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movimiento Opus Dei Tagged Cardenal Albino Luciani, castidad consagrada, espiritualidad, gente de la calle, llamada específica, santidad y apostolado, Unicuique suum Comentarios desactivadosUn capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori
Veamos qué hacen entonces estos hombres, estas mujeres -de cualquier nacionalidad, edad y condición social-, cuando descubren que la «llamada específica» a vivir en serio la «vocación cristiana» pasa a través de la adhesión al «método Opus Dei».
Para emprender el camino, lo único que necesitan estos hombres y mujeres es creer en la «visión» que tuvo el joven sacerdote español mientras realizaba sus ejercicios espirituales. En esa perspectiva de fe, emprender ese camino significa entrar a formar parte de un «proyecto» querido por Dios mismo. Para continuar adelante por ese camino cuentan, como veremos, con la ayuda eficaz de esa especie de «agencia de servicios espirituales» que es la Prelatura.
No recuerdo bien si fue Hugo von Hoffmannstahl, el poeta y dramaturgo austriaco, quien dijo: «el hombre de hoy parece capaz de entenderlo todo; todo, salvo lo que es demasiado sencillo».
Debo reconocer que yo mismo, «hombre de hoy», al comienzo de esta investigación no lo había entendido bien. Y cuando creí haberlo comprendido, me di cuenta de que probablemente, la razón de tantos equívocos estaba precisamente ahí: era -y es- demasiado sencillo.
Veamos si consigo que ustedes también lo entiendan, procediendo paso a paso y razonando en términos esquemáticos y elementales (lo cual servirá para confirmarme que he entendido bien).
El asunto es el siguiente: centenares de millones de personas (unos novecientos, según las estadísticas más actualizadas) han recibido el bautismo en la Iglesia Católica y forman parte objetivamente de ella. Es la comunidad religiosa más numerosa en absoluto: los católicos no sólo son casi el doble de todos los protestantes juntos, sino que superan también -aunque las proyecciones estadísticas parecen ir en su contra, a causa de su inflexión demográfica- a la suma de los musulmanes sunníes y chiles, y también a los indúes. Es al mismo tiempo la única comunidad presente prácticamente en todas las partes del mundo, aunque con distinta intensidad; al inicio de los años 90, parece que los únicos países sin católicos -salvo los transeúntes- eran Bahrain, Omán, las Islas Maldivas y Groenlandia.
En esa enorme masa, es bien sabido que no todos sacan provecho de ese «signo» sacramental, de esa «marca» indeleble de pertenencia que es el bautismo. Es más, muchos no lo aprecian o incluso lo rechazan. Otra parte -que quizá sea hoy la más numerosa- ni protesta ni se entusiasma: cree no tener tiempo ni posibilidades para tomar partido. Se comportan con indiferencia, y se limitan a acudir a la Iglesia para que les preste algún «servicio» -no se sabe si por convicción, por tradición o por superstición- con ocasión de los hitos fundamentales en la vida del hombre: el matrimonio, el bautizo de los hijos y los funerales, y en algunos casos la pintoresca Misa del Gallo (que «da ambiente de Navidad» y que «gusta tanto a los niños y nos recuerda cuando éramos niños») .
Pero entre esos centenares de millones, hay un buen grupo de cristianos para los que el bautismo no es algo irrelevante, sino que representa de veras lo que el Catecismo dice: estar insertado en ese «Cuerpo de Cristo» que -como afirmó San Pablo y desarrolló después la teología- es la Iglesia; significa entrar a formar parte de un «pueblo de Dios» que cree haber sido redimido en la cruz del Gólgota y llamado a la resurrección para la vida eterna; y por el que se reciben los derechos y se asumen los deberes del cristiano. Personas así, movidas por el deseo de ser consecuentes con su fe, han existido en todas las épocas, y tampoco faltan en la nuestra, piensen lo que piensen quienes no conocen por experiencia directa este <pueblo secreto».
A estas personas (y a través de ellas, a los indiferentes e incluso a los hostiles), don Josemaría anunció tenazmente desde finales de los años veinte (usaré mis propias palabras para expresar -si no he entendido mal- el núcleo de su predicación): «Dios mismo decidió que entendiera -aunque no sabría deciros por qué fui elegido precisamente yo; en cualquier caso, os aseguro que “vi” de verdad, y que estoy obligado a hablaros de ello- que ha llegado la hora de acabar con un cristianismo de primera y otro de segunda categoría. Por un lado, unos pocos “profesionales del evangelio” (curas, frailes, monjas, monjes e incluso algún que otro laico, pero “especial”, de algún modo “consagrado”; y por el otro, la inmensa mayoría de amateurs del cristianismo, los de la liga de segunda división: los “simples” laicos, los fieles “corrientes”; es decir, vosotros. No: el evangelio, todo el evangelio, es para todos. Dios pide a todos que sean santos, que vivan el evangelio en su integridad. Ya sé que “santo” es una palabra ,que os asusta, porque ha estado demasiado ligada a los que salen en los calendarios y a los que son canonizados en San Pedro: es decir, a personas y a empresas extraordinarias, que consideráis fuera de vuestro alcance. Pero no es así, no puede serlo: os aseguro que el Dios de Jesucristo pide a cada cristiano que sea “perfecto”, lo cual debe ser posible -con su gracia- para todos. De lo contrario, ¿por qué nos lo pediría? ¿Por qué los evangelios harían decir a Jesús, dirigiéndose a todos, sin excepción: “sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto”?».
Sigue hablando Escrivá: «además de “santo”, cada uno de nosotros ha de ser “apóstol”. Es decir, la invitación expresa a la esperanza cristiana, el anuncio a los hermanos y hermanas de ese evangelio que debemos esforzanos en vivir en su integridad, no es algo exclusivo para los “misioneros”, para los “predicadores”, para esos peculiares “profesionales de la fe” que antes mencionábamos. La búsqueda de la santidad (que es un presupuesto indispensable: nadie puede dar lo que no tiene) conduce necesariamente, como una exigencia espontánea, al deber de comunicar a los demás el secreto de esa alegría que experimentáis, si os convencéis en serio de que Dios es padre de todos y de que cada uno de nosotros es amado, y debe responder al amor con amor».
«Muy edificante»: era la respuesta habitual dentro de la Iglesia a esa llamada universal a la santidad, sobre todo en los decenios anteriores al Concilio Vaticano II. Fue esa asamblea conciliar la que hizo familiar -gracias también al mensaje difundido durante treinta años por el fundador del Opus Dei, aunque muchos parecen haberlo olvidado- conceptos por los que don Josemaría había sido tomado por loco, por fanático o por utópico, cuando no por hereje. (No faltaron denuncias en este sentido, con las consiguientes investigaciones eclesiásticas, suspicacias y obstáculos frecuentes y no de poca monta). «Muy bonito y edificante, pero ¿cómo llevarlo a la práctica? Santidad y apostolado, al menos en sentido “pleno”, no pueden ser para todos, porque la


