Con espíritu de comunión eclesial

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Sus palabras rezumaban comprensión y alegría, vivida en un sentido de comunión con todos los carismas con los que el Espíritu vivifica su Iglesia. Y explicaba que no había por qué asombrarse ante las dificultades, las incomprensiones o las maledicencias. Los santos –comentaba durante su catequesis en São Paulo— se han ido al otro mundo llevando encima una carga de basura echada por sus contemporáneos. No se me olvida que, al morir Teresa de Lisieux, decía una de las monjitas del convento: ¿y qué podrá decir la Madre Superiora de esta pobre monja? ¡Una santa grande! ¿Y la otra Teresa, la Teresona grande de Avila? Pues… dijeron de todo! (…)

Estaba en Sevilla. El correteo de aquella época, desde Ávila a Sevilla, era algo más que lo que he hecho yo desde Roma a São Paulo… En un carromato por aquellas carreteras tremendas, llenas de polvo…, con aquel calor de Castilla… Envuelta en la reciura de aquel traje basto, de aquel hábito penitente… ¡Pobre Teresa de Jesús, toda delicadezas de amor! ¿Sabéis lo que decían sus contemporáneos, cuando ella abría sus palomarcicos?! Decían que, so capa de abrir conventos… —con ocasión de abrir conventos—… llevaba mujeres mozas de una parte a otra, ¡para volverlas malas…! La llamaban… ¿Está claro?

Sí, Padre, le respondieron.

—… Teresa de Jesús…!

Amaba y quería todos los caminos de santificación de la Iglesia: las antiguas órdenes monásticas y las modernas congregaciones, la vida consagrada y los incipientes movimientos que surgían durante aquellos años.

Forma parte esencial del espíritu cristiano no sólo vivir en unión con la Jerarquía ordinaria —Romano Pontífice y Episcopado—, sino también sentir la unidad con los demás hermanos en la fe. Desde muy antiguo he pensado que uno de los mayores males de la Iglesia en estos tiempos, es el desconocimiento que muchos católicos tienen de lo que hacen y opinan los católicos de otros países o de otros ámbitos sociales. Es necesario actualizar esa fraternidad, que tan hondamente vivían los primeros cristianos. Así nos sentiremos unidos, amando al mismo tiempo la variedad de las vocaciones personales (…)

Es importante que cada uno procure ser fiel a la propia llamada divina, de tal manera que no deje de aportar a la Iglesia lo que lleva consigo el carisma recibido de Dios.

En esas reuniones de catequesis animaba a seguir a Cristo con docilidad plena a las inspiraciones del Espíritu, según el propio carisma, con una vida de piedad, oración y sacrificio. Recomendaba la plegaria personal, el encuentro cotidiano con Jesús en el Pan y la Palabra, la confesión frecuente, el trato con la Virgen, etc., adaptando el propio plan de vida cristiana con flexibilidad, conforme a las circunstancias de cada uno.

Mostraba la grandeza de la vida ordinaria y enseñaba a buscar la santidad en el cumplimiento de los propios deberes en la vida “de todos los días”. De ese modo los cristianos —decía— pueden ser contemplativos en medio del mundo.

Recordaba —en unos años de confusión doctrinal— el verdadero sentido de la liberación cristiana, según los principios de la doctrina social de la Iglesia, enseñando a vivir el Evangelio en un espíritu de libertad. Soy amigo de la libertad —decía— porque es un don de Dios.

Enseñaba a los laicos a actuar con coherencia en la vida cristiana, respondiendo cristianamente y con valentía a todos los retos de la sociedad: especialmente a lo que ahora se denomina “cultura de la muerte” (aborto, eutanasia, etc.).

Aunque su predicación se dirigía fundamentalmente a las personas llamadas por Dios a buscar la santidad en medio del mundo, por medio de su trabajo (cualesquiera que fuera su estado: casados, solteros, viudos) su mensaje de raíz evangélica concierne a todos los cristianos; y sus enseñanzasse funden en lo que denominaba unidad de vida. Hay una única vida —decía— hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios.

Chile: junto a los Andes

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Según la etimología del dialecto aymará, Chile significa «donde termina la tierra». Y no sólo el viejo vocabulario indígena, sino las habituales canciones marineras que suenan bajo todos los cielos y sobre todos los mares, consideran Valparaíso como el final del mundo.

Chile conoce los colores del desierto, la suavidad climática de la zona central, agrícola, y las eternas nieves volcánicas de la Tierra de Fuego. Más de un centenar de islas le dan escolta, a veces lejana, desde el océano.

En 1950, don Adolfo Rodríguez Vidal (27) -sacerdote–, viaja a Chile para iniciar la expansión de la Obra en este país. Cuando arriba a la ciudad de Santiago, el propio Cardenal Arzobispo, Monseñor José María Caro, le invita a permanecer en su residencia hasta que encuentre una casa adecuada para instalar el primer Centro del Opus Dei en el país. El Fundador no olvidará nunca este cariño del prelado hacia sus hijos, y cada vez que Su Eminencia pase por Roma sabrá del agradecimiento de todos.

Son muy frecuentes las cartas que llegan hasta don Adolfo desde Roma; también él relata, de modo habitual, sus pequeñas y grandes andanzas por tierras chilenas. Y basta la insinuación del más leve problema para que obtenga una respuesta, rápida y eficaz.

Los miembros de la Obra extendidos por México, Argentina y Estados Unidos le envían noticias, reforzando la unidad de afecto y espíritu que les ha llevado al Nuevo Continente. Así se lo cuenta al Padre, en repetidas cartas:

«Me encuentro muy unido con vosotros a través de (…) vuestras cartas. He recibido también cartas estupendas desde mis “vecinos” de México y Argentina»(28).

Busca con tesón la casa para montar una Residencia de estudiantes. Y al fin, en los primeros días de abril de 1950, firma el contrato de arriendo de un inmueble situado en la Avenida de O’Higgins, 2138 – 3°.

Una carta fechada el 16 de julio de 1950, día de la Virgen del Carmen, da cuenta de la instalación del oratorio en la nueva casa:

«¡Tenemos al Señor con nosotros desde esta mañana! (…). La Virgen del Carmen es la Patrona de Chile y de hoy no podía pasar. La pega era que no tenía apenas nada, ni “plata” para comprarlo (…). La solución ha sido la del préstamo (…). A medida que me vayan regalando cosas las iré devolviendo. Yo he comprado hasta ahora el altar -me lo pagó en parte un amigo-, el copón y la medalla de San José»(29).

En este país, que roza latitudes antárticas, la primavera cae a fines de año. El mes de María se celebra en noviembre. La Residencia de Santiago de Chile no se queda atrás en esta competición de afectos que el Opus Dei lleva en su equipaje, siempre, para la Madre de Dios. Las flores llegan a diario gracias a los residentes y llenan el altar de su primer oratorio. Incluso hay uno que domina el manejo de varios instrumentos musicales y ha conseguido acarrear un armonio hasta la casa. Se lo han prestado y ensaya, con melodías de toda índole, en el cuarto de estar. Pero el ritmo se le vuelve litúrgico cuando entona la Salve los sábados, en el oratorio, ante la Inmaculada. «Cantar es rezar dos veces».

El tiempo y lo insólito del paisaje chileno invitan a las caminatas, a las excursiones camperas hacia la costa. No en balde a Chile pertenece la isla de Mas a Tierra, al oeste de Valparaíso. La permanencia en este lugar del marino escocés Alexander Selkirk, en 1704, inspiró a Daniel Defoe su «Robinson Crusoe».

Algo así debe sentir don Adolfo en estos meses en los que permanece como único miembro de la Obra en Chile junto a un puñado de gente joven que empieza a vivir a su lado la alegría, fraternidad, trabajo y apostolado del Opus Dei. Pero muy pronto llegarán refuerzos. Cuando la semilla ha iniciado su vida y desarrollo bajo este suelo generoso.

José Enrique Díez Gil es el segundo miembro de la Obra que cruza los Andes. Tiene apenas veinte años y está cursando la licenciatura de Derecho. A partir de ahora, tendrá que dilatar su tiempo de trabajo para buscar medios económicos, dar a conocer a sus amigos chilenos el espíritu del Opus Dei, y concluir sus estudios. Durante los años siguientes terminará la carrera de Leyes y la de Ingeniero Comercial. Pocos meses después, en 1951, vendrá José Miguel Domingo Arnaiz, ingeniero naval.

Apenas tres años más tarde, pedirán la admisión al Padre las primeras vocaciones chilenas: Juan Cox Huneens, Pablo Vial y José Miguel Ibáñez Langlois.

Antes de que la Sección de mujeres arribe a Santiago, don Adolfo habla a un grupo de matrimonios a los que ha dado su amistad y ayuda sacerdotal. Dos señoras, que luego serán las primeras vocaciones de la Obra, se ofrecen para acondicionar una vieja casa, grande y abandonada, hasta convertirla en el primer Centro de mujeres del Opus Dei. El presupuesto de arreglos y mejoras es muy alto. Pero ya han aprendido a poner los medios y confiar en Dios. Trabajan sin descanso, hablan de los proyectos a todo su círculo de amistades. Se han empeñado en allanar los caminos de la Obra. A costa del esfuerzo constante y de la ayuda de algunos amigos, la casa estará pronto a punto.

Un día, cuando están acabando de pintar, suena el timbre. Antes de que puedan abrir, se introduce un sobre azul por debajo de la puerta. No espera nadie en el umbral. Al rasgarlo, encuentran cincuenta mil pesos en billetes: lo suficiente para pagar los materiales y mano de obra. Este donativo tiene el sello de la auténtica generosidad: el anónimo. Se trata de alguien que ha puesto su apoyo por encima del agradecimiento.

Con estos preámbulos, la Sección de mujeres viene a Chile a primeros de noviembre de 1953. Sólo unos días después, llegan las primeras vocaciones: María Tezanos-Pinto, Laura Prado, Elina Gianoli, Elena Wilandt y Carmen McKena… Son el comienzo de una larga lista. Pero en este país, la contradicción y las campañas, por parte de algunos grupos y personas, se dejan sentir en el ambiente. Las calumnias no recibirán respuesta ni rencor. Tampoco el menor desaliento, incluso por parte de personas muy jóvenes, que han encontrado en la Obra el camino de su vida. Todas tienen delante el ejemplo y las palabras del Fundador que ha dicho en circunstancias semejantes a sus hijos de otros países:

«La nuestra es una siembra de paz, de comprensión, de amor. Disculpamos a todo el mundo, comprendemos a todo el mundo, no nos sentimos dolidos por nada aunque, a veces, nos hieran y nos molesten. Todo es accidental; nosotros, en cambio, somos lo permanente: porque estamos haciendo una Obra divina. Vuestra única preocupación ha de ser ésta: que seáis santas, audaces, valientes. Sin miedo, pase lo que pase. En la vida vuestra todo es para bien. Si Dios lo permite. “Omnia in bonum!” Tranquilas. Con paz, abandonando en el Señor todas las inquietudes, porque no hay más que motivos de alegría» (30)

Los pasos de un «camino»

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre escribió «Camino» en los ratos libres que le dejaba su actividad apostólica. En 1934 había publicado «Consideraciones Espirituales». Ahora, conservando la estructura inicial, lo amplía y da forma definitiva. El contenido de este libro de espiritualidad no es circunstancial. El Padre recoge en sus páginas recuerdos y charlas con todo tipo de gentes, observaciones sobre la realidad y, sobre todo, su trato directo con Dios, el profundo conocimiento que tiene de los textos sagrados. Y agrupa esta experiencia en una serie de reflexiones breves, exigentes. Aún perdura en sus hijos la imagen del Padre en la habitación de Burgos, con un montón de pequeñas fichas que escribe en una máquina portátil. Después, la cuidadosa clasificación por materias, extendiendo aquella cantidad de papel escrito sobre la colcha de las camas. Y el deseo impaciente del Fundador: «Tengo ganas de poder disponer de una mesa para trabajar tan grande como tres camas ».

Y que Pedro remata en sentido contrario, para salpicar de risa la pobreza de medios que les rodea, afirmando que él tiene ganas de disponer de una cama tan grande como tres mesas.«Camino» estará terminado en febrero de 1939, aunque no se pueda publicar por los acontecimientos que precipitan el fin de la guerra civil. Traducido años después a más de treinta idiomas y extendido por ochenta países del mundo, ha llevado a muchas personas el viento certero, confidencial y ágil, de sus consejos. La vitalidad de sus páginas permanece intacta porque su raíz es auténtica, porque cada una de sus ideas está inspirada en el contacto diario de las cosas y de las personas. Su lenguaje directo, íntimo, incita a una siembra de fe y de santidad más vivas, más parecidas al ardor de los primeros apóstoles, más inmersas en las realidades temporales, más acordes con la gran misión que aguarda siempre, en el mundo, a los cristianos. Y todo, sin perder su acento entrañable; como la voz de un amigo que acompaña en el descanso y en la faena. Como una presencia cálida para llevar en el bolsillo del corazón por todas las encrucijadas de la tierra.

Pero también «Camino» supondrá una cruz. Algunos presentarán en Roma, ante la Santa Sede, una acusación de herejía contra sus textos porque enseña que los cristianos corrientes deben santificarse en medio del mundo. Una de las personas de la Curia encargada de examinarlo, después de señalar que todo el contenido del libro es conforme a la fe y la doctrina católica, comentará:

«Realmente hay tres afirmaciones: la santa coacción, la santa desvergüenza y la santa intransigencia, que son muy fuertes. Pero si pensamos en las Bienaventuranzas, también es rotundo lo que predica el Señor: dichosos los que sufren, dichosos los que lloran (…) no hay inconveniente en unir el adjetivo santo a los sustantivos coacción, desvergüenza e intransigencia (20).

Además, desde Pío XII, han leído “Camino” todos los Papas»(21).

Ahora, en estos momentos de Burgos, continúa también su trabajo intelectual. Domina los textos latinos de la Escritura, los clásicos castellanos y muchos de los escritores contemporáneos. Y, en la medida en que se lo permiten las circunstancias, no deja de estudiar, para mantener en forma el instrumento de su inteligencia en un mejor servicio de Dios y de los hombres.

Habla frecuentemente de su preocupación por el trabajo científico y así lo deja escrito en los puntos de «Camino»:

«Antes, como los conocimientos humanos -la ciencia- eran muy limitados, parecía muy posible que un solo individuo sabio pudiera hacer la defensa y apología de nuestra Santa Fe.

Hoy, con la extensión y la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia.

-Tú… no te puedes desentender de esta obligación»(22).

Su visión es siempre positiva, pero le duele la labor descristianizadora de muchos profesores y de ciertos grupos organizados que han dejado su impronta corrosiva en ambientes universitarios y culturales.

Por eso no ceja en el despliegue de una tarea sacerdotal que le ocupa el tiempo y las energías. Quiere «ahogar el mal en abundancia de bien»(23). Hay un momento, en medio de su enorme actividad pastoral, en que se queda sin voz, completamente afónico. Este síntoma se acompaña de hemorragias que le hacen sospechar la existencia de una tuberculosis pulmonar: enfermedad que, en el año 1938, y en aquellas circunstancias, prácticamente no tiene curación. El Fundador piensa que, en esas condiciones, no debe continuar trabajando con gente joven por el peligro de contagio.

Y reza, porque no acierta a proyectar su vida alejado de una juventud que Dios ha puesto ya, abundante y generosa, en su camino. Pide también oraciones a todos sus hijos. No le preocupan su salud ni su persona. Acepta la enfermedad como una caricia del amor de Dios. Pero piensa que debe ser el instrumento para llevar el Opus Dei adelante. Y le pide al Señor las condiciones físicas suficientes para poder seguir abriendo camino. Finalmente, a pesar de los síntomas, los médicos declaran que no hay trazas de esa enfermedad.

Su trabajo en la etapa de Burgos se completa con la realización de un volumen de investigación histórica dedicado al tema de «La Abadesa de las Huelgas». Había terminado ya prácticamente sus trabajos de Tesis Doctoral en Derecho, en la Facultad de Madrid. El tema primitivo -sobre «Ordenación de mestizos y cuarterones en el siglo XVI»-, que fue meticulosamente estudiado, se puede dar por perdido en los desastres de la guerra. Pero ahora, a menos de dos kilómetros del centro de la ciudad, tiene un Monasterio con un extenso y rico archivo histórico. Tras lograr el permiso del Arzobispo de Burgos y de la Abadesa de Las Huelgas, Ilustrísima señora doña Esperanza de Mallagaray, inicia su nuevo campo de investigación. Este será el tema de su futura Tesis Doctoral.

Con frecuencia, se le ve llegar a pie por el camino de chopos de El Parral que bordea la estructura gótica del Monasterio, a pesar de que supone una buena andadura desde la ciudad. Le han instalado en el llamado Contador bajo. Sobre una mesa de estilo español, pasa horas leyendo legajos y manuscritos que se apilan en el archivo y que las religiosas le proporcionan- amablemente.

Algunas veces, les celebra Misa en una de las espléndidas capillas de la iglesia monacal. Junto a las especies sacramentales ofrece, una vez más, la savia de una renovada raza de cristianos en todos los quehaceres, en todos los lugares, en todos los minutos del día. No es su vocación de índole claustral. Sabe que Dios le pide un modo de ser contemplativo en medio de la calle; una inmensa celda, grande como el mundo, para la actividad, los amores y los horizontes de sus hijos en la Obra.

Y esta Abadía Cisterciense le entiende, le aprecia y se aprovecha de su enseñanza espiritual. Cuando pase el tiempo, varias Comunidades del Císter, entre ellas la de Las Huelgas, serán nombradas Cooperadoras del Opus Dei. Significa que los pasos de los hombres y mujeres de la Obra estarán acompañados por la oración de estas religiosas. Significa, también, el entendimiento entre dos vocaciones muy distintas pero de raíz común: la presencia de Cristo como principio y fin de toda aspiración humana.

En 1944, Monseñor Escrivá de Balaguer enviará a esta Abadesa y Comunidad un ejemplar de «Camino» y otro de «La Abadesa de las Huelgas». En ellos agradece, con una afectuosa dedicatoria, el interés, la comprensión y ayuda que le otorgaron durante esta fructífera estancia en la ciudad castellana de Burgos.

Inspector del Seminario

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Seminaro San Carlos de Zaragoza.

En el San Carlos, dos inspectores elegidos de entre los alumnos se encargaban de velar por el cumplimiento de las normas del seminario. Normalmente uno era diácono y el otro un seminarista con, al menos, alguna de las órdenes menores. Mantener la disciplina entre sus propios colegas, por muy facultado que se estuviera por la autoridad eclesiástica, no era tarea fácil. Así las cosas, el arzobispo de Zaragoza, cardenal Soldevilla, decidió hacer a Escrivá inspector del seminario en el verano de 1922.

El nombramiento puso a Escrivá en una tesitura un tanto curiosa ya que tan sólo tenía veinte años, vestía de laico, pues no había recibido ninguna de las órdenes menores, y tampoco llevaba tonsura, señal externa de pertenecer al estado clerical. El cardenal salvó este pequeño escollo confiriendo a Josemaría la tonsura en una ceremonia privada el primer día del año académico, e inmediatamente después le nombró primer inspector.

Escrivá se tomó en serio su papel de inspector, pero sin ser cargante. Sobre su mesa puso una cartulina roja en la que, con letras doradas, aparecían las primeras palabras del himno a la caridad de san Pablo: “La caridad es paciente”.

No contento con mantener la disciplina externa, Escrivá trabajó con denuedo para ayudar a los otros seminaristas a tener más caridad entre sí y a fomentar la piedad en su trato con Dios y la Virgen María, estableciendo, entre otras, la costumbre de acudir a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar los sábados por la tarde para honrar a la Virgen.

Durante los dos años de inspector, Escrivá pudo sentir los cambios que se iban obrando en los seminaristas. Se vivía mejor la caridad y aumentaba el fervor de los alumnos. No era el único que se daba cuenta de las mejoras producidas; según testimonio del inspector que le sustituyó, el rector tenía tanta confianza en él que “dejó el seminario prácticamente en manos de Josemaría”[1]. Tiempo después, al recordar esa época, el rector subrayaba que Escrivá era una persona que “formaba auténticos sacerdotes”.

De todas maneras, sus últimos años allí no fueron un camino de rosas. Don Elías Ger, sacerdote y profesor de Derecho Canónico, comenzó un día la clase contando una historia que a primera vista no tenía mucha relación con la asignatura. “Érase un comerciante de canela. Compraba el producto en rama y, gracias a un molino de bolas, lo reducía a finísimo polvo. Un día el molino dejó de funcionar. Las bolas se habían desgastado y era preciso importar otras de Alemania. Pasó el tiempo. El repuesto no llegaba y la canela estaba por moler. Un amigo, viéndole triste, aconsejó al comerciante que se fuese a un torrente a buscar unos cantos rodados del tamaño de las bolas inservibles, que las encajase en el molino y que, durante varios días, las hiciese girar y girar sin echar aún la canela. Así lo hizo y, al cabo de quince días, comprobó que los cantos, de tanto rozar y chocar unos con otros, se habían pulimentado, quedando tan lisos como las bolas de Alemania. Hizo una breve pausa el profesor y, dirigiéndose a Josemaría, añadió: Así trata Dios a los que quiere. ¿Me entiendes, Escrivá?[2]”.

Don Elías Ger no se refería sólo a los pequeños inconvenientes que surgen cada día y que Dios emplea para pulir las aristas del carácter, sino a un incidente concreto acaecido poco tiempo antes: una pelea en la catedral entre Escrivá y otro seminarista algo más mayor. Según el rector del seminario, que presenció el suceso, el alumno mayor incitó a Josemaría con insultos groseros y fue el primero en golpear. No obstante, Escrivá había perdido los nervios y el rector se preocupó hasta el punto de pedir consejo por carta al antiguo director espiritual del seminario riojano.

Este lance y otros propios de la vida en el seminario proporcionaron a Escrivá la oportunidad de dominar su genio. No sería extraño pensar que tuviera esos años en mente al escribir: “Chocas con el carácter de aquel o del otro… Necesariamente ha de ser así: no eres una moneda de cinco duros que a todos gusta. Además, sin esos choques que se producen al tratar al prójimo, ¿cómo irías perdiendo las puntas, aristas y salientes -imperfecciones, defectos- de tu genio para adquirir la forma reglada, bruñida y reciamente suave de la caridad, de la perfección? Si tu carácter y los caracteres de quienes contigo conviven fueran dulzones y tiernos como merengues, no te santificarías”[3].

Las responsabilidades que Escrivá hubo de asumir como inspector le ayudaron en no poca medida a madurar y mejorar personalmente. Las necesidades de los otros seminaristas le animaron a rezar aún más por ellos y aprendió lecciones muy valiosas en el campo de la dirección espiritual, el ejercicio de la autoridad y el arte del gobierno. Pero, sobre todo, el empeño por vivir personalmente las virtudes que trataba de inculcar a los demás le ayudó mucho a crecer en caridad y comprensión.

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 162

[2] ibid. p. 171

[3] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 20

Sacerdocio común y sacerdocio ministerial

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Ni como hombre ni como fiel cristiano el sacerdote es más que el seglar. Por eso es muy conveniente que el sacerdote profese una profunda humildad, para entender cómo en su caso también de modo especial se cumplen plenamente aquellas palabras de San Pablo: ¿qué tienes que no hayas recibido (1 Cor IV, 7). Lo recibido… ¡es Dios! Lo recibido es poder celebrar la Sagrada Eucaristía, la Santa Misa –fin principal de la ordenación sacerdotal–, perdonar los pecados, administrar otros Sacramentos y predicar con autoridad la Palabra de Dios, dirigiendo a los demás fieles en las cosas que se refieren al Reino de los Cielos.

El sacerdocio de los presbíteros, si bien presupone los Sacramentos de la iniciación cristiana, se confiere mediante un Sacramento particular, por el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, son sellados con un carácter especial y se configuran con Cristo Sacerdote de tal modo que pueden actuar en la persona de Cristo Cabeza (Cfr. Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis n. 2). La Iglesia es así, no por capricho de los hombres, sino por expresa voluntad de Jesucristo, su Fundador. El sacrificio y el sacerdocio están tan unidos por ordenación de Dios, que en toda ley la Antigua y la Nueva Alianza, han existido los dos. Habiendo, pues, recibido la Iglesia Católica en el Nuevo Testamento, por institución del Señor, el Sacrifico visible de la Eucaristía, se debe también confesar que hay en Ella un nuevo sacerdocio, visible y externo, en el que fue trasladado el antiguo (Concilio de Trento, Doctrina sobre el Sacramento del Orden cap. I (Denzinger–Schön. 1764 (957)).

En los ordenados, este sacerdocio ministerial se suma al sacerdocio común de todos los fieles. Por tanto, aunque sería un error defender que un sacerdote es más fiel cristiano que cualquier otro fiel, puede, en cambio, afirmarse que es más sacerdote: pertenece, como todos los cristianos, a ese pueblo sacerdotal redimido por Cristo y está, además, marcado cn el carácter del sacerdocio ministerial, que se diferencia esencialmente, y no sólo en grado (Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen Gentium n. 10) del sacerdocio común de los fieles.

No comprendo los afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aún de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo –labor sacerdotal en este caso–, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato.

Pero, junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los Sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean (Cfr. Ibidem, Decreto Presbyterorum Ordinis n. 6). que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que –aunque conociese perfectamente– no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados.

En una palabra: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental auricular y secreta, perdona los pecados. La administración de estos dos Sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor. Otras tareas sacerdotales –la predicación y la instrucción en la fe– carecerían de base, si no estuvieran dirigidas a enseñar a tratar a Cristo, a encontrarse con El en el tribunal amoroso de la Penitencia y en la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario, en la Santa Misa.

Dejad que me detenga, todavía un poco, en la consideración del Santo Sacrificio: porque, si –para nosotros– es el centro y la raíz de la vida del cristiano, lo debe ser de modo especial de la vida del sacerdote. Un sacerdote que, culpablemente, no celebrase a diario el Santo Sacrificio del Altar (Cfr. Ibidem), demostraría poco amor de Dios; sería como echar en cara a Cristo que no comparte su afán de Redención, que no comprende su impaciencia por entregarse, inerme, como alimento del alma.

Opus Dei en África

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Este año, el Opus Dei está celebrando 50 años en África. Fr. Cormac Burke, un sacerdote del Opus Dei que trabaja en Kenia, habla del impacto que ha tenido en el continente.

Opus Dei -

Desde la fundación del Opus Dei, San Josemaría deseaba el inicio del trabajo de la Obra en África y rezó mucho para que llegara ese momento. Finalmente, en la década de 1950, varios miembros del Opus Dei viajaron a Kenia. Concretamente llegaron el 25 de agosto de 1958, por lo que estamos celebrando ahora 50 años de aquellos inicios.

De Kenia el trabajo se extendió a Nigeria, y después a otros lugares. Ahora hay centros también en Costa de Marfil, Camerún, Congo, Uganda y Sudáfrica, y se viaja a otros países en los que un número creciente de miembros y cooperadores están trabajando profesionalmente y procuran sentar las bases para una futura expansión.

El espíritu que trajo
¿Qué trajo el Opus Dei a África?, ¿qué puede aportar en el futuro? Muchas cosas, tanto nuevas como antiguas. San Josemaría le gustaba hablar del espíritu de la Obra explicando que “es viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo”. Deseaba expresar así que el centro del sencillo mensaje del Opus Dei es que difunde el mismo mensaje evangélico vivido por los primeros cristianos de los primeros siglos: que todos estamos llamados a la santidad (“Vosotros, por lo tanto, debéis ser perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial”. Mt. 5,48), y que esta santidad, esta lucha por conocer y amar a Dios, junto con el espíritu apostólico que debe acompañarlo, se debe vivir en los incidentes de la vida ordinaria. No es casualidad que en la canonización de san Josemaría, el Papa Juan Pablo II lo llamara “el santo de lo ordinario”.

Opus Dei -

San Josemaría decía a menudo que había que amar el mundo –un amor “apasionado”, llegó a decir–, porque está creado por Dios y es bueno, aunque añadía que los hombres a veces lo hacen malo por su egoísmo. Nunca le dio la espalda o le produjo indiferencia el progreso humano. Por el contrario, el mensaje del Opus Dei -que debemos buscar la santidad y santificar el trabajo por sí mismo-, implica una constante llamada a hacer bien nuestro trabajo, tanto humanamente como sobrenaturalmente.

Tenemos que purificar el trabajo de motivos egoístas (el orgullo, la vanidad, la codicia, el deseo de dominación), porque debe estar orientado a honrar a Dios, a darle gloria. Sin embargo, no vamos a hacerlo a menos que ese trabajo esté bien, muy bien. San Josemaría a menudo decía que a Dios no se le puede ofrecer nada de mala calidad, defectuoso o mediocre…

Opus Dei -

Importancia de este espíritu de los nuevos países
Cuando una persona trabaja y se desenvuelve en la vida cotidiana realmente inspirada por el amor de Dios, entonces se esfuerza por desarrollar una serie de cualidades que son importantes para el buen desarrollo humano de la sociedad: la minuciosidad en el trabajo, la honestidad en todas las relaciones con los demás y el orgullo de servirles, evitar los chismes o las actitudes negativas, asumir una responsabilidad social en los compromisos, la atención del matrimonio y la vida familiar.

Evidentemente, cuanto más se extienda este espíritu, mayor será la paz y la armonía en una sociedad. Esto también explica porqué tantos no católicos e incluso no creyentes, son Cooperadores del Opus Dei, ya que, independientemente de las perspectivas religiosas, ven en él una fuerza poderosa para el bien humano, y están encantados de colaborar en su difusión.

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Cómo la devoción a San Josemaría se ha extendido por toda África
La fiesta de san Josemaría (26 de junio) se celebra en muchas diócesis y parroquias, también en los países donde no hay todavía ningún centro del Opus Dei. Muchos miles de personas han leído sobre su vida y están tratando de poner en práctica sus enseñanzas. Después de todo, uno no tiene que ser un miembro del Opus Dei para entender y vivir el sencillo mensaje que Dios le confió. Además muchas personas han recibido favores a través de su intercesión (muchos de los favores obtenidos por los africanos se presentaron durante el proceso de su beatificación y canonización).

La siguiente historia es sólo una entre muchas. “A través de la intercesión de San Josemaría, he tenido muchas respuestas a los problemas pendientes en mi vida. Y, a su vez he aprendido a vivir la presencia de Dios y considerar la Palabra de Dios en mi corazón. Me encanta Jesucristo con todo mi corazón, alma y mente. Estoy casada, madre de tres hijos. El año pasado asistí a una misa en la Basílica de la Sagrada Familia. Yo había buscando abrir una tienda cerca de mi residencia durante más de tres meses. Sin embargo, ese sábado por la tarde, después de asistir a la misa de san Josemaría, Dios me bendijo con una tienda -en un buen sitio-. Abrí la tienda en julio del año pasado. Debo confesar que he visto la mano de Dios en mi empresa. A pesar de que la competencia es difícil, tengo la gracia de Dios”.

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¿Qué nos depara el futuro?
San Josemaría, hasta su último día, insistió en que era joven, que cada día Dios renovaba la alegría de su juventud. En efecto, existe un reto de juventud en el espíritu del Opus Dei -el desafío de la justicia, de lealtad, de respeto mutuo, de sinceridad en la amistad, de la castidad, de fidelidad en el matrimonio, etc.-. Estos desafíos son necesarios en los países africanos que están en peligro de envejecimiento prematuro debido al consumismo y hedonismo radical que proviene de Occidente.

El corazón que está abierto a Dios en el trabajo y la vida cotidiana, también debe estar abierto a los demás. Nadie, sea cual sea su religión, color, tribu o raza, pueden ser excluidos o tratados con indiferencia o frialdad. Ese es el espíritu que anima el Opus Dei, que por la providencia de Dios san Josemaría quiso subrayar de una manera especial cuando sugirió “ut omnes unum sint”, “que todos seamos uno”, como el lema de Strathmore College, la primera corporativa empresa del Opus Dei en África. La apertura a todos, la comprensión y el amor entre todos, porque todos somos hijos de Dios, esto es lo que fundamentalmente pretende difundir el espíritu del Opus Dei.

Calle Ferraz, Academia-Residencia DYA

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

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En el nº 16 de la calle Ferraz se encontraba la Residencia DYA, primera labor apostólica corporativa del Opus Dei, que no llegó a inaugurarse a causa de la guerra.

Se trajeron aquí los muebles de la Residencia anterior, que estaba en esta misma calle de Ferraz, en el nº 50, durante los primeros días de julio de 1936.

El 13 de julio terminó la mudanza. La Residencia estuvo funcionando en el nº 16 por tanto, sólo desde finales de junio hasta el 20 de julio de 1936, cuando comenzó el asedio al Cuartel de la Montaña.

Como puede observar el paseante, esta residencia estaba frente del Cuartel de la Montaña, y por esta proximidad, los disparos que salían el 20 de julio de 1936 desde el Cuartel, para repeler los ataques de sus agresores, llegaban hasta las paredes y cristales de la Residencia DYA.

San Josemaría permaneció en la Residencia, hasta la una de la tarde del día 20, hora en la que se dirigió hacia casa de su madre, en la vecina calle Rey Francisco, entre la euforia de los vencedores en el asedio.

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De la calle Ferraz 50 a la nueva Academia Residencia de la calle Ferraz 16

Cuenta Vázquez de Prada: “El domingo, 19 de julio, estaba el Padre con los suyos trabajando en la nueva Residencia de Ferraz 16.

Desde sus balcones podían observar un creciente ir y venir de guardias y curiosos por delante de la casa. Esa parte de la calle de Ferraz no tenía edificios enfrente, sino un ensanche con vistas a la explanada del Cuartel de la Montaña, que estaba a doscientos pasos de la Residencia.

A últimas horas de la tarde llegaba hasta allí la bulla de las milicias populares que, puño en alto, recorrían, con armas y banderas, el centro de la capital.

Hacia las diez de la noche el Padre envió a casa a quienes vivían con sus familias en Madrid, encargándoles que le telefoneasen al llegar, para su tranquilidad. Isidoro Zorzano y José María González Barredo se quedaron con él aquella noche.

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Entretanto, el cuartel permanecía cerrado tras sus altos muros, en amenazador silencio. Por la noche se oyeron a deshoras tiroteos intermitentes. Y, apenas amaneció, comenzó a notarse cierta actividad por los alrededores. Se hacían los preparativos para la toma del cuartel, que fueron precedidos de fuerte cañoneo. Los sitiados respondían a su vez con fusiles y ametralladoras.

Las balas perdidas rebotaban contra la fachada de la residencia y astillaban los balcones, obligando al Padre y a los suyos a refugiarse en el sótano de la casa. A media mañana se produjo el asalto. El patio del cuartel quedó sembrado de cadáveres. Las masas de milicianos que irrumpieron en el cuartel salían armadas con fusiles, vociferando y exaltadas.

El Padre, que de meses atrás venía oyendo hablar de asesinatos de curas y monjas, y de incendios y asaltos y horrores, vio llegado el momento en que llevar sotana era tentar a la divina Providencia. Más que imprudente, resultaba temerario. Dejó, pues, la sotana en su cuarto y se puso un mono azul de trabajo, que utilizaban esos días al hacer arreglos.

Era pasado el mediodía cuando el Padre, Isidoro y José María González Barredorezaron a la Santísima Virgen, se encomendaron a los Ángeles Custodios y, separadamente, salieron por la puerta de atrás. Con las prisas olvidó el sacerdote cubrirse la cabeza, cuya amplia tonsura delataba de lejos su condición clerical. Atravesó así entre grupos de milicianos que, excitados por el reciente combate, no le prestaron la menor atención”.

Con la guerra se interrumpieron los sueños de expansión apostólica por otras ciudades y países.

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Pocos días antes, en julio de 1936, escribía el Fundador en sus Apuntes íntimos:

¿Madrid? ¿Valencia…, París?… ¡El mundo!

Más adelante, en el nº 50 de la calle Ferraz, funcionó la Academia Residencia DYA, desde octubre de 1934 hasta el 6 julio de 1936, fecha en la que el Fundador celebró su última Misa en este lugar.

El primer sagrario

En el centro del Opus Dei de la calle Ferraz, nº 50 tuvieron lugar muchos episodios importantes de la vida de san Josemaría. Se acrecentó su devoción a San José tras recibir un paquete con todos los ornamentos y objetos del oratorio que necesitaba el 18 de marzo de 1935.

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Seis años hubieron de transcurrir antes de que se realizara el sueño de San Josemaría de tener un oratorio con el correspondiente Sagrario en el primer centro del Opus Dei. Para superar los obstáculos, recurrió a San José:

«En el fondo de mi alma tenía ya esta devoción a San José, que os he inculcado. Me acordaba de aquel otro José, al que —siguiendo el consejo del Faraón— acudían los egipcios cuando padecían hambre de buen pan: ite ad Joseph! (Génesis, 41, 55), id a José a que os dé el trigo. Comencé a pedir a San José que nos concediera el primer Sagrario».

El 31 de marzo de 1935 celebró la Santa Misa con el oratorio lleno de jóvenes. Escribió: y se quedó su divina Majestad reservado, dejándonos bien cumplidos los deseos de tantos años (desde 1928)

Los residentes y amigos de DYA

La foto corresponde al curso escolar 1935-1936 de la academia-residencia DYA. El Fundador aparece rodeado por un grupo de residentes y otros estudiantes que frecuentaban la casa. Álvaro del Portillo, que se incorporó al Opus Dei en julio de 1935 y llegaría a ser el sucesor de Don Josemaría, es el que está de pie, a la derecha, en la tercera fila. Contaba del Portillo: “un día el Padre me esperaba en el comedor de la Residencia de Ferraz. Al entrar me dijo: ya ves como están las cosas. A mí me pueden matar en cualquier momento sólo por ser sacerdote. Tú, ¿jurarías libremente que, si me matan a mí, seguirías adelante con la Obra? —Sí, Padre, desde luego, respondí”.

En esta casa comenzó el Fundador la labor apostólica con hombres casados.

El 28 de marzo de 1939 cuando el fin de la guerra era inminente, san Josemaría regresó a Madrid. En la foto aparece con su hermano Santiago, contemplando las ruinas de la residencia de Ferraz. Había recibido los impactos de las bombas y de la artillería.

Un mandamiento nuevo os doy…

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En su predicación y en sus conversaciones, uno de los temas preferidos de san Josemaría era la caridad: fraternidad, comprensión, servicio, amistad, «hechos»…

Solía decir que el Mandamiento Nuevo que Cristo dio a sus discípulos en la última Cena seguía siendo nuevo para muchos. Para que los demás lo tuvieran presente, lo mandó colgar, enmarcado, en una pared del primer centro del Opus Dei.

Aquí se muestra el segundo cuadro, con el texto en latín, que mandó confeccionar para la residencia de Ferraz. Fue una de las pocas cosas que se encontraron, al final de la guerra, entre las ruinas del edificio.

Una de las calles perpendiculares de la calle Ferraz es la calle del Rey Francisco, que durante la II República Española se denominó del Doctor Cárceles. El paseante comienza a caminar por esta calle, dejando a su derecha, sucesivamente, la calle Alvárez Mendizábal, y luego, la de Martín de los Heros.

Sacerdotes y laicos

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El Opus Dei está constituido por un prelado, un presbiterio o clero propio y laicos, tanto mujeres como hombres.

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Quien solicita incorporarse al Opus Dei lo hace movido por una llamada divina, que es una determinación específica de la vocación cristiana recibida con el bautismo y que lleva a buscar la santidad y a participar en la misión de la Iglesia según el espíritu que el Señor inspiró a san Josemaría.

La incorporación formal a la prelatura se realiza mediante una convención bilateral que estipula los compromisos mutuamente asumidos por el interesado y por la propia prelatura.

Modos diversos de vivir una misma vocación cristiana
En el Opus Dei no existen distintas categorías de miembros, sino un único e idéntico fenómeno vocacional por el que todos los fieles de la prelatura son y se sienten en igual grado miembros de una misma porción del Pueblo de Dios. Existen simplemente modos diversos de vivir una misma vocación cristiana según las circunstancias personales de cada uno: solteros o casados, sanos o enfermos, etc.

La mayoría de los fieles del Opus Dei son los miembros supernumerarios: se trata por lo general de hombres o mujeres casados, para quienes la santificación de los deberes familiares forma parte primordial de su vida cristiana. Los supernumerarios constituyen actualmente alrededor del 70 % del total de miembros del Opus Dei.

El resto de los fieles de la prelatura son hombres o mujeres que se comprometen a vivir el celibato, por motivos apostólicos. Algunos viven con sus familias, o donde les resulte más conveniente por razones profesionales: son los agregados de la prelatura. A otros, las circunstancias les permiten permanecer plenamente disponibles para atender las labores apostólicas y la formación de los demás fieles de la prelatura: son los numerarios, que ordinariamente pueden vivir en centros del Opus Dei. Las numerarias auxiliares se dedican principalmente a la atención de los trabajos domésticos de las sedes de los centros de la prelatura, como su actividad profesional ordinaria.

Sacerdotes de la Prelatura del Opus Dei
Los sacerdotes de la prelatura provienen de los fieles laicos del Opus Dei: numerarios y agregados que, libremente dispuestos a ser sacerdotes y después de años de pertenencia a la prelatura y de realizar los estudios previos al sacerdocio, son invitados por el prelado a recibir las sagradas órdenes. Su ministerio pastoral se desarrolla principalmente al servicio de los fieles de la prelatura y de las actividades apostólicas promovidas por ellos.

Familia cristiana
Una característica de la fisonomía del Opus Dei es el ambiente de familia cristiana. Ese tono familiar está presente en todas las actividades que organiza la prelatura. Se materializa también en el calor de hogar de sus centros, en la sencillez y confianza en el trato, y en las actitudes de servicio, comprensión y delicadeza en la vida cotidiana que se procuran vivir siempre.

¿Cómo explicar la fe católica?

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¿Qué es la Misa? ¿cómo explicar que hay un Dios? ¿por qué existe el mal? ¿por qué el matrimonio es indisoluble? ¿qué dice la Iglesia sobre la honestidad en el trabajo? ¿cuál es el significado del 6º mandamiento?

Varios profesores de Teología han preparado 40 artículos breves que tratan diferentes aspectos de la doctrina católica: los puede encontrar en la sección “Resúmenes de fe cristiana”.

Opus Dei - Conocer bien la fe es la primera condición para poder transmitirla.

Conocer bien la fe es la primera condición para poder transmitirla.

En conjunto, siguen el esquema propuesto por el Catecismo de la Iglesia Católica: la profesión de Fe (temas 1-16), los Sacramentos (temas 17-25), la vida moral cristiana: los mandamientos (temas 26-38), y la oración del creyente (temas 39 y 40).

Con un estilo accesible y riguroso, los autores explicitan de modo sintético las enseñanzas de la Iglesia católica, ofreciendo oportunas referencias a la Sagrada Escritura, los Padres y el Magisterio de la Iglesia.

Opus Dei - Los padres, responsables de explicar la fe a los hijos.

Los padres, responsables de explicar la fe a los hijos.

Además, están presentes las enseñanzas de san Josemaría, que ayudan a acercar las verdades expuestas a la vida cotidiana del lector.

Al final de cada texto se propone una bibliografía fundamental para quien desee profundizar en algún aspecto de cada tema.

Estos escritos invitan a mejorar el conocimiento del cristianismo, proponen una comprensión vital del mismo, y constituyen un material de fácil manejo que estimulan a dar razón de la propia fe.

Las 40 cuestiones tratadas son:
La profesión de Fe
1. La existencia de Dios
2. La Revelación
3. La Fe sobrenatural
4. La naturaleza de Dios y su obrar
5. La Santísima Trinidad
6. La Creación
7. La elevación sobrenatural y el pecado original
8. Jesucristo, Dios y Hombre verdadero
9. La Encarnación
10. La Pasión y Muerte en la Cruz
11. Resurrección, Ascensión y Segunda venida de Jesucristo
12. Creo en el Espíritu Santo. Creo en la Santa Iglesia Católica
13. Creo en la Comunión de los santos y en el perdón de los pecados
14. Historia de la Iglesia
15. La Iglesia y el Estado
16. Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna

Los Sacramentos
17. La Liturgia y los Sacramentos en general
18. El Bautismo y la Confirmación
19. La Eucaristía
20. La Eucaristía (2)
21. La Eucaristía (3)
22. La Penitencia
23. La Penitencia (2)
24. La Unción de los enfermos
24 (2). Orden sagrado
25. El matrimonio

La vida moral cristiana: los mandamientos
26. La libertad, la ley y la conciencia
27. La moralidad de los actos humanos
28. La gracia y las virtudes
29. La persona y la sociedad
30. El pecado personal
31. El Decálogo. El primer mandamiento
32. El segundo y el tercer mandamiento del Decálogo
33. El cuarto mandamiento del Decálogo
34. El quinto mandamiento del Decálogo
35. El sexto mandamiento del Decálogo
36. El séptimo mandamiento del decálogo
37. El octavo mandamiento del Decálogo
38. El noveno y el décimo mandamientos del Decálogo

La oración del creyente
39. La oración
40. Padre nuestro, que estás en el Cielo.

“La violencia nunca es apta ni para vencer ni para convencer

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Entrevista con mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei: “Sólo de la paz de las conciencias nace la paz en los pueblos”.

23 de febrero de 2003
Montserrat Lluis/ EL CORREO (Bilbao, España)

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-La religión ha perdido peso en la escala de valores de muchos ciudadanos…

-Hay más católicos que nunca. Pero, más que el número, lo que importa es la realidad de una Iglesia viva que, como hace veinte siglos, choca y atrae. Es innegable la existencia de países o ambientes donde han disminuido los practicantes. Las razones serán múltiples, pero coinciden con la invasión de una cultura que margina a Cristo, produciendo un terreno fértil para que arraiguen las pasiones.

-¿Cómo hacer ver al hombre que el sacrificio y la caridad reportan más dicha que el placer y el dinero?

-Todos experimentamos la distancia entre lo que somos y lo que deberíamos ser. Pero, cuando se descubre la grandeza cristiana, se constata su superioridad sobre el placer y el dinero, que son pasajeros. Por eso, el Señor nos invita a luchar para no quedarnos prisioneros de comodidades y tendencias que envejecen y envilecen el alma. No existe nada más estupendo que una vida entregada por amor en unión con Jesucristo.

-El Opus Dei invita a merecer la santidad a través del trabajo. ¿Cuánta gente cree que, hoy en día, no se emplea sólo por ganar un sueldo?

-La ocupación no puede concebirse simplemente como un valor económico. En los planes de Dios, el trabajo perfecciona y madura al hombre. Por esta razón, poner inventiva e interés por hacer las cosas acabadamente bien -no sólo por cobrar un sueldo- y servir con lealtad a Dios y a los demás ennoblece a la persona. En nuestra sociedad ‘supereconomicista’, descubrir el valor cristiano del trabajo puede ser una liberación y una siembra de fraternidad.

-Ustedes rechazan el control de la natalidad. Pero, ¿es responsable traer al mundo a media docena de niños con un sueldo de 600 euros?

-La insuficiencia de los salarios para mantener a los hijos, la falta de acceso a viviendas dignas, los obstáculos para conciliar vida laboral y familiar… demandan soluciones que deben buscar los ciudadanos y sus representantes. No se trata sólo de una cuestión económica: hay muchos practicantes del control de la natalidad que ganan más de 600 euros. Lo que la Iglesia rechaza es una visión de la vida que antepone el bienestar material a los valores humanos y cristianos del matrimonio.

-Ante la sucesión de casos de curas pederastas, ¿la Iglesia se siente igualmente legitimada para seguir pidiendo castidad antes del matrimonio?

-La continencia se encuadra en la moral cristiana; es decir, en el comportamiento conforme a la dignidad de la persona y a su verdadera felicidad. La doctrina en relación con el matrimonio no cambiará nunca. Si se descubriera robando a un fiel católico -sacerdote o laico-, la Iglesia tampoco reformaría su doctrina sobre el robo.

-¿Aprueba que los dirigentes eclesiásticos opinen sobre política?

-Todo laico puede, como cualquier ciudadano, involucrarse en la política según su recto entender. Lo único que se le exige es que obre conforme a su fe, lo que no impone ninguna opción política, sino honradez, juego limpio y ánimo sincero de servicio a la comunidad.

-¿Es tolerable que la religión sea causa de conflictos bélicos, como el que enfrenta a Palestina e Israel?

-Es una gran tristeza que los hombres se maten, sea por lo que sea. Pero no creo que el conflicto en Tierra Santa encuentre su inspiración en motivos religiosos. Se combate por una tierra. Entre palestinos e israelíes, hay hombres y mujeres capaces de convivir fraternalmente. La paz manifiesta una bendición del cielo que necesita hombres de buena voluntad en la tierra.

-¿Cómo llevaría esa paz a Euskadi?

-La paz no se reduce sólo a la ausencia de guerra. Para eso, bastaría la victoria militar o la tregua. La paz auténtica, inseparable de la justicia, brota del cordial entendimiento entre las personas, lo que requiere actitudes de comprensión y de perdón, así como esfuerzo para conocerse y resolver los malentendidos. Y mucha gracia de Dios. San Josemaría no se cansó de repetir que sólo de la paz en las conciencias puede nacer la paz en los pueblos y entre los pueblos. Y añadía que la violencia no es apta ni para vencer ni para convencer; siempre sale vencido el que la usa.

-¿Es mucho lo que el Opus Dei debe agradecer a Juan Pablo II?

-Toda la Iglesia debe agradecimiento, y mucho, a Juan Pablo II por su entrega constante. Sería muy largo mencionar tantos motivos, pero basta contemplar cómo, a su edad y en su estado físico, no ahorra ningún esfuerzo en su servicio a la Iglesia y al mundo.

-¿Puede detener la guerra en Irak?

-Juan Pablo II es el ejemplo más luminoso de amor por la verdadera paz. Aprovecho para pedir a los que lean estas palabras que se unan y recen por lo que el Papa ha hecho siempre y está haciendo hoy en favor de la paz.

“LA DEPRESIÓN PUEDE SER UN LUGAR PRIVILEGIADO DE SANTIFICACIÓN”

-¿También el prelado del Opus Dei sufre crisis de fe?

-Ninguna crisis, pero sí pruebas; porque la fe conoce necesariamente momentos duros ante el aparente -o real, pero no duradero- triunfo del mal. La muerte inesperada de personas queridas, los achaques de salud, las contradicciones de la vida son encuentros personales con la Cruz que pueden desconcertar un poco. El Señor nos hace madurar así, como personas y como cristianos.

-¿Cuánto tiempo reza cada día?

-Dedico ratos a meditar ante la Sagrada Eucaristía, y muchas horas al trabajo, que es rezar, porque todas las actividades pueden convertirse en oración. Pero lo que centra mi vida, como la de todo cristiano, es la santa misa.

-¿Qué distingue a un miembro del Opus de un cristiano ordinario?

-Un miembro del Opus Dei es un cristiano ordinario que ha escuchado la llamada de Dios a identificarnos con Jesucristo y a darlo a conocer a los demás desde su lugar en el mundo: su hogar, su profesión, su entorno social.

-¿La fe es una coraza suficiente contra la depresión?

-La depresión puede afectar a cualquiera. La fe ayuda a llevarla bien, pues confiere sentido al sufrimiento y a las dificultades de la vida. Empuja a tener paciencia y a fiarse más de Dios. Como cualquier otra enfermedad, puede convertirse en un lugar privilegiado de santificación.

-El Opus Dei ha hecho coincidir la canonización de Escrivá con una «ambiciosa misión» educativa en África. ¿Qué otras acciones llevan a cabo por los desfavorecidos?

-Trabaja en el continente africano desde hace más de cincuenta años. Me vienen a la cabeza, por ejemplo, el Centro Médico Monkole, en Kinshasa; Kianda School y Strathmore College, los primeros complejos educativos interraciales de Kenia; o Iroto Rural Development Centre, en Nigeria.

-¿Alberga esperanzas de que los templos vuelvan a llenarse algún día? ¿Cómo conseguirlo?

-No faltan lugares donde las iglesias se llenan cada día. Lo veo en mis viajes. El cristianismo mantiene su perenne juventud después de dos mil años, aunque su vitalidad convive, como siempre, con fenómenos de decadencia o de indiferencia. Lo que hay que revisar no es la doctrina, que ha de permanecer siempre fiel al Evangelio. Lo que necesita revisión diaria es la vida de cada uno, para ver qué conversión nos está pidiendo el Señor.

-¿Qué ha aportado usted al Opus Dei?

-No me lo he planteado. Procuro ser fiel a la herencia que he recibido y dejarla al que me suceda tan viva como yo la tomé. Suelo repetirle al Señor una oración que aprendí de San Josemaría: ‘Señor, que te dejes ver Tú a través de la miseria mía’.


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