Un incondicional

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

José María Hernández de Garnica fue otro ejemplo de cómo el espíritu de la Obra puede llenar de Dios un alma.

Un día del año 1935, aquel estudiante joven, conocido en las aulas de la Escuela de Ingeniería por su acusada personalidad y por la destacada inteligencia con que cursa la carrera de Minas, llega hasta la Residencia de Ferraz 50 acompañado de un amigo. Cuando aparece, la casa se encuentra en plena actividad: se instala el oratorio. Hay que colocar en el techo de la habitación una especie de baldaquino -que se ha confeccionado con madera forrada de tela-, porque la Iglesia ordena que se cubra, si hay vecinos en el piso superior, el lugar donde está el sagrario. Don Josemaría Escrivá de Balaguer dirige la operación con los chicos de la Residencia. Y, entonces, aparece este nuevo compañero a quien muy pocos han visto todavía. Hernández de Garnica es interpelado en el mundillo de sus amigos con el afectuoso diminutivo de «Chiqui». Y así es como suena su nombre en ese día y en la habitación, futuro oratorio, de Ferraz.

Don Josemaría no le conoce, pero ve el aspecto simpático, lleno de naturalidad, del recién llegado, y le saluda alegremente:

-«¡Hombre, Chiqui, muy bien! Ten, coge este martillo y unos clavos, y ¡hala!, a clavar allí arriba… »(20).

Así empieza su relación con el Opus Dei. Muy pronto, sus buenas cualidades humanas y el empeño sobrenatural del Fundador de la Obra van a aliarse para abrir el camino a su entrega definitiva a Jesucristo.

A partir de ese momento, José María pasa a ser el incondicional que sigue, con toda fidelidad, las menores indicaciones del Fundador. Su mente clara, dotada de gran sentido práctico, convertirá en realidades los proyectos más inabordables.

A punto de ser fusilado durante la guerra civil, escapará providencialmente. Es trasladado a un penal, en Valencia, y, al salir, se incorpora al ejército republicano. Los primeros años después de su ordenación, en 1944, dedicará su actividad, de modo especial, a atender sacerdotalmente a la Sección de mujeres del Opus Dei.

Aparte de una ingente labor en España, se cuenta con él para momentos de expansión a través de varios países europeos; vivirá largos años de trabajo en Francia, Inglaterra y Alemania. En todos los difíciles comienzos deja constancia de su tesón, su enorme confianza sobrenatural, su fidelidad incondicional al Fundador y la fortaleza de un hombre forjado en duros combates pero que tiene intacto el empeño del primer día.

Su capacidad para resolver grandes y pequeños problemas ha sido siempre proverbial. A fuerza de entusiasmo y amor sabrá ejercer todo género de oficios que ayuden a levantar, incluso, las paredes materiales que albergan los Centros de la Obra de Dios.

En 1972 este hombre, que ha dado una impagable lección de fidelidad, muere, en Barcelona, rodeado por la gratitud de todos. El Fundador le despide con el mismo cariño con que le envió por tantos caminos de la tierra y le da su último impulso para cruzar los umbrales del Cielo.

Juan Pablo II en el Centro ELIS

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Enero de 1984.

Lo habían escrito los periódicos en los días precedentes. Juan Pablo II va a realizar una visita pastoral noticiable, tanto porque el Tiburtino, en Roma, tiene fama de barrio difícil, cuanto porque allí se encuentra un Centro del Opus Dei, el ELIS, y una parroquia confiada a sacerdotes de la Prelatura.

Poblado en pocos años por más de treinta mil personas llegadas en aluvión de otras regiones más pobres, el Tiburtino es un barrio de edificios baratos. Sus habitantes son, en un 80%, familias de obreros, de mayoría comunista, donde el paro, la droga y la delincuencia constituyen un grave problema.

Pero la parroquia y los Centros de la Obra han sido en estos años un aglutinante de la buena voluntad, una realidad del barrio y para el barrio, querida y respetada por todos. Y el barrio entero se volcó con el Papa en aquella tarde de enero.

«Deseo dirigir un particular saludo –dijo Juan Pablo II en la homilía de la Misa que celebró ante miles de personas–, a los directores y alumnos del Centro ELIS, los cuales, con su obra de promoción humana y social, hacen fecundo el terreno de todo el barrio, de modo que allanan el camino a la acción pastoral de la parroquia. Este Centro es un claro testimonio del interés de la Iglesia por las clases trabajadoras. Como dijo Pablo VI el día de la inauguración, ésta “es una obra del Evangelio, es decir, enteramente encaminada al beneficio de quienes la frecuentan. No es un simple albergue, ni un simple taller, ni una simple escuela, ni un campo deportivo cualquiera: es un Centro donde la amistad, la confianza, la alegría forman la atmósfera; donde la vida tiene una dignidad, un sentido, una esperanza; es la vida cristiana, que aquí se afianza y desarrolla (…)” ».

V. LA GENTE DEL OPUS DEI .

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“La herencia de Mons. Escivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Los miembros del Opus Dei son, como se puede ver, personas corrientes que desean llevar una vida plenamente cristiana, buscando la santidad y ejerciendo el apostolado, en su propio estado y en su propio trabajo en medio de la sociedad civil.

En el fondo la cosa no puede ser más sencilla. Cada persona del Opus Dei se compromete en concreto a practicar las virtudes cristianas propias de su condición en el mundo, y a ejercer el apostolado en la medida de sus posibilidades y según su situación personal. Como es lógico, esa diversidad de situaciones personales trae consigo una variedad de participación en las labores apostólicas según que puedan dedicar más o menos tiempo, según que puedan desarrollar una u otra actividad, etc. La mayoría de los miembros de la Obra son personas casadas, que procuran vivir seriamente el cristianismo en el seno de su hogar. Otros, en cambio, deciden permanecer célibes, con el fin de dedicar más tiempo a las tareas de formación de los demás miembros y a las diversas actividades apostólicas. Y en correspondencia a esa dedicación de sus miembros, la Obra se compromete a su vez a darles ayuda espiritual y orientación para sostener e incrementar su vida interior, al mismo tiempo que les estimula para que en su acción apostólica puedan servir a todas las almas. Por tratarse de cristianos corrientes, en el Opus Dei se da la misma variedad de personas que en cualquier sociedad: hombres y mujeres, ,jóvenes y viejos, solteros y casados, sanos y enfermos; y hay en, la Obra personas de cualquier condición social y de cualquier profesión. «Para formar parte del Opus Dei –ha escrito Mons. Escrivá de Balaguer– se necesita sólo la buena voluntad de corresponder a la vocación divina, que invita a buscar la perfección cristiana en el propio estado y en el ejercicio de la propia profesión u oficio en el mundo, según el espíritu del Opus Dei. Precisamente por eso pertenecen a la Obra hombres y mujeres de las más diversas condiciones: porque la vocación la da Dios y… porque para Dios no hay acepción de personas».

A esa multiplicidad de situaciones personales corresponde precisamente una forma personalísima de actuar la misma vocación que cada uno ha recibido, porque, como me decía uno de ellos, «en el Opus Dei cada uno se organiza como le da la gana». Unos pocos residen en centros de la Obra con el fin de estar más disponibles para trabajar en la dirección espiritual y doctrinal de las tareas de formación, pero la mayoría viven con su familia o en aquellos lugares donde los lleva a permanecer el desempeño de su labor profesional.

Del Opus Dei forman parte además sacerdotes, que se ordenan cuando ya pertenecen a la Prelatura y se dedican principalmente –aunque no de manera exclusiva– a la atención espiritual de los demás miembros de la Obra y son, por vocación, sacerdotes seculares en cualquier diócesis donde se encuentren.

Otros, después de haber recibido las sagradas órdenes, se asocian, para mejorar su vida espiritual, en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, Asociación inseparablemente unida a la Prelatura, sin que esto disminuya –lógicamente– en modo alguno su condición de sacerdotes diocesanos ni su plena dependencia del propio Ordinario, como ya hemos visto.

En resumen, pues, se puede decir que en el Opus Dei hay laicos y sacerdotes seculares; que entre los laicos, hay personas casadas y otras que permanecen célibes; y que, tanto entre los casados como entre los célibes, hay personas de todas las profesiones y ambientes sociales.

Y existen también Cooperadores –muchos de ellos no católicos– que, sin ser propiamente miembros de la Obra, colaboran en las actividades apostólicas con su oración, sus limosnas o su trabajo.


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