50 años del club Jara

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La tarea educativa de esta conocida asociación juvenil del madrileño Distrito de Chamartín, celebra medio siglo desde sus inicios, que tuvieron lugar con el impulso de San Josemaría

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“La formación que reciben nuestros hijos es una banqueta con tres patas: la familia, el colegio y el tiempo libre. Haber encontrado el Jara es como que nos haya tocado la lotería: sólo que en vez de dinero, el premio es una de las patas de la banqueta”. La explicación no es muy académica -o sí-, pero es la que da uno de los matrimonios responsables del actual Patronato del Club.

En la década de los cincuenta, San Josemaría Escrivá de Balaguer animó a padres de familia a poner en marcha iniciativas que sirvieran para que sus hijos y los hijos de sus amigos aprovecharan bien el tiempo libre y recibieran formación humana y cristiana. Con este objetivo han surgido en muchas ciudades del mundo centenares de clubs juveniles. El primero de ellos fue el Jara Club, que cumple 50 años este mes de abril.

Opus Dei - En la  conmemoración del 50º aniversario

En la conmemoración del 50º aniversario

Para conmemorar las Bodas de Oro se han organizado diversas iniciativas, como la edición de un libro de 114 páginas, con textos y fotos de las cinco décadas de su historia. El libro fue presentado el pasado día 3 de abril, en un acto público celebrado en el salón de actos de la Fundación Rafael del Pino, con sede en Madrid, al que asistieron más de un centenar de personas. En esta obra, combinando una narración histórica (por décadas), recuerdos de antiguos socios, y artículos sobre aspectos del proyecto educativo del club, se expone qué se hace en el Jara y qué aporta a quienes frecuentan las actividades que se organizan: culturales, deportivas, de solidaridad, etc.

Opus Dei - En una  fiesta del club

En una fiesta del club

En sus recuerdos de los inicios del Jara, recogidos en el libro del 50 aniversario, Tomás Alvira explica que “la idea del club juvenil, tal como la concibió San Josemaría, era de tal envergadura, que en su puesta a punto intervinieron catedráticos de universidad, profesionales de la Pedagogía, gente con experiencia y altura profesional, y –detalle no insignificante- gentes del Opus Dei que habían llegado en la primera hora y que habían sido formados directamente por el Fundador”.

La aportación del club juvenil

San Josemaría y los clubs juveniles es precisamente el título de uno de los epígrafes del libro. Como comenta su autor, José Carlos Martín de la Hoz, “en el Jara, recibimos formación, ejemplo y consejos prácticos para nuestra vida corriente; sólo consejos pues, como había dicho San Josemaría: “El consejo no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad”. Después de unos años en el club, cada uno, libremente, fuimos decidiendo lo que haríamos con nuestras vidas. Pienso que nunca dejaremos de agradecer lo mucho que recibimos en aquellos años. Y, sobre todo, a San Josemaría que estaba detrás de todo aquello, y hoy sigue estando, como buen intercesor delante de Dios”.

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Con palabras de José María Barrio, profesor titular de Antropología Pedagógica de la Universidad Complutense de Madrid, uno de los aspectos principales del proyecto educativo del club es que “aquí los jóvenes saben escuchar, ante todo porque se saben escuchados. (…)

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El Club Jara no hace milagros. Los niños son niños y los adolescentes, pues eso, adolescentes. Pero hay siempre personas algo mayores que saben escuchar y, sobre todo, desde el primer día que pisaron el Club, los chicos saben que tienen al gran Amigo que siempre está ahí, en el oratorio, disponible para sus pequeñas confidencias. Hoy la formación de buenos ciudadanos en gran medida estriba en promover un auténtico ethos dialógico. Pero para dialogar hay que saber escuchar. Y para aprender a escuchar es bueno que los jóvenes sientan que alguien les toma en serio. Por eso hacen falta sitios como el Club Jara, verdaderos catalizadores de espíritu cívico y de amistad (…). Sitios, en fin, que serán focos que poco a poco vayan irradiando lo que Juan Pablo II llamó civilización del amor”.

Eventos conmemorativos

Los principales actos conmemorativos tuvieron lugar el día 19 de abril: la celebración de una Misa de acción de gracias por estos 50 años, en la Iglesia del Espíritu Santo, y un festival con las familias de los socios, actuales y antiguos, en el centro de enseñanza Tajamar. Otra iniciativa, coordinada por un grupo de padres de socios del club, es una romería de las familias al santuario mariano de Torreciudad (Huesca), del 25 al 27 de abril.

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A lo largo del presente curso se están celebrando cenas con antiguos socios, organizadas por promociones, y se ha preparado una exposición de los 50 años del club, que quedará instalada en una de las salas de su sede (calle Pablo Aranda 16, Madrid).

Para más información, se puede visitar la página web www.jaraclub.com, que ha sido rediseñada con motivo del aniversario, al que se dedica un apartado especial.

Algunas actividades de Harambee

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Cena benéfica en Valencia y XIª Olimpiada Deportiva Solidaria pro HARAMBEE a favor de África.

Cena benéfica en Valencia

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Se están desarrollando, a lo largo y ancho de la geografía española, numerosas actividades en apoyo de este proyecto internacional.

Por ejemplo, en octubre se celebró una cena benéfica en el Club Náutico de Valencia, a la que asistieron 200 personas. El doctor Cissé-Luc Mbongo, uno de los fundadores del Hospital Monkole en Kinshasa (Congo), les habló de los principales retos de la sanidad en África.

Los fondos recaudados en la cena benéfica se destinaron a cuatro proyectos de solidaridad en Kenia, Congo, Madagascar y Sudán.

XIª Olimpiada Deportiva Solidaria pro HARAMBEE a favor de África


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Con motivo de su 25º aniversario, el Club Almedina de Almería, celebró en noviembre la XIª Olimpiada Solidaria, que sirvió para recaudar fondos para el proyecto Harambee. Con ellos se ayudará a la creación de tres centros de urgencias infantiles en los alrededores de Kinshasa, para la atención de 600 madres.

Participaron once asociaciones juveniles de toda España –Murcia, Valencia, Granada, Jaén, Alicante, Madrid, Marbella y Cádiz- junto con el club anfitrión, que compitieron en diversas modalidades deportivas: atletismo, natación, voleibol y baloncesto.

La Olimpiada Solidaria concluyó con la entrega de Trofeos a cargo, entre otros, del Concejal de Deportes y de la Concejala de Turismo del Ayuntamiento; de Flora Bondomo Ondo, enfermera africana, en representación de Harambee; de la Directora Técnica de Almedina y de padres de los participantes en esta Olimpiada Solidaria.

La historia de Raimundo

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Testimonio del coordinador de las actividades de voluntariado del Colegio Altair, obra corporativa del Opus Dei en Sevilla

Opus Dei - Varios alumnos de Altair con José María, a la puerta de una chabola

Varios alumnos de Altair con José María, a la puerta de una chabola

Desde los comienzos del Colegio Altair hace más de 40 años, la preocupación social siempre ha estado presente. No en vano, el colegio nació en una modesta barriada de Sevilla, entre personas necesitadas de ayuda de diverso tipo, también material.

Hace un par de años ofrecimos al Colegio desde la ONG en la que trabajo, una serie de actividades de voluntariado para los alumnos de Secundaria y Bachillerato. La respuesta de los alumnos ha sido magnífica.

Hasta el mes de febrero se hacían visitas a residencias de personas mayores y a domicilios particulares. Las razones por las que elegíamos los domicilios eran evidentes: soledad, dificultades económicas, enfermedades, y en muchos casos, todo a la vez. Aún así, estábamos buscando ampliar el ámbito de estas visitas.

Opus Dei - Con Raimundo, en la explanada, el día siguiente al incendio de su chabola

Con Raimundo, en la explanada, el día siguiente al incendio de su chabola

Paseando un domingo por la tarde, a unos 10 minutos de Altair, me fijé en la hilera de seis chabolas junto a la tapia de las naves principales de Correos, en el barrio de Palmete. He pasado muchas veces por allí, pero nunca había pensado aventurarme a entrar y charlar con esos vecinos. Esa tarde me lancé. La primera persona a la que saludé fue Raimundo: después de interesarme por él, comprendí que muchos alumnos debían conocerle.

Raimundo tiene 69 años, ha trabajado toda la vida en el campo y desde hace más de 20 años vive en una de las denominadas chabolas. Junto a él vive José María, su hijo, de 25 años, sordomudo.

En febrero, comenzamos las visitas semanales, llevando algo de comida, ropa, y sobre todo, ganas de escuchar las necesidades de estas familias. Cada vez que nos encontrábamos con Raimundo siempre nos recibía con mucha educación, alegría y agradecimiento.

Opus Dei - Con Raimundo y José María, después de la rehabilitación de la chabola

Con Raimundo y José María, después de la rehabilitación de la chabola

Volvimos otra vez a visitarle después de Semana Santa y nos quedamos de piedra: las dos chabolas, anteriormente mencionadas, de padre e hijo, habían quedado reducidas a cenizas.

Raimundo nos contaba, con desolación y a la vez con mucha fortaleza: “se prendió todo; estábamos dormidos y se había quedado una vela encendida, se cayó y el plástico se quemó a toda velocidad. Tuvimos que salir corriendo con lo puesto. Cuando llegaron los bomberos, sólo pudieron salvar las siguientes chabolas”. Se quedaron con lo puesto, ya que las pocas pertenencias guardadas habían ardido.

Desde entonces el voluntariado ha sido aún más importante, como se puede comprender. Junto a gestiones administrativas para que el Ayuntamiento de Sevilla colabore, Raimundo, sin pausa, ha ido levantando su nueva casa. Los alumnos de Altair han continuado con las visitas: cada semana, un grupo distinto de 6 ó 7 alumnos, desde los 14 a los 18 años.

Actualmente, Raimundo ha vuelto a levantar su casa y a muchos de nosotros, su ejemplo y valor ante las dificultades nos ha edificado aún más.

Aún nos queda una pequeña batalla por ganar: conseguir que deje de llamarnos “señor” antes de mencionar nuestro nombre.

Madrid. El crisol del dolor

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 19 de abril de 1927 se trasladó a Madrid, con permiso de su Arzobispo, para hacer el doctorado en Derecho. Pero, como señala Pedro Rodríguez, en la realidad profunda es Dios quien lo llevó a esa ciudad para darle a conocer su Voluntad.

En Madrid, el tiempo que pensaba dedicar a la tesis cedió pronto ante el reclamo de las almas, y a partir de junio de aquel mismo año comenzó a trabajar como capellán del Patronato de Enfermos, una institución de beneficencia dirigida por unas religiosas, las Damas Apostólicas. Iba a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los viejos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto y alguna que otra pedrada.

Gastó en estas tareas los mejores años de su juventud: Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada.

No olvidaría nunca la miseria de las corralas madrileñas, donde se hacinaban familias enteras en cuartos insalubres y minúsculos. Ni los estragos de la tuberculosis, entonces incurable. Y aquellos niños de los suburbios, vestidos con harapos, que temblaban de frío entre el fango y los desperdicios. Dedicó muchos, muchos millares de horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Hubiera querido irles a confesar en todas las grandes barriadas más tristes y desamparadas del mundo. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que comenzar limpiándoles la nariz, antes de limpiarles un poquito aquellas pobres almas.

Seguía rezando por aquel querer divino, aún desconocido: Cuando yo tenía barruntos y no sabía lo que era, decía gritando, cantando, ¡como podía!, unas palabras (…) he venido a poner fuego en la tierra, ¿y qué quiero sino que arda? Y la contestación: (…) aquí estoy, porque me has llamado.

La expiación

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El sillar, el cimiento de la expiación fueron las penas y dolores de los enfermos y agonizantes a los que atendía; los sufrimientos de las personas necesitadas a las que ayudaba en lo material, y en lo espiritual, enseñándoles a orar y sufrir con alegría. Iba pidiéndoles —recordaba— que ofrecieran esos dolores, sus horas de cama, su soledad —algunos estaban muy solos—: que ofrecieran al Señor todo aquello por la labor que hacíamos.

Una de las personas que participaban en la labor era Luis Gordon, un ingeniero cervecero, reciamente piadoso, que, además de sacar adelante la fábrica y de realizar un buen trabajo profesional llevó a cabo una intensa tarea social y asistencial con los obreros, entre los que era muy querido.

En una ocasión, cuando acompañaba a don Josemaría en una de sus frecuentes visitas a los hospitales, Gordon tuvo que limpiar un orinal usado como escupidera. Vi que palidecía tremendamente —recuerda el Fundador—, pero se dirigió a un pequeño cuarto del hospital, donde había un grifo y unas brochas para lavar esas cosas. Lo seguí, pensando que podía caerse redondo al suelo, y me lo encontré con la cara radiante de alegría. En vez de utilizar las escobillas, metía la mano para limpiar bien el orinal. Me quedé muy contento y le dejé hacer. (…) Después, me contaba que había pensado: ¡Jesús, que haga buena cara!

Entre los enfermos que atendía estaba una mujer, perteneciente a una de las familias más aristocráticas de España, que había llevado una vida irregular. Me la encontré ya podrida —contaba don Josemaría—; podrida de cuerpo y curándose en su alma, en un hospital de incurables. Había estado de carne de cuartel, por ahí, la pobre. Tenía marido, tenía hijos; había abandonado todo, se había vuelto loca por las pasiones, pero luego supo amar aquella criatura. Yo me acordaba de María Magdalena: sabía amar.

Un día hube de administrarle la Extremaunción (…). Y al ver la alegría de su alma, que consideraba que estaba cerca de Dios, le hice decir: bendito sea el dolor, y ella lo repetía a voz en grito; amado sea el dolor; santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor!

Poco después moría, y en el Cielo está, y nos ha ayudado mucho.

¡Tengo tanta fe, tanta confianza…!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 23 de junio llegó a Roma. Allí, junto al Santo Padre, en el corazón de la Iglesia, debía estar la sede central del Opus Dei. Nuestro espíritu reclama una estrecha unión con el Pontífice Romano con la cabeza visible de la Iglesia Universal. ¡Tengo tanta fe, tanta confianza en la Iglesia y en el Papa!

Pasó su primera noche en la Ciudad Eterna rezando por el Pontífice, el dulce Cristo en la tierra, como le gustaba decir, haciéndose eco de las palabras de Santa Catalina de Siena. Tres semanas después, el 16 de julio de 1946, festividad de la Virgen del Carmen, Pío XII le recibió en una audiencia privada que siempre recordó emocionado. No puedo olvidar que fue S.S. Pío XII quien aprobó el Opus Dei, cuando este camino de espiritualidad parecía, a más de uno, una herejía.

¿Qué es lo que yo quería? —comentaba—: un lugar para la Obra en el derecho de la Iglesia, de acuerdo con la naturaleza de nuestra vocación y con las exigencias de la expansión de nuestros apostolados; una sanción plena del Magisterio a nuestro camino sobrenatural, donde quedaran, claros y nítidos, los rasgos de nuestra fisonomía espiritual.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, don Josemaría impulsó desde Roma la difusión de la llamada universal a la santidad en numerosos países del mundo. En 1949 y 1950 ya había personas del Opus Dei en Estados Unidos, México, Chile y Argentina; en 1951 se comenzó la labor apostólica en Venezuela y Colombia; en 1953, en Perú y Guatemala; en 1954, en Ecuador; en 1956, a Uruguay; en 1957, a Brasil… Nunca se fue en grupo a un determinado país; marchaban una, dos o tres personas, siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos, que procuraban formar cuanto antes una comunidad cristiana con las personas de cada lugar.

Y en la medida que pudo, recorrió numerosos países europeos, para dar los primeros pasos de la labor apostólica y hablar con los pastores de la Iglesia. Le acompañaban habitualmente en esos viajes dos sacerdotes: Álvaro del Portillo y Javier Echevarría.

Al mismo tiempo, fue dando nuevos pasos de carácter jurídico. El 16 de junio de 1950, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, Pío XII concedió la aprobación definitiva del Opus Dei. Con esta aprobación pudieron ser admitidos como Cooperadores del Opus Dei personas no católicas , e incluso no cristianas.

Madrid, 20 de julio de 1936

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Desde las primeras horas de la mañana del domingo 19, simpatizantes de los sublevados no han cesado de afluir hacia el Cuartel de la Montaña, justo enfrente de los balcones de la Residencia.

Al darse cuenta, guardias y milicianos han empezado a cortar las calles vecinas a eso del mediodía, pidiendo la documentación a todos los que pasan. Al despuntar el alba del día siguiente, las masas desencadenadas inician el asalto al cuartel. El tiroteo es casi constante y las balas se estrellan, a veces, en la fachada de la Residencia.

Al finalizar la mañana del lunes 20, los asaltantes irrumpen en el cuartel, matan a los defensores y se apoderan de las armas que encuentran allí.

El Padre ha enviado a todos los de la Obra con sus familias, recomendándoles que le comuniquen si han llegado sin novedad.

Por teléfono, se entera de que Juan Jiménez Vargas, Álvaro del Portillo y José María Hernández de Garnica están reunidos en casa de Juan, y les anuncia que piensa abandonar la casa de Ferraz. Pero salir en sotana hubiese sido firmar su sentencia de muerte, así que, habiendo encontrado un mono de trabajo, que le está un poco grande, se lo pone. Vestido de tal guisa, se abre paso, acompañado de Isidoro Zorzano y de José María González Barredo, entre los grupos de gente alborotada que rodea el Cuartel. La excitación reinante es tal, que nadie se fija en el amplio círculo de la tonsura del Padre.

Se dirige inmediatamente a casa de su madre, donde permanece escondido algunos días, en compañía de Juan, que se reúne con él unos días más tarde.

Juan Jiménez Vargas, que ha ido al depósito de cadáveres, ha podido comprobar que los rumores que circulan por la ciudad sobre fusilamientos masivos son, desgraciadamente, ciertos.

En busca de algún lugar seguro

Unos días más tarde, el 25 de julio, tras convencer al Padre para que siga escondido, Juan va a la Residencia para ver qué ha pasado. No ha hecho más que llegar, cuando aporrean la puerta. Es una patrulla de la F.A.I. (Federación Anarquista Ibérica), que viene a requisar el edificio. Lo registran de arriba abajo y, en la habitación del sacerdote, descubren la sotana, el cilicio y las impresionantes disciplinas de don Josemaría.

-¿Vives tú aquí? le preguntan los milicianos.

-No -responde Juan.

-Entonces, vamos a tu casa.

Lo escoltan hasta ella y la registran minuciosamente. Juan ya se ve en la cárcel, pero, inesperadamente, le dejan libre.

Ese mismo día, Juan y Álvaro del Portillo se reúnen en la calle de San Bernardo para comentar los acontecimientos, que se suceden a un ritmo trepidante. Circulan rumores alarmantes. La situación, al parecer, se ha cristalizado. Los sublevados han vencido en bastantes lugares y dominan Navarra, Álava, gran parte de Aragón, Castilla la Vieja (excepto Santander), León, Galicia, parte de Extremadura y algunas ciudades andaluzas: Cádiz, Sevilla, Córdoba y Granada. La zona “nacional”, pues, es bastante amplia y a ella hay que añadir las islas Canarias y el Protectorado español en Marruecos, donde se inició el alzamiento. Casi, casi, la mitad de España. Los comunicados oficiales del Gobierno de 1a República hablan de un levantamiento limitado y dan a entender que pronto será sofocado, pero algunos pronostican una guerra larga. Es el caso del Padre, que comprende enseguida la gravedad de la situación.

En los días siguientes al alzamiento han caído asesinados muchos sacerdotes, religiosos y religiosas, sacados a viva fuerza de las iglesias y los conventos. El 25 de julio, el Gobierno republicano expropia, por decreto, todos los edificios pertenecientes a congregaciones religiosas y a obras pías o de beneficencia. Unos días más tarde, ordena clausurar las iglesias. Cualquier acto de culto se convierte en clandestino y es objeto de las sanciones más duras, incluida la pena de muerte.

Juan y Álvaro comprenden que el futuro se presenta muy negro y que no habrá libertad religiosa en mucho tiempo. ¿Tendrán que emigrar para proseguir haciendo la Obra? En cualquier caso, saben que Dios quiere que se realice, y que se realizará efectivamente, aunque sea por caminos extraordinarios.

El Padre, por su parte, está preocupado, porque no sabe nada de Ricardo Fernández Vallespín y de Francisco Botella, que siguen en Valencia. Pedro Casciaro está con su familia en Torrevieja, cerca de Alicante, y otros miembros de la Obra siguen dispersos por Madrid. En cuanto a José María Hernández de Garnica, se encuentra preso en la cárcel Modelo, de la cual sacan a diario algunos detenidos para fusilarlos sin juicio previo.

A comienzos de agosto, el Padre se entera de que van a hacer un registro en la casa de la calle del Doctor Cárceles donde vive su madre, así que, por indicación de su familia, se dispone enseguida a abandonarla. Si descubrieran que es sacerdote, le detendrían inmediatamente, con la segura previsión de un fusilamiento.

Un dramático registro

Desde la casa de su madre, se dirige, con Juan Jiménez Vargas, al piso tercero de una casa situada en el número 31 de la calle de Sagasta, donde vive Manuel, un ingeniero al que conoce desde hace tiempo y que se halla solo, porque su familia está fuera de Madrid. El Padre llega hacia mediodía y Juan en las primeras horas de la tarde, para no llamar la atención del portero. Unos días más tarde, se une a ellos un primo de Manuel.

Una anciana sirvienta les prepara la comida lo mejor que puede (para no levantar sospechas, sólo compra provisiones para dos personas). Todos temen que en cualquier momento se presenten los milicianos para hacer un registro, pues ya ha habido dos en el mismo inmueble, cuarenta y ocho horas después de su llegada.

Una noche, obligan a tener todos los pisos con la luz encendida, y los refugiados tienen que confinarse en las habitaciones interiores. El mismo incidente se reproduce unos días más tarde, por lo que la tensión es muy grande.

El Padre reza por la Iglesia, por los que están con él, por los miembros de la Obra que están lejos físicamente, por su familia, por los que están siendo perseguidos y por sus perseguidores… Su preocupación es muy grande.

El 27 y el 28 de agosto, los “nacionales” bombardean Madrid y los milicianos refuerzan la vigilancia. El 30, a primera hora de la mañana, llaman a la puerta. Todos temen que se trate de un registro. Según lo convenido, la sirvienta tarda en abrir, para que los refugiados tengan tiempo de escapar por la puerta de servicio y esconderse en el desván. Pero no es más que una vecina y pronto pueden regresar al piso.

A última hora de la mañana, llaman de nuevo a la puerta. La sirvienta acude, sin prisa. Esta vez sí son los milicianos. Para llamar la atención de los que están dentro, grita:

- “No hay nadie… Soy sorda, ¿saben?… No oigo nada”. Hablaba a voces, como habían quedado de acuerdo, para indicar la presencia de los milicianos.

Los refugiados, al oírla, se apresuran a alcanzar el desván. Es tan bajo, que tienen que sentarse en el suelo. El calor es asfixiante…

De pronto, oyen pasos en la escalera. Se aproximan… Parece como si los milicianos estuvieran pared por medio, aunque en realidad están en el piso de abajo. Poco a poco, los pasos se alejan, pero el ruido que hacen al registrar prosigue.

Don Josemaría ha dicho que es sacerdote al primo de Manuel, que está aterrado. En algunos momentos, los milicianos están tan cerca, que da la impresión de que van ya a registrar el desván. Entonces, les da la absolución -a él y a Juan-, sin confesión, recordándoles que deberán hacerlo en la primera ocasión que tengan. Las palabras del Padre dan tal serenidad a Juan, que no tarda en quedarse dormido…

Hacia las nueve y media cesan los ruidos. Esperan como media hora más antes de bajar hasta el cuarto. Cubiertos de polvo y con la lengua pegada al paladar llaman a la puerta del piso de una familia amiga.

- Hasta hoy no he sabido lo que vale un vaso de agua -comenta el Padre con los que le han acogido.

Entonces se enteran de que no han podido avisar a Manolo, que se encontraba fuera de casa, y lo han detenido en el momento de llegar.

Al día siguiente volvieron los milicianos y registraron el piso cuarto derecha. En el cuarto izquierda, donde se habían refugiado, ni siquiera entraron. Únicamente pidieron las herramientas que necesitaban para desvalijar el piso de al lado.

Don Josemaría trata de desdramatizar la situación gastando algunas bromas para distraer a los que están con él, pero la conversación recae inevitablemente en la guerra. Entonces rezan juntos el Santo Rosario, que el Padre dirige.

Día y medio más tarde, les dice que no es oportuno ni razonable que él y sus compañeros permanezcan más tiempo en aquella casa. Esa misma mañana, se lanzan a la calle mientras distraen la atención del portero.

Conducen a los fugitivos a un piso habitado por una viuda con dos de sus hijos, pero uno de ellos es demasiado pequeño y puede escapársele algo. Así pues, deciden buscar otro refugio.

Para don Josemaría, el peligro de que le identifiquen como sacerdote es constante. Un día, se entera de que por Madrid corre el rumor de que lo han matado. Y es que, a un hombre que se le parecía mucho, lo han ahorcado en un árbol, cerca de la casa de doña Dolores. La noticia le deja petrificado. Imagina lo que sentirá su madre y su pensamiento no se aparta de aquel pobre hombre, asesinado en su lugar. En adelante, le encomendará en su Misa diaria…

Amigos hay que rehúsan acogerle, sabedores de lo arriesgado que es esconder a un sacerdote. Incluso los que le alojan, lo hacen con miedo, por lo que el Padre se apresura a irse para no hacerles correr riesgos innecesarios. Dormirán en un lugar diferente cada noche y, de día, circularán por las calles, pues no tienen documentación alguna.

Como no puede celebrar la Santa Misa -lo cual le hace sufrir mucho-, el Padre recita de memoria todas las oraciones litúrgicas, excepto las palabras de la consagración. La colecta, la secreta y la postcomunión son invariables (una súplica al Señor para que envíe operarios a su mies), lo mismo que el Evangelio: la llamada de Jesús a los Apóstoles. Una comunión espiritual sustituye a la Comunión. Don Josemaría las llama misas secas.

El Padre, con Álvaro y Juan

Álvaro del Portillo estaba escondido, con uno de sus hermanos, en un chalet de la calle de Serrano que pertenecía a unos amigos de su familia. Habían colocado en la fachada un cartón con los colores de la bandera argentina, lo que inspiraba una cierta seguridad. Sin embargo, la casa contigua albergaba algunos servicios de la Dirección General de Seguridad y estaba vigilada día y noche por milicianos. Había, pues, que andarse con pies de plomo para no llamar la atención…

Al cabo de un mes, aproximadamente, Álvaro, ajeno al peligro que corre, decide ir al Ministerio de Obras Públicas para saber si ha sido eliminado de la lista de colaboradores de la Confederación Hidrográfica del Tajo, donde trabajaba al empezar la guerra. Al salir, se sienta a descansar un poco en una de las mesas de un bar que estaban en la acera. De pronto, un hombre le aborda. Es el padre de José María González Barredo, que le susurra al oído:

- ¿Sabes quién está en mi casa? ¡El Padre! Me ha pedido descansar allí un momento porque no se tiene de pie. Pero el portero no es de fiar. Si se da cuenta, corremos serio peligro…

- ¡Pues que venga conmigo!

- Voy a buscarle ahora mismo.

El Padre y Álvaro pronto tienen la alegría de reunirse de nuevo. Poco después, Juan Jiménez Vargas se unirá a ellos.

En el chalet de la calle de Serrano no pierden el tiempo. Estudian, escriben, rezan… Pero también tienen momentos de descanso que les ayudan a soportar el encierro. Todos los días, el Padre dirige una meditación en voz alta.

El primero de octubre, otro hermano de Álvaro les avisa que están registrando las casas que pertenecen a los propietarios del chalet. Habrá, pues, que partir para no tentar a Dios. El Padre piensa sobre todo en el porvenir de la Obra, pues por lo que a él respecta, nada teme.

En la víspera del aniversario de la fundación del Opus Dei, piensa -y habla con Álvaro del Portillo, con quien lo ha comentado- que el Señor le tiene reservado un favor especial, como ha hecho otras veces en la misma fecha, de forma inesperada.

Eso piensa, pero, de repente, siente miedo, como si las angustias acumuladas en los últimos meses recayeran de golpe sobre sus hombros. Estaba contento de ser mártir, pero sentía un miedo físico. Durante unos segundos, le tiemblan las piernas, como si no pudieran soportar ese peso. Cuando, por fin, se recobra, se da cuenta de que el Señor ha querido darle una lección: no era con sus propias fuerzas con las que debía contar.

Tal era, pues, el “favor” que esperaba…

Toda nuestra fortaleza es prestada.

Juan sale en busca de un nuevo refugio. El Padre, por su parte, después de hacer varias llamadas telefónicas, se va también, dejando allí a Álvaro y a Pepe, hermano de éste. Cuando regresa, es para anunciarles, llorando, el martirio de dos sacerdotes recientemente asesinados.

Uno de ellos, don Lino Vea-Murguía, asistía regularmente a las reuniones de sacerdotes que el Padre organizaba y le ayudaba a confesar a los primeros miembros de la Obra y a sus amigos. El otro era el Padre Poveda, Fundador de la Institución Teresiana, con quien le unía una gran amistad. ¡Qué alegría después de perderlo -muchas lágrimas- saber que sigue queriéndonos desde el cielo!: precisamente éste fue el tema de una de nuestras últimas conversaciones… En efecto, habían hablado de la posibilidad de que los mataran y habían llegado a la conclusión de que allí -en el Cielo- se querrían todavía más.

El Padre cuenta también a Álvaro del Portillo que, queriéndole hacer un favor, un miembro de la Obra le había dado la llave del piso de una familia amiga suya que estaba fuera, pero al saber que allí seguía viviendo sola una sirvienta joven, de veintidós o veintitrés años, había rehusado el favor. Y, para evitar tentaciones, había arrojado la llave por la boca de una alcantarilla.

Un extraño refugio

En los primeros días de octubre, encuentran un extraño refugio para ocultar al Padre: una pequeña clínica para enfermos mentales, situada en la calle de Arturo Soria y dirigida por un psiquiatra, el doctor Suils, hijo de un médico que los Escrivá habían conocido en Logroño.

Unos veinte enfermos mentales residen en ella; los demás son refugiados. El Padre queda internado allí, tomando toda clase de precauciones para no llamar la atención de enfermeras y empleados. Eso quiere decir que se hace pasar por loco, con mayor motivo porque alguna enfermera sospecha algo. En efecto, un día se presentan los milicianos y se llevan a uno de los refugiados, al que ejecutarían luego.

Afortunadamente, su hermano Santiago no tarda en unirse a él. Su madre, que ha tenido que abandonar el piso a causa de los bombardeos de las tropas nacionales, le ha enviado a la clínica del doctor Suils.

Los únicos que saben que Josemaría Escrivá es sacerdote son el doctor Suils, su ayudante, una de las enfermeras y otro refugiado. Isidoro, gracias a un brazalete que atestigua su nacionalidad argentina, es el único que puede circular libremente por Madrid. Por él, el Padre sabe algo de sus hijos, dispersos por la geografía española, y por mediación suya, también, les envía palabras de ánimo y consuelo.

Álvaro del Portillo, de momento, ha encontrado refugio en la Legación de Finlandia, que meses más tarde sería asaltada. A Juan Jiménez Vargas lo han encarcelado y han estado a punto de ejecutarlo, pero, inesperadamente, terminan por soltarlo. De quien no tienen noticias es de Vicente Rodríguez Casado; hasta febrero de 1937 no sabrán que ha encontrado refugio en la Legación de Noruega. En cuanto a José María Hernández Garnica, se ha librado de la muerte tras ser condenado -ignora los motivos- por un tribunal popular y ha sido trasladado a una cárcel de Valencia.

Aprovechando su estancia en la clínica, le someten a un fuerte tratamiento antirreumático. La reacción que le produce es dolorosa y, cada vez que le administran la medicación, se queda baldado, pero don Josemaría sigue confiando, con más fuerza que nunca, en la ayuda de Dios. Su serenidad asombra a todos. Los que reciben sus cartas recobran la esperanza y quedan reconfortados. José María González Barredo y Juan Jiménez Vargas han pasado algunos días en el sanatorio del doctor Suils, pero no pueden permanecer mucho allí, y tienen que marcharse.

Ha sufrido mucho, sobre todo, por no poder decir Misa hasta que una autorización hecha pública por la Santa Sede el 22 de agosto, le ha permitido celebrarla a escondidas, en su cuarto, sin altar, sin ornamentos, utilizando un vaso como cáliz y procurando que una enfermera “fiel” vigile en el pasillo…

Fátima, mayo de 1967

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Trece años después de su última peregrinación a Fátima, el Padre vuelve a postrarse a los pies de Nuestra Señora. A pesar de la lluvia, es grande la afluencia de peregrinos; dentro de unos días, el 13 de mayo, el Papa Pablo VI va a presidir las ceremonias conmemorativas del cincuentenario de las apariciones. El Fundador del Opus Dei se une por adelantado a las intenciones del Sumo Pontífice y pide por la Iglesia y por los frutos del Concilio. Luego, recibe a distintos grupos de sus hijos e hijas portugueses en un Centro de la Obra cercano a Oporto, Enxomil.

Transfigurar la vida ordinaria

El 7 de octubre de 1967 preside, en Pamplona, una ceremonia similar a la de 1964. Seis profesores universitarios de diferentes países reciben de sus manos el título de doctor honoris causa por la Universidad de Navarra: un portugués, profesor de la Universidad de Coimbra, Guilherme Braga da Cruz; un belga, Mons. Onclin, profesor de Derecho Canónico en la Universidad de Lovaina y Secretario de la Comisión Pontificia para la reforma del Código de Derecho Canónico; Ralph M. Hower, norteamericano, profesor en la Business School de la Universidad de Harvard; Otto B. Roegele, alemán, profesor y Director del Instituto de Ciencias de la Información de la Universidad de Münich; Jean Roche, profesor en el Colegio de Francia y Rector de la Sorbona; y, finalmente, el Dr. Jiménez Díaz, eminencia médica española, ya fallecido, a quien se otorga el nombramiento a título póstumo por lo mucho que había ayudado a la Universidad de Navarra desde sus comienzos.

Esta vez, son más de treinta y cinco mil las personas llegadas a Pamplona, incluso en trenes especiales, no sólo de distintos puntos de la geografía española, sino también de Portugal, Francia, Italia, Alemania y Bélgica.

Reuniones similares a la que había tenido lugar el año 1964 en el Teatro Gayarre se celebran allí y en otros lugares, incluso al aire libre, en el campus de la Universidad. El ambiente de diálogo, espontáneo y abierto, es también el mismo; estudiantes, empleados, obreros, padres y madres de familia, cooperadores y amigos de la Obra acuden en grupos diversos, y el 8 de octubre se reúnen todos para asistir a la Misa al aire libre que va a celebrar el Padre ante el edificio de la Biblioteca.

En la homilía, Mons. Escrivá de Balaguer hace referencia al marco de nuestra Eucaristía, de nuestra Acción de gracias: nos encontramos en un templo singular: podría decirse que la nave es el “campus” universitario; el retablo, la biblioteca de la Universidad; allá, la maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de Navarra… ¿No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvidable, que es la vida ordinaria el verdadero “lugar” de vuestra existencia cristiana? Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres.

Decenas de millares de hombres y mujeres escuchan en religioso silencio al Fundador mientras explica, de manera especialmente viva y directa, el mensaje central del Opus Dei: aprender a santificarse allí donde uno esté, en las circunstancias más vulgares, evitando la tentación de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida. Que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales (…) En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…

A finales de 1968, esta homilía aparecerá editada en un libro que, con el título de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, recoge algunas declaraciones del Fundador del Opus Dei a representantes de diversos medios informativos de diferentes países. Porque, desde 1966, el Padre, renunciando a la norma de conducta que siempre se había trazado, ha concedido -porque así lo exigía el bien de las almas- entrevistas a unos cuantos periodistas.

Ya en 1964, en Pamplona, había recibido a algunos. Entre ellos el corresponsal del diario “Le Fígaro” en España, el cual, dos años más tarde, solicitó del Fundador del Opus Dei unas declaraciones para su periódico. Lo mismo hicieron otros redactores del “New York Times”, del semanario “Time” y de varias revistas españolas.

En esas entrevistas -así como en otra aparecida en 1960 en la edición dominical de “L’Osservatore Romano” y recogida también en el libro de Conversaciones- Monseñor Escrivá de Balaguer respondía a diversas preguntas concernientes a la vida de la Iglesia, la situación de la Universidad, el papel de la mujer en el mundo, etc. También hablaba del Opus Dei, definiendo de la manera más clara posible la naturaleza de la Obra que había fundado en 1928: La finalidad a la que el Opus Dei aspira es favorecer la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado por parte de los cristianos que viven en medio del mundo, cualquiera que sea su estado o condición (…) Cristo está presente en cualquier tarea humana honesta (…) El Opus Dei tiene como misión única y exclusiva la difusión de este mensaje (…) Y a quienes entienden este ideal de santidad, la Obra facilita los medios espirituales y la formación doctrinal, ascética y apostólica, necesaria para realizarlo en la propia vida.

Haciendo referencia a quienes seguían empeñados en hablar del Opus Dei sólo en relación con España y con un terreno que no era ni será nunca el suyo, el de la política, repetía una vez más, con energía, que la Obra no está ligada a ningún país, a ningún régimen político, a ningún partido, a ninguna ideología, y que sus miembros abominan de todo intento de servirse de la religión en beneficio de posturas políticas y de intereses de partido.

Para él, está perfectamente claro -y sabe que la realidad da testimonio de ello- que los miembros de la Obra no actúan en grupo, sino individualmente, con libertad y responsabilidad personales.

A1 Fundador no se le oculta que será necesario que pase algún tiempo antes de que se desvanezcan unos prejuicios originados por auténticas campañas de calumnias contra la Obra, pero confía en que los periodistas que le entrevistan dirán la verdad. Es consciente, también, de que en la raíz de estas deformaciones calumniosas, que se remontan a los años cuarenta, hay una visión clerical de las cosas, característica de quienes suele llamar católicos oficiales. Algo que no le sorprende, pero que detesta, porque instrumentalizar al laico para fines que rebasan los propios del ministerio jerárquico es algo absolutamente ajeno al espíritu del Fundador. Por eso, responde así a los redactores de “L’Osservatore della Domenica” que le preguntan sobre este punto: Espero que llegue un momento en el que la frase los católicos penetran en los ambientes sociales se deje de decir… Los socios de la Obra no tienen necesidad de penetrar en las estructuras temporales, por el simple hecho de que son ciudadanos corrientes, iguales a los demás, y por tanto ya estaban allí.

A sus sesenta y cinco años, el Fundador del Opus Dei sigue siendo tan inconformista como lo era ya en los años treinta, cuando predicaba a hombres y mujeres corrientes, de todas las clases sociales, que podían santificarse y santificar su trabajo ordinario en medio del mundo, provocando la indignación, la condena y el escándalo de algunos eclesiásticos, para los cuales los laicos debían ser, como mucho, la longa manus de la jerarquía…

Un gesto simbólico

En 1968, Mons. Escrivá de Balaguer va a dar públicamente una prueba más de su independencia de espíritu al tomar una decisión que -lo sabe- será falsamente interpretada por algunos, aunque esté inspirada en su profundo sentido de la justicia.

En efecto: cuando evoca la manera en que el Opus Dei nació y se ha ido desarrollando, paso a paso, se persuade más y más de que el Señor le ha tratado como a un niño al que su padre le va diciendo cómo colocar las piezas de un rompecabezas una a una; el 2 de octubre de 1928; la fundación de la Sección femenina luego, el 14 de febrero de 1930, sin él haberlo querido; la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz finalmente, otro 14 de febrero, trece años más tarde…

Se da cuenta también, cada vez con más evidencia, de que las duras pruebas a que habían sido sometidos sus padres -y que tanto le habían hecho sufrir a él- eran un medio del que el Señor se había servido en su juventud para purificarle y dejarle más disponible para la inmensa tarea que pensaba confiarle. Calibra cada día con más profundidad el significado del sufrimiento de los suyos: la muerte de sus tres hermanitas, la brusca ruina de su padre, su desaparición prematura… A lo cual vinieron a juntarse luego las consecuencias de su propia entrega al Señor para su madre, su hermana y su hermano.

Más aún: habían aceptado sin protestar infinidad de sacrificios suplementarios que él les había pedido para facilitar el desarrollo de los apostolados de la Obra. Desde la utilización de gran parte de la herencia para financiar la primera residencia, en 1934, hasta el trabajo constante de su madre y de su hermana Carmen en la administración de otros centros, el último de ellos la casa de Salto di Fondi, en Italia, donde tanto había trabajado ésta.

Ahora, a sus sesenta y seis años, don Josemaría siente muy vivo el deseo -el deber filial- de recompensar de alguna manera a su familia, que tanto había sufrido y se había sacrificado, en cierto sentido, por culpa suya. Y como el único superviviente es su hermano Santiago, para hacer algo por él y por los hijos de éste, y para honrar la memoria de sus padres, tan injustamente tratados en sus últimos años en Barbastro, está dispuesto a realizar unas gestiones que, de tener éxito, supondrán un desagravio simbólico, aunque mínimo, por lo mucho que debe a su familia.

La iniciativa había sido de sus hijos, y especialmente de D. Álvaro del Portillo. Hacía años que, al darse cuenta del alcance histórico que cobraría con el tiempo la personalidad del Fundador, había ido investigando en la historia de su familia. Habían salido a la luz vínculos de parentesco -que el Padre conocía, pero que nunca había mencionado, por no darles la menor importancia- con la antigua nobleza aragonesa. Correspondía a la familia un título nobiliario, el del marquesado de Peralta, que Carlos de Habsburgo había otorgado en 1718 a un antepasado de su madre. Hechas las oportunas investigaciones, habían sido informados de que, en efecto, era posible pedir la rehabilitación del título en España. Después de un forcejeo filial, don Álvaro logró que el Padre tomara en consideración el proyecto de reclamar ese título: si lo obtenía, podría transmitírselo a su hermano Santiago al cabo de cierto tiempo… Se trataba de una manera concreta para compensar a los suyos.

Ni que decir tiene que no se le ocultaban los comentarios mordaces que algunos harían, ajenos por completo al hecho de que, a su edad, y con el rumbo que había tomado en su vida, no tenía la menor necesidad ni el menor deseo de reclamar para él un título honorífico. Sabe, sí, que sus hijos e hijas lo comprenderán, pero que otros aprovecharán la ocasión para decir de palabra o por escrito toda clase de perfidias y, de manera indirecta, arrojar puñados de lodo sobre la Obra.

Esto le ha llevado, naturalmente, a consultar el asunto, antes de dar su consentimiento a que se iniciaran las gestiones, con diversas personalidades y organismos de la Curia, incluida la Secretaría de Estado del Vaticano, pues piensa que, como Presidente General de una institución de la Iglesia, debe hacerlo. La respuesta es unánime: no hay ningún inconveniente en que reclame la rehabilitación de ese título. Es más, una alta personalidad de la Curia le dice que debe hacerlo, pues si él, que siempre ha enseñado a sus hijos a cumplir sus obligaciones cívicas y a ejercitar todos sus derechos, no lo hace, les daría mal ejemplo…

Así pues, a comienzos de 1968, escribe al Consiliario del Opus Dei en España para explicarle los motivos de esa decisión, que no son otros que sentimientos de piedad y justicia hacia su familia junto con el deseo de poner en práctica el dulcísimo precepto del Decálogo, el cuarto Mandamiento de la Ley de Dios: “Honrarás a tu padre y a tu madre.” Al mismo tiempo, le ruega, de antemano, que disuada a sus hijos de querer justificarlo ante la opinión pública: no me importan los comentarios -que no harían si se tratase de otra persona cualquiera, de otro ciudadano español-, y os ruego que, si dicen o escriben algo molesto, que sea lo que sea será injusto, “hagáis oídos sordos”.

Como el Padre esperaba, en cuanto le rehabilitaron legalmente el título, la prensa se hizo eco del hecho, a veces con escándalo farisaico y comentarios de mal gusto. No obstante, ninguna instancia del Opus Dei, en país alguno, salió al paso de los mismos. El Padre, por su parte, guarda también absoluto silencio, hasta que, al cabo de un año, transmite el título a su hermano, para que pueda, a su vez, transmitirlo a sus hijos.

En el deliberado silencio del Fundador ha habido, sin duda, una especie de sano desprecio del “qué dirán”, como si hubiese querido, con su ejemplo, animar una vez más a sus hijos a hacer uso de sus derechos, sin refugiarse en una modestia mal entendida, completamente ajena a la verdadera humildad cristiana. Humildad que él manifiesta, por su parte, en ese ofrecerse en bandeja a las malas lenguas, dándoles un pretexto para insultarle.

Los miembros de la Obra y las personas que lo conocen comprenden perfectamente este gesto del Padre y piensan que, en este asunto, con título o sin título nobiliario por medio, ha sabido comportarse como siempre: como un caballero.

Sufrimiento por la Iglesia

El dolor que le causa la incomprensión -por otra parte esperada- no es nada en comparación con el sufrimiento que experimenta en esta época de su vida.

Señor, si es tu Voluntad, haz de mi pobre carne un crucifijo, había escrito en Camino. Pues bien, parece como si Jesucristo hubiese querido conformar aún más a su servidor a su propia imagen en estos años de prueba para la Iglesia universal, que parece como si estuviese influida por las cosas malas del mundo, por ese deslizamiento que todo lo subvierte, que todo lo cuartea, sofocando el sentido sobrenatural de la vida cristiana. Porque se ha ido pasando de discutirlo todo a dudar de todo, de tal forma que es algo más que una crisis lo que sacude a la Iglesia; es un terremoto.

Estamos viviendo un momento de locura -confía el Padre a sus colaboradores más íntimos el 25 de noviembre de 1970-. Las almas, a millones, se sienten confundidas. Hay peligro grande de que en la práctica se vacíen de contenido los sacramentos -todos, hasta el Bautismo- y los mismos Mandamientos de la Ley de Dios pierdan su sentido en las conciencias.

El Fundador del Opus Dei sabe que la barca de Pedro no puede hundirse, pero también sabe que Dios permite tiempos de prueba muy duros. Por eso, las fisuras en la fe, las noticias que ponen de manifiesto que el amor a Dios en muchos cristianos se enfría, le llegan al corazón. Piensa en ello noche y día, reza, se mortifica, repara con más generosidad todavía…

Desde hace años, conoce esas largas vigilias nocturnas en las que las sombras parecen hacerse más densas. Son momentos en los que suplica a Dios, con redoblado fervor, que ponga fin a la prueba.

Como la crisis se prolonga, implora que, al menos, pueda ver, si no el fin, el comienzo del fin, y pide a sus hijos que hagan lo mismo, que insistan ante el Señor para que se vea obligado a intervenir, dulcemente constreñido. Él, por su parte, no puede hacer ya más que abandonarse por completo y ponerse en manos de la Providencia.

¡Me duele la Iglesia!, exclama con frecuencia.

La fe que Dios le ha dado desde su infancia y que no ha cesado de crecer en él -una fe tan gorda que se puede cortar-, le dice que al término de esta locura colectiva habrá un vasto resplandor de esperanza, porque el Señor, de los males saca bienes; y de los grandes males, grandes bienes.

Pero el dolor es la piedra de toque del Amor y, por eso, el Padre no puede evitar el sufrir con la Iglesia, no sólo como cristiano, sino también como sacerdote y como responsable de tantas almas que el Señor le ha confiado. Además, no le faltan razones para pensar que el Príncipe de las tinieblas tiene especial empeño en obstaculizar este nuevo camino divino en la tierra que es el Opus Dei.

La mano que sujeta el timón debe, a veces, cuando la tempestad arrecia, adquirir firmeza para mantener el rumbo… Por eso, el sufrimiento de Mons. Escrivá de Balaguer por la Iglesia no es meramente pasivo, sino que va acompañado de un empeño eficaz por evitar que la Obra se desvíe lo más mínimo de la línea señalada por Dios. Se sabe, en efecto, administrador del depósito recibido el 2 de octubre de 1928, y uno de sus elementos esenciales es el carácter secular del Opus Dei.

Sus hijos e hijas, unidos en torno al Fundador e identificados con su espíritu, no tienen la menor duda de que son cristianos corrientes, no religiosos que viven en el mundo o que se adaptan al mundo; saben, en suma, que son ciudadanos iguales a los demás, como lo saben sus parientes y sus amigos. La Iglesia, por su parte, ha reconocido esta característica secular del Opus Dei, pero el Padre, desde hace varios años, está cada vez más preocupado porque, como Fundador, desea que las cosas queden todavía más claras. Piensa que es imprescindible que la Obra tenga un estatuto jurídico más conforme con su naturaleza, cosa que no fue posible conseguir en 1950, pues las mentes no estaban todavía maduras para esto, y el Derecho Canónico no había evolucionado lo suficiente. Ahora, sin embargo, algunas disposiciones del Concilio Vaticano II permitirán, sin duda, obtener ese nuevo estatuto.

El 6 de enero de 1970, mientras contempla con un grupo de hijos suyos el misterio de la Navidad, plasmado en un Nacimiento, invita a sus hijos a la confianza: “Pedid y se os dará…” (Lucas XI, 9).

Buscando refugio en la trinidad de la tierra, Jesús, María y José, el Padre, con la imaginación, toma al Niño en sus brazos y pide perdón por todo el mal que se hace, por todo el bien que dejan de hacer los cristianos…

No lejos del pesebre, se encuentra Herodes: Pero no podrán nada, Señor, ni contra tu Iglesia ni contra tu Obra. Estoy seguro (…) También la Obra ha encontrado, más de una vez, a Herodes en su camino. Pero, ¡tranquilos, tranquilos! (…); no hemos dejado nuestros intereses personales por una nimiedad.

Los que le rodean están serios. Sufren con el sufrimiento del Padre, pero lo único que pueden hacer es asociarse a sus súplicas y trabajar con más intensidad que nunca, abriendo camino en la dirección que él indica

Dos peregrinaciones en la Península Ibérica

Como ha venido haciendo en los momentos más difíciles de su vida, recurre a la Madre de Dios, proclamada por Pablo VI, al finalizar el Concilio, Madre de la Iglesia. Es lo que le lleva a postrarse varias veces a los pies de Nuestra Señora en 1970.

Iré a visitar dos Santuarios de la Virgen -escribe a sus hijos-. Iré como un creyente del siglo XII: con el mismo amor, con aquella sencillez y con aquel gozo. Voy a pedirle por el mundo, por la Iglesia, por el Papa, por la Obra (…) Unios a mis oraciones y a mi Misa.

Esos dos Santuarios son Torreciudad, en España, y Fátima, en Portugal.

A comienzos de abril, el Fundador del Opus Dei se traslada en avión a España. En la antigua casa de la calle de Diego de León, contempla la imagen de la Virgen de Torreciudad, que está siendo restaurada. Es una representación tradicional de la Virgen con el Niño, similar a la que existe en bastantes Santuarios de Europa surgidos a partir del siglo XI. Se ve la talla de madera, pues se le han quitado varias capas de pintura posteriores para aplicarle el estofado de oro que le hará recobrar su aspecto originario.

Presintiendo la emoción del Padre, sus hijos se retiran. Besa filialmente los pies de la Virgen y los del Niño, expresa a la Señora su agradecimiento con palabras que le salen del alma y le cuenta la alegría que siente al volver a verla, como un hijo que se reúne con su madre tras una larga ausencia.

Unos días más tarde, después de visitar en Zaragoza a la Virgen del Pilar, llega a Torreciudad. Un kilómetro antes de alcanzar la ermita, en una curva de la carretera, todavía en construcción, sin asfalto, el Padre hace detener el automóvil, baja, se descalza y sigue caminando a pie, mientras empieza a rezar los misterios dolorosos del Rosario. El día es gris y cae una suave llovizna, pero él, por dos veces, se niega a ponerse de nuevo los zapatos.

-Hay muchos pastores que van descalzos, todos los días, por estos riscos. No hago nada extraordinario.

Terminados los misterios dolorosos y tras unos instantes de oración silenciosa, el Padre continúa rezando las otras dos partes del Rosario. Finalmente, al entrar en la ermita, avanza hacia el altar y entona la Salve; luego, de rodillas, reza una oración mariana que ha aprendido en su infancia. Sólo entonces pasa a una habitación próxima para quitarse las piedrecillas que se le han incrustado en las plantas de los pies y calzarse de nuevo…

Instantes más tarde, ya está otra vez bajo la lluvia, visitando los lugares donde se alzará el nuevo Santuario, a unos cientos de metros de la ermita. Al borde de una vasta excavación, donde irá la cripta de los confesionarios, traza el signo de la Cruz con la mano. Su deseo más ardiente es que muchas personas encuentren en Torreciudad, en el futuro, el don más precioso: la gracia divina.

El amor grande que Dios tiene a su Madre, hará que allí resplandezcan también su omnipotencia y su misericordia. Nosotros le pediremos y buscaremos milagros en las almas.

El 14 de abril ya se encuentra en Fátima. Descalzo también, se dirige a la “capelinha”, rodeado por algunos de sus hijos portugueses. Cerca de la estatua que conmemora la visita de Pablo VI en 1967 -que es asimismo el año de su última peregrinación a Fátima- reza por el Papa.

La piedad de los peregrinos que le rodean le conmueve. Ahora que la fe parece languidecer en bastantes lugares y algunos ponen en entredicho la devoción a la Virgen, ciertas manifestaciones de piedad le enternecen. Por eso suele decir que le gustaría poder expresar sus sentimientos con la misma sinceridad con que los expresa una viejecita que suspira en la penumbra de una iglesia; por eso, también, se alegra tanto cuando, poco después de su visita a Fátima, uno de sus hijos portugueses le dice en una carta que le había visto besar las medallas del Rosario, como hacía su propia abuela…

Estas peregrinaciones son una demostración evidente de la gran fe del Padre y, al mismo tiempo, afirman su convicción de que la Iglesia no tardará en recobrar la unidad y la paz. “Si Dios está con nosotros, ¿quién podrá estar contra nosotros?” (Rom. VIII, 31), repite con San Pablo.

En México, a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe

Pero su preocupación por la Iglesia sigue siendo muy viva. Por eso, poco después de regresar a Roma, el Padre, de repente, decide hacer una tercera peregrinación mariana.

Esta vez, el punto de destino está más lejos, en América, adonde nunca había hablado de ir hasta entonces. Verdad es que sus hijos mexicanos venían pidiéndole insistentemente que fuese desde hacía tiempo, pero de no haber mediado un motivo tan poderoso como éste, tal vez nunca se hubiese decidido a atravesar el Atlántico.

Así pues, el 14 de mayo de 1970, toma el avión que ha de conducirle a México.

Una de las primeras visitas que hace es a la Villa, adonde los mexicanos acuden a diario en gran número para rezar ante el célebre lienzo de la Virgen de Guadalupe, patrona de México y de toda Hispanoamérica, desde que en 1531 la Madre de Dios quiso aparecerse a un pobre indio llamado Juan Diego y dejar estampada milagrosamente su imagen en la manta o tilma que utilizaba para cubrirse.

Arrodillado en el presbiterio de la basílica, no quita los ojos de la imagen de la Señora, cuyo rostro tiene rasgos de la raza de la gente de esa tierra bendita. Por el interior del templo, a menudo de rodillas, avanzan muchas personas.

Hora y media más tarde, se incorpora y abandona la basílica. Numerosos miembros de la Obra que han empezado a afluir al enterarse de que está allí el Padre le acompañan desde la nave en cariñoso silencio. La escena se repetirá durante ocho días consecutivos, del 17 al 24, pero en lo sucesivo, para no llamar la atención, el Padre ocupa un balconcillo o tribuna situado a la derecha del presbiterio que le coloca, sin que se le pueda ver desde la nave del templo, a la misma altura de la célebre imagen. Nadie puede conocer hasta dónde llega la intensidad y profundidad de su oración. Sólo los que están muy cerca, junto a él, pueden oír sus palabras audaces y pueriles… que la pluma no puede, no debe estampar. Palabras en las que se vierten sus preocupaciones de siempre: la Iglesia, el Papa, sus hijos e hijas.

Todos los días expresaba su petición en voz alta. Los que están a su lado -entre ellos don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, uno de sus más íntimos colaboradores- quedan impresionados por la simplicidad de sus palabras, que son las que un hijo dirige a su Madre. Tal vez las mismas que el pequeño Josemaría dirigía a María, en Barbastro, cuando, durante el mes de mayo, llevaba una flor a la Virgen, como todos los niños, y le presentaba sus peticiones.

También los mexicanos y las mexicanas depositan rosas a los pies de “su” Virgen de Guadalupe durante todo el año, y el Padre no quiere ser menos… El quinto día de la novena se dirige con estas palabras a la Madre de Dios: Señora nuestra, ahora te traigo -no tengo otra cosa- espinas, las que llevo en mi corazón; pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas…

Haz que en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en toda mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis.

Luego, el Padre formula su petición con la santa desvergüenza que siempre ha recomendado a las almas que quieren trabajar por Dios:

Aquí estoy, porque ¡Tú puedes!, porque ¡Tú amas! Madre mía, Madre nuestra (…), evítanos todo lo que nos impida ser tus hijos, todo lo que intente borrar nuestro camino o adulterar nuestra vocación. Yo no lo permitiré, porque no quiero condenarme; pero no toleres que actúen las fuerzas del mal. ¡Contra Ti no puede nada el diablo!, ¿cómo no voy a contar con esta seguridad? Dios te salve, María, Hija de Dios Padre; Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo; Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo; Dios te salve, María, templo de la Trinidad Beatísima, ¡más que Tú, sólo Dios!: ¡que se vea que eres nuestra Madre!, ¡lúcete!.

La oración en voz alta del Padre se prolonga. Hasta la tribuna desde donde se dirige a la Virgen, llegan las canciones de los fieles en honor de su patrona, y su alma vibra al unísono de aquellas voces. Sigue rezando con insistencia:

Te amo todo lo que sé y puedo. Me he equivocado tantas veces en mi vida, pero te quiero con todas las fuerzas de mi alma. Dinos qué hemos de hacer y, con tu gracia, lo haremos (…) Escúchanos: ¡yo sé que lo harás!.

Entre una criatura, por muy fiel que sea, y su Creador, parece difícil que pueda existir una transacción, a no ser que lo que se pone en juego sobrenaturalmente ya esté inscrito en los planes divinos, como supo Abraham que lo estaba, después de haber negociado con Yahvé, la salvación de un puñado de hombres de su pueblo…

Lo cierto es que, a partir de ese 20 de mayo de 1970, Josemaría Escrivá de Balaguer, sin dejar por eso de sufrir, reparar y rezar por la Iglesia, aumenta más en su alma la confianza y la paz que ya nada podrá quebrantar. Como si la Virgen María, en el Santuario donde ha ido a visitarla, hubiese querido mostrarle el final de la prueba; sin decirle cuándo ni cómo, está convencido de que todo se arreglará cuando llegue el momento oportuno. Poco importa que no llegue a verlo con los ojos de la carne: el gran río de la Iglesia volverá a su cauce…

Antes de abandonar la tribuna, el Padre hace una promesa a la Virgen de Guadalupe; una promesa sin condiciones, como la que había hecho hace ya muchos años en Madrid, al invocar a San Nicolás de Bari para pedirle que resolviera unas dificultades financieras aparentemente insuperables: para agradecer a la Señora la gracia que le acaba de conceder, mandará colocar, en una capilla de la cripta del Santuario de Torreciudad, un mosaico representando a la imagen de la Virgen de Guadalupe y una inscripción conmemorativa.

La raza de los hijos de Dios

Nada más llegar a México, el Padre había dicho a sus hijos que ellos sólo eran la segunda razón de su viaje, pero, al comprobar su gozo por tenerle entre ellos, se da cuenta de que esa segunda razón casi se confunde con la primera.

El Padre visita Montefalco, una antigua hacienda reconstruida por sus hijos en el estado de Morelos, donde han establecido, entre otras actividades educativas, un centro de formación rural para los campesinos de la zona. En medio de aquellos inditos, que le escuchan embelesados y atentos, el Padre se encuentra tan a gusto como con los habitantes de la capital o de otras grandes ciudades. En esas reuniones, hay un buen número de hijos suyos que han venido de otros países: Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Venezuela, Puerto Rico, Colombia, Argentina, e incluso Canadá y los Estados Unidos. A todos, les dice:

Nadie es más que otro. ¡Ninguno! ¡Todos somos iguales! Cada uno de nosotros valemos lo mismo, valemos la Sangre de Cristo. Fijaos qué maravilla. Porque no hay razas, no hay lenguas; no hay más que una raza: la raza de los hijos de Dios.

Este lenguaje directo es comprensible a todos. Le oyen los de la ciudad y los del campo, gentes de toda condición… y hasta las lenguas de los campesinos más taciturnos se abren en preguntas a aquel sacerdote de prontas respuestas, que elevan y dignifican su vida. Todos quieren acercarse al Padre, saludarle, recibir una palabra o una sonrisa suya, tocarle…

En México D.F., en un Centro de la Sección de mujeres de la Obra, una campesina anciana, de cara completamente arrugada, se ha quedado en una esquina del vestíbulo. Le dicen al Padre que tiene cuatro hijos en el Opus Dei. El Padre se le acerca y la anciana mujer, sin dar tiempo a pensar en lo que sucede, se arrodilla ante el hombre de Dios. Mientras su hija intenta en vano ponerla en pie, ve con profunda emoción que el Padre, a su vez, se arrodilla ante ella para ponerse a su altura y decirle al oído cosas que ella escucha entre lágrimas: Somos iguales, hija mía, somos hijos de Dios…

Hijos míos, yo no he venido a enseñar, sino a aprender. A aprender de los mexicanos, de su fe sin fisuras, de su amor sincero a la Madre de Dios…

El Padre les habla también del apostolado que pueden hacer en su país y en otros países de lengua española del Continente: ¡Cuánto bien podéis hacer! Si fuéramos más, y si yo fuera mejor… y tú, y tú, y todos fuerais mejores, haríamos una labor maravillosa.

Durante los cuarenta días de su estancia en México, recibe a más de veinte mil personas. En una serie de tertulias llenas de espontaneidad, semejantes a las de España y Portugal, habla una vez más de la santificación del trabajo ordinario, de la vida conyugal; de la amistad y del apostolado; de la oración, de la Iglesia, del Papa, de los Sacramentos y, en especial, de la Eucaristía y la Penitencia. En resumen: de todos esos medios que facilitan el intercambio personal entre el alma y Dios y constituyen el secreto de la fecundidad apostólica.

El Padre, a pesar de su edad, responde de manera sorprendente a tanto ajetreo. No obstante, un día, el 16 de junio, mientras habla a un grupo de sacerdotes cerca del lago de Chapala, al noroeste del país, tiene que retirarse a una habitación contigua para descansar unos momentos, pues el agobiante calor del mediodía le sofoca. Su mirada se detiene en un cuadro colgado en la pared de enfrente que representa a la Virgen de Guadalupe entregando una rosa al indio Juan Diego.

-Quisiera morir así -musita en su oración habitual-: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor…

La sonrisa de África. Un homenaje a Ryszard Kapuscinski

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Ismael Martínez y la Fundación Schola muestran otra mirada sobre África en un homenaje al reportero polaco

Opus Dei -

Y es cierto, la sonrisa debe ser profundamente humana. Porque África es también un continente más allá de los estereotipos del drama. Por eso, en esta exposición itinerante  se muestra la vitalidad de Benin y Togo, dos pequeños países del oeste africano.

Ismael Martínez (Jaén, 1973) -fotoperiodista por la Universidad de Navarra- muestra otra mirada sobre África en un homenaje al reportero polaco en esta serie sobre la que la fotógrafa y galerista Rene Maisner, hija de Ryszard Kapuscinski, ha dicho: “Refleja el movimiento y la emoción del mundo ordinario. Es lo cotidiano en diferentes ángulos y distancias: a veces sólo el rostro, a veces sólo siluetas y actividades. Son escenas corrientes con un lenguaje vital, emocional y poético. El día a día de cualquier calle africana. Es el África también real de la sonrisa y la esperanza. Por eso, estas fotos de Ismael Martínez son humanas; y al ser humanas expone -de alguna forma- aquel deseo de mi padre de hacernos ver la humanidad del otro y, al verlas, de hacernos más humanos a nosotros mismos. Estas imágenes muestran una relación de entendimiento recíproco, de empatía, que descubre en la mirada de lo cotidiano el alma de la humanidad”.

Harambee (“todos juntos” en swahili), es el grito de los pescadores cuando acercan sus redes a la orilla. Pero es algo más que un grito. Es un proyecto internacional solidario que promueve iniciativas de educación en África y sobre África. Harambee nació a raíz de la canonización de San Josemaría Escrivá en el año 2002 y desde entonces ha realizado 30 proyectos en el corazón africano. Proyectos sin distinción de raza, clase o religión. Proyectos que buscan crear futuro. Un futuro que, como el espíritu de los libros de Ryszard Kapuscinski, persigue Harambee en la sonrisa y en la esperanza del otro.

Una “leyenda negra”

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

El Opus Dei: un nombre adecuado, con un punto de suspense. Un escritor experimentado en novelas de intriga difícilmente hubiera ideado un nombre mejor. En Italia es conocido que Mussolini, al poner en marcha su policía secreta, indicó que lo primero de todo era escoger el nombre. Quería uno que provocase inquietud y temor con sólo pronunciarlo.

Escogió OVRA pues, según los expertos, conseguía ese objetivo. Y parece que, sólo una vez elegida la palabra por razones fonéticas, se buscó atribuir las cuatro letras a iniciales de palabras que, puestas seguidas, tuvieran un significado coherente. Todavía hoy discuten los historiadores: «el significado de esas siglas no se ha demostrado aún, y cualquier interpretación es sólo una hipótesis», dicen las enciclopedias. Quizá sea «Opera volontaria repressione antifascismo», o bien «Opera volontaria repressione antifascista». Pero, ¿qué le importaba al Duce, que lo único que buscaba era un nombre con una resonancia siniestra, que se susurrase temerosamente sólo a oídos de plena confianza?

Pues bien, se da la curiosa casualidad de que -como sabemos- en España y en los países hispanohablantes, para designar al Opus Dei se dice con frecuencia «la Obra»: es la
Obra por excelencia. Y quien conoce esta lengua, sabe que la «b», en esa posición, suena muy parecido a la «v» italiana. Es decir: la «Ovra». No se puede negar: una homofonía inquietante, que quizá haya contribuido a forjar la «leyenda negra»…

Pero dejemos a un lado al sonido, para hablar del significado: Opus Dei, es decir, Obra de Dios. ¿No hay en este nombre una sombra de orgullo diabólico? Alguien lo ha pensado así e incluso lo ha manifestado con afán de polémica, incluso dentro de la Iglesia. «Estos españoles son unos megalómanos. Un vasco de Loyola, Ignacio, en el siglo XVI funda una orden religiosa y le llama “Societas lesu” (Compañía de Jesús). Como si sólo ellos estuvieran al servicio de Cristo y sólo ellos lo tuvieran como capitán. Un aragonés de Barbastro, Escrivá de Balaguer, en el siglo XX, va incluso más allá: llama a su fundación “la Obra de Dios”; es decir, la Obra divina por antonomasia. Peor incluso que los famosos “Dios está de nuestra parte”, de triste memoria (1). Se pretende identificar lo que un hombre -por muy santo que fueseha creado con la creación de Dios mismo. Nadie se había atrevido a tanto en su soberbia…».

Naturalmente, ante esta acusación (que acompaña al Opus Dei desde 1930, el año en que fue llamado así por vez primera, parece ser que después de una casual mención del confesor al joven Escrivá) los seguidores replican: llamarla «Obra de Dios» no es una muestra de soberbia sino al contrario, de humildad. Y traen a colación el origen y el sustrato teológico del Opus Dei. Es un argumento importante y volveremos a él, pero más adelante: cada cosa a su tiempo.

Continuemos con los nombres y descubriremos que también son sorprendentes la designación de los miembros: los «numerarios», los «supernumerarios», los «agregados»… Apelativos insólitos, elegidos por el propio fundador para separarse tajantemente, también en esto, de la tradición eclesiástica de los religiosos. Fue una preocupación constante de Escrivá (y éste será uno de los puntos principales que habrá que aclarar en este informe) la exigencia de preservar a cualquier precio la «laicidad» de los suyos; en la sustancia por supuesto, pero también en las apariencias. También en los nombres, por tanto, de los miembros y de los Centros.

Por ejemplo: para quien desconfía, o teme, o combate esta realidad eclesial (también desde ciertos ambientes católicos, como ustedes saben), el lugar privilegiado de la pesadilla está donde el cerebro y el corazón del monstruo piensan y palpitan. Y esto sucede en el barrio preferido de la burguesía romana de antes de la última guerra, en las verdes laderas de los llamados «Monti Parioli».

En el número 75 de viale Bruno Buozzi -en el Parioli, como decía-, tras una sólida pero bastante anónima fachada de los años cincuenta-sesenta, se encuentra el complejo edificio construido durante los treinta años de residencia romana del beato Escrivá, y donde ahora reside su sucesor, el «Prelado». Es decir, el actual jefe de lo que, en terminología oficial, es la «Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei».

Pues bien, esta sede del cuartel general desde el que el obispo-prelado maneja los hilos mundiales de la organización (y donde yo mismo, que es lo que nos ocupa, he tenido la no frecuente oportunidad de mantener con él un largo coloquio), no ha sido llamada con un nombre religioso ni ha sido puesta bajo la protección de un santo o de una advocación mariana, como sucede en todas las Ordenes, Congregaciones e institutos católicos. Nada de esto: la casa madre fue bautizada, de modo laical, «Villa Tevere».

Detrás de estos edificios se encuentra la sede de la dirección, también mundial, de la sección de mujeres, que -ajena a todo «devocionalismo»- se conoce con la burocrática denominación de «Villa Sacchetti», tomada del nombre de la calle a la que se orientan los edificios.

¿La residencia universitaria para chicas, situada en un elegante chalé estilo liberty al otro lado del Tíber? Sin un gran esfuerzo de imaginación, «Villa delle Palme», por los dos inhiestos árboles que crecen en el jardín.

¿El edificio del EUR, donde me hospedé durante mis investigaciones por Roma y alrededores? Un anónimo «Residenza Universitaria Internazionale». ¿Y -por señalar alguna- la residencia de Palermo? «Residenza Universitaria» también ésta, pero «Mediterránea». Y así en todos lados, en cualquier parte del mundo. He consultado guías y publicaciones internas: no he encontrado ni una sola casa, Centro, «Obra corporativa» del Opus Dei que, en el nombre, exprese una realidad «religiosa».

El gran Centro de formación profesional para jóvenes trabajadores del barrio romano del Tiburtino, del que hablaré más adelante, y del cual el Opus Dei garantiza oficialmente la orientación doctrinal y espiritual, se llama ELIS, siglas de «Educazione, Lavoro, Istruzione, Sport». La «religión», como se ve, ni se nombra: se esconde detrás de esas otras actividades.

En los años veinte, en Italia, el grupo animado por el Padre franciscano Agostino Gemelli erigió una universidad que no sólo se llamó «Católica», sino que a ese adjetivo añadió «del Sagrado Corazón». El ateneo del Opus Dei en Pamplona (también de éste hablaremos con amplitud) nació en cambio con el simple nombre de «Universidad de Navarra», y así se ha quedado y quedará, sin referencias religiosas en su nombre. Y esto a pesar de que el contenido está muy claro, sin posibilidad de equívocos, a tenor del segundo punto del Ideario de la Universidad, que dice: «Es una obra corporativa del Opus Dei; y el espíritu del Opus Dei impregna y anima su vida y actividad, fomentando en quienes la componen, en pleno respeto de la libertad de las conciencias, el amor a la Iglesia y al Papa, y a su Magisterio; y una unidad de vida coherentemente cristiana, así como una exigente práctica de las virtudes humanas». En resumen: un guante de «laico» terciopelo que cubre una mano de catolicísimo acero.

Entre otras cosas, esta decisión de evitar nombres «religiosos», de escogerlos siempre «neutros», o al menos no inmediatamente clasificables, es uno de los muchos motivos que pueden explicar las sospechas de mimetismo, cuando no de secretismo «masónico» o incluso de clandestinidad delictiva (ni han faltado ni faltan acusaciones de este tipo) que acompañan desde siempre al Opus Dei.

El Opus se ha esforzado por ser «laico» también al nombrar a sus miembros: numerarios, supernumerarios, agregados.

El siglo pasado, don Bosco -un santo que, por fortaleza, inteligencia, determinación inflexible en la búsqueda de su objetivo e influencia en la vida de la Iglesia, tiene tantas cosas en común con el beato Escrivá- también inventó para los suyos unos nombres distintos de los tradicionales. De hecho, el jefe de los salesianos no se llama, como en las otras familias religiosas, «superior general», sino «rector mayor». Para el gobierno local, en lugar de las habituales «provincias» se inventaron las «inspectorías». A pesar de ser religiosos según el derecho canónico, los sacerdotes salesianos evitaron el apelativo de «padre», haciéndose llamar «don», como los sacerdotes seculares. Pero esos nombres no eran más que una escamotage de esa fina cabeza de don Bosco (aconsejado en secreto -hay que decirlo todo- por los mismos políticos liberales y masones que se presentaban oficialmente como «perseguidores») para evitar las supresiones, las confiscaciones, las vejaciones de los gobiernos del siglo pasado frente a las «instituciones clericales». Es decir, detrás de la fachada «laica» de la Sociedad salesiana (como de otras comunidades de hombres y de mujeres nacidas en ese siglo XIX que no tiene parangón por el número de fundaciones católicas que nacieron en aquel tiempo: la persecución siempre ha hecho bien a la Iglesia y a los cristianos…), no dejaba de estar la tradicional realidad religiosa: velada verbalmente sólo por necesidad.

No sucede lo mismo en el Opus Dei, cuyo fundador repitió siempre: «Amamos y estimamos a los religiosos (para entendernos: los frailes, los monjes, las monjas, los miembros de las congregaciones y de los institutos que han pronunciado los tres votos tradicionales de «pobreza, castidad y obediencia» y habitualmente viven en común, sometidos a una regla, N. del A.), pero nosotros no lo somos y ninguna autoridad en el mundo -ni siquiera la de la Iglesia- podrá obligarnos a serlo».

Es una explicación decisiva pero, a primera vista, bastante desconcertante. ¿Cómo es posible?, podrían preguntarme ustedes y tantas otras personas poco familiarizadas con estas realidades. ¿Dicen que quieren vivir seriamente las exigencias de la religión y rechazan ser llamados «religiosos»? ¿Es posible que sean «laicos»? Pues sí: precisamente laicos, replico yo, para vuestra mayor confusión. Déjenme espacio y tiempo e intentaré explicárselo.

De momento, nos seguiremos fijando en las apariencias lingüísticas, en al sonido de las palabras, más que en significados teológicos y en distinciones canónicas, «Numerario, numeraria, supernumerario, supernumeraria, agregado, agregada», en lugar de «hermano», «hermana», «profesos», «legos» y términos por el estilo: palabras tomadas del mundo académico y de la terminología de los funcionarios estatales españoles.

Como escribe una publicación interna y «autorizada»:

«Para designar a los miembros en las diferentes situaciones de la Obra, se utiliza una terminología corriente en otras instituciones (profesores, académicos, funcionarios, etc.)».

En efecto, un «numerario» en las universidades españolas y en las hispanoamericanas corresponde a lo que en Italia se llama «Profesor ordinario»; también es, en esos mismos países, un grado funcionarial en la administración pública.

Sin embargo, se da el hecho, curiosamente imprevisto, que la palabra remite, al escucharla, al «numerario» entendido no como adjetivo, sino como sustantivo, que significa, como dicen los diccionarios, «el conjunto de moneda en papel y en metálico». Es decir, una referencia involuntaria al dinero; una rima particularmente «peligrosa», ya que la sospecha de grandes riquezas y de oscuras maniobras financieras del Opus Dei está presente en la mente de muchos. La etimología de «numerario» hace referencia también al inquietante anonimato de clubes reservadísimos, de sociedades secretas cuyos miembros no aparecen con su nombre sino con un número, un código, un lenguaje cifrado.

En definitiva, comprenderán que decir «un fraile franciscano», un «padre jesuita», un «inscrito en Acción Católica» o un «hermano de San Vicente» es una cosa, y otra muy distinta decir «un numerario de la Obra». Los nombres son importantes; especialmente hoy, cuando las apariencias, el look (también el lingüístico) importan más que la realidad, que el ser. Ciertamente, ni el nombre -Opus Dei- ni esos términos utilizados para distinguir a los miembros han creado un clima de sospecha, pero sí pueden haberlo confirmado y alimentado.

En cualquier caso, el hecho es que en una imaginaria galería contemporánea, la criatura de Escrivá tiene un puesto fijo -y de categoría- en la sección «fuerzas oscuras», «mandos ocultos», «poderes invisibles», «grandes hermanos», «superiores desconocidos».

La obsesión del complot, la pesadilla de la conjura, están entre las constantes de la historia de siempre, pero han asumido una importancia creciente, con aspectos incluso delirantes, en estos tiempos nuestros que, sin embargo, desearían ser «racionales». No es casual que, entre las nuevas especializaciones del periodismo, haya nacido la del dietrólogo: uno que, cuando sucede algo (siempre que sea negativo, claro está), sale en busca de «quién está detrás», lanzándose a hipótesis sin ningún tipo de fundamento. Tanto es así, que uno de los dogmas indiscutidos e indiscutibles de ahora reza así: «detrás» siempre hay alguien.

Las antiguas creencias en el diablo cumplían un papel de higiene social en modo alguno irrelevante: era una especie de saludable válvula de escape que probablemente evitaba muchos más problemas de los que creaba. Todo lo negativo a lo largo de la gran historia de la humanidad, y también de la pequeña historia de cada hombre, se atribuía a la influencia maléfica. Se combatía sobre todo con oraciones, exorcismos, ejercicios ascéticos. Y también con la vigilancia y, si era necesario, con el enjuiciamiento y el aislamiento de los que mantenían tratos con el Enemigo, con el «Padre de la mentira» y «Sembrador de cizaña». Este último procedimiento era verdaderamente excepcional y, desde luego, mucho menos cruento de lo que proclama la manipulación de la historia, que tira por elevación: los pocos meses del Terror jacobino de 1793 ó un sólo año de purgas estalinistas causaron infinitamente más víctimas que todos los numerosos siglos «inquisitoriales».

Desaparecida la creencia en el diablo, el problema fue: ¿a quién atribuir la responsabilidad de un mundo que se obstina en no andar por el buen camino, a pesar de los consejos de moralistas laicos, los planes de paraísos terrenales diseñados con escuadra y cartabón por intelectuales, las utopías de visionarios, las ideologías que se autoproclaman redentoras, las reformas (y después las reformas de las reformas) y las revoluciones? ¡Tiene que haber un culpable del desorden y del mal en el mundo!

De aquí nace la obsesión por el complot, por la quinta columna, por el Gran Hermano que manejaría a escondidas los hilos de la historia. Con este razonamiento, los burgueses de la revolución francesa cortaron la cabeza a los aristócratas; los leninistas fusilaron a los burgueses; los nazis la emprendieron con los judíos; los fascistas contra los masones; los liberales atribuyeron todo lo nefasto a los comunistas… En estos dos últimos siglos de separación de la tradición y de la fe cristianas, el puesto del diablo, de sus hechiceros, de sus brujas, se ha atribuido siempre a alguien. Con peligrosas (e incluso sanguinarias) consecuencias en cada caso.

En la fase actual de «cultura dietrológica», ese «alguien» está representado (aunque no de manera exclusiva, como es lógico) por el Opus Dei y sus numerarios y supernumerarios, ocultos y persuasivamente astutos. Algo razonable, concorde con cualquier estrategia diabólica que se precie.

Sin salir del ámbito italiano (aunque la demonización de la Obra es un hecho internacional, común en todo el Occidente, tanto en Europa como en América), les recuerdo alguno de los muchísimos ejemplos que podría citar, escogidos de entre los más recientes. Los habrán visto también ustedes en los periódicos.

Otoño de 1992, congreso de la Internacional Socialista en La Haya. Perseguido por los jueces milaneses a causa de la corrupción de su partido, presintiendo que pronto será obligado a dimitir de su cargo de secretario general del PSI, el onorevole Bettino Craxi se desahoga con los periodistas. Se proclama «víctima de oscuras maniobras» y declara textualmente: «hablan de masonería. Y entonces, ¿qué es el Opus Dei? Basta echar un vistazo y te susurran: ese es del Opus Dei. Esos son los verdaderos secretos (…). Pero yo reacciono…».

Primavera de 1993. Los jueces tienen esta vez en el punto de mira al Gran Oriente de Italia, pues sospechan que encierra corrupción, distintas ilegalidades y maquinaciones. Acribillado por mandatos de búsqueda y captura, el Gran Maestro denuncia -¡también él!- las archisabidas «oscuras maniobras»: «es un complot del Opus Dei, que es la verdadera, omnipresente, potentísima sociedad secreta. Nos atacan a nosotros para distraer la atención de los opusdeístas».

Verano del mismo 1993: misteriosas explosiones nocturnas de coches-bomba en Milán y en Roma matan a varias personas y destrozan monumentos famosos. Una de las revistas de información que se consideran más prestigiosas revela a los lectores -en un reportaje que define como «investigación exclusiva»- que una de las pistas más seguras conduce al Opus Dei (definido textualmente por esa publicación como «un poderoso brazo financiero y de negocios de la Santa Sede»). El Opus Dei habría encargado atentados contra San Juan de Letrán, catedral del Papa, y contra otros venerados edificios religiosos, para lanzar una advertencia al Vaticano, culpable de alejarse de la Democracia Cristiana más corrupta… Según otra «corriente de pensamiento», la Obra no fue quien puso las bombas, sino su objetivo; y esto por «razones» inteligibles sólo para los dietrólogos que las han escrito.

Si se sigue la prensa, se puede encontrar de todo. Por ejemplo, entre otros muchos recortes de prensa que tengo sobre mi mesa, hay uno de Gran Bretaña.

En enero de 1993, «The Economist» -que comenzó sus pasos en 1843 y es considerado uno de los más serios e informados periódicos del mundo- publicaba una «guía» a los «good networks», que podríamos traducir como «ambientes escogidos»: distintas masonerías, órdenes de caballería exclusivas, sociedades más o menos secretas.

Lógicamente, aparecía el Opus Dei, que en la mencionada clasificación obtenía la calificación más alta -un «cinco»- por la «fuerza de sus convicciones». Algo menos -un «cuatro»- por su organización. Y después un «tres» en secretismo. Resulta significativo -y, en el fondo, gratificante para el Opus Dei, si esa presunta investigación fuese rigurosa- el «uno», es decir, la nota más baja, en exclusivismo. De este modo, una fuente inesperada confirma lo que el Opus Dei repite siempre: que cualquier hombre o mujer -con tal de que sea llamado por Dios- puede entrar a formar parte del Opus Dei de pleno derecho, cualquiera que sea su status social.

En cuanto a la fiabilidad de la fuente, no se debe pasar por alto lo que el mismo «The Economist» afirma, con la apariencia de una información seria: «Los extraños pueden descubrir a los miembros secretos del Opus Dei observando algunas pequeñas señales significativas». ¿Como cuáles? Los periodistas londinenses son tan profesionales e informados que pueden desvelarnos uno, quizá el más reservado de

todos: «a whíff ofAtkinson’s cologne, the favourite ofEscrivd, is a good giveaway» (el olor, la fragancia de colonia Atkinson, la favorita de Escrivá, es un signo revelador…).

Puede parecer que bromeo, pero les aseguro que no es así (de lo contrario, ¿qué clase de periodista-detective sería?). Para recordar -más aún, para conocerla ex novoqué olor particular tiene la colonia Atkinson, compré un frasco en la perfumería y la «esnifé» abundantemente. Desde entonces, durante esta investigación me he acercado a decenas y decenas de hombres y de mujeres de la «sociedad secreta», pero nunca -de verdad, nunca, les doy mi palabra…- he tenido al alcance de mi nariz ese giveaway, ese signo revelador…

No me alargaré, ya que la situación es conocida y muy clara: con mucha frecuencia el fax de la oficina de información de la Prelatura remite precisiones y desmentidos a diarios que atribuyen al Opus Dei prácticamente de todo: desde atentados y masacres, a la propiedad de bancos (se ha convertido ya en un movimiento instintivo ver a los «gnomos del Opus Dei» en la trastienda de todas las operaciones financieras de categoría, en especial si son fraudulentas); desde la muerte imprevista del Papa Luciani (hay muchos libros sobre eso), a los golpes militares en Sudamérica. Por no hablar, como es evidente, cuando han pasado ya casi veinte años de la muerte de Francisco Franco Bahamonde, de las reiteradas acusaciones de colaboración con el régimen del Caudillo por ansia de poder y de dinero.

Como muy bien se recuerda en Italia, algunos partidos de izquierda del parlamento italiano -excitados por una insistente campaña de prensa guiada por el semanario «LEspresso»- pidieron al gobierno en febrero de 1986 que aplicase al Opus Dei la ley dictada en 1982 contra las sociedades secretas. Esa ley se había aprobado con grandes prisas para intentar superar el escándalo de la «Propaganda 2», la P2: una logia totalmente legal y reconocida (y no una corriente desviada, como intentaron hacernos creer) de la «familia» hegemónica -la llamada del «Palacio Giustiniani»- de la masonería italiana.

Para responder a los que interpelaron al gobierno, Oscar Luigi Scalfaro, ministro del Interior en aquel momento, investigó durante casi un año. Incluso el Vaticano fue requerido para que presentara aclaraciones y documentos. Finalmente, el 24 de noviembre de aquel 1986, el futuro presidente de la República italiana se presentó a la cámara con un voluminoso dossier, que era una especie de tratado sobre el asunto. Tanto es así que, para que fuese más fácil seguir su intervención, llena de citas y de referencias, había solicitado algo sin precedentes: que el texto se imprimiese y se distribuyese a los parlamentarios, para que pudieran contar con su propio ejemplar. En resumen, casi un competidor de este informe mío: una verdadera «investigación sobre el Opus Dei».

Pero en Italia, salvo algún experto en el asunto, casi todo el mundo fue víctima del extraño modo’en que la prensa entendió esa información. Quienes durante meses habían dedicado páginas y páginas a la campaña contra el Opus Dei, presentado como refugio de secretos político-financieros, liquidaron en pocas líneas el texto al que el pobre Scalfaro y sus colaboradores habían dedicado tanto tiempo y esfuerzos.

Con títulos a una columna, se limitaron a informar de que el gobierno había defraudado las expectativas de transparencia, justicia y limpieza del «polo progresista», e insinuaron no pocas veces que el asunto no podía haber acabado de otro modo, teniendo un «beato» como Scalfaro en el ministerio del interior. También se difundieron rumores sobre una presunta injerencia de un Estado extranjero -la Ciudad del Vaticano- en los asuntos internos italianos, para despistar, acallar, impedir intervenciones de los jueces y de las autoridades administrativas contra su «poderoso lobby financiero». (No es superfluo recordar, sin embargo, que el presidente del Consejo de ministros -garante y responsable último, según señala la Constitución, de la respuesta del Gobierno- era entonces Bettino Craxi, precisamente ese que se lamentaba de la «omnipresencia» del Opus Dei, y no precisamente conocido por sus inclinaciones clericales. Al menos él no es sospechoso, ¿no?).

Por eso, es interesante -y casi inédito, dadas las reticencias del media-system- que recoja aquí las conclusiones de la larga y docta disertación del ministro del Interior de la República italiana. Aquel día, Scalfaro concluyó sus abundantes folios con las siguientes palabras: «Llegados a este punto, sólo queda señalar las conclusiones: el Opus Dei no es secreto ni de derecho ni de hecho; el deber de obediencia (al que están obligados sus miembros) se refiere únicamente a materias espirituales; no hay otros derechos y deberes más que los previstos en el Codex iuris particularis del Opus Dei, que también son de naturaleza exclusivamente espiritual; ningún derecho ni deber del viejo régimen canónico de la Institución, si no está previsto en el nuevo, permanece vigente tras la institución de la Prelatura. Por consiguiente, ni el Gobierno, ni el Ministro del Interior en particular, pueden legítimamente asumir iniciativas relativas al Opus Dei o disponer investigaciones o controles sobre él. De hecho (sobre la base de los preceptos de la Constitución y de los derechos fundamentales de libertad que ésta garantiza; sobre la base del Concordato -solemnemente reafirmado con el acuerdo de Villa Madama de 1984- al pleno respeto del principio de soberanía e independencia de la Iglesia católica; sobre la base de los estatutos que regulan la Prelatura; sobre la base, por último, de las declaraciones de la Santa Sede que, como he dicho, representan su postura oficial y son de obligado cumplimiento también para la Prelatura), la investigación y el control del gobierno, al no poder justificarse en algún elemento de hecho que constituya el más mínimo indicio, se convertirían en una inadmisible intromisión en el derecho de libertad del ciudadano y en una inadmisible injerencia del Estado en el funcionamiento interno de la Iglesia. La paz religiosa, propuesta como valor supremo cuando la Asamblea constituyente discutió y votó el artículo 7.0 de la Carta constitucional, se realiza respetando las palabras y el espíritu de aquella norma en un contexto esencial de verdad, único fundamento de justicia y de paz».

Deben de haber sido motivos profundos los que han llevado al olvido a estas solemnes palabras de un ministro en el parlamento (que no mucho tiempo después le mostraría su estima eligiéndolo jefe del Estado, con mayoría de dos tercios). Lo mismo ocurre con los desmentidos, las precisiones, las protestas de los cireneos de la oficina de prensa de la Prelatura, obligados todos los días a recomenzar los trabajos de Sísifo, poniendo en marcha su fax. No hay nada que hacer: la sombra de la Obra como «grupo oculto» permanece entre los condimentos indispensables para aderezar las hipótesis sobre cualquier asunto tenebroso (bastaría recordar la hipótesis difundida por muchas publicaciones de todo el mundo, según la cual el asesinato del banquero Roberto Calvi bajo el puente de Blackfriars en Londres fue ordenado por algún numerario, o desde la «guarida» de viale Bruno Buozzi).

En realidad, la estrategia del Opus Dei (estrategia marcada por su fundador desde los primeros tiempos: las agresiones comenzaron cuando la Institución no era más que un pequeño grupo de jóvenes alrededor de un joven sacerdote, en la España prerrevolucionaria de los años treinta) consiste en no responder a los ataques con contraataques. Como observa un estudio reciente: «no hay un solo libro -de la Obra en cuanto tal o de uno cualquiera de sus millares de miembros- que se haya escrito contra alguien o contra algo».

En definitiva, sus miembros no reaccionan ante los ataques con las mismas armas de la polémica, sino que intentan disipar los equívocos aclarando «qué es», cómo funciona y qué pretende el Opus Dei.

Y si después los «otros» no entienden (y he comprobado que en la Obra no convierten eso en un drama), el beato sugirió un programa para reaccionar ante los ataques, sintetizado en tres verbos: «rezar, sonreír, perdonar».

Solía recordar las palabras del evangelio: «no es el siervo mayor que su amo. Y si a éste le han llamado Belcebú, si sobre él han echado todo tipo de calumnias, ¿podrá suceder otra cosa con sus seguidores?». Al final de la única -me parece- rueda de prensa de su vida, en Pamplona, monseñor Escrivá se despidió así de los periodistas: «No quiero saber qué escribiréis. Si es la verdad, Dios os lo pagará. Si no es así, rezaré por vosotros. Por tanto, en cualquier caso saldréis ganando…». No da la impresión de que ha salido perdiendo el Opus Dei, que -en su desarrollo constante, en todos los ambientes y en todos los países- no parece que se haya resentido por los ataques. Es más, como sucede normalmente, podría haberse reforzado su espíritu de cuerpo; pero es algo que no se pretende, porque el Opus Dei quiere estar abierto al apostolado, con sus miembros presentes en la sociedad como ciudadanos «normales», no como miembros de una capillita que se complazca en considerarse «perseguida».

No se debe pensar, sin embargo, que los ataques, sospechas y rumores vengan sólo de «fuera», de «ambientes laicistas» que chocarían contra las tropas de un mundo católico desplegado para defender al pobre Opus Dei, mártir de la malicia de los ateos. Todo lo contrario; las suspicacias y los ataques a la Obra, cuando ésta estaba aún en pañales, vinieron principalmente de ambientes eclesiales (sobre todo de religiosos españoles, quizá más por el desconcierto y el miedo a la novedad que por mala fe), y está probado que la «leyenda negra» nació en el milieu clerical, y de allí pasó a otros ambientes. Pero todos los argumentos utilizados después han sido preparados antes por católicos. Este clima continúa aún en ciertos círculos.

Por señalar un ejemplo de estos reproches «internos», escojo uno de los «instrumentos de trabajo» más recientes -es de 1992- y en cierto modo más oficiosos (y por consiguiente más moderados y objetivos: la edición y la adaptación italiana a la tercera edición alemana ha sido dirigida por uno de los más importantes editores católicos) utilizados en la Iglesia de hoy. Se trata del Dizionario storico del cristianesimo de Andresen-Denzler. La voz Opus Dei (singularmente breve, por otra parte: a esta realidad del catolicismo de hoy, imponente aunque fuera sólo en el plano cuantitativo, se dedica la mitad de espacio que a la voz «josefinismo», por poner un ejemplo; y el mismo espacio que a las «beghinas», un fenómeno eclesial extinto al principio del siglo XIV ..), después de haber advertido al lector de que se trata de una realidad eclesial «tradicionalista en el campo religioso» (es curioso que hoy, en una Iglesia fundada sobre la Tradición -los evangelios no son otra cosa que eso-, el adjetivo correspondiente sea considerado como una especie de marca infamante), señala que «ha sido siempre objeto de vivas polémicas». Y añade: «Algunos exaltan la fuerza vital y la espiritualidad de esta «elite laica del catolicismo», mientras que otros califican a la institución como la cumbre de la restauración, que busca la respuesta de todos los problemas de la vida privada y pública sólo en la fe, y niega por tanto la autonomía a los demás sectores de la cultura». Bastante singular esto de que, para unos cristianos, sea una culpa el poner a la fe en el centro de la vida, y buscar allí las respuestas que la guíen o al menos la orienten.

Este prestigioso Dizionario storico del cristianesirno -objetivo y benemérito en otros aspectos-, concluye del siguiente modo (in cauda venenum…): «Han suscitado rechazo el estrecho vínculo mantenido con el régimen franquista y, en general, su simpatía por los partidos de derechas». Fin de la voz. Y con esto -sin el menor intento de profundización, aceptando como indiscutibles informaciones semejantes-, la Obra está servida, para uno de los libros de consulta usados oficialmente en la formación del clero y en las escuelas de teología para laicos católicos.

En este mismo mundo católico (y también en el laico, que retorna sus argumentos en contra), quien pretende justificar la desconfianza -cuando no la hostilidadcontra el Opus Dei, cita como precedente un episodio que cumple treinta años justo en el momento en el que estoy escribiendo.

Con una especie de tormenta constantemente renovada, se recuerda la actitud crítica hacia esta Obra incluso por parte de Hans Urs von Balthasar, el jesuita suizo que pasó (a petición propia) al estado de sacerdote secular, considerado por muchos como uno de los más grandes -y de los más discutidos- teólogos católicos de este siglo. Durante el pontificado de Juan XXIII (a quien sólo una tenaz e interesada instrumentalización pretende transformar -contra cualquier verosimilitud histórica- en un «progresista», en un papa «de izquierdas»), von Balthasar, sospechoso de excesiva «apertura», cayó en desgracia y no fue llamado a participar en los trabajos de las comisiones teológicas conciliares. En el post-Concilio la situación cambió, y el presunto progresista fue tomado -también abusivamente, por lo que parececomo un «conservador». Así, sus fans de antes se convirtieron en sus adversarios. Y al revés.

El hecho es que se convirtió en un protegido de Juan Pablo II, quien en 1984 hizo que le concedieran esa especie de Nobel vaticano que es el premio Pablo VI, y en 1988 le nombró cardenal (pero el estudioso murió pocos días antes de viajar de Basilea a Roma, donde le iban a imponer el capelo cardenalicio).

Gran teólogo, extraordinario erudito, sacerdote de vigorosa vida cristiana, la personalidad de von Balthasar presentaba también aspectos singulares y quizá contradictorios.

Yo mismo (no hablo de esto por afán autobiográfico, es un modo de intentar entender el problema que nos ocupa) me vi involucrado en una difícil situación por un comportamiento suyo desconcertante, a causa de una entrevista que le hice en otoño de 1985 y que ocupó dos páginas enteras en el diario católico «Avvenire». La entrevista provocó muchas reacciones en toda la Iglesia y fue traducida a varias lenguas y difundida en forma de separata. Una difusión en la que -así me lo aseguraron- participó incluso el Papa, que encargó una versión en polaco y parece que la distribuyó a los connacionales que invitaba. Había quedado muy satisfecho de ese suizo, que le defendía de los ataques -en aquellos días particularmente virulentos, aunque ya habitualesde otro suizo, el teólogo disidente Hans Küng.

Algunos días más tarde, por sorpresa (sin advertir a ninguno de los interesados), von Balthasar desmintió algunas de las afirmaciones centrales que hacía en aquella entrevista. Y lo hizo en uno de los más autorizados diarios alemanes, el célebre Frankfurter Allgerneine Zeitung. A pesar de esa táctica furtiva -confiando quizá en la escasa difusión de la prensa alemana en Italia-, el asunto suscitó inmediatamente ecos clamorosos por todas partes. Inmediatamente, el cronista que esto escribe envió al interesado y «a quien correspondía» (se me había pedido «desde arriba» una aclaración urgente) copia de las grabaciones que confirmaban que las palabras del teólogo habían sido transcritas con absoluta fidelidad. Tampoco se hizo esperar el testimonio del director del «Avvenire», que estuvo presente en la conversación que mantuve en Basilea con el teólogo, y que confirmó lo publicado.

Siguieron a este envío algunas cartas personales del profesor von Balthasar -que guardo en mi archivo-, la última de las cuales terminaba con unas afirmaciones confusas: «entiendo bien vuestra amargura y confieso mi sorpresa por lo que me decís sobre (mis) palabras en vuestras grabaciones (…) Ha sido culpa mía (…). Os pido que olvidemos este enojoso asunto, que ha provocado, a todos, tantas molestias…».

Si les cuento este episodio (que, por otra parte, no es privado, ya que dio lugar a una polémica de meses en la prensa internacional) es porque parece que en aquel gran erudito -algunos de sus libros son fundamentales para la Iglesia de nuestro siglo- se dieron notables oscilaciones, también en lo que se refiere al Opus Dei.

Los hechos se desarrollaron como veremos. En noviembre de 1963, en la Neue Zürcher Nachrichten (un pequeño diario suizo, que difundía unos pocos miles de ejemplares y que desapareció hace años), von Balthasar publicó un artículo con el título «Integrismo». Al mes siguiente, fue reproducido en su totalidad por la revista teológica de Viena Wort und Wahrheit (Palabra y verdad), mucho más autorizada y difundida.

En el artículo se mencionaba al Opus Dei como «una concentración integrista de poder en la Iglesia». Según el teólogo, el núcleo central del «integrismo» sería el intento de «imponer lo espiritual con medios mundanos». Hay que señalar que aquel artículo era la continuación de otro en el que, criticando a Theilard de Chardin, von Balthasar marcaba sus distancias con el «progresismo» clerical. Con otras palabras, una condena tanto a las «izquierdas» como a las «derechas» clericales, y en este último grupo incluía a la Obra, aunque -lo confesará más tarde, como veremos- en aquel momento casi no la conocía, ya que la Institución estaba dando sus primeros pasos en la Suiza de habla alemana. Su juicio negativo se basaba casi únicamente sobre el análisis de algunos puntos del libro de Escrivá Camino, juzgado como una espiritualidad no suficientemente profunda para una Obra con miras universales.

Fue bastante sencillo para los miembros del Opus Dei mostrar de modo incontrovertible (presentando, por una parte, las palabras auténticas de Camino, y por otro, las criticadas por el teólogo) que el texto había sido forzado, sacando las frases de su contexto, uniendo unas con otras de modo abusivo, y suprimiendo algunas que explicaban las afirmaciones precedentes. Es decir, se había tratado de un asunto como el que mencionaba Joseph Fouché (al menos muchos lo atribuyen a él, aunque algunos lo refieren a otro), el astuto ministro francés de policía, útil para cualquier clase de régimen: «Dadme un texto cualquiera de alguien y yo, cortando y pegando adecuadamente, encontraré las pruebas suficientes para conducirle a la guillotina…».

Desde entonces -y han pasado ya treinta años-, no hay debate sobre la Obra en el que no se mencione aquel juicio negativo, usado también en la batalla por la beatificación de Escrivá, de la que hablaremos en seguida. La argumentación es ésta: ¿cómo puede el Opus Dei no ser «integrista», de «derechas», «tan poderoso como oculto», si hasta un amigo del Papa polaco, que a su vez es amigo del Opus Dei, ha marcado claramente las distancias? Una auténtica losa, de la que parece difícil que se libren los infortunados discípulos de Escrivá. Así piensan también, con cierto embarazo, católicos sinceros a los que les gustaría mirar sin prejuicios o incluso con simpatía a la institución fundada por el beato español.

Como cronista que busca cumplir con su misión (y precavido -debo confesarlo- por mi desconcertante experiencia personal con el Maestro de Basilea), quise examinar íntegramente el dossier del asunto, sin quedarme en la superficie, como se han quedado tantos -salvo, naturalmente, los del Opus Dei- durante decenios.

En el dossier hay, sobre todo, una sorprendente ausencia. El famoso artículo es de 1963, y su autor murió -en plena actividad intelectual, con una miríada de colaboraciones y de trabajos en curso (pocos hombres han escrito y hablado tanto como él)- en 1988. En esos veinticinco años, en los centenares -si no millares- de textos que firma, von Balthasar no sólo no escribe -ni habla- una sola palabra contra el Opus Dei, sino que parece que se retracta -también en esta ocasión…- de sus juicios. Por ejemplo, en 1984 escribió a un sacerdote de la Prelatura: «Hace más de diez años, en una ocasión critiqué Camino (¡no al Opus Dei!), porque me parecía insuficiente como espiritualidad, para una obra tan enorme. Desde entonces, no he dicho una sola palabra contra el Opus Dei».

Dos años después, el 19 de diciembre de 1986, en una carta sobre el mismo asunto dirigida a Hans Thomas, otro miembro de la Obra, confiesa: «Entonces (en 1963, N. delA.) no conocía a sus miembros en modo alguno».

Pero estos documentos «privados» ceden en importancia ante un decisivo testimonio público de 1979, que nunca citan los críticos, como sería honrado por su parte. La misma honradez impone al mismo tiempo reconocer que difícilmente podría ser citado, ya que el diario en que debería haber aparecido no quiso publicarlo.

El periódico en cuestión es el diario que muchos consideran el más serio de Suiza y es mencionado siempre en todas las reseñas internacionales: la Neue Zürcher Zeitung, órgano tradicional del radicalismo laicista.

Von Balthasar remitió una carta a ese diario y, en vista de que el director no quiso publicarla, envió una copia autógrafa a los responsables suizos de la Obra, que conservan el documento. En esa carta, el teólogo escribió: «En la “Neue Zürcher” de enero de 1979 ha aparecido un violento ataque contra la actividad del Opus Dei en Zürich que no me parece digna de un periódico que recientemente ha sido galardonado con el premio Erasmo -¡el premio de los grandes conciliadores!-, y en el que se me presenta como principal testigo contra la citada organización. Afortunadamente, el autor precisa que se trata de un artículo mío aparecido en 1963 (en una revista que cesó de publicarse hace tiempo), pero ha olvidado decir que se trataba en realidad de una recensión de Camino, una obra del fundador del Opus Dei. No se trataba, por consiguiente, de un juicio sobre la obra de Escrivá en su conjunto (que entonces no estaba tan accesible como lo es hoy, del mismo modo que la espiritualidad que se vive en su fundación). Entonces, en 1963, tenía la impresión de que los consejos y las exhortaciones contenidas en Camino no podían ser suficientes como cimiento espiritual de una organización tan influyente, difundida por todo el mundo. Por falta de información concreta, no estoy en condiciones de emitir un juicio sobre el Opus Dei actual, pero hay algo de lo que estoy seguro: que muchas de las acusaciones (también las que el artículo de vuestro periódico alega contra la enseñanza de la religión por parte de miembros del Opus Dei) son sencillamente falsas y anticlericales».

Parece que, tras examinar una carta semejante, se requerirá más prudencia para desacreditar a la Obra diciendo que «hasta el teólogo más admirado por el papa Wojtyla puso a los católicos en guardia».

Una prudencia que deberá aumentar, después de haber leído el último documento del affaire. Se trata probablemente del último artículo del gran teólogo, aparecido poco después de su muerte, en el número de julio de 1988 de la revista teológica Diakonia. El artículo lleva por título «Integrismo hoy», y vuelve al tema del célebre texto de 1963. Un estudio amplio, donde Balthasar reexamina el fenómeno que veinticinco años antes creyó apreciar en el Opus Dei. En esta especie de testamento teológico, en vano se busca una referencia a la institución de don Josemaría: ni directa ni indirecta. Nada: ni una sola palabra…

¿Qué otra conclusión se puede obtener, sino que había cambiado de opinión, como ya le

Sea lo que fuera de von Balthasar y demás críticos, reales o presuntos, el 17 de mayo de 1992 Roma -que de atascos y tapones sabe lo suyo- conoció su longest day, su «día más largo», con la paralización casi total del tráfico. Y no sólo los vehículos de motor; quien allí estuvo recuerda que en ciertas calles y a ciertas horas, era difícil incluso desplazarse a pie.

Fue el efecto de la invasión de 300.000 personas para algunos, ó 400.000 para otros, llegadas por los más diversos procedimientos desde todo el mundo (a costa de su propio bolsillo) para asistir a la beatificación del venerable Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás en la plaza de San Pedro por parte de Juan Pablo II, pontífice romano feliciter regnans.

Si Bernini hubiera levantado la cabeza se habría caído redondo: sus 284 columnas, presididas por las 140 estatuas de apóstoles y santos, concebidas para abrazar la muchedumbre humana más grande que pudiera imaginar mente humana, se revelaron del todo insuficientes. Era quizá la primera vez que sucedía, en la historia tres veces secular de la plaza.

Tengo ante mí una foto tomada desde la cúpula. Todos los rincones de la inmensa explanada barroca están repletos. Pero no por una horda reunida sin orden ni concierto, ni por una masa humana. El espacio está dividido en zonas ordenadísimas, separadas por pasillos por los que circulan los encargados de los servicios de orden y de primeros auxilios. El mar de cabezas continúa a lo largo de la via della Conciliazione, hasta casi el lejano Tíber.

Una visión impresionante de fuerza tranquila, confiada en sí misma; un clima de fiesta bajo el sol italiano, en honor de un español, pero con unos esquemas de organización compacta que hacen pensar en algo nórdico o teutónico.

¿Recuerdan las famosas e inquietantes películas de Leni Riefenstahl: Der Triunph des Willens, sobre el congreso de Nüremberg; y Olympia, sobre la Olimpiada de Berlín (2)? Por favor, no se escandalicen pero las imágenes de aquel día me recordaron -y no sólo a mí- algo por el estilo. En las apariencias externas, se entiende, en el clima de disciplina (o mejor, de autodisciplina). Por lo que se refiere a las verdaderas intenciones, es un hecho objetivo, y no apologética fácil, que esa inmensa reunión estaba allí no para pedir la guerra sino la paz; no para odiar, sino para esforzarse en amar; no para reivindicar, sino para agradecer.

Creo que vale la pena recordarlo, en un mundo donde, cuando la gente se hace multitud, incluso «para divertirse», como en los estadios (por no hablar de comicios o de manifestaciones), es siempre para oponerse a alguien, para replicar a un antagonista, para gritar eslóganes hostiles.

Para llegar a aquella jornada y poder escuchar a un Papa que, con la autoridad apostólica que tiene conferida, inscribía al Padre en el elenco de los beatos; para poder convocar desde los cuatro puntos cardinales a aquella masa inmensa, al mismo tiempo festiva y ordenada; para llegar a esto, el Opus Dei tuvo que combatir una dura batalla. También, y quizá sobre todo, dentro de la Iglesia.

En los ambientes clericales se multiplicaron las maniobras y contramaniobras para intimidar al mismo Papa, para hacerle, al menos, retrasar la beatificación.

Traduzco lo que dice una crónica, un testimonio entre los muchos posibles: «En cuanto fue anunciado, en diciembre de 1991, que la solemne beatificación del fundador del Opus Dei tendría lugar el 17 de mayo del año siguiente, el hecho se transformó en noticia. De ordinario, las beatificaciones no son suficiente noticia para los periódicos, incluidos los católicos. En cambio (y sólo en este caso, en la historia reciente), algunos grupos pasaron a la acción para descalificar el proceso, para insinuar dudas sobre la figura del futuro beato y -por consiguiente- sobre el mismo Papa, sobre la objetividad y la legitimidad de la decisión de proceder a la ceremonia. Mucha carne se puso en el asador, con tenacidad y apoyos poderosos, para impedir, retrasar o al menos estropear la fiesta del 17 de mayo».

Alguien llegó incluso a amenazar a Roma con un cisma, considerando «escandalosa e intolerable la glorificación del Opus Dei en la persona de su fundador». Alguno puso al Papa ante una singular alternativa, aut-aut ¿por qué Escrivá sí y el papa Juan XXIII todavía no? (Esto, en el elíptico lenguaje clerical, quería insinuar que la Santa Sede premiaba la «restauración» y no el «aggiornamento»: recuerden la voz Opus Dei en el Dizionario del que hablé antes. En efecto, los contestatarios se escandalizaban por el retraso de la causa de beatificación del papa Roncalli y no de la de Pío XII, a pesar de que los procesos relativos a los dos Papas habían comenzado al mismo tiempo, para exaltar precisamente dos concepciones distintas del pontificado). ¿Por qué, añadían, se necesita tanto tiempo para otros candidatos, y sólo 17 años para este español?

Se discutió incluso acerca del milagro, exigido por la Iglesia como una especie de imprimatur de la santidad del candidato a los altares, que requiere estos signos divinos de aprobación antes de pasar de «venerable» a «beato» (y más tarde a «santo». La «curación inexplicable en el estado actual de la ciencia» (como reza la fórmula ritual) fue certificada, como es habitual, por un grupo de peritos de reconocido prestigio, nombrados por la Congregación vaticana para las causas de los santos. Sin embargo, para hacer algunas averiguaciones previas, la Obra había solicitado su parecer a dos especialistas de la Universidad de Navarra, ya que en la Clínica universitaria disponían de no se qué aparato científico. Esta colaboración con la Universidad cuyo Gran Canciller es el Prelado del Opus Dei fue malinterpretada por quien seguía el proceso con recelo, y se llegó incluso a hablar de manipulación, de «falso milagro», presentando al mismo Papa como engañado por un lobby de estafadores. Estos críticos, sin embargo, aparentaron desconocer que esos especialistas habían intervenido sólo en la instrucción de la causa como peritos de parte y que, por consiguiente, su dictamen (como sucede en cualquier proceso) fue sometido al juicio autónomo y secreto de los expertos de la Congregación vaticana.

De todos modos, no hay motivo de escándalo: quien no esté familiarizado con la vida de la Iglesia y no comparta la pasión que la anima, no sabe hasta qué grado de rudeza puede llegar el conflicto, hasta qué temperatura puede alcanzar la «ira teológica». No es algo bueno, naturalmente; pero, bien pensado, no está del todo mal que -en un mundo que parece no creer en nada- haya personas que se tomen tan radicalmente en serio las cuestiones religiosas. Entendámonos: si no se apasiona uno -incluso hasta el extremo- por semejantes asuntos, que afectan a nuestro destino último, ¿por qué cosas merecerá la pena enfadarse? Ante este tipo de cuestiones, ¿tienen verdadero sentido las disputas por cuestiones culturales, deportivas o incluso políticas, tan efímeras pero con tanto predicamento para la cultura moderna? No piensen que estos enfrentamientos en la Iglesia, a pesar de ser tan duros, impidan reconocerse unos a otros, a pesar de todo, hermanos en la fe común que les une. En la Iglesia, es posible discutir con vehemencia sobre las ideas y esforzarse por querer a las personas que las encarnan. Luchar en la plaza pública y darse la mano en Misa. Verdaderamente, extraño zoológico es éste.

¿Una Iglesia dividida? Así lo parece, pero quizá sólo gracias al espacio que los media dedican a los no muy numerosos pero sí muy ruidosos contestatarios. No es nada nuevo; ya en vida, Escrivá fue con frecuencia «signo de contradicción» dentro de la misma Iglesia. Amado, venerado o al menos respetado por muchos, contestado por otros, como sucede con cualquier personalidad, como es constante en la historia del cristianismo (sin excluir al mismo Jesucristo…).

Las exigencias de la objetividad obligan a señalar que la apertura del proceso de beatificación del Padre fue solicitada al Papa por más de un tercio del Episcopado mundial. Para ser exactos, firmaron y mandaron a Roma su «súplica» 69 cardenales, 241 arzobispos y 987 obispos. A ellos se unieron más de cincuenta superiores generales de las más prestigiosas órdenes y de las mayores congregaciones religiosas de la Iglesia. Una cosa nunca vista, tan novedosa como los casi ochenta mil relatos de «favores», «gracias», «prodigios» que habrían sido obtenidos por intercesión de monseñor Escrivá de Balaguer después de su muerte: una avalancha sin precedentes en los anales católicos.

Con un apoyo de tal calibre -de la jerarquía, pero también del pueblo- el Opus Dei hizo todo lo posible para vencer la «batalla de la plaza de San Pedro». «Sólo» 17 años, de los cuales menos de diez para lo que realmente fue el proceso: un tiempo largo para el mundo, singularmente breve para la Iglesia, aunque no es un récord sospechoso. A las críticas sobre lo reducido de los plazos, la Postulación de la Prelatura replicó que otras causas (como, por ejemplo, la de Francesca Cabrini, la santa de los emigrantes a América) habían ido a la misma velocidad, a pesar de que se habían desarrollado según las normas preconciliares, que preveían el doble de trámites que las normas establecidas con la reforma de la Congregación para las causas de los santos, realizada después del Vaticano II.

En aquellos años del «proceso Escrivá», se realizaron algo así como 980 sesiones de los tribunales canónicos. Los 92 testigos que conocieron al fundador Escrivá debieron responder a 265 preguntas comunes (y a otras muchas específicas a cada uno de ellos), que analizaban casi con rayos X prácticamente cada hora de cada día de la vida del candidato, para asegurarse de su total fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, en su conducta y en su modo de pensar.

Para mayor seguridad, se escuchó a los que estaban al otro lado de la barricada. Fueron interrogados también once ex-miembros, numerarios y supernumerarios salidos de la Obra de manera no siempre pacífica, incluso dando un portazo, con la consiguiente polémica. Hay que señalar, por tanto, que también la contestación ha tenido peso en el proceso. Como también la ha tenido la voz de los «neutrales»: a ese propósito, la mitad de los testigos fue elegido entre hombres y mujeres externos a la Institución.

A pesar de los pesares, la Obra sigue adelante, aunque con sus «orugas» recubiertas de goma. Un año después de la beatificación, en junio de 1993, el sacerdote de la Prelatura don Flavio Capucci, que había coordinado como postulador la compleja y laboriosa operación para llegar hasta la plaza de San Pedro, comunicaba que habían llegado «más de siete mil narraciones, todas ellas firmadas y comprobadas, de favores recibidos, en el mundo entero, por intercesión del beato Escrivá».

Como para llegar a la canonización -es decir, a la inscripción del nombre del que ya es beato en el Canon, el elenco oficial de los santos- se requiere otro «milagro», don Flavio Capucci informaba que la Postulación estaba trabajando para seleccionarlas. El proceso, por tanto, continúa, y son pocos los que tienen dudas de cómo acabará. Como confirmación del «movimiento popular» en torno a Escrivá, se informaba de que más de un millón de personas había participado en las misas celebradas en todos los continentes con motivo de la primera fiesta litúrgica del nuevo Beato. Flavio Capucci terminó con un dato, tomado de un artículo publicado en una revista española: «La polémica sobre la beatificación se estrelló, como un viejo aeroplano, en los aún más viejos muros de San Pedro».

Por vez primera, una desviación -por pequeña que fuera- en la estrategia de evitar incluso las bromas con sabor polémico. Pero quien conoce la consistencia de la Obra en sus intenciones, y la paralela consistencia de la agresión contestataria, se sorprenderá no tanto por la referencia «dialéctica», sino por la paciencia ejercitada durante tantos años y que se sigue practicando.


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