Santa María, Estrella del Mar

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En noviembre de 1957, Monseñor Taguchi, Obispo de Osaka, se encuentra en Roma. Tiene proyectado un viaje por España y Sudamérica, donde hay colonias de emigrados japoneses con elevado número de fieles católicos. Antes de concluir el año regresará a Japón.

Monseñor Escrivá de Balaguer es amigo suyo. Además, el Cardenal Ottaviani ha explicado al Obispo asiático, con todo detalle, los planes apostólicos del Opus Dei. Le ha dicho que tendrá una gran ayuda cuando la Obra llegue al Japón.

Aprovechando la estancia de Monseñor Taguchi en la Ciudad Eterna, el Padre envía a don José Luis Múzquiz, que también se encuentra temporalmente en Roma, a visitarle.

El Fundador cree que ya es tiempo de que sus hijos crucen otros mares, camino de Oriente, y piensa en don José Luis para iniciar las gestiones que han de llevar a los primeros miembros de la Obra hasta el Japón.

El Obispo japonés recibe, en Roma, la primera visita de don José Luis. Le escucha con amabilidad. Cuando termina de grabar mentalmente los proyectos de la Obra para llevar el mensaje de Cristo a los japoneses, dice:

«Me gustaría que usted llegara a Japón hacia mediados de abril. En esos días estaré yo en Tokyo en una reunión y podré recibirle. Y es la época en que están los cerezos en flor: sacará una impresión más agradable del país» (33).

Cuando el Padre conoce la respuesta, sonríe divertido, por el detalle de cortesía relacionado con los cerezos.

Desde el primer momento, el Fundador y aquellos que van a emprender la aventura de Oriente tienen un hondo respeto al modo de ser del pueblo japonés. Aprenderán más tarde que en el Japón casi todo lo expresan los árboles. El paisaje, verde, con infinitas tonalidades, es como el ritual de un inmenso templo. Las hileras de bosques enteros dibujan la permanente armonía del cosmos. De ahí que Monseñor Taguchi desee al Opus Dei, como un augurio de bienvenida, la nevada belleza de los cerezos en primavera.

A primeros de abril de 1958, don José Luis Múzquiz toma el avión que ha de conducirle a Tokyo. Nada más bajar, en el aeropuerto, tiene la evidencia de haber llegado a un mundo distinto. Felizmente, le espera un muchacho japonés que ha conocido el Opus Dei en Illinois, Estados Unidos, y que ha vuelto a su país de origen.

El Padre tuvo siempre un gran interés en el apostolado con orientales desplazados de su tierra. A los hijos de estos emigrantes, en Japón, se les conoce con el nombre de nissei. Y cuando uno de ellos solicita visado de entrada en el país de sus padres las autoridades estampan, sobre el pasaporte, la siguiente leyenda: «vuelve a su patria»(34). Nadie mejor que ellos para traer a Oriente, junto con la identidad de sangre y de idioma, la eternidad de un Evangelio que ya tuvo raíces muy profundas en la tierra japonesa.

Nada más acomodarse en la ciudad envía su primera carta al Padre. Cuenta todas las impresiones del viaje. Y, entre ellas, algo que será muy importante para las futuras actividades de los miembros de la Obra en Japón: el interés que tienen muchos japoneses por conocer idiomas de ámbito internacional.

La carta saldrá de Tokyo el día 19 de abril, y su llegada a Roma llenará de alegría el corazón de todos. El Padre escribe en el mismo sobre:

«¡La primera carta del Japón! Sancta Maria, Stella maris, fijos tuos adiuva!»(35)

Repite esta frase de oración a la Señora, Estrella del Mar, para que ayude a sus hijos del Opus Dei que irán a Oriente. En 1974, en su catequesis por América, insiste a todos:

«Pedid mucho por Japón (…). Yo quiero mucho a ese país maravilloso de gente trabajadora, ordenada, seria, de una cabeza formidable. Tengo para el Japón todas las alabanzas, pero me da mucha pena que no conozcan la verdadera fe (…). Es un país inmenso: si no por la extensión, sí por el número de habitantes. Conviene que recéis para que el Señor mande muchas vocaciones, y así podáis atraer a Dios a tantos, que con la fe católica harán todavía mucho más bien» (36)

Y más adelante:

«Me emociona pensar en la laboriosidad, en el encanto, en la espiritualidad de todas esas criaturas (…) de aquella tierra bendita, donde llega un momento en el que florecen los cerezos, y todo es poesía. Pero, además, con esa poesía yo quiero que metáis el amor a Jesucristo, la devoción a la Santísima Virgen, que es la flor más hermosa que hay en el Paraíso» (37).

Durante un mes, don José Luis continuará su viaje de trabajo por las grandes islas del archipiélago japonés. Tomará nota de los diversos ambientes. La imagen de sus campos, sus ciudades y sus gentes. Desde el tren, a la salida de Tokyo, ve con claridad la cumbre majestuosa, nevada, del monte Fui¡. Según una leyenda, el Fujiyama es extraordinariamente celoso y suele esconderse detrás de las nubes cuando un extranjero pretende mirarlo. Sólo pueden ver la cima aquellos que miran con ojos sinceros…

Las llanuras están cultivadas con esmero: campos de arroz y muchos árboles frutales. Los pueblos, muy próximos, se envuelven en el humo de las fábricas. Japón es agricultor e industrial. Lo aponés y lo occidental conviven en este país, en cada calle, en cada edificio, en la vida del archipiélago. Su condición de isla no le ha separado, sino que ha contribuido a la unidad de las grandes culturas eurasiáticas. De ahí el espíritu cosmopolita de la civilización japonesa, que llega hasta los últimos márgenes de sus pueblos y ciudades. Esta carencia de grandes extensiones ha contribuido también a modelar sus características de minuciosidad.

Toda esta riqueza de matices será apreciada y transmitida al Padre por don José Luis; así como también el deseo, expresado por varias autoridades católicas, de que la Obra llegue lo antes posible y trabaje en los medios culturales universitarios.

Antes de salir de las islas, cumplirá un último encargo del Padre: besar, en su nombre, la tierra de Nagasaki donde murieron multitud de cristianos.

Después del regreso de don José Luis a Roma, el primer miembro del Opus Dei que llega al Japón es don José Ramón Madurga, que aterriza en estas tierras el 8 de noviembre de 1958; dos meses más tarde, el 18 de enero de 1959, le sigue don.Fernando Acaso. Entre los dos montan el que habrá de ser primer Centro de la Obra en Osaka: situado en Toyonaka, un amplio barrio de esta ciudad que tiene más de un millón y medio de habitantes.

El 8 de abril de 1959 se instala en la casa el primer sagrario del Opus Dei en Asia. Cerca, cruzan los barcos la bahía de Osaka; la ciudad continúa su ritmo incesante de trabajo. En los corazones de un reducido número de hombres alborea hoy, por amor de Dios, la luz del sol naciente.

Además de iniciar en este nuevo país las actividades profesionales que cada uno puede desarrollar de acuerdo con su preparación, empiezan a relacionarse con otras personas a quienes logran interesar en el proyecto de un instituto de idiomas.

En 1960 comienza, en la ciudad de Ashiya, el Seido Language Institute. Su primera sede estará situada en una casa de típico corte japonés. Sobre la entrada, una placa de madera con el primitivo nombre del Instituto de Idiomas: Seido Juku.

Las actividades de este Centro Cultural tratan de poner en contacto a los japoneses con los idiomas y civilización occidentales. Serán numerosísimos, en pocos años, los universitarios y profesionales que asistan a estos cursos; porque Seido no es una isla occidental en un mundo oriental, sino un equipo que ha hecho suyas las necesidades de la sociedad japonesa. Los profesores de inglés, francés, español y alemán ofrecen, a diario, el testimonio de un trabajo serio y concienzudo, de un modo de ser que ha intentado asimilar las esencias y formas del alma japonesa.

Por eso, Seido Juku será también un foco de evangelización entre las personas que asisten diariamente a estudiar idiomas. Esta casa acogerá en sus aulas a doscientos alumnos. Pero pronto hay que proyectar una segunda etapa, con un nuevo edificio capaz para seiscientos. En tres años, estas plazas pasan a convertirse en mil doscientas, con «peligro» de rebasar también esta cifra. La última ampliación contará con la generosa colaboración de todo el personal: el notario, corredor de fincas, intermediarios… No son cristianos, pero conocen ya la labor de Seido. Un empleado trae un puñado de dinero proporcional a medio año de sueldo.

Esta generosidad será agradecida por Dios con el regalo de una nueva fe. En pocos años, el Centro abre a muchos empleados y alumnos las puertas a la Iglesia Católica.

«L’Osservatore Romano» del 4-VII-63, al referirse al Seido Cultural Center, afirmaba:

«El apostolado del Opus Dei, universal por su espíritu y por su difusión en todos los ambientes y en los más diversos países, no podía menos de ser particularmente idóneo para superar las extraordinarias dificultades que la evangelización encuentra en Oriente».

Hoy, el sistema de idiomas utilizado en Seido ha sido adoptado por muchas Escuelas y Universidades japonesas; los libros y material de laboratorio se extienden por los principales centros docentes. Pronto se traduce «Camino» al japonés. Cada uno de sus puntos ha adoptado, con la misma flexibilidad que preside su espíritu, las formas de una escritura que pertenece al lugar del mundo más apartado de Occidente.

El 13 de junio de 1960 parten camino del Japón las primeras mujeres del Opus Dei. Harán el viaje en barco. Al salir de Roma, el Fundador enciende una lamparilla ante la imagen de la Virgen que hay en una de las galerías de la casa. Para pedirle protección durante el camino… Y les ha dicho:

«Cristo vive, Cristo ha resucitado y con Cristo podemos todo. Estoy seguro de que antes de un año me escribiréis y me diréis: Padre, ya tenemos vocaciones»(38).

El deseo del Padre se cumplirá: antes de diez meses, las primeras japonesas habrán solicitado la admisión en el Opus Dei.

El viernes día 17 hacen escala en Port Said. Los vendedores egipcios, con túnica y fez rojo, arman sus puestos de venta sobre cubierta: figuras de marfil, cuero repujado, pantuflas de color vivo…

Por entre el bullicio, Margaret viene radiante con un sobre que acaban de entregarle: son unas líneas desde Roma. Siguen pendientes del viaje. «Hasta que sepamos que estáis en Osaka luce la lamparica junto a la Madonna de la galería»(39).

El 27 de junio el barco entra en el gigantesco puerto de Colombo. Poco después, enfila su proa hacia el mar de la China. Unos días más tarde, Japón aparece a la vista. Cuatro muchachas de pelo muy negro, ojos oscuros y hablar suave las están esperando en el puerto: son las primeras amigas de Osaka. El coche las lleva ahora hacia un barrio residencial: Shukugawa. Y aquí, el primer Centro de la Sección de mujeres en Oriente. En el jardín hay pinos y cerezos. El sol, brillante, ilumina un rótulo que campea sobre la puerta: Shukugawa Juku. Es el 15 de julio de 1960. Al seguir la costumbre de cambiar los zapatos por sandalias para no dañar el suelo, frágil suelo de los pasos japoneses, parecen sonar las palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer en la homilía de la Misa del domingo de Resurrección de 1960 en la Casa Central:

«Firmes, seguras, alegres, sinceras»…

Y las que les dirige unos días más tarde:

«Yo tengo la seguridad completa de vuestra victoria… daréis al Señor el consuelo de ver un fruto espléndido»(40).

El Padre sigue afirmando que su fe, su trabajo, su apostolado personal, tendrán el respaldo del Cielo y la respuesta será un acercamiento de las almas a Jesucristo. Cuando este es el móvil exclusivo, que conduce todo esfuerzo, los resultados siempre son positivos.

El 2 de septiembre, la voz del Padre se dejará oír a través del teléfono: llama desde Londres. Quiere hablar unos segundos con cada una de sus hijas. Y enviarles, una vez más, su bendición para el comienzo de la tarea en Japón.

Todos los sacerdotes

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde aquel día lleno de sol en que don Josemaría Escrivá de Balaguer llegó a la Parroquia de Perdiguera, recién ordenado, ha sido cada vez mayor su amor por los sacerdotes seculares y su deseo de ayudarles.

Era necesario, para completar el perfil del Opus Dei, que también pudieran formar parte de la Obra los sacerdotes diocesanos que trabajaban en las múltiples tareas de sus diócesis. Muchos se sienten llamados a esta vocación cristiana en la que cabe su vida entregada al ministerio sacerdotal.

Como escribe Peter Berglar:

«La plenitud de lo que iba a ser el Opus Dei sólo podía realizarse poco a poco. Dios le fue encomendando (al Fundador) que diese, en cada momento, un paso determinado: el paso exacto y en el tiempo preciso, tal y como era necesario para el desarrollo de la Obra» (31).

El deseo de ayudar a los sacerdotes ha llegado a tal extremo que piensa en una nueva fundación exclusiva para ellos. Así lo ha dicho él mismo:

-«He amado mucho a los sacerdotes. También a los religiosos (…). Pero mi corazón está con los sacerdotes diocesanos, porque yo no soy otra cosa, por eso, cuando llegó el momento y no encontraba el modo jurídico de meterlos en el Opus Dei (…), fui a la Santa Sede y dije que estaba dispuesto a hacer una fundación para sacerdotes. Con gran sorpresa, allí me respondieron que sí»(32).

Es en los primeros meses del año 1950, cuando el Padre ve con claridad que es jurídicamente posible que los sacerdotes diocesanos puedan formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Esta idea tiene las características de una impetuosa moción
de Dios en su alma. Ha visto finalmente la solución jurídica. Van adelante los trámites para la aprobación definitiva de la Obra por la Santa Sede, y en el derecho peculiar que se propone no tienen aún cabida los sacerdotes seculares incardinados en una diócesis.

Ahora, Dios le ha hecho entender la solución a este problema que permitirá abrir las puertas de la Obra, a los sacerdotes diocesanos como Agregados y Supernumerarios en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, según sus posibilidades personales de dedicación apostólica. No ha sido precisa una nueva fundación.

Por alguna causa, la fecha señalada para decretar la aprobación definitiva del Opus Dei y de sus normas jurídicas se retrasa y, gracias a ello, se llega a tiempo para introducir el nuevo estatuto(33). El Padre dispone taxativamente que los sacerdotes diocesanos adscritos a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no tengan superiores en el Opus Dei; de modo que su único superior sea el propio Obispo. La Obra les dará cuanto necesitan en orden a su dirección espiritual, para progresar en la vida sobrenatural. El espíritu de la Obra les llevará a vivir con más empeño, si cabe, la unión y la obediencia a su Ordinario.

Muchos testimonios de sus hijos sacerdotes diocesanos podrían corroborar el enorme afecto y la ayuda, principalmente espiritual, que han encontrado en la Obra, para santificarse en el ejercicio de su ministerio.

Un sacerdote cuenta una tertulia con el Fundador de la Obra, en su viaje a Lima, en 1974:

«Nada más llegar el Padre a la sala, en donde estábamos reunidos más de cincuenta sacerdotes (…), pidió besar las manos a cada uno (…).

-Padre, son muchos.

-No importa.

Arrodillado fue besando, con unción, las manos de todos (…). Estábamos emocionados (…). Lo cierto es que después de esto sobraban todas las palabras. Fue (…) una lección que nunca olvidaré»(34).

Cuando le llega el eco de las dudas promovidas sobre la identidad del sacerdote, principalmente después del Concilio Vaticano II, irrumpe de un modo tajante, convencido:

«Te miro, y por mucho que te mire, no veo más que… a Cristo. ¡Ya te he identificado! ¡Con todas sus consecuencias! »(35)

Así lo escribe en su homilía «Sacerdote para la eternidad»:

«Esta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular» (36)

Una recia humildad le lleva a pedir siempre la ayuda, la oración de sus hermanos sacerdotes, como apoyo a su fidelidad:

«Espíritu sacerdotal. Yo querría que pidierais al Señor, para mí, que nunca me olvide de que soy sacerdote, ni de día ni de noche. Y no lo olvidaré si pongo por obra aquel consejo de la Escritura: “oportet semper orare et non deficere… Semper”!… Rezar incesantemente, siempre»(37).

También incluye el Padre en esta oración la alegría con que desea iluminar sus jornadas de trabajo, las contradicciones que puedan asaltarle, la pobreza y las incidencias pequeñas y grandes que encuentra por los atajos de su vida cotidiana:

«Hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis, y después la alegría de vivir. ¡Qué bonito! »(38)

En una síntesis de la tarea divina que Dios le encargará aquel 2 de octubre de 1928, dirá a todos sus hijos:

«Quienes han seguido a Jesucristo -conmigo, pobre pecador- son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo -que así confirman su obediencia a sus respectivos Obispos y su amor a la eficacia de su trabajo diocesano-, siempre con los brazos abiertos en cruz para que todas las almas quepan en sus corazones, y que están como yo en medio de la calle, en el mundo, y lo aman; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres -de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas- que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad -repito-, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares»(39).

Igual que todos sus hijos, los sacerdotes del Opus Dei pueden considerarse, con certeza, hijos de la oración del Padre(40). Por cuanto les ha querido y les ha rezado mientras abría, para ellos, las puertas de una vocación a la santidad.

Los pasos de un «camino»

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre escribió «Camino» en los ratos libres que le dejaba su actividad apostólica. En 1934 había publicado «Consideraciones Espirituales». Ahora, conservando la estructura inicial, lo amplía y da forma definitiva. El contenido de este libro de espiritualidad no es circunstancial. El Padre recoge en sus páginas recuerdos y charlas con todo tipo de gentes, observaciones sobre la realidad y, sobre todo, su trato directo con Dios, el profundo conocimiento que tiene de los textos sagrados. Y agrupa esta experiencia en una serie de reflexiones breves, exigentes. Aún perdura en sus hijos la imagen del Padre en la habitación de Burgos, con un montón de pequeñas fichas que escribe en una máquina portátil. Después, la cuidadosa clasificación por materias, extendiendo aquella cantidad de papel escrito sobre la colcha de las camas. Y el deseo impaciente del Fundador: «Tengo ganas de poder disponer de una mesa para trabajar tan grande como tres camas ».

Y que Pedro remata en sentido contrario, para salpicar de risa la pobreza de medios que les rodea, afirmando que él tiene ganas de disponer de una cama tan grande como tres mesas.«Camino» estará terminado en febrero de 1939, aunque no se pueda publicar por los acontecimientos que precipitan el fin de la guerra civil. Traducido años después a más de treinta idiomas y extendido por ochenta países del mundo, ha llevado a muchas personas el viento certero, confidencial y ágil, de sus consejos. La vitalidad de sus páginas permanece intacta porque su raíz es auténtica, porque cada una de sus ideas está inspirada en el contacto diario de las cosas y de las personas. Su lenguaje directo, íntimo, incita a una siembra de fe y de santidad más vivas, más parecidas al ardor de los primeros apóstoles, más inmersas en las realidades temporales, más acordes con la gran misión que aguarda siempre, en el mundo, a los cristianos. Y todo, sin perder su acento entrañable; como la voz de un amigo que acompaña en el descanso y en la faena. Como una presencia cálida para llevar en el bolsillo del corazón por todas las encrucijadas de la tierra.

Pero también «Camino» supondrá una cruz. Algunos presentarán en Roma, ante la Santa Sede, una acusación de herejía contra sus textos porque enseña que los cristianos corrientes deben santificarse en medio del mundo. Una de las personas de la Curia encargada de examinarlo, después de señalar que todo el contenido del libro es conforme a la fe y la doctrina católica, comentará:

«Realmente hay tres afirmaciones: la santa coacción, la santa desvergüenza y la santa intransigencia, que son muy fuertes. Pero si pensamos en las Bienaventuranzas, también es rotundo lo que predica el Señor: dichosos los que sufren, dichosos los que lloran (…) no hay inconveniente en unir el adjetivo santo a los sustantivos coacción, desvergüenza e intransigencia (20).

Además, desde Pío XII, han leído “Camino” todos los Papas»(21).

Ahora, en estos momentos de Burgos, continúa también su trabajo intelectual. Domina los textos latinos de la Escritura, los clásicos castellanos y muchos de los escritores contemporáneos. Y, en la medida en que se lo permiten las circunstancias, no deja de estudiar, para mantener en forma el instrumento de su inteligencia en un mejor servicio de Dios y de los hombres.

Habla frecuentemente de su preocupación por el trabajo científico y así lo deja escrito en los puntos de «Camino»:

«Antes, como los conocimientos humanos -la ciencia- eran muy limitados, parecía muy posible que un solo individuo sabio pudiera hacer la defensa y apología de nuestra Santa Fe.

Hoy, con la extensión y la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia.

-Tú… no te puedes desentender de esta obligación»(22).

Su visión es siempre positiva, pero le duele la labor descristianizadora de muchos profesores y de ciertos grupos organizados que han dejado su impronta corrosiva en ambientes universitarios y culturales.

Por eso no ceja en el despliegue de una tarea sacerdotal que le ocupa el tiempo y las energías. Quiere «ahogar el mal en abundancia de bien»(23). Hay un momento, en medio de su enorme actividad pastoral, en que se queda sin voz, completamente afónico. Este síntoma se acompaña de hemorragias que le hacen sospechar la existencia de una tuberculosis pulmonar: enfermedad que, en el año 1938, y en aquellas circunstancias, prácticamente no tiene curación. El Fundador piensa que, en esas condiciones, no debe continuar trabajando con gente joven por el peligro de contagio.

Y reza, porque no acierta a proyectar su vida alejado de una juventud que Dios ha puesto ya, abundante y generosa, en su camino. Pide también oraciones a todos sus hijos. No le preocupan su salud ni su persona. Acepta la enfermedad como una caricia del amor de Dios. Pero piensa que debe ser el instrumento para llevar el Opus Dei adelante. Y le pide al Señor las condiciones físicas suficientes para poder seguir abriendo camino. Finalmente, a pesar de los síntomas, los médicos declaran que no hay trazas de esa enfermedad.

Su trabajo en la etapa de Burgos se completa con la realización de un volumen de investigación histórica dedicado al tema de «La Abadesa de las Huelgas». Había terminado ya prácticamente sus trabajos de Tesis Doctoral en Derecho, en la Facultad de Madrid. El tema primitivo -sobre «Ordenación de mestizos y cuarterones en el siglo XVI»-, que fue meticulosamente estudiado, se puede dar por perdido en los desastres de la guerra. Pero ahora, a menos de dos kilómetros del centro de la ciudad, tiene un Monasterio con un extenso y rico archivo histórico. Tras lograr el permiso del Arzobispo de Burgos y de la Abadesa de Las Huelgas, Ilustrísima señora doña Esperanza de Mallagaray, inicia su nuevo campo de investigación. Este será el tema de su futura Tesis Doctoral.

Con frecuencia, se le ve llegar a pie por el camino de chopos de El Parral que bordea la estructura gótica del Monasterio, a pesar de que supone una buena andadura desde la ciudad. Le han instalado en el llamado Contador bajo. Sobre una mesa de estilo español, pasa horas leyendo legajos y manuscritos que se apilan en el archivo y que las religiosas le proporcionan- amablemente.

Algunas veces, les celebra Misa en una de las espléndidas capillas de la iglesia monacal. Junto a las especies sacramentales ofrece, una vez más, la savia de una renovada raza de cristianos en todos los quehaceres, en todos los lugares, en todos los minutos del día. No es su vocación de índole claustral. Sabe que Dios le pide un modo de ser contemplativo en medio de la calle; una inmensa celda, grande como el mundo, para la actividad, los amores y los horizontes de sus hijos en la Obra.

Y esta Abadía Cisterciense le entiende, le aprecia y se aprovecha de su enseñanza espiritual. Cuando pase el tiempo, varias Comunidades del Císter, entre ellas la de Las Huelgas, serán nombradas Cooperadoras del Opus Dei. Significa que los pasos de los hombres y mujeres de la Obra estarán acompañados por la oración de estas religiosas. Significa, también, el entendimiento entre dos vocaciones muy distintas pero de raíz común: la presencia de Cristo como principio y fin de toda aspiración humana.

En 1944, Monseñor Escrivá de Balaguer enviará a esta Abadesa y Comunidad un ejemplar de «Camino» y otro de «La Abadesa de las Huelgas». En ellos agradece, con una afectuosa dedicatoria, el interés, la comprensión y ayuda que le otorgaron durante esta fructífera estancia en la ciudad castellana de Burgos.

El amor no muere nunca

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Alexander Zorin, un eminente intelectual y poeta ruso, de religión ortodoxa, reflexiona en este breve ensayo sobre las enseñanzas de Josemaría Escrivá

El amor no muere nunca. Esto lo saben bien sus hijos espirituales que acuden a él en sus oraciones y reciben su ayuda desde el más allá. Sus libros -unos 6 millones de ejemplares sin contar las traducciones a lenguas extranjeras- todavía llevan a Dios en la actualidad a nuestros compatriotas. Estoy en contacto epistolar con muchos de ellos y soy testigo del carácter saludable y curativo de la predicación del padre Alexander en la Rusia actual. Es la predicación de un sacerdote ortodoxo. abierto al mundo, a la cultura y a otras confesiones.


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