Con los ojos de la fe

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D. Julián Díez-Antoñanzas pertenece a la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz y es párroco de San Valero en Zaragoza. Hace unas semanas acompañó a un grupo de personas ciegas en peregrinación a Tierra Santa. Ahora cuenta algunas de sus experiencias.

D. Julián, ¿puede una persona ciega aprovechar una peregrinación religiosa a Tierra Santa, cuando parece que todo se basa en poder “ver” los distintos lugares en los que se desarrolló la vida de Jesús?

Opus Dei -

A los ciegos les gusta viajar, incluso “ver” películas (así se expresan ellos). A través del sonido se hacen una idea bastante real de las cosas. Están acostumbrados a pasar por los lugares sin especiales indicaciones. Por eso creo que para un ciego es más fácil “conectar” con la tierra de Jesús que para alguien que ve, porque no le distraen los edificios modernos, los coches, los postes de la luz… El ciego siente la geografía, paladea el clima, asocia los sonidos naturales a los que escuchó Nuestro Señor… Saben que están en un lugar santo, los guías y acompañantes les describen las cosas, y eso les ayuda mucho. Tocan, palpan la piedra, porque para ellos el sentido del tacto es esencial. Y con su imaginación completan el cuadro.

¿Tuvieron algún problema en la entrada al país?
Desde el propio viaje en avión en una aerolínea israelí hasta la llegada al aeropuerto fuimos tratados de modo excelente por las autoridades de Israel. Pusieron todo tipo de facilidades y amablemente agilizaron los trámites.

Jesucristo curó a varios ciegos a lo largo de su vida. ¿Se ha producido también algún milagro estos días?

Opus Dei -

Al llegar a Jerusalén varios empezaron a pedir en tono de broma “llévenos a Siloé, que para eso hemos venido…”. No se podía ir al lugar donde el Señor curó al ciego de nacimiento, pero entonces advertí que los ciegos tienen mucho sentido del humor, que les gusta hacer bromas relacionadas con su limitación.

Y lo cierto es que ellos iban a ver con los ojos de la fe, y creo que han cumplido sobradamente su deseo. Han regresado muy removidos religiosamente, y todos con la convicción de que habían “visto” la tierra del Señor.

Uno de los peregrinos ha dejado escrito: “Junto al Cenáculo pudimos tocar el relieve en bronce que representa al colegio apostólico, acariciando la figura del Señor que hace de puerta del Sagrario”. ¿La fe necesita de los sentidos?
Sí. La Encarnación y los Sacramentos son la materialización del amor de Dios para que podamos palparlo con los dedos. Junto al Cenáculo recorrieron un gran retablo en bronce con las figuras de los apóstoles y de Jesús en la Última Cena. Pudieron palpar la gruta de la Encarnación, que está cerrada para los peregrinos, pero a ellos les dejaron. Nos impresionó mucho, cuando cerraron la Basílica, cómo en silencio uno por uno entraban para tocar las paredes, la estrella donde indica que el Verbo se hizo carne…

Les impactó poder mojar sus manos con el agua del Jordán, y también tuvieron el privilegio de tocar uno de los olivos más antiguos de Getsemaní, porque el hermano franciscano custodio del lugar les permitió pisar el jardín con la condición de que no arrancaran ninguna hoja. Se abrazaban al olivo centenario y salían emocionados. Esa noche hicieron una hora de adoración ante el Santísimo delante de la roca de la agonía, y también pudieron confesarse. Fue uno de los momentos más impresionantes.

“Ellos iban a ver con los ojos de la fe, y creo que han cumplido sobradamente su deseo”

¿Cómo se vive el espíritu del Opus Dei, tan unido a la vida ordinaria, en una ocasión extraordinaria como ha sido esta peregrinación?
Es muy fácil vivirlo en una peregrinación a Tierra Santa. En realidad, vivir las normas del plan de vida y el espíritu de servicio es lo ordinario, y más con estas personas. Y hay que tener en cuenta que el espíritu de peregrinación también es ordinario, porque es espíritu de vigilancia, de conversión, de estar en camino hacia Dios… Eso puede vivirse en cualquier circunstancia.

¿Qué ha aprendido de estas personas ciegas?


Opus Dei -

A mirar con más profundidad las cosas, a contemplar, a captar aspectos que el bullicio de la vida en ocasiones no deja ver con claridad. Ellos perciben con todo su ser, porque cuando uno no puede ver con los ojos se esfuerza con el resto de su persona.

Además, los ciegos son personas muy organizadas, necesitan tener siempre cada cosa en su sitio, y son muy puntuales, facilitaron la peregrinación al máximo; diez minutos antes de cada cita ya estaban todos preparados.

Supieron prescindir de las comodidades de los hoteles para estar en las residencias de los franciscanos, junto a los lugares sagrados, y poder emplear el tiempo libre en pasar (siempre acompañados) a los lugares sagrados. Y también era muy contagiosa su alegría, su sentido del humor; rebosaban felicidad.

“La Gran Ciudad de Londres”

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

En Logroño, la familia se apiñó todavía más, en parte por la fuerza de las cosas y en parte por el esfuerzo que hacían los padres para que los reveses no alterasen el buen humor y la serenidad de todos. Se instalaron al principio en el cuarto piso -bajo el desván- de un inmueble situado en la calle de Sagasta, junto al puente de hierro sobre el Ebro. Don José había encontrado trabajo con un comerciante, Antonio Garrigosa, que tenía una tienda de telas y prendas confeccionadas. Se llamaba “La Gran Ciudad de Londres” y estaba situada bajo los soportales de la principal calle comercial.

Los comienzos no habían sido fáciles. Tuvieron que instalarse, establecer contactos, relacionarse… Poco a poco, sin embargo, gracias a un colega de su padre, empezaron a ser recibidos en una familia, luego en otra…

Los domingos, iban a pasear por los alrededores de la ciudad, al otro lado del Ebro, por la carretera de Laguardia. A lo lejos, se divisaban las colinas malva y azuladas que, en los meses de invierno, a duras penas lograban mitigar el cierzo. Cuando regresaban, antes de atravesar el puente de hierro que conducía directamente a su casa, aparecía la ciudad, extendida al otro lado del ancho cauce del río; destacaban las dos torres gemelas de la Colegiata y, un poco más a la izquierda, esbelta, y puntiaguda como una espiga, la aguja piramidal y el campanario de la iglesia de Santa María de Palacio, así como el campanario románico de San Bartolomé. La jornada dominical concluía en casa, o en la de algunos amigos, con una merienda o una tertulia en la que se comentaban temas de actualidad.

Primeras amistades

En el Instituto de Logroño, donde prosiguió su bachillerato, Josemaría conoció otros compañeros de estudio y pronto hizo algunas amistades. Los riojanos suelen ser francos y abiertos, como los aragoneses, con los que comparten la pasión por la independencia y la igualdad. La espontaneidad de su lenguaje, de una precisión rabelesiana, es proverbial en toda España. Es la propia de los viñadores de esta región, los cuales, tras la plaga de la filoxera que arrasó las viñas hacia 1870, como en Francia, habían aclimatado cepas importadas de la región bordelesa.

El Instituto se alzaba en una plaza situada al final de la calle del Mercado. Bajo los soportales, bordeando el Ayuntamiento y la Colegiata de Santa María la Redonda, Josemaría no tardaba en llegar hasta la calle en que “La Gran Ciudad de Londres” mostraba sus escaparates. Si quería, podía ir a buscar a su padre y, si no, hacerle una visita antes de regresar a su casa, en la calle de Sagasta. La tienda tenía un entresuelo recubierto de madera oscura que le proporcionaba una cierta elegancia. Don José había sabido encarar la situación con buen ánimo y pronto había empezado a distinguirse por su conciencia profesional, su puntualidad y su amabilidad con los clientes.

Las clases del Instituto se completaban con horas de estudio y de repaso en dos colegios: uno, dirigido por hermanos Maristas, y el de San Antonio, algunos de cuyos profesores seglares enseñaban también en el Instituto. Aunque alegre y divertido, Josemaría era más serio y maduro que la mayoría de sus compañeros de estudios. Uno de sus mejores amigos del Instituto se llamaba Isidoro Zorzano, muchacho inteligente y trabajador. Había nacido en Buenos Aires, adonde sus padres, oriundos de un pueblo de la provincia de Logroño, habían emigrado años antes; pera, siendo Isidoro todavía muy niño, habían decidido regresar a su tierra natal.

El monumento más famoso de Logroño era la Colegiata llamada “La Redonda”, construida sobre un templo romano, poligonal. Las dos torres barrocas flanqueaban una fachada con pórtico, ricamente ornamentado. Las capillas laterales y el deambulatorio estaban repletos de espléndidas obras de arte acumuladas a lo largo de los siglos.

En un enorme lienzo situado en la nave derecha, se ve al futuro San Francisco de Borja, que toma conciencia de la fragilidad de los afectos humanos contemplando horrorizado, en el ataúd, el rostro descompuesto de Isabel de Portugal, esposa del Emperador Carlos V. A su alrededor, los personajes que completan el cuadro se dan la vuelta mientras se tapan la nariz, con expresivo gesto. En un pequeño nicho del deambulatorio, se conservaba también un cuadrito pintado, al parecer, por Miguel Ángel, a quien se lo encargó una viuda rica.

Josemaría había proseguido sin problemas sus estudios de bachillerato en el Instituto, interesándose especialmente por las humanidades: literatura, historia, filosofía… Había empezado a apreciar la poesía medieval y los autores clásicos del Siglo de Oro español, entre ellos Cervantes (cuyas Novelas Ejemplares y su obra maestra, Don Quijote, le encantaban) y los grandes místicos castellanos. También se interesaba vivamente por los acontecimientos de la época, de los cuales oía hablar a su padre y sus amigos: en 1916, la revolución irlandesa, alzamiento de todo un pueblo por su libertad y su fe religiosa, tras varios siglos de persecución; en 1918, el fin de la gran guerra y la difícil instauración de un nuevo equilibrio en una Europa desangrada y exhausta…

Era igualmente la edad en que chicos y chicas empiezan a salir juntos, ocasión que aprovechó su madre para darle un consejo lleno de sabiduría, prudencia y buen humor: -Hijo mío, trata de comportarte siempre bien. Y si un día piensas en cosas serias -si piensas en casarte-, no olvides el proverbio que existe entre nosotros: busca una chica que no sea “ni guapa que encante, ni fea que espante”.

Presentimientos de amor

Pero los primeros impulsos de su corazón, tras muchas vacilaciones, habían terminado por adquirir un sesgo muy distinto.

Una escena en apariencia irrelevante le hizo pensar mucho en lo que es capaz de hacer un hombre cuando su corazón está lleno de amor de Dios… Debió ser durante las vacaciones de Navidad. Hacía mucho frío en Logroño aquel mes de diciembre de 1917. Había estado nevando durante varios días y una espesa capa de nieve helada cubría la ciudad. Al salir de casa, de pronto vio unas huellas de pasos en la nieve, todavía impoluta. No cabía duda: eran las huellas de unos pies desnudos… No tardó en descubrir, a lo lejos, un carmelita descalzo, el Padre José Miguel, cuyo convento estaba en las afueras de Logroño.

Ese encadenamiento de presentimientos y de certezas que llamamos vocación tiene siempre algo de misterioso. El descubrimiento de una generosidad insospechada había hecho cristalizar unos impulsos latentes hasta entonces. A partir de ese momento, ya no pudo disiparlos. Porque estaba cada vez más claro que Dios le pedía una mayor disponibilidad. Pero, ¿cómo lograrla? ¿Tendría que hacerse sacerdote…? Unos meses antes, sólo imaginarlo le hubiese hecho sonreír.

Con todo, no podía dejar de pensar en su futuro, en la carrera que le hubiese gustado seguir. Había dicho a su padre que le gustaría ser arquitecto… ¿Es que unas simples pisadas en la nieve iban a bastar para cambiar por completo el rumbo de su vida?

Sin decir nada a sus padres, durante los meses siguientes se había encaminado varias veces hacia el puente del ferrocarril para ir a ver al Padre José Miguel. Las conversaciones que mantuvo con él no le permitieron ver con claridad, excepto una cosa: no creía que la disponibilidad total que el Señor le pedía -Él sabría por qué- fuese compatible con la vida conventual que le proponía su director espiritual. Éste, con muy buen espíritu, quería persuadirle de que entrar en la Orden Carmelitana sería la mejor manera de responder a la llamada que acababa de experimentar.

Josemaría no sabía adónde le conduciría esa llamada, pero estaba seguro de que no se trataba, en su caso, de una vocación religiosa o monástica, que no era una invitación a abandonar el mundo, y así se lo hizo ver al Padre José Miguel.

Sin embargo, a pesar de que ignoraba cuál sería su camino, no había tratado de ahogar la inquietud que se había ido precisando desde que había visto aquellas pisadas en la nieve.

Fue entonces cuando, con toda naturalidad, movido por el deseo de purificarse más y más, empezó a intensificar las prácticas de piedad que ya le eran familiares. Las constantes invocaciones, las penitencias generosas, la confesión frecuente, la Misa diaria y la Comunión eran para él medios de unirse cada vez más al Señor y de ver con mayor claridad.

Volvió a pensar en hacerse sacerdote, a pesar de su repugnancia inicial. No obstante, la idea se inscribía en la perspectiva de quedar más disponible para “algo” que el Señor le pedía y que seguía sin ver…

Un día, dio el paso definitivo: se lo diría a su padre e ingresaría en el Seminario.. .

La impresión de éste debió ser enorme, pues sin duda no se lo esperaba. Fue la única vez que vio lágrimas en los ojos de su padre. Tras guardar silencio unos instantes, le había dicho, con voz grave:

-Hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes deben ser santos… Es muy duro no tener casa, no tener un hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más… Pero yo no me opondré a tu voluntad.

Sólo más tarde fue capaz de medir plenamente lo que estas palabras habían tenido de heroico en un hombre que tanto había sufrido y que ya había imaginado, para él, un brillante porvenir. Aconsejado por su padre, Josemaría fue a visitar a don Antolín Oñate, Abad de la Colegiata, y a un capellán militar que hacía poco se había establecido en Logroño, don Albino Pajares, reputado por su sabiduría y su piedad. Las perspectivas que le descubrieron no le entusiasmaron: párroco rural, canónigo, miembro de la curia diocesana, director de Seminario… ¡No se veía “haciendo carrera” en los medios eclesiásticos! No obstante, su clara voluntad de responder a una llamada cada vez más apremiante del Señor -aunque siguiera siendo misteriosa- pudo más: sería sacerdote…

Sus padres, como le habían prometido, no se opusieron a su decisión. Sin una sola queja, renunciaron a sus proyectos y abandonaron la esperanza de reconstituir el patrimonio familiar con su ayuda.

Él, por su parte, sintió que su corazón se oprimía cuando, para responder a esa llamada divina que era más fuerte que él, decidió entrar en el Seminario. Como para compensar su ausencia, había pedido al Señor que se dignase enviar a sus padres otro hijo varón para que ocupara su lugar en la familia, porque, cuando él tuviera que irse, sólo quedaría Carmen.

Se inició así una nueva etapa de su vida; una etapa que no era definitiva, sino camino hacia “algo”. No en vano le había dicho su padre: “¿Para qué hacerse sacerdote si no es para ser un sacerdote santo?”

Ni que decir tiene que él no pensaba en el sacerdocio al margen de la busca de la santidad, pero la llamada a servir a las almas se inscribía, en su caso, en el marco de otra vocación, no menos apremiante, que, sin embargo, no lograba identificar. Tal era la razón de que, a pesar del paso que acababa de dar, que creía acertado, continuase sintiendo una extraña sensación de seguir caminando como a ciegas, en busca de una respuesta a su ¿por qué? ¿Para qué voy a hacerme sacerdote? El Señor quiere algo. ¿Qué es? Y no cesaba de repetir, como el ciego de Jericó al paso de Jesús: ¡Señor, que vea! Domine, ut videam! Ut sit! Que sea eso que Tú quieres y que yo ignoro.

Cambio de costumbres

En el curso siguiente, a partir del mes de noviembre de 1918, su vida había quedado ordenada de otra manera. Por la mañana asistía a la Santa Misa en el Seminario, que ocupaba un ángulo de la vasta plaza del Espolón, jardín y paseo próximo al centro de la ciudad. Luego, volvía a casa para desayunar y regresaba al Seminario para asistir a las clases hasta las primeras horas de la tarde.

Aconsejado por el Rector del Seminario y por el obispo, adoptó un plan de estudios personal, acoplado a las materias que le eran familiares por haberlas tocado ya en el Instituto y centrado en el latín -¡al final había topado con él!- y en la filosofía. Algunos preceptores le ayudaban.

El primer año, se limitó a estudiar aquellas asignaturas que resultaban menos problemáticas: historia eclesiástica, arqueología, derecho canónico, teología pastoral, sociología y francés. A1 año siguiente, había abordado la teología fundamental.

Estos nuevos estudios no le habían resultado demasiado difíciles, porque, en realidad, por su formación y su gusto por las humanidades, sabía más que la mayor parte de sus compañeros del Seminario.

A éstos les parecía un tanto reservado. Hizo, sin embargo, muy buenos amigos, que conservó toda su vida. A sus condiscípulos y a sus profesores les hablaba con frecuencia del Instituto que acababa de dejar, así como de la urgente necesidad de insuflar un espíritu auténticamente cristiano a los jóvenes que allí estudiaban, los cuales, al cabo de unos años, serían profesionales e intelectuales que ejercerían gran influencia sobre mucha gente.

Los domingos por la mañana participaba, con los alumnos internos, en la catequesis de la iglesia del Seminario, para los niños de los barrios más pobres. Lo hacía por propia iniciativa, ya que los alumnos externos, como él, no solían participar en ella. Pero se consideraba un seminarista como todos. Y sería sacerdote cuando llegara el momento.

Con todo, seguía teniendo la íntima certeza de que no había ingresado en el Seminario sólo para eso. En los presentimientos que las pisadas en la nieve del carmelita habían avivado en él, anidaba la llamada a algo que, decididamente, no lograba ver. Por eso, rezaba cada vez con más intensidad.

“Señor, ¿qué quieres que haga?”, repetía, haciendo suyas las exclamaciones espontáneas y generosas de los profetas del Antiguo Testamento, cuando Yahvé irrumpía en su vida para pedirles que hiciesen algo grande en su nombre. Y añadía, siempre inspirado en la Biblia: “¡Aquí estoy, Señor, porque me has llamado!” (I Sam. III, 5, 6 y 9).

En esos momentos, le parecía que Dios jugaba con él y le llevaba adonde quería, sin que él se diese cuenta. Ahora, en este 2 de octubre de 1928, lo percibe con toda claridad…

Por los días de su ingreso en el Seminario, su madre les había anunciado, a él y a Carmen, que pronto tendrían un hermanito o una hermanita. Así pues, su audaz petición había sido escuchada, lo cual era una señal más de que todo lo que le estaba sucediendo obedecía a un plan preciso de la Providencia.

Y el 28 de febrero de 1919 nacía su hermano Santiago…

Al año siguiente, en Fonz, volvió a encontrar los amigos y los paisajes de su infancia.

Seguía alimentando la idea de cursar la carrera de Derecho, como su padre le había aconsejado. El proyecto se fue concretando a lo largo del curso escolar 1919-1920 y, a tal efecto, solicitó su traslado al Seminario de Zaragoza. Una media beca que había obtenido completaría la ayuda que sus padres pudieran prestarle.

El martes, 28 de septiembre de 1920, había traspasado el dintel del majestuoso Seminario Mayor de San Carlos, entregando al conserje, un tanto sorprendido, el tabaco y la pipa que utilizaba en Logroño…

Madrid, 1929-1930

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquí estoy, Señor, porque me has llamado (I Sam. III, 5, 6 y 9).

Don Josemaría ha repetido muchas veces estas palabras a partir del 2 de octubre de 1928. Al mismo tiempo, se da cuenta de lo inmensa que es la tarea, tanto más aplastante en cuanto que no procede -lo sabe perfectamente- de una inspiración momentánea, sino de un proyecto divino ajeno a él por completo. Frente a esta perspectiva gigantesca, ¡qué irrisorios son los medios!… Empezando por él mismo, piensa. Instrumento inepto y sordo que tanto ha tardado en ver lo que Dios le pedía… No tiene otra cosa que sus veintiséis años, gracia de Dios y buen humor.

La gracia de Dios no le ha de faltar. Por eso, su primer movimiento espontáneo, tras ese 2 de octubre de 1928, ha sido rezar todavía con más intensidad, siguiendo una lógica sobrenatural ajena por completo a la lógica humana: primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en tercer lugar, acción.

¿Cómo ser fiel a esa voluntad divina si Dios mismo no lleva a cabo la tarea fundamental? Señor, ¡no puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada!… Estas palabras, pronunciadas a menudo desde que, a los quince años, tuvo los primeros presentimientos, las repite ahora con más convicción todavía. Como compensación, le proporcionan una gran confianza en el futuro, “plenamente persuadido de que todo cuanto Dios tiene prometido, es poderoso también para cumplirlo” (Rom. IV, 21).

Abriendo brecha

Purificarse interiormente, reparar por sus faltas de correspondencia y por todos los pecados del mundo, unido a Cristo crucificado, para ser lo más dócil posible a lo que Dios quiere…

Ignem veni mittere in terram! (Lc. XII, 49), cantaba en su adolescencia; tanto, que su hermano pequeño se había aprendido la melodía, a fuerza de oírsela repetir… Sí, se trata de un fuego divino, que habrá que encender y propagar por todos los rincones de la tierra. ¡Cuánta fuerza necesita para que ese fuego no sea un fuego fatuo: ilusión, mentira de fuego, que ni prende en llamaradas lo que toca ni da calor. Sin embargo, el fuego sólo puede brotar de la generosidad. ¡Qué hermoso es perder la vida por la Vida!. El amor, hay que probarlo. ¡Y hay tanto que hacer! En realidad, todo, puesto que nada existe de esa gran obra que el Señor quiere que se realice, por mediación suya.

Así pues, Josemaría se entrega de lleno a una serie de mortificaciones -cilicio, disciplinas, ayunos- que hace cada vez más severas, mientras trabaja intensamente y ofrece su cansancio por la misma intención.

¿Quién ha dicho que las penitencias corporales eran cosa de los siglos oscuros de la Edad Media? En pleno siglo XX, en Madrid, en el umbral de los años 30 -que algunos han llamado “los años locos”- un joven sacerdote de veintiséis años que se siente impotente y como desarmado ante la inmensidad de la tarea que le aguarda, abre nuevos caminos divinos en la tierra al ritmo de la alegría de sus disciplinas y de sus rezos…

Pero como las gracias que son necesarias para trazar el primer surco en la tierra endurecida han de ser tantas, decide obtener de otras personas “refuerzos” sobrenaturales.

Empieza a pedir a sus amigos que recen “por una intención que le interesa mucho”. A veces, llega a interpelar a algún sacerdote que se encuentra en la calle, cuyo aspecto le hace suponer que vive con generosidad su ministerio… Y cuando se repone de la sorpresa, éste sonríe, asiente y sigue su camino, conmovido por la espontaneidad y la audacia de ese colega desconocido…

Cuenta también con la oración de los pobres y de los enfermos, que son todopoderosos ante el Omnipotente si saben unirse a Cristo Redentor. No en vano, la Providencia le ha conducido a este Patronato de Enfermos, cuyo capellán es desde su llegada a Madrid. De ellos, sobre todo, recibirá la fortaleza que necesita. De esta forma, ese querer divino podrá tomar cuerpo y desarrollarse… Sí, será gracias a esos hombres y mujeres anónimos y humildes, capaces de ofrecer al pobre sacerdote que es, la limosna de su oración y de sus dolores.

¡Y ésas fueron las armas para vencer! ¡Y ése fue el tesoro para pagar!.

Esos fueron los medios para abrir un nuevo camino de santidad en medio del mundo.

Y, finalmente, la acción. Ultima solamente en el orden de las prioridades, no de la cronología. Porque todo se mezcla desde el primer momento, ya que es preciso buscar quienes puedan llevar a cabo con él ese “algo” nuevo, compartir ese ideal, arrebatador pero exigente: meter a Cristo en la entraña de todas las actividades humanas, elevarlas hacia Él mediante un trabajo intenso realizado con abnegación, de cara a Dios, entregando la vida gota a gota, sin reservas.

Pero, ¿por qué crear algo nuevo? ¿Por qué no tratar de conjugar esos esfuerzos con los de alguna institución ya existente que tuviera unos fines y un espíritu como los que Dios le pedía y donde pudiera servir, obedeciendo? ¿No sería ésta una manera de cumplir ese querer divino, sin necesidad de añadir una fundación más a todas las que ya enriquecían la vida de la Iglesia?

Mientras busca alrededor algunos cristianos que sean capaces de responder a la nueva llamada, estudia detenidamente los estatutos de diversas instituciones de laicos ya existentes o recién creadas, para ver si los fines de alguna de ellas corresponden a lo que Dios le ha hecho ver el 2 de octubre de 1928.

A finales de 1929 tiene ya en su poder bastante documentación, proveniente de diversos países, pero nada responde, ni de lejos, a lo que él busca. Los fines de esos movimientos o grupos son elevados, pero limitados. No hay nada en ellos que incite a los cristianos a comprometer su vida entera al servicio de Cristo con una llamada específica a buscar la santificación en medio del mundo. Por eso, a pesar de sus vacilaciones que, por humildad, atribuye a su poquedad, no tiene más remedio que admitir que el Señor quiere que haga lo más difícil: abrir un nuevo camino de santificación en la Iglesia.

En busca de las primeras vocaciones

Ahora, más que nunca, el objetivo le parece desmesurado. ¡Una verdadera locura! Pero se trata de una locura querida por Dios… Por eso, venciendo su repugnancia inicial a ser fundador de algo, no duda en recomenzar sobre otras bases, y se pone manos a la obra con la única ayuda con que cuenta: la de Dios, que le pide eso, y con la intercesión de Santa María, de los Ángeles y de los santos…

Desde el 2 de octubre de 1928 venía pensando en algunas personas que conocía: alumnos de la Academia Cicuéndez, empleados, estudiantes, obreros, jóvenes relacionados con su familia, amigos, sacerdotes…

Pronto se suceden las visitas, las cartas, las conversaciones… Busca a las almas una a una, las prueba, las incita para que sean más sensibles a las exigencias del Evangelio. No se trata, de momento, de hablar de ese proyecto divino, cuya existencia sólo él conoce. Es preciso, antes, preparar pacientemente a quienes, por sus cualidades humanas y la solidez de su vida cristiana, sean capaces de aceptar, en su día, esta nueva “locura” divina, si el Señor les da la correspondiente vocación. Tendrá que meterles por caminos de vida interior -oración, mortificación, sacramentos-, para que se fortalezcan, se enamoren de Jesucristo y estén dispuestos a entregarle su voluntad para que haga con ellos lo que Él quiera. Sólo entonces, en una tierra así removida y fertilizada por la oración y la penitencia, podrá depositar la simiente divina que conserva como un tesoro en su alma. Podrá revelar a cada uno de ellos la llamada a ser apóstol de apóstoles en medio del mundo, sin salirse de su sitio, sin que nada cambie externamente en su vida de trabajo o estudio, pero divinizándolo todo, porque, poco a poco, a pesar de las caídas y las recaídas, uno se ha ido haciendo más “de Dios”.

Don Josemaría no habla a casi nadie de la misión que el Señor le ha encomendado. Se lo ha dicho, sí, a un jesuita prestigioso, el P. Valentín Sánchez Ruiz, que más tarde será su confesor, aunque siempre procurará distinguir perfectamente entre los consejos para su alma que éste le dará y las tareas para llevar a cabo su misión de Fundador, sin interferencias de la dirección espiritual.

En junio de 1929 se lo confía a uno de sus amigos de Zaragoza, José Romeo.

A su familia no le dice nada. Su madre y sus hermanos sólo advierten que cada vez está más ocupado: frecuentes desplazamientos por Madrid para visitar a los enfermos en sus tugurios o en los hospitales, largas conversaciones en casa o por las calles, con grupos de amigos o con algunos jóvenes a los que dirige en su vida espiritual y cita a veces en un banco del parque del Retiro…

El Padre -como empiezan a llamarle algunos- tiene un gran atractivo, con su estatura media y su cara armoniosa y llena. Usa gafas redondas, de concha, frecuentes en aquella época. Viste siempre con gran pulcritud y cuando sale a la calle suele llevar el manteo y la teja, no alargada, sino redonda, a la romana.

Simpático, abierto y de una alegría contagiosa, se expresa con un calor y una convicción que se manifiestan en la firmeza de la voz y en el acento, propio de su tierra aragonesa. Suscita enseguida la adhesión, nacida de la certeza, que se adquiere en cuanto se le escucha, de que uno se encuentra ante un hombre de Dios.

A menudo, en su sonrisa, en su penetrante mirada, llena de bondad, se advierte un “algo” que inspira confianza y, al mismo tiempo, remueve y anima a ser mejor…

Quienes se acercan a él comprenderían más fácilmente la influencia que ejerce sobre ellos si supieran que, cuando se encuentra solo con Dios, al sentirse tan joven y tan inclinado a dar rienda suelta a su carácter jovial, pide al Señor que le dé ochenta años de gravedad, signo externo, para él, del orden y de la pureza de la vida interior. Si conociesen lo mucho que reza y se mortifica por cada uno de ellos… Si le viesen encarar cualquier problema poniéndose con toda su alma en la presencia de Dios, y besando con frecuencia un crucifijo que coloca siempre sobre su mesa de trabajo, para no perder nunca el punto de mira sobrenatural…

Esa atracción que ejerce el Padre hace que numerosas personas acudan a hablar con él, le confíen sus cuitas y le pidan consejo en temas de su vida interior.

Un día descubre un lugar agradable y tranquilo de reunión: la chocolatería “El Sotanillo”, situada en plena calle de Alcalá, entre la Plaza de la Independencia y la Cibeles. Allí se puede charlar sin molestar a nadie y sin que nadie moleste.

El Padre empieza á reunirse en “El Sotanillo” con algunos amigos para cambiar impresiones sobre temas profesionales o de actualidad. Se trata de una tertulia, como tantas otras que existen en casi todos los pueblos y ciudades de España. También suele invitar a algunos jóvenes que se relacionan con él.

El tono de las conversaciones que mantienen estos singulares contertulios, reunidos alrededor de un sacerdote, poco tiene que ver con el del resto de la clientela. Partiendo de cualquier hecho menudo de la vida cotidiana -el Padre tiene mucho salero y sabe descubrir los aspectos más divertidos de las cosas-, procura elevar las mentes y los corazones a preocupaciones más altas; los rostros, al principio sonrientes, se ponen serios cuando don Josemaría les habla de las exigencias de una vida auténticamente cristiana: oración, lectura del Evangelio, para conocer mejor al Maestro; trato con la Virgen y con los Ángeles Custodios; trato directo con Dios Nuestro Señor, en la oración mental: Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad, que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior; asistencia frecuente a la Santa Misa, centro de la vida interior; Eucaristía: Comunión, unión, comunicación, confidencia; Palabra, Pan, Amor. Cuando te acercas al Sagrario, piensa que ¡Él!… te espera desde hace veinte siglos; recurso asiduo al Sacramento de la Penitencia, para purificarse y adquirir las gracias necesarias para renovar la vida interior…

El Padre no habla todavía de esa Obra de Dios cuyos cimientos está colocando; quiere, antes, ampliar el horizonte espiritual de sus interlocutores poniendo ante ellos, con toda la fuerza de que es capaz, la grandeza y la profundidad de una vocación cristiana vivida en medio de las ocupaciones de la vida ordinaria: allí es donde deben encontrar a Cristo. Los más jóvenes deben tender a ese fin desde ahora mismo, mientras estudian, porque una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración. Un estudio serio, profundo, constante hasta el heroísmo, pues eso les permitirá luego ejercer con eficacia una profesión que tiene que verse vivificada y dignificada por la gracia de Dios.

Y así, van naciendo propósitos en el secreto de los corazones; resoluciones que será preciso reforzar con palabras adecuadas, y procurar mantener en ellos rezando y mortificándose todavía más…

La ayuda de los pobres y los enfermos

A algunos de aquellos jóvenes, que proceden de familias acomodadas, les pide que le acompañen en sus visitas al barrio de Tetuán o al arrabal obrero de Vallecas, donde muchas familias viven miserablemente, a veces en cuevas o en chabolas, sin agua corriente y sin alcantarillado. El corazón se oprime viendo tanta miseria, porque no es lo mismo saberlo que verlo. El choque con esa realidad permite mantener una charla que abre horizontes nuevos: la responsabilidad social de los intelectuales, desde luego -eso da a los estudios otras dimensiones-, pero también la necesidad de vivir una vida auténticamente cristiana, de reparación, de unión con Dios, de intenso apostolado en el seno de la sociedad, para hacerla más justa, más humana; para transformarla radicalmente, desde dentro.

También los pobres ayudan así, sin saberlo…

Un día, un estudiante de Medicina evoca ante don Josemaría las condiciones lamentables en que viven los enfermos de los hospitales que tiene que visitar: el Hospital Clínico de San Carlos y el Hospital provincial, llamado Hospital General. Este ultimo, construido en el siglo XVII, está mal adaptado y es claramente insuficiente para una población que crece. Los enfermos se amontonan en precarias condiciones sanitarias. Hileras de camas bordean los pasillos, lo cual, unido a la falta de atenciones médicas y humanas, contribuye a deprimir a los enfermos y hace el ambiente insoportable.

A esas pobres gentes, aisladas en su miseria física y moral, don Josemaría las conoce bien, pues las ha visitado en los tugurios de Madrid y en los barrios periféricos. Sin embargo, al escuchar a aquel estudiante de Medicina, piensa en los jóvenes que le rodean. Llevarles a los hospitales, ¿no será una forma espléndida de hacerles pensar en los demás y acercarles a Cristo, de formarles, en suma, haciéndoles adquirir visión sobrenatural, esa tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen?.

Sí, los enfermos, como los pobres, les enseñarán a rezar, a sacrificarse, a darse a Dios y al prójimo. Porque la relativa y pobre felicidad del egoísta que se encierra en su torre de marfil, en su caparazón… no es difícil conseguirla en este mundo. Pero la felicidad del egoísta no es duradera.

Eres calculador. -No me digas que eres joven. La juventud da todo lo que puede: se da ella misma.

El Padre y los estudiantes visitarán, primero, el Hospital General, próximo a la Estación de Atocha y a la iglesia de Santa Isabel. Una congregación, que se ocupa de los enfermos y que tiene mucho que hacer en un ambiente en el que los sentimientos anticristianos están exacerbados, ha dado su conformidad. A partir de ese momento, todos los domingos, a primeras horas de la tarde, los jóvenes de don Josemaría recorren las salas del hospital, charlan con los enfermos, procuran animarles, les llevan unas golosinas, realizan tareas que no se llevan a cabo por escasez de personal: los lavan, les cortan las uñas, vacían sus orinales…

Un día, el Padre encarga a un joven ingeniero, Luis Gordon, que limpie uno de esos vasos de noche, y observa que sale con un gesto de repugnancia. Le sigue hasta los lavabos, para sustituirle en tan ingrata tarea, pero cuando llega, ve que Luis ha vaciado ya el orinal y lo está limpiando con sus propias manos, mientras murmura algo…

Don Josemaría, que ha oído lo que dice, evocará más tarde, en Camino, la conmovedora escena:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella “sutileza” del hombrón-niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?.

El Padre, por su parte, procura además ayudar a los enfermos en un plano más espiritual. En todo hombre ve siempre un alma que hay que salvar. Algunos le rechazan al principio bruscamente, pero otros que se sienten abandonados por todos, se conmueven al ver que un sacerdote se interesa por ellos. Recobran la esperanza, aprenden a convertir sus sufrimientos en oración y vuelven a encontrar el camino de la fe. ¡Y qué lecciones le dan a veces esos desheredados!

Por ejemplo, aquel gitano, herido en una riña, al que ya han desahuciado. Don Josemaría ruega que le dejen solo con el moribundo y, con delicadeza, le pone al corriente de la gravedad de su estado. El gitano, conmovido, pide confesarse. Don Josemaría le oye en confesión, le absuelve, y le ofrece el crucifijo que siempre lleva consigo para que lo bese. El gitano aparta el rostro y solloza:

-¡Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor!

-Pero, ¡si le vas a dar un abrazo y un beso muy fuerte enseguida, en el cielo!

Y el Padre, emocionado, piensa: Señor, ¿qué diré yo, yo mismo? Con esta boca podrida, ¿cómo te voy a besar?…

Roturando con esfuerzo

De regreso, los jóvenes cambian impresiones con el Padre. Este procura aprovechar su estado de ánimo para ayudarles a dar a su vida mayor hondura: generosidad en las cosas grandes y, sobre todo, en los deberes ordinarios y en las pequeñas renuncias. ¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día!

El Padre no les habla de vocación, pero les abre nuevas perspectivas: trabajar por y para Dios, extender el reino de Cristo, y, para esto, dejarse “clavar” en la Cruz, santificando el trabajo ordinario, haciéndolo con la mayor perfección posible y convirtiéndolo en ofrenda, en holocausto…

Muchos de esos muchachos cambian profundamente, casi sin darse cuenta. Empiezan a asistir a la Santa Misa a diario, a veces a la que don Josemaría celebra -con una concentración que produce escalofríos en la capilla del Patronato de Enfermos, en la calle de Santa Engracia. Llevan con ellos a sus amigos, que pronto se sienten atraídos por la simpatía de este joven sacerdote, cuya forma directa de hablar les impresiona. El inmenso panorama que les desvela -capaz de iluminar toda una vida y de transformar al mundo- les entusiasma…

Algunos, sin embargo, se alejan cuando descubren en sus palabras una invitación personal a dejarlo todo y seguir a Cristo, pero sin abandonar el mundo. ¡Cuántos “jóvenes ricos”, como el del Evangelio, cuya mirada hace pensar en una generosidad sin límites y que se marchan tristes a la hora de la verdad!

Las almas se le escapan entre los dedos como anguilas en el agua.

Algunos de esos jóvenes tienen el valor de confesar que no se sienten con fuerzas, pero otros se despiden a la francesa…

A pesar de todo, lo que Dios quiere tiene que realizarse. Bastaría con que perseverara uno de ellos para empezar…

El Padre no se encuentra solo. En el mes de septiembre de 1929, se traslada, con su madre y sus hermanos, a la pequeña vivienda de que dispone el capellán del Patronato de Enfermos. Tampoco le faltan amigos. Tiene, sobre todo, el gran Amigo, la conversación con el gran Amigo que nunca traiciona, Cristo… Y siempre, en lo más hondo de su corazón, una llama que no se extingue y que le impulsa a seguir abriendo camino, sin cansancio. Lo que Dios quiere se realizará, porque es su Voluntad. ¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero.

A1 principio, ni siquiera había pensado en dar un nombre a “aquello”. A quienes se le acercaban, les hablaba de “la labor” (con todo lo que esta palabra de origen latino implica de esfuerzo y tenacidad), o, simplemente de la Obra (también en el sentido de trabajo, de tarea apostólica). Hasta que un día, a comienzos de 1930, su confesor, el P. Sánchez Ruiz, le preguntó como de pasada:

-¿Y cómo va esa obra de Dios?

Fue como una revelación. Si debía tener un nombre, que fuera ése: la “Obra de Dios”, en latín Opus Dei, término que evoca también la idea de trabajo: Opus Dei, operatio Dei: ¡Obra de Dios, trabajo de Dios! Un trabajo profesional, un trabajo ordinario, realizado sin abandonar las tareas del mundo, las ambiciones nobles. Un trabajo transformado en oración, en alabanza del Señor, por todos los caminos de la tierra… Opus Dei: ¿qué nombre más apto para designar lo que Dios le había encomendado realizar?

Apostolado entre los sacerdotes

Don Josemaría consagra también parte de su tiempo y de sus energías a animar y a aconsejar en su vida espiritual a algunos sacerdotes, a menudo mayores que él, los cuales confían en su capacidad para dirigirlos, pues saben que es un hombre de Dios.

Desde los tiempos del seminario, le preocupa la santidad de los sacerdotes. Sabe que, ahora, puede proponer a algunos la vocación que él mismo ha recibido el 2 de octubre de 1928: una llamada a santificarse en las actividades ordinarias, para ellos, las de su ministerio sacerdotal, al que habrán de consagrarse totalmente y con una generosidad mayor, lo cual redundará en favor de las almas.

Esos sacerdotes podrán, además, atender espiritual y sacramentalmente a los primeros laicos que pidan la admisión en la Obra: hombres que se comprometerán a poner su vida al servicio de Dios, sin renunciar en absoluto a su condición y mentalidad seculares, y que se esforzarán por vivir las virtudes y los valores evangélicos en todos los ambientes.

En realidad, los sacerdotes estaban también allí, el 2 de octubre de 1928, cuando había visto la Obra en su totalidad, en aquella habitación de la residencia de los Paúles. No sabía aún cómo, es decir, en virtud de qué modalidad jurídica podrían estar, pero de hecho, estar ¡estaban ya!

La tarea es todavía más difícil que con los laicos. Porque cuando se les habla de vida interior, de santidad, los sacerdotes pueden sacar la impresión de que no tienen nada que aprender sobre el tema, ya que ellos son especialistas… Además, ¿qué puede enseñarles ese joven colega?…

Así piensan algunos, que no ven sino una “Obra buena” más en lo que don Josemaría les propone. Eso, sin tener en cuenta a quienes empiezan a pensar -a decir- que don Josemaría está loco…

A pesar de todo, unos cuantos le escuchan con verdadero interés cuando les explica esta nueva labor apostólica, que él describe como un mar sin orillas, poniendo un entusiasmo y una precisión en los detalles que les conmueven y dan a quienes le escuchan la impresión de que aquello se realizará. Unos pocos se deciden a seguirle y empiezan a ayudarle en su trabajo de formación, como don José María Somoano, a quien el Obispo de Madrid ha confiado diversos cargos, entre ellos el de capellán de Porta Coeli, un asilo-reformatorio para golfos; es, sin duda, uno de los que mejor le comprenden y el que más se interesa por su tarea apostólica, que empieza a cristalizar.

Nacimiento de la Sección de mujeres del Opus Dei

Laicos de toda condición y, junto a ellos, unos cuantos sacerdotes que garanticen su asistencia espiritual: la Obra empieza a dibujarse con arreglo al esquema inicial. Pero, ¿será oportuno incluir a las mujeres entre esa variedad de seglares?… En absoluto, piensa don Josemaría. Jamás…

Humanamente, podría haber sido imaginable, pero las mujeres no estaban en lo que Dios le había hecho ver el 2 de octubre de 1928. Nunca habrá mujeres -ni de broma- en el Opus Dei, escribe en el mes de febrero de 1930, después de haber recibido documentación concerniente a una institución compuesta por hombres y mujeres.

Unos días más tarde, el 14 de febrero, se dirige a la calle de Alcalá Galiano, donde vive la anciana marquesa de Onteiro, madre de la Fundadora de las Damas Apostólicas, para celebrar en su casa la Santa Misa. En un pequeño oratorio del primer piso, muy cerca del Paseo de la Castellana, nada más recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo con la devoción acostumbrada y todo el fervor de que es capaz, siente que el Señor “se introduce” de nuevo en su vida para pedirle algo, otra cosa, pero que está en la misma línea que lo que ha visto el 2 de octubre de 1928: que extienda también a las mujeres la llamada a la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo…

No puede haber nada más opuesto a lo que él había pensado y escrito… Una prueba más de que la Obra no es suya, sino verdaderamente “de Dios”.

Su confesor se lo confirma inmediatamente: “Esto es tan de Dios como lo demás”, le dice el P. Sánchez Ruiz.

¡Qué claro está que es el Señor quien lo está haciendo todo! Es capaz de escribir con la pata de una mesa…

Por entonces, anota en una hoja de papel, la siguiente reflexión:

Reconoce la Santa Madre Teresa, en el capitulo II de sus Fundaciones, que es manifestación de la Omnipotencia divina dar osadía a personas flacas para cosas grandes en su servicio. Y me acojo a lo de la osadía y a lo de la flaqueza… 2 de octubre de 1928-14 de febrero de 1930.

París, 1º de mayo de 1960

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El Padre, rodeado de sus hijos, asiste a una tertulia en un piso de una casa del Boulevard Saint-Germain, donde viven algunos miembros de la Obra. A los tres primeros franceses -dos de los cuales acaba de conocer- les habla del cariño que tiene a su país, evocando, con buen humor, la octava parte de sangre francesa que lleva en sus venas, lo que explica -dice- su pasión por la libertad…

Les encarga también que digan a los que vendrán tras ellos cómo se ha esforzado desde hace años en amar mucho a Francia, para compensar así el empeño de algunos de sus profesores de Barbastro, que pretendían inculcar en sus alumnos sentimientos antifranceses, vivos en Aragón desde las campañas napoleónicas.

El Padre se divierte al observar la sorpresa de uno de los que le escuchan y pasa a hablar de otro tema, atemperando con buen humor la seriedad de lo que dice: espera mucho de Francia, como corresponde a su influencia intelectual en el mundo; para que los apostolados de la Obra se abran paso en ese “dulce” país, viene ofreciendo desde hace tiempo oraciones y mortificaciones, las últimas durante el viaje que le ha llevado a la capital de Francia.

Oración, trabajo

Porque -afirma- para lograr que la Obra arraigue en un país es preciso roturar antes la tierra: el apostolado de acción como fruto sabroso de la oración y del sacrificio.

Esa tarea espiritual -preparar la tierra- es precisamente la razón de ser de los rápidos viajes que suelen alejar al Fundador de Roma.

En algunos de los países que recorre no hay todavía ningún miembro del Opus Dei. No importa: con los que le acompañan, se detiene a rezar a la Virgen en diversos santuarios, para confiarle las intenciones de la Iglesia y poner en sus manos la futura expansión de la Obra en el país respectivo. Muchas veces, visita al Obispo del lugar para darle a conocer el espíritu y los apostolados del Opus Dei.

Cuando sus hijos ya han comenzado a trabajar en el país que visita -como ocurre en Francia, en Alemania, en Suiza, en Irlanda, en Inglaterra-, procura pasar largos ratos con ellos, a ser posible durante varios días, para animarles y reconfortarles con su buen humor y su alegría.

Cuando está en Roma, responde a sus cartas con palabras llenas de cariño, que escribe de su puño y letra, con rasgos firmes y fuertes. El tono es siempre optimista, aunque no ignora en absoluto las dificultades y estrecheces que acompañan siempre los comienzos de la labor apostólica en nuevos países. Las que dirige con frecuencia a sus hijos de París dan una idea de la manera cómo el Fundador impulsa la labor de la Obra en todos los lugares donde empieza a implantarse. Durante los primeros años, insiste en la necesidad de llevar a cabo una labor previa de preparación del terreno mediante la oración y la mortificación, para que se abra pronto en la dulce Francia un surco fecundo y ancho.

En 1954, ruega encarecidamente a sus hijos que sean fieles a los ratos de oración que deben jalonar su jornada, porque sólo así esa gran nación dará sus frutos. Los exhorta a tener fe y confianza en ese período aparentemente estéril: Roturad con alegría, que los campos de Francia son fecundos. Que la Madre del Cielo haga fecundo el trabajo en la dulce Francia…

Pide noticias de cada uno en particular, los felicita en sus santos y cumpleaños, les habla de fidelidad, de generosidad en el apostolado: Estoy ilusionado con las bendiciones que el Señor y su Madre bendita van a derramar sobre Francia, por vuestro trabajo, les escribe en diversas ocasiones, porque Dios Nuestro Señor premia siempre con creces nuestra fidelidad y el empeño que ponemos en servir a la Iglesia y a las almas…

Les pide también que rompan las amarras, que se hagan franceses con los franceses. ¡Por salvar un alma estoy dispuesto a hacerme turco!

Les hace sentir igualmente la ayuda procedente de la comunión de los santos: Rezo especialmente por vosotros cada día y estoy lleno de esperanza por la labor que se avecina.

Poco a poco, van empezando a surgir vocaciones, como el Padre había previsto mientras ayudaba desde lejos a una eclosión que anhelaba con todas sus fuerzas desde 1935.

En sus breves visitas a Francia, siempre se había apoyado en la Señora: en Lourdes, donde había ido a rezar siempre que había podido; en Chartres; en París, en aquel islote de paz del crucero derecho de la catedral de Notre Dame…

En Ars había invocado también a San Juan Bautista María Vianney, al que había nombrado santo intercesor de la Obra junto con el italiano Pío X, el inglés Tomás Moro y el oriental Nicolás de Bari; y en Lisieux, a Teresita del Niño Jesús, cuyos escritos había leído una y otra vez…

En París, finalmente, en 1958, había orado intensamente en la Basílica del Sacré-Coeur.

La animación de los apostolados

Cuando regresa a Roma, sigue ofreciendo, por todos los países donde está ya o estará la Obra, el trabajo monótono de los días siempre iguales, exprimidos hora a hora en el cumplimiento de sus “deberes de estado”: el gobierno del Opus Dei, la atención a los que, de visita en Roma, quieren verle y conversar con él aunque sólo sean unos instantes…

Siempre que puede, predica a quienes le rodean y escribe a todos sus hijos cartas en las que, a grandes rasgos, evoca, como en los años treinta y luego en la guerra y en la posguerra, las inmensas perspectivas apostólicas que abre el espíritu de la Obra.

El Señor quiere que se le ponga de nuevo en la cumbre de todas las actividades humanas.

Con ejemplos concretos, el Fundador sugiere cómo se puede vivir esa espiritualidad en todos los ambientes en que puede encontrarse un cristiano inmerso en el mundo.

En sus cartas de los últimos años ha ido dando noticias de la marcha de las obras de Villa Tévere. Ahora, en París, en este mes de mayo de 1960, habla de los edificios que están casi terminados. Desde 1955, las obras han ido a un ritmo muy rápido, sobre todo si se tiene en cuenta la importancia de esas casas y la escasez de recursos. Los gastos superan con mucho las posibilidades de los miembros de la Obra, aunque han dedicado a cubrirlos gran parte del producto de su trabajo profesional. Por eso, en todos los países donde trabajan, han buscado dinero como han podido, pidiendo ayuda a sus amigos y realizando, a menudo, tareas suplementarias u horas extraordinarias. Incluso han pedido dinero a personas que no conocían nada de la Obra.

Gracias a su esfuerzo, en la sede central de la Obra pueden, desde hace poco, alojarse con cierta comodidad los alumnos del Colegio Romano. El 31 de diciembre de 1959, el Padre ha celebrado misa por primera vez en el oratorio de Santa María de la Paz, destinado a ceremonias de cierta importancia. Debajo, se ha abierto una cripta en la que serán enterrados algunos miembros de la Obra. Allí desea reposar un día el Fundador del Opus Dei, sin salir de esta Roma donde ha venido a “enterrarse” en 1946.

Cerca, en otra pequeña cripta, yace su hermana Carmen, que no quiso regresar a España después de llevar a cabo su tarea de arreglo y atención de la casa de Salto di Fondi. El 20 de junio de 1957 había muerto apaciblemente, en su casa del Trastévere. El golpe había sido muy duro para el Padre, que, otra vez, veía partir a uno de los miembros de su familia, a quien, además, la Obra debía tanto.

Cuando le habían comunicado el diagnóstico, se había dirigido filialmente al Señor y le había repetido, como pidiendo un milagro: Si quieres, puedes…

“Tía Carmen” -como la llamaban los miembros de la Obra- había entregado su alma a Dios a las tres y veinticinco de la madrugada y el Padre había repetido de rodillas, al pie de la cama, la oración que, en los hospitales de Madrid, susurraba al oído de los agonizantes: Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas. -Amén. -Amén.

Al concluir la Santa Misa, que había celebrado inmediatamente después, le había invadido una profunda paz: Se acabaron las lágrimas (…); ahora estoy contento, hijos míos, agradecido al Señor, que se la ha llevado al Cielo; con el gozo del Espíritu Santo.

El Padre acababa de adquirir la certeza de que su hermana estaba en el Cielo. Una dedada de miel en medio de su amargura, como solía decir a veces…

Ahora Carmen descansa en la cripta, formando parte de los cimientos de unos edificios que parecen de piedra y son de amor. ¡Encierran tanta oración y tanto sacrificio de los que han colaborado en su construcción…! Entre ellos, los del Secretario General del Opus Dei, don Álvaro del Portillo, quien varias veces, en momentos decisivos para la continuación de las obras, ha logrado milagrosamente pagar las letras que vencían, trabajando sin descanso, a pesar de varias enfermedades que le aquejaban en esa temporada.

Una audiencia del nuevo Papa

En París, el Padre ha evocado también la audiencia que le había concedido, el 5 de marzo de 1960, Juan XXIII.

Era la primera vez que el Fundador de la Obra se entrevistaba con el sucesor de Pío XII, fallecido el 9 de octubre de 1958.

Juan XXIII, por su parte, ya conocía la labor del Opus Dei, pues había visitado algunas de sus realizaciones: La Estila, una residencia de estudiantes en Santiago de Compostela, donde había estado en 1954, año jubilar, y otra en Zaragoza, Miraflores, donde se había alojado durante su viaje a España en aquella ocasión.

El Papa conservaba un recuerdo muy vivo del ambiente cordial que se respiraba en los Centros de la Obra, que alguien le había descrito previamente como una institución “imponente” que “hacía mucho bien”. Se lo había contado al Fundador, añadiendo, con buen humor, que cuando había vuelto a oír hablar de la Obra, habían vuelto a decirle que era “imponentíssima e faceva moltissimo bene…”.

A esto se aludía, de alguna manera, en la carta que el Cardenal Secretario de Estado había dirigido al día siguiente a Mons. Escrivá de Balaguer, adjuntándole una fotografía de la audiencia.

El Papa Juan había reído abiertamente cuando el Fundador le manifestó, con su franqueza acostumbrada, que no había aprendido de Su Santidad a practicar el ecumenismo, porque había tenido que hacer varias tentativas infructuosas antes de conseguir que la Santa Sede admitiera, en 1950, que pudiese haber cooperadores no católicos, e incluso no cristianos, del Opus Dei.

Don Josemaría no era ya, en absoluto, aquel joven sacerdote desconocido que había llegado a Roma para solicitar una Fundación que hacía saltar el corsé del Derecho canónico. Sin embargo, ante el Papa, es decir, ante el “Vice-Cristo” o “el dulce Cristo en la tierra”, como solía decir con palabras de Santa Catalina de Siena, se sentía siempre profundamente conmovido: Después de Jesús y de María, el Papa, quienquiera que sea, solía repetir a sus hijos.

Don Josemaría, que ha hablado siempre con sinceridad y sencillez, y que ha obrado siempre como hijo que ama al Santo Padre, tuvo noticia de que hubo quien se sonrió al enterarse de que había pasado su primera noche, en la capital de la Cristiandad, rezando por el Papa y mirando a sus habitaciones Le ha dolido que se juzgue con esa ligereza lo que es profesión de fe, y desde entonces su cariño a la Cabeza visible de la Iglesia se ha hecho más teológico. Es lo que expresa a su manera cuando reza un Credo ante la basílica de San Pedro -lo hace siempre que visita el Vaticano-. Al llegar a las palabras “Creo en el Espíritu Santo… y en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica…”, repite por tres veces:

“Creo en mi Madre, la Iglesia romana, añadiendo, a veces, a pesar de los pesares”.

-¿Qué entiende usted por ese “a pesar de los pesares”?, le había preguntado un día Mons. Tardini, a quien le había contado esto.

-Sus errores personales y los míos, le había respondido Mons. Escrivá, acompañando su santa desvergüenza de una sonrisa que le había dejado desarmado.

Con este espíritu de fidelidad a la Iglesia, reza y hace rezar a sus hijos, ahora, por “la gran intención” de Juan XXIII: el Concilio Ecuménico que acaba de convocar el Santo Padre.

Roma, 1961-1965

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El viaje a España en octubre de 1960, así como los breves desplazamientos a diversos países europeos, no han sido más que cortas pausas en la vida habitual de Mons. Escrivá de Balaguer, ya que desde 1946, y sobre todo desde 1952, suele estar casi siempre en Villa Tévere, consagrado a las tareas de dirección del Opus Dei.

Al aproximarse a los sesenta años, no ha perdido nada de su vitalidad. En 1954 ha quedado curado de la diabetes, que tantos trastornos le causaba, de manera verdaderamente inexplicable. El 27 de abril de ese año, antes de almorzar, don Álvaro del Portillo le había puesto, como siempre, una inyección de insulina. Esta vez se trataba de una insulina de efecto retardado, que el médico le acababa de recetar. El efecto, sin embargo, no había tardado en producirse: nada más sentarse a la mesa, el Padre se había desplomado, quedando como muerto. Don Álvaro, que le acompañaba, le había dado la absolución, pues el Padre, antes de perder el conocimiento, así se lo había pedido. Luego, había tratado de hacerle volver en sí haciéndole tragar a viva fuerza un puñado de azúcar. Al cabo de unos quince minutos, había recobrado el conocimiento, pero no la vista, que tardó unas horas en recuperar.

A partir de ese momento, todos los síntomas de la diabetes habían empezado a mitigarse -sobre todo los fuertes dolores de cabeza-, hasta desaparecer por completo. Tenía la impresión de salir de una cárcel. Se veía -bromeaba luego- que el Señor había querido sanarle para que trabajase más… Esa era la lección que había sacado de aquel “choque anafiláctico” que, según el médico, hubiese debido causarle la muerte en algunos minutos…

Jornadas apretadísimas

Al celebrar su sesenta aniversario, el 9 de enero de 1962, se niega a considerarse “viejo”. La verdad es que su porte jovial impresiona tanto a los que le rodean como a los visitantes que acuden cada vez en mayor número a Roma para pasar con él un rato, aunque sea corto.

Conserva el pelo negro y, si sus gestos son tal vez un poco más pausados que antes, su rostro y su figura se han estilizado al perder peso. Sigue caminando deprisa, con la rapidez de quien quiere aprovechar el tiempo, y mantiene una viveza que le hace reaccionar enseguida, con energía o buen humor, ante lo que le dicen.

Ordenado por naturaleza, sabe multiplicar el tiempo (que, según él, para un cristiano no sólo es oro, sino también gloria), organizando al máximo su trabajo diario. Aplica, a la letra, lo que había escrito en Camino: ¿Virtud sin orden? -¡Rara virtud!

Se levanta temprano y hace un largo rato de oración mental antes de celebrar la Santa Misa. Con frecuencia -sobre todo con ocasión de ciertas fiestas litúrgicas o en aniversarios de fechas importantes para el Opus Dei-, predica a sus colaboradores más íntimos en un oratorio que, para sus hijos e hijas dispersos por el mundo, viene a ser como el corazón de la Obra. Allí, ante una gran vidriera que representa la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés, ha mandado colocar, cuando carecían hasta de lo más indispensable, un altar con un bello sagrario en que se lee lo siguiente: Consummati in unum. “Para que sean consumados en la unidad” (Juan, XVII, 23), palabras que le son muy queridas.

Los que tienen la suerte de escuchar lo que dice, que más que una prédica es una meditación en voz alta, suelen tomar nota, para transmitírselo a otros miembros de la Obra.

Durante el desayuno -muy frugal-, echa un vistazo a la prensa diaria. Luego, tras leer el breviario, empieza a despachar los asuntos ordinarios de gobierno, casi siempre acompañado por el Secretario General de la Obra, don Álvaro del Portillo. Mantiene también breves reuniones con los miembros del Consejo que gobiernan con él la Sección de varones y con los de la Asesoría Central, órgano equivalente para la Sección femenina. Todos los días le llegan al Padre informes del mundo entero que hacen referencia al desarrollo de los apostolados y a los asuntos que exigen una consulta.

A últimas horas de la mañana, recibe algunas visitas: miembros de la Obra que se encuentran en Roma, acompañados a menudo de sus familias; amigos que colaboran en actividades apostólicas de diversos países; personalidades que desean verle, pedirle consejo espiritual o recibir consuelo… El Padre no puede dedicarles demasiado tiempo, pero los minutos que pasan con él les dejan plenamente satisfechos, pues pone tanto interés en lo que les dice, es tan sincero, tiene tan buen humor y se esfuerza tanto en encontrar la expresión adecuada a cada situación, que sus palabras ayudan a todos a ser más fieles a su vocación cristiana.

El número de visitantes aumenta de año en año, pero no por eso deja de recibir a todos los que puede. Para él, esos encuentros personales son un medio más de hablar de Dios, de hacer apostolado.

Después del almuerzo -siempre muy sobrio, pues sigue comiendo poco-, conversa informalmente con sus colaboradores más íntimos y, siempre que puede, pasa un rato de tertulia con los alumnos del Colegio Romano, que viven en un edificio contiguo.

A continuación, vuelve a sus papeles, tras los cuales siempre ve almas. Prepara también homilías o instrucciones, o las revisa para su publicación. Dedica otro buen rato a la oración mental, reza el Rosario, lee algún capítulo del Santo Evangelio y un fragmento de un libro de espiritualidad.

Así es el plan de vida que sigue desde hace años. A todo lo cual hay que añadir sus entrevistas con miembros de la Curia Romana, o con cardenales u obispos que visitan Roma. Muchos van a verle para conocer el espíritu del Opus Dei de labios de su Fundador. El Padre se lo explica y les habla también de los problemas de la Iglesia, que ilumina con una profunda visión sobrenatural.

Su responsabilidad como Fundador y en el gobierno de la Obra

Mons. Escrivá concentra su excepcional vitalidad en su empeño por imprimir un impulso constante a los apostolados de la Obra en todos los países, actitud que sólo se ve compensada por su prudencia de buen gobernante. No toma ninguna decisión que no haya sido cuidadosamente estudiada colegialmente. Detesta la tiranía y la autocracia, tanto en la dirección de las tareas que se refieren a las almas como en el gobierno de las labores apostólicas. Afirma, con pleno convencimiento, que necesita la personal y responsable participación de los que componen los órganos de decisión que él preside, y así obra de hecho, reservándose, corno es natural, el derecho a dar su autorizada determinación para definir las diferentes cuestiones. Sus intervenciones son, por eso, decisivas, firmes, pues conoce la responsabilidad que tiene como Fundador. Se trata, en suma, de evitar cualquier desviación del espíritu que el Señor ha querido imprimir al Opus Dei, que es preciso mantener a toda costa e impedir que degenere a su muerte. En consecuencia, cuida hasta los menores detalles y no permite la menor negligencia, reveladora de una falta de amor, pues, a los ojos de Dios, todo es grande. Además, en los trabajos de apostolado no hay desobediencia pequeña.

Exigente con los demás como lo es consigo mismo, procura compensar siempre la fuerza de sus indicaciones, cuando se ve obligado a corregir a alguien en algo que contradice el espíritu de la Obra, con una señal clara de su afecto que llega directamente al corazón del interesado sin hacerle, por eso, olvidar la lección. De esta manera ha ido logrando formar a quienes le rodean y hacer de ellos formadores de sus hermanos mediante el ejemplo, la oración y las correspondientes indicaciones, asegurando así la perseverancia de todos.

Ha sabido, sobre todo, comunicar a sus hijos, desde el primer momento, la preocupación apostólica que tiene él mismo. La Obra debe desarrollarse con rapidez, sin temor a los inevitables obstáculos y contradicciones que encontrará en su camino. Ese impulso no debe proceder de un entusiasmo meramente humano, sino de una correspondencia al querer de Dios, fruto de la oración y, también, del sentido común… El Padre enseña a sus hijos a ir al paso de Dios, como él lo viene haciendo desde 1928.

Expansión y consolidación de los apostolados

En la década de los años sesenta prosigue, en efecto, la expansión de la Obra por nuevos países: Paraguay, en 1962, y Australia, donde se instalan cuatro norteamericanos en 1963.

Al año siguiente, dos filipinos que han conocido la Obra en los Estados Unidos regresan a su país. El Padre los recibe en Roma y les dice que hace años que viene rezando por los comienzos de la labor en esa puerta del Extremo Oriente que son las islas Filipinas.

En julio de 1965, algunos miembros de la Obra viajan a Nigeria, que no tarda en ser el segundo país del continente africano que se beneficia de los apostolados del Opus Dei, lo mismo que otro país europeo: Bélgica…

Pero el Padre se preocupa también de reafirmar la Obra allí donde ya ha comenzado a arraigar. Quiere garantizar la perseverancia de los primeros y la fecundidad de sus apostolados, pues, al fin y al cabo, la Obra no es más que una vasta empresa de “formación permanente” en el plano espiritual, una “gran catequesis” que exige muchas horas de dedicación. Por eso, quiere que se vayan abriendo, en diferentes países, centros de formación, de educación y de asistencia, que, como las primeras residencias de Madrid, antes y después de la guerra, constituyan un instrumento de apostolado y, al mismo tiempo, presten un servicio a la sociedad; centros que, por otra parte, cuenten con la ayuda de muchas personas capaces de comprender ese servicio y de actuar con generosidad. Finalmente, anima a sus hijos a tener iniciativas, a procurar buscar vocaciones en otras ciudades y entre todas las clases sociales, dentro de cada país.

Se trata, en suma, de mantener muy alto el punto de mira apostólico, siendo muy exigentes consigo mismos en lo que atañe a la vida interior y al trabajo, sin hacer la menor concesión al aburguesamiento.

Todo esto hace que las personas que se acercan al Opus Dei y establecen contacto con algún Centro de la Obra comprendan enseguida que no encontrarán allí ninguna ventaja material, sino que tendrán que dar. Mejor dicho: Tendrán que darse… y si son generosas, si no regatean, terminan por comprender que están recibiendo mucho más que lo que han dado, porque lo que ha comenzado a cambiar es la orientación de su vida, que, ahora, se encamina derechamente a Dios…

De esa fuente mana esa alegría constante, fruto del esfuerzo y la entrega, que tanto llama la atención de quienes frecuentan Centros de la Obra. Alegría contagiosa, que aproxima a Dios.

De ahí, también, el cariño que todos tienen al Padre, fruto de su agradecimiento al Fundador y de su preocupación constante por mantenerse unidos a la cabeza. Algo que, vivido a todos los niveles de la ágil estructura que sostiene a la Obra, da una coherencia y elasticidad al Opus Dei que también resultan sorprendentes. Se trata, en el fondo, de algo difícil de explicar, porque es sobrenatural. Un espíritu propio, inconfundible, que es, ya, un legado del Fundador.

En Villa delle Rose

En el otoño de 1962, cuando está a punto de iniciarse el Concilio Ecuménico, jóvenes procedentes de diversos países empiezan a llegar a Roma para seguir, durante dos o tres años, cursos de formación similares a los que hacen, en Villa Tévere, grupos de jóvenes de la Sección de varones. El lugar escogido es Villa delle Rose, la finca situada en Castelgandolfo que el Papa Juan XXIII ha cedido definitivamente a la Obra para que puedan organizarse allí actividades de formación ascética y doctrinal. La casa ha sido convenientemente restaurada y en ella se instalará, provisionalmente, el Colegio Romano de Santa María, que ya venía funcionando en Roma y que supone para las mujeres del Opus Dei un período intenso de formación junto a la sede de Pedro.

El 19 de diciembre de ese mismo año se abre en Barcelona el proceso de beatificación de una mujer del Opus Dei: Montserrat Grases, muerta a los dieciocho años en olor de santidad, a pesar de que hacía sólo año y medio que pertenecía a la Obra.

El Concilio Ecuménico Vaticano II

A raíz de una audiencia que le había concedido el 27 de junio de 1962 el Santo Padre Juan XXIII, Mons. Escrivá de Balaguer ha escrito una carta a todos sus hijos para pedirles que ofrezcan oraciones, así como su trabajo ordinario, por el éxito del Concilio.

En contra de lo que opinan muchos, piensa que puede durar bastante tiempo y que tal vez encuentre obstáculos imprevistos. Su sentido de la historia y su conocimiento de las debilidades humanas le hacen pensar así.

En todos los Concilios ha habido momentos de dificultad, porque a veces los hombres no dejamos actuar con plenitud al Espíritu Santo, ponemos obstáculos. Pero de todo eso tenéis que sacar más amor a la Iglesia, más unidad, más fidelidad, más obediencia, más sujeción al Magisterio eclesiástico y al Romano Pontífice. Y al final, siempre vence el Espíritu Santo.

Tal es la razón por la que pide a todos que recen más y que reciten, como él mismo hace con frecuencia, el Veni Sancte Spíritus.

En 1961 ha sido nombrado Consultor de la Comisión para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico. De acuerdo con la Santa Sede, no participará como Padre conciliar en las tareas del Vaticano II, pero las seguirá de cerca. Además, muchos de los obispos y algunos de los expertos -teólogos y canonistas- que se encuentran en Roma con ocasión del Concilio le visitan en Villa Tévere. El Padre, sin interferir en absoluto en sus tareas, les anima, con el sentido de Iglesia que le caracteriza, a tomar parte activa en la Asamblea, respondiendo a las preguntas que le hacen con una rapidez y una seguridad que les deja impresionados.

Por otra parte, dos miembros del Opus Dei -el Obispo de la Prelatura de Yauyos y el de Chiclayo, ambos del Perú- figuran entre los Padres conciliares. En cuanto a don Álvaro del Portillo, que ha participado activamente en la preparación del Concilio como presidente de una de las Comisiones previas -la de los laicos-, ha sido nombrado por el Papa Secretario de una de las comisiones conciliares: la “De disciplina cleri et populi christiani”; siendo experto, también, de otras comisiones.

Todo ello va a suponer, para el Padre, una acumulación de trabajo mientras dure el Concilio, ya que don Álvaro no podrá dedicar mucho tiempo a las tareas de Secretario General de la Obra.

No importa, hijos míos -comenta Mons. Escrivá-: lo ha querido así el Santo Padre. Nosotros hemos de servir siempre a la Iglesia como la Iglesia quiere.

El 15 de noviembre, Juan XXIII comunica a los Padres conciliares que, a petición de algunos de ellos, ha decidido incluir una invocación a San José en el Canon de la Misa. Una alta personalidad eclesiástica que conoce la devoción de Mons. Escrivá hacia el jefe de la Sagrada Familia le telefonea el 8 de diciembre, en cuanto el Papa proclama solemnemente su decisión en el discurso de clausura de la primera sesión del Concilio. “Rallegramenti!” -dice-. “¡Felicidades! Al escuchar ese anuncio pensé inmediatamente en usted, en la alegría que le habría producido…”

Tal decisión es, en efecto, para el Fundador del Opus Dei, la proclamación del inmenso valor sobrenatural de la vida de San José, el valor de una vida sencilla de trabajo cara a Dios, en total cumplimiento de la divina voluntad.

La elección de Pablo VI

Cuando el 3 de junio del siguiente año, el Papa Juan, tras una dolorosa agonía, entrega su alma a Dios, el Padre, rodeado de los miembros del Consejo General de la Sección de varones del Opus Dei, reza enseguida un responso. Luego escribe a todos sus hijos para que ofrezcan sus oraciones por la misma intención y empiecen a rezar ya por el sucesor. Todos los sacerdotes de la Obra, por su parte, ofrecen misas por el Pontífice difunto.

Resulta elegido Papa el Cardenal Montini, quien había recibido a don Josemaría Escrivá con la mayor cordialidad cuando llegó a Roma en 1946. El Fundador del Opus Dei aprecia profundamente la inteligencia y la delicadeza de quien, a partir de ahora, será sobre todo, para él, el Papa, la Cabeza visible de la Iglesia, el representante de Cristo.

En cuanto se entera del resultado de las votaciones, Mons. Escrivá se recoge en oración para rogar a Dios que el pontificado de Pablo VI, que se inicia en una hora crucial de la historia de la Iglesia, abra a los ojos de los hombres la asistencia continua del Espíritu Santo.

Acompaña también al nuevo Papa, con el pensamiento y la oración, durante la peregrinación a Tierra Santa que Pablo VI emprende en enero de 1964.

El 24 de ese mismo mes, Mons. Escrivá tiene la alegría de ser recibido por el Papa en una audiencia privada de tres cuartos de hora que se inicia con un cariñoso abrazo del Santo Padre. Unos días más tarde, el Cardenal Secretario de Estado le confirma, en una carta, el consuelo que ha experimentado el Soberano Pontífice “al saber cómo tan crecido número de personas, diseminadas en los cinco continentes, practicando los altos ideales que el Opus Dei les propone, tan acomodados a las exigencias de los nuevos tiempos, tratan de servir a la Iglesia como Ella desea ser servida; por su conducta personal y profesional vigorosamente cristiana que une la contemplación a la acción, con el sublime afán de plasmar y de difundir en los más variados ambientes de trabajo los postulados de la verdad y de la santidad del Evangelio”.

Pablo VI vuelve a decir lo mismo unos meses más tarde, el 10 de octubre, durante una nueva audiencia privada al Fundador del Opus Dei, en el curso de la cual le regala un cáliz igual al que había ofrecido algunos meses antes al Patriarca Atenágoras, y le entrega una carta manuscrita -un quirógrafo- en la cual evoca por extenso el apostolado del Opus Dei, “nacido en este tiempo nuestro como una expresión pujante de la perenne juventud de la Iglesia”, constatando también, “con paterna satisfacción, cuanto el Opus Dei ha realizado y realiza por el Reino de Dios; el deseo de hacer el bien que le guía; el amor encendido a la Iglesia y a su Cabeza visible que lo distingue; el celo ardiente por las almas que lo empuja hacia los arduos y difíciles caminos del apostolado de presencia y de testimonio en todos los sectores de la vida contemporánea”.

El Padre sale profundamente conmovido de esta segunda audiencia.

Se lo dice, tal y como lo siente, a sus hijos e hijas, poniendo de relieve que, con esas palabras del Papa, se siente recompensado por tantas cosas ofrecidas “in laetitiae” en los treinta y siete años transcurridos desde la fundación de la Obra.

Un nuevo viaje a España

Al final del mes de noviembre de 1964, Mons. Escrivá vuelve a visitar Pamplona, esta vez para entregar, como Gran Canciller de la Universidad de Navarra, el título de doctor honoris causa al antiguo y al nuevo Rector de la Universidad de Zaragoza.

Nada más llegar, el Padre se reúne con un numeroso grupo de estudiantes en un Colegio Mayor, fundado en Pamplona unos años antes. Les habla, con entusiasmo, de sus responsabilidades futuras, para las cuales se están preparando ahora en la Universidad de Navarra: Estáis aquí como la buena harina dispuesta para la levadura, dentro del horno: va a ser un buen pan, para dar mucho alimento a las almas y a las inteligencias. Entre esas responsabilidades, cita una que consiste en ser sembradores de paz y de alegría, practicando el respeto mutuo.

La ceremonia de investidura de los nuevos doctores, que se celebra al día siguiente, reúne a más de trescientos profesores de diversas Universidades españolas y a representantes de las de Burdeos, Montpellier y Toulouse. Banderas de cuarenta países presentes en la Universidad a través de estudiantes de esas nacionalidades decoran el edificio central. A pesar de la lluvia, una gran multitud espera al pie del balcón principal para aplaudir al Padre, que va recibiendo a un grupo tras otro: profesores, representantes del Municipio y la Diputación, personal administrativo y subalterno de la Universidad, Comité del Patronato del Santuario de Torreciudad, Comité directivo de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra (cuyos miembros han comenzado a llegar a Pamplona en diversos medios de transporte), un grupo de periodistas extranjeros…

El 29 de noviembre, más de doce mil personas se han concentrado en Pamplona para participar en la primera Asamblea General de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra, una de cuyas tareas consiste en ayudar al sostenimiento de la Universidad. La Asamblea se celebra en el teatro Gayarre, cuya capacidad es a todas luces insuficiente. La inmensa mayoría de los hombres y mujeres que abarrotan la sala, de muy diferente condición y clase, han venido, sobre todo, para ver al Padre, escucharle y agradecerle, con su presencia y sus aplausos -que él no puede contener, a pesar de sus esfuerzos-, todo lo que ha hecho. Porque ha sido él quien, con su fidelidad a la gracia, ha transformado sus vidas, haciéndoles descubrir una vocación que les permite vivir la plenitud de la vida cristiana en medio de sus ocupaciones ordinarias.

Cuando, tras los discursos más o menos protocolarios, el Padre toma la palabra, propone a los presentes sustituir su alocución por un diálogo con ellos sobre los temas que prefieran. Un torrente de aplausos transforma inmediatamente lo que parecía una ceremonia oficial en una reunión de familia; todos tienen la impresión de estar cerca del Padre, aunque hay miles de personas…

Las preguntas fluyen de todas partes, del patio de butacas, de los palcos, del gallinero, provocando rápidas respuestas que unas veces hacen reír a los asistentes y otras, cuando subraya con fuerza temas importantes, son acogidas con profundo silencio: relaciones conyugales, educación de los hijos, vida de piedad, oración, frecuencia de sacramentos, problemas profesionales, cómo hacer compatibles las obligaciones familiares con un trabajo intenso…

Uno de los temas en los que el Padre insiste es el de la libertad de los cristianos.

-Padre, ¿por qué tiene tanto amor a la libertad? -pregunta alguien.

-Amo la libertad, porque sin libertad no podríamos servir a Dios; seríamos unos desgraciados. Hay que enseñar a los católicos a vivir, no de llamarse católicos, sino de ser ciudadanos que asumen la responsabilidad personal de sus acciones personales y libres. No hace mucho que escribía a una personalidad altísima -imaginaos lo que queráis, me da lo mismo-, diciendo que los hijos de Dios en el Opus Dei viven a pesar de ser católicos.

Para la mayoría de los oyentes, la alusión a la tentación de caer en el clericalismo es clara. Es tentador, en efecto, en un ambiente oficialmente católico, como el de España entonces, aprovecharse de la confesionalidad del Estado para obtener ventajas, a veces muy suculentas… Mons. Escrivá aprovecha la ocasión para reafirmar con energía que el Opus Dei no constituye, ni constituirá jamás, un “grupo de presión”. Sería contrario a su naturaleza y, además, imposible de realizar, dada la enorme diversidad social de sus miembros.

-¿Qué posición tienen los miembros del Opus Dei en la vida pública

de los países? -insiste otro.

-¡La que les da la gana!, con entera libertad. No me interesa la posición de cada uno, defiendo su libertad. De lo contrario, tampoco podría defender la mía. Y soy de una tierra donde no toleramos la imposición …

Fluyen las risas, porque nadie ignora que el Padre es aragonés.

Con todo, ese respeto de la libertad tiene sus raíces más hondas en la más sana tradición cristiana.

-No olvidéis que el mundo es cosa nuestra, que el mundo es nuestra casa, que el mundo es obra de Dios y lo hemos de amar, como hemos de amar a los que están en el mundo. Que es oficio nuestro consagrar a Dios el mundo, mediante esta dedicación al servicio del Señor, cada uno en el ejercicio de su trabajo ordinario, para ser testimonio de Jesucristo y servir también así a la iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas. Por eso, hemos de comprender el mundo, lo hemos de levantar, lo hemos de divinizar, lo hemos de purificar, lo hemos de redimir con Cristo, porque sois corredentores con Él.

El Padre regresa a Roma físicamente agotado, pero muy contento por haber podido hablar de Dios a un número de personas considerablemente más alto que en 1960, durante aquella otra visita a España. Es consciente de que ha animado a mucha gente a acercarse más a Dios, pero también de que ha aprendido mucho, viendo su deseo de luchar para mejorar su vida interior y por ejercer una influencia cristiana profunda allí donde Dios ha colocado a cada uno: en todas las encrucijadas del mundo, como predicaba y preveía ya en los años treinta…

El Papa, en un Centro del Opus Dei

Un año más tarde, el 21 de noviembre de 1965, Mons. Escrivá de Balaguer acoge al Papa Pablo VI a la entrada de un Centro situado en un barrio obrero de la periferia de Roma, el Tiburtino, donde la Obra desarrolla una importante labor apostólica.

Se trata del Centro E.L.I.S. (Educazione, Lavoro, Istruzione, Sport), que comprende una escuela de formación profesional, una residencia para los alumnos procedentes de provincias o del extranjero, un club deportivo y, aparte, una escuela femenina de hostelería.

Juan XXIII había decidido que los fondos recaudados para honrar a Pío XII con motivo de su octogésimo aniversario se destinaran a una obra social en algún suburbio de Roma carente de instituciones educativas o asistenciales, y había encargado a algunos miembros del Opus Dei la realización y la dirección del proyecto. Pablo VI, por su parte, había querido inaugurar personalmente el Centro después de celebrar Misa en la iglesia parroquial contigua, dedicada en honor suyo a San Juan Bautista y confiada a sacerdotes de la Obra.

Varios cardenales, un buen número de obispos presentes en Roma por razón del Concilio -que pronto va a clausurarse-, representantes del Ayuntamiento, de la provincia de Roma y del Estado italiano asisten a la ceremonia de inauguración, así como la inmensa mayoría de los habitantes del Tiburtino. Mons. Escrivá recuerda en su discurso el mensaje específico del Opus Dei -el valor santificante del trabajo- y el clima de libertad y de comprensión que se esfuerzan por crear en todas partes los miembros de la Obra.

El Papa, en su respuesta, añade a su discurso escrito unas palabras improvisadas para recalcar que conoce y aprecia desde hace tiempo al Fundador del Opus Dei y al Secretario General de la Obra, don Álvaro del Portillo.

Es ya de noche cuando, luego de haber visitado detenidamente la escuela de formación y las instalaciones de la Escuela de hostelería, abandona el Centro ELIS acompañado por portadores de antorchas.

Antes de subir al coche, después de haber pasado allí más de dos horas y media, el Papa abraza públicamente a Mons. Escrivá de Balaguer y le dice en voz alta: “Tutto qui, tutto qui è Opus Dei!” “¡Aquí todo es Opus Dei!”.

“Me llamo Leire…”

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Leire tiene 33 años. Se casó con Rober queriendo formar “un hogar luminoso y alegre”, expresión que aprendió de San Josemaría. Han pasado nueve años y tienen dos hijas con síndrome de Down. Con ellas, su hogar es más luminoso y alegre que nunca.

Opus Dei -

Me llamo Leire Zalba, nací en Durango el 26 de octubre de 1975, y soy la más pequeña de seis hermanas. Mis padres nos ayudaron siempre a crecer como cristianos, insistiéndonos en la importancia de querernos en la familia y de querer a los demás. Pienso que esto ha sido fundamental para que ahora, cuando todos hemos madurado, estemos muy unidos, “como una piña”.

Mi infancia fue muy normal. Al acabar el colegio me fui a Bilbao a estudiar Formación Profesional en el Centro Arangoya, que sacan adelante algunas personas del Opus Dei. ¡Qué cinco años! Aquí fue donde Dios tenia dispuesto cambiar mi rumbo, ya que yo venía muy “viva la vida que son dos días” y, realmente así hay que vivirla, pero bien.

Yo, en Arangoya, entendí lo que era el Opus Dei y pedí la admisión como supernumeraria. ¿Qué fue lo que me ayudó? La dirección espiritual, la oración y, otro factor al que yo le doy mucha importancia: el buen humor de la gente que me rodeaba.

En ese mismo año empecé a salir con Rober, el que hoy es mi marido. Como se puede ver, fue un año especial. Al acabar Arangoya tenía muy claro que quería estudiar Enfermería, pero no alcanzaba la nota media suficiente y estudié Educación Especial en San Sebastián. Tengo que reconocer que no empecé con muy bien pie, de nueve asignaturas, aprobé una y me desesperé; menos mal que mis padres en ese momento me animaron y me dijeron: “acaba el curso y después decidirás”. La verdad es que acabé los tres años de carrera con buen sabor de boca.

“Los dos luchamos por vivir un noviazgo cristiano: lo digo porque cuando tienes al lado a la persona que quieres, a veces, puedes hacer locuras. Rezábamos juntos y eso nos ayudaba, porque cuando luchas y respetas a la persona, la quieres más”.

En el último año de carrera, Rober y yo, decidimos casarnos. Acabé en junio y nos casamos el 2 de octubre de 1999. Fue un día precioso y la verdad es que pusimos mucha ilusión en prepararnos. Digo prepararnos, porque los dos luchamos por vivir un noviazgo cristiano, lo digo porque cuando tienes al lado a la persona que quieres, a veces, puedes hacer locuras. Nosotros intentábamos rezar juntos y eso nos ayudaba porque cuando luchas y respetas a la persona, la quieres todavía más. Nuestro plan era formar un “hogar luminoso y alegre”, y nos pusimos manos a la obra.

Al cabo de un año, nació Ander; después tuvimos a Asier; y más tarde, nacieron Nerea y Uribarri. No nos podemos quejar, Dios nos ha bendecido con estas cuatro joyas, cada cual más gorda, y digo esto porque las dos pequeñas tienen Síndrome de Down. Lo que al principio fue una desgracia se convirtió en un regalo de Dios, porque cuando aceptas su voluntad todo se convierte en eso, en un regalo de Dios. Nos apoyamos mucho en la familia y en nuestros amigos, que nos animaron mucho y nos siguen ayudando. San Josemaría Escrivá decía que Dios manda estas criaturas a las familias a las que ama mucho. Por eso Rober y yo nos sentimos muy afortunados de contar con estos hijos que nos ayudan a estar todavía más unidos. Además esta situación nos ha servido para no estar cerrados y abrirnos a otras familias que están en una situación similar.

Opus Dei -

En Durango, mucha gente nos admira, otros muchos piensan que estamos locos y les damos lástima por tener tantos niños y, encima, con síndrome de Down. Pero a nosotros nos importa muy poco todo eso, porque sabemos que el fundamento de nuestro matrimonio es agradar a Dios y por ello luchamos todos los días. Presentimos que estas dos niñas van a ser algo grande en esta vida. Son muchos los corazones que están transformando, en nuestra familia y en la gente de Durango.

La verdad es que cuanto más planificas tu vida, el Señor te da sorpresas como ésta y te cambia todo de un plumazo, sin avisar. También pensamos, desde lo más profundo del corazón que, si en alguna familia tenían que nacer estas niñas para ser acogidas y queridas incondicionalmente, era en la nuestra. ¡Esto es lo primero que nos dijimos cuando nos dieron la noticias y nos abrazamos inmediatamente después del parto! Sabemos que detrás de todo esto está la mano de Dios y que, iluminados con su gracia, sabremos afrontar todos los retos futuros.

Ultimo viaje a América

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El nuevo viaje a Venezuela quedará fijado para las fechas del 4 al 15 de febrero de 1975. El Padre cruzará el Atlántico de nuevo, acompañado por don Alvaro y don Javier. Las personas que viven en la Sede Central conocen la proximidad del viaje desde el 9 de enero.

«Cogeremos el avión, y a América por tercera vez. Padre, ¿tiene usted muchas ganas de ir? La verdad es que nunca tengo muchos deseos de viajar, pero estoy muy contento de ver a mis hijos de aquellos países y de decir la verdad de siempre, en el modo habitual, sin poner obstáculos a la palabra»(69)

El 29 de enero sale de Roma en vuelo hacia Madrid. Durante seis días, permanece en la casa de Diego deLeón. Antes de emprender el camino del aeropuerto de Barajas, se reúne unos minutos con algunos hijos de España. Les cuenta que no le apetece nada ir a América que «eso quiere decir que las cosas irán bien». Y luego, pide sus oraciones:

-«Rezad por mí para que sea bueno, que no haga el tonto a estas alturas: que tenga buen humor. Nunca he perdido el buen humor, pero he tenido genio, y el Señor se ha servido de mis malas cualidades, ya que no se podía servir de otras. Y no me he arrepentido nunca de haber tenido genio. Porque no me ha faltado cariño; no he maltratado a nadie, quiero a todos. En esto no tengo mérito porque el Señor me ha hecho afectuoso»(70).

A pesar de la resistencia física ante este largo desplazamiento, sube al avión que ha de conducirle nuevamente al trópico sin un gesto de apatía, sin traslucir el menor síntoma de malestar. Con el afán de darse y de cumplir la promesa hecha a sus hijos unos meses atrás.

Del 4 al 15 de febrero de 1975, se reunirá en Caracas con más de veinte mil personas. Han venido de Puerto Rico, Trinidad, Colombia, Estados Unidos y Ecuador.

«Hijos míos, me da mucha alegría estar junto a vosotros. Nos hemos reunido consummati in unum, formando un solo corazón, para hablar de Dios, porque los sacerdotes no sabemos hablar más que de Dios»(71).

Los diálogos de estas tertulias numerosas en Altodaro son, si cabe, más ágiles, más agudos que nunca. Como si se hubiera esfumado todo rastro de cansancio. Aunque las huellas del agotamiento aparezcan, sabe ocultarlas, con el afán y el entusiasmo del mejor brío apostólico. Sigue con puntualidad el horario trazado, sin permitir que disminuya el ritmo de estas jornadas.

En una de las tertulias, se levanta un hombre con barba muy poblada:

-«¡Padre, Padre… ! Con todo respeto… -¡Con todo respeto y con barbas…! -Padre. Yo soy hebreo.

-¡Hebreo! Yo amo mucho a los hebreos, porque amo mucho -con locura- a Jesucristo, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus herí et hodie, Ipse et in saecula; Jesucristo sigue viviendo, y es hebreo como tú. Y el segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño»(72).

Otra voz se levanta allá en el fondo:

-«Padre, soy enfermera, y quiero contarle un suceso muy importante que ocurrió en mi vida. Hace dos años, sin saber que me encontraba en estado, me hicieron un estudio radiológico. Cuando se confirmó que iba a tener un hijo todos me aconsejaron abortar, porque pensaban que el hijo iba a nacer completamente deforme (…). Yo acudí a la Obra, como otras veces. Y hablé y me aconsejaron y me ayudaron. Yo recé mucho, y ellos por mí. Y ahora tengo una niña muy linda, Padre, que aunque no esté permitido que entre, yo la traje para que usted me la bendiga».

-«Bendecida, y que seas tú mil veces bendita también, porque has obrado como buena cristiana. No tiene otro camino una cristiana. ¡Lo otro es criminal, brutal! ¡Es un asesinato, un infanticidio, y es privar a una criatura del Paraíso!»(73).

Tercia, después, un hombre joven:

-«Padre, los latinos -y en especial los del trópico- tenemos la mala fama de ser un poco flojos. ¿Cómo podemos acabar con esa mala fama?

-¡Yo digo que el trópico es un tópico! No es verdad que seáis flojos. Es una excusa de comodidad: de esa manera os tumbáis a la bartola, y como somos del trópico… Tenéis que ser fuertes. Sois temperamentos capaces de cualquier cosa grande, de cualquier cosa noble, de cualquier cosa santa; y, como yo, de cualquier cosa vil, de cualquier cosa vergonzosa, de cualquier cosa malvada. Por eso hemos de luchar. Tú y todos los del trópico, yo, que no soy del trópico, pero que me siento ya del trópico» (74)

Alguno de estos días la gente joven inunda con su presencia el jardín de Altoclaro. Viene armada de guitarras, y asedian a preguntas al Padre, que pasa un rato formidable en medio de esta vitalidad de colorido indescriptible.

Entre el bullicio, se abre camino una voz seria:

-«Padre: el año pasado, cuando teníamos la ilusión de que llegaba (…) -lo estábamos esperando con tanto cariño-, yo tuve que irme a Colombia a operarme de la vista y ofrecí el dolor de no verlo y las molestias de la operación por los frutos de su viaje (…). Le ruego que me permita cantarle una canción que le compuse para esta fecha».

La muchacha, muy joven, está ciega. Pero maneja bien la guitarra y tiene una bonita voz, templada y firme: «Creo que encontré mi camino. Creo que encontré mi verdad: ¡ah! creo que encontré mi destino y que no hay oscuridad».

La emoción ha cruzado durante varios minutos por entre la luz deslumbrante de la reunión.

Otro día, las preguntas resbalan de la cabeza al corazón y… al bolsillo.

-«Padre, aquí estamos un grupo de puertorriqueños, que hemos venido a verle con mucho cariño. Quisiera preguntarle dos cosas. La primera, qué hacer cuando para sacar obras de apostolado nos metemos en muchas deudas y parece que nos falta la fe; porque, créame, tenemos a San Nicolás ocupadísimo… ».

-«Hijo mío, de eso he sabido yo bastante…, y continúo sabiendo. En Madrid, en la Plaza de Antón Martín, está la parroquia de San Nicolás. Allí fui yo la primera vez que invoqué a San Nicolás para darle un sablazo. Y sigo pidiendo, pero continúo tranquilo y sereno. El Señor bendecirá vuestras labores personales y, además, os sacará de los apuros económicos que tenéis en las obras de apostolado. No te preocupes: no he visto nunca un fracaso por ese motivo, cuando hay amor de Dios. Conque ¡adelante! Métete en más líos, que andarás muy bien… » (74).

Un padre de familia le pregunta, desorientado, cómo educar a sus hijos para el trabajo y la responsabilidad en un ambiente tan materializado por el dinero…

-«Yo los pasearía un poco…, por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas. Les pondría la mano delante de los ojos, y después la quitaría para que vieran las chabolas, unas encima de otras (…). Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.

Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido sin un cobijo… No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?»(76).

Un médico pediatra le cuenta su preocupación por los métodos anticonceptivos. ¿Qué decir a sus colegas, alumnos y enfermos?

-«Tú sabes, como yo, que hay que decir que no. Se puede decir a grandes gritos y sin gritar; pero siempre: ¡no! Y a los que aconsejan eso, diles al oído, de modo que no se enfaden, que hubiera sido una pena que la madre de ellos hubiera seguido el control»(77).

El Padre, en otra reunión, con jóvenes, muy numerosa, comienza diciendo:

-«Yo venía para aquí y me acordaba de cuando comenzamos la labor hace tantos años. Comencé con tres. Y ahora son tantos miles, cientos de miles… Pero había esperanza… Cuentan de Alejandro Magno que estaba preparándose para una gran batalla y, antes, repartió todos sus bienes entre sus capitanes. Uno de ellos le dijo: Señor, ¿y a usted que le queda? Y Alejandro respondió: a mí, me queda la esperanza».

Mira a los jóvenes que le rodean, y continúa:

«Yo os veo y repito lo mismo: me queda la esperanza. Estoy feliz con vosotros. Las gentes de estas tierras saldrán adelante maravillosamente, tendrán sentido cristiano de la vida, tendrán la felicidad posible en la tierra y la felicidad eterna, si vosotros sabéis vencer. Ya conocéis perfectamente que un cristiano tiene que luchar. Vosotros peleáis y yo también…; y, cuando tengáis mi edad, lucharéis como ahora. Por eso, si no lo hacéis ahora, tampoco lo conseguiréis después, y seréis unos vencidos» (78).

Cuando está a punto de finalizar su estancia, no sabe como despedirse:

-«Siempre os hablo de desprendimiento, y os doy mal ejemplo en esto. Me he apegado a vosotros. Me cuesta irme. ¡Es apegamiento!

-¡Es bueno que el Padre se apegue a sus hijos!, replica don Alvaro.

-Sobre todo cuando se han tenido con mucho dolor»(79).

El 15 de febrero, Monseñor Escrivá de Balaguer sale de Venezuela.


Madrid: donde nació la Obra

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Algunas de las reuniones que el Padre va a convocar en Madrid tendrán lugar en el salón de actos de Tajamar, centro docente promovido por el Opus Dei en el barrio de Vallecas. Más de dos mil personas llenarán diariamente esta gran aula, que se convierte en cuarto de estar por la confianza familiar del ambiente. Tajamar tiene nombre de proa, de oleaje cortado por navegaciones firmes. Y así ha sido, en efecto, la travesía temporal de este Instituto. El Fundador recuerda sus correrías apostólicas por Vallecas desde 1927. Con sacrificio alegre acudía a las llamadas de los enfermos, los pobres, los más abandonados.

«Cuando tenía veinticinco años, venía mucho por todos estos descampados, a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los viejos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto, y alguna que otra pedrada… Hoy para mí esto es un sueño, un sueño bendito, que vivo en tantos barrios extremos de ciudades grandes, donde contribuimos con cariño, mirando a los ojos de frente, porque todos somos iguales» (14)

Tajamar empezó en 1957, con muy pocos medios. Un grupo de profesionales, miembros del Opus Dei, que alquilaron tres pequeñas viviendas y un garaje, en una calle estrecha y húmeda. En 1959 los alumnos aumentaron y Tajamar se trasladó a una antigua vaquería del barrio. Mientras tanto, con la ayuda de muchas gentes, se empezaron las obras del Tajamar definitivo. Hoy, cerca de 1.900 alumnos cursan en el Instituto los ocho años de Enseñanza General Básica, el Bachillerato Unificado y Polivalente, el Curso de Orientación para ingreso en la Universidad y Escuelas Técnicas Superiores. Hay, además, estudios profesionales de forja, soldadura, artes gráficas y electrónica. Estas actividades ocupan los locales desde las nueve de la mañana a las 5,30 de la tarde. Media hora después, las aulas vuelven a llenarse para la enseñanza nocturna de aquéllos que compaginan su trabajo con un noble deseo de aprender y mejorar su nivel profesional. En este aledaño de Madrid que ha costado tanto esfuerzo y trabajo, habla el Padre como en su casa.

La llegada al Cerro del Tío Pío, donde se asienta Tajamar, es hoy una fiesta. Hay saludos y sonrisas. Alegría demostrada en mil detalles y deseos de que todo el mundo lo pase bien junto al Padre. Ante esta riada de personas que acuden al salón de actos, el Fundador va a repetir la misma doctrina, el mismo cariño; un espíritu idéntico al que impartía a los estudiantes y obreros que trataba en los años veinte y treinta: que todos están llamados a la santidad, y que pueden alcanzarla santificando su trabajo y sus obligaciones familiares y sociales.

Recibirá, desde el 30 de octubre, a las familias de alumnos de Tajamar, matrimonios de Madrid, gentes de diversas provincias españolas; varios centenares de sacerdotes de Madrid y de las diócesis vecinas; campesinos, empleados, miembros y Cooperadores del Opus Dei.

Una de sus primeras visitas es a la Residencia Los Tilos, para empleadas del hogar. Este Centro de Formación Profesional se ha inaugurado en 1967. A esta tarea han dedicado su esfuerzo un grupo de mujeres del Opus Dei. Es preciso llenar un vacío de capacitación destinada a estos puestos que requieren, ya, unos conocimientos más adecuados. Dotar de dignidad profesional el trabajo realizado dentro del ambiente familiar y el oficio desempeñado en grandes colectividades.

Unos años después, en un viaje por América, repetirá:

«Es una profesión extraordinariamente grande (…). No hay ninguna profesión humilde: todos los trabajos son grandes, santos, nobles. Yo no sé si es más importante el trabajo del Gobernador del Estado, que el de una chica empleada del hogar. Dependerá del amor que ponga. Puede suceder que aquella que está en la cocina lo hace con tanto amor, que vale más que esté allí que no en el Parlamento» (15).

Les recuerda, de nuevo, la categoría del trabajo, de toda dedicación en servicio a los demás; de la necesidad de una formación certera para huir de la rutina, del desorden. Y el coraje de tener un sano orgullo del oficio bien hecho, santificado por el amor a Dios.

En el Colegio Mayor Moncloa, contesta a un muchacho que quiere «volver el mundo al revés»:

-«Siendo un buen cristiano. Ser un buen cristiano quiere decir ser buen estudiante, alegre, con las cualidades de la gente joven, que son muchas. Cuando oigo hablar contra la juventud de ahora, me enfado: porque vosotros hacéis lo mismo que hemos hecho todos nosotros, los que ya no somos tan jóvenes, cuando lo éramos. De manera que no os preocupéis. Las virtudes de la gente joven son muchas y, además, tenéis impulso, ilusión. Estudiad, no perdáis el buen humor, y emplead también vuestra simpatía, para llevar por todas partes la doctrina de Cristo.

Pero sin emplear nunca la violencia, que eso no sirve para nada(16)

En la casa de Diego de León se reunirá con un grupo de hijos suyos que ya cuentan muchos años de trabajo dentro de la Obra. Atardece en este octubre madrileño, y la memoria se remonta a cuarenta y cuatro años antes… El mismo tiempo sereno, idéntico cielo, aquel mismo viento que esparció el repique de las campanas de «Nuestra Señora de los Ángeles» en una mañana de gracia de 1928. Le rodean hoy sus hijos en un cuarto de estar, y el Padre pregunta:

-«¿Habéis visto cómo se cumple lo de “soñad y os quedaréis cortos”?» (17).

Las dimensiones de este sueño sobrenatural del Fundador se han materializado estos días en la multitud de gentes que se han acercado a oírle y saludarle.

-«Se os ve a todos contentos. Os quiero con toda el alma. Me marcharé con la pena de no haber estado un rato con cada uno, pero no tengo posibilidad humana de hacerlo».

Les hace reflexionar sobre los tiempos que la Iglesia atraviesa:

-«En estos momentos de deslealtad, hemos de ser muy leales. Para eso sólo hay un sistema: tener vida interior. El que no haga oración, nos estorba. El que se aburguese y no piense en los demás, nos estorba (…). El que no tenga una vida de piedad intensa, con un amor muy grande a Jesús Sacramentado, a la Trinidad Beatísima, a Nuestra Madre del Cielo, nos estorba. El que no sienta, con corazón de carne, limpio y puro, la fraternidad con sus hermanos, nos estorba».

Y concluye:

«En la Santa Misa, nos podemos encontrar cada día. Uníos a la intención de mi Misa, que desde hace muchos años es la Iglesia universal, el Papa, y la Obra… »(18).

Hay temas que ocupan su pensamiento y su palabra casi constantemente. Uno de ellos es la confesión sacramental. Dios, que ha concedido a los hombres uno de los más altos dones de la tierra: la capacidad de desatar las cadenas del pecado. De otorgar esa dimensión tan hablada y tan poco reconocida de la verdadera libertad interior:

«He visto acercarse a la Iglesia a muchos paganos, admirados de esta maravilla que es el Sacramento de la Penitencia. Han considerado a Dios Creador, que nos ha sacado de la nada, y se han pasmado; han pensado en Dios Redentor, que después de la caída de nuestros primeros padres nos ha buscado con tanto amor:

¡qué entrega la suya! Pero, un Dios que perdona continuamente, un Dios con corazón de padre y de madre, que no nos guarda rencor por haberle ofendido… ¡esto ya es el colmo! Y esas personas, al descubrir esta maravilla divina, desean acercarse a Dios, y piden que se les explique la doctrina de la Iglesia, porque quieren recibir el bautismo, y participar luego -una y otra vez- de ese perdón» (19).

En un piso alto de la calle de Zurbano se reúne con un grupo de mujeres profesionales de los medios de comunicación social. El, que ha iniciado un maratón sobrenatural para dar la verdad de Jesucristo a tantas gentes, habla ahora con personas que tienen la palabra como trabajo y dedicación.

«Las mujeres tenéis mucha fuerza. Podéis mover el mundo. Pero con un gran espíritu de oración; si no, no me sirve. Y con prestigio profesional, porque si no, tampoco me sirve (20).

A lo largo de estos días ha hablado de la mujer convertida en objeto por una sociedad embarcada en intereses inadmisibles. Ahora las impulsa a que sean sujeto activo del cambio social, del retorno a valores que están más allá del tiempo histórico y de la moda.

Una mujer de nacionalidad británica que trabaja en televisión, le dice su preocupación por el ambiente que rodea su quehacer habitual:

«Puedes llegar, hasta donde Dios llegue contigo. Hasta donde no pierdas el contacto y la intimidad con El. Si vas siempre con El, no es el ambiente quien influirá, sino tú en el ambiente»(21).

Desde que salió de Roma, muchos miles de personas le han escuchado. Mientras le quede un aliento de energía, seguirá lanzando a voleo su catequesis: este decir y repetir, a cada uno, las maravillas de Dios entre los hombres.

El día 30 de octubre toma el avión en el aeropuerto de Barajas. Va camino de Portugal.

Brasil: Tierra de la Santa Cruz

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La historia del cristianismo en Brasil se remonta al año 1549. Un sacerdote portugués celebró la primera Misa el 3 de mayo, fiesta entonces de la Invención de la Santa Cruz y, por eso, este trozo del Nuevo Mundo se llamó Tierra de la Santa Cruz. Más tarde, la abundancia de madera de color rojizo que daba a su fisonomía un aspecto casi ardiente, transformó su nombre en el de Brasil.

El 19 de marzo de 1957, llegaron a Brasil los primeros miembros del Opus Dei. Por equipaje traían la bendición del Fundador; como meta, un país inmenso. Ahora, mayo de 1974, la noticia de que el Padre viene ha corrido como la pólvora. Este segundo viaje a América tiene por objeto confirmar a todos sus hijos en el espíritu de la Obra, y encaminar a otras muchas personas hacia Cristo mediante una siembra continua y generosa de su oración y su doctrina.

«Vamos a América porque me mandan mis hijos -dirá antes de partir-; y a través de mis hijos, mi Padre Dios. Yo no quería ir, de modo que por lo pronto no es un capricho (…).

Digite a me!, aprended de Mí, ha dicho el Señor. Yo deseo aprender, en todos los sitios, un poquito. Porque no acabo de hacerlo, no acabo. Tengo ansias de ver a Jesucristo, de conocer su rostro. Tengo hambre de encontrarme con mi Dios» (1).

Cuando el avión en que viajan se aproxima a Río de Janeiro, el sol se pone sobre la bahía de Guanábana, iluminando toda la ciudad. En esta época -está terminando mayo- el crepúsculo es corto, y llega precipitadamente la oscuridad de la noche. De pronto, en el aeropuerto Galeáo, los altavoces anuncian la llegada del vuelo. Un pequeño grupo de personas espera al Padre junto a la pista. El avión desciende con todas las luces encendidas sobre las aguas de la bahía, hasta enfilar la superficie de aterrizaje. Los relojes marcan las seis y dieciocho minutos del 22 de mayo. Son muchos años anhelando este momento, el abrazo, el cariño y la presencia del -Fundador en esta tierra de promisión.

El comandante indica, desde lo alto de la escalerilla, a los que esperan, que pueden subir al encuentro de Monseñor Escrivá de Balaguer. Lo hace don Javier Ayala -que es aragonés-, Consiliario del Opus Dei en Brasil, en primer lugar, y se encuentra con los brazos del Padre, que le dice en broma:

-« ¡Baturro! ¡Te has salido con la tuya!».

Parte de la tripulación del aparato se agrupa en el pasillo de salida para despedirle.

-«¡Que Dios os bendiga! ¡Gracias! ¡Muchas gracias!»(2).

En un coche, el funcionario de la compañía aérea traslada al Padre, y a don Álvaro del Portillo, hasta un avión brasileño: el Bandeirantes. Este aparato les conducirá hasta Sáo Paulo. El nombre del pequeño aparato recuerda la gesta de los pioneros que, enarbolando sus banderas, abrieron las primeras sendas desde la costa hasta el interior del Brasil. La torre de control envía sus señales, despega suavemente y se eleva sobre Río, dejando atrás la imagen del Cristo del Corcovado. A la derecha, la espuma juega con las playas de Copacabana, Ipanema, Leblón…

En una hora larga, sobrevuelan Santos, Serra do Mar y Sáo Paulo. Cuando se detienen los motores en la pista de aterrizaje, son las ocho y veinticuatro minutos de la noche. Algunas personas conocen la noticia y aguardan en los portones de salida. Al pasar el coche, entregan una camelia al Fundador: el saludo inicial de bienvenida, la primera flor en esta ciudad de cemento: «Padre, muchas gracias por haber venido al Brasil»(3).

A partir de este momento, el Padre iniciará otra etapa agotadora y entrañable. Se multiplica en afecto y dedicación para dejar a sus hijos, éstos que han crecido a la sombra de su espíritu pero que acaban de conocerle, la seguridad de su camino, la certeza de haber respondido a una llamada de Cristo, a un designio sobrenatural que está por encima de las fuerzas de los hombres. Llega a lo más hondo de su intimidad: les habla de su vida de sacerdote, de los barruntos de su amor, de las etapas históricas de la Obra marcadas por la mano de Dios. Escribe para ellos un capítulo vivo, arrollador, como si presintiera que está cerrando el último documento. Tiene en su horizonte el mundo cuando mira a esta multitud de razas, de situaciones y culturas que se han dado cita entre los hombres y mujeres de la Obra.

Desde el 22 de mayo al 7 de junio habla sin descanso en tertulias de pequeño número y en grandes reuniones. En unos casos los Centros de la Obra como Sumaré, Casa Nova, Río Claro, Aroeira, Casa de Moinho y Centro Social de Morro Velho, acondicionan sus locales para estas tertulias; en otros, los asistentes desbordan la capacidad de aforo y es preciso habilitar grandes salas oficiales, como los Palacios de Convenciones de Sáo Paulo, Anhembí y Mauá. Estos lugares abren sus puertas a una multitud que desea conocerle, oír la palabra de este sacerdote que no habla más que de Dios. Que predica la teología del encuentro con Cristo a través del trabajo de cada día; que sólo expone una revolución: la de proyectar los hechos de la vida ordinaria hasta las alturas de la Gracia. Que invita al proyecto de «hacer, de la prosa pequeña de cada día, endecaslabos, verso heroico»(4). «He venido al Brasil a aprender. Vienen del Viejo Mundo y dicen que vienen a enseñar. ¡No! Yo he venido a aprender. Llevo cuarenta y ocho horas y ya he aprendido mucho.

He aprendido que este país es un país maravilloso, que hay almas encendidas, que hay gente que vale un tesoro delante de Dios Nuestro Señor; que sabéis trabajar y moveros; que sabéis formar familias numerosas, recibiendo los hijos como lo que son: un don de Dios (…).

¡Tanta tierra, y tan feraz, tan hermosa! Yo creo que vuestras almas son como esta tierra: aquí todo es generoso, todo es abundante (…).

Y después tenéis los brazos abiertos a todo el mundo: aquí no hay distinciones. Podríamos repetir palabras de la Escritura: gentes de todos los pueblos encuentran la Patria (…). Yo ya me siento brasileiro. Si no tuviera la obligación de residir en Roma, residiría en el Brasil»(5).

Cuando el número de asistentes se multiplica, procura que sus palabras se acomoden al auditorio:

«Hablaré despacio; nunca ha sido un muro muy recio la diferencia de lengua entre el brasileiro y el castellano (…).

Pero, además, es que siento el latir de vuestro corazón. Con los corazones nos entenderemos. Y entiendo con la mirada que allá, dentro de la cabeza, tenéis muchas cosas nobles, grandes, limpias, sacrificadas. Yo las querría tener también; de modo que coincidimos»(6).

El 6 de junio, víspera de su marcha del Brasil, les dirá:

«Quiero que me habléis vosotros a mí, quiero marcharme con el regusto de vuestras voces en mis oídos (…): porque sentiré las voces vuestras en lo más hondo de mi alma, en los momentos de vida que el Señor me deje, como una gran bendición de Dios. Y diré: ¡en el Brasil y desde el Brasil!… Es la voz de aquellas almas, de aquellos hijos y de aquellas hijas: vuestras voces»(7).

Se refiere el Padre al espíritu apostólico que debe empujar a los brasileiros. Ya que son una confluencia racial, tienen la posibilidad de recibir la doctrina, la vocación de Dios y llevarlas luego a otros países con los que tienen amplios lazos de fraternidad. Además, la vitalidad de estos hombres y estas tierras, les convierte en una gran promesa para el futuro.

« “Ut eatis”!, no sólo al gran continente brasileño. Ut eatis!, al Japón; ut eatis!, a Africa, que es un continente que nos espera con los brazos abiertos» (8).

Ya en 1928 sabía, porque Dios lo había decidido así, que el Opus Dei habría de arrastrar a gentes de todos los pueblos… negros, amarillos, blancos… en una llamada vocacional nueva y vieja como el Evangelio. Y el Cielo envió la noble ambición de este sueño a un sacerdote que sólo tenía veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor. Ahora, el sueño se ha hecho realidad.

En la primera tertulia, que tiene lugar en Casa Nova, está rodeado de brasileiras que proceden de muchas y diversas razas: aquí se ven los rasgos orientales de unas, la tez oscura de otras… La representación de Siria, Turquía, Italia, Portugal, Alemania, Austria… y de tantos lugares de Brasil, desde el Amazonas hasta Santa Catarina. A esta mezcla de etnias se referirá más tarde, en una de sus charlas: -«Esta mañana celebraba la Santa Misa, rodeado de un grupo grande de personas, en las que se veían caras de todos los continentes, y me emocioné. Les decía -porque es verdad- que muchos hijos míos de Japón, de China, de varios sitios de Africa -concretamente, más que en ningún otro, en Nigeria y en Kenia-, y de Filipinas, están rezando ahora mismo por la buena labor que hagamos aquí, en esta gran nación brasileña»(9).

Y continúa:

«En Brasil hay mucho que hacer, porque hay gente necesitada de lo más elemental. No sólo de instrucción religiosa -hay tantos sin bautizar-, sino también de elementos de cultura corrientes. Los hemos de promover de tal manera que no haya nadie sin trabajo, que no haya un anciano que se preocupe porque está mal asistido, que no haya un enfermo que se encuentre abandonado, que no haya nadie con hambre y sed de justicia, y que no sepa el valor del sufrimiento».

Luego les impulsa a extenderse por todo el país:

«Tenéis que correr por este gran continente (…), y quiero empujaros a que no dejéis ningún rincón de este país maravilloso sin el calor de un hogar nuestro. Para que desde aquí, después…¡al mundo entero!»(10)

En el Parque Anhembí, junto al río Tieté, se alza el Palacio de las Convenciones. Es un edificio nuevo, de bóveda elíptica, destinado a congresos y exposiciones. Tiene una cabida normal de cuatro mil personas. El 1 de junio, víspera de Pentecostés, se llenará a rebosar.

«No podéis defraudar a Dios. Este país grande, grande, grande en todos los terrenos -también geográficamente-, tiene ambiente de sobra para todos los hijos de todas las grandes familias: en número y en calidad. De modo que ¡ánimo! (…).

El otro día di a mis hijos una bendición que parecía la de los Profetas y los Patriarcas. Que el Señor os multiplique, les decía, y os digo ahora a los brasileiros: como las arenas de vuestras playas, como los árboles de vuestros bosques, como las flores de vuestros jardines, como el gorjeo de vuestros pájaros…

Necesitáis mucha gente aquí. ¡No tengáis miedo! Recibid los hijos con amor, que siempre son una bendición de Dios. Y bendición especial para el Brasil que necesita muchos brasileiros cristianos y con virtudes humanas como las vuestras»(11)

Les habla con lenguaje de pioneros que entienden, porque éste es un país grande, de caracteres firmes, capaces de entrar, por entre la selva, para erigir Brasilia, la más increíble ciudad de la tierra. Como reza el lema del escudo de Sáo Paulo: «No me dejo arrastrar, arrastro». Y lo subraya el brazo guerrero que sustenta el estandarte de la Cruz.

El 2 de junio, día de Pentecostés, se llenará igualmente el Palacio de Mauá. El Padre habla despacio, y sus palabras se traducen con los gestos, con el afecto y con la buena voluntad de muchos que, entre el público, siguen y facilitan el contenido de sus palabras a los que tienen más cerca.

En esta gran reunión se tocarán multitud de temas. Y el Padre irá engastando, en cada uno, junto a la dimensión humana, el espíritu de la Obra que anima toda su voz.

En un momento dado, rompe una lanza por la familia y sus valores cristianos, especialmente por la fuerza moral de la mujer.

«Junto a la Cruz están unas mujeres y un chico joven. Los hombres se han acobardado, y han huido. ¡Da vergüenza! Ellas son más valientes que nosotros, más enteras. Dan la cara por Cristo » (12).

Ha encendido la pasión por salir a los caminos con el fuego apostólico de los primeros cristianos, y le preguntan cómo multiplicar el número de cristianos en este enorme país americano:

«Para lograr toda esa multiplicación de almas que se ocupen de los demás, que sean una siembra de paz, de alegría, de trabajo, de cariño, de comprensión, de convivencia, de fraternidad cristiana; para esto, debes rezar al Señor. Pedirás al Espíritu Santo que venga a las almas de todos»(13).

De pronto se pone en pie un adolescente con el pelo largo, un representante joven de los que rompen moldes y modos anteriores:

-«Padre, ¿qué nos dice a los melenudos?».

-«Oye, hijo mío, a los del pelo largo os digo que me encantáis lo mismo que los del pelo corto. Pelo largo o corto no tiene importancia. Lo que importa es voluntad recia o voluntad floja, vida limpia o vida… sporca, como dicen los italianos. Lo que tiene

importancia es ojos limpios u ojos que no se pueden mirar» (14) Habla a los padres para que tengan una gran generosidad a la hora de entregar sus hijos a Dios si les llama por el camino de una entrega total a los demás.

Se detiene en un tema esencial en el Opus Dei, como la alegría, la teología del Omnia in bonum, todo para bien, cuando se descansa en la filiación divina. En el amor de Dios Padre que mueve los acontecimientos de cada vida.

«Se lee en uno de los Salmos que las montañas se deshacen como si fuesen de cera, si tenemos sentido sobrenatural. No te preocupes nunca por nada (…). ¡Alegre! Porque, después, viene la felicidad verdadera: el Amor sin traiciones y para siempre»(15).

No sabe cómo decir adiós a esta multitud de gentes que llenan la sala y que han venido a conocerle y a oír, a través de sus palabras, el espíritu del Opus Dei.

«Bendigo vuestros corazones, bendigo vuestra sonrisa, bendigo vuestro trabajo, bendigo vuestras guitarras» (16) Cuando llegue a Argentina lo recordará ante sus hijos:

«Hay de todas las clases de colores habidos y por haber. Justamente he estado allí el día de Pentecostés, y era como otra Pentecostés: Partos… Medos… Elamitas»(17).

Cuatro días antes quiso hacer una romería en la Aparecida, la Virgen más venerada del Brasil. Unas rosas son la materialización del regalo que vienen a traer a la Virgen. El Padre se arrodilla en el suelo del presbiterio; a su lado, don Alvaro y don Javier. Se empieza a rezar, en portugués, el Rosario. Con la mirada fija en la pequeña imagen, el Padre responde en voz baja a las oraciones. Pausadamente, al unísono, reza toda la iglesia en voz alta. Cuando termina, el Padre se levanta y rodea el altar por el lado derecho, para subir hasta el camarín de Nuestra Señora Aparecida. Mira unos instantes a la Virgen y besa el escudo. Las rosas se quedan a los pies de la imagen. Al día siguiente, comenta:

-«¡Con qué alegría fui a la Aparecida! ¡Con qué fe rezabais todos! Yo le decía a la Madre de Dios, que es Madre vuestra y mía: Madre mía, Madre nuestra, yo rezo con toda esta fe de mis hijos. Te queremos mucho, mucho… Y me parecía escuchar, en

el fondo del corazón: ¡con obras!» (18).

Se acerca el 7 de junio, último día de estancia en Brasil, y todos guardan los recuerdos en el mejor rincón del alma. Todavía no ha partido y ya empiezan a sentir nostalgia. Saudades, como se dice en portugués.

-«Os quedáis muy pensativos. Es que es el último día… Pero os ponéis solemnes y nosotros no tenemos solemnidades…

La nostalgia -sonríe el Padre-. Incomincia la nostalgia. Pero no quiero hablar más de esto, porque os quedáis serios, y también yo me pongo serio sin darme cuenta. Además, no me voy a marchar de aquí. Me quedo. De verdad, me quedo: el corazón os lo dejo muy a gusto. Además, os necesito a cada uno de vosotros: porque os necesita Dios, aunque no necesita de nadie (…).

Me acordaré de cada uno, os pasaré revista; y me ayudaréis a ser mejor con el recuerdo, con el pensamiento… ¡Esto es humano! Hay una especie de canción popular española que dice: la ausencia es aire que apaga el fuego chico y enciende el grande. De modo que cuando me marche os querré, si cabe, aún más; y estaré aquí más que ahora… ».

Y así llega la tertulia de la noche, la última:

«Consummatí in unum! No hay un afecto de uno que los demás no lo tengamos, no lo sintamos, no lo amemos …»(19).

El día 7 de junio amanece lloviendo. Un coche que cruza Sáo Paulo se lleva al Padre. En el aeropuerto internacional de Viracopos despega el avión para transportarle a la inmensa pampa argentina.

El Colegio Romano de Santa María

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 12 de diciembre de 1953, el Padre erige el Colegio Romano de Santa María. Es la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe. Se trata de un Centro de formación en el que se impartirá un serio plan de estudios que abarca asignaturas de Pedagogía, Psicología, Filosofía y Teología. Están destinadas a completar la preparación de aquellas mujeres del Opus Dei que van a ocuparse más directamente de tareas de docencia y formación.

No se dispone de un lugar apropiado para las instalaciones. Villa Tevere sigue en construcción, empinándose a golpe de andamio. Sin embargo, es necesario que un grupo de mujeres adquiera en Roma una preparación intensa, humana, espiritual y doctrinal.

De momento, se habilitan algunas zonas en el edificio destinado a la Administración de Villa Tevere. El 14 de febrero de 1954 empezará el primer curso, atendido por un grupo de profesores especializados. La promoción es pequeña en número pero amplia en procedencia geográfica. La llegada de las alumnas del Colegio Romano de Santa María se convierte en una fiesta para todas. Vienen de países recién estrenados por el apostolado del Opus Dei.

Desde la Administración de Villa Tevere es frecuente acudir en busca de las alumnas que llegan a Roma, a la Estación Termini. Y también hasta Nápoles, cuando vienen por mar.

Igual que ocurriera con el Colegio Romano de la Santa Cruz, los medios económicos son muy escasos. Se vive con lo imprescindible. Pero la carencia de tantas cosas no mengua la alegría que cruza la casa. La convivencia está marcada por el buen humor.

Al iniciarse las clases, Monseñor Escrivá de Balaguer reúne a esta primera promoción: les habla sobre la finalidad del Colegio Romano, la eficacia del estudio, la necesidad de adquirir una profunda formación teológica. Les repetirá muchas veces:

«Hijas mías, no imagináis cuánto rezo por el Colegio Romano de Santa María. Tengo allí el corazón metido: ¡cuánta ilusión he puesto! Y veo, a la vuelta de los años, la labor portentosa. Va a ser una gran sementera»(43).

Como todo lo que nace, comienza siendo pequeño, pero el Colegio Romano tiene también desde el principio la solidez definitiva; aquello se ha de convertir en un Centro al que vendrán a estudiar mujeres universitarias de todas las latitudes, idiomas y razas.

El Padre quiere contar, cuanto antes, con una sede propia para este Colegio Romano de Santa María. Por eso, se prepara el proyecto con anticipación: será construido en la casa de Castelgandolfo, junto al Lago. Ante la imposibilidad de acondicionar el antiguo edificio, se decidirá el derribo y planificación de otro de nueva planta que no desmerezca, en su porte exterior, del primitivo. Todavía asfixian los créditos que pesan sobre la construcción de “Villa Tevere” cuando ya el Fundador sueña sobre los planos de este nuevo Centro. Su fe -lo ha repetido muchas veces- es tan gorda que se puede cortar. Y no se para, una vez más, ante ningún obstáculo por insalvable que parezca.

Junto a las piquetas y el ruido constante de las hormigoneras, piensa en el comienzo de una nueva etapa que va a culminar en un Centro docente de ámbito internacional. Está viendo, a través del cristal opaco del tiempo, el nuevo perfil de Villa delle Rose, futuro Colegio Romano para las mujeres del Opus Dei.


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