Barcelona

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cataluña será la última etapa de este viaje de Monseñor Escrivá de Balaguer. Es un terreno duro pero fértil, en el que ha arraigado ampliamente el Opus Dei. Están muy lejos aquellos años en que la contradicción pesaba sobre el Padre y sobre los primeros miembros de la Obra en la Ciudad Condal. Ahora, muchos catalanes generosos con lo que entienden, con lo que hacen suyo por serio, eficaz y trascendente, se vuelcan con el Fundador de la Obra.

Nada más llegar, se acerca a la Basílica de la Merced. Allí donde fue en circunstancias graves a pedir fuerzas, a sentir la protección firme de la Virgen María antes de navegar hasta la Ciudad Eterna. Amor con amor se paga, y el Padre se arrodilla una vez más para decir su acción de gracias.

Después, un calendario apretado que va a llenar diez días de tertulias, visitas y encuentros con toda clase de personas. Hay que habilitar la pista deportiva de la Escuela Deportiva Brafa, en Horta, para dar cabida a unas seis mil personas cada día. Vienen de Cataluña, Aragón y Baleares.

También Castelldaura -Casa de Retiros junto a San Pedro de Premiá- va a ser testigo de grandes reuniones.

A primera vista, puede suponer una dificultad que estos encuentros tengan lugar en días laborables. Si para todo hombre el trabajo es serio, y tratándose de un cristiano debe ser santo, para un catalán los adjetivos adquieren grados superlativos. Por eso el Padre se conmueve cuando entra en el polideportivo del Brafa y se encuentra el local abarrotado.

«Consideraba esta mañana qué os diría, y me han venido a la mente las palabras de la Sagrada Escritura: que el Señor creó al hombre ut operaretur, para que trabajara… Pero habéis de pensar que el trabajo necesita ser santificado, que os habéis de hacer santos con el trabajo y que habéis de santificar a los demás con vuestro trabajo»(46).

Preguntan al Padre cómo compaginar su profesión, sin horario previsible, con el apostolado, la atención familiar…, y responde que, un hijo de Dios en el Opus Dei «saca horas para todo. A mí me interesan las personas que no tienen tiempo. Vagos, no quiero. Los amo mucho, pero fuera del Opus Dei»(47).

El Fundador toca un tema bien entendido en Cataluña. Pero les habla del espíritu del Opus Dei que ha metido la presencia de Dios en los entresijos del trabajo; del apoyo constante en la filiación divina para encajar los zarpazos de la derrota, del aparente fracaso, o los éxitos del esfuerzo bien hecho.

«Si quieres santificar el trabajo, santificarte con el trabajo y santificar a los demás con el trabajo, no puedes hacer chapucerías. Deberás desempeñar tu trabajo muy bien, de un modo noble, limpio, con empeño y ofreciéndoselo al Señor. ¿Cómo vas a ofrecer a Dios una cosa que sea voluntariamente imperfecta y hasta mala?»(48).

Y ante la dificultad de encontrar tiempo para llevar adelante más de una tarea, el Padre responde:

«El apostolado, para nosotros, no es una cosa superpuesta: lo estamos haciendo continuamente. Con respecto a la familia te diré que, si tienes mucho quehacer, serás de los que tienen capacidad para sacar cuarenta y ocho horas al día. Son los que no trabajan los que no encuentran diez minutos libres»`.

Después, las preguntas en el Brafa se multiplican: sobre cómo ayudar a los amigos que han perdido la fe; cuestiones relativas a la Confesión, a la Eucaristía, a la Santa Misa. La presencia de Dios en las almas de los cristianos; la Cruz de cada día; el dolor en la vida de los hombres; la alegría… Todo va saliendo por los cuatro puntos cardinales de las pistas del Brafa para escuchar la respuesta clara, la doctrina de siempre.

«Me gustaría que tuvierais la devoción de agradecer cada día al Señor todos los bienes que habéis recibido, y también los que no conocéis. ¡Yo lo hago! Medio me confieso con vosotros, perdonad; pero sería un hipócrita si os recomendara una cosa que no hiciera. Yo rezo: pro universis beneficiis tuis, etiam ignotis; agradezco también los beneficios que no conozco» (50) Como contrapunto, un hombre interviene desde un rincón de la sala y habla de su hija impedida, que quiere saludarle.

Desde un sillón de ruedas, a través de los altavoces, se oye una voz infantil que dice, lentamente:

-«Padre.

-Dime, hija mía.

-Yo también fui a Lourdes y he vuelto muy contenta. Rezo mucho por usted.

-Oye, guapa, mañana en la Santa Misa te pondré en la patena, con la Hostia, en el momento del Ofertorio. Y le pediré al Señor que te haga muy feliz en la tierra, y que después te dé el cielo. ¿Te parece bien?

-Sí, Padre.

-¡Guapa, te quiero mucho!

-Gracias, Padre»(51).

Y Monseñor Escrivá de Balaguer señala a estos padres y a esta niña como ejemplo de aceptación del dolor. De espíritu cristiano auténtico, no teórico, ante lo incomprensible de los juicios divinos. Porque Dios nos ama infinitamente, por encima de todos los zarandeos existenciales, de la enfermedad y de la muerte. Y la sala entera, sin vacilación, aplaude. Porque es el modo afectuoso y emocionado de subrayar el acuerdo. Parece que, cuando se habla de Dios, los problemas pierden gravedad y el peso se alivia por la fuerza de todos los hermanos unidos en la fe.

En el IESE, Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, hablará, también, a un grupo numerosos de empresarios:

«No olvidéis el sentido cristiano de la vida. No os gocéis con vuestros éxitos. No os sintáis como desesperados, si alguna cosa fracasa. Además, si tenéis cien cosas en movimiento, alguna tiene que ir mal, porque las otras noventa y nueve van bien. Acordaos de los que tienen menos que vosotros» (52).

Y les anima a usar del dinero con la magnanimidad exigente del Evangelio.

El día 24 se desplaza el Fundador desde Barcelona a Gerona para hablar en el Instituto Técnico Agrario Bell-lloc del Pla en el que se cursan el Bachillerato y enseñanzas agrarias. Aquí el Padre sigue exponiendo los mismos temas, en el lenguaje universal de los hijos de Dios, sin distinción alguna. Idéntica petición de fe y esperanza, igual exigencia de caridad.

Antes de salir de Cataluña visita a las monjas Clarisas de Pedralbes. Sus palabras se oyen, una vez más, entre los murós góticos de este convento. Días antes, a las carmelitas de Puzol, cerca de Valencia, les ha asegurado:

«La Iglesia se quedaría árida sin vosotras, y no podríamos decir: sacad con alegría las aguas de las fuentes del Salvador. Es aquí donde sacáis las aguas de Dios, para que nosotros podamos convertir la tierra seca en un huerto lleno de naranjos. Sin vuestra ayuda no haríamos nada; por eso vengo a daros las gracias. Estoy persuadido de que muchos sacerdotes que sufren y lloran ahora en el mundo, al escuchar vuestros cánticos -también los de la recreación- se llenarán de gozo. ¡Mil veces benditas seáis!»(53)

En la misma mañana del día 30 de noviembre, Monseñor Escrivá de Balaguer emprende su viaje de regreso a Roma. Antes, se reunirá con algunos hijos suyos en el oratorio de Castelldaura. Las imágenes románicas asisten, en actitudes ingenuas de piedad primitiva y sincera, al Te Deum con que el Fundador del Opus Dei agradece a Dios los resultados de este viaje en el que ha podido hablar a tantos miles de personas.

«Daremos gracias a Dios Nuestro Señor porque en toda la Península Ibérica -en Portugal y en España- hemos encontrado miles, miles y miles de personas estupendas. Algunas estaban un poco alejadas de los sacramentos -por esos líos que pasan, por estas cosas que suceden, que sentimos y lamentamos-, pero ahora se han acercado al Sacramento de la Penitencia, y han recibido a nuestro Señor. Esa riqueza me ha llenado el corazón de alegría»(54)

Por las ventanas -casi aspilleras- del oratorio de piedra, se filtra una luz blanquecina. Es el sol, que parece rubricar las palabras que suenan en la nave.

A través del Pirineo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Se les hacen largos los días de espera, porque siguen las dificultades para conectar con quienes se dedican a pasar refugiados por entre los bosques. El peligro multiplica su cerco cada jornada que pasa. Empiezan a caducar los salvoconductos de los más jóvenes. Han agotado las posibilidades económicas en concertar la huida, y no queda reserva alguna para prolongar la estancia en Barcelona.

El Padre aprovecha esta forzosa permanencia en la ciudad: celebra Misa diariamente en distintas casas, lleva la Comunión de uno a otro lado. Administra el Sacramento de la Penitencia. Habla y anima con su inalterable esperanza a todos cuantos Dios pone en su camino.

Además de esta dedicación continua y peligrosa, debe someterse al entrenamiento previsto para cuando llegue el momento de emprender la marcha hacia el Pirineo: se trata de largas caminatas por la ciudad para acostumbrarse a jornadas de brega y de cansancio. A todo ello se une la desnutrición inevitable: es un momento en el que escasean los alimentos más indispensables y el contrabando especula con precios prohibitivos. A pesar de estas circunstancias, el Padre no olvida sus mortificaciones habituales. Sabe privarse de cosas, con el mayor disimulo, para que el resto pueda cuidarse un poco más. Su estado de delgadez es alarmante.

Unos días antes han comprado seis impermeables baratos y fáciles de plegar. Logran -¡al fin!- establecer los enlaces. Parece que están en buenas manos y ya sólo queda esperar la señal de partida para la fecha que juzguen adecuada. El 16 de noviembre reciben instrucciones concretas: la marcha dará comienzo el 19(3). Ese día subirán al autobús que cubre el recorrido Barcelona-Seo de Urgel. El Padre lleva pantalones de pana ceñidos en los tobillos, camisa y jersey de algodón azul marino y una boina negra. Le han conseguido unas botas de badana color castaño que son de mala calidad, pero que tal vez faciliten la larga andadura por el bosque. El resto va calzado con alpargatas. Sólo el profesor Albareda tiene botas con suela de crepé, que adquirió en Alemania para sus excursiones científicas por la montaña. Unas cuantas bolsas y mochilas encierran el escasísimo equipaje. Una lleva el cargamento más preciado: una copa y un pequeño plato de cristal, una botella con vino para celebrar la Santa Misa, dos corporales y purificadores, así como un cuaderno manuscrito con las oraciones litúrgicas del Misal.

Ninguno está en condiciones físicas de emprender esta penosa e incierta marcha, y el Padre menos que nadie. Aún no se ha recuperado totalmente del último ataque de reúma que ha sufrido. En previsión de su posible falta de fuerzas, Juan se ha provisto de una bota de vino al que añade una gran cantidad de azúcar. Así espera poder combatir, momentáneamente, el agotamiento muscular, si es que llega a presentarse.

Los mayores pueden viajar hasta Oliana, más seguros por su documentación y por la edad, que les hace aparecer menos sospechosos; pero los que están en edad militar han de bajarse del autobús antes del control de Basella, que es muy riguroso. Por eso, Pedro, Paco y Miguel dejarán este medio de locomoción en Sanahuja y llegarán andando hasta la primera casa de refugio, que es un pajar junto a Peramola. Todo se lleva a cabo según el plan previsto. El primer grupo ha llegado ya al pajar de Peramola y espera impaciente a los más jóvenes. Este segundo grupo debe llegar hacia la medianoche. Pero pasan las horas y no aparecen. La quietud en el pajar es total, pero en vigilia. Los ratones corren a placer por entre los visitantes. No tienen más remedio que partir al amanecer. Don Josemaría deja una carta para los muchachos: está impaciente por reunirse con ellos. Un par de horas después llegarán a la masía de Vilaró. Veinticuatro horas más tarde les da alcance ¡al fin! el segundo grupo. Y así conocen su aventura. Al bajarse del autobús en Sanahuja llevan una consigna: buscar a un hombre que tiene un paraguas en la mano; decir la palabra «Pallarés», y seguir andando. Pero al llegar, el tiempo es lluvioso… ¡todo el mundo lleva paraguas!… Al fin, el propio guía les localiza. Pero luego se pierden todos en el bosque, y darán vueltas hasta encontrar el buen camino. Felizmente, el 21 de noviembre les reúne a todos en la Masía Vilaró.

Pere Sala, el dueño de esta Masía, habla poco y pasea, con vista de lince y la escopeta al hombro, en busca de ardillas que puedan servir como alimento. La noche del 21 de noviembre, les parece que el Padre está menos alegre que de ordinario: le notan preocupado y, en medio de su cansancio, no saben qué hacer para indagar lo que le perturba. Cuando llega la oscuridad, Pere les lleva hasta la antigua iglesia de Pallerols, muy cercana a Vilaró, que ha sido desvalijada. Aquí, «en Pere» les da instrucciones:

-«No abran la puerta a nadie».

Y les introduce en una estancia que parece un horno de pan con paja en el suelo, en el que caben apenas los seis. Deben encerrarse allí y mantenerse en riguroso silencio. Solamente les deja una candela por si precisan algo de luz dentro de aquel recinto.

A la llama de esta vela, cenarán un poco de embutido y pan que llevan en las mochilas. Luego, se acomodan don Josemaría, Juan, Pedro, Paco, José María Albareda y Miguel. Las horas de la noche empiezan a resbalar sobre el pequeño refugio sumido en el silencio. Hay un olor seco a arcilla, paja y humo. Por un ventanuco del techo apenas se vislumbra el cielo. Atravesando la densidad de las sombras, Pedro observa el rostro abatido del Padre. Jamás le ha visto así. También advierte que habla en tono apasionado y en voz baja con Juan.

Paco, que está cerca del Padre, le explica los motivos: el Padre quiere regresar a Madrid. Siente la obligación de volver con los que han quedado expuestos a un mayor peligro. Juan está intentando convencerle. Y de pronto, se oye una frase autoritaria y tajante:

«¡Usted va adelante, vivo o muerto!»(4).

Jamás ha hablado así al Padre. Todos respetan profundamente al Fundador, y se han apoyado siempre en su entereza, en su energía humana y sobrenatural. Pero esta vez, Juan ha tenido que echar mano de todas sus reservas para impedir que exponga la vida de modo irremediable. Tiene la certeza de que, en este viaje, lo que han de lograr entre todos es llevarle a una tierra donde pueda seguir cumpliendo su vocación.

Pedro se pone a rezar. Agotado y nervioso, aún alcanza a ver el llanto contenido del Padre antes de que le venza un sueño irresistible.

Más tarde sabrán que, esa noche, don Josemaría no durmió. Se acogió, con todo el amor y la disponibilidad de su corazón, a la Reina del Cielo. Y le pidió -nunca lo había hecho- una señal clara de la decisión que había de tomar al día siguiente.

En la mañana del 22 de noviembre se levantan todos al amanecer, como habían convenido, con la intención de preparar y asistir a la Santa Misa. El Padre sigue profundamente afectado. Abatido. Nadie sabe qué decirle. En medio del silencio sale del horno en que han pasado la noche y camina hacia la desvalijada iglesia. Seguramente va a rezar, a empezar su oración de cada día.

Rialp amanece por entre los pinos, con el frío húmedo de esta mañana otoñal. En la antigua iglesia, que tuvo fervor de pastores y campesinos, el Fundador espera una luz que reafirme su decisión de cruzar la frontera en busca de la libertad que necesita para continuar realizando el Opus Dei. Desde sus tiempos de seminarista de Zaragoza, le gusta invocar a la Virgen con un piropo que recoge la Letanía Lauretana: “Rosa Mystica”. Una rosa, la flor reina. Y mientras reza ve una rosa de madera estofada, tal vez desprendida de un altar antiguo. Intacta. A salvo de la inclemencia que ha destrozado cuanto le rodea. La toma en sus manos, y una paz infinita invade su corazón. Se deslíen las dudas amargas que le han asaltado desde hace muchos meses, y el sol, como un presagio de certeza, rompe la mañana y asoma por entre los bosques del Pirineo.

Le ven volver. Es un hombre distinto al que ha salido. Su rostro está radiante. Tiene una mirada que infunde, de nuevo, alegría y seguridad. Trae la rosa de madera apretada en las manos. Como un símbolo de amor. La rosa aparecerá muchas veces junto al sello de la Obra. Para perdurar el gesto con que la Reina del Cielo hizo saber al Fundador cuál era, en un momento arduo, su auténtico camino.

Inmediatamente después celebrará la Santa Misa. Luego, emprenderán con nuevo vigor la ruta que les ha de llevar cada vez más cerca de su destino.

Pere les conduce a través de la maleza para abordar una cabaña, en medio del bosque, al norte de Vilaró. Habrán de arreglarse con los víveres que este hombre les trae diariamente. El día 22 de noviembre, Manolo y Tomás, los últimos que faltaban por llegar, se incorporan a la expedición. Una vez todos reunidos, ponen un nombre al refugio: Cabaña de San Rafael, en memoria del Arcángel viajero. Y organizan allí la convivencia. No sobra un minuto. Diariamente el Padre les dirige la meditación, celebra Misa en un altar al aire libre levantado con piedras y troncos de pino. Mantienen en orden perfecto la cabaña, se parte leña, se preparan charlas culturales, se dibuja.

Todo contribuye a crear el clima de tranquilidad necesario para esperar cinco largos días hasta que puedan seguir adelante. Y lo harán sin apatías, impaciencias ni cansancios. Es más, el silencio del bosque va a influir en su ánimo con una paz ancha y honda que necesitan después de las zozobras de los últimos meses; que necesitarán en las próximas jornadas para superar las durísimas pruebas que se avecinan.

Al Padre se le presenta la oportunidad de llevar la esperanza a otros que están aislados y escondidos. El arcipreste de Pons está refugiado en el feudo de Vilaró y se acerca un día a la cabaña a ver al Padre. Desde ese momento no pierde ocasión de hablar con él. Para este hombre, el encuentro ha sido media vida. En otro escondrijo, a media hora de camino, hay dos sacerdotes más, emboscados desde el principio de la guerra: se trata del párroco de Peramola y un hermano. El Padre acude a verlos, pasa horas con ellos. Pero no solamente departe con los que están refugiados en los montes: desde el primer día establece contacto amistoso con quienes les ayudan en la travesía. Son hombres poco comunicativos. Acostumbrados a la dureza de su condición. Sin embargo, rompen su mutismo para simpatizar con este sacerdote.

El 27 de noviembre, a media tarde, llega «en Pere», anunciando que el tramo más duro del largo camino -más de 50 kilómetros de montaña, caminando siempre de noche y permaneciendo escondidos durante el día- va a dar comienzo inmediatamente. Hay que subir hacia el norte. Les presenta al guía, Antonio, un hombre fuerte, joven y capaz de trepar como un gamo por escarpaduras increíbles. Con un hermetismo silencioso que supera a todos los anteriores personajes.

Las dificultades en este momento se agigantan. El frío, la montaña, la carencia de ropa y alimentos. El sufrimiento fisico de largos meses de hambre y privaciones. Y la presencia de una vigilancia seria que cruza constantemente el valle y los pasos practicables. Sin embargo, ninguno tiene miedo; están llenos de confianza.

A lo largo de los recorridos nocturnos se irán añadiendo más fugitivos a la expedición: la mayoría son campesinos catalanes y algún estudiante. Después de una caminata durísima que concluye tras la primera noche, cruzando vegetación de pinar, llegarán a la base del monte Aubens. Cuando está cerca la Espluga de las Vacas el sol empieza a salir, marcando el amanecer del día 28. El Padre prepara lo necesario para celebrar la Misa. Al ver toda esta nueva gente que se les ha ido incorporando en el camino, no sabe qué actitud tomar. Teme alguna irreverencia. Pero como es domingo, se anuncia que un sacerdote oficiará el Santo Sacrificio. Y se acercan, poco a poco, cuantos componen esta heterogénea expedición de caminantes. El Padre recita con pausa y devoción las oraciones. Consagra el Pan y el Vino. Ante aquella manera de dirigirse a Dios, la emoción se apodera de este grupo que no ha vuelto a pisar una iglesia ni asistido a un acto religioso desde hace muchos meses.

Antonio Dalmases, un estudiante catalán que forma parte de la expedición, anotará en su diario: «nunca he oído Misa como hoy. No sé si por las circunstancias, o porque el sacerdote es un santo»(5). En la Consagración, cercados por el peligro que acecha entre los bosques y protegidos por la cúpula del cielo, se inclinan y doblan las rodillas en gesto de adoración.

La subida del Aubens resulta muy escarpada y es preciso hacerla antes de que cierre la noche. La pendiente es dura y hay que agarrarse fuerte a piedras y matorrales. En esta jornada, Tomás está a punto de desfallecer. El guía no ofrece opción y ordena abandonarle. No pueden arriesgarse a retrasar la marcha. El momento es tenso y grave. El Padre habrá de salvar la situación convenciendo al guía Antonio, y entre todos ayudan a Tomás. Al fin logran superar la escalada completa del Aubens, la carretera de Isona a Coll Nargó y el río Sepent. Es de noche y el guía está visiblemente nervioso porque la marcha se retrasa más de lo previsto. El Padre permanece a su lado y le tranquiliza en voz baja. Por último, llegan a la casa de Fenollet, donde pasarán el día. Es allí, tras aquella abrumadora marcha, jadeantes, en silencio, con el esfuerzo martilleándoles en las sienes, con la sombra del agotamiento detrás de cada paso, cuando algunos de la expedición calibran la talla moral del Padre. Antonio Dalmases deja escrita una frase que se refiere al modo de actuar de este sacerdote que va en aquella fila de emigrantes: «Da ánimos a todos. Su compañía inspira confianza a todos nosotros, pues parece como si Dios le hubiese mandado. Me ha impresionado profundísimamente»(6).

El lunes 29, ya de noche, salen de Fenollet. Han de dominar la montaña de Santa Fe, cruzar el río Cabó y subir el Ares con 1.500 metros de altura. En esta nueva caminata el que está a punto de acabar, rota su resistencia entera, es Albareda. Este hombre estudioso y aún joven, aparece extenuado por el hambre y el cansancio, y se convierte en un autómata incapaz de dar un paso. Nuevamente el Padre ha de convencer al guía para que no le abandone. Al fin, entre varios, consiguen ayudar a José María para que pueda incorporarse al grupo y seguir caminando.

El día se emplea en descansar en el Cortal de Baridá, a unos 1.200 metros de altura. También la noche del 30 será dura, con descensos por una barrancada en dirección al Segre hasta cruzar el río Pallerols. Después de atravesar la carretera de Seo de Urgel a Sort seguirán la marcha junto al río Arabell. Durante dos horas entrarán y saldrán del río, en inmersión constante. El frío es atroz. Absolutamente empapados, temen todos por el Padre, que, sin embargo, aguanta la nueva situación de prueba. Este día apenas podrán descansar escondidos entre piedras y matorrales. Por la tarde, el tiempo se pone gris y frío. Caen copos de nieve. Cuando la luz decrece, empieza la última jornada. Es miércoles, 1 de diciembre. Suben la sierra de Burbre y bajan la ladera opuesta, tropezando con piedras rodadas hasta llegar al barranco de Civis. Una pequeña luz brilla en una hondonada, a poca distancia. Es un control de carabineros que ha encendido hogueras para resguardarse del frío a unos metros de distancia de la casa. Hay perros que acompañan a los soldados y ladran insistentemente.

Casi arrastrándose, los fugitivos pasan cerca. Avanzan lentamente, en silencio total. Se cruza, al final, la zona batida por la guardia y, tras una subida corta y casi impracticable, pasan el arroyo de Argolell y llegan a Mas d’Alins. Es la primera casa de Andorra. El guía se detiene y anuncia que han cruzado la frontera. Por increíble que parezca, aquella pesadilla ha terminado. Se quedarán el resto de la noche alrededor de una hoguera de troncos y, al amanecer del día 2 de diciembre de 1937, llegarán a Sant Juliá de Loira. Parados en medio del camino, maltrechos pero alegres, los refugiados rezan la Salve para agradecer a la Madre de Dios este nuevo día sin miedos ni peligros. Ha empezado a nevar intensamente.

En el Hotel Palacín de Les Escaldes, toman conciencia del lastimoso estado en que se encuentran. El Padre tiene las manos hinchadas y doloridas. Parece una reactivación del reúma, pero un examen de Juan demuestra la existencia de incontables espinas incrustadas debajo de la piel. Hay que sacarlas con ayuda de una pinza, y desinfectar las múltiples heridas. Al día siguiente, su primera Misa con ornamentos litúrgicos, en Andorra, tendrá largos mementos en los que están presentes, uno por uno, cuantos ocupan su corazón y su pensamiento. A pesar de la nieve tiene impaciencia por llegar a Francia y acercarse a Lourdes: terminar esta aventura con el signo con que ha empezado. Con la mirada protectora de la Virgen, con la seguridad total de su luz y su acogida.

Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer escribirá en una de sus homilías:

«La devoción a la Virgen no es algo blando o poco recio: es consuelo y júbilo que llena el alma, precisamente en la medida en que supone un ejercicio hondo y entero de la fe, que nos hace salir de nosotros mismos y colocar nuestra esperanza en el Señor. Es Yavé mi pastor -canta uno de los salmos-, de nada careceré. Me hace descansar en frondosas praderas, junto a aguas sabrosas me conduce; me devuelve la vida, y me guía por caminos derechos, en virtud de su nombre. Aunque yo ande por valles tenebrosos, ningún mal temeré, porque tú estás conmigo (Ps XXII, 1-4)»(7).

Después de varios días en el Hotel y de gestiones con la policía francesa para entrar de nuevo en España por San Juan de Luz, esperan un coche que la familia Albareda -residente en Francia- envía para recogerlos. Pero el frío intenso cierra el puerto de Envalira. Algunos no pueden contener la impaciencia, a pesar de que el Padre acepta las dificultades con gran presencia de ánimo.

La nieve sigue cayendo sin descanso, y deben continuar su ruta. Al fin, deciden ir hasta San Juan en cualquier medio de locomoción. El 10 de diciembre montan en un camión provisto de cadenas que no llega a pasar de Soldeu: patina sin avanzar un metro más. Desde allí siguen a pie, calzados con alpargatas, por entre nieve de más de medio metro de altura. Catorce kilómetros hasta Hospitalet. Aquí, una vez terminados los trámites de frontera, pueden utilizar el coche que debía haber llegado hasta Escaldes para recogerles si la nieve no lo hubiera impedido. Es un viejo Citroén de alquiler, en el que se apiña todo el grupo. Están empapados y ateridos de frío. Van en silencio mientras el vehículo rueda por las carreteras de Francia: perseguidos por toda inclemente dificultad, elevan al Cielo su oración, afincados en la seguridad y la esperanza. Muy de noche ya, llegan a Saint Gaudens. Sólo conseguirán dejar de tiritar al abrigo de las mantas de una modesta pensión que les acoge.

El Padre traza el horario para el día siguiente: se levantarán muy temprano para salir en dirección a Lourdes y a la frontera. Hay unas dos horas y media de camino entre Saint Gaudens y el Santuario.

Llevan el mismo equipo de ropa y calzado con el que han cruzado el Pirineo. El Padre va con su jersey y pantalón de pana. Las botas están destrozadas, pero no han podido adquirir nada nuevo por falta de dinero. Ya en la sacristía, les cuesta trabajo convencer a los sacerdotes de Lourdes para que permitan celebrar al Padre la Santa Misa. Es preciso explicar la odisea para conseguir su asentimiento. Al fin, se reviste los ornamentos -alba y casulla blanca de corte francés- y ocupa el segundo altar lateral, a la derecha de la nave, cerca de la entrada a la Cripta. Pedro Casciaro se dispone a ayudarle mientras los demás se sitúan en bancos cercanos. Al iniciar don Josemaría la liturgia, cuando ya levanta la mano para hacer la señal de la Cruz, se vuelve ligeramente hacia Pedro y le dice en voz baja:

-«Supongo que ofrecerás la Misa por tu padre,… para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana». -«Lo haré, Padre».

-«Hazlo, hijo mío; pídelo a la Virgen, y verás qué maravillas te concederá»(8).

Algunos, como José María Albareda, han reencontrado a su familia al huir de la zona dominada por el Gobierno de la República. Otros, como Pedro Casciaro, han dejado a la suya en una posición política antagónica.

Jamás el Fundador ha intervenido en este asunto. El respeto por personas y opciones temporales es algo que lleva enraizado en su íntima condición de cristiano. Pero, por la misma razón, exige libertad para las verdades que lleva en el alma. Por ellas -para ejercer con inmensa amplitud su ministerio sacerdotal- ha cruzado el Pirineo. Sólo por la llamada de Dios a una dedicación irrenunciable.

Años más tarde, en 1960, el padre de Pedro Casciaro morirá precisamente el 10 de febrero, víspera de la festividad de la Virgen de Lourdes, después de haber sufrido años de exilio, de regresar a su patria, de conocer y querer profundamente al Fundador del Opus Dei y, especialmente, de haber retomado al encuentro con Cristo.

Hacia las siete de la tarde, llegan en coche a San Juan de Luz, donde les espera, impaciente, Manolo Albareda. Momentos después, cruzarán a pie el puente internacional de Hendaya camino de San Sebastián. Ahora sí, han huido de la España comunista y llegan a la llamada zona nacional. No hay gritos de júbilo. Hay una gran fuerza que grita por dentro el agradecimiento a la Señora por una libertad que han puesto, entera, en sus manos. La mayor riqueza del hombre, comprada hoy con el amor, la pobreza, el hambre y el frío más desoladores.

Ahora comenzará la dispersión del grupo que ha vivido estas inolvidables jornadas junto al Padre. José María Albareda y Tomás Alvira salen para Zaragoza; Juan Jiménez Vargas se incorpora a un destino en Sanidad; Pedro y Paco son enrolados en Servicios Auxiliares en Pamplona.

Después de la partida, el Padre se queda físicamente solo. Tiene que empezar desde cero, sin apoyo alguno. Cuando despide a Pedro y a Paco en la estación de San Sebastián, les asegura que esta Navidad estará junto a ellos. Sólo quien tiene tal capacidad de afecto y ha experimentado y superado tanto aislamiento, es capaz de escribir estas palabras en «Camino»:

«No estás solo. -Lleva con alegría la tribulación. -No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. -Pero… ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? -No estás solo: María está junto a ti»(9).

Oposición de otros católicos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La mayor contradicción para el Opus Dei no provino de los círculos políticos ni del mundo académico, sino principalmente de círculos eclesiásticos y clericales. La principal figura de esta campaña contra la Obra era un bien conocido religioso, unido a algunos miembros de órdenes religiosas, sacerdotes diocesanos y seglares piadosos que se movían en sus círculos. Ciertamente, no todos los sacerdotes y religiosos criticaron a la Obra; de hecho, muchos la defendieron afectuosamente. Las críticas llegaron a un punto tal que un catedrático aventuró que acabarían con el Opus Dei. Citando a Santa Teresa, Escrivá calificó la campaña en contra desatada por algunos católicos como “la contradicción de los buenos”. Asumió que los críticos actuaban, como ya había predicho Jesús , “pensando que hacían una cosa agradable a Dios” (Juan 16, 2).

En una carta de septiembre de 1941, el obispo de Madrid resumió el ataque que el Opus Dei recibía desde dentro de la Iglesia. Los críticos lo acusaron de “masonería, secta herética …, antro tenebroso que pierde las almas sin remedio; y a sus miembros, iconoclastas e hipnotizados, perseguidores de la Iglesia y del estado religioso…”[1]. Desde las sacristías, confesonarios y púlpitos se advertía del gran peligro que representaba para la Iglesia. Se esperaba una próxima condena de Roma. En un noviciado, se habló de Escrivá como del anticristo; en un colegio de religiosas de Barcelona se quemó “Camino” como si de un auto de fe se tratase. Durante una Misa de la Congregación Mariana, a la cual pertenecían algunos de la Obra, el predicador los identificó como miembros de una secta peligrosa, los expulsó de la asociación y les obligó a abandonar el templo.

Algunos religiosos hicieron lo posible ante las autoridades civiles para que se cerraran los centros de la Obra y se metiera al fundador a la cárcel. Consiguieron convencer al gobernador civil de Barcelona para que dictara una orden de arresto si Escrivá era encontrado en la ciudad. La situación se tornó tan grave que el nuncio le recomendó que, si planeaba ir a Barcelona, viajara de incógnito.

A la vez, los críticos intentaron convencer a las autoridades eclesiásticas de que tomaran cartas en el asunto. Dos miembros de una orden religiosa visitaron al obispo de Santiago y le entregaron un documento que quería dar a entender que el obispo de Madrid había prohibido a Escrivá celebrar Misa y oír confesiones. En los círculos eclesiásticos de Madrid, corrió el rumor de que había sido denunciado ante el Santo Oficio. No hubo tal denuncia formal, pero sí hubo intentos bajo cuerda para que Escrivá fuera condenado por la Santa Sede.

Lo más doloroso y dañino para la Obra fueron las visitas que algunos sacerdotes y religiosos hicieron a las familias de varios jóvenes del Opus Dei o que estaban pensando en su posible vocación. Decían a los padres que su hijo había ingresado en una secta herética y que se encontraba en grave peligro de condenación eterna. La madre de Álvaro del Portillo recibió un buen número de anónimos, seguidos de la visita de un religioso que le advirtió del grave peligro espiritual en el que se encontraba su hijo. Afortunadamente, conocía bien a Escrivá y sabía que lo dicho por aquella persona era falso. Sin embargo, muchas otras familias quedaron profundamente golpeadas por esas acusaciones. En algunos casos, amenazaron a sus hijos con la expulsión del hogar si no cortaban de raíz su relación con el Opus Dei.

Las críticas se dirigieron en primer lugar al mensaje del Opus Dei sobre la llamada universal a la santidad y a la posibilidad de santificarse en medio del mundo, sin necesidad de ser sacerdote o de ingresar en una orden religiosa. Esta idea era vista como una peligrosa novedad, contraria a la fe y a la práctica de la Iglesia, que además robaba vocaciones para el seminario y las órdenes religiosas.

Estas acusaciones llegaron a oídos del nuncio, quien pidió una explicación por parte del Opus Dei. En ausencia de Escrivá, fue Álvaro del Portillo quien le visitó. A la pregunta del nuncio de cómo se atrevían a robar vocaciones y a destruir los seminarios y los noviciados, del Portillo respondió: “Nosotros somos todos profesionales, nos ganamos la vida trabajando, y a ninguno faltan veinte duros en el bolsillo. Pues bien, señor Nuncio, ¿sabe lo que le digo?: que hay maneras más divertidas de condenarse”[2]. El sentido común que encerraba esta respuesta desarmó al nuncio. Aprendió tanto sobre el Opus Dei en esa entrevista, que se convirtió en uno de sus más entusiastas defensores.

Resulta paradójico que el Opus Dei fuera acusado de quitar vocaciones al sacerdocio y al estado religioso. La gran mayoría de los jóvenes que se acercaron al Opus Dei en la década de 1940 nunca habían pensado en ir al seminario o al convento. Antes de su primer contacto con la Obra, algunos practicaban en serio su religión, pero otros muchos no. Sólo unos pocos habían considerado la posibilidad de entregarse a Dios.

Es más, un buen número de hombres y mujeres jóvenes que empezaron a tener una vida espiritual más intensa gracias a la Obra descubrieron su llamada al sacerdocio o a la vida religiosa. Escrivá encaminó hacia las órdenes religiosas a un buen número de personas que acudieron a su dirección espiritual. Un buen día, una joven se presentó en el centro de la Obra de la calle Lagasca y le dijo que se sentía llamada a ingresar en un determinado convento, pero que carecía de dote. Escrivá, después de asegurarse de que era sincero su deseo de ingresar en la vida religiosa, le entregó todo el dinero que había en la caja del centro.

Las acusaciones contra el Opus Dei no se quedaron en esto. Muchas de ellas eran tan extravagantes que es difícil comprender cómo pudieron tomarse en serio, si no es porque en el clima de exaltación religiosa y política de la posguerra había gente dispuesta a creer cualquier cosa.

En el pequeño centro de la Obra en Barcelona había una gran cruz negra de madera sin la figura del crucificado. Corrió el rumor de que se usaba para sangrientos ritos religiosos, en los que los del Opus Dei se crucificaban a sí mismos. Para acallar semejantes rumores, se sustituyó esa cruz por una tan pequeña en la que ni siquiera cabía un niño. En Madrid, algunos miembros de un grupo católico juvenil fueron a la residencia de Jenner para descubrir los “secretos” de la “secta herética con conexiones masónicas” que circulaba por la residencia. Dijeron que habían encontrado en el oratorio palabras en no se qué misterioso lenguaje y símbolos cabalísticos de origen judío. Lo que en realidad habían visto eran unos versos de un bien conocido himno eucarístico en latín y algunos símbolos cristianos tradicionales, como la cesta de panes, las espigas o el racimo de uvas.

Barcelona

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“La fundación del Ops Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Durante las semanas pasadas en Barcelona en 1937 antes de ir a Andorra, los miembros de la Obra habían rezado mucho por el futuro apostolado del Opus Dei en la ciudad. Dos años después, el 30 de diciembre de 1939, Escrivá y del Portillo pasaron un día en Barcelona. Visitaron a Alfonso Balcells, joven médico que había conocido a Jiménez Vargas durante la guerra y había asistido al curso de retiro predicado por Escrivá en Valencia en septiembre de 1939. También intentaron ver a Rafael Termes, compañero de del Portillo en la academia de oficiales, pero no se encontraba en la ciudad. Le dejaron una nota y, unos días más tarde, Casciaro, que debía resolver en Barcelona unos asuntos familiares, le fue a ver.

Estas breves visitas fueron el comienzo de las actividades del Opus Dei en Barcelona. Los jóvenes de la Obra escribían regularmente a su amigos y acompañaban sus cartas de abundantes oraciones. En una carta a los fieles de la Obra en Valencia Escrivá preguntaba: “¿Escribís a Ballcells? Creo que le he puesto un apellido algo enrevesado. Pero lo encomiendo a su Custodio, y algún día me dará las gracias”[1].

A mediados de febrero de 1940, Vallespín y Fuenmayor viajaron de Valencia a Barcelona. Unos días después, Múzquiz aprovechó un viaje profesional para pasar algún tiempo con Balcells y Termes. Regresó a Madrid con la noticia de que Termes estaba dispuesto a pertenecer al Opus Dei, aunque primero quería hablar con Escrivá.

Escrivá, del Portillo, Zorzano y Hernández de Gárnica fueron de Zaragoza a Barcelona el 31 de marzo de 1940. Termes no podía reunirse con ellos por la mañana, ya que tenía que desfilar con motivo del primer aniversario del final de la Guerra Civil. Por la tarde fue a ver a Escrivá, todavía vestido con su uniforme de oficial adornado con cintas de combate. “Recuerdo muy bien sus primeras palabras”, recuerda Termes. “De entrada, sin duda para facilitarme el diálogo, me dijo cariñosamente: “¡valiente oficial, que no se atreve a saltar el parapeto!”. Después todo fue fácil y, disipadas mis dudas por la seguridad y confianza que me inspiraban las palabras y la persona de nuestro Padre, pedí la admisión en la Obra”[2].Termes, que más tarde sería un prestigioso banquero, fue la primera persona que pidió la admisión en la Obra en Barcelona.

José María Casciaro, hermano menor de Pedro, vivía en Barcelona mientras terminaba sus estudios de secundaria. Vivía con un tío suyo, ya que sus padres tuvieron que exiliarse en Orán. Por Pedro, sabía ya bastante de la Obra y su espíritu y había conocido a Escrivá durante un viaje a Madrid en la primavera de 1939. Poco a poco, había pasado de la indiferencia hacia la religión a tener una vida espiritual relativamente fervorosa, y había empezado a pensar en la vocación al Opus Dei. En sus memorias describe su estado de ánimo: “La gracia de Dios me hacía ver, con bastante nitidez, que mi camino era el de elegirle a Él, en una aventura divina, por encima de todas las criaturas. Se me presentaba, sí, como una aventura, pero al mismo tiempo sentía una seguridad serena, una confianza interior, que no puede venir más que de Dios mismo, que llama. Pienso que no me costó mucho hacerme a la idea de una entrega total, y decidirme a ella libremente, sin traumas, aunque consciente de que aquella decisión implicaba algo muy serio. Y cada vez que consideraba esa elección –decir que sí a la llamada de Dios-, experimentaba un poco de miedo, pero mucha mayor alegría interna”[3].

Aprovechó la estancia de Escrivá en Barcelona en mayo de 1940 para decirle que quería pertenecer al Opus Dei. Después de interrogar al joven con bastante detalle para comprobar que entendía lo que suponía la llamada al Opus Dei, Escrivá le preguntó en un tono serio: “¿Te ha presionado tu hermano Pedro?”. Ante su respuesta negativa, Escrivá le volvió a preguntar lo mismo otras dos veces con diferentes palabras. Después de comprobar que José María actuaba con libertad y que sabía a qué se comprometía, Escrivá le recibió en el Opus Dei.

Como en otras ciudades, los miembros de la Obra en Barcelona pronto se pusieron a buscar un piso en el que tener sus actividades. Como ninguno era mayor de edad para firmar un contrato, le pidieron a Balcells que firmara el alquiler del apartamento que encontraron cerca de la Universidad. No era de la Obra -y no lo sería hasta varios años más tarde-, pero accedió. Con un toque de ironía, llamaron “El Palau” al diminuto nuevo centro.

Desde Ávila, donde predicaba un curso de retiro a sacerdotes diocesanos, el 1 de julio de 1940 Escrivá decía a sus hijos de Barcelona: “¡Ya tenemos casa en Barcelona!: no imagináis la alegría que me produjo esa noticia. Ha sido, sin duda, la bendición de ese Señor Obispo -¡os bendigo con toda mi alma, y bendigo la casa!, dijo nuestro D. Miguel Díaz Gómara, la última vez que estuve yo ahí-, ha sido esta bendición la causa de que vuestros trabajos para encontrar el Palau tuvieran éxito. Se va muy seguro, no apartándose jamás –es nuestro espíritu—de la autoridad eclesiástica ordinaria. Siento que el Palau, silenciosamente, ha de dar mucha gloria a Dios”[4]. Terminaba la carta con una urgente petición de oraciones, unidos a sus intenciones: “!Orar, orar, y orar!: ésta es mi consigna. Así saldrá todo muy bien”[5].

El crecimiento del Opus Dei en Barcelona fue paralelo al de otras ciudades, pero la campaña de calumnias contra la Obra, que tuvo lugar por toda España durante los siguientes años, fue particularmente virulenta en esa ciudad. La situación era muy difícil, ya que los miembros de la Obra de allí eran pocos, muy jóvenes y se encontraban a bastantes kilómetros de Escrivá y los demás. Hasta mayo de 1943 ni siquiera tuvieron un oratorio con el Santísimo Sacramento reservado en el sagrario. Uno de ellos resumiría la situación más tarde: “Éramos un puñado de estudiantes de primeros años de carrera, a quienes la gracia de Dios había hecho entender la Obra. No disponíamos de material escrito a excepción de “Camino”, ni de sacerdotes que conocieran nuestro espíritu, ni de experiencia espiritual y apostólica, ni de posibilidades de viajar a menudo a Madrid para hablar con nuestro Padre y con nuestros hermanos mayores. Sin embargo, ¡qué claro estaba el camino!: la entrega sin reservas, la santificación del trabajo ordinario, el apostolado entre los amigos, la humildad colectiva, la vida de oración… Aunque ignorábamos todavía muchos otros detalles de nuestro espíritu, teníamos una fe absoluta en nuestro Fundador”[6].

En medio de la más amarga fase de la persecución, en mayo de 1941, Escrivá envió una breve nota a sus hijos de Barcelona. Resume en pocas palabras la primera historia del Opus Dei en la ciudad: “!Que Jesus bendiga a mis hijos del Palau! Spe gaudentes, in tribulatines patientes, orationi instantes. Os abraza, Mariano”[7].

[1] Ibid. p. 555

[2] Ibid. p. 561-562

[3] José María Casciaro. Ob. cit. p. 83

[4] AGP P03 1990 p. 21-22

[5] Ibid. p. 23

[6] AGP P01 1981 p. 898

[7] Ibid. p. 902. “Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración”. Durante la Guerra Civil, Escrivá usó su cuarto nombre –Mariano- para evitar sospechas con la censura postal. Por devoción a la Virgen, continuó utilizándolo frecuentemente en sus cartas hasta el final de su vida.

Barcelona

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Durante las semanas pasadas en Barcelona en 1937 antes de ir a Andorra, los miembros de la Obra habían rezado mucho por el futuro apostolado del Opus Dei en la ciudad. Dos años después, el 30 de diciembre de 1939, Escrivá y del Portillo pasaron un día en Barcelona. Visitaron a Alfonso Balcells, joven médico que había conocido a Jiménez Vargas durante la guerra y había asistido al curso de retiro predicado por Escrivá en Valencia en septiembre de 1939. También intentaron ver a Rafael Termes, compañero de del Portillo en la academia de oficiales, pero no se encontraba en la ciudad. Le dejaron una nota y, unos días más tarde, Casciaro, que debía resolver en Barcelona unos asuntos familiares, le fue a ver.

Estas breves visitas fueron el comienzo de las actividades del Opus Dei en Barcelona. Los jóvenes de la Obra escribían regularmente a su amigos y acompañaban sus cartas de abundantes oraciones. En una carta a los fieles de la Obra en Valencia Escrivá preguntaba: “¿Escribís a Ballcells? Creo que le he puesto un apellido algo enrevesado. Pero lo encomiendo a su Custodio, y algún día me dará las gracias”[1].

A mediados de febrero de 1940, Vallespín y Fuenmayor viajaron de Valencia a Barcelona. Unos días después, Múzquiz aprovechó un viaje profesional para pasar algún tiempo con Balcells y Termes. Regresó a Madrid con la noticia de que Termes estaba dispuesto a pertenecer al Opus Dei, aunque primero quería hablar con Escrivá.

Escrivá, del Portillo, Zorzano y Hernández de Gárnica fueron de Zaragoza a Barcelona el 31 de marzo de 1940. Termes no podía reunirse con ellos por la mañana, ya que tenía que desfilar con motivo del primer aniversario del final de la Guerra Civil. Por la tarde fue a ver a Escrivá, todavía vestido con su uniforme de oficial adornado con cintas de combate. “Recuerdo muy bien sus primeras palabras”, recuerda Termes. “De entrada, sin duda para facilitarme el diálogo, me dijo cariñosamente: “¡valiente oficial, que no se atreve a saltar el parapeto!”. Después todo fue fácil y, disipadas mis dudas por la seguridad y confianza que me inspiraban las palabras y la persona de nuestro Padre, pedí la admisión en la Obra”[2].Termes, que más tarde sería un prestigioso banquero, fue la primera persona que pidió la admisión en la Obra en Barcelona.

José María Casciaro, hermano menor de Pedro, vivía en Barcelona mientras terminaba sus estudios de secundaria. Vivía con un tío suyo, ya que sus padres tuvieron que exiliarse en Orán. Por Pedro, sabía ya bastante de la Obra y su espíritu y había conocido a Escrivá durante un viaje a Madrid en la primavera de 1939. Poco a poco, había pasado de la indiferencia hacia la religión a tener una vida espiritual relativamente fervorosa, y había empezado a pensar en la vocación al Opus Dei. En sus memorias describe su estado de ánimo: “La gracia de Dios me hacía ver, con bastante nitidez, que mi camino era el de elegirle a Él, en una aventura divina, por encima de todas las criaturas. Se me presentaba, sí, como una aventura, pero al mismo tiempo sentía una seguridad serena, una confianza interior, que no puede venir más que de Dios mismo, que llama. Pienso que no me costó mucho hacerme a la idea de una entrega total, y decidirme a ella libremente, sin traumas, aunque consciente de que aquella decisión implicaba algo muy serio. Y cada vez que consideraba esa elección –decir que sí a la llamada de Dios-, experimentaba un poco de miedo, pero mucha mayor alegría interna”[3].

Aprovechó la estancia de Escrivá en Barcelona en mayo de 1940 para decirle que quería pertenecer al Opus Dei. Después de interrogar al joven con bastante detalle para comprobar que entendía lo que suponía la llamada al Opus Dei, Escrivá le preguntó en un tono serio: “¿Te ha presionado tu hermano Pedro?”. Ante su respuesta negativa, Escrivá le volvió a preguntar lo mismo otras dos veces con diferentes palabras. Después de comprobar que José María actuaba con libertad y que sabía a qué se comprometía, Escrivá le recibió en el Opus Dei.

Como en otras ciudades, los miembros de la Obra en Barcelona pronto se pusieron a buscar un piso en el que tener sus actividades. Como ninguno era mayor de edad para firmar un contrato, le pidieron a Balcells que firmara el alquiler del apartamento que encontraron cerca de la Universidad. No era de la Obra -y no lo sería hasta varios años más tarde-, pero accedió. Con un toque de ironía, llamaron “El Palau” al diminuto nuevo centro.

Desde Ávila, donde predicaba un curso de retiro a sacerdotes diocesanos, el 1 de julio de 1940 Escrivá decía a sus hijos de Barcelona: “¡Ya tenemos casa en Barcelona!: no imagináis la alegría que me produjo esa noticia. Ha sido, sin duda, la bendición de ese Señor Obispo -¡os bendigo con toda mi alma, y bendigo la casa!, dijo nuestro D. Miguel Díaz Gómara, la última vez que estuve yo ahí-, ha sido esta bendición la causa de que vuestros trabajos para encontrar el Palau tuvieran éxito. Se va muy seguro, no apartándose jamás –es nuestro espíritu—de la autoridad eclesiástica ordinaria. Siento que el Palau, silenciosamente, ha de dar mucha gloria a Dios”[4]. Terminaba la carta con una urgente petición de oraciones, unidos a sus intenciones: “!Orar, orar, y orar!: ésta es mi consigna. Así saldrá todo muy bien”[5].

El crecimiento del Opus Dei en Barcelona fue paralelo al de otras ciudades, pero la campaña de calumnias contra la Obra, que tuvo lugar por toda España durante los siguientes años, fue particularmente virulenta en esa ciudad. La situación era muy difícil, ya que los miembros de la Obra de allí eran pocos, muy jóvenes y se encontraban a bastantes kilómetros de Escrivá y los demás. Hasta mayo de 1943 ni siquiera tuvieron un oratorio con el Santísimo Sacramento reservado en el sagrario. Uno de ellos resumiría la situación más tarde: “Éramos un puñado de estudiantes de primeros años de carrera, a quienes la gracia de Dios había hecho entender la Obra. No disponíamos de material escrito a excepción de “Camino”, ni de sacerdotes que conocieran nuestro espíritu, ni de experiencia espiritual y apostólica, ni de posibilidades de viajar a menudo a Madrid para hablar con nuestro Padre y con nuestros hermanos mayores. Sin embargo, ¡qué claro estaba el camino!: la entrega sin reservas, la santificación del trabajo ordinario, el apostolado entre los amigos, la humildad colectiva, la vida de oración… Aunque ignorábamos todavía muchos otros detalles de nuestro espíritu, teníamos una fe absoluta en nuestro Fundador”[6].

En medio de la más amarga fase de la persecución, en mayo de 1941, Escrivá envió una breve nota a sus hijos de Barcelona. Resume en pocas palabras la primera historia del Opus Dei en la ciudad: “!Que Jesus bendiga a mis hijos del Palau! Spe gaudentes, in tribulatines patientes, orationi instantes. Os abraza, Mariano”[7].

[1] Ibid. p. 555

[2] Ibid. p. 561-562

[3] José María Casciaro. Ob. cit. p. 83

[4] AGP P03 1990 p. 21-22

[5] Ibid. p. 23

[6] AGP P01 1981 p. 898

[7] Ibid. p. 902. “Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración”. Durante la Guerra Civil, Escrivá usó su cuarto nombre –Mariano- para evitar sospechas con la censura postal. Por devoción a la Virgen, continuó utilizándolo frecuentemente en sus cartas hasta el final de su vida.

Espera sin fin en Barcelona

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Llegado el grupo de Valencia, parecía que la partida sería inminente, pero el arresto y ejecución de los miembros de otro grupo, capturado mientras trataban de escapar hacia Andorra, hizo que los contrabandistas no dieran señales de vida durante dos semanas.

La comida en Barcelona escaseaba, incluso para gente con dinero y cartillas de racionamiento. En el edificio donde se alojaban, había una familia de buena posición, cuyo hijo de seis años solía hacer cola durante horas para comprar cigarrillos, que luego cambiaba a un soldado por una ración del mal pan suministrado a las tropas. El perro de la familia con la que Casciaro y los otros residían estaba tan famélico que un día se comió el cinturón de cuero de Casciaro, un par de calcetines que Botella había dejado en el baño y la única pastilla de jabón que tenían.

Los miembros del grupo de Escrivá no disponían de cartillas de racionamiento y hubiera sido peligroso intentar obtenerlas. No tenían dinero suficiente para comer los ocho en un restaurante o comprar alimentos en el mercado negro. La mayor parte de los días el desayuno consistía en una malta aguada con dos o tres pequeñas galletas saladas. Normalmente solo hacían otra comida más, y ésta era poco más sustanciosa que el desayuno. A veces almorzaron en un restaurante, más o menos limpio, donde servían carne de burro con setas estofadas, aunque las raciones eran minúsculas. Casi a diario iban a un pequeño y sucio restaurante donde la comida era menos refinada, pero las raciones más generosas. Escrivá guardaba a menudo sus galletas del desayuno o parte de su escasa cena para dárselas a los niños de la familia con la que se alojaban.

Un día Sainz vio un letrero en el escaparate de un restaurante que anunciaba que al día siguiente se serviría yogur. Jiménez Vargas, el médico del grupo, aconsejó que se gastara un poco más en este nutritivo alimento que ayudaría a fortalecerles para la ardua caminata a través de los Pirineos. Mientras disfrutaban de este manjar, la policía entró y empezó a ir de mesa en mesa, comprobando los documentos de todos. La situación era crítica. En tiempo de guerra, se solían expedir los permisos militares para cortos periodos. Para no levantar sospechas, Botella había rellenado sus pases para sólo unos días. A medida que su estancia en Barcelona se alargaba, se habían visto obligados a cambiar las fechas varias veces, raspando con una hoja de afeitar los dígitos antiguos y escribiendo los nuevos. Los cambios eran evidentes con un examen detenido de los documentos o con una simple mirada al trasluz. Escrivá y sus compañeros se encomendaron confiadamente a sus Ángeles Custodios, mientras trataban de charlar como si nada ocurriera. Cuando sólo faltaba su mesa por ser inspeccionada, la policía salió sin pedirles sus documentos.

Escrivá se enteró por el periódico de que un antiguo compañero de la Facultad de Derecho de Zaragoza, Pascual Galbe, ejercía como juez en el Tribunal de Segunda Instancia de Barcelona. Galbe siempre había manifestado que no era creyente, pero habían sido buenos amigos y Escrivá tenía ganas de verle. Alvira había sido compañero de clase de Galbe en el instituto y le dijo que Escrivá estaba en la ciudad y que le gustaría visitarle. Galbe invitó a Escrivá a comer a su casa. Cuando se encontraron, Galbe se mostró muy emocionado y se ofreció para ayudarle a escapar.

Escrivá declinó su ofrecimiento, ya que ayudarle podía poner en peligro a la familia de Galbe. Entonces, su amigo dijo que le encontraría un trabajo como letrado en el tribunal, pero Escrivá también declinó esa oferta: “No he ejercido antes la profesión de abogado porque me interesaba sólo ser sacerdote, ¿y voy a hacerlo aquí, donde me dais un tiro por el solo hecho de ser cura?”[1]. La conversación giró hacia la religión. Cuando Galbe expresó su escepticismo, Escrivá le urgió con fuerza a estudiar el tema más profundamente: “La lectura de un par de libros te hacen decir esas cosas; una gran cantidad de hombres de inteligencias extraordinarias han escrito muchos libros sobre estas cuestiones. Cuando hayas leído unos cuantos de ellos, podrás hablar con conocimiento de causa”[2].

Galbe invitó a Escrivá a continuar su conversación esa misma tarde, en su oficina del tribunal. Cuando se dio cuenta de que Escrivá estaba resuelto a intentar la huida a través de los Pirineos, le hizo a presenciar el juicio de alguien que había sido capturado y fue condenado a muerte. Le explicó que había órdenes de disparar a matar; y le dijo que si le cogían se hiciera pasar por su hermano, por si podía hacer algo por él.

Los días de espera se habían transformado en semanas y empezaba a ser difícil para grupo de Escrivá no levantar sospechas. El gobierno republicano se había trasladado recientemente de Valencia a Barcelona, y el traslado provocó un incremento de la vigilancia. Para dar la impresión de que habían sido desplazados de sus hogares y de que habían encontrado empleo en Barcelona, Escrivá y sus compañeros dejaban cada día el piso donde se alojaban como si fueran al trabajo. Pasaban gran parte del día caminando por la ciudad. En esos paseos, hacían su oración y rezaban el Rosario. Todas las iglesias habían sido cerradas por orden del Gobierno, pero cuando pasaban delante de una, hacían actos de abandono en las manos de Dios y rezaban comuniones espirituales. Además de que estar en la calle era más seguro que permanecer encerrados en un piso, las idas y venidas por la ciudad fueron un buen entrenamiento para la dura travesía de montaña que se avecinaba. De todas formas, la falta de comida les impidió aumentar mucho su fuerza física.

Mientras esperaban una oportunidad para dejar Barcelona, Escrivá ejercía el ministerio sacerdotal en la medida de sus posibilidades. Un día, un viejo amigo de Zaragoza le dijo que su madre, maestra en un pueblo cercano, llevaba un año sin recibir los sacramentos por no disponer de un sacerdote. Inmediatamente Escrivá se ofreció a tomar, acompañado por otros miembros del grupo, el autobús al pueblecito costero donde vivía aquella mujer.

El autobús les dejó cerca de la playa y se acercaron hasta el agua. Alvira relata: “Al volver la vista, pude ver al Padre con la vista puesta en el mar y diciendo, en voz alta: ‘Salve, Regina, Mater…’. Todos seguimos el rezo de la Salve.

A mí me produjo una gran impresión ver aquella presencia de la Virgen en el Padre. Para todos nosotros, las aguas del mar habían sido un motivo de contento, de admiración ante el paisaje. Para el Padre había sido algo más: el mar le había recordado a la Virgen, y la saludaba con la Salve”[3].

Escrivá fue a la casa de esa señora y la confesó. En el camino de vuelta, un ataque aéreo de los nacionales les hizo bajar del autobús para resguardarse en el campo. Al final, regresaron a Barcelona sanos y salvos.

[1] AGP P03 1981 p. 597

[2] Ibid. p. 597-598

[3] Ibid. p. 593

1936. La persecución religiosa

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Junto con la guerra civil (1936-1939) tuvo lugar en España una de las persecuciones religiosas más sangrientas que ha conocido la historia de la Iglesia. Murieron 6.832 personas; 4.184 del clero secular —entre los que se incluyen doce obispos y numerosos seminaristas—; 2.365 religiosos y 283 religiosas. Es incalculable el número de laicos que padecieron martirio a causa de la Fe.

Como tantos sacerdotes de su tiempo, don Josemaría pasó mil penalidades por su condición sacerdotal. Tuvo que refugiarse en distintos domicilios particulares, en los que sólo podía estar durante algunas horas o días, porque amparar a un sacerdote, en aquellas circunstancias, equivalía a firmar la propia sentencia de muerte.

No podía transitar por la calle: podía detenerle cualquier control callejero, y acabar, como tantos otros, fusilado junto al paredón del cementerio. No tenía dinero para sobrevivir: únicamente Isidoro Zorzano, ya establecido en Madrid, seguía cobrando su sueldo. Y le llegaban rumores de detenciones arbitrarias, registros y torturas.

El 30 de agosto se encontraba refugiado con otros perseguidos en una vivienda de la calle Sagasta. Juan Manuel Sáinz de los Terreros, uno de ellos —que no sabía quién era don Josemaría—, cuenta que los milicianos se presentaron de improviso para hacer un registro en el edificio. Comenzaron revisando los sótanos, y prosiguieron, planta por planta… Al darse cuenta, don Josemaría subió por una escalera interior hasta la buhardilla con Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Aquello era un cuchitril lleno “de polvo de carbón y de trastos, como todas las buhardillas, y en las que no nos podíamos poner de pie porque llegá­bamos con la cabeza al techo… Hacía un calor insoportable. En un momento oímos cómo entraban en la buhardilla de al lado para hacer el registro…

Estando en esta situación se me acerca don Josemaría y me dice:

Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución.

Inexplicablemente, después de haber registrado toda la casa, los milicianos no entraron en aquella buhardilla.

Afirma Juan Manuel que “supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo”.

Durante aquella temporada, don Josemaría sufría especialmente por no poder celebrar la Santa Misa habitualmente, por carecer de materia para la consagración. En su lugar recitaba de memoria las oraciones litúrgicas, omitiendo la fórmula de la Consagración y haciendo una comunión espiritual al llegar a la Comunión.

Al fin, en marzo de 1937, encontró un asilo relativamente estable en la Legación de Honduras. Allí, recuerda su hermano menor, Santiago Escrivá, “comíamos muy poco. Josema­ría menos que los demás porque había días que no comía nada o muy poca cosa, como mortificación, para ofrecerlo a Dios”. Se quedó tan delgado —perdió treinta kilos— que, cuando su madre pudo ir a verle, no le reconoció; se dio cuenta de que era su hijo Josemaría sólo por la voz.

Muchos refugiados de la Legación pasaban las horas rumiando en silencio su desdicha; otros se desahogaban comentando sus desgracias presentes y pasadas… En medio de aquel clima de pesimismo, don Josemaría ayudaba a los que le rodeaban a no perder la esperanza, a aprovechar el tiempo, y a crecer para adentro mediante la oración por todos, con un profundo sentido de la Comunión de los Santos.

Por la Comunión de los Santos —decía el 8 de abril— nunca podemos sentirnos solos, pues constantemente nos llegan alientos espirituales de las cárceles, de las trincheras, de dondequiera se encuentre alguno de vuestros hermanos. La consideración de esta realidad nos impulsa a un detenido examen de nuestra conducta en este lugar, que es como una prisión para nosotros. Porque aquí, en esta aparente inactividad, contamos con la posibilidad de trabajar mucho por dentro, y acompañar a cada uno de vuestros hermanos en peligro, y velar por ellos.

Su espíritu atravesó durante aquella época lo que San Juan de la Cruz llamaba la “noche oscura del alma”, con la que Dios suele purificar a las almas santas. Pero esto no se reflejaba en el exterior: su predicación era, como de costumbre, optimista y vibrante, aunque el Señor le hacía participar, de modo particularmente intenso, de la Cruz.

Algunos sacerdotes conocidos suyos habían muerto mártires. Le apenó especialmente el fallecimiento de su gran amigo, Pedro Poveda. El fundador de la Institución Teresiana había sido asesinado en julio de 1936. Comentaba un año después: Recuerdo con gran consuelo una conversación que mantuve con un gran santo; lo asesinaron en julio del año pasado, cuando se hallaba sazonado, preparado para ir al encuentro del Amor, pues había escrito todo el libro de su vida, desde el principio hasta el fin, con letras de oro…

Hablábamos de la posibilidad de sufrir martirio. Le dije que no me asusta la muerte: que la aceptaría gustoso cuándo, dónde y como quisiera el Señor mandármela, pero que sentiría abandonaros. Y continué afirmando, mientas él asentía, que los afectos santos de la tierra se conservan en el Cielo: allí podremos pedir por las personas a las que quisimos aquí abajo.

A finales del mes de agosto de 1937 pudo salir de la Legación con una precaria documentación que le facilitó el Cónsul de Honduras. Todas las iglesias de Madrid se encontraban cerradas, muchas destinadas a otros usos o completamente destruidas, con las imágenes profanadas o mutiladas. En esas circunstancias, don Josemaría arriesgó su vida cuando fue necesario para el bien de las almas: bautizaba a escondidas, confesaba dando un paseo por los bulevares o atendía espiritualmente a religiosas refugiadas en casas particulares.

Llevaba siempre consigo al Señor Sacramentado en una pitillera envuelta, por precaución, en una funda con la bandera y el sello de la Legación. Muchas veces dormía sin quitarme la ropa —recordaba—, con la Sagrada Forma encima, abrazando al Señor.

El 7 de octubre pudo abandonar Madrid. Se dirigió a Barcelona, por Valencia, y el 19 de noviembre salió hacia el Pirineo, donde emprendió una larga marcha que le llevó hasta Andorra. Llegó al Principado el 2 de diciembre, acompañado por un pequeño grupo de personas. Poco después, pasó la frontera francesa y se estableció en Burgos.

“Tan actual como hace 50 años”

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En el 50 aniversario del fallecimiento de Montse Grases, los relatos y recuerdos de sus amigos, su biógrafo y el alcalde de pueblo donde veraneaba hacen presente en Barcelona el ejemplo de la sierva de Dios.

El acto conmemorativo de este 50 aniversario, que se celebró en el Oratorio de Santa María de Bonaigua de Barcelona, reunió a más de doscientas personas. En primer lugar, una mesa redonda en la que los testimonios de Rosa Pantaleoni, amiga íntima de Montse; Jordi Suriol, compañero de excursiones; y José Miguel Cejas, escritor y biógrafo, hicieron viva la persona de una joven de 16 años que percibió la llamada a servir a Dios en la vida ordinaria y que a raíz de una grave enfermedad murió un 26 de marzo, jueves santo, de 1959.

¿Quién es Montse? “Es como una canción que no pasa de moda, que se transmite de generación en generación, porque hay mensajes que siempre guardan vigencia”, explicaba Cejas que la definió como “una joven de 16 años que hizo la cosa más importante: querer con toda el alma”.

Para Rosa Pantaleoni, Montse es “mi amiga de siempre: viví con ella antes y después de su enfermedad. Hasta el último momento lo desdramatizó todo, siempre con la Virgen de Montserrat cerca”.

“Cuando me encontré con Montse, empecé criticar a la Obra. Ella callaba y se cruzaba de brazos”, recuerda Jordi Suriol. “Después de escucharme con serenidad, me dijo: ¿por qué no miras las cosas desde otro punto de vista? Siempre lo ves de forma negativa. Mira en positivo”. Suriol, amigo de juventud de la sierva de Dios, afirmó que “Montse tenia cabeza para pensar, corazón para querer y voluntad para  permanecer”. Otro recuerdo vivo es el de cuando le dijeron a Montse que estaba enferma de gravedad, sin curación. “Su madre, Manolita, me comentó que después de decírselo les dio las buenas noches, se puso delante de la Virgen de Montserrat y le dijo lo que quieras, te serviré, y se fue a la cama”.

Finalmente Josep Palmerola, alcalde de Seva, lugar donde veraneaba Montse con su familia, recordó el día en que en el pueblo se comentó “la hija de los Grases tiene un mal feo”. Pero recuerdan la serenidad con qué lo vivieron.

Tras la mesa redonda se celebró una Misa en el Oratorio de Santa María de Bonaigua en sufragio por el alma de Montse Grases presidida por el vicario del Opus Dei en Barcelona, Dr. Antoni Pujals.

“La reina de la alegría”
Una de las iniciativas para celebrar este aniversario ha sido el concurso internacional sobre Montse en el que han participado jóvenes de 9 a 18 años de todo el mundo (Estados Unidos, Polonia, México, Austria, Filipinas, y otros países).

“La reina de la alegría” fue el título de uno  de los trabajos presentados. Resume, en opinión de les personas que la conocieron, una característica propia de Montse: “una alegría que le nacía del corazón”, recuerda Pantaleoni.

El jurado del concurso estaba formado por Carlota Goyta y Asunción Esteban, autoras de uno de los cómics infantiles más populares, TEO, por el escritor Carlos Pujol y por el publicista Xavier Roca. Los premios fueron para:

Barcelona

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cataluña será la última etapa de este viaje de Monseñor Escrivá de Balaguer. Es un terreno duro pero fértil, en el que ha arraigado ampliamente el Opus Dei. Están muy lejos aquellos años en que la contradicción pesaba sobre el Padre y sobre los primeros miembros de la Obra en la Ciudad Condal. Ahora, muchos catalanes generosos con lo que entienden, con lo que hacen suyo por serio, eficaz y trascendente, se vuelcan con el Fundador de la Obra.

Nada más llegar, se acerca a la Basílica de la Merced. Allí donde fue en circunstancias graves a pedir fuerzas, a sentir la protección firme de la Virgen María antes de navegar hasta la Ciudad Eterna. Amor con amor se paga, y el Padre se arrodilla una vez más para decir su acción de gracias.

Después, un calendario apretado que va a llenar diez días de tertulias, visitas y encuentros con toda clase de personas. Hay que habilitar la pista deportiva de la Escuela Deportiva Brafa, en Horta, para dar cabida a unas seis mil personas cada día. Vienen de Cataluña, Aragón y Baleares.

También Castelldaura -Casa de Retiros junto a San Pedro de Premiá- va a ser testigo de grandes reuniones.

A primera vista, puede suponer una dificultad que estos encuentros tengan lugar en días laborables. Si para todo hombre el trabajo es serio, y tratándose de un cristiano debe ser santo, para un catalán los adjetivos adquieren grados superlativos. Por eso el Padre se conmueve cuando entra en el polideportivo del Brafa y se encuentra el local abarrotado.

«Consideraba esta mañana qué os diría, y me han venido a la mente las palabras de la Sagrada Escritura: que el Señor creó al hombre ut operaretur, para que trabajara… Pero habéis de pensar que el trabajo necesita ser santificado, que os habéis de hacer santos con el trabajo y que habéis de santificar a los demás con vuestro trabajo»(46).

Preguntan al Padre cómo compaginar su profesión, sin horario previsible, con el apostolado, la atención familiar…, y responde que, un hijo de Dios en el Opus Dei «saca horas para todo. A mí me interesan las personas que no tienen tiempo. Vagos, no quiero. Los amo mucho, pero fuera del Opus Dei»(47).

El Fundador toca un tema bien entendido en Cataluña. Pero les habla del espíritu del Opus Dei que ha metido la presencia de Dios en los entresijos del trabajo; del apoyo constante en la filiación divina para encajar los zarpazos de la derrota, del aparente fracaso, o los éxitos del esfuerzo bien hecho.

«Si quieres santificar el trabajo, santificarte con el trabajo y santificar a los demás con el trabajo, no puedes hacer chapucerías. Deberás desempeñar tu trabajo muy bien, de un modo noble, limpio, con empeño y ofreciéndoselo al Señor. ¿Cómo vas a ofrecer a Dios una cosa que sea voluntariamente imperfecta y hasta mala?»(48).

Y ante la dificultad de encontrar tiempo para llevar adelante más de una tarea, el Padre responde:

«El apostolado, para nosotros, no es una cosa superpuesta: lo estamos haciendo continuamente. Con respecto a la familia te diré que, si tienes mucho quehacer, serás de los que tienen capacidad para sacar cuarenta y ocho horas al día. Son los que no trabajan los que no encuentran diez minutos libres»`.

Después, las preguntas en el Brafa se multiplican: sobre cómo ayudar a los amigos que han perdido la fe; cuestiones relativas a la Confesión, a la Eucaristía, a la Santa Misa. La presencia de Dios en las almas de los cristianos; la Cruz de cada día; el dolor en la vida de los hombres; la alegría… Todo va saliendo por los cuatro puntos cardinales de las pistas del Brafa para escuchar la respuesta clara, la doctrina de siempre.

«Me gustaría que tuvierais la devoción de agradecer cada día al Señor todos los bienes que habéis recibido, y también los que no conocéis. ¡Yo lo hago! Medio me confieso con vosotros, perdonad; pero sería un hipócrita si os recomendara una cosa que no hiciera. Yo rezo: pro universis beneficiis tuis, etiam ignotis; agradezco también los beneficios que no conozco» (50) Como contrapunto, un hombre interviene desde un rincón de la sala y habla de su hija impedida, que quiere saludarle.

Desde un sillón de ruedas, a través de los altavoces, se oye una voz infantil que dice, lentamente:

-«Padre.

-Dime, hija mía.

-Yo también fui a Lourdes y he vuelto muy contenta. Rezo mucho por usted.

-Oye, guapa, mañana en la Santa Misa te pondré en la patena, con la Hostia, en el momento del Ofertorio. Y le pediré al Señor que te haga muy feliz en la tierra, y que después te dé el cielo. ¿Te parece bien?

-Sí, Padre.

-¡Guapa, te quiero mucho!

-Gracias, Padre»(51).

Y Monseñor Escrivá de Balaguer señala a estos padres y a esta niña como ejemplo de aceptación del dolor. De espíritu cristiano auténtico, no teórico, ante lo incomprensible de los juicios divinos. Porque Dios nos ama infinitamente, por encima de todos los zarandeos existenciales, de la enfermedad y de la muerte. Y la sala entera, sin vacilación, aplaude. Porque es el modo afectuoso y emocionado de subrayar el acuerdo. Parece que, cuando se habla de Dios, los problemas pierden gravedad y el peso se alivia por la fuerza de todos los hermanos unidos en la fe.

En el IESE, Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, hablará, también, a un grupo numerosos de empresarios:

«No olvidéis el sentido cristiano de la vida. No os gocéis con vuestros éxitos. No os sintáis como desesperados, si alguna cosa fracasa. Además, si tenéis cien cosas en movimiento, alguna tiene que ir mal, porque las otras noventa y nueve van bien. Acordaos de los que tienen menos que vosotros» (52).

Y les anima a usar del dinero con la magnanimidad exigente del Evangelio.

El día 24 se desplaza el Fundador desde Barcelona a Gerona para hablar en el Instituto Técnico Agrario Bell-lloc del Pla en el que se cursan el Bachillerato y enseñanzas agrarias. Aquí el Padre sigue exponiendo los mismos temas, en el lenguaje universal de los hijos de Dios, sin distinción alguna. Idéntica petición de fe y esperanza, igual exigencia de caridad.

Antes de salir de Cataluña visita a las monjas Clarisas de Pedralbes. Sus palabras se oyen, una vez más, entre los murós góticos de este convento. Días antes, a las carmelitas de Puzol, cerca de Valencia, les ha asegurado:

«La Iglesia se quedaría árida sin vosotras, y no podríamos decir: sacad con alegría las aguas de las fuentes del Salvador. Es aquí donde sacáis las aguas de Dios, para que nosotros podamos convertir la tierra seca en un huerto lleno de naranjos. Sin vuestra ayuda no haríamos nada; por eso vengo a daros las gracias. Estoy persuadido de que muchos sacerdotes que sufren y lloran ahora en el mundo, al escuchar vuestros cánticos -también los de la recreación- se llenarán de gozo. ¡Mil veces benditas seáis!»(53)

En la misma mañana del día 30 de noviembre, Monseñor Escrivá de Balaguer emprende su viaje de regreso a Roma. Antes, se reunirá con algunos hijos suyos en el oratorio de Castelldaura. Las imágenes románicas asisten, en actitudes ingenuas de piedad primitiva y sincera, al Te Deum con que el Fundador del Opus Dei agradece a Dios los resultados de este viaje en el que ha podido hablar a tantos miles de personas.

«Daremos gracias a Dios Nuestro Señor porque en toda la Península Ibérica -en Portugal y en España- hemos encontrado miles, miles y miles de personas estupendas. Algunas estaban un poco alejadas de los sacramentos -por esos líos que pasan, por estas cosas que suceden, que sentimos y lamentamos-, pero ahora se han acercado al Sacramento de la Penitencia, y han recibido a nuestro Señor. Esa riqueza me ha llenado el corazón de alegría»(54)

Por las ventanas -casi aspilleras- del oratorio de piedra, se filtra una luz blanquecina. Es el sol, que parece rubricar las palabras que suenan en la nave.

Con el viento contrario

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 28 de junio de 1940 se abre El Palau, el primer Centro de la Obra en Barcelona. Se trata de un piso situado en la calle de Balmes, número 62.

Al cabo de muchos años, el Padre comentará, aludiendo a las tareas apostólicas de la Ciudad Condal: «Barcelona me costó muchas lágrimas y… quien siembra con lágrimas, recoge con alegría»(30).

Y es que el momento de llegar a Barcelona está marcado con el signo de la contradicción para la Obra y para el Padre.

José Luis Múzquiz recuerda muy bien los viajes que, en calidad de Ingeniero de la Compañía de Ferrocarriles Españoles, tenía que hacer a lo largo del año. Aprovechaba los ratos libres de su trabajo y los desplazamientos para llevar noticias y avivar el fuego de los primeros que pedían la admisión en la Obra en muchas ciudades de la península.

En marzo de 1940 llega a Barcelona. Allí habla con Alfonso Balcells -compañero de trincheras de Juan Jiménez Vargas durante la guerra civil-, que le presenta a varios amigos. Previamente, Alfonso le dice a José Luis que está dispuesto a ayudar en todo. Y así lo demostrará, cumplidamente, en los años y dificultades que quedan por venir.

También localiza a Rafael Termes, que cursa sus estudios de Ingeniero en la Ciudad Condal. La presentación es fácil, porque tienen amigos comunes. Tanto, que Rafael se lleva a José Luis a pasar el día con su familia en el pueblo de Sitges, en la costa. A la caída de la tarde, con la playa desierta, José Luis le habla de la Obra. Hay un regusto evangélico en esta secuencia del mar y de el como testigos de excepción en el diálogo sobrenatural de estos dos recientes amigos. Un apretón de manos -más a Dios que a los hombres- sella la decisión de Rafael. Lo único que desea es hablar con el Padre antes de solicitar su entrada en la Obra. Podrá hacerlo el 1 de abril, aprovechando un viaje del Fundador. Y el oleaje de este día que ya anuncia primavera, es también un presagio de tempestades para Rafael. Será uno de los apoyos del Padre en las contradicciones que empiezan a desatarse en Cataluña y en toda España.

Ya desde el comienzo, se necesita un piso en el que centrar todas las actividades. Recorrer la ciudad, en busca de un cartel anunciador de alquileres. De momento se alojan en el Hotel Urbis, en el Paseo de Gracia, cerca de una casa construida por el gran arquitecto Gaudí. Y cuando surge el inmueble de la calle de Balmes 62, inicia su vida y actividades el Centro más antiguo de la Obra en Cataluña: es el 28 de junio de 1940. Es muy pequeño. Y cuando el Padre viene a verlo, les dice:

-¡Bueno! Ya tenemos un «palau».

Y la casa adopta el nombre optimista que acaba de ponerle el Fundador: El Palau.

«Lo que no sería prudente -añade el Padre- es que se ponga el piso a nombre de uno de vosotros »(31).

El Fundador propone esta norma de prudencia, porque todos son estudiantes. Aunque todavía no es de la Obra, Alfonso Balcells, que tiene cierta edad -ya es médico-, se presta a dar su nombre para el piso.

Luego, en tiempo de persecuciones, el piso le traerá más de un quebradero de cabeza. «¿Cómo no vas a ser de ésos, si el piso está puesto a tu nombre?»32. Y Alfonso, con gran lealtad y nobleza, despreciará los torcidos comentarios y seguirá su camino con la elegancia de los amigos verdaderos.

El Padre celebra la Misa en el oratorio de El Palau el día 26 de mayo de 1943, y deja al Señor en el sagrario. Hasta esa fecha, como símbolo visible de veneración, no han tenido más que la gran cruz de madera que se puede ver en todos los oratorios de la Obra. Esta cruz da relieve, en la vida de cada uno, a las palabras que el Padre ha escrito en el punto 178 de «Camino»:

«Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú».

Dios permitirá que esa cruz pese como una dura prueba sobre l Padre. Se tergiversará este noble simbolismo atribuyéndole oscuros rituales que jamás han cruzado por la mente de nadie, y menos del Fundador del Opus Dei.

El espíritu que anima a la Obra de Dios ha sido interpretado por algunos de un modo erróneo; llegan a decir que el Fundador es un hereje; se pone en marcha una campaña muy dura, que llega a varias ciudades de España. El peligro es mayor porque, como sucede muchas veces en las empresas que tienen el marchamo de lo divino, la contradicción viene de parte de cristianos observantes, que no comprenden ni dan cabida en su alma a un apostolado «viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo», a una llamada universal a la santidad, a una vocación de entrega a Dios en medio del mundo que el Señor ha querido renovar con fuerza, sirviéndose de la fidelidad del Fundador del Opus Dei. El daño prende en el ánimo de los más susceptibles, timoratos o impacientes. Después, los enemigos del cristianismo utilizarán la brecha, abierta por hermanos, para atacar aquello que trae la verdad, siempre viva, de Jesucristo.

Las familias de los miembros de la Obra en Barcelona reciben informaciones inquietantes. Cuesta trabajo creer que un número tan pequeño de personas del Opus Dei -en su mayoría estudiantes- como el que hay en Barcelona y un apostolado tan incipiente, con una finalidad tan clara, levante tal revuelo. Pero así es.

Todo el dolor de la situación cae sobre el Padre. Sin embargo, él sufre por la Obra, que es de Dios; sufre por los que calumnian con el afán, tal vez, de hacer una cosa buena; sufre por estas primeras vocaciones que se ven seriamente probadas en sus ambientes familiares y sociales.

La causa fundamental del escándalo fue anticiparse a la doctrina que, en 1965, recogería el Concilio Vaticano II. El motivo fue decir que todos los cristianos, cada uno dentro de su estado, tenían que hacerse santos, sin necesidad de recurrir al estado de perfección -que es propio de los religiosos-, sino luchando para vivir con perfección en el propio estado.

Hoy parece extraña esta reacción. Pero la presencia en la calle de ciudadanos corrientes comprometidos con Dios, con una fe exigente capaz de informar los actos de su vida, sin dejar sus tareas, resultaba sorprendente. La novedad de la Obra residía en esta presencia en el mundo y en este talante sobrenatural.

Los hechos llegan a extremos de tal gravedad que comprometen la seguridad del Fundador en sus viajes a Barcelona. Corre el peligro de ser detenido por falsas acusaciones de tipo políticoreligioso. Tiene que limitarse a ir y volver en el día para no alojarse en ningún hotel. El Nuncio de su Santidad, Monseñor Gaetano Cicognani, le aconseja reservar los billetes con otro nombre para no poner en movimiento a la policía, pues se le conoce más en esta época como P. Escrivá. Es Gobernador civil de Barcelona Antonio Correa Veglison. Años después, un miembro del Opus Dei le hablará de uno de estos viajes: «Me alegro -comenta Correa- de no haber sabido que fue entonces Monseñor Escrivá a Barcelona. Tales eran las cosas que decían de él (…), que hubiera enviado la policía al aeropuerto a detenerlo»(33).

Siguiendo el espíritu del cristianismo, el Padre nunca cerrará las puertas de su casa a nadie, por equivocado que esté. Sin embargo, su comprensión con las personas no significa transigencia con lo injusto… Les dice claramente que están equivocados, pero que siempre le encontrarán con los brazos abiertos, como sacerdote y como amigo.

El Padre advierte a sus hijos que no hablen, ni entre ellos, de las falsedades que algunos propalan, para que, ni de lejos, puedan faltar a la caridad. En Barcelona, especialmente, verá maltratadas la justicia y la libertad, tan queridas siempre por él para todo el mundo. Quiso que, en la primera Residencia de estudiantes que se abriera en Cataluña, en el oratorio se colocara la frase de San Juan: Ventas liberabit vos (34): la verdad os hará libres, en memoria de estos años en los que mantenerse en la verdad fue la mejor arma contra la calumnia.

Pero Monseñor Escrivá de Balaguer no puede dejar de sentir el peso de la acritud que le llega por todas partes. Supera con humildad y fortaleza sobrenaturales las acusaciones contra su fama y su honra, su buen nombre y el honor de sacerdote e hijo fiel de la Iglesia. Perdona y enseña a perdonar. Pero hay días tan duros que no puede, casi, mantenerse en pie.

Sin embargo, nunca se siente víctima ni hace tragedias. Conjuga la humildad y la fortaleza. En Madrid, en 1942, en medio de grandes habladurías y de crueles insultos, con todo este peso encima, una noche se levanta de la cama -no puede dormir- y se va al oratorio, se arrodilla delante del sagrario y permanece un buen rato en oración diciendo:

-« Señor, si Tú no necesitas mi honra, ¿yo para qué la quiero?»(35).

Para no dar lugar en sus hijos ni a un movimiento voluntario de rencor, cuando alguno menciona estos temas, corta la conversación con el pretexto de que tienen mucho trabajo y no pueden perder el tiempo analizando comentarios. En más de una ocasión les dice que, al terminar el día, pide a Dios un sueño reparador porque la jornada siguiente se abre llena de posibilidades y precisa de todo su esfuerzo. Y consigue dormir como un bendito, dejando las cosas en manos del Señor.

En el año 1941, Amadeo de Fuenmayor viaja a Madrid para leer su Tesis Doctoral en la Facultad de Derecho. Y puede asistir a la meditación que don Josemaría dirige a sus hijos en el oratorio de la casa de Lagasca el día en que el Obispo de Madrid -don Leopoldo Eijo y Garay- le comunica la primera aprobación eclesiástica de la Obra. El Padre recuerda, en su oración ante el sagrario, esta oposición desencadenada en torno al espíritu del Opus Dei. La mayoría de los que están allí han sufrido esta batalla en la primera linea. Por eso cunde la emoción cuando el Fundador les anuncia que el Obispo de Madrid, que siempre acertó a saber que la mano de Dios estaba en los cimientos de la Obra, ha querido que tenga una aprobación oficial, pensando frenar la campaña de calumnias.

El documento que avala esta decisión jurídica tiene fecha de 19 de marzo de 1941 y está firmado por don Leopoldo Eijo y Garay. Llegará a manos del Padre el día 24. Monseñor Escrivá de Balaguer rememora aquella jornada cuando pasa por Madrid, en años sucesivos, con destino a muy diversos viajes apostólicos:

«Fui con mi madre y alguno de mis hijos que estaba en la casa, porque no había nadie más: todos estaban trabajando (…). Fui a ver a mi madre y le dije: mira, me acaba de llamar el obispo y, contra mi voluntad, porque no quería ninguna aprobación, me dice que está hecho el decreto. Vamos a dar gracias. Nos arrodillamos sobre la tarima del altar, y dimos gracias al Señor»(36).

Dos años más tarde, el 18 de octubre de 1943, también en este oratorio, el Padre reunirá a sus hijos para hablarles, en pie, junto al sagrario:

«Ya sabéis, hijos míos, que las buenas y las malas noticias os las doy junto al Sagrario. Ahora os digo que, mientras algunos por ahí -yo los perdono y les quiero- habían asegurado que los Obispos habían quitado las licencias ministeriales a este pecador, ha llegado de Roma un telegrama, dirigido al Obispo, anunciando que el Santo Padre ha dado el nihil obstat a la Obra, y que nos bendice de todo corazón»(37).

Sus palabras continúan, llenas de amor y agradecimiento. Después, reza una acción de gracias y un Avemaría. El nihil obstat e había concedido y fechado el día 11 de octubre, festividad, entonces, de la Maternidad de Nuestra Señora(38).

Desde los comienzos, Monseñor Leopoldo Eijo y Garay bendijo cariñosamente el trabajo del Fundador. Y durante estos duros años de persecución puso todo lo que estaba de su parte para que se restablecieran la verdad y la justicia. En una ocasión, le dijo a una mujer de la Obra que el Opus Dei era para él algo tan grande y tan querido, que en su oración ante el sagrario solía decirle al Señor: «Señor: aunque yo no valga gran cosa, cuando llegue ante Ti por lo menos podré decirte: en estas manos nació el Opus Dei, con estas manos bendije a Josemaría. Y éstas -sigue diciendo-espero que serán mis credenciales para presentarme ante el juiciode Dios»(39). José María García Lahiguera conoce al Padre desde 1932. Relata así su primer contacto con él:

«Vino a verme a mi despacho de Director Espiritual del Seminario de Madrid, en las Vistillas. La entrevista duró una hora y media o dos horas, y la recuerdo vivamente por la profunda impresión que me causó. Aunque entonces no le conocía, ni tenía de él referencia alguna, desde las primeras palabras que cruzamos, se estableció entre los dos una corriente de cordialidad, de simpatía (…).

Me explicó entonces la Obra a la que, por voluntad de Dios, estaba dedicando su vida. Sus palabras estaban llenas de delicadeza, de humildad y de un profundo sentido sobrenatural (…).

Yo estaba fuertemente conmovido con lo que iba oyendo y comprendí enseguida que el Padre estaba iniciando algo verdaderamente trascendental, de Dios »(40).
Hacia 1940 el Padre acude a confesarse habitualmente con este sacerdote que, después de la muerte del Fundador de la Obra, testimonia la actitud que mantuvo durante aquellos años:

«Aún hay otro aspecto de su sencillez que me permitirá pasar a dar testimonio sobre su heroico modo de vivir la fortaleza. Me refiero a que hasta las mismas contradicciones que tuvo que sufrir en aquellos años -tan duras, tan injustas, tan dolorosas- me las daba a conocer sin el menor dramatismo, las objetivaba de tal manera que yo podía darles la importancia que tenían en sí, ni más ni menos. Nunca se presentaba como víctima (…).

Su fortaleza estaba basada en una fe inconmovible, fe operativa que le llevaba a poner también los medios humanos necesarios, pero con una total confianza en la divina providencia»(41).

El día 9 de mayo de 1941 el Abad Coadjutor de Montserrat, Aurelio M. Escarré, escribe al Obispo de Madrid-Alcalá, Monseñor Leopoldo Eijo y Garay, para pedirle información acerca del asunto Opus Dei, «fundación del Dr. Escrivá, sacerdote de esa su Diócesis»(42).

El Obispo recibe la carta el 23 y su contestación no se hace esperar. Explica al Abad su tristeza por una campaña que no puede comprender más que a la luz de la advertencia evangélica: putantes se obsequium praestare Deo. Quizá los que atacan a la Obra piensan que hacen un servicio a Dios.

«Créame, Rvdmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos.

El Dr. Escrivá es un sacerdote modelo, escogido por Dios para santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso, apóstol de la formación cristiana de la juventud (…).

Y en el molde de su espíritu ha vaciado su Opus. Lo sé, no por referencias, sino por experiencia personal. Los hombres del Opus Dei (subrayo la palabra hombres porque entre ellos aun los jóvenes son ya hombres por su recogimiento y seriedad de vida), van por camino seguro no sólo de salvar sus almas sino de hacer mucho bien a otras innumerables almas (…).

No merece más que alabanzas el Opus Dei; pero los que lo amamos no queremos que se lo alabe, ni se lo pregone (…); trabajar calladamente, con humildad, con alegría interna, con entusiasmo apostólico que no se desvirtúa precisamente porque no se desborda en ostentaciones (…).

Conozco todas las acusaciones que se lanzan; sé que son falsas; sé que se persigue a algunas personas, incluso en sus intereses, creyéndolos del Opus Dei, ¡y no lo son!»(43).

La carta está fechada en Madrid, el 24 de mayo de 1941. El Padre, mientras tanto, envía a sus hijos de Barcelona, que son solamente cuatro o cinco en este tiempo, una cuartilla con las palabras de una Epístola de San Pablo:

«Spe gaudentes: in tribulatione patientes: oratione instantes” (Rom XII, 12): alegres con,la esperanza, pacientes en la tribulación, perseverantes en la oración»(44).

Alguna vez don Leopoldo llama al teléfono del Fundador, incluso a altas horas de la madrugada. Para recordar a Monseñor Escrivá de Balaguer algo que debe mantener erguida su esperanza: las obras de Dios están marcadas siempre por la incomprensión de los buenos y de los menos buenos. Es la Cruz de Cristo.

Una noche le recuerda -en latín- a través del hilo de comunicación las palabras que Jesucristo le dijo a Pedro (45), cambiando el término «hermanos», por «hijos»:

«Mira que Satanás ha pedido poder zarandearos como el trigo». Luego añade: «yo rezo tanto por vosotros… Tú ¡confirma a tus hijos!»(46).

Testigo de la actitud de don Josemaría Escrivá de Balaguer es el Padre Silvestre Sancho, dominico, que tiene la oportunidad de compartir la amistad del Fundador durante estos años de persecución:

«Jamás le vi una reacción de rencor. No era él hombre para eso, sino para comprender, perdonar y olvidar (…). Sin embargo le apenaban esas actitudes de algunos, porque de ninguna manera había motivo para esas campañas que hacían daño a las almas y sembraban la desunión en la Iglesia (…).

El Padre tenía una confianza en Dios total en medio de tantas persecuciones. El siempre tenía seguridad -esto se lo he oído muchísimas veces- de que como la Obra es de Dios, saldría adelante»(47).

Estas mismas dicerías habían sido esparcidas ya años antes. La noticia llega hasta el señor Bordiú, dueño del inmueble en que se ha instalado la Residencia de estudiantes de Ferraz 50. Se entera, asombrado, de que han sido calificados nada menos que de masones.

Comentará, a propósito de este rumor, que jamás en su vida había oído decir que los masones rezaran con tanta devoción el Rosario.

En España, cuando las circunstancias del país hicieron difícil la vida a los católicos, demostró su valentía y su lealtad a la fe y a las personas. Al cabo de los años, cuando se actuaba con rígida intransigencia con los no católicos, el Fundador los trató con cariño exquisito. Y también entonces sufrió molestias por parte de algunos que ejercían la autoridad.

En 1966, Monseñor Escrivá de Balaguer será nombrado hijo adoptivo de la Ciudad de Barcelona. Asiste al acto Rafael Termes, el que fuera primer director de El Palau. El Padre le da un fuerte abrazo. Mirándole, sonriente, repetirá una vez más: «¡valía la pena!… »(48). Lo dice sin pensar en honores personales, a los que ha renunciado desde siempre, sino por el gran número de vocaciones que han rubricado, durante estos años, la fidelidad de aquellos comienzos difíciles en los años 40.

Durante un viaje del Padre a través de España y Portugal, en 972, pasará -como tantas otras veces- por Barcelona. Allí, junto a un pueblo de la costa, en una casa de retiros, habla con un numeroso grupo de hijos suyos catalanes. Y Santiago Balcells le dice:

-«¿Cómo podemos sus hijos barceloneses compensar en parte esos sufrimientos que usted padeció solo o casi solo, hace años?»

-«¿Y me lo dices tú a mí? (…). Tuvimos necesidad de una persona en Barcelona que diera la cara, su nombre, para poner el primer Centro (…). Y tu hermano, cuando le maltrataron pensando que era del Opus Dei, no le dio la gana, por ser un caballero cristiano, aclarar que no era de la Obra: no dijo que era, pero tampoco que no era. Yo comenté con algunos: el Señor pagará a Alfonso esta generosidad y esta valentía con la vocación, que es el premio más grande que puede conceder»(49)

El y otras muchas vocaciones serán la mejor respuesta a la dureza y también a la fidelidad de los comienzos.


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