La “Glorieta Josemaría Escrivá”

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El alcalde de Burgos, Juan Carlos Aparicio, inauguró una glorieta en esa ciudad que lleva el nombre de “Josemaría Escrivá”. Asistieron el vicario del Opus Dei en España, Ramón Herrando y el vicario para Castillla y León, Ángel Lasheras.

Estuvo presente el Arzobispo de Burgos, Mons. Gil Hellín. El acto, al que asistieron centenares de personas, se desarrolló en un clima festivo.

Para reflejar la universalidad de la Obra, plantaron arbustos dos mujeres peruanas, Paulina Gómez y Carla Carrasco; una brasileña; un estudiante alemán; un investigador filipino; la búlgara Nevena Petrova; un profesional palestino, una familia congoleña y otra burgalesa.

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Posteriormente el Arzobispo y los vicarios de la Obra oficiaron una Misa de acción de gracias en la iglesia de San Cosme y San Damián, uno de los templos en los que el Fundador del Opus Dei solía celebrar misa con frecuencia.

La idea de dar el nombre del Fundador del Opus Dei a una calle en esa ciudad surgió en el año 2002, centenario del nacimiento de San Josemaría. En el año 2005, Carolina de Miguel propuso al Alcalde esta iniciativa en representación de diversas entidades y personas de Burgos, entre las que se encontraban: Fundación Cauce, Cartuja de Miraflores, Comunidad de religiosos Carmelitas, Asociación de antiguos alumnos en Burgos de la Universidad de Navarra, Asociación Arlanza, Centro cultural Tordomar, varios monasterios burgaleses de religiosas de Clausura, el Arzobispo Mons. Gil Hellín, Rafael Frubëck de Burgos, el superior de la comunidad de los Maristas de Burgos, etc. El Ayuntamiento decidió en el año 2006 dar ese nombre a una glorieta situada en un barrio residencial en fase de crecimiento.

San Josemaría permaneció en Burgos desde enero de 1938 hasta marzo de 1939. Se cumplen ahora 70 años del comienzo de su estancia en esta ciudad castellana. Desde Burgos se desplazaba a otras localidades españolas para seguir en contacto con los miembros de la Obra y otros jóvenes que se dirigían espiritualmente con él y que se encontraban diseminados por la península, la mayor parte de ellos en los frentes de guerra. También eran muchos los que acudían a Burgos para estar con el joven sacerdote que tanto había influido en sus vidas y al que guardaban un particular cariño.

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Los biógrafos del Fundador suelen referirse a esta etapa como “la época de Burgos”. Ciertamente fueron años de intensa oración y penitencia en los que el Fundador fue perfilando la inminente expansión de la Obra por todo el mundo, una vez que concluyera la contienda. En esa ciudad terminó de escribir “Camino”, la más conocida de sus obras. También en Burgos trabajó su tesis doctoral en derecho sobre la abadesa de las Huelgas.

Los actos conmemorativos de este aniversario comenzaron el 17 de enero con una conferencia de la burgalesa Ana Sastre, médica nutricionista y escritora. Ha sido la primera mujer que ha escrito una biografía sobre el Fundador de la Obra.

Tras la conferencia, se proyectaron varios vídeos con los testimonios de algunos burgaleses que trabajan profesionalmente en distintos países y colaboran en iniciativas apostólicas promovidas por miembros del Opus Dei como José María Martínez, profesor universitario en Texas; Pablo Gil, sacerdote que atiende labores apostólicas de la Obra en Letonia; la emocionante intervención de Teresa Peña, sobre el crecimiento de la Iglesia en Estonia; Germán Gil, profesor y músico, en Austria; Mila Herráez, desde Colombia, país por el que pidió oraciones, o la directora de Lexington College, Marta Elvira.

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Además asistieron al acto de inauguración de la glorieta:

Jaime Mateu, Delegado en Burgos de la Junta de Castilla y León, y Alfredo Velasco, Presidente de la Fundación Campolara.

Personas que participaron en la plantación de arbustos:

África: Cissé Mbongo y Annia Habimana, de la república democrática del Congo y dos kenianos. Plantaron un Junípero junto a Margarita Valenzuela y Josebe Soga, de Harambee.

América: Arturo León, de la Fundación Schola, Yabi Domínguez (Perú), Carla Carrasco (Perú), Rodrigo Soto (México) y  también otras personas de Colombia y Brasil. Plantaron una Mahonia.

Asia y Oceanía: representaron a estos dos continentes Keitzuke, de Japón; y Angelo Porciúncula, de Filipinas. Plantaron un Pitósporo, arbusto procedente de China junto a Cristina García Gallardo, de la Asociación Arlanza y un representante de Cooperación Social en Burgos.

Europa: Donat Schipp, de Alemania; y Nevena Petrova, de Bulgaria. Plantaron una Piracanta junto a Carlos Ortega, del Banco de Alimentos de Burgos, y Maribel González, de Cauce.

Burgos: el Alcalde y un matrimonio burgalés plantaron un Cotoneaster.

En el Hotel Sabadell

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

También Pedro Casciaro ha sido destinado, al fin, al acuartelamiento de Burgos. En la ciudad castellana se reúne con el Padre, José María Albareda y Paco Botella. Alquilarán una habitación en el Hotel Sabadell, situado en el número 32 de la calle de la Merced, frente al río Arlanzón. Hubieran deseado un pequeño piso para trabajar y recibir a cuantos vienen continuamente a ver al Padre, pero en estos momentos la escasez de viviendas en Burgos es enorme y encontrar un inmueble resulta empresa poco menos que imposible. Por eso, desde finales de marzo de 1938, ocupan esta habitación de un primer piso hotelero, en la que van a vivir más de ocho meses.

La carencia de medios es total. Albareda gana el sueldo mínimo en su tarea docente, como es lógico en los tiempos que transcurren; los militarizados comen en el cuartel y perciben una cantidad, casi simbólica, para atender a sus gastos personales. El Padre multiplica su actividad sacerdotal, sin recibir ningún estipendio. Juan Jiménez Vargas y Ricardo Fernández Vallespín hacen economías increíbles para girar algo de dinero a este pequeño grupo, que ha de sobrevivir y ayudar, incluso, a otros que están aún en peores condiciones monetarias.

A pesar de la situación, la generosidad y el optimismo del Padre continúan inalterables. Escribe a todos los amigos que están en las trincheras:

«Que nos pidáis con confianza libros, ropa, dinero. Os lo enviaremos enseguida con gusto. Pedid con sencillez y libertad. Muchos de vosotros nos enviáis dinero (…): esos ahorros que hacéis, para nuestra pobre caja común, tendremos verdadera alegría en emplearlos en favor de quienes pasen apuros económicos»(4).

Y a fin de que no descuiden la empresa sobrenatural a la que han sido llamados les pide, como recíproca generosidad:

«Necesitamos 50 hombres que amen a Jesucristo sobre todas las cosas»(5).

La habitación del Hotel Sabadell mide unos 28 metros cuadrados. Desde este reducido espacio van a organizar y desplegar una gran actividad. La parte más amplia del cuarto está ocupada por tres camas niqueladas de muelles ruidosos. También por un armario ropero de pequeñas dimensiones. Completan la decoración una mesa rectangular y un par de sillas. Junto a la puerta de entrada, otra estancia oscura, separada por una cortina blanca del espacio anterior, se convierte en dormitorio del Padre. Cerca de su cama hay una mesita de noche y un lavabo. Una percha sobresale clavada en la madera de la puerta.

Un mirador encristalado -y que se sitúa precisamente sobre la marquesina de la puerta de entrada al Hotel-, les comunica con el exterior. Este mirador, equipado con una mesita y dos sillones de mimbre, será la salita de recibo del Padre durante todos estos meses. Por allí pasarán muchísimas personas, de la más diversa edad y condición. De Burgos y de toda España. Hay antiguos residentes de Ferraz y amigos que, con sólo tres o cuatro días de permiso para visitar a su familia, llegan al Hotel Sabadell y dedican gran parte del tiempo a hablar largamente con el Padre. Siempre los recibe con el mismo cariño, alegría y esperanza firme en el futuro; con buen ánimo para superar la situación hasta que llegue la paz.

En ocasiones, el Padre sale de la habitación y se lleva, en larga y amistosa charla, a cualquiera de los que han venido a verle. Caminan por la orilla del Arlanzón, a veces una hora tras otra, comunicando a todos el mensaje de quien le habló al corazón -desde la adolescencia- y le dijo que había venido a pegar fuego a la tierra y que le necesitaba para propagar el incendio.

Años más tarde, don Antonio Rodilla escribe: «Durante la Guerra de España fui una vez a verle a Burgos, aprovechando la limpieza de fondos del buque de la Armada del que yo era capellán entonces. Se me saltaron las lágrimas al verle. Me lo encontré hecho un esqueleto. Estuve allí unos días con él. Vivía en absoluta pobreza» (6).

En la estrecha convivencia que impone la habitación del Hotel, se comparte todo. Por supuesto, la economía sufre bancarrota crónica. Paco lleva la contabilidad: los escasos medios en metálico se meten en una caja de madera que tuvo su primer destino como envase de un queso de Burgos que regaló un amigo. Su apertura completa es fácil: gira sobre uno de los cuatro clavos que la sujetaban en origen. Con gran humor, Paco, estudiante de Ciencias Exactas, apunta en una hoja de papel los gastos de cada día: una flecha hacia la derecha indica gasto. Después de la cantidad, anota el concepto. Una flecha hacia la izquierda, significa ingreso, seguido de las correspondientes aclaraciones.

Un día en que Albareda acierta a ojear este original sistema lo bautiza con el apodo de «la contabilidad vectorial». El Padre, al saberlo, comenta:

-«¡Vergüenza debiera daros que, entre dos matemáticos y un investigador científico, llevéis las cuentas peor que la cocinera de mi madre! »(7).

Carecen de ropa, de alimentos, de cosas indispensables. El Padre sigue echándole garbo humano a la sotana que le regaló don Marcelino Olaechea en Pamplona y a la teja, que ya ha adquirido una variante descolorida del negro primitivo. Muestra a sus hijos, con el ejemplo, cómo vivir la auténtica dignidad de la pobreza. La limpieza y el orden perfectos para mantener el clima grato a los demás, aun en las peores circunstancias.

Cada vez que Albareda sale de viaje, y es situación que se repite con frecuencia por necesidades de su trabajo, el Padre se queda solo durante el día y come poquísimo en un figón por un precio irrisorio. Así no produce gasto alguno en el hotel. Por la noche no cena. Cuando llegan Pedro y Paco, finalizado su servicio en el cuartel, sólo obtienen respuestas evasivas cuando intentan averiguar lo que ha tomado a lo largo de la jornada.

Por más que los tres presionen sobre el Padre no logran, la mayor parte de las veces, que gaste lo indispensable en su persona. Entre José María, Pedro y Paco, alguna noche consiguen llevarle andando hasta la estación de ferrocarril y allí, en una fonda, que es mucho más barata, se esfuerzan para que coma una tortilla.

A esto hay que añadir sus mortificaciones constantes, en las que no excluye la sed, ni el cansancio, ni la disciplina. Por más que lo oculta, la convivencia estrecha acaba delatando su entrega.

Un día, aprovechando una de las constantes salidas del Padre, Paco y Pedro deciden eliminar la teja, descolorida y deteriorada, para que se compre una nueva. Y, sin más preámbulos, la destruyen. A su regreso les echa una buena bronca -mezcla de afecto y reconvención sin impaciencia-, que Pedro y Paco aguantan impasibles en la satisfacción de lograr que estrene sombrero. Lo peor es que el sistema fallará con la sotana. Han decidido romperla también de arriba a abajo. Cuando vuelven del cuartel, encuentran al Padre, silencioso, cosiendo la rasgadura. A partir de aquel día usará la misma, pero habrá de ponerse encima la dulleta aunque caiga un sol caliente, para disimular la defectuosa artesanía que une las dos piezas.

Durante el tiempo de residencia en el Hotel Sabadell, el Padre celebra Misa todos los días en la capilla de las Teresianas, que está muy cerca.

Desde mediados de enero de 1939, oficia en un altar lateral, a la derecha de la nave central, en la iglesia de San Cosme y San Damián. Es de estilo barroco, con motivos de frutas talladas y policromadas, y está dedicado a la Virgen. Tiene una bella imagen de la Inmaculada, con las manos juntas y tres cabezas de ángeles en la base, alrededor de la media luna. Entre enero y marzo del 39, Pedro tiene que desplazarse a Calatayud y es Paco el que ayuda habitualmente al Padre durante el Santo Sacrificio. Y una vez más, es testigo de su piedad.

El Padre se lanza, durante el día, a un trabajo constante. Mantiene vivo el contacto con los que acuden a su dirección y consejo. No sólo cuando vuelven de los frentes y van a visitarle, sino a través de centenares de cartas y noticias que les hace llegar de modo ininterrumpido. No quiere que se sientan solos, que el peligro, el ocio o el desaliento hagan presa en ellos. Volcará su afecto en todos, sean o no de la Obra. Su caligrafía, animosa y recia, cruza Madrid, Andalucía, Castilla, Aragón… Y cuando no llegan sus letras, aparece en persona para llevar unas horas de amistad y de aliento. De esta experiencia sacará, más adelante, motivos de reflexión, de diálogo con Dios, de encuentros sucesivos con su vocación y su fe:

«No sé si tú habrás estado en la guerra. Hace ya muchos años, yo pude pisar alguna vez el campo de batalla, después de algunas horas de haber acabado la pelea; y allí había, abandonados por el suelo, mantas, cantimploras y macutos llenos de recuerdos de familia: cartas, fotografías de personas amadas… ¡Y no eran de los derrotados; eran de los victoriosos! Aquello, todo aquello les sobraba, para correr más aprisa y saltar el parapeto enemigo (…).

No olvides que, para llegar hasta Cristo se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe: manta, macuto, cantimplora. Tú has de proceder igualmente en esta contienda para la gloria de Dios, en esta lucha de amor y de paz, con la que tratamos de extender el reinado de Cristo. Por servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, debes estar dispuesto a renunciar a todo lo que sobre; a quedarte sin esa manta, que es abrigo en las noches crudas; sin esos recuerdos amados de la familia; sin el refrigerio del agua. Lección de fe, lección de amor. Porque hay que amar a Cristo así»(8).

Desde el mirador de su cuarto del hotel alcanza a ver las flechas góticas de la Catedral que se reflejan en el agua. El río pasa, poco caudaloso de ordinario, pero constante, frío, rozando unas piedras que se mantienen intactas desde el siglo XIII. Es un buen lugar éste para hablar a los que se entregan, para proyectar permanencias, lealtades y oración. Años más tarde, el Fundador del Opus Dei recordará todavía aquellas frases de «Mío Cid» que le servían de pauta en su apostolado epistolar, en su conversación con Dios:

«La oración fecha, luego cavalgava»(9).

Como la Obra. Primero junto a Dios, pidiendo fuerza y amor. Luego el trabajo duro, constante, serio. Pero iluminado con la Presencia que lo transforma siempre. Es el Cantar de gesta de lo cotidiano: convertir en endecasílabo, verso dedicado a lo heroico, la prosa diaria.

Sus cartas transmiten esta energía humana y sobrenatural.

También el afecto desbordante por sus hijos y amigos. Escribe a Tomás Alvira en febrero de 1938: «Jesús te guarde. Querido Tomás: ¡Qué ganas tengo de darte un abrazo! Mientras, te pido que nos ayudes, con tus oraciones y tus trabajos.

Yo voy corriendo de un lado a otro: acabo de venir de Vitoria y Bilbao. Y antes: Palencia, Valladolid, Salamanca y Avila. Ahora estoy curando un catarro que pesqué en el Norte. Después, voy a León y Astorga. Tomasico: ¿cuándo harás una escapada, para que nos veamos?»(10)

En junio de 1938 uno pregunta, desde el frente, dónde está el Padre durante aquellos días. Y la respuesta es expresiva:

«En el vagón de ferrocarril, o en algún coche desvencijado, por estas carreteras, o… en el frente»(11)

Porque, efectivamente, le llaman de todas partes y acude sin poner jamás pretexto de enfermedad, cansancio u ocupación más inmediata. Está siempre al servicio de la Iglesia y de las almas.

En uno de estos desplazamientos en busca de un muchacho de la Obra movilizado en los frentes andaluces, tiene el dinero justo para los trenes de regreso. No le queda prácticamente nada para comer ni para imprevistos.

Don Francisco Botella testimonia que, en febrero de 1938, estando el Padre en Burgos, un hijo suyo escribía muy de tarde en tarde y lacónicamente. Estaba en el frente de jaca, con mucha actividad bélica. Aunque el Fundador en aquellos días estaba enfermo con fiebre alta, decidió ir a verle, desafiando toda clase mde incomodidades en los precarios medios de transporte existentes.

En agosto de 1938 dirige unos Ejercicios Espirituales para Religiosas, en Vitoria. Se lo ha pedido Monseñor Lauzurica, Obispo Administrador Apostólico de la diócesis. La Hermana Elvira Vergara, que forma parte de la Comunidad, escribirá tiempo después:

«Solamente nos daba dos pláticas diarias, pero tenían tal profundidad y eran de tanta exigencia, que nos bastaban para mantenernos recogidas todo el día; no teníamos que recurrir a ningún libro que nos ayudara»(12).

Y la Hermana María Loyola Larrañaga:

«El, personalmente, pasaba horas y horas cerca del sagrario, y tenía un trato frecuente con Dios (…).

Vivía en la más absoluta pobreza: sólo tenía una sotana y en cierta ocasión, nos la dio para que se la cosiéramos; estaba hecha jirones (…). La ropa interior la tenía tan rota que no había modo de meter la aguja en un trozo de tela que no estuviese “pasada”, hasta tal punto que la Madre Juana decidió comprarle dos mudas » (13).

Y la Hermana Juana Quiroga añade:

«Estoy segura de que muchas noches no dormía o -al menos a nuestro parecer- en la cama. En efecto: las sábanas estaban sin arrugas y, aunque él dejaba la cama destapada, como si la hubiera usado, nosotras nos dábamos cuenta de que, si había dormido, no había sido en la cama. Creemos que se servía del duro suelo para descansar».

Y Ascensión Quiroga:

«A don Josemaría, a su vida santa, debo mi perseverancia en la Orden; le debo el conocimiento inapreciable del verdadero amor a Dios, la firmeza y el impulso que es capaz de tener un enamorado de Cristo»(14)

Sus cartas de este año le sitúan, alternativamente, en Santiago de Compostela, León, Teruel, Sevilla… Y en todas las ciudades ha dejado amigos, personas con las que mantiene contacto desde el Hotel de Burgos en el que apenas tiene tiempo de reposar unas jornadas entre uno y otro desplazamiento.

Ante el montón de correspondencia que llega de los que andan repartidos por España, contesta en una hoja informativa que puede servirles de respuesta conjunta:

«Qué bien reflejáis, en vuestras cartas, la alegría que os producen estas líneas: son como recibir a un mismo tiempo cartas de muchos amigos: recuerdos de muchas horas de trabajar y de reír juntos; deseos y confianzas de un nuevo y más laborioso porvenir.

Y después de la avidez y de las gratas impresiones de esta lectura, seguís pensando, ahondáis en la raíz de esta noble amistad y encontráis mucho más: más frecuente que vuestras cartas es vuestra oración diaria, cada uno por todos; más viva que vuestro recuerdo es vuestra unión (…) con la Misa que el Padre celebra por vosotros. Nunca estáis solos, y a través de estos días tan trágicamente accidentados, una misma visión de amor infinito se os ofrece»(15)

Y en junio de 1938:

«No hemos podido celebrar el mes de la Virgen como de costumbre, pero Ella -la Señora- que tanta predilección tiene por todo lo nuestro, ha recibido el obsequio de unas flores, ofrecidas en nombre de todos nosotros, el último día de mayo en un Altar olvidado»(16).

Hay, sin embargo, una imagen de la Señora que, durante este mayo de 1938, ha recibido el amor y la petición por todos del Fundador. Está pintada sobre madera y preside la habitación del Hotel Sabadell, de Burgos. Es un regalo de la familia de José María Albareda. En estos días difíciles es la mejor esperanza. Su mirada dulce es una formidable protección.

En medio de este ajetreo apostólico, el Padre no arrincona tampoco su gran vocación de estudioso, la obligación de mantener en sus hijos el estímulo constante del trabajo intelectual. Les empuja a que aprovechen el tiempo, a que estudien idiomas, a que no abandonen los conocimientos que aprendieron porque la paz, que ha de llegar algún día, les necesita en la mejor batalla de la reconstrucción y del servicio. En sus entrevistas con Obispos, profesores, intelectuales de todo nivel, pide medios que puedan llenar la vigilia y el esfuerzo de los que viven en el frente. Durante aquellos largos paseos por la orilla del Arlanzón, de Fuentes Blancas, de la Cartuja o de las Huelgas, habla de las necesidades de una juventud que ha de reincorporarse a sus quehaceres. A la seria profesión de cada día.

Recogerá esta solicitud en el punto 467 de «Camino»: «Libros. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo, y pedí libros. ¡Libros!, que son alimento, para la inteligencia católica, apostólica y romana de muchos jóvenes universitarios…». Y en una comunicación, fechada en abril de 1938: «Dieciséis profesores de Universidad y Escuelas Especiales solicitan el envío de libros para vosotros, de sus amistades, de distintos países de Europa y de América. Preparad vuestros instrumentos de trabajo (…). Pero no olvidéis que el trabajo sobrenatural de nuestra empresa necesita oración, sacrificios, frecuencia de Sacramentos»(17).

Más adelante -una vez acabada la guerra-, insiste de nuevo:

«Id orientando el estudio, que la orientación es siempre considerable ganancia de tiempo (…). No paséis por la carrera como si toda ella fuese una llanura. Buscad los relieves. Tened personalidad. Trazad vuestro surco. Y que los surcos de todos, hagan producir el campo del Padre de familias» (18).

Y una vez más:

«Pensad en todas las cosas que están por hacer, y pensad también en que no hay nada que se haga solo, sin el trabajo inteligente de alguien»(19) .

Últimos meses en Burgos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A final de 1938, la victoria del ejército nacional se hacía cada vez más evidente. En abril, Franco había conseguido cortar la zona republicana: Cataluña quedó separada de Madrid y Valencia. Sólo una masiva participación de fuerzas extranjeras podía impedir la toma de Madrid por los nacionales, con su consiguiente victoria. Las democracias europeas estaban lejos de intervenir decisivamente en España y su aquiescencia a la ocupación de los Sudetes por Alemania dejó claro que no emprenderían acciones para salvar la República.

Durante los últimos meses de la guerra, Escrivá se ausentaba con frecuencia de la ciudad para visitar a los miembros de la Obra y otros jóvenes con los que había tenido contacto en Madrid. Cuando estaba en Burgos, con frecuencia caminaba hasta el Monasterio de Las Huelgas para trabajar allí en su tesis doctoral en Derecho, que había tenido que empezar de nuevo ya que todo el material reunido años antes se perdió al estallar al Guerra Civil. También se dedicó a ampliar el libro de puntos meditación que había publicado en 1934 con el título de “Consideraciones espirituales”. La nueva versión llevaría el título de “Camino” y se publicaría poco después de la guerra, en septiembre de 1939.

Escribía con frecuencia a los miembros de la Obra y sus amigos sobre el desarrollo de la labor apostólica que pronto llevarían a cabo, si eran fieles a lo que Dios quería de ellos. En una carta del 10 de diciembre de 1938 se lee: “(…) no hay más que motivos de optimismo, mirándolas con completa objetividad. Claro que esto es así, si todos procuramos cumplir con alegría nuestro deber”[1]. Y a los pocos días: “¡La oración! No dejarla por nada. Mira que no tenemos otra arma”[2]. El 23 de diciembre abría su corazón: “Hoy escribo a toda la familia, (…) pocas cartas porque somos pocos. Me acongoja pensar que por mi culpa. ¡Oh, qué buen ejemplo quiero –eficazmente- dar siempre! Ayúdame a pedir perdón al Señor, por todos los que di malos, hasta ahora”[3]. El día anterior había escrito a Fernández Vallespín: “(…) espero –para pronto- cambios notables, que faciliten la labor familiar.

Y los espero sólo de la bondad de Dios, porque yo cada día me veo más miserable.

Pasé hoy un mal rato.

Ya estoy optimista, contento, lleno de confianza. ¡Es tan bueno!

En estos días, ayúdame a pedirle: perseverancia, alegría, paz, espíritu ‘de sangre’, hambre de almas, unión…: para todos.

¡Ay, Ricardo, qué bien andaría la cosa si tú y yo –¡y yo!- le diéramos todo lo que nos pide!

Oración, oración y oración: es la mejor artillería.

Y amor al dolor. Entonces, ¿quién dijo miedo? Omnia vestra: todo será nuestro”[4].

[1] AGP P03 1986 p. 542

[2] Ibid. p. 542

[3] Ibid. p. 543-544

[4] Ibid. p. 544

Reunión temporal en Burgos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Aunque, evidentemente, no se trataba de la primera vez que se veían del Portillo, Alastrué y Rodríguez Casado con los otros de la Obra que estaban en Burgos, el reencuentro fue muy emocionante. Casciaro y Botella no les habían visto desde hacía dos años y medio. Escrivá, hacía más de un año.

Pero no habría de durar mucho el reencuentro en Burgos. Poco antes de la llegada de los fugitivos, Alvareda se había trasladado a Vitoria, donde había conseguido una plaza de profesor de bachillerato. A los pocos días, del Portillo fue enviado a la Academia de Ingenieros para su instrucción como oficial. Estaba a pocos kilómetros de Burgos, pero se le exigía vivir allí. En noviembre, Rodríguez Casado fue destinado a Zaragoza, a la Academia de Suboficiales, también del cuerpo de ingenieros. A comienzos de diciembre, Casciaro fue trasladado a las oficinas del Ejército en Calatayud, a unos 150 kilómetros de Burgos. Al terminar el periodo de instrucción, del Portillo fue enviado a Cigales, un pueblo cercano a Valladolid, donde se encontró con Rodríguez Casado.

A mediados de diciembre, sólo quedaban en Burgos Escrivá y Botella. Sin duda les hubiera gustado alquilar un pequeño apartamento. Estaban deseosos de abandonar el Hotel Sabadell. Como no tenían dinero para pagar las cuatro camas de la habitación, les obligaron a compartir su espacio con otros. Escrivá dejó reflejado en su diario lo insostenible de esa situación: “Esto no podía seguir así: ni trabajar, ni llevar nuestra correspondencia, ni tener con libertad una visita, ni dejar confiadamente los papeles de nuestros negocios en la habitación…, ni un minuto de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior… Además: cada día gente distinta. ¡Imposible! Pedí solución al Señor, en la Misa”[1].

Poco antes de la Navidad, encontraron una habitación en una pensión, donde permanecieron hasta el final de la guerra. El edificio no tenía calefacción y su mobiliario era en su mayor parte provisional. Por ejemplo, la cajonera estaba montada sobre una columna de carretes de hilo vacíos pegados entre sí. Pero lo importante era que sólo costaba cinco pesetas diarias y que, al fin, tendrían una cierta intimidad.

[1] Ibid. p. 538

Grabado en piedra

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá llevaba con frecuencia a jóvenes y mayores a pasear por la orilla del río Arlazón. En sus conversaciones, les insistía en que fuesen hombres de oración y que intentaran convertir todo lo que hicieran en trabajo de Dios. Para ilustrar el consejo, solía llevarlos a visitar las torres de la catedral gótica de Burgos. Muy por encima del nivel de la calle, donde apenas se podía ver, había “un auténtico encaje de piedra, fruto de una labor paciente, costosa”[1]. Mientras admiraban la bella ornamentación, Escrivá les recordaba que “aquella maravilla no se veía desde abajo”. Decía: “¡Esto es el trabajo de Dios, la Obra de Dios!: acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de estas delicadas blondas de piedra. Comprendían, ante esa realidad que entraba por los ojos, que todo eso era oración, un diálogo hermoso con el Señor. Los que gastaron sus energías en esa tarea sabían perfectamente que desde las calles de la ciudad nadie apreciaría su esfuerzo: era sólo para Dios”[2]. Adaptando la lección a las circunstancias específicas de los acompañantes, les urgía a que “aprovecharan el tiempo con tareas útiles; a que la guerra no constituyese como una especie de paréntesis cerrado en su vida; les pedía que no se abandonaran, que hicieran lo posible por no convertir la trinchera y la garita en una especia de sala de espera de las estaciones de ferrocarril de entonces, donde la gente mataba el tiempo, aguardando a aquellos trenes que parecía que no iban a llegar nunca”[3]. [1] AGP P03 1984 p. 247 [2] Ibid. p. 247 [3] Ibid. p. 241-242

Pobreza y penitencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La profunda fe en la providencia amorosa de Dios hacía que Escrivá y los demás no perdieran la alegría, a pesar de los sufrimientos pasados en Burgos. Todos sufrían por el alejamiento de sus familias, que se encontraban en situaciones difíciles, y por no tener medios de saber algo de su suerte.

La situación económica era desesperada. Casciaro y Botella comían en el cuartel para no gastar. Ganaban sólo dos pesetas al día. La habitación del Hotel Sabadell costaba dieciséis por noche. Albareda cobraba un poco más, pero se encontraba lejos de estar bien pagado. Los miembros de la Obra en otras partes de España y los amigos de DYA enviaban lo que podían para ayudarles a sostener los apostolados, pero la mayoría de ellos no podía contribuir con mucho. Inspirado por el consejo del salmo 54, “Encomienda a Dios tus afanes, que Él te sustentará”, Escrivá renunció a los estipendios por decir Misa o predicar. En una carta al vicario general de la diócesis de Madrid, escribía: “He hecho el propósito serio de no recibir nunca estipendios para Misas, que eran la única entrada económica que podía tener ahora. Así puedo celebrar, con frecuencia, por mi Señor Obispo y por mi vicario general, y por estos hijos de mi alma…, y por mí, Sacerdote pecador”[1].

Su armario da una idea de su situación financiera. El Ejército proveía de muy poca ropa a los soldados, que debían arreglárselas como pudieran. Tenían una camiseta de lana que les habían dado unas monjas en su camino a San Sebastián. Era muy larga y llevaba bordadas las iniciales de su anterior propietario. Un día, con sus pantalones militares, las botas y la camiseta interior colgándole hasta casi las rodillas, Casiaro decidió que parecía un soldado medieval y comenzó a imitar a Sigfrido en la ópera de Wagner, para diversión de Albareda y Botella. Desde entonces la llamaron “la camiseta de Sigfrido”. También pusieron nombres a los cinco pijamas que tenían para los cuatro. Se turnaban para cambiárselos mientras el de sobra se lavaba.

Escrivá tenía un manteo, la sotana que le había dado el obispo Olaechea y un sombrero negro de fieltro, también del obispo. A pesar del duro frío del invierno, rehusó comprarse un jersey o una bufanda o cambiar la sotana o el sombrero, los cuales estaban ya muy desgastados. Por fin, Botella y Casciaro cortaron el sombrero en pequeños trozos que enviaron a los otros miembros de la Obra y a sus amigos, como recordatorio de que debían rezar por Escrivá. Esto no le dejó más opción que comprarse uno nuevo.

Sus intentos para obligarle a comprar una nueva sotana tuvieron menos éxito. Un día de agosto de 1938, antes de irse al cuartel, rasgaron la espalda de su vieja sotana. Cuando volvieron, sin embargo, le encontraron inclinado sobre ella, cosiéndola pacientemente. El arreglo fue tan defectuoso que, cuando salía a la calle, debía usar el manteo para cubrir la sotana hecha trizas, y esto en pleno verano. Pasó mucho tiempo hasta que lograron convencerle de que se hiciera una nueva sotana.

A pesar de su penuria, ayudaban a otros. En su carta del 9 de enero a los miembros de la Obra, Escrivá se prestaba a enviarles dinero, manuales para estudiar idiomas, crucifijos y cualquier otro objeto religioso que necesitaran. La hoja informativa enviada en marzo de 1938 a los antiguos residentes y estudiantes de DYA ofrecía ayuda financiera a aquellos que la necesitaran: “Que nos pidáis con confianza libros, ropa, dinero. Os lo enviaremos enseguida con gusto. Pedir con sencillez y libertad. Muchos de vosotros nos enviáis dinero, para nuestra empresa: esos ahorros que hacéis, para nuestra pobre caja común, tendremos verdadera alegría en emplearlos a favor de quienes pasen apuros económicos”[2].

También agasajaban a los visitantes que llegaban a Burgos. Una mañana después de Misa llevaron a desayunar a un joven oficial que estaba de paso en la ciudad. Más tarde Casciaro se quejó porque el joven se había tomado varias tazas de chocolate y unos cuantos bollos. Riendo, Escrivá le excusó y dijo que simplemente no había calculado bien: terminaba un bollo mientras todavía le quedaba chocolate y acababa el chocolate cuando todavía le quedaba parte del bollo…

Como había hecho en Madrid, Escrivá continuó practicando un rigoroso espíritu de mortificación y penitencia, mucho más allá de las incomodidades y limitaciones impuestas por la pobreza y la estrechez de la pequeña habitación, compartida por cuatro personas.

Muchas noches dormía en el suelo, usando su breviario como almohada. Cuando Albareda estaba en la ciudad, normalmente comía con él, mientras Casciaro y Botella comían en el cuartel. Pero en las frecuentes ocasiones en que Albareda estaba fuera de Burgos, se privaba de todas las comidas o tomaba muy poca cosa en un restaurante barato. Solía comprar unos cuantos céntimos de cacahuetes para que, cuando Casciaro le preguntara si había comido, pudiera contestarle que sí. Por las tardes, a veces, aceptaba tomar una peseta de tortilla en la cantina de la estación del ferrocarril; pero muchas otras, cuando Casciaro y Botella trataban de llevarle a que comiera algo, rehusaba, insistiendo en que no tenía hambre.

Muchos días, incluso, se privaba de beber agua. Una vez, Casciaro, que pensaba que Escrivá se estaba excediendo en su mortificación, le alcanzó un vaso de agua y le ordenó que lo bebiera. Cuando Escrivá lo rechazó, diciendo que se estaba extralimitando, Casciaro respondió que si no bebía el agua dejaría caer el vaso. Escrivá no cedía; soltó el vaso y se hizo añicos al caer. Imitando su tono de voz, Escrivá dijo pacientemente: “¡Rabioso!”. Unas horas más tarde, cuando se preparaban para ir a la cama, dejó caer, con afecto: “Lleva cuidado y no andes descalzo; no vaya a haber algún trozo de vidrio en el suelo”[3].

A pesar de la negativa de Escrivá, Casciaro y Botella perseveraban en sus intentos de que se cuidara más y moderara su penitencia. A finales de abril de 1938, Escrivá escribió a Jiménez Vargas para que les hiciera desistir:

“Querido Juanito: Por muchos motivos, creí y continúo creyendo que conviene que me entreviste contigo. Sin embargo, si el Señor no lo arregla, Él siempre sabe más.

Antes de nada, como sé que estos pequeños te han enviado una famosa carta, en la que hablan de mi plan de vida, he de decirte que ellos van con la más recta intención, pero, sin darse cuenta, le hacen el juego al enemigo.

Y, naturalmente, ante las intromisiones -a veces, incluso un poco violentas- llenas de afecto y… desorbitadas, escarmentado por la experiencia de meses, en lugar de tratar el negocio de palabra, les puse unas líneas secas, a estos niños, y creo han escrito a Ricardo y te han escrito a ti.

Conste que yo -aunque no tengo en Burgos Director- nada he de hacer que suponga abiertamente peligro para la salud: no puedo, sin embargo, perder de vista que no estamos jugando a hacer una cosa buena…, sino que, al cumplir la Voluntad de Dios, es menester que yo sea santo ¡cueste lo que cueste!,… aunque costara la salud, que no costará.

Y esta decisión está tan hondamente enraizada -veo tan claro- que ninguna consideración humana debe ser obstáculo, para llevarla a efecto.

Te hablo con toda sencillez. Motivos hay: porque has convivido conmigo más que nadie, y de seguro comprendes que necesito golpes de hacha.

Por tanto hazme el favor de tranquilizar a estos pequeños, con un sinapismo de los tuyos”[4].

Escrivá animaba a los miembros de la Obra y a las demás personas que dirigía espiritualmente a practicar el espíritu de penitencia y mortificación, especialmente en las pequeñas cosas de cada día. No sugería que siguieran los rigurosos ayunos y otras penitencias que él practicaba. Al contrario, se preocupaba de que comieran lo suficiente. En una carta de agosto de 1938 a sus hijos en Burgos, escrita mientras estaba de paso en Ávila, decía a Botella: “Me has de dar cuenta, al escribirme, de si meriendas o no: es una vergüenza que todavía hubiera, en el armario, unas latas de conserva. Que te compren botes pequeños de mermelada: un bote de esos, con un panecillo, puede solucionarte la ‘obediencia’ algunas tardes”[5]. Dirigiéndose a Casciaro, añadió: “Encárgate de eso y comprarle queso en porciones. Y los dos –tú te estás quedando en los huesos, con mucha elegancia- ‘debéis’ animaros y no dejar de merendar ni un solo día. ¿Está claro? A José María no le digo nada sobre este asunto, porque espero que no dará lugar: para eso no tiene tres añitos, como los otros”[6].

[1] AGP P03 1984 p. 240

[2] Ibid. p. 34

[3] Pedro Casciaro. Ob. cit. p. 151

[4] Ibid. p. 152-53

[5] AGP P03 1985 p. 347

[6] Ibid. p. 347

Traslado a Burgos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El 7 de enero de 1938, Escrivá dejó Pamplona. Indicó a Botella y Casciaro que hicieran todo lo posible para que les enviaran a Burgos. Pasó por Vitoria y llegó a Burgos el día 8. Empezaba una nueva etapa en la vida del Opus Dei. Después de un año y medio de forzosa inactividad era preciso reconstruir el apostolado y poner los fundamentos de la nueva expansión. La primera tarea de Escrivá fue escribir una larga carta a los miembros de la Obra para ofrecerles “luces y aliento, y medios, no sólo para perseverar en nuestro espíritu, sino para santificaros con el ejercicio del discreto, eficaz y varonil apostolado que vivimos, a la manera del que hacían los primeros cristianos”[1].

El 9 de enero de 1938 les escribía: “No hay imposibles: omnia possum… ¿Olvidaréis nuestros diez años de consoladora experiencia?… ¡Vamos, pues! ¡Dios y audacia!”[2]. Les invitó a atender a su vida espiritual a través de la oración, mortificación y presencia de Dios y a meditar frecuentemente en la realidad de ser hijos de Dios, que no estaban solos, sino que eran “eslabones de una cadena”[3].

El sentido de comunión de unos con otros y con él es un tema recurrente en la carta. Su amor por la Obra debía manifestarse, les dijo, en la preocupación por el Padre y por sus hermanos en el Opus Dei. Les urgió a vivir “cada día, con especial interés, una particular Comunión de los Santos”[4] con los demás miembros de la Obra. Les sugirió que se propusieran rezar por él, sacrificarse por él y unirse a él. Al mismo tiempo les pidió que pusieran en práctica unos con otros el consejo de San Pablo a los Gálatas: “Con respecto al Padre: orar por él, sacrificarme por él, unirme en todo a él. Con respecto a mis hermanos: poner en práctica la doctrina, tantas veces inculcada: alter alterius onera portate, et sic adimplebitis legem Christi”[5]. Y también les animó a mantener correspondencia, “aunque no tengas nada que decir”[6], con él y los demás de la Obra. Y se ofrecía: “Si te hago falta, llámame. Tienes el derecho y el deber de llamarme. Y yo, el deber de acudir, por el medio de locomoción más rápido”[7].

Para ayudarles a aprovechar el tiempo, les animó a estudiar lenguas extranjeras y, cuando fuera posible, a realizar algún trabajo profesional o artístico. Volviendo al apostolado, les trazó un posible plan:

“1. Tu vida interior, que obtiene gracia para que sea eficaz el trabajo de los que estamos libres.

2. Tu buen ejemplo, con virilidad.

3. Busca un amigo, o dos o tres. Más, no. Y que cada uno de estos amigos busque a otro, para llevarlo por nuestro camino. No me digas que no puedes: dime, mejor, que no pones los medios.

4. Escribe a nuestros chicos de San Rafael o a los nuestros de San Gabriel: y llévalos a la frecuencia de Sacramentos; al amor a la Obra; al proselitismo; y a ayudar, ahora, económicamente nuestra empresa sobrenatural.

5. Procura mover, a nuestros amigos, a escribir quincenalmente a Burgos, y a hacer visitas periódicas al Padre: en cuanto pueda ser, se les recibirá en nuestra Casa de San Miguel en Burgos”[8].

Al final de la carta, les indicó que incluyeran una petición por el Padre en las preces de la Obra que les había enseñado.

En Burgos, Escrivá contrajo una fiebre persistente, con tos y ronquera, que le hizo temer que padeciera una tuberculosis. Nunca se había preocupado de su propia salud, pero lo contagioso de esa enfermedad haría imposible que siguiera tratando estrechamente a gente joven. Vallespín y Botella le convencieron para que consultara a un especialista del pulmón, a pesar de su reticencia a gastar dinero en sí mismo. Éste le dijo que, aunque no había contraído una tuberculosis, sí tenía un serio problema respiratorio y debía consultar al especialista de nariz y garganta. El doctor no pudo determinar la raíz de su persistente tos y fiebre y concluyó que, fuera lo que fuera su mal, estaba “en tierra de nadie”.

En la carta del 9 de enero de 1938, Escrivá dejaba entrever su deseo de alquilar un piso que les proporcionara un mínimo de intimidad y la independencia necesarias para recibir visitas. Aquel deseo, sin embargo, no se cumpliría. Burgos rebosaba con más del doble de su población habitual en tiempos de paz. Aun teniendo dinero, habría sido difícil encontrar algo. Albareda consiguió una pequeña suma, pero como decidieron gastar la mayor parte en un cáliz y un sagrario para el próximo centro de la Obra, dondequiera que estuviese, Escrivá y él se conformaron con una habitación en una pensión modesta.

Escrivá quería partir inmediatamente para ver a miembros de la Obra, antiguos residentes y estudiantes de DYA, y a los obispos de las ciudades por donde pasara. Antes necesitaba obtener un salvoconducto que le permitiera moverse libremente. En 1931 Escrivá había conocido al general Luis Orgaz, vecino de la familia a cuya casa había trasladado el Santísimo Sacramento durante la quema de conventos en Madrid. Le había visitado más tarde, mientras estaba en prisión por su participación en el fallido golpe de 1932. Orgaz estaba ahora destinado en Burgos como jefe de Instrucción y Reclutamiento. Escrivá también conocía al general Martín Moreno por una de sus hijas. Estos contactos, y las facilidades normalmente concedidas a los sacerdotes en la zona nacional, le permitieron obtener el pase que necesitaba. Durante enero y febrero viajó a Valladolid, Ávila, Bilbao, León, Zaragoza y Pamplona.

[1] AGP P01 1984 p. 85-86

[2] Ibid. p. 86

[3] Ibid. p. 88

[4] Ibid. p. 89

[5] Ibid. p. 90-95

[6] Ibid. p. 90-95

[7] Ibid. p. 96

[8] Ibid. p. 92-93

Últimos meses en Burgos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A final de 1938, la victoria del ejército nacional se hacía cada vez más evidente. En abril, Franco había conseguido cortar la zona republicana: Cataluña quedó separada de Madrid y Valencia. Sólo una masiva participación de fuerzas extranjeras podía impedir la toma de Madrid por los nacionales, con su consiguiente victoria. Las democracias europeas estaban lejos de intervenir decisivamente en España y su aquiescencia a la ocupación de los Sudetes por Alemania dejó claro que no emprenderían acciones para salvar la República.

Durante los últimos meses de la guerra, Escrivá se ausentaba con frecuencia de la ciudad para visitar a los miembros de la Obra y otros jóvenes con los que había tenido contacto en Madrid. Cuando estaba en Burgos, con frecuencia caminaba hasta el Monasterio de Las Huelgas para trabajar allí en su tesis doctoral en Derecho, que había tenido que empezar de nuevo ya que todo el material reunido años antes se perdió al estallar al Guerra Civil. También se dedicó a ampliar el libro de puntos meditación que había publicado en 1934 con el título de “Consideraciones espirituales”. La nueva versión llevaría el título de “Camino” y se publicaría poco después de la guerra, en septiembre de 1939.

Escribía con frecuencia a los miembros de la Obra y sus amigos sobre el desarrollo de la labor apostólica que pronto llevarían a cabo, si eran fieles a lo que Dios quería de ellos. En una carta del 10 de diciembre de 1938 se lee: “(…) no hay más que motivos de optimismo, mirándolas con completa objetividad. Claro que esto es así, si todos procuramos cumplir con alegría nuestro deber”[1]. Y a los pocos días: “¡La oración! No dejarla por nada. Mira que no tenemos otra arma”[2]. El 23 de diciembre abría su corazón: “Hoy escribo a toda la familia, (…) pocas cartas porque somos pocos. Me acongoja pensar que por mi culpa. ¡Oh, qué buen ejemplo quiero –eficazmente- dar siempre! Ayúdame a pedir perdón al Señor, por todos los que di malos, hasta ahora”[3]. El día anterior había escrito a Fernández Vallespín: “(…) espero –para pronto- cambios notables, que faciliten la labor familiar.

Y los espero sólo de la bondad de Dios, porque yo cada día me veo más miserable.

Pasé hoy un mal rato.

Ya estoy optimista, contento, lleno de confianza. ¡Es tan bueno!

En estos días, ayúdame a pedirle: perseverancia, alegría, paz, espíritu ‘de sangre’, hambre de almas, unión…: para todos.

¡Ay, Ricardo, qué bien andaría la cosa si tú y yo –¡y yo!- le diéramos todo lo que nos pide!

Oración, oración y oración: es la mejor artillería.

Y amor al dolor. Entonces, ¿quién dijo miedo? Omnia vestra: todo será nuestro”[4].

[1] AGP P03 1986 p. 542

[2] Ibid. p. 542

[3] Ibid. p. 543-544

Reunión temporal en Burgos

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Aunque, evidentemente, no se trataba de la primera vez que se veían del Portillo, Alastrué y Rodríguez Casado con los otros de la Obra que estaban en Burgos, el reencuentro fue muy emocionante. Casciaro y Botella no les habían visto desde hacía dos años y medio. Escrivá, hacía más de un año.

Pero no habría de durar mucho el reencuentro en Burgos. Poco antes de la llegada de los fugitivos, Alvareda se había trasladado a Vitoria, donde había conseguido una plaza de profesor de bachillerato. A los pocos días, del Portillo fue enviado a la Academia de Ingenieros para su instrucción como oficial. Estaba a pocos kilómetros de Burgos, pero se le exigía vivir allí. En noviembre, Rodríguez Casado fue destinado a Zaragoza, a la Academia de Suboficiales, también del cuerpo de ingenieros. A comienzos de diciembre, Casciaro fue trasladado a las oficinas del Ejército en Calatayud, a unos 150 kilómetros de Burgos. Al terminar el periodo de instrucción, del Portillo fue enviado a Cigales, un pueblo cercano a Valladolid, donde se encontró con Rodríguez Casado.

A mediados de diciembre, sólo quedaban en Burgos Escrivá y Botella. Sin duda les hubiera gustado alquilar un pequeño apartamento. Estaban deseosos de abandonar el Hotel Sabadell. Como no tenían dinero para pagar las cuatro camas de la habitación, les obligaron a compartir su espacio con otros. Escrivá dejó reflejado en su diario lo insostenible de esa situación: “Esto no podía seguir así: ni trabajar, ni llevar nuestra correspondencia, ni tener con libertad una visita, ni dejar confiadamente los papeles de nuestros negocios en la habitación…, ni un minuto de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior… Además: cada día gente distinta. ¡Imposible! Pedí solución al Señor, en la Misa”[1].

Poco antes de la Navidad, encontraron una habitación en una pensión, donde permanecieron hasta el final de la guerra. El edificio no tenía calefacción y su mobiliario era en su mayor parte provisional. Por ejemplo, la cajonera estaba montada sobre una columna de carretes de hilo vacíos pegados entre sí. Pero lo importante era que sólo costaba cinco pesetas diarias y que, al fin, tendrían una cierta intimidad.

[1] Ibid. p. 538

Por tren y por carta

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En la época de Burgos, Escrivá no se quedaba sentado esperando a la gente. Viajaba frecuentemente para ver a los miembros de la Obra y a quienes necesitaban especialmente su ayuda. A las pocas semanas de llegar a Burgos recibió la noticia de que Carlos Aresti, un antiguo residente de Ferraz, había sido gravemente herido y estaba en un hospital en Bilbao. Llegó justo a tiempo de ayudarle espiritualmente y permaneció con él hasta que murió.

En abril fue a Córdoba para visitar a un joven miembro de la Obra del que había perdido el contacto desde el comienzo de la guerra. Cuando fue a comprar el billete de vuelta, el empleado de la ventanilla le dijo que sólo quedaban de segunda clase y que era muy improbable que devolvieran alguno de tercera. Escrivá no tenía suficiente dinero: si iba en segunda, sólo podría llegar hasta Salamanca. Volvió a intentarlo más tarde después de haberse encomendado a su Ángel Custodio. El empleado, sorprendido, le dijo que en ese momento estaban disponibles doce de billetes de tercera. Llegó a Burgos al cabo de treinta y seis horas. Pasó dos noches sentado en los bancos de madera del maloliente y concurridísimo vagón de tercera clase, en el que se colaba por las ventanas el humo y el hedor del motor.

El 9 de mayo de 1938 partió al frente de Teruel para visitar a Jiménez Vargas. Aunque había salido de Burgos en el tren de la mañana, no llegó a Zaragoza hasta la medianoche, y todavía le quedaban unos 150 kilómetros para llegar. Necesitó cinco días para llegar a su destino. El viaje de vuelta fue igualmente lento. Hizo varias paradas en el camino para ver a otra gente. Cuando estuvo de regreso en Burgos era 25 de mayo.

Desde Burgos, Escrivá y los miembros de la Obra mantenían correspondencia con mucha gente. En marzo de 1938 volvieron a editar la sencilla hoja informativa “Noticias”, que habían estado mandando a los residentes y amigos de DYA durante el verano anterior a la guerra. Al principio, las imprimieron en León, gracias a la gestión de un sacerdote amigo que disponía de una primitiva máquina. Pero se rompió en octubre de 1938 y, desde entonces, tuvieron que elaborar la hoja informativa haciendo copias a carboncillo en la máquina de escribir.

En la circular se daban noticias sobre dónde estaba y qué hacía cada uno de los que se sabía algo. También, comentarios espirituales y palabras de ánimo. En el número de marzo, por ejemplo, Escrivá apuntaba: “La Revolución no ha interrumpido nuestra labor. Seguimos trabajando –como es natural y como es sobrenatural- con el mismo empeño de siempre. ¡Diez años de trabajo! Dentro del undécimo, que comenzará pronto, Jesús y yo esperamos mucho de vosotros. Ahora mismo en el cuartel, en la trinchera, en el parapeto, en el forzoso descanso del hospital, con vuestra oración y vuestra vida limpia, con vuestras contradicciones y con vuestros éxitos, ¡cuánto podéis influir en el impulso de nuestra Obra! Vivamos una particular comunión de los santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora de la pelea con las armas, la alegría y la fuerza de no estar solo”[1].

En mayo, el mes que la Iglesia dedica a la Virgen María, les recomendaba: “Sale este número de ‘Noticias’ en pleno mes de mayo, mes de María. Cansados estáis de leer y oír contar que nunca los cruzados se lanzaron a la lucha sin encomendarse de un modo especial a la Señora. Tal vez este mes sea singularmente duro para algunos: noches de parapeto, largas caminatas, cansancio… Y en todo caso no faltarán cosas pequeñas: todo esto vamos a ofrecerlo en sustitución ventajosa de aquellas flores que siempre adornaban la imagen de la Santísima Virgen –Spes nostra, Sedes Sapientiae- en nuestro oratorio de Ferraz. ¡Que ella os guarde!”[2].

Además de enviarles la hoja informativa cada mes, Escrivá, Casciaro y Botella mandaban muchas cartas personales a antiguos residentes y amigos, especialmente a aquellos que se encontraban en situaciones difíciles. En junio de 1938 Escrivá decía a Alejandro de la Sota, que había caído enfermo: “No sé a qué atribuir tu silencio. Pienso que quizá continúas enfermo… y eso no te excusa, porque, sabiendo cuánto y cómo se te quiere, puedes desahogarte con cartas largas y hondas, seguro de que te habrían de entender y sabríamos escribirte con frecuencia otras cartas de la misma extensión e intensidad.

¡Alejandro! Conste, pues, que espero pronto noticias tuyas (…). Si tú no vienes, me basta saber que deseas que vaya a verte, para que me tengas pronto por esa bendita Galicia. Tú tienes la palabra.

Acuérdate de aquella ‘teoría’, que os explicaba en Madrid, y ponla en ‘práctica’: Di muy bajito: ‘Bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor, ¡glorificado sea el dolor!’”[3].

En algunas ocasiones, en las cartas a sus hijos, especialmente a aquellos que se habían unido a él hacía más tiempo, Escrivá les abría el corazón y les dejaba ver algo de su vida interior y de oración. En una carta a Jiménez Vargas a comienzos de junio de 1938, por ejemplo, escribía: “Esta mañana, camino de las Huelgas, a donde fui por hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo: la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor. Y allí me tienes: todo el día entre besos y adoraciones. ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! Pídele tú que Él me dé el verdadero amor suyo: así quedarán bien purificadas todas mis otras afecciones. No vale decir: ¡corazón, en la Cruz!: porque, si una herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las Cinco abiertas en el madero? ¡Corazón, en la Cruz!: Jesús mío, ¡qué más querría yo! Entiendo que, si continúo por este modo de contemplar (me metió san José, mi Padre y Señor, a quien pedí que me soplara), voy a volverme más chalao que nunca lo estuve. ¡Prueba tú!”[4].

A terminar el verano de 1938, no se veía en el horizonte el final de la guerra. La victoria de los nacionales parecía segura, de no haber una intervención internacional a gran escala a favor de la República. En otoño el grupo de Burgos creció gracias a la llegada de del Portillo y otros miembros de la Obra que habían conseguido escapar de Madrid y cruzar el frente. Su peripecia se cuenta a continuación.

[1] AGP P03 1983 p. 550-551

[2] AGP P03 1984 p. 337

[3] Ibid. p. 332-333

[4] Ibid. p. 335


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