VII. INICIATIVAS APOSTOLICAS DE LOS MIEMBROS DEL OPUS DEI

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Juan Pablo II en el Centro ELIS
Pablo VI: «Aquí todo es Opus Dei»
Cinco horas romanas
Un servicio cristiano, un apostolado
Todos pueden participar
Netherhall House
Kianda Callege
Las Garzas
Universidad de Navarra
Seido Language Institute
Horizonte cuajado de iniciativas
Torreciudad: un Santuario mariano

II. ALGO DE HISTORIA

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

Con motivo de una visita del Fundador del Opus Dei a Andalucía y después de participar, en compañía de más de dos mil personas, en una conversación directa con él, José María Pemán escribió el 22 de noviembre de 1972 en la tercera página del ABC un delicioso artículo, rematado por este mano a mano con el «Séneca»:

«–Don José: si le llaman a todo esto Obra de Dios, ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las “causas segundas”.

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera».

No se podía resumir mejor, a mi juicio, ni con palabras más llanas, la verdadera historia del Opus Dei, ésa que parece tan fácil de escribir yendo desde ahora, después del Concilio Vaticano II, hasta su comienzo, y que resulta sobrehumana –léase sobrenatural– en cuanto uno se planta en 1928, observa el panorama de España y del mundo y trata de hacer camino al andar, de acuerdo con lo que Dios indudablemente quería. A la gente del Opus Dei no le gusta hablar de milagros –suelen decir, como Mons. Escrivá de Balaguer, que les basta con los milagros del Evangelio para creer–, pero indudablemente es ya un prodigio ese formidable cambio de mentalidad, operado en los cristianos y en todos los hombres, que nos hace ver hoy prácticamente como normal lo que hace unos años apenas se podía imaginar.

La «causa segunda», que decía el «Séneca», fue un muchacho de Barbastro, nacido el 9 de enero de 1902 y escogido por Dios para sacar adelante el Opus Dei. Se llamaba Josemaría y, según él mismo ha dicho, con perspectiva de lustros, atribuye más del noventa por cien de su vocación a la vida cristiana de sus padres, don José Escrivá de Balaguer y Corzán y Doña Dolores Albas y Blanc. En Barbastro inició los estudios de enseñanza media, que terminaría en Logroño…

TEMA 25. El matrimonio

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La íntima comunidad de vida y amor conyugal entre hombre y mujer es sagrada, y está estructurada según leyes establecidas por el Creador, que no dependen del arbitrio humano.

«La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados» (CIC, 1055 §1).

1. El designio divino sobre el matrimonio

«El mismo Dios es autor del matrimonio». La íntima comunidad conyugal entre el hombre y la mujer es sagrada, y está estructura con leyes propias establecidas por el Creador que no dependen del arbitrio humano.

La institución del matrimonio no es una ingerencia indebida en las relaciones personales íntimas entre un hombre y una mujer, sino una exigencia interior del pacto de amor conyugal: es el único lugar que hace posible que el amor entre un hombre y una mujer sea conyugal, es decir un amor electivo que abarca el bien de toda la persona en cuanto sexualmente diferenciada. Este amor mutuo entre los esposos «se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (Gn 1, 31). Y este amor es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. Y los bendijo Dios y les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla” (Gn 1, 28)» (Catecismo, 1604).

El pecado original introdujo la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer, debilitando la conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio. La Ley antigua, conforme a la pedagogía divina, no crítica la poligamia de los patriarcas ni prohíbe el divorcio; pero «contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cfr. Os 1-3; Is 54.62, Jr 2-3.31; Ez 16, 62; 23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio (cfr. Mal 2, 13-17)» (Catecismo, 1611).

«Jesucristo no sólo restablece el orden original del Matrimonio querido por Dios, sino que otorga la gracia para vivirlo en su nueva dignidad de sacramento, que es el signo del amor esponsal hacia la Iglesia: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia” (Ef 5, 25)» (Compendio, 341).

«Entre bautizados, no puede haber contrato matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento» (CIC, 1055 §2).

El sacramento del matrimonio aumenta la gracia santificante, y confiere la gracia sacramental específica, la cual ejerce una influencia singular sobre todas las realidades de la vida conyugal, especialmente sobre el amor de los esposos. La vocación universal a la santidad está especificada para los esposos «por el sacramento celebrado y traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y familiar». «Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar».

2. La celebración del matrimonio

El matrimonio nace del consentimiento personal e irrevocable de los esposos (cfr. Catecismo, 1626). «El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad, por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio» (CIC, 1057 §2).

«La Iglesia exige ordinariamente para sus fieles la forma eclesiástica de la celebración del matrimonio» (Catecismo, 1631). Por eso, «solamente son válidos aquellos matrimonios que se contraen ante el Ordinario del lugar o el párroco, o un sacerdote o diácono delegado por uno de ellos para que asistan, y ante dos testigos, de acuerdo con las reglas establecidas» por el Código de Derecho Canónico (CIC, 1108 §1).

Varias razones concurren para explicar esta determinación: el matrimonio sacramental es un acto litúrgico; introduce en un ordo eclesial, creando derechos y deberes en la Iglesia entre los esposos y para con los hijos. Por ser el matrimonio un estado de vida en la Iglesia, es preciso que exista certeza sobre él (de ahí la obligación de tener testigos); y el carácter público del consentimiento protege el “Sí” una vez dado y ayuda a permanecer fiel a él (cfr. Catecismo, 1631).

3. Propiedades esenciales del matrimonio.

«Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad, que en el matrimonio cristiano alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento» (CIC, 1056). El marido y la mujer «por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6)… Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad».

«La unidad del matrimonio aparece ampliamente confirmada por la igual dignidad personal que hay que reconocer a la mujer y el varón en el mutuo y pleno amor. La poligamia es contraria a esta igual dignidad de uno y otro y al amor conyugal que es único y exclusivo» (Catecismo, 1645).

«En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón (cfr. Mt 19, 8); la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt 19, 6)» (Catecismo, 1614). En virtud del sacramento, por el que los esposos cristianos manifiestan y participan del misterio de la unidad y del fecundo amor entre Cristo y la Iglesia (Ef 5, 32), la indisolubilidad adquiere un sentido nuevo y más profundo acrecentando la solidez original del vínculo conyugal, de modo que «el matrimonio rato [esto es, celebrado entre bautizados] y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte» (CIC, 1141).

«El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo» (Catecismo, 2384). «Puede ocurrir que uno de los cónyuges sea la víctima inocente del divorcio dictado en conformidad con la ley civil; entonces no contradice el precepto moral. Existe una diferencia considerable entre el cónyuge que se ha esforzado con sinceridad por ser fiel al sacramento del Matrimonio y se ve injustamente abandonado y el que, por una falta grave de su parte, destruye un matrimonio canónicamente válido» (Catecismo, 2386).

«Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación» (Catecismo, 1649). Si tras la separación «el divorcio civil representa la única manera posible de asegurar ciertos derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio, puede ser tolerado sin constituir una falta moral» (Catecismo, 2383).

Si tras el divorcio se contrae una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, «el cónyuge casado de nuevo se haya entonces en situación de adulterio público y permanente» (Catecismo, 2384). Los divorciados casados de nuevo, aunque sigan perteneciendo a la Iglesia, no pueden ser admitidos a la Eucaristía, porque su estado y condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor indisoluble entre Cristo y la Iglesia significada y actualizada en la Eucaristía. «La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos».

4. La paternidad responsable

«Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación. Los hijos son, ciertamente, el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios, que dijo: “No es bueno que el hombre esté solo (Gn 2, 18), y que hizo desde el principio al hombre, varón y mujer” (Mt 19, 4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: “Creced y multiplicaos” (Gn 1, 28). De ahí que el cultivo verdadero del amor conyugal y todo el sistema de vida familiar que de él procede, sin dejar posponer los otros fines del matrimonio, tiende a que los esposos estén dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día más» (Catecismo, 1652). Por ello, entre «los cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente».

El estereotipo de la familia presentada por la cultura dominante actual se opone a la familia numerosa, justificado por razones económicas, sociales, higiénicas, etc. Pero «el verdadero amor mutuo trasciende la comunidad de marido y mujer, y se extiende a sus frutos naturales: los hijos. El egoísmo, por el contrario, acaba rebajando ese amor a la simple satisfacción del instinto y destruye la relación que une a padres e hijos. Difícilmente habrá quien se sienta buen hijo —verdadero hijo— de sus padres, si puede pensar que ha venido al mundo contra la voluntad de ellos: que no ha nacido de un amor limpio, sino de una imprevisión o de un error de cálculo [...], veo con claridad que los ataques a las familias numerosas provienen de la falta de fe: son producto de un ambiente social incapaz de comprender la generosidad, que pretende encubrir el egoísmo y ciertas prácticas inconfesables con motivos aparentemente altruistas».

Aún con una disposición generosa hacia la paternidad, los esposos pueden encontrarse «impedidos por algunas circunstancias actuales de la vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al menos por cierto tiempo, no puede aumentarse». «Si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad».

Es intrínsecamente mala «toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación».

Aunque se busque retrasar un nuevo concebimiento, el valor moral del acto conyugal realizado en el periodo infecundo de la mujer es diverso del efectuado con el recurso a un medio anticonceptivo. «El acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad». Mediante el recurso a la anticoncepción se excluye el significado procreativo del acto conyugal; el uso del matrimonio en los periodos infecundos de la mujer respeta la inseparable conexión de los significados unitivos y procreativos de la sexualidad humana. En el primer caso se comete un acto positivo para impedir la procreación, eliminando del acto conyugal su potencialidad propia en orden a la procreación; en el segundo sólo se omite el uso del matrimonio en los periodos fecundos de la mujer, lo que de por sí no lesiona a ningún otro acto conyugal de su capacidad procreadora en el momento de su realización. Por tanto, la paternidad responsable, tal como la enseña la Iglesia, no comporta de ningún modo mentalidad anticonceptiva; al contrario, responde a determinada situación provocada por circunstancias concurrentes, que de suyo no se quieren, sino que se padecen, y que pueden contribuir, con la oración, a unir más a los cónyuges y a toda la familia.

5. El matrimonio y la familia

«Según el designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de la comunidad más amplia de la familia, ya que la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que encuentran su coronación».

«El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como origen y fundamento de la sociedad humana; la familia es por ello la célula primera y vital de la sociedad». Esta específica y exclusiva dimensión pública del matrimonio y de la familia reclama su defensa y promoción por parte de la autoridad civil. Las leyes que no reconocen las propiedades esenciales del matrimonio —el divorcio—, o la equiparan a otras formas de unión no matrimoniales —uniones de hecho o uniones entre personas del mismo sexo— son injustas: lesionan gravemente el fundamento de la propia sociedad que el Estado está obligado a proteger y fomentar.

En la Iglesia la familia es llamada Iglesia doméstica porque la específica comunión de sus miembros está llamada a ser «revelación y actuación específica de la comunión eclesial. «Los padres han de ser para con sus hijos los primeros predicadores de la fe, tanto con su palabra como con su ejemplo, y han de fomentar la vocación propia de cada uno, y con especial cuidado la vocación sagrada. «Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras. El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y escuela del más rico humanismo. Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida» (Catecismo, 1657).

Rafael Díaz

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 1601-1666, 2331-2400.

Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, 47-52.

Juan Pablo II, Ex. ap. Familiaris consortio, 11-16.

Lecturas recomendadas

San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 87-112.

San Josemaría, Homilía El matrimonio, vocación cristiana, en Es Cristo que pasa, 22-30.

J. Miras – J. I. Bañares, Matrimonio y familia, Rialp, Madrid 2006.

J.M. Ibáñez Langlois, Sexualidad, Amor, Santa Pureza, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile 2006.


Ordenación de 24 diáconos en Madrid

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En la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, Mons. Javier Echevarría, ordenó el pasado 6 de abril a veinticuatro diáconos de la Prelatura procedentes de trece países: Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, España, Gran Bretaña, Honduras, Irlanda, Kenia, México, Nigeria, Portugal y Uruguay.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría impone las manos a Ricardo Acosta, de Costa Rica, en la ceremonia

Mons. Javier Echevarría impone las manos a Ricardo Acosta, de Costa Rica, en la ceremonia

En su homilía, el Prelado recordó la relación que guarda el templo de Nuestra Señora de los Ángeles con la fundación de la Obra. El 2 de octubre de 1928, el beato Josemaría Escrivá vio por primera vez el Opus Dei mientras realizaba unos días de retiro espiritual en la casa central de los PP. Paúles. “Conmovido, me arrodillé – explicaba el Fundador-. Estaba solo en mi cuarto (…) Di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de Nuestra Señora de los Ángeles”. En muchas ocasiones afirmó que ese tañer de campanas, que llegaba como un regalo de la Virgen, “nunca ha dejado de sonar en mis oídos”.

El beato Josemaría Escrivá recordaba esos momentos en 1974 ante un grupo de personas en Latinoamérica: “¿Vosotros pensáis lo que es tener veintiséis años, la gracia de Dios, buen humor y nada más; y unas campanas que se oyen, y el querer de Dios, con todo aquello que era un imposible, sin ningún medio humano; y ponerse a soñar, y después verlo realizado en todo el mundo?”.

Durante la homilía, Mons. Echevarría agradeció a “la Reina de los Ángeles” toda “la movilización espiritual de cristianos corrientes nacida de la respuesta del beato Josemaría, que en toda la tierra busca la plenitud de la vida cristiana y trata de ejercitar el apostolado mediante las actividades familiares, sociales y profesionales que entretejen las jornadas de la gran mayoría de las personas”.

Habló también del “toque de campana” que ha dado Juan Pablo II en su última Carta Apostólica: “Jesucristo se sirve de su Vicario en la tierra cuando nos exhorta a recorrer con garbo las sendas de nuestra vocación cristiana”. Con la Novo millennio ineunte, “el Santo Padre ha querido despertar a los tibios, animar a los pusilánimes, impulsar a todos”.

Citando al Papa, dijo que “los caminos por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias caminan son muchos, pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de vida”.

Hasta su ordenación presbiteral, estos diáconos asistirán al clero de la prelatura y trabajarán en la labor que el Opus Dei desarrolla en los diferentes países. Entre la variada procedencia geográfica de los nuevos ordenados, se encuentran algunos que proceden del continente africano: Thomas Joseph Mboya Ayugi, keniano; y Innocent Okwudili Uwakwe, nigeriano. Llegan al sacerdocio, con 32 y 34 años, respectivamente.

Todos los diáconos han realizado alguna carrera universitaria civil y han ejercido su profesión antes de iniciar sus estudios teológicos. Entre ellos hay ocho ingenieros, tres periodistas, cuatro abogados, dos filólogos, dos historiadores, etc.

Es América la esperanza para el nuevo milenio

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Laura Victoria // El Imparcial (México)


En el trajín del Hotel Presidente, que albergó a la mayoría de los obispos sinodales y cardenales venidos de toda América, el tema del Sínodo cobró mayúscula importancia. “Mientras está el Papa la voz de un obispo no tiene importancia”, comentó Bernardo Domínguez, encargado de atender a los periodistas para concertar citas con los obispos. “Ellos no tienen interés de hablar, lo que quieren es que oigamos al Santo Padre” afirmó. Pero algo habría que lograr finalizando el viaje del Papa.

Con una sonrisa serena, los ojos vivos y expresivos y el rostro ajado, huella de una vida de trabajo intensa, mons. Javier Echevarría Rodríguez, Prelado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei comenta, en exclusiva para El Imparcial, sus impresiones sobre Juan Pablo II, y los trabajos del Sínodo de América, en donde ha intervenido por expresa petición del Romano Pontífice.

Es la primera vez que un Papa convoca Sínodos de Obispos por cada uno de los continentes. ¿Cuál considera usted que es el motivo que explica esta iniciativa?

Como es evidente, todos los Sínodos, también los continentales, tienen una finalidad evangelizadora, y el Santo Padre – está bien a la vista – impulsa constantemente la evangelización. Pienso que este espíritu de llevar a Cristo a todos los sitios exige que se cuiden las facetas – de historia, cultura, tradiciones, etc. – propias de los distintos continentes.

Por eso, los Sínodos continentales sirven para identificar y emprender caminos de evangelización adecuados a cada tiempo y lugar; apropiados a las circunstancias. Son un instrumento de unidad y de renovación del espíritu apostólico que caracteriza a la Iglesia.

Para el caso del Sínodo de América, el Papa señaló tres finalidades principales: la nueva evangelización, la solidaridad entre las iglesias particulares, e iluminar cristianamente los problemas de la justicia y de las relaciones económicas entre las naciones de América.

Las sesiones celebradas en Roma en los meses de noviembre y diciembre de 1997 fueron un preludio que presagió intensos diálogos durante el año 1998. Los temas más acuciantes para América, que son de urgente importancia: las drogas, la corrupción, las sectas, ataques contra la familia, todos ellos preocupan porque afectan a la labor eclesial y al desarrollo de la espiritualidad, por tanto se habló ampliamente de “una nueva evangelización”. ¿Podría comentarnos “grosso modo”, en qué consistió su participación en las sesiones realizadas en Roma?

Durante las sesiones, los padres sinodales y los expertos reflexionan juntos sobre los temas propuestos. Se estudia, se atiende a las aportaciones de los demás, se reza (este aspecto es muy importante), y – cuando llega el momento – se interviene. En mi intervención procuré destacar la responsabilidad de los laicos en el cumplimiento de la misión de la Iglesia, a través de su trabajo profesional; sin olvidar su papel en la promoción de los más necesitados, no sólo a través de intervenciones asistenciales, sino sobre todo llevando a las estructuras de la sociedad la justicia y la caridad de Cristo.

¿Por qué asistió usted al Sínodo?

Era uno de los miembros de designación pontifica. El Opus Dei es – con palabras del beato Josemaría Escrivá – “una partecica de la Iglesia”. La Prelatura tiene al frente un obispo que, en unión con el Santo Padre y con sus hermanos en el Episcopado, procura ayudar a los fieles del Opus Dei a santificar la vida cotidiana y a realizar una amplia tarea apostólica en su ambiente familiar, profesional y social. Por otra parte, el Opus Dei está presente en América desde hace 50 años, y son muchos los fieles de la Prelatura en esta Tierra Nueva.

Entre los temas que se han tratado en las sesiones de trabajo se mencionan, entre otros, la propagación de las sectas, la devoción popular, la urbanización creciente, etc. El tratar esos temas ¿se debe a que en América es donde existen especialmente, o son problemas mundiales, presentes también en América?

Como usted dice, se trata de problemas mundiales presentes también en América. De todos modos, alguna de esas situaciones se dan particularmente en los países del continente americano.

Lo importante es encontrar soluciones adecuadas a la situación real: “soluciones americanas”, si me permite la expresión. Los americanos, trabajando juntos – con la oración de toda la Iglesia –, han de buscar remedios realistas, ajustados a las circunstancias, que nos interesan a todos, aunque vivamos en otros continentes. Por ejemplo, el problema de las sectas demuestra el hambre de Dios que hay en América. Cuando no presentamos adecuadamente la figura y la fuerza de Jesucristo, se buscan otras vías. En consecuencia, el Sínodo ha estimulado a los católicos americanos a proclamar a Cristo con más coraje. Cada día que pasa crece mi convencimiento de que en estos países la Iglesia tiene grandes motivos de esperanza.

Tengo entendido que el Papa participa en todas las asambleas de los sínodos. ¿En qué forma actúa el Papa en esas asambleas?

De muchas maneras. Pero destacaría una actividad: Juan Pablo II escucha. Durante esos días, el Papa oye con atención las intervenciones de los presentes. Y también reza – se nota – mientras escucha, y quiere a los que participan. Pienso que con frecuencia se olvida este aspecto de la actividad del Santo Padre: se habla sólo de sus escritos o de sus viajes,… Pero el Papa escucha, escucha mucho, se interesa sinceramente por las personas, por las naciones, por sus problemas y por sus alegrías, y reza por esas intenciones. Estoy seguro que durante los días de Sínodo acudió mucho a la “Virgen morenita”, gran protectora de América.

Los enfoques de solución ante el panorama americano, se concentraron con insistencia en la labor de la gente común, de los cristianos “comunes y corrientes” que son quienes están en las estructuras de la sociedad, y en los desafíos que retan el ámbito familiar.

¿Cuáles son los retos más grandes a los que se enfrenta la Iglesia en América, cara al próximo milenio?

Juan Pablo II, durante la homilía de la Misa que celebró el último día del Sínodo, señaló algunos de esos retos. Entre los temas que mencionó, recordaría su insistencia en la necesidad de una catequesis fiel al Evangelio y adecuada a las exigencias de los tiempos: todo lo que se refiere a la formación tiene gran trascendencia.

América es un continente con un gran patrimonio: sus gentes, sus recursos, su fe. En otros lugares del mundo, todavía no conocen a Jesucristo. Aquí la fe está arraigada y extendida. Pero hace falta profundizar: conocerla mejor, vivirla de forma más coherente, hacerla fructificar. Y, para lograrlo, la formación se convierte en una tarea clave. Esta es una obligación para todos los hijos de la Iglesia, aquí, en Europa, en Asia, en África y en Oceanía.

Periodísticamente, el Opus Dei, la institución de la Iglesia en la que usted hace cabeza, supone un fenómeno social sumamente interesante para cualquier periodista inquieto. Sabemos que esta institución de la Iglesia trabaja en varios países del continente americano. ¿Cuál es el papel del Opus Dei frente a las realidades afrontadas en el Sínodo?

El Opus Dei, como parte de la Iglesia, participa en los objetivos evangelizadores planteados en el Sínodo. Y desea sumarse plenamente a las conclusiones señaladas por el Santo Padre. En particular, los fieles del Opus Dei procurarán, unidos a los demás católicos, llevar esas conclusiones al extenso mundo del trabajo y de las profesiones. Como todos saben, los fieles del Opus Dei son cristianos corrientes que quieren santificar su trabajo profesional y su vida ordinaria.

El Opus Dei llegó a México en 1949, cuando Pedro Casiaro, sacerdote español, llegó al país para traer el mensaje que mons. Escrivá había recibido del cielo el 2 de octubre de 1928.
Sabemos que el fundador del Opus Dei, el beato Josemaría Escrivá, promovió el Opus Dei en México como el primer país de este continente americano. ¿Nos podría decir cuál fue el motivo de su elección?

En una elección de ese tipo concurren muchas circunstancias. Pienso que pesó mucho algunas cualidades de este país: la hospitalidad, la acogida cordial, la apertura ante un mensaje que era a la vez viejo y nuevo, la fe de los mexicanos.

Al informarse uno sobre los comienzos del Opus Dei en España, resulta que el fundador acudió a los pobres, a enfermos de hospitales de beneficencia, etc.,… Pero en México, ¿cómo comenzó el Opus Dei?

El Opus Dei, al estar constituido por comunes fieles cristianos, refleja la estructura social de los países donde está presente. México no es una excepción: pertenecen al Opus Dei mujeres y hombres campesinos, empresarios, profesores, empleados, etc. En el Opus Dei no se hace distinción de raza, nacionalidad, situación social, apellidos, títulos o estado de la cuenta corriente. Caben todos los que desean sinceramente vivir a fondo la vocación cristiana en su trabajo, cualquiera que sea.

Hay personas que entienden lo que es el Opus Dei. Otros, parece que no lo entienden tanto. ¿A qué se deben estas distintas apreciaciones?

Me parece un fenómeno del todo normal. Sería raro lo contrario: no conozco ninguna institución, ni tema, ni proyecto, que provoque opiniones unánimes. El Opus Dei es muy querido: es para mí una satisfacción percibir el aprecio de innumerables personas. Recibimos también, por supuesto, algunas críticas. Por nuestra parte, como los demás católicos, procuramos respetar a todos, sin distinción; y – me da alegría señalarlo – deseamos aprender también de todos.

Mons. Javier Echevarría fue elegido por unanimidad como sucesor de mons. Álvaro del Portillo, quien murió el 23 de marzo de 1994 y que fue el primer sucesor del fundador, Josemaría Escrivá, muerto en Roma el 26 de junio de 1975. En la personalidad de su predecesor, Mons. Alvaro del Portillo, como hijo de una mujer mexicana, ¿qué había de “mexicano” en su actuación, en su modo de ser o trabajar?

Más que un “rasgo mexicano”, pienso que se sentía mexicano. Era una herencia de la que estaba orgulloso. Los que convivíamos con él le oíamos recordar con gusto historias, canciones y oraciones mexicanas. Personalmente, pienso que eran muy “mexicanas” su alegría y su afabilidad: se estaba muy bien a su lado. Y, como detalle curioso y familiar, recordaba modos de decir de este país que usaba aquí, cuando vino, con espontaneidad.

La última pregunta: se le ve feliz… ¿Por qué se hizo del Opus Dei? ¿Cuál es su experiencia?

Su pregunta me evoca demasiadas cosas, y quizá demasiado personales. Me perdona si no me extiendo. Me incorporé al Opus Dei porque entendí que era el camino que Dios me había preparado, mi modo personal de vivir la vocación cristiana. Y mi experiencia,… ¡Me parece imposible resumirla! En síntesis: creo que no hay nada mejor que dedicar la vida a servir a Dios y a los demás, por el camino que el mismo Dios señala a cada uno; y que no basta una vida para pagar al Señor lo que nos da a cada uno de sus hijos.

El Opus Dei es la primera Prelatura Personal, una nueva figura jurídica dentro de la Iglesia, que abre a los cristianos amplios caminos para llegar a Dios forjando pilares de espiritualidad en el trabajo diario sea cual sea, sin importar la categoría, siempre y cuando sea un trabajo honesto.
Actualmente el Opus Dei trabaja en los cinco continentes. De los 82 mil miembros del Opus Dei en el mundo, la distribución por continentes es aproximadamente la siguiente: mil en Africa, 4 mil en Asia y Oceanía, 27 mil en América y 46 mil en Europa.

El cristiano no puede esperar pasivamente el fin de la historia

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Mons. Javier Echevarría // Il Tempo (Roma)


«He resucitado y viviré siempre contigo»: con estas palabras comienza la Misa del día de Pascua. Cristo nos asegura que su victoria sobre la muerte es garantía y promesa de un renovamiento profundo de la vida de cada cristiano y del mundo entero. Cristo, en efecto, vive, y está con nosotros para siempre. Una mirada superficial al mundo y a las constantes heridas que lo afligen parecería desmentir la confianza de los creyentes en la presencia perenne de Jesús en la historia. Sin embargo, si la Resurrección constituye el fundamento más sólido de la fe, como afirma San Pablo (cfr. 1 Cor 15, 16-17), ninguna tragedia, ni histórica ni individual, puede convertir en ilusoria la esperanza cristiana.

La Pascua nos obliga a mirar con ojos distintos nuestra propia vida y la misma historia del mundo. Desde hace dos mil años ya, los cristianos creen que Cristo ha vencido sobre la muerte y el pecado. Desde hace dos mil años, se obstinan en cultivar la certeza de que el mal pertenece a una fase transitoria del acontecer humano. Y desde hace esos dos mil años la experiencia cotidiana parece querer inducirles al desencanto. Es por eso muy común, aun en países de antigua tradición cristiana, la idea de que la fe es una de las tantas ilusiones propias de la infancia, cuando todavía se cree que todos los hombres son buenos. Después, hay que crecer, afrontar la vida: el hombre maduro -se dice- es aquel que conoce el mal.

Hoy debemos comprender, una vez más y mejor, que Cristo venció verdaderamente al pecado. Esto significa que, para quien mira el mundo con ojos de verdadera fe, el pecado -aunque con su potencia devastadora obstaculice las relaciones entre los hombres, arranque de los corazones la confianza recíproca y reduzca la necesidad de amor al instinto de autodefensa- en realidad no deja de ser algo anecdótico, y un día tendrá fin. Se nos muestra duro, amargo, difícil de combatir; pero, pese a todo, e inevitablemente está destinado a desaparecer de la escena del mundo. El cristiano sabe que la victoria de Cristo es segura. Cree firmemente que el mal se verá cancelado. Cree que triunfarán el amor y la justicia.

Pero el cristiano no puede esperar pasivamente el fin de la historia, porque es ciudadano del mundo, llamado por Cristo a colaborar con la salvación, a la lucha contra el mal. En una homilía sobre la Pascua, el Beato Josemaría Escrivá escribe: «Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes (…) no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado (…). Comprendo y comparto esa impaciencia» (Es Cristo que pasa, n. 111). Pero la conclusión de estas consideraciones constituye un grito de optimismo: «La experiencia del pecado no nos debe hacer dudar de nuestra misión» (ibid. n. 114). Estamos llamados a tomar parte en la Pasión de Cristo, para ser así partícipes también de su Resurrección y difundir su potencia salvífica. Mientras estemos sobre la tierra, el mal se mezclará siempre con el bien, como la cizaña con el grano de trigo. Por eso, la vida cristiana es una llamada continua a la conversión, lucha contra el pecado, y no presunción de impecabilidad. «Ave Rex noster: tu solus nostrus es miseratus errores», hemos recitado en la liturgia del miércoles santo: Cristo tiene compasión de nuestros errores y los sana.

La Pascua nos confirma en la esperanza. La victoria de Cristo es también nuestra victoria. Acogiendo la gracia que nos llega por medio de los sacramentos de la Iglesia, podemos verdaderamente eliminar poco a poco el mal de nuestra vida. Y así llegar a ser partícipes del amor salvífico de Cristo, difundiendo en el mundo el don que Él ha venido a traer a los hombres: el amor que perdona y salva.

Si «don» es la palabra más frecuente entre quienes se aman, ¿cómo vamos a maravillarnos de que ese apelativo de «Don» sea uno de los nombres del Espíritu Santo, Persona de la Santísima Trinidad en la que toda la Iglesia medita durante este segundo año de preparación para el Gran Jubileo? Precisamente Él, el Espíritu Santo, como da a entender el apóstol Juan (cfr. Jn 7, 39), no podía ser donado a la humanidad si no hubiera existido el Viernes Santo. La Resurrección sucede a la Cruz.

Esta ciudad de Roma está palpando el empeño apasionado del Vicariato para coordinar los esfuerzos destinados al desarrollo de la Misión Ciudadana de preparación del Gran Jubileo. Se trata de una llamada a nuestro compromiso de testigos del Evangelio, a nuestra fe y a nuestra esperanza en Cristo vivo. Una verdadera movilización al servicio de las necesidades espirituales de todos los romanos, porque, como el Santo Padre ha recordado durante estos días, la Iglesia debe servir al hombre si quiere servir a Dios.

Para servir a la Iglesia

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El prelado del Opus Dei concibe el sacerdocio como “servicio” y “participación en la misión de Cristo”. Así lo refleja en el nuevo libro titulado ‘Para servir a la Iglesia. Homilías sobre el sacerdocio 1995-1999′ (ed. Rialp), que recoge veinticuatro predicaciones del prelado centradas en la figura del sacerdote.

Opus Dei -

En una de sus homilías, mons. Javier Echevarría explica que el sacerdote “ha de saber entregarse a cada uno y satisfacer las necesidades espirituales de todos, sin preferencias ni diferencias, derrochando todas sus energías en el ministerio. Ha de estar dispuesto a todo, con tal de llevar a las almas a Cristo: ésta es su única ambición”.

Además de ser “padre, pastor y maestro de todos”, debe tener “un celo apostólico sin fronteras” y “caridad pastoral que abrase hasta lo más íntimo”. En los textos, extraídos en su mayoría de homilías pronunciadas con motivo de ordenaciones de diáconos y presbíteros, insiste de manera especial en tres tareas del sacerdote: la predicación de la Palabra, la celebración del sacrificio eucarístico y la remisión de los pecados.

El prelado del Opus Dei se dirige a los ordenandos a partir de su propia experiencia, facilitándoles consejos pastorales: “Debéis poner todos los medios a vuestro alcance para que la Palabra de Dios cobre vida en vuestra conducta y en vuestros labios, y así mueva eficazmente a las almas. Fomentad la ilusión de llegar con más incisividad a los oyentes, para facilitarles el encuentro personal con Dios”.

En cuanto a la Eucaristía, mons. Echevarría explica a los sacerdotes que “vuestro sacerdocio es para la Eucaristía, y la Eucaristía es el sacrificio del entero pueblo cristiano e incluso de toda la creación. La Iglesia y el mundo esperan de vosotros el testimonio firme y contagioso de vuestra fe en todo momento, pero especialmente en el Santo Sacrificio”.

De manera especial se refiere también al ministerio de la reconciliación: “Predicad con frecuencia sobre ese sacramento. Esforzaos por encontrar exhortaciones nuevas y estimulantes, que muevan al arrepentimiento y la conversión. Enseñad a todos cómo es la misericordia divina. Esforzaos por acoger como Cristo lo haría, a esa alma que se acerca a recibir el perdón divino”.

En el prólogo, el cardenal Darío Castrillón dice que “en los momentos actuales en los que parece que los últimos porqués quieren reducirse a unos axiomas psicológicos, es de absoluta necesidad recordar con el lenguaje de hoy la doctrina perenne sobre el sacerdocio”.

Califica a las homilías que componen el libro de “testimonio coherente y valioso de la tradición eclesial”, dirigido especialmente a los sacerdotes, “primeros y principales promotores de la nueva evangelización, seguros de que han recibido el don del sacerdocio para servir a la Iglesia”.

“Contar con la simpatía del Papa es un estímulo”

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“El auténtico criterio para valorar la situación del Opus Dei es la fidelidad de cada uno de sus miembros a Jesucristo”. El Prelado habla en una entrevista de cuestiones como el Centenario del Fundador, la paz en el mundo y el Santo Padre

Máxima jerarquía del Opus Dei desde el 20 de abril de 1994, Javier Echevarría, de 69 años de edad, se dispone a festejar el centenario del nacimiento, el 9 de enero de 1902, del beato Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Un centenario que tendrá su momento culminante en la canonización de Escrivá, anunciada ya por el Papa. Javier Echevarría aceptó responder a un cuestionario enviado por esta corresponsal, a la que recibió en la sede romana de la Obra.

Echevarría rechaza las acusaciones de secretismo que pesan sobre el Opus. ‘Tengo la impresión de que es cosa del pasado, fruto de una manipulación de la realidad promovida por grupitos que parecían celosos de su exclusivismo’, dice. Aunque insiste en que Juan Pablo II no hace distinciones entre los católicos, el prelado admite que para el Opus es un estímulo ‘contar con la simpatía del Papa’. Añade que no ve a la institución como algo español, ’sino universal’, que cuenta con muchos admiradores. En cuanto a los detractores, cree que se nutren del desconocimiento o de ‘generalizaciones indebidas’, a partir de los fallos de algunos de sus miembros.

Pregunta. ¿Cuál es la situación actual de la Obra?

Respuesta. Forman parte del Opus Dei en este momento 85.000 fieles, repartidos por 60 países. Cada una de esas personas procura difundir a su alrededor el mensaje de Cristo, a través de la amistad, sin considerarse en absoluto mejor que los demás, de los que aprende. El auténtico criterio para valorar la situación del Opus Dei es la fidelidad personal de cada uno a Jesucristo: y de eso es de lo que nos examinamos los fieles de la prelatura al terminar el día.

P. La Obra ha organizado diversas celebraciones, pero la más importante será la canonización del beato. Teniendo en cuenta la polémica que suscitó la beatificación en 1992, ¿no teme que se reproduzcan las críticas?

R. No se sabe la fecha de la canonización del beato Josemaría. Depende del Santo Padre. Suele hacer pública la fecha de las canonizaciones durante los Consistorios. ¿Cómo no agradecer esa progresiva extensión, desde 1975, de la devoción al beato Josemaría a tantos rincones del mundo? No temo un ambiente polémico, y no se trata sólo de una previsión optimista: artículos y cartas que he leído estos meses lo confirman.

P. El Opus Dei goza de gran predicamento con el actual Papa, que le concedió en 1982 la calificación jurídica de prelatura personal. ¿Hasta qué punto ha sido importante para la Obra contar con las simpatías del Pontífice?

R. Creo que un católico debe querer al Papa, a todos los papas, con idénticos sentimientos de afecto y veneración. El amor al Romano Pontífice nace de la fe, no de las preferencias, porque en él vemos al vicario de Jesucristo entre los hombres. Y me atrevo a afirmar que el Papa no hace distingos, es padre de todos los católicos y trata a todos con la misma caridad. Con esta premisa, contar con su simpatía es un estímulo, una invitación a la unidad, un motivo de agradecimiento y de responsabilidad. La decisión de erigir el Opus Dei en prelatura se basó en serios estudios teológicos y jurídicos. El Concilio Vaticano II, con la sanción de Pablo VI, estableció las bases. Ciertamente, Juan Pablo II puso su sello en el documento final, pero a la decisión se llegó mediante una amplia convergencia, y dieron su parecer, a petición del Papa, los obispos de las naciones donde el Opus Dei desarrollaba apostolado.

P. El Opus Dei y la Compañía de Jesús son iniciativas religiosas españolas con personalidad propia dentro de la Iglesia. Los jesuitas tienen un pedigrí progresista, y el Opus, conservador. ¿Cuáles son sus relaciones?

R. Si me permite una aclaración previa, le diré que yo conocí el Opus Dei en 1948 y desde ese año fui un fiel entre otros muchos, pero jamás vi esta realidad como algo español, sino como una institución universal. Había nacido en España, pero estaba proyectada por Dios para todo el mundo. Por otra parte, algunas palabras que ayudan a simplificar las cosas -por ejemplo, conservador o progresista- han de usarse con cuidado, porque el efecto que consiguen es que muchos, por miedo a que los etiqueten y los encasillen, no dicen la verdad de lo que piensan. ¿Qué pienso? Que la Compañía de Jesús ha tenido y tiene una gran misión en la Iglesia y en el mundo. La Compañía y la prelatura son de naturaleza distinta y surgen de carismas distintos; yo no los interpretaría en claves ajenas a su más profunda realidad eclesial, ni me atrevería a compararlos. Josemaría Escrivá tenía una gran devoción a san Ignacio de Loyola. ¡Qué fuerte abrazo se habrán dado en el cielo!

P. En el Vaticano se aprecia la capacidad del Opus de convocar grandes masas en los actos del Papa, pero, ¿cuál ha sido y es la principal contribución del Opus a la Iglesia católica?

R. No me encuentro cómodo hablando de contribución del Opus Dei a la Iglesia, pues toda la riqueza del espíritu del Opus Dei es de la Iglesia. Por otra parte, ya decía el beato Josemaría: ‘Es de Cristo de quien hemos de hablar, y no de nosotros mismos’. Si me pregunta cuál es el núcleo del mensaje y la misión del Opus, lo resumiría en la llamada universal a la santidad, la posibilidad de transformar la vida ordinaria de los fieles en camino de santidad, mediante la santificación del trabajo y de los deberes familiares y sociales.

P. Tanto su antecesor al frente de la prelatura, monseñor Álvaro del Portillo, como usted han sido directos colaboradores del beato Escrivá. Usted fue durante 25 años su secretario personal. ¿No se puede considerar excesivamente endogámica la sucesión al frente de la prelatura del Opus Dei?

R. Considero los 25 años transcurridos junto al fundador del Opus Dei como un privilegio inmerecido y una llamada constante a la responsabilidad. Nunca agradeceré bastante a Dios ese don. Y lo mismo tengo que decir del tiempo en que colaboré con monseñor Del Portillo. ¿Endogamia? Es muy normal que la designación de los prelados que están al frente de las estructuras jerárquicas de la Iglesia recaiga en quienes ya trabajaban en ellas.

P. Josemaría Escrivá vivió casi toda su vida adulta en Roma. ¿Por qué razón? ¿Era prioritario para el beato obtener un estatus jurídico para el Opus?

R. Roma es la sede de Pedro, capital de la Iglesia, símbolo de su universalidad. El Opus Dei nació en Madrid, pero con una esencial dimensión universal, y por tanto, su sede natural era Roma. El estatuto jurídico del Opus Dei refleja esa característica original. El beato Josemaría tenía un profundo sentido del derecho, que sirve para dar forma al carisma y garantizar su futuro en la Iglesia. Por eso puso todos los medios para encontrar una configuración jurídica que reflejase los rasgos esenciales del Opus Dei.

P. Usted dijo en 1994 que las críticas al Opus proceden de una minoría española. Sin embargo, en Italia se intentó en los años ochenta hacer un proceso parlamentario al Opus por considerar que se trataba de una secta. ¿Qué es lo que molesta del Opus Dei?

R. Ante todo, el Opus Dei es apreciado por muchísimas personas. De hecho, las acusaciones que usted menciona fueron estudiadas y se demostraron carentes de fundamento. En cuanto a su pregunta, pienso que el Opus Dei puede molestar sobre todo a quien no lo conoce o a quien le molesta la Iglesia católica. A veces se han formado estereotipos que poco tienen que ver con la realidad de la vida de los fieles de la prelatura, y que componen una imagen tan desagradable como falsa. También puede suceder que alguno se sienta molesto por los defectos o errores que haya visto en algunos fieles del Opus Dei; ¿no es una generalización indebida proyectar esos fallos personales sobre la prelatura? Hay también gente a la que quizá molesta que los intelectuales, los políticos, los empresarios, los obreros o los padres y madres de familia vivan su fe con coherencia, y expresen su opinión a veces contra corriente: para promover la vida o la familia, por ejemplo.

P. Se ha acusado a la Obra de secretismo y de ejercer su enorme influencia de manera un tanto escondida. ¿Por qué tanta reserva por parte de sus miembros para reconocer que pertenecen a ella?

R. Perdóneme si le digo que no estoy de acuerdo. Los fieles del Opus Dei son bien conocidos como tales por sus familias, sus colegas, sus amigos. No oponen resistencia, sino todo lo contrario, en que se sepa que pertenecen a la prelatura. Si no, ¿cómo podrían hablar de lo que viven, del Opus Dei, del deseo de buscar la santidad en su trabajo profesional? Tengo la impresión de que la acusación de secretismo es cosa del pasado, fruto de una manipulación de la realidad promovida por grupitos que parecían celosos de su exclusivismo. Me parece que hay pocas instituciones de las que se sepa tanto como del Opus Dei: se publica un boletín oficial de la prelatura, se encuentra al Opus Dei en las guías de teléfono y en Internet.

P. ¿Cómo juzga la situación internacional tras los atentados del 11 de septiembre?

R. Como todos, he sufrido mucho con los atentados. Me produjeron honda impresión aquellas palabras del Papa, hablo ahora de memoria, sobre las esperanzas de paz, largo tiempo acariciadas y heridas de repente por ese zarpazo. He pensado en las tragedias de nuestro tiempo, como las de África, que acontecen lejos de las cámaras de la televisión y que también claman al cielo. Estas profundas crisis están reclamando soluciones radicales, quizá nuevas formas de relación entre los pueblos, en las que no prevalezca la lógica de la fuerza, del poder o del dinero, sino la del diálogo. Parece necesario encontrar modos más concretos de fomentar la justicia.

P. Hay quien ha defendido que se trata de un verdadero enfrentamiento de culturas. ¿Cómo ve el Opus las relaciones con el islam?

R. Prefiero no interpretar la situación como un enfrentamiento planetario. Una terrible acción terrorista, protagonizada por un grupo de fanáticos, no puede descalificar de un plumazo la historia y la cultura de docenas de países, aunque sí sea, para todo el mundo, una señal de alarma.

P. ¿Cuál cree que sería la reacción del beato Escrivá, si levantara hoy la cabeza, ante la situación que vive el mundo, en el que se vislumbra ya, incluso, la posibilidad de clonar a seres humanos?

R. La humanidad ha sido siempre ingeniosa para procurarse tormentos. La clonación es como una pesadilla: el hombre que se emborracha con el poder que le proporciona la técnica y la usa de forma inmoderada, sembrando a su alrededor miedo, desconfianzas, porque con esa falta de ética, de moral, encuentran justificación hasta las peores formas de barbarie del siglo XX, que tanto daño han causado. No me cabe duda de que al beato Josemaría le produciría gran pena. Pero en el mundo actual hay muchas cosas positivas que le causarían admiración y alegría.

P. ¿Cree que estaría satisfecho con la evolución de su Obra?

R. Pienso que sí. Me parece que una de sus grandes aportaciones ha sido precisamente la de fomentar que los cristianos se sintieran ’sembradores de paz y de alegría’. Josemaría Escrivá tenía gran simpatía a los santos que, según sus contemporáneos, eran personas con buen humor, como Tomás Moro, Felipe Neri, santa Teresa o Don Bosco. Por eso conectó siempre con la juventud.

26 de junio en Roma

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El día 26 de junio, fiesta litúrgica del beato Josemaría, Mons. Javier Echevarría ha celebrado una Misa en su honor en la Basílica de San Eugenio a Valle Giulia. Unas mil quinientas personas han asistido a la ceremonia.

Opus Dei - El prelado del Opus Dei, mons. Javier Echevarría, durante la ceremonia.

El prelado del Opus Dei, mons. Javier Echevarría, durante la ceremonia.

«El 26 de junio, aniversario del “dies natalis” del beato Josemaría Escrivá en la gloria del Cielo, es para todos nosotros un día de fiesta: un día en el que el agradecimiento a Dios se expresa en un renovado empeño de conversión, en el deseo de seguir más de cerca el ejemplo de fidelidad a la vocación cristiana que el fundador del Opus Dei nos ha dado». Con estas palabras ha comenzado su homilía el prelado del Opus Dei.

«Todos los días nos llegan cartas de las más diversas partes del mundo», ha dicho también en otro momento de la homilía, «que cuentan favores espirituales y materiales obtenidos por su mediación. En la devoción que suscita la figura de este inolvidable siervo de Dios, de este siervo bueno y fiel, una devoción que el decreto pontificio sobre la heroicidad de sus virtudes califica como “verdadero fenómeno de piedad popular”, se advierte el cumplimiento de un designio divino: el Señor lo ha elegido como instrumento para reavivar en muchas almas la conciencia de que todas las actividades ordinarias de la vida pueden convertirse en oración, en camino y medio de santificación, en fuente de paz y de alegría en los corazones.

Opus Dei - Alrededor de 1500 personas asistieron a la Misa en San Eugenio.

Alrededor de 1500 personas asistieron a la Misa en San Eugenio.

»El encuentro con el beato Josemaría o con sus escritos nos ha cambiado la vida a muchos de nosotros, nos ha llevado a encontrar a Cristo, a escucharlo, a ponernos en constante coloquio con él, a sentir su llamada, a luchar por testimoniar una plena coherencia cristiana. De un modo u otro, todos hemos sido conducidos por él a una conversión real, al descubrimiento de la oración, a la práctica de la penitencia, a la alegría de una asidua participación de los sacramentos, en particular los de la Penitencia y la Eucaristía. Gracias a sus enseñanzas, ante nosotros se han abierto los horizontes de un compromiso activo por la edificación del Reino de Cristo en el mundo. Por eso podemos considerarnos hijos suyos; por eso podemos estar seguros de que, como buen Padre que es, no nos negará su intercesión para la obtención de las gracias que necesitamos.

Opus Dei - Al terminar la ceremonia, junto a la Basílica.

Al terminar la ceremonia, junto a la Basílica.

»En particular, confiamos hoy a su intercesión nuestra lucha por la santidad en medio del mundo. El beato Josemaría nos ha enseñado a cultivar este gran ideal, el único verdaderamente necesario, en lo cotidiano, en esas ocupaciones nuestras que parecen comunes pero que esconden algo divino y constituyen la trama de toda nuestra jornada: “No está la santidad en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacerlas cada vez con más amor”. Pidámosle que nos ayude a asimilar esta verdad, auténtico nervio de su mensaje espiritual: que nos haga ver el rostro paterno de Dios, que en cada pequeño gesto espera de nosotros un poco más de amor; que nos enseñe a transformar en oración —diálogo con Dios— toda nuestra jornada.»

Un desafío para el siglo XXI

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Homilía de Mons. Javier Echevarría en la misa de acción de gracias por la canonización de Josemaría Escrivá. “Si el siglo XX —dijo— ha sido testigo del redescubrimiento de la llamada universal a la santidad, el siglo que estamos recorriendo ha de caracterizarse por una más efectiva y extensa puesta en práctica de esa enseñanza”.

Roma, Plaza de San Pedro, 7 de octubre de 2002

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Laudate Dominum omnes gentes (Sal 116 [117] 1), alabad al Señor todas las gentes. La invitación del Salmo responsorial, que ha resonado hace unos momentos, constituye un buen resumen de los sentimientos que se desbordan hoy de nuestro corazón: Deo omnis gloria!, para Dios toda la gloria. Queremos adorar al Dios tres veces Santo y darle gracias por el don con que ha enriquecido a la Iglesia y al mundo: la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, fundador del Opus Dei, realizada ayer por nuestro amadísimo Papa Juan Pablo II.

Nuestra gratitud se dirige también al Santo Padre, que ha dado cumplimiento a este designio de la Trinidad: mientras nos disponemos a elevar nuestra plegaria al Cielo, confiamos al Señor su Augusta Persona y sus intenciones. Sabemos que esta súplica agradará mucho a san Josemaría, que amó con toda su alma al Vicario de Cristo en la tierra, hasta el punto de no separar nunca ese amor al Papa del que profesaba a Jesucristo y a su Madre bendita. En efecto, desde el mismo instante en que el Señor irrumpió en su alma con los primeros barruntos del Opus Dei, que entonces aún no conocía, comenzó a rezar y a trabajar para hacer realidad el clamor que brotaba de su corazón: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, todos, con Pedro, a Jesús por María.

Todos los participantes en esta Santa Misa, y las innumerables personas unidas espiritualmente a nosotros en el mundo entero, nos reconocemos gustosamente deudores del nuevo santo que Dios ha concedido a la Iglesia. Muchos de nosotros hemos obtenido por su intercesión gracias y favores de todo tipo. No pocos nos esforzamos por seguir sus pasos de fidelidad al Señor en la tierra, tratando de reproducir en nuestras almas el espíritu que él encarnó. A todos, san Josemaría nos ha mostrado —con su ejemplo y con sus enseñanzas— un modo bien concreto de recorrer la senda de la vocación cristiana, que tiene como meta la santidad. Por esto, la canonización del fundador del Opus Dei asume los rasgos característicos de una fiesta: la fiesta de esta gran familia de Dios, que es la Iglesia. Por todo esto queremos dar gracias al Señor en esta celebración eucarística.

No han transcurrido cuarenta años desde que el Concilio Vaticano II proclamó la llamada universal a la santidad y al apostolado pero queda aún mucho camino por recorrer, hasta que esa verdad llegue efectivamente a iluminar y a guiar los pasos de los hombres y las mujeres de la tierra. Lo ha recordado explícitamente el Romano Pontífice, en su Carta apostólica Novo Millennio ineunte, al proponer esa doctrina como «fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio» (NMI 31).

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Todos en la Iglesia, cada Pastor y cada fiel, estamos llamados a comprometernos personalmente en la búsqueda diaria de la santidad personal y a participar —también personalmente— en el cumplimiento de la misión que Cristo nos ha confiado. Si el siglo XX ha sido testigo del “redescubrimiento” de esa llamada universal —que estaba contenida en el Evangelio desde el principio, y de la que san Josemaría Escrivá fue constituido heraldo por la personal vocación divina recibida—, el siglo que estamos recorriendo ha de caracterizarse por una más efectiva y extensa puesta en práctica de esa enseñanza. He aquí uno de los grandes desafíos que el Espíritu lanza a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

San Josemaría Escrivá procuró despertar esta urgencia de santidad en todos los hombres. El hecho de que su canonización haya tenido lugar en los albores del nuevo siglo, resulta particularmente significativo. Su mensaje resuena con especial fuerza en los momentos actuales: «Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa —homo peccator su (Lc 5, 8), decimos con Pedro—, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: no es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo» (Carta 24-III-1930, n. 2).

En todo instante —como aconsejaba el nuevo Santo ya desde los años 30— hay que buscar al Señor, encontrarle y amarle. Sólo si nos esforzamos día tras día en recorrer estas tres etapas, llegaremos a la plena identificación con Cristo: a ser alter Christus, ipse Christus. «Quizá comprendéis —os repito con sus palabras— que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre (…). Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos (cfr. Flp 3, 20)» (Amigos de Dios, n. 300).

A Jesús le encontramos en la oración, en la Eucaristía y en los demás sacramentos de la Iglesia; pero también en el cumplimiento fiel y amoroso de los deberes familiares, profesionales y sociales propios de cada uno. Se trata en verdad de un objetivo arduo, que sólo al final del peregrinar terreno podremos alcanzar plenamente. «Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana». Así exhortaba San Josemaría en una de sus homilías; y añadía: «Por eso te digo que, si deseas portarte como un cristiano consecuente (…), has de poner un cuidado extremo en los detalles más nimios, porque la santidad que Nuestro Señor te exige se alcanza cumpliendo con amor de Dios el trabajo, las obligaciones de cada día, que casi siempre se componen de realidades menudas» (Ibid., n. 7).

Santificar el trabajo. Santificarse con el trabajo. Santificar a los demás con el trabajo. En esta frase gráfica resumía el Fundador del Opus Dei el núcleo del mensaje que Dios le había confiado, para recordarlo a los cristianos. El empeño por alcanzar la santidad se halla inseparablemente unido a la santificación de la propia tarea profesional —realizada con perfección humana y rectitud de intención, con espíritu de servicio— y a la santificación de los demás. No es posible desentenderse de los hermanos, de sus necesidades materiales y espirituales, si se quiere caminar en pos del Señor. «Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor; que tomemos parte como ciudadanos corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura (cfr. Mt 13, 33) que ha de informar la masa entera» (Es Cristo que pasa, n. 120).

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La Providencia divina ha dispuesto que la trayectoria terrena de san Josemaría Escrivá tuviese lugar en el siglo XX, tiempo que ha presenciado enormes desarrollos de la ciencia y de la técnica, que no siempre, por desgracia, han estado al servicio del hombre. En efecto, es preciso reconocer que, junto a logros admirables del espíritu humano, en este tiempo nuestro abundan los torrentes de aguas amargas, que tratan inútilmente de apagar la sed de felicidad de los corazones. Pero también es cierto —como escribió mons. Álvaro del Portillo— que, con el mensaje espiritual del nuevo Santo, «todas las profesiones, todos los ambientes, todas las situaciones sociales honradas (…) han quedado removidas por los Ángeles de Dios, como las aguas de aquella piscina probática recordada en el Evangelio (cfr. Jn 5, 2 y ss), y han adquirido fuerza medicinal» (Carta pastoral, 30-IX-1975, n. 20).

Al recordar al primer sucesor de nuestro Padre, a don Álvaro del Portillo, sentimos muy cerca su presencia espiritual en estos momentos. Con él podemos afirmar, llenos de agradecimiento a Dios, que gracias a la doctrina y al espíritu del fundador del Opus Dei, «hasta de las piedras más áridas e insospechadas han brotado torrentes medicinales. El trabajo humano bien terminado se ha hecho colirio, para descubrir a Dios en todas las circunstancias de la vida, en todas las cosas. Y ha ocurrido precisamente en nuestro tiempo, cuando el materialismo se empeña en convertir el trabajo en un barro que ciega a los hombres, y les impide mirar a Dios» (Ibid.).

Saludo a quienes habéis acudido a Roma desde países de lengua inglesa, para asistir a la canonización de San Josemaría Escrivá. Al regresar a vuestros hogares, llevad con vosotros y tratad de poner en práctica las enseñanzas del nuevo Santo. Pedid a San Josemaría que os enseñe a convertir la prosa diaria —las situaciones más comunes— en versos de poema heroico: en afanes y realidades de santidad y de apostolado.

A los que procedéis de países de lengua francesa, os recuerdo la importancia de colaborar en la misión apostólica de la Iglesia, que es deber de todo cristiano, procurando fecundar con el espíritu del Evangelio las artes y las letras, las ciencias y la técnica. Pedid la intercesión de San Josemaría, para llevar a la práctica aquella aspiración que Dios mismo grabó en su alma: poner a Cristo —con nuestro trabajo, sea el que sea— en la cumbre de todas las actividades humanas.

Hoy la Iglesia venera a la Virgen Santísima con la advocación de Nuestra Señora del Rosario. Me da alegría pensar que la canonización de nuestro Fundador ha tenido lugar en la víspera de una fiesta de Santa María; esta coincidencia es como un signo más de su cariñosa asistencia de Madre. A su mediación materna acudimos, llenos de confianza, al tiempo que renovamos nuestro agradecimiento al Señor por esta canonización. Deo omnis gloria!, repito una vez más, mientras pedimos que se difunda entre los cristianos, cada día con más fuerza, el deseo de santidad personal y de apostolado en las circunstancias de la vida ordinaria. Así sea.


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