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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Veamos qué hacen entonces estos hombres, estas mujeres -de cualquier nacionalidad, edad y condición social-, cuando descubren que la «llamada específica» a vivir en serio la «vocación cristiana» pasa a través de la adhesión al «método Opus Dei».

Para emprender el camino, lo único que necesitan estos hombres y mujeres es creer en la «visión» que tuvo el joven sacerdote español mientras realizaba sus ejercicios espirituales. En esa perspectiva de fe, emprender ese camino significa entrar a formar parte de un «proyecto» querido por Dios mismo. Para continuar adelante por ese camino cuentan, como veremos, con la ayuda eficaz de esa especie de «agencia de servicios espirituales» que es la Prelatura.

No recuerdo bien si fue Hugo von Hoffmannstahl, el poeta y dramaturgo austriaco, quien dijo: «el hombre de hoy parece capaz de entenderlo todo; todo, salvo lo que es demasiado sencillo».

Debo reconocer que yo mismo, «hombre de hoy», al comienzo de esta investigación no lo había entendido bien. Y cuando creí haberlo comprendido, me di cuenta de que probablemente, la razón de tantos equívocos estaba precisamente ahí: era -y es- demasiado sencillo.

Veamos si consigo que ustedes también lo entiendan, procediendo paso a paso y razonando en términos esquemáticos y elementales (lo cual servirá para confirmarme que he entendido bien).

El asunto es el siguiente: centenares de millones de personas (unos novecientos, según las estadísticas más actualizadas) han recibido el bautismo en la Iglesia Católica y forman parte objetivamente de ella. Es la comunidad religiosa más numerosa en absoluto: los católicos no sólo son casi el doble de todos los protestantes juntos, sino que superan también -aunque las proyecciones estadísticas parecen ir en su contra, a causa de su inflexión demográfica- a la suma de los musulmanes sunníes y chiles, y también a los indúes. Es al mismo tiempo la única comunidad presente prácticamente en todas las partes del mundo, aunque con distinta intensidad; al inicio de los años 90, parece que los únicos países sin católicos -salvo los transeúntes- eran Bahrain, Omán, las Islas Maldivas y Groenlandia.

En esa enorme masa, es bien sabido que no todos sacan provecho de ese «signo» sacramental, de esa «marca» indeleble de pertenencia que es el bautismo. Es más, muchos no lo aprecian o incluso lo rechazan. Otra parte -que quizá sea hoy la más numerosa- ni protesta ni se entusiasma: cree no tener tiempo ni posibilidades para tomar partido. Se comportan con indiferencia, y se limitan a acudir a la Iglesia para que les preste algún «servicio» -no se sabe si por convicción, por tradición o por superstición- con ocasión de los hitos fundamentales en la vida del hombre: el matrimonio, el bautizo de los hijos y los funerales, y en algunos casos la pintoresca Misa del Gallo (que «da ambiente de Navidad» y que «gusta tanto a los niños y nos recuerda cuando éramos niños») .

Pero entre esos centenares de millones, hay un buen grupo de cristianos para los que el bautismo no es algo irrelevante, sino que representa de veras lo que el Catecismo dice: estar insertado en ese «Cuerpo de Cristo» que -como afirmó San Pablo y desarrolló después la teología- es la Iglesia; significa entrar a formar parte de un «pueblo de Dios» que cree haber sido redimido en la cruz del Gólgota y llamado a la resurrección para la vida eterna; y por el que se reciben los derechos y se asumen los deberes del cristiano. Personas así, movidas por el deseo de ser consecuentes con su fe, han existido en todas las épocas, y tampoco faltan en la nuestra, piensen lo que piensen quienes no conocen por experiencia directa este <pueblo secreto».

A estas personas (y a través de ellas, a los indiferentes e incluso a los hostiles), don Josemaría anunció tenazmente desde finales de los años veinte (usaré mis propias palabras para expresar -si no he entendido mal- el núcleo de su predicación): «Dios mismo decidió que entendiera -aunque no sabría deciros por qué fui elegido precisamente yo; en cualquier caso, os aseguro que “vi” de verdad, y que estoy obligado a hablaros de ello- que ha llegado la hora de acabar con un cristianismo de primera y otro de segunda categoría. Por un lado, unos pocos “profesionales del evangelio” (curas, frailes, monjas, monjes e incluso algún que otro laico, pero “especial”, de algún modo “consagrado”; y por el otro, la inmensa mayoría de amateurs del cristianismo, los de la liga de segunda división: los “simples” laicos, los fieles “corrientes”; es decir, vosotros. No: el evangelio, todo el evangelio, es para todos. Dios pide a todos que sean santos, que vivan el evangelio en su integridad. Ya sé que “santo” es una palabra ,que os asusta, porque ha estado demasiado ligada a los que salen en los calendarios y a los que son canonizados en San Pedro: es decir, a personas y a empresas extraordinarias, que consideráis fuera de vuestro alcance. Pero no es así, no puede serlo: os aseguro que el Dios de Jesucristo pide a cada cristiano que sea “perfecto”, lo cual debe ser posible -con su gracia- para todos. De lo contrario, ¿por qué nos lo pediría? ¿Por qué los evangelios harían decir a Jesús, dirigiéndose a todos, sin excepción: “sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto”?».

Sigue hablando Escrivá: «además de “santo”, cada uno de nosotros ha de ser “apóstol”. Es decir, la invitación expresa a la esperanza cristiana, el anuncio a los hermanos y hermanas de ese evangelio que debemos esforzanos en vivir en su integridad, no es algo exclusivo para los “misioneros”, para los “predicadores”, para esos peculiares “profesionales de la fe” que antes mencionábamos. La búsqueda de la santidad (que es un presupuesto indispensable: nadie puede dar lo que no tiene) conduce necesariamente, como una exigencia espontánea, al deber de comunicar a los demás el secreto de esa alegría que experimentáis, si os convencéis en serio de que Dios es padre de todos y de que cada uno de nosotros es amado, y debe responder al amor con amor».

«Muy edificante»: era la respuesta habitual dentro de la Iglesia a esa llamada universal a la santidad, sobre todo en los decenios anteriores al Concilio Vaticano II. Fue esa asamblea conciliar la que hizo familiar -gracias también al mensaje difundido durante treinta años por el fundador del Opus Dei, aunque muchos parecen haberlo olvidado- conceptos por los que don Josemaría había sido tomado por loco, por fanático o por utópico, cuando no por hereje. (No faltaron denuncias en este sentido, con las consiguientes investigaciones eclesiásticas, suspicacias y obstáculos frecuentes y no de poca monta). «Muy bonito y edificante, pero ¿cómo llevarlo a la práctica? Santidad y apostolado, al menos en sentido “pleno”, no pueden ser para todos, porque la

Así le vieron

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Un libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Buscando a Dios en el trabajo ordinario, de Cardenal Albino Luciani (Patriarca de Venecia)

Una amistad de 43 años, de Mons. Pedro Altabella. Canónigo de San Pedro de Roma. Doctor en Teología y Derecho Canónico.

Amigo de la libertad, de Manuel Aznar, Periodista

Un viraje de espiritualidad, del Cardenal Sebastiano Baggio, Prefecto de la S. congregación para los Obispos

Imitando a Monseñor Escrivá he aprendido de nuevo a creer, de Peter Berglar, Profesor Ordinario de Historia Moderna De la Universidad de Colonia

Un santo de nuestro tiempo, de Félix Carmona Moreno, O. S. A.

Un hombre de fe, de Mons. Laureano Castán Lacoma, Obispo de Sigüenza (Guadalajara)

Ese “siervo de Dios”, tan delicadamente Padre, de Cesare Cavalleri, Director de la revista «Studi Cattolici» y crítico literario

Un trabajador de Dios, de Juan de Contreras y López de Ayala, Marqués de Lozoya

Monseñor Escrivá, peregrino de Fátima, de Mons. Alberto Cosme do Amaral, Obispo de Leiria

Un hombre que sabía querer, de Álvaro Domecq, Rejoneador y ganadero

Actitud eclesial del mensaje de Josemaría Escrivá, de P. Ambrogio Eszer, O. P. Relator General de la Congregación para las Causas de los Santos

Un maestro de la libertad cristiana, de Cornelio Fabro. Profesor Ordinario de Filosofia
en la Pontificia Universidad Lateranense y en la Universidad de Perugia

La llamada universal a la santidad, de Antonio Fontán. Catedrático de Filosofía Latina de la Universidad Complutense

El Padre en mi vida, de Ángel Galíndez, Ingeniero Agrónomo. Presidente del Consejo de Administración del Banco de Vizcaya

Mi encuentro con Monseñor Escrivá de Balaguer, de Víctor García Hoz. Catedrático de Pedagogía en la Universidad Complutense de Madrid

El secreto de una vida santa, de Manuel Garrido Bonaño, O. S. B. Profesor de Liturgia en la Facultad de Teología del Norte de España

El Padre Escrivá, de José A. Giménez–Arnáu, Embajador de España

¿Cuál sería su secreto?, de Cardenal Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo Primado de España

Creo que conocí a un santo, de Mons. William Gordon Wheeler, Obispo de Leeds

Un guía espiritual para nuestro tiempo, de Tatiana Goritscheva, Periodista y escritora rusa

Un apóstol de la amistad, Mons. Franz Hengsbach, Obispo de Essen

Corazón universal, de Juan Hervás, Obispo dimisionario de Ciudad Real

Un proyecto de renovación en el corazón del mundo contemporáneo, de Cardenal Franz Konig, Arzobispo de Viena

Recuerdos de una amistad, de Mons. Fray José López Ortiz, Arzobispo titular de Grado. Vicario General Castrense Emérito

Homenaje al Fundador del Opus Dei, del Cardenal Humberto Medeiros, Arzobispo de Boston

Un venerable siervo de Dios, de Mons. Jorge Medina Estévez, Obispo de Rancagua

La amistad que nos unió para siempre, del Cardenal Miguel Darío Miranda, Arzobispo Primado Emérito de México

Recuerdos de un corresponsal, de Eugenio Montes, De la Real Academia Española

Hablaba de lo que él mismo vivía, de Santos Moro Briz, Obispo dimisionario de Ávila

La enseñanza que tuve la suerte de recibir, de Covadonga O’Shea, Periodista. Directora de la revista «Telva»

Mi experiencia, de José Luis Olaizola, Escritor

Monseñor Escrivá de Balaguer y la Universidad, de Paul Ourliac, Miembro del Instituto de Francia

Las preguntas y respuesta de Pozoalbero, de José María Pemán, Escritor. Miembro de la Real Academia Española

Mis encuentros con su personalidad y su obra, de Mons. Johannes Pohlschneider, Obispo de Aquisgrán

Un santo de la vida corriente, de Cardenal Ugo Poletti, Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana. Vicario General del Papa para la diócesis de Roma

En el aniversario de la muerte del Fundador de la Obra, de Cardenal Paul Poupard, Presidente del Consejo Pontificio de Cultura

Un recuerdo personal, de Eduardo Poveda, Obispo de Zamora

Monseñor Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, de Mons. Antonio Quarracino, Obispo de Avellaneda. Secretario General del Celam

Mi testimonio sobre Monseñor Escrivá de Balaguer, de Silvestre Sancho Morales O.P. Rector de la Universidad Santo Tomás en Manila

Su amor a la virtud de la pobreza, de Cardenal Jaime Sin, Arzobispo de Manila

Evangelio y Vaticano II en el espíritu de Josemaría Escrivá de Balaguer, del Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid. Presidente de la Conferencia Episcopal Española

Una trayectoria espiritual, de Mons. Adolfo S. Tortolo, Arzobispo de Paraná. Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

La muerte de un gran aragonés, de José María Zaldívar, periodista

Una vida, un camino y una herencia, de Eduardo Zaragüeta, O. S. A.

Artículo del cardenal Albino Luciani

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“Buscar a Dios en el trabajo cotidiano”. Artículo del Cardenal Albino Luciani. (“Gazzettino di Venezia”, 25-VII-1978). El Cardenal Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, escribe sobre el espíritu que difundió san Josemaría: santificar el trabajo, responder a la llamada universal a la santidad de todo cristiano.

Gazzettino di Venezia, 25-VII-1978

En 1941 el español Víctor García Hoz, después de confesarse, escuchó que le decían: “Dios te llama por caminos, de contemplación”. Se quedó pasmado. Siempre había escuchado decir que la “contemplación” era una cosa para santos encaminados a la vida mística, cumbre asequible sólo a unos pocos elegidos, gente en la mayoría de los casos retirada del mundo. “Yo, en cambio —escribe Hoz— en aquellos años estaba casado, con dos o tres hijos entonces y esperando, como ocurrió en realidad, la llegada de más hijos, teniendo que trabajar para sacar adelante la familia”.

¿Quién era entonces aquel confesor revolucionario, que dejaba de lado las barreras tradicionales, señalando metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, un sacerdote español fallecido en Roma en 1975 a los setenta y tres años. Conocido sobre todo por ser el fundador del Opus Dei, asociación difundida en todo el mundo de la cual los diarios se ocuparon a menudo, pero con muchas imprecisiones. ¿Qué hacen realmente, quiénes son, los miembros del Opus Dei? El mismo fundador lo ha dicho: ‘Somos —ha declarado en 1967— un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión, un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas, que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares”.

En palabras más modestas las “realidades más vulgares” el trabajo que nos toca hacer cada día; los “brillos divinos que reverberan” son la vida santa que hemos de sacar adelante. Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, decía continuamente: “Cristo no nos pide un poco de bondad, sino mucha bondad. Pero quiere que lleguemos a ella no a través de acciones extraordinarias, sino con acciones comunes, aunque el modo de ejecutar tales acciones no debe ser común”.

Allí nel bel mezzo della strada, en la oficina, en la fábrica, nos hacemos santos a poco que hagamos el propio deber con competencia, por amor de Dios, y alegremente, de manera que el trabajo cotidiano se convierta no en una “tragedia cotidiana”, sino en la “sonrisa cotidiana”.

Cosas parecidas había enseñado más de trescientos años atrás San Francisco de Sales. Desde el púlpito un predicador había quemado públicamente el libro en el cual el santo explicaba que, con ciertas condiciones, el baile podía ser lícito y, hasta contenía un capítulo entero dedicado a “la honestidad del lecho matrimonial”. Escrivá de Balaguer supera en muchos aspectos a Francisco de Sales. Este, también propugna la santidad para todos, pero parece enseñar solamente una “espiritualidad de los laicos” mientras Escrivá quiere una “espiritualidad laical”. Es decir, Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios practicados por los religiosos con las adaptaciones oportunas. Escrivá es más radical: habla directamente de “materializar” —en buen sentido— la santificación. Para él, es el mismo trabajo material, lo que debe transformarse en oración y santidad.

El legendario Barón de Münchausen narraba la leyenda de una liebre monstruosa, que tenía dos series de patas: cuatro debajo del vientre, cuatro sobre la espalda. Perseguidos por los cazadores, y sintiéndose casi alcanzado, se daba vuelta, continuando la carrera con las patas frescas. Para el fundador del Opus Dei es monstruosa la vida de los cristianos que desean una doble serie de acciones: una hecha de oraciones a Dios, la otra de trabajo, de diversiones, de vida familiar para sí mismos. No, dice Escrivá, la vida es única, debe ser santificada por entero. Por eso habla de espiritualidad “materializada”.

Y habla también de un justo y necesario “anticlericalismo” en el sentido de que los laicos no deben apropiarse de los métodos y oficios de los sacerdotes y de los frailes, y viceversa. Creo que él había heredado este “anticlericalismo” de sus progenitores, especialmente de su padre, un caballero a toda prueba, trabajador, cristiano ferviente, enamoradísimo de su mujer y siempre sonriente. “Lo recuerdo siempre sereno —escribió su hijo— a él le debo la vocación… Por eso soy “paternalista”. Otro impulso “anticlerical” le vino probablemente de las investigaciones hechas para su tesis doctoral en derecho canónico sobre el monasterio femenino cisterciense de Las Huelgas, cerca de Burgos. Allí, la abadesa era al mismo tiempo señora, superiora, prelado, gobernador temporal del monasterio, del hospital, de los conventos, iglesias y aldeas dependientes con jurisdicción y poderes reales y cuasi episcopales. Un monstrum también por los múltiples encargos contrapuestos y sobrepuestos. Así acumulados, estos trabajos no eran adecuados para hacer —como quería Escrivá— trabajos de Dios. Porque —decía— ¿como puede ser un trabajo “de Dios” si está mal hecho, de prisa y sin competencia? Un albañil, un arquitecto, un médico, un profesor, ¿cómo puede ser santo si no es también, en lo que de él depende, un buen albañil, un buen arquitecto, un buen médico, un buen profesor? En la misma línea escribía Gilson en 1949: “Nos dicen que ha sido la fe la que construyó las catedrales en la Edad Media; de acuerdo… pero también la geometría tiene su parte”. Fe y geometría, fe y trabajo hecho con competencia para Escrivá caminan tomados del brazo: son las dos alas de la santidad.

Francisco de Sales confió sus teorías a los libros. Escrivá hizo otro tanto pero utilizando sólo fragmentos de tiempo. Si le venia de improviso una idea o frase significativa, sin interrumpir la conversación, sacaba del bolsillo una pequeña agenda y escribía rápidamente una palabra, media línea, que más tarde utilizaría para el libro.

A la propagación de su gran proyecto de espiritualidad, además de sus muy difundidos libros, dedicó una actividad tenacísima y organizó la asociación Opus Dei. “Dad un clavo a un aragonés —dice el proverbio— y lo clavará con su cabeza”. Pues bien “yo soy aragonés —escribió— es necesario ser tenaces”. No perdía un minuto de tiempo. En España, antes, durante y después de la Guerra Civil, pasaba de las lecciones dadas a los universitarios a cocinar, a limpiar los pisos, a hacer las camas, a atender a los enfermos. “Yo tengo sobre mi conciencia —y con orgullo lo digo— el haber dedicado muchos, muchos millares de horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que empezar limpiándoles la nariz antes de limpiarles un poco aquellas pobres almas”. Así ha escrito, demostrando que “la sonrisa diaria” la vivía de verdad. Ha escrito también “me iba a la cama muerto de cansancio. Al levantarme, todavía cansado, por la mañana, me decía: ‘Josemaria, antes de almorzar dormirás un poco’. Y cuando salía a la calle, añadía contemplando el panorama de trabajo que se me echaba encima aquel día: ‘Josemaría te he engañado otra vez’ “.

Pero su gran trabajo, fue fundar y continuar el Opus Dei. El nombre vino por casualidad. “Es necesario trabajar duro: ésta es una obra de Dios”, le dijo uno. “Este es el nombre justo —pensó—, obra no mía, sino de Dios, Opus Dei”. Esta obra creció bajo sus ojos hasta extenderse a todos los continentes: empezó entonces el trabajo de sus viajes intercontinentales para las nuevas fundaciones y para las conferencias. La extensión, el número y la calidad de los miembros del Opus Dei han hecho pensar en alguna mira de poder, en la férrea obediencia de los gregarios. Lo contrario es lo verdadero: existe sólo el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y con gran libertad.

“Somos ecuménicos Santo Padre, pero no hemos aprendido el ecumenismo de su Santidad”, se permitió un día decir Escrivá al Papa Juan. Este sonrió: sabía que desde 1950 el Opus Dei tenía el permiso de Pío XII de recibir, como cooperadores asociados a los no católicos y a los no cristianos.

Escrivá fumaba siendo estudiante. Al ingresar al seminario, le regaló las pipas y el tabaco al portero y no fumó nunca más. Pero el día en que fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei dijo: “Yo no fumo; vosotros tres tampoco; —y dirigiéndose a Don Álvaro— tienes que fumar tú, porque, si no, vuestros hermanos podrían pensar que no está bien el tabaco, y quiero que los demás no se sientan coaccionados en esto y fumen si les da la gana”. Sucede alguna vez que alguno de los miembros —a quienes el Opus Dei únicamente ayuda a tomar responsablemente opciones libres— asciende a algún cargo importante, Esto es asunto suyo, no del Opus Dei. Cuando en 1957 una alta personalidad envió a Escrivá sus felicitaciones porque un socio habla sido nombrado ministro en España, obtuvo esta respuesta más bien seca: “Qué me importa a mí que sea ministro o barrendero? Lo que me importa es que se santifique con su trabajo”.

En esta respuesta está todo Escrivá y el espíritu del Opus Dei: que uno se santifique con su trabajo; aunque sea de ministro.., si ha sido puesto en ese cargo, que se santifique de verdad. El resto importa poco.

Buscando a Dios en el trabajo ordinario

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Testimonio de Cardenal Albino Luciani, Patriarca de Venecia
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

En 1941, al español Víctor García Hoz le dijo el sacerdote des­pués de confesarse: «Dios le llama por los caminos de la contem­plación». Se quedó desconcertado. Siempre había oído que la «con­templación» era asunto de los santos destinados a la vida mística, y que solamente la lograban unos pocos elegidos, gente que, por lo demás, se apartaba del mundo. «En cambio, yo escribe García Hoz–, en aquellos años ya estaba casado, tenía dos o tres hijos y la esperanza –confirmada después– de tener más, y trabajaba para sacar adelante a mi familia.»

¿Quién era aquel confesor revolucionario, que se saltaba a cuer­po limpio las barreras tradicionales, proponiendo metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote español, fallecido en Roma en 1975,a los setenta y tres años. Es conocido, sobre todo, por ser el fundador del Opus Dei, asociación extendida por todo el mundo, de la que los periódicos se ocupan con frecuencia, pero con muchas imprecisiones. Lo que en realidad son y hacen los socios del Opus Dei lo ha dicho su mismo fundador:

«Somos -declaraba en 1967– un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo; una gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres – de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas – que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad, expe­rimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que rever­beran en las realidades más vulgares».

Con palabras más sencillas, las «realidades vulgares» son el tra­bajo que nos corresponde hacer todos los días; los «brillos divinos que reverberan» son la vida santa que hemos de llevar. Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, ha dicho constantemente: Cristo no quiere de nosotros solamente un poco de bondad, sino mucha bon­dad. Pero quiere que lo consigamos no a través de acciones extraor­dinarias, sino con acciones comunes; lo que no debe ser común es el modo de realizar esas acciones. En mitad de la calle, en la oficina, en la fábrica, nos hacemos santos, pero con la condición de cumplir el propio deber con competencia, por amor de Dios y alegremente, de modo que el trabajo diario no sea la «tragedia diaria», sino la «sonrisa diaria».

Cosas semejantes había enseñado San Francisco de Sales, hacía más de trescientos años. Desde el púlpito, un predicador había con­denado al fuego públicamente el libro en el que el santo explicaba que, con ciertas condiciones, el baile podía ser lícito, y que incluso contenía un capítulo entero dedicado a la «honestidad del lecho conyugal». Sin embargo, en algunos aspectos, Escrivá supera a Francisco de Sales. También éste proponía la santidad para todos, pero parece que enseña solamente una «espiritualidad de los lai­cos», mientras que Escrivá ofrece una «espiritualidad laical». Es decir, Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios utilizados por los religiosos, con las oportunas adaptaciones. Escri­vá es más radical: habla incluso de «materializar» – en el buen sentido – la santificación. Para él, lo que debe transformarse en oración y santidad es el trabajo material mismo.

El legendario barón de Múnchausen contaba la fábula de una liebre «monstruosa», dos grupos de patas: cuatro debajo de la tripa y cuatro sobre el lomo. Perseguida por los perros y sintiéndose casi alcanzada, se daba la vuelta y seguía corriendo con las patas de refresco. Para el fundador del Opus Dei, es un «monstruo» la vida de los cristianos que pretendiesen tener dos grupos de acciones:

Uno hecho de oraciones, para Dios; otro hecho de trabajo, diver­siones y vida familiar, para sí mismos. No –dice Escrivá–, la vida es única y hay que santificarla en su conjunto. Por eso se habla de espiritualidad «materializada».

Y habla también de un justo y necesario «anticlericalismo», en el sentido de que los laicos no deben robar métodos y funciones a los curas y a los frailes, ni viceversa. Creo que heredó este «an­ticlericalismo» de sus progenitores, y especialmente de su padre, un caballero sin tacha, trabajador infatigable, cristiano convencido, enamoradísimo de su mujer y siempre sonriente. «Lo recuerdo siempre sereno escribió su hijo; a él le debo la vocación…: por eso soy “paternalista”.» Otra pincelada «anticlerical» le viene pro bablemente de las investigaciones hechas para su tesis doctoral en derecho canónico, en el monasterio de las monjas cistercienses de Las Huelgas, cerca de Burgos. Allí, la abadesa había sido al mismo tiempo señora, superiora, prelado, gobernadora temporal del monasterio, del hospital, de los conventos, de las iglesias y de las villas dependientes, con jurisdicción y poderes reales y «quasi» epis­copales. Otro «monstruo», a causa de los múltiples oficios contra­puestos y superpuestos. Amasados así, estos trabajos no reunían condiciones para ser como pretendía Escrivá–, trabajos de Dios. Porque el trabajo decía–, ¿cómo puede ser «de Dios» si está mal hecho con prisas y sin competencia? ¿Cómo puede ser santo un albañil, un arquitecto, un médico, un profesor, si no es también, en la medida de sus posibilidades un buen albañil, un buen arqui­tecto, un buen médico o un buen profesor?. En la misma línea, había escrito Gilson en 1949: «Nos dicen que ha sido la fe la que ha cons­truido las catedrales en la Edad Media; de acuerdo… pero también la geometría». Fe y geometría, fe y trabajo realizado con compe­tencia. Para Escrivá van del brazo; son las dos alas de la santidad.

Francisco de Sales confió su teoría a los libros. Escrivá hizo lo mismo, utilizando retales de tiempo. Si se le ocurría una idea o una frase significativa, quizá mientras continuaba la conversación sacaba del bolsillo la agenda y escribía rápidamente una palabra. Media línea, que más tarde usaba para un libro. A propagar su gran empresa de espiritualidad dedicó una actividad intensísima, aparte de sus divulgadísimos libros, y organizó la asociación del Opus Dei. «Dad un clavo a un aragonés dice el refrán–y lo clavará con su cabeza.» Pues bien, «yo soy aragonés -escribió- y necesitamos ser tozudos». No perdía ni un minuto. Al principio, en España, durante y después de la guerra civil, pasaba de las clases a los uni­versitarios, a hacer la comida, a fregar suelos, a hacer las camas y a atender a los enfermos. «Tengo en mi conciencia –y lo digo con orgullo miles de horas dedicadas a confesar niños en los barrios pobres de Madrid. Venían con los mocos hasta la boca. Era necesario empezar por limpiarles la nariz, para limpiar después aquellas pobres almas.» Así ha escrito, demostrando que vivía de verdad «la sonrisa diaria». Y también: «Me iba a dormir muerto de cansancio. Cuando me levantaba por las mañanas, todavía can­sado, me decía: Josemaria, antes de comer te echarás un sueñecito”. En cambio, apenas salía a la calle, contemplando el panorama de los trabajos que me esperaban en aquella jornada, añadía: ‘Josemaría, te has vuelto a engañar”” ­

Sin embargo, su gran trabajo fue fundar y desarrollar el Opus Dei. El nombre llegó por casualidad. «Esto es una obra de Dios», le dijo uno. «He aquí el nombre exacto, pensó: la obra no es mía, sino de Dios. Opus Dei.» Vio crecer ante sus ojos esta obra hasta extenderse a todos los continentes: comenzó entonces el trabajo de sus viajes intercontinentales para las nuevas fundaciones y para dar conferencias. La extensión, el número y la calidad de los socios del Opus Dei ha hecho pensar en no se sabe qué intenciones de poder y de férrea obediencia de gregarios. La verdad es lo contrario, sólo existe el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y de gran libertad.

«Somos ecuménicos, Padre Santo, pero no hemos aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad», se atrevió a decir un día Escri­vá al Papa Juan XXIII. Este sonrió: sabía que, desde 1950, el Opus Dei tenía permiso de Pío XII para recibir como cooperadores a los no católicos y a los no cristianos.

Escrivá fumaba cuando era estudiante. Cuando entró en el semi­nario, regaló las pipas y el tabaco al portero y no volvió a fumar. Pero el día en que fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, dijo: «Yo no fumo, vosotros tres tampoco: Don Alva­ro, es necesario que empieces a fumar tú…; deseo que los demás no se sientan obligados, y que fumen, si les gusta». Ocurre a veces que un socio, a quien el Opus Dei solamente ayuda a tomar res­ponsablemente decisiones libres, también en política, ostenta un cargo importante. Eso es asunto suyo, no del Opus Dei. Cuando en 1957, una alta personalidad felicitó a Escrivá porque un socio había sido nombrado ministro en España recibió esta respuesta, más bien seca: «¿Qué me importa que sea ministro o barrendero? Lo que importa es que se santifique con su trabajo». En esta respuesta está todo el pensamiento de Escrivá y el espíritu del Opus Dei: que uno se santifique con su trabajo, aunque sea de ministro, si tiene ese puesto: que sea santo de verdad. Lo demás importa poco.

Articulo publicado en IL GAZZETTINO


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