Por tren y por carta

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En la época de Burgos, Escrivá no se quedaba sentado esperando a la gente. Viajaba frecuentemente para ver a los miembros de la Obra y a quienes necesitaban especialmente su ayuda. A las pocas semanas de llegar a Burgos recibió la noticia de que Carlos Aresti, un antiguo residente de Ferraz, había sido gravemente herido y estaba en un hospital en Bilbao. Llegó justo a tiempo de ayudarle espiritualmente y permaneció con él hasta que murió.

En abril fue a Córdoba para visitar a un joven miembro de la Obra del que había perdido el contacto desde el comienzo de la guerra. Cuando fue a comprar el billete de vuelta, el empleado de la ventanilla le dijo que sólo quedaban de segunda clase y que era muy improbable que devolvieran alguno de tercera. Escrivá no tenía suficiente dinero: si iba en segunda, sólo podría llegar hasta Salamanca. Volvió a intentarlo más tarde después de haberse encomendado a su Ángel Custodio. El empleado, sorprendido, le dijo que en ese momento estaban disponibles doce de billetes de tercera. Llegó a Burgos al cabo de treinta y seis horas. Pasó dos noches sentado en los bancos de madera del maloliente y concurridísimo vagón de tercera clase, en el que se colaba por las ventanas el humo y el hedor del motor.

El 9 de mayo de 1938 partió al frente de Teruel para visitar a Jiménez Vargas. Aunque había salido de Burgos en el tren de la mañana, no llegó a Zaragoza hasta la medianoche, y todavía le quedaban unos 150 kilómetros para llegar. Necesitó cinco días para llegar a su destino. El viaje de vuelta fue igualmente lento. Hizo varias paradas en el camino para ver a otra gente. Cuando estuvo de regreso en Burgos era 25 de mayo.

Desde Burgos, Escrivá y los miembros de la Obra mantenían correspondencia con mucha gente. En marzo de 1938 volvieron a editar la sencilla hoja informativa “Noticias”, que habían estado mandando a los residentes y amigos de DYA durante el verano anterior a la guerra. Al principio, las imprimieron en León, gracias a la gestión de un sacerdote amigo que disponía de una primitiva máquina. Pero se rompió en octubre de 1938 y, desde entonces, tuvieron que elaborar la hoja informativa haciendo copias a carboncillo en la máquina de escribir.

En la circular se daban noticias sobre dónde estaba y qué hacía cada uno de los que se sabía algo. También, comentarios espirituales y palabras de ánimo. En el número de marzo, por ejemplo, Escrivá apuntaba: “La Revolución no ha interrumpido nuestra labor. Seguimos trabajando –como es natural y como es sobrenatural- con el mismo empeño de siempre. ¡Diez años de trabajo! Dentro del undécimo, que comenzará pronto, Jesús y yo esperamos mucho de vosotros. Ahora mismo en el cuartel, en la trinchera, en el parapeto, en el forzoso descanso del hospital, con vuestra oración y vuestra vida limpia, con vuestras contradicciones y con vuestros éxitos, ¡cuánto podéis influir en el impulso de nuestra Obra! Vivamos una particular comunión de los santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora de la pelea con las armas, la alegría y la fuerza de no estar solo”[1].

En mayo, el mes que la Iglesia dedica a la Virgen María, les recomendaba: “Sale este número de ‘Noticias’ en pleno mes de mayo, mes de María. Cansados estáis de leer y oír contar que nunca los cruzados se lanzaron a la lucha sin encomendarse de un modo especial a la Señora. Tal vez este mes sea singularmente duro para algunos: noches de parapeto, largas caminatas, cansancio… Y en todo caso no faltarán cosas pequeñas: todo esto vamos a ofrecerlo en sustitución ventajosa de aquellas flores que siempre adornaban la imagen de la Santísima Virgen –Spes nostra, Sedes Sapientiae- en nuestro oratorio de Ferraz. ¡Que ella os guarde!”[2].

Además de enviarles la hoja informativa cada mes, Escrivá, Casciaro y Botella mandaban muchas cartas personales a antiguos residentes y amigos, especialmente a aquellos que se encontraban en situaciones difíciles. En junio de 1938 Escrivá decía a Alejandro de la Sota, que había caído enfermo: “No sé a qué atribuir tu silencio. Pienso que quizá continúas enfermo… y eso no te excusa, porque, sabiendo cuánto y cómo se te quiere, puedes desahogarte con cartas largas y hondas, seguro de que te habrían de entender y sabríamos escribirte con frecuencia otras cartas de la misma extensión e intensidad.

¡Alejandro! Conste, pues, que espero pronto noticias tuyas (…). Si tú no vienes, me basta saber que deseas que vaya a verte, para que me tengas pronto por esa bendita Galicia. Tú tienes la palabra.

Acuérdate de aquella ‘teoría’, que os explicaba en Madrid, y ponla en ‘práctica’: Di muy bajito: ‘Bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor, ¡glorificado sea el dolor!’”[3].

En algunas ocasiones, en las cartas a sus hijos, especialmente a aquellos que se habían unido a él hacía más tiempo, Escrivá les abría el corazón y les dejaba ver algo de su vida interior y de oración. En una carta a Jiménez Vargas a comienzos de junio de 1938, por ejemplo, escribía: “Esta mañana, camino de las Huelgas, a donde fui por hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo: la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor. Y allí me tienes: todo el día entre besos y adoraciones. ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! Pídele tú que Él me dé el verdadero amor suyo: así quedarán bien purificadas todas mis otras afecciones. No vale decir: ¡corazón, en la Cruz!: porque, si una herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las Cinco abiertas en el madero? ¡Corazón, en la Cruz!: Jesús mío, ¡qué más querría yo! Entiendo que, si continúo por este modo de contemplar (me metió san José, mi Padre y Señor, a quien pedí que me soplara), voy a volverme más chalao que nunca lo estuve. ¡Prueba tú!”[4].

A terminar el verano de 1938, no se veía en el horizonte el final de la guerra. La victoria de los nacionales parecía segura, de no haber una intervención internacional a gran escala a favor de la República. En otoño el grupo de Burgos creció gracias a la llegada de del Portillo y otros miembros de la Obra que habían conseguido escapar de Madrid y cruzar el frente. Su peripecia se cuenta a continuación.

[1] AGP P03 1983 p. 550-551

[2] AGP P03 1984 p. 337

[3] Ibid. p. 332-333

[4] Ibid. p. 335

7. Medios y obstáculos

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El fin del Opus Dei es sobrenatural, y por eso los medios adecuados para llevarlo adelante son sólo sobrenaturales: la oración, la mortificación, el trabajo santificado y ofrecido a Dios. Desde una visión humana, sorprende la desproporción entre el inmenso horizonte de apostolado que el 2 de octubre descubre en su alma aquel sacerdote de veintiséis años y la escasez de medios de que dispone.

–Era tal la visión sobrenatural de nuestro Fundador, que rechazó siempre con fuerza la tentación de considerar “imposible” lo que el Señor le pedía: ¡Imposible! Si lo hubiese pensado, si no hubiese tenido confianza plena en Dios, que cuando pide algo da todas las gracias necesarias para poderlo hacer, aún estaría repitiendo esa palabra –¡imposible!–, como un retrasado mental: así lo hubiese hecho si me hubiera dejado llevar por la visión humana, o por los consejos de algunos.

Con una confianza en Dios inquebrantable, contempló desde el principio la Obra proyectada en el futuro y, a pesar de que a muchos les parecía un sueño maravilloso, hablaba con plena seguridad, como si ya lo tuviese delante de los ojos, de todo aquello que el Señor haría realidad con el transcurso de los años.

Recuerdo un suceso de agosto de 1958, durante una de las estancias de nuestro Fundador en Londres. Un día caminaba con algunos de nosotros por las calles de la City y, al pasar ante la sede central de los bancos más famosos y de las más antiguas empresas comerciales e industriales, se quedó sobrecogido por aquel poderío. Por contraste, sintió toda su personal debilidad. El Señor permitió que en ese momento el Padre se diera cuenta muy vivamente de su impotencia para llevar adelante, tan sólo con sus propias fuerzas, la empresa sobrenatural que le había sido confiada. Pero le reafirmó al mismo tiempo con una locución interior, que dio nuevo brío a su esperanza: “Tú no puedes, pero Yo sí”.

El Padre no se limitaba a rezar intensamente, sino que pedía oraciones a todos, con inmensa fe.

–Lo muestra, entre miles, este suceso. Durante los años que precedieron a la guerra civil se fue afirmando en Madrid una cultura rabiosamente anticlerical. Entre otros, se publicaba un periódico, El Sol, que se distinguía por sus ataques continuos contra la Iglesia: tenía una enorme difusión, porque estaba muy bien realizado desde el punto de vista técnico y contaba con las firmas más prestigiosas del momento: los mejores periodistas y los más prestigiosos representantes de los ambientes laicistas del país. Nuestro Fundador conocía a una mujer a la que todos llamaban “Enriqueta la Tonta”: lo que hoy diríamos una disminuida; pero que tenía mucha fe y una gran delicadeza de espíritu. Un día el Padre le pidió que rezara por una intención suya: el cierre de aquel periódico tan nocivo. Al cabo de pocos meses, El Sol quebró, inexplicablemente, y no volvió a publicarse.

El Padre buscaba el apoyo de la oración del mayor número de personas, incluso de las que no conocía: por ejemplo, sacerdotes que encontraba por la calle, o fieles que veía en la iglesia, especialmente recogidos. Es significativo el modo en que conoció a don Casimiro Morcillo, que llegaría pronto a ser Vicario de Madrid, luego Arzobispo de Zaragoza, y finalmente Arzobispo de Madrid. En los primeros años treinta, el Padre se cruzaba cada mañana, muy temprano, con un sacerdote al que veía siempre muy recogido. Un día le paró, y le pidió también que rezase por una intención suya. Don Casimiro se quedó sorprendido. Al poco tiempo empezaron a tratarse y se hicieron amigos. Más tarde, recordando aquel encuentro, nuestro Fundador dijo al futuro arzobispo: Cuando te abordé en la calle sin conocerte, me tomarías por un loco. Y don Casimiro, riendo, replicó: “¡Ah!, un poco sí, porque la verdad es que nadie me había parado nunca en mitad de la calle para pedirme oraciones”.

Se comprende que el Fundador haya querido para los miembros de la Obra una intensa vida de oración, que prevé momentos concretos de trato con el Señor, durante la jornada, a los que siempre se concede primacía, por muy urgente que sea el trabajo.

–A este propósito recuerdo un suceso que no puedo dejar de evocar sin emocionarme. En 1943 sus hijas empezaron a encargarse de la administración doméstica de la residencia de estudiantes situada en el Paseo de la Moncloa, de Madrid. Eran tiempos difíciles, pues hacía muy poco que había terminado la contienda civil española y la guerra mundial estaba en pleno apogeo. Además de la dificultad para encontrar alimentos, no se habían terminado aún las obras del edificio, y la casa estaba llena de operarios. Quizá por el peso de aquellas dificultades, el 23 de diciembre dos de sus hijas confiaron a nuestro Fundador que no podían sacar adelante su trabajo en esas circunstancias; sólo conseguían desastres; y, como consecuencia de todo, estaban descuidando la oración, la vida interior. Al escucharlas, el Padre no pudo contener las lágrimas. Después, tomó una cuartilla y escribió:

1. sin servicios

2. con obreros

3. sin accesos

4. sin manteles

5. sin despensas

6. sin personal

7. sin experiencia

8. sin división del trabajo

––––––––––––––––––––––––––––

1. con mucho amor de Dios

2. con toda la confianza en Dios y en el Padre

3. no pensar en los “desastres” hasta mañana durante el retiro.

A los pocos días le preguntaron al Padre el motivo de aquellas lágrimas, y respondió: lloré, hija mía, porque no hacíais oración. Y, para una hija de Dios en el Opus Dei, el trabajo más importante, ante el que hay que posponer todo lo demás es éste: la oración. La lucha interior, por encima de cualquier inconveniente: éste es el medio que siempre ha allanado las dificultades aparecidas a lo largo del camino del Opus Dei.

El Fundador repitió muchas veces que el Opus Dei nació en los hospitales y en los barrios pobres de Madrid, porque, desde el primer periodo de la fundación, confiaba sus intenciones a la oración de los enfermos y de los más abandonados.

–El Señor acogía aquellas oraciones y bendecía con la cruz los primeros pasos de la Obra. En el Hospital del Rey, donde iban a parar casos tan desesperados que era conocido popularmente con el nombre de “Hospital de los incurables”, ingresó María Ignacia García Escobar, una de las primeras mujeres que pidieron la admisión en el Opus Dei y que murió de tuberculosis diecisiete meses depués. Aprendió de nuestro Fundador a ofrecer sus sufrimientos por la Obra, como escribió en un cuaderno: “Hace falta poner bien los fundamentos. Por eso debemos hacer que los cimientos sean de granito; que no nos suceda como al edificio de que habla el Evangelio, que fue construido sobre la arena. Los fundamentos bien hondos, después vendrá el resto”.

Luis Gordon fue otra de las primeras vocaciones. Era un joven ingeniero, de muy buen espíritu. Por su madurez y sus virtudes, nuestro Fundador habría podido apoyarse mucho en él. También murió prematuramente. El Padre aceptó serenamente su pérdida y escribió algunas consideraciones conmovedoras sobre la ayuda que prestaría a la Obra desde el Cielo.

En 1944, Juan Fontán, sin ser de la Obra, ofreció su vida por los tres primeros miembros del Opus Dei que recibirían la ordenación sacerdotal poco después. Nuestro Fundador vivía y difundía continuamente una profunda Comunión de los Santos; y, entre otras cosas, tuvo siempre la costumbre de aplicar por las almas del Purgatorio todas las indulgencias que lucraba.

La guerra civil española fue ciertamente un duro obstáculo que amenazaba con obstruir el camino de la Obra apenas nacida. En las biografías del Fundador hemos leído detalles impresionantes sobre aquel periodo, en que el que se vio obligado a peregrinar de un escondite a otro, en constante peligro de muerte, hasta que consiguió cruzar la frontera y pasar por Andorra a la zona libre. No le pido que me resuma aquellos acontecimientos, que por sí solos llenarían un libro; pero le rogaría que contase algún episodio particularmente significativo de las reacciones sobrenaturales del Fundador ante la adversidad.

–Fueron momentos verdaderamente terribles. Nuestro Fundador, ya muy conocido en Madrid como sacerdote, fue perseguido por facciones anticlericales, que le buscaron con verdadero odio y ensañamiento y llegaron incluso a asesinar en su lugar a una persona desconocida, confundidos por su semejanza física con el Fundador del Opus Dei.

Nuestro Padre fue escondido durante algún tiempo por el doctor Suils, viejo amigo de su familia y compañero suyo de Instituto, que dirigía una clínica psiquiátrica donde acogió valientemente a algunos refugiados que se hacían pasar por locos.

Del 14 de marzo al 31 de agosto de 1937, vivió en la Legación de Honduras, con un pequeño grupo de hijos suyos, entre los que estaba yo también, imprimiendo heroicamente un ritmo de “normalidad” humana y espiritual a aquellas jornadas de encierro que para el resto de los refugiados eran sólo motivo de angustia.

Esta carta suya, escrita a sus hijos de Valencia el 18 de septiembre de 1937, puede dar una idea precisa del estado de ánimo y de la vibración de nuestro Fundador. Debo aclarar que, para evitar la censura, usaba un lenguaje en clave, fácilmente comprensible por los destinatarios; así, “el abuelo” o “mi hermano Josemaría” eran él mismo; “don Manuel”, el Señor:

¡Peques! El abuelo tiene muchas ganas de abrazaros, pero siempre se le estropea la combinación. Convendrá así. Con todo, ¡quién sabe!, no desespero de que se me cumplan pronto los deseos. En fin…, Don Manuel sabe más.

Una noticia atrasada: me han dicho –a mí y en mi cara– repetidas veces que a mi hermano Josemaría le encontraron colgado de un árbol, en la Moncloa, según unos; otros, en la calle de Ferraz. Hay quien identificó el cadáver. Otra versión de su muerte: que lo fusilaron.

Suponed la cara del abuelo, ante tamañas noticias. Verdaderamente sería de envidiar, para un loco como mi hermano, un final así con el aditamento de la fosa común. ¡Qué más habría deseado el pobre, cuando se vio moribundo, en la habitación lujosa de un sanatorio caro! Digo mal: esta manera de fenecer (normal, sin ruidos, ni espectáculo), como un cochino burgués, está en mejor acuerdo con su vida, su Obra y su camino. Morir así –¡oh, Don Manuel!–, … pero loco, de mal de Amor.

Durante toda su vida el Padre encomendó en la Santa Misa a aquel hombre, asesinado en su lugar.

Antes, el 1º de octubre de 1936, había ocurrido otro suceso que se grabó en mi memoria, cuando sólo tenía veintidós años.

Estábamos escondidos en un chalet de la calle Serrano, cuando mi hermano Ramón vino a advertirnos de que los milicianos estaban registrando otras casas de la familia propietaria del chalet. El Padre le dijo entonces a Juan Jiménez Vargas que buscase otro refugio. A mi hermano Pepe y a mí, que no sabíamos qué hacer, nos aconsejó que nos quedásemos un día más, hasta ver los resultados de las gestiones. Entretanto, después de varias llamadas teléfonicas, consiguió hablar con José María González Barredo, quien le aseguró que podría dar con otro escondite. Entonces nuestro Fundador salió para verse con él; más tarde, después de eludir la vigilancia de los centinelas de la antigua Dirección General de Seguridad, volvió al chalet de la calle Serrano y se reunió con nosotros. Me saludó y rompió a llorar. “Padre, ¿por qué llora?”, le pregunté.

Me impresionó mucho el dolor del Padre. Era extraordinariamente sobrenatural, y por esto mismo, también muy humano: quería a sus amigos con todo el corazón. Me he enterado de que han asesinado a don Lino, dijo, y me contó que en aquellas horas en que había deambulado por las calles de Madrid se había enterado del asesinato de un sacerdote amigo, don Lino Vea–Murguía, y de nuevos detalles sobre el martirio de don Pedro Poveda, el Fundador de la Institución Teresiana, buen amigo suyo. Espero que muy pronto llegue a término su Causa de Beatificación.

Después me explicó por qué había vuelto con nosotros: se había encontrado con José María en el lugar convenido, en el Paseo de la Castellana. Jose María, después de saludarle con cariño filial y gran alegría, sacó del bolsillo del pantalón una pequeña llave y le dio una dirección, mientras decía:

–”Vaya usted a tal casa, entre y quédese allí. Pertenece a una famlia amiga mía, que se encuentra fuera de Madrid. El portero es persona de confianza.”

–Pero, ¿cómo voy a estar en un lugar ajeno? ¿Si vienen o llaman otras personas, qué digo?

Aquel hijo suyo, sin pensarlo mucho, respondió: “No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite”.

¿Qué edad tiene esa mujer?

–”Pues, veintidós o veintitrés años.”

Entonces, nuestro Fundador pensó: No puedo, ni quiero, quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor. Y acercándose al sumidero de una alcantarilla, tiró la llave dentro.

Las contrariedades externas, aun duras y peligrosas, son, hasta cierto punto, “fáciles” de afrontar. Más difícil resulta la incomprensión, la hostilidad injustificada y preconcebida, aún más si procede de personas buenas, que pertenecen a la Iglesia. El Fundador debió experimentar los dos tipos de pruebas.

–Para hablar de este tema, ante todo deseo subrayar que nuestro Padre reaccionó siempre con espíritu sobrenatural, perdonando y olvidando prontamente las calumnias con humildad, con la máxima caridad hacia el prójimo, con hambre de justicia y con un silencioso abandono en la Voluntad de Dios.

De acuerdo con su ejemplo, me referiré ahora a estas cosas en líneas muy generales, lejos de cualquier victimismo y espíritu de revancha.

Ya he dicho que las incomprensiones comenzaron en la época de la fundación y de los primeros pasos del Opus Dei, entre los años 1930 y 1936. Se puede buscar una explicación que vaya a la raíz teológica del problema. En aquellos años, lo que nuestro Fundador veía en su alma con tanta claridad, gracias a una precisa iluminación divina –la llamada universal a la santidad–, aparecía como algo increíblemente audaz. Se lo he oído explicar muchas veces; en una ocasión, a finales de los años sesenta, con estas palabras: Cuando hace cuarenta y pico años, más o menos, un pobre sacerdote que tenía veintiséis, comenzó a decir que la santidad no era sólo cosa de frailes, de monjas y de curas, sino que era para todos los cristianos, porque Jesucristo Señor Nuestro dijo a todos sed santos como mi Padre celestial es santo… –lo mismo si es un soltero, que si está casado, que si es viudo: todos podemos ser santos–, decían que ese sacerdote era un hereje.

Algunos no lo acusaban de hereje, pero afirmaban que estaba loco: lo que hoy es doctrina común, entonces aparecía a los ojos de todo el mundo como un disparatón, según decía el Padre a veces con una expresión muy suya. Además, a la novedad de la doctrina que predicaba, se añadía la audacia de sus iniciativas apostólicas y la desproporción de los medios humanos de quien las promovía.

A la dificultad para comprender teológicamente el mensaje espiritual de nuestro Fundador, se añadían celotipias, envidias muchas veces inconscientes, una visión estrecha y casi “monopolística” de la pastoral. Resultaba inevitable que el soplo del Espíritu Santo, que alentaba el apostolado de nuestro Fundador, levantase una polvareda de desconfianza y hostilidad. La historia de la Iglesia muestra que el bien se abre siempre camino a duras penas.

A finales del 1939 y comienzos de 1940 arreciaron las calumnias contra el Opus Dei y su Fundador. Al principio no quería aceptar que era el blanco de una verdadera campaña denigratoria; pero, ante la evidencia de las pruebas, no tuvo más remedio que admitirlo. La Obra era acusada de herejía, de conspirar clandestinamente para encaramarse en el vértice del poder, de masonería, de antipatriotismo, etc. No se trataba de hechos aislados, sino de una auténtica campaña; quienes promovían estas calumnias no dudaron en acudir a las más altas esferas de la jerarquía eclesiástica, para sembrar desconfianza y sospecha respecto de la Obra y el Padre.

En una ocasión, fray José López Ortiz, agustino, que más tarde sería Obispo de Túy–Vigo, y arzobispo castrense de España, y que era entonces el confesor ordinario de nuestra residencia de Diego de León en Madrid, le entregó al Padre una copia de un “dossier reservado” sobre la Obra y su Fundador: los servicios de información de la Falange lo había hecho llegar a las autoridades locales, y a López Ortiz se lo facilitó una persona de su confianza. Aquel documento rebosaba calumnias atroces y significaba el comienzo de otra campaña difamatoria contra el Fundador. Recogía todas las maledicencias divulgadas con anterioridad. Yo asistí a aquella entrevista y confirmo lo que testimonia fray José: “Cuando Josemaría terminó la lectura, al ver mi pena, se echó a reír y me dijo con heroica humildad: No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gracias a Dios, es falso: pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador, que ama con locura a Jesucristo. Y, en lugar de romper esa sarta de insultos, me devolvió los papeles para que mi amigo los pudiera dejar en el ministerio de la Falange, de donde los había cogido: ten, me dijo, y dáselo a ese amigo tuyo, para que pueda dejarlo en su sitio, y así no le persigan a él“.

Otras incomprensiones provinieron de familias, pocas ciertamente, de los chicos que frecuentaban las actividades apostólicas de la Obra, o de las de los propios miembros del Opus Dei. Casi siempre, en el origen de estos problemas, aparecían algunos religiosos que no vacilaban en difundir sospechas y desconfianzas: lo hacían desde el confesonario o yendo a visitar a las familias para ponerlas sobre aviso. Más de una vez el Padre tuvo que intervenir personalmente para poner remedio a las falsedades que divulgaban en aquellos hogares: Al principio de la Obra, hace treinta y tantos años, venían a mí algunos padres… indignados: porque había una campaña de calumnias dirigidas por unos determinados religiosos, que yo quiero mucho, y esas pobres familias estaban influidas. Era yo entonces un sacerdote joven –no tenía aún los cuarenta años– y les dejaba hablar. Cuando habían terminado, les decía: con la información que vosotros tenéis, yo pensaría como vosotros. De modo que estamos de acuerdo. Os diré más: seríamos tres los que estaríamos de acuerdo: ¡el diablo, vosotros y yo! Luego procuraba aclararles las cosas y quedábamos siempre muy buenos amigos.

Usted habla genéricamente de “religiosos”, y lo refiere con expresiones análogas a las del Fundador. Pero se trataba de personas muy concretas, y sabemos que procedió de la iniciativa de un jesuita. De aquí los comentarios sobre una supuesta enemistad entre el Opus Dei y la Compañía de Jesús.

–No se debe generalizar. La campaña calumniosa partió, efectivamente, de un jesuita que en aquel tiempo era muy influyente dentro y fuera de la Compañía, pero que, años después, abandonó el estado religioso y acabó apostatando de la Iglesia. El Padre intentó, desde el primer momento, hacerle comprender la naturaleza de nuestro trabajo, le perdonó de todo corazón y procuró luego ayudarle a través de miembros de la Obra, cuando estaba fuera de la Iglesia. Para hablar de ésta y de otras persecuciones que siguieron, utilizó siempre una frase de Santa Teresa: “la contradicción de los buenos”, y aplicó a los perseguidores el evangélico obsequium se praestare Deo (Ioh, 16,2), “pensando que agradaban a Dios”. Consideraba las contrariedades como una ocasión para purificarse y, al ver que procedían de personas pertenecientes a antiguas y gloriosas instituciones de la Iglesia, afirmaba que Dios quería servirse de un bisturí de platino.

Sobre sus relaciones con la Compañía de Jesús, respondió el propio Fundador en una entrevista concedida al corresponsal del New York Times, el 7 de octubre de 1966: En cuanto a la Compañía de Jesús, conozco y trato a su General, el Padre Arrupe. Puedo asegurarle que nuestras relaciones son de estima y de afecto mutuo.

Tal vez haya encontrado usted a algún religioso que no comprende nuestra Obra; si es así, se deberá a un equívoco o a una falta de conocimiento de la realidad de nuestra labor que es específicamente laical y secular y no interfiere para nada en el terreno propio de los religiosos. Nosotros no tenemos para todos los religiosos más que veneración y cariño, y pedimos al Señor que cada día haga más eficaz su servicio a la Iglesia y a la humanidad entera. No habrá nunca una pelea entre el Opus Dei y un religioso, porque hacen falta dos para pelear y nosotros no queremos luchar con nadie (Conversaciones, núm. 54).

Ésta fue su norma de conducta constante, y continúa siendo la nuestra.

A este propósito, recuerdo que el P. Arrupe fue la primera personalidad eclesiástica que llegó a los funerales del Fundador en la Basílica de San Eugenio, el 28 de junio de 1975. Vino con mucha antelación sobre el horario de la ceremonia. Estuvo recogido en oración más de una hora, mientras iban llegando los cardenales, obispos, embajadores, autoridades civiles y una gran multitud de fieles. Pero continuando con el hilo de la narración histórica…

–En 1941 las contradicciones se hicieron especialmente intensas en Barcelona, donde acababa de iniciarse de modo estable la actividad apostólica de la Obra, en un pequeño piso de la calle Balmes llamado el Palau, y los miembros del Opus Dei, todos universitarios, eran sólo media docena. Las calumnias a que me he referido antes se habían divulgado por toda la ciudad: en los ambientes eclesiásticos, entre las familias, en la universidad; los miembros del Opus Dei eran acusados públicamente de herejes e impostores.

Como es lógico, el Padre seguía muy de cerca el desarrollo de los acontecimientos de Barcelona, principalmente por la repercusión que podían tener en la vida interior de sus hijos y en el apostolado. Pero las acusaciones de orden político–religioso precipitaron las cosas de tal manera que llegó un momento en que no podía acercarse a la capital de Cataluña sin correr peligro de ser arrestado. El propio Nuncio, Mons. Cicognani, le advirtió y le aconsejó que, en caso de viajar a Barcelona, lo hiciera con nombre falso. Sin embargo, el Padre prefirió no valerse de esta estratagema y, cuando tuvo que ir a la capital catalana, puso el billete de avión a nombre de Josemaría E. de Balaguer, ya que era más conocido en aquella época como “Padre Escrivá”.

También en aquel viaje se detuvo en Barcelona lo mínimo indispensable: habitualmente se quedaba sólo un par de días, y se alojaba en casa de un sacerdote amigo suyo, don Sebastián Cirac.

El Gobernador civil de Barcelona, Correa Veglison, se excusaría años después diciendo: “Tales eran las cosas que decían de él, que hubiera enviado a la policía al aeropuerto a detenerlo”.

Nuestro Fundador se esforzó en que, incluso en aquellas circunstancias, sus hijos de Barcelona no faltasen nunca a la caridad, y les exhortó a callar, trabajar, sonreír y perdonar.

Además de un grandísimo consuelo, fue decisivo el constante apoyo del Obispo de Madrid, Mons. Leopoldo Eijo y Garay, que asumió una y otra vez, públicamente, la defensa de la Obra, y que dirigió una carta a dom Aurelio M. Escarré, Abad coadjutor de Montserrat, uno de los centros de irradiación espiritual más importantes de España. En aquella carta le decía entre otras cosas: “Créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos”. Después le hablaba de la extrema docilidad del Fundador a su obispo y desmentía la calumnia relativa al “secreto” de la Obra. Aquella carta consoló a muchas familias y disipó las dudas y sospechas entre los eclesiásticos de aquella zona.

De 1946 en adelante, cuando nuestro Fundador se estableció definitivamente en Roma, continuaron las dificultades y las contradicciones.

Al surgir las primeras vocaciones del Opus Dei entre los estudiantes universitarios de Roma, el Señor permitió que algunas familias recibieran mal la vocación de sus hijos y llegaran a escribir al Santo Padre lamentándose, sin obtener, como es natural, el resultado que esperaban. El Fundador recurrió a los medios sobrenaturales y consagró las familias de los miembros de la Obra a la Sagrada Familia.

Durante el verano de 1951, como el precedente, nuestro Fundador permaneció en Roma. Sentía una gran inquietud, una turbación interior, porque el Señor le hacía intuir que se estaba tramando algo muy grave contra la Obra. Decidió acudir al único remedio que tenía a su alcance: los medios sobrenaturales. Y peregrinó a Loreto para consagrar la Obra al Corazón Dulcísimo de María. Era el 15 de agosto de 1951.

Algunos meses después de la Consagración de la Obra al Corazón Dulcísimo de María, el Cardenal Schuster, Arzobispo de Milán, encargó que dijeran a nuestro Fundador que se acordase de San José de Calasanz. De esta forma vino a saber lo que se estaba tramando: dividir la Obra en dos instituciones separadas, los hombres por un lado y las mujeres por otro, y decapitarla, expulsando al Fundador.

El 24 de febrero de 1952 el cardenal Tedeschini tomó posesión como Cardenal protector de la Obra, según el derecho entonces vigente. Poco tiempo después, el 20 de marzo, el Padre le llevó una carta –fechada unos días antes, el 12–, en la que explicaba la situación. Como siempre, le acompañé yo. El cardenal Tedeschini leyó la carta con calma, delante de nosotros, y dijo que se la haría llegar al Papa. El texto estaba lleno de caridad hacia los que habían urdido aquella trama, y el Padre mostraba que no había ningún motivo para tomar medida alguna contra la Obra. El Papa, después de leerla, dijo al cardenal: “¿Pero, quién ha pensado hacer eso?” Era evidente que todo se había urdido sin conocimiento del Santo Padre Pío XII.

Así se desvaneció aquel ataque contra el Fundador y contra la Obra: era la respuesta de la Virgen a la consagración del Opus Dei hecha el 15 de agosto de 1951.

La referencia a San José de Calasanz confirma que también el Beato Josemaría fue tratado como muchos Fundadores que han pasado a la historia por su santidad, mientras que nadie recuerda el nombre de sus calumniadores.

En cualquier caso, entonces y siempre, nosotros aplicamos la norma de nuestro Fundador: Perdonar, callar, rezar, trabajar, sonreír.

1936. La persecución religiosa

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Junto con la guerra civil (1936-1939) tuvo lugar en España una de las persecuciones religiosas más sangrientas que ha conocido la historia de la Iglesia. Murieron 6.832 personas; 4.184 del clero secular —entre los que se incluyen doce obispos y numerosos seminaristas—; 2.365 religiosos y 283 religiosas. Es incalculable el número de laicos que padecieron martirio a causa de la Fe.

Como tantos sacerdotes de su tiempo, don Josemaría pasó mil penalidades por su condición sacerdotal. Tuvo que refugiarse en distintos domicilios particulares, en los que sólo podía estar durante algunas horas o días, porque amparar a un sacerdote, en aquellas circunstancias, equivalía a firmar la propia sentencia de muerte.

No podía transitar por la calle: podía detenerle cualquier control callejero, y acabar, como tantos otros, fusilado junto al paredón del cementerio. No tenía dinero para sobrevivir: únicamente Isidoro Zorzano, ya establecido en Madrid, seguía cobrando su sueldo. Y le llegaban rumores de detenciones arbitrarias, registros y torturas.

El 30 de agosto se encontraba refugiado con otros perseguidos en una vivienda de la calle Sagasta. Juan Manuel Sáinz de los Terreros, uno de ellos —que no sabía quién era don Josemaría—, cuenta que los milicianos se presentaron de improviso para hacer un registro en el edificio. Comenzaron revisando los sótanos, y prosiguieron, planta por planta… Al darse cuenta, don Josemaría subió por una escalera interior hasta la buhardilla con Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Aquello era un cuchitril lleno “de polvo de carbón y de trastos, como todas las buhardillas, y en las que no nos podíamos poner de pie porque llegá­bamos con la cabeza al techo… Hacía un calor insoportable. En un momento oímos cómo entraban en la buhardilla de al lado para hacer el registro…

Estando en esta situación se me acerca don Josemaría y me dice:

Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución.

Inexplicablemente, después de haber registrado toda la casa, los milicianos no entraron en aquella buhardilla.

Afirma Juan Manuel que “supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo”.

Durante aquella temporada, don Josemaría sufría especialmente por no poder celebrar la Santa Misa habitualmente, por carecer de materia para la consagración. En su lugar recitaba de memoria las oraciones litúrgicas, omitiendo la fórmula de la Consagración y haciendo una comunión espiritual al llegar a la Comunión.

Al fin, en marzo de 1937, encontró un asilo relativamente estable en la Legación de Honduras. Allí, recuerda su hermano menor, Santiago Escrivá, “comíamos muy poco. Josema­ría menos que los demás porque había días que no comía nada o muy poca cosa, como mortificación, para ofrecerlo a Dios”. Se quedó tan delgado —perdió treinta kilos— que, cuando su madre pudo ir a verle, no le reconoció; se dio cuenta de que era su hijo Josemaría sólo por la voz.

Muchos refugiados de la Legación pasaban las horas rumiando en silencio su desdicha; otros se desahogaban comentando sus desgracias presentes y pasadas… En medio de aquel clima de pesimismo, don Josemaría ayudaba a los que le rodeaban a no perder la esperanza, a aprovechar el tiempo, y a crecer para adentro mediante la oración por todos, con un profundo sentido de la Comunión de los Santos.

Por la Comunión de los Santos —decía el 8 de abril— nunca podemos sentirnos solos, pues constantemente nos llegan alientos espirituales de las cárceles, de las trincheras, de dondequiera se encuentre alguno de vuestros hermanos. La consideración de esta realidad nos impulsa a un detenido examen de nuestra conducta en este lugar, que es como una prisión para nosotros. Porque aquí, en esta aparente inactividad, contamos con la posibilidad de trabajar mucho por dentro, y acompañar a cada uno de vuestros hermanos en peligro, y velar por ellos.

Su espíritu atravesó durante aquella época lo que San Juan de la Cruz llamaba la “noche oscura del alma”, con la que Dios suele purificar a las almas santas. Pero esto no se reflejaba en el exterior: su predicación era, como de costumbre, optimista y vibrante, aunque el Señor le hacía participar, de modo particularmente intenso, de la Cruz.

Algunos sacerdotes conocidos suyos habían muerto mártires. Le apenó especialmente el fallecimiento de su gran amigo, Pedro Poveda. El fundador de la Institución Teresiana había sido asesinado en julio de 1936. Comentaba un año después: Recuerdo con gran consuelo una conversación que mantuve con un gran santo; lo asesinaron en julio del año pasado, cuando se hallaba sazonado, preparado para ir al encuentro del Amor, pues había escrito todo el libro de su vida, desde el principio hasta el fin, con letras de oro…

Hablábamos de la posibilidad de sufrir martirio. Le dije que no me asusta la muerte: que la aceptaría gustoso cuándo, dónde y como quisiera el Señor mandármela, pero que sentiría abandonaros. Y continué afirmando, mientas él asentía, que los afectos santos de la tierra se conservan en el Cielo: allí podremos pedir por las personas a las que quisimos aquí abajo.

A finales del mes de agosto de 1937 pudo salir de la Legación con una precaria documentación que le facilitó el Cónsul de Honduras. Todas las iglesias de Madrid se encontraban cerradas, muchas destinadas a otros usos o completamente destruidas, con las imágenes profanadas o mutiladas. En esas circunstancias, don Josemaría arriesgó su vida cuando fue necesario para el bien de las almas: bautizaba a escondidas, confesaba dando un paseo por los bulevares o atendía espiritualmente a religiosas refugiadas en casas particulares.

Llevaba siempre consigo al Señor Sacramentado en una pitillera envuelta, por precaución, en una funda con la bandera y el sello de la Legación. Muchas veces dormía sin quitarme la ropa —recordaba—, con la Sagrada Forma encima, abrazando al Señor.

El 7 de octubre pudo abandonar Madrid. Se dirigió a Barcelona, por Valencia, y el 19 de noviembre salió hacia el Pirineo, donde emprendió una larga marcha que le llevó hasta Andorra. Llegó al Principado el 2 de diciembre, acompañado por un pequeño grupo de personas. Poco después, pasó la frontera francesa y se estableció en Burgos.

TEMA 13. Creo en la Comunión de los santos y en el perdón de los pecados

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La Iglesia es communio sanctorum: comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu por la que son hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

1. La comunión de los Santos

La Iglesia es communio sanctorum: comunión de los santos, es decir, comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu por la que son hijos de Dios, unidos a Cristo y llamados santos. Unos aún caminan en esta tierra, otros murieron y se purifican también con la ayuda de nuestras plegarias. Otros, en fin, gozan ya de la visión de Dios e interceden por nosotros. La comunión de los santos también quiere decir que todos los cristianos tenemos en común los dones santos, en cuyo centro está la Eucaristía, todos los demás sacramentos que a ella se ordenan, y todos los demás dones y carismas (cfr. Catecismo, 950).

Por la comunión de los santos, los méritos de Cristo y de todos los santos que nos han precedido en la tierra nos ayudan en la misión que el mismo Señor nos pide realizar en la Iglesia. Los santos que están en el Cielo no asisten con indiferencia a la vida de la Iglesia peregrinante: nos impulsan con su intercesión ante el Trono de Dios, y aguardan que la plenitud de la comunión de los santos se realice con la segunda venida del Señor, el juicio y la resurrección de los cuerpos. La vida concreta de la Iglesia peregrina y de cada uno de sus miembros; la fidelidad de cada bautizado tiene gran importancia para la realización de la misión de la Iglesia, para la purificación de muchas almas y para la conversión de otras.

La comunión de los santos está orgánicamente estructurada en la tierra, porque Cristo y el Espíritu la hicieron y hacen sacramento de la Salvación, es decir, medio y señal por la que Dios ofrece la Salvación a la humanidad. En su caminar terreno, la Iglesia también se estructura externamente en la comunión de las Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal y presididas cada una por su propio obispo; en esas iglesias particulares se da una comunión peculiar entre sus fieles, con sus patronos, sus fundadores y sus santos principales. Análogamente se da esta comunión en otras realidades eclesiales.

También estamos en cierta comunión de oraciones y otros beneficios espirituales, hay incluso cierta unión en el Espíritu Santo con los cristianos que no pertenecen a la Iglesia Católica.

1.1. La Iglesia es comunión y sociedad. Los fieles: jerarquía, laicos y vida consagrada.

La Iglesia en la tierra es, a la vez, comunión y sociedad estructurada por el Espíritu Santo a través de la Palabra de Dios, de los sacramentos y de los carismas. Por tanto, su estructura no se puede separar de su realidad comunional, no se puede sobreponer a ella ni puede entenderse como un modo de automantenerse y autogobernarse por sí misma después de un primer periodo de “carismático” fervor. Los mismos sacramentos que hacen la Iglesia son los que la estructuran para que sea en la tierra el sacramento universal de salvación. Concretamente, por los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Orden, los fieles participan –en formas diversas– de la misión sacerdotal de Cristo y, por tanto, de su sacerdocio. De la acción del Espíritu Santo en los sacramentos y a través de los carismas provienen las tres grandes posiciones históricas que se encuentran en la Iglesia: los fieles laicos, los ministros sagrados (que han recibido el sacramento del Orden y forman la jerarquía de la Iglesia) y los religiosos (cfr. Compendio, 178). Todos ellos tienen en común la condición de fieles, es decir, al ser «incorporados a Cristo mediante el Bautismo, han sido constituidos miembros del Pueblo de Dios; han sido hechos partícipes, cada uno según su propia condición, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, y son llamados a llevar a cabo la misión confiada por Dios a la Iglesia. Entre ellos hay una verdadera igualdad en su dignidad de hijos de Dios» (Compendio, 177).

Cristo instituyó la jerarquía eclesiástica con la misión de hacer presente a Cristo a todos los fieles por medio de los sacramentos y a través de la predicación de la Palabra de Dios con autoridad en virtud del mandato recibido de Él. Los miembros de la jerarquía también recibieron la misión de guiar el Pueblo de Dios (cfr. Mt 28, 18-20). La jerarquía está formada por los ministros sagrados: obispos, presbíteros y diáconos. El ministerio de la Iglesia tiene una dimensión colegial, es decir, la unión de los miembros de la jerarquía eclesiástica está al servicio de la comunión de los fieles. Cada obispo ejerce su ministerio como miembro del colegio episcopal –el cual sucede al colegio apostólico– y en unión con su cabeza, que es el Papa, haciéndose partícipe con él y con los demás obispos de la solicitud por la Iglesia universal. Además, si le ha sido confiada una iglesia particular, la gobierna en nombre de Cristo con la autoridad que ha recibido, con potestad ordinaria, propia e inmediata, en comunión con toda la Iglesia y bajo el Santo Padre. El ministerio episcopal también tiene un carácter personal, porque cada uno es responsable ante Cristo, que lo ha llamado personalmente y le confirió la misión al recibir el sacramento del Orden en plenitud.

El Papa es el Obispo de Roma y sucesor de san Pedro; es el perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad de la Iglesia. Es el Vicario de Cristo, cabeza del colegio de los obispos y pastor de toda la Iglesia, sobre la que tiene, por institución divina, la potestad plena, suprema, inmediata y universal. El colegio de los obispos, en comunión con el Papa y nunca sin él, ejerce también la potestad suprema y plena sobre la Iglesia. Los obispos han recibido la misión de enseñar como testigos auténticos de fa fe apostólica; de santificar dispensando la gracia de Cristo en el ministerio de la Palabra y de los sacramentos, en particular de la Eucaristía; y gobernar al pueblo de Dios en la tierra (cfr. Compendio, 184, 186 y ss.).

El Señor ha prometido que su Iglesia permanecerá siempre en la fe (cfr. Mt 16, 19) y la garantiza con su presencia en virtud del Espíritu Santo. Esta propiedad es poseída por la Iglesia en su totalidad (no en cada miembro). Por eso los fieles en su conjunto no se equivocan al adherir indefectiblemente a la fe guiados por el magisterio vivo de la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo que guía unos y otros. La asistencia del Espíritu Santo a toda la Iglesia para que no se equivoque al creer se da también al magisterio para que enseñe fiel y auténticamente la Palabra de Dios. En algunos casos específicos esa asistencia del Espíritu garantiza que las intervenciones del magisterio no contienen error; por eso se suele decir que en tales casos el magisterio participa de la misma infalibilidad que el Señor ha prometido a su Iglesia. «La infalibilidad del Magisterio se ejerce cuando el Romano Pontífice, en virtud de su autoridad de Supremo Pastor de la Iglesia, o el colegio de los obispos en comunión con el Papa, sobre todo reunido en un Concilio Ecuménico, proclaman con acto definitivo una doctrina referente a la fe o a la moral; y también cuando el Papa y los obispos, en su Magisterio ordinario, concuerdan en proponer una doctrina como definitiva. Todo fiel debe adherirse a tales enseñanzas con el obsequio de la fe» (Compendio, 185).

Los laicos son aquellos fieles cuya misión es buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados. Puesto que participan del sacerdocio de Cristo, los laicos también se asocian a su misión santificadora, profética y real (cfr. Compendio, 189-191). Participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual, sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas sus obras. Participan en la misión profética cuando acogen en la fe la Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra. Participan en la misión regia porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida, e impregnan de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad.

De los fieles laicos y de la jerarquía provienen fieles que se consagran de modo especial a Dios por la profesión de los consejos evangélicos: castidad (en el celibato o virginidad), pobreza y obediencia. La vida consagrada es un estado de vida reconocido por la Iglesia, que participa en su misión mediante una plena entrega a Cristo y a los hermanos dando testimonio de la esperanza del Reino de los cielos (cfr. Compendio, 192 y ss.).

2.  Creo en el perdón de los pecados

Cristo tenía el poder de perdonar los pecados (cfr. Mc 2, 6-12). Lo dio a sus discípulos cuando les entregó el Espíritu Santo, les dio «el poder de las llaves» y les envió a bautizar y perdonar los pecados a todos: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). San Pedro concluye su primer discurso después de Pentecostés animando los judíos a la penitencia, «y que cada uno sea bautizado en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38).

La Iglesia conoce dos modos de perdonar los pecados. El Bautismo es el primero y principal sacramento por el que se nos perdonan los pecados. Para los pecados cometidos después del Bautismo, Cristo ha instituido el sacramento de la Penitencia, en el que el bautizado se reconcilia con Dios y con la Iglesia.

Cuando se perdonan los pecados, es Cristo y el Espíritu quienes actúan en y a través de la Iglesia. No hay ninguna falta que la Iglesia no pueda perdonar, porque Dios puede perdonar siempre y siempre lo ha querido hacer si el hombre se convierte y pide perdón (cfr. Catecismo, 982). La Iglesia es instrumento de santidad y santificación, actúa para que todos estemos más cerca de Cristo. El cristiano con su lucha por vivir santamente y con su palabra puede hacer que los demás estén más cerca de Cristo y se conviertan.

Miguel de Salis Amaral

TEMA 13. Creo en la Comunión de los santos y en el perdón de los pecados

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La Iglesia es communio sanctorum: comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu por la que son hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

1. La comunión de los Santos

La Iglesia es communio sanctorum: comunión de los santos, es decir, comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu por la que son hijos de Dios, unidos a Cristo y llamados santos. Unos aún caminan en esta tierra, otros murieron y se purifican también con la ayuda de nuestras plegarias. Otros, en fin, gozan ya de la visión de Dios e interceden por nosotros. La comunión de los santos también quiere decir que todos los cristianos tenemos en común los dones santos, en cuyo centro está la Eucaristía, todos los demás sacramentos que a ella se ordenan, y todos los demás dones y carismas (cfr. Catecismo, 950).

Por la comunión de los santos, los méritos de Cristo y de todos los santos que nos han precedido en la tierra nos ayudan en la misión que el mismo Señor nos pide realizar en la Iglesia. Los santos que están en el Cielo no asisten con indiferencia a la vida de la Iglesia peregrinante: nos impulsan con su intercesión ante el Trono de Dios, y aguardan que la plenitud de la comunión de los santos se realice con la segunda venida del Señor, el juicio y la resurrección de los cuerpos. La vida concreta de la Iglesia peregrina y de cada uno de sus miembros; la fidelidad de cada bautizado tiene gran importancia para la realización de la misión de la Iglesia, para la purificación de muchas almas y para la conversión de otras.

La comunión de los santos está orgánicamente estructurada en la tierra, porque Cristo y el Espíritu la hicieron y hacen sacramento de la Salvación, es decir, medio y señal por la que Dios ofrece la Salvación a la humanidad. En su caminar terreno, la Iglesia también se estructura externamente en la comunión de las Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal y presididas cada una por su propio obispo; en esas iglesias particulares se da una comunión peculiar entre sus fieles, con sus patronos, sus fundadores y sus santos principales. Análogamente se da esta comunión en otras realidades eclesiales.

También estamos en cierta comunión de oraciones y otros beneficios espirituales, hay incluso cierta unión en el Espíritu Santo con los cristianos que no pertenecen a la Iglesia Católica.

1.1. La Iglesia es comunión y sociedad. Los fieles: jerarquía, laicos y vida consagrada.

La Iglesia en la tierra es, a la vez, comunión y sociedad estructurada por el Espíritu Santo a través de la Palabra de Dios, de los sacramentos y de los carismas. Por tanto, su estructura no se puede separar de su realidad comunional, no se puede sobreponer a ella ni puede entenderse como un modo de automantenerse y autogobernarse por sí misma después de un primer periodo de “carismático” fervor. Los mismos sacramentos que hacen la Iglesia son los que la estructuran para que sea en la tierra el sacramento universal de salvación. Concretamente, por los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Orden, los fieles participan –en formas diversas– de la misión sacerdotal de Cristo y, por tanto, de su sacerdocio. De la acción del Espíritu Santo en los sacramentos y a través de los carismas provienen las tres grandes posiciones históricas que se encuentran en la Iglesia: los fieles laicos, los ministros sagrados (que han recibido el sacramento del Orden y forman la jerarquía de la Iglesia) y los religiosos (cfr. Compendio, 178). Todos ellos tienen en común la condición de fieles, es decir, al ser «incorporados a Cristo mediante el Bautismo, han sido constituidos miembros del Pueblo de Dios; han sido hechos partícipes, cada uno según su propia condición, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, y son llamados a llevar a cabo la misión confiada por Dios a la Iglesia. Entre ellos hay una verdadera igualdad en su dignidad de hijos de Dios» (Compendio, 177).

Cristo instituyó la jerarquía eclesiástica con la misión de hacer presente a Cristo a todos los fieles por medio de los sacramentos y a través de la predicación de la Palabra de Dios con autoridad en virtud del mandato recibido de Él. Los miembros de la jerarquía también recibieron la misión de guiar el Pueblo de Dios (cfr. Mt 28, 18-20). La jerarquía está formada por los ministros sagrados: obispos, presbíteros y diáconos. El ministerio de la Iglesia tiene una dimensión colegial, es decir, la unión de los miembros de la jerarquía eclesiástica está al servicio de la comunión de los fieles. Cada obispo ejerce su ministerio como miembro del colegio episcopal –el cual sucede al colegio apostólico– y en unión con su cabeza, que es el Papa, haciéndose partícipe con él y con los demás obispos de la solicitud por la Iglesia universal. Además, si le ha sido confiada una iglesia particular, la gobierna en nombre de Cristo con la autoridad que ha recibido, con potestad ordinaria, propia e inmediata, en comunión con toda la Iglesia y bajo el Santo Padre. El ministerio episcopal también tiene un carácter personal, porque cada uno es responsable ante Cristo, que lo ha llamado personalmente y le confirió la misión al recibir el sacramento del Orden en plenitud.

El Papa es el Obispo de Roma y sucesor de san Pedro; es el perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad de la Iglesia. Es el Vicario de Cristo, cabeza del colegio de los obispos y pastor de toda la Iglesia, sobre la que tiene, por institución divina, la potestad plena, suprema, inmediata y universal. El colegio de los obispos, en comunión con el Papa y nunca sin él, ejerce también la potestad suprema y plena sobre la Iglesia. Los obispos han recibido la misión de enseñar como testigos auténticos de fa fe apostólica; de santificar dispensando la gracia de Cristo en el ministerio de la Palabra y de los sacramentos, en particular de la Eucaristía; y gobernar al pueblo de Dios en la tierra (cfr. Compendio, 184, 186 y ss.).

El Señor ha prometido que su Iglesia permanecerá siempre en la fe (cfr. Mt 16, 19) y la garantiza con su presencia en virtud del Espíritu Santo. Esta propiedad es poseída por la Iglesia en su totalidad (no en cada miembro). Por eso los fieles en su conjunto no se equivocan al adherir indefectiblemente a la fe guiados por el magisterio vivo de la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo que guía unos y otros. La asistencia del Espíritu Santo a toda la Iglesia para que no se equivoque al creer se da también al magisterio para que enseñe fiel y auténticamente la Palabra de Dios. En algunos casos específicos esa asistencia del Espíritu garantiza que las intervenciones del magisterio no contienen error; por eso se suele decir que en tales casos el magisterio participa de la misma infalibilidad que el Señor ha prometido a su Iglesia. «La infalibilidad del Magisterio se ejerce cuando el Romano Pontífice, en virtud de su autoridad de Supremo Pastor de la Iglesia, o el colegio de los obispos en comunión con el Papa, sobre todo reunido en un Concilio Ecuménico, proclaman con acto definitivo una doctrina referente a la fe o a la moral; y también cuando el Papa y los obispos, en su Magisterio ordinario, concuerdan en proponer una doctrina como definitiva. Todo fiel debe adherirse a tales enseñanzas con el obsequio de la fe» (Compendio, 185).

Los laicos son aquellos fieles cuya misión es buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados. Puesto que participan del sacerdocio de Cristo, los laicos también se asocian a su misión santificadora, profética y real (cfr. Compendio, 189-191). Participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual, sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas sus obras. Participan en la misión profética cuando acogen en la fe la Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra. Participan en la misión regia porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida, e impregnan de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad.

De los fieles laicos y de la jerarquía provienen fieles que se consagran de modo especial a Dios por la profesión de los consejos evangélicos: castidad (en el celibato o virginidad), pobreza y obediencia. La vida consagrada es un estado de vida reconocido por la Iglesia, que participa en su misión mediante una plena entrega a Cristo y a los hermanos dando testimonio de la esperanza del Reino de los cielos (cfr. Compendio, 192 y ss.).

2.  Creo en el perdón de los pecados

Cristo tenía el poder de perdonar los pecados (cfr. Mc 2, 6-12). Lo dio a sus discípulos cuando les entregó el Espíritu Santo, les dio «el poder de las llaves» y les envió a bautizar y perdonar los pecados a todos: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). San Pedro concluye su primer discurso después de Pentecostés animando los judíos a la penitencia, «y que cada uno sea bautizado en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38).

La Iglesia conoce dos modos de perdonar los pecados. El Bautismo es el primero y principal sacramento por el que se nos perdonan los pecados. Para los pecados cometidos después del Bautismo, Cristo ha instituido el sacramento de la Penitencia, en el que el bautizado se reconcilia con Dios y con la Iglesia.

Cuando se perdonan los pecados, es Cristo y el Espíritu quienes actúan en y a través de la Iglesia. No hay ninguna falta que la Iglesia no pueda perdonar, porque Dios puede perdonar siempre y siempre lo ha querido hacer si el hombre se convierte y pide perdón (cfr. Catecismo, 982). La Iglesia es instrumento de santidad y santificación, actúa para que todos estemos más cerca de Cristo. El cristiano con su lucha por vivir santamente y con su palabra puede hacer que los demás estén más cerca de Cristo y se conviertan.

Miguel de Salis Amaral

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 976-987.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 200-201.

“San Josemaría es un comunicador de amor”

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Bélgica produce algunos de los mejores cómics del mundo, denominados‘Bande dessinée’ (BD: tiras dibujadas). Su estilo es realista y preciso. Cuando Paule Fostroy conoció la vida de san Josemaría Escrivá, decidió plasmarla en un guión. Actualmente, la historia se ha editado en 7 idiomas. Publicamos una entrevista a Mme. Fostroy.

La bande ‘dessinée’ explica así cómo san Josemaría ‘vió’ el Opus Dei un 2 de octubre.


¿De dónde nace la idea de hacer una BD (bande desinéé) sobre San Josemaría?

Paule Fostroy: Me influyó mucho la lectura de la biografía «Huellas en la nieve». Y sobre todo por una coincidencia –¿existen simples «coincidencias» para un cristiano?-: el 2 de octubre de 1989 tomé una decisión radical sobre mi orientación profesional. Me alegró saber que el día de la fiesta de los ángeles custodios coincide con la fecha de fundación del Opus Dei y que cobra, por tanto, una significación particular para algunas personas, en este caso concreto San Josemaría.

Leyendo la biografía, me «conquistaron» las notas personales de Josemaría, muy gráficas, muy visuales. De modo que la idea de hacer unabande desinée surgía de forma natural…

¿Usted es la guionista de la BD: qué le ha aportado este trabajo?

El descubrimiento de una personalidad completamente diferente de aquella que algunos medios de comunicación presentan habitualmente. Leer pasajes del diario íntimo del fundador del Opus Dei es una cosa apasionante, que ha supuesto para mí un encuentro personal con él.

¿Qué es lo que más le ha impresionado de la figura del fundador del Opus Dei?

Su manera radical de meter a Dios en todo y para todo, su amor por la Virgen María y su confianza total en una activa comunión de los santos. Es un comunicador de amor.

¿Piensa Usted que se trata verdaderamente de un santo de nuestra época?

Estoy totalmente persuadida de ello. Él infunde alegría, dinamismo, él te «pone en marcha». Es el santo de la actividad ordinaria, cualquiera que sea esa actividad. Me gusta mucho esa expresión, recogida en la BD: hablando de un miembro del Opus Dei que acababa de ser nombrado ministro, San Josemaría exclamaba: «¡Poco me importa si es ministro o barrendero, lo que me importa es que se santifique con su trabajo!».

¿Qué pueda aportar el género de la BD a la catequesis y a la evangelización?

En pocos dibujos y pocas frases, la bande desinée permite llegar a lectores de todas las edades y niveles culturales. Les facilita meterse en las situaciones, vivirlas y asumir el mensaje. Además, despierta el interés por saber más y, en toda su simplicidad, abre el diálogo.


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