La santificación del trabajo de un carnicero

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Nacho Alonso nació en Barcelona en 1963. “Cuando yo tenía quince años, mi padre montó una granja de cerdos en Ortigosa del Monte y me vine a trabajar aquí”. Está casado con Blanca y tienen nueve hijos.

Nacho Alonso nació en Barcelona en 1963: toda su familia es de Segovia, pero pasaron unos años en Cataluña por el trabajo de su padre en una empresa de construcción. “Cuando yo tenía quince años, mi padre montó una granja de cerdos en Ortigosa del Monte y me vine a trabajar aquí”. Está casado con Blanca y tienen nueve hijos.

¿En qué se nota que eres del Opus Dei?

“Creo que en todo: en que intento trabajar bien, en que procuro comer todos los días en casa, en mi preocupación por la familia, en la pelea por vivir con alegría y servir a los demás; pero si te refieres a los detalles externos, pues supongo que en que voy a Misa de 7,30 u 8 todos los días -salvo cuando he de ir al matadero a las 6,30, que la dejo para la tarde-, en que saco tiempo para ir a un círculo de formación los jueves y a un retiro mensual, incluso para dar una charla de doctrina cristiana un lunes al mes”.

¿De qué va esa charla?

Mi puesto de trabajo

“Pues mira, la última fue el 22 de diciembre, el día de la lotería, y expliqué desde la Visitación hasta los Reyes Magos. Tratamos los temas de cada tiempo, pero con tres referencias fijas: la virtud de la humildad, el sacramento de la Confesión y el Cielo. Empezamos 2 y ahora somos 11: al final hacemos una merienda con una vueltita de chorizo, patatas… pero no vayas a pensar que vienen por la merienda: pagamos a pachas. A la gente joven le interesa mucho la religión.”

¿Es más difícil sobrevivir a la crisis económica o sacar adelante una familia numerosa?

El ticket de la compra

“Vaya pregunta. Yo todavía no he sentido fuerte la crisis económica en mis carnes -nunca mejor dicho-, tal vez porque siempre he vivido alquilado y no tengo hipoteca. Además, los hijos ya se van independizando -el mayor tiene 22 años y la menor dos y medio-. Sí que se va notando la crisis en el despacho de la carnicería: apenas piden chuletitas de lechal o vacuno de calidad; se vende mucho pollo, carne picada, salchichas, carne para guisar… pero todavía no estamos en los niveles que salen en la prensa, al menos en esta zona. En cuando a la familia numerosa, qué quieres que te diga, la educación de los hijos es un arte: primero hay que enseñarles a no romperse… y luego hay que estar ahí para ayudarles a pegar los trozos. La verdad es que tengo unos hijos estupendos, y una mujer que no me merezco. Doy muchas gracias a Dios. Pienso que las mujeres son superiores a los hombres absolutamente en todo.”

¿Tú mujer trabaja fuera de casa?

“Sí. Ella estudió Magisterio, y ejerció de maestra en casa durante años, pero luego entró a trabajar en una Asesoría Fiscal para atender las llamadas y papeleos… y ahora lleva la contabilidad de no sé cuántas empresas. Vale mucho. De todas formas, la compra la hago yo: incluso tengo un proyecto de dar cursos especiales para enseñar a los maridos a hacer la compra. Me encantan los números, y si tuviera tiempo me dedicaría a las inversiones en Bolsa; pero trabajo aquí 365 días al año, y no veas lo que cuesta llegar a fin de mes con tanta familia; en verano ni te cuento, porque en verano llegan los campamentos, y mi presupuesto de campamentos es fenómeno.

¿Y cómo se santifica en el trabajo un carnicero?

“Me ayuda ver desde mi despacho los edificios de Molinoviejo -una casa de retiros y convivencias que dirige el Opus Dei- y acudir al Señor que sé que está allí presente en la Eucaristía; pero prefiero contarlo en vídeo con una historia de la vida misma.

Mi familia y Johann Sebastian Bach

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Cristina Zudaire, madre de familia y organista, es una apasionada de las obras de Bach. Ha sabido transmitir el gusto por la música a su marido y sus hijos. Esta supernumeraria del Opus Dei vive en Rauch (Argentina) y explica cómo “en el alboroto de la vida ordinaria” hay siempre un lugar para la belleza.

10 de septiembre de 2009

Mi padre fue quien me alentó a estudiar música desde chica y, a pesar de que nuestros medios económicos eran escasísimos, se empeñó en comprar un buen piano y luego elegir la maestra más prestigiosa de mi ciudad de origen, La Plata (Buenos Aires), para tomar clases con ella.

Conocí la Obra cuando tenía dieciocho años gracias a la amiga de una amiga de mi madre que me vinculó a la residencia cuando buscaba acercarme al sacramento de la Confesión.

En esos momentos estudiaba Música y profesorado de Filosofía, donde conocí a mi esposo, Daniel. Poco antes de casarme, pedí la admisión a la Obra. Quisimos vivir en Rauch, una localidad rural de la llanura pampeana donde él había nacido, con la ilusión de formar una familia numerosa.

En la iglesia parroquial de este pequeño pueblo hay un hermoso órgano de tubos. Unos meses antes de mi casamiento habían finalizado unos trabajos de restauración que permitieron que pudiera seguir en él mis estudios musicales.

Llenamos nuestro hogar de música, buenos libros y gusto por el arte. Fueron llegando nuestros cinco hijos. Como había aprendido en la Obra que mi familia era lo primero, me tranquilizaba mucho saber que “no perdía tiempo” si me dedicaba a atenderlos, a ir formando sus cabecitas y sus corazones con entusiasmo.

A la vez, al considerar la música como otra parte de mi vocación, también me sentía muy tranquila cuando algunos tiempos de cada día, eran dedicados a sentarme al piano o al órgano a profundizar en las grandes obras de Bach. El mismo Juan Sebastián Bach ha sido para mí un magnífico modelo de padre cariñoso de una numerosa familia a la cual dedicaba los mejores tiempos de su laboriosa vida sin ningún menoscabo a su genial tarea de compositor. Algunas de sus más hermosas obras fueron creadas para la educación musical de su familia. A medida que mis hijos han ido creciendo se han incorporado también a la vida musical.

Actualmente, mis hijos ya son todos adolescentes, la mayor estudia canto, la segunda ha pedido la admisión a la Obra como numeraria y está todavía en el colegio como los dos varones que la siguen, y la más chica tiene 12 años. Forman, junto con mi esposo, parte de un coro que canta en la iglesia todos los domingos. Aman la naturaleza, la cultura y el arte. Y todos quieren mucho a la Obra: para ellos, es parte de su familia.

En este último tiempo he podido dar algunos conciertos de órgano dedicados íntegramente a aquellas grandes obras de Bach que vengo estudiando desde hace años entre el alboroto de los chicos, las tareas del hogar, el trato con Dios y la vida de amistad.


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