Sobre el mar

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El día 21 de junio de 1946 el Padre embarca en el J.J. Sister a primera hora de la tarde. Es un viejo barco con una placa que recuerda los años marineros que ha vencido su casco: 1896. Es decir, que lleva medio siglo de brega con las olas. Cubre la línea regular Barcelona-Génova y, a pesar de los buenos oficios de la Compañía Transmediterránea, no se ha podido encontrar más que un camarote interior para que el Fundador vaya a Italia. José Orlandis, que ha regresado a España a finales de mayo, le acompañará en esta travesía. Cuando el barco inicia la maniobra y enfila la salida del puerto, un pequeño grupo de hombres despiden, con una oración, la estela de su popa.

Desde la víspera, sopla un fuerte viento del norte -la tramontana- que hoy se ha hecho más violento. El camarote es mínimo, con dos literas. Al llegar al Golfo de León un furioso temporal sacude a la nave durante casi veinte horas. Desde el camarote se oyen rodar, de un sitio a otro, los muebles de la cámara superior y hacerse añicos buena parte de la vajilla en el comedor. Las olas barren literalmente la cubierta. El Padre lo pasa muy mal en este su primer viaje marítimo; no podrá descansar un solo instante en toda la noche. Pero en ningún momento pierde el buen humor. Cuando el barco se coloca en posiciones inverosímiles por la fuerza del viento y del agua, comenta:

-«¿Sabes lo que te digo? ¡Pues que si nos vamos al fondo y nos comen los peces, Perico Casciaro (…) no vuelve a probar la pescadilla en toda la vida! »(9).

-«¡Hay que ver de qué manera el diablo ha metido el rabo en el Golfo de León! Está visto que no le hace ninguna gracia que lleguemos a Roma! » (10).

A primera hora de la tarde del sábado todo amaina, y pueden subir un rato a cubierta. Es un alivio respirar algo de aire marino después de tantas horas de encierro. Sólo ahora el Padre podrá tomar un café con galletas, como único alimento durante toda la travesía.

Después de sortear, incluso, una de las numerosas minas que bogan perdidas como residuo de la guerra, el J.J. Sister llega a Génova ya muy entrada la noche del sábado 22 de junio. En el muelle, don Alvaro y Salvador esperan desde hace muchas horas.

-«¡Aquí me tienes (… ); ¡ya te has salido con la tuya!»(11)

Es lo primero que dice, lleno de cariño y con un gran abrazo, a su hijo Alvaro.

Al día siguiente, domingo, celebra su primera Misa en suelo italiano. Don Alvaro oficia el Santo Sacrificio, también, en una capilla lateral de la misma iglesia.

El viaje de Génova a Roma transcurre sin la menor novedad. Está cayendo aún el crepúsculo sobre Roma -son las nueve de la tarde- cuando, en un recodo de la Vía Aurelia, aparece recortada en el horizonte la Cúpula de San Pedro. El Padre se conmueve visiblemente y reza, en voz alta, paladeándolas despacio, las palabras del Credo.

Poco después, llegan al piso que don Alvaro ha alquilado en la Piazza di Cittá Leonina, junto al Vaticano. Suben la escalera de mármol hasta el ático y entran en el vestíbulo. En un ángulo, un velador con varios asientos da la bienvenida de modo acogedor. El oratorio es pequeño, pero ha sido instalado con amor y dignidad. El comedor se asoma a la Plaza de San Pedro por una galería corrida: a la derecha se alzan los Palacios Apostólicos y, muy cerca, se ve la ventana iluminada de la Biblioteca privada del Papa.

Aquí viven, adaptándose a las reducidas dimensiones del inmueble, Salvador Canals, Ignacio Sallent y Armando Serrano.

Esta primera noche, el Padre no se acuesta. Sentado en la galería, frente a la Basílica de San Pedro, pasará en oración sus primeras horas romanas. Desde la oscuridad se abre, con la oración del Padre, un nuevo capítulo de la historia de la Obra.

Hoy, una vez desguazado el J.J. Sister, se conservan en Diego de León, en Madrid, la rueda del timón y bitácora con la aguja que señala su rumbo camino de Roma; esa ruta difícil que era, sin embargo, el camino de Dios.

Hacia el futuro

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En abril de 1942 se alquila una casa de dos plantas en el número 19 de la calle Jorge Manrique, que sirva de apoyo para la labor apostólica de aquel grupo de mujeres que han recibido la vocación al Opus Dei. Nisa González y Encarnita Ortega se encargarán de dirigir la marcha de este Centro.

Al llegar, encuentran la grata sorpresa de Carmen Escrivá de Balaguer esperándolas. Se quedará durante algunos días para ayudar en la instalación y en las necesidades de la puesta en marcha. Sigue ocupándose de atender Díego de León, pero aún puede estar a disposición de estas mujeres, jóvenes y de poca experiencia, en las tareas con que habrán de enfrentarse.

La casa está prácticamente vacía. Y Carmen, con su habitual buen humor, organiza una lista de quehaceres. Cuando retorne a Díego de León, el nuevo inmueble caminará con buen ritmo: flores y macetas en la terraza; clasificados los proveedores más cercanos; comprobado el funcionamiento del servicio. Habrá dejado, sobre todo, el clima inconfundible de su dedicación, de su cariño inapreciable.

En este verano de 1942 el Padre acudirá, prácticamente a diario, a Jorge Manrique. Se ocupa de la instalación del oratorio; de que tengan lo indispensable para su bienestar material. Lo necesario para que el amor a Dios crezca en un clima adecuado.

También se ocupa de su formación humana, de las horas de estudio, de su preparación profesional en muy diversos campos.

Nunca ha relegado a la mujer a un papel secundario. Sabe que su presencia es insustituible, no sólo en la mayoría de los oficios y trabajos que desempeñan también los hombres, sino en los que por natales están en la órbita específica de su modo de ser.

«Las que estudian, que estudien de verdad. Las que escriben, que sean buenas literatas. Las que están en labores de la casa, poniendo cariño» (63).

Y más delante, se lo recuerda de nuevo:

«No podríamos hacer nada si en los detalles más pequeños, minúsculos, del hogar -que tanto influyen en todo lo demás, condicionando las cosas aparentemente más grandes-, no resplandeciera vuestro amor… »(64).

Un día el Padre reúne a las que viven en la casa de Jorge Manrique. Extiende ante ellas un panorama que recoge las tareas apostólicas que las mujeres del Opus Dei realizarán en el futuro. Oírle produce casi vértigo: dedicación a la docencia, granjas para campesinas, centros de capacitación profesional para la mujer, Colegios Mayores, actividades de la moda, casas de maternidad, bibliotecas, librerías, editoriales… Y, sobre todo, un amplio horizonte de apostolado personal que no se puede programar ni medir. Y deja caer sus palabras finales para borrar el gesto asombrado de aquellas que le escuchan:

«Ante esto se pueden tener dos reacciones: una, la de pensar que es algo muy bonito, pero quimérico, irrealizable; y otra, de confianza en el Señor que, si nos ha pedido todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante. Espero que tengáis la segunda» (65)

La Residencia de estudiantes

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre sigue adelante con el proyecto de abrir una Residencia de estudiantes en el próximo curso 1934-35. En ella podrán alojarse algunos de los que pertenecen a la Obra y un grupo de universitarios. La carencia de medios materiales no es un obstáculo insuperable. Como dirá el Fundador:

«En el Opus Dei estamos acostumbrados a comenzar las labores cuando el Señor quiere: porque los medios vienen después, si el Señor ve nuestro amor»(10). Y más adelante:

«Teníamos bien poco -ningún medio humano y mucha juventud, mucha inexperiencia y mucha ingenuidad-, pero lo teníamos también todo: la oración, la gracia de Dios, el buen humor el trabajo, que siempre han sido y serán las armas del Opus Dei»(11).

El Padre traza las líneas maestras de lo que debe ser la futura Residencia y encarga algunas gestiones a Isidoro Zorzano, Ricardo Fernández Vallespín, Juan Jiménez Vargas y José María González Barredo.

Los miembros de la Obra, y también los amigos que frecuentan Luchana, se lanzan, en el verano de 1934, a buscar un local adecuado. Dividen Madrid por zonas. En el mes de agosto, se encuentra una casa próxima a la Ciudad Universitaria, en el número 50 de la calle Ferraz. Se trata de un edificio grande, de buena construcción, con dos departamentos en cada piso. El plan es alquilar la primera planta completa para instalar la Residencia, y uno de los correspondientes a la segunda para trasladar allí las aulas de la Academia “DYA”. Los trámites se llevan a cabo directamente con el propio dueño del inmueble, don Javier Bordiú, ingeniero de Minas, hombre de bien a quien el Padre llegará a tener mucho cariño, y que vive con sus hijos en el piso principal. Cada uno de los departamentos cuesta, en alquiler, cuatrocientas pesetas al mes, lo que arroja un total de mil doscientas. Además, al firmar el contrato hay que adelantar la primera mensualidad como garantía. Ricardo Fernández Vallespín, que ha terminado su carrera, figura como director de la Residencia.

Y así empieza la odisea económica de Ferraz, que no consiguió minar ni la fe ni el buen humor de todos, aun cuando hubo momentos de auténtica imposibilidad.

Se consiguieron, en total, unos miles de pesetas para pagar la fianza y afrontar los primeros gastos: obras de albañilería que habían de unir los dos departamentos del primero, e instalación de los servicios indispensables a una Residencia. Ahí se acabó el dinero disponible, y aún no se había iniciado el capítulo de muebles y enseres de todo tipo.

Sin embargo, en medio de la falta de medios materiales, el Padre no cae nunca en la pobretería. Reúne a los miembros de su familia -doña Dolores, Carmen y Santiago-, y les da cuenta por vez primera de su vocación, de la especial llamada que ha recibido de Dios el 2 de octubre de 1928. Les pide su colaboración económica con el patrimonio familiar: unas tierras valiosas que han heredado en Fonz, en la provincia de Huesca.

Ninguno tiene la menor vacilación. Quedan en vender esas propiedades. Si Josemaría lo necesita, para servir a Dios, todo es suyo. Solamente Santiago interviene para decir, bromeando, con un divertido neologismo:

«¡Ah!, entonces por eso te “ciliciabas”»(12).

Ha presenciado repetidamente la preocupación de su madre y hermana por la vida de trabajo y penitencia intensa que lleva el Fundador de la Obra. Ahora, por lo menos, cuenta con una explicación a que atenerse.

En el mes de septiembre se amuebla la casa. El comedor, la sala de visitas, el vestíbulo. También se llegan a instalar lámparas en los dormitorios; pero el dinero del que por ahora dispone solamente cubre lo necesario para montar una habitación-piloto, con dos camas, armario, mesitas de noche, mesa de trabajo y sillas. Se ha logrado comprar el menaje de cocina y la vajilla.

La ropa viene, a crédito, de los Almacenes Simeón. Trabaja en este comercio, como jefe de sección, un antiguo proveedor de la familia del Padre: Casimiro Ardanuy. Todos los colchones, mantas y enseres que no se pueden colocar por falta de muebles, se reúnen en una habitación a la que llaman almacén.

«En aquellos tiempos disponíamos de muy pocos muebles. Teníamos ropa, que me habían dado en unos grandes almacenes a crédito, para pagarla cuando pudiera. Y no teníamos armarios para guardarla. En el suelo habíamos puesto con mucho cuidado unos papeles de periódico, y encima la ropa (…). Y encima, más papeles, para resguardarla del polvo»(13).

El Padre elige la habitación para el oratorio: grande, con entrada muy próxima al vestíbulo principal y una ventana de tamaño regular que se abre a un patio silencioso. Los cristales se cubren con papel que imita el cristal emplomado.

Allí se monta, en principio, una mesa amplia con un crucifijo y dos candeleros. Un banco, que ya estaba en Luchana, se divide en dos y ocupa los laterales. Junto al altar, un reclinatorio.

A lo largo del curso, el oratorio se va completando. Ya se ha conseguido un altar de madera, con frontal liso y adecuado para adosar una armadura de madera forrada con tela del color litúrgico del día. Al principio sólo existe el blanco. También los únicos ornamentos que tienen son de este color.

En este primer oratorio de la Obra, el Padre vuelca su ilusión de tanta espera. Han pasado seis años y nunca ha dejado de soñar con el momento en que Cristo Hombre, Pan Eucarístico, fuerza y sangre de toda la vida del cristiano, pueda venir a ser amado, adorado, bajo el techo del Opus Dei. Querría tener, para recibir este primer sagrario, los medios con que el amor humano demuestra su grandeza. Y, en la escasez en que se mueve, enseña a todos que el oratorio es lo primero. Y les dice que, algún día, cuando tengan más posibilidades, habrán de ponerlas en este lugar, a los pies del sagrario.

El Padre, al concluir aquella semi-instalación, se reviste con un roquete de encaje confeccionado por su hermana Carmen. Toma en sus manos el agua bendita e invoca la protección del Cielo para todas las dificultades, y también para las alegrías que les aguardan. Bendice especialmente aquel hogar en el que ahora, mejor que nunca, empezará a formar en el espíritu de la Obra a los primeros.

«Me traje del Rectorado de Santa Isabel un acetre con agua bendita y un hisopo (…). También (…) una estola y un ritual, y fui bendiciendo la casa vacía: con una solemnidad y alegría, ¡con (14) una seguridad!… »

Pocos días más tarde aparece un flamante anuncio en los periódicos dando a conocer la nueva Residencia, y se habla de ella entre los estudiantes de varias Facultades. Pero da comienzo el curso académico y no llega solicitud alguna. Fallan todos los cálculos económicos tan cuidadosamente medidos por Isidoro y basados en que estuviera llena la casa. Los acontecimientos del país contribuyen a esta desbandada: en octubre se proclama la huelga general que culmina con la revolución de Asturias y Cataluña. Se aplaza la apertura de la Universidad para evitar disturbios.

Pero la fe del Padre no flaquea, las cosas de Dios exigen fortaleza y paciencia. Hay que correr con las dificultades de este primer año, que se presenta arduo. Ricardo Fernández Vallespín, desde su responsabilidad de director, aún recuerda los agobios económicos del curso 1934-35. No hay dinero para el alquiler, ni para las tiendas de comestibles, ni para los plazos de la ropa… Para nada. Alguna vez, la imposibilidad material de sacar aquella casa de la Obra adelante le hace llorar, y ya no es un niño, sobre los libros de facturas.

A punto de comenzar las clases sólo llegará un residente: Alberto Ortega. Aún no funciona la cocina, y además resulta más barato llevarle a comer a un restaurante próximo que poner en marcha los servicios generales. Sin embargo, desde que se instala este primer alumno, la casa empieza su vida. A última hora de la tarde de este primer día de rodaje en la Residencia DYA, varios miembros de la Obra que viven en casa de sus familiares abandonan Ferraz 50. Solamente se queda Ricardo Fernández Vallespín, que es el director. El Padre le llama y le da su bendición: por primera vez Ricardo va a pasar la noche bajo el techo de un Centro del Opus Dei.

El Fundador les ayuda constantemente. Avala sus adquisiciones y deudas; habla con el dueño de los pisos de Ferraz; consigue créditos. Y reza incesantemente, porque cree en los proyectos de Dios y en la omnipotencia de la oración. A veces se encierra en una habitación y Ricardo, que es quien más horas permanece en la casa, oye los golpes de sus disciplinas y asiste, distante y estremecido, a penitencias que le conmueven. Tanto más, cuanto que nada en el carácter alegre, abierto y de permanente buen humor, hace sospechar la entrega de este sacerdote que ha puesto su vida entera en las manos de la Providencia.

En el piso de la segunda planta de Ferraz 50 se instala la Academia DYA, que cuenta ya con la experiencia de los meses transcurridos en su primitiva sede de la calle de Luchana. Escribe José Ramón Herrero Fontana, uno de los primeros alumnosls que este centro intentaba formar buenos profesionales de Derecho y Arquitectura. Pero pronto empezaron a acudir estudiantes de otras Facultades, y los idiomas ocuparon, también, un lugar destacado en las clases. El Padre ya piensa en la expansión del Opus Dei por todo el mundo, aunque ahora no es más que «un pequeño grano de mostaza».

Aunque se ha llegado a alcanzar la cifra de catorce residentes, que es la capacidad de la casa, a lo largo de este primer curso de funcionamiento se demuestra la imposibilidad de mantener alquilados los tres pisos con que se contaba en un principio. Es necesario prescindir del segundo y reducirse a los dos departamentos del primero. Para evitar el desánimo, lógico, que pudiera producir esta renuncia, les dirige el Padre una meditación llena de empuje, de esperanza y de sentido sobrenatural, cuyo motivo central repetirá muchas veces y recogerá, años más tarde, en el punto 12 de «Camino»:

«Crécete ante los obstáculos. -La gracia del Señor no te ha de faltar: “ínter medíum montium pertransibunt aquae”! -¡pasarás a través de los montes! ¿Qué importa que de momento hayas de recortar tu actividad si luego, como muelle que fue comprimido, llegarás sin comparación más lejos que nunca soñaste?»

En el siguiente curso de 1935-36, la Academia “DYA” ha pasado a ocupar parte de las dos viviendas del primer piso. Y, ahora que han reducido espacio, llueven las peticiones y la casa se llena por completo de estudiantes. También algunos que ya son de la Obra, como Pedro Casciaro y Francisco Botella, cuyas familias viven fuera de Madrid, trasladan su alojamiento a Ferraz 50. El ambiente es formidablé, y cada vez frecuenta la casa un número mayor de amigos atraídos por la alegría, la fe y la serenidad que neutralizan, incluso, las circunstancias pesimistas del clima político.

A lo largo del tiempo, se conservarán anotaciones, documentos, facturas y toda suerte de recuerdos de estos primeros años. Por ejemplo, recetas económicas redactadas por Isidoro Zorzano, en las que emerge su sentido de la ingeniería mucho más que el del arte culinario. Hay una para hacer croquetas, en la que se agrupan los ingredientes en una columna, en otra el peso, en la siguiente el precio unitario y, en la última, el precio total. Después, añadía: por cada kilogramo de carne, se pueden sacar tantas croquetas.

Pero todos los residentes recuerdan aquel tiempo llenos de gratitud. La casa es una tarea común en la que se sienten implicados. El Padre la ha concebido como un lugar abierto a todos, sin discriminación de ningún tipo. Bastaba tener deseos de aprender y de formarse cabalmente, para encontrar abiertas de par en par las puertas de la Residencia “DYA”.

Uno de los primeros residentes escribe años más tarde: «La ilusión que todos teníamos en conseguir la nueva sede de la Academia-Residencia DYA era una muestra de cómo el Padre nos hacía partícipes de las cosas de la Obra. Realmente la considerábamos como algo nuestro (…). A mí, por ejemplo, estudiante de arquitectura, me hizo un croquis de la futura Residencia, durante un rato de conversación en un retiro mensual»(16).

La necesidad de alquilar un nuevo piso se acoge con gran alegría. Es un año de promesas frente a toda dificultad. Un tiempo para apoyar la confianza en las palabras que el Padre transcribirá, luego, en «Camino»:

«Cuando sólo se busca a Dios, bien se puede poner en práctica, para sacar adelante las obras de celo, aquel principio que asentaba un buen amigo nuestro: “Se gasta lo que se deba, aunque se deba lo que se gaste” » (17).

Ya no es posible volver a alquilar el segundo, devuelto al dueño del inmueble. Y, como no caben, han de tomar otro piso en la misma calle de Ferraz, número 48. Allí se traslada, otra vez, la Academia “DYA”. Esta es una casa vieja, de dos plantas. No tiene calefacción y es heladora: se la denomina, con buen humor, «Siberia».

Con la fuerza del dolor

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En los últimos años de su vida, el Fundador del Opus Dei recorrió algunos de los países latinoamericanos. Y al hablar en numerosas reuniones, a las que acuden gentes de toda edad, raza y condición, se agolpan en su memoria recuerdos de estos primeros tiempos de Madrid. Sin perder el buen humor y el castizo aire aragonés, que aparecerá siempre en su ingenio y en su peculiar entonación, dirá el 2 de julio de 1974 a un grupo de chilenos:

«… Y ese sacerdote -con 26 años, la gracia de Dios y buen humor, y nada más- después tenía que hacer el Opus Dei. Decían que era loco y tenían razón: estaba loco perdido y continúa loco. Aquí está. Por eso os quiero con toda mi alma; porque estoy loco perdido por el Amor de Cristo. Y ¿sabes cómo pudo? Por los Hospitales. Aquel Hospital General de Madrid cargado de enfermos, paupérrimos, con aquellos tumbados por la crujía, porque no había camas; aquel hospital, del Rey se llamaba, donde no había más que tuberculosos pasados, y entonces, la tuberculosis no se curaba (…). ¡Esas fueron las armas para vencer! ¡Ese fue el tesoro para pagar! ¡Esa fue la fuerza para ir adelante! Y a eso se unió la calumnia, la murmuración, la mentira, la falsía de los buenos, que se equivocaban sin darse cuenta -seguro- y a quienes quiero mucho. El Señor nos llevó por todo el mundo, y estamos en Europa, en Asia, en África, en América y en Oceanía, gracias a los enfermos que son un tesoro. No se me olvidará aquella pobre criatura a quien yo, sacerdote joven, estaba ayudando a morir después de administrarle la Extremaunción y le susurraba al oído: ¡bendito sea el dolor! -eso es liberación-; ¡amado sea el dolor!, y lo iba repitiendo con la voz rota: murió a los pocos minutos. ¡Santificado sea el dolor! ¡Glorificado sea el dolor! Y no he cambiado de parecer. Me daba una envidia loca»(2).

Efectivamente, es en el dolor y en el sufrimiento, en el holocausto de los enfermos, donde don Josemaría Escrivá de Balaguer apoyará los cimientos del Opus Dei. Es en el ejemplo de los pobres, de los abandonados, donde encontrará las armas para vencerse y vencer en esta batalla de amor en la que Dios le ha comprometido.

Las dificultades desbordan su mente y su corazón; los medios parecen nulos. Pero Dios, una vez más, repite la frase que dijo a San Pablo: «Te basta mi gracia»(3). Y confía en la oración y en la palabra del Señor.

Desde mediados de 1931, don José María Somoano, un joven sacerdote de Asturias, es el capellán del Hospital del Rey, que tras el advenimiento de la República cambiará su nombre por el de Hospital Nacional. El 15 de abril de 1932 es cesado del cargo por aplicación de la Ley de Presupuestos. Se queda sólo como capellán de las Hijas de la Caridad y, empujado por su generosidad sacerdotal, sigue atendiendo a los enfermos aunque la Institución ya no puede darle ninguna ayuda económica. El Fundador llegará a tener una grande y profunda amistad con don José María Somoano, que pronto solicitará la admisión en el Opus Dei. Al quedar el Hospital sin capellán, don Josemaría Escrivá de Balaguer llega hasta la Madre Superiora de la Comunidad de San Vicente de Paúl en el Hospital del Rey y se brinda para ayudar al capellán, de día y de noche. En cualquier momento. Sin ningún tipo de remuneración ni de cargo, se ocupará de casos urgentes que reclamen su presencia.

También don Lino Vea Murguía, otro sacerdote joven, aportará su ayuda para atender aquel numeroso centro hospitalario lleno de enfermos graves.

Madrid, 2 de octubre de 1928

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Don Josemaría comenzó a trabajar en Madrid en los primeros meses de 1927. Desplegaba una amplia labor sacerdotal, era capellán del Patronato de Enfermos de las Damas Apos­tólicas, daba clases en la Academia Cicuéndez, y preparaba su doctorado en Derecho. Entretanto, rezaba y seguía esperando que la Voluntad divina se le manifestase claramente.

Así le sorprendió el 2 de octubre de 1928. Fue en esta fecha, haciendo unos días de retiro en la casa de los Paúles de la calle García de Paredes de Madrid, cuando vino al mundo el Opus Dei.

A Mons. Escrivá de Balaguer no le gustó nunca –porque comprendió que la Obra era de Dios y no deseaba robar nada de la gloria del Señor‑ hablar ni descender a detalles de ese 2 de octubre de 1928, fecha en que supo con transparente claridad que él, entonces un sacerdote de 26 años, apenas conocido, sin medios humanos, era el instrumento elegido por Dios para realizar en la tierra la empresa divina del Opus Dei.

En octubre de 1967, el director de la revista Palabra le plan­teaba una intencionada cuestión: “En diversas ocasiones, y al referirse al comienzo de la vida del Opus Dei, usted ha dicho que únicamente poseía juventud, gracia de Dios y buen humor. Por los años veinte, además, la doctrina del laicado aún no había alcanzado el desarrollo que actualmente presenciamos. Sin embargo, el Opus Dei es un fenómeno palpable en la vida de la Iglesia. ¿Podría explicarnos cómo, siendo un sacerdote joven, pudo tener una comprensión tal que permitiera realizar este em­peño?”

Como en tantas otras ocasiones la respuesta fue aparentemen­te evasiva:

Yo no tuve y no tengo otro empeño que el de cumplir la Vo­luntad de Dios: permítame que no descienda a más detalles sobre el comienzo de la Obra ‑que el Amor de Dios me hacía ba­rruntar desde el año 1917‑, porque están íntimamente unidos con la historia de mi alma, y pertenecen a mi vida interior. Lo único que puedo decirle es que actué, en todo momento, con la venia y con la afectuosa bendición del queridísimo Sr. Obispo de Madrid, donde nació el Opus Dei el 2 de octubre de 1928. Más tarde, siempre también con el beneplácito y el aliento de la Santa Sede y, en cada caso, de los Revmos. Ordinarios de los lugares donde trabajamos.

En esta actitud se refleja una realidad que ha sido constante en la vida de la Iglesia: quienes han recibido carismas de Dios han sido muy poco carismáticos; todo su empeño fue siempre hacer ver a los demás que eso que ellos decían tenía el refrendo de las autoridades eclesiásticas: era de Dios por ser de la Iglesia, y estar aprobado por la Jerarquía.

El Fundador del Opus Dei mantenía ese delicado silencio. incluso, ante socios de la Obra. Así sucedió, por ejemplo, un día 2 de octubre de 1968, que pasó en Pozoalbero (Cádiz). Lo narra don José Luis Múzquiz, presente en aquella ocasión. Las razones que dio para no contar apenas nada eran las siguientes:

‑la primera, que ya lo sabéis;

‑la segunda, que os lo encontraréis escrito cuando yo rece muera;

‑la tercera, que creeríais que yo soy algo y soy solamente un pobre pecador;

‑y la cuarta, la más importante, es que sí ha habido cosas extraordinarias en la Obra, pero lo “nuestro” es la santifi­cación de las cosas ordinarias.

Aquel 2 de octubre de 1928, durante esos días de retiro en la casa de los Paúles en la calle García de Paredes de Madrid, le habían asignado un cuarto que estaba en una zona hoy desapa­recida. Mientras hacía oración en ese cuarto ‑comentaba en público recientemente don Álvaro del Portillo‑ vio el Opus Dei y oyó el repicar de las campanas de la no muy lejana parroquia de Nuestra Señora de los Angeles, junto a Cuatro Caminos, que sonaban a voleo festejando a su Patrona.

Desde ese momento ‑diría predicando el 2 de octubre de 1962‑ no tuve ya tranquilidad alguna, y empecé a trabajar, de mala gana, porque me resistía a meterme a fundar nada; pero comencé a trabajar, a moverme, a hacer: a poner los funda­mentos.

Y lo hizo con plena confianza en el querer de Dios, como re­conocía ‑agradecido‑ en 1950: La Sabiduría infinita me ha ido conduciendo, como si jugara conmigo, desde la oscuridad de los primeros barruntos, hasta la claridad con que veo cada detalle de la Obra, y bien puedo decir: Deus docuisti me a iuventute mea; et usque nunc pronuntiabo mirabilia tua (Ps., LXX, 17), el Señor me ha ido adoctrinando desde el principio de la Obra, y no puedo menos de cantar sus maravillas y luchar para que se cumpla su voluntad, porque está en juego la salvación de mi alma, si no lo hiciera.

Y para abrir paso a este querer divino, verdadero fenómeno teológico, pastoral y social en la vida de la Iglesia ‑ratificaría en 1961 en una carta que es auténtico canto de acción de gracias a la misericordia divina‑, Dios me llevaba de la mano, callada­mente, poco a poco, hasta hacer su castillo: da este paso ‑pa­rece que decía‑, pon esto ahora aquí, quita esto de delante y ponlo allá. Así ha ido el Señor construyendo su Obra, con trazos firmes y perfiles delicados, antigua y nueva como la Palabra de Cristo.

En la historia de nuestro camino jurídico dentro de la vida de la Iglesia, aparece con mucha claridad este juego divino del que os hablo. No he tenido que andar calculando, como jugando al ajedrez; entre otras cosas porque nunca he pretendido averiguar la jugada del otro, para poder dar jaque mate después. Lo que he tenido que hacer es dejarme llevar.

Desde 1943 a 1950, la Iglesia dio al Opus Dei todas las apro­baciones. Bien patente aparece en estos documentos pontificios el reconocimiento del carácter sobrenatural de aquella misión pata cuyo cumplimiento su Fundador seguía considerándose instru­mento inepto y sordo. Estaba definitivamente claro, como en abril de 1970 diría el Cardenal Dell’Acqua, que en la Iglesia, jus­tamente, “se considera esta Obra como una Obra del Señor”. Otro ilustre prelado, el Cardenal Baggio, suscribiría poco después de la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer: “No tenemos la necesaria perspectiva para valorar el alcance histórico de la en­señanza (en tantos aspectos auténticamente revolucionaria y anti­cipadora) y de la acción pastoral (de una eficacia y una irra­diación sin equivalentes) de este insigne hombre de la Iglesia. Pero es evidente desde ahora que la vida, la obra y el mensaje del Fundador del Opus Dei constituyen un viraje o, más exacta­mente, un capítulo nuevo y original en la historia de la espiritua­lidad cristiana, si la consideramos ‑y así debe ser‑ como un camino rectilíneo bajo la guía del Espíritu Santo”.

El Cardenal Primado de España, don Marcelo González Mar­tín, publicó unas reflexiones, a las que ya se ha aludido en estas páginas, sobre el carácter sobrenatural del Opus Dei. A su juicio, para explicar el éxito del Fundador al sacar adelante su empresa, no basta acudir al “carácter de quien la acometió; no está ahí el secreto. Porque la empresa es de índole sobrenatural y, por mucho que ayuden las condiciones personales del que la promue­va, como instrumento eficaz, se necesita otra clave mucho más, íntima y radical. Un carácter humano, por muy dotado que este para la perseverancia y el entusiasmo en el servicio a una causa, si sólo cuenta con sus propios recursos instrumentales se dispersa en la inoperancia real, cuando la causa es precisamente vivir enamorado de la santidad y comunicar a los demás el mismo amor. Su actividad se convierte entonces en activismo; s a palabra, en griterío o en susurro; pero nada más, y la energía de su voluntad se transforma en puro afán de mando. Nada de esto sirve para llevar por los caminos de la perfección cristiana. El que lo intente fracasará a las primeras de cambio”.

¿Cuál era esta empresa sobrenatural para la que Dios llamaba a don Josemaría Escrivá de Balaguer? El Cardenal Pri­mado de España lo sintetiza en pocas palabras: “la asociación que predica y promueve la santificación del hombre en medio del trabajo ordinario de la vida. Esto ‑subrayo las palabras de don Marcelo‑, que era tan sencillo y tan evangélico, estaba prác­ticamente olvidado.

Después del Concilio Vaticano 11, buena parte del mensaje que el Fundador del Opus Dei difundió desde 1928, suena a cosa conocida. No es extraño, porque ‑como formuló en 1961‑, la Obra es una novedad, antigua como el Evangelio, que hace ase­quible a personas de toda clase y condición ‑sin discriminación de raza, de nación, de lengua‑ el dulce encuentro con Jesucristo en los quehaceres de cada día. Novedad bien sencilla, como son las nuevas del Señor.

Viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo, así des­cribió muchas veces el espíritu del Opus Dei su Fundador. Nuevo efectivamente, porque, entre otras cosas, se había olvidado por siglos la llamada universal a la santidad. No sería fácil hacerlo entender en los comienzos de la Obra.

Se entienden ‑en este contexto‑ las palabras con que, en 1937, el entonces obispo de Pamplona, don Marcelino Olaechea, presentó al Fundador del Opus Dei al actual obispo de Bilbao, Monseñor Añoveros: “Si la Obra que proyecta este sacerdote llega a ser aprobada por la Iglesia, será una verdadera revolución en el campo del apostolado seglar”.

Era tal la novedad del planteamiento, que hubo quien consi­deró a aquel joven sacerdote como un soñador, como un loco. Alguien quiso cerciorarse muchos años después, en Brasil, con una pregunta bien directa: ‑¿Por qué, cuándo y quién le había llamado loco? Y ésta fue la contestación:

‑¿Te parece poca locura decir que en medio de la calle se puede y se debe ser santo? ¿Que puede y debe ser santo el que vende helados en un carrito, y la empleada que pasa el día en la cocina, y el director de una empresa bancaria, y el profesor de la universidad, y el que trabaja en el campo, y el que carga sobre las espaldas las maletas…? ;Todos llamados a la santidad! Ahora esto lo ha recogido el último Concilio, pero en aquella época ‑1928‑, no le cabía en la cabeza a nadie. De modo que… era lógico que pensaran que estaba loco (…)

‑Ahora ya parece natural, pero entonces no era así. A uno que quería ser santo le decían: pues, métete… fratinho.

Mons. Escrivá de Balaguer se dirigió en este momento al Consiliario del Opus Dei en Brasil, para preguntarle si se decía así en portugués… ‑Fradinho, le contestó.

‑;No, señor! Si Dios le llama para casado, que se case, y que sea santo: un padre de familia santo. Y si no, no necesita meterse en un convento. Y si le llama para ser fradinho, pues fradinlw. Pero ;todos iguales, ante la necesidad de responder, según su camino, a la invitación del Maestro!, ;todos llamados a la santi­dad!, ¡todos!

En términos semejantes se expresaría en aquella predicación del 2 de octubre de 1962: Me puse a trabajar, y no era fácil: se escapaban las almas como se escapan las anguilas en el agua. Además, había la incomprensión más brutal: porque lo que hoy ya es doctrina corriente en el mundo, entonces no lo era. Y si alguno afirma lo contrario, desconoce la verdad.

Tenía yo veintiséis años ‑repito‑, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Pero así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo mara­villoso. Había que crear toda la doctrina teológica y ascética, y toda la doctrina jurídica. Me encontré con una solución de conti­nuidad de siglos: no había nada. La Obra entera, a los ojos hu­manos, era un disparatón. Por eso, algunos decían que yo estaba loco y que era un hereje, y tantas cosas más.

Lo que comenzó a enseñar a estudiantes y obreros en Madrid contrastaba seriamente con el ambiente general de la época. También con el clima que se respiraba en los sectores católicos. Don Saturnino de Dios Carrasco, un sacerdote que conoció la Obra en los años treinta, atestigua que lo que pretendía era algo distinto de las asociaciones que por entonces surgieron en Es­paña: “Hablaba de echar raíces hondas, y de abarcarlo todo. Para mí no ha sido ninguna novedad todo lo que ha hecho el Opus Dei en todos estos años; todo esto ya se lo había oído decir a don Josemaría. El Padre volaba muy alto. Con la perspectiva de los años se ve que todo aquello era sobrenatural, divino”.

En esta época ‑poco después de 1931‑, a don Saturnino le sobrecogía la audacia del Fundador del Opus Dei. Era “un coloso, un valiente”, dice; pero también “un hombre hecho y derecho, maduro ya a sus años; como si hubiera vivido más intensamente, una vida más vivida”. A don Saturnino le encanta­ba oír sus planes apostólicos, aunque “eran para asustarse de la magnitud de la empresa. Eran sueños. No se pensaba entonces como pensaba el Padre. Tenía que ser una persona escogida por Dios para pensar y hacer aquello”.

Juan Jiménez Vargas, un estudiante que siguió al Fundador del Opus Dei en los años treinta, piensa también que su modo de hablar de la santificación del trabajo ordinario no podía habér­sele ocurrido a una persona, por muchas cualidades humanas que poseyera: “Tenía que ser una auténtica inspiración sobrena­tural”. Conocía la Universidad y sus problemas como cosa vivida, pero “se captaba algo que estaba por encima de todo eso. En pri­mer lugar porque hablaba del trabajo de cualquier clase, y de personas de todas las clases sociales; de que la Obra no sacaba a nadie de su sitio…”.

Por aquel tiempo, para una gran mayoría de estudiantes, el trabajo profesional era un simple medio para labrarse un futuro en la vida. No faltaban en la Universidad de Madrid los grupos de activistas que desde posiciones muy diversas coincidían en politizarlo todo. Estaban luego algunas minorías ‑entre los más intelectuales‑ que miraban con cierto desprecio las prácticas religiosas. Frente a ellos, los grupos católicos confesionales, preocupados por el futuro de la religión, trabajaban con vistas a ocupar puestos en la vida civil desde los que poder servir a la Iglesia.

El Fundador del Opus Dei no quería resolver ningún pro­blema inmediato. El enfoque con el que planteaba la santifica­ción del trabajo era absolutamente nuevo, original. Se refería siempre a los primeros cristianos ‑explicara o no la Obra‑, con lo cual el trabajo, o el estudio, se concebían como elementos indispensables en la vida de un hombre corriente para tratar de ser santo en medio del mundo. El esfuerzo por santificar el tra­bajo ‑cualquiera que fuese‑ era además inseparable del Man­datum novum de la caridad: espíritu de servicio, capacidad de sacrificio para ayudar de veras a los demás, al margen de todo egoísmo personal; sentido de responsabilidad ante todos los pro­blemas de los hombres.

Iba a la raíz: santificar el trabajo significaba, ante todo, convertir el trabajo en oración. Era una realidad tan nuclear, tan de fondo, que ‑como reseñaba en una ocasión don Álvaro del Portillo‑, si hubiera sido posible, no quería el Fundador que la Obra se llamara de ninguna manera: hasta que en 1930 alguien le preguntó: ¿Cómo va esa Obra de Dios? “Fue una llamarada de claridad: puesto que debería llevar uno, ése era el nombre: Obra de Dios, Opus Dei, operado Dei, trabajo de Dios; trabajo pro­fesional, ordinario, hecho por personas que se saben instrumen­tos de Dios; trabajo realizado sin abandonar los afanes del mundo, pero convertido en oración y en alabanza del Señor ‑Opus Dei‑ en todas las encrucijadas de los caminos de los hombres”.

La semilla tardaría necesariamente tiempo en prender y dar todos sus frutos, porque no iba por ahí el ambiente general. En 1941, Víctor García Hoz, que se confesaba con don Josemaría, se llenó de asombro cuando un día le dijo: Dios te llama por ca­minos de contemplación. “Por aquellos años ‑analiza‑ resul­taba casi incomprensible que a un hombre casado, con dos o tres hijos entonces y esperando, como ocurrió en realidad, la llegada de más hijos, teniendo que trabajar para sacar adelante su fami­lia, se le hablara de la contemplación como algo que él tenía que realizar”.

A los primeros socios de la Obra, como a tantos otros, les quedó clara en los años treinta la novedad del espíritu de la Obra y, sobre todo, la evidencia de la vocación divina de su Fundador. Lo iban captando con normalidad, sin la menor nota de sensacio­nalismo y sin concesiones a lo “extraordinario”, porque aparecía diáfana la humilde correspondencia del Fundador del Opus Dei a una llamada auténticamente divina. Como valora uno de ellos, en medio de la naturalidad y sencillez con que les trataba, “resul­taba evidente que el Padre era la persona que Dios había elegido para hacer la Obra, y que se había entregado de tal manera que su preocupación por hacer realidad aquella misión divina era como algo que había llegado a constituir la característica más decisiva de su propia personalidad”.

Este carácter sobrenatural de la llamada y de la respuesta sería reconocido, con los años, por miles de personas de buena voluntad en todo el mundo. No hacía falta ser socio del Opus Dei para darse cuenta. Bastaba fijarse ‑aunque fuera en sus líneas más generales‑ en la amplitud de los frutos que la semilla venía dando en los cinco continentes.

El Diario de Navarra publicó el 5 de octubre de 1975 un artículo del Marqués de Lozoya, don Juan de Contreras y López de Ayala, bien conocido en toda España por su hombría de bien y su medio siglo de docencia universitaria. Su colaboración se titulaba Españoles universales, y veía a uno de ellos en el Funda­dor del Opus Dei: “Crear una Obra que cuenta con miles de sacerdotes ejemplares, y varios miles de seglares, sobresalientes en las más difíciles disciplinas ‑hombres y mujeres de todas las naciones, de todas las razas, esparcidos por todo el mundo, entregados a las más diversas actividades, siempre en provecho de la Iglesia o en satisfacción de alguna humana necesidad‑, es algo que sobrepasa lo natural, lo humanamente explicable. Hay que vislumbrar el soplo divino, arrollador en sus comienzos, constante a través de los siglos, que hizo posible la obra gigan­tesca de `los fundadores’ “.

Crecer para adentro

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá veía la estancia de los miembros de la Obra en la legación no como un intervalo sin sentido, sino como una oportunidad de desarrollar su vida interior de oración y sacrificio. Haciendo una analogía con el trigo en invierno, más tarde escribió: “No se veían las plantas cubiertas por la nieve. -Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: ‘ahora crecen para adentro’.

-Pensé en ti: en tu forzosa inactividad…

-Dime: ¿creces también para adentro?”[1].

Para facilitar este crecimiento interior, Escrivá estableció un horario con Misa, oración mental, lectura espiritual y Rosario; y también tiempo para el estudio, tertulias con los demás miembros de la Obra y espacio para relacionarse con los otros refugiados. Pensando en la futura expansión de la Obra, les animó a estudiar lenguas extranjeras. Por ejemplo, del Portillo comenzó con el japonés. Un sacerdote de la Congregación del Sagrado Corazón, también refugiado de la legación, observa: “Es significativo que en aquel ambiente, en el que pasábamos muchas horas jugando a los naipes, jamás vi a los chicos del Padre entretenidos en el juego. Daba la sensación de que el Padre estaba pensando en el después viviendo muy plenamente el hoy”[2].

Gracias a su vida de oración y a tener el día lleno, los miembros de la Obra consiguieron mantener la paz, la serenidad y el buen humor. La hija del cónsul recuerda que ellos “mantenían entre los demás un ambiente muy cordial, hablando con unos y con otros (…). El Padre y los suyos estaban muy unidos, se ayudaban intensamente y demostraban tener una gran educación y sensibilidad. Como demostración graciosa de lo que estoy diciendo, pronto se conoció entre los demás aquel grupo con un mote cariñoso: ‘el susurro’, por lo delicadamente que hablaban”[3].

Una característica de la conducta de Escrivá fue evitar cualquier manifestación de partidismo político. Se abstuvo de criticar a las autoridades de la República y de unirse a las celebraciones que los demás refugiados hacían al recibir noticias sobre las victorias nacionales. El yerno del cónsul relata que “estaba dotado de un increíble equilibrio, de enorme serenidad; era exquisitamente educado y correcto. Jamás le vimos un gesto de inquietud, o de depresión: era la persona que hacía fácil y amable la convivencia, que no planteaba problemas de ninguna clase, que nunca hizo un comentario menos positivo, ni para el gobierno rojo, ni para el blanco, ni para los bombardeos, ni para las dificultades. Y esta actitud, en lugar de resultar ficticia, parecía a todos normal, lógica y, sin proponérselo, contagiaba el ambiente de serenidad y de alegría. Porque don Josemaría transmitía su seguridad a quienes le rodeábamos”[4].

Escrivá predicaba la meditación a sus compañeros casi a diario. Alastrué describe la escena: “Sentados en los colchones, sumidos en la penumbra que nos envolvía (…), oíamos casi día a día las pláticas y meditaciones del Padre. Sus palabras, unas veces serias, otras impetuosas y emotivas, siempre luminosas, descendían sobre nosotros y parecían ponerse en nuestra alma. Todo en ellas giraba en torno a la persona, la vida, las palabras, la Pasión de Cristo, en una referencia más o menos directa. Contemplar despacio y con amor a Cristo, gustar sus palabras, seguir paso a paso sus milagros, sus enseñanzas, sus sufrimientos eran su materia inagotable”[5].

En aquellas circunstancias, muchos, incluso los que antes habían tenido una vida de piedad vigorosa, probablemente se hubieran contentado con esperar a que pasase la tormenta, manteniendo un mínimo nivel de vida cristiana. En las meditaciones y en sus conversaciones con los miembros del Opus Dei, sin embargo, Escrivá marcó metas altas de crecimiento en la vida interior: “La vida es lucha. Pero, insisto, esta lucha debe ser continua. Si no nos la presenta el enemigo, presentémosla nosotros. Si no distinguimos qué hemos de combatir en nosotros, examinémonos con mayor detenimiento y cuidado. Recojámonos profundamente en nosotros mismos. Acudamos así, alerta, al encuentro del enemigo, dispuestos a provocarle y a reñir con él en cuanto lo percibamos. No aceptemos la inacción; mientras vivamos, el enemigo de nuestra alma nos acecha.

Pero, además, estamos llenos de defectos que es necesario extirpar, y carentes de virtudes que es preciso adquirir. Busquemos en qué es necesario violentarse, qué es lo que hay que suprimir, qué es preciso hacer arraigar. ¿Qué debe ser nuestra existencia sino un sacrificio y un esfuerzo constantes para realizar la Voluntad de Dios, para darle alegría y gloria, con una perfección buscada a costa de mortificación y trabajo? Luchemos, luchemos siempre, con humildad, con perseverancia, con ánimo; luchemos, sabiéndonos hijos de Dios, que esta conciencia adquirimos de manera especial al llegar a la Obra. Luchemos, manteniendo en nosotros el gaudium cum pace, sin turbarnos, sin inquietarnos por fracasos y por reveses (…).

Pero de nada vale nuestro cuidado, si no contamos con Dios. Lo primero, casi lo único, es su ayuda. Pidámosle el gaudium cum pace para todas nuestras peleas. Supliquémosle que nos conceda gracia, fuerza, paciencia y humildad para que, conociéndonos, confiemos sólo en Él. Y recojámonos, finalmente, para que –contempladas nuestras necesidades- formemos nuestros propósitos concretos”[6].

Escrivá urgía a los miembros de la Obra no sólo a sobrellevar con alegría el hambre, el frío, el aislamiento y la ansiedad que entrañaba su situación, sino también a buscar oportunidades de ofrecer pequeños sacrificios a lo largo del día. En esto él iba por delante hasta un grado que es difícil de entender. Adelgazó tanto por la escasez y pobreza de la comida, que cuando su madre fue a visitarle no le reconoció hasta que oyó su voz. A pesar de todo, para poder ofrecer a Dios algo más como reparación y penitencia, en repetidas ocasiones comía menos de lo que le correspondía, de modo que los demás pudiesen tener un poco más. Practicaba también otras fuertes mortificaciones corporales, como el uso de las disciplinas, movido por el deseo de desagraviar a Dios por los muchos sacrilegios y crímenes que la guerra traía consigo.

Con su intensa oración y espíritu de sacrificio ayudó a los miembros de la Obra a mantener la alegría a pesar de la dureza de su situación. Alastrué, haciendo memoria de los meses pasados en la legación, escribe: “Parecía como si la carencia de todo, la sombría estrechez del encierro, el peligro que se cernía en torno nuestro, trajeran una dulzura escondida; era una bendición real que tocábamos día a día. No era sólo que Dios nos diese fuerzas para soportar la prueba; es que, efectivamente, ‘aquel yugo era suave y aquella carga ligera’, es ‘que podíamos correr con el corazón henchido de alegría por la vía de la voluntad de Dios’. Recuerdo la frase sencilla y sincera de uno de nosotros, José María, cuando un día, comentando esta disposición de ánimo decía: ‘esto no puede continuar, es demasiada felicidad’”[7].

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 294

[2] AGP P03 1981 p. 253

[3] Ibid. p. 249

[4] Ibid. p. 250

[5] Ibid. p. 257-258

[6] AGP P12 p. 121-122

[7] AGP P03 1981 p. 251

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá veía la estancia de los miembros de la Obra en la legación no como un intervalo sin sentido, sino como una oportunidad de desarrollar su vida interior de oración y sacrificio. Haciendo una analogía con el trigo en invierno, más tarde escribió: “No se veían las plantas cubiertas por la nieve. -Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: ‘ahora crecen para adentro’.

-Pensé en ti: en tu forzosa inactividad…

-Dime: ¿creces también para adentro?”[1].

Para facilitar este crecimiento interior, Escrivá estableció un horario con Misa, oración mental, lectura espiritual y Rosario; y también tiempo para el estudio, tertulias con los demás miembros de la Obra y espacio para relacionarse con los otros refugiados. Pensando en la futura expansión de la Obra, les animó a estudiar lenguas extranjeras. Por ejemplo, del Portillo comenzó con el japonés. Un sacerdote de la Congregación del Sagrado Corazón, también refugiado de la legación, observa: “Es significativo que en aquel ambiente, en el que pasábamos muchas horas jugando a los naipes, jamás vi a los chicos del Padre entretenidos en el juego. Daba la sensación de que el Padre estaba pensando en el después viviendo muy plenamente el hoy”[2].

Gracias a su vida de oración y a tener el día lleno, los miembros de la Obra consiguieron mantener la paz, la serenidad y el buen humor. La hija del cónsul recuerda que ellos “mantenían entre los demás un ambiente muy cordial, hablando con unos y con otros (…). El Padre y los suyos estaban muy unidos, se ayudaban intensamente y demostraban tener una gran educación y sensibilidad. Como demostración graciosa de lo que estoy diciendo, pronto se conoció entre los demás aquel grupo con un mote cariñoso: ‘el susurro’, por lo delicadamente que hablaban”[3].

Una característica de la conducta de Escrivá fue evitar cualquier manifestación de partidismo político. Se abstuvo de criticar a las autoridades de la República y de unirse a las celebraciones que los demás refugiados hacían al recibir noticias sobre las victorias nacionales. El yerno del cónsul relata que “estaba dotado de un increíble equilibrio, de enorme serenidad; era exquisitamente educado y correcto. Jamás le vimos un gesto de inquietud, o de depresión: era la persona que hacía fácil y amable la convivencia, que no planteaba problemas de ninguna clase, que nunca hizo un comentario menos positivo, ni para el gobierno rojo, ni para el blanco, ni para los bombardeos, ni para las dificultades. Y esta actitud, en lugar de resultar ficticia, parecía a todos normal, lógica y, sin proponérselo, contagiaba el ambiente de serenidad y de alegría. Porque don Josemaría transmitía su seguridad a quienes le rodeábamos”[4].

Escrivá predicaba la meditación a sus compañeros casi a diario. Alastrué describe la escena: “Sentados en los colchones, sumidos en la penumbra que nos envolvía (…), oíamos casi día a día las pláticas y meditaciones del Padre. Sus palabras, unas veces serias, otras impetuosas y emotivas, siempre luminosas, descendían sobre nosotros y parecían ponerse en nuestra alma. Todo en ellas giraba en torno a la persona, la vida, las palabras, la Pasión de Cristo, en una referencia más o menos directa. Contemplar despacio y con amor a Cristo, gustar sus palabras, seguir paso a paso sus milagros, sus enseñanzas, sus sufrimientos eran su materia inagotable”[5].

En aquellas circunstancias, muchos, incluso los que antes habían tenido una vida de piedad vigorosa, probablemente se hubieran contentado con esperar a que pasase la tormenta, manteniendo un mínimo nivel de vida cristiana. En las meditaciones y en sus conversaciones con los miembros del Opus Dei, sin embargo, Escrivá marcó metas altas de crecimiento en la vida interior: “La vida es lucha. Pero, insisto, esta lucha debe ser continua. Si no nos la presenta el enemigo, presentémosla nosotros. Si no distinguimos qué hemos de combatir en nosotros, examinémonos con mayor detenimiento y cuidado. Recojámonos profundamente en nosotros mismos. Acudamos así, alerta, al encuentro del enemigo, dispuestos a provocarle y a reñir con él en cuanto lo percibamos. No aceptemos la inacción; mientras vivamos, el enemigo de nuestra alma nos acecha.

Pero, además, estamos llenos de defectos que es necesario extirpar, y carentes de virtudes que es preciso adquirir. Busquemos en qué es necesario violentarse, qué es lo que hay que suprimir, qué es preciso hacer arraigar. ¿Qué debe ser nuestra existencia sino un sacrificio y un esfuerzo constantes para realizar la Voluntad de Dios, para darle alegría y gloria, con una perfección buscada a costa de mortificación y trabajo? Luchemos, luchemos siempre, con humildad, con perseverancia, con ánimo; luchemos, sabiéndonos hijos de Dios, que esta conciencia adquirimos de manera especial al llegar a la Obra. Luchemos, manteniendo en nosotros el gaudium cum pace, sin turbarnos, sin inquietarnos por fracasos y por reveses (…).

Pero de nada vale nuestro cuidado, si no contamos con Dios. Lo primero, casi lo único, es su ayuda. Pidámosle el gaudium cum pace para todas nuestras peleas. Supliquémosle que nos conceda gracia, fuerza, paciencia y humildad para que, conociéndonos, confiemos sólo en Él. Y recojámonos, finalmente, para que –contempladas nuestras necesidades- formemos nuestros propósitos concretos”[6].

Escrivá urgía a los miembros de la Obra no sólo a sobrellevar con alegría el hambre, el frío, el aislamiento y la ansiedad que entrañaba su situación, sino también a buscar oportunidades de ofrecer pequeños sacrificios a lo largo del día. En esto él iba por delante hasta un grado que es difícil de entender. Adelgazó tanto por la escasez y pobreza de la comida, que cuando su madre fue a visitarle no le reconoció hasta que oyó su voz. A pesar de todo, para poder ofrecer a Dios algo más como reparación y penitencia, en repetidas ocasiones comía menos de lo que le correspondía, de modo que los demás pudiesen tener un poco más. Practicaba también otras fuertes mortificaciones corporales, como el uso de las disciplinas, movido por el deseo de desagraviar a Dios por los muchos sacrilegios y crímenes que la guerra traía consigo.

Con su intensa oración y espíritu de sacrificio ayudó a los miembros de la Obra a mantener la alegría a pesar de la dureza de su situación. Alastrué, haciendo memoria de los meses pasados en la legación, escribe: “Parecía como si la carencia de todo, la sombría estrechez del encierro, el peligro que se cernía en torno nuestro, trajeran una dulzura escondida; era una bendición real que tocábamos día a día. No era sólo que Dios nos diese fuerzas para soportar la prueba; es que, efectivamente, ‘aquel yugo era suave y aquella carga ligera’, es ‘que podíamos correr con el corazón henchido de alegría por la vía de la voluntad de Dios’. Recuerdo la frase sencilla y sincera de uno de nosotros, José María, cuando un día, comentando esta disposición de ánimo decía: ‘esto no puede continuar, es demasiada felicidad’”[7].

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 294

[2] AGP P03 1981 p. 253

[3] Ibid. p. 249

[4] Ibid. p. 250

[5] Ibid. p. 257-258

[6] AGP P12 p. 121-122

[7] AGP P03 1981 p. 251

2 de Octubre de 1928

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Todo sucedió de una forma sencilla. El 2 de octubre de 1928 don Josemaría se encontraba en la Casa Central de los Paúles de Madrid, participando en unos ejercicios espirituales con otros sacerdotes de la diócesis. Era la fiesta de los Angeles Custodios. Bendecid al Señor, Ángeles del Señor —había rezado, por la mañana, al celebrar la Eucaristía— cantadle un himno y exaltadle por los siglos de los siglos.

Se retiró a su habitación; y cuando releía las notas en las que había recogido las mociones que había recibido de Dios en los últimos diez años, vio la misión que Dios le confiaba: difundir por toda la tierra el mensaje evangélico de la llamada universal a la santidad, mediante la santificación del trabajo y la vida cotidiana.

En aquel instante supo, con certeza plena, que debía dedicar su vida entera a esa misión, a esa tarea. “Eso” era por lo que venía rezando desde su adolescencia: lo había vistover fue el verbo que empleó siempre para designar aquel momento decisivo— mientras repicaban las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Aquel voltear jubiloso, comentaba años después, nunca ha dejado de sonar en mis oídos

Y él… ¿qué era? Un sacerdote joven, sin medios económicos, recién llegado a Madrid, con una familia a su cargo… Tenía yo veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Perono se desanimó. Se hizo este planteamiento sobrenatural: así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso.

Desde aquella mañana de octubre de 1928 la Obra de Dios, el Opus Dei, fue una realidad, aunque sólo contase con una persona: la del fundador.

Su mensaje chocó con la mentalidad de la época. Muchos se asombraban al escuchar de sus labios que todos estamos llamadas a la santidad. ¿Cómo? ¿No estaba reservada la santidad a unos cuantos privilegiados? Simples cristianos —enseñaba don Josemaría—. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!

La enseñanza que tuve la suerte de recibir

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Testimonio de Covadonga O’Shea, Periodista. Directora de la revista «Telva»
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El día 14 de febrero se han cumplido sesenta años de la fecha en que Monseñor Escrivá comenzó el Opus Dei entre las mujeres. Al hilo de este aniversario, en esta época en la que la mujer ha irrum­pido de lleno en el acontecer del mundo, he querido recordar algu­nas anécdotas, sencillas en apariencia, pero con el valor de lo entra­ñable, y que encierran buena parte de la enseñanza que tuve la suerte de recibir, en directo, del fundador de la Obra.

Es conocido que a partir del 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación del Opus Dei, Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó lo que Dios le había hecho ver: que se habían abierto los caminos divinos de la tierra; que todos los cristianos estamos llamados por Dios a la santidad, que cada uno en su sitio, en medio del mundo, debe convertir su vocación humana en vocación divina. Esa fue la enseñanza que difundió a lo largo de su vida y que se escuchó en los cinco continentes. «Todas las profesiones honradas han de ser lugar de encuentro con Dios», era el «leitmotiv» de su predi­cación. Todas, incluso… la tan temible y denostada del periodismo, añado yo.

El fundador del Opus Dei, que además de tener una misión divi­na entre las manos, y quizá por eso poseía unas cualidades humanas muy por encima de la media, comprendió la trascendencia humana y cristiana del trabajo de los profesionales de la opinión pública.

No en vano fue durante un tiempo profesor de la vieja Escuela de Periodismo de Madrid. Es muy posible que comprendiera, con la fuerza de la experiencia, la necesidad de inculcar a quienes nos dedi­camos a estas tareas -fuesen o no del Opus Dei– un especial sentido de responsabilidad. Y siempre con un sentido positivo, radicalmen­te optimista, marcaba como pauta de actuación el ahogar el mal en abundancia de bien. Porque dejaba siempre claro que la violencia no es buena ni para vencer ni para convencer. Esta solicitud por nuestra profesión tiene mucho que ver con uno de mis primeros recuerdos de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Era el mes de septiembre de 1963. Hice una escala de varias horas en Roma, en un vuelo de Atenas a Madrid, y pedí una audien­cia con el fundador de la Obra. Yo era entonces subdirectora de Telva, revista recién nacida. Tenía unos pocos años más que la revis­ta, no muchos más; por dejar las cosas claras, veintiséis menos que hoy.

Había ido a Grecia para asistir como enviada especial a la boda del Rey Constantino con la princesa Ana María de Dinamarca. Soy consciente de que no se trataba de un congreso de teología ni tan siquiera de metafísica. Era simplemente un acontecimiento social. Sin embargo, el fundador del Opus Dei me recibió en el acto, me preguntó por el viaje y enseguida trascendió al tema concreto para ir a la raíz: «¿Has trabajado mucho?», me preguntó. «Seguro que lo has hecho lo mejor que sabías». Lo importante para él no era el qué, sino el cómo. Había que realizar el trabajo, el que fuera, intelectual o manual, de más o menos categoría, con ilusión, con empeño, con sentido de responsabilidad, bien rematado… Y aprovechó la ocasión para animarme en mi terreno. Me dijo que los periodistas debíamos utilizar la pluma para iluminar el mundo con la verdad, para tratar de hacer el bien a la familia y a la sociedad. Con pena, lamentó que es triste comprobar tantas veces que ocurre lo contrario, que algunos se dedican a quitar la fama a personas y a instituciones.

Años después, en marzo de 1971, también en Roma, de paso hacia Milán, volví a saludar al Padre. Siempre se interesaba por mi quehacer. Le conté que iba a visitar unas editoriales italianas: Mondadori, Rizzoli… Siempre positivo, dedicó unos cuantos elo­gios a lo bien que trabajaban, a su calidad profesional, al bien que desde estos trabajos se puede hacer. En un momento de entusiasmo, al escucharle, le pregunté cómo pensaba él que podría hacer mejor la revista en que trabajaba. La respuesta fue inmediata y tajante; no me dejó lugar a dudas: «¡Con libertad!», y siguió: «Yo no puedo, ni quiero, meterme en tu trabajo ni en la forma de hacerlo. Además, no te daría un buen consejo porque no entiendo de estos temas…».

Eran dos rasgos muy destacados en él: el amor al trabajo bien hecho y una defensa apasionada de la libertad personal. Junto a ellos, y envolviéndolos, el buen humor, unido a un sentido común aplastante.

Esta vez volvía de Washington –era el mes de octubre de 1971–de un congreso de mujeres periodistas y escritoras. Tuve de nuevo la oportunidad de pasar por Roma y de saludar al Padre. Le conté las mil peripecias de unos días en los que se habían planteado temas conflictivos y difíciles de resolver. Los movimientos de la «Women’s lib» estaban en plena ebullición: control de natalidad, anticoncep­tivos, aborto. Le expliqué por encima la trastienda del congreso. Había un grupo de personas a favor de esa falsa «liberación de la mujer»; otras en pro de la vida, de la familia, de la mujer como Dios manda.

A lo largo de una semana hubo ponencias, coloquios, mesas redondas. El último día había que enviar a los medios de comu­nicación un informe con las conclusiones de lo que allí se había tratado. Al mismo tiempo una Embajada invitaba a un cóctel que a todo el mundo divertía y no había quien se sentara a redactar el escrito. En vista de lo cual me acerqué a la presidenta, mexicana, para decirle que no me importaba quedarme un rato en la sede del congreso y elaborar el artículo para la prensa.

Como me gusta jugar limpio, puse las cartas boca arriba: allí se había dicho de todo, cada cual podía sacar conclusiones diversas. Sin embargo, yo sabía muy bien lo que un buen grupo de mujeres proponíamos como solución. Si me quedaba yo, marcaría en ese artículo el acento en lo positivo. «Pues ándalo», me dijo con su mejor acento, «y hazlo como se te “ofresca”. Ya que te quedas estás en tu pleno derecho. Yo te lo firmo». Se rió el Padre con la historia.

En marzo de 1973 fue la última vez que vi en Roma al fundador del Opus Dei. Pocos meses antes había recorrido España en dos meses de catequesis. Si tuviese que entresacar los temas que trató en las distintas reuniones que tuvo con todo tipo de personas, más de cien mil, destacaría su amor a la Iglesia, al Papa y a los obispos. Y su gran preocupación por la mujer, por lo que supone para ese núcleo fundamental de la sociedad que es la familia. Aquella maña­na, en Roma, volvió a hablarme de las mismas cuestiones. Le dolían las consecuencias que preveía en una situación que empezaba a ser caótica. «Hija mía, de todo esto toma tú unas cuantas notas, dale vueltas a estas ideas y un día que estés de buen humor (en su tono de voz se traslucía que comprendía que podían aburrirme esos temas, por la pesadez con que se tratan tantas veces) escribe sobre ello». Como me insistía en que debía ser valiente y decir las cosas claras, pensó que podía necesitar una ayuda extraordinaria.

«¿Quieres una reliquia de Santa Catalina de Siena?» me pre­guntó. Yo sabía que a esa doctora de la Iglesia, Monseñor Escrivá de Balaguer la llamaba «la gran murmuradora», porque decía las verdades del barquero tanto al Papa como al emperador. Siempre con gran respeto, pero con la verdad por delante.

Rápidamente contesté que, por supuesto, la quería, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer yo con una reliquia. Ante mi asombro, el Padre llamó por teléfono de inmediato para hacer el encargo al Vicariato de Roma, y a quien se lo dijo, le explicó: «Compra después de tener la reliquia un relicario femenino, que es para una hija mía». Al dármela, dos días más tarde, me repitió: «Acude a esta santa para que te enseñe a tener la lengua bien suelta. como ella, en defensa de la verdad».

Podría seguir recordando otros muchos detalles de la vida del fundador del Opus Dei. He querido contar algunos que a mí me dejaron patentes rasgos fundamentales de su vida y sus enseñanzas: el amor a todo tipo de trabajo, su sentido del deber, su buen humor, su amor a la libertad. Y, como música de fondo, su empeño por enseñar a hombres y mujeres de cualquier edad, raza y condición social, a hacer de la vida, desde cualquier profesión, un verdadero servicio a la Iglesia y a la sociedad.

Corazón universal

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Testimonio de Juan Hervás, Obispo dimisionario de Ciudad Real
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Sería por el año 1934 cuando conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. El Opus Dei estaba aún en sus comienzos, y su fundador, rodeado de gente de toda edad y condición. buscaba la fortaleza en los barrios más pobres de Madrid.

Fui a visitarle a la academia–residencia DYA, que acababa de abrir en la calle de Ferraz. La acogida cordial que me dispensó esta­bleció de inmediato una corriente sincera de amistad humana y sacerdotal. Fui varias veces después por la academia para conversar con ese sacerdote que tanta paz me transmitió.

Al entrar en aquella casa desaparecía la sensación de insegu­ridad que se respiraba entonces en la calle. Allí se trabajaba con seriedad, con serenidad, con intensidad; en la certeza de que la ancha y fecunda labor de servicio a la Iglesia que el Opus Dei habría de realizar, se llevaría a efecto porque Dios estaba empe­ñado en que se realizara. No había que detenerse por las cosas que entonces pasaban y que llegaban a paralizar tantos ánimos:

Dios y audacia –DYA– había sido ya el lema de la primera obra apostólica del Opus Dei, y había que seguir adelante sin miedo, con los ojos puestos en Dios. Allí conocí de qué modo Monseñor Escrivá de Balaguer trataba con los estudiantes, los medios apos­tólicos que empleaba, el aire que imprimía a aquel centro: orden y profundidad en el trabajo y alegría en la convivencia. En fin que ya por entonces me hice una idea cabal de la naturaleza del Opus Dei.

Durante la Guerra Civil Española estuve en Friburgo, como alumno de la Universidad Católica. Volví a Valencia en 1939. Allí tuve mucho trabajo, y uno de los ministerios pastorales que me asig­naron me permitió seguir en contacto con el fundador del Opus Dei: como director del Colegio Mayor Burjasot, pude seguirla labor que don Josemaría impulsaba en el ambiente universitario de Valencia. En este centro residían – o de él procedían - algunos de los estudiantes que pronto solicitaron la admisión en la Obra.

No todo les fue fácil. Ya en aquellos años fueron objeto de muchas contradicciones. Se difundieron sin fundamento alguno toda clase de sospechas, acusaciones y falsedades. El sentido común me decía –y así lo hacía yo constar a los detractores– que las acu­saciones de aquella campaña no cuadraban con los socios de la obra que yo trataba, ni con mi conocimiento personal de su fundador. ni con el Opus Dei. No podía olvidar el criterio evangélico de dis­cernimiento de la bondad o maldad de una obra de apostolado. conocer el árbol por sus frutos; y éstos eran manifiestamente sanos.

Hacia 1945,durante uno de mis viajes a Madrid, fui a visitar a don Josemaría a su casa, en la calle de Diego de León. Me acogió con el afecto de siempre y quiso que me hospedar a allí. Estuve algu­nas semanas y siempre recordaré aquella temporada como unos días gratísimos. Todos – en primer lugar don Josemaría– me tra­taron con plena confianza, en familia. Yo trabajaba durante el día en mis cosas, con total independencia. y al regresar a la casa me encontraba en un verdadero hogar. Allí pude conocer la persona­lidad del fundador del Opus Dei bajo una luz nueva para mí.

Daba toda clase de facilidades para que se vieran las cosas direc­tamente, de forma que cada uno pudiera hacerse cargo por sí mismo de la realidad santa de lo que era y hacía el Opus Dei. Así lo hizo conmigo y con otros muchos obispos. Este modo de proceder era lógico en Monseñor Escrivá de Balaguer. En primer lugar, porque él mismo era siempre objetivo: tenía una repugnancia natural hacia el misterio y lo que tuviera apariencia de secreto. Le gustaban por su carácter las puertas abiertas y que los hechos cantasen; en ello no cabía ni engaño, ni vanidad, ni jactancia.

También estuve en varias ocasiones en el Colegio Mayor Mon­cloa. La estancia en estos centros universitarios del Opus Dei pro­dujo en mi otros beneficios conocí el espíritu de la Obra hecho realidad en Monseñor Escrivá de Balaguer, y pude ver cómo iba forjando el temple apostólico de muchos estudiantes. Ese contacto rejuveneció mi propio espíritu y al mismo tiempo, fue una aproxi­mación al campo del apostolado laical, que me permitió conocer muchas de las soluciones que el Opus Dei ha dado –no sin una especial providencia de Dios– a muchos problemas que lleva con­sigo este apostolado. Monseñor Escrivá de Balaguer, al invitarme en centros de la obra, me hizo participar de los tesoros que Dios mismo había puesto en sus manos, para que con entera libertad tomara aquello que me interesara para orientar mi labor en el campo del apostolado de los laicos Sin pretender que sus soluciones eran las únicas posibles, nunca dejó de darlas a conocer a todos los que estuvieran sinceramente interesados en ellas. Desde el momento en que pude conocer a fondo su espíritu, su modo de formar a los laicos y de dirigir la asociación por él fundada, he tenido a Monseñor Escrivá de Balaguer por un hombre elegido por Dios para ser maestro de los nuevos caminos del laicado católico.

El nervio central de todo su apostolado con laicos y con sacer­dotes– ha sido hacer llegar al corazón de cada persona la llamada divina a la santidad; promover la santidad en medio del mundo entre personas de todas las condiciones. Una doctrina que seria proclamada solemnemente por el Concilio Vaticano II, muchos años más tarde.

En las conversaciones que pude mantener con don Josemaría por aquel entonces, pude comprobar su visión universal, amplia, católica, del Opus Dei. La ilusión por extender su labor a los cinco continentes estaba presente desde el principio, porque la Obra la había querido Dios universal. No había nacido para solucionar, los problemas de un determinado país. Me habló entonces de como se estaban preparando los que habrían de llevar a cabo la expansión a otros países. Comprendí ––por lo que decía y, sobre todo, por cómo lo decía– que era algo que le quemaba por dentro desde hacia tiempo: para don Josemaría sacar adelante el Opus Dei, extenderlo por todo cl mundo, era como un fuego de celo que le abrasaba. Era cumplir la voluntad de Dios.

Había una decidida determinación y mucha audacia en sus planes; pero, a la vez, prudencia y dedicación paciente para hacerlos posibles, preparando los instrumentos y rezando; sobre todo rezan­do y haciendo rezar por esa intención. Luego todo saldría: como solía decirme, cuando Dios quiera, al paso de Dios.

Después de mi designación como obispo de Mallorca en octubre de 1946–primero como coadjutor y después como residencial–, mi trato con el fundador del Opus Dei tuvo otro carácter debido a las circunstancias. Mis deberes pastorales no me permitieron, como hasta entonces, los frecuentes desplazamientos a Madrid, y, por otra parte, Monseñor Escrivá de Balaguer había fijado su resi­dencia en Roma desde ese mismo año. Sin embargo, a partir de entonces, cada vez que be viajado a Roma no dejé de visitarle y a menudo me invitaba a comer en la sede central del Opus Dei.

El desarrollo de las actividades del Opus Dei en las diócesis de las que he sido obispo me ha permitido un contacto habitual con la Obra durante muchos años.

Hacia 1950 comenzaron a darse en Mallorca retiros espirituales para hombres, para mujeres y para sacerdotes, dirigidos por sacer­dotes del Opus Dei. De ahí surgió una labor muy extensa de apos­tolado personal, pues muy pronto hubo en la isla socios de la Obra. Estaba al corriente de esas tareas, por lo que comentaban sus direc­tores de la labor y los sacerdotes que colaboraban en ellas: por mi parte, procuré dar todas las facilidades, como ha sido mi costumbre en todo tipo de labor apostólica hecha con rectitud; y comprendía perfectamente el gran bien que el Opus Dei hacía en mi diócesis.

Desde 1955 a 1977 residí en Ciudad Real como obispo prior de las órdenes militares. La presencia del Opus Dei en esta diócesis fue para mí una fuente de alegría y de consuelos. Por referirme, en concreto, a la labor realizada entre mis sacerdotes, ya pertene­cían a la Obra muchos de ellos cuando llegué allí, y después se han ido multiplicando las vocaciones. Los he considerado siempre como fermento de unidad, por su obediencia pronta y alegre a su ordi­nario; por su fidelidad a la doctrina de la Iglesia; por su vibración apostólica contagiosa, esperanzada y optimista; por su espíritu de comprensión, pasando por alto, con buen humor, aquellas peque­ñeces que surgen en la convivencia; por su ilusionada dedicación a los ministerios que sus obispos les encomiendan. Ponen un empe­ño constante por santificarse en y desde su ministerio. Son sacer­dotes que quieren y procuran ser sólo sacerdotes: su ejemplo firme y humilde –con las flaquezas personales, como tenemos todos, que no empañan la rectitud de intención– hace mucho bien dondequie­ra que son destinados.

Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó a todos sus hijos –se­glares y sacerdotes– a tener un gran amor a la Iglesia, un amor personalizado en la jerarquía de todos los lugares, y materializado en atenciones delicadas hacia los obispos, sin gravarlos nunca con problemas y cargas innecesarias. Recuerdo que las visitas que los socios del Opus Dei me han hecho como ordinario del lugar donde trabajaban, siempre se han caracterizado por el respeto, la alegría y el optimismo: me hacían pasar un buen rato, tanto que, cuando mis ocupaciones lo permitían, alargaba gustosamente la con­versación.

Quiero terminar con un recuerdo muy personal, quizá el más entrañable de los que guardo de mi amistad con Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo había «cometido» la «grave» audacia de levantar una bandera de renovación de espiritualidad y de apostolado seglar; me refiero a los cursillos de cristiandad. Este empeño surgió durante mi estancia en Mallorca y, después de trasladarme a Ciudad Real, tuvo un gran arraigo entre los fieles, incluso saltando las fronteras de España. Desde sus comienzos fui bendecido y alentado por el Santo Padre, y ha sido la fuente de donde han brotado las más ínti­mas alegrías pastorales de mi vida. Pero el Señor quiso probarme y probar también a este movimiento, desde sus comienzos, con la contradicción. Se desató en torno a mi persona una dolorosa tempestad.

En aquel mar revuelto de insidias tuve que ir a Roma, ya que había sido denunciado ante el Santo Oficio. Quise visitar a Mon­señor Escrivá de Balaguer: el recuerdo de la imperturbable alegría con la que había llevado las contradicciones que arreciaron contra cl Opus Dei, me impulsaron a buscar su consejo, persuadido de que de esa charla me vendría la paz para mi ánimo atribulado. Y no me engañé.

Me escuchó atentamente y llegó al fondo de la cuestión ense­guida: no perdió el tiempo en estériles lamentaciones. En sus pala­bras, breves y certeras, volcaba en mí su propia alma: «No te preo­cupes. Son bienhechores, porque nos ayudan a purificarnos. Hay que quererles y pedir por ellos». Me insistió en la necesidad de que­rer a los que no nos comprenden, de rezar por los que juzgan sin conocimiento suficiente de causa, y en el deber de prestar atención tan sólo a la voz de la Iglesia–no a los rumores de la calle– y de mantener el corazón limpio de resentimientos y amarguras. Aque­llos consejos, que tanto bien hicieron a mi alma, tenían la enorme autenticidad de quien los había vivido y seguía viviendo entonces.

Monseñor Escrivá de Balaguer me alentó constantemente en una empresa que no era la suya, y volcó la caridad y comprensión sobre un apostolado que iba por caminos distintos al suyo. Sólo Dios sabe en qué medida pudo contribuir a despejar los caminos de la Providencia.


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