MÉXICO. Trabajando con campesinos

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

A lo largo de kilómetros y kilómetros, viajando hacia el Sur de México City, en el Estado de Morelos, el sol castiga con fuerza tierras blanquecinas y polvorientas, cansadas de producir, durante siglos, alubias y maíz. Campesinos andrajosos con ropas de arrugado algodón pasan junto a nosotros, cargados con grandes haces de leña o balanceándose a lomos de un asno. El calor salvaje se desperdicia aquí; poca humedad puede extraer de la tierra. Pero a medida que nos acercamos a una antigua hacienda próxima a una pequeña ciudad, Chalcantzingo, los campos empiezan a verdear y el paisaje revive. La gran cúpula y las dos torres de una antigua iglesia dominan un pequeño conjunto de edificios con los muros enjabelgados y tejas y ladrillos rojos. Bajo un árbol corpulento, a la entrada de la hacienda, una mujer india y su hijito tratan de hacer caer un fruto con un palo muy largo. Estamos en Montefalco, un centro del Opus Dei cuyos miembros trabajan para promocionar a los campesinos de la zona.

Montefalco era una próspera plantación de azúcar que fue arrasada e incendiada por las tropas de Emiliano Zapata durante la revolución de 1910. Los miembros nativos del Opus Dei dicen, en broma, que Zapata fue el primer cooperador mexicano del Opus Dei, pues gracias a él los propietarios les cedieron las ruinas en 1949.

Al principio, la donación fue más bien un compromiso que un beneficio. Los edificios estaban derruidos y comidos por la jungla y los campesinos que vivían allí eran miserables. Sin embargo, tras años de duro trabajo de muchos voluntarios, Montefalco se ha convertido en un lugar hermoso, exhuberante, lleno de contrastes de colores y matices, viejo y nuevo. La Plaza Mayor, del tamaño de un campo de fútbol, está flanqueada por dos casas de retiros, la vieja iglesia, un albergue o posada y dos escuelas.

El segundo desafío de Montefalco, elevar el nivel de vida de los campesinos, era tan urgente como la reconstrucción de los edificios. Cuanto Montefalco era una plantación de azúcar, una serie de canales traían el agua desde las cumbres nevadas del volcán Popocatépelt. Pero una ciudad situada más arriba necesitaba agua, así que dejó de llegar al valle de Amilpas. ¿Por qué la gente de Amilpas no trató de evitarlo? “Lo intentamos -me explicó un campesino-. Nos quejamos, y entonces nos dijeron que nos darían agua, sí pero a balazos…” La ciudad era grande y tenía muchos hombres capaces de disparar, así que los campesinos de Montefalco se quedaron tan sólo con el agua que caía del cielo en la estación de las lluvias.

El valle de Amilpas se convirtió en una de las zonas de México con más cuatreros. Durante los ocho largos meses de la estación seca, los hombres pasaban el tiempo bebiendo y montando toros. Las riñas familiares eran frecuentes.

Pero las gentes del valle de Amilpas tenían también un lado bueno: la fe profunda que ayudaba a muchos a sobrevivir en medio de la pobreza. Uno de los sacerdotes de Montefalco, don José Adolfo Martínez, me contó un incidente ocurrido a raíz de su llegada, en 1960. Los aldeanos habían ido a pedirle que organizase una procesión para pedir que lloviera. Llevaban con ellos una enorme imagen de Cristo crucificado a la que llamaban “la cruz de la señora anciana”. Don José Adolfo aceptó de mala gana, pero advirtió a los aldeanos que si Dios había dispuesto que no lloviera, no llovería. “No, padre -replicaron los indios-. Si salimos en procesión, lloverá.”

El sacerdote me confesó que se había sentido un tanto confuso yendo en procesión por las calles resecas bajo un cielo sin nubes, delante de una banda de desharrapados, cubiertos con lienzos de plástico en previsión de la lluvia, y me contó que un escéptico que estaba sentado en la puerta de su casa se echó a reír al verlos y gritó: “¡Me beberé todo el agua que caiga!”.

“Ni que decir tiene que, en cuanto terminó la procesión, empezó a llover a cántaros. Fue algo que me estremeció,” En el camino de vuelta, al pasar ante la casa del escéptico los fieles empezaron a gritar: ” ¡Bébetela! ¡Bébetela!”.

Cuando llegaron a Montefalco los primeros miembros del Opus Dei, los campesinos se mostraron recelosos. Algunos, sin embargo, sintieron curiosidad al ver lo que estaban cultivando y unos pocos aceptaron la invitación a estudiar técnicas agrícolas. Así surgió El Peñón, con sólo cinco alumnos. Hoy es una escuela que pone un especial empeño en enseñar agricultura moderna. En ella se enseñan también cosas prácticas, como el uso adecuado de fertilizantes o el aprovechamiento de la lluvia, sin olvidar cosas tan elementales como el estampar la propia firma.

Antes, los campesinos sólo cultivaban maíz y judías (frijoles). Ahora cultivan tomates, cebollas, zanahorias, etcétera. En el Peñón les han enseñado a hacerlo, y también a criar cerdos y pollos. Incluso tienen una cooperativa para intercambiar sus productos.

Un campesino que vive cerca de Montefalco, Juan García, solía recoger una magra cosecha anual de frijoles y maíz. En 1969, después de que su hijo estudiara en El Peñón, inició una granja con 3.000 pollos al año. Ahora son 500.000. Juan, embutido en un mono nuevo y limpio, me enseña las instalaciones. “Gracias a esto -me dice- hemos podido comprar un tractor e instalar agua corriente y tener cuarto de baño.”

En cuatro años (1961-1965), cuarenta estudiantes pasaron por El Peñón. En 1965, se inició un ciclo de tres años, al final del cual se concede un diploma. En 1971 comenzó la escuela secundaria. Ese mismo año, el gobernador del Estado de Morelos visitó Montefalco y quedó tan gratamente impresionado que concedió ayuda oficial para iniciar un curso de cría de ganado. Actualmente, el Peñón es una de las escuelas punta de México, que combina la enseñanza práctica y viva con grandes programas educativos en la televisión.

En 1959 se inició también una escuela femenina con clases de economía doméstica, gracias a la cual las campesinas han aprendido corte y confección, cocina, plancha, higiene y dietética. Un grupo de antiguas alumnas ha establecido un taller de confección que suministra ropa al por menor a México City. Un campesino, Miguel Angel Senedo, casado y con tres hijos, terminó en 1974 sus estudios en El Peñón. Con su padre y un hermano, ha empezado a criar ganado -cerdos y pollos-, cultiva guisantes y tomates y ha sustituido su buey y su asno por un tractor. Charlamos a la sombra de un moderno barracón. Cerca de unas aventadoras colgadas de la pared y de un aparato de radio que transmite música pop, hay un cuadro del Sagrado Corazón. Miguel me dijo que ahora todo iba bien, pero que hacía unos años había tenido problemas con su familia. Su padre, que bebía muchísimo, había caído enfermo. La familia estaba dividida. No se hablaban. Pero las cosas empezaron a cambiar cuando Miguel empezó a poner en práctica lo que había aprendido en El Peñón sobre la cría de pollos y de cerdos y la mejora de los cultivos. Empezaron a trabajar juntos y su padre también empezó a beber menos, hasta dejar la bebida.

“En el Peñón aprendí también cosas espirituales -me dice Miguel-. Y trato de ponerlas en práctica. Cuando trabajo, le digo a Dios que lo hago por Él. Por ejemplo, cuando siembro. Ahora acabo de recibir un lote de pollitos para engordar y ofrezco a Dios el trabajo que me van a dar, y le pido que lo haga bien. A veces mi pensamiento se aleja de Él, me distraigo a lo largo del día, sobre todo cuando estoy muy absorbido o muy cansado. Otras veces tengo pereza, y me digo: “En adelante no pienso trabajar tanto. Me lo tomaré con calma”. Pero entonces surge un problema y uno reacciona y dice: “No me olvides”.

Hay días en que vuelvo a casa tan cansado que no tengo ganas de hablar con nadie. Pero al día siguiente le pido a Dios que me ayude y procuro empezar de nuevo. En Montefalco hablan de esforzarse para hacer la vida agradable a los demás, y eso es lo que trato de hacer.”

Marcos Torres, miembro del Opus Dei, es un campesino que cultiva sus tierras y cría pollos en Jonacatepec. Caía la tarde y tenía abierta la puerta de su casa. Mientras hablaba, los chiquillos jugaban fuera, en la calle, esquivando los tractores que volvían del campo. Me dijo que en el Opus Dei le han enseñado que hacer apostolado significa ser amigo de los amigos. Hay que empezar desde el principio, no con los que ya van a Misa los domingos, sino con los que cobran el sábado y se van a la cantina y se gastan el salario en tequila. “Algunos amigos míos hacían eso. Cuando se lo gastaban todo, perdían la vergüenza y pedían más a cualquiera. Incluso iban a una granja ajena, de noche, y lo cogían. Sabían que hacían mal, pero lo hacían a pesar de todo.”

Marcos me contó que había tenido un amigo con ese problema y también con un problema de mujeres. Era católico, pero no practicaba. Su padre le había aficionado a las peleas de gallos, a montar toros y a ir a la cantina. “Tenía dos hijos ilegítimos -me dijo Marcos-, pero seguía siendo un hombre bueno, responsable en su trabajo. Yo creo que gracias a eso empezó a enderezar su vida. Le gustaba hablar de sus problemas. Yo solía ir a los toros con él y luego a tomar unas copas, pero procuraba no pasarme. Sabía que yo llevaba una vida limpia y que no tenía ninguna amante. Al cabo de un rato solía decirme que no se explicaba cómo era capaz de beber sin emborracharme. Yo le contestaba que no era tan difícil, que lo intentase. Como quiere mucho a sus hijas y quiere que sean buenas, una vez le dije que, viviendo como vivía, no podría darles ejemplo de vida. No le sermoneé; se lo dije tranquilo, con calma y se lo repetí muchas veces. El caso es que ha dejado de beber y ha renunciado a las mujeres. Está más cerca de su mujer y algunas veces va a Misa.”

Margarita Barranco vive cerca de Montefalco, en Chalcantzingo. Su casa no tiene más que una sola pieza, dividida en dos por una cortina, un cuarto de aseo de bambú y un rincón para hacer tortillas. Se quedó viuda a los pocos años de casarse, cuando acribillaron a balazos a su marido, junto a una iglesia de piedra que hay enfrente de su casa, al confundirle con otro individuo. Margarita, sola, tuvo que enfrentarse a la tarea de sacar adelante a sus cuatro hijos -tres chicas y un chico-, todos menores de seis años. Para ello cría cerdos y pollos, confecciona ropa, vende tortillas y trabaja a tiempo parcial en Montefalco, donde, según dice, le enseñaron a cultivar legumbres, cuidar las vacas y educar a los hijos.’

“Procuré enseñar a los chicos las cosas importantes, como ir a Misa, viviéndolas yo misma. Y cómo organizarse, y cómo tratar a la gente. Les enseñé lo que me decían en Montefalco: a estar contentos aunque se tengan problemas, y a ayudar a vivir a los que no tienen dinero. Cuando me despierto, ofrezco el día a Dios, y a lo largo de la jornada le vuelvo a ofrecer lo que me cuesta, y lo que algunas personas creen que no tiene importancia, como colocar las cosas en su sitio.”

Tras la muerte de su marido, algunos parientes de éste reunieron una gran suma para contratar a un pistolero que matara a los asesinos, algo que es corriente en el valle de Amilpas. Cuando Margarita se enteró, fue a suplicarles que no se vengaran. Ellos le dijeron que ya habían entregado el dinero al pistolero. “Pues entonces -replicó ella- dadlo por perdido.”

Quien me lo contó, me dijo que Margarita es muy tímida, pero que en aquella ocasión se mantuvo firme.

Bernardo Heredia llevaba años yendo por Montefalco. En comparación con los demás campesinos de la zona era un granjero acomodado, pues tenía veinte peones, pero pensaba que no era lo suficientemente rico como para ser del Opus Dei, pues un amigo le había dicho que la Obra sólo era para gente muy rica y muy culta. “Pero mi mujer empezó a asistir a las charlas que daban los sacerdotes del Opus Dei, y yo también, y entonces comprendí que estaba equivocado, que era para gente corriente. Era un ambiente serio, organizado, que invitaba a reflexionar. Creo que Dios no se equivoca nunca y me convencí de que había escogido al Fundador, Monseñor Escrivá, para que abriese este camino de santificación de las vidas de la gente corriente. La gente es como la tierra, llena de piedras y de peñas, y es difícil plantar nada en ella. Pero cuando se la limpia y se la abona, se hace fértil. Para mí, el Opus Dei ha sido quien me ha limpiado de piedras.”

Bernardo me dijo que una de las cosas que ha aprendido en el Opus Dei ha sido a no ser “católico de días de fiesta. He aprendido lo que es la unidad de vida, .que no tienes que hacer cosas raras para ser santo, que tus obligaciones. religiosas no se limitan a ir a Misa los domingos”. Antes, aunque iba a Misa, despreciaba a sus peones. “El Opus Dei me ha ayudado a darme cuenta de lo equivocado que estaba y me ha enseñado a tratarles mejor, con espíritu de servicio. Ahora los comprendo. Son como de la familia. Nos sentimos a gusto juntos.”

Bernardo mencionó un incidente en el que uno de sus mejores toros -premiado- resultó muerto. La venta de su carne le hubiese reportado buenos beneficios, pero renunció a venderla tras considerar que sus peones necesitaban más aquella carne que él el dinero. Me lo contó sin vanidad ninguna. Dijo simplemente que estaba agradecido a Dios por ayudarle a ver claro lo que antes no era capaz de ver.

Los indios mexicanos han ocupado siempre un lugar especial en el corazón de la Iglesia. Muchos creen que ésa fue la razón de que la Virgen Santísima se apareciese al indio Juan Diego en Guadalupe, en el siglo XVI. Por entonces, los indios estaban recelosos y suspicaces con los traficantes que invadían sus tierras, por lo que los esfuerzos de los misioneros para convertirlos al cristianismo daban pocos resultados. Cuando la Virgen se apareció al pobre Juan Diego, dejó impresa su imagen en su tilma o delantal. La aparición se vio acompañada por una serie de símbolos que contenían un claro mensaje para los indios, de tal forma que en unos pocos meses se convirtieron millones de ellos. Entre las cuestiones inexplicables de la imagen de Guadalupe está la longevidad del tejido en que se halla impresa, que ha permanecido intacto a lo largo de los siglos, mucho más allá de su duración normal. La imagen, venerada por los católicos en el mundo entero, hace decir con orgullo a los indios: “Dios no ha hecho una cosa así por ningún otro pueblo”.

La Iglesia ha llevado a cabo una amplia labor social con los pobres de México a lo largo de los siglos. Durante años -especialmente mediante la labor de sacerdotes y religiosos- se ha esforzado en fomentar la causa de la justicia social entre ellos. Los miembros del Opus Dei consideran que lo que hacen forma parte de esa larga tradición de la Iglesia.

Una labor social de ese signo es la que están realizando en las montañas que hay al oeste de la ciudad de México, más allá de Toluca, en una hacienda llamada Toshi, donada a los miembros del. Opus Dei por una, antigua familia mexicana. Aunque no estaba en ruinas, como Montefalco, hubo que adaptarla a las nuevas necesidades. Entre los servicios que ofrece a los indios de los alrededores están las lecciones de cocina y de higiene para amas de casa y un club juvenil para chicas.

Cuando la visité era domingo y acudían mujeres indias de todas partes para comprar ropa y comida. La comida era gratis y la ropa muy barata; había además médicos y enfermeras para prestar servicio a quienes lo necesitasen. Algunas mujeres, endomingadas, iban sin embargo descalzas, llevando a un niño a sus espaldas.

María Garduño, Juana Flores y Margarita Pacheco habían caminado durante cuatro horas para proveerse de leche y queso para sus hijos. Julián Carmona, un anciano de rostro áspero y arrugado, casi ciego, era conducido, a lomos de un asno, por su nieta Alicia. Su mujer, Leonor, me dijo que acudían a Toshi regularmente para aprender a leer y rezar. Esta vez quería también comprar unos pantalones a su marido.

. Pascuala Martínez de Mejía tiene 69 años, diez hijos y es miembro del Opus Dei. Me dijo que al principio -1960- venía a Toshi por leche para su último hijo. Ahora, en su casa, aplasta maíz, hace tortillas, cuida de las vacas, los corderos y el asno. A mediodía lleva la comida al campo a su marido, que cultiva trigo y maíz. “El Opus Dei me ha enseñado a ofrecer a Dios todas esas cosas, a hacerlas bien y a rezar. Para mí, todo esto era nuevo al principio. Antes de venir aquí no sabía hacer más que la señal de la cruz.

También he aprendido a hacer apostolado. En estas colinas la gente toma demasiado pulpe, a veces cuatro botellas al día o más. Se emborrachan y pelean. Riñen con la mujer, con los hijos, con los amigos. Y no lo dejan. Yo trato de convencerles para que no beban tanto y cuando me encuentro con alguno que busca pelea, hablo con él y procuro calmarlo. A veces cambian, sobre todo los que rezan. Cambian, y nadie sabe por qué.”

En uno de los barrios más pobres de Ciudad de México hay una clínica oftalmológica para pobres fundada por un médico muy amable, el doctor José Pardo, en los años veinte. Las personas que allí acuden, sufren generalmente infecciones en los ojos causadas por la polución atmosférica de la ciudad. Actualmente se atiende a unos 400 pacientes diarios, lo cual ha hecho de ella la mayor en su género de toda Iberoamérica. La clínica, en la que trabajan bastantes miembros del Opus Dei, ha llegado a un acuerdo con la Universidad Panamericana (fundada en Mexico, D. F., por miembros y amigos del Opus Dei), para así poder ampliarla y ofrecer otros servicios.

El director, el doctor Carlos Vidal, miembro del Opus Dei, me explicó que “la razón por la que trabajamos junto con la universidad es que tenemos la misma meta: ofrecer a la gente más necesitada atención médica de calidad. El acuerdo permitirá ampliar nuestros servicios. Hasta ahora sólo teníamos fondos para mantenernos”.

El doctor Vidal me dijo también que la idea de convertirla en clínica universitaria la tuvo el Prelado del Opus Dei, Monseñor Alvaro del Portillo, que acudió a la clínica para recibir tratamiento durante una, visita a México. Monseñor Del Portillo animó a toda la plantilla a establecer lazos de unión entre la clínica y la universidad. Y recordó que el Opus Dei ha contado desde sus comienzos, con las oraciones de los enfermos.

Y el doctor Vidal añadió: “Así construiremos la nueva clínica, con las oraciones de esta gente. Por eso no nos preocupa el dinero; sabemos que vendrá”.

Coral Palmer estuvo trabajando en la clínica como contable hasta que, a finales de los años setenta, se hizo asistenta social. Aconseja a los pacientes, sobre todo a los que son ciegos. Cuando están a punto de perder la vista, los enseña a seguir trabajando, y a sus parientes les explica cómo pueden ayudarlos. Coral se entiende muy bien con los ciegos, porque ella misma perdió la vista hace ya varios años.

“Les digo a los pacientes que no se rindan, que sigan luchando por vivir, por encontrar trabajo o por aprender a hacer algo, pues así se sentirán útiles y no serán una carga para su familia. Les digo también que procuren estar alegres, tener vida interior y ofrecérselo todo a Dios.”

Un paciente de 28 años, de nombre Ricardo, cayó en una profunda depresión tras quedarse ciego. Su padre lo llevó a la clínica después de que intentara suicidarse varias veces. Coral me dijo que ella le había aconsejado que fuese a la iglesia de la Santa Vera Cruz y hablase con un. sacerdote. “Al principio se negó. Dijo que Dios no existía y que era una injusticia que él estuviera ciego. Pero yo le dije que Dios no es injusto, que es misericordioso y que su ceguera no era un castigo, que si estaba ciego era porque Dios quería que eso le sirviese para salvarse, no sólo él, sino también su familia. Ahora pertenece a la asociación de invidentes y está aprendiendo braille y toca la guitarra. Va con frecuencia a la Santa Vera Cruz y está mucho más contento.”

Coral dice que si Dios le diese la oportunidad de recobrar la vista, le diría que prefería continuar así. “La ceguera me ha proporcionado una nueva dimensión, ha dado un nuevo significado a mi vida. Así puedo ayudar a más gente. Hay muchas personas cuyas vidas son más duras que la mía. Hay una mujer que viene por aquí, tan pobre que apenas tiene que llevarse a la boca, ni dinero para pagar la visita. Se llama Clarita y tiene un glaucoma muy doloroso. Sufre mucho. Sólo ve un poco con un ojo, pero a pesar de todo dice que siente que Dios le favorece tanto que tiene que ir a Misa todos los días para darle gracias. Me dicen que va vestida con una falda muy gastada, y que siempre sonríe. Cada vez que viene a ver al médico me trae un regalo, caramelos o una rosa. Es feliz porque está muy cerca de Dios.”

Aunque en este capítulo sólo se habla de la labor que desarrolla el Opus Dei con gente humilde su actividad en México es mucho más amplia. Como en todos los países que he visitado, se relaciona con personas de toda clase y condición, pero al igual que sucede con la Iglesia en su conjunto, ejerce una opción preferencial por los pobres.

La sonrisa de África. Un homenaje a Ryszard Kapuscinski

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Ismael Martínez y la Fundación Schola muestran otra mirada sobre África en un homenaje al reportero polaco

Opus Dei -

Y es cierto, la sonrisa debe ser profundamente humana. Porque África es también un continente más allá de los estereotipos del drama. Por eso, en esta exposición itinerante  se muestra la vitalidad de Benin y Togo, dos pequeños países del oeste africano.

Ismael Martínez (Jaén, 1973) -fotoperiodista por la Universidad de Navarra- muestra otra mirada sobre África en un homenaje al reportero polaco en esta serie sobre la que la fotógrafa y galerista Rene Maisner, hija de Ryszard Kapuscinski, ha dicho: “Refleja el movimiento y la emoción del mundo ordinario. Es lo cotidiano en diferentes ángulos y distancias: a veces sólo el rostro, a veces sólo siluetas y actividades. Son escenas corrientes con un lenguaje vital, emocional y poético. El día a día de cualquier calle africana. Es el África también real de la sonrisa y la esperanza. Por eso, estas fotos de Ismael Martínez son humanas; y al ser humanas expone -de alguna forma- aquel deseo de mi padre de hacernos ver la humanidad del otro y, al verlas, de hacernos más humanos a nosotros mismos. Estas imágenes muestran una relación de entendimiento recíproco, de empatía, que descubre en la mirada de lo cotidiano el alma de la humanidad”.

Harambee (“todos juntos” en swahili), es el grito de los pescadores cuando acercan sus redes a la orilla. Pero es algo más que un grito. Es un proyecto internacional solidario que promueve iniciativas de educación en África y sobre África. Harambee nació a raíz de la canonización de San Josemaría Escrivá en el año 2002 y desde entonces ha realizado 30 proyectos en el corazón africano. Proyectos sin distinción de raza, clase o religión. Proyectos que buscan crear futuro. Un futuro que, como el espíritu de los libros de Ryszard Kapuscinski, persigue Harambee en la sonrisa y en la esperanza del otro.

Una “leyenda negra”

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

El Opus Dei: un nombre adecuado, con un punto de suspense. Un escritor experimentado en novelas de intriga difícilmente hubiera ideado un nombre mejor. En Italia es conocido que Mussolini, al poner en marcha su policía secreta, indicó que lo primero de todo era escoger el nombre. Quería uno que provocase inquietud y temor con sólo pronunciarlo.

Escogió OVRA pues, según los expertos, conseguía ese objetivo. Y parece que, sólo una vez elegida la palabra por razones fonéticas, se buscó atribuir las cuatro letras a iniciales de palabras que, puestas seguidas, tuvieran un significado coherente. Todavía hoy discuten los historiadores: «el significado de esas siglas no se ha demostrado aún, y cualquier interpretación es sólo una hipótesis», dicen las enciclopedias. Quizá sea «Opera volontaria repressione antifascismo», o bien «Opera volontaria repressione antifascista». Pero, ¿qué le importaba al Duce, que lo único que buscaba era un nombre con una resonancia siniestra, que se susurrase temerosamente sólo a oídos de plena confianza?

Pues bien, se da la curiosa casualidad de que -como sabemos- en España y en los países hispanohablantes, para designar al Opus Dei se dice con frecuencia «la Obra»: es la
Obra por excelencia. Y quien conoce esta lengua, sabe que la «b», en esa posición, suena muy parecido a la «v» italiana. Es decir: la «Ovra». No se puede negar: una homofonía inquietante, que quizá haya contribuido a forjar la «leyenda negra»…

Pero dejemos a un lado al sonido, para hablar del significado: Opus Dei, es decir, Obra de Dios. ¿No hay en este nombre una sombra de orgullo diabólico? Alguien lo ha pensado así e incluso lo ha manifestado con afán de polémica, incluso dentro de la Iglesia. «Estos españoles son unos megalómanos. Un vasco de Loyola, Ignacio, en el siglo XVI funda una orden religiosa y le llama “Societas lesu” (Compañía de Jesús). Como si sólo ellos estuvieran al servicio de Cristo y sólo ellos lo tuvieran como capitán. Un aragonés de Barbastro, Escrivá de Balaguer, en el siglo XX, va incluso más allá: llama a su fundación “la Obra de Dios”; es decir, la Obra divina por antonomasia. Peor incluso que los famosos “Dios está de nuestra parte”, de triste memoria (1). Se pretende identificar lo que un hombre -por muy santo que fueseha creado con la creación de Dios mismo. Nadie se había atrevido a tanto en su soberbia…».

Naturalmente, ante esta acusación (que acompaña al Opus Dei desde 1930, el año en que fue llamado así por vez primera, parece ser que después de una casual mención del confesor al joven Escrivá) los seguidores replican: llamarla «Obra de Dios» no es una muestra de soberbia sino al contrario, de humildad. Y traen a colación el origen y el sustrato teológico del Opus Dei. Es un argumento importante y volveremos a él, pero más adelante: cada cosa a su tiempo.

Continuemos con los nombres y descubriremos que también son sorprendentes la designación de los miembros: los «numerarios», los «supernumerarios», los «agregados»… Apelativos insólitos, elegidos por el propio fundador para separarse tajantemente, también en esto, de la tradición eclesiástica de los religiosos. Fue una preocupación constante de Escrivá (y éste será uno de los puntos principales que habrá que aclarar en este informe) la exigencia de preservar a cualquier precio la «laicidad» de los suyos; en la sustancia por supuesto, pero también en las apariencias. También en los nombres, por tanto, de los miembros y de los Centros.

Por ejemplo: para quien desconfía, o teme, o combate esta realidad eclesial (también desde ciertos ambientes católicos, como ustedes saben), el lugar privilegiado de la pesadilla está donde el cerebro y el corazón del monstruo piensan y palpitan. Y esto sucede en el barrio preferido de la burguesía romana de antes de la última guerra, en las verdes laderas de los llamados «Monti Parioli».

En el número 75 de viale Bruno Buozzi -en el Parioli, como decía-, tras una sólida pero bastante anónima fachada de los años cincuenta-sesenta, se encuentra el complejo edificio construido durante los treinta años de residencia romana del beato Escrivá, y donde ahora reside su sucesor, el «Prelado». Es decir, el actual jefe de lo que, en terminología oficial, es la «Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei».

Pues bien, esta sede del cuartel general desde el que el obispo-prelado maneja los hilos mundiales de la organización (y donde yo mismo, que es lo que nos ocupa, he tenido la no frecuente oportunidad de mantener con él un largo coloquio), no ha sido llamada con un nombre religioso ni ha sido puesta bajo la protección de un santo o de una advocación mariana, como sucede en todas las Ordenes, Congregaciones e institutos católicos. Nada de esto: la casa madre fue bautizada, de modo laical, «Villa Tevere».

Detrás de estos edificios se encuentra la sede de la dirección, también mundial, de la sección de mujeres, que -ajena a todo «devocionalismo»- se conoce con la burocrática denominación de «Villa Sacchetti», tomada del nombre de la calle a la que se orientan los edificios.

¿La residencia universitaria para chicas, situada en un elegante chalé estilo liberty al otro lado del Tíber? Sin un gran esfuerzo de imaginación, «Villa delle Palme», por los dos inhiestos árboles que crecen en el jardín.

¿El edificio del EUR, donde me hospedé durante mis investigaciones por Roma y alrededores? Un anónimo «Residenza Universitaria Internazionale». ¿Y -por señalar alguna- la residencia de Palermo? «Residenza Universitaria» también ésta, pero «Mediterránea». Y así en todos lados, en cualquier parte del mundo. He consultado guías y publicaciones internas: no he encontrado ni una sola casa, Centro, «Obra corporativa» del Opus Dei que, en el nombre, exprese una realidad «religiosa».

El gran Centro de formación profesional para jóvenes trabajadores del barrio romano del Tiburtino, del que hablaré más adelante, y del cual el Opus Dei garantiza oficialmente la orientación doctrinal y espiritual, se llama ELIS, siglas de «Educazione, Lavoro, Istruzione, Sport». La «religión», como se ve, ni se nombra: se esconde detrás de esas otras actividades.

En los años veinte, en Italia, el grupo animado por el Padre franciscano Agostino Gemelli erigió una universidad que no sólo se llamó «Católica», sino que a ese adjetivo añadió «del Sagrado Corazón». El ateneo del Opus Dei en Pamplona (también de éste hablaremos con amplitud) nació en cambio con el simple nombre de «Universidad de Navarra», y así se ha quedado y quedará, sin referencias religiosas en su nombre. Y esto a pesar de que el contenido está muy claro, sin posibilidad de equívocos, a tenor del segundo punto del Ideario de la Universidad, que dice: «Es una obra corporativa del Opus Dei; y el espíritu del Opus Dei impregna y anima su vida y actividad, fomentando en quienes la componen, en pleno respeto de la libertad de las conciencias, el amor a la Iglesia y al Papa, y a su Magisterio; y una unidad de vida coherentemente cristiana, así como una exigente práctica de las virtudes humanas». En resumen: un guante de «laico» terciopelo que cubre una mano de catolicísimo acero.

Entre otras cosas, esta decisión de evitar nombres «religiosos», de escogerlos siempre «neutros», o al menos no inmediatamente clasificables, es uno de los muchos motivos que pueden explicar las sospechas de mimetismo, cuando no de secretismo «masónico» o incluso de clandestinidad delictiva (ni han faltado ni faltan acusaciones de este tipo) que acompañan desde siempre al Opus Dei.

El Opus se ha esforzado por ser «laico» también al nombrar a sus miembros: numerarios, supernumerarios, agregados.

El siglo pasado, don Bosco -un santo que, por fortaleza, inteligencia, determinación inflexible en la búsqueda de su objetivo e influencia en la vida de la Iglesia, tiene tantas cosas en común con el beato Escrivá- también inventó para los suyos unos nombres distintos de los tradicionales. De hecho, el jefe de los salesianos no se llama, como en las otras familias religiosas, «superior general», sino «rector mayor». Para el gobierno local, en lugar de las habituales «provincias» se inventaron las «inspectorías». A pesar de ser religiosos según el derecho canónico, los sacerdotes salesianos evitaron el apelativo de «padre», haciéndose llamar «don», como los sacerdotes seculares. Pero esos nombres no eran más que una escamotage de esa fina cabeza de don Bosco (aconsejado en secreto -hay que decirlo todo- por los mismos políticos liberales y masones que se presentaban oficialmente como «perseguidores») para evitar las supresiones, las confiscaciones, las vejaciones de los gobiernos del siglo pasado frente a las «instituciones clericales». Es decir, detrás de la fachada «laica» de la Sociedad salesiana (como de otras comunidades de hombres y de mujeres nacidas en ese siglo XIX que no tiene parangón por el número de fundaciones católicas que nacieron en aquel tiempo: la persecución siempre ha hecho bien a la Iglesia y a los cristianos…), no dejaba de estar la tradicional realidad religiosa: velada verbalmente sólo por necesidad.

No sucede lo mismo en el Opus Dei, cuyo fundador repitió siempre: «Amamos y estimamos a los religiosos (para entendernos: los frailes, los monjes, las monjas, los miembros de las congregaciones y de los institutos que han pronunciado los tres votos tradicionales de «pobreza, castidad y obediencia» y habitualmente viven en común, sometidos a una regla, N. del A.), pero nosotros no lo somos y ninguna autoridad en el mundo -ni siquiera la de la Iglesia- podrá obligarnos a serlo».

Es una explicación decisiva pero, a primera vista, bastante desconcertante. ¿Cómo es posible?, podrían preguntarme ustedes y tantas otras personas poco familiarizadas con estas realidades. ¿Dicen que quieren vivir seriamente las exigencias de la religión y rechazan ser llamados «religiosos»? ¿Es posible que sean «laicos»? Pues sí: precisamente laicos, replico yo, para vuestra mayor confusión. Déjenme espacio y tiempo e intentaré explicárselo.

De momento, nos seguiremos fijando en las apariencias lingüísticas, en al sonido de las palabras, más que en significados teológicos y en distinciones canónicas, «Numerario, numeraria, supernumerario, supernumeraria, agregado, agregada», en lugar de «hermano», «hermana», «profesos», «legos» y términos por el estilo: palabras tomadas del mundo académico y de la terminología de los funcionarios estatales españoles.

Como escribe una publicación interna y «autorizada»:

«Para designar a los miembros en las diferentes situaciones de la Obra, se utiliza una terminología corriente en otras instituciones (profesores, académicos, funcionarios, etc.)».

En efecto, un «numerario» en las universidades españolas y en las hispanoamericanas corresponde a lo que en Italia se llama «Profesor ordinario»; también es, en esos mismos países, un grado funcionarial en la administración pública.

Sin embargo, se da el hecho, curiosamente imprevisto, que la palabra remite, al escucharla, al «numerario» entendido no como adjetivo, sino como sustantivo, que significa, como dicen los diccionarios, «el conjunto de moneda en papel y en metálico». Es decir, una referencia involuntaria al dinero; una rima particularmente «peligrosa», ya que la sospecha de grandes riquezas y de oscuras maniobras financieras del Opus Dei está presente en la mente de muchos. La etimología de «numerario» hace referencia también al inquietante anonimato de clubes reservadísimos, de sociedades secretas cuyos miembros no aparecen con su nombre sino con un número, un código, un lenguaje cifrado.

En definitiva, comprenderán que decir «un fraile franciscano», un «padre jesuita», un «inscrito en Acción Católica» o un «hermano de San Vicente» es una cosa, y otra muy distinta decir «un numerario de la Obra». Los nombres son importantes; especialmente hoy, cuando las apariencias, el look (también el lingüístico) importan más que la realidad, que el ser. Ciertamente, ni el nombre -Opus Dei- ni esos términos utilizados para distinguir a los miembros han creado un clima de sospecha, pero sí pueden haberlo confirmado y alimentado.

En cualquier caso, el hecho es que en una imaginaria galería contemporánea, la criatura de Escrivá tiene un puesto fijo -y de categoría- en la sección «fuerzas oscuras», «mandos ocultos», «poderes invisibles», «grandes hermanos», «superiores desconocidos».

La obsesión del complot, la pesadilla de la conjura, están entre las constantes de la historia de siempre, pero han asumido una importancia creciente, con aspectos incluso delirantes, en estos tiempos nuestros que, sin embargo, desearían ser «racionales». No es casual que, entre las nuevas especializaciones del periodismo, haya nacido la del dietrólogo: uno que, cuando sucede algo (siempre que sea negativo, claro está), sale en busca de «quién está detrás», lanzándose a hipótesis sin ningún tipo de fundamento. Tanto es así, que uno de los dogmas indiscutidos e indiscutibles de ahora reza así: «detrás» siempre hay alguien.

Las antiguas creencias en el diablo cumplían un papel de higiene social en modo alguno irrelevante: era una especie de saludable válvula de escape que probablemente evitaba muchos más problemas de los que creaba. Todo lo negativo a lo largo de la gran historia de la humanidad, y también de la pequeña historia de cada hombre, se atribuía a la influencia maléfica. Se combatía sobre todo con oraciones, exorcismos, ejercicios ascéticos. Y también con la vigilancia y, si era necesario, con el enjuiciamiento y el aislamiento de los que mantenían tratos con el Enemigo, con el «Padre de la mentira» y «Sembrador de cizaña». Este último procedimiento era verdaderamente excepcional y, desde luego, mucho menos cruento de lo que proclama la manipulación de la historia, que tira por elevación: los pocos meses del Terror jacobino de 1793 ó un sólo año de purgas estalinistas causaron infinitamente más víctimas que todos los numerosos siglos «inquisitoriales».

Desaparecida la creencia en el diablo, el problema fue: ¿a quién atribuir la responsabilidad de un mundo que se obstina en no andar por el buen camino, a pesar de los consejos de moralistas laicos, los planes de paraísos terrenales diseñados con escuadra y cartabón por intelectuales, las utopías de visionarios, las ideologías que se autoproclaman redentoras, las reformas (y después las reformas de las reformas) y las revoluciones? ¡Tiene que haber un culpable del desorden y del mal en el mundo!

De aquí nace la obsesión por el complot, por la quinta columna, por el Gran Hermano que manejaría a escondidas los hilos de la historia. Con este razonamiento, los burgueses de la revolución francesa cortaron la cabeza a los aristócratas; los leninistas fusilaron a los burgueses; los nazis la emprendieron con los judíos; los fascistas contra los masones; los liberales atribuyeron todo lo nefasto a los comunistas… En estos dos últimos siglos de separación de la tradición y de la fe cristianas, el puesto del diablo, de sus hechiceros, de sus brujas, se ha atribuido siempre a alguien. Con peligrosas (e incluso sanguinarias) consecuencias en cada caso.

En la fase actual de «cultura dietrológica», ese «alguien» está representado (aunque no de manera exclusiva, como es lógico) por el Opus Dei y sus numerarios y supernumerarios, ocultos y persuasivamente astutos. Algo razonable, concorde con cualquier estrategia diabólica que se precie.

Sin salir del ámbito italiano (aunque la demonización de la Obra es un hecho internacional, común en todo el Occidente, tanto en Europa como en América), les recuerdo alguno de los muchísimos ejemplos que podría citar, escogidos de entre los más recientes. Los habrán visto también ustedes en los periódicos.

Otoño de 1992, congreso de la Internacional Socialista en La Haya. Perseguido por los jueces milaneses a causa de la corrupción de su partido, presintiendo que pronto será obligado a dimitir de su cargo de secretario general del PSI, el onorevole Bettino Craxi se desahoga con los periodistas. Se proclama «víctima de oscuras maniobras» y declara textualmente: «hablan de masonería. Y entonces, ¿qué es el Opus Dei? Basta echar un vistazo y te susurran: ese es del Opus Dei. Esos son los verdaderos secretos (…). Pero yo reacciono…».

Primavera de 1993. Los jueces tienen esta vez en el punto de mira al Gran Oriente de Italia, pues sospechan que encierra corrupción, distintas ilegalidades y maquinaciones. Acribillado por mandatos de búsqueda y captura, el Gran Maestro denuncia -¡también él!- las archisabidas «oscuras maniobras»: «es un complot del Opus Dei, que es la verdadera, omnipresente, potentísima sociedad secreta. Nos atacan a nosotros para distraer la atención de los opusdeístas».

Verano del mismo 1993: misteriosas explosiones nocturnas de coches-bomba en Milán y en Roma matan a varias personas y destrozan monumentos famosos. Una de las revistas de información que se consideran más prestigiosas revela a los lectores -en un reportaje que define como «investigación exclusiva»- que una de las pistas más seguras conduce al Opus Dei (definido textualmente por esa publicación como «un poderoso brazo financiero y de negocios de la Santa Sede»). El Opus Dei habría encargado atentados contra San Juan de Letrán, catedral del Papa, y contra otros venerados edificios religiosos, para lanzar una advertencia al Vaticano, culpable de alejarse de la Democracia Cristiana más corrupta… Según otra «corriente de pensamiento», la Obra no fue quien puso las bombas, sino su objetivo; y esto por «razones» inteligibles sólo para los dietrólogos que las han escrito.

Si se sigue la prensa, se puede encontrar de todo. Por ejemplo, entre otros muchos recortes de prensa que tengo sobre mi mesa, hay uno de Gran Bretaña.

En enero de 1993, «The Economist» -que comenzó sus pasos en 1843 y es considerado uno de los más serios e informados periódicos del mundo- publicaba una «guía» a los «good networks», que podríamos traducir como «ambientes escogidos»: distintas masonerías, órdenes de caballería exclusivas, sociedades más o menos secretas.

Lógicamente, aparecía el Opus Dei, que en la mencionada clasificación obtenía la calificación más alta -un «cinco»- por la «fuerza de sus convicciones». Algo menos -un «cuatro»- por su organización. Y después un «tres» en secretismo. Resulta significativo -y, en el fondo, gratificante para el Opus Dei, si esa presunta investigación fuese rigurosa- el «uno», es decir, la nota más baja, en exclusivismo. De este modo, una fuente inesperada confirma lo que el Opus Dei repite siempre: que cualquier hombre o mujer -con tal de que sea llamado por Dios- puede entrar a formar parte del Opus Dei de pleno derecho, cualquiera que sea su status social.

En cuanto a la fiabilidad de la fuente, no se debe pasar por alto lo que el mismo «The Economist» afirma, con la apariencia de una información seria: «Los extraños pueden descubrir a los miembros secretos del Opus Dei observando algunas pequeñas señales significativas». ¿Como cuáles? Los periodistas londinenses son tan profesionales e informados que pueden desvelarnos uno, quizá el más reservado de

todos: «a whíff ofAtkinson’s cologne, the favourite ofEscrivd, is a good giveaway» (el olor, la fragancia de colonia Atkinson, la favorita de Escrivá, es un signo revelador…).

Puede parecer que bromeo, pero les aseguro que no es así (de lo contrario, ¿qué clase de periodista-detective sería?). Para recordar -más aún, para conocerla ex novoqué olor particular tiene la colonia Atkinson, compré un frasco en la perfumería y la «esnifé» abundantemente. Desde entonces, durante esta investigación me he acercado a decenas y decenas de hombres y de mujeres de la «sociedad secreta», pero nunca -de verdad, nunca, les doy mi palabra…- he tenido al alcance de mi nariz ese giveaway, ese signo revelador…

No me alargaré, ya que la situación es conocida y muy clara: con mucha frecuencia el fax de la oficina de información de la Prelatura remite precisiones y desmentidos a diarios que atribuyen al Opus Dei prácticamente de todo: desde atentados y masacres, a la propiedad de bancos (se ha convertido ya en un movimiento instintivo ver a los «gnomos del Opus Dei» en la trastienda de todas las operaciones financieras de categoría, en especial si son fraudulentas); desde la muerte imprevista del Papa Luciani (hay muchos libros sobre eso), a los golpes militares en Sudamérica. Por no hablar, como es evidente, cuando han pasado ya casi veinte años de la muerte de Francisco Franco Bahamonde, de las reiteradas acusaciones de colaboración con el régimen del Caudillo por ansia de poder y de dinero.

Como muy bien se recuerda en Italia, algunos partidos de izquierda del parlamento italiano -excitados por una insistente campaña de prensa guiada por el semanario «LEspresso»- pidieron al gobierno en febrero de 1986 que aplicase al Opus Dei la ley dictada en 1982 contra las sociedades secretas. Esa ley se había aprobado con grandes prisas para intentar superar el escándalo de la «Propaganda 2», la P2: una logia totalmente legal y reconocida (y no una corriente desviada, como intentaron hacernos creer) de la «familia» hegemónica -la llamada del «Palacio Giustiniani»- de la masonería italiana.

Para responder a los que interpelaron al gobierno, Oscar Luigi Scalfaro, ministro del Interior en aquel momento, investigó durante casi un año. Incluso el Vaticano fue requerido para que presentara aclaraciones y documentos. Finalmente, el 24 de noviembre de aquel 1986, el futuro presidente de la República italiana se presentó a la cámara con un voluminoso dossier, que era una especie de tratado sobre el asunto. Tanto es así que, para que fuese más fácil seguir su intervención, llena de citas y de referencias, había solicitado algo sin precedentes: que el texto se imprimiese y se distribuyese a los parlamentarios, para que pudieran contar con su propio ejemplar. En resumen, casi un competidor de este informe mío: una verdadera «investigación sobre el Opus Dei».

Pero en Italia, salvo algún experto en el asunto, casi todo el mundo fue víctima del extraño modo’en que la prensa entendió esa información. Quienes durante meses habían dedicado páginas y páginas a la campaña contra el Opus Dei, presentado como refugio de secretos político-financieros, liquidaron en pocas líneas el texto al que el pobre Scalfaro y sus colaboradores habían dedicado tanto tiempo y esfuerzos.

Con títulos a una columna, se limitaron a informar de que el gobierno había defraudado las expectativas de transparencia, justicia y limpieza del «polo progresista», e insinuaron no pocas veces que el asunto no podía haber acabado de otro modo, teniendo un «beato» como Scalfaro en el ministerio del interior. También se difundieron rumores sobre una presunta injerencia de un Estado extranjero -la Ciudad del Vaticano- en los asuntos internos italianos, para despistar, acallar, impedir intervenciones de los jueces y de las autoridades administrativas contra su «poderoso lobby financiero». (No es superfluo recordar, sin embargo, que el presidente del Consejo de ministros -garante y responsable último, según señala la Constitución, de la respuesta del Gobierno- era entonces Bettino Craxi, precisamente ese que se lamentaba de la «omnipresencia» del Opus Dei, y no precisamente conocido por sus inclinaciones clericales. Al menos él no es sospechoso, ¿no?).

Por eso, es interesante -y casi inédito, dadas las reticencias del media-system- que recoja aquí las conclusiones de la larga y docta disertación del ministro del Interior de la República italiana. Aquel día, Scalfaro concluyó sus abundantes folios con las siguientes palabras: «Llegados a este punto, sólo queda señalar las conclusiones: el Opus Dei no es secreto ni de derecho ni de hecho; el deber de obediencia (al que están obligados sus miembros) se refiere únicamente a materias espirituales; no hay otros derechos y deberes más que los previstos en el Codex iuris particularis del Opus Dei, que también son de naturaleza exclusivamente espiritual; ningún derecho ni deber del viejo régimen canónico de la Institución, si no está previsto en el nuevo, permanece vigente tras la institución de la Prelatura. Por consiguiente, ni el Gobierno, ni el Ministro del Interior en particular, pueden legítimamente asumir iniciativas relativas al Opus Dei o disponer investigaciones o controles sobre él. De hecho (sobre la base de los preceptos de la Constitución y de los derechos fundamentales de libertad que ésta garantiza; sobre la base del Concordato -solemnemente reafirmado con el acuerdo de Villa Madama de 1984- al pleno respeto del principio de soberanía e independencia de la Iglesia católica; sobre la base de los estatutos que regulan la Prelatura; sobre la base, por último, de las declaraciones de la Santa Sede que, como he dicho, representan su postura oficial y son de obligado cumplimiento también para la Prelatura), la investigación y el control del gobierno, al no poder justificarse en algún elemento de hecho que constituya el más mínimo indicio, se convertirían en una inadmisible intromisión en el derecho de libertad del ciudadano y en una inadmisible injerencia del Estado en el funcionamiento interno de la Iglesia. La paz religiosa, propuesta como valor supremo cuando la Asamblea constituyente discutió y votó el artículo 7.0 de la Carta constitucional, se realiza respetando las palabras y el espíritu de aquella norma en un contexto esencial de verdad, único fundamento de justicia y de paz».

Deben de haber sido motivos profundos los que han llevado al olvido a estas solemnes palabras de un ministro en el parlamento (que no mucho tiempo después le mostraría su estima eligiéndolo jefe del Estado, con mayoría de dos tercios). Lo mismo ocurre con los desmentidos, las precisiones, las protestas de los cireneos de la oficina de prensa de la Prelatura, obligados todos los días a recomenzar los trabajos de Sísifo, poniendo en marcha su fax. No hay nada que hacer: la sombra de la Obra como «grupo oculto» permanece entre los condimentos indispensables para aderezar las hipótesis sobre cualquier asunto tenebroso (bastaría recordar la hipótesis difundida por muchas publicaciones de todo el mundo, según la cual el asesinato del banquero Roberto Calvi bajo el puente de Blackfriars en Londres fue ordenado por algún numerario, o desde la «guarida» de viale Bruno Buozzi).

En realidad, la estrategia del Opus Dei (estrategia marcada por su fundador desde los primeros tiempos: las agresiones comenzaron cuando la Institución no era más que un pequeño grupo de jóvenes alrededor de un joven sacerdote, en la España prerrevolucionaria de los años treinta) consiste en no responder a los ataques con contraataques. Como observa un estudio reciente: «no hay un solo libro -de la Obra en cuanto tal o de uno cualquiera de sus millares de miembros- que se haya escrito contra alguien o contra algo».

En definitiva, sus miembros no reaccionan ante los ataques con las mismas armas de la polémica, sino que intentan disipar los equívocos aclarando «qué es», cómo funciona y qué pretende el Opus Dei.

Y si después los «otros» no entienden (y he comprobado que en la Obra no convierten eso en un drama), el beato sugirió un programa para reaccionar ante los ataques, sintetizado en tres verbos: «rezar, sonreír, perdonar».

Solía recordar las palabras del evangelio: «no es el siervo mayor que su amo. Y si a éste le han llamado Belcebú, si sobre él han echado todo tipo de calumnias, ¿podrá suceder otra cosa con sus seguidores?». Al final de la única -me parece- rueda de prensa de su vida, en Pamplona, monseñor Escrivá se despidió así de los periodistas: «No quiero saber qué escribiréis. Si es la verdad, Dios os lo pagará. Si no es así, rezaré por vosotros. Por tanto, en cualquier caso saldréis ganando…». No da la impresión de que ha salido perdiendo el Opus Dei, que -en su desarrollo constante, en todos los ambientes y en todos los países- no parece que se haya resentido por los ataques. Es más, como sucede normalmente, podría haberse reforzado su espíritu de cuerpo; pero es algo que no se pretende, porque el Opus Dei quiere estar abierto al apostolado, con sus miembros presentes en la sociedad como ciudadanos «normales», no como miembros de una capillita que se complazca en considerarse «perseguida».

No se debe pensar, sin embargo, que los ataques, sospechas y rumores vengan sólo de «fuera», de «ambientes laicistas» que chocarían contra las tropas de un mundo católico desplegado para defender al pobre Opus Dei, mártir de la malicia de los ateos. Todo lo contrario; las suspicacias y los ataques a la Obra, cuando ésta estaba aún en pañales, vinieron principalmente de ambientes eclesiales (sobre todo de religiosos españoles, quizá más por el desconcierto y el miedo a la novedad que por mala fe), y está probado que la «leyenda negra» nació en el milieu clerical, y de allí pasó a otros ambientes. Pero todos los argumentos utilizados después han sido preparados antes por católicos. Este clima continúa aún en ciertos círculos.

Por señalar un ejemplo de estos reproches «internos», escojo uno de los «instrumentos de trabajo» más recientes -es de 1992- y en cierto modo más oficiosos (y por consiguiente más moderados y objetivos: la edición y la adaptación italiana a la tercera edición alemana ha sido dirigida por uno de los más importantes editores católicos) utilizados en la Iglesia de hoy. Se trata del Dizionario storico del cristianesimo de Andresen-Denzler. La voz Opus Dei (singularmente breve, por otra parte: a esta realidad del catolicismo de hoy, imponente aunque fuera sólo en el plano cuantitativo, se dedica la mitad de espacio que a la voz «josefinismo», por poner un ejemplo; y el mismo espacio que a las «beghinas», un fenómeno eclesial extinto al principio del siglo XIV ..), después de haber advertido al lector de que se trata de una realidad eclesial «tradicionalista en el campo religioso» (es curioso que hoy, en una Iglesia fundada sobre la Tradición -los evangelios no son otra cosa que eso-, el adjetivo correspondiente sea considerado como una especie de marca infamante), señala que «ha sido siempre objeto de vivas polémicas». Y añade: «Algunos exaltan la fuerza vital y la espiritualidad de esta «elite laica del catolicismo», mientras que otros califican a la institución como la cumbre de la restauración, que busca la respuesta de todos los problemas de la vida privada y pública sólo en la fe, y niega por tanto la autonomía a los demás sectores de la cultura». Bastante singular esto de que, para unos cristianos, sea una culpa el poner a la fe en el centro de la vida, y buscar allí las respuestas que la guíen o al menos la orienten.

Este prestigioso Dizionario storico del cristianesirno -objetivo y benemérito en otros aspectos-, concluye del siguiente modo (in cauda venenum…): «Han suscitado rechazo el estrecho vínculo mantenido con el régimen franquista y, en general, su simpatía por los partidos de derechas». Fin de la voz. Y con esto -sin el menor intento de profundización, aceptando como indiscutibles informaciones semejantes-, la Obra está servida, para uno de los libros de consulta usados oficialmente en la formación del clero y en las escuelas de teología para laicos católicos.

En este mismo mundo católico (y también en el laico, que retorna sus argumentos en contra), quien pretende justificar la desconfianza -cuando no la hostilidadcontra el Opus Dei, cita como precedente un episodio que cumple treinta años justo en el momento en el que estoy escribiendo.

Con una especie de tormenta constantemente renovada, se recuerda la actitud crítica hacia esta Obra incluso por parte de Hans Urs von Balthasar, el jesuita suizo que pasó (a petición propia) al estado de sacerdote secular, considerado por muchos como uno de los más grandes -y de los más discutidos- teólogos católicos de este siglo. Durante el pontificado de Juan XXIII (a quien sólo una tenaz e interesada instrumentalización pretende transformar -contra cualquier verosimilitud histórica- en un «progresista», en un papa «de izquierdas»), von Balthasar, sospechoso de excesiva «apertura», cayó en desgracia y no fue llamado a participar en los trabajos de las comisiones teológicas conciliares. En el post-Concilio la situación cambió, y el presunto progresista fue tomado -también abusivamente, por lo que parececomo un «conservador». Así, sus fans de antes se convirtieron en sus adversarios. Y al revés.

El hecho es que se convirtió en un protegido de Juan Pablo II, quien en 1984 hizo que le concedieran esa especie de Nobel vaticano que es el premio Pablo VI, y en 1988 le nombró cardenal (pero el estudioso murió pocos días antes de viajar de Basilea a Roma, donde le iban a imponer el capelo cardenalicio).

Gran teólogo, extraordinario erudito, sacerdote de vigorosa vida cristiana, la personalidad de von Balthasar presentaba también aspectos singulares y quizá contradictorios.

Yo mismo (no hablo de esto por afán autobiográfico, es un modo de intentar entender el problema que nos ocupa) me vi involucrado en una difícil situación por un comportamiento suyo desconcertante, a causa de una entrevista que le hice en otoño de 1985 y que ocupó dos páginas enteras en el diario católico «Avvenire». La entrevista provocó muchas reacciones en toda la Iglesia y fue traducida a varias lenguas y difundida en forma de separata. Una difusión en la que -así me lo aseguraron- participó incluso el Papa, que encargó una versión en polaco y parece que la distribuyó a los connacionales que invitaba. Había quedado muy satisfecho de ese suizo, que le defendía de los ataques -en aquellos días particularmente virulentos, aunque ya habitualesde otro suizo, el teólogo disidente Hans Küng.

Algunos días más tarde, por sorpresa (sin advertir a ninguno de los interesados), von Balthasar desmintió algunas de las afirmaciones centrales que hacía en aquella entrevista. Y lo hizo en uno de los más autorizados diarios alemanes, el célebre Frankfurter Allgerneine Zeitung. A pesar de esa táctica furtiva -confiando quizá en la escasa difusión de la prensa alemana en Italia-, el asunto suscitó inmediatamente ecos clamorosos por todas partes. Inmediatamente, el cronista que esto escribe envió al interesado y «a quien correspondía» (se me había pedido «desde arriba» una aclaración urgente) copia de las grabaciones que confirmaban que las palabras del teólogo habían sido transcritas con absoluta fidelidad. Tampoco se hizo esperar el testimonio del director del «Avvenire», que estuvo presente en la conversación que mantuve en Basilea con el teólogo, y que confirmó lo publicado.

Siguieron a este envío algunas cartas personales del profesor von Balthasar -que guardo en mi archivo-, la última de las cuales terminaba con unas afirmaciones confusas: «entiendo bien vuestra amargura y confieso mi sorpresa por lo que me decís sobre (mis) palabras en vuestras grabaciones (…) Ha sido culpa mía (…). Os pido que olvidemos este enojoso asunto, que ha provocado, a todos, tantas molestias…».

Si les cuento este episodio (que, por otra parte, no es privado, ya que dio lugar a una polémica de meses en la prensa internacional) es porque parece que en aquel gran erudito -algunos de sus libros son fundamentales para la Iglesia de nuestro siglo- se dieron notables oscilaciones, también en lo que se refiere al Opus Dei.

Los hechos se desarrollaron como veremos. En noviembre de 1963, en la Neue Zürcher Nachrichten (un pequeño diario suizo, que difundía unos pocos miles de ejemplares y que desapareció hace años), von Balthasar publicó un artículo con el título «Integrismo». Al mes siguiente, fue reproducido en su totalidad por la revista teológica de Viena Wort und Wahrheit (Palabra y verdad), mucho más autorizada y difundida.

En el artículo se mencionaba al Opus Dei como «una concentración integrista de poder en la Iglesia». Según el teólogo, el núcleo central del «integrismo» sería el intento de «imponer lo espiritual con medios mundanos». Hay que señalar que aquel artículo era la continuación de otro en el que, criticando a Theilard de Chardin, von Balthasar marcaba sus distancias con el «progresismo» clerical. Con otras palabras, una condena tanto a las «izquierdas» como a las «derechas» clericales, y en este último grupo incluía a la Obra, aunque -lo confesará más tarde, como veremos- en aquel momento casi no la conocía, ya que la Institución estaba dando sus primeros pasos en la Suiza de habla alemana. Su juicio negativo se basaba casi únicamente sobre el análisis de algunos puntos del libro de Escrivá Camino, juzgado como una espiritualidad no suficientemente profunda para una Obra con miras universales.

Fue bastante sencillo para los miembros del Opus Dei mostrar de modo incontrovertible (presentando, por una parte, las palabras auténticas de Camino, y por otro, las criticadas por el teólogo) que el texto había sido forzado, sacando las frases de su contexto, uniendo unas con otras de modo abusivo, y suprimiendo algunas que explicaban las afirmaciones precedentes. Es decir, se había tratado de un asunto como el que mencionaba Joseph Fouché (al menos muchos lo atribuyen a él, aunque algunos lo refieren a otro), el astuto ministro francés de policía, útil para cualquier clase de régimen: «Dadme un texto cualquiera de alguien y yo, cortando y pegando adecuadamente, encontraré las pruebas suficientes para conducirle a la guillotina…».

Desde entonces -y han pasado ya treinta años-, no hay debate sobre la Obra en el que no se mencione aquel juicio negativo, usado también en la batalla por la beatificación de Escrivá, de la que hablaremos en seguida. La argumentación es ésta: ¿cómo puede el Opus Dei no ser «integrista», de «derechas», «tan poderoso como oculto», si hasta un amigo del Papa polaco, que a su vez es amigo del Opus Dei, ha marcado claramente las distancias? Una auténtica losa, de la que parece difícil que se libren los infortunados discípulos de Escrivá. Así piensan también, con cierto embarazo, católicos sinceros a los que les gustaría mirar sin prejuicios o incluso con simpatía a la institución fundada por el beato español.

Como cronista que busca cumplir con su misión (y precavido -debo confesarlo- por mi desconcertante experiencia personal con el Maestro de Basilea), quise examinar íntegramente el dossier del asunto, sin quedarme en la superficie, como se han quedado tantos -salvo, naturalmente, los del Opus Dei- durante decenios.

En el dossier hay, sobre todo, una sorprendente ausencia. El famoso artículo es de 1963, y su autor murió -en plena actividad intelectual, con una miríada de colaboraciones y de trabajos en curso (pocos hombres han escrito y hablado tanto como él)- en 1988. En esos veinticinco años, en los centenares -si no millares- de textos que firma, von Balthasar no sólo no escribe -ni habla- una sola palabra contra el Opus Dei, sino que parece que se retracta -también en esta ocasión…- de sus juicios. Por ejemplo, en 1984 escribió a un sacerdote de la Prelatura: «Hace más de diez años, en una ocasión critiqué Camino (¡no al Opus Dei!), porque me parecía insuficiente como espiritualidad, para una obra tan enorme. Desde entonces, no he dicho una sola palabra contra el Opus Dei».

Dos años después, el 19 de diciembre de 1986, en una carta sobre el mismo asunto dirigida a Hans Thomas, otro miembro de la Obra, confiesa: «Entonces (en 1963, N. delA.) no conocía a sus miembros en modo alguno».

Pero estos documentos «privados» ceden en importancia ante un decisivo testimonio público de 1979, que nunca citan los críticos, como sería honrado por su parte. La misma honradez impone al mismo tiempo reconocer que difícilmente podría ser citado, ya que el diario en que debería haber aparecido no quiso publicarlo.

El periódico en cuestión es el diario que muchos consideran el más serio de Suiza y es mencionado siempre en todas las reseñas internacionales: la Neue Zürcher Zeitung, órgano tradicional del radicalismo laicista.

Von Balthasar remitió una carta a ese diario y, en vista de que el director no quiso publicarla, envió una copia autógrafa a los responsables suizos de la Obra, que conservan el documento. En esa carta, el teólogo escribió: «En la “Neue Zürcher” de enero de 1979 ha aparecido un violento ataque contra la actividad del Opus Dei en Zürich que no me parece digna de un periódico que recientemente ha sido galardonado con el premio Erasmo -¡el premio de los grandes conciliadores!-, y en el que se me presenta como principal testigo contra la citada organización. Afortunadamente, el autor precisa que se trata de un artículo mío aparecido en 1963 (en una revista que cesó de publicarse hace tiempo), pero ha olvidado decir que se trataba en realidad de una recensión de Camino, una obra del fundador del Opus Dei. No se trataba, por consiguiente, de un juicio sobre la obra de Escrivá en su conjunto (que entonces no estaba tan accesible como lo es hoy, del mismo modo que la espiritualidad que se vive en su fundación). Entonces, en 1963, tenía la impresión de que los consejos y las exhortaciones contenidas en Camino no podían ser suficientes como cimiento espiritual de una organización tan influyente, difundida por todo el mundo. Por falta de información concreta, no estoy en condiciones de emitir un juicio sobre el Opus Dei actual, pero hay algo de lo que estoy seguro: que muchas de las acusaciones (también las que el artículo de vuestro periódico alega contra la enseñanza de la religión por parte de miembros del Opus Dei) son sencillamente falsas y anticlericales».

Parece que, tras examinar una carta semejante, se requerirá más prudencia para desacreditar a la Obra diciendo que «hasta el teólogo más admirado por el papa Wojtyla puso a los católicos en guardia».

Una prudencia que deberá aumentar, después de haber leído el último documento del affaire. Se trata probablemente del último artículo del gran teólogo, aparecido poco después de su muerte, en el número de julio de 1988 de la revista teológica Diakonia. El artículo lleva por título «Integrismo hoy», y vuelve al tema del célebre texto de 1963. Un estudio amplio, donde Balthasar reexamina el fenómeno que veinticinco años antes creyó apreciar en el Opus Dei. En esta especie de testamento teológico, en vano se busca una referencia a la institución de don Josemaría: ni directa ni indirecta. Nada: ni una sola palabra…

¿Qué otra conclusión se puede obtener, sino que había cambiado de opinión, como ya le

Sea lo que fuera de von Balthasar y demás críticos, reales o presuntos, el 17 de mayo de 1992 Roma -que de atascos y tapones sabe lo suyo- conoció su longest day, su «día más largo», con la paralización casi total del tráfico. Y no sólo los vehículos de motor; quien allí estuvo recuerda que en ciertas calles y a ciertas horas, era difícil incluso desplazarse a pie.

Fue el efecto de la invasión de 300.000 personas para algunos, ó 400.000 para otros, llegadas por los más diversos procedimientos desde todo el mundo (a costa de su propio bolsillo) para asistir a la beatificación del venerable Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás en la plaza de San Pedro por parte de Juan Pablo II, pontífice romano feliciter regnans.

Si Bernini hubiera levantado la cabeza se habría caído redondo: sus 284 columnas, presididas por las 140 estatuas de apóstoles y santos, concebidas para abrazar la muchedumbre humana más grande que pudiera imaginar mente humana, se revelaron del todo insuficientes. Era quizá la primera vez que sucedía, en la historia tres veces secular de la plaza.

Tengo ante mí una foto tomada desde la cúpula. Todos los rincones de la inmensa explanada barroca están repletos. Pero no por una horda reunida sin orden ni concierto, ni por una masa humana. El espacio está dividido en zonas ordenadísimas, separadas por pasillos por los que circulan los encargados de los servicios de orden y de primeros auxilios. El mar de cabezas continúa a lo largo de la via della Conciliazione, hasta casi el lejano Tíber.

Una visión impresionante de fuerza tranquila, confiada en sí misma; un clima de fiesta bajo el sol italiano, en honor de un español, pero con unos esquemas de organización compacta que hacen pensar en algo nórdico o teutónico.

¿Recuerdan las famosas e inquietantes películas de Leni Riefenstahl: Der Triunph des Willens, sobre el congreso de Nüremberg; y Olympia, sobre la Olimpiada de Berlín (2)? Por favor, no se escandalicen pero las imágenes de aquel día me recordaron -y no sólo a mí- algo por el estilo. En las apariencias externas, se entiende, en el clima de disciplina (o mejor, de autodisciplina). Por lo que se refiere a las verdaderas intenciones, es un hecho objetivo, y no apologética fácil, que esa inmensa reunión estaba allí no para pedir la guerra sino la paz; no para odiar, sino para esforzarse en amar; no para reivindicar, sino para agradecer.

Creo que vale la pena recordarlo, en un mundo donde, cuando la gente se hace multitud, incluso «para divertirse», como en los estadios (por no hablar de comicios o de manifestaciones), es siempre para oponerse a alguien, para replicar a un antagonista, para gritar eslóganes hostiles.

Para llegar a aquella jornada y poder escuchar a un Papa que, con la autoridad apostólica que tiene conferida, inscribía al Padre en el elenco de los beatos; para poder convocar desde los cuatro puntos cardinales a aquella masa inmensa, al mismo tiempo festiva y ordenada; para llegar a esto, el Opus Dei tuvo que combatir una dura batalla. También, y quizá sobre todo, dentro de la Iglesia.

En los ambientes clericales se multiplicaron las maniobras y contramaniobras para intimidar al mismo Papa, para hacerle, al menos, retrasar la beatificación.

Traduzco lo que dice una crónica, un testimonio entre los muchos posibles: «En cuanto fue anunciado, en diciembre de 1991, que la solemne beatificación del fundador del Opus Dei tendría lugar el 17 de mayo del año siguiente, el hecho se transformó en noticia. De ordinario, las beatificaciones no son suficiente noticia para los periódicos, incluidos los católicos. En cambio (y sólo en este caso, en la historia reciente), algunos grupos pasaron a la acción para descalificar el proceso, para insinuar dudas sobre la figura del futuro beato y -por consiguiente- sobre el mismo Papa, sobre la objetividad y la legitimidad de la decisión de proceder a la ceremonia. Mucha carne se puso en el asador, con tenacidad y apoyos poderosos, para impedir, retrasar o al menos estropear la fiesta del 17 de mayo».

Alguien llegó incluso a amenazar a Roma con un cisma, considerando «escandalosa e intolerable la glorificación del Opus Dei en la persona de su fundador». Alguno puso al Papa ante una singular alternativa, aut-aut ¿por qué Escrivá sí y el papa Juan XXIII todavía no? (Esto, en el elíptico lenguaje clerical, quería insinuar que la Santa Sede premiaba la «restauración» y no el «aggiornamento»: recuerden la voz Opus Dei en el Dizionario del que hablé antes. En efecto, los contestatarios se escandalizaban por el retraso de la causa de beatificación del papa Roncalli y no de la de Pío XII, a pesar de que los procesos relativos a los dos Papas habían comenzado al mismo tiempo, para exaltar precisamente dos concepciones distintas del pontificado). ¿Por qué, añadían, se necesita tanto tiempo para otros candidatos, y sólo 17 años para este español?

Se discutió incluso acerca del milagro, exigido por la Iglesia como una especie de imprimatur de la santidad del candidato a los altares, que requiere estos signos divinos de aprobación antes de pasar de «venerable» a «beato» (y más tarde a «santo». La «curación inexplicable en el estado actual de la ciencia» (como reza la fórmula ritual) fue certificada, como es habitual, por un grupo de peritos de reconocido prestigio, nombrados por la Congregación vaticana para las causas de los santos. Sin embargo, para hacer algunas averiguaciones previas, la Obra había solicitado su parecer a dos especialistas de la Universidad de Navarra, ya que en la Clínica universitaria disponían de no se qué aparato científico. Esta colaboración con la Universidad cuyo Gran Canciller es el Prelado del Opus Dei fue malinterpretada por quien seguía el proceso con recelo, y se llegó incluso a hablar de manipulación, de «falso milagro», presentando al mismo Papa como engañado por un lobby de estafadores. Estos críticos, sin embargo, aparentaron desconocer que esos especialistas habían intervenido sólo en la instrucción de la causa como peritos de parte y que, por consiguiente, su dictamen (como sucede en cualquier proceso) fue sometido al juicio autónomo y secreto de los expertos de la Congregación vaticana.

De todos modos, no hay motivo de escándalo: quien no esté familiarizado con la vida de la Iglesia y no comparta la pasión que la anima, no sabe hasta qué grado de rudeza puede llegar el conflicto, hasta qué temperatura puede alcanzar la «ira teológica». No es algo bueno, naturalmente; pero, bien pensado, no está del todo mal que -en un mundo que parece no creer en nada- haya personas que se tomen tan radicalmente en serio las cuestiones religiosas. Entendámonos: si no se apasiona uno -incluso hasta el extremo- por semejantes asuntos, que afectan a nuestro destino último, ¿por qué cosas merecerá la pena enfadarse? Ante este tipo de cuestiones, ¿tienen verdadero sentido las disputas por cuestiones culturales, deportivas o incluso políticas, tan efímeras pero con tanto predicamento para la cultura moderna? No piensen que estos enfrentamientos en la Iglesia, a pesar de ser tan duros, impidan reconocerse unos a otros, a pesar de todo, hermanos en la fe común que les une. En la Iglesia, es posible discutir con vehemencia sobre las ideas y esforzarse por querer a las personas que las encarnan. Luchar en la plaza pública y darse la mano en Misa. Verdaderamente, extraño zoológico es éste.

¿Una Iglesia dividida? Así lo parece, pero quizá sólo gracias al espacio que los media dedican a los no muy numerosos pero sí muy ruidosos contestatarios. No es nada nuevo; ya en vida, Escrivá fue con frecuencia «signo de contradicción» dentro de la misma Iglesia. Amado, venerado o al menos respetado por muchos, contestado por otros, como sucede con cualquier personalidad, como es constante en la historia del cristianismo (sin excluir al mismo Jesucristo…).

Las exigencias de la objetividad obligan a señalar que la apertura del proceso de beatificación del Padre fue solicitada al Papa por más de un tercio del Episcopado mundial. Para ser exactos, firmaron y mandaron a Roma su «súplica» 69 cardenales, 241 arzobispos y 987 obispos. A ellos se unieron más de cincuenta superiores generales de las más prestigiosas órdenes y de las mayores congregaciones religiosas de la Iglesia. Una cosa nunca vista, tan novedosa como los casi ochenta mil relatos de «favores», «gracias», «prodigios» que habrían sido obtenidos por intercesión de monseñor Escrivá de Balaguer después de su muerte: una avalancha sin precedentes en los anales católicos.

Con un apoyo de tal calibre -de la jerarquía, pero también del pueblo- el Opus Dei hizo todo lo posible para vencer la «batalla de la plaza de San Pedro». «Sólo» 17 años, de los cuales menos de diez para lo que realmente fue el proceso: un tiempo largo para el mundo, singularmente breve para la Iglesia, aunque no es un récord sospechoso. A las críticas sobre lo reducido de los plazos, la Postulación de la Prelatura replicó que otras causas (como, por ejemplo, la de Francesca Cabrini, la santa de los emigrantes a América) habían ido a la misma velocidad, a pesar de que se habían desarrollado según las normas preconciliares, que preveían el doble de trámites que las normas establecidas con la reforma de la Congregación para las causas de los santos, realizada después del Vaticano II.

En aquellos años del «proceso Escrivá», se realizaron algo así como 980 sesiones de los tribunales canónicos. Los 92 testigos que conocieron al fundador Escrivá debieron responder a 265 preguntas comunes (y a otras muchas específicas a cada uno de ellos), que analizaban casi con rayos X prácticamente cada hora de cada día de la vida del candidato, para asegurarse de su total fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, en su conducta y en su modo de pensar.

Para mayor seguridad, se escuchó a los que estaban al otro lado de la barricada. Fueron interrogados también once ex-miembros, numerarios y supernumerarios salidos de la Obra de manera no siempre pacífica, incluso dando un portazo, con la consiguiente polémica. Hay que señalar, por tanto, que también la contestación ha tenido peso en el proceso. Como también la ha tenido la voz de los «neutrales»: a ese propósito, la mitad de los testigos fue elegido entre hombres y mujeres externos a la Institución.

A pesar de los pesares, la Obra sigue adelante, aunque con sus «orugas» recubiertas de goma. Un año después de la beatificación, en junio de 1993, el sacerdote de la Prelatura don Flavio Capucci, que había coordinado como postulador la compleja y laboriosa operación para llegar hasta la plaza de San Pedro, comunicaba que habían llegado «más de siete mil narraciones, todas ellas firmadas y comprobadas, de favores recibidos, en el mundo entero, por intercesión del beato Escrivá».

Como para llegar a la canonización -es decir, a la inscripción del nombre del que ya es beato en el Canon, el elenco oficial de los santos- se requiere otro «milagro», don Flavio Capucci informaba que la Postulación estaba trabajando para seleccionarlas. El proceso, por tanto, continúa, y son pocos los que tienen dudas de cómo acabará. Como confirmación del «movimiento popular» en torno a Escrivá, se informaba de que más de un millón de personas había participado en las misas celebradas en todos los continentes con motivo de la primera fiesta litúrgica del nuevo Beato. Flavio Capucci terminó con un dato, tomado de un artículo publicado en una revista española: «La polémica sobre la beatificación se estrelló, como un viejo aeroplano, en los aún más viejos muros de San Pedro».

Por vez primera, una desviación -por pequeña que fuera- en la estrategia de evitar incluso las bromas con sabor polémico. Pero quien conoce la consistencia de la Obra en sus intenciones, y la paralela consistencia de la agresión contestataria, se sorprenderá no tanto por la referencia «dialéctica», sino por la paciencia ejercitada durante tantos años y que se sigue practicando.

Monseñor Escrivá de Balaguer y el Opus Dei

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Testimonio de Mons. Antonio Quarracino, Obispo de Avellaneda. Secretario General del Celam
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

No tuve oportunidad de conocer personalmente a Monseñor Escrivá de Balaguer, ni me he detenido en profundizar sus escritos. Hace muchos años leí Camino, y no hace tanto algunas de sus plá­ticas y homilías. Debo decir ante todo que me llamó la atención su facilidad de presentar como «a la mano» -encarnado, dicen hoy– el llamado universal a la santidad.

Tampoco mis contactos con el Opus Dei han sido tales que jus­tifiquen una exposición detallada de su espíritu y apostolado. He tratado a algunos de sus miembros; y debo decir que me han pare­cido todos excelentes. Me han atendido afectuosamente en sus cen­tros e informado de sus labores en los diversos ambientes del pueblo de Dios.

Afirmaría que mi conocimiento de esta Obra y de su fundador es un conocimiento «al revés», esto es por sus detractores, los cuales a la verdad, me causan una sensación extraña, mezcla de pena y de gracia. Algunos ataques y testimonios muchas veces son una expresión de mal gusto, por decir lo menos… es una institución de la Iglesia que ha recibido golpes muy furibundos, que recuerdan la desfachatez diabólica. Y por cierto que no todos vienen de afuera…

Pienso entonces en aquello de que las obras de Dios son pro­badas por la adversidad y la persecución… Recuerdo lo que San Lucas relata en el capítulo 5 de «Los Hechos» acerca del prudente Gamaliel: «Si este asunto es cosa de los hombres… pero si es cosa de Dios… no se vayan a encontrar luchando contra Dios». Como creo que estas palabras conservan su validez, por una parte me asal­ta cierta especie de pena porque, naturalmente, no me agrada que se golpee a una institución de la Iglesia; y también cierta gracia entre socarrona y lastimera porque me parece ver a los que golpean, in contrario sensu, como instrumentos de la comprobación de que una obra es de Dios. Algo parecido a los «abogados del diablo». Considero muy útil y necesario el papel que deben desempeñar esos abogados; ¡pero me parece tan antipático!

No sé si Monseñor Escrivá será canonizado. ¡Qué extensa es la lista de grandes figuras de la Iglesia que no lo han sido! Pero cuando personas serias, ponderadas y prudentes, que conocen el sentido de las palabras, tanto lo exaltan y de santo lo califican, me digo que por algo debe ser. Es un hecho sin precedentes contar con la petición de 69 cardenales y 1.300 obispos -entre ellas la mía– dirigidas al Santo Padre solicitando la apertura del proceso. Y como me quedo pensando que si me pidieran el nombre de un pastor -obispo o sacerdote– que yo hubiera conocido personal­mente en mi vida, y a quien considerara digno de que su causa fuera introducida, daría el de uno solo, y con algunas advertencias pre­vias, se me ocurre que tampoco tantas personas piensen y hablen apresuradamente.

Por otra parte, hay algunos hechos que muchos podrán juzgar irrelevantes, pero que yo considero significativos si se los mira desapasionadamente.

El caso de Camino, por ejemplo, que ese libro tan sencillo, algu­nos de cuyos pensamientos han sido criticados con ridícula ligereza, haya tenido tiradas millonarias y traducciones en más de treinta lenguas, ¿no llama la atención? Ya escucho a algunos: «es que la institución…», «Sí, ya sé, interrumpo yo: ¡los de la Obra son tan geniales que lo editan y luego queman los ejemplares, o los venden como papel viejo!, pese a la pequeñez de su tamaño. ¡Muy inte­resante su explicación!».

Otro hecho; cuando murió Monseñor Escrivá, el Opus Dei, así tengo entendido, contaba con mil sacerdotes, más o menos. Estimo que ningún fundador dejó al morir una heredad semejante a la Iglesia.

El tercero: es conocida la amplísima gama de profesionales y estudiosos que pertenecen a la Obra. Se trata, pues, de gente que naturalmente no dejó enmohecer su materia gris. Soy lógico si pien­so que se trata de personas cuya asociación al Opus Dei no ha sido hecha a tontas y a locas, o como llevada por la nariz, o engañadas como niños, o por medio de un espeluznante lavado de cerebro, o después de pasar una temporada en un hospital psiquiátrico del Este…

«¿Ladran, Sancho? Señal es que cabalgamos». (De un libro vie­jo, pero siempre actual.)

Las preguntas y respuestas de Pozoalbero

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Testimonio de José María Pemán, Escritor. Miembro de la Real Academia Española

A la salida de Jerez hay una finca que se llamaba Santa María del Pino. Era de los Agreda, viejos tíos de mi mujer. En esta finca, viniendo yo de Cádiz cada tarde, visitaba a mi novia. Los noviazgos entonces eran largos por estas tierras. Los novios se tomaban tiempo para casarse, como los cipreses se toman tiempo para crecer.

Luego, hace ya bastantes años, pasó a ser residencia, casa de retiros del Opus Dei. Desde entonces tomó el nombre de Pozoal­bero. He advertido que a la Obra de Dios no le gustan los nombres demasiado confesionales:  Santa María, San José… No le gustan los santos en el Catastro. Se piden nombres a la naturaleza y a la esté­tica. Creen, con razón, que si Dios, según el decir teresiano, anda entre los pucheros, más debe de andar entre los pozos y entre los pinos… Hay que imitar aquella humilde respuesta naturalista del gitano en su diálogo inquisitivo con la Guardia Civil.

- ¿Dónde duermes?

- Tengo un árbol que no me lo merezco…

En Pozoalbero se había habilitado para salón de actos una vieja nave de lagares. Se le habían añadido reposteros, sillones, sillas. ¿Qué uvas iban a ser pisadas en tan espectacular vendimia? Los sencillos, los cristianos rasos, en número superior a los dos millares, eran carretadas de las uvas que iban a extenderse en el salón–lagar.

Monseñor Escrivá de Balaguer, venido a estas tierras del sur, iba a ser el pisador. Y Santa María, escondida tras el pozo, se encargan de dar la última vuelta y apretujón de la prensa al orujo o al alpechín.

En el repostero, al fondo del estilizado lagar, lucía esta divisa: «Siempre alegres, siempre felices, con alma y con calma». Casi un pleonasmo esa invocación de la alegría y la calma. Todo el auditorio venido a Jerez desde Córdoba, Sevilla, Huelva, Cádiz, Málaga, etcé­tera, era andaluz y ya se habían encargado de traer por su cuenta su propio equipaje de alegría y de calma. Auditorio abigarrado: hombres, mujeres, chicas, muchachos. Muchos de éstos, con mele­na y barba, con «sueters» y camisas de colores explosivos: rojos, verdes y amarillos de bombona de butano. Estoy seguro de que habían dejado su guitarra en el perchero.

Un revuelo en la puerta que suena a timbre o aldaba. Silencio, primero, y luego, aplauso cerrado. Entra el padre. Lleva prisa por­que siempre la lleva, porque va «a otra parte». Porque tras cada vendimia y pisa hay una nueva cosecha esperando y soleándose en el almijar: ayer, no más, estaba en Lisboa y en Fátima rodeado de muchedumbres ávidas. Lleva prisa porque siempre va a «otra cosa», a una llamada urgente, como el tocólogo, como el traumatólogo. Los escritos ascéticos se han buscado infinitas metáforas titulares: el «Castillo», de Santa Teresa; la «Ciudad» de San Agustín; el «Ca­mino». Un viejo sacerdote, capellán de una ermita mariana, comen­taba: «Este es un hombre zarandeado por el Espíritu Santo; y los caminos y mociones del Espíritu Santo no están previstos en ningún “Michelín”».

Y empezó su tarea. Unas brevísimas palabras y en seguida abre el coloquio. Quiere preguntas. Quiere que le pregunte el dolor, el miedo, la cesta de la compra, la familia numerosa. Va recorriendo casi toda España; satisfaciendo en todas partes dudas, penas, con­fusiones. Como su faena es diaria, interminable, con pases muy enla­zados, cualquier momento es bueno para dar la vuelta al ruedo. Porque, además, para él, la «vuelta al ruedo» no es previo ni des­canso, sino que sigue siendo faena. La técnica, sin técnica, de sus coloquios siempre es la misma. Pregunta cualquiera. No estamos en un congreso científico. La pregunta nace, quizá, del ignorante, del despistado, del engañado. Las echan a volar estos modestos palomares. Y por el aire se van volviendo sabiduría. También siguen una técnica muy personal las respuestas de Monseñor, que parecen dichas desde una torre de varios pisos superpuestos. En el bajo, la gracia humana: la anécdota o el comentario que mueve a esa oración de los sencillos que es la risa. En seguida, el piso central: que es la gracia poética, que expende emoción, que sugestiona tanto como persuade. Pero lo que exige el padre Escrivá a sus primeras gracias subalternas es que anticipen el aire de familia de la última, que espera en la azotea y que es la Gracia de Dios. Esta ayudará a que cada oyente reduzca la frondosa y graciosa palabra de Mon­señor a la taquigrafía intelectual y escatológica que lleva dentro.

Siempre he dicho que hace falta una historia analítica del sen­timiento religioso en España, como Henri Bremond la hizo para Francia, para encajar al padre Escrivá en su casillero propio, en su puesto dentro de la fila de la ascética española. Porque el convencio- nalismo propio de esta época confusa inclina a algunos a pen­sar que un maestro de espíritu tan original en su ascética del trabajo como oración, y la vida seglar y profesional como instrumento de perfección, debe ser un «progresista» rodeado de estilos chocantes y novedosos. Pero parece que Monseñor ha olfateado tan sutilmen­te el riesgo, que se ha echado de bruces sobre el contrapeso de la tradición popular española: el rosario, la peregrinación a la ermita, el latín no desechado, sino convivente con el español vernáculo. No se ha inscrito Monseñor en ningún «progresismo». Tampoco en ningún artificioso «regresismo». En el platillo nivelador de la difícil balanza de esto que llamamos crisis ha colocado, sencilla­mente, la tradición, que es como un comienzo de eternidad. «Darse» fue todo el verbo reflexivo que impulsó la obra de Cristo. La técnica de nuestro aragonesismo maestro de catolicidad o univer­salismo consiste en «darse a querer». No hay una misa -dice-. Hay cada día una misa nueva, puesto que el auditorio, el local y el momento intervienen en el Sacrificio. Lo que permanece igual es la jerarquía de las peticiones básicas. Monseñor hace confidencia al auditorio de su escala de intenciones jerárquicas de cada una de sus misas: por la Iglesia, por el Papa y por su Obra.

Me retiraba ya y quise antes visitar a los dos cipreses que plan­tamos hace treinta y tantos años mi novia y yo El ciprés ha sido calumniado al considerársele árbol funeral. Es la esbeltez clásica hecha árbol. Pertenece, en la familia arborescente, como el boj, el romero, la uña de gato, a los vegetales a que da exactitud, perfil y volumen, las tijeras profesionales del jardinero. La Naturaleza es experta en pintar colores o musicar ramas y vientos. Pero, ¡anda que cuando se mete a hacer de arquitecto!

Reconocí la voz del «Séneca». Buscó conmigo los dos cipreses. Quedaba sólo uno. Se oía lejos el murmullo del auditorio que bus­caba sus coches en los aparcamientos improvisados en huertas y jardines vecinos.

–Don José: si le llaman a todo esto «Obra de Dios», ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las «causas segundas».

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera.

Un Evangelio con “efectos especiales”

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Juan Ignacio Valdivieso vive en Chile y es ingeniero de sonido y dueño de un estudio de grabación. En este relato cuenta cómo conoció el Evangelio a partir del trabajo de edición que realizó con un amigo

Opus Dei - Juan  Ignacio Valdivieso: “Me siento un afortunado y eterno agradecido de  haber podido participar en este proyecto y de recibir todo el cariño que  descubrí al reencontrar mi relación con Dios”.

Juan Ignacio Valdivieso: “Me siento un afortunado y eterno agradecido de haber podido participar en este proyecto y de recibir todo el cariño que descubrí al reencontrar mi relación con Dios”.

“Todo comenzó cuando mi amigo Raúl Bezanilla me pidió que mejorara la calidad de un CD con pasajes del Evangelio que le había llegado de España a don Álvaro Rocha, sacerdote del Opus Dei. Como el resultado no era bueno, me tomé la libertad de cambiar las voces españolas por chilenas y ambienté los pasajes con sonidos de la naturaleza, música y otros ‘efectos especiales’. A todos les encantó y María Paz, la señora de Raúl, sugirió que grabáramos el Evangelio completo.

“Yo estaba absolutamente alejado de la Iglesia desde los trece años: llevaba treinta y cinco sin acudir a Misa, sin confesión, sin recibir la Comunión.

“Acepté el proyecto sólo por cariño y compromiso hacia las personas que me lo pidieron. Me fui metiendo y a los pocos meses de trabajo, desayunaba Evangelio, almorzaba Evangelio y comía Evangelio. Gracias al apoyo y amistad de don Álvaro, me reencontré completamente con Dios y me vino una tranquilidad absoluta. Comencé a asistir a Misa los domingos y luego los días de semana”.

“No me importa el dinero”

Lo que al comienzo parecía tarea de unos pocos meses, se transformó en un gigantesco proyecto de audio que involucró a treinta y siete actores y más de mil horas de grabación que se concretaron en ocho CD, con 279 pistas.

Existía un solo problema, el económico, porque el proyecto era totalmente inviable.

Para el personaje de narrador, Juan Ignacio quería a Fernando Solís, uno de los tres locutores más importantes del mercado latinoamericano de publicidad, además de ser la voz en español de todas las sinopsis de Universal Pictures.

Opus Dei -  Carátula del CD “Jesús de Nazaret”: Lo que al comienzo parecía tarea de  unos pocos meses, se transformó en un gigantesco proyecto de audio que  involucró a treinta y siete actores y más de mil horas de grabación.

Carátula del CD “Jesús de Nazaret”: Lo que al comienzo parecía tarea de unos pocos meses, se transformó en un gigantesco proyecto de audio que involucró a treinta y siete actores y más de mil horas de grabación.

“Me decidí a llamarlo y contarle sobre el proyecto, explicándole que desgraciadamente los honorarios para este personaje eran más bien simbólicos, ya que equivalían a lo que él ganaba por grabar dos comerciales que le tomaban diez minutos.

“Me escuchó muy tranquilo, sin pronunciar palabra al otro lado del teléfono; cuando terminé de hablar, me dijo: ‘Yo estoy todo el día grabando textos sobre pastas de dientes, bancos, etc. Mi voz es un don de Dios y qué mejor manera de retribuirle este don que participar en este trabajo; no me importa el dinero: dime tú cuanto tienes y no nos hagamos problema por esto’.

“Yo no podía creer lo que estaba escuchando y me dejaron muy impresionado sus palabras.

“Durante quince meses, Fernando grabó prácticamente todos los días. Nunca tuvo una mala palabra, un gesto de desgana, una grabación mal hecha. Fue un ejemplo de generosidad y profesionalismo para todos”.

“En los momentos difíciles, el nivel de compromiso, incluso en personas alejadas de la fe, nos motivaba a seguir adelante. Aportaron su trabajo (había que grabar hasta doce veces, pues nada resultaba a la primera) sin pensar en la retribución económica, a pesar de que muchos no tenían una buena situación. Patricio, el actor que interpreta a Jesús, me confesó que después de cada grabación dejaba de hacer comerciales durante tres días por lo emocionado que quedaba. Al final, me dijo: “¡gracias, gracias por haberme permitido participar en este proyecto. Es lo mejor que he hecho!”

“Otro que se involucró completamente y del cual aprendimos mucho fue Daniel Lencina hijo, compositor de los quince temas de música original. Pese a que varias veces debía tocar con su grupo hasta la madrugada, aparecía impecable cada mañana en el estudio”.

Parada junto a la puerta, no pudo aguantar la emoción

Opus Dei -  “Dediqué a este proyecto infinitos desvelos y muchas levantadas al alba,  con un amor y perseverancia que es difícil de trasmitir. Cuando  estábamos en la mitad de la grabación, quise hacer mi Confirmación”,  señala el ingeniero de sonido.

“Dediqué a este proyecto infinitos desvelos y muchas levantadas al alba, con un amor y perseverancia que es difícil de trasmitir. Cuando estábamos en la mitad de la grabación, quise hacer mi Confirmación”, señala el ingeniero de sonido.

Para el personaje de Zacarías, Juan Ignacio quería a una vieja gloria de los locutores chilenos. “Hablé con él y me dijo que lo haría encantado, pero que no vendría al estudio, sino que mandaría por internet el texto grabado. La primera grabación enviada no sirvió, pues era muy débil y necesitaba una dirección. Hablé con él nuevamente y le comenté que no estábamos llegando al personaje. Me mandó una nueva grabación que tampoco pudimos usar. Logré convencerlo de que fuera al estudio a grabar y no llegó de muy buen humor. Lo puse a escuchar el resto de la pista ya terminada en la que faltaba sólo su voz y le dije que se imaginara el tiempo, el lugar y el personaje. Al concluir, nos pusimos a oír. Vi que tenía los ojos húmedos, me dio un fuerte abrazo, me dijo: ‘gracias’ y se fue. Grabamos una vez solamente y creo que salió perfecto.

“En otra ocasión, le mandé una copia del pasaje de la Anunciación al actor que prestó su voz al arcángel Gabriel. Luego de un par de horas me llamó para contarme lo que le había pasado: estaba en su dormitorio oyendo muy concentrado cuando cerca del final del audio escuchó unos sollozos; se dio vuelta y vio a la empleada de su casa que se había quedado en silencio, parada junto a la puerta. No había podido aguantar la emoción.

“Dediqué a este proyecto más de mil horas de trabajo en estudio, infinitos desvelos y muchas levantadas al alba, con un amor y perseverancia que es difícil de contar y trasmitir. Cuando estábamos en la mitad de la grabación, quise hacer mi Confirmación. “Me siento un afortunado y eterno agradecido de haber podido participar en este proyecto y de recibir todo el cariño y amor que descubrí al reencontrar mi relación con Dios.

“Sólo puedo dar gracias a las personas que me pidieron participar en este trabajo e infinitas gracias a Dios por haberse fijado en mí y haberme entregado y enseñado tanto en este año y medio”.

Los ocho CD pueden obtenerse en el Club de Lectores de El Mercurio o en www.jesusdenazaret.cl. En este sitio también es posible oír parte de la grabación del Evangelio.

La vocación

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Leí en ese libro que viniera a mis manos y ahora se hacía vivo: “No lo dudes: tu vocación es la gracia mayor que el Señor ha podido hacerte. Agradécesela.”A estos pensamientos, venían sobre mí otros del mismo libro que hablaban de locura, de fuego, de sal, de apostolado…Pero Señor, ¿tú sabes quien soy yo? ¿Es a mí a quien hablas? Yo sólo soy un pecador, y lo sabes perfectamente, un siervo inútil incapaz de hacer nada a derechas, todo en mi es un mal tejido, un telar deshilachado, una voluntad sin fuerza y, sin embargo, me hablas de “sal de la tierra”, mi sal desvirtuada, mi nula voluntad…¡Si todo lo tienes que poner Tú! ¡Siempre te ha tocado ponerlo todo en mi vida! ¿Acaso hay algo bueno en mí que no sea tuyo? Tú mismo, por caminos torcidos, por sendas tenebrosas, me trajiste al Opus Dei, tu llamada. Aquí estoy Señor para hacer lo que me pidas, pero bien sabes que soy un siervo inútil… ¡Bien lo sabes! Todo en mi vida ha sido un sembrado estéril, un campo sin verdor…

Salimos del Centro (al que nuestro hijo nos llevó), la tarde caída ya, aturdidos, sin comprender qué nos pasaba, tiempo de silencio que duraría meses, mientras leíamos las obras de San Josemaría empapándonos de sus palabras, su experiencia espiritual, su lucha interior, indicándonos la ruta de nuestra nueva vida…No sé cómo, porque ninguno de los dos nos atrevíamos, una tarde nos pusimos a rezar el santo rosario, venablo fino, y María salió a nuestro encuentro, y como Juan, la introducimos en nuestra casa, le hicimos un lugar en nuestra vida. No se hizo rogar, se adelantó a nuestras súplicas, mujer al fin cariñosa, nos tranquilizó con sus sonrisas maternales, nos habló con amor de su Hijo, nuestro Hermano, dijo, porque, como dice san Josemaría, si buscáis a María, encontraréis a Jesús. Y aprenderéis a entender un poco lo que hay en ese corazón de Dios que se anonada…”. Conoce nuestras necesidades. Porque también somos hijos suyos. Fue así como comenzó nuestro trato con Ella, su imagen ocupa desde entonces nuestro centro familiar, es el canto cotidiano de Adela desde su enfermedad, la Virgen y el Niño, canción que en su boca se hace gemido de amor que traspasa el cielo… A través de ella encontramos a Jesús, así lo buscamos en nuestro viaje a Tierra Santa: Muéstranos a tu Hijo, le pedíamos. Y nos lo mostró en Belén, como a los pastores… ¡Miradlo! ¡Ved cuan hermoso es! Ella es nuestro modelo, dulce nombre en nuestros labios, como no podía ser de otra manera, vino para rehacer nuestro vida espiritual, abrir la puerta tanto tiempo cerrada de nuestro corazón prisionero, elaborando dulcemente con sus sonrisas y palabras, la más humilde de las mujeres, ¡la que creyó!, las rosas de nuestro regreso al amor de Dios, lo más grande que pudo sucedernos, “¿de qué, que venga a nosotros la Madre de Dios? ¡Bendita tú que has creído lo que se te dijo de parte del Señor!… ¡Todas las generaciones te llamarán bienaventurada!”

¡Que Dios Padre misericordioso nos esperara en la puerta de su Casa, a nosotros, hijos de su memoria, pródigos perdidos, y nos atrajera al abrazo de su Amor feliz con lágrimas de sus ojos y besos de su boca…! Todo eso se nos anunciaba con barruntos de esperanza, de vida interior, el cielo nimbado de fulgores, que no eran otra cosa que ángeles anunciándonos la alegría del cielo y de la navidad… Empezamos a entender, estrenábamos traje nuevo, nuestros harapos quedaban en el suelo arrastrados por la escoba…Eso ocurriría aquel 15 de octubre de 1985, día de Santa Teresa de Jesús, nuestra intercesora. Ese día, Josemaría Escrivá se dio a conocer como Padre nuestro, con muestras visibles de padre cariñoso, nosotros fruto de su oración…

Fue así, como sucedieron las cosas. Cómo nuestra vida perdida fue encontrada, cómo nuestros labios se hicieron ardientes, la palabra de Dios era un licor precioso, bebida de ángeles, y nuestro tapiz recobró su hechura y color, señal inequívoca de nuestra vocación que durante meses se barruntaba en nuestro horizonte con nubes clamorosas cuyo sentido no terminábamos de entender. ¿Qué era lo que se nos anunciaba? ¿Qué significaban esos cirros color de rosa en el cielo azul, luminosas formas, ángeles o pastores, como si Dios con su mano se entretuviera dibujando nuestros nombres, fácilmente legibles, en las estrellas? Fue un presentimiento que cada día se hacía más nítido pese a desgracias familiares, pese a malas noticias, una voz cariñosa, nos decía: Pasad, no os quedéis en la puerta, todos los días, ¡toda la vida!, os esperaba…la mesa está puesta, yo mismo os serviré…

Volvía el consejo insistente: “Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena”. Fue la frase que vino a señalarnos la ruta. Así, para siempre. Y todo por la gracia de Dios…

Villa Tevere

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante más de once años, en Viale Bruno Buozzi sonarán las piquetas de los albañiles, el ruido de las excavadoras, las voces que los capataces hacen llegar de uno a otro andamio. El Fundador no ha querido bendecir la pimera piedra. Reseva la prisa y la paciencia de su corazón para la última: aquella que ha de coronar el edificio.

El antiguo inmueble recibirá el nombre definitivo de Villa Vecchia, y su estilo se mantendrá aunque los arquitectos construyen dos pisos sobre la primitiva estructura. A un lado irán dos casas con fachada a la calle lateral: una de ellas para alojar, de modo independiente, a la administración doméstica. La otra, llamada Montagnola, para la Asesoría Central, organismo de gobierno de la Sección de mujeres de la Obra. El conjunto entero de la finca responderá al romano nombre de Villa Tevere.

La estructura no puede desentonar del estilo de la zona y de la ciudad. Ha de ser, además, un hogar que dé calor a la vida cotidiana del Opus Dei.

Y como tal hoga se proyecta. Cada rincón, cada pasillo, salita o lugar de reunión, debe hacer patente un modo de ser que aparece en el alma y el cuerpo de Villa Tevere.

Resulta increíble pensar que semejante proyecto ha dado comienzo sin medios económicos para financiarse. Sin embargo, así es. A medida que la Obra se extiende, se solicita ayuda a muchas personas de todo el mundo para construir la Sede Central. Al mismo tiempo, el Padre no se permite una pausa en el camino de amor por las almas. No espera a que se acabe la dificultad de estas obras para impulsar otras actividades. Atiende un abundante apostolado en Italia. Prepara la llegada del Opus Dei a otros países. Programa la formación intelectual y ascética de sus hijas e hijos. Se entrega a un estudio constante. Muchas veces, una contrariedad echa por tierra un trabajo que parecía terminado y hay que volver a empezar. Pero hace honor al Somontano que le vio nacer. Hay en su carácter una gran fortaleza y una capacidad de superar contrariedades por insalvables que parezcan. El lo llama tozudez aragonesa; todos saben que es, en primer lugar, una gigantesca fe en Dios.

“Villa Tevere” se levantará firme, sobre cimiento sólido. En los oratorios se suple con más esfuerzo la escasez de medios, para ofrecer a Dios lo mejor de que se dispone: el más bellamente construido será el de la Santísima Trinidad; el mayor, el de Santa María de la Paz, hoy iglesia Prelaticia.

Arriba, en lo alto de un torreón, se puede leer una gran cartela con las palabras Omnia in bonum!, que el Padre explica así:

«Doctrina paulina (…), que yo he repetido tanto en mis treinta años de vocación al Opus Dei. No hay nunca motivo para perderla paz» (23).

“Omnia in bonum”, en lo alto, bien a la vista. Para que se grabe en los ojos y en la mente, y cale hasta el corazón, y se extienda por el mundo entero en siembra de paz y de alegría.

Alegría que inunda la doctrina del Apóstol y que el Fundador apoya en el sentido de filiación divina. Todo cuanto sucede concurre en el bien de los que aman a Dios. Saberse hijos del Padre que está en los Cielos es la certeza de que toda situación, aun aquellas de difícil comprensión humana, tiene su clave en el universal Amor de Dios por sus hijos.

El primer edificio que se termina es el destinado a la Administración, para las mujeres de la Obra que se ocupan de la atención doméstica. El Padre ha dirigido muchos de los detalles, incluso en la decoración interna de la casa. Y les invita, desde entonces, a cuidar especialmente aquello que Dios y la entrega de las gentes de todo el mundo van a poner en sus manos, porque estos muros y estas paredes, les dice, «parecen de piedra y son de amor»(24).

Es decir, cada piedra, cada metro cuadrado, se ha construido sobre el trabajo, el sacrificio y la oración de tantos que ya participan de los apostolados del Opus Dei.

Les rogará, de nuevo, que encomienden al Cielo los pasos de don Alvaro para conseguir créditos con los que sostener y avanzar las tareas comenzadas. A veces los días parecen acelerarse a velocidad increíble. Muchas semanas no hay dinero con qué pagar. Se hacen todas las gestiones posibles. Y de un modo a veces inesperado, siempre se sale a flote. Llega un envío, responden a una llamada, un Banco concede un nuevo crédito. Y todo sigue adelante. Repetidas veces el Padre comenta refiriéndose a don Alvaro:

«Al lado de este hombre es imposible no tener fe»(25).

En los momentos más críticos mantiene el señorío de la generosidad con las personas que prestan algún servicio en la casa. Les invita a participar de algún refrigerio; es espléndido en los salarios, aunque sean las últimas liras que quedan en la casa.

El cuarto del Padre, en los futuros edificios, será una habitación pequeña y austera. El enlosado del suelo, azul y blanco, de forma romboidal. Una cama muy sencilla. Una mesa con tablero que se abre por medio de bisagras. Un sillón de madera y una lámpara de pie, con pantalla.

En la pared un óleo de escuela italiana, ovalado, que representa la Sagrada Familia. A la derecha el Crucifijo. Una inscripción sobre la puerta: «Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de Ti » (26).

En la cabecera de la cama, unos mosaicos dibujan un corazón escoltado por esta frase: “Iesus Christus Deus” Homo.

Una mesita de noche y una pequeña banqueta de madera completan la habitación.

En su cuarto de trabajo hay una librería; sobre la pared, las fotografías de los tres primeros hijos suyos que se ordenaron sacerdotes y un rosario de gruesas cuentas. Un tríptico que adorna lo alto de un mueble-cajonera. Un sillón y una mesa de estilo castellano.

Colgada de una pared, una cuerda con la placa metálica numerada que llevan los soldados en tiempo de campaña para su identificación. Está colocada bajo una sencilla acuarela que representa un borriquillo. En la cuerda hay diez nudos. Los hizo un hijo suyo, durante la guerra española, para rezar el Rosario en las trincheras de los campos de batalla.

La ventana, de medianas proporciones, da al llamado “Cortile vecchio”. Igual que las puertas y librerías, está pintada en color verde.

En este pequeño despacho, así como en el destinado a don Alvaro, el Fundador rezará, soñará y conducirá la Obra por los caminos de Dios. Esta va a ser época de maduración bajo su impulso. La etapa de la gran expansión por los cinco Continentes.

A través de la ventana mirará con frecuencia el “Cortile vecchio”: ese pequeño patio de empaque romano, que tiene tonos ocre y mosaicos de colores. Se puede ver la representación de Santa María, que cabalga en borrico blanco y lleva al Niño entre los brazos. A un lado, tres argollas de hierro viejo dan al conjunto sabor de casa antigua, con invitación de hidalga hospitalidad. Es un lugar para monturas que esperan el comienzo de viaje o que retornan del campo una vez cumplida su misión. Y en el suelo, grabadas en la piedra, las huellas de unos pies descalzos: el estilo romano de indicar la dirección correcta.

Por este cortile silencioso cruzarán sus hijos -un día que hoy queda lejano en el tiempo- con el cuerpo exánime del Fundador; se les habrá ido en plena juventud del alma, en el umbral de su trabajo cotidiano, junto a estos muros levantados con el impulso de su amor a Dios y a los hombres.

Aquí, todo es «Opus Dei»

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Centro ELIS (Educazione, Lavoro, Instruzione, Sport )es la iniciativa de mayor amplitud que los miembros del Opus Dei han realizado en Roma para contribuir a la promoción de la juventud obrera. Este lugar de formación profesional está enclavado en el barrio Tiburtino, y su puesta en marcha ha requerido la estrecha cooperación de miembros y amigos de la Obra: intelectuales, obreros y profesionales.

El proyecto ELIS nació en la mente y en el corazón del Papa Juan XXIII, que fue un Pontífice especialmente amado del pueblo. Llevaba siempre en su alma la defensa de los que tienen pocos bienes de fortuna, la promoción de una verdadera libertad para los hombres, la carga de los que no tienen trabajo, de los enfermos, los abandonados. Y como, a la vez, sentía confianza y cariño hacia el Fundador del Opus Dei, decidió encomendarle esta tarea de gran esfuerzo y envergadura social. Para ello contaba con unos terrenos en el barrio Tiburtino de Roma, uno de los más necesitados de atención y de estructuras asistenciales y educativas. Y disponía, también, de un dinero que el pueblo había ofrecido a Pío XII, en ocasión de su octogésimo aniversario, para la realización de alguna obra social.

Este fue el comienzo. Porque, al llegar Pablo VI al Pontificado, el proyecto no se interrumpió, sino que obtuvo todo el apoyo, todo el calor de su afecto. Le dijo a Monseñor Escrivá de Balaguer, por medio del Cardenal Dell’Acqua, que deseaba inaugurar personalmente el Centro ELIS, antes de que se concluyera el Concilio Vaticano II.

El Papa recuerda el barrio Tiburtino, que visitó en tiempos de Pío XII: todo eran desmontes, chabolas y muchas personas que, humanamente hablando, estaban al borde de la desesperación… Y el Santo Padre rememora la conversación que sostuvo con un grupo de muchachos, parados contra una tapia. No hacían nada, sólo intentaban divertirse en la calle, sin buscar ni encontrar trabajo porque nadie les había enseñado un oficio.

-«¿Qué sabéis hacer?».

-«Todo… es decir: nada»(26).

Se fue de allí el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, Monseñor Montini, con el alma oprimida. Y con el deseo de crear en el barrio un centro de formación profesional para que los obreros pudieran aprender, especializarse, y mejorar sus condiciones de vida.

Ahora, al llegar a la Sede de Pedro, se encuentra con el proyecto a punto de concluir, y su ánimo se alegra al poder presenciar, hecha realidad, aquella idea que nació en su corazón ante el abandono de este gran suburbio romano.

El Centro ELIS, contiguo a la parroquia de San Juan Bautista al Collatino, confiada también a sacerdotes de la Obra y atendida por don Mario Lantini, consta de una residencia para jóvenes trabajadores, un complejo de edificios escolares y una amplia zona deportiva. Hay escuela de Enseñanza Media diurna y nocturna;

Centro de formación profesional en electro-mecánica y diseño industrial; círculos recreativos y culturales; bibliotecas y salas de estudio. Por último, un grupo deportivo que se ocupa de la educación física de los alumnos. En un edificio totalmente independiente hay una Scuola Alberghiera (Escuela de Hostelería), donde se forman, en régimen de internado, más de sesenta alumnas. Además, lleva a cabo una labor de extensión de los conocimientos impartidos en estos cursos a un gran número de personas de todo el barrio.

El edificio central del ELIS recibió en 1964 el premio nacional de arquitectura social. Es un exponente del carácter que preside sus fines y actividades. En lugar de configurarse como la tradicional escuela de barrio, se han levantado unos locales aptos para una labor educativa de calidad.

En noviembre de 1965, todo está a punto para la recepción e inauguración de los edificios por parte de Su Santidad Pablo VI.

A las siete y media de la tarde del 21 de noviembre de 1965, el horizonte romano amenaza tormenta. Llueve intermitentemente, pero el viento empieza a despejar el cielo. De pronto, la luz de varios reflectores ilumina las fachadas y edificios del Centro ELIS. Dos largas filas de alumnos montan guardia a los lados del trayecto que une el ELIS con la Via Tiburtina. Sostienen antorchas encendidas, y su luz cubre el camino que Pablo VI va a recorrer dentro de unos instantes. El Centro ELIS tiene abiertas de par en par las puertas. Miles de vecinos de la zona se apiñan en la calle para ver llegar al Papa. Un inmenso gentío llena la explanada, frente a la iglesia. Dentro, ni bancos ni reclinatorios, que no servirían más que para ocupar espacio. El templo está presidido por un gran Crucifijo situado en el presbiterio; debajo una sencilla cátedra, con dosel, para el Romano Pontífice. Sillones destinados a las jerarquías eclesiásticas y civiles; y sitiales para el Fundador de la Obra y don Alvaro del Portillo. El altar, cara al pueblo, con un antiguo frontal. A la izquierda, la bellísima escultura de la Virgen que el Padre prometió a los alumnos de la Universidad de Navarra. Ella preside, con serena dignidad, la llegada del Papa. El pedestal está cubierto de flores.

Las notas del órgano indican que el Santo Padre llega al atrio de la iglesia. Allí le esperan el Padre, el Cardenal Vicario y el párroco. El coro llena el ambiente con las notas del Veni Creator. Pero un clamor unánime de los obreros, familiares del barrio, alumnos del Centro ELIS, representantes de la Universidad de Navarra, alumnas de la Scuola Alberghiera apagan los acordes en la unánime adhesión a la Cabeza visible de la Iglesia Católica. Es, además, demostración directa del amor y del espíritu del Opus Dei.

Una vez terminada la Misa, Pablo VI bendice la imagen de la Virgen destinada a Navarra. Quiere hacerlo solemnemente. Cuando la Señora emprenda su viaje, camino de España, será portadora del cariño del Romano Pontífice.

Habla luego Monseñor Escrivá de Balaguer ante el Papa:

«Al encontrarnos ahora en Vuestra Presencia acuden a la memoria tantos recuerdos de mi ya largo itinerario romano: en el centro de esos recuerdos, se destaca la Persona Augusta de Vuestra Santidad, que desde el ya lejano 1946 ha querido benévolamente dar fecundos consejos y generosos ánimos a mi humilde persona y a la Obra que empezaba entonces a dar sus primeros pasos en el suelo romano»(27).

El Papa contesta emocionado. Para dar las gracias a Monseñor Escrivá de Balaguer por esta labor del Centro ELIS que honrará a Roma. Y a todos los miembros del Opus Dei, a algunos de los cuales conoce desde hace ya muchos años. Y mientras habla, sonríe a don Álvaro del Portillo, que está sentado frente a él. Pablo VI recuerda aquel tiempo en que el Tiburtino era un barrio desalentado, cuando los jóvenes no encontraban trabajo ni comida. «Hemos llevado siempre en el corazón la imagen de aquella escena, con el dolor de no haber podido ofrecer el socorro que pedían. Pues bien: aquella amargura encuentra hoy aquí, finalmente, un consuelo. Esta obra parece la respuesta a aquella petición de unos muchachos acobardados y sin trabajo, para formar jóvenes alegres, trabajadores y confiados…».

Cuando el Fundador reclama su bendición apostólica para todos, el Papa le lleva junto a sí y comparte con él este gesto sacerdotal: las dos manos se elevan para ofrecer a Dios el esfuerzo, la alegría y la paz de esta tarde romana. Con razón, antes de marchar camino del Vaticano, Pablo VI podrá decir al Padre:

«Aquí, todo, todo es Opus Dei…».

En el corazón del Padre queda la alegría de haber proporcionado al Vicario de Cristo una pausa de cariño entrañable en medio de las graves preocupaciones que pesan sobre su alma.

«Con que Pablo VI hubiera pasado diez minutos felices, me hubiera quedado contento. Pero me quedé corto (…). Porque estaban previstas dos horas para la visita, y estuvo tres horas largas. No tenía prisa. Se marchó feliz, feliz» (28)

Los Rosales

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Ha caído sobre Madrid el invierno de 1944. Los alrededores de la Ciudad Universitaria tienen la dureza limpia de los últimos hielos de enero. Una mañana, Guadalupe Ortiz de Landázuri sale de la Facultad de Químicas con un compañero. Acaba de terminar su licenciatura y estrena el primer trabajo profesional docente en el Colegio de las Irlandesas. Tiene grandes proyectos y amplios horizontes. Le pregunta a este amigo si no conoce a algún sacerdote con el que pueda hablar confiadamente de sus inquietudes espirituales. Por casualidad, el muchacho tiene anotados la dirección y teléfono de don Josemaría Escrivá de Balaguer; se lo ha proporcionado un estudiante de la Facultad.

Y como esta mujer decidida no suele dejar para más tarde lo que puede resolver enseguida, concierta una entrevista y acude, puntualmente, a Jorge Manrique 19. Espera sólo unos brevísimos minutos. Porque, rápidamente, aparece el Padre. La recibe con un saludo cordial.

Hablan un rato y el Padre pone ante sus ojos el horizonte del Opus Dei. Guadalupe comprende que eso es exactamente lo que va buscando. Tiene la seguridad de que Dios respalda las palabras de este sacerdote. Y contesta impulsada por una fuerza superior, por una certeza inexplicable. Durante un breve período de tiempo abre su alma al espíritu del Opus Dei, y el 19 de marzo de 1944 pide la admisión en la Obra.

Juzgada superficialmente, podría parecer una decisión demasiado repentina, con raíces poco profundas. Sólo a la luz de sus consecuencias para toda la vida se puede calibrar este compromiso, superior a toda lógica humana, y que la inunda de seguridad sobrenatural.

Guadalupe Ortiz de Landázuri abandonará sus proyectos personales, y será más adelante motor de la tarea de comienzo y extensión del Opus Dei en México. Con fidelidad a Dios y al Fundador, llevará a buen término los más diversos quehaceres. Pasará sobre las dificultades y la enfermedad. Y morirá, sólo unos días después del Padre, en julio de 1975, con esa paz y sencillez que parecen patrimonio de los santos.

De un modo muy parecido, providencial, irán llegando a la Obra durante los años de 1944 a 1946, Marichu Arellano, María Teresa Echevarría, Carmen Gutiérrez Ríos, Dora Calvo, Josefina de Miguel, María Jesús López Areal, María Jiménez, Victoria López Amo, Sabina Alandes, Raquel Botella, Digna Margarit… y tantas otras que serán columnas firmes para el Padre. Muchas de ellas cruzarán el mundo para extender con su labor profesional la semilla de la Obra. En verdad, la Sección de mujeres ha empezado, por fin, su andadura definitiva.

La procedencia de estas mujeres es muy variada; pero todas han encontrado la huella sacerdotal del Padre en su camino hacia el Opus Dei. Siempre, detrás de los acontecimientos, se descubren el esfuerzo y la abnegación constantes del Fundador. Siempre su fe contagiosa para cuantos se acercan hasta su palabra.

Con la preocupación de que sus hijas tengan una casa en la que puedan dedicarse al estudio, a la preparación profesional seria y también al descanso fuera de las ocupaciones habituales, pasa un día por un pueblo cercano a la capital: Villaviciosa de Odón. Termina el verano de 1944. Se detienen, y el Padre pasea por las calles enarenadas, por el forestal, por la amplia y rectangular plaza. Allí se levanta una casa de noble traza: grandes verjas en los huecos de las ventanas, balconada central y torreón. Dentro, en el vestbulo, muebles castellanos. Olor a madera antigua. Y, alrededor, un jardín espacioso que ahora estrena las tonalidades del otoño. Por una escalera de barandal recio y oscuro se asciende a la primera planta, donde están las habitaciones. Esta casa, próxima a Madrid, bien comunicada y con zona verde para, respirar un aire limpio, resulta adecuada para que sus hijas puedan reunirse, tener cursos de retiro, de formación teológica, y realizar muy diversas tareas. Y también para intensificar la oración y la convivencia que forman el sustrato de la vida de familia en el Opus Dei.

En un rincón del jardín trepan las plantas y las flores. En la mente del Padre surge el nombre que habrá de llevar esta casa: “Los Rosales”.

No tienen ninguna posibilidad económica que les avale para el alquiler del edificio. Como siempre, se empieza con pocos medios humanos y mucha confianza en Dios. Se habla con fe y entusiasmo de las tareas que la Obra ha de realizar en todos los lugares de la tierra. Se pide ayuda con la simplicidad humilde de quien pide para una empresa sobrenatural. Y se comienza como se puede: con carencia material de muchas cosas. Luego, con el amor, el sacrificio y la generosidad de los que han entendido la labor de la Obra, se va instalando la casa, que adquiere el aspecto acogedor, limpio y grato de un verdadero hogar.

Mientras se trabaja en la puesta a punto de la casa, el Padre vendrá casi todos los días a este Centro, en el que ha puesto mucho cariño y esperanza. Algunos de los muebles de su madre vuelven a viajar para cubrir huecos en las salitas de la planta baja. Se preocupa de cada rincón, de cada problema, de cada acontecimiento diario.

En diciembre se celebra la primera Misa en el oratorio de “Los Rosales”. Es muy sencillo, con arpillera en las paredes, friso de pino y altar de madera. Por la ventana, de grandes dimensiones, se oye el murmullo mañanero del pueblo. Allí trabajan y estudian, transformando cada tarea en oración; pasean la alegría de un destino que orienta la vida de cuantas han seguido la llamada de Dios. No tienen dificultad alguna para integrarse en el lugar y compartir las incidencias de la vida local. La vocación a la Obra no las separa ni aísla. Es una vocación a la santidad en medio del mundo. Lo mismo sucederá cuando el Opus Dei se extienda a otros países: en Kenia, en México, en Australia y en cualquier lugar de la tierra, ciudad o aldea donde el Opus Dei llegue a esparcir su espíritu. Nunca formarán sus miembros un quiste aislado o impropio. Han de ser «todo para todos para salvarlos a todos», como escribe el Apóstol Pablo(11).

Hay una gran estrechez económica. Pero la casa se pondrá en marcha, sin que las dificultades empañen el carácter o el gesto. El Padre las anima a mantener el tono humano y el buen humor por encima de todos los obstáculos. Ninguna carestía debe justificar el descuido. Todo lo contrario.

En medio de las dificultades es donde debe acrecentarse el amor que ha condicionado su entrega: «Como los enamorados que construyen un pequeño poema: te quiero mucho, y lo repiten incansables. Después, pasa el tiempo, y muchas veces el poema se olvida porque ha envejecido aquel amor. En cambio, nuestro Amor, hijas mías, es siempre joven, no pasa nunca»(12).

Y en otro momento:

«No hay que buscar cosas extraordinarias: no hacen falta, no las queremos. El gran milagro nuestro, la gran prueba de la divinidad de nuestra empresa, está en que cada uno de nosotros demos con alegría, cada día, los mismos pasos, pero siempre con un sentido nuevo, con una luz distinta, con una vibración sobrenatural renovada: hacer extraordinariamente bien lo ordinario, ése es nuestro programa ascético y apostólico»(13).

No hay oficio, situación o tarea que no se carguen de trascendencia ante este panorama abierto al encuentro de Dios en la esquina de los acontecimientos cotidianos. Y no hay lugar tampoco a la esterilidad en el apostolado, porque esta dinámica tiene la fuerza capaz de mover a los hombres y a las mujeres del mundo:

«Te haces eterna en el corazón de un número incontable de hermanas tuyas…, y eterno se hará tu apostolado en el apostolado de ellas»(14).

Con razón cantarán las guitarras, aprovechando la pausa de cualquier descanso, en el caminar de la Obra por el mundo:

«el árbol crece y crece entre mis manos;
nunca premie su sombra mis sudores,
sirva para albergar a otros hermanos».


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