Novedades en josemariaescriva.info

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Seleccionamos algunas de las últimas noticias publicadas en la web dedicada al Fundador del Opus Dei. Entre otras, un libro infantil que narra los primeros años de la vida de San Josemaria Escrivá y un vídeo-testimonio de un favor concedido por el santo

Opus Dei - Portada de

Portada de “Forja” en ruso

Milagros de nuestro tiempo

Alberto Castro, un abogado de Puerto Rico, cuenta en el video “Encontrando a Dios en la vida diaria. El Opus Dei en Puerto Rico: Algunos Testimonios“, cómo pidió a san Josemaría que le curara de una grave lesión.

Blanco y los viajes a Barbastro

“Blanco y los viajes a Barbastro” es el título del nuevo libro infantil que narra los primeros años de la vida de San Josemaria Escrivá, fundador del Opus Dei, desde su nacimiento hasta su primera Comunión.

Nuevas ediciones de los libros de san Josemaría

La actividad editorial promovida por la Fundación Studium ha sido abundante en los últimos meses en muy distintos lugares del mundo.

“Apuntes”, la primera biografía sobre san Josemaría

Sólo unos meses después del fallecimiento de san Josemaría, vio la luz una primera publicación de carácter biográfico Mons. Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, escrita por Salvador Bernal. Esos Apuntes, que recogemos íntegramente en esta página web, ofrecen una introducción sencilla y ágil a la vida de san Josemaría y a los aspectos centrales del Opus Dei, la institución que fundó en 1928.

Barbastro. Una caricia de la Virgen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

—De esta noche no pasa —dijo el doctor Camps.

Aquello fue un mazazo para los Escrivá, un joven matrimonio de Barbastro: su hijo pequeño, Josemaría, se les moría sin remedio. Aquella noche de 1904 le velaron hasta la madrugada, contemplando su rostro dormido y trémulo por la fiebre.

Había nacido dos años antes, el 9 de enero de 1902, y lo habían bautizado enseguida, como de costumbre. Y ahora, ¡tan pronto!, Dios se lo llevaba.

Pero no perdían la esperanza. Su madre, Dolores Albás, había prometido a la Virgen que, si se curaba, lo llevaría en brazos hasta la ermita de Torreciudad.

Y así pasaron la noche, rezando, llenos de fe, esperando el milagro.

El doctor Camps llegó a primera hora de la mañana. Pensó que, para ahorrarles la pena de que tuvieran que comunicárselo, lo mejor era preguntar directamente:

—¿A qué hora ha muerto el niño?

—¡El niño —le contestaron, emocionados— está perfectamente!

Sus padres cumplieron la promesa y le llevaron a Torreciudad. Mi madre me llevó en sus brazos a la Virgen. Iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo.

Fue la primera caricia de la Virgen con Josemaría Escrivá. Con razón le comentaba su madre, años después:

—Hijo: para algo muy grande te ha dejado en este mundo la Virgen, porque estabas más muerto que vivo.

Salvo ese momento crítico, los primeros años de Josemaría fueron serenos y apacibles. Dios Nuestro Señor fue preparando las cosas para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo. Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome en libertad muy grande desde chico, vigilándome al mismo tiempo con atención.

Agradeció siempre a Dios la educación humana y cristiana que le dieron sus padres: Mi madre, papá, mis hermanos y yo íbamos siempre juntos a oír Misa. Mi padre nos entregaba la limosna, que llevábamos gozosos, al hombre cojo, que estaba arrimado al palacio episcopal. Después me adelantaba a tomar agua bendita, para darla a los míos. La Santa Misa. Luego, todos los domingos, en la capilla del Santo Cristo de los Milagros rezábamos un Credo. Y, el día de la Asunción (…), era cosa obligada adorar (así decíamos) a la Virgen de la Catedral .

Su infancia fue parecida a la de tantos niños de aquel Barbastro de comienzos de siglo XX: risas y correteos por la Plaza del Mercado, tablas y más tablas de multiplicar en el Colegio de los Escolapios y unos viajes fantásticos en las noches de invierno hasta el centro de la Tierra, o la mismísima Luna, de la mano de Julio Verne. Fue un niño como tantos otros: bueno, generoso, obediente y con los inevitables caprichos y rabietas que sus padres corrigieron con paciencia. Porque los santos no nacen: se hacen.

Se hacen correspondiendo, en lo grande y en lo pequeño a la voluntad de Dios. Y Dios quiso que Josemaría conociera pronto el misterio del dolor: entre 1910 y 1913 —desde los ocho a los once años— fueron muriendo, por enfermedad, sus tres hermanas pequeñas.

EL FUNDADOR

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro, en el Somontano, región situada al norte de España, el 9 de enero de 1902. Era el segundo de los seis hijos que tuvieron don José Escrivá y Corzán, copropietario de un negocio de ventas al por menor, y su esposa, doña María Dolores Albás y Blanc. Los Escrivá eran cariñosos y pacientes con sus hijos, enseñándoles con el ejemplo y mostrándoles cómo vivir el optimismo cristiano frente a la adversidad. La quiebra del negocio paterno y las estrecheces familiares que siguieron ayudaron a fortalecer el carácter de Josemaría, que, en su juventud, era un buen estudiante con buen humor y profundamente religioso, aunque no tuviera ningún deseo de hacerse sacerdote.

Sin embargo, Dios quería algo de él. Él mismo dijo que pronto había tenido “barruntos de amor” que, poco a poco, abrieron su mente a las perspectivas del futuro. No obstante, hasta 1918 no decidió hacerse sacerdote, pensando en, como él mismo diría, estar disponible para lo que Dios quisiese de él. Al mismo tiempo, empezó a percibir que lo que se le pedía, aunque todavía no sabía lo que era, tenía que ver con la vida de los cristianos corrientes, no con la de los religiosos. Por eso empezó a estudiar también una carrera civil, la de Derecho, en la Universidad de Zaragoza. Más tarde, eso le permitiría ser profesor de Filosofía y de Ética profesional en la Escuela de Periodismo de Madrid y de Derecho romano en Zaragoza y en Madrid.

Tras su ordenación sacerdotal, don Josemaría pasó cortos períodos en parroquias rurales y de Zaragoza, antes de trasladarse a Madrid. Allí, además de enseñar Derecho romano y Derecho canónico en la Academia Cicuéndez, desarrolló una intensa labor pastoral entre los pobres de los suburbios de Vallecas y Tetuán, visitando a los enfermos en sus casas y en los hospitales. Durante esas visitas solía pedirles que rezasen por una intención suya, es decir, por lo que barruntaba que Dios quería de él. Como diría más tarde, “la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas”.

Por fin, el 2 de octubre de 1928, aquel joven sacerdote supo lo que Dios quería de él. Durante un retiro espiritual en la Casa de los Padres Paúles, en la madrileña calle de García de Paredes, don Josemaría “vio” el Opus Dei. La realidad ahora extendida por todo el mundo se hizo clara en su mente.

Más tarde diría que no le gustaba la idea de ser fundador de nada. Sin embargo, inmediatamente se puso,-con una absoluta falta de recursos, a llevar a cabo lo que creía firmemente que era la voluntad de Dios. “Y para abrir paso a este querer divino… -diría en cierta ocasión Dios me llevaba de la mano, calladamente, poco a poco, hasta hacer su castillo (…) No he tenido que andar calculando, como jugando al ajedrez; entre otras cosas porque nunca he pretendido averiguar la jugada del otro para poder dar jaque mate después. Lo que he tenido que hacer es dejarme llevar.”

El joven sacerdote reunió enseguida un grupo de estudiantes universitarios, artistas y comerciantes, y empezó a darles formación cristiana. Se concentró especialmente en los estudiantes universitarios, pues creía que, a largo plazo, eso le permitiría contar con personas de todas las clases sociales. Esa forma de actuar sigue siendo la del’ Opus Dei cuando inicia la labor en algún sitio.

El fundador se entregó a esa labor incansablemente y, poco a poco, el Opus Dei fue tomando cuerpo. El 14 de febrero de 1930, días después de que Monseñor Escrivá escribiera que nunca habría mujeres en el Opus Dei, Dios le mostró que quería que las hubiese.

En 1933, a pesar de las grandes dificultades económicas, se inició la primera empresa apostólica del Opus Dei. Se llamaba Academia DYA y estaba situada en un inmueble que se alzaba en la esquina de las calles de Luchana y Juan de Austria. El nombre tenía un doble significado, pues las letras hacían referencia tanto a las enseñanzas que impartían (Derecho y Arquitectura) como al espíritu que animaba la empresa (Dios y Audacia). La Academia, junto a esas enseñanzas profesionales, ofrecía también formación cultural y religiosa con charlas, meditaciones y retiros espirituales.

Poco después de que se abriera la Academia DYA, don Josemaría empezó a encontrar oposición, a veces de sectores de la Iglesia. Extraños rumores se fueron extendiendo y algunos decían que los miembros del Opus Dei se dejaban clavar en una cruz. Algunas de esas calumnias antiguas han sobrevivido y otras no, pero han surgido otras nuevas (un ejemplo: una emisora de televisión de Alemania Occidental -la Westdeutscher Rundfunk de Colonia, WDR- aseguraba, en 1986, que el Opus Dei estaba implicado en el tráfico de armas, lo que motivó una querella de la Obra).

A estos equívocos y dificultades que rodeaban al Opus Dei vino a unirse, en 1936, el estallido, en España, de la Guerra Civil. A lo largo de más de dieciocho meses, Monseñor Escrivá se vio obligado a esconderse varias veces a causa de la despiadada persecución religiosa, que costó la vida a miles de sacerdotes. Él mismo, en varias ocasiones, escapó del peligro casi dé milagro.

Monseñor Escrivá siempre había vivido personalmente la pobreza, contentándose con muy poco en la comida y el vestido. Su actividad y su capacidad de trabajo asombraban a cuantos le conocían. Pero los rigores de la guerra en España empezaron a cobrar su tributo. Don Josemaría adelgazó de manera increíble. En el otoño de 1937, cuando la situación se hizo insostenible, aunque profundamente quebrantado, se trasladó a Barcelona, en el nordeste de España, con objeto de cruzar los Pirineos a pie y pasar junto con algunos más, por Francia, a la zona de España nacional, donde los sacerdotes no eran perseguidos. El viaje, a través de un terreno sumamente accidentado, en una época del año húmeda y fría, duró dos semanas. Los fugitivos caminaban de noche y se escondían durante el día. Sus compañeros dicen que, a pesar de su lamentable estado, Monseñor Escrivá trataba de animar a todos. Uno de los fugitivos, Antonio Dalmases, dejó escrito en su diario: “…aquí tiene lugar el acto más emocionante del viaje: la Santa Misa. Sobre una roca y arrodillado, casi tendido en el suelo, un sacerdote que viene con. nosotros dice la Misa. No la reza como los otros sacerdotes de las iglesias. Sus palabras, claras y sentidas, se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el celebrante es un santo. La Sagrada Comunión es conmovedora: como casi no podemos movemos, hay dificultad para administrarla. Todos vamos andrajosos, con barba de varios días, despeinados, cansados. Las manos sangran por los rasguños, los ojos brillan por las lágrimas contenidas, y sobre todo está Dios entre nosotros en unas Hostias”.

La visión optimista de Monseñor Escrivá estaba basada en una profunda confianza en las palabras de San Pablo: “Para los que aman a Dios, todas las cosas son para bien”. Aseguraba que quien perdía de vista esta realidad no estaba haciendo el Opus Dei: “Cumplid con vuestros deberes profesionales por Amor”, aconsejaba a los miembros. “Os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en la que habéis nacido y a la que amáis.”

A comienzos del año 1939, en cuanto terminó la contienda, don Josemaría regresó a Madrid y reemprendió su labor. Poco antes de estallar la guerra, la Academia DYA había sido trasladada a un local más amplio situado en la calle de Ferraz, pero ahora estaba en ruinas. Cuando don Josemaría vio a lo que había quedado reducido el fruto de sus esfuerzos, se echó a reír y renovó su fe en la voluntad de Dios. Durante los primeros años de la década de los cuarenta, se aplicó a la tarea de restablecer el Opus Dei y a una intensa labor sacerdotal.

El 14 de febrero de 1943 nació la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Las críticas a la Obra se reanudaron incluso con más fuerza, a pesar del decidido apoyo al Opus Dei del obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay.

La Obra empezó a extenderse por otros países. En 1945 por Portugal y años después por Italia, Francia, Irlanda, los Estados Unidos, México, Chile y Argentina. En 1951 inició la labor en Colombia y en Venezuela y poco después en Alemania, Perú, Guatemala, Ecuador, Uruguay y Suiza. En 1957 se extendió a Brasil, Austria y Canadá. A partir de entonces, año tras año, prosiguió la expansión.

En 1946, el fundador se trasladó a Roma para, entre otras cosas, dirigir e impulsar el largo proceso destinado a encontrar una estructura legal conveniente para el Opus Dei dentro de la Iglesia. Ya en Roma, fue nombrado miembro de la Pontificia Academia de Teología, consultor de la Sagrada Congregación de Seminarios, consultor de la Sagrada Congregación para la Educación Católica y miembro de la Comisión Pontificia para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico.

Monseñor Escrivá viajó por todo el mundo y habló a grupos numerosos de personas formados por miembros del Opus Dei, simpatizantes, colaboradores y amigos. Respondía a las preguntas que le hacían sobre la vida espiritual gentes de todas clases, hombres y mujeres, ricos y pobres , jóvenes y viejos. Las películas que se hicieron de algunas de esas tertulias -que así le gustaba llamarlas- revelan que era un hombre lleno de vida, con gran simpatía y sentido del humor, cuyas observaciones y comentarios calaban en el alma. Su mensaje podría resumirse en estas palabras suyas de una homilía que pronunció en 1967 en el campus de la Universidad de Navarra: “Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor la más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…”.

Monseñor Escrivá murió de repente, de un ataque al corazón, el 26 de junio de 1975, en Roma, en su cuarto de trabajo, ante una imagen de la Virgen María. Su pérdida fue un golpe terrible para los miembros del Opus Dei, pero no afectó al desarrollo de la Obra. Y es que Monseñor Escrivá había insistido siempre en que el Opus Dei era obra de Dios, no suya. “Habríais hecho un mal negocio -decía- si en lugar de seguir a Nuestro Señor hubieseis venido para seguir a este pobre hombre.”

En el año 62, decía: “así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso”.

Es difícil definir en qué consiste la santidad, pero, cuando se encuentra, se reconoce. Es lo que el escritor inglés Malcolm Muggeridge ha escrito de la Madre Teresa de Calcuta: “Ha vivido tan unida a su Señor que posee el mismo encanto que hacía que las multitudes se apretasen a Su alrededor en Jerusalén y en Galilea, convirtiendo Su simple presencia en un presagio de curación”. La reacción de quienes conocieron al fundador del Opus Dei e incluso de quienes sólo le han visto en película es a menudo algo similar. Les parece que están en presencia de alguien que se vació a sí mismo para llenarse de algo que supera las dimensiones de este mundo.

Una de las personalidades más destacadas de la moderna psicología, el profesor Viktor E. Frankl, de origen judío, describió así lo que tanto le había atraído del fundador del Opus Dei: “Si tuviera que decir lo que más me impresionó de su personalidad, me referiría sobre todo a la refrescante serenidad que emanaba de él y envolvía toda la conversación. Luego, al increíble ritmo con el que fluían sus pensamientos y, finalmente, a su asombrosa capacidad para sintonizar inmediatamente con su interlocutor”. Y añadía: “Monseñor Escrivá vivía totalmente, sin duda, en el momento presente, se entregaba a él por completo. En una palabra: para él, el momento presente poseía todas las cualidades de lo decisivo”.

Junto a sus cualidades personales, lo que más impresionaba a la gente era su predicación, clara, sencilla y, sobre todo, fiel al Evangelio y muy próxima a sus palabras. Solía ilustrar lo que decía con ejemplos y anécdotas, que enlazaba siempre con las enseñanzas de Cristo. Cuando se le escucha en alguna de esas “tertulias” filmadas no se tiene la impresión de verse arrebatado por una inteligencia privilegiada, sino simplemente humana. Los temas de su predicación eran siempre los mismos: sentido de la filiación divina, santificación del trabajo, amar al mundo sin ser mundanos, búsqueda y aceptación de la voluntad de Dios y confianza en la divina providencia. Todos estos temas iban siempre entrelazados con citas de las Sagradas Escrituras, de tal forma que cuando un crítico del Opus Dei -un académico- desencadenó un ataque contra Monseñor Escrivá basado en frases de sus homilías, resultó que muchas de ellas eran citas bíblicas.

Monseñor Escrivá consideraba que el Opus Dei formaba parte de ese proceso que estaba llevando a los laicos a asumir plenamente su papel en la Iglesia y a participar en su misión en cuanto tales. Estaba convencido de que una de las misiones del Opus Dei era acabar con la idea de la vida cristiana era algo exclusivamente “espiritual”, propio de gente pura, privilegiada, que se mantenía al margen de “las cosas despreciables de este mundo”. Creía que, con esa perspectiva, las iglesias se convertían en refugios de la vida cristiana y que “ser cristiano es, entonces, ir al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología eclesiástica, en una especie de mundo segregado que se presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común recorre su propio camino. La doctrina del cristianismo -añadía-, la vida de la gracia, pasarían, pues, como rozando el ajetreado avanzar de la historia humana, pero sin encontrarse con él”. Y argüía que, si el mundo ha salido de las manos de Dios, si Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza y ha depositado en él una chispa de su propia Luz, entonces la mente humana debe descubrir el significado divino de todas las cosas.

“¡Que no, hijos míos! -exclamaba-. Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible lo encontraremos en las cosas más visibles y materiales.

No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver -a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo.”

Cuando murió Monseñor Escrivá, el Opus Dei, que había empezado con un puñado de estudiantes universitarios, contaba ya con 60.000 miembros de 80 países. Como ya he señalado, Monseñor Escrivá estaba convencido de que el Opus Dei había nacido por voluntad de Dios. Para los católicos, esta convicción se ve reforzada por el hecho de que la Iglesia ha reconocido al Opus Dei en todas las etapas de su desarrollo. “Con grandísima esperanza, la Iglesia dirige sus cuidados maternales y su atención al Opus Dei, que -por inspiración divina- el Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer fundó en Madrid el 2 de octubre de 1928…”

“Desde sus comienzos, en efecto, esta Institución se ha esforzado no sólo en iluminar con luces nuevas la misión de los laicos en la Iglesia y en la sociedad, sino también en ponerla por obra; se ha esforzado igualmente en llevar a la práctica la doctrina de la llamada universal a la santidad, y en promover entre todas las clases sociales la santificación del trabajo profesional y por medio del trabajo profesional” (Constitución Apostólica Ut sit de Su Santidad Juan Pablo II, de 28 de noviembre de 1982).

El proceso de canonización de Monseñor Escrivá, apoyado por 69 cardenales y 1.300 obispos, prosigue su curso en Roma.

Durante su vida, Monseñor Escrivá fue víctima de calumnias y discriminaciones. Él siempre urgió a los miembros del Opus Dei a oponerse a estos males humanos. Tal vez donde mejor se ve es en Kenia.

Una “leyenda negra”

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

El Opus Dei: un nombre adecuado, con un punto de suspense. Un escritor experimentado en novelas de intriga difícilmente hubiera ideado un nombre mejor. En Italia es conocido que Mussolini, al poner en marcha su policía secreta, indicó que lo primero de todo era escoger el nombre. Quería uno que provocase inquietud y temor con sólo pronunciarlo.

Escogió OVRA pues, según los expertos, conseguía ese objetivo. Y parece que, sólo una vez elegida la palabra por razones fonéticas, se buscó atribuir las cuatro letras a iniciales de palabras que, puestas seguidas, tuvieran un significado coherente. Todavía hoy discuten los historiadores: «el significado de esas siglas no se ha demostrado aún, y cualquier interpretación es sólo una hipótesis», dicen las enciclopedias. Quizá sea «Opera volontaria repressione antifascismo», o bien «Opera volontaria repressione antifascista». Pero, ¿qué le importaba al Duce, que lo único que buscaba era un nombre con una resonancia siniestra, que se susurrase temerosamente sólo a oídos de plena confianza?

Pues bien, se da la curiosa casualidad de que -como sabemos- en España y en los países hispanohablantes, para designar al Opus Dei se dice con frecuencia «la Obra»: es la
Obra por excelencia. Y quien conoce esta lengua, sabe que la «b», en esa posición, suena muy parecido a la «v» italiana. Es decir: la «Ovra». No se puede negar: una homofonía inquietante, que quizá haya contribuido a forjar la «leyenda negra»…

Pero dejemos a un lado al sonido, para hablar del significado: Opus Dei, es decir, Obra de Dios. ¿No hay en este nombre una sombra de orgullo diabólico? Alguien lo ha pensado así e incluso lo ha manifestado con afán de polémica, incluso dentro de la Iglesia. «Estos españoles son unos megalómanos. Un vasco de Loyola, Ignacio, en el siglo XVI funda una orden religiosa y le llama “Societas lesu” (Compañía de Jesús). Como si sólo ellos estuvieran al servicio de Cristo y sólo ellos lo tuvieran como capitán. Un aragonés de Barbastro, Escrivá de Balaguer, en el siglo XX, va incluso más allá: llama a su fundación “la Obra de Dios”; es decir, la Obra divina por antonomasia. Peor incluso que los famosos “Dios está de nuestra parte”, de triste memoria (1). Se pretende identificar lo que un hombre -por muy santo que fueseha creado con la creación de Dios mismo. Nadie se había atrevido a tanto en su soberbia…».

Naturalmente, ante esta acusación (que acompaña al Opus Dei desde 1930, el año en que fue llamado así por vez primera, parece ser que después de una casual mención del confesor al joven Escrivá) los seguidores replican: llamarla «Obra de Dios» no es una muestra de soberbia sino al contrario, de humildad. Y traen a colación el origen y el sustrato teológico del Opus Dei. Es un argumento importante y volveremos a él, pero más adelante: cada cosa a su tiempo.

Continuemos con los nombres y descubriremos que también son sorprendentes la designación de los miembros: los «numerarios», los «supernumerarios», los «agregados»… Apelativos insólitos, elegidos por el propio fundador para separarse tajantemente, también en esto, de la tradición eclesiástica de los religiosos. Fue una preocupación constante de Escrivá (y éste será uno de los puntos principales que habrá que aclarar en este informe) la exigencia de preservar a cualquier precio la «laicidad» de los suyos; en la sustancia por supuesto, pero también en las apariencias. También en los nombres, por tanto, de los miembros y de los Centros.

Por ejemplo: para quien desconfía, o teme, o combate esta realidad eclesial (también desde ciertos ambientes católicos, como ustedes saben), el lugar privilegiado de la pesadilla está donde el cerebro y el corazón del monstruo piensan y palpitan. Y esto sucede en el barrio preferido de la burguesía romana de antes de la última guerra, en las verdes laderas de los llamados «Monti Parioli».

En el número 75 de viale Bruno Buozzi -en el Parioli, como decía-, tras una sólida pero bastante anónima fachada de los años cincuenta-sesenta, se encuentra el complejo edificio construido durante los treinta años de residencia romana del beato Escrivá, y donde ahora reside su sucesor, el «Prelado». Es decir, el actual jefe de lo que, en terminología oficial, es la «Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei».

Pues bien, esta sede del cuartel general desde el que el obispo-prelado maneja los hilos mundiales de la organización (y donde yo mismo, que es lo que nos ocupa, he tenido la no frecuente oportunidad de mantener con él un largo coloquio), no ha sido llamada con un nombre religioso ni ha sido puesta bajo la protección de un santo o de una advocación mariana, como sucede en todas las Ordenes, Congregaciones e institutos católicos. Nada de esto: la casa madre fue bautizada, de modo laical, «Villa Tevere».

Detrás de estos edificios se encuentra la sede de la dirección, también mundial, de la sección de mujeres, que -ajena a todo «devocionalismo»- se conoce con la burocrática denominación de «Villa Sacchetti», tomada del nombre de la calle a la que se orientan los edificios.

¿La residencia universitaria para chicas, situada en un elegante chalé estilo liberty al otro lado del Tíber? Sin un gran esfuerzo de imaginación, «Villa delle Palme», por los dos inhiestos árboles que crecen en el jardín.

¿El edificio del EUR, donde me hospedé durante mis investigaciones por Roma y alrededores? Un anónimo «Residenza Universitaria Internazionale». ¿Y -por señalar alguna- la residencia de Palermo? «Residenza Universitaria» también ésta, pero «Mediterránea». Y así en todos lados, en cualquier parte del mundo. He consultado guías y publicaciones internas: no he encontrado ni una sola casa, Centro, «Obra corporativa» del Opus Dei que, en el nombre, exprese una realidad «religiosa».

El gran Centro de formación profesional para jóvenes trabajadores del barrio romano del Tiburtino, del que hablaré más adelante, y del cual el Opus Dei garantiza oficialmente la orientación doctrinal y espiritual, se llama ELIS, siglas de «Educazione, Lavoro, Istruzione, Sport». La «religión», como se ve, ni se nombra: se esconde detrás de esas otras actividades.

En los años veinte, en Italia, el grupo animado por el Padre franciscano Agostino Gemelli erigió una universidad que no sólo se llamó «Católica», sino que a ese adjetivo añadió «del Sagrado Corazón». El ateneo del Opus Dei en Pamplona (también de éste hablaremos con amplitud) nació en cambio con el simple nombre de «Universidad de Navarra», y así se ha quedado y quedará, sin referencias religiosas en su nombre. Y esto a pesar de que el contenido está muy claro, sin posibilidad de equívocos, a tenor del segundo punto del Ideario de la Universidad, que dice: «Es una obra corporativa del Opus Dei; y el espíritu del Opus Dei impregna y anima su vida y actividad, fomentando en quienes la componen, en pleno respeto de la libertad de las conciencias, el amor a la Iglesia y al Papa, y a su Magisterio; y una unidad de vida coherentemente cristiana, así como una exigente práctica de las virtudes humanas». En resumen: un guante de «laico» terciopelo que cubre una mano de catolicísimo acero.

Entre otras cosas, esta decisión de evitar nombres «religiosos», de escogerlos siempre «neutros», o al menos no inmediatamente clasificables, es uno de los muchos motivos que pueden explicar las sospechas de mimetismo, cuando no de secretismo «masónico» o incluso de clandestinidad delictiva (ni han faltado ni faltan acusaciones de este tipo) que acompañan desde siempre al Opus Dei.

El Opus se ha esforzado por ser «laico» también al nombrar a sus miembros: numerarios, supernumerarios, agregados.

El siglo pasado, don Bosco -un santo que, por fortaleza, inteligencia, determinación inflexible en la búsqueda de su objetivo e influencia en la vida de la Iglesia, tiene tantas cosas en común con el beato Escrivá- también inventó para los suyos unos nombres distintos de los tradicionales. De hecho, el jefe de los salesianos no se llama, como en las otras familias religiosas, «superior general», sino «rector mayor». Para el gobierno local, en lugar de las habituales «provincias» se inventaron las «inspectorías». A pesar de ser religiosos según el derecho canónico, los sacerdotes salesianos evitaron el apelativo de «padre», haciéndose llamar «don», como los sacerdotes seculares. Pero esos nombres no eran más que una escamotage de esa fina cabeza de don Bosco (aconsejado en secreto -hay que decirlo todo- por los mismos políticos liberales y masones que se presentaban oficialmente como «perseguidores») para evitar las supresiones, las confiscaciones, las vejaciones de los gobiernos del siglo pasado frente a las «instituciones clericales». Es decir, detrás de la fachada «laica» de la Sociedad salesiana (como de otras comunidades de hombres y de mujeres nacidas en ese siglo XIX que no tiene parangón por el número de fundaciones católicas que nacieron en aquel tiempo: la persecución siempre ha hecho bien a la Iglesia y a los cristianos…), no dejaba de estar la tradicional realidad religiosa: velada verbalmente sólo por necesidad.

No sucede lo mismo en el Opus Dei, cuyo fundador repitió siempre: «Amamos y estimamos a los religiosos (para entendernos: los frailes, los monjes, las monjas, los miembros de las congregaciones y de los institutos que han pronunciado los tres votos tradicionales de «pobreza, castidad y obediencia» y habitualmente viven en común, sometidos a una regla, N. del A.), pero nosotros no lo somos y ninguna autoridad en el mundo -ni siquiera la de la Iglesia- podrá obligarnos a serlo».

Es una explicación decisiva pero, a primera vista, bastante desconcertante. ¿Cómo es posible?, podrían preguntarme ustedes y tantas otras personas poco familiarizadas con estas realidades. ¿Dicen que quieren vivir seriamente las exigencias de la religión y rechazan ser llamados «religiosos»? ¿Es posible que sean «laicos»? Pues sí: precisamente laicos, replico yo, para vuestra mayor confusión. Déjenme espacio y tiempo e intentaré explicárselo.

De momento, nos seguiremos fijando en las apariencias lingüísticas, en al sonido de las palabras, más que en significados teológicos y en distinciones canónicas, «Numerario, numeraria, supernumerario, supernumeraria, agregado, agregada», en lugar de «hermano», «hermana», «profesos», «legos» y términos por el estilo: palabras tomadas del mundo académico y de la terminología de los funcionarios estatales españoles.

Como escribe una publicación interna y «autorizada»:

«Para designar a los miembros en las diferentes situaciones de la Obra, se utiliza una terminología corriente en otras instituciones (profesores, académicos, funcionarios, etc.)».

En efecto, un «numerario» en las universidades españolas y en las hispanoamericanas corresponde a lo que en Italia se llama «Profesor ordinario»; también es, en esos mismos países, un grado funcionarial en la administración pública.

Sin embargo, se da el hecho, curiosamente imprevisto, que la palabra remite, al escucharla, al «numerario» entendido no como adjetivo, sino como sustantivo, que significa, como dicen los diccionarios, «el conjunto de moneda en papel y en metálico». Es decir, una referencia involuntaria al dinero; una rima particularmente «peligrosa», ya que la sospecha de grandes riquezas y de oscuras maniobras financieras del Opus Dei está presente en la mente de muchos. La etimología de «numerario» hace referencia también al inquietante anonimato de clubes reservadísimos, de sociedades secretas cuyos miembros no aparecen con su nombre sino con un número, un código, un lenguaje cifrado.

En definitiva, comprenderán que decir «un fraile franciscano», un «padre jesuita», un «inscrito en Acción Católica» o un «hermano de San Vicente» es una cosa, y otra muy distinta decir «un numerario de la Obra». Los nombres son importantes; especialmente hoy, cuando las apariencias, el look (también el lingüístico) importan más que la realidad, que el ser. Ciertamente, ni el nombre -Opus Dei- ni esos términos utilizados para distinguir a los miembros han creado un clima de sospecha, pero sí pueden haberlo confirmado y alimentado.

En cualquier caso, el hecho es que en una imaginaria galería contemporánea, la criatura de Escrivá tiene un puesto fijo -y de categoría- en la sección «fuerzas oscuras», «mandos ocultos», «poderes invisibles», «grandes hermanos», «superiores desconocidos».

La obsesión del complot, la pesadilla de la conjura, están entre las constantes de la historia de siempre, pero han asumido una importancia creciente, con aspectos incluso delirantes, en estos tiempos nuestros que, sin embargo, desearían ser «racionales». No es casual que, entre las nuevas especializaciones del periodismo, haya nacido la del dietrólogo: uno que, cuando sucede algo (siempre que sea negativo, claro está), sale en busca de «quién está detrás», lanzándose a hipótesis sin ningún tipo de fundamento. Tanto es así, que uno de los dogmas indiscutidos e indiscutibles de ahora reza así: «detrás» siempre hay alguien.

Las antiguas creencias en el diablo cumplían un papel de higiene social en modo alguno irrelevante: era una especie de saludable válvula de escape que probablemente evitaba muchos más problemas de los que creaba. Todo lo negativo a lo largo de la gran historia de la humanidad, y también de la pequeña historia de cada hombre, se atribuía a la influencia maléfica. Se combatía sobre todo con oraciones, exorcismos, ejercicios ascéticos. Y también con la vigilancia y, si era necesario, con el enjuiciamiento y el aislamiento de los que mantenían tratos con el Enemigo, con el «Padre de la mentira» y «Sembrador de cizaña». Este último procedimiento era verdaderamente excepcional y, desde luego, mucho menos cruento de lo que proclama la manipulación de la historia, que tira por elevación: los pocos meses del Terror jacobino de 1793 ó un sólo año de purgas estalinistas causaron infinitamente más víctimas que todos los numerosos siglos «inquisitoriales».

Desaparecida la creencia en el diablo, el problema fue: ¿a quién atribuir la responsabilidad de un mundo que se obstina en no andar por el buen camino, a pesar de los consejos de moralistas laicos, los planes de paraísos terrenales diseñados con escuadra y cartabón por intelectuales, las utopías de visionarios, las ideologías que se autoproclaman redentoras, las reformas (y después las reformas de las reformas) y las revoluciones? ¡Tiene que haber un culpable del desorden y del mal en el mundo!

De aquí nace la obsesión por el complot, por la quinta columna, por el Gran Hermano que manejaría a escondidas los hilos de la historia. Con este razonamiento, los burgueses de la revolución francesa cortaron la cabeza a los aristócratas; los leninistas fusilaron a los burgueses; los nazis la emprendieron con los judíos; los fascistas contra los masones; los liberales atribuyeron todo lo nefasto a los comunistas… En estos dos últimos siglos de separación de la tradición y de la fe cristianas, el puesto del diablo, de sus hechiceros, de sus brujas, se ha atribuido siempre a alguien. Con peligrosas (e incluso sanguinarias) consecuencias en cada caso.

En la fase actual de «cultura dietrológica», ese «alguien» está representado (aunque no de manera exclusiva, como es lógico) por el Opus Dei y sus numerarios y supernumerarios, ocultos y persuasivamente astutos. Algo razonable, concorde con cualquier estrategia diabólica que se precie.

Sin salir del ámbito italiano (aunque la demonización de la Obra es un hecho internacional, común en todo el Occidente, tanto en Europa como en América), les recuerdo alguno de los muchísimos ejemplos que podría citar, escogidos de entre los más recientes. Los habrán visto también ustedes en los periódicos.

Otoño de 1992, congreso de la Internacional Socialista en La Haya. Perseguido por los jueces milaneses a causa de la corrupción de su partido, presintiendo que pronto será obligado a dimitir de su cargo de secretario general del PSI, el onorevole Bettino Craxi se desahoga con los periodistas. Se proclama «víctima de oscuras maniobras» y declara textualmente: «hablan de masonería. Y entonces, ¿qué es el Opus Dei? Basta echar un vistazo y te susurran: ese es del Opus Dei. Esos son los verdaderos secretos (…). Pero yo reacciono…».

Primavera de 1993. Los jueces tienen esta vez en el punto de mira al Gran Oriente de Italia, pues sospechan que encierra corrupción, distintas ilegalidades y maquinaciones. Acribillado por mandatos de búsqueda y captura, el Gran Maestro denuncia -¡también él!- las archisabidas «oscuras maniobras»: «es un complot del Opus Dei, que es la verdadera, omnipresente, potentísima sociedad secreta. Nos atacan a nosotros para distraer la atención de los opusdeístas».

Verano del mismo 1993: misteriosas explosiones nocturnas de coches-bomba en Milán y en Roma matan a varias personas y destrozan monumentos famosos. Una de las revistas de información que se consideran más prestigiosas revela a los lectores -en un reportaje que define como «investigación exclusiva»- que una de las pistas más seguras conduce al Opus Dei (definido textualmente por esa publicación como «un poderoso brazo financiero y de negocios de la Santa Sede»). El Opus Dei habría encargado atentados contra San Juan de Letrán, catedral del Papa, y contra otros venerados edificios religiosos, para lanzar una advertencia al Vaticano, culpable de alejarse de la Democracia Cristiana más corrupta… Según otra «corriente de pensamiento», la Obra no fue quien puso las bombas, sino su objetivo; y esto por «razones» inteligibles sólo para los dietrólogos que las han escrito.

Si se sigue la prensa, se puede encontrar de todo. Por ejemplo, entre otros muchos recortes de prensa que tengo sobre mi mesa, hay uno de Gran Bretaña.

En enero de 1993, «The Economist» -que comenzó sus pasos en 1843 y es considerado uno de los más serios e informados periódicos del mundo- publicaba una «guía» a los «good networks», que podríamos traducir como «ambientes escogidos»: distintas masonerías, órdenes de caballería exclusivas, sociedades más o menos secretas.

Lógicamente, aparecía el Opus Dei, que en la mencionada clasificación obtenía la calificación más alta -un «cinco»- por la «fuerza de sus convicciones». Algo menos -un «cuatro»- por su organización. Y después un «tres» en secretismo. Resulta significativo -y, en el fondo, gratificante para el Opus Dei, si esa presunta investigación fuese rigurosa- el «uno», es decir, la nota más baja, en exclusivismo. De este modo, una fuente inesperada confirma lo que el Opus Dei repite siempre: que cualquier hombre o mujer -con tal de que sea llamado por Dios- puede entrar a formar parte del Opus Dei de pleno derecho, cualquiera que sea su status social.

En cuanto a la fiabilidad de la fuente, no se debe pasar por alto lo que el mismo «The Economist» afirma, con la apariencia de una información seria: «Los extraños pueden descubrir a los miembros secretos del Opus Dei observando algunas pequeñas señales significativas». ¿Como cuáles? Los periodistas londinenses son tan profesionales e informados que pueden desvelarnos uno, quizá el más reservado de

todos: «a whíff ofAtkinson’s cologne, the favourite ofEscrivd, is a good giveaway» (el olor, la fragancia de colonia Atkinson, la favorita de Escrivá, es un signo revelador…).

Puede parecer que bromeo, pero les aseguro que no es así (de lo contrario, ¿qué clase de periodista-detective sería?). Para recordar -más aún, para conocerla ex novoqué olor particular tiene la colonia Atkinson, compré un frasco en la perfumería y la «esnifé» abundantemente. Desde entonces, durante esta investigación me he acercado a decenas y decenas de hombres y de mujeres de la «sociedad secreta», pero nunca -de verdad, nunca, les doy mi palabra…- he tenido al alcance de mi nariz ese giveaway, ese signo revelador…

No me alargaré, ya que la situación es conocida y muy clara: con mucha frecuencia el fax de la oficina de información de la Prelatura remite precisiones y desmentidos a diarios que atribuyen al Opus Dei prácticamente de todo: desde atentados y masacres, a la propiedad de bancos (se ha convertido ya en un movimiento instintivo ver a los «gnomos del Opus Dei» en la trastienda de todas las operaciones financieras de categoría, en especial si son fraudulentas); desde la muerte imprevista del Papa Luciani (hay muchos libros sobre eso), a los golpes militares en Sudamérica. Por no hablar, como es evidente, cuando han pasado ya casi veinte años de la muerte de Francisco Franco Bahamonde, de las reiteradas acusaciones de colaboración con el régimen del Caudillo por ansia de poder y de dinero.

Como muy bien se recuerda en Italia, algunos partidos de izquierda del parlamento italiano -excitados por una insistente campaña de prensa guiada por el semanario «LEspresso»- pidieron al gobierno en febrero de 1986 que aplicase al Opus Dei la ley dictada en 1982 contra las sociedades secretas. Esa ley se había aprobado con grandes prisas para intentar superar el escándalo de la «Propaganda 2», la P2: una logia totalmente legal y reconocida (y no una corriente desviada, como intentaron hacernos creer) de la «familia» hegemónica -la llamada del «Palacio Giustiniani»- de la masonería italiana.

Para responder a los que interpelaron al gobierno, Oscar Luigi Scalfaro, ministro del Interior en aquel momento, investigó durante casi un año. Incluso el Vaticano fue requerido para que presentara aclaraciones y documentos. Finalmente, el 24 de noviembre de aquel 1986, el futuro presidente de la República italiana se presentó a la cámara con un voluminoso dossier, que era una especie de tratado sobre el asunto. Tanto es así que, para que fuese más fácil seguir su intervención, llena de citas y de referencias, había solicitado algo sin precedentes: que el texto se imprimiese y se distribuyese a los parlamentarios, para que pudieran contar con su propio ejemplar. En resumen, casi un competidor de este informe mío: una verdadera «investigación sobre el Opus Dei».

Pero en Italia, salvo algún experto en el asunto, casi todo el mundo fue víctima del extraño modo’en que la prensa entendió esa información. Quienes durante meses habían dedicado páginas y páginas a la campaña contra el Opus Dei, presentado como refugio de secretos político-financieros, liquidaron en pocas líneas el texto al que el pobre Scalfaro y sus colaboradores habían dedicado tanto tiempo y esfuerzos.

Con títulos a una columna, se limitaron a informar de que el gobierno había defraudado las expectativas de transparencia, justicia y limpieza del «polo progresista», e insinuaron no pocas veces que el asunto no podía haber acabado de otro modo, teniendo un «beato» como Scalfaro en el ministerio del interior. También se difundieron rumores sobre una presunta injerencia de un Estado extranjero -la Ciudad del Vaticano- en los asuntos internos italianos, para despistar, acallar, impedir intervenciones de los jueces y de las autoridades administrativas contra su «poderoso lobby financiero». (No es superfluo recordar, sin embargo, que el presidente del Consejo de ministros -garante y responsable último, según señala la Constitución, de la respuesta del Gobierno- era entonces Bettino Craxi, precisamente ese que se lamentaba de la «omnipresencia» del Opus Dei, y no precisamente conocido por sus inclinaciones clericales. Al menos él no es sospechoso, ¿no?).

Por eso, es interesante -y casi inédito, dadas las reticencias del media-system- que recoja aquí las conclusiones de la larga y docta disertación del ministro del Interior de la República italiana. Aquel día, Scalfaro concluyó sus abundantes folios con las siguientes palabras: «Llegados a este punto, sólo queda señalar las conclusiones: el Opus Dei no es secreto ni de derecho ni de hecho; el deber de obediencia (al que están obligados sus miembros) se refiere únicamente a materias espirituales; no hay otros derechos y deberes más que los previstos en el Codex iuris particularis del Opus Dei, que también son de naturaleza exclusivamente espiritual; ningún derecho ni deber del viejo régimen canónico de la Institución, si no está previsto en el nuevo, permanece vigente tras la institución de la Prelatura. Por consiguiente, ni el Gobierno, ni el Ministro del Interior en particular, pueden legítimamente asumir iniciativas relativas al Opus Dei o disponer investigaciones o controles sobre él. De hecho (sobre la base de los preceptos de la Constitución y de los derechos fundamentales de libertad que ésta garantiza; sobre la base del Concordato -solemnemente reafirmado con el acuerdo de Villa Madama de 1984- al pleno respeto del principio de soberanía e independencia de la Iglesia católica; sobre la base de los estatutos que regulan la Prelatura; sobre la base, por último, de las declaraciones de la Santa Sede que, como he dicho, representan su postura oficial y son de obligado cumplimiento también para la Prelatura), la investigación y el control del gobierno, al no poder justificarse en algún elemento de hecho que constituya el más mínimo indicio, se convertirían en una inadmisible intromisión en el derecho de libertad del ciudadano y en una inadmisible injerencia del Estado en el funcionamiento interno de la Iglesia. La paz religiosa, propuesta como valor supremo cuando la Asamblea constituyente discutió y votó el artículo 7.0 de la Carta constitucional, se realiza respetando las palabras y el espíritu de aquella norma en un contexto esencial de verdad, único fundamento de justicia y de paz».

Deben de haber sido motivos profundos los que han llevado al olvido a estas solemnes palabras de un ministro en el parlamento (que no mucho tiempo después le mostraría su estima eligiéndolo jefe del Estado, con mayoría de dos tercios). Lo mismo ocurre con los desmentidos, las precisiones, las protestas de los cireneos de la oficina de prensa de la Prelatura, obligados todos los días a recomenzar los trabajos de Sísifo, poniendo en marcha su fax. No hay nada que hacer: la sombra de la Obra como «grupo oculto» permanece entre los condimentos indispensables para aderezar las hipótesis sobre cualquier asunto tenebroso (bastaría recordar la hipótesis difundida por muchas publicaciones de todo el mundo, según la cual el asesinato del banquero Roberto Calvi bajo el puente de Blackfriars en Londres fue ordenado por algún numerario, o desde la «guarida» de viale Bruno Buozzi).

En realidad, la estrategia del Opus Dei (estrategia marcada por su fundador desde los primeros tiempos: las agresiones comenzaron cuando la Institución no era más que un pequeño grupo de jóvenes alrededor de un joven sacerdote, en la España prerrevolucionaria de los años treinta) consiste en no responder a los ataques con contraataques. Como observa un estudio reciente: «no hay un solo libro -de la Obra en cuanto tal o de uno cualquiera de sus millares de miembros- que se haya escrito contra alguien o contra algo».

En definitiva, sus miembros no reaccionan ante los ataques con las mismas armas de la polémica, sino que intentan disipar los equívocos aclarando «qué es», cómo funciona y qué pretende el Opus Dei.

Y si después los «otros» no entienden (y he comprobado que en la Obra no convierten eso en un drama), el beato sugirió un programa para reaccionar ante los ataques, sintetizado en tres verbos: «rezar, sonreír, perdonar».

Solía recordar las palabras del evangelio: «no es el siervo mayor que su amo. Y si a éste le han llamado Belcebú, si sobre él han echado todo tipo de calumnias, ¿podrá suceder otra cosa con sus seguidores?». Al final de la única -me parece- rueda de prensa de su vida, en Pamplona, monseñor Escrivá se despidió así de los periodistas: «No quiero saber qué escribiréis. Si es la verdad, Dios os lo pagará. Si no es así, rezaré por vosotros. Por tanto, en cualquier caso saldréis ganando…». No da la impresión de que ha salido perdiendo el Opus Dei, que -en su desarrollo constante, en todos los ambientes y en todos los países- no parece que se haya resentido por los ataques. Es más, como sucede normalmente, podría haberse reforzado su espíritu de cuerpo; pero es algo que no se pretende, porque el Opus Dei quiere estar abierto al apostolado, con sus miembros presentes en la sociedad como ciudadanos «normales», no como miembros de una capillita que se complazca en considerarse «perseguida».

No se debe pensar, sin embargo, que los ataques, sospechas y rumores vengan sólo de «fuera», de «ambientes laicistas» que chocarían contra las tropas de un mundo católico desplegado para defender al pobre Opus Dei, mártir de la malicia de los ateos. Todo lo contrario; las suspicacias y los ataques a la Obra, cuando ésta estaba aún en pañales, vinieron principalmente de ambientes eclesiales (sobre todo de religiosos españoles, quizá más por el desconcierto y el miedo a la novedad que por mala fe), y está probado que la «leyenda negra» nació en el milieu clerical, y de allí pasó a otros ambientes. Pero todos los argumentos utilizados después han sido preparados antes por católicos. Este clima continúa aún en ciertos círculos.

Por señalar un ejemplo de estos reproches «internos», escojo uno de los «instrumentos de trabajo» más recientes -es de 1992- y en cierto modo más oficiosos (y por consiguiente más moderados y objetivos: la edición y la adaptación italiana a la tercera edición alemana ha sido dirigida por uno de los más importantes editores católicos) utilizados en la Iglesia de hoy. Se trata del Dizionario storico del cristianesimo de Andresen-Denzler. La voz Opus Dei (singularmente breve, por otra parte: a esta realidad del catolicismo de hoy, imponente aunque fuera sólo en el plano cuantitativo, se dedica la mitad de espacio que a la voz «josefinismo», por poner un ejemplo; y el mismo espacio que a las «beghinas», un fenómeno eclesial extinto al principio del siglo XIV ..), después de haber advertido al lector de que se trata de una realidad eclesial «tradicionalista en el campo religioso» (es curioso que hoy, en una Iglesia fundada sobre la Tradición -los evangelios no son otra cosa que eso-, el adjetivo correspondiente sea considerado como una especie de marca infamante), señala que «ha sido siempre objeto de vivas polémicas». Y añade: «Algunos exaltan la fuerza vital y la espiritualidad de esta «elite laica del catolicismo», mientras que otros califican a la institución como la cumbre de la restauración, que busca la respuesta de todos los problemas de la vida privada y pública sólo en la fe, y niega por tanto la autonomía a los demás sectores de la cultura». Bastante singular esto de que, para unos cristianos, sea una culpa el poner a la fe en el centro de la vida, y buscar allí las respuestas que la guíen o al menos la orienten.

Este prestigioso Dizionario storico del cristianesirno -objetivo y benemérito en otros aspectos-, concluye del siguiente modo (in cauda venenum…): «Han suscitado rechazo el estrecho vínculo mantenido con el régimen franquista y, en general, su simpatía por los partidos de derechas». Fin de la voz. Y con esto -sin el menor intento de profundización, aceptando como indiscutibles informaciones semejantes-, la Obra está servida, para uno de los libros de consulta usados oficialmente en la formación del clero y en las escuelas de teología para laicos católicos.

En este mismo mundo católico (y también en el laico, que retorna sus argumentos en contra), quien pretende justificar la desconfianza -cuando no la hostilidadcontra el Opus Dei, cita como precedente un episodio que cumple treinta años justo en el momento en el que estoy escribiendo.

Con una especie de tormenta constantemente renovada, se recuerda la actitud crítica hacia esta Obra incluso por parte de Hans Urs von Balthasar, el jesuita suizo que pasó (a petición propia) al estado de sacerdote secular, considerado por muchos como uno de los más grandes -y de los más discutidos- teólogos católicos de este siglo. Durante el pontificado de Juan XXIII (a quien sólo una tenaz e interesada instrumentalización pretende transformar -contra cualquier verosimilitud histórica- en un «progresista», en un papa «de izquierdas»), von Balthasar, sospechoso de excesiva «apertura», cayó en desgracia y no fue llamado a participar en los trabajos de las comisiones teológicas conciliares. En el post-Concilio la situación cambió, y el presunto progresista fue tomado -también abusivamente, por lo que parececomo un «conservador». Así, sus fans de antes se convirtieron en sus adversarios. Y al revés.

El hecho es que se convirtió en un protegido de Juan Pablo II, quien en 1984 hizo que le concedieran esa especie de Nobel vaticano que es el premio Pablo VI, y en 1988 le nombró cardenal (pero el estudioso murió pocos días antes de viajar de Basilea a Roma, donde le iban a imponer el capelo cardenalicio).

Gran teólogo, extraordinario erudito, sacerdote de vigorosa vida cristiana, la personalidad de von Balthasar presentaba también aspectos singulares y quizá contradictorios.

Yo mismo (no hablo de esto por afán autobiográfico, es un modo de intentar entender el problema que nos ocupa) me vi involucrado en una difícil situación por un comportamiento suyo desconcertante, a causa de una entrevista que le hice en otoño de 1985 y que ocupó dos páginas enteras en el diario católico «Avvenire». La entrevista provocó muchas reacciones en toda la Iglesia y fue traducida a varias lenguas y difundida en forma de separata. Una difusión en la que -así me lo aseguraron- participó incluso el Papa, que encargó una versión en polaco y parece que la distribuyó a los connacionales que invitaba. Había quedado muy satisfecho de ese suizo, que le defendía de los ataques -en aquellos días particularmente virulentos, aunque ya habitualesde otro suizo, el teólogo disidente Hans Küng.

Algunos días más tarde, por sorpresa (sin advertir a ninguno de los interesados), von Balthasar desmintió algunas de las afirmaciones centrales que hacía en aquella entrevista. Y lo hizo en uno de los más autorizados diarios alemanes, el célebre Frankfurter Allgerneine Zeitung. A pesar de esa táctica furtiva -confiando quizá en la escasa difusión de la prensa alemana en Italia-, el asunto suscitó inmediatamente ecos clamorosos por todas partes. Inmediatamente, el cronista que esto escribe envió al interesado y «a quien correspondía» (se me había pedido «desde arriba» una aclaración urgente) copia de las grabaciones que confirmaban que las palabras del teólogo habían sido transcritas con absoluta fidelidad. Tampoco se hizo esperar el testimonio del director del «Avvenire», que estuvo presente en la conversación que mantuve en Basilea con el teólogo, y que confirmó lo publicado.

Siguieron a este envío algunas cartas personales del profesor von Balthasar -que guardo en mi archivo-, la última de las cuales terminaba con unas afirmaciones confusas: «entiendo bien vuestra amargura y confieso mi sorpresa por lo que me decís sobre (mis) palabras en vuestras grabaciones (…) Ha sido culpa mía (…). Os pido que olvidemos este enojoso asunto, que ha provocado, a todos, tantas molestias…».

Si les cuento este episodio (que, por otra parte, no es privado, ya que dio lugar a una polémica de meses en la prensa internacional) es porque parece que en aquel gran erudito -algunos de sus libros son fundamentales para la Iglesia de nuestro siglo- se dieron notables oscilaciones, también en lo que se refiere al Opus Dei.

Los hechos se desarrollaron como veremos. En noviembre de 1963, en la Neue Zürcher Nachrichten (un pequeño diario suizo, que difundía unos pocos miles de ejemplares y que desapareció hace años), von Balthasar publicó un artículo con el título «Integrismo». Al mes siguiente, fue reproducido en su totalidad por la revista teológica de Viena Wort und Wahrheit (Palabra y verdad), mucho más autorizada y difundida.

En el artículo se mencionaba al Opus Dei como «una concentración integrista de poder en la Iglesia». Según el teólogo, el núcleo central del «integrismo» sería el intento de «imponer lo espiritual con medios mundanos». Hay que señalar que aquel artículo era la continuación de otro en el que, criticando a Theilard de Chardin, von Balthasar marcaba sus distancias con el «progresismo» clerical. Con otras palabras, una condena tanto a las «izquierdas» como a las «derechas» clericales, y en este último grupo incluía a la Obra, aunque -lo confesará más tarde, como veremos- en aquel momento casi no la conocía, ya que la Institución estaba dando sus primeros pasos en la Suiza de habla alemana. Su juicio negativo se basaba casi únicamente sobre el análisis de algunos puntos del libro de Escrivá Camino, juzgado como una espiritualidad no suficientemente profunda para una Obra con miras universales.

Fue bastante sencillo para los miembros del Opus Dei mostrar de modo incontrovertible (presentando, por una parte, las palabras auténticas de Camino, y por otro, las criticadas por el teólogo) que el texto había sido forzado, sacando las frases de su contexto, uniendo unas con otras de modo abusivo, y suprimiendo algunas que explicaban las afirmaciones precedentes. Es decir, se había tratado de un asunto como el que mencionaba Joseph Fouché (al menos muchos lo atribuyen a él, aunque algunos lo refieren a otro), el astuto ministro francés de policía, útil para cualquier clase de régimen: «Dadme un texto cualquiera de alguien y yo, cortando y pegando adecuadamente, encontraré las pruebas suficientes para conducirle a la guillotina…».

Desde entonces -y han pasado ya treinta años-, no hay debate sobre la Obra en el que no se mencione aquel juicio negativo, usado también en la batalla por la beatificación de Escrivá, de la que hablaremos en seguida. La argumentación es ésta: ¿cómo puede el Opus Dei no ser «integrista», de «derechas», «tan poderoso como oculto», si hasta un amigo del Papa polaco, que a su vez es amigo del Opus Dei, ha marcado claramente las distancias? Una auténtica losa, de la que parece difícil que se libren los infortunados discípulos de Escrivá. Así piensan también, con cierto embarazo, católicos sinceros a los que les gustaría mirar sin prejuicios o incluso con simpatía a la institución fundada por el beato español.

Como cronista que busca cumplir con su misión (y precavido -debo confesarlo- por mi desconcertante experiencia personal con el Maestro de Basilea), quise examinar íntegramente el dossier del asunto, sin quedarme en la superficie, como se han quedado tantos -salvo, naturalmente, los del Opus Dei- durante decenios.

En el dossier hay, sobre todo, una sorprendente ausencia. El famoso artículo es de 1963, y su autor murió -en plena actividad intelectual, con una miríada de colaboraciones y de trabajos en curso (pocos hombres han escrito y hablado tanto como él)- en 1988. En esos veinticinco años, en los centenares -si no millares- de textos que firma, von Balthasar no sólo no escribe -ni habla- una sola palabra contra el Opus Dei, sino que parece que se retracta -también en esta ocasión…- de sus juicios. Por ejemplo, en 1984 escribió a un sacerdote de la Prelatura: «Hace más de diez años, en una ocasión critiqué Camino (¡no al Opus Dei!), porque me parecía insuficiente como espiritualidad, para una obra tan enorme. Desde entonces, no he dicho una sola palabra contra el Opus Dei».

Dos años después, el 19 de diciembre de 1986, en una carta sobre el mismo asunto dirigida a Hans Thomas, otro miembro de la Obra, confiesa: «Entonces (en 1963, N. delA.) no conocía a sus miembros en modo alguno».

Pero estos documentos «privados» ceden en importancia ante un decisivo testimonio público de 1979, que nunca citan los críticos, como sería honrado por su parte. La misma honradez impone al mismo tiempo reconocer que difícilmente podría ser citado, ya que el diario en que debería haber aparecido no quiso publicarlo.

El periódico en cuestión es el diario que muchos consideran el más serio de Suiza y es mencionado siempre en todas las reseñas internacionales: la Neue Zürcher Zeitung, órgano tradicional del radicalismo laicista.

Von Balthasar remitió una carta a ese diario y, en vista de que el director no quiso publicarla, envió una copia autógrafa a los responsables suizos de la Obra, que conservan el documento. En esa carta, el teólogo escribió: «En la “Neue Zürcher” de enero de 1979 ha aparecido un violento ataque contra la actividad del Opus Dei en Zürich que no me parece digna de un periódico que recientemente ha sido galardonado con el premio Erasmo -¡el premio de los grandes conciliadores!-, y en el que se me presenta como principal testigo contra la citada organización. Afortunadamente, el autor precisa que se trata de un artículo mío aparecido en 1963 (en una revista que cesó de publicarse hace tiempo), pero ha olvidado decir que se trataba en realidad de una recensión de Camino, una obra del fundador del Opus Dei. No se trataba, por consiguiente, de un juicio sobre la obra de Escrivá en su conjunto (que entonces no estaba tan accesible como lo es hoy, del mismo modo que la espiritualidad que se vive en su fundación). Entonces, en 1963, tenía la impresión de que los consejos y las exhortaciones contenidas en Camino no podían ser suficientes como cimiento espiritual de una organización tan influyente, difundida por todo el mundo. Por falta de información concreta, no estoy en condiciones de emitir un juicio sobre el Opus Dei actual, pero hay algo de lo que estoy seguro: que muchas de las acusaciones (también las que el artículo de vuestro periódico alega contra la enseñanza de la religión por parte de miembros del Opus Dei) son sencillamente falsas y anticlericales».

Parece que, tras examinar una carta semejante, se requerirá más prudencia para desacreditar a la Obra diciendo que «hasta el teólogo más admirado por el papa Wojtyla puso a los católicos en guardia».

Una prudencia que deberá aumentar, después de haber leído el último documento del affaire. Se trata probablemente del último artículo del gran teólogo, aparecido poco después de su muerte, en el número de julio de 1988 de la revista teológica Diakonia. El artículo lleva por título «Integrismo hoy», y vuelve al tema del célebre texto de 1963. Un estudio amplio, donde Balthasar reexamina el fenómeno que veinticinco años antes creyó apreciar en el Opus Dei. En esta especie de testamento teológico, en vano se busca una referencia a la institución de don Josemaría: ni directa ni indirecta. Nada: ni una sola palabra…

¿Qué otra conclusión se puede obtener, sino que había cambiado de opinión, como ya le

Sea lo que fuera de von Balthasar y demás críticos, reales o presuntos, el 17 de mayo de 1992 Roma -que de atascos y tapones sabe lo suyo- conoció su longest day, su «día más largo», con la paralización casi total del tráfico. Y no sólo los vehículos de motor; quien allí estuvo recuerda que en ciertas calles y a ciertas horas, era difícil incluso desplazarse a pie.

Fue el efecto de la invasión de 300.000 personas para algunos, ó 400.000 para otros, llegadas por los más diversos procedimientos desde todo el mundo (a costa de su propio bolsillo) para asistir a la beatificación del venerable Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás en la plaza de San Pedro por parte de Juan Pablo II, pontífice romano feliciter regnans.

Si Bernini hubiera levantado la cabeza se habría caído redondo: sus 284 columnas, presididas por las 140 estatuas de apóstoles y santos, concebidas para abrazar la muchedumbre humana más grande que pudiera imaginar mente humana, se revelaron del todo insuficientes. Era quizá la primera vez que sucedía, en la historia tres veces secular de la plaza.

Tengo ante mí una foto tomada desde la cúpula. Todos los rincones de la inmensa explanada barroca están repletos. Pero no por una horda reunida sin orden ni concierto, ni por una masa humana. El espacio está dividido en zonas ordenadísimas, separadas por pasillos por los que circulan los encargados de los servicios de orden y de primeros auxilios. El mar de cabezas continúa a lo largo de la via della Conciliazione, hasta casi el lejano Tíber.

Una visión impresionante de fuerza tranquila, confiada en sí misma; un clima de fiesta bajo el sol italiano, en honor de un español, pero con unos esquemas de organización compacta que hacen pensar en algo nórdico o teutónico.

¿Recuerdan las famosas e inquietantes películas de Leni Riefenstahl: Der Triunph des Willens, sobre el congreso de Nüremberg; y Olympia, sobre la Olimpiada de Berlín (2)? Por favor, no se escandalicen pero las imágenes de aquel día me recordaron -y no sólo a mí- algo por el estilo. En las apariencias externas, se entiende, en el clima de disciplina (o mejor, de autodisciplina). Por lo que se refiere a las verdaderas intenciones, es un hecho objetivo, y no apologética fácil, que esa inmensa reunión estaba allí no para pedir la guerra sino la paz; no para odiar, sino para esforzarse en amar; no para reivindicar, sino para agradecer.

Creo que vale la pena recordarlo, en un mundo donde, cuando la gente se hace multitud, incluso «para divertirse», como en los estadios (por no hablar de comicios o de manifestaciones), es siempre para oponerse a alguien, para replicar a un antagonista, para gritar eslóganes hostiles.

Para llegar a aquella jornada y poder escuchar a un Papa que, con la autoridad apostólica que tiene conferida, inscribía al Padre en el elenco de los beatos; para poder convocar desde los cuatro puntos cardinales a aquella masa inmensa, al mismo tiempo festiva y ordenada; para llegar a esto, el Opus Dei tuvo que combatir una dura batalla. También, y quizá sobre todo, dentro de la Iglesia.

En los ambientes clericales se multiplicaron las maniobras y contramaniobras para intimidar al mismo Papa, para hacerle, al menos, retrasar la beatificación.

Traduzco lo que dice una crónica, un testimonio entre los muchos posibles: «En cuanto fue anunciado, en diciembre de 1991, que la solemne beatificación del fundador del Opus Dei tendría lugar el 17 de mayo del año siguiente, el hecho se transformó en noticia. De ordinario, las beatificaciones no son suficiente noticia para los periódicos, incluidos los católicos. En cambio (y sólo en este caso, en la historia reciente), algunos grupos pasaron a la acción para descalificar el proceso, para insinuar dudas sobre la figura del futuro beato y -por consiguiente- sobre el mismo Papa, sobre la objetividad y la legitimidad de la decisión de proceder a la ceremonia. Mucha carne se puso en el asador, con tenacidad y apoyos poderosos, para impedir, retrasar o al menos estropear la fiesta del 17 de mayo».

Alguien llegó incluso a amenazar a Roma con un cisma, considerando «escandalosa e intolerable la glorificación del Opus Dei en la persona de su fundador». Alguno puso al Papa ante una singular alternativa, aut-aut ¿por qué Escrivá sí y el papa Juan XXIII todavía no? (Esto, en el elíptico lenguaje clerical, quería insinuar que la Santa Sede premiaba la «restauración» y no el «aggiornamento»: recuerden la voz Opus Dei en el Dizionario del que hablé antes. En efecto, los contestatarios se escandalizaban por el retraso de la causa de beatificación del papa Roncalli y no de la de Pío XII, a pesar de que los procesos relativos a los dos Papas habían comenzado al mismo tiempo, para exaltar precisamente dos concepciones distintas del pontificado). ¿Por qué, añadían, se necesita tanto tiempo para otros candidatos, y sólo 17 años para este español?

Se discutió incluso acerca del milagro, exigido por la Iglesia como una especie de imprimatur de la santidad del candidato a los altares, que requiere estos signos divinos de aprobación antes de pasar de «venerable» a «beato» (y más tarde a «santo». La «curación inexplicable en el estado actual de la ciencia» (como reza la fórmula ritual) fue certificada, como es habitual, por un grupo de peritos de reconocido prestigio, nombrados por la Congregación vaticana para las causas de los santos. Sin embargo, para hacer algunas averiguaciones previas, la Obra había solicitado su parecer a dos especialistas de la Universidad de Navarra, ya que en la Clínica universitaria disponían de no se qué aparato científico. Esta colaboración con la Universidad cuyo Gran Canciller es el Prelado del Opus Dei fue malinterpretada por quien seguía el proceso con recelo, y se llegó incluso a hablar de manipulación, de «falso milagro», presentando al mismo Papa como engañado por un lobby de estafadores. Estos críticos, sin embargo, aparentaron desconocer que esos especialistas habían intervenido sólo en la instrucción de la causa como peritos de parte y que, por consiguiente, su dictamen (como sucede en cualquier proceso) fue sometido al juicio autónomo y secreto de los expertos de la Congregación vaticana.

De todos modos, no hay motivo de escándalo: quien no esté familiarizado con la vida de la Iglesia y no comparta la pasión que la anima, no sabe hasta qué grado de rudeza puede llegar el conflicto, hasta qué temperatura puede alcanzar la «ira teológica». No es algo bueno, naturalmente; pero, bien pensado, no está del todo mal que -en un mundo que parece no creer en nada- haya personas que se tomen tan radicalmente en serio las cuestiones religiosas. Entendámonos: si no se apasiona uno -incluso hasta el extremo- por semejantes asuntos, que afectan a nuestro destino último, ¿por qué cosas merecerá la pena enfadarse? Ante este tipo de cuestiones, ¿tienen verdadero sentido las disputas por cuestiones culturales, deportivas o incluso políticas, tan efímeras pero con tanto predicamento para la cultura moderna? No piensen que estos enfrentamientos en la Iglesia, a pesar de ser tan duros, impidan reconocerse unos a otros, a pesar de todo, hermanos en la fe común que les une. En la Iglesia, es posible discutir con vehemencia sobre las ideas y esforzarse por querer a las personas que las encarnan. Luchar en la plaza pública y darse la mano en Misa. Verdaderamente, extraño zoológico es éste.

¿Una Iglesia dividida? Así lo parece, pero quizá sólo gracias al espacio que los media dedican a los no muy numerosos pero sí muy ruidosos contestatarios. No es nada nuevo; ya en vida, Escrivá fue con frecuencia «signo de contradicción» dentro de la misma Iglesia. Amado, venerado o al menos respetado por muchos, contestado por otros, como sucede con cualquier personalidad, como es constante en la historia del cristianismo (sin excluir al mismo Jesucristo…).

Las exigencias de la objetividad obligan a señalar que la apertura del proceso de beatificación del Padre fue solicitada al Papa por más de un tercio del Episcopado mundial. Para ser exactos, firmaron y mandaron a Roma su «súplica» 69 cardenales, 241 arzobispos y 987 obispos. A ellos se unieron más de cincuenta superiores generales de las más prestigiosas órdenes y de las mayores congregaciones religiosas de la Iglesia. Una cosa nunca vista, tan novedosa como los casi ochenta mil relatos de «favores», «gracias», «prodigios» que habrían sido obtenidos por intercesión de monseñor Escrivá de Balaguer después de su muerte: una avalancha sin precedentes en los anales católicos.

Con un apoyo de tal calibre -de la jerarquía, pero también del pueblo- el Opus Dei hizo todo lo posible para vencer la «batalla de la plaza de San Pedro». «Sólo» 17 años, de los cuales menos de diez para lo que realmente fue el proceso: un tiempo largo para el mundo, singularmente breve para la Iglesia, aunque no es un récord sospechoso. A las críticas sobre lo reducido de los plazos, la Postulación de la Prelatura replicó que otras causas (como, por ejemplo, la de Francesca Cabrini, la santa de los emigrantes a América) habían ido a la misma velocidad, a pesar de que se habían desarrollado según las normas preconciliares, que preveían el doble de trámites que las normas establecidas con la reforma de la Congregación para las causas de los santos, realizada después del Vaticano II.

En aquellos años del «proceso Escrivá», se realizaron algo así como 980 sesiones de los tribunales canónicos. Los 92 testigos que conocieron al fundador Escrivá debieron responder a 265 preguntas comunes (y a otras muchas específicas a cada uno de ellos), que analizaban casi con rayos X prácticamente cada hora de cada día de la vida del candidato, para asegurarse de su total fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, en su conducta y en su modo de pensar.

Para mayor seguridad, se escuchó a los que estaban al otro lado de la barricada. Fueron interrogados también once ex-miembros, numerarios y supernumerarios salidos de la Obra de manera no siempre pacífica, incluso dando un portazo, con la consiguiente polémica. Hay que señalar, por tanto, que también la contestación ha tenido peso en el proceso. Como también la ha tenido la voz de los «neutrales»: a ese propósito, la mitad de los testigos fue elegido entre hombres y mujeres externos a la Institución.

A pesar de los pesares, la Obra sigue adelante, aunque con sus «orugas» recubiertas de goma. Un año después de la beatificación, en junio de 1993, el sacerdote de la Prelatura don Flavio Capucci, que había coordinado como postulador la compleja y laboriosa operación para llegar hasta la plaza de San Pedro, comunicaba que habían llegado «más de siete mil narraciones, todas ellas firmadas y comprobadas, de favores recibidos, en el mundo entero, por intercesión del beato Escrivá».

Como para llegar a la canonización -es decir, a la inscripción del nombre del que ya es beato en el Canon, el elenco oficial de los santos- se requiere otro «milagro», don Flavio Capucci informaba que la Postulación estaba trabajando para seleccionarlas. El proceso, por tanto, continúa, y son pocos los que tienen dudas de cómo acabará. Como confirmación del «movimiento popular» en torno a Escrivá, se informaba de que más de un millón de personas había participado en las misas celebradas en todos los continentes con motivo de la primera fiesta litúrgica del nuevo Beato. Flavio Capucci terminó con un dato, tomado de un artículo publicado en una revista española: «La polémica sobre la beatificación se estrelló, como un viejo aeroplano, en los aún más viejos muros de San Pedro».

Por vez primera, una desviación -por pequeña que fuera- en la estrategia de evitar incluso las bromas con sabor polémico. Pero quien conoce la consistencia de la Obra en sus intenciones, y la paralela consistencia de la agresión contestataria, se sorprenderá no tanto por la referencia «dialéctica», sino por la paciencia ejercitada durante tantos años y que se sigue practicando.

Los primeros años

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Josemaría recordará, muchos años más tarde, el día en que su padre le llevó a ver el primer avión. Aquello era una cosa tan rara que lo paseaban por las ferias de los lugares importantes. Don José dejó que se acercara para poder tocar aquel complejo armatoste hecho con telas, madera y alambres, y también para que pudiera ver cómo se elevaba, tras recibir un vigoroso impulso de la hélice.

Se inicia el desarrollo industrial, y las pequeñas capitales de provincia empiezan a recibir su colación de inventos y asombros de ingeniería. Un año es la lámpara de metal, que viene a deslumbrar las habitaciones desplazando a la ya exigua y primitiva de carbón. Otro, el primer automóvil que cruza las calles ensordeciendo con los estampidos del motor y la bocina.

Las hijas que han nacido en la casa de los Escrivá se llevan apenas un año y medio entre sí y han llenado el hogar de promesas y futuro. Mientras tanto, Carmen, la mayor, inicia su formación en el Colegio de las Hijas de la Caridad de Barbastro, sitio donde confluyen las amigas habituales de la pequeña ciudad. En esta etapa las labores femeninas ocupan un lugar preeminente, y es muy común hallar, entre los libros de lectura, latín y cuadernos de caligrafía inglesa, la lanzadera del «frivolité» y el mundillo con sus idénticos y numerosos bolillos para fabricar encaje. Adriana y Esperanza Corrales, Conchita Camps, Lola Bosch y Sabina Cortés son las amigas que frecuentan la casa de los Escrivá.

Josemaría comienza también muy pronto sus tareas colegiales. Alrededor de los cuatro años le llevan sus padres al Parvulario de las Hijas de la Caridad para que inicie las primeras letras. El pequeño está fuerte y desarrollado. Tiene un carácter vivo y bien dispuesto. Su hermana ha de frenar el dinamismo con que emprende, cada día, la ruta mañanera del colegio, porque coge a Carmen de la mano y baja corriendo las escaleras camino de la Plaza. Hay una monja que se ocupará de él en esta primera etapa: le enseñará a dar sentido a imágenes y símbolos. Es alegre, serio y afectuoso, este muchacho que llevan cuidadosamente vestido al aire de la época: blusón blanco y azul, pantalón marino hasta la rodilla y medias de listas, que se adentran en las pequeñas botas cerradas con botonaduras laterales. Aquí, en una clase grandota y soleada, la monja le irá contando, sobre láminas colgadas, los avatares y sentido de la Historia y la intervención de Dios en la vida de los hombres.

Pero mucho más intensa que la enseñanza diaria del colegio es la vida familiar, que le forma y le protege a través de la entrañable y ejemplar figura de sus padres. Josemaría camina por la casa siguiendo a doña Dolores por la minuciosa actividad de las faenas cotidianas. La ve organizando los trabajos del servicio de la casa y cuidando, con esmero, esas diarias cosas que casi forman parte del gesto familiar. Es testigo presencial de la ternura de su madre, del calor y de la entrega que hay en el trasfondo de su esplendidez, de su orden y elegancia. Por las mañanas y las noches, doña Dolores enseña a rezar a Josemaría, a dirigirse a Dios con amor y confianza. Sus padres llevan su mano trazando la primera cruz sobre la frente; le hablan de la Madre del Cielo, a la que debe querer y besar más aún que a la que tiene aquí, sobre la tierra. Le dicen despacio, para que repita y entienda la verdad de sus palabras, el ofrecimiento de obras que habrá de rezar toda su vida al acostarse y levantarse: «Todos mis pensamientos, todas mis palabras, y las obras todas de este día, te las ofrezco, Señor, y mi vida entera por amor»(8).

También trastea, cuando doña Dolores no le observa, y entra en los dominios de María, la cocinera, que anda con cien ojos porque sabe que, en el primer descuido, las manos del pequeño se llevarán las patatas recién fritas.

María narra siempre, a los niños, despacio, el mismo cuento. Mientras vigila el horno, el bizcocho, los asados o el aceite. Josemaría escucha, por centésima vez, el sucedido. Lo dice con la gracia campesina de Aragón, y vuelve a sonar inédito en la atención del niño.

Al acabar la jornada, don José viene andando despacio de la Plaza Servando, de la tienda. Algunas veces llegará cargado de dulces y «paciencias». Cosas que les gustan a los pequeños y que repartirá, con alborozo, en la tertulia que pone fin al día. Un rato más tarde, cuando el cierzo empieza a soplar sobre Barbastro y asoma la luz de las estrellas, don José les llevará a la cama y esperará a que llegue el sueño volviendo a invocar al santo nombre de Dios sobre sus almas.

A lo largo del tiempo, Josemaría sabrá soportar contradicciones y trabajos; en los momentos duros, contará con el recuerdo de la vigilancia fervorosa con que sus padres sembraron la fe y el cariño en el entorno diario de sus hijos.

Familia de hidalgos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Todas las jornadas de trabajo, don José Escrivá cruza la Plaza porticada, a la que se asoma su casa, y acorta por el pasadizo de Almudí para llegar hasta la tienda. Algunos días de la semana y desde unas horas antes, los campesinos extienden su mercancía bajo los soportales de la Plaza, que acoge, también, un buen número de establecimientos que empiezan a descubrir puertas y escaparates con el trajín del nuevo día. Barbastro es una ciudad trabajadora y comerciante. El Somontano es fértil y ofrece a Huesca, Zaragoza y Cataluña parte de su copiosa producción de cada año. El trigo, aceite y vino, circulan camino de muy varios destinos; el valle se inunda de fruta en primavera. Pastan los animales en un entorno verde, con fuerte olor dejara y de tomillo, y la industria teje su abundancia de cáñamo. También fabrica su aguardiente, jabón, loza y vidriado. Y para completar la dedicación laboral de sus aragoneses, los telares se mueven en una limpia competencia de tejidos.

Es tierra, Aragón, de contrapuntos. Murallón de montaña y transparencia; embestida de torrente y dulzura de almendral en las laderas. Cuando gesta un creador, diseña un Goya; si alumbra un poeta le pone el nombre de Marcial o de Argensola:, y si de fortaleza se trata, pone un San José de Calasanz entre los santos.

Apoyada en las faldas pirenaicas, está cruzada Barbastro por el amistoso caudal del río Vero. Es él quien presta regadío a toda la comarca y, en un alarde generoso, se pierde y cede su importancia al Cinca, que es el que figura en planos y cartografías. Tres puentes de comunicación ha construido la ciudad para no verse partida: el del Portillo, el de San Francisco y el que se llama, aún, de la Misericordia.

Cuando el invierno llega y las nieves se amontonan en la alta cordillera, el Vero recibe deshielos repentinos que bajan por los barrancales. Algunas casas de la ciudad tienen las señales del nivel que dejan las riadas, llevándose enseres y riquezas de almacén que hay en los pisos bajos. Pero, habitualmente, el Vero es un buen acompañante de huertas y paseos; un protagonista más que participa de los quehaceres y descansos de todo el vecindario.

Las tiendas de esta época, española y provinciana, no destacan por su uniformidad. Es frecuente exponer, en el mismo y variopinto escaparate, aperos de labranza, libros para la escuela, loza y ultramarinos. Y dentro hay una mezcla de olor sin estrenar, cuya exacta procedencia sería difícil adivinar a cierra ojos.

El establecimiento llamado «Juncosa y Escrivá» es grande. Tiene un sótano donde se montó la maquinaria para fabricación industrial de chocolate. Se apilan aquí cacao, azúcar y harina. Las tabletas salen ya con envoltura, indicando el uso cabal a que han de destinarse: para comer en crudo; para ser consumido una vez hecho.

Es éste un alimento que va unido a la cordialidad de la merienda en esta tierra: los chicos toman sus tabletas con pan; los mayores, se reunen en los largos atardeceres invernales junto a una taza humeante y unas buenas tostadas bien crujientes.

Además de la fábrica, en la zona de entrada existe un local rectangular, con grandes mostradores de madera recia y reluciente por el uso. En el piso superior, al que nos lleva una espiral de escalones que trepan sobre un eje, podemos encontrar almacenadas telas que don José y don Juan Juncosa hacen llegar a través de su gestión con Cataluña. En la misma casa, en la planta de arriba, vive don Juan José Esteban, notario de Barbastro y buen amigo.

También un cuñado de don José, Mauricio Albás, mantiene un negocio comercial desde hace varios años. Con José Escrivá y con Sambeat, un industrioso más, completan el trío de amigos que viven, holgadamente, de su trabajo en la industria y el comercio.

Don José es puntual, estricto y hogareño. Sambeat tiene que recordarle algunas veces que vaya a la tertulia de los miércoles en «La Amistad», el antiguo casino afincado en la Plaza del Ayuntamiento. Allí se reúnen los socios de la casa, para extender la vida y su quehacer sobre una mesa, hablar de las familias y ponerse al día en los negocios.

Este hombre es una figura que cuadra bien en el telón de fondo de Barbastro. Con esa calle empinada que cubren, en buena parte, los aleros de la casa de Argensola; con las columnas y pórticos de la Plaza, la cabeza barbuda que blasona el escudo de la tierra y los almendros que florecen, cada abril, en la aparente aridez del Somontano. Porque él es, también, así. Recio de conciencia y sonriente; trabajador austero y elegante; lleno de buen humor, pero sin concesiones ni estridencias. Recorre las calles conocidas apoyado en un bastón, con el que marca un modo peculiar de andar y de pararse a escuchar a los amigos.

Su familia es harto conocida en la región. Su abuelo, médico titular de Fonz, había casado con doña Victoriana Zaydín y Sarrado. Los Zaydín eran Infanzones de Juseu; la posición económica de todos los vástagos era espléndida; las costumbres, refinadas.

El padre de don José Escrivá emparentó con otra familia importante al casarse con doña Constancia Corzán. A esta rama pertenecía don Francisco Codera y Zaydín, célebre arabista español. En 1904, un gran número de discípulos y amigos españoles y extranjeros le dedicarán los «Estudios de Erudición Oriental», precedidos por una semblanza suya, firmada por Eduardo Saavedra, en la que se glosa la formidable y original personalidad del arabista. Desempeñando previamente la cátedra de Griego en Granada, Codera obtiene la de Lengua Arabe de la Universidad de Madrid en 1874. Hombre de vastísima cultura y capacidades múltiples para las ciencias y las letras, poseía una espléndida biblioteca que ponía a disposición de cualquier estudioso interesado por un tema. Menéndez Pidal, al recibirlo como Académico de la Historia, citará, entre sus cualidades, este gran desprendimiento intelectual, con una frase del lingüista: «más quiero perder mis libros, que guardarlos inútiles en el estante, cuando alguien los necesita».

Hombre de arraigadas convicciones religiosas, ha dejado la impronta de su genialidad en la metodología para el estudio del árabe, ya que sus diez volúmenes de la «Biblioteca Arábigo-Hispana» siguen vigentes en las cátedras actuales. De él se ha dicho que tenía temperamento de fundador. El 11 de junio de 1950, varias entidades científicas colocaron una lápida conmemorativa en su casa de Fonz (Huesca), que mantiene indeleble su memoria.

También doña Dolores Albás cuenta en su ejecutoria familiar con una tradición de hombres de Leyes, eclesiásticos y médicos.

Una de sus hermanas contraerá matrimonio con Lorenzo Carne, que pertenece a una familia de gran influencia en Huesca. Manuel Camo Nogués, hermano de Lorenzo, es director del periódico «La Monca» y jefe del partido liberal. Antimonárquico y republicano declarado, ocupará, sucesivamente, los cargos de Diputado a Cortes, Senador vitalicio por designación Real y Vicepresidente de la Diputación Provincial. El día 18 de diciembre de 1906 el Ayuntamiento de Huesca cambiará el nombre a la Plaza de Zaragoza para estampar el de este político oscense.

El doctor Blanc y Fortacín es primo de doña Dolores Albás. Este profesional pasará a las páginas del «Diccionario de Autoridades Médicas» por la brillantez de sus conocimientos en Patología Quirúrgica. En 1902 obtendrá su plaza en el Hospital de la Princesa y, luego, entregará su vida a la docencia en la Facultad de Medicina de Madrid. Ingresa en la Real Academia de Medicina en 1945. Un óleo de grandes dimensiones perpetúa su presencia en la Galería de Presidentes del Colegio de Médicos de Madrid; su fotografía sigue hoy en una sala de reuniones, junto a la de Ramón y Cajal, García Tapia, Carmona y Camón y otros ilustres profesores de la antigua Facultad de San Carlos.

Don José Escrivá no tiene el menor empaque, pero sí un buen señorío. Es hombre de fuertes convicciones, de fe que todos conocen y respetan. Porque no es su creencia una apostilla que mantiene por tradición, sino una exigente norma a la que acomoda un modo de ser y de actuar en todas las circunstancias de su vida.

El país cruza una etapa ideológica anticlerical que se infiltra en todas las clases sociales. No sólo los menos favorecidos por la fortuna, sino personas de la propia estirpe de don José, alardean de un liberalismo agresivo frente. al hecho religioso y moral. Don José hace constar su condición de católico ferviente; no oculta que en su hogar se reza por las tardes el Rosario, que se acerca a la iglesia con frecuencia, y que Dios mantiene y acrecienta el amor y la ilusión con que se unió con doña Dolores en matrimonio. Es cordial, buen amigo y muy sincero. De genio fuerte, pero educado y cortés. Nadie le recuerda un gesto, una palabra o un hecho destemplado. Un día por semana, abre de par en par su generosidad para ayudar a cuantos se encuentran, de verdad, necesitados. Se organizan verdaderas colas en la tienda «Juncosa y Escrivá», porque es grande la magnanimidad con que, ese día, don José comparte sus ganancias con los que tienen peor fortuna.

Doña Dolores le espera a la vuelta del trabajo. Sabe que llegará en cuanto se lo permita la atención de sus quehaceres. Por la entrada de la calle Mayor suenan sus pasos, sobre la escalera, a eso de las ocho de la tarde. Viene a charlar un rato con su esposa, a compartir el tiempo libre con Carmen, la primogénita, a saber, una vez más, que todo transcurre con normalidad alrededor de la curia donde crece el pequeño Josemaría.

Durante los años que median entre 1905 y 1909 les nacerán tres hijas más: María Asunción, María de los Dolores y María del Rosario. La familia Escrivá y Albás se amplía con nuevas vidas, aunque Dios quiera que, en el futuro, el dolor y la enfermedad arrebaten del hogar a parte de sus hijos.

Hay tres mujeres que ayudan a doña Dolores Albás en las tareas de la casa y en el cuidado de los niños. Es presumible que una de ellas, la cocinera, sea ya María: una aragonesa que sabe bien su oficio. Puede aderezar las fuertes y exquisitas comidas somontanas echándoles la alegría y el jugo de sus vinos y sus huertas. Pero una casa es mucho más que la faena diaria indispensable. Es una mano propia, es el calor personal de la señora que pasa por el último detalle, es la presencia amable del cariño que se adivina tras la disposición y el orden de las cosas.

Por eso, doña Dolores Albás nunca está ociosa. Podemos encontrarla ahí, junto a un aparador, dirigiendo las tareas del servicio: frotando las manzanas y peras con un paño bien blanco para convertir la fruta en el adorno final de una comida; revisando el orden en los arcones de la ropa. O cosiendo incansablemente cualquier labor que requiera la hábil presencia de sus manos.

Aquí, en este hogar hidalgo, sólido de economía y trabajador de oficio, cristiano de raíz y de costumbre, va a encontrar Josemaría, desde niño, los cimientos de su fe, de su modo de ser y de su vida.

Unos años más tarde, cuando los azares hayan volcado sobre la casa de sus padres el dolor y las contradicciones, aprenderá de modo inequívoco el valor de la alegría verdadera, la entrega incondicional a la humildad y a la pobreza oculta; la actitud decidida de aceptar, de bendecir, de querer por siempre la Voluntad de Dios sobre todas las cosas.

De don José Escrivá y de doña Dolores Albás heredó, desde el principio, la seguridad de apoyar la vida en las amables manos de la Virgen. Y de responder afirmativa y serenamente a las exigencias de la Providencia.


Bautizo en la Catedral

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El nuevo día se ha echado frío y despejado sobre Barbastro. Los árboles del Coso apuntan sus guías desnudas hacia lo alto. A don José Escrivá no le arredran la estación ni la temperatura, porque el recién nacido es sano y fuerte. Abriga a este niño con el calor de su protección, y quiere, además, que Dios tome posesión del pequeño que ha confiado a su tutela. Por eso acuerda, con doña Dolores, que el bautizo se celebre cuanto antes.

La noticia ha cundido entre las numerosas amistades de la familia y los clientes que frecuentan habitualmente la tienda de Juncosa y Escrivá, situada allí donde se dan la mano las calles de Río Ancho y del Romero. Don José es hombre muy conocido en la ciudad. Es oriundo de Fonz, como sus hermanos, Mosén Teodoro, Constancia, Josefa, Silverio y el menor, Jorge. Algunos ya han fallecido. Pero, desde el abuelo José María hasta lejanos antepasados que se remontan al siglo XVI, han vivido en Balaguer, a orillas del Segre.

Doña Dolores Albás posee, como su marido, una noble ascendencia. Es de Barbastro, aunque su segundo apellido, Blanc, se sabe originario de franceses. Forman una gran familia: catorce hermanos ha tenido doña Dolores; los que viven, con seguridad van a prestarse para servir de comitiva en el bautizo.

Como sucede en estas ocasiones, no falta la numerosa chiquillería que corretea por la fiesta. El matrimonio Escrivá tiene ya una hija, Carmen, que cuenta dos años de edad. Se trata de una niña extrovertida y simpática que empieza a compartir sus juegos con los Corrales, los Martí, los Esteban… Con los hijos de un vecindario industrioso y hogareño, que constituye la población afincada en este duro y bello Somontano. Los pequeños saben que este día irán a la iglesia con sus mejores galas, y que el afecto de los Escrivá se traducirá, para ellos, en una espléndida merienda.

Doña Dolores, desde la cama, se informa y dirige los preparativos: ya está, sobre un sofá, el traje de «cristianar», bien planchado. Es un faldón de encaje fino, de «Valencienne», con cintas en el cuello, la cintura y las mangas. Tiene el color del hilo antiguo, de un blanco marfileño. Aparte, una capa para evitar el frío del recién nacido.

Los padrinos están ya apalabrados. Se trata de doña Florencia Albás y Blanc, hermana de doña Dolores, y de don Mariano Albás y Blanc, su primo hermano, viudo, que más tarde será ordenado sacerdote. El bautizo se celebra en la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, que tiene su sede en la Catedral.

La aguda pirámide de la torre catedralicia emerge sobre la ciudad de Barbastro. Cada hora, las campanas golpean el tiempo desde el siglo XVI. La mejor puerta se encuentra a sus espaldas, con un plateresco delicado y de buen mérito. Sin embargo, la sobriedad externa de sus muros no presupone la sorpresa luminosa de las naves. Seis columnas blancas hacen su esbeltísima escalada, de quince metros de altura, y se expanden en la cúpula en una mística y aérea fusión de nervaduras. Todas han sido cinceladas, aligeradas de volumen, dejando un apoyo elemental sobre las losas, un mínimo de gravedad para la bellísima unión de luz y piedras.

Soporta el retablo un basamento que es obra del más grande escultor del Renacimiento español: Damián Forment. Una agrupación grácil y solemne en columnas de alabastro, escolta el altorrelieve de la Virgen de la Asunción, bajo cuya advocación se nombra la Catedral.

A la entrada, en una capilla, se encuentra la pila bautismal. De tamaño grande y de piedra, tiene una gran copa decorada con estrías matadas en todo su contorno.

Es el 13 de enero. Un monaguillo ha encendido las recias lámparas de hierro. La luz penetra por las ventanas de la ojiva. Y en medio del cariño expectante de esta gran familia, don Angel Malo, Regente de la Vicaría Catedralicia de Barbastro, impone los nombres de José, María, Julián, Mariano, a un niño nacido a las veintidós horas del día 9 de enero de 1902, hijo legítimo de don José Escrivá y de doña Dolores Albás(2). Años más tarde -hacia 1935- unirá sus dos primeros nombres -Josemaría-, porque será igualmente inseparable su único amor a la Virgen María y a San José.

En la casa de los Escrivá, doña Dolores imagina el desarrollo de la ceremonia. Sobre la cabecera de su cama hay colgado un cuadro que ha de acompañar grandes acontecimientos de su vida: la Virgen, con manto azul plegado hacia los hombros, cierra los ojos en un éxtasis de afecto. El Niño, que la abraza, va a coger una rosa que la Señora le tiende con la mano. Pero, antes, lanza en derredor una mirada de orgulloso y seguro bienestar, desde la acogida de su Madre.

Mientras tanto, bajo el cielo pétreo de la Catedral, José-María Escrivá y Albás entra en la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Hasta el fin de sus días su vida será una búsqueda incesante, una penetración de amor, hacia el encuentro con las Tres Divinas Personas.

Sólo unos meses más tarde, el 23 de abril de 1902, recibirá también en la Catedral y del Ilustrísimo Administrador Apostólico de Barbastro, el Obispo don Juan Antonio Ruano y Martín, la fortaleza del Espíritu Santo a través de la Confirmación(3). Es costumbre piadosa de la época en España, administrar los dos Sacramentos en muy breve intervalo de tiempo.

Algunos objetos entrañables que han rodeado el nacimiento y bautizo de Josemaría Escrivá, especialmente la pila bautismal, serán rescatados al tiempo y las vicisitudes. Y un día, que hoy parece muy lejano, serán guardados con la veneración de una reliquia.

Nace un niño

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Es el 9 de enero de 1902. Tal cronología suele augurar nieve y cierzo pirenaico sobre el Alto Aragón. Las tierras del Somontano fraguan su conspiración de hielo y fecundidad durante los largos meses de invierno. Los hombres del labrantío conocen bien esta inclemencia cuando otean el crecimiento de sus viñas, la añosa persistencia del olivo, la realidad inveterada, frente a todo evento, de sus cereales de secano. Saben que, en esta silenciosa expectación del campo, se oculta la promesa de los almendros que pueblan las laderas, de la hierba que está anidando bajo tierra, de las frutas que cubrirán el valle de riqueza cuando caliente el sol de abril.

Pero esta noche es cruda. Las gentes andan sin atención los pasos del camino acostumbrado. En la ciudad de Barbastro, las tiendas cierran al caer las ocho de la tarde. Se han cubierto los escaparates con postigos de madera oscura, y las casas han acogido apresuradamente la tertulia familiar junto al brasero de carbón, la cena caliente, bien aderezada, y la oración cotidiana, cerca del rescoldo, antes de irse a dormir. Las campanas que asoman por el hexágono puntiagudo y vigilante de la Catedral dieron ya las nueve de la noche.

El hogar de los Escrivá y Albás mantiene hoy una vigilia inusitada. Podemos dar marcha atrás en los datos de la Historia y así entrar de algún modo en la intimidad de esta noche para asistir al nacimiento del segundo de sus hijos. Ayudados por la luz blanca que esparcen las farolas de la calle Mayor subimos al primer piso. Las habitaciones más nobles de la vivienda tienen balcones al exterior, a la Plaza porticada de Barbastro. Todo en este hogar transpira señorío y orden. Está envuelto en un cuidado que merodea entre los objetos materiales. Imaginamos el aspecto de la casa. Sobre un mueble reposa la ponchera de cristal tallado con base y tapa de plata cincelada. En el saloncito, las butacas y el sofá, de línea semicircular, cómodos y acogedores. En la pieza contigua, la estantería, donde se alinean, entre otros, los seis tomos, encuadernados en piel, de una antigua y grabada edición de «El Quijote». La mesa camilla, testigo del calor familiar y de la reunión habitual tras el trabajo del día, mantiene hoy silencioso el entorno de sus amplios faldones de paño grueso y abrigador. En el tapete, un trozo cuadrado de batista bordado y a medio terminar. A su lado un alfiletero de plata, menudo, gastado por el uso. Es probable que la gozosa novedad del acontecimiento haya encontrado a la dueña de la casa en plena actividad, sin ocios ni preámbulos; en medio de un quehacer amable que sigue testimoniando su modo y presencia entre las cosas.

Sobre una mesa recia, cuya madera donó un duro árbol pirenaico, seguramente hizo guardia un velón dorado con sus quitaluces grabados y relucientes. En otro ángulo, abierta, la tapa de un arcón de cedro en el que se apilan sábanas, manteles y otras ropas que difunden olor a espliego y a membrillo al extenderse. En la vitrina, la filigrana de los abanicos de encaje, del caracol de nácar, de la tacica de porcelana.

Dos años más tarde estará también allí, en el pequeño velador, una fotografía reciente de los dueños de la casa. Su rostro y su talante no habrán cambiado mucho. En el cartón ocre de esta reproducción nos adelantamos a ver la imagen del matrimonio tomada de perfil, al gusto de la época. En primer término, doña Dolores Albás: tiene un porte sereno, con rasgos tranquilamente dibujados. Un gesto hidalgo emerge de los pliegues de su vestido de brocado, de la gola de orlanza plisada alrededor del cuello, del pelo suavemente recogido hacia la nuca. Hoy, 9 de enero de 1902, tiene veinticuatro años.

Detrás, la presencia jovial de don José Escrivá. Una sonrisa, que guarda complicidad entre los ojos y la boca, deja constancia de su alegría y se refugia, apenas, tras un bigote bien cuidado. Pelo muy corto, rostro joven -tiene sólo diez años sobre el tiempo de su esposa- y una elegancia ágil completan su fisonomía. Lleva un traje de paño de buen corte y ojal en la solapa, corbata blanca de lazo y cuello y pechera almidonados.

La casa es amplia en profundidad y, esta noche, el interés se centra en los alrededores de una habitación de buenas dimensiones en cuyo fondo se alojan dos alcobas. La separación entre esta sala y las alcobas -si se seguían los dictados del modo aragonés- se logra mediante paneles de vidrio artísticamente trabajados en los que juegan dibujos y colores. El balcón, por donde la estancia se asoma a la Plaza, está cubierto por amplios cortinones. Hace frío, y el vaho se quiere condensar en los cristales. A pesar del aislamiento confortable, llegan hasta el hogar las nueve campanadas que acaban de quebrar el silencio de Barbastro.

La cocinera -suponemos que se trataba ya de María, que desempeñará este oficio en el ámbito familiar de los Escrivá durante años- se mueve hoy entre rezos a San Ramón y un ajetreo de ropas y recipientes de agua hirviendo que pone a disposición de los médicos. Nos parece ver a don José que mide con pasos impacientes los metros del pasillo en la obligada espera. Y de pronto, sin incoar ningún minuto de zozobra, suena en la casa una nueva voz que llora sobre el mundo: es un varón, aragonés, que ha nacido sano y está afirmando ya, de modo rotundo, su entrada en el tiempo de los hombres.

1. De Barbastro a Logroño

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Al pie del Pirineo aragonés se sitúa la amplia franja del So­montano ‑con alturas de 500 a 600 metros‑, que enlaza la montaña con el llano, en rápido descenso hacia el Sur. Esta po­sición geográfica confirió al Somontano una gran importancia histórica, como paso obligado de las rutas comerciales y como centro de las luchas por el poder político.

Dentro del Somontano, Barbastro era ciudad ya muy cono­cida en el período de dominación romana. En 1100 fue recon­quistada a los musulmanes por Pedro I de Aragón, y se erigió en Roda una sede episcopal, que más tarde se trasladó a Barbastro. Esta ciudad no perdió su prestancia a lo largo de los siglos. Hacia 1900 contaba con unos 7.000 habitantes, seguía siendo sede epis­copal, tenía condición jurídica de cabeza de partido ‑con sus juzgados, su notaría, su registro de la propiedad, y toda su actividad administrativa‑, y destacaba como núcleo comercial de primera importancia, entre dos capitales de provincia, Huesca y Lérida.

Don José Escrivá y Corzán ‑padre del futuro Fundador del Opus Dei‑‑ se dedicaba en Barbastro al comercio. En 1894 era uno de los tres socios de “Sucesores de Cirilo Latorre”. La fa­milia provenía de Balaguer (Lérida), donde había nacido el abuelo paterno de don José. Algunos miembros de la familia se trasladaron a Peralta de la Sal, y luego a Fonz, villa situada en la margen izquierda del Cinca, a mitad de camino entre Peralta de la Sal y Barbastro. Don José Escrivá nació el 15 de octubre de 1867 en Fonz, y allí residieron también muchos años dos hermanos suyos: mosén Teodoro y Josefa.

El 19 de septiembre de 1898, don José se casó en Barbastro con María de los Dolores Albás y Blanc, que era la penúltima de trece hermanos. Los Albás, muy conocidos en Barbastro, ocupa­ban una casa grande, y la presencia de esta numerosa familia era tan notoria que se hablaba de aquel hogar como ala casa de los, chicos».

Martín Sambeat, que aún vive en Barbastro, recuerda a don José Escrivá como hombre lleno de bondad y rectitud, que vestía elegantemente al estilo de la época, con bombín, y todos los días cambiaba de bastón. El padre de Martín era también comercian­te y, con otros, solía reunirse los miércoles en la parte alta de su tienda. Más .de una vez envió a su hijo a avisar a don José para que acudiese a la tertulia. Allí charlaban, comentaban los suce­sos y jugaban al tresillo hasta última hora de la tarde. También se reunían a veces en el casino «La Amistad», en la Plaza del Ayuntamiento.

Don José trabajaba en el número 10 de la calle de Ricardos. En el sótano se fabricaba chocolate. Desde la tienda, por una escalera de caracol, se subía a una entreplanta, destinada a almacén de mercancías. En los dos pisos superiores vivía la familia de Juan José Esteban ‑notario de Barbastro hasta 1925‑, casado con una sobrina de don Cirilo Latorre, a quien había pertenecido el negocio. La tienda tenía el aspecto típico de los comercios de tejidos de la época: amplias estanterías de ma­dera, con cajones anchos al fondo; y un gran mostrador corrido, tablón de madera, con una ranura de hucha, en la que se iban echando las monedas a lo largo del día. No faltaban la báscula ni la balanza, en un rincón de la tienda. El negocio iba bien. Cuando en mayo de 1902 se disolvió la sociedad “Sucesores de Cirilo Latorre”, tenía un activo que hoy equivaldría a bastantes millones de pesetas. Con lo recibido de la liquidación, dos de los tres socios, Juan Juncosa y José Escrivá, continuaron el negocio con el nuevo nombre de “Juncosa y Escrivá”.

Unos meses antes, el 9 de enero de 1902, nació Josemaría en la casa que habitaban sus padres en la Plaza del Mercado, junto a la de los Argensola. Era el hijo segundo. En la pila bautismal de la catedral de Barbastro le impusieron el día 13 los nombres de José, María, Julián y Mariano. Su hermana mayor, Carmen, había nacido el 16 de julio de 1899. Luego vendrían María Asun­ción (1905), María de los Dolores (1907), María del Rosario (1909) y Santiago (1919).

La vida discurría con normalidad. Doña Dolores llevaba la casa, con la ayuda de una cocinera, María, de una doncella y, mientras fue necesario, de una niñera. Tenían, además, un cria­do, para los trabajos más duros.

Quienes la trataron entonces en Barbastro la describen como una gran mujer, muy guapa, elegante, sencilla, serena, afable, llena de sentido del humor. Los amigos de sus hijos iban a jugar a su casa, y ella les dejaba prendas para que se disfrazasen. Pre­fería que jugaran en “la leonera”. Cuando llegaba la hora de merendar les daba pan con chocolate y naranjas.

Con naturalidad y sentido del humor, doña Dolores aprove­chaba todas las ocasiones para enseñar la piedad cristiana a sus hijos. Algunas lecciones quedaron grabadas para siempre en el alma de Josemaría. Las repetiría luego a lo largo de los años. Contaría, por ejemplo, que en aquella época eran corrientes las visitas. Iban las familias y algunas amigas de la madre. Él tenia que saludarlas, porque era el niño de la casa, y cuando las amigas de su madre querían besarle, se defendía, sobre todo de una pariente lejana de su abuela, con auténtico bigote, que pin­chaba.

Ahora sois prudentes en arreglaros ‑decía con gracia una vez en Argentina ante un grupo numeroso de personas‑, según las circunstancias, porque no vais lo mismo a un sitio que a otro, para una visita de cumplido o para una fiesta…, y los productos de tocador han progresado. Pero en aquella época, o no se arre­glaban, o se ponían como oía comentar divertida a mi madre: Fulanita vendrá estucada ‑efectivamente, se había puesto es­tuco‑, y no la podemos hacer reír, porque se descascarilla.

A doña Dolores tampoco le agradaba la vergüenza infantil de su hijo, cuando tenía que estrenar trajes nuevos. Y volvía a la carga, como contó muchas veces. Me metía debajo de la cama y no quería salir a la calle, tozudo, cuando me vestía el traje nuevo… Y mi madre, con un bastón de los que usaba mi padre, daba unos ligeros golpes en el suelo, delicadamente, y entonces salía: salía por el bastón, no por otra cosa.

Luego, mi madre con cariño me decía: Josemaría: la vergüen­za, para pecar. Muchos años después me he dado cuenta de que había en aquellas palabras una razón muy profunda.

Su madre le enseñó a rezar y de ella aprendió, por ejemplo, esa oración de ofrecimiento, tan popular: Oh Señora mía, ola Madre mía, yo me ofrezco enteramente a Vos… En una homilía del 26 de noviembre de 1967 se refería a que todavía, por las mañanas y por las tardes, no un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres. Y en 1974, en Buenos Aires, para ejemplificar cómo a veces son tonterías muy pequeñas las cosas que se oponen a una entrega total a Dios, recordó lo que le había contado una madre de familia, que también hacía rezar a su hijo esa oración ‑Oh Señora mía…‑ la misma que había aprendido siendo muy pequeño:

A aquel niño, ya harto de juguetes ‑porque era un chico de esos a quien no le negaban nada‑, un, amigo de su familia le regaló un conejo pequeñito, vivo; y él, con aquel gazapo ‑¿se llama gazapo también aquí?…‑ estaba entusiasmado, y cuando decía con su madre: y te ofrezco mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, en una palabra, todo mi ser; le entró remordimiento y dijo: menos mi gazapito.

De la mano de su madre, fue prendiendo en el corazón de Josemaría una vida de piedad sencilla, normal. Lo evocaría el Fundador del Opus Dei cuando, un día de 1974 en Argentina, una madre cordobesa le contó la anécdota de su único hijo, de cinco años. Iban los dos en un colectivo, y el niño vio una imagen de la Virgen en el autobús. La saludó con la mano, y se puso luego a hablar con el conductor sobre el diálogo que podría tener con Ella mientras manejaba: el semáforo rojo. Y después: está el semáforo verde…

‑Virgen, tenemos que parar, está ‑Virgen, ahora seguimos, porque a1 oír esta anécdota, Mons. Escrivá de Balaguer se quedó un momento como pensativo. Y dijo enseguida a aquella madre: ‑Eso es vida contemplativa; cuando yo tenía esa edad era muy piadoso, pero no tenía vida contemplativa.

Muchas personas le recuerdan, en sus años de infancia, como uno más, alegre y travieso. Le gustaba mucho jugar con un caballo grande de cartón, con ruedas: paseaba con él a los más pequeños por la casa, tirando de una especie de ronzal. Tenía también soldaditos de plomo y birlas (palos con soldados pinta­dos que se colocaban a cierta distancia y se iban tirando con bolas).

Cuando llegaba el buen tiempo, se reunía en la Plaza con los demás para jugar a “civiles y ladrones”, o hacer carreras con aros. Otras veces iba a la casa de la calle Ricardos, donde estaba el comercio de su padre. Allí acudían los Esteban ‑hijos del notario‑ y otros amigos, como los Cajigós, los Sambeat y los Fantoba. Aún vive en Barbastro María Esteban Romero. Piensa ella que iban a jugar allí, sobre todo, la tarde de los jueves, que no tenían clases en el colegio. Uno de sus entretenimientos consistía en fabricar jabón. En aquella época la colada se hacía con ceniza, no con lejía, y en las casas había barriles de ceniza muy fina, que se empleaba para lavar. Los chicos la amasaban con agua y la cocían en cacharros de juguete para que se convirtiera en jabón. Algunas noches, después de cerrar la tienda, se quedaban ayudando a calcular el dinero que se había hecho ese día; les divertía mucho contar monedas, sentados en el mostra­dor. No obstante, María Esteban apenas coincidió con Josema­ría, porque normalmente los niños que iban a su casa jugaban con sus hermanos y las niñas quedaban aparte, aunque a veces asistían a los juegos de los chicos.

“Pero lo que más le gustaba cuando estaba con ellas ‑afirma Adriana Corrales‑ era sentarse en una mecedora del salón, y contarles cuentos ‑normalmente de miedo, para asustarlas que inventaba él mismo”. Debían efectivamente gustarle mucho los cuentos. El 16 de junio de 1974, mencionó ante miles de personas, en el Palacio de Congresos del General San Martín (Buenos Aires), que de pequeño se escapaba a la cocina, aunque le decían que no debía ir: pero había allí dos cosas estupendas:

una cocinera que se llamaba María, que era muy buena, que sabía siempre el mismo cuento, un cuento de ladrones simpá­ticos; y, además, había unas patatas fritas colosales. Las dos cosas las tenía yo vedadas: oír el cuento… Porque no le decía­mos: cuéntanos un cuento. No: oye, María, cuéntanos el cuento. Sabíamos que ella no conocía otro; pero lo decía tan bien, que siempre nos parecía nuevo.

En aquella casa de la plaza del Mercado había señorío, solera. El ambiente era sencillo y elegante, alegre y piadoso. También allí aprendió Josemaría a rezar el Rosario. Los sábados bajaban con otras familias amigas a San Bartolomé, una iglesia que ha desaparecido, y rezaban el Rosario y la Salve. (A esta iglesia iban también a veces a oír Misa los padres con sus hijos mayores, Carmen y Josemaría).

Fue doña Dolores quien preparó a su hijo para la primera confesión. Fijó la fecha con su confesor, el P. Enrique Labrador, un santo religioso escolapio. Cuando llegó el día, después eje hacer a Josemaría las últimas recomendaciones, lo llevó de ‘¡a mano hasta la iglesia. Lo narraba él mismo en 1972:

Cuando hice mi primera Confesión ‑tenía seis o siete años‑, me quedé muy contento, y siempre me da alegría recor­darlo. Me llevó mi madre a su confesor y… ¿sabéis lo que me puso de penitencia? Os lo digo, que os moriréis de risa. Aún estoy oyendo las carcajadas de mi padre, que era muy piadoso, pero no beato. No se le ocurrió al buen cura ‑era un frailecito muy majo‑ más que esto: dirás a mamá que te dé un huevo frito. Cuando se lo dije a mi madre, comentó: hijo mío, ese padre te podía haber dicho que te comieras un dulce, ;pero un huevo frito…! ;Se ve que le gustaban mucho los huevos fritos!

¿No es un encanto que venga al corazón del niño ‑que todavía no sabe nada de la vida, ni de las miserias de la vida‑ el confesor de la madre a decirle que le den un huevo frito? ; ES magnífico! ¡Aquel hombre valía un imperio!

Su madre le enseñó las oraciones de la mañana y de la noche y con su padre, siendo niño aún, rezó muchas veces las oraciones de la noche. Con doña Dolores aprendió el Catecismo de la doctrina cristiana, hasta que llegó el momento de hacer la Primera Comunión, el día de San Jorge ‑23 de abril de 1912‑, porque era tradición en el Alto Aragón hacerla ese día:

Tenía yo entonces diez años. En aquella época, a pesar de las disposiciones de Pío X, resultaba inaudito hacer la Primera Co­munión a esa edad. Ahora es corriente hacerla antes. Y me pre­paraba un viejo escolapio, hombre piadoso, sencillo y bueno. Él me enseñó la oración de la comunión espiritual.

Esta oración es hoy familiar a miles de personas en el mundo entero:

‑Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los Santos.

Cuando Josemaría hizo la Primera Comunión, en 1912, ya era alumno del Colegio de los Escolapios en Barbastro. En el Colegio no había muchos alumnos: a comienzos de siglo hacer el Bachi­llerato, al menos en Barbastro, era excepcional, según afirma Aurelio Español, farmacéutico de Jaca, que hizo allí todos sus estudios, también de Bachillerato, entre 1900 y 1912. El Colegio tenía prestigio. Lo atendían unos doce religiosos. No en vano San José de Calasanz había nacido en Peralta de la Sal y comenzó su apostolado sacerdotal junto al Obispo de Barbastro Felipe de Urríes, protector del Santo durante sus estudios.

Un fámulo, llamado Faustino, recogía cada mañana a los alumnos. Los niños llevaban abrigo azul marino con botones de metal. También era azul marino el color de la gorra de paño que llevaban, con la visera de charol. En el centro, y sobre la visera, iba el escudo del colegio. Se ponían al cuello, en forma de chalina, un pañuelo doblado, de color más claro. Dentro del colegio usaban un guardapolvos de rayas azules, abotonado por delante, con cinturón y cuello también azules.

Al principio, .para hacer oficialmente el Bachillerato, los alumnos de los Escolapios iban a examinarse al Instituto de Huesca, ordinariamente en tren (Barbastro‑Selgua‑Tardienta-Huesca). Luego cambiaron al Instituto de Lérida. El examen de ingreso del Bachillerato lo hizo Josemaría en Huesca, en 1912, es decir, cuando tenía diez años, según lo establecido en las normas entonces vigentes.

En el Colegio, según el propio Martín Sambeat, Josemaría se distinguía de los demás por su serenidad; no era revoltoso. Otro compañero de estudios, José María Muñoz, hijo del veterinario de Barbastro, hoy Padre Escolapio en Logroño, señala que era estudioso y reflexivo; ni bullicioso, ni hosco; bien educado: “se veía que los padres se habían preocupado del chico desde pequeño”. Según el P. Mur, que iba dos cursos por delante en aquel colegio, Josemaría destacaba ‑con Mariano Esteban, Leopoldo Puig y Ricardo Palá, también fallecidos‑ por su talento, por sus buenas calificaciones y por aquel Colegio, Leopoldo Puig talento, por sus buenas calificaciones y por condiscípulo, Miguel Cavero ‑que murió siendo un su piedad. Con otro con discípulo, Miguel Cavero –que murió siendo un ingeniero muy conocido‑, obtuvo premio en la asignatura “Nociones de Aritmética y Geometría”, en el Instituto de Lérida, el curso 1912‑1913, es decir, en su primer año del Bachillerato (así aparece en el semanario Juventud, Barbastro, 13 de marzo de 1914, que cita el P. Liborio Portolés Piquen Escolapio, en un artículo publicado en la revista de los antiguos alumnos del madrileño Colegio de San Antón).

También se examinó de segundo de Bachillerato en el Ins­tituto General y Técnico de Lérida. El semanario Juventud (Bar­bastro, 12 de junio de 1914) publica los resultados obtenidos por los alumnos de los Escolapios. En ese mismo número hay un artículo de J. Argente Llanas, expresivo del ambiente que enmar­caba aquellos exámenes en el Instituto. Argente describe cómo los alumnos van alegres, en tropel, hacia el Instituto, hasta que, de pronto, al fondo de una larga y estrecha calle, divisan la portada de lo que para ellos es cadalso: “Tras unos cuantos paseos por los severos claustros, suena el timbre. En sus rostros se acentúa todavía el abatimiento, se les apodera el temor, el pánico. Realizan sus exámenes ante tres señores que inspiran más que respeto y admiración, miedo. El alumno tiembla, su rostro se sonroja, su organismo parece no funcionar, sus sentidos se amortiguan, excepto el. oído, que ansioso espera las preguntas del señor del birrete…”

Había entonces tres modos distintos de seguir la segunda en­señanza: a) enseñanza oficial: los alumnos teman obligación de asistir a clases en los Institutos; b) enseñanza colegiada: los alumnos no iban al Instituto, sino a Colegios reconocidos, que presentaban a sus alumnos a examen en el Instituto, con una relación de las notas que cada uno merecía, según el Colegio; además, un profesor del propio Colegio formaba parte del tribunal examinador; y c) enseñanza libre: los alumnos no eran presentados por nadie.

De hecho, sin embargo, los alumnos libres solían pasar en ocasiones por el Instituto, para conocer a los profesores que los habían de examinar. De manera que quienes por lo común tenían más miedo al Instituto eran los alumnos de enseñanza colegiada, porque no iban al Centro oficial más que para exa­minarse.

En junio de 1914, Josemaría salió bien librado. Según la gacetilla del semanario Juventud, resulta el alumno de segundo curso con mejores calificaciones: notable en Geografía de España (ninguno ha llegado a sobresaliente); sobresaliente en Lengua Latina, Aritmética Demostrada y Religión. Como todos, ha aprobado la Gimnasia.

Pero mientras avanzaba en el Bachillerato, las desgracias se sucedían en su familia. Lo más doloroso fue el fallecimiento de las tres hermanas que le seguían: primero murió la más pequeña, Rosario, el 11 de julio de 1910, antes de cumplir el año; luego, Lolita, el 10 de julio de 1912, a los cinco años; y, por último, Asunción, a la que familiarmente llamaban Chon, el 6 de octubre de 1913, poco después de cumplir los ocho. Cuando ésta falleció, Josemaría era un niña de once años y su hermana mayor, Carmen, acababa de cumplir los trece. Los dos sufrieron mucho con estos golpes tan duros.

Lo apreciaron bien las amigas de la infancia. Entonces era costumbre que las niñas designadas por la familia asistieran al entierro, llevando las andas en que se colocaba el ataúd, o las cintas que colgaban de la caja, cuando el niño o la niña morían antes de hacer la Primera Comunión, como fue el caso de las tres hermanas de Josemaría. Adriana Corrales, por ejemplo, llevó la cinta de Rosario y Lolita; en cambio, cuando murió Chon, que ya tenía ocho años, llevó una de las andas. No se le ha olvidado lo mal que, por estas desgracias familiares, lo pasó Josemaría. Al morir Chon, como las hermanas habían ido falleciendo por edades ‑de menor a mayor‑, Josemaría decía que entonces le tocaba a él. Dejó de repetirlo cuando se dio cuenta de que a su madre le entristecía. Ella le aseguraba:

‑No te preocupes, que tú estás ofrecido a la Virgen de To­rreciudad.

Efectivamente, la familia tenía una devoción grande a esta advocación de la Virgen y, cuando Josemaría fue desahuciado por los médicos a la edad de dos años, le ofrecieron a Nuestra Señora si curaba de su enfermedad. Por eso, después, le llevaron en peregrinación a la ermita de Torreciudad.

La Baronesa de Valdeolivos vivió también aquella etapa: “No, puedo calcular cuánto tiempo después de la muerte de Dolores ‑debió de ser al verano siguiente‑ enfermó Chon. Parece que la estoy viendo ahora: era una niña rubia, muy mona”. Y expone que, estando una tarde en los porches, Josemaría le dijo que iba a subir a casa, para ver cómo se encontraba su hermana. Había muerto. Su madre le dijo que estaba muy bien, porque ya se había marchado al Cielo. Ante el desconsuelo de Josemaría, ella tuvo que insistir:

‑Hijo, no seas así. No llores. ¿No ves que Chon está ya en el Cielo?

La noticia también impresionó mucho a la Baronesa de Val­deolivos ‑entonces muy niña‑, porque se trataba de la tercer: hermana que se iba en muy poco tiempo, y eran amigas. Pero, a pesar de esta escena de dolor que se le quedó tan grabada, conserva la imagen de Josemaría como “un chico alegre, opti­mista, de muy buen corazón”.

Los Valdeolivos veían bastante a los Escrivá, pues aunque residían en Lérida, pasaban el verano en Fonz, y el mes de sep­tiembre iban a Barbastro a la casa de la abuela, que estaba en lo:, porches, muy cerca de la de los Escrivá. Allí, bajo los soportales o en su casa, pasaban muchos ratos jugando, a pesar de que Josemaría era cinco o seis años mayor que ella. Su recuerdo es el de “un chico bastante alto, fuerte, que llevaba medias altas: hasta la rodilla, y pantalón corto, como todos los de su edad en aquella época”. Él, más que jugar con la niña y con sus primo Joaquín Navasa y Julián Martí, se dedicaba a entretenerlos, porque eran más pequeños. Cuando iban a su casa, les sacaba sus juguetes, para divertirlos. Tenía muchos rompecabezas.

A ellas les gustaba hacer castillos con naipes. Una tarde ‑ha­bían muerto ya Rosario y Dolores‑, absortas en torno a la mesa, contenían la respiración al colocar la última carta de uno de aquellos castillos, cuando Josemaría ‑que no acostumbraba a hacer cosas así‑ se lo tiró con la mano. Se quedaron medio llorando, y Josemaría, muy serio, les dijo: ‑Eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira.

Sus pequeños amigos no entendieron nada. Ahora, la Baro­nesa de Valdeolivos piensa que esta frase “podía ser fruto de la huella que iban dejando en su alma de adolescente tantos aconte­cimientos dolorosos como ocurrían en su familia, que le hacían sufrir”.

A estos trances tan amargos se unían las dificultades econó­micas ‑cada día más serias‑ que atravesaba la familia. A fina­les de 1913, el negocio paterno estaba al borde de la quiebra. La gente solía decir en Barbastro de don José Escrivá: “Es tan bueno, que le han jugado una mala pasada”.

El hogar de los Escrivá conoció entonces momentos difíciles. Prescindieron de la cocinera, de la doncella y del restante servicio doméstico: de la niñera habían prescindido ya, poco después de la muerte de Chon.

La Baronesa de Valdeolivos era entonces muy pequeña, pero se le iba grabando lo que oía. Por eso le extrañó ver una tarde a Josemaría merendando pan con jamón, y comentó a su madre:

‑¿Por qué dicen que los Escrivá están tan mal? Josemaría ha merendado hoy muy bien.

Su madre le hizo ver que tan mal tan mal, como para no poder merendar, no estaban.

Doña Dolores se las arregló, ayudada por su hija Carmen, para sacar adelante las faenas de la casa, aunque no estaba muy bien de salud. Amigos de la infancia de sus hijos la veían por las tardes casi siempre planchando, sentada en una silla, porque ‑pensaban‑ estaba mal del corazón. Les admiró siempre su permanente sonrisa: nunca se quejó, a pesar de los agobios eco­nómicos que pasaba.

Así, trabajando de la mañana a la noche, la encontrarían años más tarde los socios del Opus Dei. Uno de ellos, Pedro Casciaro, la conoció en Madrid en 1936. Fue a la casa rectoral del Patronato de Santa Isabel, donde ella vivía con su hijo ‑era el Rector‑, para ayudar, con Francisco Botella, al traslado de baúles, maletas y paquetes, a la que sería su nueva casa, en la calle del Rey Francisco. Era la primera vez que la veía. No sabía cómo llamarla. Optó por decirle «Señora». Y realmente, subraya, era muy señora: le impresionó su modo de hablar en un tono bajo y dulce.

Al despedirse, les dio las gracias, y Pedro Casciaro se quedó con el sentimiento de que “había un parentesco especial entre ella y nosotros. Quizá después de conocerla aquel día es cuando comencé a llamarla Abuela”. Con ella vivían también sus otros dos hijos, Carmen y Santiago, pero de aquel día de 1936, Pedro Casciaro sólo se acuerda de doña Dolores: “Su cara era todavía joven. Irradiaba serenidad y, al mismo tiempo, traslucía sufri­miento interior: me pareció que tenia los ojos llorosos”. El país atravesaba en 1936 momentos difíciles. Después de las elecciones de febrero, había crecido la inseguridad social y el anticlerica­lismo se acentuaba. Doña Dolores tenía que cambiar una vez más de casa, también en circunstancias humanamente difíciles. Pero se había acrecentado la alegría serena con que aceptó desde el principio aquel quebranto económico de Barbastro, más de veinte años atrás.

Don José lo había llevado también con idéntica fortaleza. Todos coinciden en que su negocio acabó marchando mal porque algunos se aprovecharon de su confianza, de su buena fe. El fue siempre un auténtico caballero en todo. Se explica que pronto consiguiera trabajo en otra ciudad, siguiendo en el comercio textil. A principios de 1915 marchó a Logroño, para empezar a trabajar, buscar casa para su familia, y disponerla antes de que se trasladasen todos.

Los dos hijos, Carmen y Josemaría, acabaron con normalidad el curso. Pasaron el verano en Fonz. Volvieron a primeros de septiembre a Barbastro, y unos días después, a primera hora de la mañana, tomaban la diligencia de Huesca, camino ya de Lo­groño.

En el alma joven de Josemaría quedó grabada para siempre la lección de fe y entereza de sus padres, en aquel difícil trance. Lo evocaría años después, en una carta fechada el 28 de marzo de 1971, que escribía al alcalde de Barbastro, don Manuel Gómez Padrós, para contestar su felicitación por San José, y para agra­decer las noticias que le enviaba sobre la promoción social de nuestro pueblo:

Déjame que te diga que mi madre y mi padre, aunque hubie­ron de salir de esa tierra, nos inculcaron, con la fe y la piedad, tanto cariño a las riberas del Vero y del Cinca. Recuerdo, con­cretamente de mi padre, cosas que me enorgullecen y que no se han borrado de mi memoria, a pesar de que me fui de ahí a los trece años: anécdotas de caridad genera y oculta, fe recia sin ostentaciones, abundante fortaleza a la hora de la prueba bien unido a mi madre y a sus hijos. Así preparó el Señor ni alma, con esos ejemplos empapados de dignidad cristiana y de heroís­mo escondido siempre subrayados por una sonrisa, para que más tarde le fuera pobre instrumento ‑con la gracia de Dios‑ en la realización de una Providencia suya, que no me aparta del pueblo mío queridísimo. Perdóname este desahogo. No te puedo ocultar que, esas evocaciones, me llenan de alegría.

En la calle del Mercado ‑hoy General Mola‑ de Logroño, tenía don Antonio Garrigosa y Borrell una tienda de tejidos llamada “La Gran Ciudad de Londres”. Con él llegó a un acuerdo don José Escrivá, para participar económicamente en el negocio, a la vez que trabajaba a diario atendiendo a los clientes. A don Manuel Ceniceros, ahijado de Garrigosa, que comenzó su oficio en la tienda en 1921, le impresionaba la elegancia y dig­nidad de todo su comportamiento, especialmente en la forma de llevar su cambio de fortuna. “Se veía que era un hombre feliz y extremadamente metódico y puntual. Muy pulcro en el vestir”. Aún le ve con su bombín y su bastón paseando los domingos por el centro de Logroño.

Era también un hombre verdaderamente religioso. No se avergonzaba de confesarlo delante de personas que presumían de anticlericales; iba con frecuencia a Misa, antes de llegar pun­tualmente a su trabajo; rezaba el Rosario en familia: su casa era un auténtico hogar cristiano. Don José, en la memoria de Manuel Ceniceros, llevaba esta vida con gran naturalidad, sin alardes, como uno más en el trabajo, lleno de cordialidad, dispuesto siempre a ayudar a todos. Nunca se quejó, ni tuvo un mal gesto con nadie, por el revés de su fortuna.

Cuando en junio de 1975 le entrevistó un periodista, don Manuel Ceniceros confirmó lo que, al parecer, había considerado muchas veces ante los compañeros de trabajo: “Si la santidad del hijo ha sido como la de su padre, estoy seguro que llegará a los altares”.

Los primeros meses en Logroño debieron ser especialmente duros para la familia Escrivá, porque apenas conocían a nadie en la ciudad. Vivían en la calle Sagasta, número 18 (hoy, 12), en un piso cuarto, de techos bajos, cubierto sólo en parte por una buhardilla: piso caluroso en verano y frío en invierno.

Aún vive en Logroño doña Paula Royo, cuyo padre trabajó en el comercio de Garrigosa. Ella ha referido cómo éste rogó a su padre que ayudara a los Escrivá para que se ambientasen en su nueva ciudad. Surgió así una buena amistad entre los Escrivá y los Royo. Muchos domingos salieron de paseo por la carretera de Laguardia, o la de Navarra, después de cruzar el puente de Hierro sobre el Ebro. Advirtió la alegría y el buen humor de Josemaría, guapo, alto y corpulento. Se parecía mucho a su padre, “una persona muy buena, dulce y cariñosa”. Su hermana Carmen era más parecida a la madre. Paula Royo la encontraba un poco más seria, “pero encantadora también”.

Algún tiempo después, los Escrivá se trasladaron a la calle de Canalejas, número 7, a otro cuarto piso. Allí les conoció Sofía de Miguel, hoy una anciana que, con más de ochenta años, conserva su carácter vivo y abierto, y que entonces vivía en el quinto piso. Un hijo suyo, Fernando, tenía unos dos años más que Santiago Escrivá, nacido el 28 de febrero de 1919, y jugaban juntos con frecuencia.

Aquel piso de Canalejas seguía siendo modesto. Cuando lle­gaba el cartero, y había correspondencia para los Escrivá, Sofía se prestaba siempre a subir las cartas: “No sabe con qué ama­bilidad me agradecía este servicio”, señala. “Me acuerdo ‑aña­de‑ que un día llegué cuando estaban comiendo y con qué detalle tenían puesta la mesa. ;Eran unos verdaderos señores! También a Santiaguito le llevaban siempre muy bien arreglado, y hay que ver lo bien educado que estaba este niño…” Después de tantos años, le parece estar viendo a doña Dolores: “Tenía unos ojos muy vivos, no muy grandes, pero rasgados; y se peinaba siempre con un moño alto”. Asimismo, alaba a don José como hombre muy penetrado ‑inteligente, cultivado‑, y no se explica por qué trabajaba en el comercio de Garrigosa: “no sé por qué sería…, muchas veces, las cosas se tercian mal…”

“Era una familia maravillosa ‑escribe otro amigo de aque­llos años‑, y puedo asegurar que, si algún matrimonio he visto unido en mi vida, ha sido aquél: el de los padres de Josemaría. El padre era verdaderamente un santo. Estaba enamoradísimo de su mujer. Tenía una gran paciencia y conformidad en todo: siempre se le veía alegre. La madre era también una gran señora. Recuerdo perfectamente ‑aunque pueda parecer un detalle de poca importancia‑ las meriendas que nos prepa­raba. Sabía hacerlo muy bien y lo preparaba todo con gran cuidado”.

Don José trabajaba con intensidad durante toda la jornada en el comercio de la calle del Mercado y, luego, al llegar a casa, a pesar de su cansancio, seguía trabajando. Era muy responsable. Y sabía vivir con la sobriedad que le imponían también las cir­cunstancias. Su merienda era un caramelo. Manuel Ceniceros no se ha olvidado de este detalle, pues muchas veces fue él a com­prarlos: daban diez a la perra gorda. Y fumaba poco: en una petaca de plata llevaba los seis cigarros que fumaba cada día y que, como era usual entonces, él mismo liaba.

Por aquel tiempo Josemaría había terminado el Bachillerato, en el Instituto de Logroño. Atrás quedaban el curso tercero (1914‑1915), y los exámenes en Lérida; el cuarto, que hizo como alumno no oficial ya en Logroño, en el Instituto; y quinto y sexto, cursados como alumno oficial. En las 14 asignaturas de estos tres años de Logroño, consiguió dos Sobresalientes con premio, ocho Sobresalientes y cuatro Notables. Los premios fueron en Pre­ceptiva y Composición, de cuarto, y en Ética y Rudimentos de Derecho, de sexto.

Entonces, muchos alumnos oficiales iban por la mañana al Instituto ‑por lo general, de 9 a 1‑, y después de comer, hasta las ocho, asistían a colegios, en los que tenían clases de repaso, horas de estudio y actividades de formación humana y religiosa. En Logroño había dos de estos colegios: el de los Hermanos Maristas, y el Colegio de San Antonio, llevado por laicos, aunque tenía también un director espiritual, que residía en el Colegio Josemaría fue alumno del San Antonio.

Compañeros suyos atestiguan que fue un chico igual a tantos otros, sensato, no alborotador, “de los que no se tuercen por nada” (Eloy Alonso Santamaría); alto, más bien grueso, son­riente y amable (Antonio Urarte); algo reservado, pero alegre (Julián Gamarra), que participaba como uno más en las tertulias del “casino”: así llamaban a la reunión en el patio del Colegio, antes de entrar a las clases.

La hija de Antonio Royo dice que, para su edad, Josemaría era alto, más bien fuerte, de buen parecer, con una risa contagio­sa. “Sin embargo ‑agrega‑, su alegría no era estruendosa: era íntima, de verdad, muy agradable, y la contagiaba”. Paula Royo insiste en que nunca hubo nada en su comportamiento, algo externo que hiciera pensar en su vocación sacerdotal. Cuando dijo que quería hacerse sacerdote, “sus padres lo comentaron a los míos asombrados, pero en ningún momento le pusieron difi­cultades. No nos esperábamos que quisiera ser sacerdote. Era un chico de muy buen carácter, con muchos detalles de delicade­za…, pero muy normal, vamos”.

Lo habitual era entonces ingresar en el Seminario siendo niño, más o menos de diez años. Agustín Pérez Tomás, condis­cípulo en Logroño, alude a que un compañero dijo alguna vez a Josemaría que podía ser sacerdote, y él respondió muy conven­cido: ‑Bah, tonterías…

Josemaría nunca pensó que el sacerdocio fuera para él. Pero supo cambiar de planes, ante los barruntos de lo que Dios le pedía. Cuando se decidió a emprender ese camino, habló con sus padres, que le dieron consejos propios de una familia honda­mente cristiana. Y en octubre de 1918 empezó a estudiar en el Seminario de Logroño, como alumno externo. Luego, en sep­tiembre de 1920 se trasladó a Zaragoza, donde, pocos meses antes de la ordenación sacerdotal, le sorprendió una nueva des­gracia familiar: la muerte de su padre.

Don José falleció en Logroño el 27 de noviembre de 1924, en la misma casa de la calle de Sagasta en la que habían vivido antes, aunque no en el cuarto piso, sino en el segundo. Todo transcurrió en cuestión de horas. A1 levantarse por la mañana, se encontraba muy bien. Desayunó, rezó un buen rato ante una

imagen de la Virgen Milagrosa, que tenían esos días en casa, y se puso a jugar con el pequeño Santiago. Después se dispuso a salir, y, al llegar a la puerta de la habitación, se sintió mal. Se apoyó en el marco de esa puerta, y cayó desplomado sobre el suelo. Un par de horas después entregó santamente su alma a Dios, sin haber recuperado el conocimiento.

Apenas pasadas las nueve, en el comercio pensaron que algo serio debía haberle ocurrido a don José, pues todas las mañanas llegaba al trabajo puntualmente. El dueño envió a Manuel Ceni­ceros para que averiguase lo que le sucedía. Cuando llegó a Sagasta, don José aún vivía: falleció poco después ‑manifiesta­- con una santidad que invadía a toda la familia”. Le encargaron que pusiera un telegrama a Zaragoza, para informar a Josemaría de que su padre estaba muy enfermo, y decirle que viniera. Él mismo fue a esperarle al “rápido”. En el camino de la estación a casa, no tuvo más remedio que decirle toda la verdad: “Lo aceptó con una serenidad tan grande, que me sorprendió de una manera difícil de explicar”.

Con el tiempo, el Fundador del Opus Dei compendiaría así la vida de su padre: No le recuerdo jamás con un gesto severo; le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con sólo cincuenta y siete años, pero estuvo siempre sonriente. A él le debo la vocación.

Unos meses más tarde, la familia Escrivá se trasladó a Zaragoza.

II. ALGO DE HISTORIA

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Con motivo de una visita del Fundador del Opus Dei a Andalucía y después de participar, en compañía de más de dos mil personas, en una conversación directa con él, José María Pemán escribió el 22 de noviembre de 1972 en la tercera página del ABC un delicioso artículo, rematado por este mano a mano con el «Séneca»:

«–Don José: si le llaman a todo esto Obra de Dios, ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las “causas segundas”.

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera».

No se podía resumir mejor, a mi juicio, ni con palabras más llanas, la verdadera historia del Opus Dei, ésa que parece tan fácil de escribir yendo desde ahora, después del Concilio Vaticano II, hasta su comienzo, y que resulta sobrehumana –léase sobrenatural– en cuanto uno se planta en 1928, observa el panorama de España y del mundo y trata de hacer camino al andar, de acuerdo con lo que Dios indudablemente quería. A la gente del Opus Dei no le gusta hablar de milagros –suelen decir, como Mons. Escrivá de Balaguer, que les basta con los milagros del Evangelio para creer–, pero indudablemente es ya un prodigio ese formidable cambio de mentalidad, operado en los cristianos y en todos los hombres, que nos hace ver hoy prácticamente como normal lo que hace unos años apenas se podía imaginar.

La «causa segunda», que decía el «Séneca», fue un muchacho de Barbastro, nacido el 9 de enero de 1902 y escogido por Dios para sacar adelante el Opus Dei. Se llamaba Josemaría y, según él mismo ha dicho, con perspectiva de lustros, atribuye más del noventa por cien de su vocación a la vida cristiana de sus padres, don José Escrivá de Balaguer y Corzán y Doña Dolores Albas y Blanc. En Barbastro inició los estudios de enseñanza media, que terminaría en Logroño…


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