ITALIA El secreto del Opus Dei

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“El Opus Dei: Ficción y realidad”, es un libro de M.J.West

Roma, marzo de 1986. A pocas personas, en la Ciudad Eterna, debieron pasarles inadvertidas las acusaciones realizadas durante ese mes. Todos los periódicos del país dieron la noticia. Se acusaba al Opus Dei de ser una sociedad secreta. Se decía que los 80.000 miembros de la organización estaban gobernados por unos estatutos secretos, que el Opus Dei era la versión católica de la proscrita Logia Masónica P2. Una coalición de miembros anticlericales del Parlamento italiano exigía que el Gobierno declarase la organización fuera de la ley.

El caso se inició con una serie de acusaciones hechas en la revista radical L’Expresso. Otros diarios y revistas de parecida tendencia hicieron lo mismo. Para muchos observadores estaba claro que todo se reducía a una campaña de calumnias lanzadas desde la prensa. Las medidas que acto seguido tomó el Parlamento eran más serias. Se iniciaron con una serie de preguntas sobre la naturaleza del Opus Dei. La punta de lanzas de las imputaciones era que el Opus Dei tenía una oscura finalidad política, que sus “leyes secretas” exigían que sus miembros obedecieran en todo y mantuviesen oculta su pertenencia a la organización.

Hacía años que todo esto se venía fraguando. Algunos comentaristas venían utilizando, en sus artículos sobre el Opus Dei, una terminología propia de la intriga política y el espionaje internacional. Ahora bien, si se analizaban esos artículos y se prescindía de la retórica, no quedaba más que la afirmación gratuita de que el Opus Dei era una asociación secreta.

El Opus Dei no se cansaba de repetir que sus miembros podían tener la postura política que quisieran; que la Obra era una institución de la Iglesia de finalidad exclusivamente espiritual; que no tenía ninguna finalidad política, ni siquiera una doctrina propia; que seguía en todo las enseñanzas de la Iglesia Católica.

Algunas personas aceptaban estas explicaciones; otras las rechazaban y seguían insistiendo en que el Opus Dei tenía un trasfondo político.

El sensacionalismo en torno al Opus Dei surgió poco después de que un joven sacerdote, don Josemaría Escrivá, lo fundase en España en el año 1928. Una de las primeras acusaciones, hechas ante un tribunal especial, era que el Opus Dei constituía una rama judaica de la masonería. Pero la imagen política no adquirió carta de naturaleza hasta finales de la década de los años cincuenta, cuando algunos miembros del Opus Dei se convirtieron en ministros del Gobierno español. En los años sesenta, los más prominentes fueron Gregorio López Bravo y Laureano López Rodó, conocidos como “los lopéces”. Ambos ocuparon diversas carteras ministeriales, aunque su labor fue especialmente importante en Industria y Planificación. Muchos les consideraban los principales artífices del milagro económico español y su labor les mereció la etiqueta de “tecnócratas”. Otro miembro del Opus Dei, Vicente Mortes, que llegó a ser ministro de la Vivienda, procedía, sin embargo, de las filas del falangismo.

Todos ellos mantuvieron siempre que sus motivaciones políticas eran personales y no tenían nada que ver con el Opus Dei; que en su vida profesional eran completamente libres y actuaban con plena independencia. A pesar de todo, se fue extendiendo la idea de que el Opus Dei pretendía hacerse con el poder en España. Lo curioso era que muchos miembros del Opus Dei se oponían al Gobierno. Algunos incluso llegaron a ser encarcelados por motivos políticos. Otros fueron expulsados de España, como Rafael Calvo Serer, editor del diario Madrid, periódico que fue suspendido por oponerse al Gobierno del que formaban parte López Bravo y López Rodó. Pero todo esto era mucho menos tenido en cuenta que el hecho de que varios miembros del Opus Dei estuviesen en el Gobierno.

El ataque desencadenado contra el Opus Dei en Roma, el año 1986, tenía otras características. Estaba claro que apuntaba más arriba. Prominentes figuras de la vida pública tomaban posiciones. Conocidos elementos anticlericales, personas que no habían recibido educación religiosa, eliminada de las escuelas italianas, atacaban al Opus Dei. Uno de los críticos era Franco Bassanini, que había sido líder de una asociación católica antes de alinearse en las filas de los enemigos de la Iglesia, y que ahora era también miembro del Parlamento.

Entre los que defendían al Opus Dei estaban Flaminio Piccoli, líder de los cristiano-demócratas, y Giuseppe Azzaro, vicepresidente de la Cámara Baja del Parlamento.

Era evidente que lo que habían publicado algunos periódicos había oscurecido la reputación del Opus Dei, por lo que algunos parlamentarios urgieron al Gobierno que tomara cartas en el asunto.

Así las cosas, el Gobierno decidió ocuparse seriamente del tema. El doctor Oscar Luigi Scalfaro, ministro del Interior, juez y abogado, anunció que iba a abrirse una investigación y que se informaría con detalle al Parlamento. Por fin iban a ponerse sobre el tapete las acusaciones contra el Opus Dei.

Mientras esperaba el resultado de la encuesta, me dispuse a investigar por mi cuenta…

Al sudoeste de Roma, en un suburbio que pocos turistas se aventuran a visitar, unos cuantos chavales surgen de un inmueble medio en ruinas y empiezan a vagabundear por la calle. Uno de ellos arrima un montón de leña junto al muro y luego lo arroja contra una empalizada que hay encima. Otros dos se sientan en el quicio de una puerta; uno de ellos, más pequeño, llora; el otro tiene la mirada perdida en las pintadas y en los amarillentos carteles políticos que adornan las paredes. La ropa tendida cubre las fachadas de los sucios bloques de- viviendas humildes. En una bandera de confección casera puede leerse: Risanamento inmedi’ato! Risanamento totale! (¡Saneamiento ahora! ¡Saneamiento total!).

Así era el Tiburtino. Los pobres afluían a él procedentes del sur de Italia (de Sicilia, de Calabria, de los Abruzos) en busca de unas migajas de la prosperidad industrial. Algunos encontraban empleo y mejoraban sus condiciones de vida, pero la mayoría tenían que refugiarse en viviendas hediondas. Los chiquillos buscan un sitio entre los coches aparcados para jugar al fútbol. Otros, más mayores, buscan otras maneras de descargar sus tensiones… (En un bloque de apartamentos vi tres jeringuillas hipodérmicas arrojadas junto a la acera.)

Fue en este escenario donde el Opus Dei estableció el centro ELIS. Ahora, los campos de fútbol y de baloncesto del mismo están repletos de jóvenes. Alrededor se alza una residencia, una escuela de formación profesional, y un centro de formación de profesores para los países en vías de desarrollo, incluidos Nigeria, Etiopía y China. El centro femenino, SAFI (Scuola Alberghiera Femminile Internazíonale), consta de una residencia, un centro de formación hotelera, secretariado y ciencias domésticas, así como de un complejo deportivo y un club.

El barrio Tiburtino ha sido siempre un bastión comunista. Le pregunté a uno de los fundadores del ELIS, el doctor Bruno Picker, sí se había acusado al Opus Dei de hacer política en aquel centro.

“Cuando comenzamos nuestra labor -me dijo-, toda la vecindad pensaba que nos íbamos a dedicar a la propaganda política. Pero el Opus Dei nunca hace eso. Se limita a dar una formación cristiana: luego, cada cual es libre. Después de celebrarse dos o tres elecciones, cuando la gente vio que no hacíamos ningún tipo de propaganda política, muchos empezaron a aceptar que no teníamos ninguna finalidad de ese orden. Bastantes comunistas de la zona, qué es comunista en un 50 por 100 aproximadamente, comenzaron a valorar lo que estábamos haciendo. Se dieron cuenta de la importancia de ELIS desde el punto de vista profesional y de la ausencia de objetivos políticos. Ahora, los hijos de varios comunistas se forman aquí. Un anciano contratista de obras que era uno de los primeros comunistas de Italia vino a vernos. Dijo que estaba dispuesto a ayudarnos, pero que antes quería conocer de cerca nuestras actividades diarias y echar un vistazo a nuestros libros. El Centro ELIS, entonces, estaba sin acabar, en crecimiento, y cuando se puso al tanto de todo, nos dijo que quería acabar su vida ayudándonos a terminar el ELIS. Nos dio mucho dinero, insistiendo en que no quería que le diéramos las gracias.”

El doctor Picker se refirió también al interés que puso Moseñor Escrivá en el proyecto del ELIS. Me dijo que el fundador del Opus Dei quería que una de sus funciones fuese propagar la doctrina social de la Iglesia en cuestiones como la cooperación en la industria, el reparto de la propiedad privada y la familia. Pero Monseñor Escrivá insistía en que quería dejar muy claro que quienes trabajaban en el ELIS no estaban en contra de nadie; “no somos anti-nada ni anti-nadie”. “Estamos a favor de la gente; no tiramos piedras a los demás, sino que tratamos de elevarlos”.

La reputación del complejo del Centro ELIS no ha cesado de aumentar desde que se abrió en 1964. Tanto es así, que recibe ayuda económica del gobierno local, incluso cuando está en manos de los comunistas.

El 15 de enero de 1984, durante una visita al centro ELIS por el que habían pasado ya 18.000 jóvenes, el Papa Juan Pablo II comentó: “Este centro es un claro ejemplo del interés de la Iglesia por las clases trabajadoras”. Y citó unas palabras del Papa Pablo VI en el acto inaugural: “Ésta es una obra evangélica, no un mero hotel, un mero taller o una mera escuela; no es tan sólo un complejo deportivo, es un centro en el que la amistad, la confianza, la felicidad crean una clara atmósfera en la que la vida cobra dignidad, significado, esperanza; es la vida cristiana la que aquí se afirma y se pone en práctica…”. En esa misma visita pastoral, Juan Pablo II exhortó a los miembros del Opus Dei a “convertirse cada vez más en Opus Dei”; y añadió: “realizad el Opus Dei en todos los aspectos del mundo humano y de las cosas creadas”.

Era sábado y, en la plaza central, chiquillos de diversas edades jugaban bajo la mirada atenta de sus madres, que charlaban, sentadas en unos escalones. También había padres que habían venido a ver cómo sus hijos practicaban diversos deportes. El matrimonio Marchetti tenía un hijo de diez años, Maximiliano, que llevaba un año frecuentando el Club Deportivo del Centro Elis. Estaban convencidos de que allí le habían enseñado a poner en práctica una serie de, principios morales y a portarse bien. “Todos los meses ponen a los chicos una meta, como ser generosos o tener espíritu deportivo”, me explica la señora Marchetti. “En un barrio como éste, nadie enseña a los chavales esas cosas.” “Nuestro hijo tiene un preceptor -añadió el señor Marchetti- al que puede hablar de sus cosas y contarle sus problemas.” Y la señora Marchetti: “Ha descubierto que otros chicos tienen problemas parecidos, y tratan de resolverlos juntos. Desde que viene por aquí ha madurado mucho. Me he dado cuenta de que trata de ayudar a otros.”

El señor Nicola, por su parte, tiene un hijo de 15 años que juega al baloncesto. “Cuando vino, siempre quería ganar, ser el mejor. Ahora sabe que ésa no es forma de comportarse.”

Y otro padre comenta: “Enseñan a los chicos a convivir, a tener amigos, a ser diligentes en todo, no sólo en los deportes”. Unos esposos me dicen que su hijo ha aprendido a organizarse, a tener tiempo para estudiar y para jugar al fútbol. Y la señora Chiappini, viuda, comenta que sus tres hijos han aprendido a pensar en el futuro. “El centro Elis les ha ayudado a comprender que es muy difícil obtener un buen empleo en Italia, y que tienen que trabajar duro. El mayor, ahora, estudia aquí para mecánico. Si no fuera por eso, no sé lo que sería de él.” Otra madre me habló de dos nuevos programas del ELIS destinados a ayudar a encarar el problema del desempleo juvenil y el de las drogas, muy grave en la zona.

Uno de los entrenadores de baloncesto del Centro ELIS es Roberto Castellano. Antes había sido capitán del equipo del Banco di Roma (campeón en su categoría) y, según una revista deportiva, uno de los jugadores más populares de Italia. Poco antes de nuestra entrevista, Roberto había declinado un ofrecimiento que habría potenciado su carrera deportiva. Había dicho que no porque el equipo que quería ficharle no era de Roma y él quería seguir enseñando a jugar al baloncesto en el Centro ELIS. Decisión que a muchos compatriotas les pareció insólita. Un periodista llegó a preguntarse si tendría algún problema psicológico.

“El deporte es muy importante para la juventud -me dijo reflexivo-. Primero, para aprender a tener espíritu deportivo, que es mucho más importante que ganar… cosas como la generosidad, la honradez, el juego limpio… Si un chaval aprende a practicarlas en el deporte, luego podrá practicarlas en la vida. Cuando tenía 19 años tuve la suerte de conocer las enseñanzas de Monseñor Escrivá y el espíritu del Opus Dei, un espíritu de trabajo y de apostolado que me entusiasmo. El Opus Dei es algo nuevo y, explicárselo a los que no practican su fe, puede ser difícil. Mis amigos sólo comprenden lo que se palpa.

Por eso, procuro explicar el Opus Dei ante todo con mi vida y luego trato de que aquel a quien se lo explico se acerque a Jesucristo. El Opus Dei es, un camino de santidad en la Iglesia. Hay otros muchos, pero éste insiste en la santificación del trabajo. Muchos de mis amigos trabajan sólo por dinero, pero yo les digo que es fundamental que encuentren a Jesús en su vida. Muchos piensan que sólo se puede encontrar en la Iglesia, no fuera, en el trabajo o en otras cosas… Trato de explicarles que no pueden vivir sin Dios; que la razón de vivir, de todo lo que hacemos, es Dios mismo.

Pascua de Resurrección en Roma. Peregrinos de todo el mundo se agolpan en las calles. Entre ellos, miles de estudiantes que han venido para participar en el UNIV, un congreso universitario internacional que se celebra anualmente. Aunque el UNIV no es una actividad propia del Opus Dei, muchos de los que participan en él sí son miembros de la Obra. El Congreso lo organiza el Instituto para la Cooperación Universitaria (ICU), qué colabora con la Comunidad Económica Europea y con diversas organizaciones internacionales que forman profesionales en todos los países, especialmente en los subdesarrollados.

Unos 5.000 estudiantes de cuarenta países tomaban parte en el Congreso. Durante una alocución’ dirigida a los participantes, Juan Pablo II habló calurosamente del Opus Dei y de su. fundador. Los actos del Congreso eran una mezcla de sesiones de trabajo y conferencias celebradas en el Salón de Conferencias de la Biblioteca Nacional y de excursiones y visitas a los principales monumentos y lugares históricos de Roma.

Durante una de esas excursiones en autobús por los alrededores de Roma, Father Michael Barret, un joven sacerdote norteamericano procedente del Bronx neoyorkino, me habló de su relación con el Opus Dei. ¿Qué pensaba -le pregunté- de lo que se decía sobre los secretos del Opus Dei? “Pienso -me respondió- que es una tontería, pues es sencillísimo saber todo lo que se quiera del Opus Dei. No creo que uno solo de mis amigos, ni siquiera un conocido, ignorase que yo era del Opus Dei incluso antes de ordenarme sacerdote, o al menos que trataba de ser un buen católico en un ambiente en que no todos lo eran cuando yo trabajaba en los despachos de Wall Street, mis compañeros de trabajo, mis jefes, todos, sabían perfectamente que Barret era un tipo que trataba de vivir su fe. La mayoría descubrió el Opus Dei porque salía en la conversación.”

¿Los sacerdotes del Opus Dei hablan de política?, le pregunté. “Si hay algo de lo que procuro no hablar es de política. Lo cual a veces es difícil. Estoy acostumbrado a expresar mis opiniones personales, pues habiendo ejercido una profesión laical durante muchos años he estado implicado en política y conozco bien esos temas. Pero ahora me doy cuenta de que, manteniéndome al margen de decisiones políticas, soy mucho más útil a la gente que necesita el consejo o la orientación de un sacerdote. La gente espera que los sacerdotes les resuelvan problemas de conciencia realmente importantes, cosas a las que no puede responder cualquiera. Por eso, si se habla de política y se mantiene una determinada opinión, se pierde eficacia y prestigio; en el Opus Dei siempre se ha insistido en este punto. Un sacerdote debe ser un experto en teología, pero no en política. Si hablase de política, la gente podría creer que lo es. Por eso tiene que esforzarse por no abusar’ del poder que le confiere el sacerdocio hablando de política.”

Entonces, ¿qué enfoque daría a sus orientaciones espirituales un sacerdote del Opus Dei si viniera a pedirle consejo por ejemplo, un profesional de la política, un miembro del gobierno? “Le dará orientaciones útiles para su vida espiritual, para sus relaciones con Dios. Los consejos que le dé tendrán que ver únicamente con los principios éticos que mantiene la Iglesia. A él le corresponderá aplicarlos a su vida para procurar acercarse más a Dios mediante los sacramentos, la oración, la lectura espiritual, clases de formación, etcétera. En cuanto a los principios morales, corresponderá a su conciencia decidir el camino a seguir, pues los temas políticos casi siempre son opinables.. El estar a un lado de la valla o al otro, no tiene nada que ver con la moralidad, de ordinario. Los problemas se pueden abordar y resolver de maneras muy distintas. Cuando la moral está por medio, el sacerdote puede explicar cuál es la doctrina de la Iglesia, lo que ha enseñado en relación con algunas cuestiones sociales. Un sacerdote del Opus Dei nunca dirá qué propuesta política es la más adecuada, porque no lo sabe, ya que no es un político.”

¿Cómo conoció Father Barret el Opus Dei? “A través de un amigo mío que pertenecía a la Obra. Solíamos hacer muchas cosas juntos: ir a bailar, a alternar, y cosas así; a veces, tomando unas cervezas, hablábamos de cosas importantes para nosotros. Él me contaba lo que hacía como miembro del Opus Dei y, poco a poco, animado por él, empecé a hacer oración mental y lectura espiritual y a ir a Misa entre semana. Fui con él a un centro del Opus Dei y me gustó lo que vi; cómo una gente cordial, amable y alegre se tomaba en serio el trabajo y el estudio, y, sobre todo, su fe. Creo que empecé a tener vida interior, y luego un amigo me sugirió que tal vez pudiera tener vocación al Opus Dei, como él. No me pareció que fuera absurdo ni que se opusiera a mis intereses o a lo que pensaba hacer en la vida. Por entonces estaba estudiando pre-medicina en la Universidad de Columbia. Antes me había especializado en ciencias. La idea de la santificación en medio del mundo me había conmovido. Me parecía algo fantástico… Así que el Opus Dei era fantástico: ser médico o cualquier otra cosa y al mismo tiempo esforzarse por hacerse santo y ayudar a otros a llegar a serlo.

En febrero de 1972 pedí la admisión en el Opus Dei. Tras graduarme en Columbia me coloqué en la Gulf Oil Corporation, en Nueva York. Me fui a vivir a un apartamento con otros tres miembros de la Obra -un sacerdote y dos laicos- e iniciamos la labor en ese pequeño centro. Además de procurar ayudar a mis amigos y colegas a vivir mejor su fe, en aquel apartamento dábamos formación espiritual a personas de todas las edades.

“Mi trabajo profesional estaba relacionado con la industria petroquímica, y lo que había aprendido en el Opus Dei me ayudó mucho a ver el significado espiritual de mi trabajo profesional.”

A mí siempre me había fascinado Wall Street, aunque lo conocía muy poco. Pero la mejor manera de conocerlo mejor era trabajar allí, así que busqué un trabajo. Lo encontré con uno de los corredores de bolsa, Merrill Lynch. Yo diría que lo más importante era tratar de encontrar un motivo sobrenatural en lo que estaba haciendo, por,, vulgar y corriente que fuera, y procurar ayudar a mis colegas a ser consecuentes con la fe que profesaban. Trabajaba en un mismo despacho con cuatro personas. Uno era el director. Los demás éramos vendedores y muy buenos amigos. Trabajábamos y viajábamos juntos a menudo, por lo que podía hablar con ellos durante horas y horas. En nuestros viajes pasábamos juntos las veladas. Uno de ellos, católico, estaba casado y tenía varios hijos. Me hacía preguntas, porque no tenía las ideas claras. No estaba seguro de cómo debía comportarse, pero quería ser un buen católico. Nos hicimos muy amigos. Hablábamos mucho sobre temas de fe y procuré que la viviera de forma más correcta.

El otro era soltero y no practicaba. Se había alejado de la Iglesia. Nos hicimos también buenos amigos y yo procuré que volviera al seno de la Iglesia. Era algo que él siempre había deseado hacer, pero que no era capaz de hacer sin ayuda.

“Y luego estaban los clientes. Tras el almuerzo, después de hablar de negocios, abordábamos diversos temas. Hablábamos de deportes, de política, de religión, porque siempre se termina hablando de temas religiosos. Se quedaban impresionados cuando les decía que era posible vivir la propia fe en la vida ordinaria. Esto era lo que se llama un apostolado espontáneo, nada organizado. Mis amigos casi siempre terminaban yendo a confesarse o hablando con un sacerdote que les explicara cómo vivir su fe y les resolviera sus problemas personales.”

-Pero algunos dicen que eso es “instrumentalizar” la amistad, convertirla en un medio de captar gente para el Opus Dei. ¿Qué opina sobre esto?

-”Bueno, cada cual tiene su forma de ser, pero yo siempre he tenido muchos y buenos amigos. Algunos los considero casi como hermanos, y seguimos siendo amigos aunque han pasado los años y estamos lejos unos de otros. Hablábamos durante horas y horas sobre nuestros proyectos,

nuestros sueños,… y nos animábamos mutuamente diciendo: “¡Adelante! Tú puedes hacerlo”. Y cosas así. Y cuando me hice del Opus Dei seguí obrando de la misma manera, haciendo nuevos amigos y hablándoles con la misma franqueza. Les contaba mis cosas, y una de ellas era que ahora había puesto toda mi vida en manos del Opus Dei. No hablar de ello habría sido tan ridículo como no hablar de una chica fabulosa que uno ha conocido.

A veces, un amigo me preguntaba: “¿Por qué no te has casado?” O bien “¿Por qué gastas tanto tiempo en trabajar con los chavales y les organizas tantas cosas?”Y cuando yo les explico lo que me mueve a hacerlo, se alegran por mi vocación, lo mismo que yo me alegro cuando ellos, tras buscar una buena esposa o un buen trabajo, por fin lo encuentran.”

El autobús en que viajábamos acababa de llegar a Villa Tevere, sede central del Opus Dei. Está situada en el número 75 de la calle Bruno Buozzi, y en ella reside el Prelado del Opus Dei, Monseñor Alvaro del Portillo. En ella se encuentra también la iglesia prelaticia, Nuestra Señora de la Paz. En su cripta bajo una sencilla lápida de mármol verde oscuro, con una inscripción en letras doradas que dice simplemente EL PADRE, descansa el cuerpo de Monseñor Escrivá. Visitantes de todos los países rezan ante la tumba, adornada por rosas rojas,, y se arrodillan para besar la lápida y formular sus peticiones: padres, madres, abuelos, hijos, gentes de todas las clases sociales y géneros de vida. La cripta de Santa María de la Paz se ha convertido en un lugar de peregrinación no sólo para los miembros del Opus Dei, sino para otras muchas personas que veneran privadamente a Monseñor Escrivá.

El fundador del Opus Dei, en una entrevista concedida a un periódico (La revista Palabra. Entrevista realizada por Pedro Rodríguez. Madrid, octubre 1967) respondía así a la pregunta que el entrevistador le hacía sobre la supuesta influencia política de la Obra: “Es evidente que, siendo el Opus Dei una Asociación de fines espirituales, apostólicos, la naturaleza de su influjo -en España como en las demás naciones de los cinco continentes donde trabajamos- no puede ser sino de ese tipo: una influencia espiritual, apostólica. Lo mismo que la totalidad de la Iglesia -alma del mundo-, el influjo del Opus Dei en la sociedad civil no es de carácter temporal -social, político, económico, etc.-, aunque sí repercuta en los aspectos éticos de todas las actividades humanas, sino un influjo de orden diverso y superior, que se expresa con un verbo preciso: santificar.

Y esto nos lleva al tema de las personas del Opus Dei que usted llama influyentes. Para una Asociación cuyo fin sea hacer política, serán influyentes aquellos de sus miembros que ocupen un lugar en el Parlamento o en el Consejo de ministros. Si la Asociación es cultural, considerará influyentes a aquellos de sus miembros que sean filósofos de clara fama, o premios nacionales de literatura, etcétera. Si la Asociación, en cambio, lo que se propone es -como en el casó del Opus Dei- santificar el trabajo ordinario de los hombres, sea material o intelectual, es evidente que deberán considerarse influyentes todos sus miembros: porque todos trabajan -el general deber humano de trabajar tiene en la Obra especiales resonancias disciplinares y ascéticas-, y porque todos procuran realizar esa labor suya -cualquiera que sea- santamente, cristianamente, con deseo de perfección. Por eso, para mí tan influyente -tan importante, tan necesario- es el testimonio de un hijo mío minero entre sus compañeros de trabajo como el de un rector de universidad entre los demás profesores del claustro académico”.

Cuando tuve que abandonar Roma, el Gobierno italiano no había concluido todavía su investigación en torno al Opus Dei. La tarea iba a durar más de seis meses. El 25 de noviembre de 1986, cuando el ministro del Interior hizo públicas sus conclusiones, el diario La Stampa las resumía así en los titulares: El Opus Dei no es secreto. El deber de obediencia se refiere exclusivamente a temas espirituales. Informaciones similares aparecieron en l l Tempo y La Republica. El artículo de este último diario citaba unas palabras del ministro en las que decía que el Opus Dei no era una asociación secreta ni de hecho ni de derecho. Que aunque ninguna organización estaba obligada a hacer públicos los nombres de sus miembros, los de los directores del Opus Dei se conocían perfectamente, así como las direcciones y actividades de sus centros. Que sus miembros no sólo no trataban de ocultar su pertenencia a la Obra, sino que los Estatutos se lo prohibían. Unos Estatutos que se suponía eran secretos y que el ministro citaba con frecuencia… Y es que antes de que se empezase a hablar de que eran secretos, no se habían publicado, lo mismo que suele suceder con los de otras organizaciones de la Iglesia; sin embargo, para demostrar que no había nada que ocultar, el Prelado del Opus Dei pidió al Vaticano que se le permitiera publicarlos; y cuando el Vaticano autorizó su publicación, se pusieron ejemplares más que suficientes a disposición del público; sin embargo, ninguno de los que habían acusado al Opus Dei de secreto se tomó la molestia de examinarlos.

En relación con la cuestión de si el Opus Dei busca tener poder político, el ministro del Interior aludía a que sus miembros gozan de la misma libertad que los demás católicos en sus asuntos particulares. Para reafirmar este punto citaba el párrafo 3.2 del artículo 88 de los Estatutos, que dice que la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas o económicas de ninguno de sus fieles y que “las autoridades de la Prelatura deben abstenerse por completo de darles consejo en esos temas”. Que esto refleja exactamente la forma de actuar del Opus Dei lo garantizaba la Santa Sede, que ponía de relieve .el hecho de que el Opus Dei, ahora, formaba parte de la estructura constitucional de la Iglesia.

Los argumentos que el ministro adujo en el Parlamento para apoyar su convicción de que el Opus Dei no era una sociedad secreta fueron prolijos y detallados. Los miembros anticatólicos del Parlamento no aportaron ningún argumento que contradijera los hechos. ¿Quería decir eso que el Opus Dei ya nunca volvería a ser considerado una sociedad secreta? La respuesta es por lo menos dudosa. En Australia, por ejemplo, las imputaciones contra el Opus Dei que condujeron a la investigación del Gobierno italiano tuvieron mucho eco en los medios de comunicación, pero, que yo sepa, ninguno informó de los resultados de la investigación.

¿Por qué es tan perdurable la imagen de sociedad secreta que, para algunos, ofrece el Opus Dei? Como ya he dicho antes, la publicidad que se dio en los años sesenta a los miembros del Opus Dei que formaban parte del Gobierno español contribuyó mucho a reforzar la idea de que el Opus Dei tenía una finalidad política. Esta creencia se ha visto también apoyada por la sospecha, más general, de que los católicos, cuando se asocian por su cuenta, fuera de los templos, lo hacen por motivos mundanos. Al fin y al cabo, abundan los precedentes.

En otros tiempos, diversos grupos de Acción Católica tenían por objeto estudiar cómo las enseñanzas de la Iglesia podían aplicarse a situaciones políticas concretas. Algunos católicos, sobre todo a principios de siglo en Francia y en Italia, constituyeron asociaciones para defenderse de grupos o partidos anticlericales y fundaron sindicatos, bancos y sociedades de crédito “católicos” ¿No es posible -dicen los escépticos- que estas actividades sean realizadas ahora, de manera subrepticia, por el Opus Dei? Además, si los católicos quieren tener ayuda espiritual, ¿por qué buscarla al margen de la propia parroquia? Por eso, cuando el Opus Dei asegura que sus fines son exclusivamente religiosos y que sus miembros gozan de completa libertad en todo lo demás, tales afirmaciones caen, para los escépticos, en saco roto. Dan por supuesto que el Opus Dei actúa por motivos políticos.

Quienes creen que eso es así, no es extraño que se pregunten: ¿Por qué el Opus Dei no da la cara? Al fin y al cabo, ningún político se declara miembro del Opus Dei, ni hay representantes del Opus Dei en las reuniones políticas, ni el Opus Dei como tal ofrece alternativas políticas… De donde concluyen, sin apelación posible, que el Opus Dei es una sociedad secreta. No hay que desdeñar, por otra parte, el apoyo que les prestan aquellos que se oponen por principio a la Iglesia Católica.

Los anticlericales, los anarquistas, etc., es lógico que se sientan amenazados por cualquier organización católica con gran número de miembros en todas las profesiones, en los medios de comunicación, en los negocios. Crean o no en lo que proclaman, les interesa fomentar el escándalo, sembrar dudas y sospechas sobre el Opus Dei, tanto entre los católicos como entre los no católicos.

Tal vez el lector se pregunte, al llegar a este punto, cuál es la relación del que escribe esto con el Opus Dei. La respuesta es que cuando inicié mi encuesta sobre el Opus Dei estaba considerando mi posible vocación, y había dado los primeros pasos para cerciorarme. Así pues, tenía poderosas razones para conocer la verdad, y decidí viajar por diversos países para entrevistarme con el mayor número posible de miembros y conocer las tareas que tenían entre manos.

En lo que sigue, he procurado no rebajar los ideales de sus miembros, su constante referirse a la búsqueda de la virtud y a la lucha por servir a Dios y a los hombres. Trato de proporcionar al lector un relato exacto de lo que he visto y oído.

Italia fue la segunda parada en mi viaje, un viaje que había empezado cuando partí de Australia en pleno verano, el mes de febrero de 1986, y llegué a Tokio horas después, en pleno invierno…

Muchas sectas, una prelatura

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Atacada desde fuera con continuas y repetidas campañas de prensa, denuncias e intentos de prohibición que llegan hasta la formulación de interpelaciones parlamentarias; atacada desde dentro por parte de aquellos católicos que condenan como «integrismo preconciliar» su radicalismo evangélico y como «voluntad de restauración» su fidelidad compacta al Magisterio papal, la Obra está bajo el fuego -en todo el Occidente, y en particular en los Estados Unidos- de los «movimientos anti sectas».

Es un aspecto más, poco conocido incluso para los mismos católicos, de la lucha planteada en torno a esta primera Prelatura personal de la Iglesia católica. Merece la pena que nos ocupemos del asunto, para confirmar la importancia de lo que está en juego.

Como no conseguiría encontrar expresiones más precisas e informadas para encuadrar el problema, transcribiré algunos párrafos del ensayista italiano Massimo Introvigne, uno de los mayores conocedores internacionales de ese pulular salvaje de «nuevas religiones» que han demostrado exactamente lo contrario -comme d’habitude- de lo que profetizaban los «expertos» de siempre: sociólogos, futurólogos y, también, teólogos y otros especialistas en cuestiones religiosas, sin excluir a muchos sacerdotes y obispos.

Lo cual no es de extrañar, ya que la definición más rigurosa de «experto» es: «un señor cuyo trabajo principal consiste en explicar periódicamente, previo pago, por qué él mismo y sus colegas se equivocaron en todas sus previsiones».

Por lo que se refiere a nuestro caso, en los años cincuenta y sesenta (y también después), estos especialistas de la metedura de pata en versión científica teorizaban sobre «el eclipse de lo sacro en la civilización industrial»; aseguraban que la sociedad del futuro estaría totalmente «secularizada», y juraban que no habría sitio para la dimensión religiosa en la cultura tecnológica y postmoderna.

Hubo, entre otros mil, el famoso biblista alemán Rudolf Bultmann, que ya en los años veinte, impresionado por las radios de galena y por las bombillas eléctricas de uso doméstico, sentenció que era imposible que el hombre pudiese manejar objetos para escuchar voces lejanas o disponer de luz artificial, y continuar tomando en serio la Sagrada Escritura. Así, del asombro naif ante el «progreso» de un profesor de biblioteca teutónico, nació la desmitificación de los evangelios, empeñada en depurar de ellos todo lo que no fuese «ciencia» y «razón» en sentido decimonónico. Y todavía hoy, como los ambientes clericales siempre van retrasados, hay gente que se toma en serio la caricatura bultmanniana, totalmente teórica, del presunto «hombre moderno».

Como era de esperar, sucedió lo contrario de lo que previeron. En el Este, donde tuvo lugar el mayor y más prolongado esfuerzo de toda la historia para erradicar de los corazones de los hombres cualquier tipo de fe en el Trascendente, y convertirlo al ateísmo materialista, no sólo no alcanzó sus objetivos, sino que, al final, resultó vencido también (o quizá sobre todo) precisamente porque los pueblos no querían renunciar a la religión; más aún, desmintiendo cualquier teoría, hicieron de la religión no un motivo de «alienación» sino la raíz de un tenaz compromiso sociopolítico. Intentemos no olvidar lo que ya cierta desinformación intenta oscurecer: el inicio del fin de todo el bloque marxista tiene una fecha precisa, la de agosto de 1980, cuando los obreros polacos de Danzig se encerraron en los astilleros modélicos del régimen comunista (llamados «Lenin» no por casualidad) y dieron vida a la primera -repito: la primerahuelga en tantos decenios y en tantos países de régimen comunista que por temor no fue reprimida con violencia. Aquellos trabajadores colgaron de las verjas dos imágenes que provocaron un shock en los «progresistas» de Occidente que las vieron por televisión: una Virgen de Czestochowa y el retrato de «su» Papa, elegido dos años antes y que había visitado su patria el verano anterior. Durante ese viaje se vio bien a las claras de qué parte estaba el pueblo en esos regímenes «populares». Aquellas imágenes de las entradas cerradas de los astilleros, «protegidos» por la Virgen y por el Papa, y que se abrían únicamente para dejar entrar entre clamores al cardenal primado o a algún obispo; esas otras imágenes de obreros en fila, en la cola para confesarse ante sacerdotes con sotana y estola morada, sentados sobre cubos en los patios de los talleres; todo esto (como bien sabe quien lo vio entonces, durante semanas, en los programas informativos de las televisiones) resquebrajó de golpe estructuras mentales que parecían de granito, y marcó el auténtico abandono de los mitos de la «modernidad» ideológica.

En Occidente, la prevista «secularización» ha sido sustituida por su contrario: una explosión sin precedentes de sectas, iglesias, reuniones más o menos esotéricas, cultos orientales con centenares de denominaciones diversas, con un número impresionante y creciente de adeptos, muchas veces fanáticos. Tanto es así que de vez en cuando surge una matanza, un homicidio ritual, un escándalo sexual o fiscal. Se confirma así el diagnóstico de Gilbert K. Chesterton: «el problema del hombre de hoy no consiste en no creer en nada. Al contrario, su problema consiste en creérselo todo».

Testigos de Jehová, mormones, haré krishna, cientólogos, niños de Dios, new age, seguidores de Moon: son nombres y realidades bien conocidas, con miles de seguidores también en Italia (los testigos de Jehová, por ejemplo, son ya la segunda confesión religiosa en nuestro país después de los católicos). Estas son algunas de las puntas emergentes de un mundo en agitación al que Massimo Introvigne ha dedicado sus investigaciones. En estos estudios se alude al intento de implicar al Opus Dei en esta sospechosa explosión de una «nueva religiosidad», que junto a discípulos fervientes, ha suscitado también adversarios igualmente intransigentes y fanáticos.

Escuchemos a Introvigne. Es una cita un poco larga, pero creo que vale la pena reflexionar sobre ella. En efecto, de ordinario no se sabe mucho sobre las sectas, pero los problemas que acarrean afectan cada vez a más gente. Parece que, en Occidente, cada persona tiene -o tendrá en un futuro próximo- un pariente, un amigo o al menos un conocido relacionado de algún modo con la «explosión mística», antesala de ese siglo XXI que debería haber sido el de la «secularización alcanzada».

«Ante la proliferación de las nuevas religiones -que no están desprovistas de aspectos francamente discutibles-, nacen fenómenos contrarios que reciben el nombre de “movimiento antisectas”, objeto a su vez de análisis sociológicos y psicológicos de notable mérito. Estos análisis han sacado a la luz cómo el “movimiento antisectas” (Anticult Movement) que se opone a las nuevas religiones -definiendo a algunas de ellas “cultos destructivos de la personalidad”, insistiendo sobre la hipótesis de “lavados de cerebro”, y reclamando al Estado medidas represivas- son una realidad sustancialmente distinta de los grupos que se enfrentan al problema de las nuevas religiones desde de una religión “oficial”, “histórica”, mayoritaria».

«Puede dar la impresión de que la protesta contra las “sectas” es un fenómeno unitario, pero no es así. Un observador atento puede apreciar las interferencias que se producen entre dos movimientos distintos, que tienen orígenes contrapuestos, pretenden intereses divergentes y cuyos contradicciones estallan de vez en cuando».

«De una parte está la tradicional aversión hacia las nuevas religiones que procede de las Iglesias y comunidades tradicionales, cuyo juicio negativo sobre las sectas es, sobre todo, de carácter doctrinal. Ese juicio presupone que existe una verdad en el campo religioso que el hombre, aunque con dificultades, puede en cierto modo alcanzar; y que hay por consiguiente criterios de verdad y de valor, que constituyen. la base para examinar y valorar a las nuevas religiones».

«A esta crítica de matriz religiosa se contrapone -mucho más que se añade- el “movimiento antisectas” (cuyos orígenes se sitúan normalmente fuera de los ambientes religiosos). Este movimiento se aprovecha de la alarma social suscitada por las nuevas religiones, para proponer una crítica de todas las experiencias religiosas “fuertes”, independientemente de que tengan lugar en el ámbito de religiones mayoritarias o minoritarias. Mientras la crítica, por decirlo de algún modo, “religiosa”, de las nuevas religiones pone al descubierto los aspectos discutibles de las sectas en nombre de la verdad y de los valores, el Anticult Movement, por el contrario, considera “sectario” quien no acepte el relativismo y se obstine en creer que exista una verdad en el terreno religioso».

De todo lo anterior, Introvigne deduce esta conclusión: «Es una polémica cuyas razones ideológicas son fácilmente identificables y que sin dificultad pasa de una crítica a las sectas a una crítica a la religión en general. En el boletín oficial de una de las principales asociaciones europeas del Anticult Movement, la ADFI (Asociación de Defensa de las Familias y del Individuo), con sede en Francia, uno de los mayores protagonistas del movimiento, Alain Woodrow, escribía recientemente: “no hay razón alguna a priori para mostrarse más indulgentes hacia las Iglesias que hacia las sectas”. A propósito del Cristianismo, Woodrow escribe por ejemplo que “en el curso de su larga historia (…), la Iglesia cristiana -católica, ortodoxa, protestante- ha sido acusada -a menudo con razón- de los mismos excesos que ahora critica en las sectas…”. Aunque, añade Woodrow, “después del último Concilio de la Iglesia católica, hay que reconocer que el clima ha cambiado mucho”, y que “el espíritu sectario de la Contrarreforma por fin ha muerto”».

«Woodrow se declara satisfecho porque “los ayunos y las demás prácticas ascéticas prácticamente han desaparecido, y el reglamento dentro de los seminarios y de las casas religiosas se ha humanizado mucho después del Concilio”. En estas condiciones, el autor francés señala que la Iglesia católica no es (o mejor, ya no es) una secta. Habría entonces que preguntarse cuál es el juicio de su Movimiento sobre las realidades -que viven tranquilamente dentro de las Iglesias y comunidades mayoritarias- donde los “ayunos y demás prácticas ascéticas” no han desaparecido en modo alguno, y conviven con el “catecismo aprendido de memoria”, con el “espíritu de la Contrarreforma” y con la idea de “constituir una sola Iglesia verdadera”».

«Se trata de críticas hacia a la Iglesia católica y hacia otras experiencias religiosas cristianas, absolutamente habituales y tradicionales en cierto ambiente ideológico laicista. Si se adopta este elemento como criterio principal de crítica a las sectas, se corre el peligro de hacer imposible la distinción conceptual de las sectas y de nuevas religiones, como algo bien diverso de las religiones tradicionales, y de quedarse en una genérica polémica antirreligiosa».

Continúa Introvigne: «Una figura de primer orden del movimiento laico anticult escribía que “entre iglesia y secta existe sólo una diferencia de grado y de dosis”, e incluso que “legalmente, la línea de demarcación entre la conversión y el lavado de cerebro es difícil de trazar”».

Por fin llegamos a lo que más nos interesa: «Desde este punto de vista, el movimiento antisectas también dirige sus ataques contra realidades como el Opus Dei, que evidentemente forman parte del mundo católico. Hay que esperar que en el futuro -una vez eliminados algunos equívocos e ingenuidades- se establezca una clara distinción entre la crítica religiosa (en Italia, sobre todo católica) de las nuevas religiones, a partir de criterios doctrinales de verdad y de valor (que suele desconfiar de las intervenciones del Estado en el terreno de la religión) y el ataque de matriz laica a las sectas y al sectarismo, cuyo punto de partida es precisamentre el rechazo de la posible existencia de cualquier verdad religiosa, sea “vieja” o “nueva”, junto a la denuncia -con propuesta de reprimirla legislativamente- de cualquier experiencia religiosa “fuerte”, tenga lugar en el ámbito de religiones tradicionales o de las alternativas».

Hasta aquí Massimo Introvigne.

En el lúcido marco general del problema trazado por este autor, podría parecer que nuestra Obra constituye un objetivo más entre otros muchos. En realidad, desde hace años los Anticult Movements lo han tomado como un blanco privilegiado, como me confirmó el mismo estudioso: «En sus diarios y revistas, nunca falta un artículo virulento contra el Opus Dei, donde piden a las autoridades que lo pongan fuera de la ley. Entre los temas más recurrentes está el escándalo por el uso del cilicio, practicado personalmente por el beato Escrivá y aconsejado a los miembros (aunque con límites precisos y vinculantes). Estos Anticults parecen estar obsesionados con el cilicio, como si no fuera una decisión libre y voluntaria de personas libres y adultas, sino algo que les ha sido “impuesto”» (pero sobre este controvertido «ascetismo», cilicio y «fusta» incluidos, volveremos más adelante).

En el Congreso Internacional titulado gráficamente Totalitarian Groups and Cultism, celebrado en Barcelona en abril de 1993, un sociólogo español -Alberto Moncada, un «ex»-, al final de un violento j accuse contra la institución fundada por su compatriota Escrivá, se mostró favorable a incluirla «en el elenco de las sectas peligrosas para la infancia». Petición bastante singular, ya que la Obra únicamente acepta -y sólo «a prueba»- a quien haya cumplido los 18 años y, por consiguiente, no es un «infante». De todos modos, el profesor Moncada anunciaba complacido la fundación en Pittsfield (Massachussets) de un network, una red dedicada únicamente a combatir el Opus Dei en todo el mundo.

Según Massimo Introvigne, «lo que realmente molesta y escandaliza del Opus Dei es el proceso de conversión que muchos experimentan. Algunos -también dentro de la Iglesia- no aceptan que estas personas se tomen las exigencias evangélicas “demasiado en serio”, y preferirían verlas reducida a una ética, a una moral, a una educación cívica, a un compromiso sociopolítico aceptable por cualquiera».

Sorprende en cualquier caso que, entre las razones que les impulsan a luchar contra los «cultos» -cajón de sastre en el que entra la Obra y otras instituciones- esté también la especulación económica, que echan en cara a los dirigentes religiosos. Es sorprendente, digo, porque también estos Movements de apariencia tan virtuosa parecen haberse convertido en un buen negocio, cuando no en una actividad fuera de la ley. En efecto, el «captado por la secta» puede llegar a ser detenido, arrojado en un furgón, transportado y recluido en un alojamiento secreto o en la habitación de un hotel. Parece que sólo en España, por no hablar de Estados Unidos, varios jóvenes aspirantes a la Obra han sido víctimas de estos violentos «tratamientos».

A continuación, se procede a lo que se denomina una «desprogramación», para curarlo del «lavado de cerebro» que le habrían practicado en la «secta». Una «desprogramación» (con resultados frecuentemente decepcionantes para los secuestradores) por la que se suele cobrar una media de cincuenta mil dólares a los parientes o amigos que solicitaron la intervención de los movement-men, que convierten esta actividad, con frecuencia, en una lucrativa y selecta profesión.

Según muchos estudiosos de este inquietante fenómeno, la insistencia en presentar al Opus Dei como una secta peligrosa (lo que justificaría inmediatamente una «desprogramación» forzosa) procede de una estrategia bien delineada. Sobre todo en los Estados Unidos, los movimientos antisectas se desarrollan en ambientes de protestantismo radical, de liberalism agnóstico, de hebraísmo fundamentalista o entre los muchos «masonismos» con frecuencia enloquecidos y transformados en facciones incontroladas. Para todos estos grupos, el «enemigo» verdadero, al que hay que vencer a cualquier precio, es la Iglesia católica.

Ciertamente, no lo es la Iglesia de algunos países, casi extenuada y como rendida ante el «mundo», al que se presenta con un perfil intencionadamente bajo y parece casi implorar perdón por el hecho de existir, aunque sea como una ecuménica «organización humanitaria». No, la lucha se plantea evidentemente contra la Iglesia del Papa, de un Papa «duro» que reacciona contra la mentalidad dominante y recuerda las exigencias de un evangelio que por necesidad divide y provoca tensiones. Una Iglesia que, más que seguir las encuestas, no olvida la inquietante (y hoy intolerable para muchos) advertencia de Jesús: ¿»Creéis que he venido a traer paz sobre la tierra? No, os digo, sino división» (Lc 12, 51).

La actividad que se desarrolla contra el Opus Dei en estos ambientes apunta más arriba, tiene como verdadero objetivo el mismo vértice vaticano. La difamación contra la institución de Escrivá, que -por su fidelidad al Magisterio- pasa por ser la temible Compañía de Jesús de los tiempos modernos, como un ejército de nuevos templarios, pretende conseguir una derrota que derrumbaría una de las últimas defensas de los bastiones romanos.

Así se explica que algunos católicos adversarios del Opus Dei apoyen, unas veces de modo abierto y otras ocultamente, a los movimientos antisectas. Son católicos con una sola preocupación: que se crea «demasiado», que se tome «demasiado» en serio la paradoja y la radicalidad del Evangelio. Es un apoyo un poco masoquista, porque esos supporter clericales son frecuentemente religiosos -con sus votos de pobreza, castidad y obediencia- y, por consiguiente, caerían también ellos en la condena liberal contra toda experiencia religiosa «fuerte». También ellos serían «fanáticos» a los que habría que «desprogramar».

Todo este mar de fondo, oculto a la vista de tantos, no es -presten atención- la típica hipótesis de ciencia ficción, ni prueba (¡Dios no lo quiera!) que hayamos caído en esa dietrología sobre la que ironizábamos antes. Se trata de tendencias y de hechos comprobados.

Hay un hecho sorprendente para quien desconoce lo que está realmente en juego en esta guerra sin cuartel. Al hojear la prensa internacional se observa que los periódicos anglosajones dedican de ordinario escasa atención a los asuntos católicos, y cuando lo hacen adoptan cierto tono despectivo: cosas de papistas, de hispanics, de irlandeses, de macaroni-eaters… Folclore pintoresco, en el mejor de los casos; escenas para una postal turística con un guardia suizo, la silla gestatoria, grandes abanicos…

Pues bien, esta prensa generalmente poco atenta (por usar un eufemismo) acogió la noticia de la beatificación de monseñor Escrivá -durante semanas, con una insistente campaña- con informaciones en primera página y artículos virulentos contra lo que el Papa se proponía. Se comprobó luego que detrás de aquellas campañas se encontraban periódicos vinculados entre sí (en poder de los ambientes más duros, e incluso fanáticos, del anticatolicismo que mencionábamos) y los networks de los movimientos antisectas, sobre todo los americanos. Si con un mínimo de atención se examinan los artículos publicados, se comprueba su verdadero objetivo: presentar al Papa -que sancionaba «la exaltación de un español fanático, creador de un lobby secreto, forjador a su vez de otros fanáticos»- no sólo como un enemigo de la tolerancia liberal, sino como alguien que cubría con su autoridad un proceso de beatificación manipulado, que sólo llegó a término gracias al dinero, o quizá al chantaje de un poder oculto.

Entre otras cosas se sostuvo que, a cambio del título de beato para su fundador, la Obra se comprometía a tapar el agujero creado en las finanzas de la Santa Sede por las arriesgadas maniobras especulativas de un americano de origen lituano, obispo titular de Horta de Cartago (una de las antiguas diócesis del norte de Africa desaparecidas por la invasion musulmana), más conocido como responsable del Banco vaticano: el siniestro Paul Marcinkus.

Como resulta que, según afirman los teólogos, en las beatificaciones y canonizaciones el Papa compromete su infalibilidad, el «escándalo Escrivá» y la «operación Opus Dei» habrían hecho perder credibilidad al dogma mismo. Si la campaña hubiera tenido éxito, se habría abierto una vistosa grieta en el mismo edificio doctrinal de la Iglesia Católica. El hacha, por tanto, no golpeaba a las ramas, sino a las mismas raíces del árbol eclesial.

Es hora de que saquemos conclusiones. ¿Qué es realmente este Opus Dei que -desde sus comienzos, y trabaje donde trabaje- suscita tanto amor y tanto odio? ¿Cómo ha nacido, cómo ha crecido, cómo está organizado este auténtico «signo de contradicción»?

Se podría dar una respuesta rápida: el Opus Dei «nació» en 1928 (cuando explique cómo debe entenderse ese «nacimiento», comprenderán por qué uso las comillas), y desde el 28 de noviembre de 1982 -es decir, siete años después de la muerte del fundador, que tuvo lugar el 26 de junio de 1975- la Praelatura Sanctae Crucis et Operis Dei, como dice su nombre oficial, es la primera y por ahora única «prelatura personal» de la Iglesia Católica.

La reacción inmediata podría ser esta: de acuerdo, pero ¿qué es una «prelatura personal»?

La respuesta más precisa es, naturalmente, la oficial: es decir, la definición que aparece en el voluminoso tomo encuadernado en tela roja con letras doradas que es el Annuario pontificio, redactado por la Secretaría de Estado de la Santa Sede.

Tan autorizado libro, que está sobre los escritorios «que cuentan» de todo el mundo (desde los periódicos hasta las embajadas, pasando por los servicios secretos…), dice así: «Las prelaturas personales son estructuras jurisdiccionales no circunscritas a un ámbito territorial, que tienen como finalidad la promoción de una adecuada distribución de los presbíteros o la realización de especiales iniciativas pastorales o misioneras para las distintas regiones o categorías sociales».

Esta figura -nueva en la historia de la Iglesia, que en estos casi dos mil años parecía haber experimentado todas las posibles fórmulas canónicas- fue auspiciada por el Concilio Vaticano II, y perfilada y reglamentada a continuación por algunos motu proprio y por otros documentos pontificios. Y continúa el Annuario: «Compete a la Sede Apostólica, después de haber escuchado a las Conferencias episcopales interesadas, erigir las prelaturas personales y establecer sus estatutos. Las Prelaturas están regidas por un prelado, como ordinario propio, que tiene el derecho de erigir un seminario nacional o internacional, y de incardinar a sus alumnos».

Con una nueva dosis de «jerga eclesiástica» transcribo la conclusión del redactor vaticano: «Está prevista la posibilidad de que los laicos se dediquen, mediante convenciones estipuladas con la prelatura, a las obras apostólicas que desarrolla. El ordenamiento canónico vigente prevé, además, que en los estatutos se regulen las relaciones de la prelatura con los ordinarios del lugar en cuyas Iglesias particulares, con el previo consentimiento del obispo diocesano, la prelatura desarrolla sus obras pastorales o misioneras».

Lenguaje propio del derecho canónico. Necesario sin duda; más aún, indispensable: en estas materias que afectan al ordenamiento institucional de la Iglesia, hay que sopesar cada palabra y acrisolar cada término durante decenios -o incluso siglos- de estudio, de debate y, sobre todo, de experiencia. En la comunidad eclesial, la vida precede siempre al derecho. La proverbial lentitud vaticana nace también del rechazo ante los conceptos «abstractos» de la Ilustración, que organizó la realidad según teorías utópicas nacidas de la ligereza y del esquematismo «ideológico».

Pero hay que reconocer que la definición oficial de la prelatura está formulada en un lenguaje críptico para los no iniciados.

Quizá sea más comprensible la respuesta de Monseñor Alvaro Del Portillo en una entrevista de prensa. A la pregunta

¿Qué es una prelatura personal, y la prelatura del Opus Dei en particular?», Del Portillo señaló: «Es una estructura jerárquica de la Iglesia que reúne sacerdotes y laicos bajo la jurisdicción de un prelado, para realizar un determinado fin apostólico entre los cristianos corrientes que viven en medio del mundo, enseñando a transformar el trabajo cotidiano de cada uno en oración, en ocasión de un encuentro con Dios».

Intentemos entenderlo mejor con otra definición que, por su sencillez, me parece de las más eficaces: «Una prelatura personal constituye un programa pastoral de la Iglesia jurídicamente estructurado».

Conviene saber que el Opus Dei ha necesitado 54 años para obtener este status prelaticio que (dicen sus dirigentes) colma totalmente sus aspiraciones y debe considerarse, por tanto, un punto de llegada definitivo.

Durante más de medio siglo, la Obra buscó un lugar que no encontraba en el derecho canónico de la época, «derramando muchas lágrimas» (palabras de Escrivá), aceptando como mal menor -con reservas y en una perspectiva de provisionalidad- las aprobaciones que le llegaban de la Santa Sede, que la obligaban a «atracar en el puerto de la Iglesia en un muelle que no era el suyo».

Esta última expresión también es del fundador, que falleció antes de que la Obra pudiera echar el ancla en ese lugar tan deseado, buscado, perseguido, pero del cual nunca dudó. Escribía en 1951 a los suyos: «no sé cuándo llegará el tiempo de una solución jurídica apropiada para nosotros. Aunque no conozco ese momento, aunque pienso que necesitará muchos años, vuelvo a repetirlo: no dudo de que ese tiempo llegará…».

Quizá el lector haya tenido noticia también de otra disputa interna en la Iglesia sobre lo que ha sido llamado «el itinerario jurídico del Opus Dei». Es otra bagarre intensa (parece el destino de esta institución…) pero -tras estudiar ese enésimo dossier- me parece que todo se reduce a lo siguiente. Por una parte, están los del Opus Dei, para quienes todo estaba claro ya desde el comienzo, pues monseñor Escrivá había «visto» de un modo misterioso lo que debía crear. Centraron todo su esfuerzo, por tanto, en poner por obra el contenido de aquella visión. Los adversarios sostienen, en cambio, que la Obra -como otros institutos católicos- se fue perfilando por aproximaciones sucesivas, y que buscó su «lugar» canónico sobre la base de la experiencia acumulada poco a poco.

No me parece una diferencia insalvable.

Aquí se encuentra una de las razones que dieron pie a la fama de una excesiva discreción, e incluso de secretismo. Al principio, el Opus Dei tendía a no difundir sus reglas, los estatutos que le había dado la Santa Sede, pues estuvo obligado durante decenios a aceptar -por falta de otra «casilla» institucional en el derecho de la Iglesia de la época- el status canónico de «instituto secular» (que presentaba a sus miembros, pese a su propósito de ser totalmente laicos, casi como religiosos «disfrazados»).

Esas normas canónicas no eran «secretas», como se ha dicho y aún se dice: podía consultarlas libremente quien lo desease (aparte de que eran explícitamente aceptadas por cada miembro), pero había cierto reparo en insistir en una estructura que se consideraba inadecuada y provisional.

Por esta discreción, signo de malestar, nacieron los rumores de «leyes secretas», de «estatutos secretos e inconfesables». Pero la honradez obliga a reconocer que, cuando se alcanzó la meta soñada de la Prelatura, el Codex iuris particularis Operis Dei (es decir, las normas que rigen la institución y los compromisos de los miembros) se ha difundido sin problemas, y aparece como apéndice de casi todos los libros que se ocupan de esta realidad, incluso de los escritos por los «opusdeístas».

Cuando se llegó a la meta, el fundador había fallecido, y el papel de primer prelado del Opus Dei fue asumido por el entonces casi septuagenario, pero en buena forma, Alvaro Del Portillo: ingeniero de Caminos, doctor también en Filosofía y en Derecho Canónico, había sido durante cuarenta años el colaborador más cercano del Beato. Estaba tan claro que era él quien debía sucederle que fue elegido por unanimidad por el Congreso General de la Obra. Desde entonces, el Opus Dei prosiguió su desarrollo de modo metódico y sin problemas, en plena continuidad con el periodo anterior. En modo alguno tuvo lugar la crisis (temida por algunos, deseada por otros) que con frecuencia aparece en la Iglesia cuando desaparece el líder carismático que dio vida a una nueva institución.

La elección de Del Portillo fue muy bien vista por la Santa Sede, como lo confirma el hecho de que Juan Pablo Il le ordenara obispo en 1991, en la Basílica de San Pedro. Aunque una prelatura personal sea -utilizando términos toscos pero comprensibles- semejante a una «diócesis con pueblo, pero sin territorio definido» (el territorio del Opus Dei es el mundo, su «pueblo» son sus miembros), y aunque al frente de una diócesis esté un obispo, el prelado puede no estar revestido de la dignidad episcopal. Desde el punto de vista canónico, nada le faltó, pues, a Del Portillo -que era simplemente sacerdote, aunque con el título honorífico de «monseñor»- desde 1982 a 1991, mientras regía la primera prelatura personal de la historia de la Iglesia. La elevación a obispo -además de constituir una nueva muestra de gozar del favor de la Iglesia- le dio la posibilidad de ordenar él mismo al clero incardinado en su Prelatura, aumentando así su prestigio. Como era de prever, crecieron entonces las sospechas por parte de los hostiles, que acusaron al Opus Dei de formar una «iglesia paralela».

Esta acusación no cuadra con un dato de hecho irrefutable: el Opus Dei no es un grupo de «hermanos» y «hermanas» consagrados, una congregación, una orden, un instituto de perfección, dependiente según el derecho canónico de la correspondiente Congregación vaticana para los religiosos. El Opus Dei no está gobernado por un «superior», sino por un prelado, y depende de la Congregación para los obispos. Al formar parte de la misma estructura jerárquica de la Iglesia, es también «la Iglesia», constituye una parte suya esencial y, por la misma lógica eclesial, no puede ser «paralelo».

En cualquier caso, el Opus Dei parece ajeno a este tipo de peligros, por la fidelidad que profesa a la Santa Sede, y al Papa en particular. Paradójicamente, esta actitud provoca la desconfianza de los que, de modo incoherente, le acusan de querer «ir por libre», de marchar por la senda de la «restauracion».

Además, sus estatutos le imponen la obligación de no instalar un Centro (ni comenzar el apostolado a través de sus miembros) sin el consentimiento previo y explícito del obispo del lugar. El Opus Dei se obliga también a informar periódicamente al obispo, y a insertarse plenamente en la pastoral local.

La Prelatura, por tanto, debe ayudar a los obispos y a sus diócesis, no sustituirlos. Colaboración, no antagonismo. El plebiscito, nunca visto hasta entonces, de más de un tercio del episcopado mundial -recuérdese su «súplica» al Papa para que beatificara a monseñor Escrivá- parece confirmar que, de hecho, las cosas funcionan.

Caben hasta los no católicos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me contaban hace poco el caso de un ingeniero de Boston que, al comienzo de los años 50, leyó un artículo sobre el Opus Dei en un periódico americano, se quedó un par de días reflexionando sobre el asunto en los ratos libres, recordó después que en el artículo en cuestión se decía que había sido fundado en nuestro país y escribió una carta pidiendo detalles a esta dirección: «Opus Dei–Iglesia Católica–Madrid–España». A las dos semanas y gracias al buen funcionamiento de los carteros, recibía la información solicitada y la invitación a dirigirse, para más detalles, a una residencia universitaria que estaba… a unos quinientos metros de su oficina. Yo no sé si este ingeniero era católico, protestante o ateo. Sé, en cambio, que ahora es ciertamente católico y del Opus Dei, y sé también que son muy numerosos los protestantes (entre ellos pastores y aun obispos de sus respectivas confesiones), ortodoxos, musulmanes, judíos e incluso no creyentes (es de esperar que por el momento) que colaboran activamente en todas las latitudes con la gente del Opus Dei y que son capaces de explicarlo, como el anglicano del avión, de corrido y sin que se les trabe la lengua.

La realidad supera siempre a la fantasía, del mismo modo que la naturaleza supera al arte. La gente del Opus Dei no vive en la luna, sino en el mundo y ve en cada persona alguien a quien hay que ayudar, alguien a quien hay que comprender y alguien con quien hay que convivir. Pero siempre desde el mismo plano, ni desde arriba ni desde abajo, y pensando que el mejor favor que se le puede hacer a cualquiera es sacarlo de sí mismo para que haga algo por los demás.

–¿Cuál es la posición del Opus Dei –le preguntaron al Fundador el 30 de noviembre de 1964 en el transcurso de un coloquio– en relación con los no católicos?

–«De amor, de apertura. Basta decir que, desde 1947, con permiso de la Santa Sede, tenemos junto a nosotros –no había precedentes en la Iglesia Romana– como Cooperadores a los no católicos y a los no cristianos. Merecen el respeto de su libertad, la libertad de las conciencias. Y merecen el calor de nuestro corazón. Entre ellos hay personas admirables: ¡Ya querría yo para mí las virtudes humanas que tienen muchos de ellos! ».

Fue este espíritu de universal comprensión el que hizo decir a un Cooperador anglicano del Opus Dei, en presencia de la reina madre de Inglaterra con motivo de la inauguración oficial de hIetherhall House, residencia internacional de universitarios, que «las obras bien hechas no tienen por qué ser confesionales ». Ese espíritu cristiano es el que había empujado desde mucho antes a Monseñor Escrivá de Balaguer a solicitar, durante el pontificado de Pío XII, la autorización para acoger en el Opus Dei, en calidad de Cooperadores, incluso a personas no católicas y no cristianas o carentes en absoluto de fe religiosa. La petición llevaba consigo un problema completamente nuevo y de nada fácil solución, porque venía a constituir el precedente de vincular a una institución católica –y de hacerlas también participar en lo posible de sus bienes espirituales– a personas no pertenecientes a la Iglesia Católica. Esto explica por qué fue necesario un estudio atento por parte de la Santa Sede, y un «filial forcejeo», por parte del Fundador del Opus Dei, como él mismo decía, a quien evidentemente correspondía un papel de pionero en este terrena. Se llegó así a 1950, año en que la petición fue definitivamente acogida por Pío XII.

Cuando en 1958 iniciaba su pontificado Juan XXIII, había ya entre los Cooperadores del Opus Dei en todo el mundo –de Italia a Inglaterra, de los Estados Unidos al Japón, a Kenya y a Australia– varios centenares de ortodoxos, protestantes, hebreos y musulmanes; por eso no es extraño que Mons. Escrivá de Balaguer le dijese sonriendo al Pontífice, en una de las frecuentes y cordiales audiencias, «que él no había aprendido el ecumenismo de Su Santidad», y que también el «Papa Giovanni» se riese emocionado en esa ocasión.

Visita de Benedicto XVI a la República Checa

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El Papa quiere sacar a los católicos de la mentalidad de gueto y despertar su empuje en la sociedad civil

Brno. Cuando el Papa Juan Pablo II vino en 1990 a Checoslovaquia, para muchos fue un símbolo definitivo del fin de la era comunista en esta tierra, que ha sido por tradición muy cristiana. Durante su pontificado, Karol Woyjtila visitó la Républica Checa otras dos veces, en 1995 y 1997. Ahora, coincidiendo con el vigésimo aniversario de la canonización de santa Inés, una de las grandes santas checas, y también cuando el país conmemora a su patrón, san Wenceslao, el Papa Benedicto XVI estará aquí los días 26-28 de septiembre para unirse a las celebraciones.

Opus Dei -
Checoslovaquia adquirió la independencia en 1918, tras casi cuatro siglos gobernada por los Habsburgo. En 1938 perdía su autonomía al quedar sometida al III Reich de Adolf Hitler, y recuperaba su libertad en 1945. Tres años después, los comunistas asumieron las riendas del gobierno y se perpetuaron durante cuarenta y un años. En 1989 el comunismo sucumbió y, poco después, en 1993 la federación checoslovaca se escindió en dos repúblicas: la República Checa y Eslovaquia.

La República Checa tiene unos diez milliones de habitantes que ocupan las tres regiones históricas de Bohemia, Moravia y Silesia. La capital, Praga, está situada en Bohemia, la parte más grande del país, y es una de las ciudades más visitadas del Viejo Continente, después de París, Roma y Londres.

Inestabilidad política

Chequia es uno de los países donde el comunismo tuvo más éxito en la implantación del ateísmo
Actualmente la situación política es de crisis. Las últimas elecciones a la Cámara de Diputados de junio de 2006 quedaron en empate, ya que socialistas y comunistas juntos sumaron cien legisladores, y los partidos de centro y derecha otros tantos. Estos últimos (conservadores, democristianos y verdes) forjaron una coalición con la ayuda de dos desertores socialistas, a los que no gustó el acercamiento de los socialdemócratas a los comunistas. Pero la coalición fue muy inestable, y después de cuatro mociones de censura, en marzo de 2009 la oposición consiguió que cayera el Ejecutivo tricolor.

La inestabilidad ha creado bastante descontento entre la población, ya que esto pasó durante la presidencia checa de la Unión Europea y coincidiendo con la crisis económica. Se constituyó un gobierno interinio de tecnócratas para administrar el país hasta las elecciones anticipadas de octubre de 2009. Pero un recurso a la Corte Constitutional ha provocado una cancelación de dichos comicios por supuesta inconstitucionalidad. Ahora parece que ese Ejecutivo temporal va prolongarse hasta mayo de 2010, lo que supone varios riesgos. El principal es el económico, porque el desempleo está subiendo, el poder adquisitivo disminuye, la deuda estatal se acerca al 30% del PIB y el déficit fiscal será posiblemente un récord: 160.000 millones de coronas checas, unos 6.500 millones de euros.

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La situación de la Iglesia

En la historiografía nacionalista, la Iglesia católica ha sido presentada como aliada de los Habsburgo, y contraria a las aspiraciones independentistas de la población de Bohemia. Tras la emancipación de la monarquía austro-húngara, la nueva república rechazó todo lo que tenía algo que ver con Austria, incluido el catolicismo. Y lo que no fue destruido por el gobierno anti-católico, que hasta fundó una Iglesia nacional (la Iglesia husita de Checoslovaquia), lo fue por el régimen comunista desde 1948.

Los católicos son el 27% de la población y están entusiasmados ante la visita del Papa
La fe se conservaba en el campo, pero desapareció de las ciudades. Por el hecho de ser católico, uno no tenía posibilidad de acceder a un buen empleo, de viajar (ni siquiera a otros países comunistas), sus hijos no podían entrar en la universidad, etc. Ante el intento del Estado comunista de controlar la Iglesia católica, creando una especie de Iglesia oficial, empezó a funcionar una Iglesia subterránea. A esta pertenecían gentes que, por su profesión, causas familiares y otras razones, no podían mostrar su fe externamente. Por desgracia situaciones extremas producen medios extremos. La Iglesia subterránea utilizaba todos los medios posibles para salvar la fe en el país, incluso consagrando sacerdotes sin permiso, haciendo cambios en la liturgia, etc. El cardinal Ratzinger se encargó de subsanar estos errores después de la caída del comunismo.

Ahora la situación eclesiástica no es muy favorable. Según el censo del 2001, un 27% de la población se declara católica, y un 2,1% protestante. Entre el 1 y el 2 por ciento declaran una otra fe. El resto no contestan, lo que no implica que sean oficialmente ateos. De los que se declaran cristianos, sólo una pequeňa parte son católicos practicantes. En Praga, por ejemplo, sólo 0,9% de ese censo acude a misa semanalmente.

Hoy la mayoría de los católicos viven en Moravia, es decir, en la zona oriental del país. El mundo católico es muy pequeño, de tal manera que la mayoría se conocen o personalmente o a través de un conocido común.

Sin acuerdo entre la Santa Sede y el Estado

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Una de las cuestiones pendientes en la Iglesia en Chequia es el nombramiento de un nuevo arzobispo de Praga, tras el anuncio de la retirada del actual titular, el cardenal Miloslav Vlk.

La escasez de vocaciones sacerdotales es otro problema. En los dos seminarios del país hay en total ochenta seminaristas, una cifra claramente insuficiente.

Los dirigentes políticos mantienen una actitud de confrontación con la Iglesia. En junio de 2003, el Parlamento rechazó el acuerdo que había sido firmado por el Ministro de Asuntos Exteriores y el Nuncio para regular las relaciones entre el Estado y la Iglesia católica. Contra el acuerdo votaron diputados de distintas ideologías: comunistas, la mayoría de los del Partido Cívico Democrático del actual presidente de la República, Václav Klaus, y parte de los sociademócratas.

Todavía hoy Chequia es el único país poscomunista centroeuropeo que no tiene un acuerdo con el Vaticano. También sigue sin resolverse el litigio sobre la propiedad de la catedral de san Vito, en Praga.

Ambiente ante la visita

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Dada la crisis política y económica, y el relativamente pequeño número de católicos practicantes, la visita del Papa no está considerada como un evento demasiado importante. Otra razón puede ser también el temperamento de los checos. Aquí no es habitual gritar, corear o cantar durante las visitas del Papa. No se ponen pancartas ni carteles por las calles, ni banderas vaticanas. El ambiente es, en general, indiferente.

Para mucha gente el Papa es un gobernante extranjero más, aunque su país sea peculiar. Y los medios de comunicación sólo dan breves noticias de la visita. La última era que el Papa va a tener más medidas de seguridad que Barack Obama, quien visitó el país recientemente.

Pero sí hay mucha expectación entre los católicos, que se preguntan sobre cuál será el mensaje del Santo Padre.

El Papa Benedicto XVI llega a Praga el sábado 26 de septiembre al mediodía. Según su deseo explícito, va a visitar la iglesia de Nuestra Seňora de la Victoria, donde se encuentra el Niňo Jesús de Praga. Esta milagrosa imagen une a la República Checa y España, ya que antes pertenecía a una noble española.

Ese mismo día subirá al Castillo de Praga, donde tiene planeado un encuentro con el presidente del país, Václav Klaus, y con otros representantes políticos. Después de estos encuentros oficiales, el Papa rezará en la Catedral de san Vito, que forma junto con el Castillo uno de los conjunto arquitectónicos más grandes del mundo. En la catedral, el Papa tendrá un encuentro con sacerdotes y religiosos.

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El domingo el Papa viajará en avión a Brno, en cuyo aeropuerto celebrará una misa para la que se espera una participación de 100.000 personas. La celebración litúrgica tendrá lugar aquí, y no en Praga, porque Brno está cerca de la frontera con Polonia y Eslovaquia, y así se facilita la llegada de muchos peregrinos de estos países católicos. Y además –como antes dijimos–, la mayoría de los católicos en la República Checa viven aquí, en Moravia. Después de la misa, el Papa volverá a Praga, donde por la tarde tendrá primero un encuentro con representantes de Consejo ecuménico de las Iglesias y luego con la comunidad universitaria.

El último día de la visita del Papa es el lunes 28 de septiembre, solemnidad de san Wenceslao. Por la maňana, el papa viajará a Stará Boleslav y celebrara la Misa en la basílica de san Wenceslao. Este encuentro está destinado a los jóvenes y por eso el Papa va a tener un mensaje para ellos después del acto litúrgico.

El presidente de la Conferencia Episcopal, Jan Graubner, ha dicho que la visita de Benedicto XVI “es para nosotros un estímulo de nuestra fe (…) Para nuestra país es un honor, porque este Papa, como se sabe, no hace tantos viajes como Juan Pablo II”. Y es cierto. Esta viaje va ser el decimotercero de Benedicto XVI. De Europa, sólo ha visitado Alemania, Polonia, España, Austria y Francia. Así es como perciben su visita las esferas oficiales del país, como un honor. Los católicos están entusiasmados. A otros no les importa demasiado, pero seguro que dejará poso.

Los santos siguen siendo los grandes evangelizadores

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“La mejor manera que tiene la Iglesia y cada católico de transmitir la fe a los demás –afirmó Javier Sesé, presidente del XXVIII Simposio Internacional de Teología celebrado en la Universidad de Navarra en el mes de abril– es la santidad; por eso los santos han sido y seguirán siendo los grandes evangelizadores”

Opus Dei - Esculturas de santos en el Vaticano
Esculturas de santos en el Vaticano

Los más de 200 participantes en el Simposio han reflexionado sobre los retos con los que se enfrentan los católicos actuales a la hora de transmitir la fe cristiana, ya que el hecho religioso, como puso de manifiesto el Presidente del Simposio, no puede, ni debe, reducirse al ámbito privado.

Misión de la familia

Algunos ponentes han resaltado que no hay ninguna técnica pastoral que pueda sustituir al testimonio personal de fe, que debe venir refrendado siempre por la lucha personal por ser santos.

Se ha hablado especialmente de la misión de la familia, como primer lugar en el proceso de transmisión de la fe: es el primer lugar en el tiempo y también el primer lugar en importancia y en trascendencia.

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Algunos de los ponentes han destacado el dinamismo apostólico que se aprecia en la actualidad entre los católicos practicantes, y en particular entre los jóvenes. Son muestras alentadoras los encuentros de los jóvenes con el Romano Pontífice; el vigor evangelizador de tantas comunidades y movimientos; el incremento de vocaciones en numerosas instituciones de la Iglesia, etc.

“Por eso –según Javier Sesé– los motivos de esperanza son muchos, y la historia bimilenaria de la Iglesia nos muestra la enorme capacidad cristianizadora que puede tener un simple puñado de buenos católicos, y ahora somos muchísimo más que un puñado”.


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