Un arma pacífica y silenciosa

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Verónica Montiel, de Buenos Aires (Argentina), estudia filosofía y trabaja en la biblioteca de la Universidad Nacional de La Plata.

“Siempre había tomado la religión como una materia más, como filosofía, geografía o historia. Tenía concepciones materialistas muy arraigadas y estaba convencida de que la justicia social y la libertad de los trabajadores llegarían por medio de una revolución que aboliría las clases sociales.

Conocer las enseñanzas de san Josemaría fue dar un giro de 180º. Entendí que ninguna revolución es posible sin ese sí libérrimo que cada uno puede dar a Dios.

Cuando empecé a asistir a medios de formación cristiana, una de las cosas que más me llamaron la atención fue la alegría y buen humor de las personas que encontraba; me resultaba bastante incomprensible.

Con el tiempo redescubrí el valor de la confesión, una “herramienta” indispensable para seguir de cerca a Jesús, reconciliarnos con Él y mantener en el corazón esa alegría que proviene de Dios. Me llené de deseos de mostrar que –con la gracia de Dios y mi esfuerzo– es posible cambiar esta sociedad por otra más justa”.

Con los ojos de la fe

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A los diez años contrajo una enfermedad que le hizo perder la vista. José Enrique Fernández del Campo, agregado del Opus Dei, nos cuenta su historia.

En la puerta de mi casa.

Cuando tenía diez  años contraje un glaucoma, una enfermedad degenerativa de la vista que entonces tenía muy poco tratamiento. Mis padres pusieron todos los medios y los médicos me hicieron varias intervenciones quirúrgicas, pero dieron muy poco resultado. Aunque se prolongó algo más el proceso y durante un tiempo conservé la vista, acabé perdiéndola del todo.

Al principio me costaba aceptar mi realidad: me estaba quedando ciego. Gracias a Dios, mis padres me ayudaron mucho y se esforzaron para que tuviera una atención adecuada, llevándome a un colegio especial. Hoy esto no resulta necesario, pero entonces no existía la pedagogía adecuada en los centros ordinarios y fue una buena solución.

Aquel colegio fue una sorpresa para mí, porque era muy diferente de cómo me lo esperaba. Los chicos de mi edad, a pesar de sus limitaciones, hacían lo mismo que cualquier chaval de doce años: se subían a los árboles, jugaban al fútbol, etc. Aquello me pareció un paraíso, y el cambio de colegio me vino muy bien.

Allí aprendí a funcionar con autonomía, sin depender de nadie; y desde entonces voy en metro y viajo en tren o en avión cuando es necesario sin que me suponga ningún trastorno grave. Naturalmente algún pequeño accidente sí que tengo de vez en cuando, pero sin mayor importancia: una brecha al tropezarme con un andamio que han puesto en mitad de la acera y cosas así.

Ya sé que esto puede sorprender, pero tengo muchos amigos ciegos y la mayoría no vivimos esta limitación como una tragedia. Cuando una persona se queda ciega, los que la rodean lo consideran algo terrible; pero desde un punto de vista cristiano, sobrenatural, comprendes que el hecho de ver o no ver físicamente no es algo tan decisivo en la vida. Es algo que puedes superar, una situación a lo que te puedes adaptar. La ceguera verdaderamente terrible es la espiritual, que tantas veces nace del pecado. Y no es irremediable: basta con acudir con humildad a la misericordia de Dios, pidiéndole luz y perdón.

Gracias a mi ceguera

Gracias a mi ceguera, incluso he hecho muchos  amigos. A Pedro, uno de mis mejores amigos, lo conocí porque un día me ayudó a cruzar la calle. Pedro estudiaba Matemáticas, dos cursos por detrás. Varios días después nos encontramos de nuevo, empezamos a charlar y nos fuimos a tomar algo. Y así nació una amistad que se ha prolongado durante cuarenta años.

Dando clase en la ONCE.

La primera noticia que tuve del Opus Dei fue cuando estudiaba segundo de Matemáticas en la Universidad. Me acuerdo perfectamente del día y del momento. Luís, que era de mi mismo curso, me invitó a una conferencia en Montalbán, un Colegio Mayor de Madrid. Asistí  por simple interés profesional.

Fue la primera vez que estuve en un centro de la Obra. Le pregunté qué era aquello y me habló del Opus Dei, de su finalidad, de su misión, etc., pero yo tenía mis ideas preconcebidas y no estaba dispuesto a aceptar sus explicaciones, aunque a partir de entonces, empezamos a vernos con más frecuencia en la Facultad y acabamos haciéndonos amigos.

Un día me propuso hacer un curso de retiro y le dije que no podía; lo cierto era que no me interesaba ni mucho ni poco,  porque, aunque había recibido formación cristiana en mi casa, en aquel tiempo no era especialmente fervoroso, y estaba concentrado en la preparación de unas oposiciones para profesor del colegio de ciegos donde había estudiado.

Pasaron los meses. Unos días venía Luís a  estudiar a mi casa y otros días iba yo con él a estudiar a Montalbán. Allí tenían por costumbre, haciendo un alto en el estudio, reunirse  en el oratorio para hacer un rato de oración. Un día Luís me invitó, y acepté.

A veces leían algunos puntos de Camino, un libro que me interesó tanto que acabé consiguiéndome una edición en Braille. Y a partir de entonces empecé a leerlo y a meditarlo, a mi aire, todos los días. Así, casi sin darme cuenta, comencé a hacer oración y a tratar personalmente al Señor.

Iba con más frecuencia a Montalbán. El ambiente me atraía: gente muy alegre y al mismo tiempo muy seria en el estudio. Empezó a interesarme la formación cristiana y asistía  cada semana a un curso de formación cristiana para universitarios, y a las meditaciones espirituales que dirigía el sacerdote.

“¿Por qué no te animas a hacer un retiro?”, me preguntaba Luís de vez en cuando. Yo le daba siempre la misma excusa: “mira, es que tengo que estudiar esto, tengo que preparar lo otro…”. Acababa de iniciarme por aquel entonces profesionalmente en el mundo de la enseñanza; aunque la verdadera razón era que no quería comprometerme demasiado con Dios.

Durante ese tiempo san Josemaría estuvo de paso en  Madrid y  Luís le dijo que tenía un amigo ciego al que procuraba acercar a Dios. San Josemaría le comentó que rezaría por mí para “que viera” con visión sobrenatural.

Poco después, un día de 1967, después de estudiar con Luís, hicimos un rato de lectura, que más bien fue de  oración en mi casa con el libro Santo Rosario. Al terminar, estuvimos charlando del  curso de retiro y decidí acudir. Fue un paso decisivo para mi trato con Dios y para mi vocación al Opus Dei, donde pedí la admisión como agregado un mes después.

Cuando le contaron a San Josemaría que había pedido la admisión comentó que ahora lo que hacía falta es que supiera mirar todas las cosas siempre con los ojos de la fe.

Con San Josemaría

Ese mismo año le conocí, porque estuve en Pamplona,  en la Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra. San Josemaría celebró la Misa en el Campus y por la tarde tuvimos un encuentro con él. Yo iba con un amigo mío, ciego también, que no era de la Obra. Le dije a un chico catalán que se ocupaba de la organización de la Asamblea que me gustaría saludar al fundador cuando pasase, si había oportunidad.

Con un amigo, en tandem.

Yo pensaba como mucho, en darle la mano, en decirle unas palabras o algo así… pero cuando le dijo que estábamos allí san Josemaría se acercó hasta nosotros y nos dio un par de besos. Era realmente un Padre. Me emocioné.

Pocos meses después me dieron una carta con el remite de Roma. La abrí y era de San Josemaría. Me escribía para agradecerme personalmente las cartas que le había escrito, tan llenas de cariño –decía- y de visión sobrenatural. Le agradecí mucho aquello, aunque lo consideraba algo como… ¡exagerado!: en mis cartas yo sólo expresaba el cariño normal de un hijo con su padre, diciéndole que rezaba por él. Y no fue la única carta que me escribió; un par de años después recibí otra en la que me decía que me encomendaba todos los días durante la Santa Misa y me pedía que siguiera rezando por él y por sus intenciones. Lo hice, hasta su fallecimiento en 1975. Desde entonces, acudí a su intercesión.

Durante ese tiempo me licencié en Matemáticas y luego estuve un año en Bélgica, estudiando Didáctica. Hasta 1983 trabajé en el colegio de ciegos y en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid.

¿Te das cuenta…?

Desde 1982 a 1985 desempeñé varios cargos diversos representativos y ejecutivos en la O.N.C.E., la Organización Nacional de Ciegos Españoles (O.N.C.E.) con algunas incursiones en el campo del marketing y la publicidad.

Por entonces participé en la vida pública de Madrid, hasta 1987. Luego volví de nuevo a la enseñanza, hasta hace tres años, cuando decidí dedicarme a tareas de asesoramiento e investigación en cuestiones relacionadas con la Didáctica de la Matemática y la Educación de ciegos: mi verdadera vocación profesional, que fue el tema de mi tesis doctoral.

A veces, cuando estoy trabajando, me detengo y me pienso: ¿te das cuenta de que un santo ha estado rezando por ti? Es un don, una responsabilidad, que le agradezco a Dios. Una de las grandes gracias que he recibido en mi vida.

Otra de ellas es la de poder estar junto a Juan Pablo II cuando vino a España en 1982, en el estadio Santiago Bernabéu. Yo era profesor en el colegio de ciegos y les planteé a mis alumnos de bachillerato la posibilidad de acudir. A todos les pareció muy bien. Conseguí unas treinta entradas de segunda fila, en el césped. Les dije a mis alumnos que para prepararse para estar con el Papa, la mejor manera era confesarse y comulgar. Y muchos lo hicieron.

Cuando el Papa terminó su discurso, se acercó a saludar a los enfermos como de costumbre. Vino hasta nosotros y pudimos darle la mano y estar con él.

Estas cosas se te quedan grabadas para siempre. Piensas: he tocado a un santo. Es algo inolvidable, lo mismo que aquel par de besos que nos dio san Josemaría a mi amigo y a mí.

Redescubrir el valor de la confesión

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Verónica Montiel es de Buenos Aires (Argentina). Estudia filosofía y trabaja en la biblioteca de la Universidad Nacional de la Plata.

Siempre había tomado la religión como una materia más, como filosofía, geografía o historia. Tenía concepciones materialistas muy arraigadas y estaba convencida de que la justicia social y la libertad de los trabajadores llegarían por medio de una revolución que aboliría las clases sociales.

Conocer las enseñanzas de San Josemaría fue dar un giro de 180°. Entendí que ninguna revolución es posible sin ese sí libérrimo que cada uno puede dar a Dios

Cuando empecé a asistir a medios de formación cristiana, una de las cosas que más me llamaron la atención fue la alegría y buen humor de las personas que encontraba; me resultaba bastante incomprensible. Con el tiempo redescubrí el valor de la confesión, una “herramienta” indispensable para seguir de cerca a Jesús, reconciliarnos con Él y mantener en el corazón esa alegría que proviene de Dios. Me llené de deseos de mostrar que ‑con la gracia de Dios y mi esfuerzo‑ es posible cambiar esta sociedad por otra más justa.

“Entregar la vida al sacerdocio es una cosa estupenda, maravillosa’

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Armando Lasanta se ordenó en 1990. Es párroco de Alberite, un pueblo de 2.000 habitantes en la Rioja.

Me ha hecho un gran bien el ejemplo del fundador del Opus Dei que siempre decía: lo primero, las normas de piedad, el trato con el Señor en la oración, la celebración de la Santa Misa, el cuidar los pequeños detalles en el trato con las personas, la asistencia a los enfermos… He aprendido de él la importancia de estar siempre alegre, de transmitir optimismo, de ser positivo en medio de las contradicciones de la vida. Todo es para bien, decía y él mismo era maestro del buen humor.

Otra gran inquietud que también he heredado de su experiencia es buscar vocaciones sacerdotales. Ayudar a que los chavales, los jóvenes, descubran que, si Dios les llama, lo que dé sentido a su vida puede ser entregarse a Dios a través del sacerdocio. Hacerles ver que entregar la vida al sacerdocio es una cosa estupenda, maravillosa. Yo mismo fui fruto en cierto modo de la inquietud apostólica del sacerdote de mi pueblo…

También he aprendido del fundador del Opus Dei que la formación tiene que ir encaminada al trato con Jesucristo. Que la gente ame a Jesucristo, que se acerque a Él. Para eso, el Sagrario de la iglesia tiene que ser el centro de la vida, no sólo del sacerdote, sino también del pueblo; que sientan al Señor en el Sagrario como una referencia, Alguien a quien pueden visitar y acudir. Procuro recordar a todos que debemos recibir la Comunión con el alma limpia, después de haberle pedido perdón en el sacramento de la confesión, cuando es necesario. Y luego, el trato con nues tra Madre la Virgen. En una tierra como ésta de La Rioja, que es tan amante de nuestra Madre, les animo a ponerla también a Ella como centro de sus vidas, junto al Señor en el Sagrario.

Por mi parte, gracias a los medios de formación que recibo en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz he ido adquiriendo un amor cada vez mayor a la iglesia, al Papa y al magisterio. Me conmueve descubrir la gran fidelidad del Papa a Jesucristo. Es un hombre que se gasta por la Iglesia.

Cuando vendo ilusión intento acercar a mis clientes a Dios”

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Mimí Inaraja es supernumeraria del Opus Dei y dueña de una administración de Lotería en Madrid

¿Puede contarnos cómo empezó en este trabajo y cómo es su día a día?

Con veintinueve años me quedé viuda y con cinco hijos, de siete años el mayor y embarazada del último. Como la pensión que tenía no era suficiente para sacar adelante a mis hijos, solicité al Estado esta ayuda. En ese momento las administraciones de lotería se concedían a personas con necesidades económicas y por eso me la concedieron.

Buscaba un trabajo que me permitiera dedicar tiempo a mis hijos y, a la vez, conseguir unos ingresos.

Desde entonces trabajo en esta administración de lotería situada en la zona norte de Madrid. Mientras mis hijos eran pequeños mi tarea se centraba fundamentalmente en supervisar lo que hacían las dos personas que tenía empleadas. Poco a poco, conforme se fueron haciendo mayores, he podido dedicar más tiempo. Ahora trabaja conmigo una de mis hijas, Cristina y otras dos personas.

La lotería tiene un horario muy amplio, hasta las ocho de la tarde, y eso requiere mucha dedicación. Pero gracias a ella, conozco al noventa por ciento de los clientes del barrio y, cuando “les vendo ilusión” o les deseo que les toque la lotería, rezo también por ellos desde la ventanilla.

El descubrimiento de mi vocación.

Yo desde pequeña tenía una vida cristiana, iba a Misa, me confesaba, rezaba el Rosario… Conocí el Opus Dei a los 17 años en Valladolid y desde entonces estuve en contacto con la Obra. Cuando me casé, uno de los sitios en los que viví fue Palma de Mallorca y, como siempre me había confesado con un sacerdote del Opus Dei, me fui al obispado a preguntar dónde podría encontrar uno. Allí me pusieron de nuevo en contacto con la Obra.

Estando allí murió mi marido en un accidente aéreo. Entonces me volví con mis hijos a Madrid y en ese momento vi lo que Dios quería de mí: estar en mi casa, con mi familia y descubrir el valor del sufrimiento.

Quiero destacar lo que me ha ayudado la Obra en la educación de mis hijos. Especialmente hacen una gran labor los clubes familiares promovidos por padres preocupados por el tiempo libre de sus hijos.

Desde el principio descubrí la importancia de la formación de mis hijos en este sentido y también la transmisión de la fe como algo vivo, no sólo como una teoría sino como algo que requería ser vivido en el día a día.

¿Le ayuda ser del Opus Dei en su trabajo?

“La vocación al Opus Dei me ha enseñado a ser feliz con lo que tengo entre manos, a vivir el abandono en Dios y el valor de las cosas pequeñas”

Por supuesto. La vocación al Opus Dei y la formación que en él recibo me ha enseñado a esforzarme por hacer bien mi trabajo, a ser feliz con lo que tengo entre manos, a vivir el abandono en Dios y el valor de las cosas pequeñas.

He aprendido a querer a la gente, a ofrecer el cansancio y a intentar servir a los demás desde donde estoy. Una de las cosas que más me han ayudado en el Opus Dei es ver el lado positivo de las cosas, estar alegre y con buen humor, a poner ilusión en lo que hago.

Tengo una estampa de San Josemaría puesta en la puerta de un armario y algunos clientes, cuando la ven me preguntan y me cuentan su vida. En varias ocasiones me he quedado sorprendida al ver cómo algunas personas se han acercado a Dios a través de su devoción. También en esos momentos aprovecho para hablarles de Dios y les cuento cómo es mi vida.

En estos treinta años, no sólo tengo clientes, sino muchos amigos a los que intento ayudar y que saben que cuentan con oración y mi cercanía.

Nunca es tarde

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José López Lengo, de Motril (Granada) evoca en este testimonio su primer encuentro con el Opus Dei, y relata como fue se fue acercando a esta realidad de la Iglesia al cabo de los años gracias a la amable tenacidad de un buen amigo

Años cincuenta

Corrían los años cincuenta. Yo estudiaba entonces tercero de Derecho en Granada, y vivía sumido en el “aura mediocritas” del ir aprobando y procurar amores. Por entonces se organizó una liga universitaria de fútbol. Yo jugaba con los de mi curso y uno de aquellos  sábados tocó jugar a mi curso contra el Colegio Mayor Albaycín, una residencia del Opus Dei que había impulsado san Josemaría en aquella capital del sur varios años antes.

Como la escuadra deportiva de los residentes y amigos del “Albaycín” era deficitaria en jugadores, mi equipo les hizo un préstamo: el alicantino Peña, un “tercero” y el que suscribe. El partido se mantuvo igualado hasta mediada la segunda parte, en que me tocó sacar un córner. Lo lancé bombeado, y Peña, dando un gran cabezazo logró que el balón alcanzara la red. Fue el gol de la victoria, 1-0.

San Josemaría en el Colegio Mayor Albaycín

Pero la alegría duró poco: al lunes siguiente, mis compañeros de curso, indignados con por la eficacia deportiva de los tres desertores del equipo, nos impidieron entrar en clase de Administrativo; lo que a mí me supuso repetir en septiembre, por acumulación de faltas a clase

Recuerdo que los residentes del colegio Mayor nos invitaron a merendar en la Residencia y que hicimos una Visita al Santísimo. Y poco más recuerdo, salvo la afabilidad de los residentes, el buen orden de las estancias, y la lectura de “El valor divino de lo humano” que me prestó uno de ellos.

Años después, veraneando en Torre Nueva, un pueblo de Granada, un amigo de mi hijo, ahora numerario, le dio a leer “Camino”. Pero fui yo quien lo leyó, no él. Aquellas páginas me hicieron reflexionar y junto con la “Imitación de Cristo” lo incluí entre mis lecturas habituales. Las consideraba buenas herramientas para mejorar en las lides netamente humanas, sin reparar en la proyección espiritual: el fragor de lo cotidiano me atenazaba.

A punto de jubilarme

Vista panorámica de la Alhambra

Transcurrió el tiempo, y cuando vivía en Madrid y estaba ya a punto de jubilarme, orillando los sesenta años, un amigo mío, paisano de Motril, mi pueblo, supernumerario del Opus Dei, me requería frecuentemente para pasear al salir del despacho. Siempre, como de pasada me proponía que hiciéramos una al Santísimo en alguna de las iglesias que encontrábamos al azar…

Pienso ahora que había poco de azar en aquellos encuentros. Un día me invitó a ver una película sobre las enseñanzas cristianas de san Josemaría en un centro del Opus Dei. Y así fue pasando el tiempo: seguimos hablando de Dios y un día me propuso ser cooperador.

Acepté; me gustaba cooperar con tantas iniciativas nobles; pero presentía en el horizonte de mi alma la posibilidad de una entrega a Dios y aquello me asustaba: en aquellos momentos no estaba dispuesto a dar más. Por eso, a partir de entonces rehuía a aquel buen amigo: no atendía sus llamadas y eludía los encuentros.

Foto actual de alumnos de Colegio Mayor Albaycín

Pero él no se desanimaba, y un día fue más allá y me propuso hacer un curso de retiro espiritual: naturalmente me negué en redondo.

Yo pensaba que con eso se había acabado la presente historia, pero mi amigo volvió a invitarme. Esta vez acepté, como excepción. Fuimos a Molinoviejo, una casa de retiros que hay cerca de Segovia. El sacerdote era don José Miralles. Aquellos días fueron decisivos y me removieron espiritualmente. Confesé, comulgué y desde entonces considero a mi pertinaz amigo un fiel aliado de mi Ángel de mi Guarda.

Mi amigo de casi cien años

Actualmente visito todas las semanas a un amigo mío que cumplirá el 23 de marzo próximo, si Dios quiere, los cien años de edad. Jugamos a las cartas y hablamos de lo divino y de lo humano, entre cinquillo y cinquillo. Rezo para que Dios le ilumine y yo sepa ser también un buen aliado de su Ángel de la Guarda, como lo fueron conmigo, para acercarlo a Cristo, que siempre se hace con nosotros el encontradizo.

Y aquí estoy, al final del periplo, viendo venir los ochenta años, con el cuerpo ajado y menguante, pero con el fervor del enamorado, y la ilusión del joven, diciendo cada nuevo día: ¡aquí!

Gracias

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Elvira Ferrer tiene 82 años. Es del Opus Dei desde hace veinte y ha trabajado durante más de un cuarto de siglo atendiendo la casa de diversos sacerdotes diocesanos. Reside desde hace algunos años en una Residencia de Ancianos de Manresa.

A mí servir y cuidar de los demás me ha llenado la vida. Yo le decía al Señor que le quería servir cuidando de sus sacerdotes, y sentía que me decía en mi corazón: “Mira, te daré el ciento por uno y, después, la vida eterna”. Y el ciento por uno, aquí en la tierra, me lo ha dado ya, con la vocación al Opus Dei.

Hace cuarenta años comencé a ir a un centro de la Obra que hay en Manresa, que está muy cerca de mi pueblo, Rajadell. Allí descubrí que podía buscar la santidad en mi vida corriente. Fue una idea que me encantó desde el primer momento: me entusiasmaba pensar que Dios me llamaba para servirle en mi trabajo profesional, que consistía en cuidar de la casa del sacerdote, procurando que estuviese muy bien atendido.

Cuando vi que podía servir a Dios en mi trabajo de todos los días, pensé: ¡Éste es mi camino! Y decidí pedir la admisión en el Opus Dei. Desde entonces esta vocación me ha dado mucha alegría y me ha hecho muy feliz.

Y así me he pasado la vida: sirviendo a los demás, sirviendo a los sacerdotes y he sido muy feliz. La vocación me ha dado la plenitud de la vida, porque si eres fiel al Señor en tu vocación, el Señor te colma el alma y  lo tienes todo, no necesitas más… Además, la fidelidad de las personas de la Obra me ayuda mucho, me da fortaleza, me estimula a ser fiel al Señor en lo grande y en lo pequeño… y eso ha hecho que nunca me haya sentido sola, sino muy acompañada.

“Mi corazón tiene memoria, y la memoria del corazón es el agradecimiento”

Ahora vivo en una Residencia atendida por las Hermanitas de los Pobres, que nos atienden maravillosamente, y el resto de las señoras que viven aquí me dicen que soy la persona más alegre de la casa, algo por lo que le doy muchas gracias a Dios.

Cuando vienen mis amigas a visitarme a la Residencia y les cuento lo feliz que soy, no se lo creen, porque el nombre -Residencia de Ancianos- parece como si les diera da miedo… Yo no; yo estoy agradecidísima a estas religiosas, que son muy buenas. Mi corazón tiene memoria, y la memoria del corazón es el agradecimiento.

Todas las personas que vivimos en esta residencia, en la que se está muy bien, hemos cumplido los ochenta, y algunos se encuentran desilusionados, abatidos, aburridos… A mí, la vocación a la Obra me da fuerza interior para tomar carrerilla cada día. Procuro vivir el día a día, sin pensar en el ayer, y a cada día le pongo una intención  apostólica. Así cada día es distinto. Se lo digo a mis amigas, para animarlas: ¡Anda, poned en cada cosa una intención, poned un poco de ilusión!

Y les cuento la alegría que me da el poder confesarme semanalmente. Salgo de cada confesión muy contenta, porque cuando el sacerdote me da la absolución, comprendo que es la mano de Dios que me bendice, que me da la gracia y la fuerza interior necesaria para seguir luchando una semana más.

Manresa

Mis hermanos y sobrinos no dejan que me falte de nada, pero a veces termino el mes con un euro en el bolsillo. Como otras señoras de la Residencia, dispongo de una parte de la pensión para mis gastos: 65 euros para pasar el mes.

Yo soy una persona a la que le gusta ir bien, y me gusta ponerme lo mejor que tengo para asistir a la Santa Misa. Además, si tienes interés en arreglarte, te animas a ti misma y a los demás. Voy a una peluquería que está a un kilómetro de aquí para teñirme el pelo, porque no me decido a dejármelo blanco. Esa peluquería me pilla un poco más lejos que las demás, pero me sale más barata; además me doy un paseito entre que voy y vengo, y con lo que me ahorro puedo hacer mi aportación a la Obra cada mes.

No, no me queda tiempo para aburrirme… Yo he sido siempre muy madrugadora, y  me levanto a las siete menos cuarto. Nada más despertarme, le ofrezco el día a Dios y le pido por una intención: por la Iglesia, por el Papa, por la Obra, por el problema de esta persona, por la enfermedad de aquella… Me arreglo, pongo la radio y escucho el Evangelio del día, que me suele dar tema de oración. Luego visito a mi vecina de cuarto, y procuro decirle algo divertido y que la haga reír a primeras horas de la mañana.

A las ocho voy a la capilla y hago una visita al Santísimo. Lo pienso muchas veces: vivir en una casa donde está el Señor bajo el mismo techo es una gracia muy grande. Allí le pido al Señor por el Santo Padre, siguiendo el ejemplo de San Josemaría, que quería tanto al Papa. Y me quedo haciendo un rato de oración. Al principio bajaba yo sola a rezar, y ahora ya somos ya seis o siete las que nos reunimos para acompañar al Señor a esa hora.

Después del desayuno, me  voy a la cocina, donde me dan el menú del día. Tengo el encargo de escribirlo en la pizarra. Estoy encargada también de ir al archivo de música, para preparar los cantos de la Misa del día y colocarlos en los asientos.

En cuanto he hecho mis encargos, me siento un rato a leer los periódicos, porque me gusta estar enterada de lo que pasa y tener temas de conversación para poder hablar con la gente. Y luego, siempre que puedo, salgo a caminar un ratito, que es algo que a las personas mayores nos conviene mucho. Además, siempre te encuentras con alguna y acabas hilando la hebra sobre cualquier cosa. Cuando vuelvo, me arreglo para ir a Misa y después me quedo un buen rato dando gracias y pidiendo por tantas personas y tantas intenciones…

Y ya estamos en la hora de la comida. Siempre, antes de comer, procuro pensar qué puedo hacer para que mis compañeras de mesa pasen un rato agradable, se rían y descansen… Después voy a la capilla y, hago la visita al Santísimo, en la que procuro poner una intención de desagravio, de petición, de acción de gracias.

Y a continuación, me siento un ratito en el sofá  para hacer un rato de lectura espiritual. Ahora tengo mejor vista y puedo leer bien, pero hace medio año no. Gracias a Dios, después de la operación de cataratas puedo leer perfectamente.

Luego suelo subir a la enfermería, donde hay varias señoras amigas mías, como Margarita o Joanet, y procuro distraerlas y charlar un buen rato con ellas hasta  eso de las cinco y  cuarto, hora en la que  vuelvo la capilla para  hacer un rato de oración delante del Santísimo. Al terminar me voy a la habitación y pongo un poco la radio y escucho música.

Las tardes las tengo bastante ocupadas, porque un día, el miércoles, voy al centro del Opus Dei en Manresa para asistir a los medios de formación. Me gustair en autobús porque hago un poco más de ejercicio y puedo moverme a mi aire. ¡Y además, me espabilo! Tengo la parada aquí mismo: Los días que hay  retiro en el centro voy con una señora del barrio, que es cooperadora del Opus Dei, y siempre procuramos que se anime alguna señora más.

Eso son los miércoles. Dos tardes a la semana vienen a verme mis hermanos, y el resto, muchas amigas y conocidas mías. Tengo móvil, pero solamente lo enciendo de ocho a diez de la noche, para que me puedan llamar y poderles yo decir si voy a estar o no.

¡Ah!, y cada semana voy a ver a una chica que vive aquí al lado, en una residencia de disminuidos. Está en silla de ruedas y no puede valerse por sí misma. No tiene a nadie aquí. Le gusta que le cuente noticias de Manresa y nos pasamos un rato hablando de lo que me han contado o he leído en la prensa ese día. Es muy buena cristiana, y hay un sacerdote con el que hablé que le lleva la Comunión todos los domingos.

Cuando termino con las visitas, rezo el Rosario, ceno, y antes de acostarme, coloco en un carrito de la cocina los jarrones de la leche del desayuno que están en el office, para que las cocineras no tengan que hacerlo. Así les ahorro ese trabajo.  Y antes de acostarme voy a la capilla para despedirme del Señor. A veces me da tiempo para hacer una visita corta antes de que sea la hora de cerrar y venga la Hermana con la llave. Otras veces sólo me da tiempo a arrodillarme y a decirle al Señor: gracias.

De Holanda a Murcia: un recorrido humano y espiritual

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Maria Vink, holandesa, es supernumeraria del Opus Dei. Dirige una pequeña empresa de asesoramiento internacional y es orientadora familiar. Vive en Murcia, está casada y tiene cuatro hijos y tres nietos

En los años sesenta una de mis primas me presentó a un maquinista de la marina mercante holandesa en un baile en Ámsterdam: era Manolo, un murciano con quien llevo casada más de 40 años. Después de un noviazgo de seis meses nos casamos en la iglesia de mi pueblo y poco tiempo después viajamos a Murcia por motivos de salud de mi marido. Tenía 22 años y me hacia ilusión conocer la España de las tarjetas postales, del sol y de las palmeras, pero… ¡menudo contraste!

Los hijos llegaron en seguida, Manolo trabajaba mucho pero le pagaban poco y ante ese panorama decidimos tomar nuestros dos niños, hacer las maletas y volvernos a Holanda. Allí nació nuestra hija Natalie, que es ahora numeraria y trabaja en Bélgica. En 1974, aunque estábamos muy bien en Holanda, decidimos establecernos definitivamente en Murcia.

Conocí la Obra gracias a María Teresa, vecina y amiga mía. Veraneábamos en el mismo lugar y algunas tardes la llevaba a misa porque no tenía coche. Pensé que era mejor entrar con ella que quedarme en la puerta  de la Iglesia; y así, poco a poco, mi vida de fe fue fortaleciéndose. Me puse en contacto con personas del Opus Dei, y la confesión, la dirección espiritual y los medios de formación de la Obra me hicieron tanto bien que pensé que tenía que corresponder en algo y decidí ser cooperadora.

“Si, como holandesa que soy, me hubiera sentido coaccionada o presionada, no hubiera durado ni dos días en la Obra”

Durante ese tiempo le decía a mi confesor que no necesitaba pertenecer al Opus Dei para ser buena católica y él me daba la razón. Pero eso, es curioso, no me dejaba tranquila. Pensaba que porque Dios me estaba pidiendo que diera un paso más y, al cabo de unos meses, pedí la admisión como supernumeraria en el Opus Dei.

El Opus Dei en mi vida

El Opus Dei nos redescubre que la llamada a la santidad es universal y asequible a todos, y que los laicos pueden y deben buscar a Dios en medio del mundo, encontrándole en todo: en el trabajo, en la familia, en la sociedad… Es, en palabras de San Josemaría “una organización desorganizada” porque se funciona con mucha libertad; una libertad que está basada en el respeto, en la confianza y en la responsabilidad personal. Si, como holandesa que soy, me hubiera sentido coaccionada o presionada, no hubiera durado ni dos días en la Obra…

Ahora, aparentemente, mi vida no ha cambiado en nada, porque la Obra no saca a nadie de su sitio. La vocación al Opus Dei implica luchar, con la gracia de Dios, contra los defectos personales e intentar vivir las virtudes cristianas, pensar en los demás… y todo eso se va notando, a la corta o a la larga, en la familia y en el trabajo.

María Vink en su despacho de trabajo

Soy empresaria y pienso que las mujeres tenemos mucho que aportar en el mundo de la empresa, sin perder nuestra propia identidad. Soy una gran defensora de la familia y he encontrado en la orientación familiar un instrumento estupendo para ayudar a mi propia familia y a muchas otras. En mi trabajo profesional, que a veces resulta difícil, surgen ocasiones muy variadas de apostolado, y me proporciona muchas ocasiones para hablar con los demás de Dios, sobre los valores cristianos y la educación de los hijos.

Cuando conocí el Opus Dei mi formación doctrinal era muy incompleta, debido en parte a la confusión que reinaba en Holanda durante y después del Concilio. Ahora he descubierto y he experimentado que no existe un conflicto entre la fe y la razón, y eso  es una gracia muy grande.

La Fundación FADE

Trabajo en una Fundación,  FADE (Asistencia, Desarrollo y Educación) que se constituyó en 2004, y formo parte de su Junta de Patronos.

FADE realiza sus actividades en Murcia y tenemos tres programas en marcha: el primero es el Programa Aporta,  que se dirige a la mujer inmigrante y a sus hijos. Se les proporcionan cursos de capacitación laboral, junto con una formación socio-cultural, talleres para padres y una bolsa de trabajo.

Otro Programa se llama Secunda, y se dirige a los enfermos, a las personas mayores dependientes y sus familias.

El tercer Programa, Valora, trabaja para el fortalecimiento y desarrollo de la familia.

Para llevar a cabo estas iniciativas contamos con voluntarios a los que se proporciona una formación continuada. También estamos impulsando la construcción de  un centro multicultural con el deseo de realizar una intensa labor social en toda la región.

Homenaje al Fundador del Opus Dei

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Testimonio de Cardenal Humberto Medeiros, Arzobispo de Boston

Al poco de ser nombrado Arzobispo de Boston, fui a visitar Elmbrook, un Centro para estudiantes universitarios, situado a corta distancia de la Facultad de Derecho en la Universidad de Harvard, en Cambridge. Elmbrook es uno de los muchos centros universi tarios dirigidos por el Opus Dei, la Asociación internacional para seglares y sacerdotes, cuyo fin es fomentar la búsqueda de la san tidad en la vida secular ordinaria. Yo deseaba conocer, más a fondo, esta asociación porque me preocupaba la profunda insatisfacción espiritual de la inmensa mayoría de estudiantes que pedían a gritos una palabra mágica y el amor a Jesucristo.

VIVIR EN LA FE

En Elmbrook encontré a 50 jóvenes que se sentían tan alegres y felices que la conversación fluía con facilidad. La mayoría de lo que me contaron me dejó impresionado. Uno de los muchachos comentó sus esfuerzos para conseguir que algunos de sus compa ñeros de clase le acompañaran en peregrinación a una ermita de Nuestra Señora. Pregunté a otro sobre la oración, y me contó cómo a través del Opus Dei había aprendido a vivir en la fe con Jesús, María y José, pero no como si fueran abstracciones o algo lejano, sino como personas reales, cercanas, a las que poder llegar de forma sencilla y confiada, como un niño. Otros hablaron de su vocación de fomentar el deseo de vida interior y de servir a otros a través de la actividad profesional de cada uno. La tarde se fue agotando, y yo me olvidé, por completo, de lo cansado que estaba después de todo un día de trabajo, y cuando me despedí me sentí rebosante de optimismo.

En las siguientes semanas, con motivo de mis visitas a otras parroquias de la archidiócesis, pude conocer a otros miembros del Opus Dei; amas de casa y profesionales, que me hablaron de su apostolado personal en el seno de sus familias y comunidades. Cuan do me comentaron sus esfuerzos por ser almas contemplativas en su medio secular, me surgieron deseos de conocer al sacerdote que había inspirado este deseo de santidad.

NO BUSCABA LA PUBLICIDAD

Algunos meses más tarde conocí, en su residencia de Roma, a Monseñor Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. Su libro de máximas ascéticas Camino ha vendido casi tres millones de copias pero realmente él no era hombre que buscaba la publi cidad. Su único deseo era pasar inadvertido para que Dios se mani festara. Era extraordinariamente franco, tan humilde y modesto, tan calido y cordial, tan entusiasta con la Iglesia y la misión de ésta, que tuve la impresión de conocerle de toda la vida y, por tanto, con derecho a llamarle «padre» como lo hacían más de 60.000 hom­bres y mujeres, que por entonces se esforzaban, en todo el planeta, en lograr su santificación dentro del Opus Dei a través de sus ocu paciones diarias, siguiendo la espiritualidad laica que él les había enseñado.

Él tenía setenta años cuando tuvimos la primera y, desgracia damente, última charla, pero su vitalidad era sorprendente. Reco nocí en él a alguien que está muy cerca de Dios, una auténtica roca de fe. «Eso es lo que necesitamos», me dije después de despedirnos. «Un hombre de oración, un hombre que confiesa abiertamente su gran devoción a Nuestra Señora y su amor a la Iglesia y al Santo Padre».

Me contaron que el 26 de junio de 1975, dirigiéndose a un grupo de sus hijas, en un centro del Opus Dei en la residencia de mujeres de Castelgandolfo, dijo: «Debemos amar a la Iglesia y al Santo Padre, sea quien fuere, y pedir a Dios que nuestro servicio a la Igle sia y al Santo Padre sea eficaz». Éstas fueron, prácticamente, sus últimas palabras, ya que una hora más tarde, de forma rápida e inesperada, murió en Roma, tras una mañana de intenso trabajo pastoral.

COMPASIÓN Y HUMOR

Después de su muerte he continuado «viendo» a Monseñor Escrivá de Balaguer gracias a las maravillas de la tecnología moder na. He podido contemplarle en películas, que le muestran de pie en salones, abarrotados, de toda Europa y América, derrochando compasión y humor, afirmando en sus respuestas que la Iglesia, la Esposa de Cristo, será por siempre el pilar de la verdad. El camino de santidad, dice dirigiéndose a su audiencia, así como el método para alcanzar una vida interior plena, es el de siempre; los sacra mentos, la oración y el sacrificio, la santificación del trabajo diario y el cumplimiento de las obligaciones cristianas en el mundo.

En realidad Monseñor Escrivá de Balaguer había estado pre dicando la llamada universal a la santidad desde 1928; la santifi cación a través y en las realidades de la vida cotidiana en la tierra. Estos aspectos de espiritualidad laica fueron incorporados, años más tarde, a los documentos del Concilio Vaticano II.

EL PADRE

Igualmente he continuado «viéndole» en Roma, donde a menudo visitó la casa donde nos encontramos aquella primera vez. Allí, en una preciosa cripta, una losa de mármol verde con la ins cripción «El Padre», señala el lugar donde descansan sus restos. Ami alrededor hay jóvenes que besan la tumba con devoción. Tam bién hay amas de casa y trabajadores que visitan la cripta, y en silencio le confían sus necesidades. Y con ellos yo también pido al Padre que rece por mí y por todas las almas que me han sido confiadas, y que continúe avivando esos caminos de santidad en la vida secular que comenzó en 1928, hará cincuenta años, el próxi mo 2 de octubre.

Un apóstol de la amistad

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Testimonio de Mons. Franz Hengsbach, Obispo de Essen

Hace diez años, el 26 de junio de 1975, un repentino paro cardíaco dio fin a la vida terrena de Monseñor Josemaría Escrivá. Falleció al filo del mediodía en la sede central del Opus Dei en Roma, en su cuarto de trabajo en Viale Bruno Buozzi. En 1981 se incoó su causa de beatificación.

Hasta 1971 no le conocí personalmente en Roma. Desde el pri mer momento nos unió una cordial amistad. Posteriormente estuve con frecuencia con él. Siempre quedé conmovido por el calor de su palabra y el cariño de su forma de ser. Y esto que vivía es lo que también enseñaba: «La santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas» (cf. 5. Bernal: Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei, Madrid, 1976, pág. 123). Estas palabras suenan del mismo modo que la intención que las anima: algo normal y corriente; y precisamente por eso han llegado a ser revolucionarias. El cristiano «normal y corriente», el cristiano en el laboratorio, en la fábrica, en el bufete de abogado, en las tareas del hogar, en el taller, en el campo, ¿ése es el que ha de poder ser santo?

Puede y debe serlo por el hecho de estar bautizado. Esto es lo que Escrivá predicó desde 1928 cuando, a la edad de veintiséis años, vio la fundación y la extensión del Opus Dei como la tarea que

Dios quería que realizara con su vida. Desde entonces enseñó la vocación universal a la santidad para el «cristiano de una pieza» para el que no lleva una doble vida: «la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas» (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Madrid, 4ª ed., 1969, pág. 224). Por este motivo, a Escrivá se le ha denominado frecuentemente y con toda razón uno de los pio neros del Concilio Vaticano II, como lo expresó hace algunos años el Papa Juan Pablo II ante miembros del Opus Dei: «Realmente es un gran ideal el vuestro, que desde los comienzos se ha anticipado a esa teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del postconcilio» (L ‘Osservatore Romano, 26–VIII–l979).

En la época inmediatamente anterior al Concilio. al preparar el Decreto sobre el apostolado de los laicos, sin saber aún muchos datos concretos sobre el Opus Dei, tuve que ocuparme de una de las ideas centrales en el espíritu de la Obra: de la santificación de la vida cotidiana, es decir, de la realización del encargo de Dios a cada cristiano de vivir esa vida cotidiana tal como pasó Jesucristo los treinta años de su vida en Nazaret. Al comenzar, a finales de los años sesenta, la labor del Opus Dei en nuestra diócesis de Essen fui sabiendo cada vez más de este gran empeño del fundador del Opus Dei. Como el grano de trigo, que cae en la tierra y da fruto, el grano de trigo sembrado por Josemaría Escrivá y extendido por sus hijos en todo el mundo ha dado frutos esperanzadores. A la Prelatura Opus Dei pertenecen hoy en día más de 74.000 fieles de 87 países.

A quien se acercara personalmente al fundador del Opus Dei no le quedaba más posibilidad que llegar a ser amigo suyo para siempre. Esta es mi experiencia y la de muchas personas, tal como constata uno de sus biógrafos en sus apuntes: «Era muy alegre y comprensivo, y muy sencillo y sin recámaras, se hacía amigo de todos, y todos le querían. Yo no supe de nadie que tuviera enemistad con él personalmente» (Apuntes…, pág. 147). Quería ser amigo de todos, incluso de aquéllos que no veían con simpatía al Opus Dei y a él mismo.

¿Qué es lo que animaba a este Siervo de Dios a querer tener tantos amigos y no sólo unos pocos, como suele ser corriente? Se había dado cuenta de que una amistad verdadera es más que la sim patía personal, que siempre está enraizada en Jesucristo, el verda dero Amigo, que murió en la Cruz por cada persona. Por eso, cada persona vale toda la Sangre de Jesucristo, como solía decir Escrivá. Y por eso, no había persona que le fuera indiferente, no podía dejar de lado a nadie. Le urgía acercar a Jesucristo a todo aquel con quien tuviera que ver. «Al amar al amigo, se ama también lo que para él es un bien», decía Aristóteles. Y para el fundador del Opus Dei no existía un bien mayor que el Amor de Dios. Por eso quería lle varlo a los hombres como lo mejor que tenía.

Cuando pienso en mi amistad con él (y lo mismo podría decir de mi amistad con su sucesor en la dirección de la Obra, el Prelado Alvaro del Portillo), necesariamente me vienen a la cabeza las pala bras de Nuestro Señor en la Última Cena: «Os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer» (Ioh 15,15).

Monseñor Escrivá estaba lleno del espíritu de una tal amistad. Medía la calidad de la amistad por la mirada conjunta hacia Jesu cristo. «Los amigos no se miran el uno al otro (…), su mirada se dirige hacia las cosas por las que se interesan en común» –dice Josef Pieper. Y ya Cicerón definía la amistad como «un acuerdo en lo humano y lo divino en simpatía y cariño». Donde no hay metas comunes, no hay amistad. La amistad necesita un contenido. Quien nada tiene, no tiene nada que compartir; quien no tiene una meta, no puede tener un acompañante. La amistad sólo surge cuando se comparte lo que es personal, cuando se da al otro lo que es propio de uno, cuando se abre como Jesucristo: «Os he llamado amigos, porque todo os lo he dado a conocer» (Ioh 15,15).

Amistad y apostolado: para Monseñor Escrivá estas dos pala bras formaban una sola realidad. No conocía diferencia alguna entre amistad y apostolado. Le era extraño el denigrar lo uno con virtiéndolo en instrumento de lo otro. Seria algo que contradiría radicalmente la esencia de la amistad y la esencia del apostolado. Él amaba real y verdaderamente a las personas por amor de Cristo. Por eso, nada había que deseara más que el hacer posible que cada uno encontrara a Jesucristo. De este modo, su apostolado pasaba a ser una prueba de su amistad; lo llamaba el «apostolado de amistad y confidencia». Por el contrario, cualquier empeño apostólico sin un cariño verdadero para cada persona en particular hubiera estado condenado radicalmente al fracaso. La amistad y el apostolado para el fundador del Opus Dei eran las dos caras de una misma moneda.

Amistosa y abiertamente hablaba de lo divino y de lo humano: «Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospe chados horizontes de celo… Todo eso es apostolado de la con fidencia”» (Camino 973).

Monseñor Escrivá abrió este camino ayudando a meditar sobre la amistad que Jesucristo mantuvo con los Apóstoles, con sus dis cípulos, con la familia de Betania y con tantas otras figuras de los Evangelios. Jesús era el Amigo de sus amigos un Amigo verdadero, y ellos lo sabían. Con toda confianza se dirigen a El cuando no han entendido algo. Y El les revela los misterios del Reino de los Cielos. Otras veces es El quien en conversaciones personales comparte sus alegrías y sus preocupaciones con sus amigos Les da ánimos y les abre los ojos para los amplios horizontes de la te de la esperanza y de la caridad

La amistad entre los hombres solo encuentra su sentido pleno en la amistad con Jesucristo. Nadie puede dar lo que no tiene: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros sino permanecéis en mí» (Ioh. 15,4). Convencido de la verdad de estas palabras, el Siervo de Dios bus–caba la amistad personal con Jesucristo, es decir, el trato con Él en la oración y en los sacramentos, meditando su vi da, para apren der de Él cómo ha de tratar un hombre de fe a sus amigos.

Hablar de Cristo, difundir su doctrina con la palabra y con el ejemplo: ésta es una parte fundamental, irrenunciable de la voca ción cristiana. «id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). En esta tarea no se dejaba dominar por falsos respetos humanos, no confundía la prudencia con la cobardía y el respeto por la libertad de los demás con la indiferencia. También en este aspecto Monseñor Escrivá puede ser considerado como heraldo del Concilio Vaticano II: «La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado (…). El deber y el derecho del seglar al apostolado deriva de su misma unión con Cristo Cabeza. Insertos por el bautismo en el Cuerpo místico de Cristo, robustecidos por la confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, es el mismo Señor el que los destina al apostolado (…). Son los sacramentos, y sobre todo la Eucaristía, los que comunican y alimentan en los fieles la caridad, que es como el alma de todo apos tolado» (Decreto Apostolicam Actuositatem, núm. 2-3).

Escrivá no se limitó a señalar ideales. Describió también el camino para llegar a ser apóstol de Jesucristo en medio de la vida cotidiana: « ¿Quién ha dispuesto que para hablar de Cristo, para difundir su doctrina, sea preciso hacer cosas raras, extrañas? Vive tu vida ordinaria; trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, cre ciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ese será tu apostolado» (Amigos de Dios, Madrid, 1977, pág. 384).

Los cristianos de la Prelatura del Opus Dei y muchas otras per sonas intentan recorrer este camino. Y, siendo iguales a los demás, trabajadores, estudiantes, empleados, funcionarios, etcétera, no se les ocurre por ello hacer cosas extravagantes para encontrar a Dios o para llevar los demás a Dios. Se limitan a trabajar, a cumplir sus deberes profesionales, a ser amigos de sus amigos, a comportarse lo más ejemplarmente posible en la vida familiar. A pesar de ello, la labor apostólica de la Prelatura ha experimentado la contradic ción, por ejemplo, cuando se acusa de abusar de la confianza propia de la amistad, porque siempre estaría involucrado el empeño por acercar alguien a Cristo. ¿Es posible hablar así cuando existe la experiencia de la verdadera amistad y de la vida de fe?


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