Epílogo. 1975: “Como un niño que balbucea”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Al llegar a la noche y hacer el examen, al echar las cuentas y sacar la suma, ¿sabéis cuál es?: Pauper servus et humilis!

De esta forma hablaba de sí mismo el Fundador del Opus Dei, y quienes lo escuchaban no podían menos de emocionarse al experimentar la verdadera y profunda humildad con que lo decía. Se sentía ante el Señor como un siervo pobre e inútil, que quería ser bueno y fiel. Cada noche, antes de retirarse al descanso, rezaba postrado sobre el pavimento el Salmo 50, con aquel verso que tantas veces repitió como jaculatoria: Cor eontritum et humiliatum, Deus, non despicies! (No desprecies, Señor, el corazón contrito y humillado).

El domingo 26 de mayo de 1974 celebró la Santa Misa en el oratorio de un Centro del Opus Dei en Sao Paulo. Después, tomó la palabra, expresando su acción de gracias en voz baja y pausada:

‑Es bueno que cada uno de nosotros invoque a su Ángel Custodio, para que sea testigo de este milagro continuo, de esta unión, de esta comunión, de esta identificación de un pobre pecador ‑eso es cada uno de vosotros, y sobre todo yo, que soy un miserable‑ con su Dios.

Sabiendo que es Él, le saludamos poniendo la frente en el suelo, con adoración. Serviam! Nosotros te queremos servir. Le pediremos perdón de nuestras miserias, de nuestros pecados, y nos dolerán los pecados de todo el mundo. Supra dorsum meum fabricaverunt peccatores: sentiremos sobre nuestro pecho ese fardo de iniquidad, de toda la miseria que hay en el mundo, especialmente en estos últimos años. Querremos no sólo pe­dirle perdón, sino remediar de alguna manera todo esto: :desagraviar!

Tendremos que confesar nuestra nada: Señor, ;no puedo!, :no valgo!, ;no sé!, ano tengo!, ¡no soy nada! Pero Tú lo eres todo. Yo soy tu hijo, y tu hermano. Y puedo tomar tus méritos infinitos, los merecimientos de tu Madre y los del Patriarca San José, mi Padre y Señor, las virtudes de los Santos, el oro de mis hijos, las pequeñas luces que brillan en la noche de mi vida por la misericordia infinita tuya y mi poca correspondencia. Todo esto te lo ofrezco, con mis miserias, con mi poquedad, para que, sobre esas miserias, te pongas Tú y estés más alto.

Acudo a San José. Hemos dicho que le trataríamos ‑se lo hemos prometido a la Virgen‑ cordialmente. Acudo a San José, que es mi Padre y Señor; con él, voy a su Esposa, la Virgen Madre, que es también Madre mía. Con María y con José me acerco hasta Jesús ‑lo tengo ahora en mi corazón‑ y le digo: creo, ;creo! Adauge nobis fidem, spem, caritatem!, auméntanos la fe, la esperanza y el amor. Porque hemos de vivir de Amor, y sólo Tú puedes darnos esas virtudes.

Entonces, sabiendo que nos escucha, que nos ama; sabiendo que somos Cristo ‑porque Él nos asume de alguna manera‑, nos da alegría alabarlo así: gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo. Desde esta tierra bendita, tan llena de cosas buenas, tan llena de almas que le aman y de almas que no le conocen, para quienes Cristo es todavía una figura desconocida o un mito. ;Dios mío!, ¿es posible? Han pasado veinte siglos, ¡veinte siglos!, y la Redención aún se está haciendo.

Unos días después, Mons. Escrivá de Balaguer conversaba con un grupo de socios de la Obra de Brasil, de edad ya madura.

Y les situaba, con fuerza, ante su responsabilidad como cofunda­dores del Opus Dei:

‑Cuando era joven, no me atrevía a decirlo; pero desde hace años, sí lo digo. Yo soy un pobre pecador que ama a Jesucristo, un pobre pecador. Pero, mirad: he conocido y tratado a un ejército de personas importantísimas… Pero Fundadores del Opus Dei, hay uno sólo: muy pecador, pero uno. ¿Padre vuestro? Sí. Siempre habrá uno que será mejor que yo: el que me suceda, y los que vengan detrás de él. Lo habéis de amar y de querer mucho más que a mí. Primero, porque ésa es la Voluntad de Dios; después, porque lo merecerá.

Pero el Señor os pedirá cuenta por haber estado cerca de mí. No porque yo sea bueno, sino porque Él ‑no encontró otra cosa peor‑ me buscó para que se vea que ha sido Él quien ha hecho

la labor. Vosotros y yo ‑os lo diré como suelo hablar, con comparaciones muy fáciles de entender‑ escribimos con una pluma. El Señor escribe con la pata de una mesa, y escribe

maravillosamente, para que se vea que es su mano, no la pata de la mesa. Y una vez que hago presente que soy un pobre palo –ut iumentum factus sum, apud te, como un borriquito delante de Dios, un borriquito que tira del carro‑, pues a pesar de todo, insisto: el Señor os pedirá cuenta, porque habéis estado cerca del Fundador. Por lo tanto, tenéis gracia fundacional y, mientras yo viva, sois cofundadores. Tenéis que poner el hombro de verdad, con alegría, con entusiasmo. Y sin entusiasmo, lo mismo.

Padre, ¿usted ha tenido mucho entusiasmo? En estos momen­tos parece que Dios me lo da: os miro… ;os quiero tanto, hijos míos! Sé que al Señor le agrada que os quiera, porque hay tanta pureza en este cariño. Pero la mayor parte de estos cuarenta y siete años he trabajado sin entusiasmo, porque había que hacerlo; porque Dios lo ha querido, y yo debía ser instrumento suyo: malo, pero instrumento. Tenía que dejar hacer a Dios y, por lo tanto, no podía abandonar la tarea; no podía echarme a un lado y decir: ;psss! Vosotros tampoco. Tenéis que ser constantes, tenéis que preocuparos y dar la vida por vuestros hermanos.

Ut iumentum… Le gustaban los borricos al Fundador del Opus Dei, porque así se sentía delante de Dios: como un borriquillo.

Un canónigo abulense, don Mariano Taberna, publicó en El Diario de Ávila su recuerdo de un lejano paseo con Mons. Escrivá de Balaguer: “Sacó un cuadernillo de apuntes y me enseñó el lema que tenía escrito: Ut iumentum factus sum apud Te, Domine… ¿No te parece, me decía, que es un buen lema para un fundador? Yo lo traduzco así: Señor, si alguna vez, como un jumento me empeño en meter la cabeza por donde Tú no quieres, palo seco, Señor, hasta que aprenda…”.

Había hecho lema de su vida ocultarse y desaparecer. Toda su confianza estaba en Dios. Ni para hacer el Opus Dei se consideraba imprescindible. Más de una vez, al menos desde 1936, a los socios de la Obra les preguntaba:

‑Si yo me muero, ¿continuarás con la Obra?

Algunos se acuerdan de que les hizo esa pregunta el 1 de octubre de 1940. Estaban unos cuantos, que habían venido a Madrid, desde diversas provincias, para pasar junto al Fundador la Fiesta de los Ángeles Custodios, en la que se cumplían los doce primeros años del Opus Dei. Todos quedaron impresionados, pero tuvieron la serenidad de decir que, en tal caso, seguirían adelante, fieles a la llamada que habían recibido.

¡Pues no faltaba más! ‑replicó con viveza‑ ¡Bonito negocio habríais hecho si, en vez de seguir al Señor, hubierais venido a seguir a este pobre hombre!

La humildad genuina, el abandono en manos de su Padre Dios, creció a lo largo de la vida del Fundador del Opus Dei. La madurez, la santidad, la bondad ‑como dice San Ambrosio­ está “en esforzarse por alcanzar la sencillez del niño”.

Como un niño que balbucea, que tiene que recomenzar, se veía Mons. Escrivá de Balaguer en sus últimos años. Fueron años de esperanza, de vivir con luces nuevas la realidad de la infinita misericordia divina. De sentir su propia condición de hijo pródigo, siempre volviendo hacia los brazos amorosos que le aguardaban en la casa paterna.

En su predicación ‑en sus homilías; en sus escritos; en sus conversaciones, a veces, ante miles de personas‑ aparecen atisbos de la inmensa riqueza de su vida interior, de la profunda unión con Dios, que daba unidad a toda su vida. Al acabar estas páginas, que apenas aciertan a esbozar unos pocos rasgos de esa vida, es de todo punto imposible dibujar lo que fueron ‑por dentro‑ su últimos años.

El 28 de marzo de 1975 cumplió sus bodas de oro con el sacerdocio. La víspera, día de Jueves Santo, hacía por la mañana su meditación en el oratorio del Consejo general de la Obra. Estaban con él los otros miembros del Consejo. Se había sentado al fondo. Apenas iniciado ese rato de meditación, comenzó a orar en voz alta. Fue una oración sencilla, improvisada. Sus frases aciertan a compendiar ‑en la presencia de Dios‑ la vida de Mons. Escrivá de Balaguer. Vale la pena leer algunas de sus frases, al término de estos rápidos apuntes:

Adauge nobis fidem! ¡Auméntanos la fe!, estaba diciendo yo al Señor. Quiere que le pida esto: que nos aumente la fe. Mañana no os diré nada; y ahora no sé lo que os voy a decir… Que me ayudéis a dar gracias a Nuestro Señor por ese cúmulo inmenso, enorme, de favores, de providencias, de cariño…, ¡de palos!, que también son cariño y providencia.

Señor, ¡auméntanos la fe! Como siempre, antes de ponernos a hablar con intimidad Contigo, hemos acudido a Nuestra Madre del Cielo, a San José, a los Ángeles Custodios.

A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea: estoy comenzando, recomenzando, como en mi lucha interior de cada jornada. Y así, hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor lo quiere así, para que no haya motivos de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad. Hemos de vivir pendientes de Él, de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones.

Una mirada atrás… Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo alegrías, todo alegrías… Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del Artista,

que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el alter Christus que hemos de ser.

Señor, gracias por todo. ;Muchas gracias! Te las he dado; habitualmente te las he dado. Antes de repetir ahora ese grito litúrgico ‑gratias tibi, Deus, gratias tibi!‑, te lo venía diciendo con el corazón. Y ahora son muchas bocas, muchos pechos, los que te repiten al unísono lo mismo: gratias tibi, Deus, gratias tibi!, pues no tenemos motivos más que para dar gracias.

No hemos de apurarnos por nada; no hemos de preocuparnos por nada; no hemos de perder la serenidad por ninguna cosa del mundo. (…) Señor: que les des serenidad a los hijos míos; que no la pierdan ni cuando tengan un error de categoría. Si se dan cuenta de que lo han cometido, eso ya es una gracia, una luz del Cielo.

Gratias tibi, Deus, gratias tibi! Un cántico de acción de gracias tiene que ser la vida de cada uno, porque ¿cómo se ha hecho el Opus Dei? Lo has hecho Tú, Señor, con cuatro chisga­rabís… Stulta mundi, infirma mundi, et ea quae non sunt. Toda la doctrina de San Pablo se ha cumplido: has buscado medios completamente ilógicos, nada aptos, y has extendido la labor por el mundo entero. Te dan gracias en toda Europa, y en puntos de Asia y África, y en toda América, y en Oceanía. En todos los sitios te dan gracias.

En ese Tabernáculo tan hermoso que prepararon con tanto cariño los hijos míos, y que pusimos aquí cuando no teníamos dinero ni para comer; en esta especie de alarde de lujo, que me parece una miseria y realmente lo es, para guardarte a Ti, ahí quise yo colocar dos o tres detalles. El más interesante es esa frase que hay sobre la puerta: consummati in unum! Porque es como si todos estuviéramos aquí, pegados a Ti, sin abandonarte ni de día ni de noche, en un cántico de acción de gracias y ‑¿por qué no?‑ de petición de perdón. Pienso que te enfadas porque digo esto. Tú nos has perdonado siempre; siempre estás dispues­to a perdonar los errores, las equivocaciones, el fruto de la sen­sualidad o de la soberbia.

Consummati in unum!Para reparar…, para agradar…, para dar gracias, que es una obligación capital. No es una obligación de este momento, de hoy, del tiempo que se cumple mañana, no. Es un deber constante, una manifestación de vida sobrenatural, un modo humano y divino a la vez de corresponder al Amor tuyo, que es divino y humano.

(…) Esta vida que, si es humana, para nosotros tiene que ser también divina, será divina si te tratamos mucho. Te trataríamos aunque tuviésemos que hacer muchas antesalas, aunque hubiera que pedir muchas audiencias. ;Pero no hay que pedir ninguna! Eres tan todopoderoso, también en tu misericordia, que, siendo el Señor de los señores y el Rey de los que dominan, te humillas hasta esperar como un pobrecito que se arrima al quicio de nuestra puerta. No aguardamos nosotros; nos esperas Tú constante­mente.

Nos esperas en el Cielo, en el Paraíso. Nos esperas en la Hostia Santa. Nos esperas en la oración. Eres tan bueno que, cuando estás ahí escondido por Amor, oculto en las especies sacramentales ‑yo así lo creo firmemente‑, al estar real, verdadera y sustancialmente, con tu Cuerpo y tu Sangre, con tu Alma y tu Divinidad, también está la Trinidad Beatísima: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Además, por la inhabitación del Paráclito, Dios se encuentra en el centro de nuestras almas, buscándonos. Se repite, de alguna manera, la escena de Belén, cada día. Es posible que ‑no con la boca, pero con los hechos­- hayamos dicho: non est locus in diversorio, no hay posada para Ti en mi corazón. ¡Ay, Señor, perdóname!

Adoro al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo, Dios único. Yo no comprendo esa maravilla de la Trinidad; pero Tú has puesto en mi alma ansias, hambres de creer. ¡Creo!: quiero creer como el que más. ¡Espero!: quiero esperar como el que más. ;Amo!: quiero amar como el que más.

Tú eres quien eres: la Suma bondad. Yo soy quien soy: el último trapo sucio de este mundo podrido. Y, sin embargo, me miras…, y me buscas…, y me amas. Señor: que mis hijos te miren, y te busquen, y te amen. Señor: que yo te busque, que te mire, que te ame.

Mirar es poner los ojos del alma en Ti, con ansias de comprenderte, en la medida en que ‑con tu gracia‑ puede la razón humana llegar a conocerte. Me conformo con esa peque­ñez. Cuando veo que entiendo tan poco de tus grandezas, de tu bondad, de tu sabiduría, de tu poder, de tu hermosura…, cuando veo que entiendo tan poco, no me entristezco: me alegro de que seas tan grande que no quepas en mi pobre corazón, e_ mi miserable cabeza. ;Dios mío! ;Dios mío!… Si no sé decirte otra cosa, ya basta: ;Dios mío! Toda esa grandeza, todo ese poder, toda esa hermosura…, ;mía! Y yo…, ;suyo!

Trato de llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: Jesús, Maria y José. Están como más asequibles. Jesús, que es perfectus Deus y perfectus Homo. María, que es una mujer, la más pura criatura, la más grande: más que Ella, sólo Dios. Y José, que está inmediato a María: limpio, varonil, prudente, entero. ¡Oh, Dios mío! ;Qué modelos! Sólo con mirar, entran ganas de morirse de pena: porque, Señor, me he portado tan mal… No he sabido acomodarme a las circunstancias, divinizarme. Y Tú me dabas los medios: y me los das, y me los seguirás dando…, porque a lo divino hemos de vivir humana­mente en la tierra.

Sancta Maria, Spes nostra, Sedes sapientiae! Concédenos la sabiduría del Cielo, para que nos comportemos de modo agra­dable a los ojos de tu Hijo, y del Padre, y del Espíritu Santo, único Dios que vive y reina por los siglos sin fin.

San José, que no te puedo separar de Jesús y de María; San José, por el que he tenido siempre devoción, pero comprendo que debo amarte cada día más y proclamarlo a los cuatro vientos, porque éste es el modo de manifestar el amor entre los hombres, diciendo: ;te quiero! San José, Padre y Señor nuestro: ‑,en cuántos sitios te habrán repetido ya a estas horas, invocándote, esta misma frase, estas mismas palabras! San José, nuestro Padre y Señor, intercede por nosotros.

Hemos de estar ‑y tengo conciencia de habéroslo recordado muchas veces‑ en el Cielo y en la tierra, siempre. No entre el Cielo y la tierra, porque somos del mundo. ;En el mundo y en el Paraíso a la vez! Ésta sería como la fórmula para expresar cómo hemos de componer nuestra vida, mientras permanezcamos in hoc saeculo. En el Cielo y en la tierra, endiosados; pero sabiendo que somos del mundo y que somos tierra, con la fragilidad propia de lo que es tierra: un cacharro de barro que el Señor se ha dignado aprovechar para su servicio. Y cuando se ha roto, hemos acudido a las lañas, como el hijo pródigo: he pecado contra el cielo y contra Ti… Lo mismo cuando se trató de una cosa de categoría, que cuando era algo menudo. A veces nos ha dolido mucho, mucho, un fallo pequeño, un desamor, un no saber mirar al Amor de los amores, un no saber sonreír. Porque, cuando se ama, no hay cosas pequeñas: todo tiene mucha cate­goría, todo es grande, aun en una criatura miserable y pobre como yo, como tú, hijo mío.

Ha querido el Señor depositar en nosotros un tesoro riquísi­mo. ¿Que exagero? He dicho poco. He dicho poco ahora, porque antes he dicho más. He recordado que en nosotros habita Dios, Señor Nuestro, con toda su grandeza. En nuestros corazones hay habitualmente un Cielo. Y no voy a seguir.

Cratias tibi, Deus, gratias tibi: vera et una Trinitas, una et summa Deitas, sancta et una Unitas!

Que la Madre de Dios sea para nosotros Turris civitatis, la torre que vigila la ciudad: la ciudad que es cada uno, con tantas cosas que van y vienen dentro de nosotros, con tanto movimiento y a la vez con tanta quietud; con tanto desorden y con tanto orden; con tanto ruido y con tanto silencio; con tanta guerra y con tanta paz.

Sancta Maria, Turris civitatis: ora pro nobis!

Sancte Joseph, Pater et Domine: ora pro nobis!

Sancti Angel ¡Custodes: orate pro nobis!

2. Sin libertad no se puede amar a Dios

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

“Una de las cosas que más me ha emocionado al conversar con Monseñor Escrivá de Balaguer, aparte de su calor humano, de su entusiasmo y su sentido sobrenatural, es su amor a la libertad”, afirmó en La Libre Belgique, Mons. Onclin, pocos días después del fallecimiento del Fundador del Opus Dei. El Decano de la Facultad de Derecho canónico de Lovaina glosaba su espíritu de libertad, “palabra que nunca pronunciaba sin añadir otra: responsabilidad”. Y añadía una idea central, tantas veces reiterada por Mons. Escrivá de Balaguer: sin libertad, no se puede amar a Dios.

En la historia de España, Aragón ha sido siempre tierra de libertades. Antes de la Carta Magna inglesa, ya conocía la tradición del habeas corpus. Su Justicia Mayor escribió páginas gloriosas y trágicas en la historia española. Pero no parece telúrico el sentido de la libertad que tuvo Mons. Escrivá de Balaguer ni el amor que le profesó y que comenzó a vivir en el hogar de sus padres. Sus raíces son más profundas, más cris­tianas. Proceden de su honda meditación sobre la Cruz, quizá de la mano de San Pablo: la criatura ha sido libertada “de :a servidumbre de la corrupción, para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom., VIII, 21). Dios es nuestro Padre, que es Espíritu, y “donde está el Espíritu del Señor está la libertad” (2 Cor., III, 17). Sin libertad, no puede amarse a Dios. precisamente porque los cristianos han sido “llamados a la libertad” (Gal., V, 13).

Un periodista colombiano, Javier Abad Gómez, manifestó t_ I 30 de junio de 1975 en El Tiempo, de Bogotá: “Me impresionó, sobre todo, su amor a la libertad. No conoció jamás el fanatismo. Con un respeto enorme a la conciencia personal de cada uno, hallaron cabida en su corazón magnánimo no sólo los que pensaban como él, sino también los que opinaban y actuaban de: manera muy diferente a la suya. Lo recordarán ahora hombres de letras y obreros, intelectuales y campesinos, de las más diversa religiones y de las más contradictorias opciones ideológicas”

No era efímero el fundamento de su amor por la libertad Sentía dentro de sí, con toda su fuerza, el profundo y única; carácter liberador de la Cruz redentora. Lo sintetizaba en una frase muy clara, muy gráfica, y muy verdadera: cada alma vale toda la sangre de Cristo. El 22 de octubre de 1972, en el salón de actos de Tajamar (Madrid), una mujer le presentaba el problema de la angustia de algunos padres cuando tienen que enfrentarse con hijos que les reclaman de un modo violento e insolente libertad e independencia de la vida de familia. Mons. Escrivá de Balaguer le dio un criterio general, pero le recomendó consultar el caso concreto:

Para darte un consejo apropiado necesitaría más datos. Yo querría hacer un traje a la medida. Amo mucho a las almas. Cada alma vale toda la sangre de Cristo. Empti enim estis pretio magno, dice San Pablo (I Cor., VI, 20). Estáis comprados ‑cada uno de nosotros‑ a un gran precio, el precio de toda la sangre de Jesucristo. Por eso, yo no te puedo dar un específico: quiero hacer una receta especial, para cada uno de tus hijos; ni siquiera para todos juntos. Consulta el caso, y verás que, rezando, las madres podéis tanto en la presencia de Dios. Rezando, sacarás a los hilos adelante y pasará esta pequeña tormenta.

Como antes en España y en Portugal, desde que se trasladó a Roma en 1946 continuó haciendo un apostolado personal intensí­simo. Aunque su lema era ocultarse y desaparecer, empezó en­seguida a recibir en la Ciudad Eterna a gentes que acudían, desde todas las partes del mundo, a pedirle un consejo, a contarle sus penas o sus alegrías. Para todos tenía el bálsamo de su caridad, la luz de la doctrina y el empuje de su palabra sacerdotal.

En 1948 comenzaron sus correteos apostólicos por casi toda Europa y fueron surgiendo nuevos apostolados, que planeaba e impulsaba, a veces personalmente. Además, al mismo tiempo que el Opus Dei se desarrollaba por otros continentes bajo su mirada vigilante, desde el fin de los años cuarenta empezó a recibir en Roma a grupos, cada vez más nutridos, integrados por hombres o mujeres que llegaban de las más diversas naciones.

En los últimos años de su vida, Mons. Escrivá de Balaguer sintió la necesidad de hacer una catequesis con grupos más numerosos. Para llevarla a cabo, antes había cruzado Europa; ahora seguirá con esta labor, recorriendo, además, muchas naciones de América. Gentes de muy distintas profesiones, ambientes, razas y lenguas, le escucharon. Fue necesario habili­tar lugares amplios ‑gimnasios, explanadas, hasta teatros- acoger a todos. Cuando las reuniones eran más numerosas, no se perdía por eso el ambiente acogedor: había espontaneidad en preguntas y respuestas, tono de familia, casi de confidencia, un respeto extremado a la intimidad de cada persona. Lo resumió una conocida figura de la vida intelectual y universitaria española, Enrique Gutiérrez Ríos, en el ABC de Madrid: “Aunque hablara a una gran concurrencia, siempre la persona estaba en primer plano ‑cada persona, concreta, única, insusti­tuible‑. Decía que, en lo espiritual, cada criatura requiere una asistencia concreta, personal; que ¡no pueden tratarse las almas en masa!”.

Al Fundador del Opus Dei le dolía cualquier intento de masificar al ser humano. Saboreaba las palabras de la Escritura: Redemi te, et voeavi te nomine tuo; meus es tu. El Señor nos ha elegido a cada uno llamándonos por nuestro nombre. Nfeus es tu: eres mía. La respuesta tiene que ser también personal: Ecce ego quia vocasti me, aquí estoy respondiendo a tu llamada. Por eso rechazaba la tendencia al anonimato, especialmente en las relaciones del hombre con Dios. Como recogió en L’Osservatore Romano Giuseppe Molteni, todo su apostolado era un poner al cristiano cara a cara con Cristo: ¡Siempre, Cristo, que pasa! Cristo, que sigue pasando por las calles y por las plazas del mundo, a través de sus discípulos, los cristianos. La predicación de Mons. Escrivá de Balaguer podría resumirse en esa perma­nente invitación al encuentro personal con Dios: en los sacra­mentos, en la oración, en la vida ordinaria ‑que debía ser vida de fe, vida de oración‑, en la lectura amorosa del Evangelio, sintiéndose un personaje más, que participa por entero de cada escena, lejos de todo anonimato.

Más de una vez propuso el ejemplo del valiente que, metido entre la muchedumbre, es capaz de tirar una piedra contra l a vidriera maravillosa de una catedral ‑una joya espléndida, que pertenece a todos, solía añadir‑, y no reconoce: ‑¡He sido yo! Se refugia en el anonimato, es un cobarde… El ejemplo se aplica­ba a la cobardía del alma que no se atreve a ir sola a encontrar a Dios a lo largo de la jornada, sin hacer cosas raras, sin menear los labios, sin ruido de palabras, buscando a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en el centro de nuestra alma, en medio de nuestro corazón, porque allí está si no le echamos (Tajamar, 1 de octubre de 1967).

Múltiples consecuencias prácticas tuvo esta viva conciencia dL la dignidad y la libertad de la persona humana.

Para ayudar a una sola alma estaba dispuesto a los mayores sacrificios: a levantarse de la cama ‑con 39° de fiebre‑ para ir a confesar; a recorrer cientos de kilómetros, como al final de lo, años treinta, para ir desde Burgos a Andalucía, en los trenes de entonces, sin dinero para acabar el recorrido, ni para comer;

predicar, aunque sólo hubiera una persona. (Así se ha hecho siempre en el Opus Dei. Pero el Fundador fue por delante. lo, ejemplo, en julio de 1935 empezó una clase semanal de formación para una sola persona: Álvaro del Portillo. Luego fueron dos, cuando, a finales de ese mes, se incorporó a la clase José María Hernández de Garnica. De este modo práctico quedaba patente el valor de cada alma).

Este afán apostólico iba unido inseparablemente al fomente: de la libertad. Precisamente porque abominaba del anonimato, promovía la lucha personal, los caminos personales de cada uno hacia Dios. No era amigo de encorsetamientos, ni de recetas generales. No cuadriculaba la vida interior. Dejaba que el Espíritu Santo hiciera su labor dentro de cada alma. Insistía, con ocasión y sin ella, en que el único modelo es Cristo, perfecto Dios, perfecto Hombre. Evitaba cuidadosamente cualquier otro mimetismo, sobre todo si era a él a quien querían imitar. Ni siquiera los socios del Opus Dei tenían que imitarle. Lo subrayaba una vez más el día de San José de 1975. El texto ha sido ya citado, pero vale la pena releerlo, con este prisma de libertad. El Fundador del Opus Dei recordaba las dificultades de los comienzos:

¿Qué buscaba yo? Cor Mariae Dulcissimum, ¡ter para tutum! Buscaba el poder de la Madre de Dios, como un hijo pequeño, yendo por caminos de infancia. Acudí a San José, mi Padre y mi Señor. Me interesaba verlo poderoso, poderosísimo, jefe de aquel gran clan divino, y a quien Dios mismo obedecía: erat subditus illis! Acudí a la intercesión de los santos con simplicidad, en un latín morrocotudo pero piadoso: Sanete Nicoláe, ¡curam domus age! ; y a la devoción a los Santos Ángeles Custodios, porque fue un 2 de octubre cuando sonaban aquellas campanas de Santa María de los Ángeles, una parroquia madrileña junto a Cuatro Caminos… Acudí a los Santos Ángeles con confianza, con puerilidad, sin darme cuenta de que Dios me metía ‑vosotros no tenéis por qué imitarme, ¡viva la libertad!‑ por caminos de infancia espiritual.

Difundió entre los hombres de nuestro tiempo virtudes y devociones cristianas de siempre: Cristo, María y José ‑la trinidad de la tierra llamaba a la Sagrada Familia, como medio para llegar antes a la Santísima Trinidad‑, el Papa… Santa Misa, oración, mortificación, trabajo… Confesión y Eucaristía… Le emocionaba rezar con las oraciones de los primeros cristianos, las mismas que utilizarán también los cristianos en los próximos siglos. Pero no imponía nunca nada: tenía una extremada delicadeza para distinguir entre lo establecido por la Iglesia, y lo recomendado o simplemente alabado por Ella. Cuando daba un consejo ‑siempre personal‑, ponía buen cuidado para que quedase claro que era eso, un consejo, que podía seguirse o no, pero de ningún modo obligaba en conciencia. La claridad jurídica y el rigor teológico se daban la mano en defensa de la libertad de las conciencias.

Le encantaba la naturalidad, la espontaneidad del alma en su trato con Dios. Quería que los hombres se dirigieran a Él con el mismo corazón, con las mismas palabras, con que se habla a las personas queridas de la tierra. Alguien le preguntó en mayo de 1974 cómo ofrecer las cosas a Dios cuando uno se siente cansado. Y le contestó:

‑Pues díselo al Señor, así, con naturalidad, como se lo dirías a tu madre, como me lo dices a mí personalmente…

Dentro de una familia nadie tiene por qué sentirse tímido:

‑Pues si no tendrías vergüenza de decírselo a tu madre de la tierra, díselo a la Madre del Cielo: ;Madre mía!, que me está costando mucho levantar el corazón a tu Hijo, para ofrecerle las obras del día… ;Eso es oración! Díselo como te dé la gana. Puedes rezar las oraciones vocales acostumbradas, que tenemos todos los cristianos, que son maravillosas. Pero además tú haces oración: eres alma contemplativa, como las del Opus Dei; y hablas sin ruido de palabras, mientras estás en la calle, en la comida, sonriendo a una persona, estudiando… Pues esto que me has preguntado a mí, cuéntaselo a la Madre de Dios; y ya estás haciendo el ofrecimiento.

Unas semanas después, volvería sobre la necesidad de dejar que el corazón se muestre con libertad en la vida interior de cada alma. Le preguntaron:

‑¿Qué podemos hacer, Padre, cuando ‑a veces‑ el cora­zón se pone un poco duro y no se enciende con las cosas de Dios`?

‑Es la situación normal de una persona; tanto que, muchas veces, no somos comprensivos con las gentes que son demasiado sensibles. Nos parecen histéricas, y muchos no lo son. Cuando yo era sacerdote joven, me fastidiaba ver esas viejas suspirando en un rincón de la iglesia, y ‑lo digo para vergüenza mía‑pensaba: estos devocionarios hay que quemarlos, están llenos de lágrimas… Ahora, de aquellos no quemaría ninguno; quemaría todas estas cosas que no tienen un suspiro, que no tienen un afecto. ¿Está claro Pues, hijo mío, yo estoy trabajando desde hace cuarenta y siete años en el Opus Dei; y bastantes años antes sentí los barruntos del amor de Dios. Él quería algo, y yo no sabía qué era. No voy a descender a detalles que muchos aquí conocen perfectamente. Pero habitualmente voy a contrapelo. Ahora estoy muy a gusto con vosotros. Agradezco al Señor que me da esta alegría, que no es sensiblera; es amor, es cariño. Hijo mío, el corazón lo tengo más duro que una piedra. Pero los corazones de los hombres, cuando son duros, son de bronce, y el bronce en el fuego se derrite en lágrimas. Algún día llorarás, no te preocupes; llorarás, y aquel día serás más hombre aún: no creas que los hombres no lloramos.

El espíritu de libertad es uno de los motivos, con la humildad, de la alegría que daba a Mons. Escrivá de Balaguer el sacrificio escondido y silencioso, hecho cara a Dios, no cara a los hombres. Los demás no tienen por qué advertir la mortificación personal, ni en cosas grandes ni en cosas aparentemente pequeñas.

Don Jesús Urteaga relata una anécdota mínima ‑pero significativa‑ de cómo el Fundador del Opus Dei quería que se sirviera a Dios con libertad. Debía ser el año 1957. Urteaga estaba en el Colegio Romano de la Santa Cruz. Por aquella época fumaba demasiado. Un día el Padre se lo advirtió: ‑¡Jesús!, fumas mucho. Pero, al mismo tiempo que se lo decía, le daba un paquete de tabaco, de la marca que Jesús Urteaga solía fumar…

También tiene que ver con el tabaco otra anécdota. La refirió don Álvaro del Portillo, recién elegido Presidente General del Opus Dei: “Cuando los tres primeros sacerdotes de la Obra recibimos la ordenación, ninguno de nosotros fumaba; tampoco el Padre, pues al entrar en el seminario regaló todas sus pipas y el tabaco al portero. Entonces el Padre me dijo: yo no fumo; vosotros tres, tampoco; Álvaro, tienes que fumar tú porque, si no, los demás podrían pensar que no está bien el tabaco; y deseo que no se sientan coaccionados en esto, y fumen si les da la gana”.

Este sentido de la libertad destaca notablemente cuando se trata de la vocación, de la entrega de los socios y asociadas del Opus Dei. Don José María Casciaro, actual Decano de la Facultad de Teología en la Universidad de Navarra, refleja con detalle y precisión el clima en que nació su decisión de dedicarse a Dios en el Opus Dei. Es paradigma de una conducta habitual en tantos casos semejantes.

José María Casciaro estudiaba sexto curso de Bachillerato en Barcelona. Volvió a casa (Torrevieja, Alicante), para pasar las Navidades de 1939. Allí apareció también su hermano Pedro, que ya era de la Obra, y le habló de su posible vocación, para que se lo fuera pensando con calma, en la presencia de Dios. Quedaron en charlar más adelante, cuando Pedro fuese a Barcelona. José María estaba decidido, y así se lo dijo en abril de 1940 a su hermano. Pero tuvo que seguir esperando, porque el Fundador del Opus Dei debía ir a Barcelona y “había indicado que, como mi hermano Pedro me llevaba bastante edad (ocho años y medio), era conveniente que yo obrara con toda libertad para dar aquel paso, evitando cualquier posible influencia del hermano mayor”.

El 12 de mayo, por la tarde, en el hotel Urbis, José María Casciaro fue a ver ‑por fin‑ al Fundador del Opus Dei. A lo largo de la entrevista, le repitió varias veces ‑en un tono que a José María pareció tajante, severo, serio‑ si no estaría influido por su hermano, en vez de obrar libremente y después de haber considerado su decisión en la presencia de Dios. Como sus respuestas eran siempre afirmativas, don Josemaría acabó dicién­dole que, desde aquel momento, podía considerarse de la Obra. “Posteriormente ‑sostiene al recordar esta conversación‑ cuando en varias ocasiones le he oído decir que en la Obra tenemos una puerta estrecha para entrar y otra ancha para salir, me he acordado de aquel episodio del 12 de mayo de 1940, comprendiendo la exacta y profunda verdad de aquella afir­mación”.

Este amor a la libertad es muy conforme con el carácter sobrenatural del Opus Dei, y también con las características externas de la entrega de los socios: ciudadanos normales, exactamente igual a los demás, que viven en su casa y con su familia, trabajan en medio del mundo, entran y salen y van de aquí para allá, moviéndose siempre de un modo natural y espontáneo: o viven su vocación en libertad, por amor de Dios, o no la viven. Cualquier tipo de control externo, la desnaturali­zaría. Como sucede en el amor humano, sólo cabe el libre condicionamiento del cariño.

Todos los que piden la admisión en el Opus Dei lo hacen libres de coacción. Además tienen que trabajar, para mantenerse económicamente y ayudar al sostenimiento de los apostolados. Esta realidad, que evita el señoritismo, es también garantía de libertad: si alguno quiere abandonar la Asociación, puede hacerlo con facilidad; si persevera, es por razones sobrenaturales, no humanas.

No obstante, sería un error confundir libertad con indiferencia. El Fundador del Opus Dei quería que todos perseverasen en su vocación, y ponía los medios: formarlos, rezar por ellos, tratarlos con más cariño si atravesaban momentos difíciles. Más de una vez, supo hacerse el encontradizo con el que flojeaba, como el Señor ante el desaliento de los discípulos de Emaús. Cuando fue necesario, abandonó todo, para salir en busca de la oveja perdida…

Antonio Ivars recapitula la doble faceta ‑comprensión y exigencia‑ que hunde sus raíces en idéntico espíritu de amor: “Pienso que, de algún modo, reflejaba como nadie la persona de Cristo: cariñoso y dulce con los niños, los pecadores públicos, y exigente y hasta aparentemente airado con los fariseos e incluso con sus propios apóstoles. La ternura maternal de don Josemaría se compaginaba armónicamente con su reciedumbre. Podía com­prender las mayores miserias, acoger con el mayor cariño al más

grande pecador, y reprender seriamente a uno de sus hijos por la omisión del más pequeño detalle”.

Por último, para completar este rápido panorama, es preciso referirse a su actitud hacia los no católicos.

No hacía una frase cuando declaraba que estaba dispuesto a dar cien veces su vida para defender la libertad de una conciencia. De hecho, tuvo que luchar mucho, con un filial forcejeo, para que la Santa Sede aprobase algo inédito en la historia de las asociaciones de la Iglesia: que pudieran ser

Cooperadores del Opus Dei personas sin fe católica.

En 1966 contó a un periodista, Jacques Guillémé‑Brúlon, de Le Figaro, lo que una vez había comentado al Santo Padre Juan XXIII, movido por el encanto afable y paterno de su trato: “Padre Santo, en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad”. El se rió emocionado, porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados Cooperadores a los no católicos y aun a los no cristianos.

Poco antes, el periodista le había preguntado sobre la “posición de la Obra” ante la Declaración del Concilio Vatica­no II acerca de la libertad religiosa. La respuesta surgió bien clara:

En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las concien­cias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad. Comprenderá que siendo ése el espíritu que desde el primer momento hemos vivido, sólo alegría pueden producirme las enseñanzas que sobre este tema ha promulgado el Concilio.

Mons. Escrivá de Balaguer trató con lealtad a las almas. Defendió la libertad de sus conciencias, pero sin ocultarles la propia y plena adhesión a la fe católica (que incluye, claro, aquella defensa de la libertad). Vale la pena resumir el diálogo que mantuvo con él en 1974 un matrimonio brasileño, delante de muchas personas:

‑Somos una familia ecuménica: mi esposa es metodista…

‑¡Dios la bendiga! ¿Está aquí?

Estaba sentada en la última fila, delante de su marido.

Sin libertad no se puede amar a Dios l 297

‑Dile que la quiero mucho.

‑Estamos muy unidos en la educación religiosa de nuestros

¡Muy bien!

‑Dos ya hicieron la Primera Comunión…

‑ ¡Bien!

‑Comienzan a hacer un poquito de lectura espiritual antes de dormir, y el mayor va a Misa todos los días con su padre.

‑ ¡Bien!

‑Me gustaría que dijese algunas palabras a mi esposa.

¡Hija mía!, te digo lo siguiente: que tienes un marido estupendo, y que te quiero mucho en el Señor. Quiero a todas las almas. Pero a una madre que da libertad a los hi3os, que además

se ocupa de que se eduquen en esta fe maravillosa, que ve con alegría que se acerquen al Santo Sacramento de la Eucaristía, a una madre así, yo ya la admiro. ;Te admiro! ;Te quiero mucho! Reza por mí. Y basta, de momento. Pero mañana, en la Misa, me voy a acordar mucho de ti. Allí no soy yo. Tú no tienes por qué creerlo, por ahora; pediré al Señor que te conceda mi fe, porque ‑no te enfades‑ la tuya no es la verdadera. Yo daría mi vida cien veces por defender la libertad de tu conciencia; de modo que seríamos muy amigos, si yo viviera aquí. Pero, claro, yo creo plenamente que tengo la verdadera fe; si no, no vestiría esta funda de paraguas (se refería a su sotana).

¡Reza por mi! Nadie como tu marido, para defender la fe tuya. Y nadie como tu marido y como yo, para pedirle al Señor que te envíe muchas luces y mucha claridad de ideas. Y gracias, porque eres muy generosa y muy buena.

A lo largo de los años, se han multiplicado anécdotas parecidas. En los comienzos del trabajo apostólico del Opus Dei en Ginebra, conocieron al hijo de un pastor calvinista, que se fue entusiasmando con la Obra, especialmente con Camino, que difundió entre sus amigos en diferentes idiomas: francés, inglés, alemán, italiano. Tiempo después, escribiría a un socio del Opus Dei que había tratado en Suiza, felicitándole por la Navidad. Le hablaba entusiasmado de su visita a Mons. Escrivá de Balaguer en Roma. Lo había recibido ‑como siempre, como a todos afecto, y no había dejado de decirle que son los católicos los que están en la verdad… No necesitaba disimular su fe ‑todo lo contrario‑ para conseguir que los no católicos respondieran con cariño y gratitud a su cariño y lealtad.

Cerca de Caracas, al aire libre, en la casa de retiros de Altoclaro, unas cinco mil personas seguían su enseñanza el 14 de febrero de 1975. Se levantó un hombre joven, de barba poblada y amplia, que realzaba su jovialidad.

‑Padre, yo soy hebreo…

El Fundador del Opus Dei le interrumpió:

Yo amo mucho a los hebreos porque amo mucho a Jesucristo ‑¡con locura!‑, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus, heri et hodie, ipse et in saecula. Jesucristo sigue vivien­do, y es hebreo como tú. El segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño. Sigue…

Aquel hombre de sonrisa abierta de par en par, se ganó una ovación cerrada cuando dijo:

‑Yo creo que la pregunta está respondida.

1. Días de guerra en España

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Frente de Madrid, junio de 1938. Desde un observatorio militar en Carabanchel Alto, con el anteojo de antenas de una batería, el Fundador del Opus Dei contempla destruida la casa de la calle Ferraz, 16, cuya puesta en marcha le costó tanto esfuerzo y tantas dificultades.

Significaba volver a empezar de la nada, pues la guerra había destrozado el trabajo material de varios años. Y una vez más, se aferra a la esperanza. En Vitoria ‑hacia 1938‑, Monseñor Beitia fue testigo presencial de la “alegría” del Fundador del Opus Dei, ante la ruina de su esfuerzo: Si es para su gloria, el Señor lo volverá a construir.

Fueron aquellos, de modo muy especial, tiempos de es­peranza.

Desde el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, se agravó la ya confusa situación de la vida pública española, y se recrudeció la persecución religiosa. Volvieron a producirse, en muchos puntos de España, quemas y saqueas de iglesias. Concentraciones de masas, atentados y represalias, falta de seguridad pública, propiciaban un ambiente que presagiaba la futura guerra civil.

Don Josemaría veía la gravedad del momento. Eran continuos sus actos de desagravio ante las manifestaciones contra la religión. Pero no perdía la serenidad ni se dejaba llevar por los pesimismos alarmistas. Consiguió que el ambiente enrarecido del país apenas perturbase el trabajo apostólico, la labor en la Residencia de Ferraz, la regularidad de las diversas actividades de formación espiritual.

El Fundador del Opus Dei se sabía hijo de Dios, hijo de Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, como la invocó a lo largo de los años. Éste era, como acabamos de ver, el fundamento de toda su vida:

Tenía una imagen de la Virgen, que me robaron los comunistas durante la guerra de España, y que llamaba la Vir­gen de los besos. No salía o entraba nunca, en la primera Re­sidencia que tuvimos, sin ir a la habitación del Director, don­de estaba aquella imagen, para besarla. Pienso que no lo hice nunca maquinalmente: era un beso humano, de un hijo que tenía miedo… Pero he dicho tantas veces que no tengo miedo a nadie ni a nada, que no vamos a decir miedo. Era un beso de hijo que tenía preocupación por su excesiva juventud, y que iba a buscar en Nuestra Señora toda la ternura de su cariño. Toda la fortaleza que necesitaba iba a buscarla en Dios a través de la Virgen.

Antiguos residentes de Ferraz, 50, no han olvidado su fortaleza contagiosa, que les inmunizaba contra el ambiente derrotista y les hacía seguir adelante en las labores apostólicas como si nada fuera a ocurrir.

El Fundador del Opus Dei vivió aquellos momentos con gran intensidad. No dejaba de presentar a todos los socios de la Obra la obligación que les incumbía de estar bien informados, bien metidos en la realidad ‑como correspondía a su deber de ciudadanos normales‑,evitando cuidadosamente que el ambien­te de serenidad pudiera ser malentendido y llevase a cualquier tipo de “aislamiento” o “evasión”. Aprovechó también aquella situación para formar bien a los que le rodeaban: les enseñó a confiar, por encima de todo, en la voluntad de Dios; les hizo ver que, por graves que fueran los asuntos, no podían dejarse llevar por un activismo desenfrenado que les hiciera olvidar la primacía de los medios sobrenaturales, de la vida de oración; les alertó contra los riesgos de la soberbia, del amor propio, en la actuación política; y, como sin darle importancia, les concretó modos prácticos de vivir la prudencia.

En los primeros meses de 1936, en medio de la creciente efervescencia social y política, seguía empeñado en encontrar una casa más grande, pues la residencia de Ferraz, 50, era ya insuficiente para el volumen de la labor, y en buscar a la vez los medios económicos necesarios. Trabajaba en presente, y pensaba en alguna casa grande unifamiliar: precisamente por la situación política, casas de este tipo se ponían a la venta, a bajo precio, por la casi nula demanda que había. Con la colaboración de los chicos que vivían o iban por la Residencia, se buscó por todo Madrid, aunque prefería el barrio de Argüelles, probablemente por su proximidad al caserón de San Bernardo, y a los nuevos edificios universitarios más allá de la Moncloa.

A1 fin se encontró una casa en la misma calle de Ferraz, en el número 16. Era propiedad del Conde del Real, que por entonces vivía en Francia. En seguida se llegó a un acuerdo con el administrador, y todo quedó listo para tomar posesión del inmueble el primero de julio de aquel 1936.

A la vez, pensaba en la nueva residencia de estudiantes de Valencia. Francisco Botella, natural de Alcoy, iría al terminar el año académico, con el encargo de buscar una casa que pudiera servir el curso siguiente. En cuanto viese algo adecuado, debía avisar a Madrid, para que Ricardo Fernández Vallespín fuese a Valencia, con el fin de firmar el contrato si la elección era acertada. El plan era que Fernández Vallespín fuese el director de ese centro, ayudado por el propio Francisco Botella, que continuaría allí la Licenciatura en Ciencias Exactas. Por su parte, Isidoro Zorzano se haría cargo en Madrid de la dirección de DYA ‑éste seguía siendo el nombre de la residencia y academia de Ferraz‑, después de pedir la excedencia en su puesto de Ingeniero Jefe de los talleres de los Ferrocarriles andaluces en Málaga. Efectivamente, también a finales de junio o principios de julio, Isidoro Zorzano viajó a Madrid, para quedarse definitivamente en la capital de España.

La situación política estaba al rojo vivo. Muchas familias precipitaban las vacaciones, pues el golpe de Estado se veía ya como inevitable por ambas partes. Abundaban los rumores, que corrían como la pólvora. El ambiente era muy tenso.

El 13 de julio ‑fecha crítica‑ fue asesinado Calvo Sotelo, jefe de la oposición conservadora de la Cámara legislativa. La inquietud se generalizó. Se vivía con la sensación de que “era cuestión de horas”. Pero el Fundador del Opus Dei continuaba impertérrito, poniendo en práctica los planes de expansión de la Obra, como si no ocurriera nada. “Para las gentes era una locura”, afirma el entonces director de Ferraz.

Vivía con esperanza, el hoy y ahora. Aceleró el traslado a Ferraz, 16, entre otras razones, para dejar de pagar cuanto antes el alquiler de Ferraz, 50. Se llevaron todos los muebles. La casa necesitaba un mínimo de obras de reparación y acondicio­namiento. Como no había dinero, trabajaron todos como podían. adecentando poco a poco la futura Residencia.

Este nuevo Centro estaba situado enfrente del Cuartel de la Montaña, punto neurálgico de la sublevación en Madrid. Desde sus balcones, durante el domingo 19 de julio, pudieron ver cómo los sublevados se iban concentrando en el Cuartel. Por la tarde, a primera hora, las calles de acceso estaban cortadas por guardias y milicianos, que pedían la documentación a todos los que pasaban. Sobre las ocho de la noche, salieron de la Residencia los estudiantes que vivían con sus padres. Don Josemaría les encareció, paternalmente, que le llamaran por teléfono para saber que habían conseguido llegar y estaban bien. Durante la noche comenzó el ataque. Las balas se incrustaban en las paredes y en los techos de la Residencia. Por la mañana, en el momento en que los milicianos, ebrios de victoria, entraban ya en el Cuartel de la Montaña, don Josemaría abandonó Ferraz con los pocos que habían pasado allí la noche. Le hicieron vestir un mono de los que utilizaban aquellos días para los arreglos de la casa. Aunque le iba mal de medidas, no había otra ropa de seglar. Cruzando entre las masas enfervorizadas, que iban a celebrar el triunfo, consiguieron llegar a la casa de su madre, en la calle del Doctor Cárceles (hoy, Rey Francisco).

El Cuartel de la Montaña había caído. La situación se hizo confusa, y en Madrid empezó a dominar el terror. Se sabía que habían fusilado a mucha gente, pues el 21 de julio los cadáveres llenaban el depósito judicial y los iban amontonando a la entrada. Estaba claro que todas las precauciones serían pocas.

Don Josemaría tuvo que quedarse en casa de su madre, sin poder salir, por ser conocida de todos, en la zona, su condición sacerdotal. Como para cualquier otro sacerdote de Madrid, en aquel momento, la única alternativa era esconderse, o exponerse a ser asesinado por cualquier patrulla callejera, aunque también escondido corría el riesgo de los frecuentes registros.

La guerra civil llegaba justamente cuando ya disponía de una base de personas bien formadas con las que emprender una expansión inmediata: ampliar la residencia de Madrid, poner en marcha la de Valencia, comenzar en Francia. Todo se venía abajo. Además, el Fundador sufría ‑como Padre‑ en aquellos momentos, pues, al estar interrumpidas las comunicaciones, no tenía la menor noticia de muchos de los socios del Opus Dei, ausentes de Madrid. Y, por si fuera poco, no podía celebrar la Santa Misa, ni hacer oración junto al Sagrario.

Empezó una larga pesadilla, de escondite en escondite, erizada de dificultades y peligros. Don Josemaría no pensaba en sí mismo, sino en las almas, en la Iglesia y en la Obra, en cada uno de sus socios, en su madre y sus hermanos. Se palpaba a su lado una fe inconmovible en el carácter sobrenatural de la Obra, una fortaleza esperanzada para enfrentarse con cualquier tipo de problemas. Sus continuas reacciones sobrenaturales ‑la re­petición incesante de una breve jaculatoria, fiat!, de abandono en manos de Dios‑ quedaron grabadas en quienes le rodearon aquellos meses. Se convencieron pronto de que, cualquiera que fuese el curso de los acontecimientos, todo sería para bien, omnia in bonum!

Un punto de Camino reflejará, en buena medida, estas disposiciones interiores de don Josemaría, aunque no tengo certeza de que lo escribiera en aquellos primeros días de la guerra civil:

¡La guerra! ‑La guerra tiene una finalidad sobrenatural ‑me dices‑ desconocida para el mundo: la guerra ha sido para nosotros…

‑La guerra es el obstáculo máximo del camino fácil. ‑Pero tendremos, al final, que amarla, como el religioso debe amar sus disciplinas (Camino, 311).

Su optimismo acusaba siempre una nota de grave objetividad. Cuando muchos pensaban que la guerra duraría poco o que su fin era inminente, hacia ver a los que le acompañaban que aquello no estaba claro, que debían prever una espera mucho más larga de la que se figuraban. Con el tiempo, algunos verían en este tipo de afirmaciones, que no se correspondían con los datos comunes a todos, una cierta inspiración que escapa a lo natural. Y comenta Juan Jiménez Vargas: “Sin poner en duda los aciertos que tantas veces a lo largo de su vida indicaban una auténtica inspiración divina, en este caso concreto, como en otras ocasiones ‑por ejemplo, cuando pasamos el Pirineo‑, me parece que lo que hay que destacar en el fondo de todo esto es auténtica virtud personal. Era una prudencia ante los aconteci­mientos que, en medio de sus preocupaciones abrumadoras, le hacía estar más en la realidad que nadie, y con más objetividad a la hora de actuar”.

Todos tenían la convicción de que al Fundador no le pasaría nada, puesto que tenía que hacer el Opus Dei. Sin embargo, no dejaron de poner ningún medio necesario para su seguridad personal.

Estuvo en casa de su madre hasta que alguien comunicó la sospecha de que en aquella casa había personas escondidas en varios pisos. Se marchó y efectivamente poco después hubo registros. Sucedió esto en torno al 9 de agosto de 1936.

Fueron días y meses de tremenda confusión. Abundaron los desmanes y los abusos. Se cometieron muchos crímenes, y entre las víctimas hubo un alto porcentaje de sacerdotes y religiosos. En su detenida y documentada Historia de la persecución religiosa en España, Antonio Montero, hoy obispo auxiliar de Sevilla, aporta las siguientes y escalofriantes cifras: a lo largo de toda la guerra murieron 4.184 sacerdotes seculares (el 13 por 100), 2.365 religiosos (el 23 por 100), y 283 religiosas.

Se explica que, cuando en los primeros momentos a algunas personas les llegó la falsa noticia del fallecimiento del Fundador del Opus Dei, la aceptasen. Más aún, si ‑como sucedió en algún caso‑ la información venía con toda clase de detalles.

Estuvo en casa de un amigo, en la calle de Sagasta, 29, hasta finales de agosto. Septiembre lo pasó en un piso de la calle de Serrano, que era de unos argentinos amigos de don Álvaro del Portillo. El 1 de octubre tuvo que abandonar ese refugio, y pasó luego varios días durmiendo donde y como podía. Poco después, consiguió escondite haciéndose pasar por enfermo men­tal, en un sanatorio psiquiátrico de la Ciudad Lineal ‑en Arturo Soria, 492‑, que dirigía el doctor Suils, conocido de don Josemaría de los tiempos de Logroño. Su estancia en el manico­mio ‑controlado oficialmente por la UGT‑ fue especialmente dura, también porque se agravó el reumatismo que padecía: llegó a pasar cerca de dos semanas sin poder moverse. La inmovilidad de las articulaciones fue tan importante que hasta le tenían que dar de comer.

Por aquella época se había estabilizado el frente de Madrid, y todo daba a entender que la guerra se prolongaría..Se imponía buscar un refugio más normal, y con más garantías. Después de diversas gestiones con embajadas, surgió la posibilidad de entrar en la legación de Honduras (en sentido estricto, era únicamen­te la casa del cónsul, pero tenía reconocimiento y protección oficial). Allí llegó en marzo de 1937.

Había sufrido tanto ‑también de hambre‑ que estaba increíblemente delgado, irreconocible. Durante su estancia en esta legación de Honduras, entre marzo y agosto de aquel año, fue a verlo un día su madre. Lo esperaba en el vestíbulo, junto a la puerta del piso. Cuando salió, vestido de paisano, demacrado y pálido, doña Dolores no pudo reconocerlo hasta que oyó su voz: ‑¡Qué alegría verte, mamá!

Aquí el panorama de don Josemaría cambió: por fin, pudo celebrar la Santa Misa y, además, lo acompañaban varios socios de la Obra. Meses después, comenzó a hacer salidas a la calle, mediante un documento del cónsul de Honduras que lo acredi­taba como empleado de la legación. Luego, el primer día de septiembre, se fue a vivir a un ático de la calle Ayala, n.° 73, y siguió desplegando una intensa actividad apostólica por Madrid: charlaba con gente, celebraba Misa, llevaba la comunión, daba meditaciones.

En estas circunstancias lo conoció, por ejemplo, Tomás Alvira, como relataba en un artículo publicado en septiembre de 1975: “Recuerdo con todo detalle la primera vez que hablé con Monseñor Escrivá de Balaguer: fue en Madrid, al atardecer. un día de julio del año 1937″. Le impresionó “la recia personalidad de aquel sacerdote joven; la visión sobrenatural que encerraba todo cuanto decía; su optimismo y alegría, no fáciles de tener en aquellos momentos tan graves, y que sólo eran comprensibles al verlos nacer de una fe profunda”.

A Tomás Alvira le sorprendió mucho la invitación que un día recibió para hacer ejercicios espirituales con otras pocas personas más. La sorpresa estaba justificada, porque entonces en Madrid los sacerdotes eran perseguidos, y no había ninguna iglesia abierta. Por eso, aquellos ejercicios, que duraron tres días, tuvieron lugar en casas distintas. Cada uno llegaba por separado, tenían una meditación, y se iban, también por separado, para no estar mucho tiempo reunidos. Por la calle, seguían meditando, rezaban el rosario, etc. Después tenían la siguiente meditación en otra casa. Una de ellas fue la de José María Albareda, en la calle de Menéndez y Pelayo; otra, la del propio Tomás Alvira, en General Pardiñas, 28, 1.° C.

A finales del verano de 1937 habían disminuido algo los asesinatos en Madrid, pero las condiciones de vida para un sacerdote seguían siendo imposibles. Aunque en aquellas circuns­tancias era muy necesaria la presencia del Fundador en la ciudad, se vio la conveniencia de que abandonase Madrid y pasara a la otra zona de España. Le costó mucho tomar esta decisión. No se hacía a la idea de salir de la ciudad, dejando a su madre y a sus hermanos, y a la mayoría de los socios del Opus Dei en Madrid. Pero venció las dudas, y se decidió, por la insistencia de todos, incluso de su propia madre. Una vez re­suelto el problema de la documentación, partió hacia Valencia en octubre.

Allí estaban Francisco Botella y Pedro Casciaro, que tenían ya noticias de que podía llegar en cualquier momento. Pedro Casciaro solía ir al atardecer a casa de los Botella. Un día, al entrar en una salita, vio a Juan Jiménez Vargas con otra persona que no reconoció. Era “un señor muy delgado, correctamente vestido de gris oscuro que, apenas me vio, me abrazó diciéndo­me: Perico, ¡qué alegría de volver a verte!”. Había cambios tan notables en la fisonomía del Fundador después de esos quince meses, que Pedro Casciaro sólo lo reconoció por la voz: lo mismo que le había ocurrido con su propia madre, doña Dolores, como ya hemos visto. “Había adelgazado más de cuarenta kilos ‑escribe Pedro Casciaro‑; siempre lo había visto hasta ese momento con sotana, con el pelo muy corto y con tonsura muy amplia ‑que solía cubrir con un solideo de paño negro‑, y con gafas de delgados aros completamente redondos. Ahora tenía las mejillas hundidas, destacándose más su amplia frente; los ojos eran más penetrantes; el pelo, relativamente largo, lo peinaba con raya a un lado; las gafas eran ovales y de montura más gruesa; me fijé especialmente en un detalle insignificante en sí, pero ‑quién sabe por qué‑ muy significativo para mí: el nudo de la corbata estaba muy bien hecho. Lo único que no había cambiado nada en él era el tono de la voz”.

Desde Valencia, siguió viaje a Barcelona, en un tren noctur­no. Ya en la Ciudad Condal, comenzó una tensa espera, pues era más difícil de lo que les había parecido desde Madrid conectar con las personas que se dedicaban a sacar clandestinamente gente de España. Volvían a asaltarle dudas sobre la conveniencia de este paso. Pero acababa convencido de que era voluntad de Dios.

Por fin, el 19 de noviembre salió de Barcelona en el autobús de la Seo de Urgel. Después de días difíciles, el 2 de diciembre de 1937 conseguían cruzar la frontera de Andorra y llegaban a Sant Juliá. Terminaba la pesadilla que empezó en octubre de 1937. El Fundador del Opus Dei lo había pasado muy mal: además de la atenazante preocupación por los que quedaban en Madrid y en los frentes, la fatiga física rozaba el agotamiento desde la primera noche en que habían comenzado a andar. No obstante, los que fueron con él coinciden en que conservó siempre la paz y la alegría. Don Juan Jiménez Vargas asegura que, hasta enton­ces, no había llegado a comprender bien lo que es la alegría del que se sabe hijo de Dios. Poco después, don Juan hizo una breve nota, resumen de su experiencia de aquellos meses, que dio origen al punto 659 de Camino:

La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre‑Dios.

Con esta alegría, el Fundador del Opus Dei se puso de nuevo en marcha. Pasó por Lourdes antes de volver a España. Cruzó la frontera por Irún, y en Pamplona don Marcelino Olaechea, su buen amigo, lo alojó en el Palacio episcopal. Poco después se trasladó a Burgos, donde vivía el Obispo de Madrid, y desde donde le sería más fácil recuperar el contacto con diversas personas a las que venía tratando ya antes de la guerra y que estaban ahora desperdigadas por el país.

Pero las dificultades no cesaron. La mayor parte de los que le habían acompañado en el cruce de los Pirineos tuvieron que incorporarse a filas. Afortunadamente a Burgos acudían muchos otros, cuando conseguían permiso en sus destinos militares. Desde la capital castellana don Josemaría hizo un inmenso apostolado epistolar. Cuando era necesario, se trasladaba hasta donde hiciera falta, para atender a quien pasaba dificultades, para dirigir un curso de retiro, para visitar a algún obispo, para resolver los problemas que surgían. Tomás Alvira, uno de los que le acompañaron por los Pirineos, conserva una carta suya fechada en Burgos, el 4 de febrero de 1938:

Jesús te guarde.

Querido Tomás: ;Qué ganas tengo de darte un abrazo! Mientras, te pido que nos ayudes, con tus oraciones y tus trabajos.

Yo voy corriendo de un lado a otro: acabo de venir de Vitoria y Bilbao. Y antes: Palencia, Valladolid, Salamanca y Ávila. Ahora estoy curando un catarro que pesqué en el Norte. Después, voy a León y a Astorga.

Tomasico: ¿cuándo harás una escapada, para que nos veamos?

Muchos escribían a Burgos, preguntando dónde estaría el Padre en una fecha determinada, en la que tendrían permiso. No siempre se les podía contestar con precisión. A veces había que decir: “en el vagón del ferrocarril, o en algún coche desvencijado frente”. del Opus Dei le interesaban, por encima de todo, las personas: recuperar el contacto con los que participaban en las actividades apostólicas antes de la guerra, mantener su vida interior y su afán apostólico, hacer nuevos amigos. Su intenso apostolado epistolar cuajó también en una por esas carreteras, o.., en el En Burgos, al Fundador especie de carta colectiva, mediante la cual se daban a todos, noticias de todos. Esto no resultaba nuevo, porque ya mucho antes ‑al menos desde el verano de 1934‑ don Josemaría había hecho enviar este tipo de cartas de familia, llenas de vibración sobrenatural, y también de sentido del humor. Se conservan algunas de aquellas cuartillas mecanografiadas y reproducidas con un modestísimo velógrafo. En ellas se resumían brevemente las cartas que, durante el verano, iban llegando de unos y otros a la Academia DYA, para contar a los demás dónde estaban, qué hacían en el verano ‑deporte, arte, estudios, idiomas, activida­des de ayuda a médicos rurales, preocupaciones apostólicas‑, y al mismo tiempo, se les animaba a perseverar en la piedad y a mantener caldeado el afán de transmitir a otros sus ideales cristianos, con vistas al curso siguiente, para seguir “adelante…, con ¡Dios y audacia!”.

El mismo tono ‑aunque salpicado de anécdotas relacionadas con la guerra‑ tuvieron las Noticias de Burgos. Acusaban recibo con agradecimiento de las cartas que llegaban de los frentes y de los buques de la Armada, “con idéntica vibración, con preocupa­ciones comunes y con el mismo sobrenatural y alegre optimis­mo”. Daban noticia de los que habían pasado por allí, para estar un rato con el Fundador de la Obra.

En esas cartas bromas divertidas. estudiando ‑sobre “hace más el que abundaban los detalles pintorescos y las Era tenaz la insistencia en que siguieran todo idiomas‑ a pesar de las dificultades: quiere que el que puede”. Desde Burgos animaban a que les pidieran gramáticas, diccionarios, textos para hacer traducciones. Y les hablaban de la biblioteca que iban formando, con libros que les llegaban, incluso, desde fuera de España. Habían escrito, en ese sentido, a autoridades académi­cas de diversos países. En una carta de 1938 se lee: “¿Sabéis que pedimos libros ‑y en varias lenguas‑ para leerlos? Parece una perogrullada, pero es que… no siempre sucede así”.

Todos los meses salía la breve y rudimentaria edición, a veces con un “perdonad el laconismo de estas cuartillas: escasea el papel”. A veces también, con la noticia de la muerte de alguno en los campos de batalla: “¡un protector más!”. O con informa­ciones de quienes seguían en la otra España: “es ejemplar la fe y la continuidad con que trabajan”.

Las lacónicas misivas estaban sazonadas con múltiples refe­rencias sobrenaturales, llenas de naturalidad. En una aparece esta frase, toda una síntesis del espíritu de esos días: “Libro, idiomas, estudio: instrumentos de vuestro trabajo. Pero no olvidéis que el carácter sobrenatural de nuestra empresa nece­sita ORACION, SACRIFICIOS, FRECUENCIA DE SACRA­MENTOS”.

La ilusión apostólica llevó al Fundador del Opus Dei a pedir a todos que le ayudasen a localizar a los que no aparecían. Quería tener sus domicilios ‑seguros o probables‑ cuando terminase la guerra. Les animaba continuamente a hacer apostolado: entre tanto muchacho generoso, que tú conoces, ¿crees que no habrá uno, siquiera capaz de entendernos?

Al lado de don Josemaría, que no pensaba sólo en España, los horizontes se dilataban. Uno de los redactores de las noticias escribió: “La España futura es poco: al escribir estas cuartillas de familia, siente uno que el planeta se achica”.

Sin embargo, no abandonaba lo inmediato: la vuelta <: Madrid. El Fundador de la Obra iba preparando todo lo que podía, también en el orden material. Junto a los libros, fue reuniendo lo indispensable para el nuevo oratorio: un sagrario: candeleros… Encargó albas y ornamentos a la familia de Vicente Rodríguez Casado, que estaba en Burgos. A otros, que diseñasen y tratasen de hacer un cáliz… Esta preocupación quedó recogida también en una carta: “Con aquel espíritu anónimo de los primitivos talleres de arte, vamos construyendo los vasos sagra­dos, los ornamentos y los otros objetos litúrgicos para nuestro Oratorio. Os aseguramos que serán gratos a Dios por ese espíritu con que se van haciendo, y a vosotros, por la reciedumbre del material que se emplea, por el vigor y delicadeza de la forma, por la armonía del conjunto”. Muchos de estos objetos litúrgicos se guardaron en el palacio episcopal de Ávila. Su obispo se había ofrecido a tenerlos bajo su custodia hasta que llegara el momento de volver a Madrid.

Don Josemaría estaba en el “Hotel Sabadell”, en la calle de la Merced, número 32 (a finales de 1938 ó comienzos de 1939, se trasladaría a una casa todavía más modesta de la calle de la Concepción, número 9, 3.° izquierda). Seguía viajando siempre que era necesario. A veces, simplemente, para visitar a un herido.

Así se le presentó la ocasión de ir al frente de Madrid, porque el 7 de junio de 1938, a don Ricardo Fernández Vallespín, en un servicio de destrucción de bombas de mano defectuosas, le estalló una muy cerca. Desde el hospital de campaña hizo que telegra­fiaran, comunicándoselo. En cuanto pudo, acudió a verlo y pasó una noche en el puesto de mando de la batería, en Carabanchel Alto. Otro oficial lo llevó al observatorio que tenían instalado en la antigua Escuela de Automovilismo de Carabanchel. Allí contempló con el anteojo de antenas de la batería la casa de Ferraz, 16, semidestruida. Al ver esas ruinas, se echó a reír. Un oficial le preguntó el motivo. Con su fe indómita en la Providen­cia divina, contestó: porque estoy viendo lo poco que queda de mi casa. Dios arreglaría todo, pensaba, aunque no lo dijo. Natural­mente, el oficial se quedó desconcertado, sin entender nada.

El trágico paréntesis de la guerra, que para el Opus Dei se había abierto con esas ruinas, no tardaría en cerrarse. Y los meses de Burgos quedarían atrás, como etapa de cimentación, en la que se recuperaron contactos y se empezó a preparar el futuro: fue un tiempo de esperanza, de oración y de intensas mortifica­ciones del Fundador del Opus Dei.

Don Josemaría llegó a Madrid al mismo tiempo que la primera columna de aprovisionamiento. Tal era su impaciencia. Don Ricardo Fernández Vallespín le acompañó en la primera visita que hizo a los restos de Ferraz: “Al llegar a nuestra casa la vimos destruida, más de lo que pensábamos”. El edificio había sufrido daños durante el asalto al Cuartel de la Montaña. Luego fue incautado por las milicias populares. Por fin, al aproximarse el frente de Madrid, los bombardeos acabaron por destruirlo.

De momento, volvió a alojarse, como antes de la guerra, en la vivienda del Rector del Patronato de Santa Isabel. Desde allí continuó su trabajo apostólico, y empezó de nuevo a buscar un sitio apropiado para instalar la residencia de estudiantes. Quería que comenzase a funcionar en octubre de 1939. Así fue, en unos pisos alquilados en la calle Jenner, cerca del Paseo de la Castellana, de capacidad semejante a la antigua residencia de Ferraz, 50.

El Fundador del Opus Dei recomenzó, también esta vez, sin medios materiales, fiado en la idea clara de que Dios estaba empeñado en que su Obra se realizase. Ángel Galíndez, residente de Ferraz, y luego de Jenner, confesaría en 1975 en El Correo Español de Bilbao: “Muchas veces, a lo largo de estos casi cuarenta años, he reflexionado sobre la figura Dei Padre, rica de contenido insondable, audaz y apostólica… Sí, he pensado muchas veces en la fe inmensa y en la audacia incontenible y en el afán apostólico del Padre, que hicieron posible que aquella pequeña casa donde viví se transformara en la gigantesca Obra actual”.

Todo fue posible por su inquebrantable esperanza. Lo resaltó don Manuel Aznar, en La Vanguardia Española, de Barcelona: “No sé qué don carismático poseía que le permitía promover esperanza, ensanchar horizontes, vencer pesimismos, comunicar la seguridad de un futuro resplandeciente, calmar desasosiegos, iluminar dudas, sentirse, ante todo y sobre todo, sacerdote de Dios, y en calidad de tal, predicar y pedir una viva permanencia en la fe, una ardorosa caridad, pero también una luminosa esperanza. Supongo que era un gran meditativo de San Pablo. Sin duda por su condición de hombre esperanzador”.

El propio Fundador del Opus Dei detallaría en 1940:

La Obra está saliendo adelante a base de oración: de mi oración ‑y de mis miserias‑ que a los ojos de Dios fuerza lo que exige el cumplimiento de su Voluntad; y de la oración de tantas almas ‑sacerdotes y seglares, jóvenes y viejos, sanos y enfermos‑, a quienes yo recurro, seguro de que el Señor les escucha, para que recen por una determinada intención que, al principio, sólo sabía yo. Y, con la oración, la mortificación y el trabajo de los que vienen junto a mí: éstas han sido nuestras únicas y grandes armas para la lucha.

Así va ‑así irá‑ la Obra haciéndose, creciendo, en todos los

ambientes: en los hospitales y en la universidad; en las catequesis de los barrios más necesitados; en los hogares y en los lugares de reunión de los hombres; entre los pobres, los ricos y las gentes de la más diversa condición, para hacer llegar a todos el mensaje que Dios nos ha confiado.

Una misión que la Obra se ha lanzado a cumplir derecha­mente, con generosidad, sinceramente, sin subterfugios ni mece­nazgos humanos, sin recurrir ‑valga el ejemplo‑ al continuo salto en busca del sol que más calienta o de la flor más rica y vistosa: el sol está en nuestro interior y la labor se realiza ‑como ha de ser‑ en la calle, y se dirige a todos.

En estos años del comienzo, me lleno de profunda gratitud hacia Dios. Y al mismo tiempo pienso, hijos míos, en lo mucho que nos queda por recorrer hasta sembrar en todas las naciones, por toda la tierra, en todos los órdenes de la actividad humana, esta semilla católica y universal que ha venido a esparcir el Opus Dei.

Por eso, sigo apoyándome en la oración, en la mortificación, en el trabajo profesional y en la alegría de todos, mientras renuevo constantemente mi confianza en el Señor: universi, qui sustinent te, non confundentur (Ps., XXIV, 3); ninguno de los que ponen en Dios su esperanza será confundido.

4. La prudencia sobrenatural

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

No hagas caso. ‑Siempre los “prudentes” han llamado locu­ras a las obras de Dios.

‑;Adelante, audacia! (Camino, 479).

Sin embargo, la audacia no es imprudencia, ni osadía

(cfr. Camino, 401).

El Fundador del Opus Dei aprendió a abandonar en las manos divinas sus preocupaciones: Los niños no tienen nada suyo, todo es de sus padres…, y tu Padre sabe siempre muy bien cómo gobierna el patrimonio. Esta confianza en Dios no le llevaba a eludir su responsabilidad personal. Todo lo contrario: precisamente porque confiaba en Dios no podía despreciar ningún medio humano. Era lo más opuesto al carismático vacío de doctrina, al visionario irresponsable. Decía en broma que no era profeta, ni hijo de profeta. Pero repetía el electi mei non laborabunt frustra del Profeta Isaías (65, 23): el trabajo de los hijos de Dios siempre dará fruto.

La prudencia de Mons. Escrivá de Balaguer es contrapunto ineludible para entender en profundidad como vivió su filial relación con Dios, fuente de alegría, de paz, de serenidad, de audacia…, y a la vez base donde se apoyaban sus esfuerzos, sus agotadoras jornadas de trabajo.

En el capitulo tercero he aludido a la más importante manifestación de la prudencia sobrenatural del Fundador del Opus Dei: no querer ser fundador; poner los medios humanos, para comprobar que aquello que Dios le pedía no estaba ya organizado; actuar con la venia y con la bendición del Obispo de Madrid; buscar en el tiempo oportuno la aprobación de la Obra; desvivirse siempre ‑una vez clara la voluntad divina‑ para sa­carla adelante.

Hay luego un conjunto inabarcable de aspectos heroicos y menores de la prudencia de Mons. Escrivá de Balaguer, per­fectamente compendiados en el lema ‑Alma, calma‑ de su escudo familiar.

No era indeciso, pero sabía esperar. Le costaba mucho, por la viveza de su carácter. Alguna vez, casi recién llegado a Roma, i2 oyeron: ‑He aprendido a esperar: no es poca ciencia.

Maduraba las decisiones, sin improvisación ni ligereza. Así lo vivía, y así lo inculcó siempre a los que con los años ocuparon tareas de dirección dentro del Opus Dei. Usaba a menudo una frase gráfica, previniéndoles ante el peligro del apresuramiento: las cosas urgentes pueden esperar; las muy urgentes, ésas deben esperar… Era un modo práctico de distinguir lo importante de le, urgente: porque lo que no puede ni debe aguardar es le: verdaderamente importante, aunque no urja en apariencia.

No tenía así prisas en el trato con las personas. Las almas, como el buen vino, mejoran con el tiempo. Esperaba también cuando le apremiaba la indigencia de tantas almas, y, sin embargo, por las razones que fuera, apenas podía hacerse nada. No se veían las plantas cubiertas por la nieve. ‑Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: “ahora crecen para adentro”. ‑Pensé en ti: en tu forzosa inactividad… Dime: ¿creces también para adentro? (Camino, 294).

Su prudente dar tiempo al tiempo ‑calma‑ era compatible con el coraje y la impaciente rapidez ‑alma‑ con que se ponía en marcha, en cuanto tenía claro lo que Dios quería, cómo lo quería, y que lo quería ya. El Cardenal Tedeschini juzgaba que Mons. Escrivá de Balaguer era, entre las personas que había conocido, la que estaba más pendiente de los planes de Dios, para llevarlos a la práctica inmediatamente. Sabía esperar, pero cuando llegaba el momento de decidir o de hacer, no se concedía ningún plazo. Daba la impresión de no tener inercia.

Las asociadas del Opus Dei pudieron comprobarlo en los comienzos de su labor. Aún eran pocas, y, llenas de afán apostólico, pero con poca experiencia todavía, estaban deseosas de multiplicar las actividades. ¡Calma! ¡Calma!, solía repetirles el Fundador. Pocos años después, cuando estuvieron preparadas, les animaría con una frase muy distinta: ¡De prisa! ¡Al paso de Dios!

Si su audacia no fue imprudencia, su prudencia nunca fue cobardía. En Camino pudo escribir, como de algo que le ha tocado sufrir en la propia carne: No me gusta tanto eufemismo: a. la cobardía la llamáis prudencia.

La Superiora de la Comunidad que atendía el Hospital del Rey, sor Engracia Echeverría, reitera que vivió con valentía, y con prudencia, aquellos difíciles años entre 1931 y 1936. El Fundador del Opus Dei afrontó los problemas que surgían por la oposición al clero con una actitud serena, pero enérgica: “Se veía, desde entonces, que valía para gobernar”. A ella le impresionaba esa serenidad en un hombre que era joven, y a la vez “ya muy sensato, muy serio y muy valiente. Muy valiente, en aquellos momentos en que hacia falta coraje y prudencia para imponerse a tanta oposición”.

También entre las monjas de Santa Isabel dejó un recuerdo de sacerdote delicado y prudente. En aquel antiguo Patronato Real habla dos Comunidades religiosas distintas: el Monasterio de Agustinas Recoletas, y el Colegio de la Asunción. Antes de ser nombrado Rector del Patronato ‑en 1934‑, don Josemaría era sólo capellán de las Agustinas. Pera de los actos litúrgicos que celebraban en la iglesia del Patronato, podían beneficiarse indistintamente las dos comunidades religiosas: “Su exquisita prudencia ‑en opinión de la Hermana Aránzazu Minteguiaga, religiosa de la Asunción en Pamplona‑, favoreció siempre las relaciones, que fueron de gran armonía y de ayuda continua en unos momentos en los que acuciaba la persecución religiosa y la destrucción, dentro del país”.

Se atenía a la realidad de las cosas. Su prudencia ‑unida también a su sentido de la justicia‑ le hacía saber escuchar. Y acertó a expresar este criterio con una frase gráfica, que recuerdan, incluso, personas que no son del Opus Dei: oír todas las campanas y, a ser posible, conocer al campanero.

Por otra parte, tampoco tenía inercia, por decirlo así, en sus juicios o decisiones: cuando los datos cambiaban, rectificaba con alegría. No era amigo de dictar normas preconcebidas. Prefería que surgieran de la vida, de la experiencia, de la costumbre. Pero no se aferraba a la experiencia. Si aparecían nuevos factores, que exigían ver las cosas de modo distinto, cambiaba fácilmente ‑humildemente‑ su enfoque.

Una manifestación muy importante de esa prudencia sobre­natural ha quedado ‑para siempre‑ en el modo específico que preside la dirección del Opus Dei: la colegialidad. El Fundador tenía clara autoridad. “Era un hombre ‑según el P. Gargan­ta, O.P.‑ que sabía persuadir, sabía hacer reflexionar, pero cuando mandaba, mandaba. Es decir: un hombre excelso en su prudencia rectora, en su prudencia gubernativa”. Precisamente por esto, abominaba de la tiranía y del gobierno personal. Muy pronto quedó establecida la colegialidad ‑no sin especial providencia de Dios, solía decir‑ en la dirección del Opus Dei en todos los niveles: central, regional, local. Nunca en ningún sitio manda uno solo: son varias personas quienes toman las decisiones. Muchas veces declaró, incluso en entrevistas perio­dísticas, que él, como Presidente, era un voto, un voto más, dentro del Consejo General del Opus Dei. Y así se ha practicado siempre: en los organismos centrales de la Asociación, y en la dirección del centro local más incipiente.

Mons. Escrivá de Balaguer tuvo los pies en la tierra, fue realista: porque tenía la sobrenatural certeza de que Dios estaba,: empeñado en que fuera realidad la locura que le había confiado La Obra era de Dios, y el Cielo la realizaría. Sus sueños no eras; irreales. Todo lo contrario: nada más real que el cumplimiento, de un mandato imperativo de Cristo. Nada más prudente que aquella locura.

2. “Sin miedo a la muerte”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Todo es para bien, cuando se ama a Dios. Omnia in bonum! Es una síntesis rápida de lo que escribió San Pablo: “Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman” (Rom., VIII, 28). Y es una jaculatoria, un pensamiento dirigido a Dios, en el que Mons. Escrivá de Balaguer encontraba el sosiego y la confianza de los que se saben hijos de Dios, la serenidad que difundía por todas partes.

A1 Monasterio de Agustinas Recoletas de Santa Isabel se ofreció como Capellán, en momentos azarosos de la vida española, después de la quema de conventos de 1931. Sor María del Buen Consejo, religiosa de aquella comunidad, siempre lo vio como “un sacerdote ejemplar, muy fervoroso, con grandísimo recogimiento, que hacía compatible con la naturalidad y la alegría”. Tiene grabada “su manera de reírse, quitando impor­tancia a las cosas, serenando el ambiente”.

Era también la época en que acudía asiduamente al Hospital del Rey. Sor Isabel Martín formaba parte de la comunidad de Hijas de la Caridad que trabajaba en aquel hospital de infeccio­sos. No ha olvidado el gozo que emanaba de su persona: “estábamos deseando que llegara, en aquella etapa de inseguri­dad y de probable y próxima persecución”. No era nada grato el ambiente en que se desarrollaba la labor de aquellas monjas. Ni siquiera podían tener oficialmente capellán. Para sor Isabel, “hacía falta ser muy valiente para ejercer el ministerio sacerdotal. Pero don Josemaría Escrivá no tenía respeto humano de nadie ni de nada. Era hombre con suficiente fe sobrenatural y suficiente valor humano”.

Su alegría, en medio de las más tremendas dificultades, tendría especial relieve ‑por contraste‑ cuando llegó la guerra de España. Se ha aludido ya a esa etapa de su vida en algunas páginas, y podrán verse más detalles en el capítulo próximo. Baste ahora apuntar que, tampoco entonces, dejó de abandonar­se en las manos de Dios.

Cuando estalló la guerra, en julio de 1936, don Ricardo Fernández Vallespín estaba en Valencia. Acababa de llegar, para decidir los detalles del alquiler de una casa, con destino a residencia de estudiantes. Las comunicaciones entre Madrid y Valencia quedaron cortadas. Supo, sin embargo, que el 20 de julio la lucha más violenta en Madrid había tenido lugar en el Cuartel de la Montaña, situado justamente enfrente de la residencia del Opus Dei, en la calle de Ferraz, 16: “La formación que habíamos recibido nos había preparado para enfrentarnos sin desánimo ante esta terrible situación. Estábamos convencidos de que la Obra saldría adelante de esta tormenta, pero éramos humanos y no podíamos menos de sufrir pensando en los peligros que corrían en Madrid el Padre y los demás”. Hasta el mes de abril de 1937 no pudo ir a la capital de España. Por aquellos días, el Fundador de la Obra estaba refugiado en un piso, bajo la protección diplomática de Honduras. Cuando Fernández Valles­pín fue a verle, acompañado por Isidoro Zorzano, le impresiona­ron dos cosas: una, su delgadez; otra, ver cómo, con el espíritu de siempre, le animaba por encima de todo a perseverar en el cumplimiento de las normas de piedad que había recomendado a los socios del Opus Dei. En medio de las dificultades, no perdía el norte, y seguía enderezando las almas hacia Dios.

Fue una actitud constante en su vida, que se compendia en la idea que hizo meditar en muchas ocasiones:

‑Nunca pasa nada, aunque se mueva el pavimento; sólo la infidelidad, romper la unión con Dios, es lo grave.

“He tenido la fortuna ‑asegura don Antonio Rodilla‑ de conversar con él muchas y detenidas veces: no recuerdo ni una sola en que la conversación no fuera un continuado acto de fe”. Su alegre esperanza “estaba paradójicamente estimulada por la pena de sentirse pecador”. Esa actitud le recordaba a don Antonio la reacción de euforia que se produce en el que sale con vida de un accidente mortal. Cualquier pena le empujaba a la oración: en ella se afirmaba su paz y su gozo. El Fundador de la Obra era campeón en la fe.

No le faltaron penas en sus 73 años de vida. Aunque sólo muy de tarde en tarde se le escapaba alguna palabra sobre éstas. Como aquel 28 de marzo de 1950, fecha de sus bodas de plata sacerdo­tales en que manifestaba a unas asociadas de la Obra en Roma:

‑Ha sido un día plenamente feliz, cosa no corriente en las fechas destacadas de mi vida, en las que el Señor siempre ha querido mandarme alguna contrariedad.

Y como para quitar importancia a estas últimas palabras, agregaba con una sonrisa:

‑Hasta en el día de mi Primera Comunión, al peinarme el peluquero, me hizo una quemadura con la tenacilla. No era una cosa grave, pero para un niño de aquella edad, era bastante.

Monseñor Escrivá de Balaguer supo mucho de dolores Porque no esquivó el bulto. Y, aunque eran anchas sus espaldas, a veces le abrumaba el peso de su tarea en servicio a toda la Iglesia y a las almas. Hasta sentirse giboso… En junio de 1974, se refería a un cuadro que hay en la sede central de la Obra, en Roma, sobre la puerta que da a un oratorio dedicado a la Sagrada Familia.

Es de un pintor de cuarta o quinta fila ‑se llama Del Arco‑, del tiempo de Velázquez, más o menos: representa un Cristo coronado de espinas, que está giboso, ;giboso!… ;gibo­so!… Como yo me he visto giboso muchas veces, cansado, reventado, llegando al atardecer de esa manera, me consuela mucho pensar en la imagen de Cristo Jesús, tal como viene en ese cuadro. Él era la hermosura, la fortaleza, la sabiduría…, y allí ‑atado a la Columna‑ estaba así. De modo que si alguna vez pesa, y os sentís gibosos, acordaos de Jesús. Jesús, reventado. Jesús que tiene hambre. Jesús que tiene sed. Jesús que se cansa. Jesús que llora. Jesús que sabe ser amigo de sus amigos… Y, sobre todo, Jesús con María y José: es ya el colmo. ;Id ahí, id ahí! ;Aprended! Y entonces andaremos bien.

No es difícil imaginar la vibración de su voz pausada en esos momentos, como para grabar en las almas la imagen del Señor en cada uno de esos instantes de su vida terrena. Seguir los pasos de Jesús era ‑y será‑ la solución de todos los problemas y dificultades. El Fundador del Opus Dei podía hablar por experiencia propia, cuando añadía:

‑No os hagáis ilusiones. Sólo con medios humanos, iremos al fracaso en todo. En cambio, con medios sobrenaturales, saldre­mos adelante siempre. Porque dificultades habrá, tiene que haberlas. No estamos…, desgraciadamente, en la gloria: estamos en la tierra, y tenemos defectos.

Se expresaba con el realismo del que conoce la clave para encontrar gozo en el dolor: saberse hijo de Dios y vivir como tal. La alegría tiene sus raíces en forma de cruz, enseñó. Y durante muchos años, apuntaba al comienzo de su epacta ‑el calenda­rio litúrgico que usan los sacerdotes para saber qué Misa deben o pueden celebrar, y qué partes del Oficio Divino han de leer­ jaculatoria expresiva: in laetitia, nulla dies sine cruce! (¡con alegría, ningún día sin Cruz!).

Había escrito en Camino, 217: Te quiero feliz en la tierra. ‑No lo serás si no pierdes ese miedo al dolor. Porque, mientras “caminamos”, en el dolor está precisamente la felicidad. Fue feliz en medio de infinidad de dolores físicos y morales. No era fácil advertirlos, porque no le hacían perder el buen humor, porque vivía lo que enseñaba: que muchas veces, la mejor mortificación era una sonrisa. Y resulta especialmente difícil sonreír cuando el cuerpo está rendido. Muy probablemente, esa idea ascética ‑la sonrisa como la mejor de las mortificaciones­ la aprendió Mons. Escrivá de Balaguer de su padre, don José, al que nunca había visto triste, aunque fue tratado por el Señor como el Santo Job.

Que estén tristes los que no saben que son hijos de Dios. En la vida del cristiano no puede caber la tristeza, el miedo, la queja, porque sus tesoros son justamente: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel… (cfr. Camino, 194). A su lado muchos aprendieron a no tener miedo a nada ni a nadie, ni a Dios ‑subrayaba‑ que es nuestro Padre y nos quiere más que todos los padres y las madres juntos de la tierra. Y, por eso, llevó fortaleza cristiana a cien­tos de enfermos, a los que ayudó a morir santamente, con la alegría del que sabe por la fe que morir es ir al encuentro del Padre divino. De sus años en el Hospital del. Rey, sor Isabel Martín describe “a enfermas jóvenes, tuberculosas, que recupe­raban incluso la alegría humana aunque fuesen conscientes ¿le que iban a morir. Pero aceptaban la muerte sin tragedia, con naturalidad, con esperanza. Incluso cuidando su aspecto perso­nal para tener la paz de no entristecer a los de alrededor y presentarse con gozo ante Dios.

El Fundador del Opus Dei mostró con su ejemplo que quienes se deciden a seguir las huellas de Jesucristo, no tienen miedo a la vida, ni miedo a la muerte. Y es que quien vive de veras cono hijo de Dios no puede temer la muerte. Recientemente, abriendo el corazón a unos socios de la Obra, en Roma, les decía:

Era muy joven cuando escribí ‑y lo repetiré ahora, con paladeo de miel‑ que Jesús no será mi Juez ni el vuestro: será Jesús, un Dios que perdona.

Le gustaba una canción italiana de los años cincuenu, porque le hacía pensar en su futuro paso al Cielo:

Aprite le finestre al nuovo sole, é primavera, é primavera. Aprite le finestre al nuovo sole, é primavera, é festa dell’Amor.

Muchos conocieron un deseo que manifestó más de una vez: que después de recibir la Extremaunción ‑si el Señor tiene misericordia de mí‑, me canten esa canción. Me llevará perfectamente dispuesto a ir al encuentro de Dios. Me ayuda a hacer oración.

En aquellos años cincuenta, ya en Roma, se agudizó la diabetes que padecía. En 1974 lo detallaba:

Hice que colocaran un timbre en mi habitación, al alcance de la mano. Dije: por lo menos, sueno; y, al oír el escándalo, os venís a darme la Extremaunción. Aquel timbre, una vez puesto en movimiento, tienen que ir lejos a pararlo.

Llegaba la noche, y pensaba: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracias por la vida que me concedas, y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia. Por la mañana, al despertarme, el primer pensamiento era el mismo.

La situación era muy difícil. Los análisis daban cada semana idénticos y graves resultados, a pesar del riguroso régimen alimenticio y de la alta dosis de insulina que se le aplicaba. El 27 de abril de 1954, poco antes de la una de la tarde, estaba con don Álvaro del Portillo. Acababan de inyectarle insulina retardada: era la hora habitual y se sentía bien. De repente, a poco de recibir la inyección, sufrió un shock anafiláctico. Antes de perder el sentido, en segundos, exclamó, dirigiéndose a don Álvaro:

‑La absolución, la absolución.

Todo sucedió con tal rapidez, sin ningún síntoma previo que pudiera hacer sospechar un desenlace tan grave, que don Álvaro del Portillo no le entendió. ‑¿Qué solución?, le preguntó. Y Mons. Escrivá de Balaguer, como para urgirle, respondió con las primeras palabras de la fórmula: ‑Ego te absolvo… Segun­dos después, quedó inconsciente.

Don Álvaro del Portillo intentó luego reanimarlo. Pidió azúcar ‑pensando que podía ser un coma hipoglucémico‑, y trató de hacerle tragar un poco, sin conseguirlo, por la rigidez de la mandíbula. Entretanto se había producido tal cambio de color en el rostro de Mons. Escrivá de Balaguer que, aunque avisó inmediatamente podría hacer.

Dios quiso que volviese en sí al cabo de unos quince minutos, antes de llegar el médico. Esa misma tarde, cuando recuperó la vista ‑la había perdido durante varias horas‑,llamó a las tres asociadas de la Obra que habían sabido por don Álvaro del gravísimo percance y seguían alarmadas. Quería tranquilizarlas y, para alejar todas sus preocupaciones, se puso a hacer un trabajo en el que necesitaba su colaboración.

Aquellas personas no han olvidado esta lección de serenidad y de abandono en los brazos de Dios.

Es de interés hacer notar que, desde aquel día, Mons. Es­crivá de Balaguer no sufrió más a causa de la diabetes, enfer­medad que, sin embargo, está considerada clínicamente como irreversible.

3. Confianza, lealtad, gratitud

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

La amistad del Fundador del Opus Dei rebosó siempre humanidad, detalles delicados y cordiales, capaces de superar la lejanía o la ausencia prolongada. Lo señalaba Juan Antonio Iranzo, compañero suyo de estudios en la Universidad de Zaragoza. Muchos años después, también en Zaragoza, asistió a la Misa en la que dio la Primera Comunión al hijo de otro viejo amigo, Juan Antonio Cremades. Al terminar “me vio, y dejó a los niños diciendo: Tengo que estar con este compañero mío que hace muchos años que no veo. Y estuvo conmigo en una salita unos veinte minutos. Cada vez que yo le insinuaba que muchos le esperaban, me decía: Éstos me tienen siempre, en cambio nosotros sólo nos vemos muy de vez en cuando”.

Monseñor Avelino Gómez Ledo, que vivió en 1927 en la Residencia sacerdotal de la calle Larra de Madrid, aporta uno de esos detalles típicos de buena amistad: celebraba él su santo en la fiesta de San Andrés Avelino, poco conocido en España, y ese día “Mons. Escrivá era el único en felicitarme cariñosa y sobrenaturalmente”.

Pero no era sólo cuestión de temperamento, o buena memo­ria. Monseñor Escrivá de Balaguer fue así, entre tantas razones, porque sabia confiar en los demás. Y ha transmitido este criterio a todos los que tienen alguna misión de gobierno dentro de la Asociación: el Opus Dei funciona a base de confianza. Es una realidad derivada de que su Fundador se fió siempre de todos cuantos trató. No teorizaba cuando aconsejaba a los padres de familia que no diesen jamás la impresión a sus hijos de que desconfiaban de ellos, que era preferible dejarse engañar alguna vez, pues la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre.

Podía dar estos consejos porque ya los había puesto en práctica. De hecho se fiaba más de la palabra del amigo, o del socio del Opus Dei que del testimonio unánime de cien notarios, como solía afirmar con frase gráfica. Él, que aconsejó siempre a los padres de familia que procurasen hacerse amigos de sus hijos, lo vivió hondamente como Fundador y como padre que era, dentro de la numerosa familia del Opus Dei. Al contemplar este rasgo de su amistad, es imposible no pensar con él en las palabras de Jesús a los Apóstoles en la última Cena, vos autem dixi amicos ‑”os he llamado amigos” (Ioann., XV, 15)‑, que compendian el sentido humano y divino de la Redención.

Muchas veces le preguntaron cuál era la virtud humana que más le gustaba, la más importante. Solía responder que la sinceridad. Al mismo tiempo, y más en los últimos años, como un ritornello, enalteció la lealtad: porque, ¿cómo ser leal, fiel a Dios, si no se saborea la delicia de la lealtad humana, de la .fidelidad a los demás?

Cuando de la amistad se trata, la lealtad es inseparable del agradecimiento. Mons. Escrivá de Balaguer daba gracias a Dios por todo, etiam pro ignotis, también por los beneficios descono­cidos, los que el Señor le hubiera hecho y no alcanzase a ver.

Y daba gracias también a los hombres. Nada de extraño tiene que fuese especialmente agradecido con los que le ayudaron en los comienzos del Opus Dei o cuando arreciaban las dificultades.

Poco después de la guerra de España, dio los primeros pasos para comenzar la labor del Opus Dei en Bilbao. Don Álvaro del Portillo y don Pedro Casciaro hicieron algunos viajes, y encontra­ron un clima tenso. Flotaban en el ambiente las secuelas de serios ataques personales contra el Fundador del Opus Dei, que trataban de prevenir a la gente contra la Obra. Muchas puertas se cerraron entonces. En cambio, la Viuda de Ibarra, Carito Mac Mahon, actuando con su habitual señorío, le abrió su casa y confió en él. Mons. Escrivá de Balaguer no lo olvidó nunca: cualquier ocasión era buena para tener algún detalle especial con esa familia. La Marquesa de Mac Mahon da fe en 1975 de que “era especialmente agradecido, porque siempre recordaba con agradecimiento excesivo lo poco que yo y los míos hicimos con él en aquellas épocas en que no era conocido, ni tampoco la Obra”.

El P. Garganta, O.P., vio los comienzos del apostolado del Opus Dei en Valencia, antes de conocer personalmente al Fundador. Su primera relación la tuvo a través del Provincial de los Dominicos de Filipinas, Padre Tomás Tascón, que estuvo un día en Valencia, y le dijo: ‑El Padre Escrivá me ha pedido que le diga estas palabras: Padre Garganta, estoy muy agradecido y muy contento con lo que hace por mis muchachos; un abrazo de hermano. En el verano de 1975, el P. Garganta confirma: “El Padre era muy agradecido por lo que yo podía hacer por él y por sus hijos; quizá me lo agradeció más de la cuenta porque era generosísimo, y yo lo hacia con una buena voluntad incon­mensurable”.

Su gratitud no era sólo cortesía: una palabra que se dice y luego se olvida. Al contrario, el Fundador del Opus Dei seguía agradeciendo, muchos años después.

En 1943 se instaló la Residencia de estudiantes de la Moncloa.  El Fundador de la Obra conocía a la Madre General de las, Religiosas del Servicio Doméstico, y acudió a ella para ver si le podía proporcionar alguna chica que trabajase en la nueva Residencia. Le atendió la Madre Carmen Barraza, en ausencia de la Madre General. Recientemente la Madre Barrasa significaba que Mons. Escrivá de Balaguer no había olvidado aquel detalle, y había asistido a la ceremonia de beatificación de su Fundadora (Roma, 1950), y que, además, había dispuesto que asistieran también las empleadas del hogar, asociadas del Opus Dei, que había entonces en Roma. Por la tarde de aquel día, se presente: en su Casa General para felicitarlas personalmente, con una buena caja de bombones, como manifestación de la estima que les tenía.

También atestigua la gratitud de Mons. Escrivá de Balaguer don José María García Lahiguera, que en su época de Directo espiritual del Seminario Mayor de Madrid le confesó semanal­mente entre 1940 y 1944. “Siempre, de un modo delicado y con obras, demostró su agradecimiento hacia mí, por administrarle, durante aquellos años, el Sacramento de la Confesión”.

Ejemplos de este estilo pueden multiplicarse. En el capítulo segundo, se aludió a la Misa que celebró en Andorra, después de Misa impresio­no mucho a mosén Pujol Tubau que, como vimos, fue e sacerdote que le facilitó todas las cosas para celebrar. Cuando mosén Pujol ordena sus recuerdos del Fundador del Opus Dei, se refiere a cómo vivió la amistad, con lealtad y agradecimiento, ~ ‑esto también le admira‑ cómo supo inculcarla a los socios de la Obra: “Poco podía imaginar que de aquel breve encuentro en Andorra, con aquella riada constante de refugiados, fuera a establecerse un trato tan afectuoso y permanente como el que mantengo con los socios del Opus Dei”.

Desde aquellos días de diciembre de 1937 mosén Pujol y el Fundador de la Obra siguieron en contacto con las tradicionales felicitaciones de Navidad y las onomásticas. En abril de 1944, con motivo 3e la consagración en Zaragoza de don Ramón Iglesias Navarri como Obispo de Seo de Urgel, mosén Pujol

acudió a la capital aragonesa en su calidad de arcipreste de Andorra. En la recepción previa a la ceremonia, pudo comprobar el buen recuerdo, el leal agradecimiento que don Josemaría tenía, porque, al ser presentado al futuro obispo, éste le dijo que le habían hablado muy bien de él, y que había sido don Josemaría Escrivá: “A mí me sorprendió al momento, pensando cómo podría acordarse don Josemaría de un sacerdote al que había tratado tan poco, pero después he comprendido que tanta afabi­lidad era consecuencia de un profundo sentido de la amistad”.

Especial gratitud guardaba para sus maestros. Siempre tuvo para ellos pruebas de afecto y reconocimiento. Más de una vez elogió en público a su profesor de química en el Bachillerato. Lo ponía como ejemplo de hombre ordenado, que, cuando hacía en clase un experimento, apenas acababa de usar una probeta o un tubo de ensayo, limpiaba todo ‑también los estantes‑ y dejaba cada cosa en su sitio. El Fundador del Opus Dei comentaba que ese ejemplo fue uno de los caminos que utilizó el Señor para enseñarle a poner cuidado en hacer bien hasta las cosas más pequeñas.

Don Miguel Sancho Izquierdo fue profesor suyo en la Facul­tad de Derecho de Zaragoza. Con los años sería Rector de esta Universidad, muy vinculada ‑por tantas razones‑ a la de Navarra. De hecho, los dos primeros doctores honoris causa de la Universidad de Navarra, de la que Mons. Escrivá de Balaguer era Gran Canciller desde su erección jurídica, se confirieron a dos rectores de Zaragoza, don Juan Cabrera y Felipe y don Miguel Sancho Izquierdo. El acto académico de investidura se celebró el 28 de noviembre de 1964, y en su discurso el Gran Canciller de la Universidad de Navarra manifestó su particular honro de alegría ante el galardón que recibía su maestro: me honro de haber sido su alumno en las aulas cesaraugustanas.

El agradecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer le sirvió también para vivir la justicia con rasgos de acusada generosidad. Especialmente la sentía ‑y la vivía‑ cuando se trataba de la retribución de quienes trabajaban junto al Opus Dei en las labores apostólicas promovidas por la Obra. Siempre le preocupó que esas personas estuvieran bien pagadas, haciendo todo el esfuerzo necesario para conseguir medios económicos en tareas de suyo casi siempre deficitarias.

Fue auténtico Padre, y en más de una ocasión dijo que admiraba el buen paternalismo, porque a su corazón cristiano le resultaba insuficiente el frío cumplimiento de la justicia. Nunca aceptó, por ejemplo, que la enseñanza fuese gratuita en las obras apostólicas promovidas por el Opus Dei en el terreno docente: su idea era que los alumnos pagasen algo ‑aunque fuese lo que suelen gastar en el tranvía, dijo alguna vez de modo muy expresivo‑, para que tuvieran conciencia de su derecho pudieran reclamarlo si fuera el caso… Y, a la vez, quería que los profesores y los empleados tuvieran bien reconocidos todos sus derechos, y organizado el oportuno descanso, también para que pudieran trabajar con orden y eficacia.

Como un caso entre cientos, narra Encarnación Ortega que en 1945 se marchó de la Residencia de la Moho loa la cocinera, porque tenía bastante edad y el trabajo de aquella residencia era excesivo para ella. Mons. Escrivá de Balaguer indicó expresa­mente que se tuvieran con ella las máximas atenciones, y se le diera una gratificación generosa. Su agradecido modo de ser hizo que nunca se limitase a cumplir estrictamente ‑estrechamente­- deberes de la justicia.

Otra manifestación de su sentido de la amistad ‑detalle muy significativo en nuestros días‑ es que siempre supo tener tiempo para los amigos, para estar junto a ellos, especialmente en los momentos difíciles. Don Antonio Rodilla, muchos años Vicario General de Valencia, Rector del Seminario Archidiocesano y Director del Colegio Mayor San Juan de Ribera en Burjasot. amigo dei Fundador del Opus Dei desde los años treinta, traza en una carta a un sacerdote de la Obra el amplio cuadro de amabilidades y delicadezas que tuvo con él y con su familia: desde el consuelo en situaciones íntimas muy dolorosas, hasta la presencia física en el entierro de su madre.

Algún día, con paciencia, se podrán calcular las muchas horas que empleó invitando a comer a esos múltiples amigos suyos, con ‑la frase es de Camino, 974‑ la vieja hospitalidad de los Patriarcas, con el calor fraterno de Betania.

Y, por último, las cartas. También hará falta mucha pacien­cia investigadora para reconstruir la correspondencia del Funda­dor del Opus Dei. Escribió miles de cartas, que eran prolonga­ción desde la lejanía de una amistad hondamente sentida.

No dejó de escribir ni siquiera durante los años de la guerra de España, en los que la censura postal hacía arriesgado el correo. La amistad ‑el cariño‑ conoce mil recursos. Fue entonces cuando comenzó a firmar Mariano, uno de los cuatro nombres que le impusieron en la pila bautismal, y en el que se reflejaba también su devoción a la Virgen. Sus cartas de aquellos años están llenas de nombres convenidos, de imágenes tomadas de la vida familiar, que sorteaban los riesgos de la censura de las dos zonas en que estuvo dividido el país entre 1936 y 1939. Muchos han sido los que han testimoniado su alegría y agrade­cimiento cuando, en los frentes de guerra, recibían periódica­mente las noticias del Fundador del Opus Dei, que les alentaba a seguir en la brecha de otras peleas: su lucha interior, su afán apostólico, su preocupación por los demás, la reconstrucción de sus vidas, para seguir haciendo una cristiana siembra de paz cuando terminase el conflicto.

1. Los primeros socios del Opus Dei

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

La historia de los comienzos del Opus Dei puede compendiar­se como historia de los amigos de su Fundador. Después del 2 de octubre de 1928, don Josemaría siguió con una nueva luz haciendo su vida normal. Esa luz sobrenatural nueva, que iluminaba su sacerdocio, le empujaba a buscar personas dispues­tas a sumarse a la locura que Dios le pedía.

Cuando llegó a Madrid, en 1927, la mayor parte de sus amigos quedaba en Aragón y en la Rioja. Algunas familias, conocidas de la suya, estaban en Madrid. Después del 2 de octubre de 1928 esas relaciones de amistad ‑junto a las que surgían con ocasión de su propio trabajo sacerdotal, de sus tareas de enseñanza en la Academia Cicuéndez y de las clases particula­res que se veía obligado a dar‑ serían el campo en que fructificaría la semilla de la vocación al Opus Dei.

Así sucedió, por ejemplo, con Luis Gordon, uno de los primeros socios del Opus Dei. Luis era pariente de la Marquesa de Onteiro, madre de doña Luz Rodríguez‑ Casanova, Fundadora de las Damas Apostólicas, en cuyo Patronato de Enfermos don Josemaría era Capellán desde 1927. A través de esta familia lo conoció, y en 1931 Luis Gordon era una de las personas en las que el Fundador del Opus Dei podía confiar especialmente, por ser un hombre maduro. Luis Gordon ‑ingeniero industrial, promotor de una maltería en Ciempozuelos‑ aparece con los Romeo, y con otros amigos, en el grupo que, a partir de 1931, acude todos los domingos por la tarde al Hospital General de Madrid, para atender a los enfermos. Es el protagonista del punto n.° 626 de Camino:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella “sutile­za” del hombrón‑niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: Jesús, que haga buena cara!?

La anécdota sucedió en aquel hospital de la calle de Santa Isabel, donde iban a prestar servicios diversos a los enfermos: cortarles las uñas, peinarles, decirles palabras de cariño. A Luis Gordon y a esta misma anécdota, se refería Mons. Escrivá de Balaguer un día de 1972, en España:

Recuerdo ‑de éste puedo hablar, porque ya está en el Cielo hace muchos años‑ que una persona de una familia conocida, uno de los primeros de aquella época, de los primerísimos años del Opus Dei, pues cogió un vaso de noche ‑era de un tuberculoso y ¡estaba…!‑. Le dije: ;hala, a limpiarlo! Y después me dio un poco de pena, por aquella cara de asco que había hecho. Fui detrás de él y había en el mismo piso ‑era en un hospital general‑ un cuartito donde se limpiaban esas cosas, y le vi con una cara maravillosa de cielo, limpiando con toda la mano.

Pero como había sucedido con otras almas de idéntica talla sobrenatural ‑María Ignacia García Escobar, don José María Somoano Berdasco‑, el Fundador del Opus Dei no pudo contar con Luis Gordon para seguir haciendo la Obra: falleció en noviembre de 1932.

Con motivo de aquellas visitas al Hospital General, don Josemaría conoció a otras personas. Algunas llegaron a ser de la Obra; otras, no. Pero todas participaron de su celo apostólico Allí, por ejemplo, hizo amistad con el escultor Jenaro Lázaro Cuando terminaban los domingos las visitas, Jenaro se quedaba hablando un rato con don Josemaría. Aquellas conversaciones le han dejado una impresión imborrable: “Era un hombre de Dios, que arrastraba hacia Él a las personas que trataba. He pensado muchas veces, más tarde, que el Padre hacía un verdadero apostolado de amistad, ya que en cuanto uno le trataba se hacía amigo de él para toda la vida”.

José Manuel Doménech, que hoy vive en Lérida, charlaba también con don Josemaría después de sus visitas al Hospital de Santa Isabel. Y destaca “cómo empleaba su tiempo generosa­mente con nosotros ‑el grupo de estudiantes que atendíamos a los enfermos‑ y también con esos mismos enfermos”.

Día a día, infatigablemente, dedicando su mejor tiempo a la oración, acompañado por la plegaria y el dolor de los enfermos de los hospitales de Madrid, el Fundador del Opus Dei fue llevando adelante su misión: con los amigos, con los amigos de los amigos.

Isidoro Zorzano había sido compañero suyo de estudios en el Instituto de Logroño. Apenas habían vuelto a verse desde aquellos años, aunque mantenían contacto epistolar. Pensó en­seguida en él. Deseaba hablarle del Opus Dei recién nacido. Y un 24 de agosto de 1930 se lo encontró en Madrid. Isidoro, que trabajaba en Málaga como ingeniero de ferrocarriles, había venido dispuesto a hablar con él de sus inquietudes espirituales. Sentía unos deseos de entrega a Dios que no sabía cómo resolver, porque, al mismo tiempo, veía muy clara su vocación profesional. Isidoro consideró siempre ‑hasta su muerte en 1943‑ que ese reencuentro con el Fundador del Opus Dei había sido providen­cial, cosa de Dios, que hizo se viesen inesperadamente, en una calle de Madrid ‑la de Nicasio Gallego‑, que no era camino habitual de don Josemaría. Hablaron, y ya desde aquel día supo que podía dedicarse plenamente al servicio de Dios dentro de su vida ordinaria, en su profesión de ingeniero.

Juan Jiménez Vargas conoció al Fundador de la Obra a principios de 1932, en una visita puramente casual de pocos minutos: simplemente acompañaba a un amigo suyo, Adolfo Gómez, que iba a confesarse. Don Juan experimentó luego personalmente que don Josemaría no dejaba de pedir a los chicos que se confesaban con él nombres de amigos que pudieran participar en su apostolado.

Los socios de la Obra de aquellos años, cuando hablan de su vocación, cuentan de ordinario que un amigo les llevó al Padre. Don Ricardo Fernández Vailespín era en 1933 estudiante de ¡a Escuela Superior de Arquitectura de Madrid y le faltaba poco más de un año para terminar la carrera. La situación económica de su familia no era buena y, para ayudar, daba clases particulares a José Romeo. Desde los tiempos de Zaragoza, el Fundador del Opus Dei era amigo de esta familia. Y en esa casa conoció a Ricardo un día que éste había ido a dar la clase particular. Él no se había planteado, en absoluto, ningún problema de vocación; deseaba terminar cuanto antes la carrera y ganarse la vida; al mismo tiempo le preocupaba la situación de España y pensaba que algo habría que hacer. Lo cierto es que se sintió atraído por “aquel sacerdote que en sus palabras, corrien­tes y sencillas, traslucía un alma plenamente dada a Dios”. Y concertó una entrevista con él, que tuvo lugar quince días después, el 29 de mayo, en Martínez Campos, n.° 4. Poco tiempo más tarde Ricardo pidió ser admitido en la Obra.

Mons. Escrivá de Balaguer sabía esperar, sabía no forzar las cosas. En concreto, nunca abusó de la amistad, transformán­dola en mero instrumento de apostolado. Ante todo, era amigo de sus amigos. Dios se sirvió de esa sincera amistad para que llegaran los primeros socios a su Obra. Pero a muchos de aquellos amigos ‑incluso, a personas a las que dirigía espiritual­mente‑ el Fundador no les habló del Opus Dei, o se limitó ú: pedirles que rezaran por él y por su tarea apostólica.

Don Manuel Aznar señalaba, en La Vanguardia Española de Barcelona, que jamás “me pidió, ni siquiera me indicó, ni aun me sugirió con alguna alusión lejana, que me incorporase a la Obra. Hablábamos de todo, menos de eso y de política”. Aznar comenzaba su artículo contando con detalle cómo le había conocido. Es una trayectoria de amistades, tantas veces repetida en el tiempo: “Mi amistad con el Fundador vino a través de la familia del Portillo, emparentada con la de un amigo burgalés de mucha distinción ‑Luis García Lozano, ¡larga vida le dé Dios!­ y con la del inolvidable doctor José María Pardo Urdapilleta. Los Portillo que yo conocí fueron tres: un médico, un capitán de la Legión y un Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Este último se llama Álvaro. Es, desde hace muchos años, sacerdote, doctor en Derecho Canónico, doctor en Filosofía y Letras, agudo y penetrante en sabidurías eclesiásticas, Secretario general del Opus Dei, colaborador esencial de Mons. Escrivá de Balaguer, desde el primer día”.

Don Josemaría vivió ese respeto a la libertad más delicada­mente, si cabe, en la dirección espiritual. Dejaba que cada uno siguiera su camino. Hubo chicos que se dirigieron con él durante años, a los que nunca planteó la posibilidad de ser de la Obra. A otros los encauzó al sacerdocio o a la vida religiosa. A muchos los formaba para el matrimonio, haciéndoles ver su vocación matri­monial, y les hablaba de que, con el tiempo, podrían formar parte del Opus Dei. Entretanto, los atendía, como era usual en él, con absoluta disponibilidad, sin prisas, como si no tuviera otra cosa que hacer.

Practicó, pues, con toda normalidad, eso tan específico del Opus Dei, que describió en Camino como apostolado de amistad y confidencia. Un socio de la Obra, persona igual a las demás, no hace cosas raras ni para encontrar a Dios ni para llevar a otros hasta Dios. Se limita a trabajar, a cumplir sus obligaciones profesionales, a ser amigo de sus amigos, a vivir ejemplaridad posible en la vida de dedica ‑sin cambiar de sitio ni actividades humanas y tareas civiles socio del Opus Dei. Es lo que hacía la máxima familia; en una palabra, se de estado‑ a las mismas que desempeñaría de no ser su Fundador antes del 2 de octubre de 1928 y lo que siguió haciendo después, a la luz de su nueva vocación.

3. La santificación del trabajo

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Aquel médico de Cádiz estaba siempre rabiando en la consulta de la Seguridad Social. En noviembre de 1972 escuchó a Mons. Escrivá de Balaguer en Pozoalbero. A la salida, razonaba con su mujer:

‑Desde ahora, a cada enfermo del Seguro lo voy a tratar como si yo fuera su propia madre.

Miles de anécdotas como ésta se han repetido desde el 2 de octubre de 1928. Al calor de las palabras del Fundador del Opus Dei, hombres y mujeres de todo el mundo hemos hecho el firme propósito de santificar el trabajo. Éste era el gran mensaje que tenía que difundir entre los hombres, haciendo vivo, actual, el designio divino.

Josef Ganglberger, también médico, profesor de la Universi­dad de Viena, escribe en septiembre de 1975 cómo gracias a Mons. Escrivá de Balaguer ha conocido el valor del trabajo como medio de santificación: “Como él mismo decía, cualquier trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales, a manifestar su dimensión divina, y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios”.

Y un suizo, Edwin Zobel, comenzó a tratar en 1949, por razones de trabajo, a algunas personas del Opus Dei: “En todos ellos admiraba el mismo espíritu de trabajo, trabajo serio hecho a conciencia. A mí ‑que he sido trabajador incansable durante toda mi vida‑ me sorprendía la capacidad de trabajo de aquellos chicos jóvenes”. Hasta que la fuerza del ejemplo de esas personas, que hacían los mayores sacrificios personales con una sonrisa en los labios, le movieron a orientar su vida por nuevos derroteros.

Un catedrático de Derecho del Trabajo mantenía, en el diario Informaciones de Madrid, que una de las más importantes innovaciones de Mons. Escrivá de Balaguer era precisamente su esfuerzo por unir vida cristiana y trabajo ordinario. Juan A. Sagardoy se fijaba en algunas posibles consecuencias sociales de ese espíritu: encontrar un sentido cristiano para el trabajo puede liberar y dignificar al que lo presta, en una época como la nuestra en que con tanta frecuencia sucede lo contrario, que el trabajo acaba con lo mejor del hombre.

Y Alejandro Corniero, comentarista en El Noticiero Universal de temas relacionados con el trabajo y la justicia, improvisaba estas línas el viernes 27 de junio de 1975: “Este hombre muerto ayer dedicó su existencia a ayudar a la gente a realizar su destino sobrenatural por la humana vía de ser más trabajadores y más justos. Enseñó que trabajar con autenticidad es amar el propio quehacer profesional y realizarlo con afán de obra bien hecha. Enseñó que una manera de hacer justicia con autenticidad es poner también aquel afán en el cumplimiento de toda clase de deberes: porque ‑fijémonos bien‑ en la raíz de toda injusticia se encuentra la negación ola limitación del derecho de otros y esta situación se produce cada vez que alguien, obligado frente ¿f ese otro o, genéricamente, frente a la sociedad, incumple ese deber. De tal forma, que si todos cumpliéramos nuestras obliga­ciones, la injusticia sería erradicada: así como suena”.

A Noel Zapico, conocido dirigente laboral español, le parece de justicia señalar “la decisiva aportación de Monseñor Escrivá de Balaguer para que los cristianos sepamos descubrir el sentido humano y sobrenatural del trabajo”.

De este convencimiento participan hoy miles de personas en todo el mundo, que por la predicación y el ejemplo del Fundador del Opus Dei han aprendido que sus desvelos en el trabajo o en la vida de familia pueden convertirse en verdadero servicio a Dios y a los demás. Como corrobora un trabajador madrileño, Juan Muñoz Batanero, vigilante de fincas urbanas, “nos ha hecho un gran bien a muchas personas que, como yo, se dedican a trabajos muy corrientes y pueden pensar que no sirven para casi nada”.

Pero está claro que este enfoque de la vida cristiana no se circunscribe a una época histórica. Es de suyo universal, porque, mientras haya hombres en la tierra, los hombres trabajarán. De manera que, con y desde el trabajo, se abre una vía de santi­ficación en la que caben todos los hombres, de todos los tiempos, de toda cultura. No es preciso cambiar de sitio para buscar la santidad.

Santificar el trabajo exige respetar el orden de la naturaleza de las cosas creadas, la autonomía legítima de lo temporal, porque ‑lejos de todo atisbo teocrático‑ el reino de Dios es una realidad en el corazón de los cristianos, que vivifican el alma de la sociedad entera ‑sin dogmas ni carriles de dirección única‑, cuando pug­nan porque Cristo reine en el centro de su vida ordinaria. El Fun­dador del Opus Dei esclareció muchas veces aquella luz que Dios le hizo ver en los primeros tiempos de la Obra:

Cuando un día, en la quietud de una iglesia madrileña, yo me sentía :nada! ‑no poca cosa, poca cosa hubiera sido aún algo‑, pensaba: ¿Tú quieres, Señor, que haga toda esta maravilla? Y alzaba la Sagrada Hostia, sin distracción, a lo divino… Y allá, en el fondo del alma, entendí con un sentido nuevo, pleno, aquellas palabras de la Escritura: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (loann., XII, 32). Lo entendí perfectamente.

El Señor nos decía: ;si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño…, entonces, omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!

El propio Fundador explicó esta idea central en infinidad de ocasiones con palabras precisas y atrayentes. He aquí algunas, entresacadas de varias de sus respuestas a diversos periodistas, que fueron publicadas en un libro con el título conocido de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer:

El Señor suscitó el Opus Dei en 1928 para ayudar a recordar a los cristianos que, como cuenta el libro del Génesis, Dios creó al hombre para trabajar. Hemos venido a llamar de nuevo la atención sobre el ejemplo de Jesús que, durante treinta años, permaneció en Nazareth trabajando, desempeñando un oficio. En manos de Jesús el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación.

El espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima ‑olvidada durante siglos por muchos cristianos‑ de que cualquier trabajo digno y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino. En el servicio de Dios, no hay oficios de poca categoría: todos son de mucha importancia.

Para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras. A todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mt., V, 48). Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas.

Las condiciones de la sociedad contemporánea, que valora cada vez más el trabajo, facilitan evidentemente que los hombres de nuestro tiempo puedan comprender este aspecto del mensaje cristiano que el espíritu del Opus Dei ha venido a subrayar. Pero más importante aún es el influjo del Espíritu Santo, que en su acción vivificadora ha querido que nuestro tiempo sea testigo de un gran movimiento de renovación en todo el cristianismo. Leyendo los decretos del Concilio Vaticano II se ve claramente que parte importante de esa renovación ha sido precisamente la revaloración del trabajo ordinario y de la dignidad de la vocación del cristiano que vive y trabaja en el mundo.

Con el comienzo de la Obra en 1928, mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas. Las implicaciones de ese mensaje son muchas y la experiencia de la vida de la Obra me ha ayudado a conocerlas cada vez con más hondura y riqueza de matices. La Obra nació pequeña, y ha ido normalmente crecien­do luego de manera gradual y progresiva, como crece un orga­nismo vivo, como todo lo que se desarrolla en la historia.

Pero su objetivo y razón de ser no ha cambiado ni cambiará por mucho que pueda mudar la sociedad, porque el mensaje del Opus Dei es que se puede santificar cualquier trabajo honesto, sean cuales fueran las circunstancias en que se desarrolla.

Hoy forman parte de la Obra personas de todas las profesio­nes: no sólo médicos, abogados, ingenieros y artistas, sino también albañiles, mineros, campesinos; cualquier profesión: desde directores de cine y pilotos de reactores hasta peluqueras de alta moda. Para los socios del Opus Dei el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo natural e instintivo, porque son ellos ‑junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos‑ los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad.

En un extenso artículo, que publicó el diario Avvenire de Milán, el 26 de julio de 1975, el Cardenal Baggio subrayaba la idea: santidad para el hombre de la calle, no ideal para privi­legiados; lo que a muchos pareció herejía, después del Concilio Vaticano 11 se había convertido en principio indiscutible: “Lo que continúa siendo revolucionario en el mensaje espiritual de Mons. Escrivá de Balaguer es la manera práctica de orientar hacia la santidad cristiana a hombres y mujeres de toda condi­ción, en una palabra: al hombre de la calle.

“El modo de concretar, en la práctica, este mensaje se basa en tres novedades características de la espiritualidad del Opus Dei: 1) ante todo, los seglares no deben abandonar ni despreciar el mundo, sino quedarse dentro, amando y compartiendo la vida de sus conciudadanos; 2) quedándose en el mundo, los seglares deben saber descubrir el valor sobrenatural de todas las normales circunstancias de su vida, incluidas las más prosaicas y materia­les; 3) en consecuencia, el trabajo cotidiano ‑es decir, el que ocupa la mayor parte del tiempo y caracteriza la personalidad de la mayoría de las personas‑ es lo primero que hay que santificar y el primer instrumento de apostolado”.

Mons. Escrivá de Balaguer ha enseñado siempre que los laicos han de seguir el ejemplo de los primeros cristianos: en aquella época los fieles se esforzaban por vivir el Evangelio quedándose en el mundo, y participando plenamente en todas las actividades honestas de la sociedad. Y así como los primeros cristianos ‑hombres y mujeres, jóvenes y viejos, patricios, ple­beyos y esclavos‑ se santificaron en su vida cotidiana y convir­tieron el mundo pagano, igualmente los cristianos de hoy, si no tienen una vocación al estado religioso, están llamados a santifi­car el mundo desde dentro.

¿Tendré que volver a afirmar ‑aseguraba en 1967‑ que los hombres y las mujeres, que quieren servir a Jesucristo en la Obra de Dios, son sencillamente ciudadanos iguales a los demás, que se esfuerzan por vivir con seria responsabilidad ‑hasta las últi­mas conclusiones‑ su vocación cristiana? Nada distingue a mis hijos de sus conciudadanos.

No escapaban a Mons. Escrivá de Balaguer las consecuencias prácticas de una espiritualidad verdaderamente laical:

Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vuestra actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre sabedor de que el mundo ‑y no sólo el templo‑ es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando ‑con plena libertad‑ sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve; y toma, en conse­cuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida.

Y he aquí, en este punto, su acusada aversión a todo tipo de clericalismo: Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos proble­mas. ;Esto no puede ser, hijos míos! Esto seria clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas.

Esta pasión por la libertad es una herencia rica y fecunda que el Fundador del Opus Dei deja a los socios de la Obra y a todos los cristianos:

Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentali­dad laical, que ha de llevar a tres conclusiones:

a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal;

a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen ‑en materias opinables-soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene;

y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de Nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías hu­manas.

El valor cristiano de la vida ordinaria lo realza así en esa Homilía de 1967 en el campus de la Universidad de Navarra: Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta ‑y el Cardenal Baggio observa aquí que faltaban otros tantos años y más para la Cons­titución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano ll‑ que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartar­los así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser ‑en el alma y en el cuerpo‑ santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.

Y el Fundador del Opus Dei insistía, consciente de la novedad de ese planteamiento:

El auténtico sentido cristiano ‑que profesa la resurrección de toda carne‑ se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu.

El trabajo es, pues, la materia prima que hay que santificar, el instrumento de la santificación propia y de la santificación de los demás. La vida del cristiano no se construye con idealismos desencarnados, sino con esfuerzos concretos para la realización de una sociedad más justa, esfuerzos que ennoblecen todas las actividades humanas, desde las más vistosas a las más humildes e inadvertidas. Mons. Escrivá de Balaguer glosaba con frecuencia los conocidos textos de San Pablo: “Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios”… “Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios”:

Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra ‑como sabéis‑ en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei, os ha de llevar a realizar vuestro trabajo con perfección, a amar a Dios y a los hombres al poner amor en las cosas pequeñas de vuestra jornada habitual, descubriendo ese algo divino que en los detalles se encierra.

En una Homilía titulada Hacia la santidad ampliaba: Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cambio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida humana corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada.

Me gusta hablar de camino, porque somos viadores, nos dirigimos a la casa del Cielo, a nuestra Patria. Pero mirad que un camino, aunque puede presentar trechos de especiales dificul­tades, aunque nos haga vadear alguna vez un río o cruzar un pequeño bosque casi impenetrable, habitualmente es algo co­rriente, sin sorpresas. El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque ;es tan sencillo, tan ordinario!

Y hablando de los socios del Opus Dei, que procuran encarnar este mensaje nuevo ‑y sin embargo tan sencillo y natural‑ de la santificación del trabajo ordinario, el Fundador de la Obra especificaba en aquella Homilía de 1967:

Quienes han seguido a Jesucristo ‑conmigo, pobre peca­dor‑ son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo (…) y la gran muchedumbre formada por hombres y mujeres ‑de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas‑ que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad ‑repi­to‑, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fun­didos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares.

2. Y el fundador del Opus Dei siguió trabajando

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Para realizar el Opus Dei no es preciso cambiar de ocupa­ción, ni hay que hacer cosas raras. Por eso, después del 2 de octubre de 1928, don Josemaría siguió trabajando, dedicado a las tareas que desempeñaba antes de esa fecha.

El Director espiritual de las religiosas era el P. Rubio, S.J., sustituido al fallecer, en 1929, por el P. Valentín Sánchez Ruiz, también jesuita. El Fundador del Opus Dei era sólo Capellán de la Iglesia del Patronato, pero se imponía el trabajo de buscar ‑entusiasmándolos con su celo‑ a sacerdotes diocesanos que colaborasen en la atención espiritual de los enfermos ‑por los barrios más pobres de Madrid‑ y de los niños que iban a las escuelas. Su esfuerzo fue muy notable, como señala Asunción Muñoz, hoy en Daimiel, entonces en aquella Casa de Santa En­gracia. Don Josemaría desarrollaba una tarea sacerdotal desbor­dante, pero sin interferir para nada en el gobierno de aquellas actividades apostólicas. Allí le conoció en 1927 Emilia Zabaleta, que se confesaba con el P. Rubio. Su hermana María Luisa acu­dió alguna vez a don Josemaría, cuando el P. Rubio no estaba. Les impresionó siempre su humildad, porque cuando le consul­taban algún asunto que pudiera relacionarse con el Patronato como Congregación religiosa, contestaba siempre que sobre eso quien les podía orientar era el Director y no él.

Por los años veinte, los hospitales de Madrid estaban abarro­tados, y muchos enfermos pobres morían en sus casas sin apenas asistencia de ningún tipo. A su atención se dedicaban las Damas Apostólicas, con la ayuda de señoras y chicas jóvenes de Madrid que tenían inquietudes cristianas. La labor era difícil, sobre todo a partir de 1930, pues se exponían a ser insultadas, a ser expul­sadas de las casas o de las calles, a sufrir el impacto de las blas­femias más retorcidas. Una de ellas no ha olvidado el susto que pasó, en el barrio de Ventas, cuando las acorralaron, para tratar de atemorizarlas y de que dejaran de ir por allí. Otra vez, en el barrio de Tetuán las arrastraron por la calle, mientras les cla­vaban una lanceta de zapatero en la cabeza; a una Dama Apos­tólica que intentó defender a las demás, le arrancaron el cabello y la maltrataron hasta dejarla desfigurada.

En este ambiente ‑testimonia Asunción Muñoz‑ “se nos hizo imprescindible nuestro Capellán (…). Yo era la más joven de la Fundación y tenía más resistencia para actuar de día o de noche (…). Nos acercábamos a las casas humildes de estos en­fermos. Había, muchas veces, que legalizar su situación, ca­sarlos, solucionar problemas sociales y morales urgentes. Ayu­darles en muchos aspectos. Don Josemaría se ocupaba de todo, a cualquier hora, con constancia, con dedicación, sin la menor prisa, como quien está cumpliendo su vocación, su sagrado mi­nisterio de amor.

“Así, con nuestro Capellán, teníamos asegurada la asistencia en todo momento. Les administraba los Sacramentos y no tenía­mos que molestar a la Parroquia a horas intempestivas. Nosotras nos encargábamos de todo”.

Iban a los barrios extremos, hoy incorporados a Madrid, como Ventas, Pueblo Nuevo, Ciudad Lineal, Tetuán, Almenara o Cuatro Caminos. Se podía llegar en tranvía a comienzos de 1931. Pero, con frecuencia, desde donde terminaban las líneas, había luego que hacer varios kilómetros por caminos de barro, o campo a través, hasta llegar a las chabolas miserables en que vivían los enfermos.

Los jueves les llevaba la Comunión en un coche prestado. Pero los demás días ‑atestigua una de aquellas mujeres‑ “iba en tranvía, o andando, como pudiera. A veces con mal tiempo, porque lo mismo se atendía a los enfermos en invierno que en verano”. María Luisa Zabaleta recalca que iban a todos los barrios extremos, lo mismo Vallecas que el barrio del Lucero o Magín Calvo. Y siempre, a todas partes, acudía don Josemaría: “era muy abnegado”. Josefina Santos añade otros nombres de Madrid: Paseo de Extremadura, Vallecas, Lavapiés, San Millán, Ribera del Manzanares.

En esos barrios extremos solían funcionar también las escue­las de las Damas Apostólicas. Algunos colegios tenían capilla, que era a veces la única en barriadas inmensas sin parroquia, como Usera. Las Damas Apostólicas se encontraban con la difi­cultad de conseguir sacerdotes que estuvieran dispuestos a cola­borar con ellas: para decir Misa los días de fiesta, para predicar a los niños, para hablar con ellos y confesarlos. El celo apostólico de don Josemaría le llevaba a todos estos colegios. Lo corrobora Mons. Avelino Gómez Ledo: confesaba incansablemente a los niños y les enseñaba el catecismo, en aquella época de especial efervescencia anticlerical, que hacía que en algunos barrios “reci­bieran a los sacerdotes no solamente con frialdad, sino con hosti­lidad: en alguna ocasión le llegaron a apedrear”.

Más de una vez lo recordaría en los últimos años de su vida el Fundador del Opus Dei. El 14 de febrero de 1975, en Altoclaro (Venezuela), le hicieron una pregunta sobre la confesión de los niños… Entre otras cosas, se apoyó en su experiencia sacerdotal:

Yo tengo sobre mi conciencia ‑y con orgullo lo digo‑ el haber dedicado muchos, muchos millares de horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Hubiera querido irles a confesar en todas las grandes barriadas más tristes y desampa­radas del mundo. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que comenzar limpiándoles la nariz, antes de limpiarles un poco aquellas pobres almas. Llevad los niños a Dios, antes de que se meta en ellos el demonio. Creedme, les haréis un gran bien. Yo lo digo por experiencia, por experiencia de miles y miles de almas, y por experiencia mía personal.

En un solo curso, 1929‑30, hicieron la Primera Comunión, en la capilla del Patronato, unos 4.000 niños. Como eran tantos, recibían la Comunión en días sucesivos. Todos los alumnos de las escuelas de las Damas Apostólicas eran preparados ‑y confesa­dos‑ por el Capellán del Patronato, que se hacía ayudar, cuando podía, por sacerdotes diocesanos. No exageraba al cifrar en muchos millares las horas dedicadas a confesar a esos chava­lines.

Don Josemaría, además de preparar el doctorado en Derecho, dar clases en la Academia Cicuéndez, visitar a los enfermos y dedicarse a los alumnos de las escuelas de las Damas Apostó­licas, atendía el culto de la iglesia de Santa Engracia, y se ocupaba de los pobres que iban al Comedor de Caridad de aquella casa. Celebraba la Santa Misa por las mañanas, dirigía el Santo Rosario y oficiaba la Bendición con el Santísimo Sacra­mento. Se dedicaba también personalmente a los pobres del comedor: “era un amigo y un santo sacerdote”, confirma Asun­ción Muñoz, que, cuando fue nombrada Maestra de Novicias, agradeció al Fundador del Opus Dei sus visitas, muchos domin­gos, a la casa‑noviciado que tenían en el Paseo de la Habana, en Chamartín: “Dentro de su enorme actividad diaria, don Jose­maría no parecía tener prisa. Lo hacía todo con sencillez y con paz”.

Sin embargo, llegó un momento en 1931 en que le resultó ya imposible llegar a todo, desempeñando tan diversas actividades con el mínimo de sosiego indispensable para que no se resintiera su vida interior. De otra parte, como es lógico, cada vez le lle­vaban más tiempo las tareas relacionadas con la fundación de la Obra. Por estas razones, en julio de 1931 dejó de ser capellán de las Damas Apostólicas.

Poco tiempo después comenzó a celebrar la Misa en la iglesia del Patronato de Santa Isabel. Había allí un colegio, que lle­vaban las monjas de la Asunción, y un convento de clausura de Agustinas Recoletas, fundado por Felipe II y por el Beato Orozco.

Don Josemaría fue de hecho capellán de las Agustinas Reco­letas del Monasterio de Santa Isabel (antiguo Patronato Real), desde el 20 de septiembre de 1931, sin recibir retribución oficial alguna, según exponía tiempo después ‑el 26 de enero de 1934‑ al solicitar de la Dirección General de Beneficencia la posibilidad de ocupar la casa destinada en el Convento a quien ejercía el cargo de capellán. El expediente fue fallado en sentido positivo, con fecha 31 de enero. Y, al final de año, además, La Gaceta de Madrid de 13 de diciembre de 1934 publicó un De­creto por el que se le nombraba Rector del Patronato de Santa Isabel. Lo firmaban Niceto Alcalá‑Zamora, y el Ministro de Tra­bajo, Sanidad y Previsión, Oriol Anguera de Sojo, pues, a tenor de otro Decreto de 17 de febrero de aquel mismo año, una parte de los Patronatos de la extinguida Casa Real, habían pasado a depender de ese Ministerio. Oficialmente, don Josemaría recibió posesión de ese cargo rectoral el 19 de diciembre de 1934. Pre­viamente, había obtenido la venia para aceptar el cargo, del Or­dinario Palatino, Arzobispo de Sión, que seguía teniendo la juris­dicción eclesiástica sobre los antiguos Patronatos Reales, y del Arzobispo de Zaragoza, que era la diócesis de don Josemaría.

Sor María del Buen Consejo Fernández, Agustina recoleta del Monasterio de Santa Isabel, que conoció en 1931 al Fundador del Opus Dei, explica que “los PP. Agustinos Recoletos celebraban la Santa Misa a la Comunidad, pero tenían lejos el Convento y a medida que se ponían las cosas mal en el país ‑sobre todo al proclamarse la República‑ era peligroso venir a pie por la calle hasta nuestro Convento”. Hasta que un día la Madre Priora ‑Sor Bisnieta María del Sagrario‑ reunió a la Comunidad y les comunicó que un sacerdote de Zaragoza vendría a diario a celebrar la Santa Misa. Se había presentado voluntario, para hacerles de capellán, al tener noticia de la situación angustiosa en que se encontraban las Recoletas, monjas de clausura y sin sacerdote.

La Misa era alas ocho en punto. Antes y después, don Jose­maría escuchaba confesiones. Cuando era necesario, distribuía la Comunión a las monjas enfermas. Sor María del Buen Consejo informa de que durante dos meses seguidos tuvo que llevarla a una de ellas, que no podía moverse.

A Santa Isabel acudía a confesarse un grupo de chicas que tenían dirección espiritual con el Fundador del Opus Dei. Su labor de apostolado con hombres la hacía donde podía: en la calle, en una chocolatería de la calle Alcalá llamada “El Sota­nillo”, paseando por el Retiro, en la propia casa de Martínez Campos, 4, pral., donde vivía con su madre y sus dos hermano desde finales de 1932, o en sus visitas a los hospitales.

El Señor había llevado al Opus Dei, desde 1928, sus primeros socios. Y todo el trabajo de su formación recaía también lógica­mente sobre el Fundador, pues era el único que podía enseñarles el espíritu de la Obra.

Pero tenía tiempo ‑era parte de la formación que aquello primeros socios de la Obra debían recibir‑ para emplearlo generosamente visitando a los enfermos más desamparados de lo,, hospitales públicos madrileños.

En la propia calle de Santa Isabel estaba el Hospital General de la Diputación Provincial de Madrid, un enorme caserón que aún se conserva, aunque destinado, sólo en parte, a actividades muy distintas. Iba allí los domingos por la tarde. Al menos, desde el curso 1931‑1932. Le acompañaba un buen grupo de gente joven, que prestaba todo tipo de servicios en el Hospital, repleto de enfermos, paupérrimos a más no poder, hasta el punto de que ‑como faltaban camas‑ muchos estaban arrumbados por las crujías del edificio. Fue intensísimo allí el ministerio sacerdotal de don Josemaría, confesando, llevando la Comunión a los enfermos, dándoles consuelo espiritual y ayudas materiales.

También desplegó su celo infatigable en el Hospital del Rey un hospital de epidemias, en el que se atendían afecciones contagiosas graves, para impedir su propagación, cosa que hasta s inauguración en 1925 solía suceder en los demás hospitales públicos de Madrid, por el hacinamiento y promiscuidad de las aba­rrotadas instalaciones. Tifus exantemático, viruela y tuberculosis eran las tres enfermedades infecciosas más comunes entre los pacientes. En su primer año de funcionamiento ‑1925‑ tuvo 637 enfermos; 1.971, en el año 1928; 2.666, en 1936. Hasta la aparición de antibióticos y quimioterápicos, la tasa de mortalidad en aquel centro fue del orden del 20 por 100. No se tienen datos estadísticos por enfermedades, pero es previsible que la mortali­dad fuese casi absoluta, por aquellos años, en enfermedades como la tuberculosis. De hecho, el pueblo madrileño conocía el lugar como “hospital de incurables”.

Cuando se inauguró en 1925, fue atendido por una Comuni­dad de Hijas de la Caridad, cuya Superiora era sor Engracia Echeverría. Al proclamarse la República en España, y desapare­cer poco después el Presupuesto de Culto y Clero, el Hospital del Rey se quedó sin capellán. Por esa época se presentó a sor En­gracia don Josemaría Escrivá de Balaguer, que “por entonces era un joven sacerdote que apenas contaría treinta años de edad, y me dijo que no me apurase por no tener ya Capellán oficial. Que de noche y de día, y a cualquier hora que fuese, y bajo mi res­ponsabilidad, debía llamarle según fuera la gravedad del enfermo que pedía los Santos Sacramentos”.

Le ayudaba mucho don José María Somoano Berdasco, sacer­dote asturiano, de Arriondas, que vino pronto a ser, de hecho, capellán del hospital. Todos destacan su piedad acrisolada, su afán de almas, su valentía, su delicada lealtad al Fundador del Opus Dei. Pero falleció repentinamente, al poco tiempo, en plena juventud, por una causa inesperada. Colaboraba además otro sacerdote, don Lino Bea‑Murguía, que también había pedido la admisión en la Obra y murió luego asesinado en Madrid, en los años de la guerra. Lo cierto es que, como declara sor Engracia, “don Josemaría Escrivá era el alma del grupo de sacerdotes de aquella época”: era muy trabajador y aunque ella piensa que entonces estaba trabajando can algún alto dignatario de la Igle­sia, realmente no paraba, y estaba siempre disponible para aten­der a los enfermos del Hospital del Rey, a pesar de que éste se encontraba muy lejos del centro de la ciudad.

Otra hermana de esa comunidad, sor Isabel Martín, atestigua que les oficiaba la Santa Misa los domingos o días festivos.

Cuando hacía buen tiempo, preparaban un altar portátil en el jardín, en la explanada en que está ahora una estatua grande de piedra representando el Corazón de Jesús. Y visitaba todos los Pabellones, ya que el sacerdote podía entrar a atender a cualquier enfermo aunque estuviese aislado rigurosamente por la infección: “se tomaban todas las precauciones, pero entraba”.

También visitaba asiduamente el Hospital de la Princesa, un centro de la Beneficencia Sanitaria. Estaba situado en la Plaza de San Bernardo (hoy Glorieta de Ruiz‑Giménez). Tenía capacidad para unos 2.000 enfermos, que se alojaban en salas muy grandes de 200 y 300 camas, aprovechadas al máximo, ya que entre cama y cama había espacio sólo para una mesilla de noche o una silla, según describe un médico, don Tomás Canales Maeso, que tra­bajó allí desde diciembre de 1932 a julio de 1936. Los enfermos eran verdaderamente pobres, y los atendía gratuitamente la Beneficencia. El doctor Maeso trabajaba a las órdenes del doctor Blanc y Fortacín, profesor de la Facultad de San Carlos. Un día, a principios de 1933, le presentó a un sacerdote joven, como “un gran sacerdote, familiar y paisano mío (de Barbastro), que no es un trabucaire”. (Solían llamar “trabucaires”, en esos años, a los sacerdotes que se metían en política.)

Desde aquel día lo encontró con mucha frecuencia en el hos­pital, casi a diario, por la mañana, recorriendo sala por sala, hablando con los enfermos, confesándolos y llevándoles la Comu­nión: “Algún día lo vi varias veces, por lo que calculo que perma­necería allí tres o cuatro horas”. Y continúa: “A pesar de que en aquellos tiempos se hacían, con facilidad, comentarios poco favo­rables sobre el clero, para el Padre todo eran elogios por parte tanto del personal sanitario como de los enfermos. A todos les gustaba hablar con él porque atraía. Tenía algo especial difícil de definir”.

Por estas fechas, la labor del Opus Dei iba tomando cuerpo, bien enraizada en la Cruz, con el dolor y la oración de los pobres y enfermos desatendidos de Madrid. El Fundador vio la nece­sidad de disponer de un local apropiado para formar a las nuevas vocaciones y, al mismo tiempo, continuar la tarea apostólica que venía haciendo.

En diciembre de 1933 consiguió en alquiler un departamento en la calle Luchana, número 33, donde acudirían muchas personas que participaban ya en las tareas apostólicas del Opus Dei. Allí pasaba bastantes horas, especialmente al caer el día. Y de nuevo aparece aquí un rasgo definitivo de su personalidad, que le acompañará el resto de su vida: trabajar hasta el agotamiento, y disimular el cansancio para seguir trabajando, atendiendo las necesidades de los demás.

Lo pudo apreciar en 1934 don Ricardo Fernández Vallespín, en aquel piso de la calle Luchana: “Algunas veces, a la tarde, llegaba el Padre. A mi ‑que le quería‑ me dolía verlo con su aspecto cansado, pero el Padre cambiaba rápidamente y con inmensa paciencia estaba siempre dispuesto a charlar con el que quisiera, ¡y éramos bastantes! ¡Todo lo tenía que hacer el Pa­dre!”.

Años después Mons. Escrivá de Balaguer confiaría a los socios de la Obra, con sentido del humor, una anécdota de aquel período: ¿Sabéis lo que hacía yo durante una época ‑hace años, apenas cumplidos los treinta‑ en la que me encontraba tan fati­gado que apenas conciliaba el sueño? Pues, al levantarme, me decía: antes de comer dormirás un poco. Y cuando salía a la calle, añadía contemplando el panorama de trabajo que se me echaba encima aquel día: Josemaría, te he engañado otra vez.

Con la conciencia clara de que sólo tiene valor el tiempo que gastamos en el servicio de Dios, desplegó una tremenda activi­dad que, ni por asomo, se parecía al activismo, tampoco desde un punto de vista puramente externo: porque conseguía hacer un trabajo intensísimo sin dar sensación de prisas. Don Jesús Ur­teaga resume ‑referida a los años cuarenta‑ esta impresión:

“No fueron muchas, pero cuantas veces he entrado en su despacho de Diego de León, en Madrid, para hacerle alguna consulta o preguntarle algo, siempre tuve la sensación de que me recibía como si me estuviera esperando y no tuviera otra cosa que hacer. Cuando al despedirme, si antes de cerrar la puerta le miraba, podía cerciorarme de que ya estaba en su trabajo, como si nada le hubiera interrumpido”.

Muchos años después, don Jesús Becerra García, un mexica­no que le conoció en diciembre de 1966, observa, en esta misma línea, que era “rápido de movimientos y gestos sin perder tiempo en el tránsito de una actividad a otra, pero sin precipitación ni falta de delicadeza en el trato; más aún, cuando estaba con alguien, nunca daba la sensación de tener prisa: como si tuviera todo el tiempo del mundo para atenderlo o escucharlo”.

El propio don Jesús Urteaga publicó en la revista Mundo Cristiano el párrafo de una carta manuscrita que Mons. Escrivá de Balaguer le había dirigido años antes desde Roma: Cuando el quehacer excesivo te apabulle un poco, piensa que el trabajo es una enfermedad incurable ‑el trabajo excesivo‑ para los que somos hijos de Dios en su Opus Dei. Y sonríe, y da a otros ese buen espíritu.

Trabajar con una sonrisa. Quitar importancia a la fatiga con un poco de humor. El Fundador del Opus Dei bromeaba por los años setenta, diciendo que no llevaba reloj, porque no lo nece­sito; cuando termino una cosa, comienzo otra, y en paz.

Era como un vendaval pausado. Le urgían las almas y por eso trabajaba de prisa, aprovechando el tiempo. Pero sin “sensación de prisa”: menos aún con las almas, que era lo que realmente le urgía. Por eso les dedicaba mucho tiempo. Porque sabía ‑tantas veces lo reiteró‑ que las almas, como el buen vino, mejoran con el tiempo.

Si en algo especialmente puede decirse que no tenía impacien­cia, era en la dirección espiritual, en el Sacramento de la Peni­tencia, allí donde el alma sale del anonimato para enfrentarse con sus responsabilidades ante Dios. Nunca le faltaba tiempo para confesar, y menos para confesar a enfermos o niños. Desde 1931 fue también habitualmente al Asilo de Porta Coeli, en la calle García de Paredes, a administrar el Sacramento de la Confesión a los chicos ‑auténticos golfillos‑ allí recogidos. Y siguió haciéndolo cuando su apostolado personal con estudiantes universitarios le llevaba también mucho tiempo.

Llegaba a ir varias veces el mismo día a confortar a un enfer­mo moribundo en cualquier barriada de Madrid. Cuando se trataba de la confesión, no escatimaba las horas: don Ramón Cermeño reseña que, cuando dio ejercicios espirituales para sacerdotes jóvenes en el Seminario de Ávila ‑en 1940‑ la mayoría quería confesarse con él, y los atendió con gran paciencia y con gran afabilidad. Por su parte, a Encarnación Ortega le impresionó que se levantara de la cama con mucha fiebre, para sentarse en el confesionario y dar la absolución a una sola persona: ella le llamó por teléfono a la casa de la calle Diego de León, y poco después llegaba al Centro que la Sección de mujeres del Opus Dei tenía en la calle Jorge Manrique.

Al profesor García Hoz, en los comienzos de 1940, le causó verdadero asombro la absoluta disponibilidad del Fundador del Opus Dei para quienes se habían confiado a su dirección espiritual. Él iba corrientemente a la residencia de la calle Jenner. Pero cuando se trataba de su mujer, el propio don Josemaría se tomaba la molestia de buscar una iglesia y un confesionario a una hora adecuada: “Y esto no una vez o dos, todas cuantas mi mujer acudía a él, que era normalmente una vez a la semana. Recuerdo que varias veces utilizó el confesionario de la iglesia de San José y de la iglesia de Santa Bárbara”.

Mons. Escrivá de Balaguer fue capaz de trabajar mucho ‑y duro‑ sin perder el sosiego, porque sabía dar importancia a lo verdaderamente importante, porque era extraordinariamente ordenado.

El 11 de junio de 1976, en el Colegio Mayor Aralar, de la Universidad de Navarra, el actual Presidente General del Opus Dei expuso a un numeroso grupo de estudiantes una anécdota expresiva. Cumpliendo un deber filial, procuró cuidar mucho al Fundador y, en concreto, siempre que pasaban por Pamplona, disponía las cosas para que le vieran los médicos. Una vez, dentro de una de esas revisiones generales, le hicieron un electroencefalograma y comentaron: “Es el trazado habitual de un hombre de empresa”.

“Y el Padre ‑agregaba don Álvaro del Portillo‑ perfeccionó su constitución física, somática, con una batalla larga e intensísima, para llegar al culmen en la virtud del orden. En un cuaderno que escribió hacia 1932, sobre su lucha y su vida interior, el Padre habla de la necesidad de ser más ordenado todavía… Por aquellos años, su trabajo estaba lleno de impre­vistos: atención de moribundos en las barriadas extremas de Madrid, labor de catequesis por toda la ciudad, preparación de miles de niños para la Confesión y para la primera Comunión. Además, dedicaba muchas horas a hacer oración delante del Santísimo, rezaba las tres partes del Santo Rosario, leía el Breviario con pausa y atención. El Padre, que ‑insisto‑ era; ordenado por naturaleza, y hasta por constitución cerebral, se obligó a una lucha titánica para mejorar su orden y poder llegar a más almas, sin perder un minuto de oración, de trato directa con su Padre Dios, imprescindible para vivir vida contemplativa a lo largo de todo su día de labor infatigable”.

De esta lucha se valdría el Espíritu Santo para imprimir en su alma dos consecuencias prácticas. Una la redactó entonces, en 1932, la recogió luego en Consideraciones Espirituales, y pasó a` punto 79 de Camino: ¿Virtud sin orden? ‑;Rara virtud! La segunda ayudaría mucho, con el tiempo, a hombres y mujeres que desempeñan profesiones desordenadas ‑como la de médico o periodista‑, en las que es difícil programar, porque cada día surgen nuevos imprevistos. Sobre ese aparente desorden ‑les enseñó siempre el Fundador del Opus Dei‑, cada uno tiene que aprender a construir su propio orden. Este consejo resumía una parte de su lucha ‑mientras fue Capellán en Santa Engracia­para ser cada día más ordenado por amor a Dios y a las almas, para llevar el orden natural a un plano sobrenatural y para mostrar con hechos que no se podía estar en lo grande sin estar en lo pequeño.

Como expresaba en septiembre de 1975 don Álvaro del Portillo, uno de los rasgos capitales del espíritu del Fundador del Opus Dei “era precisamente ese maravilloso engarce, en un corazón tan grande, en un alma que voló tan alto, con el amor a lo pequeño: a lo que se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor”.

Su sentido del orden, su laboriosidad y su entrega llegaron a extremos heroicos, en la primera residencia de la calle de Ferraz, antes de la guerra de España: fregar y hacer camas ‑cuando los estudiantes se habían ido a la Universidad, y no podían darse cuenta‑ fue una tarea habitual de sus mañanas. En julio de 1975, el diario ABC de Sevilla publicó la carta de una empleada del hogar, que quería dar gracias públicamente al recientemente fallecido Fundador del Opus Dei, por haberle podido escuchar palabras maravillosas sobre su trabajo, que le habían ayudado a convertirlo en un trabajo de Dios: “Usted ha sabido enseñarme que mi trabajo es santo si lo hago con perfección; que todas las profesiones son de la misma categoría si se hacen cara a Dios (…)

Padre, yo me pregunto: ¿Cómo sabía tanto de nuestro trabajo siendo una persona con tantos títulos?”.

Para que el trabajo fuera de Dios ‑Opus Dei‑ antes que nada tenía que ser trabajo. Mons. Escrivá de Balaguer supo efectivamente hacer trabajo de Dios de todos los trabajos, aun los aparentemente más humildes. Dios quiso que tuviera que desem­peñarlos, grabando así en su alma el carácter universal de la llamada a santificar el trabajo.

Cuando luego, después de la guerra, la Sección de mujeres del Opus Dei fue haciéndose cargo, poco a poco, de las tareas de administración doméstica de los Centros de la Obra, el Fundador podía garantizarles que había realizado personalmente antes que ellas algunas de esas labores ‑hacer camas, guisar, limpiar los suelos‑, con la seguridad de que era algo tan importante como dar una clase en la Universidad o preparar un artículo para una revista de investigación científica.

Parece como si Dios hubiera querido que en el Opus Dei no hubiera nada teórico: todo lo que su Fundador enseñaría a lo largo de casi cincuenta años, lo había vivido antes, de un modo o de otro. Una razón más para poder exigir a los socios y asociadas de la Obra que aprovechasen el tiempo al máximo, cara a Dios, no cara a los hombres; que evitaran cualquier manifestación de “señoritismo”; que supieran también descansar, es decir, cam­biar de actividad, ocupar el tiempo en quehaceres que exigen menos esfuerzo o un esfuerzo distinto al habitual; que apren­dieran, en fin, a dar la vida, a darse, entregándose a Dios y a los demás ‑sin espectáculo‑ en el trabajo ordinario, convertido en servicio amoroso de Dios para el bien de todas las almas.

En Mons. Escrivá de Balaguer se dieron las condiciones para que Dios pudiera utilizarlo, como instrumento, con el fin de recordar a los cristianos que, según está escrito en el Génesis, Dios creó al hombre para trabajar. Pues, ante todo, y desde joven, trabajó. Siempre tuvo tiempo para rezar, para celebrar con calma la Santa Misa, para predicar, para confesar, para la labor de su ministerio; para atender el trabajo de dirección del Opus Dei; para escribir ‑son muchos sus escritos‑; para repasar periódicamente los tratados de Teología y Ciencias eclesiásticas; para leer obras de Literatura; para seguir habitual­mente la prensa y las imágenes de los telediarios.

No desperdició sus horas ni en momentos en que hubiera parecido excusable, como, por ejemplo, durante los meses de su andar escondido por el Madrid en guerra. Por supuesto, su gran preocupación era entonces ‑como siempre‑ la vida de la Iglesia y las dificultades y sufrimientos de tantos hombres.

Durante una temporada estuvo refugiado con otras personas en un piso de la calle Sagasta, n.° 29, propiedad de la familia Sainz de los Terreros. Fueron días interminables, en los que no salieron a la calle para nada. En esas circunstancias, aparte de que se exigía más en su vida de piedad, no dejaba de leer temas que pudiera tener interés cultural, porque aun en aquella situa­ción mantenía un criterio claro de lo que es aprovechar, el tiempo.

Las condiciones externas cambiaron cuando pudo ingresar en: la Legación de Honduras, donde el ambiente se caracterizaba por un clima de ansiedad, que ‑según testigos presenciales‑ daba pie para buscar la relajación, de manera que cualquier man­festaci6n de comodidad podía tener disculpa y aun justificación pues en unos pocos metros cuadrados se alojaban muchísimas personas, de edades y caracteres muy distintos, generosamente acogidas por la familia que llevaba el Consulado.

Algunos aspectos de la vida en aquella Legación, y el espíritu que inculcaba a los demás, han quedado descritos en el número 697 de Camino:

Los acontecimientos públicos te han metido en un encierre, voluntario, peor quizá, por sus circunstancias, que el encierro di una prisión. ‑Has sufrido un eclipse de tu personalidad.

No encuentras campo: egoísmos, curiosidades, incompren­siones y susurración. ‑Bueno; ¿y qué? ¿Olvidas tu voluntad libérrima y tu poder de “niño”? =La falta de hojas y de flores (de acción externa) no excluye la multiplicación y la actividad de las raíces (vida interior).

Trabaja: ya cambiará el rumbo de las cosas, y darás más frutos que antes, y más sabrosos.

El Fundador y los socios del Opus Dei que allí estaban, para tener bien ocupadas las horas en ese encierro ineludible, se ajustaron a un horario, con sus ratos de oración, sus momentos de tertulia, y sus horas de estudio, de auténtico trabajo intelec­tual. Entre otras cosas estudiaron idiomas, lo cual, más adelante, facilitaría la multiplicación de actividades, la eficacia apostólica por Europa y por América.

Este espíritu ‑no saber estar sin hacer nada, pues el trabajo es enfermedad incurable para los hijos de Dios en el Opus Dei ­o observarían luego en Burgos, los que convivieron allí con él hasta que acabó la guerra, o los que se acercaban desde los frentes para estar unas horas.

En uno de estos viajes, José Luis Múzquiz se fijó en una cama cubierta con montoncitos de fichas. Dos personas las estaban clasificando. De montones de fichas como aquellos había surgido en 1934 la primera versión de Camino, que se publicó en Cuenca con el título de Consideraciones Espirituales. Don Josemaría tenía la costumbre de anotar, de vez en cuando, una o dos palabras en la pequeña agenda o libreta que llevaba en el bolsillo de la sotana. Era un movimiento rapidísimo, que no interrumpía las conversaciones. Esa palabra le serviría luego para recordar la idea que acababa de ocurrírsele, o la frase feliz que se había deslizado en la conversación. En sus horas de trabajo a solas redactaba aquellas ideas.

En los momentos de más sosiego en Burgos, fue pasando a máquina y seleccionando muchas de esas ideas, pues quería darlas a la imprenta cuanto antes, para facilitar la meditación de quienes estaban aún en los frentes o en la Armada. No se publicó hasta después de la guerra, por falta de medios económicos. Don Pedro Casciaro, que estuvo mucho tiempo con el Fundador dei Opus Dei en Burgos, confirma que “no pasó ni una hora ocioso”.

Se comprende la respuesta de don Fidel Gómez Colomo, cuando casualmente se lo encontró un día en Roma, por los primeros años cincuenta. Don Fidel había coincidido con él, en 1927, en la residencia sacerdotal de la calle Larra. Vivían allí varios sacerdotes “viejos”, y tres jóvenes: don Fidel, don Jose­maría y don Avelino, que se ocupaban de hacer los arreglos necesarios en la residencia, de gestionar instalaciones pendientes, etcétera. Ya en Roma, caminaba don Fidel hacia la Dataría Apostólica, para llevar un paquete al Cardenal Tedeschini. Se paró un coche, y oyó que don Josemaría le llamaba:

‑Dónde vas, Fidel, despistado? Te llevo en coche.

Cuando le invitó a la casa donde vivía, don Fidel se negó a ir, bromeando:

‑He oído que la estás construyendo y como tú haces trabajar a todos, no voy, porque me harás poner ladrillos.

Vicente Ballester Domingo, religioso salesiano, fue secretario particular de don Marcelino Olaechea entre 1937 y 1939. Don Marcelino, que quería entrañablemente al Fundador del Opus Dei, lo alojó en el palacio episcopal de Pamplona, al poco de regresar a España después de cruzar la frontera de Andorra. Don Vicente Ballester sintetiza en dos palabras aquella época: “no paraba‑: “don Josemaría iba de un sitio a otro, en un continuo e incansable ajetreo para atender a los socios de la Obra, a multitud de otras personas objeto de su celo pastoral en diferen­tes puntos de España, y a los sacerdotes, a los que dedicaba una atención y cariño especiales”.

Mons. Escrivá de Balaguer no paró hasta el momento mismo de su muerte, el 26 de junio de 1975. Murió en el cuarto donde solía trabajar.

3. Alma sacerdotal y mentalidad laica

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

“Era un sacerdote íntegramente sacerdote y con todas sus consecuencias. Esta era la impresión imborrable que hacía en todos los que le tratamos en aquella época”, afirma el doctor don Juan Jiménez Vargas, hoy catedrático de Medicina, que conoció al Fundador del Opus Dei en 1932. A lo largo de estas páginas, tendremos ocasión de ver las más diversas consecuencias de la identificación de Mons. Escrivá de Balaguer con su sacerdocio. Todas obedecen a una única raíz: el amor al Santo Sacrificio de la Misa.

A mis sesenta y cinco años ‑comentaba en 1967‑, he hecho un descubrimiento maravilloso. Me encanta celebrar la Santa Misa, pero ayer me costó un trabajo tremendo. ;Qué esfuerzo! Vi que la Misa es verdaderamente Opus Dei, trabajo, como fue un trabajo para Jesucristo su primera. Misa: la Cruz. Vi que el oficio del sacerdote, la celebración de la Santa Misa, es un trabajo para confeccionar la Eucaristía; que se experimenta dolor, y alegría, y cansancio. Sentí en mi carne el agotamiento de un trabajo divino.

A Cristo también le costó esfuerzo. Su Humanidad Santísima se resistía a abrir los brazos en la Cruz, con gesto de Sacerdote eterno. A mí nunca me ha costado tanto la celebración del Santo Sacrificio como ese día, cuando sentí que también la Misa es Opus Dei. Me dio mucha alegría, pero me quedé hecho migas.

“Toda su vida ‑ha escrito don Marcelo González, Cardenal Primado de España‑ fue como la prolongación de una Misa interrumpida que glorificaba al Padre, trataba de obtener el perdón para el pecado mediante la gracia sacramental, y ponía el trabajo profesional y las preocupaciones familiares como una hostia purificada junto al altar. Todo esto es lo que percibí en las conversaciones que tuve con él, y también lo he captado con sus escritos, y lo vengo comprobando en los sacerdotes del Opus Dei que he conocido”.

Sobre la Santa Misa, sobre la Sagrada Eucaristía, el Funda­dor del Opus Dei ha dejado páginas bellísimas. Son reflejo de su corazón enamorado, que entendía la Misa como un epitalamio, como un canto de bodas, manifestación de amor.

Es patente el influjo de esos textos, que han llevado a muchí­simas almas, en el mundo entero, a saborear la divina realidad de que la Santa Misa es el centro y la raíz de la vida interior, como precisaba constantemente Mons. Escrivá de Balaguer, desde que era un joven sacerdote, y recogería textualmente el Concilio Vaticano 2, muchos años después.

Las palabras del Fundador del Opus Dei sobre la Santa Misa mueven y conmueven, porque traslucen una realidad plena y enteramente vivida. “Creo que su chifladura era la Santísima Eu­caristía”, estima don Joaquín Mestre Palacio, Prior de Nuestra Señora de los Desamparados en Valencia, que amplia así su tes­timonio: “Me viene a la memoria el cariño, la unción y la piedad con que al señor Arzobispo (se trata de don Marcelino Olaechea) y a mí nos enseñaba los oratorios de Bruno Buozzi (sede central del Opus Dei), deteniéndose especialmente en el Sagrario. Nos lo mostraba con la misma delicadeza y unción con que un misacan­tano, enamorado del sacerdocio, podría mostrar el cáliz de su primera Misa”.

Muchas personas han tenido ocasión de asistir a una Misa celebrada por Mons. Escrivá de Balaguer. Sus comentarios son unánimes, acerca del modo intenso, delicado, profundamente piadoso, con que celebraba.

El actual obispo de Sigüenza‑Guadalajara, don Laureano Castán Lacoma, no ha olvidado las Misas del sacerdote recién ordenado, don Josemaría, en Fonz, un verano de 1926 ó 1927. Don Laureano, entonces seminarista, pasaba en Fonz ‑su pue­blo natal‑ las vacaciones. Coincidieron con ocasión de las cortas visitas que don Josemaría, con su familia, hacia a su tío, mosén Teodoro, beneficiado de la capellanía de la casa Moner. Don Laureano le ayudó alguna vez a celebrar la Santa Misa en la capilla de los señores de Otal ‑Barón de Valdeólivos‑, con quienes le unía ‑también a don Laureano Castán Lacoma‑ una gran amistad. Y enaltece “la piedad y fervor con que celebraba el Santo Sacrificio, al que yo me unía con piedad y devoción grandes, que no le pasaron inadvertidas a Mons. Escrivá, como en fecha reciente me comentaba por escrito don Álvaro del Portillo. Es fácil de entender que ya entonces vivía lo que años más tarde escribiría: La Misa es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et ir nomine Christi, en la persona de Cristo, y en nombre de Cristo”.

También Pedro Rocamora ayudó a Misa al Fundador del Opus Dei. Fue en Madrid, en la capilla del Patronato de En­fermos, en la calle de Santa Engracia (hoy García Morato). Asistía muchas mañanas, antes de ir a la Universidad: “Cada palabra tenía un sentido profundo y un acento extraño. Sabo­reaba los conceptos… Don Josemaría parecía desprendido de su contorno humano y como atado por lazos invisibles a la divini­dad”. Rocamora se sabía de memoria el texto latino de la Misa, y por eso podía seguir bien la liturgia. Aunque han pasado tantos años ‑era entonces 1929‑, mantiene su emoción: “Aquellas mañanas en la capilla de la calle de Santa Engracia, al acabar la Misa, los acólitos del Padre Escrivá a veces no podíamos contener las lágrimas”. Por si acaso, Rocamora dice de sí mismo que es un hombre normal, no demasiado sensible ni exageradamente emotivo.

Con el tiempo, el Fundador del Opus Dei tendría que vivir su amor a la Sagrada Eucaristía en circunstancias tan adversas como las que se produjeron en los períodos de persecución reli­giosa en el Madrid republicano. Julián Cortés Cavanillas publicó °.n un artículo de ABC que en la mañana del 11 de mayo de 1931, .mientras en Madrid ardían iglesias y conventos, “acompañado por mí, llevó en su pecho al Santísimo, desde la capilla en donde era capellán, de la calle de Manuel Cortina, hasta las casas militares, próximas a la glorieta de Cuatro Caminos, donde depositó el divino tesoro eucarístico, en casa de unos amigos aragoneses”.

Por esas fechas, como luego en Madrid y Barcelona entre julio de 1936 y diciembre de 1937, su devoción eucarística tuvo que superar dificultades tremendas: celebrar la Santa Misa clan­destinamente, llevar escondida la Comunión de un sitio a otro, eran riesgos que podían pagarse con la vida. Muchos sacerdotes santos de Madrid ‑y de otras ciudades españolas‑ no tuvieron miedo a la muerte. Mons. Escrivá de Balaguer comentaría que, en aquellos meses, pensaba frecuentemente en la persecución de los primeros cristianos. A escondidas, con un traje de paisano prestado, muy delgado, en cuanto pudo moverse por Madrid, desplegó una intensa actividad sacerdotal: confesaba, daba ayuda espiritual en conversaciones personales, y en meditaciones a grupos reducidos ‑hasta unos ejercicios espirituales llegó a predicar‑, celebraba la Santa Misa y llevaba la Comunión a unos y otros.

En parecidas circunstancias discurrió su trabajo sacerdotal los días que permaneció en Barcelona, antes de iniciar el camino que, a través de los Pirineos, le conduciría a Andorra. Fueron con él algunos socios de la Obra y unos pocos amigos, dentro de una expedición general conducida por guías conocedores del terreno, para abandonar la zona roja.

El 28 de noviembre celebró la Santa Misa en pleno monte. Acababan de llegar al barranco de la Ribalera, después de caminar toda la noche. Sin aguardar más, escogieron dentro de aquella especie de circo, protegido del viento, las piedras que mejor pudieran servir como altar. Temía irreverencias, pues durante la marcha nocturna, se habían oído algunas blasfemias, pero anunció que iba a celebrar y que podía asistir quien quisiera.

Había allí más de veinte personas que no habían podido ir a Misa desde julio de 1936. La expectación fue grande. Y se emo­cionaron aún más ante su modo de celebrar la Misa. Un estu­diante, Antonio Dalmases, venía con otro grupo que se había incorporado a esta expedición. En su diario quedó anotado: “Nunca he oído Misa como hoy. No sé si por las circunstancias, o porque el sacerdote es un santo”.

Unos días después, celebraba el Santo Sacrificio en Andorra, con todos los ornamentos y vasos sagrados, después de casi dieci­siete meses de clandestinidad. Mosén Pujol Tubau no ha olvidado, al cabo de treinta y siete años, que se encontró con un puñado de hombres. Se adelantó uno que le saludó con los brazos abiertos: ‑;Gracias a Dios que vemos un cura! Esa persona era don Jose­maría, que se le presentó como sacerdote, y le explicó que aca­baban de cruzar la frontera, y que querría celebrar la Santa Misa para dar gracias a Dios. Así lo hizo al día siguiente ‑uno de los primeros de diciembre‑ en el altar mayor de la iglesia de Sarx Esteban. Mosén Pujol recibió una impresión de profunda piedad, “por la devoción con que ofició, así como por el rato que perma­necieron después, él y los que le acompañaban, dando gracias _Y haciendo oración ante el Sagrario”.

Afirmaciones semejantes hacen muchas personas. Antonio Ivars Moreno era estudiante cuando asistió un día de 1939 a Misa en un pequeño entresuelo de la calle Samaniego, donde estaba el primer Centro del Opus Dei en Valencia: “No perdí ni una palabra. Ni un gesto. Cuando celebraba, hacía sentir a los que estábamos con él que había penetrado en las profundidades del gran misterio de nuestra Redención. Aquella Misa era verda­deramente el mismo Sacrificio incruento del Calvario. No había lugar a las distracciones”.

Un conocido arquitecto valenciano, Vicente Valls Abad, ha dejado por escrito en las páginas del diario Levante, la huella de sus tiempos universitarios, en la Residencia de estudiantes de la calle Jenner, en Madrid. Era el año 1942, y don Josemaría se encargaba personalmente de la dirección espiritual de los resi­dentes, y de la predicación de meditaciones y retiros. Aunque él tenía cierta prevención, acudió a un retiro espiritual. Le removió la predicación directa, concreta, práctica, penetrante, que ani­maba a mejorar. Pero sobre todo le desarmó su modo de dar la Bendición con el Santísimo Sacramento: “la unción y el respeto con que lo trató, ese apretón final contra su pecho y ese movi­miento ininterrumpido de sus labios, diciéndole cosas al Señor hasta el final de la ceremonia. He aquí ‑pensé‑ un sacerdote enamorado de Dios”.

Con corazón de enamorado celebraba la Misa el Fundador del Opus Dei. Y con cariño la decía hasta en los detalles más menudos. Don Vicente Jabonero, histopatólogo de Oviedo, se fijó en uno, durante la Misa de Mons. Escrivá de Balaguer en el campus de la Universidad de Navarra en 1967. Le llamó la aten­ción que, al rezar el Confiteor, hiciera una pausa en el Ideo, precor. El doctor Jabonero entendió que era lógico que fuese así, con la pausa propia de la coma, y no seguido: como si en cas­tellano se dijera “por tanto, ruego a…” Y glosa: “la coma (pausa) era obligada. Entonces comprendí, prácticamente, lo que en Camino había escrito respecto de la oración vocal: Mira lo que dices y a quién lo dices…”.

Don Juan Antonio Paniagua, profesor de Historia de la Me­dicina, se acuerda del reducido piso de Valladolid, al que llama­ban “El Rincón”. Se empleaba para la labor apostólica con estudiantes universitarios, al principio de los años cuarenta. Allí aprendió, de la mano del Fundador del Opus Dei, a valorar la

importancia de los más pequeños gestos de amor a la Sagrada Eucaristía, a evitar cualquier improvisación en lo relativo al culto divino. Pues Juan Antonio Paniagua advirtió que estos detalles ante todo revelaban ‑velaban‑ un amor: un amor chiflado como el de aquel que describe Camino (438):

;Loco! ‑Ya te vi ‑te creías solo en la capilla episcopal­poner en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre Él, cuando por primera vez “baje” a esos vasos eucarísticos.

‑;Qué locura!, ¿verdad?, cuenta Paniagua que apuntó el Fundador del Opus Dei a Javier Silió, el más joven de los que entonces estaban allí.

‑Sí, Padre, ;qué locura!, dijo él, y le respondió:

‑Pues sé tú también muy loco, hijo mío.

A raíz de la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer, el obispo de Aquisgrán, Mons. Pohlschneider expuso: “Los sesenta mil socios del Opus Dei lloran la muerte del Padre, que se les ha ido. Pero después de su muerte le guardarán fidelidad interior, porque saben lo que le deben. Pueden decir, con palabras de Lacordaire: `La felicidad más grande que un hombre puede gozar en la tierra es haber encontrado en la vida a un verdadero hombre según el corazón de Dios, a un auténtico sacerdote’ “.

Pero la autenticidad de su sacerdocio se desdibujaría si la separásemos de su mentalidad laical. Desde un enfoque negativo, tiene mentalidad laical aquel que no es clerical, es decir, aquel que no se sirve de las estructuras eclesiásticas para buscar fines de orden profano, o para recibir un trato distinto al de los ciuda­danos normales en la vida civil. Por eso, al Fundador del Opus Dei le repugnaban los privilegios, las exenciones. Le encantaba, en cambio, trabajar dentro del marco de las leyes civiles, cum­pliendo sus obligaciones y ‑también‑ exigiendo sus derechos: derechos de ciudadano, no privilegios sacerdotales.

Otro tipo de clericalismo malo es el que se puede producir por mimetismo, o por complejo de inferioridad: presentar como si fueran un ideal para el laico las actividades propias del sacerdo­te; requerir la presencia del cura en los trabajos civiles como sis­tema para impregnarlos de sentido cristiano. El cura aseglarado, y el laico sacristán ‑fuera del templo‑ son desquiciamientos producidos por el clericalismo malo, que hacen perder el sentido de la realidad, e invierten el sitio de cada uno. Por el contrario, es parte de la mentalidad laical saber estar cada uno en su sitio.

Mons. Escrivá de Balaguer se caracterizaba por “su decidido apoyo a la secularidad”, inseparable de “su sacerdocio tan ple­namente, tan consecuentemente, tan coherentemente vivido hasta en el último detalle” (Mons. Francisco Hernández, en La Reli­gión, Caracas, 26 de julio de 1975).

Porque el puesto del clérigo en el mundo es puesto de servicio, universal, sin excepción alguna. El sacerdote ha de ser otro Cristo, que vino a servir, no a ser servido. Y el gran servicio que ‑hoy como ayer‑ ha de prestar el sacerdote a los hombres es hablarles de Dios, hacerles a Dios presente en su vida. No me cabe la menor duda de que no hay nada más laical en un sacerdote que hablar de Dios.

Al Fundador del Opus Dei le preguntaron muchas veces sobre la mentalidad laical. Un 19.de octubre de 1972 en Madrid enun­ciaría de nuevo: yo soy anticlerical porque amo al sacerdote. Fue el suyo un anticlericalismo bueno, porque buscaba la fidelidad del sacerdote a su propia y exclusiva misión. Quería persuadirles de que los curas que no hablan de Dios son todos clericales, en el sentido peyorativo de la palabra.

Prácticamente todo en la vida del Fundador del Opus Dei iba orientado a hacer que los seglares se santificasen en su trabajo profesional ordinario: ese trabajo del que viven, del que sacan lo necesario para sostener a la familia y cumplir con sus deberes sociales. Y el ministerio sacerdotal lo enfocaba también como trabajo profesional ordinario, como un trabajo de Dios.

Mons. Escrivá de Balaguer fue un sacerdote que no hablaba más que de Dios. Era ostensible, clamorosamente patente. Y vivió también muy a fondo esa mentalidad laical que tanto pre­dicó, con todas las consecuencias prácticas que de ella se derivan: para un sacerdote, no mangonear las almas, no entrometerse en lo ajeno, respetar la libertad de las conciencias, abominar de privilegios y exenciones…

Llevó esta actitud hasta el extremo de no querer vivir de la sotana. Hubo momentos en que pasó graves apuros económicos. Entre otros muchos, cuando se trasladó a Madrid en 1927. En­tonces dio clases de Derecho romano y de Derecho canónico en la Academia Cicuéndez, por la simple razón de que necesitaba dinero para atender las necesidades económicas de su familia.

Después de la guerra de España aceptó un puesto como pro­fesor en la Escuela Oficial de Periodismo. Seguro que seguía necesitando dinero, aunque allí no debía ganar mucho. Fue a aquella Escuela para atender el ruego de un amigo, Giménez Ar­nau, entonces Director General de Prensa, y porque explicar Ética y Deontología a futuros periodistas era un modo de dar doctrina, de hablar de Dios. Ésta fue la razón fundamental de su presencia en la Escuela Oficial de Periodismo.

En la Hoja del Lunes de Madrid, escribió Pedro Gómez Apa­ricio, primer secretario de aquella Escuela: “Supongo que aún perdura el recuerdo de don Josemaría entre los que fueron sus alumnos. Su trato era sencillo, respetuoso y afable; su carácter, abierto, optimista y generoso, siempre dispuesto a un diálogo

cordial. Creo que hubiera sido un gran periodista de no absor­berle sus actividades apostólicas”.

Aunque atendiese aquellos trabajos con sentido de responsa­bilidad, estaba siempre claro que no era ésa su dedicación pro­fesional. Sólo quería ser sacerdote. Muchos le animaron a pre­parar oposiciones a cátedras, pero su respuesta fue siempre nega­tiva: contestaba que así podía haber un catedrático más; pero que si era sacerdote cien por cien, si era plenamente sacerdote, habría muchos sacerdotes y muchos profesionales, y muchos obreros y muchos matrimonios santos entregados a Dios.

Desde esta perspectiva se comprende por qué insistía tanto en que los sacerdotes vistiesen el traje talar u otro hábito correcto que, cumpliendo las normas dadas por sus obispos, denotara enseguida la presencia del ministro de Cristo. Entendía el sacer­docio como un ministerio, como un servicio público, y juzgaba que los demás ‑católicos o no‑ tenían derecho a poder reconocer al sacerdote por su atuendo, para requerir sus servicios en cualquier lugar o circunstancia. Decía a los sacerdotes que se mostrasen así por deber de caridad o de justicia, pero también como consecuencia de su mentalidad laical.

Don Josemaría lo vivió, incluso heroicamente, en tiempos di­fíciles, cuando en Madrid era arriesgado andar por la calle con sotana. Después de las quemas de iglesias y conventos de mayo de 1931, sacerdotes capaces de una actuación decidida y valiente si llegaba el caso, iban ordinariamente de paisano por las calles madrileñas. El Fundador del Opus .Dei, según testimonia el Dr. Jiménez Vargas, desde que él le conoció en 1932, “nunca admitió ir de paisano. Es más, llevaba manteo, que sin duda era más llamativo ‑valga la palabra‑ que el abrigo”.

Mons. Cantero, Arzobispo de Zaragoza, resumió éstos y otros rasgos del alma sacerdotal, de la personalidad entera de Mons. Escrivá de Balaguer, en la homilía que predicó en el funeral celebrado en aquella ciudad por su eterno descanso: “el equilibrio y armonía para unir en su vida y en su obra la prudencia y la audacia; el tesón de su tierra baturra y la apertura sin recovecos al pensamiento de los demás; el respeto y el amor a la libertad con la observancia de la disciplina y de la obediencia; el sentido del humor con el aguante ante la cruz del sufrimiento físico y moral; el talante de un optimismo eripedernido con la valoración de las limitaciones y miserias humanas; la fidelidad a la ortodo­xia con el hombre y la sed de la creatividad al servicio de Dios, de su Iglesia y de los hombres sus hermanos, porque amaba a Dios, a la Iglesia y a los hombres con el mismo corazón”.

Y es que Mons. Escrivá de Balaguer fue, ante todo y sobre todo, un hombre de Dios: un sacerdote. ”


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