1936. La persecución religiosa

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Junto con la guerra civil (1936-1939) tuvo lugar en España una de las persecuciones religiosas más sangrientas que ha conocido la historia de la Iglesia. Murieron 6.832 personas; 4.184 del clero secular —entre los que se incluyen doce obispos y numerosos seminaristas—; 2.365 religiosos y 283 religiosas. Es incalculable el número de laicos que padecieron martirio a causa de la Fe.

Como tantos sacerdotes de su tiempo, don Josemaría pasó mil penalidades por su condición sacerdotal. Tuvo que refugiarse en distintos domicilios particulares, en los que sólo podía estar durante algunas horas o días, porque amparar a un sacerdote, en aquellas circunstancias, equivalía a firmar la propia sentencia de muerte.

No podía transitar por la calle: podía detenerle cualquier control callejero, y acabar, como tantos otros, fusilado junto al paredón del cementerio. No tenía dinero para sobrevivir: únicamente Isidoro Zorzano, ya establecido en Madrid, seguía cobrando su sueldo. Y le llegaban rumores de detenciones arbitrarias, registros y torturas.

El 30 de agosto se encontraba refugiado con otros perseguidos en una vivienda de la calle Sagasta. Juan Manuel Sáinz de los Terreros, uno de ellos —que no sabía quién era don Josemaría—, cuenta que los milicianos se presentaron de improviso para hacer un registro en el edificio. Comenzaron revisando los sótanos, y prosiguieron, planta por planta… Al darse cuenta, don Josemaría subió por una escalera interior hasta la buhardilla con Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Aquello era un cuchitril lleno “de polvo de carbón y de trastos, como todas las buhardillas, y en las que no nos podíamos poner de pie porque llegá­bamos con la cabeza al techo… Hacía un calor insoportable. En un momento oímos cómo entraban en la buhardilla de al lado para hacer el registro…

Estando en esta situación se me acerca don Josemaría y me dice:

Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución.

Inexplicablemente, después de haber registrado toda la casa, los milicianos no entraron en aquella buhardilla.

Afirma Juan Manuel que “supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo”.

Durante aquella temporada, don Josemaría sufría especialmente por no poder celebrar la Santa Misa habitualmente, por carecer de materia para la consagración. En su lugar recitaba de memoria las oraciones litúrgicas, omitiendo la fórmula de la Consagración y haciendo una comunión espiritual al llegar a la Comunión.

Al fin, en marzo de 1937, encontró un asilo relativamente estable en la Legación de Honduras. Allí, recuerda su hermano menor, Santiago Escrivá, “comíamos muy poco. Josema­ría menos que los demás porque había días que no comía nada o muy poca cosa, como mortificación, para ofrecerlo a Dios”. Se quedó tan delgado —perdió treinta kilos— que, cuando su madre pudo ir a verle, no le reconoció; se dio cuenta de que era su hijo Josemaría sólo por la voz.

Muchos refugiados de la Legación pasaban las horas rumiando en silencio su desdicha; otros se desahogaban comentando sus desgracias presentes y pasadas… En medio de aquel clima de pesimismo, don Josemaría ayudaba a los que le rodeaban a no perder la esperanza, a aprovechar el tiempo, y a crecer para adentro mediante la oración por todos, con un profundo sentido de la Comunión de los Santos.

Por la Comunión de los Santos —decía el 8 de abril— nunca podemos sentirnos solos, pues constantemente nos llegan alientos espirituales de las cárceles, de las trincheras, de dondequiera se encuentre alguno de vuestros hermanos. La consideración de esta realidad nos impulsa a un detenido examen de nuestra conducta en este lugar, que es como una prisión para nosotros. Porque aquí, en esta aparente inactividad, contamos con la posibilidad de trabajar mucho por dentro, y acompañar a cada uno de vuestros hermanos en peligro, y velar por ellos.

Su espíritu atravesó durante aquella época lo que San Juan de la Cruz llamaba la “noche oscura del alma”, con la que Dios suele purificar a las almas santas. Pero esto no se reflejaba en el exterior: su predicación era, como de costumbre, optimista y vibrante, aunque el Señor le hacía participar, de modo particularmente intenso, de la Cruz.

Algunos sacerdotes conocidos suyos habían muerto mártires. Le apenó especialmente el fallecimiento de su gran amigo, Pedro Poveda. El fundador de la Institución Teresiana había sido asesinado en julio de 1936. Comentaba un año después: Recuerdo con gran consuelo una conversación que mantuve con un gran santo; lo asesinaron en julio del año pasado, cuando se hallaba sazonado, preparado para ir al encuentro del Amor, pues había escrito todo el libro de su vida, desde el principio hasta el fin, con letras de oro…

Hablábamos de la posibilidad de sufrir martirio. Le dije que no me asusta la muerte: que la aceptaría gustoso cuándo, dónde y como quisiera el Señor mandármela, pero que sentiría abandonaros. Y continué afirmando, mientas él asentía, que los afectos santos de la tierra se conservan en el Cielo: allí podremos pedir por las personas a las que quisimos aquí abajo.

A finales del mes de agosto de 1937 pudo salir de la Legación con una precaria documentación que le facilitó el Cónsul de Honduras. Todas las iglesias de Madrid se encontraban cerradas, muchas destinadas a otros usos o completamente destruidas, con las imágenes profanadas o mutiladas. En esas circunstancias, don Josemaría arriesgó su vida cuando fue necesario para el bien de las almas: bautizaba a escondidas, confesaba dando un paseo por los bulevares o atendía espiritualmente a religiosas refugiadas en casas particulares.

Llevaba siempre consigo al Señor Sacramentado en una pitillera envuelta, por precaución, en una funda con la bandera y el sello de la Legación. Muchas veces dormía sin quitarme la ropa —recordaba—, con la Sagrada Forma encima, abrazando al Señor.

El 7 de octubre pudo abandonar Madrid. Se dirigió a Barcelona, por Valencia, y el 19 de noviembre salió hacia el Pirineo, donde emprendió una larga marcha que le llevó hasta Andorra. Llegó al Principado el 2 de diciembre, acompañado por un pequeño grupo de personas. Poco después, pasó la frontera francesa y se estableció en Burgos.

¡Tengo tanta fe, tanta confianza…!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 23 de junio llegó a Roma. Allí, junto al Santo Padre, en el corazón de la Iglesia, debía estar la sede central del Opus Dei. Nuestro espíritu reclama una estrecha unión con el Pontífice Romano con la cabeza visible de la Iglesia Universal. ¡Tengo tanta fe, tanta confianza en la Iglesia y en el Papa!

Pasó su primera noche en la Ciudad Eterna rezando por el Pontífice, el dulce Cristo en la tierra, como le gustaba decir, haciéndose eco de las palabras de Santa Catalina de Siena. Tres semanas después, el 16 de julio de 1946, festividad de la Virgen del Carmen, Pío XII le recibió en una audiencia privada que siempre recordó emocionado. No puedo olvidar que fue S.S. Pío XII quien aprobó el Opus Dei, cuando este camino de espiritualidad parecía, a más de uno, una herejía.

¿Qué es lo que yo quería? —comentaba—: un lugar para la Obra en el derecho de la Iglesia, de acuerdo con la naturaleza de nuestra vocación y con las exigencias de la expansión de nuestros apostolados; una sanción plena del Magisterio a nuestro camino sobrenatural, donde quedaran, claros y nítidos, los rasgos de nuestra fisonomía espiritual.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, don Josemaría impulsó desde Roma la difusión de la llamada universal a la santidad en numerosos países del mundo. En 1949 y 1950 ya había personas del Opus Dei en Estados Unidos, México, Chile y Argentina; en 1951 se comenzó la labor apostólica en Venezuela y Colombia; en 1953, en Perú y Guatemala; en 1954, en Ecuador; en 1956, a Uruguay; en 1957, a Brasil… Nunca se fue en grupo a un determinado país; marchaban una, dos o tres personas, siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos, que procuraban formar cuanto antes una comunidad cristiana con las personas de cada lugar.

Y en la medida que pudo, recorrió numerosos países europeos, para dar los primeros pasos de la labor apostólica y hablar con los pastores de la Iglesia. Le acompañaban habitualmente en esos viajes dos sacerdotes: Álvaro del Portillo y Javier Echevarría.

Al mismo tiempo, fue dando nuevos pasos de carácter jurídico. El 16 de junio de 1950, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, Pío XII concedió la aprobación definitiva del Opus Dei. Con esta aprobación pudieron ser admitidos como Cooperadores del Opus Dei personas no católicas , e incluso no cristianas.

Algunos escritos de Josemaría Escrivá

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Un aspecto importante de la siembra de santidad de Josemaría Escrivá en los cinco continentes es el de sus escritos. Su obra más popular es Camino, gracias a la cual se han acercado al Señor miles de almas. En el año 2002 se habían editado cerca de cuatro millones y medio de ejemplares de este libro en 43 idiomas.

Dios le concedió lo que había pedido en su oración años atrás: escribir libros de fuego: A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad…, sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey.

Camino

Se considera este libro un clásico de la espiritualidad cristiana de nuestro tiempo. Consta de 999 puntos para la meditación personal. En 2002 apareció un documentado estudio crítico-histórica de este libro, a cargo de Pedro Rodríguez.

Santo Rosario

Josemaría Escrivá compuso este libro para facilitar el rezo del Rosario y la contemplación de los misterios, a la luz de la vida de infancia espiritual. Concluyó con unos breves comentarios sobre las letanías a la Virgen. Lo redactó en la iglesia de Santa Isabel de Madrid, durante la acción de gracias tras la Comunión, un día de la novena de la Inmaculada de 1931.

Es Cristo que pasa

Es una recopilación de 18 homilías pronunciadas por Josemaría Escrivá entre 1951 y 1971, ordenadas conforme al año litúrgico.

Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer

Este libro recoge siete entrevistas con periodistas de importantes diarios y revistas de la prensa internacional, concedidas por Josemaría Escrivá durante los años 1966-1968. Se abordan en estas entrevistas cuestiones muy diversas: desde las libertades individuales al puesto de la mujer en la sociedad

Se incluye la homilía que pronunció en el Campus de la Universidad de Navarra, en 1967, titulada: Amar al mundo apasionadamente.

Amigos de Dios

Colección de 18 homilías, pronunciadas entre 1941 y 1968, que abarcan diversos aspectos de la vida cristiana. Fue la primera obra póstuma aparecida tras el fallecimiento de Josemaría Escrivá.

Vía Crucis

Esta obra, nacida de la oración personal de Josemaría Escrivá, consta de textos y puntos de meditación sobre las catorce Estaciones. Sigue muy de cerca el relato evangélico de la Pasión de Cristo. Fue la segunda obra póstuma que salió a la luz.

Surco

Este libro, de estructura similar a Camino, consta de 1000 máximas de meditación espiritual, que Josemaría Escrivá había dejado ordenadas en 32 capítulos antes de fallecer.

Forja

Esta obra consta 1055 puntos de meditación espiritual, con una estructura similar a Camino.

Amar a la Iglesia

Josemaría Escrivá hace en esta obra profundas y hermosas reflexiones sobre la Iglesia y el sacerdocio. El libro recoge tres homilías pronunciadas por el Autor entre 1972 y 1973: “El fin sobrenatural de la Iglesia”; “Lealtad a la Iglesia”; “Sacerdote para la eternidad”.

Madrid, 1929-1930

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquí estoy, Señor, porque me has llamado (I Sam. III, 5, 6 y 9).

Don Josemaría ha repetido muchas veces estas palabras a partir del 2 de octubre de 1928. Al mismo tiempo, se da cuenta de lo inmensa que es la tarea, tanto más aplastante en cuanto que no procede -lo sabe perfectamente- de una inspiración momentánea, sino de un proyecto divino ajeno a él por completo. Frente a esta perspectiva gigantesca, ¡qué irrisorios son los medios!… Empezando por él mismo, piensa. Instrumento inepto y sordo que tanto ha tardado en ver lo que Dios le pedía… No tiene otra cosa que sus veintiséis años, gracia de Dios y buen humor.

La gracia de Dios no le ha de faltar. Por eso, su primer movimiento espontáneo, tras ese 2 de octubre de 1928, ha sido rezar todavía con más intensidad, siguiendo una lógica sobrenatural ajena por completo a la lógica humana: primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en tercer lugar, acción.

¿Cómo ser fiel a esa voluntad divina si Dios mismo no lleva a cabo la tarea fundamental? Señor, ¡no puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada!… Estas palabras, pronunciadas a menudo desde que, a los quince años, tuvo los primeros presentimientos, las repite ahora con más convicción todavía. Como compensación, le proporcionan una gran confianza en el futuro, “plenamente persuadido de que todo cuanto Dios tiene prometido, es poderoso también para cumplirlo” (Rom. IV, 21).

Abriendo brecha

Purificarse interiormente, reparar por sus faltas de correspondencia y por todos los pecados del mundo, unido a Cristo crucificado, para ser lo más dócil posible a lo que Dios quiere…

Ignem veni mittere in terram! (Lc. XII, 49), cantaba en su adolescencia; tanto, que su hermano pequeño se había aprendido la melodía, a fuerza de oírsela repetir… Sí, se trata de un fuego divino, que habrá que encender y propagar por todos los rincones de la tierra. ¡Cuánta fuerza necesita para que ese fuego no sea un fuego fatuo: ilusión, mentira de fuego, que ni prende en llamaradas lo que toca ni da calor. Sin embargo, el fuego sólo puede brotar de la generosidad. ¡Qué hermoso es perder la vida por la Vida!. El amor, hay que probarlo. ¡Y hay tanto que hacer! En realidad, todo, puesto que nada existe de esa gran obra que el Señor quiere que se realice, por mediación suya.

Así pues, Josemaría se entrega de lleno a una serie de mortificaciones -cilicio, disciplinas, ayunos- que hace cada vez más severas, mientras trabaja intensamente y ofrece su cansancio por la misma intención.

¿Quién ha dicho que las penitencias corporales eran cosa de los siglos oscuros de la Edad Media? En pleno siglo XX, en Madrid, en el umbral de los años 30 -que algunos han llamado “los años locos”- un joven sacerdote de veintiséis años que se siente impotente y como desarmado ante la inmensidad de la tarea que le aguarda, abre nuevos caminos divinos en la tierra al ritmo de la alegría de sus disciplinas y de sus rezos…

Pero como las gracias que son necesarias para trazar el primer surco en la tierra endurecida han de ser tantas, decide obtener de otras personas “refuerzos” sobrenaturales.

Empieza a pedir a sus amigos que recen “por una intención que le interesa mucho”. A veces, llega a interpelar a algún sacerdote que se encuentra en la calle, cuyo aspecto le hace suponer que vive con generosidad su ministerio… Y cuando se repone de la sorpresa, éste sonríe, asiente y sigue su camino, conmovido por la espontaneidad y la audacia de ese colega desconocido…

Cuenta también con la oración de los pobres y de los enfermos, que son todopoderosos ante el Omnipotente si saben unirse a Cristo Redentor. No en vano, la Providencia le ha conducido a este Patronato de Enfermos, cuyo capellán es desde su llegada a Madrid. De ellos, sobre todo, recibirá la fortaleza que necesita. De esta forma, ese querer divino podrá tomar cuerpo y desarrollarse… Sí, será gracias a esos hombres y mujeres anónimos y humildes, capaces de ofrecer al pobre sacerdote que es, la limosna de su oración y de sus dolores.

¡Y ésas fueron las armas para vencer! ¡Y ése fue el tesoro para pagar!.

Esos fueron los medios para abrir un nuevo camino de santidad en medio del mundo.

Y, finalmente, la acción. Ultima solamente en el orden de las prioridades, no de la cronología. Porque todo se mezcla desde el primer momento, ya que es preciso buscar quienes puedan llevar a cabo con él ese “algo” nuevo, compartir ese ideal, arrebatador pero exigente: meter a Cristo en la entraña de todas las actividades humanas, elevarlas hacia Él mediante un trabajo intenso realizado con abnegación, de cara a Dios, entregando la vida gota a gota, sin reservas.

Pero, ¿por qué crear algo nuevo? ¿Por qué no tratar de conjugar esos esfuerzos con los de alguna institución ya existente que tuviera unos fines y un espíritu como los que Dios le pedía y donde pudiera servir, obedeciendo? ¿No sería ésta una manera de cumplir ese querer divino, sin necesidad de añadir una fundación más a todas las que ya enriquecían la vida de la Iglesia?

Mientras busca alrededor algunos cristianos que sean capaces de responder a la nueva llamada, estudia detenidamente los estatutos de diversas instituciones de laicos ya existentes o recién creadas, para ver si los fines de alguna de ellas corresponden a lo que Dios le ha hecho ver el 2 de octubre de 1928.

A finales de 1929 tiene ya en su poder bastante documentación, proveniente de diversos países, pero nada responde, ni de lejos, a lo que él busca. Los fines de esos movimientos o grupos son elevados, pero limitados. No hay nada en ellos que incite a los cristianos a comprometer su vida entera al servicio de Cristo con una llamada específica a buscar la santificación en medio del mundo. Por eso, a pesar de sus vacilaciones que, por humildad, atribuye a su poquedad, no tiene más remedio que admitir que el Señor quiere que haga lo más difícil: abrir un nuevo camino de santificación en la Iglesia.

En busca de las primeras vocaciones

Ahora, más que nunca, el objetivo le parece desmesurado. ¡Una verdadera locura! Pero se trata de una locura querida por Dios… Por eso, venciendo su repugnancia inicial a ser fundador de algo, no duda en recomenzar sobre otras bases, y se pone manos a la obra con la única ayuda con que cuenta: la de Dios, que le pide eso, y con la intercesión de Santa María, de los Ángeles y de los santos…

Desde el 2 de octubre de 1928 venía pensando en algunas personas que conocía: alumnos de la Academia Cicuéndez, empleados, estudiantes, obreros, jóvenes relacionados con su familia, amigos, sacerdotes…

Pronto se suceden las visitas, las cartas, las conversaciones… Busca a las almas una a una, las prueba, las incita para que sean más sensibles a las exigencias del Evangelio. No se trata, de momento, de hablar de ese proyecto divino, cuya existencia sólo él conoce. Es preciso, antes, preparar pacientemente a quienes, por sus cualidades humanas y la solidez de su vida cristiana, sean capaces de aceptar, en su día, esta nueva “locura” divina, si el Señor les da la correspondiente vocación. Tendrá que meterles por caminos de vida interior -oración, mortificación, sacramentos-, para que se fortalezcan, se enamoren de Jesucristo y estén dispuestos a entregarle su voluntad para que haga con ellos lo que Él quiera. Sólo entonces, en una tierra así removida y fertilizada por la oración y la penitencia, podrá depositar la simiente divina que conserva como un tesoro en su alma. Podrá revelar a cada uno de ellos la llamada a ser apóstol de apóstoles en medio del mundo, sin salirse de su sitio, sin que nada cambie externamente en su vida de trabajo o estudio, pero divinizándolo todo, porque, poco a poco, a pesar de las caídas y las recaídas, uno se ha ido haciendo más “de Dios”.

Don Josemaría no habla a casi nadie de la misión que el Señor le ha encomendado. Se lo ha dicho, sí, a un jesuita prestigioso, el P. Valentín Sánchez Ruiz, que más tarde será su confesor, aunque siempre procurará distinguir perfectamente entre los consejos para su alma que éste le dará y las tareas para llevar a cabo su misión de Fundador, sin interferencias de la dirección espiritual.

En junio de 1929 se lo confía a uno de sus amigos de Zaragoza, José Romeo.

A su familia no le dice nada. Su madre y sus hermanos sólo advierten que cada vez está más ocupado: frecuentes desplazamientos por Madrid para visitar a los enfermos en sus tugurios o en los hospitales, largas conversaciones en casa o por las calles, con grupos de amigos o con algunos jóvenes a los que dirige en su vida espiritual y cita a veces en un banco del parque del Retiro…

El Padre -como empiezan a llamarle algunos- tiene un gran atractivo, con su estatura media y su cara armoniosa y llena. Usa gafas redondas, de concha, frecuentes en aquella época. Viste siempre con gran pulcritud y cuando sale a la calle suele llevar el manteo y la teja, no alargada, sino redonda, a la romana.

Simpático, abierto y de una alegría contagiosa, se expresa con un calor y una convicción que se manifiestan en la firmeza de la voz y en el acento, propio de su tierra aragonesa. Suscita enseguida la adhesión, nacida de la certeza, que se adquiere en cuanto se le escucha, de que uno se encuentra ante un hombre de Dios.

A menudo, en su sonrisa, en su penetrante mirada, llena de bondad, se advierte un “algo” que inspira confianza y, al mismo tiempo, remueve y anima a ser mejor…

Quienes se acercan a él comprenderían más fácilmente la influencia que ejerce sobre ellos si supieran que, cuando se encuentra solo con Dios, al sentirse tan joven y tan inclinado a dar rienda suelta a su carácter jovial, pide al Señor que le dé ochenta años de gravedad, signo externo, para él, del orden y de la pureza de la vida interior. Si conociesen lo mucho que reza y se mortifica por cada uno de ellos… Si le viesen encarar cualquier problema poniéndose con toda su alma en la presencia de Dios, y besando con frecuencia un crucifijo que coloca siempre sobre su mesa de trabajo, para no perder nunca el punto de mira sobrenatural…

Esa atracción que ejerce el Padre hace que numerosas personas acudan a hablar con él, le confíen sus cuitas y le pidan consejo en temas de su vida interior.

Un día descubre un lugar agradable y tranquilo de reunión: la chocolatería “El Sotanillo”, situada en plena calle de Alcalá, entre la Plaza de la Independencia y la Cibeles. Allí se puede charlar sin molestar a nadie y sin que nadie moleste.

El Padre empieza á reunirse en “El Sotanillo” con algunos amigos para cambiar impresiones sobre temas profesionales o de actualidad. Se trata de una tertulia, como tantas otras que existen en casi todos los pueblos y ciudades de España. También suele invitar a algunos jóvenes que se relacionan con él.

El tono de las conversaciones que mantienen estos singulares contertulios, reunidos alrededor de un sacerdote, poco tiene que ver con el del resto de la clientela. Partiendo de cualquier hecho menudo de la vida cotidiana -el Padre tiene mucho salero y sabe descubrir los aspectos más divertidos de las cosas-, procura elevar las mentes y los corazones a preocupaciones más altas; los rostros, al principio sonrientes, se ponen serios cuando don Josemaría les habla de las exigencias de una vida auténticamente cristiana: oración, lectura del Evangelio, para conocer mejor al Maestro; trato con la Virgen y con los Ángeles Custodios; trato directo con Dios Nuestro Señor, en la oración mental: Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad, que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior; asistencia frecuente a la Santa Misa, centro de la vida interior; Eucaristía: Comunión, unión, comunicación, confidencia; Palabra, Pan, Amor. Cuando te acercas al Sagrario, piensa que ¡Él!… te espera desde hace veinte siglos; recurso asiduo al Sacramento de la Penitencia, para purificarse y adquirir las gracias necesarias para renovar la vida interior…

El Padre no habla todavía de esa Obra de Dios cuyos cimientos está colocando; quiere, antes, ampliar el horizonte espiritual de sus interlocutores poniendo ante ellos, con toda la fuerza de que es capaz, la grandeza y la profundidad de una vocación cristiana vivida en medio de las ocupaciones de la vida ordinaria: allí es donde deben encontrar a Cristo. Los más jóvenes deben tender a ese fin desde ahora mismo, mientras estudian, porque una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración. Un estudio serio, profundo, constante hasta el heroísmo, pues eso les permitirá luego ejercer con eficacia una profesión que tiene que verse vivificada y dignificada por la gracia de Dios.

Y así, van naciendo propósitos en el secreto de los corazones; resoluciones que será preciso reforzar con palabras adecuadas, y procurar mantener en ellos rezando y mortificándose todavía más…

La ayuda de los pobres y los enfermos

A algunos de aquellos jóvenes, que proceden de familias acomodadas, les pide que le acompañen en sus visitas al barrio de Tetuán o al arrabal obrero de Vallecas, donde muchas familias viven miserablemente, a veces en cuevas o en chabolas, sin agua corriente y sin alcantarillado. El corazón se oprime viendo tanta miseria, porque no es lo mismo saberlo que verlo. El choque con esa realidad permite mantener una charla que abre horizontes nuevos: la responsabilidad social de los intelectuales, desde luego -eso da a los estudios otras dimensiones-, pero también la necesidad de vivir una vida auténticamente cristiana, de reparación, de unión con Dios, de intenso apostolado en el seno de la sociedad, para hacerla más justa, más humana; para transformarla radicalmente, desde dentro.

También los pobres ayudan así, sin saberlo…

Un día, un estudiante de Medicina evoca ante don Josemaría las condiciones lamentables en que viven los enfermos de los hospitales que tiene que visitar: el Hospital Clínico de San Carlos y el Hospital provincial, llamado Hospital General. Este ultimo, construido en el siglo XVII, está mal adaptado y es claramente insuficiente para una población que crece. Los enfermos se amontonan en precarias condiciones sanitarias. Hileras de camas bordean los pasillos, lo cual, unido a la falta de atenciones médicas y humanas, contribuye a deprimir a los enfermos y hace el ambiente insoportable.

A esas pobres gentes, aisladas en su miseria física y moral, don Josemaría las conoce bien, pues las ha visitado en los tugurios de Madrid y en los barrios periféricos. Sin embargo, al escuchar a aquel estudiante de Medicina, piensa en los jóvenes que le rodean. Llevarles a los hospitales, ¿no será una forma espléndida de hacerles pensar en los demás y acercarles a Cristo, de formarles, en suma, haciéndoles adquirir visión sobrenatural, esa tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen?.

Sí, los enfermos, como los pobres, les enseñarán a rezar, a sacrificarse, a darse a Dios y al prójimo. Porque la relativa y pobre felicidad del egoísta que se encierra en su torre de marfil, en su caparazón… no es difícil conseguirla en este mundo. Pero la felicidad del egoísta no es duradera.

Eres calculador. -No me digas que eres joven. La juventud da todo lo que puede: se da ella misma.

El Padre y los estudiantes visitarán, primero, el Hospital General, próximo a la Estación de Atocha y a la iglesia de Santa Isabel. Una congregación, que se ocupa de los enfermos y que tiene mucho que hacer en un ambiente en el que los sentimientos anticristianos están exacerbados, ha dado su conformidad. A partir de ese momento, todos los domingos, a primeras horas de la tarde, los jóvenes de don Josemaría recorren las salas del hospital, charlan con los enfermos, procuran animarles, les llevan unas golosinas, realizan tareas que no se llevan a cabo por escasez de personal: los lavan, les cortan las uñas, vacían sus orinales…

Un día, el Padre encarga a un joven ingeniero, Luis Gordon, que limpie uno de esos vasos de noche, y observa que sale con un gesto de repugnancia. Le sigue hasta los lavabos, para sustituirle en tan ingrata tarea, pero cuando llega, ve que Luis ha vaciado ya el orinal y lo está limpiando con sus propias manos, mientras murmura algo…

Don Josemaría, que ha oído lo que dice, evocará más tarde, en Camino, la conmovedora escena:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella “sutileza” del hombrón-niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?.

El Padre, por su parte, procura además ayudar a los enfermos en un plano más espiritual. En todo hombre ve siempre un alma que hay que salvar. Algunos le rechazan al principio bruscamente, pero otros que se sienten abandonados por todos, se conmueven al ver que un sacerdote se interesa por ellos. Recobran la esperanza, aprenden a convertir sus sufrimientos en oración y vuelven a encontrar el camino de la fe. ¡Y qué lecciones le dan a veces esos desheredados!

Por ejemplo, aquel gitano, herido en una riña, al que ya han desahuciado. Don Josemaría ruega que le dejen solo con el moribundo y, con delicadeza, le pone al corriente de la gravedad de su estado. El gitano, conmovido, pide confesarse. Don Josemaría le oye en confesión, le absuelve, y le ofrece el crucifijo que siempre lleva consigo para que lo bese. El gitano aparta el rostro y solloza:

-¡Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor!

-Pero, ¡si le vas a dar un abrazo y un beso muy fuerte enseguida, en el cielo!

Y el Padre, emocionado, piensa: Señor, ¿qué diré yo, yo mismo? Con esta boca podrida, ¿cómo te voy a besar?…

Roturando con esfuerzo

De regreso, los jóvenes cambian impresiones con el Padre. Este procura aprovechar su estado de ánimo para ayudarles a dar a su vida mayor hondura: generosidad en las cosas grandes y, sobre todo, en los deberes ordinarios y en las pequeñas renuncias. ¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día!

El Padre no les habla de vocación, pero les abre nuevas perspectivas: trabajar por y para Dios, extender el reino de Cristo, y, para esto, dejarse “clavar” en la Cruz, santificando el trabajo ordinario, haciéndolo con la mayor perfección posible y convirtiéndolo en ofrenda, en holocausto…

Muchos de esos muchachos cambian profundamente, casi sin darse cuenta. Empiezan a asistir a la Santa Misa a diario, a veces a la que don Josemaría celebra -con una concentración que produce escalofríos en la capilla del Patronato de Enfermos, en la calle de Santa Engracia. Llevan con ellos a sus amigos, que pronto se sienten atraídos por la simpatía de este joven sacerdote, cuya forma directa de hablar les impresiona. El inmenso panorama que les desvela -capaz de iluminar toda una vida y de transformar al mundo- les entusiasma…

Algunos, sin embargo, se alejan cuando descubren en sus palabras una invitación personal a dejarlo todo y seguir a Cristo, pero sin abandonar el mundo. ¡Cuántos “jóvenes ricos”, como el del Evangelio, cuya mirada hace pensar en una generosidad sin límites y que se marchan tristes a la hora de la verdad!

Las almas se le escapan entre los dedos como anguilas en el agua.

Algunos de esos jóvenes tienen el valor de confesar que no se sienten con fuerzas, pero otros se despiden a la francesa…

A pesar de todo, lo que Dios quiere tiene que realizarse. Bastaría con que perseverara uno de ellos para empezar…

El Padre no se encuentra solo. En el mes de septiembre de 1929, se traslada, con su madre y sus hermanos, a la pequeña vivienda de que dispone el capellán del Patronato de Enfermos. Tampoco le faltan amigos. Tiene, sobre todo, el gran Amigo, la conversación con el gran Amigo que nunca traiciona, Cristo… Y siempre, en lo más hondo de su corazón, una llama que no se extingue y que le impulsa a seguir abriendo camino, sin cansancio. Lo que Dios quiere se realizará, porque es su Voluntad. ¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero.

A1 principio, ni siquiera había pensado en dar un nombre a “aquello”. A quienes se le acercaban, les hablaba de “la labor” (con todo lo que esta palabra de origen latino implica de esfuerzo y tenacidad), o, simplemente de la Obra (también en el sentido de trabajo, de tarea apostólica). Hasta que un día, a comienzos de 1930, su confesor, el P. Sánchez Ruiz, le preguntó como de pasada:

-¿Y cómo va esa obra de Dios?

Fue como una revelación. Si debía tener un nombre, que fuera ése: la “Obra de Dios”, en latín Opus Dei, término que evoca también la idea de trabajo: Opus Dei, operatio Dei: ¡Obra de Dios, trabajo de Dios! Un trabajo profesional, un trabajo ordinario, realizado sin abandonar las tareas del mundo, las ambiciones nobles. Un trabajo transformado en oración, en alabanza del Señor, por todos los caminos de la tierra… Opus Dei: ¿qué nombre más apto para designar lo que Dios le había encomendado realizar?

Apostolado entre los sacerdotes

Don Josemaría consagra también parte de su tiempo y de sus energías a animar y a aconsejar en su vida espiritual a algunos sacerdotes, a menudo mayores que él, los cuales confían en su capacidad para dirigirlos, pues saben que es un hombre de Dios.

Desde los tiempos del seminario, le preocupa la santidad de los sacerdotes. Sabe que, ahora, puede proponer a algunos la vocación que él mismo ha recibido el 2 de octubre de 1928: una llamada a santificarse en las actividades ordinarias, para ellos, las de su ministerio sacerdotal, al que habrán de consagrarse totalmente y con una generosidad mayor, lo cual redundará en favor de las almas.

Esos sacerdotes podrán, además, atender espiritual y sacramentalmente a los primeros laicos que pidan la admisión en la Obra: hombres que se comprometerán a poner su vida al servicio de Dios, sin renunciar en absoluto a su condición y mentalidad seculares, y que se esforzarán por vivir las virtudes y los valores evangélicos en todos los ambientes.

En realidad, los sacerdotes estaban también allí, el 2 de octubre de 1928, cuando había visto la Obra en su totalidad, en aquella habitación de la residencia de los Paúles. No sabía aún cómo, es decir, en virtud de qué modalidad jurídica podrían estar, pero de hecho, estar ¡estaban ya!

La tarea es todavía más difícil que con los laicos. Porque cuando se les habla de vida interior, de santidad, los sacerdotes pueden sacar la impresión de que no tienen nada que aprender sobre el tema, ya que ellos son especialistas… Además, ¿qué puede enseñarles ese joven colega?…

Así piensan algunos, que no ven sino una “Obra buena” más en lo que don Josemaría les propone. Eso, sin tener en cuenta a quienes empiezan a pensar -a decir- que don Josemaría está loco…

A pesar de todo, unos cuantos le escuchan con verdadero interés cuando les explica esta nueva labor apostólica, que él describe como un mar sin orillas, poniendo un entusiasmo y una precisión en los detalles que les conmueven y dan a quienes le escuchan la impresión de que aquello se realizará. Unos pocos se deciden a seguirle y empiezan a ayudarle en su trabajo de formación, como don José María Somoano, a quien el Obispo de Madrid ha confiado diversos cargos, entre ellos el de capellán de Porta Coeli, un asilo-reformatorio para golfos; es, sin duda, uno de los que mejor le comprenden y el que más se interesa por su tarea apostólica, que empieza a cristalizar.

Nacimiento de la Sección de mujeres del Opus Dei

Laicos de toda condición y, junto a ellos, unos cuantos sacerdotes que garanticen su asistencia espiritual: la Obra empieza a dibujarse con arreglo al esquema inicial. Pero, ¿será oportuno incluir a las mujeres entre esa variedad de seglares?… En absoluto, piensa don Josemaría. Jamás…

Humanamente, podría haber sido imaginable, pero las mujeres no estaban en lo que Dios le había hecho ver el 2 de octubre de 1928. Nunca habrá mujeres -ni de broma- en el Opus Dei, escribe en el mes de febrero de 1930, después de haber recibido documentación concerniente a una institución compuesta por hombres y mujeres.

Unos días más tarde, el 14 de febrero, se dirige a la calle de Alcalá Galiano, donde vive la anciana marquesa de Onteiro, madre de la Fundadora de las Damas Apostólicas, para celebrar en su casa la Santa Misa. En un pequeño oratorio del primer piso, muy cerca del Paseo de la Castellana, nada más recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo con la devoción acostumbrada y todo el fervor de que es capaz, siente que el Señor “se introduce” de nuevo en su vida para pedirle algo, otra cosa, pero que está en la misma línea que lo que ha visto el 2 de octubre de 1928: que extienda también a las mujeres la llamada a la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo…

No puede haber nada más opuesto a lo que él había pensado y escrito… Una prueba más de que la Obra no es suya, sino verdaderamente “de Dios”.

Su confesor se lo confirma inmediatamente: “Esto es tan de Dios como lo demás”, le dice el P. Sánchez Ruiz.

¡Qué claro está que es el Señor quien lo está haciendo todo! Es capaz de escribir con la pata de una mesa…

Por entonces, anota en una hoja de papel, la siguiente reflexión:

Reconoce la Santa Madre Teresa, en el capitulo II de sus Fundaciones, que es manifestación de la Omnipotencia divina dar osadía a personas flacas para cosas grandes en su servicio. Y me acojo a lo de la osadía y a lo de la flaqueza… 2 de octubre de 1928-14 de febrero de 1930.

Madrid, 1932, 1933

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Mil novecientos treinta y dos trae, para don Josemaría, un largo cortejo de alegrías y de penas, entre las cuales el Opus Dei experimentará un lento crecimiento, mientras, alrededor, se perfilan los prolegómenos de una crisis capaz de degenerar en guerra civil.

Continúa la labor apostólica en todos los frentes. Todos los lunes, hay una reunión para sacerdotes. El Fundador trata de hacerles comprender, en cada una de sus facetas, el espíritu de este nuevo camino que conduce a vivir la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo.

Algunos de los sacerdotes que asisten son jóvenes y emprendedores, como don José María Somoano o don Lino Vea-Murguía, que van a visitar a los enfermos y a enseñar el catecismo a los suburbios, como él, todos los domingos. Otros son ya maduros, pero también podrían ayudarle, mediante la dirección espiritual, para que la Obra fuera creciendo al ritmo querido por Dios.

Estos sacerdotes empiezan a comprender más o menos profundamente, más o menos de prisa, la nueva espiritualidad que les expone el Padre. Don José María Somoano mejor que los demás, hasta el punto de comprometer su vida entera en la empresa, sin dejar de depender de su Ordinario para todo su ministerio sacerdotal como único superior.

La vocación de una enferma incurable

Sus horas de confesionario en la iglesia de Santa Isabel siguen permitiéndole ampliar y consolidar los cimientos de lo que podría ser la Sección de mujeres del Opus Dei.

La Providencia ha querido que una de las primeras piedras sea una pobre enferma que ya no abandonará su lecho en el hospital: María Ignacia García Escobar, la tuberculosa del Hospital del Rey, que sigue pidiendo por la Obra sin saberlo. Don Josemaría sabe que no tiene curación, pero, a pesar de todo, decide revelarle este camino real de santificación en medio del mundo al que ha consagrado su vida desde aquel 2 de octubre de 1928. A pesar de su dolencia, María Ignacia resuelve enseguida ofrecer el tiempo que le quede de vida por este gran ideal.

Dos días más tarde, escribe en su diario: “Este 9 de abril de 1932 no podrá borrarse nunca de mi memoria. De nuevo Tú me eliges, buen Jesús, para seguir tus huellas divinas… Desde este momento, te prometo ser, con tu ayuda, generosa en el lugar donde me has colocado, puesto que toda la gloria debe volver a Ti”.

Las jóvenes que el Fundador de la Obra ha ido llevando por caminos de vida interior se turnan para acompañar a María Ignacia y aprenden de ella una magnífica lección de abandono a la Voluntad divina.

Una muerte dramática

A pesar de las dificultades exteriores y de la lentitud con que se desarrolla esta Obra querida por Dios, el Padre no se inquieta; prosigue rezando y actuando.

Con todo, la noticia que le dan el 17 de julio, por la mañana, le asesta un golpe en el corazón.

Cuatro días antes, don José María Somoano había caído gravemente enfermo. El Padre había pasado largos ratos junto a él, rezando intensamente por su curación. Se rumoreaba en las salas del hospital que lo habían envenenado, rumor que no tenía nada de absurdo en unos tiempos de furioso anticlericalismo. ¿Será cierto?, piensa don Josemaría cuando le dicen que acaba de fallecer.

Aunque estaba convencido de que no le hacía falta, el Padre rezó mucho por él y haría rezar a sus hijos durante muchos años.

Una vez más, es preciso aceptar sin comprender, sufrir sin perder la esperanza, pues un cristiano tiene que esperar, por mucho que el horizonte se cierre y se oscurezca… Hace muchos años que ha aprendido a ir subiendo por las gradas de la aceptación: Resignarse con la Voluntad de Dios: conformarse con la Voluntad de Dios: querer la Voluntad de Dios: amar la Voluntad de Dios.

Todas las circunstancias se prestan a hacer apostolado

Mientras tanto, en Madrid se precipitan los acontecimientos. Hace poco más de un año que se proclamó la República y, tras la quema de conventos y de iglesias, se han sucedido los disturbios.

El 10 de agosto de 1932, en Sevilla, el General Sanjurjo intenta dar un golpe de Estado, que fracasa. Algunos estudiantes que se han lanzado a la calle, en Madrid, son detenidos y conducidos a la cárcel Modelo, para ser juzgados. Entre ellos, hay algunos a quienes don Josemaría dirige espiritualmente. En cuanto se entera, acude a la prisión, vestido con sotana, y consigue hablar con ellos, animándoles a que no permanezcan inactivos y no pierdan la alegría y la esperanza cristianas. Les habla también de oración y les recuerda que son hijos de Dios… Con el abandono, no habréis de preocuparos, ya que descansaréis en el Padre.

Don Josemaría les aconseja que recen a menudo el Padrenuestro, meditando sobre todo las dos primeras palabras: “Padre-nuestro…”. Les recomienda, además, que invoquen con frecuencia a la Santísima Virgen, repitiendo las oraciones que aprendieron de pequeños o rezando el Rosario; que se confiesen y comulguen siempre que puedan y que procuren mantener un ambiente de camaradería y buen humor entre ellos y con los demás prisioneros. Lo necesitan, porque han pedido para ellos nada menos que la pena de muerte…

Tras la reja del locutorio, aquellos jóvenes agradecen al Padre las visitas, porque saben que sus palabras de aliento no son un mero formulismo, sino que le salen del corazón, pues quiere comunicarles el único consuelo que pueden tener en tan difíciles circunstancias.

De aquellos meses de cautividad, van a obtener no sólo una ocasión de progresar interiormente, sino también una lección de caridad y de comprensión mutua, intimando con un grupo de anarco-sindicalistas que están también en la cárcel. Al cabo de unas semanas, católicos y anarquistas, que en la calle andaban a golpes, juegan juntos al fútbol en el patio de la prisión…

Don Josemaría, a quien aquellos jóvenes habían mostrado sus recelos en este sentido, les había animado a confraternizar con ellos, sugiriéndoles que no jueguen en un solo equipo, sino en los dos equipos adversos, para evitar así que se reproduzcan las divisiones políticas en el deporte. Les dice, también, que se les brinda una ocasión de dar a conocer la doctrina cristiana a quienes, sin culpa suya necesariamente, tal vez la ignoren por completo. Incluso les lleva un catecismo, para ayudarles a practicar este nuevo género de apostolado…

Una nueva prueba

En octubre de 1932, a los cuatro años de la fundación de la Obra, don Josemaría pasa otra vez unos días de silencio y recogimiento en un convento de carmelitas situado en las afueras de Segovia. El perfil medieval de la ciudad se destaca en el cielo, alargándose tras la proa rocosa donde se yergue el Alcázar.

En una capilla de la iglesia conventual reposan los restos de San Juan de la Cruz. Allí, recogido en oración, el Fundador del Opus Dei pone las diversas tareas apostólicas de la Obra bajo la protección de los arcÁngeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael y de los apóstoles Pedro, Pablo y Juan.

Poco después, Luis Gordon cae enfermo también. Avisan a don Josemaría de que ha empeorado y, al cabo de unos días -el 5 de noviembre, de madrugada-, entrega su alma a Dios. El Padre. que ha ido a rezar inmediatamente ante el lecho de muerte, celebra además la Santa Misa en el oratorio privado de casa de sus padres. Una vez más, la voluntad divina resulta incomprensible para el entendimiento humano. Luis era un hombre joven, pero ya prestigiado. Su fidelidad y su finura de espíritu hubiesen sido valiosísimos para la Obra. No obstante, Dios había decidido otra cosa. Una vez más era preciso aceptar sin comprender… La Obra tendría que desarrollarse sin ningún medio ni sostén material.

La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada.

Al perder aquellos consuelos humanos te has quedado con una sensación de soledad, como pendiente de un hilillo sobre el vacío de negro abismo. -Y tu clamor, tus gritos de auxilio, parece que no los escucha nadie. Bien merecido tienes ese desamparo. -Sé humilde, no te busques a ti, ni busques tu comodidad: ama la Cruz -soportarla es poco- y el Señor oirá tu oración. -Y se encalmarán tus sentidos. -Y tu corazón volverá a cerrarse. -Y tendrás paz.

Un libro de oración y de acción

Estas palabras las ha redactado el Padre pensando en él y en todos los que, a lo largo de los siglos, se aproximarán a la Obra.

Para estimular más en su lucha interior a quienes ya han comenzado a acercarse, empieza a poner por escrito algunos aspectos de su predicación y de su labor de dirección espiritual: palabras de ánimo, experiencias íntimas de su continuo diálogo con el Señor, fragmentos de cartas, consejos… No es todavía un libro, pero podría llegar a serlo.

En diciembre de ese mismo año -1932- hace que se tiren unas cuantas copias a ciclostil, agrupadas con el título general de Consideraciones Espirituales: Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre… Cosas que removerán los recuerdos de aquellos a quienes aconseja y dirige, porque estas confidencias las escucha Dios.

Los puntos son breves, muy prácticos. Inspirados en la Escritura, lo mismo que su predicación, e impregnados de amor a la Iglesia y de ansias de llevar el fuego de Cristo hasta los confines de la tierra, tratan de remover al lector para que haga propósitos concretos que mejoren su vida cristiana. Poco a poco, irá completándolos con otros, extraídos de su vida interior y de sus experiencias inmediatas en el trato con las almas. Todos juntos constituirán un programa de vida interior y de lucha ascética: carácter, obediencia, oración, pureza de corazón y de alma, virtudes teologales… Y una serie de devociones básicas: Santa Misa, trato con la Virgen, presencia de Dios… A ello se añade la evocación del camino de la infancia espiritual -ese atajo de las almas enamoradas de Dios- y del sentido de filiación divina, cuya riqueza conoce bien el Fundador del Opus Dei, en especial desde lo que le ocurrió en un tranvía, en el verano de 1931, a su regreso de la estación de Atocha.

Y empapándolo todo, como un motivo constante en ese tapiz divino que anima a tejer a cada uno, con la gracia de Dios, sobre la trama de su vida, el tema central de su predicación y de sus conversaciones desde el 2 de octubre de 1928: la invitación a santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo y santificar a los demás con el trabajo, cumpliendo lo más perfectamente posible las obligaciones propias de la vida ordinaria.

¿Quieres de verdad ser santo? -Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces.

Con esta perspectiva, las ocupaciones más corrientes adquieren una tercera dimensión, la sobrenatural, y con ella, el relieve, el peso y el volumen.

¿La Cruz sobre tu pecho?… Bien. -Pero… la Cruz sobre tus hombros, la Cruz en tu carne, la Cruz en tu inteligencia. -Así vivirás por Cristo, con Cristo y en Cristo: solamente así serás Apóstol.

A aquellos estudiantes llenos de generosidad que le rodean les propone, sin ambages, el ideal más exigente: el martirio, pero un martirio… al alcance de la mano, en las circunstancias más corrientes de la vida ordinaria: ¿Brillar como una estrella… ansia de altura y de lumbre encendida en el cielo? Mejor.- quemar, como una antorcha, escondido, pegando tu fuego a todo lo que tocas. -Este es tu apostolado: para eso estás en la tierra.

Así era, por lo demás, la vida de los primeros cristianos, que no se distinguían “de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres”, como explicaba un escrito del siglo II, la Carta a Diogneto: “Ni habitan en ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás (…). Habitando en ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta admirable y, por confesión de todos, sorprendente (…). Lo que el alma es en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo”.

Lo mismo podría decirse de los miembros del Opus Dei. También ellos han oído la llamada de Jesús a los primeros discípulos. Sembrar. -Salió el sembrador… Siembra a voleo, alma de apóstol. -El viento de la gracia arrastrará tu semilla, si el surco donde cayó no es digno… Siembra y está cierto de que la simiente arraigará y dará su fruto.

El lector de Consideraciones Espirituales se siente animado así no sólo a soñar con un ideal muy alto, sino también a enfrentarse con una voluntad precisa de Dios a la que puede responder comprometiendo su vida, entregándose por entero sin salirse de su sitio, sin ceder a la tentación de huir, de evadirse.

El libro no va dirigido solamente a los miembros del Opus Dei o a los que han de venir, sino que su difusión ha de contribuir, también, a multiplicar los ecos de la predicación del Padre y, en consecuencia, a remover los corazones para que en ellos pueda madurar, si Dios así lo quiere, la vocación a la Obra (o a otros caminos de santidad, en su caso).

Con los ojos del alma

Los retrocesos de algunos, los fallos de algunos otros, la súbita desaparición de Luis Gordon y la del presbítero Somoano no desalientan al Fundador. Sabe que otros vendrán y que, sobre su fidelidad, se edificará la Obra de Dios por los siglos, mientras haya hombres en la tierra.

Estimuladas sin saberlo por la oración de los pobres y enfermos que visita el Padre, otras personas recibirán la vocación al Opus Dei, una a una, con solidez y convencimiento.

Hacía tiempo que don Josemaría venía viendo a un joven de veintitrés o veinticuatro años que asistía regularmente a la misa que celebraba en el Patronato de Enfermos. Su porte y su piedad le habían hecho pensar que tal vez fuera capaz de comprender lo que se traía entre manos. Había sabido que se llamaba José María González Barredo y que, concluida su licenciatura en Ciencias Químicas, estaba haciendo un curso de especialización en la Universidad. Un día, había decidido abordarle y pedirle que rezase por una intención suya. El joven había accedido y le había dado las gracias, tal vez a causa de la sorpresa. Todo había sido muy breve.

Poco después, don Josemaría le echó de menos en Misa, y se enteró de que se había trasladado a Linares, en la provincia de Jaén, donde había obtenido una plaza de profesor de Instituto. No obstante, había seguido rezando por él, convencido de que volvería a verle.

En diciembre de 1932, José María González Barredo regresa a Madrid para pasar las Navidades con su familia. Amplía un poco su estancia, para realizar ciertos trabajos de investigación en la Universidad. Quiere mejorar su formación científica, entre otras cosas, porque le preocupa el agnosticismo de algunos investigadores y desea contribuir a poner de relieve la armonía entre la ciencia y la fe.

Un día, poco antes de Navidad, bajando por la Gran Vía hacia la Plaza de España, José María ve venir al Padre en dirección contraria. Trata de hacerse el distraído, para evitar que le ocurra lo que con otros sacerdotes que le habían implicado en movimientos o asociaciones que, a su juicio, le hacían perder el tiempo. Pero don Josemaría ya le ha visto y se acerca para saludarle cariñosamente. Cambian unas palabras y el Padre le dice que le gustaría hablar con él sin prisas…

Lo que don Josemaría le propone resulta ser una respuesta asombrosamente exacta a sus aspiraciones más profundas. Solo te preocupas de edificar tu cultura. -Y es preciso edificar tu alma. -Así trabajarás como debes, por Cristo; para que El reine en el mundo hace falta que haya quienes, con la vista en el cielo, se dediquen prestigiosamente a todas las actividades humanas, y, desde ellas, ejerciten calladamente -y eficazmente- un apostolado de carácter profesional.

José María González Barredo descubre una perspectiva apostólica que merece, en efecto, que se le dedique la vida entera. Sin embargo, antes de decidirse, le dice al Padre:

-Conozco a un religioso con el que me he confesado varias veces. ¿Podría consultarle, para obrar con mayor seguridad?

-Obra con entera libertad.

Animado con este consejo, va a ver al religioso, pero lo que le dice no le convence:

-Si la Obra de que me hablas está en sus comienzos, ¿no sería mejor que te dirigieras a una institución más desarrollada? Vale más trabajar en una biblioteca ya organizada que en otra que se está empezando a organizar.

José María González Barredo reflexiona. ¿Qué importa que la Obra esté comenzando? La cuestión no es ésa. Lo importante es si vale la pena o no entregarse al ideal que proclama…

Cuando José María vuelve a ver al Padre, ya está decidido. Su respuesta es: ¡sí!

El Espíritu Santo ha empezado a actuar también en otras almas. Durante las vacaciones de Navidad, el Padre ha hablado de la Obra a aquel estudiante de Medicina que le habían presentado al comenzar el año. Sus conversaciones con Juan Jiménez Vargas son intensas: sin decírselo, pide al Paráclito, durante nueve días consecutivos, que ilumine al joven. Hasta que el 3 de enero de 1933 Juan responde con un sí definitivo a las palabras de don Josemaría.

Diez días más tarde, van los dos juntos a visitar el asilo de Porta Coeli, otra de educación y asistencia social donde un grupo de religiosas se esfuerza por enderezar a los golfillos. Hace algún tiempo que don Josemaría lo visita, para confesar y atender espiritualmente a unos muchachos que eran mendigos y, a menudo, delincuentes. Piensa que la sala de visitas, a pesar de ser poco acogedora, podría servirle para reunir a los estudiantes que se acercan a él y darles, así, una formación más regular e intensa. Así pues, invita a varios de ellos a una primera reunión, en la cual el Padre ha puesto muchas esperanzas, haciendo rezar por ella a los primeros miembros de la Obra.

Pero le aguarda una decepción: no acuden más que Juan y dos estudiantes de Medicina, amigos suyos. ¡No importa! La reunión se celebrará, a pesar de todo…

Una imagen de la Virgen Santísima preside esta reunión, y las que vendrán. Se trata de una página arrancada de un catecismo que, dos años antes, había encontrado, arrugada, en plena calle, junto a un árbol, en el barrio de Tetuán. Don Josemaría, para reparar lo que él había interpretado como un desaire, la había recogido y la había hecho enmarcar, colocándola previamente sobre un fondo de tisú de oro.

La reunión es corta, y, como a don Josemaría le gusta, sumamente práctica: un breve comentario del Evangelio del día, exposición de algún aspecto concreto de la vida interior, unos cuantos puntos de examen…

El Padre se ha dirigido a aquellos tres estudiantes con la misma convicción que si fueran muchos. Después de rezar unas oraciones finales, les ha invitado a seguirle a la capilla del asilo. Allí, revestido con sobrepelliz y estola, se ha arrodillado ante el altar, ha abierto el Sagrario y ha incoado la estación al Santísimo Sacramento. Cuando se vuelve para dar la Bendición a aquellos tres jóvenes estudiantes, el Fundador del Opus Dei ve, con los ojos del alma, todos los que vendrán: trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones… blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer…

Unos meses más tarde, otro estudiante pide ser admitido en la Obra: Ricardo Fernández Vallespín, que está a punto de terminar la carrera de Arquitectura.

Para sufragar sus gastos, Ricardo daba clases particulares a algunos compañeros suyos. Don Josemaría conocía a uno de ellos, así como a su familia. Un día, había ido a visitarlo y había entrado en la habitación donde Ricardo le estaba dando clase. El joven conocido del Padre le había presentado a su profesor, pero don Josemaría, para no interrumpirles, les había dicho que siguieran trabajando. Sacó su breviario y se puso a leerlo junto a la ventana, hasta qué terminaron la clase.

Ricardo queda tan impresionado por aquel primer encuentro que escribió en su diario ese 14 de mayo de 1933: “Hoy he conocido un sacerdote, muy joven y lleno de entusiasmo que -no sé por qué- pienso va a tener una gran influencia en mi vida”.

El 29 de mayo vuelven a verse, esta vez en casa de don Josemaría. El Padre se muestra locuaz y lleno de entusiasmo. No habla de los problemas políticos del momento, sino que expone, con fervor, unas perspectivas sobrenaturales que, para su interlocutor, son una revelación y una invitación urgente a mejorar su vida interior. Antes de que Ricardo se despida, el Padre se levanta, toma un libro de una estantería y escribe unas palabras en la primera página: Que busques a Cristo: que encuentres a Cristo: que ames a Cristo. Madrid, 29-V-33.

El libro es un ejemplar de la Historia de la Sagrada Pasión, del Padre La Palma.

Formación, oración, sacrificio

Las reuniones -auténticos cursos de formación- prosiguen en la calle de Martínez Campos, ya que el ambiente familiar de aquella casa es más adecuado que el austero asilo de golfos para transmitir el espíritu de la Obra.

Doña Dolores pronto se habitúa a ver grupos de jóvenes en su sala de estar, presidida por un cuadro de la Virgen con el Niño en sus brazos. Aunque hace tiempo que se ha dado cuenta del celo apostólico que despliega su hijo, tantas idas y venidas no dejan de sorprenderle un poco. A sus discretas preguntas sobre el porqué de tal actividad, éste le responde de manera evasiva. No quiere inquietarla y, por eso, no le ha revelado lo ocurrido en su alma en aquel 2 de octubre. Así pues, acepta sin comprender, y le ayuda en lo que puede, con su hija Carmen, preparando la merienda de aquellos estudiantes.

“¡Los chicos de Josemaría se lo comen todo!”, refunfuña, indignado, su hermanito Santiago, al comprobar que han desaparecido las vituallas.

Prosiguen las visitas a los hospitales. Ahora, empiezan a ir al de la Princesa, fundado en el siglo XIX por la reina Isabel II. Es un vasto edificio de dos pisos situado en una zona céntrica. Dos mil enfermos se amontonan allí, en salas de doscientos y hasta de trescientos. Don Josemaría va de sala en sala, habla con ellos, los confiesa, les lleva la Comunión.

Otra actividad viene a unirse a esas visitas: el Padre aconseja a los estudiantes que enseñen el catecismo a grupos de niños desprovistos de toda educación religiosa que habitan en el barrio de Tetuán de las Victorias, como ya lo vienen haciendo algunas jóvenes en otros barrios. Los jóvenes responden con interés, esforzándose por prepararse bien y tratando de profundizar en su fe para mejor transmitirla a aquellos chavales.

A tal efecto, el Padre les da –o procura que otros les den- lecciones de doctrina cristiana. Además, les anima a pasar, una vez al mes, unas horas de recogimiento y silencio en un retiro espiritual en el que les comenta, con sentido práctico, puntos de ascética o de moral seguidos siempre de una invitación a hacer propósitos concretos que les ayuden a mejorar en su vida diaria. El mismo, del 8 al 16 de junio, hace unos ejercicios espirituales, solo, en la casa de los PP. Redentoristas, de Madrid.

Desde hace algún tiempo, no deja de pensar en la manera de ampliar las tareas apostólicas. Sería necesaria una cierta estructura, contar con unos locales adecuados… Y mientras da vueltas al asunto, confía en que, con el esfuerzo de todos, pronto se resolverá el problema.

Desde su lecho de dolor, María Ignacia sigue ayudando. Su mal se ha agravado, pues se trata de una tuberculosis intestinal que se resiste al tratamiento con lámparas de cuarzo. A finales de agosto, su estado es ya muy grave y los dolores continuos. Tiene el cuerpo deformado y cubierto de llagas, pero no pierde la paz y, estrechamente unida a Dios, le ofrece sus dolores.

Las jóvenes que conoce don Josemaría van a verla con frecuencia al hospital y no la dejan sola un momento. El procura, también, visitarla todos los días, pero, si no puede, telefonea.

A comienzos de septiembre, los médicos le dan pocos días de vida. El Padre le comunica la gravedad de su estado y le pregunta si quiere recibir la Unción de los Enfermos: se la administra él mismo, en presencia de una hermana de María Ignacia. Luego, lentamente, va desgranando las oraciones de la liturgia para la recomendación del alma; finalmente, le pide, con intenso fervor, que en el Cielo no se olvide de interceder por el Opus Dei, al que ha entregado los últimos meses de su vida, evocando, una vez más, los futuros apostolados de la Obra, extendidos por el mundo entero… Un panorama que ella podrá contemplar desde arriba.

El 13 de septiembre, en cuanto la hermana de María Ignacia le comunica que ha muerto, corre al hospital. Tras don José María Somoano y Luis Gordon, es la tercera vocación que el Señor se lleva nada más florecer… Tres intercesores más. Tres sólidos pilares sobre los que la Obra de Dios se podrá apoyar para proyectarse a lo largo de los siglos. Un sacerdote y dos laicos, hombre y mujer, que prefiguran todos los que, tras ellos, llevarán la palabra de Cristo a todas las encrucijadas de la tierra.

Nacimiento de un proyecto

Poco después, tras una nueva conversación con el Padre, Ricardo, el joven arquitecto, decide seguir el camino de la Obra. Un nuevo loco… para el manicomio, comenta, como en otras ocasiones, con su optimismo comunicativo, don Josemaría.

Pero, aunque está contento, no puede conformarse con tan lento progreso. La Obra de Dios debe crecer más deprisa. Es preciso relacionarse con más gente…

Don Josemaría sigue pensando en un piso, reservado exclusivamente para el apostolado, que tenga ese ambiente y ese aspecto específicamente seculares que son propios del espíritu del Opus Dei. Una especie de “Academia”, en la que se puedan dar clases y conferencias de carácter cultural y profesional, así como celebrar cursos de doctrina cristiana y otras actividades espirituales. De esta forma, piensa, se dará una perfecta simbiosis entre la formación religiosa y humana de numerosos jóvenes, capaces, luego, de ser testigos de Cristo en los ambientes en que se encuentren.

Para lograrlo, es preciso contar con los recursos indispensables. Pero quienes le siguen todavía no se ganan la vida, con excepción de Isidoro y de José María González Barredo. Así pues, anima a todos a buscar medios económicos, procurando entusiasmarles con ese proyecto, que permitirá ampliar rápidamente el círculo de sus amistades. Que recen más y que le pidan a Dios la audacia necesaria.

Algunos dirán que es otra locura… No hagas caso. Siempre los “prudentes” han llamado locuras a las obras de Dios. -¡Adelante, audacia!-.

“Dios”, “audacia…”.

En la placa de hierro colocada a la puerta de un piso entresuelo del número 33 de la calle de Luchana, se han grabado tres letras: DYA. Son las iniciales del nombre de la Academia: Derecho y Arquitectura. Pero son también, sobre todo, las de la divisa que el Padre recuerda con frecuencia a los estudiantes que lo rodean: Dios y audacia…

Madrid, mayo de 1939

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

La Academia DYA, en el 16 de la calle de Ferraz, había quedado destruida en mucha mayor medida de lo que el Padre pensaba. En cuanto había podido, había ido a verlo con sus propios ojos, en compañía de Juan Jiménez Vargas. El Padre, sin más dilaciones, decide buscar enseguida otra casa donde instalar la Residencia, para que pudiera funcionar en octubre. Mientras la encuentran, el Padre, que sigue siendo Rector de Santa Isabel, se instala en la casa rectoral.

El convento de Santa Isabel, convertido en cuartel, ha permanecido ocupado también, durante toda la guerra, por un Comité revolucionario, y la iglesia ha sido incendiada. Sólo son habitables, de momento, las habitaciones del Rector y las de los capellanes, una vez limpiadas, por supuesto…

Con emoción, don Josemaría ha abrazado a su madre y a sus hermanos, tras largos meses de angustiosa separación, sólo mitigada por noticias intermitentes, en medio de tantos peligros. Ahora, se dispone a reanudar enseguida la labor apostólica en Madrid y en otras ciudades españolas.

En el mes de junio, el Padre escribe a uno de los que, antes de la guerra, participaban en las actividades de formación: Pronto tendremos casa…, si empujáis con vuestra oración y vuestro sacrificio y vuestro deseo de coger los libros. Mientras, no me perdáis vuestra bendita fraternidad, vivida cada día más, y manifestadla con vuestra colaboración en el afán común de rehacer nuestro hogar. Que pronto nos veamos reunidos junto al Jesús de nuestro Sagrario.

El Padre reanuda sus viajes

En Valencia, un sacerdote amigo suyo, don Antonio Rodilla, Rector del Colegio Mayor Beato Juan de Ribera, de Burjasot, le invita a dar, a partir del 5 de junio, unos ejercicios espirituales a un grupo de estudiantes universitarios. Don Josemaría llega a la ciudad ese mismo día.

Los ejercitantes quedan impresionados por la manera que tiene el Padre de situarles frente a sus responsabilidades. En la pared de una de las piezas, hay un cartel de grandes dimensiones, colocado allí por las tropas republicanas, que reza así: “Cada caminante siga su camino”.

El Padre pide que no lo quiten, porque el lema le ha gustado y, además, le permite aludir a él: Si ves claramente tu camino, síguelo. -¿Cómo no desechas la cobardía que te detiene?.

Tu perfección está en vivir perfectamente en aquel lugar, oficio y grado en que Dios, por medio de la autoridad, te coloque.

¡Hay muchos caminos! (…) Escoge de una vez para siempre: y la confusión se convertirá en seguridad.

Dos jóvenes universitarios que, con este motivo, han conocido al Fundador del Opus Dei, se comprometen enseguida a seguir el camino que el Padre les presenta: Amadeo de Fuenmayor, estudiante de Derecho, y José Manuel Casas Torres, que hace la carrera de Letras.

Restablecer un ambiente de familia

La busca de una casa en Madrid prosigue hasta que, por fin, se encuentra una adecuada en el número 6 de la calle Jenner, cerca de la Castellana. Alquilan tres pisos, dos en la cuarta planta y otro en la segunda.

En agosto, comienzan a instalar en la planta cuarta la mayor parte de la residencia y en la segunda el comedor, la cocina, los servicios y también una habitación para el Padre, otra para su madre y su hermana y una tercera para su hermano Santiago.

¿Cómo lograr que esta primera residencia tenga ese ambiente de hogar que don Josemaría desea?

Más adelante, serán ya las mujeres del Opus Dei las que podrán encargarse de esto, pero, de momento, son todavía muy pocas. El Padre resuelve el problema pidiendo a su madre y a su hermana Carmen que ayuden. Recuerda que ha sido precisamente en el hogar de sus padres donde ha aprendido a cuidar esos detalles materiales que hacen grata y amable una casa.

Da a leer a su madre una vida de San Juan Bosco, pero parecía que doña Dolores no se daba por enterada. Sin embargo, pasado algún tiempo, le dijo:

-¿Qué quieres? ¿Que haga como la madre de don Bosco? ¡Ni hablar!

-¡Pero si lo estás haciendo ya!, le respondió el Padre.

Efectivamente, sin decir nada, se encargaba ya de la administración de la casa, ayudada por su hija Carmen.

Dirigir el trabajo de las empleadas de hogar, velar por el buen orden de una residencia con cuarenta camas, no es tarea pequeña, pero a esa labor se entregan con una generosidad que saben disimular con discreción y buen humor.

La residencia es una nueva “locura”. Una vez más, es preciso pedir dinero a unos y otros. Los esfuerzos se centran sobre todo en el oratorio, instalado en la mejor habitación de la casa. Cada cual hace lo que puede: pintar, tapizar con una arpillera, decorar, clavar…

A comienzos de octubre, para el comienzo del curso escolar, todo está dispuesto, pero las arcas se hallan tan vacías que, cuando llega un nuevo residente, se le pide que pague por adelantado la pensión, sin decirle, por supuesto, que es para comprar la cama en que ha de dormir…

La Sección de mujeres comienza de nuevo

Don Josemaría reanuda también el apostolado entre las mujeres, interrumpido a causa de la guerra. Tiene que partir prácticamente de cero, pues, si bien ha permanecido en contacto con algunas de las jóvenes que dirigía, duda que puedan constituir el primer núcleo de la Sección de mujeres del Opus Dei. Las conversaciones que ha mantenido con las que ha encontrado y unas discretas indicaciones de su madre acaban de convencerle.

Poco después de su regreso a Madrid, luego de haber considerado las cosas a fondo en la oración, les comunica su decisión. No es cuestión de falta de piedad ni de poca profundidad en su vida cristiana, sino de que no han sido capaces de asimilar la secularidad, esencial en el espíritu de la Obra. Tras hacérselo comprender con delicadeza, les asegura que siguen gozando de su cariño, que rezará por ellas y que, si así lo desean, les recomendará a la institución religiosa que escojan libremente.

Enseguida, el Fundador se esfuerza en suscitar otras vocaciones femeninas. Una joven ha respondido ya afirmativamente a la llamada. Es la hermana de Miguel, el estudiante de arquitectura que le había acompañado en el paso de los Pirineos. Cuando este, durante la guerra civil, había estado oculto en Daimiel, donde vivían sus padres, el Padre dirigía las cartas que le escribía a su hermana Dolores (Lola), para que se las hiciera llegar. Miguel, por su parte, le había hablado del ambiente de la Academia DYA, de cómo se vivía allí y, sobre todo, del Padre, de su atractivo, de la espiritualidad que le había enseñado a vivir a él. Poco a poco, Lola empieza a pensar en la posibilidad de hacerse de la Obra, y se lo dice a Miguel, quien, a su vez, se lo comunica a don Josemaría. En mayo de 1937, el Padre dedica a Lola unas líneas en una carta que escribe a Miguel. Enseguida, ella le responde que está dispuesta a seguir el camino del que le habla.

Poco después de su regreso a Madrid, el 19 de abril de 1939, el Padre viaja a Daimiel y Lola le confirma su decisión. Don Josemaría cree que, en efecto, puede tener vocación al Opus Dei y, para facilitar la acción de la gracia en su alma, le pone por escrito útiles consejos que son, en realidad, todo un programa de vida interior adaptado a sus circunstancias: media hora de oración mental (a hora fija de la mañana), empeño por mantener la presencia de Dios a lo largo de la jornada (insistiendo, por ejemplo, en una devoción concreta cada día de la semana), un rato de lectura espiritual, rezo del Santo Rosario, exámenes de conciencia… Nada le dice de la Misa ni de la Confesión que no ha podido tener en aquellos tres años pasados sin sacerdotes ni culto en las iglesias y, encontrándose aún en unas circunstancias en que, recién terminada la guerra, la vida no se había podido normalizar…

Lola empieza a desplazarse a Madrid con frecuencia para completar su formación. En septiembre y en diciembre vuelve a ver al Padre, así como a su madre, doña Dolores, y a su hermana, Carmen, en el piso de la calle Jenner.

La ayuda espiritual a los sacerdotes

Mientras don Josemaría termina su tesis doctoral, que espera defender en diciembre, la residencia de Jenner empieza a animarse: círculos de estudios, meditaciones, retiros, actividades culturales a cargo de los primeros miembros de la Obra…

Respondiendo a las peticiones, cada vez más numerosas, de diversos obispos, el Padre viaja a varias ciudades españolas para dar ejercicios espirituales a grupos de sacerdotes. Los sufrimientos, a menudo heroicos, que han tenido que soportar en la guerra, pueden ser para ellos motivo de un nuevo impulso.

No olvida que tiene que dirigirse a hombres acostumbrados a enseñar y a predicar; por eso, antes de nada, les dice, para ganárselos, que tiene la impresión, al hablarles, de que trata de vender miel al colmenero. No por eso deja de exhortarles, con todas sus fuerzas, a no contentarse con ejercer bien su ministerio; deben aspirar a ser santos, a vivir heroicamente su vida cotidiana, porque la extensión del reino de Dios en el mundo depende de su grado de disponibilidad.

El sacerdote es jefe. Tiene que ir el primero, como Jesús. Este jefe siempre es victorioso, pero tiene que ponerlo todo: cuanto exijan las almas (su conversión), toda la salud, todo su dinero, todo su tiempo… ¿Un cura de carrera? No. Un apóstol… Jesús es mi hermano. Tenemos que hacer lo mismo. Sufrir lo mismo. Tenemos que parecernos: los mismos intereses, el mismo Padre… ser iguales. Él es el hermano mayor. La misma Madre, el mismo negocio, la misma hacienda, la misma vida, el mismo fin, el mismo premio… Identificados los dos en todo… ¿Un sacerdote sin santidad heroica? El bicho más raro, más desproporcionado, el más dañino, el más perjudicial…

Predicación exigente, pero eminentemente positiva, que reconforta a los oyentes y les incita a rezar más y a hacer apostolado.

Don Josemaría acepta predicar siempre que se lo piden los obispos de las diversas diócesis. Fiel a lo que ha resuelto, sólo pone una condición: no aceptar retribución alguna y pagarse hasta el viaje.

Centrarlo todo en Cristo

Los temas de su predicación a los estudiantes que viven en Jenner y a otros jóvenes, no difieren mucho de los que predica a los sacerdotes. A los seglares, el Padre les pide que, sin perder en absoluto su mentalidad secular, tengan alma sacerdotal, abierta a las necesidades más hondas de los que les rodean, a los cuales deben acercar a Cristo.

El Fundador del Opus Dei anima a quienes le escuchan a proseguir sus estudios, interrumpidos por la guerra, recordándoles que deben santificarse en su trabajo y asumir sus responsabilidades sociales.

Tras la guerra, muchos estudiantes experimentan ansias de acción, teñida, casi siempre, de las ideas dominantes. Como reacción ante la pasada persecución religiosa, la ideología política que prevalece entonces adopta un catolicismo oficial, proclive a las grandes manifestaciones públicas de fe, a las inauguraciones solemnes de iglesias y centros religiosos, a los discursos inflamados, a veces revanchistas…

Don Josemaría pone en guardia, a quienes quieren escucharle, frente a una concepción demasiado humana de la acción, que puede ser, sí, noble y patriótica. Pero no olvidéis -les dice- que existe una realidad más alta: el reino de Cristo, que no tiene fin. Y para que Cristo reine en el mundo, primero ha de reinar en tu corazón. ¿Reina de verdad? ¿Es tu corazón para Jesucristo?

Así les habla un último domingo de octubre, fiesta de Cristo Rey.

Como en los tiempos turbulentos de la República, algunos se alejan, más atraídos por una formación directamente orientada a la política. Otros, por el contrario, se sienten conmovidos al oírle hablar de una forma que hace resonar en ellos las palabras del Señor en el Evangelio, las cuales constituyen también una llamada a la acción, pero de otra manera.

Varias decenas de nuevos miembros llegan así a lo largo del curso universitario 1939-40 y del siguiente. El Padre les previene contra posibles interpretaciones erróneas de su apostolado, asegurándoles lo mismo que ya había escrito en 1932:

No vamos al apostolado a recibir aplausos, sino a dar la cara por la Iglesia, cuando ser católico es difícil; y a pasar ocultos, cuando llamarse católicos es una moda. Y añade: Habéis de vivir, habéis de hacer vuestra tarea, con la rectitud y con la nobleza de quienes, en su actuación, hacen valer su ciudadanía y su preparación profesional, no su catolicismo (…); con la alegría sobrenatural y el optimismo humano de quienes están profundamente convencidos de que el cristianismo no es una religión negativa y arrinconada, sino una afirmación gozosa en todos los ambientes del mundo.

En las ciudades de España

El mundo, mientras tanto, vive una de las etapas más dramáticas de su historia. El 3 de septiembre de 1939, Francia e Inglaterra entran en guerra contra la Alemania de Hitler. Todo hace pensar que esta conflagración afectará a más países que la precedente y que los medios de destrucción serán mucho mayores. Numerosos observadores opinan que la guerra de España ha sido como el banco de pruebas.

En el vestíbulo de la residencia de Jenner, el Padre ha hecho colocar un mapamundi para recordar las dimensiones universales de los apostolados del Opus Dei, cuya expansión va a verse obstaculizada, una vez más, por el curso de la historia. A veces, el Fundador hace girar con la mano un globo terráqueo que hay en su despacho para contemplar esos continentes donde, en cuanto sea posible, habrá que llevar la semilla divina de la Obra. Y como no será posible, de momento, ir a París, habrá que comenzar la expansión sólo dentro de la geografía española.

Los viajes se suceden a ritmo acelerado. Tanto, que el Padre cae agotado. En Valencia, después de predicar unos ejercicios en septiembre de 1939, se ve obligado a interrumpir la Misa que ha comenzado a celebrar en la Catedral, atacado por un súbito acceso de fiebre. Tienen que ayudarle a ganar la sacristía, de donde le conducen a un piso de la calle de Samaniego, que sus hijos acaban de instalar. El mobiliario es de lo más rudimentario. Como no tienen mantas, cubren al Padre -recostado sobre un somier- con unas cortinas, en espera de que la crisis pase.

Otros muchos viajes de “exploración” se suceden, en trenes destartalados y fríos o por carreteras en pésimo estado: Zaragoza, Valladolid, Barcelona, Salamanca…

Los viajes en automóvil resultan más animados. El Padre suele entonar canciones populares, cuyas letras de amor, que aplica al amor divino, le acercan a Dios.

Al llegar al punto de destino, el Padre y quienes le acompañan se instalan en algún hotel modesto y se lanzan a buscar amigos o conocidos.

El Padre recibe sin cesar a todos, unas veces en el mismo hotel, otras en un rincón tranquilo de algún café o de un parque público. Incansablemente, habla, a quienes son capaces de comprenderlo, del ideal de santidad en medio de las ocupaciones ordinarias que constituye la razón de ser de su vida desde el 2 de octubre de 1928.

Van surgiendo vocaciones en distintas ciudades, fruto de la oración, de la mortificación y del celo apostólico del Padre y de sus hijos. Desprovistos de todo, experimentan sentimientos parecidos a los de los apóstoles cuando el Señor los envió sin “bolsa ni alforjas” (Lc. X, 4), llevando como único viático su fe en la eficacia de la palabra del Maestro: “No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que Yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (loh. XV, 16).

En marzo de 1940, los miembros de la Sección de varones del Opus Dei son ya unos cuarenta. Se hace necesario prever para ellos un período de formación intensa. Así pues, vienen a Madrid, procedentes de distintos lugares de España, y se reúnen en torno al Fundador. Son unas jornadas inolvidables, impregnadas de alegría y buen humor.

El 19 de marzo, festividad de San José, celebran el santo del Padre. El Vicario general de la diócesis, don Casimiro Morcillo, le visita para transmitirle el saludo afectuoso del obispo, Mons. Eijo y Garay.

Por todos los rincones del mundo

El Padre les habla de fidelidad, de la necesidad de perseverar, pase lo que pase. Para remachar el clavo, evoca el heroísmo de los cuarenta mártires de la ciudad armenia de Sebaste, que, en el siglo IV, fueron arrojados a un estanque helado por negarse a sacrificar a los ídolos. “Cuarenta hemos entrado en este combate y cuarenta coronas, Señor, te pedimos: haz que no falte ni siquiera una de este número”. Pero, en plena noche, uno de ellos, vencido por el frío, pide que lo saquen. Entonces, uno de los guardianes, conmovido por el temple de aquellos hombres, al ver bajar cuarenta Ángeles con cuarenta coronas, se declara cristiano y se arroja al estanque para reemplazar al que ha desertado…

Vuestra eficacia, hijos míos, será consecuencia de vuestra santidad personal, que cuajará en obras responsables, que no se esconden en el anonimato. Cristo Jesús, Buen Sembrador, nos aprieta -como el trigo- en su mano llagada, nos inunda con su Sangre, nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha! Y luego, generosamente, nos echa por el mundo uno a uno, como deben ir mis hijos del Opus Dei, esparcidos: que el trigo no se siembra a sacos, sino grano a grano.

Un libro de gran formato y tapas blancas ha aparecido el año antes. Contiene los puntos de meditación de Consideraciones Espirituales, ligeramente modificados, y enriquecidos con 566 puntos más que hacen un total de 999 (en simbólico homenaje a la Santísima Trinidad). El título, Camino, recuerda a Cristo, que se llamó a Si mismo Camino, Verdad y Vida…

En ese libro, ha escrito: No tengas espíritu pueblerino. -Agranda tu corazón, hasta que sea universal, “católico”.

Cuanto más cerca está de Dios el apóstol, se siente más universal: se agranda el corazón para que quepan todos y todo en los deseos de poner el universo a los pies de Jesús.

Y también: Ser católico es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países. ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses…, de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo. -¡Católico!: corazón grande, espíritu abierto.

Los pensamientos se vuelven hacia el mapamundi del vestíbulo de la Residencia de Jenner.

¿Cuándo se hará realidad ese sueño divino?

Madrid, 1940

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El trabajo apostólico del Opus Dei empieza a desarrollarse de tal forma que se hace preciso abrir dos pequeños pisos, uno en Valladolid y otro en Barcelona, los cuales vienen a sumarse al de Valencia.

En Madrid, donde la casa de la calle de Jenner sigue funcionando como residencia de estudiantes, se alquila un piso en la calle de Martínez Campos (cerca de aquel en el que vivió la madre de don Josemaría antes de la guerra), para que puedan vivir allí algunos miembros de la Obra, que son un poco mayores.

El Padre, con su madre, sus hermanos y algunos miembros de la Obra, se traslada a un edificio de tres plantas, con un pequeño jardín, situado en la esquina de Diego de León y Lagasca, en un extremo del barrio de Salamanca.

La casa es amplia y las piezas nobles tienen prestancia, pero los muebles son tan escasos que resultan desproporcionados a ese cuadro. ¡Ni siquiera tienen dinero para reparar la caldera de la calefacción y comprar carbón!

El Padre duerme en el tercer piso, en una habitación pequeña que tiene una terraza encima y tres paredes en fachada, por lo que resulta gélida en invierno y sofocante en verano. Su madre y su hermana ocupan una habitación en la segunda planta y su hermano otra; realmente, no les sobra espacio, porque el resto de la casa se va llenando poco a poco con los miembros de la Obra que van a recibir una formación intensiva junto al Padre.

La actividad de don Josemaría sigue siendo ilimitada: impulsa la labor apostólica, se preocupa de la formación de las nuevas vocaciones, atiende a los estudiantes de la Residencia de Jenner, dirige espiritualmente a un número creciente de personas, sigue dando retiros y ejercicios espirituales… A todo lo cual hay que añadir su cargo de Rector de Santa Isabel y sus viajes para predicar a sacerdotes de numerosas diócesis.

Entre el 1 y el 7 de septiembre de 1940, da un curso de retiro a un grupo de jóvenes madrileñas. De ahí salen algunas de las primeras vocaciones de mujeres para el Opus Dei.

Rumores y calumnias

El árbol de la Obra empieza a multiplicar sus ramas y la labor apostólica de sus miembros ya no puede pasar inadvertida. La predicación del Fundador, por otra parte, se extiende mucho más allá del amplio círculo de hombres y mujeres de toda condición que le siguen de cerca.

Ya en los primeros comienzos de la Obra, antes de la guerra, habían llegado a oídos de don Josemaría Escrivá comentarios poco afortunados. Ahora, las críticas más o menos veladas cobran nuevo vuelo.

¿De dónde procede su influencia sobre las almas? ¿No es acaso sospechoso el éxito de esta nueva forma de apostolado? ¿No es peligroso hacer creer a simples laicos que pueden santificarse en su propio estado, sin apartarse del mundo, entrar en un convento o hacerse sacerdotes? ¿No resulta extraño hablar de vocación a simples fieles?…

A1 principio, no son más que rumores, palabras al aire, no necesariamente mal intencionadas. El Padre no les da importancia, convencido de que tales rumores acabarán cuando, bajo la novedad de la Obra, se descubran las raíces profundamente evangélicas de su espiritualidad.

Pero los rumores siguen en aumento y, en contra de lo previsto, parecen hallar eco en ciertas personas de las que se podía esperar más sentido común. A la curiosidad y al afán de cotilleo viene a unirse, por duro que resulte creerlo, la malevolencia indudable de algunos. Pronto se hace evidente que no se trata de simples comadreos propalados por gentes ignorantes. Es más bien que, como decía Beaumarchais dos siglos antes, sotto voce, a mezza voce, Basilio susurra de nuevo palabras calumniosas…

La primera reacción del Fundador del Opus Dei consiste en sacar de esas dificultades una lección de humildad: Se han desatado las lenguas y has sufrido desaires que te han herido más porque no los esperabas. -Tu reacción sobrenatural debe ser perdonar y aun pedir perdón- y aprovechar la experiencia para despegarte de las criaturas.

Pronto se da cuenta, sin embargo, de que las acusaciones no van dirigidas sólo contra él, sino que amenazan la misma existencia del Opus Dei, todavía muy joven.

Don Josemaría sabe que puede contar con el Obispo de Madrid, que está profundamente convencido de que la Obra es cosa de Dios y suele cortar por lo sano cualquier crítica; y la misma actitud demuestran otros muchos obispos. Alguien recuerda que un día, con ocasión de la festividad del Corpus Christi, el Obispo de Madrid, durante la procesión con el Santísimo Sacramento, ha dicho al Presidente de Acción Católica, que llevaba uno de los varales del Palio:

-Mira: por lo que más vale en el mundo y lo que más estimo, que es Jesús Sacramentado, no ataques, no digas nada en desdoro de esa Obra, que yo quiero como a las niñas de mis ojos.

A pesar de esta firme actitud del prelado, las calumnias no cesan. Al contrario, se van “adornando” con detalles nuevos. Hasta que un día sucede lo increíble: alguien presenta, ante el Tribunal especial de represión de la masonería -creado el 1 de marzo de 1940-, una denuncia en regla contra el Opus Dei. La acusación es terrible y puede tener consecuencias gravísimas en la España de la época, pues en ella se califica a la Obra de “rama judaica de la masonería” y de “secta judaica en relación con los masones”.

Cuando se inicia el proceso, los acusadores arremeten contra la Obra. Uno de ellos, lleno de fogosidad, asegura, en apoyo de su requisitoria, que, para mejor llamar a engaño a la gente, los miembros del Opus Dei procuran no distinguirse en nada de sus conciudadanos y que llevan una vida honesta, laboriosa y casta…

El General Saliquet, que preside el Tribunal aguza el oído:

-¿Quiere usted decir que viven castamente? -pregunta.

-Sí, así es.

-Entonces, no sigamos más: si viven la castidad es que no son masones. ¡No conozco ningún masón que sea casto!

Ante esta afirmación perentoria del Presidente, el proceso se da por cerrado y los jueces pasan al siguiente.

El Tribunal decide entonces enviar a don Josemaría a las dos personalidades que habían sido requeridas para formalizar la acusación, con objeto de que le den a conocer el resultado. El Fundador del Opus Dei los recibe en la residencia de Jenner, sin ningún recelo. Cuando se despiden. uno de los dos “procuradores” no puede contener su curiosidad y le interroga:

-Padre, ¿no podría usted enseñarnos ese oratorio donde los que le acusan de ser masón dicen que usted hace milagros?

-Se lo enseñaré con mucho gusto; pero, ¿de qué milagros se trata?

Un tanto desazonados, le dicen lo que algunos propalan: que ha montado un complicado juego de luces para dar la sensación de que se alza sobre el suelo mientras celebra Misa…

-Pues verdaderamente, con el peso que tengo, elevarme sobre el suelo mientras digo la Misa, sería un milagro de primera categoría -responde el Padre, sonriendo, antes de llevarles al oratorio.

Y es que, en efecto, desde hace algún tiempo, ha empezado a engordar mucho…

La paz en la oración

El incidente ha quedado zanjado, pero no por eso cesan las calumnias. Al contrario. Don Josemaría procura no tenerlas en cuenta y olvidar. Más te ha perdonado Dios a ti. Recomienda a sus hijos que no tengan complejo de víctima, que no hablen entre ellos de lo que pasa y que continúen rezando y trabajando.

Con todo, no puede evitar el sufrir mucho cuando piensa que, aunque algún día se hará justicia con la Obra, los enemigos de la Iglesia pueden utilizar esas mismas acusaciones contra el Opus Dei, y gentes de buena fe repetirlas sin saber que se trata de calumnias.

Así pues, el Padre reza intensamente para que tal situación termine cuanto antes. Aunque no pierde nunca la serenidad, al empezar cada jornada se pregunta, con su colaborador más íntimo, Álvaro del Portillo, de dónde vendrá la injuria ese día.

Hasta que una madrugada, tras una noche en la que le ha sido imposible conciliar el sueño, entra en el oratorio. Arrodillado ante el Sagrario, lo deja todo en manos de Dios: Señor, si tú no necesitas mi honra, ¿yo, para qué la quiero?

Enseguida, una paz profunda le embarga.

Hasta entonces, no sabe el hijo de Dios lo que es ser feliz: hasta llegar a esa desnudez, a esa entrega, que es entrega de amor; pero fundamentada en la mortificación, en el dolor.

Para un cristiano, la alegría no es una alegría fisiológica, de animal sano, sino que procede de una causa sobrenatural: tiene sus raíces en forma de cruz.

El Padre continúa preocupado, pero no por eso piensa en restringir su actividad, ni el apostolado de sus hijos.

Una noche, suena el teléfono en la casa de Diego de León. Han dado ya las doce. Cuando don Josemaría descuelga el auricular, escucha una voz familiar, que pronuncia su nombre y luego dice en latín unas palabras de Cristo a los Apóstoles: Ecce Satanas expetivit vos ut cribaret sicut triticum: “Simón, Simón, he aquí que Satanás, os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe…” (Luc. XXII, 31-32). Tras unos instantes de silencio, la voz vuelve a sonar: et tu confirma filios tuos. Luego se corta la comunicación.

El Obispo de Madrid, que suele acostarse tarde, le ha llamado para darle a entender, con esas palabras, que la persecución arrecia. Para animarle y ayudarle a mantener la fe de los primeros miembros de la Obra, ha modificado ligeramente la segunda parte del versículo de San Lucas: “et tu confirma filios tuos”. Y tú, confirma “a tus hijos” (en lugar de “a tus hermanos”).

Los miembros de la Obra permanecen serenos, aunque sufren al pensar en lo que estará sufriendo el Padre. Éste les explica que Dios nuestro Señor, para hacernos más eficaces, nos ha bendecido con la Cruz. En su tierra -les dice- pinchan la primera florada de higos, que se llenan así de dulzura y sazonan antes.

Todo cuanto acontece, si se vive con fe, con humildad y con espíritu cristiano, ayuda a mejorar y a hacer más eficaz el apostolado.

Un viaje a Barcelona

El Padre puede reconfortar de viva voz a los que viven cerca de él en Madrid o a sus hijos de Valencia, pero no ocurre lo mismo con los de Barcelona, donde alrededor de media docena de jóvenes estudiantes procuran mantenerse firmes bajo la tormenta en un pisito que con buen humor llaman El Palau (el palacio). Y es que don Josemaría sabe que el Gobernador Civil está resuelto a detenerle si se presenta en la Ciudad. No obstante, en 1941, no puede aguantar más y así, después de pedir consejo al Nuncio, Mons. Cicognani, toma un billete de avión para Barcelona con el nombre de José María E. de Balaguer, con idea de permanecer allí sólo veinticuatro horas (Balaguer es una ciudad de Cataluña, de donde era oriunda su familia paterna).

Su llegada proporciona un gozo inmenso a sus hijos, a quienes les anima a seguir siendo optimistas: Nosotros, por ser hijos de Dios, hemos de estar siempre alegres. ¿Aunque nos rompan la cabeza? Sí: aunque tengamos que ir con la cabeza abierta, porque será señal de que Nuestro Padre Dios quiere que la llevemos abierta.

El vendaval de la persecución es bueno. -¿Qué se pierde?… No se pierde lo que está perdido. -Cuando no se arranca el árbol de cuajo y el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo- solamente se caen las ramas secas… Y ésas, bien caídas están.

¿Qué te importa, cuando vas derecho a tu fin, cabeza y corazón borrachos de Dios, el clamor del viento o el cantar de la chicharra, o el mugido, o el gruñido o el relincho?… Además… es inevitable: no pretendas poner puertas al campo.

Uno de los locos rumores que circulaban entonces por Barcelona, propalado por “almas bienintencionadas”, era que los miembros de la Obra hacían sacrificios humanos y se clavaban en una cruz de madera… El origen de este infundio estaba en una cruz de palo que el Padre había hecho poner en una habitación que comunicaba con la sala de estudio, esa pobre cruz de madera, sola y despreciable, de la que hablaba en Camino: Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú.

No podía concebirse nada más absurdo, pero, a pesar de todo, el Padre les aconseja que la sustituyan por otra mucho más pequeña… Así no podrá decir nadie que se crucifican, porque no caben….

Unos meses más tarde, el director de “El Palau” asegurará al Padre que, a pesar de las contradicciones y las calumnias, a ninguno de sus hijos de Barcelona le ha pasado por la cabeza ni el más mínimo pensamiento contra los que les atacan.

El viento de la persecución

En Madrid, algunas personas, para perjudicar a la Obra, aconsejan a algunos estudiantes, sobre los que tienen influencia, que se introduzcan entre los que participan en los medios de formación que ofrece el Opus Dei. Esos “falsos hermanos” se fijan, entre otras cosas, en un detalle ornamental del oratorio de la residencia de Jenner: un friso que el Padre había hecho pintar, a corta distancia del techo, con las palabras de un himno litúrgico (Congregavit nos in unum Christi amor, el amor de Cristo nos ha reunido), seguidas de unas frases de los Hechos de los Apóstoles: Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, in communicatione fractionis panis et orationibus (Act. II,42): “Perseveraban todos en la enseñanza de los apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en las oraciones”. Las palabras latinas estaban separadas por motivos decorativos y símbolos eucarísticos y litúrgicos tradicionales: los panes, la espiga, la vid, la luz, la paloma, la cruz… Aquellos pobres chicos infiltrados, en su ignorancia, hacen correr el rumor de que se trata de signos cabalísticos …

En Barcelona ocurre algo parecido. A tal punto llegan las cosas que el nuevo abad coadjutor del Monasterio de Montserrat, el P. Escarré, considera oportuno, el 9 de mayo de 1941, escribir al Obispo de Madrid para pedirle información autorizada sobre el Opus Dei, con objeto de poder dar una respuesta a quienes le preguntan. Monseñor Eijo y Garay le contesta en los siguientes términos:

“Yo sé el revuelo que en Barcelona se ha levantado contra el Opus Dei. Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean el instrumento para el mal; claro es que putantes se obsequium praestare Deo. Lo conozco todo, porque el Opus Dei, desde que se fundó en 1928, está tan en manos de la Iglesia que el Ordinario diocesano, es decir, o mi Vicario general o yo, sabemos, y cuando es menester dirigimos, todos sus pasos; de suerte que desde sus primeros vagidos hasta sus actuales ayes resuenan en nuestros oídos y… en nuestro corazón. Porque, créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos. El Dr. Escrivá es un sacerdote modelo, escogido por Dios para santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso (…). Conozco todas las acusaciones que se lanzan; sé que son falsas; sé que se persigue a algunas personas, incluso en sus intereses, creyéndolos del Opus Dei ¡y no lo son!; cómo se inquieta a los padres y a las madres de los alumnos, y se requiere la acción de autoridades públicas; (…) de todo ello no sacará el Señor más que bien para el Opus Dei; pero duele el descrédito de los buenos que así persiguen lo bueno”.

La persecución, en efecto, no se limita a los miembros del Opus Dei; se dirige también contra sus familias. La madre de un estudiante que, poco antes, había pedido la admisión al Opus Dei en Valencia, es visitada, con ocasión de un viaje a Barcelona, por un religioso que ella no conocía. Lleno de “caridad”, le dice que su hijo va a condenarse si sigue al Padre Escrivá, pues éste enseña que es posible ser santo en medio del mundo, y le ruega encarecidamente que le haga desistir de seguir ese camino, olvidando que el joven es mayor de edad. Aquella pobre mujer quedó tan impresionada que tuvo que guardar cama durante varios días. Hasta que, a pesar de que aquel religioso le había dicho que no lo hiciera, la buena señora fue a consultar al Vicario de la diócesis de Valencia, don Antonio Rodilla, el cual no sólo la tranquilizó, sino que afirmó con fuerza que su hijo había encontrado en el Opus Dei un auténtico camino de santidad en el mundo.

Don Antonio Rodilla tuvo que disipar también otras muchas mentiras que circulaban entre algunos obispos, consiliarios de Acción Católica, religiosos y religiosas. Porque no se trataba ya de críticas más o menos aisladas, sino de un auténtico vendaval de persecución alimentado por pérfidas calumnias.

El Padre cambia de confesor

Desde su regreso a Madrid, don Josemaría ha vuelto a confesarse habitualmente con su antiguo confesor, el P. Sánchez Ruiz. Aunque sigue confiándole solamente su vida interior, no lo que se refiere al Opus Dei propiamente dicho, le habla de su desconcierto en cuanto estallan los primeros rumores calumniosos.

Cosa curiosa: no encuentra en él el consuelo que esperaba… Hasta que un día, el P. Sánchez, muy nervioso, le dice de sopetón lo que piensa: la Santa Sede jamás aprobará el Opus Dei. Y cita, para apoyar su opinión, un artículo -poco adecuado, por cierto- del Código de Derecho Canónico.

Don Josemaría queda consternado ante este súbito cambio, ya que su confesor siempre se había mostrado convencido del origen divino de lo que había pasado en su alma aquel 2 de octubre de 1928. Es más, cuando le había ido a visitar el 14 de febrero de 1930, después de haber visto, en la Misa, la necesidad de fundar una Sección de mujeres del Opus Dei, el P. Sánchez le había dicho que “aquello era tan de Dios como lo demás”.

¿Cómo explicar este cambio de actitud sin pensar que ha sido presionado para que le disuada de fundar el Opus Dei?

Don Josemaría no concibe la dirección espiritual al margen de un clima de plena confianza. Por eso decide dejar de verle, no sin antes explicarle, con toda delicadeza, que después de lo que le ha dicho, no le parece oportuno seguir confesándose con él. Corre el año 1940 y el Fundador toma como confesor a un sacerdote amigo suyo, don José María García Lahiguera, director espiritual del seminario diocesano de Madrid.

Primera aprobación oficial

Mons. Eijo y Garay está preocupado. Hacia 1940-41, el Señor permite una contradicción tremenda contra el Opus Dei, y el Obispo de Madrid, que sigue paso a paso la vida y desarrollo de la Obra, determina dar la primera aprobación diocesana, para ver si así se acalla la persecución.

El Fundador queda perplejo ante la proposición. Sabe que cuenta con el apoyo y estímulo de su obispo, al que siempre ha tenido informado, pero, como buen canonista, comprende perfectamente que la Obra tiene que crecer y madurar antes de encontrar su propio camino jurídico, pues su novedad planteará, sin duda, la necesidad de reformar la legislación en vigor.

Mientras el Señor permitía estas contradicciones, ocurrió un acontecimiento: el 22 de agosto de 1940 había fallecido el Arzobispo de Toledo y sabe el Padre que el candidato más probable para sucederle es precisamente el Obispo de Madrid.

Por eso, con lealtad, en una conversación, le dice a don Leopoldo: Señor Obispo, déjenos, no nos ayude; ¿no se da cuenta de que se juega la mitra de Toledo? Y don Leopoldo le contesta: “Josemaría, lo que me juego es el alma”.

Unos meses más tarde, el Padre se da cuenta de que todavía no ha presentado a Mons. Eijo y Garay los documentos pertinentes.

-Señor Obispo, yo quiero ser siempre muy obediente a Vuestra Excelencia y sin embargo, a pesar de que hace mucho tiempo me ha pedido los documentos para proceder a la aprobación de la Obra, no se los he traído: sólo hoy me he dado cuenta de esto, de que no hago lo que el Señor Obispo me ha dicho. Y, al darme cuenta, he sentido una gran alegría, porque cualquier otro eclesiástico hubiera venido enseguida al Palacio Episcopal, trayendo esos documentos que el Señor Obispo había pedido: así he tenido una nueva prueba de que la Obra no es mía, sino de Dios; si no la aprueba usted, la aprobará su sucesor…

El 14 de febrero de 1941, el Fundador presenta la solicitud de aprobación, con la documentación requerida. El 24 de marzo el Obispo de Madrid firma el decreto que, en virtud del artículo 708 del Código de Derecho Canónico (por el que los simples fieles pueden asociarse para obras de piedad y caridad), da al Opus Dei la aprobación como Pía Unión pero, como le ha pedido don Josemaría, sin erigirlo canónicamente. Don Leopoldo ha tenido la delicadeza de fechar el documento el 19 de marzo, festividad de San José, fiesta del Patrono que celebra el Fundador. Además de la fórmula ritual, añade algunas palabras que testimonian su afecto y estímulo hacia el Opus Dei: “Y pedimos a Dios Nuestro Señor, por intercesión de San José, en cuya fiesta tenemos la satisfacción de aprobar canónicamente tan importante Obra de celo, que conceda que no se malogre ninguno de los grandes frutos que de ella esperamos”.

Cuando Mons. Eijo y Garay comunica la noticia a don Josemaría, éste se encuentra en la casa de Diego de León. Inmediatamente, va a buscar a su madre y a los pocos miembros de la Obra que están allí. Todos juntos, entran en el oratorio y se postran de rodillas ante el Sagrario, para dar gracias.

Roma, 26 de junio de 1975

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquella noche, en Europa, y a medida que pasan las horas en el resto del mundo, a miles y miles de hombres y mujeres les cuesta conciliar el sueño. Una y otra vez repiten, sin acabar de creérselo: ¡Ha muerto el Padre!

Cuando, tras hora y media de esfuerzos -durante la que don Álvaro del Portillo ha administrado la Extremaunción a Mons. Escrivá de Balaguer y le ha dado la absolución varias veces-, sus hijos comprenden que es inútil cualquier nueva tentativa de reanimación, todos se arrodillan para rezar, sin tratar de contener las lágrimas.

Unos minutos más tarde dos miembros del Opus Dei contemplan de rodillas, cerca de una de las puertas de Villa Tévere, cómo transportan el cuerpo del Padre, sobre una tarima, al oratorio de Santa María de la Paz.

Don Álvaro del Portillo ha mandado comunicar la noticia enseguida a Su Santidad el Papa, y Pablo VI, al recibirla, se ha retirado a rezar a su oratorio privado.

También ha mandado que se comunique, por teléfono o por telegrama, a los Consiliarios de todos los países donde la Obra trabaja.

En las primeras horas de la tarde de ese mismo jueves, empiezan a llegar personalidades civiles y eclesiásticas a Villa Tévere, para rezar ante el cuerpo del Fundador del Opus Dei, que, revestido con un alba de encaje bajo la que se trasluce el fondo púrpura de prelado, reposa ahora sobre un paño negro, al pie del altar.

Las Misas se suceden en el oratorio. La primera la ha celebrado don Álvaro, quien, el viernes, a las seis de la tarde, celebra también la última, de corpore insepulto.

Al darle el pésame, un cardenal le ha dicho que es un día de duelo no sólo para el Opus Dei, sino para toda la Iglesia. Otro ha exclamado: “¡Cuánto bien va a hacer ahora a la Iglesia desde el Cielo!”

Mons. Deskur, Presidente de la Comisión Pontificia para la Comunicación Social, ha manifestado, por su parte, lo agradecido que estaba al Padre y al Opus Dei por lo mucho que habían hecho por la Iglesia en el campo del apostolado de la opinión pública, añadiendo que quería ser el primero de los obispos que solicitara su beatificación.

Durante el jueves y el viernes, no cesan de llegar testimonios de pésame.

En la tarde del viernes 27, después de celebrada la última misa de corpore insepulto, Mons. Escrivá de Balaguer es enterrado en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz; la tumba se cubre con una lápida de color verde oscuro que el Padre había mandado preparar.

El sábado, 28 de junio, con asistencia de seis cardenales y numerosos obispos y prelados, se celebran unos solemnes funerales en la basílica de San Eugenio, llena a rebosar. El recogimiento de los asistentes y las innumerables comuniones que se imparten impresionan a las personalidades presentes, entre las cuales hay varios embajadores.

Terminada la misa, llega a la Sede Central del Opus Dei un telegrama firmado por el Cardenal Villot, Secretario de Estado, expresando que el Papa Pablo VI reza y ofrece fervientes sufragios para que el Señor conceda al Fundador del Opus Dei “la recompensa eterna por su celo sacerdotal”. Por la tarde, el Santo Padre envía al Secretario General del Opus Dei una carta en la que le comunica que el día antes ha ofrecido la Misa por el eterno descanso de Mons. Escrivá de Balaguer y que, consciente de la pérdida que ha sufrido la Iglesia, sigue rezando por él, pidiendo a Dios que todos los miembros del Opus Dei sigan siendo muy fieles al espíritu que, por voluntad divina, les ha legado el Fundador.

Mons. Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado, ha ido a rezar, el jueves por la tarde, ante el cuerpo de Mons. Escrivá. También ha representado al Santo Padre en los funerales celebrados en la basílica de San Eugenio.

Casi simultáneamente, se celebran misas en distintas iglesias de numerosas ciudades de todo el mundo. La prensa se hace eco de estas ceremonias. Tanto en Kenya como en Japón, en Australia o en Filipinas, en Londres o en París, en Washington o en Buenos Aires, los informadores ponen de relieve la piedad y el dolor sereno de todos los asistentes.

En muchos lugares del mundo se producen, con este motivo, fenómenos espirituales muy singulares: cambios súbitos de vida, confesiones, conversiones de gentes apartadas de la Iglesia… Mientras tanto, en Roma, ha comenzado, por la cripta en donde yace enterrado el Padre -75, viale Bruno Buozzi-, el desfile ininterrumpido de personas de todos los países y de todos los ambientes. A veces, son familias enteras las que van a rezar unos instantes ante la lápida en la que se han puesto sólo dos palabras: EL PADRE. Y dos fechas: 9-1-1902 y 26-VI-1975. Las de su nacimiento y de su muerte. Su oración silenciosa confía ya a la intercesión del Fundador del Opus Dei preocupaciones pequeñas o grandes, problemas de diversa índole y, también, acciones de gracias por los favores que ha empezado a alcanzar en el Cielo.

Durante las semanas siguientes y a lo largo de todo el verano, van llegando a la Sede Central del Opus Dei miles y miles de testimonios sobre las virtudes que Mons. Escrivá de Balaguer supo vivir en grado heroico. Muchas cartas piden que se abra el proceso de beatificación. La procedencia y el estilo de estas cartas y testimonios ponen de manifiesto hasta qué punto la espiritualidad del Opus Dei ha penetrado en muchos países y en todas las capas sociales. Porque esas “cartas postulatorias”, esos testimonios, proceden de gentes jóvenes y mayores, humildes o encumbradas; de instituciones promovidas por el Opus Dei; de personalidades civiles -hombres de Estado, universitarios, escritores…-; de dignidades eclesiásticas -cardenales, arzobispos, obispos: un tercio del episcopado mundial-; y de religiosos y religiosas.

El 15 de septiembre de 1975, dos meses y medio después de que Dios llamara al Cielo a Mons. Escrivá de Balaguer, es elegido sucesor don Álvaro del Portillo. La votación ha sido unánime y los electores, pertenecientes a ochenta nacionalidades de otros tantos países en los que hay miembros de la Obra, no han necesitado más que un solo escrutinio.

Para el Opus Dei, acaba de comenzar una etapa de continuidad en la fidelidad a la herencia espiritual del Fundador.

MÉXICO. Trabajando con campesinos

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

A lo largo de kilómetros y kilómetros, viajando hacia el Sur de México City, en el Estado de Morelos, el sol castiga con fuerza tierras blanquecinas y polvorientas, cansadas de producir, durante siglos, alubias y maíz. Campesinos andrajosos con ropas de arrugado algodón pasan junto a nosotros, cargados con grandes haces de leña o balanceándose a lomos de un asno. El calor salvaje se desperdicia aquí; poca humedad puede extraer de la tierra. Pero a medida que nos acercamos a una antigua hacienda próxima a una pequeña ciudad, Chalcantzingo, los campos empiezan a verdear y el paisaje revive. La gran cúpula y las dos torres de una antigua iglesia dominan un pequeño conjunto de edificios con los muros enjabelgados y tejas y ladrillos rojos. Bajo un árbol corpulento, a la entrada de la hacienda, una mujer india y su hijito tratan de hacer caer un fruto con un palo muy largo. Estamos en Montefalco, un centro del Opus Dei cuyos miembros trabajan para promocionar a los campesinos de la zona.

Montefalco era una próspera plantación de azúcar que fue arrasada e incendiada por las tropas de Emiliano Zapata durante la revolución de 1910. Los miembros nativos del Opus Dei dicen, en broma, que Zapata fue el primer cooperador mexicano del Opus Dei, pues gracias a él los propietarios les cedieron las ruinas en 1949.

Al principio, la donación fue más bien un compromiso que un beneficio. Los edificios estaban derruidos y comidos por la jungla y los campesinos que vivían allí eran miserables. Sin embargo, tras años de duro trabajo de muchos voluntarios, Montefalco se ha convertido en un lugar hermoso, exhuberante, lleno de contrastes de colores y matices, viejo y nuevo. La Plaza Mayor, del tamaño de un campo de fútbol, está flanqueada por dos casas de retiros, la vieja iglesia, un albergue o posada y dos escuelas.

El segundo desafío de Montefalco, elevar el nivel de vida de los campesinos, era tan urgente como la reconstrucción de los edificios. Cuanto Montefalco era una plantación de azúcar, una serie de canales traían el agua desde las cumbres nevadas del volcán Popocatépelt. Pero una ciudad situada más arriba necesitaba agua, así que dejó de llegar al valle de Amilpas. ¿Por qué la gente de Amilpas no trató de evitarlo? “Lo intentamos -me explicó un campesino-. Nos quejamos, y entonces nos dijeron que nos darían agua, sí pero a balazos…” La ciudad era grande y tenía muchos hombres capaces de disparar, así que los campesinos de Montefalco se quedaron tan sólo con el agua que caía del cielo en la estación de las lluvias.

El valle de Amilpas se convirtió en una de las zonas de México con más cuatreros. Durante los ocho largos meses de la estación seca, los hombres pasaban el tiempo bebiendo y montando toros. Las riñas familiares eran frecuentes.

Pero las gentes del valle de Amilpas tenían también un lado bueno: la fe profunda que ayudaba a muchos a sobrevivir en medio de la pobreza. Uno de los sacerdotes de Montefalco, don José Adolfo Martínez, me contó un incidente ocurrido a raíz de su llegada, en 1960. Los aldeanos habían ido a pedirle que organizase una procesión para pedir que lloviera. Llevaban con ellos una enorme imagen de Cristo crucificado a la que llamaban “la cruz de la señora anciana”. Don José Adolfo aceptó de mala gana, pero advirtió a los aldeanos que si Dios había dispuesto que no lloviera, no llovería. “No, padre -replicaron los indios-. Si salimos en procesión, lloverá.”

El sacerdote me confesó que se había sentido un tanto confuso yendo en procesión por las calles resecas bajo un cielo sin nubes, delante de una banda de desharrapados, cubiertos con lienzos de plástico en previsión de la lluvia, y me contó que un escéptico que estaba sentado en la puerta de su casa se echó a reír al verlos y gritó: “¡Me beberé todo el agua que caiga!”.

“Ni que decir tiene que, en cuanto terminó la procesión, empezó a llover a cántaros. Fue algo que me estremeció,” En el camino de vuelta, al pasar ante la casa del escéptico los fieles empezaron a gritar: ” ¡Bébetela! ¡Bébetela!”.

Cuando llegaron a Montefalco los primeros miembros del Opus Dei, los campesinos se mostraron recelosos. Algunos, sin embargo, sintieron curiosidad al ver lo que estaban cultivando y unos pocos aceptaron la invitación a estudiar técnicas agrícolas. Así surgió El Peñón, con sólo cinco alumnos. Hoy es una escuela que pone un especial empeño en enseñar agricultura moderna. En ella se enseñan también cosas prácticas, como el uso adecuado de fertilizantes o el aprovechamiento de la lluvia, sin olvidar cosas tan elementales como el estampar la propia firma.

Antes, los campesinos sólo cultivaban maíz y judías (frijoles). Ahora cultivan tomates, cebollas, zanahorias, etcétera. En el Peñón les han enseñado a hacerlo, y también a criar cerdos y pollos. Incluso tienen una cooperativa para intercambiar sus productos.

Un campesino que vive cerca de Montefalco, Juan García, solía recoger una magra cosecha anual de frijoles y maíz. En 1969, después de que su hijo estudiara en El Peñón, inició una granja con 3.000 pollos al año. Ahora son 500.000. Juan, embutido en un mono nuevo y limpio, me enseña las instalaciones. “Gracias a esto -me dice- hemos podido comprar un tractor e instalar agua corriente y tener cuarto de baño.”

En cuatro años (1961-1965), cuarenta estudiantes pasaron por El Peñón. En 1965, se inició un ciclo de tres años, al final del cual se concede un diploma. En 1971 comenzó la escuela secundaria. Ese mismo año, el gobernador del Estado de Morelos visitó Montefalco y quedó tan gratamente impresionado que concedió ayuda oficial para iniciar un curso de cría de ganado. Actualmente, el Peñón es una de las escuelas punta de México, que combina la enseñanza práctica y viva con grandes programas educativos en la televisión.

En 1959 se inició también una escuela femenina con clases de economía doméstica, gracias a la cual las campesinas han aprendido corte y confección, cocina, plancha, higiene y dietética. Un grupo de antiguas alumnas ha establecido un taller de confección que suministra ropa al por menor a México City. Un campesino, Miguel Angel Senedo, casado y con tres hijos, terminó en 1974 sus estudios en El Peñón. Con su padre y un hermano, ha empezado a criar ganado -cerdos y pollos-, cultiva guisantes y tomates y ha sustituido su buey y su asno por un tractor. Charlamos a la sombra de un moderno barracón. Cerca de unas aventadoras colgadas de la pared y de un aparato de radio que transmite música pop, hay un cuadro del Sagrado Corazón. Miguel me dijo que ahora todo iba bien, pero que hacía unos años había tenido problemas con su familia. Su padre, que bebía muchísimo, había caído enfermo. La familia estaba dividida. No se hablaban. Pero las cosas empezaron a cambiar cuando Miguel empezó a poner en práctica lo que había aprendido en El Peñón sobre la cría de pollos y de cerdos y la mejora de los cultivos. Empezaron a trabajar juntos y su padre también empezó a beber menos, hasta dejar la bebida.

“En el Peñón aprendí también cosas espirituales -me dice Miguel-. Y trato de ponerlas en práctica. Cuando trabajo, le digo a Dios que lo hago por Él. Por ejemplo, cuando siembro. Ahora acabo de recibir un lote de pollitos para engordar y ofrezco a Dios el trabajo que me van a dar, y le pido que lo haga bien. A veces mi pensamiento se aleja de Él, me distraigo a lo largo del día, sobre todo cuando estoy muy absorbido o muy cansado. Otras veces tengo pereza, y me digo: “En adelante no pienso trabajar tanto. Me lo tomaré con calma”. Pero entonces surge un problema y uno reacciona y dice: “No me olvides”.

Hay días en que vuelvo a casa tan cansado que no tengo ganas de hablar con nadie. Pero al día siguiente le pido a Dios que me ayude y procuro empezar de nuevo. En Montefalco hablan de esforzarse para hacer la vida agradable a los demás, y eso es lo que trato de hacer.”

Marcos Torres, miembro del Opus Dei, es un campesino que cultiva sus tierras y cría pollos en Jonacatepec. Caía la tarde y tenía abierta la puerta de su casa. Mientras hablaba, los chiquillos jugaban fuera, en la calle, esquivando los tractores que volvían del campo. Me dijo que en el Opus Dei le han enseñado que hacer apostolado significa ser amigo de los amigos. Hay que empezar desde el principio, no con los que ya van a Misa los domingos, sino con los que cobran el sábado y se van a la cantina y se gastan el salario en tequila. “Algunos amigos míos hacían eso. Cuando se lo gastaban todo, perdían la vergüenza y pedían más a cualquiera. Incluso iban a una granja ajena, de noche, y lo cogían. Sabían que hacían mal, pero lo hacían a pesar de todo.”

Marcos me contó que había tenido un amigo con ese problema y también con un problema de mujeres. Era católico, pero no practicaba. Su padre le había aficionado a las peleas de gallos, a montar toros y a ir a la cantina. “Tenía dos hijos ilegítimos -me dijo Marcos-, pero seguía siendo un hombre bueno, responsable en su trabajo. Yo creo que gracias a eso empezó a enderezar su vida. Le gustaba hablar de sus problemas. Yo solía ir a los toros con él y luego a tomar unas copas, pero procuraba no pasarme. Sabía que yo llevaba una vida limpia y que no tenía ninguna amante. Al cabo de un rato solía decirme que no se explicaba cómo era capaz de beber sin emborracharme. Yo le contestaba que no era tan difícil, que lo intentase. Como quiere mucho a sus hijas y quiere que sean buenas, una vez le dije que, viviendo como vivía, no podría darles ejemplo de vida. No le sermoneé; se lo dije tranquilo, con calma y se lo repetí muchas veces. El caso es que ha dejado de beber y ha renunciado a las mujeres. Está más cerca de su mujer y algunas veces va a Misa.”

Margarita Barranco vive cerca de Montefalco, en Chalcantzingo. Su casa no tiene más que una sola pieza, dividida en dos por una cortina, un cuarto de aseo de bambú y un rincón para hacer tortillas. Se quedó viuda a los pocos años de casarse, cuando acribillaron a balazos a su marido, junto a una iglesia de piedra que hay enfrente de su casa, al confundirle con otro individuo. Margarita, sola, tuvo que enfrentarse a la tarea de sacar adelante a sus cuatro hijos -tres chicas y un chico-, todos menores de seis años. Para ello cría cerdos y pollos, confecciona ropa, vende tortillas y trabaja a tiempo parcial en Montefalco, donde, según dice, le enseñaron a cultivar legumbres, cuidar las vacas y educar a los hijos.’

“Procuré enseñar a los chicos las cosas importantes, como ir a Misa, viviéndolas yo misma. Y cómo organizarse, y cómo tratar a la gente. Les enseñé lo que me decían en Montefalco: a estar contentos aunque se tengan problemas, y a ayudar a vivir a los que no tienen dinero. Cuando me despierto, ofrezco el día a Dios, y a lo largo de la jornada le vuelvo a ofrecer lo que me cuesta, y lo que algunas personas creen que no tiene importancia, como colocar las cosas en su sitio.”

Tras la muerte de su marido, algunos parientes de éste reunieron una gran suma para contratar a un pistolero que matara a los asesinos, algo que es corriente en el valle de Amilpas. Cuando Margarita se enteró, fue a suplicarles que no se vengaran. Ellos le dijeron que ya habían entregado el dinero al pistolero. “Pues entonces -replicó ella- dadlo por perdido.”

Quien me lo contó, me dijo que Margarita es muy tímida, pero que en aquella ocasión se mantuvo firme.

Bernardo Heredia llevaba años yendo por Montefalco. En comparación con los demás campesinos de la zona era un granjero acomodado, pues tenía veinte peones, pero pensaba que no era lo suficientemente rico como para ser del Opus Dei, pues un amigo le había dicho que la Obra sólo era para gente muy rica y muy culta. “Pero mi mujer empezó a asistir a las charlas que daban los sacerdotes del Opus Dei, y yo también, y entonces comprendí que estaba equivocado, que era para gente corriente. Era un ambiente serio, organizado, que invitaba a reflexionar. Creo que Dios no se equivoca nunca y me convencí de que había escogido al Fundador, Monseñor Escrivá, para que abriese este camino de santificación de las vidas de la gente corriente. La gente es como la tierra, llena de piedras y de peñas, y es difícil plantar nada en ella. Pero cuando se la limpia y se la abona, se hace fértil. Para mí, el Opus Dei ha sido quien me ha limpiado de piedras.”

Bernardo me dijo que una de las cosas que ha aprendido en el Opus Dei ha sido a no ser “católico de días de fiesta. He aprendido lo que es la unidad de vida, .que no tienes que hacer cosas raras para ser santo, que tus obligaciones. religiosas no se limitan a ir a Misa los domingos”. Antes, aunque iba a Misa, despreciaba a sus peones. “El Opus Dei me ha ayudado a darme cuenta de lo equivocado que estaba y me ha enseñado a tratarles mejor, con espíritu de servicio. Ahora los comprendo. Son como de la familia. Nos sentimos a gusto juntos.”

Bernardo mencionó un incidente en el que uno de sus mejores toros -premiado- resultó muerto. La venta de su carne le hubiese reportado buenos beneficios, pero renunció a venderla tras considerar que sus peones necesitaban más aquella carne que él el dinero. Me lo contó sin vanidad ninguna. Dijo simplemente que estaba agradecido a Dios por ayudarle a ver claro lo que antes no era capaz de ver.

Los indios mexicanos han ocupado siempre un lugar especial en el corazón de la Iglesia. Muchos creen que ésa fue la razón de que la Virgen Santísima se apareciese al indio Juan Diego en Guadalupe, en el siglo XVI. Por entonces, los indios estaban recelosos y suspicaces con los traficantes que invadían sus tierras, por lo que los esfuerzos de los misioneros para convertirlos al cristianismo daban pocos resultados. Cuando la Virgen se apareció al pobre Juan Diego, dejó impresa su imagen en su tilma o delantal. La aparición se vio acompañada por una serie de símbolos que contenían un claro mensaje para los indios, de tal forma que en unos pocos meses se convirtieron millones de ellos. Entre las cuestiones inexplicables de la imagen de Guadalupe está la longevidad del tejido en que se halla impresa, que ha permanecido intacto a lo largo de los siglos, mucho más allá de su duración normal. La imagen, venerada por los católicos en el mundo entero, hace decir con orgullo a los indios: “Dios no ha hecho una cosa así por ningún otro pueblo”.

La Iglesia ha llevado a cabo una amplia labor social con los pobres de México a lo largo de los siglos. Durante años -especialmente mediante la labor de sacerdotes y religiosos- se ha esforzado en fomentar la causa de la justicia social entre ellos. Los miembros del Opus Dei consideran que lo que hacen forma parte de esa larga tradición de la Iglesia.

Una labor social de ese signo es la que están realizando en las montañas que hay al oeste de la ciudad de México, más allá de Toluca, en una hacienda llamada Toshi, donada a los miembros del. Opus Dei por una, antigua familia mexicana. Aunque no estaba en ruinas, como Montefalco, hubo que adaptarla a las nuevas necesidades. Entre los servicios que ofrece a los indios de los alrededores están las lecciones de cocina y de higiene para amas de casa y un club juvenil para chicas.

Cuando la visité era domingo y acudían mujeres indias de todas partes para comprar ropa y comida. La comida era gratis y la ropa muy barata; había además médicos y enfermeras para prestar servicio a quienes lo necesitasen. Algunas mujeres, endomingadas, iban sin embargo descalzas, llevando a un niño a sus espaldas.

María Garduño, Juana Flores y Margarita Pacheco habían caminado durante cuatro horas para proveerse de leche y queso para sus hijos. Julián Carmona, un anciano de rostro áspero y arrugado, casi ciego, era conducido, a lomos de un asno, por su nieta Alicia. Su mujer, Leonor, me dijo que acudían a Toshi regularmente para aprender a leer y rezar. Esta vez quería también comprar unos pantalones a su marido.

. Pascuala Martínez de Mejía tiene 69 años, diez hijos y es miembro del Opus Dei. Me dijo que al principio -1960- venía a Toshi por leche para su último hijo. Ahora, en su casa, aplasta maíz, hace tortillas, cuida de las vacas, los corderos y el asno. A mediodía lleva la comida al campo a su marido, que cultiva trigo y maíz. “El Opus Dei me ha enseñado a ofrecer a Dios todas esas cosas, a hacerlas bien y a rezar. Para mí, todo esto era nuevo al principio. Antes de venir aquí no sabía hacer más que la señal de la cruz.

También he aprendido a hacer apostolado. En estas colinas la gente toma demasiado pulpe, a veces cuatro botellas al día o más. Se emborrachan y pelean. Riñen con la mujer, con los hijos, con los amigos. Y no lo dejan. Yo trato de convencerles para que no beban tanto y cuando me encuentro con alguno que busca pelea, hablo con él y procuro calmarlo. A veces cambian, sobre todo los que rezan. Cambian, y nadie sabe por qué.”

En uno de los barrios más pobres de Ciudad de México hay una clínica oftalmológica para pobres fundada por un médico muy amable, el doctor José Pardo, en los años veinte. Las personas que allí acuden, sufren generalmente infecciones en los ojos causadas por la polución atmosférica de la ciudad. Actualmente se atiende a unos 400 pacientes diarios, lo cual ha hecho de ella la mayor en su género de toda Iberoamérica. La clínica, en la que trabajan bastantes miembros del Opus Dei, ha llegado a un acuerdo con la Universidad Panamericana (fundada en Mexico, D. F., por miembros y amigos del Opus Dei), para así poder ampliarla y ofrecer otros servicios.

El director, el doctor Carlos Vidal, miembro del Opus Dei, me explicó que “la razón por la que trabajamos junto con la universidad es que tenemos la misma meta: ofrecer a la gente más necesitada atención médica de calidad. El acuerdo permitirá ampliar nuestros servicios. Hasta ahora sólo teníamos fondos para mantenernos”.

El doctor Vidal me dijo también que la idea de convertirla en clínica universitaria la tuvo el Prelado del Opus Dei, Monseñor Alvaro del Portillo, que acudió a la clínica para recibir tratamiento durante una, visita a México. Monseñor Del Portillo animó a toda la plantilla a establecer lazos de unión entre la clínica y la universidad. Y recordó que el Opus Dei ha contado desde sus comienzos, con las oraciones de los enfermos.

Y el doctor Vidal añadió: “Así construiremos la nueva clínica, con las oraciones de esta gente. Por eso no nos preocupa el dinero; sabemos que vendrá”.

Coral Palmer estuvo trabajando en la clínica como contable hasta que, a finales de los años setenta, se hizo asistenta social. Aconseja a los pacientes, sobre todo a los que son ciegos. Cuando están a punto de perder la vista, los enseña a seguir trabajando, y a sus parientes les explica cómo pueden ayudarlos. Coral se entiende muy bien con los ciegos, porque ella misma perdió la vista hace ya varios años.

“Les digo a los pacientes que no se rindan, que sigan luchando por vivir, por encontrar trabajo o por aprender a hacer algo, pues así se sentirán útiles y no serán una carga para su familia. Les digo también que procuren estar alegres, tener vida interior y ofrecérselo todo a Dios.”

Un paciente de 28 años, de nombre Ricardo, cayó en una profunda depresión tras quedarse ciego. Su padre lo llevó a la clínica después de que intentara suicidarse varias veces. Coral me dijo que ella le había aconsejado que fuese a la iglesia de la Santa Vera Cruz y hablase con un. sacerdote. “Al principio se negó. Dijo que Dios no existía y que era una injusticia que él estuviera ciego. Pero yo le dije que Dios no es injusto, que es misericordioso y que su ceguera no era un castigo, que si estaba ciego era porque Dios quería que eso le sirviese para salvarse, no sólo él, sino también su familia. Ahora pertenece a la asociación de invidentes y está aprendiendo braille y toca la guitarra. Va con frecuencia a la Santa Vera Cruz y está mucho más contento.”

Coral dice que si Dios le diese la oportunidad de recobrar la vista, le diría que prefería continuar así. “La ceguera me ha proporcionado una nueva dimensión, ha dado un nuevo significado a mi vida. Así puedo ayudar a más gente. Hay muchas personas cuyas vidas son más duras que la mía. Hay una mujer que viene por aquí, tan pobre que apenas tiene que llevarse a la boca, ni dinero para pagar la visita. Se llama Clarita y tiene un glaucoma muy doloroso. Sufre mucho. Sólo ve un poco con un ojo, pero a pesar de todo dice que siente que Dios le favorece tanto que tiene que ir a Misa todos los días para darle gracias. Me dicen que va vestida con una falda muy gastada, y que siempre sonríe. Cada vez que viene a ver al médico me trae un regalo, caramelos o una rosa. Es feliz porque está muy cerca de Dios.”

Aunque en este capítulo sólo se habla de la labor que desarrolla el Opus Dei con gente humilde su actividad en México es mucho más amplia. Como en todos los países que he visitado, se relaciona con personas de toda clase y condición, pero al igual que sucede con la Iglesia en su conjunto, ejerce una opción preferencial por los pobres.

AUSTRALIA. El testimonio de otros

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

El 5 de junio de 1974, miércoles, un buen grupo de estudiantes universitarios, conducidos por un individuo vestido de diablo, marchó, en procesión funeraria, sobre el Warrane College, en la Universidad NSW, de Sydney. Cuatro porteadores encapuchados llevaban un ataúd cubierto con un paño mortuorio con esta inscripción: Opus Dei RIP. Otros, enarbolando cruces y cubiertos también con máscaras o capuchas, empezaron, en son de burla, a hacer un exorcismo.

Los artículos que se han publicado en Australia sobre el Opus Dei han hecho referencia casi siempre a este incidente. Un periodista llegó a decir que, a raíz del mismo, los miembros del Opus Dei fueron expulsados del campus. Otro aseguraba que se había abierto una investigación, pero sin especificar sobre qué ni hacer referencia alguna al resultado.

¿Qué sucedió realmente?

Hacía algún tiempo que se estaba fraguando una cierta hostilidad contra Warrane en el campus de la Universidad, a pesar de que los residentes del College no respaldaban la oposición a las normas disciplinarias del mismo, que eran la causa de la protesta. Es más, la mayoría

de ellos habían firmado una carta al vicecanciller de la Universidad, Sir Rupert Myers, “rechazando” los ataques a Warrane y saliendo al paso de las críticas sobre sus líneas directrices. Antiguos residentes, padres y otras personas salieron también en defensa de Warrane.

A pesar de todo, la protesta siguió adelante. Tras quemar la efigie del director del College, el doctor Joe Martins, los manifestantes pidieron que saliera y les respondiera. Como no vieron satisfechas sus exigencias, cambiaron de táctica y se dirigieron al edificio de la cancillería, donde entraron y ocuparon un salón de actos. Allí se enfrentaron al vicecanciller en funciones, profesor V. C. Vowels, a quien los manifestantes pidieron que se acabase con la influencia del Opus Dei en Warrane.

El chivo espiratorio de los contestarios era uno de los directores del College que se había opuesto resueltamente a que los residentes llevaran mujeres a sus habitaciones, algo que estaba en abierta oposición a la nueva moral “ilustrada” que se reflejaba en Tharunka, el periódico de los estudiantes, el cual, además de predicar el nuevo evangelio de la liberación sexual, contenía material pornográfico y blasfemo.

Por aquella época, las protestas estudiantiles no eran raras. Había habido algunas importantes, tales como las relacionadas con la participación de Australia en la guerra del Vietnam. Sin embargo, en esos momentos faltaban pretextos que alimentasen las protestas de los movimientos radicales. Los periódicos universitarios de la época muestran que las causas de los conflictos estudiantiles en otros países eran ajenas a los estudiantes australianos, así que los radicales no tenían más remedio que provocar algún escándalo. En este contexto, escogieron como pretexto el “puritanismo” y “autoritarismo” de Warrane.

A medida que en la cancillería de la universidad los manifestantes se enfrentaban al vicecanciller en funciones, la verdadera naturaleza de la protesta aparecía cada vez más clara. Se trataba, sin duda, de una prueba de fuerza entre estudiantes radicales y la administración de la Universidad. Como luego diría Tharunka con orgullo, la manifestación había puesto de manifiesto que “los estudiantes pueden constituir una fuerza dentro de esta Universidad”. Y aclaraba: “Mientras la Universidad esté controlada por fuerzas conservadoras, intereses financieros y directivos anticuados, los estudiantes nunca tendrán verdadero poder en la universidad”. En aquella ocasión, la voluntad de los estudiantes prevaleció: el profesor Vowels les prometió que se abriría una investigación.

Al día siguiente, todos los periódicos de Sydney se hacían eco de los sucesos, y en las semanas que siguieron surgió un debate en la sección de cartas a los lectores. Un lector escribía: “No conozco nada del Warrane College ni del Opus Dei, excepto lo que he leído en su periódico (Tharunka). Sobre estas bases, sin más, la campaña anti-Opus Dei que viene haciendo tiene implicaciones más bien odiosas. Despojadas de retórica, las objeciones que Tharunka hace al Warrane College se reducen a: a) que es católico; b) que no deja que las chicas visiten a los estudiantes en sus habitaciones; c) que expulsa a los estudiantes por romper la reglas o promover la exhibición de películas pornográficas; d) que hay crucifijos en las paredes”. El lector, Lawrence J. Dickson, seguía diciendo: “La retórica y las caricaturas (que adornaban el artículo de Tharunka sobre el College) evidencian la verdadera razón de la campaña. Los izquierdistas y los que apoyan la “libertad sexual” no toleran que nadie en el campus ose llevarles la contraria. Incluso no dudan en recurrir a la acción violenta de masas para echar del campus a los que disienten. ¿Es eso libertad académica?”.

Cuando el vicecanciller, Sir Rupert Myers, regresó de un viaje por ultramar, comprobó que no le habían dejado otra alternativa que apoyar la investigación. Tras reunirse con el Consejo de Gobierno de la Universidad, nombró un comité. Hasta el líder de los estudiantes por entonces tuvo que admitir con un dicho australiano que el comité “estaba tan desequilibrado como la balanza de un carnicero”.

La investigación comenzó el 8 de julio de 1974. Entre los miembros del comité había algunos profesores veteranos, el vicecanciller y un juez del Tribunal S Supremo, Mr. Justice Samuels, que no tuvieron con el College ninguna consideración especial. De hecho, en su informe hicieron constar que habían considerado más importante hablar con los que lo atacaban que con los que le defendían.

En sus conclusiones decían que las críticas al Warrane College estaban inspiradas por aquellos cuyas actitudes y creencias se oponían a la visión cristiana del Opus Dei. Rechazaban la idea de que la orientación de Warrane fuese estrecha y rígida como “un juicio gratuito que no se podía demostrar” y afirmaban que el colegio había sido fundado “para promover la educación y el desarrollo del carácter de acuerdo con los principios y los ideales del Cristianismo”. El informe terminaba diciendo que la universidad, que había invitado al Opus Dei a establecer el College, no podía asegurar que sus fines no fuesen convenientes y merecedores de apoyo.

Tal vez el punto más interesante de todo el asunto fue el análisis que hizo el comité de la acusación de que el Opus Dei tenía unos objetivos y una filosofía de lo más ambiciosos y mundanos, acusación muy parecida a la que luego provocaría la investigación del Gobierno italiano en 1986. Las conclusiones del comité no dejaban lugar a dudas: “No tenemos ninguna prueba que apoye la sugerencia de que el Opus Dei ha hecho uso de su posición en el campus para ejercer influencia sobre ninguna institución de la universidad. Tampoco hay prueba alguna que justifique la conclusión de que el Opus Dei, dentro o fuera del campus, sea una organización que trate, a hurtadillas y en secreto, de derribar las instituciones existentes o de infiltrarse en ellas con objeto de obtener, para sus fines, posiciones de poder y puestos de responsabilidad”.

La encuesta añadía que lo único que mostraba la documentación acumulada era que el Opus Dei era “la organización de apostolado seglar que afirmaba ser”.

Así concluyó todo. No hubo más protestas.

Warrane College, que pertenece a una sociedad sin fines lucrativos, E.D.A. (Education Development Association), está gobernada por un Consejo de ocho miembros que incluye algunos que no son del Opus Dei y ni siquiera católicos. Según el vicario regional del Opus Dei en Australia y primer capellán del Warrane, John Masso, la idea que inspira todo lo que se hace allí está expresada en un repostero que cuelga de una de las paredes de la biblioteca: “Que os améis unos a otros”, el gran mandamiento. Los directivos de Warrane exhortan a los estudiantes a ver sus futuras profesiones como un servicio a los demás y a crear en el colegio un ambiente familiar. Los residentes tienen preceptores, pero, además, los más veteranos ayudan a los más jóvenes en sus estudios. Por la noche, después de la cena, se reúnen en tertulia. A lo largo del año se celebran diversas fiestas, y las prácticas deportivas son habituales. También se anima a los padres a participar en la vida del College, y todos los años se les invita a pasar en él un fin de semana para que lo conozcan por dentro.

A pesar de los problemas que tuvo en el campus en sus comienzos, Warrane ha tenido buena acogida por parte de la opinión pública. Una vez por semana lo visitan personalidades relevantes de la vida pública australiana para exponer un tema de actualidad a los estudiantes: miembros del gobierno, empresarios, industriales, deportistas, artistas, periodistas… Entre ellos, el que luego sería tesorero federal en el Gobierno laborista de Hawke, Mr. Paul Keating; el fiscal general en el mismo Gobierno, Mr. Liónel Bowen; el diseñador de la quilla del Australia II, el yate que ganó la Copa de América, Ben Lexen; el caricaturista Larry Pickering; y-muchos otros. Además de su labor con estudiantes universitarios, Warrane organiza competiciones deportivas para estudiantes de segundo grado y cursos de orientación universitaria en campamentos para los estudiantes de áreas rurales.

A continuación ofrezco tres juicios de valor sobre Warrane emitidos por personas que no pertenecen al Opus Dei.

El periodista del Sydney Morning Herald Alan Gill publicó una serie de tres artículos sobre la labor del Opus Dei en Australia. En uno de ellos decía:

“He visitado Warrane cuatro veces y quedé impresionado por las excelentes condiciones de vida y de trabajo del College, la clara satisfacción de la mayoría de los residentes, el desarrollo del sistema de tutorías y el buen tono del ambiente.”

Noel Ling, de 51 años, dignatario de la Iglesia presbiteriana y jefe ejecutivo del China Development Council, una compañía que trata de introducir la libre empresa en China, es un antiguo becario de Warrane College. Fue a vivir allí en 1978. “En cuanto los conocí (a unos miembros del Opus Dei) y vi lo que hacían, pensé que sus metas coincidían con las mías -dice-. Sin entrar en fundamentos teológicos, el principio general es el mismo y probablemente lo es también para todos los cristianos.”

Noel se convirtió en recepcionista del Warrane porque quería tener un empleo que le permitiera tener más tiempo libre para pasarlo con su hijo. Luego se convirtió en becario. Dice que con el transcurso del tiempo ha hecho muchos amigos del Opus Dei y que ha viajado a otros países para estar presente en la ordenación sacerdotal de dos de ellos: Paul Grant y Tony Khoudair. Asegura que no trabajaba en Warrane por dinero -”uno no se hace rico allí”-, sino porque le gustaba el trabajo que hacía y los motivos por los que lo hacía. “Hay algunos puntos doctrinales, en el Opus Dei, que no son los de mi credo, pero procurábamos soslayarlos. De cien temas de conversación coincidíamos en noventa. De los diez restantes no necesitábamos hablar. Todo se reduce al hecho de que el Opus Dei tiene ideales y una forma de hacer las cosas que yo admiro.”

El doctor Ben Haneman, de 63 años, es médico, judío y miembro de su sinagoga local. Es también miembro de E.D.A. y presidente de la Warrane Association. Cuando la controversia sobre el College estaba en su apogeo, el doctor Haneman escribió una carta al Sydney Morning Herald defendiéndolo así: “Para empezar, quiero dejar claro que soy judío y no católico, que soy socialista y que tengo una enorme simpatía y afecto por los estudiantes. Me convertí en miembro del equipo directivo del colegio porque tengo una tremenda admiración por la labor que desarrolla. Creo firmemente que no sólo hay lugar para el Warrane College en la Universidad de NSW,, sino también que la Universidad tiene necesidad de Warrane. Creo que ese College puede contribuir significativamente a la vida y obra de la Universidad.

Estoy convencido de que los que se oponen a Warrane lo han escogido porque su postura no es materialista, sino espiritualista. Pero nadie aceptaría esta explicación, afirman, en su lugar, que los estudiantes protestan porque no se admiten mujeres en las habitaciones de los residentes.

Cuando era joven -y he abandonado ya los cincuenta-la norma que Warrane mantiene ahora respecto a las mujeres era aceptada por todos como sumamente razonable. Sé que ahora muchos estudiantes no la aceptan, pero quien tenga necesidad de vivir en un college mixto puede residir en alguno de los otros seis que hay en el campus”.

El doctor Haneman recordó, cuando hablábamos, las batallas que se libraron en tomo a Warrane en los años setenta: “Reinaba, ciertamente, una extraña psicología entre esa gente (los manifestantes). Algunos de ellos eran católicos que habían dejado de serlo, pero, por entonces, algunos protestantes abrigaban también un fuerte sentimiento anticatólico en este país. Mi esposa es protestante, pero yo siempre he pensado que la gente del Opus Dei estaba haciendo un buen trabajo. Y también desde un punto de vista más amplio, que Australia necesitaba la contribución del Opus Dei a su pensamiento. En un mundo tan materialista, era refrescante encontrar gente que pensaba de esa manera. Sin entrar en disquisiciones teológicas, estaba claro que eran sinceros, y daban muy buen ejemplo. Si Warrane es un estupendo college. Me sigue gustando visitarlo”.

El Opus Dei inició su labor en Australia cuando dos sacerdotes, Jim Albrecht y Chris Schmidt, se instalaron allí en 1963, procedentes de los Estados Unidos. Poco más tarde llegaron cinco seglares de España y Estados Unidos. Un profesor de Ingeniería de la Universidad de NSW, el doctor Ron Woodhead, había conocido el Opus Dei en Boston, durante unas vacaciones el año 1960, y había escrito a Monseñor Escrivá pidiéndole que algunos miembros del Opus Dei fueran a trabajar a Australia. Sin embargo, no fueron hasta que el arzobispo de Sydney, cardenal Norman Gilroy, invitó al Opus Dei formalmente.

Los recién llegados alquilaron una casa en Silver Street, Randwick, y enseguida iniciaron una serie de actividades espirituales, entre ellas cursos de retiro y retiros para profesores y. estudiantes universitarios. Es cuando el cardenal Gilroy les cedió unos terrenos (en High St., cerca de la Universidad) en los que antes había unos establos. Los miembros del Opus Dei, con la colaboración de sus primeros amigos australianos, recaudaron fondos con los que financiaron la construcción del Nairana Cultural Center, inaugurado en 1965 con el propósito de preparar a estudiantes de segundo grado para el acceso a la Universidad.

Ese mismo año (1965) llegaron algunas mujeres del Opus Dei procedentes de Estados Unidos, España y Sudamérica. Poco después, el cardenal Gilroy pidió al Opus Dei ayuda para fundar un college residencial (que luego llamaría Warrane) en terrenos cedidos por la Universidad. El edificio de Nairana se convirtió en una residencia femenina y el Opus Dei quedó firmemente asentado en Australia. Además de Warrane y Creston, algunos miembros del Opus Dei iniciaron Dartbrooke y Westburne, sendos centros de estudios situados en Chatswood y Strathfield respectivamente, el Centro de formación Kenvale, en Lindfield, y un club femenino, Eremeran, en Lorne Avenue, Killara.

Dartbrooke Centre, en Chatswood, al norte de Sydney, en un centro de estudios para varones cuyo principal objetivo consiste en formar su carácter y su espíritu de servicio, procurando que dediquen parte de su tiempo a cuidar de los enfermos, los ancianos y los que están solos. También ayuda, a los que lo desean, a fortalecer su fe intelectualmente en clases de formación doctrinal-religiosa. El centro no constituye un club y quienes lo frecuentan no forman ningún tipo de asociación.

Westburne Study Centre tiene unas características muy parecidas. Ofrece tutorías en determinados temas y actividades que no figuran en los programas oficiales de estudios. También organiza competiciones deportivas, excursiones y visitas a marginados y ancianos.

El Eremeran Club, en Lorne Avenue, Killara, proporciona orientación y ayuda en los estudios a estudiantes universitarios, lecciones en diversas actividades artísticas y artesanas y excursiones a pie y a caballo. La banda de Eremeran compite todos los años en el Sydney Eisteddford.

El Kenvale Centre forma, a chicas que han completado sus estudios secundarios, en catering (comidas preparadas) y técnicas hospitalarias. El curso está avalado por el City and Guilds Certificate de Londres. Las estudiantes reciben un salario, y, una vez graduadas, están cualificadas para desempeñar empleos en catering, servicio doméstico, hoteles, hospitales, etc. Kenvale suministra también cursos breves hospitalarios. Uno de los objetivos básicos del centro consiste en poner de relieve la necesidad de considerar las tareas llamadas “serviles”, sobre todo las del hogar, como un trabajo profesional tan digno como cualquier otro.

Father Masso comenta a ese respecto: “Ese trabajo del hogar no debería considerarse nunca como de segunda clase. Lo cual no quiere decir que la mujer ténga que limitarse a trabajar en su casa, aunque es importante que las casadas sobre todo reconozcan la enorme importancia que tienen las tareas domésticas y • que adopten hacia ellas una actitud profesional. Las mujeres que trabajan en el hogar nunca deberían tener complejo de inferioridad. Pueden hacer su tarea con dignidad si están bien preparadas, utilizando su inteligencia, su iniciativa y su creatividad. Por eso precisamente, las mujeres del Opus Dei se esfuerzan en tener iniciativas en este terreno, pues la gente tiende a olvidarlo, y las mujeres carecen por eso de aliciente para hacer un buen trabajo”.

Las laboren corporativas del Opus Dei en Australia se financian lo mismo que las de otros países. El fundador del Opus Dei lo explica así en una entrevista que concedió al New York Times: “Cada centro se financia del mismo modo que cualquier otro de su tipo. Las residencias de estudiantes, por ejemplo, cuentan con las pensiones que pagan los residentes; los colegios con las cuotas que satisfacen los alumnos; las escuelas agrícolas con la venta de sus productos, etc. Está claro, sin embargo, que estos ingresos casi nunca son suficientes para cubrir todos los gastos de un centro, y menos cuando se considera que todas las labores del Opus Dei están pensadas con un criterio apostólico y la mayoría se dirigen a personas de escasos recursos económicos, que -en muchas ocasiones- pagan por la formación que se les ofrece cantidades simbólicas.

Para hacer posible esas labores se cuentan también con las aportaciones de los miembros de la Obra, que destinan a ellas parte del dinero que ganan con su trabajo profesional. Pero sobre todo con la ayuda de muchas personas que, sin pertenecer al Opus Dei, quieren colaborar en unas tareas de trascendencia social y educativa. Los que trabajan en cada centro procuran fomentar entre las personas individuales el afán apostólico, la preocupación social, el sentido comunitario que les llevan a colaborar activamente en la realización de esas empresas. Como se trata de labores hechas con seriedad profesional, que responden a necesidades reales de la sociedad, en la mayoría de los casos la respuesta ha sido generosa. Usted. sabe, por ejemplo, que la Universidad de Navarra cuenta con una Asociación de Amigos con unos 20.000 miembros.

La financiación de cada centro es autónoma. Cada uno funciona con independencia y procura buscar los fondos necesarios entre personas interesadas en aquella labor concreta.”

Actualmente, los miembros del Opus Dei en Australia son unos trescientos, entre ellos nueve sacerdotes: Father Masso, Father Frank García, Father Rom Josko, Father Victor Martínez, Father Jerry Gehringer, Father John Flader, Father Max Polak, Father Paul Grant y Father Tony Khoudair. La mayor parte de los miembros no trabajan en labores corporativas del Opus Dei y ejercen las más variadas profesiones, unas científicas, académicas y altamente intelectuales, y otras manuales (carpinteros, peluqueros, etc.) Algunos miembros del Opus Dei han promovido por su cuenta la creación de colegios. Uno de ellos, para niñas, es Tangara, situado en Cherrybrook, al noroeste de Sydney; otro, para chicos, es Redfield, en Wahroonga. Ambos se fundamentan en la idea -enseñada por la Iglesia- de que los padres son los primeros educadores de sus hijos, por lo que mantienen estrecho contacto con los padres de los alumnos. Los capellanes de esos colegios son sacerdotes el Opus Dei, pero los responsables de la enseñanza, la administración y la orientación de los mismos son sus directores, no el Opus Dei.

Muchos de los ataques que se han lanzado contra el Opus Dei en muchos países han tenido eco en Australia, aunque ese eco se haya basado, en gran medida, en “el testimonio de otros”. Ya nos hemos referido, con cierta extensión, a las acusaciones de secreto y de ambiciones humanas (políticas, económicas, etc.). Queda por examinar otra “acusación”: la de que sus miembros se someten a penitencias extremas. La realidad es que, en este, terreno, el Opus Dei no tiene criterios propios. Sus miembros se limitan a seguir las enseñanzas de la Iglesia, como cualquier fiel católico corriente.

Nadie ha sugerido, que yo sepa, que los miembros del Opus Dei se impongan terribles penitencias, hasta el punto de hacerse daño de alguna manera. Al contrario, el Opus Dei, en este terreno, insiste en la moderación, en las mortificaciones en las cosas pequeñas, no en las grandes. Las preferidas son aquellas que van dirigidas a soportar con buen humor las molestias causadas por la convivencia diaria con otras personas, procurando hacer la vida agradable a los demás. Las mortificaciones que se suelen hacer consisten, por ejemplo, en tomar sólo un vaso de cerveza, no dos o tres, o en no ir a un partido de fútbol para llevar a la familia al campo. Es decir, cosas pequeñas que ayudan a vivir al cristianismo con mayor autenticidad.

Por lo que yo sé, el Opus Dei no es amigo de las grandes penitencias. Es muy difícil, por ejemplo, obtener permiso para ayunar durante algún tiempo. Se hace hincapié en que lo importante es la conversión del corazón, no soportar condiciones de vida muy duras. La orientación está reflejada en el punto 173 de Camino: “Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes… Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior”.

Otra acusación aireada en Australia es que el Opus Dei crea divisiones en las familias. Sin embargo, una de las cosas que destacan de mis viajes es el empeño que tiene el Opus Dei en fortalecer los lazos familiares. En lo que llevamos dicho se ha visto claramente, en muchos casos, su preocupación por la familia y por la defensa de los derechos de los padres. Para completar el cuadro, he hablado con varios australianos sobre la influencia del Opus Dei en ellos y en sus familias. .

Mr. John Faehrmann es director de un instituto de enseñanza media de Sydney. Uno de sus tres hijos, Chris, que entró en contacto con el Opus Dei a través del Warrane College, se hizo miembro numerario del Opus Dei hace ya más de diez años. “Cuando empezó a interesarse por la Obra -dice Mr. Faehrmann-, me lo dijo sin más, y cuando decidió pedir la admisión volvió a hablarme del tema cara a cara, explicándome lo mejor que pudo el Opus Dei. No trató de ocultar nada. Me dio un ejemplar de Camino, que leí de cabo a rabo.”

Mr. Faerhmann me dijo que su esposa y él estaban encantados con los efectos de su pertenencia a la Obra en Chris. “Antes parecía estar sobre ascuas, pero cuando se hizo del Opus Dei se serenó. Cuando se critica al Opus Dei, mi mujer suele comentar que a sus hijos no les ha descaminado.

Chris asiste a fiestas familiares siempre que puede. A Morna le gustaría que viniera con más frecuencia, pero cuando viene es muy cariñoso. Mi mujer aprecia mucho todas las atenciones que tiene hacia ella.”

Quizá la mejor prueba de que Mr. Faehrmann está contento ‘con la influencia que el Opus Dei ejerce sobre su hijo es que él mismo pidió en su día la admisión, lo mismo que otro hijo suyo, Peter. Y no es el único. Hay otros muchos padres que no sólo no están contrariados con que sus hijos sean del Opus Dei, sino que están encantados (yo diría que lo están en el 99 por 100 de los casos). Algunos de ellos, como la señora Limbers, incluso ha defendido públicamente al Opus Dei cuando ha sido criticado en los medios de comunicación.

Mrs. Rosheen Limbers entró en contacto con el Opus Dei a poco de comenzar su labor en Australia. Aunque ella no es miembro de la Obra, alguno de sus ocho hijos, sí. Otro que tiene diecisiete años, John, frecuenta regularmente el Dartbrooke Study Centre, que organiza excursiones, campamentos, fines de semana de estudios y otras actividades. En Dartbrooke se enseña también carpintería, aeromodelismo, mecánica, etc., así como a desarrollar buenos hábitos de estudio. Ofrece, además, la posibilidad. de conocer chicos de diferentes escuelas y ambientes. En 1987, durante las vacaciones escolares, organizó un viaje a Papúa-Nueva Guinea para ayudar a mejorar los hogares de los indígenas más pobres. Pero lo que más interesa al club, según sus directores, es rendir un servicio a los padres, a quienes se anima a participar en las actividades del centro y en las decisiones de sus hijos.

La señora Limbers asegura que, para ella, el Study Centre es como un amigo de la familia. “Los adolescentes, en estos días, están sometidos a terribles presiones del ambiente que les rodea, por lo que es una gran ayuda disponer de un lugar como el club, en el qué son motivados y reciben ideas claras. Oyen hablar de grandes ideales, de cosas como servicio, laboriosidad, etc. Y ven estas cosas encarnadas en otros chicos de su edad, lo cual es de gran efecto. John, por ejemplo, ha cambiado mucho en los últimos doce meses. Está menos reconcentrado, se interesa más por los demás. El estímulo que ha recibido en el club no podía tenerlo en la familia; los chicos tienden a empantanarse en casa. Contar con alguien que se interese por ellos de verdad es algo que no se paga con nada.

Paul, mi marido, que no es católico, opina lo mismo. Estamos convencidos de que podemos confiar a nuestros hijos en los centros del Opus Dei, en los que tenemos una confianza total. Los frutos que obtienen frecuentándolos son indudables. Se sienten más felices y mejoran tanto en la práctica de la fe como en la vida corriente; son más ordenados y se portan mejor en casa, haciendo más agradable la vida de familia.”

La señora Limbers dice que los miembros del Opus Dei se han encargado de dar formación religiosa a sus hijos y que aprecia sobre todo la ayuda que recibió de la Obra para respetar la libertad de sus hijos cuando alguno de ellos dejó de practicar. “Si no me hubiese ayudado, creo que no hubiese podido respetarla. Me hubiese sentido amenazada. Necesitaba que alguien me dijera que no podía forzar la libertad de nadie, que aquello no era asunto mío, aunque como madre me preocupase mucho. No, no hubiese sabido que eso era lo que debía hacer, que su libertad era lo primero. Creo que esto es lo más valioso que he recibido del Opus Dei. Tanto más en cuanto que, luego, casi todos mis hijos han vuelto a la práctica de la fe.”

La señora Limbers me habló también de las críticas que se habían hecho al Opus Dei en los medios de comunicación. “Me alteró mucho que la gente pudiese llamarse a engaño, porque para mí el espíritu del Opus Dei es de lo más humano. Cuando se le ha criticado, me he esforzado por aclarar las cosas. Nunca he oído un solo argumento coherente contra el Opus Dei. De ordinario, son todos emocionales. El más frecuente es el del secreto. Y lo más curioso es que los que lo esgrimen no quieren conocer la verdad. No quieren saber lo que es el Opus Dei. Mucha gente, sin embargo, reconoce el bien que hace y eso equilibra la balanza.”

Paul y Ángela Quinn son de Sydney, pero han estado viviendo tres años en Hobart (Tasmania). Paul es músico, y Ángela, que ahora se dedica por completo a su familia, una experimentada logopeda.

Ángela se hizo del Opus Dei cuando tenía diecinueve años. Su marido no es de la Obra. Por eso le pregunté qué opinaba de que su mujer fuera del Opus Dei.

“Al principio -me respondió- me molestaba mucho el tiempo que dedicaba a las cosas espirituales. Era algo así como los celos de un padre hacia el hijo primerizo. Tenía celos del tiempo que Ángela dedicaba al Opus Dei, de que rezase tanto, -de que fuese a Misa todos los días. Con el paso del tiempo, me he acostumbrado a ello, y me parece bien. Incluso he ayudado a organizar varios retiros espirituales y cursos de retiro dados en Hobart por sacerdotes del Opus Dei. Yendo a algunos de esos retiros, me he convencido de que si se escucha lo que se aconseja en ellos y se pone en práctica, la felicidad matrimonial está asegurada.

Creo que, a medida que mi familia ha ido creciendo y yo madurando, he ido apreciando más las cualidades del Opus Dei y su papel en la sociedad. Por una parte, el Opus Dei es sumamente sensible a los valores familiares y por otra la sociedad lo es cada vez menos. Tal vez ésa sea una de las causas de que el Opus Dei no sea hoy tan popular como hace treinta años.

Supongo que otra de las cosas que me atraen del Opus Dei es que todos los miembros que he conocido son sinceros, una cualidad que es muy rara en estos días. Quiero decir que son felices, que tienen los pies sólidamente asentados en el suelo y que no se quejan. Cuando se les trata con frecuencia y siempre se les encuentra felices y abiertos, uno se da cuenta de que no es algo postizo. Sí, es su sinceridad, su naturalidad, lo que más me impresiona.”

Y para terminar, he aquí algunos comentarios de Noel Ling, del que ya hemos hablado, sobre la acusación de que el Opus Dei aparta a los chicos de sus padres (“chicos”, aquí, se refiere a muchachos de dieciocho años para arriba):

“Cuando mis amigos me han preguntado si era cierto, les he dicho que los padres, de ordinario, no quieren que los hijos se separen de ellos, aunque es algo inevitable en la vida. Cuando crecen se van yendo de una manera o de otra. Cuando un hijo o una hija decide responder a Dios con la entrega personal, si los padres no son católicos y no comprenden lo que es la vocación en la Iglesia católica, se sentirán como agraviados. Pensarán que les han arrebatado a sus hijos.

Los protestantes, en Asia, somos víctimas también de este tipo de quejas, porque los padres budistas de chicos que se hacen cristianos se quejan de que les arrebatamos a sus hijos. En Indonesia, Hong Kong y Singapur eso sucede con frecuencia. Y no es que les arrebatemos a los hijos, es que ellos deciden por sí mismos lo que quieren hacer. En el Opus Dei sucede lo mismo. No se les puede acusar de nada, son los chicos los que deciden. Comprendo perfectamente el punto de vista del Opus Dei y me doy cuenta de que no es posible explicárselo a un entrevistador de televisión que no quiere hacer caso de lo que se le dice.

Es una de las cosas que pongo de relieve ante mis amigos protestantes cuando me preguntan por qué me relaciono con el Opus Dei. Les digo que es porque quiero trabajar para Dios. Opus Dei significa “trabajo de Dios” y los miembros de la Obra que conozco son muy sinceros y sé que quieren de veras trabajar por Dios.”


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