La oración
testimonio Tagged catequesis, Gloria de Dios, José Miguel Cejas, oración, plegarias, pobres, Santa Misa No Comments »Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas
El sillar de la oración: las plegarias confiadas de los niños a los que don Josemaría confesaba y daba catequesis. La oración de los sacerdotes a los que rogaba que pidiesen “por una intención”. La oración de los pobres y necesitados. Comentó años después que cuando se dirigía a una iglesia, habitualmente se encontraba una mendiga que estaba siempre en el mismo sitio, en la calle, pidiendo limosna; me acerqué a ella y le dije:
—Hija mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas. ¡Dale al Señor todo lo que puedas!
Al poco tiempo, uno de los días que pasé a celebrar la Santa Misa, no estaba, tampoco al otro… Como en esa época íbamos a visitar los hospitales, en uno de ellos me encontré con esta mendiga en una de las salas.
—Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa?
Me miró y me sonrió. Estaba gravemente enferma. Le indiqué: mañana celebraré la Misa pidiéndole al Señor que te ponga buena. La mendiga me contestó:
—Padre, ¿cómo se entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida.
Sólo le dije: “Haz lo que quieras, pero le pediré al Señor por ti, y si te vas, cumple muy bien este encargo”.
“Yo os digo —comentaba el Fundador— que, desde que aquella pobre mendiga se fue al Cielo, es cuando la Obra comenzó a caminar deprisa”.
A partir de entonces consideró a aquella pobre mujer, desde un punto de vista espiritual, como la primera mujer del Opus Dei.
“Un fundador sin fundamento”
movimiento Opus Dei Tagged catequesis, cimas sobresalientes, dialéctica cristiana, fundador, jerárquica católica, Vittorio Messori, vocación auténtica No Comments »Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori
Hasta el momento, no hemos hablado más que del presente. De un presente en el que el Opus Dei puede acelerar sus motores (aunque con la discreción que conocemos) y continuar creciendo en la Iglesia, día tras día, vestido ya con un traje a la medida, e incluido -como Prelatura- en la misma estructura jerárquica católica, con la fuerza de contar con decenas de millares de miembros.
¿Pero cómo nació todo esto? ¿De dónde viene? ¿Cómo se pensó y después se llevó a cabo el proyecto para crear semejante red que extendió y extiende cada vez más sus tentáculos (la «Mafia») en todos los continentes, desde su centro en Roma, en el sólido edificio del Parioli?
Cuando se intenta entender qué es el Opus Dei, una de las mayores sorpresas consiste en descubrir que en rigor (según dicen los interesados) ningún hombre lo habría fundado ni proyectado.
El Opus Dei «ya estaba» pensado y querido ab aeterno por Dios. El mismo -en sus inexcrutables designios habría decidido escoger como instrumento para que pusiera en marcha esa «idea celestial» a un desconocido curilla español de 26 años, que puso a disposición de Dios su esfuerzo, su sacrificio, su oración, su inteligencia, en una palabra, su disponibilidad total a partir de una fecha precisa: la mariana del 2 de octubre de 1928.
Para quien no conozca -o no recuerde- la dialéctica cristiana, y en particular la católica, antes de seguir adelante conviene dar alguna explicación que ayude a entender -no he dicho aceptar- las pretensiones de esta Obra. De lo contrario, ¿qué clase de informe sería el mío, si los hechos no estuvieran encuadrados en el décor que los justifica?
Para un cristiano, el Dios de la Biblia no desea actuar en solitario: quiere, porque le da la gana, necesitar de los hombres para realizar su voluntad en el mundo.
Toda la Escritura -tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento- no es sino la «historia de una salvación» que el Creador propone y realiza no sin sus criaturas, sino con ellas. Habría podido hacerlo todo El solo, con un metafórico chasquido de sus dedos omnipotentes. Pero -por citar dos nombres decisivos, de los cuales deriva lo demás- decidió, en primer lugar, «trabajar» con el pastor Abraham, para transmitir su revelación sirviéndose, para empezar, del pueblo de Israel; y después, «trabajar» con el pescador Simón, para que fuese la «piedra» sobre la que edificaría la ekklesía, es decir, el lugar de reunión de los llamados al nuevo Israel, ya no limitado a un pueblo sino abierto a todos.
Desde la perspectiva católica, la historia de los santos no es sino la historia de aquellos que aceptaron ser colaboradores, antes que instrumentos, de Dios; que supieron decir que sí, en serio, a la misteriosa y gratuita propuesta de partnership. Distinta es la orientación de las infinitas denominaciones en las que se ha fragmentado la Reforma protestante, pesimista sobre el hombre y sobre su capacidad, que atribuyen todo a un Dios que aparece como «solitario», insondable, impasible, casi como el Alá mahometano. Por eso, la Iglesia católica propone a esos «santos» como ejemplo para todos sus fieles, porque cada uno -a su nivel y de acuerdo con sus posibilidades- es llamado a trabajar también él con Dios, que le llama a asociarse en su proyecto para el mundo.
Así, el «pronombre personal» católico no es el «Yo» de Dios ni el «yo» del hombre, sino un «nosotros». Y esto no por méritos humanos, sino por la libre e indescifrable estrategia divina.
Esa es la única razón: Dios podía, pero no quiso actuar solo. Corresponde al creyente discernir esta estrategia y adecuarse a ella, aceptando las consecuencias -así al menos lo asegura la Iglesia- con tanto esfuerzo como alegría.
Es verdad que en este plan misterioso hay cimas sobresalientes, vistosas, porque la «colaboración» se propone a todos, pero para algunos esta colaboración consiste precisamente en mover a otros hombres, en marcar el destino de muchos.
Es el caso de los fundadores y las fundadoras de órdenes, congregaciones, institutos, compañías, comunidades religiosas, que caracterizan a la Iglesia casi desde sus orígenes.
En mi biblioteca, donde escribo estas líneas, descansa -al alcance de la mano, en las estanterías reservadas para los instrumentos de uso frecuente y rápido- el DIP, como lo llamamos los que nos obstinamos en interesarnos por estos asuntos. Es el Diccionario de los Institutos de Perfección, una obra vastísima que intenta inventariar y describir todas las manifestaciones de la vida religiosa «organizada», en la mayoría de los casos en forma comunitaria, que se han dado a lo largo de la historia de la Iglesia. Son gruesos volúmenes con formato de enciclopedia, de más de mil páginas cada tomo. Tras veinte años de trabajo ininterrumpido, el equipo internacional que lo elabora, coordinado por las Ediciones San Pablo, ha publicado 8 volúmenes, y aún no ha terminado la letra «s». La redacción ha advertido ya que, cuando se llegue a la «z», será preciso preparar otros volúmenes para incluir a los institutos de perfección surgidos mientras tanto, y para corregir los errores cometidos a pesar de los decenios de investigaciones y la movilización de los mayores expertos de todo el mundo. Tantas son las ramificaciones del Arca de Noé, o si lo prefieren, la exuberante y casi insondable selva a la que llaman Iglesia…
La decisión de tomarse en serio la fe, hasta sus últimas consecuencias, se ha organizado a lo largo de los siglos (y aún se organiza y se organizará: la aventura católica continúa) en innumerables «institutos». Y en el origen de cada uno de ellos se encuentra (para quien cree, naturalmente) la propuesta, la iluminación, la asistencia divina.
La colaboración de quien es llamado a promover estas tareas suele comenzar por el «descubrimiento» de una necesidad en la sociedad y en la Iglesia del momento. Son circunstancias que exigen la intervención de la caridad, por medio de la fe, la esperanza, la voluntad, la energía y las manos de creyentes. Y quien se percata de esa necesidad, pone manos a la obra y convoca a otros hombres y mujeres de buena voluntad para que colaboren en ese proyeccto espiritual y benéfico.
Así nacieron las fundaciones dedicadas a los jóvenes y a los ancianos, a los pobres y a los enfermos, a los ignorantes y a los obreros… Según las necesidades de cada momento, todo cristiano (y en particular el que, misteriosa pero explícitamente, recibe esta llamada) sabe que debe tomar cartas en el asunto, por amor a Dios y a los hombres.
A pesar de estar inspirado por las Alturas, el fundador o la fundadora -una vez identificada la necesidad que quiere colmar- elabora un plan, hace proyectos, se organiza para llevarlos a la práctica fiándose más (si son verdaderos «santos») de la ayuda de Dios que de sus fuerzas, pero sin ahorrarse fatigas: es más, agotándose hasta lo inverosímil. «Siervos inútiles», según la paradoja evangélica; y, sin embargo, indispensables al mismo tiempo para una Omnipotencia que quiere servirse de la debilidad. Necesarios para un Cielo que quiere trabajar en joint venture con la tierra.
Así se enmarca, más o menos, el asunto.
En el caso del Opus Dei, a tenor de la conciencia que tuvo el mismo interesado, don Josemaría Escrivá, y el convencimiento que transmitió a los que le siguieron y le siguen en el Opus Dei, las cosas no sucedieron de ese modo. No, al menos, en lo referente a un «plan», a un «proyecto de fundación», a una «estrategia de actuación» elaborados por quien estaba llamado a colaborar con Dios.
«Soy un fundador sin fundamento», repitió muchas veces el futuro beato. Esta frase no expresa sólo la habitual humildad de los santos, pues en otro momento añade: «Yo no quería ser fundador de nada, y menos aún de lo que luego se llamó Opus Dei».
Precisamente, en esta «sorpresa» del protagonista humano está la fuerza casi irresistible de esta aventura, que según el propio Escrivá «no nació porque hubiera hecho estudios o encuestas; porque -en definitiva- me hubiese dado cuenta de que había que dar una solución a algunos problemas de la Iglesia española, o de la universal de aquella época. No, yo no he proyectado ni programado nada».
Los del Opus Dei aportan la siguiente versión de los hechos. Cuando empezó todo, en 1928, el joven don Josemaría Escrivá era sacerdote desde hacía tres años. Poco antes se había trasladado a Madrid para completar sus estudios de Derecho, con el permiso del arzobispo de Zaragoza, la capital histórica de Aragón. Barbastro, la ciudad natal del fundador del Opus Dei se encuentra en esta región. Es una ciudad de siete mil habitantes que mira a los Pirineos (para que el lector no español se haga una idea, está más o menos a la misma altura de Lourdes, o un poquito más al este).
Tras unos primeros encargos en parroquias rurales, se instala en la capital de España. Para mantenerse y para ayudar a su madre viuda, a su hermana mayor y su hermano aún niño, imparte algunas clases y acepta ser capellán del Patronato de enfermos, una institución benéfica madrileña.
Entre los enfermos, confirma con los hechos su voluntad de tomarse en serio su misión de sacerdote, dedicándose del todo a la catequesis, a la administración de sacramentos, a la asistencia no sólo a los enfermos del Patronato sino también a los miserables de los barrios periféricos de Madrid.
No es más que un joven sacerdote, uno de tantos en una España que tiene incluso demasiados, si hemos de hacer caso a las protestas de las turbulentas izquierdas: anárquicos, socialistas, comunistas, radicales. En resumen, los mismos que, pocos años después, protagonizarán la más sangrienta de las guerras civiles modernas, en la que cometieron tales excesos que no se explican por un simple anticlericalismo, sino por un verdadero odio a la religión, como el fusilamiento en la calle pública de las estatuas de los santos o el uso obsceno de las hostias consagradas.
Como señala un historiador imparcial, «la persecución religiosa que tuvo lugar en España, principalmente durante la primera parte de la guerra, no tiene precedentes en ningua otra página de la historia de Europa, a menos que nos remontemos a los dos primeros siglos de la historia de la Iglesia. El sólo hecho de ser creyente bastaba para ser eliminado».
Así lo refleja la fuerza desnuda de los números. En 1934, se produjo un levantamiento en Asturias, prólogo de la gran tragedia; sólo en la primera semana, fueros asesinados 12 sacerdotes, 7 seminaristas, 18 religiosos. Y 58 iglesias fueron incendiadas.
Desde julio de 1936, cuando comenzó la guerra civil, la matanza se extendió por todas las provincias controladas por el gobierno de las izquierdas. Se recurrió a los procedimientos más atroces (sin excluir la crucifixión, la quema con gasolina, el ahogamiento a base de impedir la respiración metiendo una cruz en la garganta, y -para las religiosas- la violación en masa hasta la muerte). Fueron asesinados 4.184 sacerdotes diocesanos, 2.365 religiosos, 283 religiosas, 13 obispos, además de un número indeterminado de millares de «conocidos católicos». Precisamente en Barbastro, la ciudad de don Josemaría, se asesinó al 88% del clero. Son datos ignorados -o censurados- incluso por muchos católicos: esos que, como ya hemos visto, sólo se indignan contra el franquismo y sus «asistentes clericales», verdaderos o presuntos.
De todos modos, en aquel 1928 en el que aún no ha explotado la situación, el joven don José María (más tarde, por devoción, unirá los dos nombres en uno, Josemaría, por lo que ésta es la grafía exacta) no es más que uno de tantos sacerdotes españoles, particularmente piadoso, coherente con una vocación auténtica.
No le ha llevado al estado sacerdotal la «tendencia sociológica» según la cual, desde hacía siglos, en toda familia cristiana uno al menos de los hijos solía hacerse religioso o sacerdote, y una hija, monja. Es una elección convencida, para seguir una llamada que recibe, parece ser, hacia los dieciséis años, de un modo singular que se recuerda con emoción dentro de la Obra, como he podido escuchar.
Dejemos la palabra a uno de los más recientes y completos biógrafos, el alemán Peter Berglar: «una mañana especialmente fría del invierno de 1917-18, seguramente entre Navidad y Reyes -desconocemos la fecha exacta-, vio en Logroño las huellas de las pisadas de un carmelita descalzo en la nieve (…). No significaban nada que se pueda comprender con la razón o bajo un punto de vista utilitario (…). Las personas “prudentes” saben de muchas “locuras” de este tipo (…). En cualquier caso, bajo la impresión de aquel descubrimiento, su vocación al sacerdocio, que hasta el momento desconocía, comenzó a desvelarse…».
Desde entonces, era sacerdote con la certeza de su vocación. Pero, ¿para qué? ¿En qué dirección debe desarrollar su celo religioso? ¿Párroco? ¿Profesor? ¿Capellán? ¿Dedicarse a la curia?
Trabajando y rezando, espera a que Dios se lo haga entender, a través de los sucesos de la vida, «casuales» en apariencia, por los que la Providencia habla habitualmente, sin esperar revelaciones místicas.
Se trata de un joven piadoso y sereno; que reza mucho, pero que está, al mismo tiempo, en los detalles concretos: es decir, todo lo contrario de un visionario, de esas personas «que oyen voces». No es casualidad que, antes de decidirse por el seminario, le atrajeran estudios técnicos como la arquitectura o la ingeniería: una pasión que no abandonará y que pondrá en práctica, por ejemplo, durante la construcción de la sede central de la Obra en Roma y del gran santuario mariano de Torreciudad, cercano a su Barbastro. Tampoco fue casual que el cardenal arzobispo de Zaragoza, al ver sus dotes de organizador tranquilo y de líder natural, le nombrase, con sólo veinte años, inspector interno del seminario diocesano: un nombramiento de «superior» tan precoz que tuvieron que adelantarle las órdenes menores. Era, en definitiva, una persona poco común.
En ese clima marcado no precisamente por excitaciones místicas llega el 2 de octubre de 1928. Los miembros del Opus Dei de todo el mundo celebran esa fecha desde entonces festivamente. No como el aniversario de una fundación, sino fundamentalmente como la revelación del proyecto que aquel día Dios decidió poner en marcha: un «instrumento de santificación» surgido de las profundidades insondables de la eternidad, y destinado a durar tanto como la Iglesia, hasta el final de los tiempos, ese instante en que la fe espera la nueva venida de Cristo victorioso y glorioso.
La Obra no duda de que tendrá esta duración, pues el beato afirmó en varias ocasiones que la presencia (y la expansión) continuarían «mientras hubiese hombres sobre la tierra», porque (y aquí anticipamos la finalidad de la Institución), «por mucho que cambien las formas técnicas de la producción, los hombres tendrán siempre un trabajo que poder ofrecer a Dios, que poder santificar». Más aún: «No somos una organización nacida en circunstancias particulares de una época determinada». Por consiguiente, «el Opus Dei conservará siempre su razón de ser». (El joven numerario que me acompañaba por los pasillos de la sede central, y al que manifesté mi admiración por la solidez de los materiales de toda esa construcción, me replicó: «Es cierto; pero para ahorrar. Todo esto debe durar siglos»).
¿Qué sucedió entonces aquel día decisivo? Para saberlo, acudamos a las palabras, muy medidas, que son de algún modo oficiales en la Obra y que han sido reconocidas como auténticas por la Iglesia en su decreto de beatificación, promulgado por el papa 64 años después de aquel hecho. Así lo narra el Postulador de la Causa: «el 2 de octubre de 1928, el siervo de Dios don Josemaría participaba en unos Ejercicios espirituales en la casa de los padres misioneros de San Vicente de Paúl, situada en la madrileña calle García de Paredes. Mientras se encontraba recogido en su habitación, Dios se dignó iluminarlo: y vio el Opus Dei, tal como el Señor lo quería y como sería a lo largo de los siglos».
Volvamos a Peter Berglar, el biógrafo alemán de Escrivá: «Monseñor Escrivá de Balaguer afirmó siempre, sin sombra de duda, que el Opus Dei no lo había inventado él, que no lo había fundado como consecuencia de una serie de elucubraciones, análisis, discusiones y experiencias, que no era en absoluto el resultado de intenciones buenas o piadosas. Dejó entrever claramente que el “fundador” era Dios mismo y que la transmisión a aquel “joven sacerdote” de aquel encargo había sido un hecho sobrenatural, una gracia divina».
Una «gracia» de las que asustan; en efecto, amedrentó al destinatario, que de algún modo intentó escabullirse. Más tarde dirá que se sometió «de mala gana», porque «no me gustaba ser fundador de nada».
Deseando obedecer a Dios y por consiguiente a la misión (más aterradora que entusiasmante, al menos en esos primeros tiempos) que se le había puesto sobre los hombros, buscó una especie de escapatoria: comenzó a informarse para saber si en algún lugar existía ya algo que correspondiese a lo que había «visto», para asociarse y -como escribió«ponerse en último lugar, para servir».
No hubo nada que hacer: la «cosa» todavía no existía, y le tocaba precisamente a él aceptar el papel de instrumento, para hacer pasar la voluntad divina de la potencia al acto. Pero aún muchos años más tarde, se le escuchó decir: «me gustaría no ser de la Obra, para pedir la admisión y ser el último». Es decir, seguir a otro cualquiera llamado en su lugar.
En aquel otoño de 1928, si se echaba una mirada alrededor, no se daban los presupuestos para una obra como la que «había visto», con esas dimensiones tan amplias y destinada a permanecer en el tiempo. «Tenía veintiséis años, y no poseía más que gracia de Dios y buen humor»: así sintetizó el «equipaje» del que disponía.
Un buen humor que, verdaderamente, iba a necesitar, pues dieciséis meses más tarde recibió otra sorpresa, o más bien un auténtico mazazo. «Esta Obra a la que se me ha pedido dar la vida será sólo para hombres: nunca habrá mujeres, ni de broma, en el Opus Dei». Así había escrito a principios del mes de febrero de 1930 a uno de los pocos amigos a los que había abierto el corazón.
Y, sin embargo, pocos días después, el 14 de febrero de ese mismo 1930, mientras celebraba misa en el pequeño oratorio privado de la anciana marquesa de Onteiro, «vio de nuevo» el Opus Dei del mismo modo misterioso que aquel 2 de octubre, pero esta vez compuesto por hombres y mujeres.
Un problema más, y no de poca monta. Por lo que a él se refería, de buena gana lo habría evitado. Sobre todo, por la dificultad del «reclutamiento» entre las mujeres por parte de un sacerdote con sólo 28 años, en una España y en una Iglesia de los años treinta. Pero, también, por problemas organizativos: era preciso encontrar una fórmula institucional y un modo concreto para asegurar la unidad y al mismo tiempo la separación que la prudencia, la conveniencia y las leyes canónicas exigían. Fórmula y modo que, una vez puestos en práctica, sintetizó así el Beato: «El Opus Dei consta de dos secciones diversas, totalmente separadas, como dos obras distintas, una masculina y otra femenina; sin interferencia alguna, ni de gobierno, ni de régimen económico, ni de apostolado, ni de hecho».
Y añadía un ejemplo, para que quedase más claro: «en la Obra, las dos secciones son como dos borricos que tiran del mismo carro, en la misma dirección». Usaba con frecuencia la imagen del borrico, ese burro paciente que hace girar la noria para sacar agua del pozo, como ejemplo para los suyos; del mismo modo que comparaba a sus hijas con los patos, que aprenden a nadar en cuanto se les echa al agua. Por esa razón, se encuentra con frecuencia figuras de burros y de patos en los Centros de hombres y de mujeres, respectivamente. Lo preciso porque, según ciertas investigaciones -como la del «The Economist», citada más arriba- esas imágenes serían «una señal oculta de reconocimiento», como ciertos signos geométricos, baldosas a cuadros, las dos columnas, la escuadra con el compás para los masones…
La sección masculina y la femenina no son, por tanto, dos fuerzas divergentes, sino dos energías que, actuando en paralelo, se suman. Están unidas en la persona del Prelado, que es el Padre tanto para los hombres como para las muj eres.
Como la inmensa mayoría de los miembros del Opus Dei están casados, está claro que para ellos la relación hombre-mujer es la propia de una familia profundamente cristiana. En cambio, los numerarios y los agregados se comprometen a vivir el celibato. Hay casi tantos hombres como mujeres, con un ligero predominio femenino, unas 38.500 mujeres frente a los 38.000 varones, según los datos de finales de 1993 (a estos datos hay que añadir los 1.500 sacerdotes, todos ellos -obviamente- hombres).
La severidad de las normas de la Institución para que exista colaboración sin interferencias -más aún, sin contacto alguno (salvo el regulado claramente)- ha suscitado las ironías de muchos, también en ambientes clericales.
Como en todo, caben distintas intepretaciones. Lo que para algunos puede ser «beatería superada», otros pueden entenderlo como «prudencia» y «realismo», necesarios para no hacer más difícil de lo que ya es hoy día (al menos, desde el punto de vista humano) vivir la castidad.
Además, hay que considerar el alto concepto que el beato tenía del matrimonio, que presentó siempre como «una verdadera vocación, un gran signo cristiano». Por tanto, la «protección» de la otra vocación que es el celibato no parece que pueda ser clasificada superficialmente como debida a la «típica sexofobia católica», ni mucho menos como misoginia, como querrían ciertos críticos.
Volveremos a este asunto. Ahora interesa regresar a ese «descubrimiento» durante la misa en casa de la anciana marquesa, a esa visión de «la otra mitad del Cielo», que hizo más gravosa la carga del joven cura.
Tanto es así que un día llegó a exclamar, como haciendo balance: «la fundación del Opus Dei tuvo lugar sin mí». No pensaba en la Obra, no había hecho plan o proyecto alguno, ni tampoco pretendía solucionar necesidad alguna de la Iglesia española o universal cuando -inesperadamente- «vio», aquel 2 de octubre de 1928, lo que estaba llamado a dar vida. Pero añadía: «La sección femenina nació contra mi opinión personal». Aquel 14 de febrero de 1930, más como una imposición que como una proposición, fue «obligado» a aceptar esa parte, pues originalmente no pensaba, «ni de broma», en incluir a mujeres en el proyecto que Dios le había puesto delante.
En cualquier caso, después del 2 de octubre de 1928 y más aún a partir de febrero de 1930, la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer no es sino la historia de un jardinero al que se ha entregado una semilla y dedica todos sus cuidados, todo su tiempo, todas sus energías -toda su vida, en suma- para hacer crecer la planta. El 2 de octubre es el día en que la liturgia celebra la fiesta en honor de los Santos Angeles custodios: por eso, estos traits d’union entre el Cielo y la tierra que, por la fe, son las criaturas angélicas, abundantes en el Antiguo y en el Nuevo, tienen un puesto importante en la espiritualidad del Opus Dei.
A la vista de cómo sucedieron las cosas (al menos, tal y como se cuenta y se cree en la Obra), también los ajenos podemos entender mejor el porqué de esa «presencia» de Escrivá entre los suyos, esa insistencia en citar sus palabras, ese llamarlo «nuestro Padre», que señalaba al principio y que, para quien está al margen, suena como retórica y manifestación del culto a la personalidad.
El hecho es que ese sacerdote y esta institución no son en modo alguno separables: Escrivá es el Opus Dei. Ciertamente, no en el sentido de que sea «suyo» (en pocas instituciones que han surgido en la Iglesia esta expresión resulta más impropia, tanto que en este caso parece incluso inadecuado hablar de un «fundador»). Escrivá es el Opus Dei en el sentido de que, volviendo a la imagen de antes, el jardinero y la simiente que se le ha confiado forman una sola cosa.
Por esa razón, la vida de ese sacerdote, a diferencia de la existencia terrena de tantos colegas suyos en la santidad, es a primera vista poco apasionante: sin grandes acontecimientos visibles desde fuera, «monótona» en el sentido etimológico del término: con un solo «tono», porque aspiraba a un único fin. Es la historia (en gran parte interior, y por tanto inaccesible) del esfuerzo, sin reservarse nada, de un hombre que pretende transformarse en un instrumento cada vez más dúctil, dócil, diligente, para hacer visible en la historia un proyecto concebido desde la eternidad y puesto sobre sus hombros. Este proyecto, en efecto, cayó sobre él como una cruz, ante la cual instintivamente (como prueba de su «normalidad») se retrajo. Pero practicó a continuación, y con fruto, lo que más tarde aconsejó a los suyos: «¿No es cierto que, en cuanto dejas de tener miedo a la cruz, a lo que la gente llama “cruz”, cuando pones tu voluntad en aceptar la voluntad divina, eres feliz, y desaparecen todas las preocupaciones, todos los sufrimientos físicos y morales?».
Precisamente, a causa de lo que se acaba de decir, no voy ni siquiera a esbozar las líneas maestras de una biografía, que coincidiría con la historia de la primera fase -la que va desde la semilla hasta el árbol joven- de una Obra que la colma y explica por entero. Intentar informar de modo sintético y objetivo sobre el Opus Dei -sobre su espíritu, sobre su organización- es el mejor modo de informar sobre Escrivá. El cual, por otra parte, tuvo como programa y como ideal: «ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca».
Por consiguiente, incluyo al final del libro un apéndice con un sumario cronológico: en él podrán seguir, si tienen interés, cómo avanzó y fue tomando forma, año tras año, paso a paso, la misión que Escrivá estaba convencido de haber recibido. Nosotros seguiremos reflexionando sobre la realización de esa misión en las páginas siguientes, sin las limitaciones de una biografía.
Veamos tan sólo qué sucedió cuando el sacerdote de 26 años «vio». Esto es importante, porque en esos primeros momentos se encierra el sentido y el estilo propio de todo lo que vendrá después.
Escuchemos de nuevo al ya citado Berglar: «después de la experiencia enigmática de 1928, y tras la de 1930, externamente, en los primeros tiempos no cambió absolutamente nada. Monseñor Josemaría Escrivá no actuó como suelen hacerlo los “fundadores” de iniciativas humanas de cualquier tipo. Estos suelen hacer declaraciones y presentar programas, explicando los motivos, los fines, los medios y las actividades previstas; luego, hacen propaganda, publican anuncios y se preocupan de su presencia pública… El nacimiento y el desarrollo del Opus Dei no tuvo lugar de esa manera. Su fundador no emitió un “escrito programático” en el que expusiera, por ejemplo, la situación del cristianismo en general, el de la Iglesia católica en particular y las medidas que se deberían tomar para promover una entrega total de los laicos…».
Continúa el historiador alemán: «Tampoco fundó en seguida una “Asociación” que paracticara esos “principios” ni redactó unos estatutos que le permitieran empezar a captar miembros. Aunque siempre ha habido y siempre habrá fundadores y fundaciones de este tipo (porque es algo perfectamente legítimo), el fundador del Opus Dei no actuó así. La Obra nació y empezó a crecer como todo lo que tiene vida propia, como todo lo que no se ha edificado artificialmente ni se ha construido con arreglo a un plan: es decir, como una planta que crece en silencio, con calma…».
Esta ausencia de esquemas ideológicos, de proyectos sobre el papel; esta primacía de la vida sobre la teoría; esta conciencia de que, más que inventar o crear, era preciso ayudar a que la semilla creciera, día tras día, uniendo el amor a la experiencia: todo esto, por lo que he visto, me parece una característica fundamental en el Opus Dei. Más aún, quizá sea uno de los secretos de su éxito en un mundo -y hoy también, por desgracia, en una Iglesia- que se afana en difundir «documentos», en convocar «reuniones de expertos», organizar «debates», «simposios», «congresos», «sínodos», en encargar «encuestas sociológicas».
He aquí otro motivo que alienta las sospechas de que los miembros del Opus Dei se esconden, proceden ocultamente, maniobran tras el escenario. Se desconfía de ese crecimiento «fisiológico», que se va ampliando poco a poco, como una mancha de aceite, con el ritmo progresivo y lento de la vida normal y corriente, hombre a hombre, de igual a igual, sin debates, manuales, mítines, proclamas, ideologías. Es lo que el beato llamaba «apostolado de amistad y confidencia»: un apostolado que no se ve, que no hace ruido, que no sale del ambiente personal en que nos movemos a diario, y que por esa misma razón puede alarmar a quien lo descubra, induciéndole a sospechar quién sabe qué secretos.
A diferencia, por ejemplo, de los testigos de Jehová, ningún miembro del Opus Dei (aunque le mueva también el celo apostólico), irá a llamar al timbre de casas desconocidas para ofrecer material de propaganda y para convencer a gente que ve por primera vez, con los argumentos estándar aprendidos en las «escuelas de ministerio teocrático», según los métodos del advertising americano. La formación doctrinal que ofrece la Prelatura no se dirige a una «promoción» religiosa de ese tipo. Tiende, sobre todo, al testimonio de la vida real; y después a la «amistad» y a la «confidencia» que nacen en el ámbito de las relaciones personales. El apostolado que realizan es, en gran parte, «invisible»; y resulta comprensible que quien no conozca su sentido, pueda confundirlo con una estrategia de ocultamiento.
Por otra parte, el mismo beato definía la Obra como «una organización desorganizada». Describía así el carácter de una institución donde existe la necesaria organización, como he comprobado personalmente: en los ambientes donde trabajan hombres y mujeres de la Obra, se lo aseguro, las cosas funcionan de modo impecable, con rasgos de seriedad y de solidez extremas. Pero esta organización deja todo el espacio posible a la imprevisibilidad, a la complejidad, a la riqueza de la vida que sólo la deformación intelectualista intenta sometar a esquemas, programas, jaulas ideológicas, acabando por ahogarla.
En una biografía de Escrivá encontré una frase que quizá dice más de lo que pretendía expresar el autor. «También al cabo de decenios, su memoria no fallaba, y le permitía recordar los detalles más nimios, especialmente los que se referían a las personas, a sus familias y a los acontecimientos domésticos».
He puesto las últimas palabras de la cita en cursiva por un motivo preciso. Probablemente, el rasgo más inquietante y siniestro de los ideólogos y de sus productos intelectuales que caracterizan -y que con tanta frecuencia han devastado y devastan- los últimos dos siglos, es la obsesión por los planes «generales», que va pareja con el olvido de las dimensiones «personales». Es la atención espasmódica por las «ideas», unida al desprecio por los «individuos».
El ideólogo recuerda rostros, sí; pero sólo los de sus adversarios y los de sus aliados ideológicos; recuerda nombres, pero sólo los que puede citar como apoyo para su «lucha». Lo que es seguro es que no sabrá recordar -ni le
preocupa- los detalles más nimios, especialmente los que se referían a las personas, a sus familias y a los acontecimientos domésticos.
El hecho de que éste fuera un rasgo de la personalidad del fundador del Opus Dei, que intentó inculcar a los suyos, me parece una buena señal: donde hay generalismos, fanatismo, deshumanización, donde existen «intelectuales» e «ideólogos», nadie se ocupa de las «familias», de los «asuntos domésticos». En una palabra, de las personas.
Probablemente, una institución donde se recuerda el cumpleaños de un nieto y donde se aprecia un interés sincero por la salud de una tía enferma, sea menos temible de lo que se cree.
Ecos del Sínodo
iglesia Tagged Cardenal Vinko Poljic, catequesis, ciclón Nargis, Conferencia Episcopal de Chad, familia, formación bíblica, Sínodo de los Obispos No Comments »Ofrecemos algunas declaraciones de los participantes en el Sínodo de los Obispos que se celebró en Roma en ocubre de 2008. Entre otras, incluimos la declaración del Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría
Cardenal Vinko Poljic, arzobispo de Vrhbosna, Sarajevo, Presidente de la Conferencia Episcopal (Bosnia-Herzegovina)
“Sostengo con todo mi corazón la idea de que “el servicio de los laicos exige capacidades diversificadas que suponen una formación bíblica específica”. (…) En este contexto el Documento de Trabajo recuerda que “un medio privilegiado para el encuentro con Dios que nos habla es la catequesis dentro de las familias, con la profundización de algunas páginas bíblicas y la preparación de la liturgia dominical. (…) En los países que salieron recientemente del régimen socialista, la Iglesia tiene necesidad de fieles laicos que vivan intensamente el Evangelio de Cristo en la familia y la sociedad y que vuelvan a participar en la misión de la comunidad eclesiástica. La preparación familiar al Día del Señor podría ser un verdadero kairos para ellos”.
Arzobispo Charle Hamhung Bi, S.D.B. de Yangon (Myanmar)
“El mandato evangélico de “dar de comer al hambriento y vestir al desnudo” se ha impuesto con fuerza tras el reciente paso del terrible ciclón Nargis. Casi 150.000 personas fallecieron y dos millones se convirtieron en prófugos en su país. (…) Con la ayuda del Señor hemos reanudado la vida en muchas comunidades. Las Iglesias se han convertido en campos de prófugos. En estos campos hemos celebrado una liturgia única: la de anunciar la Palabra por medio de nuestro acompañamiento y de compartir el pan por medio de la asistencia. El mundo se ha convertido en nuestro altar y hemos partido el pan de la fraternidad humana con las multitudes desorientadas. El Evangelio predicado ha sido el alimento dado a los hambrientos, que ha producido la vida y la luz que hemos dado en los cinco últimos meses”.
Obispo Miguel Ángel Sebastián Martínez, M.C.C.I., de LAI (Chad)
“Os hablo en nombre de la Conferencia Episcopal de Chad. Este país del centro de África ha sido evangelizado hace unos pocos años. (…) Los cristianos se reúnen el domingo, pero muchos de ellos solamente para la celebración de la Palabra, porque no tenemos suficientes sacerdotes. En nuestro país vivimos situaciones sociales y políticas muy conflictivas, sobre todo debido a una guerra interminable desde hace más de cuarenta años. Estamos convencidos de que la Palabra de Dios es una palabra de paz, una palabra que anuncia la paz y que invoca la paz, que llama al perdón, a la reconciliación y a la justicia. La escucha y la oración de la Palabra de Dios son esenciales en la vida y en la misión de nuestra Iglesia. Esto es un desafío para nosotros. La Palabra de Dios nos ilumina y nos alienta a comprometernos en la promoción del hombre y de la mujer en Chad”.
Obispo Antonio Menegazzo, Administrador apostólico de El Obeid (Sudán)
“En Sudán la mayoría de los catecúmenos no sabe leer ni escribir: por ello, para prepararlos bien al Bautismo, los catequistas deberían ser capaces de explicar la Palabra con carteles, dibujos y con su propia palabra. (…) Tenemos otro gran reto: la Justicia y la Paz, el perdón y la reconciliación, después de veintiún años de guerra civil entre el Norte y el Sur del país, después de tanto odio, injusticias y sufrimientos. (…) No olvidemos además la guerra en el Darfur, donde la situación no parece mejorar. Estamos convencidos de que la solución para un futuro de paz se puede encontrar solamente en la fidelidad a Dios y a su Palabra. (…) Pero ¿qué podemos hacer cuando las distancias son enormes y la inseguridad por las guerras y el bandidaje hace que sea muy difícil y peligroso el contacto de los sacerdotes con los fieles? La escasez de sacerdotes es otro factor negativo. Muchos cristianos pueden recibir la Palabra de Dios y la Eucaristía esporádicamente, o incluso sólo alguna que otra vez al año”.
Obispo Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei
“En la vida de los santos, el encuentro con la Palabra de Dios por medio de la lectura de la Sagrada Escritura ha producido un cambio radical en la existencia. Tenemos que tratar de tener todos, nosotros, nuestros sacerdotes y los laicos una profunda sed de Jesucristo, viviendo cada escena del Evangelio como un personaje más. (…) Es oportuno que nosotros, pastores, en el sacramento de la Confesión recomendemos con frecuencia a los fieles la lectura del Evangelio, enseñando a participar en lo que se narra allí e invitando a los penitentes a que ofrezcan también ellos este mismo consejo a los colegas, a los familiares, a los amigos. (…) Es necesario hacer lo posible para que todos nosotros, los cristianos, como los santos, tratemos de llevar estos textos a nuestra vida personal cotidiana, para transformarla.(…) Sería conveniente promover iniciativas para difundir entre los fieles esta actitud de oración y de recogimiento interior frente al Evangelio para que incida realmente en nuestra vida cotidiana. Además, creo que es muy oportuno cuidar la lectura bien hecha, es decir, realmente vivida, de los textos de la Misa, no como una declamación, sino con la certeza de que Dios está hablando a ellos y a la comunidad”.
Arzobispo Ramzi Garmou, de Teherán de los Caldeos. Administrador patriarcal de Ahwaz de los Caldeos (Irán)
“Toda la Biblia, desde el libro del Génesis hasta el Apocalipsis, nos dice que la fidelidad a la Palabra de Dios conduce a la persecución. El primer perseguido, por excelencia, es el mismo Jesucristo, que vivió la persecución desde los primeros días de su nacimiento hasta su muerte en la Cruz. Según el Evangelio, la persecución se considera el signo más elocuente de la fidelidad a la Palabra de Dios. El crecimiento de la Iglesia y su avance en el camino de la evangelización de los pueblos son fruto de la persecución que ha sufrido en cada lugar y en cada tiempo. Jesús, en el Evangelio, nos habla muy claramente de la persecución (Lc 21, 12-19). Pidamos al Espíritu Santo a fin de que conceda a la Iglesia del tercer milenio, en este Año Paulino, la gracia y la alegría de hacer una experiencia auténtica de la persecución a causa de su fidelidad a la Palabra de Dios”.
Obispo Joseph Vo Duc Minh, coadjutor de Nha Trang (Vietnam)
“La Iglesia de Cristo en Vietnam (…) ha recorrido un camino lleno de cruces. A través de los altibajos de su historia, los católicos vietnamitas, como los judíos en el exilio, han entendido que solamente la Palabra de Dios permanece y no engaña jamás. Esta Palabra (…) se ha convertido en la fuente de consuelo y de fuerza que da firmeza a todos los miembros del Pueblo de Dios y, al mismo tiempo, el fulcro que les ayuda a descubrir su futuro. (…) La Palabra de Dios ayuda a descubrir el verdadero rostro de Jesucristo que encarna el amor redentor de Dios a través del misterio de la Cruz. A causa de la dolorosa experiencia vivida por la Iglesia de Cristo en Vietnam, el misterio de la Cruz se siente cerca no solamente de la vida cotidiana, sino que se ha convertido en un elemento esencial que agrupa al Pueblo de Dios”.
Obispo Zbigniew Kiernikowski, de Siedlce (Polonia)
“El hombre moderno no familiarizado con la escucha de la Palabra de Dios se queda a menudo como un sordomudo frente a ella. (…) El kerygma es un momento muy importante, pero si no es seguido por una verdadera y propia formación a la escucha de la palabra en la comunidad de fe, existe el riesgo de caer en los diferentes moralismos, o de desembocar en los distintos tipos de fanatismo o de interpretación subjetiva. (…) El Camino Necatecumenal se basa en el kerygma inicial, al que sigue un serio proceso de iniciación bajo la guía de la Iglesia (obispos, párrocos y catequistas) que se realiza en pequeñas comunidades y con las debidas etapas de la iniciación cristiana. De este modo, el catecumenado obliga a hacer al iniciando un camino, con el que aprende a aplicar la Palabra a la propia vida”.
Cardenal George Pell, arzobispo de Sydney (Australia)
“Los obispos están llamados a despejar el camino para que el Espíritu actúe eficazmente cuando la Palabra de Dios se encuentra con las personas y las comunidades. Para ello sugiero: La formación de equipos de jóvenes laicos que den testimonio de Cristo en los grupos juveniles, escuelas, parroquias y universidades; La puesta en marcha de representaciones contemporáneas equivalentes a los “Misterios” medievales para llevar la Palabra de Dios a las personas. Son ejemplo de ello los Via Crucis de la Jornada Mundial de la Juventud en Sydney y Toronto, la Pasión de Oberammergau y la película “La Pasión de Cristo”. El desarrollo y la ayuda a las redes de comunicación católica en Internet, como XT3, Cristo para el Tercer Milenio (www.xt3.com), un “facebook” católico que cuenta al menos con 40.000 miembros, presentado en Sydney durante la JMJ. (…) La creación de un Instituto Central para la Traducción de la Biblia para que ésta se traduzca con más rapidez y precisión en las lenguas locales de Asia, África y Oceanía. Sería útil una colecta para financiar las traducciones; Solicitar a la Congregación para la Doctrina de la Fe que elabore una normativa sobre lo irrefragable en las Escrituras”.
Cardenal Odilo Pedro Scherer, arzobispo de Sao Paulo (Brasil)
“Los inmigrantes no deben ser considerados simplemente como objeto de preocupación pastoral; también pueden llegar a ser verdaderos misioneros. (…) Creo que el Sínodo podría recomendar especialmente dos cosas: alentar a los emigrantes, o a los que se encuentran de viaje, a llevar consigo la Palabra de Dios e incluso la Sagrada Escritura, conscientes de que llevan una riqueza que no tiene precio y que no está limitada por motivos geográficos o culturales, sino que es un don que hay que vivir en la nueva patria y compartir con el pueblo que los acoge. A quienes reciben a los inmigrantes en sus lugares de destino, se les recomienda que acojan de modo positivo a estos hermanos que vienen de otras naciones y llevan en su equipaje “la buena noticia”, favoreciendo su inclusión en las comunidades locales y compartiendo sus experiencias de fe y de vida cristiana”.
Arzobispo Thomas Menamparampil, de Guwahiti (India)
“¿Cómo hacemos para llevar la “Palabra” a quienes no van a la iglesia, a quienes nunca han escuchado el Evangelio? (…) Solicito que, donde nosotros no logramos llegar, lo hagamos a través de los otros; que seamos creativos desde el punto de vista pastoral, de manera que, donde no pueden llegar nuestros miembros, puedan llegar nuestras ideas; que desarrollemos las habilidades y estrategias necesarias para persuadir y convencer, no para producir rechazo u oposición. (…) La “Palabra” de Dios debe ser llevada donde hay situaciones de conflicto, jóvenes armados, contextos de injusticia y pobreza absoluta. No tratemos de conquistar la escucha a través de condenas hipócritas, pretensiones de verdad y presunción de poseer bases morales más altas sino con una solicitud humana visible, un compromiso hacia los que sufren inspirado en el Evangelio, con especial atención hacia las diversas sensibilidades culturales. La “Palabra” revela su poder en los contextos reales de la vida; desafía a las sociedades injustas; reconcilia, sostiene a los pobres, lleva la paz”.
Un hombre que habló sólo de Dios
fundador Tagged catequesis, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, hablar de Dios, Luis Ignacio Seco, Mons. Alvaro del Portillo, Yo soy un sacerdote que no habla nada más que de Dios No Comments »“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.
Mons. Alvaro del Portillo, muy cercano siempre a Mons. Escrivá de Balaguer desde sus tiempos de estudiante en la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid, escribía en vida del Fundador del Opus Dei en la presentación de la primera edición de Es Cristo que pasa:
«Desde 1925, Mons. Escrivá de Balaguer realiza una intensa labor pastoral: primero –por poco tiempo– en parroquias rurales; más tarde, en Madrid, especialmente en los barrios pobres y en los hospitales; durante los años treinta, en toda España; desde 1946, cuando fija su residencia en Roma, con personas de todo el mundo.
»Hablar de Dios, acercar los hombres al Señor: así lo he visto desde que lo conocí, en 1934. Catequesis, días y cursos de retiro espiritual, dirección de almas, cartas breves e incisivas, que llevaban en los trazos –rápidos y definidos– la paz a muchas conciencias. En los primeros meses de 1936 llegó a enfermar; los médicos diagnosticaron sólo cansancio. Predicaba, a veces, hasta diez horas diarias. El clero de casi todas las diócesis españolas recibió su predicación; lo llamaban los Obispos y él recorría el país, a sus propias expensas –en aquellos trenes de entonces–, sin más pago que la amorosa obligación de hablar de Dios (…).
»Autor de libros de espiritualidad difundidos en todo el mundo –como Camino y Santo Rosario– y de finos estudios jurídicos y teológicos –como La Abadesa de las Huelgas–, ha escrito sobre todo numerosas y extensas cartas, Instrucciones, Glosas, etc., dirigidas a los miembros del Opus Dei, tratando exclusivamente de temas espirituales. Reacio a cualquier forma de propaganda, ha accedido sólo rara vez a las numerosas y constantes peticiones de entrevistas por parte de la prensa, radio y televisión de muchos países. Con las pocas entrevistas que han sido la excepción se publicó el libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, traducido también a las principales lenguas (…)
»…En un texto no es posible darse cuenta plenamente de algunas cualidades de la predicación del Fundador del Opus Dei. Su humanidad, su sinceridad inmediata, que cautiva. Su entrega a los que le escuchan, su insistente repetir que cada uno debe hacer –al oír esas palabras– una oración personal con Dios, “con gritos callados”. Y ese realismo cordial, nada ingenuo y, a la vez, nada pragmático. Un sentido común poco común. El buen humor que aflora siempre, una alegría contagiosa, la de un hijo de Dios.
»Pero son ya muchos miles las personas que han oído directamente la predicación de Mons. Escrivá de Balaguer: Porque, si no ama la propaganda y la publicidad, no tiene en cambio inconveniente en responder a cuantos le preguntan sobre cosas de Dios. En un viaje, en 1972, por España y Portugal, iniciado en Francia, pudieron oírle, en grupos pequeños o grandes, más de ciento cincuenta mil personas; en 1970, en México, estuvo con unas cuarenta mil personas de ese país, de los Estados Unidos y de otras muchas naciones americanas; y–en Roma son muchos miles los que, procedentes de Europa y de otras partes, tienen ocasión de oírle:..»(Posteriormente a la redacción de estas líneas el Fundador del Opus Dei realizó dos largos viajes más por diversos países de América Haciendo llegar su gran «catequesis –como él denominaba a estos viajes– a muchos miles de personas).
«…Otros rasgos entrañables de la labor pastoral de Mons. Escrivá de Balaguer: la viva conciencia de ser sólo un instrumentó en las manos del Señor; la convicción sobrenatural de que las flaquezas y miserias personales –que tendremos mientras vivamos, recuerda él siempre– no pueden ser un obstáculo para alejarnos de Cristo, sino un estímulo para estrecharnos más a Él. En una de las homilías aún inéditas dice: “Yo no le soporto nada al Señor; es Él quien me aguanta y me ayuda y me empuja y me espera”. Y, dirigiéndose a los que le escuchaban: “¡Cómo no voy a comprender vuestras miserias, si estoy lleno de ellas!”.
» Y, por todas partes, como en contrapunto, aparece un motivo de fondo: el amor a la libertad personal. “Soy muy amigo de la libertad… El espíritu del Opus Dei que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años –decía en 1963–, me ha hecho comprender y amar la libertad personal. Cuando Dios Nuestro Señor concede a los hombres su gracia, cuando les llama con una vocación específica, es como si les tendiera una mano paternal llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca uno a uno, como a hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que Él nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad”.
»Si Dios respeta nuestra libertad personal, ¿cómo no vamos a respetar la libertad de los demás?… “No hay dogmas en las cosas temporales. No va de acuerdo con la dignidad de los hombres el intentar fijar unas verdades absolutas, en cuestiones donde por fuerza cada uno ha de contemplar las cosas desde su punto de vista, según sus intereses particulares, sus preferencias culturales y su propia experiencia peculiar. Pretcnder imponer dogmas en lo temporal conduce, inevitablemente, a forzar las conciencias de los demás, a no respetar al prójimo”».
Este amplio testimonio, tan entrañable y tan cercano, escrito por Mons. Álvaro del Portillo, confirma en toda la línea lo que Mons. Escrivá de Balaguer había dicho en tantas ocasiones: «Yo soy un sacerdote que no habla nada más que de Dios ».
Yo los pasearía un poco…
compromiso Tagged bienes de la tierra, catequesis, compromiso cristiano, corazón humano, doctrina, Es Cristo que pasa, mandamiento nuevo No Comments »Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas
Conocía los fuertes desequilibrios económicos y sociales de algunos países que recorría en su siembra de doctrina, y ante determinados panoramas de pobreza y marginación, recordaba a los que le escuchaban las exigencias del compromiso cristiano con toda su radicalidad, previniéndoles ante una falsa espiritualidad, individualista e indiferente a la suerte de los demás.
Se comprende muy bien —escribió en su libro de homilías Es Cristo que pasa— la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes con un alma naturalmente cristiana, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar.
Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como número de una estadística. Comprendo y comparto esa impaciencia, que me impulsa a mirar a Cristo, que continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor.
En Brasil —comentó, durante un encuentro de catequesis— hay mucho que hacer, porque hay gente necesitada de lo más elemental. No sólo de instrucción religiosa —hay tantos sin bautizar—, sino también de elementos de cultura corriente. Los hemos de promover de tal manera que no haya nadie sin trabajo, que no haya un anciano que se preocupe porque está mal asistido, que no haya un enfermo que se encuentre abandonado, que no haya nadie con hambre de sed y de justicia, y que no sepa el valor del sufrimiento.
A los que podían ayudar especialmente a los menos favorecidas desde el punto de vista económico, les insistía: Hay que intensificar las labores con obreros y campesinos. Hemos de ayudarles, con calor humano y afecto sobrenatural, a que adquieran la cultura necesaria para que puedan sacar de su trabajo más fruto material, y lleguen a mantener la familia con mayor desahogo y dignidad. Para eso no hay que hundir a los que están arriba; pero no es justo que haya familias que estén siempre abajo.
—Yo los pasearía un poco… —le dijo a un venezolano, que le pidió un consejo para educar a sus hijos— por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas (…) para que vieran las chabolas, unas encima de otras. (…) Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.
Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido y sin un cobijo… No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?
Mirad, hemos de procurar que no le pase a nadie; hay que habilitar a la gente para que, con su trabajo, pueda asegurarse un bienestar mínimo, estar tranquilos en la vejez y en la enfermedad, cuidar de la educación de los hijos, y tantas otras cosas necesarias. Nada de los demás puede resultarnos indiferente y, desde nuestro sitio, hemos de procurar que se fomente la caridad y la justicia.













