Hacia la santidad

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Javier Echevarría, Obispo Prelado del Opus Dei, visitó Costa Rica .

30 de enero de 2000

Vanessa Barahona // La Nación (Costa Rica)

Del 11 al 19 de enero por primera vez estuvo en Costa Rica monseñor Javier Echevarría, actual Obispo Prelado del Opus Dei. Preside esa institución de la iglesia católica y entre otros cargos también funge como Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en España.

El Opus Dei fue fundado en 1928 por el beato Josemaría Escrivá de Balaguer, y cuenta con más de 80.000 fieles en todo el mundo. En una entrevista exclusiva para La Nación, Echevarría habló de la santidad, del cuidado de la familia y del poder que entraña el amor.

El Opus Dei ha venido a recordar que la santidad está al alcance de toda persona, ¿cómo es esto posible en un mundo tan convulso?

Este mundo convulso es también un mundo bueno, porque procede de Dios. La razón más clara de que la santidad está al alcance de todos es que Dios se hizo hombre para que quienes creen en El sean acogidos por Dios como hijos suyos.

La santidad es identificarse con Jesucristo: pensar, querer, obrar como El. Es posible, si abrimos el alma al Evangelio. No es fácil, porque esta identificación pasa por la cruz.

¿Se puede encontrar la santidad en el trabajo, con la familia o los amigos, y en los detalles de cada día?

A la plenitud de la vida cristiana se llega a través de los caminos honrados, usualmente empedrados de cosas pequeñas. Para identificarse con Jesucristo no es necesario realizar acciones extraordinarias: basta realizar con amor a Dios y a los demás todas las acciones, aún las más cotidianas.

El trabajo, la familia y la amistad nos ofrecen cada día mil oportunidades de ejercitarnos en la caridad: durante una reunión, un paseo familiar, junto a la cama de un amigo enfermo Todas las ocasiones nos ofrecen la oportunidad de ser sembradores de la paz y de la alegría de Cristo.

Del trabajo dependemos todos, sin distingo de profesión. ¿Qué tiene que ver con la santidad y el perfeccionamiento de quien lo realiza?

El trabajo no es un modo de llenar el tiempo, de obtener éxito o dinero. Es aporte a la sociedad, medio para sustentar nuestra familia, ocasión de acercamiento personal. Con el trabajo cumplimos el encargo de Dios al hombre de modelar el mundo.

Cuando consideramos el trabajo con sentido cristiano, de cara a Dios y al prójimo, se abre ante nosotros un panorama imponente. El trabajo se convierte en la materia prima con la que cada uno ha de realizar -con la ayuda de Dios- su propia obra de arte. Cualquier trabajo honrado es ocasión de dar gloria a Dios y servir a los demás.

Cada día parece más difícil que las familias surjan unidas, fuertes y felices. ¿Cuáles son las piedras que hay que quitar del camino para pisar blando?

Es importante no desanimarse, procurar que no nos gane la visión negativa ante los problemas. El pesimismo es mal consejero, suele generar tristeza, y al final agrava las dificultades. Cada día es más importante mantener en la familia el ambiente que le es propio, de confianza, de cariño desinteresado, de alegría. Al contrario que el pesimismo, la alegría es buena consejera: sabe pasar de puntillas sobre las dificultades, las hace más llevaderas. Hemos de aprender a descubrir los motivos de la alegría y saborearlos en familia. También es muy importante la lucha contra el egoísmo, que agota la capacidad de amar, de perdonar, de comprender, de servir, facetas que enriquecen la personalidad.

Hogar y profesión, ámbitos en los que se debaten día a día muchas mujeres. ¿Cómo lograr un equilibrio y establecer prioridades?

El equilibrio entre la dedicación a la familia y al trabajo fuera del hogar no es un problema exclusivo de la mujer: la familia debe ser una responsabilidad compartida, y su atención ha de basarse en una adecuada distribución de tareas entre la mujer y el hombre. Esa es una condición necesaria para la armonía: el apoyo mutuo entre los esposos, compartir el amor a la familia, el deseo de educar bien a los hijos, de transmitirles la propia fe con la palabra y la conducta.

Marido y mujer pueden unirse para vencer las dificultades y, juntos, decidir en cada caso cómo distribuir las responsabilidades apoyándose mutuamente, no como dos competidores, sino como copartícipes en una tarea santa.

¿Qué podemos aprovechar del año jubilar?

Lo diría con una sola palabra: conversión. El Jubileo conmemora los 2000 años del nacimiento de Jesús y, como hacemos con las personas que amamos, no nos acordamos solo el día del cumpleaños: todos los días están en nuestro corazón. Eso es la conversión: abrir de par en par las puertas de nuestro corazón a Jesucristo, para que arranque lo que sea incompatible con nuestra vocación cristiana.

Para que el Año Santo no se quede en un sentimiento genérico de bondad, hay que acudir al sacramento de la penitencia, a la conversión, con el propósito de comenzar una vida nueva: una vida que seguramente requerirá una lucha nueva contra aquello que nos aparta de Jesucristo.

“Sin mi conversión, nada tendría sentido”

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“Escribo para contar dos favores que me concedió la Virgen de Torreciudad. Pero antes deseo contar mi conversión, porque sin ella nada tendría sentido. En 1997 era una chica de 15 años, sin bautizar…”. La Virgen ha prestado en Torreciudad favores de madre. Ofrecemos una selección extraída de www.torreciudad.org

Virgen y Cristo del retablo de Torreciudad.

Escribo para contar dos favores que me concedió la Virgen de Torreciudad. Pero antes deseo contar mi conversión, porque sin ella nada tendría sentido. En 1997 era una chica de 15 años, sin bautizar, y que pensaba que algo existía pero sin saber hasta que punto podía haber un Dios.

En el curso académico 97/98 vino a estudiar a mi instituto una chica del Opus Dei que congenió conmigo bastante. Me invitó a hacer voluntariado en el hospital infantil del Niño Jesús y en una de nuestras conversaciones salió que yo no estaba bautizada y que tampoco tenía fe.

Mi amiga me propuso asistir a clases de Catecismo para conocer la fe católica y accedí, aunque sólo fuera por cultura. Poco a poco, fui conociendo las verdades de fe, aprendí a rezar el rosario y la estampa de san Josemaría… Rezaba pidiéndole que Dios me diera la fe y me fui formando. Un día entré en el oratorio del club juvenil por el que asistía y mi amiga me explicó que Dios estaba en el sagrario. Lo primero que hizo fue enseñarme a hacer la genuflexión, entonces, me dijo que, además del gesto, había que acompañarla de algo más y me sugirió que podía decir: “Señor, creo firmemente que estás aquí”. Y así lo hice, creyendo firmemente que estaba en el Sagrario. Dios me dio la fe que le pedía porque empecé a creer aquello que le decía, a hacer oración.

El siguiente paso, era decirle a mi padre que quería bautizarme. Se lo dije y me contestó que no, que esperara a cumplir los 18 años. En febrero de 1999 cumplí 17 años y pedí a mi padre como regalo de cumpleaños mi bautismo, y me dejó decidir. El 3 de abril de ese año me bautizó mons. Antonio Mª Rouco Varela, recibí la Primera Comunión y me confirmé junto con otras nueve personas más en la Vigilia Pascual de la Catedral de la Almudena. Mi familia no asistió a la ceremonia pero estuve muy arropada por las chicas del club.

Antes de bautizarme empecé a trabajar en la administración de un centro de la Obra. Como se hace siempre en el Opus Dei me enseñaron a trabajar ofreciendo a Dios mi labor diaria… y poco a poco mi trabajo me fue gustando cada día más. Dios me fue mostrando mi vocación y le dije a mi amiga que deseaba ser del Opus Dei. En el día de hoy no me cambio por nadie, me apasiona mi trabajo y, por supuesto, mi vocación.

Aquí van los dos favores de la virgen de Torreciudad: El 1 de mayo de 1999, en Torreciudad, escribí por tercera vez al Prelado del Opus Dei para pedir la admisión en la Obra, y digo por tercera vez porque ya le había escrito antes de bautizarme, pidiéndole que me encomendara y, más tarde, para contarle mí bautizo. El otro favor es con motivo de los mareos que sufría en cualquier medio de transporte (metro, autobús urbano, tren, autocar, …); vomitaba y me ponía malísima incluso tomando Biodramina. Le pedí a la Virgen de Torreciudad que me dejara de pasar esto. Desde esa fecha hasta hoy no me he vuelto a marear, e incluso he montado en barco.

Ahora rezo por mi familia, para que encuentren la fe y entiendan un poco la Obra.

* * *

Enfermo y acompañado por la Virgen

A primeros de octubre de 1994 acudí al Santuario de Torreciudad en el día de las Familias y volví a mi ciudad de origen muy removido interiormente, empezando a gozar de una especial devoción hacia Ntra. Sra. de Torreciudad.

A los pocos meses del viaje, en concreto, en abril de 1995, me diagnostican un cáncer de próstata. Recibo la noticia con total tranquilidad y serenidad espiritual, dejando todo en manos del Señor para que Él disponga como mejor le parezca.

He de añadir que dos meses antes a un hermano mío, más joven, le diagnosticaron la misma dolencia sin ninguna esperanza de curación. Falleció al cabo de un año. El 22 de mayo de ese mismo año me operan en el Hospital del Ejército del Aire de Madrid -actualmente cerrado-, situado en la calle de Arturo Soria, por el equipo médico del Dr. Fernando Martín Laborada. Tras casi cuatro horas de quirófano la operación sale satisfactoriamente.

El tratamiento postoperatorio se desarrolla con normalidad hasta que, en la tarde del día 4 de junio, empiezo a sentir diversas molestias y dolores. A la vista de que no se cesan, a las 22 h. aviso al médico de guardia, suministrándome un calmante. Este, no me hace ningún efecto y, por el contrario, aumentan los dolores y molestias, hasta que a las tres de la madrugada no pudiendo soportarlos y dándome cuenta que algo estaba mal por ‘dentro’, decido llamar nuevamente al médico para que tome alguna medida. Al tratar de coger el timbre junto a la cama veo una estampa de Ntra. Sra. de Torreciudad que tenía en la mesilla desde el día que ingresé en el Hospital, y con todo fervor le pido ayuda. De forma inmediata comienzan a desaparecer los dolores y molestias, encontrándome perfectamente a los diez minutos.

A la mañana siguiente, en la exploración que me realizan los médicos encuentran todo normal. A pesar de que no hay ninguna prueba científica tengo total seguridad de que es una intervención de Ntra. Señora. Transcurridos y a los diez días fui dado de alto con algunas secuelas. Hace tres meses he pasado la última revisión y los médicos han considerado totalmente superada la enfermedad.

“Estoy en deuda con Dan Brown”

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Andrea Ermini, de 28 años, trabaja en Florencia (Italia). Hace un año leyó ‘El Código Da Vinci’ y le sorprendió el retrato que en la novela se hace del Opus Dei. Investigó y… hoy pertenece a esta institución católica. “Gracias a Dan Brown he descubierto la belleza de la fe”, dice.

“La expresión “santificar el trabajo y la vida ordinaria” me atrajo, me golpeó el alma”.

Andrea Ermini trabaja en el departamento de Recursos Humanos de una empresa florentina.

Tras leer ‘El Código da Vinci’ quedó extrañado ante el duro retrato que se hace del Opus Dei, una institución que forma parte de la Iglesia. “Aquello me pareció sospechoso y decidí investigar”, explica.

¿Cómo descubriste el Opus Dei?

Andrea: Ocurrió hace ya año y medio. Tras leer ‘El Código Da Vinci’, me extrañó que algunas críticas dijeran que el Opus Dei era “una extraña organización católica”, en la que se utilizaba el ‘lavado de cerebro’ para reclutar miembros, y que les gustaba el secretismo y las prácticas masoquistas. Todo aquello me pareció sospechoso y decidí investigar por mi cuenta. Me parecía absurdo que la Iglesia católica pudiese aceptar en su organización una institución de ese tipo.

Comencé a buscar de la manera más simple: en Internet, a través de Google. Enseguida encontré el website de la Obra. Después, ya con curiosidad, compré el libro de san Josemaría con reflexiones espirituales llamado ‘Camino’ y lo leí de un tirón.

¿Cómo era tu vida cristiana en aquella época?

“El cambio más radical ocurrió cuando descubrí que tenía que cuidar mi “vida espiritual”, y que aquello podía hacerlo sabiéndome acompañado por Dios en todos los momentos del día”.

Andrea: Iba a Misa dos veces al año: en Navidad y en Pascua. Aunque no practicaba mucho, tenía verdadero aprecio por el Papa y por la Iglesia católica en general.

¿Y entonces qué ocurrió?

Andrea: La curiosidad inicial se transformó en un camino de conversión mucho más profundo. Por aquel entonces veía la fe como algo anticuado, que no podía adaptarse a mi vida, algo que se ajustaba más bien a las señoras mayores que podían rezar continuamente el rosario.

En cambio, la expresión “santificar el trabajo y la vida ordinaria” me atrajo, me golpeó el alma. Además, el estilo directo de ‘Camino’, donde parece que San Josemaría te habla directamente, me ayudó a reflexionar.

A través de Internet, supe que el Opus Dei promovía iniciativas como el ELIS en Roma o el IESE en Barcelona. La idea de que se pudiese unir el espíritu cristiano con la enseñanza en una escuela de gestión o con el trabajo manual más sencillo me interesó muchísimo.

Por fin, me decidí a enviar un mail a la web del Opus Dei para solicitar un contacto directo. Me dieron la dirección de un centro –L’Accademia dei Ponti (Florencia)- donde inicié a dirigirme espiritualmente con un sacerdote y donde conocí a otras personas del Opus Dei.

¿Cuáles han sido el resto de etapas de este recorrido?

Andrea: Comencé a rezar con más frecuencia y a asistir a diversos encuentros de formación cristiana organizados por el Opus Dei: una vez al mes retiros espirituales y cada semana una charla sobre algún tema de fe o sobre alguna virtud. El 1 de noviembre de 2005 fui nombrado ‘Cooperador del Opus Dei’ y el 13 de mayo pasé a formar parte de la Obra.

El cambio más radical ocurrió cuando descubrí que tenía que cuidar mi “vida espiritual”, y que aquello podía hacerlo sabiéndome acompañado por Dios en todos los momentos del día. Desde hace tiempo, acudo a diario a Misa y rezo el rosario, y esto me ayuda a “mantener el norte” y la alegría durante mis jornadas de trabajo.

Después de todo esto ¿qué opina de ‘El Código Da Vinci’?

Andrea: Si no fuera por Dan Brown, no habría redescubierto la belleza de la fe y mi vocación. Quizá el Señor se habría servido de otros caminos, sin duda, pero para mi aquello comenzó con un enigma: una descripción siniestra y oscura de la Iglesia católica. Indudablemente, tengo una gran deuda con Dan Brown. Y quizá no sea el único…


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