Uno de los pioneros del Concilio

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 9 de octubre de 1958 falleció Pío XII, y pocos días después, el 25 de octubre, fue elegido Papa Juan XXIII, que tuvo siempre gran afecto por Josemaría Escrivá y sus empeños apostólicos y evangelizadores. Afirmaba: Si me llamasen a declarar en los procesos de beatificación de Pío XII y de Juan XXIII, yo no tendría más remedio que hablar del grandísimo afecto que estos Romanos Pontífices —¡los dos!— tuvieron al Opus Dei. Me lo dijeron —uno y otro— expresamente, y considero un deber de conciencia que en el acta de la Historia conste la realidad de ese cariño.

Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II tres meses después de su elección. Pero el anciano pontífice no pudo ver los frutos del Concilio que inauguró en 1962, porque falleció tras celebrarse la primera sesión, el 3 junio de 1963.

Tras catorce días de cónclave, fue elegido Papa Giovanni Battista Montini, con el nombre de Pablo VI.El nuevoPontífice, que reanudó las tareas conciliares, conocía y apreciaba a don Josemaría desde años atrás. No puedo olvidar —decía— (…) que las primeras palabras de cariño y afecto que recibí en Roma en 1946, me las dijo el entonces Monseñor Montini.

Don Josemaría oró intensamente por los frutos del Concilio, que supuso una nueva Pentecostés para la Iglesia. Se celebraron cuatro sesiones desde 1962 a 1965 y durante ese periodo numerosos Padres conciliares, teólogos y personalidades eclesiásticas conversaron con el fundador.

El obispo de Metz le conoció hacia la mitad de la primera sesión del Concilio, y desde entonces —escribía— “tuve la alegría de escucharle en varias ocasiones. Descubrí en él un hombre excepcionalmente sensible y cercano a los problemas de sus contemporáneos. Estaba a la vez preocupado por el porvenir del mundo y por el futuro del Pueblo de Dios. Era perfectamente consciente de la gravedad de cuanto estaba en juego y demostraba la profunda convicción de que no se podía pensar solamente en algún retoque superficial. Sin embargo, las reformas de estructuras, por sí solas, le parecían insuficientes. Consideraba que sólo un retorno a las fuentes de la fe habría permitido a la Iglesia cumplir su misión en el mundo”.

El 8 de diciembre de 1965, se clausuró el Concilio Vaticano II. Don Josemaría Escrivá dio gracias al Señor al ver que las enseñanzas que venía predicando desde el 2 de octubre de 1928 se habían convertido en doctrina universal de la Iglesia. En los documentos conciliares se subrayaba, entre otras muchas cuestiones, la unidad de vida del cristiano, entendida como coherencia vital entre la llamada a la santidad y la vida ordinaria; y se ponía de manifiesto la necesidad de dar un fuerte impulso al desarrollo de la teología sobre el Sacramento del Bautismo. En esa misma dirección trabajaba Josemaría Escrivá desde hacía muchos años, moviendo a los que le seguían a ser consecuentes con las exigencias de la vocación bautismal, viviendo intensamente la Liturgia y la Palabra de Dios.

Podrían citarse numerosas enseñanzas de Josemaría Escrivá en las que se pone de manifiesto su profunda sintonía con las enseñanzas conciliares. Por ejemplo, su visión del trabajo profesional como ocasión y medio de santificación personal y de apostolado; su concepción del apostolado de los laicos, maduro y responsable, y su aliento para que participen en la misión de la Iglesia; la consideración de la Santa Misa como “centro y raíz” de la vida interior; su deseo de que los fieles laicos tomen parte activa en la liturgia; o su afán para que adquieran una profunda cultura doctrinal y espiritual.

“El Opus Dei: Ficción y realidad”

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Ha sido un largo viaje por diez países, visitando docenas de labores en las que están implicadas miles de personas. Sin embargo, dada la extensión y el alcance del Opus Dei, no ha sido más que una aproximación. Había planeado visitar también Francia, Alemania y Perú, pero al final no me fue posible. En Perú hubiese querido conocer la Universidad de Piura, donde los estudiantes con más medios financian la educación de los que no disponen de recursos para hacerlo, así como la labor que los miembros del Opus Dei desarrollan con los, indios, ayudándoles a mejorar su educación y a aprender modernas técnicas agrícolas.

Aunque había muchos más lugares a donde ir, creo que he realizado mi propósito: dar a conocer algo del espíritu que anima al Opus Dei. Reflexionando sobre el viaje, una vez concluido, me he dado cuenta de lo bien que el Opus Dei se adecua tanto a los quehaceres ordinarios de los hombres y mujeres que viven en el mundo como a la vida de la Iglesia; y de hasta qué punto tenía razón Monseñor Escrivá cuando decía “sin ninguna clase de arrogancia, con agradecimiento a la bondad de Dios”, que el Opus Dei nunca tendría problemas de adaptación al mundo ni necesidad alguna de ponerse al día, porque “Dios Nuestro Señor ha puesto al día la Obra de una vez para siempre, dándole esas características peculiares, laicales; y no tendrá jamás necesidad de adaptarse al mundo, porque todos sus miembros son del mundo.”

Para darse cuenta de la perfecta sintonía existente entre la Prelatura Opus Dei y la Iglesia Católica basta con echar un vistazo a algunos documentos del Concilio Vaticano II. He aquí una breve cita, referente al trabajo:

“Quienes se dedican a trabajos con frecuencia duros deben buscar su perfección en sus tareas humanas, ayudar a sus conciudadanos y elevar el nivel de toda la sociedad y de la creación, tratando de imitar con caridad activa a Cristo, cuyas manos se ejercitaron en el trabajo manual, y que, no cesa de actuar con el Padre para la salvación de todos. Gozosos por la esperanza, llevando los unos las cargas de los otros, por su trabajo diario asciendan a una santidad más alta y apostólica… Por lo tanto, todos los cristianos, en cualquier estado de vida, oficio o circunstancias, y a través de todo ello, se santificarán cada día más si lo reciben todo con fe de la mano del Padre celestial y cooperan con la voluntad divina, manifestando a todos en ese mismo servicio temporal el amor con que Dios amó al mundo.”.

Y sobre el apostolado de los laicos, el Concilio dice:

“Para esto ha nacido la Iglesia: para, dilatando el Reino de Cristo por toda la tierra, hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora y, por medio de ellos, orientar verdaderamente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo Místico dirigida hacia ese fin se llama apostolado, que la Iglesia ejerce a través de todos los miembros, ciertamente con modos diversos; la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado”.

Está claro, pues, que el Opus Dei no es, como algunos tratan de hacer ver, “un grupo de presión” o movimiento conservador, sino una parte de la estructura constitucional de la Iglesia católica. Su fundamento jurídico es de la misma naturaleza, aunque diferente, al de una diócesis territorial.

El Opus Dei ha sido, en efecto, objeto . de críticas, pero esto era inevitable, pues el mismo Cristo dijo que el servidor no sería tratado mejor que su señor, y aunque el que sea criticado no es por sí mismo una prueba concluyente de que el Opus Dei esté divinamente inspirado, es algo que ocurre siempre que algo o alguien se mantiene fiel a las enseñanzas de Cristo.

Tal vez la impresión más fuerte y duradera de mi viaje sea que el “espíritu” del Opus Dei no es una vaga generalización, sino algo palpable, real. En todas partes, los miembros rezan, frecuentan los sacramentos, procuran santificar su trabajo profesional, etc. Pero el espíritu que los une se expresa de muy diversas formas. No sólo porque sepan que toda profesión honrada puede acercarles a Dios -que un profesor puede ser contemplativo en su trabajo, lo mismo que un jardinero o un taxista-, lo cual ya es interesante en sí mismo, sino por la enorme variedad de actividades y labores que llevan a cabo los miembros del Opus Dei en distintos países e incluso dentro de un mismo país; esto es lo que más me sorprendió.

Mientras en unos sitios el espíritu del Opus Dei se expresa a través de una escuela de idiomas, en otros inspira una escuela agrícola y en otros, una institución docente que evite la discriminación racial. Unas veces, los miembros del Opus Dei enseñan a criar pollos; otras a ser buenos economistas y hombres de negocios. En Japón, por ejemplo, exhortan a trabajar menos tiempo; en México, a trabajar más. En algunos países, como España, hay miembros del Opus Dei que forman campesinos, que fundan centros académicos y universidades, clubs y colegios, que construyen hospitales y santuarios, que procuran que los deficientes mentales tengan un medio de vida, etc. Y en una sola ciudad, como Roma, puede verse esa variedad en un solo Centro, ELIS, que ofrece una diversidad de profesiones a una comunidad que antes carecía de las instituciones sociales básicas más elementales.

Todo esto contradice la idea de que el Opus Dei es rígido y autoritario, cuando en realidad es dinámico, maleable; su capacidad para responder a muy diferentes necesidades es fruto de la libertad de que gozan sus miembros. Ninguna organización rígida, petrificada, podría ofrecer una gama tan amplia de iniciativas.

He de decir, para terminar, que aunque el viaje me dio oportunidad de calar en su naturaleza, creo que no es posible expresar adecuadamente con palabras el espíritu del Opus Dei. Comprendo a quienes piensan sinceramente que el Opus Dei es una sociedad secreta, no porque lo sea, sino porque creo que, en el fondo, es un misterio. Su aparición, desarrollo y expansión son realmente maravillosos. Y seguramente es así porque el Opus Dei forma parte del misterio que es la Iglesia, un misterio que existe desde hace casi 2.000 años.

En la entraña de este misterio hay algo muy simple, tan sencillo que nuestro complicado y retorcido siglo XX no es capaz de captar. No se trata tanto de algo nuevo como de algo que arroja una nueva luz sobre realidades que siempre han estado ahí: la vida ordinaria, la familia, el trabajo, la amistad y el servicio a Dios. Las siguientes palabras del fundador del Opus Dei resumen lo que expresó repetidamente a lo largo de su vida, una vida dedicada a extender por el mundo el Opus Dei, la obra de Dios:

“Sueño -y el sueño se ha hecho realidad- con muchedumbres de hijos de Dios, santificándose en su vida de ciudadanos corrientes, compartiendo afanes, ilusiones y esfuerzos con las demás criaturas. Necesito gritarles esta verdad divina: si permanecéis en medio del mundo, no es porque Dios se haya olvidado de vosotros, no es porque el Señor no os haya llamado. Os ha invitado a que continuéis en las actividades y en las ansiedades de la tierra, porque os ha hecho saber que vuestra vocación humana, vuestra profesión, vuestras cualidades, no sólo no son ajenas a sus designios divinos, sino que El las ha santificado como ofrenda gratísima al Padre.”

En el aniversario de la muerte del Fundador de la Obra

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Testimonio de Cardenal Paul Poupard, Presidente del Consejo Pontificio de Cultura
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

­¡Qué profundidad evangélica tiene el «apostolado de la inteli­gencia»! Cuando el joven sacerdote Josemaría Escrivá escribía esta frase en el punto 978 de su libro Camino (la primera edición es de 1934) trazaba un programa al que se atiene toda su vida: pre­cisamente porque el Opus Dei quiere llevar a todos los hombres, de todas las clases sociales, el mensaje de la llamada a la santidad cristiana mediante el trabajo profesional. El fundador ha dedicado siempre la máxima atención a los intelectuales, a aquellos que tra­bajan con las ideas y las transmiten, porque hoy como nunca el problema de los problemas es la relación del Evangelio con las cul­turas, es decir, la «inculturación de la cultura» del Evangelio.

Me han contado que una vez, todavía en los años 30, Monseñor Escrivá, al contemplar un paisaje de cumbres nevadas comento con un amigo: «¿Ves esas cumbres brillantes bajo el sol? Parecen dis­tantes, ajenas, sólo decorativas. Y por el contrario, de ellas depende la reserva hidráulica que hará fecunda toda la llanura. Lo mismo sucede con los intelectuales».

Esta afición por las ideas se manifiesta en la promoción de ini­ciativas culturales de reconocido prestigio, como la Universidad de Navarra, en Pamplona, la Universidad de Piura, en Perú, y la Universidad La Sabana, en Colombia; hay dispersos por todo el mundo centros culturales y escuelas de todas clases y condiciones que los miembros del Opus Dei han creado para responder a las exigencias locales; y para los estudios específicamente eclesiásticos existe la Universidad Romana de la Santa Cruz, con las Facultades de Filosofía y Teología. Esto es mucho, pero no es todo: de hecho, el apos­tolado personal de los miembros del Opus Dei, como decía siempre el fundador, es «apostolado de la doctrina», es decir, de las ideas y de la cultura a todos los niveles y para todo el mundo, porque «a los hombres -como a los peces– se les coge por la cabeza», y Cristo ha querido que sus discípulos, es decir, todos los cristianos, fueran «pescadores de hombres».

Este mensaje, perenne como el Evangelio, es de extrema actua­lidad en nuestra época, porque, como dice el historiador inglés Christopher Dawson, «la ruptura de la comunión entre el orden espiritual y el orden racional es el problema más serio al que el mun­do moderno debe enfrentarse». El tema lo ha enfocado el Concilio Vaticano II y los Sumos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II lo han situado en el centro de su acción pastoral: la Iglesia está cada vez más comprometida en el diálogo con las distintas culturas, para res­ponder a las esperanzas secretas de las culturas mismas.

El diálogo tiene una dinámica propia que se desarrolla normal­mente en tres fases: la primera es la del respeto, que no separa ni confunde el Evangelio y las culturas, sino que respeta los distintos planos, al abrigo de injerencias indebidas; la segunda fase es la ele­vación de lo que es humanamente válido en toda cultura, para llegar a la tercera fase, la de la integración.

El diálogo también es confrontación y, algunas veces, desafio, porque algunas culturas deben purificarse de todo aquello que humilla y ofende al hombre. La Iglesia, hoy en día, está llamada a defender al hombre de sí mismo, y de la tentación de la «cultura de muerte». Y lo hace cuando, por ejemplo, pro dama que la ciencia debe aliarse con la conciencia e inspirarse en la ética, porque no todo lo que es posible técnicamente es lícito moralmente.

Es una tarea difícil, pero no eludible. Monseñor Escrivá, a quien el Papa ha proclamado «Venerable» el pasado día 9 de abril, ha podido escribir: «No nos podemos cruzar de brazos, cuando una sutil persecución condena a la Iglesia a morir de inedia, relegándola fuera de la vida pública y, sobre todo, impidiéndole intervenir en la educación, en la cultura y en la vida familiar. No son nuestros derechos: son los de Dios, y a nosotros, los católicos, nos los ha confiado Él… para que los ejerzamos». El Opus Dei que, en cuanto a prelatura personal se refiere, es una institución al servicio directo del Papa y de la Iglesia, desarrolla precisamente en el campo de la cultura su peculiar función eclesial.

Recuerdos de un corresponsal

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Testimonio de Eugenio Montes, De la Real Academia Española
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El 26 de junio de 1975 el cielo estaba azul y yo estaba en mi casa del Pincio viendo desde el balcón, en la lejanía, la cúpula de San Pedro sobre el Monte Vaticano, el Monte de los Vaticinios.

Sonó el teléfono. Me dieron la noticia escuetamente: «Ha muer­to Monseñor Escrivá de Balaguer». Ni una sílaba más, tal vez por­que ante lo decisivo sólo el silencio es grande; el resto, debilidad.

Pero salí a preguntarles a sus amigos. No se encontraba enfermo. En cualquier caso no le había comunicado a nadie inquietudes acer­ca de su salud.

El 26 de junio había madrugado, como siempre. La del alba sería cuando salió a tener una plática con unas hijas suyas en Cas­telgandolfo. Como Santa Teresa de Jesús, este hombre de virtudes heroicas podía decir: «Hijas, cosas son éstas para entretener la espera».

Una vez exclamó: «Debemos acoger la muerte con sereno gozo. Cuando el Señor quiera y donde quiera».

El Señor quiso que a este hombre pirenaico la muerte le acon­teciese en Roma, su lugar predilecto. Entre las siete colinas, donde se asienta «la reliquia universal del suelo», porque «no hay parte en ti que no sirva de ejemplo/de santidad, así como trazada/de la ciudad de Dios al gran modelo». (Cervantes).

Yendo al funeral encuentro a Lozoya. Me dice: «Hay pocos españoles universales: algunos exploradores de Indias, un pequeño acervo de escritores y artistas, algunos fundadores religiosos». Monseñor Escrivá era de éstos. Su Obra se extiende por 80 países y cuenta con más de 70.000 adeptos fervorosos.

Se ha señalado que la Cristiandad aprendió de los españoles a rezar: el Credo es creación del cordobés Osío tanto como de Anas­tasio; la Salve, arco iris celeste, del gallego San Pedro de Mezonzo; el rosario, de Santo Domingo.

A mí en Roma me atraen, sobre todo, las huellas de nuestros hombres con virtudes heroicas. Cruzo, recruzo el patio de San Dámaso. Entro en los siete templos que aún quedan de los 27 dedi­cados a San Lorenzo. Me siento en el Aventino a la sombra del naranjo plantado por el de Caleruega. Veo en el Palatino la palmera de San Buenaventura de Barcelona. Recorro el barrio en donde San Ignacio pronunció su impresionante frase: «Usar los medios naturales como si no hubiese los sobrenaturales; usar los medios sobrenaturales como si no hubiese los naturales». «Sentencia es de maestro», concluyó Gracián.

Juntar lo sobrenatural con lo natural, acercarnos a lo sobrena­tural con naturalidad absoluta, ha sido el don, sencillamente pro­digioso, de Monseñor Escrivá de Balaguer. Su santo y seña reza: «Santificar la vida cotidiana, en medio de su aparente monotonía, de sus quehaceres, de sus trabajos». Con certera imagen proclamó: «En la línea del horizonte parecen unirse Cielo y Tierra, pero en donde en verdad se unen es en los corazones cuando se vive san­tamente la vida ordinaria».

Según el cardenal Baggio, su innovación más profunda consiste en el llamamiento universal a la santidad; el trabajo como lugar de encuentro con Dios y con los hombres: innovación confirmada pos­teriormente por el Concilio Vaticano II. Idea feliz esta invitación a amar el mundo apasionadamente, descubriendo el valor sobre­natural de las circunstancias normales de la vida, incluidas las más prosaicas y materiales.

En 1946 vino a residir a Roma. Vivía en un apartamento humil­de de la «Città Leonina», frente a las medio derruidas torres que en el siglo IX elevó León IV. Yo lo encontré al lado de la muralla, el día inaugural del Año Santo, en tiempo de Pío XII. «Así, así, católico, apostólico, ¡romano! Me gusta que vengas en romería».

«VIDERE PETRUM»

La primera persona que en la urbe lo alentó intensamente fue Montini, porque entonces necesitaba ayuda para superar las sus­picacias y obstáculos que todo fundador encuentra.

Algunos miembros de la Obra actuaron y actúan en política. «Como los demás ciudadanos – aclara el fundador–, pues sus res­ponsabilidades son individuales».

En cuanto a él mismo, Monseñor Escrivá de Balaguer confesaba que no sentía la política ni la sociología. Alguna vez expresó rotun­damente: «Me disgustan».

Al cabo, su fe, su esperanza su caridad triunfaron. En el funeral por su alma, monseñor Be Nelly leyó un emocionado mensaje del Sumo Pontífice. La capilla ardiente estaba como envuelta en púr­pura, pues al parpadeo de los hachones reconocí, con el nuncio apostólico Carboni, a los cardenales Palazzini, Rossi, Felice…

El cardenal Deskur anunció: «Espero ser el primer obispo que postule la beatificación de Monseñor. He ofrecido la misa por su glorificación». Quien hoy rige la diócesis ambrosiana lo compara a San Fran­cisco de Sales. Los ingleses evocan ante él a Tomás Moro. Yo pienso en San Felipe de Neri, por su continuo rebullicio de frases chispeantes. El cristianismo es sufrir los unos por los otros, pero nada hay tan católico como alegrarse los unos con los otros. Luminoso misterio de la Comunión de los Santos.

La alegría, a Monseñor Escrivá de Balaguer le manaba del cora­zón desbordante, de su bondad profunda. Venía del fondo. Los que hace tres años acompañaban sus restos mortales a la última morada terrena veían en esa alegría un rocio venido de lo alto, un rocío celeste.

Actualidad eclesial del mensaje de Josemaría Escrivá

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Testimonio de P. Ambrogio Eszer, O. P. Relator General de la Congregación para las Causas de los Santos
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

La figura de Josemaría Escrivá de Balaguer, polifacética y, al mismo tiempo, extraordinariamente compacta, suscita un conside­rable interés tanto en el pueblo de Dios como entre los teólogos. El estudio de sus escritos y de su servicio eclesial parece demostrar que la personalidad del fundador del Opus Dei marca una nueva etapa en el panorama de la espiritualidad y de la vida de la Iglesia.

La actualidad de su mensaje y de su obra están a la vista de todos; es la «viva expresión de la perenne juventud de la Iglesia», como escribió el Papa Pablo VI. El Santo Padre Pío XII afirmó de él que era «un verdadero santo, un hombre mandado por Dios para nuestra época». El cardenal Höffner declaró que su obra «es providencial en la historia de la Iglesia, y presenta tal fuerza salvífica que es imposible exagerar su valor».

Si el teólogo debe reconocer en el carisma del fundador del Opus Dei la libre iniciativa de Dios, que traspasa con una luz inesperada el espíritu de la criatura escogida y le asigna una tarea a la que ésta no sabe ni quiere resistirse, el historiador ha de buscar los para­digmas objetivos que permitan valorar ese carisma y la correspon­dencia del hombre. La inspiración de Monseñor Escrivá de Bala­guer se proyecta sobre un horizonte que transciende las vicisitudes de su tiempo, pero de ellas obtiene fuerza y vigor. Son dos los ele­mentos que deben considerarse para formular una valoración adecuada de su personalidad y su apostolado. Por un lado, la expe­riencia personal del siervo de Dios: el itinerario de su vocación y de su misión. Por otro, las circunstancias externas en las que esta misión se desarrolló. O, si se prefiere, por una parte la gracia, y por otra, la forma concreta e histórica en la que la ha encarnado.

Pues bien, su acción eclesial toma forma en un contexto que, desde un punto de vista social y cultural, aparece fuertemente mar­cado por un laicismo rabioso. Estamos en los primeros anos treinta, cuando tiene lugar una consolidación de las fuerzas laicistas que se proponen una radical descristianización de las masas: de hecho, este designio no se consuma solamente en los ámbitos restringidos donde se crea la cultura, sino que quiere involucrar a la sociedad entera. De esta cultura laicista se derivó la expansión del odio anti­clerical, la persecución violenta contra la Iglesia, la revuelta anar­quista. En los anos sucesivos, hasta llegar a nuestros días, el extre­mismo en la lucha contra la fe religiosa ha sido superado, pero aquel proyecto de «laicización» de la vida conoce una expansión casi imparable: la secularización como proceso de pensamiento, incluso teológico, y como realidad generalizada.

La respuesta de Escrivá de Balaguer, al principio y al final, es la misma, perentoria y esencial; «estas crisis mundiales son crisis de santos». Advirtiendo la necesidad de que los cristianos superen toda división entre la fe y el actuar diario, proclama la vocación universal a la santidad y anuncia con vigor que el trabajo humano es el instrumento a través del cual Dios llama al hombre a cooperar en el plan de la Creación y de la Redención. El trabajo, que era el lugar de conflicto y de aplastamiento del hombre por aquellos que deseaban plasmar los «nuevos tiempos» de una humanidad finalmente liberada y dueña de sí, se convierte para el fundador del Opus Dei en el ámbito de santificación. Cristo es colocado «en la cumbre de todas las actividades humanas»; la vida de los hombres y la entera sociedad se impregnan de una tensión hacia Dios a la que nada resulta ya extraño. Y es en los cristianos corrientes, de todos los ambientes y condiciones sociales, en quienes Escrivá rea­viva la conciencia de la necesidad de recapitular, desde dentro, el mundo en Cristo.

En ese espíritu se reconocen las huellas de sus primeras expe­riencias sacerdotales entre los campesinos de Perdiguera, los uni­versitarios de Zaragoza y de Madrid, los obreros y los abandonados de las barriadas extremas de la capital. Un espíritu que parece mos­trar sus inagotables virtualidades, sobre todo hoy, cuando vemos que el «humanismo» moderno acaba por desembocar en el indi­ferentismo y en el sinsentido. De ahí que no sea casualidad que en el texto del decreto sobre la heroicidad de sus virtudes se lea:

«Este mensaje de santificación en y de las realidades terrenas resulta providencialmente actual para la situación espiritual de nuestra época. En efecto, en los tiempos presentes, a la vez que se exaltan los valores humanos, también se advierte una fuerte inclinación hacia una visión inmanente del mundo, entendido como algo separado de Dios. Y este mensaje invita a los cristianos a buscar la unión con Dios a través del trabajo diario, que constituye una obligación y una fuente perenne de la dignidad del hombre la tierra. Por lo que resulta patente la adecuación de este mensaje con las cir­cunstancias de nuestro tiempo, y parece además destinado a per­durar de modo inalterable, por encima de las vicisitudes históricas, como fuente inagotable de luz espiritual».

Desde el punto de vista eclesial, Josemaría Escrivá comienza a actuar en una situación en la que las respuestas pastorales tra­dicionales comenzaban a dar los primeros signos de inadecuación ante el gran desafío de este humanismo ateo o agnóstico. Y en los últimos años asiste a la crisis de las ilusiones de quienes habían inten­tado superar ese ¡mpasse preconizando la adaptación de la Iglesia al mundo. Tampoco aquí su respuesta cambia con el tiempo y, con su estilo directo característico, aparece perfectamente adecuada a las nuevas exigencias. Es el regreso a un cristianismo radical, cris­tocéntrico y teocéntrico, centrado en la afirmación del primado de la gracia, de la comunión de vida con Cristo mediante la oración y los sacramentos, que generan el hombre nuevo y lo transforman en testigo de Cristo en su propio ambiente profesional.

Se lee en estas tesis un eco ante litterarn del mensaje central del Concilio Vaticano II, en el que el fundador del Opus Dei tuvo la alegría de ver aprobadas las propias inspiraciones fundamentales; y, al mismo tiempo, se percibe un salto de siglos, que conecta direc­tamente con la genuina fuente de la espiritualidad cristiana: el Evan­gelio sine glossa y la experiencia de la primitiva comunidad cristiana. Escrivá vive y transmite a todos los cristianos la experiencia del encuentro transformador con Cristo. No hay en él ninguna pre­sunción intelectual, ni la preocupación por resolver complicadas cuestiones teológicas, sino el anhelo pastoral de hablar a todos, cultos y sencillos, ricos y pobres, mentes eximias y hombres poco ins­truidos, para entregar a todos un mensaje nuevo y antiguo. Es el mensaje de Cristo, en cuyo misterio salvífico todos los bautizados se encuentran vivíficamente injertados. Por esto, Camino –su libro más importante y difundido– no es una exposición sistemática, sino una guía hacia el encuentro con el Señor: incluso en su forma lite­raria, aparentemente tan asistemática como la vida misma, se refleja el sabor de los Ápophthegmata de los primeros maestros del Cris­tianismo. Pero Escrivá está bien lejos de cualquier «primitivismo», y en este sentido, la lectura de su obra tanto publicada como inédita –así como de dictámenes elaborados a lo largo de la causa de canonización por parte de los teólogos censores designados por el Tribunal del Vicariato de Roma– es suficiente para disipar cual­quier duda. El suyo es un trabajo de catequesis, de pastoral experta, de dirección de almas. Hay una mente atenta y perspicaz, que sin ligarse a ninguna escuela teológica determinada, bebe de la teología escolástica y, sobre todo, de Santo Tomás, las tesis fundamentales.

Su enseñanza consigue ser siempre eminentemente apostólica. Y también lo es su obra. La incidencia que ha tenido en la auténtica promoción del laicado es aún difícilmente evaluable en sus dimen­siones reales que, ciertamente, son vastísimas; lo mismo se podría decir de los frutos que suscita en sacerdotes y religiosos. Josemaría Escrivá de Balaguer ha llevado a tantos cristianos, de cualquier esta­do y condición, a la unión total e íntima con el Salvador, trasmi­tiéndoles un vigoroso impulso apostólico, que les ha hecho cons­cientes de la llamada a ganar a otros para Cristo; « estos otros» son cristianos que se han entibiado y aquellos que se han dejado absor­ber por el secularismo. Detrás de esta fecundidad, que no conoce especializaciones, se palpa un profundo sentido de la Iglesia y un amor que podemos definir sin titubeos, encendido hacia todos sus representantes, comenzando por el vicario de Cristo.

La amplitud de las realizaciones apostólicas promovidas por Josemaría Escrivá en los cinco continentes, y su adecuación a las exigencias de una pastoral en sintonía con las necesidades de los tiempos, pueden hacer pensar que fuera, sobre todo, un hombre de acción. Los estudios elaborados con motivo de la causa de cano­nización nos revelan, en cambio, que la verdadera clave de su per­sonalidad está en su vida interior, donde se toca el misterio de la elección divina, de la que la criatura queda marcada hasta las libras más profundas de su ser. Si se puede dar de él una definición, es la de siervo fiel: fidelidad ejemplar en la respuesta diaria a la intensa acción de la gracia en su alma y, consiguientemente, en el cum­plimiento del encargo recibido. Sólo dejándose moldear interna y enteramente por el amor de Dios podría convertirse en un humilde heraldo del mensaje radical de santidad que constituye el núcleo del Opus Dei. El carisma que le guió aparece constitutivamente diri­gido a la edificación de la Iglesia. Su experiencia unitiva personal fue el sustrato necesario y el alimento natural de su mensaje espi­ritual. La teología ha analizado esta experiencia conoce bajo el nombre de «carisma del fundador», y ha puesto de relieve que sus inmediatas consecuencias apostólicas no se limitan al valor del testimonio o de la ejemplaridad que enriquece su trasunto interior, sino a una paternidad misteriosa y real, cauce activo del fluir de la gracia de Cristo a sus miembros.

Esta me parece la clave de la personalidad espiritual de Mon­señor Escrivá, enteramente marcada por la voluntad de ser fiel a la misión recibida. Fue en primer lugar un alma profundamente contemplativa. Desde joven el Señor le condujo a través de expe­riencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían «sentir», en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético y con una extenuante actividad apostólica, identificándose plenamente con la voluntad divina. Simultáneamente, el Señor le hizo un maestro de vida inte­rior; a los veintiséis años tan sólo, con la fundación del Opus Dei, le llamó a abrir un nuevo camino de santidad en la Iglesia. También las purificaciones pasivas, elemento presente en todo proceso de la santificación, asemejan al siervo de Dios a los grandes funda­dores: no sólo la experiencia vivida de la bajeza de la propia nada ante el amor divino, sino, sobre todo, la conciencia de la indignidad para una tarea sin limites, y la dolorosa sucesión de las incompren­siones sufridas, de las adversidades que de todos lados amenazaron la vida de la criatura que acaba de ver la luz… Como si Dios mismo pidiese una cosa humanamente «imposible» y, al mismo tiempo, pareciese que impedía su realización.

En la extraordinaria fecundidad de esta paternidad suya se des­cubre no sólo la fecundidad de la gracia, sino también un don par­ticularmente atractivo. La vida espiritual de Josemaría Escrivá se desenvuelve en todos sus aspectos como una expansión de la filia­ción divina en Cristo: todo es confianza, acogida cordial, transpa­rencia. También el dolor es abandono sereno en el Padre, que bendice con la cruz. Y todo sucede bajo el signo de la alegría, de un optimismo contagioso, de un maduro entusiasmo que hace singu­larmente atractiva su figura

Agradezco al Señor haberme concedido ocuparme, en calidad de relator, de la de canonización de Josemaría Escrivá. Las investigaciones se han llevado a cabo en el más riguroso respeto de los criterios jurídicos y de la metodología científica exigidos por la Iglesia en tan deseada materia: los procedimientos procesales, la recogida y el análisis de las fuentes documental es, y los sucesivos estudios histórico-documentales son también otro modelo de escru­pulosa exactitud, con un sólido aparato crítico, y de profundización sabia y segura. Aparece así una figura que pertenece ya al tesoro de toda la Iglesia: su próxima beatificación nos presenta un hombre en el que Dios ha querido dejar una huella deslumbrante de su gra­cia. En ella, cualquier cristiano puede descubrir los destellos de la luz que sólo la imagen de Cristo refleja en toda su plenitud y cuyo resplandor relumbra en los santos.

EPILOGO: LA PRELATURA PERSONAL OPUS DEI

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

EL 19 de marzo de 1983, día en que la Iglesia celebra la festividad de San José, tiene lugar un solemne acto litúrgico en la Basílica Romana de San Eugenio a Valle Giulia: se inaugura oficialmente la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei.

Los lugares de honor están ocupados por altos dignatarios de la Curia Romana. El Nuncio de Su Santidad en Italia y delegado del Papa Juan Pablo II, Monseñor Romolo Carboni, hace entrega al primer Prelado del Opus Dei, Monseñor Álvaro del Portillo, de la Bula Ut Sit, por la que se erige la Prelatura del Opus Dei, y el correspondiente Decreto de Ejecución. Esta Constitución Apostólica de Juan Pablo II, está suscrita por el Cardenal Casaroli, Secretario de Estado, y por el Cardenal Baggio, Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos, y fechada en Roma el día 28 de noviembre de 1982.

El gozoso significado de esta fecha, que ya ha quedado grabada para siempre en la historia de la Obra de Dios, será glosado por Monseñor Álvaro del Portillo en este diecinueve de marzo romano de 1983. Explica que la Constitución Apostólica relativa a la erección del Opus Dei en Prelatura Personal comienza con las palabras latinas” ut sit”: que sea. Y tienen para toda la Obra una «resonancia muy particular, íntima, de familia», porque traen a la memoria los aledaños pirenaicos donde se fraguó la vocación adolescente del Fundador y donde se encendió, como una llamarada, su amor a Dios. Durante años presintió que la Providencia le destinaba a una tarea cuyos perfiles concretos desconocía. Y rezó y repitió incansablemente, como un ruego de urgencia al Señor y a la Virgen María, estas palabras: Domine, ut sit!… Domina, ut sit!… ¡Señor, que se cumpla! ¡Que se cumpla tu Voluntad!; ¡Señora, que sea! ¡Que se realice la Voluntad de tu Hijo!…

Esta misión se desveló el 2 de octubre de 1928, cuando Dios le hizo ver, con una panorámica sin orillas, el Opus Dei. También dio comienzo el itinerario jurídico de la nueva Fundación que concluye el 28 de noviembre de 1982. En este día, la primera página de «L’Osservatore Romano» daba la noticia de que el Santo Padre erigía la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei en Prelatura Personal. Y comunicaba, también, el nombramiento de Monseñor Álvaro del Portillo como su primer Prelado. Complementando estas noticias se acompañaba la publicación de tres documentos. Todos hacían relación a la declaración oficial de la Sagrada Congregación para los Obispos suscrita por el Prefecto, Cardenal Sebastiano Baggio, y por el Secretario, Monseñor Lucas Noreira Neves, con fecha 23 de agosto de 1982, aprobada por el Papa. Esta Dedaratio es una interpretación del Derecho propio de la nueva Prelatura conferido por la Santa Sede.

Tras indicar los motivos que han determinado la decisión del Romano Pontífice, expone las principales notas características de la Prelatura.

Su vida y actividad se regirán por las normas del Derecho General de la Iglesia y por las que le atañen de modo concreto y quedan especificadas en la Constitución Ut Sit, así como por los Estatutos de régimen interno, que reciben el nombre de «Código de derecho particular del Opus Dei».

La jurisdicción de la Prelatura abarca a los sacerdotes del Opus Dei y -sólo en lo referente al cumplimiento de las obligaciones peculiares asumidas mediante el vínculo jurídico convenido con la Prelatura- a los laicos. Unos y otros dependen de la autoridad del Prelado para la realización de las tareas apostólicas de la Prelatura.

S. S. Juan Pablo II con el Prelado del Opus Dei, Monseñor Álvaro del Portillo. Roma, 1983.

El Ordinario propio de la Prelatura Opus Dei es su Prelado. Ha de ser elegido de acuerdo con el derecho general y particular, y confirmada su elección por el Romano Pontífice.

Su dependencia de la Santa Sede se gestiona a través de la Sagrada Congregación para los Obispos y, según la materia de los asuntos a tratar, podrá interconsultar con los demás Dicasterios de la Curia Romana.

El Gobierno Central de la Prelatura tiene su sede en Roma. Cada cinco años, el Prelado presentará al Romano Pontífice, a través de la Sagrada Congregación para los Obispos, un informe acerca de la situación de la Prelatura y del desarrollo de su trabajo apostólico.

También se establecen las relaciones con los Obispos locales, inserción de la Obra en las respectivas diócesis y la adscripción del clero diocesano de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, Asociación unida inseparablemente a la Prelatura.

Concluye así, en este día, un largo estudio que ocupó tres años y medio de trabajo. En él intervinieron dos Comisiones Cardenalicias y una Comisión técnica especial. Además, se recabó el parecer de más de dos mil Obispos de todo el mundo.

¿Por qué todo este esfuerzo, y qué significaba en realidad la definición jurídica del Opus Dei como Prelatura Personal?

Peter Berglar escribe:

«A los ojos de Dios y a los de los fieles cristianos que seguían a su Fundador el Opus Dei era, ya desde el 2 de octubre de 1928, lo que seguiría siendo siempre: la familia espiritual de quienes, por vocación divina, querían formar parte del Opus Dei tal como lo había visto Monseñor Escrivá de Balaguer»(1).

Pero una cosa es el carisma fundacional, el descubrimiento de una llamada específica a un encuentro con Dios, y otra la situación jurídica, la inclusión dentro de la normativa y el Derecho de la Iglesia.

El Decreto del Obispo de Madrid en 1941, aprobando la Obra como Pía Unión, fue el primer paso de un largo caminar hacia su definitiva estructura, adecuada a su realidad.

Este paso inicial certificaba desde el punto de vista de la autoridad eclesiástica la ortodoxia y la lealtad del Opus Dei hacia la jerarquía. Pero se trataba de una cobertura transitoria, como defensa inmediata ante las controversias que su innovación en el campo de la espiritualidad laical estaba produciendo. No fue una solución menguada, ni la negación de otro lugar más extenso. Era la única posibilidad inicial, ya que no existía una definición jurídica adecuada, ni vigente ni prevista, para dar cabida a este movimiento fundacional.

Desde el principio, el trabajo de Monseñor Escrivá de Balaguer, la oración, los sacrificios, las energías todas de su vida, se centraron en lograr un espacio, una veste jurídica, que acogiera dentro del Derecho universal de la Iglesia a la Obra de Dios sin alterar, reducir o desnaturalizar ninguna de las luces del carisma fundacional.

Los pasos siguientes se dieron junto al Papa Pío XII, en los años 1943 y 1947.

Para resolver la cuestión de incardinar sacerdotes en el Opus Dei y tener una organización de ámbito universal, el Fundador aceptó temporalmente incluir a la Obra en el régimen jurídico de los Institutos Seculares. La Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia daba entrada a estos Institutos, integrados por personas que vivían en medio del mundo, y que afirmaban su compromiso mediante votos de carácter religioso, de pobreza, castidad y obediencia. Su dependencia en la Curia Romana se establecía, además, a través de la Sagrada Congregación para los Religiosos.

El vacío de la legislación para acoger el verdadero espíritu del Opus Dei, que se refería a cristianos corrientes, obligó al Fundador a acogerse provisionalmente a fórmulas jurídicas inadecuadas, pero nunca la Obra estuvo dentro de un marco idóneo ya que había aspectos que contravenían principios esenciales de su carácter secular.

Monseñor Alvaro del Portillo declaraba en 1983:

«El Fundador (…) al aceptar esas soluciones -en 1943 y en 1947- hizo ya constar a la autoridad eclesiástica competente, que esperaba se abrieran otros cauces jurídicos que pudieran resolver satisfactoriamente -de acuerdo con su genuina naturaleza- el problema institucional del Opus Dei»(2).

La última etapa se inicia con el Concilio Vaticano II, que abrirá el horizonte jurídico necesario.

En el número 10 del Decreto Presbyterorum Ordinis, el Concilio deliberó sobre la utilidad apostólica de las Prelaturas Personales, que han de ser erigidas por la Santa Sede para llevar a cabo peculiares iniciativas dentro de la Iglesia, tanto a nivel regional como nacional e, incluso, universal.

El Colegio Episcopal, reunido con el Sucesor de Pedro y bajo su Autoridad en la Suma Asamblea Conciliar, introdujo en el Derecho de la Iglesia esta nueva estructura jurisdiccional de carácter personal y secular. También se puntualizó que estas Prelaturas se erigirían según normas adecuadas para cada una de ellas, dada la gran variedad de fines y estructuras que podían adoptar. Siempre la autoridad de los Obispos locales seguiría intacta, reservando al Prelado la autonomía necesaria para poder llevar a cabo unos fines estrictos, establecidos para las diversas Prelaturas que en el futuro se pudieran erigir.

De este modo, la Iglesia se abría a sí misma multitud de posibilidades pastorales que actuarían armónicamente, en cada lugar, con la Jerarquía ordinaria de la Iglesia, pero con los estímulos y la vida de su propio espíritu y finalidad fundacional.

Siguiendo las indicaciones del Papa Pablo VI en orden a estas nuevas posibilidades, el Fundador convoca un Congreso General del Opus Dei en 1969 para trabajar sobre esta solución jurídica definitiva. Este empeño continuó sin interrumpirse ni con la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer en 1975 ni con la del Papa Pablo VI en 1978.

El Fundador falleció contemplando en el horizonte este cauce jurídico definitivo, que se adecuaba plenamente a lo que Dios le hizo ver el día 2 de octubre de 1928. Con genial intuición, se lo comunicó, en 1936 y de la única manera que entonces cabía hacerlo, a un miembro del Opus Dei, Pedro Casciaro. En una de sus visitas a la Iglesia de Santa Isabel, en Madrid, fijó su atención sobre dos epitafios en sendas lápidas mortuorias que existen en el presbiterio, bajo el crucero. En latín, están dedicadas a Antonio Sentmanat, Patriarca de las Indias, Capellán y Limosnero Mayor del Rey de España Carlos IV, Vicario General de los Ejércitos Reales de Mar y Tierra (1743-1806), y a Jacobo Cardona y Tur, Patriarca de las Indias Occidentales, Obispo titular de Sión, Procapellán Mayor de la Casa Real, Vicario General Castrense (1838-1923). Y en voz alta comentó: «Ahí está la futura solución jurídica de la Obra». Ante el asombro de Pedro Casciaro, que no entendió el contenido de esta afirmación, el Padre definió, cuarenta y siete años antes de su aprobación, por dónde cabía encontrar una configuración canónica del Opus Dei: a través de alguna modalidad de las estructuras jerárquicas de la Iglesia, que fuera secular y no territorial, sino personal, no circunscrita a un territorio determinado sino a unas actividades pastorales que podían tener por ámbito los confines del ancho mundo.

Juan Pablo 1 murió cuando ya había indicado a Monseñor Álvaro del Portillo, sucesor del Fundador, que presentara los datos necesarios para resolver el problema institucional de la Obra y darle su configuración jurídica definitiva.

En noviembre de 1978, ocupando Juan Pablo 11 la Silla de Pedro, considera improrrogable la solución y recibe los oportunos documentos, que confía al estudio de la Sagrada Congregación para los Obispos, que es el Dicasterio de la Curia Romana competente en las prelaturas personales.

Esta Congregación estudia y valora los elementos de carácter histórico, jurídico, doctrinal y apostólico que confluyen en el Opus Dei, durante más de tres años. El Santo Padre, oídos los resultados, someterá las conclusiones al parecer de la Comisión Cardenalicia presidida por el Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos y, además, informará de su decisión a los Obispos de las naciones en las que el Opus Dei ha erigido Centros, para que hagan llegar a la Santa Sede -si lo consideran oportuno- sus observaciones. La inmensa mayoría manifestará su satisfacción por esta medida. Todos cuantos pidan alguna aclaración serán escuchados y respondidos.

¿Cuál es, pues, el módulo jurídico definitivo que encuadra la realidad del Opus Dei?

Por definición, es una estructura eclesiástica gobernada por un Prelado con potestad de jurisdicción que, sin lesionar ninguno de los derechos de los Obispos diocesanos, tiene facultad de incardinar en la Prelatura sacerdotes seculares, y a la que pueden también incorporarse miembros seglares mediante un vínculo contractual. Todos, sacerdotes y seglares, se dedican a conseguir, de acuerdo con los Estatutos propios aprobados por la Santa Sede y bajo la autoridad del Prelado, el concreto fin pastoral de la Prelatura.

La Prelatura Opus Dei es de ámbito internacional. Está constituida por un Prelado; los sacerdotes de la Prelatura, que provienen exclusivamente de los laicos del Opus Dei y que reciben las Sagradas Ordenes después de haber cursado los estudios correspondientes; y los laicos, que son hombres y mujeres, solteros y casados, de toda raza y condición social, que se han incorporado libremente a la Prelatura después de recibir la llamada de Dios para entregar su vida a los fines propios del Opus Dei.

Estos fines han sido agrupados por un documento de la Santa Sede en dos vertientes. El Prelado y los sacerdotes de la Obra sirven a los laicos de la Prelatura; les ayudan a cumplir los compromisos ascéticos, formativos y apostólicos que han asumido. Además, todos -sacerdotes y laicos- extienden su apostolado en servicio de la Iglesia; difunden en la sociedad entera la llamada a la santidad mediante el valor trascendente de las ocupaciones cotidianas, del trabajo profesional ordinario.

En palabras de Monseñor Álvaro del Portillo: «Se pidió esta transformación jurídica del Opus Dei para resolver una grave cuestión institucional, que estaba aún pendiente de solución: que la configuración de la Obra correspondiera a lo que podríamos llamar “el carisma fundacional”; es decir, a lo que desde el principio Monseñor Escrivá de Balaguer vio que debía ser el Opus Dei (…).

La anterior situación jurídica nos mantenía dentro de unos moldes que no se ajustaban a nuestro camino, y obligaba a nuestro Fundador a hacer constantes aclaraciones ante las autoridades eclesiásticas y civiles, y ante la opinión pública, con el fin de defender continuamente nuestra vocación y de puntualizar las características de nuestra específica secularidad»(3).

A lo largo de cuarenta años, el Opus Dei ha trabajado para encontrar su lugar adecuado dentro de la estructura de la Iglesia y del Derecho Canónico. Ha tenido que abrir los caminos, como ya anunció desde el principio el Fundador a sus hijos, «al golpe de sus pisadas».

Hoy, en cualquier parcela de las actividades del mundo, una persona corriente puede establecer un vínculo con el Opus Dei mediante el que se compromete a un esfuerzo ascético y apostólico en medio de sus ocupaciones habituales. Con toda la ancha libertad en las opciones humanas lícitas. Es un miembro del pueblo de Dios, que se sabe llamado a una más estrecha unión de amor con Jesucristo. Pero que no ha cambiado en absoluto el papel humano de su condición.

Unida inseparablemente a la Prelatura del Opus Dei está la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Es una Asociación a la que se adscriben, con vínculo meramente asociativo, los sacerdotes seculares de cualquier diócesis del mundo.

También ellos acuden buscando ayuda espiritual para santificarse en el desempeño de su trabajo ministerial. Esta decisión no debilita, sino todo lo contrario, la unión que deben a su Obispo y a su diócesis. La Obra les facilita atención espiritual y ascética. Pero solamente tienen un superior: su propio Obispo.

Los actuales Estatutos de la Obra son prácticamnete los mismos que Pío XII aprobó en 1947. En 1969 se hicieron las modificaciones necesarias para cuando llegara el momento de solicitar a la Santa Sede la transformación de la Obra en Prelatura Personal. El cambio más importante, deseado por el Fundador desde hace muchísimos años, consiste en que la incorporación a la Obra se hace ahora mediante el ya mencionado vínculo contractual.

simultáneo, se suprimen aquellos elementos relacionados con la profesión de los consejos evangélicos, que están al margen del camino que vio el Fundador, pero que tuvo que aceptar en alguna medida en aquel momento de su historia por exigencias de la normativa jurídica entonces vigente.

En cuanto a su posición con los Obispos y diócesis o iglesias locales, el Opus Dei nunca ha intentado conseguir una autonomía con respecto a la autoridad establecida por la Iglesia. Desde 1947 es una Institución de derecho pontificio, de ámbito internacional y gobierno centralizado en Roma, que goza de la necesaria autonomía interna.

Los Estatutos no han cambiado en este punto. El Opus Dei ha querido que sea preceptiva la autorización del Obispo de cada lugar para erigir un Centro de la Prelatura; los sacerdotes del Opus Dei deben obtener las licencias del Obispo para atender a las personas de una diócesis. Y los laicos cumplen las normas establecidas territorialmente por la jerarquía ordinaria de la Iglesia.

Pero erigir el Opus Dei como Prelatura Personal no ha sido resolver un problema institucional ni conceder un privilegio que la Obra no ha pedido: se trata de la aplicación de las normas generales sobre las Prelaturas Personales establecidas por el Concilio Vaticano II, a la realidad apostólica y eclesial del Opus Dei. Como especifica Monseñor Sebastiano Baggio: «Convertir en realidad viva y operativa una nueva estructura eclesiástica predispuesta por el Concilio, pero que había permanecido hasta ahora como una mera posibilidad teórica (…). Se proporciona el adecuado marco eclesial a una Institución de segura doctrina y de laudable impulso apostólico»4.

Y, como puntualizaba también Monseñor Marcello Costalunga, refiriéndose a la consulta realizada a más de dos mil Obispos sobre esta decisión de la Santa Sede:

«Esta consulta (…) ha sido de gran utilidad, porque, como consecuencia de esta muestra de afecto colegial, se ha realizado un nuevo y profundo examen de los Estatutos redactados por Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, en el que ha quedado confirmada su validez y la sabiduría con que fueron confeccionados, pudiéndose apreciar en ellos el testimonio claro del carisma fundacional y del amor grande del Siervo de Dios a la Iglesia»(5).

El Fundador murió sin ver la confirmación jurídica de la Obra de Dios en el mundo. Pero tuvo siempre la seguridad de que el Derecho de la Iglesia se abriría de par en par para acoger el camino que la Providencia le había inspirado y al que entregó todas las energías de su vida.

Con ello se adelantó cincuenta años a una de las más amplias e importantes decisiones del Concilio Vaticano II: impulsar hacia la santidad a la inmensa parcela de los cristianos en medio del mundo, con una decisión libre de poner a Cristo en las actividades todas de la tierra.

Por ello, subrayaba este hecho Juan Pablo II en su Alocución del 19 de agosto de 1979 a un grupo de profesionales miembros del Opus Dei: «Es ciertamente grande vuestro ideal, que desde sus comienzos ha anticipado la teología del laicado que caracterizó luego a la Iglesia del Concilio y del postconcilio… »(6).

Los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer han visto así gozosamente confirmado el espíritu de su Fundador y, con ellos, en palabras del Cardenal Baggio:

«Las razones de su alegría son también motivo de alegría para todos los hombres de buena voluntad en la Iglesia entera»(7).

COMO UNA SINTESIS

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

«Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra»
(Monseñor Escrivá de Balaguer)(1)

Apartir de febrero de 1931, el Fundador del Opus Dei utiliza en sus apuntes y textos, la expresión «unidad de vida» como un punto de encuentro en el que confluyen las características del espíritu del Opus Dei. Un modo de ser y hacer que constituye la síntesis de su mensaje espiritual. Para un miembro de la Obra es la totalidad de su experiencia espiritual transformada en vida cotidiana, forjada en el molde de su condición laical y secular.

Esta «unidad de vida» se establece en dos vertientes: una interior de oración, de sacrificio, unión con Cristo que lleva a los hijos de Dios a ser contemplativos en medio del mundo; otra, profesional y social de donde arranca la proyección apostólica y que es visible y externa. Como se ha escrito recientemente, este modo de ser fue descrito por el Fundador de modo completo y gráfico en una Instrucción de marzo de 1934. En un párrafo breve, hacia el final del documento, dibuja los «ideales» que dan sentido al Opus Dei: «unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación -cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios-, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es éste un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida?»(2).

Pero, ¿cuáles son las líneas maestras que configuran esas resultantes finales? Podríamos señalar, en primer lugar, el descubrimiento de que las realidades temporales, el horizonte completo del mundo, puede ser santificado. El espíritu de Cristo, inserto en la vida de los hombres y mujeres cristianos, puede infiltrar capilarmente la actividad de todos los seres humanos. Y lograr así una plenitud de paz, de amor al mundo y a todo el contenido positivo de la historia.

Y, ¿cómo elevar las cosas del mundo a un orden nuevo que las oriente hacia su mejor y último destino en la eternidad?

Por obra y gracia de un gran número de personas, de todos los estados y condiciones, que se sienten llamados por Dios a vivir la fe cristiana con plena radicalidad, mediante un compromiso profundo y decisivo. Este compromiso se establece como respuesta a una llamada de Dios, personal, y que afecta a la totalidad de la existencia.

Por tanto, una persona del Opus Dei se siente llamada por Dios a llenar su vida y el ámbito de su actividad, del espíritu de Cristo.

Son muy sugerentes los pasajes evangélicos en los que se narra la muerte de Lázaro; los caracteres de Marta y de María, el aire cotidiano, afectuoso y propio, con el que Dios Hombre y los suyos cruzan aquel umbral. Todos hemos imaginado el día en que Lázaro vuelve, por la Voz de Jesús, a un nuevo encuentro con la vida.

Esta Voz, que hoy sigue llamando por su nombre a los amigos, suena una vez más por todos los caminos de la tierra. Así lo repetía el Padre a cuantos se acercaron a él desde 1928. Así lo dejó escrito en un importante documento que comenzó a redactar en Madrid en 1935 y concluyó en Roma en septiembre de 1950.

En quince años de vida, la Obra había llegado a su pleno desarrollo y el Fundador dejaba en letra impresa lo que Dios puso en su corazón aquel 2 de octubre: todos, sacerdotes, solteros, casados, viudos, hombres y mujeres de cualquier edad, raza y condición podían ser atraídos por Dios al Opus Dei.

«La vocación a la Obra no crea un estado nuevo; cada uno conserva el que antes tenía. Por eso hemos dicho que se han abierto los caminos divinos de la vida. Ser santos en nuestro puesto, desempeñando nuestra profesión, siendo lo que somos, porque todos los caminos de la tierra pueden y deben ser un (3) encuentro con Jesucristo».

Para eso Cristo quiere servirse de cada uno de los cristianos, en todas las encrucijadas de los hombres. Llegar hasta los que se agotan en el cansancio, y hasta los que buscan, sin encontrarlo, un sentido a su vida. Codo a codo, en idéntico esfuerzo, en colaboración, es donde el cristiano tiene que demostrar la realidad de su vocación humana y divina. A pesar de su debilidad, sus defectos, sus limitaciones claras y evidentes. Pero con la sobrenatural esperanza que el amor de Dios ha grabado en su alma.

«Se comprende, hijos, que el Apóstol pudiera escribir: todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios (1 Cor III, 22-23)»(4.)

Esta doctrina, hoy extendida y consagrada por el Concilio Vaticano II, entrañó en el año 1928 una revolución de conceptos teológicos, ascéticos y Jurídicos. Hasta entonces, vivir en plenitud la vocación cristiana parecía incluir la resolución de apartarse del mundo, de rechazar las cuestiones temporales y eludir el amor humano en el matrimonio. Y es Monseñor Escrivá de Balaguer quien proclama, con el Nuevo Testamento en la mano, que los Hechos de los Apóstoles nos dan una visión de la primera cristiandad llena de vida multiforme. Y sabe, porque Dios así se lo inspira, que es preciso recordar aquel modo de ser primigenio que se expresa rotundamente en el «Discurso a Diogneto»:

«Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su idioma, ni por sus instituciones. Porque no habitan ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida distinto de los demás… ».

Evidentemente han existido autores cristianos, sobre todo en los dos últimos siglos, que han tratado de llevar hasta la cima del cristianismo a muchas gentes que vivían en medio de las actividades temporales. Entre ellos se encuentran grandes santos. Pero piensan en esta empresa como algo excepcional, ya que el seguimiento absoluto de Cristo les parece exigir la renuncia total para anclarse en una forma de vida religiosa.

La llamada universal a la plenitud de la vida cristiana en el mundo, resonará de nuevo, y en toda su profundidad, gracias a la inspiración divina y a la fidelidad de un hombre enamorado de Dios: Monseñor Escrivá de Balaguer.

La respuesta a esta vocación ha de estar radicada en la santidad personal. Nadie puede transmitir el espíritu de Cristo ni llenar las realidades temporales con su contenido si no desborda primero su alma. En realidad es una llamada a participar de la intimidad de Dios, a vivir de El y para El. Por tanto, el esfuerzo del Opus Dei por dotar a sus miembros de fortaleza, vida interior y fe, va orientado a un encuentro profundo con la verdad del Evangelio. Y esta colisión debe transformar la vida personal en identificación con Cristo y plenitud de vida cristiana manifestada en hechos.

Es evidente que esta vocación no está limitada por ningún condicionamiento humano. Solamente por la voz de Aquel que llama a los que tiene decidido desde la eternidad. Por ello, se dirige tanto a hombres como a mujeres que, en la Obra, se estructuran en dos Secciones diferentes para expresar esta realidad de unidad y distinción, el Fundador habla en sus escritos primeros de «dos Obras», de «dos ramas de la Obra» o, por último, de «dos Secciones de la Obra».

Por la misma razón, pueden ser llamadas personas célibes y casadas. Se trata, simplemente, de disponibilidad y de una serie de circunstancias personales que delimitan las funciones y participación diversas en la misma empresa apostólica.

Otro rasgo esencial es la presencia de sacerdotes y seglares en absoluta cooperación. La gran mayoría de los miembros son laicos que ejercen sus profesiones en medio de todos los quehaceres del mundo y, entre ellos, la misión del sacerdote es estrictamente espiritual, sin inmiscuirse jamás en las actividades seculares de los miembros de la Obra. Su cometido empieza y termina en la dimensión espiritual.

La vocación es única, y es lógico, sin embargo, que la mayor parte de los miembros de la Obra estén casados y vivan su vocación en el ámbito familiar propio. No resultó fácil abrir la puerta a este hecho a través de una mentalidad que, durante siglos, había refugiado la perfección cristiana en los claustros y desiertos. El Padre volvió a oír que le llamaban loco. Pero no cortó por ello la anchura del camino que Dios había puesto en sus manos. Insistió, frente a todo evento, hasta que el espíritu de la Obra, fue entendido y ratificado por la Iglesia.

«¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? -Pues la tienes: así, vocación» (5).

Y en el año 1960, repetía:

«Llevo casi cuarenta años predicando el sentido vocacional del matrimonio. ¡Qué ojos llenos de luz he visto más de una vez, cuando -creyendo, ellos y ellas, incompatibles en su vida la entrega a Dios y un amor humano noble y limpio-me oían decir que el matrimonio es un camino divino en la tierra!» (6).

El Fundador del Opus Dei nació en un hogar cálido en el que las contradicciones, el dolor y la muerte no lograron romper la fortaleza y el cariño de sus padres. La inspiración divina que predicó se apoyaba también en esta luminosa realidad para contagiarla a cuantos habían sido elegidos por Dios para crear una familia.

Y también le sirvió para dotar el ámbito familiar en que viven sus hijas e hijos Numerarios -aquellos que habían sido llamados a la santificación de la vida ordinaria pero que dedicarían su vida plenamente al Opus Dei, renunciando al matrimonio- con un ambiente de hogar inconfundible.

Don Alvaro del Portillo subrayaba, un año después de la muerte del Fundador:

«En estos días estoy leyendo cosas de nuestro Padre de los años 30 y 31, escritas de su mano, y decía que la Obra sea siempre una familia. Gracias a Dios, lo ha conseguido: somos una familia, y lo seguiremos siendo: un Padre y unos hijos que ahora tienen a su Cabeza, a su Fundador, en el Cielo» (7).

Jamás torció o intentó influir en una vocación matrimonial que se le hubiera manifestado clara. Durante años rezó y llamó a la puerta de muchas almas que acudían a su dirección espiritual. En los comienzos necesitaba vocaciones con disponibilidad plena y dispuestas a entregarse en el celibato apostólico. Pero nunca desvió la atención de quien estuviera seriamente encauzado hacia el matrimonio.

Tomás Alvira, por ejemplo, conoce al Padre durante la guerra civil española. El ambiente es tenso y la persecución religiosa se halla en pleno apogeo por las calles de Madrid. Tomás tiene la oportunidad de hablar con el Padre de sus deseos de servicio y fidelidad a Dios. Pero también le dice que pensaba haberse casado antes de estallar la guerra. Y entonces Monseñor Escrivá de Balaguer le aconseja:

-«Sí, hijo mío. Tú, cásate» (8).

Les acompañará poco después para cruzar los Pirineos. Y alguno se extraña de que un hombre joven que participa totalmente del espíritu de la Obra siga sin solicitar su admisión. El Padre le explica lo que Dios va a pedir a éste y a otros muchos hombres y mujeres, pero en un futuro para el que aún no ha llegado la hora.

En 1941 conoce el Padre a José María Hernández Sampelayo. Tiene sólo diecisiete años y le lleva hasta la casa de Diego deLeón un amigo:

-«Padre: aquí esta Chemari».

El muchacho confía en este sacerdote joven que se interesa por sus cosas con gran cariño. Muy pronto acude a un Curso de retiro que el Fundador dirige en Molinoviejo, y anota en una página de agenda:

-«El Padre me ha dicho hoy que tenga mucha alegría (…). Me dice que tengo vocación matrimonial» .

También aporta un testimonio similar Víctor García Hoz, que, en 1941, escucha una conclusión del Padre: «Dios te llama por caminos de contemplación» (10). Por aquellos años no se comprende bien que, a un hombre casado, con tres hijos, teniendo que trabajar intensamente para sacar adelante la familia, se le hablara de la vida contemplativa como de algo que él podía y tenía que realizar.

A finales del curso 1947-48, recuerda Vicente Mortes que algunos residentes del Colegio Mayor Moncloa fueron invitados a una charla en la casa de Diego de León. Este día les habla un sacerdote de la Obra sobre la llamada universal a la santidad: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, solteros y casados, pobres y ricos, sabios e ignorantes, sanos y enfermos. La Obra es para todos y la vocación única. A cada uno el Señor le quiere donde se encuentra, en el estado en que le ha llamado.

No les dice nada nuevo que no hayan oído antes al Padre. La novedad es que, ahora, después de recibir la Obra el Decretum laudis, se ha hecho realidad el sueño de su Fundador. En 1948 llegan al Opus Dei los primeros Supernumerarios y, durante el año 1950, pedirán la admisión, en Madrid, las primeras mujeres casadas. En enero de 1951, en Molinoviejo, es el Padre quien les explica el carácter universal de la llamada a la Obra.

Esta vocación dentro del matrimonio lleva inherentes unas obligaciones que impone la propia condición de cristianos. La Obra no hará más que reafirmarlas, actualizar la voz de Cristo que llama al amor generoso, al espíritu de servicio mutuo, a la alegría e ilusión para mantener aquel primer encuentro enamorado; a la afirmación que habrá de dar paso a la vida, porque es don de Dios; al trabajo alegre; a la sobriedad y a la responsabilidad de ser, con sus naturales limitaciones y debilidades personales, un ejemplo constante en su medio social.

En el retablo mayor del Santuario de Torreciudad está esculpido, en alabastro, un grupo que representa los desposorios de la Virgen. El Sumo Sacerdote preside la escena. Las manos de María y de José avanzan hasta quedar cercanas. La de José ofrece una alianza de oro que va a sellar el difícil y amable cometido que el Espíritu Santo ha previsto ya para su amor. Es el ejemplo que podrán tener siempre, en los divinos avatares de su camino por la vida.

Decisión heroica

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Otoño de 1972. Roma ilumina de rojo «matone» las fachadas en el atardecer. Desde que se clausuraron las sesiones del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha sufrido violentas sacudidas.

Monseñor Escrivá de Balaguer quema su vida en una honda tarea de fundación, conoce los entresijos de la crisis que afecta a gran parte del mundo cristiano y quisiera salir al encuentro de los que se desvían en una pérdida lamentable. Su llaneza y valentía sufren ante la ambigüedad y el silencio de tantos que debieran gritar, hoy más fuerte que nunca, la única verdad del Evangelio.

Siempre ha trabajado por la gloria de Dios, sin pretender ningún aplauso humano. Dotado de gran inteligencia y de vastísima cultura, su energía y talento teológico se vuelcan en cartas y escritos, en palabras destinadas a los miembros de la Obra de Dios, que llenan miles de páginas.

En los últimos años, al presenciar esta crisis que Dios permite en la Iglesia, piensa «lanzarse al ruedo», como se dice en el idioma castizo español. Es decir, salir al encuentro de muchas personas para hablarles de fe, esperanza y amor. Su decisión de presentarse ante millares de personas atenta contra su modo de ser, más inclinado al diálogo personal, a la reunión familiar. Se expone, al comparecer públicamente, a ser objeto de crítica y, ¿por qué no?, también de entusiasmos, de agradecimientos y de afecto. Pero todo pasa rápidamente de sus manos a las de Dios. Ni un solo instante los aplausos de una reunión se quedarán en los bolsillos de su sotana. Se transforman, por obra y gracia de la humildad y el servicio de este sacerdote, en un gran ofertorio a Dios.

A los setenta años de edad, el Fundador del Opus Dei va a librar otra batalla en servicio de la Iglesia. Durante mucho tiempo ha sufrido ante el panorama que presencia. Pero no concuerda su coraje con la congoja o el desaliento. Aquello que le afecta se transforma en fuerza para rezar, para sacrificarse, para ir a la acción como un vendaval pacífico e imparable que no puede contener la necesidad de hablar de Jesucristo.

El verbo catequizar, en su raíz griega significa algo así como «hacer sonar en los oídos». Esta resonancia apasionada es lo que el Padre va a intentar, incansablemente, en dos meses de catequesis por España y Portugal. Gritará despacio, afectuosa y libremente, las verdades viejas y nuevas del Evangelio. Una asamblea multitudinaria se convierte a su alrededor en una tertulia donde todos tienen la libertad y la confianza de exponer sus inquietudes y afectos en voz alta. En estas apariciones en público, jamás se mostrará pesimista ni agorero precursor de calamidades: todo lo contrario. Repetirá incansablemente que para los hijos de Dios, todas las cosas, aun las aparentemente más dolorosas, son para bien. Así, con este ánimo, el Padre inicia un «maratón» de fe este otoño de 1972, cuando Roma arde en uno de sus maravillosos atardeceres (1)

Catalina de Siena

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Siente el Padre, de manera muy especial, la responsabilidad de difundir la verdad acerca de la naturaleza y finalidad del Opus Dei. Y también de apuntalar con su palabra y la de todos sus hijos las verdades permanentes de la Iglesia Católica. Esta necesidad va paralela a dos hechos que se repiten de modo reiterativo y monocorde: el juicio de ciertos grupos acerca de las actividades de los miembros de la Obra, y el desconcierto que se produce en sectores del mundo cristiano ante algunas interpretaciones arbitrarias de los documentos del Concilio Vaticano II.

Desde Roma, el Padre anima a escribir y a hablar con don de lenguas, para difundir la verdad sobre la Iglesia y sobre el Opus Dei. Siempre insiste en que uno de los peores males es la ignorancia, y hay que hablar con valentía y verdad de lo que se lleva en la mente y en el corazón.

Este apostolado de la opinión pública, tiene muchas modalidades: desde una cátedra de Teología, hasta un artículo en los periódicos, pasando por la conversación entre amigos en los pasillos del quehacer habitual. Y por delante de todo, repite:

«Primero hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos tener una doble vida. No podemos enseñar lo que no practicamos; por lo menos, hemos de enseñar lo que luchamos por practicar» (21).

Y como no basta con hablar y divulgar en letra impresa sino que es preciso contar con la buena voluntad del lector y su deseo auténtico de verdad, sin prejuicios, el Padre recurre a la ayuda de un santo intercesor que le apoye desde el Cielo.

Recuerda a una santa de la Iglesia, Catalina de Siena, que quiso amar fielmente al Papa, servir sacrificadamente a la Iglesia y supo, sobre todo, hablar heroicamente.

«Tengo una especial devoción a Santa Catalina de Siena (…), porque no se callaba y decía grandes verdades por amor a Jesucristo, a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice»22.

En el oratorio de la Santísima Trinidad, en la Sede Central del Opus Dei en Roma, hay una pequeña arqueta de plata que guarda una reliquia de esta Santa. Sobre un esmalte de la urna puede leerse:

Dilexit opere et veritate Ecclesiam Dei ac Romanum Pontifacem. (Amó con obras y de verdad a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice).

La imagen de Catalina de Siena ocupará un lateral en el retablo del Santuario de Torreciudad. La actitud firme y serena, la pluma y el libro, invitan a no callar, con la oración, las palabras y los hechos, cuando la verdad pueda ser confundida y calumniada. Cuando la luz del Espíritu Santo se intenta apagar en los corazones de los hombres.


9. El Pan y la Palabra

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

Una expresión típica del Fundador, la Misa, centro y raíz de la vida interior, fue utilizada por el Concilio Vaticano II para expresar la unidad de vida que todo sacerdote debe empeñarse en alcanzar: “El sacrificio Eucarístico resulta, pues, el centro y la raíz de toda la vida del presbítero” (cfr. decreto Presbyterorum ordinis, num.14). Bastaría esto para manifestar la intensidad con que su alma sacerdotal se entregaba en la celebración eucarística, pero desearía conocer algún ejemplo o detalle significativo.

–La Santa Misa era incluso el centro físico de su jornada. Como ya he señalado, la dividía en dos partes: hasta el mediodía vivía la presencia de Dios centrándola en la acción de gracias por la Misa celebrada y, tras el rezo del Angelus, comenzaba a prepararse para la Misa del día siguiente.

Muchas veces me confió que, desde su ordenación sacerdotal, se preparaba cada día para celebrar el Santo Sacrificio como si fuese la última vez: el pensamiento de que el Señor podía llamarle a Sí inmediatamente después, le animaba a volcar en la Misa toda la fe y el amor de que era capaz. Así, hasta llegar al 26 de junio de 1975, en que celebró su última Misa con extraordinario fervor.

Contaba que, cuando se trasladó a Zaragoza en 1920, una vez que pasaba delante de un bar llamado “Gambrinus”, vio que dentro del local estaba un famoso torero. Algunos niños se acercaron a aquel personaje popular, y uno de ellos exclamó exultante: “¡lo he tocado!” Al Padre le impresionó aquella escena, y la evocó con frecuencia para exhortarnos a reflexionar sobre el hecho de que cada día tocamos a Jesús en la Eucaristía.

Tenía la costumbre de adorar a la Eucaristía metiéndose al menos con la imaginación en las iglesias que veía a lo lejos o, simplemente, le venían a la memoria; y no dejaba de reparar cuando le llegaba noticia de algún robo sacrílego o de profanaciones.

Una vez, durante el viaje al Perú en 1974, le mostraron las fotografías de un lugar donde se había producido un gigantesco huaico, un tremendo corrimiento de tierra, piedra y fango. Todo un pueblo había quedado sepultado, y sólo sobresalía el remate del campanario de la iglesia. En la fotografía podían verse animales que pastaban en el lugar de la catástrofe, encima de la iglesia enterrada. Al pensar en que Jesús Sacramentado había quedado sepultado bajo la tierra, el Padre pasó la noche entera en oración y en adoración.

Sería muy largo describir cómo vivía el Padre cada parte de la Santa Misa. Sólo referiré dos detalles de los que me habló en muchas ocasiones. Al elevar el Pan Eucarístico y la Sangre de Nuestro Señor, repetía siempre algunas oraciones –no en voz alta, porque las rúbricas no lo permiten, sino con la mente y el corazón–, con una perseverancia heroica que duró decenas de años.

Concretamente, mientras tenía la Hostia consagrada entre las manos, decía: Señor mío y Díos mío, el acto de fe de Santo Tomás Apóstol. Después, inspirándose en una invocación evangélica, repetía lentamente: Adauge nobis fidem, spem et charitatem; pedía al Señor para toda la Obra la gracia de crecer en la fe, la esperanza y la caridad. Inmediatamente después, repetía una plegaria dirigida al Amor Misericordioso, que había aprendido y meditado desde joven, pero que no utilizaba nunca en su predicación, y que durante muchos años sólo muy de tarde en tarde nos dijo que la recitaba: Padre Santo, por el Corazón Inmaculado de María, os ofrezco a Jesús, Vuestro Hijo muy amado, y me ofrezco a mí mismo en Él, por Él, y con Él, a todas sus intenciones, y en nombre de todas las criaturas. Después añadía la invocación: Señor, danos la pureza y el gaudium cum pace, a mí y a todos, pensando, como es natural, en sus hijos del Opus Dei. Por último, mientras hacía la genuflexión, después de haber elevado la Hostia o el Cáliz, recitaba la primera estrofa del himno eucarístico Adoro te devote, latens deitas, y decía al Señor: ¡Bienvenido al altar!

Todo esto, repito, no lo hacía de vez en cuando, sino a diario, y nunca mecánicamente, sino con todo su amor y vibración interior. Lo sé porque nos lo contó, a don Javier Echevarría y a mí. Nos lo confió un día de 1970, en México, mientras hacía su oración en voz alta en el Santuario de Guadalupe, a donde había ido para hacer una novena a la Virgen, en compañía de otros hijos suyos.

¿Cómo acogió el Padre la reforma litúrgica dispuesta por el Concilio?

–Como siempre, aplicó con obediencia y fortaleza todas las disposiciones sobre esta materia. Gracias a la solicitud de su Fundador, el Opus Dei ha sido, también en lo que se refiere a la praxis litúrgica, ejemplo de fidelidad.

Nuestro Padre encargó a algunos sacerdotes de la Obra la tarea de examinar las diversas posibilidades previstas por la reforma, y determinar y explicar cómo se aplicaban. Orientó personalmente este trabajo y aprobó sus resultados. De esta forma, todos los sacerdotes de la Obra comenzaron a aprender las nuevas rúbricas, siguiendo el deseo del Santo Padre de que “la constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia sea puesta en práctica en su plenitud y con todo cuidado” (Carta enviada en nombre del Papa a todos los obispos y otros superiores eclesiásticos, junto con el libro Jubilate Deo, el 14 de abril de 1974).

Fue el primero en obedecer a las nuevas disposiciones litúrgicas y se esforzó en aprender el nuevo rito de la Misa. Desde hacía muchos años le ayudaba habitualmente en la celebración otro sacerdote: a partir de los años cincuenta solíamos hacerlo don Javier Echevarría o yo. Cuando se introdujeron los cambios litúrgicos, nos rogó que no dejáramos de hacerle todas las observaciones que nos pareciesen oportunas para ayudarle a aprender bien el nuevo rito. A pesar de su buena voluntad, nos dábamos cuenta de que le suponía un notable esfuerzo, porque debía cambiar hábitos de devoción litúrgica adquiridos durante muchos años de lucha perseverante llena de amor de Dios.

Yo me planteaba cómo ahorrar al Padre esas dificultades, y en su presencia aludí a que a otros sacerdotes más jóvenes se les había concedido permiso para seguir el rito de San Pío V y celebrar la Misa como habían hecho hasta entonces. El Padre me interrumpió inmediatamente: afirmó que no quería ningún privilegio, y me prohibió hacer esa propuesta. Sabía que yo trataba a las personas que estaban elaborando las nuevas disposiciones litúrgicas.

Algún tiempo después me encontré con Mons. Annibale Bugnini, que era el máximo responsable en este campo, y un buen amigo mío, tanto que nos tuteábamos. Hablamos de las dificultades que experimentaban algunos sacerdotes ancianos para adaptarse al nuevo rito, después de haber celebrado la Santa Misa con el antiguo durante tantos años. Era una situación conocida. De pasada, aludí al caso de nuestro Fundador, que obedecía de modo ejemplar y con profunda alegría. Bugnini me dijo que el Fundador del Opus Dei no tenía por qué hacer un esfuerzo semejante, ya que muchos otros sacerdotes tenían permiso para celebrar con el rito anterior, y él mismo había accedido a peticiones similares de parte de personas que estaban en esas circunstancias. Aunque yo le había dicho ya que nuestro Fundador no quería otro privilegio que el de obedecer siempre a la Santa Sede, y que incluso me había prohibido pedir nada, él se empeñó en concederme el permiso para nuestro Fundador, y me insistió en que le refiriese cómo se había desarrollado nuestra conversación.

La delicadeza con que el Fundador cuidaba el decoro de la liturgia y de los objetos de culto se expresa en el punto 527 de Camino: Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

–Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

–Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “opus enim bonum operata est in me” –una buena obra ha hecho conmigo.

–Recuerdo que en 1959 o en 1960, estando en Londres, vio por televisión una ceremonia de la Corte Real. Inmediatamente después observó, como había hecho en otras ocasiones, que una ceremonia de este estilo requiere una preparación muy cuidadosa y que, cuando es a Dios Nuestro Señor a quien se dirige un acto de culto, debemos prepararlo con un amor y un empeño mucho más grande que el que ponen los maestros de ceremonias de la Reina de Inglaterra.

El desprendimiento y la pobreza no le impedían amar la belleza y el decoro artístico en la liturgia y en el culto divino. Es una prueba palpable de su fe y de su generosidad con el Señor.

Quería que los objetos destinados al culto fuesen lo más preciosos posible; enseñó que, en este campo, la pobreza está en la cantidad y no en la calidad. Para los Centros del Opus Dei estableció esta norma: los objetos litúrgicos deben ser decorosos y bellos, pero en el número estrictamente indispensable.

En 1940, movido por su ardiente amor al Señor, a pesar de las estrecheces que pasábamos, comenzó a llevar a un taller de arte religioso, muy famoso en España y en el extranjero, las joyas que algunos amigos le regalaban: las iba dejando allí, porque deseaba ofrecer al Señor una custodia muy rica, con campanillas de plata. Se trataba de Talleres de Arte Granda, dirigidos por un sacerdote muy piadoso, don Félix, y su hermana, Cándida Granda. Nuestro Fundador, en cuanto recibía alguna piedra preciosa o un anillo, de los que se desprendía alguno de sus conocidos, lo llevaba enseguida al taller; a veces le acompañaba yo. Doña Cándida extendía sobre una mesa un paño de terciopelo negro y ponía encima todo lo que íbamos reuniendo; después decía: “Ahora necesitamos encontrar tal cosa; falta tal otra”… Con este motivo, el Padre trató mucho con los hermanos Granda, y les dio abundantes consejos sobre el diseño de sagrarios y vasos sagrados. Don Félix y doña Cándida los acogían con agradecimiento, porque eran sugerencias muy prácticas para enriquecer los objetos de culto: ambos me han contado que aprendieron mucho de nuestro Fundador. Por eso, cuando dejaron la dirección de Talleres de Arte Granda, la confiaron a unos miembros de la Obra. El Fundador les animó a mejorar constantemente su trabajo llevando a la práctica las palabras de la Escritura: zelus domus tuae comedit me (Ps. 79, 10).

A nuestro Padre no le fue posible, en muchas ocasiones, ofrecer al Señor todo lo que hubiera querido. Recuerdo que en 1935 lamentaba no haber podido instalar un sagrario más rico en el oratorio de la residencia de Ferraz; era un tabernáculo muy pobre, que le había prestado la M. Muratori. Le apenaba oficiar la exposición solemne con una custodia de poco valor, de hierro: sólo era de plata el viril que sostenía la Hostia consagrada. Desde entonces le oí decir que deseaba destinar al Señor objetos de culto ricos, aun a costa de quedarse sin comer.

Siempre, y en especial durante los últimos años de su vida, le he escuchado repetir: Ahora la gente ahorra todo a Nuestro Señor; yo no lo entiendo. Aunque, cuando un enamorado le regale a la mujer que quiere un trozo de hierro o de cemento, como regalo, ni siquiera entonces yo regalaré al Señor un poco de hierro o de cemento, sino lo mejor que pueda.

Durante toda su vida procuró dedicar al servicio del Señor lo mejor que tenía. Sé que poco después de 1928 deseaba encargar un cáliz que tuviese un piedra preciosa engastada en la base, de modo que nadie la pudiese admirar; quería que fuese como un sacrificio escondido, únicamente para el Señor. Sólo al cabo de los años, cuando vivía en Roma, pudo realizar este deseo suyo, cuando una señora le regaló una esmeralda de grandes dimensiones.

Hacía que todas las semanas se renovasen las formas consagradas reservadas en el sagrario, y estableció esta norma para todos los Centros de la Obra, exhortando a prever con prudencia cualquier dificultad. En 1940 ó 1941 pudo ver realizado al fin su antiguo deseo de que las formas se preparasen en nuestras casas. Quería que, con el tiempo, sus hijos llegasen a cultivar el grano y las vides necesarias para confeccionar las especies eucarísticas. El 15 de enero de 1965, explicaba una vez más este viejo proyecto: Se trata de acariciar a Dios que nace en nuestras manos, preparando las especies para que Él descienda. Se lo oí decir también, ante un grupo de hijas suyas, el 28 de marzo de 1975, pocos meses antes de morir.

Cuando era el único sacerdote del Opus Dei, se ocupaba personalmente de limpiar por dentro los sagrarios de nuestros Centros. Solía hacerlo cada quince días, con ocasión de sus viajes fuera de Madrid. Mientras los limpiaba, hablaba ininterrumpidamente con Jesús Sacramentado, repitiéndole que todas aquellas delicadezas eran para Él. Nos exhortaba: ¡Que tratéis con cariño cuidadoso los sagrarios! Cuando dejó de ocuparse de estos deberes personalmente, enseñó a sus hijos sacerdotes a cumplir esta obligación con el mayor cuidado, y a recitar en estos momentos muchas jaculatorias y comuniones espirituales.

Ya desde el principio estableció que los amitos, purificadores y manutergios se lavasen y planchasen cada vez que se usaban. Es una norma que se ha vivido siempre en nuestros Centros, en señal de amor de Dios y respeto hacia el Santo Sacrificio. Un cardenal que estuvo en la Clínica Universitaria de Navarra, promovida y dirigida por miembros del Opus Dei, me contó, admirado, que durante una visita por distintos departamentos, vio en una habitación un montón de lienzos blancos cuidadosamente dispuestos en cestas. Preguntó qué era aquello; le respondieron que eran los lienzos sagrados que se habían utilizado aquella mañana, y que iban a lavar y planchar para usarlos al día siguiente.

Su amor a la Eucaristía se reflejaba en muchos detalles, hasta en el modo de poner unas flores junto al tabernáculo. Nos decía: Cuando pongáis una flor junto al Sagrario, dadle un beso y decidle al Señor que queréis que ese beso se consuma, como se consumirá la flor, como se consume la lamparilla del Sagrario, alumbrando, señalando dónde está el Señor.

En las películas que recogen reuniones que el Fundador tuvo en varias ciudades de Europa y América con diversos grupos de personas –a veces, varios miles–, sobre todo en los últimos años de su vida, no falta nunca una referencia al sacramento de la confesión. Es conmovedora su catequesis sobre el que llamaba sacramento de la alegría.

–Sí, hablaba muchísimo de la Confesión y la llamaba el sacramento de la alegría, porque asegura nuestro retorno a Dios: nos devuelve la amistad divina, perdida por el pecado. Exhortó a sus hijos sacerdotes a hacer de la administración de la Penitencia una pasión dominante de su vida sacerdotal; y espoleaba a sus hijos laicos a llevar a muchas almas a la confesión: matad a vuestros hermanos sacerdotes, a fuerza de darles mucho trabajo, para que puedan llevar muchas almas a reconciliarse con Dios.

Tuvo una auténtica pasión por administrar el sacramento de la Penitencia. Tras su ordenación, durante su estancia en Perdiguera, logró que se confesaran prácticamente todos los habitantes del pueblo. De regreso a Zaragoza, continuó administrando la Confesión con mucha constancia. Recuerdo haber presenciado, en 1970, una conversación entre nuestro Fundador y uno de sus amigos de aquella ciudad, que había hecho una brillante carrera pública. Éste le recordó: “yo me confesé contigo –como eran viejos amigos, se trataban de tú– antes de que nos casases a mi mujer y a mí. Recuerdo que mientras me iba acusando de los pecados estabas callado. Pero cuando te dije que me había batido en duelo, exclamaste: ¡Estás loco!” Después comentó que nadie le había corregido tan claramente, pero que al mismo tiempo había agradecido que lo hiciese con tanta caridad, de modo que no se sintió ofendido, y en cambio, acabó muy contrito por su pecado. Durante el relato, nuestro Fundador permaneció en silencio; no añadió ni una palabra, porque, aunque fuese el mismo penitente quien hablaba, se sabía ligado por el secreto de la confesión.

Ya en Madrid, recorría la ciudad de un lado a otro para confesar al mayor número posible de enfermos, y llevarles la Comunión: fue una actividad desarrollada con una generosidad heroica, un empeño llevado a cabo con todas sus fuerzas, cuando no tenía dinero ni para pagarse el tranvía ni para comer.

Recordaba con alegría los años en que dedicó tantas horas de su tiempo a preparar para la confesión y la primera comunión a miles de niños. Afirmaba que había obtenido grandes enseñanzas para su propia vida espiritual de la devoción de aquellos pequeños.

Tras el 2 de octubre de 1928, continuó prestando su ministerio sacerdotal en el Patronato de Enfermos, y después en el Real Patronato de Santa Isabel. En la iglesia de este último, atendía un confesonario bastante frecuentado. Al mismo tiempo, dirigía espiritualmente a muchos estudiantes universitarios.

Durante la guerra civil española, escuchó confesiones por la calle, o pasando de una casa a otra; no se arredraba ante el peligro de muerte que corría si alguien le descubría, le identificaba como sacerdote y le denunciaba.

En los últimos años de su vida, nuestro Fundador no pudo ejercitar directamente el apostolado de la confesión, porque se debía a la labor de gobierno de la Obra. Esto no quiere decir que no desarrollase intensamente su ministerio sacerdotal, especialmente a través de la predicación a sus hijos, o a muchas otras personas que venían a verle para recibir su orientación espiritual; pero sólo me confesaba a mí. Me parece oportuno explicar que, como trataba sobre todo a miembros de la Obra, para evitar encontrarse atado por el sigilo sacramental, prefería no escuchar sus confesiones, para asegurarse una mayor libertad de acción. La única excepción fui yo: nuestro Fundador se confesaba conmigo y yo con él.

Predicó incesantemente sobre este sacramento. En los últimos años sufrió muchísimo viendo que los fieles abandonaban cada vez más la práctica de la confesión frecuente. Por eso emprendió una catequesis aún más intensa sobre la grandeza de la misericordia divina. Rechazaba con energía la afirmación de que es preferible retrasar la confesión de los niños para evitarles una experiencia traumática: contaba que había confesado a miles de niños y que, lejos de sufrir un shock, habían experimentado con agradecimiento la bondad de Dios Nuestro Señor. Aconsejaba a las madres: Mamás, llevad a vuestros hijos a confesar, como hizo mi madre conmigo. Así se acostumbrarán vuestros hijos a recibir el Sacramento de la Penitencia y a reconciliarse con Dios: por medio de este Sacramento bien recibido con todas las condiciones que se requieren para una buena Confesión, los niños irán teniendo cada vez mayor delicadeza de conciencia y serán más felices.

Enseñó a sus hijos sacerdotes a administrar este sacramento con tanta pasión, que el Santo Padre Juan Pablo II ha afirmado que los sacerdotes del Opus Dei tienen “el carisma de la Confesión”: he sentido el gozo de oírselo decir personalmente, y es fácil imaginar mi alegría ante un reconocimiento, tan autorizado, de los esfuerzos de los miembros de la Obra por imitar a su Fundador.

El Beato Josemaría decía que el mejor modo de vivir la virtud de la penitencia era acercarse contrito al Sacramento de la Confesión. Sentía el deber de compensar con la propia compunción tantas faltas de amor de las que era testigo cada día.

–El afán de reparación es uno de los modos en que se expresa la Comunión de los Santos. En una ocasión, se hablaba públicamente de la vida pecaminosa de una persona, y uno de nosotros exclamó: “¡Pobre hombre!” Nuestro Fundador replicó inmediatamente: ¡pobre Dios! No era una falta de caridad hacia aquel pecador, sino una prueba de su amor de Dios, y de la fuerza con que aborrecía cualquier pecado, aun el más pequeño que se pueda pensar. ¡Pobre Dios!, porque era un Padre ofendido por uno de sus hijos. No hace falta decir que el Padre se puso a rezar inmediatamente por aquel pobrecillo.

El temor de Dios y el odio al pecado le movían a repetir frecuentísimamente: Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies! (Ps. 50, 19), y añadía, con fuerza y con vivo arrepentimiento de sus culpas: Contritum et humiliatum valde! Se lo he oído decir personalmente desde que le conocí hasta el día de su muerte.

La familiaridad del Fundador con la Sagrada Escritura se comprueba en las homilías publicadas, y especialmente, en su libro Santo Rosario, donde se ejemplifica gráficamente aquel consejo suyo de meterse en las escenas evangélicas como un personaje más. ¿Tiene sobre esto algún recuerdo especial?

–El Padre dio pruebas constantes de un respeto extraordinario hacia la Sagrada Escritura que, junto con la Tradición de la Iglesia, es la fuente de la que se nutría ininterrumpidamente para su oración personal y para su predicación.

Leía a diario algunas páginas –un capítulo– de la Escritura, en particular del Nuevo Testamento, y hacía la lectura espiritual preferentemente con obras de los Padres y Doctores de la Iglesia. Era raro el día en que no se detuviese al terminar para anotar expresiones o ideas que le habían impresionado: signo no sólo de la atención con que hacía esta práctica de piedad, sino sobre todo de la importancia que le concedía.

En 1944 predicó un curso de retiro a los agustinos del Monasterio de El Escorial, aunque se encontraba muy mal de salud. Uno de los participantes, el Padre Licinio González, después de haber anotado que sólo al final de los ejercicios se había dado cuenta de que nuestro Fundador estaba enfermo, ha testimoniado: “Sus meditaciones se caracterizaban por el uso continuo de textos y pasajes evangélicos, que a través de su voz, cobraban una vida sugestiva y llena de inspiración (…).

Están aún vivos en mí los pensamientos y las ideas de Mons. Escrivá sobre la vocación, la gratuidad de la vocación, la respuesta gozosa de San Andrés y el doloroso rechazo del joven rico.

También las meditaciones sobre la Virgen y sobre San José estaban llenas de vibración espiritual (…); junto a la meditación eucarística sobre la Última Cena, me dejaron una impresión tan profunda que no se ha borrado con el paso de los años”.

El Padre meditó asiduamente los versículos del Nuevo Testamento y puso de relieve aspectos nuevos, a veces inadvertidos durante siglos. No consideraba la Sagrada Escritura como un depósito inerte, sino como instrumento vital del que el Señor se sirve para infundir vida sobrenatural a quienes la leen con humildad y deseos de aprender. Lo comprobé desde que le conocí, pero sobre todo tras mi ordenación sacerdotal, en 1944, comprendí plenamente la profundidad con la que había meditado la Palabra de Dios.

Una prueba elocuente es la originalidad de sus comentarios a los textos sagrados: resultan siempre particularmente incisivos e inmediatos; no son conclusiones prácticas derivadas de una reflexión sobre el texto sagrado con el fin de introducirlas luego en una espiritualidad prefabricada, ni simples ejemplificaciones que ilustran conceptos de un sistema de pensamiento predefinido. Nuestro Padre deja que el Evangelio hable directamente con toda su fuerza; su espiritualidad es la vida de Cristo y de los primeros cristianos, que expresan su perenne actualidad sin necesidad de adaptación, glosa o añadido.

A la muerte de nuestro Fundador, el Cardenal Parente, que había leído algunas de sus homilías y otros escritos suyos, me dijo que en sus comentarios a la Sagrada Escritura había descubierto una densidad espiritual con una profundidad e inmediatez muchas veces superiores incluso a las obras de los Santos Padres.

Su predicación fue siempre muy práctica; movía a las almas a la conversión. Tenía el don de aplicar los pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento a las situaciones concretas de los que le escuchaban. No trató nunca de ser original, porque estaba convencido de que la Palabra de Dios es siempre nueva, y conserva intacta su irresistible fuerza de atracción si se la proclama con fe. En sus labios, el Evangelio no era jamás un texto erudito o una fuente de meras citas o lugares comunes. Hablaba de la Sagrada Escritura con un amor tierno. Valgan como ejemplo estas palabras suyas que anoté en 1954: Vivía en Nazaret una Virgen de nombre María. ¡Qué bonito, qué divino y qué humano es el Evangelio!: Desciende hasta los detalles más mínimos, para que veamos la predilección de Dios hacia las criaturas. La quiere, la busca, como un detalle de cariño, la llama por su nombre de familia: María.

Me admiraba la facilidad con que citaba de memoria y con exactitud frases de la Sagrada Escritura. Hasta en sus conversaciones familiares traía a colación textos sagrados para mover a los presentes a una oración más honda. Vivía de la palabra de Dios. Como prueba de veneración hacia la Sagrada Escritura, a menudo introducía sus citas con las palabras: Dice el Espíritu Santo… No era un simple modo de decir, sino un auténtico acto de fe, que ayudaba a sopesar el valor eterno, y toda la verdad que contienen palabras a las que podemos acabar por acostumbrarnos.

Recuerdo que, cuando nos preparábamos para recibir la ordenación los tres primeros sacerdotes de la Obra, el Padre nos aconsejó a José María Hernández de Garnica, a José Luis Múzquiz y a mí, que dedicarámos más tiempo que antes –la lectura meditada de la Sagrada Escritura es una práctica de piedad vivida por todos los miembros de la Obra– a leer y meditar atentamente la Escritura; nos recomendaba con insistencia que nos acercásemos a ella con mucha fe, porque sólo así, sólo llevando el alma al dulce encuentro con Cristo, podríamos contagiar a los demás el amor y el deseo de identificarse con Él.

En los últimos años de su vida, con el deseo de contribuir a una mayor difusión de la lectura de la Biblia, y de facilitar al máximo su meditación, animó a algunos hijos suyos, profesores de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, a que preparasen una edición popular: deseaba que las notas fuesen sencillas, prácticas y asequibles a todos; que tuviesen un carácter doctrinal y ascético, no erudito, y fuesen acompañadas de abundantes citas de los Santos Padres y de los Concilios. El resultado ha sido un trabajo, todavía en curso, muy apreciado desde el punto de vista científico y, sobre todo, muy valioso desde el punto de vista espiritual. Los especialistas que lo comenzaron y lo están llevando a cabo, me han confirmado que haber puesto en las notas muchas citas de textos de nuestro Fundador ha contribuido decisivamente a la gran utilidad pastoral de esta obra.


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