Inspector del Seminario

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Seminaro San Carlos de Zaragoza.

En el San Carlos, dos inspectores elegidos de entre los alumnos se encargaban de velar por el cumplimiento de las normas del seminario. Normalmente uno era diácono y el otro un seminarista con, al menos, alguna de las órdenes menores. Mantener la disciplina entre sus propios colegas, por muy facultado que se estuviera por la autoridad eclesiástica, no era tarea fácil. Así las cosas, el arzobispo de Zaragoza, cardenal Soldevilla, decidió hacer a Escrivá inspector del seminario en el verano de 1922.

El nombramiento puso a Escrivá en una tesitura un tanto curiosa ya que tan sólo tenía veinte años, vestía de laico, pues no había recibido ninguna de las órdenes menores, y tampoco llevaba tonsura, señal externa de pertenecer al estado clerical. El cardenal salvó este pequeño escollo confiriendo a Josemaría la tonsura en una ceremonia privada el primer día del año académico, e inmediatamente después le nombró primer inspector.

Escrivá se tomó en serio su papel de inspector, pero sin ser cargante. Sobre su mesa puso una cartulina roja en la que, con letras doradas, aparecían las primeras palabras del himno a la caridad de san Pablo: “La caridad es paciente”.

No contento con mantener la disciplina externa, Escrivá trabajó con denuedo para ayudar a los otros seminaristas a tener más caridad entre sí y a fomentar la piedad en su trato con Dios y la Virgen María, estableciendo, entre otras, la costumbre de acudir a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar los sábados por la tarde para honrar a la Virgen.

Durante los dos años de inspector, Escrivá pudo sentir los cambios que se iban obrando en los seminaristas. Se vivía mejor la caridad y aumentaba el fervor de los alumnos. No era el único que se daba cuenta de las mejoras producidas; según testimonio del inspector que le sustituyó, el rector tenía tanta confianza en él que “dejó el seminario prácticamente en manos de Josemaría”[1]. Tiempo después, al recordar esa época, el rector subrayaba que Escrivá era una persona que “formaba auténticos sacerdotes”.

De todas maneras, sus últimos años allí no fueron un camino de rosas. Don Elías Ger, sacerdote y profesor de Derecho Canónico, comenzó un día la clase contando una historia que a primera vista no tenía mucha relación con la asignatura. “Érase un comerciante de canela. Compraba el producto en rama y, gracias a un molino de bolas, lo reducía a finísimo polvo. Un día el molino dejó de funcionar. Las bolas se habían desgastado y era preciso importar otras de Alemania. Pasó el tiempo. El repuesto no llegaba y la canela estaba por moler. Un amigo, viéndole triste, aconsejó al comerciante que se fuese a un torrente a buscar unos cantos rodados del tamaño de las bolas inservibles, que las encajase en el molino y que, durante varios días, las hiciese girar y girar sin echar aún la canela. Así lo hizo y, al cabo de quince días, comprobó que los cantos, de tanto rozar y chocar unos con otros, se habían pulimentado, quedando tan lisos como las bolas de Alemania. Hizo una breve pausa el profesor y, dirigiéndose a Josemaría, añadió: Así trata Dios a los que quiere. ¿Me entiendes, Escrivá?[2]”.

Don Elías Ger no se refería sólo a los pequeños inconvenientes que surgen cada día y que Dios emplea para pulir las aristas del carácter, sino a un incidente concreto acaecido poco tiempo antes: una pelea en la catedral entre Escrivá y otro seminarista algo más mayor. Según el rector del seminario, que presenció el suceso, el alumno mayor incitó a Josemaría con insultos groseros y fue el primero en golpear. No obstante, Escrivá había perdido los nervios y el rector se preocupó hasta el punto de pedir consejo por carta al antiguo director espiritual del seminario riojano.

Este lance y otros propios de la vida en el seminario proporcionaron a Escrivá la oportunidad de dominar su genio. No sería extraño pensar que tuviera esos años en mente al escribir: “Chocas con el carácter de aquel o del otro… Necesariamente ha de ser así: no eres una moneda de cinco duros que a todos gusta. Además, sin esos choques que se producen al tratar al prójimo, ¿cómo irías perdiendo las puntas, aristas y salientes -imperfecciones, defectos- de tu genio para adquirir la forma reglada, bruñida y reciamente suave de la caridad, de la perfección? Si tu carácter y los caracteres de quienes contigo conviven fueran dulzones y tiernos como merengues, no te santificarías”[3].

Las responsabilidades que Escrivá hubo de asumir como inspector le ayudaron en no poca medida a madurar y mejorar personalmente. Las necesidades de los otros seminaristas le animaron a rezar aún más por ellos y aprendió lecciones muy valiosas en el campo de la dirección espiritual, el ejercicio de la autoridad y el arte del gobierno. Pero, sobre todo, el empeño por vivir personalmente las virtudes que trataba de inculcar a los demás le ayudó mucho a crecer en caridad y comprensión.

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 162

[2] ibid. p. 171

[3] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 20

«Ahora noto más mis defectos»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

(ManuelArmesto Garcia falleció el 11–X–1979. Publico la entrevista tal como apareció en 1976.)

Manuel es ciego desde los 17 años y tiene ahora 46. Vendió cupones, se hizo profesor mercantil y trabaja en la Organización de Ciegos. Es miembro del Opus Dei desde hace seis años. Conoció la Obra por un sacerdote.

–Me acuerdo que me impresionó mucho cuando me dijeron: «La oración se hace aunque prenda fuego la casa». Era una manera de decir, claro… para que viera la importancia de tener todos los días un rato de relación y de hablar a solas con Dios. Me impresionaba la alegría y el observar en todos cómo se vive en la presencia de Dios… Se nota mucho que llevan una vida espiritual intensa y constante. Y las virtudes humanas, que se aprecian en todos ellos. No sé qué pasa, que sin darnos cuenta, las adquirimos. Yo, que soy un ceporro y creo que soy igual que era… resulta que la gente me hace notar que no.

–¿Y no ha cambiado?

–Tenía un genio tremendo, y ahora me lo aguanto. Me dicen que tengo buen carácter. El Opus Dei tiene que salir a pesar de nosotros. Y sale…

–¿Se considera mejor que los demás?

–¡No, hombre, no! Sigo con los mismos defectos que tenía, pero tengo la alegría de saber que no importa, si lucho por tratar de dominarlos, y que el Señor está contento si lucho contra ellos. Yo tenía mi soberbia, me lo tenía muy creído. Y ahora noto más mis defectos, porque me preocupo de examinarme. Soy muy bueno si me comparo y muy malo si me examino: he aprendido a no compararme y a examinarme.

–¿Qué le da el Opus Dei?

–En lo espiritual, no lo podría medir. En lo material, al Opus Dei hay que darle todo. El Opus Dei lo que hace es pedir y no dar.

–¿Qué le da usted al Opus Dei?

–Nada. Lo que le doy no tiene valor. Pienso, y creo que nos debe pasar a muchos… o a casi todos, que lo que hago es estorbar.

–He oída decir que los ciegos tienen más vida interior…

–Tonterías. No es verdad. Somos igual que antes, pues somos las mismas personas que antes. A las dos semanas eres igual que una semana antes de quedar ciego. Se adapta uno, y espiritualmente sigues siendo el mismo.

–¿Qué virtudes considera más importantes como miembro del Opus Dei?

–Aparte de la caridad, la humildad, la fe y la esperanza, que son básicas, considero muy importante la alegría, la reciedumbre, la laboriosidad, la lealtad, la sinceridad…

–¿Qué hace usted para conseguirlas?

–Pedir ayuda al  Señor y a Santa María, porque yo, por mí mismo, no sería capaz nunca de conseguirlas.

Sacerdocio común y sacerdocio ministerial

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Ni como hombre ni como fiel cristiano el sacerdote es más que el seglar. Por eso es muy conveniente que el sacerdote profese una profunda humildad, para entender cómo en su caso también de modo especial se cumplen plenamente aquellas palabras de San Pablo: ¿qué tienes que no hayas recibido (1 Cor IV, 7). Lo recibido… ¡es Dios! Lo recibido es poder celebrar la Sagrada Eucaristía, la Santa Misa –fin principal de la ordenación sacerdotal–, perdonar los pecados, administrar otros Sacramentos y predicar con autoridad la Palabra de Dios, dirigiendo a los demás fieles en las cosas que se refieren al Reino de los Cielos.

El sacerdocio de los presbíteros, si bien presupone los Sacramentos de la iniciación cristiana, se confiere mediante un Sacramento particular, por el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, son sellados con un carácter especial y se configuran con Cristo Sacerdote de tal modo que pueden actuar en la persona de Cristo Cabeza (Cfr. Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis n. 2). La Iglesia es así, no por capricho de los hombres, sino por expresa voluntad de Jesucristo, su Fundador. El sacrificio y el sacerdocio están tan unidos por ordenación de Dios, que en toda ley la Antigua y la Nueva Alianza, han existido los dos. Habiendo, pues, recibido la Iglesia Católica en el Nuevo Testamento, por institución del Señor, el Sacrifico visible de la Eucaristía, se debe también confesar que hay en Ella un nuevo sacerdocio, visible y externo, en el que fue trasladado el antiguo (Concilio de Trento, Doctrina sobre el Sacramento del Orden cap. I (Denzinger–Schön. 1764 (957)).

En los ordenados, este sacerdocio ministerial se suma al sacerdocio común de todos los fieles. Por tanto, aunque sería un error defender que un sacerdote es más fiel cristiano que cualquier otro fiel, puede, en cambio, afirmarse que es más sacerdote: pertenece, como todos los cristianos, a ese pueblo sacerdotal redimido por Cristo y está, además, marcado cn el carácter del sacerdocio ministerial, que se diferencia esencialmente, y no sólo en grado (Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen Gentium n. 10) del sacerdocio común de los fieles.

No comprendo los afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aún de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo –labor sacerdotal en este caso–, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato.

Pero, junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los Sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean (Cfr. Ibidem, Decreto Presbyterorum Ordinis n. 6). que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que –aunque conociese perfectamente– no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados.

En una palabra: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental auricular y secreta, perdona los pecados. La administración de estos dos Sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor. Otras tareas sacerdotales –la predicación y la instrucción en la fe– carecerían de base, si no estuvieran dirigidas a enseñar a tratar a Cristo, a encontrarse con El en el tribunal amoroso de la Penitencia y en la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario, en la Santa Misa.

Dejad que me detenga, todavía un poco, en la consideración del Santo Sacrificio: porque, si –para nosotros– es el centro y la raíz de la vida del cristiano, lo debe ser de modo especial de la vida del sacerdote. Un sacerdote que, culpablemente, no celebrase a diario el Santo Sacrificio del Altar (Cfr. Ibidem), demostraría poco amor de Dios; sería como echar en cara a Cristo que no comparte su afán de Redención, que no comprende su impaciencia por entregarse, inerme, como alimento del alma.

1. La contradicción de los buenos

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Era media tarde cuando el Fundador del Opus Dei llegó a Diego de León, 14. Dos o tres estudiantes estaban sentados en el banco del amplio zaguán, al pie de las escaleras que dan acceso a la zona de representación de esa casa. Les saludó, les preguntó qué estaban estudiando, se quedó un rato con ellos. Entre­tanto, fueron llegando otros, que volvían de sus clases. Trataron de retenerlo contándole algunas anécdotas de su labor apostó­lica, y uno empezó a hablar de un compañero que había participa­do tiempo atrás en una manifestación en la que se oyeron también algunos gritos contra el Opus Dei… Inmediatamente, antes de que el chico pudiera seguir, el Fundador de la Obra le interrumpió con unas palabras parecidas a las siguientes: Pues hacía muy bien. Estaba en su derecho: si pensaba así, debía hacerlo.

Luis Calle entró en ese momento, a tiempo de oír que luego ese estudiante había conocido a fondo la Asociación, y pidió ser admitido… Advirtió de quién se hablaba, y se adelantó: ‑Era yo, Padre. Mons. Escrivá de Balaguer sonrió. Le abrazó con fuerza y, mirándole con mucho cariño, le habló de perseverancia, mientras le hacía la señal de la cruz en la frente.

La anécdota es expresiva, a mi juicio, del profundísimo amor que el Fundador del Opus Dei tuvo siempre por la libertad. Era una de las razones que le llevaban a disculpar y comprender, incluso, a quienes no le comprendían o llegaban a insultar a la Obra. Nunca se defendía, si se trataba de su persona. No obstante, si se referían al Opus Dei, sabía dejar la verdad bien manifiesta, perdonando a las personas sin ceder a sus ofensas. como un buen hijo no tolera que maltraten a sus padres.

Este talante explica que mirara con afecto a los románticos del siglo XIX. En la Pascua de 1974 hablaba de ellos a unos, estudiantes universitarios de todo el mundo en estos términos:

Tenían toda una ilusión romántica, se sacrificaban y lucha­ban por alcanzar esa democracia con la que soñaban, y una libertad personal con responsabilidad personal.

Así hay que amar la libertad: con responsabilidad perso­nal. (…) Pienso que soy ‑les decía bromeando‑ el último romántico, porque amo la libertad personal de todos ‑la de los no católicos también‑ (…) Amo la libertad de los demás, la vuestra, la del que pasa ahora mismo por la calle, porque si no la amara, no podría defender la mía. Pero ésa no es la razón principal. La razón principal es otra: que Cristo murió en la Cruz para darnos la libertad, para que nos quedáramos in libertatem gloriae filiorum Dei.

La primera anécdota la presencié en el zaguán de Diego de León el 12 de abril de 1972. Pero bien podía haber ocurrido treinta años antes, pues fue allí, en esa casa de Diego de León, donde el Fundador del Opus Dei, que conocía el duro sabor de las contradicciones desde 1929, sufrió, a partir de 1940, graves y duras calumnias, que Dios le ayudó a sobrellevar con alegría, con sentido sobrenatural, y con una alta dosis también de respeto por la libertad ajena.

En los primeros años fundacionales, había sentido ya la amargura de la incomprensión. Lo dejó escrito, con visión de futuro, en 1932:

Comprensión, pues, aunque a veces haya quienes no quieran comprender: el amor a todas las almas os ha de llevar a querer a todos los hombres, a disculpar, a perdonar. Debe ser un amor que cubra todas las deficiencias de las miserias hu­manas; debe ser una caridad maravillosa: veritatem facientes 111 caritate (Ephes., IV, 15), siguiendo la verdad del Evangelio con caridad.

Tened en cuenta que la caridad, más que en dar, está en comprender. No os escondo que yo estoy aprendiendo, en mi propia carne, lo que cuesta el que a uno no le comprendan. Me he esforzado siempre en hacerme comprender, pero hay quienes están empeñados en no entenderme. También por esto quiero comprender a todos; y vosotros siempre debéis esforzaros en comprender a los demás.

Con espíritu de comprensión y con afán de verdad, he intentado escribir las páginas que siguen. Por eso, aunque contienen forzosamente referencias a equivocaciones y errores tremendos que cometieron personas de carne y hueso, sus nombres no se citan, ante todo, por fidelidad a la persona que las sufrió en su propia alma. E1 Fundador del Opus Dei, no sólo comprendió y perdonó desde el primer momento, sino que, a la vez, prohibió a los socios de la Obra que hablasen, ni siquiera entre ellos, de esos sucesos, para no dar nunca ni la menor ocasión a posibles faltas de caridad. Les indicó, además, que si personas ajenas a la Asociación planteaban el tema en sus conversaciones, ellos debían limitarse a exponer la verdad con sencillez, a aludir a que perdonaban, a olvidar, y a seguir trabajando sin dar más importancia a dimes y diretes, por insidiosos que fueran.

No era éste un consejo de circunstancias. El Fundador del Opus Dei había inculcado desde siempre ese enfoque recio de la caridad. Antes de que tuviese que sufrir en su carne mezquinas trapisondas y gravísimas calumnias, su rica vida interior le había ido preparando para pasar por encima, llevándolas con dolor, en silencio, sin una queja. Las disposiciones de su alma habían quedado reflejadas, tiempo atrás, al redactar algunos puntos de Camirio, publicado en 1939:

Se han desatado las lenguas y has sufrido desaires que te han herido más porque no los esperabas.

Tu reacción sobrenatural debe ser perdonar ‑y aun pedir perdón‑ y aprovechar la experiencia para despegarte de las criaturas (Camino, 689).

Cuando venga el sufrimiento, el desprecio…, la Cruz, has de considerar: ¿qué es esto para lo que yo merezco? (Camino, 690).

Conocí personalmente al Fundador del Opus Dei el 8 de, septiembre de 1960, en el Colegio Mayor Aralar de Pamplona. Estábamos un centenar de estudiantes. Uno le preguntó que cuándo se escribiría la historia de la Obra, y podríamos conoce¡ todo lo que había pasado antes de la aprobación definitiva por la Santa Sede. Respondió con una metáfora que habla de rosas Y espinas. Me quedó grabada la idea: a veces, las espinas hieren a; que corta una rosa; pero prescinde del pinchazo, ante el aroma la belleza de la flor.

Muchos años después he recordado esta imagen, al leer texto‑r de Mons. Escrivá de Balaguer sobre el buen espíritu de los socio:, de la Obra, que no dejan albergar en el corazón más que sentimientos de amor, de comprensión, de perdón sobrenatural. No obstante, a pesar de conocer esa realidad, el Fundador insistiría en no hablar de esos momentos de la historia del Opus Dei, porque ciertas anécdotas podrían provocar, sobre todo en los más jóvenes, una reacción poco mesurada ‑limpia, pero llena de ímpetu juvenil‑, que injustamente pudiera interpretarse como agresiva o poco cristiana.

Realmente Dios quiso servirse de personas, convencidas de que luchaban por una buena causa, para hacer que el Fundador del Opus Dei participase más aún de la Cruz de Cristo ‑quien sufrió antes que nadie la persecución y la calumnia de los buenos‑: a pesar de todo, el Señor escribiría derecho con renglones torcidos.

El 16 de junio de 1974, en Buenos Aires, una madre de familia habló al Fundador del Opus Dei de la vocación de sus hijos, que algunos no entendían. Mons. Escrivá de Balaguer respondió con una pregunta: qué sería de un cuadro si todo estuviera lleno de luz, y no hubiera sombras… ¡No habría cuadro! De modo que es conveniente que algunos no entiendan. Además, cuando llegan a entender les da mucha vergüenza, y se hacen santos.

Tenía experiencia personal desde 1929. Las incomprensiones se localizaban una a una, porque la Obra entonces apenas era conocida. Pero todas tenían idéntica raíz: un puro no entender el mensaje nuclear del Opus Dei, que lleva la santidad al centro de la vida ordinaria. A muchos pareció locura, como vimos. Otros, simplemente, se aferraban a los esquemas conocidos, que son siempre válidos para los que tengan esa vocación. Si un muchacho mostraba deseos de mayor compromiso en su vida cristiana, no tenía otro camino que ingresar en un seminario o en un noviciado. No concebían que también pudiera seguir en el mundo, pugnando por la santidad, sin cambiar sus circunstan­cias familiares y profesionales.

Fue después de 1939 cuando arreciaron las dificultades, especialmente en Madrid y en Barcelona. El Fundador del Opus Dei, al principio, no quería creer que estuviera ante una auténtica y tenaz campaña, pero las pruebas adquirieron tal peso que no tuvo más remedio que rendirse ante la evidencia.

Llegaron a intranquilizar la conciencia de los padres de los socios de la Obra. Unas veces era en el confesonario. Otras yendo expresamente a visitar a las familias. Como anécdota significativa de la novedad del mensaje del Fundador del Opus Dei, don Amadeo de Fuenmayor relató lo que sigue a un periodista, el día que falleció Mons. Escrivá de Balaguer: “Tal vez porque hoy se cumple el primer aniversario de la muerte de mi madre, me viene ahora al recuerdo algo que ella me refirió en el año 1941… Me contó que una persona le acababa de visitar para advertirle que su hijo estaba en peligro de condenación; y al preguntarle yo si le había explicado el motivo de ese tan terrible parecer, dijo que a los socios del Opus Dei nos tenían alucinados, porque nos hacían creer que se puede ser santo en medio del mundo”.

Aquella persona, que no conocía de nada a la madre de Amadeo de Fuenmayor, fue a verla en Barcelona, con ocasión de un viaje que ella hizo desde Valencia, donde vivía. Le dijo además que podía y debía disuadir a su hijo Amadeo del camino que había emprendido, sin que fuera obstáculo la circunstancia ‑que él probablemente alegaría‑ de que ya era mayor de edad. Y le previno contra don Antonio Rodilla, Vicario general de la diócesis de Valencia, porque “era de los suyos”. El panorama quedaba así cerrado, pues ella no podía acudir al Arzobispo ‑don Prudencio Melo y Alcalde‑ por ser el prelado persona de edad avanzada.

“No he de decir ‑concluye don Amadeo de Fuenmayor‑ el tremendo disgusto que sufrió mi pobre madre, que tuvo que guardar cama durante varios días. Después todo se aclaró para ella, por intervención de don Antonio Rodilla, al que acudió en consulta, trocando su disgusto en alegría grande, porque su hijo había encontrado un camino de santidad en el mundo”.

Muchos padres y madres lloraron. Les anunciaban efectiva­mente que sus hijos estaban en una cosa herética, y que se iban a perder. Todo, porque no comprendían el alcance de la predica­ción del Fundador del Opus Dei acerca de la llamada universal a la santidad. Muchos años después, al comenzar el curso 1970‑71, lo recordaría el Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla, a los estudiantes del Colegio Mayor Universitario Guadaira. Les definió el Opus Dei como un fenómeno espiritual nuevo en la vida de la Iglesia: “Esta misma novedad ‑se lee en una crónica de la prensa Sevillana de aquellos días‑ fue lo que provocó, hace años, la incomprensión de algunas personas, que no compren­dieron su carácter laical eminentemente apostólico y sobrena­tural”.

El propio don Antonio Rodilla manifiesta ahora: “Fue per­seguido, acusado falsamente y calumniado en público. Yo mis­mo tuve que deshacer embustes entre Prelados y Consiliarios nacionales de A. C.

“Había ferocidad y pertinacia en la persecución. No oí calumnias ni acusaciones contra su vida privada, pero sí respecto de sus actuaciones apostólicas, cuyos fines se consideraban aviesos, y acerca de su ortodoxia.

“En el noviciado de una benemérita Congregación de religio­sas se le presentó como el anticristo, y se dijo y repitió por muchos, en muchos ámbitos religiosos, que se trataba de una nueva herejía.

“(…) Se amañaba una anécdota mezclando datos verdaderos

y evidentes con otros inventados e irritantes. Producida la irritación, necesitaba ésta cebarse hasta la ceguera y corría como un incendio forestal no sólo entre resentidos, siempre hambrien­tos de morder, sino entre los más sensibles contra las injusticias, y malos con buenos se unían contra el inocente calumniado: don Josemaría y su Obra eran una organización secreta, clandes­tina y herética”.

Una de estas habladurías se centró sobre la Residencia de estudiantes en la calle de Jenner. Corrió la voz por Madrid de que su oratorio estaba lleno de signos cabalísticos. Simplemente sucedía que en la parte central de un friso sobre el altar, estaba grabado aquel verso de un himno litúrgico: Congregavit ríos in unum Christi amor. En los laterales del friso se había puesto una frase de los Hechos de los Apóstoles: Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, in communicatione fractionis panis, et orationibus (Act., 11, 42). Las palabras iban separadas por símbolos eucarísticos y litúrgicos: los panes, la espiga, la vid, el lumen, la paloma, la cruz… Éstos eran los signos cabalísticos y jeroglíficos.

Otra historia que dio que hablar fue la del oratorio elíptico en la casa de la calle Diego de León. El P. Severino Álvarez, dominico, Decano de la Facultad de Derecho Canónico del Ange­licum de Roma, contaba en 1950 que tiempo atrás se había recibido en el Santo Oficio una denuncia contra el Opus Dei, en la que entre otras cosas, se indicaba que el oratorio de un centro que tenía en Madrid era elíptico. El Maestro General de los Dominicos, aprovechando que el P. Severino venía a España, le encargó que viera personalmente qué tenía de malo el oratorio en cuestión. El P. Severino se presentó en Diego de León y lo examinó con todo detalle. Comentaba, medio indignado, medio riéndose, qué podía tener de malo aquel oratorio, instalado en un salón de planta en cierto modo parecida a una elipse, la habitación más digna y más capaz de la antigua casa de la familia López Puigcerver.

Todos los testigos coinciden en que la reacción del Fundador del Opus Dei fue siempre sobrenatural. Ofrecía su Misa por los que le calumniaban, y animaba a los socios de la Obra a que hicieran por ellos mortificaciones duras, incluso, corporales. Ni una palabra de falta de caridad ‑expone don José Luis Múzquiz‑ se escapó de sus labios: era verdaderamente heroico, pues sufría mucho, porque a su labor apostólica intensísima se unía este peso de la contradicción de los buenos.

En 1941, la contradicción se hizo especialmente aguda en Barcelona. Un buen grupo de chicos iba por el Palau, un pequeño piso en la calle Balmes, cerca de la de Aragón, alquilado por Alfonso Balcells, quien, aunque no había pedido la admisión en el Opus único con la carrera terminada.

A pesar de que por aquellos días no debían pasar de media docena los que en Barcelona habían pedido la admisión en el Opus Dei ‑todos aún estudiantes‑, se armó mucho ruido contra la Obra. En una ocasión, don Pascual Galindo, sacerdote amigo del Fundador, fue a la Ciudad Condal y estuvo en el Palau. Al día siguiente celebró Misa en un colegio de monjas situado en la esquina de la Diagonal y la Rambla de Cataluña. Le acompañaron algunos del Palau, que asistieron a Misa y comulgaron. La Superiora y alguna otra monja allí presente quedaron muy edificadas por la piedad de esos jóvenes estudian­tes, y les invitaron a desayunar con don Pascual Galindo. En pleno desayuno don Pascual dijo a la Superiora: “Estos son los herejes por cuya conversión me pidió usted que ofreciera la Misa”. La pobre monja ‑recuerda uno de ellos‑ a poco se desmaya: le habían hecho creer que éramos una legión numero­sísima de verdaderos herejes y se encontró con que éramos unos pocos estudiantes corrientes y molientes que asistíamos a Misa con devoción y comulgábamos”.

En la Universidad eran tachados de herejes en público. Se les calificaba como gente rara. Pero su comportamiento era en todo normal, sin una palabra de queja o de amargura. Seguían el ejemplo y el consejo del Fundador: callaban, trabajaban, son­reían, perdonaban. Y veían todo aquello como algo providencial, que Dios haría fructificar para bien. Rafael Termes, entonces director del Falau, dio una gran alegría al Fundador, al escribirle desde Barcelona que podía estar tranquilo con ellos, pues ni una palabra de falta de caridad se había escapado de sus labios.

Aunque en el Palau no había oratorio, se había puesto una cruz de palo, como esa cruz de madera negra, sin brillo y sin imagen del Crucificado, descrita en 1934 en Consideraciones Espirituales:

Dei, quiso facilitar la gestión, porque era el Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú.

Se difundió por Barcelona que se crucificaban en esa pobre cruz, que había unos estudiantes que hacían ritos sangrientos en la calle Balmes.

A don Josemaría le dolió una vez más esta absurda afirma­ción. Pero su prudencia le llevó a hacer sustituir esa cruz por otra muy pequeña: Así no podrán decir -bromeó- que nos crucificamos, porque no cabemos.

Fray José López Ortiz corrobora que el Fundador del Opus Dei, ante esos y otros ataques y enredos, lo pasó mal, pero “no sufría por su persona, sino por el Señor, por la Iglesia, por la Obra y por las almas. A él personalmente no le importaba ni su honra ‑con tanta calumnia encima‑, ni su prestigio, ni su fama, ni nada: era ejemplarmente humilde”.

La situación llegó a extremos de tal gravedad que no podía ir por Barcelona, pues corría el riesgo de ser detenido. A pesar de todo, hizo algún viaje desde Madrid, en avión, regresando en el día, para no tener que alojarse en ningún hotel. Su billete iba a nombre de Josemaría E. de Balaguer, a fin de no poner en marcha a la policía, pues se le conocía más como P. Escrivá. Le había dado este consejo el Nuncio, Mons. Cicognani.

Era entonces Gobernador civil de Barcelona Correa Veglison. Años después, el doctor Balcells le habló de aquel viaje: “Me alegro ‑dijo Correa‑ de no haber sabido que fue entonces Monseñor Escrivá a Barcelona: tales eran las cosas que decían de él que hubiera enviado la policía al aeropuerto a detenerlo”.

En aquella época, la Abadía de Montserrat era uno de los centros más importantes de espiritualidad en toda España. Afortunadamente, don Aurelio M. Escamé, Abad‑Coadjutor de Montserrat, se dirigió al Obispo de Madrid pidiéndole informa­ción sobre el Opus Dei. La respuesta de don Leopoldo Eijo y Garay al Abad Escarré lleva fecha del 24 de mayo de 1941: “Ya sé el revuelo que en Barcelona se ha levantado contra el Opus Dei. Bien se ve la pupa que le hace el enemigo malo. Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean el instrumento para el mal; claro es que putantes obsequium se praestare Deo “. Don Leopoldo añade que sabe todo sobre la Obra, porque “desde que se fundó en 1928 está tan en manos de la Iglesia que el Ordinario diocesano, es decir, o mi Vicario General o yo, sabemos, y cuando es menester dirigimos, todos sus pasos; de suerte que desde sus primeros vagidos hasta sus actuales ayes resuenan en nuestros oídos, y… en nuestro corazón. Porque, créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos”.

En su carta, el Obispo de Madrid se detiene en la descripción de las virtudes sacerdotales ‑incluida la extrema docilidad a su prelado‑ del Fundador del Opus Dei, y sale al paso de la específica calumnia relativa al secreto de la Obra: “La asociación secreta, que dicen los denigradores, no ha nacido sino con la bendición de la autoridad diocesana, y no da paso de alguna importancia sin pedirla, amén de la aprobación”. La discreta reserva ‑nunca secreto‑ que el Dr. Escrivá inculca es “el antídoto contra el faroleo, la defensa de una humildad que él quiere que sea colectiva, no sólo individual”. “No merece más que alabanzas el Opus Dei ‑concluye don Leopoldo‑; pero los que lo amamos no queremos que se lo alabe, ni se lo pregone”, porque su único afán es “trabajar calladamente, con humildad, con alegría interna, con entusiasmo apostólico que no se desvir­túe, precisamente porque no se desborda en ostentaciones”.

Esta carta tuvo gran importancia, pues varias familias encontraron apoyo y consuelo en Montserrat, y pudieron tranqui­lizar sus conciencias. El Rector del Seminario de Barcelona, Vicente Lores, que envió el 11 de julio de 1941 un extenso escrito sobre el Opus Dei a Mons. Díaz Gómara, Obispo Administrador apostólico de Barcelona, acompañaba su informe con una copia de esa, para él, “carta definitiva”: “Su lectura desvanece todo género de duda en los más exigentes”.

Entretanto, en Madrid iba alcanzando su punto de máxima gravedad la calumnia que tachaba a los socios de la Obra de masones. A pesar de lo absurdo de esta calumnia, llegaron a denunciar al Fundador ante el Tribunal de Represión de la Ma­sonería.

Acusaban al Opus Dei de ser “una rama judaica de los masones”, o “una secta judaica en relación con los masones”. El general Saliquet, Presidente del Tribunal, puso punto final a la historia. Cuando le hablaron de los socios del Opus Dei como ciudadanos y cristianos corrientes que no se diferenciaban en nada de sus colegas, como gente limpia, honrada y trabajadora, de vida casta…, preguntó: ‑¿Pero viven la castidad? Le dijeron que sí, y él contestó: ‑Entonces no hay que preocuparse: si viven la castidad, no son masones, pues no conozco masones que sean castos. Y dio carpetazo al expediente.

No obstante, todo aquello había hecho sufrir también al Fundador del Opus Dei. El P. Sancho, O.P., refleja que un día, al terminar su clase en Diego de León, 14, subió al cuarto de trabajo de don Josemaría, junto al oratorio, y lo encontró muy apenado. Mons. Escrivá de Balaguer le explicó que habían hecho unas denuncias de que somos masones, y le hizo notar que el posible motivo de la calumnia no podía ser más que la naturalidad con que vivían los socios del Opus Dei, fieles corrien­tes, ciudadanos como los demás, que no pregonaban su dedica­ción interior a Dios en la Obra, entonces en gestación jurídica dentro de la Iglesia.

El P. Sancho le consoló como pudo. Se daba cuenta de las graves consecuencias que una acusación de ese estilo podía tener en aquel momento de la vida española. “Ese día ‑anota también‑ en que el Padre estaba tan dolido después de toda aquella noche de sufrimiento y oración, destacaba su espíritu sobrenatural. Él siempre lo llevaba todo a Dios, siempre; y ofrecía al Señor sus sufrimientos con serena alegría”.

Y don Antonio Rodilla añade: “No habría sido cabal prueba si él no hubiese sentido el dolor y la vergüenza de arañazos y mordiscos y bofetones y salivas. Los sintió y es posible que le arrancaran lágrimas y dieran zozobras, pero no perdió un instante el amoroso abrazo a su cruz ni el amor a sus persegui­dores”.

En medio de estas duras pruebas, no le faltó el aliento y el consuelo de la fidelidad de los socios de la Obra. Pero también muchas otras personas supieron estar junto a él, con visión sobrenatural y lealtad humana. Como certifica el P. Sancho, “gracias a Dios que todos los obispos, todos, se pusieron de su parte; especialmente le quería y le bendecía con predilección el Obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay”.

Es justo subrayar ‑con el P. Sancho‑ la firme y clara actitud que adoptó en todo momento don Leopoldo Eijo y Garay.

Siempre difundió ideas semejantes a las que en mayo de 1941 comunicaba al Abad Escarré.

Monseñor Castán, entonces obispo auxiliar de Tarragona, supo por don Leopoldo que un día fue una comisión a hablar con él para acusar y denunciar al Opus Dei, sugiriéndole que inter­viniera contra la Asociación y contra su Fundador. Don Leopoldo les dejó hablar y luego apostilló tajantemente que había actuado directamente y con pleno conocimiento de causa en su aproba­ción. Mons. Castán recuerda con certeza unas palabras textuales que el obispo de Madrid pronunció en esa ocasión: “Esa criatura ha nacido en estas manos”.

El P. Carlos Calaf, operario diocesano, relata otra anécdota semejante, que localiza en 1940. El propio don Leopoldo se la contó. El día de la Procesión del Corpus iba a su derecha, llevando una barra del Palio, un joven que había dicho alguna cosa menos conveniente contra el Opus Dei; y, “aun llevando el Santísimo en la mano ‑me decía el Patriarca‑, me dirigí a él y le dije: mira. por lo que más vale en el mundo y lo que más estimo, que es Jesús Sacramentado, no ataques, no digas nada en desdoro de esa Obra, que la quiero como a la niña de mis ojos”.

Hace mucho tiempo, muchísimo ‑evocaría el propio Fundador del ­Opus Dei‑, cuando vivía en Lagasca, una noche, estando ya acostado y empezando a conciliar el sueño ‑cuando dormía, dormía muy bien; no he perdido el sueño jamás por las calumnias, persecuciones y trapisondas de aquellos tiempos‑, sonó el teléfono. Me puse y oí: Josemaría…Era don Leopoldo, entonces obispo de Madrid. Tenía una voz muy cálida. Ya muchas otras veces me había llamado a esas horas, porque él se acostaba tarde, de madrugada, y celebraba la Misa a las once de la mañana.

Qué hay?, le respondí. Y me dijo: ecce Satanas expetivit vos ut cribraret sicut triticum (Le., XXII, 31). Os removerá, os zarandeará, como se zarandea al trigo para cribarlo. Luego añadió: yo rezo tanto por vosotros… Et tu… confirma filios tuos! Tú, confirma a tus hijos. Y colgó. ¿Bonito, verdad?

Para más de uno, la actitud del Patriarca no acababa de tener explicación. Lo consideraban un obispo de corte tradicional, proclive a la estima de un “clero serrano, escalafonado, rural”, que “amparaba decisivamente una experiencia como la del Opus Dei, de signo contrario”. Así lo esboza el P. Federico Sopeña en su libro Defensa de una generación. El P. Sopeña cita también una anécdota que debió tener amplia difusión por los años cuarenta: el Patriarca, antes de dar la comunión a un conocido seglar, le dijo con decisión: “quien critica al Opus Dei, critica al Patriarca”.

El 25 de junio de 1944 don Leopoldo Eijo y Garay confirió el sacramento del Orden a los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Ese día fue a almorzar a Diego de León, 14, y después estuvo charlando con un buen grupo de socios de la Obra que habían venido de otras ciudades a la ordenación. Les confió que, en algún momento, había temido que reaccionaran con violencia o con faltas de caridad, pero se quedó muy tranquilo un día, cuando don Álvaro del Portillo le dijo, mirando el crucifijo:

‑;No! Les perdonamos y además les agradecemos todo. Por qué se ha de enfadar el enfermo con el bisturí, y más si el bisturí es de platino?

Don Álvaro del Portillo había aprendido del Fundador a perdonar, a contemplar en todo aquello la mano de Dios, que quería purificarle a él y al Opus Dei. “¡Cuánto debe a sus perseguidores!”, exclama don Antonio Rodilla: le empujaban a la oración, a la humildad, a la mortificación, a la más heroica caridad, a la formación sobrenatural de los socios del Opus Dei.

Les enseñó ‑con su ejemplo y su palabra‑ a perdonar desde el primer momento a los obcecados detractores. Cuando alguien le daba noticia de una nueva falsedad ‑y eso ocurría a menudo varias veces al día‑ lo primero que hacía era invitarle a rezar un Padrenuestro o un Avemaría por quien le había calumniado. Para referirse a ellos, y a su conducta, empleaba siempre una expresión significativa, que compendiaba su reacción sobrenatu­ral: era la contradicción de los buenos, que obraban putantes obsequium se praestare Deo, creyendo que prestaban un servicio a Dios.

“Jamás le vi una reacción de rencor ‑confirma por su parte el dominico P. Sancho‑. No era él hombre para eso, sino para comprender, perdonar y olvidar. Reaccionaba siempre sobrena­turalmente y con mucha mansedumbre”.

Fray José López Ortiz marca la misma idea: “Sufría mucho, porque él tenía un espíritu muy grande y abierto, un corazón magnánimo”.

Muchos años después, en Buenos Aires, Mons. Escrivá de Balaguer aludiría de pasada a aquellos momentos tremendos de los años cuarenta:

Poned siempre el signo más, que es la Cruz, la adición. De esa manera atraeréis, no repeleréis. ¿Y si os insultan? Más que a mí, me parece que no: …;como un trapo! Llegó un momento en el que tuve que ir una noche al Sagrario, allí, en Diego de León, a decir: Señor ‑y me costaba, me costaba porque soy muy soberbio, y me caían unos lagrimones…‑, si Tú no necesitas mi honra, yo ¿para qué la quiero?

El Fundador del Opus Dei, que tenia también en lo humano una gran sensibilidad, no pudo dejar de sentir el peso de tanta basura amontonada sobre él. Perdonó y ayudó a perdonar a todos, desde el primer momento. Pero los que estaban cerca de él, no olvidan que, por los años 1940 y 1941, había a veces días tan duros que, al atardecer, no podía literalmente sostenerse en pie, porque el cuerpo se le rendía. Se le veía agotado, por el trabajo constante ‑tenía fuerzas para impulsar la labor del Opus Dei por toda España, como si no pasara nada: era el motor del apostolado, empujando a los socios de la Obra, y haciendo continuos viajes a muchas ciudades del país‑, y porque le daban mucha pena las posibles ofensas que se hacían a Dios, y la confusión que se sembraba en tantas almas. De sí mismo se olvidaba, y por eso estaba feliz y alegre, con su buen humor habitual, y su sonrisa de siempre.

El 27 de junio de 1975, en La Vanguardia Española de Barcelona, Alfonso Balcells Gorina, testigo de excepción de las dificultades en aquella ciudad, redactó a vuelapluma: “Cuando al principio de los años cuarenta hubo en Barcelona incompren­siones y calumnias, nos enseñó el amor a la libertad y el respeto a la libertad de todos, y quiso que en el Colegio Mayor Monterols la inscripción Veritas liberabit vos presidiera su oratorio. Años antes de nuestra guerra, en la primera residencia de estudiantes, en Madrid, como luego en tantas otras, hizo poner en lugar visible el Mandatum novum: `amaos los unos a los otros…’ para que quedara bien grabado en la mente de todos que el espíritu de aquella casa y del Opus Dei parte de una pedagogía de amor”.

El Fundador del Opus Dei, maltratado, nunca dejó de sentirse feliz en medio del dolor. Sobrellevó todo con gran comprensión y cariño, sin una palabra de queja, saboreando en su oración el lesus autem tacebat, el silencio del Hijo de Dios ante Herodes.

A don Miguel Sancho Izquierdo, su maestro de Derecho natural en la Universidad de Zaragoza, le impresionó siempre esta actitud silenciosa de Mons. Escrivá de Balaguer: mientras nunca defendió su propia honra ‑observa‑, siempre salió en defensa de la Iglesia y del Vicario de Cristo cuando alguien conculcaba su buen nombre.

Fueron años duros ‑escribía para los socios del Opus Dei en 1961 su Fundador‑ porque esas calumnias las hacían llegar hasta lo más alto de la Iglesia, sembrando desconfianzas y recelos hacia la Obra. Yo (…) callaba y rezaba. Pero es lógico que ahora ‑cuando ya han desaparecido bastantes de esas personas que tanto daño pretendían hacer, quizá pensando obsequium se praestare Deo (lo., XVI, 2), que hacían un servicio a Dios; y otras, abriendo los ojos, han cambiado de criterio‑ os diga, por lo menos, que existieron esas contradicciones.

Sin embargo, ni aun entonces quiso que los socios y asociadas que no las habían vivido, conocieran esas páginas de la historia del Opus Dei, para que, ni remotamente, pudiera nacer en sus corazones un resentimiento o un desamor, hacia quienes volun­taria o involuntariamente hayan sido causa de alguno de los sufrimientos, que hemos tenido que padecer.

Hasta el fin de sus días sobre la tierra dio ejemplo de corazón grande, capaz de perdonar sin reservas:

En la Santa Misa me acuerdo de pedir no sólo por mis hijos, por mis padres y mis hermanos, por los padres y los hermanos de mis hijos, sino también por los que están en la tierra y desean molestarnos, y por los que nos han calumniado y ya han ido a rendir cuentas al Señor. Digo: Señor, yo los perdono para que Tú los perdones y para que perdones nuestros pecados. Te ofrezco sufragios por sus almas: los mismos que te ofrezco por mis hijos, y por mis padres, y por los padres de mis hijos. ;Todos igual!

El Señor está contento, y también yo me quedo muy tranquilo. Lo mismo os aconsejo a vosotros: no queráis mal a nadie, nunca. Criar mala sangre sólo lleva a desgracias, ¿y cómo vamos a ser desgraciados, si somos hijos de Dios? Hay que saber perdonar.

Después, si alguno os dice que es heroísmo, os reís. Es una cosa estupenda. ¿Acaso no nos perdona Dios cuando le ofende­mos? ¿Cómo no vamos a perdonar nosotros?

A pesar de esta generosa actitud ‑no exenta de cristiana elegancia, de buen sentido del humor‑, al Fundador del Opus Dei le dolió en carne viva la grave contradicción, que apenas; queda aquí apuntada.

Quizá lo comprenderán mejor quienes vieron, por la pequeña pantalla, las imágenes filmadas el 23 de junio de 1974 en c Teatro Coliseo de Buenos Aires. Una viuda le habló de su hijo único, sacerdote, y Mons. Escrivá de Balaguer seguía sus palabras con una sonrisa amplia, acogedora. Su expresión alegre se fue transformando en gesto serio, preocupado, cuando esa madre ‑en su rostro se notaban las huellas de un profunda dolor‑ le contó entre sollozos que la vocación de su hijo se desviaba del buen camino.

Ese corazón grande y apasionado, que tan fácilmente se identifica con el sufrimiento ajeno, padeció lo indecible en los años cuarenta, porque las tremendas injusticias que sufrió ofendían a Dios, confundían a muchas personas y empecataban el alma de quienes las cometían. El Fundador del Opus Dei, que sabía querer, calló, perdonó y rezó, quitando importancia a su heroísmo: si alguno os dice que es heroísmo, os reís…

Surgía también aquí un rasgo característico de su persona­lidad ‑distraer la atención de su persona, para centrarla en Dios‑, que reflejaba la objetividad propia de la humildad cristiana que vivía. Evidentemente, ofrecer iguales sufragios por los que nos han querido que por los que nos han hecho daño resulta insólito, desproporcionado, heroico. Pero, a quien se comporta así, porque de veras trata de vivir el Evangelio, le parece poca cosa, apenas nada, pues su alma fiel no deja de comparar ese esfuerzo con el Sacrificio divino de Cristo en el Calvario.

Jesucristo muere en la Cruz para redimir a la humanidad entera. Su amor, que nos gana la libertad de la gloria de los hijos de Dios, exige inequívocamente que perdonemos siempre y en todo, aunque humanamente se nos haga duro, difícil de entender y de vivir. Pero el cristiano lo puede todo con la gracia divina. Los brazos abiertos de Jesús en el Madero ‑con gesto de sacerdote eterno, en expresión querida al Fundador del Opus Dei, que tan de cerca sintió la Cruz durante la contradicción de los buenos‑, le ayudaron a sobrellevar con garbo su tremendo peso, objetivamente duro, agotador, difícil de comprender, incluso al cabo de los años.

«Ahora noto más mis defectos»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

(ManuelArmesto Garcia falleció el 11–X–1979. Publico la entrevista tal como apareció en 1976.)

Manuel es ciego desde los 17 años y tiene ahora 46. Vendió cupones, se hizo profesor mercantil y trabaja en la Organización de Ciegos. Es miembro del Opus Dei desde hace seis años. Conoció la Obra por un sacerdote.

–Me acuerdo que me impresionó mucho cuando me dijeron: «La oración se hace aunque prenda fuego la casa». Era una manera de decir, claro… para que viera la importancia de tener todos los días un rato de relación y de hablar a solas con Dios. Me impresionaba la alegría y el observar en todos cómo se vive en la presencia de Dios… Se nota mucho que llevan una vida espiritual intensa y constante. Y las virtudes humanas, que se aprecian en todos ellos. No sé qué pasa, que sin darnos cuenta, las adquirimos. Yo, que soy un ceporro y creo que soy igual que era… resulta que la gente me hace notar que no.

–¿Y no ha cambiado?

–Tenía un genio tremendo, y ahora me lo aguanto. Me dicen que tengo buen carácter. El Opus Dei tiene que salir a pesar de nosotros. Y sale…

–¿Se considera mejor que los demás?

–¡No, hombre, no! Sigo con los mismos defectos que tenía, pero tengo la alegría de saber que no importa, si lucho por tratar de dominarlos, y que el Señor está contento si lucho contra ellos. Yo tenía mi soberbia, me lo tenía muy creído. Y ahora noto más mis defectos, porque me preocupo de examinarme. Soy muy bueno si me comparo y muy malo si me examino: he aprendido a no compararme y a examinarme.

–¿Qué le da el Opus Dei?

–En lo espiritual, no lo podría medir. En lo material, al Opus Dei hay que darle todo. El Opus Dei lo que hace es pedir y no dar.

–¿Qué le da usted al Opus Dei?

–Nada. Lo que le doy no tiene valor. Pienso, y creo que nos debe pasar a muchos… o a casi todos, que lo que hago es estorbar.

–He oída decir que los ciegos tienen más vida interior…

–Tonterías. No es verdad. Somos igual que antes, pues somos las mismas personas que antes. A las dos semanas eres igual que una semana antes de quedar ciego. Se adapta uno, y espiritualmente sigues siendo el mismo.

–¿Qué virtudes considera más importantes como miembro del Opus Dei?

–Aparte de la caridad, la humildad, la fe y la esperanza, que son básicas, considero muy importante la alegría, la reciedumbre, la laboriosidad, la lealtad, la sinceridad…

–¿Qué hace usted para conseguirlas?

–Pedir ayuda a1 Señor y a Santa María, porque yo, por mí mismo, no sería capaz nunca de conseguirlas.


La Ascensión

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y, al verlo, le adoraron; pero otros dudaron. Y acercándose Jesús les habló: Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. (Mt 28, 16-20)

Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.

Y después de decir esto, mientras ellos miraban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos. (Hechos 1, 8-9)

“Cristo ha subido a los cielos, pero ha trasmitido a todo lo humano honesto la posibilidad concreta de ser redimido. (…) No me cansaré de repetir, por tanto, que el mundo es santificable; que a los cristianos nos toca especialmente esa tarea, purificándolo de las ocasiones de pecado con que los hombres lo afeamos, y ofreciéndolo al Señor como hostia espiritual, presentada y dignificada con la gracia de Dios y con nuestro esfuerzo. En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el Bautismo, es la corredención. Nos urge la caridad de Cristo[i], para tomar sobre nuestros hombros una parte de esa tarea divina de rescatar las almas. (…)

Tenemos una gran tarea por delante. No cabe la actitud de permanecer pasivos, porque el Señor nos declaró expresamente: negociad, mientras vengo[ii]. Mientras esperamos el retorno del Señor, que volverá a tomar posesión plena de su Reino, no podemos estar cruzados de brazos. La extensión del Reino de Dios no es sólo tarea oficial de los miembros de la Iglesia que representan a Cristo, porque han recibido de El los poderes sagrados. Vos autem estis corpus Christi [iii], vosotros también sois cuerpo de Cristo, nos señala el Apóstol, con el mandato concreto de negociar hasta el fin.

Queda tanto por hacer. ¿Es que, en veinte siglos, no se ha hecho nada? En veinte siglos se ha trabajado mucho; no me parece ni objetivo, ni honrado, el afán de algunos por menospreciar la tarea de los que nos precedieron. En veinte siglos se ha realizado una gran labor y, con frecuencia, se ha realizado muy bien. Otras veces ha habido desaciertos, regresiones, como también ahora hay retrocesos, miedo, timidez, al mismo tiempo que no falta valentía, generosidad. Pero la familia humana se renueva constantemente; en cada generación es preciso continuar con el empeño de ayudar a descubrir al hombre la grandeza de su vocación de hijo de Dios, es necesario inculcar el mandato del amor al Creador y a nuestro prójimo”.

Es Cristo que pasa, 120-121

“Nunca hablo de política. No pienso en el cometido de los cristianos en la tierra como en el brotar de una corriente político–religiosa –sería una locura–, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el espíritu de Cristo en todas las actividades de los hombres. Lo que hay que meter en Dios es el corazón de cada uno, sea quien sea. Procuremos hablar para cada cristiano, para que allí donde está –en circunstancias que no dependen sólo de su posición en la Iglesia o en la vida civil, sino del resultado de las cambiantes situaciones históricas–, sepa dar testimonio, con el ejemplo y con la palabra, de la fe que profesa.

El cristiano vive en el mundo con pleno derecho, por ser hombre. Si acepta que en su corazón habite Cristo, que reine Cristo, en todo su quehacer humano se encontrará –bien fuerte– la eficacia salvadora del Señor. No importa que esa ocupación sea, como suele decirse, alta o baja; porque una cumbre humana puede ser, a los ojos de Dios, una bajeza; y lo que llamamos bajo o modesto puede ser una cima cristiana, de santidad y de servicio”.

Es Cristo que pasa, 183

Las Bienaventuranzas

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu… (Mt, 5, 1 ss).

Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña están en el centro de la predicación de Jesús, y en ellas Dios nos llama a su propia bienaventuranza.

La predicación de san Josemaría Escrivá, que bebe directamente en las páginas del Evangelio, se detiene con frecuencia en las bienaventuranzas, proponiéndolas como un ideal asequible para todos. Son un ideal realizable —recuerda—, no una utopía; constituyen un apasionante programa de vida que todos podemos llevar a cabo en nuestra existencia, luchando cada día con propósitos concretos de conversión y mejora.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

“Si tú deseas alcanzar ese espíritu, te aconsejo que contigo seas parco, y muy generoso con los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por veleidad, por vanidad, por comodidad…; no te crees necesidades. En una palabra, aprende con San Pablo a vivir en pobreza y a vivir en abundancia, a tener hartura y a sufrir hambre, a poseer de sobra y a padecer por necesidad: todo lo puedo en Aquel que me conforta[i]. Y como el Apóstol, también así saldremos vencedores de la pelea espiritual, si mantenemos el corazón desasido, libre de ataduras”.

Amigos de Dios, n. 123

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

“Gozas de una alegría interior y de una paz, que no cambias por nada. Dios está aquí: no hay cosa mejor que contarle a El las penas, para que dejen de ser penas”.

Forja, n. 54

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

“Me hizo pensar la frase dura, pero cierta, de aquel varón de Dios, al contemplar la altanería de aquella criatura: “se viste con la misma piel del diablo, la soberbia”.

Y vino a mi alma, por contraste, el deseo sincero de revestirme con la virtud que predicó Jesucristo, “quia mitis sum et humilis corde”, –soy manso y humilde de corazón–; y que ha atraído la mirada de la Trinidad Beatísima sobre su Madre y Madre nuestra: la humildad, el sabernos y sentirnos nada”.

Surco, n. 726

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

“Grabémoslo bien en nuestra alma, para que se note en la conducta: primero, justicia con Dios. Esa es la piedra de toque de la verdadera hambre y sed de justicia[ii], que la distingue del griterío de los envidiosos, de los resentidos, de los egoístas y codiciosos… Porque negar a Nuestro Creador y Redentor el reconocimiento de los abundantes e inefables bienes que nos concede, encierra la más tremenda e ingrata de las injusticias. Vosotros, si de veras os esforzáis en ser justos, consideraréis frecuentemente vuestra dependencia de Dios —porque ¿qué cosa tienes tú que no hayas recibido?[iii]—, para llenaros de agradecimiento y de deseos de corresponder a un Padre que nos ama hasta la locura”.

Amigos de Dios, n. 167

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

“Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia[iv]. Y en otra ocasión: sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso[v]. Nos han quedado muy grabadas también, entre otras muchas escenas del Evangelio, la clemencia con la mujer adúltera, la parábola del hijo pródigo, la de la oveja perdida, la del deudor perdonado, la resurrección del hijo de la viuda de Naím (…). ¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del Señor!”.

Es Cristo que pasa, 7

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios

“Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. Ni unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo y del propio corazón, para poder darlos sacrificadamente a otros.(…)

La santa pureza no es ni la única ni la principal virtud cristiana: es, sin embargo, indispensable para perseverar en el esfuerzo diario de nuestra santificación y, si no se guarda, no cabe la dedicación al apostolado. La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa”.

Es Cristo que pasa, n. 5

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

“Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas negativas, ni de ser antinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen.

—Pero comprensión no significa abstencionismo, ni indiferencia, sino actividad”.

Surco, n. 864

Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

“El desprecio y la persecución son benditas pruebas de la predilección divina, pero no hay prueba y señal de predilección más hermosa que ésta: pasar ocultos”.

Camino, n. 959

Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo.

“Ante las acusaciones que consideramos injustas, examinemos nuestra conducta, delante de Dios, “cum gaudio et pace” —con alegre serenidad, y rectifiquemos, aunque se trate de cosas inocentes, si la caridad nos lo aconseja.

—Luchemos por ser santos, cada día más: y, luego, “que digan”, siempre que a esos dichos se les pueda aplicar aquella bienaventuranza: “beati estis cum… dixerint omne malum adversus vos mentientes propter me” —bienaventurados seréis cuando os calumnien por mi causa” .

“San Josemaría es un gran comunicador”

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Entrevista a Juan Martín Ezratty, director del documental “Aprender a querer. Diálogo con San Josemaría”.

Opus Dei - Juan Martín en una filmación junto a la modelo  argentina Valeria Mazza

Juan Martín en una filmación junto a la modelo argentina Valeria Mazza

Juan Martín Ezratty ha realizado una serie de documentales en los que se muestra el mensaje de San Josemaría en diálogo con los argentinos. “Con el impulso de sus palabras”, “Amor a la libertad” y “Aprender a querer”, incluyen imágenes originales del fundador del Opus Dei en Buenos Aires durante su estancia en Argentina, con el contrapunto del testimonio de personas que le han conocido personalmente y a través de sus enseñanzas.

¿Cuál es la lógica de esta serie de documentales sobre San Josemaría, cómo se conectan?
Esta serie de cortometrajes me hace acordar a la séptima Sinfonía de Beethoven, en concreto el segundo movimiento en el que una nota se repite en un in crescendo de intensidad. Primero la solidaridad, luego la libertad, y ahora la caridad, que es el centro de la vida cristiana.
Me gusta ver estos documentales como un desafío. En el primero se trataba de mostrar algunas de las tantas iniciativas que promueven la dignidad de la persona en Argentina, impulsadas por el mensaje de San Josemaría. Esto era complicado por la cantidad y la diversidad; pero después de mucho tiempo de trabajo surgió “Con el impulso de sus Palabras”.
Después, me propusieron un nuevo tema: la libertad, un aspecto amplio y difícil de abarcar. Se concretó en los testimonios de personas que manifestaran con hechos que como fieles del Opus Dei son libres y autónomos en sus actividades sociales, profesionales….
Cuando presentamos “Amor a la libertad” en la Biblioteca Nacional, uno de los asistentes comentó que lo que más le había gustado era cómo San Josemaría enfatizaba la caridad, cómo se centraba en el amor. Ese fue el despertador para el nuevo tema, que es una continuación de la libertad. Sin libertad no se puede amar, lógicamente. Al terminar esa presentación ya teníamos lo que vendría después: “Aprender a querer”

La caridad también es un tema muy amplio, ¿cómo lograste encontrar el foco?
Leí muchos pasajes del Evangelio donde Jesús habla del tema del amor al prójimo, también la encíclica Deus Caritas est, algunos capítulos de Camino de San Josemaría,… Siempre encontré la idea de olvidarse de uno mismo y amar a Dios y a los demás en Dios. Además pregunté a muchas personas qué entendían por caridad y concluí: la caridad más que en dar está en comprender. Finalmente, en el equipo de trabajo surgió la presentación de la caridad como la solución a un conflicto. De estos tres ejes, obtuvimos el marco que encuadra el documental.

La teóloga Burggraf: “El ecumenismo es cuestión de oración y caridad”

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La teóloga Jutta Burggraf afirma que el ecumenismo no es una cuestión de doctrina teológica ni de colaboración pastoral, sino de oración y de caridad.

Jutta Burggraf es profesora de Teología Sistemática y de Ecumenismo en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Zenit ha querido interpelarla acerca de la Semana de Oración para la Unidad entre los Cristianos (18-25 enero).

Burggraf recuerda a que «la esperada unidad no será un producto de nuestras fuerzas, sino «un don que viene de lo alto». Su verdadero protagonista es el Espíritu Santo».

Jutta Burggraf, alemana de origen y profesora en la Universidad de Navarra desde hace años, es autora de «Conocerse y comprenderse. Una introducción al ecumenismo», Madrid 2003, 2ª ed. 2003 y del folleto: «Ecumenismo: ¿Qué es? ¿Cómo se vive?», Madrid 2006.

–¿Por qué es necesaria, la semana de oración para la unidad?

–Burggraf: Durante el octavario, los cristianos católicos, ortodoxos y protestantes de todas las denominaciones –esparcidos por el mundo entero– están invitados «expresamente» a rezar juntos por su unidad. La Semana se celebra cada año del 18 al 25 de enero, día en que la Iglesia conmemora la conversión de San Pablo.

La fecha es significativa: nos recuerda que no podemos acercarnos unos a otros sin una profunda conversión interior, sin buscar cada uno vivir en intimidad con Cristo. Es en él donde nos uniremos algún día.

La esperada unidad no será un producto de nuestras fuerzas, sino «un don que viene de lo alto». Su verdadero protagonista es el Espíritu Santo, quien nos conduce, por los caminos que quiere, hacia la madurez cristiana.

En la oración encontramos sobre todo a Dios, pero de manera especial también a los demás. Cuando rezo por alguien, le veo a través de otros ojos, ya no con aquellos llenos de sospecha o de ánimo de control, sino con los ojos de Dios. De esta manera, puedo descubrir lo bueno en cada persona, en cada planteamiento. Dejo aparte mis prejuicios y comienzo a sentir simpatía por el otro.

Rezar significa, purificar el propio corazón, para que el otro verdaderamente pueda tener sitio dentro de él. Si tengo prejuicios o recelos, cualquiera que entre en ese recinto recibirá un golpe rudo. Tenemos que crear un lugar para los demás en nuestro interior. Tenemos que ofrecerles nuestro corazón como lugar hospitalario, donde puedan encontrar mucho respeto y comprensión.

Si conseguimos esto, será más auténtico el diálogo. A veces, creemos poder disimular fácilmente nuestros sentimientos y pensamientos negativos. Tratamos de guardar las apariencias, y luego nos asombramos que los demás desconfíen de nosotros. La razón es muy sencilla: los demás suelen percibir con gran nitidez lo que pasa en nuestro interior. Notan si los aceptamos o los rechazamos, y actúan en consecuencia. Así vemos la importancia de empezar por nosotros mismos en la búsqueda de la unidad.

–Se insiste mucho en el llamado «ecumenismo espiritual»…

–Burggraf: Con razón, porque el ecumenismo no es, en primer lugar, una cuestión de doctrina teológica ni de colaboración pastoral, sino de oración y de caridad. Así como la falta de amor engendra desuniones, la «santidad de vida»puede considerarse como el «alma»o motor de todo el movimiento ecuménico.

Es significativo que Juan Pablo II haya invitado repetidas veces a una purificación de la memoria a todas las personas y asociaciones.

Sabemos bien que la memoria no es sólo una facultad relativa al pasado; por el contrario, influye profundamente en el presente. Lo que recordamos afecta, con frecuencia, a nuestras relaciones con los demás. Si una herida del pasado queda en la memoria, esta herida puede llevar a una persona a encerrarse en sí misma; puede traducirse en una cierta resistencia a encontrarse de una manera serena entre los demás, y puede dificultar o incluso impedir una amistad.

Teniendo esto en cuenta, Benedicto XVI ha dado recientemente un ejemplo elocuente: cuando, a causa de su famosa conferencia de Ratisbona había llegado a ser la víctima de una campaña organizada por algunos adversarios de la Iglesia, no culpó a nadie; es más, sobrepasó las reglas de la mera justicia y pidió perdón a los musulmanes por las palabras que podrían haberles herido.

Podemos estar seguros de que una persona contribuye más a la unidad de la Iglesia cuando procura transmitir el amor de Dios a los demás, que cuando se dedica a los diálogos teológicos más eruditos con un corazón frío.

–El Papa está demostrando continuamente su compromiso ecuménico. ¿Advierte un celo análogo, entre los católicos en general?

–Burggraf: Benedicto XVI señaló, desde el comienzo de su pontificado, que está dispuesto a «trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo».

Está realizando una gran labor ecuménica, hecha no sólo de palabras, sino, sobre todo, de gestos fraternos.

Así, por ejemplo, ha donado una considerable cantidad de dinero al patriarcado de Moscú para la reconstrucción de la catedral de la Trinidad en San Petersburgo.

Y, a pesar de las dificultades, que se experimentan actualmente entre anglicanos y católicos por cuestiones de carácter teológico y ético, ha firmado, hace apenas dos meses, una animante declaración conjunta con el primado de la Comunión anglicana.

Los católicos están cada vez más familiarizados con el reto que supone la unidad de todos los cristianos.

A la vez, se dan cuenta –y el Papa insiste también en esto– de que el diálogo tiene distintos niveles o «círculos».

Tiene que comenzar antes, en la «propia casa», entre los mismos católicos, que tienen que conocerse para entenderse bien. No debemos excluir de nuestro interés y cariño a las personas de otras comunidades católicas. Hay mucha variedad en nuestra Iglesia.

No puede ser que las múltiples familias religiosas se cierren unas a otras, que cada una vaya a lo suyo, que quizá haya incluso competencias y rivalidades entre ellas. De este modo, nunca podremos dar a nadie un testimonio convincente de la cercanía de Dios.

Asimismo, los católicos tienen una viva conciencia de que el diálogo va más allá del ecumenismo. Se dirige también a los seguidores de otras religiones y al mundo secularizado. Allí nos espera una inmensa tarea, que sólo podemos afrontar si estamos unidos: con Dios, entre nosotros los católicos y con todos los cristianos.

–Cuando usted explica el ecumenismo y sus pasos desde el Concilio Vaticano II a sus estudiantes: ¿nota interés, recelo, sorpresa?

–Burggraf: En la Facultad de Teología, tengo alumnos de cuatro continentes, que se llevan muy bien entre sí. La pluralidad es riqueza.

En este clima, no es de sorprender que haya interés por el ecumenismo, mucho antes de empezar las clases. Los alumnos están abiertos para conocer la historia, los razonamientos, las costumbres y mentalidades de los otros cristianos, no sólo de modo teórico, sino también práctico: algunos acuden a los encuentros en Taizé, otros hacen –en las vacaciones– una peregrinación a Santiago con algún amigo de otra confesión. Tienen muchas iniciativas personales.

Hay también alumnos que pertenecen a Iglesias orientales católicas y nos explican, en clases especialmente dedicadas a ello, el sentido profundo de su modo tan diferente de celebrar la liturgia.

También en las otras Facultades se ha despertado un cierto interés por el ecumenismo. Los estudiantes de hoy ya no tienen los recelos que, quizás, hayan sufrido otras generaciones. Sin embargo, no conocen muy bien la propia fe; muchos no tienen una clara identidad católica.

Por esto, antes de «dialogar»con otros cristianos, es preciso para ellos descubrir la belleza de su fe. Porque, en un auténtico diálogo, el otro quiere saber quién soy yo, y yo quiero saber quién es él.

Si hacemos amistad con una persona de otra confesión religiosa, nos interesa realmente lo que piensa y cree. Si ignoramos lo que nos separa, creamos un ambiente de confusión que no ayuda a nadie.

Cuando, en cambio, los miembros de las diversas comunidades cristianas siguen cada uno fielmente sus propias creencias, puede parecer, en ciertas circunstancias, que tienen poco en común, que están bastante alejados unos de otros.

Pero interiormente se parecen mucho más que cuando se juntan en acuerdos superficiales y dejan de lado la pregunta por la verdad.

Si cada uno sigue su propia fe, se encuentran unidos en lo más hondo de su ser. Tienen la misma actitud fundamental que es la fidelidad a sus propias convicciones. Existe entre ellos una unidad no plenamente visible, pero sumamente real. Es tan real como el Espíritu de Cristo que actúa en ellos.

CAPÍTULO TERCERO

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FRATERNIDAD,  DESARROLLO  ECONÓMICO  Y  SOCIEDAD  CIVIL

34. La caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don. La gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad. El ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente. A veces, el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo, que procede -por decirlo con una expresión creyente- del pecado de los orígenes. La sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la sociedad: «Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres»[85]. Hace tiempo que la economía forma parte del conjunto de los ámbitos en que se manifiestan los efectos perniciosos del pecado. Nuestros días nos ofrecen una prueba evidente. Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social. Además, la exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a «injerencias» de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva. Con el pasar del tiempo, estas posturas han desembocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la persona y de los organismos sociales y que, precisamente por eso, no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían. Como he afirmado en la Encíclica Spe salvi, se elimina así de la historia la esperanza cristiana[86], que no obstante es un poderoso recurso social al servicio del desarrollo humano integral, en la libertad y en la justicia. La esperanza sostiene a la razón y le da fuerza para orientar la voluntad[87]. Está ya presente en la fe, que la suscita. La caridad en la verdad se nutre de ella y, al mismo tiempo, la manifiesta. Al ser un don absolutamente gratuito de Dios, irrumpe en nuestra vida como algo que no es debido, que trasciende toda ley de justicia. Por su naturaleza, el don supera el mérito, su norma es sobreabundar. Nos precede en nuestra propia alma como signo de la presencia de Dios en nosotros y de sus expectativas para con nosotros. La verdad que, como la caridad es don, nos supera, como enseña San Agustín[88]. Incluso nuestra propia verdad, la de nuestra conciencia personal, ante todo, nos ha sido «dada». En efecto, en todo proceso cognitivo la verdad no es producida por nosotros, sino que se encuentra o, mejor aún, se recibe. Como el amor, «no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano»[89].

Al ser un don recibido por todos, la caridad en la verdad es una fuerza que funda la comunidad, unifica a los hombres de manera que no haya barreras o confines. La comunidad humana puede ser organizada por nosotros mismos, pero nunca podrá ser sólo con sus propias fuerzas una comunidad plenamente fraterna ni aspirar a superar las fronteras, o convertirse en una comunidad universal. La unidad del género humano, la comunión fraterna más allá de toda división, nace de la palabra de Dios-Amor que nos convoca. Al afrontar esta cuestión decisiva, hemos de precisar, por un lado, que la lógica del don no excluye la justicia ni se yuxtapone a ella como un añadido externo en un segundo momento y, por otro, que el desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad.

35. Si hay confianza recíproca y generalizada, el mercado es la institución económica que permite el encuentro entre las personas, como agentes económicos que utilizan el contrato como norma de sus relaciones y que intercambian bienes y servicios de consumo para satisfacer sus necesidades y deseos. El mercado está sujeto a los principios de la llamada justicia conmutativa, que regula precisamente la relación entre dar y recibir entre iguales. Pero la doctrina social de la Iglesia no ha dejado nunca de subrayar la importancia de la justicia distributiva y de la justicia social para la economía de mercado, no sólo porque está dentro de un contexto social y político más amplio, sino también por la trama de relaciones en que se desenvuelve. En efecto, si el mercado se rige únicamente por el principio de la equivalencia del valor de los bienes que se intercambian, no llega a producir la cohesión social que necesita para su buen funcionamiento. Sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente grave.

Pablo VI subraya oportunamente en la Populorum progressio que el sistema económico mismo se habría aventajado con la práctica generalizada de la justicia, pues los primeros beneficiarios del desarrollo de los países pobres hubieran sido los países ricos[90]. No se trata sólo de remediar el mal funcionamiento con las ayudas. No se debe considerar a los pobres como un «fardo»[91], sino como una riqueza incluso desde el punto de vista estrictamente económico. No obstante, se ha de considerar equivocada la visión de quienes piensan que la economía de mercado tiene necesidad estructural de una cuota de pobreza y de subdesarrollo para funcionar mejor. Al mercado le interesa promover la emancipación, pero no puede lograrlo por sí mismo, porque no puede producir lo que está fuera de su alcance. Ha de sacar fuerzas morales de otras instancias que sean capaces de generarlas.

36. La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios.

La Iglesia sostiene siempre que la actividad económica no debe considerarse antisocial. Por eso, el mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle al más débil. La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones auténticamente humanas. Es verdad que el mercado puede orientarse en sentido negativo, pero no por su propia naturaleza, sino por una cierta ideología que lo guía en este sentido. No se debe olvidar que el mercado no existe en su estado puro, se adapta a las configuraciones culturales que lo concretan y condicionan. En efecto, la economía y las finanzas, al ser instrumentos, pueden ser mal utilizados cuando quien los gestiona tiene sólo referencias egoístas. De esta forma, se puede llegar a transformar medios de por sí buenos en perniciosos. Lo que produce estas consecuencias es la razón oscurecida del hombre, no el medio en cuanto tal. Por eso, no se deben hacer reproches al medio o instrumento sino al hombre, a su conciencia moral y a su responsabilidad personal y social.

La doctrina social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o «después» de ella. El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente.

El gran desafío que tenemos, planteado por las dificultades del desarrollo en este tiempo de globalización y agravado por la crisis económico-financiera actual, es mostrar, tanto en el orden de las ideas como de los comportamientos, que no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad, sino que en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo.

37. La doctrina social de la Iglesia ha sostenido siempre que la justicia afecta a todas las fases de la actividad económica, porque en todo momento tiene que ver con el hombre y con sus derechos. La obtención de recursos, la financiación, la producción, el consumo y todas las fases del proceso económico tienen ineludiblemente implicaciones morales. Así, toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral. Lo confirman las ciencias sociales y las tendencias de la economía contemporánea. Hace algún tiempo, tal vez se podía confiar primero a la economía la producción de riqueza y asignar después a la política la tarea de su distribución. Hoy resulta más difícil, dado que las actividades económicas no se limitan a territorios definidos, mientras que las autoridades gubernativas siguen siendo sobre todo locales. Además, las normas de justicia deben ser respetadas desde el principio y durante el proceso económico, y no sólo después o colateralmente. Para eso es necesario que en el mercado se dé cabida a actividades económicas de sujetos que optan libremente por ejercer su gestión movidos por principios distintos al del mero beneficio, sin renunciar por ello a producir valor económico. Muchos planteamientos económicos provenientes de iniciativas religiosas y laicas demuestran que esto es realmente posible.

En la época de la globalización, la economía refleja modelos competitivos vinculados a culturas muy diversas entre sí. El comportamiento económico y empresarial que se desprende tiene en común principalmente el respeto de la justicia conmutativa. Indudablemente, la vida económica tiene necesidad del contrato para regular las relaciones de intercambio entre valores equivalentes. Pero necesita igualmente leyes justas y formas de redistribución guiadas por la política, además de obras caracterizadas por el espíritu del don. La economía globalizada parece privilegiar la primera lógica, la del intercambio contractual, pero directa o indirectamente demuestra que necesita a las otras dos, la lógica de la política y la lógica del don sin contrapartida.

38. En la Centesimus annus, mi predecesor Juan Pablo II señaló esta problemática al advertir la necesidad de un sistema basado en tres instancias: el mercado, el Estado y la sociedad civil[92]. Consideró que la sociedad civil era el ámbito más apropiado para una economía de la gratuidad y de la fraternidad, sin negarla en los otros dos ámbitos. Hoy podemos decir que la vida económica debe ser comprendida como una realidad de múltiples dimensiones: en todas ellas, aunque en medida diferente y con modalidades específicas, debe haber respeto a la reciprocidad fraterna. En la época de la globalización, la actividad económica no puede prescindir de la gratuidad, que fomenta y extiende la solidaridad y la responsabilidad por la justicia y el bien común en sus diversas instancias y agentes. Se trata, en definitiva, de una forma concreta y profunda de democracia económica. La solidaridad es en primer lugar que todos se sientan responsables de todos[93]; por tanto no se la puede dejar solamente en manos del Estado. Mientras antes se podía pensar que lo primero era alcanzar la justicia y que la gratuidad venía después como un complemento, hoy es necesario decir que sin la gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia. Se requiere, por tanto, un mercado en el cual puedan operar libremente, con igualdad de oportunidades, empresas que persiguen fines institucionales diversos. Junto a la empresa privada, orientada al beneficio, y los diferentes tipos de empresa pública, deben poderse establecer y desenvolver aquellas organizaciones productivas que persiguen fines mutualistas y sociales. De su recíproca interacción en el mercado se puede esperar una especie de combinación entre los comportamientos de empresa y, con ella, una atención más sensible a una civilización de la economía. En este caso, caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo.

39. Pablo VI pedía en la Populorum progressio que se llegase a un modelo de economía de mercado capaz de incluir, al menos tendencialmente, a todos los pueblos, y no solamente a los particularmente dotados. Pedía un compromiso para promover un mundo más humano para todos, un mundo «en donde todos tengan que dar y recibir, sin que el progreso de los unos sea un obstáculo para el desarrollo de los otros»[94]. Así, extendía al plano universal las mismas exigencias y aspiraciones de la Rerum novarum, escrita como consecuencia de la revolución industrial, cuando se afirmó por primera vez la idea -seguramente avanzada para aquel tiempo- de que el orden civil, para sostenerse, necesitaba la intervención redistributiva del Estado. Hoy, esta visión de la Rerum novarum, además de puesta en crisis por los procesos de apertura de los mercados y de las sociedades, se muestra incompleta para satisfacer las exigencias de una economía plenamente humana. Lo que la doctrina de la Iglesia ha sostenido siempre, partiendo de su visión del hombre y de la sociedad, es necesario también hoy para las dinámicas características de la globalización.

Cuando la lógica del mercado y la lógica del Estado se ponen de acuerdo para mantener el monopolio de sus respectivos ámbitos de influencia, se debilita a la larga la solidaridad en las relaciones entre los ciudadanos, la participación y el sentido de pertenencia, que no se identifican con el «dar para tener», propio de la lógica de la compraventa, ni con el «dar por deber», propio de la lógica de las intervenciones públicas, que el Estado impone por ley. La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora de las transacciones basadas en la compraventa, o en las transferencias de las estructuras asistenciales de carácter público, sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y comunión. El binomio exclusivo mercado-Estado corroe la sociabilidad, mientras que las formas de economía solidaria, que encuentran su mejor terreno en la sociedad civil aunque no se reducen a ella, crean sociabilidad. El mercado de la gratuidad no existe y las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por ley. Sin embargo, tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco.

40. Las actuales dinámicas económicas internacionales, caracterizadas por graves distorsiones y disfunciones, requieren también cambios profundos en el modo de entender la empresa. Antiguas modalidades de la vida empresarial van desapareciendo, mientras otras más prometedoras se perfilan en el horizonte. Uno de los mayores riesgos es sin duda que la empresa responda casi exclusivamente a las expectativas de los inversores en detrimento de su dimensión social. Debido a su continuo crecimiento y a la necesidad de mayores capitales, cada vez son menos las empresas que dependen de un único empresario estable que se sienta responsable a largo plazo, y no sólo por poco tiempo, de la vida y los resultados de su empresa, y cada vez son menos las empresas que dependen de un único territorio. Además, la llamada deslocalización de la actividad productiva puede atenuar en el empresario el sentido de responsabilidad respecto a los interesados, como los trabajadores, los proveedores, los consumidores, así como al medio ambiente y a la sociedad más amplia que lo rodea, en favor de los accionistas, que no están sujetos a un espacio concreto y gozan por tanto de una extraordinaria movilidad. El mercado internacional de los capitales, en efecto, ofrece hoy una gran libertad de acción. Sin embargo, también es verdad que se está extendiendo la conciencia de la necesidad de una «responsabilidad social» más amplia de la empresa. Aunque no todos los planteamientos éticos que guían hoy el debate sobre la responsabilidad social de la empresa son aceptables según la perspectiva de la doctrina social de la Iglesia, es cierto que se va difundiendo cada vez más la convicción según la cual la gestión de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios, sino también el de todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa: trabajadores, clientes, proveedores de los diversos elementos de producción, la comunidad de referencia. En los últimos años se ha notado el crecimiento de una clase cosmopolita de manager, que a menudo responde sólo a las pretensiones de los nuevos accionistas de referencia compuestos generalmente por fondos anónimos que establecen su retribución. Pero también hay muchos managers hoy que, con un análisis más previsor, se percatan cada vez más de los profundos lazos de su empresa con el territorio o territorios en que desarrolla su actividad. Pablo VI invitaba a valorar seriamente el daño que la trasferencia de capitales al extranjero, por puro provecho personal, puede ocasionar a la propia nación[95]. Juan Pablo II advertía que invertir tiene siempre un significado moral, además de económico[96]. Se ha de reiterar que todo esto mantiene su validez en nuestros días a pesar de que el mercado de capitales haya sido fuertemente liberalizado y la moderna mentalidad tecnológica pueda inducir a pensar que invertir es sólo un hecho técnico y no humano ni ético. No se puede negar que un cierto capital puede hacer el bien cuando se invierte en el extranjero en vez de en la propia patria. Pero deben quedar a salvo los vínculos de justicia, teniendo en cuenta también cómo se ha formado ese capital y los perjuicios que comporta para las personas el que no se emplee en los lugares donde se ha generado[97]. Se ha de evitar que el empleo de recursos financieros esté motivado por la especulación y ceda a la tentación de buscar únicamente un beneficio inmediato, en vez de la sostenibilidad de la empresa a largo plazo, su propio servicio a la economía real y la promoción, en modo adecuado y oportuno, de iniciativas económicas también en los países necesitados de desarrollo. Tampoco hay motivos para negar que la deslocalización, que lleva consigo inversiones y formación, puede hacer bien a la población del país que la recibe. El trabajo y los conocimientos técnicos son una necesidad universal. Sin embargo, no es lícito deslocalizar únicamente para aprovechar particulares condiciones favorables, o peor aún, para explotar sin aportar a la sociedad local una verdadera contribución para el nacimiento de un sólido sistema productivo y social, factor imprescindible para un desarrollo estable.

41. A este respecto, es útil observar que la iniciativa empresarial tiene, y debe asumir cada vez más, un significado polivalente. El predominio persistente del binomio mercado-Estado nos ha acostumbrado a pensar exclusivamente en el empresario privado de tipo capitalista por un lado y en el directivo estatal por otro. En realidad, la iniciativa empresarial se ha de entender de modo articulado. Así lo revelan diversas motivaciones metaeconómicas. El ser empresario, antes de tener un significado profesional, tiene un significado humano[98]. Es propio de todo trabajo visto como «actus personae»[99] y por eso es bueno que todo trabajador tenga la posibilidad de dar la propia aportación a su labor, de modo que él mismo «sea consciente de que está trabajando en algo propio»[100]. Por eso, Pablo VI enseñaba que «todo trabajador es un creador»[101]. Precisamente para responder a las exigencias y a la dignidad de quien trabaja, y a las necesidades de la sociedad, existen varios tipos de empresas, más allá de la pura distinción entre «privado» y «público». Cada una requiere y manifiesta una capacidad de iniciativa empresarial específica. Para realizar una economía que en el futuro próximo sepa ponerse al servicio del bien común nacional y mundial, es oportuno tener en cuenta este significado amplio de iniciativa empresarial. Esta concepción más amplia favorece el intercambio y la mutua configuración entre los diversos tipos de iniciativa empresarial, con transvase de competencias del mundo non profit al profit y viceversa, del público al propio de la sociedad civil, del de las economías avanzadas al de países en vía de desarrollo.

También la «autoridad política» tiene un significado polivalente, que no se puede olvidar mientras se camina hacia la consecución de un nuevo orden económico-productivo, socialmente responsable y a medida del hombre. Al igual que se pretende cultivar una iniciativa empresarial diferenciada en el ámbito mundial, también se debe promover una autoridad política repartida y que ha de actuar en diversos planos. El mercado único de nuestros días no elimina el papel de los estados, más bien obliga a los gobiernos a una colaboración recíproca más estrecha. La sabiduría y la prudencia aconsejan no proclamar apresuradamente la desaparición del Estado. Con relación a la solución de la crisis actual, su papel parece destinado a crecer, recuperando muchas competencias. Hay naciones donde la construcción o reconstrucción del Estado sigue siendo un elemento clave para su desarrollo. La ayuda internacional, precisamente dentro de un proyecto inspirado en la solidaridad para solucionar los actuales problemas económicos, debería apoyar en primer lugar la consolidación de los sistemas constitucionales, jurídicos y administrativos en los países que todavía no gozan plenamente de estos bienes. Las ayudas económicas deberían ir acompañadas de aquellas medidas destinadas a reforzar las garantías propias de un Estado de derecho, un sistema de orden público y de prisiones respetuoso de los derechos humanos y a consolidar instituciones verdaderamente democráticas. No es necesario que el Estado tenga las mismas características en todos los sitios: el fortalecimiento de los sistemas constitucionales débiles puede ir acompañado perfectamente por el desarrollo de otras instancias políticas no estatales, de carácter cultural, social, territorial o religioso. Además, la articulación de la autoridad política en el ámbito local, nacional o internacional, es uno de los cauces privilegiados para poder orientar la globalización económica. Y también el modo de evitar que ésta mine de hecho los fundamentos de la democracia.

42. A veces se perciben actitudes fatalistas ante la globalización, como si las dinámicas que la producen procedieran de fuerzas anónimas e impersonales o de estructuras independientes de la voluntad humana[102]. A este respecto, es bueno recordar que la globalización ha de entenderse ciertamente como un proceso socioeconómico, pero no es ésta su única dimensión. Tras este proceso más visible hay realmente una humanidad cada vez más interrelacionada; hay personas y pueblos para los que el proceso debe ser de utilidad y desarrollo[103], gracias a que tanto los individuos como la colectividad asumen sus respectivas responsabilidades. La superación de las fronteras no es sólo un hecho material, sino también cultural, en sus causas y en sus efectos. Cuando se entiende la globalización de manera determinista, se pierden los criterios para valorarla y orientarla. Es una realidad humana y puede ser fruto de diversas corrientes culturales que han de ser sometidas a un discernimiento. La verdad de la globalización como proceso y su criterio ético fundamental vienen dados por la unidad de la familia humana y su crecimiento en el bien. Por tanto, hay que esforzarse incesantemente para favorecer una orientación cultural personalista y comunitaria, abierta a la trascendencia, del proceso de integración planetaria.

A pesar de algunos aspectos estructurales innegables, pero que no se deben absolutizar, «la globalización no es, a priori, ni buena ni mala. Será lo que la gente haga de ella»[104]. Debemos ser sus protagonistas, no las víctimas, procediendo razonablemente, guiados por la caridad y la verdad. Oponerse ciegamente a la globalización sería una actitud errónea, preconcebida, que acabaría por ignorar un proceso que tiene también aspectos positivos, con el riesgo de perder una gran ocasión para aprovechar las múltiples oportunidades de desarrollo que ofrece. El proceso de globalización, adecuadamente entendido y gestionado, ofrece la posibilidad de una gran redistribución de la riqueza a escala planetaria como nunca se ha visto antes; pero, si se gestiona mal, puede incrementar la pobreza y la desigualdad, contagiando además con una crisis a todo el mundo. Es necesario corregir las disfunciones, a veces graves, que causan nuevas divisiones entre los pueblos y en su interior, de modo que la redistribución de la riqueza no comporte una redistribución de la pobreza, e incluso la acentúe, como podría hacernos temer también una mala gestión de la situación actual. Durante mucho tiempo se ha pensado que los pueblos pobres deberían permanecer anclados en un estadio de desarrollo preestablecido o contentarse con la filantropía de los pueblos desarrollados. Pablo VI se pronunció contra esta mentalidad en la Populorum progressio. Los recursos materiales disponibles para sacar a estos pueblos de la miseria son hoy potencialmente mayores que antes, pero se han servido de ellos principalmente los países desarrollados, que han podido aprovechar mejor la liberalización de los movimientos de capitales y de trabajo. Por tanto, la difusión de ámbitos de bienestar en el mundo no debería ser obstaculizada con proyectos egoístas, proteccionistas o dictados por intereses particulares. En efecto, la participación de países emergentes o en vías de desarrollo permite hoy gestionar mejor la crisis. La transición que el proceso de globalización comporta, conlleva grandes dificultades y peligros, que sólo se podrán superar si se toma conciencia del espíritu antropológico y ético que en el fondo impulsa la globalización hacia metas de humanización solidaria. Desgraciadamente, este espíritu se ve con frecuencia marginado y entendido desde perspectivas ético-culturales de carácter individualista y utilitarista. La globalización es un fenómeno multidimensional y polivalente, que exige ser comprendido en la diversidad y en la unidad de todas sus dimensiones, incluida la teológica. Esto consentirá vivir y orientar la globalización de la humanidad en términos de relacionalidad, comunión y participación.


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