“La oración es garantía de apertura a los demás”

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El  Miércoles de Ceniza del 2010, el Papa recordó que la Cuaresma invita a la oración, a la penitencia y al ayuno

Opus Dei -

Antes de la misa, en la Iglesia de San Anselmo hubo un momento de oración, al que siguió una procesión penitencial a la basílica de Santa Sabina, en la que participaron cardenales, arzobispos, obispos, los monjes benedictinos de San Anselmo, los padres dominicos de Santa Sabina y algunos fieles laicos.

En la homilía, el Papa ofreció unas reflexiones sobre la oración y el sufrimiento. “Precisamente porque invita a la oración, a la penitencia y al ayuno, la Cuaresma -dijo- constituye una ocasión providencial para hacer más viva y sólida nuestra esperanza”.

Tras poner de relieve que la oración “es la primera y principal “arma” para afrontar victoriosamente la lucha contra el espíritu del mal”, el Santo Padre señaló que “sin la dimensión de la oración, el yo humano termina por encerrarse en sí mismo, y la conciencia, que tendría que ser eco de la voz de Dios, corre el riesgo de reducirse al espejo del yo, de modo que el coloquio interior se convierte en un monólogo, dando lugar a miles de auto-justificaciones”.

“La oración, por tanto -continuó-, es garantía de apertura a los demás: quien se hace libre para Dios y sus exigencias, se abre al otro, al hermano que llama a la puerta de su corazón y pide ser escuchado, atención, perdón, a veces corrección, pero siempre en la caridad fraterna”.

Benedicto XVI subrayó que “la verdadera oración nunca es egocéntrica, sino que siempre está centrada en el otro. (…) Es el motor del mundo, porque lo mantiene abierto a Dios y por ello, sin oración no hay esperanza, sólo existe ilusión”.

“No es la presencia de Dios -añadió- lo que aliena al hombre, sino su ausencia. Sin el verdadero Dios, Padre del Señor Jesucristo, las esperanzas se convierten en ilusiones que inducen a evadirse de la realidad”.

El Papa puso de relieve que “el ayuno y la limosna, unidos armónicamente con la oración, también pueden ser considerados lugares de aprendizaje y ejercicio de la esperanza cristiana”. En este contexto, señaló que “gracias a la acción conjunta de la oración, el ayuno y la limosna, la Cuaresma forma a los cristianos para que sean hombres y mujeres de esperanza, siguiendo el ejemplo de lo santos”.

Refiriéndose posteriormente al sufrimiento, el Santo Padre recordó que Cristo “sufrió por la verdad y la justicia, trayendo a la historia de los seres humanos el evangelio del sufrimiento, que es la otra cara del evangelio del amor. Dios no puede padecer, pero puede y quiere com-padecer”.

“Cuanto más grande es la esperanza que nos anima, mayor es la capacidad de sufrir por amor a la verdad y al bien, ofreciendo con alegría las pequeñas y grandes fatigas de cada día, de modo que participen del gran com-padecer de Cristo”.

Tras recordar que en estos días se celebra el 150º aniversario de las apariciones de la Virgen de Lourdes, el Papa terminó invitando a “meditar en el misterio del compartir de María los dolores de la humanidad”.

Yo los pasearía un poco…

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Conocía los fuertes desequilibrios económicos y sociales de algunos países que recorría en su siembra de doctrina, y ante determinados panoramas de pobreza y marginación, recordaba a los que le escuchaban las exigencias del compromiso cristiano con toda su radicalidad, previniéndoles ante una falsa espiritualidad, individualista e indiferente a la suerte de los demás.

Se comprende muy bien —escribió en su libro de homilías Es Cristo que pasala impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes con un alma naturalmente cristiana, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar.

Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como número de una estadística. Comprendo y comparto esa impaciencia, que me impulsa a mirar a Cristo, que continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor.

En Brasil —comentó, durante un encuentro de catequesis— hay mucho que hacer, porque hay gente necesitada de lo más elemental. No sólo de instrucción religiosa —hay tantos sin bautizar—, sino también de elementos de cultura corriente. Los hemos de promover de tal manera que no haya nadie sin trabajo, que no haya un anciano que se preocupe porque está mal asistido, que no haya un enfermo que se encuentre abandonado, que no haya nadie con hambre de sed y de justicia, y que no sepa el valor del sufrimiento.

A los que podían ayudar especialmente a los menos favorecidas desde el punto de vista económico, les insistía: Hay que intensificar las labores con obreros y campesinos. Hemos de ayudarles, con calor humano y afecto sobrenatural, a que adquieran la cultura necesaria para que puedan sacar de su trabajo más fruto material, y lleguen a mantener la familia con mayor desahogo y dignidad. Para eso no hay que hundir a los que están arriba; pero no es justo que haya familias que estén siempre abajo.

Yo los pasearía un poco… —le dijo a un venezolano, que le pidió un consejo para educar a sus hijos— por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas (…) para que vieran las chabolas, unas encima de otras. (…) Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.

Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido y sin un cobijo… No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?

Mirad, hemos de procurar que no le pase a nadie; hay que habilitar a la gente para que, con su trabajo, pueda asegurarse un bienestar mínimo, estar tranquilos en la vejez y en la enfermedad, cuidar de la educación de los hijos, y tantas otras cosas necesarias. Nada de los demás puede resultarnos indiferente y, desde nuestro sitio, hemos de procurar que se fomente la caridad y la justicia.

INGLATERRA E IRLANDA. Un espíritu que une

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

El conductor del autobús que había tomado en el aeropuerto de Dublín era un hombrecillo sonriente que no paraba de interesarse por los viajeros. Cuando llegaban a su punto de destino, saltaba de su asiento, sacaba el equipaje del maletero lateral y volvía a subir antes de que tuviesen tiempo de darle una propina. No he visto un hombre tan servicial en ningún otro sitio. Mientras estábamos parados en un disco, se dirigió a mí y me preguntó dónde quería bajarme. Yo iba a Dartry Road, no lejos del centro de la ciudad, y mi idea era bajarme allí y tomar un taxi. “No necesita tomar un taxi -me dijo volviendo a agarrar el volante Puede enlazar perfectamente con otro autobús que le llevará hasta allí.” En cuando llegamos a una parada volvió a aparecer, recogió mi equipaje y me explicó: “Ahora, cruce la calle. ¿Ve aquella parada de autobuses? Tome el número 14. Le dejará en la puerta”.

Irlanda ocupa un lugar especial entre los países anglófonos.

Es celebrada por su encanto, su música, sus leyendas, pero, sobre todo, por sus gentes. Su atractivo se nota en el gran número de norteamericanos que se atribuyen un origen irlandés, el doble aproximadamente de los que realmente lo tienen. Y lo mismo sucede en Australia.

La actitud inglesa hacia Irlanda es distinta. Los conflictos habidos a lo largo de los siglos han desunido a esos dos países. Actualmente, la hostilidad entre ingleses e irlandeses es más aparente que real, pero no se puede negar que, en algunos sectores de la población, sigue existiendo.

Si, como hemos visto en el capítulo precedente, el Opus Dei fomenta la diversidad, también es cierto que, cuando es necesario, aboga por la unidad. Algo que se aprecia claramente en estos dos países. Gran Bretaña e Irlanda; una unidad cuyo fundamento es el espíritu de servicio.

La necesidad de tener espíritu de servicio brota del mismo Evangelio. Cristo mostró claramente que servir a los demás es algo necesario para mantener la unidad. Una verdad que se subraya en el libro Illustrissimi, escrito por el cardenal Albino Luciani, patriarca de Venecia, antes de ser elegido Papa. En él, Juan Pablo 1 hablaba de un general coreano que, al morir, va a parar el cielo, pero le es permitido ver antes el infierno. Y resulta que el infierno es un salón inmenso, lleno de gente sentada a largas mesas en las que hay grandes cuencos de arroz; lo malo es que los palillos son tan largos, que es imposible comérselo. El resultado es un conjunto de personas terriblemente frustadas que sufren un espantoso tormento cada vez que intentan alimentarse.

La escena, en el cielo, es muy parecida: Grandes cuencos de arroz, largos palillos… Pero allí no hay problema, pues cada cual da de comer con los palillos al que tiene enfrente. Y todos tan contentos.

El fundador del Opus Dei dijo en cierta ocasión: “Desearía realmente que nosotros, los cristianos, supiéramos servir, pues sólo sirviendo se puede conocer y amar a Cristo y hacer que los demás le conozcan y le amen… Si hemos de servir a los demás por Cristo, hemos de ser muy humanos. Si nuestra vida no es humana, Dios no construirá nada sobre ella, pues de ordinario no edifica sobre el desorden, el egoísmo o el vacío. Hemos de comprender a todos; hemos de vivir en paz con todos; hemos de perdonar a todos”.

En Gran Bretaña e Irlanda muchos miembros del Opus Dei de muy diversas profesiones y clases sociales, me hablaron de servicio.

Después del almuerzo, Noel Duff, propietario de uno de los hoteles más antiguos de Dublín, Buswell’s, me dijo que, para él, servir significa procurar que quienes se alojan en su hotel se encuentren a gusto y no les falte de nada. “Me reúno una vez a la semana con el personal para estudiar los detalles y discutir los posibles fallos. Incluso les explico, a quienes les interesa, lo que yo he aprendido sobre la santificación del trabajo ordinario. Sé que algunos dirán: “Como hotelero tienes obligación de servir a los demás, si quieres ganar dinero”. Pero precisamente ahí está el detalle: no hacerlo por ganar dinero… Además, no se trata de servir sólo en cosas materiales, sino de interesarse por las personas, dedicarles tiempo… Antes de conocer el Opus Dei, solía despachar a los clientes a toda prisa; ahora, como si no tuviera otra cosa que hacer que atenderles a ellos.”

Stan Cosgrove, veterinario de mediana edad, es una autoridad en caballos de carreras. Ha recorrido el mundo trabajando para entrenadores de primera fila, como Robert Sangster o el australiano Tommy Smith. Hombre cordial, al que le gusta alternar y charlar ante un vaso de cerveza, me dice que la idea del servicio -algo nuevo para él- le ha dado una visión más amplia de las cosas. “Cuando yo era joven se insistía mucho en el sexto y el noveno mandamientos. Creíamos que cuando los cumplíamos nos salían alas o poco menos, pero nos olvidábamos por completo de otros pecados, como el orgullo o la pereza… Y luego estaba el extremo opuesto, como las misiones que solíamos tener en mi parroquia. Recuerdo una vez que vino un cura que tronaba imprecaciones. “¡Todos los de esta parroquia estáis condenados!”, gritó desde el púlpito. Y un individuo, en un banco, se echó a reír. “¿Por qué te ríes?”, le preguntó el cura. “Porque yo no pertenezco a esta parroquia contestó. Bromas aparte, en aquellas misiones se amenazaba mucho y se hablaba muy poco de amor. Por eso, el Opus Dei fue para mí algo nuevo, que ensanchó mi horizonte. Yo diría que antes de conocer el Opus Dei estaba buscando la autosuficiencia; no depender de nadie, bastarme a mí mismo. Ahora veo eso como algo bajo y rastrero… Una especie de fariseísmo. El Opus Dei ha cambiado todo eso, mostrándome que todos nos necesitamos.”

Henry Kobis es un perfumista londinense que lleva 37 años en la profesión. Ha creado muchos perfumes y cosméticos, desde jabón en polvo hasta creaciones para diseñadoras tan famosas como Mary Quant.

Crear nuevas fragancias es una ocupación absorbente que ha sido comparada con la de compositor. Pero Henry asegura que, para él, la actitud de un perfumista -el deseo de proporcionar placer a otros- es más importante que la técnica. Algo que intenta inculcar en los jóvenes perfumistas, con el amor a su profesión. “Les digo que, si no ponen el corazón en su trabajo, al perfume siempre le faltará algo.”

Para Henry, el saber escuchar forma parte del espíritu de servicio, pues en su trabajo hay que hablar con mucha gente: ejecutivos, diseñadores de moda, modistos… “Una de las cosas que uno aprende en el Opus Dei es a ser sincero. Mucha gente se cierra, pero cuando te sinceras con ella, se abre, se quita la careta. Una de las cosas que he descubierto es que la gente está terriblemente sola, incluso la que triunfa. Y eso les pasa porque tienen miedo de ser ellos mismos. Aunque ganen mucho dinero y tengan casas lujosas y coches magníficos, se sienten insatisfechos. ¡Cómo les gusta que te quites la careta! Si te muestras tal cual eres, con tus limitaciones, se dan cuenta y se te abren.

Otra cosa que he descubierto es que todo el mundo tiene un anhelo sobrenatural, hasta el hombre de negocios más metalizado. Conocí un director técnico al que todo el mundo detestaba, porque daba la impresión de que carecía de sentimientos. Pero un día, después de varios meses de trato, me dijo que tenía miedo. No estaba seguro de sí mismo. Yo le dije que confiara en el Todopoderoso y le contase cuál era su problema. Me hizo caso y empezó a cambiar. Se hizo menos duro, y la gente se dio cuenta.”

Geraldine O’Connor, una radióloga dublinesa, conoció el Opus Dei cuando estudiaba en Inglaterra. Mujer alegre, con la típica afición irlandesa a contar anécdotas, me contó algunas relacionadas con las visitas que había hecho a los pobres y a los enfermos con “amigas bien” que nunca se hubiesen aventurado a ir ellas solas. “Una de ellas, belga, me acompañó a ver a un anciano que vivía en una casa mísera. Cuando llegamos, estaba intentando prender fuego sin lograrlo, así que se lo encendimos. Estábamos comiendo con él unas galletas cuando oímos un ruido en la parte de atrás. “Ya están ahí otra vez”, dijo con voz quebrada, abriendo los ojos. Yo no sabía lo que quería decir y pensé que era alguien que venía del hospital o algo así. Pero no. Hablaba de las ratas y, de pronto, una saltó y cruzó por delante de nosotros. No pude aguantarlo y me fui corriendo. Pero. mi amiga se quedó. Cuando volví a verla comprobé que había cambiado. Estoy convencida de que la gracia actúa en estos casos.”

También en un club para chicos de Dublín, el Anchor Club, situado en un área industrial con muchos hogares rotos y bastante delincuencia juvenil, me contaron anécdotas relacionadas con la atención a los pobres. El club ayuda a los jóvenes a aprovechar el tiempo organizando para ellos cursos de mecánica, albañilería, reparaciones, etc., así como carreras de bicicletas y de carts. Jim Murray, ajustador y tornero que da clases en el club, me habló de una visita que hizo con un chico del club, llamado Eddie, a un anciano que acababa de quedarse viudo. Había sido un magnífico jardinero, pero ahora estaba desolado no sólo por la muerte de su esposa, sino porque unos golfillos habían roto los cristales de su invernadero y arrancado las plantas. Eddie le hizo muchas preguntas y le pidió que le mostrara el invernadero. “Cuando vio los destrozos que los chavales habían causado quedó impresionadísimo”, me dijo Jimmy.

Al cabo de un par de días, la madre de Eddie telefoneó a Jimmy. “¿A dónde llevaste a mi hijo el otro día?”, le preguntó. “No ha abierto la boca desde entonces… Está como ido.”

Jimmy, entonces, fue a ver a Eddie, para averiguar qué le pasaba. “Estaba preocupadísimo por lo del jardinero, dando vueltas en la cabeza a lo que pensaba hacer. Hasta que fue a verle y le pidió que le dejase arreglar el invernadero. El anciano asintió y Eddie empezó a trabajar. Luego se enteró de quiénes eran los chavales que lo habían destrozado y fue a hablar con ellos. No sé lo que les diría pero todos decidieron ayudarle. Eso dio ánimos al anciano, que volvió a cobrar ilusión. En fin, que aquello sirvió para hacer bien a todos: al anciano jardinero, a Eddie y a los golfillos.”

En Inglaterra e Irlanda, los miembros del Opus Dei han hecho del espíritu de servicio un fundamento básico de las obras sociales que han emprendido. En el año 1952 hacía apenas cinco años que el Opus Dei estaba en Inglaterra. Los primeros miembros eran estudiantes, no tenían dinero y la idea de .abrir una residencia de estudiantes era un ambicioso proyecto. Pero el esfuerzo y sacrificio de muchas personas, incluidas algunas no católicas, dio como fruto Netherhall House, una residencia de estudiantes situada en el barrio londinense de Hampstead que ha acogido desde entonces a estudiantes de 100 nacionalidades.

Cuando la reina madre inauguró una nueva ampliación de Netherhall en 1966,. dijo que era importante tener un hogar “en el que desarrollar las creencias y pautas de conducta que permanecen a lo largo de la vida”. Y añadió: “No puedo imaginar un lugar mejor para fomentar esas pautas que Netherhall House, que está basada en tradiciones cristianas, sobre todo la tradición de servicio”.

Netherhall en Londres, lo mismo que Grandpont House en Oxford y Greygarth Hall en Manchester, anima a los estudiantes a considerar el estudio como una obligación seria, pero también a ser generosos y ayudar a los demás, ideal que encuentra su expresión en la leyenda de un repostero de la sala de estar de Netherhall, que dice: “El hermano ayudado por el hermano es como una ciudad amurallada”.

Netherhall House promueve la idea de que el trabajo profesional, además de un medio de vida, puede y debe ser un servicio, idea recogida en la revista conmemorativa del XXV Aniversario de Netherhall, que explicaba cómo el fundador del Opus Dei quería que centros como ése extendieran el espíritu de servicio mediante el ejemplo. Algunos resultados eran ya tangibles: clubs de chicos como el Netherhall Boys Club o el Kelston Club, al sur de Londres; otros no tanto, como la labor de los antiguos residentes que han ido a prestar sus servicios en países como Kenya, Nigeria, Japón, Malaysia y Filipinas; entre ellos un oculista Keniata y un científico ruso que antes era ateo…

A orillas del Támesis, cerca de la casa en que vivió Santo Tomás Moro, se encuentra Dawliffe Hall, una residencia de estudiantes que alberga también el Tamezin Club, un club femenino para jóvenes que ofrece instrucción en diversos deportes, música, danza y teatro. En un artículo publicado en el London Daily Telegraph se decía de este club: “Es difícil no elogiarlo de tal forma que no parezca demasiado bonito para ser verdad…”.

Dos de las jóvenes que dirigen Tamezin, Eileen Cole y Margaret McCreadie, me explicaron que en el club se procura “centrar” a las jóvenes, sobre todo a aquellas que proceden de algunos de los muchos hogares rotos de la zona. “Tratamos de formarlas de tal forma que lleguen a ser mujeres responsables, buenas madres de familia, trabajadoras… Muchas de ellas se casan y dejan de venir, pero bastantes vuelven.”

El club Tamezin tiene una filial en Brixton,, uno de los barrios más deprimidos de Londres, conocido en el mundo por los disturbios raciales que han tenido lugar en él. Incluso en períodos de calma, no es recomendable. Margaret me habló de una de sus primeras visitas: “Fui con una amiga. Acabábamos de salir del metro y le estaba diciendo que el barrio daba el más alto índice de delincuencia de Londres cuando un individuo nos robó todo lo que llevábamos.

No fue fácil establecer un club allí. Algunas de las chicas se dedicaban a robar en las tiendas… Una especie de deporte en el barrio. Hay mucha injusticia allí, y hasta que las chicas empiezan a adaptarse a lo que se les enseña en el club, ocurren esas cosas”.

Antes de abandonar Dawliffe Hall, hablé con la administradora, Lynn Hinge, sobre su actitud respecto al espíritu de servicio: “Bueno, considero que soy una madre de familia -me dijo-. Ésta es una familia bastante numerosa, pero para mí es una familia como cualquier otra. Me preocupo de todas. Si alguna no se encuentra bien y hay algo que le gusta, procuro complacerla para que se sienta mejor. Y lo mismo con la ropa o con las comidas. Si alguna echa ropa a lavar y hay una prenda rota, procuro devolvérsela cosida, aunque no es mi obligación, porque así aprendo a quererla más. La gente que nos visita y lo ve todo limpio y en orden, se. da cuenta en seguida de que somos una familia. ¿Sabe usted? La familia es la base de la sociedad. ¿A quién le puede extrañar que las cosas no marchen bien cuando la familia no es lo que debería ser?”.

En Ipswich, Inglaterra, un pequeño grupo de miembros del Opus Dei ha iniciado un club juvenil dirigido por los propios padres. Los fundadores -el director cinematográfico John Pitt y el doctor Tom Word- lograron que el veterano actor Sir Alec Guinness lo patrocinase. “El club se financia mediante tómbolas, rifas y subastas. También ayudan un ministro congregacional y sus parroquianos. Tom Word procuró buscar benefactores; “uno de ellos le contestó, escéptico: ¿Cómo se le ocurre dar formación moral hoy en día?” Tom, entonces le telefoneó, le explicó el asunto y, como continuaba dudando, le dijo que se olvidase del dinero, pero que no dejase de rezar. Poco después me envió por correo un cheque por valor de 10.000 libras. Tuve. que contar los ceros varias veces para creérmelo. Debajo había escrito: “El poder de la oración”.

El club organiza cursos de realización cinematográfica, ordenadores, vela, wind surfing, piragüismo y tiro con arco. Tom describe la labor que allí se realiza como un intento de suministrar al adolescente medios para que se independice: El Fundador del Opus Dei recordaba con frecuencia la importancia de que los laicos asumieran sus propias responsabilidades. “Si trasladamos a otros nuestras obligaciones -explica Tom-, ya sea a la jerarquía de la Iglesia o a otra organización, es señal de que las cosas no marchan”.

Después de enseñarme las instalaciones, John Pitt me invitó a su casa para que conociera a su esposa, Joanna, y a sus hijos. Después de cenar, John y Joanna me explicaron que al principio habían sido muy cautos con el Opus Dei. Tenían recelos a causa de un artículo aparecido en The Time en el que se describía al Opus Dei como un grupo muy cerrado dentro de la Iglesia. Un hijo suyo, Guy, se había hecho del Opus Dei y estaban muy preocupados. John, entonces, procuró informarse bien. Estaba decidido a no dejar marchar a Guy sin lucha. Le siguió, se enteró de lo que hacía e incluso empezó a participar en algunas actividades de la Obra. El resultado fue que también él pidió la admisión en el Opus Dei.

En el Opus Dei hay una estrecha relación entre el espíritu de servicio y la voluntad de hacer las cosas lo mejor que se puede. El fundador del Opus Dei insistía en que Cristo quería no tanto que sus seguidores fueran pobres como que fuesen pobres de espíritu. Lo cual supone estar desasido de los bienes materiales, de tal forma que se pueda poner al servicio de Dios y del prójimo lo mejor que se tiene. Algo que se aprecia mejor que en ningún otro sitio es Cleraun Study Centre, de Dublín, el primer centro que el Opus Dei construyó de nueva planta en Irlanda. Aunque quienes lo construyeron carecían de recursos económicos, procuraron que estuviera bien hecho, con buenos materiales y con buen gusto. Algunas de las inversiones que al principio se pensaban hacer en el edificio, se emplearon luego en mejorar la calidad.

En cierta ocasión, Monseñor Escrivá de Balaguer describía así el espíritu de pobreza y el desprendimiento:

“Para mí, una manifestación de que nos sentimos señores del mundo, administradores fieles de Dios, es cuidar lo que usamos, con interés en que se conserve, en que dure, en que luzca, en que sirva el mayor tiempo posible para su finalidad, de manera que no se eche a perder. En los Centros del Opus Dei encontraréis una decoración sencilla, acogedora y, sobre todo, limpia, porque no hay que confundir una cosa pobre con el mal gusto ni con la suciedad. Sin embargo, comprendo que tú, de acuerdo con tus posibilidades y con tus obligaciones sociales, familiares, poseas objetos de valor y los cuides, con espíritu de mortificación, con desprendimiento. .

Hace muchos años -más de veinticinco- iba yo por un comedor de caridad, para pordioseros que no tomaban al día más alimento que la comida que allí les daban. Se trataba, de un local grande, que atendía un grupo de buenas señoras. Después de la primera distribución, para recoger las sobras acudían otros mendigos y, entre los de este grupo segundo, me llamó la atención uno: ¡Era propietario de una cuchara de peltre! La sacaba cuidadosamente del bolsillo, con codicia, la miraba con fruición, y al terminar de saborear su ración, volvía a mirar la cuchara con unos ojos que gritaban: ¡Es’ mía!, le daba dos lametones para limpiarla y la guardaba de nuevo satisfecho entre los pliegues de sus andrajos. Efectivamente, ¡era suya! Un pobrecito miserable, que entre aquella gente, compañera de desventura, se consideraba rico.

Conocía yo por entonces a una señora, con título nobiliario, Grande de España. Delante de Dios esto no cuenta nada: todos somos iguales, todos hijos de Adán y Eva, criaturas débiles, con virtudes y defectos, capaces -si el Señor nos abandona- de los peores crímenes. Desde que Cristo nos ha redimido, no hay diferencia de raza, ni de lengua, ni de color, ni de estirpe, ni de riquezas…. somos todos hijos de Dios. Esta persona de la que os hablo ahora, residía en una casa de abolengo,, pero no gastaba para sí misma ni dos pesetas al día. En cambio, retribuía muy bien a su servicio y el resto lo destinaba a ayudar a los menesterosos, pasando ella misma privaciones de todo género. A esta mujer no le faltaban muchos de esos bienes que tantos ambicionan, pero ella era personalmente pobre, muy mortificada, desprendida por completo de todo. ¿Me habéis entendido? Nos basta además escuchar las palabras del Señor: bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos.

Si tú deseas alcanzar ese espíritu, te aconsejo que contigo seas parco, y muy generoso con los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por veleidad, por vanidad, por comodidad…; no te crees necesidades. En una palabra, aprende con San Pablo a vivir en pobreza y a vivir en abundancia, a tener hartura y a sufrir hambre, a poseer de sobra y a padecer por necesidad: todo lo puedo en Aquel que me conforta. Y como el Apóstol, también así saldremos vencedores de la pelea espiritual, si mantenemos el corazón desasido, libre de ataduras”.

El fundador del Opus Dei creía que este espíritu de pobreza, unido al espíritu de servicio, podía tener un importante papel en la tarea de unir a la gente, no sólo a ingleses e irlandeses, sino a todo el mundo. Ambas cosas forman parte del espíritu que promueve el Opus Dei en todos los países. Según ese espíritu, el servicio es algo que debe informarlo todo, hasta la actividad diaria más pequeña. Una de sus expresiones más obvias es la labor que el Opus Dei desarrolla con los pobres.

Mi testimonio sobre Monseñor Escrivá de Balaguer

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Testimonio de Silvestre Sancho Morales O.P. Rector de la Universidad Santo Tomás en Manila
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Conocí a Monseñor Escrivá de Balaguer en 1935, con ocasión de un viaje mío a España desde Manila. Recuerdo que en ese primer encuentro hablamos mucho de apostolado. Sin embargo, lo que se me quedó más grabado fueron algunos rasgos de su carácter, en especial su entusiasmo, su alegría.

No volvimos a vernos hasta finales de 1941, cuando regresé a España, donde permanecí diez años. Desde entonces, y hasta que el fundador del Opus Dei fijó su residencia en Roma, en 1946, tuvi­mos ocasión de encontrarnos con mucha frecuencia y trabar una profunda amistad. Más tarde seguí viéndole periódicamente en Roma. Nuestras conversaciones siempre me acercaban más a Dios.

Durante los años de nuestra común estancia en Madrid, iba con frecuencia al domicilio de don Josemaría para dar clases de Teología a socios de la Obra, algunos de los cuales fueron ordenados sacerdotes después. A través de estos contactos con el fundador del Opus Dei y con algunos de sus hijos tuve ocasión de conocer más a fondo el espíritu que animaba a don Josemaría.

CELO POR LAS ALMAS

La primera nota que yo destacaría de Monseñor Escrivá de Balaguer es su caridad, un amor a Dios que se desbordaba en un celo infatigable por todas las almas. Siguiendo el orden de la cari­dad, sobresalía en primer lugar su cariño paterno y un entrañable desvelo por sus hijos, los socios de la Obra. Les exigía con fortaleza para que fueran santos, y, a la vez, con la ternura y la delicadeza que un padre tiene con sus hijos. A mí, en un principio, no dejó de sorprenderme esa forma de tratarles, especialmente a aquellos que ya eran hombres hechos y derechos y gozaban de un merecido prestigio profesional. Sin embargo, pronto comprendí que para don Josemaría eran fundamentalmente eso: sus hijos.

Cuando falleció uno de los primeros socios del Opus Dei, Isi­doro Zorzano, el padre -como le llamaban sus hijos- dio ejemplo de fortaleza cristiana. Su corazón sentía la pena de la separación física, y me habló de que se había encarado amorosamente con el Señor, como intentando comprender por qué se había llevado a un hombre joven que tanto podía servirle en la tierra; pero que inmediatamente había aceptado sin reservas la voluntad de Dios, repitiendo una recia jaculatoria que ya había recogido en el núme­ro 691 de Camino: «Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén». Me contaba que se quedó lleno de paz; además, con el consuelo de que Isidoro había fallecido como un santo.

Pero, como ya he dicho antes, su amor no se detenía en sus hijos; se extendía a todas las almas. Su caridad era encendida y abar­caba a todas las gentes de cualquier condición. De su ingente labor apostólica, siempre me impresionó la gran tarea que llevó a cabo con sacerdotes diocesanos. Continuamente predicaba por España entera cursos de retiro espiritual para sacerdotes. Lo hacia a peti­ción de los obispos, que conocían la fuerza de su palabra, llena siem­pre de visión sobrenatural y de vibración apostólica. Su afectuosa comprensión, su sencillez y la llaneza y afabilidad de su trato, gana­ban enseguida el corazón de quienes le oían y creaban un ambiente que facilitaba grandemente la reforma.

Contra lo que era costumbre general, jamás solicitó retribución alguna por esta labor con sacerdotes: no sólo no quería cobrar nada, sino que tampoco aceptaba regalos y además se costeaba personalmente los viajes. Desarrollaba este trabajo pastoral sin rui­do, calladamente, yendo de acá para allá de modo incansable. Algu­nas veces, a su regreso, hablábamos de los conocimientos que había hecho en esas «escapadas» de Madrid. Esas conversaciones siem­pre me dejaron el convencimiento del enorme alcance de su labor con sacerdotes; muchos miles de almas se beneficiarían luego de la piedad y del celo que don Josemaría había sabido infundir en sus pastores. Sólo Dios puede valorar este silencioso servicio a la Iglesia.

VIDA DE PIEDAD Y FILIACIÓN DIVINA

En don Josemaría la conciencia de la filiación divina era par­ticularmente viva. Esa profunda realidad iluminaba toda su vida y se contagiaba a cuantos se le acercaban; Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó siempre a empapar y a edificar la vida de piedad sobre esta convicción fundamental: que somos hijos de Dios. De hecho, el sentido de la filiación divina es uno de los rasgos distintivos de la espiritualidad del Opus Dei.

Su oración personal, muy intensa, le mantenía en una presencia de Dios constante. Recuerdo especialmente la devoción con que celebraba la Santa Misa. Su amor al Santo Sacrificio se ponía de manifiesto en el recogimiento con que se acercaba al altar, en el espíritu de oración con que llenaba cada una de las ceremonias, en la pausa de sus movimientos y palabras y también en su delicada fidelidad a las rúbricas del Misal. Terminada la Santa Misa per­manecía siempre en una intensa y fervorosa acción de gracias a Jesús Sacramentado. Este cariño a la Sagrada Eucaristía se mos­traba igualmente en sus frecuentes visitas al Santísimo, que hacía­mos también en el oratorio de aquella casa de la calle Diego de León, nada más levantarnos de la mesa siempre que me invitaba a almorzar.

Todo el comportamiento de don Josemaría era consecuencia de una vida interior muy intensa. Su abandono en Dios, basado en la fe y en la esperanza, era total y se advertía en todas las cir­cunstancias de su vi da; desde las más ordinarias hasta los momentos más duros y dolorosos. Su confianza en el Señor se extendía también a la Virgen y a San José, a los Santos y a los Ángeles Custodios, con quienes mantenía un trato amistoso y a los que recurría fre­cuentemente -según me explicó- para pedirles muchas cosas y tenerlos como aliados poderosos en el apostolado.

CARIDAD HEROICA

Cuando a comienzos de los años cuarenta –lejano aún el Con­cilio Vaticano II–se produjo una fuerte campaña de calumnias con­tra don Josemaría, desatada por algunos que, tal vez, no calaban la profundidad teológica de su predicación, pude comprobar, una vez más, su heroico sentido de la caridad y de la justicia. En muchas ocasiones observé su silencio y cómo cambiaba con naturalidad de tema cuando, en nuestras conversaciones, salía a relucir alguna per­sona a la que, en justicia, no podía alabar. Vivía a la letra lo que aconsejaba: «Sí no puedes alabar, cállate». A lo largo de su vida, en la que no faltaron abundantes incomprensiones y calumnias, le vi poner en práctica este consejo, tan difícil, de modo constante y con irrebatible fortaleza. A pesar de que le sobraba razón y razones para responder a quienes le agredían, siempre escogió la oración y el silencio, en un ejercicio heroico de la caridad que le inducía a amar a todos los hombres por Dios, siempre, y de manera nada común.

Pero hay todavía más: en cierta ocasión me confió que, diaria­mente, en la Santa Misa, elevaba a Dios por los que habían inten­tado hacer daño a la Obra de Dios los mismos sufragios que ofrecía por sus padres y por sus hijos vivos o difuntos del Opus Dei. Y eso día tras día, año tras año…

Vivir las contradicciones con una alegría grande, enraizada en un profundo espíritu de mortificación. Siempre, en todas esas oca­siones, le sostuvo una firmísimo fe y esperanza sobrenaturales que le hacían olvidar se por completo de su persona.

Monseñor Escrivá de Balaguer tuvo total confianza en Dios en medio de las incomprensiones; tenía la seguridad se lo oí muchí­simas veces de que, como la Obra era cosa de Dios, saldría ade­lante. Y solía recordar que el grano de trigo que muere siempre es fecundo, y que si viene un vendaval, una persecución, y se lleva el trigo y lo esparce, al cabo de algún tiempo se produce fruto en muchas partes. Así ha ocurrido con el Opus Dei, que actualmente cuenta con más de setenta mil socios de ochenta nacionalidades distintas.

AMOR A LA LIBERTAD

Otra característica del fundador del Opus Dei era su profundo respeto a la libertad personal. Recuerdo, por ejemplo, cómo me expli­caba que en el Opus Dei todos debían conseguir con su trabajo profesional medios suficientes para mantenerse y sacar adelante los apostolados, de tal manera que si un día querían abandonar la Obra, pudie­ran hacerlo tranquilamente, sin miedo a su futuro en la vida. Así los motivos de su perseverancia serían siempre exclusivamente sobrena­turales. «La perseverancia en el Opus Dei -decía– ha de ser con­secuencia siempre de un amor actual, constantemente renovado».

Tuve ocasión de comprobar muchas veces cómo ponía todos los medios sobrenaturales y humanos para asegurar esa libre per­severancia, enseñando a sus hijos a que también los pusieran. Reza­ba mucho y vivía duras penitencias pidiendo por la fidelidad de los socios de la Obra y al mismo tiempo derrochaba cariño com­prensión con ellos. En ocasiones hizo viajes muy largos en la tercera clase de los trenes de entonces, y sin dinero para comer, porque quería hablar con alguno que atravesaba dificultades.

ALEGRÍA SOBRENATURAL

Aunque considero imposible bosquejar en unas cuantas páginas todas las virtudes del fundador del Opus Dei, no quiero dejar de insistir en una que, como he dicho al principio de estas líneas, des­cubrí en nuestra primera conversación: la alegría.

Era un consuelo hablar con don Josemaría: por su sentido sobre­natural y porque siempre estaba de buen humor. Para mí, la alegría era su virtud más característica, fundamentada sin duda, en el profundo conocimiento que Dios le había dado de la filiación divina. «Que estén tristes -decía– los que no se consideren hijos de Dios». Muchas veces comentaba: «Yo quiero que mis hijos estén siempre muy alegres».

Su alegría me parece una consecuencia clara de su gran fidelidad a Jesucristo y a su vocación y me hace entender mejor su profunda humildad, porque la soberbia, aunque sea en grado mínimo, es incompatible con la alegría. Monseñor Escrivá de Balaguer pudo tener siempre, durante toda su vida en la tierra, esa inmensa alegría, sobrenatural y humana, porque era extraordinariamente humilde. Se consideraba un instrumento inepto y sordo en las manos de Dios y se había propuesto una norma de conducta firmemente arraigada en la humildad: «Ocultarme y desaparecer es lo mío; que sólo Jesús se luzca».

La impresión que guardo del padre es la de un hombre de muchí­sima virtud, aunque su humildad profunda hacía que su vida se con­sumase en una gran naturalidad. Amaba y vivía heroicamente la pobreza, sin alardes; era comprensivo, sin falsos respetos humanos; sereno, de una gran moderación en todo; generoso, magnánimo y a la vez atento a los detalles más pequeños.

Además de sus virtudes y de su fidelidad plena a la voluntad de Dios, el temperamento de Monseñor Escrivá de Balaguer, su modo de ser y su postura optimista ante la vida, al igual que el resto de sus excepcionales cualidades naturales, formaban parte de su vocación de instrumento de Dios para hacer el Opus Dei.

Enseñó siempre a utilizar en servicio de Dios toda las buenas cualidades que nos ha concedido y dio ejemplo procurando cada día crecer en las virtudes y gastando su vida entera en la misión divina que había recibido: trabajar por Dios y para Dios en el mun­do, llevando a las almas por «los caminos divinos de la tierra».

Por eso tengo tanto cariño al padre, porque tuve ocasión de comprobar que era un hombre santo lleno de alegría, ya que, como decía Santa Teresa, y le gustaba repetir al fundador del Opus Dei, «un santo triste es un triste santo». Gastó toda su vida heroica y alegremente en la misión que Dios le confió: formar a Cristo en las almas de cristianos corrientes que viven en medio del mundo.

Lo que importa

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Lo primero, lo que importa en la vida, “es ir al cielo: Si no, nada vale la pena”. Aviso a tener en cuenta, sabio consejo. Nos invitaba a un ajuste de horario, poner la flecha de nuestra brújula en rumbo, enflechar el orto de nuestro camino, ese amanecer que todo lo alumbra. Navegar en nave segura. Con buen rumbo. ¡Ay, la Iglesia! Romper esos densos nubarrones de las amenazas enemigas, sortear las escaramuzas de un enemigo prepotente, amo del mundo, dispuesto a no soltar su presa magullada. Un enemigo conocedor de nuestra vida, maestro del engaño, explotador de nuestro orgullo. Enemigo que no fácilmente nos soltaba de sus fauces de lobo feroz. Nos humillaría, nos despojaría de privilegios, en la vida y en el trabajo. Perderíamos amigos y honores. Era un camino contracorriente que nos quitaba la felicidad. Vino la enfermedad, la prueba necesaria, la cruz esperada a seguir…La sentencia del Fundador sobre el cielo nos ponía contra la pared, emplazándonos a una lucha que veíamos desigual, Goliat con sus armas frente al David de solo su honda, el brazo oculto de Dios en la mañana…¡Todo el ejército enemigo expectante, aguardando la derrota! Cayó Goliat, pero el enemigo no cejó en su persecución, en sus terribles zarpazos… Cuando todo parecía perdido, venía pronto el aviso firme y reiterado:”Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena”. (“Es Cristo que pasa”).

Vendrían después otros avisos que ponían barruntos de esperanza en nuestra vida. Cirros dorados como plumas de ángeles. “Dedica, sin regateo, el tiempo necesario a la oración; acude en ayuda de quien te busca; practica la justicia, ampliándola con la gracia de la caridad”. (“Es Cristo que pasa”). Quizá el más comprometedor, el más directo, el punto uno de Camino: “Que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor”. Frases, notas, que eran como florecillas que nos salían al camino de nuestras lecturas, campo de verdor, refulgente, en el que el alma encontraba su remanso más tranquilo y luminoso. ¿Eran esas las verdes praderas del cielo? ¿Significaba esto un nuevo caminar? Dios nos esperaba en la orilla, junto al mar, con los pececillos de la pesca en sus manos…”Venid a retiraros conmigo en un lugar solitario, y reposareis un poquito…”

“Al recordar esta delicadeza humana de Cristo, que gasta su vida en servicio de los otros, hacemos mucho más que describir un posible modo de comportarse,”- nos decía san Josemaría, Punto 109, saliéndonos al paso,“Es Cristo que pasa”.- “Estamos descubriendo a Dios.” Y nos dirá con palabras de sentido amor que “Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida familiar…” ¡Es aquí, en ese escenario, donde Dios nos quiere! ¡Conoce nuestras limitaciones, nos ama con amor de Padre que conoce las angustias y penas de sus hijos que se esfuerzan y fracasan tantas veces en esa pelea de su vida ordinaria! Parece como si dijese: Yo soy que eres una calamidad, pero eres hijo mío, has salido de mis manos, te ha contaminado el mundo con sus mentiras y miserias y yo trato de salvarte una y otra vez, ya ves como sangro…Soy una fuente de misericordia que nunca se agota, la voluntad de mi Padre es que seque la sed de los sedientos, beber todo el dolor humano, daros agua de la fuente del manantial que no se agota y da vida eterna, lavarte con mi sangre que cura y salva…

La raza de los hijos de Dios

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Tajamar, Instituto de Enseñanza que dirigen miembros del Opus Dei en Madrid, está lleno hasta los bordes una tarde de octubre de 1967. El Padre se dirige a una variada multitud de oyentes y les habla, en un momento de este encuentro, de la vocación al Opus Dei:

«Esta vocación, que no es para todos, la entienden perfectamente las almas que tienen el corazón noble, aunque no sean católicas. Y yo logré del Santo Padre Pío XII, en 1950, después de darme dos negativas, que al fin me concedieran traer junto a nosotros como Cooperadores los no católicos, los católicos que no practican y los anticatólicos, siempre que fueran nobles y tuvieran virtudes humanas»(42).

La Obra era así la primera asociación de la Iglesia que abría fraternalmente sus brazos a todos los hombres, sin distinción de credo o confesión.

Este respeto a la libertad de las conciencias es algo que Monseñor Escrivá de Balaguer ha gritado en todos los idiomas del mundo. Ha dicho, repetidamente, que daría la vida por defender la libertad de la conciencia de una sola persona. ¡Libérrimos!… repite constantemente a sus hijos. En la certeza de aquella afirmación de Juan Apóstol: «La verdad os hará libres »(43)

Creer firmemente en las verdades de la Iglesia Católica es situarse en las antípodas de un fanatismo despiadado e inútil. La Obra pregona a los cuatro vientos que, por encima de toda ideología y creencia, mantiene el profundo respeto a la persona y a su libertad. Porque la primera y última vocación del cristiano es la comprensión, la caridad. El Apóstol de Tarso definía así esta virtud y, con ella, todo el talante existencial de los discípulos de Cristo: «paciente, es servicial; no es envidiosa, no se pavonea, no se engríe; la caridad no se ofende, no busca el propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal; la caridad no se alegra de la injusticia, pero se alegra de la verdad. Todo lo excusa, lo cree todo, todo lo espera, todo lo tolera»(44)

Si el Opus Dei practica esta abierta acogida con todos los credos de la tierra, pide en cambio que se reconozca la libertad de su espíritu. No es más que reclamar la libertad de las conciencias para seguir a Jesucristo de acuerdo con aquella vocación a la que han sido llamados sus miembros.

Y, por otro lado, reclama igualmente, el derecho de cada uno a servir y a ejercer sus oficios individuales con la independencia y responsabilidad de cualquier ciudadano. Es la autonomía del orden temporal respecto a cualquier injerencia de índole eclesiástica.

De ahí que, junto a una flexibilidad en las cuestiones temporales, en las que no existen dogmas, Monseñor Escrivá de Balaguer tenga una seguridad inconmovible en las verdades de fe. Una imposibilidad de manejar asertos que no le pertenecen, que son un tesoro que la Iglesia custodia. Creer en la veracidad de unos dogmas trascendentes no permite concesiones ni recortes, por la sencilla razón de que el hombre no puede crear la verdad: sólo descubrirla y aceptarla.

«La transigencia es señal cierta de no tener la verdad. Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un… hombre sin ideal, sin honra y sin Fe» (45)

Los Cooperadores no católicos de la Obra ayudan en las empresas sociales, educativas, culturales, del Opus Dei, y al calor y al ejemplo de esta firme y humana actitud, algunos han llegado a la verdad de la Iglesia Católica por el camino de la amistad, del respeto, de la libertad.

Por esta doble postura de apertura y firmeza, podía escribir el Cardenal Primado de España, unos días después de la muerte del Fundador del Opus Dei:

«Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó Monseñor Escrivá de Balaguer, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del posconcilio; y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moderno, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven alocadamente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin convertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también -como no puede ser menos- un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de María, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siempre para ser feles»(46)

Son múltiples los ejemplos prácticos de esta actitud del Padre. Escenas que se han repetido continuamente en público y en privado. Una vez es un matrimonio peruano que visita al Padre en Roma en 1958. Les acompaña un hijo que no practica ningún género de creencia religiosa. Cuando los padres se arrodillan ante la bendición de Monseñor Escrivá de Balaguer, el muchacho se retira y permanece de pie. A la hora de marcharse, el Padre se acerca, con un afecto natural y sencillo para decirle que aunque no ha querido recibir su bendición de sacerdote, seguramente no tendrá inconveniente en recibir un abrazo de amigo.

Y en una tertulia muy numerosa, aquella voz que surge del fondo de la sala:

-«Padre, nosotros somos una familia ecuménica: mi esposa es metodista…

-¡Dios la bendiga! ¿Está aquí? -Está aquí, conmigo.

-Dile que la quiero mucho.

-Estamos muy unidos en la educación religiosa de nuestros hijos…

-¡Muy bien!

-Dos ya hicieron la Primera Comunión… -¡Bien!

-Me gustaría que dijese algunas palabras a mi esposa.

-¡Hija mía!, te digo lo siguiente: que tienes un marido estupendo y que te quiero mucho en el Señor. Quiero a todas las almas. Pero a una madre que da libertad a los hijos, y que además se ocupa de que se eduquen en esta fe maravillosa, que ve con alegría que se acerquen al Santo Sacramento de la Eucaristía, a una madre así yo ya la admiro. ¡Te admiro! (…). Reza por mí (…). Mañana, en la Misa, me voy a acordar mucho de ti. Allí no soy yo. Tú no tienes por qué creerlo, por ahora; pero pediré al Señor que te dé mi fe, porque -no te enfades- la tuya no es la verdadera. Yo daría mi vida cien veces por defender la libertad de tu conciencia; de modo que seríamos muy amigos, si yo viviera aquí. Pero, claro, yo creo que tengo la verdadera fe; si no, no vestiría esta funda de paraguas».

Y señala su sotana, mientras la gente ríe…

-«¡Reza por mí! Nadie como tu marido para defender la fe tuya. Y nadie como tu marido y como yo, para pedirle al Señor que te dé (…) mucha claridad de ideas. Y gracias, porque eres muy generosa y muy buena»(47).

Y en octubre de 1967, con el salón de actos de Tajamar abarrotado:

«Si me permitís, os voy a dar la bendeción (…). El que no tenga fe, que sepa que la bendición de un sacerdote es como la bendición de un padre y de una madre, porque es la bendición de Dios. Y los que tenéis la dicha de tener fe, recibidla como lo que es, como algo santo, grande, bueno:

Que el Señor esté en vuestros labios, en vuestros corazones, en vuestros hogares, en vuestros amores, en vuestro trabajo, y os dé siempre la alegría y la paz. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»(48).

Y Peter Forbarth, periodista, que acompañado por Javier Ayesta acude a visitar al Fundador de la Obra. Javier describe así sus impresiones:

«En 1967 acompañé a Roma al periodista americano Peter Forbarth que iba a efectuar una entrevista a Mons. Escrivá de Balaguer para “Time Magazine”. El Fundador del Opus Dei le invitó a comer, y le trató con su cariño y delicadeza proverbiales.

Yo había hablado con el Padre antes del almuerzo y le informé que mi colega era judío, y que no daba muestras de practicar su religión. Me contestó que la fe era un don que no se podía transmitir con simples razonamientos: había que contar con Dios. Me animó a ser un buen amigo suyo y a no importunarle en materia religiosa para que no se le hiciese odiosa la verdadera fe.

Peter salió muy impresionado de la entrevista y sólo decía: ¡Increíble! ¡Increíble! Estaba lleno de admiración y, horas más tarde, me decía que en el Fundador del Opus Dei se palpaba algo superior… »(49)

Otras veces, la historia es larga y la búsqueda tenaz. Como en el caso de Hilary Schlesinger, inglesa de nacionalidad pero de origen judío, y educada en un ambiente agnóstico. Hilary vive en la capital inglesa todo el horror de la última Guerra Mundial. Siente pasión hacia la música y maneja perfectamente el violín, pero abandona sus estudios instrumentales para dedicarse a la terapia ocupacional de las víctimas de los bombardeos. Un día una mujer joven, paralizada por un ataque de poliomielitis, le pregunta desde el pulmón de acero por el sentido del dolor y de la vida. Hilary no tiene respuesta. Pero se promete a sí misma buscar una finalidad al sufrimiento. Lee apasionadamente el Evangelio y pide fe. Siente profunda admiración por la figura de Jesús de Nazaret.

Siguiendo las líneas de su trabajo tiene que desplazarse a Argentina. Unos meses después, la ONU la envía a Chile. Un amigo le proporciona «Camino», un libro que le ayuda a rezar. Se interesa por la Obra y frecuenta uno de sus Centros en Santiago. El 19 de marzo de 1968 se bautiza en la religión católica. Cuando llega a Colombia, siguiendo su periplo profesional, pide allí, al Padre, su admisión en el Opus Dei.

Si algo ha impresionado su ánimo ha sido la libertad, la universalidad de la Obra a través de los países latinoamericanos que ha visitado. Su origen judío la hace doblemente querida por el Padre que, en más de una ocasión, ha respondido a un hebreo que le quiere porque sus dos grandes amores de la tierra son Jesucristo, que es judío, y su Madre, María, también hebrea.

Confirmando esta actitud, cabe anotar la respuesta de una mujer perteneciente a la Asociación de amistad judeo-cristiana de Madrid. En una reunión celebrada en 1964, en una sinagoga, un participante de origen sefardí, se levantó para preguntar «por qué el Opus Dei perseguía a los judíos». «Yo no era moderadora pero me levanté y dije: Sólo quiero atestiguar un hecho y es que el Opus Dei, lejos de perseguir a los judíos, tiene Cooperadores judíos en Estados Unidos desde 1948. Un aplauso cerrado acogió las palabras (…). Luego hice constar que no pertenecía al Opus Dei, pero que lo defendía por justicia» (50).

Y la simpática historia de aquella señora inglesa, mayor, quien, de pronto, ve cómo se instala un Centro de la Obra en el piso inmediato, al que acudían muchos chicos jóvenes. El Padre lo cuenta, divertido, en una tertulia:

«Había un Centro en una parte de Londres. Y, claro, como los chicos son chicos, y además jóvenes, armaban mucho jaleo con las guitarras y las canciones. En el apartamento contiguo vivía una señora anciana, escritora, periodista, amiga de la tranquilidad y de la serenidad material también, para poder cumplir con su oficio (…). Decía que aquellos vecinos eran unos impertinentes. Los chicos lo supieron y un día fueron a visitarla. La trataron con mucho cariño, sacaron las guitarras y le cantaron unas cuantas cosas. Desde entonces se sintió obligada. Y a la hora del té llegaba siempre un regalito de tía Carolina, como comenzaron a llamarla enseguida los chicos. Y tía Carolina, con la alegría de aquellos hijos míos, y con el empeño que pusieron en la oración, en importunar al Señor, ha tenido la gracia de Dios para convertirse a la fe católica. Yo recibo algunas veces sus cartas, y las contesto. Me decía hace poco que debía ir a Inglaterra, y estoy con el corazón en Inglaterra, porque allí también me encuentro muy a gusto. Cuando vayáis, haced una visita a tía Carolina»(51)

Más tarde, en 1972, esta mujer inglesa viaja desde Londres en avión para saludar al Padre en una gran reunión celebrada en Barcelona. Y como el Fundador acaba de explicar que él se siente joven, como si tuviera sólo siete años, ella le interpela desde el público:

-«Por una parte soy mayor que usted, puesto que yo tengo ocho años y usted siete. Por otra, soy bastante más joven, porque tengo quince meses: los que llevo desde mi conversión, en agosto del año pasado. Soy su hija más pequeña. Por eso quiero pedirle un favor: sentarme a su lado el resto de esta maravillosa tertulia»(52).

Así, con cariño, con seguridad y amor, ha abierto el Padre la amistad de todos los hombres y mujeres del mundo. Cuando Peter Forbarth le interroga en su entrevista del 15 de abril de 1967, la respuesta será afirmación pública de esta alegre realidad de la Obra:

-«¿Cómo se sostiene económicamente el Opus Dei?».

-«Trabajando mucho sus miembros, yo también. Y el que trabaja, gana. Así podemos promover obras corporativas de enseñanza, de asistencia social, etc., que rara vez se sostienen solas. Para mantenerlas, además de los miembros del Opus Dei, hay otras personas que ayudan; algunos no son católicos, y muchos, muchísimos, que no son cristianos. Pero ven la labor, la palpan, y se entusiasman de verdad. Por eso aprovecho para decir ahora que soy deudor a muchas personas, incluso no católicas y no cristianas »(53).

Llevaba el amor a la libertad en la más honda raíz de su ser humano y cristiano. A millones de años luz de todo fanatismo temporal o religioso. Afincado en la verdad revelada por la Iglesia que se proclama heredera de los Apóstoles de Jesucristo.

La llamada de África

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante los años que median entre 1955 y 1960, el Fundador del Opus Dei cruza varias veces las carreteras de Europa, llevado por la exigencia de su misión.

Está, siempre que puede, allí donde han llegado sus hijas e hijos, para reafirmar su fe. Para dejar, detrás de sus pasos, la estela inconfundible de esperanza y de caridad. Apoyada en este aliento, la Obra se abrirá camino en poco tiempo. Un camino que agranda sus riberas en la medida en que los hombres responden a este mensaje de paz que lleva consigo.

En 1956, y durante los meses de junio y julio, encontramos al Padre en Francia, Alemania y Suiza. 1957 le empuja nuevamente a Suiza, Bélgica, Francia, Holanda, Luxemburgo y Alemania. Desde mayo a septiembre, durante cincuenta y seis días, viajará sin descanso. Al siguiente año, 1958, se acerca de nuevo a España, Inglaterra, Francia, Alemania y Suiza. Los años de 1959 y 1960 anotarán en los meses de mayo a noviembre la presencia del Padre en Inglaterra, España, Francia e Irlanda.

Mientras se consolidan los cimientos de Europa, dos miembros del Opus Dei llegan, en enero de 1958, a las tierras africanas.

Han despegado del aeropuerto de Ciampino, en Roma, a las cuatro de la tarde. Salen en un día traspasado de frío, después de recibir la bendición del Padre. Les ha despedido con un largo abrazo. Ahora sobrevuelan a ocho mil metros de altura la distancia que media entre Italia y Kenya.

Y África, esta tierra prometida que ya entrara por los ojos del Padre en un lejano día de 1945 cuando un desplazamiento por Andalucía le llevó hasta los límites de Algeciras, empieza a extender su paisaje. Volcanes, chozas diseminadas y aldeas, tierras altas y verdes, flores de color agresivo y un sol candente forman el trasfondo de Nairobi. Después de nueve horas de vuelo, el avión aterriza en la capital de Kenya.

Los primeros idiomas que oyen son el inglés y el swahili, pero las personas proceden de las más diversas razas y tribus: africanos kikuyos, masai, luo y kambas; árabes, goeses e indios de todas las castas. Nairobi es un pequeño exponente de la confluencia cultural y racial del Viejo Continente, al que se han calculado unos quinientos cincuenta millones de habitantes.

Los miembros del Opus Dei se asoman por primera vez a este inmenso campo de trabajo humano y divino. Ya desde el hotel escriben al Padre. Necesitan hacerle partícipe de su alegría, del espectáculo formidable que es África. Es la primera carta desde Kenya, pero están convencidos, y así se lo dicen, de que será una entre los millares que habrán de escribir los hijos africanos que el Padre tendrá pronto y que vendrán a la Obra, con la gracia de Dios.

Hay una confluencia de afectos entre África y el Fundador del Opus Dei. El soñaba esta labor desde hacía muchos años. Y de Nairobi llegarán las primeras rosas el día de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, en junio de 1975. Amor por amor, es el gesto de Kenya que anticipa su ofrenda a la de cualquier otro país del mundo.

Don Pedro Casciaro acude a Nairobi para iniciar un Centro Universitario. Se entrevista con el delegado Apostólico en África, Monseñor Mojaisky Perreli, quien le habla del problema educacional de Kenya. Los africanos y los numerosos emigrantes asiáticos apenas tienen posibilidades de continuar estudios superiores al acabar la enseñanza secundaria. Se exigen, en el sistema educativo británico, dos años de enseñanza intermedia entre la secundaria y la universitaria. Estos dos años han de cursarse en centros oficialmente reconocidos, que no existen en East África. Los europeos pueden enviar a sus hijos a la metrópoli, pero esta solución resulta prohibitiva, por razones obvias, para la mayoría de los nativos de Kenya. Monseñor Mojaisky ha pensado en el Fundador y ha enviado una larga carta a Roma: le pide que la Obra promueva un Centro que contribuya a resolver el problema: será el futuro Strathmore College.

Los miembros del Opus Dei han ocupado su primera casa el 1 de octubre de 1958. Aquí, don Pedro les da a conocer las premisas establecidas por el Padre para un Centro educativo en Kenya, en el que la Obra asuma la orientación espiritual. Primero: ha de ser interracial. Desde el principio, es preciso desechar la idea de un solo grupo étnico. Porque la Obra ha de intentar que convivan, se traten y se quieran las diversas razas y tribus. En segundo lugar, el College debe estar abierto a los estudiantes no católicos y no cristianos, si esos muchachos cumplen las condiciones de selección que exija el cuerpo académico; en tercer término, hay que aclarar a las autoridades keniatas que no se trata de un colegio misional, sino de un Centro atendido por profesionales seglares, con sus correspondientes grados académicos, y que ejercen libremente su trabajo de docencia. Y, por último, los estudiantes tendrán que pagar una parte de sus gastos, aunque sólo sea una cantidad simbólica, porque los hombres con frecuencia no aprecian ni se toman en serio lo que reciben como limosna, cosa que, además, suele resultar humillante.

En diciembre de 1958 llegarán otros miembros de la Obra para completar el equipo encargado de llevar adelante la creación de Strathmore College. En la agenda de uno de ellos, el Padre ha escrito glosando la frase de San Pablo: Omnia in bonum!(31) … Todo para bien. Es la convicción del Apóstol que se repite a lo largo de los siglos en la Iglesia.

Tres años más tarde, en marzo de 1961, se habrán concluido las primeras edificaciones de Strathmore College. Nace pequeño, con aulas, laboratorios y oficinas provisionales. Pero, desde el principio, se alza sólido y promete ampliaciones. Se ha construido con piedra de Nairobi entre los árboles y las flores del jardín.

Por este College pasarán alumnos procedentes no sólo de Kenya, sino también de Malawi, Nigeria, Uganda, Tanzania, Sudán… y de países de otros continentes, de Europa, Asia y América. Su confesionalidad será también muy variada: católicos, mahometanos, hindúes, ortodoxos, judíos, protestantes… Más de treinta etnias africanas y asiáticas se han dado cita en las aulas de Strathmore. Este acontecimiento producirá un gran impacto en Nairobi, donde es novedad el carácter interracial del College.

John Biggs Davison, miembro del Parlamento keniata, escribirá:

«Viven juntos, trabajan juntos, hacen deporte juntos. Con Strathmore College el Opus Dei ha dado a Kenya una institución de incalculable valor para un país recientemente independiente, necesitado de hombres de dirección, de técnicos y de integridad… ».

En 1960 llegará la Sección de mujeres de la Obra a Kenya. Las primeras emprenden el camino el 12 de junio. En Roma, el Padre les anuncia una labor inmensa y les afirma que África es una tierra maravillosa. Su tarea allí abarcará la formación integral de alumnas de razas y condiciones diversas, que han de acudir a una Escuela Superior de Secretariado: Kianda College iniciará sus actividades en 1961. Después de grandes dificultades, se construye un edificio de cuatro pisos, situado a seis millas del centro de Nairobi, en la carretera de salida hacia Najuru y Kisumu. Constará de una Residencia para cien muchachas. Desde la terraza se podrá ver a un lado Nairobi; al otro, la silueta del Kilimanjaro.

La historia de Kianda College cuenta el prodigio de una convivencia que comparten por igual la hija del Presidente keniata y la del jardinero del College. Un sistema de becas permite que muchachas de la más apartada tribu y de medios económicos exiguos puedan cursar sus estudios y ocupar un puesto de trabajo del que, muchas veces, va a depender la supervivencia de una familia.

Kíanda significa «valle fecundo». Es un nombre apropiado. Porque, además de la ayuda humana, Kíanda ha logrado poner en muchos corazones africanos la verdad trascendente de Cristo y de su Iglesia. Hoy, un buen número de personas del país participan de una gracia incalculable: han recibido de Dios la vocación al Opus Dei en medio de las ocupaciones profesionales, para ayudar a sus hermanos los hombres.

Años más tarde, el Eminentísimo señor Cardenal Maurice Michael Otunga, Arzobispo de Nairobi y Presidente de la Conferencia Episcopal de Kenya, podrá escribir, refiriéndose a Monseñor Escrivá de Balaguer:

«Su espíritu se hizo más joven a medida que fueron pasando los años; una increíble vitalidad de juventud y de alegría, conseguida no fácilmente, sino a lo largo de su vida de lucha heroica, le llevó a estar cada día más cerca de Dios, a ese Dios -como le gustaba repetir con la Iglesia- “que alegra mi juventud” (Ps XLII).

Fe, amor, trabajo, servicio, alegría y juventud son los tesoros cristianos que la vida de Monseñor José mamaria la Escrivá de Balaguer y la Asociación por él fundada pueden redescubrir para el mundo de nuestros días. Monseñor Escrivá de Balaguer pensaba que el alma joven de África podría responder particularmente a esos ideales. El mismo vislumbró un tiempo, como una nueva Pentecostés, en que generaciones de africanos pudieran ir desde África a llevar la alegría y la juventud de la fe católica a otras partes del mundo. Me gusta pensar que la grandeza de su corazón y su pensamiento gigantesco será, pronto, justificado por la Historia»(32).

El Pensionato

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Viale Bruno Buozzi, 73. La calle es tranquila y residencial, situada en el Parioli romano. Fue la duquesa Virginia Sforza-Cesarini quien hizo saber al Padre y a don Álvaro la existencia de esta casa grande, bonita -estilo “quattrocento” florentino-, rodeada de jardín y con espacio para construir nuevas edificaciones. El dueño, amigo de su familia, vendía la casa.

Hace tiempo que el Fundador y sus hijos recorren Roma en todas direcciones buscando un inmueble para instalar la Sede Central del Opus Dei. En el Vaticano le han aconsejado que determine de modo permanente su residencia en la Ciudad de los Papas.

«El Cardenal Tardini me empujaba: conviene que dispongáis de una casa grande cuanto antes (…). Hubo un momento en que pensamos adquirir lo que ahora es embajada de Irlanda ante la Santa Sede; por fortuna, un amigo nos dijo equivocadamente que ya estaba vendida. Por fin encontramos esta casa, mucho mayor y más barata»(1).

El Padre consulta también con Monseñor Montini, que le anima a comprar lo antes posible pues se trata de una gran casa y las condiciones de venta excepcionales. El Santo Padre, que la conoce muy bien porque fue a visitarla cuando era Secretario de Estado y existía la Legación de Hungría ante la Santa Sede, se alegrará al saber que la han adquirido(2).

La gestión tiene un inconveniente inicial: la casa ha sido Legación de Hungría ante la Santa Sede hasta 1947; a partir de esta fecha el gobierno de este país no mantiene relaciones con el Vaticano. Sin embargo, algunos húngaros la siguen ocupando sin pretexto alguno que justifique su estancia. Es una de tantas situaciones anómalas creadas por la última Guerra Mundial, difícil de resolver.

El dueño de los terrenos y del edificio es un noble italiano que desea el pago de la posible adquisición en efectivo y en francos suizos. Habrá varias entrevistas entre don Alvaro del Portillo y el propietario; todas, en la mayor cordialidad. Pero el Opus Dei no tiene moneda alguna de valor adquisitivo. El propio don Alvaro recordará así aquella situación:

«Logramos reducir mucho la cantidad que había fijado, hasta tal punto que parecía un regalo: dos o tres años más tarde hubiera valido treinta o cuarenta veces más. Pero ni siquiera disponíamos de esa pequeña cantidad. Tuvimos que fiarnos en todo de la misericordia de Dios, al mismo tiempo que poníamos los medios humanos a nuestro alcance. Aparte de usar el sable pidiendo dinero a todos los que podían dar, pensamos hipotecar el edificio. Para esto, había que tenerlo en propiedad, y antes era necesario pagar al menos una parte y no teníamos nada»(3).

También años después, el Fundador trae a la memoria aquellas laboriosas gestiones:

«El problema era el de siempre: que no teníamos dinero. Pero don Alvaro, que tiene tanta capacidad para convencer a la gente, fue a ver al propietario de la Villa. Recuerdo que le estuve esperando hasta las tantas de la mañana, rezando, para saber si había logrado convencerle de que le pagaríamos un adelanto con unas monedas de oro, y el resto en el plazo de uno o dos meses. Aceptó. ¡Y pagamos! No poseíamos nada, pero pagamos, porque teníamos una fe inmensa»(4).

Parecía un imposible. Los ahorros y privaciones económicas de los miembros de la Obra, que estaba comenzando su labor en diversos lugares, y la ayuda de otras personas, no alcanzaban a cubrir ni la primera parte del crédito. Contaban, sin embargo, con un valor cuyo precio en metálico resulta incalculable: la oración constante por esta empresa sobrenatural en la que se habían embarcado sin vacilación alguna. Si Dios necesitaba este lugar para su Obra, ordenaría las circunstancias para dárselo. Y así fue. Don Alvaro intentó la última gestión: no tenía la cantidad estipulada, pero le pedía que aceptase como crédito un pequeño montón de monedas de oro.

Increíblemente, el propietario aceptó. Tal era la confianza que le inspiraba este grupo de hombres a los que veía exclusivamente impulsados por miras sobrenaturales. Durante años, las obras y deudas de la Sede Central del Opus Dei exigirán la entrega generosa, la donación económica de las gentes más variadas de todos los lugares del mundo donde la Obra lleve la verdad de Jesucristo.

El dueño solamente insiste en una condición reiterativa: habrán de pagarle en francos suizos al cabo de dos meses. Al comentárselo al Fundador, dirá con su buen humor habitual: «No nos importa nada, porque nosotros no tenemos ni liras ni francos, y al Señor le es igual una moneda que otra»(5).

Hasta que los húngaros desalojen el edificio principal, en 1949, los miembros de la Obra en Roma habrán de adaptarse a las escasas dimensiones de lo que había sido antes vivienda de los porteros de la Legación. A pesar de la pobreza y escasez que ofrecen los locales, todos sienten la moral muy alta. Y verán, en un futuro muy próximo, el comienzo de las obras de la Sede Central. No es posible regatear un sacrificio.

El Pensionato -como llaman desde el principio a la antigua portería- adquirirá pronto limpieza, orden y ambiente de hogar. Cada detalle del día es oración, creación humana gozosa, que se ofrenda como un regalo permanente a Dios. Todo servicio resulta alegre, deseado.

Este es un aspecto del espíritu de la Obra en el que el Fundador insistirá siempre: el trabajo acabado, perfecto, hasta sus últimos detalles, con esa dedicación que sólo puede mediatizar el amor. El deseo de ofrecer a Dios, en el hacer de cada día, algo cabal que convierte la prosa diaria en «endecasílabo, verso heroico». Por otro lado, la vida de los miembros del Opus Dei tiene lugar en los mismos ambientes que los de sus conciudadanos, con un ambiente externo que corresponde a su condición y situación en el ámbito social. Su pobreza nunca está inscrita en un marco de pobretonería ni desaliño. Existen y han existido circunstancias de rigurosas carencias materiales. Pero lo ordinario es que, en una situación normal, cada uno viva desprendido de todo y dispuesto a dejar y a cambiar según lo aconsejen las tareas y empresas apostólicas de la Obra.

El cuidado de los Centros corre a cargo de personas que dedican a ello su entero quehacer, en el que se forman de modo rigurosamente profesional.

No obstante, sobre todo este planteamiento humano y secular, que exige la práctica de grandes virtudes humanas, sobrevuela el último fin de la Obra, que son las virtudes sobrenaturales: el encuentro con Dios, libre de ataduras, en el transcurso de todas las tareas cotidianas.

Y la casa cambiará tanto, y en tan poco tiempo, que cuando el dueño tiene que volver para ultimar una gestión se fija en el suelo, reluciente, y dice en voz alta:

-«¡Habéis cambiado el pavimento!».

Y don Salvador Canals, que es hoy su interlocutor, no tiene más remedio que aclarar:

-«No. Es el mismo, pero limpio»(6).

El Pensionato es realmente exiguo; tiene dos plantas y, en algunos momentos del día, da la impresión de emular a un autobús en la hora punta… No hay más remedio que recurrir al pluriempleo de las habitaciones que, de día, sirven para estudiar, recibir un invitado, charlar con un amigo…, y de noche se convierten en dormitorios al extender colchonetas y camas plegables. El Fundador comenta -en broma- que viven como San Alejo, debajo de la escalera.

Desde el pequeño reducto del Pensionato el Padre impulsa la constante formación de sus hijos, da a conocer la fisonomía jurídica del Opus Dei, tiene trato asiduo con personas de la Curia Romana, dirige una labor apostólica sin pausa y planifica la expansión de la Obra por el mundo.

Algunos de los que tuvieron ocasión de compartir aquellos años han descrito su vida junto al Padre. En 1947 le conoce, en el Pensionato, Mario Lantini. Una de las primeras vocaciones italianas. Acompañará al Fundador en viajes, trabajos y avatares durante estos años romanos; y no puede olvidar su inalterable alegría en el esfuerzo, la contradicción, la penuria. Alegría que desborda los silencios y se convierte, con frecuencia, en canciones.

«El Padre cantaba muchas veces (…). Cantaba al mundo, al que amaba de modo verdaderamente apasionado, como Cristo lo amó (…). Nos enseñó siempre que con las canciones de amor humano podíamos hacer oración cantando al Amor divino»(7).

Recuerda también Mario Lantini -hoy Vicario Regional del Opus Dei en Italia-, una de las tertulias en 1948. Les habían prestado un magnetófono que, entonces, era un invento absolutamente innovador. El Padre fue pasando el micrófono uno a uno. Quería recoger las voces alegres de sus hijos italianos y enviar la cinta grabada a los de España. Se sentía feliz al hacerles compartir así un intercambio de afecto, de expansión y universalidad dentro de la Obra.

El 29 de junio de 1948 erige el Padre el Colegio Romano de la Santa Cruz. El mismo definirá las características de esta Institución Internacional:

-«¿Sabéis qué quiere decir Colegio Romano de la Santa Cruz? Colegio (…) es una reunión de corazones que forman -consummati in unum- un solo corazón, que vibra con el mismo amor. Es una reunión de voluntades, que constituyen un único querer, para servir a Dios. Es una reunión de entendimientos, que están abiertos para acoger todas las verdades que iluminan nuestra común vocación divina.

Romano, porque nosotros, por nuestra alma, por nuestro espíritu, somos muy romanos. Porque en Roma reside el Santo Padre, el Vice-Cristo, el dulce Cristo que pasa por la tierra.

De la Santa Cruz, porque el Señor quiso coronar la Obra con la Cruz, como se rematan los edificios, un 14 de febrero… Y porque la Cruz de Cristo está inscrita en la vida del Opus Dei desde su mismo origen, como lo está en la vida de cada uno de mis hijos…

Aquí venís (…) para seguir estudios teológicos de altura universitaria. Después, para convivir con vuestros hermanos de distintos países, y para que veáis que en las demás naciones hay muchas cosas admirables, dignas de ser alabadas e imitadas (…). Habéis venido a llenar de Sabiduría el vaso de vuestra alma, poniendo mucho empeño en que no se rompa. Si no mejorárais en vuestra vida interior, en la piedad y en la doctrina, habríamos perdido el tiempo»(8).

En este primer año de 1948, y en el corto espacio que ofrece el Pensionato, un número reducido de alumnos se instalan para convivir y estudiar. Comparten el espacio con los italianos que ya son del Opus Dei y participan de su vida familiar. El Padre pasa con ellos muchas horas del día.

En octubre de 1950 llegan quince o veinte alumnos más, y la situación exige un nuevo Centro en Roma que sirva de apoyo para continuar la expansión de la Obra en Italia. El Padre «amenaza» cariñosamente a sus hijos italianos con irse a vivir bajo uno de los puentes del Tíber -cosa que no empeoraría mucho su situación en el Pensionato- si no encuentran otra casa.

Durante diez años el Fundador seguirá palmo a palmo la construcción de la Sede Central; varias veces al día, escala los pisos de andamios y dirige los trazados, la ornamentación, los remates. Tiene una sotana vieja y remendada como uniforme de trabajo «a pie de obra». Lleva a sus hijos por entre los cordajes y maderos, explicándoles hasta el último detalle; esta casa ha de ser el corazón del Opus Dei, el motor que mantendrá en el mundo entero el ritmo, la identidad de una misma sangre de familia.

Según se van habilitando nuevos espacios, llegarán a vivir más de doscientas personas en los edificios de Bruno Buozzi que han recibido ya el nombre de “Villa Tevere”.

Proceden de los primeros países a los que ha llegado la Obra. Son vocaciones que vienen a Roma desde muy lejanos puntos cardinales del mundo. Han de convertirse en semilla para esparcirse y arraigar en los cinco continentes.

Los alumnos del Colegio Romano que cursan sus estudios en las Universidades Pontificias tendrán que cubrir a pie las distancias: no siempre hay dinero para transportes. Y lo hacen a base de madrugar, ya que los recorridos son largos. En la casa, la amanecida es precoz. El Padre solicita con frecuencia, sin perder el buen humor, que recen por el buen éxito de las gestiones económicas, que realiza frecuentemente don Alvaro.

Con pocos textos se estudian las asignaturas. Los libros se van pasando de uno a otro, en perfecta colaboración. A lo largo de estos años un buen número de miembros de la Obra obtiene el Doctorado en Teología, en Derecho Canónico o en Filosofía escolástica, en una de las Universidades romanas, y contribuirán de modo determinante a la solidez y profundidad de la formación de los demás miembros de la Obra en todo el mundo. Bastantes recibirán, además, la ordenación sacerdotal, para servir con su ministerio al creciente número de vocaciones y de personas que se acercan al Opus Dei.

A todos, el Padre les conoce personalmente. Sabe de sus dificultades y habla con ellos por un pasillo, por el jardín, en cualquier ocasión. Hasta el punto de que podrán decir que, lejos de recordar a lo largo del tiempo lo que eran privaciones de vivienda o de comodidades elementales, la vida al lado del Fundador, con su ejemplo y su doctrina, fue y sigue siendo la etapa más maravillosa de su vida.

En medio de este tráfago, la oración contemplativa del Padre permanece incólume. Reza y hace rezar. Cuando celebra Misa pregunta al que va a ayudarle si tiene prisa. La respuesta siempre es negativa y entonces dice el Santo Sacrificio como siempre, paladeando las palabras una a una(9).

Después del almuerzo o de la cena pasa un rato de tertulia con sus hijos. Es una conversación familiar en la que intervienen unos y otros. A veces, para hacerle descansar, despliegan sus «habilidades» con la guitarra, la caricatura, las canciones… Pero, con frecuencia, es el Padre quien lleva la reunión con su palabra.

Se preocupa de las familias de los miembros de la Obra. De que envíen noticias, de que les entusiasmen -por distantes que puedan sentirse- con el horizonte de la Obra. Con la elección que Dios ha hecho, llamando a sus hijos al Opus Dei.

Mientras tanto, las contradicciones externas no cesan, pero, como dice el Padre, no le importan demasiado:

-«¿Sabéis lo que me hace sufrir? Cualquier cosica vuestra me hace sufrir… Por lo demás, que me echen cargas de basura»(10).

El espíritu del Opus Dei es nuevo en sus planteamientos y no siempre encuentra la comprensión inmediata de personas incluso muy cercanas a la Curia Romana. Son frecuentes las interpretaciones y juicios que hacen sufrir al Padre.

Es a estas situaciones a las que se refiere cuando habla, en una ocasión, con Francesco Angelicchio, uno de sus primeros hijos italianos. Le dice que en Roma ha perdido la ingenuidad. Idea que vuelve a repetirse en ocasiones sucesivas: «Nunca pude imaginarme que llegaría a sentirme extranjero en Roma»(11).

Debe sufrir mucho para hacer este comentario, ya que suele insistir en que se siente muy romano. Una vez, Francesco le oirá decir:

-« ¡Soy más romano que tú! » (12).

También Ignacio Sallent cuenta que, hacia la primavera de 1950, tiene la oportunidad de acompañar al Padre y a don Alvaro del Portillo al patio de las Congregaciones en San Calixto en Trastevere. Van a visitar a una persona a quien el Fundador ha apreciado y demostrado especial confianza, y que ahora tiene un papel decisivo en las contradicciones surgidas en torno al Opus Dei. Don Alvaro sube solo a la casa; se quedan en el coche el Padre e Ignacio.

«Como es lógico, yo respetaba su silencio y encomendaba. De pronto el Padre se echó a llorar con el rostro entre las manos, con un llanto que se notaba que era de hondo dolor del corazón. Yo me quedé en un silencio respetuoso de su sufrimiento. Poco después, el Padre me pidió perdón con una delicadeza conmovedora»(13).

Pero jamás se entrega a su dolor, que es por el Opus Dei. Quiere dejar, más bien, la impronta de su gozo inconmovible ante los acontecimientos adversos. En el verano de 1951, en el jardín de Villa Tevere(14), le dice a Cormac Burke, su primer hijo irlandés:

«Nosotros tenemos que ser hombres que sepan plantar árboles de modo que den sombra a los que vendrán detrás »(15).

Y también aprovecha, constantemente, la cercanía de sus hijos que le brinda la vida en familia, para perfilar el espíritu de la Obra en lo cotidiano, en lo habitual, sin perder el pulso de las cosas pequeñas, de los encuentros habituales con Dios, por otros grandes acontecimientos, ya sean favorables o adversos.

En ocasiones, cuando está disfrutando de una reunión grata, pregunta si ha transcurrido el tiempo previsto y deben terminar. Si la respuesta es afirmativa, se levanta en el acto, coge la silla en la que ha estado sentado y la coloca en su sitio, junto a la pared. Y dice:

-«La santidad está sobre todo en esto», y señala el reloj, «y en esto», e indica la perfecta colocación de la silla(16).

Y entonces, se marcha. Lección viva de puntualidad y orden que había dejado escrita en el punto 79 de «Camino»:

«¿Virtud sin orden? -¡Rara virtud!».

Junto a la comprensión y buen humor, muestra también una exigencia total.

En el Colegio Romano tiene lugar una meditación dirigida por el Padre, un día en que los obreros martillean su trabajo en los tabiques vecinos. Tras dos minutos de haber empezado a hablar, entra uno con retraso en el oratorio. Se interrumpe y hace la siguiente afirmación:

-«Los golpes de martillo de los obreros no me perturban porque están haciendo lo que deben. Pero c1ue mis hijos lleguen tarde no lo puedo y no lo quiero soportar» (17).

No es la meticulosidad horaria, sino el amor que ha de informar la puntualidad. Vivir el «minuto heroico» a la hora de iniciar el día es sobreponerse al frío, al calor, al cansancio, por Aquel que espera un gesto de entrega. En modo alguno esta exigencia irá desprovista del más ancho y profundo cariño a sus hijos.

Muchas veces, aprovechando una pausa en el trabajo, se sentará en el Arco dei Venti, una zona del jardín, para charlar con alguno que ha encontrado de camino: para conocerle más, animarle, para manifestar con los que tiene más cerca el afecto que siente por todos.

Un día de 1960 llama a un alumno del Colegio Romano por el teléfono interior de la casa, y tiene una larga conversación con él:

«¡Cómo te quiero, hijo mío! ¡Cómo os quiero! (…). Os quiero con toda mi alma (…).

Séme fiel, hijo mío. Acuérdate a la vuelta de unos años, cuando el Señor me haya llamado a mí. Tú seguirás aquí, y entonces acuérdate de esto que te decía el Padre: ¡sé fiel, hijo mío! (…).

Este cariño que os tengo -que no es caridad oficial, seca, sino amor humano porque os quiero con toda el alma- es mi tesoro. Cuando seas viejo di siempre que el Padre os quería así. Os quiero porque sois hijos de Dios (…); os quiero porque sois muy majos y muy fieles (…).

Dios te bendiga, hijo mío. Pero no lo olvides: sé fiel. Y reza mucho por el Padre (…). Sé humano, que es la única forma de ser divino. Y sé fiel»(18).

No es extraño que sus hijos respondan a esta solicitud con la medida de su mejor lealtad. Años más tarde, don Alvaro del Portillo mandará esculpir una lápida con la imagen del Buen Pastor tal y como se venera en una catacumba de Roma. Grabados al pie irán los versos de Juan del Enzina:

«Tan buen ganadico, y más en tal valle, placer es guardalle… ».

Es un símbolo de los desvelos del Padre por los miembros de la Obra. Pero dicho con aire lírico, de almas en paz, que saben cantar por encima de todas las dificultades. Y el Fundador se conmueve y apoya su entrega en las últimas líneas de la canción-poema:

«y tengo jurado de nunca dejalle, mas siempre guardalle».

Los que trabajan junto a él en el gobierno interno de la Obra notan su influjo constante: una gran seguridad, una certeza especial. No es la impresión que puede captarse cerca de una fuerte personalidad humana -que evidentemente el Padre tiene-, sino algo superior, derivado de una realidad sobrenatural. Este sentimiento irradia paz aun en los momentos que pueden parecer más difíciles y lleva a pensar, profundamente, en la santidad personal del Fundador.

Begoña Alvarez recuerda con claridad las palabras del Padre al definir -en una ocasión- las medidas que han de tomar aquellos que tienen la misión de gobernar:

«Es rezar por todos, preocuparse por todo, decir las cosas de modo que nos entiendan, tener caridad con todos y con cada uno» (19).

La claridad en los fines, el sacrificio en los medios y el amor como una avalancha que inunda de espíritu la letra, van configurando el orden interno en la Obra. El Padre permanecerá muchos años en Roma, dedicado a un trabajo con el que describirá, sin fisuras, la acabada imagen que Dios le hizo ver el 2 de octubre de 1928.

Moncloa, residencia universitaria

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hace tiempo que la Residencia de “Jenner” resulta insuficiente para la atención de los estudiantes que la frecuentan. El dueño de la casa, aunque se prestó de buen grado a la instalación, ahora quiere disponer del piso. El Padre tiene que intervenir directamente, y consigue que mantenga el contrato durante el tiempo imprescindible para terminar el curso.

Esta situación pone en movimiento a los residentes y chicos que comparten las actividades de la casa: hay que encontrar un local amplio y bien comunicado con la Ciudad Universitaria, asequible a sus condiciones económicas y que sirva para atender la tarea que está llamando a sus puertas.

Después de una minuciosa búsqueda, aparece algo definitivo. El Padre les anima a convertir dos hoteles situados en la Avenida de la Moncloa números 3 y 4, cerca de la Ciudad Universitaria, en la Residencia que necesitan. Estos inmuebles han sufrido los avatares de la guerra, pero el propietario se muestra dispuesto a repararlos de acuerdo con las indicaciones del Padre. Con esta perspectiva, se inician, a toda prisa, las obras de adaptación. Habrá de dar cabida a cien universitarios y contará, además, con una parte separada, como una casa independiente, para las mujeres de la Obra que se harán cargo, con la ayuda de algunas empleadas, de los servicios de limpieza, cocina, etc., del nuevo Centro.

A finales de julio de 1943 se hace el traslado desde Jenner. Las obras están en pleno apogeo, pero ya se queda a vivir un pequeño grupo de chicos. Desde mediados de septiembre llegan refuerzos: antiguos residentes de]enner que vienen a Madrid para formalizar la matrícula en la Universidad y conocen ya lo que va a ser su nueva Residencia. Hay mucho trabajo y echan una mano en los ratos libres: empieza a ser una casa para todos.

Como estaba previsto, la Residencia se abre el 1 de octubre, aunque las obras no han terminado. El Padre viene todos los días, con don Alvaro, a impulsar el trabajo, corregir, programar… Y, en la mañana del día 10 de octubre, a reunirse con los residentes para explicarles «las reglas del juego»: lo que podrán encontrar en la Residencia y lo que se les pide a cambio.

El Fundador pone a su disposición la Residencia y se compromete a proporcionarles un ambiente tranquilo y familiar, cuidado y sereno, que facilite la dedicación al estudio y a su formación total. Les brinda, también, los medios para que sean buenos cristianos, si son cristianos. Pero dentro del marco de un clima de respeto y libertad. A cambio, ellos se comprometen a vivir un horario y algunos otros detalles razonables para una amable convivencia.

Es una llamada a la responsabilidad que dará buen resultado. Los chicos ponen su mejor voluntad ayudando a completar la instalación y llevando con sentido del humor las incomodidades propias del comienzo. Acaban de pasar los albañiles y todo transpira a obra recién terminada. El edificio, que se conoce con el nombre de hotel 4, incluye parte de las habitaciones destinadas a residentes y cuenta, además, con una amplia sala de estudio en la planta baja.

En el hotel 3 se ubicarán las dependencias destinadas a dirección, salas de recibir, la mitad de los dormitorios, el comedor y una amplia sala de estudio. Cuando concluyan las obras quedará instalado también, en este pabellón, el oratorio.

El Padre celebra la primera Misa en esta casa, que tomará el nombre de Moncloa, el domingo 7 de octubre de 1943. Asisten todos los estudiantes de la casa. Al Fundador se le ve muy contento al poner en marcha este nuevo instrumento de trabajo; sus palabras son una bella acción de gracias. Pero la consagración del altar no tiene lugar hasta el 7 de diciembre. Oficia la ceremonia el Obispo Auxiliar de Madrid-Alcalá, don Casimiro Morcillo. Dentro del local, recién estrenado, se oye su voz, subrayando que el Opus Dei dispone de un nuevo sagrario en Madrid.

El Fundador ha seguido la instalación con particular interés. El oratorio es amplio, de planta rectangular, con una bóveda rebajada. El techo y las paredes en tonos verdes; dorado el Vía Crucis. Sobre la embocadura del presbiterio, las palabras del Canon de la Misa: “Per ipsum, et cum ipso, et in ipso”. «Por El, con El y en El… ». El retablo, de Fernando Delapuente, es una Asunción coronada. El altar, de mármol blanco, realza el sagrario: arqueta sostenida por ángeles. Enfrente, enmarcada por un arco ligeramente hundido, la Cruz de madera, con la siguiente inscripción: “Iudeis quidem scandalum, gentibus autem stultitiam”(2): Escándalo para los judíos, locura para los gentiles.

Al día siguiente, con el oratorio abarrotado, el Padre celebra la Misa de la Inmaculada y deja al Señor de modo permanente en la casa. Antes de la Comunión dirige unas palabras, con todo su fuego, para avivar la fe en Dios-Eucaristía. Habla de la Obra que, hasta este momento, ha permanecido oculta en el seno de la Iglesia… Hace alguna alusión a las incomprensiones sufridas y concluye refiriéndose a la erección diocesana del Opus Dei que este mismo día hará el Obispo de Madrid.

La fecha es doblemente feliz ya que, el pasado 11 de octubre, la Santa Sede ha enviado el Nihil Obstat para que el Decreto de erección diocesana pueda firmarse.

El Fundador había pasado esa fecha en Los Rosales, un Centro de la Sección de mujeres en Villaviciosa de Odón. Y don Alvaro del Portillo le dice, en un momento de la tarde:

-«Padre, estará contento, porque mañana es la Virgen del Pilar».

Y le contesta:

-«Fiesta por fiesta, todas las de la Virgen me conmueven, me parecen estupendas; pero, puestos a escoger, prefiero la de hoy, la Maternidad»(3).

En la fecha del 11 de octubre celebra la liturgia, en este tiempo, la Maternidad de la Virgen, y todavía no sabe el Padre que bajo su protección maternal se ha firmado en este día la Autorización para que se proceda a la aprobación diocesana de la Obra.

La flamante Residencia de Moncloa vive hoy, pues, una doble jornada de celebración. En la sacristía de este Colegio Mayor se coloca un crucifijo de metal de buen tamaño. Hace apenas unos meses que murió Isidoro Zorzano. Su vida silenciosa, fiel a la exigencia de cada momento, se ha quemado en breve plazo. El Crucifijo del ataúd se coloca ahí, como arbotante de los muros de la Residencia; para que bendiga las actividades e inquietudes de una juventud de la que han de surgir nuevas vocaciones. Esta imagen garantiza la fecundidad evangélica de una semilla que presagia ya campos de trigo.

La parte independiente del edificio destinada a la Administración ha sido ocupada por un grupo de mujeres de la Obra. Cuando llegan, aún hay albañiles que cruzan la casa en todas las direcciones, escombros y tabiques a medio levantar, y tienen que atender a los dos chalets, uno a cada lado de la calle, con la consiguiente dificultad que esta situación conlleva.

El país vive un momento de carestías después de la dureza de la guerra civil; los materiales de construcción son defectuosos y las averías se suceden, incluso en obras recién montadas. Un día es el calentador del agua de las cocinas; otro un fallo en la instalación eléctrica… El combustible universal es el carbón, eficaz, pero de manejo molesto y sucio. Por añadidura, el pequeño equipo de empleadas que se ha incorporado a los trabajos de la Administración de la Moncloa es inexperto para manejar un número de plazas de esta envergadura. Los residentes llenan el comedor en dos turnos y es preciso conseguir alimentos de las formas más pintorescas, ya que los mercados habituales están muy mal abastecidos. En esta coyuntura vienen, de vez en cuando, periodistas para hacer reportajes y dar a conocer la Residencia, así como frecuentes invitados. Durante muchas horas del día y de la noche, habrán de calcular gastos, estudiar una alimentación mejor y de más barata factura, atender las mil necesidades de un Centro grande y todavía sin acabar.

Aunque el campo de actividades de las mujeres del Opus Dei es inmenso -se extiende a todos los trabajos y profesiones del mundo-, el Padre encomienda a algunas -como una actividad de particular importancia-, la Administración y cuidados de las casas de la Obra. Ellas mantendrán un aire de familia inconfundible en todas las latitudes del mundo. Sin perder el específico estilo de cada país, con la sobriedad, la elegancia y el cuidado de las cosas hasta el mínimo detalle, crearán un entorno gratificante, necesario para la vida de la Obra. Y todo por amor de Dios, santificando hasta límites heroicos la aparente pequeñez de las tareas cotidianas.

La Navidad llegará acuciando el trabajo: entrega precipitada de la ropa limpia a los residentes, comidas extraordinarias para la Residencia, vacaciones de algunas empleadas… Y en esta situación, el Padre va a verlas con la ilusión de hacerles un primer regalo de Nochebuena en la Moncloa. Y al iniciar una conversación afectuosa con las dos que dirigen el servicio surgen, por efecto del cansancio, las mil y una dificultades como un programa desbordado de impotencia.

El Padre escucha sereno, aunque siente que los problemas inherentes a la botadura de este gran barco, que es la Residencia, hayan promovido tal tormenta. Pronto se impondrá un ritmo normal y el trabajo, organizado, será perfectamente viable.

Y en este punto de la conversación, una de ellas le dice: «además, como tenemos tanto trabajo, no tenemos tiempo de hacer la oración y la hacemos trabajando y prácticamente sin darnos cuenta de que hablamos con Dios»(4).

Es un momento que recordarán toda la vida, porque al Fundador de la Obra, a quien han visto desplegar una fortaleza casi sobrehumana en situaciones de oposición y dificultades de todo tipo, le asoma el llanto a los ojos. Todas las dificultades se allanarán si permanece en pie la vida interior de sus hijas; se convertirán en un escollo insalvable si abandonan el trato íntimo con Dios. Le importa la lucha por la santidad, no el rodaje de una empresa por importante que pueda parecer. Están ahí para encontrar a Dios en la esquina de todos los quehaceres diarios. En ningún caso, para olvidar este fin en función de unas tareas que han desbordado, temporalmente, sus posibilidades humanas.

Por eso, se hace un silencio denso que, al fin, rompe el Padre. Pide un papel y en él, escribe:

1. Sin servicio

2. Con obreros

3. Sin accesos

4. Sin manteles

5. Sin despensas

6. Sin personal

7. Sin experiencia

8. Sin dividir el trabajo

9. Con mucho Amor de Dios

10. Con toda la confianza en Dios y en el Padre

11. No pensar en los desastres, hasta mañana durante el retiro(5).

Cuando viene a darles el retiro, tiene ocasión de hablar, de nuevo, con Encarnita Ortega:

«Para una hija de Dios en el Opus Dei, el trabajo más importante, ante el que hay que posponer todo lo demás es éste: la oración»(6).

A partir de hoy, la vida sobrenatural ocupa de un modo más pleno el frontal de sus vidas. Y los problemas materiales, todos, van hallando cabida y solución.

El futuro trabajo de administrar los Centros que vayan poniéndose en marcha capta una gran parte de la atención del Fundador. Desde que se abre el Centro de la Sección de mujeres en Jorge Manrique, insiste en que pidan a Dios vocaciones entre las empleadas del hogar. No se trata de una llamada distinta, sino de un trabajo más, incluido en la universal vocación a la santidad. Las que reciban esta vocación al Opus Dei se formarán con iguales medios, en una amable convivencia familiar, compartiendo el esfuerzo y el estudio, capacitándose para desempeñar dignamente su trabajo profesional.

«En el Opus Dei no hay más que una sola vocación (…). Ese es el milagro grande nuestro: hacer de las cosas vulgares -vulgar en el sentido castellano, que quiere decir corriente- heroísmo; hacer esas cosas con tal ánimo, que lo de ayer es distinto de lo de hoy, siendo lo mismo; y lo de mañana será todavía mejor, siendo igual»(7).

Y la primera respuesta a la proposición del Fundador va a llegar, precisamente, en la Administración de la Moncloa. El Padre ha visitado a una religiosa del Servicio Doméstico que le conoce y aprecia: la Madre Carmen Barrasa. Oye hablar a Monseñor Escrivá de Balaguer del grupo de mujeres jóvenes que han de atender a los cien estudiantes que viven en la Moncloa; del trabajo intenso y de la necesidad de ayuda.

Esta monja conoce a una empleada de condiciones destacadas y que siempre ha permanecido en puestos de gran responsabilidad. Es probable que no quiera ir a la Residencia, pero intentará convencerla. Se llama Dora del Hoyo.

Ante la insistencia de Madre Carmen, Dora, que efectivamente no desea este empleo, acepta ayudar por algún tiempo. Y una jornada más tarde suena el timbre de la puerta .Moncloa está en plena efervescencia de albañiles, pintura, humo, habitaciones a medio instalar y defectuosa marcha de algunos servicios. Cuando Encarnita Ortega baja a abrir, se encuentra ante una mujer bien vestida y con porte elegante, que le muestra una tarjeta de visita.

Desde el primer momento, Dora se percata del panorama y decide marcharse inmediatamente. Pero le da pena ver el exceso de trabajo y la inexperiencia, en muchos aspectos, de este grupo encargado de que la casa funcione.

Encarnita, y cuantas se ocupan de la Residencia, descubren los conocimientos que Dora posee: cuidado y conservación de la ropa, lavado, plancha, tintorería, arte culinario… Y además es serena y educada.

Cuando el Padre viene a verlas, anima su audacia para que acerquen al Opus Dei a personas así, que destacan en su profesión. Vocaciones que entreguen sus posibilidades al servicio de Dios. Y todas piensan que la primera vocación tiene que ser la de Dora.

Y un buen día, Encarnita escucha un comentario sorprendente:

«Tengo ya un gran cariño a la casa y como he visto todo lo que ha costado poner en marcha la Residencia, si ponen en otra ciudad alguna nueva, no tengo ningún inconveniente en ir con ustedes para ayudarles en la instalación»(8).

Casi al mismo tiempo llega a Moncloa Concha Andrés. Se trata, igualmente, de una empleada que viene a contratarse. Tiene veintidós años y ha trabajado ya en varias casas. Aprende con rapidez y tiene curiosidad por conocer «Camino». Un libro en el que deletrea su primer dominio de la letra impresa. Al principio no entiende lo que se propone este grupo de mujeres que trabajan sin descanso, viajan, rezan y estudian en los escasos ratos libres de cada jornada. Pero no tardan en compartir con alegría sus iniciativas.

Dora y Concha conocen un día al Padre y le cobran gran cariño y respeto. En breve plazo, el espíritu de la Obra habrá colado muy hondo en sus corazones.

Cuando en 1945 se abra la Residencia de Abando, en Bilbao, Dora del Hoyo y Concha Andrés formarán parte del equipo que se traslada a la nueva ciudad. Allí se repiten los comienzos de Moncloa: obreros por la casa sin terminar, carestía de alimentos, falta de mano de obra. Pero el ejemplo de las mujeres del Opus Dei, su optimismo, se abre paso ante las dificultades. Las dos empleadas empiezan a estar unidas al Padre y al espíritu que sabe inculcar en quienes le secundan.

El 19 de marzo de 1946, Nisa González Guzmán llega a Madrid con dos cartas para el Fundador: son de Dora y Concha, que piden su admisión en el Opus Dei. El Padre dirá que este acontecimiento es el más hermoso regalo que podía haber recibido. Las bendice con la certeza de un presagio: les seguirán muchas más. En cada lugar de la tierra, en cada nivel de cultura, siempre habrá personas dedicadas a estas tareas del hogar. Almas elegidas que sabrán llevar por el mundo su conocimiento y experiencia, su capacidad de sacrificio, el señorío de una vocación de servicio admirable.

El Fundador de la Obra afirmó, desde el primer momento: «No hay labores grandes ni pequeñas: todas son grandes, si se hacen por Amor»(9).

Por eso, «nos da lo mismo ser mano que pie, que lengua que corazón, porque todos estamos en todas las partes de ese cuerpo, porque somos una sola cosa por la caridad de Cristo que nos une. Yo quisiera haceros sentir como miembros de un solo cuerpo (…). Todos, una sola cosa, y que esto se manifieste en unidad de miras, en unidad de apostolado, en unidad de sacrificio, en unidad de corazones, en la caridad con que nos tratamos, en la sonrisa ante la Cruz y en la Cruz. ¡Sentir, vibrar todos unísonamente!»(10).

Zorzano

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Desde que Zorzano salió de su escondite en la casa de su familia al final de 1936, comenzó a funcionar como enlace entre los miembros de la Obra en Madrid. La pérdida de peso, un nuevo corte de pelo y gafas oscuras le proporcionaban alguna seguridad de no ser reconocido por nadie que le estuviese buscando. Eso sí, no estaba libre del riesgo de ser detenido en la calle por patrullas de milicianos ni del de ser arrestado por carecer del certificado de lealtad a la República. Un brazalete con la bandera de Argentina y un documento de la embajada que acreditaba su nacimiento en el país le ayudaban a moverse. Con estas inadecuadas protecciones, sus actividades requerían una considerable dosis de confianza en Dios y en su Ángel Custodio, a la vez que una gran valentía, ya que incluso la gente con pasaporte extranjero estaba lejos de encontrarse segura en el Madrid sitiado.

Zorzano visitó frecuentemente a los miembros de la Obra en las cárceles, a pesar del peligro real de ser identificado como enemigo del pueblo. Mientras Hernández de Garnica estuvo encerrado en San Antón, Zorzano le fue a ver casi cada día, también cuando los ataques aéreos obligaban a la gente a no salir a la calle. Hernández de Garnica relata: “Conmigo tuvo una caridad extraordinaria. A mí, en los tiempos que ningún hombre iba a visitar a los presos a la cárcel, por el peligro a que se exponía, me fue a ver”[1].

Las prisiones no eran los únicos sitios peligrosos que Zorzano visitaba. Como muchas personas habían encontrado refugio político en las embajadas, los milicianos tomaban nota cuidadosa del nombre de todos los que entraban en alguna. A pesar de ello, Zorzano fue regularmente a la Embajada de Noruega, donde se escondió Rodríguez Casado, que había solicitado entrar en la Obra en la primavera de 1936.

Durante un tiempo, Rodríguez Casado estuvo al cargo de la puerta de servicio de la embajada. Esto facilitó que Zorzano fuese cada día y pasase una hora con él en el garaje, rezando y hablando tranquilamente. Sin embargo, al poco, la embajada prohibió las visitas. A veces, los sabados, aprovechando que la vigilancia no era tan estricta, Zorzano podía entrar sin ser visto por los guardias de la embajada. Rodríguez Casado estaba preocupado por los riesgos que Zorzano asumía al visitarle y le pidió que no fuese con tanta frecuencia. Zorzano era consciente del peligro de ser arrestado como simpatizante de los enemigos de la República, pero estaba decidido a transmitir a Rodríguez Casado el calor de familia del Opus Dei. No negaba que los riesgos fuesen reales, pero le dijo con una sonrisa que, si rezaban, tenían fe y tomaban todas las precauciones que pudiesen, Dios les protegería.

La visitas de Zorzano ayudaron a Rodríguez Casado a mantener la ilusión, a pesar del aislamiento: “Estaba peor que en una cárcel porque no se podía comunicar con el exterior. Nunca sabré expresar lo que sentí la primera vez que me entrevisté con Isidoro en el zaguán de la Embajada, ni el tiempo que transcurrió hasta su marcha. Estaba sediento de noticias del Padre, de los demás, de hablar de la Obra. Isidoro, mucho más delgado, era sin embargo el mismo. Trascendía de él una confianza tan enorme en Dios, hablaba con tanta naturalidad y sencillez de lo que el Señor iba a hacer por medio de la Obra, muy poco tiempo después, si nosotros éramos fieles, que mi fe se agigantaba al ponerse en contacto con la suya. No la había perdido; gracias a Dios, tenía una seguridad absoluta; pero al verle, al oírle, lo abstracto de mi fe se concretaba, lo ideal se actualizaba”[2].

Del Portillo, a quien Zorzano visitó en la Embajada de Mejico, reaccionó del mismo modo: “Pasamos un largo rato de charla sobre lo que tanto nos interesaba: la situación del Padre, la de todos los demás… Recuerdo que su visión —tan sobrenatural— de tanta tragedia, su confianza grandísima en Dios y la naturalidad y la sencillez con que expresaba su esperanza, su seguridad de que Dios pronto habría de dar gran fruto de salvación de almas y de paz, por medio de la Obra, si nosotros éramos fieles, me hizo mucho bien”[3].

Durante los meses en que Escrivá y otros miembros de la Obra estuvieron encerrados en la Legación de Honduras, Zorzano fue su contacto con el mundo exterior. Iba allí prácticamente cada día. Aprovechaba para colarse en el edificio los momentos en que los milicianos que vigilaban la calle estaban distraídos. Una vez dentro, las cosas no siempre iban siempre tan suaves. Algunos refugiados temían que las frecuentes apariciones de Zorzano pudieran atraer la atención sobre ellos; los oficiales de la legación, incluido el cónsul, hicieron todo lo posible para que dejase las visitas. Zorzano pasaba por alto sus a veces rudas protestas, y procuraba llevar a los miembros de la Obra todo lo que pudiera encontrar: comida, cuchillas de afeitar o cordones de zapato y, lo más importante, noticias de los demás miembros de la Obra.

Se llevaba consigo de la legación detallados resúmenes de las meditaciones de Escrivá, preparados por Alastrué. Los usaba para su propia oración mental y los compartía habitualmente con otros miembros de la Obra en Madrid y con José María Albareda y Justo Martí, dos jóvenes profesionales que acudían a las actividades de formación en DYA antes de la guerra. Cuando se estrechó la vigilancia en la Embajada de Noruega hasta el punto de que era peligroso llevar las copias a Rodríguez Casado, Zorzano decidió aprenderse los textos de memoria, para continuar compartiendo esas meditaciones. También transmitía por carta las ideas de las meditaciones a los miembros de la Obra en Valencia, utilizando un lenguaje velado para evitar problemas con la censura.

Zorzano pasaba buena parte del día buscando comida para los miembros de la Obra escondidos y sus familias y para su propia familia. La comida estaba tan estrictamente racionada que la leche, las verduras frescas y la carne sólo se conseguían con indicación médica. La comida que se podía adquirir con una cartilla de racionamiento era poquísima y algunos miembros de la Obra ni siquiera la tenían.

Zorzano consiguió crear una red personal de lugares donde complementaba las magras provisiones que llegaban a traves de los canales normales. Un día pedía algo en el establecimiento que la Embajada de Argentina tenía a disposición de sus ciudadanos. Otro, se las arreglaba con los buenos oficios de un amigo, para comprar productos en el almacén que la prisión de san Antón tenía para los guardias y sus familias. De vez en cuando, los miembros de la Obra que estaban en Valencia, donde no había restricción de alimentos, enviaban un paquete. En otras ocasiones, una familia de la provincia de Ciudad Real enviaba judías, arroz, patatas e, incluso, jamón.

Al principio de la primavera de 1937 parecía que podría acabarse esta ayuda de Zorzano a los miembros de la Obra, ya que se le ofreció la oportunidad de abandonar Madrid por canales diplomáticos. Escrivá, quien pensaba que tenía nacionalidad argentina con pasaporte en regla y que estaba relativamente a salvo, le señaló lo útil que era en Madrid, pero le dijo también que hiciese lo que considerase mejor. Sin preocuparse de aclarar que no tenía un pasaporte argentino, Zorzano optó, sin dudarlo, por permanecer en Madrid. Escrivá aplaudió su generosa decisión: “No esperaba menos de ti, Isidoro. La solución que has dado a tu asunto es la que Nuestro Señor quiere, sin duda alguna”[4].

[1] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. pág. 201

[2] Ibid. pág. 202-203

[3] Ibid. pág. 203-204

[4] Ibid. pág. 1996 210


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