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	<title>Opus Dei Testimonios &#187; Beato Josemaría</title>
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	<description>Testimonios sobre el Opus Dei y la vida cristiana</description>
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		<title>Homilía del Papa Juan Pablo II en la canonización de Josemaría Escrivá</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Jul 2010 12:02:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Homilía del santo padre Juan Pablo II en la misa de canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. “Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica” ha dicho el Papa a los asistentes de más de 80 países presentes en la Plaza de San [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Homilía del santo padre Juan Pablo II en la misa de canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. “Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica” ha dicho el Papa a los asistentes de más de 80 países presentes en la Plaza de San Pedro.</h2>
<div><img src="http://www.opusdei.es/image/canon_007.jpg" alt="Opus Dei - " width="150" height="233" /></div>
<p>1. &#8220;Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios&#8221; (Rm 8,14). Estas palabras del apóstol Pablo que acaban de resonar en nuestra asamblea, nos ayudan a comprender mejor el significativo mensaje de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, que celebramos hoy. Él se dejó guiar dócilmente por el Espíritu, convencido de que sólo así se puede cumplir plenamente la voluntad de Dios.</p>
<p>Esta verdad cristiana fundamental era un tema recurrente de su predicación. En efecto, no dejaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para hacer que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios y la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia &#8220;santa y llena de Dios&#8221;. &#8220;A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales&#8221; (<em>Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer</em>, 114).</p>
<p>También hoy esta enseñanza suya es actual y urgente. El creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital.</p>
<div><img src="http://www.opusdei.es/image/canon_05.jpg" alt="Opus Dei - " width="150" height="226" /></div>
<p>2. &#8220;Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase&#8221; (Gn 2, 15). El libro del Génesis, como hemos escuchado en la primera lectura, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la ‘labrase’ y ‘cuidase’. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.</p>
<p>&#8220;La vida habitual de un cristiano que tiene fe &#8211; solía afirmar Josemaría Escrivá -, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente&#8221; (<em>Meditaciones</em>, 3 de marzo de 1954). Esta visión sobrenatural de la existencia abre un horizonte extraordinariamente rico de perspectivas salvíficas, porque, también en el contexto sólo aparentemente monótono del normal acontecer terreno, Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación. Por tanto, se comprende más fácilmente, lo que afirma el concilio Vaticano II, esto es, que &#8220;el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo [...], sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber&#8221; (<em>Gaudium et spes</em>, 34).</p>
<p>3. Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el santo fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.</p>
<div><img src="http://www.opusdei.es/image/canon_008.jpg" alt="Opus Dei - " width="200" height="133" /></div>
<p>Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis &#8220;sal de la tierra&#8221; (cf. Mt 5, 13) y brillará &#8220;vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos&#8221; (<em>Mt</em>., 5, 16).</p>
<p>4. Ciertamente, no faltan incomprensiones y dificultades para quien intenta servir con fidelidad la causa del Evangelio. El Señor purifica y modela con la fuerza misteriosa de la Cruz a cuantos llama a seguirlo; pero en la Cruz – repetía el nuevo Santo &#8211; encontramos luz, paz y gozo: <em>Lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce</em>!</p>
<div><img src="http://www.opusdei.es/image/canon_006.jpg" alt="Opus Dei - " width="150" height="119" /></div>
<p>Desde que el 7 de agosto de 1931, durante la celebración de la santa misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús: &#8220;Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí&#8221; (Jn 12, 32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace poco ha resonado en esta plaza: &#8220;<em>Duc in altum</em>!&#8221;. Lo transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. &#8220;Rema mar adentro &#8211; nos dice el divino Maestro &#8211; y echad las redes para la pesca&#8221; (Lc 5, 4).</p>
<div><img src="http://www.opusdei.es/image/canon_010.jpg" alt="Opus Dei - " width="200" height="298" /></div>
<p>5. Pero para cumplir una misión tan ardua hace falta un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, que consideraba una extraordinaria &#8220;arma&#8221; para redimir el mundo. Aconsejaba siempre: &#8220;Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en «tercer lugar», acción&#8221; (<em>Camino</em>, 82). No es una paradoja, sino una verdad perenne: la fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Éste es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.</p>
<p>Que el Señor os ayude, queridísimos hermanos y hermanas, a acoger esta exigente herencia ascética y evangelizadora. Os sostenga María, a quien el santo fundador invocaba como <em>Spes nostra, Sedes Sapientiae, Ancilla Domini</em>.</p>
<p>Que la Virgen haga de cada uno un testigo auténtico del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa contribución a la construcción del reino de Cristo. Que nos estimulen el ejemplo y las enseñanzas de san Josemaría para que, al final de nuestro peregrinar terreno, participemos también nosotros en la herencia bienaventurada del cielo. Allí, juntamente con los ángeles y con todos los santos, contemplaremos el rostro de Dios, y cantaremos su gloria por toda la eternidad.<a><br />
</a></p>
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		<title>Bula de la canonización del Beato Josemaría</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Jul 2010 11:58:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<category><![CDATA[17 de mayo de 1992]]></category>
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		<description><![CDATA[Traducción al castellano de la Bula por la que el Papa Juan Pablo II inscribe al Beato Josemaría en el Catálogo de los Santos. Publicado en Romana, Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, Año XVIII, Num. 35. BULA DE LA CANONIZACIÓN DEL BEATO JOSEMARÍA Domine, ut videam ! (cf Lc [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Traducción al castellano de la Bula por la que el Papa Juan Pablo II inscribe al Beato Josemaría en el Catálogo de los Santos.</p>
<p><em>Publicado en Romana, Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, Año XVIII, Num. 35.</em></h2>
<p><strong>BULA DE LA CANONIZACIÓN DEL BEATO JOSEMARÍA</strong></p>
<p><em>Domine, ut videam</em> ! (cf Lc 18, 41), <em>Domina, ut sit</em> !, <em>Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam</em> !, <em>Regnare Christum volumus</em> ! (cf 1 Cor 15, 25), <em>Deo omnis gloria</em> ! (cf Canon Romano, doxología). La biografía del <strong>Beato Josemaría</strong> se puede compendiar en estas jaculatorias. Comenzó a rezar las dos primeras cuando contaba apenas dieciséis años, al percibir los primeros barruntos de la llamada divina. De este modo expresaba el ardiente deseo de su corazón: ver lo que Dios quería de su vida, para tratar de cumplir amorosamente la voluntad del Señor. La tercera jaculatoria, que aparece con frecuencia en los escritos de sus primeros años de sacerdocio, revela cómo su celo por las almas iba unido a una firme fidelidad a la Iglesia y a una profunda devoción a la Virgen Maria, Madre de Dios. <em>Regnare Christum volumus</em> !: estas palabras resumen su constante preocupación pastoral por difundir, entre todos los hombres y mujeres, la llamada a participar, en Cristo, de la dignidad de los hijos de Dios, viviendo sólo para servirle: Deo omnis gloria !</p>
<p>Asumió y enseñó a asumir este programa en medio de las ocupaciones normales de cada día, por lo que con razón se le puede llamar “el santo de la vida ordinaria”. En efecto, su vida y su mensaje han llevado, a una innumerable multitud de fieles –sobre todo laicos que trabajan en las más diversas profesiones–, a convertir las tareas más comunes en oración, en servicio a todos los hombres y en camino de santidad.</p>
<p>El <strong>Beato Josemaría Escrivá de Balaguer</strong> nació en Barbastro (España) el 9 de enero de 1902. Recibió la ordenación sacerdotal el 28 de marzo de 1925. El 2 de octubre de 1928, el Señor le hizo ver la misión a la que le llamaba y ese día fundó el Opus Dei. Se abría así en la Iglesia un nuevo camino caracterizado por difundir entre hombres y mujeres de toda raza, condición social o cultura, la conciencia de que todos están llamados a la plenitud de la caridad y al apostolado, en el lugar que cada uno ocupa en el mundo. Ciertamente, el Señor nos busca en las circustancias de la vida ordinaria, verdadero quicio sobre el que gira nuestra respuesta llena de amor. En las enseñanzas de <strong>Josemaría Escrivá</strong>, el trabajo, realizado con la ayuda vivificante de la gracia, se convierte en fuente de inagotable fecundidad, ya que es instrumento para poner la Cruz en la cumbre de todas las actividades humanas, medio para transformar el mundo desde dentro según el Espíritu de Cristo y ocasión de reconciliarlo Dios.</p>
<p>La labor desarrollada por <strong>Josemaría Escrivá</strong> en favor de los sacerdotes, personalmente y a través de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que inició el 14 de febrero de 1943, le configura como un luminoso ejemplo de solicitud por la santidad y la fraternidad sacerdotales.</p>
<p>En 1946 se trasladó a Roma; sostenido por su incansable afán apostólico, se entregó a la difusión del mensaje cristiano por todo el mundo, siempre con plena adhesión al Romano Pontífice y con el deseo de servir a las Iglesias locales. Fomentó la creación de una vasta gama de iniciativas de promoción humana, que han contribuido eficazmente a la difusión del Evangelio y han logrado una amplia proyección social.</p>
<p>En sus numerosos viajes por Europa y América, llevó a cabo una incansable labor de catequesis. Multitud de hombres y mujeres acudían a escucharle, atraídos por su fama de santidad.</p>
<p>El 26 de junio de 1975, a mediodía, a consecuencia de un ataque al corazón, entregó su alma a Dios. Su cuerpo reposa en la Iglesia Prelaticia del Opus Dei, dedicada a Santa María de la Paz, a la que acuden a rezar fieles de todo el mundo.</p>
<p>Tras su muerte, la fama de santidad de <strong>Josemaría Escrivá de Balaguer</strong> siguió difundiéndose ampliamente. A su intercesión se atribuyen muchas curaciones científicamente inexplicables y abundantes favores espirituales.</p>
<p>Nos mismo beatificamos solemnemente al Fundador del Opus Dei el 17 de mayo de 1992 en la plaza de San Pedro. Desde entonces ha aumentado el número de gracias atribuidas por los fieles a la intercesión del <strong>Beato Josemaría Escrivá</strong>; entre estos favores, los Actores de la Causa eligieron una curación y la presentaron a la Sede Apostólica, para que, una vez examinada, permitiera que fueran otorgados al Beato los honores de los Santos.</p>
<p>En 1994 se instruyó un proceso sobre esa curación en la Curia Arzobispal de Badajoz. Realizadas con resultado positivo las acostumbradas investigaciones de la Congregación para las Causas de los Santos, el 20 de diciembre de 2001 fue promulgado en Nuestra presencia el correspondiente decreto sobre el milagro. Posteriormente, oído el parecer favorable de los Padres Cardenales y Obispos que habíamos convocado en Consistorio el 26 de febrero de 2002, decretamos que la ceremonia de canonización se celebrara el 6 de octubre de ese mismo año.</p>
<p>Hoy, por tanto, en una solemne Misa en la Plaza de San Pedro y ante una ingente multitud de fieles, hemos pronunciado la siguiente fórmula: En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocado muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos en el Episcopado, declaramos y definimos Santo al <strong>Beato Josemaría Escrivá de Balaguer</strong> y lo inscribimos en el Catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los Santos. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.</p>
<p>Disponemos que lo que hemos decretado tenga validez ahora y siempre, y que nada sea dispuesto en contrario.</p>
<p>Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 6 de octubre del año 2002, vigésimocuarto de Nuestro Pontificado.</p>
<p><strong>Juan Pablo<br />
Obispo de la Iglesia Católica<br />
</strong></p>
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		<title>Bula de la canonización del Beato Josemaría</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Mar 2010 13:37:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Traducción al castellano de la Bula por la que el Papa Juan Pablo II inscribe al Beato Josemaría en el Catálogo de los Santos.</p>
<p><em>Publicado en Romana, Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, Año XVIII, Num. 35.</em></h2>
<p><strong>BULA DE LA CANONIZACIÓN DEL BEATO JOSEMARÍA</strong></p>
<p><em>Domine, ut videam</em> ! (cf Lc 18, 41), <em>Domina, ut sit</em> !, <em>Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam</em> !, <em>Regnare Christum volumus</em> ! (cf 1 Cor 15, 25), <em>Deo omnis gloria</em> ! (cf Canon Romano, doxología). La biografía del <strong>Beato Josemaría</strong> se puede compendiar en estas jaculatorias. Comenzó a rezar las dos primeras cuando contaba apenas dieciséis años, al percibir los primeros barruntos de la llamada divina. De este modo expresaba el ardiente deseo de su corazón: ver lo que Dios quería de su vida, para tratar de cumplir amorosamente la voluntad del Señor. La tercera jaculatoria, que aparece con frecuencia en los escritos de sus primeros años de sacerdocio, revela cómo su celo por las almas iba unido a una firme fidelidad a la Iglesia y a una profunda devoción a la Virgen Maria, Madre de Dios. <em>Regnare Christum volumus</em> !: estas palabras resumen su constante preocupación pastoral por difundir, entre todos los hombres y mujeres, la llamada a participar, en Cristo, de la dignidad de los hijos de Dios, viviendo sólo para servirle: Deo omnis gloria !</p>
<p>Asumió y enseñó a asumir este programa en medio de las ocupaciones normales de cada día, por lo que con razón se le puede llamar “el santo de la vida ordinaria”. En efecto, su vida y su mensaje han llevado, a una innumerable multitud de fieles –sobre todo laicos que trabajan en las más diversas profesiones–, a convertir las tareas más comunes en oración, en servicio a todos los hombres y en camino de santidad.</p>
<p>El <strong>Beato Josemaría Escrivá de Balaguer</strong> nació en Barbastro (España) el 9 de enero de 1902. Recibió la ordenación sacerdotal el 28 de marzo de 1925. El 2 de octubre de 1928, el Señor le hizo ver la misión a la que le llamaba y ese día fundó el Opus Dei. Se abría así en la Iglesia un nuevo camino caracterizado por difundir entre hombres y mujeres de toda raza, condición social o cultura, la conciencia de que todos están llamados a la plenitud de la caridad y al apostolado, en el lugar que cada uno ocupa en el mundo. Ciertamente, el Señor nos busca en las circustancias de la vida ordinaria, verdadero quicio sobre el que gira nuestra respuesta llena de amor. En las enseñanzas de <strong>Josemaría Escrivá</strong>, el trabajo, realizado con la ayuda vivificante de la gracia, se convierte en fuente de inagotable fecundidad, ya que es instrumento para poner la Cruz en la cumbre de todas las actividades humanas, medio para transformar el mundo desde dentro según el Espíritu de Cristo y ocasión de reconciliarlo Dios.</p>
<p>La labor desarrollada por <strong>Josemaría Escrivá</strong> en favor de los sacerdotes, personalmente y a través de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que inició el 14 de febrero de 1943, le configura como un luminoso ejemplo de solicitud por la santidad y la fraternidad sacerdotales.</p>
<p>En 1946 se trasladó a Roma; sostenido por su incansable afán apostólico, se entregó a la difusión del mensaje cristiano por todo el mundo, siempre con plena adhesión al Romano Pontífice y con el deseo de servir a las Iglesias locales. Fomentó la creación de una vasta gama de iniciativas de promoción humana, que han contribuido eficazmente a la difusión del Evangelio y han logrado una amplia proyección social.</p>
<p>En sus numerosos viajes por Europa y América, llevó a cabo una incansable labor de catequesis. Multitud de hombres y mujeres acudían a escucharle, atraídos por su fama de santidad.</p>
<p>El 26 de junio de 1975, a mediodía, a consecuencia de un ataque al corazón, entregó su alma a Dios. Su cuerpo reposa en la Iglesia Prelaticia del Opus Dei, dedicada a Santa María de la Paz, a la que acuden a rezar fieles de todo el mundo.</p>
<p>Tras su muerte, la fama de santidad de <strong>Josemaría Escrivá de Balaguer</strong> siguió difundiéndose ampliamente. A su intercesión se atribuyen muchas curaciones científicamente inexplicables y abundantes favores espirituales.</p>
<p>Nos mismo beatificamos solemnemente al Fundador del Opus Dei el 17 de mayo de 1992 en la plaza de San Pedro. Desde entonces ha aumentado el número de gracias atribuidas por los fieles a la intercesión del <strong>Beato Josemaría Escrivá</strong>; entre estos favores, los Actores de la Causa eligieron una curación y la presentaron a la Sede Apostólica, para que, una vez examinada, permitiera que fueran otorgados al Beato los honores de los Santos.</p>
<p>En 1994 se instruyó un proceso sobre esa curación en la Curia Arzobispal de Badajoz. Realizadas con resultado positivo las acostumbradas investigaciones de la Congregación para las Causas de los Santos, el 20 de diciembre de 2001 fue promulgado en Nuestra presencia el correspondiente decreto sobre el milagro. Posteriormente, oído el parecer favorable de los Padres Cardenales y Obispos que habíamos convocado en Consistorio el 26 de febrero de 2002, decretamos que la ceremonia de canonización se celebrara el 6 de octubre de ese mismo año.</p>
<p>Hoy, por tanto, en una solemne Misa en la Plaza de San Pedro y ante una ingente multitud de fieles, hemos pronunciado la siguiente fórmula: En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocado muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos en el Episcopado, declaramos y definimos Santo al <strong>Beato Josemaría Escrivá de Balaguer</strong> y lo inscribimos en el Catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los Santos. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.</p>
<p>Disponemos que lo que hemos decretado tenga validez ahora y siempre, y que nada sea dispuesto en contrario.</p>
<p>Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 6 de octubre del año 2002, vigésimocuarto de Nuestro Pontificado.</p>
<p><strong>Juan Pablo<br />
Obispo de la Iglesia Católica<br />
</strong></p>
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		<title>EPÍLOGO: Por todos los rincones de la tierra</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Mar 2010 15:43:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<description><![CDATA[“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco. 02 de diciembre de 2008 La fama de santidad de que gozó en vida Mons. Joseniaría Escrivá de Balaguer se ha ido luego extendiendo por todos los rincones de la tierra, como ponen de manifiesto los abundantes testimonios de favores espirituales y materiales, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.</p>
<p>02 de diciembre de 2008</h2>
<p>La fama de santidad de que gozó en vida Mons. Joseniaría Escrivá de Balaguer se ha ido luego extendiendo por todos los rincones de la tierra, como ponen de manifiesto los abundantes testimonios de favores espirituales y materiales, que se atribuyen a la intercesión del Fundador del Opus Dei, entre los que no han faltado Curaciones médicamente inexplicables.</p>
<p>A partir de junio de 1975, fueron numerosísimas las cartas procedentes de los cinco continentes pidiendo a la Santa Sede la apertura de su Causa de Beatificación y Canonización. Entre ellas, como va he relatado anteriormente, se encontraban las de rnás de un tercio del Episcopado mundial. Efectivamente, con el nihil obstat de la S. Congregación para las Causas de los Santos, ratificado por Juan Pablo II, el Cardenal Vicario de la diócesis de Roma emanó el Decreto de Introducción de la Causa el 19–11–1981; este Decreto queda recogido en un apéndice de este libro.</p>
<p>El Proceso sobre la vida y virtudes del Fundador del Opus Dei comenzó el 12 de mayo de 1981 en Roma, donde han prestado declaración decenas de testigos. Simultáneamente, testigos de habla castellana declararon en Madrid ante otro Tribunal, constituido por el Cardenal Enrique y Taraneón, y confirmado después por el Cardenal Suquía al ser nombrado Arzobispo de la diócesis. Presidió este Tribunal el Rvdo. P. Rafael Pérez, agustino, que había sido durante muchos años Promotor General de la Fe en la S. Congregación para las Causas de los Santos.</p>
<p>Al mismo tiempo han tenido lugar, también en Madrid, otros Procesos sobre dos curaciones, presuntamente extraordinarias, en una religiosa aragonesa, y en una mujer catalana, atribuidas a la intercesión de Mons. Escrivá de Balaguer.</p>
<p>Son innumerables los testimonios de personas, que han manifestado públicamente su agradecimiento al Fundador del Opus Dei, porque las ha escuchado en sus peticiones, y han enviado por escrito esos testimonios a la Postulación General en Roma, y a las Vicepostulaciones de los diversos países. Pero dejemos hablar a los protagonistas de unos pocos.<a><br />
</a></p>
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		<title>El marco teológico fundamental</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Mar 2010 10:14:48 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Extracto del estudio &#8220;La formación de la conciencia en materia social y política según las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá&#8221;, publicado en Romana nº 24, enero-junio de 1997 Angel Rodríguez Luño En los escritos del Beato Josemaría se advierte claramente la presencia constante y unificante de «una comprensión singularmente rica y coherente del misterio de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Extracto del estudio &#8220;La formación de la conciencia en materia social y política según las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá&#8221;, publicado en Romana nº 24, enero-junio de 1997</h2>
<h2><em>Angel Rodríguez Luño</em></h2>
<p>En los escritos del Beato Josemaría se advierte claramente la presencia constante y unificante de «una comprensión singularmente rica y coherente del misterio de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre», que permite encontrar en la «Encarnación del Verbo el fundamento perennemente actual y operativo de la transformación cristiana del hombre y, a través del trabajo humano, de todas las realidades creadas». Glosando las enseñanzas de la Epístola a los Colosenses (1, 19-20), el Fundador del Opus Dei afirma: «No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte» . Y, refiriéndose de modo más directo al tema que nos ocupa, añade: «La tarea apostólica que Cristo ha encomendado a todos sus discípulos produce, por tanto, resultados concretos en el ámbito social. No es admisible pensar que, para ser cristiano, haya que dar la espalda al mundo, ser un derrotista de la naturaleza humana [...]. El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad desde dentro».</p>
<p>El principio cristológico que acabamos de mencionar determina la visión que el Beato Josemaría tiene de lo que significa para un cristiano estar en el mundo y vivir en el mundo o, con otras palabras, su concepción de la secularidad. Esta se traduce en lo que podríamos llamar el principio de responsabilidad y de participación: vivir en el mundo significa sentirse responsable de él, asumiéndose la tarea de participar en las actividades humanas para configurarlas cristianamente. «Estad presentes sin miedo en todas las actividades y organizaciones de los hombres —escribía en 1959—, para que Cristo esté presente en ellas. Yo he aplicado a nuestro modo de trabajar aquellas palabras de la Escritura: ubicumque fuerit corpus, illic congregabuntur et aquilae (Matth. XXIV, 28), porque Dios Nuestro Señor nos pediría cuenta estrecha, si, por dejadez o comodidad, cada uno de vosotros, libremente, no procurara intervenir en las obras y en las decisiones humanas, de las que depende el presente y el futuro de la sociedad». Late en estas palabras una aguda percepción del sentido ético y religioso de la interdependencia entre los hombres y entre los pueblos, que en la sociedad moderna ha adquirido una dimensión mundial. Desde los inicios de su actividad, el Fundador del Opus Dei advirtió la necesidad de no encerrar en límites estrechos, provincianos, la solidaridad cristiana, a la vez que, con prudente realismo, aclaraba que la solidaridad comienza con los que están más cerca. La preocupación santa de un cristiano —escribía en 1933— «empieza por lo que tiene a su alcance, por el quehacer ordinario de cada día, y poco a poco extiende en círculos concéntricos su afán de mies: en el seno de la familia, en el lugar de trabajo; en la sociedad civil, en la cátedra de cultura, en la asamblea política, entre todos sus conciudadanos de cualquier condición social sean; llega hasta las relaciones entre los pueblos, abarca en su amor razas, continentes, civilizaciones diversísimas».</p>
<p>Particularmente interesante y complejo es el modo en el que, según el Fundador del Opus Dei, esta responsabilidad por el mundo debe actuarse. En muchas de sus reflexiones se advierte el eco del Sermón de la Montaña, que contiene un mensaje caracterizado por una novedad que no implica ruptura, sino cumplimiento23: las enseñanzas del Señor no rompen con los contenidos más nobles de la ley de Moisés y de la moral simplemente humana, sino que los llevan a su plenitud, los interiorizan y radicalizan, conduciéndolos así a su más cumplida expresión, libre de extenuantes casuísticas. Esta perspectiva, que refleja fielmente la lógica de la Encarnación, tiene numerosas aplicaciones en los escritos que examinamos; de muchas de ellas, como son —por ejemplo— la convicción de que entre la fe y la ciencia existe una perfecta armonía, o la alta estima de las virtudes humanas, no podemos ocuparnos ahora. Por lo que respecta a nuestro tema, interesa destacar el alto valor que se reconoce y concede a las realidades creadas y, más concretamente, a la libertad personal, principal don natural concedido por Dios al hombre, y a la autonomía y consistencia propia de las realidades terrenas.</p>
<p>La autonomía y consistencia de las realidades temporales implica, en los escritos del Beato Josemaría, el imperativo de conocer y respetar su dinámica intrínseca, fruto de la racionalidad que la Sabiduría del Creador ha impreso en sus obras, y por consiguiente una exigencia de competencia técnica y profesional, presupuesto imprescindible de cualquier proyecto apostólico para la santificación del mundo desde dentro. «El cristiano, cuando trabaja, como es su obligación, no debe soslayar ni burlar las exigencias propias de lo natural. Si con la expresión bendecir las actividades humanas se entendiese anular o escamotear su dinámica propia, me negaría a usar esas palabras. Personalmente no me ha convencido nunca que las actividades corrientes de los hombres ostenten, como un letrero postizo, un calificativo confesional. Porque me parece, aunque respeto la opinión contraria, que se corre el peligro de usar en vano el nombre santo de nuestra fe, y además porque, en ocasiones, la etiqueta católica se ha utilizado hasta para justificar actitudes y operaciones que no son a veces honradamente humanas».</p>
<p>Esta misma perspectiva, cuando se despliega en el ámbito social, da lugar a una comprensión profunda de la naturaleza y consistencia propia de las relaciones sociales. Dios no crea sólo individuos, crea también relaciones sociales —como es, por ejemplo, la familia—, cuya dinámica ha de ser conocida, apreciada y respetada, si es que queremos también redimirla. Podríamos quizá precisar más: Dios no crea individuos, crea personas, y por eso crea también relaciones. Durante muchos años ha sido dominante en las ciencias sociales la tendencia a definir la existencia humana como una polaridad entre el individuo, entendido como un átomo, y el Estado; a lo más, se admitía un tercer polo: el mercado. Sólo recientemente, con el desarrollo de la sociología del tercer y cuarto sector, se está superando ese estrecho planteamiento26. El Fundador del Opus Dei nunca entró en debates metodológicos con las ciencias sociales, pero sus enseñanzas y sus iniciativas en el ámbito de la familia, de la enseñanza, de la promoción social, de los medios de comunicación social, etc., demuestran que poseía una visión de los «sujetos sociales» mucho más amplia de la que era habitual en muchos estudiosos de lo social. Probablemente esta sensibilidad procedía de su profunda meditación y de su personal elaboración de los presupuestos de la Doctrina social de la Iglesia, aunque un juicio definitivo sobre esta hipótesis sólo lo podremos formular cuando sea posible realizar un estudio detenido sobre la génesis y fuentes de su concepción de la especificidad de lo social, en cuanto realidad diversa de lo estatal y de lo simplemente privado.</p>
<p>El Fundador del Opus Dei poseía también una clara conciencia de que las actividades sociales y políticas no son simples enunciaciones de principios perennes, sino concretas realizaciones de bienes humanos y sociales en un contexto histórico, geográfico y cultural determinado, marcadas por una contingencia al menos parcialmente insuperable, que por otra parte es característica de todo lo práctico. Por eso, afirmaba que «nadie puede pretender en cuestiones temporales imponer dogmas, que no existen. Ante un problema concreto, sea cual sea, la solución es: estudiarlo bien y, después, actuar en conciencia, con libertad personal y con responsabilidad también personal»29. Pero con esto no pretendía decir que todo lo que hay en esta tierra es contingente, ya que propagaba a los cuatro vientos, sin respetos humanos, las exigencias éticas universalmente válidas. Su pensamiento queda claramente reflejado en el n. 275 de Surco: «No me olvides que, en los asuntos humanos, también los otros pueden tener razón: ven la misma cuestión que tú, pero desde distinto punto de vista, con otra luz, con otra sombra, con otro contorno. —Sólo en la fe y en la moral hay un criterio indiscutible: el de nuestra Madre la Iglesia»30.</p>
<p>Este sentido de la limitación de todo proyecto humano de realización concreta de valores influyó notablemente en su modo de entender el principio de libertad, así como en su resistencia a tolerar la imposición de criterios únicos sobre problemas que admitían diversas soluciones igualmente compatibles con la conciencia cristiana: «son arbitrarias e injustas las limitaciones a la libertad de los hijos de Dios, a la libertad de las conciencias o a las legítimas iniciativas. Son limitaciones que proceden del abuso de autoridad, de la ignorancia o del error de los que piensan que pueden permitirse el abuso de hacer discriminaciones nada razonables. Ese modo injusto y antinatural de proceder —porque va contra la dignidad de la persona humana— no puede nunca ser camino para convivir, ya que ahoga el derecho del hombre a obrar según su conciencia, el derecho a trabajar, a asociarse, a vivir en la libertad dentro de los límites del derecho natural»</p>
<p>Al principio de libertad ya hemos aludido, aunque desde una perspectiva muy limitada. Hemos dicho, en efecto, que la conciencia del carácter exclusivamente espiritual de su misión sacerdotal y de la finalidad del Opus Dei le llevó a no expresar opiniones ni a sugerir soluciones sobre problemas concretos. Los que le seguían y los que le escuchaban eran libres de tener cualquier opinión compatible con la fe y la moral cristianas. Esta línea de conducta se ve ulteriormente reforzada por el sentido de la autonomía y la consistencia específica de las realidades temporales y, además, por la inevitable dosis de contingencia e incertidumbre de las soluciones prácticas que un determinado problema puede recibir aquí y ahora. Pero para comprender el significado que el principio de libertad tiene en el pensamiento del Beato Josemaría se han de dar varios pasos más.</p>
<p>La libertad, en efecto, aparece en sus escritos como un valor sustancial, indisolublemente unido al principio de responsabilidad y, por tanto, a la participación y a la solidaridad. La presencia del principio de responsabilidad permite entender que la libertad no es para él ni un valor meramente formal, ni solamente procedimental, ni mucho menos es la expresión de una concepción individualista-atomista del hombre; pero el que la responsabilidad sea vista como inseparablemente unida al principio de libertad, lleva a rechazar cualquier tipo de providencia social que lesione o suprima la «subjetividad» de las formaciones sociales, es decir, que elimine la libertad o que de un modo u otro genere irresponsabilidad. Nos parece, en definitiva, que si quisiéramos expresar en una fórmula sintética la perspectiva que unifica el pensamiento del Beato Josemaría Escrivá sobre la acción social y política del cristiano, esa fórmula no sería otra que la del nexo indisoluble entre la libertad personal y la correspondiente personal responsabilidad.</p>
<p><strong>Notas</strong><br />
18) C. FABRO, La tempra di un Padre della Chiesa, cit., p. 115. Sobre este punto véase también J. L., CHABOT, Responsabilità di fronte al mondo e libertà, en M. BELDA, J. ESCUDERO, J. L. ILLANES, P. O&#8217;CALLAGHAN, Santità e mondo. Atti del Convegno teologico di studio sugli insegnamenti del beato Josemaría Escrivá, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1994, pp. 197-198.<br />
19) Es Cristo que pasa, n. 112.<br />
20) Ibid., n. 125.<br />
21) Carta, 9-I-1959, n. 20; cfr. también Forja, n. 715. En muchas otras ocasiones, el Beato Josemaría hizo reflexionar sobre el fundamento cristológico del concepto de secularidad: «Se dan, a veces, algunas actitudes, que son producto de no saber penetrar en ese misterio de Jesús. Por ejemplo, la mentalidad de quienes ven el cristianismo como un conjunto de prácticas o actos de piedad, sin percibir su relación con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender a las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias. Diría que quien tiene esa mentalidad no ha comprendido todavía lo que significa que el Hijo de Dios se haya encarnado, que haya tomado cuerpo, alma y voz de hombre, que haya participado en nuestro destino hasta experimentar el desgarramiento supremo de la muerte. Quizá, sin querer, algunas personas consideran a Cristo como un extraño en el ambiente de los hombres. Otros —en cambio— tienden a imaginar que, para poder ser humanos, hay que poner en sordina algunos aspectos centrales del dogma cristiano, y actúan como si la vida de oración, el trato continuo con Dios, constituyeran una huida ante las propias responsabilidades y un abandono del mundo. Olvidan que, precisamente Jesús, nos ha dado a conocer hasta qué extremo deben llevarse el amor y el servicio. Sólo si procuramos comprender el arcano del amor de Dios, de ese amor que llega hasta la muerte, seremos capaces de entregamos totalmente a los demás, sin dejarnos vencer por la dificultad o por la indiferencia» (Es Cristo que pasa, n. 98).<br />
22) Carta, 16-VII-1933, n. 15.<br />
23) Cfr. por ejemplo Mt 5, 17 ss.<br />
24) Ya dijimos que no afrontamos en estas páginas el estudio diacrónico del pensamiento de nuestro autor. Pero no sería difícil demostrar que esta viva sensibilidad por la autonomía y consistencia de las realidades temporales está presente desde el principio de la actividad del Fundador del Opus Dei, es decir, desde el final de los años 20 de este siglo, mucho antes por tanto que la temática fuese tratada por la Const. Gaudium et spes del Concilio Vaticano II.<br />
25) Es Cristo que pasa, n. 184.<br />
26) Cfr. por ejemplo P. DONATI, Pensiero sociale cristiano e società post-moderna, Editrice A.V.E., Roma 1997; dirigida por el mismo autor, Sociologia del terzo settore, Nis, Roma 1996.<br />
27) Cfr. en este sentido JUAN PABLO II, Enc. Centesimus annus, nn. 46 y 49. Con la referencia a esta encíclica, y a la concepción en ella propuesta de la «subjetividad de lo social», queremos aclarar, entre otras cosas, que no nos referimos aquí al «corporativismo» defendido por algunas corrientes de pensamiento social de inspiración cristiana. Ésta concepción «corporativista» no aparece en los escritos del Fundador del Opus Dei.<br />
28) A cuanto decimos sobre la percepción de la especificidad de lo social no puede oponerse el hecho de que, cuando a partir de los años 60 diversos ambientes teológicos católicos se mostraban partidarios de aceptar el análisis social marxista como principio de hermenéutica teológica, el Fundador del Opus Dei insistiese, en sus conversaciones y en sus escritos, en el carácter personal de la salvación y de la liberación del pecado, oponiéndose a los que reducían el Cristianismo a un cambio de las estructuras sociales. Siguiendo las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, el Beato Josemaría afirmaba la incompatibilidad del marxismo con la fe católica, a la vez que manifestaba su convicción de que «dentro del cristianismo hallamos la buena luz que da siempre respuesta a todos los problemas: basta con que os empeñéis sinceramente en ser católicos» (Amigos de Dios, n. 171). Mientras decía estas cosas, puso en marcha, especialmente en países en que advertía la existencia de llamativas desigualdades sociales, diversas obras de promoción social, en el ámbito de la formación profesional de jóvenes, campesinos, amas de casa, etc</p>
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		<title>Libertad, responsabilidad, pluralismo</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Mar 2010 10:06:24 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Extracto del estudio &#8220;La formación de la conciencia en materia social y política según las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá&#8221;, publicado en Romana nº 24, enero-junio de 1997 Angel Rodríguez Luño Para el Beato Josemaría amar la libertad implica necesariamente amar «el pluralismo que la libertad lleva consigo». Pluralismo no es sinónimo de conflicto o [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Extracto del estudio &#8220;La formación de la conciencia en materia social y política según las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá&#8221;, publicado en Romana nº 24, enero-junio de 1997</h2>
<h2><em>Angel Rodríguez Luño</em></h2>
<p>Para el Beato Josemaría amar la libertad implica necesariamente amar «el pluralismo que la libertad lleva consigo». Pluralismo no es sinónimo de conflicto o de tensión: «Mi respuesta no puede ser más que una: convivir, comprender, disculpar. El hecho de que alguno piense de distinta manera que yo —especialmente cuando se trata de cosas que son objeto de la libertad de opinión— no justifica de ninguna manera una actitud de enemistad personal, ni siquiera de frialdad o de indiferencia. Mi fe cristiana me dice que la caridad hay que vivirla con todos, también con los que no tienen la gracia de creer en Jesucristo». Cuando se trata de solucionar concretamente problemas sociales y políticos, el ámbito de lo opinable es bastante amplio. Es verdad —escribía en 1948— «que vuestra fe os tiene que guiar, al juzgar sobre los hechos y las situaciones contingentes de la tierra»; pero también es verdad que «la doctrina católica no impone soluciones concretas, técnicas, a los problemas temporales; pero sí os pide que tengáis sensibilidad ante esos problemas humanos, y sentido de responsabilidad para hacerles frente y para darles un desenlace cristiano». En este último texto, que propone una reflexión hoy comúnmente aceptada, pero que en 1948 no era frecuente oír, se ve cómo la afirmación de la libertad en lo opinable aparece siempre unida a la de la responsabilidad.</p>
<p>En otro documento, esa relación aparece de forma todavía más explícita, junto a la observación de que no todo es opinable y que, por tanto, la libertad de un cristiano tiene evidentes límites: «Debéis, por tanto, sentiros libres en todo lo que es opinable. De esa libertad nacerá un santo sentido de responsabilidad personal, que haciéndoos serenos, rectos y amigos de la verdad, os apartará a la vez de todos los errores: porque respetaréis sinceramente las legítimas opiniones de los demás [...]. Sin embargo, rechazaremos siempre lo que sea contrario a cuanto enseña la Iglesia. Ya que, precisamente por ese amor a la verdad y por esa rectitud de intención, queremos ser fortes in fide (I Petr. V, 9), fuertes en la fe, con una fidelidad gozosa y firmísima»</p>
<p>El sentido de la libertad y de la responsabilidad personales informa el modo de contribuir a que «el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna», y lleva a descubrir la «compenetración recíproca» que existe entre «el apostolado y la ordenación de la vida pública por parte del Estado». Esta compenetración abre horizontes apostólicos importantes, pero que deben llevarse a la práctica «con libertad personal y con personal responsabilidad». Es decir, salvo en circunstancias excepcionales en las que la legítima autoridad de la Iglesia aconsejase otra cosa, la sincera intención de informar cristianamente las actividades temporales no autoriza a identificar la solución que se considera óptima con la solución católica o cristiana tout court, ni a pensar que todos los ciudadanos católicos tienen el deber moral de aceptarla y, por tanto, de llevarla a la práctica monolíticamente. En un texto que se ha hecho célebre por su claridad, afirmaba que a ese ciudadano cristiano bien intencionado «jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas [...]. Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas. Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical, que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal; a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen —en materias opinables— soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene; y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas».</p>
<p>Esta última consideración merecería un amplio comentario, que aquí no podemos hacer. Quizá algún lector piense que ese modo de proceder llevaría a debilitar la presencia de los cristianos —y de los valores que para los cristianos son importantes— en la vida social y política. Cuanto diremos más adelante sobre la participación y la solidaridad ayudara a entender que no es así. Nos parece que las palabras antes citadas del Beato Josemaría están inspiradas por una justa aversión hacia la mentalidad del «partido único y obligatorio» que, por querer imponer una única opinión sobre asuntos contingentes, llevaría a desunir a los cristianos en lo que, en cambio, es verdaderamente irrenunciable. «Así ocurre con frecuencia —escribía en 1946— que se ven católicos que sienten con mucha más fuerza la afinidad ideológica con otros hombres —aun enemigos de la Iglesia— que el mismo vínculo de la fe con sus hermanos católicos; y que, a la vez que disimulan las diferencias en lo esencial que les separan de personas de otras religiones, o sin religión ninguna, no saben aprovechar el denominador común que tienen con los demás católicos, para convivir con ellos y no exasperar las posibles diferencias de opinión en lo contingente».</p>
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		<title>Un signo de esperanza</title>
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		<pubDate>Sun, 31 Jan 2010 19:27:36 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[iglesia]]></category>
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		<description><![CDATA[Las fiestas litúrgicas son mucho más que piadosos ejercicios de la memoria. Cada vez que celebra una fiesta, la Iglesia vive de nuevo un acontecimiento, e invita a los fieles a repetir la experiencia original de los primeros protagonistas del evento. Y es que «Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos» [...]]]></description>
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<p>Las fiestas litúrgicas son mucho más que piadosos ejercicios de la memoria. Cada vez que celebra una fiesta, la Iglesia vive de nuevo un acontecimiento, e invita a los fieles a repetir la experiencia original de los primeros protagonistas del evento. Y es que «Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos» (Heb 13, 8).</p>
<p>Pensemos en la solemnidad de Pentecostés. La escena que narran los Hechos de los Apóstoles tiene perenne actualidad. Cada uno de nosotros comprende en su propio idioma el anuncio de la salvación. Nos sentimos unidos a todos los cristianos, con un vínculo más fuerte que cualquier posible diferencia. Palpita intacta en la Iglesia la fuerza que impulsó a los Apóstoles a llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Si sabemos escuchar y seguir la voz del Espíritu Santo, aquel viento impetuoso que sacudió los muros del Cenáculo no dejará nunca de soplar sobre el pueblo de Dios.</p>
<p>El sábado próximo, vigilia de la fiesta de Pentecostés, el Santo Padre presidirá un encuentro que se nos propone como signo tangible de la presencia viva del Espíritu Santo en la Iglesia. Alrededor del Papa, al término de su Congreso mundial, se reunirán representantes de los numerosos movimientos eclesiales suscitados a lo largo de estos años por el Espíritu, como confirmación de la inagotable fecundidad de la Esposa de Cristo. Estas realidades son un signo de esperanza para el presente y para el futuro. Alimentan nuestra esperanza su entrega a la labor de evangelización, su capacidad de difundir la fe en los más variados ambientes, la coherencia cristiana que promueven en todas partes, la alegría de tantos hombres y tantas mujeres que redescubren -gracias a su testimonio- la radicalidad de los compromisos bautismales. Como ha ocurrido en todas las etapas de la vida de la Iglesia, ya desde sus primeros pasos, los movimientos son hoy expresión viva de la acción del Espíritu Santo en el mundo. Su presencia redunda en beneficio de todos, porque todos encontramos consuelo y estímulo en el buen ejemplo que nos ofrecen los hermanos que saben tomarse en serio la vocación cristiana.</p>
<p>El sábado por la tarde, en la Plaza de San Pedro, la Iglesia ofrecerá un nuevo signo de su propia vitalidad: con el Papa, en unión con los Pastores y con todos los fieles, resultará patente el impulso sobrenatural de Aquel que es Señor y da la vida.</p>
<p>La Prelatura del Opus Dei en cuanto tal, por su estructura, no forma parte de los movimientos; y por eso no ha participado en el Congreso ni estará representada en el encuentro final. Sin embargo, todos los fieles de la Prelatura se sienten, con toda la Iglesia, muy próximos a los movimientos. Algunos de ellos han tenido además ocasión de colaborar en la organización de estas jornadas; otros estarán presentes en la celebración, por diversos títulos; y todos rezaremos por sus frutos espirituales y apostólicos, recordando la invitación del Beato Josemaría: «Pide a Dios que en la Iglesia Santa, nuestra Madre, los corazones de todos, como en la primitiva cristiandad, sean un mismo corazón, para que hasta el final de los siglos se cumplan de verdad las palabras de la Escritura: &#8220;multitudinis autem credentium erat cor unum et anima una&#8221; -la multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma- (Forja, n. 632). Unidad de oración, unidad de intenciones, unidad de afectos: la esperanza de Pentecostés.</p>
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		<title>“Ruego a Dios que nos conceda el milagro de la paz&#8221;</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Jan 2010 20:57:50 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Al término de la lectura de decretos de milagros, el Prelado del Opus Dei señaló que la aprobación de un milagro atribuido a la intercesión del beato Josemaría “es para mí motivo de alegría”. Y añadió: “A pocas fechas de la Santa Navidad, ruego a Dios que nos conceda el milagro de la paz, de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Al término de la lectura de decretos de milagros, el Prelado del Opus Dei señaló que la aprobación de un milagro atribuido a la intercesión del beato Josemaría “es para mí motivo de alegría”. Y añadió: “A pocas fechas de la Santa Navidad, ruego a Dios que nos conceda el milagro de la paz, de esa paz que en ocasiones parece inalcanzable”.</h2>
<p><strong>Roma, 20</strong>: &#8220;Los milagros son siempre un signo de la misericordia de Dios con los hombres. Por eso, la noticia de la aprobación por el Papa de varios milagros, y entre ellos uno atribuido a la intercesión de Josemaría Escrivá, precisamente en vísperas del centenario de su nacimiento, es para mí motivo de alegría.</p>
<p>Deseo hondamente que los cristianos renovemos nuestra fe en el poder del Señor y en la ayuda de los santos. Hoy, a pocas fechas de la Santa Navidad, ruego a Dios que nos conceda el milagro de la paz, de esa paz que en ocasiones parece inalcanzable: la paz en los corazones, en las familias y entre los pueblos.</p>
<p>A la vez, sé que no basta suplicar a Dios los milagros. Jesucristo nos llama a ser &#8220;sembradores de paz y de alegría&#8221;, como repitió con constancia Josemaría Escrivá. Y Juan Pablo II acaba de recordar que la paz se construye con obras de justicia y de perdón. Colaboremos, por tanto, con la Providencia divina para lograr el don inmenso de la paz. Es propio de los hijos de Dios pedir perdón, rectificar cuando personalmente hemos ofendido. Y reconforta mucho perdonar, sin guardar resentimientos. Llevemos esta comprensión a nuestro alrededor, a la propia familia, a los amigos, a los colegas&#8230; Y de este modo, por círculos concéntricos, cada vez más amplios, se irá difundiendo ese espíritu de fraternidad y misericordia que el mundo anhela. El ejemplo de los santos es motivo de esperanza&#8221;.<br />
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		<title>Para servir a la Iglesia</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Dec 2009 16:19:17 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center;">El próximo 22 de septiembre, Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, festejará el 50 aniversario de su ordenación sacerdotal. Publicamos algunas de sus reflexiones sobre el sacerdocio publicadas en el libro ‘Para servir a la Iglesia’.</p>
<p><em> </em></h2>
<div id="rlimgr"><img src="http://www.opusdei.es/image/50an.jpg" alt="Opus Dei - " width="220" height="303" /></div>
<p>- “Está escrito que el Prelado ha de ser ‘maestro y Padre para todos los fieles de la Prelatura; a todos los ame verdaderamente en las entrañas de Cristo; a todos enseñe y proteja con caridad tierna; por todos se entregue generosamente, y más y más se sacrifique lleno de alegría’. Os ruego que pidáis a la Trinidad Beatísima, acudiendo a la intercesión del Beato Josemaría, que yo sepa encarnar estas palabras de nuestro amadísimo Padre durante todo mi servicio pastoral al frente del Opus Dei”. (pág. 20)</p>
<p>- “Esta entrega [sacerdotal] exige la conjunción de muchas virtudes, informadas todas por la caridad. Ha de ser, en primer lugar, humilde: hay que servir con la conciencia de que ése es nuestro deber; por tanto, sin pensar que hacemos algo extraordinario cuando nos gastamos por los demás; sin añorar las posibilidades o realizaciones personales a las que haya sido preciso renunciar. Ha de ser un servicio desinteresado y gratuito, que se ofrece a Dios antes que a los hombres y, por eso mismo, no espera agradecimientos humanos ni recompensas terrenas (&#8230;)”</p>
<p>“El nuestro, el de los hijos de Dios, el de los diáconos y presbíteros, ha de ser un servicio alegre, prestado con buena cara, aunque a veces resulte difícil disimular el dolor o el cansancio: Dios ama al que da con alegría . Por eso, el Beato Josemaría repetía con frecuencia que, en muchas ocasiones, una sonrisa —abierta, franca, aunque hayamos de esforzarnos— es la mejor mortificación”. (Pág. 138-139)</p>
<p>- “¿Cómo es posible que a mí, que soy un pobre hombre, se me hayan concedido estos dones del Cielo? ¿Cómo puedo yo, indigno como soy, agradecer a Dios esta elección? Es justamente la exclamación que todos hemos pronunciado hace unos momentos en el Salmo responsorial: ¿cómo podré pagar a Dios todo el bien que me ha hecho? El mismo salmo nos ofrece la respuesta: ‘Alzaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor. Te ofreceré el sacrificio de alabanza e invocaré el nombre del Señor’”. (Pág. 166)</p>
<p>- “El Señor acaba de recordarnos en el Evangelio que no le hemos elegido nosotros a Él, sino que Él nos ha elegido a cada uno de nosotros. No debe preocuparnos nuestra debilidad personal, la resistencia inconsciente a la entrega generosa que tantas veces experimentamos. Hijos míos, es el Señor quien os llama a esta vida de servicio, de servicio pleno a la Iglesia y a las almas, y Él os da su gracia para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda”. (Pág. 115).</p>
<p>- “Un desprendimiento tan grande de sí mismo y una dedicación tan completa al servicio de Cristo sólo es posible si el sacerdote se esfuerza positivamente por desaparecer, por dejar de lado su propia personalidad, sus gustos y preferencias personales, para dejarse guiar sólo por el Espíritu Santo”. (Pág. 86)</p>
<p>- “Ahora con mayor fuerza, hijos míos, habréis de olvidaros de vuestro yo, decididos a ocuparos de los demás. En vuestros planes de trabajo y de descanso, tened siempre presente que habéis sido elegidos para representar a los hombres en el culto a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Habéis de mostraros acogedores con vuestros hermanos, en todo momento: las veinticuatro horas del día; y no como quien presta un favor, sino con la conciencia de cumplir un gustoso deber que no debemos soslayar. Cualquier persona tendrá derecho a buscar vuestro consejo espiritual o vuestras palabras de consuelo; a escuchar de vuestros labios la doctrina salvífica del Evangelio; a recibir de vosotros el perdón divino, después de haber confesado sus pecados; a descubrir en todo vuestro comportamiento la presencia y el amor de Cristo”. (Pág. 56)</p>
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