considerado siempre como fermento de unidad, por su obediencia pronta y alegre a su ordi nario; por su fidelidad a la doctrina de la Iglesia; por su vibración apostólica contagiosa, esperanzada y optimista; por su espíritu de comprensión, pasando por alto, con buen humor, aquellas peque ñeces que surgen en la convivencia; por su ilusionada dedicación a los ministerios que sus obispos les encomiendan. Ponen un empe ño constante por santificarse en y desde su ministerio. Son sacer dotes que quieren y procuran ser sólo sacerdotes: su ejemplo firme y humilde –con las flaquezas personales, como tenemos todos, que no empañan la rectitud de intención– hace mucho bien dondequie ra que son destinados.

Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó a todos sus hijos –se glares y sacerdotes– a tener un gran amor a la Iglesia, un amor personalizado en la jerarquía de todos los lugares, y materializado en atenciones delicadas hacia los obispos, sin gravarlos nunca con problemas y cargas innecesarias. Recuerdo que las visitas que los socios del Opus Dei me han hecho como ordinario del lugar donde trabajaban, siempre se han caracterizado por el respeto, la alegría y el optimismo: me hacían pasar un buen rato, tanto que, cuando mis ocupaciones lo permitían, alargaba gustosamente la con versación.

Quiero terminar con un recuerdo muy personal, quizá el más entrañable de los que guardo de mi amistad con Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo había «cometido» la «grave» audacia de levantar una bandera de renovación de espiritualidad y de apostolado seglar; me refiero a los cursillos de cristiandad. Este empeño surgió durante mi estancia en Mallorca y, después de trasladarme a Ciudad Real, tuvo un gran arraigo entre los fieles, incluso saltando las fronteras de España. Desde sus comienzos fui bendecido y alentado por el Santo Padre, y ha sido la fuente de donde han brotado las más ínti mas alegrías pastorales de mi vida. Pero el Señor quiso probarme y probar también a este movimiento, desde sus comienzos, con la contradicción. Se desató en torno a mi persona una dolorosa tempestad.

En aquel mar revuelto de insidias tuve que ir a Roma, ya que había sido denunciado ante el Santo Oficio. Quise visitar a Mon señor Escrivá de Balaguer: el recuerdo de la imperturbable alegría con la que había llevado las contradicciones que arreciaron contra cl Opus Dei, me impulsaron a buscar su consejo, persuadido de que de esa charla me vendría la paz para mi ánimo atribulado. Y no me engañé.

Me escuchó atentamente y llegó al fondo de la cuestión ense guida: no perdió el tiempo en estériles lamentaciones. En sus pala bras, breves y certeras, volcaba en mí su propia alma: «No te preocupes. Son bienhechores, porque nos ayudan a purificarnos. Hay que quererles y pedir por ellos». Me insistió en la necesidad de querer a los que no nos comprenden, de rezar por los que juzgan sin conocimiento suficiente de causa, y en el deber de prestar atención tan sólo a la voz de la Iglesia–no a los rumores de la calle– y de mantener el corazón limpio de resentimientos y amarguras. Aque llos consejos, que tanto bien hicieron a mi alma, tenían la enorme autenticidad de quien los había vivido y seguía viviendo entonces.

Monseñor Escrivá de Balaguer me alentó constantemente en una empresa que no era la suya, y volcó la caridad y comprensión sobre un apostolado que iba por caminos distintos al suyo. Sólo Dios sabe en qué medida pudo contribuir a despejar los caminos de la Providencia


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