3. Confianza, lealtad, gratitud

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

La amistad del Fundador del Opus Dei rebosó siempre humanidad, detalles delicados y cordiales, capaces de superar la lejanía o la ausencia prolongada. Lo señalaba Juan Antonio Iranzo, compañero suyo de estudios en la Universidad de Zaragoza. Muchos años después, también en Zaragoza, asistió a la Misa en la que dio la Primera Comunión al hijo de otro viejo amigo, Juan Antonio Cremades. Al terminar “me vio, y dejó a los niños diciendo: Tengo que estar con este compañero mío que hace muchos años que no veo. Y estuvo conmigo en una salita unos veinte minutos. Cada vez que yo le insinuaba que muchos le esperaban, me decía: Éstos me tienen siempre, en cambio nosotros sólo nos vemos muy de vez en cuando”.

Monseñor Avelino Gómez Ledo, que vivió en 1927 en la Residencia sacerdotal de la calle Larra de Madrid, aporta uno de esos detalles típicos de buena amistad: celebraba él su santo en la fiesta de San Andrés Avelino, poco conocido en España, y ese día “Mons. Escrivá era el único en felicitarme cariñosa y sobrenaturalmente”.

Pero no era sólo cuestión de temperamento, o buena memo­ria. Monseñor Escrivá de Balaguer fue así, entre tantas razones, porque sabia confiar en los demás. Y ha transmitido este criterio a todos los que tienen alguna misión de gobierno dentro de la Asociación: el Opus Dei funciona a base de confianza. Es una realidad derivada de que su Fundador se fió siempre de todos cuantos trató. No teorizaba cuando aconsejaba a los padres de familia que no diesen jamás la impresión a sus hijos de que desconfiaban de ellos, que era preferible dejarse engañar alguna vez, pues la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre.

Podía dar estos consejos porque ya los había puesto en práctica. De hecho se fiaba más de la palabra del amigo, o del socio del Opus Dei que del testimonio unánime de cien notarios, como solía afirmar con frase gráfica. Él, que aconsejó siempre a los padres de familia que procurasen hacerse amigos de sus hijos, lo vivió hondamente como Fundador y como padre que era, dentro de la numerosa familia del Opus Dei. Al contemplar este rasgo de su amistad, es imposible no pensar con él en las palabras de Jesús a los Apóstoles en la última Cena, vos autem dixi amicos ‑”os he llamado amigos” (Ioann., XV, 15)‑, que compendian el sentido humano y divino de la Redención.

Muchas veces le preguntaron cuál era la virtud humana que más le gustaba, la más importante. Solía responder que la sinceridad. Al mismo tiempo, y más en los últimos años, como un ritornello, enalteció la lealtad: porque, ¿cómo ser leal, fiel a Dios, si no se saborea la delicia de la lealtad humana, de la .fidelidad a los demás?

Cuando de la amistad se trata, la lealtad es inseparable del agradecimiento. Mons. Escrivá de Balaguer daba gracias a Dios por todo, etiam pro ignotis, también por los beneficios descono­cidos, los que el Señor le hubiera hecho y no alcanzase a ver.

Y daba gracias también a los hombres. Nada de extraño tiene que fuese especialmente agradecido con los que le ayudaron en los comienzos del Opus Dei o cuando arreciaban las dificultades.

Poco después de la guerra de España, dio los primeros pasos para comenzar la labor del Opus Dei en Bilbao. Don Álvaro del Portillo y don Pedro Casciaro hicieron algunos viajes, y encontra­ron un clima tenso. Flotaban en el ambiente las secuelas de serios ataques personales contra el Fundador del Opus Dei, que trataban de prevenir a la gente contra la Obra. Muchas puertas se cerraron entonces. En cambio, la Viuda de Ibarra, Carito Mac Mahon, actuando con su habitual señorío, le abrió su casa y confió en él. Mons. Escrivá de Balaguer no lo olvidó nunca: cualquier ocasión era buena para tener algún detalle especial con esa familia. La Marquesa de Mac Mahon da fe en 1975 de que “era especialmente agradecido, porque siempre recordaba con agradecimiento excesivo lo poco que yo y los míos hicimos con él en aquellas épocas en que no era conocido, ni tampoco la Obra”.

El P. Garganta, O.P., vio los comienzos del apostolado del Opus Dei en Valencia, antes de conocer personalmente al Fundador. Su primera relación la tuvo a través del Provincial de los Dominicos de Filipinas, Padre Tomás Tascón, que estuvo un día en Valencia, y le dijo: ‑El Padre Escrivá me ha pedido que le diga estas palabras: Padre Garganta, estoy muy agradecido y muy contento con lo que hace por mis muchachos; un abrazo de hermano. En el verano de 1975, el P. Garganta confirma: “El Padre era muy agradecido por lo que yo podía hacer por él y por sus hijos; quizá me lo agradeció más de la cuenta porque era generosísimo, y yo lo hacia con una buena voluntad incon­mensurable”.

Su gratitud no era sólo cortesía: una palabra que se dice y luego se olvida. Al contrario, el Fundador del Opus Dei seguía agradeciendo, muchos años después.

En 1943 se instaló la Residencia de estudiantes de la Moncloa.  El Fundador de la Obra conocía a la Madre General de las, Religiosas del Servicio Doméstico, y acudió a ella para ver si le podía proporcionar alguna chica que trabajase en la nueva Residencia. Le atendió la Madre Carmen Barraza, en ausencia de la Madre General. Recientemente la Madre Barrasa significaba que Mons. Escrivá de Balaguer no había olvidado aquel detalle, y había asistido a la ceremonia de beatificación de su Fundadora (Roma, 1950), y que, además, había dispuesto que asistieran también las empleadas del hogar, asociadas del Opus Dei, que había entonces en Roma. Por la tarde de aquel día, se presente: en su Casa General para felicitarlas personalmente, con una buena caja de bombones, como manifestación de la estima que les tenía.

También atestigua la gratitud de Mons. Escrivá de Balaguer don José María García Lahiguera, que en su época de Directo espiritual del Seminario Mayor de Madrid le confesó semanal­mente entre 1940 y 1944. “Siempre, de un modo delicado y con obras, demostró su agradecimiento hacia mí, por administrarle, durante aquellos años, el Sacramento de la Confesión”.

Ejemplos de este estilo pueden multiplicarse. En el capítulo segundo, se aludió a la Misa que celebró en Andorra, después de Misa impresio­no mucho a mosén Pujol Tubau que, como vimos, fue e sacerdote que le facilitó todas las cosas para celebrar. Cuando mosén Pujol ordena sus recuerdos del Fundador del Opus Dei, se refiere a cómo vivió la amistad, con lealtad y agradecimiento, ~ ‑esto también le admira‑ cómo supo inculcarla a los socios de la Obra: “Poco podía imaginar que de aquel breve encuentro en Andorra, con aquella riada constante de refugiados, fuera a establecerse un trato tan afectuoso y permanente como el que mantengo con los socios del Opus Dei”.

Desde aquellos días de diciembre de 1937 mosén Pujol y el Fundador de la Obra siguieron en contacto con las tradicionales felicitaciones de Navidad y las onomásticas. En abril de 1944, con motivo 3e la consagración en Zaragoza de don Ramón Iglesias Navarri como Obispo de Seo de Urgel, mosén Pujol

acudió a la capital aragonesa en su calidad de arcipreste de Andorra. En la recepción previa a la ceremonia, pudo comprobar el buen recuerdo, el leal agradecimiento que don Josemaría tenía, porque, al ser presentado al futuro obispo, éste le dijo que le habían hablado muy bien de él, y que había sido don Josemaría Escrivá: “A mí me sorprendió al momento, pensando cómo podría acordarse don Josemaría de un sacerdote al que había tratado tan poco, pero después he comprendido que tanta afabi­lidad era consecuencia de un profundo sentido de la amistad”.

Especial gratitud guardaba para sus maestros. Siempre tuvo para ellos pruebas de afecto y reconocimiento. Más de una vez elogió en público a su profesor de química en el Bachillerato. Lo ponía como ejemplo de hombre ordenado, que, cuando hacía en clase un experimento, apenas acababa de usar una probeta o un tubo de ensayo, limpiaba todo ‑también los estantes‑ y dejaba cada cosa en su sitio. El Fundador del Opus Dei comentaba que ese ejemplo fue uno de los caminos que utilizó el Señor para enseñarle a poner cuidado en hacer bien hasta las cosas más pequeñas.

Don Miguel Sancho Izquierdo fue profesor suyo en la Facul­tad de Derecho de Zaragoza. Con los años sería Rector de esta Universidad, muy vinculada ‑por tantas razones‑ a la de Navarra. De hecho, los dos primeros doctores honoris causa de la Universidad de Navarra, de la que Mons. Escrivá de Balaguer era Gran Canciller desde su erección jurídica, se confirieron a dos rectores de Zaragoza, don Juan Cabrera y Felipe y don Miguel Sancho Izquierdo. El acto académico de investidura se celebró el 28 de noviembre de 1964, y en su discurso el Gran Canciller de la Universidad de Navarra manifestó su particular honro de alegría ante el galardón que recibía su maestro: me honro de haber sido su alumno en las aulas cesaraugustanas.

El agradecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer le sirvió también para vivir la justicia con rasgos de acusada generosidad. Especialmente la sentía ‑y la vivía‑ cuando se trataba de la retribución de quienes trabajaban junto al Opus Dei en las labores apostólicas promovidas por la Obra. Siempre le preocupó que esas personas estuvieran bien pagadas, haciendo todo el esfuerzo necesario para conseguir medios económicos en tareas de suyo casi siempre deficitarias.

Fue auténtico Padre, y en más de una ocasión dijo que admiraba el buen paternalismo, porque a su corazón cristiano le resultaba insuficiente el frío cumplimiento de la justicia. Nunca aceptó, por ejemplo, que la enseñanza fuese gratuita en las obras apostólicas promovidas por el Opus Dei en el terreno docente: su idea era que los alumnos pagasen algo ‑aunque fuese lo que suelen gastar en el tranvía, dijo alguna vez de modo muy expresivo‑, para que tuvieran conciencia de su derecho pudieran reclamarlo si fuera el caso… Y, a la vez, quería que los profesores y los empleados tuvieran bien reconocidos todos sus derechos, y organizado el oportuno descanso, también para que pudieran trabajar con orden y eficacia.

Como un caso entre cientos, narra Encarnación Ortega que en 1945 se marchó de la Residencia de la Moho loa la cocinera, porque tenía bastante edad y el trabajo de aquella residencia era excesivo para ella. Mons. Escrivá de Balaguer indicó expresa­mente que se tuvieran con ella las máximas atenciones, y se le diera una gratificación generosa. Su agradecido modo de ser hizo que nunca se limitase a cumplir estrictamente ‑estrechamente­- deberes de la justicia.

Otra manifestación de su sentido de la amistad ‑detalle muy significativo en nuestros días‑ es que siempre supo tener tiempo para los amigos, para estar junto a ellos, especialmente en los momentos difíciles. Don Antonio Rodilla, muchos años Vicario General de Valencia, Rector del Seminario Archidiocesano y Director del Colegio Mayor San Juan de Ribera en Burjasot. amigo dei Fundador del Opus Dei desde los años treinta, traza en una carta a un sacerdote de la Obra el amplio cuadro de amabilidades y delicadezas que tuvo con él y con su familia: desde el consuelo en situaciones íntimas muy dolorosas, hasta la presencia física en el entierro de su madre.

Algún día, con paciencia, se podrán calcular las muchas horas que empleó invitando a comer a esos múltiples amigos suyos, con ‑la frase es de Camino, 974‑ la vieja hospitalidad de los Patriarcas, con el calor fraterno de Betania.

Y, por último, las cartas. También hará falta mucha pacien­cia investigadora para reconstruir la correspondencia del Funda­dor del Opus Dei. Escribió miles de cartas, que eran prolonga­ción desde la lejanía de una amistad hondamente sentida.

No dejó de escribir ni siquiera durante los años de la guerra de España, en los que la censura postal hacía arriesgado el correo. La amistad ‑el cariño‑ conoce mil recursos. Fue entonces cuando comenzó a firmar Mariano, uno de los cuatro nombres que le impusieron en la pila bautismal, y en el que se reflejaba también su devoción a la Virgen. Sus cartas de aquellos años están llenas de nombres convenidos, de imágenes tomadas de la vida familiar, que sorteaban los riesgos de la censura de las dos zonas en que estuvo dividido el país entre 1936 y 1939. Muchos han sido los que han testimoniado su alegría y agrade­cimiento cuando, en los frentes de guerra, recibían periódica­mente las noticias del Fundador del Opus Dei, que les alentaba a seguir en la brecha de otras peleas: su lucha interior, su afán apostólico, su preocupación por los demás, la reconstrucción de sus vidas, para seguir haciendo una cristiana siembra de paz cuando terminase el conflicto.

La Ventilla

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

10 de mayo de 2009

El paseante recorre toda la calle Sinesio Delgado con el Hospital del Rey a la derecha y el Parque de la Ventilla a su izquierda.

Para que el paseante pueda hacerse idea de la zona durante los años treinta, debe imaginar este barrio moderno tal como era entonces: un gran descampado y una zona de arrabal con traperos que vivían entre montañas de inmundicias, en pequeñas chabolas.

En estos barrios —barrio de Almenara, antiguo poblado de los Pinos, Tetuán, etc—, el Fundador del Opus Dei llevó a cabo una intensa labor sacerdotal con los más desfavorecidos, cuando sólo había casas bajas e infraviviendas de personas de condición social muy modesta.

Un enfermo de la calle Almenara

Escribía San Josemaría en sus Apuntes el 20 de marzo de 1931:

Un enfermo gravísimo. Vivía en la Almenara. (…) llegué a casa del enfermo. Con mi santa y apostólica desvergüenza, envié fuera a la mujer y me quedé a solas con el pobre hombre. “Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas”… (lo decía por Pilar, ¡que es canonizable!).

Tiene Vd. razón, le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. “Me ha dicho que me confiese… porque me muero: ¡me moriré, pero no me confieso!”

Entonces yo: hasta ahora no le he hablado de confesión, pero, dígame: ¿por qué no quiere confesarse? “A los diecisiete años hice juramento de no confesarme y lo he cumplido”. Así dijo.

Y me dijo también que ni al casarse se había confesado. Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose: rezó conmigo a la Ssma. Virgen”.

Adoración eucarística entre Alcalá y la Gran Vía

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La asociación eucarística del Caballero de Gracia celebra el cuarto centenario de su fundación. Desde 1993, por un acuerdo entre la Asociación Eucarística, la Diócesis de Madrid y la Prelatura del Opus Dei, la atención sacerdotal de este Oratorio está encomendada a sacerdotes de la Obra

Bajo la Presidencia de Honor del Rey, la Asociación Eucarística del Caballero de Gracia ha comenzado los actos de celebración de su IV Centenario. El acto central de este inicio fue la Misa solemne celebrada el 15 de noviembre por el Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid D. Antonio María Rouco Varela, en la que agradeció que se adorara al Santísimo todos los días en el Real Oratorio: “Esta Adoración al Santísimo en el centro de Madrid es muy importante para la Iglesia y para la ciudad de Madrid”.

Opus Dei - La Misa solemne fue celebrada por el Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid D. Antonio María Rouco Varela

La Misa solemne fue celebrada por el Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid D. Antonio María Rouco Varela

Una buena “medicina” al alcance de todos
El día anterior hubo una mesa redonda con diversos discursos, entre otros el del Presidente de la Asociación de Amigos de la Gran Vía, Alfredo Amestoy, que glosaron la figura del Caballero de Gracia y sus diversas fundaciones benéficas y religiosas, y las obras de arte que se pueden contemplar en el Real Oratorio. Se recordó también que por el Oratorio de la Asociación, a lo largo de los siglos han pasado muchos miles de personas para rezar ante el Santísimo Sacramento y para reconciliarse con Dios en el sacramento de la confesión.

Opus Dei - Un momento de la mesa redonda

Un momento de la mesa redonda

D. Juan Moya, rector del Real Oratorio recordaba que “hoy siguen siendo muchas las personas que saben que en este lugar, en plena Gran Vía,  encontrarán el silencio y el recogimiento necesarios para reflexionar sobre aspectos importantes de nuestra vida que a veces nos preocupan, y que cuando los “hablamos” con el Señor, junto al sagrario, encontramos luces nuevas para abordarlos, y la paz y sosiego que todos necesitamos: es una buena “medicina”, muy al alcance de todos, de gran eficacia “terapéutica” en tiempos de dudas y crisis existenciales, con tal de que uno quiera tener la sinceridad y la valentía de ir a las raíces de las cosas.”

Santa María Micaela, el Hermano Rafael y San Josemaría
Era lógico, y gran motivo de alegría, recordar también que entre tantos miles de personas que han pasado por aquí, algunos son venerados en los altares: “el último, el recientemente canonizado Hermano Rafael, San Rafael Arnáiz, que acudía al Oratorio en sus años de estudiante de Arquitectura en Madrid, en los años 30 del pasado siglo.

El Fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá, predicó ejercicios espirituales a profesores de la Universidad Central en 1945 en el Oratorio de Caballero de Gracia y seguramente adorara al Santísimo en este Oratorio en otras muchas ocasiones. Junto al Santísimo Sacramento buscó las fuerzas para extender el mensaje que Dios le había pedido: que todos los hombres están llamados a la unión con Cristo mediante la santificación del trabajo y de las circunstancias ordinarias de la vida: “el santo de lo ordinario”, lo llamó Juan Pablo II en la homilía de la ceremonia de canonización el 6 de octubre de 2002.

Opus Dei - Real Oratorio Caballero de Gracia

Real Oratorio Caballero de Gracia

Santa María Micaela, santa madrileña, enamorada del Santísimo Sacramento vino a rezar a este Oratorio en muchas ocasiones. Y San Simón de Rojas, sucesor del Caballero de Gracia, que durante 13 años predicó semanalmente en el Oratorio, con gran eficacia espiritual. Y otros, aún en proceso de canonización como el Venerable Palafox, y diversas religiosas Concepcionistas Franciscanas”.

El hombre del siglo XXI necesita descubrir a Dios en su vida
En una entrevista concedida a una emisora de radio, el Rector del Oratorio contestaba a la pregunta de qué puede encontrar hoy, un hombre o una mujer del siglo XXI, en una Asociación de fieles, secular, nacida aún en el siglo de Oro, en momentos históricos, culturales y morales tan distintos a los nuestros: “Efectivamente las cosas han cambiado bastante, pero un hombre o una mujer, joven o menos joven, del siglo XXI… y de cualquier siglo, necesita seguir buscando esencialmente lo mismo que buscaban aquellos hombres y mujeres, fueran de la nobleza –como los numerosos Reyes e Infantes que pertenecieron a la Congregación-, o de las Letras –como Lope de Vega, sucesor del Caballero de Gracia, y Tirso de Molina-, o del mundo jurídico –como Antonio Barbosa-, o del pueblo sencillo, como la inmensa mayoría de los que por aquí han pasado.

Pueden buscar lo mismo porque las circunstancias pueden cambiar, pero lo esencial, lo importante, lo definitivo no cambia, porque el hombre, como ser humano, tiene siempre el mismo fin, lo sepa o no; el sentido verdadero de su vida es siempre el mismo; ha sido creado para alcanzar la misma meta independientemente de la época histórica en la que le haya tocado vivir… Y ese fin, y esa meta, es, sencillamente, irse al Cielo después de haber hecho el bien en la tierra –en la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales…-, después de haber comenzado y recomenzado más o menos veces en su vida el camino que nos conduce a él. Para eso el hombre del siglo XXI necesita descubrir a Dios en su vida, y ponerle en el centro de su existencia, como corresponde a una criatura que ha sido creada por amor y para amar”.

9. El Pan y la Palabra

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

02 de diciembre de 2008

Una expresión típica del Fundador, la Misa, centro y raíz de la vida interior, fue utilizada por el Concilio Vaticano II para expresar la unidad de vida que todo sacerdote debe empeñarse en alcanzar: “El sacrificio Eucarístico resulta, pues, el centro y la raíz de toda la vida del presbítero” (cfr. decreto Presbyterorum ordinis, num.14). Bastaría esto para manifestar la intensidad con que su alma sacerdotal se entregaba en la celebración eucarística, pero desearía conocer algún ejemplo o detalle significativo.

–La Santa Misa era incluso el centro físico de su jornada. Como ya he señalado, la dividía en dos partes: hasta el mediodía vivía la presencia de Dios centrándola en la acción de gracias por la Misa celebrada y, tras el rezo del Angelus, comenzaba a prepararse para la Misa del día siguiente.

Muchas veces me confió que, desde su ordenación sacerdotal, se preparaba cada día para celebrar el Santo Sacrificio como si fuese la última vez: el pensamiento de que el Señor podía llamarle a Sí inmediatamente después, le animaba a volcar en la Misa toda la fe y el amor de que era capaz. Así, hasta llegar al 26 de junio de 1975, en que celebró su última Misa con extraordinario fervor.

Contaba que, cuando se trasladó a Zaragoza en 1920, una vez que pasaba delante de un bar llamado “Gambrinus”, vio que dentro del local estaba un famoso torero. Algunos niños se acercaron a aquel personaje popular, y uno de ellos exclamó exultante: “¡lo he tocado!” Al Padre le impresionó aquella escena, y la evocó con frecuencia para exhortarnos a reflexionar sobre el hecho de que cada día tocamos a Jesús en la Eucaristía.

Tenía la costumbre de adorar a la Eucaristía metiéndose al menos con la imaginación en las iglesias que veía a lo lejos o, simplemente, le venían a la memoria; y no dejaba de reparar cuando le llegaba noticia de algún robo sacrílego o de profanaciones.

Una vez, durante el viaje al Perú en 1974, le mostraron las fotografías de un lugar donde se había producido un gigantesco huaico, un tremendo corrimiento de tierra, piedra y fango. Todo un pueblo había quedado sepultado, y sólo sobresalía el remate del campanario de la iglesia. En la fotografía podían verse animales que pastaban en el lugar de la catástrofe, encima de la iglesia enterrada. Al pensar en que Jesús Sacramentado había quedado sepultado bajo la tierra, el Padre pasó la noche entera en oración y en adoración.

Sería muy largo describir cómo vivía el Padre cada parte de la Santa Misa. Sólo referiré dos detalles de los que me habló en muchas ocasiones. Al elevar el Pan Eucarístico y la Sangre de Nuestro Señor, repetía siempre algunas oraciones –no en voz alta, porque las rúbricas no lo permiten, sino con la mente y el corazón–, con una perseverancia heroica que duró decenas de años.

Concretamente, mientras tenía la Hostia consagrada entre las manos, decía: Señor mío y Díos mío, el acto de fe de Santo Tomás Apóstol. Después, inspirándose en una invocación evangélica, repetía lentamente: Adauge nobis fidem, spem et charitatem; pedía al Señor para toda la Obra la gracia de crecer en la fe, la esperanza y la caridad. Inmediatamente después, repetía una plegaria dirigida al Amor Misericordioso, que había aprendido y meditado desde joven, pero que no utilizaba nunca en su predicación, y que durante muchos años sólo muy de tarde en tarde nos dijo que la recitaba: Padre Santo, por el Corazón Inmaculado de María, os ofrezco a Jesús, Vuestro Hijo muy amado, y me ofrezco a mí mismo en Él, por Él, y con Él, a todas sus intenciones, y en nombre de todas las criaturas. Después añadía la invocación: Señor, danos la pureza y el gaudium cum pace, a mí y a todos, pensando, como es natural, en sus hijos del Opus Dei. Por último, mientras hacía la genuflexión, después de haber elevado la Hostia o el Cáliz, recitaba la primera estrofa del himno eucarístico Adoro te devote, latens deitas, y decía al Señor: ¡Bienvenido al altar!

Todo esto, repito, no lo hacía de vez en cuando, sino a diario, y nunca mecánicamente, sino con todo su amor y vibración interior. Lo sé porque nos lo contó, a don Javier Echevarría y a mí. Nos lo confió un día de 1970, en México, mientras hacía su oración en voz alta en el Santuario de Guadalupe, a donde había ido para hacer una novena a la Virgen, en compañía de otros hijos suyos.

¿Cómo acogió el Padre la reforma litúrgica dispuesta por el Concilio?

–Como siempre, aplicó con obediencia y fortaleza todas las disposiciones sobre esta materia. Gracias a la solicitud de su Fundador, el Opus Dei ha sido, también en lo que se refiere a la praxis litúrgica, ejemplo de fidelidad.

Nuestro Padre encargó a algunos sacerdotes de la Obra la tarea de examinar las diversas posibilidades previstas por la reforma, y determinar y explicar cómo se aplicaban. Orientó personalmente este trabajo y aprobó sus resultados. De esta forma, todos los sacerdotes de la Obra comenzaron a aprender las nuevas rúbricas, siguiendo el deseo del Santo Padre de que “la constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia sea puesta en práctica en su plenitud y con todo cuidado” (Carta enviada en nombre del Papa a todos los obispos y otros superiores eclesiásticos, junto con el libro Jubilate Deo, el 14 de abril de 1974).

Fue el primero en obedecer a las nuevas disposiciones litúrgicas y se esforzó en aprender el nuevo rito de la Misa. Desde hacía muchos años le ayudaba habitualmente en la celebración otro sacerdote: a partir de los años cincuenta solíamos hacerlo don Javier Echevarría o yo. Cuando se introdujeron los cambios litúrgicos, nos rogó que no dejáramos de hacerle todas las observaciones que nos pareciesen oportunas para ayudarle a aprender bien el nuevo rito. A pesar de su buena voluntad, nos dábamos cuenta de que le suponía un notable esfuerzo, porque debía cambiar hábitos de devoción litúrgica adquiridos durante muchos años de lucha perseverante llena de amor de Dios.

Yo me planteaba cómo ahorrar al Padre esas dificultades, y en su presencia aludí a que a otros sacerdotes más jóvenes se les había concedido permiso para seguir el rito de San Pío V y celebrar la Misa como habían hecho hasta entonces. El Padre me interrumpió inmediatamente: afirmó que no quería ningún privilegio, y me prohibió hacer esa propuesta. Sabía que yo trataba a las personas que estaban elaborando las nuevas disposiciones litúrgicas.

Algún tiempo después me encontré con Mons. Annibale Bugnini, que era el máximo responsable en este campo, y un buen amigo mío, tanto que nos tuteábamos. Hablamos de las dificultades que experimentaban algunos sacerdotes ancianos para adaptarse al nuevo rito, después de haber celebrado la Santa Misa con el antiguo durante tantos años. Era una situación conocida. De pasada, aludí al caso de nuestro Fundador, que obedecía de modo ejemplar y con profunda alegría. Bugnini me dijo que el Fundador del Opus Dei no tenía por qué hacer un esfuerzo semejante, ya que muchos otros sacerdotes tenían permiso para celebrar con el rito anterior, y él mismo había accedido a peticiones similares de parte de personas que estaban en esas circunstancias. Aunque yo le había dicho ya que nuestro Fundador no quería otro privilegio que el de obedecer siempre a la Santa Sede, y que incluso me había prohibido pedir nada, él se empeñó en concederme el permiso para nuestro Fundador, y me insistió en que le refiriese cómo se había desarrollado nuestra conversación.

La delicadeza con que el Fundador cuidaba el decoro de la liturgia y de los objetos de culto se expresa en el punto 527 de Camino: Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

–Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

–Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “opus enim bonum operata est in me” –una buena obra ha hecho conmigo.

–Recuerdo que en 1959 o en 1960, estando en Londres, vio por televisión una ceremonia de la Corte Real. Inmediatamente después observó, como había hecho en otras ocasiones, que una ceremonia de este estilo requiere una preparación muy cuidadosa y que, cuando es a Dios Nuestro Señor a quien se dirige un acto de culto, debemos prepararlo con un amor y un empeño mucho más grande que el que ponen los maestros de ceremonias de la Reina de Inglaterra.

El desprendimiento y la pobreza no le impedían amar la belleza y el decoro artístico en la liturgia y en el culto divino. Es una prueba palpable de su fe y de su generosidad con el Señor.

Quería que los objetos destinados al culto fuesen lo más preciosos posible; enseñó que, en este campo, la pobreza está en la cantidad y no en la calidad. Para los Centros del Opus Dei estableció esta norma: los objetos litúrgicos deben ser decorosos y bellos, pero en el número estrictamente indispensable.

En 1940, movido por su ardiente amor al Señor, a pesar de las estrecheces que pasábamos, comenzó a llevar a un taller de arte religioso, muy famoso en España y en el extranjero, las joyas que algunos amigos le regalaban: las iba dejando allí, porque deseaba ofrecer al Señor una custodia muy rica, con campanillas de plata. Se trataba de Talleres de Arte Granda, dirigidos por un sacerdote muy piadoso, don Félix, y su hermana, Cándida Granda. Nuestro Fundador, en cuanto recibía alguna piedra preciosa o un anillo, de los que se desprendía alguno de sus conocidos, lo llevaba enseguida al taller; a veces le acompañaba yo. Doña Cándida extendía sobre una mesa un paño de terciopelo negro y ponía encima todo lo que íbamos reuniendo; después decía: “Ahora necesitamos encontrar tal cosa; falta tal otra”… Con este motivo, el Padre trató mucho con los hermanos Granda, y les dio abundantes consejos sobre el diseño de sagrarios y vasos sagrados. Don Félix y doña Cándida los acogían con agradecimiento, porque eran sugerencias muy prácticas para enriquecer los objetos de culto: ambos me han contado que aprendieron mucho de nuestro Fundador. Por eso, cuando dejaron la dirección de Talleres de Arte Granda, la confiaron a unos miembros de la Obra. El Fundador les animó a mejorar constantemente su trabajo llevando a la práctica las palabras de la Escritura: zelus domus tuae comedit me (Ps. 79, 10).

A nuestro Padre no le fue posible, en muchas ocasiones, ofrecer al Señor todo lo que hubiera querido. Recuerdo que en 1935 lamentaba no haber podido instalar un sagrario más rico en el oratorio de la residencia de Ferraz; era un tabernáculo muy pobre, que le había prestado la M. Muratori. Le apenaba oficiar la exposición solemne con una custodia de poco valor, de hierro: sólo era de plata el viril que sostenía la Hostia consagrada. Desde entonces le oí decir que deseaba destinar al Señor objetos de culto ricos, aun a costa de quedarse sin comer.

Siempre, y en especial durante los últimos años de su vida, le he escuchado repetir: Ahora la gente ahorra todo a Nuestro Señor; yo no lo entiendo. Aunque, cuando un enamorado le regale a la mujer que quiere un trozo de hierro o de cemento, como regalo, ni siquiera entonces yo regalaré al Señor un poco de hierro o de cemento, sino lo mejor que pueda.

Durante toda su vida procuró dedicar al servicio del Señor lo mejor que tenía. Sé que poco después de 1928 deseaba encargar un cáliz que tuviese un piedra preciosa engastada en la base, de modo que nadie la pudiese admirar; quería que fuese como un sacrificio escondido, únicamente para el Señor. Sólo al cabo de los años, cuando vivía en Roma, pudo realizar este deseo suyo, cuando una señora le regaló una esmeralda de grandes dimensiones.

Hacía que todas las semanas se renovasen las formas consagradas reservadas en el sagrario, y estableció esta norma para todos los Centros de la Obra, exhortando a prever con prudencia cualquier dificultad. En 1940 ó 1941 pudo ver realizado al fin su antiguo deseo de que las formas se preparasen en nuestras casas. Quería que, con el tiempo, sus hijos llegasen a cultivar el grano y las vides necesarias para confeccionar las especies eucarísticas. El 15 de enero de 1965, explicaba una vez más este viejo proyecto: Se trata de acariciar a Dios que nace en nuestras manos, preparando las especies para que Él descienda. Se lo oí decir también, ante un grupo de hijas suyas, el 28 de marzo de 1975, pocos meses antes de morir.

Cuando era el único sacerdote del Opus Dei, se ocupaba personalmente de limpiar por dentro los sagrarios de nuestros Centros. Solía hacerlo cada quince días, con ocasión de sus viajes fuera de Madrid. Mientras los limpiaba, hablaba ininterrumpidamente con Jesús Sacramentado, repitiéndole que todas aquellas delicadezas eran para Él. Nos exhortaba: ¡Que tratéis con cariño cuidadoso los sagrarios! Cuando dejó de ocuparse de estos deberes personalmente, enseñó a sus hijos sacerdotes a cumplir esta obligación con el mayor cuidado, y a recitar en estos momentos muchas jaculatorias y comuniones espirituales.

Ya desde el principio estableció que los amitos, purificadores y manutergios se lavasen y planchasen cada vez que se usaban. Es una norma que se ha vivido siempre en nuestros Centros, en señal de amor de Dios y respeto hacia el Santo Sacrificio. Un cardenal que estuvo en la Clínica Universitaria de Navarra, promovida y dirigida por miembros del Opus Dei, me contó, admirado, que durante una visita por distintos departamentos, vio en una habitación un montón de lienzos blancos cuidadosamente dispuestos en cestas. Preguntó qué era aquello; le respondieron que eran los lienzos sagrados que se habían utilizado aquella mañana, y que iban a lavar y planchar para usarlos al día siguiente.

Su amor a la Eucaristía se reflejaba en muchos detalles, hasta en el modo de poner unas flores junto al tabernáculo. Nos decía: Cuando pongáis una flor junto al Sagrario, dadle un beso y decidle al Señor que queréis que ese beso se consuma, como se consumirá la flor, como se consume la lamparilla del Sagrario, alumbrando, señalando dónde está el Señor.

En las películas que recogen reuniones que el Fundador tuvo en varias ciudades de Europa y América con diversos grupos de personas –a veces, varios miles–, sobre todo en los últimos años de su vida, no falta nunca una referencia al sacramento de la confesión. Es conmovedora su catequesis sobre el que llamaba sacramento de la alegría.

–Sí, hablaba muchísimo de la Confesión y la llamaba el sacramento de la alegría, porque asegura nuestro retorno a Dios: nos devuelve la amistad divina, perdida por el pecado. Exhortó a sus hijos sacerdotes a hacer de la administración de la Penitencia una pasión dominante de su vida sacerdotal; y espoleaba a sus hijos laicos a llevar a muchas almas a la confesión: matad a vuestros hermanos sacerdotes, a fuerza de darles mucho trabajo, para que puedan llevar muchas almas a reconciliarse con Dios.

Tuvo una auténtica pasión por administrar el sacramento de la Penitencia. Tras su ordenación, durante su estancia en Perdiguera, logró que se confesaran prácticamente todos los habitantes del pueblo. De regreso a Zaragoza, continuó administrando la Confesión con mucha constancia. Recuerdo haber presenciado, en 1970, una conversación entre nuestro Fundador y uno de sus amigos de aquella ciudad, que había hecho una brillante carrera pública. Éste le recordó: “yo me confesé contigo –como eran viejos amigos, se trataban de tú– antes de que nos casases a mi mujer y a mí. Recuerdo que mientras me iba acusando de los pecados estabas callado. Pero cuando te dije que me había batido en duelo, exclamaste: ¡Estás loco!” Después comentó que nadie le había corregido tan claramente, pero que al mismo tiempo había agradecido que lo hiciese con tanta caridad, de modo que no se sintió ofendido, y en cambio, acabó muy contrito por su pecado. Durante el relato, nuestro Fundador permaneció en silencio; no añadió ni una palabra, porque, aunque fuese el mismo penitente quien hablaba, se sabía ligado por el secreto de la confesión.

Ya en Madrid, recorría la ciudad de un lado a otro para confesar al mayor número posible de enfermos, y llevarles la Comunión: fue una actividad desarrollada con una generosidad heroica, un empeño llevado a cabo con todas sus fuerzas, cuando no tenía dinero ni para pagarse el tranvía ni para comer.

Recordaba con alegría los años en que dedicó tantas horas de su tiempo a preparar para la confesión y la primera comunión a miles de niños. Afirmaba que había obtenido grandes enseñanzas para su propia vida espiritual de la devoción de aquellos pequeños.

Tras el 2 de octubre de 1928, continuó prestando su ministerio sacerdotal en el Patronato de Enfermos, y después en el Real Patronato de Santa Isabel. En la iglesia de este último, atendía un confesonario bastante frecuentado. Al mismo tiempo, dirigía espiritualmente a muchos estudiantes universitarios.

Durante la guerra civil española, escuchó confesiones por la calle, o pasando de una casa a otra; no se arredraba ante el peligro de muerte que corría si alguien le descubría, le identificaba como sacerdote y le denunciaba.

En los últimos años de su vida, nuestro Fundador no pudo ejercitar directamente el apostolado de la confesión, porque se debía a la labor de gobierno de la Obra. Esto no quiere decir que no desarrollase intensamente su ministerio sacerdotal, especialmente a través de la predicación a sus hijos, o a muchas otras personas que venían a verle para recibir su orientación espiritual; pero sólo me confesaba a mí. Me parece oportuno explicar que, como trataba sobre todo a miembros de la Obra, para evitar encontrarse atado por el sigilo sacramental, prefería no escuchar sus confesiones, para asegurarse una mayor libertad de acción. La única excepción fui yo: nuestro Fundador se confesaba conmigo y yo con él.

Predicó incesantemente sobre este sacramento. En los últimos años sufrió muchísimo viendo que los fieles abandonaban cada vez más la práctica de la confesión frecuente. Por eso emprendió una catequesis aún más intensa sobre la grandeza de la misericordia divina. Rechazaba con energía la afirmación de que es preferible retrasar la confesión de los niños para evitarles una experiencia traumática: contaba que había confesado a miles de niños y que, lejos de sufrir un shock, habían experimentado con agradecimiento la bondad de Dios Nuestro Señor. Aconsejaba a las madres: Mamás, llevad a vuestros hijos a confesar, como hizo mi madre conmigo. Así se acostumbrarán vuestros hijos a recibir el Sacramento de la Penitencia y a reconciliarse con Dios: por medio de este Sacramento bien recibido con todas las condiciones que se requieren para una buena Confesión, los niños irán teniendo cada vez mayor delicadeza de conciencia y serán más felices.

Enseñó a sus hijos sacerdotes a administrar este sacramento con tanta pasión, que el Santo Padre Juan Pablo II ha afirmado que los sacerdotes del Opus Dei tienen “el carisma de la Confesión”: he sentido el gozo de oírselo decir personalmente, y es fácil imaginar mi alegría ante un reconocimiento, tan autorizado, de los esfuerzos de los miembros de la Obra por imitar a su Fundador.

El Beato Josemaría decía que el mejor modo de vivir la virtud de la penitencia era acercarse contrito al Sacramento de la Confesión. Sentía el deber de compensar con la propia compunción tantas faltas de amor de las que era testigo cada día.

–El afán de reparación es uno de los modos en que se expresa la Comunión de los Santos. En una ocasión, se hablaba públicamente de la vida pecaminosa de una persona, y uno de nosotros exclamó: “¡Pobre hombre!” Nuestro Fundador replicó inmediatamente: ¡pobre Dios! No era una falta de caridad hacia aquel pecador, sino una prueba de su amor de Dios, y de la fuerza con que aborrecía cualquier pecado, aun el más pequeño que se pueda pensar. ¡Pobre Dios!, porque era un Padre ofendido por uno de sus hijos. No hace falta decir que el Padre se puso a rezar inmediatamente por aquel pobrecillo.

El temor de Dios y el odio al pecado le movían a repetir frecuentísimamente: Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies! (Ps. 50, 19), y añadía, con fuerza y con vivo arrepentimiento de sus culpas: Contritum et humiliatum valde! Se lo he oído decir personalmente desde que le conocí hasta el día de su muerte.

La familiaridad del Fundador con la Sagrada Escritura se comprueba en las homilías publicadas, y especialmente, en su libro Santo Rosario, donde se ejemplifica gráficamente aquel consejo suyo de meterse en las escenas evangélicas como un personaje más. ¿Tiene sobre esto algún recuerdo especial?

–El Padre dio pruebas constantes de un respeto extraordinario hacia la Sagrada Escritura que, junto con la Tradición de la Iglesia, es la fuente de la que se nutría ininterrumpidamente para su oración personal y para su predicación.

Leía a diario algunas páginas –un capítulo– de la Escritura, en particular del Nuevo Testamento, y hacía la lectura espiritual preferentemente con obras de los Padres y Doctores de la Iglesia. Era raro el día en que no se detuviese al terminar para anotar expresiones o ideas que le habían impresionado: signo no sólo de la atención con que hacía esta práctica de piedad, sino sobre todo de la importancia que le concedía.

En 1944 predicó un curso de retiro a los agustinos del Monasterio de El Escorial, aunque se encontraba muy mal de salud. Uno de los participantes, el Padre Licinio González, después de haber anotado que sólo al final de los ejercicios se había dado cuenta de que nuestro Fundador estaba enfermo, ha testimoniado: “Sus meditaciones se caracterizaban por el uso continuo de textos y pasajes evangélicos, que a través de su voz, cobraban una vida sugestiva y llena de inspiración (…).

Están aún vivos en mí los pensamientos y las ideas de Mons. Escrivá sobre la vocación, la gratuidad de la vocación, la respuesta gozosa de San Andrés y el doloroso rechazo del joven rico.

También las meditaciones sobre la Virgen y sobre San José estaban llenas de vibración espiritual (…); junto a la meditación eucarística sobre la Última Cena, me dejaron una impresión tan profunda que no se ha borrado con el paso de los años”.

El Padre meditó asiduamente los versículos del Nuevo Testamento y puso de relieve aspectos nuevos, a veces inadvertidos durante siglos. No consideraba la Sagrada Escritura como un depósito inerte, sino como instrumento vital del que el Señor se sirve para infundir vida sobrenatural a quienes la leen con humildad y deseos de aprender. Lo comprobé desde que le conocí, pero sobre todo tras mi ordenación sacerdotal, en 1944, comprendí plenamente la profundidad con la que había meditado la Palabra de Dios.

Una prueba elocuente es la originalidad de sus comentarios a los textos sagrados: resultan siempre particularmente incisivos e inmediatos; no son conclusiones prácticas derivadas de una reflexión sobre el texto sagrado con el fin de introducirlas luego en una espiritualidad prefabricada, ni simples ejemplificaciones que ilustran conceptos de un sistema de pensamiento predefinido. Nuestro Padre deja que el Evangelio hable directamente con toda su fuerza; su espiritualidad es la vida de Cristo y de los primeros cristianos, que expresan su perenne actualidad sin necesidad de adaptación, glosa o añadido.

A la muerte de nuestro Fundador, el Cardenal Parente, que había leído algunas de sus homilías y otros escritos suyos, me dijo que en sus comentarios a la Sagrada Escritura había descubierto una densidad espiritual con una profundidad e inmediatez muchas veces superiores incluso a las obras de los Santos Padres.

Su predicación fue siempre muy práctica; movía a las almas a la conversión. Tenía el don de aplicar los pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento a las situaciones concretas de los que le escuchaban. No trató nunca de ser original, porque estaba convencido de que la Palabra de Dios es siempre nueva, y conserva intacta su irresistible fuerza de atracción si se la proclama con fe. En sus labios, el Evangelio no era jamás un texto erudito o una fuente de meras citas o lugares comunes. Hablaba de la Sagrada Escritura con un amor tierno. Valgan como ejemplo estas palabras suyas que anoté en 1954: Vivía en Nazaret una Virgen de nombre María. ¡Qué bonito, qué divino y qué humano es el Evangelio!: Desciende hasta los detalles más mínimos, para que veamos la predilección de Dios hacia las criaturas. La quiere, la busca, como un detalle de cariño, la llama por su nombre de familia: María.

Me admiraba la facilidad con que citaba de memoria y con exactitud frases de la Sagrada Escritura. Hasta en sus conversaciones familiares traía a colación textos sagrados para mover a los presentes a una oración más honda. Vivía de la palabra de Dios. Como prueba de veneración hacia la Sagrada Escritura, a menudo introducía sus citas con las palabras: Dice el Espíritu Santo… No era un simple modo de decir, sino un auténtico acto de fe, que ayudaba a sopesar el valor eterno, y toda la verdad que contienen palabras a las que podemos acabar por acostumbrarnos.

Recuerdo que, cuando nos preparábamos para recibir la ordenación los tres primeros sacerdotes de la Obra, el Padre nos aconsejó a José María Hernández de Garnica, a José Luis Múzquiz y a mí, que dedicarámos más tiempo que antes –la lectura meditada de la Sagrada Escritura es una práctica de piedad vivida por todos los miembros de la Obra– a leer y meditar atentamente la Escritura; nos recomendaba con insistencia que nos acercásemos a ella con mucha fe, porque sólo así, sólo llevando el alma al dulce encuentro con Cristo, podríamos contagiar a los demás el amor y el deseo de identificarse con Él.

En los últimos años de su vida, con el deseo de contribuir a una mayor difusión de la lectura de la Biblia, y de facilitar al máximo su meditación, animó a algunos hijos suyos, profesores de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, a que preparasen una edición popular: deseaba que las notas fuesen sencillas, prácticas y asequibles a todos; que tuviesen un carácter doctrinal y ascético, no erudito, y fuesen acompañadas de abundantes citas de los Santos Padres y de los Concilios. El resultado ha sido un trabajo, todavía en curso, muy apreciado desde el punto de vista científico y, sobre todo, muy valioso desde el punto de vista espiritual. Los especialistas que lo comenzaron y lo están llevando a cabo, me han confirmado que haber puesto en las notas muchas citas de textos de nuestro Fundador ha contribuido decisivamente a la gran utilidad pastoral de esta obra.

El Prelado, en Canadá: “Convertid la vida ordinaria en una conversación con Dios”

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Mons. Javier Echevarría realiza un viaje pastoral por EEUU y Canadá. Ofrecemos un artículo de prensa en el que una periodista de Montreal resume una tertulia celebrada en la ciudad.

Opus Dei -

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“Sed fieles en las cosas pequeñas y transformad la vida ordinaria en una conversación continua con Dios de manera que podáis compartir el amor a Jesucristo con vuestros hermanos y hermanas”.

Este es el mensaje que el prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, dirigió a las 900 personas que se reunieron en la Plaza de las Artes de Montreal, el 16 de septiembre. Esta es una de los muchas tertulias que celebra en un viaje a Norteamérica que incluye visitas a Nueva York, Toronto, Vancouver, San Francisco y Houston. El 17 de septiembre convocó a 1.500 personas en el Roy Thompson Hall en Toronto.

“Tenemos que sentir la alegría de saber que somos hijas e hijos de Dios”, dijo el Prelado en español. “¡Esto es un tesoro! Y no debemos permitir que no tenga repercusión en nuestras vidas y en nuestras almas”.

Opus Dei -

Mons. Echevarría, cabeza de una prelatura personal fundada en 1928 por San Josemaría Escrivá, recordó cuánto había rezado Escrivá por el inicio de la labor apostólica en Canadá.

“San Josemaría era un gran amigo de esta tierra. Él rezo mucho por ti. Yo no puedo describir la intensidad de sus oraciones, porque él empezó a rezar antes de que yo naciese”.

El Opus Dei es una parte de la Iglesia católica con alrededor de 80.000 miembros en todo el mundo, y aproximadamente 600 en Canadá.

En un escenario que imitaba una sala de estar, marcando así el carácter familiar del Opus Dei, Mons. Echevarría respondió a la audiencia sobre preguntas como la compatibilidad del trabajo y la familia con la devoción a Cristo. Ellos preguntaron cómo hacer a Dios personalmente presente y cómo encontrar tiempo para la piedad cuando todo en el mundo aparta de ello.

Opus Dei -

Dios está con nosotros, dijo el Prelado. La Palabra de Dios nos dice como Él está interesado y preocupado por nosotros.

“Dios está preocupado por todos los detalles de nuestras vidas”.Comparó el amor de Dios con el que los padres tienen por sus hijos que valoran cualquier pequeña muestra de afecto.

“Nosotros tenemos que hablar con Dios. Él no está allí arriba, encima de las nubes. Él esta con nosotros”.

“Dios está preocupado por todos los detalles de nuestra vida. Nos quiere como un padre quiere a sus hijos, y por eso valora cualquier pequeña muestra de afecto”.

“Como un amigo, Jesús nos pregunta por nuestras cosas. Y se duele cuando no es recibido con un beso”. Mons. Echevarría urgió al auditorio a ser mas alegres y a interesarse más por los demás.

También contó una anécdota de una persona del Opus Dei que tenía un trabajo muy repetitivo que consistía en meter tornillo en una maquina que tenía que vigilar con atención para que no se estropease. Aquel hombre hacía la señal de la cruz con cada tornillo que metía en la maquina. Procuraba así que Cristo estuviese con él, presente en el trabajo.

En nuestra vida todas las cosas tienen importancia. El Señor está en todas esas cosas. Puedo llegar a Él cuidando bien las cosas pequeñas. Así lo hizo Jesús en su vida oculta que precedió a su ministerio sacerdotal y que duró 30 años en los que el Hijo de Dios vivió una vida ordinaria.

El prelado urgió a los asistentes al encuentro a leer el Catecismo de la Iglesia Católica y el “Compendio” para formar su fe. “Estos libros ayudan a encontrar caminos para transformar la vida diaria en algo que podemos ofrecer a Dios”. También animó a los maridos y a las esposas a quererse con locura. Aconsejó a los padres con mucho trabajo: “poned una foto de vuestra familia en la mesa de trabajo. Mirad esa foto y enamoraros más y más cada día de vuestra familia”.

Cuidar de los niños y la familia es mucho más importante que las riquezas y los maridos debéis tener tiempo para dedicarlo a la casa. San Josemaría escribió que la tristeza llega sólo cuando únicamente buscamos nuestro propio bien. La tristeza es el resultado del egoísmo que nos aísla de los demás.

Hay tanta gente que necesita nuestra ayuda, nuestra mirada limpia de afecto. El servicio a los demás es el remedio de una cultura consumista cuyo fin principal es acumular bienes materiales y conceptos externos de belleza. Servir a los demás crea una belleza interior. También urgió al auditorio a visitar enfermos y preocuparse por los pobres.

Por último, Mons Echevarría animó a frecuentar los sacramentos, especialmente el de la reconciliación o confesión de manera periódica.“Así se limpia nuestra alma y recuperamos la alegría que nos lleva a una buena relación con Dios” aclaró es como “el alimento de nuestra alma”.

Carta del Prelado (septiembre 2007)

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El Prelado reflexiona sobre la importancia de vivir cerca de Cristo para poder difundir el bien. La formación y las normas de piedad cristiana que viven quienes se acercan al Opus Dei son una ayuda para compartir la Cruz del Señor.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

La Iglesia —y, como una parte viva de la Iglesia, la Obra— está llamada a reflejar la luz que recibe constantemente de Cristo y a difundirla sobre el mundo. Jesucristo lo enseñó a todos los cristianos: vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5, 14-16).

«Al escuchar estas palabras de Jesús —comenta Benedicto XVI—, nosotros, los miembros de la Iglesia, no podemos por menos de notar toda la insuficiencia de nuestra condición humana, marcada por el pecado. La Iglesia es santa, pero está formada por hombres y mujeres con sus límites y sus errores. Es Cristo, sólo Él, quien donándonos el Espíritu Santo puede transformar nuestra miseria y renovarnos constantemente. Él es la luz de las naciones, lumen gentium, que quiso iluminar el mundo mediante su Iglesia (cfr. Const. dogm. Lumen gentium, n. 1).

»¿Cómo sucederá eso?, nos preguntamos también nosotros con las palabras que la Virgen dirigió al arcángel Gabriel. Precisamente Ella, la Madre de Cristo y de la Iglesia, nos da la respuesta: con su ejemplo de total disponibilidad a la voluntad de Dios —fiat mihi secundum verbum tuum (Lc1, 38)—. Ella nos enseña a ser “epifanía” del Señor con la apertura del corazón a la fuerza de la gracia y con la adhesión fiel a la palabra de su Hijo, luz del mundo y meta final de la historia» (Benedicto XVI, Homilía, 6-I-2006).

Condición esencial para llevar la doctrina y la vida de Cristo a los demás —y en estos tiempos urge que se haga— es que nosotros mismos nos empeñemos con mayor ahínco en conocer, tratar y amar más cada día a Nuestro Señor. Las normas de piedad cristiana, tradicionales en la Iglesia, que practicamos en el Opus Dei, tienen precisamente esa finalidad. Hemos de cumplirlas del mejor modo posible, como fruto de una elección de amor, aunque el corazón a veces esté seco o no responda.

Cuando una persona se acerca a la Prelatura, movida por el deseo de conocer mejor a Dios, procuramos facilitarle una adecuada formación doctrinal, espiritual y apostólica, de modo que las enseñanzas de Cristo constituyan, desde el principio, no sólo claridad para su inteligencia, sino luz y fuerza que dirijan sus pasos en el seguimiento de Jesús. Ayudamos a la gente a apreciar y a frecuentar los sacramentos —la Eucaristía, la Confesión—, a cuidar la oración personal, a tratar a Dios como Padre y a la Santísima Virgen como Madre, a ofrecer el trabajo al Señor, a preocuparse de las necesidades espirituales y materiales de los demás, a acercar a Dios a quienes se relacionan más de cerca con ella o con él.

Procuremos, pues, acrecentar en cada jornada el trato personal con Dios Padre, con Jesucristo, con el Espíritu Santo, con la Virgen Santísima. Quienes nos alimentamos del espíritu del Opus Dei, queremos poner en esa vida de piedad un colorido particular, que muchas otras personas también hacen propio: el que proviene del sentido de la filiación divina. Nos esforzamos por imitar a Cristo, con particular atención en sus años de trabajo y de vida ordinaria en Nazaret; fomentamos la devoción al Espíritu Santo, huésped íntimo del alma, que nos empuja a la identificación con Cristo y al amor de Dios Padre; veneramos a la Santísima Virgen como Madre de Dios y Madre nuestra, con una piedad de hijos pequeños que todo lo esperan de su maternal bondad; buscamos el trato personal con los Ángeles Custodios, a quienes consideramos aliados en todas nuestras tareas apostólicas, y acudimos con entera confianza a San Josemaría, nuestro Padre queridísimo, en quien vemos perfectamente realizado el espíritu que Dios ha querido para el Opus Dei.

Además, hemos de esforzarnos siempre por servir con obras y de verdad(1 Jn 3, 18), no sólo con palabras, a la Iglesia santa. Recemos y hagamos rezar por el Papa y por sus intenciones, tirando del carro en la dirección que señala el Santo Padre y, en cada lugar, los Obispos en comunión con el Romano Pontífice. Realizando con fidelidad la misión propia del Opus Dei, colaboramos directísimamente a que se lleve a cabo la gran misión que el Maestro ha confiado a la Iglesia, para que se cumpla el querer de Dios: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm2, 4).

Hemos de dar una decidida carga apostólica a todo lo que nos ocupa, en las situaciones y en los momentos más diversos. De este modo, todos, incluso los que excepcionalmente no se encuentren en condiciones de atender un apostolado personal inmediato, desarrollaremos una labor muy fecunda. Pero este camino requiere —lo repito de intento— cuidar el trato con Dios en las prácticas de piedad cristiana; esmerarse en la realización de un trabajo bien terminado, presentándolo a Dios cada día en la Santa Misa; dar importancia a las pequeñas mortificaciones, que Él espera que se alcen en nuestra conducta con un ritmo constante, «como el latir del corazón» (San Josemaría, Forja, n. 518).

La unión con Cristo en la Cruz es imprescindible para ejecutar fielmente y con optimismo este programa apostólico. No se puede seguir a Jesús sin negarse a sí mismo (cfr. Lc 9, 23), sin cultivar el espíritu de mortificación, sin la componente habitual de obras concretas de penitencia. Lo señalaba el Santo Padre, meses atrás, al anunciar la celebración de un año dedicado a San Pablo en el bimilenario de su nacimiento. Puntualizaba que los frutos del Apóstol de los gentiles «no se deben atribuir a una brillante retórica o a refinadas estrategias apologéticas y misioneras. El éxito de su apostolado depende, sobre todo, de su compromiso personal al anunciar el Evangelio con total entrega a Cristo; entrega que no temía peligros, dificultades ni persecuciones: ”Ni la muerte ni la vida —escribió a los Romanos—, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna, podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8, 38-39).

»De aquí podemos sacar una lección muy importante para todos los cristianos. La acción de la Iglesia sólo es creíble y eficaz en la medida en que quienes forman parte de ella están dispuestos a pagar personalmente su fidelidad a Cristo, en cualquier circunstancia. Donde falta esta disponibilidad, falta el argumento decisivo de la verdad, del que la Iglesia misma depende» (Benedicto XVI, Homilía en la Basílica de San Pablo extramuros, 28-VI-2007).

Estas consideraciones nos ayudan a prepararnos para la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el próximo día 14. San Josemaría nos señaló la gran meta de poner la Cruz de Cristo en la cima de todas las actividades humanas —con nuestro trabajo santificado y santificante— para que Jesús atraiga a todos hacia sí (cfr. Jn 12, 32). Contemplemos la urgencia de esta tarea, porque «¡cuántos, también en nuestro tiempo, buscan a Dios, buscan a Jesús y a su Iglesia, buscan la misericordia divina, y esperan un “signo” que toque su mente y su corazón! Hoy, como entonces, el evangelista nos recuerda que el único “signo” es Jesús elevado en la cruz: Jesús muerto y resucitado es el signo absolutamente suficiente. En Él podemos comprender la verdad de la vida y obtener la salvación. Éste es el anuncio central de la Iglesia, que no cambia a lo largo de los siglos. Por tanto, la fe cristiana no es ideología, sino encuentro personal con Cristo crucificado y resucitado. De esta experiencia, que es individual y comunitaria, surge un nuevo modo de pensar y de actuar: como testimonian los santos, nace una existencia marcada por el amor» (Benedicto XVI, Homilía, 26-III-2006).

Una parte importante de ese mostrar a Cristo en nuestra vida, se resume —no lo demos por sabido— en la práctica gozosa, habitual, de la mortificación y de la penitencia: renunciar voluntariamente a comodidades y placeres que, sin ser malos en sí mismos, podrían entibiar o dificultar la unión con Dios. El uso templado de los bienes materiales, sin dejarse apresar en sus lazos, reviste una importancia fundamental en ese estar con Cristo y en el apostolado.

Hace ya muchos años, nuestro Fundador escribió que «los hombres esperan de nosotros, los hijos de Dios en su Obra, ese bonus odor Christi, que —apoyado en nuestra templanza— les encienda y les arrastre» (San Josemaría, Instrucción, mayo-1935/14-IX-1950, n. 65). En cambio, si no rechazamos el contagio de lo mundano, si pensásemos que es imposible llevar con nosotros el ambiente exigente de Cristo, si no supiéramos ir contra corriente, no podríamos ayudar a los otros a encontrar la gran dicha de la amistad con Jesucristo. Lo mundano, desgraciadamente, abunda en la mayor parte de los ambientes. Es preciso invitar a los demás —primero con el ejemplo— a respirar el aire limpio de la cercanía de Dios. Y, para esto, es indispensable la templanza del corazón y de los sentidos:bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios (Mt 5, 8); con la persuasión de que sólo así se ama apasionadamente este mundo nuestro.

¡Qué grande es la responsabilidad de los cristianos! Meditemos una vez más las palabras que San Josemaría escribió en Camino: «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides— dependen muchas cosas grandes» (San Josemaría, Camino, n. 755).

Seguid rezando por la persona y las intenciones del Santo Padre. Pedid al Señor que haga muy fecundo su servicio a la Iglesia: que todos los católicos —pastores y fieles— acojan de corazón sus enseñanzas y las pongan en práctica. Y uníos también a mis intenciones: perdonad tanta insistencia, pero necesito de verdad de vosotros, de cada una y de cada uno. Repetía nuestro Padre: «está todo hecho, y está todo por hacer»; por eso busco vuestra colaboración total, para que yo no detenga ese reto de apostolado, de anunciar a la humanidad que Jesucristo nos llama a cada una, a cada uno.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

¡Vale la pena… dejar hacer al “Pintor”!

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Tenía la carrera de ingeniero de Caminos, un buen sueldo… según los cánones vigentes de la sociedad actual, había triunfado. Sin embargo yo no estaba satisfecho. Buscaba algo más, pero no sabía lo que era; y estas inquietudes no podía hablarlas con nadie que me entendiera”. Así cuenta Alfonso Sánchez, joven ingeniero de Granada, su encuentro con Dios en el trabajo y el matrimonio.

Alfonso e Inma, en Granada.

(Testimonio extraído del libro ‘Un amor siempre joven’, de Ed. Palabra, sobre las enseñanzas de San Josemaría Escrivá acerca de la familia)

I.- “La gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. – Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y con ella, el relieve, el peso y el volumen” (Camino, nº 279)

En otoño de 1998 terminé la carrera de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y llevaba trabajando varios meses. Tenía 26 años. Disponía de medios económicos, y mis amigos y familiares me felicitaban. Según los cánones vigentes en la sociedad actual, había triunfado

Al poco tiempo me ofrecieron un puesto de mayor envergadura, responsabilidad y sueldo. Sin embargo yo no estaba satisfecho: me costaba el mismo trabajo levantarme por la mañana y no tenía ilusión en el trabajo. Terminaba una obra y venía otra; y la empresa me exigía un resultado exclusivamente económico. Buscaba algo más, pero no sabía lo que era; y estas inquietudes no podía hablarlas con nadie que me entendiera.

En el plano personal, contaba con el cariño de mi familia y el apoyo de mi novia, Inmaculada, que tuvo mucha paciencia conmigo por mi inseguridad al plantearnos un compromiso definitivo. Mi concepto de la familia no estaba claro; y de hecho, cada vez que se mencionaba, intentaba posponer la boda con cualquier excusa, como consecuencia de la inseguridad que proporciona no tener unos sólidos cimientos espirituales.

Poco antes de estos sucesos, Inma empezó a sentir molestias en la garganta. La operaron pensando que era amigdalitis. El diagnóstico no fue acertado y las úlceras que tenía no cicatrizaron. Empezaron a hacerle innumerables pruebas y estudios: ahora diagnostican una cosa, ahora otra; ensayaron muchos tratamientos, pero ninguno resolvió su enfermedad.

II. “También tiene su historia lo del lucero… son esas grandes estrellas que parpadean por la noche, allá arriba, en la altura, en el cielo azulado y oscuro, como grandes diamantes de una claridad fabulosa. Así es de clara vuestra vocación: la de cada uno y la mía” (Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Eunsa, Pamplona, 1982, p. 26).

A finales de 1999 pasé un fin de semana con un tío mío sacerdote y unos amigos. Tras una animada comida familiar, empezaron a hablar de Jesucristo, y de cómo el trato con Él había cambiado sus vidas. Les noté una paz interior y una alegría desconocidas hasta entonces. Esa misma noche, de temperatura agradable, paseábamos Inmaculada y yo mientras comentábamos las impresiones de aquel encuentro. De pronto, vimos en el cielo un destello impresionante, provocado por una estrella fugaz que dividió el firmamento en dos. Me quedé sobrecogido, y esa conmoción interior me indicó, sin dudas, el camino a seguir.

Cuando pude leer los textos de San Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, y leí ese pasaje en que dice que la vocación es un lucero, a mí me pareció ver reflejado el instante en que Dios se hizo presente en mi vida para pedírmelo todo.

III.- “Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo.” (Camino, nº 82).

Alfonso y su mujer, Inma

No podía desoír esta llamada. Fui a hablar con mi tío, el sacerdote; éste me regaló un par de libros sobre doctrina cristiana, y me los leí de corrido. Pero con esto sólo, no resultaba suficiente. Seguía buscando. Mi entorno tampoco me alentaba, pues el bagaje formativo de mis amistades era muy escaso.

Inmaculada continuaba con sus problemas de salud: las úlceras en la garganta aparecían y desaparecían con desasosegante intermitencia. Los médicos probaban todo tipo de tratamientos, con poco éxito; y seguían sin tener un diagnóstico claro.

Continuaba con mi formación cristiana de modo autodidacta. Leí un libro tras otro, y empecé a asistir a la Santa Misa. Al poco tiempo, confesé y empecé a recibir la Sagrada Comunión. Hablaba muy de tarde en tarde con algún sacerdote, y empezaba a sentirme interiormente más realizado. Pensaba aún que la vida cristiana se reducía a ir a Misa los domingos, pero yo veía con claridad que aquello no me bastaba.

Unos meses después, abrí un libro que tenía en casa con una encuadernación muy cuidada. Se titulaba Hablar con Dios, y estaba escrito por D. Francisco Fernández Carvajal. Me apropié del ejemplar y empecé a leerlo. Se convirtió en mi libro de cabecera y me acompañaba en todos los viajes de trabajo. Por entonces, oí hablar sobre el Opus Dei y sobre su Fundador, y me di cuenta de que su mensaje no dejaba a nadie indiferente: su afirmación de que Dios nos llama a todos por caminos de santidad (que no es posible vivir un cristianismo “de segunda categoría”) a unos les entusiasmaba y a otros les resultaba inquietante.

De nuevo acudí a mi tío, que me dio una explicación y me regaló Camino, Surco y Es Cristo que pasa: tres libros del Fundador de la Obra. Además, me orientó acerca de cómo leerlos y me comentó la difusión que había alcanzado Camino: más de 4 millones de ejemplares en casi todas las lenguas del mundo.

Portada del libro que ofrece éste y otros testimonios.

“Que tu vida no sea una vida estéril. – Sé útil.- Deja poso.” Así comenzaba aquel libro. Descubrí una gran fuerza espiritual en aquellos consejos. Una aplicación integral y profunda del cristianismo, para la vida actual. Trabajo, lucha interior, vida sobrenatural, llamamiento… Poco a poco fui captando un espíritu, un estilo de vida con el que me sentía identificado. Y caí en la cuenta de que aquel libro que tanto me ayudaba, Hablar con Dios, de cuyo autor no conocía nada, reflejaba esa misma espiritualidad.

Fui ampliando conocimientos acerca del mensaje de San Josemaría y de su aplicación práctica, que constituye el Opus Dei. Decidí contactar con la Obra. No conocía a ningún miembro ni sabía de la existencia de las múltiples labores que realizaba. El sentido práctico de la profesión me llevó a recurrir a la guía telefónica. El contacto fue eficaz y encontré la ayuda que necesitaba.

Vislumbré con claridad mi matrimonio con Inmaculada. Pronto nos casamos, abandonados en las manos del Señor, y sin dejar de poner los medios. La visión de la enfermedad se transformó, y dejó de ser un problema para pasar a ser una dificultad, e incluso un acicate en el que se transparenta el Amor de Dios.

IV.- “Y ¿en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi vida, no parecerá postiza mi naturalidad?, me preguntas. –Y te contesto: Chocará sin duda, la vida tuya con la de ellos: y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido” (Camino, 380).

Con la práctica de las enseñanzas de San Josemaría experimento el ciento por uno prometido por Nuestro Señor a sus discípulos. Voy descubriendo la unidad de vida, que me lleva a dar relieve a las jornadas aparentemente iguales; la fuerza de la oración, siempre fecunda; el valor de la entrega y los pequeños sacrificios, siempre presentes; el valor corredentor del trabajo; la filiación divina, etc. En definitiva, sentirse instrumento de Dios, dejar hacer al Pintor… “Ya puedes desechar esos pensamientos de orgullo: eres lo que el pincel en manos del artista. Y nada más. Dime para qué sirve un pincel, si no deja hacer al pintor” (Camino, 612).

Pero donde se manifiesta de un modo más vivo mi vinculación al Opus Dei, es en el apostolado. Poco a poco mis amigos se acercan a preguntarme qué me pasa, y cuando se lo explico, empiezan a dar los primeros pasos. No son tan rápidos como yo desearía. También ellos tienen su proceso de acercamiento y, por más que quiero quemar etapas, tengo que conformarme con ver cómo avanzan lentamente. Se van preocupando por su alma, se acercan a los sacramentos, a la Obra. Otros acuden a nosotros para solicitar un consejo o una pequeña ayuda. Aquella situación familiar complicada se va resolviendo…

La alegría más grande me la proporciona Inmaculada, que me acompaña y aventaja en este viaje interior. Aunque sigue con sus afecciones físicas, confiamos en la ayuda de nuestro Padre para superarlas; y así se lo encomendamos.

Voy a terminar. Y lo haré con dos párrafos.

El primero es para recordar un encuentro largamente esperado ¡Qué buen rato pasé, hace unas semanas, cuando tuve la oportunidad de saludar personalmente a D. Francisco Fernández Carvajal: un sacerdote joven, simpático y en extremo atento, a quién no acertaba a imaginar así, cuando me levantaba interiormente apoyado en las páginas de su libro!

El segundo es para manifestar un deseo. Querría que estas líneas sirvieran de agradecimiento a Dios por todo lo que hemos recibido en mi familia: algo tan ordinario y tan extraordinario. También le pido a San Josemaría, en el año de su centenario y de su canonización, que estas experiencias sirvan para que otras personas que estén empezando no duden y correspondan desde el principio a la gracias que Dios nos concede inmerecidamente. Vale la pena, también humanamente. ¡Vale la pena!

“Tomé la resolución de sonreír más yo también”

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Testimonio de Roger Bissonnette, mecánico y conductor de autobuses escolares en la ciudad canadiense de Quebec. Vive con su mujer en Côteau-du-Lac. Tienen dos hijos adultos.

Vi tertulias filmadas de san Josemaría y una cosa que me impresionó fue su sonrisa alegre y contagiosa. Después, conocí a gente que tenía también una sonrisa auténtica. Tomé la resolución de sonreír más, a pesar de las contrariedades que a veces me encontraba en el trabajo. Un amigo me preguntó cómo hacía para estar siempre de buen humor. Yo no sabía qué contestarle y le dije que había aprendido esto de Josemaría Escrivá. Mi mujer dice que mi carácter se ha suavizado, que ha perdido algunas asperezas típicas de los mecánicos.

Practicaba mi fe, iba a misa todos los domingos pero jamás se me ocurrió que podía buscar la santidad. Eso, pensaba, es sólo para sacerdotes y religiosos. Pero cuando mi mujer me dio a leer algunas de las homilías de san Josemaría, descubrí que yo también podía llegar a ser santo. Fue una gran novedad.

Tenía la mala costumbre de decir groserías cuando me topaba con contrariedades a lo largo del día, pero me di cuenta de que tenía que dar buen ejemplo, y cambié mis hábitos. Como en muchos garajes mecánicos en la región, en las paredes del mío había ciertos calendarios no muy apropiados. Decidí quitarlos.

Al principio no fue fácil poner en práctica lo que iba oyendo. Pero aprendí que Dios es un Padre que nos ama a pesar de nuestras flaquezas, y que debía procurar continuamente comenzar y recomenzar.

“Redescubrí el valor de la confesión”

testimonio  Tagged , , , , , , No Comments »

Verónica Montiel, de Buenos Aires (Argentina), quiere cambiar el mundo. Antes, deseaba que estallase una revolución para lograr la justicia social y la libertad de los trabajadores. Ahora, se empeña por esos objetivos diciendo que sí a Dios y esforzándose por trabajar mejor. Testimonio tomado del folleto ‘La alegría de los hijos de Dios’.

Verónica Montiel en la Biblioteca de la Universidad Nacional de la Plata.

Verónica estudia filosofía y trabaja en la biblioteca de la Universidad Nacional de La Plata:

“Siempre había tomado la religión como una materia más, como filosofía, geografía o historia. Tenía concepciones materialistas muy arraigadas y estaba convencida de que la justicia social y la libertad de los trabajadores llegarían por medio de una revolución que aboliría las clases sociales.

Conocer las enseñanzas de san Josemaría fue dar un giro de 180º. Entendí que ninguna revolución es posible sin ese sí libérrimo que cada uno puede dar a Dios.

Cuando empecé a asistir a medios de formación cristiana, una de las cosas que más me llamaron la atención fue la alegría y buen humor de las personas que encontraba; me resultaba bastante incomprensible.

Con el tiempo redescubrí el valor de la confesión, una “herramienta” indispensable para seguir de cerca a Jesús, reconciliarnos con Él y mantener en el corazón esa alegría que proviene de Dios. Me llené de deseos de mostrar que –con la gracia de Dios y mi esfuerzo– es posible cambiar esta sociedad por otra más justa”.

Un arma pacífica y silenciosa

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Verónica Montiel, de Buenos Aires (Argentina), estudia filosofía y trabaja en la biblioteca de la Universidad Nacional de La Plata.

“Siempre había tomado la religión como una materia más, como filosofía, geografía o historia. Tenía concepciones materialistas muy arraigadas y estaba convencida de que la justicia social y la libertad de los trabajadores llegarían por medio de una revolución que aboliría las clases sociales.

Conocer las enseñanzas de san Josemaría fue dar un giro de 180º. Entendí que ninguna revolución es posible sin ese sí libérrimo que cada uno puede dar a Dios.

Cuando empecé a asistir a medios de formación cristiana, una de las cosas que más me llamaron la atención fue la alegría y buen humor de las personas que encontraba; me resultaba bastante incomprensible.

Con el tiempo redescubrí el valor de la confesión, una “herramienta” indispensable para seguir de cerca a Jesús, reconciliarnos con Él y mantener en el corazón esa alegría que proviene de Dios. Me llené de deseos de mostrar que –con la gracia de Dios y mi esfuerzo– es posible cambiar esta sociedad por otra más justa”.


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