Testimonios públicos de judíos sobre San Josemaría

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A) Testimonio de Viktor E. Frankl
Judío, prestigioso psiquiatra y autor del libro “El hombre en busca de sentido”, donde relata sus terribles experiencias en un campo de concentración nazi

Debo al profesor Torelló que Monseñor Escrivá de Balaguer nos recibiera a mí y a mi mujer, y el haber tenido así ocasión de hablar con él un rato.

Si debo decir lo que de su persona me fascinó particularmente fue ante todo la serenidad refrescante que de él emanaba e iluminaba toda la conversación; después, el ritmo inaudito con que su pensamiento fluye y, finalmente, su asombrosa capacidad de contacto inmediato con sus interlocutores. Evidentemente Monseñor Escrivá vivía totalmente en el instante, se abría a él completamente y se entregaba a él del todo. En una palabra, para él debía poseer el instante todas las cualidades de lo decisivo (‘Kairos-Qualitätem’)

B) Testimonio de Julian L. Simon
Judío, profesor de Administración de Empresas en la Universidad de Maryland, doctor Honoris Causae por la Universidad de Navarra.
Se trata de una carta (22-IX-1997) dirigida al Editor del Washington Post Book World, a raíz de la reseña de la versión inglesa del libro de María del Carmen Tapia. Traducimos algunos párrafos:
Las personas del Opus Dei que conozco, nunca me han preguntado por mis creencias religiosas. Creo adivinar dos razones para su comportamiento: 1) la delicadeza, porque saben que soy judío; y 2) la sensación de que soy una persona irreligiosa por naturaleza. Ellos simplemente me tratan como una persona de bien que les ha provisto de unos conocimientos científicos que encuentran valiosos. (…)

La mayoría de esas personas deslizan en ocasiones una consideración espiritual que yo no comparto. Pero esa espiritualidad no se ve diferente que la exhibida por muchas personas religiosas que conozco de diversas denominaciones.

C) Rabino Prof. Angel KREIMAN BRILL
Presidente de la Confraternidad Judeo-Cristiana de Chile y delegado para Hispanoamérica del International Council of Christian and Jews.

Es un rabino, cooperador del Opus Dei. Publicó un libro (La Iglesia dialoga con la sinagoga) que quiso presentar en el Congreso sobre el centenario del nacimiento de San Josemaría Escrivá, que organizó la Universidad Austral de Argentina el 29 de junio. El libro fue presentado por el arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer.

Ángel Kreiman es argentino y vivió en su tierra hasta el fallecimiento de su esposa Susy en el atentado contra la sede de la AMIA, Institución central de la Comunidad Judía de Argentina. Kreigman vive actualmente en Chile, donde fue Gran Rabino durante veinte años.

Además de abogado y doctor en jurisprudencia, el autor es «doctor honoris» causa en Teología por el Seminario Teológico de América.

Cuando le preguntan a Kreiman Brill por qué es cooperador del Opus Dei, el rabino contesta: «Me motiva de manera especial la idea de santificar el trabajo y hacer presente a Dios, en cada una de nuestras actividades tratando de perfeccionarnos y perfeccionar la obra del Creador por ser nosotros cooperadores o socios de Dios en la obra de la creación».

A continuación, transcribimos el contenido de su intervención “El trabajo santo y la santidad del trabajo”.
El Señor Todopoderoso se manifestó como Creador de la Humanidad haciendo su trabajo durante seis días. Según la tradición de Israel, el instrumento de trabajo con que realizó su labor es su Verbo, la Torah, anterior a la Creación misma, pero esencia del Creador. Toda la Creación fue hecha para goce y regocijo del ser humano, que lleva la imagen y semejanza de Dios. Y la obra del Creador finalizó con la creación del descanso llamado Shabbat. “Se trabajará seis días, pero día séptimo será día de descanso completo, dedicado a Yahveh… Los hijos de Israel guardarán el sábado y lo celebrarán por todas las generaciones… Será entre mí y ellos una señal perpetua, pues en seis días hizo Yahveh los cielos y la tierra, y el séptimo día cesó en su obra y descansó” (Éxodo, XXXI, 15-17).

Como precepto más sagrado de la religión judía, la observancia del descanso sabático está basada, pues, en el deber de trabajar durante seis días, los mismos que había durado la Creación. Según el Génesis, Dios puso al hombre en el jardín de Edén para que lo cuidase y cultivase. Por tanto, considerado en su origen, el trabajo no es un castigo, sino un deber que lleva consigo la bendición divina.

Esto es lo mismo que nos dice Mons. Escrivá de Balaguer en el número 482 de su libro Surco: “El trabajo es la vocación inicial del hombre; es una bendición de Dios, y se equivocan lamentablemente quienes lo consideran un castigo. El Señor, el mejor de los padres, colocó al primer hombre en el Paraíso ‘ut operaretur’, para que trabajara”.

Cuando el cuarto precepto del Decálogo dispone (Ex. XX, 9 y s.): “Seis días trabajarás, y en ellos harás todas tus obras; pero el séptimo día es día de descanso, consagrado a Yahveh, tu Dios”, está dejando muy claro que no es posible cumplir con el precepto del Shabbat si no se ha cumplido antes el deber de trabajar.

Cumplir bien este deber es tanto como santificar el trabajo, y con ello actuar el hombre según su condición de imagen y semejanza de Dios. Así lo explica también el Beato en el núm. 520 del mismo libro: “Algunos se mueven con prejuicios en el trabajo: por principio, no se fían de nadie y, desde luego, no entienden la necesidad de buscar la santificación de su oficio. Si les hablas, te responden que no les añadas otra carga a la de su propia labor, que soportan de mala gana, como un peso. –Ésta es una de las batallas de paz que hay que vencer: encontrar a Dios en la ocupación y -con Él y como Él- servir a los demás”.

En hebreo, la palabra correspondiente a “trabajo” –avat– se aplica también al culto religioso; de tal manera que entendemos la adoración como trabajo santo, y el trabajo mismo como santa adoración. En Pirke Avot, el tratado ético del Talmud, Rabi Shimon el Justo dice: “Sobre tres pilares se sostiene el mundo: la Torah [Ley, Luz, Verbo Divino, Pentateuco]; la Avoda [trabajo, culto divino, servicio], y la práctica del bien entre los hombres”. Este principio talmúdico nos está dejando claro que el verdadero servicio a Dios se logra a través de la santificación del trabajo diario.

Por su parte, el Beato relaciona el trabajo con la oración cuando en Surco, núm. 497, dice: “Trabajemos, y trabajemos mucho y bien, sin olvidar que nuestra mejor arma es la oración. Por eso, no me canso de repetir que hemos de ser almas contemplativas en medio del mundo, que procuran convertir su trabajo en oración”.

En otro párrafo del tratado antes citado, Rabi Tarfón escribe: “El día es corto; el trabajo, inmenso; los obreros, indolentes; el salario, considerable, y el Empleador [divino], exigente”. Por ello se entiende que Mons. Escrivá de Balaguer diga en el núm. 49 de Forja “Cualquier trabajo, aun el más escondido, aun el más insignificante, ofrecido al Señor, ¡lleva la fuerza de la vida de Dios!”.

Queda claro, por tanto, que el hombre es socio de Dios en la Creación, y continúa Su obra mediante su trabajo diario. Como conclusión, debemos entender que, si bien son mucho los conceptos del Beato basados en la tradición talmúdica, que muestran su profundo conocimiento de lo judío y su “amor apasionado”, como él decía, por Jesús y María, lo que acerca más al Opus Dei al Judaísmo religioso es, indudablemente, la vocación de servir al Dios Creador por medio del trabajo creativo del hombre, y perfeccionar cada día la obra del Creador a través del perfeccionamiento del hombre en su trabajo.

D) Simón Hassán Benasayag
Presidente de la Comunidad Israelita de Sevilla en 1992
Palabras publicadas en el ABC de Sevilla, el 12 de enero de 1992, pag. 40, en un artículo que llevaba como título “Respeto a la verdad”:

“Parecía que ya no se podría decir nada nuevo sobre el Opus Dei y la invención del nazismo o antisemitismo del fundador alcanza las cumbres más altas de la fantasía. Por lo que me consta, el fundador del Opus Dei no habló nunca mal de los judíos; está claro que a monseñor Escrivá se le quiere identificar, aprovechando la noticia de su beatificación, con el nazismo y posturas ideológicas de este signo”.

E) Ben Haneman
Médico y profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad de New South Wales. Actualmente, vive en Sidney, Australia.

“Por ser judío, creo en Dios y, por tanto, en el hombre y su espiritualidad. Cualquier iniciativa guiada por motivos espirituales más que materiales, tiene automáticamente mi ayuda. En las labores educativas promovidas por personas del Opus Dei encontré hombres y mujeres preparados que desempeñan su trabajo con este fin: inyectar vida espiritual a este mundo nuestro. Congenio muy bien con este ideal. Ser cooperador ha sido para mí una gran ayuda, mi vida se ha enriquecido y no me ha supuesto ningún problema con respecto a mi condición de judío”.

50 años del club Jara

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La tarea educativa de esta conocida asociación juvenil del madrileño Distrito de Chamartín, celebra medio siglo desde sus inicios, que tuvieron lugar con el impulso de San Josemaría

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“La formación que reciben nuestros hijos es una banqueta con tres patas: la familia, el colegio y el tiempo libre. Haber encontrado el Jara es como que nos haya tocado la lotería: sólo que en vez de dinero, el premio es una de las patas de la banqueta”. La explicación no es muy académica -o sí-, pero es la que da uno de los matrimonios responsables del actual Patronato del Club.

En la década de los cincuenta, San Josemaría Escrivá de Balaguer animó a padres de familia a poner en marcha iniciativas que sirvieran para que sus hijos y los hijos de sus amigos aprovecharan bien el tiempo libre y recibieran formación humana y cristiana. Con este objetivo han surgido en muchas ciudades del mundo centenares de clubs juveniles. El primero de ellos fue el Jara Club, que cumple 50 años este mes de abril.

Opus Dei - En la  conmemoración del 50º aniversario

En la conmemoración del 50º aniversario

Para conmemorar las Bodas de Oro se han organizado diversas iniciativas, como la edición de un libro de 114 páginas, con textos y fotos de las cinco décadas de su historia. El libro fue presentado el pasado día 3 de abril, en un acto público celebrado en el salón de actos de la Fundación Rafael del Pino, con sede en Madrid, al que asistieron más de un centenar de personas. En esta obra, combinando una narración histórica (por décadas), recuerdos de antiguos socios, y artículos sobre aspectos del proyecto educativo del club, se expone qué se hace en el Jara y qué aporta a quienes frecuentan las actividades que se organizan: culturales, deportivas, de solidaridad, etc.

Opus Dei - En una  fiesta del club

En una fiesta del club

En sus recuerdos de los inicios del Jara, recogidos en el libro del 50 aniversario, Tomás Alvira explica que “la idea del club juvenil, tal como la concibió San Josemaría, era de tal envergadura, que en su puesta a punto intervinieron catedráticos de universidad, profesionales de la Pedagogía, gente con experiencia y altura profesional, y –detalle no insignificante- gentes del Opus Dei que habían llegado en la primera hora y que habían sido formados directamente por el Fundador”.

La aportación del club juvenil

San Josemaría y los clubs juveniles es precisamente el título de uno de los epígrafes del libro. Como comenta su autor, José Carlos Martín de la Hoz, “en el Jara, recibimos formación, ejemplo y consejos prácticos para nuestra vida corriente; sólo consejos pues, como había dicho San Josemaría: “El consejo no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad”. Después de unos años en el club, cada uno, libremente, fuimos decidiendo lo que haríamos con nuestras vidas. Pienso que nunca dejaremos de agradecer lo mucho que recibimos en aquellos años. Y, sobre todo, a San Josemaría que estaba detrás de todo aquello, y hoy sigue estando, como buen intercesor delante de Dios”.

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Con palabras de José María Barrio, profesor titular de Antropología Pedagógica de la Universidad Complutense de Madrid, uno de los aspectos principales del proyecto educativo del club es que “aquí los jóvenes saben escuchar, ante todo porque se saben escuchados. (…)

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El Club Jara no hace milagros. Los niños son niños y los adolescentes, pues eso, adolescentes. Pero hay siempre personas algo mayores que saben escuchar y, sobre todo, desde el primer día que pisaron el Club, los chicos saben que tienen al gran Amigo que siempre está ahí, en el oratorio, disponible para sus pequeñas confidencias. Hoy la formación de buenos ciudadanos en gran medida estriba en promover un auténtico ethos dialógico. Pero para dialogar hay que saber escuchar. Y para aprender a escuchar es bueno que los jóvenes sientan que alguien les toma en serio. Por eso hacen falta sitios como el Club Jara, verdaderos catalizadores de espíritu cívico y de amistad (…). Sitios, en fin, que serán focos que poco a poco vayan irradiando lo que Juan Pablo II llamó civilización del amor”.

Eventos conmemorativos

Los principales actos conmemorativos tuvieron lugar el día 19 de abril: la celebración de una Misa de acción de gracias por estos 50 años, en la Iglesia del Espíritu Santo, y un festival con las familias de los socios, actuales y antiguos, en el centro de enseñanza Tajamar. Otra iniciativa, coordinada por un grupo de padres de socios del club, es una romería de las familias al santuario mariano de Torreciudad (Huesca), del 25 al 27 de abril.

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A lo largo del presente curso se están celebrando cenas con antiguos socios, organizadas por promociones, y se ha preparado una exposición de los 50 años del club, que quedará instalada en una de las salas de su sede (calle Pablo Aranda 16, Madrid).

Para más información, se puede visitar la página web www.jaraclub.com, que ha sido rediseñada con motivo del aniversario, al que se dedica un apartado especial.

Madrid. El crisol del dolor

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 19 de abril de 1927 se trasladó a Madrid, con permiso de su Arzobispo, para hacer el doctorado en Derecho. Pero, como señala Pedro Rodríguez, en la realidad profunda es Dios quien lo llevó a esa ciudad para darle a conocer su Voluntad.

En Madrid, el tiempo que pensaba dedicar a la tesis cedió pronto ante el reclamo de las almas, y a partir de junio de aquel mismo año comenzó a trabajar como capellán del Patronato de Enfermos, una institución de beneficencia dirigida por unas religiosas, las Damas Apostólicas. Iba a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los viejos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto y alguna que otra pedrada.

Gastó en estas tareas los mejores años de su juventud: Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada.

No olvidaría nunca la miseria de las corralas madrileñas, donde se hacinaban familias enteras en cuartos insalubres y minúsculos. Ni los estragos de la tuberculosis, entonces incurable. Y aquellos niños de los suburbios, vestidos con harapos, que temblaban de frío entre el fango y los desperdicios. Dedicó muchos, muchos millares de horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Hubiera querido irles a confesar en todas las grandes barriadas más tristes y desamparadas del mundo. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que comenzar limpiándoles la nariz, antes de limpiarles un poquito aquellas pobres almas.

Seguía rezando por aquel querer divino, aún desconocido: Cuando yo tenía barruntos y no sabía lo que era, decía gritando, cantando, ¡como podía!, unas palabras (…) he venido a poner fuego en la tierra, ¿y qué quiero sino que arda? Y la contestación: (…) aquí estoy, porque me has llamado.

He aprendido de un gitano…

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Don Josemaría se desvivía por los enfermos, los consolaba con su presencia animosa y optimista, y procuraba aprender de ellos. Un día vio a un gitano agonizante en una cama del Hospital General, al que habían dado una puñalada mortal durante una reyerta.

—Este hombre se muere —le avisaron.

Procuré que nos dejaran solos. Dije al gitano unas palabricas y se conmovió. Le advertí también que se moría, y él quiso confesarse. Luego, cuando le día a besar el crucifijo, me decía a gritos, sin que pudiera hacerle callar:

—Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor.

—¡Pero si le vas a dar un abrazo —le dije— y un beso muy fuerte enseguida, en el Cielo!

Nunca olvidó aquel grito sincero de compunción. ¿Habéis visto —comentaba años después— una manera más hermosamente tremenda de manifestar la contrición? Después, alguna vez lo he dicho también yo, a solas, sin dar voces: con esta boca mía podrida, no puedo besarte, Señor. He aprendido de un gitano moribundo a hacer un acto de contrición.

“Guardo esa imagen grabada en el alma —recuerda José Ramón Herrero, uno de los jóvenes que le acompañaban en sus visitas a los hospitales—: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento… Esa imagen no se me borra de la memoria, porque refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida”.

Brian Kolodiychule, Postulador de la Causa de la Madre Teresa, recordaba con motivo de la canonización de Josemaría Escrivá que el encuentro de Cristo en los pobres, que fue el carisma de Teresa de Calcuta, se da, de una forma o de otra, en todos los santos de la Iglesia. Se puso de manifiesto, escribe, “muy en particular en los primeros años de la historia del Opus Dei, como han relatado testigos del trabajo pastoral del beato Josemaría en los hospitales de Madrid. Los pobres, los enfermos, los desahuciados, fueron las armas para vencer en su batalla para que el Opus Dei echara a andar. En ambos casos, tanto para el fundador del Opus Dei como para la Madre Teresa, en la raíz de este compromiso se advertía la fe, que les hacía descubrir a Cristo en cada hombre”.

1936. La persecución religiosa

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Junto con la guerra civil (1936-1939) tuvo lugar en España una de las persecuciones religiosas más sangrientas que ha conocido la historia de la Iglesia. Murieron 6.832 personas; 4.184 del clero secular —entre los que se incluyen doce obispos y numerosos seminaristas—; 2.365 religiosos y 283 religiosas. Es incalculable el número de laicos que padecieron martirio a causa de la Fe.

Como tantos sacerdotes de su tiempo, don Josemaría pasó mil penalidades por su condición sacerdotal. Tuvo que refugiarse en distintos domicilios particulares, en los que sólo podía estar durante algunas horas o días, porque amparar a un sacerdote, en aquellas circunstancias, equivalía a firmar la propia sentencia de muerte.

No podía transitar por la calle: podía detenerle cualquier control callejero, y acabar, como tantos otros, fusilado junto al paredón del cementerio. No tenía dinero para sobrevivir: únicamente Isidoro Zorzano, ya establecido en Madrid, seguía cobrando su sueldo. Y le llegaban rumores de detenciones arbitrarias, registros y torturas.

El 30 de agosto se encontraba refugiado con otros perseguidos en una vivienda de la calle Sagasta. Juan Manuel Sáinz de los Terreros, uno de ellos —que no sabía quién era don Josemaría—, cuenta que los milicianos se presentaron de improviso para hacer un registro en el edificio. Comenzaron revisando los sótanos, y prosiguieron, planta por planta… Al darse cuenta, don Josemaría subió por una escalera interior hasta la buhardilla con Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Aquello era un cuchitril lleno “de polvo de carbón y de trastos, como todas las buhardillas, y en las que no nos podíamos poner de pie porque llegá­bamos con la cabeza al techo… Hacía un calor insoportable. En un momento oímos cómo entraban en la buhardilla de al lado para hacer el registro…

Estando en esta situación se me acerca don Josemaría y me dice:

Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución.

Inexplicablemente, después de haber registrado toda la casa, los milicianos no entraron en aquella buhardilla.

Afirma Juan Manuel que “supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo”.

Durante aquella temporada, don Josemaría sufría especialmente por no poder celebrar la Santa Misa habitualmente, por carecer de materia para la consagración. En su lugar recitaba de memoria las oraciones litúrgicas, omitiendo la fórmula de la Consagración y haciendo una comunión espiritual al llegar a la Comunión.

Al fin, en marzo de 1937, encontró un asilo relativamente estable en la Legación de Honduras. Allí, recuerda su hermano menor, Santiago Escrivá, “comíamos muy poco. Josema­ría menos que los demás porque había días que no comía nada o muy poca cosa, como mortificación, para ofrecerlo a Dios”. Se quedó tan delgado —perdió treinta kilos— que, cuando su madre pudo ir a verle, no le reconoció; se dio cuenta de que era su hijo Josemaría sólo por la voz.

Muchos refugiados de la Legación pasaban las horas rumiando en silencio su desdicha; otros se desahogaban comentando sus desgracias presentes y pasadas… En medio de aquel clima de pesimismo, don Josemaría ayudaba a los que le rodeaban a no perder la esperanza, a aprovechar el tiempo, y a crecer para adentro mediante la oración por todos, con un profundo sentido de la Comunión de los Santos.

Por la Comunión de los Santos —decía el 8 de abril— nunca podemos sentirnos solos, pues constantemente nos llegan alientos espirituales de las cárceles, de las trincheras, de dondequiera se encuentre alguno de vuestros hermanos. La consideración de esta realidad nos impulsa a un detenido examen de nuestra conducta en este lugar, que es como una prisión para nosotros. Porque aquí, en esta aparente inactividad, contamos con la posibilidad de trabajar mucho por dentro, y acompañar a cada uno de vuestros hermanos en peligro, y velar por ellos.

Su espíritu atravesó durante aquella época lo que San Juan de la Cruz llamaba la “noche oscura del alma”, con la que Dios suele purificar a las almas santas. Pero esto no se reflejaba en el exterior: su predicación era, como de costumbre, optimista y vibrante, aunque el Señor le hacía participar, de modo particularmente intenso, de la Cruz.

Algunos sacerdotes conocidos suyos habían muerto mártires. Le apenó especialmente el fallecimiento de su gran amigo, Pedro Poveda. El fundador de la Institución Teresiana había sido asesinado en julio de 1936. Comentaba un año después: Recuerdo con gran consuelo una conversación que mantuve con un gran santo; lo asesinaron en julio del año pasado, cuando se hallaba sazonado, preparado para ir al encuentro del Amor, pues había escrito todo el libro de su vida, desde el principio hasta el fin, con letras de oro…

Hablábamos de la posibilidad de sufrir martirio. Le dije que no me asusta la muerte: que la aceptaría gustoso cuándo, dónde y como quisiera el Señor mandármela, pero que sentiría abandonaros. Y continué afirmando, mientas él asentía, que los afectos santos de la tierra se conservan en el Cielo: allí podremos pedir por las personas a las que quisimos aquí abajo.

A finales del mes de agosto de 1937 pudo salir de la Legación con una precaria documentación que le facilitó el Cónsul de Honduras. Todas las iglesias de Madrid se encontraban cerradas, muchas destinadas a otros usos o completamente destruidas, con las imágenes profanadas o mutiladas. En esas circunstancias, don Josemaría arriesgó su vida cuando fue necesario para el bien de las almas: bautizaba a escondidas, confesaba dando un paseo por los bulevares o atendía espiritualmente a religiosas refugiadas en casas particulares.

Llevaba siempre consigo al Señor Sacramentado en una pitillera envuelta, por precaución, en una funda con la bandera y el sello de la Legación. Muchas veces dormía sin quitarme la ropa —recordaba—, con la Sagrada Forma encima, abrazando al Señor.

El 7 de octubre pudo abandonar Madrid. Se dirigió a Barcelona, por Valencia, y el 19 de noviembre salió hacia el Pirineo, donde emprendió una larga marcha que le llevó hasta Andorra. Llegó al Principado el 2 de diciembre, acompañado por un pequeño grupo de personas. Poco después, pasó la frontera francesa y se estableció en Burgos.

Madrid, verano de 1931

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

En las inmediaciones de la Estación de Atocha, se aglomeran los viajeros. Don Josemaría se abre camino entre ellos, abstraído, y se dirige a la parada del tranvía que lo llevará a la calle de Viriato, donde ahora vive con su madre, que se ha quedado sola: acaba de dejar en la estación a su hermana y a su hermano, que van a pasar el verano en Fonz.

En Madrid reina una angustia que casi se percibe físicamente. Desde hace más de un año, se han ido multiplicando los signos precursores de una tormenta; son las convulsiones de una sociedad cuya base política se tambalea.

El General Primo de Rivera había abandonado el poder el 28 de enero de 1930. Los gobiernos que le habían sucedido no habían logrado atajar la profunda crisis que sufría la monarquía. El 14 de abril de 1931, por segunda vez en la historia de España, se ha proclamado la República. Momentos de incertidumbre, de esperanza, y también de angustia, pues las corrientes anticlericales, desatadas, han desembocado en acciones de inusitada violencia. El 11 de mayo, grupos de exaltados se han echado a la calle en Madrid y han incendiado numerosas iglesias y conventos. Al día siguiente, ha ocurrido lo mismo en otras ciudades. En las calles, se mira a los sacerdotes con desprecio o con rabia, cuando no se les insulta, como ocurre, a veces, en los suburbios y en los barrios obreros, que don Josemaría sigue visitando para atender a pobres y enfermos. Han llegado hasta a apedrearle…

El Padre no hace jamás comentarios de carácter político, pero tiene el corazón oprimido, aunque está convencido que el Señor nunca permite que suceda algo irremediable.

El 11 de mayo había evitado que se cometiera una posible profanación en el Patronato de Enfermos, donde por entonces vivía aún. Un Coronel, antiguo amigo de la familia, había ido a llevarle ropa de paisano para que pudiese escapar. Él, entonces, había abierto el Sagrario y había consumido casi todas las Sagradas Formas que había en el copón. Luego, como el tiempo apremiaba, había envuelto cuidadosamente el copón con las que quedaban en un papel y las había llevado a casa del Coronel en un taxi que éste había mandado llamar.

En los días que siguieron, los espíritus se habían calmado un tanto. pero la atmósfera continuaba cargada y la tormenta podía estallar de nuevo.

Después de pasar unos días con su hermano, en casa del Coronel, don Josemaría había decidido ir a vivir con su madre en un piso de la calle de Viriato. Acababa de renunciar a su cargo de capellán del Patronato de Enfermos, con objeto de estar más disponible para hacer lo que Dios le había pedido.

Tú eres mi Hijo

Tales circunstancias no son nada favorables a la fundación de una obra como la que tiene entre manos, y don Josemaría lo sabe. Con todo, cuando sube al tranvía que ha de conducirlo a su casa, sigue pensando que se realizará, por absurdo que parezca.

En momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible (…) sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba, Pater!.

Los que aquel día se apretujaban en el tranvía que, dando tumbos, hacía el recorrido Atocha-Cuatro Caminos, tal vez se asombraran al ver a aquel joven sacerdote murmurando palabras incomprensibles, con la cara iluminada de gozo.

¡Gozo, paz profunda! ¡Soy hijo de Dios! Lo demás, no tiene importancia…

“Tú eres mi Hijo: Yo te engendré hoy” (Ps. 11, 7). Toda una vida sería insuficiente para agotar el significado de estas palabras del Salmo II, que ahora contempla con una luz nueva…

Gozo. Identificación con Cristo, Hijo unigénito de Dios, el Bienamado del Padre. Como en los justos del Antiguo Testamento, como en María cuando entonó el Magnificat, la respuesta brota de lo hondo de su corazón, expresada con palabras de la Escritura: Abba, Pater! Abba, Pater! Abba! Abba! Abba!

“Y por cuanto vosotros sois hijos, envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual nos hace exclamar: Abba, Padre. Y así ninguno de vosotros es ya siervo, sino hijo. Y siendo hijo, es también heredero de Dios” (Gal. IV, 6-7). “Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para obrar todavía por temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción de hijos, en virtud del cual clamamos: Abba, ¡Oh Padre!; porque el mismo espíritu está dando testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y siendo hijos, somos también herederos: herederos de Dios, y coherederos con Cristo: con tal, no obstante, que padezcamos con él, a fin de que seamos con él glorificados” (Rom. VIII, 15-17).

¡Sí, Pablo, gran Pablo! ¡Gracias por esta doctrina que nos has dejado, porque el Espíritu Santo te la inspiró!

Qué confianza, qué descanso y qué optimismo os dará, en medio de las dificultades, sentiros hijos de un Padre, que todo lo sabe, y todo lo puede.

Don Josemaría ha bajado del tranvía, casi sin darse cuenta, y deambula por las calles sin dejar de repetir mentalmente, y tal vez en voz alta, ajeno a los viandantes: Abba, Pater! Abba, Pater!

Es una gracia demasiado grande que, sin duda, Dios no quiere que se la reserve para él. Ha de ser, también, para los que vengan. Para que sepan siempre, en media de las dificultades, ver la Cruz de Cristo, y que encontrar la cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios.

La luz del 2 de octubre de 1928 se ha hecho más brillante aún, en momentos particularmente difíciles. Que esta manifestación profunda de la filiación divina haya tenido lugar en plena calle -en un tranvía- confirma, con toda evidencia, que el cristiano puede y debe alcanzar la santidad en medio de sus ocupaciones ordinarias, y gracias a ellas:

La calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es, para nosotros, lugar de oración.

“¿Por qué causa se han embravecido las naciones, y los pueblos meditaron cosas vanas? (…). Se han confederado los príncipes contra el Señor y contra su Cristo (…). Aquel que reside en los cielos se burlará de ellos (…). Tú eres mi Hijo. Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré las naciones en herencia tuya, y extenderé tu dominio hasta los extremos de la tierra …” (Ps. II).

El Padre, como lo llaman espontáneamente quienes se acercan a él, llega a su casa con el corazón inundado de gozo, lleno de confianza en el futuro, pase lo que pase. A partir de ese momento, la filiación divina será tema central de su predicación: Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo (…). Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando (..). Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos.

¡Ah, Señor! -¡díselo con toda tu alma!-, yo soy… ¡hijo de Dios!

Las primeras vocaciones

Don Josemaría prosigue haciendo apostolado con gente joven y con algunos sacerdotes. Confiesa durante más horas y ensancha y profundiza el trabajo básico indispensable para que la Obra de Dios se ponga en marcha.

El confesionario le permite empezar a dirigir espiritualmente algunas mujeres, en su mayoría jóvenes, que un sacerdote no podría encontrar en otros sitios, como a los hombres. Aconseja a unas cuantas que vayan a enseñar el catecismo a los niños en un suburbio muy pobre de los alrededores de Madrid llamado “La Ventilla”.

Pacientemente, va modelando las almas una a una, tallándolas como los diamantes, a la espera de que “respondan”.

Ya no está del todo solo, con el secreto de esta locura, de este fuego cuyo resplandor el Señor le ha hecho ver hace más de dos años. Algunos de los que le rodean han empezado a comprender… Entre ellos, uno en quien había pensado a poco de fundar la Obra: Isidoro Zorzano, aquel antiguo condiscípulo del Instituto de Logroño, persona recta, de gran corazón y buen cristiano. Estaba seguro de que sería capaz de entender ese ideal tan exigente y, con la gracia de Dios, dedicar su vida a esa tarea…

No le había olvidado, pero hacía varios años que no se veían. Sabía, eso sí, que no se había casado, que había terminado la carrera de ingeniero y que trabajaba en Málaga, en la Compañía de Ferrocarriles de Andalucía.

A comienzos de 1930, había decidido escribirle. Una carta muy breve: “No dejes de venir a verme cuando pases por Madrid; tengo que contarte cosas que pueden interesarte…”

Unos meses más tarde, el 24 de agosto, don Josemaría había ido a visitar a un estudiante de arquitectura, que se encontraba enfermo. A poco de llegar, piensa, sin saber por qué, que debe volver a casa. Sale y, cerca ya del Patronato de Enfermos, él, que siempre toma el camino más corto, da un ligero rodeo. De pronto, en la calle de Nicasio Gallego, ve venir en dirección contraria alguien a quien conoce: ¡Isidoro!

-Acabo de estar en el Patronato -dice éste- y, como no estabas, iba a buscar un restaurante y luego a tomar el tren. Voy al Norte, donde mi familia está pasando el verano… Es curioso, pero tenía el presentimiento de que te encontraría aquí, en esta calle…

Ya en las habitaciones del Patronato de Enfermos, antes de que don Josemaría pueda abordar el tema que le insinuaba en su carta, Isidoro dice:

-Josemaría, quería verte para pedirte que me aconsejaras.

-¿Qué te pasa?

-Estoy inquieto. Siento que Dios me pide más, que debo hacer “algo”, pero no sé el qué. Me he preguntado a veces si el Señor querrá que me haga religioso, pero no lo veo claro. Tengo mi trabajo de ingeniero, que me satisface… Y no sé qué pensar, quiero que me orientes…

Don Josemaría le escucha estupefacto. Luego dice:

-¿Te acuerdas de mi carta? Pues bien, te he escrito precisamente para hablarte de una obra en la que estoy comenzando a trabajar…

Y empieza a describirle, a grandes rasgos, ese inmenso panorama de santificación del trabajo ordinario y de la vida corriente. La de un ingeniero como él, por ejemplo.

-Veo en esta coincidencia el dedo de Dios -exclama Isidoro-. Cuenta conmigo. Por mi parte, estoy decidido.

Ha sido todo tan rápido que don Josemaría no sabe qué hacer. Pide a su amigo que espere un poco, antes de dar una respuesta definitiva, pues se trata de dar un nuevo giro a su vida… Isidoro se marcha y vuelve después de comer.

Mientras le espera, el Padre reflexiona sobre el sentido de este suceso y pide luces al Señor. Ha sido todo tan rápido… Por una parte, Isidoro no podrá trasladarse inmediatamente a Madrid y no podrán verse con frecuencia, lo que dificultará su indispensable formación; por otra, resulta todo tan claro, tan providencial…

Vuelve Isidoro. Charlan largo rato, hasta la salida del tren. Cuando parte, se considera ya comprometido con el Señor, de manera irreversible, para trabajar a su servicio en esta Obra de Dios, de la cual, de hecho, será el primer miembro que perseverará. A partir de ese momento, Josemaría, su condiscípulo, se ha convertido en El Padre.

Contradicciones y certezas

Aunque los frutos no acababan de verse, el año 1930 había sido rico en trabajos y gozos. Sobre todo, ese 14 de febrero en que había nacido la Sección de mujeres del Opus Dei, inopinadamente. Así pues, don Josemaría prosigue su trabajo apostólico en tres frentes: hombres, sacerdotes y mujeres.

No es nada fácil. En tiempos de crisis, como ésos, las gentes andan preocupadas y se ven atraídas por la acción política. El ideal que el Padre propone es otro, mucho más alto. Incluye, sí, las aspiraciones y las empresas más nobles, pero iluminadas por la luz de la fe, con todo lo que eso exige: vida interior, formación, coherencia moral, unidad de vida…

Don Josemaría suele entusiasmar a aquellos a quienes se dirige; les hace descubrir nuevos horizontes y sacar nuevos destellos de las páginas del Evangelio (ha tomado nota de un centenar de versículos del Nuevo Testamento que relee y medita con frecuencia). No faltan, sin embargo, quienes se burlan de la increíble audacia que encierra la idea misma del Opus Dei. No se contentan con hacer comentarios a sus espaldas: algunos se lo dicen, con “comprensiva” condescendencia (son, con frecuencia, ¡ay!, sus hermanos en el sacerdocio). ¡Qué idea más absurda proponer que traten de ser santos a hombres y mujeres corrientes, que no están “consagrados” a Dios, que no se comprometen con votos, que no tienen vocación religiosa! ¿Acaso no basta con procurar que esas gentes inmersas en el mundo, con tantas ocasiones de perderse y de ensuciarse, simplemente se salven “como a través del fuego”? Qué osadía decir a los cristianos corrientes: Tienes obligación de santificarte. -Tú también. -¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto”.

El joven Fundador sufre con estas incomprensiones, aunque no le sorprenden. Lo que predica es tan nuevo… Una locura, sin duda. Pero está tan seguro de que eso viene de Dios que no está dispuesto a renunciar por mucha sorpresa o muchas reticencias que algunos manifiesten. Al contrario, no hacen más que confirmarle que no es el inventor de una “idea” generosa, sino instrumento escogido por Dios para abrir un nuevo camino en la tierra. Esta obra no es una “buena obra” más. Es la Obra de Dios que Él le había hecho entrever desde su juventud, sin saberlo. ¿Qué puede tener de extraño que surjan obstáculos? Tendrá que quitarlos o esquivarlos, de la mano de Dios, porque, de alguna manera, el cielo está comprometido en que se realice.

El día de la Transfiguración, que en Madrid se celebra ese año el 7 de agosto, don Josemaría está celebrando misa en la iglesia del Patronato de Santa Isabel. Cuando se dispone a formular mentalmente las intenciones por las que la ofrece, se da cuenta, de pronto, del profundo cambio interior que -sin mérito alguno por su parte, piensa- se ha operado en él desde su llegada a la capital. Inmediatamente, renueva su propósito de orientar toda su vida hacia el cumplimiento de lo que Dios quiere de él: hacer la Obra de Dios.

Llegó la hora de la Consagración -escribe el mismo día en un cuaderno-: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, (..) vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: “et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum” (Joann., XII, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el “ne timeas!”, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas…

Querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo corno llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey…

Madrid, 1932, 1933

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Mil novecientos treinta y dos trae, para don Josemaría, un largo cortejo de alegrías y de penas, entre las cuales el Opus Dei experimentará un lento crecimiento, mientras, alrededor, se perfilan los prolegómenos de una crisis capaz de degenerar en guerra civil.

Continúa la labor apostólica en todos los frentes. Todos los lunes, hay una reunión para sacerdotes. El Fundador trata de hacerles comprender, en cada una de sus facetas, el espíritu de este nuevo camino que conduce a vivir la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo.

Algunos de los sacerdotes que asisten son jóvenes y emprendedores, como don José María Somoano o don Lino Vea-Murguía, que van a visitar a los enfermos y a enseñar el catecismo a los suburbios, como él, todos los domingos. Otros son ya maduros, pero también podrían ayudarle, mediante la dirección espiritual, para que la Obra fuera creciendo al ritmo querido por Dios.

Estos sacerdotes empiezan a comprender más o menos profundamente, más o menos de prisa, la nueva espiritualidad que les expone el Padre. Don José María Somoano mejor que los demás, hasta el punto de comprometer su vida entera en la empresa, sin dejar de depender de su Ordinario para todo su ministerio sacerdotal como único superior.

La vocación de una enferma incurable

Sus horas de confesionario en la iglesia de Santa Isabel siguen permitiéndole ampliar y consolidar los cimientos de lo que podría ser la Sección de mujeres del Opus Dei.

La Providencia ha querido que una de las primeras piedras sea una pobre enferma que ya no abandonará su lecho en el hospital: María Ignacia García Escobar, la tuberculosa del Hospital del Rey, que sigue pidiendo por la Obra sin saberlo. Don Josemaría sabe que no tiene curación, pero, a pesar de todo, decide revelarle este camino real de santificación en medio del mundo al que ha consagrado su vida desde aquel 2 de octubre de 1928. A pesar de su dolencia, María Ignacia resuelve enseguida ofrecer el tiempo que le quede de vida por este gran ideal.

Dos días más tarde, escribe en su diario: “Este 9 de abril de 1932 no podrá borrarse nunca de mi memoria. De nuevo Tú me eliges, buen Jesús, para seguir tus huellas divinas… Desde este momento, te prometo ser, con tu ayuda, generosa en el lugar donde me has colocado, puesto que toda la gloria debe volver a Ti”.

Las jóvenes que el Fundador de la Obra ha ido llevando por caminos de vida interior se turnan para acompañar a María Ignacia y aprenden de ella una magnífica lección de abandono a la Voluntad divina.

Una muerte dramática

A pesar de las dificultades exteriores y de la lentitud con que se desarrolla esta Obra querida por Dios, el Padre no se inquieta; prosigue rezando y actuando.

Con todo, la noticia que le dan el 17 de julio, por la mañana, le asesta un golpe en el corazón.

Cuatro días antes, don José María Somoano había caído gravemente enfermo. El Padre había pasado largos ratos junto a él, rezando intensamente por su curación. Se rumoreaba en las salas del hospital que lo habían envenenado, rumor que no tenía nada de absurdo en unos tiempos de furioso anticlericalismo. ¿Será cierto?, piensa don Josemaría cuando le dicen que acaba de fallecer.

Aunque estaba convencido de que no le hacía falta, el Padre rezó mucho por él y haría rezar a sus hijos durante muchos años.

Una vez más, es preciso aceptar sin comprender, sufrir sin perder la esperanza, pues un cristiano tiene que esperar, por mucho que el horizonte se cierre y se oscurezca… Hace muchos años que ha aprendido a ir subiendo por las gradas de la aceptación: Resignarse con la Voluntad de Dios: conformarse con la Voluntad de Dios: querer la Voluntad de Dios: amar la Voluntad de Dios.

Todas las circunstancias se prestan a hacer apostolado

Mientras tanto, en Madrid se precipitan los acontecimientos. Hace poco más de un año que se proclamó la República y, tras la quema de conventos y de iglesias, se han sucedido los disturbios.

El 10 de agosto de 1932, en Sevilla, el General Sanjurjo intenta dar un golpe de Estado, que fracasa. Algunos estudiantes que se han lanzado a la calle, en Madrid, son detenidos y conducidos a la cárcel Modelo, para ser juzgados. Entre ellos, hay algunos a quienes don Josemaría dirige espiritualmente. En cuanto se entera, acude a la prisión, vestido con sotana, y consigue hablar con ellos, animándoles a que no permanezcan inactivos y no pierdan la alegría y la esperanza cristianas. Les habla también de oración y les recuerda que son hijos de Dios… Con el abandono, no habréis de preocuparos, ya que descansaréis en el Padre.

Don Josemaría les aconseja que recen a menudo el Padrenuestro, meditando sobre todo las dos primeras palabras: “Padre-nuestro…”. Les recomienda, además, que invoquen con frecuencia a la Santísima Virgen, repitiendo las oraciones que aprendieron de pequeños o rezando el Rosario; que se confiesen y comulguen siempre que puedan y que procuren mantener un ambiente de camaradería y buen humor entre ellos y con los demás prisioneros. Lo necesitan, porque han pedido para ellos nada menos que la pena de muerte…

Tras la reja del locutorio, aquellos jóvenes agradecen al Padre las visitas, porque saben que sus palabras de aliento no son un mero formulismo, sino que le salen del corazón, pues quiere comunicarles el único consuelo que pueden tener en tan difíciles circunstancias.

De aquellos meses de cautividad, van a obtener no sólo una ocasión de progresar interiormente, sino también una lección de caridad y de comprensión mutua, intimando con un grupo de anarco-sindicalistas que están también en la cárcel. Al cabo de unas semanas, católicos y anarquistas, que en la calle andaban a golpes, juegan juntos al fútbol en el patio de la prisión…

Don Josemaría, a quien aquellos jóvenes habían mostrado sus recelos en este sentido, les había animado a confraternizar con ellos, sugiriéndoles que no jueguen en un solo equipo, sino en los dos equipos adversos, para evitar así que se reproduzcan las divisiones políticas en el deporte. Les dice, también, que se les brinda una ocasión de dar a conocer la doctrina cristiana a quienes, sin culpa suya necesariamente, tal vez la ignoren por completo. Incluso les lleva un catecismo, para ayudarles a practicar este nuevo género de apostolado…

Una nueva prueba

En octubre de 1932, a los cuatro años de la fundación de la Obra, don Josemaría pasa otra vez unos días de silencio y recogimiento en un convento de carmelitas situado en las afueras de Segovia. El perfil medieval de la ciudad se destaca en el cielo, alargándose tras la proa rocosa donde se yergue el Alcázar.

En una capilla de la iglesia conventual reposan los restos de San Juan de la Cruz. Allí, recogido en oración, el Fundador del Opus Dei pone las diversas tareas apostólicas de la Obra bajo la protección de los arcÁngeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael y de los apóstoles Pedro, Pablo y Juan.

Poco después, Luis Gordon cae enfermo también. Avisan a don Josemaría de que ha empeorado y, al cabo de unos días -el 5 de noviembre, de madrugada-, entrega su alma a Dios. El Padre. que ha ido a rezar inmediatamente ante el lecho de muerte, celebra además la Santa Misa en el oratorio privado de casa de sus padres. Una vez más, la voluntad divina resulta incomprensible para el entendimiento humano. Luis era un hombre joven, pero ya prestigiado. Su fidelidad y su finura de espíritu hubiesen sido valiosísimos para la Obra. No obstante, Dios había decidido otra cosa. Una vez más era preciso aceptar sin comprender… La Obra tendría que desarrollarse sin ningún medio ni sostén material.

La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada.

Al perder aquellos consuelos humanos te has quedado con una sensación de soledad, como pendiente de un hilillo sobre el vacío de negro abismo. -Y tu clamor, tus gritos de auxilio, parece que no los escucha nadie. Bien merecido tienes ese desamparo. -Sé humilde, no te busques a ti, ni busques tu comodidad: ama la Cruz -soportarla es poco- y el Señor oirá tu oración. -Y se encalmarán tus sentidos. -Y tu corazón volverá a cerrarse. -Y tendrás paz.

Un libro de oración y de acción

Estas palabras las ha redactado el Padre pensando en él y en todos los que, a lo largo de los siglos, se aproximarán a la Obra.

Para estimular más en su lucha interior a quienes ya han comenzado a acercarse, empieza a poner por escrito algunos aspectos de su predicación y de su labor de dirección espiritual: palabras de ánimo, experiencias íntimas de su continuo diálogo con el Señor, fragmentos de cartas, consejos… No es todavía un libro, pero podría llegar a serlo.

En diciembre de ese mismo año -1932- hace que se tiren unas cuantas copias a ciclostil, agrupadas con el título general de Consideraciones Espirituales: Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre… Cosas que removerán los recuerdos de aquellos a quienes aconseja y dirige, porque estas confidencias las escucha Dios.

Los puntos son breves, muy prácticos. Inspirados en la Escritura, lo mismo que su predicación, e impregnados de amor a la Iglesia y de ansias de llevar el fuego de Cristo hasta los confines de la tierra, tratan de remover al lector para que haga propósitos concretos que mejoren su vida cristiana. Poco a poco, irá completándolos con otros, extraídos de su vida interior y de sus experiencias inmediatas en el trato con las almas. Todos juntos constituirán un programa de vida interior y de lucha ascética: carácter, obediencia, oración, pureza de corazón y de alma, virtudes teologales… Y una serie de devociones básicas: Santa Misa, trato con la Virgen, presencia de Dios… A ello se añade la evocación del camino de la infancia espiritual -ese atajo de las almas enamoradas de Dios- y del sentido de filiación divina, cuya riqueza conoce bien el Fundador del Opus Dei, en especial desde lo que le ocurrió en un tranvía, en el verano de 1931, a su regreso de la estación de Atocha.

Y empapándolo todo, como un motivo constante en ese tapiz divino que anima a tejer a cada uno, con la gracia de Dios, sobre la trama de su vida, el tema central de su predicación y de sus conversaciones desde el 2 de octubre de 1928: la invitación a santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo y santificar a los demás con el trabajo, cumpliendo lo más perfectamente posible las obligaciones propias de la vida ordinaria.

¿Quieres de verdad ser santo? -Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces.

Con esta perspectiva, las ocupaciones más corrientes adquieren una tercera dimensión, la sobrenatural, y con ella, el relieve, el peso y el volumen.

¿La Cruz sobre tu pecho?… Bien. -Pero… la Cruz sobre tus hombros, la Cruz en tu carne, la Cruz en tu inteligencia. -Así vivirás por Cristo, con Cristo y en Cristo: solamente así serás Apóstol.

A aquellos estudiantes llenos de generosidad que le rodean les propone, sin ambages, el ideal más exigente: el martirio, pero un martirio… al alcance de la mano, en las circunstancias más corrientes de la vida ordinaria: ¿Brillar como una estrella… ansia de altura y de lumbre encendida en el cielo? Mejor.- quemar, como una antorcha, escondido, pegando tu fuego a todo lo que tocas. -Este es tu apostolado: para eso estás en la tierra.

Así era, por lo demás, la vida de los primeros cristianos, que no se distinguían “de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres”, como explicaba un escrito del siglo II, la Carta a Diogneto: “Ni habitan en ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás (…). Habitando en ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta admirable y, por confesión de todos, sorprendente (…). Lo que el alma es en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo”.

Lo mismo podría decirse de los miembros del Opus Dei. También ellos han oído la llamada de Jesús a los primeros discípulos. Sembrar. -Salió el sembrador… Siembra a voleo, alma de apóstol. -El viento de la gracia arrastrará tu semilla, si el surco donde cayó no es digno… Siembra y está cierto de que la simiente arraigará y dará su fruto.

El lector de Consideraciones Espirituales se siente animado así no sólo a soñar con un ideal muy alto, sino también a enfrentarse con una voluntad precisa de Dios a la que puede responder comprometiendo su vida, entregándose por entero sin salirse de su sitio, sin ceder a la tentación de huir, de evadirse.

El libro no va dirigido solamente a los miembros del Opus Dei o a los que han de venir, sino que su difusión ha de contribuir, también, a multiplicar los ecos de la predicación del Padre y, en consecuencia, a remover los corazones para que en ellos pueda madurar, si Dios así lo quiere, la vocación a la Obra (o a otros caminos de santidad, en su caso).

Con los ojos del alma

Los retrocesos de algunos, los fallos de algunos otros, la súbita desaparición de Luis Gordon y la del presbítero Somoano no desalientan al Fundador. Sabe que otros vendrán y que, sobre su fidelidad, se edificará la Obra de Dios por los siglos, mientras haya hombres en la tierra.

Estimuladas sin saberlo por la oración de los pobres y enfermos que visita el Padre, otras personas recibirán la vocación al Opus Dei, una a una, con solidez y convencimiento.

Hacía tiempo que don Josemaría venía viendo a un joven de veintitrés o veinticuatro años que asistía regularmente a la misa que celebraba en el Patronato de Enfermos. Su porte y su piedad le habían hecho pensar que tal vez fuera capaz de comprender lo que se traía entre manos. Había sabido que se llamaba José María González Barredo y que, concluida su licenciatura en Ciencias Químicas, estaba haciendo un curso de especialización en la Universidad. Un día, había decidido abordarle y pedirle que rezase por una intención suya. El joven había accedido y le había dado las gracias, tal vez a causa de la sorpresa. Todo había sido muy breve.

Poco después, don Josemaría le echó de menos en Misa, y se enteró de que se había trasladado a Linares, en la provincia de Jaén, donde había obtenido una plaza de profesor de Instituto. No obstante, había seguido rezando por él, convencido de que volvería a verle.

En diciembre de 1932, José María González Barredo regresa a Madrid para pasar las Navidades con su familia. Amplía un poco su estancia, para realizar ciertos trabajos de investigación en la Universidad. Quiere mejorar su formación científica, entre otras cosas, porque le preocupa el agnosticismo de algunos investigadores y desea contribuir a poner de relieve la armonía entre la ciencia y la fe.

Un día, poco antes de Navidad, bajando por la Gran Vía hacia la Plaza de España, José María ve venir al Padre en dirección contraria. Trata de hacerse el distraído, para evitar que le ocurra lo que con otros sacerdotes que le habían implicado en movimientos o asociaciones que, a su juicio, le hacían perder el tiempo. Pero don Josemaría ya le ha visto y se acerca para saludarle cariñosamente. Cambian unas palabras y el Padre le dice que le gustaría hablar con él sin prisas…

Lo que don Josemaría le propone resulta ser una respuesta asombrosamente exacta a sus aspiraciones más profundas. Solo te preocupas de edificar tu cultura. -Y es preciso edificar tu alma. -Así trabajarás como debes, por Cristo; para que El reine en el mundo hace falta que haya quienes, con la vista en el cielo, se dediquen prestigiosamente a todas las actividades humanas, y, desde ellas, ejerciten calladamente -y eficazmente- un apostolado de carácter profesional.

José María González Barredo descubre una perspectiva apostólica que merece, en efecto, que se le dedique la vida entera. Sin embargo, antes de decidirse, le dice al Padre:

-Conozco a un religioso con el que me he confesado varias veces. ¿Podría consultarle, para obrar con mayor seguridad?

-Obra con entera libertad.

Animado con este consejo, va a ver al religioso, pero lo que le dice no le convence:

-Si la Obra de que me hablas está en sus comienzos, ¿no sería mejor que te dirigieras a una institución más desarrollada? Vale más trabajar en una biblioteca ya organizada que en otra que se está empezando a organizar.

José María González Barredo reflexiona. ¿Qué importa que la Obra esté comenzando? La cuestión no es ésa. Lo importante es si vale la pena o no entregarse al ideal que proclama…

Cuando José María vuelve a ver al Padre, ya está decidido. Su respuesta es: ¡sí!

El Espíritu Santo ha empezado a actuar también en otras almas. Durante las vacaciones de Navidad, el Padre ha hablado de la Obra a aquel estudiante de Medicina que le habían presentado al comenzar el año. Sus conversaciones con Juan Jiménez Vargas son intensas: sin decírselo, pide al Paráclito, durante nueve días consecutivos, que ilumine al joven. Hasta que el 3 de enero de 1933 Juan responde con un sí definitivo a las palabras de don Josemaría.

Diez días más tarde, van los dos juntos a visitar el asilo de Porta Coeli, otra de educación y asistencia social donde un grupo de religiosas se esfuerza por enderezar a los golfillos. Hace algún tiempo que don Josemaría lo visita, para confesar y atender espiritualmente a unos muchachos que eran mendigos y, a menudo, delincuentes. Piensa que la sala de visitas, a pesar de ser poco acogedora, podría servirle para reunir a los estudiantes que se acercan a él y darles, así, una formación más regular e intensa. Así pues, invita a varios de ellos a una primera reunión, en la cual el Padre ha puesto muchas esperanzas, haciendo rezar por ella a los primeros miembros de la Obra.

Pero le aguarda una decepción: no acuden más que Juan y dos estudiantes de Medicina, amigos suyos. ¡No importa! La reunión se celebrará, a pesar de todo…

Una imagen de la Virgen Santísima preside esta reunión, y las que vendrán. Se trata de una página arrancada de un catecismo que, dos años antes, había encontrado, arrugada, en plena calle, junto a un árbol, en el barrio de Tetuán. Don Josemaría, para reparar lo que él había interpretado como un desaire, la había recogido y la había hecho enmarcar, colocándola previamente sobre un fondo de tisú de oro.

La reunión es corta, y, como a don Josemaría le gusta, sumamente práctica: un breve comentario del Evangelio del día, exposición de algún aspecto concreto de la vida interior, unos cuantos puntos de examen…

El Padre se ha dirigido a aquellos tres estudiantes con la misma convicción que si fueran muchos. Después de rezar unas oraciones finales, les ha invitado a seguirle a la capilla del asilo. Allí, revestido con sobrepelliz y estola, se ha arrodillado ante el altar, ha abierto el Sagrario y ha incoado la estación al Santísimo Sacramento. Cuando se vuelve para dar la Bendición a aquellos tres jóvenes estudiantes, el Fundador del Opus Dei ve, con los ojos del alma, todos los que vendrán: trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones… blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer…

Unos meses más tarde, otro estudiante pide ser admitido en la Obra: Ricardo Fernández Vallespín, que está a punto de terminar la carrera de Arquitectura.

Para sufragar sus gastos, Ricardo daba clases particulares a algunos compañeros suyos. Don Josemaría conocía a uno de ellos, así como a su familia. Un día, había ido a visitarlo y había entrado en la habitación donde Ricardo le estaba dando clase. El joven conocido del Padre le había presentado a su profesor, pero don Josemaría, para no interrumpirles, les había dicho que siguieran trabajando. Sacó su breviario y se puso a leerlo junto a la ventana, hasta qué terminaron la clase.

Ricardo queda tan impresionado por aquel primer encuentro que escribió en su diario ese 14 de mayo de 1933: “Hoy he conocido un sacerdote, muy joven y lleno de entusiasmo que -no sé por qué- pienso va a tener una gran influencia en mi vida”.

El 29 de mayo vuelven a verse, esta vez en casa de don Josemaría. El Padre se muestra locuaz y lleno de entusiasmo. No habla de los problemas políticos del momento, sino que expone, con fervor, unas perspectivas sobrenaturales que, para su interlocutor, son una revelación y una invitación urgente a mejorar su vida interior. Antes de que Ricardo se despida, el Padre se levanta, toma un libro de una estantería y escribe unas palabras en la primera página: Que busques a Cristo: que encuentres a Cristo: que ames a Cristo. Madrid, 29-V-33.

El libro es un ejemplar de la Historia de la Sagrada Pasión, del Padre La Palma.

Formación, oración, sacrificio

Las reuniones -auténticos cursos de formación- prosiguen en la calle de Martínez Campos, ya que el ambiente familiar de aquella casa es más adecuado que el austero asilo de golfos para transmitir el espíritu de la Obra.

Doña Dolores pronto se habitúa a ver grupos de jóvenes en su sala de estar, presidida por un cuadro de la Virgen con el Niño en sus brazos. Aunque hace tiempo que se ha dado cuenta del celo apostólico que despliega su hijo, tantas idas y venidas no dejan de sorprenderle un poco. A sus discretas preguntas sobre el porqué de tal actividad, éste le responde de manera evasiva. No quiere inquietarla y, por eso, no le ha revelado lo ocurrido en su alma en aquel 2 de octubre. Así pues, acepta sin comprender, y le ayuda en lo que puede, con su hija Carmen, preparando la merienda de aquellos estudiantes.

“¡Los chicos de Josemaría se lo comen todo!”, refunfuña, indignado, su hermanito Santiago, al comprobar que han desaparecido las vituallas.

Prosiguen las visitas a los hospitales. Ahora, empiezan a ir al de la Princesa, fundado en el siglo XIX por la reina Isabel II. Es un vasto edificio de dos pisos situado en una zona céntrica. Dos mil enfermos se amontonan allí, en salas de doscientos y hasta de trescientos. Don Josemaría va de sala en sala, habla con ellos, los confiesa, les lleva la Comunión.

Otra actividad viene a unirse a esas visitas: el Padre aconseja a los estudiantes que enseñen el catecismo a grupos de niños desprovistos de toda educación religiosa que habitan en el barrio de Tetuán de las Victorias, como ya lo vienen haciendo algunas jóvenes en otros barrios. Los jóvenes responden con interés, esforzándose por prepararse bien y tratando de profundizar en su fe para mejor transmitirla a aquellos chavales.

A tal efecto, el Padre les da –o procura que otros les den- lecciones de doctrina cristiana. Además, les anima a pasar, una vez al mes, unas horas de recogimiento y silencio en un retiro espiritual en el que les comenta, con sentido práctico, puntos de ascética o de moral seguidos siempre de una invitación a hacer propósitos concretos que les ayuden a mejorar en su vida diaria. El mismo, del 8 al 16 de junio, hace unos ejercicios espirituales, solo, en la casa de los PP. Redentoristas, de Madrid.

Desde hace algún tiempo, no deja de pensar en la manera de ampliar las tareas apostólicas. Sería necesaria una cierta estructura, contar con unos locales adecuados… Y mientras da vueltas al asunto, confía en que, con el esfuerzo de todos, pronto se resolverá el problema.

Desde su lecho de dolor, María Ignacia sigue ayudando. Su mal se ha agravado, pues se trata de una tuberculosis intestinal que se resiste al tratamiento con lámparas de cuarzo. A finales de agosto, su estado es ya muy grave y los dolores continuos. Tiene el cuerpo deformado y cubierto de llagas, pero no pierde la paz y, estrechamente unida a Dios, le ofrece sus dolores.

Las jóvenes que conoce don Josemaría van a verla con frecuencia al hospital y no la dejan sola un momento. El procura, también, visitarla todos los días, pero, si no puede, telefonea.

A comienzos de septiembre, los médicos le dan pocos días de vida. El Padre le comunica la gravedad de su estado y le pregunta si quiere recibir la Unción de los Enfermos: se la administra él mismo, en presencia de una hermana de María Ignacia. Luego, lentamente, va desgranando las oraciones de la liturgia para la recomendación del alma; finalmente, le pide, con intenso fervor, que en el Cielo no se olvide de interceder por el Opus Dei, al que ha entregado los últimos meses de su vida, evocando, una vez más, los futuros apostolados de la Obra, extendidos por el mundo entero… Un panorama que ella podrá contemplar desde arriba.

El 13 de septiembre, en cuanto la hermana de María Ignacia le comunica que ha muerto, corre al hospital. Tras don José María Somoano y Luis Gordon, es la tercera vocación que el Señor se lleva nada más florecer… Tres intercesores más. Tres sólidos pilares sobre los que la Obra de Dios se podrá apoyar para proyectarse a lo largo de los siglos. Un sacerdote y dos laicos, hombre y mujer, que prefiguran todos los que, tras ellos, llevarán la palabra de Cristo a todas las encrucijadas de la tierra.

Nacimiento de un proyecto

Poco después, tras una nueva conversación con el Padre, Ricardo, el joven arquitecto, decide seguir el camino de la Obra. Un nuevo loco… para el manicomio, comenta, como en otras ocasiones, con su optimismo comunicativo, don Josemaría.

Pero, aunque está contento, no puede conformarse con tan lento progreso. La Obra de Dios debe crecer más deprisa. Es preciso relacionarse con más gente…

Don Josemaría sigue pensando en un piso, reservado exclusivamente para el apostolado, que tenga ese ambiente y ese aspecto específicamente seculares que son propios del espíritu del Opus Dei. Una especie de “Academia”, en la que se puedan dar clases y conferencias de carácter cultural y profesional, así como celebrar cursos de doctrina cristiana y otras actividades espirituales. De esta forma, piensa, se dará una perfecta simbiosis entre la formación religiosa y humana de numerosos jóvenes, capaces, luego, de ser testigos de Cristo en los ambientes en que se encuentren.

Para lograrlo, es preciso contar con los recursos indispensables. Pero quienes le siguen todavía no se ganan la vida, con excepción de Isidoro y de José María González Barredo. Así pues, anima a todos a buscar medios económicos, procurando entusiasmarles con ese proyecto, que permitirá ampliar rápidamente el círculo de sus amistades. Que recen más y que le pidan a Dios la audacia necesaria.

Algunos dirán que es otra locura… No hagas caso. Siempre los “prudentes” han llamado locuras a las obras de Dios. -¡Adelante, audacia!-.

“Dios”, “audacia…”.

En la placa de hierro colocada a la puerta de un piso entresuelo del número 33 de la calle de Luchana, se han grabado tres letras: DYA. Son las iniciales del nombre de la Academia: Derecho y Arquitectura. Pero son también, sobre todo, las de la divisa que el Padre recuerda con frecuencia a los estudiantes que lo rodean: Dios y audacia…

Madrid, 20 de julio de 1936

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Desde las primeras horas de la mañana del domingo 19, simpatizantes de los sublevados no han cesado de afluir hacia el Cuartel de la Montaña, justo enfrente de los balcones de la Residencia.

Al darse cuenta, guardias y milicianos han empezado a cortar las calles vecinas a eso del mediodía, pidiendo la documentación a todos los que pasan. Al despuntar el alba del día siguiente, las masas desencadenadas inician el asalto al cuartel. El tiroteo es casi constante y las balas se estrellan, a veces, en la fachada de la Residencia.

Al finalizar la mañana del lunes 20, los asaltantes irrumpen en el cuartel, matan a los defensores y se apoderan de las armas que encuentran allí.

El Padre ha enviado a todos los de la Obra con sus familias, recomendándoles que le comuniquen si han llegado sin novedad.

Por teléfono, se entera de que Juan Jiménez Vargas, Álvaro del Portillo y José María Hernández de Garnica están reunidos en casa de Juan, y les anuncia que piensa abandonar la casa de Ferraz. Pero salir en sotana hubiese sido firmar su sentencia de muerte, así que, habiendo encontrado un mono de trabajo, que le está un poco grande, se lo pone. Vestido de tal guisa, se abre paso, acompañado de Isidoro Zorzano y de José María González Barredo, entre los grupos de gente alborotada que rodea el Cuartel. La excitación reinante es tal, que nadie se fija en el amplio círculo de la tonsura del Padre.

Se dirige inmediatamente a casa de su madre, donde permanece escondido algunos días, en compañía de Juan, que se reúne con él unos días más tarde.

Juan Jiménez Vargas, que ha ido al depósito de cadáveres, ha podido comprobar que los rumores que circulan por la ciudad sobre fusilamientos masivos son, desgraciadamente, ciertos.

En busca de algún lugar seguro

Unos días más tarde, el 25 de julio, tras convencer al Padre para que siga escondido, Juan va a la Residencia para ver qué ha pasado. No ha hecho más que llegar, cuando aporrean la puerta. Es una patrulla de la F.A.I. (Federación Anarquista Ibérica), que viene a requisar el edificio. Lo registran de arriba abajo y, en la habitación del sacerdote, descubren la sotana, el cilicio y las impresionantes disciplinas de don Josemaría.

-¿Vives tú aquí? le preguntan los milicianos.

-No -responde Juan.

-Entonces, vamos a tu casa.

Lo escoltan hasta ella y la registran minuciosamente. Juan ya se ve en la cárcel, pero, inesperadamente, le dejan libre.

Ese mismo día, Juan y Álvaro del Portillo se reúnen en la calle de San Bernardo para comentar los acontecimientos, que se suceden a un ritmo trepidante. Circulan rumores alarmantes. La situación, al parecer, se ha cristalizado. Los sublevados han vencido en bastantes lugares y dominan Navarra, Álava, gran parte de Aragón, Castilla la Vieja (excepto Santander), León, Galicia, parte de Extremadura y algunas ciudades andaluzas: Cádiz, Sevilla, Córdoba y Granada. La zona “nacional”, pues, es bastante amplia y a ella hay que añadir las islas Canarias y el Protectorado español en Marruecos, donde se inició el alzamiento. Casi, casi, la mitad de España. Los comunicados oficiales del Gobierno de 1a República hablan de un levantamiento limitado y dan a entender que pronto será sofocado, pero algunos pronostican una guerra larga. Es el caso del Padre, que comprende enseguida la gravedad de la situación.

En los días siguientes al alzamiento han caído asesinados muchos sacerdotes, religiosos y religiosas, sacados a viva fuerza de las iglesias y los conventos. El 25 de julio, el Gobierno republicano expropia, por decreto, todos los edificios pertenecientes a congregaciones religiosas y a obras pías o de beneficencia. Unos días más tarde, ordena clausurar las iglesias. Cualquier acto de culto se convierte en clandestino y es objeto de las sanciones más duras, incluida la pena de muerte.

Juan y Álvaro comprenden que el futuro se presenta muy negro y que no habrá libertad religiosa en mucho tiempo. ¿Tendrán que emigrar para proseguir haciendo la Obra? En cualquier caso, saben que Dios quiere que se realice, y que se realizará efectivamente, aunque sea por caminos extraordinarios.

El Padre, por su parte, está preocupado, porque no sabe nada de Ricardo Fernández Vallespín y de Francisco Botella, que siguen en Valencia. Pedro Casciaro está con su familia en Torrevieja, cerca de Alicante, y otros miembros de la Obra siguen dispersos por Madrid. En cuanto a José María Hernández de Garnica, se encuentra preso en la cárcel Modelo, de la cual sacan a diario algunos detenidos para fusilarlos sin juicio previo.

A comienzos de agosto, el Padre se entera de que van a hacer un registro en la casa de la calle del Doctor Cárceles donde vive su madre, así que, por indicación de su familia, se dispone enseguida a abandonarla. Si descubrieran que es sacerdote, le detendrían inmediatamente, con la segura previsión de un fusilamiento.

Un dramático registro

Desde la casa de su madre, se dirige, con Juan Jiménez Vargas, al piso tercero de una casa situada en el número 31 de la calle de Sagasta, donde vive Manuel, un ingeniero al que conoce desde hace tiempo y que se halla solo, porque su familia está fuera de Madrid. El Padre llega hacia mediodía y Juan en las primeras horas de la tarde, para no llamar la atención del portero. Unos días más tarde, se une a ellos un primo de Manuel.

Una anciana sirvienta les prepara la comida lo mejor que puede (para no levantar sospechas, sólo compra provisiones para dos personas). Todos temen que en cualquier momento se presenten los milicianos para hacer un registro, pues ya ha habido dos en el mismo inmueble, cuarenta y ocho horas después de su llegada.

Una noche, obligan a tener todos los pisos con la luz encendida, y los refugiados tienen que confinarse en las habitaciones interiores. El mismo incidente se reproduce unos días más tarde, por lo que la tensión es muy grande.

El Padre reza por la Iglesia, por los que están con él, por los miembros de la Obra que están lejos físicamente, por su familia, por los que están siendo perseguidos y por sus perseguidores… Su preocupación es muy grande.

El 27 y el 28 de agosto, los “nacionales” bombardean Madrid y los milicianos refuerzan la vigilancia. El 30, a primera hora de la mañana, llaman a la puerta. Todos temen que se trate de un registro. Según lo convenido, la sirvienta tarda en abrir, para que los refugiados tengan tiempo de escapar por la puerta de servicio y esconderse en el desván. Pero no es más que una vecina y pronto pueden regresar al piso.

A última hora de la mañana, llaman de nuevo a la puerta. La sirvienta acude, sin prisa. Esta vez sí son los milicianos. Para llamar la atención de los que están dentro, grita:

- “No hay nadie… Soy sorda, ¿saben?… No oigo nada”. Hablaba a voces, como habían quedado de acuerdo, para indicar la presencia de los milicianos.

Los refugiados, al oírla, se apresuran a alcanzar el desván. Es tan bajo, que tienen que sentarse en el suelo. El calor es asfixiante…

De pronto, oyen pasos en la escalera. Se aproximan… Parece como si los milicianos estuvieran pared por medio, aunque en realidad están en el piso de abajo. Poco a poco, los pasos se alejan, pero el ruido que hacen al registrar prosigue.

Don Josemaría ha dicho que es sacerdote al primo de Manuel, que está aterrado. En algunos momentos, los milicianos están tan cerca, que da la impresión de que van ya a registrar el desván. Entonces, les da la absolución -a él y a Juan-, sin confesión, recordándoles que deberán hacerlo en la primera ocasión que tengan. Las palabras del Padre dan tal serenidad a Juan, que no tarda en quedarse dormido…

Hacia las nueve y media cesan los ruidos. Esperan como media hora más antes de bajar hasta el cuarto. Cubiertos de polvo y con la lengua pegada al paladar llaman a la puerta del piso de una familia amiga.

- Hasta hoy no he sabido lo que vale un vaso de agua -comenta el Padre con los que le han acogido.

Entonces se enteran de que no han podido avisar a Manolo, que se encontraba fuera de casa, y lo han detenido en el momento de llegar.

Al día siguiente volvieron los milicianos y registraron el piso cuarto derecha. En el cuarto izquierda, donde se habían refugiado, ni siquiera entraron. Únicamente pidieron las herramientas que necesitaban para desvalijar el piso de al lado.

Don Josemaría trata de desdramatizar la situación gastando algunas bromas para distraer a los que están con él, pero la conversación recae inevitablemente en la guerra. Entonces rezan juntos el Santo Rosario, que el Padre dirige.

Día y medio más tarde, les dice que no es oportuno ni razonable que él y sus compañeros permanezcan más tiempo en aquella casa. Esa misma mañana, se lanzan a la calle mientras distraen la atención del portero.

Conducen a los fugitivos a un piso habitado por una viuda con dos de sus hijos, pero uno de ellos es demasiado pequeño y puede escapársele algo. Así pues, deciden buscar otro refugio.

Para don Josemaría, el peligro de que le identifiquen como sacerdote es constante. Un día, se entera de que por Madrid corre el rumor de que lo han matado. Y es que, a un hombre que se le parecía mucho, lo han ahorcado en un árbol, cerca de la casa de doña Dolores. La noticia le deja petrificado. Imagina lo que sentirá su madre y su pensamiento no se aparta de aquel pobre hombre, asesinado en su lugar. En adelante, le encomendará en su Misa diaria…

Amigos hay que rehúsan acogerle, sabedores de lo arriesgado que es esconder a un sacerdote. Incluso los que le alojan, lo hacen con miedo, por lo que el Padre se apresura a irse para no hacerles correr riesgos innecesarios. Dormirán en un lugar diferente cada noche y, de día, circularán por las calles, pues no tienen documentación alguna.

Como no puede celebrar la Santa Misa -lo cual le hace sufrir mucho-, el Padre recita de memoria todas las oraciones litúrgicas, excepto las palabras de la consagración. La colecta, la secreta y la postcomunión son invariables (una súplica al Señor para que envíe operarios a su mies), lo mismo que el Evangelio: la llamada de Jesús a los Apóstoles. Una comunión espiritual sustituye a la Comunión. Don Josemaría las llama misas secas.

El Padre, con Álvaro y Juan

Álvaro del Portillo estaba escondido, con uno de sus hermanos, en un chalet de la calle de Serrano que pertenecía a unos amigos de su familia. Habían colocado en la fachada un cartón con los colores de la bandera argentina, lo que inspiraba una cierta seguridad. Sin embargo, la casa contigua albergaba algunos servicios de la Dirección General de Seguridad y estaba vigilada día y noche por milicianos. Había, pues, que andarse con pies de plomo para no llamar la atención…

Al cabo de un mes, aproximadamente, Álvaro, ajeno al peligro que corre, decide ir al Ministerio de Obras Públicas para saber si ha sido eliminado de la lista de colaboradores de la Confederación Hidrográfica del Tajo, donde trabajaba al empezar la guerra. Al salir, se sienta a descansar un poco en una de las mesas de un bar que estaban en la acera. De pronto, un hombre le aborda. Es el padre de José María González Barredo, que le susurra al oído:

- ¿Sabes quién está en mi casa? ¡El Padre! Me ha pedido descansar allí un momento porque no se tiene de pie. Pero el portero no es de fiar. Si se da cuenta, corremos serio peligro…

- ¡Pues que venga conmigo!

- Voy a buscarle ahora mismo.

El Padre y Álvaro pronto tienen la alegría de reunirse de nuevo. Poco después, Juan Jiménez Vargas se unirá a ellos.

En el chalet de la calle de Serrano no pierden el tiempo. Estudian, escriben, rezan… Pero también tienen momentos de descanso que les ayudan a soportar el encierro. Todos los días, el Padre dirige una meditación en voz alta.

El primero de octubre, otro hermano de Álvaro les avisa que están registrando las casas que pertenecen a los propietarios del chalet. Habrá, pues, que partir para no tentar a Dios. El Padre piensa sobre todo en el porvenir de la Obra, pues por lo que a él respecta, nada teme.

En la víspera del aniversario de la fundación del Opus Dei, piensa -y habla con Álvaro del Portillo, con quien lo ha comentado- que el Señor le tiene reservado un favor especial, como ha hecho otras veces en la misma fecha, de forma inesperada.

Eso piensa, pero, de repente, siente miedo, como si las angustias acumuladas en los últimos meses recayeran de golpe sobre sus hombros. Estaba contento de ser mártir, pero sentía un miedo físico. Durante unos segundos, le tiemblan las piernas, como si no pudieran soportar ese peso. Cuando, por fin, se recobra, se da cuenta de que el Señor ha querido darle una lección: no era con sus propias fuerzas con las que debía contar.

Tal era, pues, el “favor” que esperaba…

Toda nuestra fortaleza es prestada.

Juan sale en busca de un nuevo refugio. El Padre, por su parte, después de hacer varias llamadas telefónicas, se va también, dejando allí a Álvaro y a Pepe, hermano de éste. Cuando regresa, es para anunciarles, llorando, el martirio de dos sacerdotes recientemente asesinados.

Uno de ellos, don Lino Vea-Murguía, asistía regularmente a las reuniones de sacerdotes que el Padre organizaba y le ayudaba a confesar a los primeros miembros de la Obra y a sus amigos. El otro era el Padre Poveda, Fundador de la Institución Teresiana, con quien le unía una gran amistad. ¡Qué alegría después de perderlo -muchas lágrimas- saber que sigue queriéndonos desde el cielo!: precisamente éste fue el tema de una de nuestras últimas conversaciones… En efecto, habían hablado de la posibilidad de que los mataran y habían llegado a la conclusión de que allí -en el Cielo- se querrían todavía más.

El Padre cuenta también a Álvaro del Portillo que, queriéndole hacer un favor, un miembro de la Obra le había dado la llave del piso de una familia amiga suya que estaba fuera, pero al saber que allí seguía viviendo sola una sirvienta joven, de veintidós o veintitrés años, había rehusado el favor. Y, para evitar tentaciones, había arrojado la llave por la boca de una alcantarilla.

Un extraño refugio

En los primeros días de octubre, encuentran un extraño refugio para ocultar al Padre: una pequeña clínica para enfermos mentales, situada en la calle de Arturo Soria y dirigida por un psiquiatra, el doctor Suils, hijo de un médico que los Escrivá habían conocido en Logroño.

Unos veinte enfermos mentales residen en ella; los demás son refugiados. El Padre queda internado allí, tomando toda clase de precauciones para no llamar la atención de enfermeras y empleados. Eso quiere decir que se hace pasar por loco, con mayor motivo porque alguna enfermera sospecha algo. En efecto, un día se presentan los milicianos y se llevan a uno de los refugiados, al que ejecutarían luego.

Afortunadamente, su hermano Santiago no tarda en unirse a él. Su madre, que ha tenido que abandonar el piso a causa de los bombardeos de las tropas nacionales, le ha enviado a la clínica del doctor Suils.

Los únicos que saben que Josemaría Escrivá es sacerdote son el doctor Suils, su ayudante, una de las enfermeras y otro refugiado. Isidoro, gracias a un brazalete que atestigua su nacionalidad argentina, es el único que puede circular libremente por Madrid. Por él, el Padre sabe algo de sus hijos, dispersos por la geografía española, y por mediación suya, también, les envía palabras de ánimo y consuelo.

Álvaro del Portillo, de momento, ha encontrado refugio en la Legación de Finlandia, que meses más tarde sería asaltada. A Juan Jiménez Vargas lo han encarcelado y han estado a punto de ejecutarlo, pero, inesperadamente, terminan por soltarlo. De quien no tienen noticias es de Vicente Rodríguez Casado; hasta febrero de 1937 no sabrán que ha encontrado refugio en la Legación de Noruega. En cuanto a José María Hernández Garnica, se ha librado de la muerte tras ser condenado -ignora los motivos- por un tribunal popular y ha sido trasladado a una cárcel de Valencia.

Aprovechando su estancia en la clínica, le someten a un fuerte tratamiento antirreumático. La reacción que le produce es dolorosa y, cada vez que le administran la medicación, se queda baldado, pero don Josemaría sigue confiando, con más fuerza que nunca, en la ayuda de Dios. Su serenidad asombra a todos. Los que reciben sus cartas recobran la esperanza y quedan reconfortados. José María González Barredo y Juan Jiménez Vargas han pasado algunos días en el sanatorio del doctor Suils, pero no pueden permanecer mucho allí, y tienen que marcharse.

Ha sufrido mucho, sobre todo, por no poder decir Misa hasta que una autorización hecha pública por la Santa Sede el 22 de agosto, le ha permitido celebrarla a escondidas, en su cuarto, sin altar, sin ornamentos, utilizando un vaso como cáliz y procurando que una enfermera “fiel” vigile en el pasillo…

Roma, 26 de junio de 1975

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquella noche, en Europa, y a medida que pasan las horas en el resto del mundo, a miles y miles de hombres y mujeres les cuesta conciliar el sueño. Una y otra vez repiten, sin acabar de creérselo: ¡Ha muerto el Padre!

Cuando, tras hora y media de esfuerzos -durante la que don Álvaro del Portillo ha administrado la Extremaunción a Mons. Escrivá de Balaguer y le ha dado la absolución varias veces-, sus hijos comprenden que es inútil cualquier nueva tentativa de reanimación, todos se arrodillan para rezar, sin tratar de contener las lágrimas.

Unos minutos más tarde dos miembros del Opus Dei contemplan de rodillas, cerca de una de las puertas de Villa Tévere, cómo transportan el cuerpo del Padre, sobre una tarima, al oratorio de Santa María de la Paz.

Don Álvaro del Portillo ha mandado comunicar la noticia enseguida a Su Santidad el Papa, y Pablo VI, al recibirla, se ha retirado a rezar a su oratorio privado.

También ha mandado que se comunique, por teléfono o por telegrama, a los Consiliarios de todos los países donde la Obra trabaja.

En las primeras horas de la tarde de ese mismo jueves, empiezan a llegar personalidades civiles y eclesiásticas a Villa Tévere, para rezar ante el cuerpo del Fundador del Opus Dei, que, revestido con un alba de encaje bajo la que se trasluce el fondo púrpura de prelado, reposa ahora sobre un paño negro, al pie del altar.

Las Misas se suceden en el oratorio. La primera la ha celebrado don Álvaro, quien, el viernes, a las seis de la tarde, celebra también la última, de corpore insepulto.

Al darle el pésame, un cardenal le ha dicho que es un día de duelo no sólo para el Opus Dei, sino para toda la Iglesia. Otro ha exclamado: “¡Cuánto bien va a hacer ahora a la Iglesia desde el Cielo!”

Mons. Deskur, Presidente de la Comisión Pontificia para la Comunicación Social, ha manifestado, por su parte, lo agradecido que estaba al Padre y al Opus Dei por lo mucho que habían hecho por la Iglesia en el campo del apostolado de la opinión pública, añadiendo que quería ser el primero de los obispos que solicitara su beatificación.

Durante el jueves y el viernes, no cesan de llegar testimonios de pésame.

En la tarde del viernes 27, después de celebrada la última misa de corpore insepulto, Mons. Escrivá de Balaguer es enterrado en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz; la tumba se cubre con una lápida de color verde oscuro que el Padre había mandado preparar.

El sábado, 28 de junio, con asistencia de seis cardenales y numerosos obispos y prelados, se celebran unos solemnes funerales en la basílica de San Eugenio, llena a rebosar. El recogimiento de los asistentes y las innumerables comuniones que se imparten impresionan a las personalidades presentes, entre las cuales hay varios embajadores.

Terminada la misa, llega a la Sede Central del Opus Dei un telegrama firmado por el Cardenal Villot, Secretario de Estado, expresando que el Papa Pablo VI reza y ofrece fervientes sufragios para que el Señor conceda al Fundador del Opus Dei “la recompensa eterna por su celo sacerdotal”. Por la tarde, el Santo Padre envía al Secretario General del Opus Dei una carta en la que le comunica que el día antes ha ofrecido la Misa por el eterno descanso de Mons. Escrivá de Balaguer y que, consciente de la pérdida que ha sufrido la Iglesia, sigue rezando por él, pidiendo a Dios que todos los miembros del Opus Dei sigan siendo muy fieles al espíritu que, por voluntad divina, les ha legado el Fundador.

Mons. Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado, ha ido a rezar, el jueves por la tarde, ante el cuerpo de Mons. Escrivá. También ha representado al Santo Padre en los funerales celebrados en la basílica de San Eugenio.

Casi simultáneamente, se celebran misas en distintas iglesias de numerosas ciudades de todo el mundo. La prensa se hace eco de estas ceremonias. Tanto en Kenya como en Japón, en Australia o en Filipinas, en Londres o en París, en Washington o en Buenos Aires, los informadores ponen de relieve la piedad y el dolor sereno de todos los asistentes.

En muchos lugares del mundo se producen, con este motivo, fenómenos espirituales muy singulares: cambios súbitos de vida, confesiones, conversiones de gentes apartadas de la Iglesia… Mientras tanto, en Roma, ha comenzado, por la cripta en donde yace enterrado el Padre -75, viale Bruno Buozzi-, el desfile ininterrumpido de personas de todos los países y de todos los ambientes. A veces, son familias enteras las que van a rezar unos instantes ante la lápida en la que se han puesto sólo dos palabras: EL PADRE. Y dos fechas: 9-1-1902 y 26-VI-1975. Las de su nacimiento y de su muerte. Su oración silenciosa confía ya a la intercesión del Fundador del Opus Dei preocupaciones pequeñas o grandes, problemas de diversa índole y, también, acciones de gracias por los favores que ha empezado a alcanzar en el Cielo.

Durante las semanas siguientes y a lo largo de todo el verano, van llegando a la Sede Central del Opus Dei miles y miles de testimonios sobre las virtudes que Mons. Escrivá de Balaguer supo vivir en grado heroico. Muchas cartas piden que se abra el proceso de beatificación. La procedencia y el estilo de estas cartas y testimonios ponen de manifiesto hasta qué punto la espiritualidad del Opus Dei ha penetrado en muchos países y en todas las capas sociales. Porque esas “cartas postulatorias”, esos testimonios, proceden de gentes jóvenes y mayores, humildes o encumbradas; de instituciones promovidas por el Opus Dei; de personalidades civiles -hombres de Estado, universitarios, escritores…-; de dignidades eclesiásticas -cardenales, arzobispos, obispos: un tercio del episcopado mundial-; y de religiosos y religiosas.

El 15 de septiembre de 1975, dos meses y medio después de que Dios llamara al Cielo a Mons. Escrivá de Balaguer, es elegido sucesor don Álvaro del Portillo. La votación ha sido unánime y los electores, pertenecientes a ochenta nacionalidades de otros tantos países en los que hay miembros de la Obra, no han necesitado más que un solo escrutinio.

Para el Opus Dei, acaba de comenzar una etapa de continuidad en la fidelidad a la herencia espiritual del Fundador.

ESPAÑA. Amplitud de espíritu

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

En Vallecas, un suburbio de Madrid, donde el Fundador del Opus Dei trabajó cuando era un joven sacerdote, hay un instituto que se llama Tajamar. Para llegar a él hay que pasar junto a una serie de casas modestísimas y edificios llenos de contrastes, que muestran la vitalidad y la pobreza de un barrio popular. Muchas de ellas existían ya hace treinta años, cuando los miembros del Opus Dei se instalaron allí. A mí me recordaron las de un barrio pobre de Sydney que solía visitar con mis padres, hace años, para ver a una tía gravemente enferma. La pobreza que en ellas se incubaba se revelaba a veces en las inmundicias que se vertían en las calles, y en las peleas callejeras.

Cuando empezó Tajamar, a finales de los años cincuenta, las gentes de Vallecas miraban con recelo a los que venían de fuera, pues pensaban que querían aprovecharse de ellos. Los políticos les habían hecho tantas vanas promesas que acogieron a los recién llegados con desprecio, llegando a insultarles y a apedrearles. Les llevó su tiempo, pero los del Opus Dei lograron la confianza de los vallecanos, e instalaron una escuela en una antigua vaquería.

Pero los chicos no acudían, así que los profesores recogieron algunos golfillos en el arroyo y fueron con ellos a su casa para explicarles a sus padres que convenía que fuesen a la escuela.

En Tajamar, como en otras instituciones docentes dirigidas por miembros del Opus Dei, reina el convencimiento de que los padres deben ser los primeros educadores de sus hijos. Cada alumno tiene un preceptor con el que puede hablar de sus estudios y al que puede exponer sus problemas personales, pero los preceptores hablan también periódicamente con los padres de los alumnos, con objeto de ayudar mejor a los chicos, no sólo en los estudios, sino también en el orden espiritual y moral.

En 1963, Tajamar inició cursos de gramática y aritmética para los padres de los alumnos. Algunos de ellos trabajaban desde las primeras horas de la mañana hasta las seis de la tarde, por lo que las clases eran nocturnas y terminaban a las 10 de la noche.

Cuando el problema del desempleo se hizo muy agudo, Tajamar inició cursos de formación profesional en mecánica, electrónica, artes gráficas, diseño y administración. Actualmente cuenta con 2.500 alumnos -de enseñanza primaria, secundaria y formación profesional. Con frecuencia el Instituto recibe visitas oficiales del extranjero, enviadas por diversos ministerios, interesadas en conocer este singular centro educativo.

Durante mi estancia en España pude visitar Madrid (la capital), Barcelona (ciudad industrial y puerto situado al nordeste), Pamplona (ciudad del norte inmortalizada por Hemingway) y Torreciudad, un santuario dedicado a la Virgen María, próximo a los Pirineos y a Francia. El Opus Dei está presente en muchos más lugares de España, pero, incluso en éstos, la variedad de sus actividades ilustra claramente la diversidad de gentes y de proyectos. En España, más que en ningún otro país, se aprecia que los miembros del Opus Dei pertenecen a toda clase de profesiones e impulsan las iniciativas más variadas.

Uno de los signos más visibles de la presencia del Opus Dei en España es el gran número de centros docentes creados por iniciativa de padres de familia, miembros del Opus Dei, junto con otros que no lo son. Uno de estos centros es Pineda, un colegio situado en el cinturón industrial de Barcelona, al norte de Hospitalet de Llobregat, una zona en la que la gente no se puede permitir llevar a sus hijos a colegios caros, pues los padres suelen ser trabajadores de condición humilde.

Pineda comenzó como un simple colegio, pero ahora realiza otras tareas de tipo social. En la zona hay problemas de delincuencia, prostitución y alcoholismo, algo que afecta especialmente a las familias que proceden de áreas rurales. Por eso, en Pineda se ayuda y aconseja a los padres para que sepan cómo encarar esos peligros. Las profesoras me dijeron que, de ordinario, aconsejan a los padres a no reaccionar de manera airada o imponiendo a los hijos terribles castigos, sino enseñándoles a ser libres y al mismo tiempo responsables. Monseñor Escrivá aconsejaba a los padres: “No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable. Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.”

Un escritor

Una tarde, en la histórica Plaza Mayor de Madrid, el escritor y periodista Miguel Álvarez Morales me habló, después de haber almorzado juntos, de la influencia que el Opus Dei había ejercido en su vida. Miguel, hombre vibrante, con un bigote amarillento por la nicotina, es autor de una novela histórica sobre Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el descubridor y explorador de nuevas tierras en América. Ha escrito también un relato de los viajes del Papa Juan Pablo II, una obra de historia titulada Las guerras de la posguerra y un libro de poesía, La flauta de caña.

“Todos los años escribo un artículo para explicar cómo me siento en el Opus Dei. Siempre supe que tendría vocación -me dice Miguel-, que Dios quería algo de mí; pero no como religioso. Sabía que no había sido llamado a ninguna Orden. Amaba mucho al mundo… Hasta que un día alguien me habló del Opus Dei. “¡Un momento!”, le interrumpí. “Qué estás diciendo?… Que puedo casarme y seguir cultivando la poesía y. .. ¡Un momento!”. Yo sentía que Dios me decía: Ven… Ven… Pero no sabía lo que quería. Y resulta que lo que quería es que fuese del Opus Dei: permanecer en el mundo y, al mismo tiempo, pertenecer por completo a Dios. Continuar ‘escribiendo y querer mucho a mi mujer y a mis hijos, y además servir a Dios en todo.”

Así fue como Miguel se convirtió en miembro del Opus Dei, permaneciendo en el mundo y siendo padre de ocho hijos. “Necesitaba tener muchos hijos para expresarme a mí mismo -me dijo, riendo Cada uno tiene algo, ¿sabes?, y yo necesitaba tener ocho para expresarme…. Algo parecido le pasa a Dios: chinos, africanos, españoles… Se expresa de muchas maneras. Una de las cosas que me entusiasman de la familia es que, como dice el Papa, es el único lugar en el que se puede ser el que se es. En familia uno es Miguel, o Pepi, o’ como se llame. Fuera del hogar es poeta, o periodista, o lo que sea. Pero en casa uno es simplemente Miguel.”

Un taxista

Una de las personas que entró en contacto con el Opus Dei a través de Tajamar, donde estudiaban sus hijos, es Joaquín Puerto Gracia, un taxista de mediana edad y complexión robusta que, con la llaneza con que suele hablar, me contó cómo una vez “hizo Opus Dei” en su taxi: “Un día, subió al taxi un individuo que me dijo que llevaba cuatro días bebiendo, sin pisar su casa ni ver a su mujer y sus hijos. Se había gastado su paga casi entera y cuando me dijo que si quería tomar algo con él, le dije que sí, pero en lugar de entrar en un bar le llevé a una chocolatería. Cuando se dio cuenta de que allí no podía tomar alcohol, empezó a decir, entre palabrotas, que le sacara de allí. No podía comprender por qué me interesaba por él, pero cuando se calmó un poco empezó a contarme su vida. Cuando terminó, le mostré una iglesia que había muy cerca, le dije que yo iba a entrar en ella, y le pedí que me acompañase. “¿Por qué demonios he de ir yo a esa iglesia cuando hace años que no piso ninguna?”, me respondió. Pero vino conmigo, a pesar de todo, y al cabo de unos minutos, dijo : “¿Sabes? Me encuentro muy bien aquí”. Minutos más tarde, se acercó a un confesionario y, después de confesarse, se quedó a oír Misa. Al día siguiente me telefoneó para decirme que iba a bautizar a su último hijo. Desde entonces somos muy buenos amigos. Dejó de beber y se convirtió en un buen padre de familia”.

Una empleada de hogar

María Teresa Sánchez ha intervenido en algunos programas de televisión para hablar de temas relacionados con el servicio doméstico. Es miembro del Opus Dei desde hace 36 años y sigue estando entusiasmada con su profesión. “Trato de convertir mi trabajo -planchar, cocinar, hacer las camas, servir la mesa en oración, realizando esas tareas lo mejor que puedo y ofreciéndolas a Dios. Procuro encontrar cada día algo que puedo hacer mejor. Estoy convencida de lo que decía Monseñor Escrivá: que el trabajo bien hecho beneficia rápidamente a los demás. Y servir a los demás es servir a Dios.”

María Teresa, de joven, era muy buena estudiante y sus profesoras le aconsejaron que hiciese alguna carrera. Cuando les dijo que estaba encantada con la profesión que tenía, no salían de su asombro. “Como Monseñor Escrivá solía decir -señaló-, es lo que hizo durante toda su vida la Madre de Dios, que es la criatura más excelsa de cuantas existen.”

Si muchas amas de casa se consideran infelices haciendo lo que hacen es porque no piensan en los demás, opina María Teresa. “Verdad es que las tareas domésticas son engorrosas, pero también es cierto que tienen buenos e inmediatos resultados.”

Un soplador de vidrio

Enric Hernández Sánchez tiene 53 años y es un hombre tranquilo, de voz apacible, que ha consumido la mitad de su vida inclinado sobre un ancho banco de madera dando forma al vidrio encima de un quemador. A primera vista parece una vida agradable. Es su propio patrón y sus creaciones -rosas delicadas, copas de filigrana, graciosas jaulas de cristal- le dejan a uno pasmado cuando el sol que entra en su taller incide sobre ellas y las hace resplandecer. Enric llevaba ya casi medio siglo soplando cristal cuando conoció el Opus Dei, y su soplo ya no era tan vivo, ni sus creaciones tan resplandecientes, pero el Opus Dei le hizo descubrir otra dimensión de su trabajo.

“Antes de conocer el Opus Dei, me estaba haciendo viejo, no sólo por la edad, sino también profesionalmente -me dijo-. Me faltaba ambición, entusiasmo por lo que hacía. El Opus Dei me rejuveneció. Me hizo ver que trabajar es otra forma de rezar. Empecé a experimentar, a diseñar nuevas formas, y no tardé en volver a encontrar satisfacción en mi trabajo, haciendo cosas bonitas. En ese proceso de renovación comprendí por qué era soplador de vidrio y no otra cosa. Había una conexión clara entre mi vocación humana y mi vocación sobrenatural: Antes me sentía frustrado, como si me hubiese equivocado de profesión. En un libro que recoge algunas de sus homilías, Es Cristo que pasa, Monseñor Escrivá habla de la parábola del sembrador. Los granos de trigo se desparraman por el suelo y allí donde caen, Dios quiere que den fruto. Donde caen, donde cada uno estamos, donde está nuestra lucha diaria… Yo sobrenaturalizo mi trabajo, en primer lugar, ofreciéndoselo a Dios. Trato de hacerlo lo mejor que puedo. Trabajo siempre con cosas materiales y hay un montón de cosas que se pueden aprender de la materia, pero hay que dominarla. Así que lo que pido a Dios es que sea capaz de hacer bien las cosas, lo mejor que pueda, para que le den más gloria.”

Además de colegios de primera y de segunda enseñanza, los miembros del Opus Dei en España han tenido iniciativas educativas de muy diversa índole. Tal vez las más difundidas sean las Escuelas Familiares Agrarias (EFA), dirigidas a impulsar la formación de los campesinos, sector de la población más pobre y menos favorecido. Hay en España unas 36 EFA, que forman al 80 por 100 de la población joven campesina.

Durante mi viaje, visité una EFA llamada La Casa de Quintanes, situada en los altos de Llucanes, a unos 60 kilómetros de Barcelona, e instalada en un viejo edificio del siglo XVII, remodelado, donde se alojan 156 estudiantes. Cuando llegué disfrutaban de un rato de tiempo libre y, en chándal o ropa de deporte, se dedicaban a los más diversos menesteres: barrer, fregar, hacer reparaciones, conducir un tractor, etc. Se veía que disfrutaban. Todo tenía un aspecto de hogar, de familia. En el césped, un par de estudiantes jugaban con un perro, mientras el cocinero, que vive allí con su familia, cuidaba del huerto.

En las EFA se alterna la enseñanza teórica con las prácticas de la tierra. También se ayuda a los campesinos a organizar cooperativas, a estar al día en técnicas agrícolas, a comercializar los productos del campo y a proteger sus bienes y su trabajo.

Otro centro de enseñanza de muy especiales características en Brafa, que ha adquirido fama en España y especialmente en Cataluña como escuela de deportes. Comenzó en 1949, cuando varios miembros del Opus Dei empezaron a organizar partidos de fútbol con los chavales de un barrio obrero de Barcelona. Al principio jugaban en cualquier sitio -en un solar, en medio de la calle y se reunían en un garaje prestado. Luego empezaron a construir diversas instalaciones, hasta constituir un respetable conjunto de edificios y campos de deportes que se terminó en 1971. Actualmente se adiestran en Brafa 1.700 jóvenes y 500 adultos. Aunque de la escuela han salido campeones en diversas ramas del deporte, el objetivo fundamental de Brafa es que el mayor número posible de personas practique algún deporte dentro de sus posibilidades. Por eso, ofrece becas a quienes carecen de recursos para sufragar los gastos. Junto a la formación y al entrenamiento deportivos, Brafa ofrece formación espiritual y cultural, haciendo especial hincapié en la práctica de las virtudes humanas.

Otro centro de formación especial, en este caso para subnormales, es La Veguilla. Se trata de una tarea educativa que realizan varios miembros de la Obra en colaboración con otras personas que no pertenecen al Opus Dei. Está situado en los alrededores de Madrid, cuenta con un colegio que imparte enseñanza primaria y secundaria, y con unos talleres que permiten ganarse la vida a quienes trabajan en ellos con la venta de lo que fabrican, fundamentalmente piezas de cerámica, muebles, tapicería, etc. El centro cuenta también con un vivero. Quienes dirigen y administran La Veguilla dicen que los que trabajan en los talleres se sienten satisfechos y felices sabiendo que son capaces de crear objetos útiles y artísticos, que encuentran fácil salida en el mercado. Entre sus clientes se encuentran el alcalde de Madrid y la reina doña Sofía.

Seguramente la empresa educativa más conocida de los miembros del Opus Dei en España es la Universidad de Navarra. En Trabajos de amor perdidos, Shakespeare escribió: “Navarra será el asombro del mundo. Nuestra corte será una pequeña academia tranquila y contemplativa en el arte de vivir”.

Pamplona tuvo que esperar mucho tiempo para tener su “pequeña academia”. La Universidad de Navarra, fundada en 1952, vino a hacer realidad un sueño de siglos. Surgió en un momento en que la necesidad de nuevas instituciones de enseñanza superior era acuciante, y así vino a llenar, como todas las obras corporativas del Opus Dei, una necesidad social.

La Universidad de Navarra atrajo enseguida profesores destacados de otras universidades españolas -Madrid, Barcelona, Sevilla, Santiago, Granada…- y extranjeras. Mucha gente, sin embargo, consideraba que la empresa era una locura y las autoridades regionales la miraban con recelo, por lo que mandaron hacer una investigación, cuyo dictamen fue negativo. Cuando Monseñor Escrivá lo supo, se echó a reír y dijo: “¡Claro que es imposible! Por eso lo haremos!”.

El profesor Ismael Sánchez Bella, que luego sería el primer rector de la Universidad de Navarra y primer presidente de la Asociación de Amigos de la misma, renunció a una cátedra de Historia en la Argentina y regresó a España para ponerse al frente del proyecto. Nada más bajar del barco, ilusionado, preguntó a los amigos que habían acudido a recibirle cuánto dinero habían conseguido. La respuesta le dejó anonadado: “¿Cuánto llevas tú en los bolsillos?”.

“Empezamos sin una peseta -me dijo-, pero con la moral altísima, lo cual es mucho más importante que el dinero.”

Actualmente, el campus de la Universidad, de 160 hectáreas, cuenta con nueve facultades, más de 10.000 estudiantes (500 de ellos no españoles) y 1.000 profesores. El sistema de tutoría personal y el énfasis que se pone en la formación ética de los estudiantes caracterizan la enseñanza en la Universidad, que facilita también clases de teología. El Gobierno español empezó a homologar los títulos de la Universidad de Navarra a comienzos de la década de los sesenta. Actualmente, mantiene contactos con las demás universidades españolas, con frecuentes intercambios, visitas y congresos.

La Universidad de Navarra procura poner la enseñanza superior al alcance de todos cuantos tienen aptitudes, con independencia de sus recursos económicos. A pesar de todo, las subvenciones y ayudas estatales son mínimas. La financiación, en gran parte, corre a cargo de miles de colaboradores españoles y extranjeros -muchos de ellos modestos- agrupados en la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra.

En cierto sentido, el corazón de la Universidad es su Facultad de Medicina, que cuenta con su propio hospital, la Clínica Universitaria. En ella se efectuaron algunos de los primeros trasplantes de corazón realizados en España. Pero en la Clínica Universitaria no sólo se cuida el estudio y análisis de la patología del paciente, sino también sus circunstancias espirituales y familiares. Médicos y enfermeras procuran cuidar estos aspectos. Durante los dos días que permanecí allí observé cómo en las salas de visitas, médicos y enfermeras charlaban con los visitantes, los animaban y les daban explicaciones.

Otra Facultad que me interesó mucho durante mi visita a la Universidad fue la de Periodismo, la cuarta en crearse, pues por entonces, la enseñanza del periodismo, no tenía rango universitario en España y muchos consideraban que era “una locura” dársela. Actualmente, la facultad, floreciente, forma cientos de periodistas que encuentran empleo en medios de comunicación de toda España.

En una entrevista que concedió a un joven periodista, el fundador del Opus Dei explica por qué estaba tan interesado por el periodismo. “Es una gran cosa el periodismo, también el periodismo universitario. Podéis contribuir mucho a promover entre vuestros compañeros el amor a los ideales nobles, el afán de superación del egoísmo personal, la sensibilidad ante los quehaceres colectivos, la fraternidad. Y ahora, una vez más, no puedo dejar de invitaros a amar la verdad.

No os oculto que me repugna el sensacionalismo de algunos periodistas, que dicen la verdad a medias. Informar no es quedarse a mitad de camino entre la verdad y la mentira. Eso ni se puede llamar información, ni es moral, ni se puede llamar periodistas a los que mezclan, con pocas verdades a medias, no pocos errores y aun calumnias premeditadas: no se pueden llamar periodistas, porque no son más que el engranaje -más o menos lubrificado- de cualquier organización propagadora de falsedades, que sabe que serán repetidas hasta la saciedad sin mala fe, por la ignorancia y la estupidez de no pocos.

Os he de confesar que, por lo que a mí toca, esos falsos periodistas salen ganando: porque no hay día en el que no rece cariñosamente por ellos, pidiendo al Señor que les aclare la conciencia.”

En un libro como éste es imposible hacer justicia a la magnífica labor que llevan a cabo en Navarra un puñado de hombres y mujeres con escasos recursos. El profesionalismo de la institución se revela en el hecho de que mantiene relaciones de intercambio y colación de grados con universidades tan prestigiosas como La Sorbona, Harward, Coimbra, Munich o Lovaina.

Las distintas labores educativas que llevan a cabo los miembros del Opus Dei son de dos clases: labores “personales”, de las que la Obra en cuanto tal no se responsabiliza, y “obras corporativas”, de cuya formación espiritual responde el Opus Dei. Mientras La Veguilla o las Escuelas Familiares Agrarias son iniciativas personales de algunos miembros del Opus Dei y de otras personas que no lo son, la Universidad de Navarra, Tajamar y Brafa son obras corporativas, y el Opus Dei se responsabiliza de la’ formación espiritual y doctrinal que se imparte en ellas.

Un campesino

Antonio Durán tiene el rostro terroso y agrietado, las manos ásperas y callosas, los ojos empequeñecidos de tanto mirar al sol, pero bajo toda esa rudeza se adivina que es feliz. A través de un laberinto de estrechas callejuelas, me condujo hasta su casa, vieja y en desnivel, con olor a carne en el horno y a mieses recién segadas. Mientras su esposa termina de preparar la cena, él me explica cómo transcurre su jornada. Sus hijos le rodean, sin perder detalle:

“Me levanto a las siete y media de la mañana y trabajo hasta las nueve de la noche. En mis tierras siembro trigo y otros cereales. Tengo también algunos almendros y olivos, así como una pequeña viña que me permite cosechar un poco de vino. Cultivar todo eso supone mucho trabajo y sacrificio. Tengo que andar corriendo todo el día de un sitio para otro, pero procuro cuidar de todo. Dios me ayuda. En mi tractor llevo un crucifijo junto al volante, para no olvidarme de Él.”

Hace una pausa para ofrecerme unas almendras y un vaso de vino de su cosecha. Luego prosigue: “Conocí el Opus Dei a través de un arquitecto que estuvo trabajando cerca de mis tierras. Nos hicimos buenos amigos y me invitó a un curso de retiro. Mi mujer no es del Opus Dei, pero colabora en sus actividades. La vida de un miembro de la Obra que vive en el campo y tiene que sacar una familia adelante no es fácil, pero tampoco demasiado difícil. No hay nada imposible”.

Una juez

Doña Concha del Carmen pertenece al Opus Dei desde hace veinte años. Es una mujer atractiva, muy bien arreglada, alegre, sin esa especie de seriedad un tanto hosca que se suele atribuir a los jueces. Cómodamente sentada en un sillón y rodeada de libros apiñados en una librería me explicó que lo que más le atrajo del Opus Dei fue “su humanidad, el ambiente de familia, la alegría”. “Para un juez es muy importante estar cerca de la gente y compenetrarse con sus problemas. Algo que Monseñor Escrivá pone de relieve en una de sus homilías de Es Cristo que pasa. Jesucristo hizo cosas maravillosas por los pobres. Yo como juez, entro en contacto con los más desgraciados: los pobres, los enfermos, los marginados, los delincuentes… Primero hay que aplicar las medidas que establece la ley y a veces es difícil hacer nada más, porque cuesta ver el aspecto humano de los problemas. Pero el Opus Dei me ha enseñado a amar a la gente con hechos, a querer y respetar a todo el mundo… Lo fácil es quitarse de encima a quienes te puedan crear problemas. Lo difícil, tratar de ayudarles y de enderezar sus vidas.

Pero no sólo cuentan las cosas grandes, importantes. También las pequeñas. Esta tarde, por ejemplo, tuve que redactar una sentencia, y cuando terminé de hacerlo me di cuenta de que la mecanógrafa iba a tener dificultades para pasarla a máquina, así que volví a escribirla de nuevo con letra más clara. Éste es el tipo de cosas que Monseñor Escrivá consideraba importantes: hacer las cosas pequeñas con perfección para estar más cerca de Dios y ayudar a los demás.”

Una familia numerosa

Los Pich son una familia barcelonesa. Los padres son co-fundadores de unos grupos de educación familiar extendidos por el mundo entero. Han creado también colegios y clubs juveniles. Dicen que su “hobby” es la educación de sus 16 hijos.

Algunas personas se estremecerán de horror ante la idea de tener tantos hijos. La mayoría de los padres, actualmente, prefieren tener pocos niños, pero muchos empiezan a preguntarse si eso es bueno. Hace poco, la Comunidad Económica Europea y el Comité Social hicieron público un informe que mostraba cómo la tasa de nacimientos había descendido de manera alarmante en los países de la Comunidad y estaba muy por debajo del nivel de crecimiento, algo que se ha dado en llamar euroesclerosis. “El desequilibrio demográfico está adquiriendo proporciones sin precedentes -dice el informe Cubrir el déficit de nacimientos en Europa requeriría una inmigración masiva, nunca vista hasta ahora.” Algunos gobiernos, como los de Francia y Alemania, ya han reaccionado, ofreciendo incentivos económicos considerables a las familias con varios hijos.

La señora Pich estaba en una reunión escolar cuando llegué a su casa. Mientras regresaba estuve hablando con su marido. “Lo que suele pasar con las familias numerosas es que la gente piensa que todos los hijos llegan al mismo tiempo -me dice-, pero no es eso. Llegan uno tras otro, con un año de diferencia aproximadamente. Lo cual es diferente. La naturaleza es muy sabia. Todo lo tiene previsto. ¿Cuál es la diferencia entre tener seis o siete hijos? Entre el décimo y el undécimo es sólo del 10 por 100 y entre el decimoquinto y el decimosexto menor todavía. Así que cuando se miran las cosas objetivamente, no hay problema.” El señor Pich comenta que hasta que llegó el hijo duodécimo vivían en un piso relativamente pequeño, con sólo tres dormitorios para los chicos, pero eran felices allí; y me dice que escribió un artículo explicando cómo era posible que catorce personas cupieran en un sitio así. Ahora, que viven en una casa espaciosa, los hijos se van yendo…

“Una de las ventajas de tener una gran familia es que, a medida que los hijos crecen, uno cuenta con pequeños ayudantes. Si se sabe delegar en ellos, los padres de una familia numerosa trabajan menos. Cuesta organizarse, por supuesto, pero hay que tomárselo como un hobby. Le aseguro -me dijo- que es más entretenido, más divertido, que ir al cine. Es algo fantástico, que te absorbe.”

¿Cómo es posible hacerse cargo de las necesidades de tantas personas de tan distintas edades y caracteres en constante evolución?, le preguntó.

“En primer lugar, hay que enseñar a los mayores a actuar como modelo de los más pequeños. ¿Quién es el héroe de un chaval? Siempre su hermano mayor, que es más fuerte, más valiente y más listo. Y con las chicas sucede lo mismo. Las hermanas pequeñas imitan a las mayores en la manera de hablar, de vestir, de comportarse. Una familia en la que hay un ambiente recio educa a cada miembro, lo cual quiere decir que todos participan en la educación de los otros. Todos se ayudan.

Hasta los más pequeños-pueden ser útiles siendo amables, encantadores, haciendo pequeños servicios. Se puede aprender mucho de los niños si colocamos nuestras antenas para sintonizar con ellos, si les escuchamos, si intuimos lo que quieren. Hay algo que no se debe olvidar: creemos que somos indispensables en la educación de nuestros hijos, lo cual es cierto sólo hasta cierto punto, menos de lo que imaginamos.”

La conversación quedó interrumpida por la cena, servida en una gran mesa redonda con un círculo central móvil para colocar los cacharros. La señora Pich -sorprendentemente joven y serena- llegó cuando ya estábamos cenando, siendo acogida por los gritos de júbilo de los ocho hijos que todavía viven con ellos. Todos participan en la conversación. Todos tienen algo que contar. Cuando les pregunto qué les gusta más de ser una familia numerosa, todos se echan a reír. Rosa, la mayor, responde: “Lo que más nos gusta es lo mucho que nos reímos. No paramos de contarnos cosas divertidas”. Y volvieron a reír dándose palmadas y empujándose, por lo que yo comencé a sentirme como en una de esas pobres pero enormemente felices familias descritas por Charles Dickens.

“Una gran familia es como una ecuación -apunta el señor Pich, reflexivo-. Las alegrías se multiplican y las penas se dividen…”

Después de cenar y de rezar el Rosario en familia, le pregunto a la señora Pich si no le hubiese gustado una carrera, trabajar fuera del hogar. Se quedó perpleja. “¡Pero si yo disfruto muchísimo de los niños!”, protestó. Y le pidió a su marido que me contase la historia de una señora que conoció en Chicago. “Era una madre de ocho hijos -empezó él-, y un periodista que la entrevistaba le preguntó si se sentía realizada. “Mire usted, señor periodista -repuso ella, con viveza-, soy abogado. Trabajé como abogado con mi marido, pero cuando empezaron a llegar los hijos decidí quedarme en casa con ellos. Respeto a las mujeres que trabajan en una oficina, pero, ¿quién cree que se realiza más, ellas o yo? ¿Ellas escribiendo a máquina ocho horas seguidas o yo, rodeada por mis chavales, cada uno con su propia personalidad?.”

La señora Pich me dijo que ser del Opus Dei le ha ayudado mucho a superar tiempos difíciles, en especial la práctica diaria. de un rato de oración mental. Eso le permite “cargar las baterías, algo imprescindible para un ama de casa”. También le ha ayudado mucho ver en todo lo que sucede en la familia la presencia de Dios. “Eso, más que nada, hace que las cosas que la gente encuentra difíciles marchen sobre ruedas.”

Saliendo de Barbastro por carretera, en dirección nordeste, no tarda en divisarse la silueta de un gran edificio situado sobre un promontorio rocoso que se recorta contra el cielo. Cuando la carretera, serpentea, se pierde de vista el santuario, de ladrillo rojo, con su alto campanario, pero cuando vuelve a divisarse resulta cada vez más bello. Se trata de Torreciudad, santuario dedicado a la Madre de Dios, que, como en otros muchos que existen en diversos lugares del mundo, sólo tiene una razón de ser: ayudar a quienes acuden a ellos a enderezar sus vidas desde el punto de vista espiritual.

Torreciudad, en la provincia de Huesca, a menos de 100 kilómetros de la frontera francesa, está en una zona reconquistada por los cristianos a los invasores musulmanes a finales del siglo XI. Para celebrar el triunfo, se construyó una ermita en honor de la Virgen. Un historiador del siglo XV, Faci, cuenta así la historia de la imagen: “Tiene la Santa Imagen su nombre por el sitio en que está su iglesia situada: su antigüedad es de los tiempos de la conquista de aquel Partido, que fue por los años 1083 o siguientes, por Nuestro Rey Don Sancho Ramírez. Expelidos por los Cristianos los Moros que presidían y habitaban el castillo y pueblo de Torre Ciudad, dedicaron los vencedores su Mezquita a una Santa Imagen de Nuestra Señora, que no lejos de aquélla hallaron, y es la misma que hoy se venera”.

Como miles de personas durante siglos, la madre de Monseñor Escrivá hizo una peregrinación a un santuario de la Virgen, precisamente a éste. Fue en el año 1904 y viajó a Torreciudad a lomos de una mula, llevando en brazos a su hijo, de dos años de edad. Iba a dar gracias por la curación de Josemaría, a quien los médicos habían desahuciado. En aquellos tiempos no había carreteras, y el camino era muy áspero, sobre todo los últimos kilómetros, que había que recorrer a pie. Muchas madres, y también hombres robustos, iban a dar gracias a la Virgen por favores similares.

Torreciudad, dominando el embalse de El Grado, con el telón de fondo de los Pirineos, ha cambiado mucho en los últimos años. Gracias a las aportaciones de miles de personas de todo el mundo, fue posible inaugurar un nuevo santuario, el 7 de julio de 1975. En el interior del templo, el centro de atracción es el retablo, de más de catorce metros de altura, esculpido en catorce toneladas de alabastro, que enmarca la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad. En él pueden verse diversas escenas de la vida de la Madre de Dios: los desposorios, la anunciación, la visitación, la natividad, la huida a Egipto… Pero quizá la más significativa para los miembros del Opus Dei sea la escena que muestra el taller de Nazaret, con Jesús ayudando a San José a alisar la madera con una azuela, mientras la Virgen María, también ocupada, mira a’ su Hijo.

Debajo de la iglesia hay una cripta con tres capillas dedicadas a Nuestra Señora bajo las advocaciones de Guadalupe, Loreto y el Pilar, con cuarenta confesonarios. Monseñor Escrivá, promotor del nuevo santuario, esperaba que meditar allí conduciría a muchos visitantes a renovar y purificar sus relaciones con Dios. “Espero frutos espirituales -decía-: gracias que el Señor querrá dar a quienes acuden a venerar a su Madre Bendita en su Santuario. Éstos son los milagros que deseo: la conversión y la paz para muchas almas.”

El fundador del Opus Dei creía que Torreciudad demostraría que la devoción a la Madre de Dios no era algo del pasado, que los cristianos seguían amándola “más que a nadie en la tierra, después de Dios; pues por encima de ella, sólo Dios”. Tal era el espíritu del Concilio Vaticano II, que recordó a todos los católicos que “el culto, especialmente el litúrgico, a la Santísima Virgen debe ser generosamente fomentado”.

Torreciudad se ha convertido así en un lugar lleno de paz, propicio a la oración. La quietud, el silencio, sólo se ven rotos por el vibrar del carrillón de las campanas. Los automóviles y los autobuses quedan aparcados lejos y diversos carteles ayudan a los visitantes a crear una atmósfera de piedad cristiana. Allí no hay tenderetes donde se vendan baratijas ni imágenes de plástico. Los domingos y las fiestas señaladas, así como en los meses de mayo y octubre, tradicionalmente dedicados a la Virgen, miles de personas, algunas de ellas no practicantes, acuden a Torreciudad. Pero el santuario ha sido construido para estar al servicio de todo el mundo, por lo que, a diario, acuden numerosos peregrinos de las más variadas procedencias.

En el antiguo santuario hay un libro de firmas que recoge los sentimientos de los peregrinos. Algunos vienen para pedir a la Señora un favor: “Que la Virgen dé trabajo a mi padre… para que mi familia sea como tú… para que mi novio me quiera”. Algunos ponen de manifiesto sus dotes poéticas: “Más hermosa que el sol, así es mi madre…”. O su gratitud: “Gracias por los días que hemos pasado junto a ti. Ayúdanos para que seamos cada día más Opus Dei”. Y un hombre escribió simplemente: “Santísima Virgen, te quiero”.

Se dice que en algunas ciudades españolas hay un centro del Opus Dei casi en cada esquina. Aunque en este capítulo sólo he ofrecido una pequeña introducción a las actividades de los miembros del Opus Dei en España, creo que da una idea de algunos de los aspectos que abarcan. Muestra también la capacidad el Opus Dei para movilizar gente de todas clases. Como el grano de mostaza del Evangelio, ha crecido hasta convertirse en un árbol frondoso, donde anidan toda clase de pájaros. En España empecé a pensar más a fondo sobre la amplitud de las labores de los miembros del Opus Dei, pero hasta el final de mi viaje no comprendí claramente su significado.


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