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	<title>Opus Dei Testimonios &#187; caridad pastoral</title>
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	<description>Testimonios sobre el Opus Dei y la vida cristiana</description>
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		<title>Una vida radicada y centrada en la eucaristía</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Sep 2010 12:09:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Dirijamos ya nuestras reflexiones a otro aspecto importante, al aspecto más radical y central de la vida del sacerdote, que es garantía de su eficacia evangelizadora. Oración, penitencia, acción guiada por una incansable caridad pastoral. Son como coordenadas en las que hemos contemplado la identificación del sacerdote con Jesucristo, en lo que esta identificación tiene [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Dirijamos ya nuestras reflexiones a otro aspecto importante, al aspecto más radical y central de la vida del sacerdote, que es garantía de su eficacia evangelizadora.</p>
<p>Oración, penitencia, acción guiada por una incansable caridad pastoral. Son como coordenadas en las que hemos contemplado la identificación del sacerdote con Jesucristo, en lo que esta identificación tiene de tarea personal en correspondencia al don de Dios. Pero caería en una gravísima omisión si dejara de considerar que la vida cristiana y, especialmente, esos aspectos de la existencia sacerdotal, han de estar radicados, centrados y, por tanto, unificados en el Sacrificio de Cristo, en la Santa Misa, en la Eucaristía.</p>
<p>La Santa Misa es, en efecto, «el centro y la raíz de toda la vida del Presbítero» 44, como recordó el Concilio Vaticano II, con palabras que habían sido ya muchas veces repetidas por Mons. Escrivá de Balaguer 45.</p>
<p>No cabe duda de que esta centralidad del Sacrificio Eucarístico es una realidad en la vida de todo cristiano, pero en el sacerdote este hecho adquiere matices especiales. Como afirma Juan Pablo II, «Mediante nuestra ordenación —cuya celebración está vinculada a la Santa Misa desde el primer testimonio litúrgico— nosotros estamos unidos de manera singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto sentido, por ella’ y para ella. Somos, de modo particular, responsables de ella» 46.</p>
<p>Necesito volver de nuevo a la eximia figura sacerdotal del Fundador de esta Universidad: para mí es algo inevitable y sé que, como para mí, es también para vosotros motivo de alegría. Durante cuarenta años, día tras día, he sido testigo de su empeño por transformar cada jornada en un holocausto, en una prolongación del Sacrificio del Altar. La Santa Misa era el centro de su heroica dedicacion al trabajo y la raíz que vivificaba su lucha interior, su vida de oración y de penitencia. Gracias a esa unión con el Sacrificio de Cristo, su actividad pastoral adquirió un valor santificador impresionante: verdaderamente, en cada una de sus jornadas, todo era operatio Dei, Opus Dei, un auténtico camino de oración, de intimidad con Dios, de identificación con Cristo en su entrega total para la salvación del mundo.</p>
<p>Externamente nunca hubo nada extraordinario o singular en la Misa de Mons. Escrivá de Balaguer, aunque era imposible no apreciar su profunda devoción. Desde el principio de su ministerio sacerdotal, se esforzó por no dar cabida ni a la rutina ni a la precipitación al celebrar el Santo Sacrificio, a pesar de la habitual escasez de tiempo para realizar sus múltiples actividades pastorales. Al contrario, tendía espontáneamente a decir la Misa con mucho sosiego, penetrando en cada texto y en el sentido de cada gesto litúrgico, hasta el punto que, por muchos años, tuvo que esforzarse positivamente —de acuerdo con cuanto le corfirmaban en la dirección espiritual— por ir más deprisa, para no llamar la atención y por saberse al servicio de los fieles que contaban, para la Misa, con un tiempo mucho menor. En este contexto, se entiende lo que escribió en 1932, como un suspiro que se escapó de su alma: «Al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes» 47.</p>
<p>Esa intensidad, con la que se unía personalmente al Sacrificio del Señor en la Eucaristía, culminó en algo que no dudo en considerar un peculiar don místico, y que el mismo Padre contó, con gran sencillez, el día 24 de octubre de 1966: «A mis sesenta y cinco años, he hecho un descubrimiento maravilloso. Me encanta celebrar la Santa Misa, pero ayer me costó un trabajo tremendo. ¡Qué esfuerzo! Vi que la Misa es verdaderamente Opus Dei, trabajo, como fue un trabajo para Jesucristo su primera Misa: la Cruz. Vi que el oficio del sacerdote, la celebración de la Santa Misa, es un trabajo para confeccionar la Eucaristía; que se experimenta dolor, y alegría, y cansancio. Sentí en mi carne el agotamiento de un trabajo divino». No dudo de que este descubrimiento respondía a un ruego que constantemente nos dirigía a quienes estábamos a su alrededor: «pedid al Señor que sepa ser más piadoso en la Santa Misa, que tenga cada día más hambre de renovar el Santo Sacrificio».<a><br />
</a></p>
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		<title>Elementos capitales de la vida espiritual del sacerdote</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Aug 2010 09:24:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[sacerdotes]]></category>
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		<category><![CDATA[predicación de la Palabra de Dios]]></category>
		<category><![CDATA[rezo del Oficio divino]]></category>

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		<description><![CDATA[Capítulo del libro &#8220;Escritos sobre el sacerdocio&#8221;, de D. Álvaro del Portillo (Palabra, 1990) «Si el Hijo de Dios se hizo hombre y murió en una cruz, fue para que todos los hombres sea­mos una sola cosa con Él y con el Padre (Cfr. Jn 17, 22). Todos, por tanto, estamos llamados a formar parte [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Capítulo del libro &#8220;Escritos sobre el sacerdocio&#8221;, de D. Álvaro del Portillo (Palabra, 1990)</h2>
<p>«Si el Hijo de Dios se hizo hombre y murió en una cruz, fue para que todos los hombres sea­mos una sola cosa con Él y con el Padre (Cfr. Jn 17, 22). Todos, por tanto, estamos llamados a formar parte de esta divina unidad. Con alma sacerdotal, haciendo de la Santa Misa el centro de nuestra vida interior, buscamos nosotros estar con Jesús, entre Dios y los hombres»29. Si todos los cristianos, en virtud de la participación común en el sacerdocio de Cristo, pueden en­contrar en la Misa «la raíz y el centro»30  de su vida espiritual, por ser la Misa la renovación del Sacrificio del Calvario, momento supremo de la acción sacerdotal de Cristo, donde nuestra Re­dención se consuma, se comprende bien que la celebración del Sacrificio eucarístico haya de ser «el centro y la raíz de toda la vida del Pres­bítero, de forma que el alma sacerdotal se esfuerza en reproducir en sí misma lo que se realiza en el ara del sacrificio»31.</p>
<p>Es de notar la insistencia que el Decreto so­bre el ministerio y la vida de los presbíteros ha puesto en este punto, afirmando que «la obra de nuestra Redención se cumple de continuo en el misterio del Sacrificio eucarístico, en el que los sacerdotes realizan su principal minis­terio; y por eso se recomienda encarecidamen­te su celebración diaria, la cual, aunque los fieles no puedan estar presentes en ella, es un acto de Cristo y de la Iglesia»32. Conviene insistir en que no se trata propiamente de una devoción particular yuxtapuesta a las obligaciones del ministerio sacerdotal, sino de vivir intensamen­te, con plenitud de participación personal, el servicio principal que el sacerdote presta a la Iglesia entera. «A esto se dirige y en esto culmi­na el ministerio de los Presbíteros. En efecto, su servicio, que empieza con la predicación evan­gélica, extrae su fuerza y su poder del Sacrifi­cio de Cristo y se encamina a que la ciudad en­tera redimida, es decir, la congregación y socie­dad de los santos, ofrezca a Dios un sacrificio universal por medio del Gran Sacerdote, que se ofreció a sí mismo por nosotros en la Pasión para que fuésemos el cuerpo de una tal Cabeza»33.</p>
<p>Además del rezo del Oficio divino, oración pública de la Iglesia, otros dos momentos en que la vida espiritual del sacerdote, plenamen­te entregada a su ministerio, ha de alcanzar una particular intensidad, con sobrenatural conciencia de lo que hace, son la predicación de la Palabra de Dios —«pues no nos predicamos a nosotros mismos»34— y el perdón de los pecados en el Sacramento de la Penitencia. Transcribo a continuación unas palabras de Monse­ñor Escrivá de Balaguer que son particularmente significativas de esa vida espiritual del sacerdote que se traduce en ministerio pasto­ral: «los sacerdotes no tenemos derechos: a mí me gusta sentirme servidor de todos, y me enorgullece ese título. Tenemos deberes exclu­sivamente, y en esto está nuestro gozo: el deber de enseñar el catecismo a los niños y a los adul­tos, el deber de administrar los sacramentos, el de visitar a los enfermos y a los sanos; el deber de llevar a Cristo a los ricos y a los pobres, el de no dejar abandonado al Santísimo Sacramento, a Cristo realmente presente en el Sagra­rio, bajo la apariencia de pan; el deber de buen pastor de las almas, que cura a la oveja enfer­ma y busca a la que se descarría, sin echar en cuenta las horas que se tenga que pasar en el confesonario»35.</p>
<p>Unos rasgos más de la espiritualidad del sacer­dote. «El ministerio sacerdotal, por ser un minis­terio de la misma Iglesia, no puede cumplirse sino en la comunión jerárquica de todo el cuer­po. La caridad pastoral urge a los Presbíteros a que, actuando en esta comunión, pongan su vo­luntad al servicio de Dios y de sus hermanos mediante la obediencia, y reciban y ejecuten con fe lo que el Sumo Pontífice, su Obispo u otros superiores ordenen o aconsejen; gastándo­se y desgastándose a sí mismos en cualquier función que se les confíe, por humilde y pequeña que sea»36. Como cimiento de esa caridad que une y de esa obediencia viva que pone en comunión con Cristo, está la humildad profun­da y sincera: consecuencia, por otra parte, de ver con espíritu de fe su propia misión y adver­tir que «la obra divina para cuyo cumplimiento han sido elegidos por el Espíritu Santo trans­ciende todas las fuerzas humanas y la humana sabiduría»37.</p>
<p>Unión también —fraternidad en la común participación del único Sacerdocio de Jesucris­to— con los demás sacerdotes, y sobre todo, con aquellos que forman parte de un mismo Presbyterium diocesano. Esta fraternidad se traducirá en una mutua ayuda para que cada uno pueda cumplir más eficazmente la tarea que le ha sido encomendada, y nadie se sienta solo en su ministerio y en la lucha por alcanzar la santidad.</p>
<p>Unión, finalmente, con todos los demás fieles, buscando servirles en todo momento, y servirles como sacerdote, que es lo que los demás fieles necesitan y esperan de él. Evitará, pues, el sacerdote, con extrema delicadeza, cualquier apariencia de clericalismo, de dominio material o espiritual. Orientará a cada uno al cumpli­miento de lo que Dios le pide, sabiendo a la vez respetar sinceramente el ámbito legítimo de la libertad de todo laico en el desempeño de su misión en la Iglesia y en el mundo38.</p>
<p>«La continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos aconsejada por Cristo Señor, aceptada con gusto y practicada laudablemen­te por muchos fieles a lo largo de los tiempos y también en nuestros días, ha sido siempre muy estimada por la Iglesia, sobre todo para la vida sacerdotal. Es signo y al mismo tiempo estímu­lo de la caridad pastoral y fuente de fecundi­dad espiritual en el mundo»39. Una vez más se pone aquí de manifiesto la íntima unión y mu­tua necesidad de la vida espiritual del sacerdo­te con las exigencias del mejor cumplimiento de su ministerio.</p>
<p>El corazón del sacerdote ha de ser universal, abierto a todos, generoso, en una oblatividad continua —el sacerdote ha de estar en un servicio permanente— sin acepción de personas: «Si eres de Cristo —¡todo de Cristo!—, para todos tendrás —también de Cristo— fuego, luz y calor»40. La fortaleza, la constancia, la sinceri­dad, la lealtad, el amor a la libertad de todos con la consiguiente responsabilidad personal, un sentido profundo de la justicia en todos los órdenes —sin olvidar el control en el uso de la palabra: aborreciendo la murmuración en todas sus formas—, la prudencia, el optimismo, la laboriosidad&#8230; son otras tantas virtudes que el sacerdote ha de ejercitar continuamente para dar cumplimiento a su misión.</p>
<p>Aún se podrían seguir enumerando otras vir­tudes necesarias para la labor pastoral del sacerdote, mostrando siempre que no son un elemento añadido al trabajo propiamente sa­cerdotal, sino que brotan de él como exigencias propias, y quedan matizadas en su ejercicio por el carácter recibido en la ordenación y por la misión que la Iglesia le encomienda. Baste, sin embargo, referirnos a un aspecto en el que el Decreto Presbyterorum Ordinis se ha detenido también: el desprendimiento de los bienes terrenos, la templanza en su uso, el espíritu de pobreza41. «Despégate de los bienes del mundo. Ama y practica la pobreza de espíritu: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente. Si no, nunca serás apóstol»42.</p>
<p>Pero todo este ejercicio necesita un alimento continuo, que el sacerdote encontrará buscando la unión con Jesucristo en la Eucaristía y en la meditación de la Palabra de Dios, siendo alma eucarística y alma de oración; recibiendo él mismo con frecuencia el sacramento de la Penitencia; amando tierna y filialmente a la Vir­gen Santísima, Madre de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote; practicando generosamente la mortificación; viviendo con gusto los tiempos dedicados a retiro espiritual y apreciando la di­rección espiritual personal43.</p>
<p>También alimentará su predicación con el es­tudio, teniendo en cuenta que «la ciencia del ministro sagrado debe ser sagrada, porque sa­grada es la fuente de donde nace y sagrado el fin al que tiende»44; de modo que también su indispensable cultura humana se haga medio para su servicio pastoral.</p>
<p>Parece conveniente terminar estas líneas mencionando un tema de no poca trascenden­cia para la espiritualidad del sacerdote: las aso­ciaciones sacerdotales, que tanto fruto han dado hasta ahora y que parecen llamadas a de­sempeñar en el futuro una función de gran im­portancia en la vida y en el ministerio de los sacerdotes seculares. De ellas dice el Concilio Vaticano II: «Han de ser tenidas en mucho y se deben promover diligentemente las asociacio­nes que, con estatutos reconocidos por la auto­ridad eclesiástica competente, fomentan la san­tidad de los sacerdotes en el ejercicio de su mi­nisterio, a través de una ordenación de vida conveniente y la mutua ayuda fraterna»45.<a><br />
</a></p>
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		<title>Sacerdotes para la nueva evangelización</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Aug 2010 07:10:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Conferencia de Mons. Alvaro del Portillo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en la clausura del XI Simposio Internacional organizado por la Facultad de Teología (1990). Introducción 1. Necesidad de una nueva evangelización 2. Misión de todos en la Iglesia 3. Necesidad de sacerdotes santos 4. Santidad sacerdotal y vida de oración 5. Santidad [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Conferencia de Mons. Alvaro del Portillo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en la clausura del XI Simposio Internacional organizado por la Facultad de Teología (1990).</h2>
<div>
<div><img src="http://www.opusdei.es/img/sp.gif" alt="" width="1" height="1" /></div>
<div><a href="http://multimedia.opusdei.org/pdf/es/sacerdotes_para_la_nueva_evangelizacion.pdf" rel='nofollow'> </a></div>
<div><img src="http://www.opusdei.es/img/sp.gif" alt="" width="1" height="1" /></div>
</div>
<p><strong>Introducción</strong></p>
<p><strong>1. Necesidad de una nueva evangelización</strong></p>
<p><strong>2. Misión de todos en la Iglesia</strong></p>
<p><strong>3. Necesidad de sacerdotes santos</strong></p>
<p><strong>4. Santidad sacerdotal y vida de oración</strong></p>
<p><strong>5. Santidad sacerdotal y vida de penitencia</strong></p>
<p><strong>6. Santidad sacerdotal y caridad pastoral</strong></p>
<p><strong>7. Una vida radicada y centrada en la eucaristía</strong></p>
<p><strong>8. La dimensión mariana de la vida del sacerdote</strong></p>
<p><strong>9. Conclusión: formación para la santidad</strong></p>
<p><strong>Notas</strong><a><br />
</a></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Para servir a la Iglesia</title>
		<link>http://opusdeit.org/2010/01/para-servir-a-la-iglesia-2/</link>
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		<pubDate>Tue, 19 Jan 2010 21:00:10 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[sacerdotes]]></category>
		<category><![CDATA[Camino]]></category>
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		<category><![CDATA[mons. Javier Echevarría]]></category>
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		<description><![CDATA[El prelado del Opus Dei concibe el sacerdocio como &#8220;servicio&#8221; y &#8220;participación en la misión de Cristo&#8221;. Así lo refleja en el nuevo libro titulado &#8216;Para servir a la Iglesia. Homilías sobre el sacerdocio 1995-1999&#8242; (ed. Rialp), que recoge veinticuatro predicaciones del prelado centradas en la figura del sacerdote. En una de sus homilías, mons. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">El prelado del Opus Dei concibe el sacerdocio como &#8220;servicio&#8221; y &#8220;participación en la misión de Cristo&#8221;. Así lo refleja en el nuevo libro titulado &#8216;Para servir a la Iglesia. Homilías sobre el sacerdocio 1995-1999&#8242; (ed. Rialp), que recoge veinticuatro predicaciones del prelado centradas en la figura del sacerdote.</h2>
<div><img src="http://www.opusdei.es/image/espservira.gif" alt="Opus Dei - " width="112" height="166" /></div>
<p>En una de sus homilías, mons. Javier Echevarría explica que el sacerdote &#8220;ha de saber entregarse a cada uno y satisfacer las necesidades espirituales de todos, sin preferencias ni diferencias, derrochando todas sus energías en el ministerio. Ha de estar dispuesto a todo, con tal de llevar a las almas a Cristo: ésta es su única ambición&#8221;.</p>
<p>Además de ser &#8220;padre, pastor y maestro de todos&#8221;, debe tener &#8220;un celo apostólico sin fronteras&#8221; y &#8220;caridad pastoral que abrase hasta lo más íntimo&#8221;. En los textos, extraídos en su mayoría de homilías pronunciadas con motivo de ordenaciones de diáconos y presbíteros, insiste de manera especial en tres tareas del sacerdote: la predicación de la Palabra, la celebración del sacrificio eucarístico y la remisión de los pecados.</p>
<p>El prelado del Opus Dei se dirige a los ordenandos a partir de su propia experiencia, facilitándoles consejos pastorales: &#8220;Debéis poner todos los medios a vuestro alcance para que la Palabra de Dios cobre vida en vuestra conducta y en vuestros labios, y así mueva eficazmente a las almas. Fomentad la ilusión de llegar con más incisividad a los oyentes, para facilitarles el encuentro personal con Dios&#8221;.</p>
<p>En cuanto a la Eucaristía, mons. Echevarría explica a los sacerdotes que &#8220;vuestro sacerdocio es para la Eucaristía, y la Eucaristía es el sacrificio del entero pueblo cristiano e incluso de toda la creación. La Iglesia y el mundo esperan de vosotros el testimonio firme y contagioso de vuestra fe en todo momento, pero especialmente en el Santo Sacrificio&#8221;.</p>
<p>De manera especial se refiere también al ministerio de la reconciliación: &#8220;Predicad con frecuencia sobre ese sacramento. Esforzaos por encontrar exhortaciones nuevas y estimulantes, que muevan al arrepentimiento y la conversión. Enseñad a todos cómo es la misericordia divina. Esforzaos por acoger como Cristo lo haría, a esa alma que se acerca a recibir el perdón divino&#8221;.</p>
<p>En el prólogo, el cardenal Darío Castrillón dice que &#8220;en los momentos actuales en los que parece que los últimos porqués quieren reducirse a unos axiomas psicológicos, es de absoluta necesidad recordar con el lenguaje de hoy la doctrina perenne sobre el sacerdocio&#8221;.</p>
<p>Califica a las homilías que componen el libro de &#8220;testimonio coherente y valioso de la tradición eclesial&#8221;, dirigido especialmente a los sacerdotes, &#8220;primeros y principales promotores de la nueva evangelización, seguros de que han recibido el don del sacerdocio para servir a la Iglesia&#8221;.<a><br />
</a></p>
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		</item>
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		<title>Intervención del Prelado en el Seminario de Logroño</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Jan 2010 20:13:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[Prelado]]></category>
		<category><![CDATA[sacerdotes]]></category>
		<category><![CDATA[caridad pastoral]]></category>
		<category><![CDATA[fidelidad]]></category>
		<category><![CDATA[mons. Javier Echevarría]]></category>
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		<category><![CDATA[vida de santidad]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;Sacerdote, sólo sacerdote. San Josemaría Escrivá, modelo de vida sacerdotal&#8221;. Título de las palabras que Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, pronunció en el seminario de Logroño. Agradezco a mi querido hermano en el episcopado, don Ramón Búa, su cariñosa invitación a dirigir unas palabras al clero riojano. Me sugirió que hablara de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">&#8220;Sacerdote, sólo sacerdote. San Josemaría Escrivá, modelo de vida sacerdotal&#8221;. Título de las palabras que Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, pronunció en el seminario de Logroño.</h2>
<p>Agradezco a mi querido hermano en el episcopado, don Ramón Búa, su cariñosa invitación a dirigir unas palabras al clero riojano. Me sugirió que hablara de la llamada a la santidad en el sacerdocio ministerial, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, recientemente canonizado por Juan Pablo II, y lo hago con muchísimo gusto.</p>
<p>En efecto, evocar la figura y las enseñanzas de este santo sacerdote constituye para mí un gozo muy grande. Si, además, las personas que me escuchan son presbíteros, mi alegría se multiplica, pues conozco bien el entrañable amor -más aún, veneración- que el Fundador del Opus Dei dispensaba a sus hermanos en el sacerdocio. ¡Cómo gozaba cuando tenía la ocasión de reunirse con ellos! Aprendía de todos y, a quienes se lo pedían, no tenía reparos en abrirles su corazón para hablarles de los grandes amores de su vida: Cristo con María, la Iglesia y el Papa, las almas todas. Solía decir que, en esas ocasiones, se sentía como quien va a vender miel al colmenero. Pero era la suya una miel de tanta calidad, que los que le escuchaban salían de esas reuniones con renovados deseos de fidelidad a la vocación, con el alma rebosante de optimismo, decididos a gastarse con gozo en la tarea pastoral y apostólica.</p>
<p><strong>Identidad del sacerdote</strong></p>
<p>Comenzaré mi intervención con unas palabras que San Josemaría solía dirigir a los recién ordenados, pero que nos sirven también -y quizá más especialmente- a quienes llevamos muchos años de sacerdocio. Decía: <strong>sed, en primer lugar, sacerdotes; después, sacerdotes; siempre y en todo, sólo sacerdotes</strong>. En esta afirmación se transparenta su altísimo concepto del sacerdocio ministerial, por el que unos pobres hombres -que eso somos todos delante del Señor- son constituidos ministros <em>de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios</em> (1 Cor 4, l). Tan firme era su fe en la identificación sacramental con Cristo que se lleva a cabo en el sacramento del Orden, que su único timbre de gloria, al lado del cual palidecían todos los honores de la tierra, era sencillamente ser <strong>sacerdote de Jesucristo.</strong></p>
<p>Los santos, desde los tiempos más antiguos, se han detenido a comentar la dignidad del sacerdocio. Varios Papas -entre los que recuerdo especialmente a San Pío X, a Pío XI y al actual Romano Pontífice- han escrito documentos inolvidables, que han alimentado y continúan alimentando nuestra vida sacerdotal. También San Josemaría nos ha dejado su enseñanza. En una homilía de 1973, cuando se difundían voces confusas sobre la identidad del sacerdote y el valor del sacerdocio ministerial, resumía su pensamiento con las siguientes palabras: <strong>ésta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el silencio activo de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas -más que Ella sólo Dios- trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura </strong></p>
<p>El sentido de la grandeza del sacerdocio le llevaba a cuidar con esmero su vocación sacerdotal, de la que se hallaba cada vez más enamorado. Cuando, para atender los ruegos de quienes estábamos a su lado, se refería a veces al proceso de su vocación, siempre recalcaba la iniciativa de Dios, que le salió al encuentro cuando tenía quince o dieciséis años. Como bien sabéis, fue en Logroño, en diciembre de 1917 o enero de 1918, donde el adolescente Josemaría Escrivá tuvo los primeros. presentimientos -de <em>barruntos</em>, los calificaba- de que el Señor le llamaba para algo que no sabia lo que era. No se le había pasado por la cabeza la posibilidad del sacerdocio. Sin embargo, ante esa acción de Dios, con el fin de prepararse mejor para cumplir la Voluntad divina, decidió ingresar en el Seminario. Con toda verdad podía afirmar, pasados los años, que el arranque de su vocación sacerdotal había sido <strong>una llamada de Dios, un barrunto de amor, un enamoramiento de un chico de quince o dieciséis años.</strong></p>
<p>En el Seminario de Logroño recibió la primera formación sacerdotal, que luego completaría en Zaragoza. Dios quería que la semilla que iba a lanzar sobre la tierra el 2 de octubre de 1928, encontrase un corazón de sacerdote preparado a fondo para acogerla y hacerla fructificar. Por eso, con agradecimiento a Nuestro Señor, San Josemaría afirmaba que su vocación era -dejadme que insista- la de ser sacerdote, sólo sacerdote, siempre sacerdote. Amaba con locura esta condición que, configurándolo con Cristo, le había preparado para ser instrumento, en manos de Dios, para la fundación del Opus Dei.</p>
<p><strong>Don y tarea</strong></p>
<p>Al enumerar las condiciones de los candidatos al sacerdocio, antiguamente se prescribía que deberían elegirse entre hombres que condujesen <em>una vida honesta</em>. Esta formulación, minimalista y ya superada, le parecía muy pobre a San Josemaría. <strong>Entendemos, con toda la tradición eclesiástica </strong><strong>-escribía en 1945-</strong>,<strong> que el sacerdocio pide -por las funciones sagradas que le competen- algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes lo ejercen, constituidos -como están- en mediadores entre Dios y los hombres</strong></p>
<p>Josemaría Escrivá había recibido, en el seno de su familia y en el colegio, una formación profundamente cristiana, que comprendía el conocimiento de la doctrina, la frecuencia de sacramentos, la preocupación concreta por las necesidades espirituales y materiales de las personas, como ponen de relieve testigos de aquella época. Al recibir la llamada divina al sacerdocio, su existencia dio un cambio radical, en el sentido de que aumentó la intensidad y frecuencia de su trato con Dios y su preocupación apostólica por los demás. Esto le llevó a una madurez impropia de los años pero sobrenaturalmente lógica. Se cumplía en su vida lo que afirma la Sagrada Escritura:<em> super senes intellexi quia mandata tua servavi </em>, he adquirido más prudencia que los ancianos porque he guardado fielmente tus mandamientos. Desde aquellos barruntos, el adolescente Josemaría empezó a tomarse en serio la santidad, tratando de conocer y cumplir fidelísimamente la Voluntad de Dios.</p>
<p>Cuando el Concilio Vaticano II, en el capítulo V de la Constitución dogmática <em>Lumen gentium</em>, afronta el tema de la vocación de los bautizados a la santidad, afirma: «Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos, y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y participes de la naturaleza divina y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron» .</p>
<p>En cuanto miembros del Cuerpo Místico de Cristo, en el que hemos sido injertados por el Bautismo, todos hemos sido santificados radicalmente: llevamos en nosotros mismos el germen e inicio de la vida nueva que Cristo nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección. La consagración bautismal es la realidad fundante de la llamada a la santidad en todos los géneros de vida. Desde este punto de vista, atendiendo a la absoluta gratuidad de lo que hemos recibido, la santificación aparece claramente en su dimensión de don: un regalo inmerecido que nuestro Padre-Dios nos otorga, en Cristo, por el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, la santificación es una llamada personal, una tarea que se encomienda a la responsabilidad de cada cristiano. San Josemaría dirá que es <strong>obra de toda la vida.</strong></p>
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<p>La santidad es, pues, don y tarea. Entrega gratuita de un bien inmerecido y, al mismo tiempo, encargo que hay que llevar a término con esfuerzo personal, con correspondencia heroica, empeñándose en un verdadero compromiso de vida cristiana.</p>
<p><strong>La santidad sacerdotal como don</strong></p>
<p>Al ser una y la misma la condición radical de todos los bautizados, todos -sacerdotes y seglares- estamos convocados de igual modo a la plenitud de la vida cristiana. <strong>No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas. A todos invita el Señor para que se santifique en su propio estado.</strong></p>
<p>Estamos ante una de las intuiciones fundamentales que San Josemaría Escrivá predicó, por encargo divino, desde 1928. Al fundar el Opus Dei, el Señor le mostró que cada persona ha de procurar santificarse en el propio estado, en el género de vida en el que ha sido llamada, en su propio trabajo y a través de su propio trabajo, según la conocida expresión de San Pablo: <em>unusquisque, in qua vocatione vocatus est, in ea permaneat.</em></p>
<p>La santidad, en los sacerdotes y en los seglares, se edifica, por tanto, sobre el mismo fundamento: la consagración originaria del Bautismo, perfeccionada por la Confirmación. Sin embargo, resulta evidente que el deber de tender a la santidad urge especialmente al sacerdote, que ha sido <em>escogido entre los hombres y constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados </em>(Hb 5, 1).</p>
<p>«En contacto continuo con la santidad de Dios -ha escrito Juan Pablo II-, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico» . Y añade en el libro <em>Don y misterio</em>, escrito con ocasión del quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal: «Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez más secularizado, un testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad».</p>
<p>El sacerdote ha sido consagrado dos veces para Dios: en el Bautismo, como todos los cristianos, y en el sacramento del Orden. Por eso, si bien no puede hablarse de santidad de primera o segunda categoría -porque todos estamos invitados a la perfección con la que el mismo Padre celestial es perfecto (cfr. Mt 5, 48)-, no cabe duda de que sobre los sacerdotes recae especialmente el deber de tender a la santidad. Releamos unas palabras del Fundador del Opus Dei que resultan especialmente clarificadoras. <strong>Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente de forma sacramental </strong>.</p>
<p>En el ejercicio del ministerio para el que ha sido ordenado, encuentra el sacerdote el alimento de su vida espiritual, el material que le hace arder en el amor de Dios. Por eso, sería un grave error si otras aspiraciones u otras tareas desdibujaran en su alma lo que, para él, se concreta en algo indispensable para alcanzar la santidad: la celebración cuidadosa y llena de amor del Sacrificio de la Misa, la predicación de la Palabra de Dios, la administración de los sacramentos a los fieles, especialmente el de la Penitencia; una vida de oración constante y de penitencia alegre; el cuidado de las almas que se le han confiado, junto con los mil servicios que una caridad vigilante sabe dispensar.</p>
<p>Desde que percibió la Ramada al sacerdocio, y mas explícitamente, desde que fue ordenado sacerdote, San Josemaría quiso identificarse con Cristo, ser el mismo Cristo, en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en toda su existencia. De ahí su vida de oración, su celebración pausada de la Misa, su “necesidad” de permanecer largos ratos junto al Sagrario; y, al mismo tiempo, su urgencia por buscar a las almas para conducirlas, en Cristo, por caminos de santidad. Comprendió que se puede y se debe llevar una conducta santa en todos los estados de vida, y concretamente en el matrimonio; por eso, desde sus primeros años como pastor, además de encaminar a muchas personas por las vías del celibato apostólico asumido con verdadera alegría, alentó a muchas otras a descubrir la dignidad de la vocación matrimonial.</p>
<p>Escribe Juan Pablo II: «El sentido del propio sacerdocio se redescubre cada día más en el <em>Mysterium fidei</em>. Ésta es la magnitud del don del sacerdocio y es también la medida de la respuesta que requiere tal don. ¡El don es siempre más grande! Y es hermoso que sea así. Es hermoso que un hombre nunca pueda decir que ha respondido plenamente al don. Es un don y también una tarea: ¡siempre! Tener conciencia de esto es fundamental para vivir plenamente el propio sacerdocio».</p>
<p>San Josemaría Escrivá celebraba cada día la Santa Misa con pasión de enamorado, bien consciente de que <strong>por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser </strong>. Escuchad cómo describía en una reunión familiar ese misterioso eclipse de la personalidad humana del presbítero, que en esos momentos se convierte en instrumento vivo de Dios:</p>
<p><strong>Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría Escrivá de Balaguer (…): eres Cristo. Todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo. Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. El sacerdote desaparece como persona concreta: don Fulano, don Mengano o Josemaría&#8230; ¡No señor! Es Cristo</strong>.</p>
<p><strong>La santidad sacerdotal como tarea</strong></p>
<p>La grandeza incomparable del sacerdote se fundamenta en su identificación sacramental con Cristo, que le lleva a ser <em>ipse Christus</em> y a actuar <em>in persona Christi capitis</em>, sobre todo en la celebración eucarística y en el ministerio de la Reconciliación. <strong>Una grandeza prestada </strong>-comentaba San Josemaría Escrivá-, <strong>compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor -añadía- que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor </strong>.</p>
<p>Cada cristiano ha de procurar que su condición de seguidor de Jesucristo se refleje en toda su conducta: la familia, la profesión, la actividad social, pública, deportiva&#8230; También en la existencia concreta del sacerdote, en su vida diaria, ha de manifestarse su especifica pertenencia a Cristo. Por el carácter indeleble recibido en la ordenación, se es sacerdote las veinticuatro horas del día, no sólo en los momentos en los que se ejercita expresamente el ministerio. Conviene tenerlo muy presente en la época actual, cuando van desapareciendo -de nuestra sociedad multicultural y multireligiosa- tantos signos que recordaban a nuestros antepasados la primacía de Dios y de la vida sobrenatural. No lo digo con pesimismo, sino con ánimo de que todos nos esforcemos para que no se pierdan las raíces cristianas de nuestro pueblo, que se manifiestan también en tradiciones piadosas, en elementos de la cultura, del arte y de las costumbres.</p>
<p>A la meta de la santidad, el sacerdote ha de llegar como por un plano inclinado, bajo la dirección del Espíritu Santo, que es quien modela en los hijos adoptivos de Dios los rasgos de Jesucristo. En este proceso, que dura toda la vida, junto a la acción sobrenatural de la gracia, resulta decisiva la respuesta dócil de la criatura.</p>
<p>Sin esfuerzo por practicar las virtudes, sin lucha por desarrollarlas cotidianamente, con constancia, no es posible la santidad. ¿En qué se centran los hábitos virtuosos que han de vertebrar la santidad del sacerdote? En lo mismo que en los demás fieles, puesto que todos estamos llamados a idéntica meta -la unión con Dios- y disponemos de los mismos medios para alcanzarla. La diferencia estriba en el modo de ejercitar esas virtudes. En el sacerdote, todo debe cumplirse sacerdotalmente; es decir, teniendo siempre presente la finalidad de su vocación especifica, el servicio a las almas. Hemos de seguir el ejemplo del Señor, que afirmó de sí mismo: <em>Pro eis ego sanctifico meipsum, ut sint et ipsi sanctificati in veritate </em>(Jn 17, 19).</p>
<p>No cabe, en este breve tiempo, exponer tan siquiera un elenco completo de las virtudes sacerdotales. Me limitaré a presentar algunas que considero capitales en la enseñanza y en el ejemplo de San Josemaría.</p>
<p><strong>Virtudes humanas del sacerdote</strong></p>
<p>Utilizando la metáfora de la construcción -imagen de raíces bíblicas-, lo primero que se busca es un terreno sólido. El mismo Cristo alude a esta necesidad, en la conclusión del Sermón de la Montaña, cuando habla del hombre prudente que edificó su casa sobre roca, de modo que cuando llegaron los vientos y las lluvias nada pudieron contra esa mansión (cfr. Mt 7, 24-25).</p>
<p>En la vida espiritual del cristiano, el terreno sólido del edificio espiritual se configura por las virtudes humanas, pues la gracia presupone siempre la naturaleza. Conviene no olvidar que el sacerdote no deja de ser hombre al recibir la ordenación. Por el contrario, precisamente por haber sido sacado de entre los hombres y constituido mediador entre los hombres y Dios (cfr. Hb 5, l), necesita cuidar su preparación humana, que le capacita para servir mejor a las almas.</p>
<p>«Comprende esta formación -escribe Mons. Alvaro del Portillo- el conjunto de virtudes humanas que se integran directa o indirectamente en las cuatro virtudes cardinales, y el bagaje de cultura no eclesiástica indispensable para que el sacerdote pueda ejercitar con facilidad -ayudado, desde luego, por la gracia- su apostolado» . Mi predecesor al frente de la Prelatura del Opus Dei subraya los motivos principales que han de impulsar al sacerdote a adquirir y desarrollar estas virtudes: «El primero, como parte de la lucha ascética normalmente necesaria para llegar a la perfección; el segundo, como medio para ejercitar con mayor eficacia el apostolado».</p>
<p>En la vida y en las enseñanzas de San Josemaría, destaca este aspecto basilar de la formación cristiana y de la específicamente sacerdotal. Tenemos numerosas pruebas de esta afirmación, desde su infancia hasta su fallecimiento en 1975. Los testigos de su labor pastoral se manifiestan concordes en describirle como un sacerdote enamorado de Jesucristo, entregado al servicio de las almas, con una personalidad fuerte y armónica, en la que lo humano y lo sobrenatural se fundían estrechamente en unidad de vida. Por lo que se refiere a sus enseñanzas, resulta paradigmática la homilía “Virtudes humanas”, recogida en el libro <em>Amigos de Dios</em>, donde se asienta el fundamento teológico de la necesidad de cultivar las virtudes humanas: la hondura de la Encarnación del Verbo, perfecto Hombre sin dejar de ser perfecto Dios. En esa homilía analiza las principales virtudes que un cristiano y un sacerdote deben cultivar: la reciedumbre, la serenidad, la paciencia, la laboriosidad, el orden, la diligencia, la veracidad, el amor a la libertad, la sobriedad, la templanza, la audacia, la magnanimidad la lealtad, el optimismo, la alegría.</p>
<p><strong>Sobre el fundamento de la humildad</strong></p>
<p><strong>La humildad es el fundamento de nuestra vida, medio y condición de eficacia </strong>, escribe San Josemaría, en sintonía con la tradición espiritual del Cristianismo. Evidentemente se refiere al fundamento moral, pues el teologal -como predicó con su conducta y con sus enseñanzas- se centra en la fe teologal, que nos conduce a asumir con hondura el sentido de nuestra filiación divina en Cristo. Esta convicción pone de relieve ante los hombres la verdad más profunda sobre nosotros mismos y, por tanto, potencia necesariamente la humildad, que no refleja otra cosa que aquel “andar en verdad” de la Santa de Ávila: el caminar en la fe.</p>
<p>Con una fe recia, como base de la respuesta cristiana, se soslaya el error de presentar la humildad como falta de decisión o de iniciativa, como renuncia al ejercicio de derechos que son deberes. Nada más lejos del pensamiento del Fundador del Opus Dei. <strong>Ser humildes</strong> -predicaba en una ocasión- <strong>no es ir sucios, ni abandonados; ni mostrarnos indiferentes ante todo lo que pasa a nuestro alrededor, en una continua dejación de derechos. Mucho menos es ir pregonando cosas tontas contra uno mismo. No puede haber humildad donde hay comedia e hipocresía, porque la humildad es la verdad </strong>.</p>
<p>Tan importante es esta virtud en la vida cristiana, que San Josemaría aseguraba que, <strong>lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad </strong>. Y acudía a una comparación clásica: <strong>no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos -que el Señor transforma en realidades- de servir a Dios y pasar inadvertidos </strong>.</p>
<p>Pero volvamos a considerar el fundamento teologal, es decir, la fe, y con la fe, la esperanza: no hay santidad si no se desarrolla una fe omnicomprensiva de la realidad, si no se fomenta -como la fuerza que impulsa el peregrinar terreno- la virtud de la esperanza. Desde el primer momento, el Fundador del Opus Dei fue bien consciente de que la misión que Dios le había confiado era inmensamente superior a sus fuerzas. Por eso acudió con insistencia, sin abandonarlos jamás, a los únicos medios capaces de poner a nuestro alcance la omnipotencia divina: la oración y el sacrificio. Son innumerables los testimonios que documentan cómo fue mendigando, por los hospitales y los barrios marginados de Madrid, como si se tratase de un tesoro, la plegaria y el ofrecimiento a Dios del dolor de muchas gentes abandonadas, a las que llevaba el consuelo y el aliento de su asistencia sacerdotal.</p>
<p>¡Cuánta necesidad tenemos los sacerdotes de que nuestra fe y nuestra esperanza aumenten más y más! Nos hallamos metidos en una labor donde lo que más cuenta, lo único absolutamente necesario (cfr. Lc 10, 42), son los medios sobrenaturales. Se requieren verdaderos milagros, para conducir a las almas hasta Dios. Sin embargo, <strong>se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe?</strong>.Estas palabras de San Josemaría resuenan en nuestros oídos como un toque de atención, una llamada a nuestro sentido de responsabilidad, porque el sacerdote ha de ser, ante todo, un hombre de fe y un hombre esperanzado. «Por medio de la fe -escribe el Papa-, accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios».</p>
<p><em>La fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven</em> (Hb 11, l). Y es «en la orac-ión perseverante de cada día, con facilidad o con aridez, donde el sacerdote, como todo cristiano, recibe de Dios (…) luces nuevas, firmeza en la fe, segura esperanza en la eficacia sobrenatural de su trabajo pastoral, amor renovado: en una palabra, el impulso para perseverar en ese trabajo y la raíz de la efectiva eficacia del trabajo mismo» . En estas palabras de Mons. del Portillo, el más estrecho colaborador del Fundador del Opus Dei durante muchos años, podemos descubrir una delicada alusión a la vida espiritual de San Josemaría, que recibió de Dios la gracia de ser contemplativo en medio de las tareas más absorbentes. Añade don Alvaro: «Sin oración, y sin oración que se esfuerza por ser continua, en medio de todos los quehaceres, no hay identificación con Cristo en lo que ésta tiene de tarea, fundamentada en lo que tiene de don. Más aún, me atrevo a decir que un sacerdote sin oración, si no falsea la imagen que da de Cristo -Modelo para todos-, la presenta como una nebulosa que ni atrae ni orienta, que no sirve de norte al pueblo que nos ve o nos oye».</p>
<p><strong>Caridad pastoral</strong></p>
<p>Llegamos así a la virtud más definitiva y característica de la vida cristiana: la caridad, que en el sacerdote adquiere unos contornos precisos: es caridad pastoral. En pocas palabras, nace de la conciencia de ser representante de Jesucristo, el <em>Pastor supremo</em> (1 Pe 5, 4) de las almas, que ha dado la vida por sus ovejas (cfr. Jn 10, 1 l). Esta convicción sobrenatural ha de impulsar al sacerdote a gastarse hasta el extremo en el ejercicio de su ministerio, pues le urge la caridad de Cristo (cfr. 2 Cor 5, 14). Una caridad pastoral, fuerte y perseverantemente alimentada en la Eucaristía y en la oración, dará eficacia de frutos a su ministerio.</p>
<p>La figura de San Josemaría aparece muy ilustrativa a este respecto. Desde los primeros momentos de su vocación, no se ahorró ningún trabajo en el servicio de las almas. Antes he aludido brevemente a sus andanzas por los barrios extremos del Madrid de los años 20 y 30, en perenne contacto con la pobreza y la enfermedad, atendiendo a los moribundos, confortando a los enfermos, ilustrando a los niños y a los adultos con la doctrina cristiana. Puedo asegurar -porque lo he contemplado con mis ojos- que así gastó el resto de su existencia, hasta la última jornada: siempre pendiente de los demás, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos: rezaba y se sacrificaba gustosamente por todas las almas, sin excepción.</p>
<p>La peculiar asunción de la persona por Dios, que se lleva a cabo en la ordenación sacerdotal, hace que el presbítero se vincule y consagre íntegramente al servicio y al amor total de Cristo. Con tal envergadura se presenta la riqueza de este don, que puede asumir como suyas -en un sentido particularmente profundo- las palabras del Apóstol: <em>mihi vivere Christus est (F1p 1, 21), vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus </em>(Gal 2, 20). Por otra parte, la misión recibida tiene un carácter universal: el sacerdote viene enviado al mundo entero, como instrumento vivo de Cristo, <em>que se entregó a si mismo por nosotros para redimimos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien (Tt 2, 14)</em>.</p>
<p>La identificación sacramental con Cristo, junto con la misión recibida, se hallan en el fundamento de las peculiares exigencias de la caridad pastoral, y colocan al sacerdote en una situación especial en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Comentando la profundización doctrinal operada a este propósito por el Concilio Vaticano II, Mons. Álvaro del Portillo escribe: «Si se considera que el Amor encarnado entre los hombres evitó cualquier atadura humana -por justa y noble que fuese- que pudiera en algún momento dificultar o restar plenitud a su total dedicación ministerial, se comprende bien la conveniencia de que el sacerdote haga lo mismo, renunciando libremente -por el celibato- a algo en sí bueno y santo, para unirse más fácilmente a Cristo con todo el corazón, y por Él y en Él dedicarse con más libertad al entero servicio de Dios y de los hombres».</p>
<p>El celibato sacerdotal se configura como manifestación de la completa oblación de su vida que el sacerdote, libremente, ofrece a Cristo y a la Iglesia. En esta óptica, se entienden bien las palabras de San Josemaría en un rato de conversación familiar, en 1969. <strong>El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso&#8230;. Por El, con El, en El, para El y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva .</strong></p>
<p><strong>Fraternidad sacerdotal</strong></p>
<p>Amando a todas las almas sin excepción, San Josemaría reservaba un amor de predilección a sus hermanos los sacerdotes. Ya he aludido a su gozo cuando podía reunirse con ellos, para aprender de su entrega -tantas veces heroica- y para transmitirles al mismo tiempo algo de su experiencia personal. Pero no puedo dejar de recordar sus desvelos concretos por los presbíteros, especialmente durante los años que residió en España. En la década de los 40, por ejemplo, a petición de los Obispos diocesanos, predicó muchos cursos de retiro al clero, que se encontraba necesitado de ayuda espiritual después de la terríble prueba de la persecución religiosa de los años anteriores. San Josemaría se dio de lleno a esa tarea, y llegó a atender, a veces, a más de mil presbíteros en un solo año.</p>
<p>Hasta el final de su vida, alimentó una petición urgente al Señor, para que Dios enviase a la Iglesia muchas vocaciones sacerdotales. Personalmente, preparó y encaminó a los seminarios a un gran número de jóvenes con inquietudes vocacionales hacia el sacerdocio. E impulsaba a los fieles laicos a rezar con insistencia al Dueño de la mies, para que mande muchos obreros a su campo (cfr. Mt 9, 37-38). Para San Josemaría, el pulso de la vitalidad sobrenatural de una Diócesis viene medido por el número de vocaciones sacerdotales, de las que los primeros responsables son los mismos sacerdotes.</p>
<p>¡Cómo le entristecía encontrarse con alguno que se había despreocupado de esta labor! Porque ese descuido constituye una señal clara de que el mismo sacerdote no está contento con su llamada. Viene a mi memoria su respuesta inmediata a una pregunta sobre las causas de la escasez de vocaciones para los seminarios: <strong>Quizá la primera razón sea que muchas veces los sacerdotes no valoramos bien el tesoro que tenemos en las manos y, por eso, no encendemos en el deseo de poseer este tesoro a la gente joven. Los seminarios estarían llenos, si nosotros amáramos más nuestro sacerdocio .</strong></p>
<p>Su preocupación por la santidad del clero procedía de mucho tiempo atrás. Tenía muy claro que el primer apostolado de los sacerdotes han de ser los mismos sacerdotes: no dejarles solos en sus penas, compartir sus alegrías, animarles en la dificultad, fortalecerlos en los momentos de duda&#8230; Conservó grabadas a fuego en su alma aquellas palabras de la Escritura Santa: <em>frater, qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma </em>(Prv 18, 19), el hermano ayudado por sus hermanos es fuerte como ciudad amurallada.</p>
<p>Tan intensamente crecía su afán de ayudar a sus hermanos en el sacerdocio, que en 1950, cuando el Opus Dei había recibido ya la aprobación definitiva de la Santa Sede, pensó dedicarse de lleno a los sacerdotes diocesanos. Cuando ya había ofrecido al Señor el sacrificio de Abrahán -pues estaba decidido a dejar la Obra, si hubiera sido necesario-, el Cielo le mostró que no era preciso ese sacrificio. En el espíritu del Opus Dei, que enseña a los cristianos a santificarse en medio del mundo, cada uno en la propia ocupación o tarea, también había el mismo lugar de encuentro con Dios para los sacerdotes diocesanos; bastaba que, en plena comunión con su propio Ordinario y con el presbiterio de la Diócesis, buscasen la santidad en el ejercicio de los deberes ministeriales, tratando con especial veneración al Obispo diocesano, unidos entrañablemente a sus hermanos en el sacerdocio. Las puertas de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a la que pertenecían ya los clérigos incardinados en el Opus Dei, se ensanchaban para dar acogida a los sacerdotes diocesanos que recibiesen esta especifica llamada divina.</p>
<p>Hoy, en estas tierras de La Rioja, donde la labor del Opus Dei se encuentra perfectamente integrada en la Diócesis desde hace muchos años, elevo mi corazón agradecido a la Trinidad Beatísima por los copiosos frutos que también la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ha producido y sigue produciendo, en servicio de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares. Todo es fruto de la gracia que Dios nos otorga por medio de su Santísima Madre; gracia a la que San Josemaría correspondió plenamente hace ochenta y cinco años, cuando -precisamente en Logroño- recibió la llamada al sacerdocio.</p>
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		<title>Las huellas de un santo del seminario de Logroño</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Jan 2010 22:16:31 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño y el Prelado del Opus Dei intervinieron en un acto celebrado en el seminario de Logroño. En esta ciudad, san Josemaría vio su llamada y dio sus primeros para el sacerdocio. Mons. Búa y Mons. Echevarría, en el seminario de Logroño. El Seminario Diocesano de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">El obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño y el Prelado del Opus Dei intervinieron en un acto celebrado en el seminario de Logroño. En esta ciudad, san Josemaría vio su llamada y dio sus primeros para el sacerdocio.</h2>
<div><img src="http://www.opusdei.es/image/Logrogno4.jpg" alt="Opus Dei - Mons. Búa y Mons. Echevarría, en el seminario de Logroño." width="200" height="149" /></p>
<div>Mons. Búa y Mons. Echevarría, en el seminario de Logroño.</div>
</div>
<p>El Seminario Diocesano de Logroño acogió el pasado sábado un acto académico sobre la figura sacerdotal de san Josemaría. En esta ciudad vio el fundador del Opus Dei su llamada al sacerdocio -a raíz de las huellas en la nieve que dejaba un religioso- y en su seminario se formó entre 1918 y 1920.</p>
<p>Este acto, organizado por la Diócesis, estuvo presidido por el obispo Mons. Ramón Búa. Intervinieron además Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei; y José Luis Illanes, profesor ordinario de Teología de la Universidad de Navarra.</p>
<p>Mons. Ramón Búa destacó la importancia que tiene para la historia del seminario riojano “las huellas, los vestigios de santidad que quedaron impresas en nuestra ciudad por el paso del santo recientemente canonizado por la Iglesia”. “Es un santo nuestro, un santo que tenemos que hacer cosa nuestra, propuesto como modelo cercano”</p>
<p>También destacó la “cercanía que el Opus Dei tiene con todos nosotros facilitando ayuda espiritual a tantos sacerdotes y seglares de nuestra diócesis. A tantos que quieren responder a ese carisma de la santidad en lo ordinario”.</p>
<p>La segunda intervención correspondió a D. José Luis Illanes que desde una perspectiva histórica destacó la importancia que tuvieron para San Josemaría sus años de adolescente en Logroño. “Desde una perspectiva cronológica, en los años de Logroño, se consolidó su personalidad, pasando desde la adolescencia a la juventud. Fueron los años en que Dios, sirviéndose del frío de una mañana de invierno, se introdujo con gesto señorial en su existencia, haciéndole barruntar una misión”.</p>
<p>El profesor Illanes recordó muchos pequeños sucesos y acontecimientos familiares que sirvieron de contexto para enmarcar la importancia que tuvo lo ordinario en la vida del santo durante esos años. Terminó su intervención remarcando que “los años de Logroño, constituyen, con plena verdad una encrucijada –e incluso la encrucijada decisiva- en la vida de San Josemaría. Fue entonces Dios quién comenzó a marcarle un rumbo del que no debía apartarse en lo sucesivo. Y del que, de hecho, no se apartó jamás”.</p>
<div><img src="http://www.opusdei.es/image/Logrogno3.jpg" alt="Opus Dei - Intervención del Prelado del Opus Dei." width="200" height="136" /></p>
<div>Intervención del Prelado del Opus Dei.</div>
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<p><strong>Virtudes sacerdotales</strong><br />
Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, aludiendo a la predicación de San Josemaría sobre el sacerdocio, quiso hacer en su intervención un recorrido por los aspectos más relevantes de la identidad del sacerdote: la santidad sacerdotal como don y tarea, las virtudes humanas, el fundamento de la humildad, la caridad pastoral y la fraternidad sacerdotal.</p>
<p>“San Josemaría –señaló– quiso identificarse con Cristo, ser el mismo Cristo, en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en toda su existencia. De ahí su vida de oración, su celebración pausada de la Misa, su ‘necesidad’ de permanecer largos ratos junto al Sagrario; y, al mismo tiempo, su urgencia por buscar a las almas para conducirlas, en Cristo, por caminos de santidad”.</p>
<p>Al destacar la caridad pastoral como una de las virtudes importantes para el sacerdote señaló como ejemplo a “San Josemaría, en sus andanzas por los barrios extremos del Madrid de los años 20 y 30, en perenne contacto con la pobreza y la enfermedad, atendiendo a los moribundos, confortando a los enfermos, ilustrando a los niños y a los adultos con la doctrina cristiana. Así gastó su existencia hasta la última jornada: siempre pendiente de los demás, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos: rezaba y se sacrificaba gustosamente por todas las almas, sin excepción”.<a><br />
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