Junto al Papa

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En la nave derecha de la Basílica de San Pedro, en Roma, se yergue desde 1964 la estatua de Pío XII, obra de Francesco de Messina. Revestida con capa pluvial de bronce sobredorado, y tiara pontificia. Su mano bendice y subraya al mismo tiempo; puntualiza con gesto firme y digno. La figura tiene cierto hieratismo; sus proporciones la convierten casi exclusivamente en estatura.

Seis años antes, el Papa Eugenio Pacelli, la noche del ocho al nueve de octubre, había fallecido. Una muchedumbre silenciosa asistía al traslado de su cuerpo por las calles de Roma, al responso en San Juan de Letrán, y a la llegada de los restos ante la Basílica de San Pedro. Doblaban las campanas de la Ciudad Eterna.

Para el Opus Dei, la figura de Pío XII es definitivamente entrañable porque durante su Pontificado la Obra recibirá diversas aprobaciones en su largo camino jurídico -abriendo cauces nuevos en el Derecho Canónico-, que culminará muchos años después, en 1982, cuando el Opus Dei sea erigido Prelatura Personal.

Durante los días de luto que siguen a la muerte de Pío XII, el Fundador del Opus Dei habla especialmente del cariño por el Sumo Pontífice que es parte integrante del espíritu del Opus Dei.

«Sabéis, hijos míos, el amor que tenemos al Papa (…), quienquiera que sea. A éste que va a venir ya le queremos. Estamos decididos a servirle con toda el alma ex foto corde tuo, ex tota anima tua… Y a este Pontífice le vamos a amar así».

En otro momento, repetirá:

«Rezad, ofreced al Señor hasta vuestros momentos de diversión. Hasta eso lo ofrecemos por el Papa que viene, para dar a conocer la eternidad de la Iglesia, como hemos ofrecido la misa todos estos días, como hemos ofrecido… hasta la respiración»(22).

Y seguirá insistiendo:

«Cuando vosotros seáis viejos, y yo haya rendido cuenta a Dios, vosotros diréis a vuestros hermanos cómo el Padre quería al Papa con toda su alma, con todas sus fuerzas… »(23).

El 28 de octubre de 1958, una «fumata bianca» a última hora de la tarde, pone fin a la espera de todo el mundo católico: aquel que va a ser representante de Cristo en la tierra ya tiene nombre. El Cardenal Canali anuncia a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro la elección del Patriarca de Venecia, que ha escogido el nombre de Juan XXIII. Se llama Ángel José Roncalli y es uno de los trece hermanos de una familia campesina de Sotto il Monte, cerca de Bérgamo. Tiene setenta y siete años.

Durante un viaje que hubo de hacer en 1954 a España, el entonces Cardenal Roncalli se alojará en dos Residencias Universitarias promovidas por miembros del Opus Dei: La Estila en Santiago de Compostela y Miraflores en Zaragoza. Años más tarde le comentará al Padre que le llamaron la atención la alegría y el buen espíritu que reinaban en las dos casas. Pensó que se trataba de una peculiaridad del carácter español, pero luego vio que era una característica de la Obra (24).

En 1960, el Padre solicita audiencia en el Vaticano para saludar al nuevo Papa. Pocos días después, es recibido por Juan XXIII. La entrevista transcurre en un tono entrañable y patriarcal. Como solía hacer el Papa Juan.

«La primera vez que oí hablar del Opus Dei -le dijo el Papa- me dijeron que era una institución “imponente e che faceva molto bene”, una institución imponente y que hacía mucho bien. La segunda (…), que era una institución “imponentissima e che faceva moltissimo bene”»(25). Y comentaba que estas palabras le entraron por los oídos, pero su cariño por el Opus Dei le quedó en el corazón.

El Padre habló mucho con el Papa; de la Obra, de sus apostolados, de la actitud de servicio a la Iglesia que llevan sus hijos a través del mundo.

Un momento antes de terminar la audiencia, el Santo Padre hace llamar a un fotógrafo para que la entrevista quede grabada de modo perenne. Al día siguiente llega la fotografía a Villa Tevere, junto con una bendición llena de cariño.

El Fundador comentará algún tiempo después: «Pío XII llegó a conocer la Obra y la quiso (…). Juan XXIII la quiso muchísimo y me decía que fuera a verle más a menudo (…). Diez días antes de su muerte (…) mandó un último pequeño regalo. Un día, hablando con él, me dijo en italiano: “Monseñor, la Obra pone ante mis ojos horizontes infinitos que no había descubierto”»(26).

Cuenta el Fundador la confianza con que habló a Juan XXIII del apostolado del Opus Dei con los no cristianos. Y de lo que le había costado conseguir la aprobación por parte de la Santa Sede, para nombrar Cooperadores del Opus Dei también a personas no católicas:

«Cuando solicitamos oficialmente, hace veinte años, de la Santa Sede la autorización para recibir a los no católicos e incluso a los no cristianos como Cooperadores de nuestra Obra, la primera contestación fue que era imposible. Volví a insistir y la respuesta fue un dilata, que era ya reconocer la legitimidad de nuestra petición, aunque aconsejándonos esperar. Por fin, en 1950, la contestación afirmativa: la Obra era así la primera asociación de la Iglesia católica que abría fraternalmente sus brazos a todos los hombres, sin distinción de credo o confesión»(27).

Ante la hilaridad de Juan XXIII, le dijo el Padre: «como ve Vuestra Santidad, en este punto no he aprendido nada del Santo Padre: lo he aprendido del Evangelio»(28).

El Santo Padre asintió. Porque la raíz del trabajo de la Obra con los no católicos que lleva incluso a admitirlos como Cooperadores de la Obra, es efectivamente evangélica.

El sentido de la libertad de las conciencias en la Obra lleva a compartir trabajo y proyectos incluso con personas que no tienen confesionalidad católica. Los Cooperadores no forman parte de la Obra, pero, por razones de utilidad social, cultural, etc., aportan su ayuda y colaboración para sacar adelante tareas que tienen gran envergadura humana. En algunos países, son un apoyo insustituible.

El 25 de enero de 1959, Juan XXIII anuncia a los Cardenales en la Basílica de San Pablo Extramuros su propósito de convocar un Concilio que habría de llevar el nombre de Vaticano II; también la reunión de un Sínodo romano y la revisión del Código de Derecho Canónico. El Papa abría un enorme panorama de trabajo, oración y diálogo, a los tres meses de su elevación al Pontificado. Habría de ser el XXI Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica.

El 11 de octubre de 1962, festividad de la Maternidad de Nuestra Señora, en la nave central de la Basílica de San Pedro se declara abierto el Vaticano II. Dos mil quinientos padres conciliares se alinean bajo las estatuas, mausoleos y bóvedas del gran templo de la cristiandad. Cerca de ellos, el Papa: un hombre de casi ochenta y un años pero lleno de energía, de amor y resolución que, unos días antes, el cuatro de octubre, ha ido como peregrino a los Santuarios de Loreto y Asís implorando la ayuda del Cielo. Diez Sesiones públicas presididas por Su Santidad y más de ciento sesenta Congregaciones Generales tendrán lugar para estudiar y aprobar los diversos documentos conciliares. Un número considerable de observadores no católicos podrán asistir a las reuniones abiertas. Durante el primer período conciliar, el Papa se abstendrá de participar en los trabajos de las Congregaciones Generales. Pero seguirá su desarrollo completo a través de un circuito cerrado de televisión. Su salud empieza a resentirse: sin embargo, no renuncia a rezar y sufrir por esta barca que gobierna en nombre de Cristo y ha de soportar los embates de toda clase de tempestades. Insiste en el empeño por explicar con mayor precisión a los fieles y al mundo entero la naturaleza y misión universal de la Iglesia.

Ya en 1961, el Papa Juan había publicado la Encíclica Mater et Magístra conmemorando el setenta aniversario de la Rerum Novarum de León XIII. Quería animar el empeño autónomo y responsable de los católicos en la vida social y económica de la humanidad contemporánea. Dos años más tarde, el 11 de abril de 1963, dará a conocer la Pacem in Terrís: la paz entre todos los pueblos fundada sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad…

En junio de 1962, Monseñor Escrivá de Balaguer será recibido, una vez más, por Su Santidad el Papa. Recordando esta inolvidable audiencia, el Padre escribe con emoción y alegría:

«Os diré, sin embargo, que de este encuentro del hijo con el Padre han quedado guardados en mi mente y en mi corazón todos los pormenores. Más aún: así como el Apóstol Juan conservó un nítido y vivo recuerdo, fruto de un gran amor, de todos lo pormenores de sus encuentros con el Maestro (y este recuerdo llega incluso a precisar la hora de la divina llamada: hora erat quasi decima); del mismo modo yo, en mi modestia, vuelvo con mi recuerdo a esta Audiencia, y guardo de ella hasta el más mínimo detalle: no solamente el día y la hora, sino también la mirada atenta y llena de paterna benevolencia, el gesto suave de la mano, el calor afectuoso de su voz, la alegría grave y serena reflejada en su semblante… Quisiera de verdad, queridísimos hijos, que todos vosotros sintiérais la misma alegría que yo y quedáseis inmensamente agradecidos al Papa Juan XXIII por su bondad y benevolencia (…).

El Santo Padre Juan XXIII, Pastor común (…), que además ha sido el Pontífice de la Encíclica Mater et Magistra y será el gran Papa del Concilio Ecuménico Vaticano II, nos tiene a todos en su corazón. Nos conoce y nos comprende perfectamente» (29).

El Fundador del Opus Dei desborda, en páginas que le salen del alma, el resumen de su admiración y cariño agradecido al Pontífice.

Juan XXIII no verá finalizar las sesiones del Concilio Vaticano II. El 3 de junio de 1963 será anunciado su fallecimiento.

Dos semanas antes había recibido en audiencia a un matrimonio -los dos miembros del Opus Dei- acompañado por sus hijos. El Santo Padre les habló de la grata impresión recibida durante su estancia en España, donde había tomado contacto por primera vez con la Obra. Y les dijo también que en Roma había podido tener un conocimiento más directo y más profundo; había visto los inmensos horizontes de la labor del Opus Dei, comprendiendo bien su trascendencia y universalidad. Les subrayó que recordaba con muchísimo cariño las veces que había podido hablar directamente con el Fundador.

Este fue el último detalle de afecto de Su Santidad Juan XXIII por el Opus Dei. El Padre, durante toda la enfermedad del Papa, ofrecerá su Misa diaria por él. Muchos de los miembros de la Obra que viven en Roma acompañarán las horas finales de su vida rezando en la calle junto a los fieles de todo el mundo. El día 3 de junio de 1963, una inmensa muchedumbre asiste a la Misa que el Cardenal Traglia, Pro-Vicario de Roma, celebra en la Plaza de San Pedro. Anochece. A las 19,49 las campanas de la Basílica Vaticana empiezan a doblar: ha muerto el Papa. La gente que abarrota este templo al aire libre se pone de rodillas.

En Villa delle Rose, Castelgandolfo, el Fundador mandará poner una lápida como testimonio de agradecimiento a la generosidad de este sucesor de Pedro que, entre otras cosas, donó definitivamente los terrenos en que se alza el Colegio Romano de Santa María.

En las grutas vaticanas, un sencillo mausoleo guarda los restos de Juan XXIII. Un relieve del siglo XV con la Virgen, el Niño y los ángeles, vela la bondad y recio corazón de este Papa de la Iglesia.

Desde 1957, Monseñor Escrivá de Balaguer es Consultor de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades; también es Académico de la Pontificia Academia Romana de Teología; a partir de 1961 será, además, Consultor de la Comisión Pontificia para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico.

Pero, sin duda, la mejor y más insustituible ayuda del Padre al Romano Pontífice, y en él a toda la Iglesia de Cristo, es la oración, el amor, la obediencia incondicional a lo que el primero de los Apóstoles pueda necesitar del Opus Dei. Este es un testimonio de fidelidad que no olvidarán nunca los hijos de Dios en la Obra.

« “Ubi Petrus, íbi Ecclesia, ibi Deus. Queremos estar con Pedro, porque con él está la Iglesia, con él está Dios; y sin él no está Dios. Por eso yo he querido romanizar la Obra. Amad mucho al Padre Santo. Rezad mucho por el Papa. Queredlo mucho, ¡queredlo mucho! Porque necesita de todo el cariño de sus hijos. Y esto lo entiendo muy bien: lo sé por experiencia, porque no soy como una pared, soy un hombre de carne. Por eso me gusta que el Papa sepa que le queremos, que le querremos siempre, y eso por una única razón: que es el dulce Cristo en la tierra»(30).

“La barca de Pedro no se hunde”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Poco tiempo antes de celebrar sus bodas de oro sacerdotales ‑28 de marzo de 1975‑, Mons. Escrivá de Balaguer se dirigía a un grupo de socios del Opus Dei en estos términos:

Cuando yo me hice sacerdote, la Iglesia de Dios parecía fuerte como una roca, sin una grieta. Se presentaba con un aspecto externo que ponía enseguida de manifiesto la unidad: era un bloque de una fortaleza maravillosa. Ahora, si la miramos con ojos humanos, parece un edificio en ruinas, un montón de arena que se deshace, que patean, que extienden, que destruyen… El Papa ha dicho alguna vez que se autodestruye. ;‑Palabras duras, tremendas! Pero esto no puede suceder, porque Jesús ha prome­tido que el Espíritu Santo la asistirá siempre, hasta el final de los siglos.

¿Qué vamos a hacer nosotros? Rezar, rezar. Estoy seguro de que mis hijas y mis hijos, muchos miles de personas en todo el mundo, rezarán especialmente por las intenciones de mi Misa cuando celebre mis bodas de oro sacerdotales. Serán las de siempre: la Iglesia, el Papa, la Obra. Siempre doy estas tres pinceladas, aunque cada día haya unos coloridos diversos, unas vibraciones distintas, unas luces cuya intensidad va de aquí para allá. Pero el común denominador de mi petición al Señor es siempre el mismo: la Iglesia, el Papa y el Opus Dei.

Monseñor Escrivá de Balaguer esperó siempre en la Iglesia, a pesar de los pesares. Una vez confiaba a un Cardenal que, con mucha frecuencia, al recitar el Credo y afirmar su fe en la divinidad de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, añadía: a pesar de los pesares. Cuando el Cardenal le preguntó a qué quería referirse, le respondió: a sus pecados y a los míos.

Estaba firmemente persuadido de que es el Espíritu Santo quien gobierna la Iglesia. De ahí surgía su optimismo contagioso cuando la Barca de Pedro se veía zarandeada por dificultades aparentemente insuperables.

Vivió siempre una fidelidad plena al Magisterio, a todo el Magisterio de la Iglesia, y al carácter continuo y unitario de sus enseñanzas. Por eso, no era amigo del uso arbitrario ‑a veces, abusivo‑ del término postconciliar, olvidando ‑comentó alguna vez‑ que estamos en época postconciliar desde unos treinta años después de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo: desde el Concilio de Jerusalén, donde con aquella autoridad tremenda, con aquel atrevimiento humano y divino, los apóstoles dijeron: visum est Spiritui Sancto et nobis, nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros…

Siguió muy de cerca la marcha del Concilio Vaticano II . Ante todo, con la oración por los frutos de la Asamblea ecuménica. Mucho antes de que empezara la primera sesión, pidió a todos los socios del Opus Dei que encomendasen al Espíritu Santo los trabajos conciliares, ofreciendo cada uno a Dios lo que quisiera, pero que rezasen mucho y a diario.

Todos supieron pronto del cariño, del amor a la Iglesia con que siguió desde el primer momento los trabajos de los obispos, de la Curia, de los peritos conciliares. Y entre sus primeras preocupaciones destacó pronto una, por encima de todas: su gran amor al Romano Pontífice.

Cuando en 1967 el director de la revista Palabra le dirigió un extenso cuestionario, quiso iniciarlo inquiriendo el sentido que daba al término aggiornamento, muy usado en aquellos años para referirse a la Iglesia. La respuesta de Mons. Escrivá de Balaguer resume toda su actitud de fondo, toda su esperanza, ante la misión de la Iglesia:

Fidelidad. Para mí aggiornamento significa sobre todo eso: fidelidad. Un marido, un soldado, un administrador es siempre tanto mejor marido, tanto mejor soldado, tanto mejor adminis­trador, cuanto más fielmente sabe hacer frente en cada momen­to, ante cada nueva circunstancia de su vida, a los firmes compromisos de amor y de justicia que adquirió un día. Esa fidelidad delicada, operativa y constante ‑que es difícil, como difícil es toda aplicación de principios a la mudable realidad de lo contingente‑ es por eso la mejor defensa de la persona contra la vejez de espíritu, la aridez de corazón y la anquilosis mental.

Lo mismo sucede en la vida de las instituciones, singularísi­mamente en la vida de la Iglesia, que obedece no a un precario proyecto del hombre, sino a un designio de Dios. La Redención, la salvación del mundo, es obra de la amorosa y filial fidelidad de Jesucristo ‑y de nosotros con Él‑ a la voluntad del Padre celestial que le envió. Por eso, el aggiornamento de la Iglesia ‑ahora, como en cualquier otra época‑ es fundamentalmente eso: una reafirmación gozosa de la fidelidad del Pueblo de Dios a la misión recibida, al Evangelio.

Es claro que esa fidelidad ‑viva y actual ante cada circuns­tancia de la vida de los hombres‑ puede requerir, y de hecho ha requerido muchas veces en la historia dos veces milenaria de la Iglesia, y recientemente en el Concilio Vaticano II, oportunos desarrollos doctrinales en la exposición de las riquezas del Depositum Fidei, lo mismo que convenientes cambios y reformas que perfeccionen ‑en su elemento humano, perfectible‑ las estructuras organizativas y los métodos misioneros y apostólicos. Pero sería por lo menos superficial pensar que el aggiornamento consista primariamente en cambiar, o que todo cambio aggiorna. Basta pensar que no faltan quienes, al margen y en contra de la doctrina conciliar, también desearían cambios que harían retro­ceder en muchos siglos de historia ‑por lo menos a la época feudal‑ el camino progresivo del Pueblo de Dios.

Esperanza y prudencia fueron dos virtudes que Mons. Escrivá de Balaguer puso especialmente en ejercicio a partir de los años sesenta, para vivir su lealtad a la Iglesia. Al término de la entrevista citada, subrayaba el optimismo cristiano, la gozosa certeza de que el Espíritu Santo hará fructificar cumplidamente la doctrina con la que ha enriquecido a la Esposa de Cristo; pues ese enriquecimiento doctrinal ponía a la Iglesia toda ‑al entero Pueblo sacerdotal de Dios‑ de frente a una nueva etapa, suma­mente esperanzadora, de renovada fidelidad al propósito divino de salvación que se le ha confiado.

Pero el optimismo esperanzado era inseparable de la prudencia, puesto que el momento no dejaba de ser delicado: muchas conclusiones teológicas tenían inmediatas y directas aplicaciones de orden pastoral, ascético y disciplinar, que tocan muy en lo íntimo la vida interna y externa de la comunidad cristiana ‑liturgia, estructuras organizativas de la Jerarquía, formas apostólicas, Magisterio, diálogo con el mundo, ecumenismo, etcétera‑ y, por tanto, también la vida cristiana y la conciencia misma de los fieles.

De ahí la necesidad de la prudencia por parte de quienes investigan o gobiernan, porque especialmente ahora podría hacer un daño inmenso la falta de serenidad y ponderación en el estudio de los problemas.

No es éste el lugar para describir la difícil situación que ha padecido la Iglesia en estos últimos tiempos. Aquí interesa más señalar cómo Mons. Escrivá de Balaguer no perdió nunca la alegría, la serenidad, la fe esperanzada en que Dios iría arreglando todas las cosas. Tampoco la prudencia, cuando como buen pastor de la extensa familia del Opus Dei, tenía que tomar disposiciones para cuidar de la salud espiritual de sus socios. Era consciente de la complejidad del problema, lo cual hacía con frecuencia más difícil discernir lo que es positivo y bueno ‑reales contribuciones al desarrollo de la ciencia teológica, deseos de auténtica vida cristiana y afanes apostólicos‑, de lo que constituye un grave atentado a la fe y a las costumbres.

Con auténtica y sabia vigilancia pastoral, ejercida a veces en términos realmente heroicos, impulsó en estos años la formación de los socios y asociadas del Opus Dei, en la doctrina común de la Iglesia ‑in libertate gloriae filiorum Dei‑, sin tener escuelas propias en las cuestiones que el Magisterio eclesiástico deja a la libre disputa de los hombres: fortes in fide, con rectitud de intención, con apertura y vigilancia, evitando extremismos o conformismos de cualquier tipo. Y sin miedo al ambiente y a las modas pasajeras: porque nuestro amor a la Iglesia, a la Obra y a las almas nos llevará a hacer una labor de criba que aprovecha lo bueno y deja lo demás, y a ir a veces, por lealtad a Jesucristo y a su doctrina, contra corriente.

Desde estos sólidos puntos de apoyo, la labor pastoral de Mons. Escrivá de Balaguer destacó por esas dos notas ya seña­ladas: optimismo y prudencia. Supo estar en su sitio, y condujo la Asociación con una seguridad vibrante, que encendía a las almas, difundía fortaleza, y aseguraba el buen camino, cuajado de frutos sobrenaturales.

En conversaciones privadas, o con miles de personas, su enseñanza infatigable confortaba los espíritus, removía los cora­zones, confirmaba la fe y ampliaba el horizonte apostólico. Como escribe el Profesor Kummer, de la Universidad de Viena, que estuvo con el Fundador del Opus Dei en febrero de 196$, “de todas sus palabras se desprendía un profundo amor a la Iglesia y al Papa, que fue lo que dio a la conversación su verdadero tono. Me impresionó mucho que, a pesar de la seriedad de sus palabras, éstas desprendían un optimismo contagioso: una postu­ra que, dado su conocimiento de la situación, no podía salir más que de su profunda unión con Dios. Al despedirme me sentía confirmado en la fe y movido a una mayor dedicación apostó­lica”.

Un conocido sacerdote, don Juan Ordóñez Márquez, publicó en un periódico de Sevilla, al día siguiente del fallecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer que había sido “posiblemente. El hombre a quien el Vaticano II poco o nada nuevo tuvo que decir, porque desde bien atrás ya venía andando sus caminos”.

Algo semejante apuntaría unas semanas después el Cardenal Primado de España, don Marcelo González Martín: “Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó él, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del postconcilio; y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moderno, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

“Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven alocadamente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin convertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también ‑como no puede ser menos‑ un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de María, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siempre para ser fieles”.

Y es que el Fundador del Opus Dei no se dejó llevar de superficialidades. Rechazó siempre la conveniencia ‑incluso, la posibilidad‑ de catalogaciones o simplificaciones del tipo “inte­grismo contra progresismo”. Al director de la revista Palabra le puntualizaba en 1967:

Esa división ‑que a veces se lleva hasta extremos de verda­dero paroxismo, o se intenta perpetuar como si los teólogos y los fieles en general estuvieran destinados a una continua orientación bipolar‑ me parece que obedece en el fondo al convencimiento de que el progreso doctrinal y vital del Pueblo de Dios sea resultado de una perpetua tensión dialéctica. Yo, en cambio, prefiero creer ‑con toda mi alma‑ en la acción del Espíritu Santo, que sopla donde quiere, y a quien quiere.

Tiempo después, al comienzo de 1974, el Fundador del Opus Dei estuvo con el Cardenal König,

Presidente del Secretariado pontificio para los no creyentes, que, en un artículo aparecido el 9 de noviembre de 1975 en el Corriere della Sera (Milán), se refirió a la conversación que mantuvieron entonces. El Cardenal König destacaba la “gran autoridad espiritual” de Mons. Escrivá de Balaguer, “su serenidad, su espíritu abierto que desarmaba, sus dotes de organizador, cualidades que iban unidas a una comprensión cariñosa de las preocupaciones y alegrías de las demás personas y a un celo ardiente por las cosas de Dios”.

Y en Il Veltro, Rivista della Civiltá italiana, aseguraba por las mismas fechas el Cardenal Pignedoli, Presidente del Secreta­riado para los no cristianos: “Sufría en su alma los sufrimientos de la Iglesia y se alegraba con sus gozos. Le dolía profundamente la actual desorientación de muchas almas, rezaba y trabajaba con renovado celo, y pedía oraciones. Tendía la mano `como un pobrecito de Dios, implorando la limosna de la oración’. Recor­daba incesantemente que este tiempo de tormenta, en el que el demonio, una vez más, zarandea como el trigo a la Iglesia de Dios (cfr. Lc. XXII, 31), es tiempo de plegarias y de reparación, porque cuanto más se extiende la insidia y la infidelidad tanto más necesario es buscar la intimidad con Dios en la oración y en la penitencia.

“Pero su fe no le permitía estar triste y menos aún desalen­tado. Ofrecía sus sufrimientos y toda su vida por la Iglesia y por el Papa y seguía trabajando contento ‑sembrador de paz y de alegría‑, lleno de optimismo, infundiendo a su alrededor seguridad y consuelo”.

Una vita per la Chiesa, tituló la revista milanesa Studi Cattolici al informar sobre la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer. El titular quería compendiar el amor a la Iglesia que dio sentido a la vida del Fundador Dei Opus Dei; amor que fue siempre in crescendo hasta el final de sus días. Como escribía el 29 de junio de 1975 don Álvaro del Portillo, refiriéndose a la mañana del día 26: “Nos resistíamos a convencernos de que había fallecido. Para nosotros, ciertamente, se ha tratado de una muerte repentina; para el Padre, sin duda, ha sido algo que venía madurándose ‑me atrevo a decir‑ más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia”. Y don Álvaro del Portillo, actual Presidente General del Opus Dei, continuaba: “Desde hace tiempo, el Padre, con una progresiva intensidad, ofrecía al Señor su vida y mil vidas que tuviera ‑añadía habitualmente‑ por la Iglesia Santa y por el Papa, sea quien sea. Este ofrecimiento era intención diaria de su Misa, era fervor continuo de su alma, era dolor de su corazón, era el desvelo de su vida”.

Quienes vivieron cerca de Mons. Escrivá de Balaguer estos últimos años saben de sus noches en vela, abrumado por noticias tristes de la vida de la Iglesia, que no le dejaban tranquilo, al pensar en las almas que podían perder la vida eterna. Fueron años ‑días y noches‑ de oración continua, de trabajo constan­te, de permanente y amoroso desagravio. Fue una época larga en que prescindió de su persona ‑de su honra, de su fama‑ para servir sólo y de veras a la Iglesia, pensando en las almas y en la gloria de Dios. Fueron tiempos en que sostuvo a los socios del Opus Dei como auténtico buen pastor. Puso en su oración, en su mortificación y en su trabajo apostólico un empeño que, aunque pueda parecer imposible, aumentaba de día en día, tanto en el aparente sosiego de Roma, como en sus meses de predicación por medio mundo. En estas horas de tempestad apuntaló la espe­ranza sobrenatural en la Iglesia:

El mar está un poco revuelto… ;Ya se aplacará, no os preocupéis! También yendo Jesús en la barca, la barca parece que se hunde. ;La barca de Pedro no se hunde!

“Así ‑evocaría don Álvaro del Portillo‑ hasta la última jornada, hasta las últimas horas que pasó en la tierra”. El 26 de junio de 1975, menos de dos horas antes de morir, el Fundador del Opus Dei urgía a las almas ‑en este caso, a las alumnas del Istituto Internazionale di Pedagogía de Castelgandolfo‑ a que crecieran en vida interior, para tratar a Dios y a su Madre bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia, y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre.

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El 13 de julio de 1975, el Cardenal Casariego confería en Barcelona la ordenación sacerdotal a 54 profesionales, socios del Opus Dei. Con ellos, sumaban ya casi un millar los socios laicos de la Obra que habían sido llamados al sacerdocio, desde que fueron ordenados por don Leopoldo Eijo y Garay los tres primeros ‑don Álvaro del Portillo, don José María Hernández de Garnica y don José Luis Múzquiz‑, en Madrid el 25 de junio de 1944.

Fue ésta una fecha importante, que quedó grabada para siempre en el corazón del Fundador del Opus Dei. En más de una ocasión comentaría que esa primera ordenación de sacer­dotes le causó a la vez mucha alegría y mucha tristeza:

Amo de tal manera la condición laical de nuestra Obra, que sentía hacerlos clérigos, con un verdadero dolor; y, por otra parte, la necesidad del sacerdocio era tan clara, que tenía que ser grato a Dios Nuestro Señor que llegaran al altar esos hijos míos.

La Obra necesitaba sacerdotes que, junto a la preparación y virtudes de todos los buenos sacerdotes, tuvieran una experiencia personal y un conocimiento bien vivido del espíritu del Opus Dei, para servir con su ministerio a los socios y asociadas de la Obra y para colaborar con el apostolado de los laicos: porque éstos, aunque a través del trato con sus iguales hacen una labor eficaz de ayuda espiritual, acaban por toparse necesariamente con lo que Mons. Escrivá de Balaguer llamaba muy gráficamente muro sacramental.

Necesitamos ‑ponderaba en 1945‑ sacerdotes con nuestro espíritu: que estén bien preparados; que sean alegres, operativos y eficaces; que tengan un ánimo deportivo ante la vida; que se sacrifiquen gustosos por sus hermanos, sin sentirse víctimas.

Y, recordando la ordenación de los tres primeros, agradecía las sinceras congratulaciones que había recibido de personas de todos los ambientes, subrayando este nuevo fenómeno pastoral que se verifica dentro de la Obra de Dios: hombres jóvenes que ejercen una profesión universitaria, con la vida humanamente abierta para hacer libremente su voluntad, que van a servir, sin estipendio alguno, a todas las almas ‑especialmente a las de sus hermanos‑ y a trabajar duramente, porque las horas del día serán pocas para su tarea espiritual.

Efectivamente, había surgido así en la vida de la Iglesia un nuevo fenómeno pastoral, pero también jurídico. Pues en el Opus Dei no cambia la llamada de Dios al cumplimiento perfecto de la vocación cristiana por el hecho de ser sacerdote. Aunque el sacerdocio es lo más grande que Dios puede dar a un alma, queda también claro en la mente del Fundador del Opus Dei que para nosotros el sacerdocio es una circunstancia, un accidente, porque ‑dentro de la Obra‑ la vocación de sacerdotes y de seglares es la misma.

En el Opus Dei todos somos iguales. Sólo hay una diferencia práctica: los sacerdotes tienen más obligación que los demás de poner su corazón en el suelo como una alfombra, para que sus hermanos pisen blando.

No es el momento de profundizar en la novedad y en la riqueza ascética y teológica de este fenómeno pastoral, ahora tan difundido. Lo resumió muy bien el Cardenal Frings, el 27 de agosto de 1972, con ocasión de la primera Misa solemne de un sacerdote del Opus Dei en Colonia: “Ha sido voluntad de

Jesucristo, que fundó la Iglesia y le dio su régimen, que los santos sacramentos en su mayoría sólo puedan ser administrados por aquellos que han recibido la ordenación sacerdotal. Y por eso también esta Asociación necesita sacerdotes, los cuales, sin embargo, no ostentan en general cargos dentro de la Asociación; esto es cosa de los laicos. Pero cuando se trata de celebrar la Santa Misa o de administrar los sacramentos, especialmente de la Penitencia, del Altar, o de dar dirección espiritual personal a cada uno, el sacerdote no puede faltar. Es una actividad discreta, sin brillo, la que asume el sacerdote del Opus Dei. Por tanto, tiene que ser consciente, desde el primer momento, de que no le esperan honores, sino una tarea de servicio a los laicos que en la Iglesia de Cristo se esfuerzan por seguir su camino para alcanzar la santidad. Ésta es la tesis que Mons. Escrivá de Balaguer ha predicado desde hace tanto tiempo y que el Concilio Vaticano II ha hecho suya”.

Es de justicia observar que esto, que hoy parece normal a millares y millares de personas en todo el mundo ‑porque lo han visto hecho vida en cientos de sacerdotes del Opus Dei‑, requirió del Fundador mucha oración y mucha penitencia. En un escrito de 1956, Mons. Escrivá de Balaguer hacía ver a los socios de la Obra que había rezado con confianza e ilusión, durante tantos años, por los primeros sacerdotes, y por los que más tarde seguirían su camino; y recé tanto, que puedo afirmar que todos los sacerdotes del Opus Dei son hijos de mi oración.

Tenía la certeza sobrenatural de que los sacerdotes debían proceder de los seglares de la propia Obra, pero no sabía cómo resolver los graves problemas jurídicos que esto planteaba. Su oración de años fue escuchada:

El 14 de febrero de 1943, después de buscar y de no encontrar la solución jurídica, el Señor quiso dármela, precisa, clara. Al acabar de celebrar la Santa Misa en un Centro de la Sección femenina (…), pude hablar de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Aquel Centro estaba en el chalet, hoy desaparecido, de la calle Jorge Manrique, de Madrid, en el que la Sección de mujeres de la Obra pudo tener al Señor en el Sagrario.

Antes del 14 de febrero de 1943, aun sin estar todavía resuelto el problema, con gran fe en la Providencia divina, el Fundador del Opus Dei había hecho comenzar ‑con anticipación de años los estudios sacerdotales a un grupo de socios de la Obra. Con la aprobación del Obispo de Madrid, buscó un cuadro de profesores verdaderamente excepcional. Entre ellos estaban algunos domi­nicos de gran prestigio, que enseñaban en el “Angelicum” de Roma y no habían podido regresar por causa de la guerra mundial, como el P. Muñiz, que les explicó Teología Dogmática, o el P. Severino Álvarez, profesor de Derecho Canónico. Don José María Bueno Monreal, hoy Cardenal de Sevilla, les explicó Teología Moral. El actual arzobispo castrense, Fray José López Ortiz, era profesor de Historia de la Iglesia. El P. Celada, O.P., que había trabajado muchos años en el Instituto Bíblico de Jerusalén, les enseñaba Sagrada Escritura. También fueron profe­sores suyos Fray Justo Pérez de Urbel, especialista en Liturgia, don Máximo Yurramendi, después obispo de Ciudad Rodrigo, don Joaquín Blázquez, actual Director del Instituto de Teología Francisco Suárez, del Consejo Superior de Investigaciones Cientí­ficas, el P. Permuy, C.M.S., etc.

Años después, el 25 de junio de 1969, Mons. Escrivá de Balaguer quiso celebrar en Roma las bodas de plata sacerdotales de los primeros. Ese día los recuerdos se hicieron más vivos:

Cuando se iban a ordenar estos tres primeros, estudiaron apasionadamente y tuvieron el mejor profesorado que pude encontrar, porque he tenido siempre el orgullo de la preparación científica de mis hilos como base de su actuación apostólica. Estudiaron mucho, mucho, mucho… Yo os doy las gracias, porque me habéis dado el orgullo santo ‑que no ofende a Dios‑ de poder decir que habéis tenido una preparación eclesiástica maravillosa.

Puso gran empeño en su preparación. Les hizo estudiar sin prisas, sin correr, pero, al mismo tiempo, sin ningún periodo de vacaciones.

Tenían las clases en la casa de la calle Diego de León, y también allí se examinaban, ante un tribunal formado por tres de aquellos profesores. Mientras fue necesario, pasaron los exámenes de los cinco años de latín y del bienio filosófico en el Seminario Conciliar de Madrid.

Pero no se dedicaban exclusivamente al estudio. Alternaban las clases con el trabajo y con la atención de las actividades apostólicas. Estaban realmente ocupados, sobre todo, don Álvaro del Portillo, que era ya Secretario general del Opus Dei y ayudaba al Fundador de un modo especial. Sacaban tiempo ‑del día y de la noche‑ para estudiar, y lo hacían a fondo. Eran conscientes de que debían combinar la seriedad científica con la disponibilidad más completa, pues aumentaban los socios y las tareas apostólicas, y Mons. Escrivá de Balaguer seguía siendo el único sacerdote.

Por eso, cuando tenían unas cuantas asignaturas cursadas ‑con las mismas horas de clase que se exigían en una Universidad Pontificia‑, pendientes sólo del examen, se iban de Madrid, generalmente a El Escorial, y se centraban en el estudio y preparación próxima de las pruebas finales.

El Fundador del Opus Dei siguió muy de cerca sus estudios. Y quiso encargarse directamente de la formación espiritual, pastoral y apostólica, de aquellos futuros sacerdotes. Es don José Luis Múzquiz quien rememora, con agradecimiento, los paseos que algunas veces daban por las carreteras de los alrededores de Madrid. Y, también, durante las épocas de preparación para los exámenes ‑en El Escorial o en El Encantiño, una pensión cerca de Torrelodones‑, las visitas que les hacia, al atardecer, para hablar con ellos, pasear un rato, e irles formando en el mejor modo de servir a la Iglesia, al Papa, a las almas todas, a la Obra, con su inmediata labor sacerdotal: “Todo esto lo hacia el Padre sin darle importancia, como si no supusiese ningún esfuerzo. Pero era un esfuerzo añadido a toda la carga que llevaba encima: la dirección de la Obra, ser el único sacerdote con un trabajo incesante y agotador; y, además, las calumnias e incomprensio­nes que pesaban sobre sus hombros”.

Años más tarde, en 1956, se refería en estos formación de aquellos tres sacerdotes:

Desde que preparé a los primeros sacerdotes de la Obra, exageré ‑si cabe‑ su formación filosófica y teológica, por muchas razones: la segunda, por agradar a Dios; la tercera, porque había muchos ojos llenos de cariño puestos en nosotros, y no se podía defraudar a esas almas; la cuarta, porque había gente que no nos quería, y buscaba una ocasión para atacar; después, porque en la vida profesional he exigido siempre a mis hijos la mejor formación, y no iba a ser menos en la formación religiosa. Y la primera razón ‑puesto que yo me puedo morir de un momento a otro, pensaba‑, porque tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho, y deseo ardientemente salvar mi alma.

Desde entonces, periódicamente, con toda naturalidad y senci­llez, se ha ido repitiendo esa leva de sacerdotes, que ofrece un balance extraordinario. Como dijo el Cardenal Casariego en 1975, “por primera vez en la historia de la Iglesia, un sacerdote, mientras vivió, ha llevado al sacerdocio cerca de un millar de profesionales, especialistas en muchas ciencias humanas y nativos de los cinco continentes”. Aunque no hubiera hecho otra cosa ‑comentó por aquellos días un sacerdote sevillano‑ “ya habría hecho algo realmente admirable”.

Sin embargo, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no quedó completa, por decirla así, hasta que pudieron incorporarse también sacerdotes que no habían sido del Opus Dei antes de su ordenación. Al Fundador le sucedió ‑ante estos sacerdotes diocesanos‑ algo semejante a lo que habla experimentado con la ordenación de los primeros socios de la Obra. Tenía clara la idea, pero no encontraba el modo jurídico de llevarla a la práctica, pues no había ningún camino abierto en el Derecho canónico entonces vigente.

Desde el punto de vista teológico, la vocación al Opus Dei era la misma para los laicos y para los sacerdotes diocesanos: el mismo fenómeno teológico vocacional, solía decir el Fundador. Pero no vela la solución jurídica (como con tantos otros problemas, que hoy parecen fáciles y elementales, porque están resueltos).

Llegó a decidirse a abandonar el Opus Dei, para dedicarse a una nueva fundación para sacerdotes diocesanos: por amor vuestro, que es amor a Jesucristo, aseguraría con palabras emocionadas el 14 de noviembre de 1972 en La Lloma (Valencia) a un grupo numeroso de sacerdotes. Lo comunicó a los directores y directo­ras del Opus Dei. Se pusieron tristes, y alegres, porque comprendían la necesidad apostólica. Avisó a su hermana Carmen y a su hermano Santiago de que si comenzaban otra vez las calumnias, no se preocupasen: ‑Es esto. Antes había informado a la Santa Sede, que le dio su visto bueno.

Había sacerdotes que estaban esperando la solución del problema, algunos desde que habían conocido al Fundador de la Obra. Desde entonces le habían manifestado sus deseos de formar parte del Opus Dei. Él tenía que hacerles esperar.

Pero, en un momento dado, el Señor le hizo comprender que no era necesaria una nueva fundación y que, por tanto, no debía abandonar la Obra.

Como expondría luego muchas veces, Dios arregla las cosa muy bien, y como todos ‑sacerdotes y laicos‑ tienen la misma vocación, también jurídicamente han cabido en el Opus Dei los sacerdotes diocesanos. Muchos años después, en 1972, en Islabe (Derio, Vizcaya), confesaba a un buen grupo de ellos:

Agradezco a Nuestro Señor que vosotros seáis hermanos de vuestros hermanos, y que no haya habido necesidad de escindir un corazón de padre y de madre.

La santificación del trabajo

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Aquel médico de Cádiz estaba siempre rabiando en la consulta de la Seguridad Social. En noviembre de 1972 escuchó a Mons. Escrivá de Balaguer en Pozoalbero. A la salida, razonaba con su mujer:

‑Desde ahora, a cada enfermo del Seguro lo voy a tratar como si yo fuera su propia madre.

Miles de anécdotas como ésta se han repetido desde el 2 de octubre de 1928. Al calor de las palabras del Fundador del Opus Dei, hombres y mujeres de todo el mundo hemos hecho el firme propósito de santificar el trabajo. Éste era el gran mensaje que tenía que difundir entre los hombres, haciendo vivo, actual, el designio divino.

Josef Ganglberger, también médico, profesor de la Universi­dad de Viena, escribe en septiembre de 1975 cómo gracias a Mons. Escrivá de Balaguer ha conocido el valor del trabajo como medio de santificación: “Como él mismo decía, cualquier trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales, a manifestar su dimensión divina, y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios”.

Y un suizo, Edwin Zobel, comenzó a tratar en 1949, por razones de trabajo, a algunas personas del Opus Dei: “En todos ellos admiraba el mismo espíritu de trabajo, trabajo serio hecho a conciencia. A mí ‑que he sido trabajador incansable durante toda mi vida‑ me sorprendía la capacidad de trabajo de aquellos chicos jóvenes”. Hasta que la fuerza del ejemplo de esas personas, que hacían los mayores sacrificios personales con una sonrisa en los labios, le movieron a orientar su vida por nuevos derroteros.

Un catedrático de Derecho del Trabajo mantenía, en el diario Informaciones de Madrid, que una de las más importantes innovaciones de Mons. Escrivá de Balaguer era precisamente su esfuerzo por unir vida cristiana y trabajo ordinario. Juan A. Sagardoy se fijaba en algunas posibles consecuencias sociales de ese espíritu: encontrar un sentido cristiano para el trabajo puede liberar y dignificar al que lo presta, en una época como la nuestra en que con tanta frecuencia sucede lo contrario, que el trabajo acaba con lo mejor del hombre.

Y Alejandro Corniero, comentarista en El Noticiero Universal de temas relacionados con el trabajo y la justicia, improvisaba estas línas el viernes 27 de junio de 1975: “Este hombre muerto ayer dedicó su existencia a ayudar a la gente a realizar su destino sobrenatural por la humana vía de ser más trabajadores y más justos. Enseñó que trabajar con autenticidad es amar el propio quehacer profesional y realizarlo con afán de obra bien hecha. Enseñó que una manera de hacer justicia con autenticidad es poner también aquel afán en el cumplimiento de toda clase de deberes: porque ‑fijémonos bien‑ en la raíz de toda injusticia se encuentra la negación ola limitación del derecho de otros y esta situación se produce cada vez que alguien, obligado frente ¿f ese otro o, genéricamente, frente a la sociedad, incumple ese deber. De tal forma, que si todos cumpliéramos nuestras obliga­ciones, la injusticia sería erradicada: así como suena”.

A Noel Zapico, conocido dirigente laboral español, le parece de justicia señalar “la decisiva aportación de Monseñor Escrivá de Balaguer para que los cristianos sepamos descubrir el sentido humano y sobrenatural del trabajo”.

De este convencimiento participan hoy miles de personas en todo el mundo, que por la predicación y el ejemplo del Fundador del Opus Dei han aprendido que sus desvelos en el trabajo o en la vida de familia pueden convertirse en verdadero servicio a Dios y a los demás. Como corrobora un trabajador madrileño, Juan Muñoz Batanero, vigilante de fincas urbanas, “nos ha hecho un gran bien a muchas personas que, como yo, se dedican a trabajos muy corrientes y pueden pensar que no sirven para casi nada”.

Pero está claro que este enfoque de la vida cristiana no se circunscribe a una época histórica. Es de suyo universal, porque, mientras haya hombres en la tierra, los hombres trabajarán. De manera que, con y desde el trabajo, se abre una vía de santi­ficación en la que caben todos los hombres, de todos los tiempos, de toda cultura. No es preciso cambiar de sitio para buscar la santidad.

Santificar el trabajo exige respetar el orden de la naturaleza de las cosas creadas, la autonomía legítima de lo temporal, porque ‑lejos de todo atisbo teocrático‑ el reino de Dios es una realidad en el corazón de los cristianos, que vivifican el alma de la sociedad entera ‑sin dogmas ni carriles de dirección única‑, cuando pug­nan porque Cristo reine en el centro de su vida ordinaria. El Fun­dador del Opus Dei esclareció muchas veces aquella luz que Dios le hizo ver en los primeros tiempos de la Obra:

Cuando un día, en la quietud de una iglesia madrileña, yo me sentía :nada! ‑no poca cosa, poca cosa hubiera sido aún algo‑, pensaba: ¿Tú quieres, Señor, que haga toda esta maravilla? Y alzaba la Sagrada Hostia, sin distracción, a lo divino… Y allá, en el fondo del alma, entendí con un sentido nuevo, pleno, aquellas palabras de la Escritura: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (loann., XII, 32). Lo entendí perfectamente.

El Señor nos decía: ;si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño…, entonces, omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!

El propio Fundador explicó esta idea central en infinidad de ocasiones con palabras precisas y atrayentes. He aquí algunas, entresacadas de varias de sus respuestas a diversos periodistas, que fueron publicadas en un libro con el título conocido de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer:

El Señor suscitó el Opus Dei en 1928 para ayudar a recordar a los cristianos que, como cuenta el libro del Génesis, Dios creó al hombre para trabajar. Hemos venido a llamar de nuevo la atención sobre el ejemplo de Jesús que, durante treinta años, permaneció en Nazareth trabajando, desempeñando un oficio. En manos de Jesús el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación.

El espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima ‑olvidada durante siglos por muchos cristianos‑ de que cualquier trabajo digno y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino. En el servicio de Dios, no hay oficios de poca categoría: todos son de mucha importancia.

Para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras. A todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mt., V, 48). Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas.

Las condiciones de la sociedad contemporánea, que valora cada vez más el trabajo, facilitan evidentemente que los hombres de nuestro tiempo puedan comprender este aspecto del mensaje cristiano que el espíritu del Opus Dei ha venido a subrayar. Pero más importante aún es el influjo del Espíritu Santo, que en su acción vivificadora ha querido que nuestro tiempo sea testigo de un gran movimiento de renovación en todo el cristianismo. Leyendo los decretos del Concilio Vaticano II se ve claramente que parte importante de esa renovación ha sido precisamente la revaloración del trabajo ordinario y de la dignidad de la vocación del cristiano que vive y trabaja en el mundo.

Con el comienzo de la Obra en 1928, mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas. Las implicaciones de ese mensaje son muchas y la experiencia de la vida de la Obra me ha ayudado a conocerlas cada vez con más hondura y riqueza de matices. La Obra nació pequeña, y ha ido normalmente crecien­do luego de manera gradual y progresiva, como crece un orga­nismo vivo, como todo lo que se desarrolla en la historia.

Pero su objetivo y razón de ser no ha cambiado ni cambiará por mucho que pueda mudar la sociedad, porque el mensaje del Opus Dei es que se puede santificar cualquier trabajo honesto, sean cuales fueran las circunstancias en que se desarrolla.

Hoy forman parte de la Obra personas de todas las profesio­nes: no sólo médicos, abogados, ingenieros y artistas, sino también albañiles, mineros, campesinos; cualquier profesión: desde directores de cine y pilotos de reactores hasta peluqueras de alta moda. Para los socios del Opus Dei el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo natural e instintivo, porque son ellos ‑junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos‑ los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad.

En un extenso artículo, que publicó el diario Avvenire de Milán, el 26 de julio de 1975, el Cardenal Baggio subrayaba la idea: santidad para el hombre de la calle, no ideal para privi­legiados; lo que a muchos pareció herejía, después del Concilio Vaticano II  se había convertido en principio indiscutible: “Lo que continúa siendo revolucionario en el mensaje espiritual de Mons. Escrivá de Balaguer es la manera práctica de orientar hacia la santidad cristiana a hombres y mujeres de toda condi­ción, en una palabra: al hombre de la calle.

“El modo de concretar, en la práctica, este mensaje se basa en tres novedades características de la espiritualidad del Opus Dei: 1) ante todo, los seglares no deben abandonar ni despreciar el mundo, sino quedarse dentro, amando y compartiendo la vida de sus conciudadanos; 2) quedándose en el mundo, los seglares deben saber descubrir el valor sobrenatural de todas las normales circunstancias de su vida, incluidas las más prosaicas y materia­les; 3) en consecuencia, el trabajo cotidiano ‑es decir, el que ocupa la mayor parte del tiempo y caracteriza la personalidad de la mayoría de las personas‑ es lo primero que hay que santificar y el primer instrumento de apostolado”.

Mons. Escrivá de Balaguer ha enseñado siempre que los laicos han de seguir el ejemplo de los primeros cristianos: en aquella época los fieles se esforzaban por vivir el Evangelio quedándose en el mundo, y participando plenamente en todas las actividades honestas de la sociedad. Y así como los primeros cristianos ‑hombres y mujeres, jóvenes y viejos, patricios, ple­beyos y esclavos‑ se santificaron en su vida cotidiana y convir­tieron el mundo pagano, igualmente los cristianos de hoy, si no tienen una vocación al estado religioso, están llamados a santifi­car el mundo desde dentro.

¿Tendré que volver a afirmar ‑aseguraba en 1967‑ que los hombres y las mujeres, que quieren servir a Jesucristo en la Obra de Dios, son sencillamente ciudadanos iguales a los demás, que se esfuerzan por vivir con seria responsabilidad ‑hasta las últi­mas conclusiones‑ su vocación cristiana? Nada distingue a mis hijos de sus conciudadanos.

No escapaban a Mons. Escrivá de Balaguer las consecuencias prácticas de una espiritualidad verdaderamente laical:

Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vuestra actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre sabedor de que el mundo ‑y no sólo el templo‑ es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando ‑con plena libertad‑ sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve; y toma, en conse­cuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida.

Y he aquí, en este punto, su acusada aversión a todo tipo de clericalismo: Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos proble­mas. ;Esto no puede ser, hijos míos! Esto seria clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas.

Esta pasión por la libertad es una herencia rica y fecunda que el Fundador del Opus Dei deja a los socios de la Obra y a todos los cristianos:

Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentali­dad laical, que ha de llevar a tres conclusiones:

a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal;

a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen ‑en materias opinables-soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene;

y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de Nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías hu­manas.

El valor cristiano de la vida ordinaria lo realza así en esa Homilía de 1967 en el campus de la Universidad de Navarra: Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta ‑y el Cardenal Baggio observa aquí que faltaban otros tantos años y más para la Cons­titución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano ll‑ que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartar­los así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser ‑en el alma y en el cuerpo‑ santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.

Y el Fundador del Opus Dei insistía, consciente de la novedad de ese planteamiento:

El auténtico sentido cristiano ‑que profesa la resurrección de toda carne‑ se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu.

El trabajo es, pues, la materia prima que hay que santificar, el instrumento de la santificación propia y de la santificación de los demás. La vida del cristiano no se construye con idealismos desencarnados, sino con esfuerzos concretos para la realización de una sociedad más justa, esfuerzos que ennoblecen todas las actividades humanas, desde las más vistosas a las más humildes e inadvertidas. Mons. Escrivá de Balaguer glosaba con frecuencia los conocidos textos de San Pablo: “Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios”… “Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios”:

Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra ‑como sabéis‑ en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei, os ha de llevar a realizar vuestro trabajo con perfección, a amar a Dios y a los hombres al poner amor en las cosas pequeñas de vuestra jornada habitual, descubriendo ese algo divino que en los detalles se encierra.

En una Homilía titulada Hacia la santidad ampliaba: Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cambio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida humana corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada.

Me gusta hablar de camino, porque somos viadores, nos dirigimos a la casa del Cielo, a nuestra Patria. Pero mirad que un camino, aunque puede presentar trechos de especiales dificul­tades, aunque nos haga vadear alguna vez un río o cruzar un pequeño bosque casi impenetrable, habitualmente es algo co­rriente, sin sorpresas. El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque ;es tan sencillo, tan ordinario!

Y hablando de los socios del Opus Dei, que procuran encarnar este mensaje nuevo ‑y sin embargo tan sencillo y natural‑ de la santificación del trabajo ordinario, el Fundador de la Obra especificaba en aquella Homilía de 1967:

Quienes han seguido a Jesucristo ‑conmigo, pobre peca­dor‑ son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo (…) y la gran muchedumbre formada por hombres y mujeres ‑de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas‑ que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad ‑repi­to‑, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fun­didos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares.

Prelatura personal de ámbito internacional

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

En una entrevista concecida a Joaquín Navarro Valls, entonces corresponsal de ABC en Roma, Mons. del Portillo definió la naturaleza exacta del Opus Dei:

«Es una Prelatura personal de ámbito internacional, con sede central en Roma, y dependiente de la Sagrada Congregación para los Obispos. Está constituida por un Prelado; por el clero o presbiterio de la Prelatura, que son los sacerdotes incardinados al Opus Dei, y por los seglares que libremente se han incorporado o se incorporarán en el futuro».

El Prelado del Opus Dei describía en pocas palabras esta figura jurídica –la Prelatura personal–, creada por los Padres Conciliares en el Concilio Vaticano II:

«Es una estructura jurisdiccional secular, de carácter personal (es decir, no circunscrita al criterio de la territorialidad), que la Santa Sede erige para que realice peculiares tareas pastorales, en una detcrminada región o país, o en el mundo entero. Esta figura jurídica (que tiene una gran flexibilidad) fue creada por el Concilio Vaticano II, concretamente en el Decreto Presbyterorum 0rdinis».

Navarro–Valls preguntó también a Mons. del PortiIlo por la finalidad de la Prelatura Opus Dei:

«Son dos los aspectos fundamentales de la finalidad y de la estructura de la Prelatura, que explican su razón de ser y su natural inserción en el conjunto de la actividad pastoral y evangelizadora de la Iglesia:

a) De una parte, la peculiar labor pastoral del Prelado con su presbiterio para atender y sostener a los fieles laicos incorporados al Opus Dei en el cumplimiento de los compromisos ascéticos, formativos y apostólicos, que han asumido y que son particularmente exigentes.

b) De otra, el apostolado del presbiterio y de) laicado de la Prelatura, que llevan a cabo inseparablemente unidos, con el fin de difundir en todos los ambientes de la sociedad una profunda toma de conciencia de la llamada universal a la santidad y al apostolado, y, más concretamente, del valor santificante del trabajo profesional ordinario».

Seguir caminando

D. Álvaro  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Las primeras declaraciones de Monseñor Álvaro del Portillo, elegido en Roma por unanimidad en la primera votación, el 15 de septiembre de 1975, para suceder a Monseñor Escrivá de Balaguer fueron estas:

«¿Qué hará ahora el Opus Dei? Seguir caminando: hacer lo que hemos hecho siempre, también desde que el Señor se llevó consigo a nuestro Fundador. Seguir caminando con el espíritu que él nos ha dejado definitivamente establecido, inequívoco.

»El espíritu del Opus Dei nos ha enseñado a vivir todas las realidades humanas nobles, a tratar todas las cosas de la tierra que los hombres aman limpia y rectamente, con sentido cristiano, de cara a Dios, ejercitando la fe, la esperanza y la caridad. Por eso, la familia, el trabajo profesional, los derechos y deberes propios de la vida social: en una palabra, todo lo que forma parte de la vida ordinaria de la persona, puede ser santificado y así, en esa medida, es acogido por el espíritu del Opus Dei, que a nadie saca de su sitio y en nada violenta las realidades naturales y la autonomía personal de cada uno. Monseñor Escrivá de Balaguer, al darnos este espíritu, nos ha engendrado a esta nueva dimensión de nuestra vida, de servicio generoso, alegre y constante a la Iglesia, al Papa –el Vicecristo, como gustaba llamarle el Fundador–, a los obispos y a todos los hombres. Nueva dimensión que cada uno realiza en su propia vida, con la gracia de Dios y su propio esfuerzo, con su propia responsabilidad. Somos una familia de vínculos sobrenaturales, espirituales, en la que cada uno goza de la más amplia libertad personal con todo el amplísimo campo de las cosas temporales, sin otros límites que los de la fe y de la moral cristiana, tal como las propone el Magisterio de la Iglesia: por ejemplo, ahora a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

»En el Opus Dei no hay vértice ni base: todos somos igualmente hijos de nuestro Fundador, quien nos ha enseñado a poner a Cristo en la propia vida, y que ha dado para siempre a nuestra institución el carácter sencillo y cordial de una familia bien avenida.

»El trabajo que los miembros del Opus Dei desarrollan en todos los ambientes familiares, profesionales, sociales, es la ocasión normal y propicia del encuentro amistoso con sus iguales, y por eso, para hablarles de Dios con el testimonio de la propia vida.

»Nos llegan continuamente palabras de agradecimiento a nuestro Fundador, que, con su vida y su doctrina, ha llenado de luz cristiana el corazón de muchísimas personas, llevándolas al amor de Dios. Esto es lo que nos proponemos seguir haciendo los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer, con la mayor fidelidad posible y siempre, en todo momento, en la pequeña realidad cotidiana de cada uno».

Creo que no se podía expresar de mejor modo la continuidad del Opus Dei en el espíritu que le imprimió su Fundador.

II. ALGO DE HISTORIA

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Con motivo de una visita del Fundador del Opus Dei a Andalucía y después de participar, en compañía de más de dos mil personas, en una conversación directa con él, José María Pemán escribió el 22 de noviembre de 1972 en la tercera página del ABC un delicioso artículo, rematado por este mano a mano con el «Séneca»:

«–Don José: si le llaman a todo esto Obra de Dios, ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las “causas segundas”.

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera».

No se podía resumir mejor, a mi juicio, ni con palabras más llanas, la verdadera historia del Opus Dei, ésa que parece tan fácil de escribir yendo desde ahora, después del Concilio Vaticano II, hasta su comienzo, y que resulta sobrehumana –léase sobrenatural– en cuanto uno se planta en 1928, observa el panorama de España y del mundo y trata de hacer camino al andar, de acuerdo con lo que Dios indudablemente quería. A la gente del Opus Dei no le gusta hablar de milagros –suelen decir, como Mons. Escrivá de Balaguer, que les basta con los milagros del Evangelio para creer–, pero indudablemente es ya un prodigio ese formidable cambio de mentalidad, operado en los cristianos y en todos los hombres, que nos hace ver hoy prácticamente como normal lo que hace unos años apenas se podía imaginar.

La «causa segunda», que decía el «Séneca», fue un muchacho de Barbastro, nacido el 9 de enero de 1902 y escogido por Dios para sacar adelante el Opus Dei. Se llamaba Josemaría y, según él mismo ha dicho, con perspectiva de lustros, atribuye más del noventa por cien de su vocación a la vida cristiana de sus padres, don José Escrivá de Balaguer y Corzán y Doña Dolores Albas y Blanc. En Barbastro inició los estudios de enseñanza media, que terminaría en Logroño…

Prólogo

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Este amplio reportaje sobre el Opus Dei es una pequeña contribución a una deuda personal de gratitud hacia esta apasionante realidad cristiana de nuestros días. En 1958 contraje matrimonio mixto en Londres con una señorita británica de religión anglicana. Once años después, cuando teníamos ya cuatro hijos y me encontraba ausente de Madrid por motivos de trabajo, mi mujer abrazaba la fe católica, en pleno ejercicio de su libertad. El paso, desde luego, no fue cosa de un día, sino el desenlace de un difícil proceso que pude seguir muy de cerca: Dios se había servido del Opus Dei para llevar a término, con verdadero derroche de gracia humana y divina, este proceso hacia la plenitud de la fe cristiana, para mí tan entrañable.

No hace falta decir, por tanto, que estas páginas están escritas con conocimiento de la realidad del Opus Dei. Después de consultar la bibliografía existente sobre la Obra, he acudido a los testimonios directos. En estas páginas el lector encontrará declaraciones de gentes muy distintas –unas del Opus Dei, otras no sobre la Obra.

Ultimada la primera redacción de este reportaje, falleció en Roma de improviso Mons. Escrivá de Balaguer. La noticia provocó en todo el mundo infinidad de artículos y comentarios sobre la vida y la Obra del Fundador del Opus Dei, que ocuparían bastantes libros como éste. En la primera edición incluí testimonios de la prensa internacional. En esta segunda edición doy amplia noticia de los sucesos ocurridos en estos años: las declaraciones de la Santa Sede sobre el Opus Dei, la rápida extensión por todo el mundo de la devoción privada al Fundador de la Obra y el comienzo de su Proceso de Beatificación y Canonización.

Desde la primera edición de este libro ha tenido lugar otro acontecimiento de notable importancia: Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal el 28.XI.82. El Papa llevó así a la práctica la nueva figura jurídica contemplada por el Concilio Vaticano II, y desarrollada en documentos posteriores por Pablo VI. Con la Constitución Apostólica Ut sit, Juan Pablo II nombró también Prelado del Opus Dei a Mons. Alvaro del Portillo, quien trabajó siempre inseparablemente unido a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Quiero agradecer aquí la inestimable colaboración de los que han realizado las entrevistas, tomadas de la prensa muchas de ellas, así como la de todos los autores que cito en el texto, por el formidable y exacto material escrito que me brindaron.

Una vida radicada y centrada en la eucaristía

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Dirijamos ya nuestras reflexiones a otro aspecto importante, al aspecto más radical y central de la vida del sacerdote, que es garantía de su eficacia evangelizadora.

Oración, penitencia, acción guiada por una incansable caridad pastoral. Son como coordenadas en las que hemos contemplado la identificación del sacerdote con Jesucristo, en lo que esta identificación tiene de tarea personal en correspondencia al don de Dios. Pero caería en una gravísima omisión si dejara de considerar que la vida cristiana y, especialmente, esos aspectos de la existencia sacerdotal, han de estar radicados, centrados y, por tanto, unificados en el Sacrificio de Cristo, en la Santa Misa, en la Eucaristía.

La Santa Misa es, en efecto, «el centro y la raíz de toda la vida del Presbítero» 44, como recordó el Concilio Vaticano II, con palabras que habían sido ya muchas veces repetidas por Mons. Escrivá de Balaguer 45.

No cabe duda de que esta centralidad del Sacrificio Eucarístico es una realidad en la vida de todo cristiano, pero en el sacerdote este hecho adquiere matices especiales. Como afirma Juan Pablo II, «Mediante nuestra ordenación —cuya celebración está vinculada a la Santa Misa desde el primer testimonio litúrgico— nosotros estamos unidos de manera singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto sentido, por ella’ y para ella. Somos, de modo particular, responsables de ella» 46.

Necesito volver de nuevo a la eximia figura sacerdotal del Fundador de esta Universidad: para mí es algo inevitable y sé que, como para mí, es también para vosotros motivo de alegría. Durante cuarenta años, día tras día, he sido testigo de su empeño por transformar cada jornada en un holocausto, en una prolongación del Sacrificio del Altar. La Santa Misa era el centro de su heroica dedicacion al trabajo y la raíz que vivificaba su lucha interior, su vida de oración y de penitencia. Gracias a esa unión con el Sacrificio de Cristo, su actividad pastoral adquirió un valor santificador impresionante: verdaderamente, en cada una de sus jornadas, todo era operatio Dei, Opus Dei, un auténtico camino de oración, de intimidad con Dios, de identificación con Cristo en su entrega total para la salvación del mundo.

Externamente nunca hubo nada extraordinario o singular en la Misa de Mons. Escrivá de Balaguer, aunque era imposible no apreciar su profunda devoción. Desde el principio de su ministerio sacerdotal, se esforzó por no dar cabida ni a la rutina ni a la precipitación al celebrar el Santo Sacrificio, a pesar de la habitual escasez de tiempo para realizar sus múltiples actividades pastorales. Al contrario, tendía espontáneamente a decir la Misa con mucho sosiego, penetrando en cada texto y en el sentido de cada gesto litúrgico, hasta el punto que, por muchos años, tuvo que esforzarse positivamente —de acuerdo con cuanto le corfirmaban en la dirección espiritual— por ir más deprisa, para no llamar la atención y por saberse al servicio de los fieles que contaban, para la Misa, con un tiempo mucho menor. En este contexto, se entiende lo que escribió en 1932, como un suspiro que se escapó de su alma: «Al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes» 47.

Esa intensidad, con la que se unía personalmente al Sacrificio del Señor en la Eucaristía, culminó en algo que no dudo en considerar un peculiar don místico, y que el mismo Padre contó, con gran sencillez, el día 24 de octubre de 1966: «A mis sesenta y cinco años, he hecho un descubrimiento maravilloso. Me encanta celebrar la Santa Misa, pero ayer me costó un trabajo tremendo. ¡Qué esfuerzo! Vi que la Misa es verdaderamente Opus Dei, trabajo, como fue un trabajo para Jesucristo su primera Misa: la Cruz. Vi que el oficio del sacerdote, la celebración de la Santa Misa, es un trabajo para confeccionar la Eucaristía; que se experimenta dolor, y alegría, y cansancio. Sentí en mi carne el agotamiento de un trabajo divino». No dudo de que este descubrimiento respondía a un ruego que constantemente nos dirigía a quienes estábamos a su alrededor: «pedid al Señor que sepa ser más piadoso en la Santa Misa, que tenga cada día más hambre de renovar el Santo Sacrificio».

Necesidad de sacerdotes santos

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Contra la nueva evangelización, se yerguen dificultades numerosas y, en su conjunto, imponentes. Ante esa ola que pretende ser arrolladora, el cristiano —y quizá de modo especial el sacerdote— experimenta, en ocasiones de modo particularmente agudo, la radical insuficiencia de las propias fuerzas humanas.

Esta realidad evoca en mí, con gran viveza, la eximia figura sacerdotal del Fundador del Opus Dei, de quien —alzo mi corazón en acción de gracias a la Trinidad Santísima, por intercesión de Santa María, muy unido a millones de almas que hacen lo mismo en los cinco continentes— el Santo Padre ha querido dar el Decreto de las virtudes heroicas, el pasado día 9 de este mes. A los veintiséis años, recibió de Dios una misión evangelizadora de imponentes proporciones: la misión de difundir por todo el mundo, entre las personas de todos los ambientes sociales, una toma de conciencia, teórica y práctica, hecha vida, de la llamada universal a la santidad. Así escribía en 1930: «Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa —homo peccator sum (Luc. V, 8), decimos con Pedro—, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: (…) todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo» 21 . Las dificultades que nuestro Fundador encontró a lo largo de toda su vida también fueron gigantescas; sin embargo, la eficacia de la gracia de Dios en esa vida suya, una vida gastada gustosamente —a veces con grande dolor— en correspondencia heroica al don de Dios, fue asombrosa.

Recuerdo un episodio sucedido en agosto de 1958. El Fundador del Opus Dei caminaba un día por la City de Londres y, al pasar ante las sedes centrales de famosos bancos y grandes empresas comerciales e industriales, ante el panorama de un mundo humanamente poderoso pero indiferente e incluso hostil hacia las cosas de Dios, sintió con especial viveza toda su debilidad, su incapacidad para realizar aquella misión que había recibido, treinta años antes, de informar con el espíritu del Evangelio todas las realidades humanas, de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades de los hombres. Pero, inmediatamente, sintió claramente en su interior una locución divina: «Tú no puedes, pero Yo sí».

Era una nueva confirmación de lo que siempre había sido en su alma, en su conducta, una plena certeza sobrenatural: la fe segura, cierta, en que es el mismo Jesucristo —verdadero y eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, establecida definitivamente en su Sangre— el único que realiza la amorosa comunión de Dios con los hombres, de la que nace la comunión de los hombres entre sí; la fe, por tanto, en que su trabajo sacerdotal, como toda acción sacerdotal en la Iglesia, es eficaz precisamente porque se realiza per Christum et cum Christo et in Christo 22 .

Si la nueva evangelización, como la primera, como la de toda la historia, y como toda labor verdaderamente sobrenatural, es imposible para nuestras fuerzas humanas —las de cada uno y las de todos juntos en la Iglesia—, es sin embargo posible para Dios, es posible para Cristo: resulta, por eso mismo, posible para nosotros, para todos y para cada uno, en la medida en que todos y cada uno seamos —pienso que es necesaria esta insistencia, que siempre será actual— «no ya alter Christus, sino ipse Christus, ¡el mismo Cristo!» 23 . Aquí está la honda razón teológica de la necesidad de la santidad personal, para toda obra apostólica concreta y para la recristianización del mundo en su totalidad. En efecto, la identificación con Cristo es don, pero es también tarea. Todo cristiano y, de modo peculiar y propio, el sacerdote es ipse Christus «inmediatamente, de forma sacramental» 24 . No podemos —¡no debemos!— olvidar que esta identificación constituye también la meta definitiva, el objeto de una tarea, una responsabilidad personal por hacer realidad en cada uno de nosotros aquello de San Pablo: Para mí, vivir es Cristo 25 ; no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí 26 ; de modo que levantemos bien alto este programa para el hombre y para la mujer del mundo de hoy y de todos los tiempos, con el fin de que también ellos lo asuman en plenitud.

En consecuencia, hoy como ayer y como siempre, ante los desafíos de cada época, la pregunta ¿qué clase de sacerdotes necesitan hoy la Iglesia y el mundo? , tiene una respuesta que comienza necesariamente así: la Iglesia y el mundo necesitan sacerdotes santos, es decir, sacerdotes que, conocedores de su propia limitación y miseria, se esfuerzan decididamente por recorrer los caminos de la santidad, de la perfección de la caridad, de la identificación con Jesucristo, en correspondencia fiel a la gracia divina. No es una respuesta nueva, pero es una respuesta siempre actual, siempre necesaria, siempre decisiva. El Concilio Vaticano II lo afirmó con palabras claras: «Los sacerdotes están obligados a adquirir esa perfección con especial motivo, puesto que, consagrados a Dios de un nuevo modo por la recepción del Orden, se convierten en instrumentos vivos de Cristo Eterno Sacerdote, para proseguir a través del tiempo su admirable obra» 27 .

La identificación con Jesucristo exige una vida de oración y de penitencia; y esto, no como “asunto privado” del sacerdote, sino como condición de su eficacia pastoral, precisamente porque el sacerdote, por sí mismo, no puede, pero precisamente también porque en la medida en que es Cristo, sí puede.

En este contexto, viene también a mi memoria una anotación que Mons. Escrivá de Balaguer escribió en 1932. Pienso que son de justicia estas referencias, si consideramos que el Venerable Siervo de Dios, impulsado por la acción divina, ha llevado al altar millares de sacerdotes, incardinados en tantas diócesis y en la Prelatura del Opus Dei. Al contemplar una vez más en su oración la magnitud de la misión que Dios le había confiado, escribía: «siento que aunque me quedara solo en la empresa, por permisión de Dios, aunque me encuentre deshonrado y pobre —más que lo soy ahora— y enfermo… ¡no dudaré ni de la divinidad de la Obra, ni de su realización! Y ratifico mi convencimiento de que los medios seguros de llevar a cabo la Voluntad de Jesús, antes que actuar y moverse, son: orar, orar y orar: expiar, expiar y expiar» 28.


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