Final de una etapa

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 18 de mayo de 1925, Josemaría regresa a Zaragoza. Poco después se examina en la Facultad de Derecho. En esta primera convocatoria se presenta a la asignatura de Derecho Civil, del segundo curso. Posteriormente podrá, con el permiso del Arzobispo, permanecer en la ciudad, en el piso de la calle de Rufas que ocupa su familia, para dar un avance definitivo a sus estudios de Licenciatura. Doña Dolores tiene la alegría, por fin, de poder disfrutar de su presencia aunque sea en cortos intervalos. Porque su actividad es incesante. Dará clases en el Instituto Amado, una academia especializada en la preparación para el ingreso en la Academia General Militar y otros estudios; actuará como capellán en la iglesia de San Pedro Nolasco; estudiará intensamente y aún conseguirá tiempo para ejercer un apostolado de catequesis entre los niños del barrio de Casablanca.. Le acompañará siempre un pequeño grupo de universitarios con los que ya ha establecido contacto.

Son momentos de renovada alegría familiar. Santiago está feliz con el hermano mayor en casa. Juega con él, le zarandea, leen juntos. Es posible verlos, a los dos, paseando en alguna tarde soleada por el Cabezo, junto a la colosal estatua de Alfonso I el Batallador. El mayor aprovecha la mole del basamento para divertir a Santiago: se esconde hasta que la soledad empieza a inquietar al pequeño, y le vuelve a proporcionar la alegría del encuentro.

Josemaría sigue repitiendo la frase que le hiciera enfrentarse, un día, con la llamada de Dios:

Ignem ven¡ mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur”!?: Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que arda?(18) No sólo la reza, sino que la canta. Y responde, como un eco, la alegría permanente de su entrega: “Ecce ego, quia vocasti me”: Aquí estoy, porque me has llamado.

Entre junio y septiembre de este año se examinará de ocho asignaturas de Derecho. Y le quedará pendiente sólo una, que concluirá en enero de 1927. Dentro de algunos años, con un largo intervalo que le impondrán las circunstancias, escribirá su Tesis Doctoral.

Tampoco abandona su labor pastoral. Don Agustín Callejas, cura párroco de un pueblecito de la provincia de Zaragoza y compañero de Josemaría en el Seminario, le recuerda un día de primavera, del año 1927, a bordo de un autobús; esta vez, acomodado en la baca del vehículo. Desde allá arriba le saluda jovialmente, y le comunica que va al pueblecito de Fombuena, para ayudar durante la Semana Santa a don Leandro Bertrán, párroco de Badules, que atiende también a los habitantes de aquella demarcación.

Algunos veranos acude a Fonz para hacer una corta visita a Mosén Teodoro Escrivá, hermano de su padre. Aquí ejerce sus funciones y celebra la Santa Misa en la parroquia o en la capilla de la Casa Moner que había sido del Obispo Cebruna, fundador de la Universidad de Zaragoza y de la que Mosén Teodoro era capellán.

Sin embargo, este primer itinerario sacerdotal de Josemaría toca a su fin. Lleva unos meses madurando el proyecto de establecer su residencia en Madrid. Sigue así las inspiraciones que Dios le dicta en su oración.

Doña Dolores siente otra vez la separación. Pero ha aprendido a respetar profundamente las decisiones de su hijo. Una secreta y honda confianza la hace abandonarse a este destino que también la envuelve. Desmonta su casa y sus enseres, empaqueta lo que va quedando de entrañable, y toma, con Carmen y Santiago, el camino de Fonz. Allí, en casa de Mosén Teodoro, permanecerá varios meses, hasta que Josemaría encuentre el modo de llevarlos a Madrid a compartir su vida.

Muchos años más tarde, Santiago contará que, desde el granero del Mosén, soñaba que el hermano mayor venía a llevárselos definitivamente del pequeño pueblo.

Críticas y relaciones con la Jerarquía

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La situación de Escrivá como capellán del antiguo Real Patronato de Santa Isabel permanecía incierta. Aunque había servido desde el verano de 1931, su nombramiento sólo era temporal. Durante el verano de 1934 la priora del convento supo que el rector pensaba jubilarse pronto. El puesto de rector conllevaba pocos deberes oficiales, ya que el capellán atendía a las monjas día por día. Y sin embargo el rector recibía un estipendio respetable y disponía del uso de una casa. Escrivá dudaba si solicitar el cargo, pero la priora lo hizo en su nombre. En diciembre de 1934 fue oficialmente nombrado Rector de Santa Isabel en un decreto firmado por el presidente de la República. Al mismo tiempo, se le concedió permiso de celebrar, confesar y predicar en Madrid hasta junio de 1936.

En Zaragoza, `su diócesis originaria, algunos juzgaron inadecuado que Escrivá aceptara un cargo conferido por el gobierno de la República. Cuando oyó rumores sobre este asunto escribió al obispo de Cuenca, pariente suyo, para pedirle que explicara al arzobispo de Zaragoza que él no había solicitado el puesto, que contaba con la aprobación del vicario general de Madrid y que estaba dispuesto a renunciar al cargo en el mismo instante en que el arzobispo de Zaragoza se lo indicara.

No era la primera vez que Escrivá recibía críticas. La apertura de la academia DYA creó malestar entre algunos presbíteros de Madrid, poco acostumbrados a ver a sacerdotes metidos en una actividad que no fuera oficialmente católica. Algunos hablaron de “secta apostólica”. Otros la llamaron “masonería blanca”: el hecho de que los estudiantes de DYA no hicieran alarde de su catolicismo ni llevaran etiquetas o insignias que les identificaran llevó a algunos a hablar de secretos. Otros, que habían oído algo del mensaje de Escrivá de que los laicos, hombres y mujeres, estaban llamados a la santidad y al apostolado, lo tomaron por loco.

Estos rumores permitieron a don Josemaría hablar en profundidad con el vicario general de la diócesis, don Francisco Moran, e informarle sobre las actividades de la academia y del Opus Dei. Escrivá se limitó a hablar de actividades -lo que él llamaba “la historia externa” del Opus Dei-, ya que consideraba que todavía no había llegado la hora de pedir una aprobación eclesiástica formal o de explicar la naturaleza profunda de lo que Dios le pedía que hiciera.

En sus notas se preguntaba si su reticencia a abordar detalles espirituales íntimos de la vida de la Obra, que en esta época coincidían en buena parte con su propia vida espiritual, tenía carácter clandestino. Él mismo respondía: “Ahora, dos palabras: ¿somos clandestinos? De ninguna manera. ¿Qué se diría de una mujer grávida, que quisiera inscribir en el registro civil y en el parroquial a su hijo nonnato?… ¿qué, si quisiera, si intentara matricularlo como alumno en una Universidad? Señora —le dirían—, espere Vd. que salga a la luz, que crezca y se desarrolle… Pues, bien: en el seno de la Iglesia Católica, hay un ser nonnato, pero con vida y actividades propias, como un niño en el seno de su madre… Calma: ya llegará la hora de inscribirlo, de pedir las aprobaciones convenientes. Mientras, daré cuenta siempre a la autoridad eclesiástica de todos nuestros trabajos externos —así lo he hecho hasta aquí—, sin apresurar papeleos que vendrán a su hora. Este es el consejo del P. Sánchez y de D. Pedro Poveda, y —añado— del sentido común”[1].

El Opus Dei todavía no tenía un estatuto legal a los ojos de la Iglesia ni del Estado. Lo único que había era un grupo no organizado de gente joven que tenía dirección espiritual con Escrivá; algunos de ellos habían comenzado la academia DYA. Escrivá era consciente de que, con el tiempo, el Opus Dei necesitaría una estructura jurídica, pero por el momento se contentaba con existir.

Le preocupaba el hecho de que solicitar una aprobación eclesiástica prematuramente pudiera provocar un encasillamiento inadecuado de la Obra. En efecto, en el Derecho Canónico de la época no encajaba una institución como el Opus Dei, cuyos miembros eran hombres y mujeres que tenían un trabajo ordinario, permanecían en el mundo y, sin embargo, entregaban sus vidas enteramente a Dios. Escrivá era un hombre de arraigada mentalidad jurídica y sabía que no debía precipitarse a pedir una aprobación canónica que de momento no necesitaba. En enero de 1936, observaba: “Indudablemente, todas las apariencias son de que, si pido al Sr. Obispo la primera aprobación eclesiástica de la Obra, me la dará. Pero (es asunto de tanta importancia) hay que madurarlo mucho. La Obra de Dios ha de presentar una forma nueva, y se podría estropear el camino fácilmente”[2].

Además de la falta de un lugar adecuado para el Opus Dei en la legislación canónica, existía el problema de que la mayoría de las autoridades eclesiásticas aún no entendían su naturaleza. El vicario general de Madrid era un buen amigo y sentía un gran afecto por Escrivá, pero declaró: “No coge la Obra… ¡No coge, no coge!”[3]. Si el vicario general de la diócesis, que había tenido numerosas conversaciones personales con Escrivá y era su amigo, no entendía realmente qué era el Opus Dei, obviamente a otros eclesiásticos también les iba resultar difícil comprenderlo.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 518-19

[2] Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gómez-Iglesias, José Luis Illanes. Ob. cit. p. 87

[3] Ibid. p. 88

Somoano y las conferencias de los lunes

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El 2 de enero de 1932 don Lino Vea Murguía llevó a Escrivá a conocer a un amigo suyo, don José María Somoano, joven capellán del Hospital del Rey. Para preparar la visita, Escrivá pidió a varias personas que rezaran y ofrecieran sacrificios por una intención suya. En cuanto le explicó el Opus Dei Somoano pidió ser admitido. Somoano escribió en su diario un breve resumen del encuentro: “Me entusiasmó. Le prometí ‘enchufes’ –enfermos orantes- para la Obra de Dios. Yo, entusiasmado. Dispuesto a todo”[1]. Somoano confió a uno de los enfermos que se había sentido tan feliz que no pudo dormir aquella noche.

Inmediatamente, Somoano empezó a pedir a los pacientes del hospital que rezaran y ofrecieran sus sufrimientos por una intención muy especial. Una joven llamada María Ignacia García Escobar, enferma de tuberculosis, se sintió tan impresionada por la alegría y entusiasmo de Somoano que anotó en su diario lo que le había dicho: “María: hay que pedir mucho por una intención, que es para bien de todos. Esta petición no es de días; es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana, y siempre. Pida sin descanso le digo, es muy hermoso”[2].

Antes de que terminara la semana, Somoano descubrió una nueva vocación para el Opus Dei, su amigo Jose María Vegas, un sacerdote dinámico y optimista de la dioceses de Madrid, de treinta años de edad. Al igual que Somoano, en cuanto descubrió el Opus Dei pidió ser admitido.

El lunes 22 de febrero de 1932 se reunieron por primera vez lo seis sacerdotes que pertenecían al Opus Dei. Estos encuentros periódicos serían llamados por Escrivá las Conferencias de los Lunes. En estas reuniones les explicaba con más detalle la naturaleza de la vocación a la Obra y estrechaba relaciones entre los participantes. Solían hablar de futuras empresas apostólicas y soñaban con el día en el que el Opus Dei empezaría su actividad externa. Escrivá creía que ese día no estaba muy lejos. En febrero de 1932 escribió en sus cuadernos: “Jesús, veo que tu Obra puede comenzar pronto”[3].

A pesar de lo reducido del grupo, de su falta de actividad externa, e incluso de una sede propia, las Conferencias de los Lunes eran vibrantes y entusiastas. Los participantes salían de ellas cargados con la fe de Escrivá en el futuro de la Obra. María Ignacia Escobar observó que cuando Somoano “volvía los lunes de asistir a las reuniones espirituales de nuestra Obra, solamente al mirarle se le notaba lo contento y satisfecho que venía, y el cuadernito donde conservaba los apuntes de las meditaciones y demás cositas de ésta, era su joya más preciada”[4]. Sin embargo, a la mayoría de los participantes no les resultaba fácil entender lo que Escrivá les explicaba. Aunque estaban entusiasmados, no entendían del todo el mensaje.

[1] José Miguel Cejas. JOSÉ MARÍA SOMOANO. EN LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI. Ediciones Rialp 1996. p. 130

[2] Ibid. p. 134

[3] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 445

[4] Ibid. p. 455

Los primeros socios del Opus Dei

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

La historia de los comienzos del Opus Dei puede compendiar­se como historia de los amigos de su Fundador. Después del 2 de octubre de 1928, don Josemaría siguió con una nueva luz haciendo su vida normal. Esa luz sobrenatural nueva, que iluminaba su sacerdocio, le empujaba a buscar personas dispues­tas a sumarse a la locura que Dios le pedía.

Cuando llegó a Madrid, en 1927, la mayor parte de sus amigos quedaba en Aragón y en la Rioja. Algunas familias, conocidas de la suya, estaban en Madrid. Después del 2 de octubre de 1928 esas relaciones de amistad ‑junto a las que surgían con ocasión de su propio trabajo sacerdotal, de sus tareas de enseñanza en la Academia Cicuéndez y de las clases particula­res que se veía obligado a dar‑ serían el campo en que fructificaría la semilla de la vocación al Opus Dei.

Así sucedió, por ejemplo, con Luis Gordon, uno de los primeros socios del Opus Dei. Luis era pariente de la Marquesa de Onteiro, madre de doña Luz Rodríguez‑ Casanova, Fundadora de las Damas Apostólicas, en cuyo Patronato de Enfermos don Josemaría era Capellán desde 1927. A través de esta familia lo conoció, y en 1931 Luis Gordon era una de las personas en las que el Fundador del Opus Dei podía confiar especialmente, por ser un hombre maduro. Luis Gordon ‑ingeniero industrial, promotor de una maltería en Ciempozuelos‑ aparece con los Romeo, y con otros amigos, en el grupo que, a partir de 1931, acude todos los domingos por la tarde al Hospital General de Madrid, para atender a los enfermos. Es el protagonista del punto n.° 626 de Camino:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella “sutile­za” del hombrón‑niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: Jesús, que haga buena cara!?

La anécdota sucedió en aquel hospital de la calle de Santa Isabel, donde iban a prestar servicios diversos a los enfermos: cortarles las uñas, peinarles, decirles palabras de cariño. A Luis Gordon y a esta misma anécdota, se refería Mons. Escrivá de Balaguer un día de 1972, en España:

Recuerdo ‑de éste puedo hablar, porque ya está en el Cielo hace muchos años‑ que una persona de una familia conocida, uno de los primeros de aquella época, de los primerísimos años del Opus Dei, pues cogió un vaso de noche ‑era de un tuberculoso y ¡estaba…!‑. Le dije: ;hala, a limpiarlo! Y después me dio un poco de pena, por aquella cara de asco que había hecho. Fui detrás de él y había en el mismo piso ‑era en un hospital general‑ un cuartito donde se limpiaban esas cosas, y le vi con una cara maravillosa de cielo, limpiando con toda la mano.

Pero como había sucedido con otras almas de idéntica talla sobrenatural ‑María Ignacia García Escobar, don José María Somoano Berdasco‑, el Fundador del Opus Dei no pudo contar con Luis Gordon para seguir haciendo la Obra: falleció en noviembre de 1932.

Con motivo de aquellas visitas al Hospital General, don Josemaría conoció a otras personas. Algunas llegaron a ser de la Obra; otras, no. Pero todas participaron de su celo apostólico Allí, por ejemplo, hizo amistad con el escultor Jenaro Lázaro Cuando terminaban los domingos las visitas, Jenaro se quedaba

hablando un rato con don Josemaría. Aquellas conversaciones le han dejado una impresión imborrable: “Era un hombre de Dios, que arrastraba hacia Él a las personas que trataba. He pensado muchas veces, más tarde, que el Padre hacía un verdadero apostolado de amistad, ya que en cuanto uno le trataba se hacía amigo de él para toda la vida”.

José Manuel Doménech, que hoy vive en Lérida, charlaba también con don Josemaría después de sus visitas al Hospital de Santa Isabel. Y destaca “cómo empleaba su tiempo generosa­mente con nosotros ‑el grupo de estudiantes que atendíamos a los enfermos‑ y también con esos mismos enfermos”.

Día a día, infatigablemente, dedicando su mejor tiempo a la oración, acompañado por la plegaria y el dolor de los enfermos de los hospitales de Madrid, el Fundador del Opus Dei fue llevando adelante su misión: con los amigos, con los amigos de los amigos.

Isidoro Zorzano había sido compañero suyo de estudios en el Instituto de Logroño. Apenas habían vuelto a verse desde aquellos años, aunque mantenían contacto epistolar. Pensó en­seguida en él. Deseaba hablarle del Opus Dei recién nacido. Y un 24 de agosto de 1930 se lo encontró en Madrid. Isidoro, que trabajaba en Málaga como ingeniero de ferrocarriles, había venido dispuesto a hablar con él de sus inquietudes espirituales. Sentía unos deseos de entrega a Dios que no sabía cómo resolver, porque, al mismo tiempo, veía muy clara su vocación profesional. Isidoro consideró siempre ‑hasta su muerte en 1943‑ que ese reencuentro con el Fundador del Opus Dei había sido providen­cial, cosa de Dios, que hizo se viesen inesperadamente, en una calle de Madrid ‑la de Nicasio Gallego‑, que no era camino habitual de don Josemaría. Hablaron, y ya desde aquel día supo que podía dedicarse plenamente al servicio de Dios dentro de su vida ordinaria, en su profesión de ingeniero.

Juan Jiménez Vargas conoció al Fundador de la Obra a principios de 1932, en una visita puramente casual de pocos minutos: simplemente acompañaba a un amigo suyo, Adolfo Gómez, que iba a confesarse. Don Juan experimentó luego personalmente que don Josemaría no dejaba de pedir a los chicos que se confesaban con él nombres de amigos que pudieran participar en su apostolado.

Los socios de la Obra de aquellos años, cuando hablan de su vocación, cuentan de ordinario que un amigo les llevó al Padre. Don Ricardo Fernández Vailespín era en 1933 estudiante de ¡a Escuela Superior de Arquitectura de Madrid y le faltaba poco más de un año para terminar la carrera. La situación económica de su familia no era buena y, para ayudar, daba clases particulares a José Romeo. Desde los tiempos de Zaragoza, el Fundador del Opus Dei era amigo de esta familia. Y en esa casa conoció a Ricardo un día que éste había ido a dar la clase particular. Él no se había planteado, en absoluto, ningún problema de vocación; deseaba terminar cuanto antes la carrera y ganarse la vida; al mismo tiempo le preocupaba la situación de España y pensaba que algo habría que hacer. Lo cierto es que se sintió atraído por “aquel sacerdote que en sus palabras, corrien­tes y sencillas, traslucía un alma plenamente dada a Dios”. Y concertó una entrevista con él, que tuvo lugar quince días después, el 29 de mayo, en Martínez Campos, n.° 4. Poco tiempo más tarde Ricardo pidió ser admitido en la Obra.

Mons. Escrivá de Balaguer sabía esperar, sabía no forzar las cosas. En concreto, nunca abusó de la amistad, transformán­dola en mero instrumento de apostolado. Ante todo, era amigo de sus amigos. Dios se sirvió de esa sincera amistad para que llegaran los primeros socios a su Obra. Pero a muchos de aquellos amigos ‑incluso, a personas a las que dirigía espiritual­mente‑ el Fundador no les habló del Opus Dei, o se limitó ú: pedirles que rezaran por él y por su tarea apostólica.

Don Manuel Aznar señalaba, en La Vanguardia Española de Barcelona, que jamás “me pidió, ni siquiera me indicó, ni aun me sugirió con alguna alusión lejana, que me incorporase a la Obra. Hablábamos de todo, menos de eso y de política”. Aznar comenzaba su artículo contando con detalle cómo le había conocido. Es una trayectoria de amistades, tantas veces repetida en el tiempo: “Mi amistad con el Fundador vino a través de la familia del Portillo, emparentada con la de un amigo burgalés de mucha distinción ‑Luis García Lozano, ¡larga vida le dé Dios!­ y con la del inolvidable doctor José María Pardo Urdapilleta. Los Portillo que yo conocí fueron tres: un médico, un capitán de la Legión y un Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Este último se llama Álvaro. Es, desde hace muchos años, sacerdote, doctor en Derecho Canónico, doctor en Filosofía y Letras, agudo y penetrante en sabidurías eclesiásticas, Secretario general del Opus Dei, colaborador esencial de Mons. Escrivá de Balaguer, desde el primer día”.

Don Josemaría vivió ese respeto a la libertad más delicada­mente, si cabe, en la dirección espiritual. Dejaba que cada uno siguiera su camino. Hubo chicos que se dirigieron con él durante años, a los que nunca planteó la posibilidad de ser de la Obra. A otros los encauzó al sacerdocio o a la vida religiosa. A muchos los formaba para el matrimonio, haciéndoles ver su vocación matri­monial, y les hablaba de que, con el tiempo, podrían formar parte del Opus Dei. Entretanto, los atendía, como era usual en él, con absoluta disponibilidad, sin prisas, como si no tuviera otra cosa que hacer.

Practicó, pues, con toda normalidad, eso tan específico del Opus Dei, que describió en Camino como apostolado de amistad y confidencia. Un socio de la Obra, persona igual a las demás, no hace cosas raras ni para encontrar a Dios ni para llevar a otros hasta Dios. Se limita a trabajar, a cumplir sus obligaciones profesionales, a ser amigo de sus amigos, a vivir ejemplaridad posible en la vida de dedica ‑sin cambiar de sitio ni actividades humanas y tareas civiles socio del Opus Dei. Es lo que hacía la máxima familia; en una palabra, se de estado‑ a las mismas que desempeñaría de no ser su Fundador antes del 2 de octubre de 1928 y lo que siguió haciendo después, a la luz de su nueva vocación.

En busca de un nuevo puesto

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En esta época Escrivá comprendió que debía dedicar más tiempo al Opus Dei. Sus deberes oficiales en el Patronato de Enfermos eran pocos (principalmente celebrar Misa y oficiar la Bendición). Sin embargo, estaba tan metido en las actividades del Patronato, especialmente visitando enfermos y moribundos, que le resultaría imposible encontrar mucho más tiempo para el Opus Dei mientras siguiera siendo su capellán.

No resultaría fácil encontrar de nuevo un puesto adecuado. Aunque la capellanía no estaba bien remunerada, proporcionaba un hogar gratis a Escrivá y a su familia. Si se trasladaba, tendría que conseguir dinero para alquilar un piso. Y resultaría todavía más difícil encontrar un medio para permanecer en Madrid, lugar donde había nacido el Opus Dei y donde él se veía llamado a desarrollarlo. Dada su condición de sacerdote extradiocesano, debía tener un cargo que le diera el derecho de permanecer en la capital, ya que la política oficial era la de expulsar a los sacerdotes de otras diócesis que no tuvieran poderosas razones para estar en Madrid.

Una mujer que conoció a través de su trabajo en el Patronato le presentó al don Pedro Poveda, fundador de las Teresianas y secretario del Patriarca de la Indias. Poveda ofreció a Escrivá la posibilidad de conseguir un nombramiento de Capellán Real Honorario. Cuando le explicó que el puesto, aunque de prestigio, no le daría derecho a permanecer en Madrid, Escrivá rechazó la oferta.

Pocas semanas después, surgió otra oportunidad. Esta vez se trataba de un nombramiento que dependía del Ministerio de Justicia. Pero, antes de poder hacer nada, se proclamó la República en España y el posible mentor de Escrivá perdió su trabajo y, con él, la posibilidad de nombrar a nadie para aquel puesto. Escrivá no se desanimó, sino que vio en esta nueva contrariedad una señal de la voluntad de Dios para él: “Dios no lo quiso. Yo estoy tan fresco. ¡Bendito sea!”[1].

La proclamación de la Segunda República afectaría al Opus Dei, y no sólo por la pérdida de ese puesto que hubiera permitido a Escrivá mantener a su familia y continuar su tarea fundacional. Para entender los siguientes acontecimientos de la historia del Opus Dei es preciso referirse a los cambios políticos, sociales y económicos que provocó el advenimiento de la República y la reacción de Escrivá ante ellos. De ello trata el próximo capítulo.

Edificio del Patronato de Santa Isabel

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Recorrido histórico de los lugares relacionados con la fundación del Opus Dei en Madrid

Opus Dei -

Contiguo a la iglesia de Santa Isabel, en el nº 48, se encuentra el edificio del Patronato de Santa Isabel del que san Josemaría fue capellán desde el 21 de septiembre de 1931 hasta diciembre de 1934, y Rector desde esa fecha hasta 1946.

En el 1º y 2º piso de este Patronato -que no está abierto al público ni es visitable- residió con su madre, Dolores Albás y sus hermanos Carmen y Santiago desde el verano de 1934 hasta febrero de 1936. Fue el séptimo domicilio del Fundador en esta ciudad.

En los primeros meses de 1936, cuando reinaba en Madrid un gran desorden social, con numerosos alborotos y ataques a sacerdotes, doña Dolores Albás solía esperar a su hijo Josemaría por las noches mirando con inquietud desde una de las ventanas de esta casa rectoral.

La inquietud de doña Dolores estaba justificada, porque durante ese tiempo previo a la guerra civil un sacerdote corría peligro por el mero hecho de serlo.

Esta casa fue también la primera residencia del fundador desde el 29 de marzo de 1939, cuando regresó a Madrid, a punto de finalizar la guerra civil.

Al ministerio sacerdotal del fundador en este Patronato de Santa Isabel está ligada estrechamente la historia de la labor con mujeres del Opus Dei. En la actualidad es un recinto privado, y por lo tanto, no visitable. Al igual le sucede a la Iglesia, que cuenta con un horario muy preciso para el culto.

“Lo que se entiende por ‘ayudar a morir’ es matar por compasión”

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Luis de Moya, sacerdote tetrapléjico, trabaja como capellán en la Universidad de Navarra. Extracto de la entrevista realizada por Rosa Mª Jané y publicada en “Cataluña Cristiana”.

Ermita dedicada a la Virgen en la Universidad de Navarra, donde Luis de Moya trabaja como capellán.

Luis de Moya, sacerdote, sufrió en 1991 un accidente de tráfico que le dejó tetrapléjico. A la pregunta, el hecho de ser tetrapléjico, ¿cómo le ha cambiado la vida?, responde: “Sólo de modo accidental. Me considero la misma persona: por resumir, el mismo sacerdote de Jesucristo que antes del accidente. Fue uno de los primeros convencimientos que tuve al recobrar la conciencia después del golpe. Me ha cambiado la vida, como es evidente, en el modo material de desenvolverme. Ahora todo lo llevo a cabo con ayuda de otros y apoyándome en medios técnicos. Pero sigo siendo yo. Mi vida tiene el mismo sentido, idéntico destino”.

A los 38 años. A partir de entonces su vida cambió, pero sólo de modo accidental, como nos explica. Luis de Moya se encarga de diferentes capellanías en la Universidad de Navarra, dentro de las limitaciones de su estado. Su actitud vital y su testimonio contrastan con la visión que ha presentado Alejandro Amenábar en su película ‘Mar adentro’, que recoge la historia de Ramón Sampedro y que ante el dolor humano ofrece como única respuesta terminar con la vida de quien padece.

¿La película ‘Mar adentro’ forma parte de una campaña para sensibilizar a la opinión pública española sobre la “necesidad” de legalizar la eutanasia?
No soy quién para emitir un juicio en ese sentido. Resulta, sin embargo, bastante claro que, de hecho, la película, según me han contado y por lo que he leído, transmite una visión favorable de la eutanasia que el protagonista de la cinta solicita. Dicen que los “buenos” de la película –los razonables, los inteligentes y en definitiva todos los personajes pensados para hacer caer bien al espectador- son partidarios de la eutanasia.

No así los que no están dispuestos a matarlo por compasión. Según parece, estos son o pueblerinos que no razonan o arrogantes sin fundamento o ridículamente tozudos, según los casos. En este sentido, en efecto, puede sensibilizar a la opinión pública a favor de la necesidad de legalizar esa práctica. Pero con actores, quién sabe, puede hacer lo que quiera.

¿Conoció a Ramón Sampedro?
Nunca estuve ante Ramón Sampedro. Le escribí en diversas ocasiones, nos encontramos en algún programa de radio, y, creo recordar, también de televisión, y charlé con él varias veces por teléfono. Precisamente, en la última de esas conversaciones telefónicas –estaba yo en Santiago de Compostela- concretamos una cita en su casa para aquella mañana. Finalmente, el encuentro no tuvo lugar. Ni siquiera bajé de la furgoneta, ni intercambiamos palabra alguna porque su casa era inaccesible para mí. Esto sucedía medio año antes de su muerte.

Lo que a usted le anima a vivir y da sentido a su vida ¿no era válido para Ramón Sampedro?
Considero que sí. Él, sin embargo, se negó de modo expreso a mantener conmigo una correspondencia en ese sentido. Puesto que ambos estábamos firmemente persuadidos de nuestras convicciones no tenía sentido alguno el diálogo. Así me lo escribía, de modo tajante lo entendí, en la única, larga (veinte cuartillas con la boca) y definitiva carta que recibí de él.

Luis de Moya saliendo de la Facultad de Arquitectura.

Si se legaliza la eutanasia en nuestro país, ¿qué consecuencias acarreará?
Me imagino que sucederá más o menos como en otros países, añadiendo a ello el apasionamiento propio del carácter español. También aquí se abrirán “centros especializados”; se producirá un cierto ahorro en pensiones; y veremos el “éxodo” de personas mayores y enfermos crónicos, si tienen posibilidades económicas, a otros países donde se sientan seguros; se producirá una crisis entre generaciones (los mayores se sentirán culpables) en cuanto se considere práctica normal la muerte anticipada de los que son una carga; en la práctica, la tercera parte al menos, se harán sin consentimiento del paciente por mucho que sea el control.

La aceptación social de esta práctica producirá unas personas esencialmente egoístas que actuarán con rectitud, en todo caso, procurando actuar dentro de la legalidad para no incurrir en delito: liberados finalmente de la generosidad gratuita por amor, las personas actúan a impulsos del miedo.

¿Por qué hay más interés en ayudar a morir que en ayudar a vivir?
Me atrevo a decir que, simplemente, porque es más fácil. Es menos costoso, desde todos los puntos de vista. Una vez superada la barrera de los sentimientos, acabar rápidamente con el dolor propio y ajeno ocasiona menos problemas que ayudar a morir dignamente al enfermo. En realidad, para ser precisos, lo que hoy se entiende por ayudar a morir es, en realidad, matar al paciente por compasión. Ayudar a morir, en el sentido genuino de las palabras, supone aportar los medios para que el paciente tenga una buena muerte de acuerdo con su situación y con su dignidad de persona. No es admisible, por consiguiente, acelerar la muerte o anticipar su momento.

Ayudar a un enfermo terminal conlleva dedicación de tiempo, de cuidados muchas veces pequeños y sencillos pero imprescindibles, la administración –en su caso- de los calmantes necesarios para el dolor, y, muchas veces, el simple acompañar que hace sentirse a la persona verdaderamente digna de atención: valorada como tal, querida.

Qué valor tienen el dolor y el sufrimiento
Hay que decir que se ha mitificado mucho el sufrimiento en la enfermedad. Cada vez se avanza más en el tratamiento del dolor y son más frecuente las ‘Unidades del dolor’ en los hospitales. Una buena medicina sabe calmar el dolor. En último extremo siempre se puede llegar a sedar al paciente si no se pudiera calmar su dolor de ningún modo. Muy pocas veces, sin embargo, es necesario. De hecho, los partidarios de la eutanasia acuden ya pocas veces al argumento de “dolores insoportables” como un justificante para provocar intencionadamente la muerte.

Me parece que todos tenemos experiencia de que amar de verdad cuesta. En cierto sentido supone siempre un cierto dolor, si no estamos hablando, desde luego, del amor superficial e inconsistente de una novela rosa. No en vano, se ha dicho que “el dolor es la piedra de toque del amor” o que “es tal la condición del hombre que no puede manifestar su amor sino en categorías de sufrimiento”. En definitiva: yo amo algo en la medida en que estoy dispuesto a sufrir por ello. El dolor serenamente llevado en el momento de la muerte, aunque debe calmarse en lo posible con fármacos y apoyo humano, puede ser una manifestación de reconocimiento de la propia condición de criatura. Todo ser humano, sin saber cómo y sin iniciativa alguna, se siente vivo de modo personal, y no se otorga la facultad de abandonar esa vida por propia iniciativa sin hacer una violencia a la realidad de las cosas.

Para un cristiano, hijo de Dios, el sufrimiento llega a alcanzar valor de corredención. En unión al sacrificio de Cristo en la Cruz, el cristiano, dispuesto a sufrir en diversas circunstancias de su vida si es necesario, llega a ser, en palabras de san Pablo, otro Cristo.


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