Las preguntas y respuestas de Pozoalbero

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Testimonio de José María Pemán, Escritor. Miembro de la Real Academia Española

A la salida de Jerez hay una finca que se llamaba Santa María del Pino. Era de los Agreda, viejos tíos de mi mujer. En esta finca, viniendo yo de Cádiz cada tarde, visitaba a mi novia. Los noviazgos entonces eran largos por estas tierras. Los novios se tomaban tiempo para casarse, como los cipreses se toman tiempo para crecer.

Luego, hace ya bastantes años, pasó a ser residencia, casa de retiros del Opus Dei. Desde entonces tomó el nombre de Pozoal­bero. He advertido que a la Obra de Dios no le gustan los nombres demasiado confesionales:  Santa María, San José… No le gustan los santos en el Catastro. Se piden nombres a la naturaleza y a la esté­tica. Creen, con razón, que si Dios, según el decir teresiano, anda entre los pucheros, más debe de andar entre los pozos y entre los pinos… Hay que imitar aquella humilde respuesta naturalista del gitano en su diálogo inquisitivo con la Guardia Civil.

- ¿Dónde duermes?

- Tengo un árbol que no me lo merezco…

En Pozoalbero se había habilitado para salón de actos una vieja nave de lagares. Se le habían añadido reposteros, sillones, sillas. ¿Qué uvas iban a ser pisadas en tan espectacular vendimia? Los sencillos, los cristianos rasos, en número superior a los dos millares, eran carretadas de las uvas que iban a extenderse en el salón–lagar.

Monseñor Escrivá de Balaguer, venido a estas tierras del sur, iba a ser el pisador. Y Santa María, escondida tras el pozo, se encargan de dar la última vuelta y apretujón de la prensa al orujo o al alpechín.

En el repostero, al fondo del estilizado lagar, lucía esta divisa: «Siempre alegres, siempre felices, con alma y con calma». Casi un pleonasmo esa invocación de la alegría y la calma. Todo el auditorio venido a Jerez desde Córdoba, Sevilla, Huelva, Cádiz, Málaga, etcé­tera, era andaluz y ya se habían encargado de traer por su cuenta su propio equipaje de alegría y de calma. Auditorio abigarrado: hombres, mujeres, chicas, muchachos. Muchos de éstos, con mele­na y barba, con «sueters» y camisas de colores explosivos: rojos, verdes y amarillos de bombona de butano. Estoy seguro de que habían dejado su guitarra en el perchero.

Un revuelo en la puerta que suena a timbre o aldaba. Silencio, primero, y luego, aplauso cerrado. Entra el padre. Lleva prisa por­que siempre la lleva, porque va «a otra parte». Porque tras cada vendimia y pisa hay una nueva cosecha esperando y soleándose en el almijar: ayer, no más, estaba en Lisboa y en Fátima rodeado de muchedumbres ávidas. Lleva prisa porque siempre va a «otra cosa», a una llamada urgente, como el tocólogo, como el traumatólogo. Los escritos ascéticos se han buscado infinitas metáforas titulares: el «Castillo», de Santa Teresa; la «Ciudad» de San Agustín; el «Ca­mino». Un viejo sacerdote, capellán de una ermita mariana, comen­taba: «Este es un hombre zarandeado por el Espíritu Santo; y los caminos y mociones del Espíritu Santo no están previstos en ningún “Michelín”».

Y empezó su tarea. Unas brevísimas palabras y en seguida abre el coloquio. Quiere preguntas. Quiere que le pregunte el dolor, el miedo, la cesta de la compra, la familia numerosa. Va recorriendo casi toda España; satisfaciendo en todas partes dudas, penas, con­fusiones. Como su faena es diaria, interminable, con pases muy enla­zados, cualquier momento es bueno para dar la vuelta al ruedo. Porque, además, para él, la «vuelta al ruedo» no es previo ni des­canso, sino que sigue siendo faena. La técnica, sin técnica, de sus coloquios siempre es la misma. Pregunta cualquiera. No estamos en un congreso científico. La pregunta nace, quizá, del ignorante, del despistado, del engañado. Las echan a volar estos modestos palomares. Y por el aire se van volviendo sabiduría. También siguen una técnica muy personal las respuestas de Monseñor, que parecen dichas desde una torre de varios pisos superpuestos. En el bajo, la gracia humana: la anécdota o el comentario que mueve a esa oración de los sencillos que es la risa. En seguida, el piso central: que es la gracia poética, que expende emoción, que sugestiona tanto como persuade. Pero lo que exige el padre Escrivá a sus primeras gracias subalternas es que anticipen el aire de familia de la última, que espera en la azotea y que es la Gracia de Dios. Esta ayudará a que cada oyente reduzca la frondosa y graciosa palabra de Mon­señor a la taquigrafía intelectual y escatológica que lleva dentro.

Siempre he dicho que hace falta una historia analítica del sen­timiento religioso en España, como Henri Bremond la hizo para Francia, para encajar al padre Escrivá en su casillero propio, en su puesto dentro de la fila de la ascética española. Porque el convencio- nalismo propio de esta época confusa inclina a algunos a pen­sar que un maestro de espíritu tan original en su ascética del trabajo como oración, y la vida seglar y profesional como instrumento de perfección, debe ser un «progresista» rodeado de estilos chocantes y novedosos. Pero parece que Monseñor ha olfateado tan sutilmen­te el riesgo, que se ha echado de bruces sobre el contrapeso de la tradición popular española: el rosario, la peregrinación a la ermita, el latín no desechado, sino convivente con el español vernáculo. No se ha inscrito Monseñor en ningún «progresismo». Tampoco en ningún artificioso «regresismo». En el platillo nivelador de la difícil balanza de esto que llamamos crisis ha colocado, sencilla­mente, la tradición, que es como un comienzo de eternidad. «Darse» fue todo el verbo reflexivo que impulsó la obra de Cristo. La técnica de nuestro aragonesismo maestro de catolicidad o univer­salismo consiste en «darse a querer». No hay una misa -dice-. Hay cada día una misa nueva, puesto que el auditorio, el local y el momento intervienen en el Sacrificio. Lo que permanece igual es la jerarquía de las peticiones básicas. Monseñor hace confidencia al auditorio de su escala de intenciones jerárquicas de cada una de sus misas: por la Iglesia, por el Papa y por su Obra.

Me retiraba ya y quise antes visitar a los dos cipreses que plan­tamos hace treinta y tantos años mi novia y yo El ciprés ha sido calumniado al considerársele árbol funeral. Es la esbeltez clásica hecha árbol. Pertenece, en la familia arborescente, como el boj, el romero, la uña de gato, a los vegetales a que da exactitud, perfil y volumen, las tijeras profesionales del jardinero. La Naturaleza es experta en pintar colores o musicar ramas y vientos. Pero, ¡anda que cuando se mete a hacer de arquitecto!

Reconocí la voz del «Séneca». Buscó conmigo los dos cipreses. Quedaba sólo uno. Se oía lejos el murmullo del auditorio que bus­caba sus coches en los aparcamientos improvisados en huertas y jardines vecinos.

–Don José: si le llaman a todo esto «Obra de Dios», ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las «causas segundas».

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera.

Un trabajador de Dios

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Testimonio de Juan de Contreras y López de Ayala, Marqués de Lozoya
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Con la juventud de su alma, ya para siempre enamorada de Dios, Monseñor Escrivá de Balaguer vive ahora en la Casa del Cie­lo. Y en su tumba romana, la ciudad que amó con ternura por ser la sede de Pedro, se abren a diario rosas rojas como un canto de fe, de amor y de esperanza cierta. Hoy hace un año, al filo del medio­día, el Señor quiso acariciar su corazón. Fue la última de las lla­madas divinas –la definitiva– en aquel diálogo de fidelidad a la gracia que fue la vida toda de Monseñor Escrivá de Balaguer. Se marchó, pero no se ha ido, porque así es la paradoja de los que duermen en el Señor. Desde el corazón de Dios, la luz, el amor y la mirada de los santos están más presentes que nunca en nuestras almas de caminantes.

Dios quiso elegir al fundador del Opus Dei para hacer con proyección de siglos– una siembra de santidad, de paz y de alegría en medio del mundo. Le envió como un juglar de Dios– para gritar a los hombres que la santidad no es cosa de privilegiados, sino la vocación y el destino común de todos los cristianos. En la oficina o en la fábrica; en la universidad o en el campo; todos –sanos o enfermos, pobres y ricos, jóvenes y personas maduras–, sin aban­donar el mundo, ni todo lo humano noble y limpio, han de luchar por ser santos. Y este querer de Dios se ha hecho realidad con sen­cillez, sin espectáculo, en todos los rincones de la tierra, por la entrega sin condiciones, por el heroísmo cristiano de Monseñor Escrivá de Balaguer, que –lo escribo con emoción porque mi mote pre­ferido es serviam– sólo vivió para servir.

Una de sus fundamentales enseñanzas es que todo trabajo humano honesto, la obra bien hecha, a la que nunca faltan ni el esfuerzo ni el cansancio ni la fatiga, puede convertirse en oración, en una posibilidad de encuentro con Dios, es un medio de santi­ficación y de apostolado en todos los ambientes. Tanto da en este punto que el trabajo sea intelectual o manual. Para Monseñor Escrivá de Balaguer no tiene sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. Delante de Dios –y este era el plano sobrenatural en el que siempre se movía– no hay nunca oficios de poca categoría. Cualquier tarea –por humilde que pueda parecernos-, si se hace bien y por un motivo sobrenatural se llena de la trascendencia divi­na. « En el mensaje espiritual de Monseñor Escrivá de Balaguer ––re­cordaba hace unos días en la Universidad de Navarra don Alvaro del portillo, actual presidente general del Opus Dei– el trabajo humano–esa noble actividad que el materialismo trata de convertir en barro que ciega a los hombres y les impide mirar al Cielo– se ha hecho colirio para mirar a Dios, para hablar y amar al Señor en todas las circunstancias de la vida, en todas las cosas».

Movido por la fuerza del Espíritu Santo, que había grabado en su alma la convicción del valor divino del trabajo, Monseñor Escrivá de Balaguer quemó su vida trabajando, sin conocer un descanso. Confesaba con sencillez que no sabía estar sin hacer nada. Traba­jaba y trabajaba, exprimía los minutos y los segundos no por una quemazón de activismo, sino persuadido de que el tiempo de amar a Dios en esta vida es siempre breve. «Los que andan en negocios humanos dicen –escribió en Camino– que el tiempo es oro. Me parece poco: para los que andamos en negocios de almas el tiempo es gloria». Entiendo muy bien –porque lo he vivido– que este modo de hablar apareciera –en los comienzos de su predicación, en torno a los años treinta– – como una novedad imponente. Lo que abundaba en esos momentos era pensar –por un arrastre de siglos– que el trabajo, sobre todo el manual, era algo vil, un castigo inherente al pecado o un estorbo para la santificación de los hombres. Y entien­do también que en aquellas tertulias con miles de personas, que

Monseñor Escrivá de Balaguer tenía en todo el mundo y con todo el mundo, hiciera con frecuencia la señal de la cruz en la frente de tantos estudiantes o intelectuales o dejara en las manos enca­llecidas de los trabajadores manuales un par de besos, esos besos que suelen quedar reservados para las manos consagradas de los sacerdotes.

El ser y sentirse trabajador, la experiencia del valor redentor del trabajo, daba a Monseñor Escrivá de Balaguer aquel señorío propio de las almas grandes. Trataba de igual modo, con el mismo corazón, con idéntico cariño y delicadeza, a un eminente hombre de ciencia que a una mujer de la limpieza o a un campesino de cortas letras. Su mirada amabilísima para todas las profesiones honestas estuvo siempre unida al fuego que nacía de su alma sacer­dotal. Le gustaba repetir que un sacerdote ha de tener, como Cristo, los brazos abiertos para que en ellos tengan cobijo todos los hom­bres, sin discriminación alguna. Y Monseñor Escrivá de Balaguer fue fuego que encendió en la paz, en la alegría interior, a millares de personas, con la humildad y el trabajo de un borrico de noria.

Lo que importa

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Lo primero, lo que importa en la vida, “es ir al cielo: Si no, nada vale la pena”. Aviso a tener en cuenta, sabio consejo. Nos invitaba a un ajuste de horario, poner la flecha de nuestra brújula en rumbo, enflechar el orto de nuestro camino, ese amanecer que todo lo alumbra. Navegar en nave segura. Con buen rumbo. ¡Ay, la Iglesia! Romper esos densos nubarrones de las amenazas enemigas, sortear las escaramuzas de un enemigo prepotente, amo del mundo, dispuesto a no soltar su presa magullada. Un enemigo conocedor de nuestra vida, maestro del engaño, explotador de nuestro orgullo. Enemigo que no fácilmente nos soltaba de sus fauces de lobo feroz. Nos humillaría, nos despojaría de privilegios, en la vida y en el trabajo. Perderíamos amigos y honores. Era un camino contracorriente que nos quitaba la felicidad. Vino la enfermedad, la prueba necesaria, la cruz esperada a seguir…La sentencia del Fundador sobre el cielo nos ponía contra la pared, emplazándonos a una lucha que veíamos desigual, Goliat con sus armas frente al David de solo su honda, el brazo oculto de Dios en la mañana…¡Todo el ejército enemigo expectante, aguardando la derrota! Cayó Goliat, pero el enemigo no cejó en su persecución, en sus terribles zarpazos… Cuando todo parecía perdido, venía pronto el aviso firme y reiterado:”Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena”. (“Es Cristo que pasa”).

Vendrían después otros avisos que ponían barruntos de esperanza en nuestra vida. Cirros dorados como plumas de ángeles. “Dedica, sin regateo, el tiempo necesario a la oración; acude en ayuda de quien te busca; practica la justicia, ampliándola con la gracia de la caridad”. (“Es Cristo que pasa”). Quizá el más comprometedor, el más directo, el punto uno de Camino: “Que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor”. Frases, notas, que eran como florecillas que nos salían al camino de nuestras lecturas, campo de verdor, refulgente, en el que el alma encontraba su remanso más tranquilo y luminoso. ¿Eran esas las verdes praderas del cielo? ¿Significaba esto un nuevo caminar? Dios nos esperaba en la orilla, junto al mar, con los pececillos de la pesca en sus manos…”Venid a retiraros conmigo en un lugar solitario, y reposareis un poquito…”

“Al recordar esta delicadeza humana de Cristo, que gasta su vida en servicio de los otros, hacemos mucho más que describir un posible modo de comportarse,”- nos decía san Josemaría, Punto 109, saliéndonos al paso,“Es Cristo que pasa”.- “Estamos descubriendo a Dios.” Y nos dirá con palabras de sentido amor que “Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida familiar…” ¡Es aquí, en ese escenario, donde Dios nos quiere! ¡Conoce nuestras limitaciones, nos ama con amor de Padre que conoce las angustias y penas de sus hijos que se esfuerzan y fracasan tantas veces en esa pelea de su vida ordinaria! Parece como si dijese: Yo soy que eres una calamidad, pero eres hijo mío, has salido de mis manos, te ha contaminado el mundo con sus mentiras y miserias y yo trato de salvarte una y otra vez, ya ves como sangro…Soy una fuente de misericordia que nunca se agota, la voluntad de mi Padre es que seque la sed de los sedientos, beber todo el dolor humano, daros agua de la fuente del manantial que no se agota y da vida eterna, lavarte con mi sangre que cura y salva…

Con verdad y libertad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

«Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. -¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión?

Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores… » (11)

Un rasgo esencial del espíritu del Opus Dei es la valoración del trabajo profesional. Esa tarea que vincula al hombre con el mundo. La parcela de tierra y de historia en que los hombres y mujeres desarrollan sus virtualidades y entran en comunicación -comunión solidaria-, con los demás ciudadanos, en igualdad de circunstancias. De ahí la exigencia de que todos los miembros de la Obra trabajen y su apertura a toda persona, de cualquier clase o condición, que desempeñe una tarea u oficio en medio del mundo.

Porque, además, es en el desarrollo de las actividades cotidianas, en el modo de enfrentarse con el esfuerzo, con las situaciones favorables y adversas, con los triunfos y fracasos, donde los miembros de la Obra deben dar testimonio de la luz de su llamada y ayudar a los demás a conocer o redescubrir el amor de Cristo.

Esta necesidad de comunicar aquello que plenifica la propia vida, de ofrecer a los demás lo mejor y más clarividente de la existencia, es la dimensión apostólica del Opus Dei. Porque es preciso comunicar a los demás esta llamada de Dios que pende sobre la vida de tantos que aún ignoran que sus nombres están escritos para una misión de incomparable grandeza.

Al Fundador nada genuinamente humano le es ajeno. Llama, en nombre de Dios, en medio de las circunstancias del trabajo, en el cansancio, en la enfermedad, en la alegría y en el dolor. Rastrea en el oficio de cuantos se acercan a su palabra y abre para todos esa aspillera por la que puede escaparse el pensamiento y anclarse diariamente en el amor de Dios Padre.

Cuando señala a sus hijas e hijos los caminos del apostolado, de la amistad, no limita ni uno solo de los campos donde puede estrenarse el diálogo y la actividad humana de cada día:

«Oradores y conferenciantes, polemistas, productores de películas, escritores para la prensa y la radio, médicos y enfermeras con sentido cristiano de su misión profesional, especialistas de obras sociales (…).

Y en la oficina y en el comercio, en el periódico y en la tribuna, en la escuela, en el taller y en las minas y en el campo, amparados por vuestra oración, por vuestros consejos, por vuestro ejemplo y por vuestro constante trabajo, serán también portadores de Dios en todos los ambientes de los hombres, según aquellas palabras de San Pablo: glorificate et portate Deum in corpore vestro (1 Cor VI, 20), glorificad a Dios con vuestra vida y llevadle siempre con vosotros»(12).

En función de este apasionado amor al mundo se puede describir un templo natural, como él lo hizo, en octubre de 1967, al celebrar la Santa Misa sobre el Campus de la Universidad de Navarra:

«Nos encontramos en un templo singular; podría decirse que la nave es el campus universitario; el retablo, la Biblioteca de la Universidad; allá, la maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de Navarra…

¿No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvidable, que es la vida ordinaria el verdadero lugar de vuestra existencia cristiana? Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres»(13)

Y en verdad que los más variados oficios y profesiones vendrán a estar representados en la gran familia del Opus Dei. Ningún otro aglutinante más que la realidad de su espíritu y sus fines exclusivamente sobrenaturales podía reunir una tan abigarrada representación.

Un día, al regreso de un viaje de Pamplona a Madrid, en 1964, se acerca al Colegio Mayor Alcor, entonces todavía en construcción. Al llegar el Padre, un albañil cruza la puerta con la herramienta en la mano. Al verle, instintivamente se quita la boina y esconde las manos manchadas de cal. El Fundador, con una sonrisa, le coge las manos, le saluda y se las besa sin afectación alguna, con toda sinceridad:

-«Hijo mío, tus manos son las de Cristo y están ungidas por el trabajo. Merecen todo el respeto, y puedes hacerte santo. Yo trabajo como tú, aunque -le dijo sonriente- yo me mancho de tinta hasta aquí», y señaló el codo. Después, le da un abrazo(14)

De situaciones muy parecidas recoge, sin duda, su comentario el Marqués de Lozoya:

«Y entiendo también que en aquellas tertulias con miles de personas que Monseñor Escrivá de Balaguer tenía en todo el mundo y con todo el mundo, hiciera con frecuencia la señal de la cruz en la frente de tantos estudiantes e intelectuales, o dejara en las manos encallecidas de los trabajadores manuales un par de besos: esos besos que suelen quedar reservados para las manos consagradas de los sacerdotes» (15) .

En cualquier reunión, es un médico quien le aborda:

-«Padre, ¿cómo empujar a Dios a nuestros enfermos?».

-«Ten presencia de Dios. Invoca a la Madre de Dios, como ya lo haces. Ayer estuve con un enfermo al que quiero con todo mi corazón de Padre, y comprendo la gran labor sacerdotal que hacéis los médicos. Tienes que actualizar ese sacerdocio. Cuando te laves las manos, cuando te pongas la bata, cuando te metas los guantes, piensa en Dios y en ese sacerdocio real del que habla San Pedro. Entonces no tendrás rutina: harás bien a los cuerpos y a las almas»(16)

Y aquel hombretón, todavía joven, que le interpela, desde el fondo de un teatro lleno de gentes argentinas:

-«Padre, yo me crié en la calle, con los muchachos de la esquina, con la barra del café; me convertí a los veinticinco años, y soy de los que dicen que tienen estaño. He conocido la Obra unos años después, y he aprendido a querer a Nuestro Señor con este corazón que tenemos, con este corazón de barro, y a veces tengo miedo de que, como también tengo un idioma de la calle, no sepa expresarme, avisarle al mundo de la felicidad que se están perdiendo al no querer al Señor. ¿Cómo puedo hacer?».

-«Habla con sinceridad con ese idioma, porque te entienden. Tú tienes, de verdad, el léxico mejor para ayudar a que las almas lleguen a amar a Jesucristo. Háblales con su lengua, que es una lengua buena. Si se te escapa alguna palabra fuerte, mientras no sea ofensa a Dios, déjala que se escape. Pero sé sincero, noblote como eres, valiente» (17) .

En otro momento, es una mujer empresaria que le pide un consejo para saber ejercitar a tiempo, y con justicia, la virtud de la firmeza en su trabajo:

-«Tienes que manifestar la fortaleza de un varón, pero con la delicadeza de una mujer (…). Te recomiendo la devoción a San José, el gran empresario de las cosas del alma y de las cosas del cuerpo, porque tuvo que sacar adelante a una familia divina con las fuerzas de un hombre, de un trabajador»(18).

Y ahora es un entrenador, a quien le gusta darle al balón y su mujer se queja porque les atiende poco: a ella y a los hijos. ¿Usted qué dice, Padre?

Y el Padre le anima, de modo divertido, a que haga partícipe a su esposa de las cosas de su trabajo:

-«Digo que, si dejamos hablar a tu mujer, te dirá que sí, que sigas; que lo único que quiere ella es hacer de árbitro alguna vez. Y si le dejas, lo hará maravillosamente » (19) Más tarde es un artista, que le pregunta cómo se puede santificar un trabajo absolutamente desordenado. No parece fácil.

-«Oí contar una vez que había un sacerdote muy fervoroso -hay muchos sacerdotes santos por ahí, gracias a Dios: los conozco en todos los países-, y estaba hablando a sus parroquianos. Les decía que todas las obras de Dios son perfectas: perfecto el mundo, perfecto aquello, perfecto lo otro… Y de pronto, un pobre parroquiano, que era giboso, se subió al presbiterio y le dijo: señor cura, ¿y yo? Yo… ¿también soy perfecto? El sacerdote le miró un poco y le dijo: en el género de los gibosos, no he visto nada más perfecto.

Mirad… El Señor nuestro tiene unos pinceles más hermosos que los de Velázquez. Todos recordáis (…) la figura de aquel valido de Felipe IV, que era giboso: el Conde-Duque de Olivares. Y habéis visto su retrato en el Museo del Prado: un caballero formidable, maravilloso…; no se le ve la giba.

No hay ningún trabajo honesto, por desordenado que parezca, que no se pueda santificar. Nada tiene gibas»(20).

Un comentarista escribirá acerca de las tertulias con Monseñor Escrivá de Balaguer:

«Los oyentes ríen (…), se dejan llevar felizmente hacia lo alto. Pero, en realidad, él no ha subido ni bajado: él no se ha movido de ese punto donde lo divino y lo humano se encuentran, donde orar y trabajar son lo mismo, donde el buen humor terreno y la alegría de Dios se identifican»(21).

Los más diversos estados, oficios y actitudes se convierten en voz que interroga, con la seguridad de oír una respuesta afectuosa, chispeante, llena de trascendencia, pero también con el calor de lo humano, de lo profundamente enraizado en la cotidianeidad de la vida y del trabajo.

Un día se reúne con muchos hijos suyos, jóvenes. Les dice que tienen que ser santos, alegres, responsables de su profesión, donde Dios les ha puesto.

Y uno levanta el brazo preguntando si alguna profesión como la que él había practicado algún tiempo, la de carterista, podría ser superada con un trabajo digno de ser ofrecido a Dios.

El Padre, riendo, pero conmovido, le dice que a él lo que le ha robado ya es el corazón.

Unos años antes escribía:

«Hemos de conquistar para Cristo todo valor humano que sea noble: estad atentos a cuanto existe de verdadero, de honorable, de justo, depuro, de amable, de virtuoso y digno de alabanza (Phil IV, 8) »(22).

En esta línea de afecto y hondura explica Peter Berglar, Profesor de Historia en la Universidad de Colonia (Alemania), cómo después de una larga y agitada vida -en cuyo centro está el día de su conversión a la fe católica con la búsqueda de Dios, el acercamiento a Cristo y la lucha por alcanzar la verdad-, el Opus Dei se ha convertido en su patria espiritual

Y el de un conocido deportista de nacionalidad argentina:

«Cierto día de junio de 1974, me enteré del arribo de Monseñor Escrivá a nuestras playas (…). Acudí a casi todas sus apariciones públicas, que tuvieron por marco el Colegio de Escribanos de Buenos Aires, los teatros General San Martín y Coliseo, abarrotados de público. Comprobé cómo, con sus primeras palabras, el Padre levantaba la temperatura de la sala, poniéndonos sin dilación frente a las realidades sobrenaturales. Realidades que, sin embargo, lejos de contraponerse a las terrenas, se amalgamaban con ellas, otorgándoles una dimensión diferente. Advertimos pronto que Dios andaba entre las butacas»(23).

Y el Profesor Jeróme Lejeune, profesor de Genética en la Universidad de París y miembro de la Academia Pontificia de Ciencias, que tiene ocasión de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer en Pamplona, en mayo de 1974, cuando le confiere el título de Doctor honoris causa de la Universidad de Navarra, de la que es Gran Canciller.

Lejeune se manifestará encantado de conocer a un hombre de sus años, con tanta vitalidad y, si pudiera definirse así, con una caridad gozosa que se trasluce en su calurosa acogida.

El Fundador, decía a un hijo suyo que había trabajado cerca de ambientes teatrales y cinematográficos en Roma:

«Es necesario trabajar con empeño y seriedad (…). Sé audaz. No te escandalices de nada. Procura conocer y tratar a las personas de este mundo con mucha comprensión y afecto. Muchos no saben lo que es una amistad verdadera, ni un afecto puro y desinteresado. Encomiéndate y encomienda a las personas que tratarás a la Mater Pulchrae Dilectionis -Madre del Amor Hermoso-. Tantas cosas pueden cambiar también en estos ambientes infiltrados de paganismos (…) si trabajamos con inteligencia y con fe (…).

No hay necesidad de hacer obras teatrales y cinematográficas de carácter hagiográfico o sacro para hacer discursos cristianos (…). Basta afrontar con garbo la vida, los temas de la vida común, con los problemas ordinarios del hombre, con sus dramas, con sus comedias… contando las cosas con cierto estilo y con cierto espíritu (…).

Sé audaz en el trato con las personas. Mira si puedes salvar alguna que está próxima a caer en las puertas del infierno (…). Lo importante es que tengas bien firmes los pies sobre la tierra sólida de tu fidelidad»(24).

En este amplio retablo, todos los miembros del Opus Dei tienen la más absoluta libertad y responsabilidad personales, en cuanto atañe a las múltiples opiniones humanas temporales. Su dispersión por los caminos del mundo es tan dispar como lo son las decisiones y dedicaciones de los hombres. Su único nexo, la necesidad de recalar en la doctrina católica y en el espíritu del Opus Dei. De esto es de lo que la Obra se hace responsable. Lo demás es campo abierto a la conciencia de cada uno.

Decía, una vez más, en el Campus de la Universidad de Navarra, en octubre de 1967:

«Interpretad, pues, mis palabras, como lo que son: una llamada a que ejerzáis -¡a diario!, no sólo en situaciones de emergencia -vuestros derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como ciudadanos -en la vida política, en la vida económica, en la vida universitaria, en la vida profesional-, asumiendo con valentía todas las consecuencias de vuestras decisiones libres, cargando con la independencia personal que os corresponde»(25).

Ultimo viaje a América

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El nuevo viaje a Venezuela quedará fijado para las fechas del 4 al 15 de febrero de 1975. El Padre cruzará el Atlántico de nuevo, acompañado por don Alvaro y don Javier. Las personas que viven en la Sede Central conocen la proximidad del viaje desde el 9 de enero.

«Cogeremos el avión, y a América por tercera vez. Padre, ¿tiene usted muchas ganas de ir? La verdad es que nunca tengo muchos deseos de viajar, pero estoy muy contento de ver a mis hijos de aquellos países y de decir la verdad de siempre, en el modo habitual, sin poner obstáculos a la palabra»(69)

El 29 de enero sale de Roma en vuelo hacia Madrid. Durante seis días, permanece en la casa de Diego deLeón. Antes de emprender el camino del aeropuerto de Barajas, se reúne unos minutos con algunos hijos de España. Les cuenta que no le apetece nada ir a América que «eso quiere decir que las cosas irán bien». Y luego, pide sus oraciones:

-«Rezad por mí para que sea bueno, que no haga el tonto a estas alturas: que tenga buen humor. Nunca he perdido el buen humor, pero he tenido genio, y el Señor se ha servido de mis malas cualidades, ya que no se podía servir de otras. Y no me he arrepentido nunca de haber tenido genio. Porque no me ha faltado cariño; no he maltratado a nadie, quiero a todos. En esto no tengo mérito porque el Señor me ha hecho afectuoso»(70).

A pesar de la resistencia física ante este largo desplazamiento, sube al avión que ha de conducirle nuevamente al trópico sin un gesto de apatía, sin traslucir el menor síntoma de malestar. Con el afán de darse y de cumplir la promesa hecha a sus hijos unos meses atrás.

Del 4 al 15 de febrero de 1975, se reunirá en Caracas con más de veinte mil personas. Han venido de Puerto Rico, Trinidad, Colombia, Estados Unidos y Ecuador.

«Hijos míos, me da mucha alegría estar junto a vosotros. Nos hemos reunido consummati in unum, formando un solo corazón, para hablar de Dios, porque los sacerdotes no sabemos hablar más que de Dios»(71).

Los diálogos de estas tertulias numerosas en Altodaro son, si cabe, más ágiles, más agudos que nunca. Como si se hubiera esfumado todo rastro de cansancio. Aunque las huellas del agotamiento aparezcan, sabe ocultarlas, con el afán y el entusiasmo del mejor brío apostólico. Sigue con puntualidad el horario trazado, sin permitir que disminuya el ritmo de estas jornadas.

En una de las tertulias, se levanta un hombre con barba muy poblada:

-«¡Padre, Padre… ! Con todo respeto… -¡Con todo respeto y con barbas…! -Padre. Yo soy hebreo.

-¡Hebreo! Yo amo mucho a los hebreos, porque amo mucho -con locura- a Jesucristo, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus herí et hodie, Ipse et in saecula; Jesucristo sigue viviendo, y es hebreo como tú. Y el segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño»(72).

Otra voz se levanta allá en el fondo:

-«Padre, soy enfermera, y quiero contarle un suceso muy importante que ocurrió en mi vida. Hace dos años, sin saber que me encontraba en estado, me hicieron un estudio radiológico. Cuando se confirmó que iba a tener un hijo todos me aconsejaron abortar, porque pensaban que el hijo iba a nacer completamente deforme (…). Yo acudí a la Obra, como otras veces. Y hablé y me aconsejaron y me ayudaron. Yo recé mucho, y ellos por mí. Y ahora tengo una niña muy linda, Padre, que aunque no esté permitido que entre, yo la traje para que usted me la bendiga».

-«Bendecida, y que seas tú mil veces bendita también, porque has obrado como buena cristiana. No tiene otro camino una cristiana. ¡Lo otro es criminal, brutal! ¡Es un asesinato, un infanticidio, y es privar a una criatura del Paraíso!»(73).

Tercia, después, un hombre joven:

-«Padre, los latinos -y en especial los del trópico- tenemos la mala fama de ser un poco flojos. ¿Cómo podemos acabar con esa mala fama?

-¡Yo digo que el trópico es un tópico! No es verdad que seáis flojos. Es una excusa de comodidad: de esa manera os tumbáis a la bartola, y como somos del trópico… Tenéis que ser fuertes. Sois temperamentos capaces de cualquier cosa grande, de cualquier cosa noble, de cualquier cosa santa; y, como yo, de cualquier cosa vil, de cualquier cosa vergonzosa, de cualquier cosa malvada. Por eso hemos de luchar. Tú y todos los del trópico, yo, que no soy del trópico, pero que me siento ya del trópico» (74)

Alguno de estos días la gente joven inunda con su presencia el jardín de Altoclaro. Viene armada de guitarras, y asedian a preguntas al Padre, que pasa un rato formidable en medio de esta vitalidad de colorido indescriptible.

Entre el bullicio, se abre camino una voz seria:

-«Padre: el año pasado, cuando teníamos la ilusión de que llegaba (…) -lo estábamos esperando con tanto cariño-, yo tuve que irme a Colombia a operarme de la vista y ofrecí el dolor de no verlo y las molestias de la operación por los frutos de su viaje (…). Le ruego que me permita cantarle una canción que le compuse para esta fecha».

La muchacha, muy joven, está ciega. Pero maneja bien la guitarra y tiene una bonita voz, templada y firme: «Creo que encontré mi camino. Creo que encontré mi verdad: ¡ah! creo que encontré mi destino y que no hay oscuridad».

La emoción ha cruzado durante varios minutos por entre la luz deslumbrante de la reunión.

Otro día, las preguntas resbalan de la cabeza al corazón y… al bolsillo.

-«Padre, aquí estamos un grupo de puertorriqueños, que hemos venido a verle con mucho cariño. Quisiera preguntarle dos cosas. La primera, qué hacer cuando para sacar obras de apostolado nos metemos en muchas deudas y parece que nos falta la fe; porque, créame, tenemos a San Nicolás ocupadísimo… ».

-«Hijo mío, de eso he sabido yo bastante…, y continúo sabiendo. En Madrid, en la Plaza de Antón Martín, está la parroquia de San Nicolás. Allí fui yo la primera vez que invoqué a San Nicolás para darle un sablazo. Y sigo pidiendo, pero continúo tranquilo y sereno. El Señor bendecirá vuestras labores personales y, además, os sacará de los apuros económicos que tenéis en las obras de apostolado. No te preocupes: no he visto nunca un fracaso por ese motivo, cuando hay amor de Dios. Conque ¡adelante! Métete en más líos, que andarás muy bien… » (74).

Un padre de familia le pregunta, desorientado, cómo educar a sus hijos para el trabajo y la responsabilidad en un ambiente tan materializado por el dinero…

-«Yo los pasearía un poco…, por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas. Les pondría la mano delante de los ojos, y después la quitaría para que vieran las chabolas, unas encima de otras (…). Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.

Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido sin un cobijo… No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?»(76).

Un médico pediatra le cuenta su preocupación por los métodos anticonceptivos. ¿Qué decir a sus colegas, alumnos y enfermos?

-«Tú sabes, como yo, que hay que decir que no. Se puede decir a grandes gritos y sin gritar; pero siempre: ¡no! Y a los que aconsejan eso, diles al oído, de modo que no se enfaden, que hubiera sido una pena que la madre de ellos hubiera seguido el control»(77).

El Padre, en otra reunión, con jóvenes, muy numerosa, comienza diciendo:

-«Yo venía para aquí y me acordaba de cuando comenzamos la labor hace tantos años. Comencé con tres. Y ahora son tantos miles, cientos de miles… Pero había esperanza… Cuentan de Alejandro Magno que estaba preparándose para una gran batalla y, antes, repartió todos sus bienes entre sus capitanes. Uno de ellos le dijo: Señor, ¿y a usted que le queda? Y Alejandro respondió: a mí, me queda la esperanza».

Mira a los jóvenes que le rodean, y continúa:

«Yo os veo y repito lo mismo: me queda la esperanza. Estoy feliz con vosotros. Las gentes de estas tierras saldrán adelante maravillosamente, tendrán sentido cristiano de la vida, tendrán la felicidad posible en la tierra y la felicidad eterna, si vosotros sabéis vencer. Ya conocéis perfectamente que un cristiano tiene que luchar. Vosotros peleáis y yo también…; y, cuando tengáis mi edad, lucharéis como ahora. Por eso, si no lo hacéis ahora, tampoco lo conseguiréis después, y seréis unos vencidos» (78).

Cuando está a punto de finalizar su estancia, no sabe como despedirse:

-«Siempre os hablo de desprendimiento, y os doy mal ejemplo en esto. Me he apegado a vosotros. Me cuesta irme. ¡Es apegamiento!

-¡Es bueno que el Padre se apegue a sus hijos!, replica don Alvaro.

-Sobre todo cuando se han tenido con mucho dolor»(79).

El 15 de febrero, Monseñor Escrivá de Balaguer sale de Venezuela.


La reacción de Escrivá ante el creciente anticlericalismo

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Como a cualquier fervoroso católico, a Escrivá le entristecía la postura claramente anticatólica de muchos políticos de la Segunda República y el daño que pudieran causar a la Iglesia. El 20 de abril de 1931 escribió en sus notas personales: “¡La Virgen Inmaculada defienda a esta pobre España! ¡Dios confunda a los enemigos de nuestra Madre la Iglesia! República española: Madrid, durante veinticuatro horas, fue un inmenso burdel… Parece que hay calma. Pero la masonería no duerme… ¡También el Corazón de Jesús vela! Esa es mi esperanza. ¡Cuántas veces, estos días, he comprendido, he oído las voces poderosas del Señor, que quiere su Obra!”[1].

No había consenso entre los católicos españoles sobre los mejores medios de defender a la Iglesia. Los monárquicos creían que el único modo era derribar la Segunda República y volver a poner la monarquía. Otros católicos afirmaban que la forma de gobierno no era un asunto esencial. Los católicos, decían, pueden y deben trabajar dentro de la estructura republicana para defender los derechos de la Iglesia. Las pasiones se encendían en los dos polos del debate. En el mejor de los casos los puntos de vista divergentes, a menudo, fueron considerados como señal de falta de dirección. Y en el peor, como falta de celo en el servicio a la Iglesia.

Escrivá no participaba en estos debates. Desde los días del seminario, le repelía el clericalismo que caracterizaba a muchos en la Iglesia española y se convenció de que los sacerdotes debían respetar el derecho de los laicos a formar su propia opinión política y a pertenecer al partido que desearan. Aunque sentía un vivo interés por los acontecimientos del momento, tomó como inflexible norma de conducta personal, que mantuvo toda su vida, no expresar nunca sus opiniones políticas.

Poco después de que se proclamara la república, Escrivá aconsejó a Zorzano: “No te dé frío ni calor el cambio político: que sólo te importe que no ofendan a Dios”[2]. En agosto de 1931 le escribía: “Supongo que toda esta guerra a nuestro Cristo habrá servido para enardecerte en su servicio, procurando ser cada día más suyo…, con la oración, y ofreciéndole, también cada día, como expiación —gratísima a sus divinos ojos— las mil molestias que de continuo trae la vida”[3].

A las monjas del convento de Santa Isabel, que estaban muy preocupadas por la legislación anticlerical y aterrorizadas por los nuevos estallidos de violencia, les dio un consejo similar. Un día o dos después de la aprobación del artículo 26, Escrivá habló a las religiosas “de Amor, de Cruz y de Alegría… y de victoria”. “¡Fuera congojas! Estamos en los principios del fin” les dijo. En cuanto a él mismo, recordó que “Santa Teresa me ha proporcionado, de nuestro Jesús, la Alegría —con mayúscula— que hoy tengo…, cuando, al parecer, humanamente hablando, debiera estar triste, por la Iglesia y por lo mío que anda mal: la verdad: Mucha fe, expiación, y, por encima de la fe y de la expiación, mucho Amor”[4].

Por sí solo, el consejo de Escrivá a Zorzano, “no te dé frío ni calor el cambio político”, podría sugerir una indiferencia hacia la política y una preocupación exclusiva por los asuntos religiosos. No era eso. Él animaba a tener un interés activo por la política y a esmerarse en el cumplimiento de las responsabilidades cívicas. Pero, en fuerte contraste con la mentalidad clerical de partido único, que era mayoritaria entre los católicos de aquella época, consideraba que era cosa de cada uno hacer sus propias elecciones sobre cómo poner en práctica las normas de la Iglesia.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 357

[2] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. p. 126

[3] Ibid. p. 128

[4] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 405-406

Las medidas anticlericales del Gobierno Provisional

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La idea de que la República era hostil a la Iglesia aumentaba, a la vista de los decretos y reglamentos que emitía el gobierno provisional. Se provocó la alarma de muchos católicos. Estableció plena libertad de conciencia y culto, hizo que la instrucción religiosa fuera voluntaria en los colegios públicos, disolvió el cuerpo de capellanes del Ejército y la Armada, sustituyó el tradicional juramento de un cargo por una simple promesa, privó a la Iglesia de representación en el Consejo Nacional de Educación y prohibió a los funcionarios la asistencia a actos religiosos públicos.

Algunas de estas medidas se habrían considerado aceptables en una sociedad tolerante y religiosamente plural, pero la mayoría de los católicos españoles había crecido en una sociedad en la que prácticamente todo el mundo era, al menos de nombre, católico y en la que durante siglos la norma había sido la de una estrecha colaboración entre la Iglesia y el Estado. Así, se consideraron estos actos como hostiles a la Iglesia. Esta sensación se acentuó porque el gobierno no quiso negociar ni consultar a los representantes de la Iglesia sobre los cambios en política religiosa.

En mayo de 1931, el gobierno expulsó al obispo de Vitoria. Al mes siguiente expulsó al cardenal Segura, principal figura eclesiástica de España, por sus declaraciones y actitudes antirrepublicanas, lo que confirmó a muchos en su convicción de que el nuevo régimen era enemigo de la Iglesia.

El anticlericalismo español

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La situación cambió radicalmente el 10 de mayo de 1931 como resultado de la quema de conventos. Para entender aquellos acontecimientos es preciso examinar con cierto detalle las raíces del anticlericalismo español.

A comienzos de la Segunda República los españoles estaban divididos; de hecho, llevaban divididos más de un siglo; y no sólo por cuestiones de política económica y social, sino también por serias diferencias de actitud hacia la Iglesia y su función en la sociedad. Como ha destacado un historiador, en España, la posición de la gente respecto de la Iglesia era lo que las situaba en la izquierda, centro o derecha del espectro político.

La inmensa mayoría de los españoles había sido bautizada en la Iglesia Católica. Muchos se tomaban la religión en serio y les gustaba ver la influencia católica en las leyes sobre el matrimonio y la educación. Algunos buenos católicos eran considerados anticlericales por ser críticos con los defectos del clero y querer ver a la Iglesia reformada en diversos aspectos. En algunas ocasiones Escrivá se definiría a sí mismo como anticlerical porque no quería que el clero se mezclara en asuntos políticos o económicos, sino que se dedicara a su ministerio.

Sin embargo, en el discurso político español, el término anticlerical normalmente se reservaba para los grupos que querían que la influencia de la Iglesia en la vida del país quedara reducida o eliminada del todo. Ese tipo de anticlericalismo, muy extendido entonces entre los políticos liberales burgueses, socialistas y anarquistas, tiene raíces profundas en la historia española. Para nuestro objetivo baste con examinar sus aspectos más importantes en el periodo siguiente a la revolución francesa y las conquistas napoleónicas.

En 1834 se difundió en Madrid el falso rumor de que los jesuitas habían envenenado los suministros de agua de la capital y provocado una epidemia de cólera como castigo a los liberales por su impiedad. En medio del tumulto que se organizó, fueron asesinados entre cincuenta y cien sacerdotes y frailes. El tipo de propaganda que encendía tales manifestaciones era similar, en tono y psicología, al burdo antisemitismo difundido en diversas partes de Europa. La pista de esos rumores de envenenamiento de pozos se puede encontrar en los propagandistas anticlericales de clase media, miembros de logias masónicas y otras sociedades secretas extendidas entre los liberales españoles del siglo XIX. El hecho de que las masas urbanas creyeran esos rumores y actuaran en consecuencia también sugiere que, a principios del siglo XIX, una buena parte de los trabajadores ya estaba lo bastante desligado de la Iglesia como para aceptar tal tipo de propaganda.

Entre 1830 y 1860 los gobiernos liberales confiscaron a la Iglesia grandes extensiones de tierras y otras propiedades productivas con las que se mantenían el clero y las órdenes religiosas. Había una escasa tradición entre los católicos españoles de contribuir al sostenimiento del clero. Así, tras la confiscación de sus propiedades, la Iglesia empezó a depender de la escasa compensación que el Estado pagó por las propiedades enajenadas.

Durante el periodo conservador, de 1876 a 1898, la Iglesia recuperó cierta influencia social, pero no sus propiedades. Durante este periodo pareció crecer el fervor y aumentaron las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Por otro lado, también se recrudeció la oposición a la Iglesia por parte de los partidos liberales y de la clase obrera.

Cercano ya el siglo XX, ambos contendientes se consideraron cada vez más amenazados y asediados. Muchos católicos veían la sociedad y la religión en peligro ante el avance de una ola secular de librepensadores y masones, consideraban el liberalismo como una herejía y rechazaban la monarquía constitucional parlamentaria. Otros aceptaban el régimen constitucional como un mal menor, pero anhelaban un estado confesional que reforzaría la unidad católica. Para los liberales, el resurgimiento de la Iglesia significaba entregar España a los enemigos de las instituciones modernas y permitir que las fuerzas del pasado dirigieran la sociedad. Entre 1876 y 1898, la Iglesia se fue identificando cada vez más con el “stablishment” político y las clases pudientes. Al mismo tiempo, la brecha entre la Iglesia y las clases bajas urbanitas y los campesinos sin tierras del sur era cada vez mayor. La educación religiosa de estos grupos era prácticamente nula, y los esfuerzos por acercarse a ellos fueron frecuentemente infructuosos. Durante la primera década del siglo XX, españoles de todo credo político buscaron modos de regenerar el país. Los conservadores se centraron en la reforma de las instituciones políticas. Los liberales y radicales, además de hablar sobre la necesidad de una reforma política, querían transformar la sociedad entera; y una parte importante de su programa consistía en reducir o eliminar el papel de la Iglesia en la vida española.

Los republicanos de clase media buscaban un cambio político y cultural en el que la oposición a la Iglesia era casi tan importante como la oposición a la monarquía. Aunque las diferencias ideológicas de socialistas y anarquistas eran grandes, ambos coincidían en su anticlericalismo. Los socialistas, que eran marxistas, consideraban que el cambio económico era primordial. Aunque concebían a la Iglesia como un pilar del orden económico establecido que debía ser arrancado, juzgaban más importante la revolución económica que atacar directamente a la Iglesia. Por su parte, los anarquistas pretendían crear una nueva moralidad y una nueva cultura. La supresión de la religión era una característica que definiría el nuevo orden que ellos esperaban instaurar. Para ellos, la oposición a la Iglesia, y más en general a la religión, no sólo era algo que facilitaría la revolución económica, sino un componente vital del nuevo modo de vivir. El anticlericalismo se hizo especialmente violento en Barcelona en julio de 1909. El detonante no tuvo ninguna relación con la Iglesia. Tras una derrota en las colonias españolas del norte de África, el Ejército movilizó a las unidades de reserva y pidió tropas a Barcelona. La decisión provocó manifestaciones masivas que pronto cobraron un cariz revolucionario. El Partido Radical Republicano llevaba años sembrando Barcelona de consignas anticlericales, por lo que no es extraño que la violencia acabara en la quema de conventos y colegios y en la profanación de tumbas e imágenes religiosas. Cuando cesaron las manifestaciones, habían ardido veintiuna de las cincuenta y ocho iglesias de Barcelona, treinta de sus setenta y cinco conventos y monasterios, y treinta escuelas y edificios que se utilizaban para labores sociales promovidas por la Iglesia. Aunque en general la violencia se dirigió contra los bienes más que contra las personas, dos sacerdotes fueron asesinados y otro pereció en un incendio provocado.

Llama la atención que unos motines provocados por la leva derivaran en una amplia campaña de violencia anticlerical. Se han avanzado diversas explicaciones. La violencia se habría dirigido contra las propiedades de la Iglesia porque los amotinados la veían como aliada de los ricos y poderosos que aprobaban la leva, mientras que ellos mismos escapaban a sus efectos. También se ha sugerido que se consideraba a la Iglesia moralmente responsable de las injusticias de una sociedad que condenaba a los hijos de los trabajadores a morir en inútiles guerras coloniales. Está claro, sin embargo, que ninguna razón avanzada hasta la fecha explica por completo las profanaciones ocurridas. Sea cual fuere la causa, los tumultos de Barcelona confirmaron que un buen número de trabajadores urbanos no sólo habían crecido al margen de la Iglesia, sino que se habían vuelto violentamente hostiles a ella.

Durante las dos décadas siguientes no hubo grandes estallidos de violencia anticlerical, aunque continuó la propaganda contra la Iglesia. El apoyo que católicos eminentes prestaron al régimen de Primo de Rivera sirvió para exacerbar el anticlericalismo de muchos republicanos y otros liberales, que quedaron más convencidos que nunca de que la Iglesia era uno de los principales obstáculos a sus deseos de instaurar una nueva sociedad. Durante la dictadura de Primo de Rivera y el interludio que la siguió, las fuerzas anticlericales fueron contenidas por el gobierno que les impedía actuar directamente contra la Iglesia.

La Segunda República

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Cuando en enero de 1930 Alfonso XIII forzó la dimisión de Primo de Rivera, esperaba que comenzara un periodo de normalidad política bajo una monarquía constitucional. El gobierno de transición de Berenguer tenía previsto avanzar paso a paso hacia ese objetivo, empezando por las elecciones municipales de abril de 1931.

La sociedad española estaba muy fragmentada y polarizada. La incapacidad manifiesta de la monarquía entre 1898 y 1923 para encontrar una solución a los problemas del país y su complicidad con el gobierno dictatorial de Primo de Rivera habían provocado la enemistad de muchos españoles con la institución. De hecho, sólo un pequeño porcentaje de los votantes económica y socialmente conservadores apoyaba a los partidos oficialmente monárquicos. Otros muchos conservadores, aunque preferían la monarquía a la república, no estaban apasionadamente comprometidos con ella.

Un importante número de votantes apoyaba a partidos burgueses como el Radical Republicano, que hundía sus raíces ideológicas en el siglo de las luces. Para ellos, era un objetivo primordial derribar la monarquía y establecer una república democrática.

El principal partido de la clase obrera era el socialista. Se proponía el cambio económico y social inspirado en el marxismo; al mismo tiempo, se inclinaba decididamente por el régimen republicano. Muchos otros trabajadores de la industria y de la agricultura, especialmente en el sur, eran anarquistas y se oponían a la monarquía, pero, por una cuestión de principios, no participaban en las elecciones. Sólo una pequeña minoría de los trabajadores pertenecía al partido comunista.

Las elecciones municipales de abril de 1931 fueron consideradas como un referéndum sobre el régimen político. Los primeros resultados –principalmente de las grandes ciudades- arrojaron una mayoría de votos republicanos. Descorazonado por este rechazo popular y por la falta de apoyo del Ejército, el Alfonso XIII abandonó el país el 14 de abril de 1931. Inmediatamente después se proclamó la república. Un buen número de católicos, sobre todo en las grandes ciudades, había votado a candidatos republicanos, y todos, en general, estaban dispuestos a dar una oportunidad al nuevo régimen.

Niceto Alcalá Zamora, antiguo monárquico convertido al republicanismo, presidió un gobierno provisional de coalición. Su catolicismo era garantía de moderación. El conservador Miguel Maura, al frente del Ministerio del Interior, y el regionalista catalán Lluis Nicolau, que ocupó la cartera de Economía, eran bien conocidos católicos. Con todo, la mayoría del nuevo gobierno era, más o menos abiertamente, anticatólica. Había tres socialistas, dos radicalsocialistas, dos radicales, uno de Izquierda Republicana y un regionalista gallego.

Una de las primeras medidas del gobierno provisional fue la declaración de libertad religiosa y proclamar la separación entre la Iglesia y el Estado. Se aseguró a los católicos que no se perseguiría a ninguna religión. Pocos aceptaron de buena gana estas medidas, pero la reacción inicial tanto de los cristianos de a pie como de la jerarquía fue contenida. La mayoría seguía abierta al nuevo régimen, tal vez con aprehensión, pero sin hostilidad.

En una carta al nuncio, el cardenal Pacelli, Secretario de Estado del Vaticano, animaba a los católicos a no dar importancia a la cuestión de monarquía contra república, sino a concentrarse en la defensa del orden social y de los derechos de la Iglesia. El nuncio, a su vez, animaba a los católicos, y particularmente a los obispos, a aceptar el nuevo régimen y a permanecer unidos en defensa de la Iglesia. La primera manifestación de hostilidad declarada de algunos miembros de la jerarquía llegó el primero de mayo de 1931, cuando el arzobispo de Toledo y Primado de España, el cardenal Segura, publicó una carta pastoral en la que alababa al rey.

El nombre Opus Dei

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En diciembre de 1930, Escrivá compuso, con oraciones sacadas de la liturgia y de la Sagrada Escritura, unas preces para que las rezaran los miembros del Opus Dei. Cuando aquel puñado de personas que pertenecía al Opus Dei se reunió por primera vez fue para rezar esas oraciones. Escrivá anotó en sus cuadernos personales: “Se ve que el Señor, porque así ha de ser en la entraña su Obra, ha querido que comience por la oración. Orar va a ser el primer acto oficial de los sujetos de la Obra de Dios. Por ahora la labor es personal: sólo nos reunimos para hacer la oración”[1].

Cuando escribió esa nota ya utilizaba el nombre “Obra de Dios”, tanto en español como en latín, para referirse a la empresa que Dios le había encomendado el 2 de octubre de 1928. A principios de 1930 había utilizado esas palabras, pero como en sentido descriptivo, no como nombre propio y sin una referencia especial a la santificación del trabajo. Decidió adoptarlo tras una conversación con el padre Valentín Sánchez que le preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?”. Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio…, trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!” Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei”[2].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p.368

[2] Ibid. p. 333


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