Un matrimonio español en proceso de beatificación

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“Tú eres el camino de ella hacia el Cielo; y tú el de él”, decía San Josemaría a los esposos. Tomás Álvira y Francisca Domínguez siguieron su consejo y buscaron la felicidad en la vida ordinaria de su matrimonio. Rafael Alvira, uno de sus hijos, relata la vida de sus padres.

Opus Dei - Tomás y Paquita, un matrimonio feliz.

Tomás y Paquita, un matrimonio feliz.

La intensidad de la relación que un matrimonio tenga con Dios puede llevar a marido y mujer a ser declarados santos.

Éste es el caso de los españoles Tomás Alvira y Francisca Domínguez, cuya unión podría ser beatificada y después canonizada por la Iglesia católica.

Rafael Alvira, uno de los ocho hijos del matrimonio, estuvo en la Ciudad [de México] para impartir la conferencia “El hombre y Dios en la sociedad del siglo XXI”, en el Seminario de Monterrey y en el Centro Panamericano de Humanidades, A.C.

“Juan Pablo II fue el primer Papa que pidió y organizó que se canonizaran matrimonios juntos”, comentó el doctor en Filosofía.

“Él tenía el deseo de que como hay algunos casos en la historia de que marido y mujer se han canonizado por separado, también que se tomara en cuenta la santidad de la vida matrimonial y canonizarlos juntos”.

En entrevista, luego de una de sus charlas, Alvira contó que la Diócesis de Madrid publicó el miércoles en un boletín el inicio del proceso de beatificación y canonización de sus padres.

“Consideran las personas que han llevado estudios sobre la vida de mis padres que podrían ser considerados santos, siempre que cumplan previamente los pasos que la Iglesia tiene marcados y de una aprobación por parte de una comisión teológica de sus virtudes y milagros”.

De acuerdo con el también directivo de la Universidad de Navarra, existe el registro de miles de personas que han pedido favores a este matrimonio.

“Se hicieron unos libros y estampas que son importantes para que la gente pueda pedirles favores o milagros, sin los cuales la Iglesia no canoniza”.

Tomás Alvira fue un investigador que murió en 1992, Francisca era maestra y falleció en 1994. Ambos fueron supernumerarios del Opus Dei.

A finales del 2001, durante el Pontificado de Juan Pablo II, se realizó la primera beatificación de un matrimonio, el de los italianos Maria Corsini y Luigi Beltrame Quattrocchi.

Actualmente, también los franceses Marie-Zélie Guérin Martin y Louis Martin, padres de Santa Teresita del Niño Jesús, están en proceso de beatificación.

Para orar por el proceso hacia los altares de Tomás y Paquita, como la llamaban, existe una oración impresa con su fotografía.

La expiación

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El sillar, el cimiento de la expiación fueron las penas y dolores de los enfermos y agonizantes a los que atendía; los sufrimientos de las personas necesitadas a las que ayudaba en lo material, y en lo espiritual, enseñándoles a orar y sufrir con alegría. Iba pidiéndoles —recordaba— que ofrecieran esos dolores, sus horas de cama, su soledad —algunos estaban muy solos—: que ofrecieran al Señor todo aquello por la labor que hacíamos.

Una de las personas que participaban en la labor era Luis Gordon, un ingeniero cervecero, reciamente piadoso, que, además de sacar adelante la fábrica y de realizar un buen trabajo profesional llevó a cabo una intensa tarea social y asistencial con los obreros, entre los que era muy querido.

En una ocasión, cuando acompañaba a don Josemaría en una de sus frecuentes visitas a los hospitales, Gordon tuvo que limpiar un orinal usado como escupidera. Vi que palidecía tremendamente —recuerda el Fundador—, pero se dirigió a un pequeño cuarto del hospital, donde había un grifo y unas brochas para lavar esas cosas. Lo seguí, pensando que podía caerse redondo al suelo, y me lo encontré con la cara radiante de alegría. En vez de utilizar las escobillas, metía la mano para limpiar bien el orinal. Me quedé muy contento y le dejé hacer. (…) Después, me contaba que había pensado: ¡Jesús, que haga buena cara!

Entre los enfermos que atendía estaba una mujer, perteneciente a una de las familias más aristocráticas de España, que había llevado una vida irregular. Me la encontré ya podrida —contaba don Josemaría—; podrida de cuerpo y curándose en su alma, en un hospital de incurables. Había estado de carne de cuartel, por ahí, la pobre. Tenía marido, tenía hijos; había abandonado todo, se había vuelto loca por las pasiones, pero luego supo amar aquella criatura. Yo me acordaba de María Magdalena: sabía amar.

Un día hube de administrarle la Extremaunción (…). Y al ver la alegría de su alma, que consideraba que estaba cerca de Dios, le hice decir: bendito sea el dolor, y ella lo repetía a voz en grito; amado sea el dolor; santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor!

Poco después moría, y en el Cielo está, y nos ha ayudado mucho.

Dios es un padre amoroso

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Los temas de su predicación se adecuaban a las circunstancias de los oyentes: padres y madres de familia, sacerdotes, profesores de diversas universidades sudamericanas, empleados, jóvenes estudiantes, empleadas del hogar, agricultores indígenas de las cordilleras andinas…

Les recordaba, con don de lenguas, la llamada universal a la santidad, con un profundo sentido de la filiación divina que lleva a saberse hijo de Dios, y a luchar por identificarse con Cristo. Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.

Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando. (…) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos.

Madrid, enero de 1936

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

En los primeros meses de 1936, el cielo se oscurece todavía más sobre una España dividida en dos bandos: el Frente Popular, con una orientación cada vez más revolucionaria, y el bloque de centro-derecha, que se opone frontalmente al primero. A medida que se aproximan las elecciones del 16 de febrero, las manifestaciones y algaradas callejeras terminan a menudo en saqueos o en incendio de iglesias y conventos.

El ambiente está caldeadísimo. Los estudiantes que frecuentan la Academia DYA y la Residencia de Ferraz no escapan a esa fiebre generalizada, aunque encuentran allí un remanso de paz, donde pueden rezar e ir madurando. Un hecho les impresiona: allí no se habla nunca de política ni, mucho menos, se discute. Don Josemaría se limita a recordarles la doctrina de la Iglesia y la obligación que tienen los cristianos de tomar parte activa en las responsabilidades sociales.

Como haría en cualquier circunstancia, anima a aquellos jóvenes, envueltos en una atmósfera de odios, a poner en práctica el precepto de la caridad, incluso heroicamente. Es algo que está en la esencia del Opus Dei, pero que, en aquellas circunstancias, adquiere una especial fuerza. Les previene contra la tentación de dejarse llevar del sectarismo en sus actividades políticas.

Repite, con fuerza, las palabras de Jesús que nos ha transmitido San Juan: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como Yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os tenéis amor entre vosotros” (Ioh. 13, 34-35).

Para que grabaran mejor estas palabras en su espíritu, había hecho copiar el texto completo de estos versículos, en latín, sobre un papel imitando pergamino, y lo había mandado colocar, encuadrado, en una pared de la sala de estudios de la Academia DYA, cuando estaba en la calle de Luchana. Luego, al trasladarse a Ferraz, lo había mandado colocar en la “sala del piano”.

Muchas veces he pensado -les dice- que, después de veinte siglos, todavía sigue siendo un mandato nuevo, porque muy pocos se han preocupado de practicarlo; el resto, la mayoría, ha preferido y prefiere no enterarse.

El Padre da a todos un ejemplo de serenidad, que resultaría inexplicable sin la hondura de su vida interior y su inmensa confianza en la Providencia divina: la Obra debe seguir adelante, al paso de Dios, en cualquier país y situación política. Piensa en los pasos inmediatos de una primera expansión, piensa en otras ciudades españolas, y piensa en París…

Próximas etapas: Valencia, París…

Por otra parte, es precisamente ahora cuando empiezan a recogerse, de manera más clara, los frutos de su apostolado. Como si un muelle, comprimido durante mucho tiempo, se soltara por fin…

En noviembre de 1935, dos estudiantes más, Francisco Botella y Pedro Casciaro, han pedido la admisión en la Obra. En cuanto a la Residencia, está llena desde comienzos del curso escolar 1935-36. Todos procuran llevar a sus amigos a la Academia para hacerles partícipes de la formación que allí se da. Tanto, que el piso se había quedado pequeño y había sido preciso buscar otro. Y como la cuarta planta, abandonada por falta de dinero, ya estaba ocupada, se había alquilado uno en el inmueble vecino, 48 de la calle de Ferraz, para instalar allí la Academia propiamente dicha, dejando así disponibles las dos viviendas de la tercera planta del número 50 para la Residencia. El traslado se había hecho en septiembre, pero el Padre piensa ya en franquear nuevas etapas destinadas a extender considerablemente los apostolados de la Obra. Y así, habla a sus hijos de tres proyectos concretos que habrá que llevar a cabo ese mismo año y el siguiente. Antes, el Fundador les ha pedido que ofrezcan la Santa Misa por sus intenciones, así como las pequeñas renuncias y contrariedades de cada jornada. También pide a algunos amigos que le ayuden con sus oraciones.

El primer proyecto concierne a la Residencia: habrá que trasladarla a una casa más amplia, para que tenga allí su sede definitiva. Pero no basta con eso: hay que ir a otras ciudades, e incluso a otros países… Algo que, a los que le rodean, les deja boquiabiertos… El Padre precisa: la primera ciudad será Valencia y el primer país, Francia; concretamente París, a donde, si Dios quiere, se irá en 1936…

¿Por qué la capital de Francia? Porque sabe que lo que allí se dice y lo que allí se escribe tiene, más pronto o más tarde, amplia repercusión en los medios culturales europeos y del mundo entero. Don Josemaría no olvida su antigua preocupación, reforzada por su vocación al Opus Dei: el apostolado en los medios intelectuales. Por eso, a pesar de las tensiones políticas que afectan a los países vecinos y a la amenaza de un conflicto con Alemania, no duda en hacer tales proyectos. La Obra ha nacido con entraña universal, católica, y conviene que, cuanto antes, lo ponga de manifiesto.

Por otra parte, aunque no sea un motivo determinante, lo que tiene de sangre francesa le hace alegrarse de que las tierras donde piensa sembrar la simiente divina que el Señor depositó en su alma hace siete años sean, precisamente, las que se extienden al norte de los Pirineos que contemplaron sus ojos de niño.

El Fundador ha pensado incluso en quiénes podrán instalarse en París. En cuanto a Valencia, marcará el inicio de la expansión en España. Abrir una Residencia de estudiantes, parecida a la de Madrid, es algo factible. Ricardo Fernández Vallespín podrá ser el director. Isidoro Zorzano, por su parte, podría pedir la excedencia en los Ferrocarriles Andaluces y hacerse cargo de la dirección de la Residencia de Ferraz…

Fijados los objetivos apostólicos, se ponen manos a la obra, a pesar del deterioro de la situación política. Desde comienzos de 1936, se busca una nueva casa para la Residencia DYA. No tardan demasiado en encontrar una, en el número 16 de la misma calle de Ferraz, frente por frente al Cuartel de la Montaña. Está cerca de la Plaza de España y no lejos de la Ciudad Universitaria; además, el propietario está dispuesto a venderla en buenas condiciones…

Días de angustia en Madrid

La agitación política va en aumento, y la inseguridad ciudadana también. La casa del rector de Santa Isabel ya no es un lugar seguro y don Josemaría decide que su madre y sus hermanos se vayan de allí. En marzo, alquilan un piso en la calle del doctor Cárceles -actualmente Rey Francisco-, muy cerca de Ferraz. El no abandona el rectorado de Santa Isabel y sigue ocupándose del Patronato, confesando en la iglesia y dando, desde allí, el impulso necesario a la naciente Sección de mujeres del Opus Dei.

Sus constantes idas y venidas por Madrid, le dan infinidad de ocasiones para pedir perdón por tantos odios, especialmente los que provocan aquellos sacerdotes que, como él, siguen vistiendo sotana. Muchos días no come; duerme poco y, para ahorrar unos cuartos, suele ir a pie, utilizando los zapatos que los residentes de Ferraz desechan por tener las suelas desgastadas, aunque su apariencia todavía es buena.

Continúa predicando a grupos de estudiantes. La Academia de Ferraz 48, tiene muchos alumnos y la Residencia de Ferraz 50, está completamente llena. El cuidado material lleva tanto tiempo que el Padre se ocupa, con la ayuda de los pocos miembros de la Obra que allí viven y cuando pueden, en las tareas domésticas: hacer las camas, reparar los muebles, poner la mesa… Todo, sin que los residentes se den cuenta.

Del 10 al 13 de abril de 1936, el Padre dirige un Curso de retiro espiritual en la Residencia. Es el primero que se organiza en un Centro del Opus Dei.

El 12, Vicente Rodríguez Casado, estudiante de Derecho y de Historia, pide la admisión en la Obra.

Los proyectos se concretan

Pasada la Semana Santa, el 20 de abril, el Padre se desplaza a Valencia, por primera vez, con Ricardo Fernández Vallespín. Llegan a la ciudad después de atravesar los macizos rocosos de Cuenca y los naranjales de la huerta valenciana. A lo lejos, se perfilan algunas barracas, con el techo de bálago y los muros enjalbegados.

Nada más llegar, van a visitar a unas cuantas personas amigas de sus amigos, y se dan a conocer. El obispo auxiliar de la diócesis recibe cordialmente a don Josemaría y a Ricardo, y les promete ayudarles.

Cuando regresan, al cabo de tres días, están convencidos de que pronto tendrán que volver para buscar una casa donde instalar la proyectada Residencia.

Sin embargo, las circunstancias se van haciendo cada vez más adversas. A comienzos de mayo, un rumor calumnioso se extiende por Madrid: algunos religiosos -dicen- han repartido caramelos envenenados entre los hijos de los obreros… El día 3, se produce una nueva quema de iglesias y conventos, con los correspondientes saqueos. Muchos religiosos y religiosas abandonan sus conventos y buscan refugio en casas particulares.

Desde el mes de enero de 1936 se han producido más de cuatrocientos atentados de este tipo y, en sesenta al menos, los edificios han quedado totalmente destruidos. Por otra parte, se multiplican las huelgas y los actos de vandalismo. El Gobierno se muestra incapaz de evitar los atentados políticos. Hay rumores de golpe de Estado y de revolución. Todo el mundo teme un desenlace trágico.

Para don Josemaría, estos dolorosos acontecimientos son un nuevo acicate. Como siempre, reza y anima a rezar a los estudiantes que le rodean, a los sacerdotes que conoce, a sus amigos. En mayo, su agotamiento es tal que el mismo Vicario general de Madrid, don Francisco Morán, que le tenía un gran afecto, le aconseja que vaya al médico y que se tome una temporada de descanso. Unos hijos suyos que eran médicos le atendieron, pero no pudo ir a descansar…

Un día, el Padre se da cuenta de que no es prudente proseguir las reuniones de formación religiosa en la Academia DYA, porque hay serio riesgo de registro. Lo cual no impide que el Padre prevea un período de intensa formación, durante el mes de julio, para los que van a ir a París y a Valencia.

También dedica mucho tiempo a los primeros miembros de la Obra.

Aumentad, pues, vuestra fe y confianza en Dios y tened también un poco de fe y de confianza en vuestro Padre, les dice, insistiendo con fuerza en el origen divino de la Obra, garantía de su permanencia a través de los siglos.

En cuanto a él, está convencido de que no es más que un simple instrumento. Sabe que puede desaparecer en cualquier momento y, de vez en cuando, toma aparte a alguno de sus hijos y le dice:

-Si yo me muero, ¿continuarás con la Obra?

Las respuestas le confirman que son conscientes del carácter sobrenatural del compromiso adquirido.

-Sí, Padre, continuaré haciendo la Obra…

En junio, reúne durante varios días a las vocaciones más recientes, para acelerar su formación. Las gestiones para la adquisición de la casa donde se instalará la nueva Residencia llegan a buen término. A primeros de julio, la llegada de Isidoro a Madrid permite iniciar el traslado. Francisco Botella, mientras tanto, se desplaza a Valencia para buscar una casa.

En Madrid, las huelgas y los atentados se multiplican; la situación política se deteriora por momentos, y el Gobierno ya no es capaz de dominar a las masas. El 13 de julio, es asesinado José Calvo Sotelo, líder de la derecha.

El 16, algunas personas viven ya en la nueva Residencia de Ferraz 16, casi desprovista de muebles.

Francisco Botella, desde Valencia, comunica que ha encontrado una casa, Ricardo viaja a la ciudad del Turia para hablar del contrato, pero las negociaciones se interrumpen cuando éste se entera de que acaban de decir por la radio que se ha sublevado el Ejército en África.

Las comunicaciones con Madrid quedan cortadas. Las tropas permanecen acuarteladas.

Acaba de empezar la guerra civil.

La filiación divina

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Punto 1 de Forja: “Hijos de Dios.- Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras.

-El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine… De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna.”

En nuestro deseo de acercarnos lo más posible al alma de san Josemaría, lo mejor es dejar que él mismo nos abra su corazón lleno de amor tomando de su ingente documentación aquellos párrafos que, a nuestro juicio, en mi caso particular, más me han impresionado. Textos recogidos de sus biógrafos y personas que más le conocieron, como don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, prelados del Opus Dei:

“De 1975, días antes de su muerte, dijo en una conversación a un grupo de fieles de la Obra:

-“Estáis comenzando la vida. Unos comienzan y otros acaban, pero todos somos la misma Vida de Cristo: ¡Y hay tanto que hacer en el mundo! Vamos a pedirle al Señor, siempre, que nos ayude a todos a ser fieles, a continuar la labor, a vivir esa Vida, con mayúscula, que es la única que merece la pena: la otra no vale la pena, se va, como el agua entre las manos, se escapa. En cambio, ¡esta otra Vida!…

¿Qué queréis que os diga? Ya os lo he dicho siempre: que habéis sido llamados por Dios para que seáis santos, para que seamos santos, como enseñaba san Pablo. Sed perfectos así como vuestro Padre celestial es perfecto: esas son las palabras de Cristo.

Ser santos es ser dichoso, también aquí en la tierra. Y me preguntaréis, quizá: Padre, y usted ¿ha sido dichoso siempre? Yo, sin mentir, recordaba hace pocos días, no sé dónde fue, que no he tenido nunca una alegría completa; siempre, cuando viene una alegría, de esas que satisfacen el corazón, el Señor me ha hecho sentir la amargura de estar en la tierra, como un chispazo del Amor…Y, sin embargo, no he sido nunca infeliz, no recuerdo haber sido infeliz nunca. Me doy cuenta de que soy un gran pecador, un pecador que ama con toda su alma a Jesucristo. Así que, infeliz, nunca; alegría completa, nunca tampoco. ¡Ay que lío me he hecho!

Ayudadme a ser santo; pedir por mi para que sea bueno y fiel. Pero que no se quede todo en palabras; poned también obras, que el ejemplo arrastra…”

-“Entendí que la filiación divina había de ser una característica fundamental de nuestra espiritualidad: Abba, Pater! Y que, al vivir la filiación divina, los hijos míos se encontrarían llenos de alegría y de paz, protegidos por un muro inexpugnable; que sabrían ser apóstoles de esta alegría, y sabrían comunicar su paz, también en el sufrimiento propio o ajeno. Justamente por eso: porque estamos persuadidos de que Dios es nuestro Padre…”

Esta característica de la filiación divina vendría a constituir el cimiento y el eje en torno al cual giraría el espíritu del Opus Dei. Cuenta como se dio cuenta de ello y de cómo Dios quería que la contemplación tuviera lugar también en medio del mundo: la oración en la calle…

-“La oración más subida la tuve…yendo un día en un tranvía y, a continuación vagando por las calles de Madrid, contemplando esa maravillosa realidad: Dios es mi Padre. Sé que, sin poderlo evitar repetía: Abba, Pater! Supongo que me tomarían por loco…”

-“Os podría decir hasta cuando, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios.

-“Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía –una hora, hora y media, no lo sé- Abba, Pater!, tenía que gritar. Aquel día, aquel día quiso de una manera explícita, clara, terminante, que, conmigo, vosotros os sintáis siempre hijos de Dios, de este Padre que está en los cielos que nos dará lo que pidamos en nombre de su Hijo…”

-Alma de Eucaristía,- entrevista de Salvador Bernal a don Javier Echevarría-. En diversos lugares –por ejemplo, Forja, 826 y 835- Mons. Escrivá de Balaguer ha escrito sobre la necesidad de que la vida del cristiano sea esencialmente, ¡totalmente! Eucarística. Lo compendiaba en una frase clásica: alma de Eucaristía. En cierto modo, ese rasgo de su espíritu contemplativo está implícito en la Santa Misa. Pero ofrece algunos elementos específicos.

-“Le gustaba hacer actos de fe explícita en la presencia real de Jesús Sacramentado: creo que estás presente con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y con tu Divinidad. ¡Jesús, te adoro! Consideraba la Eucaristía prenda segura de nuestra esperanza. Nos razonaba que, si estando aquí en la tierra y no siendo dignos de recibir al Señor, Él se nos entrega, ¡imaginaos qué será cuando lo poseamos eternamente en el Cielo!”

-“Nos insistía, a Mons. Álvaro del Portillo y a mí, (sigue don Javier Echevarría) que no pasásemos delante del Tabernáculo, sin decirle que le queréis con toda el alma, que queréis custodiarle en vuestros corazones, que le agradecéis su presencia en el Sagrario para consuelo nuestro, que nos ayude con su fortaleza y su omnipotencia; y, después de hacernos estas consideraciones, agregaba: yo lo hago.”

-“Con esa pasión por Jesús Sacramentado que le consumía, nos rogaba el 26 de febrero de 1970: “Uníos a mi oración constante. Rezo todo el día y por la noche. Uníos a mi Santa Misa. Haced muchos actos de fe y de amor en la presencia eucarística; y haced muchos actos de desagravio. Decid al Señor que le amáis con toda el alma, que no le queréis hacer sufrir, que deseáis desagraviarle continuamente.

-“Nos repetía constantemente, te doy gracias, Dios mío, porque desde joven me has hecho entrever la maravilla del Amor desde este misterio de la Eucaristía.

-“Mientras celebraba la Misa esta mañana, le he dicho a Nuestro señor con el pensamiento: yo te acompaño en todas las procesiones del mundo, en todos los Sagrarios donde te honran, y en todos los lugares donde estés y no te honren.”

-“El Gran Solitario, porque la gente le ha abandonado. No entienden de amor, de comprensión, de entrega. ¡Cómo van a entender, si no quieren acudir a la fuente! Yo pido al Señor, para todo el mundo, para mis hijas, para mis hijos y para mí, que sepamos tratar a Cristo en la Eucaristía. Acudir con fe, con delicadeza, con continuidad. No importan nuestras miserias personales, si estamos en gracia de Dios”

-“¡Jesús, que has curado a tantas almas, haz que te vea como Médico Divino en la Hostia Santa!.”

De los “Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei”, ya citados, que redactara con cariño desbordante Salvador Bernal, selecciono el siguiente texto:

1975: “COMO UN NIÑO QUE BALBUCEA”

-Al llegar a la noche y hacer el examen, al echar las cuentas y sacar la suma, ¿sabéis cuál es? Pauper servus et Humilis!

De esta forma hablaba de sí mismo el Fundador del Opus Dei, y quienes lo escuchaban no podían menos de emocionarse al experimentar la verdadera y profunda humildad con que lo decía. Se sentía ante el señor como un siervo pobre e inútil, que quería ser bueno y fiel. Cada noche, antes de retirarse al descanso, rezaba postrado sobre el pavimento el Salmo 50, con aquel verso que tantas veces repitió como jaculatoria: Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies! (No desprecies, Señor, el corazón contrito y humillado).

El domingo 26 de mayo de 1974, celebró la Santa Misa en el oratorio de un Centro del Opus Dei en Sao Paulo. Después, tomó la palabra, expresando su acción de gracias en voz baja y pausada:

“Es bueno que cada uno de nosotros invoque a su Ángel Custodio, para que sea testigo de este milagro continuo, de esta unión, de esta comunión, de esta identificación de un pobre pecador –eso es cada uno de nosotros, y sobre todo yo, que soy un miserable- con su Dios.

“Sabiendo que es Él, le saludamos poniendo la frente en el suelo, con adoración. Serviam! Nosotros te queremos servir. Le pediremos perdón de nuestras miserias, de nuestros pecados, y nos dolerán los pecados de todo el mundo. Supra dorsum meum fabricaverunt peccatores: sentiremos sobre nuestro pecho ese fardo de iniquidad, de toda la miseria que hay en el mundo, especialmente en estos últimos años. Querremos no sólo pedirle perdón, sino remediar de alguna manera todo esto: ¡desagraviar!

“Tendremos que confesar nuestra nada: Señor, ¡no puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada! Pero tu lo eres todo. Yo soy tu hijo, y tu hermano. Y puedo tomar tus méritos infinitos, los merecimientos de tu Madre y los del Patriarca San José, mi Padre y Señor, las virtudes de los Santos, el oro de mis hijos, las pequeñas luces que brillan en la noche de mi vida por la misericordia infinita tuya y mi poca correspondencia. Todo esto te lo ofrezco, con mis miserias, con mi poquedad para que, sobre esas miserias, te pongas Tu y estés más alto.”

Siguen los Apuntes de Salvador Bernal: “El 28 de marzo de 1975 cumplió sus bodas de oro con el sacerdocio. La víspera, el día de Jueves Santo, hacía por la mañana su meditación en el oratorio del Consejo general de la Obra. Estaban con él los otros miembros del Consejo. Se había sentado al fondo. Apenas iniciado ese rato de meditación, comenzó a orar en voz alta. Fue una oración sencilla, improvisada. Sus frases aciertan a compendiar –en la presencia de Dios- la vida de Mons. Escrivá de Balaguer. Vale la pena leer algunas de sus frases, al término de estos rápidos apuntes:

-“Adauge nobis fidem! ¡Auméntanos la fe!, estaba diciendo yo, diciendo al Señor. Quiere que le pida esto: que nos aumente la fe. Mañana no os diré nada; y ahora no sé lo que voy a decir… Que me ayudéis a dar gracias a Nuestro Señor por ese cúmulo inmenso, enorme, de favores, de providencias, de cariño… ¡de palos!, que también son cariño y providencia.

“Señor, ¡auméntanos la fe! Como siempre, antes de ponernos a hablar con intimidad Contigo, hemos acudido a Nuestra Madre del Cielo, a San José, a los Ángeles Custodios.

“A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea: estoy comenzando, recomenzando, como en mi lucha interior de cada jornada. Y así, hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor lo quiere así, para que no haya motivos de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad. Hemos de vivir pendientes de Él, de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones.

“Una mirada atrás… Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo alegrías, todo alegrías… Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del Artista, que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el alter Christus que hemos de ser.

“Señor, gracias por todo. ¡Muchas gracias! Te las he dado; habitualmente te las he dado. Antes de repetir ahora ese grito litúrgico –gratias tibi, Deus, gratias tibi!-, te lo venía diciendo con el corazón. Y ahora son muchas bocas, muchos pechos, los que te repiten al unísono lo mismo: gratias tibi, Deus, gratias tibi!, pues no tenemos motivos más que para dar gracias.

“Esta vida que, si es humana, para nosotros tiene que ser también divina, será divina si te tratamos mucho. Te trataríamos aunque tuviésemos que hacer muchas antesalas, aunque hubiera que pedir muchas audiencias. ¡Pero no hay que pedir ninguna! Eres tan todopoderoso, también en tu misericordia, que, siendo el Señor de los señores y el Rey de los que dominan, te humillas hasta esperar como un pobrecito que se arrima al quicio de nuestra puerta. No aguardamos nosotros; nos esperas Tú constantemente.

“Nos esperas en el Cielo, en el Paraíso. Nos esperas en la Hostia Santa. Nos esperas en la oración. Eres tan bueno que, cuando estás ahí escondido por Amor, oculto en la especies sacramentales –yo así lo creo firmemente-, al estar real, verdadera y sustancialmente, con tu Cuerpo y tu Sangre, con tu Alma y tu Divinidad, también está la Trinidad Beatísima: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo…

Sancta María, Spes nostra, Sedes sapientiae! Concédenos la sabiduría del Cielo, para que nos comportemos de modo agradable a los ojos de tu Hijo, y del Padre, y del Espíritu Santo, único Dios que vive y reina por los siglos sin fin.”

AL FINAL DEL CAMINO

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Desde hace más de veinticinco años encomendaba a Dios la conversión de mi padre, originario de China, que vino a estas tierras a principios de siglo. En su hogar nacimos once hijos, y todos fuimos bautizados y educados cristianamente sin que nunca nos pusieran ningún obstáculo. Pero tanto papá como mamá seguían sin bautizarse.

Cuando pedí la admisión en el Opus Dei, tenía ya la preocupación de su conversión: había conseguido catecismos en chino, Santos Evangelios y algunos libros de religión, pero la barrera del idioma, que yo no dominaba, hizo difícil descender a mayores precisiones.

Mis padres practicaban una mezcla de religión natural, con influencia de ideas morales de Confucio. Normas sobre la práctica del bien, la verdad, la honradez, el respeto y veneración por los antepasados y, sobre todo, la piedad filial. Todo esto era práctica ordinaria en su casa, que luego se vio reforzada por la enseñanza cristiana que recibimos.

Mi madre fue la primera en hacer el recorrido hacia la fe. Poco a poco incorporó a su vida diversas prácticas de piedad cristiana, comenzó a rezar, aprendió el padrenuestro y el avemaría, iba a Misa, mandaba celebrar otras por diversas intenciones suyas… Así, hace diecinueve años, ella recibió el Bautismo.

Mi padre era más difícil de abordar, pues decía que le bastaban las prácticas de su religión natural. Sugerí a mi madre que le plantease la posibilidad de convertirse, pero los resultados fueron negativos. Entretanto, me fui muchos años del país, aunque con frecuencia recomendaba a mi madre o a alguno de mis hermanos la posibilidad de un bautismo de última hora; incluso les había instruido para tal emergencia.

Así pasó el tiempo, rezando constantemente por la conversión de mi padre. Con la marcha de nuestro Fundador, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, al Cielo, le pedí este gran favor desde el primer momento. Mi madre también se lo pedía, aunque me escribía que papá no quería hablar nada sobre este punto.

Retorné al país, después de mi ordenación sacerdotal. Insistí más en la oración, sobre todo a nuestro Fundador, y recordaba con frecuencia a mi madre que rezase mucho, dada la avanzada edad de mi padre. Yo insistía a Mons. Escrivá de Balaguer.

–No puedes permitir que muera sin el bautismo. Formó una familia cristiana, te ha dado un hijo sacerdote, no se ha opuesto a mi vocación…

En mayo de 1980,–me pidieron que acudiese a una reunión con todos mis hermanos para sacarnos la última fotografía familiar. En esa reunión, una de mis hermanas me dijo:

–Es la última, efectivamente, pues papá tiene proyectado viajar a China y morir allí. Ese es su último deseo.

Redoblé mi oración. Pedía un verdadero milagro, pues cuando mi padre se marchara a China, sería mucho más difícil su conversión. Por esos mismos días, de manera inesperada, empeoró su condición física, hasta el punto de que se hacía imposible el proyectado viaje, ya inminente. Le internamos en un hospital para practicarle una intervención quirúrgica. Según la opinión de los médicos, la decisión era de mucho riesgo por su avanzada edad.

Dejé todo en manos de nuestro Fundador, mientras le pedía la conversión de mi padre con mayor vehemencia. Tres días después, me avisaron que había accedido a ser bautizado antes de la operación. No daba crédito a lo que oía.

Después de pedir la autorización necesaria a la autoridad eclesiástica, administré a mi padre los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.

La intervención quirúrgica no tuvo mayor contratiempo; ahora mi padre se ha repuesto de esos achaques providenciales, que han sido la ocasión de que se ha servido Dios –por intercesión de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer– para moverle a recibir el Bautismo.

«Zaragoza, 8 de diciembre, 1983».

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Carta de un enfermo de cancer dirigida al Dr. Eduardo Ortiz.

Amigo Eduardo Ortiz: le llamo amigo aunque no nos conocemos. No soy del Opus Dei, ni sé lo que es. No tengo fe, aunque dice el cura que tengo la esperanza de tenerla. No tengo caridad y me gustaría haberla tenido.

Le escribo diciendo que no nos conocemos porque sólo nos hemos visto una vez, hace casi 20 años; soy uno de los 500.000 enfermos que usted dice que ha visitado.

Me llamo Antonio Fernández, era funcionario de una ciudad pequeña. Ahora no soy nada, un jubilado por el cáncer que, como usted, espera la muerte: en mi caso, con miedo.

Entre los dos hay grandes diferencias: usted es «religioso y apolítico», yo «político y arreligioso»; usted habla de la muerte sin tristeza, yo, con miedo; usted dice que ha intentado pasar por la vida haciendo el bien que ha podido, yo he intentado pasar por la vida olvidando que se puede hacer el bien; usted cree en el cielo, a mí, ahora, me gustaría creer. Antes consideré que no era cuestión mía.

¿Por qué le escribo esta carta? Una hermana mía, monja que vive en Pamplona, me mandó el Diario y pude leer su «mensaje a los que se mueren». Después de leerlo, pensando en su cáncer y en el mío (en esto nos parecemos) me entró un deseo grande de ir también a un cielo, en el que no creo.

Me he confesado. Hacía unos veinte años que no lo hacía. La última vez, después de la visita al Doctor Eduardo Ortíz. Entre las medicinas que me recetó estaba el que me confesara. Como enfermo y miedoso lo hice; pero me puse bueno y me olvidé de todo.

Hace una semana, después de darle vueltas a su mensaje, llamé al cura. Me ha dicho que estoy perdonado. Yo le he dicho que me arrepiento para siempre (posiblemente porque no volveré a estar bueno). ¿Oué me pasa que ya no puedo escribir a mano y muy mal a máquina? También le he dicho que no tengo fe, ni creo en el cielo. Y el cura me dice que tenga paciencia y que rece a un sacerdote que está en el cielo, y que fue muy amigo del doctor Eduardo Ortíz.

Usted tiene 73 años, yo 37. La edad no importa: a los dos nos queda muy poco para ir al otro mundo: a usted se lo han dicho «con claridad y caridad», a mí de «modo confuso y sin caridad».

Le escribo esta carta porque me parece que con ella hago el «primer bien de mi vida a un amigo». Si yo recibiese de un enfermo esta carta me alegraría al saber que realmente a alguien «he hecho bien»… seguramente porque no soy como usted: soy vanidoso.

Doctor, si el cielo existe y usted va al cielo no deje que yo no vaya aunque, aún entonces, no crea.

Gracias, doctor, por su mensaje. Antonio Fernández.»

La oración

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El sillar de la oración: las plegarias confiadas de los niños a los que don Josemaría confesaba y daba catequesis. La oración de los sacerdotes a los que rogaba que pidiesen “por una intención”. La oración de los pobres y necesitados. Comentó años después que cuando se dirigía a una iglesia, habitualmente se encontraba una mendiga que estaba siempre en el mismo sitio, en la calle, pidiendo limosna; me acerqué a ella y le dije:

—Hija mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas. ¡Dale al Señor todo lo que puedas!

Al poco tiempo, uno de los días que pasé a celebrar la Santa Misa, no estaba, tampoco al otro… Como en esa época íbamos a visitar los hospitales, en uno de ellos me encontré con esta mendiga en una de las salas.

—Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa?

Me miró y me sonrió. Estaba gravemente enferma. Le indiqué: mañana celebraré la Misa pidiéndole al Señor que te ponga buena. La mendiga me contestó:

—Padre, ¿cómo se entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida.

Sólo le dije: “Haz lo que quieras, pero le pediré al Señor por ti, y si te vas, cumple muy bien este encargo”.

“Yo os digo —comentaba el Fundador— que, desde que aquella pobre mendiga se fue al Cielo, es cuando la Obra comenzó a caminar deprisa”.

A partir de entonces consideró a aquella pobre mujer, desde un punto de vista espiritual, como la primera mujer del Opus Dei.

Las tentaciones del desierto

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Entonces fue conducido Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre. Y acercándose el tentador le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.

El respondiendo dijo: Escrito está: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios (Mt 4, 1-4).

“Una escena llena de misterio, que el hombre pretende en vano entender —Dios que se somete a la tentación, que deja hacer al Maligno—, pero que puede ser meditada, pidiendo al Señor que nos haga saber la enseñanza que contiene.

Jesucristo tentado. La tradición ilustra esta escena considerando que Nuestro Señor, para darnos ejemplo en todo, quiso también sufrir la tentación. Así es, porque Cristo fue perfecto Hombre, igual a nosotros, salvo en el pecado[i] . Después de cuarenta días de ayuno, con el solo alimento –quizá– de yerbas y de raíces y de un poco de agua, Jesús siente hambre: hambre de verdad, como la de cualquier criatura. Y cuando el diablo le propone que convierta en pan las piedras, Nuestro Señor no sólo rechaza el alimento que su cuerpo pedía, sino que aleja de sí una incitación mayor: la de usar del poder divino para remediar, si podemos hablar así, un problema personal.

Lo habréis notado a lo largo de los Evangelios: Jesús no hace milagros en beneficio propio. Convierte el agua en vino, para los esposos de Caná[ii]; multiplica los panes y los peces, para dar de comer a una multitud hambrienta[iii]. Pero El se gana el pan, durante largos años, con su propio trabajo. Y, más tarde, durante el tiempo de su peregrinar por tierras de Israel, vive con la ayuda de aquellos que le siguen[iv].

Relata san Juan que, después de una larga caminata, al llegar Jesús al pozo de Sicar, hace que sus discípulos vayan al pueblo a comprar comida; y viendo acercarse a la samaritana, le pide agua, porque El no tenía con qué obtenerla[v]. Su cuerpo fatigado por el largo caminar experimenta el cansancio, y otras veces, para reponer las fuerzas, acude al sueño[vi]. Generosidad del Señor que se ha humillado, que ha aceptado en pleno la condición humana, que no se sirve de su poder de Dios para huir de las dificultades o del esfuerzo. Que nos enseña a ser recios, a amar el trabajo, a apreciar la nobleza humana y divina de saborear las consecuencias del entregamiento”.

Es Cristo que pasa, 61.

“En la hora de la tentación, ejercita la virtud de la Esperanza, diciendo: para descansar y gozar, una eternidad me aguarda; ahora, lleno de Fe, a ganar con el trabajo, el descanso; y, con el dolor, el goce… ¿Qué será el Amor, en el Cielo?

Mejor aún, ejercita el Amor, reaccionando así: quiero dar gusto a mi Dios, a mi Amado, cumpliendo su Voluntad en todo…, como si no hubiera premio ni castigo: solamente por agradarle”.

TEMA 14. Historia de la Iglesia

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La Iglesia continúa y desarrolla en la Historia la misión de Cristo, impulsada por el Espíritu Santo. En la historia de la Iglesia se da un entrelazamiento entre lo divino y lo humano.

1. La Iglesia en la historia

La Iglesia continúa manteniendo la presencia de Cristo en la historia humana; obedece al mandato apostólico, pronunciado por Jesús antes de ascender al Cielo: «Id y enseñad a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñadles a observar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20). En la historia de la Iglesia se encuentra, por tanto, un entrelazarse, a veces difícilmente separable, entre lo divino y lo humano.

En efecto, proyectando una mirada a la historia de la Iglesia, hay aspectos que sorprenden al observador, incluso al no creyente:

a) la unidad en el tiempo y en el espacio (catolicidad): la Iglesia Católica, a lo largo de dos milenios, ha permanecido siendo el mismo sujeto, con la misma doctrina y los mismos elementos fundamentales: unidad de fe, de sacramentos, de jerarquía (por la sucesión apostólica); además, en todas las generaciones ha reunido hombres y mujeres de los pueblos y culturas más diversos y de zonas geográficas de todos los rincones de la tierra;

b) la acción misionera: la Iglesia, en todo tiempo y lugar, ha aprovechado cualquier acontecimiento y fenómeno histórico para predicar el Evangelio, también en las situaciones más adversas;

c) la capacidad, en cada generación, de producir frutos de santidad en personas de todo pueblo y condición;

d) un llamativo poder de recuperación ante crisis, a veces de mucha gravedad.

2. La Antigüedad Cristiana (hasta el 476, año de la caída del Imperio Romano de Occidente)

Desde el s. I, el cristianismo inició a propagarse, bajo la guía de san Pedro y de los apóstoles, y después de sus sucesores. Se asiste, por tanto, a un progresivo aumento de los seguidores de Cristo, sobre todo dentro de los confines del Imperio Romano: a inicios del s. IV eran aproximadamente el 15% de la población del imperio, y estaban concentrados en las ciudades y en la parte oriental del estado romano. La nueva religión se difundió, de todos modos, también más allá de esas fronteras: en Armenia, Arabia, Etiopía, Persia, India.

El poder político romano vio en el cristianismo un peligro, por el hecho de que este último reclamaba un ámbito de libertad en la conciencia de las personas respecto a la autoridad estatal; los seguidores de Cristo tuvieron que soportar numerosas persecuciones, que condujeron a muchos al martirio: la última, y la más cruel, tuvo lugar a inicios del s. IV por obra de los emperadores Diocleciano y Galerio.

En el año 313 el emperador Constantino I, favorable a la nueva religión, concedió a los cristianos la libertad de profesar su fe, e inició una política muy benévola hacia ellos. Con el emperador Teodosio I (379-395) el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano. Mientras tanto, a finales del s. IV los cristianos eran ya la mayoría de la población del imperio romano.

En el s. IV la Iglesia tuvo que afrontar una fuerte crisis interna: la cuestión arriana. Arrio, presbítero de Alejandría, en Egipto, sostenía teorías heterodoxas, por las cuales negaba la divinidad del Hijo, que sería, en cambio, la primera de las criaturas, aunque superior a las demás; la divinidad del Espíritu Santo era también negada por los arrianos. La crisis doctrinal, con la que se entrecruzaron frecuentemente intervenciones políticas de los emperadores, turbó a la Iglesia durante más de 60 años; fue resuelta gracias a los dos primeros concilios ecuménicos, el primero de Nicea (325) y el primero de Constantinopla (381), en los cuales se condenó el arrianismo, se proclamó solemnemente la divinidad del Hijo (consubstantialis Patri, en griego homoousios) y del Espíritu Santo, y se compuso el Símbolo Niceno-Constantinopolitano (el Credo). El arrianismo sobrevivió hasta el s. VII porque los misioneros arrianos lograron convertir a su credo a muchos pueblos germánicos, que sólo poco a poco pasaron al catolicismo.

En el s. V hubo, en cambio, dos herejías cristológicas, que tuvieron el efecto positivo de obligar a la Iglesia a profundizar en el dogma para formularlo de modo más preciso. La primera herejía es el nestorianismo, doctrina que en la práctica afirma la existencia en Cristo de dos personas, además de dos naturalezas; fue condenada por el Concilio de Éfeso (431), que reafirmó la unicidad de la persona de Cristo; de los nestorianos derivan las Iglesias siro-orientales y malabares, aún separadas de Roma. La otra herejía fue el monofisismo, que sostenía, en la práctica, la existencia en Cristo de una sola naturaleza, la divina: el Concilio de Calcedonia (451) condenó el monofisismo y afirmó que en Cristo hay dos naturalezas, la divina y la humana, unidas en la persona del Verbo sin confusión ni mutación (contra el nestorianismo), sin división ni separación (contra el monofisismo): son los cuatro adverbios de Calcedonia: inconfuse, immutabiliter, indivise, inseparabiliter. De los monofisitas derivan las Iglesias coptas, siro-occidentales, armenas y etiópicas, separadas de la Iglesia Católica.

En los primeros siglos de la historia del cristianismo se asiste a un gran florecimiento de la literatura cristiana, homilética, teológica y espiritual: son las obras de los Padres de la Iglesia, de gran importancia en la reconstrucción de la Tradición; los más relevantes fueron san Ireneo de Lyon, san Hilario de Poitiers, san Ambrosio de Milán, san Jerónimo y san Agustín en Occidente; san Atanasio, san Basilio, san Gregorio Nacianceno, san Gregorio de Nisa, san Juan Crisóstomo, san Cirilo de Alejandría y san Cirilo de Jerusalén en Oriente.

3. El Medioevo (hasta 1492, año de la llegada de Cristóbal Colón a América)

En el 476 cayó el Imperio Romano de Occidente, que fue invadido por una serie de pueblos germánicos, algunos arrianos, otros paganos. El trabajo de la Iglesia en los siglos sucesivos fue el de evangelizar y contribuir a civilizar a estos pueblos, y más adelante a los pueblos eslavos, escandinavos y magiares. El Alto Medioevo (hasta el año 1000) fue sin duda un periodo difícil para el continente europeo, por la situación de violencia política y social, empobrecimiento cultural y regresión económica, debidos a las invasiones continuas (que duraron hasta el s. X). La acción de la Iglesia logró, poco a poco, conducir a estos jóvenes pueblos hacia una nueva civilización, que alcanzará su esplendor en los ss. XII-XIV.

En el s. VI nació el monaquismo benedictino, que garantizó, entorno a los monasterios, islas de paz, tranquilidad, cultura y prosperidad. En el s. VII fue de gran importancia la acción misionera, en todo el continente, de los monjes irlandeses y escoceses; en el s. VIII la de los benedictinos ingleses. En este último siglo terminó la etapa de la Patrística, con los últimos dos Padres de la Iglesia, san Juan Damasceno en oriente, san Beda el Venerable, en occidente.

En el s. VII-VIII nació la religión islámica en Arabia; tras la muerte de Mahoma los árabes se lanzaron a una serie de guerras de conquista que les condujeron a constituir un vastísimo imperio: entre otros, subyugaron a los pueblos cristianos de África del Norte y de la Península Ibérica y separaron el mundo bizantino del latino-germánico. Durante aproximadamente 300 años supusieron un flagelo para los pueblos de la Europa mediterránea, a causa de las incursiones, redadas, saqueos y deportaciones realizadas de modo prácticamente sistemático y continuo.

A finales del s. VIII se institucionalizó el poder temporal del papado (Estados Pontificios), que ya existía de hecho desde finales del s. VI, surgido para suplir el vacío de poder creado en la Italia central por el desinterés del poder imperial bizantino, nominalmente soberano en la región, pero de incapaz de proveer a la administración y defensa de la población. Con el tiempo, los papas se dieron cuenta de que un limitado poder temporal era una eficaz garantía de independencia respecto a los diversos poderes políticos (emperadores, reyes, señores feudales).

En la noche de Navidad del año 800 se restauró el imperio en Occidente (Sacro Imperio Romano): el papa coronó a Carlomagno en la basílica de San Pedro; nació así un estado católico con aspiraciones universales, caracterizado por una fuerte sacralización del poder político, y un complejo entrelazarse de política y religión, que durará hasta 1806.

En el s. X el papado sufrió una grave crisis a causa de las interferencias de las familias nobles de Italia central en la elección del papa (Siglo de Hierro); y más en general porque los reyes y señores feudales se adueñaron del nombramiento de muchos cargos eclesiásticos. La reacción papal a tan poco edificante situación tuvo lugar en el s. XI, a través de la reforma gregoriana y la llamada “cuestión de las investiduras”, en las cuales la jerarquía eclesiástica logró recuperar amplios espacios de libertad respecto al poder político.

En el año 1054, el patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, realizó la definitiva separación de los griegos de la Iglesia Católica (Cisma de Oriente): fue el último episodio de una historia de fracturas y disputas iniciada ya en el s. V, y debida en buena medida a las graves interferencias de los emperadores romanos de oriente en la vida de la Iglesia (cesaropapismo). Este cisma afectó a todos los pueblos dependientes del patriarcado, y hasta ahora afecta a búlgaros, rumanos, ucranianos, rusos y serbios.

Desde inicios del s. XI las repúblicas marineras italianas habían arrebatado a los musulmanes el control del Mediterráneo, poniendo un límite a las agresiones islámicas: a finales de siglo, el crecimiento del poder militar de los países cristianos tuvo como expresión el fenómeno de las cruzadas en Tierra Santa (1096-1291), expediciones bélicas de carácter religioso cuyo fin era la conquista o defensa de Jerusalén.

En los s. XIII y XIV se asiste al apogeo de la civilización medieval, con grandes realizaciones teológicas y filosóficas (la escolástica mayor: san Alberto Magno, santo Tomás de Aquino, san Buenaventura, el beato Duns Scoto), literarias y artísticas. Por lo que se refiere a la vida religiosa es de gran importancia la aparición, a inicios del s. XIII, de las órdenes mendicantes (franciscanos, dominicos, etc.).

El enfrentamiento entre el papado y el imperio, ya iniciado con la “cuestión de las investiduras”, siguió con diversos episodios en los ss. XII y XIII, terminando con el debilitamiento de ambas instituciones: el imperio se redujo en la práctica a un estado alemán, y el papado sufrió una notable crisis: desde el año 1305 hasta el 1377 el lugar de residencia del papa se transfirió de Roma a Aviñón, en el sur de Francia, y poco después del retorno a Roma, en el año 1378 inició el Gran Cisma de Occidente: una situación muy difícil, por la cual se dio al principio la aparición de dos papas y después tres (las obediencias romana, aviñonés y pisana), mientras el mundo católico de la época permanecía perplejo sin saber quién era el pontífice legítimo. La Iglesia pudo superar también esta durísima prueba y la unidad fue restaurada con el Concilio de Constanza (1415-1418).

En el año 1453 los turcos otomanos, musulmanes, conquistaron Constantinopla, poniendo así término a la milenaria historia del Imperio Romano de Oriente (395-1453), y conquistaron los Balcanes, que permanecieron cuatro siglos bajo su dominio.

4. La Edad Moderna (hasta 1789, año del inicio de la Revolución Francesa)

La Edad Moderna se abre con la llegada de Cristóbal Colón a América, evento que junto a las exploraciones en África y Asia dio comienzo a la colonización europea de otras partes del mundo. La Iglesia aprovechó este fenómeno histórico para difundir el Evangelio en los continentes extraeuropeos: se asiste así al surgir de misiones en Canadá y Luisiana, colonias franceses, en la América española, en el Brasil portugués, en el reino del Congo, en India, Indochina, China, Japón, Filipinas. Para coordinar estos esfuerzos por la propagación de la fe, la Santa Sede instituyó en 1622 la Sacra Congregatio de Propaganda Fide.

Mientras tanto, al mismo tiempo que el catolicismo se expandía hacia áreas geográficas donde el Evangelio no había sido predicado nunca, la Iglesia sufría una grave crisis en el viejo continente: la “reforma” religiosa propugnada por Martín Lutero, Ulrico Zwinglio, Juan Calvino (fundadores de las diferentes denominaciones del protestantismo), junto con el cisma provocado por el rey de Inglaterra Enrique VIII (anglicanismo), condujo a la separación de la Iglesia de amplias regiones: Escandinavia, Estonia y Letonia, buena parte de Alemania, Holanda, la mitad de Suiza, Escocia, Inglaterra, además de los respectivos territorios coloniales ya poseídos o conquistados con posterioridad (Canadá, Norteamérica, Antillas, Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda). La Reforma Protestante tiene la grave responsabilidad de haber roto la milenaria unidad religiosa en el mundo cristiano-occidental, causando el fenómeno del confesionalización, es decir la separación social, política y cultural de Europa y de algunas de sus regiones en dos campos: el católico y el protestante. Este sistema cristalizó en la fórmula cuius regio, eius et religio, por la cual los súbditos estaban obligados a seguir la religión del príncipe. Ese enfrentamiento entre estos dos mundos condujo al fenómeno de las guerras de religión, que afectó sobre todo a Francia, los territorios germánicos, Inglaterra, Escocia e Irlanda, y que se puede considerar terminado sólo con las Paces de Westfalia (1648) en el continente, y con la capitulación de Limerick (1692) en las Islas Británicas.

La Iglesia Católica, aunque asolada por la crisis y por la defección de tantos pueblos en unos pocos decenios, supo encontrar energías insospechadas para reaccionar y comenzar a realizar una verdadera reforma: este proceso histórico ha tomado el nombre de Contrarreforma, cuyo culmen es la celebración del Concilio de Trento (1545-1563), en el cual se proclamaron con claridad algunas verdades dogmáticas puestas en duda por los protestantes (canon de las Escrituras, sacramentos, justificación, pecado original, etc.), y se tomaron también decisiones disciplinares que robustecieron e hicieron más compacta a la Iglesia (por ejemplo la institución de los seminarios y la obligación de residencia en la diócesis para los obispos). El movimiento de la contrarreforma pudo también valerse de la actividad de muchas órdenes religiosas fundadas en el s. XVI: se trata de iniciativas de reforma en el ámbito de los mendicantes (capuchinos, carmelitas descalzos), o institutos de clérigos regulares (jesuitas, teatinos, barnabitas, etc.). La Iglesia salió así de la crisis profundamente renovada y reforzada, y pudo compensar la pérdida de algunas regiones europeas con una difusión verdaderamente universal, gracias a la obra misionera.

En el s. XVIII la Iglesia tuvo que combatir contra dos enemigos: el regalismo y la ilustración. El primero anduvo a la par del desarrollo de la monarquía absoluta: apoyados en la organización de una moderna burocracia, los soberanos de los estados europeos lograron instaurar un sistema de poder autocrático y total, eliminando las barreras que se interponían (instituciones de origen medieval como el sistema feudal, los privilegios eclesiásticos, los derechos de las ciudades, etc.). En este proceso de centralización del poder, los monarcas católicos tendieron a invadir el ámbito de la jurisdicción eclesiástica, en el intento de crear una Iglesia sometida y dócil respecto al poder del rey: es un fenómeno que asume nombres diversos dependiendo de los estados: regalismo en Portugal y España, galicanismo en Francia, josefismo en los territorios de los Habsburgo (Austria, Bohemia, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Croacia, Lombardía, Toscana, Bélgica), jurisdiccionalismo en Nápoles y Parma. Este fenómeno tuvo su punto álgido con la expulsión de los jesuitas por parte de muchos gobiernos y en la amenazadora presión sobre el papado para que suprimiese la orden (como sucedió en 1773).

El otro enemigo con el que se encontró la Iglesia en el s. XVIII fue la ilustración, un movimiento en primer lugar filosófico, que tuvo gran éxito entre las clases dirigentes: tiene como fondo una corriente cultural que exalta la razón y la naturaleza, y al mismo tiempo realiza una crítica indiscriminada a la tradición; es un fenómeno muy complejo, que presenta en todo caso fuertes tendencias materialistas, una ingenua exaltación de las ciencias, el rechazo de la religión revelada en nombre del deísmo o la incredulidad, un irreal optimismo con respecto a bondad natural del hombre, un excesivo antropocentrismo, una confianza utópica en el progreso de la humanidad, una difundida hostilidad contra la Iglesia Católica, una actitud de suficiencia y desprecio hacia el pasado, y una arraigada tendencia a realizar reduccionismos simplistas en la búsqueda de modelos explicativos de la realidad. Se trata, en resumen y en buena medida, del origen de muchas de las ideologías modernas, que reducen la visión de la realidad eliminando de su comprensión la revelación sobrenatural, la espiritualidad del hombre y en definitiva el anhelo por la búsqueda de las verdades últimas de la persona y de Dios.

En el siglo XVIII fueron fundadas las primeras logias masónicas: de ellas, una buena parte asumió tonos y actividades claramente anticatólicas.

5. La Edad Contemporánea (a partir de 1789)

La Revolución Francesa, que empezó con la decisiva aportación del bajo clero, derivó rápidamente hacia actitudes de galicanismo extremo, llegando a producir el cisma de la Iglesia Constitucional, y a continuación asumiendo tonos claramente anticristianos (instauración del culto al Ente Supremo, abolición del calendario cristiano, etc.), hasta llegar a una cruenta persecución de la Iglesia (1791-1801): el papa Pío VI murió en el 1799 prisionero de los revolucionarios franceses. La subida al poder de Napoleón Bonaparte, hombre pragmático, trajo la paz religiosa con el Concordato de 1801; más adelante, sin embargo, surgieron desavenencias con Pío VII por las intrusiones continuas del gobierno francés en la vida de la Iglesia: como resultado, el papa fue hecho prisionero por Bonaparte durante aproximadamente cinco años.

Con la Restauración de las monarquías prerrevolucionarias (1815), para la Iglesia volvió un periodo de paz y tranquilidad, favorecido también por el romanticismo, corriente de pensamiento predominante en la primera mitad del s. XIX. Sin embargo, pronto se delineó una nueva ideología profundamente opuesta al catolicismo: el liberalismo, heredero de los ideales de la Revolución Francesa, que poco a poco logró afirmarse políticamente, promoviendo la instauración de legislaciones discriminatorias o persecutorias contra la Iglesia. El liberalismo se unió en muchos países al nacionalismo, y más adelante, en la segunda mitad del siglo, se alió con el imperialismo y el positivismo, que contribuyeron ulteriormente a la descristianización de la sociedad. Al mismo tiempo, como reacción a las injusticias sociales provocadas por las legislaciones liberalistas, nacían y se difundían una serie de ideologías dirigidas a hacerse portavoces de las aspiraciones de las clases oprimidas por el nuevo sistema económico: el socialismo utópico, el socialismo “científico”, el comunismo, el anarquismo, todas ellas unidas por proyectos de revolución social y una filosofía subyacente de tipo materialista.

El catolicismo en el s. XIX perdió en casi todas las naciones la protección del estado, que, es más, pasó a tener una actitud adversa; y en 1870 terminó el poder temporal de los papas, con la conquista italiana de los Estado Pontificios y la unificación de la península. Al mismo tiempo, sin embargo, la Iglesia supo sacar ventajas de esta crisis para fortalecer la unión de todos los católicos entorno a la Santa Sede, y para liberarse de las intrusiones de los estados en el gobierno interno de la Iglesia, a diferencia de lo sucedido en el periodo de las monarquías confesionales de la Edad Moderna. El culmen de este fenómeno fue la solemne declaración, en 1870, del dogma de la infalibilidad del papa por parte del Concilio Vaticano I, celebrado durante el pontificado de Pío IX (1846-1878). En este siglo, además, la vida de la Iglesia se caracterizó por una gran expansión misionera (en Africa, Asia y Oceanía), por un gran florecimiento de fundaciones de congregaciones religiosas femininas de vida activa, y por la organización de un vasto apostolado laical.

En el s. XX la Iglesia se enfrentó a numerosos desafíos: Pío X tuvo que reprimir las tendencias teológicas modernistas dentro del propio cuerpo eclesiástico. Estas corrientes se caracterizaban, en sus manifestaciones más radicales, por un inmanentismo religioso que, aunque mantenía la formulaciones tradicionales de la fe, en realidad las vaciaba de contenido. Benedicto XV se enfrentó a la tempestad de la Primera Guerra Mundial, logrando mantener una política de imparcialidad entre los contendientes, y desarrollando una actividad humanitaria a favor de los prisioneros de guerra y la población afectada por la catástrofe bélica. Pío XI se opuso a los totalitarismos de diverso tipo, que persiguieron de un modo más o menos abierto a la Iglesia durante su pontificado: el comunista en la Unión Soviética y en España, el nacionalsocialista en Alemania, el fascista en Italia, el de inspiración masónica en México; además, este papa desarrolló una gran promoción del clero y del episcopado local en las tierras de misión africanas y asiáticas que, continuada después por su sucesor, Pío XII, permitió a la Iglesia presentarse ante el fenómeno de la descolonización como elemento autóctono, y no extranjero.

Pío XII tuvo que afrontar la terrible prueba de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual actuó de diversos modos para salvar de la persecución nacionalsocialista a cuantos hebreos fuera posible (se calcula que la Iglesia Católica salvó aproximadamente 800.000); Con un proceder realista, no consideró oportuno lanzar una pública denuncia, puesto que ésta habría empeorado la grave situación de los católicos también perseguidos en varios de los territorios ocupados por los alemanes, y habría anulado su posibilidad de intervenir en favor de los hebreos. Muchas altas personalidades del mundo israelita reconocieron públicamente, tras la guerra, los grandes méritos de este papa con respecto a su pueblo.

Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II (1962-1965), que fue concluido por Pablo VI, y que abrió una época pastoral diversa en la Iglesia, subrayando la llamada universal a la santidad, la importancia del esfuerzo ecuménico, los aspectos positivos de la modernidad, la ampliación del diálogo con otras religiones y con la cultura. En los años sucesivos al concilio, la Iglesia sufrió una profunda crisis interna de carácter doctrinal y disciplinar, que logró superar, en buena medida, durante el largo pontificado de Juan Pablo II (1978-2005), papa de extraordinaria personalidad, que hizo alcanzar a la Santa Sede unos niveles de popularidad y prestigio antes desconocidos, dentro y fuera de la Iglesia Católica.

Carlo Pioppi

Bibliografía básica

J. Orlandis, Historia del cristianismo, Rialp, Madrid 1983.

A. Torresani, Breve storia della Chiesa, Ares, Milano 1989


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