Una “leyenda negra”

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

El Opus Dei: un nombre adecuado, con un punto de suspense. Un escritor experimentado en novelas de intriga difícilmente hubiera ideado un nombre mejor. En Italia es conocido que Mussolini, al poner en marcha su policía secreta, indicó que lo primero de todo era escoger el nombre. Quería uno que provocase inquietud y temor con sólo pronunciarlo.

Escogió OVRA pues, según los expertos, conseguía ese objetivo. Y parece que, sólo una vez elegida la palabra por razones fonéticas, se buscó atribuir las cuatro letras a iniciales de palabras que, puestas seguidas, tuvieran un significado coherente. Todavía hoy discuten los historiadores: «el significado de esas siglas no se ha demostrado aún, y cualquier interpretación es sólo una hipótesis», dicen las enciclopedias. Quizá sea «Opera volontaria repressione antifascismo», o bien «Opera volontaria repressione antifascista». Pero, ¿qué le importaba al Duce, que lo único que buscaba era un nombre con una resonancia siniestra, que se susurrase temerosamente sólo a oídos de plena confianza?

Pues bien, se da la curiosa casualidad de que -como sabemos- en España y en los países hispanohablantes, para designar al Opus Dei se dice con frecuencia «la Obra»: es la
Obra por excelencia. Y quien conoce esta lengua, sabe que la «b», en esa posición, suena muy parecido a la «v» italiana. Es decir: la «Ovra». No se puede negar: una homofonía inquietante, que quizá haya contribuido a forjar la «leyenda negra»…

Pero dejemos a un lado al sonido, para hablar del significado: Opus Dei, es decir, Obra de Dios. ¿No hay en este nombre una sombra de orgullo diabólico? Alguien lo ha pensado así e incluso lo ha manifestado con afán de polémica, incluso dentro de la Iglesia. «Estos españoles son unos megalómanos. Un vasco de Loyola, Ignacio, en el siglo XVI funda una orden religiosa y le llama “Societas lesu” (Compañía de Jesús). Como si sólo ellos estuvieran al servicio de Cristo y sólo ellos lo tuvieran como capitán. Un aragonés de Barbastro, Escrivá de Balaguer, en el siglo XX, va incluso más allá: llama a su fundación “la Obra de Dios”; es decir, la Obra divina por antonomasia. Peor incluso que los famosos “Dios está de nuestra parte”, de triste memoria (1). Se pretende identificar lo que un hombre -por muy santo que fueseha creado con la creación de Dios mismo. Nadie se había atrevido a tanto en su soberbia…».

Naturalmente, ante esta acusación (que acompaña al Opus Dei desde 1930, el año en que fue llamado así por vez primera, parece ser que después de una casual mención del confesor al joven Escrivá) los seguidores replican: llamarla «Obra de Dios» no es una muestra de soberbia sino al contrario, de humildad. Y traen a colación el origen y el sustrato teológico del Opus Dei. Es un argumento importante y volveremos a él, pero más adelante: cada cosa a su tiempo.

Continuemos con los nombres y descubriremos que también son sorprendentes la designación de los miembros: los «numerarios», los «supernumerarios», los «agregados»… Apelativos insólitos, elegidos por el propio fundador para separarse tajantemente, también en esto, de la tradición eclesiástica de los religiosos. Fue una preocupación constante de Escrivá (y éste será uno de los puntos principales que habrá que aclarar en este informe) la exigencia de preservar a cualquier precio la «laicidad» de los suyos; en la sustancia por supuesto, pero también en las apariencias. También en los nombres, por tanto, de los miembros y de los Centros.

Por ejemplo: para quien desconfía, o teme, o combate esta realidad eclesial (también desde ciertos ambientes católicos, como ustedes saben), el lugar privilegiado de la pesadilla está donde el cerebro y el corazón del monstruo piensan y palpitan. Y esto sucede en el barrio preferido de la burguesía romana de antes de la última guerra, en las verdes laderas de los llamados «Monti Parioli».

En el número 75 de viale Bruno Buozzi -en el Parioli, como decía-, tras una sólida pero bastante anónima fachada de los años cincuenta-sesenta, se encuentra el complejo edificio construido durante los treinta años de residencia romana del beato Escrivá, y donde ahora reside su sucesor, el «Prelado». Es decir, el actual jefe de lo que, en terminología oficial, es la «Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei».

Pues bien, esta sede del cuartel general desde el que el obispo-prelado maneja los hilos mundiales de la organización (y donde yo mismo, que es lo que nos ocupa, he tenido la no frecuente oportunidad de mantener con él un largo coloquio), no ha sido llamada con un nombre religioso ni ha sido puesta bajo la protección de un santo o de una advocación mariana, como sucede en todas las Ordenes, Congregaciones e institutos católicos. Nada de esto: la casa madre fue bautizada, de modo laical, «Villa Tevere».

Detrás de estos edificios se encuentra la sede de la dirección, también mundial, de la sección de mujeres, que -ajena a todo «devocionalismo»- se conoce con la burocrática denominación de «Villa Sacchetti», tomada del nombre de la calle a la que se orientan los edificios.

¿La residencia universitaria para chicas, situada en un elegante chalé estilo liberty al otro lado del Tíber? Sin un gran esfuerzo de imaginación, «Villa delle Palme», por los dos inhiestos árboles que crecen en el jardín.

¿El edificio del EUR, donde me hospedé durante mis investigaciones por Roma y alrededores? Un anónimo «Residenza Universitaria Internazionale». ¿Y -por señalar alguna- la residencia de Palermo? «Residenza Universitaria» también ésta, pero «Mediterránea». Y así en todos lados, en cualquier parte del mundo. He consultado guías y publicaciones internas: no he encontrado ni una sola casa, Centro, «Obra corporativa» del Opus Dei que, en el nombre, exprese una realidad «religiosa».

El gran Centro de formación profesional para jóvenes trabajadores del barrio romano del Tiburtino, del que hablaré más adelante, y del cual el Opus Dei garantiza oficialmente la orientación doctrinal y espiritual, se llama ELIS, siglas de «Educazione, Lavoro, Istruzione, Sport». La «religión», como se ve, ni se nombra: se esconde detrás de esas otras actividades.

En los años veinte, en Italia, el grupo animado por el Padre franciscano Agostino Gemelli erigió una universidad que no sólo se llamó «Católica», sino que a ese adjetivo añadió «del Sagrado Corazón». El ateneo del Opus Dei en Pamplona (también de éste hablaremos con amplitud) nació en cambio con el simple nombre de «Universidad de Navarra», y así se ha quedado y quedará, sin referencias religiosas en su nombre. Y esto a pesar de que el contenido está muy claro, sin posibilidad de equívocos, a tenor del segundo punto del Ideario de la Universidad, que dice: «Es una obra corporativa del Opus Dei; y el espíritu del Opus Dei impregna y anima su vida y actividad, fomentando en quienes la componen, en pleno respeto de la libertad de las conciencias, el amor a la Iglesia y al Papa, y a su Magisterio; y una unidad de vida coherentemente cristiana, así como una exigente práctica de las virtudes humanas». En resumen: un guante de «laico» terciopelo que cubre una mano de catolicísimo acero.

Entre otras cosas, esta decisión de evitar nombres «religiosos», de escogerlos siempre «neutros», o al menos no inmediatamente clasificables, es uno de los muchos motivos que pueden explicar las sospechas de mimetismo, cuando no de secretismo «masónico» o incluso de clandestinidad delictiva (ni han faltado ni faltan acusaciones de este tipo) que acompañan desde siempre al Opus Dei.

El Opus se ha esforzado por ser «laico» también al nombrar a sus miembros: numerarios, supernumerarios, agregados.

El siglo pasado, don Bosco -un santo que, por fortaleza, inteligencia, determinación inflexible en la búsqueda de su objetivo e influencia en la vida de la Iglesia, tiene tantas cosas en común con el beato Escrivá- también inventó para los suyos unos nombres distintos de los tradicionales. De hecho, el jefe de los salesianos no se llama, como en las otras familias religiosas, «superior general», sino «rector mayor». Para el gobierno local, en lugar de las habituales «provincias» se inventaron las «inspectorías». A pesar de ser religiosos según el derecho canónico, los sacerdotes salesianos evitaron el apelativo de «padre», haciéndose llamar «don», como los sacerdotes seculares. Pero esos nombres no eran más que una escamotage de esa fina cabeza de don Bosco (aconsejado en secreto -hay que decirlo todo- por los mismos políticos liberales y masones que se presentaban oficialmente como «perseguidores») para evitar las supresiones, las confiscaciones, las vejaciones de los gobiernos del siglo pasado frente a las «instituciones clericales». Es decir, detrás de la fachada «laica» de la Sociedad salesiana (como de otras comunidades de hombres y de mujeres nacidas en ese siglo XIX que no tiene parangón por el número de fundaciones católicas que nacieron en aquel tiempo: la persecución siempre ha hecho bien a la Iglesia y a los cristianos…), no dejaba de estar la tradicional realidad religiosa: velada verbalmente sólo por necesidad.

No sucede lo mismo en el Opus Dei, cuyo fundador repitió siempre: «Amamos y estimamos a los religiosos (para entendernos: los frailes, los monjes, las monjas, los miembros de las congregaciones y de los institutos que han pronunciado los tres votos tradicionales de «pobreza, castidad y obediencia» y habitualmente viven en común, sometidos a una regla, N. del A.), pero nosotros no lo somos y ninguna autoridad en el mundo -ni siquiera la de la Iglesia- podrá obligarnos a serlo».

Es una explicación decisiva pero, a primera vista, bastante desconcertante. ¿Cómo es posible?, podrían preguntarme ustedes y tantas otras personas poco familiarizadas con estas realidades. ¿Dicen que quieren vivir seriamente las exigencias de la religión y rechazan ser llamados «religiosos»? ¿Es posible que sean «laicos»? Pues sí: precisamente laicos, replico yo, para vuestra mayor confusión. Déjenme espacio y tiempo e intentaré explicárselo.

De momento, nos seguiremos fijando en las apariencias lingüísticas, en al sonido de las palabras, más que en significados teológicos y en distinciones canónicas, «Numerario, numeraria, supernumerario, supernumeraria, agregado, agregada», en lugar de «hermano», «hermana», «profesos», «legos» y términos por el estilo: palabras tomadas del mundo académico y de la terminología de los funcionarios estatales españoles.

Como escribe una publicación interna y «autorizada»:

«Para designar a los miembros en las diferentes situaciones de la Obra, se utiliza una terminología corriente en otras instituciones (profesores, académicos, funcionarios, etc.)».

En efecto, un «numerario» en las universidades españolas y en las hispanoamericanas corresponde a lo que en Italia se llama «Profesor ordinario»; también es, en esos mismos países, un grado funcionarial en la administración pública.

Sin embargo, se da el hecho, curiosamente imprevisto, que la palabra remite, al escucharla, al «numerario» entendido no como adjetivo, sino como sustantivo, que significa, como dicen los diccionarios, «el conjunto de moneda en papel y en metálico». Es decir, una referencia involuntaria al dinero; una rima particularmente «peligrosa», ya que la sospecha de grandes riquezas y de oscuras maniobras financieras del Opus Dei está presente en la mente de muchos. La etimología de «numerario» hace referencia también al inquietante anonimato de clubes reservadísimos, de sociedades secretas cuyos miembros no aparecen con su nombre sino con un número, un código, un lenguaje cifrado.

En definitiva, comprenderán que decir «un fraile franciscano», un «padre jesuita», un «inscrito en Acción Católica» o un «hermano de San Vicente» es una cosa, y otra muy distinta decir «un numerario de la Obra». Los nombres son importantes; especialmente hoy, cuando las apariencias, el look (también el lingüístico) importan más que la realidad, que el ser. Ciertamente, ni el nombre -Opus Dei- ni esos términos utilizados para distinguir a los miembros han creado un clima de sospecha, pero sí pueden haberlo confirmado y alimentado.

En cualquier caso, el hecho es que en una imaginaria galería contemporánea, la criatura de Escrivá tiene un puesto fijo -y de categoría- en la sección «fuerzas oscuras», «mandos ocultos», «poderes invisibles», «grandes hermanos», «superiores desconocidos».

La obsesión del complot, la pesadilla de la conjura, están entre las constantes de la historia de siempre, pero han asumido una importancia creciente, con aspectos incluso delirantes, en estos tiempos nuestros que, sin embargo, desearían ser «racionales». No es casual que, entre las nuevas especializaciones del periodismo, haya nacido la del dietrólogo: uno que, cuando sucede algo (siempre que sea negativo, claro está), sale en busca de «quién está detrás», lanzándose a hipótesis sin ningún tipo de fundamento. Tanto es así, que uno de los dogmas indiscutidos e indiscutibles de ahora reza así: «detrás» siempre hay alguien.

Las antiguas creencias en el diablo cumplían un papel de higiene social en modo alguno irrelevante: era una especie de saludable válvula de escape que probablemente evitaba muchos más problemas de los que creaba. Todo lo negativo a lo largo de la gran historia de la humanidad, y también de la pequeña historia de cada hombre, se atribuía a la influencia maléfica. Se combatía sobre todo con oraciones, exorcismos, ejercicios ascéticos. Y también con la vigilancia y, si era necesario, con el enjuiciamiento y el aislamiento de los que mantenían tratos con el Enemigo, con el «Padre de la mentira» y «Sembrador de cizaña». Este último procedimiento era verdaderamente excepcional y, desde luego, mucho menos cruento de lo que proclama la manipulación de la historia, que tira por elevación: los pocos meses del Terror jacobino de 1793 ó un sólo año de purgas estalinistas causaron infinitamente más víctimas que todos los numerosos siglos «inquisitoriales».

Desaparecida la creencia en el diablo, el problema fue: ¿a quién atribuir la responsabilidad de un mundo que se obstina en no andar por el buen camino, a pesar de los consejos de moralistas laicos, los planes de paraísos terrenales diseñados con escuadra y cartabón por intelectuales, las utopías de visionarios, las ideologías que se autoproclaman redentoras, las reformas (y después las reformas de las reformas) y las revoluciones? ¡Tiene que haber un culpable del desorden y del mal en el mundo!

De aquí nace la obsesión por el complot, por la quinta columna, por el Gran Hermano que manejaría a escondidas los hilos de la historia. Con este razonamiento, los burgueses de la revolución francesa cortaron la cabeza a los aristócratas; los leninistas fusilaron a los burgueses; los nazis la emprendieron con los judíos; los fascistas contra los masones; los liberales atribuyeron todo lo nefasto a los comunistas… En estos dos últimos siglos de separación de la tradición y de la fe cristianas, el puesto del diablo, de sus hechiceros, de sus brujas, se ha atribuido siempre a alguien. Con peligrosas (e incluso sanguinarias) consecuencias en cada caso.

En la fase actual de «cultura dietrológica», ese «alguien» está representado (aunque no de manera exclusiva, como es lógico) por el Opus Dei y sus numerarios y supernumerarios, ocultos y persuasivamente astutos. Algo razonable, concorde con cualquier estrategia diabólica que se precie.

Sin salir del ámbito italiano (aunque la demonización de la Obra es un hecho internacional, común en todo el Occidente, tanto en Europa como en América), les recuerdo alguno de los muchísimos ejemplos que podría citar, escogidos de entre los más recientes. Los habrán visto también ustedes en los periódicos.

Otoño de 1992, congreso de la Internacional Socialista en La Haya. Perseguido por los jueces milaneses a causa de la corrupción de su partido, presintiendo que pronto será obligado a dimitir de su cargo de secretario general del PSI, el onorevole Bettino Craxi se desahoga con los periodistas. Se proclama «víctima de oscuras maniobras» y declara textualmente: «hablan de masonería. Y entonces, ¿qué es el Opus Dei? Basta echar un vistazo y te susurran: ese es del Opus Dei. Esos son los verdaderos secretos (…). Pero yo reacciono…».

Primavera de 1993. Los jueces tienen esta vez en el punto de mira al Gran Oriente de Italia, pues sospechan que encierra corrupción, distintas ilegalidades y maquinaciones. Acribillado por mandatos de búsqueda y captura, el Gran Maestro denuncia -¡también él!- las archisabidas «oscuras maniobras»: «es un complot del Opus Dei, que es la verdadera, omnipresente, potentísima sociedad secreta. Nos atacan a nosotros para distraer la atención de los opusdeístas».

Verano del mismo 1993: misteriosas explosiones nocturnas de coches-bomba en Milán y en Roma matan a varias personas y destrozan monumentos famosos. Una de las revistas de información que se consideran más prestigiosas revela a los lectores -en un reportaje que define como «investigación exclusiva»- que una de las pistas más seguras conduce al Opus Dei (definido textualmente por esa publicación como «un poderoso brazo financiero y de negocios de la Santa Sede»). El Opus Dei habría encargado atentados contra San Juan de Letrán, catedral del Papa, y contra otros venerados edificios religiosos, para lanzar una advertencia al Vaticano, culpable de alejarse de la Democracia Cristiana más corrupta… Según otra «corriente de pensamiento», la Obra no fue quien puso las bombas, sino su objetivo; y esto por «razones» inteligibles sólo para los dietrólogos que las han escrito.

Si se sigue la prensa, se puede encontrar de todo. Por ejemplo, entre otros muchos recortes de prensa que tengo sobre mi mesa, hay uno de Gran Bretaña.

En enero de 1993, «The Economist» -que comenzó sus pasos en 1843 y es considerado uno de los más serios e informados periódicos del mundo- publicaba una «guía» a los «good networks», que podríamos traducir como «ambientes escogidos»: distintas masonerías, órdenes de caballería exclusivas, sociedades más o menos secretas.

Lógicamente, aparecía el Opus Dei, que en la mencionada clasificación obtenía la calificación más alta -un «cinco»- por la «fuerza de sus convicciones». Algo menos -un «cuatro»- por su organización. Y después un «tres» en secretismo. Resulta significativo -y, en el fondo, gratificante para el Opus Dei, si esa presunta investigación fuese rigurosa- el «uno», es decir, la nota más baja, en exclusivismo. De este modo, una fuente inesperada confirma lo que el Opus Dei repite siempre: que cualquier hombre o mujer -con tal de que sea llamado por Dios- puede entrar a formar parte del Opus Dei de pleno derecho, cualquiera que sea su status social.

En cuanto a la fiabilidad de la fuente, no se debe pasar por alto lo que el mismo «The Economist» afirma, con la apariencia de una información seria: «Los extraños pueden descubrir a los miembros secretos del Opus Dei observando algunas pequeñas señales significativas». ¿Como cuáles? Los periodistas londinenses son tan profesionales e informados que pueden desvelarnos uno, quizá el más reservado de

todos: «a whíff ofAtkinson’s cologne, the favourite ofEscrivd, is a good giveaway» (el olor, la fragancia de colonia Atkinson, la favorita de Escrivá, es un signo revelador…).

Puede parecer que bromeo, pero les aseguro que no es así (de lo contrario, ¿qué clase de periodista-detective sería?). Para recordar -más aún, para conocerla ex novoqué olor particular tiene la colonia Atkinson, compré un frasco en la perfumería y la «esnifé» abundantemente. Desde entonces, durante esta investigación me he acercado a decenas y decenas de hombres y de mujeres de la «sociedad secreta», pero nunca -de verdad, nunca, les doy mi palabra…- he tenido al alcance de mi nariz ese giveaway, ese signo revelador…

No me alargaré, ya que la situación es conocida y muy clara: con mucha frecuencia el fax de la oficina de información de la Prelatura remite precisiones y desmentidos a diarios que atribuyen al Opus Dei prácticamente de todo: desde atentados y masacres, a la propiedad de bancos (se ha convertido ya en un movimiento instintivo ver a los «gnomos del Opus Dei» en la trastienda de todas las operaciones financieras de categoría, en especial si son fraudulentas); desde la muerte imprevista del Papa Luciani (hay muchos libros sobre eso), a los golpes militares en Sudamérica. Por no hablar, como es evidente, cuando han pasado ya casi veinte años de la muerte de Francisco Franco Bahamonde, de las reiteradas acusaciones de colaboración con el régimen del Caudillo por ansia de poder y de dinero.

Como muy bien se recuerda en Italia, algunos partidos de izquierda del parlamento italiano -excitados por una insistente campaña de prensa guiada por el semanario «LEspresso»- pidieron al gobierno en febrero de 1986 que aplicase al Opus Dei la ley dictada en 1982 contra las sociedades secretas. Esa ley se había aprobado con grandes prisas para intentar superar el escándalo de la «Propaganda 2», la P2: una logia totalmente legal y reconocida (y no una corriente desviada, como intentaron hacernos creer) de la «familia» hegemónica -la llamada del «Palacio Giustiniani»- de la masonería italiana.

Para responder a los que interpelaron al gobierno, Oscar Luigi Scalfaro, ministro del Interior en aquel momento, investigó durante casi un año. Incluso el Vaticano fue requerido para que presentara aclaraciones y documentos. Finalmente, el 24 de noviembre de aquel 1986, el futuro presidente de la República italiana se presentó a la cámara con un voluminoso dossier, que era una especie de tratado sobre el asunto. Tanto es así que, para que fuese más fácil seguir su intervención, llena de citas y de referencias, había solicitado algo sin precedentes: que el texto se imprimiese y se distribuyese a los parlamentarios, para que pudieran contar con su propio ejemplar. En resumen, casi un competidor de este informe mío: una verdadera «investigación sobre el Opus Dei».

Pero en Italia, salvo algún experto en el asunto, casi todo el mundo fue víctima del extraño modo’en que la prensa entendió esa información. Quienes durante meses habían dedicado páginas y páginas a la campaña contra el Opus Dei, presentado como refugio de secretos político-financieros, liquidaron en pocas líneas el texto al que el pobre Scalfaro y sus colaboradores habían dedicado tanto tiempo y esfuerzos.

Con títulos a una columna, se limitaron a informar de que el gobierno había defraudado las expectativas de transparencia, justicia y limpieza del «polo progresista», e insinuaron no pocas veces que el asunto no podía haber acabado de otro modo, teniendo un «beato» como Scalfaro en el ministerio del interior. También se difundieron rumores sobre una presunta injerencia de un Estado extranjero -la Ciudad del Vaticano- en los asuntos internos italianos, para despistar, acallar, impedir intervenciones de los jueces y de las autoridades administrativas contra su «poderoso lobby financiero». (No es superfluo recordar, sin embargo, que el presidente del Consejo de ministros -garante y responsable último, según señala la Constitución, de la respuesta del Gobierno- era entonces Bettino Craxi, precisamente ese que se lamentaba de la «omnipresencia» del Opus Dei, y no precisamente conocido por sus inclinaciones clericales. Al menos él no es sospechoso, ¿no?).

Por eso, es interesante -y casi inédito, dadas las reticencias del media-system- que recoja aquí las conclusiones de la larga y docta disertación del ministro del Interior de la República italiana. Aquel día, Scalfaro concluyó sus abundantes folios con las siguientes palabras: «Llegados a este punto, sólo queda señalar las conclusiones: el Opus Dei no es secreto ni de derecho ni de hecho; el deber de obediencia (al que están obligados sus miembros) se refiere únicamente a materias espirituales; no hay otros derechos y deberes más que los previstos en el Codex iuris particularis del Opus Dei, que también son de naturaleza exclusivamente espiritual; ningún derecho ni deber del viejo régimen canónico de la Institución, si no está previsto en el nuevo, permanece vigente tras la institución de la Prelatura. Por consiguiente, ni el Gobierno, ni el Ministro del Interior en particular, pueden legítimamente asumir iniciativas relativas al Opus Dei o disponer investigaciones o controles sobre él. De hecho (sobre la base de los preceptos de la Constitución y de los derechos fundamentales de libertad que ésta garantiza; sobre la base del Concordato -solemnemente reafirmado con el acuerdo de Villa Madama de 1984- al pleno respeto del principio de soberanía e independencia de la Iglesia católica; sobre la base de los estatutos que regulan la Prelatura; sobre la base, por último, de las declaraciones de la Santa Sede que, como he dicho, representan su postura oficial y son de obligado cumplimiento también para la Prelatura), la investigación y el control del gobierno, al no poder justificarse en algún elemento de hecho que constituya el más mínimo indicio, se convertirían en una inadmisible intromisión en el derecho de libertad del ciudadano y en una inadmisible injerencia del Estado en el funcionamiento interno de la Iglesia. La paz religiosa, propuesta como valor supremo cuando la Asamblea constituyente discutió y votó el artículo 7.0 de la Carta constitucional, se realiza respetando las palabras y el espíritu de aquella norma en un contexto esencial de verdad, único fundamento de justicia y de paz».

Deben de haber sido motivos profundos los que han llevado al olvido a estas solemnes palabras de un ministro en el parlamento (que no mucho tiempo después le mostraría su estima eligiéndolo jefe del Estado, con mayoría de dos tercios). Lo mismo ocurre con los desmentidos, las precisiones, las protestas de los cireneos de la oficina de prensa de la Prelatura, obligados todos los días a recomenzar los trabajos de Sísifo, poniendo en marcha su fax. No hay nada que hacer: la sombra de la Obra como «grupo oculto» permanece entre los condimentos indispensables para aderezar las hipótesis sobre cualquier asunto tenebroso (bastaría recordar la hipótesis difundida por muchas publicaciones de todo el mundo, según la cual el asesinato del banquero Roberto Calvi bajo el puente de Blackfriars en Londres fue ordenado por algún numerario, o desde la «guarida» de viale Bruno Buozzi).

En realidad, la estrategia del Opus Dei (estrategia marcada por su fundador desde los primeros tiempos: las agresiones comenzaron cuando la Institución no era más que un pequeño grupo de jóvenes alrededor de un joven sacerdote, en la España prerrevolucionaria de los años treinta) consiste en no responder a los ataques con contraataques. Como observa un estudio reciente: «no hay un solo libro -de la Obra en cuanto tal o de uno cualquiera de sus millares de miembros- que se haya escrito contra alguien o contra algo».

En definitiva, sus miembros no reaccionan ante los ataques con las mismas armas de la polémica, sino que intentan disipar los equívocos aclarando «qué es», cómo funciona y qué pretende el Opus Dei.

Y si después los «otros» no entienden (y he comprobado que en la Obra no convierten eso en un drama), el beato sugirió un programa para reaccionar ante los ataques, sintetizado en tres verbos: «rezar, sonreír, perdonar».

Solía recordar las palabras del evangelio: «no es el siervo mayor que su amo. Y si a éste le han llamado Belcebú, si sobre él han echado todo tipo de calumnias, ¿podrá suceder otra cosa con sus seguidores?». Al final de la única -me parece- rueda de prensa de su vida, en Pamplona, monseñor Escrivá se despidió así de los periodistas: «No quiero saber qué escribiréis. Si es la verdad, Dios os lo pagará. Si no es así, rezaré por vosotros. Por tanto, en cualquier caso saldréis ganando…». No da la impresión de que ha salido perdiendo el Opus Dei, que -en su desarrollo constante, en todos los ambientes y en todos los países- no parece que se haya resentido por los ataques. Es más, como sucede normalmente, podría haberse reforzado su espíritu de cuerpo; pero es algo que no se pretende, porque el Opus Dei quiere estar abierto al apostolado, con sus miembros presentes en la sociedad como ciudadanos «normales», no como miembros de una capillita que se complazca en considerarse «perseguida».

No se debe pensar, sin embargo, que los ataques, sospechas y rumores vengan sólo de «fuera», de «ambientes laicistas» que chocarían contra las tropas de un mundo católico desplegado para defender al pobre Opus Dei, mártir de la malicia de los ateos. Todo lo contrario; las suspicacias y los ataques a la Obra, cuando ésta estaba aún en pañales, vinieron principalmente de ambientes eclesiales (sobre todo de religiosos españoles, quizá más por el desconcierto y el miedo a la novedad que por mala fe), y está probado que la «leyenda negra» nació en el milieu clerical, y de allí pasó a otros ambientes. Pero todos los argumentos utilizados después han sido preparados antes por católicos. Este clima continúa aún en ciertos círculos.

Por señalar un ejemplo de estos reproches «internos», escojo uno de los «instrumentos de trabajo» más recientes -es de 1992- y en cierto modo más oficiosos (y por consiguiente más moderados y objetivos: la edición y la adaptación italiana a la tercera edición alemana ha sido dirigida por uno de los más importantes editores católicos) utilizados en la Iglesia de hoy. Se trata del Dizionario storico del cristianesimo de Andresen-Denzler. La voz Opus Dei (singularmente breve, por otra parte: a esta realidad del catolicismo de hoy, imponente aunque fuera sólo en el plano cuantitativo, se dedica la mitad de espacio que a la voz «josefinismo», por poner un ejemplo; y el mismo espacio que a las «beghinas», un fenómeno eclesial extinto al principio del siglo XIV ..), después de haber advertido al lector de que se trata de una realidad eclesial «tradicionalista en el campo religioso» (es curioso que hoy, en una Iglesia fundada sobre la Tradición -los evangelios no son otra cosa que eso-, el adjetivo correspondiente sea considerado como una especie de marca infamante), señala que «ha sido siempre objeto de vivas polémicas». Y añade: «Algunos exaltan la fuerza vital y la espiritualidad de esta «elite laica del catolicismo», mientras que otros califican a la institución como la cumbre de la restauración, que busca la respuesta de todos los problemas de la vida privada y pública sólo en la fe, y niega por tanto la autonomía a los demás sectores de la cultura». Bastante singular esto de que, para unos cristianos, sea una culpa el poner a la fe en el centro de la vida, y buscar allí las respuestas que la guíen o al menos la orienten.

Este prestigioso Dizionario storico del cristianesirno -objetivo y benemérito en otros aspectos-, concluye del siguiente modo (in cauda venenum…): «Han suscitado rechazo el estrecho vínculo mantenido con el régimen franquista y, en general, su simpatía por los partidos de derechas». Fin de la voz. Y con esto -sin el menor intento de profundización, aceptando como indiscutibles informaciones semejantes-, la Obra está servida, para uno de los libros de consulta usados oficialmente en la formación del clero y en las escuelas de teología para laicos católicos.

En este mismo mundo católico (y también en el laico, que retorna sus argumentos en contra), quien pretende justificar la desconfianza -cuando no la hostilidadcontra el Opus Dei, cita como precedente un episodio que cumple treinta años justo en el momento en el que estoy escribiendo.

Con una especie de tormenta constantemente renovada, se recuerda la actitud crítica hacia esta Obra incluso por parte de Hans Urs von Balthasar, el jesuita suizo que pasó (a petición propia) al estado de sacerdote secular, considerado por muchos como uno de los más grandes -y de los más discutidos- teólogos católicos de este siglo. Durante el pontificado de Juan XXIII (a quien sólo una tenaz e interesada instrumentalización pretende transformar -contra cualquier verosimilitud histórica- en un «progresista», en un papa «de izquierdas»), von Balthasar, sospechoso de excesiva «apertura», cayó en desgracia y no fue llamado a participar en los trabajos de las comisiones teológicas conciliares. En el post-Concilio la situación cambió, y el presunto progresista fue tomado -también abusivamente, por lo que parececomo un «conservador». Así, sus fans de antes se convirtieron en sus adversarios. Y al revés.

El hecho es que se convirtió en un protegido de Juan Pablo II, quien en 1984 hizo que le concedieran esa especie de Nobel vaticano que es el premio Pablo VI, y en 1988 le nombró cardenal (pero el estudioso murió pocos días antes de viajar de Basilea a Roma, donde le iban a imponer el capelo cardenalicio).

Gran teólogo, extraordinario erudito, sacerdote de vigorosa vida cristiana, la personalidad de von Balthasar presentaba también aspectos singulares y quizá contradictorios.

Yo mismo (no hablo de esto por afán autobiográfico, es un modo de intentar entender el problema que nos ocupa) me vi involucrado en una difícil situación por un comportamiento suyo desconcertante, a causa de una entrevista que le hice en otoño de 1985 y que ocupó dos páginas enteras en el diario católico «Avvenire». La entrevista provocó muchas reacciones en toda la Iglesia y fue traducida a varias lenguas y difundida en forma de separata. Una difusión en la que -así me lo aseguraron- participó incluso el Papa, que encargó una versión en polaco y parece que la distribuyó a los connacionales que invitaba. Había quedado muy satisfecho de ese suizo, que le defendía de los ataques -en aquellos días particularmente virulentos, aunque ya habitualesde otro suizo, el teólogo disidente Hans Küng.

Algunos días más tarde, por sorpresa (sin advertir a ninguno de los interesados), von Balthasar desmintió algunas de las afirmaciones centrales que hacía en aquella entrevista. Y lo hizo en uno de los más autorizados diarios alemanes, el célebre Frankfurter Allgerneine Zeitung. A pesar de esa táctica furtiva -confiando quizá en la escasa difusión de la prensa alemana en Italia-, el asunto suscitó inmediatamente ecos clamorosos por todas partes. Inmediatamente, el cronista que esto escribe envió al interesado y «a quien correspondía» (se me había pedido «desde arriba» una aclaración urgente) copia de las grabaciones que confirmaban que las palabras del teólogo habían sido transcritas con absoluta fidelidad. Tampoco se hizo esperar el testimonio del director del «Avvenire», que estuvo presente en la conversación que mantuve en Basilea con el teólogo, y que confirmó lo publicado.

Siguieron a este envío algunas cartas personales del profesor von Balthasar -que guardo en mi archivo-, la última de las cuales terminaba con unas afirmaciones confusas: «entiendo bien vuestra amargura y confieso mi sorpresa por lo que me decís sobre (mis) palabras en vuestras grabaciones (…) Ha sido culpa mía (…). Os pido que olvidemos este enojoso asunto, que ha provocado, a todos, tantas molestias…».

Si les cuento este episodio (que, por otra parte, no es privado, ya que dio lugar a una polémica de meses en la prensa internacional) es porque parece que en aquel gran erudito -algunos de sus libros son fundamentales para la Iglesia de nuestro siglo- se dieron notables oscilaciones, también en lo que se refiere al Opus Dei.

Los hechos se desarrollaron como veremos. En noviembre de 1963, en la Neue Zürcher Nachrichten (un pequeño diario suizo, que difundía unos pocos miles de ejemplares y que desapareció hace años), von Balthasar publicó un artículo con el título «Integrismo». Al mes siguiente, fue reproducido en su totalidad por la revista teológica de Viena Wort und Wahrheit (Palabra y verdad), mucho más autorizada y difundida.

En el artículo se mencionaba al Opus Dei como «una concentración integrista de poder en la Iglesia». Según el teólogo, el núcleo central del «integrismo» sería el intento de «imponer lo espiritual con medios mundanos». Hay que señalar que aquel artículo era la continuación de otro en el que, criticando a Theilard de Chardin, von Balthasar marcaba sus distancias con el «progresismo» clerical. Con otras palabras, una condena tanto a las «izquierdas» como a las «derechas» clericales, y en este último grupo incluía a la Obra, aunque -lo confesará más tarde, como veremos- en aquel momento casi no la conocía, ya que la Institución estaba dando sus primeros pasos en la Suiza de habla alemana. Su juicio negativo se basaba casi únicamente sobre el análisis de algunos puntos del libro de Escrivá Camino, juzgado como una espiritualidad no suficientemente profunda para una Obra con miras universales.

Fue bastante sencillo para los miembros del Opus Dei mostrar de modo incontrovertible (presentando, por una parte, las palabras auténticas de Camino, y por otro, las criticadas por el teólogo) que el texto había sido forzado, sacando las frases de su contexto, uniendo unas con otras de modo abusivo, y suprimiendo algunas que explicaban las afirmaciones precedentes. Es decir, se había tratado de un asunto como el que mencionaba Joseph Fouché (al menos muchos lo atribuyen a él, aunque algunos lo refieren a otro), el astuto ministro francés de policía, útil para cualquier clase de régimen: «Dadme un texto cualquiera de alguien y yo, cortando y pegando adecuadamente, encontraré las pruebas suficientes para conducirle a la guillotina…».

Desde entonces -y han pasado ya treinta años-, no hay debate sobre la Obra en el que no se mencione aquel juicio negativo, usado también en la batalla por la beatificación de Escrivá, de la que hablaremos en seguida. La argumentación es ésta: ¿cómo puede el Opus Dei no ser «integrista», de «derechas», «tan poderoso como oculto», si hasta un amigo del Papa polaco, que a su vez es amigo del Opus Dei, ha marcado claramente las distancias? Una auténtica losa, de la que parece difícil que se libren los infortunados discípulos de Escrivá. Así piensan también, con cierto embarazo, católicos sinceros a los que les gustaría mirar sin prejuicios o incluso con simpatía a la institución fundada por el beato español.

Como cronista que busca cumplir con su misión (y precavido -debo confesarlo- por mi desconcertante experiencia personal con el Maestro de Basilea), quise examinar íntegramente el dossier del asunto, sin quedarme en la superficie, como se han quedado tantos -salvo, naturalmente, los del Opus Dei- durante decenios.

En el dossier hay, sobre todo, una sorprendente ausencia. El famoso artículo es de 1963, y su autor murió -en plena actividad intelectual, con una miríada de colaboraciones y de trabajos en curso (pocos hombres han escrito y hablado tanto como él)- en 1988. En esos veinticinco años, en los centenares -si no millares- de textos que firma, von Balthasar no sólo no escribe -ni habla- una sola palabra contra el Opus Dei, sino que parece que se retracta -también en esta ocasión…- de sus juicios. Por ejemplo, en 1984 escribió a un sacerdote de la Prelatura: «Hace más de diez años, en una ocasión critiqué Camino (¡no al Opus Dei!), porque me parecía insuficiente como espiritualidad, para una obra tan enorme. Desde entonces, no he dicho una sola palabra contra el Opus Dei».

Dos años después, el 19 de diciembre de 1986, en una carta sobre el mismo asunto dirigida a Hans Thomas, otro miembro de la Obra, confiesa: «Entonces (en 1963, N. delA.) no conocía a sus miembros en modo alguno».

Pero estos documentos «privados» ceden en importancia ante un decisivo testimonio público de 1979, que nunca citan los críticos, como sería honrado por su parte. La misma honradez impone al mismo tiempo reconocer que difícilmente podría ser citado, ya que el diario en que debería haber aparecido no quiso publicarlo.

El periódico en cuestión es el diario que muchos consideran el más serio de Suiza y es mencionado siempre en todas las reseñas internacionales: la Neue Zürcher Zeitung, órgano tradicional del radicalismo laicista.

Von Balthasar remitió una carta a ese diario y, en vista de que el director no quiso publicarla, envió una copia autógrafa a los responsables suizos de la Obra, que conservan el documento. En esa carta, el teólogo escribió: «En la “Neue Zürcher” de enero de 1979 ha aparecido un violento ataque contra la actividad del Opus Dei en Zürich que no me parece digna de un periódico que recientemente ha sido galardonado con el premio Erasmo -¡el premio de los grandes conciliadores!-, y en el que se me presenta como principal testigo contra la citada organización. Afortunadamente, el autor precisa que se trata de un artículo mío aparecido en 1963 (en una revista que cesó de publicarse hace tiempo), pero ha olvidado decir que se trataba en realidad de una recensión de Camino, una obra del fundador del Opus Dei. No se trataba, por consiguiente, de un juicio sobre la obra de Escrivá en su conjunto (que entonces no estaba tan accesible como lo es hoy, del mismo modo que la espiritualidad que se vive en su fundación). Entonces, en 1963, tenía la impresión de que los consejos y las exhortaciones contenidas en Camino no podían ser suficientes como cimiento espiritual de una organización tan influyente, difundida por todo el mundo. Por falta de información concreta, no estoy en condiciones de emitir un juicio sobre el Opus Dei actual, pero hay algo de lo que estoy seguro: que muchas de las acusaciones (también las que el artículo de vuestro periódico alega contra la enseñanza de la religión por parte de miembros del Opus Dei) son sencillamente falsas y anticlericales».

Parece que, tras examinar una carta semejante, se requerirá más prudencia para desacreditar a la Obra diciendo que «hasta el teólogo más admirado por el papa Wojtyla puso a los católicos en guardia».

Una prudencia que deberá aumentar, después de haber leído el último documento del affaire. Se trata probablemente del último artículo del gran teólogo, aparecido poco después de su muerte, en el número de julio de 1988 de la revista teológica Diakonia. El artículo lleva por título «Integrismo hoy», y vuelve al tema del célebre texto de 1963. Un estudio amplio, donde Balthasar reexamina el fenómeno que veinticinco años antes creyó apreciar en el Opus Dei. En esta especie de testamento teológico, en vano se busca una referencia a la institución de don Josemaría: ni directa ni indirecta. Nada: ni una sola palabra…

¿Qué otra conclusión se puede obtener, sino que había cambiado de opinión, como ya le

Sea lo que fuera de von Balthasar y demás críticos, reales o presuntos, el 17 de mayo de 1992 Roma -que de atascos y tapones sabe lo suyo- conoció su longest day, su «día más largo», con la paralización casi total del tráfico. Y no sólo los vehículos de motor; quien allí estuvo recuerda que en ciertas calles y a ciertas horas, era difícil incluso desplazarse a pie.

Fue el efecto de la invasión de 300.000 personas para algunos, ó 400.000 para otros, llegadas por los más diversos procedimientos desde todo el mundo (a costa de su propio bolsillo) para asistir a la beatificación del venerable Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás en la plaza de San Pedro por parte de Juan Pablo II, pontífice romano feliciter regnans.

Si Bernini hubiera levantado la cabeza se habría caído redondo: sus 284 columnas, presididas por las 140 estatuas de apóstoles y santos, concebidas para abrazar la muchedumbre humana más grande que pudiera imaginar mente humana, se revelaron del todo insuficientes. Era quizá la primera vez que sucedía, en la historia tres veces secular de la plaza.

Tengo ante mí una foto tomada desde la cúpula. Todos los rincones de la inmensa explanada barroca están repletos. Pero no por una horda reunida sin orden ni concierto, ni por una masa humana. El espacio está dividido en zonas ordenadísimas, separadas por pasillos por los que circulan los encargados de los servicios de orden y de primeros auxilios. El mar de cabezas continúa a lo largo de la via della Conciliazione, hasta casi el lejano Tíber.

Una visión impresionante de fuerza tranquila, confiada en sí misma; un clima de fiesta bajo el sol italiano, en honor de un español, pero con unos esquemas de organización compacta que hacen pensar en algo nórdico o teutónico.

¿Recuerdan las famosas e inquietantes películas de Leni Riefenstahl: Der Triunph des Willens, sobre el congreso de Nüremberg; y Olympia, sobre la Olimpiada de Berlín (2)? Por favor, no se escandalicen pero las imágenes de aquel día me recordaron -y no sólo a mí- algo por el estilo. En las apariencias externas, se entiende, en el clima de disciplina (o mejor, de autodisciplina). Por lo que se refiere a las verdaderas intenciones, es un hecho objetivo, y no apologética fácil, que esa inmensa reunión estaba allí no para pedir la guerra sino la paz; no para odiar, sino para esforzarse en amar; no para reivindicar, sino para agradecer.

Creo que vale la pena recordarlo, en un mundo donde, cuando la gente se hace multitud, incluso «para divertirse», como en los estadios (por no hablar de comicios o de manifestaciones), es siempre para oponerse a alguien, para replicar a un antagonista, para gritar eslóganes hostiles.

Para llegar a aquella jornada y poder escuchar a un Papa que, con la autoridad apostólica que tiene conferida, inscribía al Padre en el elenco de los beatos; para poder convocar desde los cuatro puntos cardinales a aquella masa inmensa, al mismo tiempo festiva y ordenada; para llegar a esto, el Opus Dei tuvo que combatir una dura batalla. También, y quizá sobre todo, dentro de la Iglesia.

En los ambientes clericales se multiplicaron las maniobras y contramaniobras para intimidar al mismo Papa, para hacerle, al menos, retrasar la beatificación.

Traduzco lo que dice una crónica, un testimonio entre los muchos posibles: «En cuanto fue anunciado, en diciembre de 1991, que la solemne beatificación del fundador del Opus Dei tendría lugar el 17 de mayo del año siguiente, el hecho se transformó en noticia. De ordinario, las beatificaciones no son suficiente noticia para los periódicos, incluidos los católicos. En cambio (y sólo en este caso, en la historia reciente), algunos grupos pasaron a la acción para descalificar el proceso, para insinuar dudas sobre la figura del futuro beato y -por consiguiente- sobre el mismo Papa, sobre la objetividad y la legitimidad de la decisión de proceder a la ceremonia. Mucha carne se puso en el asador, con tenacidad y apoyos poderosos, para impedir, retrasar o al menos estropear la fiesta del 17 de mayo».

Alguien llegó incluso a amenazar a Roma con un cisma, considerando «escandalosa e intolerable la glorificación del Opus Dei en la persona de su fundador». Alguno puso al Papa ante una singular alternativa, aut-aut ¿por qué Escrivá sí y el papa Juan XXIII todavía no? (Esto, en el elíptico lenguaje clerical, quería insinuar que la Santa Sede premiaba la «restauración» y no el «aggiornamento»: recuerden la voz Opus Dei en el Dizionario del que hablé antes. En efecto, los contestatarios se escandalizaban por el retraso de la causa de beatificación del papa Roncalli y no de la de Pío XII, a pesar de que los procesos relativos a los dos Papas habían comenzado al mismo tiempo, para exaltar precisamente dos concepciones distintas del pontificado). ¿Por qué, añadían, se necesita tanto tiempo para otros candidatos, y sólo 17 años para este español?

Se discutió incluso acerca del milagro, exigido por la Iglesia como una especie de imprimatur de la santidad del candidato a los altares, que requiere estos signos divinos de aprobación antes de pasar de «venerable» a «beato» (y más tarde a «santo». La «curación inexplicable en el estado actual de la ciencia» (como reza la fórmula ritual) fue certificada, como es habitual, por un grupo de peritos de reconocido prestigio, nombrados por la Congregación vaticana para las causas de los santos. Sin embargo, para hacer algunas averiguaciones previas, la Obra había solicitado su parecer a dos especialistas de la Universidad de Navarra, ya que en la Clínica universitaria disponían de no se qué aparato científico. Esta colaboración con la Universidad cuyo Gran Canciller es el Prelado del Opus Dei fue malinterpretada por quien seguía el proceso con recelo, y se llegó incluso a hablar de manipulación, de «falso milagro», presentando al mismo Papa como engañado por un lobby de estafadores. Estos críticos, sin embargo, aparentaron desconocer que esos especialistas habían intervenido sólo en la instrucción de la causa como peritos de parte y que, por consiguiente, su dictamen (como sucede en cualquier proceso) fue sometido al juicio autónomo y secreto de los expertos de la Congregación vaticana.

De todos modos, no hay motivo de escándalo: quien no esté familiarizado con la vida de la Iglesia y no comparta la pasión que la anima, no sabe hasta qué grado de rudeza puede llegar el conflicto, hasta qué temperatura puede alcanzar la «ira teológica». No es algo bueno, naturalmente; pero, bien pensado, no está del todo mal que -en un mundo que parece no creer en nada- haya personas que se tomen tan radicalmente en serio las cuestiones religiosas. Entendámonos: si no se apasiona uno -incluso hasta el extremo- por semejantes asuntos, que afectan a nuestro destino último, ¿por qué cosas merecerá la pena enfadarse? Ante este tipo de cuestiones, ¿tienen verdadero sentido las disputas por cuestiones culturales, deportivas o incluso políticas, tan efímeras pero con tanto predicamento para la cultura moderna? No piensen que estos enfrentamientos en la Iglesia, a pesar de ser tan duros, impidan reconocerse unos a otros, a pesar de todo, hermanos en la fe común que les une. En la Iglesia, es posible discutir con vehemencia sobre las ideas y esforzarse por querer a las personas que las encarnan. Luchar en la plaza pública y darse la mano en Misa. Verdaderamente, extraño zoológico es éste.

¿Una Iglesia dividida? Así lo parece, pero quizá sólo gracias al espacio que los media dedican a los no muy numerosos pero sí muy ruidosos contestatarios. No es nada nuevo; ya en vida, Escrivá fue con frecuencia «signo de contradicción» dentro de la misma Iglesia. Amado, venerado o al menos respetado por muchos, contestado por otros, como sucede con cualquier personalidad, como es constante en la historia del cristianismo (sin excluir al mismo Jesucristo…).

Las exigencias de la objetividad obligan a señalar que la apertura del proceso de beatificación del Padre fue solicitada al Papa por más de un tercio del Episcopado mundial. Para ser exactos, firmaron y mandaron a Roma su «súplica» 69 cardenales, 241 arzobispos y 987 obispos. A ellos se unieron más de cincuenta superiores generales de las más prestigiosas órdenes y de las mayores congregaciones religiosas de la Iglesia. Una cosa nunca vista, tan novedosa como los casi ochenta mil relatos de «favores», «gracias», «prodigios» que habrían sido obtenidos por intercesión de monseñor Escrivá de Balaguer después de su muerte: una avalancha sin precedentes en los anales católicos.

Con un apoyo de tal calibre -de la jerarquía, pero también del pueblo- el Opus Dei hizo todo lo posible para vencer la «batalla de la plaza de San Pedro». «Sólo» 17 años, de los cuales menos de diez para lo que realmente fue el proceso: un tiempo largo para el mundo, singularmente breve para la Iglesia, aunque no es un récord sospechoso. A las críticas sobre lo reducido de los plazos, la Postulación de la Prelatura replicó que otras causas (como, por ejemplo, la de Francesca Cabrini, la santa de los emigrantes a América) habían ido a la misma velocidad, a pesar de que se habían desarrollado según las normas preconciliares, que preveían el doble de trámites que las normas establecidas con la reforma de la Congregación para las causas de los santos, realizada después del Vaticano II.

En aquellos años del «proceso Escrivá», se realizaron algo así como 980 sesiones de los tribunales canónicos. Los 92 testigos que conocieron al fundador Escrivá debieron responder a 265 preguntas comunes (y a otras muchas específicas a cada uno de ellos), que analizaban casi con rayos X prácticamente cada hora de cada día de la vida del candidato, para asegurarse de su total fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, en su conducta y en su modo de pensar.

Para mayor seguridad, se escuchó a los que estaban al otro lado de la barricada. Fueron interrogados también once ex-miembros, numerarios y supernumerarios salidos de la Obra de manera no siempre pacífica, incluso dando un portazo, con la consiguiente polémica. Hay que señalar, por tanto, que también la contestación ha tenido peso en el proceso. Como también la ha tenido la voz de los «neutrales»: a ese propósito, la mitad de los testigos fue elegido entre hombres y mujeres externos a la Institución.

A pesar de los pesares, la Obra sigue adelante, aunque con sus «orugas» recubiertas de goma. Un año después de la beatificación, en junio de 1993, el sacerdote de la Prelatura don Flavio Capucci, que había coordinado como postulador la compleja y laboriosa operación para llegar hasta la plaza de San Pedro, comunicaba que habían llegado «más de siete mil narraciones, todas ellas firmadas y comprobadas, de favores recibidos, en el mundo entero, por intercesión del beato Escrivá».

Como para llegar a la canonización -es decir, a la inscripción del nombre del que ya es beato en el Canon, el elenco oficial de los santos- se requiere otro «milagro», don Flavio Capucci informaba que la Postulación estaba trabajando para seleccionarlas. El proceso, por tanto, continúa, y son pocos los que tienen dudas de cómo acabará. Como confirmación del «movimiento popular» en torno a Escrivá, se informaba de que más de un millón de personas había participado en las misas celebradas en todos los continentes con motivo de la primera fiesta litúrgica del nuevo Beato. Flavio Capucci terminó con un dato, tomado de un artículo publicado en una revista española: «La polémica sobre la beatificación se estrelló, como un viejo aeroplano, en los aún más viejos muros de San Pedro».

Por vez primera, una desviación -por pequeña que fuera- en la estrategia de evitar incluso las bromas con sabor polémico. Pero quien conoce la consistencia de la Obra en sus intenciones, y la paralela consistencia de la agresión contestataria, se sorprenderá no tanto por la referencia «dialéctica», sino por la paciencia ejercitada durante tantos años y que se sigue practicando.

Dentro de la Obra

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Antes de continuar, quiero referirles una de las etapas de mi viaje por dentro de la Obra. Lo que a continuación cuento no pretende tan sólo mostrar que he trabajado duramente (aunque tampoco estaría de más, puesto que lo que presento es un informe que debe estar lo mejor documentado posible); quiero además anticipar algo que me parece de especial relevancia.

Veamos: naturalmente, he leído todo lo que se ha publicado sobre el Opus Dei en las lenguas que entiendo, comenzando por las que se usan en los documentos oficiales: algunas veces en latín, normalmente en castellano.

Reflexioné, en primer lugar, sobre ese libro que es al mismo tiempo carburante y motor de la Institución: Camino, que fue editado en su forma definitiva en 1939 (aunque la primera versión es de cinco años antes) y que merecería estar en el Guinness del mundo editorial, por sus millones de ejemplares y las decenas de lenguas en las que se ha editado, desde el quéchua del Perú, hasta el tagalog de las Filipinas. Son 999 breves consideraciones (número múltiplo de tres, en honor a la Trinidad) que tratan de tú al lector y le guían por la espiritualidad católica más clásica. En 1986, once años después de la muerte del Beato, se editaron otras mil consideraciones, recogidas bajo el título de Surco. Al año siguiente salieron otros 1.055 puntos, bajo el nombre de Forja. También se deben a Escrivá otros libros (por ejemplo, uno sobre el rosario: un millón de ejemplares vendidos), pero es en estos tres donde se encuentra el cogollo de su pensamiento y, por tanto, del Opus Dei.

Me ocupé no sólo de los escritos publicados (tanto a favor como en contra) sino también de otros informes, incluso de los difundidos a multicopista y de los mecanografiados. Les doy mi palabra de que ninguna de mis peticiones de información ha sido rechazada. Han puesto a mi disposición sus míticos archivos y todo lo que les he pedido.

Concertaron citas con las personas con quienes yo deseaba conversar. Desde un guardia de tráfico de Nápoles, miembro de la Obra, al casi inaccesible Prelado. Precisamente, con él estuve durante casi dos horas (privilegio nada frecuente, me aseguró mi acompañante «interno»), y pude preguntarle todo cuanto quise, en su despacho de Roma.

Me hospedé por un periodo no breve en la Residencia universitaria internacional, situada en el barrio romano del EUR. Es una «obra corporativa» (término que explicaré) donde compartí con los miembros que la dirigen y que desarrollan su función de tutores de los estudiantes (tarea que se añade a su trabajo profesional, que realizan «fuera»), además del reposo nocturno en la sencilla pero funcional suite que se me asignó, las comidas y las tertulias. Este último es un término castellano que, en el lenguaje «interno», indica la breve reunión que, en todos los centros, sigue al almuerzo y a la cena: un rato sentados en los sillones y sillas de la sala de estar, para intercambiar comentarios e impresiones, en una conversacion amistosa.

Las tertulias tenían lugar en compañía de los residentes, si los hay (como era mi caso), en ese clima de «normalidad», de «vida de familia», de «casa como las demás» que defienden como una característica esencial. El Opus Dei nació en la casa del entonces jovencísimo don Josemaría: un hogar burgués del Madrid de los años veinte y treinta, cuidado por la madre y la hermana del futuro beato. De aquí procede también esa búsqueda de «decoro», propio de una casa de familia normal, y que distingue los ambientes donde se recibe a los huéspedes y se convive. La pobreza (y les aseguro que he podido comprobarlo de visu) se vive, sí, pero «en la trastienda», en las habitaciones de los miembros de la Obra o en los lugares que normalmente sólo usan ellos (aunque no existe «clausura» de ningún tipo, inconcebible para el espíritu laico de la Institución). «La penitencia debemos practicarla nosotros, no imponerla a los demás», decía Escrivá, y recomendaba un «ascetismo sonriente», tanto más meritorio cuanto menos proclamado.

Visité también en Roma un Centro de mujeres (otra residencia universitaria). Tuve allí la posibilidad de formular todas las preguntas que quise, tanto a las empleadas que no pertenecen al Opus Dei como a las jóvenes residentes, que en su mayoría tampoco pertenecen a la Obra. Allí, como en los demás lugares donde hay mujeres de la Prelatura, mi ojo entrenado de cronista no pasó por alto un detalle: señoras (supernumerarias) y señoritas (numerarias y agregadas) vestidas con gusto, con un estilo muy lejano al de «monja disfrazada»; mujeres que no se distinguen -en cuanto al lookde otras de condición social semejante.

Pero cuando se sentaban (con elegancia, ca va sans dire…), cuando la falda dejaba descubiertas las rodillas, se notaba la marca que deja el rezar mucho arrodillado. Y -como signo de un «estilo» espiritual- al darse cuenta de haber sido descubierta, se cubría en seguida con cierto sonrojo, por temor a la ostentación devota.

A lo largo de mis «inspecciones», no dejé de lado a «Torrescalla», imponente y moderna residencia milanesa al servicio de los estudiantes del vecino Politécnico.

Pasé también un día entero en esa gran «obra corporativa» que es el Centro ELIS, situado desde 1965 en el popular barrio del Tiburtino. Es uno de los más grandes, eficientes y prestigiosos centros de formación profesional de Roma, e incluso de Italia, con residencia para jóvenes obreros y artesanos, centros deportivos (pasan por él cincuenta mil chicos cada año, la mayoría «externos») y biblioteca.

Junto a este Centro, las mujeres de la Prelatura dirigen una Escuela de hostelería profesional. Tanta es la fama de la Escuela que las chicas, al salir, encuentran trabajo inmediatamente al menos en el 90% de los casos. Las restantes, lo encuentran poco tiempo después.

El estilo de esa Escuela se refleja en detalles como los siguientes. Entre las materias que allí se imparten está la preparación de dulces -agradables a la vista y sabrosos al paladar- a partir de ingredientes baratos. Se aprende también el arte de transformar una casa modesta en un apartamento acogedor usando con sabiduría la tapicería, cortinas, luces, disponiendo todo con buen gusto y con otros pequeños detalles, todos rigurosamente baratos, do-it yourself. He aquí de nuevo el «hacer las cosas bien», el «causar buena impresión» con poco, ahorrando en todo menos en trabajo e ingenio.

El ELIS fue construido en terrenos y con fondos puestos a disposición por Juan XXIII, que utilizó el dinero recogido en todo el mundo con motivo del ochenta cumpleaños de Pío XII. Fue inaugurado por Pablo VI y visitado con admiración por Juan Pablo II (en el Opus Dei están muy orgullosos de estos «patrocinios» pontificios, que confirman la benevolencia de Papas tan distintos). Esta Escuela ha formado profesionalmente a millares de chicas y chicos, y ha desarrollado y desarrolla, en la economía romana, algo parecido a lo que representó la Valdocco de don Bosco, con sus escuelas para obreros y artesanos, en la Turín del siglo diecinueve.

Completa el conjunto una iglesia que funciona como parroquia del barrio, confiada al clero de la Prelatura.

Asistí en esa iglesia a una misa dominical: buenas obras de arte contemporáneo (hoy en día, no es preciso buscar mucho para encontrar objetos de arte sacro que no ayudan a rezar, sino a pedir a Dios que perdone al supuesto artista); gran cantidad de flores; liturgia impecable, fiel a las disposiciones oficiales y no entregada a la «creatividad» ni al estado de ánimo del sacerdote del lugar; un coro de jóvenes del barrio perfectamente dirigidos y asistidos por un organista profesional; un grupo de sacerdotes concelebrantes de varias nacionalidades y etnias…

Un lugar y al menos una hora a la semana de belleza y de dignidad «reales» para la gente de uno de los barrios más desolados de la ya de por sí inhumana periferia romana. La asistencia a aquella misa me confirmó que hasta una ceremonia puede ser también una «actividad social», y no de poca monta: dar a quien lo desee la oportunidad de participar en algo muy diferente -incluso por su armonía externa- de la fealdad cotidiana.

En mi viaje de inspección, también conversé en Roma con profesores y estudiantes del Ateneo romano de la Santa Cruz. Este centro, creado inicialmente como «cabeza de puente» en Roma de la Universidad de Navarra, se dirige a grandes pasos a convertirse en una universidad pontificia, como el Laterano o la célebre Gregoriana de los jesuitas. En sus facultades de Filosofía, Teología y Derecho canónico, estudian miembros del Opus Dei y también seminaristas y sacerdotes enviados por obispos de todo el mundo, que buscan solidez doctrinal. Un taller teológico donde se ponen a punto los motores de esos panzer a los que se refería don Giussani; y donde se enseña el modo de conducirlos -de acuerdo con el estilo de la Obra- suave pero con decisión: con una decisión que consiste en seguir adelante por el camino propio, evitando cuidadosamente polémicas y contraposiciones con «áreas» católicas orientadas de otro modo.

La Facultad de Teología de este ateneo, de importancia «estratégica» para toda la Iglesia, se ha querido, tenazmente, levantar aquí, en la misma ciudad del Papa. Su programa dice lo siguiente: «Nos proponemos profundizar y exponer sintéticamente, con método científico, la doctrina católica (…). Se pretende formar expertos en la ciencia de la fe …».

Recordarán quizá las ironías de Benedetto Croce sobre la teología: «estas palabras que se ocupan de cosas que no se sabe si existen…». En el Opus Dei no se pone en duda si esas cosas «existen». Y quizá, si se les preguntara, responderían con ironía, recordando que muchas de las «certezas» de filósofos y sabios, que creyeron haber descubierto la «verdadera verdad», acabaron en el cajón de las curiosidades para eruditos. Lo cierto es que aquí están totalmente convencidos de que «la teología es una ciencia que puede y debe ser enseñada científicamente…».

La nueva sede del Ateneo, en el antiguo e ilustre edificio de San Apolinar, se halla en plenas obras de adaptación, pues el Opus Dei va ocupando, incluso físicamente, los espacios que quedan libres por el «cierre» de otras realidades católicas. Para que se hagan idea de cómo se funciona por allí, en la entrada del edificio un aviso indica que para asistir a las clases los sacerdotes diocesanos deben vestir la sotana o el clergyman, y los religiosos el hábito de su orden.

Es un aviso sólo para «los demás», ya que nunca se han visto sacerdotes del Opus Dei en vaqueros, camiseta, etc., y ni siquiera con camisa y corbata, como visten tantos otros sacerdotes, convencidos de que la gente desea verlos «como ellos» en todo, comenzando por el modo de vestir (y vaya usted a saber si es cierto que la mítica «gente» los quiera así, y no preferirá, en cambio, que el sacerdote, el consagrado, continúe esforzándose por ser reconocible a primera vista como «distinto», en el sentido de que ha de dar testimonio de una realidad «distinta», más respirable y más prometedora que la cotidiana).

Sea como fuera, el clergyman o la sotana son indispensables para los sacerdotes de la Prelatura. Como lo son para todos los demás, como indican las leyes de la Iglesia. Así lo dice el nuevo Código de Derecho canónico de 1983 (nada sospechoso porque es la expresión más cabal del aggiornamento conciliar, hasta el punto de haber suscitado discrepancias y sospechas entre los tradicionalistas): «Los miembrosdel clero vistan decentem habitum ecclesiasticum, según las normas emanadas por las Conferencias episcopales…»). Así deben vestir si desean aprovechar este ateneo que, según me confirman los estudiantes, da mucho (no sólo estudios sólidos, sino también ayuda concreta para instalarse en Roma y asistencia «tutorial» en horas no lectivas), y también exige lo mejor, al menos en el plano del esfuerzo.

Una seriedad que, una vez más, acaba por dar fruto: las cifras certifican el crecimiento habitual que presentan las cosas del Opus Dei. En 1984, cuando el ateneo abrió sus puertas (discretamente, como «centro académico», simple sección romana de la Universidad de Navarra), los estudiantes no llegaban a cuarenta. Diez años después, en 1994, los inscritos son ya casi 600, de cincuenta y cinco nacionalidades, dividos en partes iguales entre estudiantes europeos y de otros continentes.

Créanme: este ateneo parece destinado a ser una pieza clave en la formación de la clase dirigiente de la Iglesia del Tercer Milenio, aunque esto es algo que los de la Obra no reconocerán nunca, escudándose en eso que llaman «humildad colectiva». Por otra parte, es evidente que no escribo para ellos; todas estas cosas las conocen perfectamente, aunque no las digan, y se esfuerzan tenazmente por llevarlas a la práctica. En el Ateneo Romano de la Santa Cruz se emplean los métodos pedagógicos más avanzados y un instrumental de vanguardia, pero lo que se enseña está en la línea de la fidelidad más absoluta al Magisterio. También en estos tiempos que llaman «posmodernos» la Tradición, con mayúscula, parece revelarse como el camino más directo hacia el futuro. Como ya se dijo, el futuro podría ser lo que los obnubilados por lo «nuevo» pensaban que representaba el pasado.

Es el mismo cocktail vigoroso (tradición en los contenidos, modernidad audaz y pragmática en las formas) que, en dimensiones más grandes y complejas de lo que por ahora tienen en Roma, he encontrado en otra etapa, la que me ha llevado a la antigua capital del reino de Navarra. Me refiero a Pamplona, que para tantas personas no está ligada al recuerdo de la herida que en 1521, defendiendo la ciudad frente a los franceses, sufrió el aún «mundano» hidalgo Ignacio de Loyola; ni tampoco al breve obispado del poco edificante César Borgia llamado el Valentino, hijo del Papa Alejandro VI, el brillante y cruel aventurero que encendió las ilusiones de Maquiavelo. Pamplona está ligada en la mente de muchos no a la historia religiosa, sino a las páginas sobre toros de Hemingway, a las imágenes ruidosas del encierro, con los toros libres por las calles de la ciudad, persiguiendo a miles de jóvenes que buscan la emoción del desafío a la muerte.

Folclore hispánico, mucho más rico de valores, de significados humanos y simbólicos, y de resonancias religiosas, de lo que alcanza a sospechar el superficial iluminismo de los escandalizados animalistas; mucho más de lo que puedan entender, dentro de la misma Iglesia, algunos frailes liberales, que rebajan la grandeza de Francisco de Asís al convertirlo en precursor en escayola nade los «verdes» y los «bestialistas» contemporáneos.

En cualquier caso, ese folclore hispano no parece tener sitio en el vasto campus de la Universidad de Navarra, con treinta mil árboles, cuatrocientos mil cuidadísimos metros cuadrados de arbustos, flores y césped. El ambientalismo (rechazado cuando se transforma en ideología, en un «ismo» como tantos otros) se practica en los hechos, no en los manifiestos. En este vasto campus surgen los modernos eficicios de las facultades y de los Colegios Mayores, dominados por el edificio de Rectorado, también moderno, pero que con torres, escudos, tímpanos, escalinatas, evoca los ecos gloriosos de una España católica e imperial. De una España consciente de sus deberes por el papel providencial que le corresponde en el mundo, y también en la Iglesia. No es casualidad que hoy día, la mayoría de los católicos hable ese castellano que, según Carlos V (¿o Felipe II?, aún se discute), es un idioma familiar en el mismo Cielo…

Iniciada en 1952, querida con insistencia por el beato Escrivá que, hasta su muerte en 1975, fue su Gran Canciller, esta universidad tiene sobre todo el mérito histórico de haber roto el secular monopolio estatal impuesto por el laicismo español en la enseñanza superior, con tal centralismo jacobino que sólo era posible doctorarse en la universidad controlada a la vista del gobierno, en la de Madrid.

Hoy, en Pamplona, se estudia Derecho, Medicina, Enfermería, Filosofía y Letras, Farmacia, Química, Biología, Derecho canónico, Ciencias de la información, Arquitectura, Filología, Económicas y Empresariales. Y se estudian de tal modo, con tal organización y asistencia de los alumnos, que una reciente investigación de la Comunidad europea clasificaba al campus de la Universidad de Navarra, niña de los ojos del Opus Dei, entre los mejores en absoluto, si no el mejor, del continente. Funciona aquí también el consejo de Escrivá: «Todo lo que hagas hazlo bien. A Dios no se le pueden ofrecer chapuzas».

La universidad ha cambiado la vida de esta ciudad de menos de 200.000 habitantes: casi medio millón de personas va y viene cada año por motivos ligados de algún modo a la universidad. Después de desembarcar en el pequeño pero moderno aeropuerto de Pamplona, el cronista que esto escribe fue tomado a cargo del profesional gabinete de relaciones públicas, al que trabajo no le falta, dada la frecuencia de visitantes y de delegaciones internacionales.

Las impresoras del ordenador sacaron para el periodista todos los números, los gráficos, los diagramas que deseaba, anticipándose con frecuencia a sus peticiones. Espiguemos de aquí y de allá algunas cifras. En las distintas facultades estudian unos 15.000 universitarios (el 10% proviene de otros países). Es un número programado, porque se considera lo suficientemente elevado para ofrecer los servicios adecuados, y al mismo tiempo suficientemente reducido para evitar la masificación y favorecer esa relación personal que está entre los objetivos que el Opus Dei, desde los comienzos, pretende conseguir en cualquier actividad, y no sólo en esta universidad «suya».

Así, en los colegios universitarios, o en los centros de formación profesional, o en las actividades de apostolado, las personas se subdividen siempre en grupos poco más numerosos que la decena de miembros, huyendo (también cuando el trend cultural iba en dirección contraria) de los mitos de la «asamblea», del «colectivo», de la «masa». Cada uno es atendido personalmente, en su formación religiosa, moral, cultural, profesional: el rechazo cristiano del «comunismo» y la elección del «personalismo», la repulsa del anonimato y la preocupación por el individuo (visto como una pieza «única» en los designios de Dios), forman parte de los trazos fuertes del planteamiento de una Obra que curiosamente nació en el siglo de las utopías colectivistas.

Creo que, como André Frossard, el célebre converso francés, también Escrivá estaba totalmente convencido de que «el Dios cristiano sabe contar sólo hasta uno». Y que Dios no se ocupa de la humanidad, sino de hombres concretos, cada uno con su nombre y sus apellidos; que no conoce «clases», «partidos», «razas», sino sólo individuos, iguales en derechos y deberes y al mismo tiempo irrepetibles, inimitables, inconfundibles.

Continuemos con las cifras de este lugar de «formación» más que de simple «estudio», y que por este motivo se declara «centrado en la persona». Los 1.900 profesores (uno por cada diez estudiantes, además de un gran número de jóvenes que se dedican al tutoring); casi 4.000 empleados; 18.000 solicitudes de admisión para las 2.000 plazas convocadas cada año; 43.000 licenciados en sus 40 años de actividad.

Además, desde 1958 funciona en Barcelona -capital económica de España- el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE), que se ha convertido en uno de los centros más prestigiosos de Occidente para la formación postuniversitaria de dirigentes empresariales, y que organiza masters con prestigio internacional. En 1993, contaba con 117 docentes de quince nacionalidades y sólo 420 alumnos recién licenciados, seleccionadísimos, procedentes de 34 países, que participaban en los cursos de 21 meses de formación intensiva para cargos directivos. Nos encontramos también aquí, sin complejo alguno, en el mismo corazón de la modernidad más avanzada, en un management que sabe convivir con misa y rosario. La presentación del instituto a los alumnos potenciales muestra en seguida ese espíritu específico: «La dirección de empresa es una tarea confiada a personas y orientada a otras personas. La enseñanza en el IESE subraya siempre los aspectos humanos, éticos, de conciencia, en cualquier decisión empresarial. La máxima profesionalidad debe convivir con el constante espíritu de servicio hacia las personas».

Quizá el periodista italiano sospeche que todo esto se ofrece a una elite, y confirme la fama de exclusivismo de la Obra, preguntan mis acompañantes. Pulsan entonces unas teclas y aparecen en la pantalla del ordenador algunos diagramas. Según las estadísticas relativas al año 1992-93, los estudiantes proceden en su mayoría (44%) de familias de baja renta, otra buena parte (40%) de familias de renta media y sólo el restante 16% procede de familias de renta alta. Otro gráfico revela que, en un año-tipo, gozan de beca parcial o total de matrícula un tercio de los alumnos, y la universidad destina 350 millones de pesetas a becas, exención de tasas y otros tipos de ayudas, incluido el hospedaje en los Colegios mayores, para que nadie deba «buscarse la vida» si viene de lejos ni -peor aún- renunciar a los estudios porque no sabe o no consigue establecerse por su cuenta.

Pregunto entonces: ano será que se pretende dar una imagen filantrópica gracias al dinero público, en una universidad reconocida por el Estado, que concede títulos con plena validez, y al mismo tiempo es privada? En un instante tengo en pantalla los datos correspondientes: la contribución del Estado español alcanza un 0,2%. No, no es un error: es el cero coma dos por ciento. La Universidad de Navarra (la única hasta hace pocos años en esta zona periférica de la península, al servicio de todo el país pero sobre todo de las poblaciones de la zona donde ha querido establecerse) se financia en el 85% con las tasas de inscripción, el 11% con las ayudas recogidas por la Asociación de amigos de la Universidad (en la que entran espontáneamente antiguos alumnos cuando se licencian, con el deseo de que otros jóvenes experimenten lo que a ellos se les ha dado y, como resulta claro, no les ha disgustado), y el 2% con subvenciones de entes locales, públicos y privados.

Sólo la mitad de los profesores pertenece al Opus Dei (menos numerosos en «su» universidad de Pamplona, que los miembros de la Obra que ocupan cátedras en las universidades estatales españolas), y la formación moral y religiosa no es más que una propuesta a los estudiantes, sin obligatoriedad alguna.

Es un clima que funciona, como lo demuestra el dato que me facilita el rector: en cuarenta años de actividad, desde 1952 a 1992 -incluidos los años en torno al 68-, la Universidad de Navarra ha parado por agitaciones estudiantiles durante doce días en total, poco más de un día cada cuatro años. Para esto, no ha necesitado recurrir a medida represiva alguna (aparte de la disciplina tradicional, la vigente en cualquier escuela de cualquier tipo y grado antes del cupio dissolvi contestatario, que no se abandonó aquí). La media de las universidades estatales españolas supera cinco veces esa cifra cada año.

Para completar el cuadro: un profesor me explicó, con sencillez desarmante, lo que a su juicio constituía el secreto de la estabilidad y la seriedad reinantes en Pamplona durante los años en los que todos las universidades del mundo -católicas incluidas- fueron devastadas por la locura del 68. «Sabe -me decía-, nos hemos confiado más que nunca al Espíritu Santo, para que inspirase a estos pobres jóvenes que corrían el riesgo de caer, como sus compañeros, en las manos de los malos maestros de la época…».

Una «explicación» que describe bien el extraordinario (empleo esta palabra en sentido literal, para que cada uno juzgue como quiera) habitat del Opus Dei: preparación profesional de vanguardia y devoción tradicional, ordenadores y novenas al Paráclito…

En el plano afectivo (además del de la eficacia organizativa, unida siempre, como enseñó el beato Escrivá, al «ambiente de familia»), me ha parecido, sin embargo, que el corazón del campus de Pamplona estaba en los edificios de la Clínica universitaria. Almorzando en la cafetería para médicos, enfermeros e invitados, he tenido como vecinos de mesa -por casualidad, pero no deja de ser significativonada menos que al Rey y a la Reina de todas las Españas. En efecto, el padre del Rey Juan Carlos, gravemente enfermo, decidió ingresar no en una sofisticada clínica privada ni en un hospital público, sino en esta clínica que, aunque dé cobijo al Rey, sigue estando abierta a cualquiera. Con el único límite, se entiende, de las posibilidades de espacio: como es fácil imaginar, las peticiones son muy superiores a la capacidad.

A un italiano no puede dejar de venirle a la cabeza una coincidencia: 120 años después de la brecha en Porta Pía (1), que iba a traer a Roma la «nueva civilización», expulsando las pesadillas del «milenario oscurantismo y malgobierno de los curas», resulta que los ciudadanos de la Ciudad Eterna están dispuestos a conseguir como sea una recomendación -incluso con subterfugios- con tal de ser ingresado o ingresar a sus parientes no en los hospitales públicos (¡Dios nos guarde!), sino en el gran policlínico «Agostino Gemelli», reconocido oasis de eficiencia, humanidad, modernidad en las vueltas y revueltas dantescas de la sanidad italiana, tal como la han dejado políticos «progresistas», partidos «democráticos», sindicalistas «defensores de los trabajadores» e intelectuales «ilustrados».

Después, estos mismos políticos, sindicalistas e intelectuales evitan con sumo cuidado acudir al sistema angustioso que ha salido de sus esquemas demagógicos: dejan esa sanidad, generosamente, toda para el «pueblo», por el cual, está claro, combaten. En cuanto a ellos, en caso de necesidad, no se avergüenzan de acudir a monseñores y a monjas con tal de obtener un puesto en una clínica de religiosos que se libró de la reforma, o al mencionado Gemelli. El cual, mire usted por dónde, es la clínica de la facultad de medicina de la Universidad Católica italiana.

Lo mismo sucede en Pamplona, me confirmaba sonriendo el director general de la clínica, un «numerario», con el que cometí una metedura de pata que confirmaba lo poco que había comprendido aún del espíritu del Opus Dei.

Es un hombre de buena presencia, delgado y deportivo, bien vestido, con un despacho elegante e informatizado, con una vista preciosa sobre las zonas verdes del campus. Comencé mi entrevista con un «Como es obvio, usted es médico…». «Como es obvio, no soy médico sino economista», me replicó amable pero inmediatamente, compadeciéndose de mi ingenuidad.

Un manager, en suma, para una empresa-hospital con 1.300 empleados: trescientos médicos que trabajan sólo en la clínica, renunciando a las consultas privadas; 12.000 enfermos al año en las 500 habitaciones, buena parte de ellas individuales, con la posibilidad de acoger a un pariente también durante la noche, y las demás dobles; 90.000 consultas externas cada doce meses; una escuela para medio millar de enfermeras; un centenar de trasplantes de corazón; más de quinientos renales; una experiencia consolidada también en los de hígado (los más difíciles, me comentan)…

Ninguna subvención del Estado, ni siquiera el 0,2% de otras facultades. Y, sin embargo, un balance siempre en activo gracias al pago de las prestaciones -como sucede en los hospitales estatales y regionales- a cargo de mutuas y aseguradoras. Los beneficios se invierten íntegramente en investigación y modernización de las instalaciones.

También recibe -una constante de las «obras corporativas» del Opus Dei, como he podido comprobar- la colaboración económica por parte de los miembros de la Obra y de otros muchos amigos, algunos no católicos o ni siquiera cristianos, convencidos del valor social de una actividad semejante. En cualquier caso, se aplica aquí -como en las demás iniciativas de los hombres y las mujeres de la institución- el dicho español que reza: «que cada palo aguante su vela». Cualquier actividad debe encontrar por sí misma los medios para financiarse, siguiendo los principios de la profesionalidad y no del asistencialismo. Aunque no se rechazan, lógicamente, las aportaciones de caridad.

No me callo lo que un paciente tiene a disposición en esta clínica. Saltaré -porque es obvio- que lo que aquí encuentra no lo encontraría en una estructura hospitalaria pública, no sólo en España o Italia, sino probablemente en todo el mundo.

La cosa es bien sencilla. Todas o casi todas las proclamas, las promesas propias de cualquier político o pensador engagé en un mitin o en una mesa redonda sobre la sanidad ideal (humanización, atención a la persona; profesionalidad; cuidado de las cosas grandes y de las pequeñas; respeto a un ética «universal» antes que a la «católica»; los trabajadores -desde los jefes de departamento a los encargados de limpieza-, vistos como «colaboradores» más que como «dependientes», conscientes de que el cumplimiento de sus deberes es condición indispensable para la tutela de sus derechos; organización sin pesadez burocrática; apertura al exterior, a las familias y a los amigos, para evitar el aislamiento y la formación de ghettos de enfermos; concepto intregral de asistencia médica, que no se fija sólo en la máquina-cuerpo que debe repararse, sino en que hay que ayudar a un individuo a que se cure en toda su personalidad…), es decir, todo aquello que en otros lugares se queda casi siempre en flatus vocis, deseo ineficaz, promesa electoral, en la clínica de Pamplona al menos se intenta poner en práctica. No digo que lo consigan. Pero al menos afirman que, todos ellos, lo intentan cada día, según otro frecuente consejo del beato: «comenzary recomenzar>.

Las palabras son palabras; los hechos, hechos. Y entre estos últimos, algunos son más reveladores que otros. Por consiguiente, permítanme que lo diga tal como lo siento: antes o después, cada uno tendrá que enfrentarse con la fragilidad del cuerpo, como es natural. Pues cuando llegue ese momento, también aquellos que miran con sospecha y hostilidad al «mundo católico» (y quizá especialmente a realidades «integristas» como el Opus Dei) desearán para sí mismos y para sus personas queridas acabar en una estructura «como la de Pamplona», en vez de esas otras donde rige la cultura de los derechos y las reivindicaciones que, en la práctica, no reconocen deber alguno; la cultura de los panfletos ideológicos, del igualitarismo abstracto, de las protestas sindicales, de la división política de sectores de influencia, de los programas electorales. ¿Es esto «apologética»? ¿O no será más bien realismo? Estas son las ideas que me venían a la cabeza cuando recorría los pasillos limpios como un espejo de la Clinica Universitaria de Pamplona, y veía al personal con uniformes impecables, las habitaciones bien instaladas y silenciosas, los trabajadores en actividad, los cuartos de baño tan relucientes como los de un hotel.

Quizá era esto lo que quería decirme uno de los docentes de medicina, un «supernumerario», aludiendo no sólo a su facultad y a su clínica, sino al conjunto de la Universidad de Navarra. Lo trascribo, por lo que significa: «Con nuestras limitaciones, ciertamente, pero poniendo toda la buena voluntad y confiando en la ayuda del Dios en el que creemos -el beato Escrivá decía de sí mismo que era «un pecador», pero «que amaba a Jesucristo»-, todos nosotros intentamos construir una realidad que sirva como ejemplo. Querríamos ofrecer hechos, que son más elocuentes que las palabras. ¿No lo dice el mismo Evangelio? Un árbol bueno se reconoce por sus frutos, que son buenos. A pesar de nuestra obligada humildad (humildad que es reconocer la verdad de nuestra condición de pobres hombres, con limitaciones), desearíamos suscitar al menos una pregunta: ¿por qué lo hacen? ¿Qué o quién les empuja, sin que nadie les obligue, a trabajar tanto?».

Hay también otro «ejemplo» que querrían dar (y me refiero una vez más a lo que me contaban): un ejemplo que tenga la fuerza de la vida y de los hechos. Es el «ejemplo» del que me habló el decano de una facultad, durante un almuerzo con el Estado Mayor de la universidad, en el comedor del rectorado (sala moderna pero decorada con el estilo severo y solemne de la vieja España, y su gusto particular, entre otras cosas, por los escudos heráldicos llenos de colorido): «Este complejo de energías, de inteligencias, de actividades, quiere ser también una demostración concreta de que es posible la armonía entre la fe cristiana profesada en su integridad y la cultura más rigurosa; que el creyente no tiene que escoger entre la aceptación plena y franca del dogma católico y el trabajo a los niveles más altos de las ciencias, de las artes y de la técnica humanas».

El ilustre profesor me sugería que consultase el Ideario, una especie de «decálogo» que todos aquí -sean o no de la Obra- están obligados a respetar, ya que en sus veinte puntos se trazan las coordenadas generales del compromiso de quien acepta libremente formar parte de esta comunidad de estudio y de trabajo, desde el nivel más alto al más bajo.

Así recita uno de los primeros puntos del Ideario, el tercero: «En toda su labor, la Universidad de Navarra se guía por una plena fidelidad al Magisterio eclesiástico (…), convencida de que la auténtica investigación científica, cuando procede con métodos rigurosos y conforme a las normas morales, no puede entrar en oposición con la fe, ya que la razón -que está ordenada y capacitada a reconocer la verdad- y la fe tienen origen en el mismo Dios, fuente de toda verdad».

Volviendo a mi tour, podría añadir otras etapas y describir otras «obras», vistas o visitables; y la lista de estas últimas podría ser muy larga y sometida continuamente a ampliaciones. En todos los continentes.

Me detengo aquí no sólo por razones de espacio, pues no se debe olvidar que las «puntas emergentes» a las que me he referido aquí, estas flores en el ojal, no son de ningún modo todo el Opus Dei. Al contrario: quizá no representen siquiera su aspecto más «importante».

En cualquier caso, detenerse en ellas -o darles demasiada importancia- podría impedir entender el «carisma» auténtico de la institución. Con el esfuerzo de sus miembros -que responden en primera persona, junto con otros hombres y mujeres «de buena voluntad», con frecuencia no católicos e incluso no cristianos o no creyentes- este «carisma»

anima ciertamente actividades «extraordinarias» como las que hemos mencionado. Pero su tarea principal sigue siendo dar sentido, dirección, contenido a lo que es «ordinario», personal: el trabajo, sea cual sea, desde el más prestigioso al más humilde; la vida diaria; la aparente monotonía, o quizá mediocridad, de la vida familiar. Y por lo que se refiere al apostolado, cada miembro lo ejercita de un modo que no hace ruido, que no interesa a los medios de comunicación, porque se desarrolla cada día con el ejemplo profesional y con la palabra «acertada» dirigida a quien está a su lado: en casa, en la oficina, en la fábrica.

Tendremos tiempo de explicarlo y, si es posible, de entenderlo. Por el momento, basta con advertir que las «obras corporativas» no son «la Obra». El Opus Dei no es el propietario de esas labores, sino que acepta responsabilizarse de la orientación doctrinal y espiritual; y como indican claramente los estatutos, no podrán ser nunca actividades industriales, económicas, comerciales, ni siquiera editoriales, sino siempre y sólo dirigidas a la enseñanza, a la asistencia, a la promoción social. La Obra actúa sobre todo en la vida espiritual que cada miembro, al entrar a formar parte, se compromete a cultivar en su conciencia, y que escapa por definición al observador externo.

Anticipando algo que diremos después, se podría señalar que -entre los muchos «secretos» de que le acusan- aquí está el primer y principal «secreto» del Opus Dei. Como sucede en cualquier realidad verdaderamente religiosa, lo que no se ve es mucho más (y mucho más importante) que lo que se ve.

Quién va y quién viene

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Llegados a este punto, preveo la pregunta que yo mismo me planteé: ¿cómo se «prueba» la vocación, la llamada específica al Opus Dei? «¿Cómo se sabe que se ha recibido esta llamada? El modo más sencillo -y el más frecuente- sucede cuando una persona entra en relación de amistad con otras que ya pertenecen a la Prelatura, conoce su espíritu y, si es el caso, comienza a preguntarse si no sérá también su camino. Quienes juzgan si efectivamente hay “indicios” de vocación son los responsables locales del Opus Dei. En definitiva, es la Prelatura quien admite. Como sucede en cualquier organización voluntaria, el Opus Dei se reserva el derecho de admisión. Libertad por los dos lados: por parte de quien solicita ser aceptado, y por parte de la Prelatura de aceptarlo o no». Así dice un texto oficial.

Y en el caso de que haya «vocación» -o al menos indicios de «vocación»-, ¿quién puede llamar a la puerta para salir de dudas, y para que otros lo comprueben de modo objetivo, en la medida que esto es posible para los hombres?

La respuesta es muy sencilla: todos. Hombres y mujeres, solteros, casados o viudos, de cualquier condición social, nacionalidad, raza, con al menos dieciocho años pero sin límite de edad por arriba. Me contaron que no pocos han entrado en el Opus Dei con ochenta y con más años: «obreros de la última hora», según las categorías evangélicas, pero no por eso rechazados.

Bien sé que -más aquí que en otros temas- sospecharéis que he sido excesivamente benévolo a la hora de investigar la «leyenda negra» sobre esta «masonería blanca».

Permitidme, sin embargo, que señale un hecho objetivo, que he podido comprobar personalmente, aunque haya sido «desde fuera». Es cierto que podrían haberme inducido a error, seleccionando a las personas que me presentaban; pero son las estadísticas actualizadas sobre la institutión las que lo confirman. Esas estadísticas demuestran que no estamos ante un grupo exclusivo y elitista, en el que pueden entrar sólo ricos y poderosos; o, al menos, gente con posición desahogada y cierta relevancia social.

La sorpresa es grande al descubrir que -como declaró en varias ocasiones el Cardenal Jaime L. Sin, arzobispo de Manila- en esa zona deprimida como son las Filipinas, el Opus Dei es una de las instituciones católicas que no se limita a «ayudar» a los pobres, sino que hace mucho más: los cuentan entre sus miembros a pleno título. O cuando se descubre que el Opus Dei está bien implantado en las favelas y en las villas miseria de América Latina. O también cuando se observa al más de medio millón de peregrinos -en gran parte auténticos «proletarios», según las viejas categorías: es decir, de posición modesta- que cada año invade Torreciudad, «el» santuario del Opus Dei. Y no pocos de esos desfavorecidos romeros forman parte del Opus Dei.

Por otra parte, ya vimos que incluso el malévolo «The Economist» atribuyó a la Prelatura la nota mínima en cuanto a exclusivity: un miserable «uno» (calificación poco refinada para paladares elitistas), frente a los «cuatro» y «cinco» de algunos clubes y asociaciones.

Escuchemos de nuevo a Gómez Pérez, ensayista informado y todo lo objetivo que resulta posible a una persona existencialmente «comprometida»: «La curva profesional de los miembros responde a lo normal: una mayoría de personas con profesiones u oficios de los que se suele obtener una mediana renta; unos pocos de renta alta y algo más que unos pocos con menores rentas. Pero esa generalización, con ser muy amplia, no serviría, por ejemplo, para algunos países americanos, africanos o asiáticos, en peores condiciones de vida. Quizá se pueda decir que existe una inflación de profesiones intelectuales, sobre todo profesores. Respecto a la profesión, la idea central que basta para entender el resto, es que ninguna profesión honrada es obstáculo para pertenecer al Opus Dei. El hecho de estar situado socialmente más alto no confiere ningún tipo de privilegio a los miembros del Opus Dei en el seno de la institución. Para lo que se unen en la Prelatura -la vida interior y el apostolado- todos son radicalmente iguales: una misma vocación y unos mismos medios de formación».

En realidad, el porcentaje de intelectuales, más elevado que en los grupos humanos normales, no es un hecho estadístico casual: parece derivar de una atención particular hacia aquellos ambientes. Por decirlo con las palabras «oficiales» del texto de la Postulación que cité antes: «El fin para el que el Señor la suscitó es que la gente de todas las categorías sociales, comenzando por los intelectuales, para llegar después a todos…».

El punto 978 de Camino es significativo al respecto. Citando la frase de Jesús a sus discípulos («Venid detrás de mí, y os haré pescadores de hombres»), Escrivá comenta: «No sin misterio emplea el Señor estas palabras: a los hombres -como a los peces- hay que cogerlos por la cabeza».

En efecto, hoy es más superfluo que nunca señalar que a través de los intelectuales llega al resto de la sociedad la mayoría de las ideas y de los modos de comportamiento. Como ha escrito el cardenal Paul Poupard, presidente del Pontificio Consejo para la Cultura: «El beato Escrivá dedicó siempre la máxima atención a los que trabajaban con las ideas y a los que las transmiten, porque nunca como en nuestro siglo el problema de los problemas, para el cristianismo, es la relación del evangelio con la cultura, es la evangelización de las inteligencias».

Junto a esa estrategia, real, existe también una explicación práctica, ligada a la historia de la Obra, que comenzó con un grupo de jóvenes universitarios que siguieron a aquel extraño sacerdote. Las primeras «obras corporativas» en Madrid fueron una academia y una residencia para estudiantes, sobre todo de derecho y arquitectura. Y como en la institución se evangeliza «de igual a igual», difundiendo la propuesta cristiana, en primer lugar, en el círculo más estrecho de amistades (que normalmente comparten un mismo ambiente social y cultural), el «mensaje Opus Dei» penetró de modo prioritario en los millieux intelectuales, aunque con el tiempo se ha llegado a los demás ambientes. Apuntemos también que tampoco aquí se cumple la «leyenda»: son los profesores, los hombres de cultura (que de ordinario no gozan de una posición desahogada) quienes tienen cierta prevalencia en la Obra: no los «capitalistas», los profesionales ricos, los hombres de negocios, como se cree y se escribe.

Es también significativo que, por no salir de Roma, entre las «obras de la Obra» haya residencias de estudiantes universitarios (la mayor parte de origen modesto, como señalamos al hablar de Pamplona), pero también residencias para obreros y artesanos en formación; y que hay Centros tanto en los barrios acomodados como en los populares.

Una realidad como, por citar un ejemplo de los mil casos posibles, el Instituto rural Valle Grande, que es una de las más importantes entidades americanas en favor de los campesinos más pobres del Perú, y que está gestionada en gran parte por campesinos que -como tantos otros- pertenecen al Opus Dei.

«Recordad que de cien almas, nos interesan las cien. La del indio de los Andes tanto como la del hombre de negocios de Wall Street; la del ama de casa tanto como la del premio Nobel de astrofisica».

Esta indicación del fundador me pareció una de las más presentes en las actividades de la Prelatura. Así lo prueba también el hecho de que muchos ataques provengan de los que -tanto dentro como fuera de la Iglesia- les acusan de no hacer «opciones preferenciales» en el apostolado, de dirigirse a todos con la misma atención, sin excluir a priori a nadie; y sin pedir a nadie que trabaje en algo distinto de lo que hace, ya sea «capitalista» o «proletario». Rechazan así los esquemas demagógicos (carentes de cualquier justificación en el Nuevo Testamento, que está a años-luz de tabúes modernos como los marxistas), difundidos también en ambientes cristianos y que confunden la pobreza «económica» con la pobreza «evangélica».

Desde una perspectiva cristiana, no hay «pobres» más necesitados de ayuda espiritual que tantos ricos. La simple «pobreza» de bienes materiales no es salvífica por sí misma; todo depende no del rédito sino de la actitud del corazón. Sólo en las fábulas edificantes para gauchistes ingenuos, el que carece de medios económicos es siempre bueno, pacífico, altruista. Dice Peter Berglar: «tratar con caridad sólo a los “pobres” es una deformación del espíritu cristiano, desde el momento que los “ricos” -como sabemos por el evangelio- tienen una necesidad particular de la gracia de Dios para salvarse. Y, por consiguiente, están más necesitados de la caridad del prójimo».

Una perspectiva «humana, demasiado humana» (del tipo «clases hegemónicas», «clases inferiores») insidió la visión religiosa, que por el contrario todo lo juzga en términos de gracia y de pecado, de caridad y de egoísmo, de desprendimiento y de avaricia.

Con palabras de Oscar Cullmann: «el evangelio no llama a los pobres a la sublevación, sino a los ricos a la responsabilidad. Al recordar que todos, sea cual fuere su posición económica, necesitan el arrepentimiento y el perdón, la “revolución” de Jesús no es superficial como la de los ideólogos modernos: llega hasta el fondo, advierte que la sociedad no mejorará si cada uno -sea pobre o rico- no mejora personalmente». No olvidemos que un revolucionario, en sentido sociopolítico, es una persona que «quiere cambiarlo todo y a todos, salvo a sí mismo». Uno dispuesto siempre a recitar el mea culpa, pero golpeando el pecho de los demás.

A este propósito decía Escrivá: «Jesucristo en la cruz no extendió sólo el brazo derecho o el izquierdo: extendió los dos».

Pero no creáis que todos acepten esta universalidad de la salvación: algunos clericales «del brazo izquierdo» se lamentan (y algo más que lamentarse) porque querrían el monopolio de la atención para sus protegidos, excluyendo a los seguidores de los del «brazo derecho».

Lo contrario sucede también, y con más frecuencia de lo que podría creerse: no faltan los gritos de protesta y las acusaciones de los clericales del «brazo derecho», que cuando oyen hablar de un cristianismo que rechaza ser de algo propio de burgueses (o de aristócratas), olfatean inmediatamente demagogia, populismo, subversión.

Este fuego cruzado es, desde una perspectiva evangélica, una buena señal. Como dijo un antiguo Padre de la Iglesia: «Quien pretenda amar a todos, será salvado. Pero quien pretenda agradar a todos, no será salvado».

Negras sombras

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Después de haber intentado desmontar el mecanismo de esta institución -singular y, al mismo tiempo, sorprendentemente simple, cuando se llega a entender-, estamos en condiciones de formarnos una idea cabal acerca de las recurrentes acusaciones de «sociedad secreta», de «obra oculta», de «masonería blanca».

Acabamos de ver cómo la dinámica de libertad de la que gozan los miembros en todo lo que no es verdad de fe o de moral definida por el Magisterio provoca la inquietud de muchos. El Opus Dei no dice qué piensa, no sale al descubierto, y por consiguiente -deducen- conspira en secreto. Lo que sucede en realidad es que la Prelatura no expresa opiniones precisamente porque ni las tiene ni puede tenerlas.

Otros en cambio quizá piensen en el «secreto» de la Obra movidos por sus «anomalías» respecto a las organizaciones religiosas tradicionales. Me permito remitir al capítulo correspondiente: como señalé al principio, este informe, sea cual fuera su valor, ha de ser leído íntegramente, porque analiza una realidad compacta y homogénea, en la que cada una de sus facetas está inseparablemente ligada a las demás.

Asimismo, conviene señalar que algunas acusaciones de «secretismo» se explican ciertamente por una mala comprensión de la realidad. Además, los dramáticos comienzos de la Obra, antes de la guerra civil, durante el conflicto y en los años de la posguerra, pueden haber alimentado esas incomprensiones. Las cautelas y la discreción, necesarias durante las primeras décadas del Opus Dei, despertaron nuevas sospechas que han llegado a nuestros días.

Añádase a esto las décadas en que la Obra se sintió descolocada en el derecho canónico vigente, y forzada -por ausencia de algo mejor- a aceptar el ropaje jurídico de los institutos seculares, que no le iba porque la «clericalizaba», mientras luchaba por llegar a su puesto definitivo en la Iglesia. No hubo entonces secretismo, ni eran secretos los estatutos (puesto que habían sido públicamente aprobados por la Iglesia), pero sí un deseo de no aparecer en público. Les desagradaba hablar de algo que no reflejaba adecuadamente el proyecto que Escrivá quería promover, sobre la base de lo que había «visto».

En este capítulo volveremos la mirada al fundador y dedicaremos amplio espacio -al menos, más que de ordinario- a citas de sus escritos.

La primera de ellas procede de la entrevista publicada en abril de 1967 por el semanario americano «Time». Preguntan al futuro beato: Es un hecho que hay gente que habla de misterio y de secreto a propósito del Opus Dei. ¿A qué lo atribuye Vd.?

Responde Escrivá: «Habla usted de acusación de secreto. Eso es ya historia antigua. Podría decirle, punto por punto, el origen histórico de esa acusación calumniosa. Durante muchos años una poderosa organización, de la que prefiero no hablar -la amamos y la hemos amado siempre-, se dedicó a falsear lo que no conocía [no es un misterio: se trata de algunos religiosos españoles de la Compañía de Jesús]. Insistían en considerarnos como religiosos, y se preguntaban: ¿por qué no piensan todos del mismo modo?, ¿por qué no llevan hábito o un distintivo? Y sacaban ilógicamente como consecuencia que constituíamos una sociedad secreta».

«Informarse sobre el Opus Dei es bien sencillo. En todos los países trabaja a la luz del día, con el reconocimiento jurídico de las autoridades civiles y eclesiásticas. Son perfectamente conocidos los nombres de sus directores y de sus obras apostólicas. Cualquiera que desee información sobre nuestra Obra, puede obtenerla sin dificultad, poniéndose en contacto con sus directores o acudiendo a alguna de nuestras obras corporativas».

«Los miembros de la Obra abominan del secreto, porque son fieles corrientes, iguales a los demás: al adscribirse al Opus Dei no cambian de estado. Les repugnaría llevar un cartel en la espalda que diga: “que conste que estoy dedicado al servicio de Dios”. Esto no sería laical ni secular. Pero quienes tratan y conocen a los miembros del Opus Dei saben que forman parte de la Obra, aunque no lo pregonen, porque tampoco lo ocultan».

«Debo decir también -aunque no me gusta hablar de estas cosas- que en nuestro caso no faltó además una campaña organizada y perseverante de calumnias. Hubo quienes dijeron que trabajábamos secretamente -esto quizá lo hacían ellos-, que queríamos ocupar puestos elevados, etc. Le puedo decir, concretamente, que esta campaña la inició, hace aproximadamente treinta años, un religioso español que luego dejó su orden y la Iglesia, contrajo matrimonio civil, y ahora es pastor protestante».

Como dato curioso, precisamente este sacerdote al que se le acusó de ser jefe de una «sociedad secreta», había escrito en Camino la siguiente consideración, con una vehemencia sorprendente, que contrasta con el tono moderado que usó siempre de palabra y por escrito. Se trata del punto 833: «¿No ves cómo proceden las malditas sociedades secretas? Nunca han ganado a las masas. -En sus antros forman unos cuantos hombres-demonios que se agitan y revuelven a las muchedumbres, alocándolas, para hacerlas ir tras ellos, al precipicio de todos los desórdenes…, y al infierno. -Ellos llevan una simiente maldecida».

Tras estas palabras, se escucha el eco de la España de aquellos años, enzarzada en una guerra implacable y sanguinaria. Pero también es cierto que el género «sociedad secreta» no parece que gozara de su indulgencia.

Aunque aprobados algunos años después de su muerte, los artículos del Codex íuris particularis son el fruto de su espíritu, consecuencia de su esfuerzo a lo largo de toda su vida. Pues bien, en ese texto solemne y vinculante se halla una disposición que recomienda precisamente alejarse del modelo -detestable para Escrivá- de las «malditas sociedades secretas».

Se trata del número 89, cuyo primer parágrafo comienza (según nuestra traducción, no oficial, del texto original latino) del siguiente modo: «Todos los fieles de la Prelatura amen y practiquen la humildad, no sólo personal sino también corporativa. Por tanto, no busquen jamás la gloria del Opus Dei y tengan siempre presente que la mayor gloria del Opus Dei es vivir sin gloria humana».

Tras este primer párrafo, de «ambientación», sigue otro que concreta hasta el detalle qué debe entenderse por «humildad colectiva» y por «rechazo» de la «gloria humana».

Sigamos traduciendo: «Para alcanzar su fin con mayor eficacia, el Opus Dei en cuanto tal quiere vivir humildemente; por consiguiente, se abstiene de actos colectivos, y ni siquiera los fieles de la Prelatura tienen una denominación común. Estos mismos fieles no participan de modo colectivo en manifestaciones públicas de culto como procesiones, aunque no esconden su pertenencia a la Prelatura, porque el espíritu del Opus Dei, mientras conduce a los fieles a buscar con todas sus fuerzas la humildad colectiva para obtener una eficacia apostólica más viva y amplia, al mismo tiempo evita completamente el secreto o la clandestinidad».

El siguiente parágrafo dicta normas concretas para secretum vel clandestinitatem vitare. En primer lugar, establece que «en todas las Regiones sean conocidos por todos el nombre del vicario del Prelado y los de aquellos que forman sus Consejos». Además, «a los obispos que lo soliciten comuníquese no sólo los nombres de los sacerdotes de la Prelatura que ejercen el ministerio en su diócesis, sino también los de los directores de los Centros erigidos en la misma diócesis».

Este artículo 89 concluye con un tercer parágrafo, cuyo contenido ya conocemos («A causa de esta humildad colectiva, el Opus Dei no puede editar periódicos ni publicaciones de ningún tipo con el nombre de la Obra»).

Los problemas surgen, sobre todo, por la parte final del segundo parágrafo. Queda claro que el Opus Dei hace públicos los nombres de los vicarios, de los consejeros, de los sacerdotes y de los directores de los Centros. Pero nada se dice de los demás miembros de la Prelatura. ¿No serán entonces «encubiertos», «reservados»? ¿O incluso «secretos», como dicen algunos?

Anticipemos la respuesta, basándonos en el testimonio de Rafael Gómez Pérez: «La Prelatura del Opus Dei tiene la obligación de respetar la intimidad de sus miembros, es decir, no tiene derecho a comunicar la condición de miembro, a no ser que el interesado esté de acuerdo».

Sería inútil tratar de disimular que semejante negativa sorprende y parece incluso confirmar las sospechas de tantos. Según el Opus Dei, en cambio, todo se comprende si este «respeto por la intimidad de los miembros» (como lo llaman) se enmarca en el contexto del espíritu de la Institución, y si se compara con el comportamiento de otras entidades con rasgos comunes. Así lo explica el autor que acabamos de citar: «Confundir esto con el secreto es desconocer la práctica habitual en cualquier institución de vínculos voluntarios y contractuales».

Fijémonos entonces en este marco conceptual, que -según dice el Opus Dei- debería disipar cualquier género de dudas. Transcribo la explicación (ese es el significativo título de su libro) de Gómez Pérez, numerario de la Obra que -como ya dije- enseña antropología en la universidad. Sus palabras exponen algunos de los argumentos de la defensa; después, como siempre, será el lector quien juzgue y deduzca sus conclusiones. Mi deber de cronista se limita a proporcionar las piezas del puzzle, los hechos e informaciones sobre los que basarse para emitir un juicio personal.

Interesa hacer notar que Gómez Pérez no encabeza el capítulo donde explica todo esto bajo un título del estilo de El secreto de la Obra, Las acusaciones de ocultismo o algo parecido, sino que lo titula La sencillez de la manifestación. Es decir, para Gómez Pérez el fondo del asunto es que se confunde el deseo de secretismo con lo que no es más que «naturalidad», «sencillez». Muy indicativo, para comprender la perspectiva desde la que quiere que miremos.

Veamos qué se dice tras ese título: «Un miembro del Opus Dei, que es una persona que desarrolla un trabajo cualquiera en la sociedad, no va pregonando sus compromisos con la Prelatura, ni anuncia su condición de miembro en las tarjetas de visita o en los membretes de las cartas o en el curriculum vitae. A todos los efectos, su pertenencia al Opus Dei es un asunto privado. Pero, a la vez, como desarrolla un apostolado personal en medio de los parientes, conocidos y amigos, la condición de miembro de la Prelatura es algo conocido. No pregonado, pero suficientemente conocido. Este rasgo de la espiritualidad del Opus Dei, que se ha mantenido desde el principio, ha sido a veces malentendido y después convertido en un estereotipo: “el secreto del Opus Dei”. Al principio, cuando existían pocos miembros del Opus Dei, una acusación de secretismo podría encontrar apoyo en ese mismo hecho. Si se decía que “salieran a la luz” los miembros del Opus Dei y no salían muchos, se podía decir que “se ocultaban”. La realidad era que no había más (…). A eso se unía el “estereotipo de la conspiración”, algo conocido desde antiguo. Se trata, en efecto, de una de esas constantes culturales que hacen verosímil, incluso para los incrédulos, la existencia de una común naturaleza humana. Así, ha sido corriente que cuando un pueblo quería preparar un ataque contra otro difundiera rumores sobre la “infiltración” del “enemigo” en las propias filas. Este fenómeno se observa incluso en sociedades iletradas, “primitivas”. Con independencia de que aquello respondiera a un hecho, el estereotipo ha funcionado de forma constante. Ya en tiempos históricos, han sido víctimas de ese estereotipo de la conspiración tanto los judíos como los cristianos, los protestantes o los católicos, los comunistas, los anticomunistas y, en general, cualquier conjunto de personas identificable como grupo. También el Opus Dei ha sido objeto de ese estereotipo. Pero, ya desde hace tiempo, la acusación de secreta conspiración o simplemente de ocultamiento se demuestra inconsistente. En el último decenio del siglo, con decenas de miles de miembros del Opus Dei, con iniciativas sociales y educativas de bastante relieve -como la Universidad de Navarra, en España, o el Ateneo de la Santa Cruz, en Roma- y, sobre todo, con todo lo que ha girado en torno a la beatificación del Fundador, un presunto secretismo es uno de esos fósiles desinformativos que se transmiten por perezosa inercia».

Al llegar a este punto, el autor aduce algo que ya hemos adelantado, pero que vale la pena transcribir de nuevo: «La Prelatura del Opus Dei tiene la obligación de respetar la intimidad de sus miembros, es decir, no tiene derecho a comunicar la condición de miembro, a no ser que el interesado esté de acuerdo. Confundir esto con el secreto es desconocer la práctica habitual en cualquier institución de vínculos voluntarios y contractuales». No se olvide que los miembros no están unidos a la Obra por votos o promesas, sino con un contrato bilateral. Este hecho introduce una perspectiva totalmente distinta acerca de la discreción que deben guardar las dos partes. Supone pues una relación diversa de las demás situaciones «religiosas» en sentido tradicional.

A continuación, Gómez Pérez añade la siguiente consideración: «En realidad, como ya se ha dicho, la condición de miembro del Opus Dei es sabida, sin más, en el ámbito de la vida familiar y profesional de cada uno (…). No es deseo de secreto, por ejemplo, contestar con una evasiva a alguien que pregunta a otro, sin apenas conocerle, en qué banco tiene una cuenta corriente, dato que sin duda no es secreto, pues lo conocen decenas de personas».

Nuestro testigo -que es al mismo tiempo abogado defensor- añade lo siguiente: «Las dificultades que, en un tiempo, surgieron en la opinión pública para entender este rasgo del espíritu del Opus Dei se deben, una vez más, a lo afianzado de la idea de que una vida espiritual debe notarse exteriormente en algún tipo de señal “vistosa”. Los religiosos han llevado tradicionalmente hábitos para que se viera, desde fuera, su profesión (religiosa). Y si, por la evolución de los tiempos o por otras razones, se quitan el hábito suelen dar a entender, con algún signo, esa misma profesión de vida de perfección, su condición de “persona sagrada”. La condición de los miembros de la Prelatura no es, como ya se ha dicho con frecuencia en estas páginas, “religiosa”. Los sacerdotes son sacerdotes seculares, incardinados en una Prelatura que es parte de la estructura jerárquica de la Iglesia. Los seglares son, antes que nada, lo que cada uno ha querido o ha podido ser: empleado, enfermera, médico, estudiante, atleta, cantante, profesora, secretaria, abogado, ingeniero, comerciante, modista, campesino, artesano, banquero, profesor, y así toda la variedad casi innumerable del trabajo social. Ser del Opus Dei no es una profesión, sino una vocación espiritual. La vocación trasciende de un modo semejante a como trasciende que alguien puede tener afición a la música: habla de ella en la primera ocasión que se le presente. Un miembro del Opus Dei habla de su vocación, cuando es normal hacerlo, entre amigos y entre conocidos».

El ensayista español trae a colación algo que ya hemos examinado en los estatutos de la Obra: «Este rasgo de no aparatosidad, de naturalidad, de secularidad, tiene que ver también con algo muy tratado en los escritos del Fundador y en los Estatutos de la Prelatura: la humildad personal y la humildad colectiva. El carácter básico de la humildad es una nota común de la espiritualidad, no sólo de la cristiana. Hay completa unanimidad entre los autores espirituales en afirmar que el mayor enemigo de la santidad y, por tanto, de la caridad es el orgullo, la soberbia, no sin razón considerada como el primero de los siete vicios capitales. Pero además, el Opus Dei señala a sus miembros la importancia de la humildad colectiva. No se trata, en absoluto, de buscar la gloria del Opus Dei, pues “la gloria del Opus Dei es vivir sin gloria humana”. La razón principal de esta actitud es la convicción de que la gloria se debe sólo a Dios -Deo omnis gloria, el antiguo aforismo cristiano repetido con frecuencia por Mons. Escrivá-, pero, además, la experiencia histórica de que las instituciones cristianas, si quieren pervivir a lo largo del tiempo, no han de exaltar el espíritu de cuerpo. Las ventajas iniciales del espíritu de cuerpo se suelen traducir, al cabo del tiempo, en algo peligroso: que, perdido el sentido de la finalidad fundacional, el ser considerado, el contar, el estar en todas las salsas, se convierte en el verdadero objetivo de la institución. Esto, que puede ser menos grave en una empresa política o comercial, suele ser letal en una institución con fines espirituales y apostólicos».

Para añadir más elementos al debate, transcribo la argumentación que me pasó por escrito un dirigente de la Obra, al que acudí durante la preparación de este informe. Independientemente de su valor objetivo, son razones que aduce la defensa, y por eso mismo han de ser tenidas en cuenta. Esa persona me escribió lo siguiente: «el hecho de que en los estatutos no se mencione ningún tipo de publicidad para esos miembros que no son más que miembros normales, laicos sin ningún cargo dentro de la Institución, ha de entenderse como un modo de subrayar la “normalidad” cristiana de los miembros del Opus Dei. Por otra parte, ¿por qué tanta insistencia en pedir la “publicación de las listas” de estos miembros corrientes? Si los miembros del Opus Dei son lo que ellos dicen que son, se desprenden dos datos. El primero: que quien los conoce personalmente, sabe que son de la Obra. Segundo: que este hecho no afecta a su comportamiento civil, profesional, político, etc. Son hombres y mujeres normales, cristianos corrientes, y como tales quieren ser considerados. Entonces, si la realidad es esa, ¿qué motivo puede hacer aconsejable que se haga pública la pertenencia a la Obra, la “etiqueta” de miembro del Opus Dei, y aplicarla clamorosamente a cierto número de ciudadanos? Felizmente superado el prejuicio de la incompatibilidad entre “obediencia al Estado” y “obediencia a la Institución” en los miembros de la Obra, hay indicios para pensar que la única razón que pueda aducirse es una voluntad descriminatoria, persecutoria. Con otras palabras: quien pretende la “publicación de las listas” niega de hecho que los miembros del Opus Dei sean “ciudadanos normales”. Puede ser que esté convencido de veras de que lo que pide es razonable, o quizá sea una excusa. Si se trata de lo primero, sólo necesita documentarse mejor. Si se trata de lo segundo, en cambio, estamos ante una auténtica prevaricación en beneficio propio. La única explicación imaginable es que lo que se busca es aislar y, de algún modo, eliminar de la vida pública -señalándoles con el dedo y haciendo ineficaz su actividad- a ciudadanos que querrían ejercitar la legítima libertad de vivir con coherencia su fe cristiana: una fe tanto más auténtica en cuanto no tiene etiquetas, manifestaciones aparatosas o compromisos públicos».

Detengámonos aquí: las citas anteriores son más que suficientes para nuestro propósito, entre otras cosas porque el mejor modo de formarse una opinión sobre las acusaciones de secretismo (o, para los benévolos, de «exceso de discreción») es reflexionar sobre la estructura, sobre la espiritualidad y sobre los fines de la Institución. Y a eso hemos dedicado cada página de este informe.

Un solo flash más, tomado de una entrevista al filósofo católico (y desde fecha reciente, también político) Rocco Buttiglione (1). Respondiendo a algunas preguntas sobre los vínculos que están saliendo a la luz entre logias, criminalidad organizada y turbios asuntos económicos y financieros, hizo la siguiente observación, difícilmente refutable: «Cuando se habla de masonería, con frecuencia se saca a colación al Opus Dei. Admitamos por hipótesis que el Opus Dei –por razones más o menos justas- tenga mucho aprecio a la discreción. La comparación, sin embargo, es engañosa, porque los miembros de la Prelatura, aunque no proclaman a los cuatro vientos su pertenencia a la Obra, están orgullosos de su identidad católica y consideran un deber manifestarla abiertamente. Siguiendo con la hipótesis, si no supiera de alguno de ellos que pertenece a la Obra, sabría ciertamente que es un cristiano practicante convencido. Ningún miembro de una organización anticlerical descubrirá con sorpresa que su secretario es miembro del Opus Dei. Y esto crea, respecto a la masonería, una diferencia insalvable».

Para acabar con nuestro viaje entre las “negras sombras”, trasladémonos a España, al periodo entre el comienzo de la guerra civil y la muerte de Franco.

La acusación es bien conocida y ha asomado ya varias veces por estas páginas, aunque indirectamente. Ha llegado el momento de afrontarla.

Para completar un informe como éste, he pensado que nada mejor que dirigirnos a un miembro del Opus Dei, para escuchar lo que tenga que decir acerca de la acusación de haber estado «implicados a fondo» en aquel régimen dictatorial. Nos hemos dirigido a Giuseppe Romano, numerario, historiador y periodista, autor de algunos estudios sobre la Institución a la que pertenece. Le recordé que el deber de cualquier informador es transmitir hechos, no opiniones; reunir documentación, no apologías ni condenas. Pienso que ha cumplido con su tarea aunque, como siempre, será el lector quien juzgue el breve pero denso informe que completa mi investigación.

Antes, sin embargo, de conceder la palabra a la defensa, la objetividad me impone la obligación de añadir tres consideraciones, entre otras muchas posibles, a las de Romano.

En primer lugar: las relaciones de algunos miembros con Franco y el franquismo no son consideradas en el Opus Dei como un asunto central de la historia de la Obra, como proponen algunos críticos de la Institución. De hecho, Escrivá proyectó trasladarse a Roma muy pronto, puesto que lo que había «visto» no estaba en función de las necesidades de un país o de una época determinada, sino que debía extenderse por todo el mundo. La guerra civil primero y la mundial después se lo impidieron.

Pero ya en 1946 se embarcó en el puerto de Barcelona rumbo a Génova, y de allí marchó como pudo a Roma, donde fijó su residencia. En aquella ciudad puso la sede central de una Obra que se proponía ser universal y que sólo desde la ciudad «católica» por excelencia podía extenderse a todo el mundo. «Romano y mariano»: así quería que fuese el Opus Dei.

Desde hace decenios, además, la mayoría de los miembros no procede de España y, aunque el castellano sigue siendo la lengua común, los españoles son una minoría.

En los años sesenta (en pleno franquismo, por tanto), Mons. Escrivá respondió así a la pregunta de un entrevistador americano: «En pocos sitios hemos encontrado menos facilidades que en España. Es el país -siento decirlo, porque amo profundamente a mi Patria- donde más trabajo y sufrimiento ha costado hacer que arraigara la Obra (…). Tampoco las obras corporativas de apostolado han encontrado especiales facilidades en España. Gobiernos de países donde la mayoría de los ciudadanos no son católicos, han ayudado con mucha más generosidad que el Estado español, a las actividades docentes y benéficas promovidas por miembros de la Obra (…). Quiero hacer constar, sin embargo, que, desde hace años, los españoles son una minoría en la Obra».

Por estos motivos, será preciso examinar con atención el «affaire Franco», conscientes de que no se trata de un asunto central sino más bien marginal o, al menos, local y ligado a un tiempo ya pasado.

La segunda consideración viene dictada también por la objetividad. Dice una fuente de la Institución: «Para aquellos que hablan del Opus Dei como de un poderoso lobby político, con tentáculos extendidos sobre toda la vida pública española, debe ser un misterio lo que sucedió después de la muerte de Franco. En efecto, aquel lobby no intervino tanto desde entonces, puesto que de 1976 a 1982 España evolucionó de modo muy distinto a como la Obra -si hemos de creer los objetivos políticos que le atribuyen- hubiera querido. A partir de 1982, además, el misterio se hace más oscuro aún: aquel año asumió el poder un partido socialista hegemónico, que no sólo no era favorable a la Iglesia ni a los católicos, sino ni siquiera a la misma experiencia religiosa. Mientras tanto, el país sufre una violenta y acelerada secularización, y algunos ambientes están ya casi descristianizados. Entonces, ¿qué fue de ese grupo de presión, del que se decía que dominaba la vida política, económica y cultural del país en el que había nacido?».

Pregunta interesante, que sigue esperando respuesta.

Tercera y última consideración, antes de ceder la palabra a Romano. Recordemos lo que escribió Peter Berglar: «Los miembros del Opus Dei que desempeñaron un papel importante en algunos gobiernos de los últimos años de Franco actuaban en el ejercicio de sus derechos, como personas libres y como ciudadanos del Estado. Ni la imitación de Cristo, ni la fidelidad a la Iglesia ni tampoco el espíritu de la Obra les prohibían servir al Estado español, que -a diferencia de otros ejemplos del pasado y del presente- no tuvo nunca los rasgos de un Estado en sí mismo criminal (y tampoco lo fue de hecho). Quien afirma que un cristiano puede expresarse sólo en favor de una democracia de corte angloamericano o jacobino, porque sólo un sistema de ese tipo sería compatible con el cristianismo, se coloca en una postura inaceptable y falsa».

Los católicos que protestan a gritos, escandalizados por la participación en el régimen de Franco de esos miembros del Opus Dei, parecen haber perdido de vista el planteamiento católico tradicional y clásico, válido aún hoy, y prefieren fundar su juicio en prejuicios y obsesiones tomados -sin ningún tipo de crítica- de ideologías contemporáneas. Recordemos los puntos básicos de ese planteamiento católico clásico.

Bien sabido es que los hombres pueden organizarse según tres modelos fundamentales, que consienten grados e incluso pueden mezclarse entre sí: la monarquía, la aristocracia y la democracia. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha mostrado no tener preferencias en abstracto por uno en concreto, y que tampoco excluye, a priori, ninguno de ellos. La decisión depende de las épocas, de la historia, de la idiosincrasia de cada pueblo.

A partir de Pío XII, con su mensaje radiofónico en la Navidad de 1944, cuya difusión -no es casualidad- fue prohibida en Alemania y en la República de Saló, los últimos Papas parecen haberse inclinado, para el Occidente contemporáneo, hacia la democracia parlamentaria. Pero han evitado muy mucho hacer de esa preferencia una especie de dogma, como si fuese la única forma política aceptable por un católico.

Simplemente, juzgaron que era el más adecuado para esta época y para estos países. Por los mismos motivos, la Iglesia no tiene que arrepentirse o pedir perdón por haber proporcionado capellanes a las cortes de los reyes del Ancien Régime, o por haber considerado al régimen veneciano -el ejemplo más insigne de sistema aristocrático- una Respublica Christiana (a pesar de las relaciones -en ocasiones tempestuosas- que mantuvo con la Iglesia, por cuestiones políticas contingentes).

Para aquellos tiempos y lugares, con esa historia y con esos temperamentos, el sistema era adecuado. Se trataba sobre todo de autoridades legítimas, a las que se aplicaba el severo consejo del Apóstol: «Que todo hombre se someta a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no provenga de Dios; y las que existen, por Dios han sido constituidas. Así pues, quien resiste a la autoridad, resiste al plan de Dios; y quienes se resisten, recibirán su propia condenación (…). Por tanto, es necesario someterse, no sólo por razón del castigo, sino también del convencimiento interno. (…) Dad a cada uno lo debido: a quien tributo, tributo; a quien impuesto, impuesto; a quien temor, temor; a quien honor, honor» (Rom 13, 17).

La Iglesia no quiere «funcionar por su cuenta», no puede «inventarse» una Revelación de acuerdo con los gustos y las preferencias siempre cambiantes de los hombres, sino que es esclava de la Palabra de Dios (guste o no guste a quien disfruta siguiendo las modas, por definición mudables). El comportamiento «católico» concreto ante los distintos regímenes está determinado por esos versículos de San Pablo y por otros del mismo tenor recogidos por el Nuevo Testamento. Entre estos se cuenta una exhortación de la primera carta de San Pedro (2, 7), brevísima y eficaz síntesis de la praxis cristiana: «Honrad a todos, amad la fraternidad, temed a Dios, honrad al rey».

El pensamiento católico, por tanto, no ha absolutizado ninguna forma política. Los cristianos de hoy, en cambio, liberados ya de la amenaza del comunismo y de la borrachera «comunitaria», corremos el peligro de consagrar el sistema democrático-liberal-capitalista que triunfa en su patria, los Estados Unidos de América, como el único sistema político aceptable para un cristiano.

El pensamiento católico ha sabido siempre que cualquier régimen, incluso el más perfecto sobre el papel, el más noble en teoría, se encarna en hombres a los que el pecado original ha convertido en una mezcla de valentía y de vileza, de altruismo y de egoísmo, de grandeza y de miseria. Por eso los hombres de la Iglesia se han esforzado durante siglos no en perfeccionar las estructuras, sino en mejorar a las personas. Más que pretender un «buen sistema de gobierno», han procurado contribuir a que hubiera «buenos gobernantes». La mejor de las estructuras políticas en la teoría se puede convertir en un régimen de pesadilla si, a la hora de la verdad, es regido por hombres indignos.

En cualquier caso, aunque nacido de una insurrección -el alzamiento de 1936-, el gobierno español guiado por Franco recibió después el reconocimiento de todos los países del mundo. Incluida la Unión Soviética. Incluida también la Santa Sede, con su Ciudad del Vaticano. Cuando en 1957 comenzó el affaire de los ministros del Opus Dei, ese gobierno podía gustar o no, pero es indudable que era legítimo y reconocido por toda la comunidad internacional.

Por consiguiente, la colaboración con él no era una especie de «crimen» ni de «vergüenza», como algunos ambientes políticos y religiosos -juzgando con la mentalidad de hoy y según las categorías ahora dominantes- quisieron creer. Parecen haber olvidado que el Estado español había regulado sus relaciones con la Iglesia mediante un concordato que, al menos durante 25 años, fue elogiado públicamente por los obispos del país. Nada, pues, impedía a un católico colaborar con él.

Tras estas precisiones, veamos en el capítulo siguiente los hechos y los documentos que el historiador Giuseppe Romano somete a nuestra consideración.

Mientras tanto, este cronista se despide. Dedit quod potuit, ha hecho lo que ha podido. En cualquier caso, se dará por satisfecho si otros -movidos quizá por un sentimiento de descontento o de indignación, al leer estas páginas- se ponen a trabajar para mejorar lo presente.

La muerte de un gran aragonés

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Testimonio de José María Zaldívar, periodista
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Escribo, todavía sorprendido por la noticia. Siento que escribo con mi dolor aragonés. La figura de Josemaría Escrivá de Balaguer está, y estuvo siempre, por encima de ciertas mezquindades de los hombres; los que gustan de enjuiciar lo ajeno con su propia impotencia de no saber amar. La trayectoria del barbastrino no tiene otro motivo en sus años vitales que una sed ardiente de volar con los brazos abiertos a una suma capacidad de comprensión, de acer­camiento al prójimo, de existir, sabiéndose en la existencia de los demás.

Acertó a vivir nuestra hora confusa con los ojos iluminados por la fe. Como un almogávar abrió fronteras; como un José Pignatelli dio lecciones de fidelidades romanas; cinceló homilías con la ele­gancia argensolesca en los sonetos; y el fuego lo transmitió a su Obra con las propias brasas que, como a San Lorenzo, manos avie­sas, si no a su carne sí a su corazón, aplicaron con injusticia de sayones.

Nada hay más óptimo en la vida que recorrer caminos llevando un acicate de promisión. Él supo de ese júbilo caminante. Y lo hizo acertando a no cambiar de bastón. El que recibió a su ministerio, el que no precisa de permutas peligrosas. Hoy, que tantos bordones quiebran y desfloran, qué beatitud continuar renovándose como la vara bíblica, sin perder el perfume ni la flor.

Yo no he pertenecido a su Obra. Pero, como católico, toda obra hacia Dios merece mi respeto, mi apoyo y mi lealtad. Hay quien murmura por ahí, juzgando por hechos muy personales la totalidad espléndida de la Obra del aragonés. También yo podría testimoniar que en mi propia vida me he encontrado con hombres del Opus Dei, ejemplos ciertos de una cosecha espiritual del sembrador. Y, entre todos los hallados, él.

Cuando Josemaría Escrivá viene a Zaragoza, en octubre de 1960, para tomar la investidura en la universidad, yo llevaba unos días sin poder acercarme a los micrófonos en mi diaria emisión. Un gran dolor íntimo -la inesperada muerte de mi hermano- me tenía en un hundimiento total. Acudí aquella mañana a la fiesta en el Paraninfo de Medicina. Jamás vi en actos similares mayor concurrencia, entusiasmo, recepción de gentes que de toda España habían llegado a acompañar a Monseñor. Él entró –lo recuerdo-, sencillo, abstraído de toda vanidad humana; sonriendo familiar. Comprendí, al verle cruzar aquella vía académica, que él nos demos­traba –autor de Camino- su propio camino y su peculiar forma de caminar. La sencillez, la que engendra la paz en diafanidad de criterios; la rigurosidad suave que se puede crucificar con sonrisas. La mejor forma a estos días del mundo, de poder estar en él sin perder por ello nuestra legitimidad.

Tanto me conmovió que, alzando ánimos, aquel mediodía volví a ser voz en la radio, a base de olvidar mis penas, contando la alegría del altoaragonés. Él, que lo supo, mandó a buscarme. Me hallaron y a toda prisa acudí a la cita privada con él.

El diálogo entre ambos lo he conservado para mí solo. Recuerdo bien su abrazo y su ánimo en mí. Me dio su bendición y su encargo para siempre. Y lo guardo, por él escrito, en el pequeño ejemplar de Camino, en férvido latín. «Todo sea para bien». Me ha corres­pondido en la vida, como a todo mortal, sufrir desde 1960 tantas cosas que pocos sabrán… Pero ahí estaban las palabras de Josemaría Escrivá de Balaguer, como lección.

Ha venido a morir súbitamente. Pero todavía le quedaba el regusto de aquella jornada en su ciudad de origen. ¡Qué bien hizo Barbastro no cejando en la celebración del homenaje! Hubiese sido penoso, que esta muerte nos hubiese impedido ser, por muy pocas veces, agradecidos a los que no se olvidan de su propio solar. Y su ciudad sí supo serlo. Ahí queda, entre las alturas y los fondos de los remansos de las aguas, la soberbia perspectiva de Torreciu­dad. Una obra que se asienta, para acoger al mundo espiritual, en nuestra propia tierra de Aragón.

A Monseñor podrá discutírsele, pero no afrentándolo. Se podrá discrepar, pero, asimismo, reconocer los méritos que sus años de empresa religiosa han dado a su trascendente menester. Sus actos ahí quedan -como él mismo me contó aquel día- intentando abra­sar el mundo con el fuego de Cristo. Porque para su concepto, había que pegar el fuego de Cristo a todos, olvidándonos nosotros, sus portadores, de nuestra comodidad.

Monseñor ha muerto de pie; caminando le sorprendió la muer­te. Caminando ya sin los pies en tierra, a estas horas en que escribo, yo bien sé que sus pasos habrán remontado Cinca arriba, buscando esa imagen amada, ¡su Virgen altoaragonesa de Torreciudad!

Monseñor Escrivá de Balaguer y el Opus Dei

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Testimonio de Mons. Antonio Quarracino, Obispo de Avellaneda. Secretario General del Celam
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

No tuve oportunidad de conocer personalmente a Monseñor Escrivá de Balaguer, ni me he detenido en profundizar sus escritos. Hace muchos años leí Camino, y no hace tanto algunas de sus plá­ticas y homilías. Debo decir ante todo que me llamó la atención su facilidad de presentar como «a la mano» -encarnado, dicen hoy– el llamado universal a la santidad.

Tampoco mis contactos con el Opus Dei han sido tales que jus­tifiquen una exposición detallada de su espíritu y apostolado. He tratado a algunos de sus miembros; y debo decir que me han pare­cido todos excelentes. Me han atendido afectuosamente en sus cen­tros e informado de sus labores en los diversos ambientes del pueblo de Dios.

Afirmaría que mi conocimiento de esta Obra y de su fundador es un conocimiento «al revés», esto es por sus detractores, los cuales a la verdad, me causan una sensación extraña, mezcla de pena y de gracia. Algunos ataques y testimonios muchas veces son una expresión de mal gusto, por decir lo menos… es una institución de la Iglesia que ha recibido golpes muy furibundos, que recuerdan la desfachatez diabólica. Y por cierto que no todos vienen de afuera…

Pienso entonces en aquello de que las obras de Dios son pro­badas por la adversidad y la persecución… Recuerdo lo que San Lucas relata en el capítulo 5 de «Los Hechos» acerca del prudente Gamaliel: «Si este asunto es cosa de los hombres… pero si es cosa de Dios… no se vayan a encontrar luchando contra Dios». Como creo que estas palabras conservan su validez, por una parte me asal­ta cierta especie de pena porque, naturalmente, no me agrada que se golpee a una institución de la Iglesia; y también cierta gracia entre socarrona y lastimera porque me parece ver a los que golpean, in contrario sensu, como instrumentos de la comprobación de que una obra es de Dios. Algo parecido a los «abogados del diablo». Considero muy útil y necesario el papel que deben desempeñar esos abogados; ¡pero me parece tan antipático!

No sé si Monseñor Escrivá será canonizado. ¡Qué extensa es la lista de grandes figuras de la Iglesia que no lo han sido! Pero cuando personas serias, ponderadas y prudentes, que conocen el sentido de las palabras, tanto lo exaltan y de santo lo califican, me digo que por algo debe ser. Es un hecho sin precedentes contar con la petición de 69 cardenales y 1.300 obispos -entre ellas la mía– dirigidas al Santo Padre solicitando la apertura del proceso. Y como me quedo pensando que si me pidieran el nombre de un pastor -obispo o sacerdote– que yo hubiera conocido personal­mente en mi vida, y a quien considerara digno de que su causa fuera introducida, daría el de uno solo, y con algunas advertencias pre­vias, se me ocurre que tampoco tantas personas piensen y hablen apresuradamente.

Por otra parte, hay algunos hechos que muchos podrán juzgar irrelevantes, pero que yo considero significativos si se los mira desapasionadamente.

El caso de Camino, por ejemplo, que ese libro tan sencillo, algu­nos de cuyos pensamientos han sido criticados con ridícula ligereza, haya tenido tiradas millonarias y traducciones en más de treinta lenguas, ¿no llama la atención? Ya escucho a algunos: «es que la institución…», «Sí, ya sé, interrumpo yo: ¡los de la Obra son tan geniales que lo editan y luego queman los ejemplares, o los venden como papel viejo!, pese a la pequeñez de su tamaño. ¡Muy inte­resante su explicación!».

Otro hecho; cuando murió Monseñor Escrivá, el Opus Dei, así tengo entendido, contaba con mil sacerdotes, más o menos. Estimo que ningún fundador dejó al morir una heredad semejante a la Iglesia.

El tercero: es conocida la amplísima gama de profesionales y estudiosos que pertenecen a la Obra. Se trata, pues, de gente que naturalmente no dejó enmohecer su materia gris. Soy lógico si pien­so que se trata de personas cuya asociación al Opus Dei no ha sido hecha a tontas y a locas, o como llevada por la nariz, o engañadas como niños, o por medio de un espeluznante lavado de cerebro, o después de pasar una temporada en un hospital psiquiátrico del Este…

«¿Ladran, Sancho? Señal es que cabalgamos». (De un libro vie­jo, pero siempre actual.)

En el aniversario de la muerte del Fundador de la Obra

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Testimonio de Cardenal Paul Poupard, Presidente del Consejo Pontificio de Cultura
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

­¡Qué profundidad evangélica tiene el «apostolado de la inteli­gencia»! Cuando el joven sacerdote Josemaría Escrivá escribía esta frase en el punto 978 de su libro Camino (la primera edición es de 1934) trazaba un programa al que se atiene toda su vida: pre­cisamente porque el Opus Dei quiere llevar a todos los hombres, de todas las clases sociales, el mensaje de la llamada a la santidad cristiana mediante el trabajo profesional. El fundador ha dedicado siempre la máxima atención a los intelectuales, a aquellos que tra­bajan con las ideas y las transmiten, porque hoy como nunca el problema de los problemas es la relación del Evangelio con las cul­turas, es decir, la «inculturación de la cultura» del Evangelio.

Me han contado que una vez, todavía en los años 30, Monseñor Escrivá, al contemplar un paisaje de cumbres nevadas comento con un amigo: «¿Ves esas cumbres brillantes bajo el sol? Parecen dis­tantes, ajenas, sólo decorativas. Y por el contrario, de ellas depende la reserva hidráulica que hará fecunda toda la llanura. Lo mismo sucede con los intelectuales».

Esta afición por las ideas se manifiesta en la promoción de ini­ciativas culturales de reconocido prestigio, como la Universidad de Navarra, en Pamplona, la Universidad de Piura, en Perú, y la Universidad La Sabana, en Colombia; hay dispersos por todo el mundo centros culturales y escuelas de todas clases y condiciones que los miembros del Opus Dei han creado para responder a las exigencias locales; y para los estudios específicamente eclesiásticos existe la Universidad Romana de la Santa Cruz, con las Facultades de Filosofía y Teología. Esto es mucho, pero no es todo: de hecho, el apos­tolado personal de los miembros del Opus Dei, como decía siempre el fundador, es «apostolado de la doctrina», es decir, de las ideas y de la cultura a todos los niveles y para todo el mundo, porque «a los hombres -como a los peces– se les coge por la cabeza», y Cristo ha querido que sus discípulos, es decir, todos los cristianos, fueran «pescadores de hombres».

Este mensaje, perenne como el Evangelio, es de extrema actua­lidad en nuestra época, porque, como dice el historiador inglés Christopher Dawson, «la ruptura de la comunión entre el orden espiritual y el orden racional es el problema más serio al que el mun­do moderno debe enfrentarse». El tema lo ha enfocado el Concilio Vaticano II y los Sumos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II lo han situado en el centro de su acción pastoral: la Iglesia está cada vez más comprometida en el diálogo con las distintas culturas, para res­ponder a las esperanzas secretas de las culturas mismas.

El diálogo tiene una dinámica propia que se desarrolla normal­mente en tres fases: la primera es la del respeto, que no separa ni confunde el Evangelio y las culturas, sino que respeta los distintos planos, al abrigo de injerencias indebidas; la segunda fase es la ele­vación de lo que es humanamente válido en toda cultura, para llegar a la tercera fase, la de la integración.

El diálogo también es confrontación y, algunas veces, desafio, porque algunas culturas deben purificarse de todo aquello que humilla y ofende al hombre. La Iglesia, hoy en día, está llamada a defender al hombre de sí mismo, y de la tentación de la «cultura de muerte». Y lo hace cuando, por ejemplo, pro dama que la ciencia debe aliarse con la conciencia e inspirarse en la ética, porque no todo lo que es posible técnicamente es lícito moralmente.

Es una tarea difícil, pero no eludible. Monseñor Escrivá, a quien el Papa ha proclamado «Venerable» el pasado día 9 de abril, ha podido escribir: «No nos podemos cruzar de brazos, cuando una sutil persecución condena a la Iglesia a morir de inedia, relegándola fuera de la vida pública y, sobre todo, impidiéndole intervenir en la educación, en la cultura y en la vida familiar. No son nuestros derechos: son los de Dios, y a nosotros, los católicos, nos los ha confiado Él… para que los ejerzamos». El Opus Dei que, en cuanto a prelatura personal se refiere, es una institución al servicio directo del Papa y de la Iglesia, desarrolla precisamente en el campo de la cultura su peculiar función eclesial.

Homenaje al Fundador del Opus Dei

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Testimonio de Cardenal Humberto Medeiros, Arzobispo de Boston
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Al poco de ser nombrado Arzobispo de Boston, fui a visitar Elmbrook,  un Centro para estudiantes universitarios, situado a corta distancia de la Facultad de Derecho en la Universidad de Harvard, en Cambridge. Elmbrook es uno de los muchos centros universi­tarios dirigidos por el Opus Dei, la Asociación internacional para seglares y sacerdotes, cuyo fin es fomentar la búsqueda de la san­tidad en la vida secular ordinaria. Yo deseaba conocer, más a fondo, esta asociación porque me preocupaba la profunda insatisfacción espiritual de la inmensa mayoría de estudiantes que pedían a gritos una palabra mágica y el amor a Jesucristo.

VIVIR EN LA FE

En Elmbrook encontré a 50 jóvenes que se sentían tan alegres y felices que la conversación fluía con facilidad. La mayoría de lo que me contaron me dejó impresionado. Uno de los muchachos comentó sus esfuerzos para conseguir que algunos de sus compa­ñeros de clase le acompañaran en peregrinación a una ermita de Nuestra Señora. Pregunté a otro sobre la oración, y me contó cómo a través del Opus Dei había aprendido a vivir en la fe con Jesús, María y José, pero no como si fueran abstracciones o algo lejano, sino como personas reales, cercanas, a las que poder llegar de forma sencilla y confiada, como un niño. Otros hablaron de su vocación de fomentar el deseo de vida interior y de servir a otros a través de la actividad profesional de cada uno. La tarde se fue agotando, y yo me olvidé, por completo, de lo cansado que estaba después de todo un día de trabajo, y cuando me despedí me sentí rebosante de optimismo.

En las siguientes semanas, con motivo de mis visitas a otras parroquias de la archidiócesis, pude conocer a otros miembros del Opus Dei; amas de casa y profesionales, que me hablaron de su apostolado personal en el seno de sus familias y comunidades. Cuan­do me comentaron sus esfuerzos por ser almas contemplativas en su medio secular, me surgieron deseos de conocer al sacerdote que había inspirado este deseo de santidad.

NO BUSCABA LA PUBLICIDAD

Algunos meses más tarde conocí, en su residencia de Roma, a Monseñor Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. Su libro de máximas ascéticas Camino ha vendido casi tres millones de copias pero realmente él no era hombre que buscaba la publi­cidad. Su único deseo era pasar inadvertido para que Dios se mani­festara. Era extraordinariamente franco, tan humilde y modesto, tan calido y cordial, tan entusiasta con la Iglesia y la misión de ésta, que tuve la impresión de conocerle de toda la vida y, por tanto, con derecho a llamarle «padre» como lo hacían más de 60.000 hom­bres y mujeres, que por entonces se esforzaban, en todo el planeta, en lograr su santificación dentro del Opus Dei a través de sus ocu­paciones diarias, siguiendo la espiritualidad laica que él les había enseñado.

Él tenía setenta años cuando tuvimos la primera y, desgracia­damente, última charla, pero su vitalidad era sorprendente. Reco­nocí en él a alguien que está muy cerca de Dios, una auténtica roca de fe. «Eso es lo que necesitamos», me dije después de despedirnos. «Un hombre de oración, un hombre que confiesa abiertamente su gran devoción a Nuestra Señora y su amor a la Iglesia y al Santo Padre».

Me contaron que el 26 de junio de 1975, dirigiéndose a un grupo de sus hijas, en un centro del Opus Dei en la residencia de mujeres de Castelgandolfo, dijo: «Debemos amar a la Iglesia y al Santo Padre, sea quien fuere, y pedir a Dios que nuestro servicio a la Igle­sia y al Santo Padre sea eficaz». Éstas fueron, prácticamente, sus últimas palabras, ya que una hora más tarde, de forma rápida e inesperada, murió en Roma, tras una mañana de intenso trabajo pastoral.

COMPASIÓN Y HUMOR

Después de su muerte he continuado «viendo» a Monseñor Escrivá de Balaguer gracias a las maravillas de la tecnología moder­na. He podido contemplarle en películas, que le muestran de pie en salones, abarrotados, de toda Europa y América, derrochando compasión y humor, afirmando en sus respuestas que la Iglesia, la Esposa de Cristo, será por siempre el pilar de la verdad. El camino de santidad, dice dirigiéndose a su audiencia, así como el método para alcanzar una vida interior plena, es el de siempre; los sacra­mentos, la oración y el sacrificio, la santificación del trabajo diario y el cumplimiento de las obligaciones cristianas en el mundo.

En realidad Monseñor Escrivá de Balaguer había estado pre­dicando la llamada universal a la santidad desde 1928; la santifi­cación a través y en las realidades de la vida cotidiana en la tierra. Estos aspectos de espiritualidad laica fueron incorporados, años más tarde, a los documentos del Concilio Vaticano II.

EL PADRE

Igualmente he continuado «viéndole» en Roma, donde a menudo visitó la casa donde nos encontramos aquella primera vez. Allí, en una preciosa cripta, una losa de mármol verde con la ins­cripción «El Padre», señala el lugar donde descansan sus restos. Ami alrededor hay jóvenes que besan la tumba con devoción. Tam­bién hay amas de casa y trabajadores que visitan la cripta, y en silencio le confían sus necesidades. Y con ellos yo también pido al Padre que rece por mí y por todas las almas que me han sido confiadas, y que continúe avivando esos caminos de santidad en la vida secular que comenzó en 1928, hará cincuenta años, el próxi­mo 2 de octubre.

El secreto de una vida santa

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Testimonio de Manuel Garrido Bonaño, O. S. B. Profesor de Liturgia en la Facultad de Teología del Norte de España
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Mis primeros recuerdos sobre el Opus Dei datan de los años cuarenta. Fue entonces cuando leí por vez primera Camino, en una edición voluminosa que, creo, fue la primera con este titulo. El ejem­plar no me pertenecía y estaba dedicado por su mismo autor. Desde entonces lo be leído multitud de veces y lo considero como un libro clásico en la vida espiritual. He repartido docenas de ejemplares entre los estudiantes y he podido comprobar el bien inmenso que les ha proporcionado su lectura. Un amigo mío me los enviaba gene­rosamente junto con muchos ejemplares del Nuevo Testamento para ser distribuidos. Le sugerí que eso era una forma excelente de hacer apostolado. Mi amigo no pertenecía ni pertenece a la Obra, aunque la conoce bien y la aprecia.

Desde el primer momento comprendí la verdadera fisonomía del Opus Dei y simpaticé con esa Asociación. La he visto siempre como un gran movimiento apostólico con el fin de conducir a todos los hombres a vivir la vida cristiana lo más perfectamente posible, cada uno dentro de su propio estado, «camino de satisfacción en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano». Leía la hoja informativa del proceso de beatificación de Isidoro Zorzano, socio del Opus Dei, y me edificaba mucho lo que allí se decía. Por eso, cuando fui a fundar a Leyre, en 1954, siempre que iba a Pamplona visitaba la Cámara de Comptos Reales, donde funcionaba la Facultad de Derecho que allí tenía el Opus Dei. No hablaba con nadie. Iba allí sólo por simpatía. Y, sin embar­go, nunca me sentí llamado a pertenecer a la Obra, por la sencilla razón de que tenía y tengo vocación a la vida monástica benedictina.

Del fundador del Opus Dei yo conocía poca cosa. Pero por los frutos que producía, yo deducía que el árbol era bueno. Luego, sí; luego he leído mucho sobre el Opus Dei desde que tuve noticia del mismo.

Luego he tenido ocasión de seguir más de cerca la obra apos­tólica del Opus Dei como tal, o la que realizan algunos de sus socios, tanto los sacerdotes como los laicos y los sacerdotes diocesanos que pertenecen a la Obra. Todo ello me ha hecho ver que el Opus Dei es hoy en la Iglesia una fuerza espiritual.

Resulta difícil encontrar en la historia de la Iglesia una institución que a los cincuenta años de su fundación pueda presentar un panorama tan fructífero como el que presenta el Opus Dei en toda la tierra. Se vio esto en gran parte con motivo de la muerte de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, en que, de todos los rincones del mundo, se elevó una gran ola de gratitud por los bene­ficios recibidos. Se comprende mejor esto cuando se han visto las películas de sus magníficas catequesis. ¡Qué acierto tuvieron los que las filmaron! Así somos muchos los que ahora hemos podido aprovecharnos de su doctrina y de su propio estilo de catequizar, en el que de una forma tan simpática, tan digna, tan espiritual y tan humana expone las cuestiones más intrincadas del dogma y de la moral. Las he visto varias veces y siempre me han edificado enor­memente. Sus homilías se leen ahora con verdadera fruición, como libro de oración, de meditación, como manual de pastoral y de consulta.

El secreto de todo esto está en su intensa vida espiritual. El Con­cilio Vaticano II ha sido para el Opus Dei una lluvia beneficiosa por eso mismo. Ha confirmado en no pocos puntos su misma fina­lidad y sus medios, pero también lo que es la base firme de todo el Concilio: la vida espiritual, aunque no siempre se tiene presente. La renovación principal que quiere el Concilio es la vida espiritual, las otras en tanto en cuanto se consigue o para facilitar el conse­guirlo. Paulo VI lo ha recordado multitud de veces en sus extraor­dinarias alocuciones o catequesis de los miércoles. Me parece que son el mejor comentario al Concilio y la más luminosa clave de su recta interpretación. Esto explica por qué el Opus Dei ha hecho y hace una labor tan excelente en la Iglesia y en el mundo, en con­sonancia con el Concilio.

Después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer se han hecho manifestaciones que revelan el secreto de su rica espiritua­lidad. No obstante su apariencia brillante, fue hasta el último ins­tante de su vida el grano de trigo que, enterrado, muere para dar lugar a una mies copiosa. Para algunos parecerá paradoja incom­prensible lo que afirman los testigos de la primera hora de la Obra: «El Opus Dei nació en los hospitales y barrios pobres de Madrid», acredita José Manuel Domenech de Ibarra (cfr Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei» Madrid 1977 pag 167). El día de San José de 1975 lo confiaba el fundador a los socios de la Obra «Fui a buscar fortaleza en los barrios mas pobres de Madrid- de         una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables que no tenían nada de nada…, fui a buscar los medios para hacer las obras de Dios en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor… Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei «crecía para adentro sin darnos cuenta». Pero he querido deciros que la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas» (Apun­tes, pág. 168). Antes lo había insinuado en el Colegio Tabancura de Santiago de Chile, el 2 de julio de 1974. Y en Lisboa en 1972, donde tuvo la feliz idea de manifestar el origen del núm. 208 de Camino. Sus palabras son de un valor grande y las transcribo íntegras: «Te encontrarás también con el dolor físico y feliz con ese sufrimiento. Me has hablado de Camino No me lo se de memoria pero hay una frase que dice bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor. ¿Te acuerdas? Eso lo escribí en un hospital a la cabecera de una moribunda a quien acababa de administrar la Extremaunción. ¡Me daba una envidia loca Aquella mujer había tenido una gran posición económica y social en la vida, y estaba allí, en un camastro de un hospital moribunda y sola sin mas compañía que la que podía hacerle yo en aquel momento hasta que murió. Y ella repetía, paladeando: bendito sea el dolor tenía todos lo dolores morales y todos los dolores físicos–, amado sea el dolor, santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor! El sufri­miento es una prueba de que se sabe amar, de que hay corazón» (Apuntes, pág. 169). ¡Qué lástima que no haya dejado también el origen de los otros 998 números de Camino! Adivinamos que tal vez cada uno de ellos fue fruto de un hecho similar. No puede leer uno esos pasajes sin emoción. El Opus Dei ha nacido y se ha desarro­llado a golpes de azada. La incomprensión, la difamación, la calum­nia acompañó toda la vida del fundador del Opus Dei. Si el Opus Dei hubiera sido una obra meramente humana hace mucho tiempo que lo hubieran aniquilado, pero lo sostiene la gracia de Dios con la que tan fielmente colabora. Se comprende así el gran fruto espi­ritual que ha hecho y hace en las almas. Los datos hablan por si mismos: más de ochenta mil socios repartidos por todos los con­tinentes, con multitud de obras apostólicas en el campo de las letras, de la promoción social, en la pastoral, etcétera, etcétera. Oí decir no hace mucho a un arzobispo: si todos mis sacerdotes fuesen del Opus Dei no tendría conflictos en mi diócesis. Se nota hoy en la Iglesia donde actúan los socios del Opus Dei por el gran fruto espi­ritual que allí se da. Un misionero de África me indicó que la espe­ranza de la Iglesia está hoy en el Opus Dei.

Refiriéndose al fundador de la Obra, no hace mucho me recor­daba un destacado monseñor de la Curia Romana: «sufrió mucho». Resulta impresionante conocer que dos horas antes de morir decía en Castelgandolfo, el 26 de junio de 1975, a un grupo de asociadas del Opus Dei: «Hemos de amar mucho a la Iglesia, y al Papa, cual­quiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre» (Apuntes, pág. 238).

Como el grano de trigo… El lo recuerda en el núm. 199 de Cami­no: «Si el grano de trigo muere queda infecundo. – ¿No quieres ser grano de trigo, morir por la mortificación, y dar espigas bien gra­nadas?– ¡Que Jesús bendiga tu trigal!».

Una de las grandes características de Monseñor Escrivá de Bala­guer es su intenso amor a la Iglesia. Amaba a la Iglesia en su tota­lidad y en sus diferentes manifestaciones particulares. Podríamos llenar páginas evocando doctrina y hechos en que manifiesta ese amor intenso por la Iglesia de Jesucristo. Habla del escapulario del Carmen como si fuera un fervoroso carmelita: «Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. Pocas devociones –hay muchas y muy buenas devociones marianas– tienen tanto arraigo entre los fieles y tantas bendiciones de los Pontífices. Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (Camino núm. 500). Incorpora a su Obra los hechos de la Iglesia más dispares y los propone como modelo. He aquí algunos ejemplos: «Por defender su pureza San Francisco de Asís se revolcó en la nieve, San Benito se arrojó a un zarzal, San Bernardo se zambulló en un estanque helado… –Tu, ¿qué has hecho?» (Camino, núm. 143). «Pero… ¿y los medios’? –Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio…

– ¿A caso te parecen pequeños ?» (Camino, num 470) Y así multitud de veces, con respecto al sacerdocio a las ordenes religiosas a la liturgia, a las devociones a la pastoral No extraña que la revista milanesa Studi Cattolici al informar sobre la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer titulase esa información «Una vida para la Iglesia», como queriendo compendiar que el amor a la Iglesia dio sentido a toda la vida del fundador del Opus Dei. Se ha dicho que desde hace tiempo Monseñor Escrivá de Balaguer «con una pro­gresiva intensidad, ofrecía al Señor su vida y mil vidas que tuviera por la Iglesia Santa y por el Papa, sea quien sea. Este ofrecimiento era intención diaria de su Misa, era fervor continuo de su alma, era dolor de su corazón, era desvelo de su vida». « ¡Qué alegría–ex­cribió– poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia Santa!» (Camino num. 518). Por eso recetaba pausadamente, saboreándolo, las palabras del Credo, «creo en la Iglesia. Una, Santa, Católica y Apostólica» (Camino, núm. 517).

Analizar los puntos principales de su rica espiritualidad supone una extensión ajena a este trabajo Algo se ha hecho ya, especial mente por don Pedro Rodríguez Monseñor Escrivá de Balaguer es por antonomasia el apóstol de la llamada universal a la santidad A él le dolía que en los calendarios litúrgicos casi todos los santos fuesen sólo clérigos o religiosos fuera de los mártires cuando en realidad ha habido muchos santos laicos aunque no hayan entrado en el calendario universal de la Iglesia En la oración de San Bredan monje irlandés del siglo VI que se divulgo mucho en el medievo se evocan diversas categorías de santos mártires, confesores, vírgenes, anacoretas, monjes y «sanctí clericí sancti laicí, sanctae uxores, sancti domini, sancti servi, sancti divites, sancti pauperes, sancti doctores, sancti fauctores». Siempre que he leído esa plegaria litánica he recordado a Monseñor Escrivá de Balaguer y a su Obra. Él expuso con todo el ardor de su corazón grande de apóstol la vocación universal a la santidad en todos los aspectos, fijándose principalmente en la grandeza de la vocación cristiana, en la filia­ción divina del cristianismo, en la afirmación cristiana del mundo, en la santificación del trabajo ordinario, en la proyección apostólica de todo discípulo de Cristo y en su unidad de vida, no compar­timentos estancos: ahora cristiano y luego profesor o tornero. A ello ha contribuido con su palabra y con sus escritos, pero de un modo especial con su obra más característica: Camino. Se ha pre­tendido querer rectificar algunas de sus consideraciones espirituales insertadas en ese magnífico libro que tanto bien ha hecho y hace a las almas. Pero la espiritualidad genuina del fundador del Opus Dei la da ese libro que se ha convertido en un clásico de la vida espiritual cristiana. Uno de los libros de espiritualidad más leídos en el siglo XX. Así lo muestra la multitud de traducciones y de edi­ciones desde que aparece en redacción reducida en Cuenca, en 1934, y en la edición definitiva de 1939 hasta nuestros días. No es un libro de gabinete, fruto de especulaciones teóricas. Refleja siempre una experiencia apostólica del autor. Por eso, pretender marginar ese libro precioso y eclipsarlo con las homilías y «con­versaciones» de Monseñor Escrivá de Balaguer me parece una gran temeridad, sin quitar nada de su valor a esas homilías ni a las «con­versaciones», que en realidad no completan ni perfeccionan a Cami­no. Son otra cosa y como tales hay que juzgarlas y no enfrentarías ni contraponerlas. Todas las consideraciones espirituales de Camino tienen un gran valor actual y siempre lo tendrán, incluso aquellas que parecen reflejo de unas circunstancias muy concretas y deter­minadas. Son Evangelio vivido en todos los momentos de la jornada.

No sólo he repartido docenas de ejemplares de Camino como antes he dicho, sino que no podía tener un ejemplar para mi uso, pues también ése repetidas veces he tenido que darlo porque me lo han pedido y yo veía que debía desprenderme de él para que hiciese un bien espiritual a otras personas. Para no estar sin él recurrí a la estratagema de que un gran amigo me regalase uno muy sencillo y dedicado. La dedicatoria me impediría darlo. Él me envió un ejemplar que había usado mucho en sus conferencias y en su lectura personal. Es el que tengo y con el uso no está ciertamente para regalarlo a nadie: una edición muy pequeña de bolsillo que me acompaña siempre.

Cuando después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer he leído u oído muchas «gracias» atribuidas a su intercesión -de algunas diría milagro, pero no quiero adelantarme al juicio de la Iglesia– no me extraña nada. Son los signos con los que Dios rubrica su gran santidad. Todos los días pido a Dios que esa santidad se proclame oficialmente lo más pronto posible.

Un hombre de fe

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Testimonio de Mons. Laureano Castán Lacoma, Obispo de Sigüenza (Guadalajara)
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Cuando se cumplen los cincuenta años de la fundación del Opus Dei querido evocar por escrito algunos de mis recuerdos sobre Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer.

Le conocí hacia 1926, cuando era un joven sacerdote recién ordenado, y yo cursaba los primeros años del seminario. Solía acu­dir con su familia, durante el verano –hasta l934, a Fonz, mi pueblo natal, en la provincia de Huesca, para realizar algunas cortas visitas a su tío don Teodoro Escrivá, beneficiado de la capellanía de la Casa Moner.

En varias ocasiones pude ayudarle a celebrar la Santa Misa en la capilla de los señores de Otal barón de Valdeolivos–, con quie­nes me unía una gran amistad. Desde entonces, guardo la viva impresión que me produjeron la piedad y el extraordinario fervor con los que celebraba el Santo Sacrificio. Ya entonces vivía lo que más tarde habría de enseñar: «La misa es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la persona de Cristo, y en el nom­bre de Cristo» (1).

En alguna de aquellas ocasiones, entre los años 1929 y 1932 dimos vanos paseos, a solas, conversando largamente. Recuerdo una de aquellas conversaciones en la que, con gran fuerza, me habló de lo improcedente que resultaba la injerencia de los gobiernos en los asuntos internos de la Iglesia. En otra, paseando por la era Ferragut, cerca de la casa de su tío don Teodoro, me habló de la fundación que el Señor le pedía llamándola la Obra de Dios. Aunque decía que estaba trabajando para realizarla, me hablaba de todo como si fuese una cosa ya hecha: tal era la claridad con la que ayudado por la gracia de Dios– la veía proyectada en el futuro. La llamaba Obra de Dios, porque decía que no era suya, afirmaba: yo no quería fundar nada. El tiempo ha demostrado de modo impalpable que Dios escogió, para fundar el Opus Dei, un instrumento bueno y fiel

Me pidió entonces que rezara por la Obra de Dios, y lo he seguido haciendo, a diario, con intensidad y fervor. Reflexionando ahora desde la perspectiva de mi larga vida dedicada al servicio de la Igle­sia Santa y tantos años pastor en mi diócesis, no encuentro más explicación a mi perseverancia en rezar a diario por el Opus Dei que la profunda impresión que me causó la fe con la que hablaba Monseñor Escrivá de Balaguer y la santidad que se traslucía de su persona.

Su fe en Dios patente y fuera de lo común: de ahí su convencimiento de que los hombres somos sólo instrumentos, libres y responsables, en las manos de nuestro Padre Dios. Por eso –me insis­tía– en el apostolado lo primero es la oración; después, el espíritu de mortificación y de penitencia; sólo en tercer lugar, muy en tercer lugar como más tarde escribiría en Camino la acción (2).

Recuerdo también de aquella primera conversación sobre el espíritu de la obra, cómo me hizo ver que no estaría circunscrita a España, ni a una clase social determinada. Dios la quena universal, católica: abierta a los hombres de todas las condiciones sociales, de todas las razas, de los cinco continentes.

LA HORA DE LA INCOMPRENSIÓN

El primer desarrollo del Opus Dei en España estuvo acompa­ñado de graves incomprensiones, de una campaña de falsedades y calumnias, que Monseñor Escrivá de Balaguer supo sufrir con un profundo sentido sobrenatural y grandeza de corazón, sin guar­dar rencor a nadie.

En una ocasión –siendo yo obispo auxiliar de Tarragona– me refirió don Leopoldo Eijo y Garay, entonces obispo-patriarca de Madrid–Alcalá, que unas personas católicas fueron a hablar con él para sugerirle que interviniera contra la Obra y su fundador, como algo herético. Monseñor Eijo y Garay, después de escucharles, les explicó que él había actuado directamente y con pleno conocimien­to de causa en su aprobación. «Esa criatura –les dijo refiriéndose al Opus Dei– ha nacido en estas manos». Con esta expresión quería hacerles entender que conocía bien lo que había aprobado, lo que había hecho a ciencia y a conciencia.

En aquellos años no se hablaba de la llamada universal a la san­tidad. Esto puede explicar –humanamente– el recelo que en algunos provocó la predicación del fundador del Opus Dei a la par que hace destacar la unión íntima con Dios y la fortaleza heroica con la que –siempre con una sonrisa en los labios– continuó su labor. Escrivá de Balaguer, verdadero pionero del Concilio Vaticano II, que años más tarde vendría a promulgar solemnemente el contenido de su predicación.

Nunca guardó la menor animosidad contra nadie: al contrario, su gran corazón se agrandaba ante esos ataques injustos. Cuando tuvo que defender la Obra como era su deber– lo hizo siempre sin acritud, evitando referirse por su nombre a los que le habían calumniado. Y cuando era atacado personalmente, nunca se defen­dió, imitando de forma admirable el ejemplo del Divino Maestro: Jesús autem tacebat, pero Jesús permanecía en silencio (3). Como norma de conducta, que mantuvo siempre, trató tan sólo –son pala­bras suyas– de ahogar el mal en abundancia de bien.

DESPRENDIMIENTO

Junto con un gran respeto por la autoridad legítima que le llevaba a apreciar como es debida las muestras de honor y de dis­tinción que la acompaña– en Monseñor Escrivá de Balaguer noté siempre una absoluta carencia de afán de cargos o distinciones honoríficas.

Esta actitud de desprendimiento fue constante, a lo largo de su vida; cuando, al paso de los años, recibió merecidas distinciones pontificias y condecoraciones civiles; cuando rehabilitó un viejo título de nobleza de nuestra tierra aragonesa –le correspondía hacerlo al ser el primogénito– por considerarlo como un deber de estricta justicia hacia su familia. Paradójicamente, esta decisión constituyó una muestra de la humildad de don Josemaría, a quien no se le ocultaba que con seguridad, podría dar lugar a interpre­taciones torcidas que –para los que le conocíamos bien– resultaban ridículas.

AMOR A LA IGLESIA Y AL PAPA

Mi última conversación con el fundador del Opus Dei tuvo lugar en Roma en enero de 1974, durante cerca de hora y media. Fue una charla muy afectuosa, extraordinariamente espiritual y, a la vez, enormemente optimista: se mostró firmemente confiado en la Pro­videncia, aunque la Iglesia estaba pasando momentos difíciles. Me insistió mucho en que rezara –convencido de la eficacia de la ora­ción– por la Iglesia y por el Papa.

Manifestándose con gran realismo en la apreciación de las difi­cultades por las que atravesaba –y atraviesa– la Iglesia, me llamó la atención verlo profundamente esperanzado y optimista; más que en motivos humanos, fundamentaba su esperanza en la Providencia de Dios sobre su Iglesia: «Tu optimismo será necesaria consecuen­cia de tu fe» (4).

Se quedó grabado su amor por el Romano Pontífice. Al comen­tar la noticia de la audiencia que acababa de concederle el Santo Padre Pablo VI, me dijo que había procurado hablarle de las mara­villas que Nuestro Señor llevaba a cabo en tantas labores apostólicas de todo el mundo. Me comentó que el Papa ya tenía bastantes preo­cupaciones, y que había querido darle sólo alegrías. Me confió que a diario ofrecía la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa; sólo en tercer lugar la ofrecía por el Opus Dei. Salí de aquella conversación con Monseñor Escrivá de Balaguer contento y esperanzado: confortado por el gran sentido sobrenatural que pude apreciar en este gran amigo. Indudablemente, en armónico desarrollo con las demás virtudes, el amor a la Iglesia y al Papa que ya había notado en esa alma egregia en los años lejanos de nuestra juventud, se había hecho grande, más intenso, mas profundo. Sé que, con frecuencia, repetía a sus hijos lo que en esa ocasión me dijo a mí: que con alegría muy grande daría su vida, y mil vidas que tuviera, por el Romano Pon­tífice, sea quien sea; siempre–subrayaba– con la gracia de Dios, porque sin ella no podría hacer nada.

Si tuviera que realizar un resumen –muy limitado, como todos los resúmenes– sobre la persona del fundador del Opus Dei, diría que este extraordinario pionero de la espiritualidad laical, que tantos y tan altos servicios ha prestado a la Iglesia, se caracterizaba por una profunda vida interior, que le llevaba a conducir a Dios todas sus acciones y conversaciones, de manera que cuantos le tratábamos nos sentíamos arrastrados por ese amor de Dios que con­tagiaba; vida interior unida a una profunda alegría y sentido del humor, que llevaba a sentirse feliz a su lado. Y energía de carácter, que se compaginaba perfectamente con la exquisita delicadeza en el trato, con una gran serenidad y ponderación en sus acciones.


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